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¡Gracias por tu visita!
  • May 08 3:55 PM
     
    HOLA, JOAN CARLES, T'ENVIO 100.000 ABRAÇADES VIRTUALS PER CELEBRAR LES 100.000 ENTRADES REBUDES AL TEU MAGNÍFIC BLOG. FELICITATS!
  • April 23 4:24 PM
    ¡FELIZ SANT JORDI!
    BESOS
  • April 16 1:22 PM

    TE MANDO MI ABRAZO...PEPI


    FELIZ SEMANA

  • December 12 2:55 AM
    Hola Juan Carlos,
    Tan sólo saludarte y dejarte un beso. ¡Espero que el beso no te moleste! Es que es mi costumbre y si no lo hago siento que no soy yo.
  • December 06 10:09 PM

    Hola Juan Carlos, como estas? espero que todo te vaya  bien. Aquí  estoy leyendo todas tus entradas nuevas, tengo que decirte que desde que entro en tu espacio estoy mejor informada. Sobre  cine y literatura, hay cosas de las que no tenía constancia, gracias por compartir tanta valiosa información. Bueno también quiero desearte unas felices fiestas. Un cordial saludo

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planells fact&fiction

relatos; textos sobre cine y literatura, por Juan Carlos Planells.
May 13

CARLY SIMON: "THIS KIND OF LOVE". La placidez

(c) 2008 by J.C. Planells
 
Desde The Bedroom Tapes, publicado el año 2000, Carly Simon no había grabado un disco con composiciones propias. No había permanecido inactiva, empero, y entre otros trabajos entre el 2000 y el 2008, se cuentan tres CDs con canciones de otros autores o temas estándar --incluido su curioso disco de temas navideños, no exactamente de "villancicos", y que es uno de los mejores dentro de sus trabajos no autorales--. La algo fría recepción del último de ellos, Into White, pese a que contenía un puñado de notables canciones (de los Beatles, el tema de El mago de Oz, y otros clásicos bien conocidos del pop-rock) ha hecho que vuelva a las composiciones propias con This Kind of Love, en el que colaboran en algunos temas sus hijos Ben y Sally Taylor (habidos con el cantante James Taylor, pareja de Carly durante muchos años), y en cuya grabación e inspiración participan algunos músicos brasileños. Pues este trabajo se vende como "canciones de amor de inspiración brasileña", si bien una vez escuchando el resltado con detención, dicha inspiración se limita a las armonías de la primera canción y a algún que otro tema del disco (pero no, curiosamente, en "The Last Samba", composición de Jimmy Webb, uno de los músicos que han colaborado en el disco, y que es una melodía romántica sin nada de brasileño).
A estas alturas de la vida, Carly Simon no tiene nada que demostrar, pues con una carrera tan larga como la suya no necesita competir por puestos en ninguna lista de éxitos ni captar nuevos fans. Puede dedicarse tranquilamente a su mundo personal sin necesidad de "reinventarse" como otras ni experimentar sonidos nuevos. Recordemos que Carly Simon empezó musicalmente cuando era una adolescente, en 1963, formando con su hermana Lucy el dúo folk-pop Simon Sisters, que cesó en 1964 tras dos LPs grabados --los cuales finalmente han aparecido en CD por vez primera en el 2006 (y que ofrecen la curiosidad de que una de las canciones, "Hold Back the Branches", es un poema de Lope de Vega musicado por Carly--; hasta 1971 Carly no reemprendería en solitario su carrera musical, tras grabar algunas maquetas a finales de la década de los sesenta. Esto es historia, pues, y es agradable ver cómo sigue, tranquilamene, en el mundo musical, fiel a su creatividad, sus ideas y sus preocupaciones.
Pues, ¿de qué nos habla Carly en este disco? De lo que siempre la ha preocupado: amores y desamores, encuentros y desencuentros, conocer a alguien y perderlo, soledad y aislamiento (o incomunicación, como se decía antes), y de despedidas (la última canción es un homenaje a un amigo fallecido poco antes); hay también un lugar, como casi siempre en sus discos, para la ironía y el sarcasmo, en la un tanto amarga "People Say a Lot", que tiene la letra más larga de todo el disco. Sally Taylor, su hija, le escribe una canción: "We were together", y Ben Taylor, su hijo, hace lo mismo en "Island". En "So Many People to Love", Carly nos habla de cuánta gente hay en el mundo a quien amar, y del poco tiempo de que se dispone para ello; como siempre --en esta y en la mayoría de las canciones de autoría propia-- sorprende la sencillez, la economía de medios, la efectividad de sus versos, el modo en que cada palabra se ajusta al concepto preciso que desea expresar.
Musicalmente, es un disco extraordinariamente armónico, tanto en las melodías de "inspiración" brasileña, como en las que no la tienen. Es un disco plácido, en donde se dicen cosas importantes sin necesidad de chillarlas o desgarrarse. Si hubiera que elegir un tema, quizá me decantase, en el aspecto musical, por la breve --y al escucharla aún parece más breve, es algo realmente curioso-- "How Can You Ever Forget", compuesta por Carly Simon y David Saw y que en cierta forma recuerda algunas armonías de John Lennon (con o sin McCartney); y, en el terreno de las letras, elijo "In my Dreams", una de las más breves y sencillas, pero tremendamente emotiva ("The only place I feel at home is in my dreams / The only place I´m not alone is in my dreams", dice en sus primeras estrofas, y no creo que sea necesario traducirlo).
Es realmente satisfactorio ver a Carly de regreso (bueno, en realidad no se ha marchado nunca) y sin perder un ápice de su creatividad. Un disco plácido, armónico, sencillo, que va calando más y más a cada nueva audición.
 
 
May 12

ANÁLISIS DEL RELATO DE ROGER ZELAZNY "LA MANO DE BORGIA"

(c) 1993 by J.C. Planells
 
[Este breve ensayo fue publicado en el número 10 de Elfstone, noviembre de 1993, precedido del igualmente breve relato "La mano de Borgia", de Roger Zelazny, publicado en inglés en 1963, traducido por mí, y no disponible --de momento-- en ninguna otra edición en castellano. El artículo se tituló entonces "Análisis de ´La mano de Borgia`", y había sido escrito --junto con la traducción del relato de Zelazny-- hacía unos diez años, aproximadamente, para un editor que lo rechazó porque no le vio ningún interés. Finalmente, Santiago G. Solans, editor de Elfstone, aceptó publicar ambos textos. Como no es posible reproducir el relato de Zelazny por la lógica cuestión de derechos de autor, en todo caso en el ensayo queda claro el argumento y desarrollo del mismo. Confieso que siento por este trabajo un particular afecto.]
 
Sería fácil sintetizar el argumento de esta pequeña obrita de Roger Zelazny, titulada "La mano de Borgia": un niño (que el lector identificará como Adolf Hitler) encuentra a un buhonero (que el lector podría identificar como el Judío Errante), el cual le cambia su mano inutilizada por una que le dará poderes en el futuro.
Sí, demasiado simple para sintetizarlo, porque lo importante no está en el cuento, sino detrás del cuento.
"La mano de Borgia" fue uno de los primeros relatos que publicó Roger Zelazny, concretamente en el número de marzo de 1963 de la revista Amazing, y posteriormente nunca ha sido recogido en ninguna de las colecciones de relatos del autor, hasta el presente. Existen una traducción holandesa y otra francesa, y fue únicamente recogida en una antología de 1971, Science Fiction Greats, nº 21. No ha aparecido publicado en ninguna otra parte. ¿Es, pues, un relato sin importancia, una obrita menor, un cuento como tantísimos otros podemos/solemos leer en revistas o antologías? Mi personal opinión es que no, y voy a tratar de defenderla.
Es bien sabido que lo mejor de la obra de Zelazny, tanto en lo referente a novelas como a relatos, se sitúa en sus primeros años de escritor, concretamente toda la década de los sesenta y principios de los setenta. Posteriormente, sus obras han ido defraudando más y más a sus incondicionales, y se echa en falta aquella poesía, aquella fuerza, el colorido con que se sustentaban esos primeros trabajos. Esto no le hace un caso único en la historia de la ciencia ficción; son muchos los autores que suelen tener unos diez años bastante buenos de trabajo, para luego decaer y apagarse. Zelazny no se ha apagado totalmente, pero muy de tarde en tarde ha dado en los últimos años pruebas de su indudable talento de narrador.
Para mí, Roger Zelazny es el mejor --quizá el único-- escritor romántico de toda la ciencia ficción y fantasía. Y ese romanticismo es aún más patente en las mencionadas primeras obras. Una de sus aficiones en aquellos primeros años consistía en recoger los mitos de la Antigüedad o figuras de la Historia, para reescribirlos proporcionándoles otra situación, dándoles otras explicaciones, diferentes motivaciones. Ulises, Hércules, Siva, Isis, Lancelote, han surgido de su pluma y han sido modernizados/transportados/desmitificados/ensalzados a través de distintas obras. No tiene que resultar excesivamente extraño que Zelazny concibiera un relato en torno a la figura de Adolf Hitler y sugiriera a su vez una explicación, una desmitificación, una alegoría, acerca de una de las figuras más sombrías y terribles del siglo XX. Si Hitler, con el devenir de los años, puede llegar a ser una figura mítica (aun en el más negro de los sentidos), bien puede el escritor americano apoderarse de él para un relato. Por otro lado, la figura de Hitler no es rara en la ciencia ficción: Norman Spinrad, Gregory Benford, Philip K. Dick y otros han escrito obras acerca de él o del nazismo. Ninguna de ellas, por supuesto, desde una perspectiva precisamente romántica (quizá con la salvedad de un curioso relato corto de Roald Dahl, centrado en los padres de Hitler).
Zelazny sensibiliza la figura siniestra de Hitler; al fin y al cabo, nos dice (sin decírnoslo) en el relato, Hitler debió de ser un niño como los demás. Y aquí debo hacer un alto y explicar algo acerca de las técnicas narrativas del escritor: Zelazny escribe sus historias a base de lo que omite en ellas, y esto es igualmente válido tanto para sus relatos como para sus novelas. Según confesión propia del autor sobre sus métodos de trabajo, suele eliminar párrafos, capítulos, descripciones, algún diálogo, fragmentos de narración, y permitir así que lo omitido llegue al lector a través de lo no omitido. De esta manera, pues, se efectúa una doble lectura, la cual se convierte en sí misma en un ejercicio deductivo. Es evidente que  los mejores frutos de esta técnica narrativa (que no es nueva: Hemingway ya la había inventado, como señala Jacques Goimard) se hallan en los primeros años de Zelazny como autor. La omisión de fragmentos esclarecedores o reforzadores de la narración obliga al lector a enfrentarse a personajes que a veces no comprende en escenarios que en ocasiones son indistinguibles.
En el relato "La mano de Borgia" tenemos lo siguiente: un niño que cree en las fuerzas oscuras, en brujería y supersticiones, como tantos otros niños (en la ficción y fuera de ella) han creído y creerán. En ninguna parte del diálogo entre el niño (Adolf) y su amigo Fritz se nos dice esto, pero el lector puede y debe leerlo entre líneas, puesto que el autor lo sugiere claramente en las breves y cortas frases de diálogo. Una vez leída toda la historia, veremos que una frase clave ya nos da todas las pistas para tal deducción: la frase con que se inicia el relato: "El buhonero cruzó el pueblo el día en que murió el herrero". El buhonero es el ser fantástico, portador de dones y hacedor de milagros, en la imaginería del niño. El mismo niño dice "... el herrero tenía buenos músculos", otra señal de que el hecho de la muerte del herrero, unido a su fuerza física, tiene clara importancia en el ritual mágico para conseguir la magia de que es portador el buhonero, y que esa magia es especialmente fuerte ese día a causa de la muerte del herrero. El niño sabe, simplemente, que el buhonero hace milagros y que puede arreglar su mano inutilizada. Pero para ello debía cumplirse el ritual de la muerte del herrero: en otra fecha, ello no hubiera sido posible.
El buhonero, por su parte, es identificado como el Judío Errante, y será él mismo el que dé al niño una mano que ha pasado a lo largo de los siglos por diversas personas: fue antaño de César Borgia, y posteriormente de Napoleón Bonaparte. El niño desea la mano para ser un artista, pintar las cosas que ve (Hitler fue en sus primeros años un pintor terriblemente naïf), y el Judío Errante le da esa mano, que el niño mediante un gesto le indica a qué altura desea alzarla (y el lector debe deducir aquí que es el ademán habitual de un pintor echándose hacia atrás para contemplar el resultado que ha obtenido en la tela: una mano sosteniendo la paleta; en la otra, el brazo doblado, sostiene el pincel alzado formando línea recta con el hombro, como disponiéndose a un retoque en la tela; pero al mismo tiempo, el lector debe recordar aquí que Hitler no hacía el saludo nazi con el brazo completamente estirado, es decir, a la romana, sino doblado hacia atrás, mostrando la mano). Zelazny, en este punto, propone una reflexión: ¿saludaban los nazis a su caudillo, o saludaban a la mano de su caudillo? E insisto de nuevo en que todo ello no nos es narrador por el autor, sino sugerido a través de rápidos diálogos y frases muy cortas: es el lector quien ha de realizar todo el trabajo.
Otra reflexión: es sabido que Hitler y la plana mayor nazi creían firmemente en las fuerzas oscuras, en algunos ritos satánicos, y que algunos de ellos llegaron a practicar con toda seriedad rituales diabólicos. No sé si Zelazny conocía estos detalles cuando escribió el relato, aunque pienso que es muy posible lo supiera. En cualquier caso, ello aumenta mayormente la aureola romántica del relato, así como su verosimilitud histórica.
Pero, ah, ironía final y no menos importante. Un judío errante es quien le ha dado la mano al niño, al futuro Führer, exterminador de judíos, defensor de la pureza de la raza. Aunque, por lo que vemos en el relato, el niño no parece sentir animadversión alguna hacia los judíos. Y el buhonero se despide del muchacho diciéndole: "... algún día volveré al país de Lutero y Goethe para ver cuán alto la puedes levantar". Suprema y cruel ironía, que se presta a no pocas reflexiones. ¿Exterminará Hitler a los judíos a causa de esa mano que uno de ellos le proporcionó? ¿Cuáles son en realidad los poderes de esa mano? ¿Se apoderará de la voluntad de su poseedor? En cualquier caso, es evidente que el experimento "concluyente" que deseaba el buhonero tendrá lugar con el niño, el futuro Führer, el cual, atendiendo al ruego del Judío Errante, la levantará --la mostrará-- "muy alta", en vez de limitarse a esconderla, como hacía Napoleón.
La conclusión a la lectura de "La mano de Borgia" es que se trata de un relato profundamente romántico, lleno de añoranza por algo que pudo ser y no fue, una mirada nostálgica y cariñosa a un punto de la historia que habría de desembocar en uno de los períodos más negros no ya del siglo XX, sino de toda la Historia mundial. La lectura fácil, de un tirón, del relato, sin buscar profundizar en el mismo, puede llevar a pensar que se trata de una "gracia" del autor, una paradoja más o menos válida, pero sin sustancia. Una lectura en profundidad, descifrando claves, nos lleva a otro extremo. ¿Está Zelazny tratando de justificar a Hitler? ¿O pretende desmitificar su horrenda proyección histórica? En modo alguno. Zelazny usa libremente de la figura del Führer para una paradoja, sí, pero una paradoja de un innegable romanticismo, claramente acorde con lo que constituía mayormente su producción literaria de aquellos años. Hitler es usado con los mismos fines neorrománticos que tantas otras figuras históricas o mitológicas en obras posteriores o contemporáneas a este breve relato. Por otro lado, parece más que claro que "La mano de Borgia" es un ejemplo perfecto para ilustrar esa técnica de Zelazny de decir mucho sin, aparentemente, decir nada, de "subliminalizar" la historia narrada. De ahí, por lo tanto, la necesidad que hay de leer a Zelazny despacio, no fuera a ocurrir que se nos pasase el relato por alto...
 
 
May 09

AUTORES OLVIDADOS (37). PATRICK HAMILTON: Patologías criminales

(c) 2008 by J.C. Planells
 
Estando en preparación este capítulo de la serie "Autores olvidados", ha venido a actualizarlo la inesperada publicación esta semana de su novela de 1947 Los esclavos de la soledad, editada en Galaxia-Guttemberg y prologada por Doris Lessing. En todo caso, cabe decir que Patrick Hamilton estaba olvidado en España en el sentido de que no se le editaba ni reeditaba, apenas se le había leído, y por descontado no se hablaba para nada de él, aunque su obra más popular --la de temática criminal-- pervivía sin dificultad merced a las exitosas y notables adaptaciones cinematográficas a que dio lugar: Luz que agoniza, La soga, Concierto macabro.
Este novelista y dramaturgo británico nació en 1904 y su vida no parece haber sido demasiado alegre y feliz: un padre acomodado pero borracho y putero, una esposa prostituta... Dicen que algunas de sus ficciones estaban basadas más o menos en circunstancias de su vida, lo cual atendiendo a dichas ficciones es más bien como para preocuparse un poco. Empezó temprano como autor, en 1925, publicando novelas calificadas como "dickensianas" por Charles Shibot, que al parecer fueron bien recibidas, pero en 1929 se reveló como dramaturgo --su vida de hecho estaría vinculada al teatro en varios aspectos, no sólo como autor de obras de éxito-- con La cuerda, un drama policiaco que recreaba en forma de ficción el asesinato que dos universitarios homosexuales de buenas familias, Leopold y Loeb, cometieron en 1924, estrangulando a un niño de 14 años "por interés científico". Fue un crimen que conmocionó en su época y que más tarde daría lugar a una fiel reproducción de los hechos en el film de Richard Fleischer Impulso criminal. Hamilton, de hecho, negó que La cuerda se basara en el crimen de Loeb y Leopold, pero las coincidencias son tan claras que la semejanza entre sus dos protagonistas de ficción y el mismo móvil del crimen ("interés científico") despejan toda duda. La cuerda  llegó a estrenarse en España en 1955 (en Palma de Mallorca, concretamente) y su versión castellana fue editada en la colección Teatro de ediciones Alfil (número 143), en 1956. Por el contrario, la película de Alfred Hitchcock, realizada poco antes, fue rigurosamente prohibida por la censura y no se estrenó hasta 1987, con el título de La soga. Hitchcock introdujo algunas modificaciones --cambio de escenario de Inglaterra a Estados Unidos, arranque del film con el asesinato-- que no gustaron a Hamilton, pero su versión es casi una filmación del texto teatral respetando la unidad de lugar.
En 1938, Hamilton estrenó en la escena Luz de gas, quizá su obra más célebre, que incluso ha dado lugar a la expresión "hacer luz de gas a alguien", en el sentido de tratar de volver loca a una persona haciéndole creer que no es real lo que ve o siente. En la obra, un hombre se casa con una joven ingenua con el fin de instalarse en la casa que ha heredado de su tía para registrarla cómodamente en busca de unas joyas cuyo escondite se ignora. El hombre, de hecho, fue quien asesinó a la tía de su mujer en esa casa, y su registro provoca terror en la esposa, que ve cómo la luz de gas desciende de intensidad cuando se cree sola en la mansión y oye extraños ruidos en el desván. Cierto que la intriga es totalmente inverosímil y no resistiría el menor análisis lógico, pero la fuerza de los personajes y las situaciones lo hace pasmosamente creíble. Hubo dos adaptaciones cinematográficas de la obra, Luz de gas, producción británica casi invisible hoy día, y Luz que agoniza, a cargo de George Cukor con un reparto irreprochable: Ingrid Bergman, Charles Boyer, Angela Lansbury... El texto fue editado en la antedicha colección Teatro y también en Ediciones Plaza, hace muchos años.
Además de sus exitosos dramas policiales, Hamilton escribió también algunas novelas criminales, la mejor y más famosa de las cuales es Hangover Square, en 1941, sobre un compositor que cree sufrir ataques de amnesia durante los cuales se convierte en un asesino psicópata. Llevada al cine por John Brahm y estrenada como Concierto macabro, con un genial Laird Cregar en el papel del compositor y asesino, es otra notable película. Entre 1952 y 1955, escribió una trilogía de novelas sobre un asesino psicópata, la llamada "trilogía Gorse", en la cual algunos han visto antecedentes del Norman Bates creado por Robert Bloch y filmado por Hitchcock, y el Hannibal Lecter de Thomas Harris. Hamilton falleció en 1962.
Llama la atención, sin duda, esa predilección por personalidades criminales y torturadas en las obras de Hamilton: asesinos despiadados, carentes de sentimientos, como en La cuerda  o Luz de gas, o torturados por el propio desconocimiento de su personalidad real, como en Hangover Square, por remitirnos solamente a las obras que pueden ser disfrutadas en las estupendas versiones cinematográficas que de ellas se hicieron. Sin duda el mundo de Hamilton era extraño, oscuro, y debería estudiarse, pero como digo, es un autor conocido por sus versiones, pero desconocido por sus obras. La inesperada edición de su novela de 1947 ambientada durante la segunda guerra mundial, Los esclavos de la soledad, significa su recuperación/descubrimiento para el lector hispano, y la oportunidad de conocer otros aspectos de su inventiva.

 
May 08

100.000 VISITAS

 

Este blog, inaugurado a mediados de diciembre de 2005, recibió ayer (o esta madrugada, no estoy seguro de la hora) su visitante número 100.000. No sé si esto es bastante o muy poco para un blog de las características de éste, dedicado a cine, libros y relatos preferentemente, porque no tengo datos para compararlo con otros blogs de conocidos o no conocidos semejantes al mío. Supongo que es una miseria, teniendo en cuenta que los blogs de los concursantes de Operación Triunfo reciben un millón de visitas diarias, según se reveló ayer. Puedo decir, en todo caso, que en diciembre de 2006 la cifra de visitantes era poco más de 20.000 y en diciembre de 2007 de algo más de 70.000. Llegar a esos 100.000 me hubiera hecho bastante ilusión muchos meses atrás. Actualmente, bastante desengañado por lo que realmente es internet, y por cierta clase de gente que se mueve por la red, significa apenas una curiosidad: para quienes como yo proceden del mundo de los libros, las revistas y las publicaciones de aficionados o semiprofesionales, internet no ha supuesto la "moto" que me vendieron años atrás, sino una pequeña decepción, aunque sí suponga mayor libertad creativa y temática, además de ausencia total de molestas imposiciones o exigencias editoriales y cortapisas varias a la hora de tratar determinados temas (lo mismo que de privación de tocar según qué otros), así como gran rapidez comunicativa. A cambio de estas ventajas hay que pagar el "peaje" que suponen a) los "desinformados" --que es como yo llamo a la gente que malinterpreta o no entiende lo que has escrito, porque ni se molestan en analizarlo, y se lanzan a despreciarte porque sí--, y b) los matones y chulos de internet --como la red es una especie de campi qui pugui, hay quienes se la arrogan como de su propiedad y se dedican a chulear e insultar a los demás, casi siempre enmascarados en seudónimos o apodos (lo llaman "nicks" para que quede más fino)--. Para aguantar este "peaje" hay que estar preparado anímicamente y ser mucho más joven, requisitos que yo no cumplo. Que no todo el mundo está preparado para internet, lo demuestra el que un colega, procedente de los mismos medios que yo, aunque más joven (él fue uno de los que me vendieron la "moto" de publicar en internet en su día), eliminó de golpe (o sea, apretando una tecla) hará aproximadamente año y medio su blog a consecuencia de una polémica sostenida... ¡con un compañero escritor de su misma edad! El hecho dejó estupefactos a todos quienes le conocían, y me pregunto qué hubiera hecho este amigo si en vez de mantener una sana polémica  --las polémicas siempre son sanas entre personas de igual inteligencia-- hubiera tenido que lidiar con los "desinformados" y los chulos y matones de internet como tengo que lidiar yo alguna que otra vez. Sólo puedo añadir que cada vez me alegro más de no tener ordenador, pues aunque supone una incomodidad a la hora de escribir los textos, evita aguantar según qué cosas y limitarse así a lo esencial. 
Para terminar, recordaré la frase que me dijo otro "amigo" hace un tiempo, a propósito de mi blog: "Que tengas visitas no quiere decir que se lean nada". Él, por cierto, es de los que ni lo visitan porque es un Gran Señor. Y para que no todo sea negativo, vale la pena dejar constancia de que este blog y mi insignificante persona han atraído el interés de bastantes personas que no tenían noticia de mi existencia anterior a él ni de mis trabajos.




 

May 06

LOS ESTRAGOS DEL TIEMPO

(serie Relatos autobiográficos - 30)
 
(c) 2008 by J.C. Planells
 
 
    Finales de febrero de 2008. Me dirijo a las diez y cuarto de la mañana al cibercafé donde suelo escribir mis insensateces, y al ir a entrar, apresurado, me cruzo con C, que salía de él, pero mi cerebro no registra el encuentro de manera consciente, sino inconsciente. Oigo pronunciar mi nombre cuando ya estoy dentro y me vuelvo: allí está. Justo se iba al aeropuerto para tomar el avión hacia su país, y había pasado un momento para enviar un e-mail a su familia. "Un mes y medio en casa de mi madre, para reponerme", me dice. Arrastraba una maleta enorme, y me contó que le habían robado dos cámaras de fotos y un ordenador portátil durante las apenas tres semanas que ha estado en Barcelona (nada nuevo: siempre le robaban algo cuando venía estos últimos años; sin contar con que su propia vida fue lo primero que se dejó robar). Yo sabía que estaba en Barcelona, ya que me había telefoneado al poco de llegar para que lo supiera y por si nos veíamos; no nos habíamos visto: mi capacidad de aguante y mi paciencia respecto a C habían llegado al límite hacía algún tiempo (y no voy a decir que por culpa de C exclusivamente). Me figuraba que durante su estancia acudiría a ese mismo cibercafé alguna vez, porque un año o dos atrás habíamos ido juntos un par de veces, en otro de sus pasos por Barcelona; sin embargo, en estas tres semanas no nos habíamos cruzado ni por casualidad. Me cuenta, ahí, de pie en la calle y sujetando la maleta, que además de una bronquitis enorme tiene una enfermedad grave de los pulmones, he olvidado el nombre de la enfermedad, y que Bruno también la tiene. Comento cuánto ha adelgazado. "He perdido seis kilos", dice. Podrían ser quince, pienso para mí mismo, aunque seguro que me equivoco. Pero no era sólo que hubiera adelgazado mucho: parecía como si su cuerpo  hubiese encogido. Yo siempre tenía que alzar la cabeza cuando hablábamos de pie, y esa mañana no era preciso: nuestros ojos estaban casi al mismo nivel. Sólo su rostro tenía el mismo aspecto de siempre, como si el tiempo no se reflejase en sus facciones y las esquivase. "Tengo las piernas como los palillos, de verdad, y en el pecho se me marcan todos los huesos y las costillas", me dice. Una conversación aturullada de apenas un par de minutos, con sus típicas salidas repentinas: "Cárgame el móvil, que tengo prisa, toma, te doy el dinero, ¿recuerdas el número?", prisas porque tenía que irse corriendo al aeropuerto, un par de abrazos y de apretones, una sensación de ayeres dejados de la mano, una figura que marcha apresurada arrastrando esa enorme maleta, hacia otro continente, "a reponerme, a comer, he de comer y reponerme y me pongo bien", y yo me quedé con la sensación de que ésta es la última vez que nos hemos visto y sabido uno de otro, y que por eso esta mañana hemos tenido que cruzarnos en el cíbercafé, y por eso esta mañana estaba abierto antes de las diez y cuarto, cuando lo normal es que abran un poco cuando les da la gana, y por eso era ésta la mañana en que habíamos de vernos, y no las otras durante esas tres semanas de su estancia. Quizá sí vuelva a Barcelona, a España. O quizá no. O se marche a Italia, como me dijo cuando llamó para avisarme de que venía. Lo único que se me ocurre pensar es que, entre sus pulmones medio destruidos y su deterioro interno, y mis riñones enviando inatendidas señales de alarma, está claro que uno de los dos se ausentará dentro de un cierto tiempo. 
    Podría contar la historia de C, aunque ¿para qué? ¿Y cómo? ¿Por dónde empezar? ¿Qué contar y qué callar de ella? ¿Sé algo realmente de C? ¿Cuánto era realidad y cuánto fantasía de todo lo que contaba en aquellos años? Ni siquiera existe una manera racional de enfocarlo. Conocí a C en octubre de 1995, y eso es lo único seguro. El resto es un caos. Tampoco es una historia que pueda interesarle a nadie ni aporte nada, y todos pueden contar historias parecidas. Bueno, eso creo. El único balance que se me ocurre es que nunca nos entendimos y sin embargo nos comprendimos siempre.
    C formó parte durante una época de ese extraño, reducido y selecto grupo de personas que me llamaban por teléfono de tarde en tarde, pero no para hablar: sino sólo para oír mi voz, hallar consuelo en ello y colgar al cabo de unos momentos. Lo han hecho tres personas en toda mi vida, y sé, he sabido siempre perfectamente, quiénes fueron, aunque ante ellas me lo callé. C, al igual que las otras dos, cuando el mundo se volvía insoportable y la oscuridad acechaba ahí afuera, cogía el primer teléfono que pillaba, el suyo o el de otro o una cabina de la calle, y marcaba mi número. Luego, cuando yo contestaba, se serenaba, volvía la paz, recobraba las fuerzas, escuchaba mis "¿Diga? ¿Sí?" en silencio, y colgaba: el mundo estaba de nuevo en orden. Consciente de quién era la persona que llamaba (lo mismo que en los otros dos casos en épocas tan distintas), me abstenía de las habituales insensateces o insultos que la gente profiere en tales ocasiones, pensando que quien llama es un bromista o un pesado. Sé que todo esto es muy extraño, incomprensible. No espero que nadie lo entienda, o que lo crea. La verdad es que me da igual lo que pueda pensar la gente sobre el tema.
    Uno de mis peores recuerdos de C fue la noche que vino a casa para dormir: su pareja, un tal José Manuel (Jose, lo llamaba C) --de quien siempre he pensado no era sino un chulo de gimnasio--, y del cual se había separado hacía algún tiempo, se negó a dejar que pasara la noche en lo que fuera antes su casa, señalando las escaleras e indicando cómo se bajaban (o ayudando a C a bajarlas a empujones). Por aquel entonces, C estaba sin amigos --o eran muy poco recomendables-- y apenas trabajo (y nada de pareja, claro). Quería hacer algo, empezar de nuevo, terminar con la mala vida de los últimos dos o tres años, y se vino a pasar la noche en mi casa como quien se dispone a esperar en un aeropuerto o estación de tren la partida de un medio de transporte hacia un brillante futuro, hacia un cambio, segunda oportunidad, rehacer la vida estropeada, corregir errores... No tenía donde ir ya, y ni siquiera Bruno aceptaba que apareciese por su piso, temeroso de lo que pudiera ocurrir, escarmentado por anteriores visitas suyas... Porque la época en que C consumía cocaína febrilmente fue algo terrible, espantoso, que repercutió en todos sus conocidos y amigos, en el trabajo... Esa noche, llegó a contarme algunos datos al respecto; cómo registraba todos los muebles de casa de Jose --el chulo de gimnasio-- cuando aún vivían juntos, en busca de dinero escondido para comprar droga, "porque era mi derecho registrarle los muebles", me dijo. Por Bruno supe, entre otros detalles la mar de finos relativos a su paso ocasional por casa de Bruno, que en esa mala época se juntaba con tipos que llevaban una pistola metida entre la camisa y el cinturón. "Me das asco --le soltó Bruno un día, al coincidir con C y los tipejos de la pistola, sentados todos en la Plaza Real--. ¿Cómo puedes ir con esa gentuza con lo que tú has sido?". C se limitó a no contestar (no hacía falta que lo hiciera). Me contó más cosas, pero no tengo ganas de explicarlas. La noche que C durmió en mi casa acabó registrando mis muebles cuando a la mañana siguiente bajé a comprar el periódico, aunque sólo lo advertí más tarde, cuando ya se había marchado a Zaragoza. Ah, sí, decidió empezar su nueva vida en Zaragoza, porque Barcelona le resultaba ya un infierno. Esa mañana, tras una noche de sueño reparador (aunque me costó lo mío que no saliera en mitad de la madrugada a buscarse droga por alguna parte...), había tomado la firme decisión de Empezar Una Nueva Vida y Dejarlo Todo Atrás. En todo caso, ya iba cambiando de planes cada cinco minutos... miento: cada minuto y medio. "Me voy a Zaragoza". "Tengo que llamar a una amiga para un trabajo". "Voy a dejarlo" (la coca). "Buscaré entre los anuncios del diario, a ver." "Empezaré de nuevo." "Voy a salir de esto." "No me rendiré." "Yo he sido la más grande y volveré a serlo". Mis consejos caían siempre en saco roto (nada nuevo en este sentido), no me escuchaba ni me hacía caso porque yo no formaba parte de su mundo ("Eres un antiguo"). Sólo quería ganar dinero y más dinero y tenía prisa por triunfar y por todo y llegar a la cima y vivir en el lujo (algo que, de hecho, le duró apenas un año... si llegó a un año).
    Hace unos años, cuando finalmente admitió que Zaragoza significó otra derrota, partió a Brasil en un avión cuyo pasaje pagó Bruno, porque temía se muriera de un momento a otro, como quien dice; así que Bruno llamó a su madre, le dijo cómo estaba C, y que era mejor se volviera a Brasil, compró el pasaje de avión y se aseguró de que C subiera a él. Ya en Piaui, su madre se cuidó de que estuviera en una clínica especial una larga temporada, y allí se repuso poco a poco y mejoró notablemente, en cuerpo y espíritu. Después de la clínica, una vez en casa, con prohibición absoluta de salir a la calle ni para comprar agua mineral, hasta ver las cosas claras. C me escribía regularmente y me informaba de sus progresos, su estado de ánimo, y en sus cartas había optimismo: estaba la mar de bien y planeaba estudiar informática. Así lo hizo. Y dejó la droga, claro. Supongo. Parece ser. Creo. Finalmente, tras un par de años en Brasil, volvería a España, "pero lo he dejado", insistía. Quizás. Es posible. Puede.
    No sé, no sé.
    Es extraño que no se haya convertido en carne de cañón televisiva aquí, en España. Realmente extraño. Sé que en Brasil, cuando ya empezó a llevar vida normal tras su recuperación, a salir con amigosy amigas, ir a fiestas y asistir a celebraciones, apareció en algún programa de televisión en su estado (Parnaiba), pero no para contar miserias sino logros o pequeñas vicisitudes, en tono amable y simpático; cuando en 2005 abrió su blog en internet, y más tarde yo mi correo electrónico, me enviaba enlaces para comunicar sus progresos: las webs de Brasil daban noticias suyas a veces, o hablaban de proyectos, y todo iba la mar de bien, como si ignoraran el infierno vivido en España. Pero ha rehuido siempre contar sus miserias en la tele española tras su caída en el submundo de la droga y su ¿recuperación?, y no sé qué fue de esas memorias de su vida y paso por Europa que escribió en Brasil, en casa de su madre, mientras se reponía, y que quería publicar; incluso llegó a consultarme sobre ello; recuerdo haber leído por aquel entonces, en una web brasileña, su intención de escribirlas ya antes de ponerse a ello. Otros de sus compañeros y compañeras no se lo han pensado tanto a la hora de exhibir miseria y desdichas televisivamente; una forma de hacer dinero fácil que, sin embargo, a C no le agradaba, lo cual era un tanto raro. Todo en C ha sido siempre extraño, irregular, inusitado, inesperado, desmesurado, contra corriente. Aún recuerdo cómo aquella vez que durmió en casa me encontré con que había colocado junto a la cama una imagen del Cristo Redentor de Rio de Janeiro. Me quedé atónito al verla y me pregunté cómo alguien que en aquellos tiempos se pasaba el día esnifando coca y rodando por las calles con la mente extraviada podía llevar consigo aquella figura de unos diez centímetros de altura para que acompañara sus ratos de sueño a saber dónde.
 A veces, en los últimos años, cuando yo estaba hecho polvo, C me levantaba la moral y me animaba. "Vive tu vida, chico, es tuya y la única que tienes", me decía. También es cierto que cuando todos le cerraron la puerta, yo se la abrí. Qué importa todo eso o qué importa nada cuando el tiempo nos destroza. Pues sí: C en ocasiones llamaba, un domingo por la tarde o un sábado, o cuando fuera, y preguntaba: "¿Qué haces?". "Leo", contestaba yo, o "Escribo" o "Trabajo". "¿Cómo puedes estar tantas horas metido en casa? Yo no podría", replicaba. Así que hace unos trece años que nos conocemos y con intermitencias nos hemos ido viendo, escuchando, soportando, peleando, discutiendo, odiando, malinterpretando, escribiéndonos, llamándonos, consolándonos, riendo a ratos, llorando otros ratos, enemistándonos, echándonos de menos, hartándonos de aguantarnos, haciéndonos regalos, celebrando cumpleaños, abroncándonos, cortando el contacto, recuperándolo... A veces recuerdo los planes de futuro que tenía allá por 1996 o 1998: nada se realizó de todo aquello, absolutamente nada. Ni uno solo de sus planes salieron adelante; fantasías y locuras, sueños.
    Su época en Zaragoza al principio parecía ir bien; salió adelante, pero al cabo cayó aún más abajo: se enganchó a la heroína. Me llamaba y me decía: "Ahora me pincho. Hace tanto frío en esta ciudad, es tan triste el invierno, que tengo que pincharme para soportarlo". Supongo que era una excusa como otra cualquiera en una vida llena de cimas y abismos como la suya. En Zaragoza escaló una cima al llegar, y poco después caía al abismo más hondo. "¿Y crees que con eso arreglas algo?", le decía yo, irritado y asustado a la vez, cuando me contaba que se había pinchado. No, claro que no arreglaba nada, pero pasaba el momento. "Hace tanto frío en esta ciudad --repetía y repetía--. El invierno no es como en Barcelona, es más crudo... Es todo tan solitario... es un pueblo grande, sólo un pueblo grande." Su entusiasmo inicial por Zaragoza se fue desvaneciendo con el tiempo. Había odiado Barcelona por lo que significó finalmente en su vida (en realidad, era una relación de amor y odio a la vez). Cuando se vio incapaz de salir de ese abismo, llamó a Bruno y se vino a Barcelona; como ya he dicho, Bruno pagó su regreso a Brasil y según me contó unos días después de que C ya estuviera en casa de su madre, su estado físico era deplorable. Quizá por eso C no quiso que nos viéramos antes de partir y se limitó a una despedida por teléfono
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    (Permítaseme una digresión: A veces me he preguntado si P también hubiera formado parte de ese trío de silenciosos comunicantes telefónicos, convirtiéndolo así en cuarteto. No hubo ocasión, sin embargo. De todas maneras, la historia de P es tan distinta... ¡Diantre si es distinta! P era alguien que necesitaba un pequeño empujón en un momento crucial de su vida para salir adelante (la zancada, que diría Vicente Soto), porque nadie más se lo daba, en nadie podía confiar ni nadie la escuchaba, y yo por lo visto andaba por allá cerca... Según me dijo --según me escribió--, yo la ayudé mucho a salir adelante. Es posible, pero de todas maneras P hubiera salido adelante por sí misma, estoy más que seguro. P tiene un potencial tremendo... tremendo. Es alguien simplemente maravilloso. Vi hace pocas semanas su vídeo en you tube y me emocionó profundamente. ¿Sería una estupidez decir que me sentí orgulloso de P? Al fin y al cabo, P no es nada mío. Pero sí, me sentí orgulloso. Desde luego, un mundo con personas como P es decididamente un lugar casi perfecto. Y no creo que lo que hice por P fuera tan decisivo o importante como dijo entonces. Estuve allí, en el momento en que debía estar, y nada más. La vida a veces nos pone en ciertos lugares, en el camino por el que transitan otras personas, y lo hace por motivos que nosotros no entendemos --y sin preguntar si puede dejarnos heridas--. No debe darse mayor importancia a lo que uno haya hecho por otra persona. Mucho más grave es lo que algunas personas no hacen por los demás.)

    Todo esto es muy extraño, ya lo he dicho antes. Pero ahora me refiero a la manera en que la vida nos zarandea y nos estropea. C se drogaba porque no aguantaba la vida que llevaba, o para poder soportarla; tanto sirve una excusa como otra, tan buena es una como otra. Yo escribo porque no aguanto la vida que llevo o para soportarla, también una excusa como otra, lo mismo vale cualquiera de las dos: escojan la que les dé la gana. "Toda forma de autoexpresión tiene el mismo significado: huir de uno mismo", escribió Tennessee Williams una vez, y así es; es preciso correr, escapar de uno mismo, no vaya a ser que nos atrapemos a nosotros mismos y veamos cómo somos en realidad, y no nos guste lo que veamos. No sé si les ocurre a otros escritores; puede que no, seguramente no; pero desde luego en mi caso es cierto. Escribir es drogarse, huir de la realidad y negar el presente, hundirse en fantasias donde todo es mejor, y si no lo es, al menos hay la oportunidad de que parezca mejor o de luchar para que lo sea, aunque algunos de los personajes acaben pereciendo a causa de ello, manifestar lo que pensamos y lo que ocultamos. Así pues, C se drogaba, yo escribía mis insensateces, y todos tan contentos.
    Me pregunto si existe algún lugar, un puñetero mundo o universo donde los sueños de la gente se conviertan en realidad, los deseos se completen y no haya que luchar para conseguirlo ni existan los conductos lagrimales en la anatomía del ser humano. Y no lo digo pensando en mí, ni tampoco en C, sino en tantas personas que mueren o malviven sin convertir en realidad sus modestos sueños o afanes, sus sencillas ilusiones, sus plácidas aspiraciones. Que han de enfrentarse en ocasiones a una vida que no les gusta nada. No se trata tanto de triunfar en la vida como de sentirse "razonablemente feliz", como decía la protagonista de una de mis historias. Los triunfos en la vida suelen ser escasos y breves, si es que llegan. Cuando son ruidosos, suelen corresponder a personas un tanto indeseables. Una felicidad razonable es más deseable, pero, ay, me temo que igual de imposible. C aprendió que vivir en el lujo no sirve de nada, y le costó perderlo todo; para entonces, ya era tarde.
    Los estragos del tiempo no son los que se reflejan en nuestro rostro, avejentándolo, afeándolo o estropeándolo, ni los que marchitan nuestro cuerpo. Son los que no se ven: los que hieren nuestra alma y debilitan nuestro corazón y van segando nuestras fuerzas y mellando el ánimo. Los estragos del tiempo son los que percibimos cuando nuestra colección de pérdidas va aumentando notablemente y nos quedamos poco a poco sin lo que hemos ido conociendo a lo largo de la vida, hasta reducirse a nada. O cuando vemos cómo los demás, a quienes queremos o hemos conocido o nos hemos cruzado con ellos en momentos concretos de la vida durante una determinada época, van menguando poco a poco, frustrados, fracasados. O los perdemos de vista y no volvemos a saber de ellos. ¿Serán felices sus vidas? ¿Quiénes les rodearán ahora que no sabemos de ellos? La duda nos acompañará siempre. Las ilusiones no se cumplen, los deseos desaparecen, las amistades se marchitan, los amores caducan, las esperanzas languidecen, la salud merma, las energías se desvanecen, la fe huye. Perdemos un día el interés por algo que nos parecía imprescindible, no lo recuperamos ni deseamos hacerlo; sabemos que según qué ya no tenemos fuerzas para soportarlo y nos preguntamos cómo pudimos soportarlo en otros tiempos.
    Una vez, hace algunos años, le dije a C: "Al final los recuerdos bellos prevalecen sobre los malos, y éstos se olvidan." Y C me dio la razón. Es extraño, es verdaderamente extraño que en un caso como el de C prevalecieran los momentos felices y bellos, y el horror y el espanto fueran siendo sepultados. Pero existieron. Sólo que incluso eso, poco a poco, día a día, momento a momento, también se va desvaneciendo, y así poco a poco desaparece y parece no haber existido. O quizá no queremos que haya existido. Los estragos del tiempo acaban destruyendo incluso los recuerdos, y a lo mejor eso nos salva de enloquecer. O acaso decidimos también qué parte de recuerdos queremos desechar.

FIN.
 
 

May 04

GALERÍA DE MUJERES (35). JUDY GARLAND: Al final del arco iris


(c) 2007 by J.C. Planells
 
 
No hay duda de que si alguien está enterrado al final de un arco iris --en el supuesto de que esto sea posible--, ese alguien es Judy Garland. He aquí otro caso de vida estropeada, de persona que tuvo fama, dinero, éxito, admiradores, respeto, adoración por parte de diversas generaciones. He aquí otro caso de persona explotada, manipulada, al servicio de los intereses de las productoras y el star system.
Nacida con el nombre de Frances Ethel Gumm en 1922, debutó en el mundo del espectáculo a los tres años: procedía de una familia dedicada al mundo del espectáculo. Fue niña prodigio, o actriz infantil, como se prefiera, niña o jovencita mimada por la Metro (hasta que decidieron darle la patada) en productos optimistas, alegres, llenos de música y canciones, emparejada al insoportable Mickey Rooney en la serie "Andrés Harvey" (españolización del original "Andy Hardy"), bailando y cantando a las órdenes de Busby Berkeley, de Vincente Minnelli (con el que se casaría) o de George Sidney.
Su principal papel, por el que alcanzó esa inmortalidad cinematográfica que pocos alcanzan y tantos desean, lo tuvo al interpretar a Dorothy en la versión musical del clásico infantil El mago de Oz. Un film tan discreto artísticamente como cautivador en su fondo, y que visto hoy día debe decirse que vale lo que vale gracias a Judy Garland. Allí interpretó "Over the Rainbow", y esa interpretación, esa escena, es ya más que un clásico del cine musical: es casi una confesión, una declaración de principios, una aspiración, un deseo imposible, un vaticinio. No es extraño que en cierta manera, el "Over the Rainbow" de Judy Garland en El mago de Oz parezca más un himno que otra cosa: un himno para los desesperados, para los extraviados... Una súplica cantada.
Judy enamoró, como digo, a generaciones. Su nombre se menciona con respeto y emoción, ese respeto y emoción que al parecer no la rodeaba profesionalmente. Su vida fue un cúmulo de desgracias, un catálogo completo de desdichas. Matrimonios fracasados, despidos profesionales, drogas y alcohol. Probablemente, como ocurre en todos estos casos, su desgracia fue ser una niña prodigio: sometida a la férrea disciplina del tiránico Louis Mayer, se vio espiada por compañeras de piso colocadas por Mayer para tal fin, sometida a dietas rigurosas para que no engordara (al parecer, a Judy le encantaba comer dulces, lo cual, lógicamente, la hacía engordar un poco). A fin de poner a raya esa glotonería, le suministraron ya de jovencita Benzedrina a fin de que perdiera el apetito. Y ése fue el primer clavo del ataúd de Judy, que el propio Mayer martilleó con gran vigor. A la Benzedrina le siguieron píldoras para dormir para contrarrestar sus efectos; a las píldoras, pastillas para despertarla de tanto dormir y luego, calmantes para los nervios que le entraban con la Benzedrina. El señor Mayer y sus ideas luminosas iban fabricando un bonito ataúd para Judy mediante un buen cóctel químico. La propia Judy acabó contribuyendo a clavar aún más clavos en él, a medida que se iba haciendo mayor, consumiendo alcohol, esnifando cocaína, inyectándose heroína..., todo ello para "compensar" los efectos secundarios de tanta química en su cuerpo, metida por el "bien" del star system y la gloria de la Metro Goldwyn Mayer. 
El final de Judy Garland no es que fuera lamentable: fue verdaderamente patético: el 22 de junio de 1969, fue encontrada sentada en la taza del váter (un váter atrancado, según relata Kenneth Anger, un tanto innecesariamente), hecho un despojo humano, drogada, ensangrentada... Antes de esto, ya hubo muchos intentos de sucidio de toda clase: con cuchillos, con píldoras... Finalmente, a los 47 años, lo logró. Las últimas fotos que de ella se tomaron en vida nos muestran un rostro abotargado, irreconocible, espantoso. Como dice Anger, no tenía ni cincuenta años y aparentaba más de cien. Yo, viendo sus últimas fotos, diría que ni siquiera parecía un ser humano.
Hoy, películas como Ha nacido una estrella, que interpretó en 1954 a las órdenes de George Cukor, papeles como su breve colaboración en Vencedores o vencidos y su interpretación en El mago de Oz, nos permiten ver una Judy Garland más cercana a la realidad, por un lado, y al deseo de una realidad mejor a la que escapar, por otro lado. Se comprende el aura mítica que la rodea. Y uno no puede resistir la tentación de hacerse la pregunta: ¿Por qué se estropea, por qué estropeamos, todo aquello que se supone nos ha de dar felicidad? ¿Dónde está el fallo? Y tengo la sensación... no, la intuición, de que si supiéramos la respuesta correcta a esta pregunta --la única respuesta correcta--, entonces habríamos dado con el secreto de hacer de este mundo nuestro un lugar perfecto. Puede que esa respuesta esté al final del arco iris.
 

May 03

THE FACES OF SCIENCE FICTION, de Patti Perret

(c) 2008 by J.C. Planells
 
En 1984, Bluejay Books publicó este libro de fotografías realizado por Patty Perret, que ofrece --tal y como reza su subtítulo-- "Retratos íntimos de los hombres y mujeres que dan forma a la manera en que vemos el futuro". Un subtítulo un tanto alambicado, pero en fin, es lo que hay. Patty Perret, nacida en 1955, empezó a dedicarse a la fotografía a finales de la década de 1970, lo que incluye su trabajo en el show televisivo Saturday Night Live en 1980-81, que le valió un premio. En otoño de 1982, según cuenta en la presentación de este libro, Betsy Wollheim --esposa de Donald Wollheim, el editor de Daw Books, y para la que había trabajado anteriormente-- le sugirió realizar un libro de retratos de escritores de ciencia ficción americanos. Tras una primera lista de 150 nombres y contactar con ellos, el número se dedujo a 82 al rehusar participar en el proyecto varios de los seleccionados. Y son estos 82 los que aparecen en las páginas de este libro.
Así, Patti Perret y su esposo, Mark Bingham, se embarcaron en un viaje por todo Estados Unidos, recorriendo los hogares de residencia de los 82 escritores que aceptaron ser fotografiados. En su prefacio, Mark Bingham relata algunas anécdotas al respecto, y cómo en la mayoría de ocasiones apenas disponían de una hora --tres con suerte-- para charlar con el escritor de turno antes de retratarle en un marco conveniente, así como captar su personalidad.
Y éste es el punto al que deseaba llegar: pues como la propia Patti Perret confiesa en su presentación, no era lectora de ciencia ficción y por supuesto ni conocía ni sabía nada de estos 82 escritores seleccionados, así que iba leyendo sobre la marcha algunas novelas o relatos de cada uno de ellos antes de visitarles, desdeñando curiosamente leer entrevistas realizadas o incluso sus datos biográficos. Y con esto, más las charlas antes del retrato de turno, era de cuanto disponía para reflejar la personalidad de cada autor. Lo que hace, por lo tanto, singular este libro es precisamente que cada uno de los retratos refleja perfectamente la personalidad del escritor que aparece en él. Con independencia del excelente trabajo fotográfico de Patty Perret, lo que maravilla es la manera en que ha logrado captar la personalidad de cada uno de ellos, como podrá deducir quien tenga un conocimiento en mayor o menor grado sobre los autores aquí presentes, bien mediante su obra o por lo que de ellos es sabido a través de entrevistas, datos personales o estudios biográficos. La fina intuición, la casi radiografía que de ellos nos ofrece Patty Perret es realmente sorprendente. Por supuesto, no podemos hablar por los autores inéditos en castellano o escasamente conocidos, que abundan más de lo deseable, dicho sea de paso (Jack L. Chalker, Marta Randall, Dean Ing, Lee Killough, M.A. Foster son algunos de los nombres que no significan nada para nosotros). Así, pues, el lector español debe conformarse con los autores ya conocidos o familiares según su grado de fan de cada uno de ellos. Digamos, de paso, que a cada autor se le pidió un breve texto para acompañar su retrato, lo que dio lugar a las habituales chorraditas, ataques de misticismo, simplezas, filosofías baratas y, por supuesto, textos interesantes. Como ya queda señalado, hay ausencias voluntarias, y entre ellas Robert Heinlein y Robert Sheckley son quizás las más llamativas; nos queda la duda de cómo los hubiese captado el certero ojo de Patty Perret.
Preside la portada, muy acertadamente, el retrato de Jack Williamson --que reaparece luego a poco de iniciado el volumen--, tocado con su sombrero tejano, con su rostro ya anciano, su mirada bondadosa, sentado en la biblioteca de su casa: un toque cálido y hogareño (como la mayoría, aunque no todos, de los retratos). Tras los prólogos ya mencionados --más uno totalmente superfluo de Gene Wolfe--, empieza el desfile de figuras del género. No están ordenados alfabéticamente, sino un poco al tuntún (¿o no tanto?: pues Pournelle, Laumer y Niven aparecen uno después de otro...). El primero es Alfred Bester, sentado en una silla de mimbre, cigarrillo en mano y con aspecto de aguardar alguna revelación por parte de su interlocutor: hay algo de inquisitivo en su mirada, así como un cierto cansancio de quien ha librado demasiadas batallas; a su espalda, vemos una puerta abierta, como si Bester fuera a cruzarla de un momento a otro. Hay una sensación de soledad y de resignado conformismo en la imagen. A continuación, Ursula K. Leguin se lo toma con calma y serenidad: tiene una mirada como señorial en una estancia que parece bañada por el sol exterior, aunque se adivina fresca por dentro; parece un tanto distante, como en un plano de superioridad (el texto que acompaña su foto es una poesía). Más adelante (evidentemente, no voy a hablar de las 82 del libro), encontramos al ya desaparecido Roger Zelazny: una imagen sobria, casi adusta... minimalista, se podría decir: sentado ante la chimenea de su casa, donde se puede ver un Buda a la izquierda; en principio, sorprendería esa economía en su retrato de alguien de verbo tan poderoso... ¿o no? Quizá no, puesto que Zelazny despojaba a su narración de lo superfluo dejándola reducida a lo esencial: era la imaginación del lector lo que le daba poder.
El retrato de Piers Anthony es engañoso: pretende hacernos creer que es un humilde trabajador en su taller, de ahí la desordenada estantería que vemos a su espalda y el atuendo casero que lleva... pero la mirada taimada no engaña, y su sonrisa satisfecha nos indica claramente lo encantado que está de conocerse y la buena opinión que tiene de sí mismo. Otro que está en su taller es Algis Budrys, pero aquí la imagen es muy distinta: vemos una mesa llena de herramientas, perchas de las que cuengan camisas, trastos por todas partes, y un Algis Budrys que nos mira con aspecto de hallarse atareado en alguna reparación mecánica u hogareña, como si el mundo de la ciencia ficción fuese algo ajeno a él (y de hecho, por aquellos años se limitaba prácticamente a su columna mensual de crítica en una revista del género). Ray Bradbury, cómo no, aparece entre enmarcado y rodeado de libros, caretas de carnaval, pósters de cómics antiguos, juguetes, relojes, un cuerno de caza y multitud de objetos más..., luciendo pantalón corto, como un niño sorprendido en su cuarto de juegos. El retrato de Theodore Sturgeon lo muestra en medio de una arboleda, las manos en los bolsillos y su inconfundible aspecto de gnomo, la mirada esquiva: es un retrato de soledad asumida con un cierto orgullo, pues al fin y al cabo está en comunicación con la naturaleza; en su breve comentario, habla de Patty Perret en lugar de sí mismo. Isaac Asimov aparece retratado contra el fondo neblinoso de Nueva York: podría estar retratado casi entre nubes, de no ser por los barrotes de las galería que vemos a su espalda: hay una cierta actitud de sapiencia al tiempo que de afabilidad en su mirada, su sonrisa y su ademán imponente. Marion Zimmer Bradley, la autora de la popular --por motivos que nunca he entendido-- serie Darkover parece la sacerdotisa de un templo dispuesta a impartir el sermón dominical, tanto por la túnica que viste como por el lugar escogido de su casa: una pared casi desnuda con lo que parece un crucifijo --no lo es-- en la parte alta; teniendo en cuenta cómo predica en sus novelas, la imagen resulta inquietante. La de Frank herbert es una de las fotografías más extrañas del álbum: aparece sentado en el trampolín de una piscina interior, sin agua, de espaldas y girando la cabeza para mirarnos; otra foto de soledad y aislamiento.
C. J. Cherryh nos muestra que es una chica guapa y nada más (lo mismo que es una escritora prolífica y nada más): retratada en el salón de su casa, es una foto impersonal de alguien impersonal. Jerry Pournelle parece un vendedor de coches retratado en su despacho: viste camisa de manga corta y parece todo menos un escritor de ciencia ficción: transmite autoridad, firmeza y sentido práctico. Keith Laumer está sentado en el interior de uno de los coches del cementerio de automóviles situado a poca distancia de su casa de Brooksville, esos coches que --como le contó a Charles Platt en 1982--, reparaba a ratos perdidos con el mismo afán que trataba de reparar su maltratada salud: es un rostro duro y amargo donde se adivinan las heridas interiores. Larry Niven parece un niño rico --lo que en realidad es-- sentado indolentemente en su chaise longue, frente a una gran pantalla de televisión y mirándonos con rostro satisfecho: la de quien no necesita trabajar para vivir. James Tiptree Jr. (es decir, Alice Sheldon), aparece de perfil, muy envarada, sentada ante la chimenea de su casa, sosteniendo un periódico que contempla de manera artificial y con un cigarrillo en la otra mano: es la única en todo el libro que "posa" deliberadamente, y que pretende aparecer natural sin conseguirlo ni por asomo, puesto que en esas fechas ya se había desvelado su secreto (Tiptree era Sheldon, el hombre era una mujer) y su actividad literaria estaba prácticamente reducida a cero debido a ello, tras diez años de fingimiento, parece evidente que Sheldon era incapaz de ser "Tiptree" ni para una fotografía... sin fingir.
Thomas M. Disch ofrece el retrato más insólito y divertido de todos: su rostro se refleja en la superficie de una tostadora que hay sobre una mesa, con lo que pasa a ser uno más de los muchos objetos que llenan la imagen: la mesa, un cuadro, una lámpara, una cafetera y una taza, un arcón empotrado en la pared, unos libros... No está de más recordar que Disch había publicado pocos años antes su popular relato "El valiente tostadorcito". La escritora André Norton parece una abuelita en su sala de estar: rodeada de gatos de peluche y con pinta de acabar de tomar el té con Miss Marple (o de preparar el americano pastel de manzana para sus sobrinos); teniendo en cuenta la popularidad de que gozó siempre entre los lectores más jóvenes del género --el resto la ignoraba--, esta imagen suya de "abuelita, cuéntame un cuento" es muy apropiada. A.E. Van Vogt parece un tipo la mar de normal, sorprendido en camisa y sin chaqueta, sentado en el sofá de la sala, de espaldas a la ventana; no nos engañemos, en su texto nos explica cómo pronto se convirtió en alguien que observaba a las personas y estudiaba los aspectos de la vida: en efecto, su rostro inquisitivo parece observarnos y estar a punto de echar a correr a la máquina de escribir para poner por escrito el resultado de sus observaciones. No sé por qué razón, no me sorprende nada ver a Robert Silverberg echado indolentemente sobre la alfombra de su casa, con aspecto de hacer el gandul (estuvo muchos años semirretirado de sus labores de escritor, como es sabido, y para esas fechas había dejado atrás sus tiempos "experimentales" por cansancio).
Estas son, en fin, algunas de las miradas que Patty arroja sobre los escritores seleccionados para su libro de retratos. Independientemente de lo magnífico de su trabajo fotográfico --como ya he dicho antes--, lo que sobresale es su acierto en captar la personalidad de cada uno de ellos, en aquel momento concreto de sus distintas vidas. Teniendo en cuenta el desconocimiento previo que tenía de ellos, y el escaso tiempo para conversar con ellos de que dispuso, Patty Perret hace cierto aquello de que "una imagen vale por mil palabras".
 
 

April 30

COMPENSACIONES DE GUERRA

 
[Este relato ganó el tercer premio del concurso de relatos de ciencia ficción Domingo Santos de la Hispacon de Mataró, 1997. No ha sido publicado más que en un boletín de la propia Hispacón 1997, por lo que se puede considerar casi inédito.]
 
 
(c) 1997 by J.C. Planells
 
 
    Cuando los kajanti se rindieron, finalmente, después de tres años de guerra con la Tierra, se vieron forzados a firmar una serie de condiciones para la paz. Entre ellas figuraban las habituales compensaciones en bienes, naves, minerales y demás, que siempre han constado en mayor o menor grado en todos los tratados tras una guerra. Había, sin embargo, una condición completamente nueva: los kajanti estaban obligados a construir solidogramas funcionales autónomos de todos los terrestres que habían resultado muertos durante el conflicto bélico. No se trataba de una cantidad excesiva: poco más de doscientas personas, puesto que la guerra se había librado mayormente entre naves tripuladas por robots, por lo cual la pérdida en vidas, tanto en un bando como en el otro, había sido exigua, habiendo fallecido muchos de ellos por causas originadas en accidentes inesperados. En relación directa con la guerra sólo cabía hablar de 135 muertos, casi todos ellos durante los primeros días del estallido bélico, especialmente en el ataque kajanti a la base situada en Minerva.
    Los kajanti trataron de reducir la cifra, pero el Mando Militar Terrestre se mostró inflexible. La cláusula debía ser cumplida, al igual que todas las demás condiciones del tratado. Los kajanti argumentaron también, un tanto oscuramente, qué utilidad podía tener tal compensación de guerra, pero las autoridades del Mando Militar Terrestre no se dignaron contestar a eso.
    El asunto se demoró algún tiempo. Finalmente, los kajanti, con la ayuda de militares encargados de facilitarles los datos de los fallecidos, fueron entrando en contacto con los parientes respectivos para cumplir con el acuerdo. Los familiares de los terrestres muertos durante la guerra pertenecían a diversas naciones de la Tierra, así como a diferentes razas y creencias religiosas, y la acogida que dispensaron a la singular propuesta fue desigual. Muchos la rechazaron tajantemente, a lo que el Mando Militar Terrestre no podía oponerse, otros lo consideraron una aberración y la aceptaron de muy mala gana. Pocos aceptaron voluntariamente.
    Entre los familiares que figuraban en la relación del Mando Militar Terrestre estaba Aurora Galván Fernández, residente en Laredo, Santander, España.

 
    Aurora Galván había recibido la notificación de la visita de un delegado del Mando acompañado de su equivalente en el mundo de los kajanti, que se presentarían en una determinada fecha. Llegó esa fecha y los tres estaban ahora sentados en la salita de la casa situada en las afueras de Laredo, tratando del asunto. En realidad, el asunto lo trataba casi por entero el militar terrestre.
    --En su caso, es bueno que acepte, señora Galván --estaba diciendo el militar en un tono afable que a ella no le gustaba demasiado. El militar, de hecho, estaba ya bastante harto de la acogida casi siempre hostil que recibía por parte de los familiares que llevaba visitados hasta el momento--. Es usted viuda, vive sola en esta casa. Ciertamente, podría volver a casarse de nuevo, no es tan mayor... ¿Cuarenta y siete años, verdad? En todo caso, su situación es de lo más pertinente. El solidograma funcional de su hijo Javier Mansar Galván le dará realmente la impresión de que él vuelve a estar con usted. Le hará compañía.
    --¿Un solidograma? --preguntó Aurora, en tono hosco--. ¿Qué es eso?
    --Oh --repuso en tono vago el coronel--, un artilugio que producen en el planeta original de los kajanti. Son muy curiosos... Hemos visto que pueden adoptar forma humana y reproducir a un ser vivo, es como un holograma pero con... ah, cierta consistencia física.
    El kajanti se removió levemente en su asiento.
    --Todo lo que no sea devolverme a mi hijo con vida, no creo que pueda compensarme en nada --dijo Aurora, sin abandonar del todo su tono hostil.
    El militar terrestre --no recordaba ya el nombre que le había dado al presentarse, coronel Loquefuera-- movió la cabeza, apesadumbrado.
    --Esto no es posible, desde luego. Su hijo fue uno de los pocos que murieron en combate directo, durante el ataque de los kajanti a la base de Minerva --lanzó una rápida mirada a su homólogo kajanti, como si éste, personalmente, hubiera sido quien había matado al hijo de Aurora Galván--. Murió como un héroe --añadió el militar, quizá con una animación excesiva. A Aurora poco consuelo podía significarle el que Javier hubiese muerto como un héroe o dormido en su cama en el momento del ataque kajanti; estaba muerto, definitivamente muerto, y eso era todo lo que ella sabía, todo lo que le importaba.
    --Pocos héroes ha habido en esta guerra, y mi hijo tuvo que ser uno de ellos --murmuró la mujer, con tono claramente ácido.
    El coronel estaba empezando ya a aburrirse y deseaba terminar cuanto antes con el asunto.
    --Duk Janti Omerrelo será quien le traiga personalmente el solidograma funcional la semana próxima --dijo. Se refería al kajanti que le acompañaba, por el gesto que hizo el coronel. Aurora no recordaba tampoco su nombre, en realidad no recordaba que el coronel se lo hubiera presentado.
    Aurora Galván lo contempló con los ojos muy abiertos.
    --¿Él? ¿Él precisamente ha de traerlo? --dijo asombrada.
    --Es una de las condiciones --repuso un tanto alegremente el coronel--. Un kajanti ha de ser quien entregue personalmente a los familiares el solidograma funcional.
    "Como si fuera una expiación", pensó Duk Janti Omerrelo, sin saber que Aurora Galván estaba pensando algo muy parecido.
    La mujer permaneció en un hosco silencio. Nervioso, el coronel recogió su gorra y se puso en pie. La entrevista se daba por terminada y la aquiescencia de la señora Galván por tácita, ya que no había dicho nada en contra.
    --Una semana --repitió el coronel, recogiendo su gorra y disponiéndose a salir.
    El kajanti salió tras él. No había pronunciado una sola palabra durante la entrevista.
 
 
    Y exactamente una semana después, un vehículo que Aurora Galván jamás había visto anteriormente --de lo cual dedujo su origen kajanti-- se detuvo frente a su casa, mediada ya la tarde. Aurora presenció su llegada desde la ventana de la salita. Vio cómo se abría una compuerta y descendía de su interior un kajanti. Podía ser o no el mismo que había venido la semana pasada. Aquellos seres negros, de aspecto gomoso, relucientes y de facciones perpetuamente inexpresivas le parecían completamente iguales. Tampoco había visto muchos, en realidad, excepto en los noticiarios de la televisión.
    El kajanti echó a andar hacia la casa. Advirtió que ella le estaba contemplando desde la ventana y se detuvo como indeciso. ¿Debía llamar a la puerta o aguardar a que la mujer saliera fuera? Finalmente, habló y su voz llegó con toda claridad hasta donde permanecía Aurora.
    --Le traigo su solidograma.
    Las palabras surgieron en un correcto español, pero con un notable tono cerrado, debido seguramente al translator que llevaba acoplado al pecho. El aparato era lo que sin duda proporcionaba ese desagradable y monocorde tono de voz. O quizá ésa era ya su voz natural. De muy mala gana, Aurora abandonó su puesto de observación y salió al exterior de la casa, hasta llegar a pocos pasos de donde permanecía el kajanti. Cruzó los brazos, expectante, y permaneció en silencio.
    --Soy Duk Janti Omerrelo --dijo finalmente su visitante--. Haré que salga el solidograma.
    Se volvió hacia la nave e hizo un leve gesto con la mano. Unos segundos después, una figura emergió del interior y empezó a avanzar hacia ellos.
    Aurora no pudo evitar un sobresalto al verle. Instintivamente, se llevó una mano al cuello. Javier, su hijo, estaba muerto, lo sabía, pero aquello... aquello que se acercaba hacia donde estaban ella y el kajanti, en dirección a la casa, era exactamente su hijo. El chico alto, de veintitrés años, de pelo rubio oscuro, facciones angulosas, ojos penetrantes, expresión seria. El chico al que vio partir una mañana de su casa, con destino a la base de Minerva, y que murió en un ataque, durante una guerra de la que ninguno de los dos sabía otra cosa sino que debía librarse por las razones que fueran. Ese mismo chico estaba ahora volviendo a casa.
    No. No ese mismo chico.
    Lo que venía hacia ella parecía ciertamente un cuerpo humano, sólo que... brillaba un poco. Tenía una tonalidad rojiza, luminosa, como si en su interior ardiera un fuego que transparentara un poco su piel. Aurora pensó que si lo tocaba lo encontraría muy caliente. Vestía el mismo uniforme con el que se marchó aquella mañana y caminaba tranquilamente, sin apresuramiento, su expresión carente de significado. Miraba al frente, con cierta fijeza, un poco por encima de las cabezas de ellos dos. No había expresión en esa mirada.
    --No --dijo Aurora.
    El muchacho se detuvo en seco.
    El kajanti dirigió una mirada hacia los árboles que había un poco más allá de la casa.
    --No está completamente activado --dijo en su cerrado tono de voz--. Pensé que sería mejor que usted lo viera primero y luego lo activase.
    --¿Activarlo? --preguntó Aurora, frunciendo el ceño.
    El kajanti apartó la mirada de los árboles y la fijó en ella.
    --Respuestas emocionales --dijo, pero no parecía que estuviese contestando a su pregunta, sino facilitando información--. Me temo que un tanto simples. Este sistema no es tan perfecto como ustedes... como sus militares creen. Puede moverse, andar, sentarse a leer un periódico, ver la televisión, realizar pequeñas tareas domésticas... Puede hablar del tiempo, practicar algún deporte... No mucho más. Por supuesto, no come, no precisa lavarse. En realidad, cuanto más alejado esté del agua, mucho mejor. No puede mantener conversaciones, pero escuchará atentamente todo cuanto usted le diga. Es un magnífico oyente. Sonreirá, se pondrá serio, incluso triste, todo ello según y cuando convenga. --El kajanti miró al suelo--. Es todo lo que podemos hacer. Si hubiéramos sabido algo de cómo era su