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VALE QUEMASDAwrote:
Para haberlo escrito este relato hace 27 años, "Ha estallado la guerra", lo encuentro interesante, inquietante, con un lengüaje descriptivo sin ninguna complicación y muy creíble.
En cuanto a los análisis o críticas de televisión que haces, aún no conociendo muchas de la series que mencionas, compruebo con satisfacción, están muy bien documentadas y razonadas. Muy del estilo (salvando comparaciones) de mi admirado y siempre respetado Ferrán Monegal, aunque a veces también se muestre un poco visceral.
De cualquier forma siempre es bueno que exista gente con verdadero criterio, para contrarestar con vuestras opiniones,  tanta "basurilla" como nos ofrecen hoy día por la "excaja tonta"; ahora son superpantallas de plasma o LCD de tropecientas pulgadas... je je.
Agradable sorpresa tu espacio-blog. Prometo seguir visitándolo.
Un saludo cordial. ¡Vale!
4 days ago
Montserratwrote:

Un any més...

Per molts anys, Joan Carles!

Oct. 10
Nofretwrote:

Hola Juan Carlos, gracias por tu comentario en la entrada sobre Robert Ludlum

Que tengas un buen fin de semana. Abrazos

Oct. 2
Hola:
Yo también fui a la Lumen con la señorita Julia. Y conocí a Mercedes Corbella. Pero aunque me suena tu apellido, no acabo de visualizar tu cara. Tengo una foto de nuestras clase de párvulos, con el Bru y el Olivé.
si quieres te la mando.
Saludos.
Ah, yo también soy escritor.

Carlos Garrido (correocarlosgarrido@hotmail.com)
Sept. 13
Nofretwrote:

Buenas tardes Juan Carlos, gracias por tu comentario en mi entrada,  estoy leyendo  Muerte Doble, dé momento me esta gustando. Abrazos

Aug. 25

planells fact&fiction

relatos; textos sobre cine y literatura, por Juan Carlos Planells.
November 18

EL ADEPTO DE LA REINA, de Rodolfo Martínez

 
(c) 2009 by J.C. Planells

 

De publicarse en Estados Unidos, donde tan aficionados son a poner "praises" (frases elogiosas escritas por autores con nombre solvente o criticos afamados, que cobran por hacerlo), seguramente le habría correspondido algo parecido a "El adepto de la reina aúna el rigor científico de Larry Niven con la trepidante acción de James Bond", o cualquier variante por el estilo. Como en España no perdemos (aún) el tiempo poniendo estas chorraditas en la portada o la publicidad del libro cuando de autores nacionales se trata, podemos enfocar la novela de turno sin prejuicios. Los prejuicios ya llegan por sí solos, por supuesto, cuando se trata de una novela de ciencia ficción o fantasía de autor español (como si las procedentes de Estados Unidos fueran todas una maravilla...). En todo caso, Rodolfo Martínez, con una amplia obra publicada en poco más de diez años (su primera novela apareció en 1996), y diversos premios en su haber, no necesitaría presentación, ni mucho menos "praises", para acompañar esta o cualquier otra obra que saque a la luz. Lo que ocurre es que El adepto de la reina sorprende ya en su arranque, con una escena clavada a la inicial de la versión cinematográfica de James Bond contra Goldfinger, el tercer film rodado sobre novelas de Ian Fleming protagonizadas por James Bond (escena que no existe en la novela original). En todo caso, Martínez se ha curado en salud poniendo como cita una frase de otra versión cinematográfica de James Bond. Pues, en efecto, El adepto de la reina es, en apariencia, una novela de espías a lo James Bond (más del cinematográfico que del literario, aunque también de este último), que a muchos lectores les hará añorar los tiempos en que menudeaban esta clase de novelas (o películas), sobre la guerra fría, los dos bloques, las luchas de espías, y todo aquello que, más o menos, el tiempo se llevó para sustituirlo por situaciones y enfrentamientos probablemente mucho peores que aquellos, aunque ciertos periodistas digan lo contrario.
Sin embargo, esto es sólo el fondo, lo que reviste la novela, pues el mundo donde transcurre la historia no es el nuestro (aunque se le parece mucho), y aquí es donde empieza un juego que en realidad no termina, pues está claro que esta novela no es más que la primera entrega de una serie o quizá de una trilogía: son demasiados los misterios que se van planteando conforme avanza la acción, sin que ninguno se aclare al final, lo cual deja al lector con una notable sensación de frustración. Claro que también se podría decir que es el propio lector el que se monta el misterio por su cuenta, siguiendo las imbricaciones argumentales y de fondo que van jalonando la historia. Pues ocurre que El adepto de la reina es una novela que, por decirlo así, parece variar de género conforme avanza: de novela de espías, a posible ucronía, de esto a quizá novela en mundos alternos, para acaso derivar en ciberpunk sin que nos demos cuenta... o a juego de rol. Al final de la obra, como digo, nada se resuelve, solo el problema concreto al que se han de enfrentar los personajes.
A lo mejor muchos verán esto como un defecto; los lectores que lo quieren todo mascado y resuelto puede que se sientan molestos al ver que nada sabemos sobre la realidad --cuestionada a media novela-- del mundo en que transcurre la acción. Puede que no sea mala idea por parte del autor, porque permite que el lector cavile un poco, y terminada la lectura especule sobre lo que ha leído (si bien, al tratarse de una novela de pura acción, pueda parecer un poco fuera de lugar).
Sin duda el propósito de Rodolfo Martínez era construir una novela a lo James Bond --para lo que recurre a su propia versión de Q, de M e incluso de Felix Leiter, los personajes creados por Fleming-- con toques de ciencia ficción (a la postre, lo más interesante de la obra: los mensajeros, los carneútiles, cuyo significado se va comprendiendo conforme avanza la historia); en suma, un producto claramente comercial, lo cual no es malo de por sí, sólo cuando críticos duros, crueles y severos --que no suelen bañarse ni los domingos-- lo consideran así y castigan al autor con "el látigo de la vergüenza desde el balcón de la indiferencia" ((c) by Pep Manubens). Martínez ha demostrado su habilidad anteriormente en relatos donde la acción se combina con la introspección (La sonrisa del gato, El sueño del rey rojo) y donde a veces un personaje anda buscando su identidad o la razón o verdad de su existencia (descubrirse a sí mismo, en otras palabras), como ocurre en El adepto de la reina. Y hablando de personajes, sorprende la frialdad que desprenden varios de ellos, empezando por su protagonista, Brandan, o la vaga indiferencia que nos causan incluso los aparentemente más humanizados (Yoranna). No deja de ser curioso que sean algunos de los carneútiles --entes no humanos al servicio de los habitantes del planeta-- quienes quizá despierten mayor empatía en el lector. En todo caso, en este aspecto la novela recoge un poco el espíritu original de Ian Fleming, un autor algunos de cuyos personajes no siempre despertaban la simpatía o el interés del lector, a causa de su frialdad o de cierto distanciamiento (el mundo de los espías es frío y deshumanizado, ya se sabe). En todo caso, debe quedar claro que no estamos ante un "pastiche" (o sea, una imitación exacta del estilo de Fleming), pues en lo demás Martínez y el creador de James Bond difieren notablemente: Fleming era muy detallista (hasta bordear el aburrimiento) en sus novelas, y Rodolfo Martínez es más directo y ágil, prescindiendo del detallismo.
En suma, Rodolfo Martínez ha conseguido una entretenida novela, de esas que enganchan al lector y se leen de un tirón casi sin darse uno cuenta; y si bien hace un curioso uso de la elipsis narrativa en algunos momentos, en otros cae en cierta prolijidad o reiteración respecto a motivaciones psicológicas de los personajes, como si quisiera dejar bien claro lo que les impulsa o les preocupa, y en este aspecto el lector va por delante del autor.

November 16

2012, de Roland Emmerich: Bienvenidos a Emmerich Port Aventura


(c) 2009 by J.C. Planells
 
 
Ante películas como 2012, es perder el tiempo tratar de hacer una crítica o incluso un comentario sobre ella: no tiene sentido, lo mismo que carecería de sentido ir a Port Aventura, al parque de atracciones del Tibidabo o a Disneylandia, y hacer luego una crítica sobre las atracciones y el grado de diversión y entretenimiento que ofrecen. 2012 es simple diversión, un gigantesco parque de atracciones cinematográfico en pantalla grande y dolby stereo, y de lo que se trata es de ir a evadirse las dos horas y media que dura la proyección.
Las películas de Roland Emmerich vienen a ser casi siempre lo mismo, unas veces de manera más afortunada (Independence Day) y otras menos (10.000 a.C.). Su premisa es simple: apabullantes efectos especiales, personajes bajo mínimos y acción trepidante y muy ruidosa. Cuando sus películas son un poco menos ambiciosas, resultan ser medianamente atractivas (Stargate, Nivel 13), pero cuanto más gigantesco es el proyecto, más impersonal es el resultado (Godzilla, El día de mañana). A la postre, el hombre no busca nada más que la espectacularidad, cuanto más grande mejor, y para ello se vale de lo más extremo en cuanto a aparatosidad escénica y a lo más simple en cuanto a personajes de la historia. Seguramente habrá pensado que si a Spielberg le funciona la vena sentimental que inocula en sus películas (o en las más comerciales), a él le funcionará también, y para ello recurre a personajes sacados de entre la galería de estereotipos más vulgar que quepa imaginar. Todo es estereotipo puro, en realidad, porque lo importante está en los efectos especiales: destruir una ciudad, un continente o ya puestos, todo el planeta, como aquí. Uno se pregunta tras ver 2012, qué será lo siguiente que destruirá Emmerich en su próximo proyecto: ¿el universo? Porque ya no puede ir más lejos, él mismo se ha puesto el listón demasiado alto.
No se puede decir mucho más del film. Sólo que, pese a tanto ruido, destrucción, cataclismos y demás, pese a tantos "¡Ohs!" y "¡Ahs!" de admiración por tanto tomate que se ve en pantalla, su visionado deja al final una cierta insatisfacción. ¿La acumulación de tanta destrucción y tanto cataclismo descomunal acaba por dejar indiferente? Me temo que es eso, pues ya en otras de sus producciones ocurría lo mismo. Y es que, como en una atracción de feria, uno puede acabar un tanto cansado...

November 14

HA ESTALLADO LA GUERRA


(c) 1981 by J.C. Planells
 
(Este relato fue publicado en Maser, nº 3, febrero de 1982. He introducido unas pequeñas correcciones en relación con la versión publicada.)
 
 
    Aquella iba a ser una vulgar mañana de primavera, o por lo menos eso me creía yo. Me despertó el reloj a la hora de siempre, me vestí, me lavé (más o menos) la cara, me afeité y leí cuatro páginas de mi libro de cabecera de moda, una rutinaria costumbre que he tenido desde siempre. A continuación, desayuné una taza de leche fría y unas cuantas galletas y me dispuse a salir a la calle.
    Lo primero que observé fue que alguien me había birlado el periódico que el repartidor dejaba puntualmente un cuarto de hora antes de que yo bajase las escaleras. Bien, era algo inevitable los sábados, día en que me despertaba más tarde, pero muy raro el resto de la semana. Ligeramente fastidiado (la broma me costaba pasar por el kiosko), abrí el portal y salí al exterior.
    No había dado ni el segundo paso, cuando me llamó enormemente la atención la inusitada cantidad de gente que había en al calle. Me detuve, sorprendido. Uno está habituado a ver aproximadamente las mismas caras día tras día, las mismas personas en la cola del autobús, los mismos parroquianos en el bar de la esquina, los vecinos de siempre saliendo de sus respectivas casas. No era así esta vez. Mi calle --que, por cierto, es muy ancha-- estaba literalmente invadida de gente. Pensé... bueno, no sé qué pensé, pero me quedé totalmente desconcertado. Era algo que rompía mi rutina diaria. Algo que me parecía totalmente inusitado e insólito. Nunca había visto tanta gente, ni siquiera circulando por las Ramblas a la hora punta de un domingo. Parecía una manifestación. Aunque no podía serlo, puesto que todos iban en direcciones opuestas y resultaba divertido que no chocasen entre ellos. Observé también que todos miraban fijamente frente a sí, incluso con la vista algo levantada, lo cual a esas horas de la mañana no es muy usual.
    Me arrimé a los portales, pues parecía ser una especie de pasadizo para avanzar rápidamente, y me dirigí al trabajo, que se encontraba a cinco minutos justos de mi casa. Inmediatamente, ya oí las voces. Esas voces provenían, evidentemente, de la multitud que llenaba la calle, pero no conseguía ver quiénes las proferían. Esas voces parecían flotar en el ambiente, eran claras y, para lo que decían, inexpresivas:
    --¡Ha estallado la guerra!
    --¡Es la guerra! ¡Ha estallado la guerra!
    --¡El mundo está en guerra!
    --¡Ya ha empezado la tercera guerra mundial!
    Me quedé atónito, estupefacto. Pensé incluso que me había vuelto loco. La gente circulaba y las voces  sobresalían por encima de ellos, como si lo que estaban diciendo fuese lo más natural del mundo. Se me hizo un nudo en el estómago y me apresuré a avanzar hacia la Gran Vía. Desde el chaflán de mi calle observé que la Gran Vía estaba totalmente invadida por las mismas multitudes; no solamente llenaban las aceras, sino la propia calzada, puesto que apenas circulaban coches. Era extraño. Conté exactamente seis coches en aquel tramo de Gran Vía que abarca de Urgell a Villarroel. Esos coches avanzaban despacio por entre la masa humana, sin increparles por haber invadido su zona de circulación. Me dije entonces que toda aquella gente no tenía un destino fijo, una dirección concreta a la que ir, sino que, simplemente, llenaban la calle.
    Moralmente deshecho, seguía oyendo las voces que proclamaban el estallido de la guerra mundial. Pero, ¿cómo no me había enterado yo? Recordé que, en contra de mis costumbres diarias, había descuidado poner la radio mientras me vestía y desayunaba. Claro, por eso había salido a la calle ignorando totalmente lo acaecido. Pero, ¿y las radios de los vecinos? Reflexioné y caí en la cuenta de que no había oído sonar ninguna mientras estaba en casa. Bueno, me dije, lo más probable es que todos mis vecinos estén formando parte de esta multitud que pasa por mi lado. De ahí que yo fuera el último en enterarme.
    Me aproximé al kiosko más cercano, que se hallaba rodeado de una buena cantidad de hombres. Me abrí paso entre ellos, sin ningún esfuerzo, y me llevé otra sorpresa. Apenas había ningún periódico. El vendedor explicaba a todos los que estaban allí:
    --No lo comprendo. Hoy todos los diarios sólo han entregado cantidades mínimas, apenas una tercera parte de lo que normalmente me sirven. Y fíjense...
    Mostró un ejemplar de La Vanguardia. La primera página no decía nada del estallido de la guerra. Pero no era sólo eso: el periódico tenía apenas doce páginas en lugar de las setenta o más que ofrecía regularmente. Me fijé en el resto de periódicos: El correo catalán, Avui, El periódico... Ninguno de ellos traía nada sobre la guerra, pero todos coincidían en el escaso número de páginas. El correo catalán, por ejemplo, era tan sólo una hoja doble, o sea, cuatro páginas.
    --Es terrible --oí que decía un caballero a mi lado--. Esto es terrible. Al final ha llegado lo que todos temíamos. La destrucción mundial.
    Encogido, me aparté del kiosko y me dirigí hacia el trabajo. Manolo, el del almacén, estaba en la calle y había abierto ya la reja de la tienda. Me vio llegar y me saludó con un gesto de la cabeza.
    --Ahora sí que estamos todos listos --dijo--. Nos vamos todos a la mierda de golpe.
    No encontré nada que decir a eso. Entré en la tienda, ya abierta. Todos mis compañeros estaban junto a la entrada, formando un corro.
    --Me cago en la puta madre de todo dios --decía Jorge--. Me cago en la leche. Yo no cojo un fusil ni que me corten los huevos. Que vaya a luchar su puto padre.
    --¿Alguien sabe algo de lo que pasa? --inquirí con una voz que apenas reconocí como mía.
    --La guerra. La guerra mundial --dijo Parés--. Tenía que llegar de un momento a otro. Se lo estaban buscando todos.
    --Sí, pero ¿quiénes luchan?
    --Oh... todos. No hay noticias. No se sabe nada.
    --¿España también está en guerra?
    --Si es mundial, no nos toca otro remedio. Aquí no se salva ni el apuntador.
    Me abrí paso y me dirigí corriendo al retrete. Cuando salí, había un compañero esperando.
    --Nos la han fastidiado --decía Parés--. Ahora comenzarán a llover las bombas y nos iremos todos al carajo.
    --No, no, si al carajo no hace falta que nos manden. Ya estamos en él.
    --Dicen que todos los reservistas tienen que presentarse en los cuarteles antes de las once de la mañana. Los que no estén allí a esa hora, serán fusilados por desertores.
    --¿Pero, quién dice esto? --pregunté extrañado.
    --Oh, lo dicen por ahí.
    --¿Y la radio?
    --¿La radio? La radio no dice nada. Escucha.
    Escuché. Teníamos el sintonizador puesto y lo único que se oía era una débil música ambiental. Me fijé en el aparato: estaba a todo volumen.
    --Qué raro. ¿Y las otras emisoras? --y moví el dial.
    --Nada. No se oye ninguna. Sólo ésta, y pone música y apenas se oye.
    Volví a dejar el dial donde estaba.
    --Me cago en la puta madre de todo dios --repetía Jorge como un disco rayado--. Me cago en la leche, hombre. Yo no voy a la guerra ni que me corten los huevos. Que vaya a luchar el maricón de su padre.
    --Lo mejor que puede hacer --me decía Parés-- es ir corriendo al cuartel donde le toque presentarse. Si no, se la va a cargar.
    --Pero...
    --¿Dónde te toca a ti? --preguntó Manolo.
    --En Numancia 9.
    --Pues ve allí enseguida. Te ha tocado la china. No hay más remedio. Como yo tengo ya cuarenta años, quizá no me llamen. Pero hasta los treinta y cinco, no se salva ni dios.
    No dije nada. No podía ni murmurar una despedida. Salí a la calle y me dirigí al metro. Cosa rara, estaba casi vacío de gente, y cuando llegó el tren, no había apenas viajeros. Me senté. Normalmente no suelo sentarme en los transportes, pero sentía que las piernas no me sostenían y temí ir a caer al suelo de un momento a otro.
    Cuando llegué a la estación donde debía apearme, me costó un esfuerzo horrible subir las escaleras hasta la calle. Lo habitual es que suba toda clase de escaleras de dos en dos escalones. Esta vez lo hice de uno en uno y agarrado al pasamanos.
    Llegué al cuartel. Estaba rodeado de una multitud de personas de mi edad o más jóvenes. Me abrí paso hasta la entrada. El de guardia --uno de ellos, pues había seis o siete-- me pidió la cartilla militar.
    --No la llevo encima.
    --¡Pues ve corriendo a buscarla! ¡Nadie puede entrar sin su cartilla del servicio militar!
    En amargo silencio, di media vuelta y regresé al metro. No recuerdo mis pensamientos en aquel viaje hasta casa, ni en el de regreso al cuartel portando la famosa cartilla. Quizá no los tuve. Quizá era mejor no pensar en nada. Quizá no se podía pensar en nada.
    Volví a abrirme paso entre la gente, me presenté ante el mismo centinela de antes, que me autorizó a entrar. De inmediato, me dirigieron hacia un barracón. Parecía totalmente abarrotado. En realidad habría unas doscientas personas. Nadie hablaba. Nadie tenía apenas humor como para cruzar unas pocas palabras, casi siempre imperceptibles. Alguien, a unos metros de distancia de donde me coloqué, dijo algo en mi dirección, dos o tres veces. Me hablaba a mí. Yo no le conocía, ni entendí lo que me dijo, pero asentí con la cabeza.
    --¡Atención todos!
    El grito nos dejó helados.
    --Desvístanse hasta quedar en paños menores. En una mano, la ropa, en la otra la cartilla. Que no lo tenga que repetir.
    No tuvo que repetirlo. La orden fue prontamente obedecida. En calzoncillos, me pareció que todos estábamos terriblemente ridículos.
    --¡En fila irán entrando por esa puerta! Respondan a los datos que se les pregunte. ¡He dicho la cartilla en una mano! Bien, hasta la vista. Venga, vamos.
    No vi nunca a la persona que daba estas órdenes, pues los demás me tapaban su visión. Tampoco vi la puerta por donde teníamos que pasar, hasta que no estuve a pocos centímetros de ella. Allí cruzábamos en fila de a uno. A unos tres metros, pasado el umbral, había una mesa atendida por un cabo, un sargento y un hombre con bata blanca. Comprendí que era el médico. Cada uno de nosotros exhibía su cartilla, le hacían preguntas relativas a enfermedades parecidas, y desaparecía por otra puerta al fondo de la estancia, no demasiado grande, donde tenía lugar el breve interrogatorio.
    Llegó mi turno, entregué el documento, que fue cuidadosamente examinado.
    --Sementales --dijo el cabo; se refería al cuartel donde hice el servicio.
    El sargento rió un poco. El médico me miró inquisitivo.
    --¿Alguna enfermedad? --preguntó.
    Negué con la cabeza.
    --¿Sí o no? --volvió a preguntar, con un dejo de impaciencia.
    --No --encontré la voz para responder. Una voz ahogada.
    Me devolvieron la cartilla. Avancé y pasé la siguiente puerta. Daba a otra estancia tan grande, o más, como la anterior. Todos estaban allí, aún desvestidos. Nadie había dado orden de que nos pusiéramos la ropa.
    Pasó un largo rato. Cuando todos hubieron cumplido con la breve revista, según deduje, entró un oficial por otra puerta del fondo. Se detuvo en mitad de la estancia. Nos miró y dijo:
    --Muy bien, señores. Pueden vestirse.
    Lentamente, algunos incluso dudando, empezamos a hacerlo. Mientras, el militar siguió hablando.
    --Pueden regresar también a sus casas y a su trabajo. España no se encuentra en guerra, en estos momentos, con ninguna nación extranjera. La guerra que ha estallado es ajena al estado español. Sólo en caso de que entremos en el conflicto, se les llamará a filas. Pueden irse. Buenos días.
    Atónitos, incrédulos, temerosos de alborozarnos demasiado, terminamos de vestirnos en un esperanzador silencio. Y sintiendo los pies más ligeros, nos marchamos del cuartel. En la calle, parecía que el día fuera mejor. Un peso se nos había quitado de encima.
    Pero no por mucho tiempo. Continuaba la falta de información. De hecho, las palabras de aquel militar fueron las únicas noticias recibidas durante muchas horas. La radio seguía sin emitir. La televisión estaba muda. Los periódicos no lanzaron ninguna edición especial. Los de la tarde seguían las mismas pautas que los matutinos: escasas páginas y noticias banales sobre temas vulgares, cotidianos.
    Fue un día amargo, cruel. No oía ni los habituales ruidos de los vecinos. El lavadero, el patio de luces, estaban silenciosos. Había gente, los vecinos estaban en sus casas, pero en silencio. Nadie hablaba, ni gritaba, nadie decía nada. Nadie tenía ganas de nada.
    Se hizo de noche, finalmente, en el día más largo de mi existencia. Cuando oscureció, me sorprendí de haber permanecido durante tantas horas inmóvil junto a la ventana, en mi sillón, y con la muda televisión estúpida e inútilmente encendida. Comprendí que había pasado todas aquellas horas con la mente en blanco, vacía de pensamientos y de sentimientos. Me asombré de ello. Luego, sentí pena. Pero no sabía de qué o de quién.
    Parecía como si despertase de un largo sueño. No sentía apetito, pero me dije que debía comer algo, hacer un simulacro de cena. Tenía el cuerpo casi anquilosado tras tantas horas de inmovilidad. Traté de desperezarme.
    Y en aquel momento, golpeándome violentamente, una fuerte música sonó en el televisor. Desapareció la estática. Un cartel en pantalla decía: "NOTICIAS". Paralizado e incrédulo, me lo quedé mirando boquiabierto. Por fin.
    Desapareció el cartel y dio paso a la imagen de una presentadora. Morena, con gafas.
    --Muy buenas noches, señores --dijo con voz clara y entonada--. Durante el día de hoy, España ha vivido una experiencia singular. Una experiencia que sólo ha sido factible mediante la colaboración de todos los medios de comunicación: prensa, radio y la propia Televisión Española. Por sugerencia del Ministerio del Interior, y con la autorización de Presidencia de Gobierno, España ha vivido durante casi quince horas un simulacro de tercera guerra mundial. Ello ha sido posible mediante la implantación de tal idea en el subconsciente de todos los españoles por medio de ondas teledirigidas y radiodirigidas durante las últimas horas del día de ayer. Cuantos españoles vieron la televisión u oyeron la radio entre las diez de la noche y la una de la madrugada pasada, han recibido dichas ondas, las cuales al desarrollarse e implantarse en su subconsciente durante el sueño nocturno, han asentado en su cerebro la idea de que una conflagración mundial había estallado en el día de hoy, al despertarse. Sólo así ha sido posible el experimento. El gobierno señala la alta serenidad y espíritu cívico mostrado por el pueblo español y lo satisfactorio del resultado obtenido, que demuestra, una vez más, la elevada madurez de nuestro pueblo y su fe en la democracia, según palabras textuales del presidente del gobierno...
    Aullando de rabia, arrojé una silla contra el televisor. El aparato estalló estruendosamente.
 
FIN.
 
 
November 12

REPASO A ALGUNAS SERIES POLICIACAS DE TELEVISIÓN


(c) 2009 by J.C. Planells
 


Como dije hace ya tiempo, las series policiacas de televisión suelen ser casi siempre un razonable entretenimiento, y tal como anda últimamente la programación de las cadenas es casi el único entretenimiento visionable (la acumulación de programas-basura es tan inmensa que causa tanto pasmo como el que la gente se quede tan fresca viéndolos). Así que me he decidido a ofrecer un somero repaso a algunas de las series en antena en diferentes canales, incluidos los de la TDT (exceptuando los canales digitales, pues son visionables sólo por gente rica y poderosa, no por el modesto y humilde pueblo llano cuya representante oficial, según me han comunicado los que entienden de esto, no son los diputados del parlamento, sino una tal Velén Hestevan).
Dejo aparte dos series: una es la franquicia CSI, lo suficientemente veterana y exitosa como para que necesite ser comentada (de todos modos, diré que la sigo con fidelidad, aunque la original, CSI Las Vegas, me parece un muermo). La otra es, lamentablemente, The Closer. Ya comenté en este blog sus dos primeras temporadas en sendas entradas; no pude hacer lo mismo con la tercera, porque la cadena que la emitía, Cuatro, la relegó a horario de madrugada, en competencia con los talk-shows nocturnos y los programas eróticos de contactos. Cuatro es una cadena que en realidad no es más que una Tele 5 con pretensiones (y quizá la cadena de televisión que menos veo, si es que la he visto alguna vez). Tampoco he considerado oportuno mencionar Monk (que sigue en antena en cadenas locales), pues ya le dediqué un artículo en su momento.
Vayamos pues a las series en cuestión, que están ordenadas de más interesante a menos.
 
El mentalista (emitida en La Sexta)
 
Pese a los iniciales recelos sobre una serie cuyo personaje principal es un "lector de mentes" y "adivinador profesional" que hace de detective (pero que pronto él mismo confiesa no ser sino un embustero), enseguida quedó claro que esta estimable serie se mueve por otros caminos, tras el visionado de su primera temporada (la segunda acaba de arrancar estos días). El mentalista se apoya en un personaje ciertamente singular, pero que no abusa de dicha singularidad. Su móvil es atrapar al psicópata asesino que mató a su esposa y a su hija, lo cual le ha dejado emocionalmente desestabilizado, y para ello colabora con un equipo policial de investigación criminal como asesor, ayudando a resolver casos con sus inexistentes facultades (y haciendo vida prácticamente en el sofá de la agencia). En este sentido, la serie tiene cierto parecido con Monk, cuyo protagonista también trata de resolver la muerte de su esposa, a la vez que colabora con la policía empleando para ello sus compulsiones psicológicas. Pero las "facultades" del mentalista, por su parte, no son sino psicología aplicada y atenta observación de la conducta humana, siempre desde una cierta distancia y con un innegable desapego. Las tramas inspiradas y el desarrollo de los  episodios es ágil, no hay efectismos, contienen algunas dosis de humor y se basan en ese protagonista realmente insólito en su conducta, cuya risueña faz oculta el dolor que siente por dentro,  y que está muy bien interpretado por Simon Baker. Los personajes que le acompañan son igualmente agradables y bien trazados y --al contrario que en otras series que veremos-- no resultan insoportables. La química entre Simon Baker y Robin Tunney --la actriz que interpreta a la directora de ese grupo especial de policías-- es excelente. En suma, es una serie que cumple con sobriedad, sin estridencias y muy bien confeccionada por el equipo artístico y creativo.
 
Bones (emitida en La Sexta)
 
A Bones le pesa el parecer un subproducto derivado de la franquicia CSI. Estamos ante una forense --basada en un personaje real-- cuya especialidad es estudiar los huesos de los cadáveres que encuentra la policía. Dejemos aparte lo singular de que cada semana aparezca un cadáver (o más, si son dos episodios semanales) en condiciones de putrefacción extrema o descomposición total. O quizá no lo dejemos tan aparte, pues cuando una serie se basa en una premisa concreta (como ocurre con Mentes criminales) se produce una sensación de hartazgo. Aun así, Bones se las apaña para construir intrigas muchas veces interesantes --y otras insoportables, como cuando echa mano del pasado de la protagonista principal y de su familia, lo cual da pie a ver a un acartonado Ryan O´Neal interpretando a su padre-- pero resueltas por personajes escasamente estimulantes. Cierto, la protagonista --interpretada por Emily Deschanel-- resulta más o menos extravagante: una científica forense racionalista, atea, carente de sentimientos y de conducta social (su compañero ha de aconsejarla en la manera de relacionarse con la gente en casi cada episodio), y contrasta con el encarnado por David Boreanaz, el agente del FBI que investiga los crímenes, su opuesto en todo. Lamentablemente, el resto de personajes (todos en el laboratorio forense) son, sencillamente insoportables, necios y ridículos, con la excepción de la directora (un personaje que aparece en las últimas temporadas vistas, interpretado por Tamara Taylor y que está como un tren, lo siento). Tan insoportables son que invitan a apagar el televisor. De hecho, uno no sabe si los insoportables son ellos o los actores que los encarnan. Anotemos en favor de la serie un buen uso del sentido del humor, que llega a presidir incluso episodios enteros (como aquel en que Bones y el agente del FBI roban un cadáver durante un velatorio para llevarlo al laboratorio y hacerle una autopsia mientras la familia se pelea a gritos).
 
Mentes criminales (emitida en Tele 5)
 
Su problema es que, tras varias temporadas en antena, cae en la inverosimilitud. El catálogo de psicópatas asesinos que han aparecido en esta serie --a uno por episodio-- es realmente apabullante. Cierto que cuentan con algún que otro asesor policial para los episodios, pero... Al lado de algunos casos, Hannibal Lecter parecería un aficionado. Otro problema es que los personajes protagonistas resultan fríos, mecánicos, carecen de carisma o son decididamente antipáticos, como el encarnado por Thomas Gibson y su sempiterna cara de acidez de estómago. Por lo demás, la serie ha tenido problemas, como la repentina deserción de Mandy Patinkin, que encarnaba a uno de los principales investigadores de la conducta criminal, sustituido deprisa y corriendo por Joe Mantegna en otro personaje parecido (en lo que respecta a actores, salimos ganando, desde luego). No sé si es casualidad, pero en la serie hay un personaje femenino, una mujer rubia y algo rellenita, interpretada por Kirsten Vangsness, que lleva la cuestión informática, es toda una experta en ordenadores y que tiene una réplica morena, más joven y delgada en Navy: Investigación criminal. Por lo visto, la ficción policiaca televisiva considera que nadie mejor que una mujer para ser un bicho raro de la informática. Es uno de esos extraños tics de reparto, como el de que el poli duro ha de ser siempre un negro y el simpático un oriental (The Closer, El mentalista...).
 
Diagnóstico asesinato (emitida en Sony en Veo TV)
 
Esta es la serie ideal para fans de Se ha escrito un crimen. En realidad, se trata de una serie algo antigua que esta cadena ha recuperado (repitiendo episodios hasta la saciedad). Los personajes son simples, animosos y joviales, la realización y las tramas son correctas y nada tremebundas ni sincopadas como mucha de la ficción detectivesca de la televisión contemporánea (CSI, Mentes criminales, Numbers...). En resumen: es la serie ideal para espectadores que, como yo mismo, estén con un pie en el otro barrio. La estrella es Dick Van Dyke, un veterano actor que en Estados Unidos es muy conocido, pero que en Europa debe toda su fama a haber coprotagonizado Mary Poppins. Además, la serie se hace "en familia", pues el hijo de Dick Van Dyke, Barry Van Dyke, es coprotagonista y guionista de algunos episodios (que no suelen ser los mejores...). Para aumentar el nepotismo, han aparecido más miembros de la familia Van Dyke en algunos episodios. Dejando aparte la simpatía (muy moderada y menopáusica) que despiertan los Van Dyke padre e hijo en la vida real y en la ficción, el resto de personajes principales (dos básicamente) causan asombro: Victoria Rowell interpreta a una veterana forense, pero la verdad es que parece una chica que acaba de terminar los estudios debido a su muy juvenil aspecto; y Charlie Schlatter se supone que es un médico experimentado, pero tiene toda la pinta de un chaval que ha hecho novillos en la escuela y se ha puesto una bata de médico y colgado un estetoscopio. Personajes como estos dos no es posible tomarlos en serio.
 
Numbers (emitida por La Sexta)
 
Si no me falla la memoria, la primera temporada de Numbers --una serie producida por los Scott Brothers: Ridley y Tony-- se emitió en Tele 5, y fue un solemne fracaso. En La Sexta ha pasado algo desapercibida, y acabamos de saber que en Estados Unidos ha tropezado en su última temporada. No me extraña: mi recuerdo de los pocos episodios que logré soportar de aquella primera temporada es estremecedor, todo un galimatías imposible de comprender, una serie de diálogos matemáticos lanzados a toda velocidad y unos personajes que dejaban absolutamente indiferente al espectador. Las tramas no son malas, pero el desarrollo es fastidioso. Uno se pregunta qué pretenden con semejante planteamiento.
 
Caso abierto (emitida por La Sexta)
Sin rastro (emitida por Antena 3)
 
Estas dos series tienen rasgos comunes en su estructura: en ambas se parte de sucesos ocurridos en un tiempo pasado, que es generalmente reciente en Sin rastro y que puede variar en años o décadas en Caso abierto. Comparten la misma manera de fraccionar el relato (pasado y presente), lo que obliga en Caso abierto a recurrir a dos actores para unos mismos personajes (en su juventud y en el presente) en cada episodio. Comparten asimismo lo escasamente estimulante de los personajes protagonistas de ambas series, que o carecen de vida  (Caso abierto) o acaban resultando fastidiosos (Sin rastro). Ocasionalmente, algunos episodios son brillantes, pero no son series muy estimulantes una vez vista una temporada...

 
Con esto finaliza aquí este breve repaso. Evidentemente, no me molesto en comentar cosas como Jag: Alerta roja o Navy: Investigación criminal (ambas en La Sexta); contienen demasiados uniformes militares americanos y eso me pone nervioso. La primera, curiosamente, acaba siempre con lo que yo he denominado mentalmente como "la mirada significativa", y que como nunca he visto el episodio, no sé interpretar su sentido. La segunda parece ser que es ahora mismo la serie más popular en Estados Unidos. Pues mira qué bien. La que sí lamento no comentar  brevemente es Testigo mudo (emitida en Sony en Veo TV), más que nada porque al ser una producción británica de la BBC es indudable que debe mantener unos niveles de calidad muy aceptables e higiénicos... 
 
 

November 10

AUTORES OLVIDADOS (55). JACK RITCHIE, FLETCHER FLORA y otros: Cuentos de suspense


(c) 2009 by J.C. Planells
  Jack Ritchie
 
Cuando a mediados de la década de 1950 apareció el Alfred Hitchcock´s Mystery Magazine, empezaron a reunirse en torno a esa publicación una serie de autores de relatos de suspense e historias detectivescas que frecuentarían sus páginas, así como las muchas antologías editadas más adelante con material aparecido en la revista. No sería la única en que vieran publicados sus trabajos, pues muchos colaborarían también en el Ellery Queen´s Mystery Magazine, o en otras menos notables, como Manhunt o Myke Shayne Mystery Magazine, por ejemplo. Hubo verdaderos especialistas en el relato corto en el Hitchcock Magazine, donde la marca de la casa era el cuento corto con final sorpresa, situación angustiante y a veces algo de humor negro. Los relatos más o menos tradicionales de investigación policial o trama detectivesca también tenían su sitio, aunque por lo general aparecían en el Ellery Queen´s Mystery Magazine, la otra revista de Davis Publications, donde privaba ante todo la calidad del relato, mientras que en el Hitchcock Magazine se prefería el entretenimiento sin más. De ahí que el Ellery Queen´s recogiera nombres como los de Rex Stout, Patricia Highsmith, Julian Symons, John Dickson Carr, Ed McBain, Ruth Rendell y tantos otros nombres ilustres de la ficción policial, algo que no aparecía con tanta frecuencia en el Hitchcock Magazine. Aun así, en sus páginas encontramos historias de Donald Westlake (y algunas con su seudónimo Richard Stark), Jim Thompson, Lawrence Block o Robert Sheckley, por ejemplo.
En todo caso, entre la nómina de autores algunos ofrecieron relatos ciertamente entretenidos, carentes de ambiciones temáticas y estilísticas, pero más estimables que otros de sus compañeros de revista. No son apenas conocidos, y algunos de ellos ni siquiera cultivaron la novela, pero su asidua presencia en la publicación les hizo populares o al menos identificables entre los lectores. Entre todos ellos, destacaremos los siguientes:
*Jack Ritchie (1922-1983). Publicaría alrededor de más de doscientos relatos desde 1954 hasta su fallecimiento. En 1971 apareció una recopilación de ellos. Sus tramas eran simples, esquemáticas, y buscaban la sorpresa final, a veces con un toque de humor muy hitchcockiano. Era muy difícil aburrirse con sus relatos, y por ello es uno de los nombres más apreciados en ese terreno.
*Fletcher Flora (1914-1968). No fue tan prolífico como Ritchie, y al contrario que él sí escribiría varias novelas, de las cuales al menos dos fueron publicadas en Latinoamérica: Un pecado sin importancia y ¡Que se vaya al infierno! Bill Pronzini destacó respecto a Flora que tenía un gran talento como escritor de ficción detectivesca, y ciertamente en muchas de sus historias se percibe un tono más serio, más dramático y algo nostálgico a veces, que en el resto de los colaboradores. No se basaban tanto en la famosa sorpresa final como en la psicología de los personajes.
*C.B. Gilford (1920-). Otro autor muy prolífico, del que apenas se sabe nada. Una novela suya, En busca de inocencia, fue editada por Planeta en 1966, aunque no parece pertenecer al género policial. Otra  novela suya, The Liquid Man, es de ciencia ficción, género en el que no parece haber dejado la más mínima huella. También escribió en los años sesenta algunas obras de teatro de tema detectivesco, que tampoco parecen haber motivado el que Frederick Knott o Patrick Hamilton pudieran temer su competencia. Sus relatos para el Hitchcock Magazine eran quizá los más representativos del espíritu de la revista: suspense, misterio, sorpresa inesperada, juego de engaños, todo ello servido con una narrativa algo rupestre y esquemática, que, en cambio, no les privaba de interés.
*James Holding (1907-1997). Otro asiduo y prolífico autor de relatos de todo tipo dentro de la narrativa policial, con más de doscientas historias en su haber, y empleando diversos nombres, entre ellos el de Ellery Queen Jr., para novelitas policiacas destinadas al público juvenil. Sus historias se convertían en pura rutina y eran escasas en interés, pero cumplían con los cánones de la revista.
*Henry Slesar (1927-2002). Conocido por los muy fans de la ciencia ficción, escribió empero mucho más en el género policial, bien con su nombre o con el seudónimo de O.H. Leslie, con lo que a veces había números de la revista en que aparecían historias suyas bajo ambas firmas. Era bastante imaginativo, competente, y se recuerda en especial su serie de relatos protagonizados por el infeliz aspirante a delincuente Ruby Martin. En una ocasión, publicaría en la revista un relato en colaboración con Harlan Ellison.
Hubo, por supuesto, muchos otros autores más o menos asiduamente publicados en la revista: Richard Deming (1915-1983), Talmage Powell (1920-2000), del que existen diversas novelas editadas en castellano, especialmente en Argentina, Helen Nielsen (1918-2002), con no muchas aportaciones en relatos, pero de calidad, Hal Ellson (1910-1994), al que durante muchos años se creyó un seudónimo de Harlan Ellison, al extremo que el propio Ellison tuvo que desmentirlo a la muerte de Ellson, Bryce Walton (1918-1988), que escribió también ciencia ficción en los años cincuenta, y un largo etcétera ya allá en los últimos puestos de la clasificación, que no han dejado huella alguna en el recuerdo (ni en el género). En cierta manera, el destino de muchos de ellos --o de todos, según como se mire-- es un poco lamentable: si los cultivadores del pulp tienen sus acérrimos defensores/protectores, los cultivadores del relato de suspense surgido con fuerza en los años cincuenta no tienen quien les reivindique. Probablemente, la mayoría no lo merezca, pero Ritchie y Flora se merecen un bien ganado aprecio.

November 07

FAHRENHEIT 451, de Ray Bradbury


(c) 2009 by J.C. Planells
 
 

Mi primera lectura de esta novela de Bradbury, publicada en 1953, no fue muy positiva: consideré que no estaba a la altura de sus mejores obras. Pero me temo que en esto influía en parte la adaptación cinematográfica que François Truffautt realizó a mediados de la década de los sesenta, un film de notable éxito --con numerosos problemas de rodaje-- que ofrecía lo que en realidad no es sino una versión algo amable de la novela de Bradbury. Como esta película la vi repetidas veces, mientras que la novela sólo la leí una vez años después de ver el film, me temo que me dejé llevar por ciertos prejuicios (de joven uno suele ser algo tonto, pretencioso y engolado en sus juicios, lo cual no es malo siempre y cuando no se prolongue durante décadas y décadas, como hacen otros, lamentablemente).
De ahí pues que he emprendido una segunda lectura de Fahrenheit 451 muchos años después de la primera y tras no haber vuelto a ver el film desde hace largo tiempo. No me interesaba tanto establecer comparaciones y encontrar las diferencias entre uno y otro, sino hacer eso que se debe hacer con los clásicos (y la novela de Bradbury lo es): comprobar qué nos ofrece en los primeros años del siglo XXI la lectura de un texto de ciencia ficción escrito a mediados del siglo XX. Como es bien sabido incluso por los más acérrimos aficionados, nada envejece peor que una novela de ciencia ficción. A los pocos años (con suerte), muchas de ellas están tremendamente envejecidas o desfasadas. Otras ya no resisten una sola relectura (y como no hay mucha gente partidaria de la relectura, puede que por eso se celebren y jaleen algunos títulos en los que no hay nada --o muy poco-- que celebrar), y de ahí que algunos lectores en cuyas manos cae una vieja novela de un clásico (o de un autor de segunda fila) suelan reírse un poco de lo que leen o se les atragante: si el texto no tiene nada más que ofrecer aparte de la capa de ficción científica, mal acabará la cosa.
Una vez sentando esto (que es de parvulario, en realidad, aunque me temo que el 90% de aficionados lo desconozca), vayamos ya directamente a lo que nos ofrece --hoy-- el texto de Bradbury. Como he dicho, la novela se publicó en 1953 y, según cuenta Bradbury en una nota, le influyeron algunos detalles observados en sus paseos diarios. Yo no creo que el autor tratara de reflejar ni el mundo tal como era entonces, ni cómo preveía que sería. Sin embargo, la lectura actual de Fahrenheit 451 ofrece algunas concordancias con nuestro presente, a poco que se quiera profundizar en el texto. Como es sabido, la acción --mínima-- transcurre en un futuro donde los libros están prohibidos y equipos de bomberos se dedican a quemarlos cuando es descubierto (o denunciado por sus vecinos) algún ciudadano que conserva ocultos en su casa algunos ejemplares, o incluso bibliotecas enteras. La razón de ello, como le explica Beatty, el superior de Montag --el protagonista de la historia-- es que los libros arrebatan la felicidad de la gente, le sumergen en mundos falsos, irreales, o le presentan ideas filosóficas o poéticas que pueden crearle malestar y angustia. De esto se llega a un subtexto fácilmente identificable: el libro, un libro, obliga a pensar, y pensar lleva a cuestionar el estado de las cosas, y cuestionar el estado de las cosas puede conducir a su vez a una revuelta. De ahí que, por pura lógica, se decidiera suprimir todos los libros para que los ciudadanos sean felices y no tengan que pensar ni se llenen la cabeza con ideas absurdas y fantasiosas ni sean conscientes de posibles motivos de diferencias entre unos y otros. Todo sea por la paz y felicidad de los ciudadanos. Para ello, se les provee en sus casas de pantallas televisivas que ocupan paredes enteras y donde se ofrecen programas idiotas y cretinos en los que ocasionalmente el ciudadano puede intervenir desde su propio salón (algo así como la tan publicitada pero inexistente televisión interactiva). (Nota: este detalle de la novela, las pantallas murales y la obsesión de Mildred --esposa de Montag-- por tener una cuarta pared en el salón --una cuarta pantalla--, fue desarrollado en 1963 en un relato corto de Keith Laumer, "Las paredes", aunque invirtiendo el sexo de los personajes: aquí el obsesionado era el hombre y quien se quejaba de tanta pantalla en su salón era la mujer: ¿recurrencia o inspiración? Curiosidades de la ciencia ficción.)
Pero... ¿hay felicidad en ese mundo donde los libros están prohibidos? Ni por lo más mínimo. Dejando aparte el tema de una amenazadora guerra que, al parecer, puede estallar de un momento a otro (y estalla finalmente), tema que no encaja demasiado bien con el resto de la historia, tenemos que Mildred, la esposa del protagonista, es adicta a las pastillas y a tomar sobredosis que obligan a lavados de estómago realmente repugnantes de los que ella no conserva memoria; es una mujer apática, sin personalidad, enganchada a las pantallas basura, sin conversación, de rostro estropeado pese a su juventud --suponemos que tiene treinta años--, y que suele levantarse en medio de la noche y circular con el coche para buscar no sabe qué, sin que Montag se entere siquiera. Mildred es una mujer gris, inocua, incolora e insípida, por así decir. Por su parte, Montag es un bombero que empieza a sentir algunas dudas respecto a su oficio, ciertas incomodidades. Pronto sabremos que la curiosidad le ha llevado a esconder en la casa algunos libros que ha tomado de las casas donde debían quemarse sin que sus superiores lo sepan. Montag es alguien que necesita un empujón para decidirse a tomar conciencia --de lo contrario es evidente que la novela no podría existir--, y el empujón el doble: una adolescente, Clarissa, vecina suya de no hace mucho, rebelde y contestaria, cuya conversación casual le resulta atractiva por lo disferente e inesperada. Pero Clarissa desaparece misteriosamente (quizá asesinada), y para remachar el clavo poco después, en un servicio, Montag contempla horrorizado cómo una anciana prefiere morir quemada entre sus libros antes que abandonar la casa. 
Recibidos estos dos empujones, Montag entra en crisis --lo que se preveía, pues, como digo, de lo contrario la novela carecería de sentido-- y acaba convirtiéndose en un fugitivo, tras haber denunciado anónimamente a sus propios compañeros bomberos luego de ocultar en sus casas algunos libros. Contactará con los marginados, los que viven al margen de esa sociedad, en el campo, y será testigo de lo que quizá sea el final del mundo tal como se conocía.
Bien, la segunda lectura, al margen de detalles interesantes, me reafirma en que no es el mejor texto de Bradbury, pero sin duda es una notable novela, aunque algo esquelética, acaso. Todo está más insinuado que explicado, y el lector debe formarse un poco las razones de ese mundo por su cuenta (las explicaciones que le da Beatty a montag durante su crisis son insatisfactorias desde el punto de vista narrativo). Además, como he señalado, hay cosas que engarzan mal, como si Bradbury no acertara (o puede que no le interesara) desarrollarlas por completo: la guerra, el personaje de Mildred... Pero lo que sí se muestra vigoroso aún es el tono sombrío de la historia: ahí es donde Bradbury acierta plenamente. Dije no hace mucho que el mejor Bradbury es el oscuro, el sombrío, aquel que se aleja de la pegajosa poesía simbólica y colorista y desciende al interior de lo oscuro del mundo.
Otro acierto es la manera de presentar los personajes: Clarissa, que aparece al principio de la novela y nos abandona al poco, permanece en cambio presente en el recuerdo del lector por el efecto que ha causado en Montag: eso es todo un arte por parte de Bradbury. Faber, que, por decirlo así, toma el testigo de Clarissa a media novela, es en cierto modo una versión masculina y con muchos más años de la malograda adolescente. Lo cual, si se quiere pensar así, nos daría la visión de lo que fue el pasado y será el futuro una vez ha terminado la novela. Pero no creo que Bradbury tuviera eso en mente.
En resumen, y con las salvedades que he señalado, no hay duda de que Fahrenheit 451 es un libro interesante, un clásico para ser leído, discutido, comentado y disfrutado. Uno de esos libros en que el lector ha de ir buscando piezas sueltas para meditar sobre ellas.

November 04

RECORDANDO A JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ


(c) 2009 by J.C. Planells
 
El espectador de hoy, alimentado con las simplezas de "Cine de barrio" y otras majaderías, conoce poco y mal --o eso me temo-- al recientemente fallecido José Luis López Vázquez (87 años de vida y 65 o más de profesión ininterrumpida). Con él desaparece uno de los actores más increíblemente versátiles del cine, el teatro y la televisión en España. Es realmente difícil encontrar un actor de su generación --e incluso de la posterior-- que presente una filmografía tan tremendamente variada y ambiciosa (y poder presumir de ella), a la que no se le resiste género alguno. Ni siquiera su compañero de generación Alfredo Landa puede compararse a él, por cuanto si bien podrían rivalizar en la comedia, en el terreno dramático López Vázquez le derrota por goleada. Y dejemos claro que su figura es irrepetible, por razones lógicas: ni el cine de hoy es como el de los tiempos de López Vázquez, ni el teatro tampoco, ni lo volverán a ser.
Empezó en el teatro, en pequeños papeles cais siempre en obras clásicas. Al cine llegó por pura casualidad, en 1946, desde su trabajo como figurinista, cuandio tuvo que hacer una suplencia por enfermedad de un actor,  y siguió combinándolo con el teatro --al que sería reclamado por determinados autores--. Tras diversos papeles como secundario tanto en películas anodinas o importantes (entre estas últimas, Esa pareja feliz y Novio a la vista), en 1958 ya aparece en papeles destacados o de protagonista: Una muchachita de Valladolid, El pisito, El cochecito, Usted puede ser un asesino... En 1962, le encontramos en una de las mejores comedias del cine español, Atraco a las tres, una genialidad irrepetible. Por esa época, la comedia es el género habitual de un actor vehemente, expansivo, histriónico, caricato, que si en vez de español hubiera sido inglés o italiano habría recibido un reconocimiento que se le fue demorando hasta que cultivó su faceta dramática. Ya se sabe, Spain is different. Entre las comedias de éxito popular o de cierto interés de esa época, tenemos La gran familia, La visita que no tocó el timbre, Casi un caballero, Los Palomos, Vacaciones para Ivette, Las viudas, Un millón en la basura... Casualidad o no, algunas de sus mejores películas o bien eran adaptaciones de comedias de éxito, o estaban dirigidas por José María Forqué. Y en 1967, el mismo año de una reivindicable comedia de Forqué (Un millón en la basura) y de una de las muchas tonterías de Mariano Ozores (Operación Cabaretera), le llama nada menos que Carlos Saura para protagonizar su primer papel dramático en el cine: Peppermint Frappé. Por supuesto, nadie recuerda lo que se comentó en aquel entonces, porque para eso hay que haberlo vivido: la gente se reía ante la idea de López Vázquez trabajando a las órdenes de Saura, y en un papel dramático. Luego, la gente se reía igualmente en el cine al ver la película, porque se creían que era una comedia (se necesitaba ser un verdadero inmbécil para creer algo así), aunque nada de lo que aparecía en pantalla daba motivo de risa, pero, decían, "como sale el López vázquez...". La incultura cinematográfica de los españoles es algo realmente vomitivo. Es evidente que aquellos berzotas que se reían ignoraban que en sus inicios, apenas diez años antes, López Vázquez había trabajado en comedias negras a las órdenes de Marco Ferreri, Berlanga y Bardem.
En todo caso, Saura fue el iniciador de la recuperación de este gran actor que posteriormente combinaría sin la menor dificultad --su experiencia teatral le ayudaba-- toda clase de papeles: en mamarrachadas, en comedias dignas y en dramas. Ciñéndonos a esa faceta nueva para muchos, al espectador le aguardaban no pocas sorpresas. Si Saura siguió confiando en él para posteriores films, como El jardín de las delicias y La prima Angélica (para muchos, lo mejor de Saura), otros que estaban empezando a hacer cine por entonces requirieron sus servicios, y entre ellos estuvieron Pedro Olea (con la revindicable El bosque del lobo, donde interpretaba a un  psicópata asesino y que le valió un premio en el festival de cine de Chicago, y No es bueno que el hombre esté solo, fallida porque se la comparó con Tamaño natural, el Berlanga también de 1973, como la película de Olea, pero que tardó algo más en verse en España), Manuel Gutiérrez Aragón (Habla, mudita), Antonio Mercero --que además le daría la oportunidad de trabajzar en un pequeño telefilme clásico ya, La cabina--  (Manchas de sangre en un coche nuevo), Francisco Regueiro Cartas de amor de un asesino)...Y entre todos estos trabajos, intercalados en medio de comedias-bazofiosas y alguna que otra algo digna, encontramos lo que me parece la joya de la corona, uno de los filmes más singulares de la cinematografía española, que aún hoy día sigue sorprendiendo y maravillando, todo un reto no solo como película, sino interpretativo: Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán, producida por José Luis Borau, y en la que López Vázquez interpretaba a una mujer que descubre que en realidad es un hombre y se opera para transformarse como tal e iniciar una nueva vida. Un film reducida a escasos elementos, con pocos personajes, con una historia tan sencilla y contada con la máxima sencillez, que sigue conmoviendo como el primer día.
Tras un trabajo como éste --o como varios de los mencionados antreriormente, si bien algunos tuvieron escasa repercusión comercial, o nula en determinados casos--, López Vázquez ya no necesitaba ser reivindicado, porque lo hacía él solo con su trabajo. Pero siguió al pie del cañón, en cine, en teatro, a veces en televisión, y podemos anotar títulos como La escopeta nacional, La corte de Faraón, La miel, La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad quemada, El monosabio (otra magnífica película, dirigida por un americano, y que apenas ha visto nadie), La colmena, Todos a la cárcel, Crónica sentimental en rojo... Películas unas mejores, otras menos afortunadas, pero que destacan --lo mismo que otras varias que no menciono para no alargarme-- entre las muchísimas que interpretó a partir de la segunda mitad de los años setenta y hasta el final de sus días.
Cómico genial, irrepetible, tremendo, y actor dramático sobrio, contenido, con una mirada que lo expresaba todo, con él realmente se puede decir que ha muerto no poco del cine español tanto del filmado durante el franquismo como durante la democracia. Hay quien ha comentado que esa dualidad interpretativa representaba en cierto modo la esquizofrenia del país
durante el franquismo. Es posible. También él, como persona, tenía una curiosa dualidad: el actor histriónico y caricato de las comedias era en su vida fuera de la pantalla o la escena una persona discreta, sobria, profundamente reservada, cortés y meditativa. Esa meditación le llevó a comentar sus dudas respecto a cuestiones como la religión, la fe, el más allá, desde posturas escépticas pero respetuosas. En la pantalla perseguía suecas, y en la vida privada temía quedarse solo en su vejez. No fue así, no ha sido así. Ha envejecido bien acompañado, respetado y querido por todos. Lo que otros han tenido de bocazas al llegar a edades parecidas a la suya, él lo ha tenido de caballero y discreto. 
La suerte es que en realidad no ha muerto: en las películas está tan vivo como si anduviera entre nosotros. 

  
 

November 02

MARISOL (PEPA FLORES): "GALERÍA DE PERPETUAS". Treinta años después


(c) 2009 by J.C. Planells
 
 

El autor se toma la libertad de dedicar esta entrada a todas las lectoras y amigas del blog. JCP.

Este 2009 se cumplen treinta años de la publicación de Galería de perpetuas, el penúltimo disco de Marisol: el último que grabaría (en 1983) aparecería con su verdadero nombre, Pepa Flores (y quizá hubiera sido más adecuado que éste apareciera asimismo como de Pepa Flores, en vez de Marisol). La sorpresa con que fue acogido en su día este trabajo, Galería de perpetuas, fue notable, empezando por la portada, en blanco y negro, de una sobriedad tremenda, transmitiendo una imagen distinta... pero en el fondo no siendo sino una versión adulta de la tan celebrada niña-jovencita-adolescente (cuyo impacto sigue presente a día de hoy, como se ha podido comprobar recientemente, televisiones privadas mediante); pero, principalmente, por las canciones que formaban el álbum: once temas escritos por el poeta Pedro Cobos y musicados por José Nieto, antiguo componente de Los Pekenikes. El disco llevaba el significativo título de "Canciones para mujeres", y eso era exactamente lo que ofrecia: once canciones para y sobre mujeres.
He dicho que el disco fue acogido con sorpresa, pero también debe añadirse que con muy desiguales criterios. No recuerdo haber leído críticas positivas de este trabajo de Marisol, pero sí varias tirando a desdeñosas, basándose, cómo no, en lo tremebundo de las letras de Pedro Cobos, a cual más escandalosa... según los criterios masculinos, naturalmente. Porque, miren, era un disco para mujeres, tal como he dicho... pero las críticas las escribieron los hombres. Ah, coño.
Podría decirles bastante sobre este disco, pero, para ir al grano, me limitaré a transcribir lo que José Aguilar y Miguel Losada dicen en su libro Marisol (T&B Editores, Madrid 2008), página 90: hablando de las canciones del disco, comentan que todas ellas son "temas que hoy están de gran actualidad pero que a finales de los setenta no todo el mundo veía que se hablara de ellos con buenos ojos". No se puede expresar mejor, y hago mías estas palabras. En efecto, yo creo además que ese motivo tan lúcidamente expuesto por Aguilar y Losada fue la verdadera causa de que el disco fuera acogido con un silencio casi aplastante, una indiferencia total, un maldisimulado enfado, una extrañeza cercana al enojo ("¿Por qué Marisol canta esas canciones?", parecían decir casi todos los comentaristas y críticos de la época, que esperaban sin duda otra clase de disco), que influyeron incluso en Marisol y la más bien maltrecha tanda de recitales de presentación. Si hay discos adelantados a su tiempo --bien sea musicalmente o por sus textos--, no hay duda de que Galería de perpetuas es uno de ellos y en lugar preferente. Y no hubiera debido ser así: al fin y al cabo, finales de los años setenta era --se supone-- tiempo de progresía... ay, pero es que estaban llegando ya los ochenta, cuando la progresía se fue a tomar... viento. Pepa, erraste la época.
Y ahora, treinta años después, Galería de perpetuas es, en cuanto a sus textos, furiosamente moderno, actual, vigente..., pero nadie o casi nadie (aparte los fans de Marisol/Pepa Flores que la han seguido toda la vida) lo conoce o lo recuerda. ¿Qué les parece, gente de 2009, si echamos un vistazo a los temas de que nos hablaba Marisol/Pepa Flores en 1979? Empieza con un aviso de lo que va a venir, "Ay, Rosa", la canción más breve del álbum, marchosa y alegre musicalmente, y la letra asimismo más concisa: la cantante nos dice que hay cosas en este mundo que deberían "pudrirse debajo de una losa"; no nos dice cuáles (las veremos en las 10 canciones que siguen), y pide "un cigarrillo verde para olvidar estas cosas". Ese texto aparentemente tan sencillo y simple recoge empero no poco del desencanto que ya estaba a punto de invadir del país, además de presentar el pasotismo de muchos iluminados que se veían venir las catástrofes futuras y se alejaban del presente. Y, tras esta introducción (la canción es de las mejores del álbum, dominado musicalmente por un pop-rock aflamencado en nada parecido al gypsy-rock de Las Grecas), entramos en materia. Las canciones que siguen nos hablan de muchachas que se fugan con su amor a escondidas de sus padres ("En la bodega del barco"); de la mujer vendida al marido como si de un animal de carga se tratase, y sometida por tanto a él ("Comprada"); de la pérdida de la virginidad ("Labores de vestidor"); nos cuenta cómo una mujer fea y deforme es violada por un hombre, y que éste aún considera que, por ser fea y deforme, le ha hecho un favor al violarla, pues "como tal merece ser orinada por el hombre" ("La siesta"); las desdichas y temores de una anciana pajillera en una calle popular ("Cuestecita de Moyano", "vendiendo amor con la mano"); el lesbianismo mantenido oculto para que la sociedad no se escandalice ("Duerma usted tranquila, madre"); la que espera casarse por amor con alguien que en su vida llegará  a nada ("La trenza"); la condenada a cadena perpetua por matar al hombre que la maltrataba continuamente ("Galería de perpetuas", donde la reclusa considera que su condena no es tanto por matar a su maltratador, sino porque, habiendo creído toda su vida que su deber como mujer era darle todo cuanto pidiera al hombre amado sin queja alguna, lo que ha hecho es "robarle a la mujer su dignidad y su vergüenza"); y finalmente dos nanas: una para durante una guerra ("Nana 1830) y otra para enterrar a un niño muerto ("Concierto de Perejil").
Textos duros, crudos, muchos de ellos; líricos y nostálgicos unos pocos; sólo alegre uno ("En la bodega del barco") y cínico otro ("Ay, Rosa"). Este disco es realmente una obra soberbia, imperecedera, muy bien vestida musicalmente (cada canción tiene el tono, la música, el ritmo, la cadencia precisa), y Pepa Flores realizó vocalmente un trabajo excelente. Merecería una reedición con todos los honores. Pero, ¿llegará?

(Véase también en este blog: "Galería de mujeres (3). Pepa Flores: Marisol de día, Pepa de noche".)  

    

October 31

RONDALLAS DE LA CORRUPCIÓN





Para ser cantadas con música popular de romanza. (Compuestas por el licenciado Diógenes Kanaprenguin)
 
 
I. (Cantan los políticos)

Yo no soy corrupto,
tú eres el corrupto,
él es un corrupto.
 
Nosotros no somos corruptos,
vosotros sois los corruptos,
ellos son unos corruptos.
 
 
II. (Cantan los catalanes)
 
Ai, Millet, Millet,
t´en duies els diners per les bones,
i ara et diuen "Senyor Billet".
Que potser t´ho gastaves en dones?
 
Ai, pillet, pillet,
ningú s´ho esperava;
un home tan honrat
un català tan assenyat. 
T´has guanyat un piquet
i que et tallin la fava.
 
 
III. (Cantan los ciudadanos)
 
De Camps los trajes
no eran para sus pajes:
que eran sus peajes...
del oficio los gajes.
 
Ni Costa era tan malo
ni Camps es tan bueno;
a uno le dan un palo
y el otro echa el freno.
 
Aquí hay un Ayuntamiento
donde con gran sigilo
--decidme si miento--
en dinero torna el cemento
y nadie tira del hilo.
 
A prócer de la patria él aspirará
y de honores y títulos cubierto;
más que nadie él valdrá
cuando el truco haya descubierto.
 
Sabe pues, honesto ciudadano,
que mientras sudas para ganar el pan
aquellos a quienes tus votos van
un día un otro te darán por el ano.

 

October 30

EL PSICÓPATA, de Freddie Francis: Un guión de Robert Bloch


(c) 2009 by J.C. Planells

 

Este film data de 1966, se estrenó en España un año más tarde, y desde entonces creo que no se ha vuelto a ver; no hay edición en DVD --al menos, que yo sepa--, por lo cual no está de más dejar constancia de su existencia. No es que sea un gran film, pero para los fans de Robert Bloch es curioso cuando menos. Mi lejano recuerdo de él es el de una película entretenida, muy deudora de la típica historia de Bloch con sorpresa final, pero que se seguía con interés. No puedo decir más, pues de eso hace al menos cuarenta años que la vi por última vez.
Para información del lector interesado, copio aquí el argumento del film, que figura en los "entrañables" volúmenes del SIPE, ya conocidos en este blog por dos entradas dedicadas a los comentarios morales de las películas que se reproducían en ellos. En el tomo correspondiente a 1967, figura la información de El psicópata y el argumento --que debo confesar ni recuerdo que fuera ese-- es el siguiente:
 
"Al acabar la segunda guerra mundial la Comisión Aliada de Control condenó a muerte a un alemán, al parecer injustamente, falsificando ciertos documentos, para apoderarse de la cuantiosa fortuna y los negocios de su víctima.
Veinte años después, la viuda reside en Inglaterra aquejada de una parálisis histérica que la tiene impedida en un sillón de ruedas, viviendo una vida extraña en una mansión señorial rodeada de muñecos, construidos en su mayoría por ella misma, con los que habla y en los que ha centrado todo su mundo, destrozado por la injusta muerte de su marido. Comparte su desquiciada existencia un hijo también extraño y misántropo que la cuida y a su vez no sabe dar un paso sin contar con la orientación y ayuda moral de su madre.
Sucesivamente y en un intervalo de pocos días, los cuatro componentes de la Comisión aliada que condenaron a muerte a su marido van cayendo asesinados, dejando el criminal junto a cada víctima un muñeco cuya cara tiene las mismas facciones de la víctima. El inspector Holloway, de Scotland Yard, encargado del caso, no tarda en establecer relación entre los crímenes y la viuda y su hijo, acabando por descubrir todo el tenebroso asunto, en el que se han visto implicados, además, la hija de una de las víctimas y su prometido, estudiante de Medicina sobre el que llegan a recaer sospechas, como posible autor de las muertes.
 
Dirigida por Freddie Francis, que realizó diversas incursiones en el cine de terror durante los años sesenta y setenta, algunas de ellas con la Hammer o con productoras rivales, lo que sí recuerdo es una buena fotografía --lógico, teniendo en cuenta que Francis ha sido uno de los mejores directores de fotografía de la historia del cine-- y algunos momentos de suspense notables. Quede pues, constancia de la existencia de este film para fans de Robert Bloch.

October 27

EL TEATRILLO DE TÍTERES (y 2)

 
 
SEGUNDA PARTE
 
 
    --¡Señor Molano! ¡Sargento Molano! Venga a tomarse una cervecita.
    El sargento Molano miró al individuo que le hacía aquella invitación desde una mesa situada en el fondo del bar al que había entrado para refugiarse de la lluvia, en una ciudad a la que sólo acudía raramente por cuestiones oficiales. Con cierta renuencia, se acercó a aquella mesa. El individuo sentado a ella era un hombre de algo más de mediana edad, o eso le pareció al principio. Más tarde se dio cuenta de que apenas sobrepasaba los cuarenta y cinco años. Vestía unas ropas arrugadas, quizá no muy limpias, y su aspecto algo demacrado, mal afeitado, le resultaba vagamente conocido.
    --Siéntese, sargento Molano. Tómese una cerveza. Yo le invito. ¡Mozo! Trae acá otra cerveza para el señor.
    Por un momento, Molano pensó que diría "para mi amigo", lo que no le habría gustado demasiado. Finalmente, tomó asiento en la silla que había al otro lado de la mesa, frente al desconocido. Al mismo tiempo, el mozo ponía sobre la mesa una jarra de cerveza.
    --Se ha puesto mala tarde, ¿verdad? --dijo el desconocido, frotándose las manos--. Y le ha pillado a usted en Barcelona, ya ve.
    Molano tomó un sorbo de cerveza mientras trataba de recordar de qué conocía a ese hombre.
    --Ya sé que ahora es usted sargento, y jefe de policía de un pueblo del interior... Uno se entera siempre de esas cosas...
    --¿Nos conocemos? --preguntó finalmente Molano, dejando la jarra sobre la mesa.
    --Oh, ya veo que no me recuerda... Hace tantos años de aquello... Yo era más joven. Y tenía mucho mejor aspecto, claro. Me llamo Juan Esquinado.
    El nombre le resultaba muy familiar, más que nada por lo singular del apellido: Esquinado... Esquinado, sí, claro, muchos años atrás... Un chico joven que mató a su novia en un arrebato de celos. Molano era por aquel tiempo un joven policía y fue uno de los que detuvieron al muchacho. Logró impedir que se arrojara por una ventana, desesperado, cuando trató de suicidarse al ser consciente del crimen que había cometido en un arrebato de locura.
    --Ya hace un tiempo que pagué mi deuda, ¿sabe? Mi deuda con la sociedad, como dicen los periódicos... Ahora... malvivo. Quizá hubiera sido mejor que usted me dejase caer por aquella ventana --añadió con una incierta sonrisa.
    Molano negó con la cabeza y tomó otro sorbo de cerveza.
    --¡Hay que ver cómo se ha puesto a llover de repente!, ¿verdad? --Esquinado echó un vistazo a la calle por la ventana que había cerca de la mesa donde se sentaban--.Y usted en Barcelona, en vez de en su pueblecito... Allí debe de vivir bastante tranquilo, lejos de los crímenes de la gran ciudad...
    Molano recordó la violación y el asesinato de aquella chiquilla ocurrido apenas dos años atrás en el pueblo de donde era jefe de policía, y los terribles acontecimientos posteriores.
    --No siempre está tan tranquilo --dijo--. También ocurren crímenes allí. 
    --Oh, perdone, sargento --se turbó el hombre que le había invitado a su mesa--. Es verdad. Ahora recuerdo haber leído en los periódicos que allí ocurrió un suceso espantoso... Qué horror. Y fue usted quien descubrió al asesino, ¿verdad? --Molano no se molestó en explicarle que las cosas no ocurrieron exactamente así, porque no le gustaba recordar todo aquello--. Perdone, sargento. Me temo que a veces mi memoria no es tan buena como antes... Hum... Qué cosas más terribles ocurren. ¿Sabe? Recuerdo ahora, a propósito de esto, algo que me contaron en la cárcel, cuando me quedaba un año de condena por cumplir. Me pusieron un nuevo compañero de celda, cuando terminó su condena el que había... y ese nuevo era un tipo muy extraño... --Esquinado meneó la cabeza, pensativamente--. No me gustó nada apenas lo vi. Le pregunté, como se hace siempre, que por qué estaba allí, y me mandó a la mierda. Yo me cabreé y le dije que había matado a mi novia y que no me importaría matarlo a él también si me tocaba las pelotas. Ya sabe usted cómo funcionan las cosas en la cárcel... Entonces, bueno, el tipo aquel me miró como con cierto respeto, ¿sabe qué le quiero decir? Y se puso a contarme una historia. Dijo que estaba en la cárcel por deudas, estafas y cosas así... Luego supe que eso era verdad. Pero me contó también que había matado a una niña y que se alegraba de haberlo hecho. "Así que ya ves", dijo. "Te gano".
    Molano enarcó las cejas.
    --¿De veras había matado a una niña? --le preguntó a Esquinado.
    --Eso dijo. No sé si era verdad o faroleaba. Afirmaba que nadie lo había descubierto nunca, y que aquello había ocurrido hacía muchos años... creo que dijo veinte o así... Dijo que entonces él era un hombre joven. Joven y rabioso. ¿Le gustaría conocer la historia que me contó?
    El sargento Molano echó un vistazo hacia la calle a través de la ventana de la taberna. Llovía lo suficiente como para no desear salir de allí en un buen rato, así que supuso que podía escuchar aquella historia, fuera real o inventada.
    --Está bien. Cuéntala.
    --Bien, pues verá. Ese tipo, que se llamaba Gerardo, me dijo...
 
 
    -- ... maté a una niña y nadie lo supo nunca. De veras. Y si cuentas eso, te aplastaré la cabeza contra el muro.
    Juan Esquinado miró a su nuevo compañero de celda, entre receloso y con duda.
    --No lo creo --le dijo--. Si hubieras matado a una niña, te habrían pillado y echado una buena condena.
    --Pues no, porque nadie lo ha sabido nunca te digo. Nadie sabe que está muerta. Y la maté con ganas, por rabia, ¿sabes? Así que si tú eres un asesino, yo también.
    --Tú estás loco, tío.
    --Piensa lo que quieras. Pero ahora ya sabes que no estoy para bromas. Y no te creerán si lo cuentas: nadie halló nunca el cadáver.
    --Ya --dijo Esquinado, escéptico.
    --La niña tenía siete años. Se llamaba Ana. Su madre era una mala puta y yo la castigué a través de la niña.
    --Ya veo.
    --Tú castigaste a tu novia, ¿no es eso? Pues yo castigué a la madre matando a su hija. Era una calienta braguetas. El marido la había dejado por otra, y ella iba ahora con uno, ahora con otro... Caliente todo el día, la muy marrana. Comiendo polla por todas partes, la muy cerda. A mí me traía loco. Quería irme con ella, pero estaban los putos críos... Tenía dos, uno de cada. Así que debía cargar con el paquete entero: la madre y los críos, y eso no me iba, no señor. Yo lo único que quería era follarla a diario, y eso a ella le parecía bien. Pero más no: nada de irnos a vivir juntos y con dos críos a cuestas. Así que me dio puerta porque encontró a otro tío, un señorón casado con mucho dinero. La follaba algo más calmadamente que yo, que le volvía del revés el culo, y encima el tío ese le daba bastante dinero, lo que a ella le venía de perlas. Así que decidió quedarse fija con el señorón, que cargaría con la manutención de los dos criajos sin enterarse, como quien dice. Era un arreglo de puta madre para ella, para la madre puta... ¡Ja ja ja! Un señorón, sin compromisos y con dinero para largarle. Así que me cabreé. Me cabreé cuando me enteré de todo eso por una de sus amiguchas, tan puta como ella. Y decidí darle su merecido. O sea, a mí me hubiera obligado a cargar con los dos críos a cambio de follarla, pero como el señorón le daba dinero largo, entonces los críos pasaban a segundo lugar. ¿Te das cuenta de lo pedazo puta que era?
    --Las mujeres son raras --dijo Juan Esquinado, a fin de no comprometerse demasiado con aquel chalado.
    --Raras, no: putas. Así que se lo hice pagar. Le maté a la niña.
    --Y nadie se enteró, según dices.
    --Nadie. Sólo supieron que había desaparecido. Fui listo, rápido, sagaz... ¿Te cuento cómo lo hice?
    Juan Esquinado se encogió de hombros.
    --Cuenta.
    --Un sábado por la tarde, Olga, que así se llamaba ella, la pedazo puta esa, iba a llevar a los dos críos a una feria que había montada a las afueras del pueblo. No le quedaba otro remedio porque se lo había prometido. Pero además, esperaba reunirse allí con el señorón y echar un polvo con él vete a saber dónde. Cada vez estaba más encelada con el tipo ese. El señorón también iba con sus hijos, pero sin su mujerona. Bien, así que Olga dejó a los críos solos un rato para ir a encontrarse con el tipo ese.
    Gerardo hizo una pausa.
    --Yo también estaba en la feria, porque trabajaba en una de las casetas. Uno de esos trabajitos que me sacaba para los fines de semana... Vi a Olga llegar con los críos. Ya sabía que iría a la feria porque lo oí comentar a una de sus amiguchas, unos días antes. Dejé mi puesto y la seguí. Vi que dejaba a los dos críos ante un teatrillo de títeres, que estaba cerrado porque el matrimonio encargado se había puesto enfermo a última hora y no habría función de títeres durante la feria, pero dejaron el armazón instalado. Yo di un rodeo y me metí en el teatrillo por detrás y... --Se encogió de hombros--. Lo que sigue no importa. Conseguí atraer a la niña, le di un golpe en la cabeza y perdió el sentido. Me escapé con ella antes de que el niño supiera lo que pasaba.
    Esquinado miró a su compañero de celda con escepticismo.
    --¿Y nadie te vio cargar con la niña ni escapar con ella?
    --Nadie, tío. La cría era pequeñaja, tenía unos seis o siete años... La envolví con un gabán que llevaba puesto y rompí a correr. El teatrillo de títeres estaba al borde del final de la feria, y a dos metros detrás de él empezaba el bosque... Habían instalado la feria en las afueras del pueblo. Corrí protegido por los árboles, luego salí del camino y para entonces la cría se estaba despertando. Así que la senté sobre la hierba y la estrangulé con las manos. Éstas. --Le mostró las manos a Esquinado--. La cara se le puso morada y sacó un buen cacho de lengua. Yo pensaba en la puta de su madre mientras la veía amoratarse, follando con el señorón que le daba dinero y dejando a los críos por ahí... Y dejándome a mí por un señorón que podría ser casi su padre a lo mejor. Luego llevé corriendo el cuerpo de la cría hasta unas minas abandonadas que había allí cerca, y lo arrojé a un viejo pozo. Eché piedras de todos los tamaños al fondo del pozo, hasta que quedó completamente cubierta por ellas. --Gerardo sonrió satisfecho--. Nunca la encontraron. Aún debe de seguir allí, bajo aquel montón de piedras.
    --¿Y nadie sospechó de ti cuando empezaron a buscar a la niña? --preguntó Esquinado, receloso.
    --¿Por qué habían de sospechar? Nadie me vio con ella. Ni el niño, su hermano, me vio. ¡Ni la puta de Olga me vio! No sabía que trabajaba en la feria... Yo volví a mi caseta, y no empezaron a buscar a la cría hasta un rato después. Todos los de la feria colaboramos en la búsqueda, incluso yo. El chaval contaba que se la había llevado un duende... --Gerardo se rió--. Nadie le creyó, aunque, en cierta manera, tenía razón. Fui muy rápido. Debió de parecerle magia...
 
 
    -- ... es lo que dijo al terminar su historia. --Esquinado meneó la cabeza y bebió un sorbo de cerbeza--. Yo no sé si todo aquello era verdad o se lo inventó para impresionarme. Hay mucho fantasma y mucho presuntuoso en la cárcel que se inventa historias para que le tengan respeto, o miedo; para que nadie se meta con ellos. Pero no he dejado de darle vueltas desde que salí de la cárcel.
    Molano miró pensativamente a Juan Esquinado.
    --¿Ese tipo sigue aún en la cárcel? --preguntó.
    --No. --Esquinado volvió a menear la cabeza--. Un colega me dijo que agarró una pulmonía un día de lluvia, en el patio, y se fue al otro barrio en dos días.
    --Así que no es posible corroborar su historia... ¿Te dijo el nombre del lugar donde ocurrió aquello?
    --Pues no.
    --La mujer se llamaba Olga, según te dijo. ¿Y los críos?
    --Él dijo que la niña se llamaba Ana. El crío no lo sé. No lo dijo. Mire, parece que ya ha dejado de llover y se pone buena la tarde.
    Molano dirigió una mirada a la calle. En efecto, la gente ya iba sin paraguas y parecía que los nubarrones estaban desapareciendo.
    --Bien, Esquinado. Debo irme ya. --Se puso en pie--. Deja que pague yo las cervezas. Insisto --dijo al ver el gesto del otro--. No creo que andes sobrado de dinero, pero se agradece la intención... y la historia que me has contado.
 
 
    Aproximadamente un mes más tarde, el sargento Molano llamaba a la puerta de una bonita casa en las afueras de Salou. Un hombre de unos treinta y tantos años, con gafas y aspecto agradable, le abrió la puerta.
    --Quería hablar con el señor Jorge Dalmau --pidió Molano.
    --Soy yo. ¿De qué se trata?
    --Me llamo Enrique Molano. Sargento de policía --le mostró sus credenciales--, pero no de Salou, sino de otro pueblo, en el interior. Es por un asunto personal. Si me lo permite, no le robaré mucho tiempo.
    Intrigado, y desconcertado al mismo tiempo, Jorge Dalmau se echó a un lado y le hizo pasar. Molano se encontró en un acogedor vestíbulo que conducía a un salón amplio y bien iluminado por la luz que entraba por los ventanales. A indicación de Dalmau, tomó asiento en un sillón, mientras el dueño de la casa lo hacía en el sofá.
    --Usted dirá de qué se trata.
    --Señor Dalmau, tengo entendido que usted... tuvo una hermana.
    Jorge Dalmau respingó.
    --Sí... Pero esa hermana mía desapareció cuando niña... Hace más de veinte años de eso. Nunca la encontramos.
    --¿Vive aún su madre?
    --No. Murió hace casi medio año. Un accidente de coche. Cruzó sin mirar y... Bueno, lo que pasa.
    --Lo siento. --Molano permaneció en silencio unos momentos--. ¿Cómo desapareció su hermana?
    --Se la llevó un duende --contestó rápidamente Dalmau.
    Molano lo miró atónito.
    --Perdone --sonrió Dalmau, excusándose--. Es lo que yo contestaba siempre de niño... cuando me preguntaban por lo ocurrido. De hecho, es lo que he creído siempre. Que se la llevó un duende, o que se la comió.
    --¿Qué quiere decir con esto?
    --Sucedió durante una feria que se hizo en el pueblo... hace muchos años. Yo tenía diez años por entonces. Mi hermana era unos tres años más pequeña. Había... --Jorge Dalmau hizo un vago ademán con el brazo--... había un teatrillo de esos de títeres, pero estaba cerrado. Ella... Bueno, entró en él y desapareció.
    --¿Entró en él así, sin más?
    --Me temo que perdí la memoria a consecuencia del shock que sufrí aquella tarde. Mis recuerdos son un tanto vagos. No estoy seguro de lo que ocurrió en realidad... Sólo recuerdo que nuestra madre nos llevó a la feria, y nos dejó un momento solos para ir a ver algo... y mi hermana desapareció. Nos dejó ante ese teatro de títeres. --Dalmau hizo una pausa--. Los médicos dijeron luego que sufrí un fuerte shock nervioso al contar la desaparición de mi hermana, que hablaba de manera incoherente. Repetía que un duende se había comido, o llevado, a Ana. --Meneó la cabeza--. Nunca se la encontró. Nunca volvió a casa. No se ha sabido qué fue lo que le ocurrió. He tratado de recordar exactamente lo ocurrido aquella tarde, pero... es como si tuviera un velo ante los ojos. Probablemente, lo del duende pueda ser tan cierto como cualquier otra cosa. A veces... a veces hay personas que desaparecen de manera extraña, inexplicable. De repente, ya no están en este mundo. Parece cosa de fantasía, pero desaparecen sin más y nunca son encontradas.
    Dalmau se quedó con la vista clavada en el suelo. Molano le observaba en silencio.
    --Yo... yo creo que mi hermana debe de seguir viva en algún lugar --prosiguió Dalmau al cabo de unos instantes, levantando la mirada y clavando los ojos en Molano. Tenía las manos unidas, en un gesto muy parecido al de quien reza en una iglesia, pensó el sargento--. Debieron de raptarla; sin duda fue alguien que no tenía hijos... Un matrimonio sin hijos... Me han contado que esas cosas suceden... puede que de tarde en tarde, pero suceden. Matrimonios que se llevaban los hijos de otras parejas para quedárselos. Así que me figuro que eso es lo que en realidad ocurrió. Y confío en que Ana debió de ser más feliz con ellos... más feliz que con nuestra madre.
    --¿No eran ustedes felices en casa con su madre? --preguntó Molano, con interés.
    --No --Jorge soltó un suspiro--. No puedo decir que tenga... muy buenos recuerdos de mi infancia. Nuestra madre era... digamos que un poco descuidada, ¿sabe? Yo tenía que cuidar casi siempre de Ana, y un niño de ocho, nueve, diez años, no es el más indicado para cuidar de una niña de cinco, seis o siete años. No entiende mucho de según qué. Él mismo necesita ser cuidado... Pero, bueno, salíamos adelante. Estábamos mucho tiempo solos en casa, mientras nuestra madre iba... por ahí. Luego, cuando Ana desapareció... o la raptaron... todo cambió un poco. Era como si de pronto ella se sintiera culpable de lo ocurrido. Las cosas mejoraron un poco para mí, aunque me echaba a veces la culpa de que Ana hubiera desaparecido, porque yo debía de haber cuidado de ella, como siempre. En todo caso, mi madre dejó de salir tanto, encontró un trabajo que le gustaba y se preocupó más de la casa... Bueno, un hijo solo daba menos trabajo que dos. Yo qué sé. En fin, no puedo decir que Ana y yo fuésemos muy felices, precisamente. Por eso pienso que ella debió de ir a parar a un lugar mejor... a una casa donde le dieron todo lo que no teníamos en la nuestra, todo lo que una niña necesita en su infancia... una madre que estuviera por ella... Cierto, la eché de menos durante bastantes años... Y aún sigo pensando que todo fue por mi culpa... Pero que quizá fue para bien. Para ir a una casa mejor... Ahora será ya una mujer de casi treinta años... Seguramente estará casada, y puede que tenga sus propios hijos. Y habrá aprendido a educarlos bien. Habrá olvidado incluso que tenía un hermano... los niños olvidan pronto..., es algo que aprendes cuando eres padre. ¿Sabe una cosa? Dicen que quienes han tenido una infancia poco feliz son muy buenos padres. --Se encogió de hombros, con una leve sonrisa--. Bueno, yo tengo dos críos y son la luz de mi vida. Me desvivo por ellos, pero no los malcrío. Quiero ser un padre responsable.
    Molano contempló intensamente a Jorge Dalmau.
    --Pero, ¿por qué ha venido a preguntar por mi hermana ahora, al cabo de tantos años? --preguntó Dalmau, intrigado.
    --Verá usted --carraspeó Molano--. Verá usted... La policía nunca cierra un caso no resuelto. Su hermana... sigue desaparecida. Mi visita es, simplemente, una visita rutinaria... un puro formulismo, por si usted sabía algo de ella o había tenido noticias suyas estos últimos años.
    --Pues no, ninguna noticia en absoluto --contestó Dalmau, un tanto extrañado.
    --Ya veo. Bien, pues eso es todo, señor Dalmau --dijo Molano, poniéndose en pie.
    --¿Eso es todo? --Dalmau se levantó a su vez del sofá.
    --Sí. Le agradezco su amabilidad al recibirme y atender mis preguntas. Lamento si le han evocado recuerdos tristes... Que tenga usted buenos días.
    Y se encaminó decidido hacia el vestíbulo, seguido por un perplejo Jorge Dalmau, que llegó con el tiempo justo de abrirle cortésmente la puerta y responder a su despedida. Se quedó en el umbral, viendo cómo su visitante se alejaba hacia el pueblo de Salou, sin duda para tomar el tren. Luego, encogiéndose de hombros, cerró la puerta.
 
 
FIN.-
 

October 25

EL TEATRILLO DE TÍTERES (1)

 


(c) 2009 by J.C. planells
 
 
PRIMERA PARTE

    --Quedaos aquí y no os movaís --les dijo su madre--. Jorge, cuida de tu hermanita, ¿eh?
    Y se alejó apresuradamente, perdiéndose entre la multitud.
    Jorge miró a su hermana, Ana, que mordisqueaba un caramelo gigante mientras permanecía asida de su mano, y luego miró al teatrillo ante el que les había dejando plantados su madre. Pero el teatrillo tenía el telón corrido. Era el típico teatrillo de titiriteros, un armazón donde una o dos personas ocultas por una cortinilla manejaban los muñecos en una función que no tenía muchas variantes; los que lo llevaban debían de estar descansando, o a lo mejor ni siquiera habían llegado aún a la feria. A su alrededor, todo era bullicio mientras que ellos dos estaban ante el único lugar sin animación de todo el recinto. Seguramente su madre no se había dado cuenta de que el teatrillo estaba cerrado, algo que últimamente le ocurría con frecuencia: no parecía prestar atención a casi nada, su cabeza estaba siempre en otro lugar o en varios a la vez, sus intereses parecían ser otros, y ellos dos, Jorge y Ana, se convertían en... ¿una molestia?... Bueno, en algo que había que llevar de un lado a otro, del colegio a casa, del campo de deporte a casa, porque no siempre podían, ni debían ir, solos... aunque a veces así había sido. Por lo menos Ana, con casi siete años, no era prudente que fuera a ninguna parte sin la compañía de un mayor, o, como en ciertas ocasiones, de Jorge, a quien le encargaban llevarla ("arrastrarla", pensaba el niño a veces).
    --Eres un chico muy espabilado --le decía la madre cuando le pedía que acompañara a Ana a donde fuera que la niña tuviera que ir, y Jorge sabía muy bien que era una manera de "darle coba", como le oyó decir una vez a la tía Asunción refiriéndose a otras cuestiones.
    Y ahora, un sábado a la tarde, cuando les llevaba por fin a los dos a la feria del pueblo, les dejaba plantados para irse ella a no sabía dónde, porque ni se había molestado en decírselo, aunque sin duda le corría prisa, por lo nerviosa que estaba ya desde que salieron de casa. Jorge miró hacia la gente de la feria, por si podía localizarla, pero no la vio.
    --¡Hola, niños!
    Jorge se volvió. La cortina que hacía de telón estaba abierta ahora y un feo muñeco aparecía contra un fondo pintado que representaba un jardín tan feo como el muñeco. A Jorge nunca le habían gustado ni de muy pequeño los títeres de los teatrillos: eran grotescos, e incluso le parecía recordar que de muy crío les tenía miedo. A lo mejor los tomaba por personas reales que estaban allí metidas, y su insignificante tamaño, sus facciones, sus voces chillonas, y los porrazos que se daban, le atemorizaban un poco, en vez de hacerle reír. Sin embargo, no parecía que el resto de los niños hubieran compartido nunca esa impresión suya.
    --Hola --contestó Ana al muñeco con su vocecita.
    --¿Habéis venido a ver la función? --preguntó el títere, accionando las manos.
    --Sí -- dijo la niña.
    --¿Sólo vosotros dos?
    Jorge miró a su alrededor. En efectos, ellos dos eran los únicos que prestaban atención al teatrillo. Aunque en la feria abundaban los niños --solos, con sus padres o en pandillas, de diferentes edades-- ninguno prestaba atención al teatro de los títeres. O conocían ya la función por haberla visto antes, o la encontraban poco animada, que es lo que a Jorge le pareció más probable. El niño siempre había pensado que esos teatrillos eran para los más pequeños; más pequeños incluso que Ana, que a sus siete años ya debería empezar a prestar atención a otra clase de diversiones para niñas, o niños en general.
    --Hum --dijo el muñeco--. Los demás niños son idiotas. Prefieren subir a la noria, y vomitar luego, montar en los autochoques, y dañarse las rodillas y tirarse luego un mes en la cama, o tirar al blanco y saltarle un ojo a su compañero...
    Ana soltó una risita algo insegura. Jorge pensó que si eso era una muestra de humor por parte del títere, o de quien lo accionaba, era de un cierto mal gusto, no tanto por lo que decía sino por el tono en que hablaba: fingía decir algo divertido pero había en el fondo un cierto tono amenazador.
    --Así que aquí tenemos a un par de niños tranquilitos --prosiguió el muñeco--, a quienes su mamá ha dejado a mi cuidado, ¿verdad? ¿Qué estará haciendo vuestra mamá, qué debe ser tan importante que os ha dejado a mi cargo? ¿Y debo yo hacer mi función para solo dos niños?
    Jorge parpadeó. No le gustaba ese muñeco, sin duda el tipo que lo manejaba era un idiota o le gustaba gastar bromas estúpidas. No estaba haciendo la clase de espectáculo que se suponía hacen los teatrillos de títeres.
    --¿No hay más muñecos? --preguntó Jorge, secamente.
    --Ah, quieres que salgan mis compañeros --dijo el muñeco--. Quieres ver una función de verdad. Con el guardia dándome porrazos y mi mujer también, ¿es eso? La rutinaria función que tanto divierte a la chiquillería.
    Jorge pensó que el muñeco no parecía de los que se dejasen dar estacazos por el guardia y la esposa.
    --Es usted un muñeco antipático --le dijo, y notó que Ana le miraba sorprendida.
    --¿De veras, niño? Yo creo que antipática lo es la vida, y si no ya me diréis qué hace ahora vuestra madre sin preocuparse de dos niños como vosotros.
    Jorge frunció el ceño. No le gustó la pregunta, entre otras razones porque él se la había hecho también poco antes. Oírla procedente del muñeco le irritaba. Apenas percibió que Ana, nerviosa, le había apretado instintivamente la mano.
    --Tenía que ir a mirar una cosa --dijo Jorge.
    --Oh, desde luego --repuso el muñeco con lo que parecía sorna--. Una cosa bien grande es lo que ha ido a mirar. No creo que os imaginés lo que es. ¿Verdad que no lo imagináis? Es una cosa muy grande, que ella no tiene, y le hace mucha falta, ya lo creo que sí.
    --¿Qué es esa cosa? --la curiosidad de Ana pudo más que su ahora despertado recelo hacia el muñeco.
    --Una cosa que tú no tienes, niña. Pero... yo te la podría enseñar. Y así sabrías algo de tu madre que es muy importante... algo que necesitas saber. Que te conviene saber.
    --Dígala o cállese --le soltó jorge.
    --No. A ti no, niño. Tú eres un desconfiado. Sólo se lo diré a la niña. Porque... ¿no os imagináis por qué os ha dejado precisamente ante mi teatrillo? Pues porque hay algo que teme deciros y espera que lo haga yo. Esa es la razón.
    --¿Qué cosa es? --preguntó Ana, con su natural curiosidad despertada e impaciente.
    --Ay, qué destino tan triste el mío, ¡glub!, tener que dar esas noticias... --el muñeco fingió lloriquear.
    --Es un mentiroso --dijo Jorge, aunque empezaba a sentirse inseguro.
    --Haces muy mal en llamarme mentiroso --dijo el muñeco, y Jorge casi hubiera jurado que había un destello de recelo en su mirada, por imposible que pareciera--. Lo que he de confiaros, revelaros, explicaros, es tan y tan grave, tan y tan serio... Pero como no confías en mí, sólo se lo diré a tu hermanita. Y luego, si ella lo cree conveniente, te lo dirá a ti. Así que vete y déjanos solos un ratito.
    --No la dejaré sola. Está a mi cuidado.
    --Entonces, no sábréis nunca lo que os cambiará el futuro. Ya os apañaréis.
    --¿Qué es? --preguntó Ana, impaciente.
    --Que se marche tu hermano y te lo diré.
    Antes de que Jorge pudiera reaccionar, Ana se soltó de su mano y se acercó al teatrillo, poniendo sus manos en el tablado que simulaba la escena. El muñeco se inclinó hacia ella, debió de susurrarle algo, y Ana soltó una risita. Entonces dio la vuelta al teatrillo y desapareció en su parte trasera. El telón del teatrillo se corrió de inmediato, como si la función hubiera terminado.
    Jorge vaciló unos momentos, y luego fue tras su hermana, un poco de mala gana. Dio la vuelta al teatrillo. Ana no estaba a la vista. Levantó la cortina que tapaba la parte trasera de armazón. Allí no había nadie. Pudo ver tirados en el suelo tres muñecos, uno de ellos el que les había estado hablando. Pero quien fuera que los manejaba se había largado. Y Ana no estaba ni allí ni por los alrededores.
    --¡Ana! --llamó asustado.
    Algunos paseantes le miraron, pero sin prestarle atención. Echó a correr, buscándola entre la gente.
    Jorge no volvió a ver nunca más a su hermana.
 
(continuará)


October 23

DESPUÉS DEL ANOCHECER, de Stephen King


(c) 2009 by J.C. Planells
 
 
Si las últimas novelas de Stephen King no nos han deparado nada excepcional --aunque sí buenos momentos narrativos y algunas observaciones sobre la vida, que suelen caer en saco roto porque no se le prestan la atención debida a causa de ser su novelística presuntamente intrascendente--, al menos sabemos que en el campo del relato de mayor o menor extensión, el escritor de Maine suele ofrecer siempre trabajos altamente meritorios, y a veces de notable originalidad. Así ha sido desde su primera recopilación de cuentos, El umbral de la noche, hasta la última, Todo es eventual, incluyendo asimismo los volúmenes en que reunía cuatro novelas cortas de considerable extensión: Las cuatro estaciones y Después de medianoche (cuya primera edición en español apareció dividida en dos volúmenes). De ahí que la aparición de una nueva recopilación de historias, esta Después del anochecer, sea acogida con interés y expectativas... que se han visto más bien defraudadas en esta ocasión. Pues sí: el total de trece (y no catorce, como indica la portadilla de Plaza Janés) relatos es en su balance final insatisfactorio. Da la impresión de ser una recopilación de relatos sobrantes de colecciones anteriores en lugar de los escritos durante los últimos años. ¿Pierde pulso nuestro escritor? ¿Todo está dicho ya? 
Entre esas trece historias, algunas son simples variantes de relatos anteriores: historias de venganza, como "Un lugar muy estrecho" nos recuerda de inmediato a "La cornisa", de aquella lejana El umbral de la noche: sólo cambian los motivos de los dos únicos personajes y el escenario de la venganza; allí era la cornisa que rodeaba un edificio, y ahora es un retrete de cabina; es decir, lo agorafóbico ha sido sustituido por lo claustrofóbico, y el aire frío por la mierda (literalmente). Hay relatos de personajes que se encuentran durante un viaje en un lugar inesperado que no comprenden, como en "Willa", que uno teme sea una reescritura de "Los lagolieros" o de "El piloto nocturno", y al final no es sino una historia que no expresa apenas nada. Otros, como "La bicicleta estática", nos parecen el punto de partida de futuras novelas, en este caso de Duma Key, aunque la historia discurra por otros canales. Hay también el consabido relato sobre el escritor atrapado por el oficio de escribir, algo muy cultivado por King tanto en la ficción como en la realidad (su carrera como Bachman), que en este caso lleva el título de "Área de descanso" y resulta facilón y previsible, lo que a la postre es su peor defecto. En un caso, el relato es tan decepcionante y resabido, que uno se pregunta exactamente el motivo de su escritura: es lo que ocurre con "N.", que es el único no publicado previamente en revista o antología (¿quizá por temor a un rechazo?), que no sólo carece de originalidad, sino incluso de interés. Otros son meras viñetas que parecen provenir de algún antiguo número de The Magazine of F&SF, como el breve "Tarde de graduación": me temo que está desfasado en el tiempo, por muchas series de televisión y películas que se avecinen sobre el apocalipsis atómico.
¿Todo es desdeñable? Pues no. Pese a que la mayoría de relatos resultan insatisfactorios o sean meras variaciones recauchutadas de viejos relatos suyos  --aunque escritos con la solvencia que es de esperar en él--, al menos hay dos que nos recuerdan al King de antaño... empezando con uno que sí es del King de antaño: "El gato del infierno". Es una historia cuyo título me resultaba extrañamente familiar, y que al leerlo me recordaba el tipo de cuento ofrecido por King en sus primeros años... y al leer las notas finales sobre la creación de los relatos reunidos, resulta que pertenece a sus primeros años como escritor (concretamente fue publicado hacia 1977 en una revista) y no había aparecido antes en ninguna recopilación (lo mismo que otros cinco o seis que andan dispersos incluso en traducción castellana). Y resulta que ese relato tan antiguo --revisado sin duda para su incorporación en este volumen, lo mismo que "Mudo", ya leído antes en un número del Playboy español-- resulta mucho más vivo y fresco que el resto del volumen...
Pero sin duda el mejor con diferencia --y mi preferido-- de todo el libro es "Las cosas que dejaron atrás". En este sí reencontramos al King que esperamos, el que conocemos y amamos. Ese King que sabía hacer fantasía y terror con lo más cotidiano de nuestras vidas. Se trata de una historia escrita a raíz del 11-S, hecha convicción, tremenda e impactante precisamente por su sencillez: a veces --siempre, vaya-- las cosas más sencillas son las que más nos llegan. King consigue con esta historia demostrar que aún nos puede sorprender, aunque no sea con la frecuencia de antaño.
Otros dos relatos notables, aunque nada del otro mundo, son los breves "El sueño de Harvey" y "The New York Times a un precio de ganga": ambos sin duda dejan buen recuerdo precisamente por su brevedad y concisión, y tratan en el fondo temas muy semejantes. "Ayana", "Mudo" y "La chica del pan de jengibre" se leen y se olvidan fácilmente: facilones, irregulares, quizá mejor --o más entretenido-- el último.
En suma, una colección de relatos que no sobrepasa la discreción en su balance total, con muy pocas historias memorables y demasiadas variaciones sobre viejos temas. Y es que tendemos a esperar siempre más de King.
 
 
October 20

TENNESSEE WILLIAMS: NOVELAS Y COLECCIONES DE RELATOS


(c) 2009 by J.C.Planells
 
 
La dramaturgia de Tennessee Williams ha sido suficientemente comentada y estudiada bajo diversos aspectos (incluyendo un interesante volumen sobre sus adaptaciones cinematográficas del que hablé aquí hace tiempo). Por contra, su obra como novelista y autor de relatos ha quedado relegada a un segundo término, aunque por lo menos Francis Donahue le dedicó el capítulo 14 de su libro El mundo dramático de Tennessee Williams, publicado en 1964, y traducido al castellano en Diana, México, 1967. Cierto que dicha obra narrativa es exigua: dos novelas solamente y un puñado de relatos, algunos de los cuales sólo fueron editados en forma casi privada y sin distribución comercial (por razones de su temática gay) o permanecieron inéditos hasta su muerte. Eso llevaría a pensar que acaso esa parte de su obra ofrece menos interés o tiene menos calidad; y no es así, sino muy al contrario. De hecho, Williams se inició como cuentista enviando un relato nada menos que a la revista Weird Tales --donde publicaban Robert E. Howard, Lovecraft y otros cultivadores del horror y la fantasía--, escrito cuando apenas tenía 16 años. Incluso llegó a mentir sobre su edad para que le fuera publicado dicho cuento, "La venganza de Nitocris", que aparecería en el número de junio de 1928 de esa revista. Era un notable relato de terror, que cuando apareció traducido por primera vez en castellano, hacia 1969 en una selección de cuentos de terror, dejó estupefactos a quienes sólo conocían a Williams por su teatro social y poético.
Repasaremos aquí, pues, someramente, sus dos novelas y los cinco libros de relatos que han aparecido en castellano; no hay mucho más en su edición inglesa en cuanto a relatos o colecciones de relatos.
 
Novelas
 
La primavera romana de la señora Stone (The Roman Spring of Mrs.Stone, 1950). Edición actual en Bruguera. Editada anteriormente por Muriel (1959) y Plaza Janés (1964).
La primera de las dos únicas novelas escritas por Williams --novela corta, más bien, pues su extensión no llega a las 120 páginas-- sorprendió por ser su autor conocido casi únicamente en ese momento por sus éxitos en el teatro. En sus memorias, y en otros lugares, Williams confiesa que él es la señora Stone de la novelita, lo mismo que sabemos que es la Blanche Dubois de Un tranvía llamado Deseo y la Princesa Kosmonopolis de Dulce pájaro de juventud. Y es que durante aquellos años en que destacaba como dramaturgo renovador de la escena teatral norteamericana, Williams se travestía en sus personajes femeninos, algo que con el paso del tiempo (y con la permisividad de los nuevos modos de creación artística y literaria, a lo que él contribuyó en gran manera, como han reconocido muchos) fue desapareciendo, y la figura del homosexual sustituyó al disfraz de mujer.
La señora Stone de la novela es una actriz de edad madura, que se halla en crisis existencial, sobrevenida casi repentinamente: ha enviudado recientemente de un marido que la obligó a dejar la escena a cambio de una vida regalada y millonaria; ahora que es libre ya no puede volver al teatro para hacer la Julieta de Shakespeare, y envejecer la aterra (lo cual de inmediato nos hace pensar en el posterior personaje de Dulce pájaro de juventud, la Princesa Kosmonopolis, que en realidad es una versión amarga, desesperada y a la vez cínica de esa señora Stone, personaje contenido, reprimido y algo altivo). La señora Stone, en fin, no sabe qué hacer con su vida, su dinero y su tiempo libre, pues está en ese período en que "la propia existencia se nubla con una sensación de irrealidad, se pierde la nitidez, y la voluntad racional, o lo que antes pasaba por serlo, deja de controlar, o de pretender que controla", tal como describe Williams --magníficamente-- al personaje y su actual estado (página 15 de la edición en castellano).
Así pues, la señora Stone, como otras americanas ricas, ociosas, aburridas, sean viudas, divorciadas o separadas, no jóvenes ya, o incluso viejas, se instala en Roma en busca y procura de no sabe el qué. Allí esas mismas americanas o europeas se encargarán de hacerle partícipe de los medios en que aliviar su soledad y su aburrimiento: el mundo de los gigolós, jóvenes desocupados y tan ociosos como ellas --probablemente ex fascistas desnortados tras la aún reciente guerra mundial: estamos en 1950--, que las entretienen, se dejan pasear a su lado, se encaman con ellas, y reciben a cambio regalitos en forma de buena ropa, relojes, o incluso dinero. Tras resistirse a ello, que considera una bajeza, la señora Stone aceptará al gigoló Paolo, en una relación compleja básicamente porque ella no entiende ese mundo, y que la llevará a cierta degradación final --quizá-- o a algo mucho peor. Williams sostenía que el lector debía interpretar que la señora Stone aceptaba prácticamente la muerte en el ambiguo final de la historia. Pudiera ser.
Brillantemente escrita, rica en detalles, aguda, profunda, esta novela corta es sin duda alguna una de las piezas literarias más geniales de Williams, que demuestra que el poeta (ciertamente mediocre) que aspiraba a ser alcanzaba su verdadera plasmación en el campo teatral y en la novela o en el relato, pues dota a sus textos de un sentido poético y dramático conjuntado a la perfección.
Esta novela fue llevada al cine en una adaptación simplemente superficial.
 
Moise y el mundo de la razón (Moise and the World of Reason, 1975). Edición actual en Bruguera. Primera edición en castellano por Luis de Caralt en 1978.
Hasta un cuarto de siglo más tarde no publicó Tennessee Williams su segunda --y ultima-- novela, esta Moise y el mundo de la razón, que no recibió ni los parabienes de la primera, ni tampoco obtuvo el mismo éxito comercial. Hay algunas razones para explicar esto: el autor se hallaba en el período malo de su carrera como escritor, olvidado para unos, desdeñado por otros y ninguneado por la mayoría: él mismo lo describe con toda sinceridad en sus Memorias, escritas más o menos por aquella misma época, y escritas a partir de sus cuadernos de notas --editados no hace mucho en inglés--. Por otro lado, ésta es una novela de temática abiertamente gay, pensada para el público lector gay, casi se diría. Y es que aquí y ahora, el autor ya no necesitaba travestirse en sus personajes femeninos, como en tantas obras de los años cincuenta e incluso sesenta, sino simplemente ponerse él mismo como personaje, más o menos disimulado, y ficcionar con libertad algunos de sus recuerdos y experiencias.
Argumentalmente, la obra no ofrece mucho: el narrador evoca personajes y acontecimientos de su vida homosexual --y también de su vida mundana-- durante un breve espacio de tiempo en el que espera la revelación de una noticia. No pocos de los acontecimientos hallan luego su eco en la lectura de sus Memorias, especialmente en algunas de sus vivencias durante la década de 1930. En conjunto, la novela, más extensa que la anterior, se sitúa un escalón por debajo de ésta, pero ofrece, cómo no, buenos detalles, profundidad y conocimiento humano, y sobre todo una sinceridad y franqueza que puede molestar a lectores heterosexuales. Novela, en fin, algo difícil quizá, pensada para "entendidos", por así decir, pero en la que se muestra el indudable talento de su autor.
 
Colecciones de relatos

El manco y otros cuentos (One Harm and Other Stories, 1948). Editado en Argentina por Editorial Sur en 1968.
Primer volumen de relatos publicado por Williams, que sería reeditado más adelante en 1967. Aquí encontramos historias que posteriormente darían pie a conocidos dramas: "La noche de la iguana", por ejemplo, se desarrollaría de manera muy distinta en la obra de 1960; más importante aún es el aquí titulado "La muchacha de los vidrios" --que reencontraremos en otra colección traducido como "Retrato de una chica en cristal"--, una breve y conmovedora historia escrita en 1943 y que es el germen de esa obra ya inmortal que le consagró en 1945, El zoo de cristal. "Deseo y el masajista negro" ofrece una prefiguración de lo que sería mucho más tarde De repente el último verano: el ya mencionado libro de Donahue ofrece abundante información y extractos de dicho relato, una cruda historia de masoquismo, búsqueda de la expiación y homosexualidad no asumida (como no poseo ningún ejemplar de esa recopilación, la información del volumen de Donahue es valiosa respecto a los relatos no aparecidos posteriormente en otras colecciones). Donahue asegura que "El pájaro amarillo" contiene elementos de Verano y humo y alguna otra obra, aunque los extractos y el resumen no guardan mucha similitud, excepto en la coincidencia del personaje llamado Alma, aunque sin duda Donahue puede saberlo mejor que nosotros, que desconocemos la historia. Aparte de "La noche de la iguana" y "La muchacha de los vidrios", otros tres cuentos ("El poeta", "Lo importante" y "El ángel en el ático") reaparecen en la posterior  La noche de la iguana y otros relatos. "El manco", que da título al volumen, en otra historia de temática homosexual.
 

Caramelo fundido (Hard Candy, 1954). Editada en Argentina por Editorial Sur en 1966.
Aunque su primera novela de 1950 ya lo dejaba claro, esta segunda colección de relatos publicada en inglés cuatro años después reafirmaba que el Williams narrador no era en modo alguno inferior al Williams dramaturgo. Ocurre sin embargo que para muchos prevalece el hombre de teatro antes que el novelista y narrador. Digamos, para terminar con esto, que no es tan fácil como parece destacar en ambos campos literarios: no pocos importantes novelistas han fracasado --a veces estrepitosamente-- en sus incursiones teatrales; y, asimismo, no pocos dramaturgos y comediógrafos igualmente notables han ofrecido novelas de muy escaso interés.
En esta recopilación encontramos un relato que debidamente transformado daría pie a su drama La gata sobre el tejado de zinc caliente, "Tres actores de un juego de verano", escrito originalmente en 1951. Entre el resto, algunos contienen material evidentemente autobiográfico, aunque transformado de una u otra manera, o basado en vivencias personales: "Dos en una reunión", "Semejanza entre la caja de un violín y un ataúd" --una historia particularmente emotiva, de las más brillantes de Williams--... Varios de ellos son retratos de seres pintorescos o desnortados, patéticos a veces. Williams los dibuja con una finura psicológica que evidencia esas dotes de narrador, llenando algunos de ellos con frases que permanecen en la memoria del lector. El mediocre poeta que era Williams, como ya he señalado, encuentra en la narrativa su mejor y más feliz plasmación, aunque algún relato deje la impresión como de "relleno". 
 
Un empeño caballeresco (The Knightly Quest, 1966). Editada por Ediciones de Bolsillo/Lumen en 1972.
La novela corta que da título a este volumen, "Un empeño caballeresco", supone una incursión en el relato satírico con cierto toque final de ciencia ficción. En realidad, retoma elementos y personajes de otras ocasiones para construir una historia tan entretenida como banal, excelentemente escrita aunque superficial en fondo y planteamiento. Da la impresión de que el humor ligero y la comedia no eran su fuerte, como quedó claro con su primera obra alejada de planteamientos dramáticos, Period of Adjustment. En todo caso, esta novelita corta está mejor resuelta literariamente que la mencionada comedia, pero todo transcurre y finaliza de una manera un tanto precipitada. Quizá de haber ampliado la novela un poco más y profundizado en algunos personajes y detalles, estaríamos hablando de una buena historia negra; sin embargo, pese a estas insuficiencias, "Un empeño caballeresco" demuestra la habilidad de Williams en cambiar de registro. Puede que esa sea su mayor virtud, así como un uso del humor y la ironía que mejoraría en los años --y relatos-- siguientes.
El volumen se completa con tres relatos muy cortos: "La vieja casa estucada de mamá" presenta un cierto tono faulkneriano, pese a que los personajes principales --el hijo y la madre-- son inequívocamente de Williams. "Hombre traer esto carretera arriba" es curioso por varios motivos: podría parecer, leído hoy, un avance del tipo de relatos que ofrecerá en la breve recopilación Ocho mortales poseídas, compuesta por historias escritas durante la década de 1970. Pero no es así --aunque temáticamente sea afín--, porque fue escrito hacia 1953, cuando Williams estaba en Italia escribiendo los diálogos ingleses de Senso para Visconti. A su regreso a Estados Unidos, como cuenta en sus Memorias lo revisó, lo publicó, y más tarde lo convirtió en la pieza corta The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore, que a su vez se convertiría en el guión cinematográfico Boom!, que dirigió Joseph Losey en 1968 (estrenada en España como La mujer maldita), y con la colaboración no acreditada de Harold Pinter en el guión. Sin duda, ese guión llega a donde el cuento de 1953 no alcanza, puesto que es un simple planteamiento de un personaje, Flora Goforth, mucho mejor desarrollado en el guión cinematográfico (desconozco la obra en un acto de la que parte). El tercer relato, "Grand", es un texto autobiográfico.
 
Ocho mortales poseídas (Eight Mortal Ladies Possesed,1974). Edición actual en Alba. Primera edición en castellano por Luis de Caralt en 1977 como Ocho mujeres poseídas.
Este breve volumen reúne seis cuentos cortos del autor, casi todos ellos escritos hacia 1970, y que ofrecen retratos de mujeres muy peculiares. Se puede reconocer de nuevo al autor en algunos de los caracteres femeninos, por ejemplo, en "Sabbatha y la soledad", que versa sobre una poetisa obsesionada por lo que se dirá de ella una vez muerta. Argumentalmente, todas las historias son de una gran originalidad, algunas realmente sorprendentes (la muchacha que nunca tuvo una menstruación), escritos con concisión, algo de humor soterrado, fina ironía empleada con mayor acierto aún que en la novela corta "Un empeño caballeresco", y una gran penetración psicológica.
Esta galería de mujeres --excéntricas, neuróticas, maniáticas, solitarias-- demuestra el gran creador de caracteres, de personajes, que fue Williams. Cada una de las historias, pese a su brevedad --o quizá precisamente por ella--, es casi una pequeña joya de orfebrería, perduran en la memoria y sus personajes muy bien hubieran podido ser protagonistas de una novela entera o de uno de sus dramas. Lo cual nos lleva a concluir que lo importante no es la mayor o menor extensión de un texto de ficción, sino su calidad literaria, su agudeza psicológica, la originalidad de su trama.
 
La noche de la iguana y otros relatos (Collected Stories,1985). Edición en castellano: Alba y DeBolsillo.
Este recopilación ofrece una amplia muestra de la narrativa breve de Tennessee Williams: reúne relatos de diversas épocas y toda clase de temáticas, empezando por aquella narración juvenil que fue su primer cuento publicado, "La venganza de Nitocris", así como varios cuentos inéditos escritos en diferentes años.
Reencontramos algunos ya conocidos de las anteriores colecciones: "La noche de la iguana", "Retrato de una chica en cristal", "Tres participantes en un juego veraniego", "El poeta", "Lo importante", "Inventario en Fontana Bella" (este procede del breve volumen Ocho mortales poseídas)... Los inéditos son: "Arena" (1936), "Algo de Tolstoi" (1936), "Una manzana regalada" (1936) y "La habitación a oscuras" (1940)...
El resultado de la selección es un ramillete muy variado de temáticas: terror, lirismo, nostalgia, humor, homosexualidad ("El chapero asesino y el carroza disimulón"), crónica social, retratos de caracteres, ironía... Es esa variedad, junto con el admirable modo en que dota a cada historia del estilo justo, adecuado (compárense a este respecto dos relatos de estilos tan opuestos como "La habitación a oscuras" y "El reino de la tierra"), el lenguaje tan aparentemente sencillo y a la vez tan fino psicológicamente, la prueba de que Tennessee Williams no solo fue un brillante dramaturgo, sino un novelista y narrador de historias de unas facultades colosales. No conozco muchos autores que sepan dotar a cada historia de su tempo, de su estilo, del tono preciso para llegar al lector y expresar lo que se desea. Williams era uno de ellos, y es en eso donde se demuestra el talento y se conoce al genio.
 

October 17

GALERÍA DE MUJERES (53). RUTH, ANITA, BONNIE Y JUNE POINTER: Las Pointer Sisters, entre el cielo y el infierno


(c) 2009 by J.C. Planells

 
 
Debo de ser de los pocos que en 1973 se compraron el primer disco de las Pointer Sisters cuando se editó en España. Era su debut discográfico, y en este país nadie las conocía, y siguieron sin conocerlas y sin oír hablar de ellas en los años siguientes. Me entretendría contando el motivo por el que compré el disco, pero no se lo creerían; por el contrario, si les contara una mentira al respecto, estoy seguro de que sí la creerían (como me ocurre siempre). Inasequible al desaliento, en 1981 compré Black and White apenas lo vi ante mis ojos; era el único otro disco de ellas que vi publicado en España (si hubo más entre medio, se me escaparon). Éste sí tuvo un moderado --moderadísimo-- éxito en nuestro país, tanto que motivó la publicación de los siguientes, So Excited y Break Up. Me gustaron un punto menos, porque participaban más del sonido disco que empezaba a aporrearse en los ochenta, en vez del soul, el funk o el pop-rock del anterior o del primero que sacaron. Todo esto me ha dejado con la extraña sensación de ser el único --y desnortado-- fan de las Pointer Sisters en España. Bueno, quizá uno de los dos: conocí a alguien hace unos años que resultó saber quiénes eran cuando le regalé el DVD de uno de sus conciertos en directo, para que se inspirase. Y esta es una historia que ustedes no conocerán jamás (aunque a más de uno le gustaría saberla).
En el primer disco eran cuatro chicas, todas ellas hermanas: Ruth (1946), Anita (1948), Bonnie (1950, nacida Patricia Bonnie) y June (1953-2006) Pointer. La familia Pointer contaba además con dos hermanos, y todos eran hijos de un predicador. June y Bonnie habían formado un dúo brevemente hacia 1969. Cuando se sumaron Ruth y Anita, formaron el cuarteto Pointer Sisters y grabaron ese disco de 1973, que en Estados Unidos fue un éxito, en especial su tema "Yes we can, can", un clásico de su repertorio, que el presidente Obama no tuvo reparos en tararear con ellas no hace mucho durante una reunión pública con las hermanas sobrevivientes: al fin y al cabo, su famoso "Yes, we can", ¿provendrá de aquel viejo éxito de las Pointer Sisters? Les dejo con la duda. En su tercer disco faltaba una de las hermanas, Bonnie, que había iniciado  en 1977 una carrera en solitario. Ya por entonces empezaba a haber ciertos problemas entre Bonnie y Ruth, que se arrastran incluso a hoy día (temas de egolatrismo personal y de consumo de sustancias...). Ruth, Anita y June, contratadas ahora por el pilluelo Richard Perry, sacaron en 1981 ese Black and White, con un fenomenal puñado de canciones que obtuvieron señalado éxito (si no las conocen, les aseguro que tienen un grave problema y acabarán por lamentarlo). Perry se espabiló para orientarlas a una mezcla de funk-disco, les hizo ganar algo de modesta popularidad internacional, y alguno de sus temas sonó en películas de éxito, con lo que rehacieron una carrera que había decaído un tanto durante el parón que las hermanas tuvieron hacia la segunda mitad de los años setenta, en que llegaron incluso a ser un dúo (Ruth dejó el grupo al nacer su segundo hijo).
La historia de estas hermanas es embarullada y algo dramática: Ruth tuvo graves problemas debido a su alegre consumo de cocaína (lo mismo que las demás hermanas), que la llevaron al borde de la muerte. Se salió de ellas, y ese es uno de los motivos que la mantienen alejada de Bonnie (que sigue consumiendo). Hacia 1990 dejaron de existir como Pointer Sisters, o al menos cesaron las grabaciones, y sólo han existido reediciones puntuales de sus discos antiguos y alguna rareza ocasional. Ruth, lo mismo que hacía Bonnie desde años atrás, empezó una carrera en solitario con éxito discreto y participación en bandas sonoras de películas. En años recientes, reaparecieron puntualmente como grupo, pero con cambios: June ha tenido que ser sustituida por la hija de Ruth, Issa (nacida en 1978), con lo cual todo queda en familia, y recientemente Ruth, Anita e Issa han dado muchos conciertos y giras, reviviendo las épocas doradas de las Pointer Sisters en una especie de segunda etapa (o quizá tercera), que les ha demostrado que --en Estados Unidos-- las siguen recordando y estimando. June, la menor de las hermanas Pointer, que había tenido gravísimos problemas por su consumo de cocaína que la llevaron incluso a la cárcel, falleció en 2006 a consecuencia de un cáncer que le comió el cuerpo por diversas partes; esa muerte debió de pesarle como una losa a Ruth, debido a su pasado con las drogas, y por ello permaneció a su lado junto con Anita, en las dramáticas horas finales, cantando con ellas los viejos éxitos. Bonnie no estuvo presente en la agonía y enfermedad de June, pero sí se presentó en su funeral para reprochar airada a Anita y Ruth no haber respetado el deseo de June respecto a ser incinerada. Ellas se justificaron diciendo que estuvieron con June hasta el último momento, y los dos hermanos de las chicas reprocharon su actitud a Bonnie. No parece que la relación de Bonnie con Ruth y Anita haya sido digamos que profunda desde ese momento, y su web oficial la ningunea. No hace mucho, Ruth dijo que el principal motivo de que Bonnie no se una a las actuales Pointer Sisters (Ruth, Anita y la hija de Ruth, Issa) es la dependencia de Bonnie hacia esas sustancias que condujeron a June a la muerte y casi hicieron lo mismo con Ruth (además de cuestiones de diferencias creativas en escena). Otra desgracia en su historia fue que Anita perdió en 2003 a su única hija, Jada, a causa de un cáncer; una canción con su nombre fue grabada poco después. En 2002 había fallecido la madre de las hermanas Pointer. Y así, en apenas cuatro años, vivieron de muerte en muerte todas ellas.
Vivas unas y muerta June, unidas y separadas, enfrentadas o amigas, exitosas y olvidadas, viviendo peligrosamente y pagando por ello, siempre he sentido una especial devoción por estas chicas, tanto si son cuatro, tres o cinco, contando con la hija/sobrina Issa. Su vida entera daría para una tremenda película dramática sobre el mundo de la música. Ruth confesaba hace poco su ingenuidad (por no decir idiotez) en cuanto al consumo de cocaína, algo que le parecía lógico y divertido en aquellos años de triunfo musical, y que acabaría por arruinar a June, la menor y más querida de las hermanas. Sin duda sus vidas no han sido demasiado ejemplares en algunos momentos, pero han luchado, sufrido, cantado, vivido, peleado, triunfado, llorado, visto morir a seres queridos, cometido terribles errores y aprendido de ellos, han estado arriba y abajo, pasado malos momentos, han sido olvidadas y luego recordadas, y ahora tienen una edad de mirar atrás satisfechas (y lucen espléndidas, diantre; si de jóvenes estaban de rechupete, pues están la mar de bien ahora). Y cuando las ves o las oyes cantar, las amas de inmediato: no puedes hacer otra cosa. Sin duda hay otros grupos de chicas negras que tuvieron más fama, o renombre, o influencia, o las conozca más o menos todo el mundo. A mí sólo me interesan las Pointer Sisters.

     

    

 

 


October 15

EL CARNICERO, de Claude Chabrol: Un asesino en el pueblo


(c) 2009 by J.C. Planells
 
Si digo que considero a El carnicero la mejor película sobre asesinos piscópatas, probablemente se desatarán las iras de los aficionados al cine. No las de los cinéfilos, pero sí las de ciertos aficionados. Ocurre que lo que a algunos les viene a la mente al hablar de películas de psicópatas asesinos es la serie de Viernes 13, o cosas similares como El asesino de Rosemary, San Valentín Sangriento y demás zarandajas. Si son más refinados, pensarán en El silencio de los corderos o Henry: retrato de un asesino. Y, ciertamente, estas dos ofrecen buenas aportaciones al cine de psicópatas asesinos, en un estilo muy distinto: espectacular el primero y más tirando a documental el segundo. Pero ambas, al fin y al cabo, inciden en lo mismo: el asesino, el psicópata, está visto en su salsa en un caso, o desde su propio interior en el otro, en ninguna de las dos aparece como uno más dentro del marco social. Y en cambio eso es lo que ofrece El carnicero, un guión original de Chabrol --quien casi siempre suele adaptar novelas policiacas o escribir en colaboración con otros o dirigir guiones de amigos-- filmado en 1969, en un período temporal precedido de las notables La mujer infiel y Accidente sin huella, y seguido de otras dos igualmente notables, La ruptura y Al anochecer (una vuelta de tuerca sobre el mismo tema de La mujer infiel).
El carnicero nos presenta la vida cotidiana en un pequeño pueblecito de la campiña francesa, esos pueblecitos donde todo el mundo se conoce, las puertas de las casas se dejan abiertas, los comercios fían a los clientes, y se va a pie a todos sitios. Todo muy apacible, vulgar, incluso aburrido, sin duda. El inicio de la película, a fin de que conozcamos rápidamente el pueblo y a sus principales habitantes, es la celebración de una boda, a la que asisten prácticamente todos. Entre esos invitados al banquete en seguida nos fijamos en dos: la maestra, señorita Hèlène (Stéphane Audran), una forastera que ya se ha integrado merced a su trabajo, y Popaul, el carnicero del pueblo (Jean Yanne), que ha servido en el ejército en Indochina y ha visto horrores en la guerra. Sin embargo, no todo es tan bonito y tranquilo en este pueblecito, o, al menos en la región donde se halla enclavado: un asesino anda acuchillando mujeres jóvenes y sembrando el terror en la región; terror que aumentará cuando la propia señorita Hélène descubra junto con sus alumnos el cadáver de su última víctima durante una apacible merienda campestre.
Pero curiosamente, esos asesinatos de muchachas es más bien el fondo del film en lugar de lo principal. Lo que destaca rápidamente es la relación de amistad que se va iniciando entre la maestra y el carnicero. Dos personajes realmente curiosos: ella no habla de sí misma; de hecho nadie sabe nada sobre su vida anterior, y se intuye un gran fracaso sentimental en su pasado, probablemente. El carnicero, asimismo, es algo reservado, poco sociable, pero con un cierto humor soterrado a veces, y está muy marcado por los horrores de la guerra, como queda dicho. Ambos, en fin, son seres solitarios, un tanto ajenos al pueblo, dos soledades que se encuentran, simpatizan, se dan cuenta de que viven un tanto al margen del resto del pueblo, desean conocerse, pero temen lanzarse a fondo. Todo perfecto... excepto que Popaul, el carnicero, es el loco que anda acuchillando jovencitas y que finalmente Hélène lo descubrirá por pura casualidad, al encontrar en el lugar de uno de los crímenes el mechero que le ha regalado.
No hay mucho más que contar, porque esta no es una película de crímenes sanguinarios ni de suspense angustiante, ni siquiera de lo que se espera encontrar en ese tipo de películas con sádicos acuchillando chicas. Aquí tenemos una historia de dos personajes solitarios que se encuentran, empiezan a apreciarse, identifican sus soledades, van perdiendo sus recelos, comparten un cierto aislamiento respecto al pueblo, pero ocultan sus cartas: ella, un pasado que no sabremos; él, sus crímenes.
El film tiene un hermoso desenlace, tan insólito como lo es la propia película. Yo, al menos, lo califico de hermoso, aunque sea doloroso. O quizá no lo es tanto, en realidad. Pero en un film tan a contracorriente de lo que es habitualmente una historia de psicópatas asesinos, no era de esperar un final convencional. Aunque si me lo preguntasen, yo diría que el final sí es convencional... a su manera.
El carnicero me sigue, pues, pareciendo no solo una grandísima película, sino lo más definitivo sobre psicópatas asesinos que se haya filmado. Cierto que no sigue los cánones esperados, pero hay más realismo en él que en otras películas con ese tema. Incluso aunque sea más que evidente que la finalidad de Chabrol no era rodar un film sobre psicópatas asesinos, sino una muy especial historia de amor, logró de rebote algo que más o menos sólo encontrará ecos --muy distintos eso sí-- en el extrañísimo film Las horas del día, de Jaime Rosales: quizá sean las dos películas que más tratan de acercarse a ese tema, incluso en mi opinión mejor que la celebrada Henry, retrato de un asesino, que al fin y al cabo se basaba en un personaje real, mientras que Chabrol (y Rosales) lo hacen desde la ficción sobre la cotidianidad de un asesino que es un ser muy normal para los demás (y que finalmente acaba desconcertando al espectador). El acierto de Chabrol en presentar los personajes tanto principales como secundarios (los habitantes del pueblo donde se rodó la película hacen de extras e incluso algunos secundarios, lo que dota el film de un plus de verosimilitud), la humanidad y a la vez la suave inquietud con que Jean Yanne incorpora a Popaul, el aire de "film provinciano" de que parece envolverse (el cine francés siempre ha sido un tanto provinciano, pero aquí es evidente que es completamente a propósito), todo se une en un conjunto armónico para ofrecer la película más inesperada sobre un tema casi siempre banalizado o convertido en sensacionalismo. Es muy difícil olvidar una película como ésta.
 

October 14

AUTORES OLVIDADOS (54). RAFAEL SAVI SIELOS: Novelitas para chavales

(c) 2007 by J.C.Planells
 COLECCION ARDILLA Nº 30 - BERLIN-ZONA X - POR RAFAEL SAVI SIELOS (Libros Sin Clasificar)

No espere nadie datos biográficos sobre este autor, pues no he encontrado en ninguna parte referencias sobre él por más que he buscado. En realidad, ni siquiera sé si éste es su verdadero nombre o sólo un seudónimo. Este hombre publicó al menos unas cuatro novelitas en los años cincuenta o sesenta, dentro de la colección Ardilla, editada por Ediciones Don Bosco, editorial perteneciente a los colegios salesianos, y que se vendían principalmente en dichos colegios. Se trataba de una colección de formato igual al de la popular colección Pulga de Ediciones GP, que llegó a publicar más de 200 títulos, y evidentemente desaparecida hace años ya; en ella publicaron algunos periodistas de la época, como Eduardo Busquets Molas, Federico Revilla, Pedro Barceló Massanet... En la colección había novelitas de aventuras, de espionaje, de acción, del oeste incluso en su tramo final, así como biografías de santos y de papas, reportajes y divulgación, relatos históricos, recopilaciones de chistes... Los best-sellers de la colección fueron las novelitas escritas por el tal Rafael Savi Sielos, alguna de ellas previamente serializada en la revista Jóvenes, publicada por la misma editora de la colección y los colegios salesianos. Una de ellas, Berlín, zona X, estaba protagonizada por unos niños alemanes, creo que hermanos, que sobrevivían en el Berlín bombardeado por los perversos comunistas rusos. La novelita pretendía, supongo, hacer que el lector español simpatizase con los... ¿alemanes? ¿nazis? En su novelita más famosa, Chiribín, presentaba a este personaje, un chaval que llegó a dar nombre a una revista para chicos, de vida fugaz, con aventuras ilustradas si mal no recuerdo por Jesús Blasco. En la novela homónima, publicada hacia finales de los años cincuenta, conocíamos a Chiribín, hijo de un comunista español que estaba en Francia cuando el estallido de la guerra de 1936, y que soñaba con ir a España a matar fascistas y franquistas. Le robaba una bandera española --rojigualda, olé-- a una chica en una estación de tren sólo para fastidiarla, y se la quedaba como trofeo. Conocía a un tal Sergio, luchador comunista contra los viles franquistas y fascistas, y se iba con él a España a matar fachas. En fin, después resultaba que el tal Sergio era en realidad un franquista que hacía de espía en el bando rojazo y que moría bravamente, como un héroe, en la batalla del Ebro. Chiribín lloraba como un marranete su muerte, veía la luz, se convertía en facha y franquista y se dedicaba a matar sucios rojos comunistas, llevando como emblema la bandera rojigualda y olé al cuelo, la que le había quitado a aquella chica en Francia. Todo muy emocionante y muy emotivo y muy...
Sí, los chicos de los años cincuenta y primeros sesenta que estudiábamos en los salesianos leímos con fruición las aventuras de Chiribín, el niño rojo que se hizo nacional y luchó por España (o como dirían los fachas, por EspaÑÑa, coñño) y gritando viva Franco. Innecesario decir que esas exitosas aventurillas están hoy olvidadas (supongo) y pertenecen a una educación y formación del espíritu nacional realmente caduco. No me extraña que mi generación parezca a veces algo mema, si algunos nos leímos cosas así. Pero las leímos y las disfrutamos, y realmente el misterioso, olvidado y desconocido Savi Sielos fue un ídolo para muchos niños durante un breve tiempo. 


October 12

LA ELECCIÓN DE ANDREA

(c) 1971 by J.C.Planells
 
[Este relato fue escrito en 1971 y en catalán, con un título distinto; obviamente nunca fue publicado. Evidentemente, debe leerse en el contexto de la época y hoy está desfasado por completo --supongo--. Lo ofrezco como mera curiosidad, esperando que el lector sea benévolo con un pecado literario de juventud  --los pecados de juventud siempre son algo ingenuos--, y porque algo de él se reflejaría en la novela El enfrentamiento, si bien en otro contexto.]

 
    No es una experiencia agradable precisamente encontrar a una amiga de siempre tras las rejas de una cárcel. A nadie le gustaría, puede que incluso menos que el encontrarse uno mismo tras esas rejas. Menos aún si es una persona a la que se ha conocido profundamente y por la que se siente un gran afecto.
    Cuando fui a visitar a Andrea, pasé un rato mucho peor que ella. Pensaba encontrarla deshecha, amargada, desesperada. Y me sorprendí. No se veía en ella nada de esto. Al contrario, estaba serena, sonriente, normal. Como si nada ocurriera. Quizá un poco más seria que de costumbre. Sí, solamente eso. Y, mirándola, parecía que el preso fuera yo en lugar de ella. No sabía ni cómo empezar a hablarle. Tuvo que ser ella quien hablase.
    --Hola, Juan, ¿cómo estás?
    --Bien, ¿y tú?
    --Ya lo ves. Bien, también.
    --Me alegro --dije, algo tontamente. Y siguió un silencio que no sabía cómo romper--. Puedo... ¿puedo hacer algo por ti?
    --Más bien no. Resulta difícil ayudarme ahora ya. ¿Te ha costado conseguir verme?
    --Bastante. ¿Han venido muchos a verte?
    --Nadie. Tú eres el primero.
    --No me extraña. Si a todos se lo ponen tan complicado como a mí...
    --¿Cómo lo has conseguido al fin?
    --A base de pequeñas influencias. Por eso te digo si puedo ayudarte en algo...
    --No. Gracias, de todas maneras.
    --Andrea, yo creo que puedes salir bien librada. Con un buen abogado...
    --No hay abogado que valga en mi caso. Han registrado mi casa, ¿lo sabías?
    --Sí.
    --Y han encontrado todos los papeles.
    --Han cogido a July también.
    --¿July? Pobre. No lo sabía. No sé nada de nadie.
    --Sí, hace una semana. Le han obligado a confesar de mala manera.
    --¿Y los demás?
    --Franz está escondido. Ángeles ha desaparecido. Se ve que aún quedaban algunos, pero no sé nada de ellos. Estarán escondidos también, si no los han atrapado.
    --Pobre July.
    --Lo que él pueda decir aún empeorará las cosas para ti, ¿no?
    --Sí, me temo que sí.
    --Andrea, veré de hacer todo lo que pueda por ti. Tienes que salir. No te pueden hacer nada.
    --No, Juan. no te hagas ilusiones. A mí no me importa.
    --No digas eso. ¿Qué delito has cometido? Pensar de una manera diferente.
    --¿Te parece poco delito? A ellos le basta con eso.
    --No me resigno a verte aquí.
    --Mala suerte. Me ha tocado a mí. Pudo ser cualquier otro. Piensa en todos los que han detenido estos días.
    --¿Y qué?
    --¿Cómo que y qué? Son iguales que yo. Piensan lo mismo. Han hecho las mismas cosas. Han estado en los mismos lugares que yo. Posiblemente, te hayas tropezado con alguno de ellos por la calle alguna vez. ¿Qué diferencia crees que hay? Que a mí me conoces y a ellos no. Que a mí me puedes ayudar y a ellos no.
    --Andrea, si lo negases todo...
    --¿Negar? ¿Por qué? En primer lugar, no sacaría nada de ello. Las pruebas son demasiado evidentes. Y si no lo fueran, ya se encargarán ellos de que lo sean. Y en segundo lugar, no serviría de nada. Y por último... que no quiero negarlo.
    --Pero has de pensar en ti.
    --Porque pienso en mí es por lo que lo hago.
    --¿Y dejarás que te encierren para siempre en una cárcel? ¿Sabes lo que será de ti, toda la vida en este lugar?
    --Nada. Eso es todo.
    --¿Todo? No digas que es nada. Andrea, sabías a lo que te exponías. ¿Por qué no ibas con más cuidado, y evitar así que te cogieran? Habría sido más sencillo.
    --¿Tú crees? Un día u otro podía pasar. Ha pasado.
    --Puedes salirte de eso.
    --No. No sería decente. No puedo mentir, negar aquello en lo que creo, lo que siento en mi interior. Si quieren inmolarme, que lo hagan. No me opondré. En nuestros días, los que creemos en la libertad del hombre, en las injusticias, los que vemos que las cosas no van bien, los que sentimos que el mundo no es perfecto, que todo está mal repartido, que el hombre está perdiendo su dignidad, no podemos estar callados. Hay que hacer algo. Si me dejaran en libertad, volvería a luchar por lo mismo, volvería a hacer las mismas cosas, a ir a las mismas manifestaciones, a repartir propaganda, sin importarme lo que me ocurriera. No puedo ni tengo que ir contra mis ideas. Sería hacer una traición, una injusticia. Sería venderme a mí misma. ¿Comprendes que no puedo hacerlo?
    --¿Pretendes decirme que te ofreces voluntariamente para lo que te ocurra?
    --Algo parecido. No puedo ni quiero ocultarme. He hecho lo que creí necesario. Pago las consecuencias. Puede que si ven lo que ocurre, la gente reaccione contra esa opresión, contra la injusticia en que vivimos inmersos.
    --No esperes que ocurra. Nadie sabrá de ti. Nadie te lo agradecerá.
    --Quizá tengas razón. Pero no por eso estoy equivocada.
    --No digo que lo estés. Pero puedes salirte de esto, y luego, si quieres, continuar haciendo lo mismo.
    --Y tarde o temprano, volvería a estar aquí. No, Juan, no te esfuerces. No hay solución. Tampoco lo pretendo.
    --Andrea, ¿vas a perder tu libertad por la libertad de los demás, una libertad que ni comprenden ni conocen?
    --Sí. Estoy dispuesta.
    --Y no habrá servido de nada todo lo que hayas hecho.
    --¿Tú crees? Todos cuantos me conocen sabrán por qué me he sacrificado. Sí que servirá. De mucho. Quizá de esta manera, más de uno se dará cuenta de la realidad. Del engaño en que vivimos. De que no es justo lo que está ocurriendo. ¿Soy yo la víctima? Lo somos todos. Cada momento, cada minuto, todos somos víctimas, sin saberlo o sin proponérnoslo. Lo somos porque ignoramos. Y puede que gracias a mí, algunos dejen de ignorar. Sabrán. Sabrán de toda la suciedad, la injusticia. Yo seré una más de los que han caído por lo mismo. Una más de la lista, una lista que cada día se hará más larga. Porque cada vez serán más los que protesten, los que griten, los que se hagan sentir. Y llegará un día en que no podrán hacerlos callar. Sí, puedes estar seguro. Ese día llegará. Puede que ni tú ni yo lo veamos, pero ha de llegar. Sólo es cuestión de esperar y seguir batallando, día a día, momento a momento. Diles a todos, cuando los veas, que prosigan. Que yo quiero que continúen. Que no se escondan.
    --¿Para que acaben como tú?
    --Saben a qué se exponen. Yo también lo sabía.
    --¿Crees que el mundo te recordará algún día?
    Ella sonrió.
    --No, no lo creo. Sería muy engreído de mi parte el pensarlo. Todos no somos más que un anonimato, un anonimato muy grande, muy extendido. Pero lo que hacemos no será en vano. Sí, ya sé que no te convenzo. Pero yo lo siento así. Me podrán encerrar por el resto de mi vida, pero no podrán encerrar mis ideales. Están ahí afuera, en la calle.
    El guardián se acercó en ese momento y avisó de que el tiempo se había terminado.
    --Bien, Andrea, hemos de separarnos. No creo que pueda volver a verte. Pero no me resigno a pensar que no saldrás de aquí.
    --Juan, si no fuera por los barrotes me gustaría estrecharte la mano y darte un abrazo. Adiós. Y no te atormentes más. Piensa que si estoy donde ahora estoy es porque yo he escogido el camino. Y no me importa.
    --Volveremos a vernos.
    --Creo que no. Adiós.
    Se fue. Mejor dicho, se la llevaron. La conversación mantenida no me dejó más animado que al principio. No me resignaba, no me resigno a saber que Andrea está en ese lugar. Me rebelo contra esa idea. Sé que tiene que haber una solución, pero ¿cuál? Tenía la extraña sensación de que el prisionero era yo, y no ella. Y puede que así fuera.
 
FIN.
 
October 09

SOBRE "LOS SUSTITUTOS" ("SURROGATES"): ¿UN CÓMIC ADAPTADO O UN PLAGIO LITERARIO?


(c) 2009 by J.C. Planells

(La revista con el relato de Laumer de 1966; el comic-book de 2005; el film de 2009)
 
Tal como se indica en los títulos de crédito, y se ha divulgado en la información sobre la película, el film Los sustitutos (Surrogates), de Jonathan Mostow, se basa en un cómic-book de 2005, con guión de Robert Venditti y dibujos de Brett Wedele, que no conozco. El lector encontrará un comentario sobre la película en este blog, publicado el pasado 27 de septiembre.
Pocos días antes de su estreno en España, alguien comentó en una web estadounidense que la película parecía, a tenor de su argumento, sospechosamente parecida a un viejo relato de ciencia ficción: "The Body Builders", escrito por Keith Laumer y publicado en la revista Galaxy el número de agosto de 1966. No presté atención a esto, porque creí se trataba de una manera de hacer propaganda del film, de inmimente estreno y del que ni siquiera había oído hablar en aquel momento aún, aparte de que no recordaba ese relato, leído hace muchos años, y el film tampoco despertó nada en mi memoria una vez visionado. 
Sin embargo, en la web americana otros incideron en lo mismo, y finalmente tomé este relato, lo releí (es corto: menos de 30 páginas)... y en efecto, el parecido con el film es más que casual: es sospechoso. Aunque la historia narrada es distinta y el personaje principal también, todo el fondo o marco del relato es prácticamente idéntico al de la película. Laumer presenta un futuro en el que casi todo el mundo vive en cuerpos robóticos semejantes a humanos (en este caso, a figuras concretas: Spencer Tracy, el Dr. Kildare, Tarzán, John Wayne, Mary Pickford...); así, las personas de carne y hueso reposan en cubículos experimentando y sintiendo todo cuanto hace, vive y dice el sustituto robótico como si lo experimentasen ellos realmente (tal como en el film). Los personajes pueden cambiar de cuerpo robótico como de camisa, con toda facilidad (igual que en el film), escogiendo otro modelo. Asimismo, se menciona la posibilidad de que si el cerebro de uno de los cuerpos robot recibiera un daño tremendo, eso podría acarrear la muerte de la persona a él conectada y que permanece en el cubículo (lo que se plantea en el film pero a través de un arma especial). En el cuento de Laumer, el protagonista acaba combatiendo a su rival en un duelo legal (argumento varía respecto al film) con su propio cuerpo en vez del robótico, y se sorprende al experimentar sensaciones ya olvidadas: ir por la calle, oler el aire, etc. Cuando se presenta con su cuerpo al duelo, muchos creen que ha elegido un cuerpo robótico de modelo muy anticuado (algo parecido la pasa a Bruce Willis en la película). El cuento de Laumer es muy trivial, una simple historia de acción como tantas escribió, pero el fondo o marco de la historia es notable (vaya, la idea es buena pero mal aprovechada, como muchos relatos de este autor). El parecido con lo que se ve en el film sobrepasa la pura coincidencia o la recurrencia: creo que quienes hicieron el comic se inspiraron claramente en este cuento, o quizá los guionistas adaptaron cómic y relato a la vez (repito que no conozco el comic pero dicen que el film se toma muchas libertades con el original). Otra fuente señala en internet el cuento del chileno Hugo Correa "Los títeres", de 1969 (posterior a Laumer por tanto), que supongo leí y no recuerdo, como muy parecido a los robots que describe la película.
En cualquier caso, como digo, la semejanza entre "The Body Guards" y Los sustitutos (o con el cómic) es sospechosa: va un poco más allá de la coincidencia y no digamos de la recurrencia. Alguien debería tomarse esto en serio.
El relato de Laumer fue publicado en Galaxy, agosto de 1966, como queda dicho; posteriormente se incluyó en la recopilación de 1968  It´s A Mad, Mad, Mad Galaxy; en The Best of Keith Laumer, un volumen de 1976; en la antología The Infinite Arena, preparada por Carr & Nelson en 1977; y finalmente en Keith Laumer: The Slighter Side, una antología recopilatoria de relatos y novelas aparecida en 2001. Es decir, pudo muy bien ser leído por Robert Venditti en alguna de esas ediciones... y servirle para crear su cómic. O por los guionistas del film para redondear la película.

October 07

CONTRA PAOLO VASILE


(c) 2009 by J.C. Planells

 
 
Este individuo con pinta de mafioso siciliano es el jefazo del cuchitril que atiende por el nombre de Tele 5, la "cadena amiga" (amigo de la basura y el escándalo, la bazofia y la hez de la sociedad). Esta cadena ha presentado una demanda contra La Sexta y el programa Sé lo que hicisteis, quejosa de las críticas y ofensas que según Don Paolo -"¡padrino!, ¡padrino!-- se vierten continuamente contra su cadena.
Para emplear la frase que le oí decir hace muchos años a una compañera de trabajo que tuve, de sólo 16 años, "es que los tienen cuadrados". En efecto, hay que tenerlos cuadrados para presentar semejante demanda. Hay que tenerlos cuadrados para considerar que otra cadena de televisión les ofende y critica continuamente. Pero, claro, el amigo de Berlusconi emplea en España y Olé los métodos que en Italia usan contra los enemigos y rivales.
Vaya por delante que La Sexta --una cadena simplemente frívola y bastante superficial en el conjunto de su programación (series policiacas, deporte a punta pala, programas de humor y entretenimiento, y unos telediarios que dan algo de risa)-- en alguna ocasión ha ido un poquito lejos en sus críticas a Tele 5 ("por el culo te la hinco": vox populi): considero que Ángel Martín --el analista de medios en Sé lo que hicisteis-- ha cargado demasiado fuerte contra la cadena que vive de la basura en alguna ocasión muy puntual, rozando lo ofensivo. Pero, una vez sentado esto, pasemos a ver qué es lo que nos ofrece Tele 5, el cuchitril dirigido por Don Paolo. Pues tenemos que esta cadena "amiga" tiene en su parrilla, o ha tenido en su nada glorioso pasado, programas de la calaña de Aquí hay tomate (campeona de demandas: la última, estos mismos días, le obliga a pagar al ex presidente Aznar y a su esposa un buen montón de dinero por haber difundido falsedades sobre ellos), La noria, Gran Hermano, Está pasando, ¡Sálvame!, Hombres, mujeres y viceversa, El juego de tu vida, y otras lindezas por el estilo, a veces de escasa duración, entre las que tenemos las olvidadas --y olvidables-- Mamma Chiccio (una persona me dijo allá por los años noventa que en Tele 5, la pusieras a la hora que pusieras, siempre veías tetas y culos). Aparte de esos engendros llamados programas, Tele 5 ha elevado a la categoría de estrellas a nulidades como Belén Esteban, famosa por dar de comer pollo a su hija y preparar "almóndigas", o Kiko Hernández, famoso por su cara de mala hostia; pero como todo es susceptible de empeorar, Tele 5 ha llegado a crear un star system con personajes dotados de un tremendo glamur (capaz de herir la sensibilidad de un cocodrilo) como son: Violeta Santander, Rafa Mora, Aída Nizar, La Veneno, Jimmy Giménez Arnau, Tamara (la de los mil nombres y sexo impreciso), Miriam Sánchez (conocida en "arte" como Lucía Lapiedra, porque todo dios se la pasaba por la piedra), Pipi Estrada, Rosa Benito (o Benenito, como la llaman a veces, famosa por  no se sabe aún qué). Y todo ello, apoyado por "periodistas" de tan reconocida solvencia y valía como Lidia Lozano (nos la agarra con la mano), Karmele Marchante (nos da por delante), Mila Ximénez, Jaime Peñafiel (de profesión, antiletizio), Isabel Durán (leña al progre que es de goma), María Antonia Iglesias (pequeña pero matona), Miguel Ángel Rodríguez, María Eugenia Yagüe (la "silenciosa"), y otros de cuyo nombre deseo no acordarme.
Es decir: quien está atontando cerebros y llenando de mierda los hogares españoles, no soporta que les hagan la menor crítica, se siente herido y ofendido en su honor (???????????????????) y presenta una demanda exigiendo además de 100.000 euros, que se terminen esas críticas (o sea: no se la nombre jamás) y desaparezca ese programa de La Sexta. Muy bien, Don Paolo: procuraremos que parezca un accidente, ¿verdad? El individuo que convierte a los ciudadanos del país en consumidores de basura humana, en contempladores de las bajezas más impensadas, de lo más ramplón, chabacano, cutre y vil del ser humano (de cierta clase de seres relativamente humanos), servidas con un entusiasmo profesional irreprochable (no tengo ningún reparo en reconocer la entrega, valía profesional y convencimiento de Mercedes Milá y de Jorge Javier Vázquez, a quienes respeto pese a que sus programas me repugnen; tampoco tengo reparo en reconocer que el desnortado Jordi González consigue parecer un robot en vez de un presentador: todo le resbala pero no lo demuestra), ese individuo responsable de sumir a España (y Olé) en la indigencia mental e intelectual más bochornosa no quiere que se le canten las verdades del barquero en una cadena de pequeña audiencia comparada con la suya. Es tan ridículo, tan inusitado todo ello, que parece extraído de uno de sus infectos programas.
Realmente, será verdad aquello tan antiguo de que cada país tiene la televisión que se merece. Como muestra, ahí está la BBC británica. Puede que Don Paolo, acostumbrado a los métodos de su país, salga victorioso con su puta demanda, pero la libertad de expresión se irá a tomar por culo. Nuevamente, pues, la estupidez habrá derrotado a la inteligencia (typical spanish).

October 06

TRES SENTENCIAS DE CHARLES DICKENS... CON CIERTA ACTUALIDAD

He aquí reunidas tres sentencias extraídas de diferentas obras del escritor británico Charles Dickens (1812-1870), que tienen una cierta actualidad... o me lo parece. El lector juzgará si le hacen pensar en acontecimientos vividos en España y Olé recientemente.
 
 
*Un rasgo esencial de todos los caracteres nacionales es el enorgullecerse extraordinariamente de sus propios defectos y el deducir, de su propia exageración, síntomas de su virtud o de su sabiduría.
    Notas de Norteamérica, 1842.
 
*Y cuando se hace alguna acusación contra un funcionario público, ¿cómo ocurre siempre que es el más celoso de todos los servidores públicos, según lo demostrará a su tiempo la Balducosofía? Y si se exhibe ante la luz pública algún abuso, ¿cómo es que tal abuso acaba, por arte de birlibirloque, en que, si bien se mira, es una bendición?
    "Unos cuantos convencionalismos" (1851).
 
*La maldad es capaz de mirar cara a cara y de hacer bajar la vista a la honradez todos los días de la semana, si con ello va ganando algo.
    "¡Cazado!" (1868).
 

October 04

LOS SÍREX CELEBRAN ANIVERSARIO


(c) 2009 by J.C. Planells

 
 
Los Sírex, uno de los conjuntos de música pop más celebrados en España durante la década de los sesenta, celebran este año su aniversario. El grupo se formó en 1959 y estuvieron en activo --con intermitencias, eso sí-- hasta no hace mucho (o quizá aún siguen; debo confesar que ando un poco despistado con eso). Como dijo alguien, los viejos roqueros nunca mueren, y Los Sírex han vuelto cuando algunos ya los creían olvidados.
La celebración, aparte de un pack CD-DVD que apareció hace unos meses con sus grandes éxitos, incluye un libro de formato grande, magníficamente ilustrado, documentado, hermoso a más no poder, que estuve hojeando este viernes pasado en la Feria del Disco de Barcelona, donde se presenta oficialmente. El efecto de este libro es otro aún más importante para muchos lectores: recordar su juventud, cuando bailaban con Los Sírex en el San Carlos Club, a principios de los años sesenta. Tengamos en cuenta --sé que es pesado y aburrido repetir una y otra vez las mismas cosas, pero es que la juventud en España durante el franquismo no fue como la juventud de esos años en Francia, Italia, Inglaterra...-- que aquellos modestísimos conciertos de pop, o "música moderna", como se la llamaba entonces, era una pequeña libertad que no estaba muy bien vista por algunos y era observada con recelo y sospecha por los próceres de la sociedad de orden de aquellos tiempos. Tanto, que llegó a ocurrir que hacia 1965, creo, y en vista de cómo proliferaban los grupos de "música moderna" --a raíz de la beatlemanía-- el franquismo se sacó de la manga una orden tajante: al menos uno de los miembros --si no todos-- de esos grupos de "música moderna" debía tener obligatoriamente carnet de músico para poder tocar, o no se les permitirían existir como grupo. Para ello debían superar un examen. En bragas me habéis pillado, dijo la marquesa. Los chavales que entonces comprábamos Fans, Fonorama, Discóbolo y alguna otra revista musical de la época (los equivalentes a las actuales Ruta 66, Super Pop, Popular 1, para que nos entendamos) alucinamos con ello. Pues sí, gente como Los Sírex, Los Mustang, Los Salvajes, Lone Star y tantos otros tuvieron que "someterse a examen" por las autoridades musicales "competentes", pese al buen número de discos que ya llevaban grabados y las muchas actuaciones en directo o en la radio y bolos veraniegos que realizaban. Vagamente recuerdo que Leslie --el cantante de Los Sírex-- contó en la radio que Luis --el batería del grupo-- y uno de los guitarras (no sé cuál, pero creo que no era el solista, mi preferido), superaron el examen y les dieron "permiso" y "carnet de músico". A Los Mustang más o menos otro tanto, y, oh sorpresa, Lone Star obtuvieron todos ese carnet porque tenían estudios musicales. Puede que haya errado un poco los datos (hablo de mis recuerdos de mediados la década de 1960), pero así estaban las cosas para vuestros abuelos, chavales que hoy disfrutáis con Greenday o Sum41 o Coldplay. Puede que por eso nosotros, los abuelos, os comprendamos mucho mejor que vuestros padres (que se lo encontraron todo mascadito, leñe, y os ponen mala cara cuando oís a vuestros grupos). O sea: que por poco los jóvenes de la época nos quedamos sin Sírex, Mustang, Salvajes, Gatos negros, Lone Star, gracias a las artimañas del franquismo...
Volvamos a Los Sírex, que de ellos trata esta entrada. Decía que su libro homenaje/historia es de hecho casi más un libro homenaje/historia de sus fans, seguidores, compradores de discos, oyentes en sus apariciones radiofónicas. Pues es una celebración compartida: la de ellos, por haber llegado a 2009 desde 1959, y la nuestra, por las muchas horas de felicidad, por el montón de canciones que les debemos, por los recuerdos que nos evocan: "El tranvía", "La escoba", "Sin tus cartas", "Culpable", "Jambalaya", "Que se mueran los feos", "El tren de la costa"... mejor me paro o eso será un catálogo. Los Sírex ya no deben, pues, ser juzgados musicalmente, sino emocionalmente: están más allá del bien y del mal.
Yo vi tocar a Los Sirex en directo ya de muy mayor, en la segunda mitad de los años noventa, cuando actuaban en la sala Tango de Barcelona por las tardes. No estaban ya los cinco de siempre, creo que solo tres o cuatro de ellos, pero había que ver cómo tocaban. Su "Sweets for my sweet", con el famoso "paso-sírex" que ellos crearon y era su marca distintiva. Me acostumbré a ir a verles una vez a la semana y disfrutaba como un becerro lo que a mis catorce años no pude disfrutar (a esa edad, ni pensar en ir a San Carlos Club).
Hojando el libro, pues, en la Feria, ha sido inevitable charlar un momento con alguno de los fans que estaban mirándolo y comentando las fotos en la parada. Una particularmente, de un concierto de mediados de los sesenta, en que los Sirex eran anunciados como "canción protesta", fue muy celebrada. Sí, recordaba haber visto ese cartel en su tiempo. Yo no he resistido la tentación, y he contado la famosa anécdota que relaté en el capítulo "Vecinos" de mi serie "Relatos autobiográficos": que tuve un vecino músico que aseguraba haber compuesto casi todas las canciones de Los Sírex. El dueño de la parada ha estallado en risas: "Sí, hace unos días salió en una entrevista por la tele un batería que decía...". "Ese es --le he interrumpido yo--, el tío ese era batería". "Pues me partí de risa --continúa el de la parada--, porque el tío cutre ese, porque mira que era cutre, va y dice que les ha ayudado en no sé cuántas canciones, y un montón de fantasmadas más; mi hijo y yo alucinábamos oyéndole. ¡Menudo fantasma!". "Pues ya no está en la finca, lo echaron", le he dicho. "Y seguro que ahora estará en el frenopático", ha reído el de la parada, y todos nos hemos reído casi hasta mearnos de risa con el "compositor de casi todo el repertorio de Los Sírex", un cuentista que es la comidilla del submundo musical de Barcelona. Sí, como pueden ver, hay quienes por no haber llegado a nada en la vida tratan de arrogarse los éxitos de quienes sí han hecho cosas en la vida, tanto en el mundo de la música como en cualquier otro.
Pero los fans de verdad sólo nos dejamos robar el corazón por los verdaderos Sírex, Leslie y sus compañeros, a quienes les debemos un gran trozo de felicidad en nuestra juventud. Eso no se paga con dinero. Pero me imagino que ellos ya lo saben.
 
   
   

October 02

PLANETAS MORALES (THE MAN WHO JAPED), de Philip K. Dick

 
(c) 2009 by J.C. Planells
 

Tercera de las novelas que Philip K. Dick publicó (y más o menos decimotercera de las que llevaba escritas), The Man Who Japed --aparecida en 1956 y traducida en español como Planetas morales en 1960-- cabe situarla entre sus producciones menos notables, muchos escalones por encima de Dr. Futurity, eso sí, y uno por debajo de Vulcan´s Hammer. De las tres primeras novelas que publicó casi consecutivamente --Lotería Solar y El tiempo doblado (The World Jones Made) son las otras dos-- es sin duda la menos interesante. Ahora bien: leída en su tiempo --y tanto da si nos referimos a 1956 como a 1960, año de su traducción castellana-- sí se trata entonces de un título bastante notable, por encima de mucha morralla que ha quedado olvidada (justamente) y que no se vende ni a medio euro en las tiendas de segunda mano. Es lo que ocurre cuando un autor tiene algo que decir, aunque lo exprese de una manera insuficiente o aún no lograda por entero. Una lectura actual de la novela nos muestra cómo baja en el escalafón de la obra de Dick, pero sobresale en el de lo que se publicaba por aquellos años.
El propio autor era consciente del escaso interés de la novela, si bien esto no debemos tomárnoslo muy en serio: Dick, como todos los escritores, enjuicia muy peculiarmente sus novelas, y sus opiniones a veces resultan bastante extrañas (por no decir discutibles o incluso irritantes). En todo caso, sobre Planetas morales dijo que "Fue mi primer intento de introducir humor en la ciencia ficción. Fue un libro muy inadecuado, no hay duda sobre ello. Pero tiene, por primera vez, mi sentido del humor, que empieza a mostrarse en una novela. Y comencé a no tomarme demasiado en serio. [...] Mucho del humor que aparece más adelante en mi obra, de manera más afortunada, está aquí en una forma primitiva." Cierto. Lo que destaca en esta su tercera novela de ciencia ficción publicada (y la peor de las tres, según su editor de entonces, Donald A. Wollheim) es el humor... sólo que en lugar de estar explícito en el texto, se halla implícito en el fondo. Es decir: no es que haya humor en la novela, sino que el humor es la base de la novela, si bien no aparece como tal.
Ambientada en un lejano futuro postatómico (aunque el holocausto nuclear sólo se recuerda en exposiciones de la vida de los americanos antiguos, lo que remite a un relato aparecido en la década de los cincuenta) y encuadrada en una sociedad de rígida moral, oscurantista casi, en que el individuo está permanentemente observado/espiado tanto por sus vecinos --que luego lo enjuician-- como por unos pequeños robots llamados "juveniles" (en la traducción castellana) --que lo denuncian a las autoridades si comete la menor infracción--, nos trae de inmediato a la mente esas sociadades rígidas, moralistas y autoritarias de la Alemania del Tercer Reich o de la España de la posguerra. En ella se nos presenta --un tanto morosamente-- el devenir de Allen Purcell, a quien se le ofrece un trabajo mejor que el actual (confeccionar "paquetes" de historias morales para ilustración de los obedientes ciudadanos), y que coincide con un extraño comportamiento reciente para el que no halla explicación: ha profanado la estatua del que fuera creador de esta sociedad, aunque ignora los motivos que le han llevado a ello. Mientras trata de averiguar por qué ha incurrido en lo que es un delito ante la sociedad presente, sin conseguirlo, debe enfrentarse a su conciencia: ¿aceptar o no un puesto de mayor responsabilidad? A lo largo de la novela --que no es demasiado extensa-- encontraremos algunas incidencias que reaparecen (algunas más afortunadamente y en forma algo distinta) en obras posteriores: Purcell es sometido a un test para determinar si tiene poderes extrasensoriales de alguna clase (quizá la mejor escena de la novela); visita a unos individuos que venden a escondidas libros antiguos (material prohibidísimo en esta sociedad), lo cual nos remite a lo que hace tiempo señalé como otra característica de Dick que aparece en mucha de su narrativa: el texto impreso como revelador de la verdad, o como materia subversiva en un mundo dictatorial; su encuentro con una joven desconocida que le induce a visitar a un psicólogo a fin de que descubra los motivos de su conducta... aunque hay un segundo propósito en ello (o sea, la mujer como inductora a cometer una infracción o una ilegalidad, o a entrar en terreno peligroso); tenemos también, aunque brevemente, lo que parece una incursión de Purcell a otro mundo o universo alternativo, donde descubre que tiene una identidad distinta, Coates, el nombre que ha dado al psicólogo que le atiende; y no está de más señalar que, como en algunas otras de sus historias o novelas, el medio televisivo es usado para manipular la verdad y crear consignas para la ciudadanía, aunque en este caso el autor acaba dándole la vuelta a esto y lo usa asimismo para confundir a quienes crean esas consignas.
Lo importante de esta modesta novela es que Dick señala que para derrotar o combatir una tiranía oscurantista, o un régimen ultramoralista y de implacable severidad y rigor... se necesita el humor. Es un arma (y una conclusión) lógica, pues como debería ser sabido los moralistas, los tiranos y los rigoristas desconocen por completo el humor, carecen de ese sentido que humaniza a las personas. Y Dick para ello escoge un final realmente grotesco, cuando Purcell y sus amigos y aliados difunden una ridícula información vital para la ciudadanía ante la cual, este vez sí, es imposible contener las carcajadas durante la lectura: el humor hasta ahora implícito se revela explicito en esos últimos capítulos, pero sin pretender causar tanto la risa al lector como el ridículo al enemigo... Y eso, a su vez, redime no poco a una novela tirando a mediocre, y demuestra que sólo los genios pueden escribir mediocridades que den tanto jugo como esta novelita de 1956.

September 29

PENSAMIENTOS ESCOGIDOS DE TENNESSEE WILLIAMS

 

He reunido en esta entrada una pequeña selección de pensamientos y frases del dramaturgo y novelista Tennessee Williams (1907-1983), que he ido localizando en diversas obras suyas. Sobre este autor han aparecido en este blog comentarios sobre Memorias (21-12-07), Tormenta de primanera (19-9-07), el libro de Maurice Yacowar Tennessee Williams en el cine (4-5-07) y un pequeño ensayo mío sobre las dos traducciones en castellano de su comedia Period of Adjustment (15-5-08). Para más adelante hay previsto un  breve artículo acerca de sus novelas y relatos.

 
*Hay períodos en los que la propia existencia se nubla con una sensación de irrealidad, se pierde la nitidez, y la voluntad racional, o lo que antes pasaba por serlo, deja de controlar, o de pretender que controla.
 
*El método del artista consiste no en explicar la vida, sino en juntar los trozos de cualquier otro modo que le parezca más significativo.

*Entre la infancia y la edad adulta se extiende un espacio vacío que posiblemente sea más extraño que el de la misma infancia.
 
*Hablando de salvación, yo creo que hay mucha verdad en la afirmación de que uno se salva o no lo hace, y lo mejor que puede hacer es encontrar de qué y atenerse a ello. Lo que más cuenta es la satisfacción personal, al menos para la mayoría de la gente, y sabe Dios que esforzándose y luchando uno nunca consigue algo para lo que no está hecho.
 
*No hay conocimiento más valioso que saber el momento exacto para irse.
 
*No hay otro lugar donde retirarse cuando uno se retira del arte.

*Todos tenemos nuestras mutilaciones, algunos de nacimiento, otros de mucho antes del nacimiento, y otros de después, de la vida, y algunas permanecen a nuestro lado para siempre.
 
*Todas las formas de expresión personal persiguen la misma finalidad: huir de uno mismo.
 
*El lenguaje del amor a menudo es brutal. El amor brutal es una forma de aprecio.
 
*He oído a muchos decir que no pueden hacer casi nada solos, pero nunca he oído a un escritor decir que no puede escribir solo.
 
*No me cabe la menor duda de que existe más sensibilidad, lo cual equivale a decir más talento, entre la gente "gay" de ambos sexos, que entre la "normal". ¿Por qué? ¡Se les obliga a esforzarse tanto!
 
*¿Qué es ser escritor? Yo diría que es ser libre.

*Qué cosa más triste que un artista abandone su arte; lo considero mucho más triste que la muerte.

 
(Fuentes originales: La primavera romana de la señora Stone, "Semejanza entre la caja de un violín y un ataúd", "El reino de la tierra", Dulce pájaro de juventud, La mutilada, Moise y el mundo de la razón, Memorias.)
 

September 27

"DISTRICT 9" (Neill Blomkamp) Y "LOS SUSTITUTOS" (Jonathan Mostow): COINCIDENCIAS Y DIFERENCIAS


(c) 2009 by J.C. Planells
 
 
Estrenadas con muy poco tiempo de diferencia, estas dos películas de ciencia ficción --ambas precedidas de mucha promoción y, en uno de los casos, de fervor crítico-- presentan ciertos puntos en común, tanto favorables como desfavorables. O, mejor dicho, tantos aciertos como insuficiencias. Puesto que el cine de ciencia ficción más reciente --o desde hace ya bastantes años, para ser realistas-- no resulta muy estimulante que digamos, y se limita al despliegue de efectos especiales para contar algo que sin ellos no tendría sustancia (y con ellos tampoco, pero se nota menos), el hallar estas dos películas, que sin ser excepcionales, permiten hacer un poco de análisis comparativo, es casi digno de admiración.
District 9 y Los sustitutos ofrecen la curiosidad de ser opuestas en sus resultados. La primera, dirigida por el debuntante Neill Blomkamp e inspirada en un cortometraje propio, empieza de una manera muy impactante, ofreciendo algo que parece va a ser muy distinto del habitual cine de ciencia ficción y más cercano al cine realista (algunos incluso hablaron de docudrama, de falso film reportaje falso...), pero que de repente, de manera brusca, desemboca en lo más rancio del cine de acción + ciencia ficción: persecuciones contra reloj, batallitas con superarmas, megaexplosiones, ensaladas de pólvora, etc. La segunda, dirigida por Jonathan Mostow, que no es un debutante pero llamó la atención de algunos en 1997 con el interesante thriller Breakdown y luego anduvo algo desnortado, parte de un comic-book que no conozco, y empieza --al contrario de la anterior-- de una manera muy vulgar y rancia, con tonos de thriller + ciencia ficción + persecuciones y tiros a toda hostia, para desembocar de pronto y sin darnos cuenta en un extraño film que recuerda cierto tipo de ciencia ficción cinematográfica que uno creía sepultada en el desván del abuelo, junto con ejemplares de Midi Minuit Fantastique, novelas de Silverberg o el cine fantástico de finales de 1960-principios de 1970, y con apenas cuatro detallitos y alguna idea suelta cobra un interés que nadie hubiera imaginado al principio. Si juntáramos las dos mitades buenas de ambas películas, tendríamos una excelente --o al menos muy aprovechable-- película de ciencia ficción, aunque carecería de sentido; si por el contrario juntásemos las dos partes malas, su carencia de sentido casi no se advertiría: sería una de tantas como se ven... Y eso a pesar de contar historias tan diferentes.
¿O no tan diferentes? Pues no tanto. Veamos. En District 9 se nos cuenta que una gigantesca nave alienígena llegó a la Tierra y estacionó encima de Sudáfrica, siendo sus extraviados tripulantes encerrados en lo que parece a medias un gueto, a medias un grupo de favelas, y donde han permanecido durante muchos años, vivendo de manera absolutamente marginal. Entra, pues, un componente abiertamente racista y un enfoque sociológico en el modo en que la humanidad --o los habitantes de la ciudad próxima al gueto-favela-- trata a esos alienígenas. El paralelismo entre el antiguo apartheid y la situación de los alienígenas es patente, lo mismo que entre ciertas conductas actuales respecto a los emigrantes o a los habitantes de algunas zonas de ciertas ciudades (me viene a la cabeza lo ocurrido en Italia con los emigrantes rumanos no hace mucho). Por su parte, en Los sustitutos se nos presenta una humanidad que vive en delegación, por así decir: sustitutos robóticos increíblemente fuertes y hermosos ocupan su lugar, trabajando, divirtiéndose, viviendo, en suma, mientras ellos permanecen en una cama en sus casas, conectados al robot o sustituto de turno y gozando de lo que él hace. En una película, pues, tenemos a una sociedad --alienígena, pero sociedad-- a la que no dejan vivir, y en la otra película a una humanidad que ha renunciado a vivir en directo y vive mediante sustitutos: cuando uno se escacharra, se usa otro.
Las intrigas de ambas películas, son lo de menos, puesto que lo fundamental en ellas es la idea, la especulación que se puede hacer a partir de sus planteamientos. En Disctrict 9 todo se va al garete --cinematográficamente-- en cuanto cobra fuerza una línea argumental: los alienígenas tienen un arma destructiva tremenda, que los humanos ambicionan pero no pueden usar, puesto que sólo funciona al ser pulsada por un alienígena; un empleado del gobierno ha sufrido una mutación a consecuencia de un accidente, y, como el personaje de Al Hedison en la primitiva La mosca, empieza a ser un híbrido entre humano y alienígena, por lo cual puede usar esa arma y se convierte al tiempo en objetivo de los militares y de los alienígenas, porque algo que se llevó durante su visita al gueto-favela les permitiría activar la nave y regresar a su mundo. En Los sustitutos, casualmente, es asimismo un arma el motivo de toda la intriga: una misteriosa arma que permite no solo matar al sustituto --eso sería relativamente fácil--, sino matar al humano que está conectado a él, algo en teoría imposible, pero que alguien ha conseguido desarrollar: hay pues que encontrar esa arma antes de que se produzca una catástrofe total (podría incluso aniquilar a toda la humanidad simultáneamente sin dificultad alguna, puesto que los sustitutos son supervisados desde un puesto de control de la empresa fabricante).
Y si en District 9  los alienígenas acaban finalmente con la paciencia del espectador, a medida que se convierten en vulgares personajes de acción y todo el buen planteamiento inicial desbarra en lo más manido del cine de tiros y persecuciones ruidosas, en Los sustitutos, por el contrario, el interés aumenta en cuanto somos conscientes de lo que significa el vivir "por delegación", algo que Mostow sabe mostrar con mucha sobriedad, contención y sin alardes técnicos, en apenas un par o tres de escenas, unos breves diálogos entre su protagonista principal y el sustituto de su esposa, y la primera vez que el protagonista (Bruce Willis) sale a la calle por sí mismo, sin usar un sustituto, y experimenta lo que es la vida en directo.
En fin, es curioso haber visto ambas películas en tanto poco tiempo, y constatar sus semejanzas, sus diferencias, el contraste que ofrecen en su desarrollo, y como si juntasemos las dos en una, podríamos decir que hemos visto una buena película de ciencia ficción: la primera parte de una y la segunda de la otra. En fin, tampoco está tan mal, pues, considernado como está hoy día el cine fantástico. Curiosamente, hay aún un detalle más a comparar entre ambas: District 9, que sin duda no querría estar basada en los efectos especiales, acaba sin embargo siendo totalmente deudora de ellos y entregada a ellos: son su verdadera razón de ser. Por el contrario, Los sustitutos, que parece debe tener unos tremendos efectos especiales en maquillaje  y demás, apenas si pesan en la narración, y sin embargo es evidente que debe tenerlos... pero no necesita apoyarse en ellos para llegar al espectador.