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    January 30

    UN LADRÓN EN LOS GRANDES ALMACENES


    (serie Aventuras de Harold Smith)
     
    (c) 2007 by J.C.Planells
     
     
        A Harold no lo hacía la menor gracia lo que le pedía nuestro nuevo cliente, el señor Howard Hamilton, dueño de los Almacenes Hamilton, unos grandes almacenes de esos en los que se puede comprar de todo: ropa, libros, discos, zapatos, artículos para el hogar y una cosa llamada "complementos", que me tenía intrigado y que no entendí ni mirándolo en el diccionario. Los Almacenes Hamilton estaban en una calle céntrica, tenían varias plantas y eran muy populares en Londres. Venían a ser lo que El Corte Inglés en Barcelona, y estuve tentado de preguntarle al señor Hamilton por qué no se llamaban El Corte Español. Pero como el señor Hamilton estaba preocupado por lo que le ocurría, pensé que mejor dejarlo para otra ocasión. Por lo visto, había chorizos en sus grandes almacenes, pero no de los de comer, sino de los que se llevaban cosas sin pagar. A pesar de un vigilante, y del cuidado que las propias encargadas de planta tenían, le seguían desapareciendo cosas de tarde en tarde.
        --Lo último, ¡todo un abrigo de visón! ¿Se lo puede imaginar? --dijo.
        --Pues en pleno mes de julio, con este calor, ya son ganas ponerse un abrigo de visón --dije.
        El señor Hamilton no se dignó a hacerme caso.
        --Sólo le pido que vigile durante una semana, señor Smith. De lunes a sábado. Yo estoy convencido de que se trata siempre de la misma persona. A los cleptómanos los tenemos controlados, y gracias a Scotland Yard también a los descuideros habituales. Aquí se trata de otra clase de persona, alguien... no sé, con un morro impresionante, si me permite la expresión. Como todo cuanto desaparece son prendas y objetos para señora, es posible que se trate de una mujer. Pero también puede ser un hombre que se lo lleva para obsequiar a su amante y ahorrarse el dinero o una factura comprometedora...
        --Bueno, veremos a ver si quizá pudiera ser que en algún futuro no demasiado lejano cupiese la posibilidad de que acaso encontrásemos una ocasión de estudiar la pertinencia de considerar la aceptación o no de su caso --dijo desganadamente Harold.
        Con esta promesa, Harold se sacó de encima al señor Hamilton, que se marchó a su despacho de jezafo de los almacenes para continuar con su duro trabajo de dictar cartas a su secretaria.
        --Qué caso más vulgar, bajo, vil y rastrero --dijo Harold, despectivamente--. Localizar a un ladrón que se lleva objetos de unos grandes almacenes. No se puede caer más bajo.
        --No se ponga así, jefe. Al fin y al cabo, un abrigo de visón debe de ser bastante caro. Y con el calor que hace estos días en Londres, allí estaremos la mar de fresquitos, porque habrá aire acondicionado y eso...
        Sin embargo, Harold decidió encargarse él solito del asunto de los Almacenes Hamilton, pese a mis protestas.
        --¡No puede ir solo, jefe! ¿Quién escribirá luego la crónica del caso? --supliqué.
        --Pero, ¿qué caso, pedazo de merluzo? ¿El caso de un vulgar chorizo que se lleva hoy un bolso y mañana una chaqueta de señora? ¿Dónde está el misterio, la intriga, la emoción, el peligro, la sorpresa, el riesgo? Éste es un asunto sórdido, indigno de mi alcurnia detectivesca.
        Así que el lunes Harold se fue a los Almacenes Hamilton sin ni siquiera tomarse la molestia de disfrazarse o vestirse para la ocasión. Iba con un traje vulgar, sin su gorra de detective ni la pipa y la lupa de investigar. Parecía un vulgar empleado de la City dirigiéndose a su oficina para trabajar de nueve a cinco.
        --¿Y yo qué hago? --pregunté suplicante.
        --Ordena la oficina, o escribe alguna de esas estupideces literarias con que me obsequias de tarde en tarde.
        Pero como estaba demasiado deprimido para escribir ninguna de mis bonitas historias de misterio para que adivinase el culpable (nunca acertaba), decidí reordenar la colección de novelas policiacas de Harold por colores de portada. Cuando a medíodía subió Sandra Lane, la hija de la portera, para traerme la comida que me había preparado su madre, se quedó mirando mi trabajo con el ceño fruncido.
        --¿Estás seguro de que el señor Smith querrá ver ordenada así su colección de novelas? --preguntó.
        --No me ha dicho nada que indique lo contrario --contesté, sin faltar a la verdad.
        --Va a ser un poco difícil encontrar una novela en concreto --dijo, viendo cómo al lado de una novela de Agatha Christie con la portada azul colocaba una de Dickson Carr con la portada igualmente azul.
        --Pero resultará la mar de emocionante --aseguré.
        Cuando tras comer bajé para devolverle los platos, le conté amargamente cómo Harold estaba investigando él solo unos robos misteriosos en los Almacenes Hamilton, y no quería que yo le ayudase porque lo consideraba un trabajo bajo y vil. Sandra dijo:
        --Pues precisamente esta tarde a las siete estará allí Tom Jones para firmar su nuevo disco. Podemos ir con esta excusa y de esa manera puedes ayudar a Harold desde la sombra, como a veces hacen los amigos de los héroes.
        --Tom Jones, qué horror. Ya podría haber venido Nancy Sinatra --gruñí.
        --¿Es que te gusta Nancy sinatra?
        --Pues claro. ¿A ti no?
        No era mala la idea de Sandra. Así teníamos una especie de excusa por si Harold protestaba al vernos. Y puesto que según el señor Hamilton los robos tenían lugar por la tarde, que era cuando mayor afluencia de clientes visitaban los almacenes, seríamos más a cubrir las diversas secciones.
        Así que a las cuatro y media, Sandra y yo nos presentamos en los Almacenes Hamilton y empezamos a recorrer las plantas, buscando a Harold.
        --Debe de estar en la planta de las ropas caras --dijo Sandra.
        --Si es que el ladrón no se dedica hoy a las blusas o a los bolsos. Oye, ¿tú sabes lo que es eso de "complementos"? --le pregunté, en un momento de inspiración.
        --Mi mamá me tiene dicho que hay cosas que aún no tengo edad de saber --me contestó muy formalita.
        Subimos a la planta de ropa de señora. Había un tipo gordo preguntando algo a una dependienta y varias señoras mirando cosas y probándose prendas en los probadores. ¿Deberíamos entrar en uno de ellos para asegurarnos de que no se llevasen las prendas puestas luego? Algo me dijo que mejor no hacerlo. Harold, sin embargo, no estaba en parte alguna.
        --¿Cómo se puede uno llevar un abrigo de visón sin que se note? --pregunté en voz alta.
        --Saliendo con él puesto --repuso Sandra.
        Me detuve en seco. ¡Qué buena idea! Era probable que ése fuese el sistema que empleaba el ladrón: se ponía las prendas con toda naturalidad y se largaba con ellas sin que nadie lo advirtiera.
        --Hemos de decírselo a Harold -dije.
        Bajamos a la planta de ropa para caballero. Allí estaba Harold, sentado en un cómodo diván, con cara de aburrimiento infinito: parecía un alma en pena. Al vernos, abrió unos ojos como platos.
        --¿Qué diantre hacéis aquí?
        --Hemos venido por un autógrafo de Tom Jones --dije a la defensiva--. Yo hubiera preferido que fuese de Nancy Sinatra, pero es lo que hay. De paso, ya sabemos cómo se lleva el ladrón lo que roba. Se lo pone y ya está.
        --Vaya cosa. ¿Y nadie lo advierte? Puede que lo hiciera así una vez o incluso dos..., pero a la larga, alguien se daría cuenta. La dependienta, o la encargada de planta, que suele ser una especie de tigresa de Siberia trasplantada al Londres moderno. ¿Crees que no lo he pensado ya?
        --¿Ha descubierto algo, jefe? --pregunté.
        --Sí: que estar muchas horas de pie es fatal para la columna vertebral.
        --Pero, si lo que desaparece mayormente son cosas de señora, ¿por qué está en la planta de caballeros?
        --Porque la sección de señoras es muy aburrida --dijo Harold, claramente desesperado--. Y como ven que me paseo sin mirar nada ni comprar nada, ya me han dirigido miradas sospechosas. Deben de haberme tomado por un maniaco o algo por el estilo. Esto es una vergüenza, vaya.
        El pobre Harold estaba fuera de su elemento natural de investigación y lo llevaba muy mal. Le dejamos allí sentado y mirando al suelo, y Sandra y yo subimos a la planta de señoras para hacer lo que se suponía debería estar haciendo él. Sin duda, nosotros dos pasaríamos más desapercibidos.
        --De todas maneras es un tanto raro que nadie se dé cuenta de que alguien se lleva las cosas puestas --le dije a Sandra.
        --Es cuestión de hacerlo con toda naturalidad, sin llamar la atención.
        Nos dedicamos a pasear por las diferentes secciones de la planta de señoras, poniendo cara de indiferencia (Sandra dijo que procurara estar un poco más más natural, que parecía alelado), pero a los dos minutos yo ya estaba mortalmente aburrido y empecé a comprender que Harold estuviera entre furioso y avergonzado de tener que ocuparse de un caso como ése.
        Entonces oímos que estallaba una discusión entre dos mujeres en la sección de bolsos para señora. Nos acercamos a ver qué pasaba.
        --Ni hablar --decía una de las dos mujeres que discutían, una clienta morena y bajita--. Ese bolso lo he visto yo antes y me lo quedaré yo.
        --Perrrdone, señorra --decía la otra, con un acento un tanto raro y forzada cortesía. Ésta era alta y de pelo castaño--. Perro este modelo de Parrís istaba riservado parra mí de antimano y me lo llevarré yo.
        --Pues será pasando por encima de mi cadáver --dijo la morena bajita.
        La encargada de la planta, la mar de nerviosa, se presentó en ese instante.
        --Por favor, señoras... En efecto, este bolso estaba reservado para la señora...
        --¿Lo ve? --exclamó triunfal la alta y castaña.
        --Lo que no veo es una etiqueta que ponga "modelo reservado" en este bolso --replicó la morena--. Por tanto, lo compro yo.
        --¡Ni hablarr! --protestó a gritos la alta--. ¡Le digo que istaba reserrvado a mi nombrre! ¡Dígaselo, Gladys!
        Gladys era, por lo visto, el nombre de la encargada de la planta de señoras.
        --Así es... --dijo, con una sonrisa torcida--. La señora... er... la señora...
        --Thompson --dijo la mujer alta de pelo castaño.
        --Eso. La señora Thompson lo reservó hace una semana...
        --¡Será podrida! --exclamó la morena bajita, echando chispas--. ¡Ese modelo se ha empezado a anunciar hace cuatro días!, ¿cómo lo puede haber reservado hace una semana?
        --Qué risa, Sandra --le dije a la niña--. Estas dos se van a atizar por culpa de un bolso...
        --Es un bolso muy caro, Diógenes --susurró Sandra--. Creo que deberíamos avisar al señor Smith. A lo mejor eso le anima un poco, y además es posible que aprovechando ese escándalo alguien se lleve algo sin que nadie lo advierta.
        Sandra no andaba desencaminada, y además era una buena excusa para que Harold estuviera en la planta que se suponía debía vigilar. Bajé corriendo a la de caballeros y conseguí que Harold me siguiera, contándole lo que ocurría.
        La pelea seguía a grito pelado cuando Harold y yo llegamos junto a Sandra. Como la escena era más ridícula que otra cosa, la mayoría de mujeres que la habían seguido con curiosidad se mantenían apartadas y se dedicaban a sus propias compras.
        --¡Serrá mío! --decía, terca, la mujer alta de acento raro, tirando del bolso.
        --¡Está usted fresca! --le replicó la morena y bajita, tirando a su vez del bolso por el otro extremo--. Pero si ni la encargada se acordaba de su nombre, vamos.
        Gladys, la encargada, permanecía mirándolas, nerviosa y retorciéndose las manos.
        --Cuando nos llegue otro modelo... --empezó a decir.
        --¡O éste o nada! --dijo la morena.
        --¡Suéltilo, perrrra capitalista! --gritó la alta.
        De la sorpresa al oír el insulto, la morena lo soltó instintivamente. La mujer alta, por su propio impulso al tirar hacia sí del bolso, cayó de espaldas. El bolso se abrió al caer ella al suelo... y de dentro de él salieron despedidos montones de papeles. Gladys chilló, la mujer alta chilló más aún y la morena lanzó una exclamación de sorpresa.
        --Pero, ¿esto qué es?
        --¡Diógenes, coge ese bolso y su contenido y no lo sueltes! --ordenó Harold--. ¡Sandra, llama a Scotland Yard y pide por el señor Jameson!
        Al tiempo que Harold lanzaba esas órdenes, agarró firmemente de los brazos a la mujer alta y la inmovilizó. La mujer alta empezó a bramar en un idioma extraño.
        --La soltaré si se queda quieta sentada en esa silla --dijo Harold.
        --Pero, ¿es que se han vuelto todos locos? --dijo la mujer morena y bajita--. Oiga, que tampoco hay que ponerse así por un bolso. Si lo llego a saber...
        Llegó en esos momento un vigilante de los almacenes, y tras él, el señor Hamilton,  nuestro cliente. Sandra regresó y le dijo a Harold que Jameson ya estaba en camino.
        --Señor Hamilton --dijo Harold--, necesitaríamos disponer de algún despacho o dependencia para tratar este asunto cuando llegue Scotland Yard.
        --Pero... no entiendo... ¿qué es lo que ha ocurrido? ¿Ha atrapado al ladrón?
        --Yo diría que sí. Pero me temo que es algo más grave que eso...
        --No pueden hacerrme nada --dijo la mujer alta, sentada en la silla, mirándonos con odio--. Mi esposo is funcionarrio de la embajada soviética.
        --¡Lo que faltaba! --exclamó el señor Hamilton--. ¡Un escándalo internacional!
        --Algo por el estilo --dijo Harold--. ¿Ve estos papeles que estaban en ese bolso que se disputaban las dos señoras? --Y mostró los papeles tomándolos del bolso que yo sujetaba firmemente--. Se trata de fotocopias procedentes del Ministerio de Defensa...
     
        Por la tarde, en su despacho, Harold resumió el caso ante nosotros tres: es decir, Sandra, el superintendente Jameson y yo.
        --Al final, resultó ser un caso de espionaje --dijo--. Jameson, vosotros o el MI5 deberá averiguar cuánto tiempo llevaba funcionando el asunto.
        --De momento --dijo Jameson--, todo lo que sabemos es que Gladys Sullivan, la encargada de la planta de señoras de los Almacenes Hamilton, está casada con un funcionario del Ministerio de Defensa. Puede que su marido fuera uno de tantos casos de estudiantes que en los años treinta se pasaron al comunismo. En todo caso, alguien de la embajada soviética contactó con él, o él con los de la embajada, y Sullivan le entregaba a Gladys microfilmes o focopias de documentos del ministerio. Y Gladys se los pasaba a esa mujer, que es la esposa de un importante funcionario de la embajada soviética.
        --Miembro del KGB, supongo --dijo Harold.
        --Lo más seguro --coincidió Jameson.
        --Es un sistema ingenioso --dijo Harold--. De esta manera, ambos hombres estaban al margen de las entregas y no necesitaban verse nunca: todo quedaba en manos de sus respectivas esposas, que oficialmente tampoco se conocían aunque cada una supiera quién era la otra. Gladys ponía los documentos o los microfilmes en una chaqueta, un abrigo, un bolso, lo que fuera, y cuando venía la mujer del ruso, le decía o le señalaba la prenda, la otra la tomaba y se largaba con ella tranquilamente. Como iba acompañada o supervisada por Gladys, a nadie se le ocurría que fuera un robo de prendas de los almacenes a la vez, hasta que alguien, el supervisor de planta, echaba en falta la venta o la prenda...
        --No entiendo ese sistema tan absurdo --dije.
        --Bueno, yo diría que hay un doble motivo para ello --dijo Jameson--. En primer lugar, la mujer del ruso no tenía dinero para pagar las prendas que se llevaba, de ahí la sustracción tolerada por Gladys. En segundo lugar, era una manera de dañar la economía británica, desde el punto de vista soviético.
        --A mí me parece que eran puras ganas de tocar las narices --opiné.
        --Pues con el cuento del espionaje, la rusa se habrá hecho un buen vestuario --dijo Sandra.
        --Cierto --dijo Harold--. Y la cosa habría seguido a saber por cuánto tiempo, de no producirse esa pelea por el bolso entre la rusa y una clienta de verdad.
        --¿Lo ve, jefe? --dije, optimista--. Al final ha sido un caso digno de sus esfuerzos.
        --Mmm --meditó Harold--. Me ronda por la cabeza haber leído una novela de Eric Ambler donde ocurría algo parecido. ¿Puedes traerme sus novelas de la biblioteca, Diógenes?
        Hubo un instante de silencio.
        --Esto... jefe..., por casualidad, ¿no recordará el color de la portada de la novela que le interesa?
     
    FIN.
     

    January 29

    LA JAULA INFINITA, de Keith Laumer


    [Esta crítica apareció en Tránsito Boletín informativo, núm. 12, septiembre de 1990. La novela fue publicada por Ediciones Jucar.]
     
     
    (c) 1990 by J.C. Planells
     
    En diversas ocasiones, Keith Laumer ha manifestado que su principal interés al escribir sus novelas (las serias, diría yo) es enfrentar a sus personajes a una serie de situaciones límite y estudiar sus reacciones a partir de ellas. En pocas palabras, ver hasta dónde es capaz de aguantar ese personaje. De hecho, su relato en Visiones peligrosas, y la explicación final del autor, ya decían más o menos eso. Sus personajes parecen vigas sometidas a pruebas de resistencia. Sin embargo, hay que reconocer que el autor juega con trampa: sus personajes en dichas novelas son siempre superhombres más o menos vanvogtianos que descubren a través de esas pruebas de resistencia hasta dónde son capaces de resistir. Entonces, se revela el superhombre, y todo tiene un final más o menos (más menos que más, curiosamente) feliz. Eso es muy perceptible en The Utimax Man, cuya versión para revista con el título de The Wonderful Secret fue nominada al Hugo, o en A Plague of Demons (nominada al Nebula). La ventaja de plantear temas semejantes es que Laumer es sumamente pesimista respecto a las reacciones humanas ante lo que no comprenden: ver los finales de los relatos "El trueno largamente recordado", "Thunderhead", o de la novela El largo crepúsculo.
    En esta curiosísima novela que es La jaula infinita, yo diría que el autor lleva ese tema favorito suyo hasta las máximas consecuencias, y por vez primera en clave humorística. Bueno, más  menos humorística, pues se trata de un humor francamente agridulce. Laumer nos dice: ¿De qué le sirve a un hombre ser un supergenio, si los demás van a asustarse de él? Lo que también podría leerse, atendiendo a la odisea del infortunado protagonista, ¿de qué le sirve a un imbécil ser un genio, o a un genio ser imbécil, en el mundo en que vivimos?
    El pobre Adam, supermente privilegiada, que puede saberlo todo en un momento, que puede conectar con las mentes de todos los seres humanos, no importa en qué lugar estén, y extraerles los conocimientos necesarios... no es más que un infeliz, un ser carente de emociones, un niño grande llevado por la mano de cuatro imbéciles que desean aprovechar un talento que ni les importa ni entienden. Un niño grande que recibirá todas las patadas habidas y por haber en el transcurso de su amarga existencia, hasta la revelación final. La moraleja del libro (sí, es de esas novelas que contienen moraleja) es la ya dicha: ¿de qué le sirve a alguien ser el más inteligente y el más intelectual de los hombres, si siempre habrá alguien dispuesto a tomarte el pelo, a aprovecharse de ti y a no ver más allá de las narices? Si hubiera superhombres o supermentes en nuestra sociedad, lo pasarían probablemente tan mal como el infortunado Adam encerrado en su jaula infinita, un mirlo blanco en un mundo poblado por lobos.
     
    January 27

    LA CASA SIN FRONTERAS, de Pedro Olea: Cine hermético y simbolista


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Los años llamados del tardofranquismo, que cabe situar entre 1971 y 1974, aproximadamente, se caracterizaron cinematográficamente por la aparición de algunas películas de lo que podría llamarse "cine hermético y/o simbolista". Posiblemente, la primera muestra de ello fuera El jardín de las delicias, de Carlos Saura, estrenada en 1970. Todo esto tiene una lógica coartada: ante la censura cada vez más férrea y retrógrada, en medio de un cine mundial que se abría a nuevas formas y temas, y ante lo cual el cine español corría el riesgo de quedarse anquilosado y atrasado --lo cual de hecho ya era una realidad muy clara--, algunos nuevos directores optaron por exprimirse las neuronas y explicar historias francamente ininteligibles, cargadas de supuesto simbolismo y dejar pues que cada espectador interpretase la historia como buenamente le pareciera. A veces, las muestras eran excelentes, y otras no tanto. El no poder decir las cosas claras, la dificultad de hablar de la sociedad española de entonces con rigor y seriedad, la imposibilidad de tocar temas politicos o sociales, nos arrojaban en brazos de una cinematografía que por una parte contaba con las comedias populacheras y descerebradas de los Ozores, por otra con cine de género o más bien de infragénero, y por otra con la "tercera vía" que se abrió por entonces. Pero no pocos nuevos directores resultaban inclasificables y proporcionaban grandes quebraderos de cabeza a la censura, que les compensaba igualmente con no pocos quebraderos de cabeza como venganza. Prohibiciones, retiradas de cartel (el caso apenas conocido de La respuesta, de J. M. Forn, una película bastante vulgar cinematográficamente, pero basada en una novela de Pedrolo y que enfureció a la censura)...
    Así pues, algunos optaron por el cine hermético, como la película ya mencionada de Saura, o esta La casa sin fronteras, de Olea, estrenada en 1973 y que no ha sido editada ni en vídeo ni en DVD por el momento. ¿Película maldita? Pues no. Película oscura, ininteligible, cargada de pretensiones, aceptablemente rodada por cuanto Olea no es ningún tarugo precisamente (y cuenta en su haber con buenas películas y dignos fracasos comerciales, como sus films con la camarada Pantoja, ex viuda de España). Pero con este film, escrito al alimón con Juan Antonio Porto, quizo hacer algo que ni él mismo tenía la impresión de saber de qué iba. Un joven llega a la gran ciudad y es captado por una misteriosa organización o sociedad, a la que deberá hacer patente su entrega absoluta y su obediencia total. Torturas, asesinatos, misterios varios, todo rodeado de oscuridad y tinieblas, con una Viveca Lindfors poniendo cara de siniestra, un José Orjas intentando ridículamente meter miedo, y dos protagonistas desnortados completamente: Tony Isbert y Geraldine Chaplin. En su día se dijo que el film era una alegoría del Opus Dei (lo mismo que se dijo que El jardín de las delicias era una disimulada biografía de Franco). Puede que sí, pero en todo caso el exceso de hermetismo del film, lo encriptado de toda su historia, no la benefició en nada de cara al espectador. Fue un fracaso, la crítica se cebó en ella --a pesar del respeto que concitaba el nombre de Olea por aquel entonces-- y ha desaparecido de las estanterías (de momento, acaso algún día). Podría ser interesante una revisión de la misma, aunque me temo que este tipo de cine y de películas hoy están totalmente fuera de lugar y su historia carezca del posible sentido que tuvo --si es que lo tuvo-- en su día. 

    January 25

    EL RETRATO DE DORIAN GRAY, de Oscar Wilde

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    Las muchas ediciones disponibles actualmente de esta novela aparecida en 1891 indican algo más que el que se trata de un clásico de la literatura universal. Pues aunque acaso no caigamos en ello, ésta es una obra intemporal, para todas las épocas y todos los tiempos, algo no tan frecuente como se cree. Así, en el capítulo 3 leemos lo siguiente en uno de los párrafos: "... una época tan mezquina y tan vulgar como la nuestra, una época tan zafiamente carnal en sus placeres y enormemente vulgar en sus metas..." (sigo la traducción de José Luis López Muñoz para Alianza Editorial). Wilde lo aplica a las últimas décadas del siglo XIX, pero a mí --y seguramente lo mismo les pasará a otros lectores-- me parecen muy adecuadas para este inicio de siglo XXI. Así, pues, Wilde se carga de un plumazo --nunca mejor dicho-- lo de que "todo riempo pasado fue mejor" y deja en entredicho a quienes se pasan el tiempo gimoteando que "antes la vida era mejor". ¿Seguro que lo era? Wilde no lo cree así, y en otro pasaje de la novela se lee en boca de un personaje: "El único encanto del pasado es que es el pasado", genial frase que deberían aplicarse cuantos creen que el mundo era mejor --y preferible-- en otros tiempos. Para rematarlo, otra frase, ésta del capítulo 8: "... vivimos en una época en que ciertas cosas innecesarias son nuestras únicas necesidades...". Así pues, el lector, aun leyendo una historia ambientada en el siglo XIX, creerá reconocer no pocas similitudes con la época actual. Es lo que tienen los clásicos: no mueren ni pasan de moda, sino que se adaptan a los nuevos tiempos sin ninguna dificultad.
    Una vez establecido, por tanto, que la novela es enmarcable en cualquier periodo de la historia --y no sé si más en el presente que en el pasado...--, examinemos ahora al personaje, a Dorian Gray; no es propiamente un personaje como tal, sino una idea, un concepto del que se vale Wilde para hacernos reflexionar. Dorian Gray, de hecho, carece de psicología (¿acaso porque se la ha traspasado al retrato que su amigo ha pintado de él, ese retrato que envejece y se transforma mientras Dorian permanece eternamente joven y bello? Es una posibilidad), en contraste con los demás personajes principales de la novela: el cínico y escéptico sir Henry, el atormentado pintor Hallward, la ingenua e infeliz Sibyl Vane... Todos ellos representa algo: un sentimiento, una emoción, una inquietud, una postura ante la vida... Pero Dorian Gray no; Dorian Gray es como un cubo vacío que se llena mediante las sugerencias de los demás, principalmente del cínico sir Henry --el temor de Hallward a que sir Henry conozca personalmente a Dorian proviene en parte de eso: de que un ser vacío --y en apariencia puro: la pureza no es más que vacuidad-- como Dorian se transforme y se desluzca al escuchar los consejos y opiniones del algo amoral sir Henry--. Y, en efecto, Dorian empieza a llenarse interiormente y a encauzar su vida a través de las sugerencias de sir Henry --si bien Wilde deja muy claro que no es responsabilidad de sir Henry lo que le ocurre a Dorian, sino que al ser éste un ente que carece de opiniones y finalidades propias es fácilmente amoldable a cualquier sugerencia--. Se puede decir, por tanto, que Dorian Gray es un ser amoral, que ha vendido --depositado, mejor-- su alma al retrato que le ha hecho Hallward y que de esa manera puede vivir (o cree poder vivir) impunemente el resto de su vida. Es un ser bello cuya fealdad moral sólo se reflejará en las brutales transformaciones que sufre el retrato que mantiene oculto en una habitación bajo llave en su casa, y al que en ocasiones sube a contemplar con fascinación y horror.
    Me temo, sin embargo, que muchos no han captado esa ausencia de psicología en Dorian Gray. Quede claro que no debe verse como un defecto de la novela, puesto que lo que hace Wilde es presentar una idea al lector y especular con ella; la idea puede interpretrarse como qué puede ocurrir(nos) si descargamos sobre algo o alguien nuestras responsabilidades morales. Con el paso de los años, Dorian Gray se convierte en un ser abyecto, depravado, incluso en un asesino; es un buscador de sensaciones, de emociones, de lujos, de placeres, de perversiones, un acaparador de exotismos, alguien de quien la buena sociedad murmura y se horroriza pese a su juventud (aparente) y su belleza inmutable. Wilde no nos narra esas depravaciones, las rehúye deliberadamente limitándose a sugerirlas de manera oscura, porque lo que nos interesa es el efecto que producen, no ellas mismas. De la vacuidad moral de Dorian nos habla el rechazo que experimenta ante la infeliz Sibyl, esa joven actriz que por amor a Dorian pierde su capacidad de actuar en el escenario, que antes era todo su mundo y por consecuencia su realidad, fascinada por el descubrimiento del amor. A Dorian, por el contrario, le horroriza ver su "ideal de belleza", su "objeto artístico" convertido en un ser mundano lleno de emociones y sentimientos, por lo cual la rechaza y huye de ella horrorizado. Dorian es un ser que busca únicamente belleza, arte, perfección..., y para lavarse de sus culpas desciende ocasionalmente a sumideros de depravación para expurgarlas: al fin y al cabo, todo el mal que hace a los demás se refleja en las brutales alteraciones que sufre su retrato, no en su físico. Dorian Gray, asimismo, sigue formando su vida mediante lo que de otros le llega: un libro que le presta sir Henry le produce honda huella en su carácter.
    Dorian Gray es por tanto un personaje de ayer, de hoy y de mañana. La ausencia de responsabilidades, la no aceptación de culpas, el desapego a los sentimientos, el rechazo de lo humano cotidiano, el afán de belleza..., todo nos señala a un ser que vive sin dirección, sin propósito, que por ello mismo cautiva, fascina a cuantos le rodean, pero que no se deja fascinar ni cautivar por nadie. Todo el horror y la podredumbre de su alma se reflejan en el retrato oculto bajo llave. Y cuando, finalmente, decide escapar de ese horror, destruyendo el cuadro, es él quien muere mientras que su retrato regresa al aspecto que tuvo años atrás, cuando fue pintado por Hallward.
    Si el pacto de Dorian Gray fuera posible en la realidad, ¿cuántos Dorian Gray tendríamos en nuestro mundo actual? Puede que ya los haya, aunque no posean un retrato que se transforme. En el fondo, el vivir delegando en otro las culpas, las transformaciones, las responsabilidades, es una manera de jugar a ser Dorian Gray.
     
    January 23

    GALERÍA DE MUJERES (30). NORMA CRUZ: Buscando justicia

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    Es poco lo que sé de Norma Cruz, cuya existencia ignoraba hasta hace pocos días, pero lo que sé me basta para incluirla en esta "Galería de mujeres". Para mejor información de lo que aquí se trata, recomiendo al lector eche un vistazo a mi artículo "Los feminicidios de Ciudad Juárez", publicado en este blog el 8 de marzo de 2006, donde aludí también a la situación aún peor que la de Ciudad Juarez que soportan las mujeres en Guatemala.
    Norma Cruz es una guatemalteca de 45 años que fundó la asociación Sobrevivientes precisamente para amparar, acoger, proteger y defender a las mujeres guatemaltecas. No sólo eso, sino que se ha mostrado particularmente activa en su afán de perseguir y llevar ante la justicia a los muchos asesinos de mujeres que campan por Guatemala con total impunidad. Los datos actualizados son 1.200 mujeres y niñas asesinadas en los dos útimos años en Guatemala; la cifra en 2007 fue de 591 (y cabe suponer que sea sólo la cifra conocida, pues posiblemente resulte superior). Esas mujeres, según ha denunciado Norma Cruz, y según ya es sabido desde hace tiempo pero se silencia en los medios de comunicación --Guatemala cae lejos y no tiene mucha importancia para el "mundo civilizado", como cabe imaginar--, son asesinadas en parte por narcotraficantes, como actos de revancha durante sus fechorías, pero el mayor número de mujeres torturadas y asesinadas --generalmente indígenas o de clases desfavorecidas, y preferentemente cuanto más jóvenes mejor--, corresponde a las pandillas de jóvenes, los llamados "maras", que como acto de inicición deben asesinar, y si es posible torturar, a una chica cualquiera, cuanto más joven e indefensa, pues mejor, para que se vea lo "machos" y "valientes" que son, y ole sus huevos. Como se puede comprobar, la vida de la población femenina en Guatemala no vale una mierda para esa basura infrahumana, que espero se pudran en el infierno cuanto antes mejor, mejor ahora que luego. No hace falta decir que esta atrocidad, que ha dado lugar a la triste palabra "feminicidio" junto con lo de Ciudad Juárez, no es ni perseguida ni castigada apenas por la justicia guatemalteca, impotente o desinteresada ante las actividades de los "maras".
    Norma Cruz, tras un pasado formando parte del Ejército Guerrillero de los Pobres, y de colaborar en algo con Rigoberta Menchu --a la que ya aviso no se verá nunca en esta serie porque no tiene credibilidad para mí ni para otros--, ante los actos vandálicos que presenció contra mujeres de su familia decidió dejar el Ejército Guerrillero y crear Sobrevivientes, impulsando además la persecución de los culpables de asesinatos de mujeres. Gracias a ella, a su insistencia y a su trabajo, 30 asesinos fueron condenados en 2007 --algo es algo, y ya es más de lo que hace la justicia guatemalteca por su cuenta--. Lógicamente, en un país con gente tan "valiente" como los llamados "maras", Norma Cruz y su asociación están amenazadas de muerte y debe ser protegidas las 24 horas del día, llevando escolta a todas partes.
    Y el mundo sigue mirando a otro lado, para no enterarse.


    January 22

    EL LABERINTO DE LA LUNA, de Algis Budrys


    [Esta crítica fue publicada en el número 8 de la revista Blade Runner Magazine, junio de 1991; la novela fue editada por Ultramar.]
     
    (c) 1991 by J.C. Planells
     
     
    Algis Budrys es un reputado autor de escasa obra al que podría calificarse benévolamente de plomizo de no ser por la afortunada brevedad de sus novelas. La famosa ¿Quién? ya estaba pasada de moda en su fecha de publicación (1958): no digamos actualmente: ¡es casi arqueológica! Michaelmas (1977) es vagamente mejor y se la podría considerar un antecedente directo del ciberpunk, de no ser porque ahora los teóricos del género dicen que el verdadero padre del ciberpunk es Alfred Bester, a lo cual no tengo nada que objetar, aunque otros discuten que en realidad fue John Brunner quien inventó el ciberpunk en un relato de 1955. Trabajo para historiadores.
    Volviendo al desengañado Budrys, cabe decir que en la presente El laberinto de la Luna, publicada originalmente en 1960, sí nos ofrece una grata sorpresa, pues se trata, al contrario de las dos citadas, de una obra notable, perfecta y ambiciosa, justamente considerada en algunos estudios como una de las mejores del género.
    Lo curioso de esta obra es que no es tanto una novela de ciencia ficción como una novela acerca de las actitudes de los diversos personajes. Bajo un fondo argumental de pura ciencia ficción, rápidamente desechado por el autor, se nos ofrece un retrato de personajes enfrentados a un mismo trabajo o a una manera o estilo de trabajar. Repasemos brevemente el argumento: en la Luna se ha descubierto un extraño laberinto que está siendo explorado, enviando por transmisión de materia a voluntarios. Estos mueren indefectiblemente a los pocos segundos de iniciado el recorrido del laberinto. Su cuerpo real en la Tierra muere o enloquece. Hawks, el director del proyecto, consigue gracias al jefe de personal, Connington, la ayuda de un aventurero profesional, Barker, quien logrará atravesar todo el laberinto. Fin del argumento de ciencia ficción.
    Lo importante en esta obra son los personajes: ese Hawks a veces indeciso, en general tozudo; ese Connington superficial, vicioso, manipulador; ese Barker aventurero, amargado, variable; esa Claire Peck, frívola, amoral, igualmente manipuladores; el juego que se establece entre ellos: Connington, recabando la ayuda de Barker, en un constante tira y afloja respecto a la misión del laberinto; Hawks y Connington, el primero despreciando abiertamente las manipulaciones del segundo, y el segundo indiferente a todo lo que no sea salirse con la suya. Para el lector medio de ciencia ficción, sin duda la obra puede resultarle decepcionante, ya que Budrys no explica nunca (ni los científicos de la novela lo sabrán, de hecho) qué es el laberinto de la Luna, quién lo construyó, cuál es su finalidad, por qué mata a los exploradores según los movimientos que éstos hagan... En realidad, ello presta a la obra un punto de intriga que va marcando adecuadamente las acciones, los vaivenes de los personajes, sus oscuras relaciones y motivaciones. Barker representa al héroe amargado; triunfador a desgana, cansino, un reto como el del laberinto --con casi la certeza de matarle o enloquecerle-- no es sino eso: un reto más. Tanto le da aceptarlo como rechazarlo. Barker no es el héroe victorioso habitual del género, sino casi una caricatura borrosa de lo que fue: un héroe ya cansado de serlo. Cuando le da una paliza a Connington al sorprenderlo con su mujer en la cama, la paliza es más un ritual, según la narra Budrys, que no la venganza del marido engañado: no hay furia en ella, sino cierto cansancio; Barker pega a Connington porque está moralmente obligado a ello. Es casi como la reacción posterior de Hawks, cuando vaya junto con Barker a la Luna: no es su trabajo, pero siente la obligación de hacerlo. Y así, la novela nos va retratando una serie de conductas amorales. La escena de la gasolinera, por ejemplo, cuando Hawks conoce a Elizabeth y le reprocha al empleado su conducta amoral: Elizabeth, sin confesarlo, aprecia la conducta igualmente amoral de Hawks y su recompensa es ahorrarle el viaje en autobús, acompañándole en su coche. Y las confesiones que Hawks le hará a ella a lo largo de la novela no son sino un descargo de conciencia. Y el que Connington se fugue con Claire tiene su lógica: son los dos personales más amorales de la historia. Su contrapartida sería la "fuga" de Hawks y Barker a la Luna.
    Que una novelita de apenas 190 páginas dé tanto jugo, no suele ser frecuente, especialmente hoy que las novelas de quinientas páginas o más ofrecen muchísimo menos. Aunque éstas son las ventajas de la ciencia ficción: descubrir agradables sorpresas como la presente. Sin duda estamos ante una obra de resonancias profundamente clásicas.
     
    January 20

    ENFERMERO A LA FUERZA, de Robert Asher: Un cómico sin gracia. Pero...

     
     
    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Los que critican a Jim Carrey y le consideran un cómico malo e insoportable, sobrecargado y gesticulante (opinión que no comparto, dicho sea de paso), sin duda no han conocido, o han olvidado, a un comicastro británico llamado Norman Wisdom, que entre mediados de la década de 1950 y la de 1960 protagonizó diversas películas presuntamente cómicas, para su lucimiento, sin el cual --y sin las cuales-- los que las vimos hubiéramos pasado mejores ratos. Tengo la vaga idea de haber vomitado incluso durante la proyección de una de ellas, pero no lo puedo asegurar. He elegido esta, Enfermero a la fuerza (A Stitch in Time, 1963) como podría haber elegido cualquiera otra de las muchas que se estrenaron en España en cines de segunda categoría y programa doble. Este actor británico era --al igual que Benny Hill-- una perfecta demostración de que no todo el humor británico es brillante, ingenioso, fino y de calidad: también puede ser grosero, de mal gusto y sin gracia. Sus películas rozaban lo insoportable, y él como cómico bordeaba lo detestable. Pretendía ser una fotocopia o réplica de Jerry Lewis, y más o menos su etapa cinematográfica coincidió en el tiempo con la del americano, para desaparecer asimismo casi a la vez, tragados ambos por la revovación del cine mundial, incluido el británico, los nuevos directores, los nuevos gustos del público, el pop-art, las revoluciones sociales y sexuales y Mayo del 68. El personaje que Wisdom interpretaba estaba en la misma onda que el de Lewis, tanto en pareja con Dean Martin o en algunos de sus films en solitario; pero donde Lewis era elegante, Wisdom era zafio; donde Lewis era fino, Wisdom era grosero; donde Lewis era sentimental, Wisdom era vulgar; donde Lewis gesticulaba con su rostro convertido casi en una caricatura eléctrica de expresiones constantes, Wisdom babeaba y descomponía el rostro en muecas verdaderamente vomitivas; donde Lewis era ingenuo, Wisdom parecía sufrir retraso mental; donde Lewis era patoso, Wisdom era una calamidad sin gracia... En fin, ¿hace falta seguir? Por raro que parezca, este hombre tuvo fans, incluso en España --conocí a uno--. Trabajó casi siempre con los mismos directores (Robert Asher, el de Enfermero de fuerza, fue uno de los habituales), con los mismos o parecidos argumentos (chico bobo pero bienintencionado se mete en catástrofes generadas por su inmensa torpeza/idiotez), los mismos trucos y gags.
    Que haya sido olvidado cinematográficamente es algo normal, y le ha ocurrido a muchos otros (mejores que él y peores que él). Pero, como digo, acabó casi al mismo tiempo que Jerry Lewis, el cual perdió el favor del público de manera rara y extraña: que Toma el diinero y corre, un proyecto de Lewis en el que iba a dirigir a un novato llamado Woody Allen acabara finalmente dirigido por el propio novato (en un brillante debut fílmico), indica que Lewis cedió el paso a otro tipo de cómico y de comicidad (este dato, ignorado u olvidado por muchos, se publicitó en su día tras el estreno de ¿Dónde está el frente?, de Lewis, en una entrevista). En cuanto a Wisdom, no cedió el turno a nadie, porque no tenía nada que ceder; simplemente se retiró, aunque apareciera raramente en algún film o en televisión: los tiempos ya no estaban para aguantar sus mamarrachadas.
    Y sin embargo...
    Y sin embargo, como he dicho antes, Norman Wisdom tuvo sus fans y hay mucha gente que aún le recuerda con cariño hoy día, gente que se rió con sus gracias y conserva memoria de aquellas películas y de este actor. Y eso lleva a una lógica conclusión: si proporcionó horas felices a algunas personas (da lo mismo si fueron cuatro o cuarenta mil), si ha conseguido que se le recuerde con cariño, con nostalgia, con una sonrisa por parte de quien sea, lo que uno opine sobre su talento y su gracia cómica, carece de importancia y de significación: no es más que el sucio trabajo del crítico cinematográfico, al que desde luego nadie recordará con cariño ni con sonrisa alguna. Lo que cuenta en la vida es el recuerdo positivo que se deja aunque sólo sea en una persona.
    Hoy día, Sir Norman Wisdom --recibió ese honor hace años-- aún vive a muy avanzada edad. En 2007 se informó de que padece alzheimer y su memoria está destruida. Por eso y por quienes hizo felices, se merece un respeto. Está más allá de cualquier crítica, tanto a su trabajo como a su persona.
     
     
    January 17

    ESCRIBIENDO ESTUPIDECES

    (serie Relatos autobiográficos - 26)
     
     
    c) 2006 by J.C. Planells
     
                                Dedicado a Montserrat Marcer, para que vea
                                que no es oro todo lo que reluce.
     
     
        En noviembre de 1965 empecé a escribir un novelón titulado Los Fénix, en seis hermosos tomos, seis, que no terminé hasta febrero de 1967. La escribí a mano --pues por entonces no tenía máquina de escribir-- en libretas espirales tamaño cuartilla de la marca Competidor de 50 hojas. Como escribía por las dos caras, eso supone 100 páginas cada tomo, excepto uno que tenía 100 hojas, o sea, 200 páginas de escritura. ¿Se imaginan? Y vaya mamotreto de novela. Narraba la vida de un conjunto de música moderna (aún no lo llamábamos rock entonces, estábamos en la era de los Beatles), formado por cuatro o cinco chicos más o menos pijos, excepto uno que es pobre. Han de renunciar a algunas cosas para tener éxito (novias, por ejemplo) y enfrentarse a su familia alguno de ellos; al final sufren un accidente de aviación y muere uno de los chicos, si no recuerdo mal, pues aunque no hace mucho intenté releerla tras tantos años (¡más de cuarenta!) de haberla escrito, la verdad es que me resultaron una tortura horrible las apenas diez páginas que pude soportar del primer tomo. Hojeé por aquí y por allá y llegué al convencimiento de que aquello se había convertido en un arma de destrucción masiva: su lectura podía producir daños cerebrales irreparables. Sé que esto resulta difícil de creer, porque bastantes daños cerebrales irreparables tengo como para que puedan incrementarse, pero realmente aquel engendro era algo absolutamente infumable. Se dirá, "Hombre, con 15 o 16 años no ibas a escribir el Quijote". Ya, ya... Al que diga esto soy capaz de atarlo a una silla y obligarle a leer el engendro como justo castigo a su ingenuidad. De hecho, aunque he destruido varias novelas y relatos escritos posteriormente, en mis diversas etapas, y lo sigo haciendo a día de hoy, me resisto a destruir ese novelón a fin de conservarlo como posible herramienta con que torturar a mis enemigos --o sea: los que hablan mal de mí sin siquiera conocerme ni saber si soy hombre o mujer, de tan burros como llegan a ser-- o como arma de destrucción masiva. Si lo supiera Bush, bombardea Barcelona.
        La novelucha infecta --por cierto, amenizada en su segundo o tercer tomo por una subintriga policial con atraco perfecto, si no recuerdo mal; ¿a ver si tendré que releerla por si aprovecho lo del atraco para alguna historia?-- no era lo primero que escribía. Como me obligaron a contar en la presentación al relato "La ausencia de oscuridad no significa presencia de luz", publicado en la antología Fragmentos del futuro editada por Juan José Aroz, lo primero que escribí fue un relato del oeste titulado "El rifle del sheriff". Debía de tener ocho o nueve años, o puede que menos, a juzgar por un escrito que hallé el verano pasado rebuscando en papeles antiguos, y en el que aparece una frase que me ha desorientado un poco respecto a un relato escrito en clase de párvulos; en todo caso, en esa presentación aumenté la edad en que fue escrito "El rifle del sheriff" debido a que sencillamente no lo recordaba. No mucho después escribí un relato nuevo con el mismo título, intentando recordar algo de lo que acontecía en aquel (perdido ni sé cuándo ni cómo), aunque me temo que sólo queda el título y poco más; lo publiqué en este blog, un poco por diversión propia.
        Dejando aparte las típicas redacciones escolares (que aún conservo, si bien las mecanografié hace varias décadas, cuando tuve por fin una máquina de escribir: es el único recuerdo que me queda de mi niñez, puesto que ni siquiera existen fotografías de ella), lo primero que me puse a escribir fue precisamente una novela del oeste titulada Un hombre marcado, también en un cuaderno de 50 hojas, o sea, otras 100 páginas. Debía de tener diez u once años, no más. Hace años la rompí, y lo he lamentado, porque ni siquiera la releí. No puede ser peor que Los Fénix, seguro. Bueno, al menos era más corta, eso sí. Iba de un joven, hijo de un importante ranchero, que se volvía pistolero porque tenía malos instintos y hacía lo que hacen los pistoleros, hasta que lo mataban. Su padre y el capataz del rancho lloraban un poco al final. En fin, perdida está. Y todavía, antes del mamotreto en seis tomos sobre los pijos que forman el conjunto musical (era la moda en 1965), escribí dos obras de teatro: Adán Campos y los alemanes y El Rey. Calculo que las debí escribir entre 1962 y 1963. Sólo se conserva la primera, pero no está fechada. El Rey era una obra ambientada en la corte de no sé qué rey español, y salían personajes históricos, entre ellos Velázquez pintando el cuadro de ese rey; nada recuerdo de la intriga, pero seguro que era un rollo de cuidado. No se perdió nada con su destrucción. Adán Campos y los alemanes era una comedia de humor basada en hechos reales, que aún conservo en manuscrito --escrita con bolígrafos de varios colores y dibujitos de los escenarios de la obra--, y que releí recientemente sin que me hiciera mucha gracia que digamos. La conservo por razones sentimentales que no voy a explicar. De hecho, por bodrio que fuese, no la destruiría. Puede que lo haga con Los Fénix simplemente para no morir envenenado por las posibles emanaciones pestilentes que empiece a despedir un día de éstos, pero destruir Adán Campos y los alemanes sería como matar del todo mi niñez. Y de ella, como dije, apenas hay recuerdos tangibles. Para ser lo que se es en el presente, conviene no perder de vista por completo ciertas partes del pasado: así sabemos de dónde venimos y adónde no iremos.
        Sí he destruido otros textos que escribí alternando con el mamotreto de seis tomos. Por ejemplo, otra saga que preveía larga, escrita hacia 1966, titulada La muerte está a dos pasos, de la que llegué a escribir sólo los dos primeros tomos. Iba de un chico que se fugaba de Barcelona a un país sudamericano y entraba a servir a las órdenes del general presidente de una república imaginaria. Intrigas que ni recuerdo ni falta que hace. La inspiración me vino de uno de los álbumes de Tintín que leí por entonces, en el que se iba a Sudamérica y conocía a un general de uno de aquellos países, tan imaginario como el mío. Otra novela, destruida pocos años después de escribirla, fue también una saga de la que sólo llegué a completar apenas los dos primeros tomos, porque la cosa se desmadró de mala manera. Se titulaba, si mal no recuerdo, La casa de los Prado, o puede que fuera otro apellido en vez de Prado. Escrita hacia 1966 (y alternada también con el mamotreto de Los Fénix) presentaba a un hombre que conocía a una familia que vivía en el campo y le invitaban a hospedarse en su casa. Tenían una hija de unos trece años y..., en fin, que el hombre y la niña hacían guarrerías de la pradera juntos, vaya, para qué negarlo. No era una novela porno: era una novela simplemente cochina, y como yo a los 16 años no tenía la menor idea de sexo (y ahora tampoco, para qué negarlo), pues en fin, mejor dejarlo. La destruí al poco tiempo, muerto de vergüenza.
        Como se ve, la escritura de Los Fénix duró bastante tiempo (más de un año, de noviembre de 1965 a febrero de 1967) y se fue alternando con otros textos y novelas y entes amorfos varios. Debí de acabarla por aburrimiento, quizá, y para sacármela de encima, porque en febrero de 1967 andaba yo liado en otra cosa, la cual me tuvo absorbido durante bastantes meses; de hecho podría decirse que me tuvo absorbido hasta 1974, en que desistí finalmente de continuarla. Aquello, en realidad, se inició tempranamente, en 1965, con un relato titulado "El viaje", escrito en la clase de lengua y literatura, cuando el profesor nos dijo que hiciéramos una redacción y yo fui y escribí ese cuento, provocando el cachondeo de Joan Bargalló, tal como conté de pasada en el capítulo titulado "El contrabandista de café". Estaba claro que Bargalló era incapaz de apreciar mis despertares artísticos (¡ja!), como demostró burlándose del himno independentista que le compuse para que estuviera contento. Lo de "El viaje" dio lugar poco después a un cuento titulado "El misterio de la pirámide". Y "El misterio de la pirámide" dio lugar a una serie de libros de aventuras y humor titulada "Mis desmemorias", que abarcaron 10 tomos, 10, más otro tomo, el 11, que quedaría interrumpido, pues para entonces ya me desentendí de escribir. Dejé atrás la adolescencia, empecé a salir con amigos, tuve novia... En suma, dejé de escribir a finales de 1967 y no volví a hacero hasta más o menos 1970. A partir de 1970 me atraían otros temas, además de que pasé a escribir en catalán, para hacer patria. Patria hice muy poca, ésa es la verdad (quitando un par de conferencias que me obligaron a pronunciar por aquellos años), y encima yo no sabía escribir en catalán, o sea...
        Los 10 tomos completados de la serie "Mis desmemorias", más el 11 que nunca se completó, fueron escritos también a mano en libretas de la marca Competidor. Yo era muy fino y muy señor, y me iba a una tienda de la calle Floridablanca donde tenían esa marca. O Competidor, o nada. El primer libro de la serie lo empecé el 26 de agosto de 1966 y lo terminé el 15 de enero de 1967. (Para entonces, aún no había terminado el mamotreto del conjunto musical, pero le quedaba un mes de vida.) Que disfrutaba escribiendo esta serie de "Mis desmemorias", lo demuestra que el décimo tomo lo empezé el 5 de mayo de 1967. Es decir, en apenas cinco meses escribí unos ocho tomos de la serie. Cada uno de ellos lleva anotada la fecha de inicio y de terminación en la primera página. A veces un tomo quedaba completado antes que otro anterior, a juzgar por las fechas que aparecen. Pero en mayo de 1967 ya perdía fuelle o bien me interesaban otras actividades en vez de escribir. Como digo, este décimo tomo lo inicié el 5 de mayo de 1967... y lo completé el 16 de agosto de 1974. El undécimo, nunca completado, se inició el 24 de diciembre de 1967, y creo que hace varios años aún escribí, con esfuerzo, unas pocas páginas.
        Lo que sí está claro es que de todo el montón de basura e imbecilidades que produje entre 1961 (fecha aproximada de la mencionada novela del oeste que destruí) y diciembre de 1967, fecha de inicio del último tomo de "Mis desmemorias", resulta evidente que es por esta serie por la que más cariño y aprecio he sentido siempre. Años más tarde, pasé todos los manuscritos de los diez tomos completados a máquina, con todo cuidado. Destruí los manuscritos y conservé las copias mecanoscritas cuidadosamente encuadernadas con cartulina naranja, numerando cada tomo en el lomo, con su título correspondiente y su índice... Que completase tan tardíamente el décimo tomo en 1974 (evidentemente ya fue escrito a máquina en sus partes finales) muestra que mantuve durante bastantes años un aprecio especial hacia esa serie, como si me resistiese a darla por cerrada. Intenté incluso completar el undécimo, como ya he dicho, pero resultó imposible: No era posible prolongar a los 24 o 30 años algo iniciado a los 16 o 17. ¿O sí? Quizá sí, en caso de saber la manera exacta de hacerlo, o si la distancia en el tiempo es tan lejana que permite jugar con ello y darle la vuelta... Convertir algo viejo en algo nuevo... Lo cierto es que, a lo largo de los años, de las décadas, nunca he perdido de vista esa serie de "Mis desmemorias", e incluso hubo una ocasión en que algo de ellos estuvo a punto de editarse, tras reescribirlo. Hace varios años, asimismo, reescribí por entero los dos primeros tomos y los presenté a distintos editores; recibí varios elogios y felicitaciones de esos editores, pero nada más: no tenían intención de publicarlo. En fin, no diré que sea una buena serie, ni que tuviera un interés especial. Pero de todo lo que escribí en mi temprana juventud, es lo único que conservo con agrado y que aprecio de manera especial. Y, bueno... algún provecho sí he conseguido sacarle, finalmente. Pero eso es otra historia...
        A partir de 1970, escribí otro tipo de cosas: diarios de mis viajes y excursiones, mucha poesía en catalán, realmente pésima, atroz. Ensayos sobre ciertos temas, algunos de los cuales tuvieron audiencia incluso. De hecho, a partir de enero de 1968 ya no volví a escribir ficción hasta 1971. En una nota fechada en 1970, se detallan todos los escritos que he mencionado (aunque se omite la novela cochina que he citado), y la serie "Mis desmemorias" es lo último que aparece como ficción. Ficción interrumpida, mejor dicho. La escritura de novelas y demás se cambió por la de mis viajes, poemas y ensayos o artículos. Lo último que más o menos podría encuadrarse como ficción es cierto texto escrito a finales de 1970 para ser representado: una obra de teatro compuesta por diversos cuadros independientes entre sí. Es un texto hacia el que siento un especial cariño, por razones más sentimentales que literarias, con algo de autobiográfico, y del que ofrecí hace tiempo una muestra en este blog, de forma muy disimulada.
        Entre el resto de basura y estupideces, hubo muchos principios de novelas nunca escritas, muchos. Se amontonan en un volumen que recoge todos estos textos junto con los escritos de mi infancia. Algunos los he destruido ya, porque lo único que hacen es estorbar, pero mezclado entre ellos he encontrado... ¡un inicio de autobiografía que ni recordaba haber escrito, hacia 1968, y que aparecerá en esta serie más adelante!
        En fin, de toda la basura escrita antes de 1971, en que empecé mi digamos "segunda etapa" como escritor, sólo salvo la serie "Mis desmemorias" y el texto teatral fechado en 1970, además de la comedia Adán Campos y los alemanes, todo ello por las razones sentimentales ya indicadas. A partir de 1971 empecé a escribir otra clase de novelas e historias, pero de éstas ya no tiene interés hablar.
     
    FIN.
     

    January 16

    ECOTOPÍA, de Ernest Callenbach

     
    [Esta crítica se publicó en la revista Nueva Dimensión, num. 131, enero de 1981. Esta novela según parece se ha convertido con el tiempo en una especie de obra de culto o clásico en según qué círculos. En España pasó totalmente desapercibida. Fue publicada por Trazo Editorial, Zaragoza.]
     
    (c) 1981 by J.C. Planells
     
    (ECO- de Ecología,
    -TOPÍA de Utopía)
     
    Según los criterios que mantienen una parte de los aficionados a la ciencia ficción, Ecotopía no debiera ser clasificada como novela de ciencia ficción propiamente hablando. Puesto que mis criterios (y los de otra parte de los lectores) son mucho más amplios, es justo considerarla como tal, y reseñarla, pues, para los posibles interesados en ella, que creo serán bastantes. Por otra parte, sería una lástima que esta interesante obra pasase desapercibida en nuestro país, máxime cuando a los aficionados a la ciencia ficción viene a juntarse otra clase de posibles lectores que en principio son los más potencialmente interesados en ella: los que hacen de la ecología su preocupación diaria.
    Ernest Callenbach concibió esta curiosísima obra hacia 1971, como el propio autor nos cuenta en un epílogo escrito especialmente para la edición castellana (que aparece simultáneamente en España y Argentina por convenio editorial), publicándose finalmente en 1975, tras muchos rechazos editoriales. En un principio no iba a ser propiamente una novela, sino una serie de reportajes ficticios en torno a un supuesto país ecológico. Cuando los leyó a sus amigos, algunos le aconsejaron novelizase un poco los reportajes a fin de ganar mayor interés y agilidad. Callenbach lo pensó, y así lo hizo, aunque, como manifiesta, no se considera novelista nato.
    Ecotopía es un nuevo Estado formado en 1980, tras la secesión de California, Oregón y Washington del resto de los Estados Unidos. Los tres forman el nuevo país, con el nombre de Ecotopía. Sus nuevos gobernantes, hartos ya del estado actual de las cosas y la degradación del ambiente, deciden crear el estado ecológico ideal, con todas las reformas industriales, sociales y comerciales a que ello pueda dar lugar. Durante veinte años, el nuevo país ecotopiano ha permanecido herméticamente cerrado a cualquier relación diplomática o comercial con los USA, llenos sus habitantes de rencor y desconfianza hacia la que antes fuera patria común. (Más adelante nos enteraremos de que en los primeros años de Ecotopía hubo un intento de reconquista por parte del ejército, totalmente frustrado por los ecotopianos.) Al cabo, pues, de estos veinte años, se permite a un periodista americano especializado en cuestiones internacionales visitar el Estado durante varias semanas con el fin de escribir una serie de reportajes sobre la forma de vida ecotopiana, sus costumbres (que son todo un misterio para los americanos) y su economía. William Weston, el periodista, llega a Ecotopía con un total desconocimiento de lo que allí pueda encontrar y de lo que ha sucedido desde la secesión. La narración de la obra alterna los reportajes de Weston con las anotaciones particulares de su diario privado, que constituyen la parte de "acción" (por denominarla de alguna manera) de la novela. Weston está al principio desconcertado ante lo que va descubriendo, luego parcialmente admirado, extrañado, entusiasmado, asustado, recorriendo, en suma, toda una gama de emociones varias a medida que va descubriendo cada día nuevas cosas sobre el país y su gente. Ecotopía pretende ser una utopía a nivel ecológico y sus habitantes y gobierno no regatean esfuerzos en conseguirlo. Las medida drásticas aplicadas desde la secesión han purificado el aire y las aguas, cambiado los sistemas y procesos de fabricación, e incluso optado por otras materias primas diferentes a las del resto del mundo; toda clase de residuos son reciclados y aprovechados nuevamente. Por supuesto, no hay coches, sino tranvías eléctricos o bicicletas; las casas han sido abandonadas en parte, construyéndose otro tipo de viviendas no alienantes; todo lo que tenga relación con la naturaleza es objeto de primordial atención: repoblación forestal, cultivo de tierras, jardinería... Los cambios llegan incluso al campo de lo sociológico: la igualdad política del hombre y la mujer es un hecho (el presidente del Estado es una mujer); la liberación sexual es otro hecho; la jornada semanal es de 20 horas, lo que ha terminado de raíz con el problema del paro y además permite a los ecotopianos un mayor disfrute de su tiempo libre, para especializarse en cualquier actividad: música, letras, jardinería... Así, los cambios llegan a su vez a un plano psicológico: la manera de comportarse del ecotopiano medio es diferente a la de cualquier persona de cualquier país: son abiertos, amables, parlanchines, bromistas... Nunca tienen prisa por nada.
    Pero Weston descubre que el paraíso también tiene sus fallos: los jóvenes se entregan periódicamente a una serie de rituales guerreros que los enfrentan violentamente entre sí. Los negros y las minorías raciales de San Francisco han creado sus propios Estados dentro de Ecotopia y no todas las reglas ecológicas se respetan allí. A pesar de ello, el sueño de Ecotopía sigue adelante.
    Weston, como el lector puede suponer, se dejará ganar por este sueño (y por una mujer), decidiendo quedarse allí para siempre, al terminar su trabajo.
    Aunque tenga sus fallos, puntos oscuros y partes no del todo satisfactorias, Ecotopía es una novela ciertamente notable (si es que de novela puede clasificársela), que se inscribe dentro de las grandes utopías de todos los tiempos, con personalidad propia al partir de una premisa de nuestro tiempo: la degradación del medio ambiente y el retorno a una forma de vida más pura, más natural. Ecotopía está, de hecho, a dos pasos de ser un libro de texto para cualquier experiencia en este sentido, por sus partes de reportajes ficticios (tal era, dijimos, la intención del autor al concebirla). Obra, en definitiva, que cabe considerar y tomar en cuenta, porque fácilmente puede convertirse en un clásico aunque sólo sea a nivel underground (donde, en estos momentos, parece estar ya encuadrada). Recomendamos vivamente su lectura a todos los interesados en la cuestión ecológica.
     
     
    January 13

    BIGUNE AL RESCATE

    (secuencia Bigune -- 6)
     
    (c) 2008 by J.C. Planells

     

        --El que maltrata a su mujer o a su novia no lo lleva escrito en la frente. No es alguien a quien se pueda reconocer a simple vista, eso es lo primero que tienes que saber. Y tampoco se los puede encasillar en una clase social determinada: baja, media, proletaria, humilde... El maltratador no pertenece a un estamento social determinado y los encontramos en cualquiera. Personalmente, no me creo que en las clases desfavorecidas se den más casos que en otras más acomodadas, como piensan algunos.
        Bigune fingía tomar notas en la libreta que sostenía sobre el regazo. Levantó la vista y le preguntó a Sheila Phillips:
        --¿Es cierto que aquí han tratado a algunos hombres que pegaban a sus mujeres?
        Sheila Phillips suspiró.
        --Lo intentamos, pero fue un fracaso. Aplicamos como punto de partida los mismos métodos que en casos de drogadictos o alcohólicos, considerando al maltratador como un adicto a la violencia; así que les enfrentábamos al problema, los mezclábamos con otros grupos en lugar de crear un grupo para ellos solos. Bien, no sirvió de nada. El primer punto es que el sujeto admita su problema, y ellos no lo admitían. Te cuento una anécdota para resumírtelo, que casi es para reírse si no fuera porque el tema no es nada divertido. Uno de los hombres que vino, enviado por los servicios sociales del ayuntamiento tras las denuncias de su mujer, asistió a dos sesiones, y después de la segunda se puso en pie y dijo: "Bueno, ya no tengo que volver más, estoy curado". Y no volvió.
        --¿Y estaba realmente curado? --preguntó Bigune, desconcertada.
        --De ninguna manera. En su mentalidad estrecha, aguantar dos sesiones de grupo significaba solventar el problema. Al cabo de un par de semanas, le seguía dando palizas a su mujer. Se negaba a admitir el problema, a someterse a tratamiento alguno porque según él ya estaba curado; a eso se le llama no reconocer el problema. Estoy convencida de que todo cuanto se decía en las sesiones le entraba por una oreja y le salía por otra.
        --¿No hay una solución para ellos, pues?
        --Mire, señorita Oubensmayá...
        --Llámeme Bigune.
        --Bien. Mire, Bigune, nuestra prioridad son las víctimas, las mujeres que sufren malos tratos. A la ley le corresponde encargarse de su verdugo, por llamarlos de la manera que me parece más adecuada. Nosotros hemos de proteger a las mujeres; concienciarlas, mentalizarlas, convencerlas de que denuncien los casos de violencia doméstica, ofrecerles asesoramiento, consejo, reuniones con otras mujeres víctimas de malos tratos, buscar medios de solucionar su problema y normalizar su vida. La mejor manera de combatir la violencia doméstica empieza por hacer que la víctima decida poner fin a ello, denunciarlo a la ley, buscar soluciones, en vez de agachar la cabeza y callar y seguir soportando violencia en el hogar. Pero por desgracia, muchas mujeres siguen callándoselo. Por miedo, por vergüenza, por estar sometidas en todo a su maltratador, por terror psicológico, por dependencia emocional... Por toda clase de motivos, pero el miedo al maltratador y la vergüenza de que se conozca lo que les ocurre son los dos más frecuentes. No pocos casos acaban siendo denunciados por amigos, parientes, incluso vecinos...
        --¿Y dice que hay casos de maltrato en cualquier clase social? --preguntó Bigune, simulando anotar algo en su cuaderno.
        --Desde luego. Hace años, en España, un juez imbécil desechó un caso de violencia doméstica con el argumento de que como la mujer era de clase económica alta y profesora universitaria, es decir, con sólida cultura, por tanto no podía ser víctima de malos tratos por parte de su pareja. Sólo a un machista se le podía ocurrir semejante idiotez. La mujer que sufre malos tratos, la que es golpeada por su pareja, lo mismo puede ser guapa que fea, joven que vieja, inteligente que analfabeta, rica o pobre; no hay ningún modelo social exento de sufrir a manos de un maltratador. En cambio, sí pueden existir lo que llamaríamos "modelos psicológicos" de víctima. Sobre esto le puedo recomendar algunos libros que estudian diversos casos mediante entrevistas a mujeres maltratadas de todas clases y condición social.
        --Así ustedes atienden aquí a mujeres que son agredidas por sus parejas...
        --En efecto. Tenga, llévese algunos de nuestros folletos informativos. --Le tendió un buen montón a Bigune, que los tomó y los miró con el ceño fruncido, guardándolos luego en su mochila--. Lo primero es convencerlas de que denuncien a su pareja, sea marido, novio, amante... La mayoría acude con el temor de que se conozca su situación, de que sus vecinos, familiares, amigos..., todos se enteren de que el hombre con el que conviven, el marido o lo que sea, o el novio incluso, las trata como si fuera un puching ball de boxeo. Nosotras las convencemos de que asistan a nuestras reuniones, para escuchar a otras víctimas de maltrato. Insisto en que lo principal es mentalizar a la víctima para empezar a ganar la batalla. Y por supuesto, las protegemos, las orientamos... La mujer que acepta la primera bofetada, el primer golpe que le propina su pareja, sin decir nada, callándose y callándoselo..., seguirá aceptando los que vengan luego, por mucho que el hombre en algunos casos manifieste arrepentimiento y pida perdón de rodillas y jure que no se repetirá... Personalmente, no creo en esos arrepentimientos; en el mejor de los casos, son sólo temporales. Hay que arrancar el mal de raíz.
        --Así, pues, una mujer culta, inteligente, con éxito profesional... sería también posible víctima de un maltratador...
        --En efecto. Recuerdo, por ejemplo, el caso de una actriz francesa, creo que era directora de cine también, hacia primeros de siglo, que acabó muriendo tras una paliza que le propinó su pareja, un conocido rockero. No recuerdo cómo se llamaba ninguno de los dos, pero la noticia dio la vuelta al mundo en su momento. Era una mujer culta, inteligente, una profesional muy respetada... pero se dejó dominar por un hombre violento y no supo reaccionar.
        Bigune se quedó mirando en silencio el cuaderno de notas que sostenía. La señorita Phillips estaba siendo muy atenta y cordial con ella, facilitándole entusiasmada toda aquella información para su supuesto "trabajo de campo", como le había dicho al presentarse en su centro de atención a mujeres maltratadas. Por eso le remordía no serle sincera, pero quería ser ella quien resolviera el caso. Antes que nada, debía averiguar si realmente la hija del señor Sala estaba siendo maltratada por su pareja. ¿Pero cómo? A juzgar por lo que Sheila Phillips decía, Vicky Sala encajaba en el grupo de mujeres inteligentes e instruidas que se callaban lo que les ocurría por temor y por vergüenza. Estuvo tentada de preguntarle maneras de conseguir que hablasen, pero quizá Sheila Phillips sospechase algo. Y, en todo caso, siempre podía recurrir a ella y a su centro más adelante, una vez confirmados sus temores.
     
     

        Ethan Crissell empezó a tener problemas unos tres años atrás, cuando el grupo de rock del que era productor se dedicó intensivamente a consumir drogas en vez de a escribir canciones. Crissell se encontró teniendo que proporcionarles las sustancias que consumían, como si formase parte de sus obligaciones como productor, y que parecían tragarse casi a cubos. Así, entró en contacto con personas que le facilitaban esas suntancias, además de diversos problemas que podría llamar colaterales, según acabó pensando. Problemas de dinero, problemas con sus jefes, problemas en su vida privada. Para compensar los problemas empezó a consumir él tambien algunas de las sustancias que le facilitaba a aquel montón de descerebrados, pero sus problemas aumentaron en vez de disminuir. Empezó a notar que era incapaz de tener sexo normal con su chica, y eso le ponía furioso. Vicky Sala era una mujer atractiva, con aquellos ojos grises, aquel pelo negro corto, aquella cara redonda y el cutis tan pálido. Ahora esa belleza, de la que no podía disfrutar tanto como en su primer año de convivencia, le irritaba, así que en lugar de proporcionarle sexo empezó a proporcionarle golpes cuando perdía los nervios.
        Cuando dos años atrás descargó la primera bofetada en la mejilla --la izquierda-- de Vicky, se quedó tan sorprendido como ella. Vicky, la mejilla roja por el azote, la mano cubriéndosela, la boca abierta, le miró incrédula, dolida, como si no le reconociera. Él se la quedó mirando, la cabeza un torbellino de ideas, y pensó que tenía que decir algo, que pedirle perdón, pero no le salió, no atinó a hacerlo. De la misma manera que cuando una copa de cristal se rompe es ya imposible repararla, rehacerla, algo se rompió ese día y no pudo ser reparado, rehecho. Así que se quedó en silencio mirándola y Vicky se quedó en silencio también. Con el tiempo, llegó incluso a olvidar por qué le había soltado la bofetada, sobré qué discutieron que le llevó a levantarle la mano y golpear con furia esa mejilla blanca que había besado antes tantas veces. ¿Era un tema importante, grave, tenía razón ella o la tenía él? No podía acordarse.
        La segunda vez no fue una bofetada, sino varias. Por ese entonces sus problemas con el jodido grupo musical y los proveedores de drogas y sus jefes en la productora musical estaban tan entremezclados que saltaba de los nervios a la más mínima. Vicky no había vuelto a ser la misma desde aquella bofetada, así que cuando le habló con aspereza a propósito de su negligencia por algún asunto de la casa, le soltó una buena tunda de hostias hasta que la dejó tirada en el suelo, llorando en silencio. Confió en que no fuera necesario repetir la paliza, en que todo se arreglase, y no sólo con Vicky, sino con los demás: el puñetero grupo, los jefazos de la productora, los tíos que le suministraban las pastillas y toda la mierda que se metían ellos y él por culpa de ellos.
     
     

        Una habitación propia, como reivindicaba Virginia Woolf: la de Vicky Sala. Mesa con ordenador e impresora. Estantería con ejemplares de sus dos libros de relatos para amistades y compromisos. Diccionarios y enciclopedias en un mueble librería junto a la mesa del ordenador. Papelera junto a la mesa. Un extensor de luz enfocado a la pantalla del ordenador. Mesita al lado donde hay portarretratos con fotos de su padre y de su madre ("Papá y mamá", como los llama interiormente cuando piensa en ellos). Fotografías enmarcadas y colgadas en las paredes de actos a los que ha asistido. Con su editora. Con ese escritor famoso. Con amigas. Con su padre, su madre y amigos de ellos. Y con Ethan también, pero procura olvidarse de éstas. Reproducciones enmarcadas de las cubiertas de sus libros. Al lado del ordenador, una libreta para notas y un tarro de plástico con lápices y rotuladores. Pero aunque sea una habitación propia para desarrollar su trabajo, en los últimos tiempos se ha convertido en un refugio propio. No escribe, pero trata de hacerlo. Empieza un relato pero no le gusta, o no sabe cómo seguirlo, y lo deja. Lo deja para el día siguiente, la semana siguiente, el mes siguiente. Y finalmente lo elimina del ordenador. Ha publicado dos libros de relatos para adolescentes y una novela corta, es respetada, conocida y amada por sus lectores, pero se ve incapaz de seguir escribiendo. A trancas y barrancas, mantiene sus colaboraciones ocasionales en revistas y periódicos, e incluso esto le cuesta cumplirlo. Cualquier día su editor le preguntará qué tiene preparado, y la respuesta será "Nada". ¿Quién dijo que el escritor debe sufrir y pasarlo mal en la vida para producir sus mejores páginas, sus mejores textos? Ella sufre y lo pasa mal desde hace casi dos años, y no produce una puta página.
        Cuando murió su madre en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, en el 2001, empezó a volcar su dolor escribiendo historias, buscando consuelo en sus ficciones, poniendo en ellas alma y corazón. Más tarde, tras unos cuantos años dedicados al periodismo, comenzó  plantearse abandonarlo y abrirse camino como escritora de novelas o relatos. Y poco después, aquellas viejas historias, reescritas de nuevo junto con otras, eran publicadas en su primer libro, un libro nacido en parte del dolor y la pérdida. Ahora, con una vida personal que se había convertido en un infierno, con el temor constante de que un día Ethan acabara matándola de una paliza o enviándola a un hospital en el mejor de los casos, era incapaz de idear argumentos, de enfocar su dolor en historias y ficciones, de reflejar en sus personajes emociones y deseos, como hiciera en el pasado. No podía, aunque se esforzaba; se sentaba a su mesa, ante el ordenador, y esperaba. Esperaba. Y no ocurría nada.
        Dentro de unos meses llegarían las navidades. Y con ellas, la visita anual a la residencia de ancianos donde terminaba sus días a cuerpo de rey aquel amigo de su padre. Desde que su padre se marchó a España, incapaz de seguir viviendo en Londres sin su esposa --"Sin mamá"--, era ella la que acudía anualmente y le llevaba algún regalo. Pero temía la visita de este año, porque en la anterior aquel anciano pareció leer algo en su mirada. La miró fijamente y preguntó: "¿Qué ocurre, Vicky? ¿Algo va mal?". Ella se esforzó en estar natural, en sonreír, y contestó: "No, señor Smith. Todo va muy bien." "¿Y Ethan?", preguntó él, sin dejar de mirarla. Ethan sólo la había acompañado una vez, el año anterior, y no le entusiasmó ese rito anual que Vicky cumplía fielmente. "Bien, trabajando mucho", repuso con forzada convicción. La mirada del anciano, penetrante, la desazonó. No sabía mucho sobre él, pero sí que conocía a sus padres desde que eran niños y que era muy inteligente, y... Y tenía miedo de ir a verle ese año, porque si le volvía a preguntar otra vez si ocurría algo, si todo iba bien... no sabía si podría mirarle a los ojos y mentir.
     
     
        A veces --aunque de tarde en tarde-- la vida parece hacer fáciles las cosas. Así, el día de su cumpleaños Barbara invitó a sus tres compañeras de piso a celebrarlo en un bar musical, aunque Bigune aceptó con su habitual falta de entusiasmo por acudir a esta clase de lugares. "¡Sacúdete las telerañas!", le dijeron las demás. Por no hacer un desaire a Barbara, fue con ellas y con sus novios a pasar un rato de diversión un tanto forzada en su caso.
        Y allí se encontró inesperadamente con Sen Tzu.
        Su antiguo compañero de estudios se había convertido en un chico alto y fuerte. "Voy al gimnasio una vez por semana", le dijo alegremente. Su terrible inglés había mejorado desde que estudiaron juntos.
        --Me enseñaste bien --le dijo a Bigune.
        --Algo habrás puesto de tu parte --repuso ella, sonriendo--. ¿A qué te dedicas?
        --Informática. Fotografía. Vídeovigilancia. Sonido. Todo lo que se te ocurra relacionado con imagen, sonido y comunicación. Espero montar mi propio negocio en unos dos años, si me va como ahora. ¿Y tú?
        --Me quedan uno o dos años de estudiar periodismo; depende de si un trabajo semestral saca nota alta. Y luego, buscaré trabajo en algún medio, aunque según el señor Taylor, mi profesor, lo tengo mal. Dice que como soy negra sólo puedo aspirar a señora de los lavabos en una cadena de televisión local.
        --¡Vaya idiotez!
        --Lo bueno del caso es que él es negro también --sonrió Bigune.
        --¿Ya tienes novio?
        --No. --A Bigune era una pregunta que la incomodaba siempre. Pero debía soportarla--. ¿Y tú, estás con alguien?
        --Una chica. ¡Coreana! --Sen Tzu se rió a carcajadas--. Vivimos juntos desde hace unos meses. Luego te la presento, está por ahí, con amigas. Te daré mi tarjeta, por si necesitas cosas de informática, o de sonido, o has de vigilar al novio que encuentres para que no te engañe con otra, ¡ja ja! Cuando abra mi negocio, espero contar contigo para lo que necesites como periodista.
        --Estupendo, gracias.
        No fue hasta la mañana siguiente cuando Bigune recordó su conversación con Sen Tzu y empezó a darle vueltas a algo de lo que le había dicho. Y así se le ocurrió una manera de cumplir la promesa que hiciera al padre de Vicky Sala la semana pasada, cuando fue a verle a su chalet de la Costa Brava. Tomó la tarjeta que le dio Sen Tzu y miró la dirección. Luego, se dirigió hacia allí en su moto.
     
     
        Unos meses antes, Vicky le había dicho que era mejor que se separasen; no podían seguir viviendo juntos tal como iban las cosas entre ellos. A Ethan le dio un vuelco el corazón al oír aquello. Separarse significaba para él buscarse otro lugar en el que vivir, puesto que compartían el piso que fuera de los padres de Vicky, y que ahora era propiedad de ella. Ethan se limitaba a aportar una cantidad para los gastos de la casa. No podía ni pensar en buscarse un apartamento, puesto que sus gastos no se lo permitían tal como iban las cosas, teniendo que adelantar dinero para las drogas de los descerebrados del grupo de rock. Vicky nada sabía de los líos en que andaba metido, pero Ethan confiaba en que todo se arreglase en cuanto se decidieran a trabajar en el nuevo disco (si es que llegaba alguna vez ese nuevo disco, lo cual empezaba a temer seriamente no ocurriría nunca). Así, pues, suplicó, juró y prometió que iba a cambiar, que Todo Iba A Cambiar, que Todo Iría Mejor. No le fue difícil convencerla. Vicky seguía siendo en el fondo una niña; una niña que no había podido superar el perder a su madre en aquel atentado de principios de siglo en Nueva York. Una niña a la que su padre dejó atrás, interna en un colegio de lujo, cuando se marchó de Londres, incapaz de vivir sin su mujer. Un padre egoísta que pensó más en su propio dolor en vez del que podía sentir una chica de sólo diecisiete años, sola en Londres, con un futuro encauzado, sí, pero sin nadie que la acompañara. Cuando Ethan la conoció, Vicky había terminado una relación con un don nadie, uno de esos bobos inútiles sin aspiraciones en la vida. No le costó demasiado conquistarla con sus modales simpáticos y su brillante futuro como productor musical. Al cabo de unos meses, se fue a vivir con ella.
        Lástima que un año más tarde, las cosas empezaron a torcerse. No era culpa suya. Por otra parte, Vicky necesitaba alguien a su lado debido a su carácter frágil, y no iba a permitir que le echara de casa. No era difícil tampoco prometer que no le pondría nunca más la mano encima; si no le daba motivos para ello, claro.
     
     
        Vicky estaba bastante nerviosa al afrontar su primera entrevista desde hacía casi siete u ocho meses, aunque no fuera para un medio de comunicación, sino para dos estudiantes de periodismo que preparaban una tesina sobre escritores de libros para adolescentes. Exponer su vida ante otros la preocupaba. Antes no; antes le gustaba hablar de sí misma y de su trabajo y conceder entrevistas, puesto que al fin y al cabo ella había sido periodista antes de dedicarse a la creación literaria, lo mismo que lo fuera su madre. Pero en los últimos dos años la atemorizaba la idea de que alguien descubriera cómo era su vida personal... Ya no venían amigos por su casa, ni acudía a reuniones literarias con otros escritores, como tiempo atrás. Seguramente nadie se daba cuenta de ello, y creían que era lo normal que se distanciase de la gente, viviendo en pareja con Ethan... una pareja tan bien avenida según les debía de parecer a los demás: la escritora y el productor musical.
        Pese a todo, se tranquilizó bastante cuando estuvieron sentados en su habitación de trabajo, ella detrás de su mesa, ellos enfrente, listos para entrevistarla. Eran un chico oriental, chino probablemente, y una chica negra bastante alta y con aspecto serio. Qué pareja más curiosa. El chico parecía algo nervioso y eso la acabó de tranquilizar. Les preguntó cortésmente por sus estudios, por si pensaban formar equipo... El chino sonreía y era la chica negra quien contestaba. Luego, empezó la entrevista, también a cargo de la chica negra, mientras él se dedicaba a sacar algunas fotografías y a filmarla con la cámara de su teléfono móvil. Luego curioseó las fotografías colgadas en las paredes. "¿Ésa es usted?", le preguntó señalando una de ellas. "No, es mamá. Nos parecíamos mucho", contestó Vicky. "Ya puede decirlo", exclamó el chico. Se acercó a la foto y acarició el marco mientras la chica negra le preguntaba cómo empezó a escribir sus relatos.
        Todo resultó muy agradable y relajante para Vicky. Cuando la chica negra puso fin a la entrevista, dijo:
        --No me recuerda, ¿verdad?
        --No --contestó Vicky, desconcertada.
        --Hace ocho años usted me firmó uno de sus libros para una compañera de la residencia de estudiantes...
        --Oh, vaya... Debía de ser usted casi una niña entonces...
        --Tenía unos quince años. Ahora tengo veintitrés. Y no era tan alta. Su libro le hizo mucho bien a mi amiga. Era Izvania --añadió, dirigiéndose al chico.
        --Ah, sí... --dijo él--. Se marchó a Estados Unidos, ¿no?
        --Sí. --La chica negra se puso en pie, recogiendo sus cosas. Miró fijamente a Vicky y dijo--: Sus relatos puede que le salvaran la vida. Es algo que tengo muy presente.
        Vicky se puso algo colorada.
        --Oh, vaya... Gracias --dijo, sintiéndose torpe y nerviosa.
        --Muy presente --recalcó la chica.
        --Ésta sí debe de ser usted, ¿verdad? --preguntó el chico, mirando una foto que había al otro extremo de la habitación.
        Vicky se levantó de su mesa para ir a mirar a qué foto se refería.
        --Ah, sí. Yo, de niña, con mis padres.
        --¿Ese anciano es su abuelo?
        --No, es el señor Smith, un amigo de mis padres desde que eran niños.
        --Nosotros nos vamos ya, señorita Sala --dijo la chica negra, acercandose a ella con sus carpetas y sus libretas--. Muchas gracias por recibirnos.
        Vicky les acompañó hasta la calle, sonriendo, y regresó a su cuarto de trabajo, recordando el buen rato que había pasado con ellos. Le gustaba ver gente que se dedicaba a la misma profesión que su madre y que ella en sus inicios... La chica negra parecía muy seria, muy trabajadora...
        Algo la llamó la atención. Un folleto que había sobre su mesa, ante la pantalla del ordenador. ¿Se lo habían olvidado aquellos chicos? Lo tomó y lo miró.
        --Pero... --musitó atónita.
        Era un folleto informativo de un centro llamado Agrupación de Protección y Defensa de Mujeres Maltratadas. En letras grandes, un aviso informaba: "¡Ni una agresión machista más! Denunciad al agresor".
        --Pero...
     
     
        En el aparcamiento, mientras subía al coche de Sen Tzu, Bigune le tranquilizó de nuevo.
        --No le des más vueltas. ¿Los has instalado?
        --Sí, en los marcos de aquellas fotos de la pared, detrás --contestó Sen Tzu--, pero...
        --Tranquilo. Si algo fuera mal, yo nunca diré tu nombre. Tienes mi palabra. 
        --Espero que sepas lo que haces, porque esto de legal no tiene nada. --Sacó una cajita del bolsillo, la abrió y le tendió el minirreceptor a Bigune--. Aquí lo tienes. Parece un vulgar pinganillo, como los que usan los presentadores de la televisión. Nadie lo verá, y menos si te tapas la oreja con el pelo.
        --¿Estás seguro del alcance? --preguntó Bigune, introduciéndose el minirreceptor en el oído izquierdo.
        --Última generación, última tecnología. Y no te digo el precio para no asustarte.
        --No oigo nada...
        --Claro, la hemos dejado sola en casa, ante el ordenador. Seguramente estará escribiendo. Como se activa cuando habla alguien, hasta entonces no oirás nada. Lo malo será cuando les dé por poner la tele... Y menudo lío, tener esto en tu oído, y seguir con tu vida normal... 
        --No temas, Sen Tzu. Me acostumbraré. Las mujeres, al contrario que los hombres, podemos hacer dos cosas a la vez; así que también podemos escuchar dos cosas a la vez...
        --Quedo impresionado --sonrió Sen Tzu--. Está graduado para que no suene muy alto, de todas maneras, pero lo puedo volver a graduar si lo deseas. Tendrías que quitártelo y en el taller, bajo el microscopio, le doy al chip. Ya me lo dirás.
        --Lo único que me preocupa es el alcance. Vive muy lejos de mi piso, y también de la Escuela...
        --Puedes estar tranquila sobre eso. La potencia está en el chip de los emisores, y llega a casi veinte kilómetros. Sólo tiene que preocuparte el que salgas de Londres. Entonces, perderías la señal de los emisores y tu receptor no recibiría nada... Mientras te muevas en el radio de los veinte kilómetros, oirás todo lo que se diga en la casa.
        --Gracias, Sen Tzu. Gracias de verdad.
        --No tienes que darlas. Pero recuerda que por eso se puede ir a la cárcel. Este emisor y el receptor aún no están comercializados... lo que significa que son más o menos ilegales. Sin hablar sobre lo de espiar a alguien sin autorización.
        --Sé lo que me hago, Sen Tzu. --Bigune puso su mano sobre el brazo del chico--. Te debo un favor. Un favor muy, muy grande.
        Sen Tzu puso en marcha el coche y salieron del aparcamiento.
        --No me debes nada. Recuerda que si no hago el ridículo con mi inglés, te lo debo a ti. Espero que todo acabe bien.
        --Así lo espero yo también --susurró Bigune, apretando las manos en su regazo.
     
     
       Durante el primer año de su convivencia con Ethan, Vicky hubiera deseado tener un niño. Pero no hubo niño. Luego, empezó a tomar anticonceptivos para evitar un embarazo que ya no deseaba se produjera, procurando que Ethan no se diera cuenta de ello. Pero el tema nunca surgió en sus conversaciones. Tener un niño o una niña ya no le producía ninguna ilusión. ¿Y si lo hubiera tenido durante el primer año? ¿Habría sido todo distinto, en ese caso? Entonces anhelaba tener un bebé, ver cómo su vientre crecía, sentirlo dar patadas y moverse en su interior... Luego, una vez hubiera nacido, cuidar de él, verlo crecer, jugar con sus deditos, verlo reírse... Sentarlo sobre sus rodillas, o ver cómo gateaba hacia ella, siguiendola por la casa... Le enseñaría las fotos de su padre y de su madre... Y quizá papá regresara de España para conocer a su nieto, o a su nieta... Pero cuando Ethan empezó a maltratarla, a pegarla, ella comenzó a su vez a temer quedarse embarazada... No quería tener un hijo creciendo en una casa entre arrebatos de violencia. No quería que su bebé viera a su madre golpeada y arrastrada por el suelo. Ella había conocido amor y cariño en su infancia. Su madre fue un ser maravilloso, a quien unos fanáticos asesinos se la arrebataron. Ella quería ser como el recuerdo que tenía de su madre cuando tuviera un bebé del que cuidar, un hijo al que educar. Le daba lo mismo si era niño o niña.
        ¿Y si tener un hijo calmaba a Ethan? No podía ser posible que se atreviera a pegar a la madre de su hijo. No se atrevería a pegarla estando embarazada, poniendo con ello en peligro la vida del niño que llevase en su vientre. Ningún hombre, por muchos arranques de violencia que tuviera, sería capaz de una cosa así.
        Dudando entre una cosa y otra, seguía tomando los anticonceptivos, escondiendo los frasquitos donde él no los viera, aunque lo más probable es que no reparase siquiera en ellos. Pero quería tener un hijo, era una mujer joven a sus apenas treinta años, y quería ser una madre joven para él. Los niños necesitan madres jóvenes, con energía, y si esperaba unos años más... empezaría a acercarse a los cuarenta, y entonces puede que no se atreviera. No podía esperar mucho más. Pero un hijo, en el estado en que Ethan se ponía a veces...
        Quizá cometía un error. Quizá lo acabara lamentando. O quizá el error era lo contrario. Sentada a su mesa de escribir, el frasquito de anticonceptivos en su mano, dudaba. Bruscamente, lo arrojó a la papelera junto con el otro que guardaba en el cajón del escritorio. Lo había decidido: iba a tener un hijo con Ethan. Un hijo lo arreglaría todo. Un hijo era el futuro. Y tras los frasquitos, arrojó aquel extraño folleto que sin duda le había dejado la chica negra... ¿por azar? ¿por descuido? ¿o sabía algo? Su mirada, cuando le dijo aquello de que tenía muy presente lo que sus relatos hicieron por una compañera suya, tenía algo especial... como si la leyera por dentro o le transmitiera un mensaje.
     
     
        Ethan Crissell se sentía algo más optimista. Al parecer, los cretinos del grupo estaban empezando a plantearse en serio grabar un disco nuevo. Habían considerado viejos temas desechados, hablado sobre explorar sonidos nuevos y preparar maquetas... Podía ser que al día siguiente se colgasen de nuevo, pero al menos, y si les seguía dando caña con insistencia, parecían predispuestos a hacer algo.
        Llegó a casa de Vicky de bastante buen humor aquella tarde, pasadas ya las siete, y muy entonado por las rayas y las pastillas que se había tomado al salir de la productora para celebrar que al parecer las cosas iban a ir a mejor. Vicky no se encontraba en su habitación de trabajo, aunque la luz estaba encendida. Ethan se acercó a la mesa de Vicky para anotar algo en una de las hojas para apuntes que había junto al ordenador. Luego decidió que no hacía falta, enviaría un SMS a Gerald, el guitarra del grupo, y arrojó la hoja a la papelera.
        Y vio los frasquitos que había tirados en ella. Y el folleto del centro de asistencia a mujeres maltratadas...
     
     
        Vivian se había empeñado en hacer ella la cena aquella noche, y ahora todas sus compañeras de apartamento se disponían a padecer las consecuencias.
        --Pero, ¿esto es comestible?--preguntó Barbara con cara de asco.
        --Puede que me haya pasado con la sal...
        --Puede que hayas confundido la sal con la pimienta --dijo Doris con mirada maligna--. No sé por qué no podemos alimentarnos sólo con pizza...
        --Si quieres engordar, allá tú --dijo Vivian, de mal humor.
        Bigune exploraba con el tenedor la especie de compota de verduras que Vivian les había servido.
        --No creo que... --empezó a decir, cuando en su oído izquierdo sonó un grito destemplado: ¡¿Qué coño significa esto?! Se llevó una mano a la oreja e hizo un gesto de dolor. No sé qué... ¿Qué es esto, Vicky, qué coño es esta mierda? ¿Por qué registras mis cosas? ¡No son tus cosas, joder! Es tu puta papelera. He tirado un papel en ella y he visto estas pastillas y este folleto, ¡así que dime qué mierda es esto!
        --Bigune, ¿te ocurre algo? Tienes mala cara...
        --No... Creo que tengo algo de dolor de cabeza... --No sé, no es mío... ¿¡Nada!? ¿Nada este folleto? ¿Nada estas pastillas? ¿Me tomas por idiota, Vicky? ¡Son anticonceptivos! ¡Has estado tomando anticonceptivos sin decirme nada! Ethan... te lo puedo explicar, pero no me grites de esa manera...
        Bigune se levantó de la mesa, una mano en la oreja, la otra en la silla.
        --Vivian, has envenenado a Bigune con tu potingue en forma de cena --acusó Doris.
        --Te vas al pedo, ¿vale? Oye, Bigune, no hagas comedia, ¿eh?
        --Perdonad... tengo... tengo que marcharme ahora mismo...
        Bigune se fue del apartamento dejando a sus compañeras estupefactas.
        --Esa tía es rara de cojones --dijo Vivian--. Siempre lo he dicho.
     
     
        Ethan esgrimía los frascos de anticonceptivos en el aire, y las pastillas al entrechocar en su interior producían un sonido casi burlón.
        --¿Por qué has estado tomando esta mierda? ¿Qué es lo que te ocurre? ¿No quieres que tengamos un hijo, es eso?
        --Yo... --Vicky se retorcía las manos, temblorosa, y rodeó la mesa de despacho para interponerla entre ella y Ethan--. Yo no creí que fuera lo mejor tener un hijo tal como estabas estos últimos tiempos...
        --¿Tal como estaba, imbécil? ¿Qué quiere decir eso de "tal como estabas"?
        --No me grites, Ethan. Haz el favor de no gritarme.
        Ethan le arrojó uno de los frascos de anticonceptivos a la cara. Ella lo esquivó con la mano y soltó un gemido.
        --¡Que no te grite, estúpida! ¡Impides que tengamos un hijo y dices que no te grite!
        --¡No podemos tener un hijo contigo golpeándome cuando te pones de mal humor! ¡No podemos, Ethan, no podemos!
        --¡Eres una imbécil egoísta, Vicky! ¡Pensando sólo en ti, en ti y en nadie más! No preguntaste siquiera si yo quería que tuviéramos un hijo...
        --No pensaba en mí, pensaba en el bebé...
        --Ya. --Ethan lanzó una risotada sarcástica, tiró el otro frasco al suelo y agitó el folleto--. ¿Y esta puta mierda qué es? ¿Eh?
        --¡No lo sé! Estaba esta mañana sobre la mesa, no sé cómo...
        --¡Ah, mira! Ha surgido de la nada, ¿verdad? Ha caído del aire, ¿es eso?
        --No. Una chica que vino para entrevistarme se lo debió de olvidar...
        --Oh, claro. Se le olvidó. ¿Me tomas por estúpido, Vicky?
        --No me grites...
        --¡Sal de detrás de la mesa!
        --¡Déjame! ¡Vete!
     
     
        Bigune iba montada en su moto a toda velocidad hacia la casa de Vicky Sala. Mientras bajaba las escaleras del apartamento había llamado por el móvil a Linda Evanston, la mujer del Departamento de Inmigración que había conocido tres años antes, aquella Navidad. Le salió el buzón de voz, y tuvo que conformarse con dejar el mensaje.
        --Señorita Evanston, soy Bigune. Necesito que me haga un favor, pero no le puedo explicar el porqué ahora. Envíe un coche de policía al 35 de Swynbourne Street con urgencia. Que esperen abajo, en la calle.
        No rezó, porque Bigune no creía en ningún dios, pero interiormente suplicaba llegar a tiempo, o al menos que no ocurriera nada irreparable. En su oído izquierdo, el minirreceptor que le diera Sen Tzu le llevaba las voces de la pelea que sostenían Vicky Sala y Ethan Crissell.
     
     
        --No eres más que una puta cría --dijo Ethan, mirándola con desprecio--. Das pena. Tu padre te dejó plantada a medio formar...
        --¡No te metas con mi padre! ¡Ni se te ocurra mencionarle! --gritó Vicky--. ¡Ni se te ocurra!
        --Te voy a dar de hostias hasta dejarte morada, imbécil. ¿Así que corriendo a buscar ayuda de un montón de lesbianas, no? ¿Contándoles mentiras sobre mí, no?
        --No he contado nunca a nadie cómo me tratas, ni los golpes que me das...
        --Te doy lo que te mereces cuando me haces perder la paciencia. Has querido echarme de casa, has insinuado que nos separásemos, ¿y  quieres que no te ponga la mano encima? ¡Corro con los gastos de casa porque tú no haces otra cosa que sentarte ante el ordenador y no escribir nada! ¡Ven aquí!
        --¡No, suelta, suéltame! ¡Socorro!
        --¡Cállate, joder, cállate o te mato! ¡Hacerme esto a mí! ¡Bastantes problemas tengo como para aguantar encima tus histerismos!
        --¡Déjame salir, quiero salir!
        --¡No me calientes, Vicky, o te echo patadas abajo por las escaleras!
        --¡Es mi casa, no puedes hacerlo! ¡Vete tú!
        --¡Puedo hacer lo que me dé la gana con una inútil como tú! ¡Una escritora que no escribe, que se limita a calentar la silla con el culo!
        --¡Prometiste que no volverías a pegarme!
        --¡Sí! ¿Y qué has hecho tú? Engañarme y tomar anticonceptivos sin decirme nada y reunirte con golfas que te han calentado la cabeza contra mí. ¡Suelta ese cenicero!
        --Ethan, por favor, no te me acerques...
        --Te he dicho ¡que lo sueltes, puta!
        --¡No, no, no! ¡Basta, Ethan! ¡No, por favor! ¡Socorro! ¡No!
        --Eso, grita a ver si vienen a ayudarte las que te han dejado el folleto. ¡Anda!, puta. Cuéntales que tomabas pastillas para no quedar embarazada y te lo callabas. ¡Diles eso, retrasada!
        --¡Basta, Ethan! ¡Me haces daño!
        --Te doy lo que te mereces. ¡No huyas!
     
     
        Bigune llegó ante el número 35 de Swynbourne Street y frenó la moto. Un coche de policía acababa de aparcar frente a la casa y los dos agentes descendieron, mirando alrededor con aire perplejo, esperando a alguien que les explicase qué se suponía habían venido a hacer aquí. Bigune respiró con alivio, y casi al momento sonó su móvil. Miró la pantalla y vio que era Linda Evanston, pero ahora no se veía preparada para explicarle lo que ocurría. Estaba bajando de la moto cuando oyó un grito terrible encima suyo.
        --¡Jerry, mira eso! --dijo uno de los policías a su compañero, señalando hacia arriba.
        Bigune alzó la cabeza y se quedó helada y con el corazón encogido ante lo que vio.
     
     
        Vicky estaba aterrorizada como nunca antes cuando Ethan se ponía violento con ella. Había algo extraño en su mirada, algo que alguna vez había visto en los momentos de más violencia, pero ahora incrementado. Tenía el convencimiento de que la iba a matar. Había sido un error deshacerse de las pastillas tirándolas a la papelera. ¿Por qué no las echó a la basura?
        Ethan estaba descontrolado. La mezcla de estupefacientes y el descubrimiento del engaño de Vicky le habían sacado de quicio. Hacerle eso precisamente cuando todo iba a arreglarse, cuando sus problemas parecían a punto de terminar... esa cría imbécil a medio formar necesitaba una buena lección, e iba a dársela. Necesitaba aprender a ser responsable de una vez.
        Vicky dio una patada a una silla para interponerla entre ella y Ethan, pero él la apartó de un manotazo. No podía escapar del salón porque él se interponía, así que sin ni pensar en lo que hacía, loca de pánico, corrió a la ventana que daba a la calle y la abrió, saltando a la cornisa que circundaba el edificio. Ethan corrió hacia ella, la mano extendida. Vicky chilló aterrorizada.
        --¡No! ¡No! ¡Vete! ¡Déjame!
        --¡Entra aquí, descerebrada! ¡Te vas a matar! --gritó Ethan.
        --¡Tú, tú me vas a matar! ¡Socorro! ¡Socorro! --chilló a la noche--. ¡Quiere matarme!
        Vicky dio un paso atrás para evitar la mano de Ethan, pero atrás no había nada, sólo el vacío. Cayó a la calle.
     
     
        A Bigune le pareció que el mundo se había detenido. Veía caer hacia ella el cuerpo de Vicky Sala. Su mente dio un salto al pasado y le pareció estar en aquella explanada africana, nueve años atrás, cuando huía del coronel Mblaga creyendo que la iba a matar y apareció caído del cielo aquel helicóptero y aquella mano tendida --la mano de aquel hombre, Héctor--, y ella dudó antes de cogerla, asustada, aterrada, creyendo morir. "¡Vamos, sube!", le dijo él. "¡Sube!"
        Y Bigune extendió los brazos.
     
     
        --Jesucristo bendito, Jerry... Si no lo veo, no lo creo... --musitó el policía, mirando los dos cuerpos tendidos en la acera.
        --Vamos, Artie, ya he avisado. Subamos arriba y cojamos a ese tipo que había en la ventana antes de que se nos escape.
        Los dos policías entraron en la casa y subieron escaleras arriba, aporrendo la puerta del piso donde un Ethan sobrecogido estaba tendido en el suelo, asustado por lo ocurrido.
        Abajo, en la calle, sonaba el móvil de Bigune, pero Bigune no pensaba ahora en contestar ni podía hacerlo. Abrazada a Vicky Sala, con los ojos cerrados, el cuerpo dolorido, los brazos posiblemente rotos, sólo escuchaba una cosa: la respiración de Vicky. Y eso significaba que estaba viva. También oía sus sollozos asustados. Y eso significaba que estaba viva. Su corazón latía junto a su oído derecho. Y eso significaba que estaba viva. La apretó un poquito más contra sí, pero el cuerpo le dolía y los brazos lanzaron rayos de dolor a su cerebro. Su oído izquierdo le seguía llevando ruidos dentro de la casa de Vicky, pero ya no le interesaba lo que ocurriera en ella. Oyó la sirena de una ambulancia que se iba aproximando. Venían a por ellas. Le hubiera gustado levantarse y decirles que estaban bien y vivas, pero sentía dolor por todas partes y no podía moverse. Cerró los ojos. Vicky respiraba, sollozaba, sus lágrimas bañaban las mejillas de Bigune y su corazón latía.
        Bigune se sumió en la oscuridad.
     
    FIN.
     

    January 10

    BIGUNE HACE UNA VISITA Y UNA PROMESA


    (serie: Bigune - 5)
     
    (c) 2007 by J.C. Planells
     
        
        Bigune contemplaba extasiada cómo las olas rompían suavemente contra las rocas que veía allá abajo, encabalgadas de espuma, mientras oía el rumor manso del mar teñido de azul y oro por el sol. Aferrada al muro bajo de piedra que bordeaba la terraza, miraba a uno y otro lado, hacia las dos muros de roca que marcaban los límites de la cala sobre la cual se elevaba el chalet.
        --¡Esto es maravilloso! --dijo, entusiasmada.
        --¿Es que no había visto nunca el mar? --preguntó el hombre a su espalda.
        Bigune se volvió para mirarle. Sentía en el rostro el sabor de la sal marina que le arrojaba el aire, o al menos, le parecía sentirlo.
        --La primera vez que vi el mar, tenía casi quince años e iba en un helicóptero. Entonces, lo tomé por otro cielo. Ahora que vivo en una isla, porque Inglaterra es una isla, sé que está ahí, pero no lo veo. Lo cierto es que es la primera vez que lo veo tan de cerca. Casi parece que pueda tocarlo.
        --Mejor que eso: puede bajar a la cala y bañarse, si lo desea. O mojarse los pies.
        Bigune rió. De manera extraña, se sentía casi una niña a sus veintitrés años, quizá porque su infancia fue breve y nada alegre.
        --Gracias, pero no he traído bañador ni nada parecido.
        --De todas maneras, hágalo. Lo de bajar abajo y mojarse los pies en el agua. Una vez lo haya hecho, podrá decir que ha vivido de verdad.
        Bigune sonrió de nuevo y volvió a mirar el mar. El taxi que la había llevado desde el pueblo donde la dejó el tren hasta el chalet fue recorriendo la línea costera y pudo ver así las calas y el mar, pero la visión desde aquella terraza era mejor aún; podía verlo y sentirlo y olerlo.
        --En cierta manera, comprendo que se haya refugiado aquí... Yo haría lo mismo, ¿sabe? Londres es tan...
        --¿Brumosa? --sugirió él.
        Bigune asintió.
        --Sí. Llueve con frecuencia, hay niebla, poco sol... Es que en África, en mi país, había tanto sol... Ahora ya estoy acostumbrada, pero... esto es precioso.
        --Lo comprendo. A mí me ocurría lo mismo al poco de llegar a Londres, pero me acostumbré pronto, aunque sentía la añoranza de la Costa Brava... De todas maneras, hoy todos los pueblos de la costa ya no son como cuando yo era muy niño... Están irreconocibles. El turismo los cambió. Pero aquí, en este chalet, uno no se entera de nada y puede imaginarse que todo sigue casi como antes.
        Cuando Bigune recorrió el chalet siguiendo a su anfitrión, observó algo extraño; hasta un rato más tarde no cayó en lo que era: no había fotografías en ninguna parte, ni enmarcadas sobre los muebles ni colgadas en las paredes. Había unos pocos cuadros, no muy buenos, que sin duda pertenecían a algún anterior propietario. También se veía un mapa de Cataluña, muy antiguo por lo visto, pero no había nada que diera un toque humano, cálido, al lugar. Estuvo dando vueltas a la manera de preguntarle sobre aquello a su anfitrión.
        Finlmente, cuando estaban sentados a la mesa comiendo lo que él mismo había preparado para su invitada, se lo preguntó con cierta timidez.
        --No veo fotografías ni retratos de usted o de otras personas en la casa... ¿Las guarda en su dormitorio?
        --No. No hay fotografías en esta casa. No las habrá nunca. --Él hablaba sin levantar la mirada del plato del que estaba comiendo--. No deseo ver recuerdos de mi pasado.
        --Pero... pero es bonito ver las caras de las personas que...
        --No --la interrumpió él con firmeza--. No es nada bonito. Es muy doloroso.
        Bigune no dijo nada. Durante unos instantes, siguieron comiendo en silencio. Luego, él habló de nuevo.
        --Vine aquí para olvidar, tras la muerte de mi querida esposa. Trato de olvidar día a día, semana a semana. Ver imágenes del pasado no serviría para nada.
        --No puede ser bueno vivir encerrado en uno mismo... --dijo ella, con suavidad.
        --Mi vida acabó con la de mi esposa. Nada me retiene ya en este mundo.
        --¿Y su hija? --dijo Bigune, sintiendo en su interior un fuerte desasosiego, casi temor ante la manera tajante en que había despachado el tema.
        --Mi hija ya es mayorcita y tiene su vida propia. Escribe historias para chicos y chicas, le va muy bien. No me necesita.
        --La vi una vez, cuando llevaba poco más de un año en Londres. Me firmó uno de sus libros para una amiga..., aunque yo no sabía quién era. Me enteré luego, al leer la contraportada del libro. Su cara me recordaba a alguien, y después me di cuenta de lo mucho que se parecía a su esposa... --terminó Bigune en voz baja.
        El hombre asintió.
        --Se parece demasiado. De chiquilla, era una copia exacta de Sandra cuando era niña. Eso me dolía tras la muerte de mi mujer..., ese parecido. Por lo demás, mi hija debe vivir su vida, como hacen todos los hijos, y yo terminar la mía.
        --No diga eso --dijo Bigune, desolada--. Suena horrible.
        --Suena como ha de sonar --replicó él con tenacidad--. Tuve una esposa, ya no la tengo. Murió. Me la mataron el 11 de septiembre de 2001. Sé quiénes son sus asesinos, pero no sirve de nada. A mí me mataron con ella.
        Bigune no dijo nada durante un rato, en que comió silenciosamente. Luego, preguntó:
        --¿No viene nadie a verle?
        --Viene una señora para limpiar una vez por semana, y a veces alguien del pueblo me trae algo que pueda necesitar, si les llamo o paso a avisarles. Esas son todas las visitas que permito. Quiero vivir aislado y en paz. No quiero que venga nadie a verme ni a compadecerme. Veo el mar, pienso en mis cosas, trato de olvidar, no lo consigo. A veces escribo un poco. Mantengo un cierto contacto con mi agente y mi abogado en Londres, y ellos se encargan de mis asuntos. Tengo pocos gastos. No necesito más ni necesito a nadie.
        --Esto no es vida, señor...
        --Mire --la interrumpió él--. Es la que he elegido. --Hizo una pausa--. ¿Usted sabe lo que era quedarse mirando el dormitorio de la casa en que vivíamos, sabiendo que en aquella cama iba a dormir yo solo el resto de mi vida? ¿Que ya no habría más llamadas suyas cuando estaba fuera, en alguno de sus viajes, para decirme lo que hacía y lo que dejaba de hacer? ¿Que ya no... --la voz se le quebró--... que no volvería a reñirme si a veces me mostraba descuidado sobre algo de la casa? --Se pasó una mano por la frente--. Se da cuenta, señorita... Oh, he olvidado ese apellido tan largo que tiene...
        --Llámeme Bigune, como todo el mundo.
        --¿Se da cuenta, Bigune, de que echo de menos incluso que me riñera a veces por torpe? --Respiró hondo--. Ni siquiera me pudieron entregar su cadáver... su cuerpo... Seguramente era un montón de cenizas allá, en lo que los neoyorquinos llamaron la Zona Cero...
        --Por favor...
        --Puede que sus cenizas aún floten sobre la ciudad, qué sé yo... O puede que se metieran en la nariz de alguien aquel día o durante los días siguientes... Puede que Sandra esté repartida dentro de a saber cuántas personas...
        --Pero los años han pasado --le dijo Bigune, casi desesperada--. Ya hace diecisiete años desde que ocurrió lo del 11 de septiembre... Yo era tan niña que ni me enteré... El tiempo cura, cicatriza las heridas...
        --Eso está bien para la literatura, Bigune. Yo me dedico a la literatura, pero no la practico en mi vida diaria. Mi cicatriz sigue abierta y sangrando. Y duele.
        Tras la comida, Bigune se empeñó en ayudarle a lavar los platos, aunque su anfitrión quería hacerlo él solo. Finalmente, acordaron que él los lavaría y ella los secaría con el trapo que le dejó.
        --Soy incapaz de usar un lavavajillas --explicó él--. Soy tan torpe con los electrodomésticos... Ésa es otra de las cosas que mi mujer me reprochaba en ocasiones. Ella aprendía el manejo de cualquier trasto con sólo echar un vistazo a las instrucciones. Yo era incapaz de descifrarlas siquiera. "¿Seguro que están escritas en inglés?", le preguntaba a veces, medio en broma, medio en serio. "Pero qué espeso eres cuando te da la gana", me decía mirándome por encima de las gafas que se ponía para leer. En esos momentos parecía la niña cabezona que era de pequeña...
        --De usted no se sabe mucho --dijo Bigune--. He echado un vistazo a su biografía en internet, pero los detalles son muy vagos... Nació en España, se vino a Londres de niño, al parecer... Todo es un poco confuso. Luego, cuando tenía unos veintisiete años, estrenó su primera obra en el teatro y se convirtió al poco tiempo en un dramaturgo de éxito.
        --Pues no espere que yo le cuente mi vida y milagros. El pasado de las personas puede ser un tesoro sin valor para los demás. El mío está olvidado.
        --Doralí me dijo que... bueno, habló como si usted hubiera vivido tiempos interesantes...
        Por primera vez, Bigune le vio reírse un poco.
        --Vaya, esto se dice como una maldición y se refiere al futuro: "Ojalá vivas tiempos interesantes". Por cierto, muy insistente su amiga Doralí Pérez; mareó a mi agente y a mi abogado para que accediera a verla a usted... --Miró a Bigune de manera significativa--. Sé que Doralí Pérez visitó a mi hija hace tres años y estuvo hablando con ella para pedirle permiso para usar el nombre de mi mujer en esa fundación para huérfanos y refugiados de guerra, que, casualmente, tiene su sede central en su país, Bigune... Sé que Vicky se lo dio, y que Doralí Pérez trató de contactar conmigo para lo mismo, pero yo me hice el sordo. Mi hija ya había dado el permiso, no necesitaban confirmarlo conmigo; así se lo dije a mi abogado. Tampoco iba a oponerme a ello. Es extraño. --Se quedó pensativo, sosteniendo un plato enjabonado en la mano, mientras Bigune aguardaba que lo enjuagase y se lo pasara para secarlo--. La central de la fundación está en su país, Bigune, y me pregunto qué relación tiene eso con usted y con su visita... Qué relación tiene usted con esa Fundación Sandra Lane...
        Bigune sintió que el calor afloraba a sus mejillas. Gracias a su piel negra, no podía ponerse colorada como le ocurría a los blancos.
        --Yo... --empezó a decir--... A veces les asesoro ocasionalmente en algunos temas si me lo preguntan...
        --Pues debe de ser un asesoramiento de alto nivel, por así decir, puesto que Doralí Pérez no paró de insistir hasta que accedí finalmente a que usted viniera a mi casa, aquí en la Costa Brava. Hum y rehúm, como diría mi... un amigo. La Fundación ya lleva en marcha tres años, ¿no? ¿Qué es lo que espera usted, Bigune? ¿Escribir mi biografía o la de mi esposa?
        --No, no señor --repuso Bigune, sinceramente--. No he pensado en hacer eso... De ella se sabe mucho gracias a sus reportajes, sus artículos, sus libros... Habría gente mucho más preparada que yo para hacerlo. Yo... yo quería verle para estar segura de que usted estaba conforme con lo de... con la Fundación Sandra Lane para Huérfanos y Refugiados de Guerra. Con lo de que lleve el nombre de su esposa. Es que no estaba tranquila sin saber que usted lo aprobaba de verdad, aunque su hija hubiera dado todos los permisos...
        El hombre la miró algo perplejo.
        --¿Usted no estaba tranquila? --dijo.
        Bigune se sintió incómoda, como si hubiera metido la pata en cierta forma al decir aquello.
        --Cualquiera diría que es usted la dueña y señora de la fundación... --dijo el hombre, pasándole un plato para que lo secara.
        --Claro que no, vaya idea...
        --Puede que no lo sea, pero yo diría que es algo más que una asesora ocasional... Oh, no me importa. Me parece muy bien lo que hacen, y sé que mi esposa estaría contenta y orgullosa... Aunque le hubiera gustado conocer a ese misterioso donante anónimo capaz de desprenderse de semejante fortuna de una manera tan rumbosa... Al parecer, nadie sabe su identidad, y supongo que usted tampoco la sabrá...
        --Qué voy a saber yo --dijo Bigune con voz opaca.
        --Bien, en todo caso..., en todo caso estará tranquila ahora respecto a mi aprobación al nombre de la Fundación Sandra Lane, señorita Bigune Asesora Ocasional. Bueno, hemos acabado con los platos. Vayamos a sentarnos al salón.
        El salón tenía un ventanal por el que se podía salir a la terraza. El hombre dijo, una vez estuvieron sentados ante él:
        --Se puede bajr a la cala por un camino que hay a la izquierda del chalet. Se lo mostraré luego, y espero que haga lo que le dije, que se bañe los pies en el mar...
        --De acuerdo, lo haré --dijo Bigune, sonriendo.
        --Bien, así que usted estudia periodismo... ¿Cuánto le falta para acabar la carrera?
        --Si mi trabajo de semestre es aprobado, apenas un año. Si no, dos.
        --¿Y qué tema ha escogido?
        --Un trabajo sobre el racismo.
        --Diantre. --El hombre alzó las cejas--. Sí que va fuerte usted...
        --Pues espere a que mi profesor, Donald Taylor, lo vea. Es negro como yo, pero en el fondo es un racista también. Se pasó mi primer año en la Escuela de Periodismo diciéndome que como soy negra, los blancos me tratarán poco menos que como a una inútil..., que no llegaría a nada en la vida. Bueno, parece que él sí ha llegado pese a todo...
        --Es que al juego del racismo pueden jugar todos... Yo siempre digo lo mismo: soy daltónico.
        Bigune sonrió. Recordó que la señorita Simmons le había mencionado esta frase del marido de Sandra Lane, cuando le preguntó qué pensaba del racismo. Volvió a mirar el mar, no se cansaba de verlo.
        --Comprendo que le guste vivir aquí --dijo--. Pero sigo pensando que no debería aislarse del mundo como ha hecho desde... desde la muerte de su esposa.
        --Londres se volvió inhabitable para mí. O huía, o me volvía loco. Aquí me parece vivir una segunda vida, como si yo fuera otra persona que no recordase su pasado. Bueno, esto es bastante difícil, ¿sabe? El puñetero pasado nos acompaña como si fuera nuestra sombra, y no hay manera de dejarlo atrás por mucho que corras... Pero aquí el tiempo es otro, el clima es otro... El paisaje...
        --¿Y escribe?
        --Pues no tengo muchas ganas --dijo, encogiéndose de hombros--. En ocasiones, recorro en coche los pueblos de alrededor, costa arriba, costa abajo, y luego escribo mis impresiones. Puede que acaba convirtiéndolo en una especie de libro de viajes o algo así. Algunos de los pueblos y playas que visito los recuerdo de mi niñez, de antes de ir a Londres, y desconcierta ver lo cambiados que están... Recorro carreteras tirando a malas, y con un poco de suerte, me la acabaré pegando contra un árbol.
        --No diga eso...
        --Es broma, muchacha. Mi sentido del humor. --Hubo un rato de silencio, que él rompió--. Siempre he pensado que eso, el humor, nos salva de volvernos locos por completo; es la mejor terapia. Un hombre, o una mujer, que carezca de él, está perdido: acabaría tarumba. De hecho, creo que las personas sin sentido del humor, o que no ríen nunca, no son de fiar. Me da la impresión, vaya, de que media humanidad ya está bien loca, porque no se ríen ni que les maten. --Echó una rápida mirada a Bigune--. Me da la impresión de que usted no se ríe mucho...
        --Tiene razón --admitió Bigune, mirando al suelo por un instante--. En mi vida no ha habido lugar para la risa... No suelo reírme, ni bromear.
        --Hace mal. Es usted joven, y, permita que se lo diga, guapetona. A mi edad le puedo decir esto a una chica porque ya sabe que no corre peligro conmigo.
        Bigune se rió.
        --¡Qué cosas tiene usted!
        --Es la verdad --sonrió él--. Y me gusta que se ría. Aún está más guapetona. Y sí, pienso que tiene usted razón en lo que ha dicho. Sin duda, en su vida no ha habido muchos momentos alegres..., ni ha tenido motivos para ser feliz. Pero estoy seguro de que ahora sí puede serlo.
        --Soy razonablemente feliz --admitió Bigune.
        --Pues eso es mucho ya. Yo he conocido a montones de personas que eran irrazonablemente felices, lo que equivale a decir que eran idiotas declarados. Basta a veces con escuchar según qué conversaciones cretinas en bares, restaurantes u otros sitios... La gente llama felicidad a permitirse cuatro caprichos, o cuarenta, a llevar a cabo cualquier deseo estúpido o innecesario. La verdadera felicidad es más simple. Es levantar la vista de lo que estás haciendo y ver a la persona que amas al otro lado de la habitación, y que ella levante la vista al mismo tiempo de lo que esté haciendo y te mire y sonría. Ya ve qué sencillo.
        --Es cierto.
        --Pero ahora, cuando levanto la mirada... ya no hay nadie al otro lado de la habitación. Sólo veo muebles, paredes... --Meneó la cabeza--. Ya no hay nada. --Respiró hondo--. Bien, jovencita, ha llegado el momento de que baje a la cala y ponga esos pies dentro del agua del mar...
        Salieron de la casa y dieron la vuelta por la izquierda, encontrando un caminito que descendía de manera pronunciada hacia la cala. El hombre abría el camino, y en ocasiones había que agarrarse a una rama o a una roca. Finalmente, llegaron a la cala: un espacio arenoso entre dos rocas montañosas. El hombre señaló el mar, que besaba mansamente la arena, y Bigune, obediente, se quitó el calzado y se acercó al agua, metiendo los pies en ella.
        --¡Está muy fría!
        --Es la primera impresión. Deje que el mar juegue con sus pies.
        Bigune chapoteó y rió como una niña, como la niña que apenas fue en África, una niña que casi no conoció la infancia.
        --He de pedirle un favor, Bigune --dijo el hombre.
        Ella le miró, y él se acercó hasta donde alcazaban las olas.
        --Escuche... Creo... Creo que en usted hay algo especial. No tengo ni idea de lo que es, pero usted no es una chica corriente. Su visita me lo demuestra. Por eso le quiero pedir una cosa.
        --¿Qué es?
        El hombre esperó unos momentos antes de hablar, mirando hacia el mar, hacia las olas que acariciaban los pies de Bigune, hacia la línea del horizonte donde un barco parecía ir a perderse.
        --Mi hija --dijo finalmente--. Tengo serios motivos para pensar que Vicky está en un conflicto tremendo. Ella no me ha dicho nada las pocas veces que hablamos, por navidades o compleaños... Pero... un padre sabe las cosas a veces sin necesidad de que se las digan... Sé que algo no va bien e su vida. Vicky es una chica lista, inteligente... Ya sabe usted que es escritora, me ha dicho que la vio una vez... Pero me temo que estos últimos años anda desorientada sentimentalmente. Yo... --Respiró hondo--. Yo... tengo motivos para sospechar que el hombre con el que vive desde hace tiempo la maltrata. La pega. --La palabra se le rompió al pronunciarla. Apartó la mirada de Bigune y la clavó en el horizonte--. Yo no puedo hacer nada. Y sé que si su madre no hubiera muerto, nada de eso le habría ocurrido.
        --¿Está seguro de... de eso que dice le ocurre? --susurró Bigune.
        Él afirmó con la cabeza.
        --He... he captado rumores a veces sobre ese hombre con el que vive. Cosas musitadas, insinuadas. Basta con eso para temer lo peor. --La miró, implorante--. Bigune, se lo ruego. Averigüe lo que le pasa a mi hija y... y vea si puede hacer algo...
        --Se lo prometo, señor Sala. Le doy mi palabra de que si su hija está en... dificultades, yo lo solucionaré. Esté tranquilo.
        --Gracias, Bigune.
        --Yo le debo en parte algo a su esposa --dijo ella, mirando al horizonte, donde el barco ya había desaparecido--. Ella influyó en ciertas personas, y esas personas me ayudaron. Ahora es mi turno de devolver favores.
        --Creo que ese favor ya lo devolvió hace tres años --sonrió él.
        --No entiendo...
        --Claro que lo entiende. Cierto... amigo..., que hoy está en una residencia de ancianos, sumó dos y dos y le salieron cuatro. Bueno, él siempre fue mucho más listo que yo. Me dijo que debía recibirla, y no me pregunte cómo supo que usted quería verme. Creo que adivinó que le pediría ese favor, y que usted aceptaría.
        --Por supuesto que acepto.
        --Y yo se lo agradezco.
        Él le tendió la mano y ella se la estrechó. Se miraron a los ojos durante unos instantes.
        --Debo volver a Londres --dijo Bigune, finalmente--. Si su hija me necesita, debo volver cuanto antes.
     
     
    FIN.-
     
     (Nota: el próximo episodio, "Bigune al rescate", aborda el tema de la llamada violencia doméstica, o violencia contra la mujer.)

    January 09

    AUTORES OLVIDADOS (32). AXEL MUNTHE: Un libro excepcional

    (c) 2006 by J.C .Planells
     
     
    Parece que el tiempo está relegando al olvido, o lo ha hecho ya, a uno de los libros más famosos y vendidos del siglo XX. Me refiero a La historia de San Michele, obra del doctor sueco Axel Munthe (1857-1949). ¿Novela? ¿Autobiografía? ¿Fantasía biográfica? Es difícil definir este libro, puesto que parece como empeñado en rehuir cualquier clasificación. El impacto que produjo a su aparición en 1929 fue enorme, y las ediciones se sucedieron sin parar. Cabe decir que aún está disponible en el mercado en una edición de la Editorial Juventud, con fotografías del lugar y del autor, y también en edición de bolsillo sin ilustraciones; pero ya no es obra de comentarios como décadas atrás, y es difícil pensar que nuevos lectores lo descubran hoy día. Incluso se filmó una película en 1962 basada en algunos de los acontecimientos narrados en el libro, con el mismo título y protagonizada por el actor entonces de moda en el cine alemán, O. W. Fischer.
    ¿Cuál es el secreto de este libro? Es difícil de decir. Mi primer contacto con él fue en una espléndida versión radiofónica que me incitó a correr a comprarlo (la radio de los años sesenta no sólo vivía de los seriales lacrimógenos, como creen los indocumentados, sino de adaptaciones de buenas obras literarias, como ésta misma, por ejemplo). A continuación devoré con ansia este libro (no puedo llamarlo novela, porque no lo es, ni autobiografía, porque lo narrado es demasiado increíble), un libro que sumerge en un mundo de fantasías cotidianas, de irrealidades del alma, de lo anodino del discurrir de la existencia, y de lo inesperado que en la existencia misma puede llegar a ocurrir, de cómo la rutina se convierte en algo inefable. De él se dijo, en frase de contraportada, que "puede suministrar argumentos para sus historias durante más de sesenta años a los novelistas más fantasiosos". Es frase rebuscada, exagerada, pero algo de cierto hay en ella, pese a todo. Lo que ocurre es que la vida del doctor Munthe en San Michele tiene cierto sabor a libro escrito a la luz de un quinqué en estancia cerrada y para el propio placer, recordando momentos que no se han de volver a vivir. Y es cuando se escribe de esa manera que la literatura se vuelve mágica. Es un libro que no debería ser olvidado.
    Años más tarde, se publicó un libro del doctor Munthe en Plaza y Janés, titulado Lo que no conté en la historia de San Michele. Libro brevísimo y perfectamente olvidable, sin relación alguna con su obra magna.
     

    January 08

    SHARK: Sólo James Woods

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    La serie policiaca Shark,de la cual la Sexta ha emitido últimamente su primera temporada, no creo que haya levantado muchas pasiones. Como ya comenté en otros artículos sobre series policiacas de televisión, el interés que puedan generar en el espectador se basa principalmente en dos premisas: 1): la fuerza de las historias que se narran; y 2) el carácter peculiar de los detectives o protagonistas. Al primer apartado pertenecerían CSI Miami y CSI Nueva York (pero, curiosamente, no CSI Las Vegas, la que inauguró esa franquicia y logró notable popularidad). Al segundo, series como The Closer y Monk, si bien no pocas veces son encuadrables en el primer apartado (ofrecen muchas historias notables), lo cual no se puede decir de los CSI: sus personajes no interesan casi nada.
    Shark se sitúa en una tierra de nadie: las historias no son muy originales (huelen a refritos de mil y una series) y el personaje principal, el fiscal Stark, no ofrece peculiaridades demasiado notables. Los teleadictos lo consideran una versión policial de House, pero como no he visto ningún episodio de esa serie ignoro si es verdad o no. En todo caso, es más que evidente que el fiscal Stark es el centro en torno al que giran todos los episodios, y para ello se le nutre de réplicas sarcásticas, agudas, cínicas, y de maniobras en el tribunal que rozan lo ilegal. Pero todo ello de nada serviría si el personaje no estuviera encarnado por James Woods: un actor de primera para sostener él solito todo el episodio, toda la serie (el resto de personajes son vacuos e inexistentes). Y ciertamente, Woods se emplea a fondo para amenizarnos la velada y que permanezcamos atentos a la pantalla; su modo de interpretar ("eléctrico", lo calificaron hace años) es lo único visible. Por lo demás, resulta fácil imaginar que con otro actor en el papel ya hubiéramos borrado la serie de nuestra programación. 
     
    January 06

    GALERÍA DE MUJERES (29). PATRICIA HIGHSMITH: Fuga del paraíso

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
    Patricia Highsmith nació en 1921 en Texas y murió en 1995 en Suiza. Hay una considerable distancia no sólo geográfica, sino cultural, social, ideológica, artística y de abolengo entre Texas y Suiza. Como se sabe, Texas es uno de los estados más conservadores de Estados Unidos, y allí se libró la batalla del Álamo, que curiosamente hoy sirve como alusión a quienes se mantienen en sus posiciones más reaccionarias y retrógradas en el plano ideológico o cultural. Es muy extraño esto, puesto que los defensores de El Álamo lucharon por su independencia y contra el general Santa Anna, desdichado, infeliz y nada brillante personaje de la historia de México, al que casi se convierte por tanto en positivo al aludir a "El Álamo" como ejemplo de reaccionarismo y posiciones ultraconservadoras. Todo esto es muy extraño, como digo, pero ya se sabe que hay mucha gente que suele hacerse la picha un lío con todo: Numancia, polacos, El Álamo... mucho burro indocumentado anda suelto por el mundo sin saber que lo es (y eso es muy triste, porque con el saber se cura la tontería). En cuanto a Suiza, es un pequeño país tranquilo y antiguo de la Europa más apacible y ejemplar; lo dijo muy bien Orson Welles: lo más emocionante que ha pasado en Suiza durante 500 años es la invención del reloj de cucó. Y es totalmente cierto.
    Así, entre pistoleros, reaccionarios, petroleros, relojeros, la familia Trapp, vacas y esquiadores pasó las distancias de su vida la escritora Patricia Highsmith. Por su parte, se dedicó a cometer crímenes impunes literariamente, es decir, a la novela criminal y en obras donde los asesinos solían salir muy bien librados las más de las veces (no sólo el Tom Ripley de varias de sus novelas, sino otros también) y los inocentes se metían en marañas enrevesadas e insidiosas que les hacían aparecer culpables de todo; la psicología de sus personajes era retorcida a más no poder, seres caóticos en un mundo ordenado que se empeñaban en desordenar para acomodarlo a su manera de ser o acomodarse a él lo mejor posible, viviendo en sus paranoicas fantasías. El resultado era siempre el caos absoluto y el fin de la tranquilidad.
    Incómoda con su país, Patricia Highsmith se largó a Europa en 1963 y ya no volvió nunca a Estados Unidos. Tenía sus razones. No se podía vivir muy cómodamente entonces en su país, siendo como era ella una lesbiana masculina activa, a la que desagradaban muchas de las cosas que veía cotidianamente. La violencia era solamente interna en su ficción, una violencia psicológica, por así decirlo; sus novelas son claramente masculinas, y eso no es un defecto: Patricia era como era, incómoda con su condición de mujer, amante de las mujeres y admiradora de los comportamientos masculinos; consideraba que los hombres llevaban una vida muy activa y eran quienes mueven el mundo y hacen cosas interesantes, mientras que la mujer era un ser pasivo que no hacía nada y su vida era aburrida y vulgar. Lo decía tal cual en las entrevistas y, naturalmente, las feministas se enfurecieron con ella; para celebrarlo escribió unos Pequeños cuentos misóginos a fin de que se enfurecieran un poquito más. Lo hicieron; no podían tragar a una lesbiana masculina activa porque les rompía los esquemas y daba mala impresión de la mujer. A Patricia Highsmith la amaban sus lectores (bueno, los lectores que la amaban: Raymond Chandler la detestaba) pero incomodaba a las mujeres por el papel ridículo, casi decorativo y claramente inferior que les otorgaba en sus obras. Era inevitable. Ella se sentía más hombre que mujer y admiradora antes de los hombres que de las mujeres, que sólo le interesaban como compañía sexual o para mantener una relación afectiva, siempre dura y dificil. Hubo muchas mujeres en su vida, y varias de ellas inspiraron personajes o situaciones en su ficción. Ya tan temprano como 1948, cuando iniciaba su carrera novelística, escribió un libro titulado The Prize of Salt, traducido en castellano como Carol, que acabó publicando unos años más tarde con el seudónimo de Claire Morgan, puesto que al narrar la historia de amor entre dos mujeres (inspirada en hechos personales) se consideró que podía entorpecer su obra policial, por entonces en su inicio triunfante. Años más tarde ya se publicó bajo su verdadero nombre. Para entonces ya se sabían (más o menos) sus gustos sexuales y el lesbianismo había aparecido en alguna otra obra, así como las tendencias homosexuales más o menos encubiertas de diversos personaje suyos. Estábamos en otros tiempos.
    Los homófobos y los hostiles al lesbianismo justificaban un poco los gustos de Patricia Highsmith: "Con lo fea que es está claro que no puede gustar a los hombres". Bueno, pues de joven Patricia Highsmith era ciertamente una muchacha muy bonita: existen fotografías, incluso desnudos fotográficos suyos de su época en Nueva York (cuando trabajaba como guionista de cómics de superhéroes, faceta suya poco divulgada y, ejem, bastante masculina...), que lo demuestran: era ciertamente bonita y atractiva, casi subyugante, un rostro muy agraciado y con personalidad. Se masculinizó con la edad y se le endureció el rostro. En fin, una lesbiana masculina no lo tiene fácil, y no es ofenderlas reconocer que muchas de ellas pierden atractivo conforme la edad pasa. Les ocurre lo contrario que a los homosexuales afeminados, que suelen ser bastante atractivos. Pero estas cosas yo creo que no tienen más importancia que la que le puedan dar los morbosos y enfermizos (o el extraño obispo de Canarias). Cada uno es como es, y lo que nos interesa de la autora tejana trasplantada a la tolerante Europa es su obra.
    La llevaron varias veces al cine, pero Hitchcock fue el que mejor lo hizo. Chabrol y Wenders fracasaron o hicieron el ridículo. En cuanto al Ripley moderno de Minghella, mejor olvidarse. Existe alguna otra versión, poco vista, de otras novelas, y alguna adaptación televisiva de sus relatos. Pero su escritura es tan tortuosa que una plasmación fílmica es realmente difícil, se necesita un genio (Hitchcock) para ello, y el cine no anda sobrado de genios hoy que digamos. Es una literatura muy introspectiva, muy de círculo vicioso mental. Una vez comparé su narrativa con la de Philip Dick, cuando se estaba empezando a publicar su obra en España por Anagrama, y lo cierto es que El juego del escondite me pareció una obra totalmente dickiana. Albert Solé me miró raro cuando se lo dije, pero bastantes años más tarde esa comparación se la he oído a otra gente, o sea que no iba yo tan desencaminado. Quizá lo que llama la atención es esa manera de descomponer la trama, la acción, en dos mundos: el normal y el anormal, que se mezclan como pueden y acaban de la peor manera posible. Highsmith era una autora demasiado interiorizada, todo parecía fácil, razonable, hasta que uno estaba envuelto en una tela de araña. El mundo parecía visto a través de un microscopio, frío, científico.
    Puede que no fuera una mujer especialmente simpática, más bien algo brusca, por supuesto muy solitaria y desconfiada. Encerrada en un mundo del que muy pocas personas sabían algo. Su refugio, la literatura, una válvula de escape que suelen usar los que detestan las cosas (el mundo/la sociedad/la sexualidad/la política) tal como es. Personalmente, las mujeres escritoras que enfurecen a las feministas radicales me encantan: Patricia Highsmith, Connie Willis... suelen ser mujeres muy inteligentes y brillantes.
     
     
    January 04

    ÍNDICE DE ARTÍCULOS Y ENSAYOS DE JULIO A DICIEMBRE DE 2007




    (Relación de lo publicado en el apartado de no ficción en este blog en el periodo comprendido entre julio y diciembre de 2007)
     
     
    Ensayos
     
    Un libro polémico:El cine norteamericano. Directores y direcciones 1929-1968, de Andrew Sarris (11 de septiembre)
     
     
     
    Serie "Autores olvidados"
     
    27.- S.S. Van Dine: Novelas de  misterio (12 de julio)
    28.- Adolphe D´Ennery: Dramas y novelas (5 de agosto)
    29.- Jean Larteguy: Novelas de Indochina (5 de septiembre)
    30.- Emilio Salgari: Novelas de aventuras (27 de septiembre)
    31.- Joaquín Calvo Sotelo: Teatro de la derecha civilizada (9 de noviembre)
     
     
    Serie "Galeria de mujeres"
     
    24.- Shakira: Diosa de la curva (31 de julio)
    25.- Richmal Crompton: La creadora de Guillermo (27 de septiembre)
    26.- Banaz Mahmoud: Asesinada por su padre (24 de septiembre)
    27.- Nuria Torray: Vivir en segundo plano (21 de octubre) 
    28.- Dorothy Dandridge: La culpa de ser negra (10 de diciembre)

     
     
    Artículos sobre libros y autores diversos
     
    "En recuerdo de Fred Saberhagen" (4 de julio) [reproducido en bemonline]
    "Robert A. Heinlein: El hombre que abrió el futuro" (7 de julio)
    "Homenaje a Robert Bloch" (16 de julio) [anteriormente publicado en BEM]
    "Jonathan Kellerman" (17 de julio)
    "Adiós, Sherlock Holmes, de Robert Lee Hall" (18 de julio) [anteriormente publicado en Nueva Dimensión]
    "Teatro policiaco español, edición de Ignacio García May" (24 de julio)
    "Un demonio para mí, de Ruth Rendell" (26 de julio)
    "Jesus on Mars, de Philip J. Farmer" (30 de julio) [anteriormente publicado en BEM]
    "Los relatos de Emilia Pardo Bazán" (7 de agosto)
    "Mark Twain: Los diarios de Adán y Eva" (22 de agosto)
    "Jacintos, de Chelsea Quinn Yarbro" (29 de agosto) [anteriormente publicado en Tránsito]
    "Entrevista a Keith Laumer por Patrice Duvic (1971)" (1 de septiembre) [traducción de una entrevista publicada en 1972 en la revista Galaxie]
    "Universo de locos y otras novelas de marcianos, de Fredric Brown" (4 de septiembre)
    "El granjero de las estrellas, de Robert A. Heinlein" (6 de septiembre)
    "Morir de pie, de Ruth Rendell" (17 de septiembre)
    "Tormenta de primavera, de Tennessee Williams" (19 de septiembre)
    "Barsoom: una revista dedicada a la narrativa pulp" (23 de septiembre)
    "Stephen King y sus obras ampliadas" (26 de septiembre)
    "Tiempos difíciles, de Charles Dickens" (29 de septiembre)
    "Algo sobre Wilkie Collins" (2 de octubre) [previamente publicado en Gimlet]
    "Diccionario de directores del western, de Vicente del Castillo" (8 de octubre)
    "Hit List, de Lawrence Block" (9 de octubre)
    "A Choice of Gods, de Clifford D. Simak" (16 de octubre) [anteriormente publicado en Kandama]
    "Aguardando el año pasado, de Philip K. Dick" (18 de octubre) [anteriormente publicado en BEM]
    "Un mundo vacío, de John Christopher" (23 de octubre) [anteriormente publicado en Tránsito]
    "Cronología de Robert Bloch" (30 de octubre) [anteriormente publicado en BEM]
    "Gatos y ciencia ficción" (13 de noviembre) [anteriormente publicado en Tránsito e Intercom (Italia)]
    "Ira Levin: Muerte de un creador de pesadillas" (15 de noviembre)
    "El grito de la lechuza, de Patricia Highsmith" (17 de noviembre)
    "Benito Pérez Galdós: Episodios nacionales, Quinta serie" (18 de noviembre)
    "El círculo, de Peter Lovesey" (26 de noviembre)
    "Cuentos inverosímiles, de José López Rubio" (28 de noviembre)
    "´Mudo`, de Stephen King" (30 de noviembre)
    "Enrique Jardiel Poncela: Recuparado un monólogo inédito" (1 de diciembre)
    "Proyecciones desde el olvido, de Juan Carlos Vizcaíno Martínez" (6 de diciembre)
    "Homenaje a James Tiptree Jr." (11 de diciembre) [anteriormente publicado en Gigamesh, 1ª época] 
    "Agatha Christie (10): Un libro sobre sus adaptaciones en cine y TV" (15 de diciembre)
    "¿Omisiones en la ´Narrativa Completa` de Lovecraft?" (17 de diciembre)
    "Tennessee Williams: Memorias" (21 de diciembre)
    "Alice B. Sheldon (La doble vida de Alice B. Sheldon, James Tiptree Jr.), de Julie Phillips" (26 de diciembre) 
     
     
     
    Cine
     
    "Adiós, amigo, de Jean Herman: Complicidad masculina" (5 de julio)
    "The Third Secret, de Charles Crichton: En el territorio de la culpa" (11 de julio)
    "Max y los chatarreros, de Claude Sautet: Víctimas elegidas" (19 de julio)
    "Next, de Lee Tamahori: Un vistazo al futuro" (22 de julio) [reproducido en bemonline]
    "Accidente, de Joseph Losey: Paradigma loseyano" (28 de julio)
    "En memoria de Ingmar Bergman" (1 de agosto)
    "Planet Terror, de Robert Rodriguez: La mitad de un programa doble" (16 de agosto) [reproducido en bemonline]
    "El montacargas, de Marcel Bluwal: Cine criminal francés" (18 de agosto)
    "Hasta el último hombre, de Henry Hathaway: Notable western primitivo" (20 de agosto)
    "Oliver Twist, de Roman Polanski: Una película enojosa" (24 de agosto)
    "Death Proof, de Quentin Tarantino: La segunda parte de la parte contratante" (2 de septiembre) [reproducido en bemonline]
    "Testigo silencioso, de Daryl Duke: Quien roba a un ladrón..." (8 de septiembre)
    "La alianza, de Christian de Challonge: Cine fantástico olvidado" (10 de septiembre)
    "Inglaterra me hizo, de Peter Duffell: Una gris adaptación" (13 de septiembre)
    "Sin móvil aparente, de Philippe Labro: Una adaptación de Ed McBain" (1 de octubre)
    "A las puertas del centenario de Jacques Tati" (6 de octubre)
    "Mujeres frente al amor, de Jean Negulesco: Antes la vida era distinta" (14 de octubre)
    "Invasión, de Oliver Hischbiegel y James McTeigue: Una versión para cada época" (27 de octubre)
    "El caso Wells, de Andrew Lau: Mirada al abismo" (2 de noviembre) 
    "Los Palomos, de Fernando Fernán Gómez: Homenaje a los actores" (22 de diciembre) 
    "Myra Breckinridge, de Michael Sarne: Comedia transexual" (2 de diciembre)
    "Una mirada a Fernando Fernán Gómez" (5 de diciembre)
    "The Great Gatsby, de Elliott Nugent: Una versión casi de cine negro" (19 de diciembre)
    "Soy leyenda, de Francis Lawrence. El show de Will" (22 de diciembre) [reproducida en bemonline]
     

    Temas varios
     
    "El secuestro de la revista El Jueves" (21 de julio)
    "Monk: Una serie simpática" (25 de julio)
    "¿La ciencia ficción española imita las tácticas del cine español?" (30 de septiembre)
    "Notificando un plagio" (17 de octubre)
    "El tercer pasajero del vagón" (24 de octubre) 
    "Sylvie Vartan: Nouvelle Vague: Retorno al pasado" (20 de octubre)
    "John Fogerty: Revival: Hoy como ayer" (26 de octubre)
    "Avril Lavigne: The Best Damn Thing: Un disco festivo" (29 de octubre)
    "Dave Davies: Fractured Mindz: Divagaciones" (11 de noviembre)
    "Ray Davies: Working Man´s Café: Rock melancólico" (29 de noviembre)
    "Assassins associats, de Robert Thomas" (24 de diciembre) 
     

     
    Índices anteriores de artículos y ensayos
     
    Índice de diciembre 2005 a diciembre 2006 (4 de enero 2007)
    Índice de enero a junio 2007 (3 de julio 2007)
     
     

    January 02

    ÍNDICE DE NARRATIVA DE JULIO A DICIEMBRE DE 2007


    Relación de los textos de narrativa publicados en este blog entre julio y diciembre de 2007
     
     
    Serie "Aventuras de Harold Smith"
     
    "Los contrabandistas de tungsteno" (14 de julio)
    "Diez chinitos" (5 entregas) (8, 9, 11, 13 y 14 de agosto)
    "Asesinato ante testigos" (15 de septiembre)
    "El misterio de la luz a medianoche" (4 de octubre)
    "El club de aficionados al crimen" (4 de noviembre)
    "Cinco chicas zurdas" (24 de noviembre) 
    "El ladrón transformista" (30 de diciembre)

     

    Secuencia "Bigune"
     
    1.- "Bigune sube a los cielos" (31 de marzo) [*]
    2.- "Bigune va a la escuela" (25 de agosto)
    3.- "Bigune afronta el racismo" (31 de octubre)
    4.- "Bigune en Navidad" (13 de diciembre)
     
    [*](Se incluye de nuevo este relato en este índice, aunque figuró en el anterior, porque no estaba inicialmente previsto formase una serie o novela en progreso)
     

     
    Relatos
     
    "Si cambias, que sea para mejorar" (3 de agosto)
    "Si yo tuviera una sierra" (20 de noviembre)
     
     
    Serie "Relatos autobiográficos"
     
    20.- "Cenas de separados" (8 de julio)
    21.- "Odios de familia" (30 de agosto)
    22.- "Vecinos" (22 de septiembre)
    23.- "De visita por las editoriales y olé" (11 de octubre)
    24.- "Los psicologos y yo" (6 de noviembre)
    25.- "Varados en Gósol" (18 de diciembre)
     
     

    Humor y entretenimiento
     
    "Voces sin cuerpo" (19 de agosto)
    "´Poesía policiaca`, escrita por Diógenes" (23 de agosto)
    "Pequeñas grandezas" (28 de diciembre)
     

    Índices anteriores de narrativa
     
    Diciembre 2005 a diciembre 2006 (3 de enero 2007)
    Enero a junio de 2007 (2 de julio 2007)