|
|
January 31 (C) 1998 by J.C. Planells [Este relato apareció en la revista argentina Cuasar, núm.30, septiembre de 1998. Lo mencioné en un capítulo de la serie "Galería de mujeres", y aunque inspirado pues en un hecho real, tantos los personajes como los acontecimientos son fruto de mi imaginación.]
 He intentado varias veces que el propio Bruno cuente esta historia; al fin y al cabo, él es escritor, periodista, y ha realizado reportajes de diversos temas durante varios años y para distintas publicaciones. Pero ha sido en vano. Yo me limito a la reseña literaria y al ensayo, con poca asiduidad y menor incidencia, y reconozco que no tengo la habilidad precisa. Sin embargo, ante las repetidas negativas de Bruno a contarlo, he decidido ser yo quien lo haga, si bien creo que tanto da, pues ¿quién va a leer esta crónica? Tampoco le he dicho a Bruno que iba a hacerlo, ¿para qué? Se hubiera negado. No supe de inmediato toda la historia, sino al cabo de bastante tiempo, y Bruno nunca me la contó de una vez, sino en fragmentos, durante varias conversaciones en las que empezaba a referirlo, se interrumpía y desaparecía de repente. Al cabo de unas semanas, lo volvía a encontrar y reanudaba el relato, más o menos donde lo había dejado. Los hechos eran muy breves y concisos, pero me llevó casi medio año conocerlos por completo. El asunto empezó cuando la publicación para la que trabajaba por aquel entonces le endilgó a Óscar como colaborador. Bruno le detestaba cordialmente, por razones que nunca he entendido, y que no son del caso. Sin embargo, el redactor jefe estaba convencido de que el tándem Bruno-Óscar funcionaría de manera perfecta para una serie de reportajes sobre tiendas y comercios curiosos o pasados de moda de la ciudad. Bruno escribiría los textos y Óscar haría las fotos correspondientes. Óscar --un tipo de casi dos metros, pero de malísima salud, padecía del corazón, tenía muy mal los pies, la columna vertebral y no sé cuántas cosas más, a sus escasos cuarenta y dos años-- era un fotógrafo algo menos bueno de lo que él mismo se creía, pero era indudablemente un experto en flashes, focos, objetivos y todo lo relacionado con la cámara. Bruno --excelente salud, fuerte, estatura por encima de la mediana, si bien el lado de Óscar podía pasar por un enclenque, como casi todo el mundo-- escribía siempre sus textos tratando de ir "más allá" de lo que fuera el tema en cuestión, y ocasionalmente sus trabajos no eran malos del todo, pero tampoco excepcionales. Mi opinión era que descuidaba su talento en tonterías. Bruno había acogido la serie de reportajes sobre comercios curiosos o lo que fuera con cierto escepticismo, más que nada por la compañía de Óscar, al que soportaba con dificultad. La mañana en que empezó todo, ambos estaban sentados en un banco de una placita, en un barrio que había empezado siendo obrero y había ascendido a algo más. En realidad, creo que ya no se acuerda muy bien de dónde estaba. Lo mismo podía ser Sant Andreu que Bellvitge. Sí recuerda que eran casi las cuatro de la tarde, que habían comido en una fonda cerca de la placita y que Óscar se estaban dedicando a cargar la máquina con un carrete especial para el próximo trabajo. --Me cagüen la hostia --rezongaba Óscar--. Esos cabrones de la redacción te dan el peor material que tienen para que hagas el trabajo. ¿Tú crees que con esos carretes se puede hacer una sola foto decente? Me cagüen mi padre. Aún no sé por qué no nos dan un bloc y un lápiz y hacemos dibujitos; les saldría más barato. La virgen. Bruno no prestaba atención a lo que decía Óscar. No le interesaban sus quejas ni sus blasfemias constantes --maldecía y blasfemaba a cada cuatro palabras--. Lo mejor era darle la razón y limitar la charla al mínimo. Óscar finalizó su pelea con la cámara y el carrete, y dijo: --Fíjate, aún corren gitanos por este barrio. Bruno miró distraídamente hacia donde indicaba Óscar. En efecto, una mugrienta mujer, indudablemente gitana por su manera de vestir y por lo que se percibía de su rostro, merodeaba por la plaza. Parecía como si estuviera borracha o drogada, pues caminaba de manera oscilante, indecisa, como si fuera a caerse en cualquier momento. Se aferraba los brazos con fuerza y su mirada parecía clavada en el suelo, como si buscase algo. --Si pasa ahora el camión de la basura, se la lleva --dijo con sorna Óscar. Bruno asintió, sin el menor interés en la gitana ni en Óscar. La mujer se dejó caer en uno de los bancos, frente a donde estaban ellos, y ocultó la cara entre las manos, balanceándose hacia delante y hacia atrás. --Pero qué mal está la tía --dijo Óscar. Bruno consultó su reloj. Faltaban aún unos minutos para las cuatro. Al volver a levantar la cabeza vio que la gitana se había levantado del banco y venía, a trompicones, hacia donde estaban ellos sentados. A Bruno no le hizo la menor gracia, pero seguramente la mujer sólo quería dinero, una limosna. --Mira, nos viene a visitar. A lo mejor nos lee la buenaventura --dijo Óscar. La mujer se detuvo delante de ellos. Bruno la miró, con abierta desconfianza. Su pelo era una pura mugre, su cara un amasijo de facciones desencajadas que mostraban unos dientes sucios, negros, unos ojos enrojecidos rodeados de arrugas, una frente excavada por surcos horizontales, unas mejillas demacradas y una tez amarillenta debajo de la tizne. Podía no ser vieja, podía tener entre treinta y cuarenta años... o podía ser muy joven y estar degradada por a saber qué vicio o enfermedad. Un tufo apestoso emanaba de ella y de sus ropas, que no habían sido lavadas en mucho tiempo. --... Caridad... ñitos... caridad... La voz surgía rota, desfigurada, hiriendo la garganta, comiéndose letras, sílabas enteras. Les pedía dinero, claro. Para vino, o quizá para drogas. Bruno la miró fijamente, haciendo un esfuerzo, pero ella no les miraba a ellos; sus ojos bailaban, incapaces de centrarse sobre objeto o persona alguna, y su mirada no denotaba ninguna clase de vida. Para el caso, podía ser ciega. --... nita... ñitos... nero pa... ...er... Óscar hizo alguna clase de ruido con la boca y extrajo el monedero, eligiendo diversas monedas que puso en la mano tendida de la gitana. Las monedas bailaron encima de la mano, que temblaba como azotada por el frío, y seguramente hubieran caído de ella hasta el suelo si Óscar, tomando la mano de la mujer, no la hubiera cerrado, apretando en el interior las monedas. Ella debió de ser consciente del tacto del metal y sus dedos se apretaron con cierta fuerza. Un vago destello de reconocimiento atravesó su mirada. Sin apenas dedicarles una ojeada, se volvió para marcharse. --... cias... ague... --Vaya desastre humano --dijo Bruno para sí mismo, viendo alejarse a la gitana de vuelta al banco donde había estado sentada antes. Su andar era claramente zigzagueante. Óscar, que estaba levemente pensativo, profirió con la nariz un ronquido como el de un cerdo. --Pues... ¿sabes quién es ese desastre humano, como tú dices? ¿Sabes quién es esa tía? --Una gitana de mierda como otra cualquiera --se encogió Bruno de hombros. --Sí, sí. Pues esa gitana de mierda, como tú dices, se la ponía dura a los tíos hace quince o veinte años. --Pero, ¿qué dices'? --Bruno miró a Óscar como si se hubiera vuelto loco. --Lo que oyes. ¿Tú no te acuerdas de un dúo de hermanas gitanas, allá mediados los setenta, llamadas Las Lucero? ¿Unas tipas que duraron unos tres, cuatro años? Las niñas del verano, les decían, porque cantaban las típicas canciones del verano, esas que se tocan en todas las fiestas mayores y carpas... Bruno miró a la gitana que seguía en el banco, la cabeza recogida entre las piernas, como si estuviera vomitando. --Recuerdo a Las Lucero... --dijo. --Coño, si cuando la que luego fue mi mujer y yo trabajábamos montando equipos desonido para los conciertos en los meses de verano, una vez nos tocó trabajar para ellas. En Alicante, creo que fue. O quizá en Marbella. ¡Joder! De tan malas que eran, llegaban a parecer buenas de verdad. Bruno recordó en ese momento un verano, a mediados de los setenta, en Lloret de Mar. ¿Agosto? ¿Julio? Sin duda agosto, ya que debían de ser los días de la fiesta mayor, y las actuaciones de artistas populares de la época... Él estaba borracho perdido de whisky, lo recordaba perfectamente, como recordaba que había dejado plantada a Ángela y se había aproximado al escenario, un vulgar tablado de madera, sobre el cual un par de chavalas de no más de diecisiete años cantaban y se movían... ¡cómo se movían! Era como si tuvieran fuego en las venas. Dos gitanas puras, auténticas; morena una, pelirroja la otra, y hermanas, a juzgar por las facciones, que casi parecían gemelas. A él le gustó de inmediato la del pelo rojizo. Y sí, eran malas, pero parecían realmente buenas. Cantaban con toda su sangre, con todo su cuerpo, con toda su raza. El ritmo, las palmas, las guitarras, el bajo, el órgano eléctrico... todo creaba un ritmo y un ansia de moverse y hacía rebullir aquellas caderas, aquellas piernas enfundadas en unios apretados pantalones que dibujaban curvas de ensueño. Borracho de whisky, Bruno se quedó allí, pegado al escenario, contemplando embobado a las dos hermanas... a la del pelo rojizo ("Na, nanay, na, na-ray, lorai, lorai", cantaban y palmeaban agitando busto y cadenas, lanzando fuego por los ojos y los labios, "Si tú me amas, ladrón, embustero, / si tú me amas, por ti me muero"), y se preguntó si llevarían sostén. --¿Qué te pasa? ¿Te has enamorado de ésas? --oyó que alguien le gritaba a su espalda, por encima del ruido de la música. Se volvió y vio ante sí a Ángela, aunque su cabeza sólo estaba llena de caderas enfundadas en pantalones negros y cabelleras rojizas. --Ah... no... --dijo con esfuerzo. --¿Te gustan más esas dos que yo? --La pelirroja está buena... --dijo, desviando la mirada hacia el escenario. --¿Sí? ¡Pues confítatela! --dijo Ángela, soltándole una fuerte bofetada. Bruno se agarró para no caer a la madera del escenario. Le dolía la cabeza, le ardía la mejilla. --Pero, ¿cómo va a ser esa... esa mujer una de Las Lucero? --le preguntó a Óscar. --Hostia, la he reconocido. ¿No te acuerdas de lo que pasó? --No sé que pasase nada --gruñó Bruno. --Dejaron de cantar. Una de las dos... la pelirroja... creo que se llamaba... Pues no me acuerdo cómo se llamaba. Y tampoco de cómo se llamaba la otra. En fin, da igual. Total, que la pelirroja se volvió majareta. Algún nervio flojo en el cerebro, o algún tornillo que se le cayó. Empezó a mostrar síntomas de chifladura y acabaron encerrándola en un hospital, o un sanatorio, y mejoraba a temporadas, pero volvía a recaer y la tenían que volver a internar. Luego, parece ser que la lió a lo grande. Se escapó de casa, o huyó de donde la tenían encerrada, y no sé ya nada más. Pero es ésa de ahí, de fijo. --Tonterías. --No, coño. Está hecha un pingajo, de acuerdo. Pero mírale el pelo. Sucio y guarro como lo tiene, es de tono rojizo. ¿Cuántas gitanas pelirrojas crees que hay? Y para la edad y lo que he visto de su cara, estoy seguro de que es ella. Me juego un huevo a que lo es. --¿Viviendo así? ¿Tirada en la calle? --Coño, ¿no te digo que se volvió mochales? Loca perdida... Se fugaba de todas partes donde la metían. Creo recordar que intentó matar a su hermana, incluso. Vete a saber de dónde se ha escapado ahora... Y mira que estaba buena de joven. Joder, en el escenario eran un huracán. Bruno tuvo una idea. --Oye, Óscar, si es ella realmente, podemos hacer un buen reportaje con esto. Antigua estrella de la canción viviendo en la calle y todo eso. Óscar hizo una mueca de desagrado. --Venga, hostias, no fastidies. A mí esas cosas no me van. --¿Por qué no? Lo vendemos a una de esas revistas de escándalos de famosos. A la que mejor pague por el reportaje y las fotos. ¿Te imaginas el dinero que podemos sacar de eso sin apenas hacer nada? --Mira, déjala en paz. Es una pobre loca. No nos metamos con ella. --Igual le hacemos un favor. Su hermana, su familia, pueden estar buscándola, puede que no sepan dónde está ahora. Es una manera de hacer pública su desgracia. Óscar le miró. --Que la dejemos en paz, coño --dijo, elevando algo la voz--. ¿No ves que no le rige la cabeza? --¿Y te parece mejor dejarla que viva ahí tirada por la calle? --Pues llama al Ayuntamiento, a los servicios sociales y que la internen. Pero no saques provecho de ella. ¿Quién te dice que no la están buscando ya los suyos? --¿Harás las fotos o no? --le preguntó Bruno, con cierta dureza. --No, no le haré ninguna foto. --Muy bien. Déjame la cámara y ya las haré yo. --Una mierda vas tú a hacer. --O las hace uno de los dos, o me vuelvo a la redacción y te quedas ahí plantado y se acabó el trabajo. Fue la única vez que Bruno sacó el genio ante Óscar. Aún no sabe exactamente por qué lo hizo. ¿Por la perspectiva de un dinero fácil a ganar? ¿Porque Óscar le fastidiaba y tenía ganas de quitárselo de encima? No creo que importe mucho la razón. El caso es que se miraron fijamente unos momentos, y luego Óscar le tendió la cámara, meneando la cabeza y rezongando. --Eres un verdadero cabrón, tío. Cámara en mano, Bruno se acercó a la mujer, que seguía encorvada y con la cabeza apoyada en las piernas, como un pasajero de avión que se hubiera mareado. Lástima no saber su nombre. Bueno, cuando hiciera el reportaje ya buscaría los datos a través de algún conocido del ambiente musical. Y fotos para el "antes" y el "ahora" de Fulana de Tal, miembro de Las Lucero caída en la degradación y la locura, viviendo como una mendiga en la calle. --Eh, oye --la llamó. Ella no pareció que le hubiera oído. Bruno alargó la mano con la que no sujetaba la cámara para tocarla en el hombro, pero era tal la repugnancia que le inspiraba que no se sintió capaz de poner los dedos sobre aquellos vestidos sucios y aquel cuerpo enfermo. Carraspeó. Nada. Entonces pensó en tararear la canción que recordaba, mal que bien, de ellas. --Si tú me amas... ladrón, embustero... na, naray, na naray... La mujer alzó la cabeza al oírle cantar. Una mirada extraviada trató de enfocar la cara de Bruno, una boca se abrió y los dientes sucios chocaron entre sí. Una ronca voz, apagada, desgranó: --... ladrón.... embustero... na, naray, na, naray, naray, na, naray... --Eso es, buena chica --murmuró Bruno. Sí, sin duda era ella, una de Las Lucero. Había reconocido la canción y trataba de cantarla. La enfocó con la cámara y empezó a disparar fotos. Ella no reparó en lo que hacía al principio, y así Bruno pudo sacar varias instantáneas, hasta que la mujer empezó a darse cuenta de lo que él hacía. Chilló histéricamente, se tapó la cara con las manos y rodó por el suelo, ensuciándose con el polvo de la tierra que cubría la plaza. --Perfecto --murmuró Bruno, sin dejar de sacar fotos. Oyó a Óscar gritarle: --¡Venga, hostias! ¡Déjalo ya, joder! No le hizo caso. Se movió alrededor del cuerpo de la mujer, que seguía revolcándose sobre la tierra, y continuó sacando más fotos. --Eso, acaba con todo el carrete, me cagüen tu padre --oyó decir a Óscar. Bruno volvió junto a Óscar y le tendió la máquina. --Tienes más carretes, ¿verdad? Pues saca éste y dámelo. Ya me encargaré yo de revelarlo. Óscar cogió la máquina, extrajo el carrete y casi se lo tiró a la cara. --Por mí, te lo puedes meter en el culo. He leído el artículo que escribió Bruno, antes de escribir esto. Sacó un buen dinero por él, desde luego. Lo ofreció a diversas revistas especializadas en las vidas y hechos de los famosos y ex famosos, y acabó vendiéndolo, junto con las fotos, a la que le ofreció la suma más sustanciosa. El artículo es verdaderamente repugnante, me sabe mal decirlo, pero es así. Las fotos resultaban espeluznantes por lo que mostraban, o por cómo lo mostraban. Bruno había investigado la carrera musical de las dos hermanas, Las Lucero. La mayor se llamaba Elvira y tenía poco más de dieciocho años cuando se hicieron famosas. La menor, apenas diecisiete, era la pelirroja y se llamaba Sonia. Eran efectivamente, gitanas de pura raza. Podrían haber durado unos años más cantando, pero una extraña enfermedad que se reveló en Sonia las obligó a retirarse casi de la noche a la mañana. Ataques de nervios, ira desenfrenada, comportamiento irresponsable... Cuando se dieron cuenta, estaba ya medio loca. No hubo tratamiento eficaz, al parecer. La internaban, se amansaba una temporada, recaía otra vez, la volvían a internar y escapaba y vagaba perdida durante un tiempo hasta que alguien la recogía de la calle y la llevaba a un hospital. Era cierto que había tratado de matar a su hermana en uno de sus ataques. Parece ser que Elvira terminó echándola de su casa, poco más o menos, y finalmente se le perdió la pista. Lo último que se sabía era que la habían internado en un hospital psiquiátrico en Sevilla, o cerca de Sevilla. Muy mal contados, estos eran los hechos que explicaba el artículo de Bruno sobre el pasado de Sonia. Tengo la impresión de que dicho pasado estaba "corregido y aumentado", pero no me preocupé de corroborarlo. No decía nada, por ejemplo, acerca de dónde se hallaba ahora la otra hermana, Elvira. Ni de un marido y una hija que por lo visto había tenido Sonia. Esto no parecía importarle mucho a Bruno, o sencillamente le traía sin cuidado (no había fotos disponibles). Bruno presentaba rápidamente a la Sonia actual, describiéndola como un "desecho humano", seguramente "víctima de los abusos de las drogas", aunque no quedaba muy claro cómo y por qué había caído en ello, "embrutecida por el alcohol", "lamentablemente idiotizada, incapaz de proferir dos palabras coherentes", y que "no se tenía en pie más de cuatro pasos seguidos" (como ilustraban las fotos de Sonia revolcándose por el suelo del parque). Sólo le faltaba añadir que vomitaba a cada momento y se ensuciaba encima. Quizá llegó a ponerlo y el redactor jefe de la revista lo quitó por considerarlo como demasiado fuerte para el gusto de los lectores de las peluquerías. Era un artículo repugnante, que si pretendía despertar compasión hacia Sonia, la verdad era que lo disimulaba mucho, pues lo único que despertaba era asco gracias al texto y a las fotografías que lo acompañaban. La firma de Bruno y una foto carnet suya, muy sonriente, firmaban el lamentable reportaje. Sin embargo, dicho reportaje al parecer causó sensación y otras revistas de la "especialidad" corrieron a efectuar el suyo propio, pero sin el menor éxito: Sonia había desaparecido del lugar en donde Bruno la había encontrado, y aunque algunos "paparazzi" merodearon por el barrio durante días e incluso semanas, no apareció por allí, ni los vecinos se dieron por enterados de que hubiera vagabundeado por aquel lugar en ocasión alguna. Era como si se la hubiera tragado la tierra. A Bruno eso le daba ya igual. Había obtenido una hermosa suma de dinero por poco trabajo y se había sacado de encima a Óscar, que se negó a volver a trabajar con él en proyecto alguno. Cada uno siguió por su lado. Unas tres semanas después de aparecido el reportaje, una noche en que Bruno estaba solo en casa mirando indiferentemente la televisión y meditando en algún futuro trabajillo, llamaron a la puerta de su casa. No al telefonillo de la calle, sino directamente a la puerta, por lo cual dio por supuesto que sería la pesada de la vecina de arriba para pedirle uno de sus habituales favores de vieja inútil incapaz. Resignado, acudió a abrir. No era la vecina. Ante la puerta, en la escalera, había tres tipos. Uno de ellos introdujo rápidamente un pie para impedir que Bruno cerrase la puerta. Instintivamente, Bruno retrocedió un paso y los tres penetraron rápida y ágilmente en el interior del piso. Eran tres individuos no muy altos, bastante fuertes y de evidentes rasgos de raza gitana. Todos llevaban bigotes, todos parecían tener la misma edad, incluso facciones semejantes, como si fuesen hermanos. --Bruno Casellas --dijo uno de ellos. --Sí, oigan... --Claro que sí. Te hemos calado por la foto. Uno de los tres alargó la mano y le aprisionó el brazo izquierdo. Bruno se agarró con la mano derecha a la puerta. El tipo lo atrajo hacia sí y los tres empezaron a retroceder hacia el rellano de la escalera. Bruno abrió la boca para gritar, para protestar, pero otro de ellos se lo impidió, plantándole una mano, que olía a sudor y a grasa, sobre la boca. Los tipos tiraban de él. Bruno tiraba de la puerta con su brazo libre. Empezó a sentir temor. --Muy bien, señor escritor. Vamos a irnos yendo los cuatro juntos. Los dedos de Bruno resbalaron de la puerta, que se cerró por inercia a su espalda. Vio junto a su ojo derecho el brillo de una navaja enorme, afilada, reluciente. --Y en chitón. --Si abres la boca, escritor, será señal de que quieres que te cortemos la lengua, ¿verdad? Bruno no recuerda cómo bajaron la escalera, él entre los tres tipos --navaja junto al ojo, brazo en su brazo, mano sobre su boca--, y salieron finalmente a la calle. Recuerda que le introdujeron en el interior de una furgoneta, en la parte trasera, de nuevo con los tres rodeándole, por lo que debía de haber un cuarto individuo al volante del vehículo. Los tres tipos no le quitaban ojo de encima. --Escritor --dijo uno de ellos, y le sonó como un insulto. --Puerco --dijo otro, y no parecía un insulto, sino simplemente una afirmación. --Verás --dijo el tercero, y Bruno no supo qué quería decir aquello. El viaje en la furgoneta pudo ser corto o largo; Bruno no lo sabe, no lo ha sabido nunca y no creo que le preocupe mucho ese detalle. Si fue corto, se le hizo eterno, con aquellos tres tipos que no le quitaban ojo de encima ni por un momento, que ni siquiera parecían parpadear. Bruno acabó cerrando los ojos para no tener que verles. No preguntó qué querían, quiénes eran, qué buscaban. O si lo hizo, no me lo ha querido contar o lo ha omitido. No ha explicado mucho de esos detalles. No son importantes, por otra parte. Creo que se desmayó de miedo, pero no estoy seguro. Lo siguiente que recuerda --o que cuenta, por lo menos-- es cuando le introdujeron en el interior de una casa, lo cual quiere decir que la furgoneta ya había llegado a su destino, fuera éste el que fuera y donde fuera. Quizá era una cabaña, quizá una barraca, quizá alguna casa abandonada; eso tampoco lo sabe con certeza, y, para el caso, también da lo mismo. Se encontró en una habitación alumbrada simplemente por un par de lámparas de gas, colocadas diagonalmente en el suelo. Dos de los tres tipos que le habían sacado de casa le sujetaba, cada uno por un brazo. El tercero estaba delante suyo, tapándole en parte la visión de donde estaban. Bruno pudo ver a su izquierda, y frente a él, a una vieja gitana, de pelo amarillento, muy largo, mal cubierto por un chillón pañuelo de colores de lunares rojos y negros. Su rostro parecía muy viejo, lleno de arrugas, su nariz era aguileña, ganchuda. Estaba hablando con el tercer tipo, en un idioma del que no entendió una sola palabra. Luego el tipo se apartó y Bruno se encontró frente a frente con la vieja gitana. Ella clavó en él unos ojos negros, duros, que parecieron taladrarle hasta las entrañas. Si Bruno pronunció alguna palabra, tampoco me lo ha dicho. Sin embargo, algo tuvo que decir, tuvo que exigir sin duda una explicación, preguntar quiénes eran ellos y qué querían de él. Puede que lo hiciera. En todo caso, la gitana le miró y dijo: --Cómo has disfrutado riéndote de la pequeña, payo. --No me he reído de nadie --dijo Bruno. --Sí. Disfrutaste y sacaste un buen dinero de ello. De la desgracia de los demás. Del dolor de la niña te has reído y la has escarnecido. Eres de esa clase de hombres, ¿verdad, escritor? --No le he hecho ningún mal. --¿Te lo pasaste bien haciéndole esas fotos? ¿Y luego, cuando comparaste su carita joven con el aspecto que ahora tiene? ¿Disfrutaste también? Bruno no respondió. --Ahí la tienes --dijo la gitana--. Mírala. Mírala bien. Se hizo a un lado y Bruno vio entonces un jergón sobre el suelo, y encima del jergón, cubierta con una manta, a Sonia. Llevaba los mismos harapos de aquel día en el parque. Su aspecto también era el mismo, o peor, ¿cómo saberlo? Parecía dormida, pero su cuerpo se removía un poco, como a espasmos. --Era bonita de joven, ¿verdad, escritor? De la boca de Sonia resbaló una baba sucia. --Muchos payos hubieran querido disfrutar de la niña cuando era joven y estaba sana. Bruno oyó, o creyó oír, una ventosidad escaparse del cuerpo tendido sobre el jergón. --La niña se nos ha escapado muchas veces, como tú ya sabes. Y mira, esta última vez la hemos podido encontrar gracias a ti. La hubiéramos encontrado más tarde o más temprano, de todas maneras, porque la estábamos buscando. Nosotros no abandonamos a los nuestros, ¿sabes? Nunca los abandonamos. Así que la encontramos un poco antes gracias tus sucias fotos. ¿Crees que debemos darte las gracias por eso, escritor? ¿Debemos agradecerte que hayas montado este escándalo a costa de la pobre muchacha? --La mujer meneó la cabeza--. No, escritor, no. Has dicho muchas mentiras en tu artículo. La niña está enferma, sí, mal de la cabeza, sí, pero nunca se ha drogado ni ha estado borracha ni nada de todas las otras cosas que dijiste. Simplemente su cabeza se estropeó. Y los médicos payos no se preocupan mucho de las cabezas de pobres gitanas locas, por guapas o famosas que hayan podido ser. Bruno, tras tragar saliva, dijo: --Quizá... quizá se me fue un poco la mano en lo que... en lo que escribí. Pero no he hecho nada malo, ¿verdad? Y ahora, ya no dejarán que vuelva a escaparse, ¿verdad? La vieja gitana se echó a reír, muy divertida al parecer. Los dos tipos que sujetaban a Bruno permanecían estáticos, inexpresivos. --¿Habéis oído? --dijo la vieja gitana--. Sí, claro que la cuidaremos, escritor. No volverá a escaparse. Es que, con tu ayuda de ahora, ya no va a necesitar escaparse nunca más, escritor. Bruno la miró inquieto. ¿Qué quería decir con aquello? --No soy médico --dijo, un tanto estúpidamente. --¡No, pero eres divertido, escritor! --rió la vieja--. Yo te convertiré en el mejor médico del mundo. Tú vas a curar a la niña, con tu propia... medicina. --Les dijo algo a los dos tipos que lo sujetaban, empleando el mismo idioma de antes, y ellos lo sostuvieron con mayor firmeza aún. El tercer individuo se acercó a Bruno y procedió a quitarle el cinturón de los pantalones, se los desabrochó y se los bajó hasta las rodillas, y luego le bajó los calzoncillos. --¿Qué significa esto? ¿Qué van a hacerme? --gritó Bruno, asustado, tratando en vano de soltarse de los que le sujetaban. --Cálmate, escritor --dijo la vieja gitana--. No te sobresaltes tanton. Tú, sin duda, de joven eras de los que hubieran deseado poseer a la niña, ¿no? Tan sólo has llegado un poco tarde, pero has llegado. La gitana extrajo de algún lugar de entre sus ropas un frasquito de cristal que contenía un líquido color violeta. Se acercó a Bruno, destapó el frasquito y vertió su contenido sobre el pene y los testículos de Bruno. Bruno chilló como un poseso al sentir el frío contacto del líquido. Más tarde me dijo que no le dolió en absoluto, y que en realidad ni siquiera estaba frío, simplemente se lo había parecido porque su cerebro le decía que debía sentir algo, pero la verdad es que no sintió nada. Era simplemente un líquido espeso, grasoso, que, según Bruno, desapareció en el interior de sus genitales, como si éstos lo hubieran absorbido, sin causar la menor sensación de contacto con la piel. Sin embargo, para él en aquellos momentos, aquel líquido no podía ser sino ácido sulfúrico o algo por el estilo, y por eso gritó desaforadamente. --¡Qué teatral eres, escritor! --se rió la gitana, muy divertida--. Ahora ya estás listo para amar a la niña. Vamos, hazle el amor a la enferma. El amor y la vida. Bruno no fue consciente aún en ese momento de que su pene se había erguido, presa de una excitación sexual absolutamente anormal, que él ni siquiera sentía en lo más mínimo. Mientras tanto, el tercer gitano, con devoción, casi con reverencia, quitó la manta que cubría a Sonia, levantó su falda, que dejó al descubierto unas piernas que ya habían perdido su atractivo de otros tiempos, pálidas, amarillentas y sucias. Finalmente, con un gran pudor, que en otra ocasión hubiera resultado casi ridículo, y apartando un poco la mirada al hacerlo, el gitano bajó las bragas --sucias, mugrientas-- que cubrían las partes íntimas de Sonia. --A ello, escritor, a ello --musitó la vieja gitana. Los dos que le sujetaban le arrojaron de improviso sobre el cuerpo de Sonia. Bruno tuvo que extender los brazos para evitar darse de bruces contra ella. Se encontró, así, encima de aquel cuerpo que olía a suciedad, a enfermedad, de cara a un rostro ya afeado, deformado por la insania. Trató de levantarse y apartarse, pero le resultó imposible. ¿Le estaban sujetando por la espalda para impedírselo? No estuvo seguro de ello, ni de sentir presión alguna sobre su cuerpo, sólo que era totalmente incapaz de levantarse. Sonia volvió un poco el rostro para contemplar a quién o qué pertenecía el peso que sentía sobre ella. De su boca manó un rastro de baba, y un asomo de mucosidad estaba mezclada en ella. Bruno sintió una arcada. --Ni se te ocurre --dijo la gitana a sus espaldas. Mientras Bruno trataba de reunir fuerzas para levantarse, sintió algo extraño en su cuerpo. Como dotado de vida propia, su pene pareció correr a esconderse en el interior de la vagina de sonia. Su pene seguía erguido, como por su cuenta, sin considerar la posible aquiescencia o negativa de Bruno. No, no era Bruno quien hacía el amor a Sonia, era simplemente el pene de Bruno. Cerró los ojos, sintió que la cabeza le empezaba a dar vueltas, que todo él estaba difuminándose poco a poco. Entonces sintió el primer orgasmo, el primer chorro caliente de esperma que se perdía en las entrañas de Sonia. --¡Bien! --oyó exclamar a la vieja gitana--. ¡Ahí va el primero! ¿El primero?, se preguntó vagamente Bruno, como oyendo de muy lejos las palabras. ¿El primero de qué? Había cerrado los ojos asustado, y al abrirlos se encontró con los de Sonia, abiertos ahora, clavados en los suyos. Le miraba, le estaba mirando y parecía que le veía, que era consciente de su presencia. Bruno cerró los ojos otra vez. Bruno no ha sido nunca muy explícito sobre los detalles de lo ocurrido aquella noche, ni sabe exactamente durante cuánto tiempo se prolongó aquello. ¿Cuántas horas? ¿Y fueron realmente horas? ¿Muchas? ¿Pocas? En todo caso, fue un tiempo muy largo, durante el que Bruno sufrió un orgasmo tras otro, y en el que la vieja, de tarde en tarde, hacía que los dos gitanos lo volvieran cara arriba para echarle el contenido de otro frasco como el anterior sobre los genitales, con lo cual éstos revivían instantáneamente. Bruno era incapaz ya, en determinado momento, de mover un solo dedo, un solo músculo, apenas podía mantener abiertos los ojos. Sin embargo, sus genitales seguían funcionando despiadadamente, como una máquina a toda presión. Tampoco supo exactamente cuándo ocurrió. ¿En el sexto orgasmo? ¿En el séptimo? ¿O quizá ya fue en el tercero? En todo caso, a partir de uno de ellos, cada vez que el chorro seminal inundaba las entrañas de Sonia, se producía en ella una transformación. Había empezado ya en la mirada. La mirada era menos errática, se clavaba en los objetos, como buscando, o hallando ya, una identidad en ellos, una clara distinción entre unos y otros. Luego fue la baba. Dejó de brotar aquella mezcla de baba y mucosidad de su boca, y poco a poco, orgasmo a orgasmo, su aliento fue perdiendo el olor nauseabundo que Bruno notara desde el primer instante. Luego fueron... sí, las arrugas. Las arrugas en torno a los ojos, y las que surcaban su frente, y las que había junto a su boca... fueron desvaneciéndose lenta, lenta pero perceptiblemente, orgasmo a orgasmo. Y luego fue, sí, el color de la piel, de un amarillo sucio pasó a un rosa suave, juvenil. Y el cutis, el cutis rasposo, sucio, teñido de la enfermedad, sí, devino un cutis suave, fresco, joven. Y luego, sí, la carne que se había retirado para dejar sitio a los huesos a fin de que estos se mostraran, los fue cubriendo lenta, adecuadamente, recorriendo curvas, marcando pómulos, rellenando las cuencas de los ojos, como una flor que se abriera. Y luego, sí, el pelo, el pelo sucio, manchado, lacio y apestoso, se fue convirtiendo en un pelo fuerte, ondulado, recio, rojo como la sangre, perfumado de madrugada. Y luego, sí, los dientes, los dientes amarillentos, negros, sucios y en ocasiones casi carcomidos por las caries, se fueron tornando hileras blancas, puras, con tonalidad de perlas. Y luego, sí, la respiración, agitada, convulsa, quebrada, se fue tornando un subir y bajar apacible y armónico de un pecho nuevamente sano. Bruno veía nacer a pocos centímetros de su cara a una nueva mujer... el regreso de una mujer... la restauración de un cuerpo enfermo... un orgasmo se sucedía a otro y algo mejoraba cada vez en Sonia. Cuando por fin le retiraron de encima del cuerpo de Sonia --no supo cuánto tiempo después del primer orgasmo--, era incapaz de mover un solo músculo, ni siquiera tenía fuerzas suficientes para poder abrir los ojos o levantar la cabeza. No sentía parte alguna de su cuerpo; en realidad, no sentía nada desde hacía mucho, mucho rato, tan sólo había sido meridianamente consciente de la sucesión de orgasmos. Abrió los ojos con un enorme esfuerzo y miró hacia la parte inferior de su cuerpo. Apenas entrevió una cosita flácida, deshinchada, moribunda. Cerró nuevamente los ojos. Los volvió a abrir y miró a la persona que yacía en el jergón. Era una mujer joven, bella, radiante, que tenía los ojos cerrados y parecía dormir apaciblemente, respirando con suavidad, con una leve sombra de sonrisa en los labios carnosos y rojos. --Cubridla con la manta --ordenó la vieja gitana. Los dos tipos que habían sujetado a Bruno cogieron la manta y taparon con ella a Sonia. La vieja se volvió hacia Bruno, que estaba echado en el suelo, donde le habían dejado al apartarle de encima del cuerpo de Sonia, incapaz de nada, respirando débilmente. --¿Cómo te sientes ahora, escritor? ¿Mejor? --y se rió levemente. Bruno no pudo hablar. No podía ya ni volver a abrir los ojos. --Es más fácil hacer daño a los débiles, ¿verdad? ¿Crees que habrás aprendido la lección, escritor? Un poco de tu vida ha pasado a la muchacha. La suficiente para que sane, para que se ponga buena. Es un trato justo, ¿no te parece? Su cuerpo ha mejorado... y esperamos que también su mente vuelva a ser como era antes, aunque esto --la vieja hizo una mueca--, no lo sabemos seguro. En parte depende de ti. ¿Estás sano de mente, escritor? ¿O hay algo retorcido en ella? Sí, algo malo debe de haber... El tiempo nos lo dirá. La gitana habló un rato más, o eso le pareció a Bruno, pero no recuerda sus palabras, si existieron. Lo siguiente que recuerda es el interior de la furgoneta, la misma en la que le habían traído a ese lugar, estuviera donde estuviera ese lugar. No abrió los ojos, no supo si los tres tipos estaban con él en la furgoneta, rodeándole y vigilándole como a la ida. No lo supo, ni le hubiera importado. Supuso que sí estaban. Despertó en su cama, unos tres días después de todo aquello. Permaneció allí mismo, en la cama, quizá un par de días más, incapaz de levantarse, incapaz de pensar en sostener su cuerpo sobre sus piernas, hecho un despojo humano. En alguna ocasión oyó sonar el teléfono, pero no pasó siquiera por su mente el atender la llamada. Sólo deseaba que cesara el sonido. El Bruno de hoy día, el que pasó por todo aquello, es un tipo escuálido, reseco, de ojos hundidos, sin luz en su interior, que camina casi arrastrando los pies. Si Óscar se encontrara con él alguna vez, podría derribarlo al suelo simplemente soplando. Pasa muchas horas sentado, le cuesta ponerse en pie y se mueve muy despacio, concentrado en cada movimiento, como temiendo caer al tropezar o chocar con algo. Lo observo a veces detenidamente, oigo su voz baja, débil, y me da por pensar que le han quitado media vida de encima. Como si se la hubieran arrebatado de alguna manera. FIN.
January 29
(c) 2009 by J.C. Planells
La Revista de Literatura, que edita Centro de Comunicación y Pedagogía, ha vuelto a dedicar un número a la ciencia ficción, como ya hiciera hace dos años. En esta ocasión, la temática versa sobre la fantasía y ciencia ficción destinadas al público juvenil. Con un equipo colaborador similar al del anterior número, éste es el sumario que ofrece:
"De la relación del psicoanálisis con Las crónicas de Narnia de C.S. Lewis", por Raúl Montero Gilete
"Fidelización del niño a la literatura", por David Mateo
"El primer autor juvenil de ciencia ficción: Julio Verne", por J.E. Álamo
"Los primeros tiempos de la ciencia ficción para jóvenes", por Juan Carlos Planells
"Narrativa juvenil: el fenómeno Harry Potter", por Miquel Barceló
"Mecanoscrit del segon origen: un fenómeno excepcional", por Domingo Santos
"El señor de los anillos: una obra para todas las edades", por Domingo Santos
"Cómo escribir fantasía (y ciencia ficción) para los jóvenes", por Domingo Santos
Lista de obras para iniciarse en la lectura de fantasía y ciencia ficción
"LIJ + F/SF", por Carlo Frabetti
Un autor frente a su espejo. Jordi Sierra i Fabra entrevista a Jordi Sierra i Fabra
"El libro en la pantalla: Clive Staples Lewis"
Crítica de libros: Certificado C99+, de Lluís Hernández i Sonali
Los artículos están profusamente ilustrados con portadas de libros y fotografías de los autores mencionados en ellos. Al final de cada artículo hay una breve reseña sobre el autor del mismo.
January 26 (c) 2009 by J.C. Planells
Hillary Waugh falleció el pasado 8 de diciembre a los 88 años de edad, y su muerte no fue noticia en los medios de comunicación españoles, ni siquiera los aficionados a la novela policiaca han podido enterarse, pues. Eso lo sitúa, por tanto, entre los autores olvidados, injustamente olvidados, porque si de alguien nadie se molesta en notificar su muerte es ya lo suficientemente lamentable. Yo me enteré cuando hace unos días busqué datos suyos en internet para un posible artículo sobre una de sus novelas que acababa de leer: a eso se le llama casualidad o destino. Ahora ese posible artículo se convierte, por tanto, en un recordatorio de su trayectoria. Este escritor americano, nacido en 1920, tenía un cierto toque británico. En general, los autores americanos e ingleses de novelas policiacas --tanto si son detectivescas, thrillers o negras--, difieren en estilos. Los americanos son más duros, más dados a la acción o al palabreo; los ingleses son más reflexivos, más dados a la introspección y a lo psicológico o a un clima misterioso. Curiosamente, ha habido escritores americanos que han sido tomados por ingleses debido a su estilo de novela, a su escritura: John Dickson Carr es el ejemplo más claro, y nuestro Hillary Waugh es otro. Publicó su primera novela policiaca en 1947, y la cuarta, aparecida en 1952, alcanzó un gran renombre: Last Seen Wearing... está considerada como una de las mejores novelas del género policial en una lista que realizaron los propios escritores hace ya varias décadas (desconozco si existe alguna edición en castellano de la novela). Varias de las novelas de Waugh estaban protagonizadas por el jefe de policía Fred Fellows: Sleep Long, My Love; Veneno puro; Nacida para víctima y Muerte y circunstancias, entre otras. También contó con otros personajes fijos, como el detective Sessions, que aparece en 30 Manhattan East y The Young Prey. Pero muchas de sus novelas (escribió más de cincuenta en total) carecen de detective fijo e incluso abarcan otro tipo de novela policial. Escribió algunas novelas con seudónimos como H. Baldwin Taylor, Harry Walker o Elissa Grandower, aunque las novelas con este último nombre se editaron en Gran Bretaña con el suyo verdadero. Entre estas novelas sin protagonista fijo destacan Corra cuando diga ¡ya! --un thriller de acción y suspense--, La joven desaparecida y ¿Quién mató a Sally? Una de las principales caracteristicas de muchas de sus novelas --o de las pocas que le conocemos en edición castellana o catalana-- es el situar la acción en pequeños enclaves urbanos, esas ciudades provincianas tan típicamente americanas --que el director Richard Quine retrató perfectamente en la película Un extraño en mi vida--: lugares apacibles y tranquilos, de vidas rutinarias y acomodadas, donde todos se conocen aunque sea de vista, y donde derepente uno de ellos es asesinado, rompiendo la armonía de esa vida apacible y algo aburrida. Es el equivalente americano de los "asesinatos en la campiña inglesa", por así decir. Veneno puro y Sleep Long, My Love son dos de esta clase de novelas policiacas del autor, presididas además por el rigor detectivesco de la investigación (lo que en el género se suele llamar "procedural", y cuyo mejor representante es Ed McBain en su serie del Precinto 87). También podría incluirse entre ellas ¿Quién mató a Sally?, novela de 1974 algo más extensa de lo habitual en el autor y que en cierta forma antecede a los thrillers judiciales que John Grisham puso de moda hace ya unos años y situó en la lista de best-sellers mundial. Titulada en inglés Parrish for the Defense --y Doctor in Trial en su edición británica--, ¿Quién mató a Sally? es una novela particularmente ambiciosa. Si bien peca por un lado de un cierto exceso de prolijidad --que le lleva a descuidar alguna subtrama de los personajes secundarios-- que redunda en una narrativa algo lenta en su primer tercio, el balance final es el de una novela más que notable, que deja al lector realmente conmocionado con su desenlace. Waugh nos ofrece el retrato de un superabogado especialista en casos espectaculares y en defender acusados de homicidios cuya culpabilidad no ofrece dudas, consiguiendo absolverles o en todo caso condenas ridículas con sus artimañas legales ante el jurado. Parrish, el abogado, es un ser absolutamente despreciable, de una moral repugnante: manipula a todo el mundo, tanto a quienes están a sus órdenes como a los testigos de su defensa, o al propio defendido, haciendo gala de una (oculta) falta de escrúpulos que llega a indignar al lector: calificarlo de hijo de puta es poco. La novela es más un retrato de ese detestable Parrish y sus manejos en la defensa de un médico acusado de asesinar a su esposa, que no la investigación o búsqueda del verdadero culpable, búsqueda que cesa tan pronto como la policía considera que el médico es el único sospechoso y por tanto culpable del crimen. El lector intuye que el médico es inocente, y a Parrish en el fondo le da lo mismo en tanto pueda sacarle todo el dinero posible para llevar adelante su caso de la mejor manera y sacarle absuelto. Los manejos a que ello da lugar --que en algún punto resultan incluso inverosímiles, hay que decirlo-- provocan un rechazo casi físico del lector hacia el personaje. Un desenlace contundente, unas cuatro páginas finales que caen sobre el lector como martillazos, una tras otra, resuelven la incógnita planteada por el título español de la novela, describen el destino de los personajes tras los hechos, aumentan nuestro asco hacia Parrish y dejan al lector conmocionado. Hillary Waugh --de quien el estudioso del género Julian Symons tenía muy buen concepto como escritor-- fue pues un brillante autor de novelas policiacas escritas con rigor, seriedad, estilo pulcro y cuidado, tramas sensatamente concebidas y personajes muy interesantes. En 1989 se le concedió el Premio al Gran Maestro de la Novela Policiaca por parte del sindicato de autores del género. En castellano, algunas de sus novelas fueron editadas por la prestigiosa colección El Séptimo Círculo, de Argentina, y en España por Noguer en su colección Esfinge, o en Forum.
January 24 (c) 2009 by J.C. Planells Me refiero a la relación de obras de un autor traducidas y publicadas en castellano, no a una bibliografía temática para documentar un artículo o ensayo sobre alguna especilidad: eso es otra historia. Por lo demás, no es mi intención explicar paso a paso cómo realizar la bibliografía de un autor (pues quien se mete a hacerla se supone que parte de unos conocimientos, datos o fuente fidedigna como base de su trabajo), sino dar unas cuantas indicaciones, fruto de la experiencia de años de trabajo editorial y del cotejo de las que he visto en diversas ocasiones sobre autores concretos. Por poner un ejemplo bastante conocido de lo que trato, el lector de ciencia ficción está familiarizado con los libros editados por La Factoría y Gigamesh Ediciones, que suelen incluir al final de la novela la bibliografía del autor de turno, con indicación de las traducciones al castellano de sus obras. Asimismo, el lector ya está familiarizado con que las de La Factoría contienen a veces errores de bulto, imprecisiones, omisiones y datos equivocados respecto a las ediciones en castellano. Por el contrario, las de Gigamesh es difícil que contengan errores, y aún menos datos equivocados. No es imposible --nada es imposible--, pero tienen un altísimo nivel de fiabilidad. ¿Cuál es el motivo? Bien, puedo decir que sé cómo hacen los de Gigamesh sus bibliografías, pero ignoro cómo las hacen en La Factoría. Primero lo básico Si usted tiene que hacer una bibliografía en castellano de un autor extranjero --el que sea--, debe partir de una premisa básica: ni se le ocurra el consultar datos en el ISBN. Por mi experiencia laboral, he tenido que bregar con innumerables bibliografías en libros editados por diversas editoriales, cuyo responsable había extraído los datos de edición en castellano de determinadas obras directamente del ISBN, y la cantidad de errores, disparates, datos equivocados --o directamente falsos-- era monumental. Editoriales de Barcelona eran consideradas como con sede en Madrid; libros que nunca habían sido editados figuraban como publicados a cargo de tal o cual editor; libros de un autor se atribuían a otro autor simplemente por coincidencia de apellido (pero no de nombre de pila, que a veces se omite en el ISBN); errores en el título de la obra reseñada, errores en la atribución del editor señalado; omisión de títulos publicados reiteradamente, que no figuran en el ISBN; y etc. etc. etc. No hace mucho tiempo, con motivo de un cúmulo de disparates realmente extraordinario, me interesé por el motivo que podía producirlos, y según me explicó un editor parece ser que los editores deben solicitar un número de ISBN antes de publicar el libro, y para ello deben facilitar los datos del libro correspondiente, que el ISBN anota en una ficha; las fichas pasan luego de mano en mano y de ahí nacen los errores. No me convence la explicación, la verdad sea dicha. No es de recibo que dé lugar a tal cúmulo de disparates como los que aparecen en el ISBN en cualquier búsqueda que se haga. Y sin embargo, la mayoría de datos que se ofrecen en bibliografías aparecidas en libros y revistas, y en artículos, proceden del ISBN. En Gigamesh, por el contrario (tras aprender la dudosa fiabilidad de tales datos), utilizan como fuente de consultas datos extraídos de bibliotecas de todo el orbe castellanoparlante --además de diversas otras fuentes y medios--, una tarea de chinos que me contaron cómo se hace y no conseguí entenderlo, a decir verdad, pero que conduce a resultados impensables en otro sistema. Es un trabajo de equipo Una bibliografía como las ofrecidas por La Factoría o Gigamesh, o como las que a veces aparecen al final de un artículo, ensayo, etc., no puede ni debe ser un trabajo unipersonal. Debe ser, por el contrario, un trabajo entre varias personas. Lamentablemente, en España casi nunca es así: el secretismo, el recelo, el "miedo a que me copien", el "yo soy sabio y lo hago todo bien", la desconfianza o menosprecio hacia el otro, todo ello hace que muchos responsables de bibliografías publicadas en revistas o libros lo hagan todo por sí mismos, sin consultar con nadie, y no pocas veces caen en errores y omisiones realmente bochornosas que se hubieran podido solventar muy fácilmente con una simple consulta (no faltan en España aficionados que llevan fiables registros y bibliografías por su cuenta de toda clase, tipo y condición). Y no aumentaré el bochorno de esos ineptos individualistas dando sus nombres: bastante pena arrastran con su afán de secretismo y de egocentrismo (que como ven, riman). Y debe tenerse en cuenta que luego muchas veces estos datos se arrastran en otras partes, se consideran como fiables por otros autores o coleccionistas que los consultan de buena fe, con lo cual aumenta más la irresponsabilidad del (ir)responsable. Lo habitual --lo que se hace en otras partes (países)-- es hacer circular el documento entre varias personas conocedoras del autor o del tema a tratar donde se reseñen diversas obras de diferentes autores, a fin de que cada una aporte sus conocimientos. Sobre un esquema de la bibliografía realizado por el autor del artículo, ensayo, libro, etc., cada uno aporta lo que pueda faltar: ese libro traducido que casi nadie ha visto o que fue editado hace treinta o cuarenta años, ese relato que apareció en tal publicación semiignota, esa edición en tal o cual país sudamericano, etc. Así, entre varios, aportando cada uno su parte de conocimiento, se puede conseguir una bibliografía lo más completa y exacta posible. Ese es, en parte, el sistema que usa Gigamesh, que, lo han adivinado, prescinde olímpicamente del ISBN para evitar disparates. Como seguramente muchos pensarán que estoy haciendo demasiada propaganda de Gigamesh, ahí va un palo contra ellos: por puro capricho de su editor, Alejo Cuervo, no se incluyó en la bibliografía de Philip K. Dick publicada en La pistola de rayos la edición que una pequeña editorial realizó hace años del guión cinematográfico que Dick escribió sobre Ubik, porque al camarada Alejo no le parecía un trabajo serio y por tanto no debía ponerse. Como se ve, pues, el trabajo en equipo está sujeto también a caprichos y manías. Y este de Alejo no es el único caso de "capricho de editor" que omite algo de la bibliografía de un autor porque cree que no ha de ponerse (lo cual, evidentemente, resulta impresentable en cualquier bibliografía sensata o en cualquier trabajo verdaderamente serio), pero valga a modo de ejemplo. Las excusas para omitir textos en bibliografías por parte de los caprichosos y los maniáticos son muy variadas y algunas rozan lo ridículo. Omito nombres, también, para no avergonzarles. La fuente original Evidentemente, el punto de partida ha de ser una bibliografía completa del autor sobre el que se va a trabajar. Es decir, la bibliografía original de ese autor, sus "obras completas", por así decir, si es que tal cosa existe (lo que no suele ocurrir más que muy contadamente). Hemos de procurarnos una relación completa de sus obras y cotejarla con diversas otras fuentes y bibliografías. Decir esto parece una simpleza, pero el cotejo de datos es algo fundamental en cualquier trabajo literario que se emprenda. Les pongo un ejemplo de parvulario: cualquier medida debe tomarse dos veces. La persona que cambia un cristal de una ventana, toma primero las medidas del cristal dos veces (o tres si es puntilloso) a fin de no cometer errores (un cristal que se queda corto por un milímetro, o largo de medio centímetro). He sido testigo en varias ocasiones de errores cometidos por obreros que medían una única vez el cristal, el tubo, la madera o lo que fuera que debían instalar o cambiar, y que luego no encajaba o encajaba mal y no se explicaban el porqué. Pues con los datos literarios ocurre --debe ocurrir, debería ocurrir-- exactamente lo mismo: los datos hay que cotejarlos en más de una fuente distinta, pero me temo que no pocos (ir)responsables de bibliografías y datos literarios pasan olímpicamente de ello. Explicaré una batallita propia para ilustrarlo, a ver si se entiende mejor: Cuando el año pasado empecé a preparar un ensayo sobre los relatos de Robert Sheckley, busqué diversas bibliografías suyas por internet --qué remedio, o qué ventaja, según como consideren ustedes el mundo de internet-- porque precisaba de datos concretos sobre títulos originales y año de aparición de unos pocos relatos. Pues bien, encontré varias, tanto en webs extranjeras como españolas, y pocas coincidían, en muchas faltaban datos, en otras los datos eran incompletos o erróneos o contradictorios. Para más inri, y para estupefacción mía, descubrí algo muy curioso: como yo no tengo ordenador --soy pobre y paso miseria--, realizo mis trabajos en cibercafés, y aunque generalmente voy al mismo, por razones que no son del caso en el tiempo de ese trabajo iba a dos distintos alguna vez, y aun entrando por google a buscar páginas sobre Robert Sheckley y bibliografías de este autor... los resultados que se me ofrecían en ambos cibercafés eran distintos. De hecho, sólo en uno de ellos conseguí encontrar una bibliografía realmente completísima e impresionante, no recuerdo en qué página, que por más que la volví a buscar luego en el otro cibercafé no conseguí dar con ella. Raro, sí; imposible, si quieren; pero cierto (y no es la única vez que he encontrado datos distintos en google en dos cibercafés distintos). Por lo demás, para otros textos a propósito de otros autores, al precisar datos bibliográficos, me he encontrado con no pocos errores y omisiones en bibliografías colgadas en internet, incluso en páginas consideradas como "semioficiales" del autor en cuestión. De todo ello ha nacido mi manera de trabajar: cotejo en internet los datos no ya dos veces, sino cinco o seis, y siempre obtengo resultados distintos según las webs consultadas. Aunque, la verdad sea dicha, ése ha sido siempre mi modo de trabajo ya antes de la existencia de internet... ¿Y la wikipedia? Raras veces consulto la wikipedia española para dato alguno. Como otros más autorizados que yo ya han cantado sus dudosas excelencias, nada puedo añadir al respecto. En todo caso, la versión americana parece bastante fiable, y ahí sí he consultado a veces datos concretos respecto a una u otra persona objeto de algún artículo (pero siempre cotejando luego en más fuentes de todo tipo, porque más de una vez encuentro fechas de nacimiento que no concuerdan en tal o cual libro, revista, ficha, etc., y desentrañar la verdad parece tarea de chinos), e incluso para una relación no exhaustiva de datos bibliograficos resulta a veces inesperadamente fiable. La española a veces es ininteligible incluso en sus simples redactados. No hace mucho, para unos datos biográficos sobre una persona poco conocida encontré su entrada en la wikipedia española: unos pocos párrafos escritos en una jerigonza incomprensible, muy lejanamente emparentada con algo que podría ser español, aunque no lo aseguro. Me fui a la americana y entendí el largo texto inglés perfectamente. En todo caso, para un artículo rápido y sin profundidad, las bibliografías que facilita de algún autor español --o de los pocos que he visto-- suelen ser algo fiables. Pero tengan en cuenta que sólo la he consultado unas tres o cuatro veces en cuatro años... Para trabajos serios, lo mejor es ignorarla. Si encima, como dicen algunos, cualquiera puede meter la mano en los textos y retocarlos a capricho, en fin, ya ni les digo: un día aparecerá que La vida es sueño la escribió Cervantes, y el que lo lea lo tomará en serio. Consideraciones finales Sinceramente, no creo que este artículo le haya servido de mucho, pero es que no pretendía dar una clase de cómo hacer una bibliografía, sino más bien cómo no se debe hacer. Apuntar algunos detalles, algunas normas muy básicas, elementales en realidad, a fin de evitar posibles errores. Una bibliografía es algo que uno solo no va a poder hacer, y es que la información debe ser siempre algo compartido entre varias personas. Y por mucho que se esfuerce, siempre quedará algo fuera. Aunque el trabajo el equipo, como se ve, también está sujeto a inconvenientes.
January 22 (c) 2009 by J.C. Planells
 Probablemente debido a inmadurez mía, necesito una mano que me guíe por los sitios y por la vida, de ahí que aun detestando cualquier organización militar sienta una rara atracción por lo que de simplista hay en ella: se dan órdenes y se han de obedecer sin rechistar. Como ya conté en un capítulo de "Relatos autobiográficos", hice la mili --y encima terminé agregado al servicio de inteligencia militar (!!!) como espía camuflado (!!!!): más o menos, como un James Bond de baratillo--, o sea que sé lo que es mandar y acatar órdenes, lo que constituye la esencial militar y la vida de cuartel. Sí, es un mundo con un cierto espíritu colectivo de vida y socialización, simple y carente de complejidades... hasta que no hay un conflicto, vaya. En mis tiempos, pues, y en los de las generaciones anteriores, y alguna de las posteriores, el ejército era cosa de hombres duros, rudos, viriles, recios y bigotudos, que además --y eso me sorprendió muchísimo-- muchos de ellos le daban a la botella cosa mala (era muy pesado ir de noche recogiendo a los suboficiales borrachos de la cantina de enfrente al cuartel, y algo más divertido escuchar las aventuras de un capitán en los bares de putas). Hoy esto ha cambiado. Los hombres del ejército, especialmente en lo que a los mandos militares se refiere --oficiales y generales-- suelen tener alguna carrera, han realizado sus estudios pertinentes y son ante todo profesionales, y quizá no le den tanto a la botella como los que yo conocí (o lo harán con más disimulo). El ejército, desde 1972-1973 en que yo hice la mili, ha cambiado, se ha modernizado y socializado. Y tras la muerte del camarada caudillo, el ministro de Defensa acabaría dejando de ser un militar recio y viril para ser un simple funcionario civil (esto rima, fíjense). Ahora, encima, el ministro de Defensa --o sea, quien manda en el ejército desde el Gobierno--, es una mujer, para desmayo --supongo-- e irritación --imagino-- de no pocos anquilosados en un pasado polvoriento (y sangriento). Hubo rasgar de vestiduras cuando su nombramiento en 2008, hubo acusaciones fachas de que el ejército se convertiría en un "batallón de modistillas", aludiendo a algo que muy pocos entenderán quizá: un cuplé de la década de 1920 titulado precisamente "Batallón de modistillas", que pueden encontrar en algunas grabaciones de los años cincuenta o sesenta en la voz de Lilian de Celis (ventajas de estar con un pie en la tumba: aún recuerdo cuando iba de niño con mis papás a cazar diplodocus para comer...), y en cuya divertida letra se aludía a las modistillas de Madrid que, jacarandosas, desfilaban en busca de novio ("un, dos, tres, ¡ahora va bien! / un, dos, tres, ahora va bien"). En todo caso, el "batallón de modistillas" ya existía, por decirlo así, desde que la mujer fue admitida en el ejército español, y había por lo tanto mujeres soldado y también oficiales y suboficiales mujeres. Otra cuestión es, como comenté de paso en un artículo en 2006, que sea necesario o incluso deseable que la mujer se dedique a hacer el soldado y matar gente para ser igual que el hombre: es discutible, pienso yo. Pero en esto ocurre lo mismo que con lo de aprender a tocar la pandereta: no es imprescindible aprender a tocarla, pero si se quiere hacerlo, es mejor tocarla bien. ¿Hay mujeres soldado y tenientes femeninas y sargentos femeninos? (no me da la gana de escribir soldadas, tenientas, sargentas, lo mismo que no me da la gana escribir miembras). Pues adelante. Decía, pues, que ahora tenemos una ministra de Defensa, en vez de un ministro barbudo, bigotudo o seco y enteco (por no hablar de militares con bigote y cara de mala leche, arrugas en la cara y olor a tabaco barato, como antes). Tenemos una ministra guay y divina de la muerte, algo pijita, toda rubia y guapetona, que manda firmes a la tropa con acento catalán, para aumentar así la furia de los fachas (algo que me alegra infinito: cuanto más furiosos se pongan ellos, más feliz soy yo, y además conviene tener en cuenta que estar de mal humor es algo innato en los fachas, por razones que desarrollaría en algún texto si no fuera que no me apetece hacerlo, y no me van ese tipo de artículos "arraholados", si pillan el juego de palabrotas...), que por si fuera poco estaba embarazada y a punto de parir cuando la nombraron, y que quizá ni llegase a la altura reglamentaria para alistarse como soldado. No importa: está ahí y en cuatro días, realmente en cuatro días, se ha ganado el respeto del ejército, salvo de algún machista y algún fascistoide anquilosado en fórmulas carpetovetónicas y escleróticas. Incluso cuando la critican los habitantes de la caverna, lo hacen con cierto respeto --desganado, eso sí--. Incluso --ojo al dato-- la temible Espe ha salido en su defensa cuando criticaron a la Carmeta por vestir según exige el protocolo en la Pascual Militar de 2009. Total: las críticas se estrellan en la ministra como si llevara chaleco antibalas. Cierto que su juventud --no llega a los 40 tacos-- muestra que está en los inicios de una carrera política que no se sabe a dónde irá a parar. Y en política, los despeñamientos son temibles. Pero en todo caso, e independientemente de los muchos o pocos errores que pueda cometer en su futuro político como ministra o lo que le toque ser con el tiempo, se ha ganado el ser incorporada a esta rutilante y deslumbrante --a mí me lo parece, qué quieren que les diga-- "Galería de mujeres", donde muchas son las llamadas y pocas las escogidas, pues para ello han de cumplir tres requisitos básicos, juntos o por separado: a) estar buenas; b) ser buenas; c) haber hecho cosas buenas. Reconozco, empero, que para aparecer aquí no basta con el primero, pues éste ha de ir acompañado ineludiblemente siempre del segundo o del tercero, o de lo contrario no pueden incorporarse a la Galería. La Carmeta ha sido escogida por lo conseguido en breve tiempo y en un difícil cometido que la situaba en el blanco de todas las críticas posibles. Puede que a muchos les parezca poco o simplemente normal lo que ha hecho: cumplir con su obligación, pero para quien tiene más años que ella, y quien recuerda cómo era el ejército hace no tantos años (Milans del Bosch, por ejemplo) realmente es impagable lo que ha logrado. Además, a ella se le nota que hace con convicción lo que algunos antecesores suyos hacían con cara de circunstancias y mal gesto, porque su cargo obligaba a ello.
January 20 [Este artículo apareció con el título de "Dr. Brunner y Mr. Zanzibar" en el número 49 de BEM, febrero-marzo de 1996, con motivo del fallecimiento de John Brunner.] (c) 1996 by J.C. Planells  Ya desde un buen principio, John Brunner fue un autor presente en las colecciones españolas de ciencia ficción de comienzos de los años sesenta: Nebulae, Cénit, Galaxia..., y con algunas intermitencias ha sido también publicado hasta fecha tan reciente como este mismo año de su fallecimiento, 1995. Sin embargo, no dejo de pensar que Brunner muere siendo casi un desconocido para el lector en castellano. O, mejor, un autor muy mal conocido y nada reconocido. Para ese lector hispano, el nombre de Brunner va unido a: a) un montón de space operas (Los ritos de Ohe, Los vengadores de Carrig, Los superbárbaros...) y b) unas pocas obras "serias" (Todos sobre Zanzíbar, El rebaño ciego, Órbita inestable). Y eso es todo, amigos. Por tanto no es de extrañar que ese lector a su vez se extrañe de que quien escribiera El rebaño ciego fuera el mismo autor que el de Los superbárbaros, obras separadas por una distancia mayor que la que separa el Sol de la Tierra. Un repaso a la abundante y, muchas veces, caótica bibliografía del autor deja perplejo y confundido al más animoso. Fantasía, ciencia ficción, thrillers, aventuras, ensayo, novelas psicológicas, poesía, divulgación, historia, se alternan y mezclan, se suceden y se separan en una mezcolanza indistinguible. Más que un escritor, Brunner parecía una fábrica de producir literatura, una fábrica dividida en varios departamentos: nivel de alta calidad, departamento de pruebas y ensayos, producción de calidad media, producción de material al por mayor y producción de saldos de usar y tirar. ¿Cómo podía Brunner publicar en 1968 Todos sobre Zanzíbar y al año siguiente un espantoso space opera como Los vengadores de Carrig, que era a su vez una revisión de otro espanto de 1962 titulado Secret Agent of Terra? ¿Qué diantre tiene que ver una vulgaridad como Born Under Mars con una novela tan extraña e inclasificable, a la par que magnífica, como es Quicksand, ambas aparecidas en 1967? Aunque orientarse en semejante maremágnum no es tarea fácil, escarbando en su producción se pueden distinguir claramente tres John Brunner: el del montón de aburridas, vulgares e inútiles space operas, con algún ocasional y modesto acierto como Al borde de la nada y Eclipse total, pero destinadas también a un lento y piadoso olvido; el de las "obras maestras", como Todos sobre Zanzíbar, El rebaño ciego, Órbita inestable y El jinete en la onda del shock, clásicos vivos y perennes de la mejor ciencia ficción de todos los tiempos; y un tercer Brunner, el menos conocido en castellano, el más desapercibido de todos, pero quizá el más interesante: el autor de un puñado de novelas que van entre lo experimental y lo anticomercial; obras que aunque usando en muchos casos elementos de ciencia ficción o fantasía (o el absurdo), resultan algo incómodas para el lector de los noventa, obras como Las casillas de la ciudad, Jugadores del juego de la gente, Quicksand, Black Is the Color, Web of Everywhere, The Productions of Time y otras; obras que al no ceñirse ni al trillado space opera ni al "opus magna" dejaban perplejo e incómodo al editor y al lector. En el aspecto puramente literario, Brunner ha sido siempre un escritor pulido, innegablemente británico, es decir: un narrador nato. Su prosa es limpia, clara, eficaz, original y honesta. No es quizá un gran literato, pero sabe dar el tono adecuado a cada libro y a cada empresa. Quizá precisamente ese tono limpio, correcto y pulido hace que, curiosamente, sus space operas sean tan malas, puesto que la acción es más reflexiva, más lenta que en el rápido y trepidante space opera americano. Cuando se apartaba del space opera para ofrecer ciencia ficción más corriente, como en las citadas Al borde de la nada, Eclipse total o The Age of Miracles, obtenía pulcras y limpias novelas, de agradable e interesante lectura, aunque sin constituir nada especialmente perdurable. Al mejor Brunner hay que buscarle en sus trabajos mayores y en sus novelas que yo califico de experimentales a falta de una palabra más acertada, como las citadas más arriba. O en sus relatos, en muchos de los cuales se ven claramente sus cualidades de excelente narrador y original argumentista. Brunner se nos ha ido, pues, y es difícil que podamos conocer ese resto de su obra más interesante, para completar una visión de su novelística mejor. Dicen los entendidos que su calidad había bajado notablemente en la última década, afectada por sus problemas de salud. Es probable, ya que ni El crisol del tiempo, recientemente publicada por Ediciones B en su colección Nova, ni The Tides of Time resultan ciertamente memorables, aunque mantengan su pulcritud narrativa. Lamento no conocer Children of the Thunder, que pudo ser un regreso al mejor Brunner, pero cosechó críticas negativas. En todo caso, y teniendo en cuenta el actual panorama editorial español, difícilmente leeremos algo de las obras de calidad de Brunner que aún no conocemos. [Nota de 2009: Esta profecía se ha cumplido: seguimos sin conocer nada del Brunner más interesante pasados catorce años de su muerte.] January 18 (c) 2008 by J.C. Planells
En el mundo del rock, más o menos casi todos han conseguido ser famosos, aunque sólo fuera durante una semana, o durante el tiempo que se mantenía su canción en el número 1 del hit parade. Los hay cuya fama se prolonga años, otros décadas, otros meses y otros un verano. Los hay asimismo que parece no tengan vocación de famosos. Quizá sea éste el caso de Steve Harley. Nació en 1951, con el nombre de Stephen Malcolm Ronald Niza, y fue un niño enfermo durante varios años, sometido a diversas operaciones, que le dejaron una leve cojera y astillas en los hombros y las rodillas. Trabajó durante un tiempo como oficinista, y hacia 1972 se dedicó a la música, fundando el grupo Cockney Rebel, que cambiaría de miembros a lo largo de los años, apareciendo y desapareciendo como el Guadiana. Grabaron varios singles, y un LP llamado The Human Menagerie. Tuvieron éxitos en las listas, como "Sebastian" o "Mr. Soft", entre otros. Pero la década de 1970 era una década extraña para empezar a hacer rock: el ambientillo musical británico andaba algo desnortado: los Beatles se habían separado hacía poco, los Rolling proseguían sin Brian Jones, trágicamente fallecido un lustro atrás y no parecían progresar, los Kinks estaban metidos en sus álbumes conceptuales, tan discutidos por muchos, y Pink Floyd iba a reinventarse tras la deserción de Syd Barrett. Las nuevas fórmulas contribuirían a descolocar a mucha gente, y ascendió entonces el fenómeno del "glam rock", cuya cabeza más visible era David Bowie. Probablemente debido a ello, los discos y la música en general de Steve Harley and Cockney Rebel fueron considerados por muchos como dentro del "glam rock", especialmente por razones más estéticas que musicales. Cierto, sus textos, sus portadas, su grafismo, parecían participar de ese movimiento, pero igualmente su música lo bordeaba a veces. En realidad, Steve Harley y su grupo eran una mezcla de pop-rock normalillo, con un cierto toque de Kinks y de "glam rock", probablemente de manera un tanto inadvertida y despreocupada para ellos mismos. En todo caso, se apreciaban sus canciones, pero la gente parecía buscar y preferir otras fórmulas, y la música de Harley y su grupo no entraba de lleno en ello, estaba en una especie de tierra de nadie; de ahí que Bowie triunfara, Queen les superara sin dificultad y otros apararan la actualidad. Y Harley empezó la década de los ochenta en horas bajísimas y con algunos tropiezos profesionales. En todo caso, nunca se rindió. Si sobrevivió a una larga enfermedad durante su niñez, podía sobrevivir a los vaivenes del mundo del rock, que han arrastrado al olvido (o a sitios peores aún) a tanta gente... Siguió dando conciertos de tarde en tarde, muchas veces en solitario, otras refundando a ratos Cockney Rebel, y escribiendo incluso canciones para otros artistas. Su imagen actual, con barba, le da un curioso aspecto de héroe retirado, eso que las mujeres llaman "un hombre interesante". Todo tiene su recompensa en la vida (tarde, a veces, pero la tiene). En 1997, la película Full Monty, todo un éxito mundial, incluyó su tema de 1975 "Make Me Smile (Come up and See Me)" en la banda sonora del film, y eso hizo que mucha gente descubriera a Steve Harley and Cockey Rebel, y que un antiguo vídeo con la canción fuese recuperado en las cadenas televisivas de pop-rock y emitido regularmente, incluso a día de hoy. Asimismo, contribuyó a la reedición en CD de algunos de sus álbumes de los setenta, a recopilaciones de sus temas y a un modesto revival. Nada de ello hizo perder la cabeza a Harley, que siguió con su ritmo tranquilo de vida, en el último pupitre de la clase de rock, por así decir. Lo curioso del caso es que "Make Me Smile", que en su día fue un hit, tiene muy poco que ver con el estilo habitual de pop-rock de Harley, que suele oscilar entre lo preciosista y lo decadente, con un toque oscuro a veces. Por el contrario, "Make Me Smile" es una canción que transmite felicidad al oírla: es inevitable escucharla con una sonrisa en los labios, y al terminar uno siente ganas de abrazar al primero que vea. Steve Harley (con o sin Cockney Rebel) es una de esas rarezas del rock que merece ser descubierto y apreciado. No es "glam rock", pero lo parece. No es como los Kinks, pero recuerda a ellos a veces. Es buen pop rock, nada más. O nada menos.
January 15 (c) 2009 by J.C. Planells (Aventuras de Harold Smith: episodios inéditos) Para Nofret, un regalo de Reyes con un poco de retraso. JCP.
 --Oiga, jefe, ¿qué es un crimen perfecto? --le pregunté a Harold mientras desayunábamos. --Caramba, pues está muy claro: es un crimen en el que resulta imposible descubrir al culpable, porque no ha dejado pista alguna que conduzca a su identificación. --¿Que no ha dejado pistas? ¿Hay que dejar pistas cuando se comete un asesinato? --pregunté extrañado. --Mira que llegas a ser borrego... Se supone que no hay que dejarlas, pero los asesinos siempre cometen errores por mucho cuidado que pongan, y eso deja pistas que lleva a la policía a descubrirles. Por lo tanto, un crimen perfecto es aquel en el que resulta imposible descubrir al autor porque éste ha logrado cometerlo de tal manera que no se le pueda descubrir ni acusar. O, yendo más lejos, en que el asesinato parezca un accidente para todo el mundo. Reflexioné sobre todo aquello mientras me tomaba otra tostada. --O sea --dije al final, algo desilusionado--, que no tiene nada que ver con que el asesinato sea bonito. --¿Qué tontería es ésa? --Harold se atragantó con su tostada. --Es que yo me pensaba que un crimen perfecto era uno que estaba muy bien hecho, con toda perfección de detalles. O sea, el puñal bien afilado, sin óxido en el filo; la pistola de una buena marca y con los tiros dando en el centro del corazón, el veneno de buena crianza..., el asesino yendo bien vestido, sin una arruga en el traje, y el escenario del crimen sin manchas de sangre que lo ensucien ni arrugas en la alfombra. Por no hablar, claro, de trozos de cerebro esparcidos tras abrirle la cabeza a porrazos a la víctima. --Realmente, Diógenes, es asombrosa la cantidad de estupideces que puedes soltar en menos de un minuto. --¿En esas novelas policiacas que usted lee salen también crímenes perfectos? --le pregunté. --Pues claro que no --se escandalizó Harold--. ¡Cómo se te ocurre una novela policiaca en la que al final no se descubra al asesino! --¿Y cómo se soluciona un asesinato perfecto, entonces? Harold gruñó y se largó a la cocina para lavar los platos del desayuno y los de la cena de la noche pasada. Yo terminé de desayunar meditando profundamente en todo aquello y sin verlo claro. Y entonces sonó el teléfono. --Aquí Diógenes, el ayudante número uno del detective privado también número uno de Inglaterra y parte del extranjero --contesté al aparato, esperando que Harold no lo oyera desde la cocina. --Soy la condesa de Bulwer-Macht --dijo una voz altiva--. Mi esposo ha sido envenenado. Quiero que vengan a mi mansión y descubran al asesino. --Espere, que esto es cosa del jefe. Fui a avisar a Harold, y cuando oyó que era una condesa quien llamaba salió pitando de la cocina para atender el teléfono, dejándose el grifo abierto y los platos a medio fregar Como soy consciente de mis deberes, cerré el grifo y volví al despacho. Harold hablaba y escuchaba por teléfono mientras hacía grandes reverencias, porque eso de la nobleza británica le impresionaba mucho. --A sus dignos pies, mi querida condesa. Soy su más rendido esclavo. Dígame... Ya veo, pero eso es un asunto para Scotland Yard, mi estimadísima condesa. Un asesinato. Sí, comprendo. Bien, mi augusta dama, mi insignificante ayudante y yo pondremos a su servicio nuestra vida y yo mi cerebro. Vamos volando, noble patricia y señora. Harold colgó con una reverencia que casi estampa la frente en el suelo. --La condesa de Bulwer-Macht --dijo rebosando excitación. Me recordó a un señor muy mayor que vi el sábado, que miraba igual de excitado en el cine del barrio el cartel de una película de Raquel Welch que pasaba en la prehistoria--. Su marido ha sido envenenado y quiere que descubramos al culpable. ¿Lo ves, Diógenes? Empezamos a cosechar los frutos de nuestro éxito con el caso de los rubíes. --Pero debería ir Scotland Yard si se trata de un asesinato... --La estimadísima condesa de Bulwer-Macht no lo quiere. Dice que los policías sólo sirven para hacerse novios de las criadas y tomar el té de gorra en la cocina a escondidas de los condes y hartarse de pastas. Y tiene toda la razón, es lo que suelen hacer. Luego se casan con las criadas, y la condesa se quedaría sin servicio en dos días. ¡Qué vergüenza! ¡En marcha, esclavo! Nos fuimos corriendo a la mansión de la condesa. Y digo corriendo, en el sentido exacto de la palabra, pues como siempre en casos de urgencia, Harold no se molestó en perder el tiempo buscando un taxi o un trolebús que nos dejase cerca, sino que arrancó a todo correr por las calles. Llegamos a la puerta de la mansión y llamamos con la lengua fuera. Nos abrió un seco y enteco mayordomo, maromo que era de la cocinera que limpiaba la encimera. El vestíbulo, agobiante cual patíbulo, mostró eco mientras el seco y enteco lacayo nos conducía con desmayo a presencia de su eminencia, la condesa, esa que había llamado por la muerte de su amado. Harold besó el suelo ante la dueña de la casa. --Condesa, heme a vuestros pies postrado. --Detective, mi marido ha sido envenenado. --¿Envenenado, decís? --Sí, tal como lo oís. --¿Cómo ha pasado? --Por un resfriado. --¿Algo ha tomado? --Lo encomendado. --Ya me he enterado. --Oigan, me estoy mareando un poco --dije--. ¿No pueden hablar normal? La condesa y Harold me miraron altivamente. --Su ayudante es de clase vil e inferior, ¿verdad? --dijo la condesa mirándome de arriba abajo con sus impertinentes--. ¿Y encima extranjero, dice usted? En fin, resignación. En efecto, señor Smith. Mi marido, el conde, ha muerto esta mañana tras tomar su medicación contra el resfriado que había contraído hace unos días. Espero de usted descubra quién de esta casa ha cometido tal felonía. Puesto que el frasco es el mismo que usó ayer noche, sin consecuencia alguna, creo evidente que uno de los de la mansión ha sido el miserable envenenador, ya que no hemos recibido visitas desde entonces ni nadie ha podido penetrar en la mansión sin ser invitado. --Precisaré una relación de cuantos viven en la casa, mi admirada condesa. Así como del servicio... --El mayordomo se la proporcionará. Aunque creo podemos descartar al servicio. Llevan siglos con nosotros. --¿Siglos? --me quedé pasmado. --Sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos, por no remontarnos más atrás, ya trabajaban para los padres, los abuelos y los bisabuelos, por no remontarnos más atrás, del conde --dijo la condesa, mirándome con desdén--. No cabe esperar de ellos algo tan inconsecuente como morder la mano que les echa de comer, de quien es dueño, amo y señor de sus vidas y voluntades. --Qué fuerte, oiga --dije, admirado. El seco y enteco mayordomo, maromo de la cocinera que limpiaba la encimera, nos facilitó la lista de los habitantes de la mansión, excluidos los miembros del vil servicio. En total, se reducían a cinco. La condesa, que como viuda y clienta nuestra quedaba descartada como sospechosa --o nos quedaríamos sin cobrar de resultar ser ella la envenenadora--. Rufus Maynard, hermano de la condesa, del que supimos que era un jugador, un fresco, un borracho y había falsificado algunos cheques con la firma del conde, su cuñado, para pagar deudas. Sheila Bulwer-Macht, una rubia oxigenada sobrina del conde, que vivía con ellos para ver si así enderezaba su vida alocada y disipada, y dejaba de practicar la equitación (Harold tuvo un ataque de tos al enterarse, que se agravó al comunicársele que la sobrina ni siquiera tenía caballo). Ethel Maynard, una muchacha de agradable aspecto, sobrina de la condesa, que vivía en la mansión porque era huérfana de padre y también de madre; al contrario que Sheila, era una joven de estricta educación e irreprochable conducta. Y, finalmente, Vivian Bulwer-Macht, otra sobrina del conde, morena y algo temperamental, bastante hueca de cabeza y empeñada en casarse con un tipo que tocaba la batería en un conjunto pop. --¿Los Beatles? --pregunté, interesado. Pues no. Resultó que el novio había sido batería suplente de un conjunto pop que tocó como telonero en un concierto de Dave Clark Five, quienes en la lista de grupos importantes del pop británico andaban por el puesto diez o así. Según Vivian, pronto le iría mejor al novio ese, porque tenía un contrato para tocar como suplente del suplente del batería del conjunto que sería el suplente del grupo que haría de telonero en un concierto que se decía darían The Animals el año que viene, lo cual sí era subir bastante en la lista de importantes del pop británico, pues andaban por el cuarto puesto, más o menos. Calculé que si el novio en cuestión seguía una escala en progresión ascendente, en unos siete u ocho años probablemente sería candidato a posible suplente del aspirante a suplente del candidato al puesto de batería suplente del grupo suplente para telonero suplente del concierto que dieran por entonces los Beatles, que estaban en el número uno de importantes del pop británico (aunque para ver todo esto se necesitase un catalejo muy potente). --Todo son sobrinas --dije--. ¿No tienen hijos o no viven en la mansión? --No seas vulgar, Diógenes --me reprochó Harold--. Los condes no tienen hijos con las condesas: para eso están las amantes. --Pues habrá que buscar a la amante y considerarla sospechosa. ¿No vive en la mansión? --¿Cómo se te ocurre semejante idiotez? ¡Pues claro que no vive en la casa! --dijo Harold, escandalizado--. Esas cosas se mantienen en secreto y se llevan con discreción, como ha de ser en la nobleza. Le expliqué entonces una anécdota que oí contar a mis padres cuando yo era muy pequeño y creía que dormía ya. Un matrimonio de la aristocracia había ido a la ópera en el Liceo y la señora, mirando por los prismáticos la gente de los palcos, le dijo al marido: "Mira, allí enfrente está la amante del marqués X. La nuestra es mejor, ¿verdad?". Lo único que conseguí con ello fue que Harold se escandalizara aún más. Harold se había traído la lupa de investigar casos de la nobleza y le sacó el polvo antes de ponerse en acción. Probó si funcionaba bien examinando de cerca a la doncella mientras pasaba el plumero por unas figurillas, y logró que huyera asustada. Luego, examinó el frasquito del medicamento para el resfriado del conde y llegó a la conclusión de que las únicas huellas que se veían en él eran las del propio conde. El vaso que se había tomado despedía el fuerte y clásico olor a almendras amargas, debido al cianuro mezclado con el medicamento, pero el conde no había podido percibirlo a causa de su resfriado. Supimos que cualquiera pudo haber puesto el cianuro en el frasco en el tiempo comprendido entre la última vez que el conde lo usó, después de la cena, y la hora del desayuno, cuando murió envenenado al ingerir el medicamento. Todos habían estado en la casa y no había habido visita alguna en ese espacio de tiempo. Rufus se había ido después de cenar, para emborracharse con los amigotes, y regresó de madrugada: pudo poner entonces el veneno en el frasco. Sheila no estuvo durante la cena, porque había salido a montar (ataque de tos de Harold cuando le pregunté si la equitación también se practicaba de noche) y volvió hacia la una de la madrugada: pudo ponerlo entonces, cuando ya estaban todos dormidos. Vivian salió después de cenar, para invitar a su novio, el batería, a tomar un bocadillo y una cerveza en el pub más cercano y regresó una hora después. Ethel había estado con los condes, mirando la televisión, hasta que todos se acostaron alrededor de la once y media. --Total, que cualquiera de ellos pudo poner el veneno en el frasco, sin dificultad alguna --dictaminó Harold, algo preocupado--. Procedamos a interrogarles. El primero fue Rufus, que arrastraba una resaca de campeonato. Sus problemas económicos y los cheques que falsificó con la firma del conde lo hacían aparecer como el principal sospechoso. --Pues mire usted, señor Smith --nos dijo mientras engullía un zumo de tomate con clara de huevo y cara de asco--, lo cierto es que no recuerdo nada de anoche. Sé que cené y me fui tras discutir con mi cuñado, que se negaba a pagar una pequeña deuda de quinientas libras que contraje hace unos días. Estaba claro que iba a tener que falsificar otra vez uno de sus cheques, si es que conseguía forzar el cajón de su despacho, donde lo guarda desde la última falsificación. Así que me emborraché para olvidar mis deudas, pero no sirve de nada porque mis acreedores me llaman por teléfono a cada momento para recordármelo. Al menos ahora, con la parte de herencia que le toque a mi hermana, podré cancelar esa deuda y adquirir otras. --Ya veo --dijo Harold, algo pasmado por la frescura de Rufus--. Total, que usted tenía motivos para desear la muerte del conde... --En efecto, señor Smith. Sinceridad ante todo. Y le diré aún más: si fui yo quien puso el veneno en el frasco de su medicamento, la verdad es que no lo recuerdo. Puede que lo hiciera antes de salir a emborracharme, o acaso al volver, borracho perdido. Claro que, en este caso, con la curda que llevaba encima, debí de verter más veneno por el suelo o sobre los muebles que dentro del frasco. Si no ha encontrado rastros, es que lo hice antes de salir. Pero, en fin, no recuerdo nada, oiga. Fastidiado y algo perplejo a la vez, Harold pasó a interrogar a Sheila. --No sabe lo que me alegro de la muerte del tío Spencer --nos dijo tan pancha, sentada con una pierna en cada brazo del sillón--. Era un podrido que no me dejaba montar a gusto --ataque de tos de Harold-- y ya me tenía harta. Ahora, por fin, podré hacer lo que me venga en gana y salir cuando me apetezca y correrme todas las juergas habidas y por haber. Menos nobleza y más contubernio, que estamos en los años sesenta y el amor libre está a la orden del día. ¿Tiene usted novia, señor Smith? ¿No? ¿Le gustaría montar conmigo alguna vez? --Ataque de tos de Harold--. ¿Y tú, jovencito, qué edad tienes? --Se la dije--. Pues llámame dentro de unos cuatro años y montaremos juntos. --Harold tuvo que beberse toda una jarra de agua para apaciguar la tos que le entró--. Qué bien se va a vivir en esta casa a partir de hoy. Bueno, si no hay más preguntas, me voy un rato a montar con alguien. Sheila se largó corriendo. Harold llamó a la doncella asustadiza para pedirle otra jarra de agua antes de que avisara a Ethel, la siguiente de la familia. Este interrogatorio resultó sumamente aburrido e insípido. --Su tío ha sido asesinado --le dijo Harold, una vez ella se hubo sentado pulcramente en la silla, las manos sobre las rodillas. Ethel asintió con la cabeza, contemplando a Harold con unos ojos que parecían los de un búho. --¿Puede usted decirnos algo al respecto? Ethel miró a Harold inexpresiva. Me fijé en que ni parpadeaba. --¡Ejem! --tosió Harold--. ¿Sabe usted algo al respecto? --Tío Spencer ha muerto asesinado --dijo Ethel, sin entonación alguna. --Er... sí --dijo Harold, algo desconcertado--. Es por eso que estamos aquí. Ethel seguía mirando a Harold con sus ojos de búho. Harold empezaba ya a ponerse nervioso con su mirada, y a mí me entraba sueño. Los interrogatorios a veces resultan aburridos, pero éste era un récord mundial de insipidez. --A lo mejor usted puede aportar alguna idea --dijo Harold, entre exasperado, desesperado, impaciente y desconcertado. Ethel seguía mirándole ojiabierta y con la misma inexpresión en el rostro. Harold claudicó, le dijo que muchas gracias y que podía retirarse. Suspiró aliviado al ver cerrarse la puerta tras ella. Llamó a la doncella asustadiza para pedirle una copita de jerez con que reponerse, recobró la tranquilidad de espíritu e hizo pasar a Vivian, la novia del batería. --Sé que soy la principal sospechosa --dijo Vivian, desplomándose en la silla de golpe y adoptando aires de tragedia griega--. Tío Spencer estaba enfadado conmigo... bueno, furioso..., porque se creía que yo mantengo al pobre Willy. Willy es mi novio, el batería, ¿saben? --Sabemos. ¿Y es verdad que lo mantiene? --Claro que no --dijo Vivian, irguiéndose indignada--. Si por mantenerle entiende usted el pagarle el bocadillo de la cena y la cerveza, comprarle camisas nuevas y tejanos, regalarle colonias, invitarle algún domingo a comer en un buen restaurante y otros detalles, entonces sí. Pero eso no es mantener a alguien, ¿verdad? --Harold se bebió un buen trago de la jarra de agua al ver que la copita de jerez estaba vacía--. Willy trabaja. Bueno, trabajará un día de estos. --Vivian acentuó sus aires trágicos y miró al horizonte, o sea, a la pared de enfrente--. Pero tío Spencer se oponía a nuestro amor, y últimamente me dijo que o dejaba a Willy, o me echaría de casa. Según él, mi manutención iba a parar por completo al pobre Willy. Pero, señor Smith, ¿qué importa el dinero cuando el amor es puro? --Ahora usted herederá su parte de la fortuna del conde... --insinuó Harold. --Es verdad. --El rostro de Vivian se iluminó--. Ahora, además, Willy podrá venir a comer a casa, si la condesa no tiene inconveniente. Oh, estoy segura de que le gustará Willy. Tiene un encanto especial para las señoras mayores. Es tan guapo, tan dulce, tan callado... --Ajá. ¿Tiene usted idea de quién ha podido envenenar al conde? --Pues me tiene sin cuidado, oiga --se encogió de hombros y alzó la barbilla, desafiante--. Lo importante ahora es que Willy y yo seremos felices desde hoy mismo. Con eso se terminaron los interrogatorios y Harold se puso a reflexionar profundamente, mientras fumaba la pipa de las grandes ocasiones, en el salón donde habíamos recibido a las sobrinas y al cuñado del conde Bulwer-Macht. Yo me largué a la cocina, porque, como le dije a la condesa cuando al pasar por su lado volvió a mirarme con sus impertinentes de arriba abajo, estaba "en la edad del desarrollo" y debía alimentarme. Conque me instalé allí, en la cocina, para tomarme un buen tentempié y de paso a ver si me enteraba de algún cotilleo entre el servicio. Descubrí que la doncella asustadiza era algo simplona, la cocinera sisaba en la compra, el mayordomo se bebía a escondidas el coñac preferido del conde y el jardinero se dedicaba a dormir en el cobertizo en horas de faena. Nada de esto parecía muy prometedor, la verdad. Bien relleno de naranjada, bizcochos y un par de sándwiches de queso y jamón york, regresé al salón. Harold parecía más alarmado que preocupado. --Diógenes --dijo--, esto pinta bastante mal. Tenemos demasiados sospechosos: todos con sus motivos para querer eliminar al conde. ¡Y todos pudieron hacerlo! ¡Y no hay la menor pista! --Todos pudieron hacerlo, sí --dije--, pero sólo tres tienen motivos. Ethel, la idiota de la familia, no parece tenerlos. De hecho, no parece que tenga nada en la cabeza, aparte de pelo. Claro que por esa razón, en una novela policiaca sería la sospechosa principal. O sea, que seguimos con los cuatro, ¿no? Por lo que sé, Rufus está empinando el codo en el bar de la esquina, celebrando ya la herencia; Vivian ha llamado al novio ese por teléfono para que venga a comer hoy y presentarlo a la familia; Ethel debe de estar sentada en su habitación, mirando fijamente la pared como si fuera un gato, o, mejor, como un gato de porcelana. Ah, y Sheila se ha ido a montar --Harold tosió--, tal como nos dijo. La condesa llora en silencio, lo que ya es más que lo que hacen los demás. Yo apostaría a que la asesina es la condesa, y lo de llamarnos es para desviar la atención. Claro que bien mirado, puede que el asesino sea el mayordomo, pues se bebe el coñac del conde y temería que le descubriese: ahora se lo podrá atizar todo él. --Pero qué merluzo llegas a ser --gruñó Harold--. Bates auténticos récords de tonterías seguidas a veces. Espero --añadió muy preocupado-- que no sea la condesa o nos quedamos sin cobrar. No creo que un asesino pague la factura del detective privado que contribuya a detenerle. Y lo del mayordomo es una idiotez: los mayordomos no asesinan a sus amos. --¿Y por qué se dice siempre eso de que el asesino es el mayordomo? --Eso sólo ocurre si el asesino se llama Butler, atontado --replicó Harold. Tenía razón: es que en inglés, butler significa mayordomo, pero al mismo tiempo Butler es un apellido bastante corriente. --Esto es terrible, Diógenes --Harold se puso pálido--. ¡Terrible! ¡Estamos ante un crimen perfecto! ¡Resulta imposible descubrir al culpable! ¡Todos tiene motivos para haber cometido el crimen, y no hay ninguna pista! --¡Bravo, jefe! --dije, entusiasmado--. ¡Ahora ya entiendo del todo lo que es un crimen perfecto! --¿Serás idiota? --se escandalizó Harold--. ¿Te das cuenta de que no podemos descubrir al culpable? ¡Estamos condenados al fracaso más estrepitoso! No hay pistas ni testigos, sólo motivos y sospechosos. Cualquiera pudo hacerlo. E incluso hay sospechosos que no tienen reparo en admitir que pudieron hacerlo, pero que no lo recuerdan, como Rufus. O sea que a nadie le preocupa le cuelguen el muerto. --Bueno --dije yo, tratando de contener mi entusiasmo de hallarme ante un crimen perfecto--, en una novela policiaca el culpable serían o la condesa o la sobrina idiota. --Pero esto es la vida real, no una novela policiaca. Deja en paz a la condesa, pesado, que hay facturas que pagar a fin de mes. Y la sobrina idiota, Ethel, es la única que no tenía motivos para asesinar al conde. --Bueno, la idiotez puede servir como motivo, ¿no? --dije, emperrado--. Es un motivo como otro cualquiera, digo yo. Harold gruñó de mala gana que quizá era un motivo, sí, pero un motivo tan idiota como la propia Ethel, y por tanto indemostrable, con lo que estábamos como antes. Luego, se hundió en el sillón, enfurruñado. Yo eché un vistazo a la librería, porque si debíamos quedarnos más rato en la mansión mientras el poderoso cerebro de Harold resolvía el caso, al menos podría pasar el tiempo leyendo un buen folletín. Pero, horror, resultó que los libros de la biblioteca eran falsos: sólo eran adornos para dar la impresión de que los tenían. Así que me fui a buscar a la doncella asustadiza. Igual podía prestarme una novela rosa de las que sin duda leía. --Oiga --dije, y pegó un respingo porque estaba dándome la espalda y no me oyó venir--, ¿tiene una novela para prestarme? Es que los libros de la biblioteca son de pega. --Tengo una novela de amor, Amada entre los lirios. Es muy bonita --dijo, y me miró, dudosa--. Pero si prefiere otras cosas, podría pedirle alguno de los suyos a la señorita Ethel. --¿La idiota..., digo, la señorita Ethel sabe leer? --Oh, claro que sí --dijo la doncella asustadiza, mirándome con los ojos muy abiertos--. Una vez me quiso prestar una novela de las que ella lee porque decía que debía ilustrarme, pero era una novela verde y no quise aceptar. Fíjese, señorito, se llamaba El segundo sexo y era de una mujer francesa. Bastante escamado, volví al salón, donde Harold estaba aún más hundido en el sillón que antes. --Pues Ethel es aún más idiota de lo que parecía --le dije--. Sabe leer, pero lee novelas verdes y quería prestárselas a la doncella asustadiza. ¿Usted cree que debo leer novelas verdes? ¿Contribuirán en algo a mi desarrollo? Parece lo único que hay en la mansión. --¿Cómo que novelas verdes? --Harold me miró frunciendo el ceño. --Sí, una titulada El segundo sexo, de una autora francesa. Debe de ser bastante guarra, ¿no? Harold me miró con los ojos como platos, y no dijo nada. --Bueno, quien calla otorga, dicen --le dije--. O sea, que sí es una novela guarra. --Claro --Harold se dio una palmada en la frente--. Eso es... Quien calla, otorga. Ethel no dijo nada cuando la llamamos, sólo nos miró fijamente. Es decir, en cierta manera significa que "quien calla, confiesa". ¡Diantre, Ethel es la asesina! --¿Pero no quedamos en que es idiota? --dije, sin entender nada. Fuimos a la habitación de Ethel. No estaba sentada mirando fijamente a la pared con cara de imbécil, sino que leía junto a la ventana un mamotreto de cuidado. Desde luego, había libros en su cuarto, un poco raros. No eran folletines ni novelas emocionantes, sino tochos y aburrimientos. Autores como Virginia Woolf, Mary Shelley, Jane Austen, Simone de Beauvoir --la de la novela verde esa--, y poesías incluso: Emily Dickinson, Tennyson... --Usted es quien ha envenenado a su tío, el conde Bulwer-Macht --dijo formalmente Harold--. Pero desconozco el motivo. Dejando a un lado el librote --que era de un tal Proust, también francés, sin duda otra novela verde--, Ethel nos miró y dijo con voz serena: --Así es, señor Smith. He sido yo. Mi tío llevaba ya un tiempo haciéndome proposiciones muy sucias para que me convirtiera en su amante oficial, después de que la anterior le dejara. Yo me negué, y él me contestó que o era suya de buen grado, o me obligaría a la fuerza. Le recordé nuestro parentesco, y que sus intenciones hacia mí era enfermizas. Y él dijo que... --respiró hondo--, dijo que "cuanto más sobrina, más me anima". Así que no he tenido otro remedio que defender mi derecho a elegir mi vida amorosa quitándole de enmedio. Nadie puede forzarme a una relación amorosa que no deseo. --Y eso arrojaba la sospecha sobre sus otros parientes --dijo Harold. --No exactamente, señor Smith. Disculpe usted, pero no había pruebas contra ninguno de ellos, por mucho que se alegrasen de la muerte del tío Spencer o por mucho que la hubieran deseado. Es algo que tuve muy en cuenta, porque no deseaba perjudicar a mis parientes ni a ninguna otra persona inocente. Por eso, cuando usted me interrogó no dije nada; si usted me hubiera preguntado directamente si había cometido el asesinato o si sabía cómo había ocurrido, mis rectos principios me hubieran obligado a confesar de inmediato la verdad, tal como he hecho ahora cuando usted ha venido a acusarme formalmente. Más tarde, cuando Ethel iba cargada de libros camino de Scotland Yard y de la vil mazmorra, con no poco desconcierto del resto de la familia. Harold me dijo: --¿Lo entiendes ahora, Diógenes? Ethel cometió un crimen perfecto, pero la perfección no existe. Esa perfección la obligaba a no mentir si la interrogábamos, puesto que la mentira es una imperfección del ser humano, y nosotros, ante su silencio y su mirada expectante, la tomamos por idiota. En realidad, su recta conducta la impedía mentir. En suma, que el crimen puede ser perfecto, pero el ser humano no puede serlo por mucho que se esfuerce. --La verdad es que este caso ha sido un pelín frustrante, ¿no? --Teniendo en cuenta que hemos estado borde del fracaso --suspiró harold--, hay que reconocer que, en efecto, lo ha sido. FIN.-
January 13
(c) 2006 by J.C. Planells
Antonio Losada
En el centro de la fotografía, Sautier Casaseca
Tanto Antonio Losada (1921-1990) como Guillermo Sautier Casaseca (1910-1980) fueron los máximos representantes del serial radiofónico, luego denominado "radionovela" a petición del propio Sautier Casaseca con el fin de dignificar el género. Denominaciones aparte, ambos fueron los reyes del serial desde finales de los años cuarenta para ir menguando a medida que la televisión se impuso en los hogares y acabó con la ficción radiofónica, tanto en el formato de radionovelas, como radioteatro o programas dramáticos de diversa índole. Es una pena que --al parecer-- no se conserve nada de todo esto, porque hubo programas interesantes (más que ciertas alabadas series televisivas...) de los que ya no queda apenas memoria: sólo entre quienes los escucharon o quienes colaboraron en ellos y siguen entre nosotros.
Volviendo a Antonio Losada y Guillermo Sautier Casaseca, ambos dominaron las ondas en el terreno del serial (aparte de otros programas y trabajos radiofónicos que llevaron a cabo). Ambos provocaron ríos de lágrimas entre las señoras y señoritas (y algún señor) que seguían sus seriales. Ambos hacían eso que los finos llaman "infraliteratura", pero que hoy, cosa rara, alaban si se emite en televisión firmada por Josep Maria Benet i Jornet (que nunca ha ocultado la inspiración recibida de ellos dos, además de Mallorquí y de otros radionoveleros). Si Sautier Casaseca dominaba el serial en la cadena SER desde Madrid, Losada lo hacía también para la SER pero desde Barcelona. Había otras diferencias más notables. Cierto que ambos explotaban esos dramones de cuidado que duraban capítulos y más capítulos, provocando tremendas lloreras entre las radioyentes, pero ni sus temas ni la manera en que los trataban se parecían, porque Losada y Sautier Casaseca eran la noche y el día como personas.
Sautier Casaseca era un franquista convencido, un señor de la derecha pura y dura, y usaba sus seriales para predicar más o menos encubiertamente la moral nacionalcatólica del régimen. Si una madre tenía un hijo sin estar casada, era un "hijo del pecado"; la mujer podía tener más o menos una cierta libertad, "siempre que no peque; es lo único que yo le pido: que no peque", dijo en una terturla radiofónica con motivo de su serial El derecho de los hijos, en el que un hogar cristiano con marido, esposa y dos hijos (uno de cada, como se decía entonces), está a punto de irse a hacer puñetas por culpa de un adulterio. En el mundo de ficción de Sautier existían la pobreza y la riqueza, pero no la clase media, que era quien gozaba con los seriales principalmente. Eran unas radionovelas lóbregas, insensatas, donde se bramaba "¡Hijo!", "¡Madre!", "¡Hijo mío!", las porteras entregaban sus hijos a los ricos para que los criasen (hijos del pecado, se entiende) y se fustigaba sin piedad la falta de moral, la conciencia libre, el comunismo, el pecado (todo lo era para Sautier) y privaba la moral más ortodoxa, católica apostólica y franquista. Con el paso de los años, la lobreguez se cambió por un Seat 600, pero la insensatez persistió. Algunas de sus obras radiofónicas --luego condensadas para su edición en libro-- las escribió en colaboración con Luisa Alberca. Tuvo un hijo, también llamado Guillermo, que hizo asimismo sus pinitos como autor de seriales, con cierto éxito popular, para abandonarlo posteriormente.
Antonio Losada era otra cosa. Escribiendo no era mucho mejor que Sautier, debemos ser sinceros en esto, pero su visión del mundo era radicalmente opuesta. Sus radionovelas provocaban tantos ríos de lágrimas como las de Sautier, pero de otra manera. Puede que la razón estribase en que Losada era homosexual en tanto que Sautier era homófobo declarado, y por tanto cada uno de ellos escribía de acuerdo con sus sensibilidades. Así, a los mundos cerrados, lóbregos, malhumorados y de capillita e incienso de Sautier, Losada oponía unos mundos más cosmopolitas, unas calles y hogares donde daba el sol, una moral un pelín más tolerante. En Losada, si una madre tenía un hijo sin estar casada, era un "hijo del amor"... y me parece que esto ya deja claro su diferencia respecto a Sautier Casaseca: "hijo del pecado" frente a "hijo del amor". Por lo demás, sus historias eran tremendamente lacrimógenas. De hecho, uno de sus más populares seriales (que novelizó para su edición en libro) se titulaba La historia de mis lágrimas, y era una cosa tremenda: una mujer era engañada por un tal Juan Manuel, que fingía casarse con ella y luego la abandonaba y ella descubría que la boda era falsa, un engaño para tomarle el pelo; la mujer ¡se metía monja! y al cabo de los años se la destinaba a educar a la hija de un ricachón... que era ese Juan Manuel, y la monja se sacrificaba por los dos y todos lloraban y berreaban mucho al final. En otra, que protagonizó nada menos que Imperio Argentina, nos contaba la historia de una cupletista enamorada de un hombre más joven y mil líos más. Así, mientras Losada hacía llorar como magdalenas a la gente con historias de amores imposibles de toda clase y condición, a veces discurriendo por diversos países, Sautier Casaseca sermoneaba desde el púlpito radiofónico y daba lecciones de moral y decencia, con una completa ausencia de sentido del humor (que Losada sí tenía, de cuando en cuando).
Indudablemente, ambos manejaban bien el medio radiofónico --aunque Mallorquí los superaría a partir de su entrada en la radio, como ya conté hace tiempo--. Aunque debe señalarse que si Sautier Casaseca no daba más de sí, debido a su estrecha mentalidad ultrarreaccionaria, Losada era más versátil. De hecho, Losada empezó en otras lides, en el teatro, hasta dedicarse plenamente a la radionovela (Munsó Cabús, en un texto hallado en internet, habla al respecto de ello). Hubo un tiempo, asimismo, en que Losada ofreció otro tipo de historias, mucho más innovadoras radiofónicamente hablando, como un radiodrama titulado Un espía en Cabo Cañaveral, bastante notable y muy bien realizado, que sorprendió a muchos. En los años sesenta, narró la vida de José Mojica, nada menos que con la colaboración del propio Mojica, aunque no llegó ni de lejos a los aciertos de Mallorquí con su asombrosa La vida de Carlos Gardel, pero era una demostración de la diferencia monumental que había entre los dos máximos cultivadores del serial radiofónico: moral ultracristiana frente a historias de amor; escenarios lóbregos y oscuros frente a escenarios abiertos y cosmopolitas (uno de los seriales de Losada se tirulaba Vuelo Habana-Madrid, y años más tarde lo reescribió como La gran aventura de un reportero). Rigidez e intolerancia hacia cualquier desliz de moral frente a comprensión y ternura frente a tales deslices. Dos estilos totalmente opuestos. Dos personas también distintas: Sautier Casaseca era severo, y aunque por su trabajo y trato con actores se esforzaba en ser cordial y amable, no podía evitar la rigidez militar innata en él. Losada, hombre cosmopolita (murió en Miami, donde se había retirado), era amable, cordial sin fingimiento alguno y buscando siempre el lado optimista y agradable de la vida (Munsón Cabús cita que su deseo como escritor era agradar y hacer felices a las personas). Evidentemente, Losada gustaba más en Barcelona que Casaseca, y éste más en Madrid que no Losada. Hace ya varios años, Alberto Sanchís escribió una biografía sobre Losada, y recibió cartas de agradecimiento por recordarle de antiguas oyentes, que se sintieron felices de leerla. A Casaseca no se le recuerda; no hacía muy feliz a nadie con sus lecciones de moral. Sin embargo, existe más información en internet sobre él que sobre Losada.
January 12 (c) 2009 by J.C. Planells En el artículo "Los piratas espaciales", a cargo de Pedro Cañas y Javier Jiménez Barco que aparece en la sección Antares del número 6 de Barsoom (revista dedicada a la narrativa pulp), los autores se interrogan sobre la posible paternidad de José Mallorquí del relato que se ofrece como cierre de la revista, "Naúfragos del espacio", firmado como A. Sloan, y aparecido en un número de la colección Futuro, en 1953. Leído el relato con atención, es reconocible el "estilo Mallorquí" en infinidad de detalles --este verano leí unas obras suyas editadas en Molino, también firmadas con diversos seudónimos, y por tanto tenía fresco su estilo en la memoria--: la forma de presentar los diálogos, ciertos incisos en ellos, determinadas frases de los personajes de tono sentencioso, el pulcro y cuidado estilo narrativo así como el lenguaje empleado, que es lo que diferenciaba principalmente a este autor de otros cultivadores españoles de novelas de aventuras y acción, como también lo delatan algunas características de los principales personajes. Cierto que, al final, abunda aún más en esa creencia la mención a San Juan de Capistrano, y a una boda cuando "el regreso de las golondrinas", elementos que evocan inevitablemente las novelas de la serie "El Coyote". Pero incluso prescindiendo de este detalle final, ya la autoría de Mallorquí queda patente y demostrada por todo lo demás, lo mismo que por algunos detalles de la intriga. Puede que partiera de un argumento de otro autor, como ocurrió en otros títulos de la colección Futuro, pero lo "vistió" como suyo. Una rápida consulta posterior al estupendo libro de Ramón Charlo sobre Mallorquí, editado por Planeta/deAgostini hace unos años, no solventa el enigma, si bien Charlo reconoce la dificultad de desentrañar la autoría real de muchos textos de esa colección (aun así, ha identificado no pocos de ellos), remitiéndose a un detalle interesante: la españolidad de muchos de ellos en lo relativo a localizaciones, menciones, personajes, etc. En este sentido, pues, cabe considerar la mención a San Juan de Capistrano como definitiva. En fin, en mi opinión la paternidad y autoría de Mallorquí en este relato es indudable.
January 11 (c) 2009 by J.C. Planells
A veces, la adaptación de cómics a la pantalla da lugar a películas algo tontas, algo malas, o algo ridículas. Hay excepciones, naturalmente (algunas de las diversas adaptaciones de Batman, por ejemplo, así como las entregas de Spiderman), y no dependen necesariamente de que se basen en un cómic de calidad o solamente de tipo popular, sobre un personaje de aventuras, un héroe con superpoderes o de tebeo cómico. Dependen de conseguir un buen film o una adaptación inteligente, y nada más (lo mismo que cuando se adapta una novela o un texto dramático clásico, en suma). Últimamente han menudeado bastante, con la invasión de personajes de la Marvel, hasta el extremo de saturar al personal. Algunas --como las dirigidas por Bryan Singer-- han sido muy celebradas por la crítica culta para pasmo mío, y otras han sido denostadas justamente por todo el mundo. Más o menos, como ha venido ocurriendo desde la primera adaptación de un cómic al cine. Frank Miller --que no hace mucho ofreció junto con Robert Rodríguez una discutida pero interesante adaptación de Sin City, un cómic de culto-- la ha emprendido con uno de los clásicos del cómic americano, la creación de Will Eisner The Spirit, un cómic-book reverenciado desde su aparición, creo que allá por los años cuarenta (no soy experto en cómics, disculpen), quizá el clásico por excelencia del policial negro en cómic. No es cuestión aquí de cantar las alabanzas de Eisner y su obra, pues otros más entendidos que yo en el tema lo han hecho, pero sí diré que el cómic The Spirit es sin duda uno de los mejores que he leído nunca, y muchas de sus historias eran realmente extraordinarias. Nada extraño, pues, que haya sido llevado a la pantalla como una más de las tantísimas adaptaciones que se vienen ofreciendo desde hace unos años --y de las que aguardan estreno o claqueta de inicio de rodaje--. Pero, lamentablemente, aquí no estamos ante algo tan satisfactorio como el último film sobre Batman (El caballero oscuro) a cargo de Nolan, ni las dos primeras de Spiderman, dirigidas por Sam Raimi. Aquí, Miller ha ofrecido un desastre total, una película aburrida hasta la exasperación, carente de historia, ridícula en muchos momentos, vergonzosa en otros. Aplicando lo de "si funcionó una vez, funcionará otra", ha hecho algo parecido --igual, de hecho-- a lo de Sin City, que tan celebrado fue. Pero The Spirit cómic no es Sin City cómic, y el guión que ha llevado a la pantalla es una ridiculez cargada de puñetas desde su primera escena hasta la última. La estética hace aguas por todas partes, Miller filma viñetas de cómic, en lugar de escenas de película, y convierte a Danny Colt en un superhéroe mediante un giro argumental imbécil, si bien el espectador desconocedor del cómic original no apreciará máyor imbecilidad en esto que en el resto del film. Es difícil y cansino tratar de explicar algo del film: difícil, porque no hay nada que explicar. Cansino, porque cansa hablar sobre inutilidades, ni siquiera para meterse con ellas. Miller amontona necedades en cantidad alarmante. Su lectura de The Spirit es bochornosa: aquí en nada aparece el espíritu de las historias creadas por Will Eisner, pues el humor cae en lo majadero, el drama en lo inocuo, la acción en lo aparatoso y lo erótico en chabacano. No hay por dónde coger este desastre. Un director iluminado empeñado en destrozar un clásico del cómic; un actor protagonista, cuyo nombre ni me molesto en anotar, que es una nulidad aplastante, y unas actrices que parecen competir en quién está más mediocre, competición que acaba apenas aparece Paz Vega en pantalla, que dura poco pero lo suficiente como para dejarnos anonadados y avergonzados. Retengamos dos "gracias" que permanecen en la memoria, aunque no sé por qué: Samuel L. Jackson y Scarlet Johanson (los malos malos de la historia) disfrazados de nazis bajo un retrato de Hitler, disponiéndose a torturar a Spirit; Eva Mendes (la mala buena), sentada en una fotocopiadora mientras chantajea a un corrupto y aprovechando para hacerse una fotocopia del culo. Podría soltar unas cuantas pestes sobre los clones descerebrados que hacen de ayudantes de Octopus (Samuel L. Jackson), o del McGuffin a lo Indiana Jones que "hace" de pretexto argumental (la sangre de Heracles para volverse inmortal, etc. etc), por no hablar de la ñoña sargento Morgensten, tan divertida en el cómic de Eisner. Esto es un desastre, pero no por infidelidad al comic original: se puede ser infiel al original y ofrecer algo notable, como ocurre con tantas adaptaciones de cualquier texto; aquí, por contra, no se ofrece más que una no-historia con abundantes ridiculeces de fondo y forma (y teniendo en cuenta que Eisner ofrece cía historias verdaderamente notables muchas veces, impactantes y dramáticas, el delito es mayor aún). Quien desconozca el cómic original lo pasará tan mal como quien lo haya leído alguna vez. Esto es un desastre, el espectador no consigue interesarse por ningún personaje (ya no digamos por el héroe de la función) y todo se arrastra con desgana y sin sentido hasta el más que nunca deseado final. Espero que cuando se otorguen los Razzies del año (a lo peor estrenado en 2008), se tenga en cuenta a este film, porque reúne méritos más que sobrados para acaparar varias candidaturas.
January 09 (c) 2009 by J.C. Planells Creo que finalmente he sido consciente de que me estoy haciendo viejo, cuando he caído en la cuenta de que demasiadas veces estaba de acuerdo con algunos de los también demasiados artículos que publica la incontinente Pilar Rahola, antes en El Periódico --que como casi nunca lo compraba me ahorraba el leerlos--, ahora en La Vanguardia. Lo lógico es ser consciente de envejecer cuando empiezan a fallar algunas funciones que antes efectuábamos tranquilamente, o perdemos progresivamente el interés hacia algo o alguien, y cuando nuestros entusiamos menguan hacia determinadas formas de entretenimiento que antes nos cautivaban y empiezan a dirigirse hacia otras que nos habían resultado siempre más bien indiferentes. Pero como todo esto suele suceder de manera progresiva, no radical, no somos muy conscientes de ello. En cambio, coincidir en opiniones con alguien a quien se detesta profundamente, parece un síntoma de que algo en uno mismo empieza a fallar, a deteriorarse. Es normal y esperado no coincidir con quienes se hallan en las antípodas del pensamiento y creencias propias. Por poner un par de ejemplos, en mi caso nunca coincidiré con las opiniones y pensamiento de José María Aznar o Federico Jiménez Losantos. Pero eso no tiene nada de alarmante: es normal, incluso esperado, lo mismo que el que ellos no coincidan con mis opiniones y pensamientos. Una vez sentado esto tan básico, se puede añadir que, acaso, ocasional y puntualmente, alguna opinión o punto de vista sobre algo en concreto por parte de estas dos personas pueda coincidir con mi manera de pensar y opinar. Por ejemplo, sobre si hace mal tiempo, sobre si tal película es buena o mala, etc. Superficialidades, en suma. Disentir de la opinión del contrario, del opuesto, no es preocupante y carece de importancia: a mí, de hecho, no me preocupa ni me alarma que piensen distinto a mí. Lo alarmante --más que preocupante-- es coincidir con la opinión de quien se detesta, pero que se supone debiera estar más o menos alineado con la forma en que uno piensa y ve las cosas. Ya en alguna ocasión había expresado de pasada en algun texto de este blog lo negativo de mi opinión hacia esa individua tan exhibicionista, creída de sí misma, aparatosa y vocinglera que es Pilar Rahola (que según algunos tiene un encantador fondo ingenuo: es posible, pero cuando yo llegase a ese fondo ya me habría ahogado), quien abandonó una carrera política bastante ridícula cuando tras unas elecciones los votantes la mandaron a paseo (a ella y a su flamante partido, el PI) para dedicarse entonces a hacer el ridículo de manera abierta como tertuliana televisiva en programas de telebasura, telecotilleo, o en uno matutino bastante serio, donde cierto presentador igualmente muy serio empieza últimamente a jugar con ella a las "escenas de matrimonio" por culpa de ella, para cachondeo de no pocos. (En la memoria debería permanecer la vez en que Jordi González, otro que tal, la presentó así en un desaparecido programa de madrugada en Tele 5 --"por el **** te la hinco"--: "Hoy vamos a hablar de sexo anal. ¡Que pase Pilar Rahola!"). Pues sí, volviendo a lo que decía al principio, desde que la camarada Rahola se inició --verbo que tiene connotaciones sexuales en los anuncios de relax de los periódicos-- como articulista en La Vanguardia, he tenido el humor y la santa paciencia de leer muchos de sus artículos. Ha demostrado que puede escribir sobre todo: sobre fútbol, política, temas sociales, decisiones de jueces, mujeres maltratadas, la monarquía, la política de ERC, el estatut, Latinoamérica, el PSOE, el PP, el ruido de las tiendas de moda para jóvenes, y un tan largo etcétera que mi memoria no puede abarcarlo ni en su 10 por ciento. Todo lo trata con facilidad y cierto garbo, no vamos a negarlo. Y es lógico que entre tanta variación de temas, uno coincida a veces con su enfoque y discurso. (Es un poco como aquello tan conocido de que si unos monos teclearan en máquinas de escribir durante miles de años acabarían produciendo las obras de Shakespeare, lo que a mí me parece una tontería como una casa, pero es un axioma bastante repetido.) Pero cuando la persona irrita de por sí, a la larga sorprende --e inquieta-- el estar plenamente de acuerdo con ella en algunas cosas. Máxime cuando se la ve hacer el ridículo en otras (su defensa a ultranza de Laporta, que para ella es un buen chico injustamente maltratado por todo el mundo; su escandalizada postura ante el ruido de la música en las tiendas de ropa para jóvenes, que la hacen parecer una señora muy mayor y antigua; el llamar al rey "el ciudadano Juan Carlos", como si estuviéramos en tiempos de la Revolución francesa y preparáramos ya la guillotina para hacerla funcionar...). Uno soporta tanta tontería --además de sus expansiones chillonas en programas imbéciles de la tele sabatina-- porque en este mundo ha de haber de todo. Ha de haber gente de derechas y de izquierdas, coleccionistas de sellos y compositores de canciones para tunas, escritores de prospectos médicos y boletaires, adiestradores de perros y jugadores de rugby: Todo tiene su sentido y significado, todo aporta algo a alguien, incluso aunque no lo parezca. De hecho, a veces, lo que no tiene ni sentido ni significado en apariencia, puede rendir una inesperada utilidad. Así que la presencia de la Rahola forma parte de ese "ha de haber de todo". Ahora bien, todo tiene un limite. Desde que estalló, alrededor de Navidades de 2008, el nuevo conflicto Israel-Gaza, primero con los brutales bombardeos israelíes y luego con la invasión por tierra y mar de Gaza, esperé con verdadera impaciencia el "pronunciamiento" al respecto de la camarada Rahola, bien conocida --y criticada-- por sus encendidas posturas proisraelíes y antipalestinas. ¿Qué diría la vegetariana que sólo come carne de su marido --Rahola dixit-- acerca de los bombardeos de Gaza y las muertes de tantos niños y mujeres inocentes? Silencio absoluto durante días y días, mientras todo el mundo clamaba por lo ocurrido y lloraba los muertos inocentes, y las televisiones mostraban cadáveres y más cadáveres de niños y niñas, o solamente heridos, en el mejor de los casos. Finalmente, el 6 de enero --el día de lo que Rahola debe de llamar "los ciudadanos Reyes Magos"--, tuvo a bien bajar de su pedestal y hacernos saber su postura. ¿Sorpresas al leerla? Pues depende de lo que se entienda por sorpresas. Sí y no. En su artículo, aprovecha, cómo no, para meterse con la izquierda "pancartista", progre de salón y pija a causa de sus críticas a Israel por los bombardeos a Gaza; hace vagas y malabaristas frases de supuesto rechazo a la guerra, tan vagas que --como dije no hace mucho a propósito de otro tema--, "vagas" adquiere el sentido de "gandulas". En realidad, apenas habla nada más que de la izquierda española y europea, a quienes critica por criticar ellos la guerra, y "pancartistas" es la palabra más repetida del artículo (al estilo Aznar, vamos). De los muertos, ni palabra. De los niños, ni palabra. Uno no puede evitar el ser malpensado, muy malpensado, y llegar a la conclusión de que para Rahola, como son niños palestinos y, a su posible y mentecato modo de ver el conflicto, futuros terroristas contra Israel una vez se hagan mayores, no le deben merecer la menor consideración ni alusión. Ah, eso sí: alude a guerras anteriores (Ruanda, por ejemplo), para criticar a los "pancartistas". Todo, pues, es estupendo de la muerte --como dicen las pijas-- para Rahola en la guerra Israel-Gaza. Si hay muertos, pues como si no los hubiera: no los menciona. Puede que piense que como ya lo hacen los demás, ella está excusada de hacerlo y así puede dedicarse a lo suyo, que es a hacer proselitismo proisraelí y antipalestino, y a meterse con los pancartistas y la izquierda "histéricamente antiisraelí", que da la impresión tienen la culpa de todo (¿también de los niños muertos, Pilarín?). Por si no fuera poco con eso, al día siguiente, 7 de enero, otro artículo suyo para volver única y exclusivamente a machacar a los "pancartistas", a los "progres de salón", a las izquierdas europeas o españolas, y leña al mono izquierdista que es de goma (se repite como el puto ajo), en lo que coincide con la derechona, que critica lo mismo que ella... pero sí lamenta los muertos de Gaza, aunque sea con la boca pequeña. Ah, coño. En todo caso, a la camarada Rahola se le olvida que quien no condena ni lamenta ni se duele en público --pudiendo hacerlo-- siquiera un poco por los inocentes sacrificados por la barbarie bélica, es porque en realidad, instintiva o inconscientemente, se coloca del lado de sus asesinos. Aquí no vale lo del "ça va sans dire". Es exactamente lo mismo que ocurre cuando los atentados de ETA: si la izquierda abertzale no condena ni se lamenta ni se duele por los muertos inocentes del conflicto, se les considera entonces "amigos de los terroristas" y se emprenden acciones contra ellos por su culpable silencio. Callar es otorgar, se dice popularmente. Quien calla confiesa, diría uno de mis personajes de ficción. Los muertos no son moneda de cambio para solucionar conflictos, ni en Israel ni en parte alguna del planeta. Pero, claro, la camarada Rahola --cuyas posturas en otro tiempo de izquierda y republicanas, sociales y progresistas, han quedado superadas con la edad y los programas de telecotilleo en que colabora-- prefiere ajustar sus cuentas pendientes con los "malos" de la función: los "pancartistas", la "izquierda europea progre y de salón" (cosa rara, no ha mencionado estos días a sus odiados miembros de ERC, su ex partido años ha, pero todo llegará). De hecho, muchos de sus ataques a la izquierda y, sobre todo, al que fuera su partido hace años, ERC, tienen más de acusaciones de amante despechada que no de las justas y merecidas críticas que pueda haberse ganado tal o cual partido con sus fallos o despropósitos. Es un poco como la novia despechada que habla mal del ex novio ante sus amigas, y acaba diciendo "Y encima, la tenía pequeña". Volviendo al lamentable tema de Gaza, ante los muertos, los niños inocentes asesinados por las bombas, no se vale lo de que el dolor "se supone", como se decía del valor en la desaparecida mili a los reclutas: "se le supone". Los muertos no dan nada por supuesto: no están, su ausencia duele, y esperan algo de nosotros, algo más que la exhibición pública de las cansinas neuriosis de la Rahola; cargar por enésima vez contra los pancartistas es sencillamente ponerse al otro lado. Rahola, en suma, se acerca desde hace tiempo en muchas de sus posturas, en modos y maneras, en su conducta de "señorita Rottenmyer", en su constante magreo de lo mismo una y otra vez, a una cierta forma de parafascismo. Que se lo haga mirar, como se dice familiarmente. En fin, en esta vida, como dije una vez, hay que elegir bando para todo: para lo serio y lo superficial. Hay que tomar partido, porque, como decía hace poco Quim Monzó, quedarse en un tercer término (el "no sé") es no tener personalidad, rehuir el problema. Hay que elegir entre Barça o Madrid, entre campo o playa, entre ser creyente o ateo, entre carne o pescado, entre ser de derechas o de izquierdas, entre vivir la vida o mirarla vivir a los demás (Ortega dixit). Y si hay que elegir entre palestinos o israelíes, me bastaría con pensar en qué bando está la antipancartista Rahola para tomar partido: nunca en el mismo que ella.
January 07 (c) 2009 by J.C. Planells  El 31 de diciembre pasado, falleció a los 75 años Donald Westlake, víctima de un infarto cuando se dirigía a una fiesta de fin de año. Era el último de los grandes de la novela negra que permanecía vivo y en activo. Al contrario que tantos otros autores, él sí pudo gozar de su condición de clásico en vida, puesto que el reconocimiento a su valía, originalidad, grandeza y brillantez narrativa nunca le fueron negados. Su nombre suscitaba respeto y afecto al mismo tiempo. Con su muerte, la novela negra, la mejor novela negra, queda huérfana de una voz personalísima. Sus personajes, el simpático ladronzuelo Dortmunder, el implacable criminal Parker, quedan asimismo huérfanos, desamparados. Sus lectores, desolados. Nacido en Nueva York en 1933, publicó su primera novela en 1960, The Mercenaris, que en 1962 se reeditaría con el título de The Smashers (existe traducción al catalán como Els mercenaris). Tras ella, siguieron tres novelas de línea dura, Tiempo de matar, 361 y Killy (estas dos últimas aparecieron sólo en traducción catalana), de las cuales son especialmente remarcables 361 y Killy, ambientadas en el sindicato del crimen y la corrupción social y política a que da lugar. Westlake se iba convirtiendo en un escritor prolífico, fértil y dotado de argumentos realmente sólidos y vigorosos. Así, en 1962 nació el personaje del criminal Parker, en A quemarropa (The Hunter), para lo cual tuvo que recurrir al seudónimo de Richard Stark tanto para las muchas novelas de este personaje como para diversas otras. Parker daría lugar a una larga saga de novelas, como El hombre que cambió de cara y El equipo (publicada en México), que fueron la segunda y la tercera de la serie, o La luna de los asesinos. Curiosamente, el seudónimo de Richard Stark no nació precisamente para amparar la creación de Parker, sino para publicar algunos relatos en el Hitchcock´s Mystery Magazine, revista en la que aparecieron varios cuentos con la firma de Donald Westlake, y al menos uno en 1960 como Richard Stark: el ya clásico y absolutamente genial "Los curiosos hechos que precedieron a mi ejecución", una muestra temprana, por la fecha de su publicación, del incomparable humor de Westlake. Queda como una curiosidad el que la firma que amparara las novelas protagonizadas por el implacable Parker fuera la misma que amparase ese regocijante relato sobre un asesino a quien interrumpen durante su tarea continuas visitas de vendedores a domicilio y llamadas telefónicas. Pero Richard Stark, aunque sea el más conocido, no fue el único seudónimo de Westlake: desde que empezó a publicar usó además los de Tucker Joe, Samuel Holt, Edwin West y Timothy J. Culver. Para algunos cuentos de ciencia ficción, el de Curt Clark (aunque uno, "El vencedor", apareció firmado como Donald Westlake en una antología preparada por Harry Harrison), así como su novela de ciencia ficción policiaca Anarchaos (1967). En una ocasión, Westlake explicó las razones de tantos seudónimos y tantas novelas y géneros distintos: era una manera de lanzar disparos en varias direcciones en busca de la correcta a seguir, si bien no es menos cierto que algunos de ellos se debieron a imposiciones editoriales, debido a la facundia del autor y a la reticencia de los editores a publicar demasiadas novelas de un mismo autor (lo cual, sin embargo, ha ocurrido con autores muy vulgares, como Carter Brown, por ejemplo, que abarrotaba a los editores con sus novelas de acción policial, escasas en ambición e inventiva). En 1965, Westlake publica su primera novela policiaca humorística: El palomo fugitivo, vertiente a la que iría incorporando posteriormente nuevos títulos realmente regocijantes: El muerto sin descanso, Un pichón recalcitrante (Premio Edgar a la mejor novela policiaca de 1967), ¡Ayudadme, estoy prisionero!, y un largo etcétera. Y en 1970, apareció la primera novela protagonizada por el simpático ladronzuelo Dortmunder, acompañado siempre de sus amigotes y su novia: Un diamante al rojo vivo. La novela fue todo un éxito e inmediatamente se llevó al cine. Nuevas aventuras de Dortmunder irían apareciendo posteriormente, a cuál más divertida: Atraco al banco, ¿Por qué yo?, Jimmy The Kid (traducida al catalán como Jimmy el nen)... Westlake era un escritor que podía permitirse incluso caprichos que otros editores hubieran rechazado: Así, en 1970 publica la genial Adios, Scherezade (títulada así en su edición original, y que en España ofreció Jucar en su colección de novela negra), obra sarcástica, cruel, divertida, en la que probablemente hay mucho del Westlake que conoce los entresijos de la creación literaria por su larga experiencia como autor. No fue la única novela en que nuestro autor mezclaba el proceso de escribir con la ficción, criminal o no: Un monstruo sagrado y El gancho, dos de las últimas que se editaron en España, inciden en ese tema, aunque con propuestas no tan radicales como Adiós, Scherezade. El cine no ha permanecido ajeno al éxito e inventiva de Westlake. Muchas de sus novelas han sido adaptadas a la pantalla con desigual fortuna: A quemarropa (The Hunter), Un diamante al rojo vivo, Un gemelo singular (ésta fue adaptada por Fernando Trueba para el tándem Banderas-Griffith) y muchas otras. Por su parte, nuestro autor escribió un ingenioso guión original: El padrastro, filmada en 1986 por Joseph Ruben, un estimable thriller que, lamentablemente, daría pie a una saga de secuelas innecesarias que ya no contaron con la participación de Westlake. En cine, asimismo, ha sido posible ver recientemente películas como ¿Qué más puede pasar?, dirigida por Sam Weisman en 2001, basada en una novela inédita en castellano, y en la que se reconocen, pese a lo nulo del film, los típicos recursos ingeniosos del novelista, y Arcadia, un interesante film de Costa-Gavras de 2005 que adaptaba la novela The Ax. El hueco que deja Donald Westlake es impensable que sea llenado por ningún sucesor. Nadie ha sido tan divertido, implacable, sarcástico, duro, irreverente, ingenioso como él. Sus novelas duras eran modélicas, pero su tratamiento del humor en el género le daba una vuelta de tuerca a la narrativa negra. Lo enorme de su obra, los muchos títulos que publicó, de los cuales faltan traducir al castellano no pocos, es un triste consuelo ante el desolador hecho de que nos hemos quedado sin su compañía.
(Nota: Las novelas de Donald Westlake/Richard Stark han aparecido en castellano principalmente en Ediciones Jucar, y novelas sueltas en Seix Barral, Ediciones B, Planeta, Ediciones de Bolsillo-Barral, Novaro (México), Diana (México). En catalán, se publicaron diversas novelas inéditas en castellano, en Edicions 62. Los cuentos para el Hitchcock Mystery Magazine han sido recogidos en antiguas ediciones españolas de esta revista, (Hymsa), o bien en antologías de material de la revista editadas por Plaza Janés, Diana (México) y otros. Roca ha publicado una novela corta en el volumen Transgresiones, perteneciente a la serie Dortmunder. En el libro Backstory 4 (Plot Ediciones) se incluye una extensa extrevista con Westlake en torno a su faceta como guionista cinematográfico y sobre las adaptaciones de sus novelas por otros guionistas.
January 04 Relación de lo publicado en el apartado de no ficción en este blog entre julio y diciembre de 2008 Ensayos El difícil arte de escribir (4 de julio) Los relatos de Robert Sheckley (26 de septiembre) [reproducido en bemonline] La obra y el autor (27 de noviembre) Serie "Autores olvidados" 39.- Thomas Tryon: Narrador de oscuridades (7 de julio) 40.- Jacqueline Susann: ¿Harold Robins femenina? (5 de agosto) 41.- Los hermanos Álvarez Quintero: Teatro popular andaluz (11 de septiembre) 42.- Karl May: El western visto desde Alemania (9 de octubre) 43.- Will Cook: Los novelistas del oeste (28 de octubre) 44.- Frank G. Slaughter: Novelas de médicos (3 de diciembre) Serie "Galería de mujeres" 37.- Mònica Terribas: Azote de políticos (21 de julio) 38.- Shirley Bassey: Diamante negro (9 de septiembre) 39.- Nancy Sinatra: La primera sexy-girl (13 de octubre) 40.- Aisha Ibrahim Duhulow: Adolescente violada y lapidada (1 de noviembre) 41.- Melina Mercouri: Contra los coroneles (8 de diciembre) Serie "Famosos de ayer" 1.- O.W. Fischer: Actor austríaco (16 de octubre) 2.- Larry Semon: Cómico (10 de noviembre) Artículos sobre libros y autores "Bienvenido a Metro-Centre, de J. G. Ballard" (9 de julio) "Relatos, de Jack London. Edición a cargo de Francisco Cabezas" (24 de julio) "Krono, de Charles Harness" (30 de julio) [previamente publicado en Blade Runner Magazine] "Omisión de texto en Ciudadano del espacio, de Sheckley" (26 de agosto) "Weird Tales (1933-1942). Selección de Francisco Arellano" (30 de agosto) "José Mallorquí y John Dickson Carr" (6 de septiembre) "La peste blanca, de Frank Herbert" (18 de septiembre) [previamente publicado en parte en Boletín informativo Tránsito] "Una breve nota sobre Maurice Leblanc" (22 de septiembre) "Noches de cocaína, de J.G. Ballard" (2 de octubre) [previamente publicado en BEM] [reproducido en sacodementiras] "Ensayos sobre Galdós, de Leopoldo Alas ´Clarín`" (15 de octubre) "El misterio de Edwin Drood, de Charles Dickens y Leon Garfield" (23 de octubre) "Una vieja entrevista con Patricia Highsmith" (3 de noviembre) "Lo mejor de Connie Willis I, de Connie Willis" (8 de noviembre) "Oficio de tinieblas, de Rosario Castellanos" (17 de noviembre) "Cuentos completos V, de Philip K. Dick" (21 de noviembre) "Huracán cósmico/El viento de la nada, de J.G. Ballard" (23 de noviembre) "Novela negra: seis autores fundamentales" (5 de diciembre) "Donde solían cantar los dulces pájaros, de Kate Wilhelm" (17 de diciembre) "Alfredo el grande. Vida de un cómico, de Marcos Ordóñez" (26 de diciembre) Cine "Joseph Pevney (1911-2008): Del cine de género a Star Trek" (11 de julio) "El criminal, de Joseph Losey: Retrato de un delincuente" (20 de julio) "Dos agradables films de John Huston" (1 de agosto) "El monstruo de Creta, de Silvio Amadio: ¡Qué buena está la Schiaffino!" (18 de agosto) "Posesión, de Waris Hussein: Un espíritu portorriqueño" (24 de agosto) "Retrato en negro, de Michael Gordon: Crímenes pasionales" (1 de septiembre) "Up the down Staircase, de Robert Mulligan: En la jungla de pizarra" (16 de septiembre) "Ediciones recientes en DVD de cine polar francés" (20 de septiembre) "El niño con el pijama de rayas, de Mark Herman: La inocencia ante la barbarie" (29 de septiembre) "Asesinato justo, de Jon Avnet: Aburrimiento total" (4 de octubre) "Los senos de hielo, de Georges Lautner: Una adaptación de Richard Matheson" (21 de octubre) "Proyecto Brainstorm, de Douglas Trumbull: Experimentos en realidad virtual" (30 de octubre) "Edición de westerns en DVD por Warner y Suevia" (13 de noviembre) "Noches en la ciudad, de Bob Fosse: Dulce Charity" (30 de noviembre) "Forrest J Ackerman: En la muerte de Míster Sci-Fi" (7 de diciembre) "Ultimátum a la Tierra, de Scott Derrickson: El coñazo del niño" (14 de diciembre) "La cabaña, de Mark Robson: Un vodevil de saldo" (21 de diciembre) "Robert Mulligan: In memóriam" (23 de diciembre) [reproducido en saco de mentrias] Temas varios "Sobre los blogs y la blogosfera: una opinión" (10 de julio) "Lo más leído de este blog" (26 de julio) "Crackòvia" (5 de noviembre) "The Kinks: Misfits. Treinta años después" (19 de noviembre) "Canciones para la nostalgia y la depresión" (9 de diciembre) "Trampa per a ratolins, de Agatha Christie" (15 de diciembre) Índices anteriores de artículos y ensayos Diciembre 2005 a diciembre 2006 (4 de enero 2007) Enero a junio de 2007 (3 de julio 2007) Julio a diciembre de 2007 (4 de enero 2008) Enero a junio de 2008 (3 de julio 2008)
January 02 Relación de los textos de narrativa publicados en este blog entre julio y diciembre de 2008 Novela corta Oscuridad absoluta (5 entregas) (10 a 17 de agosto) Relatos "Acto de fusión" (17 de julio) "Tarde de fiesta en soledad" (3 de agosto) "6 de diciembre de 1970: una fascinación" (13 de septiembre) "Leyenda de dos mujeres" (26 de octubre) "El paso de la tormenta" (15 de noviembre) "Falso pentimento" (24 de noviembre) Relatos de humor negro "La pensión misteriosa" (11 de octubre) "Misterio en el tren" (28de diciembre) Serie "Relatos autobiográficos" (finalizada) 32.- "Escuchar a los demás" (3 de septiembre) 33 y último.- "La noche de los cuchillos" (6 de octubre) Humor "Personas desconocidas (2). Anastasia Fuentes Villón: Cantante muda" (8 de julio) "Personas desconocidas (3). Miguel Alcaraz Desvalls: Poeta ripioso" (14 de julio) "Personas desconocidas (4). César Taulas Deltell: Cocinero guarro" (22 de julio) "Personas desconocidas (5). Don Aparicio Utrera Castellví: Conferenciante afónico" (28 de julio) "Personas desconocidas (6). Serafín Urráiz Montoro: Pintor con el culo" (7 de agosto) "Personas desconocidas (7). Gabriel Figueruelo Asteis: Crítico de cine ciego y sordo" (20 de agosto) "Personas desconocidas (y 8). Marcelo Ibáñez de Santamaría: Político chaquetero" (28 de agosto) Varios "Un brillante porvenir" (19 de agosto) "La punta de mi lápiz" (12 de noviembre) "Un cuento navideño de Philip K. Dick" ["El regreso de Santa Claus", por Philip K. Dick] (12 de diciembre) "Oda al zapatazo de Bush" (18 de diciembre) Índices anteriores de narrativa Diciembre 2005 a diciembre 2006 (3 de enero 2007) Enero 2007 a junio 2007 (2 de julio de 2007) Julio 2007 a diciembre 2007 (2 de enero 2008) Enero 2008 a junio 2008 (1 de julio 2008)
|