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    October 31

    BIGUNE AFRONTA EL RACISMO


    (serie Bigune - 3)

    (C) 2007 by J.C. Planells
     
    [la acción de este relato se sitúa unos tres años después de "Bigune va a la escuela"]
     
     
        --No importa lo muy arriba que llegues en la vida ni el éxito que alcances en tu profesión. Siempre serás una negra --dijo Donald Taylor, mirándola fijamente, sentado a su mesa y tamborileando con el lápiz.
        Si esperaba alguna reacción por parte de Bigune, no la obtuvo. Y si esperaba sentirse defraudado por ello, su rostro no lo mostró. Donald Taylor, un hombre de treinta y siete años, de raza negra, rasgos duros, ojos firmes siempre tras unas gafas de gruesos cristales y boca siempre apretada, como conteniendo una ira que le corría por dentro, siguió contemplando a la muchacha.
        --Debes meterte esto en la cabeza y tenerlo presente. Afuera, te engañarán, te mentirán y puede que te pongan buena cara, pero te verán siempre como un negra y a tus espaldas te tratarán así. Puede que tengas amigas blancas, pero para ellas no serás más que una negra. No te pedirán prestado tu lápiz de labios, ni tu perfume o tu crema de maquillaje, si se ven en un compromiso porque se la han olvidado en casa, como hacen las blancas entre sí. Esa barrera, no la van a cruzar. Te darán un beso de saludo o de despedida, pero nada más. La barrera nunca la cruzarán.
        Bigune permanecía de pie ante Donald Taylor, escuchando su discurso, que con ciertas variantes ya había oído en otras ocasiones. Como se creyó casi en la obligación de decir algo, aportar algún comentario que por lo visto el hombre esperaba, le dijo:
        --Pero hay muchas mujeres negras que han triunfado en su posición. Esa política americana, Condoleezza Rice, por ejemplo... Influyó incluso sobre Bush...
        Donald Taylor hizo un ademán con la mano, como si espantara una mosca.
        --Vaya, influir sobre Bush no tiene mérito alguno. Considerando su ausencia de cerebro, era lógico que una mujer de tan mal carácter como Rice tuviera poder sobre él. No, Bigune, el ejemplo no sirve. Siempre que una mujer negra tenga éxito en su profesión o parezca tener poder, es porque su familia es quien tiene poder, además de dinero. Es el caso de Rice, que encima proviene de familia con influencia religiosa en su Estado...
        --Yo creo... --empezó a decir Bigune, pero Taylor la cortó.
        --Olvídate de lo que creas o dejes de creer y afronta la realidad. Eras una negra, y negra africana pura, encima. No has nacido en este país, viniste a los quince años escapando de un país en guerra civil. O sea, que encima de negra eres refugiada política. O exiliada, da lo mismo. doble desgracia para ti. Cierto: eres inteligente y trabajadora; tienes iniciativa y ganas de hacer cosas. Y estoy seguro de que las harás. Pero no te van a permitir triunfar. Seras una negra siempre y permanecerás en segundo plano.
        A Bigune, en verdad, el tremendista discurso de Donald Taylor no la impresionó demasiado. Era difícil que algo la impresionase, teniendo en cuenta su pasado. Tras superar su terrible adolescencia, no podía ocurrirle nada peor en la vida. Que la consideraran "una negra", "una africana" o "una exiliada", no era algo que le quitase el sueño. Donald Taylor podía soltarle el mismo discurso cinco días a la semana, si le apetecía, que ella se mantendría impertérrita. Quizá atemorizase a otras chicas negras o mulatas, pero desde luego a ella no le producía el menor efecto. Y considerando que era un profesor negro en una clase con mayoría de alumnos blancos..., pues no resultaba demasiado creíble, quizá.
        Tampoco la influían sus posibles amigas blancas, porque en verdad no tenía ninguna. Izvania, su antigua compañera de cuarto en la residencia de la señorita Simmons, estaba en Estados Unidos. Al parecer unos primos muy lejanos de su madre se enteraron de lo ocurrido a la familia de Izvania, y la reclamaron. Lo último que supo por una postal que le envió era que estudiaba música. Por su parte, Adelaida Simmons la llamaba con frecuencia para interesarse por Bigune y saber cómo iban las cosas.
        --Bien --le decía Bigune.
        --Me alegro mucho, Bigune --contestaba animosa la señorita Simmons--. Recuerda que si necesitas algo, no dudes en acudir a mí. Las puertas de la residencia y de mi despacho están siempre abiertas para todos los que han pasado por aquí.
        No era un formulismo. Adelaida Simmons lo decía sinceramente, y esperaba que si alguna de las chicas, o de los chicos, que habían convivido en su residencia se encontrase en un apuro y no tuviera a quien recurrir, vinieran a verla. O, simplemente, que vinieran a verla sin más, sin necesidad de excusa o pretexto.
        Ahora Bigune compartía piso con otras tres chicas. Dos eran dependientas en unos grandes almacenes, y la otra estudiaba para enfermera. Las dos dependientas eran negras como ella, pero nacidas en Inglaterra, y la estudiante de enfermería era una mulata de Barbados. No se llevaban ni bien ni mal, porque cada una tenía sus propias ocupaciones y su propia vida social. Bigune, además, era la más joven de las cuatro y no le gustaba siquiera ir a los sitios que las dos dependientas frecuentaban en sus fines de semana: discotecas ruidosas en las que había frecuentes visitas a los lavabos --de hecho, había momentos en que casi había más gente en los lavabos que en la barra del bar--. Bigune no era tonta y sabía lo que ocurría allí. Por su parte, la estudiante, una chica bastante seria y formal, tenía una especie de novio o pretendiente con el que se iba cuando no estaba estudiando. El lema en el piso era "vive y deja vivir", y eso hacía que no hubiera apenas conflicto entre las cuatro chicas. De todas formas, Bigune no era muy popular entre ellas.
        --Joder, tía, siempre vas con esa cara tan seria --le espetó un día Vivian, una de las dos dependientas.
        A raíz de la charla que le soltó aquel día Donald Taylor, Bigune empezó a reflexionar un poco sobre sí misma. ¿Por qué no tenía amigos y amigas y por qué no trataba con gente blanca? Bueno, la respuesta para todo era la misma: no tenía amistades, y punto. ¿Se podía considerar a la señorita Adelaida Simmons una amiga? No, en todo caso, una consejera, una persona que había formado parte de su educación desde que llegó a Inglaterra. Además, era una mujer mayor que Bigune --cuarenta y tantos, creía recordar--, y... ah... blanca.
        Sabía que sus antiguos compañeros de estudios la recibirían con más o menos alegría si se los tropezaba. Nelson, el chico sudamericano. Y aquel oriental... Vaya cómo se llamaba. Pero a eso quizá no le podía llamar amigos propiamente.
        Al cabo de unas semanas en la Escuela de Periodismo, empezó a mirar un poco pensativa a Donald Taylor. Observó que en sus clases, mostraba un trato preferente hacia los de su propia raza, que se hacía extensivo a los alumnos pakistaníes e incluso a un par de coreanos. Por el contrario, los alumnos de raza blanca, que eran mayoría, recibían un trato con cierta mezcla de suficiencia y desapego, rayando en lo despectivo cuando sus trabajos no eran buenos o sus respuestas eran desacertadas. ¿Lo notaban los demás? ¿Tenía que ver con los progresos de cada alumno en particular? Pronto, Bigune vio que no era así. Los dos chicos coreanos eran espabilados, sí, pero también lo eran un pelirrojo llamado Matthew y dos chicos blancos algo mayores que ella, Alan y Francis, que se parecían bastante aunque no eran hermanos ni tenían parentesco alguno. Los tres eran tratados con molesta severidad por Donald Taylor, como si nada de lo que hicieran estuviera a su satisfacción; por el contrario, unos alumnos negros como él, que eran torpes hasta lo insoportable, jamás eran amonestados ni objeto de reprimenda, por chapucero que fueran sus trabajo o ridículas sus respuestas. Donald Taylor reía divertido y lo tomaba como una pausa festiva en el discurrir de la clase. No ocurría así con Matthew, ni con Alan y Francis, a los que jamás dedicó elogio alguno, por brillante que fuese su trabajo.
        --Por mucho que te esmeres --le dijo Taylor a Bigune, una mañana en su despacho--, en una cadena televisiva siempre serás la chica del café, y por supuesto quítate de la cabeza ser presentadora de telediarios o siquiera del tiempo. Tu color te relegará siempre a puestos bochornosos. Y para subir en el escalafón tendrás que trabajar veinticuatro horas al día y renunciar a tener vida privada.
        --¿Y Opra...? --empezó a decir Bigune, pero Taylor la interrumpió, como de costumbre.
        --Estupideces. ¿A cuánta gente pobre le toca la lotería y les soluciona la vida para siempre? Pues eso. A esa negra gorda le tocó la lotería. Gente como ella, o como la Rice, son la vergüenza  de nuestra raza. Y luego me preguntarás por Naomi Campbell, ¿no? --añadió con sarcasmo.
        Bigune estuvo a punto de soltarle que en realidad le iba a preguntar por Rihanna (en su primera muestra de ironía en diecinueve años de vida), pero en su lugar le soltó:
        --Señor Taylor, ¿tiene usted algún amigo blanco?
        Taylor se la quedó mirando como si un extraterrestre hubiera entrado en su despacho y le soltó, al cabo de unos momentos:
        --No voy a contestar a semejante tontería.
        Bigune supo que la respuesta era en realidad "No". Fue entonces cuando empezó a pensar que el racismo no se circunscribía únicamente a los blancos; también otras razas podían ser tanto o más racistas que los blancos. Negros, orientales, árabes... Era como una lucha de poderes; allá donde hubiera supremacía de una raza, ellos serían los que se comportarían como racistas: donde mandasen negros u orientales, marginarían a los demás y les tratarían despectivamente. Quizá hubiera excepciones a esto, pero no parecía probable. Más adelante comprobó que los más racistas eran, curiosamente, los orientales, pero no sólo respecto a los blancos --a los que despreciaban secretamente como inferiores-- y los negros --a los que se limitaban a ignorar por completo considerándoles seres apenas humanos--, sino respecto a sí mismos: chinos contra japoneses --y viceversa--, coreanos contra japoneses, tailandeses contra todos los demás... Era verdaderamente curioso el mutuo desprecio que se tenían. Los diferenciaba de los blancos el que lo mantenían más o menos en secreto ante las demás razas, contrariamente del alarde que algunas pandillas supremacistas blancas hacían respecto a las otras razas.
        Todo aquello a veces sólo era perceptible en determinadas circunstancias --los orientales nunca hacían evidente su desprecio hacia los blancos, como éstos en cambio sí lo hacían respecto a los negros--, y le resultaba bastante extraño a Bigune. En su niñez no conoció nada semejante, allá en África. Pero tampoco lo vio en la residencia de la señorita Adelaida Simmons, ni en su época de estudiante. Ahora, cuando empezaba a afrontar el mundo, cuando estaba iniciando una carrera para labrarse una profesión, se daba verdadera cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
        Una tarde de noviembre fue a visitar a Adelaida Simmons. Era su cumpleaños y le llevó un pequeño obsequio. La mujer lo recibió con agrado, el mismo que mostró por la visita de Bigune. Preparó un té con pastas y charlaron un poco de todo.
        --¿Cómo van tus estudios? --le preguntó luego. Cuando Adelaida Simmons vivía en el campo, en su niñez, oía a las mujeres mayores de su familia preguntar a los demás "¿Cómo crece tu jardín?". Era su manera de interesarse por cómo iba la vida del preguntado, pero aquí, en Londres, resultaba una pregunta un tanto absurda y la sustituía por su equivalente.
        Bigune se encogió de hombros.
        --Bien. A veces son duros, pero voy haciendo.
        --Estoy segura de que sí. ¿Has hecho amigos?
        La eterna pregunta que Adelaida Simmons le hacía desde sus tiempos en la residencia, durante sus primeros estudios.
        --No. Tengo poco tiempo libre si quiero prepararme bien la carrera. Además, allí no es como aquí. Cada uno va a lo suyo. --Para cambiar de tema, dijo--: Creo que mi trabajo de graduación será sobre el racismo.
        La señorita Simmons la miró bastante sorprendida.
        --¿El racismo? Vaya... ¿Y cómo lo enfocarás? ¿Será un trabajo de investigación?
        --Aún no lo sé. ¿Qué piensa usted sobre el racismo, señorita Simmons?
        La mujer se quedó aún más sorprendida por la pregunta.
        --Bueno, Bigune, ya te puedes figurar lo que pienso de él. Lo mismo que puede pensar cualquier persona con sentido común. Es algo deleznable. Las personas no deben ser juzgadas ni prejuzgadas por el color de su piel o el país del que provienen. Es su interior lo que nos ha de interesar. Creo que, en eso, todos deberíamos ser daltónicos.
        --¿Cómo dice?
        Adelaida Simmons rió.
        --Perdona. Es algo que leí hace tiempo... Ah, sí, en un artículo del escritor casado con tu ídola, Sandra Lane. Hablaba sobre el racismo y decía que la única persona que no podría ser racista sería un daltónico. Puesto que confundiría los colores, nunca sabría si hablaba con un negro, un chino, un blanco... Si lo piensas un poco, es una idea bastante tonta, y creo que lo decía con un punto de sarcasmo... Pero... Vaya, tiene su fondo y su algo de razón.
        --Pero lo mismo pasaría con los ciegos...
        --Pues no sé... ¿Sabes que los ciegos son algo malhumorados? Al menos los pocos que yo he tratado alguna vez. Hay algo de brusco en su trato personal... En fin, no hagas caso. ¿Ves? --dijo con una sonrisa--. Eso es un prejuicio. Juzgar a un grupo de personas en base al conocimiento de una muestra pequeña de ellos. ¿Crees que todos los blancos son buenos?
        --Claro que no.
        --Exacto. No lo son. Ni todos los negros son buenos. Ni todos los orientales o los árabes. Todos somos humanos y todos tenemos nuestra carga de prejuicios contra algo o contra alguien... por no hablar de nuestros propios defectos personales. Así que de lo que se trata es de superar esas diferencias y buscar y ahondar en cuanto tenemos de común.
        Hablaron un rato más. Bigune estuvo tentada de hablarle de su profesor, Donald Taylor, y del trato despectivo que mostraba hacia los estudiantes blancos de la clase, pero no lo hizo. Con lo que la señorita Simmons había dicho, tenía el asunto bastante claro.
        Era ya tarde cuando dejó a su antigua directora y se encaminó de regreso al piso que compartía con las otras chicas. Al ir a tomar el metro, resultó que se había producido un accidente o una avería, y el servicio de aquella línea estaba interrumpido. Se dirigió hacia otra línea, unas calles más allá, aunque ésa la obligaría a hacer transbordo. En ese momento se puso a llover con fuerza. Como no llevaba paraguas pensó en refugiarse en algún pub o cafetería hasta que amainase un poco la lluvia.
        Corriendo como los demás peatones que pasaban por su lado, distinguió las luces de un bar en una calle lateral. Sin fijarse apenas en él, entró y se dirigió hacia la barra para pedir un té y permiso para ir al servicio para secarse un poco.
        El hombre que había tras la barra, corpulento, de mediana edad, la miró furioso y, con una voz gruesa que resonó por todo el local, le espetó:
        --Aquí no vuelvas a entrar. No te quiero otra vez en mi local. Está reservado el derecho de admisión. Fuera.
        Bigune se quedó asombrada, paralizada. Le parecía que soñaba.
        --Pero... --empezó a decir.
        --¡Que te largues! ¡No quiero putas negras en mi local! Aquí viene gente decente, y si lo llego a saber el otro dia, te echo a patadas.
        --Pero, señor --trató de decir Bigune, mientras sentia que el estómago se le retorcía de nervios--. Si yo no he venido nunca a este bar...
        --¡Fuera te digo! --El hombre soltó una fuerte palmada sobre la barra--. ¡Que no queremos putas en este bar!
        --Señor, es la primera vez... --La voz de Bigune se volvia débil. No podía creer lo que le estaba pasando.
        --¡Que te largues! ¡Hay bares donde van las de tu clase! ¡Vete a ellos!
        Los pocos clientes que había en el bar seguían la escena con indiferencia, y con algo de perplejidad por los violentos gritos del hombre de la barra, que debía de ser el dueño. Bigune, aunque hubiera querido, no podía ni moverse de donde estaba. El pánico, el miedo, la perplejidad la habían paralizado.
        --Me confunde usted con otra persona --pudo decir al fin--. Soy una estudiante y he entrado porque llueve mucho. Nunca antes he estado en este bar ni en esta calle.
        --Claro, te crees que no te reconozco, ¿eh? Tú eres la puta negra que la semana pasada se dedicó a insinuarse entre los clientes, hasta que te largaste con Vincent. Si lo llego a notar antes, te hubiera echado a la calle sin contemplaciones. Pero aquí ya no vas a venir a buscar más hombres. Si no te vas, llamo a la policía.
        --Señor, se confunde. Soy una estudiante de periodismo. --Y con una fuerza que en realidad apenas sentía, añadió--. Y no pienso irme de su bar. Llame a la policía.
        El hombre la miró furioso. Dio otra palmada sobre la barra y tomó el teléfono, empezando a marcar números. Antes del último, la miró de nuevo.
        --¿Te largas, puta negra?
        Incapaz de hablar, Bigune negó con la cabeza.
        --Muy bien, tú te lo has buscado --dijo el hombre, marcando el último número.
        Uno de los clientes se removió en su asiento, como inquieto.
        --¿Policía? --habló el hombre de la barra al teléfono--. Me llamo Jerry Murphy. Tengo una mujerzuela en mi bar que está molestando y provocando a mis clientes. Ya es la segunda vez que viene, y se niega a marcharse. Sí. --A continuación, dio la dirección del bar--. Muy bien. Gracias. --Colgó y miró a Bigune con dureza--. Tú te lo has buscado.
        Durante unos diez minutos, todo permaneció como parado, detenido en el tiempo. Los clientes estaban pendientes de sus consumiciones, o de la televisión. El hombre de la barra, Jerry Murphy, no quitaba la mirada de encima a Bigune. La muchacha, por su parte, seguía de pie en el mismo sitio donde se había detenido desde que entrara. Finalmente, la llegada de dos policías de uniforme rompió el silencio y la inmovilidad de los presentes.
        --¿Señor Murphy? --Uno de los policías se dirigió al hombre tras la barra--. ¿Ha llamado usted a la policía?
        --Sí, agentes. --Murphy asintió vigorosamente con la cabeza--. Esta mujer no quiere irse de mi bar, pese a que le he ordenado que se fuera.
        Uno de los agentes dirigió una mirada a Bigune y luego volvió a hablar al dueño del bar.
        --Esto no es un caso de la policía, señor. Debió llamar a los agentes municipales.
        --Este señor me confunde con otra persona --habló Bigune de inmediato, encontrando al fin su voz y sus ganas de defenderse. Trató de mantenerse serena pero le resultaba muy difícil en el estado de nervios en que se encontraba--. Me ha insultado gravemente delante de todo el mundo y quiero que me protejan de él.
        Jerry Murphy dio un puñetazo en la barra.
        --¡Encima tengo que oír eso! --gritó.
        --¿Tiene alguna identificación o carnet encima, señorita? --le pidió a Bigune uno de los policías.
        Bigune se quitó la mochila de estudiante que llevaba a la espalda, la abrió y sacó de su interior una cartera. De ella extrajo su permiso de residencia, el carnet de estudiante de periodismo y un carnet de socia de una biblioteca municipal. En los tres constaba su nombre y su fotografía. Se los dio a los policías. Los dos estudiaron atentamente los documentos. Uno de ellos los sostenía en la mano y el otro los miraba inclinándose un poco por encima del hombro de su compañero.
        --Esta joven es una estudiante de periodismo de diecinueve años, según esta documentación que lleva --dijo finalmente uno de los policías al dueño del bar--. Todo está en regla, desde luego. ¿Está seguro de que es la misma que usted ha denunciado estuvo molestando a clientes en su bar en otra ocasión?
        El rostro de Jerry Murphy seguía mostrando dureza, pero en su mirada había una nota de desconcierto.
        --No, no lo es, Jerry --habló de repente uno de los clientes. Todos miraron hacia el que había hablado. Era el mismo hombre que se había removido en su silla antes de la llegada de los agentes--. La mujer de la semana pasada era más baja, y más... er... opulenta de formas, por decirlo así. Esta chica es más alta y delgada que aquella. Y más joven, claro.
        Los dos policías miraron al dueño del bar. Jerry Murphy parecía como si fuera a explotar de un momento a otro, y miraba al que había hablado como sin saber muy bien qué hacer con él.
        --¿Usted vio a la mujer de la semana pasada, señor? --preguntó al cliente uno de los policías.
        --Sí. Por eso digo que no se le parece en nada. Y Jack también la vio, ¿recuerdas? --añadió volviéndose a un tipo que se sentaba dos mesas más allá.
        El tal Jack se encogió de hombros.
        --Qué sé yo --dijo--. Es una negra como aquella. Pregúntale a Vincent cuando venga, que es el que se la llevó al catre.
        Hubo algunas risotadas de los clientes.
        Los policías se acercaron un poco al primer cliente que había hablado.
        --Si usted sabía que se trataba de otra persona, ¿por qué no se lo dijo al señor Murphy? --preguntó uno de los policías.
        Lo mismo que el llamado Jack, el cliente también se encogió de hombros.
        --Bueno, es que Jerry, cuando está cabreado, no escucha a nadie  --dijo--. Tiene un poco de mal genio, ¿sabe? Así que es mejor no meterse...
        Los dos policías se volvieron hacia Bigune.
        --¿Dónde vive usted? --preguntó uno.
        --En mi carnet de la biblioteca lo pone. Cerca de Trafalgar Square... Comparto piso con unas amigas...
        --Ah, sí, ya lo veo... --dijo el agente, mirando el carnet de la biblioteca--. Está bastante lejos de su casa...
        --Vine a visitar a mi antigua directora de estudios --explicó, recuperando poco a poco su confianza, pero aún notablemente nerviosa--. Se llama Adelaida Simmons, vive cerca de aquí. Pueden telefonearla, y les dará referencias mías...
        --No es necesario, señorita --dijo el policía, devolviéndole toda la documentación. Bigune la tomó y la guardó de nuevo en su cartera, y ésta en la mochila--. Es evidente que todo ha sido una confusión.
        Jerry Murphy, tras la barra, había perdido su expresión de dureza. Su rostro estaba ahora totalmente inexpresivo.   
        --Si el señor Murphy la ha tratado de forma vejatoria, está usted en su derecho de presentar una denuncia contra él --le dijo uno de los policías a Bigune. Alguien sofocó una risa entre los clientes.
        --No. No quiero denunciar a nadie. Sólo quiero irme de aquí, a mi casa. Había entrado para tomar un té y resguardarme de la lluvia, e ir al lavabo, nada más.
        --Anda, Jerry --habló el cliente de antes--, invita a la chica a un té para compensarla por el susto que le has dado...
        --No. No quiero ningún té --dijo Bigune sin aguardar a que Jerry Murphy pudiera hablar--. Sólo quiero irme de aquí. Puedo hacerlo, ¿verdad? --les preguntó a los dos policías.
        --Naturalmente, señorita. ¿Quiere que la llevemos en el coche? Llueve mucho aún y...
        --No. No, muchas gracias. Tomaré el metro.
        Saludó con la cabeza a los policías como despedida y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo un instante en el umbral, antes de cruzarla y miró atrás. Jerry Murphy estaba hablando con los agentes.
        --Vayas, es una negra, qué iba a saber yo...
        Todos se dieron cuenta de que Bigune les estaba mirando. Jerry Murphy calló y la miró también, inexpresivo.
        Bigune cruzó el umbral y cerró la puerta del bar tras de sí, para perderse bajo la lluvia, en la oscuridad del anochecer y el frío.
        Doris, una de las dos dependientas, se la encontró llorando en el lavabo cuando regresó de pasar unas horas con su novio. Las otras dos chicas aún no habían aparecido.
        --Vaya, mira esto. La impertérrita hecha un mar de lágrimas. Vamos a ver, ¿qué te ha pasado para que te quites la máscara de inexpresividad con que vas por el mundo?... Eso sí es una sorpresa... ¿Qué te pasa, pequeña? --A veces Doris la llamaba "pequeña" sólo porque era tres años mayor que Bigune, igual que Vivian  y la estudiante de enfermería.
        Bigune movió la cabeza, pero no habló. Siguió llorando.
        --Estás mojada y con la ropa hecha un asco... ¿Te ha pillado la lluvia por ahí? Ya se secará. Bueno, ¿algún tío te ha hecho una trastada? No estarás embarazada, ¿eh? --preguntó mirándola con alarma. Bigune negó con la cabeza--. Bueno, menos mal. Vaya, lo que haya sido pasará. Los tíos son todos unos cabrones, pequeña. Todos. Los blancos te tratan como si fueras su juguete y los negros, como si fuéramos de su propiedad... No hay ninguno bueno, créeme. --Doris suspiró, mirando a Bigune--. Y pensar que te teníamos por una tía dura... Y eres como todo el mundo; de carne.
        Bigune no contó lo ocurrido ni a sus compañeras ni a nadie. Durante los días siguientes, decidió que su trabajo de graduación versaría sobre cualquier tema, menos el racismo.
        Pero eso fue sólo durante unos días. Luego, cuando recobró la serenidad, se dijo que no iba a permitir que nadie la amilanara ni la hiciera desistir de sus propósitos. Investigaría sobre el racismo, la gente, sus opiniones, y haría un trabajo lo más completo posible. Y si a alguien --y en ese alguien incluía a Donald Taylor-- se molestaba por el tema o sus comentarios... que se aguantase.
        Cinco años antes, unos hombres blancos le dieron una oportunidad de vivir otra vida, además quizá de salvársela. No iba a permitir que otros hombres blancos --ni del color que fueran-- se la arrebatasen ni le arruinasen el futuro. Iba a ser daltónica, como dijo la señorita Simmons aquella tarde. No, un momento. En realidad, procedía del marido de Sandra Lane...
        Otro signo. De nuevo, el recuerdo de Sandra Lane intervenía en su vida.
     
    FIN.
     
     

    October 30

    CRONOLOGÍA DE ROBERT BLOCH

     
    [Esta cronología apareció publicada en el número 42 de BEM, diciembre 1994-enero 1995, con motivo del fallecimiento de Robert Bloch, acompañada de un artículo ya recogido anteriormente en este blog. La cronología lleva mi firma, si bien no recuerdo haberla escrito. Debió de ser sin duda una adaptación o resumen de alguna cronología encontrada en algún libro sobre Bloch.]
     
     
    1917- Robert Albert Bloch nace el 5 de abril en Chicago, hijo de un cajero de banco y de una maestra.
    1926- La película El fantasma de la ópera con Lon Chaney, despierta su interés hacia el horror.
    1927- Descubre la revista Weird Tales en su número de agosto. La familia Bloch marcha a vivir a Milwaukee, en Wisconsin.
    1928- Descubre la ciencia ficción con la revista Amazing.
    1932- Durante su período de estudiante en Lincoln escribe algunas piezas escolares para ser representadas.
    1933- Escribe una carta a H.P. Lovecraft, de quien ha leído relatos en Weird Tales. Lovecraft responde amablemente a su carta.
    1934- Publica su primer relato en Marvel Tales: "Lillies", por el que no recibe compensación monetaria alguna. Mantiene correspondencia con diversos miembros del "Círculo de Lovecraft": Derleth, Clark Ashton Smith. Empieza a publicar cuentos en Weird Tales: "El banquete en la abadía", comprado ese año, será publicado en el siguiente.
    1935- Publica "El vampiro estelar", dedicado a Lovecraft.
    1935- Lovecraft replica a Bloch con "El morador de las tinieblas", cuyo protagonista se llama Robert Blake, y se lo dedica a Bloch.
    1937- Muere H.P. Lovecraft. Bloch queda profundamente afectado. Ese mismo año visitará a Henry Kuttner.
    1938- Aparece su primer relato de ciencia ficción: "Secret of the Observatory", en Amazing.
    1943- Se publica su relato "Suyo afectísimo, Jack el Destripador", en Weird Tales.
    1945- Aparece la primera colección de relatos de Bloch: The Opener of the Way.
    1947- Se publica su primera novela, The Scarf, sobre un asesino psicópata.
    1948- Acude como invitado de honor al congreso de ciencia ficción de Toronto (Canadá).
    1950- Publica "La sombra que huyó del chapitel", continuación de la historia que Lovecraft le dedicara en 1936.
    1954- Publica las novelas The Kidnaper, Spiderweeb y The Will to Kill.
    1959- Recibe el premio Hugo al mejor cuento corto por "Tren al infierno". Se publica Psicosis. Visita Hollywood.
    1960- Se traslada a Hollywood para vivir allí. Escribe diversos guiones. Publica Cría cuervos. Alfred Hitchcock lleva al cine Psicosis. Gana el premio Edgar de escritores de misterio.
    1961- Aparece su tercera colección de cuentos: Hiélase la sangre.
    1962- Nueva colección de relatos: Suyo afectísimo, Jack el Destripador.
    1963- Escribe el guión de El caso de Lucy Harbin para William Castle.
    1964- Entrega otro guión a Castle, The Night Walker. Escribe también para la serie televisiva I, Spy.
    1965- Visita Inglaterra y escribe el guión de la película El psicópata. Su relato "La calavera del marqués de Sade" es adaptado al cine.
    1966- Escribe algunos episodios de la serie televisiva Star Trek.
    1967- Colabora en la antología de Harlan Ellison Visiones peligrosas con el relato "Un juguete para Juliette", y Ellison basa su propio relato en la antología en el tema aportado por Bloch, el de Jack el Destripador.
    1968- Publica The Star Walker, novela ambientada en el mundo de Hollywood.
    1970- Es presidente durante un año de la Asociación de Escritores de Misterio de Estados Unidos. Escribe dos novelas más de ciencia ficción: Sneak Preview y It´s all in your Mind.
    1972- Publica otra novela policiaca, Mundo oscuro. En otra de sus muchas colaboraciones para la productora Amicus, escribe el guión de un film de episodios, Refugio macabro, según viejos relatos suyos.
    1973- Invitado de honor en el congreso mundial de ciencia ficción en Toronto (Canadá).
    1974- Publica American Gothic.
    1975- Es invitado de honor en el primer congreso mundial de fantasía, donde le otorgan el premio a la labor de toda una vida.
    1977- Aparece la colección de relatos Escalofrrrríos.
    1979- Se publica su novela lovecraftiana El horror que nos acecha. También aparece su novela fuera de género There Is a Serpent in Eden.
    1981- Aparece su colección de relatos sobre los mitos de Cthulhu, Mysteries of the Worm.
    1982- Escribe y publica Psicosis II al saber que Hollywood planea una continuación del film de Alfred Hitchcock. Su novela no tiene la menor relación con dicha continuación. Escribe una novelización de la película En los límites de la realidad.
    1984- Publica La noche del Destripador. El congreso mundial de ciencia ficción, celebrado en Los Ángeles, le da un premio por sus 50 años de dedicación al género.
    1985- El congreso mundial de ciencia ficción celebrado en Sydney le otorga el premio Hall of Fame.
    1987- Underwood-Miller publica tres gruesos volúmenes titulados The Selected Stories of Robert Bloch.
    1989- Publica la novela Lori.
    1990- Recibe el premio Bram Stoker. Colabora con André Norton en la novela The Jeckyll Legacy.
    1991- En el congreso mundial de escritores de horror recibe el premio al Gran Maestro. Edita la antología Psycho-Paths.
    1993- Publica su autobiografía, Once Around the Bloch, que contiene numerosos detalles de su trabajo y de su vida en Hollywood.
    1994- Muere el 23 de septiembre. Omni publica en su número de octubre un artículo anunciando su propio fallecimiento por cáncer.
     
    Nota final: la presente cronología es solamente una muestra resumida de la vasta obra de Bloch, autor de más de veinticinco novelas, bastante más de un centenar de relatos, recopilaciones de cuentos y autor de innumerables guiones para la televisión y el cine, sin contar adaptaciones de obras de otros autores, guiones para la radio, ensayos diversos, libros de entrevistas y trabajos con otros autores --Fredric Brown--. El lector disculpará, por tanto, que nos ciñamos a una muestra representativa de tan enorme producción.
     
     
    October 29

    AVRIL LAVIGNE: THE BEST DAMN THING. Un disco festivo


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Me lo he tomado con cierta calma antes de hablar del tercer disco de Avril Lavigne, porque el contraste con el anterior, Under My Skin, es tan notable que puede llevar a malos entendidos. Sucede que Under My Skin se va convirtiendo --o lo será a la larga-- en eso que llaman un "disco de culto", y por tanto el listón estaba un poco alto. Le hizo ganar nuevos seguidores, pero a la vez alejó a los de su primer trabajo, Let Go. Ocurre que Under My Skin es un disco demasiado oscuro, demasiado amargo, demasiado deprimente, y la propia Lavigne reconoció que las canciones fueron escritas de esa manera, así como el sonido es el que es, debido a que pasaba por una época infeliz. Total  que Under My Skin es un disco especialmente celebrado por gente depresiva, porque constituye un inesperado lenitivo: el que lo oye siente reflejados en el disco sus propios sentimientos y angustias.
    Por el contrario, The Best Damn Thing es un disco alegre, festivo, radiante; una juerga, casi. De ahí que quienes disfrutaban escuchando el anterior, pañuelo en mano, se hayan sentido molestos. En este tercer trabajo discográfico, Lavigne es una chica que está pasando por los mejores momentos de su vida: es feliz, se ha casado con el líder de Sum 41, un importante grupo de punk rock, y todo la sonríe. Así que ha decidido repartir felicidad, en lugar de depresión. Y me parece muy bien, porque esto demuestra algo que ya dije hace tiempo: esta chica tiene personalidad, le gusta hablar de sus cosas y de sus sentimientos, y a quien no le guste eso, pues que no escuche. Así, pues, The Best Damn Thing es un disco explosivo, algo ruidoso en algunos temas, pero musicalmente fiel a los anteriores de Lavigne: una canción como "Runaway" recuerda incluso algunos temas de Let Go.
    Hay otro curioso detalle: las baladas del disco (tres, en concreto) difieren en sentido de las ofrecidas en Let Go y en Under My Skin: allí hablaban de tristeza, soledad, desamparo ("I´m with you", "How Does it Feel"), mientras que aquí son meditaciones serenas sobre el presente para celebrar el forma calmada la felicidad en que se vive: "When you´re Gone" nos habla de lo que se siente cuando la persona amada no está, cómo su olor queda entre las sábanas: es la canción de quien añora a alguien que va a volver, que sólo se ha ido por unas horas.
    Musicalmente el disco está acorde con las letras: es ruidoso, animado, bullicioso. Pero aunque Lavigne se disfrace de alegría, Lavigne será: canciones como la mencionada "Runaway", o como "Hot" o "I Can Do Better" son inconfundibles en su estilo (lo mismo que "When you´re Gone" o "Inocence" en su forma de baladas, o "Will Be", lamentablemente no incluida en el disco, pero asimismo una gran canción"). La colaboración en algunos temas del líder de Sum 41, y de alguno de sus músicos, se hace en cierta forma extensiva al resto del disco. Si a ello añadimos que ha sido producido por la propia Avril, es evidente que estamos ante una "rockautora". Puede que el disco decepcione o desagrade a los seguidores del anterior, pero en su fondo hay una línea de total coherencia que se ha mantenido desde los tiempos de "Complicated", de la cual en cierta forma es heredera la "Girlfriend" con que se abre el nuevo disco.

      
     

    October 27

    INVASIÓN, de Oliver Hirschbiegel y James McTeigue: Una versión para cada época


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    Como se destaca en su promoción, Invasión es la cuarta versión cinematográfica de la novela de Jack Finney La invasión de los ladrones de cuerpos (cuya edición española ha sido desafortunadamente retitulada Invasión debido al estreno de esta no menos desafortunada versión; esperemos que una vez superada la tontería se vuelva al título de siempre). Las anteriores fueron realizadas en 1956, por Donald Siegel; en 1978 a cargo de Philip Kaufman --en España se estrenó como La invasión de los ultracuerpos--; y en 1993, por Abel Ferrara --que al parecer sólo se estrenó directamente en vídeo en España, titulada entonces Body Snatchers, por esa bonita pereza en traducir títulos que es la moda desde hace una década o más--. Como se puede ver, distintos directores aunque todos ellos con notable personalidad pero igualmente notables altibajos en sus carreras. A ellos se une ahora el alemán Oliver Hirschbiegel, autor de la pulcra El hundimiento, y que con esta cuarta adaptación da el salto (el batacazo, más bien) a Hollywood. Podríamos pensar, por consiguiente, que la novela de Finney sirve para todas las generaciones con sólo modernizar la ambientación. Debo decir, por cierto, que no la he leído, y que quienes lo han hecho me comentan que no es nada del otro mundo. No importa, en todo caso; lo que sí importa es el partido que de ella --como de cualquier texto adaptado al cine-- se extrae. Y en su caso, por partida cuádruple.
    Yendo por orden cronológico, y en aras de la brevedad, la de Siegel sería la versión de la paranoia (para años de paranoia); la de Kaufman la versión contestataria (para años de concienciación social); la de Ferrara la versión antimilitarista (para años de entusiasmo bélico); y la Hirschbiegel... ¿la fábula familiar para una época de cuestionamiento de la familia como núcleo social? La primera parece cine negro; la segunda se encuadra en el tipo de cine de ciencia ficción con mensaje de los años setenta; la tercera es un mal discurso antimilitarista; y la cuarta... ¿qué es la cuarta? ¿Un thriller de accion? Dejemos anotado antes de seguir que, curiosamente, la tercera y la cuarta tienen en común notables problemas con sus productores: Ferrara renegó de su film, diciendo que no es suyo, y Hirschbiegel... pues lo firma, pero tampoco es suyo.
    Vayamos al grano. Invasión, como proyecto, no tenía nada que ver con la novela de Finney, sino que iba a ser la historia de una madre que trata de salvar a su hijo de caer en manos de unos alienígenas que han invadido la Tierra. De repente, el proyecto se complicó, el guión cambió y se convirtió en un megamix entre esto y la novela de Finney. Posteriormente, la posproducción se alargó tanto, que sus protagonistas --Nicole Kidman y Daniel Craig, aunque éste en un papel más bien secundario-- tuvieron tiempo de rodar otras películas y estrenarlas (Craig, de hecho, se convirtió en el nuevo James Bond y su primer film como tal ya hace tiempo que se estrenó e incluso ya ha sido editado en vídeo). Joel Silver, el productor bien conocido por sus películas de trepidante acción y recitales de explosiones, no quedó nada contento con el resultado obtenido por el pulcro Hirschbiegel, así que llamó a los hermanos "Matrix" Wachowski para que añadieran más y más escenas y reescribieran, el guión, y luego a James McTeigue --director de la esmerada V de Vendetta-- para que rodase nuevas tomas y el material adicional. El que quiera, puede jugar a adivinar quién ha rodado qué. En todo caso, los créditos del film reconocen solamente a Hirschbiegel, pero como yo soy muy respetuoso con estas cosas, otorgo la autoría a ambos por igual.
    Sé que es una perogrullada decirlo, pero los films con problemas son problemáticos (y últimanente ha habido varios con problemas como los de este film). Y es que, ¿cómo hemos de juzgar el resultado que se ofrece al espectador? ¿Cómo juzgar una película que empezó siendo una cosa, pasó a ser otra, y termina siendo una tercera? Tras un par de años de "reparaciones" y convertirla sobre la marcha en una adaptación de la novela de Finney, tenemos una especie de no-historia (no se cuenta en realidad nada y lo que se cuenta deriva en la nada), agravada además por un final tan absurdo por precipitado, que no sería extraño más de un espectador se quedase en la butaca hasta la hora del cierre del cine, por si acaso. No me voy a detener en comparar el idiota final con los de Siegel y Kaufman (no recuerdo el de Ferrara, la verdad, porque el film era también un pequeño desastre con un par o tres de momentos destacados), porque sería absurdo. Puede que, si de lo que se trataba era de contar la odisea de una madre para salvar a su hijo, el film debira tener obligatoriamente un final la mar de feliz.
    Invasión no va a ninguna parte ni --como he dicho-. cuenta nada. No soy el único en señalarlo. La mayoría de comentarios leídos previamente iban en este sentido --no sin un fondo de estupefacción por parte del crítico de turno, quizá por haber sobrevalorado un original literario que creo no merece la pena leer, aunque esto es opinable, o la presencia de un director interesante--. Y entonces ocurre algo aún peor. Ante la inanidad absoluta de lo que se cuenta, uno trata de buscarle esas sublecturas que ofrecían las tres anteriores versiones, cada una a su manera; y ahí es donde surge algo que yo diría preocupante --y lo único con cierto sentido común en esta película--: ¿Sería preferible una humanidad deshumanizada, uniformizada, carente de personalidad propia y de sentimientos, pero que así vivera en paz, armonía, amistad y sin guerras en ninguna parte? Y es que, durante una comida entre unos personajes, cuando la invasión es ya casi general en todo el mundo, vemos como fondo la pantalla del televisor ofreciendo imágenes y noticias de varios países: Bush abrazándose con Hugo Chávez la mar de amigos, relaciones amistosas con Irán, paz y armonía entre todas las facciones en guerra de Iraq, democracia y alegría en Corea del Norte... Una vez solucionada la "invasión" y "curada" la humanidad, volvemos a lo de antes, como se queja el protagonista leyendo el periódico: más bombas en Iraq, más muertos... Así pues, ¿qué extraño mensaje hemos de interpretar en esta película? Cierto que algo parecido se ha dicho antes en una aburrida y alargada escena durante otra comida, entre un embajador ruso y su anfitrión, pero el pésimo desarrollo de la escena nos lo hacen pasar por alto. Por el contrario, el televisor de fondo, con el sonido ahogado por las voces de los personajes, llama poderosamente la atención. ¿Es esto un discurso filonazi encubierto o qué?  Probablemente no sea nada, probablemente sean ganas de buscar algo a lo que agarrarse para justificar esa enésima versión. Que cada uno vea y opine.
     
     
    October 26

    JOHN FOGERTY: "REVIVAL". Hoy como ayer

     
    (c) 2007 by J.C. Planells
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        De tarde en tarde, John Fogerty nos obsequia con algún nuevo trabajo discográfico. Desde que en 1972 envió a hacer puñetas a su banda (los restos de ella tras el motín), sus reapariciones han sido esporádicas, tanto que se le ha considerado como alguien retirado de toda actividad, aun cuando no fuera así exactamente. Aunque sí tuvo sus años de retiro.
    Repasemos brevemente la historia para los que no la recuerden, e informar a los que no la conozcan. John Fogerty fue el creador, compositor, arreglista, productor, guitarra solista y cantante del grupo californiano Credence Clearwater Revival, de corta pero intensa vida durante finales de la década de los sesenta e inicios de los setenta. La banda la formaban los hermanos Tom y John Fogerty y dos amigotes. John lo hacía todo y los demás le acompañaban instrumentalmente. De repente, en 1972, cuando eran una de las primeras bandas de rock del mundo, al hermano Tom --ya fallecido hace años-- le pareció que el grupo no iba como debía ir y se largó. Los otros dos se subieron a la parra y dijeron que no estaba bien que John Fogerty monopolizara el grupo con sus composiciones y cantando él solo, y que ellos también querían componer y cantar en los discos de la banda. "Conque sí, ¿eh?", dijo John. Pues adelante, decidió. Así, los Credence con John y los dos mindundis y sin el enojado Tom grabaron Mardi Grass en 1972, un disco en el que John no pintaba apenas nada y las composiciones estaban repartidas entre los tres miembros. Resultado: un disco lamentable e irrisorio. Una vez los dos mindundis vieron el desastre, y se convencieron de que ellos no servían para nada ni eran nada, John les mandó a hacer puñetas y se retiró de la música, para vivr en la paz campestre. Cuatro arreplegats, incluido el hermano Tom, trataron de convencer a la gente de que los Credence existían aún, pero nadie les hizo puñetero caso. Los Credence Clearwater Revival sin John Fogerty eran como un plato de bistec con patatas, pero sin el bistec ni las patatas: un plato vacío, vaya.
    John Fogerty, desde su retiro, vio cómo los discos de los Credence eran considerados clásicos del rock en poco tiempo, y él casi una leyenda en vida. Hombre discreto, prudente, callado, poco amante de llevar el estilo de vida de las estrellas de rock (y ya no digamos el de las megaestrellas), no necesitó llamar nunca la atención de nadie; su trabajo lo decía todo. En 1975 sacó un disco de temas country, sin composiciones propias. Luego, muy de tarde en tarde, grababa algún disco con sus canciones, e incluso hacía de hombre orquesta: él mismo tocaba todos los instrumentos. ¿Para qué recurrir otra vez a cretinos que se le subían a la parra? En total, unos siete discos originales publicados entre 1975 y 2007, dejando aparte recopilaciones o algún directo. Y en cada nuevo y espaciado trabajo daba la impresión de ser Dios condescendiendo a visitar a los mortales, para regresar de inmediato a los cielos. El mundo del rock moderno no es para él. No le interesan sus servidumbres, su hipocresía ni sus estupideces. Este hombre vive aislado de todo.
    Ahora, en 2007, nos llega este nuevo trabajo, astutamente titulado Revival, con lo cual ya nos indica por dónde van los tiros. Este disco es lo más parecido a un disco de los Credence, mucho más auténtico y puro que sus anteriores trabajos en solitario, muy notables, sí, pero escasamente "Credence". Aquí John Fogerty se ha rodeado de una banda para que le acompañen (como le acompañaron los que tocaron con él entre 1967-1971, olvidemos el desastre de 1972) y ha conseguido un disco que parece continuación directa de Pendulum o de Cosmo´s Factory, es decir, es puro Credence, puro Clearwater... puro Revival. Puede que el sonido sea más claro y sus acompañantes toquen mejor que sus mindundis y el hermano Tom, y puede que no haya grandes hits como en estos dos discos mencionados, pero el sonido es el verdadero sonido del rock californiano, el rock de Fogerty. Este hombre está en plena forma --nunca lo dejó de estar--, este hombre es un clásico que no envejece, al contrario que otros. Es un héroe del rock y una leyenda. Su disco, el trabajo más joven y fresco que ningún veterano haya ofrecido jamás.
     
     
    October 24

    EL TERCER PASAJERO DEL VAGON


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    La agresión del aprendiz de asesino Sergi Xavier Martí o Martín (no recuerdo ahora su nombre correcto y me da lo mismo) a una adolescente ecuatoriana en uno de los vagones de ferrocarriles de la Generalitat, ocurrida en la ciudad de Barcelona hace unos días, pone a prueba a todos en lo referente a cómo reaccionar ante un caso así. Me refiero, concretamente, a lo que hubiera hecho cada uno de nosotros, de ir en ese vagón y ser testigo del furioso ataque. Había un tercer pasajero, al menos según las imágenes difundidas de lo ocurrido; aparentamente iban sólo tres personas en ese vagón al producirse el suceso: la adolescente ecuatoriana, el aprendiz de asesino y una tercera persona, el testigo, que no estoy seguro de si era hombre o mujer. Permaneció inmóvil durante toda la salvaje agresión. 
    Como el tema da mucho de sí, y todo el mundo lo ha exprimido como un limón, evidentemente la reacción del testigo ha sido incluso psicoanalizada. Ante actos como los del aprendiz de asesino la gente se aterra y teme intervenir. La conducta del aprendiz de asesino (en adelante, agresor, que es más corto aunque más inocuo), a juzgar por las imágenes, indica que el tipejo no andaba muy bien "de la olla", como él mismo ha dicho con una caradura y un cinismo tan impresionantes, que por ellos solos merecería una condena ejemplar (que no va a tener, como tampoco la tendrá por la agresión, o yo no conozco la justicia de este país --pues "la justicia es un cachondeo", como dijo acertadamente un político--). Probablemente, estaba bajo las sustancias que los tipos tan "alegres" como él consumen tan tranquilamente como yo me tomo una tónica tras la comida. Es decir, ante un tipejo que --insisto: a juzgar por las imágenes-- andaba zumbado o zumbado y medio, es evidente que intervenir es exponerse a acabar en el hospital. Puede que entre tres o cuatro lo hubieran reducido, pero... ¿una persona sola?
    Al ver las imágenes, lo primero que pensé, es lo fácil: "De ir yo en ese vagón, le habría plantado cara a ese animal y protegido a la chica". Sí, ¿seguro? Bien, es lógico y humano pensarlo, pero: En primer lugar, el agresor tiene 40 años más que yo, es más alto y más fuerte y más ágil. A mí me puede tumbar al suelo cualquier persona sólo con un soplido, ya no digamos un tipejo así. Así, que ¿de verdad le hubiera plantado cara?
    A veces el deseo de hacer algo es más fuerte que nuestras posiblidades de hacerlo. Éste es un caso claro. Un tipo como él, y en el estado en que se hallaba --aparentemente solo en un vagón, hablando con otro que sería como él o peor, y que por tanto le daba aún más fuerza--, sumado a la indefensión de una adolescente, produce una situación realmente explosiva. La soledad del vagón fue otro incentivo para él (de haber dos o tres personas más, seguramente no hubiera ocurrido el acto criminal). Pero volvamos a lo anterior: ¿plantar cara a un tipo así? Con la violencia ocurre que saca lo peor de cada uno, lo que no creíamos tener; y lo temible es no sólo la violencia que practican los expertos como él, sino la que puede acabar practicando quien trata de repeler una agresión o defender al que la está sufriendo; puede conducirnos, en la rabia que llega a sentirse ante un tipejo como él y una situación tan espantosa como la vivida por la desdichada adolescente, a caer en lo mismo que practica, a practicar una violencia mayor para rebatirle y convertirnos en bestias.
    El deseo de partirle la cara a un tipo como él es legítimo; pero sólo debe ser eso: un deseo, no una práctica. Caer en la violencia incluso para proteger a un indefenso puede ser algo que lamentemos más tarde, porque puede sacar de dentro nuestro algo que no nos guste luego, y que lamentemos.
    "Muy bien --puede pensar alguien--; entonces, ¿qué hacer ante un suceso como el del vagón? ¿Quedarnos indiferentes, como hizo el testigo, el tercer pasajero?" Pues no tengo la respuesta. No tengo la respuesta porque la naturaleza humana es a veces lo suficientemente inquietante como para arriesgarse a exponer lo que debería hacerse o no. ¿Intervenir o permanecer sentado? A mí me parece mucho más grave un caso como el ocurrido en ese vagón cuando son muchos, bastantes, los suficientes que lo presencian y no hacen frente al agresor para impedirle su infame cobardía. Eso sí es grave, y eso también ha ocurrido. En el fondo, un  tipejo como Sergi Xavier M. no es más que un cobarde, con muy poco de hombre y mucho de "macho", que se enfrenta a quien no puede defenderse para demostrar al resto de su "tribu" precisamente eso: lo "macho" que es; no orina en el territorio, como hacen los animales, sino que ataca al que no puede defenderse para que se vea lo fuerte que es y cómo domina... ¿el qué? La nada más absoluta. Cuatro personas pueden frenar perfectamente a un individuo así, sin necesidad de recurrir a la violencia, sólo plantando cara. Los cobardes se valen del aislamiento, la soledad, la indefensión, la debilidad del otro, su temor, su inseguridad. Los valientes plantan cara a sus iguales. Los valientes, dicho sea de paso, no se dedican a hostiar chicas indefensas ni darles patadas en la cara. Pero me temo que de valientes quedan pocos en nuestro mundo hoy día. En cambio, al parecer, el número de cobardes en el planeta va en aumento. 
     
     
    October 23

    UN MUNDO VACÍO, de John Christopher


    [Esta crítica apareció en Tránsito Boletín Informativo, núm. 15-5, abril de 1987. La novela fue publicada en castellano por Alfaguara.]
     
    (c) 1987 by J.C. Planells
     
     
    No me gustaría que pasase desapercibida esta encantadora, sencilla pero efectiva novelita del británico John Christopher, del cual Alfaguara ha publicado ya obras obras de carácter juvenil, no especialmente remarcables (no he leído Los guardianes aún; me refiero a la trilogía de Los Trípodes y a Bola de fuego), y entre las cuales merece destacarse ésta, que es a la vez la mejor y la menos juvenil.
    Bien conocido por su excelente  La muerte de la hierba, es indudable que los temas catastrofistas le sientan bien a Christopher, y nos lo demuestra una vez más en Un mundo vacío, novela en la cual una plaga ataca a la humanidad, la hace envejecer y morir en cuestión de días, quedando solamente escasos supervivientes, todos ellos niños o muchachos que deambulan solitarios por un Londres fantasmal, una Inglaterra desierta, abandonados a sus propios recursos, ingenio o neurosis. Un mundo vacío es una novela dramática, muy poco juvenil, insisto en ello, narrada con contención, sobriedad, eficacia, sin sentimentalismos y al tiempo profundamente romántica en el más noble sentido de la palabra. Pasajes como el encuentro del protagonista con el ladrón neurótico, el hallazgo del adolescente que se ha suicidado o la relación con las dos chicas y el intento de asesinato al final de la obra, así como el sobrio y excelente final abierto, hacen que Un mundo vacío sea una novela que haya que leer y que destaque con méritos propios. Pese a lo caro del precio y a su brevedad, la lectura merece la pena.
     
     
    October 21

    GALERÍA DE MUJERES (27). NURIA TORRAY: Vivir en segundo plano

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Ya dije con motivo de un artículo sobre Joan Capri que lo triste y lamentable del trabajo interpretativo teatral, y del montaje de según qué textos, es que sólo queda en la memoria de quienes lo vieron en su día. Es lo que ocurre con Nuria Torray, una actriz barcelonesa, que en 1972 llevó al teatro la más original versión del clásico de Goldoni, La posadera, convertido en un espectáculo con canciones y bailes italianos, titulado Mirandolina en su posada hace lo que le da la gana. Incluso llegó a editarse un disco con las canciones de la obra. Aunque he visto otras versiones de la obra de Goldoni, no he olvidado nunca la que ofreció Nuria Torray, que me pareció y me sigue pareciendo la mejor y más fiel al espítiru de Goldoni: la Mirandolina ideal.
    Nacida en 1934 y fallecida en 2004, entre la indiferencia y el olvido de tantos, su desgracia --si es que se debe considerar como tal-- fue no ser una primera figura rutilante, como lo fuera por ejemplo Amparo Rivelles antes que ella, o Carmen Maura más tarde. Educada en el Instituto del Teatro de Barcelona, miembro del prestigioso TEU, antigua estudiante de ballet, fue intérprete de no pocos clásicos en la escena teatral española de los años cincuenta y sesenta: Las brujas de Salem, Irma la Dulce, clásicos españoles, obras de Tennessee Williams. Casada con Guerrero Zamora, el creador de "Estudio 1" en TVE, interpretó en la pequeña pantalla no pocas obras de buen teatro (y de teatro comercial también). La llamó, lógicamente, el cine en 1956, pero la desaprovechó en subproductos, comedias imbéciles, películas del oeste rodadas en Almería o en Esplugues City y terrores cutres de la época. Cuando apareció en películas interesantes, como Accidente 703, de Forqué, o El bosque del lobo, de Olea, quedaba como sepultada entre el resto del reparto. Aun así, ganó varios premios por su trabajo en Diálogos por la paz, en 1965. Sin embargo, lo que en cine podemos ver de Nuria Torray nos da la impresión de que pertenece a otra persona: ésa no era ella. El cine español de la época tuvo estas cosas: desprovechaba miserablemente talentos que hallaban su lugar en la escena teatral. Y, como conscuencia, no pocos grandes actores son hoy apenas un nombre en un reparto de noche de estreno; muchos ni siquiera accedieron al cine, o en puntuales ocasiones. El caso de la Torray es, pues, lamentable: quienes la vean en esos subproductos que conforman el 98% de su escasa filmografía no podrán imaginar su talento.
    Es extraño todo esto, porque Nuria Torray era una mujer alta, guapa, espigada, de mirada brillante, que se movía con elegancia en la escena. En fin, cansada de los papeles absurdos en malas películas, renunció al cine en 1971 (aún apareció en otra en 1976), para regresar donde todo era muchos más satisfactorio: el teatro o la televisión con buenos guiones (o sea, cuando la televisión contaba con guionistas escritores y ofrecía historias de interés, no reciclajes de fórmulas agotadas, como ahora).
    Su nombre completo era Nuria Torra Resplendi. Lo transformó en Torray para que sonase menos catalán y le trajese menos problemas en su profesión (las Españas, que dicen por ahí, son así o eran así entonces, ahora no tanto: te respetan el apellido pero te montan un boicot). Los que la trataron hablan de ella como de una mujer más bien tímida, educada, correcta, discreta, a la que no le gustaba molestar y prefería permanecer en segundo plano. Esto es curioso en una profesión donde parece que haya que estar siempre luciendo tipito, llamando la atención de todo el mundo y dando de qué hablar en los medios. Quizá su energía la enfocaba en el trabajo, y fuera de él no sabia jugar al juego de las apariencias, ése en que los actores representan incluso el papel fuera del escenario. Nuria Torray fue una rara avis. Merece ser recordada. 
     

    October 20

    SYLVIE VARTAN: "NOUVELLE VAGUE". Retorno al pasado


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    Los fans de Sylvie Vartan --si es que en España hay alguno más aparte de mí, claro-- probablemente crean que este disco es una reedición de alguno de sus LPs de los años sesenta. Pues no; ha sido grabado de febrero a abril de 2007 en Los Ángeles, y es su nuevo trabajo. La confusión provendría del repertorio de canciones elegido: 15 en total, y que la mayoría de ellas son grandes éxitos del pop-rock de la segunda mitad de los años sesenta, lo cual, en efecto, lo hermana con los que Sylvie grababa en esa década, con repertorio similar. Incluso sorprende que algunas de las canciones elegidas no fueran incluidas en ningún single, EP o LP de la época por la Vartan yeyé de entonces. 
    Nouvelle Vague contiene, entre otros, "Drive my Car", de los Beatles, "Ruby Tuesday", de los Rolling Stones; "I´m A Believer", que cantaron los Monkees pero compuso Neil Diamond; "Reach out, I´ll Be There", de los Four Tops; "Blowing in the Wind", de Bob Dylan; "Suzanne" de Leonard Cohen; además de canciones bien conocidas de Leiber & Stoller, Serge Gainsborough, Dorsey, Barry & Spector... Alguno podrá pensar que es una colección de "antiguallas". Pues no. Es una recopilación de grandes hits y de clásicos del pop-rock, cantados algunos en inglés y otros en versión francesa.
    El efecto, es, pues, el de un disco de la segunda mitad de los sesenta de la Vartan; pero ni la voz ni la producción son las de entonces. La voz de la Vartan no es, claro, la de la chica yeyé de entonces, un tanto apresurada a veces, algo pacata en otras ocasiones; ahora es una voz más grave, más educada musicalmente, como corresponde a alguien con más de cuarenta años de profesión (ese puñetero tiempo, hay que ver cómo pasa sin pedir permiso...). Y la producción no es tampoco la más o menos apañada --un punto ramplona a veces, con un sonido un poco a lata o a sordina-- de entonces: por un lado, las técnicas han mejorado, y por otro, como es lógico, una estrella como la Vartan tiene el derecho de procurarse lo mejor para sus nuevos trabajos, que para eso lleva tantos años en el oficio: un derecho, digo, que se ha ganado a pulso: ya hablé de Sylvie Vartan el año pasado, en uno de los primeros capítulos de "Galería de mujeres". Y el resultado de la excelente producción musical es que este disco resulta increíblemente fresco, de una sonoridad perfecta, con una musicalidad envolvente y divertida, y donde cada canción recibe el tratamiento adecuado, estudiado al detalle. La Vartan vuelve a sus orígenes, y lo hace a lo grande, con toda la experiencia y profesionalidad acumuladas en tantos años, décadas de trabajo sin parar.
    Cierto que alguna interpretación suena un poco forzada, como la de "J´attendrai", que es la versión francesa de la canción de los Four Tops "Reach out, I´ll Be There", tema no fácil de cantar para una voz blanca, pero la producción musical cubre estas insuficiencias (lo que no suele ocurrir en muchos versionistas de antes, de luego y de ahora...). En "Drive my Car", en cambio, brilla a gran altura en una interpretación vibrante y divertida, llena de energía. "I´m a Believer" y "Ruby Tuesday" están igualmente muy bien interpretadas, e incluso sale airosa de la "osadia" de versionar al "Blowing in the Wind" de Dylan (que al fin y al cabo han versionado tantos otros...). Curiosamente, el disco se inicia con "Il est cinq heures, Paris s´eveille", canción francesa de Lanzmann & Ségalen & Dutronc, que evoca el despertar de una ciudad, y se cierra con "Souvenirs, souvenirs", tema de Cy Coben, adaptado al francés por Bonifat & Finet, donde se habla de recuerdos.. ¿Los que forman estas canciones?
    No es ninguna tontería el título Nouvelle Vague, contra lo que algunos puedan pensar: el disco es un retrato de lo que fue una "nueva ola" musical: el pop-rock de los sesenta, considerado ya el mejor de todos los tiempos y el generador de mayor número de intérpretes y creadores clasicos. No sería extraño que la Vartan preparase un nuevo espectáculo musical esta temporada tomando como base este nuevo disco: parece casi un paseo por la década prodigiosa.
    La moraleja que se extrae de este disco es que para volver al pasado y salir airoso se necesita clase, estilo y arte. Eso, curiosamente, hace pasar como nuevo lo "viejo". Pero este lujo sólo está al alcance de quienes han trabajado duro, muy duro. Como ella. Y que lo siga haciendo por muchos años.
     
     
    October 18

    AGUARDANDO EL AÑO PASADO, de Philip K. Dick

     

    [Esta crítica fue publicada en Tránsito Boletín Informativo, núm. 10, invierno 1989-1990. La novela fue publicada por Ediciones Jucar.]
     
    (c) 1989 by J.C. Planells
     
    Ahora que la obra del malogrado Philip Dick está en muy buena parte ya al alcance del público castellano (quedan pocas obras inéditas y menos de las verdaderamente importantes), cabría preguntarse por qué muchos de los lectores y aficionados a la ciencia ficción siguen rechazando sistemáticamente sus novelas. ¿Es un problema de lectores o de género? Nunca he encontrado un aficionado a la novela policial que rechace a Dashiell Hammett, a Raymond Chandler o a Donald Westlake. A nadie se le ha ocurrido menguar influencia al gran W.R. Burnett. En la ciencia ficción ocurre lo contrario: se despotrica y se alaba indiscriminadamente a Heinlein, Asimov o Dick, según el punto de vista del lector en cuestión. Quizá el problema esté en que la ciencia ficción no es verdaderamente un género literario, sino una literatura en sí misma, como he dicho ya en alguna ocasión. Quizá mirándolo de esta manera sea explicable el fuerte rechazo de tantos lectores a la obra dickiana.
    Y sin embargo, ahí está. Cada vez más importante, influyendo en tantos y tantos nuevos escritores (y lectores). Y ahora, Júcar nos ofrece en su colección la más importante de sus novelas que permanecían inéditas: esta Aguardando el año pasado, una novela que, como Ubik, como Los tres estigmas de Palmer Eldritch, se adentra en este desdoblamiento de la realidad, en esa falsa fachada con que fabricamos todos nuestro mundo o universo particular. Como las mencionadas, como en toda la obra más importante de su autor, se juega con los conceptos del tiempo, la realidad, la ilusión, las drogas, el fracaso. Como en toda su obra mayor, nada tiene solución, no se llega a un final feliz. En realidad, ni se llega a un final siquiera. ¿Acaso la vida tiene finales? Si la vida no tiene nunca un final (ni feliz ni desdichado), ¿por qué debe tenerlo la ficción? Y menos aún la ficción de este diseccionador de realidades falsas, aparentes y engañosas que fue el fallecido autor. Escritor compulsivo, elocuente, sarcástico, triste y juguetón a un tiempo, todas sus obras (importantes y no importantes) reflejan algo de su personalidad, su visión de las cosas. A Dick le importaba menos conservar la hilazón argumental que introducir elementos discordantes en medio de la acción, seguir una narración lineal que torcerla repetidamente mediante giros inesperados (ejemplo: la muerte del protagonista a mitad de la novela en El mundo contra reloj). Porque, insisto, en el fondo sus novelas no son más que un espejo de la realidad que vivimos. Espejo deformado, si se quiere. Y cuando estamos leyendo ficción, ¿nos gusta que nos enfrenten a la realidad? Quizá por eso Dick no guste a tantos. Porque habla de cosas que atañen demasiado de cerca a todos y cada uno de nosotros: la vida, la muerte, el fracaso, la simulación de la realidad, lo humano e inhumano que puede haber en todos y cada uno de nosotros. Porque, en realidad, las novelas de Philip Dick no se leen: se viven. Y muchos prefieren estar muertos.
     
     

    October 17

    NOTIFICANDO UN PLAGIO

     

    (c) 2007 by J.C. Planells

     

    Una individua llamada Ana Belmonte, de 48 años, y de profesión "soñadora" --eso es lo que pone en su perfil--, ha tenido la desfachatez --la caradura, según mi informante-- de plagiar casi todo mi comentario sobre la novela de Ruth Rendell "Morir de pie", que publiqué en este blog el pasado 17 de septiembre de 2007. Ella lo ha publicado en octubre, no recuerdo la fecha ahora, en una web o lo que sea, llamada Linkara, en donde los miembros cuelgan comentarios y críticas de cine, libros, etc., todos, supongo que originales de quien los firma, excepto al menos este plagio descarado de Ana Belmonte. Esa individua ha copiado la parte principal tal cual, sin quitar ni añadir coma o punto y coma: cortar y pegar, como si fuera obra suya. Tras el síncope sufrido ayer al verlo, visitando los enlaces que el amable lector anónimo de mi blog me dejó para comprobarlo, lo comuniqué a Negra y Criminal, amigos y dedicados al género de novela policial. Luego lo denuncié a Linkara, para lo cual me vi obligado a hacerme miembro de esa comunicad o lo que sea, porque de lo contrario no era posible ni comunicarlo. Desde luego, en cuanto este hecho se solucione --si se soluciona--, dejaré de ser miembro. Los lectores que lleguen a tiempo --si Linkara accede a quitar esa crítica plagiada-- podrán comprobarlo por sí mismos, yendo a los links que el descubridor del robo dejó ayer en su comentario a mi texto del 17 de septiembre. En todo caso, al facilitar los datos a Linkara, ya les he advertido de que iba a denunciarlo también en mi blog: que lo sepa la gente, estas cosas han de denunciarse, y al autor también.

    Desde que empecé a publicar en revistas, primero críticas, artículos y luego relatos y más cosas, allá hacia finales de los años setenta, he tenido que soportar como profesional toda clase de humillaciones: editoriales que se leían mis obras y las consideraban muy buenas pero no pensaban publicarlas (tengo las cartas); directores de colección que ni se molestaban en leer mis textos por no formar yo parte de su camarilla de lameculos; organizadores de Hispacón que tras incluirme en mesas redondas sin apenas avisarme, me quitaban de ellas en el último momento y vetaban incluso mi presencia en la Hispacón; críticos que me han tachado de "racista" y hecho burla de mi persona; editores profesionales que han publicado relatos míos con beneficio económico, pero sin pagar por la publicación; escritores y editores que se han apropiado de ideas mías como si fueran originales suyas; y toda otra clase de humillaciones por parte de "amigos", "compañeros", "profesionales y demás". Lo único que --al menos que yo sepa-- no había ocurrido nunca es esto tan odioso como el robo de un texto por otra persona y su atribución como creador. Da igual si es cuento, novela, relato o chiste. Soy el autor y en él está mi manera de pensar y ver las cosas, no la de esa "soñadora" Ana Belmonte.

    Ignoro si el caso se solucionará satisfactoriamente. A mi edad, golpes como éste --añadido a todos los anteriores y al horrible mes que llevo por culpa de otros conflictos de internet--, acaban de hundirme aún más. No tengo muchas ganas de seguir publicando durante un tiempo. ¿Para qué? ¿Para que venga un mierda y me lo plagie? Cuando se me ha pedido permiso para reproducir un texto mío, lo he otorgado con mucho gusto, y de ello pueden hablar webs como bemonline, cinexilio y sedice. Todas ellas las verán en la lista de recomendadas.

    En fin, es tan asqueroso esto, y me ha afectado de tal manera, que no tengo ganas de seguir.

    October 16

    A CHOICE OF GODS, de Clifford D. Simak

    (c) 1982 by J.C. Planells
     
    (Este comentario apareció formando parte del estudio "La década de los setenta en las novelas de Clifford D. Simak", a su vez dentro del dossier dedicado a este autor aparecido en el número 7 de Kandama, verano/otoño de 1982. La novela se publicó en inglés en 1972.)
     
     
    Esta novela llegó a estar anunciada para su publicación en español por Verón Editor, hace ya unos años, poco antes de que cerrase su colección de SF, por lo cual no llegó a ver la luz. Para algunos críticos es la mejor novela de Simak en estos últimos años, y realmente es la de más feliz desarrollo, quizá por entroncar con temas familiares y habituales en el autor; hay momentos en que evoca con fuerza Ciudad.
    Estamos en el siglo XXII, en la Tierra. Una Tierra prácticamente despoblada hace ya varios años porque un día, de repente y sin causas explicadas, casi toda su población se desvaneció misteriosamente en la nada. ¿Qué ocurrió? ¿A dónde fueron a parar los miles de millones de personas desaparecidas? La historia va alternando pasajes del diario de su protagonista con la narración en sí, ofreciendo la típica visión bucólica que Simak ha cultivado tanto a lo largo de su obra. Curiosamente, en los Estados Unidos, los indios son los únicos que no parecen haber sufrido esta extraña emigración forzosa, y vuelven a ser dueños de su país, conviviendo pacíficamente con los escasos hombres blancos que quedan con ellos. Los robots están tristes y desorientados sin amos a quienes servir y han fundado una extrañísima secta medio religiosa, medio filosófica. La novela es una plácida y cariñosa mirada a estos personajes, sin que haya propiamente acción, sino reflexiones, charlas, comentarios, recuerdos... todo, como decimos, muy bucólico. Un día, los habitantes que "desaparecieron" de la Tierra regresan a ella: fueron trasladados por una extraña fuerza estelar a un lejano planeta, pero han construido naves espaciales con el fin de regresar a su hogar.
    Novela apacible, calmada, reflexiva, es ciertamente la mejor escrita por Simak en esta década y, sin llegar a la altura de sus obras maestras, cabe situarla en un distinguido segundo lugar.
     

    October 14

    MUJERES FRENTE AL AMOR, de Jean Negulesco: Antes la vida era distinta


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    La única manera de soportar hoy día el visionado de alguna película concreta de la etapa final de Jean Negulesco ("Todo lo posterior al cinemascope no vale nada", en acertado juicio de Andrew Sarris), es examinándola en su relación con el presente modo de vida, o como estudio de unas maneras y costumbres sociales y personales desaparecidas. Por supuesto, esto no ocurre con la mayoría de películas cursis  e insoportables que formaron esa etapa final de su obra (por cierto, me pregunto si sería esa afición a la pintura que le llevó al cine, y a la que regresó tras retirarse del mismo, lo que hace que determinados films suyos adquieran ese inesperado testimonio de época con que pueden ser visionados hoy), pero sí con algunos títulos concretos, como por ejemplo Creemos en el amor, El mundo es de las mujeres y Mujeres frente al amor. En las tres, pero sobre todo en la tercera, rodada en 1959, Negulesco trazó acaso sin proponérselo o sin pensarlo un retrato de las mujeres y muchachas estadounidenses durante la década de los cincuenta --década a la que pertenecen los tres títulos mencionados--, un tipo de mujer que en los sesenta se iría transformando y de la que nada quedaría apenas al final de esa década (como también Negulesco dejó el cine por entonces). Son retratos de mujeres y muchachas empleadas, con cargos de responsabilidad en despachos y empresas, o de estudiantes en viaje de vacaciones... Es decir, de mujeres "empleadas" --o futuras "empleadas"--, que no es lo mismo que "trabajadoras", pues el contexto de la época es igualmente distinto; de chicas estudiantes que se van a Europa para celebrar su final de estudios y que son jóvenes, alegres y felices y el mundo no presenta demasiados problemas (u otros más sorteables). En suma, una forma de vida y un mundo desaparecidos, unos ambientes sociales relajados y despreocupados, unas formas de conducta y unos intereses personales hoy sustituidos, reemplazados, por otros completamente distintos.
    ¿Esto tiene algún interés?, preguntará alguien sin duda. Pues depende del grado de curiosidad personal de cada uno. Ocurre a veces que el cine adocenado de otras épocas sirve un poco de testimonio de ese tiempo, al margen de su valoración artística. Estos films de Negulesco son cursis --unos más que otros, desde luego, y en el resto de su obra hay horrorres empalagosos realmente insufribles-- y sus historias casi una invitación a huir corriendo. Realmente, es difícil soportar Creemos en el amor sin perder la compostura ante tanta majadería rosa. Pero, mirándolo fríamente, hubo un tiempo en que el mundo parecía más o menos así.
    La de mayor interés de entre las que he citado --y de esa etapa final de Negulesco-- es esta Mujeres frente al amor, imbécil título español para The Best of Everything, basada en un best-seller de Rona Jaffe, vagamente autobiográfico (y vale la pena mencionar, porque puede ser revelador, que el film en su época mereció un 4, es decir "Gravemente peligrosa", de la oficina de calificación moral en España, calificación que pocos films recibían, sólo los de temas "fuertes"). La historia nos presenta los avatares profesionales, personales y amorosos de un grupo de muchachas casaderas empleadas en una importante agencia de publicidad, sometidas a las tiránicas órdenes de una madura amargada y cínica (Joan Crawford, obviamente), y vistas desde el prisma laboral y social de la década de los cincuenta, "en la que no pasaba nada y lo que pasaba no era importante" (entrecomillo, porque no sé si la frase es mía, o la he oído o leído alguna vez). Son vidas sencillas, algo vulgares, con pequeñas tragedias, pequeñas alegrías, amores, desamores, aspiraciones, tristezas, envidias y etcéteras varios. Para decirlo de otra manera --o establecer una comparación algo temeraria--, Mujeres frente al amor resultaría una versión "limpia" de El valle de las muñecas, unb film de 1967, basado en otro best-seller igualmente algo autobiográfico, pero donde la claridad y vida apacible de los años cincuenta es sustituida por el leve frenesí iniciático de los sesenta, por su psicodelia y por la irrupción de las drogas, el alcohol y la destrucción humana (y donde Susan Hayward sería el equivalente del personaje de Joan Crawford, o mejor, su sustituta). De todas maneras, cabe decir que el film de Robson es un desastre total, una ridiculez absoluta, una pesadez inaguantable, en comparación con el de Negulesco; puede que la razón sea que a uno le iban esas historias y al otro no. Da lo mismo. Ambos son igualmente falsos y retrógrados, pero el de Negulesco aventaja al de Robson en su factor "testimonio histórico", algo que El valle de las muñecas se ufanaba en su momento de tener, y que revisado hoy produce solamente risas y bochorno.
    Es posible que Negulesco, tan denostado, resultase ser más listo de lo que nos creíamos, al menos en este film, no voy a decir que en otros. Esa etapa final de historias y películas "rosas", "bonitas", "amables" y decididamente empalagosas quieren llegar al corazón popular, pero les falta en cuanto a romanticismo el sentimiento de un Cukor, y en cuanto a dramatismo la fuerza de un Sirk. Ahora bien, si de lo que se trata es de ver una visión del mundo femenino en la década de los cincuenta especialmnente en el mundo laboral, pues esta Mujeres frente al amor nos presenta un fiel y atinado testimonio para examinarlo hoy día. 
    Bien, no seré yo quien defienda a este director y a su obra. Sus películas son lo que son, pero en alguna de ellas puede hallarse esa visión de un mundo y un tiempo desaparecido. El espectador ha de juzgarlo, en todo caso. Finalmente, vale decir que el reparto del film ayuda no poco a su visionado: Joan Crawford, Stephen Boyd, Suzy Parker, Louis Jourdan, Hope Lange, Diane Baker, entre otros, resultan agradables presencias que pasean sin dificultad y con profesionalidad por la pantalla. No está tampoco de más indicar como curiosidad la presencia de Robert Evans en uno de sus escasos papeles de galán de baratillo, antes de que fuera el hombre que salvó a la Paramount.
     
     
    October 11

    DE VISITA POR LAS EDITORIALES Y OLÉ


    (serie: Relatos autobiográficos - 23)
     
    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
                                             Dedicado afectuosamente al amigo
                                             Francisco Manuel Espinosa, que se considera 
                                             "lector privilegiado" de estos relatos.
                                                                                         J.C.P.

     
        En los años que vengo trabajando para diversas editoriales como colaborador externo --grandes o pequeñas, existentes o ya desaparecidas--, he aprendido que en realidad no son más que empresas que se dedican a la fabricación o producción de libros de la misma manera que se podrían dedicar a fabricar o producir envases de plástico o lápices de colores. No hay mucha más diferencia. Cierto que las hay mejores y peores, como ocurre con todo, y que entre las peores yo considero a las que publican textos universitarios o para centros escolares. En éstas, como ya comenté alguna vez, da la impresión de que las cosas salgan bien a pesar de los desmanes cometidos o perpetrados (salen bien de milagro, vamos) y por eso no animo ni aconsejo a nadie a que colabore en ellas profesionalmente. Se ahorrará sustos y disgustos además de vivir extrañas experiencias (y pensándolo bien, tras ver cómo hacían los libros las que yo conocí, no me extraña que en España la educación sea tan deficiente en la mayoría de campos, según dicen...).
        En alguna parte ya referí la famosa anécdota que me ocurrió en una de esas editoriales de textos educativos. Me llamaron una mañana para que fuera corriendo a arreglarles un libro que estaba mal (como si de una urgencia de bomberos se tratase, vaya). Así que me desplacé a esa editorial y allí mismo, en un despacho, hice el trabajo, vigilado de cuando en cuando por la jefa de edición, con ademán severo y exigiéndome que me diera prisa ¡ya! Porque esa es otra. En el mundo editorial todos pueden retrasarse, excepto el corrector de galeradas. El autor puede entregar el texto cuando le dé la gana; el traductor puede tomarse medio año más de propina sobre el plazo acordado, y encima celebrarlo entre risas (he oído innumerables veces frases parecidas a ésta: "Tenía que entregar la traducción hace seis meses, pero hasta ayer no la llevé porque me puse a hacer otras cosas", por ejemplo; el corrector o correctora literario puede tomarse el tiempo que le parezca, irse de vacaciones al Caribe, dejar plantada a la editorial sin avisar porque quiere descansar  o corregir una hoja a la semana; el jefe de edición --suponiendo que sea de los que se miran los libros, porque algunos ni se molestan en hacerlo-- lo repasará cuando tenga tiempo, robándolo a sus otras ocupaciones, y le venga bien y si le da la gana, sin fecha fija de plazo; el impresor puede tomarse también un tiempo extra porque está "hasta las cejas" de trabajo. Pero el corrector de galeradas no puede retrasarse ni diez minutos del plazo determinado por el jefe de edición o de producción si no quiere ser castrado. No es que a mí personalmente me preocupe mucho esa amenaza o ninguna otra; mi manera de trabajar, tanto en esto como en toda actividad de mi vida, es ponerme a hacerlo; por eso, cuando se me pide que entregue algo un viernes, el día anterior --jueves-- ya lo entrego (si es que no lohago el miércoles...); y si me dicen que el lunes a primera hora, el viernes a media mañana ya está entregado (lo cual, dicho sea de paso, les toca muchísimo las pelotas a los editores...). Así que por mucho que un jefe de edición o producción me diga que "es para anteayer", al tiempo que acaricia de manera significativa unas tijeras que tiene casualmente sobre la mesa, yo permanezco indiferente a la sinuosa amenaza de castración y entrego antes de lo que ellos desean y esperan. Toma castaña. De hecho, he conseguido mosquear a no pocos editores con mi método de trabajo; deben de estar habituados a trabajar con gandules.
        Sigamos con la famosa anécdota, para quienes no la leyeron en su momento. Una vez hube terminado el repaso del texto en cuestión, y mientras la jefa de edición echaba un severo vistazo a las galeradas, yo echaba a mi vez una distraída mirada a un catálogo de sus publicaciones. Entonces advertí que el título de uno de sus libritos estaba mal: decía "Los metoritos" (sic). Así que le enseñé el catálogo y le dije que había un error, que lo correcto era "Los meteoritos".
        --¿Está seguro? --dijo con voz severa y ceño fruncido.
        --Pues sí.
        --Veamos qué dice el Diccionario de la Real Academia.
        Tomó el Diccionario y lo consultó durante unos minutos, en completo silencio. Lo dejó luego y dijo:
        --Tengo el María Moliner en el otro despacho, ahora vengo.
        Se fue al otro despacho y volvió al cabo de unos diez minutos.
        --Voy a consultar con dirección. Enseguida vuelvo --anunció.
        Regresó al cabo de unos quince minutos y anunció en tono inexpresivo:
        --Parecer ser que acaso quizá resultase que es posible  que pudiera o pudiese tener usted algo de razón en lo que ha sugerido. Se estudiará en el próximo consejo de administración y veremos qué se decide.
        Fantástico.
        Esa frase me gustó e impactó tanto que, con diversas variantes, la he usado a veces en mis relatos de la serie Harold Smith cuando algún personaje tiene muy pocas o ningunas ganas de hacer algo. Yo creo que habría que enmarcarla y colgarla de la pared. También podríamos colgar a quien la dijo, pero eso creo que es delito. 
        Otra de las editoriales dedicadas a textos escolares para la que trabajé una breve temporada, cuyo nombre ni recuerdo, la verdad, ocupaba todas las plantas de un edificio. La destinada a producción era parecía nave inmensa, y en ella trabajaban tres o cuatro personas como mucho; el principal encargado era un joven muy agradable y simpático que por extraño que pareciese parecía orientarse sin dificultad en medio del caos de papeles dispersos por toda aquella especie de nave industrial. El desorden era entre colosal y descomunal. Había montones de libros y enciclopedias de todos los tiempos y editores, dispersas aquí y allí, tiradas, amontonadas y despanzurradas (se fusilaban textos de todas partes en esa editorial); enormes pilas de revistas antiguas y modernas, así como de recortes de periódicos o periódicos enteros, formando casi torres de un metro o más altura; estanterías con amontonamientos de papeles sin orden ni concierto; galeradas que parecían datar de décadas de antigüedad, tiradas de cualquier manera, y mezcladas con las de los libros en que trabajaban entonces; mapas y más mapas; grabados de todas clases; montañas apiladas en desorden total de fotografías de cualquier temática; y etcéteras varios. Que alguien se orientase en medio de todo aquello era debido sin duda a uno de esos milagros que se producen en el mundo editorial, donde las cosas parecen salir bien por puro azar, como dije.
        El jefe de producción de la editorial era un tipo de unos cuarenta años, bajo y delgado, con barba muy negra y cerrada, gafas gruesas y voz ronca, con una manera realmente extraña de hablar que me siento incapaz de reproducir; caminaba encogido como Groucho Marx y tocaba el piano a veces. Hablar con él era una proeza que consumía mucho tiempo y grandes dosis de paciencia. No pocas veces me encontré con que al presentarme para consultarle algún detalle del texto que me habían confiado, venía entonces el chico de producción para aclarar alguna duda: ya éramos dos; estaba hablando con el chico, y se presentaba casualmente uno del departamento de mapas para decirle que, al parecer, según el mapa previsto para el libro nuevo de geografía, el Ebro no pasaba por Zaragoza sino por Zamora, así que se iba con él al piso de arriba, donde estaba la sección de perpetradores de mapas, a ver qué milagro habían hecho con el Ebro: ya éramos tres en fila india detrás suyo; arriba se nos juntaba inesperadamente un berzotas de maquetación que acababa de preparar una maqueta consiguiendo el insólito fenómeno de que las páginas pares estuvieran a la derecha en vez de a la izquierda y que cómo se arreglaba eso, así que el jefe se iba a la planta siguiente, la de maquetación, para cantarles las cuarenta: ya éramos cuatro en procesión detrás suyo; en maquetación aparecía una chica que no encontraba fotos de armaduras o de no sé qué, y el jefe le decía que esto se guardaba en la planta superior, donde se almacenaban objetos antiguos, así que nos íbamos todos a la planta superior, y ya éramos cinco en fila india detrás suyo. En la planta superior es donde se hallaba, entre otros trastos, un viejo piano vertical de madera negra, y al pasar a su lado el jefe de producción tocaba unos breves acordes para desentumecer los dedos o airear el cerebro, mientras musitaba no sé qué frases ininteligibles, porque ese tipo tenía en ocasiones la rara manía de hablar de temas incomprensibles hacia un oyente invisible para los demás, pero por lo visto muy visible para él; ésa era una de las cosas que más nervioso me ponía a la hora de tratar con él. A veces, en medio de una conversación, tambien te soltaba frases extrañas con miradas significativas. Era un tipo realmente raro, raro hasta el escalofrío. En fin, como no había nada más después de la planta superior (o al menos no apareció nunca nadie que nos obligase a encaramarnos al tejado), se iban solucionando los problemas al ir bajando de planta en planta, perdiendo en cada una de ellas a un miembro de la fila india y deshaciendo así la procesión iniciada en producción y finalizada en el límite del universo de la editorial, y por fin quedábamos a solas él y yo, como al principio. Realmente, llegué a temer acudir a esa editorial, porque todos aquellos paseos arriba y abajo por las escaleras, toda aquella interminable procesión de majaderos con sus problemillas estúpidos y las procesiones que aquel tipo tan extraño se montaba resultaban bastante insoportables. Me pregunté si eso solía ocurrir varias veces al día, o a la semana, y supongo que sí, porque no me parece creíble que ocurriera únicamente las más de las veces que me presentaba yo en la editorial.
        En fin, no puedo decir que haya tenido problemas con los editores para los que he trabajado. con una única excepción, naturalmente, tal como ocurre con todo en la vida. Que los problemas no se debieran a algo que yo hiciera, eso es aparte. Por supuesto, era una editorial de textos de estudio, concretamente libros para una carrera universitaria. Las editoriales son a veces grandes o pequeñas; ésta era liliputiense. El editor no aparecía nunca porque estaba dando clases en la universidad, y por lo visto sólo acudía alguna noche para mirarse cuatro papeles y firmar otros cuatro, y ponerse nervioso una vez al año a la hora de hacer el catálogo nuevo. Es por eso que jamás le vi en persona en todo el tiempo que colaboré con esa editorial. Allí había únicamente una chica para todo y otra chica, algo más mayor, para contabilidad. La chica para todo, o bien se aburría o bien decidía tomarse más atribuciones de las necesarias, porque resultó que aparte de los libros que yo corregía, ella corregía otros por su cuenta sin decírselo a nadie --si bien yo lo sabía porque una vez se le escapó algo al respecto--. Los libros de texto de ese editor eran realmente complicadísimos, aparte de inmensamente largos y farragosos, y de pertenecer a una materia que me es odiosa: una absoluta tortura, y, encima, debían repasarse dos veces, y si fuera posible tres, mejor. Abundaban en fórmulas matemáticas que el editor original (americano) suministraba en disquete pero que milagrosamente siempre traían consigo algún error al procesarlos.
        Pues resultó que los libros que corregía la chica para todo por su cuenta y riesgo salieron llenos de erratas y pifiadas que se le habían pasado por alto; los profesores que los descubrieron se quejaron al editor, furiosos. Cuando esto sucedió, la chica para todo ya no estaba en la editorial: se había ido a Madrid para trabajar en la delegación de la Generalitat, no sé si por recomendación o qué. Su sustituta era una mujer mayor que ella, de treinta y tantos, cercana a la cuarentena (o entrada en ella, qué sé yo). Cuando se descubrió lo de aquellos libros con erratas y me preguntó que cómo era posible que yo hubiera cometido tales errores al corregirlos, me quedé extrañado: yo no había repasado aquellos libros, que sin embargo habían sido publicados en la misma época de mis otros trabajos con el editor. Le dije que no recordaba haberlos corregido (no le dije que seguramente lo había hecho por su cuenta la chica para todo que antes estaba en su lugar) y le sugerí que la manera más fácil de averiguarlo era buscar las facturas que yo (u otro) hubiese hecho por el trabajo. No apareció ninguna factura por aquellos libros (lo cual no me extrañó, desde luego, puesto que yo no los había facturado ni repasado). Aun así, el editor quería una cabeza que cortar (o unos testículos que castrar), y la mía era la única que había a mano. O sea, que se prescindió de mis ineptos servicios, según su parecer. No lo lamento demasiado, porque aquellos libros me lo hacían pasar muy mal, por mucho dinero que proporcionasen. 
        No parece que a la chica para todo le fuera demasiado bien en la delegación de la Generalitat en los Madriles, porque muy pocos años después de eso la vi de dependienta en una importante librería de Barcelona. Sin embargo, a mi  siguiente visita a esa librería ya no estaba en ella.
        Los editores carecen de esa aura romántica que cuando somos simples lectores les otorgamos un tanto bobaliconamente, esperando, sin duda, inunden el mercado con los libros que deseamos leer, cosa que casi nunca hacen: nos inundan con los libros que ellos quieren editar. Ya dije que eso es un negocio, y los empleados de una editorial son simples trabajadores a quienes en muchos casos les da lo mismo estar allí que en una fábrica de pinturas o en una oficina bancaria. Hay editores que van aprendiendo de sus errores (especialmente, los antiguos faneditores de ayer, hoy reciclados en editores presuntamente serios, que tras no pocos disparates han aprendido que hacer libros no está tan "chupado" como se pensaban cuando eran simples lectores...). De todas maneras, hay cosas que nunca, nunca, se aprenden por más que se avise de ellas. Por ejemplo: cuando un libro "corre mucha prisa", es cuando más se demora en su terminación y puesta en venta. Es una ley que todos los editores deberían saberse de sobra, pero parece que se les olvida al día siguiente. A lo largo de dos décadas de profesión, me he encontrado con muchos libros que "corren mucha prisa", y ni uno solo se ha terminado en el plazo deseado tan ansiosa y ardientemente por el editor. ("Haberlo empezado antes", les decía yo luego, cuando se mesaban los cabellos ante la irremediable e inesperada demora subsiguiente, ocasionada por inesperados problemas.) Los estropicios que se presentaban en el tramo final de producción de un libro que "corre mucha prisa" eran de tal variedad que resulta difícil de creer (y que no ocurrían nunca en libro alguno producido a ritmo normal). Entre ellos, por ejemplo, podía haber los siguientes (a veces coincidían varios a la vez): el traductor se había saltado un par de capítulos (o el prólogo o el epílogo porque pensaba que "no iba" o una página aquí o allí); faltaba traducir los nombres de los mapas al castellano; faltaban las notas a pie de página; faltaban páginas en las galeradas porque se las habían descuidado en fotocomposición o se las había saltado el encargado de sacar varios juegos de fotocopias para distribuirlas; la paginación era incorrecta, tenía que ser otra; la maqueta no era ésa, tenía que ser otra; la casa de composición que debía procesar el disquete y sacar las galeradas había sufrido una avería en las máquinas y no podría hacerlas hasta dentro de una semana (!!!) (por cierto, de pasada diré que éste era el obstáculo que más veces se presentó cuando un libro "corre mucha prisa"...); en ocasiones, el editor original --inglés o francés-- o el autor enviaba un fax a última hora indicando diversas correcciones, añadidos, supresiones, modificaciones, erratas del original, ampliaciones, notas, aclaraciones, que había que incluir (y traducir) deprisa y corriendo, sudando tinta ya que no sangre; y otras averías y etcéteras de toda clase (algunos hubo bastante surrealistas, por cierto, como la imposibilidad de encontrar mensajeros en fin de semana, cortes de suministro eléctrico en la empresa de composición, entravío del libro original con el que cotejar galeradas y textos, y sin el cual no se podía hacer el trabajo...). Así pues, a la que adquirí experiencia en el caso, cuando un editor me llamaba para un libro que "corre mucha prisa", yo me carcajeaba y le vaticinaba que ocurriría un desastre u otro que lo retrasaría. El editor palidecía, se ponía nervioso y me decía "No jodas, hombre, no jodas, que corre mucha prisa, esto ha de estar para tal fecha". Mis vaticinios no ni una sola vez, en estos casos.

    [Inciso: Por raro que parezca, hay editores que se extrañan cuando el corrector de galeradas les pide el original para hacer la revisión. Me refiero a cuando se trata de un libro traducido del idioma que sea, o una lectura óptica de un viejo original. Si es un original castellano procesado de disquete, no está de más una copia impresa. Hubo editores que me pusieron caras de verdadera extrañeza cuando les pedía el original, al entregarme las galeradas. No entendían qué utilidad tenía para mí. Como yo soy un tanto corto, lo que no entendía era que ellos no lo entendieran. Ahora no es el momento de explicar tan aburrido trabajo, baste con decir que como el corrector de galeradas no advierta lo que al traductor, al corrector literario y/o al editor de turno se le ha escapado, el libro saldrá defectuoso. Una editora que me puso cara de extrañeza ante esa petición y una cierta resistencia a dármelo (porque "no entiendo para qué lo quieres"), tuvo que comerse sus palabras cuando al entregarle el trabajo una vez terminado, le señalé que el traductor se había saltado dos capítulos, detalle que ni la correctora literaria (que resultó haber sido ella) ni el primer corrector de galeradas habían advertido.]

       A veces daba la impresión de que había quien no tenía una idea muy clara de lo que es producir o preparar un libro para su edición (y de hecho, a día de hoy, sigo encontrando elementos así de extraños en todas las editoriales de cuando en cuando, en especial en las fundadas por los ex fancineros, pero no sólo en ellas, sino en pseudoprofesionales que se creen que el libro se hace solo o, como mucho, pulsando una tecla en el ordenador, como expliqué hace tiempo en un artículo). Uno de los casos más extremos de descuido profesional (por llamarlo así, en vez de algo peor) ocurrió en una editorial hoy satélite planetario. Uno de sus asesores literarios y encargados de producción, al que sus compañeros llamaban a espaldas suyas "Doctor Mabuse", requirió mis servicios para un breve ensayo escrito por una autora no sé si británica o americana --no diré el nombre de la autora ni el título del libro, aunque los recuerdo sobradamente: era un ensayo muy interesante...), que venía a Barcelona la semana siguiente. Eso era un jueves o viernes, y el libro debía ser entregado el lunes para tenerlo a punto ante la visita inminente de la autora ("Corre mucha prisa", con el añadido: "Vamos contra reloj", lo que es peor aún). Un somero vistazo al libro me hizo creer que el domingo ya lo tendría terminado, tan breve era. Pero resultó que el libro era un desastre sin paliativos en su traducción, algo totalmente ininteligible en todas y cada una de sus páginas, que más que leer debían ser descifradas. Así, primero tenía que leerme la página en inglés, que se entendía perfectamente, y luego tratar de arreglar como fuera el ruinoso y presunto castellano de la traducción, agravado encima por frecuentes citas de conocidas obras literarias que el traductor había vertido con el culo, más la omisión de algunos párrafos que debieron parecerle tan complicados que había desistido de traducirlos, y como guinda final una bibliografía castellana de obras muy conocidas --citadas en el texto-- con datos escandalosamente equivocados (procedentes del ISBN, cómo no), entre otros estropicios varios. Así, para mi inmenso horror, una página normal me consumía algo así como media hora o más de correcciones ("Corre mucha prisa"). Innecesario decir que no estuvo ni para el domingo ni para el lunes: para el miércoles y gracias, y la autora se fue sin presentar el libro. Ah, pero ese no es ni mucho menos el final de la historia, sino solo el principio. Pues el Doctor Mabuse, el mismo que me había dado las galeradas para corregir las erratas que hubiera, estaba mientras tanto traduciendo de nuevo el libro con un equipo de traductores porque se había dado cuenta de que la traducción aquella "no servía". Como --aunque cueste de creer-- profesionalmnente no soy tan tonto como parezco, al poco de trabajar en ese desastre me puse en contacto con el encargado de edición de la editorial y le conté el drama. El encargado llamó al Doctor Mabuse y le dijo lo que pasaba. Mabuse dijo que sí, que en efecto ya se había dado cuenta de que la traducción era horrenda e incomprensible, que estaba muy mal, vaya, y que por eso lo estaban traduciendo de nuevo, y que luego incluirían las erratas que yo marcase. Aquí, me dijo el encargado de edición, se hizo un espeso silencio. Entonces, si lo estaba traduciendo de nuevo, ¿para qué había dado para corregir unas galeradas cuyo texto no servía ya? Aquí hubo otro espeso silencio, ahora por parte del Doctor Mabuse, que meditó largamente sobre el asunto sin encontrar una respuesta posible a ese enigma: al parecer su cerebro le indicaba que algo no encajaba en todo aquello, pero le costaba discernir el qué. Evidentemente, la orden fue "seguir adelante", y ya se vería lo que se hacía. Lo que se hizo finalmente fue un "megamix" o "potipoti" entre mis correcciones y la nueva traducción, que sorprendentemente coincidía en muchos casos con las frases que yo reescribía para sustituir las incomprensibles de las galeradas...
        Por extraño que parezca, ésa no fue la única vez que el Doctor Mabuse hizo de las suyas. Su especialidad era darte a corregir galeradas que no servían de nada porque las traducciones se estaban rehaciendo, o eran antiguas versiones y se "habían mezclado en el ordenador" (?) con la nueva versión, con lo cual tu trabajo no servía para nada, una total pérdida de tiempo, ya que corregías un texto que no existía y el nuevo texto no era corregido por nadie, pero como el libro "corre mucha prisa"... Por extraño que parezca, los libros que pasaban por las manos del Doctor Mabuse acababan saliendo bien de puro milagro, y porque el encargado de edición ya le tenía calado y sabía que había que estarle encima en todo momento y no perder de vista texto alguno del que él se encargase, o el desastre sería inmenso. Cuando me llamaba y me decía "Es un libro de Eduard" (o sea, del Doctor Mabuse), yo me echaba a temblar esperando lo peor. Debo decir, para que quede claro, que el Doctor Mabuse era como persona sencillamente encantador, afable, y muy simpático. Pero laboralmente era un desastre total, irremediable: un caos ambulante. La gente temblaba cuando le veían aparecer portando un libro o una obra extranjera, y decía "Yo me encargaré de la producción de ese libro", porque era sabido lo que iba a ocurrir. Era una persona estimada, sí, un compañero muy agradable para charlar con él, pero todos le querían bien lejos de la editorial. Lo último que supe de él, cuando ya no estaba con el satélite planetario, es que se fue a fundar una editorial y poco después la dejó o "lo dejaron" a él. Una secretaria me contó no hace mucho que en ocasiones desaparecía misteriosamente, dejando la producción de los libros colgada durante meses y meses, sin dar señales de vida, porque se había ido de vacaciones sin acordarse de avisar a nadie.
        En fin, es normal que en las editoriales y en los libros haya estropicios varios. A nadie le gusta tampoco reconocer sus errores (especialmente a los autores jóvenes y noveles, y a los traductores jóvenes... y a los traductores veteranos...), y aún menos que se los corrijan. A este respecto, hubo un caso verdaderamente lamentable en --cómo no-- la editorial de textos universitarios de la que he hablado. Tres autores españoles que residían y daban clase en Estados Unidos sobre su especialidad, decidieron escribir en colaboración una breve monografia. De tanto residir en los USA, al parecer se les había olvidado el castellano, y había algunos errores de ortografía y lingüísticos que yo corregí, ingenuo de mí, tan tranquilamente. Pero los autores, que quisieron echar un vistazo a las galeradas corregidas, se enfurecieron al ver las correciones marcadas y dijeron que de ninguna manera las admitían. Tuve que demostrarle a la mujer para todo (la sustituta ya entonces de la chica para todo de antes), diccionario y gramática en mano, que los autores estaban equivocados y yo tenía razón. Reconoció que así era, en efecto, pero como los autores "estaban muy enfadados", era mejor mantener sus errores en el libro y no introducir las correcciones. Bueno, ante algo así, ¿qué puede uno hacer?
        Nadie admite equivocarse, repito. Hubo al respecto un caso ocurrido con cierto traductor argentino residente en Barcelona, un traductor más o menos esmerado, especializado en libros de arte porque dominaba el tema y los términos artísticos apropiados, y sabía sintetizar el texto para acomodarlo a la maquetación exigida por el editor inglés de los originales, a quien debía enviársele además una premaqueta para asegurarse así de que no hacíamos "trampa" y respetábamos el libro, lleno de ilustraciones, notas y demás. Al argentino se le daba muy bien, como digo, jugar con esto, pero exigía ver las correcciones y discutirlas una a una. En cierta ocasión, el jefe de edición me envió a entrevistarme con él para comentar las que le había hecho en uno de sus trabajos, y la verdad es que tenía los yarblocos por corbata (si han leído a Anthony Burgess, ya sabrán lo que son los yarblocos, y si no, se lo imaginarán sin dificultad). Sin embargo, la entrevista fue cordial y agradable, el argentino no se me comió con o sin patatas y me invitó a un refresco y todo. Quería que siempre corrigiera yo sus libros.
        Pero una vez hubo un buen lío: uno de los libros de arte que solía traducir, aunque firmado por él, era más que evidente que había sido traducido por otra persona. Acostumbrado a su estilo de traductor (los traductores, como los autores, tienen estilo o tics, por decirlo así, y si has corregido muchos textos suyos enseguida lo captas), la bafozia que presentó era tan descomunal que resultaba evidente había recurrido a los servicios de otro, y él se había limitado a traducir los pies de ilustraciones (se notaba la diferencia con el texto) y alguna nota técnica, que era lo suyo. No sé si ocurre con los traductores, pero yo en alguna ocasión he tenido que firmar contratos comprometiéndome a no encargar a otra persona el trabajo para el que se me requiere, el cual será de mi total responsabilidad. Me parecía una cláusula bastante idiota, porque no me veía yo yendo a ver a alguien y diciéndole: "Oye, tío, no tengo ganas de repasar este libro de cocina. ¿Quieres hacerlo tú por mí, y te lo pago?". En todo caso, eso es lo que hizo el argentino en esa ocasión, y el resultado fue una colección de despropósitos, fallos de traducción verdaderamente escandalosos, redactado de frases  incomprensibles por completo (el libro era muy fácil de leer en inglés, pero la traducción castellana no tenía sentido alguno: cuando algo así ocurre, no hay duda de que la traducción es mala, por mucho que su traductor la defienda). El editor se escandalizó al verlo y llamó al orden al argentino, quien sostuvo contra viento y marea que la traducción era suya, pero que acaso no había salido tan bien como otras porque "la hizo muy aprisa". No engañó a nadie, no podía engañar a nadie: las frases, que él habitualmente sintetizaba a la perfección, estaban hinchadas como globos aerostáticos, los errores de traducción eran de aprendiz de inglés y el descuido indicaba la mano de alguien sin idea de escribir en castellano. El jefe de edición me dijo más adelante que la había hecho la mujer del argentino, a la que por lo visto recurría a veces (todo quedaba en casa...), pero el argentino nunca admitió que la hiciera una segunda persona..., aunque tuvo que reconocer lo bochornoso de la traducción que presentaba como obra suya. Esto me recuerda, por cierto, que en Ultramar se partieron de risa el día que supieron que el traductor del primer volumen de la serie Gor --una traducción vomitiva que fue revisada de arriba abajo, y que de hecho estaba a la altura de la novela-- había tenido la feliz idea de presentarla a un concurso internacional de traducciones. Los hay verdaderamente ilusos.
        Sí, trabajar en el mundo del libro, visitar editoriales, decepciona a los románticos amantes del libro. Creo que hay más emoción y romanticismo en la visita a una fábrica de cerveza o de melocotón en almibar, que a una editorial. Hay editores y empleados de editorial --tranquilos, no daré nombres-- a quienes les suda el nabo literalmente respecto a sus ediciones y libros. Otros no, claro. Pero el amante romántico del libro no acaba de entender esto. La cosa, ya lo advertí, es muy distinta en el pequeño editor, ese que cuenta con unos tres empleados, cuatro o cinco como mucho, y dedica algo más de cariño e interés al libro. Las editoriales medianas y las grandes son simples empresas editoras o productoras de libros, y sus empleados en lo único que piensan es en las vacaciones, el fin de semana, el culo de la chica que hace las fotocopias y tonterías por el estilo. El aficionado que acude a visitarlas es un ente amorfo y extraño al que se sacuden como se sacude el trapo de sacar el polvo. El que viene a quejarse de que en tal libro había muchas erratas, o bastantes erratas o una errata gorda en la página 15, es echado a patadas o enviado a "hacer puñetas", tal como presencié en una editorial de amplia producción con una señorita guapetona, que se fue la mar de enfadada. Pocos editores he conocido que me merezcan aprecio sincero o respeto: son simples profesionales, unos buenos, otros mejores, otros malos. Tampoco he deseado tratar a muchos editores, esa es la verdad (y de algunos he llegado a esconderme tras una puerta para que no me vieran). Pero quisiera mencionar sólo algunos, a los que traté muy poco, a veces por pura casualidad; con alguno de ellos he trabajado muy esporádicamente y con otros no lo hice nunca; pero no sólo eran editores a la antigua y amantes de lo que editaban, sino buenas personas: Antonio Picazo, director de colecciones y creador de Ediciones Picazo, un hombre que editaba por amor al libro y que disfrutaba editando; Jesús Rodríguez Beltrán, de breve trayectoria editora, pero "a la antigua"; Montserrat Peiró; Silverio Cañada, lamentablemente fallecido hace años. Bien, de acuerdo: algunos de ellos editaban bastante mal sus libros en ocasiones, y de algunos de ellos nos hemos reído durante años (ese "Tarzán de los Alpes", que hizo justa fama...), pero no se tomaban a mal las críticas: las aceptaban deportivamente y amaban al libro más sinceramente que ese editor que se pasa el día mirando los balances de contabilidad de su editorial, o ese tan famoso que sale en la tele, y del que una empleada de la limpieza de su editorial me contó... er... algunas cosillas de su vida nocturna, ya que la otra, la editora, era casi inexistente. Estos cuatro que he querido mencionar sin duda no eran perfectos, pero ¿quién lo es?
     
    FIN.
     

    October 09

    HIT LIST, de Lawrence Block

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    El humor en novela policiaca puede dar resultados tan notables como los de la serie Dortmunder, de Donald Westlake, ya todo un clásico del género. No menos clásico es Lawrence Block, que también cuenta al menos con una serie de rasgos muy semejantes a la de Westlake. Se trata de la protagonizada por el asesino a sueldo John Keller, de la que se editaron hace muy pocos años dos novelas, Hit Man y esta Hit List. Como muestra más de la manera soez y lamentable en que funcionan las editoriales hoy día, ambos libros ya están descatalogados.
    Como digo, el humor recuerda bastante al de Westlake, aunque según las frases de elogio que reproduce la edición, también a Tarantino. No sé hasta qué punto esto se podría considerar un elogio o una descalificación, pero Block se muestra ingenioso donde Tarantino se muestra exhibicionista. En esta novela lo de menos es el argumento: lo más interesante son los diálogos entre Keller y su jefa, Dot, diálogos chispeantes, cazurros, muy divertidos y cuya lectura son un verdadero placer. No menos disfrutables son las relaciones de Keller con otras personas, amantes ocasionales (una chica bajita con aspiraciones artísticas, algo chalada, y una ama de casa frustrada con la que simpatiza mientras hace de jurado en un juicio...). Por el contrario, cuando la novela narra los "trabajos" de Keller el tono es frío, elíptico en no pocas ocasiones, quizá para evitar que el lector pierda la simpatía (mayor o menor) que le pueda tomar a un personaje que asesina por dinero a quien le indican los "clientes" por mediación de Dot. Digamos que elegir un personaje como éste para una serie de novelas es arriesgado, pero Block no se interesa tanto por los asesinatos de Keller (pocas veces sabremos nada de las víctimas) como por sus charlas entre trabajo y trabajo con Dot. Block pertenece a los clásicos en vida del género, como Westlake, y leerlo --en esta o en otras series-- demuestra la diferencia que hay entre los escritores con ideas claras y los escritores con ideas turbias.
     
     
    October 08

    DICCIONARIO DE DIRECTORES DEL WESTERN, de Vicente del Castillo


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    El género cinematográfico del western cuenta con bastante bibliografía en castellano, pese a no ser un género ya tan popular entre los espectadores como en sus mejores tiempos, algunas décadas atrás. Hay monografías, estudios, diccionarios de películas... A todo esto se suma este recién aparecido Diccionario de directores del western, a cargo de Vicente del Castillo, editado por T&B Editores. Una obra que pretende reunir a directores americanos que hayan cultivado el género, si bien poniendo una fecha tope: 1970. Se omiten, pues, los directores que hayan realizado su primer western después de ese año. No se dan razones para ello, y eso deja fuera del libro a Clint Eastwood, Robert Altman, Walter Hill o Dick Richards y Michael Winner, entre muchos otros, algunos de los cuales son rápidamente mencionados en un brevísimo epílogo final. Es posible que el autor considere que el western clásico feneció en 1970, y por tanto, el realizado a partir de 1971 es postclásico (y ciertamente, las aportaciones de Blake Edwards, Dick Richards, Robert Altman y algunos otros no incluidos son claramente postclásicas, como, por otra parte, lo eran algunas películas de realizadores que habiendo rodado su primer western antes de 1970, aparecen relacionados aquí en la totalidad de sus muestras del género). En fin, ¿existe algún libro al que no se le puedan poner pegas?
    Por lo demás, este diccionario es interesante como obra de referencia y consulta. Abundan los directores absolutamente desconocidos en España, con abundantísima obra --especialmente durante los años cuarenta y cincuenta--, formada en la mayoría de casos por seriales, series B y films de poco más de una hora de duración. Vicente del Castillo no desdeña incluir a directores que no hayan practicado el género más que en un único film --casos por ejemplo de Mankiewicz o Mulligan-- (siempre que lo hayan rodado antes de 1970, claro), lo cual amplía más la nómina de directores. El plan de la obra es ofrecer únicamente la relación de los títulos pertenecientes al western de cada realizador, precedida de una breve sinopsis biográfica en la que se mencionan otros títulos destacados de ese director, así como en muchos casos añadir un fugaz apunte valorativo. Aquí vale la pena indicar, porque no es frecuente el poder celebrarlo, que en lo referente a directores cuya obra conozco los juicios de Del Castillo son altamente acertados, sus valoraciones tanto de los westerns como de su obra en general de una finura notable y de una precisión y exactitud que demuestran un conocimiento y un espítiru crítico que no suele abundar en esta clase de libros, a veces redactados por fans penosos y alocados. Pese a lo apresurado que en cierta forma tiene el libro, su espíritu crítico y analítico --tan fugaz, repito-- es más que meritorio. Así, se señala el escaso mérito de los trabajos tan celebrados de Silverstein en los tiempos de su exhibición, el interés de los westerns de Stuart Heisler, el justo olvido que merecen las aportaciones también tan celebradas antaño de Richard Sarafian, y el que los westerns de Nelson "siempre terminan siendo menos de lo que parecen" (para citarle), por no mencionar la opinión compartida sobre los westerns de Penn, Lee Thompson, nada favorable, o la favorable sobre Ray Milland y Russell Rouse.
    Ninguna obra, decimos, es perfecta. En el apartado filmográfico se omiten los títulos de exhibición en España de The Proud Ones, (1956) de Robert D.Webb, estrenada como Tierra de violencia, y de Law of the Lawless (1964) de William F. Claxton, estrenada como La ley de los sin ley. Puede que haya alguno más, pero ya se sabe que a estas alturas es imposible un libro de filmografías con los datos completos.
     
     
    October 06

    A LAS PUERTAS DEL CENTENARIO DE JACQUES TATI


    (c) 2007 by J.C. Planells
     


    El 9 de octubre de 1908 nació Jacques Tati, fallecido en 1982, y eso significa que su centenario está ya al caer, aún más si tenemos en cuenta que algunas biografías dan el año 1907 como el de su nacimiento, lo que ha hecho algunos hayan empezado a celebrarlo antes de tiempo; no importa si nos adelantamos un año, pues se trata al fin y al cabo del centenario de uno de más grandes cineastas y artistas de la historia, sin distinción de géneros. Esperemos, de paso, que ese centenario sirva para que se edite en DVD Tráfico, inexplicable e imperdonablemente ausente del mercado, en el que toda su obra, cortometrajes incluidos, está disponible. A estas alturas ya no se sabe bien qué decir sobre Tati que no se haya dicho antes, así que procuraremos abreviar: en los genios es la obra lo que interesa y lo que está ahí para ser disfrutada, descubierta, redescubierta, analizada, para sorprendernos a cada nueva visión, para maravillarnos de nuevo o ser objeto de nuevas interpretaciones y matizaciones.
    A Tati, como a tantos otros grandes cineastas, se le ha tratado de imitar, pero con escaso éxito. Algunos, más avispados, discípulos del maestro principalmente, han partido de sus propuestas para desarrollar temas propios (Pierre Ètaix, colaborador, discipulo y amigo de Tati, y tan poco acompañado por la fortuna como fuera el maestro), pero los imitadores sólo han conseguido pálidos reflejos y mecanismos rutinarios de humor.
    El secreto del cine de Tati es el propio Tati. Cierto que sus gags están calculados al milímetro para conseguir el efecto cómico previsto, y ha sido el echar mano a la calculadora, por decirlo así, lo que ha mecanizado el efecto conseguido por sus imitadores: se nota demasiado cómo chirría el engranaje para convertir la escena en un mecanismo carente de vida. Y es que el secreto, como digo, no está en calcularlo todo como sobre un plano para conseguir el efecto del gag, no está en medir milimétricamente el movimiento de cada actor y su relación con los demás actores y con cada objeto del decorado, sino que es la mirada sobre actores y objetos del decorado la creadora del gag. Ésa es la diferencia: conseguir que un neumático de coche se convierta en una corona fúnebre al pegarse hojas a ella, y creérnoslo; conseguir que al jugar una partida de cartas, el giro de una silla haga que el jugador eche sus cartas en la partida de al lado, y verlo de manera natural, no forzada. Dicho de otra manera, ver más las consecuencias del gag que el mecanismo rutinario que produce el gag. También debe decirse que el soporte de la pantalla doméstica no es desde luego el más indicado para apreciar los films de Tati, muy en especial Playtime, exhibido en su día en Cinerama.
    Tati fue un cronista de nuestro tiempo, como se ha señalado repetidas veces. Con sus escasas películas como director (y protagonistas de las mismas) --seis entre 1947 y 1974-- se trasladó (y nos trasladó como espectadores) desde la vida apacible y pueblerina con sus gentes sencillas, hasta el caos de la autopista en la vida urbana, con sus gentes prácticas y anodinas, con una parada final donde regresa a lo que fueron sus origenes como artista de variedades (el circo). Su primer film, Día de fiesta, feliz, alegre, sencillo y tan festivo como indica el propio título, mostraba una forma de vida pueblerina que aún existía y hoy nos parece casi extinguida, sustituida en su penúltimo film, Tráfico, por la frialdad del asfalto, los paisajes de carretera, el constante discurrir de coches en la autopista y la inercia profesional de sus personajes. Si prescindimos de su ultimo film, ese regreso a los orígenes artísticos que es Zafarrancho en el circo, la coherencia que se advierte en sus cinco películas es tremenda, por cuanto significan casi un repaso a las transformaciones sociales y urbanas de la segunda mitad del siglo veinte (y que hubieran incluido a su último proyecto cinematográfico, significativamente titulado Confusión, en cuyo guión trabajó hasta el mismo año de su muerte, indiferente al rechazo de los productores, reacios a invertir en él tras los dispendios de sus películas de 1967 y 1970, sonoros fracasos económicos). No importa que Día de fiesta no esté protagonizada por su personaje de Hulot, puesto que el cartero que encarna Tati en ella hace sus veces como personaje que enlaza al público con los personajes de la ficción (que no lo son tanto, puesto que se interpretan a sí mismos, prácticamente). Poco importa, pues podemos enlazar a ese cartero con el Hulot que empieza yendo de vacaciones a un pueblecito costero de principios de los años cincuenta, para luego trasladarnos a la urbe y su modernización amenazante, llevarnos a continuación de excursión por una ciudad alieanada, ultramoderna, fría, funcional, y terminar recorriendo carreteras y autopistas que no llevan en realidad a destino alguno que merezca considerarse (Las vacaciones de Monsieur Hulot, Mi tío, Playtime, Tráfico). A lo largo de estas películas, Hulot es el mismo, fiel a su forma de ser y vivir, como si saltara de película en película, aunque las separen los años que van de 1951 a 1970. El mundo por el que transita, sin embargo, va siendo otro, va mutando, va alterándose, e incluso afecta a los personajes secundarios: los veraneantes felices de Las vacaciones de Monsieur Hulot se convierten en los turistas desconcertados, llevados como de un rebaño de ovejas se tratasen, de Playtime, y en Tráfico son sólo seres circunstanciales, carentes apenas de personalidad. Así, hemos acompañado a Hulot y viendo en principio un mundo cálido (el pueblo de las vacaciones de verano), después la ciudad y sus dos barrios tan opuestos: el popular y el moderno (Mi tío), para acabar inmersos en una urbe gigantesca e inhumana (Playtime), y, finalmente, perdidos en la red de autopistas y carreteras que conducen a lugares que ya no veremos (Tráfico).
    Hulot es un testigo de todo ello, alguien que parece como fuera del mundo y del tiempo, encerrado en su poética particular, en su anticonvencionalismo despistado. Hulot es afable, tierno, amable, correcto, atento, discreto, algo soñador, poco práctico, predispuesto a ser útil, despistado. Vive en un mundo que se transforma y lo transforma todo, menos a él. La visión de Hulot andando por la carretera entre los coches en Tráfico podría resultar casi estremecedora a poco que pensásemos en ello. Hulot en Las vacaciones de Monsieur Hulot es un veraneante más que trae un poco de apacible caos a sus compañeros de hotel; en Mi tío es el pariente incómodo de una familia con aspiraciones a la modernidad, la innovación y la vida práctica, seria y responsable; ya no es aquí Hulot el que trae el caos, el caos moderado, sino que se ve obligado a convivir con el caos amenazante de la modernidad y el progreso deshumanizado, que impone nuevas reglas. El mundo amenaza con volverse irreconocible, y eso lo vemos ya en Playtime, donde conviven escenarios y personajes varios, con Hulot como mero paseante en algunos de ellos: una ciudad fría visitada por turistas (¿hijos o nietos acaso de los veraneantes de Las vacaciones de Monsieur Hulot?) que son tratados casi como ganado y llevados de un sitio a otro, apartamentos de edificios modernos, como el del amigo de Hulot, restaurantes abigarrados y presuntuosos donde coinciden Hulot y los turistas... Edificios extraños y un embotellamiento final... que nos lleva, evidentemente, a Tráfico, donde no hay orden sino caos, donde no hay seres reconocibles, sino coches, carreteras, señales de tráfico, profesionales del automóvil, mecánicos, talleres de reparaciones, y en donde un gato sobre una mesa representa un estorbo. Hulot, finalmente, es un ser extraño que ha permanecido inalterable en el tiempo, inmaculado, humano hasta el final. ¿Es eso, pues, un representante de lo humano? Podría ser una manera como otra de entenderlo.
    Hulot/Tati puede ser la presentación de lo humano, lo natural, lo sencillo. El mundo puede ser ese circo al que finalmente regresa Tati sin Hulot (o quizá sí, en cierta manera...), para mostrar cómo no dejarse vencer por él. Hulot/Tati es lo opuesto a la vacuidad, la apariencia, la alienación, la rutina. Hulot/Tati contempla nuestro mundo, ve sus transformaciones... y regresa al circo. ¿Hay mayor coherencia, mayor grandeza en alguna otra carrera cinematográfica? Me parece que no. El caos de la modernidad envuelve a Hulot pero no puede con él. Su figura alta, desgarbada, siempre inclinada --se inclina, pero no se rompe, como el junco--, algo descuidada en el vestir, esos pantalones subidos mostrando los calcetines, esa gabardina perenne, ese sombrero llevado con esa elegancia descuidada, esa pipa en su boca, esas palabras musitadas para no molestar a los demás... Hulot/Tati es la pureza que cruza por nuestras ciudades, pasea por nuestro mundo y permanece fiel e inmutable, único superviviente. 

     
      

    October 04

    EL MISTERIO DE LA LUZ A MEDIANOCHE

    (serie Aventuras de Harold Smith)
     
    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
         Era verano y estábamos un tanto aburridos, porque por lo visto en verano ni los asesinos asesinan ni los ladrones ladronean. Total, que Harold y yo no hacíamos más que desear acabase ya el verano y volviese la normalidad. Además, el superintendente Laurence Jameson estaba de vacaciones y no podíamos ayudarle a resolver ningún caso en que el Yard se encallase. Yo andaba de capa caída y llevaba cuatro días intentando escribir algún relato de misterio para que Harold lo resolviera, pero no había pasado siquiera del título: "El asesinato de la estudiante de ballet". Es que como no conocía a ninguna estudiante de ballet, no se me ocurría cómo asesinarla misteriosamente, ni tampoco para qué la tenían que asesinar.
        Estaba contemplando la página en blanco con el título, cuando llamaron a la puerta. Harold y yo corrimos como gacelas para abrir. Nuestro visitante era una pulcra señora mayor.
        --Buenos días, señor Smith --dijo la anciana--. Estoy inquieta por algo y no sé si usted...
        --Adelante, mi querida señora. Cuénteme sus cuitas.
        La señora se llamaba Violet Prinrose y vivía en una barriada de las que se reconstruyeron tras la guerra y los bombardeos. Vivía sola y estaba inquieta porque veía una luz moverse en una casa deshabitada que había frente a la suya.
        --Allí no vive nadie desde hace unos cinco años --dijo--. Antes había un matrimonio joven, pero fallecieron en un accidente y quedó vacía. No ha habido nuevos inquilinos, desde entonces.
        --Realmente significativo --dijo Harold, con toda su cara dura--. ¿Cuándo se ve esa luz?
        --A partir de la medianoche. Va arriba y abajo.
        --Será un gato que se ha colado en la casa --dije yo--. Como tienen los ojos fosforescentes, igual ocurre que...
        --Calla, memo --me cortó Harold--. Prosiga, mi estimadísima clienta.
        --Avisé al portero de esa finca, y como tiene llave echó un vistazo, pero desde luego no hay nadie en ese piso, ni nada indica que esté viviendo alguien de manera oculta. El portero cree que lo he soñado porque soy vieja y me imagino cosas.
        --La crueldad de los porteros de Londres no tiene límites, mi adorada clienta --dijo Harold--. Mi ayudante y yo desentrañaremos ese misterio o pereceremos en el intento. Iremos ahora mismo a esa casa para investigarla a fondo. ¡Diógenes! ¡Mi colección de lupas!
        --¿Qué colección, si sólo tiene una, jefe? --pregunté, desconcertado.
        Tras aplicarme una loción para rebajar el chichón que me salió al atizarme Harold por descarado, salimos hacia la casa que la señora Prinrose nos señaló como la de las luces. El portero, a nuestra llegada, se choteó de la señora y de nosotros. A Harold le importaba un pito que se chotease de la señora Prinrose, con tal de que la señora Prinrose le pagase, pero no estaba dispuesto a aguantar choteos a su costa. Puso firmes al portero y le amenazó con requisarle el contrabando.
        --¿Qué contrabando? --dijo el portero, desconcertado.
        --¿No estaba usted con la banda de Jack "Pocas Penas", el aguerrido contrabandista de tabaco virginiano?
        --¿Quién, yo? ¡Usted está loco!
        --Pues es su doble exacto. Lo hablaré con mi amigo el superintendente Jameson de Scotland Yard para que se lo pase a usted un poquito por la piedra.
        Con esto el portero quedó la mar de suave. Se apresuró a facilitarnos la llave del famoso piso y subimos a registrarlo, mientras él se quedaba abajo con las piernas temblando.
        --Bueno, pues no hay corriente eléctrica en este piso --dijo Harold, dándole al interruptor sin que pasara nadea--. La luz esa debe de ser de una linterna...
        --Pues aquí sólo quedan muebles viejos, jefe. Serán de la pareja que murió.
        --Seguramente. O parte del mobiliario que va con el piso.Tampoco hay tanta cosa. Registrémoslo.
        No encontramos más que una botella llena de polvo, que había contenido coñac, pero estaba casi vacía, una bolsa de tostadas putrefactas y unos platos polvorientos. El armario de la ropa estaba casi vacío, sólo algunas toallas.
        --En fin, no hay mucho que buscar precisamente --dijo Harold--. No parece que los habitantes de este piso hicieran mucha vida aquí... Pero sí se ven pisadas recientes en el suelo, en medio de tanto polvo... Alguien ha andado por aquí, y en varias ocasiones, de eso no hay duda. Los pasos van por todo el piso...
        --A lo mejor hay un tesoro oculto en las paredes...
        --¿Qué tesoro? Si estas paredes son más delgadas que un sello de correos...
        --A lo mejor es un espía que prepara un atentado contra algún político que pase en coche por aquí...
        --La calle da directamente al mercado del barrio. No creo que un parlamentario vaya allí para comprar alubias o costillas de cerdo.
        --Pues se me acabó la inventiva, jefe. El verano me derrite los sesos.
        --No sabía que tuvieras sesos. En fin, optaremos por la acción arriesgada, mi estimado Diógenes. Nos ocultaremos en el armario y esperaremos la llegada de la noche. A ver qué nos trae.
        Eso hicimos, tras proveernos de bocadillos y cervezas en un bar junto al mercado. Yo propuse poner la radio pequeña que me traje en el bolsillo para seguir "Los 40 principales de la BBC", pero Harold se negó en redondo y estuvimos la mar de aburridos horas y horas y más horas allí metidos en el armario.
        Por fin se hizo oscuro. Y al cabo de un rato oímos un ruido: la puerta del piso vacío se había abierto.
        --Tenemos visita, muchacho --susurró Harold--. Ahí llega.
        Se oyeron unos pasos casi imperceptibles que se acercaban a la habitación donde estábamos ocultos.
        --Esperemos que no le dé por abrir el armario para colgar el abrigo, jefe --susurré.
        --No seas idiota. ¿No ves que no hay perchas? --replicó Harold.
        El misterioso visitante entró en aquella habitación y se detuvo. Por la estrecha ranura del agujero de la llave del armario vimos un poco de luz. ¡Había encendido la linterna que sin duda llevaba, y ésa era la luz que veía la vecina!
        --Saldremos de golpe y caeremos sobre él --susurró Harold.
        --Somos unos héroes, jefe.
        Dicho y hecho, salimos del armario y nos abalanzamos sobre el portador de la linterna, que pegó un grito de verdadero terror al verse así atacado. Durante un rato nos debatimos los tres en la oscuridad, mientras la linterna, tirada en el suelo, alumbraba el techo. Finalmente, dominamos al intruso. Era un hombre de mediana edad, y se mostraba furioso.
        --¡Es la primera vez que veo a dos hombres salir del armario! --dijo--. ¿Por qué lo han hecho?
        --Mejor sería que nos dijera qué hacía usted a oscuras, en un piso abandonado, entrando a escondidas durante varios días.
        --¿Quién, yo? ¿Qué pensaban que hacía? Espiar a la vecina, claro.
        --¿Cómo que espiar a la vecina? Si la única vecina de enfrente es una vieja decrépita. ¿Era a ella a quien espiaba usted?
        --¿Y cómo quiere que sepa si era vieja y decrépita? ¿No ve que no llevo siquiera prismáticos para verla mejor?
        Era cierto. Lo único que traía consigo era la famosa linterna. Harold no sabía si mirarle con horror o con pena.
        --Caballero, si lo que usted dice es cierto, además de un pervertido, es usted un degenerado.
        --Tenga piedad de mí.
        Harold, furioso, envió rodando escaleras abajo al espía de la señora Violet Prinrose.
        --¡Si le pillo de nuevo, le denuncio por cochino! --le avisó.
        Volvimos bastante mustios a la agencia.
        --Qué birria de asunto --se quejaba Harold--. Eso me pasa por hacer caso de viejas cretinas.
        --Eso es el verano, jefe, que no da más de sí, y la gente se aburre. También son ganas espiar a una señora que ya no tiene edad para ponerse biquini, y que si se lo pone dará mucho asco.
        --Eso sí es raro... Oye, pero ¿qué llevas en esa bolsa?
        --Oh, bueno, he recogido los platos aquellos que había abandonados en el mueble del comedor... Total, no son de nadie y nos vendrán bien para las visitas.
        Harold se puso furioso, diciendo que era una vergüenza tener un ayudante que chorizaba cosas de los sitios, pero al menos no me obligó a volver atrás para devolver los platos. Y ciertamente, no eran de nadie, pues los que vivían en aquel piso habían muerto hacía tiempo, como dijo la señora Prinrose.
        Un viernes, meses después de esto, teníamos como invitados a cenar a Laurence Jameson y a su prometida, y yo aproveché para asegurar que haría de cocinero --paella y tortilla de patatas--, porque los ingleses comían de miseria. Harold no las tenía todas consigo, pero aceptó porque eso le salía más barato que llevarlos a un restaurante. Aproveché para poner como servicio la vajilla que me había llevado aquella noche de la casa deshabitada, porque era maja y así la estrenábamos.
        Estábamos comiendo tan tranquilamente la paella, y en eso noté que Jameson no quitaba ojo del plato. Como yo estaba seguro que me había salido bien (la noche anterior estuve aprendiéndome de memoria el capítulo de paellas en Carmencita o la buena cocinera) y nadie se había quejado, ni siquiera Harold, que se quejaba de todo, pregunté inquieto si estaba mal su paella, o no le gustaba.
        --No, no, Diógenes. La paella está muy buena. Es... hum..., ¿de dónde habéis sacado este plato? --Y reparó en que los otros eran iguales.
        --Son muy bonitos --dijo la prometida de Jameson.
        --Estaban en una casa abandonada donde resolvimos un misterio absurdo. Un pervertido que por la noche espiaba a una vecina tremendamente vieja cuando se desnudaba --informó Harold, con cierta vergüenza.
        --Pues... Diantre... --Y Jameson miró la parte inferior del plato, levantándolo un poco de la mesa--. Oye, Harold, ¿en qué casa hallasteis este juego de platos?
        Harold le dio la dirección y le contó que allí había vivido al parecer un joven matrimonio que falleció de repente. Aprovechándose de ello, se colaba el marrano que miraba a la vieja cómo se quitaba la faja.
        --Esto es rarísimo, Harold. Estos platos... son un juego de porcelana china valiosísimo. Fueron robados hace seis años, creo, por una pareja de delincuentes, un matrimonio joven, que se especializaban en entrar a servir en las casas de ricos y aristócratas para robar objetos valiosos. Tenían un socio, el encargado de lavar el dinero...
        --¿Lavar el dinero? ¿Y no se estropeaba? --pregunté.
        --Calla, burro --dijo Harold--. Se refiere a hacerlo pasar por legal una vez vendido el objeto.
        --Exacto. Su último golpe fue en casa de sir Desmond Bagley: un juego de platos chinos valorados en algo así como cincuenta mil libras.
        Se me salió disparada de la boca la cucharada de arroz que me acababa de zampar.
        --¡Señor Jameson! ¡No estará insinuando que...!
        --Eso creo --dijo Jameson--. Aquella pareja murió muy poco después en un accidente de tráfico. En su domicilio de Liverpool no encontramos esa vajilla china. Creo que esa casa abandonada que visitasteis era un segundo domicilio para sus estancias en Londres, el cual suponíamos debía existir, pero ignorábamos su dirección exacta puesto que no la conocía nadie. Escondieron allí la vajilla, avisaron a su socio para que se preparara a blanquear el dinero que obtendrían, pero murieron antes de tenerlo. El socio creyó que existía el dinero, y como él sí sabía dónde estaba el domicilio de Londres de la pareja, se dedicaba a registrarlo buscando no el juego de platos chino, sino el dinero: era evidente que no sabía ni siquiera de qué mercancía se trataba, mucho menos el valor de los platos.
        Harold renegó en griego y miró horrorizado a su plato.
        --¡Maldita sea! ¡Y yo lo dejé escapar creyendo que era un mirón pervertido!
        --No te preocupes, Harold. Luego te pasas por Scotland Yard y miras fotos del archivo. Seguro que lo tenemos fichado, y en todo caso, ahora mismo no creo que haya pendiente cuenta alguna. No deja de ser curioso que registrara la casa y no se fijara en los platos...
        --Pero ¿porqué tardó cinco años en ir a la casa, después de que muriera esa pareja de ladrones? --pregunté yo.
        --Es casi seguro que debieron de apresarle justo en aquelllas fechas por algún delito, y hasta que no cumplió la condena no pudo buscar ese dinero, que no existía. Sabíamos del "socio blanqueador" de la pareja, pero no su identidad y en esa época detuvimos a varios tipos que se dedicaban al blanqueo. Debía de saber que nadie había ido por el piso en esos cinco años, y confiaba en que el dinero, dinero inexistente por haber muerto los ladrones, seguía allí oculto. Ni necesitaría blanquearlo siquiera, se lo quedaría todo para él. En fin, lo importante de todo eso es que habéis recobrado ese juego de platos tan valioso.
        --Jefe --dije--, no sé si tendré valor para lavar los platos después de comer... ¿Y si se me rompe uno sin querer?
     
    FIN
     
    October 02

    ALGO SOBRE WILKIE COLLINS


    (c) 1981 by J.C. Planells
     
    [Este artículo fue publicado en el número 12 de Gimlet, febrero de 1981. Aunque está algo desfasado, lo recupero como pura curiosidad. Como el lector sabrá, actualmente hay gran cantidad de novelas de Wilkie Collins editadas en castellano por Alba Editorial, Ediciones B, Valdemar y Montesinos, principalmente, si bien cuando se escribió el artículo --tal como señala el párrafo final-- era muy escasa la presencia del autor en el mundo editorial: su "revival" se produjo una década más tarde.]
     
     
    No hace mucho tiempo, Editorial Fontamara, en su colección Rutas, nos presentaba una novela de Wilkie Collins, El hotel de los horrores (The Haunted Hotel, en su original inglés). Tras su lectura, me dediqué un poco a meditar sobre su autor, sus demás obras y el olvido en que ha ido cayendo con el tiempo (o eso parece, al menos). Influía en esas reflexiones mi debilidad por Collins, debilidad que se remonta a muchos años ya, cuando, siendo un adolescente, descubrí primero La dama vestida de blanco (The Whoman in White) y casi inmediatamente El misterio de la piedra de luna (The Moonstone). Estos descubrimientos coincidían, aproximadamente, con el centenario en que ambas obras fueron escritas (1860 y 1868 respectivamente) y tuvieron lugar, miren por dónde, a través de la radio, en un tiempo en que, en medio de la proliferación entonces habitual de seriales más o menos lacrimógenos, Radio Madrid realizó una serie de adaptaciones de obras clásicas o de folletín, como ¡Abajo las armas!, Tiempos difíciles, El coche número 13, Guerra y paz y las dos obras cumbre de Collins.
    Volviendo ahora nuevamente a El hotel de los horrores, ésta es una obra que me sorprendió un tanto. Es desde luego, una novela claramente inferior dentro de su producción, y adolece, principalmente, del defecto de su enfoque narrativo, hasta el extremo de dar la sensación de ser un elaborado borrador de una obra mayor, nunca realizada completamente... Me explicaré. Tanto La dama vestida de blanco como El misterio de la piedra de luna están escritas mediante el (en aquellos tiempos y hoy también) original recurso de que varios personajes cuenten en primera persona su relación con los hechos que forman la trama. Ello creaba, en la lectura de las dos obras, mayor misterio e intriga, a la par que aumentaba el interés del lector, quien veía la misma historia a través de miradas y observadores muy contrapuestos, lo cual daba un clímax de suspense y variedad psicológica altamente desarrollado. Por ejemplo, El misterio de la piedra de luna se inicia con la lectura de un viejo legado familiar escrito en 1799, para proseguir con el relato de Gabriel Beteredge, mayordomo de la casa donde ocurren dramáticos acontecimientos durante los años 1848 a 1849. A continuación intervienen los relatos y confesiones de otros personajes, algunos simplemente circunstanciales, como Miss Clark y el abogado Bruff, llegando a la primera aportación del verdadero protagonista de la historia, Franklin Blake, quien deja a su vez paso al diario del enigmático Ezra Jennings, concluido el cual retoma el hilo Franklin Blake, brevemente, para que sea el sargento Cuff quien la prosiga y revele al tiempo la solución del enigma. Terminan la obra breves aportaciones finales (cartas, declaraciones de un capitán de barco, y otra vez Gabriel Beteredge), finalizando la acción en 1850. Ésta es pues, la estructura narrativa de la obra, y parecida es también la de La dama vestida de blanco (en la que uno de los malvados también aporta su enfoque narrativo).
    Por contra, El hotel de los horrores está totalmente escrita en tercera persona, pero de una forma tal que da la impresión de que Collins hubiese tenido en algún momento la intención de conferirle también las anteriores características. Lo cierto es que la lectura se resiente de ello, pierde en interés y resulta bastante fría y distanciada. Por ejemplo, los tres primeros capítulos tienen como único personaje central al doctor Wybrow, quien ya no aparecerá más adelante en la narración y cuya presencia abriendo la historia no tiene mayor justificación que presentar al personaje de la condesa Narona. En los siguientes capítulos la acción transcurre en el hogar de Agnes Lockwood. Curiosamente, a continuación hay un capítulo narrado mediante documentos de terceras personas, para seguidamente y hasta el final de la obra, dividirse siguiendo tanto a Anges Lockwood como a Henry Westwick, o a otros personajes, y utilizando, como descubrimiento del misterio, un manuscrito en forma de obra teatral bosquejado por la condesa Narona. Incluso superficialmente, se advierte por dónde habría que cortar, empalmar y enlazar las diversas narraciones de los personajes, de haber usado Collins la técnica empleada en sus dos obras mayores. Es posible que al ser El hotel de los horrores una narración mucho más breve que las otras, el autor no quisiera complicarse demasiado su redacción y empleara el simple camino de narrar todo en tercera persona (pero, inconscientemente, dándole el enfoque y situando las escenas en la forma que hubieran tenido de haber sido usada la otra técnica).
    Si literalmente se le pueden imputar, pues, tales defectos a esta novela, no puede hacerse otro tanto a nivel temático. El hotel de los horrores, aun distando mucho de su mejor producción, constituye una magnífica novela a caballo entre la narración de fantasmas y la policiaca, género en el cual Collins destacó como brillante precursor, siguiendo los caminos que había marcado años antes Edgar Poe. El mérito principal de la obra es: conjugar con gran habilidad el género de terror sobrenatural con el simplemente policiaco con tal habilidad y dominio de los acontecimientos que, cuando sabemos la solución, comprendemos perfectamente la parte fantasmagórica del asunto. Collins, por otra parte, es autor también de varios relatos simplemente terroríficos, por lo cual combinar ambos medios no le suponía especial dificultad.
    Es curioso también ese dominio del autor en varios géneros. Sin ir más lejos, El misterio de la piedra de luna comprende varios elementos: el puramente policiaco, el romántico (el protagonista es rechazado por su prometida), el del falso culpable (ese mismo protagonista es considerado culpable del delito por su novia, lo que motiva el rechazo), las maldiciones hindúes sobre objetos sagrados y sus sectas asesinas, la investigación de los hechos según los métodos que posteriormente desplegaría Sherlock Holmes, el folletín melodramático puro y simple, el sempiterno humor de Gabriel Beteredge... Y todos los elementos no solamente no menoscaban la narración, sino que forman un conjunto apasionante que se lee de un tirón pese a sus 400 páginas bien repletas. Más folletinesca --o, sencillamente, romántica-- resulta La dama vestida de blanco, de la cual se dice estaba muy influida por el hacer de Charles Dickens, amigo personal y colaborador de Collins (Dickens, por su parte, imitaría a Collins en su inacabada El misterio de Edwin Drood).
    En fin, a pesar de ser (y estar reconocido) como uno de los claros precursores de la novela policiaca, hoy Wilkie Collins está sumido en el olvido, del que solo le rescataría una edición moderna de su mejor novela (La piedra de luna, claro). Al menos su sargento Cuff siempre ha sido considerado como antecesor de Sherlock Holmes y compañía. Y, como los buenos detectives, también tenía su afición: cultivar rosas.
     
     

    October 01

    SIN MÓVIL APARENTE, de Philippe Labro: Una adaptación de Ed McBain


    (c) 2007 by J.C. Planells

    El cine francés realizó varias adaptaciones cinematográficas de autores de novela negra americana, entre otros de David Goodis y Jim Thompson. Esta película de Philippe Labro --director de varios polars, la mayoría interesantes--, realizada en 1971 y no vuelta a ver desde entonces más que en algún muy antiguo pase televisivo --quizás--, es una adaptación de la novela Diez más uno, de Ed McBain, perteneciente a su serie del Precinto 87 y el detective Carella, de la cual hay edición castellana en la vieja colección policiaca de Editorial Diana de México. Lógicamente, la acción no transcurre en Nueva York aunque el detective se apellide igualmente Carella, sino en la luminosa Niza. Es posible que a los puristas del género negro les repela que novelas de autores clásicos como McBain, por ejemplo --o los citados Goodis y Thompson-- sufran las lógicas transformaciones al ser adaptadas por cinematografías tan ajenas a su mundo de origen, a sus ambientes. Pero yo creo que lo que debe hacerse es atender a los resultados obtenidos, y debe decirse que, en justicia, los cineastas franceses --o la mayoría de ellos-- que decidían tomar como base una novela negra americana para realizar un film lo hacían partiendo de su interés declarado por el género policial --caso de Chabrol, por ejemplo, el que más novelas policiales ha versionado, si bien no siempre con fortuna: recordemos su pálida  El grito de la lechuza, a partir de Highsmith, o su irregular La década prodigiosa, a partir de Ellery Queen--, cuando no su amor por el mismo.
    Este film de Labro, pues, toma la historia base de Diez más uno para desarrollarla de una manera que aprovecha básicamente el escenario geográfico elegido --Niza--, manteniendo en todo momento el interés de la trama. Trama que, digámoslo, no es novedosa pero sí bien llevada cinematográficamente (es una novela con un argumento similar al de El misterio de la guía de ferrocarriles, de Agatha Christie, y El gato de muchas colas, de Ellery Queen, posiblemente el mejor Queen, dicho sea de paso, por el ambiente de paranoia que retrata magistralmente). Jean Louis Trintignant es quien da vida al policía francés Stephane Carella, muy convincentemente, y otras presencias en el reparto son Dominique Sanda, el temible Sacha Distel, Carla Gravina, Stephane Audran, Jean Pierre Marielle y Laura Antonelli. Un film estimable, del que se conserva buen recuerdo y ganas de volverlo aver.