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    October 30

    PROYECTO BRAINSTORM, de Douglas Trumbull: Experimentos en realidad virtual

    (c) 2008 by J.C. Planells


    Hay films que, pese a ser totalmente fallidos, despiertan una inevitable simpatía. Otros, verdaderas insulseces, también la despiertan. Esto es algo que en el cine fantástico ocurre con bastante frecuencia, quizá porque, como dijeron Tavernier y Coursodon en su diccionario de cineastas, el aficionado al cine de ciencia ficción "es gente muy bondadosa" (se ve que los conocen poco). Un ejemplo de insulsez simpática sería Tron, y uno de película totalmente fallida que cae simpática sería esta Proyecto Brainstorm. Me temo que no va a ser fácil escribir sobre este film rodado en 1981 y no estrenado hasta 1983, para hacerlo inteligible a los aficionados de hoy que no lo conozcan o no tengan referencias sobre él. Recientemente editado en DVD en España por Impulso, es el típico film que o se ve en pantalla de cine o es mejor no verlo. En su tiempo, se exhibió en la enorme pantalla del desaparecido cine Regio Palace de Barcelona, un marco más que adecuado para disfrutarlo. Y es que la edición en DVD respeta la intención de Trumbull y lo ofrece en doble formato: las escenas objetivas aparecen en pequeño formato cuadrado --menor que un "full screen"--, y las subjetivas se muestran en widescreen, lo cual equivale en la antigua proyección cinematográfica al formato estándar y a un formato ultrapanavisión especial. Así pues, verlo en la pequeña pantalla de un televisor le puede provocar a quien desconozca esto un ataque de ira, o crea que el DVD está defectuoso (imagino que a los pocos minutos de proyección le pillará el truco, aunque teniendo en cuenta la bronca que se armó en los años ochenta en la Filmoteca durante la proyección de Él de Buñuel, cuando el protagonista se dirige a la chica y le habla sin que se oigan sus palabras porque la cámara está situada en el exterior, al otro lado de una ventana cerrada, me parece que hay espectadores que deberían seguir un curso de "Cómo aprender a ver una película").
    El problema de Proyecto Brainstorm es que tiene demasiados problemas, que con el paso de los años no han hecho sino incrementarse. Veamos. El primero fue la repentina muerte en... ¿accidente? de Natalie Wood cuando el film aún no estaba aún completado, lo cual paralizó el rodaje, hizo huir a la productora y dejó desamparado al pobre Douglas Trumbull --director, productor y diseñador de los efectos visuales del film--, quien tuvo que concluir y montar la película un poco como Dios le dio a entender, y eso se nota en no pocas partes del film y del montaje de alguna que otra escena. El segundo problema es un guión inexistente o modificado deprisa y corriendo tras la muerte de Natalie Wood, y que pese a contar con tres escritores (Bruce Joel Rubin, Robert Stitzel y Philip Frank Messina) se puede resumir en media línea al dorso de un sello de correos; o sea, una historia sin historia. El tercer problema es que una vez apreciado y valorado el juego de la realidad virtual que se ofrece al espectador, personajes mediante, esto ya no da más de sí (y de sí, encima, apenas da nada).
    Esto en lo que respecta a los problema de entonces; vayamos ahora por los nuevos problemas que se le han ido agregando. El auge de las nuevas tecnologías ha arrinconado el visionado del film, concebido para su exhibición en una pantalla lo más grande posible, no para la pantalla del salón de casa o de la tele de toda la vida, puesto que ello convierte la proyección del film en un churro, dicho con todos los respetos debidos a Trumbull. Puesto que en formato doméstico, la cosa carece garra y de la perspectiva adecuadas. A consecuencia de esto, se agrava uno de los problemas de antaño: si el disfrute de lo visual queda reducido a niveles microscópicos, aún destaca más la ausencia de historia o argumento (de personajes, es mejor no hablar siquiera). Y tercer problema nuevo: la realidad virtual no impresiona hoy ya mucho a nadie, y menos en los niveles de mero pasatiempo que ofrece el film con toda su mejor voluntad (que tiene mucho de propagandístico).
    Tras todo esto, es legítimo pensar que estamos ante un verdadero bodrio. Pues no. Sí ante un film fallido, como dije al principio, un film mal terminado, estropeado, averiado por demasiadas razones... pero cargado de buenas intenciones. ¡Ah, las buenas intenciones...! Douglas Trumbull, maestro de los efectos visuales en films para otros (2001: una odisea del espacio, La amenaza de Andrómeda, Blade Runner), hizo su debut a principios de los setenta como director con una modesta y estimable película de ciencia ficción ecológica, Naves misteriosas (imbécil título español para el inglés Silent Running, y no es leyenda urbana sino hecho comprobado y de juzgado de guardia que el motivo de ello es que el responsable de la distribuidora entendió por teléfono "Misteriosas" en vez de "Silenciosas" cuando le cantaron el título español para la propaganda del film) y años más tarde decidió tratar cinematográficamente el tema de la realidad virtual, por entonces embrionaria y casi desconocida, en un film-espectáculo. Con un argumento mínimo (minimalista, en realidad) y la complicidad de buenos actores (Christopher Walken, Natalie Wood, Louise Fletcher, Clift Robertson y Joe Dorsey entre otros, que hacen literalmente lo que pueden con sus papelitos) trató de poner al espectador en el mundo de realidades virtuales recibidas casco mediante, así como de los recuerdos grabados por otras personas como si fueran sensaciones reales. Luego, cómo no, los militares se apoderan del invento de Walken y Fletcher, tal como suele pasar en las mejores familias y... Y nada más, como quien dice.
    Pero pese a tanto fallo y tanto problema y tanta carencia de historia y de originalidad, es difícil no querer a este film, no sentir una atracción hacia él, un cierto aprecio, en parte gracias al esfuerzo puesto por Trumbull y a su fuerza visual (aunque se puede discutir si se agota o no a la media hora de película). Al final, volvemos a lo que decían Tavernier y Coursodon en su libro: los aficionados al cine fantástico somos gente muy bondadosa.
     
     

    October 28

    AUTORES OLVIDADOS (43). WILL COOK: Los novelistas del Oeste

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Un lector me ha pedido dedique un artículo a los escritores americanos de novelas del Oeste que fueron publicados en España durante la década de 1960, en especial a través de Editorial Toray en al menos un par de colecciones de bolsillo, y a la que se uniría brevemente Molino en su colección Biblioteca Oro Oeste. Me parece una petición justa, puesto que estos autores nunca han sido estudiados ni reivindicados por nadie que siga la novela de género, o al menos no tengo noticia de ello (hoy día empieza a ser difícil saber si de algo se ha hablado o no en alguna parte, web, foro, grupo, blog...). El western ha sido considerado siempre un género situado en el escalón más bajo, sólo tiene encima suyo a la novela romántica, y es difícil que a estas alturas le surjan reivindicadores (pese a que tengo buenas razones para decir que Javier Coma tuvo o tiene una magnífica colección de las obras editadas por Toray). En España, el género del Oeste conocía sólo dos polaridades: Zane Grey por un lado y los autores de bolsilibros Bruguera por otro (M.L. Estefanía, Fidel Prado, Clark Carrados --Luis García Lecha--, Keith Luger --Miguel Olivares--, etc. etc. etc.). En cuanto a Mallorquí, del que he hablado varias veces, era un caso aparte. Y sin embargo, sin alharacas ni apenas seguimiento, los verdaderos novelistas americanos del género llegaban a España también.
    Eran autores de novela de género, pero no popular al estilo de los bolsilibros, conocedores del mundo del que hablaban y con mayor facilidad para documentarse --y para conocer los paisajes--, cuyas obras solían llamar la atención de Hollywood para adaptarlas en ocasiones al cine. De hecho, varias de las publicadas en Toray son reconocibles por sus versiones cinematográficas. Pero a finales de la década de 1960, lo mismo que perecía el western cinematográfico, perecía la edición en España de las obras de esos autores.
    De todos aquellos autores, sólo leí hace varios años algunas novelas de Louis L´Amour (1908-1988), y lo hice picado por la curiosidad de que Emili Teixidor --entonces en Ultramar--se quejó hacia finales de los años ochenta de que otra editorial le había quitado este autor, de quien tenía pensado lanzar algunas obras en castellano. A raíz de ello, leí las publicadas por ese otro editor (Vidorama), y me parecieron excelentes: muy bien escritas, con personajes bien dibujados, notable ambientación, un sentido dramático magistral, una narrativa clara y de buen gusto. En suma, un autor muy recomendable. A L´Amour se le editó bastante en España, no sólo en las colecciones de Toray, sino en Bruguera, Molino, y en otra editorial cuyo nombre no recuerdo, allá a principios o así de los años ochenta, antes de que Vidorama recogiera el testigo. Muchas de sus novelas fueron llevadas al cine, como Hondo, Shalako, Colinas ardientes, por ejemplo, aunque a veces hubo alguna adaptación un tanto ridícula que no cito.
    Pero un autor que realmente me dejó intrigado fue Will Cook (1922-1964), fallecido a los 42 de un infarto, años en pleno éxito. Aparte de proporcionar al cine la base de Dos cabalgan juntos, un notable film de John Ford, con su novela Comanche Captives (que se reeditaría luego con el título del film de Ford), y otra novela también adaptada al cine nada menos que en la época del spaghetti western (Las pistolas del norte de Texas), resulta que un día Greg Rickman reveló en su biografía de Philip K. Dick que Cook fue íntimo amigo suyo --además de vecino-- cuando Dick se iniciaba como escritor. Dick se refirió a Cook frecuentemente como casi un padre para él --pese a que por edad Cook sólo era seis años mayor que él--, y afirmó que le enseñó mucho sobre el arte de escribir. Cook, a decir de la esposa de Dick en aquellos tiempos, era un hombre modesto, animoso y carente de pretensiones, pese a su éxito como novelista. No sólo eso: se señala cómo Cook pudo influir mucho en el desarrollo de Dick como escritor, debido a las semejanzas que se advierten en las obras de ambos. Según un trabajo de Robert Briney sobre Cook, este novelista se caracterizaba por la "compasión hacia sus personajes", y añadía que "Aunque fuertes y competentes, puesto que deben sobrevivir en entornos salvajes y violentos, sus héroes cometen errores, hacen daño a quienes aman y a veces sucumben a innobles impulsos". Es decir, características que se encontramos, de una manera u otra, en la obra de Dick, que siempre reconoció en entrevistas concedidas en sus últimos años el afecto y las enseñanzas recibidas de Will Cook.
    Por supuesto, hubo más autores americanos publicados en España en esas colecciones de Toray o Molino: Theodore V. Olsen, cuya novela Arrow in the Sun daría lugar al film Soldado azul, además de ver adaptada otra novela: La noche de los gigantes. L. B. Patten, Max Brand, e incluso dos conocidos en otros géneros: Brian Garfield (novela negra), de quien Molino publicaría Buitres al acecho en los años sesenta, y Chad Oliver (ciencia ficción), cuya obra en el campo del western no sería traducida. O Ernest J. Haycox (1899-1950), sobre el que el lector me informaba ser su favorito; lamentablemente, de él lo mismo que de tantos otros casi no aparecen datos, aunque está acreditado como autor del relato que dio lugar al film de Ford La diligencia, entre algúnos otros trabajos llevados al cine; escribió diversas novelas del oeste, y en la vieja Biblioteca Azul de Molino ya se editó una de ellas; el problema es que buceando por internet se le suele confundir con otro escritor de nombre parecido y autor de unos 13 westerns: Ernest Haycock, e incluso el crédito por La diligencia se atribuye a Haycox/Haycock indistintamente. ¿Eran el mismo o no? Yo creo que no, pues Haycock parece contemporáneo de L´Amour y suele ser mencionado como uno de los favoritos por los aficionados al Oeste en blogs.
    En resumen: más que de "autores olvidados", estaríamos hablando de autores desconocidos, puesto que pese a lo digno de su trabajo --al menos, en algunos de ellos-- jamás merecieron ni un mísero estudio o reseña por parte de los aficionados al género. Ni por parte de ensayista alguno de novela comercial. En todo caso, dejemos constancia de la existencia de la Twentieth Century Western Writers, voluminosa enciplopedia editada por St. James Press (Londres y Chicago), que, al igual que otras de ese editor dedicadas a los autores de novelas de misterio, ciencia ficción, romántica y juvenil, recoge a los principales y no principales autores de novela del Oeste, con datos biográficos, bibliografía completa y un comentario crítico a cargo de un especialista. Es posible que en Estados Unidos haya incluso otro tipo de libros de referencia sobre estos autores.

     

    October 26

    LEYENDA DE DOS MUJERES

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     [Nota del autor: este relato, aunque escrito en 2008, tiene su origen en un argumento para una novela que se me ocurrió en 1968 y que nunca desarrollé.]
     

        En mi viaje a Estados Unidos, oí contar una historia ocurrida durante la guerra de Secesión. Me encontraba en Savannah, donde había decidido permanecer unos días hasta reunirme con mi amigo Jaime Forner, y mis anfitriones me mostraron diversos lugares de la ciudad, que producían la curiosa sensación de hallarse como detenidos en el tiempo. Al pasar frente a un extraño caserón de dos plantas en una de las calles cerca del Ayuntamiento, un caserón todo él de madera al igual que la mayoría de las construcciones de aquella parte de la ciudad, mi guía me dijo, señalándola con un ademán:
        --Ahí tiene un lugar que lleva deshabitado desde el final de la guerra civil.
        Enarqué las cejas.
        --No lo dirá en serio, señor Thompson. ¿Tantos años? La guerra acabó... en 1865, ¿no? Estamos en 1968. ¡Eso es más de un siglo!
        --Exactamente ese tiempo. Verá usted, señor Salazar, este edificio tiene una historia muy dramática... Aunque por su aspecto no se lo parezca, fue una casa muy hermosa... muy bien cuidada. Pero el tiempo, evidentemente, la ha avejentado, afeado y deslucido.
        --¿Murió la familia que la habitaba? --pregunté.
        --Sus primeros moradores fueron unos yanquis... Es decir, gente del Norte. Se marcharon al poco de estallar la guerra en 1861, puesto que aquí no habrían estado a gusto. La vendieron a precio bastante bajo, según se dijo, y sus compradores fueron dos hermanas, Amanda y Pinky Meredith. Pinky era el sobrenombre de la menor, pero no la llamaban así porque fuera pelirroja, pues en realidad era rubia, sino porque era tan pecosa como si tuviera la cabellera colorada. Su nombre era Ethelvina, algo feo, ¿no cree?, aunque en aquellos tiempos debía de parecer muy distinguido. Así que en vez de acortarlo a Ethel, que es un nombre demasiado británico, todos, incluso su hermana, la llamaban Pinky. Por cierto, que no parecían hermanas. Amanda era morena, alta, de aspecto distinguido, facciones armoniosas, bella... Pinky era rubia, bajita, monilla, pecosa, tal como le he dicho...
        --Parece como si las hubiera conocido... --dije con una sonrisa.
        --No --sonrió también el señor Thompson--. Pero en el Ayuntamiento existe un retrato suyo pintado por un artista de la localidad, que al parecer las visitó al principio de instalarse. Se llamaba Curtis Lenormand. Se conserva en una sala del último piso. No es que esté exactamente oculto al público, pero tampoco se expone a la vista de todos. Al fin y al cabo, casi nadie sube allí, sólo los archiveros. Y mucha gente de la ciudad ni siquiera conoce la existencia de esa pintura... Si lo desea, puedo llevarle luego para que lo vea.
        --Pues se lo agradeceré, sí. ¿Y vivieron aquí, en esta mansión?
        --Sí, desde que marcharon aquellos yanquis, hasta... hasta meses antes del final de la guerra. Llegaron con un par de criadas y un negro para atender el mantenimiento de la casa y limpiar y cuidar el jardín. Enseguida se hicieron populares entre la gente que vivía entonces en Savannah, cultivando amistades con el alcalde, los jefes militares... Daban fiestas y recepciones para las tropas sudistas cuando pasaban por Savannah o alrededores, así como para la guarnición militar de la ciudad. De hecho, al cabo de un par de años se decía que se daban... excesivas fiestas para los soldados. --Enarqué las cejas y el señor Thompson se encogió de hombros--. Bien, se empezó a murmurar que en realidad eran dos... señoritas de vida alegre que se dedicaban a alegrar las vidas de los oficiales tras el duro combate o antes de partir para luchar contra las fuerzas yanquis. Celebraban fiestas y recepciones con cualquier excusa en la mansión, y los hombres acudían a ellas encantados... Y nunca asistían las mujeres de la ciudad. Las hermanas Meredith eran muy populares entre los poderosos de la ciudad. Lo que entonces no sabíamos es que también eran unas espías nordistas.
     
        Al día siguiente vi en el Ayuntamiento de Savannah el retrato que Curtis Lenormand pintó de las hermanas Meredith. Artísticamente, era un cuadro muy vulgar, pintado con poca traza y de colores un tanto apagados. En un libro sobre ciudadanos famosos de Savannah, encontré una entrada sobre Lenormand, de apenas cuatro líneas; no hay duda de que jamás alcanzó notoriedad alguna en el mundo del arte. Sin embargo, a pesar de su mediocridad, el retrato que pintó de aquellas dos mujeres tenía ciertos detalles interesantes. Amanda aparecía de pie, junto a su hermana Pinky, que estaba sentada en una silla. Una mano de Amanda reposaba sobre el respaldo de la silla y Pinky tenía las suyas recogidas en el regazo. La expresión de Amanda era curiosa. Se percibía cierta... ¿dureza? en sus rasgos, pese a la expresión plácida de su rostro. Quizá era su mirada. Quizá la torpeza del pintor. En cuanto a la rubia Pinky, miraba fijamente ante sí, de una manera que parecía atravesar con la vista a quien se situara frente al cuadro. Su rostro era pecoso, ciertamente, y con una expresión de dulzura o inocencia, la boca levemente entreabierta, y todo ello, aunado con la curiosa sensación que producía su mirada, daba un resultado que me pareció algo inquietante. Y, tal como había dicho el señor Thompson, no parecían en modo alguno hermanas.

        --¿Espías nordistas? --dije sorprendido.
        --En efecto. Lamentablemente, cuando se descubrió era ya muy tarde, estábamos en la primavera de 1864, y Sherman invadió Georgia en mayo de ese año. Es difícil saber el daño que hicieron a la causa del Sur, pero no cabe duda de que sus informes sobre los movimientos de nuestras tropas, las rutas de abastecimientos y los depósitos de municiones llegaban sin problema alguno a los nordistas, así como el mejor modo de invadir nuestro Estado. Mucho antes de que se descubriera su juego, las hermanas Meredith ya tenía muy mala fama en la ciudad. Debido a sus fiestas y a... lo que se creía que ocurría en ellas, se contaba que en realidad eran un par de fulanas, su casa un burdel, y se limitaban a proporcionar sexo a nuestros oficiales. Yo creo que mucho de ello eran fantasías que empezaron a circular cuando fueron desenmascaradas, o infamias contadas por amantes despechados o rechazados, aunque al cabo de más de un siglo es ya imposible saber la verdad. Por otro lado, nadie quiso hablar nunca de lo ocurrido allí; los políticos no estaban dispuestos a reconocer que hubieran divulgado secretos, igual que los militares. Varios oficiales que las visitaban con regularidad murieron en las últimas batallas de la guerra, así que tampoco fue posible obtener su testimonio. Luego, hubo el caso del mayor Lerrigan. Él sí las acusó formalmente de espías, e hizo más que eso: las mató.
        --¿Las mató?
        --En efecto. El mayor Lerrigan estaba bastante enamorado de Amanda, por lo visto, y de alguna manera descubrió que pasaban a algún contacto nordista los informes que los oficiales que las visitaban y asistían a sus fiestas (o a sus orgías como se las empezó a llamar en los últimos tiempos) les confiaban en sus conversaciones... quizá de alcoba. No se descubrió nunca quién era ese contacto, probablemente un vagabundo de los que a veces cruzaban la ciudad y que todos tomaban por personas inofensivas. En resumen, el mayor Lerrigan quedó conmocionado al saberlo, perdió la cabeza, fue a la casa de las hermanas Meredith, y las mató a tiros. Luego, quemó sus cadáveres.
        Mi cara debió de mostrar el espanto que me produjo esto último.
        --O quizá no fue él --concedió el señor Thompson--. Quizá sólo las mató, y los cuerpos fueron quemados por vecinos rencorosos, alguien que deseaba destruirlas por completo, por traidoras. A su muerte, se disparó su mala fama. Lo que habían sido insinuaciones sobre su posible espionaje, sus artes amatorias entre los oficiales y los políticos que frecuentaban la casa, su vida desvergonzada y liberal, se convirtió en hecho incontestable, porque nadie podía rebatirlo. Las dos criadas desaparecieron ese mismo día, sin duda se marcharon aterradas al ver morir a sus amas, y el negro fue encontrado muerto en la escalera de la casa; se supone que Lerrigan lo apartó de un empujón, cayó y se abrió la cabeza. La casa fue saqueada y sólo la presencia de la fuerza policial evitó que acaso la quemaran como a los cadáveres. El fuego, como puede imaginarse, se hubiera extendido a las casas vecinas y media ciudad habría acabado ardiendo. Los cadáveres de las hermanas Meredith, por su parte, habían sido quemados dentro del cobertizo que hay tras la casa, hasta quedar irreconocibles, y el que lo hizo tomó la precaución de que el fuego no se extendiera ni a la casa ni a las vecinas. Todo hace pensar que Lerrigan las bajó allí para quemarlas después de matarlas a tiros.
        --Diantre... ¿Y qué fue de ese oficial?
        --No se sabe. Partió de inmediato al frente y desapareció en una batalla, pocos días después. Se le dio por muerto al cabo de unos años de terminada la guerra, como a tantos otros que nunca aparecieron. Sin duda, enloquecido y rabioso por haber contribuido sin saberlo a traicionar al sur contando informes militares a las dos espías, buscó deliberadamente la muerte luchando contra Sheridan en Virginia. A las pocas semanas, Sheridan invadió Georgia, y la gente tuvo suficientes problemas como para seguir pensando en esa historia de las hermanas Meredith.
        Más tarde, en la hemeroteca municipal, el señor Thompson me enseñó viejos diarios de la época --apenas un par de hojas terriblemente amarillentas--, donde pude leer un resumen de lo ocurrido aquel día de primavera de 1864, cuando aparecieron muertas y quemadas las hermanas Meredith, junto con la información de que eran sospechosas que haber pasado informes militares a las fuerzas enemigas desde que se instalaron en Savannah. No había mucho más, excepto un retrato del mayor Lerrigan, recién graduado en West Point. Un joven de rostro alargado, pómulos muy marcados, bigote breve y mirada grave.
        --Y nadie ha querido nunca ocupar esta mansión. Los niños dicen que hay fantasmas en ella, cosa totalmente absurda. La mala fama de las Meredith persiste de alguna manera en ella. Finalmente, acabará pudriéndose y desmoronándose por sí misma. No creo que tarde muchos años.
     
        Un par de semanas más tarde, prosiguiendo mi viaje por Estados Unidos, ahora en unión de Jaime Forner y en su coche alquilado, llegamos a Carson City, la capital de Nevada. Allí vi algo sobre lo que el señor Thompson ya me había hablado durante mi estancia en Savannah: rifas benéficas, una especie de tómbola en que la gente ponía a la venta, subastaba o proponía juegos con premio, como excusa para deshacerse de viejos trastos que no les interesaba guardar en su casa, o quizá heredados de parientes ya fallecidos. Jaime se divirtió bastante curioseando entre todo aquel despliegue de objetos de lo más varipinto: alfombras, mesas, lámparas, enciclopedias, revistas antiguas, juguetes, ropa, cuadros, incluso fotografías que debían datar de principios de siglo, por lo menos. A mí me aburría un poco, aunque una colección de la vieja revista Unknown me dejó estupefacto y me tuvo realmente interesado durante un buen rato. Seguro que más de una buena librería de coleccionista la compraría sin dudarlo. Resistí la tentación y le dije a Jaime que nos fuéramos, tratando de separarle de una lata de galletas en la que había un montó de fotografías en sepia o de color azul, típicas de las primeras décadas del siglo. 
        --A saber dónde está hoy toda la gente que aparece en ellas --dijo, divertido.
        --Pues muertos y enterrados, ¿dónde van a estar? Anda, vámonos o oscurecerá antes de... Eh, ¿qué es...?
        Una fotografía acababa de llamar mi atención. Al igual que casi todas las de aquella caja de galletas, estaba virada en azul. En la foto aparecían tres personas: un hombre y dos mujeres. El hombre era muy alto y estaba de pie al lado de una de ellas. De las dos mujeres, una era morena, y era la que permanecía en pie junto al hombre. La otra era rubia, con la cara llena de pecas, y estaba sentada en una silla con las manos en el regazo. La morena posaba una mano en el respaldo de la silla donde la rubia estaba sentada. El hombre alto tenía un bigote breve, pómulos marcados, rostro alargado y mirada grave. Las dos mujeres sonreían levemente, la morena con un cierto orgullo en la mirada, y la rubia parecía tener una expresión de suave inocencia en el rostro. La única diferencia entre estas dos mujeres y las del cuadro pintado por Curtis Lenormand era que parecían tener unos quince años más, aproximadamente, lo mismo que el hombre del rostro alargado tenía más años que en su retrato de West Point. Miré el dorso de la fotografía. Había algo escrito, con tinta ligeramente borrada por el tiempo, pero legible: "Amanda y Samuel Lerrigan y tía Ethelvina Meredith. San Francisco, 1883."
        --¿Vas a comprarla o qué? --me preguntó Jaime, mirándome con curiosidad.
        Le dije que no. Pensé para mí mismo aquello de que cuando la leyenda es mejor que la realidad... Pero entonces recordé algo: dos criadas... desaparecidas, y dos cuerpos muertos a tiros y quemados una noche de 1864. Así que la compré por cincuenta centavos, la metí en un sobre y se la envié al señor Thompson, sin poner remite en la carta. Que él sacara sus propias conclusiones, como acababa de hacer yo.
     
     
    FIN.
     

    October 23

    EL MISTERIO DE EDWIN DROOD, de Charles Dickens y Leon Garfield


    (c) 2008 by J.C. Planells


     

    (Portada para la novela, según instrucciones de Dickens, y que podría contener algunas de las claves del misterio.)


    Ante todo, conviene aclarar que no se trata de ninguna novela escrita en colaboración: como es sabido, Dickens falleció en 1870 dejando inconclusa El misterio de Edwin Drood, cuyas entregas tenía ya contratadas, pero de la que sólo pudo publicarse la parte que había completado antes de su enfermedad y rápida muerte, que era aproximadamente la mitad prevista de su extensión, 23 capítulos (o 22, según la ordenación en esta edición y otras, que unifican los capítulos XX y XXI en uno solo). Desde entonces, cómo no, todo el mundillo literario y los muchos admiradores del autor han especulado sobre el posible desenlace del misterio planteado por Dickens, quien no dejó nota alguna sobre la continuación del texto, y únicamente se conocen algunos datos más o menos confusos sobre la posible trama de fondo de la novela, entre ellos un esquema que le comunicó a su amigo y biógrafo John Forster (que por lo visto muchos no se tomaron en serio). Todo ello dio pie a lo que se ha conocido como "droodología", o "droodiana", que consiste en tratar deshacer el nudo de la intriga y solucionar el enigma. Incluso ha habido quienes se han animado a continuar la novela por su cuenta, con resultados a veces un tanto ridículos, y otros que han publicado libros exponiendo análisis y teorías al respecto.
    En el prólogo a esta edición (Edhasa, Barcelona, 1986, totalmente inencontrable hoy día), Edward Blishen nos ilustra al respecto (también en el prólogo a la edición del texto de Dickens en sus Obras Completas en Aguilar, igualmente inencontrables, se informa sobre ello y se ofrecen diversas explicaciones de afamados y no afamados autores). Básicamente, según se dice, el misterio no parece ser tal: todo indica que el joven Edwin Drood ha sido asesinado por su tío Jasper, maestro de música y opiómano en secreto, que está enamorado de la joven Rosa Bud, con la que Edwin tiene concertado matrimonio según voluntad de los difuntos padres de ambos. Sin embargo, el cuerpo de Edwin no es hallado, sólo su reloj y un alfiler de corbata son encontrados al día siguiente en el fondo de un río. En principio las culpas recaen en el joven Neville Landless, que tuvo tiempo atrás una fuerte discusión con Edwin. Pero poco a poco algunos personajes, empezando por la propia Rosa, que descubre aterrada la pasión que Jasper siente por ella, empiezan a sospechar que el tío de Edwin ha tenido algo que ver con la desaparición y presunta muerte del joven, y deciden vigilar a Jasper.
    Muchos discuten que si realmente es Jasper el asesino de Edwin --suponiendo que en efecto haya sido asesinado--, no existe misterio alguno: es demasiado evidente, y al parecer Dickens quería ofrecer varias sorpresas inesperadas en su novela. Las preguntas que se han hecho los cultivadores de la "droología" o "droodiana" son: ¿Ha sido asesinado Edwin Drood? ¿Es realmente su tío Jasper el asesino? ¿Quién es el forastero Datchery que aparece en los últimos capítulos escritos por Dickens? ¿Se trata de Edwin Drood, disfrazado? ¿Es un detective contratado por alguien? Para responder a estas preguntas, se ha examinado casi con lupa lo escrito por Dickens, y en algún caso no pocos autores se han armado un poco de lío. Veamos: algunos sostienen que Datchery es Edwin Drood disfrazado, lo cual no parece demasiado verosímil, a no ser que Drood hubiera perdido la memoria a causa de algún accidente (da la impresión de no conocer Cloisterham, ciudad inventada por Dickens, donde ocurren los hechos, que Edwin visita con asiduidad para visitar a su tío y a Rosa) y hubiera además cambiado de carácter de manera notable; otros, bastante "iluminados", sostienen que Datchery es Helena Landless, la hermana de Neville, el primer sospechoso de la muerte de Edwin: de ser así, Helena goza del don de la ubicuidad, pues está en Londres y en Cloisterham al mismo tiempo. Mucho más interesante es la teoría del novelista Hammond Innes y de la hija de Dickens, quienes creían que Datchery es Bazzard, el escribiente del tutor de Rosa, el señor Grewgious, que apenas es entrevisto en un capítulo, y sólo mencionado en otro, como persona muy aficionada al teatro. Aceptando que Datchery sea un disfraz --pues muchos se empeñan en que Datchery va disfrazado debido a que, dicen, Dickens llama la atención sobre su abundante pelo blanco y su torpeza con el sombrero (?)--, Bazzard parece la elección más lógica, y cabría pensar que ha ido a Cloisterham para investigar a Jasper sin llamar la atención (se hospeda junto a su casa), bien delegado expresamente por Grewgious, o bien por iniciativa propia, aunque yo creo más probable lo primero.
    Hay más detalles intrigantes a tener en cuenta. Uno de ellos es el papel de los hermanos gemelos Landless, Neville y Helena, que parecen casi secundarios en la parte escrita por Dickens, pero cuya participación se incrementaría en lo que no pudo desarrollar. Por cierto, su apellido me parece muy significativo: Landless se podría traducir algo así como "sin tierra o sin país". Hoy sabemos que Dickens se inspiró en dos de los hermanos Kent, Constance y William, envueltos uno como posible cómplice y el otro como autor confeso del brutal asesinato cometido en 1860 en Road Hill House, y que ha sido hace poco objeto de un notable libro: El asesinato de Road Hil, por Kate Summerscale, ya comentado en este blog (31 de mayo de 2008); la semejanza inicial entre Neville y Helena Landless y William y Constance Kent es clara ya en el primer momento de la aparición de los hermanos Landless (se han fugado a veces de su casa, ella se ha disfrazado de chico, lo mismo que hicieron los hermanos Kent). No me parece nada gratuito por parte de Dickens, quien se interesó vivamente por el asesinato de Kent House, comentando con sus amigos la investigación del mismo a lo largo de los años, lo mismo que hizo Wilkie Collins. Y si Collins escribió su La piedra lunar recogiendo no pocos detalles de lo ocurrido en Kent House para ambientar su novela, aunque la historia no tuviera semejanza alguna, es evidente que Dickens se propuso hacer algo parecido, máxime cuando empezó su novela dos años después de la de Collins, y habiendo manifestado que aunque le gustaba La piedra lunar, adolecía de ciertos defectos y podía mejorarse, o escribirse una historia semejante, empleando otro estilo. Así pues, El misterio de Edwin Drood nació en parte como respuesta de Dickens a La piedra lunar. De todo ello se puede deducir que el papel de los gemelos Landless en la intriga pudiera ser mucho más significativo.
    Más detalles que llaman la atención: un montón de cal viva, que Jasper estudia con interés en su visita a la cripta de la catedral acompañado de Dardles, el cantero que sabe encontrar lugares secretos y tumbas ocultas en esa cripta: un cuerpo humano sumergido en cal viva sería destruido por completo, excepto las joyas que llevase, le dice Dardles (éste sería otro personaje que sin duda pudo desempeñar algún papel en la resolución del misterio: su habilidad para descubrir tumbas ocultas no parece deba pasarse por alto); un anillo de compromiso que Edwin iba a entregar a Rosa, aunque finalmente deshacen amistosamente dicho compromiso matrimonial, y que no es encontrado junto con el reloj y el alfiler: Grewgious sabía de su existencia, pues se lo entregó a Edwin, pero no dice nada (posible motivo pues para enviar a Bazzard disfrazado de Datchery al pueblo de Jasper); Jasper ignoraba que Edwin y Rosa habían roto su compromiso amistosamente y de mutuo acuerdo, de ahí su colapso nervioso al saberlo tras la desaparición de su sobrino: un indicio de posible culpabilidad.
    Datos a tener en cuenta: además de los anteriores, con los que el lector puede jugar a su gusto, deben considerarse el papel a desempeñar por la vieja que provee de opio a Jasper, y que se dedica a espiarle en los últimos capítulos escritos por Dickens. Esa vieja se topó con Edwin poco antes de su desaparición y le previno de un peligro "a causa de llamarse Edwin", y es evidente que hubiera jugado un papel principal en el posterior desarrollo de la trama. El personaje de Datchery, sobre el que ningún "droólogo" se pone de acuerdo, y que recuerda en no poco al detective de Casa desolada, en este caso sería un detective de incógnito, tanto si es Bazzard disfrazado como uno contratado posiblemente por Grewgious. Y, no menos importante, responder a una pregunta: al final de la novela, ¿quién se hubiera casado con quién? No es pregunta superflua ni baladí, como debería saber cualquier lector de Dickens. Hasta donde Dickens escribió, si se pudiera responder a esta pregunta, probablemente se desarmaría parte de la intriga. Rosa parece que acabaría casándose con Tartar, un antiguo marino de 28 años que aparece en los últimos capítulos escritos por Dickens, y que evidentemente ya se ha enamorado de la muchacha, y a ella no le desagrada. Eso anula la posibilidad de que se case con el desaparecido Edwin, si no ha muerto (y con el que ya anuló amistosamente su compromiso matrimonial, como queda dicho), pero también anula su emparejamiento con Neville, que se había enamorado más o menos de Rosa al conocerla en su primer encuentro (y que motiva en parte la discusión y riña con Edwin). Innecesario decir que Jasper se descarta por sí solo, pues aparte de ser el sospechoso número uno, le produce espanto a la muchacha. Por tanto, ¿Neville con quién se casaría, ya que Tartar lo haría con Rosa? La respuesta es que con nadie que haya aparecido hasta ahora, pues el resto de personajes femeninos son mujeres de más edad y no tienen mucha importancia en la trama. ¿Y Helena? Sabemos que le agradaba el joven Edwin, y en caso de que reapareciera, sería un emparejamiento muy probable, y no estorbaría al resto de la historia ni personajes. Si no reaparece, ¿quién queda como pareja de Helena? Nuevamente la respuesta es: nadie... en principio. ¿Datchery? Por lo tanto, la ubicación de los hermanos Landless en la trama se vuelve más y más extraña, pese a su aparente normalidad. A todo ello, evidentemente, debe sumarse la condición de opiómano de Jasper, los diarios personales que escribe y donde da rienda suelta a sus fantasías, y eso nos lleva a preguntarnos: ¿puede Jasper haber llegado a creer que asesinó a su sobrino Edwin, víctima de los celos que siente a causa de Rose, cuando en realidad Edwin o bien no ha sido asesinado, o si lo ha sido el autor del crimen fue otra persona? No me parece un punto a descartar si, como todos dicen, "el misterio en realidad no es tal, por demasiado evidente". Puede que éste fuese uno de los giros sorprendentes que se asegura Dickens tenía en mente. Pero si, como Dickens afirmó en una ocasión a su hijo, Jasper había matado a Edwin, y en otra, que tenía pensado escribir una novela en que un tío asesinaba a su sobrino, en tal caso tenemos el misterio resuelto. Y por tanto, ¿dónde está el desafío a La piedra lunar? Tras todo ello, lo único que nos queda es el esquema argumental que le explicó a Forster en una conversación, y que éste comunicó posteriormente por escrito a la muerte de Dickens. Por último, me permito llamar la atención hacia el título del capítulo XIV: "¿Cuándo se volverán a reunir estos tres?", en el cual, al final del mismo, Jasper comunica la brusca desaparición de Edwin; los tres en cuestión son Neville, Jasper y Edwin. Conociendo a Dickens, creo posible que tuviera previsto un capítulo hacia el final del libro en que "los tres se reúnen de nuevo", y eso significaría que... ¡Edwin Drood no fue asesinado!
    En suma, éstas son las principales características de la novela inconclusa de Dickens, las que han sido examinadas y reexaminadas desde 1870 hasta el presente, discutidas y vueltas a discutir.
    En 1980, el escritor británico Leon Garfield (1921-1996), autor de varias novelas de aventuras históricas para público jovenil, entre otros escritos, decidió continuar la novela allá donde la muerte de Dickens la interrumpió, escribiendo un número de páginas aproximado. Evidentemente, las dos preguntas que de inmediato se pueden y deben hacer a la aportación de Garfield son: ¿Consigue un estilo parecido al de Dickens, que no desmerezca de la parte conocida de la historia?, y ¿su solución al enigma es satisfactoria?
    A la primera pregunta, se puede responder afirmativamente. Garfield consigue un estilo semejante, remeda, por así decir, la forma de escribir dickensiana --humor, ironía, personajes caricaturescos, narración persuasiva, ritmo en la construcción de algunos párrafos, movimiento de personajes, intercalado de frases, etc. etc.--, sólo estropeada a mi juicio por sus excesivas alusiones shakespearianas (afición de Garfield que aquí está muy de sobra). Sobre este punto, Garfield pasa el examen con nota.
    Sobre la solución, Garfield no se ha complicado la vida: opta --probablemente de manera acertada-- por el esquema que Dickens le contó a Forster, el más verosímil. Puede reprochársele que prescinde de algunos personajes que Dickens incorporaba en los últimos capítulos que escribió: Tartar y la divertidísima señora Billickin, en cuya casa de Londres se instala Rosa, así como de dejar en muy segundo plano a otros, como la propia Rosa, además de Helena. Es decir, que Garfield llega al presunto final de Dickens, aunque sin duda por otros caminos, si bien emplea una estrategia que Dickens parece ser tuvo en mente, aprovechando que Neville y Helena son hermanos gemelos.
    Pero, tal como se ha dicho al principio, lo que al final sucede es que, más que nunca, El misterio de Edwin Drood es una novela sin misterio alguno. La culpabilidad de Jasper es evidente, cualquier lector habitual de novela policiaca puede ir por delante del autor, si tiene en cuenta los elementos o pistas que Dickens proporciona. ¿Entonces? Si realmente Dickens quería mejorar La piedra lunar es Collins, es bastante inverosímil que escribiera una novela tan sencilla. O quizá Dickens quería engañarnos a todos y sorprender al lector con algún giro inesperado --cosa que algunos ponen en duda--, o algún extraño juego con los personajes y elementos apuntados en diversos capítulos. Nunca sabremos el verdadero destino de Jasper, el papel de los dos hermanos gemelos, la importancia de Tartar, las maniobras de Datchery, la importancia o no de que Dardles localice restos humanos en las criptas... y el destino final de Edwin Drood. Aceptamos la solución de Garfield, como la más probable según lo que Dickens contó de viva voz cuando planeaba escribir una novela de intriga, pero no podemos sentirnos satisfechos al cien por cien. Nunca sabremos qué hilos hubiera movido Dickens. 
     

    Otros textos sobre Charles Dickens en este blog:

    *Tiempos difíciles (29 de septiembre de 2007)

    *Casa desolada (6 de febrero de 2008)

    *Barnaby Rudge (10 de junio de 2008) 

     

    October 21

    LOS SENOS DE HIELO, de Georges Lautner: Una adaptación de Richard Matheson

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Las novelas policiacas de Richard Matheson no han sido nunca editadas en castellano. Es dudoso que a estas alturas alguna de ellas lo sea, teniendo en cuenta el mercado, el despiste de los editores, la antigüedad de las mismas... Siempre cabe la posibilidad, claro, si bien teniendo en cuenta que sus novelas fantásticas que permanecían inéditas y han sido editadas estos últimos años no han impresionado gran cosa a los lectores.... Leí una de sus novelas policiacas hace bastantes años, en traducción francesa, y me produjo la misma sensación que mucha de la narrativa de este autor: situaciones minimalistas, elementos escasos, morosidad en el desarrollo, demora en el progreso y golpes de efecto; en suma, literatura entretenida y cumplidora, sin más. 
    En todo caso, ahora podemos echar un vistazo a la adaptación cinematográfica de la primera de sus novelas policiacas (y primera novela, de hecho, de Matheson), gracias a la edición en DVD de Los senos de hielo, un film de 1974 que adapta la novela de 1953 Someone Is Bleeding. Nada raro que se trate de una producción francesa, pues como ya indiqué en otras ocasiones, el cine polar (el policial francés) fue prolífico en adaptaciones de novelas negras americanas (o en novelas policiacas americanas, pertenecieran o no al género negro). Ciertamente, tales adaptaciones eran tan libres como curiosas, y la novela llegaba a ser casi irreconocible a veces. En todo caso, en Los senos de hielo se reconocen las características antes aludidas de la narrativa de Matheson: minimalismo, parquedad de elementos, morosidad en su desarrollo, demora en el progreso y golpes de efecto. Con casi únicamente tres personajes (los demás tienen escasísima intervención), la película desarrolla una intriga casi inexistente que sin embargo, mantiene un cierto interés a base de jugar con los personajes. Las sorpresas son mínimas y de hecho el film parece más la adaptación estirada hasta lo máximo posible de un cuento corto, que no la versión de una novela. Pero me temo que, en realidad, la novela ya parecería igualmente un cuento corto alargado.
    El encargado de la puesta en escena, así como de la adaptación y guión, es Georges Lautner, un director que no cuenta con grandes títulos, y que cultivó por igual la comedia --erótica en algunas ocasiones--, el policial, e incluso el policial humorístico (con muy poca gracia, a juzgar por dos ediciones recientes en DVD protagonizadas por Lino Ventura). Entre sus films más afamados se cuentan dos curiosos policiales, El monóculo y El monóculo negro, protagonizadas por Paul Meurisse (personaje que hace un cameo al final de la tonta Gangsters a la fuerza, una de las dos comedias policiales antes mencionadas, y que el público de hoy no entenderá por desconocimiento de tal personaje y film). En esta película su trabajo es correcto básicamente porque el productor es Alain Delon, que interpreta a uno de los tres personajes principales de la historia, y Delon procuraba siempre que sus producciones tuvieran el máximo cuidado (un inciso: otra de las caracteristicas del polar fue la implicación de los actores en las películas, bien como productores, o incluso eligiendo las historias: Delon y Lino Ventura, aficionados a la novela negra, solían escoger ellos mismos novelas a veces, para producir su adaptación cinematográfica e interpretar al protagonista). La historia aquí es una variante de la "mujer fatal" del cine negro clásico, en su vertiente psicológica, moderadamente interesante pero escasa en sorpresas, y que además de Delon cuenta con Claude Brasseur como verdadero protagonista y con Mireille Darc en papel principal (Mireille Darc, curiosamente, aparecía en casi todas las películas dirigidas por Lautner, y no seré yo quien se lo reproche, desde luego).
    En suma, un polar de discreto interés, correctamente realizado, cuyo máximo aliciente para muchos consistirá en ser una adaptación de una novela de Matheson.
     
     
    October 19

    UN BRILLANTE PORVENIR


    [Este breve texto es el cuadro noveno de una pieza de teatro en once cuadros y un epílogo, que escribí en catalán a finales de 1970; algunos de los cuadros que la componían procedían de improvisaciones en vivo o de detalles biográficos. Hace tiempo, "colé" en este blog otro de los cuadros, de manera muy transformada, por lo que no vale la pena tratar de localizarlo...]
     
    (c)1970 by J.C. Planells
     
     
     
       En el escenario, una mesita pequeña, de orador. Sobre ella, una jarra con agua. El tiesto del cuadro anterior ha sido ya retirado.
       De inmediato entra EL ORADOR, vestido con levita y luciendo barba. Se coloca detrás de la mesa y habla con ademanes ampulosos y voz sonora.
     
    ORADOR.- ... Porque tenemos el mundo abierto a todas las puertas (se oye un violento portazo). Porque se nos prepara el gran futuro de la historia, un futuro mucho más brillante de lo que jamás hubiéramos esperado (se oye un golpe sordo). El futuro de progreso y avance que la lógica consecuencia de los esfuerzos realizados desde el principio del mundo, para guiarlo hacia unos destinos mejores (se oye un disparo seguido de un grito). Porque todas las naciones siempre se han preocupado por esto (se oye una voz fuera del escenario que dice: "Huuuuuuuu"), y las más avanzadas y poderosas lo han convertido en su meta (se oye "Levando anclas" durante unos breves instantes). Porque el mundo va hacia un camino mejor, el camino que todos hemos deseado siempre, y al cual ya estamos llegando, con todos los medios en nuestras manos. Porque avanzamos por los caminos de la ciencia, del progreso, de la técnica, que harán de la tierra el mundo perfecto que siempre han soñado los filósofos (un golpe de gong). Llegaremos a la solidaridad universal, a la unión de los hombres, a la desaparición de los segregacionismos, a la hermandad entre naciones y estados, a la confederación mundial, a la destrucción de las fronteras, a la desaparición de las banderas, a la desunión de los partidos (estas dos últimas frases resultan ahogadas por un ruido fuerte y confuso desde fuera del escenario). Porque caminamos con paso seguro (se oye ruido de alguien que tropieza y cae, ahogando un gemido) hacia los más grandes ideales de la humanidad (se oyen ruidos de disparos y explosiones de bombas). Futuro y progreso para una humanidad mejor, como la de hoy (el mismo ruido de antes, más fuerte y continuado). Porque avanzamos... (EL ORADOR sigue hablando, pero vuelve a repetir lo mismo, y sus palabras se hacen ininteligibles. Las explosiones y los disparos cubren su voz.)
      
       (Procedente del público, sube al escenario un JOVEN. Apenas ha subido, el ruido empieza a disminuir. El ORADOR deja de hablar y se lo queda mirando.)
     
    JOVEN.- ¿Por qué no se calla y se larga de una vez?
     
       (Ambos se miran fijamente. En ese momento el escenario queda completamente a oscuras.)
     
    FIN. (del cuadro noveno)
     
     
    October 16

    FAMOSOS DE AYER (1). O. W. FISCHER: Actor austriaco

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    Sólo un cinéfilo veterano recordará a O. W. Fischer, un actor austríaco que fue extremadamente popular incluso en España, en la década de 1950 y casi toda la de 1960. Muchas de sus películas se estrenaron en nuestro país, y su presencia era el motivo de que el público acudiera a verlas. Puesto que se retiró del cine en 1970, y sólo apareció esporádicamente en alguna serie o telefilm alemán, y de su trabajo sólo existe --que yo sepa-- una única edición en DVD, es lógico el olvido total y el desconocimiento sobre este actor por parte de los nuevos cinéfilos, no sólo de los últimos años, sino de ya al menos un par de generaciones, si no más. Por otro lado, ese único film en DVD es la coproducción internacional La cabaña del tío Tom, que quizá no resulta la más indicada para apreciar o conocer a este antaño popular y estimado actor.
    Otto Wilhelm Fischer nació en Austria, en 1915 y empezó como actor a las órdenes de Max Reinhart, cultivando además una breve carrera teatral. Su primer film es de 1936, cuando era apenas un joven de 21 años. Pero el fuerte de su carrera llegaría en la década de 1950, interpretando personajes muy variados y demostrando un amplio registro interpretativo, que, cómo no, le valió tanto el aprecio de unos como el desprecio de otros, que lo consideraron una especie de "Paul Newman alemán", por sus tics. Con tics o sin tics, sus films eran siempre un éxito de público. Entre ellos, deben mencionarse, principalmente, su interpretación de Luis de Baviera en El rey loco (1955) --un film que no desmerece comparado con la versión de Visconti-- y de Axel Munthe en La historia de San Michele (1963). Trabajó también muchas comedias, interpretando personajes picarescos, divertidos o excéntricos: El trapisondista (1960), Peter Voss, ladrón de millones (1958), Peter Voss, caballero detective (1959), Mi abogado defensor (1960), Aventuras de Thomas Lieven  (1961), Operación Caviar (1961)... Un melodrama de mucho éxito fue Toda una vida (1961), que destacó entre otros que también interpretó: La fugitiva del Rhin (1959), Ibrahim, el médico egipcio (1957)... Pocas fueron, en fin, las películas que no llegaron a nuestras pantallas protagonizadas por este versátil actor.
    No tuvo la fortuna internacional de otros actores coetáneos suyos (Maximilian Schell, Maria Schell, con la que trabajó en alguna película, o Romy Schneider e incluso Lilli Palmer). Llamado por Hollywood en 1956 para protagonizar Un mayordomo aristócrata, fue sustituido por David Niven al poco tiempo debido a un extraño incidente (se alegó "pérdida de memoria" por parte del actor). Así pues, su fama no llegó a cruzar el Atlántico, y su aparición en alguna coproducción europea en sus últimos años como actor pareció más bien estimularle a abandonar el cine (La cabaña del tío Tom, en 1965, y No hago la guerra, prefiero el amor, en 1966). Se dedicó entonces a la lingüística y a la filosofía, publicó algunos escritos y falleció en 2004, en Suiza. Quizá le queda el dudoso honor de ser el actor austríaco más popular de Europa, cuyos méritos jamás pudieron ser aprovechado por el cine americano.
    Consecuencia de todo ello, y de las películas que interpretó, casi todas ellas en la cinematografía alemana de 1950-1964, se ha convertido en un desconocido (un ilustre desconocido) para el cinéfilo de hoy. 
     

    October 15

    ENSAYOS SOBRE GALDÓS, por Leopoldo Alas "Clarín"

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Este libro tiene un triple motivo de interés. En primer lugar, reúne textos de crítica literaria de Leopoldo Alas "Clarín" (autor, entre otras obras, de La regenta). En segundo lugar, dichos escritos son una colección de críticas sobre Benito Pérez Galdós, que abarcan desde Gloria hasta Bodas reales, además de escritos sobre el teatro galdosiano y un largo estudio inicial. Y en tercer lugar, no menos interesante que los dos anteriores --quizá mucho más--, al ser textos publicados en su día en el momento de la aparición de las obras reseñadas, nos permiten leer o conocer una serie de juicios críticos sobre Galdós en su propia época, tanto mediante lo que Clarín pensaba del autor canario o de la obra de turno, como lo que otros opinaban a propósito de lo mismo. Es decir, se nos permite asomarnos al modo en que fue recibida la obra de Galdós en su propio tiempo.
    Y es que hoy, cuando abundan hasta la saturación, el exceso e incluso el hastío, los ensayos, artículos, estudios, análisis, comentarios, tesinas universitarias, prólogos a ediciones, elucubraciones varias y objetos literarios no identificados tanto sobre Galdós como sobre una u otra de sus muchas novelas, lo verdaderamente novedoso, interesante e iluminador es saber cómo fueron juzgadas en su época tal o cual novela o el propio autor, cómo veía la crítica de entonces a Galdós y cómo eran recibidas sus novelas en los ambientes literarios.
    Vaya por delante que Clarín es galdosiano convencido, lo cual no le impide expresar dudas cuanto lo considera oportuno respecto a alguna  novela, señalar insuficiencias o demasías... Clarín no se dedica a hacer apología --como hacen tantos hoy--, sino que ensalza virtudes y proclama defectos, al tiempo que se duele las más de las veces de la indiferencia, desdén o silencio con que la mayoría de las novelas de Galdós eran acogidas por la crítica literaria.
    Como he dicho, el volumen recoge todos los trabajos de Clarín sobre Galdós, hasta Bodas reales, última novela de la tercera serie de los Episodios Nacionales, aparecida en 1900. No hay más, porque Clarín falleció en 1901 y su seguimiento de la obra galdosiana quedó, lógicamente, interrumpido. (Por cierto, Clarín predice que de existir una cuarta serie de los Episodios Nacionales, esta se centraría más en crónicas independientes de hechos puntuales en lugar de ser un fresco histórico sobre gestas concretas y con protagonista fijo, como lo fueron las tres primeras: guerra de la Independencia, el Absolutismo y la primera guerra carlista; Clarín acertó de pleno, pues esto es lo que fueron las novelas --muy discutidas por algunos-- de esa futura cuarta serie, que él ya no podría leer.) La lectura de este volumen (publicado por la editorial Fundamentos, ¡gracias a Francisco Pulp Arellano!, ¡qué fuerte!!!!!!) es reveladora: Clarín se propuso comentar las novelas que Galdós iba publicando --con escasas excepciones--, cansado del ninguneo que la crítica "oficial" le hacía al autor canario. Lo cual, evidentemente, nos presenta un panorama crítico del siglo XIX nada diferente por lo visto al de los siglos XX y XXI. Clarín se duele en diversoso de sus comentarios del menosprecio que la obra de Galdós levanta entre los distinguidos críticos de las revistas literarias. En llegando a la tercera serie de los Episodios Nacionales --los que narran la primera guerra carlista--, Clarín señala cómo muchos le reprocharon a Galdós que se complaciera en novelizar las miserias nacionales en lugar de cantar las gestas heroicas, como hizo en la primera serie (la guerra de la Independencia), reprochándole la visión negra que de los políticos y la sociedad presenta, lo cual supongo debe ir también hacia la segunda serie. Clarín defiende la postura de Galdós --en lo que da la impresión de ser una batalla algo perdida--, y encuentra lógico y coherente que retrate una época que puede no gustar a muchos, pero que forma parte de la historia más inmediata. En suma, que no es culpa de Galdós si el país es como es... Curiosamente, estas intolerancias se han ido transmitiendo en parte a lo largo del tiempo, y no son pocos los que se desconciertan del aparente desorden de las series de los Episodios Nacionales. A muchos les resulta más fácil asimilar las heroicidades de la primera serie que las negruras del Absolutismo, el arribismo de ciertas clases de nuevos ricos que ofrece la tercera, la visión desnortada del reinado de Isabel II y el caos final de la quinta. Por lo visto, la novela histórica sólo se admite si es heroica..., y en eso Clarín trató de defender la postura de Galdós, aun reprochándole ciertas blanduras respecto a sus retratos de Cabrera o Zumalacarregui, por ejemplo.
    De la lectura de los textos reunidos en este volumen se desprende que Galdós ya incomodaba en su época. Se aceptaban mal algunos cambios novelísticos (La desheredada), desconcertaba su repentino interés por escribir teatro, a pesar de no ser espectador del mismo (Realidad, en su versión escénica, y obras posteriores), no se sabía cómo acoger ciertas fórmulas novelísticas (la misma Realidad, en su versión novela dialogada, acompañada de su otra cara, La incógnita), extrañaba su repentino interés hacia temas aparentemente religiosos o espirituales (Ángel Guerra, La loca de la casa, Nazarín...). Clarín analiza todas estas obras, todos estos cambios e incursiones en nuevos terrenos, fórmulas novelísticas, temáticas, tratando de ir un paso por delante de Galdós, por así decir. No estaremos siempre de acuerdo con su juicio, como ocurre lógicamente con cualquier comentario crítico de quien sea y sobre quien sea. Por ejemplo, una novela que no comenta es La de Bringas, considerada hoy día una de sus obras cumbre; en la página 117, donde habla de otra novela, la menciona de pasada diciendo que "no tuve donde decir buenos ojos tienes a La de Bringas", y dice que un crítico "la puso como un trapo". Al parecer, esto último no era nada infrecuente según se desprende de diversas alusiones que hace Clarín a lo largo de sus artículos: los críticos solían desdeñar, en el mejor de los casos, las novelas de Galdós. De todas maneras, es posible que con el tiempo mejorase la opinión de Clarín sobre La de Bringas, pues en la página 299, comentando Bodas reales, la menciona de nuevo junto con otras como "mucho menos alabadas de lo que se merecen". En todo caso, Clarín está en su derecho a disentir, lo mismo que le reconoce el suyo al que "la puso como un trapo". Al fin y al cabo, los juicios y opiniones de Clarín iban contra la opinión generalizada entre la crítica respecto a Galdós (da la impresión de que a Galdós sólo lo defendían otros escritores, como Pereda y la Pardo Bazán, además del propio Clarín).
    Uno de los reproches que le hace Clarín a Galdós en la mayoría de sus novelas llama la atención: la demasía de su escritura, lo prolijo de muchas de sus novelas, esos excesivos cuatro tomos de Fortunata y Jacinta, los tres de Ángel Guerra, los también tres de La familia de León Roch...  Incluso a novelas de menor extensión les reprocha un exceso de detalle, de perderse en digresiones que no hacen avanzar la historia, en detalles de fondo que por bien escritos que estén, a juicio de Clarín están de sobra. Puede que en opinión de Clarín fuera un defecto, pero ¿cabe verlo hoy así? Y no me refiero a la parte puramente literaria (pese a su voluminosa extensión, Fortunata y Jacinta puede leerse casi de un tirón, algo que no se puede decir de la irregular Ángel Guerra), sino a que la novela decimonónica cumplía en buena parte una función que hoy ya no existe (pese a que abunden igualmente los "tochos" y las novelas de extensión excesiva, generalmente circunscritas al best-seller más vulgar, o a algún verborreico género literario). Tolstoi, Dickens, Victor Hugo, y Galdós por supuesto, escribieron novelas de extensión tremenda en no pocas ocasiones, que hoy son frescos sociales --e históricos-- de su época. Pero además de eso, dichas obras cumplían la función de proporcionar entretenimiento a mucha gente, en una época en que escaseaban los medios de entretenimiento: novela, folletín, teatro y algún espectáculo musical. El folletín era consumido mayormente por las clases populares, y carecía de una mínima calidad literaria. Sin embargo, Tolstoi, Dostoievski y Dickens escribieron o bien novelas por entregas en revistas o periódicos, o bien folletines que eran adquiridos por toda clase de públicos (Dickens); es decir, escribían para públicos más cultivados, más exigentes, pero no pretendían que su literatura fuera elitista, por así decir. Esperaban llegar a cuanta más gente fuera posible (y eso explica además su perdurabilidad). A propósito de todo esto, llama la atención que, comentando Vergara, Clarín informe (págs. 283-284) de que unos críticos franceses habían planteado recientemente la cuestión de "si convendría que los verdaderos novelistas disputasen el campo del folletín a los que lo explotan casi como un oficio mecánico". Interesante digresión, e iluminadora en ciertos aspectos (no el menor el de que los franceses siempre han ido a la suya en cuestiones literarias), desde el punto de vista presente de la novela en el siglo XIX. Como queda dicho, Dickens, Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Galdós y otros cultivaban de hecho una cierta forma de folletín elevado, literario, culto, en novelas de gran extensión, a veces servidas por entregas (Dickens, Dostoievski) o bien por tomos (Balzac, Galdós), con multitud de historias entrelazadas y conectadas entre sí al margen de la historia principal de la novela de turno.
    Lo anterior es solamente uno de los muchos puntos interesantísimos que se pueden encontrar en esta recopilación de escritos de Clarín sobre las novelas de Galdós, interrumpidos por la muerte del cronista, como queda indicado. Hay más, y el lector puede ir escogiendo los temas que considere apropiados para estudiarlos o reflexionar sobre ellos. Un detalle: se queja Clarín --en el ensayo inicial-- de lo reservado del carácter de Galdós, de su resistencia a contar aspectos de su vida, reducidos a cuatro tópícos o naderías, y de que nada pueda adivinarse sobre él a través de sus novelas. Hoy sabemos que no es así, que Galdós ponía en sus novelas muchos detalles íntimos y personales, muchos sucedidos de su vida, disfrazados novelísticamente (Gloria, Rosalía, Tristana...), muchos detalles de su juventud y primeras experiencias y aspiraciones (El doctor Centeno). El aparente hermetismo de Galdós no era tal, sino que estaba visible en su obra, pero sólo él sabía dónde y cómo y en qué cantidad, puesto que en lo demás mantuvo siempre un secretismo absoluto sobre su vida privada. Según parece, con el paso del tiempo el propio Clarín llegó a saber algo de esto, pues lo insinúa en uno de sus últimos artículos.
    Un volumen, en fin, indispensable para juzgar la obra de Galdós y verla como muchos la vieron en su tiempo (y la juzgaron con desdén y desinterés), pues Clarín, entre sus opiniones sobre la novela de turno, nos deja a propoposito de esto un impagable retrato del mundillo literario de entonces, de sus envidias y de sus ignorancias... Parece tal como el de hoy mismo.
     
     
    October 13

    GALERÍA DE MUJERES (39). NANCY SINATRA: La primera sexy-girl

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    No hay nada como hacerse mayor para que a uno le reconozcan los méritos... si tiene suerte de que se los reconozcan, naturalmente. Así le ha ocurrido a Nancy Sinatra, a la que desde hace unos años empezaron a reconocérsele los atributos de haber sido la primera "chica sexy" del pop-rock. Madonna y otras han manifestado que de no ser por ella, probablemente no estarían donde están. Son cosas que me temo se dicen más para llamar la atención hacia uno (una) mismo (misma), pero es cierto.
    Nancy Sinatra es hija, como ya es sabido, de Frank Sinatra y su primera esposa (tuvo tantas...). Nació en 1940 y empezó a grabar discos en 1961, singles que no causaron mucha sensación con canciones y arreglos algo ñoños. Poco de esa época se ha reeditado luego. Por aquel tiempo, Nancy era una chica morena, espantosamente parecida a su padre --parecía su padre, de hecho--. Los que adquirireran en España un EP editado por Hispavox con sus cuatro primeras canciones, y recuerden --o vean-- la portada, incluso pueden asustarse.
    Pero de pronto, en 1966, Nancy dio un cambiazo. Se tíñó de rubia, con el pelo largo, faldas cortas y... botas. Era el lanzamiento de su hit "These Boots Are Made for Walkin´", hoy un clásico del pop, que hace un año o así volvió a ponerse de moda en una versión infumable a cargo de una cantante más bien mema. Nancy se había convertido de la noche a la mañana en una chica sexy, y la foto de la cubierta de su disco con el tema que la aupó al número uno de todos los países fue también un bombazo: una foto sexy, provocativa... Nada que ver con la Nancy de 1961 a 1965. Siguió cosechando éxitos durante la segunda mitad de los años sesenta, e hizo algunas películas no demasiado lucidas. Su estrella fue apagándose en los setenta y se sumió en el olvido. No hace muchos años, varios de sus discos han sido reeditados en CD y editados en nuevas recopilaciones, lo que llevó a un pequeño revival. Incluso reputados músicos compusieron canciones para ella en un disco que no tuvo mala acogida y dio pie a una gira internacional. Actuó en Madrid. Lástima: si hubiera sido en Barcelona, habría ido a verla.
    Aunque su imagen de chica sexy fue a nivel mundial e innovadora, dudo que tuviera el calado que llegó a tener en España. La razón es muy simple: por aquellos años, los adolescentes --como yo-- que seguían las novedades de pop y rock --estoy hablando de 1966-- tenían que aguantarse y conformarse con una serie de chicas cantantes que de sexy no tenían gran cosa: Gelu, Luisita Tenor, Lita Torelló, ¡Conchita Bautista!... Tampoco las extranjeras animaban mucho la cosa: Rita Pavone, Mina, Cilla Black, eran simplemente monas pero no "lucían" nada o aún poquito (y si lo lucían, ya se encargaba la censura de impedir que lo viéramos en las revistas dedicadas a los chavales de la época). Nos salvaba un poco Sylvie Vartan, pero como era francesa --o cantaba en francés-- se la consideraba una pecadora de la pradera y se procuraba no se la viera demasiado. En cuanto a las españolas, iban más tapadas que si salieran de la iglesia. Imagínese pues lo que significó la portada del disco de "Estas botas son para andar" para tantos y tantos chicos de 14 a 16 años, que descubrieron que existía algo llamado "tía buena". O mejor aún: chica guapa. E incluso iré más lejos: chica, a secas. Insisto en que estoy hablando de la España franquista, represora y represiva, y sólo el que viviera aquellos años a la edad que yo tenía entonces, lo puede entender. Así que Nancy Sinatra significó para los chicos yeyés españoles mucho más de lo que pudiera significar para su propio país o para otros países.
    No hay mucho que decir de ella. En 1995 se despelotó para Playboy; ya tenía una edad, la verdad, pero de todas formas se agradeció el detalle. No ha vuelto a tener un hit desde finales de los sesenta. Sus películas no tienen mucho interés. Sus discos suelen contener buenos temas, clásicos del pop-rock y canciones escritas para ella. Tiene buen gusto para escogerlas, ciertamente. En fin, la suya es una carrera de mérito discretillo... pero su imagen fue clave para el normal desarrollo hormonal de no pocos adolescentes españoles de la época, a quienes de tanto estudiar en colegios de curas y mentalizarnos que la mujer era PECADO y no debíamos ni mirarlas, acabamos medio tarados todos. Puede que a mucha gente esto le parezca una tontería; incluso admitiré que lo sea. Pero... ¿y si no hubiera existido aquella portada del disco? ¿Dónde estaríamos algunos de nosotros? Nunca lo sabremos (por suerte).
     
     
     
     
    October 11

    LA PENSIÓN MISTERIOSA

    (serie Relatos de humor negro)
     
    (c) 1967 by J.C. Planells)
     
     
        Cierto día, mi amigo Paco y yo decidimos viajar a una ciudad pequeñita para hacer un poco de vacaciones.
        --Nos alojaremos en una pensión que no sea muy cara. Como tampoco tenemos dinero con que pagarla, así tendremos menos problemas --decidí.
        --Me parece muy bien.
        Una vez llegamos a la ciudad donde pensábamos pasar las vacaciones, tomamos un taxi y le pedimos al conductor que nos llevase a una pensión que estuviera bien y no fuese cara. Nos dejó ante un edificio un poco antiguo, pero que no estaba mal. Entré en él con las maletas, mientras Paco le firmaba un talón sin fondos al taxista.
        --¿Desean una habitación? --nos preguntó la recepcionista, una señora ya mayor de mirada huidiza.
        --Pues sí; ya que estamos aquí nos quedaremos en alguna.
        --Pueden coger la 17. Es muy bonita y tiene agradables vistas.
        --Si usted lo dice...
        Nos entregó la llave y un botones jorobado nos acompañó hasta la habitación.
        --¿Los señores duermen de día o de noche? --nos preguntó mientras Paco le daba un terrón de azúcar para que se tomara un café.
        --Pues más bien de noche. Por la costumbre, ¿sabe?
        --Es para despertarles a una hora u otra.
        --No se preocupe. Nosotros mismos nos levantaremos a las ocho.
        El botones se marchó y empezamos a deshacer las maletas y llenar los armarios de la habitación.
        --Qué pregunta más rara ha hecho el botones --dijo Paco.
        --Oh, ya se sabe. En las pensiones la gente se levanta a cualquier hora.
        --Sí, quizá sí. Voy a ver las agradables vistas que dicen tiene la habitación.
        Paco abrió la ventana y se quedó mirando el panorama en silencio.
        --La verdad --comentó--, me parece que la recepcionista tiene unas ideas muy peculiares sobre eso de las "agradables vistas".
        --¿Sí? ¿Por qué?
        --Porque la única vista que se aprecia desde aquí es el cementerio.
        --¿De veras? --y fui hasta la ventana--. Anda, pues sí. En fin, todo son gustos. Al menos, es un lugar tranquilo.
        --Sí, eso sí. Voy a bajar un momento, porque no nos han dicho a qué hora es la cena.
        Paco se marchó y yo seguí desempacando las maletas. Al cabo de unos momentos volvió con aires muy misteriosos.
        --Oye --dijo--, había alguien arrastrando a otro alguien por el pasillo.
        --¿Qué dices?
        --Pues eso. He visto unas piernas de hombre que desaparecían por un rincón del pasillo, como si lo estuvieran arrastrando.
        --No empieces con tonterías. Hemos venido aquí en busca de descanso y tranquilidad.
        --Yo sólo te digo lo que he visto.
        --Pues serán imaginaciones tuyas. A ver si te crees que la gente se dedica a arrastrar personas por los pasillos de las pensiones. Olvídate de eso. ¿A qué hora es la cena?
        --A las nueve y media.
        A esa hora bajamos al comedor para tomar la cena. Creía que estaríamos todos los huéspedes en torno a la mesa, pero sólo había un niño paliducho con su madre, según supuse, y un anciano, un hombre viejísimo que parecía tener por lo menos 150 años. Me lo quedé mirando estupefacto.
        --Es el señor Matusalenus Carapoulos --me lo presentó la dueña de la pensión--. Un caballero griego que cada año viene a pasar aquí una temporadita.
        --Pues qué bien.
        --El pobre no cena porque ya no está en edad de hacer esta clase de excesos. Pero se queda siempre para hacernos compañía. Es muy amable.
        --Sí, verdaderamente lo es --opiné, mientras el señor Carapoulos me dirigía una sonrisa cadavérica.
        Empezamos a tomar una sopa fría en medio de un silencio sepulcral.
        --¿Y los demás huéspedes? --pregunté--. Creí que la pensión estaba casi al completo.
        --Están ocupados --dijo la dueña de la pensión.
        --Cenarán por la noche. ¡Je, je! --rió una criada esperpéntica, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
        --¡Cállate, Brígida! --amenazó la dueña, agarrando un cuchillo y lanzándolo en dirección adonde había hablado la criada.
        --Caray --murmuré--. Qué métodos más raros para hacer callar a la gente.
        Decidí no preocuparme y terminamos de cenar en paz. Cuando Paco y yo nos disponíamos a subir a nuestras habitaciones, la dueña nos dijo:
        --Les recomiendo que no salgan de su cuarto, especialmente después de la medianoche. Son normas de la casa... para seguridad de los clientes --añadió con una sonrisa diabólica.
        Nos pareció un poco extraño, pero dijimos que así lo haríamos. Me despedí del señor Carapoulos, pero no dijo nada. Parecía haberse quedado dormido.
        --No se extrañen --explicó la dueña--. Cada día a esta hora le da su ataque de catalepsia. Ya lo subiremos a su habitación.
        Una vez en nuestro cuarto, Paco dijo:
        --Esta pensión me parece un poco rara.
        --¿Rara? No veo por qué. Todos parecen muy amables y atentos.
        --No sé, no sé. Vaya, no me he traído nada para leer antes de dormir. Iré a pedirle a alguien que me preste una revista.
        Se marchó y yo cogí una novela de terror que me había traído para leer en la cama antes de apagar la luz. Se titulaba El misterio del torreón embrujado.
        Paco regresó con una revista.
        --Me la ha dejado el ocupante de la habitación de enfrente. Lo curioso es que me ha dicho que no se la devuelva hasta mañana por la mañana, porque hoy es plenilunio.
        --¿Sí?
        --Sí. Y parecía tener mucha prisa en que me marchara.
        --Tendría ganas de acostarse.
        Empezamos a leer tranquilamente. No hay nada como un rato de buena lectura antes de dormirse, siempre lo he dicho.
        A las once, llamaron a la puerta de nuestra habitación.
        --¿Quién será a estas horas? ¡Pase! Está abierto --dije.
        Un hombre con sombrero de copa, traje negro y corbata del mismo color, con una capa igualmente negra, abrió la puerta. Tenía aspecto de pocos amigos y llevaba un enorme cuchillo de cocina en la mano.
        --Buenas noches --dijo desde la puerta--. Dispensen. ¿Hay alguna mujer en esta habitación?
        --Pues no. Más bien no. ¿Has visto alguna mujer, Paco?
        --No, yo no.
        --Bien --dijo el hombre--. Buscaré en otra habitación.
        Y se marchó cerrando la puerta.
        Había pasado como un cuarto de hora cuando se empezaron a oír unos ruidos muy extraños afuera, en el pasillo. Parecía como si se estuviera trabando una lucha. Luego cesaron. Se oyó una risa misteriosa muy baja, y como si un cuerpo fuese arrastrado.
        --¿Qué estarán haciendo ahí fuera? --gruñó Paco.
        --No lo sé. Y no tengo intención de levantarme para mirarlo. Estoy muy tranquilo aquí leyendo.
        --Pues creo que iré a echar un vistazo. Me parece que aquí pasan cosas muy raras.
        --Allá tú. Recuerda lo que nos ha dicho la dueña sobre que los huéspedes no salgan de sus habitaciones...
        --Por eso mismo. Todo eso me escama.
        --Pues allá tú --repetí--. Yo estoy de vacaciones y no me pienso preocupar por nada.
        Así es que Paco salió a chafardear por el pasillo. Al cabo de unos minutos se oyó un grito escalofriante que parecía de mujer. Paco entró como una exhalación en el cuarto.
        --¿Has oído? --dijo.
        --Sí. Aún no soy sordo.
        --Y he visto en las escaleras todo de manchas de sangre.
        --Alguien las estará pintando de rojo y debiste de asustarlo.
        --Sí, ¿eh? ¿A estas horas de la noche? Ni tú te lo crees.
        --En eso tienes razón.
        --Creo que lo más acertado es ir a echar un vistazo por ahí.
        Con resignación, dejé el libro sobre la mesilla de noche.
        --Está bien. Como no pararás de dar la lata en toda la noche, vayamos a echar ese condenado vistazo.
        Con mil precauciones abrimos la puerta de nuestra habitación y asomamos las cabezas --cada uno la suya-- para mirar a ambos extremos del pasillo. La oscuridad que imperaba en él no permitía ver nada de lo que pudiera haber. Decidimos salir a ver qué pasaba.
        --Está todo muy tranquilo --musité en voz baja.
        --Calla, no sea que te oiga.
        --No sé quién me va a oír. A estas horas todos deben de estar durmiendo ya.
        --Seguro, ¿y las manchas en la escalera?
        --Ya darás la lata, ya. Vayamos a verlas.
        --El grito sonó en una de estas habitaciones.
        --No. Sonó hacia el otro lado.
        --Te digo que no.
        --Y yo que sí.
        Lo dejé correr, porque habríamos estado discutiendo horas sin llegar a ponernos de acuerdo. Fuimos a las escaleras y encendimos la luz. No se veía una sola mancha.
        --Conque todo lleno de sangre, ¿eh?
        --Te juro que sí. Había todo un reguero. Eso significa que lo han limpiado.
        --Bien hecho. Demuestra que son limpios.
        --Sin sorna. Aquí está pasando algo raro.
        --Pues me trae sin cuidado lo que pase. Yo estoy de vacaciones y no pienso preocuparme por nada.
        --Puede haber alguien en peligro.
        --Lo siento por él. Me voy a la cama.
        Sin hacerle más caso, me volví a la habitación. Paco refunfuñó pero me siguió.
        Apreté la manecilla de la puerta, pero ésta no se abrió.
        --Y ahora, ¿qué demonios pasa? La puerta está cerrada. ¿La cerraste tú?
        --¿Yo? ¡Claro que no!
        --Ya me estoy hartando de todo esto. Derribémosla y basta.
        --Pero, oye...
        No le hice caso y le obligué a que nos lanzáramos al unísono contra la puerta.
        Resistió el primer empellón. Finalmente, al segundo la puerta fue derribada... y Paco y yo nos precipitamos en un negro abismo sin fondo...
     
     
    FIN.
     

    October 09

    AUTORES OLVIDADOS (42). KARL MAY: El western visto desde Alemania

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    He de confesar que en mi juventud sólo leí una novela de este autor, y ni siquiera recuerdo su título. Me impresionó muy poco, así que no perdí el tiempo intentando leer ninguna más. Me resultaba extraño que un alemán escribiera novelas del oeste, historias de indios y exploradores blancos, soldados de caballería y tribus guerreras. Cierto que, en aquellos años --y antes y después-- el género del oeste --el western, como lo llaman los puristas-- era cultivado en España por los escritores de las novelas "de a duro"; ya saben: Marcial Lafuente Estefanía, Fidel Prado, Luis García Lecha (firmando como Clark Carrados), Miguel Olivares (firmando como Keith Luger) y un largo etcétera, sin olvidar ni mucho menos al mejor de todos: José Mallorquí. Si se podían escribir novelas del oeste desde una u otra orilla del Ebro, ¿por qué no desde una u otra orilla del Rin? Claro que las "novelas de a duro" eran literatura ínfima, de pasatiempo, poco cuidada... ¿Y Karl May era mejor que ellas? Pues no lo sé, pero sí creo que era más aburrida. Y, en todo caso, May no resiste la menor comparación con Mallorquí: el escritor tarraconense le da mil vueltas en todo al escritor de Sajonia.
    Pues en Sajonia nació y murió Karl May (1842-1912). Fue un niño enfermizo, luego vivió en la pobreza, estuvo en la cárcel acusado de robo, eso fue lo que le animó a empezar a escribir sus novelas ambientadas en el oeste, que no es lo único de su producción (también escribió novelas de aventuras en Oriente y bastantes de sus novelas aparecieron bajo diversos seudónimos) pero sí lo más popular. Creó los personajes del indio Winnetou y el blanco Old Shatterhand, cuyas aventuras llenaron varios tomos. Tremendamente popular en Alemania, fue comparado --en parte debido a ser contemporáneo de ellos-- a Verne y Salgari (curiosamente, este último escribió algunas novelas del oeste, y tenían mucha más garra), lo cual le hizo autor de cabecera para adolescentes durante algunas generaciones. Pero me temo que literariamente --e inventivamente-- no resistiría la menor comparación ni con Verne ni con Salgari. En cualquier caso, los alemanes, tan cabeza cuadrada ellos, lo consideran un gran autor popular, y en los años sesenta, aprovechando un poco el éxito del spaghetti western, e incluso adelantándose a él, crearon el frankfurt western, llevando a la pantalla no pocas novelas de May, tan poco estimulantes como las novelas originales, pero que misteriosamente cuentan con sus fans (y han sido editadas no hace mucho en DVD). La crítica considera las novelas de May muy insustanciales, de nula psicología, y escritas rutinariamente. Como ya he dicho, mi única lectura de May me hizo desistir de continuar leyendo sus obras.
    En España, fue autor publicado especialmente por Editorial Molino, que llegó a tener una colección propia de sus novelas, lo mismo que tuvo una de Salgari y otra de Verne. En los años setenta, fueron reeditados diversos títulos por Ediciones Favencia.
     

    October 06

    LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS

    (serie Relatos autobiográficos - 33  y último)
     
    (c) 2006 by J.C. Planells
     
         "...no hacemos nosotros la vida, sino es la vida quien nos hace..."
                                                                        Benito Pérez Galdós
     
     
        Los cambios que sacuden nuestra vida para transformarla, y nunca para mejor precisamente, pueden ser inesperados o provocados. Con el paso del tiempo, ya casi da lo mismo que fueran de una u otra naturaleza: no podemos volver atrás y rectificar lo provocado, ni evitar lo inesperado. Ha ocurrido y hay que cargar con ello para siempre.
        El inesperado ocurrió cuando yo andaría por los once años. La memoria, advirtió Josep Pla, es lo más falso que existe, como se puede comprobar en la historia "Estrella recobrada" de esta misma serie. Pero diremos que ocurrió un anochecer de primavera hacia 1962... Esa tarde yo volvía a casa acompañado de mi padre, tras haber ido a una sesión de cine, muy probablemente. Habíamos estado ausentes varias horas de casa y esperábamos llegar para cenar. Supongo que lo lógico sería decir que ojalá en vez de mi padre hubiera sido mi madre quien me hubiera llevado al cine, y así nada habría ocurrido... Falso. Habría ocurrido, pero no esa tarde, sino al mes siguiente, o a la semana siguiente, o a la tarde siguiente. Hoy, con el modesto aprendizaje que tengo de la vida, sé ya que lo ocurrido era inevitable, y dolerse por un cambio de planes en cuanto a una salida al cine no sirve ya de nada. Debía ocurrir.
        Entramos en casa y vimos que mi madre no estaba. No recuerdo si nos extrañó, pero me figuro que sí, porque debían de ser ya las ocho pasadas y aunque ella se hubiera quedado porque tenía trabajo en casa, era raro que saliera a esa hora sin dejar una nota o lo avisara antes. En todo caso, no tuvimos tiempo para extrañarnos, porque de inmediato llamaron a la puerta. Mi padre abrió, y se encontró ante Mercè Miracle, la vecina que vivía en un piso arriba del nuestro.
        --Ángel... Carolina está en casa. Deberías subir...
        Mercè Miracle había sido compañera de trabajo de mi madre en El Siglo, unos importantes almacenes barceloneses que ardieron durante las navidades de un año anterior a la guerra civil, si no ando errado. Fue uno de esos incendios que "marcan época" y "entran en el anuario de sucesos", como se dice normalmente. Luego, las dos pasaron a Almacenes Jorba, otra importante casa barcelonesa, situada en el Portal de l´Àngel, hoy sede de El Corte Inglés para DVDs y libros. De hecho, fue bastante el personal de El Siglo que pasó a Jorba. Mi madre y Mercè estuvieron juntas en la sección de zapatería, una de las más prestigiosas, y mi madre alcanzó una posición muy respetada. Era una chica inteligente, espabilada, hábil y seria que se hacía querer y respetar por todas sus compañeras, a las que ayudaba cuando tenían un problema, y a quien acudían a veces en busca de consejo. Es triste escribir esto cuando uno piensa el lamentable estado en que acabó sus días... el declive que alcanzaron sus facultades... Pero, en fin, sólo puede haber decadencia donde ha habido grandeza, y la decadencia de mi madre, de Carolina, fue tan grande, que debo pensar que todo lo que se contaba de ella debía de ser cierto.
        Curiosa familia la de mi madre: fueron tres hermanos (creo que hubo un cuarto hermano o hermana que murió, pero me temo que me confundo con la familia de mi padre, que eran muchos más hermanos), y realmente, bien... No sé cómo decirlo. Dos chicas y un chico. Al chico, mi tío, no lo conocí nunca: se marchó (¿huyó? ¿emigró?) a Buenos Aires mucho antes de nacer yo. Nunca hubo contacto alguno con él. Me enteré de que había muerto hacía años por medio de la hermana de mi madre (me niego a llamar tía a esa persona por cuestión de principios), que era la única que mantuvo contacto con él. La hermana de mi madre es una persona que me resulta francamente desagradable, por no decir algo más fuerte. No sé si aún vive o no, y la verdad me preocupa bien poco. Curiosa familia, decía. Los tres se casaron, pero sólo mi madre tuvo descendencia: dos hijos, pues aunque mi hermano muriera a los cuatro años de una terrible enfermedad, no por eso deja de ser menos hijo de mi madre. Mi tío y la hermana de mi madre no tuvieron hijos. ¿Una forma de justicia poética? ¿No debe perpetuarse la mala semilla, por así decir? --¿Y yo? ¿soy yo mala semilla?-- No tengo idea de cómo era mi tío, aunque parece ser que mi padre no tenía una opinión demasiado favorable de él; lo cierto es que escasamente se mencionaba su nombre. ¿Motivos? Los ignoro. En cuanto a la hermana de mi madre era una perfecta muestra de desconfianza, autoritarismo, hipocresía, dureza, reaccionarismo, ignorancia, chabacanería, ordinariez... En fin, un ser que me resultó detestable cuando la volví a tratar tras morir mi madre, de la que no quiso saber nada durante décadas, todo sea dicho de paso, y cuya muerte lloró con lágrimas de cocodrilo. Ahí va un detalle suyo: una vez, en los últimos tiempos de tratarla, hará unos diez años, me dijo que a la mujer que venía para limpiarle el piso la obligaba a fregar el suelo a la antigua: de rodillas y con bayeta; cuando yo me escandalicé por algo tan demencialmente atrasado, dijo que ella lo quería así y que para eso la pagaba. Vaya familia. Y sin embargo, por lo que sé de mi tío, y lo que conozco de la hermana de mi madre, ambos vivieron mucho mejor y más felices que Carolina. No tuvieron hijos, pero no sufrieron la terrible decadencia de ella, ni sus dolores morales y físicos, nada. Realmente, cuando uno piensa en esas cosas, casi desearía abrazar las teorías ateas de Ricart De la Casa, pero pienso que semejante injusticia, semejante horror, exige una explicación y, desde luego, una justificación.
        Subimos mi padre y yo con Mercè a su piso, y pasamos a su casa, inquietos, extrañados.
        --¿Qué ocurre? --preguntó mi padre.
        --Carolina ha subido a media tarde, asustada --trató de explicar Mercè. No le resultaba fácil hacerlo--. Verás, por lo visto... ha sufrido algún pequeño trastorno, una crisis de nervios... le empezó... le empezó a entrar la idea de que... le querías hacer daño, y subió a pedirme que la escondiera en mi casa. --Mi padre escuchó todo eso boquiabierto e incrédulo--. Ella... en fin, recogió todos los cuchillos, tenedores y todo lo cortante o afilado que hubiera en vuestra casa y lo subió consigo. Yo la he estado hablando, razonando con ella, que todo esto eran imaginaciones suyas... pero ella estaba convencida de eso, de que la querías hacer daño...
        --Pero... pero...
        --Ahora está más tranquila... lleva ya un buen rato descansando en la cama... Se ha tomado una manzanilla que le he preparado, y creo que ha dormido un rato. La he convencido de que baje a casa con vosotros cuando regresaseis, y creo que está conforme... Le he dicho que con el niño no puede pasarle nada... Que debe pensar en él... Yo estaba atenta a oír abrirse vuestra puerta para avisarte enseguida.
        --Pero esta mujer se ha vuelto loca... ¿cómo se le ocurre que yo la iba a dañar? ¿Dices que ha subido con los cuchillos... tenedores?
        --Sí. Los tengo yo sobre la mesa del comedor. Me ha pedido que los escondiera.
        --Pero, ¿estaba nerviosa? ¿Alterada? ¿Fuera de sí?
        --Bueno, estaba asustada, nerviosa, agitada... pero no estaba histérica ni mucho menos. Yo... creo que sólo tenía miedo.
        --Mercè, no entiendo nada...
        --Entrad los dos a verla. Que entre el niño también. --El niño, claro, era yo--. Eso la calmará. Ver al niño la calmará del todo. Yo creo que ya se le ha pasado ahora. 
        Mercè nos acompañó hasta un dormitorio donde mi madre estaba tendida sobre la cama, una cama grande de matrimonio, con la luz de una lámpara de mesita de noche por toda iluminación. Mantenía los ojos cerrados. Estaba en bata de estar por casa, tal como se marchó de casa tras sufrir el ataque de pánico, los brazos a lo largo del cuerpo.
        --Carola... --mi padre la llamó siempre Carola, no Carolina--. Carola, ¿qué te ocurre? ¿Qué es lo que ha pasado?
        --Nada --dijo ella, con voz que sólo se me ocurre de calificar de plana--. Tuve un presentimiento... Pero ya ha pasado.
        --¿Un presentimiento? ¿Qué clase de presentimiento?
        --Creí que cuando volvieras a casa me harías daño... Sabía que debía esconder todos los cuchillos, para evitarlo, pero eso no bastaba... Subí a ver a Mercè y pedirle ayuda...
        --Pero, mujer, cómo... por qué...
        --Pero ahora ya se la he pasado, ¿verdad? --intervino Mercè, que me parece no las tenía todas consigo--. Ya sabe que no va a pasar nada y que debéis ir todos a casa.
        --Pero, si yo nunca...
        --No sé, es algo que se me vino de repente a la cabeza --siguió diciendo mi madre--. Que me harías daño al volver a casa y que debía esconderme. Debía ocultar todos los cuchillos.
        No intentaré ponerme en el lugar de mi padre y tratar de entender lo que podía pasar por su cabeza aquel anochecer, cuando volvía conmigo tranquilamente del cine y se encontró con aquella escena que sólo puedo calificar de terrorífica. Éramos cuatro los que estábamos en aquel dormitorio, y cada uno sobrellevaba su desconcierto, su asimilación de lo ocurrido... Mercè, que quizá entendía lo que pasaba, o quizá no. Mi madre, que lo único que sabía es que de repente, estando sola en casa, había tenido la intuición de que debía huir, esconder los cuchillos, pedir ayuda, porque si no mi padre la acuchillaría al volver. Yo, asustado y sin entender nada de nada de todo aquello. Hoy sí lo entiendo, pero ya no sirve de nada entenderlo. Mi padre jamás entendió lo ocurrido aquella noche. Lo peor que se puede decir de él es que ni se preocupó de entenderlo, la verdad, y se decantó por la solución más simple: mi madre no estaba bien de la cabeza y había que dejarla tranquila y en paz, y así lo hizo hasta 1986, en que mi madre murió.
        Finalmente, bajamos los tres, aunque los cuchillos y los tenedores se quedaron en el piso de Mercè Miracle hasta el día siguiente. No sé cómo ni qué cenamos esa noche. Sólo sé que mi madre aceptó volver, pero no quiso compartir cama ni habitación con mi padre. No sólo aquella noche, sino para el resto de su vida. Mi padre fue desterrado a otra habitación y allí permanecería siempre.
        Fue el primer sintoma de su locura. Una locura que, hoy lo sé, provenía simplemente del desarreglo hormonal producido por la menopausia. Puede producir trastornos a muchas mujeres, pero hoy existe un conocimiento más completo sobre eso, la mujer cuida su salud mucho más y está mejor informada. No era así por lo menos cuarenta años atrás, o incluso menos. Una visita al médico, un tratamiento hormonal, unos cuidados probablemente hubieran mejorado a mi madre. O quizá no. Lo cierto es que ahí se inició la caída en picado, que fue empeorando progresivamente, año a año, mes a mes, día a día. Al final de su vida, Carolina, la brillante de la familia, era un ser sin memoria de sí misma, sin memoria de los demás, con fuertes síntomas esquizofrénicos, de manía persecutoria, de fobia a ciertas personas... Y sin embargo, en el fondo, muy muy en el fondo de todo ese horror, aún quedaba alguna chispa de la mujer inteligente, brillante, de buen gusto que fue en su día. Quizá sólo asomaba una vez al año... Pero estaba ahí, oculto, enterrado, esperando una excusa, un momento, para asomarse de refilón, en busca de sí misma. Y cuando asomaba, era realmente terrible el contraste.
        Y mientras, su hermano se daba la gran vida en Buenos Aires, sin querer saber nada de ella, y su hermana se daba la gran vida en Barcelona, sin querer saber nada de ella. ¿Dónde está el sentido de todo esto? Mientras los demás vivían su vida, mi madre iba perdiendo la suya y convirtiéndose en una extraña de sí misma. El resto de su vida fue una tortura, y nosotros, mi padre y yo, acabamos igual de torturados. Algo parecido a vivir en el infierno. Mi padre no quiso nunca que la viera un médico, por no asustarla más, mi madre se negaba a admitir que estuviera enfermo, y yo, apenas un crío, luego un adolescente, acabó no entendiendo nada ni a nadie, abandonado a mi suerte por uno y otro.
        Mi madre fue quien me inició en la lectura, quien se preocupaba de comprarme libros cuando era un niño, incluso contra el parecer de mi padre, quien hizo que, cuando fui por primera vez a una escuela, a los cuatro años, creo, iba ya "leído y escrito", para asombro y extrañeza de los maestros, que no sabían muy bien qué hacer con un niño tan insólitamente adelantado en esto. Si ustedes alguna vez han disfrutado, se han divertido o se han emocionado (o incluso se han aburrido) con las historias y relatos que he publicado en este blog, en otras webs, o en revistas y publicaciones varias, piensen que muy probablemente se deba a ella.
         
    FIN DEL CAPÍTULO Y FIN DE LA SERIE
     
     
    October 04

    ASESINATO JUSTO, de Jon Avnet: Aburrimiento total

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    El thriller moderno se ha convertido en un buen medidor del estado actual del cine en general, mucho más acertadamente que ningún otro género (la vulgarizada comedia o el inexistente melodrama: ¿cuándo se ha visto en realidad un verdadero melodrama en el cine recientemente?). En efecto: al igual que en el cine en general, dentro del thriller son escasas las películas realmente notables (un ejemplo sería Antes que el diablo sepa que has muerto, el último Lumet); abundan los thrillers de "relleno", que te cuentan historias que son variaciones de otras que has visto ya antes, sin aportar nada nuevo ni original (aquí se puede poner el título que al lector le parezca oportuno: hay tantos...); luego, en tercer lugar, están los films que pese a ser fallidos, se redimen por detalles aislados o por la buena voluntad puesta en el producto, aunque no constituyan nada excepcional (un ejemplo sería El caso Wells, ya comentada en este blog, y otro Dueños de la calle, de David Ayer); y luego, finalmente, están los desastres, los infumables, aquellos films que huelen a tomadura de pelo, a estupidez congénita, a producto mal elaborado, mal hecho, que no hay por donde cogerlo, y que le producen al espectador la sensación de que está perdiendo el tiempo de la manera más miserable. Estas películas, generalmente, suelen venir servidas por directores conocidos o protagonizados por estrellas cotizadas (un ejemplo sería Ocean´s Thirteen, de Soderberg, sin la que todos hubiéramos sido muy felices: también la comenté en su día). Bien, pues Asesinato justo entra en esta categoría con pleno derecho, y no por el prestigio inexistente de su vulgar director, sino por estar protagonizada por dos grandes estrellas, Robert DeNiro y Al Pacino, el primero en horas bajas desde hace ya no sé cuántos años y películas, viviendo del cuento, y el segundo que, tras 88 minutos, parece haberse sumado a hacer de Robert DeNiro 2, algo que, la verdad, no hacía ninguna falta.
    El film cuenta todo lo mal que se pueda contar una historia poco original (lo que, en principio, no es malo, si se redime mediante detalles tangenciales, como ocurría en la ya mencionada y reciente Dueños de la calle: es imposible esperar ser original en un género tan frecuentado como el thriller), que se vuelve más y más aburrida a medida que avanza el film, con personajes que no interesan en momento alguno --empezando por la pareja de polis formada por DeNiro y Pacino, quienes trabajan al 40% de su capacidad actoral, siguiendo por la insoportable Gucino, y por los previsibles Leguizano y compañía: nada nuevo bajo el sol--, con una trama que, nada más iniciarse huele descaradamente a trampa, aunque el espectador no sepa dónde está la trampa hasta el final de la historia, lo cual no significa que esté lograda sino que aún empeora el balance del film.
    Todo huele a viejo, a sobado, a conocido, no hay originalidad, no hay garra, los personajes son monigotes, los actores carecen de convicción, la narración es burda y confusa a ratos, y las escenas que muestran la vigilancia del garito del traficante de drogas, por repetidas, parecen ya un chiste malo. Realmente, no se encuentra nada que salve a este film de la vulgaridad y la inoperancia. Es uno de esos desastres cinematográficos que hoy día suelen ser muy frecuentes, pero que, en principio no lo parecían debido a su reparto, director o tema argumental. 
     

    October 02

    NOCHES DE COCAÍNA, de J.G. Ballard

    (Esta crítica se publicó en BEM, núm. 60, diciembre 1997-enero 1998. La novela fue publicada por Minotauro y ha sido reeditada en bolsillo por otro sello editorial. Respecto a los cambios de registro en Ballard que propuse en este comentario, debo aclarar --aunque algunos ya lo saben por críticas mías en años posteriores-- que las siguientes novelas del autor británico modificaron levemente la división aquí propuesta: de hecho, Ballard empezaba lo que he llamado el ciclo de "catástrofes interiores o catástrofes humanas" por oposición a las "catástrofes naturales" con que inició su obra novelística.)
     
    (c) 1997 by J.C. Planells
     
    Ballard nunca ha sido un autor cómodo para cierto tipo de lector de ciencia ficción. De hecho, muchos de los lectores ni siquiera lo consideran escritor de ciencia ficción (aunque tampoco aclaran qué es lo que le consideran) en tanto que para algunos de sus exégetas es el único y legítimo escritor de ciencia ficción.
    Polémicas en realidad poco o nada interesantes, pero que si algo reflejan es que cuando más se discute si un autor es o no es, quizá sea un indicativo de que en su obra hayalgo que repercute en todo tipo de lector: lo mismo en el interesado en ella como en el que no, y pienso yo que con más razón este último porque se siente excluido del contenido de la obra y, por tanto, partícipe de la misma en forma pasiva.
    Pero dejémonos de generalidades quizá ya muy repetidas en otras ocasiones y vayamos un poco a lo que es y representa esta reciente novela. Los fieles seguidores del autor británico han visto en estos últimos años cómo su obra, o mejor sería decir su visión del mundo, se ampliaba hacia enfoques hasta entonces inéditos. Tras el escelente e inesperado enfoque autobiográfico formado por el díptico El imperio del sol y La bondad de las mujeres, nos ofreció una fábula satírica, Fuga del paraíso, un cambio de registro en clave de humor y que, justo es reconocerlo, no se cuenta ni de lejos entre sus obras más satisfactorias. Fuga al paraíso suponía un pequeño tropiezo en una b rillante carrera, pero sin mayor importancia.
    Ahora nos llega Noches de cocaína, aparecida originalmente en 1996, y lo primero que el lector pensará, a juzgar por los comentarios de la contraportada o la lectura de los primeros capítulos, es que nos encontramos ante un nuevo cambio de registro por parte del autor: una novela policiaca, un thriller de intriga. Y en realidad, a medida que avanzamos en la lectura de la novela, lo que se revela es que Noches de cocaína es descendiente directa de obras anteriores como Rascacielos, La isla de cemento, incluso Vermilion Sands, si la consideramos como una novela completa en vez de como un conjunto de narraciones ambientadas en un paisaje concreto y uniforme. No hay gran diferencia entre las situaciones planteadas en La isla de cemento y en Rascacielos y las que plantea Noches de cocaína: esta falsa novela policiaca --pues no es tal-- reencuentra en todo su vigor y penetración los mejores y más frecuentados temas del autor: la alienación, el aprisionamiento del individuo en un reducto concreto (una autopista en La isla de cemento, un edificio en Rascacielos, una zona residencial en Noches de cocaína), la conducta irracional y disparatada, la sociedad disgregada, el paisaje urbano que se vuelve hostil, la carrera irracional hacia una meta que no es otra que el suicidio colectivo prácticamente. Noches de cocaína es una mirada (otra más del autor) al absurdo de la sociedad postecnológica, la misma que he mos visto en las obras ya mencionadas y también en otras como Crash. Yo me atrevería a afirmar que junto a la ya conocida tetralogía catastrofista formada por sus primeras novelas como La sequía, El mundo de cristal, El mundo sumergido y El viento de la nada, habría que hablar ya de la --por ahora-- trilogía urbana formada por Rascacielos, La isla de cemento y Noches de cocaína, en cuanto a novelas que enfrentan al individuo con las consecuencias de sus avances tecnológicos y de mejora al ¿servicio? de la sociedad: autopistas, grandes edificios y zonas de residencia para ociosos.
    Noches de cocaína  nos presenta el habitual desfile de personajes del autor: amorales, egoístas, retraídos, fríos, embusteros, manipulados y manipuladores, sobrios, quizá de manera un tanto acentuada debido a las características del problema planteado, seres sin carácter y cuya forma de ser los aboca a una extraña aceptación de la destrucción (y la autodestrucción) como lógica respuesta a los acontecimientos (por cierto, la autodestrucción es algo común en casi todas las obras del autor, tema sobre el que habría mucho que hablar). Es lo que ocurre aquí con los hermanos Prentice, principales personajes de la novela, quienes, primero uno y finalmente el otro, acatan, entienden y aceptan el absurdo e irracional sistema ideado por Bobby Crawford (¿loco? ¿visionario? ¿cínico? ¿revolucionario?) para despertar y sacudir los cimientos de un grupo de personas de una parte de la sociedad aborregada e indolente, trasunto de una sociedad que podríamos ser nosotros mismos dentro de unos cuantos años.
    Noches de cocaína es una novela polémica y que debiera hacernos reflexionar a todos cuantos la leamos, como siempre debe ser con una buena novela de ciencia ficción. Su proyección de futuro de lo que podría ser una cierta parte de la sociedad es realmente estremecedora: Ballard nos dice que esta sociedad de eternos jubilados amodorrados al sol en su playa residencial se olvidará de vivir, de comunicarse, de relacionarse. A partir de esto, pueden hacerse múltiples lecturas y planteamientos (como, por ejemplo, que da lo mismo si esa sociedad es de millonarios, como en la novela, o no, e incluso, yendo más lejos, si necesariamente debe ser un grupo de personas jubiladas o no, si de hecho podría servir cualquier grupo social y cualquier entorno urbano: éstas son algunas de las cuestiones que puede y debe plantearse el lector).
    Si la ciencia ficción es el género literario que estimula las ideas y los razonamientos, entonces no hay duda de que Ballard es el escritor de ciencia ficción más lúcido que sigue en activo, y Noches de cocaína una sólida muestra de lo mejor y más ambicioso de sus ideas: coger al hombre --la sociedad-- y enfrentarle a las consecuencias de su desarrollo industrial, social y tecnológico, ponerle de frente al espejo de su posible deshumanizació. Es evidente que las soluciones aportadas por el personaje de Bobby Crawford --nadie sino Ballard podría crear semejante tipo-- pueden pasmar y horrorizar a un lector medio, pero lo terrible del caso es que quizá el futuro precisa de algunos Bobby Crawford que lo sacudan un poco. ¿Radical y monstruoso? Posiblemente, pero en todo caso la reflexión final de la novela es que, sea como sea, los Bobby Crawford que pudieran existir los habremos creado nosotros mismos.
    Noches de cocaína es una excelente muestra de ficción especulativa que debe leerse con atención y sobre la que conviene reflexionar, sobre la que debe reflexionarse. Vale la pena hacerlo, como ocurre siempre con Ballard.