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October 31 RONDALLAS DE LA CORRUPCIÓN
October 30 EL PSICÓPATA, de Freddie Francis: Un guión de Robert Bloch
Este film data de 1966, se estrenó en España un año más tarde, y desde entonces creo que no se ha vuelto a ver; no hay edición en DVD --al menos, que yo sepa--, por lo cual no está de más dejar constancia de su existencia. No es que sea un gran film, pero para los fans de Robert Bloch es curioso cuando menos. Mi lejano recuerdo de él es el de una película entretenida, muy deudora de la típica historia de Bloch con sorpresa final, pero que se seguía con interés. No puedo decir más, pues de eso hace al menos cuarenta años que la vi por última vez. October 27 EL TEATRILLO DE TÍTERES (y 2)SEGUNDA PARTE --¡Señor Molano! ¡Sargento Molano! Venga a tomarse una cervecita. El sargento Molano miró al individuo que le hacía aquella invitación desde una mesa situada en el fondo del bar al que había entrado para refugiarse de la lluvia, en una ciudad a la que sólo acudía raramente por cuestiones oficiales. Con cierta renuencia, se acercó a aquella mesa. El individuo sentado a ella era un hombre de algo más de mediana edad, o eso le pareció al principio. Más tarde se dio cuenta de que apenas sobrepasaba los cuarenta y cinco años. Vestía unas ropas arrugadas, quizá no muy limpias, y su aspecto algo demacrado, mal afeitado, le resultaba vagamente conocido. --Siéntese, sargento Molano. Tómese una cerveza. Yo le invito. ¡Mozo! Trae acá otra cerveza para el señor. Por un momento, Molano pensó que diría "para mi amigo", lo que no le habría gustado demasiado. Finalmente, tomó asiento en la silla que había al otro lado de la mesa, frente al desconocido. Al mismo tiempo, el mozo ponía sobre la mesa una jarra de cerveza. --Se ha puesto mala tarde, ¿verdad? --dijo el desconocido, frotándose las manos--. Y le ha pillado a usted en Barcelona, ya ve. Molano tomó un sorbo de cerveza mientras trataba de recordar de qué conocía a ese hombre. --Ya sé que ahora es usted sargento, y jefe de policía de un pueblo del interior... Uno se entera siempre de esas cosas... --¿Nos conocemos? --preguntó finalmente Molano, dejando la jarra sobre la mesa. --Oh, ya veo que no me recuerda... Hace tantos años de aquello... Yo era más joven. Y tenía mucho mejor aspecto, claro. Me llamo Juan Esquinado. El nombre le resultaba muy familiar, más que nada por lo singular del apellido: Esquinado... Esquinado, sí, claro, muchos años atrás... Un chico joven que mató a su novia en un arrebato de celos. Molano era por aquel tiempo un joven policía y fue uno de los que detuvieron al muchacho. Logró impedir que se arrojara por una ventana, desesperado, cuando trató de suicidarse al ser consciente del crimen que había cometido en un arrebato de locura. --Ya hace un tiempo que pagué mi deuda, ¿sabe? Mi deuda con la sociedad, como dicen los periódicos... Ahora... malvivo. Quizá hubiera sido mejor que usted me dejase caer por aquella ventana --añadió con una incierta sonrisa. Molano negó con la cabeza y tomó otro sorbo de cerveza. --¡Hay que ver cómo se ha puesto a llover de repente!, ¿verdad? --Esquinado echó un vistazo a la calle por la ventana que había cerca de la mesa donde se sentaban--.Y usted en Barcelona, en vez de en su pueblecito... Allí debe de vivir bastante tranquilo, lejos de los crímenes de la gran ciudad... Molano recordó la violación y el asesinato de aquella chiquilla ocurrido apenas dos años atrás en el pueblo de donde era jefe de policía, y los terribles acontecimientos posteriores. --No siempre está tan tranquilo --dijo--. También ocurren crímenes allí. --Oh, perdone, sargento --se turbó el hombre que le había invitado a su mesa--. Es verdad. Ahora recuerdo haber leído en los periódicos que allí ocurrió un suceso espantoso... Qué horror. Y fue usted quien descubrió al asesino, ¿verdad? --Molano no se molestó en explicarle que las cosas no ocurrieron exactamente así, porque no le gustaba recordar todo aquello--. Perdone, sargento. Me temo que a veces mi memoria no es tan buena como antes... Hum... Qué cosas más terribles ocurren. ¿Sabe? Recuerdo ahora, a propósito de esto, algo que me contaron en la cárcel, cuando me quedaba un año de condena por cumplir. Me pusieron un nuevo compañero de celda, cuando terminó su condena el que había... y ese nuevo era un tipo muy extraño... --Esquinado meneó la cabeza, pensativamente--. No me gustó nada apenas lo vi. Le pregunté, como se hace siempre, que por qué estaba allí, y me mandó a la mierda. Yo me cabreé y le dije que había matado a mi novia y que no me importaría matarlo a él también si me tocaba las pelotas. Ya sabe usted cómo funcionan las cosas en la cárcel... Entonces, bueno, el tipo aquel me miró como con cierto respeto, ¿sabe qué le quiero decir? Y se puso a contarme una historia. Dijo que estaba en la cárcel por deudas, estafas y cosas así... Luego supe que eso era verdad. Pero me contó también que había matado a una niña y que se alegraba de haberlo hecho. "Así que ya ves", dijo. "Te gano". Molano enarcó las cejas. --¿De veras había matado a una niña? --le preguntó a Esquinado. --Eso dijo. No sé si era verdad o faroleaba. Afirmaba que nadie lo había descubierto nunca, y que aquello había ocurrido hacía muchos años... creo que dijo veinte o así... Dijo que entonces él era un hombre joven. Joven y rabioso. ¿Le gustaría conocer la historia que me contó? El sargento Molano echó un vistazo hacia la calle a través de la ventana de la taberna. Llovía lo suficiente como para no desear salir de allí en un buen rato, así que supuso que podía escuchar aquella historia, fuera real o inventada. --Está bien. Cuéntala. --Bien, pues verá. Ese tipo, que se llamaba Gerardo, me dijo... -- ... maté a una niña y nadie lo supo nunca. De veras. Y si cuentas eso, te aplastaré la cabeza contra el muro. Juan Esquinado miró a su nuevo compañero de celda, entre receloso y con duda. --No lo creo --le dijo--. Si hubieras matado a una niña, te habrían pillado y echado una buena condena. --Pues no, porque nadie lo ha sabido nunca te digo. Nadie sabe que está muerta. Y la maté con ganas, por rabia, ¿sabes? Así que si tú eres un asesino, yo también. --Tú estás loco, tío. --Piensa lo que quieras. Pero ahora ya sabes que no estoy para bromas. Y no te creerán si lo cuentas: nadie halló nunca el cadáver. --Ya --dijo Esquinado, escéptico. --La niña tenía siete años. Se llamaba Ana. Su madre era una mala puta y yo la castigué a través de la niña. --Ya veo. --Tú castigaste a tu novia, ¿no es eso? Pues yo castigué a la madre matando a su hija. Era una calienta braguetas. El marido la había dejado por otra, y ella iba ahora con uno, ahora con otro... Caliente todo el día, la muy marrana. Comiendo polla por todas partes, la muy cerda. A mí me traía loco. Quería irme con ella, pero estaban los putos críos... Tenía dos, uno de cada. Así que debía cargar con el paquete entero: la madre y los críos, y eso no me iba, no señor. Yo lo único que quería era follarla a diario, y eso a ella le parecía bien. Pero más no: nada de irnos a vivir juntos y con dos críos a cuestas. Así que me dio puerta porque encontró a otro tío, un señorón casado con mucho dinero. La follaba algo más calmadamente que yo, que le volvía del revés el culo, y encima el tío ese le daba bastante dinero, lo que a ella le venía de perlas. Así que decidió quedarse fija con el señorón, que cargaría con la manutención de los dos criajos sin enterarse, como quien dice. Era un arreglo de puta madre para ella, para la madre puta... ¡Ja ja ja! Un señorón, sin compromisos y con dinero para largarle. Así que me cabreé. Me cabreé cuando me enteré de todo eso por una de sus amiguchas, tan puta como ella. Y decidí darle su merecido. O sea, a mí me hubiera obligado a cargar con los dos críos a cambio de follarla, pero como el señorón le daba dinero largo, entonces los críos pasaban a segundo lugar. ¿Te das cuenta de lo pedazo puta que era? --Las mujeres son raras --dijo Juan Esquinado, a fin de no comprometerse demasiado con aquel chalado. --Raras, no: putas. Así que se lo hice pagar. Le maté a la niña. --Y nadie se enteró, según dices. --Nadie. Sólo supieron que había desaparecido. Fui listo, rápido, sagaz... ¿Te cuento cómo lo hice? Juan Esquinado se encogió de hombros. --Cuenta. --Un sábado por la tarde, Olga, que así se llamaba ella, la pedazo puta esa, iba a llevar a los dos críos a una feria que había montada a las afueras del pueblo. No le quedaba otro remedio porque se lo había prometido. Pero además, esperaba reunirse allí con el señorón y echar un polvo con él vete a saber dónde. Cada vez estaba más encelada con el tipo ese. El señorón también iba con sus hijos, pero sin su mujerona. Bien, así que Olga dejó a los críos solos un rato para ir a encontrarse con el tipo ese. Gerardo hizo una pausa. --Yo también estaba en la feria, porque trabajaba en una de las casetas. Uno de esos trabajitos que me sacaba para los fines de semana... Vi a Olga llegar con los críos. Ya sabía que iría a la feria porque lo oí comentar a una de sus amiguchas, unos días antes. Dejé mi puesto y la seguí. Vi que dejaba a los dos críos ante un teatrillo de títeres, que estaba cerrado porque el matrimonio encargado se había puesto enfermo a última hora y no habría función de títeres durante la feria, pero dejaron el armazón instalado. Yo di un rodeo y me metí en el teatrillo por detrás y... --Se encogió de hombros--. Lo que sigue no importa. Conseguí atraer a la niña, le di un golpe en la cabeza y perdió el sentido. Me escapé con ella antes de que el niño supiera lo que pasaba. Esquinado miró a su compañero de celda con escepticismo. --¿Y nadie te vio cargar con la niña ni escapar con ella? --Nadie, tío. La cría era pequeñaja, tenía unos seis o siete años... La envolví con un gabán que llevaba puesto y rompí a correr. El teatrillo de títeres estaba al borde del final de la feria, y a dos metros detrás de él empezaba el bosque... Habían instalado la feria en las afueras del pueblo. Corrí protegido por los árboles, luego salí del camino y para entonces la cría se estaba despertando. Así que la senté sobre la hierba y la estrangulé con las manos. Éstas. --Le mostró las manos a Esquinado--. La cara se le puso morada y sacó un buen cacho de lengua. Yo pensaba en la puta de su madre mientras la veía amoratarse, follando con el señorón que le daba dinero y dejando a los críos por ahí... Y dejándome a mí por un señorón que podría ser casi su padre a lo mejor. Luego llevé corriendo el cuerpo de la cría hasta unas minas abandonadas que había allí cerca, y lo arrojé a un viejo pozo. Eché piedras de todos los tamaños al fondo del pozo, hasta que quedó completamente cubierta por ellas. --Gerardo sonrió satisfecho--. Nunca la encontraron. Aún debe de seguir allí, bajo aquel montón de piedras. --¿Y nadie sospechó de ti cuando empezaron a buscar a la niña? --preguntó Esquinado, receloso. --¿Por qué habían de sospechar? Nadie me vio con ella. Ni el niño, su hermano, me vio. ¡Ni la puta de Olga me vio! No sabía que trabajaba en la feria... Yo volví a mi caseta, y no empezaron a buscar a la cría hasta un rato después. Todos los de la feria colaboramos en la búsqueda, incluso yo. El chaval contaba que se la había llevado un duende... --Gerardo se rió--. Nadie le creyó, aunque, en cierta manera, tenía razón. Fui muy rápido. Debió de parecerle magia... -- ... es lo que dijo al terminar su historia. --Esquinado meneó la cabeza y bebió un sorbo de cerbeza--. Yo no sé si todo aquello era verdad o se lo inventó para impresionarme. Hay mucho fantasma y mucho presuntuoso en la cárcel que se inventa historias para que le tengan respeto, o miedo; para que nadie se meta con ellos. Pero no he dejado de darle vueltas desde que salí de la cárcel. Molano miró pensativamente a Juan Esquinado. --¿Ese tipo sigue aún en la cárcel? --preguntó. --No. --Esquinado volvió a menear la cabeza--. Un colega me dijo que agarró una pulmonía un día de lluvia, en el patio, y se fue al otro barrio en dos días. --Así que no es posible corroborar su historia... ¿Te dijo el nombre del lugar donde ocurrió aquello? --Pues no. --La mujer se llamaba Olga, según te dijo. ¿Y los críos? --Él dijo que la niña se llamaba Ana. El crío no lo sé. No lo dijo. Mire, parece que ya ha dejado de llover y se pone buena la tarde. Molano dirigió una mirada a la calle. En efecto, la gente ya iba sin paraguas y parecía que los nubarrones estaban desapareciendo. --Bien, Esquinado. Debo irme ya. --Se puso en pie--. Deja que pague yo las cervezas. Insisto --dijo al ver el gesto del otro--. No creo que andes sobrado de dinero, pero se agradece la intención... y la historia que me has contado. Aproximadamente un mes más tarde, el sargento Molano llamaba a la puerta de una bonita casa en las afueras de Salou. Un hombre de unos treinta y tantos años, con gafas y aspecto agradable, le abrió la puerta. --Quería hablar con el señor Jorge Dalmau --pidió Molano. --Soy yo. ¿De qué se trata? --Me llamo Enrique Molano. Sargento de policía --le mostró sus credenciales--, pero no de Salou, sino de otro pueblo, en el interior. Es por un asunto personal. Si me lo permite, no le robaré mucho tiempo. Intrigado, y desconcertado al mismo tiempo, Jorge Dalmau se echó a un lado y le hizo pasar. Molano se encontró en un acogedor vestíbulo que conducía a un salón amplio y bien iluminado por la luz que entraba por los ventanales. A indicación de Dalmau, tomó asiento en un sillón, mientras el dueño de la casa lo hacía en el sofá. --Usted dirá de qué se trata. --Señor Dalmau, tengo entendido que usted... tuvo una hermana. Jorge Dalmau respingó. --Sí... Pero esa hermana mía desapareció cuando niña... Hace más de veinte años de eso. Nunca la encontramos. --¿Vive aún su madre? --No. Murió hace casi medio año. Un accidente de coche. Cruzó sin mirar y... Bueno, lo que pasa. --Lo siento. --Molano permaneció en silencio unos momentos--. ¿Cómo desapareció su hermana? --Se la llevó un duende --contestó rápidamente Dalmau. Molano lo miró atónito. --Perdone --sonrió Dalmau, excusándose--. Es lo que yo contestaba siempre de niño... cuando me preguntaban por lo ocurrido. De hecho, es lo que he creído siempre. Que se la llevó un duende, o que se la comió. --¿Qué quiere decir con esto? --Sucedió durante una feria que se hizo en el pueblo... hace muchos años. Yo tenía diez años por entonces. Mi hermana era unos tres años más pequeña. Había... --Jorge Dalmau hizo un vago ademán con el brazo--... había un teatrillo de esos de títeres, pero estaba cerrado. Ella... Bueno, entró en él y desapareció. --¿Entró en él así, sin más? --Me temo que perdí la memoria a consecuencia del shock que sufrí aquella tarde. Mis recuerdos son un tanto vagos. No estoy seguro de lo que ocurrió en realidad... Sólo recuerdo que nuestra madre nos llevó a la feria, y nos dejó un momento solos para ir a ver algo... y mi hermana desapareció. Nos dejó ante ese teatro de títeres. --Dalmau hizo una pausa--. Los médicos dijeron luego que sufrí un fuerte shock nervioso al contar la desaparición de mi hermana, que hablaba de manera incoherente. Repetía que un duende se había comido, o llevado, a Ana. --Meneó la cabeza--. Nunca se la encontró. Nunca volvió a casa. No se ha sabido qué fue lo que le ocurrió. He tratado de recordar exactamente lo ocurrido aquella tarde, pero... es como si tuviera un velo ante los ojos. Probablemente, lo del duende pueda ser tan cierto como cualquier otra cosa. A veces... a veces hay personas que desaparecen de manera extraña, inexplicable. De repente, ya no están en este mundo. Parece cosa de fantasía, pero desaparecen sin más y nunca son encontradas. Dalmau se quedó con la vista clavada en el suelo. Molano le observaba en silencio. --Yo... yo creo que mi hermana debe de seguir viva en algún lugar --prosiguió Dalmau al cabo de unos instantes, levantando la mirada y clavando los ojos en Molano. Tenía las manos unidas, en un gesto muy parecido al de quien reza en una iglesia, pensó el sargento--. Debieron de raptarla; sin duda fue alguien que no tenía hijos... Un matrimonio sin hijos... Me han contado que esas cosas suceden... puede que de tarde en tarde, pero suceden. Matrimonios que se llevaban los hijos de otras parejas para quedárselos. Así que me figuro que eso es lo que en realidad ocurrió. Y confío en que Ana debió de ser más feliz con ellos... más feliz que con nuestra madre. --¿No eran ustedes felices en casa con su madre? --preguntó Molano, con interés. --No --Jorge soltó un suspiro--. No puedo decir que tenga... muy buenos recuerdos de mi infancia. Nuestra madre era... digamos que un poco descuidada, ¿sabe? Yo tenía que cuidar casi siempre de Ana, y un niño de ocho, nueve, diez años, no es el más indicado para cuidar de una niña de cinco, seis o siete años. No entiende mucho de según qué. Él mismo necesita ser cuidado... Pero, bueno, salíamos adelante. Estábamos mucho tiempo solos en casa, mientras nuestra madre iba... por ahí. Luego, cuando Ana desapareció... o la raptaron... todo cambió un poco. Era como si de pronto ella se sintiera culpable de lo ocurrido. Las cosas mejoraron un poco para mí, aunque me echaba a veces la culpa de que Ana hubiera desaparecido, porque yo debía de haber cuidado de ella, como siempre. En todo caso, mi madre dejó de salir tanto, encontró un trabajo que le gustaba y se preocupó más de la casa... Bueno, un hijo solo daba menos trabajo que dos. Yo qué sé. En fin, no puedo decir que Ana y yo fuésemos muy felices, precisamente. Por eso pienso que ella debió de ir a parar a un lugar mejor... a una casa donde le dieron todo lo que no teníamos en la nuestra, todo lo que una niña necesita en su infancia... una madre que estuviera por ella... Cierto, la eché de menos durante bastantes años... Y aún sigo pensando que todo fue por mi culpa... Pero que quizá fue para bien. Para ir a una casa mejor... Ahora será ya una mujer de casi treinta años... Seguramente estará casada, y puede que tenga sus propios hijos. Y habrá aprendido a educarlos bien. Habrá olvidado incluso que tenía un hermano... los niños olvidan pronto..., es algo que aprendes cuando eres padre. ¿Sabe una cosa? Dicen que quienes han tenido una infancia poco feliz son muy buenos padres. --Se encogió de hombros, con una leve sonrisa--. Bueno, yo tengo dos críos y son la luz de mi vida. Me desvivo por ellos, pero no los malcrío. Quiero ser un padre responsable. Molano contempló intensamente a Jorge Dalmau. --Pero, ¿por qué ha venido a preguntar por mi hermana ahora, al cabo de tantos años? --preguntó Dalmau, intrigado. --Verá usted --carraspeó Molano--. Verá usted... La policía nunca cierra un caso no resuelto. Su hermana... sigue desaparecida. Mi visita es, simplemente, una visita rutinaria... un puro formulismo, por si usted sabía algo de ella o había tenido noticias suyas estos últimos años. --Pues no, ninguna noticia en absoluto --contestó Dalmau, un tanto extrañado. --Ya veo. Bien, pues eso es todo, señor Dalmau --dijo Molano, poniéndose en pie. --¿Eso es todo? --Dalmau se levantó a su vez del sofá. --Sí. Le agradezco su amabilidad al recibirme y atender mis preguntas. Lamento si le han evocado recuerdos tristes... Que tenga usted buenos días. Y se encaminó decidido hacia el vestíbulo, seguido por un perplejo Jorge Dalmau, que llegó con el tiempo justo de abrirle cortésmente la puerta y responder a su despedida. Se quedó en el umbral, viendo cómo su visitante se alejaba hacia el pueblo de Salou, sin duda para tomar el tren. Luego, encogiéndose de hombros, cerró la puerta. FIN.- October 25 EL TEATRILLO DE TÍTERES (1)
October 23 DESPUÉS DEL ANOCHECER, de Stephen King(c) 2009 by J.C. Planells ![]() Si las últimas novelas de Stephen King no nos han deparado nada excepcional --aunque sí buenos momentos narrativos y algunas observaciones sobre la vida, que suelen caer en saco roto porque no se le prestan la atención debida a causa de ser su novelística presuntamente intrascendente--, al menos sabemos que en el campo del relato de mayor o menor extensión, el escritor de Maine suele ofrecer siempre trabajos altamente meritorios, y a veces de notable originalidad. Así ha sido desde su primera recopilación de cuentos, El umbral de la noche, hasta la última, Todo es eventual, incluyendo asimismo los volúmenes en que reunía cuatro novelas cortas de considerable extensión: Las cuatro estaciones y Después de medianoche (cuya primera edición en español apareció dividida en dos volúmenes). De ahí que la aparición de una nueva recopilación de historias, esta Después del anochecer, sea acogida con interés y expectativas... que se han visto más bien defraudadas en esta ocasión. Pues sí: el total de trece (y no catorce, como indica la portadilla de Plaza Janés) relatos es en su balance final insatisfactorio. Da la impresión de ser una recopilación de relatos sobrantes de colecciones anteriores en lugar de los escritos durante los últimos años. ¿Pierde pulso nuestro escritor? ¿Todo está dicho ya? Entre esas trece historias, algunas son simples variantes de relatos anteriores: historias de venganza, como "Un lugar muy estrecho" nos recuerda de inmediato a "La cornisa", de aquella lejana El umbral de la noche: sólo cambian los motivos de los dos únicos personajes y el escenario de la venganza; allí era la cornisa que rodeaba un edificio, y ahora es un retrete de cabina; es decir, lo agorafóbico ha sido sustituido por lo claustrofóbico, y el aire frío por la mierda (literalmente). Hay relatos de personajes que se encuentran durante un viaje en un lugar inesperado que no comprenden, como en "Willa", que uno teme sea una reescritura de "Los lagolieros" o de "El piloto nocturno", y al final no es sino una historia que no expresa apenas nada. Otros, como "La bicicleta estática", nos parecen el punto de partida de futuras novelas, en este caso de Duma Key, aunque la historia discurra por otros canales. Hay también el consabido relato sobre el escritor atrapado por el oficio de escribir, algo muy cultivado por King tanto en la ficción como en la realidad (su carrera como Bachman), que en este caso lleva el título de "Área de descanso" y resulta facilón y previsible, lo que a la postre es su peor defecto. En un caso, el relato es tan decepcionante y resabido, que uno se pregunta exactamente el motivo de su escritura: es lo que ocurre con "N.", que es el único no publicado previamente en revista o antología (¿quizá por temor a un rechazo?), que no sólo carece de originalidad, sino incluso de interés. Otros son meras viñetas que parecen provenir de algún antiguo número de The Magazine of F&SF, como el breve "Tarde de graduación": me temo que está desfasado en el tiempo, por muchas series de televisión y películas que se avecinen sobre el apocalipsis atómico. ¿Todo es desdeñable? Pues no. Pese a que la mayoría de relatos resultan insatisfactorios o sean meras variaciones recauchutadas de viejos relatos suyos --aunque escritos con la solvencia que es de esperar en él--, al menos hay dos que nos recuerdan al King de antaño... empezando con uno que sí es del King de antaño: "El gato del infierno". Es una historia cuyo título me resultaba extrañamente familiar, y que al leerlo me recordaba el tipo de cuento ofrecido por King en sus primeros años... y al leer las notas finales sobre la creación de los relatos reunidos, resulta que pertenece a sus primeros años como escritor (concretamente fue publicado hacia 1977 en una revista) y no había aparecido antes en ninguna recopilación (lo mismo que otros cinco o seis que andan dispersos incluso en traducción castellana). Y resulta que ese relato tan antiguo --revisado sin duda para su incorporación en este volumen, lo mismo que "Mudo", ya leído antes en un número del Playboy español-- resulta mucho más vivo y fresco que el resto del volumen... Pero sin duda el mejor con diferencia --y mi preferido-- de todo el libro es "Las cosas que dejaron atrás". En este sí reencontramos al King que esperamos, el que conocemos y amamos. Ese King que sabía hacer fantasía y terror con lo más cotidiano de nuestras vidas. Se trata de una historia escrita a raíz del 11-S, hecha convicción, tremenda e impactante precisamente por su sencillez: a veces --siempre, vaya-- las cosas más sencillas son las que más nos llegan. King consigue con esta historia demostrar que aún nos puede sorprender, aunque no sea con la frecuencia de antaño. Otros dos relatos notables, aunque nada del otro mundo, son los breves "El sueño de Harvey" y "The New York Times a un precio de ganga": ambos sin duda dejan buen recuerdo precisamente por su brevedad y concisión, y tratan en el fondo temas muy semejantes. "Ayana", "Mudo" y "La chica del pan de jengibre" se leen y se olvidan fácilmente: facilones, irregulares, quizá mejor --o más entretenido-- el último. En suma, una colección de relatos que no sobrepasa la discreción en su balance total, con muy pocas historias memorables y demasiadas variaciones sobre viejos temas. Y es que tendemos a esperar siempre más de King. October 20 TENNESSEE WILLIAMS: NOVELAS Y COLECCIONES DE RELATOS(c) 2009 by J.C.Planells ![]() La dramaturgia de Tennessee Williams ha sido suficientemente comentada y estudiada bajo diversos aspectos (incluyendo un interesante volumen sobre sus adaptaciones cinematográficas del que hablé aquí hace tiempo). Por contra, su obra como novelista y autor de relatos ha quedado relegada a un segundo término, aunque por lo menos Francis Donahue le dedicó el capítulo 14 de su libro El mundo dramático de Tennessee Williams, publicado en 1964, y traducido al castellano en Diana, México, 1967. Cierto que dicha obra narrativa es exigua: dos novelas solamente y un puñado de relatos, algunos de los cuales sólo fueron editados en forma casi privada y sin distribución comercial (por razones de su temática gay) o permanecieron inéditos hasta su muerte. Eso llevaría a pensar que acaso esa parte de su obra ofrece menos interés o tiene menos calidad; y no es así, sino muy al contrario. De hecho, Williams se inició como cuentista enviando un relato nada menos que a la revista Weird Tales --donde publicaban Robert E. Howard, Lovecraft y otros cultivadores del horror y la fantasía--, escrito cuando apenas tenía 16 años. Incluso llegó a mentir sobre su edad para que le fuera publicado dicho cuento, "La venganza de Nitocris", que aparecería en el número de junio de 1928 de esa revista. Era un notable relato de terror, que cuando apareció traducido por primera vez en castellano, hacia 1969 en una selección de cuentos de terror, dejó estupefactos a quienes sólo conocían a Williams por su teatro social y poético. Repasaremos aquí, pues, someramente, sus dos novelas y los cinco libros de relatos que han aparecido en castellano; no hay mucho más en su edición inglesa en cuanto a relatos o colecciones de relatos. Novelas La primavera romana de la señora Stone (The Roman Spring of Mrs.Stone, 1950). Edición actual en Bruguera. Editada anteriormente por Muriel (1959) y Plaza Janés (1964). La primera de las dos únicas novelas escritas por Williams --novela corta, más bien, pues su extensión no llega a las 120 páginas-- sorprendió por ser su autor conocido casi únicamente en ese momento por sus éxitos en el teatro. En sus memorias, y en otros lugares, Williams confiesa que él es la señora Stone de la novelita, lo mismo que sabemos que es la Blanche Dubois de Un tranvía llamado Deseo y la Princesa Kosmonopolis de Dulce pájaro de juventud. Y es que durante aquellos años en que destacaba como dramaturgo renovador de la escena teatral norteamericana, Williams se travestía en sus personajes femeninos, algo que con el paso del tiempo (y con la permisividad de los nuevos modos de creación artística y literaria, a lo que él contribuyó en gran manera, como han reconocido muchos) fue desapareciendo, y la figura del homosexual sustituyó al disfraz de mujer. La señora Stone de la novela es una actriz de edad madura, que se halla en crisis existencial, sobrevenida casi repentinamente: ha enviudado recientemente de un marido que la obligó a dejar la escena a cambio de una vida regalada y millonaria; ahora que es libre ya no puede volver al teatro para hacer la Julieta de Shakespeare, y envejecer la aterra (lo cual de inmediato nos hace pensar en el posterior personaje de Dulce pájaro de juventud, la Princesa Kosmonopolis, que en realidad es una versión amarga, desesperada y a la vez cínica de esa señora Stone, personaje contenido, reprimido y algo altivo). La señora Stone, en fin, no sabe qué hacer con su vida, su dinero y su tiempo libre, pues está en ese período en que "la propia existencia se nubla con una sensación de irrealidad, se pierde la nitidez, y la voluntad racional, o lo que antes pasaba por serlo, deja de controlar, o de pretender que controla", tal como describe Williams --magníficamente-- al personaje y su actual estado (página 15 de la edición en castellano). Así pues, la señora Stone, como otras americanas ricas, ociosas, aburridas, sean viudas, divorciadas o separadas, no jóvenes ya, o incluso viejas, se instala en Roma en busca y procura de no sabe el qué. Allí esas mismas americanas o europeas se encargarán de hacerle partícipe de los medios en que aliviar su soledad y su aburrimiento: el mundo de los gigolós, jóvenes desocupados y tan ociosos como ellas --probablemente ex fascistas desnortados tras la aún reciente guerra mundial: estamos en 1950--, que las entretienen, se dejan pasear a su lado, se encaman con ellas, y reciben a cambio regalitos en forma de buena ropa, relojes, o incluso dinero. Tras resistirse a ello, que considera una bajeza, la señora Stone aceptará al gigoló Paolo, en una relación compleja básicamente porque ella no entiende ese mundo, y que la llevará a cierta degradación final --quizá-- o a algo mucho peor. Williams sostenía que el lector debía interpretar que la señora Stone aceptaba prácticamente la muerte en el ambiguo final de la historia. Pudiera ser. Brillantemente escrita, rica en detalles, aguda, profunda, esta novela corta es sin duda alguna una de las piezas literarias más geniales de Williams, que demuestra que el poeta (ciertamente mediocre) que aspiraba a ser alcanzaba su verdadera plasmación en el campo teatral y en la novela o en el relato, pues dota a sus textos de un sentido poético y dramático conjuntado a la perfección. Esta novela fue llevada al cine en una adaptación simplemente superficial. Moise y el mundo de la razón (Moise and the World of Reason, 1975). Edición actual en Bruguera. Primera edición en castellano por Luis de Caralt en 1978. Hasta un cuarto de siglo más tarde no publicó Tennessee Williams su segunda --y ultima-- novela, esta Moise y el mundo de la razón, que no recibió ni los parabienes de la primera, ni tampoco obtuvo el mismo éxito comercial. Hay algunas razones para explicar esto: el autor se hallaba en el período malo de su carrera como escritor, olvidado para unos, desdeñado por otros y ninguneado por la mayoría: él mismo lo describe con toda sinceridad en sus Memorias, escritas más o menos por aquella misma época, y escritas a partir de sus cuadernos de notas --editados no hace mucho en inglés--. Por otro lado, ésta es una novela de temática abiertamente gay, pensada para el público lector gay, casi se diría. Y es que aquí y ahora, el autor ya no necesitaba travestirse en sus personajes femeninos, como en tantas obras de los años cincuenta e incluso sesenta, sino simplemente ponerse él mismo como personaje, más o menos disimulado, y ficcionar con libertad algunos de sus recuerdos y experiencias. Argumentalmente, la obra no ofrece mucho: el narrador evoca personajes y acontecimientos de su vida homosexual --y también de su vida mundana-- durante un breve espacio de tiempo en el que espera la revelación de una noticia. No pocos de los acontecimientos hallan luego su eco en la lectura de sus Memorias, especialmente en algunas de sus vivencias durante la década de 1930. En conjunto, la novela, más extensa que la anterior, se sitúa un escalón por debajo de ésta, pero ofrece, cómo no, buenos detalles, profundidad y conocimiento humano, y sobre todo una sinceridad y franqueza que puede molestar a lectores heterosexuales. Novela, en fin, algo difícil quizá, pensada para "entendidos", por así decir, pero en la que se muestra el indudable talento de su autor. Colecciones de relatos El manco y otros cuentos (One Harm and Other Stories, 1948). Editado en Argentina por Editorial Sur en 1968. Primer volumen de relatos publicado por Williams, que sería reeditado más adelante en 1967. Aquí encontramos historias que posteriormente darían pie a conocidos dramas: "La noche de la iguana", por ejemplo, se desarrollaría de manera muy distinta en la obra de 1960; más importante aún es el aquí titulado "La muchacha de los vidrios" --que reencontraremos en otra colección traducido como "Retrato de una chica en cristal"--, una breve y conmovedora historia escrita en 1943 y que es el germen de esa obra ya inmortal que le consagró en 1945, El zoo de cristal. "Deseo y el masajista negro" ofrece una prefiguración de lo que sería mucho más tarde De repente el último verano: el ya mencionado libro de Donahue ofrece abundante información y extractos de dicho relato, una cruda historia de masoquismo, búsqueda de la expiación y homosexualidad no asumida (como no poseo ningún ejemplar de esa recopilación, la información del volumen de Donahue es valiosa respecto a los relatos no aparecidos posteriormente en otras colecciones). Donahue asegura que "El pájaro amarillo" contiene elementos de Verano y humo y alguna otra obra, aunque los extractos y el resumen no guardan mucha similitud, excepto en la coincidencia del personaje llamado Alma, aunque sin duda Donahue puede saberlo mejor que nosotros, que desconocemos la historia. Aparte de "La noche de la iguana" y "La muchacha de los vidrios", otros tres cuentos ("El poeta", "Lo importante" y "El ángel en el ático") reaparecen en la posterior La noche de la iguana y otros relatos. "El manco", que da título al volumen, en otra historia de temática homosexual. Caramelo fundido (Hard Candy, 1954). Editada en Argentina por Editorial Sur en 1966. Aunque su primera novela de 1950 ya lo dejaba claro, esta segunda colección de relatos publicada en inglés cuatro años después reafirmaba que el Williams narrador no era en modo alguno inferior al Williams dramaturgo. Ocurre sin embargo que para muchos prevalece el hombre de teatro antes que el novelista y narrador. Digamos, para terminar con esto, que no es tan fácil como parece destacar en ambos campos literarios: no pocos importantes novelistas han fracasado --a veces estrepitosamente-- en sus incursiones teatrales; y, asimismo, no pocos dramaturgos y comediógrafos igualmente notables han ofrecido novelas de muy escaso interés. En esta recopilación encontramos un relato que debidamente transformado daría pie a su drama La gata sobre el tejado de zinc caliente, "Tres actores de un juego de verano", escrito originalmente en 1951. Entre el resto, algunos contienen material evidentemente autobiográfico, aunque transformado de una u otra manera, o basado en vivencias personales: "Dos en una reunión", "Semejanza entre la caja de un violín y un ataúd" --una historia particularmente emotiva, de las más brillantes de Williams--... Varios de ellos son retratos de seres pintorescos o desnortados, patéticos a veces. Williams los dibuja con una finura psicológica que evidencia esas dotes de narrador, llenando algunos de ellos con frases que permanecen en la memoria del lector. El mediocre poeta que era Williams, como ya he señalado, encuentra en la narrativa su mejor y más feliz plasmación, aunque algún relato deje la impresión como de "relleno". Un empeño caballeresco (The Knightly Quest, 1966). Editada por Ediciones de Bolsillo/Lumen en 1972. La novela corta que da título a este volumen, "Un empeño caballeresco", supone una incursión en el relato satírico con cierto toque final de ciencia ficción. En realidad, retoma elementos y personajes de otras ocasiones para construir una historia tan entretenida como banal, excelentemente escrita aunque superficial en fondo y planteamiento. Da la impresión de que el humor ligero y la comedia no eran su fuerte, como quedó claro con su primera obra alejada de planteamientos dramáticos, Period of Adjustment. En todo caso, esta novelita corta está mejor resuelta literariamente que la mencionada comedia, pero todo transcurre y finaliza de una manera un tanto precipitada. Quizá de haber ampliado la novela un poco más y profundizado en algunos personajes y detalles, estaríamos hablando de una buena historia negra; sin embargo, pese a estas insuficiencias, "Un empeño caballeresco" demuestra la habilidad de Williams en cambiar de registro. Puede que esa sea su mayor virtud, así como un uso del humor y la ironía que mejoraría en los años --y relatos-- siguientes. El volumen se completa con tres relatos muy cortos: "La vieja casa estucada de mamá" presenta un cierto tono faulkneriano, pese a que los personajes principales --el hijo y la madre-- son inequívocamente de Williams. "Hombre traer esto carretera arriba" es curioso por varios motivos: podría parecer, leído hoy, un avance del tipo de relatos que ofrecerá en la breve recopilación Ocho mortales poseídas, compuesta por historias escritas durante la década de 1970. Pero no es así --aunque temáticamente sea afín--, porque fue escrito hacia 1953, cuando Williams estaba en Italia escribiendo los diálogos ingleses de Senso para Visconti. A su regreso a Estados Unidos, como cuenta en sus Memorias lo revisó, lo publicó, y más tarde lo convirtió en la pieza corta The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore, que a su vez se convertiría en el guión cinematográfico Boom!, que dirigió Joseph Losey en 1968 (estrenada en España como La mujer maldita), y con la colaboración no acreditada de Harold Pinter en el guión. Sin duda, ese guión llega a donde el cuento de 1953 no alcanza, puesto que es un simple planteamiento de un personaje, Flora Goforth, mucho mejor desarrollado en el guión cinematográfico (desconozco la obra en un acto de la que parte). El tercer relato, "Grand", es un texto autobiográfico. Ocho mortales poseídas (Eight Mortal Ladies Possesed,1974). Edición actual en Alba. Primera edición en castellano por Luis de Caralt en 1977 como Ocho mujeres poseídas. Este breve volumen reúne seis cuentos cortos del autor, casi todos ellos escritos hacia 1970, y que ofrecen retratos de mujeres muy peculiares. Se puede reconocer de nuevo al autor en algunos de los caracteres femeninos, por ejemplo, en "Sabbatha y la soledad", que versa sobre una poetisa obsesionada por lo que se dirá de ella una vez muerta. Argumentalmente, todas las historias son de una gran originalidad, algunas realmente sorprendentes (la muchacha que nunca tuvo una menstruación), escritos con concisión, algo de humor soterrado, fina ironía empleada con mayor acierto aún que en la novela corta "Un empeño caballeresco", y una gran penetración psicológica. Esta galería de mujeres --excéntricas, neuróticas, maniáticas, solitarias-- demuestra el gran creador de caracteres, de personajes, que fue Williams. Cada una de las historias, pese a su brevedad --o quizá precisamente por ella--, es casi una pequeña joya de orfebrería, perduran en la memoria y sus personajes muy bien hubieran podido ser protagonistas de una novela entera o de uno de sus dramas. Lo cual nos lleva a concluir que lo importante no es la mayor o menor extensión de un texto de ficción, sino su calidad literaria, su agudeza psicológica, la originalidad de su trama. La noche de la iguana y otros relatos (Collected Stories,1985). Edición en castellano: Alba y DeBolsillo. Este recopilación ofrece una amplia muestra de la narrativa breve de Tennessee Williams: reúne relatos de diversas épocas y toda clase de temáticas, empezando por aquella narración juvenil que fue su primer cuento publicado, "La venganza de Nitocris", así como varios cuentos inéditos escritos en diferentes años. Reencontramos algunos ya conocidos de las anteriores colecciones: "La noche de la iguana", "Retrato de una chica en cristal", "Tres participantes en un juego veraniego", "El poeta", "Lo importante", "Inventario en Fontana Bella" (este procede del breve volumen Ocho mortales poseídas)... Los inéditos son: "Arena" (1936), "Algo de Tolstoi" (1936), "Una manzana regalada" (1936) y "La habitación a oscuras" (1940)... El resultado de la selección es un ramillete muy variado de temáticas: terror, lirismo, nostalgia, humor, homosexualidad ("El chapero asesino y el carroza disimulón"), crónica social, retratos de caracteres, ironía... Es esa variedad, junto con el admirable modo en que dota a cada historia del estilo justo, adecuado (compárense a este respecto dos relatos de estilos tan opuestos como "La habitación a oscuras" y "El reino de la tierra"), el lenguaje tan aparentemente sencillo y a la vez tan fino psicológicamente, la prueba de que Tennessee Williams no solo fue un brillante dramaturgo, sino un novelista y narrador de historias de unas facultades colosales. No conozco muchos autores que sepan dotar a cada historia de su tempo, de su estilo, del tono preciso para llegar al lector y expresar lo que se desea. Williams era uno de ellos, y es en eso donde se demuestra el talento y se conoce al genio. October 17 GALERÍA DE MUJERES (53). RUTH, ANITA, BONNIE Y JUNE POINTER: Las Pointer Sisters, entre el cielo y el infierno
October 15 EL CARNICERO, de Claude Chabrol: Un asesino en el pueblo(c) 2009 by J.C. Planells ![]() Si digo que considero a El carnicero la mejor película sobre asesinos piscópatas, probablemente se desatarán las iras de los aficionados al cine. No las de los cinéfilos, pero sí las de ciertos aficionados. Ocurre que lo que a algunos les viene a la mente al hablar de películas de psicópatas asesinos es la serie de Viernes 13, o cosas similares como El asesino de Rosemary, San Valentín Sangriento y demás zarandajas. Si son más refinados, pensarán en El silencio de los corderos o Henry: retrato de un asesino. Y, ciertamente, estas dos ofrecen buenas aportaciones al cine de psicópatas asesinos, en un estilo muy distinto: espectacular el primero y más tirando a documental el segundo. Pero ambas, al fin y al cabo, inciden en lo mismo: el asesino, el psicópata, está visto en su salsa en un caso, o desde su propio interior en el otro, en ninguna de las dos aparece como uno más dentro del marco social. Y en cambio eso es lo que ofrece El carnicero, un guión original de Chabrol --quien casi siempre suele adaptar novelas policiacas o escribir en colaboración con otros o dirigir guiones de amigos-- filmado en 1969, en un período temporal precedido de las notables La mujer infiel y Accidente sin huella, y seguido de otras dos igualmente notables, La ruptura y Al anochecer (una vuelta de tuerca sobre el mismo tema de La mujer infiel). El carnicero nos presenta la vida cotidiana en un pequeño pueblecito de la campiña francesa, esos pueblecitos donde todo el mundo se conoce, las puertas de las casas se dejan abiertas, los comercios fían a los clientes, y se va a pie a todos sitios. Todo muy apacible, vulgar, incluso aburrido, sin duda. El inicio de la película, a fin de que conozcamos rápidamente el pueblo y a sus principales habitantes, es la celebración de una boda, a la que asisten prácticamente todos. Entre esos invitados al banquete en seguida nos fijamos en dos: la maestra, señorita Hèlène (Stéphane Audran), una forastera que ya se ha integrado merced a su trabajo, y Popaul, el carnicero del pueblo (Jean Yanne), que ha servido en el ejército en Indochina y ha visto horrores en la guerra. Sin embargo, no todo es tan bonito y tranquilo en este pueblecito, o, al menos en la región donde se halla enclavado: un asesino anda acuchillando mujeres jóvenes y sembrando el terror en la región; terror que aumentará cuando la propia señorita Hélène descubra junto con sus alumnos el cadáver de su última víctima durante una apacible merienda campestre. Pero curiosamente, esos asesinatos de muchachas es más bien el fondo del film en lugar de lo principal. Lo que destaca rápidamente es la relación de amistad que se va iniciando entre la maestra y el carnicero. Dos personajes realmente curiosos: ella no habla de sí misma; de hecho nadie sabe nada sobre su vida anterior, y se intuye un gran fracaso sentimental en su pasado, probablemente. El carnicero, asimismo, es algo reservado, poco sociable, pero con un cierto humor soterrado a veces, y está muy marcado por los horrores de la guerra, como queda dicho. Ambos, en fin, son seres solitarios, un tanto ajenos al pueblo, dos soledades que se encuentran, simpatizan, se dan cuenta de que viven un tanto al margen del resto del pueblo, desean conocerse, pero temen lanzarse a fondo. Todo perfecto... excepto que Popaul, el carnicero, es el loco que anda acuchillando jovencitas y que finalmente Hélène lo descubrirá por pura casualidad, al encontrar en el lugar de uno de los crímenes el mechero que le ha regalado. No hay mucho más que contar, porque esta no es una película de crímenes sanguinarios ni de suspense angustiante, ni siquiera de lo que se espera encontrar en ese tipo de películas con sádicos acuchillando chicas. Aquí tenemos una historia de dos personajes solitarios que se encuentran, empiezan a apreciarse, identifican sus soledades, van perdiendo sus recelos, comparten un cierto aislamiento respecto al pueblo, pero ocultan sus cartas: ella, un pasado que no sabremos; él, sus crímenes. El film tiene un hermoso desenlace, tan insólito como lo es la propia película. Yo, al menos, lo califico de hermoso, aunque sea doloroso. O quizá no lo es tanto, en realidad. Pero en un film tan a contracorriente de lo que es habitualmente una historia de psicópatas asesinos, no era de esperar un final convencional. Aunque si me lo preguntasen, yo diría que el final sí es convencional... a su manera. El carnicero me sigue, pues, pareciendo no solo una grandísima película, sino lo más definitivo sobre psicópatas asesinos que se haya filmado. Cierto que no sigue los cánones esperados, pero hay más realismo en él que en otras películas con ese tema. Incluso aunque sea más que evidente que la finalidad de Chabrol no era rodar un film sobre psicópatas asesinos, sino una muy especial historia de amor, logró de rebote algo que más o menos sólo encontrará ecos --muy distintos eso sí-- en el extrañísimo film Las horas del día, de Jaime Rosales: quizá sean las dos películas que más tratan de acercarse a ese tema, incluso en mi opinión mejor que la celebrada Henry, retrato de un asesino, que al fin y al cabo se basaba en un personaje real, mientras que Chabrol (y Rosales) lo hacen desde la ficción sobre la cotidianidad de un asesino que es un ser muy normal para los demás (y que finalmente acaba desconcertando al espectador). El acierto de Chabrol en presentar los personajes tanto principales como secundarios (los habitantes del pueblo donde se rodó la película hacen de extras e incluso algunos secundarios, lo que dota el film de un plus de verosimilitud), la humanidad y a la vez la suave inquietud con que Jean Yanne incorpora a Popaul, el aire de "film provinciano" de que parece envolverse (el cine francés siempre ha sido un tanto provinciano, pero aquí es evidente que es completamente a propósito), todo se une en un conjunto armónico para ofrecer la película más inesperada sobre un tema casi siempre banalizado o convertido en sensacionalismo. Es muy difícil olvidar una película como ésta. October 14 AUTORES OLVIDADOS (54). RAFAEL SAVI SIELOS: Novelitas para chavales(c) 2007 by J.C.Planells No espere nadie datos biográficos sobre este autor, pues no he encontrado en ninguna parte referencias sobre él por más que he buscado. En realidad, ni siquiera sé si éste es su verdadero nombre o sólo un seudónimo. Este hombre publicó al menos unas cuatro novelitas en los años cincuenta o sesenta, dentro de la colección Ardilla, editada por Ediciones Don Bosco, editorial perteneciente a los colegios salesianos, y que se vendían principalmente en dichos colegios. Se trataba de una colección de formato igual al de la popular colección Pulga de Ediciones GP, que llegó a publicar más de 200 títulos, y evidentemente desaparecida hace años ya; en ella publicaron algunos periodistas de la época, como Eduardo Busquets Molas, Federico Revilla, Pedro Barceló Massanet... En la colección había novelitas de aventuras, de espionaje, de acción, del oeste incluso en su tramo final, así como biografías de santos y de papas, reportajes y divulgación, relatos históricos, recopilaciones de chistes... Los best-sellers de la colección fueron las novelitas escritas por el tal Rafael Savi Sielos, alguna de ellas previamente serializada en la revista Jóvenes, publicada por la misma editora de la colección y los colegios salesianos. Una de ellas, Berlín, zona X, estaba protagonizada por unos niños alemanes, creo que hermanos, que sobrevivían en el Berlín bombardeado por los perversos comunistas rusos. La novelita pretendía, supongo, hacer que el lector español simpatizase con los... ¿alemanes? ¿nazis? En su novelita más famosa, Chiribín, presentaba a este personaje, un chaval que llegó a dar nombre a una revista para chicos, de vida fugaz, con aventuras ilustradas si mal no recuerdo por Jesús Blasco. En la novela homónima, publicada hacia finales de los años cincuenta, conocíamos a Chiribín, hijo de un comunista español que estaba en Francia cuando el estallido de la guerra de 1936, y que soñaba con ir a España a matar fascistas y franquistas. Le robaba una bandera española --rojigualda, olé-- a una chica en una estación de tren sólo para fastidiarla, y se la quedaba como trofeo. Conocía a un tal Sergio, luchador comunista contra los viles franquistas y fascistas, y se iba con él a España a matar fachas. En fin, después resultaba que el tal Sergio era en realidad un franquista que hacía de espía en el bando rojazo y que moría bravamente, como un héroe, en la batalla del Ebro. Chiribín lloraba como un marranete su muerte, veía la luz, se convertía en facha y franquista y se dedicaba a matar sucios rojos comunistas, llevando como emblema la bandera rojigualda y olé al cuelo, la que le había quitado a aquella chica en Francia. Todo muy emocionante y muy emotivo y muy... October 12 LA ELECCIÓN DE ANDREA(c) 1971 by J.C.Planells ![]() [Este relato fue escrito en 1971 y en catalán, con un título distinto; obviamente nunca fue publicado. Evidentemente, debe leerse en el contexto de la época y hoy está desfasado por completo --supongo--. Lo ofrezco como mera curiosidad, esperando que el lector sea benévolo con un pecado literario de juventud --los pecados de juventud siempre son algo ingenuos--, y porque algo de él se reflejaría en la novela El enfrentamiento, si bien en otro contexto.] No es una experiencia agradable precisamente encontrar a una amiga de siempre tras las rejas de una cárcel. A nadie le gustaría, puede que incluso menos que el encontrarse uno mismo tras esas rejas. Menos aún si es una persona a la que se ha conocido profundamente y por la que se siente un gran afecto. Cuando fui a visitar a Andrea, pasé un rato mucho peor que ella. Pensaba encontrarla deshecha, amargada, desesperada. Y me sorprendí. No se veía en ella nada de esto. Al contrario, estaba serena, sonriente, normal. Como si nada ocurriera. Quizá un poco más seria que de costumbre. Sí, solamente eso. Y, mirándola, parecía que el preso fuera yo en lugar de ella. No sabía ni cómo empezar a hablarle. Tuvo que ser ella quien hablase. --Hola, Juan, ¿cómo estás? --Bien, ¿y tú? --Ya lo ves. Bien, también. --Me alegro --dije, algo tontamente. Y siguió un silencio que no sabía cómo romper--. Puedo... ¿puedo hacer algo por ti? --Más bien no. Resulta difícil ayudarme ahora ya. ¿Te ha costado conseguir verme? --Bastante. ¿Han venido muchos a verte? --Nadie. Tú eres el primero. --No me extraña. Si a todos se lo ponen tan complicado como a mí... --¿Cómo lo has conseguido al fin? --A base de pequeñas influencias. Por eso te digo si puedo ayudarte en algo... --No. Gracias, de todas maneras. --Andrea, yo creo que puedes salir bien librada. Con un buen abogado... --No hay abogado que valga en mi caso. Han registrado mi casa, ¿lo sabías? --Sí. --Y han encontrado todos los papeles. --Han cogido a July también. --¿July? Pobre. No lo sabía. No sé nada de nadie. --Sí, hace una semana. Le han obligado a confesar de mala manera. --¿Y los demás? --Franz está escondido. Ángeles ha desaparecido. Se ve que aún quedaban algunos, pero no sé nada de ellos. Estarán escondidos también, si no los han atrapado. --Pobre July. --Lo que él pueda decir aún empeorará las cosas para ti, ¿no? --Sí, me temo que sí. --Andrea, veré de hacer todo lo que pueda por ti. Tienes que salir. No te pueden hacer nada. --No, Juan. no te hagas ilusiones. A mí no me importa. --No digas eso. ¿Qué delito has cometido? Pensar de una manera diferente. --¿Te parece poco delito? A ellos le basta con eso. --No me resigno a verte aquí. --Mala suerte. Me ha tocado a mí. Pudo ser cualquier otro. Piensa en todos los que han detenido estos días. --¿Y qué? --¿Cómo que y qué? Son iguales que yo. Piensan lo mismo. Han hecho las mismas cosas. Han estado en los mismos lugares que yo. Posiblemente, te hayas tropezado con alguno de ellos por la calle alguna vez. ¿Qué diferencia crees que hay? Que a mí me conoces y a ellos no. Que a mí me puedes ayudar y a ellos no. --Andrea, si lo negases todo... --¿Negar? ¿Por qué? En primer lugar, no sacaría nada de ello. Las pruebas son demasiado evidentes. Y si no lo fueran, ya se encargarán ellos de que lo sean. Y en segundo lugar, no serviría de nada. Y por último... que no quiero negarlo. --Pero has de pensar en ti. --Porque pienso en mí es por lo que lo hago. --¿Y dejarás que te encierren para siempre en una cárcel? ¿Sabes lo que será de ti, toda la vida en este lugar? --Nada. Eso es todo. --¿Todo? No digas que es nada. Andrea, sabías a lo que te exponías. ¿Por qué no ibas con más cuidado, y evitar así que te cogieran? Habría sido más sencillo. --¿Tú crees? Un día u otro podía pasar. Ha pasado. --Puedes salirte de eso. --No. No sería decente. No puedo mentir, negar aquello en lo que creo, lo que siento en mi interior. Si quieren inmolarme, que lo hagan. No me opondré. En nuestros días, los que creemos en la libertad del hombre, en las injusticias, los que vemos que las cosas no van bien, los que sentimos que el mundo no es perfecto, que todo está mal repartido, que el hombre está perdiendo su dignidad, no podemos estar callados. Hay que hacer algo. Si me dejaran en libertad, volvería a luchar por lo mismo, volvería a hacer las mismas cosas, a ir a las mismas manifestaciones, a repartir propaganda, sin importarme lo que me ocurriera. No puedo ni tengo que ir contra mis ideas. Sería hacer una traición, una injusticia. Sería venderme a mí misma. ¿Comprendes que no puedo hacerlo? --¿Pretendes decirme que te ofreces voluntariamente para lo que te ocurra? --Algo parecido. No puedo ni quiero ocultarme. He hecho lo que creí necesario. Pago las consecuencias. Puede que si ven lo que ocurre, la gente reaccione contra esa opresión, contra la injusticia en que vivimos inmersos. --No esperes que ocurra. Nadie sabrá de ti. Nadie te lo agradecerá. --Quizá tengas razón. Pero no por eso estoy equivocada. --No digo que lo estés. Pero puedes salirte de esto, y luego, si quieres, continuar haciendo lo mismo. --Y tarde o temprano, volvería a estar aquí. No, Juan, no te esfuerces. No hay solución. Tampoco lo pretendo. --Andrea, ¿vas a perder tu libertad por la libertad de los demás, una libertad que ni comprenden ni conocen? --Sí. Estoy dispuesta. --Y no habrá servido de nada todo lo que hayas hecho. --¿Tú crees? Todos cuantos me conocen sabrán por qué me he sacrificado. Sí que servirá. De mucho. Quizá de esta manera, más de uno se dará cuenta de la realidad. Del engaño en que vivimos. De que no es justo lo que está ocurriendo. ¿Soy yo la víctima? Lo somos todos. Cada momento, cada minuto, todos somos víctimas, sin saberlo o sin proponérnoslo. Lo somos porque ignoramos. Y puede que gracias a mí, algunos dejen de ignorar. Sabrán. Sabrán de toda la suciedad, la injusticia. Yo seré una más de los que han caído por lo mismo. Una más de la lista, una lista que cada día se hará más larga. Porque cada vez serán más los que protesten, los que griten, los que se hagan sentir. Y llegará un día en que no podrán hacerlos callar. Sí, puedes estar seguro. Ese día llegará. Puede que ni tú ni yo lo veamos, pero ha de llegar. Sólo es cuestión de esperar y seguir batallando, día a día, momento a momento. Diles a todos, cuando los veas, que prosigan. Que yo quiero que continúen. Que no se escondan. --¿Para que acaben como tú? --Saben a qué se exponen. Yo también lo sabía. --¿Crees que el mundo te recordará algún día? Ella sonrió. --No, no lo creo. Sería muy engreído de mi parte el pensarlo. Todos no somos más que un anonimato, un anonimato muy grande, muy extendido. Pero lo que hacemos no será en vano. Sí, ya sé que no te convenzo. Pero yo lo siento así. Me podrán encerrar por el resto de mi vida, pero no podrán encerrar mis ideales. Están ahí afuera, en la calle. El guardián se acercó en ese momento y avisó de que el tiempo se había terminado. --Bien, Andrea, hemos de separarnos. No creo que pueda volver a verte. Pero no me resigno a pensar que no saldrás de aquí. --Juan, si no fuera por los barrotes me gustaría estrecharte la mano y darte un abrazo. Adiós. Y no te atormentes más. Piensa que si estoy donde ahora estoy es porque yo he escogido el camino. Y no me importa. --Volveremos a vernos. --Creo que no. Adiós. Se fue. Mejor dicho, se la llevaron. La conversación mantenida no me dejó más animado que al principio. No me resignaba, no me resigno a saber que Andrea está en ese lugar. Me rebelo contra esa idea. Sé que tiene que haber una solución, pero ¿cuál? Tenía la extraña sensación de que el prisionero era yo, y no ella. Y puede que así fuera. FIN. October 09 SOBRE "LOS SUSTITUTOS" ("SURROGATES"): ¿UN CÓMIC ADAPTADO O UN PLAGIO LITERARIO?
(La revista con el relato de Laumer de 1966; el comic-book de 2005; el film de 2009) October 07 CONTRA PAOLO VASILE
October 06 TRES SENTENCIAS DE CHARLES DICKENS... CON CIERTA ACTUALIDAD
He aquí reunidas tres sentencias extraídas de diferentas obras del escritor británico Charles Dickens (1812-1870), que tienen una cierta actualidad... o me lo parece. El lector juzgará si le hacen pensar en acontecimientos vividos en España y Olé recientemente. October 04 LOS SÍREX CELEBRAN ANIVERSARIO
October 02 PLANETAS MORALES (THE MAN WHO JAPED), de Philip K. Dick Tercera de las novelas que Philip K. Dick publicó (y más o menos decimotercera de las que llevaba escritas), The Man Who Japed --aparecida en 1956 y traducida en español como Planetas morales en 1960-- cabe situarla entre sus producciones menos notables, muchos escalones por encima de Dr. Futurity, eso sí, y uno por debajo de Vulcan´s Hammer. De las tres primeras novelas que publicó casi consecutivamente --Lotería Solar y El tiempo doblado (The World Jones Made) son las otras dos-- es sin duda la menos interesante. Ahora bien: leída en su tiempo --y tanto da si nos referimos a 1956 como a 1960, año de su traducción castellana-- sí se trata entonces de un título bastante notable, por encima de mucha morralla que ha quedado olvidada (justamente) y que no se vende ni a medio euro en las tiendas de segunda mano. Es lo que ocurre cuando un autor tiene algo que decir, aunque lo exprese de una manera insuficiente o aún no lograda por entero. Una lectura actual de la novela nos muestra cómo baja en el escalafón de la obra de Dick, pero sobresale en el de lo que se publicaba por aquellos años. |
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