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November 30 "MUDO" de Stephen King(c) 2007 by J.C. Planells Una noticia para fans y completistas del autor de Maine. La revista Playboy, en su edición correspondiente a diciembre de 2007 (a la venta a finales de este noviembre), num. 58, incluye un relato suyo en esclusiva titulado "Mudo", y que cabe suponer reciente. El relato no es nada del otro mundo, una historia que recuerda en algo a sus primeros trabajos --recogidos en la temprana recopilación El umbral de la noche--, y que se lee agradablemente pero se olvida con facilidad. Cabe suponer que un día u otro --un año u otro, un década u otra-- aparecerá en una nueva recopilación de relatos. Por si me pilla en el otro barrio, me lo he leído ya, aunque para ello he tenido que pasar la vergüenza de comprar la revista (si bien en un kiosko distinto al mío), porque los señores serios no compramos esas revistas (compramos otras peores...). November 29 RAY DAVIES: "Working Man´s Café": Rock melancólico(c) 2007 by J.C. Planells ![]() El segundo --oficialmente-- disco en solitario de Ray Davies sí es lo más parecido a un disco de los Kinks, aunque le falta evidentemente la sonoridad de las guitarras del hermano Dave. Éste es un disco de cantante solista que se acompaña de músicos --incluso en un tema, de Mick Avory, el que fuera batería de los Kinks durante casi toda la historia del grupo, hasta su pelea final con Dave--, y se echa de menos la vivacidad de un grupo de rock dando caña. En alguno de los temas recuerda, asimismo, a la etapa de los discos conceptuales de los Kinks, que abarcó entre 1971 y 1975, aproximadamente, etapa que no entusiasma demasiado a sus fieles --ya no digamos a los no fieles-- y que les hizo salir de las listas de éxitos durante varios años --aparte de que alguno de esos discos fue prohibido en España por razones de censura, cómo no--. Musicalmente, hay resonancias de Preservation, especialmente en su segunda entrega, pero también de Soap Opera, para algunos lo menos afortunado de los Kinks, aunque para mí es uno de sus grandes discos --conceptual o no--. Este disco es muy superior al publicado hace menos de dos años, Other People´s Lives, un trabajo muy insatisfactorio y casi sin sabor a nada; aquí, afortunadamente, las canciones suenan y saben a Ray. Por lo demás, en lo referente a los textos, Ray sigue siendo el de siempre, pero con los horizontes ampliados. Ahora graba y vive en Estados Unidos y su visión del mundo abarca casi toda la humanidad, en vez del hombre de la calle londinense. En realidad, es el Ray de siempre y lo que nos dice es lo que nos ha dicho siempre, sólo que magnificado. Si existe algo parecido al rock protesta --aparte de ciertos grupos punk, que no en vano tienen su origen en los Kinks (Green Day me suenan a Kinks apunkados por muy americanos que sean, y al oír algunos de sus temas --"Holiday", "She", "Basketcase"-- no cuesta nada imaginarse a los hermanos Davies a toda velocidad sonora)--, es lo que Ray Davies ofrece en este disco. Buenas canciones, buen pop-rock y, especialmente, ese "rock melancólico", que no sé si ha inventado él, pero que cultiva con una elegancia, un estilo que cautiva aun cuando las raíces musicales sean las mismas. Ray Davies, con o sin Kinks es músico de músicos. Es decir, el fan normal y corriente puede que no se entusiasme con él, pero los músicos de rock sí. Ya comenté al respecto anteriormente con motivo del reciente disco de Dave Davies la cantidad inmensa de músicos y grupos de rock influidos por los Kinks (o por Ray Davies). Ray es uno de esos talentos que en rock no abundan tanto como se nos quiere hacer creer. November 28 CUENTOS INVEROSÍMILES, de José López Rubio(c) 2007 by J.C. Planells José López Rubio perteneció a la llamada La Otra Generación del 27: la formada por Jardiel Poncela, Edgar Neville, Miguel Mihura... Esa generación que renovó el humor en España, modernizándolo y creando una escuela aún no superada. Fue, si no yerro, el que les sobrevivió a todos: falleció en 1996 y habló en nombre de todos ellos en la Real Academia de la Lengua, algo que ninguno pudo hacer (Mihura falleció antes de su discurso de ingreso). Conocido principalmente por su labor como prolífico comediógrafo, dramaturgo y guionista de televisión, la obra narrativa de López Rubio es menos conocida y abarca, principalmente, una novela, Roque Six, editada en 1928 (reeditada en 1986 por Seix Barral) y el libro de relatos Cuentos inverosímiles, aparecido en 1924, y que acaba de ser felizmente reeditado por ediciones Menoscuarto con un estudio preliminar de Fernando Valls y acompañado de casi todas las ilustraciones de su primera edición, lo cual es de agradecer. Ésta es una obra de verdadera juventud: su autor tenía 21 años cuando se publicó el libro, que pertenece por derecho propio a lo mejor de la producción de esa generación de autores sólo muy tardíamente estudiada como tal por derecho propio. Por cierto, quizá algún lector recuerde que ya hablé de este autor hace un tiempo, en el ensayo "Benavente y López Rubio: El dinero, la culpa y el remodimiento", aparecido el 9 de enero de este año, a propósito de la semejanza de un drama suyo con otro de Benavente. Lo que queda claro tras la lectura de los relatos de este volumen es que López Rubio era, como narrador de cuentos, muy superior a Neville y podía rivalizar sin dificultad con algunas muestras de Mihura o de Jardiel Poncela, si bien a considerable distancia de este último. López Rubio --el joven López Rubio de 21 años autor de estos relatos-- escribe con una prosa llena de finura y elegancia, y su humor es de una ironía muy medida y contenida. De hecho, el ingenio prevalece sobre la ironía. Hay relatos verdaderamente geniales: "Un viaje de recreo", "La tía Germana", "El espíritu de Arsenio Lupin"... Otros, más declaradamente humorísticos en su forma narrativa, recuerdan al mejor Jardiel: "En la verbena se pierde todo", "La agencia Dulces Lazos"... Pero lo que sorprende en unos y otros, lo que sobresale del conjunto del volumen es su modernidad: estos relatos, escritos y publicados en 1924, parecen casi de hoy, salvando las logicas diferencias de costumbres y ambientación. Su lectura es muy agradable y confirman que López Rubio, aun siendo un "talento menor" en su generación, podía medirse muy bien en ocasiones con los talentos mayores. Buen libro y buena lectura. Es hora ya de que a estos autores se les reconozca de pleno su mérito. November 26 EL CÍRCULO, de Peter Lovesey(c) 2007 by J.C. Planells November 24 CINCO CHICAS ZURDAS(serie: Aventuras de Harold Smith) (c) 2007 by J.C. Planells [Nota del autor: El punto de partida de este relato --cinco chicas zurdas sentadas vistas por alguien en un mismo lugar-- proviene de una anécdota que le oí contar a una muchacha --creo que una estudiante-- a sus amigas este mes de noviembre en la línea 1 del metro. Así, pues, me permito dedicar este relato a esa desconocida viajera, por inspirármelo.] PRIMERA PARTE Habían llamado a la puerta, así que acudí a abrir con presteza y mi mejor sonrisa, ésa que según Harold me hacía parecer anormal. Pero no era ningún cliente, sino la hija de nuestra portera, Sandra Lane. --Diógenes, ¿sabes si el señor Smith está ocupado ahora? --preguntó. --Harold está siempre ocupado, niña --le dije con severidad--. ¿Qué és lo que pasa? --Es que querría consultarle una cosa... --Las niñas deben consultar sus cosas a sus madres, que para eso las tienen. Harold Smith no debe ser molestado para consultas de niñas curiosas y diminutas, porque su cerebro superior debe permanecer en alerta constante para prevenir los crímenes más espantosos, los delitos más escalofriantes, los asesinatos más tenebrosos. Londres podría caer en manos de los criminales más temibles y caóticos si Harold desviase su atención hacia nimiedades y vulgaridades. Así que ahora no puede atenderte porque tiene todas sus facultades puestas en miras más elevadas... En ese momento apareció Harold, que salía de la cocina llevando puesto el delantal de hacer faenas y secandose las manos en una toalla. --Bueno, ya está reparado el grifo del fregadero --dijo, alegremente--. ¿Ves, Diógenes? Hay que saber de todo un poco en la vida. Ah, hola, Sandra. ¿Qué tal? --Señor Smith, ¿puedo consultarle una cosa? --Naturalmente, querida niña. Pasemos a mi despacho --dijo Harold, quitándose el delantal y echándomelo encima. Mi jefe y la pesada de Sandra se fueron al despacho donde recibíamos a las visitas serias y yo me quedé como un idiota ante la puerta abierta de la escalera, en medio de la corriente de aire y con el delantal por sombrero. --Verá usted, señor Smith --empezó a decir la niña cuando yo entré en el despacho--, ayer vi una cosa rara... Unas amiguitas y yo fuimos por la tarde a merendar al salir del colegio, porque era el cumpleaños de una de ellas, y entramos en un salón de té que había camino de casa de esa amiguita... El imaginarme a un montón de niñas memas como Sandra juntas en un salón de té hizo que me estremeciera. --Mientras merendábamos, me fijé en que en una mesa aparte, al fondo de todo, estaban cinco chicas zurdas. --Harold enarcó las cejas--. Me fijé en eso porque primero vi que una lo era, pero luego me di cuenta de que lo eran las cinco, porque cortaban la tarta de manzana con la mano izquierda y usaban el tenedor y la cucharilla con la misma mano. Una zurda, bueno... pero cinco a la vez... Cuando nosotras nos marchamos a nuestras casas, ellas seguían allí aún, calladas y silenciosas. --Hum y rehúm --dijo Harold. --¿Y eso qué tiene de raro? --dije--. Habrá por allí un colegio para chicas zurdas. --No lo hay. El nuestro es el único colegio en todo el barrio. --Pues un hospital para gente zurda. --No hay hospitales cerca de allí. --Serían hermanas --dije, inasequible al fracaso y al desaliento. --Una era negra, otra oriental, quizá china, dos eran rubias y parecían nórdicas, y la quinta era morena. --Pues lo único que se me ocurre es que todo esto es una tontería. ¿Y para eso querías hablar con Harold? --¿Estaban sentadas en una misma mesa, dices? --preguntó Harold, que por lo visto se tomaba inmerecidamente en serio a la cabezona. --Sí, señor Smith. Me fijé en que no hablaban entre ellas y comían en silencio y sin mirar a nadie. --Eran mudas y ciegas, además de zurdas --dije. --Es un poco raro todo esto... --dijo Harold, arrugando el ceño--. ¿Qué edades aparentaban, más o menos? --Eran mayores que nosotras. Tendrían entre quince y dieciocho años, como mucho... --¿Y nadie estaba con ellas? ¿No vino nadie en todo el rato que estuvisteis en ese salón de té? --No. Y nosotras estuvimos un poco más de media hora. Ellas ya estaban cuando entramos, y seguían allí al irnos. --Ya lo tengo --dije--. Si eran zurdas, es porque eran fugitivas del telón de acero. ¿No son de izquierdas todos los que hay más allá del telón de acero? --La cantidad de tonterías que eres capaz de producir en un minuto resulta francamente asombrosa, Diógenes --dijo Harold--. Veo algo muy extraño en todo esto que cuentas, querida Sandra. Tanta chica zurda junta, y al parecer de diferentes países, no es muy normal ni lógico. Pero que me aspen si sé qué puede ser... Por lo visto, Harold estaba decidido a enfocar su poderoso cerebro en aquella tontería que le había contado Sandra, así que decidió ir al salón de té en cuestión, y para allá que nos marchamos los tres. Mi sugerencia de que podríamos llevarnos al gato de Sandra, Bonnie, aprovechando que era zurdo además de gato, y podría resultarnos útil, fue recibida con un silencio ignominioso. Llegamos, pues, al salón de té y vimos desde fuera, observando por las ventanas, que no había apenas nadie, y desde luego ninguna chica zurda. Entramos los tres y Harold se dirigió muy sonriente al que parecía ser el encargado. --Buenas tardes --le saludó--. Creo que vino aquí mi sobrina y se marchó sin pagar... Era una chica zurda, que iba con unas amigas suyas... El encargado miró a Harold de manera atravesada. --Aquí nadie se marcha sin pagar, señor mío --dijo--. Éste es un local serio: al que no paga, le echamos a patadas a la calle. --¿Y a la sobrina de mi jef... a la sobrina también la echó a patadas? --no pude evitar preguntarle. El encargado me asesinó con la mirada. --Aquí todos se van pagando --dijo con dureza. --Habrá sido un malentendido --dijo Harold, sonriendo generosamente--. Pero estuvo aquí, ¿verdad? ¿La recuerda? --No, yo no recuerdo a la gente que viene. ¿Zurda? Vaya estupidez. Somos británicos, señor. Y nos dio la espalda dirigiéndose hacia el fondo del local, con lo cual decidimos marcharnos de allí. --Ese hombre miente, señor Smith --dijo Sandra, cuando estuvimos en la calle. --Ya lo he notado --dijo Harold, con aspecto preocupado--. Pero no entiendo por qué... --¿Y cómo sabe que ha mentido? --pregunté, irritado, porque todo aquello me parecía ganas de perder el tiempo. --Porque soy detective --respondió Harold, aplastante. A eso yo no pude oponer nada. Regresamos a la agencia. Sandra se quedó en la portería, como era su obligación como hija de la portera que era. Con tanto tomársela en serio como hacía Harold, empecé a temer que puesto que la niña era huérfana por parte de padre, Harold decidiera adoptarla finalmente y se trasladase a vivir y trabajar como portero de la finca. ¿Se casaría incluso con la señora Lane? ¿Y qué iba a ser de mí en ese caso? Mientras meditaba angustiado en esa posibilidad, Harold estaba hablando con su amigo Jameson de Scotland Yard. Como me puse a fregar los platos, aprovechando que ya teníamos el grifo de la cocina arreglado, no me enteré de lo que hablaron. Cuando entré en el despacho, Harold estaba aún de conferencia telefónica con Jameson. --... alguien de confianza, desde luego. Y ni pensar en que sea Sandra, entre otras razones porque el hombre del salón de té ya la ha visto dos veces. Ah, no, no, Jameson. Ni hablar de eso. Suponiendo que nuestras sospechas fueran ciertas, ese tipo de gente huele a los policías a un kilómetro de distancia; tienen un instinto especial. Pues... --Harold me echó una mirada un tanto rara--... creo que tengo una idea... Ya te contaré. Se despidió de Jameson y se quedó un rato meditando. Luego, me miró y preguntó: --Esto... Diógenes... Además de inglés, hablas español, claro. ¿No sabrás por casualidad algún otro idioma? --Catalán... --¡Magnífico! --Harold se frotó las manos--. Resultará lo suficientemente exótico. --¿Exótico? --dije, ofendido--. ¿Qué tiene de exótico hablar catalán? --Quiero decir, que nadie sabrá qué idioma hablas. Puede que un francés se diera cuenta, pero... --Oiga, ¿de qué va todo esto? Harold tosió y trató de mostrarse solemne. --Diógenes, hijo mío... --No soy hijo suyo --dije, patéticamente--, pero sospecho que va a adoptar a Sandra como hija, ¿verdad? Y se irán todos a vivir a la portería con el gato zurdo de Borneo de la señora Lane, dejándome abandonado a mi suerte. --Pero, ¿qué tonterías estás diciendo? --dijo Harold, desconcertado y estupefacto--. Diógenes, deberías dejar de leer todos estos folletines ridículos que compras en la librería de viejo de Simmons. Te están licuando el cerebro... Bueno, escucha con atención porque... --se puso solemne otra vez--... porque puede que el destino de gente inocente esté en tus manos. Me quedé asombrado. --¿Es una broma? ¿A qué viene eso? --He hablado con Jameson sobre lo de esas chicas zurdas que vio Sandra. Bien, pues Jameson me ha informado de que se sospecha que aquí en Londres existe desde hace algún tiempo una red de delincuentes que trafica con muchachas secuestradas de diversos países. De hecho, parece que Londres es el punto donde las concentran para luego llevarlas a diversos países del hemisferio sur para... er... para... Bien, digamos que para esclavizarlas. --Atiza. Jefe, esto es muy fuerte --dije, impresionado. --Más de lo que puedas pensar. Es un delito que se conoce como "trata de blancas". --Oh. ¿Porque se trata de chicas blancas? Pero las zurdas que vio Sandra eran de varios colores. Una negra, una china, dos o tres blancas... --No seas majadero --dijo Harold, irritado--. Se llama así, tanto si son chicas blancas, negras o marcianas de color verde. Se trata de muchachas, generalmente jóvenes, raptadas, arrancadas de sus familias y países, contra su voluntad, siguiendo patrones determinados por... por quienes esperan esclavizarlas. Cinco chicas zurdas, como las que vio Sandra, no aparecen reunidas así como así, y menos si son de diferentes razas y países. --¿Y cómo las esclavizan? Harold gimió. --¿Recuerdas el cabaret que visitamos cuando lo del asesino de guante blanco? Bien, pues digamos que acaban trabajando de... er... cabareteras. Medité en silencio. --Pues, la verdad, jefe, aquellas señoritas del cabaret parecían estar la mar de contentas con su trabajo, dejando aparte la pelea que montaron en el camerino... --Basta de tonterías. Seguro que Sandra lo habría entendido antes que tú. De hecho, como recordarás, ella tenía las ideas muy claras al respecto, cuando fuimos al cabaret... --Quedé convencido de que Harold se disponía a casarse con la portera y adoptar a Sandra y al gato también, y yo iría a vivir al vil arroyo, como un Oliver Twist cualquiera--. En fin, vayamos a lo que importa. Jameson y yo tenemos un plan. Necesitamos infiltrar a alguien... un héroe. ¿Quieres serlo tú? Decir que me emocioné es decir poco. En realidad, casi salto de alegría. --¡Sí, jefe! ¡Sí y mil veces sí! Harold suspiró aliviado. --Menos mal. Escucha. Éste es el plan... SEGUNDA PARTE Tuvo que venir el señor Jameson al día siguiente por la mañana para prometerme que me darían la Orden del Imperio Británico si colaboraba en el plan que había trazado Harold. Las discusiones entre Harold y yo, que se iniciaron duraron la tarde del día anterior, duraron toda la noche y buena parte de la mañana. --Soy un forastero en tierra extraña --dije, triunfalmente--. No me pueden dar la Orden esa... No puedo ser Sir Diógenes... --Si se la han dado a los Beatles por grabar discos, te la darán a ti por salvar muchachas inocentes --volvió a decir un fatigado Jameson. --¿Y por qué yo? ¿Por qué no lo puede hacer una mujer policía? O Sandra, que ya se disfrazó una vez de vieja paralítica... --Te lo he explicado ya quinientas veces, Diógenes --dijo Harold, que estaba ya medio ronco de tanto hablar--. A una mujer policía la descubrirían enseguida. Tú puedes hacerte pasar por forastero sin dificultad, hablando en catalán para que no te entiendam.Y Sandra, como comprenderás, es... demasiado pequeña. Además, ayer la vieron con nosotros, y el día anterior con sus amigas... --A mí también me vieron ayer --repetí con cuadragésima sexta vez. --Pero no te van a reconocer --repitió por cuadragésima sexta vez Harold. Y es que el brillante plan de Harold era que yo me disfrazase de chica y fuese al salón de té aquel, haciéndome pasar por extranjera, y además, zurda. --Sir Diógenes --dijo Sandra--. suena bonito. Para terminar de convencerme, habían subido a la agencia Sandra y la señora Lane, y encima el gato de Sandra me contemplaba sentado sobre mi mesa, expectante, como si se preguntara qué pensaba hacer yo. --¡Pobres niñas, si es cierto lo que dice el señor Smith! --lloriqueó la señora Lane--. ¡Diógenes, en tu mano está salvarlas de un destino horrible! --Nadie se lo va a creer que soy una chica... --Iremos al teatro de revista que hay aquí al lado, donde disfrazaron de vieja a Sandra aquella vez, y a ti de enano cuando lo de la degolladora de aquel circo... --dijo Harold, tomando pastillas contra el dolor de garganta. --Eso, encima tendré que soportar las burlas y las mofas y las befas de aquellas chicas... --A la que se ría de ti, el señor Jameson la encerrará en una fría mazmorra --dijo Sandra--. ¿Verdad, señor Jameson? Jameson, cansado ya de tantas discusiones, asintió con la cabeza. En fin, nos trasladamos --me arrastraron, mejor sería decir-- al teatro de revista donde ya empezábamos a ser sobradamente conocidos de veces anteriores, y Harold habló con las chicas, explicándoles lo que quería y los motivos. Escucharon seriamente y, ante mi mirada de asesino en ciernes a la menor broma, se mostraron muy serias. --Eres muy valiente --dijo Ruth, una pelirroja que siempre iba con un vestido de lentejuelas y enseñándolo todo casi--. Ven conmigo, y verás lo bien que te disfrazaré. En el camerino de las chicas, empezaron a probarme pelucas, y eligieron una rubia de pelo largo que he de confesar no me quedaba mal del todo. Luego me aplicaron maquillaje, mientras echaban fuera al decorador del teatro, que se empeñaba en hacerlo él. --Ay, nenas, dejad que yo le prepare... --dijo, mirándome de una manera rara--. Le voy a dejar divino, divinnnnnnnnnno... --Si ese hombre se me acerca, le rompo el espejo en la crisma --amenacé. --Bueno, eso de hombre... --susurró Ruth, mientras seguía maquillándome. Eligieron cuidadosamente la ropa. Se empeñaron en ponerme unos postizos en el pecho para que pareciera una adolescente más o menos desarrollada. Fue en ese momento cuando amenacé con huir a la Costa Brava, y tuvieron que retenerme a la fuerza. Sandra se echó a llorar por las pobres chicas que sufrían en manos de sus captores y a las que yo me negaba a liberar, la señora Lane me reprochó mi egoísmo y el gato me bufó enfadado. Finalmente, contemplé los resultados en el espejo. En fin, digamos que resultaba aceptablemente femenino, o femenina, no sé. Llevaba una blusa y un jersey encima, falda corta (qué vergüenza) y unas medias de colores, compradas en Carnaby Street por la propia Ruth en persona. --Así no se notará que tus piernas son er... masculinas --dijo. --Perfecto --aprobó Harold. Yo me limité a gruñir y mirar si habia sonrisitas en la cara de alguien, para lanzarme sobre el que fuera. Pero todos estaban la mar de serios. Bonnie ronroneó, aprobador--. Ruth, has hecho un muy buen trabajo. Diógenes parece ahora una chica de unos dieciséis o diecisiete años. Bien, querido Diógenes, recuerda que debes hablar con la voz er... un poco femenina... Deberíamos ensayar un poco. --Puesto que he de hablar en catalán para que no sepan de qué país soy, no veo por qué debo fingir la voz --gruñí. --Y no gruñas --dijo Jameson, recibiendo una mirada asesina de mi parte. --Gruñiré si me da la gana. Y les soltaré frases de los monólogos de Capri, que me los sé casi de memoria, para dejarles chafados. Al menos así, me dirvertiré yo también --dije muy, pero que muy deprimido. Jameson nos llevó en su coche privado a Harold y a mí hasta la calle donde estaba el famoso salón de té. Sandra se empeñó en venir, "como apoyo moral", según dijo, y supongo que el gato formaba parte del dichoso apoyo moral, porque iba sentado en sus rodillas. La señora Lane se quedó en casa, rezando por nosotros, dijo. Pues qué bien, mira. --Bien, Diógenes --dijo Harold--. Todo depende de ti ahora. Entré en el salón de té con unos andares que esperé resultasen convincentemente femeninos. Afortunadamente, no me pusieron calzado de esos con tacones altos, sino unos discretos zapatos de chica. Había muy poca gente en aquellos momentos. Una pareja mayor en una mesa y dos señoras viejas en otra. Por si acaso, me dirigí hacia el fondo del local y me senté a una mesa. El encargado, que ya me había echado el ojo nada más entrar, se me acercó con el ceño fruncido. Temí que pese a todo el disfraz, la peluca y el maquillaje, me reconociera. --¿Qué quieres? --me preguntó no muy entusiasmado. --De les dones, el que mès m´agrada, ès el clatell --dije hablando con finura que supuse femenina y en un catalán de Tossa de Mar. --¿Qué? ¿Cómo dices? --me miró desconcertado. --Lo altre, tambè m´agrada, però desenganyem-nos, un clatell és sempre clatell. El hombre me miraba estupefacto. --¿Se puede saber de dónde sales, muchacha? --Aquest caixonet de darrera ès pel gos. Pel gos, pel gos. El hombre dio media vuelta y se dirigió hacia el interior del local, cruzando una puerta que debía dar a las cocinas o al despacho. Bueno, la cosa de momento parecía funcionar. Y fue entonces cuando me di cuenta con verdadero horror de que con tantas discusiones para convencerme de que me disfrazara de chica para espiar en el salón de té, lo único que no habíamos previsto era qué hacer una vez dentro del local y en caso de que localizase a las chicas en él. Maldije en búlgaro, como hacía Harold en las grandes ocasiones, pero era tarde para salir fuera e ir al coche de Jameson para preguntarles qué hacer a continuación. En realidad, era culpa mía: les llevó tantas y tantas horas convencerme para que me disfrazara, que Harold y Jameson se acabaron olvidando de completar el plan. ¿Y si me hacía con un arma? Lo único que había a mano era un cenicero y una caja de cerillas de propaganda del local. Cogí la caja y la oculté en el bolsillo del jersey, porque la puñetera minifalda no tenía bolsillos. Casi al momento, regresó el encargado acompañado de una mujerona gorda, sebosa y malcarada. Se acercaron y decir que me asusté es decir poco. --¿Quién eres, muchacha? --preguntó la gorda sebosa. --Soc l´Amadeu, l´inventor. Se miraron entre sí. --No entiendo ese idioma --dijo la gorda sebosa--. ¿Cómo ha llegado aquí? --No había prevista ninguna entrega de mercancía --dijo el encargado. ¿Lo de mercancía iba por mí?--. Debe ser una zurda que se ha demorado... O una fugitiva de algo... ¿De qué país eres, chica? --preguntó enseñando todos sus espantosos dientes en una sonrisa presuntamente afectuosa que me estremeció por completo. --Setze jutges d´un jutjat mengen fetge d´un penjat que encara penja --dije, dejando de momento los monólogos de Capri, para ver si lo pillaban. --Debe de ser rumana, o húngara... --No --dijo la gorda sebosa--. Es checoslovaca, seguro. Con eso de la primavera de Praga y los tanques soviéticos invadiendo el país, debe de escaparse mucha gente de allí... Y lo que ha dicho me suena a checo: todo son consonantes. --¿No hablas inglés, chica? --preguntó el hombre, haciéndose el simpático con sus dientes en forma de sonrisa. --¿Ing... lés? --dije, pronunciando lo peor posible y lo más femeninamente posible también. --¿Estás sola? ¿Tú sola? --gesticuló con la mano para explicarlo, e hice ver que más o menos le entendía. --Abracim, perque no ens veurem mai més vos i jo --dije, asintiendo coquetonamente con la cabeza. El encargado miró a la gorda sebosa con una sonrisa satisfecha. --Debe haberla enviado Leclerc directamente, aunque debería habernos avisado. --Y dirigiéndose a mí, pregunto--: ¿Tú aquí por Leclerc? --¡Leclerc, Leclerc! Sou un brut vos! --asentí vigorosamente, pensando que sin duda había conseguido engañarles y estaba en camino de... bueno, de lo que fuera--. ´colti, llonzes! Tot això son pops? Però, tot son pops? --Sí, nena, lo que tú digas. Anda, vente con nosotros, guapina, que te vamos a llevar a un sitio --dijo el hombre agarrándome con firmeza por el brazo. --Me va oír Leclerc cuando le vea --rezongó la gorda sebosa--. ¿Cómo se le ocurre enviar así como así a una chica? Podría descubrirse todo el pastel... Yo me dejé llevar sin el menor entusiasmo por el encargado y su sonrisa siniestra hacia el pasadizo que había al fondo del local. --Esta nena tiene un cierto atractivo. Parece como ingenua y desvalida, ¿no crees, Sharon? --Aquella entrada alta, oi?, aquella entrada ampla del carrer Sant Pau... Alto! Alto!, no, que allà hi vivia jo!... --murmuré empezando ya a asustarme de verdad. --Eso, nena, eso. Anda, pasa por aquí... Desembocamos en un segundo pasadizo y el encargado abrió la primera puerta de la izquierda con una llave que colgaba de un grueso llavero. Luego me empujó dentro de cualquier manera y cerró la puerta con llave de nuevo. Sus pasos se alejaron por el pasillo. Miré dónde me encontraba. Era una pequeña habitación, iluminada por una débil bombilla, y en ella se encontraban cinco chicas que parecían muy asustadas, arrinconadas en uno de los extremos de la habitación. Una era negra, otra china o japonesa, dos eran rubias de piel muy clara y la quinta, morena. Sin duda debían de ser las zurdas que Sandra había visto ayer sentadas en las mesas. Hice un ademán amistoso con la mano, y se me acercaron tímidamente. Confiando en que supieran inglés, al menos alguna de ellas, les dije con mi voz normal. --No os asustéis, voy disfrazado. La policía está fuera para poder rescataros. Yo me he infiltrado aquí para ver si estabais prisioneras... Al oír mi voz de chico se asustaron bastante, pero la negrita me miró con sorpresa y alegría. Resultó que hablaba inglés y casi me abrazó de contenta que estaba. --Oh, qué bien --dijo--. Estamos muy asustadas. Nos tienen secuestradas aquí y no sabemos qué va a ser de nosotras... --¿Las demás hablan inglés? --pregunté. --No. Bueno, la japonesa entiende algunas palabras, pero nada más. Las dos chicas rubias creo que son suecas o noruegas o algo así, y creo que son hermanas... No entienden nada y son las que peor lo están pasando. La morena creo que es francesa o española... --¿Hablas español? --le pregunté a la morena en ese idioma. Se puso la mar de contenta al oírme y casi saltó de alegría. Resultó que era la hija del embajador de Bolivia en Francia, y la habían raptado cuando salía de su clase de música en una academia de París. Con todo eso, las otras tres, aunque no entendían nada, parecían bastante más tranquilizadas. La japonesa incluso se reía de mi disfraz de chica. --Hemos de trazar un plan --dije, primero en inglés para la negrita y luego en castellano para la boliviana. --¿Un plan? Pero, ¿qué habíais previsto? --preguntó la negrita, desconcertada. --Er... Verás, es que con el trabajo de... ah... convencerme de que me disfrazara de mamarracho... digo, de chica, mi jefe se olvidó del resto del plan. Creo que tendremos que improvisar un poco. --La negrita y la boliviana se alarmaron--. Tranquilas --les dije para calmarlas--, Scotland Yard vigila desde fuera este local, y mi jefe estará alerta para lo que ocurra. --Estuve a punto de mencionar a Sandra y a Bonnie, pero me pareció fuera de lugar. --Creo que esta gente esperan que llegue un transporte o algo para llevarnos a otro lugar o país --me dijo la negrita--. Como se creen que ninguna entiende inglés, a veces les he oído hablar cuando vienen a echarnos la comida. Y digo echarnos --añadió amargamente--, porque eso es lo que hacen. Nos tratan como si fuésemos animales... --No temáis, esto se ha acabado. Er... Sólo hay que pensar en algo... Me pregunté si Harold y Jameson decidirían entrar a a fuerza o qué, viendo que yo había desaparecido. Pero decidí que no era cuestión de esperar más. Las dos chicas rubias daban verdadera pena y parecían medio enfermas. Miré atentamente la habitación en que estábamos. No había ventanas, ni otra salida que la puerta por la que me empujaron el hombre y la gorda sebosa. De escapar, teníamos que hacerlo por ella. No parecía nada fácil de forzar ni de reventar la cerradura, ni seguramente por mucha fuerza que los seis hiciésemos la derribaríamos. Mire en torno a ver qué podíamos usar para reventar la puerta. Y entonces se me ocurrió una idea. --Escuchad --les dije a la negrita y a la boliviana, usando los dos idiomas en que me entendían--. Poneos a este lado de la puerta y estad atentas a cuando se abra para escapar por ella. Y no os asustéis por lo que voy a hacer. Confiad en mí. Fui a uno de los tres colchones que había tirados por el suelo de la habitación, y en donde dormían las pobres chicas. Me costó reventar uno de ellos, porque no tenía mi navaja ni mi cortaplumas, pero lo conseguí. Saqué la lana de dentro y con la cajita de cerillas que había cogido de la mesa donde me había sentado al entrar, prendí fuego al colchón. Las chicas, sobre todo las dos rubias, se asustaron mucho, pero traté de calmarlas. --¡Ahora gritad! ¡Fuego, fuego! ¡FUEGO! --les dije. No me costó convencerlas. Las cinco gritaron como condenadas, mientras la habitación se llenaba de humo. Luego, aporreamos y pateamos la puerta. Unos instantes después, se oyeron pasos y voces por el corredor. Una llave giró en la cerradura y la puerta empezó a abrirse. --¡Ahora! --les dije a las chicas. El factor sorpresa nos ayudó. Las cinco salieron en tromba y chocaron con el hombre, que se tambaleó y tuvo que agarrarse a la pared para no caer. Yo salí después que ellas y le di una patada en la rodilla para que acabara de caer al suelo. Llegamos a donde estaban las mesas y se veía ya la calle. Vi a Harold que miraba muy preocupado hacia el interior desde el ventanal. Antes de que dijera nada, sentí que me agarraban por detrás y estuve a punto de caer. La gorda sebosa me había atrapado. --Te vas a enterar... Eh, pero... ¿Una peluca? ¿Qué es esto? Mientras la gorda sebosa miraba la peluca que se me había caído, llegaba el hombre armado con un tremendo cuchillo de cocina dispuesto a tomarse la injusticia por su mano. Antes de que me lo clavase se oyó un estremecedor rugido y una bola caoba le saltó encima. --¡Muy bien, Bonnie, muy bien! --oí gritar a Sandra. El encargado luchaba como podía para quitarse de encima al gato de Sandra, que le había saltado a la cabeza y le arañaba el pelo. Sandra estaba a la puerta del local, y junto a ella, las cinco chicas zurdas. Jameson y Harold, acompañados de varios policías, se abrieron paso y entraron, dirigiéndose hacia la gorda sebosa y el arañado encargado. No queda mucho más que contar. La captura de aquella pareja permitió deshacer una red de secuestradores de chicas y adolescentes que operaba internacionalmente. Muchas eran atraídas mediante falsos anuncios en periódicos solicitando muchachas para publicidad en revistas o comerciales de cine o televisión. Era lo sucedido con las chicas zurdas. Excepto la hija del embajador boliviano en Francia, las otras cuatro habían contestado anuncios en sus países y luego, una vez se presentaron, fueron raptadas y conducidas a ese salón de té en Londres, desde donde iban a ser llevadas a misteriosos países del hemisferio sur. En el caso de estas cinco chicas, respondieron a anuncios solicitando chicas que fueran zurdas, excepto la boliviana, a la que ya tenían "echado el ojo", según comentó luego Jameson. Todas estaban ya en contacto con sus familias e iban a volver en breve a sus casas; las rubias resultaron no ser nordicas, sino polacas, y la oriental era japonesa, no china. --Pero no entiendo por qué tenían que ser zurdas --le pregunté a Jameson cuando estábamos todos en el despacho de Harold, repasando los detalles de caso. --Bien, digamos que cierta clase de personas, los que esclavizan a las muchachas raptadas, a veces quieren algunas que tengan determinadas características. Mejor no hurgar en esto, Diógenes, créeme. --Todo ha acabado bien, por fortuna. Diógenes, estoy orgulloso de ti --dijo Harold. --Mañana haré los trámites para que te den la Orden del Imperio Británico, como te prometí --dijo Jameson. En ese momento, recordé las caras de las cinco chicas, sus rostros asustados cuando las vi por vez primera al entrar en aquella habitación, los mugrientos colchones tirados en el suelo, la frase "vienen a echarnos la comida" que había dicho la negrita, su miedo cuando prendí fuego al colchón, las dos rubitas abrazadas una a la otra, incapaces de entender nada de lo que les pasaba. Y luego, sus caras de felicidad cuando estuvieron en la calle, rodeadas de agentes de Scotland Yard, Sandra acercándose a todas ellas para hablarles cariñosamente, Bonnie el gato frotando su cabecita contra los pies de la negrita y de la japonesa y correteando entre las piernas de todas ellas... Y la manera en que se acercaron para darme las gracias, y... Bueno, otras cosas que no vienen al caso. --Gracias, señor Jameson --le dije--. Pero no se moleste. No necesito ninguna recompensa. Sandra y el gato me miraron y los ojos les brillaban. Harold asintió con la cabeza y encendió la pipa de las grandes ocasiones. --Éste es el espíritu --dijo--. Éste es el espíritu. FIN. November 22 LOS PALOMOS, de Fernando Fernán Gómez: Homenaje a los actores(c) 2007 by J.C. Planells
Nota: El fallecimiento ayer de Fernando Fernán Gómez motiva la publicación de este comentario apologético sobre un film suyo nada apreciado por los críticos, y que estaba previsto hace ya muchos meses y se iba demorando como tantos otros textos. En espera, pues, de un futuro comentario más calmado en torno a este llorado dramaturgo, actor, director y escritor, valga como modesto homenaje a su honestidad profesional la reivindicación de esta película. Seguramente, el cómico de raza que había en él, lo hubiese comprendido. Añado que no he retocado nada del texto, escrito cuando Fernán Gómez aún vivía.
En un libro-entrevista a Fernán Gómez publicado hace pocos años, comentaba que su película de 1964 Los Palomos estaba considerada por críticos y amigos como su peor película, y que él no participaba de esta opinión. Yo tampoco, ésta es la verdad. Si hemos de jugar al juego de "la peor película dirigida por Fernán Gómez", se me ocurren fácilmente dos o tres títulos, y ninguno sería esta Los Palomos.
Lo que ocurre --es fácil adivinarlo, por otra parte-- es que la película es la puesta en imágenes de una obra del prolífico y denostado --las más de las veces con toda la razón: ya dediqué un ensayo a su teatro-- Alfonso Paso, de igual título y estrenada en enero de 1964. La versión cinematográfica se rodó y estrenó ese mismo año, lo que significa rodaje rápido --o profesional--, con los mismos protagonistas: José Luis López Vázquez y Gracita Morales, pareja para la que Paso escribió ex profeso la obra, y sustituyendo al resto del reparto original que la interpretó en el teatro Comedia de Madrid (Carmen Carbonell, Gemma Cuervo, Carlos Muñoz, José María Prada en los principales papeles) por --respectivamente-- Julia Caba Alba, Mabel Karr, Fernando Rey y Manuel Aleixandre. Sin desmerecer a los actores de la versión teatral, creo que quienes los sustituyen en el film de Fernán Gómez son bastante superiores, si lo que se pretendía era acentuar la comicidad de la obra: Aleixandre como actor cómico supera de lleno a José María Prada, y la gran Caba Alba da un tono más acertado al que pudo dar Carmen Carbonell; en cuanto a la pareja Mabel Karr-Fernando Rey es una muy digna sustituta de la de Gemma Cuervo-Carlos Muñoz: suyos son los personajes "serios" de la función, y si bien Gemma Cuervo es mejor actriz que Mabel Karr, Fernando Rey lo es mejor que Carlos Muñoz, con lo cual la cosa queda igualada.
Quienes denostaron y siguen denostando esta película parecen olvidar que Los Palomos es cine cómico. No es una comedia, sino cine cómico puro y duro, y en ese sentido la puesta en escena de Fernán Gómez, fiel al texto teatral con sólo una breve incursión inicial en la oficina donde trabaja Emilio (López Vázquez) a las órdenes de Alberto (Fernando Rey), y poco más, se limita a documentar las interpretaciones de un grupo de actores en estado de gracia. Que a algunos no les haga gracia, es su problema. Fernán Gómez mueve la cámara con soltura y disimulo, atento a seguir las evoluciones de los actores interpretando a sus respectivos personajes. Eran los años en que la pareja cómica López Vázquez-Gracita Morales estaba en el inicio de su apogeo, y muchas serían las películas que rodarían juntos --ya antes habían aparecido en otras, claro, como la genial Atraco a las 3, una de las más felices comedias cómicas del cine español, ésta sí reconocida incluso por críticos sesudos y cejijuntos--, pero aquí están a su aire, dando suelta a todo su arte cómico. Que puede gustar o no, eso ocurre con todos los cómicos y es respetable. En España ha habido grandes actores cómicos (López Vázquez, Aleixandre, Gracita Morales, José Luis Ozores), pero también ha habido cómicos vulgares, sin gracia, ordinarios en sus modos de actuar, que han gozado de un inexplicable favor público que aún hoy día sorprende y extraña (Antonio Garisa, Paco Martínez Soria, por citar nombres, vaya), y al cabo a todos se les ha juzgado por igual, o sea: como malos todos. La comicidad es un arte difícil, y los hay que pretenden hacerse el gracioso (Garisa, Martínez soria), y los hay que son actores natos en los cuales el recurso a lo cómico es un talento natural (López Vázquez, Gracita, incluso Lina Morgan puede situarse en ese apartado, al margen de que no me guste demasiado; y es que considero que uno debería hacer un esfuerzo para que, aun no gustándole un determinado actor o actriz, reconozca que su trabajo es profesional y competente; pero pedirle esto a la mayoría de críticos es pedir peras al olmo).
Los Palomos, comedia de Paso, es una de tantas obras de humor negro que le salían con soltura y con bastante fortuna; de hecho, como ya comenté en mi estudio sobre Paso, es lo que mejor resiste de toda su excesiva producción: De profesión, sospechoso; Los Palomos; Vamos a contar mentiras... La que estrenaron López Vázquez y Gracita Morales en 1964, y filmada por Fernán Gómez el mismo año --tras su celebrada El extraño viaje y antes de su no menos celebrada Ninette y un señor de Murcia, sobre la obra de Mihura-- es una divertida intriga en que un matrimonio de palurdos --Los Palomos-- son usados por su jefe, Alberto, y su esposa, Elisa, para que resulten los culpables de la muerte de la tía rica de Alberto, doña Mercedes, durante un juego de asesinatos falsos previo a la cena de Nochebuena. Naturalmente, la cosa no sale como habían previsto Alberto y Mercedes, y los Palomos, tras su huida de la casa al ver que durante el juego han matado (o creído matar) a doña Mercedes, regresan, para encontrar que doña Mercedes sigue vivita y coleando. En realidad, esa Mercedes es la hermana gemela y pobre de la verdadera tía millonaria de Alberto, a la que él y Elisa han matado horas antes y ocultado el cadáver en la casa para luego montar la intriga y hacer que todo pareciera un desgraciado accidente por culpa de los Palomos. Carreras para esconderse, cadáveres que aparecen y desaparecen, un pobre hombre (Eugenio) al que se le ha estropeado el coche y llama a la casa de Alberto para poder usar el teléfono y que acaba ayudando a los Palomos y sacar y esconder el cadáver de la verdadera tía Mercedes; Alberto y Elisa tratando de encontrar una solución en una casa que se ha quedado sitiada por la nieve... En fin, diversión, comicidad, ocurrencias, chistes a veces algo baratos --como ocurría con Paso--, pero todo ello servido con entrega total por los actores principales: el terceto de sufridores --López Vázquez, Gracita y Aleixandre-- no tiene precio.
Pese a ello, pese a la profesionalidad desplegada por actores y director, la película fue denostada por provenir de un texto de Paso. En fin, se puede denostar --se debe-- Vamos por la parejita, repugnancia cinematográfica dirigida por el propio Paso sobre un bodrio original suyo. Pero aquí estamos ante pura diversión cómica. Ante lo que no es más que un "juguete cómico", como se decía en tiempos de don Pedro Muñoz Seca. Convendría que los críticos y estudiosos se enterasen un poco de lo que ven antes de comentarlo.
November 20 SI YO TUVIERA UNA SIERRA(c) 1983 by J.C. Planells
(Nota: De este relato inédito realicé poco después una versión como guión de cómic, titulado "La verdad definitiva", ya aparecido en este blog el año pasado.)
Si tu mano te induce a escándalo, arráncatela. Si tu ojo te induce a escándalo, arráncatelo.
La Biblia.
Groucho.- ...y ocho pastelillos franceses.
Chico.- (dentro del camarote) Y también dos huevos duros.
Groucho.- Y también dos huevos duros.
(suena la bocina de Harpo)
Groucho.- En lugar de dos, pon tres.
(otro bocinazo de Harpo, más corto)
Groucho.- Uno de ellos, de oca.
Los Hermanos Marx: Una noche en la Ópera.
Robert Donat Palsak no podía evitar mirar siempre con cierto enojo a los presentadores de las noticias televisivas. Este mismo, el que estaba contemplando ahora, sólo lucía una única inmolación: le faltaba el brazo derecho.
--No hay derecho. Esa gente no dejan de ser servidores públicos y por tanto debieran dar ejemplo, más ejemplo que nadie. ¿Cómo puede ponerse ante las videocámaras un hombre con una única inmolación? --y agregó sombríamente--: Además, no me extrañaría que fuese zurdo.
Sara, su mujer, trató de mediar.
--Bien, no lo vemos del todo. Quiero decir, que a lo mejor carece de alguna pierna, o un pie. O... --y bajó púdicamente la voz-- quizás esté castrado...
Con su único brazo, Robert tomó la botella de coñac y se sirvió.
--No lo creo. No, no lo creo. ¡Vaya! Estas cosas deberían verse. Estar a la vista. ¿Por qué no se ha inmolado un ojo, una oreja o una nariz? Créeme, Sara, estoy convencido de que entre los servidores públicos hay mucha corrupción. Ni el propio presidente mundial el gran John Mustard, ha podido luchar contra ella --aquí, la voz de Robert se quebró con acento emocionado--. Qué hombre, John Mustard. Jamás tendremos otro presidente como él. Qué ejemplo para la paz mundial.
--Y que lo digas.
--Vergüenza debería darles a todos estos senadores, por no hablar ya de los policías, alcaldes y demás politiqueros baratos, que no han podido ni querido seguir su ejemplo. Mustard... el hombre que más se ha inmolado en nombre de la paz mundial. Qué broche de oro para la historia.
No estaba fuera de lugar el emocionado comentario de Robert en torno al presidente del planeta. Puesto que se esperaba de un momento a otro un comunicado de Mustard en persona --lo que quedaba de él, vaya-- a través de la videovisión mundial en torno a su posible retirada de la presidencia en favor de un candidato cuya identidad constituía un completo misterio incluso para los estudiosos políticos, periodistas y cotilleadores más enterados de todo el orbe. A raíz de ello, la intriga, el misterio y, por qué no decirlo, la inquietud, se habían ido adueñando poco a poco de todos los habitantes de la Tierra. Porque sin un guía como Mustard, ¿volvería la Tierra a las edades oscuras de la tensión internacional, de los dos bloques, del peligro atómico? ¿De qué habría servido, pues, tanta inmolación?
Robert, pensando en todo ello, miró con afecto, con ternura, a su esposa, que no sólo había inmolado como él su brazo derecho, sino que le había superado inmolando también el ojo izquierdo, que cubría púdicamente con un parche color rosa pálido que hacía juego con la blusa que llevaba. En ese momento, Robert sintió un cierto remordimiento. Sara nunca le había reprochado que ella luciera dos inmolaciones por una de él. Jamás se lo había echado en cara. Tendría que poner remedio --y pronto-- a ello. Sí. El lunes iría a que le amputaran --perdón, le inmolaran-- el pie derecho. O incluso, ¿por qué no?, una oreja. Aunque entonces él cobraría ventaja sobre su esposa, y entonces ella... bueno, ya lo estudiaría más tarde.
Pero, desde luego, tendría que hacer un pensamiento pronto. En el despacho, su auxiliar le había dicho con cierto retintín la semana pasada que se tomaba un permiso de una semana ya que se iba a inmolar un riñón, un pie y tres dedos del brazo derecho (del izquierdo no podía, ya que le faltaba el mismo hasta el codo). Y en verdad, en todo el complejo administrativo, él era quien menos inmolaciones lucía últimamente, y había sospechado que ello se reflejaba en su falta de promoción a puestos de mayor responsabilidad.
Sí, tenía que tomar una determinación, y pronto.
El presentador fue sustituido en aquellos momentos por una muchacha cuya única inmolación aparente era el ojo derecho (lo cual no hizo sino aumentar las sospechas de Robert hacia el personal de la videovisión).
--Ciudadanos de la Tierra, vamos a conectar con la Casa Blanca, donde el presidente del planeta, John Mustard, dirigirá un importante comunicado a la humanidad. Conectamos.
Robert vació de un trago su coñac y se dispuso a servirse otro. El Gran Momento se acercaba. Sara se inclinó un poco hacia la pantalla.
Tras un breve plano de la Casa Blanca (sede de los olvidados presidentes de lo que fuera Estados Unidos), la imagen ofreció el rostro de John Mustard.
La cabeza, sería más apropiado decir. Puesto que el presidente del planeta no era sino una cabeza viviente, encerrada en un tanque de vivificación, sospechosamente parecido a un baño turco, que le mantenía milagrosamente en vida. Un secreto científico celosamente guardado, a fin de evitar peligrosas imitaciones (por otro lado, conseguir un tanque de vida artificial debía de costar un riñón para quien aún conservara alguno, claro) y porque, todo hay que decirlo, nadie había tenido los redaños de imitar las inmolaciones de Mustard. Cortarse partes del cuerpo, era una cosa. Pero cortarse todo el cuerpo...
Mustard --su cabeza, vaya-- era un hombre que rondaba los sesenta años, de cabellos grises, rostro ligeramente rechoncho, boca de eterna sonrisa amable, expresión serena, pero disimulando quizás los atroces sufrimientos a que se veía condenado en su condición de cabeza viviente.
El hombre que más había sacrificado por la paz en el planeta empezó a hablar.
--Ciudadanos de la Tierra. Todos sabéis que mi único deseo es que la paz que tantos sacrificios nos ha costado, nos ha exigido, siga manteniéndose. Todos recordáis los tiempos en que fue promulgada la Ley de Prevención voluntaria, no hace tantos años, en los que pedimos que todos los habitantes de la Tierra que desearan la paz, que no quisieran un enfrentamiento atómico que destruiría inevitablemente nuestro planeta, debían sacrificar partes de su cuerpo. Una Ley que predico con el ejemplo, como podéis ver en mi persona, y que sin embargo no fue del agrado de unos pocos, los eternos descontentos, los reaccionarios, los que prefieren la violencia, la inestabilidad, a la paz y la seguridad mundial. Una Ley que ha unido al mundo entero en una sola nación y que constituye, con su ejemplo, un inmortal grito por la paz. Sólo mediante el sacrificio individual podía evitarse el sacrificio colectivo.
"Pero los años han ido pasando y creo que ya os he dado todo cuanto podía daros. Creo que mi hora de retirarme y morir en paz ha llegado. Por ello, cederé la presidencia de la nación a aquel ciudadano de la Tierra que pueda superar mis inmolaciones. Sólo ése será digno de ocupar mi lugar y predicar con el ejemplo ante una humanidad que pueda enorgullecerse de llamarse como tal.
"Durante un mes, el Estado Mundial estará pendiente pues de las candidaturas que se reciban para ocupar mi puesto. Aquel que me supere, lo obtendrá. A todos cuantos lo intentéis, os mando de antemano mi profunda admiración y aplauso.
La imagen del presidente desapareció, ondeó la banderita de la Tierra y sonó el himno de rigor. Robert apagó la videovisión de un puñetazo en el mando a distancia.
--¡Es imposible! ¡Es imposible superar a Mustard! --exclamó Sara.
--¡No, no lo es! --dijo Robert, muy excitado, paseando a lo largo de la estancia--. ¡Puede hacerse! ¡Claro que puede hacerse! Fíjate en que todavía conserva los dos ojos, las dos orejas, la nariz, los dientes, los labios...
--Pero, Robert, ¡es ya un milagro que siga con vida! No tiene cuerpo, su cabeza es mantenida artificialmente por un medio que nadie conoce...
--Pero si él lo consiguió, otro puede hacerlo también.
El rostro de Robert se iluminó con la luz de las ideas brillantes que --muy de tarde en tarde, ésa es la verdad-- se le ocurrían.
Sara le miró con espanto.
--¡Robert! No estarás pensando en...
--Lo adivinaste. ¡Sí! Yo me presentaré como candidato.
--Oh, no.
--Será difícil, lo sé. Pero si consigo descubrir el sistema de separar la cabeza del cuerpo y mantenerla con vida... un simple corazón artificial bastaría..., me extirparía un ojo, una oreja --mejor las dos--, la dentadura... ¡Y superaría a Mustard!
--¡Eso es horrible!
Robert la miró escandalizado.
--¿Cómo puedes decir tal cosa? ¡Es por la paz mundial!
--Pero eso... sería ir demasiado lejos...
--¿Demasiado lejos? ¿Lo crees de verdad? Sara, me temo que últimamente has visto demasiado a tu hermano...
--David no tiene nada que ver con esto. El sacrificio de Mustard ya me parece excesivo, y...
Como si supiera que acababan de mencionarle, David, el hermano de Sara, llamó en aquel momento a la puerta. El miserable se aprovechaba de que vivía en la casa vecina a la suya para exhibir su cuerpo entero, vergonzosamente entero, ante su hermana y su cuñado.
Robert le dirigió una lúgubre mirada cuando cruzó el umbral de la puerta.
--Hola, chicos. Veo que todavía estáis como ayer... --fue su sardónico saludo--. Supongo que habréis oído la última fantochada de Mustard...
--Podrías hablar con un poco más de respeto del presidente. Es un ejemplo... --dijo Robert, muy tirante.
--Oh, corta el rollo. Cada vez que vengo a veros tiemblo de pensar qué más os habréis amputado. Vaya, Robert, espero que por lo menos me permitirás tener sobrinos.
--Imbécil.
--Bueno, no empecéis como siempre --terció Sara--. ¿Quieres una copa, David?
--Me la serviré yo mismo, gracias. Sólo te queda un brazo y lo debes de tener muy ocupado.
Robert sufrió un ataque de moralismo.
--Eres la vergüenza de la familia, David, y sería mejor que no vinieras tan a menudo por esta casa. Los vecinos pueden pensar que somos unos antisociales por mantener tratos con un "entero".
--Los "enteros", como nos llamáis, todavía no estamos perseguidos por la ley --comentó David, saboreando su coñac.
--¡Todavía no! --tronó Robert--. Pero puede que un nuevo presidente os ponga en vereda de una vez, castigándoos con penas muy severas.
--Qué miedo...
Robert estaba rojo de rabia.
--¡Y puede que este nuevo presidente sea yo! ¡Para que te enteres!
David casi escupió su coñac.
--¿Tú? No seas majadero.
--¡Como lo oyes! Sólo tengo que descubrir el secreto de Mustard, y le ganaré. ¡Eso es! --y se dio un palmetazo en la frente--. ¡Iré a verle! ¡Le expondré mis ideas y haré que me cuente su secreto!
David le miró compasivamente.
--Cada día estás más loco, Bob. Tú y todos los demás.
Pero Robert estaba en un momento francamente inspirado y no se dejó amilanar.
--¡Si tu ojo te ofende, arráncatelo! --recitó--. ¡Si tu mano te escandaliza, córtatela! Son palabras de la Biblia. ¿Vas a renegar de la Biblia, acaso? ¡Si tu cuerpo puede desencadenar una guerra nuclear, desmiémbralo! Son palabras de la Ley de Prevención. Gracias a ellas, no ha habido guerra nuclear. ¿Vas a renegar de ellas, acaso?
--Haré algo mejor. Me cagaré en ellas.
Robert agarró una estatuilla y amenazó con arrojarla sobre la cabeza de David, quien, provisto de sus dos robustas piernas, emprendió el camino de la puerta.
--¡Largo de aquí, hereje! ¡Traidor a la humanidad! ¡No quiero volver a verte por esta casa!
Sara llegó a tiempo de salvar la estatuilla y cerrar la puerta para que los vecinos no oyeran los exabruptos de Robert.
--Veré a Mustard --dijo Robert, paseándose otra vez, impaciente--. Me introduciré en su mansión. Es fácil, he pasado muchas veces ante ella y la vigilancia es muy descuidada. Claro, ¿qué ha de temer ese hombre? La humanidad entera lo adora. Pronto... me adorarán a mí.
Abrazó a su esposa como pudo con su único brazo.
--El ser la primera dama del planeta te exigirá algunas inmolaciones más. Ya no podremos tener hijos, pero... ¿qué importa eso ahora?
--Sí, qué importa ahora --dijo Sara, derramando una lágrima por su único ojo.
Sólo dos vigilantes cuidaban de la entrada a la mansión de John Mustard durante la noche. Por otra parte, a ambos vigilantes les faltaba una pierna y no se mostraban excesivamente diestros en manejar sus muletas. Claro que les acompañaba un perro, pero alguien del estamento público había creído conveniente que también los perros encargados de algún trabajo oficial lucieran inmolaciones, y por eso al bicho le faltaban las dos patas traseras. No podía decirse, por tanto, que fuese una muy vistosa guardia la que montaban junto a la verja.
Robert se acercó a ella tranquilamente, como un indiferente paseante más, y aprovechó para colarse el que, además, la verja aún no estuviera cerrada del todo. Naturalmente, el perro le ladró, pero no pudo hacer gran cosa más. Los dos guardias trataron de ir tras Robert, pero se enredaron con sus muletas y la correa con que uno de ellos sujetaba al can dificultó las cosas.
--¿Por qué no disparas sobre el intruso, Zack? --dijo uno de los guardias--. Yo no puedo. Me falta el dedo de apretar el gatillo...
--Lo siento, Morris --se excusó el otro al tiempo que se quitaba un guante que cubría el muñón de su mano derecha--. Me la hice amputar ayer, ¿sabes?
Despreocupándose, pues, de los dos inexpertos guardias y del trozo de perro, Robert se internó por los jardines que rodeaban la mansión de Mustard, a la vez que se aproximaba a ella, cautelosamente. Podía haber otros guardias y estar menos inmolados que los de la entrada. U otros perros.
Pero ningún ladrido replicaba a los enojados del semi-perro guardián y ninguna voz se oía a su alrededor, por lo que empezó a avanzar con mayor seguridad y a aproximarse a una parte de la mansión en donde se vislumbraba luz. Era un ventanal de un estudio, atiborrado de estanterías repletas de libros; pudo ver una figura que se paseaba dentro de la estancia. Unos escalones ascendían hacia una terraza frente a la puerta del ventanal.
Si bien la figura de la estancia le daba la espalda, Robert advirtió con cierta sorpresa que parecía un "entero". Era un "entero".
Qué extraño, pensó. Un "entero" en la mansión del presidente. Quizá fuera un sirviente.
Subió a la terraza y empujó decididamente la puerta del ventanal, golpeando sin querer con ella a un gato hermoso y amarillo que se había acurrucado tras ella.
--Miau.
--Maldita sea.
Mientras subía los escalones, la figura que se paseaba por la habitación se había sentado en un sillón de grandes orejas que le ocultaba completamente a la vista de Robert. Al oír el maullido enfadado del gato, se levantó al tiempo que decía:
--¿Qué ocurre, Petronio? ¿Tienes hambre ya?
Robert se quedó helado e inmóvil.
--Ah, quieres jugar, ¿eh, Petronio? Pero ahora no podemos. Tenemos una visita y debemos atenderle.
El hombre parecía John Mustard por la sencilla razón de que era John Mustard. Un John Mustard con todo su cuerpo de casi sesenta años pero, al parecer, admirablemente conservado. Dos fuertes brazos que el estrecho batín que lucía permitían aseverarlo, lo mismo que dos recias piernas de leñador de Kentucky. Un John Mustard "entero".
--Usted... usted... --balbuceó Robert.
--Sí. Yo. Es mejor que entre del todo, ¿no le parece? Está asustando al pobre Petronio. No le gustan los extraños, ¿sabe?
Robert dio unos cuantos torpes pasos dentro de la estancia y se derrumbó en el sillón que Mustard, con un amable ademán de la mano, le señaló.
--¿Una copa? --le ofreció a continuación--. Estoy seguro de que la necesita. Hace un poco de fresco esta noche, ¿no cree?
--Pero... --Robert tomó con su única y vacilante mano la copa que Mustard le tendió con una comprensiva sonrisa--... pero... usted... es un fraude. Un engaño. En la videovisión es sólo una cabeza parlante...
--Bueno, amigo mío; puede ver que tal cosa no es cierta. Mi cuerpo está completo, y, si se me permite decirlo, en buena forma física.
--¿Entonces...?
--¡Ah! ¡Entonces! El inevitable entonces... ¿verdad? Veamos, mi querido e inesperado amigo, no pensará usted seriamente que una cabeza puede vivir por sí sola. La ciencia adelanta mucho, pero aún no hemos llegado a tanto. No digo que quizá algún día, pero de momento... no.
Mustard se sentó frente a Robert y cruzó aristocráticamente las dos piernas.
--Ese aparato que ve usted en mis apariciones públicas no es más que un viejo baño turco con unas ruedas y un mando para manejarlo desde dentro. En su interior hay un mullido sillón y, en verano, aire acondicionado. Es muy caluroso en verano, ¿sabe? Usted pensará, claro --se apresuró a añadir--, que yo soy un falsario, un hipócrita. Pero todo ello lo hago en aras de la paz mundial. Esa paz por la que usted mismo ha ofrecido su brazo, según me complace ver. Escúcheme bien, amigo mío.
Mustard se irguió y miró seriamente a Robert.
--¿Cree usted por un momento que la máxima autoridad de la Tierra puede ir por ahí con un cuerpo mutilado, como si de un ciudadano cualquiera se tratase? No, desde luego. Y si lo piensa es que ignora lo que es el ejercicio del poder. El poder, el gobierno, necesita de hombres fuertes, recios, vigorosos, en sus plenitudes físicas y en su total capacidad intelectual. Nuestro sacrificio, nuestro gran sacrificio, es precisamente el no poder amputar trozos de nuestro cuerpo. Nos debemos por entero (y nunca mejor dicho) al planeta.
--Entonces... su oferta de ayer...
--Otro... truco, si prefiere usted esa palabra. Otro acto necesario, para decirlo llanamente. Mi sucesor ya está designado por mí mismo. Será otro simulacro de inmolación, un tanto más perfeccionado ya que llevará un parche sobre un ojo, el cual en realidad conserva, y un hábil maquillaje que permita creer que carece de dentadura y de una oreja. Otro engaño necesario a fin de seguir conservando esa paz que hemos tenido hasta ahora. Los "enteros" hemos de seguir preservándola para los sacrificados.
Robert se levantó de su sillón, sintiéndose algo débil.
--Creo... que es mejor que me marche... no me encuentro demasiado bien.
Mustard le dirigió una comprensiva sonrisa.
--Claro, me doy cuenta. La impresión. Haré que uno de mis coches le lleve hasta su casa. No necesito decirle que debe guardar esta conversación nuestra en total secreto. Confío en que lo hará. Usted es, se ve claramente, un ciudadano responsable. Si contase lo que ha visto, nadie le creería. Y si le creyesen, ¿sabe lo que ocurriría?
Robert lo sabía. El holocausto nuclear.
Mustard puso uno de sus brazos sobre el hombro de Robert.
--Algún día todo esto no será ya necesario. Todo este esfuerzo permitirá que la humanidad se una y se desarrolle en la búsqueda de nuevos horizontes. La conquista espacial, por ejemplo. Y entonces ya no serán precisas más inmolaciones. Un astronauta no puede pasearse por el espacio sin una pierna o con un brazo de menos, ¿no cree? Llegará ese futuro brillante y pacífico, pero hasta que llegue --su rostro se compuso en una expresión de seriedad y responsabilidad--, hemos de seguir sacrificándonos. Hemos de seguir sacrificándonos.
Robert asintió. Lo comprendía.
Mustard encendió un cigarro mientras veía alejarse el coche que conducía hasta su casa a Robert. Exhaló una larga bocanada.
--Esto es un ciudadano ejemplar. Sí. Lo es.
Al día siguiente, Sara le comunicó a Robert que deseaba inmolar los dedos meñiques de su mano y de los dos pies. Robert no iba a ser menos, claro, y aprovechó para desprenderse de sus dos pies. Ya faltaba menos.
FIN.
November 18 BENITO PÉREZ GALDÓS: Episodios nacionales, quinta serie(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Ediciones Cátedra, en su colección de clásicos castellanos, se ha descolgado con un volumen que recoge las seis novelas que componen la serie final de los Episodios Nacionales de Galdós. Lógicamente, es un grueso volumen, de casi 1.500 páginas que además contiene un largo estudio introductorio. Cierto que las novelas que componen esa quinta y última serie de los Episodios pueden adquirirse sueltas en Alianza Editorial (creo), y el monto del gasto total sea más o menos el del volumen de Cátedra, pero me sirve de perfecta excusa para hablar un poco de este genial escritor. Las dos últimas series de los Episodios nacionales han sido siempre las menos comentadas y admiradas por los lectores y/o estudiosos. A la cuarta se la ha acusado a veces de no ser más que diez novelas sueltas sin relación entre sí, básicamente porque carecen de un protagonista fijo o de una trama que las hilvane (lo cual no es del todo cierto, pero en fin). Aun así, existe un estudio publicado en torno a esa cuarta serie de los Episodios nacionales, en el que se trata de defender precisamente esas diez novelas y sus virtudes tanto en el conjunto general de los Episodios como en su condición de novelas per se. En cuanto a la serie quinta, o final, el resultar inacabada en su proyecto --debía llegar hasta 1898-- la ha alejado aún más que la cuarta del estudio por parte de los galdosianos. El plan inicial de diez novelas, como en las series anteriores, tuvo que interrumpirse en 1912 debido a la ceguera de Galdós, a su imposibilidad de documentarse adecuadamente, y a su mala salud y problemas personales. Como esto es algo ya conocido a través de sus biografías, no nos detendremos en ello. Pero baste decir que quizá, de manera imprevista, la conclusión del sexto volumen, último de la serie y asimismo de los Episodios, resulta inesperadamente profético y lúcido, como mostraré más adelante, y es difícil imaginar un final de obra --y por obra entiendo toda la serie de los Episodios-- más notable para un proyecto igualmente tan notable como lo son los Episodios nacionales. Antes de continuar, me permito recordar a quien lo desconozca e informar a quien lo ignore, de que la obra de Pérez Galdós estuvo prohibida en España apena instaurado el franquismo, y fue mal vista durante una serie de años, en que la difusión de sus novelas estaba muy restringida o desaconsejada. No fue hasta llegar a los años sesenta en que se normalizó un poco la cuestión y la obra de Galdós alcanzó ya en breve la difusión que su condición de clásico merecía. En esto le acompañó otro ilustre vetado: Vicente Blasco Ibáñez, ausente también de las librerías una vez llegó Franco al poder. La condición de republicanos, socialistas y hombres de progreso de ambos novelistas hacía nada aconsejable difundir sus obras, para evitar que los lectores se "pervirtieran" con sus ideas. Estas cosas, repito, deben recordarse y deben conocerse, porque la historia de la literatura de un país también se compone de tales infortunios. A Pérez Galdós, además, le cayó otro de propina: su condición de poco simpatizante con el catalanismo --como Pardo Bazán-- y su autoría de los Episodios nacionales le hicieron autor denostado por no pocos catalanistas de pro (o que se creen de pro, cuidado), que rechazaban categóricamente la lectura de una obra suya, fuera la que fuera (cierto escritor catalán que usa indistintamente catalán y castellano en su obra, reconoce su desdén hacia Galdós y sus pocas ganas de molestarse en leer Fortunata y Jacinta). Recuerdo haber sufrido burlas en mi juventud a causa de mi declarada admiración por sus Episodios nacionales. En fin, pido excusas por esta digresión, pero insisto en que el estudio de la literatura de un país también se debería componer de prohibiciones, rechazos y vetos particularistas. Luego, claro está, tenemos los que durante muchos años en pleno franquismo rechazaban a Galdós por ser autor precisamente de los Episodios nacionales, a los que su escaso cerebro les inducía a creer que Galdós era algo así como un franquista o algo parecido: lo de "nacionales" les llevaba a pensar en los "nacionales" que ganaron la guerra, y por tanto rechazaban autor y obra. Sí, la historia de la literatura de un país, repito, se compone también de todas estas estupideces. La quinta serie de los Episodios nacionales tiene la particularidad añadida de que en ella se narran hechos de los que el propio Galdós fue testigo presencial en su juventud, recién llegado a Madrid (el breve reinado de Amadeo I, la igualmente breve primera república, los tumultos callejeros de aquella época..., es decir el periodo comprendido aproximadamente entre 1868 y 1880). Pero aquí, curiosamente, el autor canario adopta una forma narrativa contraria a la adoptada en las tres primeras series. Si en éstas había un protagonista fijo que narraba los hechos (Gabriel Araceli, o bien un testigo amigo de Gabriel), o cuya historia personal recorría toda la serie (Salvador Monsalud), en la quinta Galdós se decanta por otra forma narrativa, realmente curiosa: siendo él quien pudiera narrar los acontecimientos de que fuera testigo, como queda dicho, se desdobla en un veterano escritor --perfectamente reconocible por otra parte--, y en un joven recién llegado, pero al tiempo recurre a la fantasía (una figura fantástica a la que llama La Madre) para ir presentando los hechos desde un punto de vista como distante, imaginario y, finalmente, agorero. Eso sorprendió a no pocos lectores, pero de hecho, la parte final de la novelística galdosiana --en la que deben incluirse, lógicamente, esas seis novelas de la serie-- participó de un regreso a la fantasía que existía de hecho en sus inicios: La sombra, y algunos relatos sueltos aparecidos en revista... entre ellos el no hace mucho recuperado "Dos de mayo de 1808, dos de septiembre de 1870", escrito originalmente hacia 1870, no publicado hasta 1896, y recuperado finalmente en 2001 en 13 cuentos, una recopilación de relatos de Galdós. Este curioso relato, verdadera "anticipación"--en el doble sentido de la palabra-- de lo que iban a ser los Episodios nacionales, participa por igual de la fantasía y la realidad histórica. Y al final de su vida, Galdós volvería a la fantasia no sólo en la quinta serie de los Episodios, sino en sus dos novelas finales, El caballero encantado y La razón de la sinrazón, con lo cual acabó de desconcertar a muchos de sus estudiosos. Y es que, conviene decirlo, a Galdós, como autor considerado clásico y maestro de las letras castellanas, se lo ha estudiado a veces muy mal y en otras con un exceso indigesto de academicismo. Una obra como la suya merece un estudio completo, no por partes, y un estudio carnal, no cerebral: Galdós escribía para el pueblo, no para los intelectuales, y eso ha encorsetado en demasía el estudio de su novelística. Así, por lo general --quiero recalcar que hablo en términos generales--, la parte inicial de su obra, donde cultiva el relato fantástico y de aventuras, es desdeñado como inferior; su segunda etapa, naturalista, es aprobada sin grandes entusiasmos --etapa en al que se incluiría Rosalía, la gran ninguneada, felizmente descubierta y editada a cargo de Alan Smith en Cátedra--, y los estudios se concentran en masa en su etapa realista, indudablemente de una fuerza creadora indiscutible. Pero, a continuación, cuando Galdós empieza a experimentar con la novela, los estudios decaen: su prodigioso díptico Realidad y La incógnita, sus novelas dialogadas, la introducción del misticismo en muchos de sus temas finales, no entusiasman demasiado al estudioso galdosiano: prefiere estudiar Miau a Tristana, o Fortunata y Jacinta a Halma. Y en lo relativo a su producción teatral, digamos que los estudios son inexistentes, y sólo ahora, tímidamente, empiezan a aparecer reediciones de algunas de sus obras, prologadas y estudiadas, pero durante casi un siglo, el teatro de Galdós ha sido ninguneado por los estudiosos galdosianos... salvo las consabidas excepciones y no muy al alcance del aficionado. De hecho recuerdo haber leído en alguna ocasión a un estudioso considerar que Galdós debe ser leído sólo por académicos, lingüistas, estudiantes de literatura, gente "culta" (?) y desdeñar un tanto la lectura "por placer" del autor canario. Yo no creo que la cultura adelante mucho con semejantes majaderías, pero en fin... Se me dirá que en una obra tan amplia, con tantos frentes que estudiar, no todo es abarcable, y que no faltan estudiosos galdosianos no sólo en España sino en el extranjero. Cierto. Sin duda es cierto todo eso. Pero... a uno le sabe a poco. E insisto, el teatro y la parte final --e inicial-- de la obra de Galdós es la menos explorada. Todo llegará, empero, y en eso confío. Galdós fue un novelista visionario que se empeñó en modernizar el país (ese país llamado España), un país que era todo menos moderno cuando él llegó a Madrid, y que decepcionaría a la larga al autor canario. El soñador idealista, el joven Galdós, tras atravesar diversas etapas literarias, acabó convertido en un hombre desengañado, sin mucha fe en sus conciudadanos. Hombre introvertido --de su vida se sabe entre nada y poco, y puede que mucho de ello esté disfrazado en sus novelas (de hecho, Tristana es tremendamente autobiográfica al decir de muchos)--, a veces malentendido, atacado en no pocas ocasiones, llamado "garbancero" de manera ignominiosa, su obra es el reflejo exacto de un país y unas formas de vida, no sólo en sus 46 novelas de los episodios nacionales, sino en sus novelas realistas y naturalistas, e incluso las fantásticas del final de carrera. Este hombre hizo más por la normalización del papel de la mujer en la anquilosada sociedad española de su época de lo que muchos están dispuestos a admitir. (Inciso: la gran mayoría de sus obras, incluyendo el teatro, llevan por título el nombre de su protagonista, y entre éstas, la casi totalidad, es nombre de mujer.) Y lo hizo no sólo en sus novelas, sino sobre todo en su teatro, como se recoge en el estudio a tres de sus obras recien aparecidas en Cátedra, precisamente. Los escándalos de los estrenos de Electra y Casandra son legendarios casi. Galdós no tenía apuro en presentar sobre un escenario temas tabúes, molestos para la sociedad de su época. Evidentemente, a nuestra manera de ser de hoy les extrañaría los escándalos montados con motivos de los estrenos de estas dos piezas, pero puede que si no nos extraña, es debido en parte al propio Galdós y su empeño en modernizar España a través de la literatura. ¿Lo consiguió? El viejo Galdós, en sus años finales, debía de pensar que no. Este hombre es una de las mentes más lúcidas que han tenido las letras en castellano. Su obra sigue causando admiración hoy día. La propia historia de este país sólo se entiende en su presente leyendo las 46 novelas de los Episodios nacionales. No estoy haciendo apología de un autor, constato un hecho. Y ésta es la prueba: Cánovas, el último libro de la quinta serie de los Episodios, fechado en marzo-agosto de 1912, concluye de la siguiente manera, cuando el ser llamado por el autor La Madre le expone al narrador, en una visión o ensueño, su pensamiento final ante los hechos de que ha sido testigo en esos años (finales de la década de 1870): "Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose, hipócritas, en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, hijo mío, verás si vives que acabarán de poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis vuestra Santa Madre Iglesia. Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a la que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento... Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío... Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro..., me duermo..." (Nota: "Mariclío", personaje fantástico que aparece en esta quinta serie como personificación de la Historia y la musa Clío.) Vaya dos párrafos, ¿eh? Estas palabras de Galdós/Mariclío cierran la novela, cierran la quinta serie, al no poder proseguirse por parte del autor debido a sus dificultades de salud --ciego como estaba, debía dictar en vez de escribir-- y cierran por tanto, los Episodios nacionales. No se me ocurre un final --involuntario y no deseado por parte del autor como era este-- más lúcido, acertado e impresionante que estos dos párrafos del discurso de La Madre. ¿Son aplicables a la situación española de 1878 (fecha aproximada de la acción de la novela), a la de 1912 (fecha en que se escribió), o la de 1932, o 1936, o 1939, o 1975 o de 2007? ¿Son de ayer, de hoy o de mañana? ¿Son de siempre, sirven para todas las épocas?Lo que empezara siendo una celebración "racial" con la guerra contra el francés en una primera serie de novelas épicas, seguida de una segunda serie donde se presentaban los horrores del absolutismo, una tercera con el espanto de las guerras carlistas --guerras civiles, de progresistas contra conservadores--, una cuarta con un país desnortado, llega a su conclusión con una serie sobre un país en crisis abierta, incapaz de gobernarse ya e incluso de modernizarse y con un futuro sin esperanza. Galdós nos retrató todo el siglo XIX, prácticamente. Y si queremos entender este extraño país llamado España, sólo se puede hacer entendiendo ese siglo de desdichas, guerras civiles de una crueldad inusitada, golpes de estado, revolucionarios e iluminados, santones y héroes, víctimas y cobardes, y que vio el nacimiento de las dos Españas que, en palabras de Machado, nos han de helar el corazón. Sólo que Galdós lo dijo, a su manera, mucho antes. November 17 EL GRITO DE LA LECHUZA, de Patricia Highsmith(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Urge ya un estudio en profundidad sobre la narrativa de Patricia Highsmith. Puede que en realidad ya exista, y yo no tenga noticia de él; sí existe una importante biografía, aparecida hace un par de años y que --cómo no-- está inédita en castellano; en ella se desvelan no pocas de las relaciones entre la vida de la escritora y sus creaciones de ficción. Pero realmente, alguien debería emprender esa tarea, realmente necesaria; a no ser, claro, que nos conformemos con considerarlas vulgares novelas de pasatiempo, lo que no creo. El grito de la lechuza, una novela aprecida en 1962, recoge temas y adelanta otros de su novelística: en ella es fácil evocar El juego del escondite, El cuchillo, Ese dulce mal..., novelas como digo algunas anteriores y otras posteriores a El grito de la lechuza. No hace mucho relacioné algunas novelas de Ruth Rendell con la novelística de Patricia Highsmith; en ese sentido, en principio El grito de la lechuza muy bien podría haber sido firmada por la escritora inglesa (que de hecho no empezaría a publicar hasta 1967), pero también como señalé hay algo que las diferencia en gran manera: su posición ante la sexualidad. Si las novelas de Ruth Rendell se caracterizan en su mayoría por su estudio de sexualidades anormales, las de Patricia Highsmith lo hacen por su estudio de asexualidades igualmente anormales. Los personajes de Ruth Rendell son personas cuya sexualidad anormal les lleva a cometer un crimen, en tanto que los de Highsmith son seres asexuados que bordean lo criminal como sustituto de esa ausencia de sexo. Un caso bastante claro lo constituye esta novela de 1962, El grito de la lechuza, cuyos personajes son de los más extraños imaginados por la escritora texana. Tenemos a un recién divorciado, Robert, que espía a una joven, Jenny, en la cabaña donde vive sola. Jenny tiene un novio, Greg, de su misma edad, con el que probablemente acabe prometiéndose. Ahora bien, todas estas conductas, más o menos lógicas --incluido el voyeurismo de Robert-- se desquician en cuanto empiezan todos a relacionarse entre sí. Robert no se siente atraído sexualmente por Jenny, sólo le gusta mirarla. Jenny se siente atraída por Robert en cuanto lo encuentra un día rondando su cabaña. Greg, que sabe que alguien observa a escondidas a Jenny, se enfurece al saber que ella está saliendo con alguien, y sospecha que ese alguien es Robert. Tras todo esto, lo que aparece como un triángulo amoroso vulgar, se desquicia ya definitivamente: Robert pierde interés por Jenny progresivamente, Greg teme perderla y Jenny no sabe muy bien lo que quiere. Greg ataca a Robert una noche, y luego desaparece. La policía sospecha de Robert lo haya asesinado, pero el cuerpo no aparece. Sencillamente, ha empezado el típico juego del gato y el ratón de tantas novelas de Highsmith, con Greg escondido fingiendo estar muerto, la policía acosando a Robert, Jenny sospechando que ha matado a Greg, lo mismo que todos los amigos, vecinos y conocidos tanto de Robert, como de Greg o Jenny. Lo que ha despertado, pues, este triángulo amoroso, basado en una supuesta anormalidad de Robert, es la anormalidad real de Greg. El joven galán de Jenny se revela como un anormal de conducta impredecible: dispara contra Robert en varias ocasiones, matando a un inocente; provoca el suicidio de Jenny, al creer a Robert culpable de la muerte de Greg. Se alía con Nickie, la ex esposa de Robert, una mujer manipuladora, dominante, mentirosa y cruel, sádica hasta lo indecible, que ve en la sospecha de que Robert haya matado a Greg la oportunidad de seguir practicando con él sus juegos de crueldad y sadismo. A todo esto, cabe decir que Nickie es el personaje femenino más singular y extraño de toda la novelística de Highsmith, y el único en la novela que se revela sexualmente activo y promiscuo; personalmente creo que el retrato que de ella se ofrece es excesivamente grotesco. Pero, en fin, teniendo en cuenta la extrañeza que despiertan los demás personajes --Robert, Jenny, Greg--, al final resulta una más del juego. Por un lado está ese Robert con aficiones de voyeur nada peligroso, sin sentir la menos atracción sexual hacia Jenny ni siquiera cuando ella se le ofrece; por otro, está Jenny, obsesionada con la muerte y el recuerdo de su hermano menor, muerto de enfermedad, que se siente atraída por Robert sin la menor razón; por otro Greg, personaje gris, inocuo, que de repente se convierte en un perturbado capaz de las acciones más impensables y de trastocar irremediablemente las vidas de otras personas con su conducta anormal. Sí, creo que alguien debería estudiar la obra de Patricia Highsmith, analizar sus personajes, sus características principales: esa pasividad, esa manera casi inerte, se diría, de ir por la vida que tienen mucho de ellos, esa ausencia y desinterés hacia el sexo, pero no hacia la figura del sexo opuesto; esas reacciones repentinas que cambian el destino de otras personas, ese juego sadomasoquista a que un personaje usualmente gris y anodino somete a otro por puro afán de revancha, o por puro experimento sin sentido... Son constantes que se repiten en muchas de sus novelas, con escasas variaciones. Fascina la crueldad ausente de motivos reales que despliegan sus personajes, el sadismo que muestran, la frialdad ante el sexo, las conductas anormales capces de estallar en el momento menos esperado... Uno no sabe si sus novelas deberían ser analizadas por un experto en literatura o por un experto en psiquiatría. November 15 IRA LEVIN: Muerte de un creador de pesadillas(c) 2007 by J.C. Planells ![]() El pasado lunes, 12 de noviembre, murió de un ataque al corazón en su domicilio de Nueva York el novelista, guionista televisivo y dramaturgo Ira Levin, nacido en 1929. Su obra, aunque escasa, tuvo un gran éxito y fue llevada al cine casi en su integridad, en algunas ocasiones incluso más de una vez. Autor de notable ingenio y argumentos pesadillescos, de un estilo literario más bien plano y poco adornado, conseguía empero cautivar el interés del lector, que devoraba sus novelas. Cultivó por igual la novela policaca, la de ciencia ficción y el terror, bien en novela o teatro. Sus inicios fueron como guionista televisivo para la serie Alfred Hitchcock presents, para enseguida decantarse por el teatro, bien como autor, director o adaptador de obras de otros autores. Su primera novela fue el policial Un beso antes de morir (1953), que le valió el premio Edgar a la mejor novela del año, y que ha sido adaptada dos veces al cine. Novela muy ingeniosa en su trama, plantea la duda de cuál de dos jóvenes igualmente apuestos y agradables es un asesino despiadado, jugando con el lector y los personajes hasta el final. Uno de sus primeros éxitos teatrales fue la comedia Critic´s Choice, estrenada en 1960 con dirección de Otto Preminger, llevada al cine en 1963 por Don Weiss y protagonizada por Bob Hope y Lucile Ball. En 1967 escribió casi de un tirón La semilla del diablo, novela de terror que constituyó de inmediato un best seller y abrió camino hacia la moderna novela de terror. Stephen King la considera como, si no la primera, sí un claro antecedente del terror moderno. La novela suscitó el inmediato interes de Hollywood, y el film se rodó ese mismo año, producido por William Castle y dirigido por Roman Polanski, consiguiendo otro notable éxito entre el público. A continuación, Levin ofreció dos novelas de ciencia ficción: Este día perfecto (1970) y Las poseídas de Stepford (1972), siendo la última llevada al cine en dos ocasiones, la primera dirigida por Brian Forbes --el film fue prohibido en España-- y la segunda con protagonismo de Nicole Kidman, en una versión verdaderamente deplorable. Las poseídas de Stepford combinaba ciencia ficción y terror, y Este día perfecto era una visión de un futuro distópico que tardó muchos años en ser editado en España. Tras una obra de suspense para el teatro, El cuarto de Verónica (1973), de la que hubo edición en castellano, en 1973 Levin ofrece otro éxito novelístico --y cinematográfico posteriormente--: Los niños de Brasil, ciencia ficción que ofrece una de las primeras historias sobre clonación humana en el género, en este caso con nazis tratando de recrear a Adolf Hitler mediante clones y la ayuda, cómo no, de Mengele. El film, realizado por Franklin Schaffner, fue otro éxito de taquilla. Tras esto, empieza un poco el declive de Ira Levin. Su obra para el teatro de 1978, La trampa de la muerte, es demasiado deudora de La huella, de Anthony Shaffer, de ahí que provoque escaso entusiasmo pese a lo rebuscado de su historia (de hecho, es precisamente eso lo que la perjudica). Fue llevada al cine por Sidney Lumet, sin causar demasiada sensación, y existe alguna edición en catalán de la pieza. Lo siguiente, novelísticamente hablando, pues siguió cultivando el teatro, fueron dos novelas muy poco notables: Acosada (1991) y El hijo de Rosemary (1997). La primera fue inmediatamente llevada al cine con protagonismo de Sharon Stone, aprovechando su condición de sex-thriller, obteniendo resultados tan poco notables como la misma novela, y la segunda era una bochornosa secuela de La semilla del diablo que fue recibida con una indiferencia total: los mejores tiempos de Ira Levin habían quedado muy atrás ya. Pese a este lamentable final de carrera, sus novelas mayores siguen siendo editadas y leídas, constituyendo obras modélicas en su especialidad, y sus adaptaciones cinematográficas son ya clásicos del género fantástico. Fue un notable creador de pesadillas, un argumentista nato: asesinos atractivos, hijos del diablo, clones de Hitler, mujeres robotizadas, futuros temibles... Parecía tener una buena idea para cada tema, y la desarrollaba con eficacia, sin adornos, como he señalado antes. Pocos autores pueden jactarse de haber hecho tanto con tan poco. Descanse en paz. November 13 GATOS Y CIENCIA FICCIÓN
November 11 DAVE DAVIES: "FRACTURED MINDZ". Divagaciones(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Aunque los Kinks no se han disuelto oficialmente, no han grabado ningún disco desde 1996, fecha de aparición de To the Bone, un unplugged con temas clásicos del grupo, que contó con dos versiones, una de ellas doble CD con un par de canciones nuevas con la banda al completo. Su trabajo anterior, el notable Phobia de 1993 puso de tan mal humor a su nueva casa editora que les echó. Desde 1996, pues, los dos hermanos Davies han ido cada uno por su lado. Ray dio conciertos en solitario con su espectáculo The Storyteller --que pudo verse en Barcelona incluso--, y sacando el año pasado un disco, "Mi primer disco en solitario", según dijo, aunque esto no es del todo exacto puesto que hubo uno con el espectáculo mencionado, más una banda sonora para un film en la época de los Kinks. Por su parte, Dave se dedicó a recopilar sus obras completas al menos un par de veces, así como discos en directo, un grandes éxitos en solitario y tres nuevos trabajos, siendo Fractured Mindz el tercero, aparecido ahora, en 2007. También en su página oficial se dedicó a colgar canciones, un tanto al mergen de lo rockero. Parecía que el hermano menor de Ray se había destapado por completo y ganado la carrera de a ver quién más discos saca de los dos (existe incluso un disco pirata en directo de Dave, titulado en inglés algo así como "Chúpate ésa, Ray"). En fin, la guerra de los hermanos Davies sigue en pie. Es una más de las parejas de hermanos rockeros incapaces de seguir juntos sin pelearse o estropearlo todo: los Fogerty, los Gallagher, los Davies... Por cierto, las malas lenguas dicen que los Gallagher, en Oasis, no sólo se inspiran en la música de los Kinks, sino en la mala relación de los hermanos Davies, aunque llevándolo a extremos realmente brutales. Supongo que habrá alguna pareja de hermanos que se lleven bien (los Pimpinela, je je, pero no vale porque son chico y chica), aunque no se me ocurre ninguna. Normalmente ocurre que un hermano tiene talento y el otro no (caso claro de los Fogerty). En el caso de Ray y Dave Davies la cosa no es del todo así, pero no hay duda de que Ray Davies es uno de los genios del rock, que consiguió influir más poderosamente en el rock británico de finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando los Kinks eran considerados "clásicos": la lista de grupos o incluso solistas influidos por los Kinks es pasmosamente larga: Elvis Costello, Pretenders --cuya cantante fue la pareja de Ray durante unos años--, Oasis, Steve Harley... Algunos, ciertamente, se deshicieron luego de ella para seguir sus propios caminos. No deja de ser curiosa, en todo caso, dicha influencia. Dejando aparte la "beatlemanía" de mediados los sesenta, ningún grupo de rock ha influido tanto en otros grupos posteriores como los Kinks, pese a que en popularidad no alcanzaron las cotas de Beatles, Rolling Stones, Who o incluso Animals. Siempre dieron la impresión de ser un grupo "para intelectuales" y elitistas, y, luego, un grupo para músicos. Dave Davies, por su parte, había sacado tres discos en solitario entre finales de los setenta y los años ochenta, pero no causaron mucha sensación, e incluso uno de ellos --Chosen People-- acabó teniendo problemas con la casa editora (Warner), que le negó permiso para incluir esas grabaciones en su primer recopilatorio de trabajos completos: tuvo que cantarlas y grabarlas de nuevo para poder incluir al menos algunas de ellas. Finalmente, el disco fue reeditado no hace mucho en su versión original. El caso de Dave es el de un hermano aplastado por el genio superior de Ray, que de mala gana le concedía espacio en algún disco para meter una canción, de ahí su revancha posterior en trabajos en solitario. Sus tres nuevos discos aparecidos en lo que llevamos de siglo XXI han pasado bastante desapercibidos, siendo degustados únicamente por los muy fieles kinkmaníacos de pro. Como no hay nuevos discos de los Kinks, nos hemos de consolar con lo que se pueda. Dave, tras un pasado de borracho, drogata, putero, mujeriego, filogay y escándalos en los hoteles, es ahora un "renacido", todo espiritualidad. Nos lo contó en su autobiografía, publicada en castellano hace un par de años, y que hizo poca gracia en su día a Ray Davies, además de ser probable motivo para que difícilmente vuelvan a unirse los Kinks. Dave no niega el talento de Ray, su genialidad --¿quién podría hacer tal cosa?--, pero se queja de que le ninguneaba, le hacía putadas --y se las hacía a todo el mundo también--, iba a su olla, etc. etc. En su descargo, hay que decir que Dave se muestra inusualmente sincero consigo mismo y sus brutales excesos (es una autobiografía tan franca que incluso llega a molestar a veces. John Lennon llegaba a irritarse con él y no ocultaba el desagrado que le causaba Dave, como él mismo confiesa en un pasaje del libro, libro --repito-- extrañamente sincero. Dave ha ido publicando pues trabajos nuevos, rockeros como és el --se le atribuye el haber sido el padre no reconocido del rock duro y del punk, cosa que, vaya, el propio Ray Davies lo dice con toda franqueza en ocasiones--. Sus discos son marchosos, entretenidos... No hay que olvidar que Dave es un buen guitarrista, inspirado a veces, y de hecho responsable del sonido de los Kinks de todas las épocas, y su vena rockera es muy superior a la de Ray. Pero como compositor es un talento muy menor, con ocasionales arranques de inspiración. Cierto, escribió algunas agradables canciones en los años sesenta y principios de los setenta, algún rock notable en los Kinks de los ochenta ("Bernadette"), y poco más. Ahora, en este nuevo trabajo, nos habla de sus preocupaciones, que son distintas de las de Ray. Ray habla de las personas, la gente corriente, su entorno social, con ironía y tristeza, con poesía y sarcasmo: la lucha del hombre de la calle frente al mundo, por resumirlo. Dave nos habla de Grandes Temas: la guerra, la paz, el amor, la espiritualidad. Dave se ha convertido en una especie de gurú espiritual del rock, aunque bastante trasnochado. Uno de los temas de este Fractured Mindz se titula "Rock Siva", con lo cual ya se puede imaginar por dónde van los tiros en cuanto a su letra. ¿Y cómo suena? Porque en general el rock es escuchado más que leído en sus textos, al menos para los no angloparlantes. Bueno, pues es una amalgama de sonidos: hay rock fuerte, rock "kinkero", por decirlo así, mezcla de guitarras rockeras y sintetizadores que suenan como ciertos grupos de los ochenta. Es un disco muy desordenado, que parece divagar hacia un lado y otro, sin llegar a parte alguna. El hermano Dave nos cuenta sus preocupaciones y cómo el amor y el ejército espiritual y la paz nos salvarán como lo salvaron a él y etcétera, y todo lo arropa con sonidos distintos, algunos bastante molestos. De cuando en cuando surge el Dave Davies de siempre, el del pasado kink, el rockero duro ofreciendo a su público lo que espera de él, pero el balance del disco es un tanto extraño. Hasta que los Kinks se decidan a volver, hemos de aguantar cosas como ésta, que nos hacen añorar el pasado. Y teniendo en cuenta que últimamente vuelven grupos que estaban mucho mejor calladitos (no diré cuáles, pero la lista empieza a ser incluso bochornosa), no veo por qué los Kinks no pueden ofrecer un nuevo trabajo, si es que Ray y Dave soportan trabajar juntos de nuevo, porque por separado, no van a ir a parte alguna: sólo sus fieles les atenderán... Post scriptum: Terminado hace varios días este artículo, y estando pendiente de aparecer en el blog, me entero el 4 de noviembre de que Ray Davies ha publicado también nuevo disco en solitario: la competencia entre hermanos sigue, pues, simultaneando sus apariciones discográficas. El suplemento dominical de El Periódico publicaba ese día una entrevista con Ray sobre el disco y otros temas, entrevista muy recomendable que demuestra que Ray Davies es una persona realmente inteligente con cosas que decir. No descarta una reunificación o nuevo disco de los Kinks, pero depende de si Dave se recobra de la parálisis cerebral que sufriera hace unos tres años --que no da la impresión le impida grabar, pero sí llevar una vida normal; en 2006 grabó "God in my Brain" para un recopilatorio, que se recoge en Fractured Mindz como bonus track y en el que nos cuentasu "renacer" tras el ataque--, lo cual por cierto los "hermana" más: resulta que Ray fue víctima de un accidente callejero al dispararle hace apenas un par de años un ladrón que atracó a su novia, y del que tardó en recuperarse (eso sí son vidas paralelas y no las de Plutarco). En la entrevista mencionada, haciendo incidencia en lo que comento en este artículo, el propio Ray manifiesta su sorpresa --y agrado-- de que tantos y tantos grupos de rock se declararan influidos por su música (cita a Blur, por ejemplo, entre varios otros que no he mencionado, y a la lista se podría añadir el extraño caso de Yo La Tengo, que al parecer llegaron a grabar una vez un disco con canciones de Ray Davies, según documentó una revista española de música rock hace años). El disco está ya en mi poder, y espero comentarlo en breve. November 09 AUTORES OLVIDADOS (31): JOAQUÍN CALVO SOTELO: Teatro de la derecha civilizada(c) 2006 by J.C.Planells
![]() Con el paso del tiempo, la mayoría de dramaturgos y comediógrafos del franquismo quedarán olvidados, como olvidados han quedado la mayoría de los dramaturgos y comediógrafos anteriores al franquismo. Se recordará y permanecerá lo que tenga que permenecer y ser recordado. Y entre ellos, posiblemente no esté Joaquín Calvo Sotelo. ¿Merece ser recordado? Bueno, al menos lo merece su intención de ofrecer un teatro de derechas honesto, lo que ya de por sí es elogiable, teniendo en cuenta lo que fue el teatro de derechas del franquismo, que de honesto tuvo muy poco. Cierto: Calvo Sotelo ya había hecho alguna cosita poco antes de la guerra civil, y pudo haber estado encuadrado en la "Otra Generación del 27". Pudo serlo por edad, pues nació en 1905, y muchos de ellos nacieron en fechas cercanas a la suya, pero su aportación se limitó a colaborar con Miguel Mihura en Viva lo imposible, obra que parece haber quedado como en tierra de nadie: ni Mihura ni Calvo Sotelo, lo cual es un poco injusto: está en tierra de ambos, desde luego.
Que Calvo Sotelo estaba dotado para la comedia de ingenio y para el diálogo queda claro en su obra más famosa en ese campo: La visita que no tocó el timbre, un enorme éxito que el cine francés plagió con toda cara dura hace años en el film Tres solteros y un biberón, objeto de remake a su vez por el cine americano. Es una obra brillante, de diálogos felices y muy bien llevada, casi mihuresca en ocasiones. Una de las mejores muestras del teatro de humor por alguien que, repito, pudo pertenecer a la "Otra del 27". Por cierto, el arranque de la obra debió ser modificado por orden de la censura de la época, y la edición que ofreció en su día la colección Austral ofrece los dos inicios: el de Calvo Sotelo y el nuevo escrito por orden de la censura. La lectura y comparación demuestra claramente que Calvo Sotelo podía ser de derechas, pero no era idiota. Otras ediciones de la obra, al menos en aquella época, sólo ofrecieron el principio censurado.
Escribió muchas obras, y lógicamente no todas tienen la misma calidad. Fue el primero en abordar decididamente el tema de la reconciliación entre los dos bandos de la guerra civil. Sus obras La muralla, Historia de un resentido y La herencia son fundamentales a este respecto, producidas todas ellas en la década de 1950. Esto tiene mayor incidencia si tenemos en cuenta que Joaquín Calvo Sotelo era hermano de José Calvo Sotelo, el político cuyo asesinato encendió la mecha del golpe de 1936. Así, el que fuera un "afecto" al régimen --o el hermano de una víctima destacada de los "rojos"-- quien desde un escenario empezara a considerar la reconciliación y a tratar de cerrar las heridas del tema, no sentó demasiado bien a la "oficialidad". Por esas mismas fechas, Giménez Arnau vociferaba desde el escenario con su Murió hace quince años, a fin de mantener bien encendida la mecha de odios y rencores contra "el otro" bando, o sea, "los rojos", porque según él querían venganza aún entonces. Debe señalarse que ambos autores tuvieron notable éxito con propuestas tan contrapuestas como son La herencia y Murió hace quince años. Otra cosa fue la opinión de los "críticos" y del "régimen".
Además de agradables comedias como La mariposa y el ingeniero o Una muchachita de Valladolid, Calvo Sotelo cultivó el drama histórico y la comedia, y en ocasiones el drama de denuncia. Esto último es lo que se suponía estaba haciendo (desde la derecha) Paso en los años sesenta (también lo hacía e hizo luego la izquierda tolerada, Olmo, Buero...). Bien, propongo el modesto ejercicio de cotejar dos obras casi coetáneas: un Paso-denuncia, La corbata, y un Calvo Sotelo-denuncia, Dinero. La diferencia entre ambas propuestas es, en fin, la que hay entre la honestidad de planteamiento y el maniqueísmo más servil y rufianesco. Quienes hayan leído mi ensayo sobre el teatro de Paso en 5 capítulos aparecido en este mismo blog en sus inicios, ya sabrán a quién corresponde cada propuesta...
Vale la pena dejar constancia también de una muestra del teatro fantástico que muchos autores cultivaron en la España del franquismo: Nuestros ángeles, estrenada en 1950 --los mejores años de su producción se sitúan precisamente en ese año y los siguientes de la década de los cincuenta--, y que como tantas otras muestras por el estilo, muestra la irrupción en la vida cotidiana de elementos o personajes sobrenaturales, a veces invisibles, con el fin de arreglar la vida y conflictos de los protagonistas. El primer Paso, López Rubio en alguna ocasión, Casona en muchas --pese a escribir desde el exilio su teatro se estrenó en España-- y otros autores cultivaron este tipo de piezas sentimentales y/o humorísticas en las que un personaje ya muerto que vuelve a la vida, un fantasma o un ángel trata de arreglar o mejorar el destino de los humanos. Es un tema curioso que merecería un detallado estudio (que me parece en todo caso sólo se ha efectuado respecto a Casona); es como si se indicase que en la negrura del franquismo sólo la irrupción de lo irreal, de lo fantástico, podía proporcionar felicidad. En todo caso, como digo, es tema pendiente de estudio.
Calvo Sotelo murió en 1993. Fue diplomático (de ahí su terceto de comedias sobre un diplomático iniciadas con Una muchachita de Valladolid) además de escritor. Escribió incluso una obra de terrorismo-ficción, El avión de Barcelona, con escaso éxito, que ni siquiera fue editada ni se incluyó en su "Teatro Completo" (que no es tal, como suele pasar siempre), pero que dicen quienes la recuerdan que hoy tendría mayor actualidad. En fin, representó un teatro de derechas honesto, escrito con elegancia y buen estilo, inspirado en ocasiones. Así pues, merece recordarse su figura y persona por encima de otros menos recomendables coetáneos suyos.
November 06 LOS PSICÓLOGOS Y YO(serie: Relatos autobiográficos - 24) (c) 2007 by J.C. Planells Durante una breve temporada de mi vida, tuve que ir de psicólogos. Escrito así, no sé si suena muy correcto; parece como decir "ir de putas", pero es la verdad: fui de psicólogos, dos en concreto, y la cosa no duró mucho y acabó mal. Acabó mal porque yo soy demasiado rebelde y tozudo como para aguantar sus normas y maneras; es decir, no les culpo a ellos: tuvieron un problema, y ese problema era yo, demasiado resistente a sus peticiones, demasitado reticente a lo que me pedían que hiciera. Me harté y les dejé plantados; creo que la cosa duró unos tres meses con el primero y quizá medio año con el segundo, o menos. Ni siquiera lo recuerdo con seguridad. De todo aquello, la verdad, lo único que saqué de provecho fue material de ambiente para un relato de ciencia ficción, titulado "Virtualmente real", escrito bastante tiempo después y aprovechando descaradamente las cosas que oía por aquí y por allá, en las aburridas sesiones de grupo de terapia. Ya pondré el relato en este blog un día que esté de humor, porque confieso que no es gran cosa. En ambos casos, eran mujeres. La primera de ellas era una argentina de unos cincuenta años. Creo que la encontré en las páginas amarillas, allí donde normalmente busco los fontaneros, los instaladores de persianas o los cristaleros. Supongo que da risa decir que busqué un psicólogo en las páginas amarillas, pero a ver dónde se busca uno (está la Seguridad Social, creo, pero antes prefiero morir vomitando sangre tirado en la calle que acercarme a la Seguridad Social). Elegí a alguien que viviera más o menos cerca de mi domicilio --para no tener que desplazarme al quinto pino-- y fuese mujer. Lo primero por comodidad; lo segundo también. Puesto a contar intimidades, prefiero tratar ciertos temas con una mujer que con un hombre peludo, bigotudo, con olor a tabaco y gafas de montura y amante del fútbol. Seguramente, a las mujeres les ocurra lo contrario; ellas es probable que prefieran un psicólogo masculino. No lo sé, y me da igual. Por cierto, eso no quiere decir que me entienda o me lleve bien con las mujeres; en realidad, me llevo fatal. Hace un tiempo, empecé un capítulo de esta serie titulado "Las mujeres y yo", en el cual no estaba muy seguro de si después del título vendría la palabra FIN separada por un gran espacio en blanco. Traté de contar cosas, pero eran tan deprimentes y desagradables --ha habido mujeres que se han portado conmigo de una manera imperdonable, ésa es la verdad-- que sencillamente dudé que nadie creyera ni la mitad de las cosas que contaba. El tema quedó no sé si cancelado o archivado; si algún día saliera este capítulo, ya se enterarán. En fin, la argentina en cuestión era el clásico ejemplo de terapeuta que vemos en las películas, con pocas variaciones. Al lado de la puerta de su piso, dicho sea de paso, tenía colgado una extraño adorno --creí que era un adorno-- que me llamaba la atención; un signo raro que no tenía ni idea de lo que significaba. Finalmente, un día se lo pregunté apenas me abrió la puerta. No recuerdo la respuesta que me dio; la he olvidado por completo. En todo caso, era una mentira. Unos años después supe por pura casualidad, leyendo un libro, lo que era aquel "adorno" (o quizá lo había leído antes en alguna parte, y no había caído en ello). Bien, pues se trataba de algo relacionado con la Torà --salvo error por mi parte-- que las personas de religión judía ponen siempre junto a la puerta de la entrada de sus casas. Bueno, ¿a qué vino entonces la mentira? ¿Le daba vergüenza reconocer que era judía de religión, acaso? ¿Y a mí qué más me daba? He ido a casas de amigos o conocidos o amigas de amigas y visto a veces un Sagrado Corazón colgado en la puerta. A mí me parece bien lo que cuelguen: el signo judío, un Sagrado Corazón, una media luna... Mientras no vea en una puerta a la que acuda la cruz gamada nazi (o las letras PP y una gaviota, je je, chiste) me parece muy bien. Aún recuerdo a una amiga, Matilde, que se escandalizó cuando fuimos juntos a visitar a una amiga suya que pasaba un mal trago, y se encontró con el Sagrado Corazón del camarada Jesús colgado en la puerta. Se enfadó tanto, pero tanto tanto, que casi quería volverse a su casa; se sentía vergonzada y ofendida. Es el eterno problema de los ateos, que son una pandilla de intolerantes insoportables. Pero volvamos a la psicóloga argentina. Lo primero que me pedía era que me descalzase, lo cual me hacía puñetera gracia. Decía no sé qué de la energía y tal, y que descalzo se hablaba más libremente y no sé qué. Chorradas, pero en fin. Lo segundo --o lo primero-- era que tenía que empinarme bastante para alcanzar el ropero y colgar la chaqueta o abrigo que trajese aquel día --en verano, el problema no hubiera existido, pero eso ocurría un invierno u otoño--, y ella se negaba a creer que fuera cierto, aun viéndolo con sus propios ojos. "No llego, oiga", le decía, tratando como podía colgar el dichoso abrigo o chaqueta. Reconozco que no soy alto, precisamente --tampoco un enano, como el bestia de "El Cuca", del que ya hablé, puaf--, pero insisto en que el colgador estaba excesivamente elevado para una persona normal. "Ya llegarás", me decía unas veces, o "Eso es lo que a ti te parece", contestaba en otras ocasiones a mis quejas. Luego, una vez ya metidos en materia, se suponía que debía tenderme en el clásico diván, que, por cierto, el suyo era un poco raro: tenía una forma como ondulada... Bueno, puede que todos los divanes de psicólogos y terapeutas tengan esa forma, pero me pareció extraña. Y ahí comenzaban los problemas para ella, porque lo de tenderme y empezar a largar no me iba. Así que me sentaba, de una manera bastante incómoda y la miraba cara a cara, y empezaba a hablar de mis cosas o problemas. Supongo --soy consciente de ello ahora-- que debía de resultar muy insólito --e incómodo para ella-- tratar a un paciente de esa forma, pero, con una única excepción, todas nuestras sesiones fueron hablando cara a cara. Se suponía que ella estaría sentada detrás mío, y puede que esperase dormitar mientras yo explicaba mis historias. Al adoptar yo aquella postura sentado y mirándola, la obligaba a prescindir de sus armas, digámoslo así, y convertir una sesión de terapia en una charla entre ella y yo. La única sesión en que me tendí en el diván como Dios manda y se ve en las películas, una sesión durilla de verdad, ella sí pudo emplear mejor sus armas. Los silencios, las pausas, las esperas... El alargar el tiempo, en una palabra. Lo que conmigo mirándola de frente y sentado no le era posible hacer (encima, debido a la situación del diván, yo quedaba un poco por encima suyo). Las sesiones eran un toma y daca, conmigo siempre a la contra (especialidad mía, lo reconozco, pero que en el caso de los psicólogos llegó al límite). A Marga, la segunda psicóloga que me trató en otro lugar (ése no estoy seguro de si lo saqué también de las páginas amarillas, la verdad), la ponía negra. Me consideraba un tozudo irremediable y se enfadaba conmigo. Por un lado me idolatraba (?) y por otro se enfadaba en cuanto yo empezaba a discutirle sus propuestas. Volviendo a la psicóloga argentina, todo acabó fulminantemente cuando me provocó un estado de ánimo depresivo total una tarde que me presenté especialmente contento y alegre para la sesión. Me hundió anímicamente con sus artimañas, y añadió que debería empezar a medicarme para poder superar esas depresiones. Por ahí no estaba dispuesto a pasar. Creo que en la siguiente sesión --o quizá fue en esta misma, confundo un poco el recuerdo--, también me dijo que me anotara los sueños que tuviese por la noche, nada más despertar. Y me preguntó qué tomaba para desayunar. Yo creo que todo eso sucedió en la misma sesión; en fin, da lo mismo, el caso es que se acabó en seco y no volví más. No estaba dispuesto a tomar medicación alguna, ni a escribir mis sueños apenas despertase, ni sé qué tenía que ver lo que tomase para desayunar con mis problemas. La tomadura de pelo se acabó. Con la siguiente psicóloga, la tortura eran sus tests. Ésta era una chica catalana joven y guapetona llamada Marga, que hacía puzzles para pasar el rato en sus horas libres. Bueno, eso es lo que decían los otros pacientes, porque yo no la vi nunca haciendo puzzles. El resto de pacientes soñaban con meterle mano porque estaba bastante buena y la miraban con deseo carnal. Bien, lo cierto es Marga tenía su atractivo, pero a mí no me parecía bien eso de pensar en meter mano a la psicóloga que te trata por más sabrosona que estuviese. Encima, en las sesiones de grupo de terapia, empezaban a caerles a todos por el suelo el bolígrafo, la carpeta, el anorak, los guantes, un libro, un paquete que llevaban, y estaban continuamente agachándose para recogerlo y echar una mirada para ver un poco de pierna o culo de Marga. Era curioso ver la cantidad de objetos que rodaban por el suelo durante aquellas sesiones. Y ella sin enterarse. Marga nos llenaba de tests a todos, y yo era el único que se los hacía, o casi el único, debido a lo cual creo que me adoraba en secreto. Sus tests eran duros y depresivos, cosas tan terribles que no se pueden ni contar. Pero yo los hacía con afán porque siempre me ha gustado hacer tests, rellenar papelotes y ver los extraños resultados que salen luego (no hace mucho, hice uno sobre mi estilo de humor, y salió que es "sarcástico"; creo que acertaron, pero el problema es que el siguiente resultado en puntuación que obtuve era "infantil", y lo de "sarcástico" e "infantil" resulta una mezcla algo extraña). Me pasaría la vida haciendo tests sólo por ver las caras de extrañeza de la gente al ver los resultados (de paso: esa Matilde que se escandalizó por el Sagrado Corazón en la puerta de su amiga, me hizo un test una vez aprovechando que estudiaba para psicóloga; nunca me dijo los resultados). No hago trampa al rellenarlos, de verdad, pero o la plantilla está mal colocada... o yo estoy mal colocado en la vida. Me temo que es esto último. No es que Marga fuera una sádica, pero realmente se comportaba casi como una dominátrix, me lo hacía pasar mal de verdad. Y eso, lógicamente, encendía mi rebeldía ("Mi tozudez", como lo llamaba ella). Luego, claro, estaban las sesiones de grupo, donde el terapeuta jefe, harto ya de majaderías, semana sí y semana no echaba unas broncas monumentales a todos a ver si obtenía resultados prácticos; me da la impresión de que no los obtenía, pero no lo puedo asegurar. De hecho, recuerdo que uno de los que asistían a las sesiones dijo una vez que él venía "para estar con los demás, porque se lo pasaba bien con nosotros", pero lo demás no le interesaba. Vamos, como si aquello fuera ir al bar. Era divertido --o no-- ver cómo todos se salían por la tangente en las sesiones de grupo, para eludir sus problemas y tomarle el pelo al director o a Marga o a la psicóloga que les tratase. Me figuro que harían lo mismo con la psicóloga en sus sesiones privadas. Sólo saqué de ello, aparte de ambiente para el relato que he mencionado, dos cosas más o menos ciertas. Y procedieron de la psicóloga argentina. Según ella, voy por el mundo con unas gafas negras puestas para verlo todo bien negro. Puede ser, pero, ¿y qué? La segunda, que yo mismo me niego el derecho a ser feliz. En eso acertó plenamente, lo reconozco. Si hurgo en mi pasado desde la adolescencia, es algo que he cumplido a rajatabla en todas las diferentes etapas de mi vida, cada vez que he pasado una crisis, salvo escasísimas ocasiones: negarme el derecho a ser feliz, preferir pasarlo mal, renunciar a todo cuanto de bueno me pueda llegar y estropear las cosas cuando mejor funcionan, para dejar de disfrutar de ellas y encima acabar haciendo daño indirectamente a los demás. ¿Por qué? Bueno, yo no puedo explicarlo; es mi manera de ser. Supongo que el origen habría que buscarlo en que me tuve que criar "por mis propios medios" desde cierta edad, y a ausencia de afecto, consejos y dirección en etapas cruciales de mi vida. No lo sé, en todo caso es tarde para saberlo, e igualmente tarde para remediarlo. Que la psicologa argentina tuviera razon, no proporciona remedio alguno. Tengo el conocimiento de las posibles causas, pero me sigo comportando igual, y lo seguiré haciendo. Una persona como yo, con mi "historial", de hecho lo mejor que puede hacer es vivir completamente aislado de los demás, para así evitarles disgustos por su manera de ser. Supongo que este capítulo hará muy feliz a alguien que escribió hace unos años acerca de mí que debería dejar de escribir e ir a un psicólogo. Bueno, pues lo hice: dejé de escribir, fui de psicólogos, y no salí ganando nada. Ahora ya no voy y sigo escribiendo. ¿Qué es lo siguiente que he de hacer? ¿Pegarme un tiro? Hace unos días, me contaba una amiga que a causa de sufrir mobing laboral hace años tuvo que ir una temporada al psicólogo. Eso me hace pensar que hay personas que debido a su carácter son presa fácil de sinvergüenzas y desalmados, de aprovechados y caraduras. Al margen de la diferencia entre su caso y el mío, hay algo de común en el origen: nuestra debilidad al afrontar ciertos problemas que nos superan nos impiden superarlos o encararlos como lo haría otra persona. Los sinvergüenzas y los aprovechados, los caraduras y los desalmados, saben quién es débil y de quién pueden sacar fruto, a quién manejar y cómo. Tampoco sirve de excusa o justificación en el caso de la víctima; nunca sabremos superar ciertas situaciones, o lo haremos tarde y mal. Y sigo dudando de que un psicólogo arregle nada. FIN. November 04 EL CLUB DE AFICIONADOS AL CRIMEN(serie: Aventuras de Harold Smith) (c) 2007 by J.C. Planells Laurence Jameson llegó una mañana a nuestra agencia, con cara de estar muy preocupado, y dijo: --Harold, tengo un pálpito. --Pues vaya corriendo al médico, señor Jameson --le dije alarmado. --Calla, majadero --dijo Harold--. No sé qué entiendes por pálpito, pero no es ninguna enfermedad. Bien, querido Jameson, ¿qué es lo que ocurre? --Harold, tengo motivos para pensar que pulula por Londres alguna secta, banda o sociedad dedicada al crimen por puro placer o diversión. Como vi que la cosa se ponía complicada, fui a la librería y tomé el diccionario para ver qué eran "pálpito" y "pulular". --¿En qué te basas para tan audaz elucubración? --preguntó Harold. --Hagan el favor de hablar normal --me quejé, mientras buscaba "elucubración" en el diccionario--. Recuerden que soy un extranjero en tierra hostil y desconocida. No puedo seguir la conversación si tengo que buscar palabras a cada momento en el diccionario. --Pues enriquece tu vocabulario --dijo Harold. --Ya lo hago. Leo diarios deportivos ingleses por si traen noticias del Barça. No las traen. Harold decidió ignorarme y prosiguió su conversación con Jameson. --¿Qué te hace pensar la existencia de algo tan temible? --Están ocurriendo demasiados crímenes absurdos. Gente asesinada sin motivo, y encima, mal asesinada. O sea, los dejan medio muertos de cualquier manera, medio disparados o medio apuñalados y, claro, luego la familia se enfada, pues dicen con razón que si los asesinan al menos que lo hagan de manera decente. No hay móviles en ningún caso, ni sospechosos. Las víctimas son de lo más variopinto --(busqué la palabra en el diccionario)--: empleados de banco, taxistas, peluqueras, guardias de tráfico, señores que están en la cola del autobús, tarotistas --(busqué en el diccionario)--, levantadores de pesas, fruteros, esteticiennes --(busqué en el diccionario)--, farmacéuticos... Hemos conseguido que en los periódicos no salga nada de ello, pero no sé durante cuánto tiempo podremos mantener el secreto. Y todos estos crímenes vienen ocurriendo desde hace apenas tres semanas. En total, unos veinte asesinatos... --¿Modus operandi? --preguntó Harold, y yo busqué en el diccionario. --Golpes en la cabeza con el habitual objeto contundente, dagas malayas, pistolas, cuchillos de cocina, revólveres del ejército, rifles de caza, empujones desde la vía del metro... --Diantre, hum y rehúm. Parece que la cosa es seria --dijo Harold, admirado--. ¿Testigos? --A ese que empujaron a la vía del metro aseguran que el culpable fue un chico de unos diecinueve o veinte años, pero se escabulló rápidamente. No hay más testigos. --Pues vamos frescos. --Hemos puesto a los soplones y membrillos --(busqué en el diccionario)-- a trabajar a máximo rendimiento, pero sin resultado alguno. Por eso creemos que hay una especie de pandilla o club del crimen, algo por el estilo que se dedica a cometer crímenes por diversión. No cabe otra explicación, la verdad. --Eso es ciertamente espantoso, Jameson. Y me temo que tengas razón. Hay que dar con ellos. --Sí, pero, ¿cómo? En Scotland Yard estados desbordados. No sabemos cómo afrontar algo semejante. No hay pistas, o en todo caso habría demasiadas... No hay sospechosos... ¿Por dónde empezamos? --Sí, es un poco... ah, complicado establecer una pauta de investigación --reconoció Harold. --Si es un club o asociación de asesinos, se reunirán en algún sitio para hablar de sus crímenes --dije--. ¿No ocurre así en todos los clubes ingleses? Lo he leído en las novelas de Sherlock Holmes o de otros. --Sí --reconoció Harold de mala gana--. Lo que dices es posible. Esa gente, sean quienes sean y cuantos sean, deben de reunirse en algún local... pero lo más seguro es que lo hagan en casa de alguno de ellos. Es más seguro, para no llamar la atención. --Si son muchos, la llamarán igual --dije. --En eso, Diógenes puede que tenga razón --dijo Jameson, poniendo una cara más o menos optimista--. Podemos vigilar las reuniones de más de cinco personas en casas particulares... --¿Y si sólo son cuatro? --dije. Y Jameson volvió a hundirse en el pesimismo. Por lo visto ni Harold ni Jameson sabían muy bien cómo enfocar la investigación, porque una semana más tarde las cosas seguían igual, o al menos Harold no hablaba del caso, lo que quería decir que no había novedad. Cuando al jueves siguiente vi venir al señor Jameson por la ventana, bajé corriendo a la portería para pedirle a la cabezona un favor. --La última vez que el señor Jameson vino a ver a Harold se pusieron a hablar con palabras raras, y me pasé el rato buscando en el diccionario, y como le he visto llegar, quiero uno más gordo que el que tiene Harold, por si acaso --le dije. Sandra dejó de hacer los deberes del colegio y me miró por encima de las gafitas. Bonnie,su gato, nos miró interesado. --¿En qué están trabajando ahora? ¿Qué caso resuelven? --preguntó Sandra, no el gato. --Nada que tú debas saber. Los casos son secretos hasta que se detiene a los culpables. --¿Has dicho "los culpables"? Eso quiere decir que hay más de uno. --Yo no he dicho eso --protesté--. ¿Me dejas o no un diccionario gordo? --Yo creo que necesitarías toda la Enciclopedia Británica, querido Diógenes. A veces eres un poco tosco. Regresé al cabo de un rato al despacho con un diccionario enciclopédico bastante enorme que me dejó Sandra. Harold y Jameson seguían comentando sus nulos progresos sobre el caso. --Bien, una posibilidad --decía Jameson-- sería registrar todos los domicilios de los londinenses... --Ciertamente, es una posibilidad, querido Jameson --dijo Harold, encendiendo la pipa solemnemente--, pero me temo que nos llevase algunos... años... completar los registros. --Dice Sandra que si es una asociación, deberá estar registrada legalmente --dije, mientras dejaba el librote sobre mi mesa. --¿Eh? --¿Qué? --Es que le he contado de qué va lo que estamos investigando, y dice que si es una gente que ha formado una sociedad para asesinar, pues se habrán registrado legalmente, como un club de pesca o de aficionados al parchís... --¿Le has contado a esa niña mequetrefe un caso que Scotland Yard investiga en secreto? --dijo Jameson, palideciendo. --Un momento, Jameson --dijo Harold, que no sé por qué, siempre salía en defensa de la cabezona--. La pequeña Sandra a veces nos ha sido... er... útil. --Si lo dices por el caso del asesino de guante blanco... --bufó Jameson. --No hay que olvidar que estudia para ser reportera en el futuro --dije, un tanto inconsecuentemente. --Pero es una niña tonta --dijo Jameson, que no olvidaba la bronca que su novia le echó por haber mostrado cierto interés algo impropio hacia una de las cabareteras de aquel club, según desveló Sandra en su "audaz reportaje" sobre el asesino de guante blanco--. ¿Cómo se le ocurre que unos asesinos van a registrarse legalmente? --Yo no lo sé, porque soy un simple forastero en tierra extraña y desconozco las leyes británicas --dije--, pero Sandra asegura que en Inglaterra se puede registrar como asociación cualquier cosa. --En realidad, Sandra había dicho "chorrada", pero como no estaba seguro de su significado y no encontré la palabra en ningún diccionario, la cambié por otra más asequible--. Y dice que el primo de una amiga del novio de la hermana de la criada de la suegra de la madre de su compañera de colegio Sally registró una asociación de amigos del crimen y les dejaron hacerlo. Hubo un silencio bastante largo. Luego, Harold preguntó: --¿Puedes repetir lo que has dicho, Diógenes? --No, jefe. Se me ha olvidado ya, porque era una lista de gente muy larga y la he ido repitiendo de memoria mientras subía la escalera y ya se me ha olvidado todo. Pero la cabezona supongo que podrá decirlo, porque con esa cabeza tan grande que tiene, le cabe toda la Enciclopedia Británica y sobra sitio para más libros. --Se tratará de una asociación de aficionados a las novelas de misterio --dijo Jameson, desdeñoso--. O a los reportajes sobre crímenes auténticos. --Er... claro, debe de tratarse de eso --dijo Harold, aunque con poca convicción. Parecía como si algo le preocupase. Jameson se fue al cabo de un rato. Entonces, Harold tomó la gorra de investigar y dijo: --Vayamos a echar un vistazo a los registros de sociedades y asociaciones en el Ayuntamiento. Será cosa de unos minutos --añadió, como para dejar claro que no daba importancia a la posibilidad de lo que Sandra había dicho. Nos fuimos, pues, a la oficina de registro de sociedades y asociaciones del Ayuntamiento y pedimos ver las últimas inscripciones realizadas. --¿Recreativas? ¿Culturales? ¿Deportivas? ¿Políticas? --nos preguntó el vil funcionario. Harold y yo nos miramos. --A mí no me pregunte, jefe --le dije, encogiéndome de hombros. --Buscamos una sociedad o club llamado posiblemente "aficionados al crimen" --dijo Harold--. Supongo que estará en... ah... ¿recreativas? --¿Sabe cuándo se constituyó? --preguntó el adusto funcionario. --Pues... digamos que lleva en activo aproximadamente algo más de un mes... --Buscaremos a partir de las últimas inscripciones, remontándonos hacia atrás un mes y medio, pues. ¿Es una asociación de carácter cultural? --inquirió el seco funcionario. Harold dijo que sí, aunque poco convencido. El apergaminado funcionario buscó, pero tras remontarse a tres meses atrás, no aparecía ninguna asociación con esas características. --Miraremos las deportivas --suspiró Harold. El ignominioso funcionario miró en las deportivas. Nada tampoco. Lo mismo ocurrió con las políticas. Luego le llegó el turno a las recreativas. Al poco, frunció el ceño. --Aquí la tenemos --dijo--. Club de Aficionados al Crimen. Constituida el 18 de mes pasado, es decir, hace un mes y dos semanas escasas. ¿Desean ver el acta de constitución de ese club? --Pues sí --dijo Harold, bastante desconcertado. Mientras el huraño funcionario iba a buscar la copia del acta, me comentó--: Es raro que figure como "club recreativo". Si son aficionados a las novelas policiacas, deberían estar en las asociaciones culturales... --Puede que no todo el mundo opine que la novela policiaca es cultura, jefe --dije, vagamente. --No seas hereje, Diógenes --protestó Harold--. No hay nada más bello, elevado e insigne que la recreación intelectual de la mente en el proceso de dilucidación del enigma tramado por el portentoso magín de su autor... --No hable raro, jefe, que no he traído el diccionario. En ese momento regresó el cruel funcionario con el acta de la asociación. Harold la cogió y la leyó a media voz. --En la ciudad de Londres, a 18 de mayo del corriente año de... bla bla bla... ante el notario sir Wilfred Tennyson-Robertson y su secretario William Robertson-Tennyson, comparecen los señores Ben A. Darme, Thomas Paul Sacco, Franco Jones y las señoras Mary Cohn y Kate Denn... vaya nombres... con domicilios en bla bla bla... para constituir el Club de Aficionados al Crimen, presidido por el señor Ben A. Darme y con la señora Mary Cohn como secretaria... bla bla bla... y cuya finalidad es... --Harold abrió unos ojos como platos y dejó de leer. Se tambaleó y casi se hubiera caído al suelo si no lo llego a sujetar. --¡Jefe! --exclamé alarmado--. ¿Qué le ocurre? --Está prohibido desmayarse en las oficinas del Ayuntamiento --avisó secamente el repelente funcionario. --Léelo tú mismo, Diógenes --dijo Harold--. Es... es increíble. En fin, sólo cabe añadir que Jameson y sus hombres detuvieron de inmediato a los cinco miembros del Club de Aficionados al Crimen. Por los registros del club, supieron quién era el culpable de cada uno de los crímenes cometidos por los miembros del club, que de todas maneras no los negaron y encima se extrañaron de que les detuviera la policía, manifestando que el suyo era un club legalizado y con todos los papeles que exigía la ley en regla. El superintendente Jameson fue luego a casa del notario donde se había registrado el acta de fundación del club, e incluso detuvieron al rastrero funcionario del Ayuntamiento; lamentablemente, ninguno de los tres --el notario, su secretario y el pringoso funcionario-- compareció ante juez alguno. --Yo me limité a tramitar el acta de fundación del Club de Aficionados al Crimen de la misma manera que se hace con cualquier otro club o asociación --dijo altivamente el notario, sir Wilfred Tennyson-Robertson en el despacho de Jameson en Scotland Yard--. Los miembros fundadores del club declararon que su finalidad era cometer asesinatos como actividad recreativa y no existe ningún artículo en el Código Penal que lo prohíba. --¡El asesinato es un delito, señor mío! --bramó Jameson. --No soy sordo, superintendente --replicó gélidamente sir Wilfred--. No hay ley alguna que impida a unos caballeros y unas damas constituir un club para cometer asesinatos como actividad recreativa. Y aunque la hubiera --añadió adelantándose a Jameson, que iba a explotar de furia--, yo soy simplemente el notario encargado de dar fe del acta de constitución de dicho club. No me compete interferir en las actividades del club, señor mío. No soy ni policía, ni abogado, ni juez ni detective privado. --Esto último iba dedicado a Harold, que se mantenía en grave silencio en un rincón del despacho de Jameson. --Veremos qué opinará de todo esto el juez --bufó Jameson. --Sepa, señor mío, que mi hermano es juez, y mi cuñado es el abogado sir James Robertson-Tennyson-Robertson, que no ha perdido nunca un sólo caso --terminó diciendo triunfalmente el notario. En cuanto al réprobo funcionario, tampoco hubo suerte. Él era un simple empleado del Ayuntamiento y su obligación era inscribir, copiar y archivar las actas, pusiera lo que pusiera en ellas, y le daba lo mismo si se trataba de una asociación para la caza de la perdiz o de un club de zurdos aficionados al ajedrez. --Bueno, jefe, al menos los cinco del club sí han acabado ante un juez y pagarán por sus crímenes --le dije a Harold una tarde, cuando estábamos repasando la documentación del caso para nuestro archivo. --Sí, ya ves --gruñó Harold, que se ponía negro recordando aquel asunto--. Cinco descerebrados con la inteligencia de un bacalao que se limitan a fundar un club para ver quién comete más y mejores crímenes. Con que les metan en un psiquiátrico, ya hay bastante. En cambio, el notario, su secretario y el funcionario del Ayuntamiento, esos deberían pudrirse en una cárcel el resto de sus días por ineptos, por cerriles y por... La última palabra que Harold pronunció no la encontré ni en nuestro diccionario ni en el que me había dejado Sandra. Así que no la pongo. FIN. November 02 EL CASO WELLS, de Andrew Lau: Mirada al abismo(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Al parecer, ésta ha sido otra película con problemas, aunque no tantos como Invasión, comentada recientemente. Su estreno se ha demorado bastante, debido a remontajes y reparaciones, y según parece la relación entre el director, Andrew Lau (nombre americano del hongkonés Lau Wai-Keung, de quien Scorsese ha remakeado/copiado Infiltrados) y sus actores ha sido todo menos cordial. Desde luego, Lau se ha traído a Hollywood sus maneras de hacer cine, o las maneras de hacer cine de algunos molestos directores de Hong Kong, pero aunque a la película se le pueden poner reparos de varias clases, no estamos ni mucho menos ante un fiasco como el de Invasión. De todas maneras, el film ha recibido serios varapalos, creo que bastante injustos. No es un film perfecto, no es un film innovador, pero tiene aspectos destacables. Puede que lo que flojee sea el tratamiento --que dicen es lo que molestó a los actores-- y que el fondo destaque sobre los personajes. El caso Wells narra los últimos días en su trabajo de un agente de Sanidad Publica, encargado de controlar a los agresores sexuales y hacer su seguimiento en libertad. El hombre ha sido despedido por su jefe (Ray Wise) porque opina que Babagge acosa a los agresores sexuales y estos se han quejado de él. Babagge, por decirlo rápidamente, es un hombre quemado por su desagradable oficio. Babagge, vaya por delante, está interpretado, y muy bien, por Richard Gere. Este actor, que en sus inicios profesionales fue objeto de toda clase de vituperios, burlas, insultos y desprecios por parte de casi toda la crítica, se ha convertido hoy en un actor muy respetado por esa misma crítica. Hombre, eso tiene gracia y es casi para indignarse. Cierto que los actores adquieren oficio película a película (algunos curiosamente lo pierden...), pero la carrera de Richard Gere, desde su pequeño papel en Buscando al señor Goodbar, su protagonismo en la respetada Días de cielo y su implicación personal en Stony, sangre caliente, tres de sus primeras películas, demostró que le interesaba un cine comprometido, con buenas historias y pocas tonterías, y que deseaba aprender y mejorar en su oficio. Su filmografía, a día de hoy, es una de las más respetables de los actores de su generación, y pocas tonterías hallaremos en ella (y por tonterías no me refiero a hora a Pretty Woman o comedias por el estilo, que pueden agradar más o menos, pero son dignos productos comerciales, sino a desastres como Rey David). Ahora, de repente, muchos han descubierto que Gere es un actor respetable y, en muchos casos, lo mejor de la película. En efecto: cuando el film es insuficiente (como ocurre en la reciente La gran estafa), su trabajo ayuda a sostener la película, y en buena parte esto se hace extensivo a El caso Wells. Babagge es un hombre atormentado porque no pudo evitar el asesinato de una adolescente debido a no registrar el armario de un sospechoso. Asimismo, su implicación personal con la angustia de los padres de una niña desaparecida años atrás, Abigail, le hace visitarles regularmente, aunque sabe que nada puede aportarles. Babagge conoce perfectamente a los agresores sexuales que ha de controlar, sabe que mienten, que no se regeneran, que viven al borde del abismo... de hecho, como él. A este hombre cansado, amargado hastiado, le sueltan que su sustituto... es una mujer, Allison. Primera estupidez de guión, porque nadie con dos dedos de frente se imagina a una mujer --y del aspecto que ofrece precisamente la actriz Claire Danes-- visitando a los individuos que debe controlar Babagge y haciéndole las mismas preguntas que él. En fin, la película por lo visto precisaba de un elemento femenino junto a Gere, pero realmente resulta inverosímil. Babagge debe entrenar a su sustituta en tiempo récord, y queda claro que a Allison esos tipos le producen verdaderas (y comprensibles) arcadas. La realización se complace en subrayar lo pervertido de los personajes de violadores, asesinos de adolescentes, mirones, pederastas y demás fauna que desfila por la pantalla. En este sentido, se alcanzan cotas bastante desagradables. Quizá por ello se escribiera el personaje de Allison, para "aliviar" tanta suciedad moral, puesto que el jefe de Babagge es tan desagradable a su manera como los malos del film. Y tampoco Babagge es ningún angelito, por cierto: se toma la justicia por su mano, cuando apalea disfrazado con un pasamontañas a un joven, Edmund (Russell Sams) al que ha entrevistado en compañía de Allison esa misma mañana, y del que ha descubierto disfruta pegando a su novia Betrice Bell (Avril Lavigne) y luego a otras chicas. Segundo fallo, pues, de guión, un tanto inverosímil, que desluce el sentido del personaje tal como se había planteado, y que se desdice de hecho con posteriores comportamientos de Babagge. Convertirlo a ratos en una especie de "justiciero de la ciudad" no mejora el film, sino que lo ridiculiza. En medio del adiestramiento de Allison, se cruza el secuestro de una adolescente, Harriet Wells (Kristina Sisco), que Babagge sospecha ha cometido uno de sus vigilados. Aun no teniendo potestad para investigar la desaparición o secuestro de la menor, se implica personalmente y contra reloj en su descubrimiento, acompañado de Allison. Ello, lógicamente, le conducira a un nuevo descenso a los infiernos, y al encuentro de nuevos cadáveres que puedo haber evitado. No adelantaremos más, en aras del posible espectador. Digamos simplemente que al film de falta un final que lo redondee todo. Se echa de menos lo que usualmente aparece en films de este tipo (ciertos reencuentros, ciertas visitas, ciertas despedidas...), pero quizá eso sea más virtud que defecto, según cómo se mire. A un film tan oscuro moralmente --que no fotográficamente--, que bordea lo cruel y lo morboso incluso de manera excesiva --ojo: sin regodearse en ello, quede claro--, que incluso le niega al espectador la más mínima bocanada de aire fresco --de hecho le golpea tanto como al personaje de Babagge--, estas "ausencias" al final del film pueden interpretarse como una manera de mantener la unidad. He dicho antes que fotográficamente el film no es oscuro. En efecto. Con la única excepción de una visita a un repugnante tugurio de porno ultragore, este film transcurre en paisajes luminosos, bajo cielos claros, a plena luz del día. Pero la manera de fotografiar esos terrenos áridos, quemados por el sol, desérticos y sin asomo de vida, es otra manera de mostrar la total desolación moral de la historia y del film, extensiva al paisaje. Lo veo como un acierto, porque normalmente este ripo de historias suelen ambientearse en lugares ocuros, callejuelas siniestras, edificios sombríos, y aquí precisamente lo que impresiona son esas panorámicas de lugares desérticos, que Babagge contempla casi desesperado, buscando a Harriet y a sus captores, esperando casi que el terreno le dé la pista. Si hacemos balance, pues, El caso Wells no es tan desastre como algunos quieren hacernos creer. Tiene puntos interesantes: el primer encuentro entre Babagge, Edmund y la infortunada Beatrice Bell --la prestación de la rockera Avril Lavigne en este breve personaje es otro de los aciertos del film--; las miradas de Gere hacia esos lugares agrestes, quemados por el sol, expresando en su mirada una desolación verdaderamente angustiosa; el enfrentamiento final entre Babagge y los secuestradores, magníficamente resuelto, con sobriedad, con la misma sequedad del terreno que les circunda. Cierto que esto no hace olvidar errores y alguna que otra chapucería (la visita de Babagge al centro donde los pederastas y violadores hacen su "terapia de grupo" y su nuevo comportamiento "bronsoniano", por llamarlo así), pero en el balance lo bueno hace olvidar lo malo, al cuando menos lo iguala. Y recordemos que historias tan "fuertes" como ésta a veces han sido chabacanamente resueltas: la desdeñable Asesinato en 8mm, de Schumacher, sin ir más lejos. |
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