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November 30 (c) 2008 by J.C. Planells  No se recuerda demasiado a Bob Fosse hoy día, aunque se tenga presente en la memoria (y las videotecas) el clásico Cabaret, de 1972. Para muchos, Fosse es "el señor que hizo Cabaret". Su muerte en 1987 lo ha arrastrado al olvido. No está de más, por tanto, recordar su interesante debut como director cinematográfico en 1969 con Noches en la ciudad, un musical de gran éxito en Broadway, que cinematográficamente en España pasó más bien desapercibido. Tres años más tarde, los mismos que ningunearon Noches en la ciudad abarrotaron las salas para ver Cabaret. Por su parte, la crítica que se había molestado en ver y alabar Noches en la ciudad despachó Cabaret con los (esperados) epítetos de "oportunista" y "tramposa" (los dos adjetivos más recurrentes de todo crítico que se precie --o no-- de serlo). No soy precisamente aficionado al musical cinematográfico; en realidad, es un género que me interesa tanto como el cine bélico o los dibujos animados. Me resulta incomprensible que las personas rompan a cantar y bailar en medio de la calle y se monten coreografías como si tal cosa, de ahí mi indiferencia hacia el amontonamiento de musicales que --especialmente made in M-G-M-- llenaron las pantallas durante las décadas de 1940 y 1950, para ir decayendo posteriormente. Eso no impide que algunas me resulten distraídas o entretenidas. En todo caso, a partir de la década de 1960, el musical cinematográfico empezó a decaer, y se alimentaba de Broadway básicamente, donde triunfaban adaptaciones literarias de Dickens, o de clásicos algo olvidados de la comedia, o sobre vidas de artistas teatrales. El resultado de todo ello fueron tanto éxitos como Oliver!, como batacazos de aúpa como La estrella. El cine musical ya se había convertido en la traslación a la pantalla de los grandes éxitos de Broadway, y se debía hacer a lo grande: pocos al año, pero en plan de gran producción, y eso a veces funcionaba (El violinista en el tejado) y a veces no (Hair). Pero, volviendo al pobre Bob Fosse, éste no era ningún Don Nadie cuando se puso tras la cámara para dirigir la versión cinematográfica de Sweet Charity. A sus espaldas tenía una sólida carrera como coreógrafo, actor y asesor en diversos musicales, además de sus trabajos en Broadway. Y si algo llama la atención en Fosse es que acaso sea el primer o único autor cinematográfico de musicales. Cierto que para muchos esa categoría debería concederse a Minnelli, Berkeley y otros, pero albergo dudas al respecto. Estos dos --y otros-- vivieron en la época del cine de grandes estudios, y muchas veces se les confiaban proyectos, que sacaban adelante con solvencia y estilo personal. Por contra, Bob Fosse era coreógrafo de gran experiencia, seleccionaba su material y elegía llevar al cine sólo lo que le interesaba: de ahí su parca obra como director cinematografco, presidida sin embargo por una gran coherencia temática y de estilo, culminada por ese autobiografía disfrazada que es All that Jazz. Así, tanto Noches en la ciudad, como Cabaret, tanto Lenny como Star 80, son retratos de seres solitarios, marginales, a contracorriente, condenados en algunos casos a ver frustradas sus esperanzas (artísticas o sentimentales), a no salir del pozo en que viven, o a morir, de una forma u otra, a causa de su arte o triunfo artístico (que es el caso de dos films tan coherentes y admirables como Lenny y Star 80). Sweet Charity era la adaptación en forma de espectáculo musical teatral del guión de Fellini y Scarpelli Las noches de Cabiria. En principio, esto podría parecer un sacrilegio cinematográfico, pero tales sacrilegios sólo tienen sentido cuando el resultado es infumable o vergonzoso. Los adaptadores recogieron los elementos de la historia original para construir un relato similar, con los consiguientes cambios de localización y época. Cabiria ya no es una infeliz prostituta, sino Charity, una infeliz dancing girl en un local tirando a cutre; no estamos en Roma sino en Nueva York, y la época es la del flower power. En lugar de estar rodeada de prostitutas y chulos, Charity lo está de otras bailarinas tan infelices como ella, pero menos ingenuas, y de "novios" que le sacan el dinero y luego la echan, literalmente, al lago. El recorrido de Charity en este film es similar al de Cabiria: encuentra a un divo de la pantalla, con el que pasa una noche algo ridícula, espera encontrar una salida al mundo gris en que vive, pero es incapaz de hacer ninguna otra clase de trabajo --sensacional su escena en la oficina de empleo--, hasta que conoce a un ejecutivo y se enamoran, pensando en casarse. Pero... ¿un ejecutivo de buena familia se casaría con una dancing girl que ha sido manoseada y amada por tantos hombres anteriormente? Exacto. Así, la huella de Cabiria se desvanece fácilmente, cediendo su lugar sin dificultad alguna a esta Charity, una especie de doble o hermana americana. Los puristas del cine pueden estar tranquilos: la adaptación no constituye blasfemia alguna. No es algo que suela ocurrir, en efecto, pero olvidemos los casos en que sí ha ocurrido. Cierto que el paso del tiempo se resiente un poco en Noches en la ciudad: es un poquitín demasiado deudora de la época, pese a que en 1969 el flower power era ya historia. De ahí la --para muchos-- desconcertante escena final en el parque, que da la impresión de ser un descarte de Hair. No es lo único: también chirría --¡y de qué manera!-- el numerito musical a cargo del insoportable Sammy Davis Jr., haciendo de predicador de una de tantas religiones y movimientos hippis como surgían por aquella época. Pero lo demás tiene gran fuerza: el número musical "Big Spender", una canción que ha sido versioneada por innumerables artistas, desde Shirley Bassey hasta las nenas del "Un, dos tres", interpretado por las compañeras de Charity --entre las que figuran las notables Chita Rivera y Paula kelly--, ofrece soluciones visuales que serían muy celebradas en la posterior Cabaret, lo mismo que el largo momento musical y la ambientación en sí de la fiesta a la que el actor Vittorio Vitale (Ricardo Montalbán) lleva a Charity, un ejemplo de sofisticación y decadencia visual, también recobrado en algunos momentos de Cabaret... y en el color de las uñas del personaje que interpretaba Liza Minnelli: "Decadentemente sofisticadas, ¿no es verdad?", le decía al personaje de Michael York al enseñárselas (frase que la censura española de la época modificó cuando su estreno por ¡inconveniente!). Es decir, Noches en la ciudad es, en muchos aspectos, un borrador, una prefiguración de Cabaret, no tanto en la historia, aunque el personaje interpretado por Liza Minnelli en ésta recuerde en mucho al que Shirley MacLaine interpreta aquí. Es en la parte musical, en las coreografías, en los cortes de las mismas, en el enfoque, el plano, la posición y movimiento de las artistas de dancing bar, tan similares a los de las cabareteras del Berlín de 1933 en el posterior film, donde encontramos esta prefiguración. Así, viendo Noches en la ciudad, se tiene en algunos momentos la impresión de ver Cabaret, y viceversa: ésta nos recordará luego aquella. Digamos finalmente que Shirley MacLaine está excelente como Charity. Crea el personaje con la misma calidad y ternura humana que Giulietta Massina hizo de su Cabiria. (Por cierto, hace poco leí que este musical se representó en su tiempo en Madrid, y la Charity en cuestión fue... Marujita Díaz. Ejem.) La edición en DVD incluye un final alternativo, que se desechó. Creo que, de haberse rodado hoy este film, sería ese final alternativo el que se hubiera elegido, lo cual lo hubiera desmerecido bastante. El final del film es el lógico, guste o no.
November 27 (c) 2008 by J.C. Planells Hace unos meses, durante una conversación con cierta persona a la que acababa de conocer, y charlando a propósito de la obra de una tercera persona, me di cuenta de cómo el desconocimiento de las circunstancias de la vida de un autor, de un artista, de un creador, puede conducir a una mala interpretación de su obra, a juzgarla de manera errónea. Es algo que he sabido de siempre, y que he tenido muy en cuenta en (casi) todos mis comentarios sobre libros o autores, pero no parece que los demás lo tengan en la misma consideración. Tengo desde el primer día la convicción de que autor y obra son inseparables: la una es el resultado del otro, el autor no puede ser desgajado de su obra, la obra sólo tiene sentido a partir de la trayectoria vital del autor. Concederé que no sea aplicable a todas las artes; sí lo es en literatura, pintura y escultura. Quizá en música también, aunque sobre esto no tengo conocimientos. El el cine ya no lo es, por tratarse de un arte colectivo en el que participan muchas otras personas (actores, directores, guionistas, músicos, fotógrafos, decoradores, productores...), si bien incluso se me ocurren algunos nombres cuya trayectoria vital es inseparable de su obra (Bergman, Tati, incluso Hitchcock). Durante los muchos --demasiados-- años en que tuve que ejercer, quieras que no, de crítico de ciencia ficción para diversas publicaciones, siempre obré de esa forma: tratando de saber lo máximo posible sobre el autor y las circunstancias de su vida para poder emitir un juicio lo más aproximado y acertado posible sobre la novela examinada, o el conjunto de su obra. Hace un año, aproximadamente, en un artículo aparecido en la revista electrónica Hélice firmado por Julián Díaz, donde se estudiaba la trayectoria y evolución de la crítica española de ciencia ficción, el autor reconocía como mi principal cualidad el examinar las obras que yo comentaba dentro del contexto general del autor de turno (o, dicho de otra manera: no separar la obra de su autor). Aunque yo no lo veo como "una cualidad", sino como algo que me parece de pura lógica. Que los demás no lo hagan (ni lo vean así) sería, en todo caso, problema de ellos. Recuerdo que comentando precisamente eso mismo allá por los años ochenta con otro afamado crítico --que dejó de ejercer como tal hace tiempo--, me dijo que a él le parecía una estupidez preocuparse del autor, que eso era lo de menos. Oscar Wilde, en su ensayo sobre la crítica --donde se dicen cosas interesantísimas sobre el modo de ejercerla, que estoy seguro muy pocos críticos se habrán leído--, reconoce esto mismo también: el autor y su obra son inseparables, y sólo el conocimiento de la persona del artista puede permitir un mejor y más acertado juicio sobre su creación artística (también dice que no hace falta entender de una materia o ser experto en ella para ejercer su crítica). Por cierto, debo aclarar que yo no había leído este texto de Wilde hasta hace un año, y sólo conocía referencias sueltas sobre el mismo leídas a lo largo de mi vida aquí o allá, por lo cual cuando me dedicaba a poner en práctica lo que Wilde decía era por iniciativa propia, no siguiendo la --ejemplar-- inspiración wilderiana. Ciertamente, todo cuanto se escribe sólo tiene su lógica desde la trayectoria vital del autor (elijo la vertiente literaria por mi mayor conocimiento y dedicación a la misma, si bien es aplicable a la pintura igualmente, con las debidas modificaciones). Por mucho que haya autores que afirmen no implicarse personalmente en lo que escriben, me temo que esto sólo sea cierto en un escaso tanto por ciento. Pues todo procede de sus vivencias, del mundo en el que han crecido, de las personas que han frecuentado, de la educación recibida, de las circunstancias de su vida (fracasos, éxitos, frustraciones, victorias...), de su manera de enjuiciar y ver la sociedad en que viven. Por decirlo de manera más clara: es evidente que En busca del tiempo perdido contiene toda el alma de Proust, y que sólo es concebible a partir de su propia trayectoria vital, de sus experiencias y sensibilidad personal. Pero, por mucho que escandalice a otros, lo mismo es aplicable a, por ejemplo, Un cadáver en la biblioteca, de Agatha Christie. Al igual que Proust recrea su mundo y las gentes que conoció, y las ve desde su punto de vista y sus experiencias --desde su estado emocional, si se me permite expresarlo así, pues me parece más práctico y acertado--, Agatha Christie hace exactamente lo mismo en sus novelas policiacas: describe el mundo que vivió y conoció, y las gentes que trató, visionándolo todo desde su estado emocional, aunque lo suyo sean novelas policiacas para disfrute de la mayoría de lectores. Es decir, no importa si el autor se dedica a la Gran Literatura, como la consideran algunos, o a la literatura popular o comercial, como la llaman otros. Sea cual sea el género o estilo que practique, se dirija a la clase de lectores que se dirija, la personalidad propia, íntima del creador --ese estado emocional que he mencionado--, se reflejará en ella. Incluso la más intrascendente novela conlleva implícita el alma de su autor, sus más profundas inquietudes, en un grado mayor o menor. (Dicho de otra manera más sencilla: su filosofía existencial se reflejará en sus creaciones, acaso involuntariuamente muchas veces.) Porque cuando se escribe, quien en realidad lo hace es la personalidad oculta del escritor, la que los demás no ven, o no sospechan siquiera --o les trae sin cuidado--, y que él mismo en realidad desconoce o no permite que aflore en público. De ahí que, en muchos casos, se produzca un cierto antagonismo entre autor y creación: la obra puede ser conmovedora, pero el autor realmente alguien detestable o antipático (hay casos frecuentes de ello), o, al revés, la obra puede resultar banal por lo ínfima y su autor una persona realmente deliciosa (también hay casos así). El creador, el autor, cuando escribe se quita la máscara que lleva puesta en su vida social y se expresa con libertad (porque siempre se escribe en soledad, aislamiento total). No se trata --cuidado-- de que escriba textos revolucionarios socialmente, ni mucho menos: se trata de que puede desnudar sus sentimientos inquietudes, aspiraciones, deseos secretos, añoranzas, y reflejarlas en la forma de la ficción, incluso sin ser plenamente consciente de ello. (Incluso si ejerce la autocensura, es perfectamente dueño de hacerlo y de los porqués de hacerlo.) Se trata de poner en su texto literario lo que nunca dirá en voz alta, e incluso lo que ni siquiera él mismo sabe que piensa. Su manera de ver el mundo, o de cómo el mundo debería ser, o de cómo es --según él-- en realidad, se refleja claramente en sus escritos. (Quizá de ahí el que tantas autobiografías sean una solemne ridiculez, un frustre total: ante el papel en blanco --o, actualmente, la pantalla de ordenador--, el escritor es incapaz de sincerarse como lo hace en la ficción.) La trayectoria vital del autor se refleja, evidentemente en su obra, para bien o para mal. Las vivencias y los embates de la vida --tanto los positivos como los negativos-- irán haciendo mella en su obra, en una u otra forma. Quizá la crítica tenga cierta excusa, cuando priva la actualidad, la inmediatez, en ignorar dichas circunstancias, pero no debería ser así en un estudio pormenorizado de la obra del autor, es decir, en retrospectiva. Yendo a algunos sencillos ejemplos que conozco, sólo el conocimiento de las circunstancias por las que atravesó Agatha Christie en la década de 1920 explican dos novelas tan insatisfactorias como son Los cuatro grandes y El misterio del tren azul. Conocer de qué manera vivió Keith Laumer desde finales de 1971 hasta su muerte en 1993 explica el tremendo declive de su producción novelística. Tener noticia de la "experiencia" sufrida por Philip Dick en 1974 --más la debacle de 1971-- nos aclara la diferencia entre sus últimas novelas y relatos y toda su producción anterior. Las circunstancias de la vida y éxito de Alfonso Paso a partir de 1961 justifican el radical cambio que experimentó su teatro e incluso su persona. La vida y carácter de Jack London nos aclara el porqué de su tan irregular y a veces repetitiva producción, de la misma manera que saber cómo vivía David Goodis, los ambientes que frecuentaba, explican lo peculiar de su narrativa policial. Estos son unos simples ejemplos, a vuelapluma, de autores cuya trayectoria vital conozco con algún detalle. Y eso nos muestra cómo a veces juicios apresurados pueden resultar terriblemente injustos, además de erróneos. Naturalmente, no se exige al simple lector o al mero aficionado ese conocimiento que sí deberían tener --o debería importarles tener-- los críticos (siendo francos: que se les debería exigir tengan). Aun así puede ocurrir que un aficionado, un lector, sepa más del porqué de la errática o insatisfactoria trayectoria de un autor en vez del crítico más o menos sesudo (o que se tiene a sí mismo por tal, cuidado), y pueda razonar las causas de ciertos desniveles en su obra, ciertas nuevas preocupaciones que no aparecían anteriormente en ella, o incluso que han desaparecido con el tiempo. Las claves de la personalidad auténtica de un autor se hallan siempre en su obra, aunque posiblemente nos pasen desapercibidas, como el truco de un prestidigitador. Así, para mejor comprender al autor, deberían conocerse su vida completa y su obra completa. Recuerdo que han sido muchos los lectores y estudiosos de la obra de José Mallorquí que han llamado la atención sobre el hecho de que en sus novelas aparezcan tantos personajes que acaban suicidándose, por uno u otro motivo. Como es bien sabido, Mallorquí se suicidó incapaz de soportar la muerte de su esposa. (Y hace poco he confirmado que uno de sus hijos, Eduardo, también escritor, se suicidó asimismo hace varios años.) Manuel de Pedrolo era ateo convencido, y sólo un crítico y estudioso de su obra se dio cuenta de ello mediante la lectura de sus novelas: nunca aparecían en ella sacerdotes ni había la menor problemática religiosa o alusión por mínima que fuera a aspecto alguno de la religión (en una entrevista, Pedrolo reconoció que eso era un error suyo como novelista). Quizá haya autores que consigan desligar su verdadero yo de lo que escriben; sin duda los hay, pero no se me ocurre cuáles puedan ser. Puede que los de novela muy comercial o popular (y aun esos...). De una manera u otra, todo autor denota su psicología más íntima en sus creaciones. Dickson Carr, por ejemplo, era un puritano hasta extremos exagerados, y ello se notaba en sus novelas policiacas, y se le notaba aún más cuando se esforzaba en disimularlo y trataba de escribir "escenas pícaras u osadas", especialmente en sus últimas novelas ambientadas en Nueva Orleans. Rex Stout era un firme defensor de la democracia... pero un feroz anticomunista, y ambas cosas se reflejaban en sus novelas. Sin duda, el caso más extremo que se me ocurre es el que hizo tambalearse al mundillo de la ciencia ficción americana a mediados de los años setenta: el caso James Tiptree Jr./Alice Sheldon, cuya biografía comenté en este blog en diciembre de 2007. Alice Sheldon dejó en evidencia (y en ridículo) a todo el mundo haciéndose pasar durante diez años por un hombre, James Tiptree Jr., y publicando unas historias de ciencia ficción en donde exorcizaba su pasado, sus temores, sus neuras, todos sus estados emocionales, sus inquietudes y frustraciones. Revolucionó el género y se convirtió en uno de los mejores nuevos autores "que no era una mujer", en palabras de Theodore Sturgeon. Se alió y debatió por correo con las escritoras feministas (Joanna Russ, Ursula Leguin, Chelsea Quinn Yarbro), desde su postura como "hombre", y llegó a veces a irritarlas profundamente "por sus salidas machistas". Mientras, Robert Silverberg se cubría de gloria para siempre negando tajantemente los rumores lanzados por alguna mente maligna de que "Tiptree era en realidad un hombre", y afirmando la "indudable masculinidad de Tiptree", pues --Silverberg dixit-- sólo un hombre podía escribir como Tiptree lo hacía: cuando el pobre Bob Silverberg escribió esto, la identidad real de Sheldon estaba a menos de dos años de ser revelada, y el único que sacó tajada de ello fue... Theodore Sturgeon, el que había señalado a Tiptree como único nuevo autor importante de los últimos tiempos que no era mujer (una manera elegante de admitir que casi era menester que lo fuera). Actualmente, reveladas las claves de la obra de Sheldon/Tiptree mediante sus escritos personales, lo que se sabe de su vida y las entrevistas con cuantos la conocieron personalmente o por carta (tanto en su personalidad fingida como la real), todos aseguran que es "evidente" que sólo podía ser una mujer, pues sólo una mujer podía escribir aquellos relatos tan singulares (tan personales). Un caso como el de Tiptree/Sheldon echaría por los suelos la utilidad de la crítica y el ensayo literario por sí solo, si no fuera porque a veces la crítica se las apaña por sí misma para desprestigiarse, sin ayuda de nadie... Pero, en fin, lo que nos demuestra ese singular caso --no único en la historia de la literatura, pero sí sorprendente por la época en que ocurrió y el contexto-- es cómo el desconocimiento de los hechos y la vida del autor nos conducen a errores garrafales al juzgar su obra. La obra de Tiptree ha necesitado ser "rejuzgada", por decirlo así, una vez conocida su identidad, y juzgada de nuevo por tercera vez tras conocerse las circunstancias de su vida y de porqué llegó a la actividad literaria cuando distaba de ser joven. Sí, sin duda es quizá el mejor ejemplo de cómo nuestra vida, nuestro pasado, nuestras circunstancias personales influyen en todo cuando escribimos. Acaso un ejemplo un tanto extremo, pero muy claro. Otro podría ser el de Clive Barker, quien hasta hace poco tiempo no se decidió a desvelar su condición de homosexual, tras negarlo tajantemente durante años, y que ha obligado asimismo a una "reinterpretación" de sus relatos y novelas; Barker cometió un tremendo error negando lo que era bastante evidente para algunos, desde la aparición de sus Libros de Sangre a principios de los años ochenta: que su imaginario terrorífico procedía de ciertas vertientes sadomasoquistas de la homosexualidad (lo cual lo emparentaba además con la obra de determinados artistas plásticos homosexuales que nunca ocultaron su condición como tales: Maplethorpe, sin ir más lejos). Ahora, naturalmente, sus historias y novelas cortas les resultan "muy evidentes" a los críticos y lectores despistados de antes. Por lo visto, nadie se ha enterado a día de hoy de que un hombre no puede --ni sabe-- escribir como una mujer, lo mismo que una mujer no puede --ni sabe-- escribir como un hombre, y un homosexual --sea hombre o mujer-- tampoco escribe ni como un hombre ni como una mujer: son tres sensibilidades distintas, tres percepciones diferentes del mundo y de la vida, tres estados emocionales distintos, tres vivencias contrapuestas, y eso se refleja en la obra. Lo que trato de demostrar --sin duda con bastante torpeza-- es que cuando el autor escribe o crea su obra de arte --si lo ampliamos a otros campos además de la literatura-- se despoja de la máscara que lleva puesta --algunos, imperceptiblemente para sí mismos--, la que la sociedad le impone, la que muestra el aspecto que los demás creen que tiene. Ya saben sobradamente aquello tan clásico de que somos tres personas: la que creemos ser, la que ven los demás, la que somos en realidad. Las dos primeras son falsas: no somos como creemos ser ni tampoco somos como nos ven los demás; en ambos casos la visión es sesgada, parcial y carece de perspectiva. La que somos en realidad se revela en la creación artística, pero suele estar muchas veces camuflada bajo claves, símbolos, probablemente intuitivos, casi imperceptibles para el propio autor. Pero puede ser revelada mediante la suma de todas las partes: la vida del autor y la obra. Esto nos daría el (más aproximado) alcance verdadero de su personalidad. Pero, evidentemente, esto no es algo que interese a los amantes de la lectura superficial, y en este terreno deben ser incluidos la mayoría de críticos, tanto profesionales como aficionados. Me gustaría terminar con un par de apuntes que el lector puede saltarse, puesto que son puramente personales. El primero, retomando el tema Tiptree/Sheldon antes comentado, ya dije en el comentario a la biografía sobre Alice Sheldon en diciembre de 2007, que cuando en su día leí los primeros relatos de "James Tiptree Jr", a principios y mediados de los años setenta, me parecía un "autor" verdaderamente singular para ser un hombre, pero esto no lo dije públicamente, sino que fue una impresión mía. En todo caso, cuando en 1977 o 1978 se supo su identidad, creo que me sorprendí bastante menos que el resto del mundillo de la ciencia ficción, especialmente la americana. ¿Soy yo más listo que el infeliz Silverberg? No digo esto, digo solamente que el estilo y los temas de Tiptree no me parecía respondiesen a los de un autor masculino. El segundo apunte, es sobre Pío Baroja. Ya comenté en un breve artículo de 2007 mi escaso aprecio por este autor, mis fracasos continuos al emprender la lectura de sus obras, con alguna rara excepción, y cómo me provocaba un estado nervioso su estilo literario, que me parecía desagradable y ordinario. No hace mucho, leyendo un libro reciente sobre Pío Baroja como persona, no como escritor, empecé a comprender los motivos de mi rechazo casi físico hacia su obra --de hecho, prolongable a su persona--: Baroja, según es admitido incluso por sus más acérrimos admiradores, no era una persona muy agradable: su pensamiento, sus creencias, sus opiniones, su visión del mundo y de la vida lo convertían en alguien bastante detestable, por decirlo discretamente. Así pues, de la misma manera que intuitivamente comprendí que "James Tiptree Jr" no se correspondía con sus historias en cuanto a su aparente identidad, también intuitivamente comprendí que en Pío Baroja había algo que me resultaba desagradable como persona y --de manera consecuente-- en su obra, por cuanto era reflejo fiel de su personalidad real, totalmente contraria en pensamiento a la mía. Es una manera como otra de decir que independientemente de la obra, simpatizamos o no con la persona oculta que se nos revela en ella.
November 24 (c) 2000 by J. C. Planells
El viajero apareció a unos dos kilómetros del pueblo. ¿Debía ir en dirección norte o sur? En todo caso, no había peligro de extraviarse; desde donde se hallaba distinguía perfectamente el mar y, más allá, las barcas en la línea del horizonte. Tan sólo debía echar a andar en esa dirección. Extrajo un pesado reloj de cadena de uno de los bolsillos de su chaleco, abrió la tapa, pulsó la ruedecilla que movía las agujas y acercó el reloj a sus labios. --Ya he llegado. Espero que la fecha sea la correcta, lo verificaré tan pronto llegue al pueblo. Una voz de hombre que surgía de la esfera del reloj dijo: --Hemos detectado una ligera desviación de dos grados. El viajero frunció el ceño. --¿Puede ser grave? --preguntó. --Creemos que no. Puede que apenas dos meses de diferencia. Quizá en lugar de mayo de 1909, estés en julio de ese mismo año. --Lo comprobaré. De todas maneras, no será una diferencia muy relevante --repuso el viajero, y cerró seguidamente la tapa del reloj, lo guardó en el bolsillo de su chaleco y emprendió la marcha. Cuesta abajo, cuesta abajo, llegó finalmente hasta las primeras casas del pueblo, casas blancas como dotadas de un toque de gracia, y allá, al frente, la inconfundible silueta de la iglesia, bien visible desde el mar y totalmente reconocible desde el lugar en que se hallaba él ahora. Se rió pensando que por un momento casi había esperado encontrar un paisaje y un pueblo azulados y blancos, como el que mostraban las antiguas postales que consultó antes de su viaje, impresas a principios del siglo veinte. ¿Y la palmera? Ya crecía, sí, justo frente al comercio donde residía la familia. ¿Qué hora debía ser? Había dos turnos de pescadores: los del alba y los del anochecer. Así pues, esas barcas ¿volvían o se alejaban? Su reloj marcaba las once y veinticuatro minutos, pero ésa era la hora en que había partido de su tiempo, y siempre había un desfase respecto a la llegada al lugar de destino, aproximadamente de entre cinco y diez horas. La posición del sol no le ayudaba a aclararlo. No importaba, lo sabría bien pronto.
* * *
La vida en el pueblo parecía extinguirse de repente hacia las ocho de la noche. La gente se encerraba en sus casas, nadie callejeaba; la tienda, aquel bazar donde se vendía de todo --desde periódicos llegados de Gerona o Barcelona hasta objetos para coser, desde cacharros para la cocina hasta herramientas de trabajo--, cerraba a esa hora también. En la fonda y casino quedaban algunos pescadores que o bien habían vuelto del mar o bien saldrían en pocas horas. Mientras, jugaban bastante silenciosamente a cartas con unas barajas terriblemente mugrientas, o al dominó con fichas de madera medio agrietadas. La luz, de tan amarillenta parecía irreal, como si la hubieran pintado a brochazos en el aire. El viajero regresó a la habitación que había alquilado en casa de una viuda que disponía de un par de habitaciones para viajantes de comercio y forasteros de paso. Las paredes eran blancas; la habitación, estrecha; las vigas de madera eran enormes; la cama, altísima; la luz casi nula. El silencio era total. Extrajo el reloj de su chaleco, abrió la tapa, pulsó la ruedecilla. --No he podido encontrar ningún periódico. Llegan muy pocos y los del casino se pierden con facilidad, al parecer. Pero según el calendiario que hay colgado en la fonda estamos en mayo de 1909, aunque no me he atrevido a preguntar el día exacto para no llamar la atención. Espero saberlo mañana. De todos modos, aquí el día exacto no parece importar gran cosa, ni aunque sea domingo, diría yo. Las cosas funcionan de otra manera en este tiempo y lugar. Incluso el aire parece diferente. --¿Cómo que parece diferente? --le contestó la voz del mismo hombre que le habló a su llegada--. No digas tonterías. --Vaya, estamos a más de un siglo de distancia; alguna diferencia debe de haber. --La de que estás en un pueblo de pescadores, y no en una ciudad industrial, precisamente. ¿Has establecido contacto ya? --No. Era demasiado tarde. Me acercaré a la pastelería mañana por la mañana, y supongo que veré al niño. Puesto que no tenía otra cosa en que entretenerse antes de echarse a dormir, repasó los datos de que disponía en la pantalla de su ordenador portátil, disimulado en forma de petaca. Ángel Cruañas Camps, nacido en 1901 o 1902 (el dato nunca había sido posible verificarlo con exactitud, ni el interesado parecía haberse molestado en precisarlo tampoco con el paso del tiempo); el padre, Francisco, falleció repentinamente en 1911 y al poco tiempo, o casi enseguida, la familia tuvo que marcharse del pueblo, que ya había entrado hacía tiempo en una grave crisis económica, acentuada en su caso particular por la pérdida inesperada del cabeza de familia, que dejaba viuda y seis hijos, de los cuales Ángel era el mayor a sus apenas nueve o diez años de edad. Seguidamente, otro hueco temporal bastante considerable en los datos, hasta que parte de la familia reaparece en Blanes, otra parte en Arenys e incluso en Barcelona. De repente, el adolescente Ángel quiere ir a Barcelona para estudiar Bellas Artes, y se rebela por vez primera y última ante su familia. El único dato seguro es su contacto con Dalí, Magritte y otros pintores que le orientarán hacia el surrealismo. Junto con Picasso y Dalí, será el otro español presente en la célebre exposición de Londres de 1931. Y todo va viento en popa hasta el estallido de la guerra civil de 1936. A partir de ese momento, oscuridad total hasta su redescubrimiento como artista ya olvidado en 1976, pocos años antes de su muerte. Y eso era prácticamente todo. Sobre su vida no se sabía casi nada, los estudios sobre su obra eran inexistentes; la documentación, extraviada en su mayor parte, o sólo localizable en trabajos de biblioteca y algunas revistas anteriores a 1936. La mayoría de entrevistas se realizaron a partir de 1977, siendo él un hombre ya muy mayor y sus recuerdos de juventud vueltos algo confusos. La mayoría de sus hermanos, pese a ser más jóvenes que él, habían fallecido por entonces, o morirían poco después que él, lo cual dejaba una carencia total de fuentes o testigos a quienes recurrir. --Tu teoría es muy interesante --le había dicho Mendoza cuando el viajero le expuso sus planes--. Ahora bien, ¿por qué Cruañas y no Dalí o Picasso? O ya puestos, Leonardo Da Vinci. --Por la cercanía en el tiempo --le había respondido el viajero--. Los traslados no pueden ser superiores a ciento veinticinco años, lo que descarta a Leonardo, sin contar desde luego el factor riesgo que supondría un traslado a un territorio extranjero y a una época no muy tranquila sin un pleno conocimiento de las costumbres y del lenguaje del lugar. --¿Sí? Pues ya verás el catalán que se hablaba en Cadaqués a principios del siglo veinte... --Ya lo sé. He comprado por internet una monografía sobre el tema, publicada a finales del siglo veinte. Y en todo caso, no importa. Yo seré simplemente un profesor de dibujo de Barcelona que está de vacaciones. --¿Y por qué a 1909? --le preguntó Mendoza--. ¿Por qué no a principios de 1920, más o menos, cuando debió de estar estudiando Bellas Artes en Barcelona? --Porque no se saben las fechas exactas, ése es el problema. Varían un año arriba, dos abajo... Sólo se puede precisar con bastante exactitud su vida hasta que la familia se marcha de Cadaqués, en 1911 o 1912. Y, por otra parte, 1909 es el año adecuado para verificar mi teoría. --El despertar de la vocación. --Eso es. Cuando un futuro artista ya ha llegado a su uso de razón; ése es el momento en que un "algo", llámalo vocación, instinto, o como quieras, lo encamina hacia la que será su obra: pintura, escultura, música, literatura..., lo que sea. --No estaría de más que te leyeras unas cuantas biografías de artista célebres. Mozart... --Mozart era un niño prodigio. No me interesa. Yo estoy buscando a un niño que está llegando o ha llegado a su uso de razón, en el momento en que algo le ilumina y le atrae hacia su arte. Yo llegaré a esa precisa edad en Ángel Cruañas. Veré cómo se interesa por el dibujo, cómo le atrae y por qué, captaré el momento en que su mano empieza a trazar los primeros garabatos. El adolescente que se rebeló ante su familia o el estudiante de Bellas Artes no me interesan. Lo que busco es el nacimiento del artista, el despertar de la vocación. Y una vez compruebe mi teoría, podré hacer lo mismo con otros artistas. --Ya. Pero, ¿por qué elegir a uno que quedó oscurecido tras la guerra civil? Se olvidó su obra, y ya no produjo luego nada de valor... --Pero hasta ese momento, fue un genio junto con Dalí y Picasso. --Haberlos elegido a ellos. --No me interesan. Dalí era un excéntrico y le bailó el agua al régimen político que se estableció tras la guerra. Picasso da la impresión de haber nacido siendo ya un genio. Me atrae mucho más ese Cruañas al que la guerra anuló por completo. Y de todas maneras, si todo sale bien podré hacerlo con otros artistas después. Y si consiguiésemos ampliar el campo de traslados a más de ciento veinticinco años, podría intentarse con Goya o con Velázquez. ¿Te lo imaginas?
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Mientras el viajero caminaba por las calles del pueblo al día siguiente, muy de mañana, se decía que debería experimentar una emoción especial: se cruzaba en su camino con personas que llevaban muertas hacía tanto tiempo... mucho más de un siglo en algunos casos; muertas y olvidadas incluso por sus descendientes actuales, los que los tuvieron y sobrevivieran aún en alguna parte del mundo. Veía también casas que ya no existían, pisaba un suelo que ya no era el mismo, veía crecer una palmera que el ayuntamiento ordenaría derribar un siglo más tarde, pese a ser casi un símbolo del pueblo... Aquí estaba la pastelería, y ante ella jugaban varios gatos, uno de ellos completamente blanco. --¡Boira! --oyó que llamaba una voz dentro de la tienda. Y los gatos se escabulleron. El techo de la pastelería era blanco, y la pared también blanca hasta donde la interrumpían a media altura unos azulejos de suave azul mar con dibujos de lazos blancos. Qué olor... ese olor a pasteles, a confituras, a pan recién horneado... Tras el mostrador de madera había un hombre de entre cuarenta y cincuenta años, sin duda el padre de Ángel, el tal Francisco Cruañas. Moriría relativamente joven. De hecho, en este momento le quedaban tan sólo dos años de vida. Hubiera podido vivir sin duda hasta la guerra civil, más o menos, y en ese entonces hubiera tenido unos ochenta años, una edad más razonable para morir en vez de los más de cuarenta de ahora. --¿Qué desea? El viajero pidió una bolsa de buñuelos y algunas pastas. El hombre le empezó a servir cuando la campanilla de la puerta volvió a sonar al abrirse, anunciando otro cliente, y aquellas cortinillas de plástico de colores produjeron ese soniquete entre risa y estornudo al ser apartadas. Una voz de niño exclamó: --Ix!, quina pudor d´anissos! La madre que iba con el niño le riñó por su tontería. El viajero sonrió y paseó la mirada por el lugar... deteniéndola en algo que había colgado en la pared, cerca de la entrada al interior de la pastelería. Un cuadro. Un cuadro sospechosamente parecido a los que pintó Ángel Cruañas tras la guerra civil, durante su época de pintura comercial, cuando sólo producía marinas y paisajes para tiendas de muebles. Era un paisaje, y el uso del color, el trazo, el dibujo, la disposición del fondo y de los árboles, la forma de las nubes, todo era idéntico al estilo Cruañas. Se acercó y miró la firma del cuadro: Francisco Cruañas. --¿Le gusta? --oyó que decía con ironía el hombre tras el mostrador. ¡Su padre había sido pintor también! Otro dato desconocido, otra laguna en la vida de Ángel Cruañas. De Francisco Cruañas lo único sabido era que fue pastelero, que descendía de padre y abuelo carreteros en Figueras... y nada más. Ni un solo antepasado artista en la familia Cruañas... que se supiera. Hasta ahora. Por tanto, la vocación de Ángel Cruañas por la pintura era una vocación heredada, no era algo innato surgido en él, sino que pasó del padre al hijo, estaba en sus genes, en su naturaleza... Su teoría acababa de irse al infierno. --Nen, no toquis s´aparador. --Mare, mira `metlles, mira `metlles, mare. --Calla. --Mira `metlles, mare, mira `metlles. --Calla o se t´endurà la Matallops. El niño calló de golpe y se puso pálido. El viajero se atrevió a preguntar: --El cuadro... ¿es de algún artista de la localidad? Soy profesor de dibujo y me interesa el arte... --No. Lo he pintado yo en mis ratos libres. Es mi entretenimiento, ¿sabe? --Francisco Cruañas le sonrió con cierta sorna. --Ja saps que sa Matallops vol que els nens vos porteu bé. Lo ha pintado en sus ratos libres porque así se entretiene, se iba repitiendo amargado el viajero en tanto abandonaba la pastelería con su compra. Una anciana pasó a su lado, una figura de negro y medio encorvada. Le miró, enarcó una ceja y se santiguó los labios. Un gato completamente blanco erizó su pelaje al verla y salió disparado como una centella.
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--Dile a Mendoza que mi teoría se ha ido a paseo --dijo el viajero esa tarde, hablando al reloj de cadena en la soledad de su habitación en la casa de la viuda--. Resulta que el padre de Ángel Cruañas era un pintor aficionado. --¿De veras? --La voz que le respondió esta vez no era de hombre: era voz de mujer y sonaba irritantemente alegre y mordaz--. ¿Y tú no lo sabías? --Vaya --repuso el viajero, con una mueca de disgusto--. Tú, ¿eh? Pues no, no lo sabía. --Anímate, hombre --le replicó la mujer--. Puedes remontarte a la infancia del padre y hacer el experimento con él. Me parece mucho más interesante averiguar por qué un pastelero se dedica a pintar en un pueblo de pescadores medio incultos. Vamos, no creo que en esa época y lugar hubiera mucha cultura que digamos, y arte aún menos, desde luego. Por cierto, ¿qué tal pintaba? --Tan bien como el hijo en sus años comerciales. Oye, ¿por qué no te vas un rato a paseo, quieres? --No es mala idea. Me lo pensaré.
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--Nos viene una crisis encima, señorita --decía la viuda, mientras le servía la sopa a su huésped. --¿Por qué lo dice? Cadaqués es un pueblo muy importante. --Oh, lo fue hace un par de siglos. Uno de los más importantes del Mediterráneo, ¿sabe? Había marina mecante propia y todo, ¿sabe? Los Rahola tienen mucha documentación sobre todo eso --le dijo la viuda en tono casi misterioso--. Dicen que hasta se podría escribir todo un libro sobre la marina mercante de Cadaqués. ¿Se lo imagina, señorita? La señorita se lo imaginaba perfectamente: había leído ese libro antes de trasladarse. --Claro que lo escribirán... Er... quiero decir, que si tienen tanta documentación sería una lástima no aprovecharla, ¿verdad? Ellos o sus hijos... --Ay, pero ahora estamos en 1911 y ya nada es como lo fue en otras épocas. Este pueblo lleva tiempo muriéndose poco a poco. ¿Está demasiado caliente la sopa, señorita? --Un poquito, pero está muy buena. --No hacen mejores sopas en Barcelona, se lo digo yo. Y no es porque la haya preparado yo. Y espere, ya verá el tall de vedella que le voy a servir. Los chicos jóvenes ya no quieren trabajar de pescadores. Dicen que la vida está hacia el sur, en Mataró, en Barcelona. ¡Incluso en Vic! Bueno, donde sea que haya industrias y fábricas. Antes se iban a Cuba o Filipinas para hacerse ricos. Ahora van donde vean que hay fábricas o industrias. ¿Y qué va a ser de un pueblo que sólo vive de la pesca? --Bueno... en verano, ¿no viene gente de vacaciones? --¿Aquí? ¿De vacaciones? ¡Qué dice usted, señorita! Se morirían del susto si vieran lo pobre que es esto. ¡Si no hay nada! --A lo mejor, dentro de unos años, la gente descubrirá lo bonitos que son los pueblos de mar, con una playa donde bañarse. Si estallase una guerra en Europa, ahora que al parecer las cosas están algo turbulentas por allá Serbia y el imperio Austrohúngaro, la gente buscaría calma en otros lugares... --Calle, calle; usted sueña. Eso nunca ocurrirá. Los ricos, o sea, la gente de posibles que puede hacer vacaciones, se van a París. O a Madrid. Y en este país, sólo hay dos o tres ricos. Los demás se quedan en sus casas. Éste es un país de pobres. Y no hablo sólo de Cadaqués. Y si hubiera una guerra, que Dios no lo quiera, seguro que también nos tocaría recibir. --Si hubiera alguien famoso... un escritor, un pintor... a lo mejor vendría gente de otros países a visitarlo. Eso ocurre en el extranjero. Se forman colonias de artistas... --En el extranjero se hacen cosas muy raras, señorita. Aquí lo único famoso que hay es una bruja a la que llaman la "Matallops", y le aseguro que lo último que quiere la gente es verla. ¿Un poquito de vino? --Sí, gracias. ¿Una bruja? --Bueno, aquí en Cadaqués siempre ha habido brujas. Es como una tradición, ¿sabe? Es como lo de las ballenas. --¿Qué ballenas? --preguntó la señorita, estupefacta. --Hace ya años, a mediados o así del siglo pasado, apareció una ballena muerta cerca de la costa. ¡De verdad, señorita! Yo misma la vi. Era una cría entonces, y mis padres me contaron que cuando ellos eran jóvenes, también había aparecido una ballena embarrancada en la costa. Yo no había nacido, claro, y no pude ver aquella, pero sí vi la otra, de niña. Es como una tradición, ¿sabe? Brujas, ballenas y volcanes. --¿Volcanes? --preguntó ya totalmente desconcertada la señorita. --Un volcán, sí. Apagado, claro. Vaya, siempre se ha dicho que en épocas prehistóricas, esa montañita fue un volcán, pero vaya usted a saber... Si quiere verla, es una bonita excursión, está a una hora de camino, más o menos, y la subida es fácil. Si está aquí de vacaciones, puede hacerlo. Y por otra parte, no hay mucho más que hacer aquí. Brujas, ballenas y volcanes.
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La mujer de mediana edad que regentaba el comercio o bazar del pueblo, cuyo amontonamiento de mercaderías realmente asombraba, rebuscó en las estanterías con una mano mientras sujetaba sus gafas con la otra. --Aquí tiene... Un cuaderno de dibujo. --¿Y lápices? --¿Cuántos quiere? Ah, Lola, ¿qué quieres, maca? Una niña de unos siete años había entrado muy sigilosamente y permanecía junto a la compradora sin atreverse a hablar. --Dice mi hermano si le ha llegado el folletín... --dijo al verse interpelada. --¿Qué folletín, nena? --El de las cosas de misterio que lee... --Ah... Oye, dile a tu padre que me guarde buñuelos, que luego pasaré a buscarlos. A ver, el folletín... Es que tu hermano Ángel me pide cada cosa... ¿Sherlock Holmes? Si es ése, no me ha llegado aún. Pero tengo aquí un cuadernillo que le puede gustar... "Los asesinatos de la calle Morgue", de un tal Edgar Allan Poe... Parece que salen muertos y gente así. Si no le gusta, me lo puede devolver. --Si los cadáveres son misteriosos, le gustará. La niña se marchó con el folletín y la dueña de la tienda empezó a envolver las compras de la forastera, que le preguntó como distraída: --¿También tiene libros? --Pocos. Folletines por entregas, mayormente. Aquí se lee poco. Sólo los Rahola. Y el hermano de esa niña, el hijo mayor del pastelero; bueno, la afición le viene de su madre, que siempre ha sido muy de leer. Pero Ángel lee cosas de crímenes, "muertos misteriosos", como dice su hermana Lola. Vaya gustos en un crío de diez años... --Puede que le gusten al padre... --No. A él le va sólo la pintura. Tengo que hacer traer telas y tubos de colores desde Figueras y otros útiles para pintor. Aguarrás, paletas... Bueno, ¡cada uno con lo suyo! El niño vigila por las mañanas las viñas de unos parientes, y como aquello es muy aburrido se lleva lecturas para pasar el tiempo. A las siete de la mañana, ya le toca emprender la subida. Es el mayor y ha de aportar su trabajo. En los pueblos, ya se sabe...
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Sentado a la sombra de un árbol, un niño leía con profunda atención un cuaderno impreso con pocas hojas pero mucha letra muy pequeña por página. El lugar era una viña a unos siete u ocho kilómetros del pueblo; un paraje aislado, silencioso, vigilado por las montañas, apartado del mar, próximo al cielo y a las nubes. El niño estaba ajeno a todo. De pronto alzó la cabeza, como si algo en la novelita le hubiera impresionado o interesado tanto que lo paladeara interiormente, para recrearse mejor en ello antes de proseguir la lectura. Su mirada se perdió por unos instantes entre las viñas, las nubes que desfilaban allá arriba, en el cielo. Y luego recayó en la mujer que venía por el camino, una chica joven con pinta de forastera. --¡Hola! --le saludó ella alegremente, cuando llegó a su altura--. ¿Qué haces aquí tan solo? --Vigilo las viñas. --¿Y no tienes compañía? Debes de aburrirte mucho. --Me traigo cosas para leer. --Ya lo veo. ¿Me dejas verlo? "Los asesinatos de la calle Morgue"... Parece emocionante... --Sí lo es. Mucho. Tanto como las aventuras de Sherlock Holmes. --Las conozco. Yo también las he leído. --¿Y a Xavier de Montepin? ¿El coche número 13? --No... Me temo que no... ¿Cuántos años tienes? --Casi once años. --Vaya, pues lees un montón para tu edad. No es muy habitual... --Bueno, ya me lo dicen... Pero es que me gustaría escribir, ¿sabe? Cosas tan emocionantes y misteriosas como Conan Doyle, o este señor Allan Poe. --¿De verdad? ¿Es lo que te gustaría hacer? --Están llenos de imaginación. De fantasía. Es como estar en otro mundo, lleno de misterios y asombros. Un mundo donde ocurren cosas que aquí no se ven. "Un mundo donde ocurren cosas, en un pueblo donde, para que algo pase, sus habitantes deben inventarse la existencia de brujas, ballenas o volcanes", se dijo la forastera. No resultaba extraño que al chico se le desarrollara la imaginación y crease aquellos fantásticos mundos en sus pinturas surrealistas. La imaginación pictórica en vez de la literaria. --¿Y dibujar? ¿Te gusta dibujar? --No, qué va. No tengo mano para eso, no me sale bien. Pero sí he escrito un cuento de misterio. Se titula "El hombre de la capa negra". Y he empezado otro que se titula "La voz de la sombra roja". --Qué emocionante.
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Francisco Cruañas se quedó mirando a la forastera con genuina sorpresa. --No lo dirá usted en serio, señorita. ¿Para qué quiere comprarme ese cuadro? --Oh, verá... Lo encuentro muy bonito. Sería como un recuerdo de mi estancia en Cadaqués. --Mejor recuerdo será cualquier postal del bazar de Teresa. --Bueno, con algún fin los pintará usted... --Para entretenerme. Hay varios en la casa, y adornan las paredes. Ése es todo su mérito y su función. --¿Y cómo se le ocurrió pintar cuadros? ¿De dónde le vino la idea? --Qué quiere que le diga. Un pasatiempo como otro cualquiera. Mi padre era carretero, hacía la ruta de Figueras, ¿sabe?, y en sus ratos libres le gustaba tocar el caramillo. Eso no le hacía músico de verdad, ¿no le parece? Es una manera como otra cualquiera de matar el tiempo, evadir la mente. Si tuviera más dinero y menos bocas que alimentar, me compraría una máquina de esas de hacer fotografías y eso es lo que haría, en vez de pintar. ¿Qué le parece?
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Mendoza suspiró, se mesó la barba, y dijo: --Los dos sois un par de idiotas y os habéis propuesto volverme idiota a mí también. Él con sus teorías indemostrables y tú con tus deducciones psicológicas comparativas... Sois tal para cual. Enfurecida, ella le replicó: --Bueno, pues mis "deducciones psicológicas comparativas", como tú las llamas, demuestran que la vocación de pintor del padre de Ángel era un camelo. Él mismo me lo dijo sin ambages. Habría hecho fotos en vez de cuadros de resultarle más barato en gastos, pero a principios del siglo veinte poca gente tenía cámaras de retratar, sólo los profesionales y algunos periodistas y cuatro aficionados con "posibles", como decía la casera del pueblo. Incluso las familias de "posibles" se iban a un fotógrafo profesional para el típico retrato de familia, para las bodas y todo eso. Y hoy en día todos tenemos dos y hasta cuatro cámaras de usar y tirar, como quien dice. Y no vamos a deducir de eso que quien graba la fiesta de cumpleaños de su hijo sea un futuro Stanley Kubrick, o que su hijo lo vaya a ser por haber visto a su padre filmando un vídeo. Simples pasatiempos, nada más. Seguro que hoy en día Francisco Cruañas haría dibujitos en un ordenador... --Ya veo. Y tú ahora vas y descubres que su hijo Ángel, el futuro gran pintor, en realidad lo que quería era escribir folletines de misterio e historias truculentas, y que esa vocación se le despertó leyendo a Conan Doyle y a todos esos... --Exacto --afirmó ella, acalorada--. Y luego debió de cambiar de vocación y desechó la literatura. Escucha, no se puede tratar a las personas como especímenes de un experimento científico. Siempre hay factores aleatorios. --Eso vas y se lo cuentas a tu amigo --dijo Mendoza, con una risita sarcástica--. ¿Quién dijo que la ciencia era racional? --Me figuro que algún cretino --contestó ella con toda su cara dura, sabiendo muy bien a quién ofendía al decirlo--. Pero es que tratamos con personas. Sobre personas. ¿Desde cuándo las personas se comportan racionalmente? Y si a eso vamos, ¿desde cuándo la vida es racional? --Ah, a mí no me mires. ¿Compraste el cuadro al final? --No. La verdad es que me sentía totalmente ridícula.
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Mendoza dio un fuerte puñetazo sobre la mesa que hizo bailar el pote de los lápices. --¿Tú eres imbécil o qué? ¿Te das cuenta de lo que has dicho? --Hombre... --Ni hombre ni nada. Pero, ¿qué te crees tú que es esto? ¿El Departamento de Rectificación Histórica? ¿La Patrulla del Tiempo? El ex viajero trató de apaciguarlo. --Espera un momento... --No espero nada --bramó Mendoza haciendo rechinar los cristales de su despacho y la silla de metal donde el ex viajero aguantaba el chaparrón--. ¿He oído mal o pretendes volver a 1909 y decirle al niño así por las buenas que debe enfocar su carrera hacia la pintura porque va a ser un gran pintor... bueno, al menos hasta la guerra civil..., y que se olvide de lo de escribir, porque nunca será escritor? ¿Es eso lo que te he oído decir? --Lo exageras un poco... --Ah, qué alivio --bufó Mendoza--. Lo exagero un poco. ¿Sueles tener ideas tan idiotas confrecuencia? ¿Y qué enfoque le pensabas dar? "Mira, niño, vengo del futuro"... ¿Te has molestado en leer el informe que ha hecho tu compañera a su regreso? --Mi compañera... --refunfuñó el ex viajero--. Y ella qué coño va a saber... Aquí hay algo que no encaja. Algo que falla. --Te diré lo que no encaja. Estamos hablando de un crío de diez años. A su edad, ¿qué pensabas ser tú? ¿Bombero? ¿Astronauta? No, espera, no me lo digas, déjame adivinarlo. Trapero. Tú querías ser trapero. --Mendoza rió su propio chiste--. Lo que ocurre es que estás molesto porque no has podido demostrar tu teoría. Pues bien, basta ya: se acabó el experimento. --No puedes... --el ex viajero le miró horrorizado. --Puedo y debo. Heredé el arco temporal de Miguel, y te recuerdo que él decidió clausurarlo debido a que su viajero por el tiempo se dedicó a enredar con su propio pasado hasta el punto de estropearlo todo. ¿Quieres saber la historia completa? No creo que te gustase. Así pues, no voy a permitir que sigas adelante y enredes tú el pasado provocándole al niño una vocación forzada. Fuera lo que fuese que ocurriese, está en su pasado y no debemos tocarlo. El ex viajero salió del despacho de Mendoza dando un portazo. La encontró a ella apoyada junto a la máquina del brebaje que optimistamente llamaban café. Era evidente que había seguido con atención la discusión a gritos entre Mendoza y él. --Eres una majadera --le dijo él, furioso--. ¿Quién te mandó meterte en esto? --No eres el dueño del proyecto... --¡Ya no hay proyecto! --gritó él. --... y todos podemos participar en él. ¡Y no me chilles! --Lo has estropeado todo. Eso es lo que has conseguido --dijo él alejándose furioso.
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Ángel jugaba con Boira, fingiendo perseguirlo como solía hacer casi todas las noches cuando el obrador quedaba vacío y todos estaban acostados o a punto de hacerlo. El gato se dejaba perseguir, pero esa noche lo hizo con tanto entusiasmo que de un salto se metió dentro del horno, que no se había enfriado aún por completo. Se quemó las patas, soltó un tremendo maullido y salió como una flecha por la gatera, convertido en una bola blanca. --¡Boira! ¡Boira! --exclamó el niño, angustiado. --¿Qué pasa ahí abajo? ¿Qué es este escándalo? --oyó que su padre preguntaba desde el piso superior. --Boira se ha metido dentro del horno y ha salido huyendo espantado. --Bueno, ya volverá cuando le pase el susto. Sube un momento a mi habitación. Ángel subió las empinadas y desiguales escaleras hasta el cuarto de sus padres. La madre aún andaba por la cocina, arreglando los cacharros como todas las noches. Sus hermanos y sus hermanas estaban acostados. Como él era el mayor, le permitían remolonear unos minutos más. Su padre estaba sentado en el borde de la cama, con aspecto fatigado. Al ver entrar a Ángel, le indicó con un ademán de la mano algo que había sobre la mesita donde reposaba también la jofaina. --Coge ese pote. Ángel fue allí y tomó el tarro oscuro que le indicaba su padre. Se lo entregó, y Francisco Cruañas lo abrió con un cierto esfuerzo. Un fuerte olor medicinal llenó el dormitorio. --Ufff... --Es fuerte, ¿verdad, hijo? --sonrió el padre--. Anda, unta los dedos en esa pasta y pásamelos por la espalda. Normalmente lo hace tu madre, pero aún tiene para rato en la cocina, y yo quiero acostarme ya. Además, ya eres todo un hombre, ¿no? Debes ir ayudando cada vez más a tus padres. Francisco Cruañas empezó a quitarse la camisa mientras el niño hundía los dedos en la espesa pasta. --¿Te duele la espalda? --preguntó. --Sí, hijo. Casi cada noche. Le podía haber dicho al niño que el dolor se volvía más intenso últimamente, pero eso era algo que no se había atrevido a decírselo siquiera a su mujer. Quizá esa pasta medicinal fuera un alivio más efectivo... --Pásala con suavidad. --¿Por aquí? --Un poco más a la izquierda. Eso es, ahí. Ángel aplicaba la pasta con suavidad, temiendo hacerle daño a su padre sin querer, ya que le dolía tanto la espalda. Su padre era un hombre muy serio, muy grave. Terrible cuando se enfadaba, cuando alguno de los hijos se portaba mal. No parecía tener mucho sentido del humor. Cuando trabajaba en el obrador, o cuando en sus ratos de ocio pintaba algún cuadrito, su rostro parecía transformarse: absorto en su tarea, se diría que dejaba que sus manos expresaran todo cuanto había en su interior, tanto si estaba formando la masa del pan, como si movía el pincel sobre la tela. Si alguien le llamaba mientras estaba absorto en alguna de esas tareas, tardaba unos instantes en reaccionar. Era como si no sólo su atención, sino su vida entera estuviera concentrada en sus manos, en la labor que ellas realizaban, y hubiera abandonado la consciencia del resto de su cuerpo. Luego, volvía el rostro en dirección a quien le llamaba y adquiría vida otra vez. Ángel se daba cuenta muy vagamente de que ya pronto dejaría de ser un niño, de que entraría en una edad en la que empezaría a comprender mejor a su padre, se haría mayor, aumentarían sus responsabilidades, aún más que las que como hijo mayor ya tenía; así que por todo ello su padre empezaba poco a poco a tratarle menos como a un niño y más como al futuro adolescente que sería. ¿Comprendería mejor a su padre cuando llegase a esa época? ¿Le vería como era en realidad, no como el ser terrible que debía domar a seis hijos, sino como alguien con sus defectos, sus cualidades y sus debilidades? ¿Sería más un amigo que una autoridad a obedecer? ¿Cómo sería todo entonces? --Hoy una forastera quería comprar uno de mis cuadros, el que hay en la tienda. Ángel sonrió para sí mismo, y se sorprendió un poco, no por lo que le había dicho su padre, sino porque se lo dijera a él. Era como una confidencia, el primer comentario sobre algo personal de un padre a su hijo mayor, un niño de apenas poco más de diez años. Ésas son cosas que los padres se cuentan entre ellos. ¿Quería su padre decir con eso que le reconocía ya como el niño que deja de serlo para hacerse mayor y responsable? --¿Y se lo has vendido? --Sintió cierto orgullo al hacerle la pregunta. Ahora eran como dos hombres hablando de igual a igual de sus cosas. --No. Además, ¿qué podía cobrarle? Esa gente de ciudad... no es mala gente, pero se vuelven unos ingenuos en cuanto llegan a donde el mundo es real. Todo les resulta una maravilla: un árbol, una roca, una ola... Como no lo ven todos los días... Bien, creo que ya me has opuesto suficiente crema. Deja el pote ahí encima y lávate bien las manos para que se te vaya ese olor. Usa el jabón de tu madre, o el de la ropa. Mientras Ángel se lavaba las manos a conciencia, Francisco Cruañas se puso un grueso echarpe sobre su camisón de dormir y se recostó en la cama. Luego miró a su hijo, que se acercó para el beso de buenas noches. --Mañana has de ir temprano a la viña, recuerda. Así que vete tú también a la cama. --Sí, padre. Buenas noches. Inesperadamente, su padre le puso una mano en el hombro y le miró fijamente. --Algún día tomarás mi lugar, Ángel. Yo aún podré trabajar veinticinco o treinta años más, si tengo buena salud. Pero tú tendrás que ayudarme cada día un poco más. ¿De acuerdo, hijo? Ángel se sintió orgulloso y emocionado de oír aquello.
Cuando se levantó temprano a la mañana siguiente, no había rastro de Boira. Desilusionado, Ángel emprendió el camino hacia la viña llevando consigo el almuerzo que su madre le había dejado preparado y una bota con gaseosa y limonada. Se llevó además un cuadernillo que contenía un par de aventuras de Sherlock Holmes. Ya las había leído, pero no le importaba leerlas de nuevo. Las barcas ya habían partido hacía rato y las más rezagadas estaban inmóviles sobre la línea del horizonte. El pueblo empezaba a despertar. Unas tres horas más tarde, mientras leía distraídamente en la solitaria viña, vio llegar a Teresa, la mujer del bazar, sofocada, la mirada extraviada. --Ángel, hijo... --empezó a decir cuando llegó ante él. Y entonces se echó a llorar y no pudo seguir.
* * *
En fin, el tiempo se lo ha de llevar todo. Los gatos que correteaban por la casa, la tienda y el obrador. Las risas de los niños, ese alegre ruido que subía y bajaba por las escaleras de la "casa embustera", como la llamaba Francisco Cruañas porque los ruidos parecían venir de un sitio pero en realidad procedían de otro, y porque la casa parecía tener más habitaciones vista por fuera de las que en realidad tenía por dentro. El aroma de los pasteles y el pan recién salidos del horno. El olor de la madera vieja, el crujido de los muebles, el rechinar de la ventana. El susurro del viento contra la palmera, que crecería más y más conforme pasara el tiempo. El tictac de un reloj que dejaría de marcar las horas. Todo parecía detenido, estático, inmóvil, como respetando la propia inmovilidad absoluta, firme, de la figura que yacía tendida en la cama de matrimonio, vestido con su mejor traje, la boina junto a la almohada, las manos cruzadas sobre el pecho, la frente como gris y fría, el rostro extrañamente sereno, ajeno a todo. No mucho tiempo después de que él saliera por vez última de la casa, dentro de una caja de pino, todo le seguiría como en un éxodo. Muebles, herramientas, ropa, enseres... La esposa, los hijos... La casa se cerraría, la pastelería se clausuraría, todo ello vendido por el dinero justo para emprender una vida nueva, y el lugar sería abandonado por quienes lo habitaron, por quienes llegaron un día a él y creyeron que sería su hogar para toda la vida. Se irían pronto, no de inmediato, pero muy pronto. Ahora, en ese silencio de luto, entre el rumor de los rezos, Ángel se daba cuenta de que ninguna fantasía podía salvarle, ningún héroe de ficción acudiriría en su ayuda. No había héroes en el mundo real. Ninguno de ellos podía aparecer de pronto y devolverle la vida a su padre. No era posible detener el tiempo, hacerlo retroceder. La vida empezaba a resultar algo extrañamente amenazador, incontrolable. La vida iba a ser un amo muy autoritario, carente de rostro.
* * *
Boira no había vuelto, y mañana temprano debían marcharse ya de Cadaqués para siempre. Así que, en parte por eso y en parte por huir del extraño silencio que se había apoderado de aquella casa sin amo, Ángel salió en mitad de la noche para buscar al gato por las calles de un pueblo donde todos dormían ya. Y de hecho su búsqueda tenía mucho de despedida inconsciente hacia lo que dejaba atrás para siempre (o así lo creía: volvería ya de adulto a Cadaqués, pero no a la casa, que sería de otra gente), así que tampoco había mucho convencimiento en la búsqueda de un gato asustado que no sabía que se había quedado sin amo. --Niño, ¿qué haces a estas horas por las calles? Deberías estar en tu casa, con tu madre y tus hermanos. Ángel miró aturdido a la figura que le había hablado desde una calleja en sombras. --Estoy buscando a Boira --musitó. --¿Y quién es ése? --Uno de los gatos. Escapó el día en que... hace unos días... La figura salió de entre las sombras. Era una anciana encorvada vestida de negro, o más bien envuelta en negro. Le miró fijamente. --No, niño, no. Eso es una excusa. Tú no buscas a un gato. Ni siquiera sabes lo que andas buscando. Ángel la reconoció. Era la Matallops. Pero su padre le había enseñado que llamarla con ese mote era de mala educación. Al fin y al cabo, le había dicho, era sólo una anciana solitaria y pobre. --¿Qué pasa? ¿Me tienes miedo? --No, señora Fonsant. --Vaya --la anciana sonrió--. Sabes mi apellido. --Claro. --Anda, vamos. Te acompañaré a tu casa. Éstas no son horas para ir buscando gatos extraviados. Él ya sabe dónde está su casa, para cuando quiera volver a ella. --Pero es que mañana temprano nos vamos para siempre. Mi madre dice que hemos de empezar otra vida en otro lugar. Aquí no es posible seguir con... con el negocio de mi padre. --Ya lo sé, niño. Aquí se sabe todo de todos. ¿Y quién puede sacar nada adelante en este pueblo? El futuro hay que buscarlo en otras partes. Vienen malos tiempos. Y luego vendrán otros aún peores. --¿Cómo lo sabe? --Te podría decir que a mi edad los tiempos que vendrán sólo pueden ser peores. Pero eso sería una estupidez. Tú aún eres un niño. Un día serás un hombre y crearás tus propios tiempos. Y esos tiempos traerán épocas mejores. --Mis tiempos son malos. Mi padre ha muerto cuando aún no le tocaba. --Nadie muere por completo, niño. Tú eres una parte de tu padre. Él sigue viviendo en ti. Llegaron a la casa y dieron la vuelta para entrar por el obrador, del que Ángel se había llevado la llave para entrar sigilosamente sin despertar a nadie. Ángel aferraba con tanta fuerza la mano de la anciana, sin soltarse aún de ella, que le hacía daño, pero ella no se atrevía a quejarse ni a soltarse. Dentro del obrador vieron que una vela permanecía encendida sobre la mesa de trabajo. --Mire eso. Ahí --le señaló Ángel. La anciana siguió con la mirada el dedo del niño. Señalaba la mesa del obrador, donde Francisco Cruañas había caído fulminado a primera hora de aquella mañana, cuando estaba amasando harina. La masa permanecía aún en el mismo lugar, con la marca de sus manos impresa en ella. Nadie la había retirado, acaso por descuido, o por temor, o acaso por respeto. --Alguien hubiera debido retirar eso --dijo la Matallops. --Madre no lo habrá visto. Como ya nadie trabaja aquí... --Yo lo tiraré --dijo la anciana, y se dispuso a hacerlo. --¡No! --exclamó el niño, angustiado--. ¡No lo haga! Eso sería... --¿Qué? ¿Sería qué, niño? --le preguntó la Matallops, mirándole fijamente. Pero Ángel no supo qué contestar y agachó la cabeza. La anciana le acarició el pelo. --Demasiado pronto en tu vida has conocido la muerte. Ángel empezó a sollozar. --Mi padre sabía hacer cosas con sus manos... Amasar el pan, dibujar, pintar... Sus manos eran su herramienta de trabajo y también las que le daban alegría en sus horas de ocio. La gente le compraba lo que hacía con ellas... El pan, los pasteles, los buñuelos... Incluso hace unos días una forastera le quiso comprar uno de esos cuadros que pintaba. --Ángel se miró las manos--. Y yo no sé hacer nada con las mías. Soy torpe. --Aún eres muy niño. Ángel negó con firmeza. --No. Soy torpe. No sirvo para amasar bien el pan y los pasteles. Padre lo decía siempre, y se quejaba. Decía que tendría que ser uno de mis hermanos el que llevase la pastelería de mayor... acaso Siset... Y ni siquiera sé dibujar. Mis manos no me sirven de nada, y mi cabeza está siempre en las nubes... Miró la mesa, donde permanecía aquella masa de harina, olvidada, y la marca de las manos de su padre impresas en ella. Seguro que Sherlock Holmes podría distinguir con su lupa las huellas digitales de su padre en aquellas marcas. Instintivamente, Ángel puso sus manos sobre las marcas dejadas por las manos de su padre en la harina, como si buscase aún un poco del calor que dejara en ellas. --Quisiera poder hacer cosas con mis manos, como mi padre. Él aún hubiera vivido veinticinco o treinta años más. Eso me dijo. La Matallops le miró, desolada. "Así que ahora es cuando eres consciente por fin de la muerte de tu padre --se dijo--. Ahora, al ver ahí esas marcas de sus manos. No cuando te hicieron subir para verle en su cuarto, vestido con su mejor traje, frío e inmóvil tendido en la cama, y le diste el último beso, el del adiós eterno. Ahora ya eres consciente de que se ha ido y no puedes resistir esa ausencia, ¿verdad? Ves ahí lo que dejó al morir, el trabajo que había empezado y que no terminó, cuando su vida se cerró de golpe. No puedo explicarte que olvidarás con el tiempo, y que ese dolor y ese sentimiento se irán como todo se va, engullido por el tiempo. Esto no lo has aprendido aún. Eres tan bsólo un niño asustado y perdido en mitad de la noche en una casa silenciosa que ya no tiene amo." --Papá. La Matallops puso sus manos sobre las del niño, que seguían encima de la masa. --Quisiera poder hacer cosas como las hacía él --imploró el niño con voz débil. La Matallops sintió que una corriente pasaba de sus manos a las del niño y se las arrancó con fuerza de la masa de harina. --Niño, ¿no te ha enseñado tu madre que no hay que formular deseos a medianoche en una casa donde ha habido una muerte? Ángel la miró con ojos llorosos. --Los muertos nos ven --dijo la Matallops--. No abandonan aún la que ha sido su morada. Pero es que en realidad somos nosotros quienes les retenemos a nuestro lado. Ellos quieren irse y dormir en paz, pero nosotros no se lo permitimos. --Pero... --Recuerda que soy una bruja y que entiendo de estas cosas. Iba a sonreírle y guiñarle un ojo, pero el niño se soltó bruscamente de sus manos y huyó escaleras arriba, al interior de la casa. La Matallops meneó tristemente la cabeza. --Niños --suspiró--. Se creen todo lo que les dicen. Boira, que regresaba justo en ese momento por la gatera del obrador, la vio. Erizó todo su pelaje, se encorvó, bufó y salió disparado otra vez por la gatera.
* * *
--No pongas esa cara --le dijo ella--. Vengo en son de paz y te traigo algo que he encontrado. Toma --y le tendió una fotocopia de un viejo recorte de prensa, que el ex viajero del tiempo miró con displicencia. --¿Una entrevista con Ángel Cruañas? --dijo--. Debe de ser de las pocas que concedió tras su redescubrimiento en 1976... Bueno, ésa no la conocía. ¿Qué tiene de especial? --Es de una publicación comarcal de Gerona. Te leo lo que he subrayado. Pregunta: "En alguna ocasión dijo usted que le hubiera gustado ser escritor. ¿Cómo es que se decantó sin embargo por la pintura?". Respuesta: "No sabría decirle. Mi padre pintaba en sus ratos libres. Murió cuando yo era un niño y luego nos marchamos de Cadaqués. Poco después, empecé a dibujar, descubrí que lo hacía bastante bien, y olvidé lo de querer dedicarme a la literatura". Pregunta: "Tras la guerra civil, dejó el surrealismo y se dedicó tan solo a cuadros comerciales... ¿Hubo alguna razón política, quizá?". Respuesta: "No. Simplemente, es como si hubiera perdido las ganas. Es posible que fuera un poco por razón de los tiempos, claro. No era época para fantasías. Pero aún conservaba algo de mano para seguir pintando otras cosas". El resto dice más o menos lo de otras que habrás leído... --Pero... --El ex viajero la miró, desconcertado y receloso--. Siempre se había especulado acerca de posibles razones políticas para su silencio artístico tras la guerra, aunque nunca quedó claro. Lo que me llama la atención es... ¿No te dijo a ti que ni siquiera sabía dibujar y que no le gustaba la pintura? --En efecto. --¿Y va y descubre de repente que sabe y le gusta? ¿Cómo? ¿Por arte de magia? --Pues si se te ocurre alguna explicación mejor... --Mujeres... --El ex viajero la miró desdeñoso--. Os creeríais cualquier tontería.
* * *
Brujas. Ballenas. Volcanes. Palmeras. Todo es ya parte del pasado. Los viejos muebles ya no guardan secretos. El futuro ha llegado para quedarse.
FIN.-
November 23 (c) 2008 by J.C. Planells  Ballard nos informa en su autobiografía Milagros de vida que "Mi única obra de ficción comercial absoluta, El viento de la nada, la escribí durante dos semanas de vacaciones en 1961" (pág. 165). Por lo demás, hemos sabido que Ballard rechaza hoy día esta novela, la omite de su bibliografía y la considera algo así como "descatalogada" (terrible palabra para aplicarla a un libro: en su caso, significa que procurará no se reedite nunca). Ballard afirma que su carrera como novelista se inició con El mundo sumergido, publicada en 1962, su segunda novela --para él "la primera"--, como si The Wind from Nowhere fuese un pecado de juventud. Eso explica, sin duda, que no existan ediciones modernas de ella en castellano: el lector debe conformarse con la existencia de dos casi simultáneas, la ofrecida por Edhasa en 1966 como Huracán cósmico y la aparecida en México por Diana como El viento de la nada, y ambas igualmente traducidas de manera vulgar. ¿Tan mala es Hucarán cósmico? En absoluto. Es una primera novela que muestra ser eso, con todas sus virtudes y defectos, si bien más virtudes que defectos, por cuanto revela a un narrador con voz propia, ideas claras, originalidad y fuerza creadora. Es decir, tenemos ya aquí a todo el Ballard posterior, tanto al de las otras tres novelas catastróficas que siguieron a ésta (El mundo sumergido, La sequía, El mundo de cristal) como al de los paisajes de pesadilla, espacios surrealistas e imposibles, realidades tergiversadas (Hola América, El día de la creación). Todo Ballard despega en esta novela, quizá narrada de manera algo más ligera o menos profunda, con algunas mayores dosis de acción que en otras, pero se reconoce su impronta en muchos detalles: ese viento huracanado que recorre la tierra incrementando su velocidad a medida que pasan los días, desecando mares y lagos, destruyendo edificios y ciudades, arrasando el paisaje; esos personajes extraños, encerrados a veces en sí mismos, irracionales alguno de ellos, como el potentado Hardoon, que edifica una monstruosa pirámide solamente para plantar cara al huracán, y sus sicarios; y en momentos tan reconociblemente ballardianos como la muerte de Susan, la esposa de uno de los personajes, que se deja engullir voluntariamente por el huracán en su apartamento casi destruido ante la mirada incrédula de su marido: un suicidio, una muerte, que reaparecerá en formas similares en obras posteriores. Es de lamentar pues el menosprecio que siente Ballard hacia esa primera novela, bien escrita y muestra clara de su talento creador, que se iría incrementando en sus siguientes obras. Es una de esas primeras novelas que ya avisan de que su autor será algo excepcional, fuera de serie. ¿Menor comparada con el resto de su obra? Bien, concedámoslo, pero en modo alguno desdeñable, que para eso está la muy lamentable Fuga al paraíso, una novela publicada hace ya años y de la que nadie, con buen juicio, quiere acordarse. Puede que Ballard considere Huracán cósmico comercial y fácil, pero también lo eran algunos de sus primeros relatos recogidos en diversas antologías. El escritor se hace relato a relato, novela a novela. No debemos, pues, desdeñar esta primera contribución a la obra ballardiana.
November 21 (c) 2008 by J.C. Planells La reciente edición en Minotauro del esperado quinto volumen de los Cuentos Completos de Philip K. Dick reserva una muy desagradable sorpresa al comprador: el editor ha eliminado uno de los relatos del original, concretamente el titulado en inglés "We can remember it for you wholesale" (del cual existen en castellano varias traducciones anteriores: en revista Nueva Dimensión nº 87, en colección Nebulae 2ª época nº 23, en el volumen Minority Report editado por Ediciones B, y en uno de los primeros números de la revista Blade Runner Magazine, bajos títulos como "Recuerdos al por mayor" o "Podemos recordarlo todo para usted": es el relato en que se basó el film Desafío total). Asimismo, hay un detalle digamos que curioso: otro relato, "Un juego sin azar" ("A game of unchance") aparece desplazado de su lugar de ubicación en el original: en vez del tercero ha pasado a ser el octavo; en cambio, en las notas al final del volumen, donde se indican las apariciones originales y aparecen a veces comentarios de Dick, sigue siendo el tercero. Y no, tampoco hay la entradilla de "We can remember it yor you wholesale" en esas notas: ha sido eliminada también. Supongo que debe haber una muy buena explicación para ello, porque de lo contrario estaríamos hablando de estafa al lector, al comprador, al agente literario y a los herederos de los derechos de autor de Dick. De falta de respeto a la obra publicada y de otra de las habituales chapuzas de los editores de hoy. Ofrezco, pues, algunas explicaciones posible, a elegir:
*Lo han eliminado aposta para reducir páginas y ahorrar papel. *Se les ha olvidado encargar la traducción. *Se les ha olvidado pedirle a Carlos Gardini permiso para usar la suya del volumen mencionado de Ediciones B, como sí la pidieron para otros de este y del cuarto volumen. *Carlos Gardini les ha negado el permiso. *Ediciones B les ha negado el permiso. *Se le ha olvidado al compaginador o al responsable de producción. *Nadie se ha dado cuenta de que faltaba un relato. *El agente literario no les ha autorizado a publicarlo. *Aparecerá en un próximo volumen que recoja los relatos que la edición de los cinco volúmenes originales dejó fuera bajo peregrinas excusas (véase mi artículo para la revista Gigamesh, nº 39, donde figura en una nota la relación de dichos relatos). De todas maneras, debo decir que la mayoría de estas posibles excusas son verdaderamente inaceptables. Uno debería estar ya curado de espantos de la manera de ser y obrar de nuestros editores, tanto profesionales de más o menos toda la vida como antiguos fans, que cuando menos lo esperas te juegan malas pasadas (véase el foro "novedades editoriales" de la web se dice, en mi lista de recomendadas, a propósito de recientes sinvergonzonerías de dos editoras nuevas, o léase el artículo de Juanma Santiago, anteayer en su blog, lista de blogs recomendados). Y sin embargo, no hay manera. Se edita mal, irresponsablemente, como me he cansado de denunciar otras veces en este blog, y en artículos publicados en revistas y fanzines desde 1980: omisiones de textos, de capítulos, de párrafos, de páginas finales, de relatos, manipulaciones descaradas de la traducción o del original porque al editor no le gusta tal o cual nombre o tal o cual palabra --o desconoce su significado, simplemente--, y toda clase de averías. A mi edad, debería estar ya curado de espantos. No es así. Y encima, me cansé de oír el eterno "Ya se apañarán", acompañado de encogimiento de hombros, que desde 1980 he recibido como respuesta a mis quejas o denuncias, por parte de personas responsables del mundo de la edición, que han vivido de colaborar en editoriales, con nombres y apellidos de prestigio. "Ya se apañarán". Y con el "Ya se apañarán" y el encogimiento de hombros, hemos venido tolerando toda clase de chapuzas editoriales, traducciones infectas, originales sin respetar, mutilaciones injustificadas y averías miles. "Ya se apañarán". Bien, pues a mí no me da la gana de tragar, y por eso he denunciado siempre las chapuzas y despropósitos que he visto. No sirve de nada, ya lo sé, pero no me pasa por las narices apuntarme al "Ya se apañarán" de otras personas. Por otro lado, volviendo a lo de Minotauro y su mutilación del libro de Dick, cabe pensar que ello ha contado acaso con el beneplácito del agente literario, el tan flamante Baror International, Inc., que no duda en poner el grito en el cielo cuando le roban derechos ciertos editores piratas, y que si es el responsable o co-responsable de esto, tiene tanta o más culpa que Minotauro, puesto que se supone le ha extendido un contrato a Minotauro donde éste se compromete a publicar el libro original en su integridad, o en caso contrario, a notificarlo al agente literario (Baror) y al poseedor de los derechos de autor (Herederos de Philip K. Dick). Por tanto, Baror International, Inc., debe también explicar públicamente su parte, responsabilidad o versión en este asunto, para saber a qué atenernos. Que no hace falta ser muy listo para saber cómo acabará el asunto: en nada, como siempre.
November 19 (c) 2008 by J.C. Planells  Este 2008 se cumplen treinta años de la aparición de Misfits, uno de los trabajos discográficos más pulidos y conseguidos del grupo de rock británico The Kinks. Fue disco importante de 1978, lo cual no quiere decir ni mucho menos que fuera superventas ni nada parecido. Recibió críticas muy elogiosas, fue celebrado por su gran calidad artística y algunos de sus temas tuvieron cierta repercusión --o la siguen teniendo en algún caso--, pero considerando que The Kinks nunca tuvieron la popularidad ni la aceptación masiva de sus coetáneos Beatles y Rolling Stones, ni siquiera de los algo posteriores Who, su popularidad quedaba reducida a círculos minoritarios y selectos, por así decir; ni siquiera sus álbumes aparecen nunca en lista alguna de "los mejores 50 o 100 discos del rock". No es algo que importe mucho: como ya dije hace un tiempo a propósito de trabajos en solitario de los hermanos Davies, si algo han conseguido ser los Kinks es convertirse en "músicos de músicos", por la gran cantidad de grupos de los noventa --o anteriores y posteriores-- que han sido influenciados por ellos en mayor o menor grado, incluso cuando --como Yo La Tengo-- practican un estilo musical que no tiene nada que ver con ellos. Misfits, que apareció en el mercado anglosajón en mayo de 1978, era su segundo trabajo con el sello Arista, tras Sleepwalker, interesante album, el primero grabado tras los discutidos "álbumes conceptuales" a que se dedicaron durante los años setenta, pero que pasó muy desapercibido. Arista, un sello nuevo por entonces, quería reunir una lista muy selectiva de artistas, y entre ellos figuraron Patty Smith y Lou Reed, por ejemplo. Tras su mala experiencia con RCA --poco apoyo, desganada distribución y problemas en algunos países como España, por ejemplo...--, Arista les dio una seguridad no disfrutada plenamente por los hermanos Davies. Y en Misfits Ray Davies decidió llegar al máximo. Esto quiere decir que se empeñó en que el disco fuera lo más perfecto posible. De ahí, pues, las continuas sesiones de grabación, las numerosas mezclas, las repeticiones de una u otra pista, durante días, horas, semanas, meses, hasta que se llegó a lo deseado: la perfección. Sí, desde luego Misfits es un disco que "suena" perfecto... y a la postre, con el tiempo, ese ha acabado siendo su peor defecto. Y es que la perfección no es deseable, lo vuelve todo frío, carente de vitalidad, y aleja por completo la espontaneidad. Al cabo de los años, al hablar de los trabajos de los Kinks, Ray Davies reconoció que aquello fue un error, que nunca debió hacerse; en todo caso, el error ya no lo repitió en el siguiente disco (Low Budget). Por supuesto que no estoy diciendo que Misfits sea un mal disco debido a ese perfeccionismo. Ni muchísimo menos. Pero para quien haya seguido la discografía de los hermanos Davies --que a la postre son ellos los Kinks, más un batería y un bajo y a veces un teclista para acompañar la cosa--, le sorprende el contraste entre el sonido de este ábum y el del anterior --por no mencionar los grabados bajo el sello RCA y sus incios en PYE--, así como los posteriores con Arista y, más tarde, con MCA. Si algo caracteriza el sonido Kinks es su desmaño: bajo y batería más bien vulgares, guitarra de acompañamiento a cargo de Ray tocada con poca traza, y los apuntes solistas y acordes de Dave, inspirados y a veces, en directo, memorables. Es decir, instrumentalmente no pasan de la medianía. Es el conjunto de sus voces, es la fuerza de sus temas, sus músicas, los textos de las canciones, lo que constituye la grandeza del grupo. En cambio, en Misfits, todo suena armoniosamente, nada está fuera de tono, cada sonido y cada instrumento tiene una limpieza y claridad absolutas, cada nota es impecable. Ergo, adiós espontaneidad y adiós frescura. (Una anécdota curiosa a propósito de esto: uno de los mezcladores y técnicos del disco The Best Damn Thing de Avril Lavigne --grabado en 2007-- le contó a la cantante que los clásicos del pop-rock --Beatles, Rollings, etc.-- introducían errores, ruidos y fallos a propósito en sus grabaciones para dotarlas de mayor frescura y espontaneidad: una nota desarmonizada, un fallo en un instrumento, una voz que entraba a destiempo, un sonido ¿involuntario?. Cierto: tales casos son rastreables en casi todas las canciones de los Beatles, pero nadie reconoce --o raramente lo hace-- que se hacían aposta. Así, Avril Lavigne se dedicó a soplar en una botella de cerveza unos segundos en el final de uno de los temas de su disco, para introducir un "error" como homenaje a esos errores o ruidos voluntarios de los clásicos.) Desde la canción que abre el disco, "Misfits" --con unos impecables, armoniosos y nostálgicos acordes de guitarra, cortesía del hermano Dave--, hasta el que lo cierra, "Get Up", todo discurre en medio de la perfección sonora más impecable: como si fuera un ejercicio matemático. Pero, yendo a los textos, tenemos el mundo habitual del hermano Ray: canciones sobre marginados ("Misfits"), sobre profetas falsos de la modernidad ("Black Messiah"), sobre la dificultad de vivir en el mundo actual ("Hay Fever", "Live Life", "Permanent Waves"), sobre la homosexualidad oculta ("Out of the Wardrobe": literalmente, "Salir del armario", un tema que habla de un joven casado que se viste a escondidas con la ropa de su mujer; cosa rara, el tema pasó desapercibido incluso para los propios gays) y, lo mejor de todo, sobre el propio rock y el mundo de los fans y los grupos de rock: "Rock and Roll Fantasy". Este tema es quizá el más representativo del disco, así como uno de las mejores canciones del rock sobre el rock. Con unos versos ciertamente extraños, incluso desasosegantes, pues el cantante (Ray) parece dirigirse a un miembro del grupo (¿Dave?) que quiere dejar la banda, le habla de cómo los fans se refugian en el rock huyendo del mundo angustioso que les rodea, de cómo ellos --el grupo-- han atravesado momentos difíciles, altibajos, y sobrevivido pese a todo, y en el coro, machaconamente repetido, asesta el golpe final: "Don´t want to spend my life / living in a rock and roll fantasy" ("No quiero malgastar mi vida viviendo en una fantasía de rock and roll"). Este tema, que Ray aseguró haber compuesto poco después de la muerte de Elvis Presley en 1977 --con lo cual se podría considerar un posible homenaje a Elvis y al rock (en un momento dice: "Rock is done": "El rock ya ha terminado")--, aparte de la extrañeza en lo referente a la letra que provoca en quien la escucha --o lee el texto--, su música y sus armonías son de una grandeza casi imposible de superar. Debería ser considerado, creo yo, casi el himno oficial de la música rock, puesto que no se pueden decir tantas cosas --y tan importantes-- en menos tiempo, y tan certeras. Misfits, en conjunto, ofrece algunos de los más inspirados y mejores temas compuestos por Ray Davies: "Misfits", "Permanent Waves", "Black Messiah", "In a Foreing Land"... Buen rock, o pop rock: canciones animosas, frescas, divertidas, nostálgicas, con ese tono irónico habitual muchas veces en Ray, aunque se echa de menos la espontaneidad, la frescura de otros discos anteriores. Dave Davies logró incluir un tema compuesto por él: "Trust Your Heart", discreto como tantos de los suyos. Finalmente, digamos que la edición actual en CD contiene cuatro bonus tracks, tres de los cuales son versiones en single de "Black Messiah", "Live Life" y "Rock and Roll Fantasy", y el cuarto es "Father Christmas", que apareció previamente como single en 1977. Treinta años después, el disco sigue siendo un gran trabajo de The Kinks, sin duda alguna, pero su afán de perfeccionismo le delata y le hace carecer de esa vida que ofrecen otras grabaciones del grupo, menos perfectas, más desmañadas, pero más vivas.
November 17 (c) 2008 by J.C. Planells  La segunda novela de Rosario Castellanos, Oficio de tinieblas (publicada en 1962), no me parece tan lograda como la primera, Balún-Canán (1957). Ella misma se declaraba siempre poco convencida de sus esfuerzos como novelista, de ahí que sólo escribiera una más, Rito de iniciación, que permaneció inédita en vida de la autora, después se creyó extraviada, y finalmente fue editada en 1997, es decir, más de veinte años después de la muerte de Rosario Castellanos. Aunque en principio, Oficio de tinieblas participa de varios de los elementos de Balún-Canán, carece del principal: el elemento autobiográfico que convertía a aquella en una novela entrañable, una historia conmovedora. Oficio de tinieblas es, pues, más "novela", por así decir, y como prueba de ello tiene una nutrida galería de personajes, diversas historias paralelas y un trasfondo histórico de 1867 trasplantado al México de Cárdenas (1934-1940), según explicó la autora años más tarde. Se mueve en el marco geográfico de Chiapas, al igual que la primera novela y los relatos reunidos en el volumen titulado Ciudad Real (1960), un interesante conjunto de narraciones que en muchos casos ofrecen visiones del mundo de los indígenas de Chiapas, y en otros el imposible entendimiento con los ladinos o cominos (habitantes de Ciudad Real); en alguno encontramos elementos desarrollados también en la novela. Quizá el fallo sea precisamente esa galería de personajes, ese discurrir de la historia de uno a otro, que hace algo difícil para el lector trabar conocimiento completo con todos y cada uno de ellos, no porque carezcan de interés, sino porque sus historias no terminan de resolverse o completarse debidamente: cuando parecen ir en un sentido, se produce un cambio de enfoque y pasamos a otro personaje o retomamos a uno anterior. Tenemos a la ilol Catalina Díaz, casada con el juez indígena Pedro González, al que no puede darle hijos, y que acogerá a la adolescente Marcela Gómez Oso, que ha sido violada por el ladino Leonardo Cifuentes y rechazada por sus parientes; la violación se ha producido con la complicidad de la detestable doña Mercedes Solórzano, encargada de proporcionarle indiecitas a Cifuentes para su recreo. Marcela tendrá un hijo como consecuencia de esa violación, Domingo, nacido en noche de eclipse, y para cubrir apariencias Catalina la casa con su hermano Lorenzo, un infeliz mentalmente retrasado e impotente. Por su parte, Leonardo Cifuentes vive en Ciudad Real y está casado con Isabel, a cuyo marido --de quien era hermano por adopción y le dio el apellido-- asesinó para casarse con ella. Idolina es hija de Isabel y de ese marido asesinado, una joven algo neurótica que finge estar enferma y sospecha que su padrastro --o acaso su madre también-- asesinaron a su padre. Por su parte, Leonardo Cifuentes acaba encaprichándose de Julia, llamada la Alazana, una recién llegada a Ciudad Real y presunta esposa de Fernando Ulloa --en realidad, no son matrimonio pero aparentan serlo--, un idealista enviado por el gobierno para la restitución de las tierras a los indios, lo cual evidentemente sienta fatal a los finqueros y demás gente de Ciudad Real. Hay asimismo una india, Teresa, que cuida de Idolina, un sacerdote muy joven y con ideas estrictas, Manuel, al que mandan fuera de Ciudad Real porque incomoda a los importantes con su ortodoxia religiosa, y algunos personajes secundarios más. Entre todos ellos se arma la intriga irresoluta de amores, infidelidades, odios, fanatismos, supersticiones, cultos diversos y luchas por la tierra y revolución indígena. Sorprende, además, la manera en que todo se resuelve sin resolverse ante el lector: pagan justos por pecadores, los cínicos se salen con la suya, el destino de muchos de los personajes sólo se conocerá por meras alusiones al final del libro y de otros ni siquiera eso. Es como si la autora, de repente, se hubiera cansado de su propia historia y la terminara deprisa y corriendo, aunque con un par de capítulos --charla entre Cifuentes y el Obispo, y entre el Gobernador y el Obispo, y reunión final de Idolina y Teresa, que le cuenta una historia india-- que resumen los hechos o plantean una vuelta al estatus anterior a la revuelta. Digamos que da la impresión de que Oficio de tinieblas se mueve por muchos terrenos sin atinar a quedarse en ninguno fijo. Ciertamente, hay escenas brutales, especialmente hacia el final de la novela, cuando los indígenas crucifican al niño Domingo para tener así su propio Cristo que oponer al de los ladinos --hecho histórico que ocurrió en la sublevación indígena de 1867, como explicó Rosario Castellanos-- o en las incursiones en las fincas que encontraban a su paso hacia ninguna parte, donde asesinan, saquean y arrasan, convencidos de que su Cristo crucificado les hace invulnerables (la falsedad de lo cual se la demuestra un viejo impedido entre risas, matando a uno de ellos con su rifle cuando se lo dicen; asombrados, los indios se retiran de su finca sin represalia alguna). Tampoco es que los ladinos salgan bien parados, naturalmente: Cifuentes trata de involucrar a Ulloa como culpable de todo, en parte para quedarse con Julia, una mujer indolente y ambiciosa, a la que ha convertido en su amante, pero con la que tiene también sus enfrentamientos, y en parte por su hostilidad ante el reparto de tierras a los indios; otros provocan abiertamente disturbios con los indios para que el ejército o el gobierno se haga cargo del asunto (lo cual no ocurrirá). Pero todo el conjunto de la novela es irregular, con escenas que plantean conflictos que no se resolverán y quedan en el aire, y personajes metidos en problemas que tampoco se resuelven; otros parecen casi desdibujarse a sí mismos, como la ilol Catalina, que oscila entre la blandura inicial y la dureza posterior como si nada. Julia, tras tanto protagonismo como amante de Cifuentes y ambiciosa supuesta esposa de Ulloa, se desvanece al final; el destino de Ulloa --interesante personaje idealista-- sólo es conocido por alusiones al final; Idolina parece regresar a su estado primitivo; Cifuentes se queda tan fresco, como triunfador total; Isabel, su esposa, no reaparece; y para los indios, todo queda como antes --o eso se supone--. Pero que la novela sea insatisfactoria en parte o que su desarrollo tenga tantas oscilaciones, no quiere decir que sea mala. Simplemente, se nota que no es la novela el campo propicio a Rosario Castellanos, poetisa mayúscula, ensayista lúcida y aguda, escritora de sentimientos y analista literaria irreprochable (y donde brilla la novela es cuando asoma la poetisa, aunque eso ocurre muy de tarde en tarde, como por ejemplo en el capítulo donde describe las reuniones en la casa de Julia con las mujeres de Ciudad Real, y donde asoma de verdad la Rosario Castellanos que conocemos: el capítulo es casi un cuento corto). Oficio de tinieblas fue la última de sus novelas y narraciones de tema indigenista. Su siguiente colección de relatos, Los convidados de agosto, aunque la autora lo considera la despedida de este campo temático, en realidad ya señala un alejamiento de la narrativa ubicada en Ciudad Real, pues tantos los temas como los personajes presentan ya otro tipo de problemáticas. En Álbum de familia y la durante tantos años inédita Rito de iniciación la temática sería otra: la mujer en el mundo moderno, la mujer ante la problemática artística y su condición femenina, la profesional en competencia con el hombre y con la propia mujer.
Otros textos sobre Rosario Castellanos en este blog:
*Tablero de damas, de Rosario Castellanos (publicado el 3 de octubre de 2006)
*Galería de mujeres (23). Rosario Castellanos: La voz de los marginados (publicado el 21 de junio de 2007)
November 15
(c) 2004 by J.C. Planells
1.
Esto es lo que tengo que contarte.
2.
La llamada de Esteban me arrancó de mi sueño. Aún era temprano por la mañana, y allí estaba él, aporreando la puerta. Le dejé entrar y mientras yo me iba despabilando, él me ponía al corriente.
--Pronto serán las ocho --dijo--. El alcalde Mansur quiere que la reunión sea a las diez, lo cual me parece bastante ingenuo por su parte, pero ése es su problema. Conque mejor ir sacando a la gente de la cama cuanto antes. Total, entre una cosa y otra, llegarán cuando les dé la gana, por supuesto. Después, todo serán prisas. --Se rascó pensativo la barbilla y reparó en que no se había afeitado--. Creo que ha habido follón en la casa de la viuda Leonor, pero eso a mí no me importa. Bueno, me largo, que tengo más gente que avisar. Desayuna rápido, haz lo que tengas que hacer y vete a la Municipalidad cuanto antes. --Y se marchó repitiendo para sí-: Al final, todo serán prisas.
Me vestí, comprobé que aún no había llegado la época de empezar a afeitarme, me lavé la cara y las manos y me fui a la Municipalidad, paseando tranquilamente por el amarradero de las barcas. Esa mañana nadie saldría para pescar, por supuesto. Como era temprano, holgazaneé un rato, tomé un desayuno en la taberna de León, y cuando eran ya las nueve y media me encaminé a la Municipalidad. Para mi sorpresa, todo el mundo ya estaba allí. Quizá León era el único que faltaba, y venía detrás de mí. El alcalde Mansur estaría contento. Pensé en abrirme paso entre la gente para situarme en las primeras filas --todos estaban en pie, no había bancos ni posibilidad de instalarlos en el vestíbulo--, pero me conformé con permanecer apoyado en una de las columnas del vestíbulo mismo.
El alcalde estaba en la galería del primer piso.
--Bueno, bueno --dijo--. Atended un poco.
No había muchos murmullos, así que el silencio se hizo enseguida y todos nos dispusimos a escuchar lo que tenía que decirnos.
--Todos sabéis que el paso de la tormenta está previsto para las cuatro y dos minutos, aproximadamente. Tenemos tiempo de sobra para que todo el mundo recoja lo necesario y se traslade a los refugios. No tenemos por qué correr, pero mejor hacer las cosas con antelación y así todo irá mejor. ¿Hay enfermos a los que se deba trasladar y que carezcan de parientes?
--La vieja Aurora --dijo alguien, al otro lado del vestíbulo.
--La vieja Aurora, claro. Muy bien, pues tú, tú y tú --señaló a tres tipos muy cerca de él-- la recogeréis y la llevaréis al refugio general. Vosotros no tenéis de quién ocuparos, así que podéis hacerlo. ¿Alguno más? Si hay alguien, se lo comunicáis directamente a mi secretario. Cristián tiene el censo, así que puede organizar cualquier equipo de rescate. ¿De acuerdo? Bien, un problema menos.
--Esto... ejem...
--¿Sí, Gustavo? Di lo que tengas que decir.
Gustavo era un tipo barbudo, muy alto, que estaba casi en el centro de la multitud.
--Alcalde, creo que Néstor nos causará problemas...
--¿Problemas? ¿Néstor? --El alcalde arrugó la nariz--. ¡Néstor! --lo llamó en voz alta--. ¿Qué diantres pasa, Néstor?
--No está, alcalde. No ha venido a la reunión.
--¿Está enfermo?
--No. Simplemente no ha venido y... bien, parece ser que no tiene intención de bajar al refugio.
Hubo murmullos entre la gente, miradas de desconcierto. El alcalde las acalló preguntando en voz sonora:
--¿Qué tontería es ésa? ¿Que no piensa bajar?
--Ya sabe cómo es Néstor. Está medio chiflado. Dice que él no baja.
La gente se miró entre sí con desconcierto. El alcalde Mansur parecía masticar su propia saliva.
--Luego hablaremos de eso --dijo al final--. Otros asuntos: hay que formar un retén que supervise el abandono total del pueblo y sean los últimos en bajar al refugio principal una vez comprobado que todo está en orden. Electricidad cortada... fuera energía, casas cerradas..., en fin, todo eso. Ya lo sabéis. --Nombró a cuatro personas que asintieron al encargo--. Muy bien, esto ya está solucionado. Y finalmente, el testigo. Será Octavio.
Los que estaban más cerca de mí se volvieron para mirarme. Los demás empezaron a buscar dónde me encontraba. El alcalde Mansur me localizó enseguida gracias a los primeros.
--Y tú te encargarás de que Néstor baje al refugio --me dijo--. Aunque sea por la fuerza. Es un viejo chiflado y podrás con él.
--Le podemos bajar entre cuatro si hace falta --dijo Esteban.
--Nada de eso. ¿Cuatro personas arrastrando a un viejo que no está enfermo? No somos barbaros, diantre. ¿Has oído, Octavio? Néstor es cosa tuya. Y si hace falta, le metes a la fuerza en el refugio que tiene excavado en su cabaña. Eso quizá sea lo mejor --añadió, paseando la mirada por encima de la multitud.
Hubo algunas precisiones más, de poca importancia. Luego, la gente empezó a irse hacia sus casas para prepararse a bajar a los refugios y cerrarlo todo. Mónica, que se había situado a mi lado, me miró con desilusión.
--Pensé que podríamos estar juntos en el refugio durante el paso de la tormenta --dijo.
Le dirigí una mirada borrosa. Mónica era una chica con el culo justo para no sentarse sobre sus propios huesos. Murmuré una despedida y abandoné la Municipalidad.
Mientras los demás lo iban organizando todo para bajar a los refugios, yo ascendí la cuesta que llevaba a la casa, en realidad casi una cabaña, donde residía Néstor. No me apetecía nada el encargo del alcalde. No me apetecía ni ser testigo ni tener que acarrear con Néstor hasta un refugio. Suerte tendría de obligarle a meterse en el de su cabaña, suponiendo que fuera seguro.
No llamé sino que entré directamente y le di los buenos días. Lo encontré sentado a la mesa, almorzando tranquila y copiosamente. Parecía que combinar el café con una botella de vino era natural en él.
--No te molestes en decirlo --dijo, gruñendo y mordisqueando una salchicha--. Nuestro flamante alcalde te envía para que me lleves a un refugio, ¿no?
Le dije que sí, que eso era.
--Pues no era preciso que te molestaras en venir. Ni tú ni nadie. Se lo dije anoche a Gustavo. Yo me quedo.
Le dije que eso no era posible. Que todos debían bajar, todos menos el testigo, como de costumbre.
--Así que como de costumbre. Me cago en el alcalde Mansur, él no sabe nada de "la costumbre". ¿Y quién es el elegido para hacer de testigo?
Le dije que me había designado a mí.
--Vaya, lo que nos faltaba. Acércate, pasmarote, no te quedes plantado en la puerta como un mameluco. ¿Así que eres el testigo y encima me tienes que llevar aunque sea a la fuerza a un refugio?
Le dije que no pretendía llevarlo a la fuerza a lugar alguno. Esperaba que fuera razonable y...
--Razonable, ¿eh? Pobres de vosotros como intentéis llevarme a la fuerza. ¿Quieres sentarte de una puta vez? Pareces idiota ahí de pie.
Con cierto temor me senté a la mesa, frente a él, que seguía con sus salchichas, su café y su vaso de vino. Luego, su atención se concentró en una manzana, como si fuera una obra de arte.
--Testigo, ¿eh? --dijo--. ¿Cómo te llamas? No recuerdo ahora tu nombre.
Se lo dije.
--Ah, sí. El chico de Miguel y Alfonsa. Vaya. Yo apreciaba a tus padres. Qué pena, ¿no? Un accidente de lo más estúpido. En fin. Por eso te han elegido como testigo. Igual que me eligieron a mí en su día.
Le miré con asombro.
--¡Ah! --dijo--. ¿No lo sabías? Yo fui el testigo del último paso de la tormenta. --Mordió la manzana con ganas--. El alcalde Mansur era un mamarracho con pañales en aquellos tiempos. Ahora sigue siendo un mamarracho, pero con pantalones largos. Y quiere darme órdenes de lo que debo hacer. ¿Qué sabe él? ¿Quién sabe nada? Yo te enseñaré a ti lo qué es el paso de la tormenta.
Y esgrimió el cuchillo con que cortaba la manzana, en lo que creí era una amenaza. Me puse nervioso y le dije que debía obedecer al alcalde. A grito pelado me expresó su opinión sobre el alcalde, y ya puestos, sobre todos los demás en general y algunos de ellos en particular.
--Ahora he de lavar los platos --dijo al final--. Tú te quedas ahí sentado.
Le dije que, en todo caso, el alcalde aceptaría que se metiese en su refugio subterráneo de la cabaña si era lo bastante seguro. Me dijo que el alcalde podía meterse su refugio en un lugar concreto.
Por la ventana de la cabaña veía pasar a los demás camino de los refugios. Las horas transcurrían y el pueblo estaba ya vacío mucho antes del tiempo marcado. A las tres en punto, parecía un lugar desierto, abandonado. Entonces me di cuenta de que incluso los animales domésticos y de granja habían sido llevados también a otros refugios. Por eso había tanto silencio.
Néstor me puso una mano sobre el hombro y me alzó casi de un tirón de la silla.
--¡Ven a ver el paso de la tormenta, imbécil! ¡Vas a ver lo que es bueno!
Me sentía muy asustado. No había podido obedecer la orden del alcalde, no me atrevía a obligar a ese viejo que parecía todo nervio a meterse siquiera en su propio refugio. Era un viejo, sí, pero parecía tener más fuerza que yo. Reía y farfullaba mientras me arrastraba ladera abajo, en dirección a una explanada cerca de una de las salidas del pueblo. Yo no entendía apenas lo que hablaba, que parecía lo hiciera más para sí mismo en vez de para que yo lo oyera. Ahora lo lamento.
Cuando llegamos a la explanada, me arrojó contra un árbol.
--Siéntate ahí y apóyate contra el tronco --dijo--. Ya van a ser las cuatro, y poco después verás lo que es bueno.
Pensé que la tormenta sería más soportable en compañía, pero luego me llevaría una buena bronca del alcalde por haber puesto en peligro la vida de Néstor, aunque en realidad era él mismo quien la ponía con su tozuda actitud. Y era evidente, por lo demás, que cuando empezara a llover con la fuerza que yo esperaba, aquellos árboles donde estábamos serían un refugio insignificante.
En ese momento, un trueno impresionante resonó por el cielo. Lancé un chillido y me tapé los oídos. Me pareció que la cabeza iba a estallarme.
--¡Eso es! --gritó Néstor--. ¡Ya viene! ¡Prepárate, que va a venir otro estruendo!
Así fue. Éste aún resultó más horrísono que el anterior. Creí que los oídos me sangraban. Caí al suelo y me arrastré por él. Alcé los ojos, entornados por el dolor. El cielo estaba claro, inusitadamente claro. No había una sola nube a la vista, todo era azul, sol, calma... Pero los truenos sacudían el cielo y la tierra.
--¡Abre bien los ojos, idiota! ¡No debes perderte detalle! --me gritó Néstor.
Lo hice. El cielo azul, el sol... Y en ese momento, una parte del cielo se convirtió en hierro, en un inmenso fragmento de hierro circular, que crecía y crecía. Algo, una especie de fuerza, me aplastó contra el suelo, oprimiéndome. Oí a Néstor gritar de dolor, así supe que experimentaba lo mismo que yo. Fue una especie de consuelo. Yo lloraba de miedo, me dolía la cabeza y me rechinaban los dientes. Me mordí la lengua y me sangró. El suelo temblaba y quemaba, el calor caía sobre nuestras espaldas. El aire se había vuelto como el interior de un horno.
Poco a poco aquello cedió. Yo estaba aplastado contra el suelo, los ojos cerrados. A medida que el calor disminuía, los abrí y busqué a Néstor. Estaba medio incorporado, mirando fijamente el hierro que cubría el cielo. Entonces comprendí que era algo que había surgido entre el cielo y la tierra, algo en forma circular, enorme, y estaba allí mismo, casi encima nuestro.
Un fragmento de ese hierro se desprendió y se inclinó hacia el suelo. Luego se formó una boca en él y había una especie de luz amarilla.
Néstor lo contemplaba fijamente. Y entonces vi salir personas de ese agujero amarillo.
--Si dices una sola palabra --murmuró Néstor de manera amenazadora--, te hundo los huevos en el estómago de una patada.
Pero si de algo me sentía yo incapaz en aquellos momentos era de hablar, precisamente. Todo aquello me había dejado sin habla.
Dos hombres que vestían de verde bajaban por el pedazo de hierro que tocaba el suelo, nuestro suelo. Se detuvieron a pocos pasos de Néstor y le saludaron alzando el brazo. Néstor también alzó el brazo.
--¿Eres el portavoz de este enclave? ¿Su representante? --preguntó uno de ellos. Los dos hombres eran como nosotros, aunque vestían unos ropajes extraños, ajustados a la piel; su rostro denotaba cierta frialdad y poca simpatía. Ésa fue la impresión que yo saqué de ellos. Se cubrían el pelo con algo plano de color verde también.
--Este muchacho y yo somos los únicos habitantes de este enclave --repuso Néstor.
Hubo una pausa hasta que los dos hombres volvieron a hablar. Parecían extrañados, incrédulos.
--Eso no es posible. Según nuestros informes, debe haber aquí una población cercana al millar de habitantes.
--Ya no. Se ha reducido a dos habitantes. Éste y yo.
--¿Qué ha ocurrido?
--Estas últimas décadas, las hembras sólo han dado a luz a hembras. Los machos se han ido extinguiendo. Este muchacho es mi nieto. Si su madre no hubiera muerto al darle a luz, acaso aún se habría podido prolongar la especie...
--El incesto está prohibido --pareció horrorizarse uno de los dos.
--Está sangrando por la boca --dijo el otro.
--Sí, en efecto --repuso Néstor--. El pobre muchacho es medio retrasado. Esta mañana se ha mordido la lengua en un ataque de furia. Me temo que ya habíamos recurrido al incesto hace años para no extinguirnos.
--Esto es un desastre --dijo uno de los dos--. Este enclave está arruinado. Es preciso rehacerlo.
--Ya ha ocurrido en otras ocasiones --dijo el otro--. Hay registros de lo mismo en siglos anteriores. Eso en caso de haberlos, porque cuando la nave no ha regresado no sabemos lo ocurrido.
--El clima es bueno, el suelo es fértil --añadió el primero--. No hay conocimiento alguno de plagas ni contaminantes. Pero todo degenera.
--Debimos instalar un laboratorio de fecundación in vitro --dijo su compañero--. Un control de reproducción hubiera evitado que sólo nacieran hembras.
--Son demasiado primitivos para poder llevar un control de laboratorio --le contestó su compañero--. Imperfectos.
--Sí, somos una mierda --dijo Néstor.
Los dos hombres de verde parecieron mirarle con sospecha. Creo que el propio Néstor se dio cuenta de que había hablado de más. Uno de los dos dijo entonces:
--Vamos a recorrer todo el enclave. Creo que nos engañas o que ocultas algo. Si es así, serás torturados como castigo. Si encontramos un solo hombre vivo además de vosotros dos, y está sano, seréis descuartizados. Y las mujeres, si encontramos una sola, serán usadas como carne.
--Andando --ordenó su compañero.
Echamos a andar hacia el pueblo. Néstor y yo íbamos en medio de los dos hombres. Él parecía más o menos tranquilo, pero a mí me temblaban las piernas. Llegamos a las primeras casas del pueblo.
--Todo se ve muy limpio y muy ordenado --dijo uno de los dos--. Veamos una casa por dentro. Ésa misma --y señaló precisamente la casa del padre de Mónica.
--Están limpias porque no tenemos nada mejor que hacer. Nos entretenemos conservándolas por si alguna vez vienen habitantes nuevos de otra parte --dijo Néstor.
Entramos en la casa del padre de Mónica. Aquellos dos echaron un vistazo a su alrededor.
--Bueno, ¿quién vive aquí? --preguntó uno de ellos.
--Yo --dijo Néstor--. Es precisamente mi casa.
El otro hombre le mostró unas prendas femeninas que había sobre una butaca. Las agitó ante las narices de Néstor.
--¿Y esto, imbécil? Se nota que han sido lavadas hace poco. Aún huelen a jabón.
--Eso es del chico --contestó Néstor, imperturbable--. Le obligo a ponérselo para follármelo. Uno tiene sus necesidades, como comprenderéis. Le hago ponerse esto y me imagino que es una chica.
Yo enrojecí violentamente y ellos le miraron asombrados.
--Debes de tomarnos por idiotas, viejo imbécil --dijo uno.
--Nunca se me ocurriría algo semejante --dijo Néstor, con total firmeza.
El otro extrajo lo que parecía un objeto de metal y se lo puso a Néstor junto a la sien.
--Vayamos a otra casa --ordenó.
Néstor adoptó un aspecto abatido.
--Está bien. Confieso, pero no me dispares. Soy un perro embustero. Lo único cierto que he dicho es que este chico es medio retrasado.
--Muy bien, viejo. ¿Dónde está la otra gente? ¿Dónde están todos?
Néstor hizo un vago ademán.
--Escondidos en una casa que hay ahí, en esa ladera.
--Nos llevas a ella, pues. Andando los dos, y basta de tonterías.
Emprendimos la marcha hacia la casa de Néstor. Él andaba renuentemente, casi como si se arrepintiera de su traición. Yo no entendía nada de lo que hacía ni qué pretendía.
--Un poco más deprisa, viejo --le empujó uno de ellos.
Néstor se apresuró entonces y llegó a la puerta de la casa incluso un poco antes que ellos. Pareció tropezar en el umbral al abrir la puerta y la cruzó rápidamente. Dentro estaba a oscuras, puesto que había cerrado los porticones de las ventanas cuando nos habíamos marchado. Los dos tipos se quedaron un instante plantados en el umbral, como dudando. Se dispusieron a entrar siguiendo a Néstor, y entonces oí dos explosiones y ambos cayeron al suelo, con la cara manchada de sangre.
Estaban muertos.
Yo miré la escena, aterrado, sin entender lo que había ocurrido ni qué significaba todo aquello. Me zumbaban los oídos, aunque menos porque los estruendos no habían sido tan fuertes como los de la llegada del hierro. Néstor apareció entonces en el umbral, y en la mano sostenía un objeto parecido al que llevaba uno de los dos extraños muertos. Me dio una orden en tono tajante.
--¡Apura! ¿Te has quedado dormido o es que sigues interpretando el papel de imbécil que te endilgué?
Fui a hablar, pero él lo hizo antes.
--Hay que deshacerse de los cadáveres enseguida. Ten, coge esta cuerda y átala al pie de uno de ellos. Yo haré lo mismo con el otro y les arrastraremos ladera abajo. Ya no les dañarán unos cuantos coscorrones. Cada uno arrastrará a uno de ellos. No esperarás que los llevemos a cuestas, ¿verdad?
Aturdido, hice lo que me indicaba. Luego, fui tras él, arrastrando a uno de los dos por la cuerda que le había atado a un pie, ladera abajo. Le pregunté qué íbamos a hacer con ellos. Me dijo que los meteríamos en su "nave". Ésa fue la palabra que empleó, "Nave". Dijo que era lo mismo que un barco, pero que iba por el aire en vez de por el mar. No entendí nada y le pedí que me lo explicase, pero me replicó que éste no era el momento de las explicaciones. Que callara e hiciese lo que me dijera. Obedecí.
Llegamos por fin al lugar donde estaba el hierro y el fragmento que se desprendía de él y dejaba un agujero amarillo. Estábamos cansados. Él era viejo y yo no tenía la fuerza de un adulto. Subimos arrastrando los dos cuerpos por lo que él llamó entonces "rampa". Yo temí que el agujero se cerrase y nos tragase. Se lo dije, y él me llamó cobarde y miedica. Pero le seguí hasta la boca y eché el cuerpo que yo atrastraba por ella, igual que hizo Néstor con el suyo.
--Anda, vete de aquí antes de que caigas desmayado. Ni siquiera es preciso decirte que no hables de esto nunca, porque estás demasiado asustado como para pensar siquiera en hacerlo. ¡Lárgate!
Lo hice. Pensé que él me seguía, pero estaba junto a la boca y había metido medio cuerpo en ella y manipulaba algo. No sé qué era, pero lo supe tiempo más tarde. Luego, la boca se cerró y él echó a correr hacia mí.
--¡Vamos! --dijo--. ¡Al refugio! ¡A mi cabaña, rápido!
Le obedecí de nuevo, ahora de manera instintiva. No sé qué era lo que esperaba que ocurriera, pero si decía que corriera, yo correría todo lo que hiciera falta.
Llegamos a su cabaña otra vez, sin aliento. Entramos en ella y Néstor levantó la trampilla que conducía al pequeño refugio excavado debajo. En realidad, apenas era un agujero donde sólo cabían dos personas, y bastante apretadas.
--¡Adentro! --ordenó.
Me metí dentro casi de un salto. Él lo hizo luego y cerró la trampilla.
--Cierra los ojos y tápate los oídos --indicó.
Nada más obedecerle, la tierra tembló agitada con una violencia inusitada. Lancé un alarido y chocamos dentro del angosto refugio. La tierra tembló otra vez. La tormenta, la tormenta, quise decir, sintiéndome idiota. Pero no podía hablar.
Cesó el estruendo y la tierra no volvió a temblar más. Respiraba agitado y percibí la misma agitación en Néstor. Poco a poco los dos nos fuimos serenando.
--Creo que ya podemos salir al exterior --dijo Néstor al cabo de unos momentos.
Empujamos la trampilla hacia arriba y salimos al interior de su cabaña. Abrí los postigos de las ventanas y salimos fuera. Un momento antes de abrir la puerta, Néstor me avisó.
--No te impresiones por lo que vas a ver.
Lo que vi fue un paisaje desolado, quemado. Árboles y casas humeaban como víctimas de un incendio. Eran precisamente las casas que se hallaban junto a la explanada donde había estado el hierro o "nave", como lo llamaba Néstor, y los árboles donde nos habíamos refugiado para el paso de la tormenta. Afortunadamente, el resto del pueblo no había sufrido casi ningún daño. ¿Un rayo? ¿Un rayo había provocado aquello? ¿Dónde estaban las nubes de la tormenta? El cielo seguía azul y limpio. El lugar más afectado por el extraño rayo era la explanada.
--Ya ves, Octavio --dijo Néstor--. Un rayo de la tormenta ha destruido unos cuantos árboles y quemado unas cuantas casas. Habrá mucho que reconstruir cuando todos salgan de los refugios. Pero ahora la tormenta ya ha pasado. Ha pasado el peligro.
Le miré. No sabía qué esperaba exactamente, pero él sí sabía que yo esperaba algo y que me lo debía contar.
Se inclinó un poco para mirarme fijamente a los ojos.
--No habrá otra tormenta hasta dentro de cincuenta años, siete meses y cuatro días. Cómputo exacto. Cuando llegue ese momento, tú tendrás la edad que yo tengo ahora, año arriba, año abajo. El alcalde que haya entonces te endosará a algún muchacho sin parientes y con la misma cara de idiota que tú tienes, y que yo tenía, para que sea testigo del paso de la tormenta. Y le obligarán a hacer lo mismo que tú tenías que hacer. Te obligará a bajar a un refugio porque tú habrás manifestado que no piensas hacerlo. Lo demás, ocurrirá más o menos como has visto. Habrá variantes, sin duda, pero te iré explicando con calma, en los próximos días, cuáles pueden ser. Te explicaré algunas cosas más, ahora no hay tiempo; pero acabarás sabiendo lo mismo que mi antecesor me contó a mí, como a él se lo contaron a su vez, y que yo te contaré a ti y tú lo contarás a quien corresponda cuando llegue el momento, dentro de cincuenta años, siete meses y cuatro días. Te diré qué has de tocar junto a la entrada de la nave para que estalle y se destruya sin dejar rastro. Prepararemos trampas para cuando te llegue a ti el momento y tengas que cargar con otro cretino como yo he tenido que cargar contigo. Pero lo más importante, chico --y me miró con gravedad y con cierto afecto en su mirada--, lo más importante de todo: debes procurar no morir antes del nuevo paso de la tormenta. Yo ya habré muerto y no podré enseñar a otro. Tú no podrás explicar la verdad a nadie, porque la verdad ha estado oculta a todos, por su propio bien. Ésta es una comunidad feliz y alegre y confiada. No saben ni deben saber jamás... lo que ocurre ahí afuera. Quizá hablaremos de eso. Quizá no. No sé mucho al respecto, pues mi antecesor murió poco después. Conque, cuídate, sé un maestro digno cuando llegue el instante. Procura no morirte antes de... de la tormenta siguiente. Anda, ve a tu puesto, avisa a los demás de que ya ha pasado la tormenta. Yo voy a esconderme en mi refugio de la cabaña y así creerán que has hecho lo que te ordenaron.
3.
Esto es lo que tendrás que contar tú en su día.
FIN.
November 13 (c) 2008 by J.C. Planells   Recientemente Warner ha editado una serie de DVDs del género Oeste, o western para los finos y puristas ("purista", según Albert Solé, es "el que se fuma un puro"). Hace tiempo que perdí un tanto mi afición hacia este género cinematográfico, que empezó a decaer al término de la década de 1960, tras la saturación de tanto espagueti-western, paella-western e incluso frankfurt-western y que contagió incluso al propio cine americano del género. A la que llegamos a la década de 1980, y luego la de 1990, el western quedaba un tanto pasado de moda: por un lado, era insatisfactorio como cine de aventuras, ante el cúmulo de proezas y efectos especiales que ofrecían otros géneros, como el fantástico o el de ciencia ficción, por ejemplo. Por otro lado, no se lo podía considerar como un género histórico, es decir, lo que se entiende como "cine de época": films ambientados en tiempos de los romanos, en el medievo, en el siglo XVIII... El western quedaba en tierra de nadie, y, encima, como se ha dicho tantas veces, es casi el único género cinematográfico en donde los personajes trabajan (además del thriller, en que los polis hacen de polis y los ladrones de ladrones). Y eso de ir al cine a ver trabajar a la gente... hum, creo que es algo que dejó de entusiasmarle a la gente más o menos por esos años... El western en DVD se mantiene vivo gracias a los muchos existentes hasta 1970, principalmente, puesto que los posteriores ya dejan de serlo poco a poco (naturalmente, me refiero al western rodado en Estados Unidos, porque también abundan en demasía las ediciones de spaguettis western y similares). He observado que la inmensa mayoría de compradores de DVDs del Oeste suelen ser personas o de mi edad, o incluso algo mayores. También los hay más jóvenes, claro, pero esos suelen ser cinéfilos irredentos, víctimas casi seguro de las burlas de sus amigos si se enteran de sus compras... En todo caso, como decía, Warner ha lanzado varios westerns de una tirada, acompañando el lanzamiento de La conquista del Oeste, film no editado anteriormente en DVD (ni en vídeo, creo). Hagamos un rápido repaso a los editados, entre los que se han colado un par de films que, bajo la apariencia del western, en realidad son más bien otra cosa. *El primero es La conquista del Oeste (How the West Was Won), mastodonte exhibido en Cinerama (1962), dirigida en sus diversos segmentos por Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, y editada en tres discos rellenados de extras y demás inutilidades. No seré yo quien la recomiende, desde luego. En su día me pareció un mamotreto aburrido (un "coñazo", como diría Rajoy), irregular y ruidoso en su parte final, y posteriores revisiones reafirmaron mi opinión. Quiere ser algo así como la historia de la colonización del Oeste, llegando hasta la implantación del ferrocarril y pasando por la Guerra de Secesión. Abundan las estrellas con papelitos de mayor o menor extensión en personajes de poco interés, y una música grandilocuente acompaña las escenas. *Dos westerns clásicos cien por cien de John Sturges: Fort Bravo (Escape from Fort Bravo) (1954) y Desafío en la ciudad muerta (The Law and Jake Wade) (1958), muestras exquisitas de lo mejor del género. Historias trepidantes, personajes atractivos, situaciones interesantes. La primera cuenta con William Holden y Eleanor Parker, sitiados por los apaches, y la segunda con Robert Taylor como antiguo delincuente reconvertido en sheriff, que se reencuentra desagradablemente con un viejo compañero de fechorías, interpretado por Richard Widmark. Dos westerns de los que dejan buen sabor. En la misma categoría de clasicismo está Más rápido que el viento (Saddle in the Wind) (1958), historia de pistolero que ha dejado su vida delictiva (de nuevo Robert Taylor: a veces se hace duro ser aficionado al cine) y su hermano con ganas de guerra (John Cassavetes), dirigida por Robert Parrish, director interesante en ocasiones, y con guión del estimable Rod Serling. *Dos protagonizados por Errol Flynn: Montana (Montana) (1950) y San Antonio (San Antonio) (1945). El primero lo dirigieron al alimón Raoul Walsh y Ray Enright, aunque durante mucho tiempo se le atribuyeron los méritos a Enright únicamente, y el segundo David Butler. Ninguno de los dos es especialmente memorable, y sí más bien escasamente atractivos y poco dinámicos. *Dos westerns que de ello sólo tienen el marco ambiental. El primero es La novia salvaje (Many Rivers to Cross) (1955), una comedia más bien insoportable, con un Robert Taylor (y ya van tres, qué cruz, señor, qué cruz) estólido al límite y una dinámica Eleanor Parker digna de mejor film, que trata de demostrarle a Taylor que es capaz de ser una perfecta esposa para un colono en territorio salvaje. La dirigió Roy Rowland, nombre que no suele ser muy recordado. El segundo es La noche de los gigantes (The Stalking Moon) (1968), dirigida por Robert Mulligan. Empieza como un western clásico para derivar rápidamente hacia una especie de historia gótica, por decirlo así, mediante fórmulas del cine de terror muy cercanas a los psycho-killers posteriores, con puntuales notas intimistas. Una auténtica rareza, protagonizada por Gregory Peck. *Suevia Films se ha apresurado a poner a la venta cinco westerns, para competir con el posible boom de los lanzamientos de la Warner. Dos piezas en teoría menores pero muy interesantes son Tres tejanos (Streets of Laredo) (1949), dirigida por Leslie Fenton (recordemos de él la muy estimable Smith el silencioso, editada también por Suevia hace un tiempo), que tiene todos los ingredientes del western de pura cepa y resulta un film muy ameno; e Historia de un condenado (The Lawless Breed) (1952), de Raoul Walsh, que no llega a tener la fuerza de sus mejores películas, pero es cien por cien clásica en su confección. Dos películas de escaso interés son Los corruptores de Alaska (The Spoilers) (1955), de Jesse Hibbs, nueva versión de una novela de Rex Beach ya adaptada al cine muchos años antes (es más bien un northern, pues la acción transcurre en Alaska) y Una pistola para un cobarde (Gun for a Coward) (1957), de Abner Biberman, director tan poco conocido como el de la anterior, con la que compite en nadería bien intencionada: se ve y se olvida. Y para el final, he dejado lo mejor: Traición en Fort King (Seminole) (1953), un Budd Boeticher del que no se habla nunca porque no lo protagoniza Randolph Scott (los criticos cinematográficos tienen sus manías), y que es toda una gozada: ambientada en Florida ofrece un interesante argumento basado en hechos reales sobre un militar yanqui empeñado en aniquilar a los semínolas. Gran fotografía de Russell Harlan, con Anthony Quinn haciendo el indio y Rock Hudson de militar bueno. (Este film tiene la particularidad de que su título se convirtió en una popular frase en círculos cinematográficos o afines durante las décadas de 1960 y 1970, para indicar a la persona o personas que defraudan las expectativas de alguien sobre algún asunto, o traiciona la confianza de un grupo de gente. Propongo se vuelva a poner de moda: yo dejé de usarla hace tiempo porque nadie entendía su sentido.) *Y como propina final, dejo noticia simplemente de que una nueva editora, llamada Creative, se ha apuntando deprisa y corriendo también al carro del western, editando varios de ellos, casi todos aparecidos antaño en DVD por otras editoras. Pero uno inédito merece ser reseñado: Yuma (Run of the Arrow) (1957), de Samuel Fuller, una edición hace tiempo esperada y una ausencia en el mercado muy señalada. Lástima que, al contrario que Warner y Suevia, no se ofrezca en versión subtitulada y encima la copia sea casi un asquito.
November 12 (c) by J.C. Planells
 Los dos textos que aparecen aquí necesitan una explicación. Yo tuve un profesor de Lengua realmente muy bueno en segundo de bachillerato, hacia 1962 aproximadamente. Se llamaba Víctor León y le gustaba hacernos sudar la camiseta, por así decir. Proponía preguntas difíciles y temas difíciles, y nos hacía escribir abundantes redacciones. Era mi asignatura favorita y en la que mejores notas sacaba, aventajando incluso a los empollones oficiales de la clase. En cierta ocasión, avisó de que nos pondría un tema de redacción para que nos rompiéramos la cabeza: "La punta de mi lápiz", que ya había puesto a un curso anterior o en otra escuela. Los casi cincuenta alumnos de la clase gimieron al oírlo y se quejaron de que sobre eso no se podía escribir nada."Bueno, ese es el reto", dijo don Víctor León. Yo acepté interiormente el reto y escribí por mi cuenta la primera versión del tema. La segunda versión, escrita finalmente en respuesta al desafío cuando lo planteó a la clase en serio, fue leída y celebrada por don Víctor León. Ofrezco a continuación ambas versiones, la privada y la pública, como curiosidad. No he corrigido nada del texto, aparecen tal como se escribieron cuando tendría unos 12 años aproximadamente. Primera versión "La punta de mi lápiz --nos dijo hace tres años un vetusto profesor de dibujo con su clásico acento sevillano-- está bien afilado. Mirad a ver si no. Pues lo mismo debéis hacer vosotros con vuestros lápices. Deben estar bien afilaos y bien cuidaos. Pero mucho ojo con la punta, que no parezca una escoba (risas para complacerle). Debe tener, por lo menos, un centímetro de larga. Así os durará más. (desde el fondo de la clase se oye el siguiente comentario: "eso hice yo una vez y a los dos días me había comprado otro lápiz"). Y al escribir, bueno, al dibujar, no debéis apretar demasiao el lápiz, porque entonces pasa que se rompe, y ya está." Le obedecí. Yo no sé si mis lápices son especiales, pero no conseguí nunca una punta de un centímetro. En cuanto a lo de apretar... O las puntas de mis lápices son enclenques, o es que yo al dibujar aprieto con furia visigoda. Lo último es lo más seguro. Las puntas de mis lápices están, generalmente, redondeadas. La forma redondeada no la adquieren al hacerles punta, sino al dibujar. Segunda versión El anciano nos miró, quizá bondadosamente, a través de sus gafas. --¡Ejem! Muchachos, vais a empezar vuestro primer curso de bachillerato. Os encontraréis con asignaturas difíciles (Comentario desde el fondo: "Huesos"). No sé si el dibujo os resultará fácil o no; depende esto de vuestro punto de vista (Comentario mío entre dientes: "Si ese buen hombre se cree que porque soy hijo de un profesor de dibujo, he de ser buen dibujante, está listo"). El dibujo os será útil para los que queráis ser dibujantes. Me miró. In mente dije: "Nada, que este buen hombre tiene la manía de que soy un ´as`del dibujo". Como si hubiera adivinado mi pensamiento dejó de mirarme y cambió de tema. --En los dos primeros temas se estudia el dibujo de figuras, los dibujos de sombreaos, donde se aplicará lo de la escala de grises (comentario desde el fondo: "todos enteraos") y el dibujo de inventiva. Antes de que empecéis con la primera lámina os diré cómo tenéis que tener la punta del lápiz , puesto que de ésta depende que el dibujo esté mejor o peor. Cuando le saquéis punta... Se arrellanó en su silla, cerró los ojos y bajó un poco la cabeza. Parecía dormitar. --... cuando le saquéis punta, como decía, ésta debe tener, pues... un centímetro de larga; así os va mejor (Comentario desde el fondo: "Eso hice yo una vez y acabé con el lápiz en media hora"). En cuanto a la punta, debe ser lo más fina y afilada posible. Porque si fuese redonda, os quedaría un dibujo sucio. Y, sobre todo, no apretéis al dibujar, pues quedaría el dibujo hecho un asco y la punta se rompería. Al oír esto, dije entre dientes: --Pues yo no sé dibujar de otra manera. --Y además --siguió diciendo--, si tuvierais que borrar, tendríais que apretar mucho y se os agujerearía la lámina. Nos miró a través de sus gafas esperando oír comentarios favorables. Se oyeron algunos: "Sí", "Sí, claro", "Naturalmente", y "Tiene razón" poco convincentes. El empollón de la clase dijo: --Señor profesor, haga el favor del de atrás, que me está tirando trozos de goma de borrar. Después de la bronca al "de atrás" y de bailar juntos un "zapateado" (pues el profesor dijo: "Ven, que bailaremos un zapateado") y de unas palmaditas afectuosas al empollón, dijo: --Podéis empezar a dibujar. Nosotros empezamos a dibujar y él sacó una novela de Agatha Christie.
Todo esto ocurrió hace tres años. Y durante estos tres años he intentado seguir sus consejos, es decir, la punta de un centímetro, afilada y no apretar al dibujar. No sé si mis lápices son especiales o qué, pero no aguantan ni un minuto con la punta de un centímetro y afilada. Ya me lo dijo este año mi profesor de dibujo lineal. --Usted no tiene un lápiz; usted tiene una escoba. Dicen que un hijo lo hereda todo de sus padres. Lo que yo no he heredado ha sido el don de dibujar bien. Sobre eso no se manda. Al cabo de cuatro días, al segundo de dibujo, nos tocaba entregar las láminas que hicimos el día anterior. El profesor pidió las láminas. Cuando me tocó el turno y le enseñé la lámina, por poco no le dio un ataque. --Pe... pero ¿qué es esto? --dijo. --Mi dibujo --dije ingenuamente. --Sí, ya, claro; tu dibujo. Pero... ¡Es horroroso! Ese conejo parece un canguro agachado, y ese... ¿No eres tú Planells? --Sí. --¿Y cómo siendo hijo de un dibujante, lo haces tan mal? --Mi padre no es dibujante. --¿Cómo que...? --Es maestro de dibujo de las Escuelas Pías de Sarriá y pintor de cuadros --dije sin respirar. --Es lo mismo. --Bueno. Siguió mirando mi obra de "arte". --Si lo entiendo, que... ¿No dije que no se apretara? --Es que si no aprieto, no se ve. --¡Qué bonito! Déjame ver tu lápiz. ¿Ésa es la punta de un centímetro que dije? --Es que se ha roto. Miró por turno al lápiz y a la lámina. Me la dio y me senté. --¿Qué te ha puesto? --¿Eh? ¡Ah! Un cinco... por compasión. FIN.-
November 10 (c) 2008 by J.C. Planells  Entre los muchos cómicos del cine mudo estuvo Larry Semon. Cierto: su nombre no suele ser recordado, pese a haber sido contemporáneo de Chaplin, Keaton, Harold Loyd, Fatty Arbuckle y tantos otros, y haber dirigido en sus cortos a algunos que estaban empezando apenas: Stan Laurel y Oliver Hardy, por ejemplo, cuando no eran aún pareja cómica ni se conocían siquiera. Si el cine mudo es el que menos se suele estudiar --ya no digamos ver--, muchas de sus personalidades consideradas "secundarias" son olvidadas a velocidad de vértigo, y apenas queda constancia de su existencia más que en enciclopedias, generalmente antiguas, como una entrada más, como un nombre más. Larry Semon nació en 1889. Al igual que muchos cómicos coetáneos suyos o algo posteriores (Chaplin y los hermanos Marx, por ejemplo), sus orígenes estaban en el mundo del circo o del vodevil; había recorrido Europa formando compañías de payasos bajo diversos nombres. Luego, en 1916, empezó a trabajar realizando tiras cómicas para el Sun de Nueva York. Esto le llevaría al cine, donde empezaría escribiendo gags para otros, para pasar al poco tiempo a escribir, protagonizar y dirigir o codirigir películas cortas cómicas para Vitagraph. Uno de los trabajos en que más empeño puso fue realizar una versión de El mago de Oz, lo cual lograría finalmente en 1925, contando con la colaboración del hijo del escritor en el guión, y codirigiendo la película, además de interpretar uno de los principales personajes (y encomendarle otro a Oliver Hardy, con quien trabajó varias veces). El film fue bien acogido y se dice influyó en algo en la posterior versión de Fleming con Judy Garland (una edición en tres discos del film protagonizado por la Garland recoge asimismo la versión de Semon, de la cual, además, existen otras ediciones en DVD). Pero Semon tuvo siempre serios problemas económicos, que además se traladaban a las compañías que trabajaban con él. Según se sabe, fue algo así como el Ford Coppola del slapstick: derrochaba dinero para conseguir decorados lo más reales posible (llegó a construir casas de verdad, desechando las simuladas por decorados porque no le complacían), o para contar con todos los elementos posibles para sus películas (coches, aviones, y toda clase de materiales de atrezzo para la desenfrenada acción de sus comedias, los cuales muchas veces acababan destrozados por mor de la historia). Todo ello ocasionó que se arruinara repetidas veces, pese al dinero que ganaba con sus films, metiéndose en un conflicto tras otro y manteniendo además toda una compañía de actores, algo un poco inusual entonces, hasta llegar a la bancarrota total en 1927. Tras ello, imposibilitado ya de seguir produciendo y dirigiendo comedias, apareció como actor en La ley del hampa, un clásico mudo del cine negro de 1927 de Joseph Von Sternberg, y falleció repentinamente en 1928, a causa de un colapso nervioso, o de tuberculosis, según otras versiones, siendo su cuerpo incinerado. ¿Falleció? Su viuda aseguró siempre que no pudo ver el cuerpo de Larry Semon porque se lo impidieron, como tampoco comprobar si realmente fue incinerado. Así, con el tiempo, empezó la leyenda de que acaso Semon había fingido su propia muerte para escapar de las muchas y elevadas deudas contraídas, y teniendo el regreso al cine virtualmente cerrado a causa de ello. Es uno de tantos misterios del Hollywood de antaño, del Hollywood primitivo. Lo poco que se sabe de su personalidad --dinámico, pusilánine, lleno de inventiva, temeroso de dañarse en los rodajes, autoritario, derrochador-- hace que la posibilidad de una muerte fingida quizá no sea tan descabellada, y supondría casi un alivio ante su lamentable final. Larry Semon fue uno de los mejores cómicos del cine mudo, aunque hoy sea difícil comprobarlo. Rivalizó con Chaplin en inventiva y en popularidad, y sus películas eran de un dinamismo tremendo, de una comicidad brutal, desenfrenada: persecuciones, mamporros, locuras y extravagancias llenaban el metraje. Su personaje de expresión pícara y rostro enharinado se movía incansablemente arriba y abajo en medio del caos más inmenso. En España se le conoció, en el período mudo, como "Tomasín" --por razones no aclaradas, los cómicos del cine silente eran bautizados aquí con un nombre u otro--, y años más tarde, en los cortometrajes suyos que se exhibían en salas infantiles durante los años cincuenta y sesenta, como "Jaimito". No pocos cinéfilos sudaron tinta para averiguar en aquel tiempo el nombre real del actor. Su versión de la novela de L. Frank Baum se tituló en España Tomasín en el reino de Oz, por ejemplo. No hay apenas nada suyo en DVD --al contrario de lo que ocurre con otros cómicos contemporáneos suyos muy poco interesantes--, excepto esa inclusión de la versión que realizó de El mago de Oz en una edición de tres discos (no disponible en España), alguna película de mediometraje editada hace años en VHS, y el corto The Grocery Clerk, de 1920, donde su estilo de cine cómico puede admirarse en una muestra muy representativa (está editado en una recopilación de cortos del cine mudo, titulada "Héroes del silencio", y acompañado de dos cortos de otros cómicos, muy poco notables). Posiblemente, todo su cine esté o perdido o arruinado debido a la mala conservación del celuloide primitivo. Es muy lamentable, pues eso nos priva del debido homenaje a uno de los que fueron grandes cómicos del cine mudo... y que no murió, como otros, con la llegada del sonoro: se mató a sí mismo (¿nunca mejor dicho?). November 08 (c) 2008 by J.C. Planells  Primera entrega de las dos que compondrán la edición en español de The Winds of Marble Arch and Other Stories, por Ediciones B, donde se reúne buena parte de la narrativa corta --y no tan corta-- de Connie Willis, escritora americana nacida en 1945, galardonada con diversos premios, y sobre quien cuantas bondades y excelencias se digan se quedarán siempre cortas. Personalmente, diré que es casi de las pocas figuras de la moderna ciencia ficción que me interesa (lo cual no quiere decir que todas sus novelas o relatos me parezcan perfectos), pues es la única que conozco capaz de seducir al lector sin recurrir al despliegue de flatulencia literaria de tantos nuevos autores aparecidos en los últimos años, así como de las pocas con la que nunca me he aburrido, incluso cuando una novela suya no me ha satisfecho del todo. Es muy posible que actualmente haya escritores de ciencia ficción mejores y más ambiciosos que Connie Willis, pero no se me ocurre otro más digno de aprecio ni que permita disfrutar al lector con narraciones que son, para decirlo con el título precisamente de uno de sus relatos, "igual que aquellas que solíamos tener". No es nada sorprendente, por otra parte, pues la autora lo explica --y maravillosamente bien-- en el prólogo de este volumen, donde nos habla de sus cosas favoritas. No me resisto a citar unas líneas: "... no tiene demasiado sentido que los autores hablen de sus propias obras. Se dedican a soltar tonterías como ´posiblemente mi genio sea más evidente en el deslumbrante cuento "La hipotenusa espantosa"`... O nos cuentan cosas que NO QUEREMOS saber sobre cómo y en qué circunstancias tuvieron la idea para la narración. [...] Todo lo cual me ha hecho decidir que a los autores sólo se les debería permitir hablar de los libros de los demás, no de los suyos propios. Rara vez son buenos jueces de su propia obra." Genial. Willis es genial. Así, en su prólogo nos habla de las influencias que ha recibido de otros autores o temas: Shakespeare, la comedia screwball, los narradores humorísticos, Agatha Christie, las bibliotecas públicas... Mucho de ello es perceptible de una u otra manera en las historias que aparecen en este primer volumen, de diversa extensión, once en total y de las cuales solamente tres no habían sido publicadas previamente en castellano (las otras ocho aparecieron en antologías, revistas o fanzines tanto de España como de Argentina). Esta recopilación de historias tiene una virtud excepcional, rarísima en el género de ciencia ficción: la puede leer todo el mundo. Incluso la persona más escéptica o indiferente a la ciencia ficción se rendirá ante las narraciones de Connie Willis, ante su manera de contar historias y de la clase de historias que cuenta. Bien sean dramáticas o cómicas, satíricas o aventureras (que son las menos), Willis no puede dejar indiferente a nadie. Por lo demás, quienes la han seguido --en algunos casos con fervor-- desde el primer día, ya sabe cómo las gasta esta autora, que es lo más parecido a la hermana pequeña y rebelde que a muchos nos encantaría tener en la familia. Connie Willis disfruta hurgando en la llaga de la tontería humana, de lo absurdo de muchas conductas encorsetadas e intransigentes, escarneciendo lo políticamente correcto y burlando al feminismo estricto y extremo (lo cual, según ha confesado en público y en privado, le encanta hacerlo; y cuando las feministas la ponen de vuelta y media, considera que eso quiere decir que hace bien su trabajo). Willis ridiculiza estas conductas y reglas con una ironía deliciosa, con un sarcasmo casi amable y cariñoso, por raro que esto pueda parecer (hay que leerla para entenderlo), dejando en evidencia la ridiculez de lo "políticamente correcto" tal como impera hoy en muchos lugares --en el mundo académico, que conoce muy bien--, patentizando esas conductas retrógradamente progresistas (no es oxímoron: es lamentablemente real), hipócritamente igualitarias, así como tantas intentonas de censura artística que por desgracia cada día abundan más con el avance (?) de lo políticamente correcto (se diga lo que se diga, se piense lo que se piense, la libertad de expresión está hoy día más en peligro que nunca, sobre todo en muchos estamentos de nuestra vida diaria). Así, para cuestionar el (indeseado) estado de las cosas, Connie Willis despliega la ironía y la burla deliberada en algunas de sus novelas, y en relatos de esta recopilación como "Ruido", breve y contundente, admirable y regocijante, pero a la vez mucho más serio de lo que parece. Sí, el relato es divertidísimo, pero lo malo es que su base es espantosamente real: la censura sobre textos literarios clásicos que se aplica a machamartillo en no pocos centros educativos estadounidenses, así como la libertad para denunciar cualquier texto como inapropiado por parte de cualquier gremio/colectivo/sindicato/profesional/religión/activista/grupo social/etcétera. Otro relato igualmente divertido y punzante es "A finales del cretácico", igualmente breve y asimismo ambientado en el mundo de la enseñanza, en el que enfrenta los sistemas clásicos de estudio y la rutina diaria del centro con la llegada y propuestas de un cretino dispuesto a aplicar nuevas "formas" de enseñanza y de lenguaje... En "Luna azul" es quizá donde más se nota su gusto por la comedia alocada --también presente en los dos mencionados--, pues ésta se convierte casi en el eje de la acción, donde bajo una pura excusa de ciencia ficción nos presenta los efectos que una luna azulada pueden acarrear en el destino y la conducta diaria de los personajes. Completamente desternillante. Pero hay también relatos dramáticos, como los celebrados "Daisy, al sol" y "Una carta de los Cleary". Aquí Willis se sirve de argumentos puramente tradicionales del género --la extinción, el postholocausto nuclear-- para presentar historias conmovedoras llenas de fina sensibilidad, que conmueven tanto como divierten sus trabajos cómicos, demostrando que no hay temas gastados sino que hay nuevas formas de contarlos. Encontramos también dos relatos navideños, una especialidad que nuestra autora cultiva con verdadero cariño --y fidelidad-- año tras año. Ya se publicó hace tiempo en castellano una recopilación de los mismos, y uno de ellos ("Boletín de noticias") reaparece aquí con el título de "Carta de Navidad". El otro de "Igual que aquellas que solíamos tener", nostálgico título para una de sus mejores historias navideñas (aunque el calificativo de la mejor se lo disputarían casi todas ellas). Los relatos y novelas cortas de ambiente navideño de Connie Willis son verdaderas maravillas, casi piezas de orfebrería literaria, escritas con profundo amor, con cariño auténtico hacia la Navidad por alguien que ama esas navidades "a lo Dickens", como muy bien explicaba en su libro de relatos navideños. Leer esas historias tan especiales nos retrotrae a un tiempo ya pasado, a unos tiempos navideñamente mejores, por así decir. Del resto de relatos, "Directos a Portales" es un notable homenaje a Jack Williamson, el autor que se convirtió casi en leyenda en vida, fallecido hace escaso tiempo, y que sin duda debió de leer esta historia cuando se publicó: es uno de los pocos relatos que tienen a la propia ciencia ficción y a sus autores como tema. "Brigada de incendios", uno de los primeros que escribió, muy celebrado, donde ya se percibe una autora con cosas que decir; quizá no sea de lo mejor de su obra, pero sin duda es un texto muy importante y reeditado. "Todas mis queridas hijas" había aparecido anteriormente en una antología sobre sexo y ciencia ficción y tiene ese tono de seria ligereza de sus piezas más cuidadas. Y termino con el primero del sumario, la novela corta "Los vientos de Marble Arch", donde combina la comedia alocada con el drama, las reuniones de profesionales (si bien desconoceremos a qué se dedican), con toda su carga de tópicos, con una interesante idea de ciencia ficción: la inversión de corrientes de aire en los túneles del metro de Londres y a lo que da lugar. Humor disparatado, narración frenética, momentos dramáticos, y un brillante final que es todo un broche de oro a lo anteriormente sucedido en la historia. Es por relatos como este que Connie Willis puede ponerse en manos de cualquier lector, no importa su edad, sexo, clase o condición. Bueno, excepto los políticamente correctos: ellos nunca la leerían ni la apreciarían.
November 05 (c) 2008 by J.C. Planells (Queco Novell, intérprete de Laporta en el programa)
Tras dos primeras entregas poco prometedoras, el programa Crackòvia de TV3 --sátira y humor sobre el deporte por el mismo equipo de Polònia--, ha despegado con fuerza. Cierto que ya hubo un intento parecido en un programa de infausta memoria llamado, si mal no recuerdo, Barçòvia, por parte de los mismos responsables hace un par de años, más o menos, que se suspendió por fracaso total, tanto a nivel de humor como creativo. Pero de los fracasos se aprende, cuando hay ganas de aprender y talento para mejorar. Así, Crackòvia es todo lo que no fue ese anterior programa. Evidentemente, es opinable si el mundo del deporte da para hacer satirizarlo. Muchos creen que no, incluso entre los propios seguidores del programa. Es fácil satirizar a los políticos, bromear sobre ellos, porque es una manera como otra cualquiera --y bastante descansada-- de pasar cuentas con ellos. Todos somos víctimas de una manera u otra de los políticos y los partidos, todos somos más o menos manipulados por ellos, y a todos se nos exige el voto por un partido u otro cuando llega el momento, como si no hubiera pasado nada. Pero el mundo del deporte --fútbol, tenis, natación...-- no es lo mismo. En primer lugar, sus figuras más destacadas o populares no dan mucho de sí fuera de su especialidad concreta: se limitan a jugar a su deporte y nada más, en buena parte porque a muchos de ellos sus directivos o entrenadores o asesores ya les aconsejan que no se metan en líos, y en otra porque fuera del deporte parecen no tener vida (aunque algunos no salgan de la discoteca...). Las figuras menos... populares, es decir, directivos y presidentes de club e incluso entrenadores, suelen pecar demasiados de ellos de bocazas, prepotentes o iluminados, escaso bagaje cultural y poco o nulo sentido del humor. Esos ya dan más de sí, y en su tiempo fueron debidamente satirizados y caricaturizados, tanto en televisión por Alfonso Arús --que ahora se pone medallas innecesariamente como "padre putativo" de Crackòvia--, como en radio a través del antiguo programa de la década de 1980 El sacapuntas, del que hablaré en un futuro capítulo de "Famosos de ayer". Nada nuevo en este sentido (todo está inventado, sólo cambian los medios y las personas), pero sí un tanto olvidado o dejado de lado, porque, insisto, en el fondo el deporte es algo intrascendente, puramente festivo, y si a veces llama la atención indeseadamente es por lo penoso de algunas de sus figuras (recordemos a presidentes de club como Jesús "Sois unos malandrines" Gil, Ramón "Polaco el que no bote" Mendoza, Josep Lluís "Quicir, sozi, patizán" Nuñez, Joan "Tema zanjat i punto" Gaspart, por ejemplo..., curiosamente todos ellos presidentes de clubs importantes). Yendo a Crackòvia, que es de lo que se trata, la parte más afortunada es, en mi opinión --y en la de otras personas, al parecer--, la sátira un punto cruel que se hace de ciertas figuras periodísticas muy conocidas en Cataluña. No es para menos. Es sabido, aunque no gusta que se hable de ello, que la sección de deportes de TV3 es "una república independiente dentro de TV3", en palabras de un periodista catalán hace ya varios años. En efecto, muchas figurillas han ejercido de dioses o algo parecido durante muchos años, o desde el primer día, creyéndose los amos del cotarro, y dominando a su gusto la información deportiva sin permitir injerencias. He dicho "dominando", no manipulando, aunque... En este sentido, el trabajo de Pep Plaza haciendo de Lluís Canut en Crackòvia es genial, realmente impagable: verlo aparecer en pantalla y caer al suelo de un ataque de risa es todo uno. A este respecto, el gag en que entrevistaba al presidente del Español, Sánchez Llibre (interpretado por un actor cuyo nombre ignoro), es realmente memorable: dejaba claro lo que ha sido la información y la crónica deportiva en TV3 durante años y años. Cierto que el propio Canut ha celebrado la sátira o caricatura, lo que le honra, pero no todos han respondido por igual. Un adorado locutor deportivo --y no deportivo-- catalán no ocultó lo mucho que le molestó ser satirizado en otro gag del programa, porque por lo visto se consideraba sacrosanto y no sujeto a crítica o bromita alguna (como muchos de esos periodistas deportivos). Tampoco creo que haya sido el único en molestarse. Y es que si los políticos han de poner buena cara quieras que no a la caricatura y los gags sobre ellos en Polònia, pues al fin y al cabo están en la palestra pública para ser objeto de críticas y censuras cuando conviene (por parte y a la vista de sus propios votantes, no lo olvidemos...), no ocurre lo mismo con la gente del mundo del deporte: tanto periodistas como jugadores, tanto directivos como entrenadores, muchos de ellos son personas sin el menor don de gentes, con poco aguante ante las críticas o los comentarios, y con su mucho de chulería por creerse por encima de los demás (público incluido), dispuestos no pocas veces a liarse a discusiones --¿y puñetazos?-- con el primero que les contradiga. De ahí, por ejemplo, que resulte lamentable el poco partido que Crackòvia saca de Bernd Schuster (interpretado por Carlos Latre): un individuo como él, que puede que fuera un buen futbolista pero como persona fue siempre sencillamente detestable en todos los clubs en que anduvo, merece una sátira más cruel; lamentablemente, el Schuster de Crackòvia peca de blando, cuando no de ingenuo, y sólo se saca partido --y muy escaso-- de su ridículo "ya no hace falta decir más". Da la impresión de que los responsables del programa le profesen un cierto temor a ese individuo y eso les ha llevado a construir un personaje y unos gags totalmente inocuos en pantalla. Contrasta con el tratamiento que se obtiene de Calderón o Pedja Midjatovic, del mismo equipo madrileño, de los que parece sacarse más jugo, aunque no ofrezcan el atractivo satirizable de Schuster. Esto en lo que respecta al Madrid. En el Barça ocurre también que Guardiola (interpretado por Pep Plaza) no es alguien que dé para mucha broma, aunque se esfuerzan en ello: es una persona discreta, callada y mesurada, por lo cual resulta difícil sacarle partido; los guionistas lo intentan, pero me temo que acabarán repitiéndose mucho. Mejor, desde luego, es el caso de Jan Laporta (interpretado por Queco Novell): éste sí es un personaje que da hasta para una serie propia, gracias a sus despropósitos, sus exabruptos, a la mala uva que le sale en momentos inapropiados ("¡A mí no me toques!", le espetó a un directivo del Español cuando el partido entre el Barça y el Español, o chuleando durante un juicio sobre un ex jugador al que demandaron), y a sus salidas de tono en momentos inadecuados (dejando aparte sus muchas sombras y pocas luces). (Laporta, por cierto, cuenta con un defensor a ultranza en la figura de la pájara carpintera Pilar Rahola: vaya par de golfantes, como diría Jerry Lewis.) Así, el presidente del Barcelona da mucho de sí y en el programa sacan partido de él con notoria crueldad más que merecida. El Laporta real parece que lleva bien esa caricatura (o lo finge), aunque por cierto comentario que dijo da la impresión de que no ha entendido alguno de los gags o ni siquiera se ha dado cuenta de que son eso, gags. En todo caso, lo de Laporta funciona muy bien no sólo gracias al Laporta de verdad, sino a que el equipo de Toni Soler ya lleva tiempo satirizándole, tanto en Polònia como en el programa radiofónico Minoria absoluta (donde las intervenciones de Queco Novell como Laporta van precedidas de la música de El padrino... y a veces de la inconfundible respiración de Darth Vader en La guerra de las galaxias...). En cuanto al Español, da la impresión de que no sepan muy bien qué hacer: Tamudo, Luis García y Tintín Márquez dan lugar a una serie de gags repetidos, poco inspirados a veces, y con escaso arrimo a la realidad. Quizá el querer estar a bien (o a mal) con todos sea la causa de estas descompensaciones entre unas figuras y otras. Claro que, como se suele decir, "la liga es larga", y las cosas pueden cambiar mucho. Celebremos el ingenio del programa, aunque esté puesto al servicio de algo que no da mucho de sí como es el deporte y la mayoría de sus figuras. Ha habido gags sobre Nadal, Gemma Mengual (interpretada por la gran Mireia Portas), el pesado de Alonso y algunos más, breves y casi anecdóticos, unos más afortunados que otros. Finalmente, se desearía mayor partido del Cruyff que interpreta Jordi Ríos al final del programa, aunque siendo Cruyff una figura se supone que retirada del deporte es difícil encajarle en el programa (sin embargo, este verano en Minoria absoluta, donde apareció por primera vez, se sacó muy buen partido de él, y se ha incorporado al programa una vez a la semana por voz del mismo actor). Todo ello deja la sensación de que Crackòvia es un programa menor (su duración es incluso menor que la de Polònia), llevado con buen pulso, con momentos muy afortunados y otros que no llegan a la altura deseada, no por culpa de los responsables del programa sino de las figuras caricaturizadas, y donde en ocasiones se echa de menos mayor vigor respecto a algún famosete del deporte. Yo creo que los problemas que el equipo de Toni Soler no ha tenido con Polònia los tendrá con Crackòvia, por lo que he dicho anteriormente: los deportistas --directivos incluidos, o ellos más que nadie, precisamente-- y los periodistas deportivos se creen intocables, inviolables y sagrados, por encima de los demás y no sujetos a broma o parodia. Carecen de sentido del humor, son extremistas y detestan se les juzgue, critique o enjuicie: no aceptan críticas adversas ni comentarios desfavorables y casi siempre sueltan el mismo rollo ("la pelota no quiso entrar", "a veces se gana y a veces se pierde", "el árbitro nos ha pitado en contra", "el rival es difícil pero no le tenemos miedo, aunque lo respetamos", "el fútbol es así", "hoy las cosas no nos han salido bien" y etc.). Puede que me equivoque, por supuesto, pero en todo caso disfrutemos del programa --o de partes del programa-- en tanto dure, que ojalá sea mucho.
Relacionados con este mismo tema, véase en este blog:
*"Defendamos Polònia" (25 de junio de 2007)
*"Galería de mujeres (32). Mireia Portas" (27 de febrero de 2008)
November 03 (c) La Vanguardia, Miguel Dalmau y Lali Badosa
La entrevista es un arte como otro cualquiera, y las hay malas y buenas, ridículas y sublimes. Recupero hoy esta vieja entrevista que le hicieron a Patricia Highsmith, cuya fecha ignoro pero que cabe situar hacia principios de los años noventa, posiblemente (la escritora falleció en 1995). Se publicó en el suplemento dominical de La Vanguardia. La escritora americana era poco comunicativa de por sí y nada amante de entrevistas. Si a eso se le suma un par de entrevistadores nada afortunados en sus preguntas, no es de extrañar que la entrevista sea bastante lamentable y que Highsmith se canse de ella y se largue por las buenas, como se verá. Compárese esta entrevista con la que puse aquí mismo el año pasado, la que Patrice Duvic le hizo a Keith Laumer --otro nada fácil de entrevistar--, y se verá la diferencia entre el entrevistador que no tiene mucha idea de qué preguntar y el que sí.
Entrevistadores: Miguel Dalmau y Lali Badosa. Publicada en los años 1990 en el dominical de La Vanguardia. Patricia Highsmith: Sí, me gustaba mucho Sherlock Holmes. Creo que leí todos sus libros cuando era pequeña. Son libros muy divertidos. Entrevistadores: ¿Cuál es la pregunta que todavía no le han hecho a Patricia Highsmith? PH: Bueno... así a quemarropa. No sé. Algo relacionado con mis pies, supongo. Nadie me ha preguntado nunca por mis pies. ¿Sabe qué número calzo? Un 41. No está mal para una mujer. E: Entonces, ¿cuál cree que es la preguna más adecuada para ganarse la confianza de un ser inquietante como usted? PH: ¡Dios mío! A partir de ahora una pregunta relacionada con mis pies. Se lo aseguro. E: Antes de acercarse a la escritora, suponindo que ello pueda separarse de la mujer, ¿cómo es Patricia Highsmith en la intimidad de su retiro europeo? Descríbanos a grandes rasgos un día en la vida de... PH: En realidasd, no hay el misterio que muchos suponen. Soy una mujer sencilla y solitaria. Escribo unas pocas horas al día. Empiezo alrededor de las once y sigo hasta que me canso. No trabajo nunca d enoche. Eso es una leyenda más propia de otros escritores. E: Todo el mundo le pregunta por sus gatos. Por lo tanto, no vamos a fatigarla. Pero alguien dijo una vez que la máxima prueba de ingenio era precisamente ponerle un nombre adecuado a un gato. ¿Le importaría darnos otra prueba de su ingenio? PH: Creo que tendré que darles dos, pues tengo dos gatos. Pero si se refieren al gato siamés, se llama Somyan. E: ¿Por qué un siamés? PH: Normalmente, es el más humano de los gatos, el más inteligente. En cierto modo, tiene algo de canino; sólo que es más exclusivista. No es fácil que pueda convivir con otro tipo de gatos ni con otros animales. E: ¿Por eso no tiene usted otros animales domésicos? PH: Sí, quizá sea por eso. E: Sin embargo, había criado caracoles. PH: ¡Ah! ¡Pero fue hace bastante tiempo! Aunque de vez en cuando, preparo un poco de tierra húmeda en un terrario y reúno a una docena de ellos. Una familia de caracoles. E: En cualquier caso, la afición viene de antiguo. ¿Su primer libro no se llamaba "The Snail Watcher"? PH: Exactamente no era un libro. Era un relato corto de unas ocho o nueve páginas que daba título a un conjunto de varias historias. E: Sabemos que además tiene aficiones bastante curiosas. PH: Cada vez menos; las tenía. Conservo en parte mi hobby por las plantas. Pero ya no construyo mesas, por ejemplo. E: ¿Cree que el trabajo intelectual necesita de esas horas complementarias, de una ocupación manual que deje el cerebro casi vacío? PH: Pienso que depende del intelectual. Particularmente, me hacía mucho bien. Aunque no puedo hablar de otros escritores. No estoy segura de poder hablar siquiera de otras personas. E: ¿Existen animales literarios puros? PH: Yo no, desde luego. E: Nos gustaría saber algo de su infancia texana. PH: No hay mucho que decir. Abandoné Texas a los seis años, y luego residí en Irlanda. E: ¿Contribuyeron sus padres al nacimiento de su carrera literaria? PH: Contribuyeron con la sangre, en la medida de la sangre. Pero nada más. En este sentido, nadie guió mis primeros pasos, nadie. E: De niña, usted tenía una pesadilla terrible... PH: ¿Una pesadilla? E: Sí, algo relacionado con el insomnio. PH: Es verdad. Pero no era una pesadilla, porque me sucedía estando despierta. Era miedo, el miedo a quedarme dormida. Yo pensaba que si me vencía el sueño, dejaría de respirar. Creía que la respiración era un acto consciente, algo que dependía de mi voluntad. Eso fue a los diez años. E: ¿Marcó esta experiencia su personalidad? PH: No, en absoluto. Todos los niños conocen sensaciones de este tipo. Es el lado horrible de la infancia. E: Hay otra historia en los primeros años de Patricia Highsmith, el robo de un libro. ¿No es cierto? PH: ¡Ah, sí! Yo tenía unos quince años. Era alumna de una escuela donde existía una buena biblioteca. Estaba fascinada por un libro de historia, un tomo ilustrado y grueso, muy caro. Creo que todas las chicas andaban detrás del volumen. Así que se me ocurrió robarlo. Pero no era fácil. Había que esconderlo bajo el abrigo, y cruzar disimuladamente una puerta flanqueada por dos guardianes. Al final, renuncié; pero decidí escribir un relato sobre este episodio. Y, no crea, mi estilo sencillo ya estaba allí. E: Esto nos sugiere la siguiente pregunta. La vocación de Agatha Christie, por ejemplo, nació una noche en que fue sorprendida en su dormitorio por un ladrón. Quizá sea una leyenda, pero Agatha se asustó tanto que decidió crear un detective como el inspector Poirot. En cambio, usted planea un robo ya desde el primer relato. ¿Es ése el origen de su aportación a la literatura, el estar de parte del ladrón? PH: No, de ninguna manera. yo nunca estuve ni he estado de parte del ladrón. E: Pero no negará que en el caso de Ripley usted resalta el lado fascinante del asesino... PH: De acuerdo. Pero Ripley es la excepción. Mi excepción. E: Cuéntenos un poco cómo nació su gran personje. Fue durante un viaje por Estados Unidos, ¿no? PH: A medias. En realidad, Ripley nació en Italia. Lo que sucede es que no supe escribir sobre él entonces. Al volver a América, todo aquello fue tomando cuerpo. Un día, viajando desde Nueva Inglaterra a Nuevo México, Ripley se me presentó de forma casi palpable. En menos de seis meses, el libro estaba concluido. E: Parece como si el propio Ripley le hubiera dictado el primer volumen de la serie... PH: No, no. E: Lo dictó usted. PH: Sí, es más correcto. E: Sigamos. Existe un notable parecido entre Los embajadores, de Henry James, y A pleno sol. De hecho, el encargo es el mismo: alguien de mediana edad y privilegiada posición envía a un sujeto para que rescate al hijo que se está "perdiendo" en Europa. Pero así como Lambert Strether sucumbe al hechizo europero durante buena parte de la historia, su Ripley va más allá, pasa de fascinado a fascinador, o mejor dicho, a participar en un juego de fascinaciones junto a Dickie, el hombre a quien tenía que "rescatar". ¿Cree que Ripley mata a Dickie antes de contaminarse por Europa, o porque ya ha sido contaminado por ella? PH: ¿Contaminarse? E: Sí, infectar; aunque no me gusta la palabra. PH: Bien, la relación de Ripley con Europa es muy particular. Se aburre. Luego, siente envidia. Le vence un sentimiento ambivalente hacia Dickie. Efectivamente, el argumento coincide con Los embajadores en este punto, en la naturaleza del encargo, en la evolución del emisario. E: En otra ocasión, si le parece, me encantaría hablar de James con usted, pero no vamos a abandonarlo del todo. En su libro Suspense se refiere a menudo a autores que se consideran tradicionalmente alejados del género: Flaubert, Balzac y otros grnades maestros. Detrás de las mejores novelas, detrás de Madame Bovary o un ciclo como La comedia humana, ¿hay en el fondo un gran libro de suspense? PH: Ante todo, debo decirle que el concepto "suspense" es un término comercial, algo vinculado a las editoriales o notas de dovulgación. No puedo imaginarlo como un estilo, pero sí como una actitud, o mejor aún, cierta tensión interna, cierto juego que otorga a cada libro un sabor específico. Ese sabor, desde luego, es común a las grandes novelas al margen de su argumento. E: Entre el primer Ripley, en buena parte inocente, y el último... ¿qué clase de evolución sufre el personaje? ¿Cómo ha ido cambiando a lo largo de la saga? PH: Pienso que se ha hecho un caballero. E: ¿Un caballero? ¿Lo dice en un sentido europeo? PH: Sí, un caballero a la manera europea. E: ¿No sufre también un desencanto? ¿Un desencanto consigo mismo? PH: No, no lo creo. A su modo, Ripley es un triunfador; quiero decir que triunfa en un tipo de empresas donde la mayoría de hombres fracasaría. Esto es algo que conocen bien algunos asesinos. E: ¿La evolución de Ripley refleja su propia evolución frente al continente europeo? ¿El cambio de actitud suyo hacia Europa? PH: No, no hay puntos en común. E: Sin embargo, y volviendo a James, existe una pérdida de inocencia cuando un alma --digamos pura-- entra en contacto con la decadencia europea. De hecho, Ripley sólo siente remordimientos tras su primer crimen. PH: Sí, es verdad. La única sensación de culpa en Ripley está relacionada con Dickie Greenleaf. Pero tiene su lógica. Son dos hombres jóvenes que, en algún sentido, son amigos. Si uno mata al otro, lo normal es que aparezcan esa clase de sentimientos. E: ¿Piensa que después del primer crimen, el asesino pierde su último reflejo moral? PH: Bueno, yo no sería tan categórica; pero lo que está claro es que algo se rompe, algo cambia irremediablemente. E: Quiero decir que si el resto de crímenes son más fáciles de cometer... PH: Por supuesto. Después del primero, los otros pueden perpetrarse con más facilidad. E: ¿Qué es lo que le atrae de las relaciones entre hombres? Ripley y Dickie, Bruno y Guy, Ripley y Murchison, etc. No es difícil ver en ellas algo de "homo sin sexualidad". hay algo latente que no acaba de... PH: Escuche, esto de la sexualidad me hace bastante gracia. No pienso que tenga nada que ver con las historias de Ripley, especialmente la primera. La sexualidad es como tomar té o café, ya me entiende. Si uno está casado, tendrá una vida sexual más o menos normal; si tiene una amante, le sucederá lo mismo en otro terreno. No sé. Me resulta difícil hablar de todo esto. Creo que en el caso de Ripley, las cosas ocurren en otra parte. Podríamos decir que lo importante sucede en un plano vertical. E: Si Ripley fuera una mujer... ¿necesitaría entonces del plano horizontal? ¿Acabarían sus relaciones en una homosexualidad activa, en el lesbianismo? PH: Extraña pregunta. La verdad es que no lo he pensado nunca. Será cuestión de empezar a imaginarme a Ripley como mujer. Sí, será divertido; pero a condición de que usted se imagine a Goethe también como una mujer. E: Hablando de mujeres, ¿es capaz la mente femenina de cometer un crimen a sangre fría? ¿O se lo impide su mayor respeto por la vidas? PH: El crimen es algo demasiado concreto. No es una cuestión de sensibilidad global. Las mujeres que cometen crímenes los cometen con la misma frialdad y facilidad que el peor hombre. Ahora mismo, recuerdo una serie de crímenes que asolaron Inglaterra a mediados de los sesenta. Parece increíble. Eran crímenes de jóvenes madres de familia, personas que mataban a sus hijos en un país desarrollado. Fue algo escalofriante. Algo que yo no hubiera concebido jamás para ninguno de mis libros. De modo que no creo que sea una cuestión de respeto. A veces pienso que las mujeres tienen menos respeto por la vida. Y sobre todo, menos fuerza. Algunas no cometen asesinatos sólo por una cuestón de fuerza, de brazos. E: Sin embargo, en sus libros de Ripley la mujer tiene un papel muy distinto a todo esto. Pienso en Heloïse, su esposa, un tipo de mujer muy convencional. ¿Su modelo de mujer es como Heloïse? PH: No, mi modelo no. Pero, en geneal, casi todas las mujeres son como Heloïse. Eso es lo que pienso. E: En tal caso, no carecen de fundamento las acusaciones de misoginia que pesan sobre usted. Además, escribió un libro de cuentos misóginos. PH: Sí, lo hice porque me apetecía. Quería reflejar ciertos tics, las manías de nuestro sexo, las debilidades. Pero no me hubiera atrevido jamás a introducirlas en El amigo americano, por ejemplo. De hecho, la mujer no me inspira tanto como el hombre para mis historias. Hay otra dirección, otra acción. No sé. Creo que la charla se está volviendo tortuosa, tenebrosa. E: No lo dudo. Usted es una experta en la materia. (El entrevistador le entrega un cuestionario en español para que lo responda.) PH: ¿El humor moderno? Me parece fantástico. Sí, algo grande. E: Perdone, yo no hablaba del humor moderno, sino del hombre moderno. PH: ¡Oh! ¿Por qué ha tenido que estropearlo todo? E: Bueno, hable de lo que quiera. PH: No, no puedo. No puedo responde a todas estas preguntas con una sola palabra. Ya sé que es un test de asociación, pero no es fácil. PH: Escoja una cualquiera. PH: Imposible. Todas son importantes. Necesitaría mucho tiempo para hablar de ellas. E: Bien, yo escogeré la más fácil. Háblenos de la pena de murte. PH: ¿Usted cree que es la más fácil? Supongamos que sí. Yo soy totalmente contraria a la pena de muerte. Es aberrante. or lo demás, hay matices. Un crimen pasional no suele repetirlo la misma persona, pero sí el crimen del psicópata. No puede haber el mismo castigo en ambos casos. E: ¿Cree usted que existe algún crimen justificable? PH: Bueno, tampoco he querido decir eso. No, no creo que haya ningún crimen justificable. Ni por amor, ni por celos ni por nada. E: ¿Qué relación hay entre los crímenes de Ripley, los famosos crímenes de sus libros, y los de El extranjero o Las cavas del Vaticano? PH: Nada, ninguna. Yo no entiendo esa clase de crímenes. Pertenecen a un periodo concreto, algo lejano. Hay algo dadá en todo este asunto. No entiendo sus móviles, su falta de móviles. E: Quizá el móvil sea menos sórdido, menos trivial Quizá sea más eistencialista. Detrás de cada crimen gratuito palpita un corazón existencialista. PH: Puede ser. Pero no me interesa. No comprendo los asesinatos al estilo de El extranjero: ese libro de Camus, creo. E: Sí, me temo que es de Camus. PH: No, no me interesa. E: Entonces, ¿en su opinión no es posible el "neco, ergo Sum"? PH: ¿Cómo? E: "Mato, luego existo", si me lo permite. PH: No, para mí no. El crimen no es una forma de saborear la vida, como usted está sugiriendo. No, no es una forma de paladear la vida que se va. E: Pero si alguien provoca una muerte, conoce la medida de la vida... PH: De acuerdo, pero eso no tiene nada que ver conmigo. E: Está claro que su gente mata por otros motivos. PH: Sí. E: ¿Podemos decir que asesinan por una erótica del crimen? ¿Por una energía del tipo sexual decantada hacia el mal y la destrucción? PH: Tampoco me convence. Quizá no sea tan complicado. Quizá sólo maten por dinero o cosas así. E: El hecho de hacer agradable a un criminal... ¿no es un mecanismo de antiangustia, una forma de ahuyentar los propios fantasmas? PH: No, en absoluto. Yo nunca tuve instintos asesinos. No necesito exorcismos. E: Quizá usted no, pero a lo mejor es una forma sutil de decirnos que nadie está a salvo, que todos podemos cometer un asesinato. PH: Eso desde luego. Todos podemos cometer un crimen en un momento determinado. E: ¿Por qué cree que sus compatriotas los cometen con esa cara engañosa y ambigua, con esa sonrisa de los retratos de Diane Arbus? PH: No sé de quién me habla. E: Sí. la fotógrafa de Vogue o Harper´s Bazaar. Algunos creen que fue la mejor retratista americana de los sesenta. PH: ¿Mató al alguien? E: ¡Oh, no! Se suicidó. PH: Bueno, me figuro que fue una decisión bien estudiada. Tendría que ver esas fotos de las que me habla. E: Una última pregunta: ¿cuál es el último mandamiento que nos queda? PH: Imposible, yo no puedo saber eso. Creo que además no quiero saber eso. Me voy. (fin de la entrevista)
November 01 (c) 2008 by J.C. Planells Empezaremos contando los hechos, y luego ya veremos cómo acaba la cosa. Los hechos son los siguientes: Aisha Ibrahim Duhulow, una chica somalí de 13 años, fue violada por tres individuos. Cuando acudió a denunciar la violación ante las autoridades de la caótica ciudad de Kismayu, éstas la detuvieron y la acusaron de adulterio. Aplicándole lo que la ley islámica prevé para tales casos, fue condenada a morir lapidada, lo cual ocurrió el lunes pasado, 27 de octubre, en un estadio de la propia ciudad de Kismayu, y así Aisha fue lapidada hasta la muerte por 50 personas y ante unos mil testigos que se miraron el hecho, contentos y tranquilos. Nadie ha sido detenido, ni los violadores, ni quienes la acusaron de adulterio, ni los 50 lapidadores ni los mil testigos. En los primeros momentos se difundió que la chica tenía 23 años, quizá porque aparentaba más de los 13 que tenía, quizá para que su lapidación escandalizara menos a quienes se escandalizan de estos hechos. Su padre ha confirmado que tenía 13. Estos son los hechos. Yo tenía previsto celebrar el 40 capítulo de esta serie publicando el texto que tengo escrito sobre Juana de Arco desde hace casi dos años, texto que ya tuvo que ceder su sitio hace año y medio, aproximadamente, debido a una noticia casi igual a ésta (no tengo ganas de dar el dato exacto, si usted quiere perder el tiempo buscándolo, hágalo; a mí tanta muerte ya me da náuseas). Pero, habiendo conocido hoy esta otra muerte, he decidido que Aisha ocupe el capítulo 40 y relegar por segunda vez a Juana de Arco a un futuro, y no me extrañará nada que, cuando decida publicarlo, otra salvajada como la presente lo impida: los muertos de hoy exigen nuestra atención más que los de ayer, porque el ayer ya no podemos remediarlo, y el hoy a lo mejor tiene algún remedio, si bien yo lo dudo mucho. Dicho esto, me siento sin fuerzas para comentar nada respecto a esta noticia, que creo se comenta sola. Si dijera lo que me pasa por la cabeza, es decir, mi deseo de que los violadores, los que la detuvieron, los 50 lapidadores y los mil testigos sufrieran una enfermedad que les tenga décadas postrados en la cama con atroces sufrimientos, hasta que se mueran podridos por dentro y vomitando sangre, tendría que soportar que alguien dijera que soy un intolerante. Así que no lo diré. Lo pensaré, pero no lo diré. Podría decir también que maldigo esa puta ley islámica que condena a niñas de 13 años víctimas de violación a ser lapidadas por adúlteras (que estuviera casada o no, me da igual), pero como saldrá el espabilado de turno diciendo que soy un impío, pues no lo digo, pero puede que lo piense. Así que mejor me callo, porque noticias como ésta me hacen perder el juicio. Prefiero pensar en Aisha, adolescente de 13 años como cualquier otra de cualquier país, y prefiero no imaginar lo que le debió pasar por la cabeza mientras le llovían las piedras sobre las manos, la espalda, la cara, el cuerpo entero, hasta destrozárselo y partírselo y morir hecha un guiñapo. Hala, que tengan un feliz día de Difuntos, entre los que se cuenta ya Aisha.
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