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    November 24

    EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ, de Ronald Neame: Cine bélico británico

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Ya dediqué unas líneas a esta película hace tiempo, dentro de un comentario general sobre ediciones en DVD de Sogemedia/Globalvisión, pero me apetece hablar algo más extensamente de ella, pues es un film muy agradable, muy bien realizado y que goza de buena reputación entre quienes lo recuerdan o lo han vuelto a ver. (Por cierto: existe una edición en zona 1 en un disco que ofrece en una cara la versión en formato widescreen y en la otra en pantalla llena, así como versión original subtitulada en español. La editada en España viene con formato adaptado.)
    Se trata de un film de género bélico, un género que no goza precisamente de mis preferencias, sino todo lo contrario. Ahora bien, el cine bélico británico presenta algunas diferencias respecto al producido por la industria hollywoodiense. Este último suele centrarse en importantes (o menos importantes) batallas, en escenarios bélicos concretos de Europa o Asia, navales o terrestres; es decir, ofrece películas de soldados revolcándose en trincheras o por el lodo, metidos en submarinos, a bordo de barcos cañoneros o invadiendo algún lugar ocupado por nazis o japoneses. Hay excepciones, naturalmente, pero así es el grueso de la producción americana de cine bélico. Dejo aparte las películas ambientadas en campos de concentración porque suelen pertenecer más bien al cine de aventuras (La gran evasión) o incluso de intriga (Traidor en el infierno). En general, pues, el cine americano de guerra me desagrada hasta lo indecible, por muy artísticas o notables que sean los films de turno (los firme Fuller, Mann o Dmytryk, mi desagrado ante lo que veo en pantalla es el mismo).
    El cine británico de género bélico, por el contrario, presenta algunas diferencias. Suele estar menos centrado en batallas y hazañas bélicas varias, y más en el curso estratégico de la guerra, o en la vida de las personas --en general, militares-- afectados por el conflicto bélico. También, es lógico, hay excepciones, pero ése es el estilo general del cine bélico británico. Por citar un par de ejemplos bien conocidos, La batalla de Inglaterra, de Guy Hamilton, es más una exaltación de la resistencia británica a los bombardeos nazis que a las batallas aéreas que se libraron en aquella etapa decisiva; y ¡Hundid el Bismark!, de Lewis Gilbert, centra casi toda su atención en la sala de mando estratégico británico, en vez de en el barco de guerra alemán, con lo cual más que una película de guerra en el mar es una lucha de inteligencias. El cine británico incluso se permitió realizar un film sobre un héroe de guerra alemán, El único evadido, de Roy Ward Baker, algo que solía hacer el cine alemán durante los años cincuenta (vale, los americanos realizaron un film sobre el general Rommel, pero como fue "ordenado" morirse por Hitler, quizá no cuenta en el mismo sentido que el film de Roy Baker, puesto que Rommel representaba a la parte militar opuesta al camarada Führer). Y hay otras rarezas por el estilo en la producción británica (Bajo diez banderas, de Duilio Coletti, por ejemplo), pero lo dejamos aquí para no alargar la lista.
    El film de Neame que nos ocupa, realizado en 1956, cuenta un hecho histórico, aunque se afirma al principio que algunos detalles y nombres han sido modificados para no perjudicar a las personas aún vivas cuando se rodó, y mantener la debida discreción. Sea más o menos cierto lo que se cuenta, tiene gran interés por sí mismo. Repasemos la historia rápidamente. El mando estratégico británico prepara la invasión aliada de Sicilia, pero buscan una manera de desorientar a los nazis haciéndoles creer que no van a desembarcar en Sicilia, sino en otro lugar del Mediterráneo. El comandante Montagu (Clifton Webb) y su ayudante George (Robert Flemyng) trazan un plan bastante arriesgado y lo someten a la aprobación del gobierno. Tras no pocas dudas, se acepta el plan. Éste consiste en abandonar en costas españolas --de Huelva, concretamente-- un cadáver británico portando documentación y papeles --falsos, pero "autentificados"-- según los cuales la invasión aliada tendrá lugar en Grecia. Como en Huelva hay una base del Tercer Reich, además de un viceconsulado británico, confían en que los papeles lleguen a conocimientos de los nazis, los crean auténticos, y en consecuencia desvíen sus fuerzas hacia Grecia, dejando Sicilia más desprotegida. Evidentemente, el plan supone, primero, hallar un "cadáver" conveniente cuya muerte en "accidente" no despierte sospechas entre los alemanes, dotarle de una identidad y una historia falsas, llenarle de carnets, cartas y fotografías de una "novia", etc., además de los supuestos planes del almirantazgo sobre la invasión. Una vez que el plan se ha puesto en marcha y los alemanes tenido conocimiento de los documentos amañados, tiene lugar una segunda situación de peligro: los nazis, que lo ven demasiado "bonito" --hay una curiosa escena en que un general alemán desdeña olímpicamente la credulidad de Hitler sobre los documentos hallados en el cadáver, diciendo que el Führer confía demasiado en su "intuición", en tanto que él prefiere confiar en la inteligencia--, deciden averiguar si ese cadáver corresponde a la persona que parece ser o si se trata de un impostor. Y así envían a Londres a un irlandés al servicio del espionaje nazi (personaje que interpreta un notable Stephen Boyd, por entonces en los inicios de su carrera). El detalle es interesante, porque se ha comentado muy poco que hubo irlandeses que se pusieron al servicio de los nazis no por afinidad hacia su ideología, sino por odio a los británicos (el enemigo de mi enemigo es mi amigo, por decirlo así). Este espía, pues, se instala en una pequeña pensión y empieza a hacer averiguaciones en los lugares que los papeles hallados en el cadáver indica frecuentaba, clubs de los cuales era socio o bancos en los que tenía cuenta, y eso incluye una visita a la supuesta "novia" del hombre inexistente; evidentemente, muy pronto sus preguntas llaman la atención de alguno de los implicados en el engaño y se avisa al comandante Montagu.
    Así pues, el film consta de varias partes: encontrar un plan para engañar a los nazis; conseguir se apruebe lo antes posible ante la inminente invasión de Sicilia; hallar un cadáver con unas características concretas y que haya fallecido de una manera que impida a los nazis sospechar engaño alguno cuando lo encuentren flotando en el mar (lo que además supone obtener permiso de sus familiares, que no recuperarán nunca el cuerpo...); confiar en que el cadáver llegue a la playa de Huelva, los alemanes pongan sus manos en los documentos "secretos", y se los crean; resolver el inesperado problema creado por el espía al servicio de los alemanes llegado a Londres para comprobar los datos del cadáver aparecido en la playa de Huelva: ¿le dejan hacer? ¿o le capturan? Según lo que decidan, el plan puede irse al traste inmediatamente y los alemanes sabrán entonces que todo era un engaño, con lo que la invasión de Sicilia peligrará.
    En este punto tiene lugar una de las grandes escenas de esta película, de esas que difícilmente se olvidan. El espía visita a la "novia" del británico para comprobar su existencia y si realmente es su novia. El piso de la supuesta novia lo comparten dos chicas: Pam (Josephine Griffin), que es la secretaria del comandante Montagu, y una amiga suya, Lucy (Gloria Grahame), novia de un aviador llamado Joe. La carta la escribió a mano Pam, a solicitud de Montagu, pero siendo incapaz de encontrar un texto convincente, fue Lucy quien se lo dictó, pensando más en su relación con Joe que no en el supuesto "trabajo" de Pam. Aquí conviene indicar que la aparentemente trivial escena en que aparecen por primera vez las dos chicas juntas en el piso de Pam tiene mucha importancia en este final de la película: Lucy manifiesta que aunque sale con aviadores, no quiere enamorarse de ninguno de ellos porque pueden morir en cualquier acción bélica, y se presenta ante Pam como "una frívola", al tiempo que la anima a buscarse novio en lugar de pasarse la vida "salvando el país". Pero la propia Lucy acaba contraviniendo sus consejos y reglas, enamorándose finalmente de Joe, algo ya perceptible cuando es Lucy quien le dicta una emotiva carta a Pam destinada a "William Martin", el nombre inventado para el cadáver que se abandonará en las costas españolas. Así, cuando se presenta el espía en el piso de las chicas, Pam está sola en él y adivina enseguida que el joven es un espía al servicio de los nazis, pues nadie se presentaría como "amigo" de juventud de alguien que no existe. Pero antes de que las preguntas del espía se vuelvan demasiado comprometidas para Pam, llega Lucy (cuya foto fue usada precisamente como supuesta "novia" del cadáver), y Lucy acaba de ser informada de la muerte de su novio Joe en combate. Llega destrozada moralmente y no repara siquiera en el hombre que ha llegado de visita, que la pregunta por "William Martin". Lucy, desorientada, confusa y destrozada, empieza a soltar un amargo y desolador monólogo sobre el dolor de perder a un ser querido. Pam queda desconcertada, porque ignora la muerte de Jose, y el espía contempla con respeto el dolor de la muchacha y sus amargas palabras, que atribuye a la muerte del cuerpo hallado en las playa de Huelva. Convencido, pues, de que la identidad de "William Martin" no es un engaño de los británicos, se retira discretamente de escena. Lo poco que queda de película se limita a un breve suspense sobre si hay que detener o no al espía, que por su parte ha trazado un plan poniéndose como cebo: si lo detienen, significa que "William Martin" era un engaño. Al fin, deciden dejarle partir de Londres tranquilamente.
    El film, como queda indicado, está magníficamente realizado, mantiene un ritmo constante y contiene algunas escenas verdaderamente notables. A la ya descrita de la visita del espía al apartamento de las chicas, y el grado de tensión que se obtiene entre una Pam que teme todo se descubra en cuanto Lucy, que ignora el joven es un espía, rompe a hablar sobre la muerte de su verdadero novio, debe mencionarse asimismo la de Montagu y George en la morgue mientras visten el cadáver que han conseguido: una escena larga, que transcurre mientras Londres está siendo bombardeada por los alemanes, en la que la frialdad del hecho --vestir un cadáver-- se mezcla con los ademanes típicos de funcionario militar pero dotados a la vez de un evidente respeto hacia el muerto que va a jugar un papel decisivo en el conflicto bélico. En esta escena impresiona la actuación de un Clifton Webb memorable, sus gestos, sus miradas, sus palabras pidiendo las diversas prendas con que se viste al cadáver, la expresión de su rostro cuando el bombardeo arrecia... Es destacable igualmente la escena en que Montagu solicita el permiso del padre de un fallecido a fin de que sea su cadáver el que se use como "William Martin": en una habitación de hospital, el cadáver está en primer término, ocupando toda la pantalla, mientras el padre está a la izquierda y Montagu, respetuosamente, a la derecha, alejado del padre.
    Se trata, en suma, un film muy agradable, digno de recordar, y que extrae de manera notable todas las posibilidades de la historia merced a una inspirada realización y a brillantes momentos interpretativos.
     
     
    November 21

    RISTO MEJIDE Y SU "G-20"


    (c) 2009 by J. C. Planells
     
     

    Tras varias semanas de contemplar en diversas ocasiones el programa "G-20" de Tele 5, presentado por Risto mejide, está claro lo que en realidad es este pequeño espacio (que a veces es un simple "G-15" por razones de horario de la cadena gran hermana): se trata de un descendiente algo mal nacido (en el sentido de que es defectuoso) de aquel "El informal" que ofrecía la misma cadena y a la misma hora hace unos años, presentado por el insoportable Javier Capitán, el gracioso (que no cómico) Florentino Pérez y --en sus últimos tiempos-- la hoy enemiga pública número 1 de Tele 5, Patricia Conde.
    Situemos al personaje que hace como de presentador --en un cierto segundo plano-- de dicho programa, Risto Mejide, un profesional del mundo de la publicidad --sin duda un muy buen profesional en ese campo--. Alguien reveló no hace mucho que Risto Mejide se ha creado un "personaje" ante la opinión pública desde que empezó a "ejercer" de famoso, casi al mismo tiempo que se ha sabido también que Paris Hilton creó el suyo en su día: en el caso de Paris Hilton, el de una tonta pija rica que habla con voz de pito, papel que borda a la perfección. En el caso de Mejide, el de crítico respondón, faltón, altanero, sobrado, grosero y lleno de suficiencia. Ambos, en sus vidas privadas, son muy distintos, pero "se deben a su público", como cualquier otra estrella del cine o la música.
    Mejide --eternamente parapetado tras unas gafas oscuras incluso de noche, como si fueran el antifaz de El Coyote-- se dio a conocer hace unos años en el programa concurso "Operación Triunfo", también de Tele 5 (su cadena amiga), donde ejercía de cruel jurado que descalificaba y zahería a los concursantes un tanto a capricho con su lenguaje hiriente, mordaz bordeando el insulto y, en la última edición, decididamente grosero, faltón y barriobajero (una vez condescendió a pedir perdón a un concursante tras aludir a algunas características físicas suyas). Teniendo en cuenta que el personal del concurso eran chavalotes algo despistados e ingenuos, punzarles de la forma tan refinadamente sádica en que lo hacía le retrataba perfectamente. El público, cómo no, jaleaba sus intervenciones (y las más de las veces se cagaba en él, que para eso eran chavalotes igualmente jóvenes). Asimismo, Mejide inició en esa última edición un sainete de fuga en do mayor, con acusaciones contra la cadena y los productores del programa, y representando perfectamente su papel de Pepito Grillo del siglo XXI.
    Como recompensa, Don Paolo Vasile, padrino de Tele 5, decidió hacerle amo y señor (?) de un programa propio, este "G-20", donde elabora más o menos diariamente --según el capricho de la programación de la cadena gran hermana, y los días en que no se emite nadie lo echa de menos-- una lista de 20 individuos e individuas algo impresentables en razón de sus faltas y pecados cometidos, aderezado además con otros vídeos que no vienen muy a cuento pero rellenan y crean mal rollo. El buen Risto se incluyó en la lista las dos primeras semanas para que veamos lo guay y sin prejuicios que es. En esa lista tiene ahora ocasión de meterse con todo Dios que habite en España y Olé (en lugar de los inofensivos muchachos y remilgonas chicuelas del concurso que le reveló): políticos de todos los colores, religiosos, banqueros, deportistas, famosetes de medio pelo, comunicadores, y, para que no se diga, gente de su propia cadena, como para dejar claro (?) que a él no le calla nadie ni teme a persona alguna. A propósito de esto, montó un circo tremendo durante unos días en torno a Ana Rosa "Qué será lo que tiene el negro" Quintana, y amenazó con desaparecer del programa, porque él era libre (como Nino Bravo en su canción).
    Es realmente difícil tomarse en serio a Risto Mejide y al programa: no hay crítica, de hecho, es simple vocinglero, una especie de jaleo de taberna pero sin alcohol. Puede que, en realidad, ni él pretenda que nos lo tomemos en serio. La credibilidad, en este mundo, hay que ganársela con una trayectoria ascendente, día a día, cometiendo errores --que somos humanos--, pero la de Risto es muy extraña: darse a conocer como despiadado fustigador y amo del sarcasmo contra ilusionados aspirantes a cantantes en un concurso no es como para tener mucha credibilidad. Como espectadores de su "G-20" tiene a la chavalería --se ofrece en directo, como ocurría con "El informal"--, dispuesta a jalearle cuanto sea preciso (probablemente siguiendo órdenes del regidor), arreciendo el jaleo cuando Mejide, sentado (hundido casi, a veces) en su poltrona, condesciende a dar su parecer sobre alguno de los 20 nombres de la lista (tres, como mucho, de media) y echarle el esperado rapapolvo. Para ello empieza hablando lento y bajito, como si se dirigiera a veces al propio sujeto, luego va subiendo el tono y acaba con un agudo sostenido y rápido, acompañado de un gesto "audaz" de la mano. Bueno, es una estrategia como cualquier otra. No vamos a negar que bastantes de las críticas que se hacen en el programa (elaboradas, es evidente, por un equipo de redactores y guionistas que consiguen un espantoso megamix entre el antiguo "El informal" y el no menos antiguo "Aquí hay tomate") son acertadas, lo mismo que el divulgar las estupideces que cometen tanto políticos como famosetes. Nadie discute eso: una estupidez o una acción reprobable o indigna cometida por un famosete o un político lo es la denuncie quien la denuncie, tanto si es el programa de Risto, un periódico o una revista de información general. Lo que pasa es que la... ¿crítica? (es dudoso llamarla así, pero lo hago por comodidad) que efectúa "G-20" no tiene credibilidad por venir de donde viene y por cómo viene. Risto Mejide no es ni de lejos un satírico como El Gran Wyoming, o el programa "Estas no son las noticias" que presentaba Quequé (programa indignamente defenestrado por Cuatro, cadena que, como dije no hace mucho, es una Tele 5 con pretensiones): Mejide es simplemente... un Jaimito, un niño rebelde, un chaval que juega a ser el malo de la familia... y en el fondo, como suele pasar con los niños rebeldes, es el más querido (por Don Paolo, el padrino). Alguien como Risto Mejide sólo puede trabajar en una cadena tan mendaz como aquella con la que se puede construir una bonita rima, que, traducida al inglés, sería algo así como "your ass my cock has". Y que conste que el mérito de calificar a Mejide de "Jaimito" no me corresponde a mí, sino al abuelo Monegal.
    Para perplejidad de todos, cuando se decidió a montar un "duro enfrentamiento" en su programa, no fue contra algunas de las personas objeto de sus más acerbas críticas con cierta regularidad (Curry Valenzuela, Jiménez Losantos, Esperanza Aguirre, Carme Chacón, Rouco "Sifredi" Varela, Joan Laporta), sino... con el club de fans del grupo Tokio Hotel, grupo al que había dado caña de la buena y fans de los que se había carcajeado. Todo esto, inevitablemente, sonaba a sospechoso: ¿sacaba disco el mencionado grupo? (Desconozco ese dato.) ¿Era una manera de hacer promoción? (A la semana siguiente, ganaban un premio internacional de música.)Naturalmente, los chavales del club de fans estaban la mar de felices por aparecer en el programa jaleando a sus ídolos y denostando a Risto, y Risto más encantado aún de plantar cara, como un hombre de verdad, temerario, audaz e intrépido... a chavalitos y chavalitas con sus posters de Tokio Hotel en ristre. ¿Qué seriedad crítica puede tener un programa que hace semejante memez? ¿Qué fiabilidad puede tener un denunciador de injusticias que planta cara a adolescentes y fans de cantantes?
    Pero ya se sabe: todo en la vida es susceptible de empeorar, y el programa "G-20" se ha reconvertido en una inesperada arma de destrucción masiva para proseguir la guerra sin piedad abierta entre Tele 5 y La Sexta. ¿La excusa? Un artículo publicado hace meses en una revista "de esas que los hombres leen en el lavabo" --según Risto-- donde aparecía un relato de ficción firmado por Ángel Martín, el presentador de "Sé lo que hicisteis" en La Sexta, en el que narraba un viaje a un pueblo imaginario llamado Babia. Así, con esta endeble excusa, Risto Mejide, vasallo fiel en el fondo de Don Paolo Vasile ("Procurad que parezca un accidente"), lanzó un duro ataque contra Ángel Martín, amparándose en la ira de los habitantes de la comarca leonesa de Babia (pues, en efecto, aunque no exista ningún pueblo en España llamado Babia, sí existe una comarca en León llamada Babia). El ataque duró algunos programas, alegando Risto que Ángel Martín --al que dedicó las habituales descalificaciones groseras y maleducadas propias de su hacer, entrando de lleno en el insulto-- no había pedido perdón a los habitantes de la comarca de Babia y había ofrecido unas excusas que no eran de recibo. Para ello, Risto Mejide montó un teatro digno de Calderón de la Barca (ya dije que como hombre del mundo de la publicidad es un gran profesional). Nadie duda de que quien más disfrutó con esto fue Don Paolo, viendo puesto a caldo por las gentes de la comarca de Babia a su enemigo número 1 y dando palio a Risto para que se empleara a fondo. En efecto, en el programa se vieron varios vídeos con gente de todas edades y sexo de dicha comarca, hablando sobre el tema y mostrando algunos de ellos un innegable y feroz odio hacia Ángel Martín (y si algún día le ocurre algún "accidente" o aparece linchado, la culpa será de Vasile y su vasallo).
    Y es que hay algo peor que mentir: manipular la verdad para que parezca lo que no es. En este caso, el relato de ficción de Ángel Martín fue manipulado por el equipo del programa para que pareciera lo que no era. Explicado para que se entienda: un relato de ficción sobre un pueblo inexistente fue presentado muy hábilmente ante la audiencia del programa como un deliberado ataque imperdonable, una ofensa gravísima, contra todos los habitantes de la comarca leonesa de Babia. Digamos, antes de proseguir, que a mí el mencionado relato de Ángel Martín me parece una majadería sin gracia: como ficción es una chorradita y como muestra de humor es de una vulgaridad tremenda; asimismo, como texto participante de una broma iniciada años ha por otra persona (Joaquín Arozamena, si no yerro, que fue quien creó ese pueblo ficticio de Babia y se trajo a otra gente para colaborar en ello en la revista de marras), tampoco le encuentro gracia. Esta clase de bromas entre amiguetes debo confesar que no las entiendo, o no las pillo, pues sólo suelen ser divertidas para los propios participantes, no para quienes, ajenos al caso, las leen (o las sufren). Sentado esto, sentada la nula calidad del texto de ficción pergeñado por Ángel Martín, dejemos igualmente en claro que es comprensible la indignación de buena fe de los habitantes de la comarca de Babia, que no están para esa clase de florituras pseudograciosas, y que no tenían por qué saber --en principio-- que se trataba de una ficción y no de un reportaje y mucho menos de una ofensa deliberada o una broma de mal gusto. Así, aprovechando la oportunidad de cargar contra el enemigo público numero 1 de Tele 5, y partiendo de un malentendido, Risto Mejide se encargó de encender el fuego y atizarlo a fondo para que no se apagara, enmarañando al máximo el asunto, manipulando las explicaciones de Angel Martín (no interesaba divulgar la verdad, sino manipularla para desacreditar al feroz crítico de Tele 5, y no cuesta nada imaginar la felicidad de Don Paolo ante lo ocurrido), y manipulando asimismo con todo cinismo a la buena gente de la comarca de Babia y su indignación y rechazo ante lo ellos malentendieron; todo este asunto me recuerda de nuevo lo que dijo una chica de 15 años que trabajó conmigo en un despacho a principios de los años ochenta:  "Es que los tienen cuadrados". En efecto, Risto y Don Paolo los tienen cuadrados.
    Por supuesto, Risto Mejide liquidó (o eso parece) finalmente la polémica diciendo que él era simplemente el transmisor de la indignación de los habitantes de la comarca de Babia. Puede ser, pero es un transmisor defectuoso. Aunque el problema, como digo, no es tanto la indignación de las gentes de esa comarca (que tomaron como cierto lo que era ficción), que creyeron que la Babia del texto era su comarca o una alusión al pueblo en el que vivían, o que --eso me parece mucho más comprensible, mucho más humano-- se molestaron al ver el nombre de su comarca usado para un cuento chusco y sin gracia; el problema, repito, no es ese, sino la guerra sucia entre cadenas. Y las cosas han llegado aún mucho más lejos: el domingo pasado, Mejide se las apañó muy hábilmente para lanzar una grosera pullita contra todas las presentadoras de La Sexta comparándolas sin gran disimulo con unas prostitutas que invaden los alrededores de unos pueblos de Cuenca (dijo más o menos que como veía tanto La Sexta últimamente ya no distinguía las putas de la gente normal). Como se suele decir, en el amor y en la guerra todo vale. ¿Todo? ¿La grosería, la zafiedad, el insulto, la manipulación de la verdad, el aprovecharse de la buena fe de las personas, el pitorreo con la chavalería inocente, todo eso vale? Pues sí, en Tele 5, sí vale. Y con ello queda claro que el personaje de ficción que se ha creado el señor Risto Mejide no tiene nada que envidiar a personas como Jorge Javier Vázquez, Lidia Lozano, Karmele Marchante, Kiko de Gran Hermano, Pipi Estrada y todo el resto de presuntas personas seudo humanas que pululan por esa denostada cadena: está en su elemento, haciendo de "niño rebelde" y protestón de la familia.
    Todo esto, algún día lo pagaremos muy caro.

    November 18

    EL ADEPTO DE LA REINA, de Rodolfo Martínez

     
    (c) 2009 by J.C. Planells

     

    De publicarse en Estados Unidos, donde tan aficionados son a poner "praises" (frases elogiosas escritas por autores con nombre solvente o criticos afamados, que cobran por hacerlo), seguramente le habría correspondido algo parecido a "El adepto de la reina aúna el rigor científico de Larry Niven con la trepidante acción de James Bond", o cualquier variante por el estilo. Como en España no perdemos (aún) el tiempo poniendo estas chorraditas en la portada o la publicidad del libro cuando de autores nacionales se trata, podemos enfocar la novela de turno sin prejuicios. Los prejuicios ya llegan por sí solos, por supuesto, cuando se trata de una novela de ciencia ficción o fantasía de autor español (como si las procedentes de Estados Unidos fueran todas una maravilla...). En todo caso, Rodolfo Martínez, con una amplia obra publicada en poco más de diez años (su primera novela apareció en 1996), y diversos premios en su haber, no necesitaría presentación, ni mucho menos "praises", para acompañar esta o cualquier otra obra que saque a la luz. Lo que ocurre es que El adepto de la reina sorprende ya en su arranque, con una escena clavada a la inicial de la versión cinematográfica de James Bond contra Goldfinger, el tercer film rodado sobre novelas de Ian Fleming protagonizadas por James Bond (escena que no existe en la novela original). En todo caso, Martínez se ha curado en salud poniendo como cita una frase de otra versión cinematográfica de James Bond. Pues, en efecto, El adepto de la reina es, en apariencia, una novela de espías a lo James Bond (más del cinematográfico que del literario, aunque también de este último), que a muchos lectores les hará añorar los tiempos en que menudeaban esta clase de novelas (o películas), sobre la guerra fría, los dos bloques, las luchas de espías, y todo aquello que, más o menos, el tiempo se llevó para sustituirlo por situaciones y enfrentamientos probablemente mucho peores que aquellos, aunque ciertos periodistas digan lo contrario.
    Sin embargo, esto es sólo el fondo, lo que reviste la novela, pues el mundo donde transcurre la historia no es el nuestro (aunque se le parece mucho), y aquí es donde empieza un juego que en realidad no termina, pues está claro que esta novela no es más que la primera entrega de una serie o quizá de una trilogía: son demasiados los misterios que se van planteando conforme avanza la acción, sin que ninguno se aclare al final, lo cual deja al lector con una notable sensación de frustración. Claro que también se podría decir que es el propio lector el que se monta el misterio por su cuenta, siguiendo las imbricaciones argumentales y de fondo que van jalonando la historia. Pues ocurre que El adepto de la reina es una novela que, por decirlo así, parece variar de género conforme avanza: de novela de espías, a posible ucronía, de esto a quizá novela en mundos alternos, para acaso derivar en ciberpunk sin que nos demos cuenta... o a juego de rol. Al final de la obra, como digo, nada se resuelve, solo el problema concreto al que se han de enfrentar los personajes.
    A lo mejor muchos verán esto como un defecto; los lectores que lo quieren todo mascado y resuelto puede que se sientan molestos al ver que nada sabemos sobre la realidad --cuestionada a media novela-- del mundo en que transcurre la acción. Puede que no sea mala idea por parte del autor, porque permite que el lector cavile un poco, y terminada la lectura especule sobre lo que ha leído (si bien, al tratarse de una novela de pura acción, pueda parecer un poco fuera de lugar).
    Sin duda el propósito de Rodolfo Martínez era construir una novela a lo James Bond --para lo que recurre a su propia versión de Q, de M e incluso de Felix Leiter, los personajes creados por Fleming-- con toques de ciencia ficción (a la postre, lo más interesante de la obra: los mensajeros, los carneútiles, cuyo significado se va comprendiendo conforme avanza la historia); en suma, un producto claramente comercial, lo cual no es malo de por sí, sólo cuando críticos duros, crueles y severos --que no suelen bañarse ni los domingos-- lo consideran así y castigan al autor con "el látigo de la vergüenza desde el balcón de la indiferencia" ((c) by Pep Manubens). Martínez ha demostrado su habilidad anteriormente en relatos donde la acción se combina con la introspección (La sonrisa del gato, El sueño del rey rojo) y donde a veces un personaje anda buscando su identidad o la razón o verdad de su existencia (descubrirse a sí mismo, en otras palabras), como ocurre en El adepto de la reina. Y hablando de personajes, sorprende la frialdad que desprenden varios de ellos, empezando por su protagonista, Brandan, o la vaga indiferencia que nos causan incluso los aparentemente más humanizados (Yoranna). No deja de ser curioso que sean algunos de los carneútiles --entes no humanos al servicio de los habitantes del planeta-- quienes quizá despierten mayor empatía en el lector. En todo caso, en este aspecto la novela recoge un poco el espíritu original de Ian Fleming, un autor algunos de cuyos personajes no siempre despertaban la simpatía o el interés del lector, a causa de su frialdad o de cierto distanciamiento (el mundo de los espías es frío y deshumanizado, ya se sabe). En todo caso, debe quedar claro que no estamos ante un "pastiche" (o sea, una imitación exacta del estilo de Fleming), pues en lo demás Martínez y el creador de James Bond difieren notablemente: Fleming era muy detallista (hasta bordear el aburrimiento) en sus novelas, y Rodolfo Martínez es más directo y ágil, prescindiendo del detallismo.
    En suma, Rodolfo Martínez ha conseguido una entretenida novela, de esas que enganchan al lector y se leen de un tirón casi sin darse uno cuenta; y si bien hace un curioso uso de la elipsis narrativa en algunos momentos, en otros cae en cierta prolijidad o reiteración respecto a motivaciones psicológicas de los personajes, como si quisiera dejar bien claro lo que les impulsa o les preocupa, y en este aspecto el lector va por delante del autor.

    November 16

    2012, de Roland Emmerich: Bienvenidos a Emmerich Port Aventura


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     
    Ante películas como 2012, es perder el tiempo tratar de hacer una crítica o incluso un comentario sobre ella: no tiene sentido, lo mismo que carecería de sentido ir a Port Aventura, al parque de atracciones del Tibidabo o a Disneylandia, y hacer luego una crítica sobre las atracciones y el grado de diversión y entretenimiento que ofrecen. 2012 es simple diversión, un gigantesco parque de atracciones cinematográfico en pantalla grande y dolby stereo, y de lo que se trata es de ir a evadirse las dos horas y media que dura la proyección.
    Las películas de Roland Emmerich vienen a ser casi siempre lo mismo, unas veces de manera más afortunada (Independence Day) y otras menos (10.000 a.C.). Su premisa es simple: apabullantes efectos especiales, personajes bajo mínimos y acción trepidante y muy ruidosa. Cuando sus películas son un poco menos ambiciosas, resultan ser medianamente atractivas (Stargate, Nivel 13), pero cuanto más gigantesco es el proyecto, más impersonal es el resultado (Godzilla, El día de mañana). A la postre, el hombre no busca nada más que la espectacularidad, cuanto más grande mejor, y para ello se vale de lo más extremo en cuanto a aparatosidad escénica y a lo más simple en cuanto a personajes de la historia. Seguramente habrá pensado que si a Spielberg le funciona la vena sentimental que inocula en sus películas (o en las más comerciales), a él le funcionará también, y para ello recurre a personajes sacados de entre la galería de estereotipos más vulgar que quepa imaginar. Todo es estereotipo puro, en realidad, porque lo importante está en los efectos especiales: destruir una ciudad, un continente o ya puestos, todo el planeta, como aquí. Uno se pregunta tras ver 2012, qué será lo siguiente que destruirá Emmerich en su próximo proyecto: ¿el universo? Porque ya no puede ir más lejos, él mismo se ha puesto el listón demasiado alto.
    No se puede decir mucho más del film. Sólo que, pese a tanto ruido, destrucción, cataclismos y demás, pese a tantos "¡Ohs!" y "¡Ahs!" de admiración por tanto tomate que se ve en pantalla, su visionado deja al final una cierta insatisfacción. ¿La acumulación de tanta destrucción y tanto cataclismo descomunal acaba por dejar indiferente? Me temo que es eso, pues ya en otras de sus producciones ocurría lo mismo. Y es que, como en una atracción de feria, uno puede acabar un tanto cansado...

    November 14

    HA ESTALLADO LA GUERRA


    (c) 1981 by J.C. Planells
     
    (Este relato fue publicado en Maser, nº 3, febrero de 1982. He introducido unas pequeñas correcciones en relación con la versión publicada.)
     
     
        Aquella iba a ser una vulgar mañana de primavera, o por lo menos eso me creía yo. Me despertó el reloj a la hora de siempre, me vestí, me lavé (más o menos) la cara, me afeité y leí cuatro páginas de mi libro de cabecera de moda, una rutinaria costumbre que he tenido desde siempre. A continuación, desayuné una taza de leche fría y unas cuantas galletas y me dispuse a salir a la calle.
        Lo primero que observé fue que alguien me había birlado el periódico que el repartidor dejaba puntualmente un cuarto de hora antes de que yo bajase las escaleras. Bien, era algo inevitable los sábados, día en que me despertaba más tarde, pero muy raro el resto de la semana. Ligeramente fastidiado (la broma me costaba pasar por el kiosko), abrí el portal y salí al exterior.
        No había dado ni el segundo paso, cuando me llamó enormemente la atención la inusitada cantidad de gente que había en al calle. Me detuve, sorprendido. Uno está habituado a ver aproximadamente las mismas caras día tras día, las mismas personas en la cola del autobús, los mismos parroquianos en el bar de la esquina, los vecinos de siempre saliendo de sus respectivas casas. No era así esta vez. Mi calle --que, por cierto, es muy ancha-- estaba literalmente invadida de gente. Pensé... bueno, no sé qué pensé, pero me quedé totalmente desconcertado. Era algo que rompía mi rutina diaria. Algo que me parecía totalmente inusitado e insólito. Nunca había visto tanta gente, ni siquiera circulando por las Ramblas a la hora punta de un domingo. Parecía una manifestación. Aunque no podía serlo, puesto que todos iban en direcciones opuestas y resultaba divertido que no chocasen entre ellos. Observé también que todos miraban fijamente frente a sí, incluso con la vista algo levantada, lo cual a esas horas de la mañana no es muy usual.
        Me arrimé a los portales, pues parecía ser una especie de pasadizo para avanzar rápidamente, y me dirigí al trabajo, que se encontraba a cinco minutos justos de mi casa. Inmediatamente, ya oí las voces. Esas voces provenían, evidentemente, de la multitud que llenaba la calle, pero no conseguía ver quiénes las proferían. Esas voces parecían flotar en el ambiente, eran claras y, para lo que decían, inexpresivas:
        --¡Ha estallado la guerra!
        --¡Es la guerra! ¡Ha estallado la guerra!
        --¡El mundo está en guerra!
        --¡Ya ha empezado la tercera guerra mundial!
        Me quedé atónito, estupefacto. Pensé incluso que me había vuelto loco. La gente circulaba y las voces  sobresalían por encima de ellos, como si lo que estaban diciendo fuese lo más natural del mundo. Se me hizo un nudo en el estómago y me apresuré a avanzar hacia la Gran Vía. Desde el chaflán de mi calle observé que la Gran Vía estaba totalmente invadida por las mismas multitudes; no solamente llenaban las aceras, sino la propia calzada, puesto que apenas circulaban coches. Era extraño. Conté exactamente seis coches en aquel tramo de Gran Vía que abarca de Urgell a Villarroel. Esos coches avanzaban despacio por entre la masa humana, sin increparles por haber invadido su zona de circulación. Me dije entonces que toda aquella gente no tenía un destino fijo, una dirección concreta a la que ir, sino que, simplemente, llenaban la calle.
        Moralmente deshecho, seguía oyendo las voces que proclamaban el estallido de la guerra mundial. Pero, ¿cómo no me había enterado yo? Recordé que, en contra de mis costumbres diarias, había descuidado poner la radio mientras me vestía y desayunaba. Claro, por eso había salido a la calle ignorando totalmente lo acaecido. Pero, ¿y las radios de los vecinos? Reflexioné y caí en la cuenta de que no había oído sonar ninguna mientras estaba en casa. Bueno, me dije, lo más probable es que todos mis vecinos estén formando parte de esta multitud que pasa por mi lado. De ahí que yo fuera el último en enterarme.
        Me aproximé al kiosko más cercano, que se hallaba rodeado de una buena cantidad de hombres. Me abrí paso entre ellos, sin ningún esfuerzo, y me llevé otra sorpresa. Apenas había ningún periódico. El vendedor explicaba a todos los que estaban allí:
        --No lo comprendo. Hoy todos los diarios sólo han entregado cantidades mínimas, apenas una tercera parte de lo que normalmente me sirven. Y fíjense...
        Mostró un ejemplar de La Vanguardia. La primera página no decía nada del estallido de la guerra. Pero no era sólo eso: el periódico tenía apenas doce páginas en lugar de las setenta o más que ofrecía regularmente. Me fijé en el resto de periódicos: El correo catalán, Avui, El periódico... Ninguno de ellos traía nada sobre la guerra, pero todos coincidían en el escaso número de páginas. El correo catalán, por ejemplo, era tan sólo una hoja doble, o sea, cuatro páginas.
        --Es terrible --oí que decía un caballero a mi lado--. Esto es terrible. Al final ha llegado lo que todos temíamos. La destrucción mundial.
        Encogido, me aparté del kiosko y me dirigí hacia el trabajo. Manolo, el del almacén, estaba en la calle y había abierto ya la reja de la tienda. Me vio llegar y me saludó con un gesto de la cabeza.
        --Ahora sí que estamos todos listos --dijo--. Nos vamos todos a la mierda de golpe.
        No encontré nada que decir a eso. Entré en la tienda, ya abierta. Todos mis compañeros estaban junto a la entrada, formando un corro.
        --Me cago en la puta madre de todo dios --decía Jorge--. Me cago en la leche. Yo no cojo un fusil ni que me corten los huevos. Que vaya a luchar su puto padre.
        --¿Alguien sabe algo de lo que pasa? --inquirí con una voz que apenas reconocí como mía.
        --La guerra. La guerra mundial --dijo Parés--. Tenía que llegar de un momento a otro. Se lo estaban buscando todos.
        --Sí, pero ¿quiénes luchan?
        --Oh... todos. No hay noticias. No se sabe nada.
        --¿España también está en guerra?
        --Si es mundial, no nos toca otro remedio. Aquí no se salva ni el apuntador.
        Me abrí paso y me dirigí corriendo al retrete. Cuando salí, había un compañero esperando.
        --Nos la han fastidiado --decía Parés--. Ahora comenzarán a llover las bombas y nos iremos todos al carajo.
        --No, no, si al carajo no hace falta que nos manden. Ya estamos en él.
        --Dicen que todos los reservistas tienen que presentarse en los cuarteles antes de las once de la mañana. Los que no estén allí a esa hora, serán fusilados por desertores.
        --¿Pero, quién dice esto? --pregunté extrañado.
        --Oh, lo dicen por ahí.
        --¿Y la radio?
        --¿La radio? La radio no dice nada. Escucha.
        Escuché. Teníamos el sintonizador puesto y lo único que se oía era una débil música ambiental. Me fijé en el aparato: estaba a todo volumen.
        --Qué raro. ¿Y las otras emisoras? --y moví el dial.
        --Nada. No se oye ninguna. Sólo ésta, y pone música y apenas se oye.
        Volví a dejar el dial donde estaba.
        --Me cago en la puta madre de todo dios --repetía Jorge como un disco rayado--. Me cago en la leche, hombre. Yo no voy a la guerra ni que me corten los huevos. Que vaya a luchar el maricón de su padre.
        --Lo mejor que puede hacer --me decía Parés-- es ir corriendo al cuartel donde le toque presentarse. Si no, se la va a cargar.
        --Pero...
        --¿Dónde te toca a ti? --preguntó Manolo.
        --En Numancia 9.
        --Pues ve allí enseguida. Te ha tocado la china. No hay más remedio. Como yo tengo ya cuarenta años, quizá no me llamen. Pero hasta los treinta y cinco, no se salva ni dios.
        No dije nada. No podía ni murmurar una despedida. Salí a la calle y me dirigí al metro. Cosa rara, estaba casi vacío de gente, y cuando llegó el tren, no había apenas viajeros. Me senté. Normalmente no suelo sentarme en los transportes, pero sentía que las piernas no me sostenían y temí ir a caer al suelo de un momento a otro.
        Cuando llegué a la estación donde debía apearme, me costó un esfuerzo horrible subir las escaleras hasta la calle. Lo habitual es que suba toda clase de escaleras de dos en dos escalones. Esta vez lo hice de uno en uno y agarrado al pasamanos.
        Llegué al cuartel. Estaba rodeado de una multitud de personas de mi edad o más jóvenes. Me abrí paso hasta la entrada. El de guardia --uno de ellos, pues había seis o siete-- me pidió la cartilla militar.
        --No la llevo encima.
        --¡Pues ve corriendo a buscarla! ¡Nadie puede entrar sin su cartilla del servicio militar!
        En amargo silencio, di media vuelta y regresé al metro. No recuerdo mis pensamientos en aquel viaje hasta casa, ni en el de regreso al cuartel portando la famosa cartilla. Quizá no los tuve. Quizá era mejor no pensar en nada. Quizá no se podía pensar en nada.
        Volví a abrirme paso entre la gente, me presenté ante el mismo centinela de antes, que me autorizó a entrar. De inmediato, me dirigieron hacia un barracón. Parecía totalmente abarrotado. En realidad habría unas doscientas personas. Nadie hablaba. Nadie tenía apenas humor como para cruzar unas pocas palabras, casi siempre imperceptibles. Alguien, a unos metros de distancia de donde me coloqué, dijo algo en mi dirección, dos o tres veces. Me hablaba a mí. Yo no le conocía, ni entendí lo que me dijo, pero asentí con la cabeza.
        --¡Atención todos!
        El grito nos dejó helados.
        --Desvístanse hasta quedar en paños menores. En una mano, la ropa, en la otra la cartilla. Que no lo tenga que repetir.
        No tuvo que repetirlo. La orden fue prontamente obedecida. En calzoncillos, me pareció que todos estábamos terriblemente ridículos.
        --¡En fila irán entrando por esa puerta! Respondan a los datos que se les pregunte. ¡He dicho la cartilla en una mano! Bien, hasta la vista. Venga, vamos.
        No vi nunca a la persona que daba estas órdenes, pues los demás me tapaban su visión. Tampoco vi la puerta por donde teníamos que pasar, hasta que no estuve a pocos centímetros de ella. Allí cruzábamos en fila de a uno. A unos tres metros, pasado el umbral, había una mesa atendida por un cabo, un sargento y un hombre con bata blanca. Comprendí que era el médico. Cada uno de nosotros exhibía su cartilla, le hacían preguntas relativas a enfermedades parecidas, y desaparecía por otra puerta al fondo de la estancia, no demasiado grande, donde tenía lugar el breve interrogatorio.
        Llegó mi turno, entregué el documento, que fue cuidadosamente examinado.
        --Sementales --dijo el cabo; se refería al cuartel donde hice el servicio.
        El sargento rió un poco. El médico me miró inquisitivo.
        --¿Alguna enfermedad? --preguntó.
        Negué con la cabeza.
        --¿Sí o no? --volvió a preguntar, con un dejo de impaciencia.
        --No --encontré la voz para responder. Una voz ahogada.
        Me devolvieron la cartilla. Avancé y pasé la siguiente puerta. Daba a otra estancia tan grande, o más, como la anterior. Todos estaban allí, aún desvestidos. Nadie había dado orden de que nos pusiéramos la ropa.
        Pasó un largo rato. Cuando todos hubieron cumplido con la breve revista, según deduje, entró un oficial por otra puerta del fondo. Se detuvo en mitad de la estancia. Nos miró y dijo:
        --Muy bien, señores. Pueden vestirse.
        Lentamente, algunos incluso dudando, empezamos a hacerlo. Mientras, el militar siguió hablando.
        --Pueden regresar también a sus casas y a su trabajo. España no se encuentra en guerra, en estos momentos, con ninguna nación extranjera. La guerra que ha estallado es ajena al estado español. Sólo en caso de que entremos en el conflicto, se les llamará a filas. Pueden irse. Buenos días.
        Atónitos, incrédulos, temerosos de alborozarnos demasiado, terminamos de vestirnos en un esperanzador silencio. Y sintiendo los pies más ligeros, nos marchamos del cuartel. En la calle, parecía que el día fuera mejor. Un peso se nos había quitado de encima.
        Pero no por mucho tiempo. Continuaba la falta de información. De hecho, las palabras de aquel militar fueron las únicas noticias recibidas durante muchas horas. La radio seguía sin emitir. La televisión estaba muda. Los periódicos no lanzaron ninguna edición especial. Los de la tarde seguían las mismas pautas que los matutinos: escasas páginas y noticias banales sobre temas vulgares, cotidianos.
        Fue un día amargo, cruel. No oía ni los habituales ruidos de los vecinos. El lavadero, el patio de luces, estaban silenciosos. Había gente, los vecinos estaban en sus casas, pero en silencio. Nadie hablaba, ni gritaba, nadie decía nada. Nadie tenía ganas de nada.
        Se hizo de noche, finalmente, en el día más largo de mi existencia. Cuando oscureció, me sorprendí de haber permanecido durante tantas horas inmóvil junto a la ventana, en mi sillón, y con la muda televisión estúpida e inútilmente encendida. Comprendí que había pasado todas aquellas horas con la mente en blanco, vacía de pensamientos y de sentimientos. Me asombré de ello. Luego, sentí pena. Pero no sabía de qué o de quién.
        Parecía como si despertase de un largo sueño. No sentía apetito, pero me dije que debía comer algo, hacer un simulacro de cena. Tenía el cuerpo casi anquilosado tras tantas horas de inmovilidad. Traté de desperezarme.
        Y en aquel momento, golpeándome violentamente, una fuerte música sonó en el televisor. Desapareció la estática. Un cartel en pantalla decía: "NOTICIAS". Paralizado e incrédulo, me lo quedé mirando boquiabierto. Por fin.
        Desapareció el cartel y dio paso a la imagen de una presentadora. Morena, con gafas.
        --Muy buenas noches, señores --dijo con voz clara y entonada--. Durante el día de hoy, España ha vivido una experiencia singular. Una experiencia que sólo ha sido factible mediante la colaboración de todos los medios de comunicación: prensa, radio y la propia Televisión Española. Por sugerencia del Ministerio del Interior, y con la autorización de Presidencia de Gobierno, España ha vivido durante casi quince horas un simulacro de tercera guerra mundial. Ello ha sido posible mediante la implantación de tal idea en el subconsciente de todos los españoles por medio de ondas teledirigidas y radiodirigidas durante las últimas horas del día de ayer. Cuantos españoles vieron la televisión u oyeron la radio entre las diez de la noche y la una de la madrugada pasada, han recibido dichas ondas, las cuales al desarrollarse e implantarse en su subconsciente durante el sueño nocturno, han asentado en su cerebro la idea de que una conflagración mundial había estallado en el día de hoy, al despertarse. Sólo así ha sido posible el experimento. El gobierno señala la alta serenidad y espíritu cívico mostrado por el pueblo español y lo satisfactorio del resultado obtenido, que demuestra, una vez más, la elevada madurez de nuestro pueblo y su fe en la democracia, según palabras textuales del presidente del gobierno...
        Aullando de rabia, arrojé una silla contra el televisor. El aparato estalló estruendosamente.
     
    FIN.
     
     
    November 12

    REPASO A ALGUNAS SERIES POLICIACAS DE TELEVISIÓN


    (c) 2009 by J.C. Planells
     


    Como dije hace ya tiempo, las series policiacas de televisión suelen ser casi siempre un razonable entretenimiento, y tal como anda últimamente la programación de las cadenas es casi el único entretenimiento visionable (la acumulación de programas-basura es tan inmensa que causa tanto pasmo como el que la gente se quede tan fresca viéndolos). Así que me he decidido a ofrecer un somero repaso a algunas de las series en antena en diferentes canales, incluidos los de la TDT (exceptuando los canales digitales, pues son visionables sólo por gente rica y poderosa, no por el modesto y humilde pueblo llano cuya representante oficial, según me han comunicado los que entienden de esto, no son los diputados del parlamento, sino una tal Velén Hestevan).
    Dejo aparte dos series: una es la franquicia CSI, lo suficientemente veterana y exitosa como para que necesite ser comentada (de todos modos, diré que la sigo con fidelidad, aunque la original, CSI Las Vegas, me parece un muermo). La otra es, lamentablemente, The Closer. Ya comenté en este blog sus dos primeras temporadas en sendas entradas; no pude hacer lo mismo con la tercera, porque la cadena que la emitía, Cuatro, la relegó a horario de madrugada, en competencia con los talk-shows nocturnos y los programas eróticos de contactos. Cuatro es una cadena que en realidad no es más que una Tele 5 con pretensiones (y quizá la cadena de televisión que menos veo, si es que la he visto alguna vez). Tampoco he considerado oportuno mencionar Monk (que sigue en antena en cadenas locales), pues ya le dediqué un artículo en su momento.
    Vayamos pues a las series en cuestión, que están ordenadas de más interesante a menos.
     
    El mentalista (emitida en La Sexta)
     
    Pese a los iniciales recelos sobre una serie cuyo personaje principal es un "lector de mentes" y "adivinador profesional" que hace de detective (pero que pronto él mismo confiesa no ser sino un embustero), enseguida quedó claro que esta estimable serie se mueve por otros caminos, tras el visionado de su primera temporada (la segunda acaba de arrancar estos días). El mentalista se apoya en un personaje ciertamente singular, pero que no abusa de dicha singularidad. Su móvil es atrapar al psicópata asesino que mató a su esposa y a su hija, lo cual le ha dejado emocionalmente desestabilizado, y para ello colabora con un equipo policial de investigación criminal como asesor, ayudando a resolver casos con sus inexistentes facultades (y haciendo vida prácticamente en el sofá de la agencia). En este sentido, la serie tiene cierto parecido con Monk, cuyo protagonista también trata de resolver la muerte de su esposa, a la vez que colabora con la policía empleando para ello sus compulsiones psicológicas. Pero las "facultades" del mentalista, por su parte, no son sino psicología aplicada y atenta observación de la conducta humana, siempre desde una cierta distancia y con un innegable desapego. Las tramas inspiradas y el desarrollo de los  episodios es ágil, no hay efectismos, contienen algunas dosis de humor y se basan en ese protagonista realmente insólito en su conducta, cuya risueña faz oculta el dolor que siente por dentro,  y que está muy bien interpretado por Simon Baker. Los personajes que le acompañan son igualmente agradables y bien trazados y --al contrario que en otras series que veremos-- no resultan insoportables. La química entre Simon Baker y Robin Tunney --la actriz que interpreta a la directora de ese grupo especial de policías-- es excelente. En suma, es una serie que cumple con sobriedad, sin estridencias y muy bien confeccionada por el equipo artístico y creativo.
     
    Bones (emitida en La Sexta)
     
    A Bones le pesa el parecer un subproducto derivado de la franquicia CSI. Estamos ante una forense --basada en un personaje real-- cuya especialidad es estudiar los huesos de los cadáveres que encuentra la policía. Dejemos aparte lo singular de que cada semana aparezca un cadáver (o más, si son dos episodios semanales) en condiciones de putrefacción extrema o descomposición total. O quizá no lo dejemos tan aparte, pues cuando una serie se basa en una premisa concreta (como ocurre con Mentes criminales) se produce una sensación de hartazgo. Aun así, Bones se las apaña para construir intrigas muchas veces interesantes --y otras insoportables, como cuando echa mano del pasado de la protagonista principal y de su familia, lo cual da pie a ver a un acartonado Ryan O´Neal interpretando a su padre-- pero resueltas por personajes escasamente estimulantes. Cierto, la protagonista --interpretada por Emily Deschanel-- resulta más o menos extravagante: una científica forense racionalista, atea, carente de sentimientos y de conducta social (su compañero ha de aconsejarla en la manera de relacionarse con la gente en casi cada episodio), y contrasta con el encarnado por David Boreanaz, el agente del FBI que investiga los crímenes, su opuesto en todo. Lamentablemente, el resto de personajes (todos en el laboratorio forense) son, sencillamente insoportables, necios y ridículos, con la excepción de la directora (un personaje que aparece en las últimas temporadas vistas, interpretado por Tamara Taylor y que está como un tren, lo siento). Tan insoportables son que invitan a apagar el televisor. De hecho, uno no sabe si los insoportables son ellos o los actores que los encarnan. Anotemos en favor de la serie un buen uso del sentido del humor, que llega a presidir incluso episodios enteros (como aquel en que Bones y el agente del FBI roban un cadáver durante un velatorio para llevarlo al laboratorio y hacerle una autopsia mientras la familia se pelea a gritos).
     
    Mentes criminales (emitida en Tele 5)
     
    Su problema es que, tras varias temporadas en antena, cae en la inverosimilitud. El catálogo de psicópatas asesinos que han aparecido en esta serie --a uno por episodio-- es realmente apabullante. Cierto que cuentan con algún que otro asesor policial para los episodios, pero... Al lado de algunos casos, Hannibal Lecter parecería un aficionado. Otro problema es que los personajes protagonistas resultan fríos, mecánicos, carecen de carisma o son decididamente antipáticos, como el encarnado por Thomas Gibson y su sempiterna cara de acidez de estómago. Por lo demás, la serie ha tenido problemas, como la repentina deserción de Mandy Patinkin, que encarnaba a uno de los principales investigadores de la conducta criminal, sustituido deprisa y corriendo por Joe Mantegna en otro personaje parecido (en lo que respecta a actores, salimos ganando, desde luego). No sé si es casualidad, pero en la serie hay un personaje femenino, una mujer rubia y algo rellenita, interpretada por Kirsten Vangsness, que lleva la cuestión informática, es toda una experta en ordenadores y que tiene una réplica morena, más joven y delgada en Navy: Investigación criminal. Por lo visto, la ficción policiaca televisiva considera que nadie mejor que una mujer para ser un bicho raro de la informática. Es uno de esos extraños tics de reparto, como el de que el poli duro ha de ser siempre un negro y el simpático un oriental (The Closer, El mentalista...).
     
    Diagnóstico asesinato (emitida en Sony en Veo TV)
     
    Esta es la serie ideal para fans de Se ha escrito un crimen. En realidad, se trata de una serie algo antigua que esta cadena ha recuperado (repitiendo episodios hasta la saciedad). Los personajes son simples, animosos y joviales, la realización y las tramas son correctas y nada tremebundas ni sincopadas como mucha de la ficción detectivesca de la televisión contemporánea (CSI, Mentes criminales, Numbers...). En resumen: es la serie ideal para espectadores que, como yo mismo, estén con un pie en el otro barrio. La estrella es Dick Van Dyke, un veterano actor que en Estados Unidos es muy conocido, pero que en Europa debe toda su fama a haber coprotagonizado Mary Poppins. Además, la serie se hace "en familia", pues el hijo de Dick Van Dyke, Barry Van Dyke, es coprotagonista y guionista de algunos episodios (que no suelen ser los mejores...). Para aumentar el nepotismo, han aparecido más miembros de la familia Van Dyke en algunos episodios. Dejando aparte la simpatía (muy moderada y menopáusica) que despiertan los Van Dyke padre e hijo en la vida real y en la ficción, el resto de personajes principales (dos básicamente) causan asombro: Victoria Rowell interpreta a una veterana forense, pero la verdad es que parece una chica que acaba de terminar los estudios debido a su muy juvenil aspecto; y Charlie Schlatter se supone que es un médico experimentado, pero tiene toda la pinta de un chaval que ha hecho novillos en la escuela y se ha puesto una bata de médico y colgado un estetoscopio. Personajes como estos dos no es posible tomarlos en serio.
     
    Numbers (emitida por La Sexta)
     
    Si no me falla la memoria, la primera temporada de Numbers --una serie producida por los Scott Brothers: Ridley y Tony-- se emitió en Tele 5, y fue un solemne fracaso. En La Sexta ha pasado algo desapercibida, y acabamos de saber que en Estados Unidos ha tropezado en su última temporada. No me extraña: mi recuerdo de los pocos episodios que logré soportar de aquella primera temporada es estremecedor, todo un galimatías imposible de comprender, una serie de diálogos matemáticos lanzados a toda velocidad y unos personajes que dejaban absolutamente indiferente al espectador. Las tramas no son malas, pero el desarrollo es fastidioso. Uno se pregunta qué pretenden con semejante planteamiento.
     
    Caso abierto (emitida por La Sexta)
    Sin rastro (emitida por Antena 3)
     
    Estas dos series tienen rasgos comunes en su estructura: en ambas se parte de sucesos ocurridos en un tiempo pasado, que es generalmente reciente en Sin rastro y que puede variar en años o décadas en Caso abierto. Comparten la misma manera de fraccionar el relato (pasado y presente), lo que obliga en Caso abierto a recurrir a dos actores para unos mismos personajes (en su juventud y en el presente) en cada episodio. Comparten asimismo lo escasamente estimulante de los personajes protagonistas de ambas series, que o carecen de vida  (Caso abierto) o acaban resultando fastidiosos (Sin rastro). Ocasionalmente, algunos episodios son brillantes, pero no son series muy estimulantes una vez vista una temporada...

     
    Con esto finaliza aquí este breve repaso. Evidentemente, no me molesto en comentar cosas como Jag: Alerta roja o Navy: Investigación criminal (ambas en La Sexta); contienen demasiados uniformes militares americanos y eso me pone nervioso. La primera, curiosamente, acaba siempre con lo que yo he denominado mentalmente como "la mirada significativa", y que como nunca he visto el episodio, no sé interpretar su sentido. La segunda parece ser que es ahora mismo la serie más popular en Estados Unidos. Pues mira qué bien. La que sí lamento no comentar  brevemente es Testigo mudo (emitida en Sony en Veo TV), más que nada porque al ser una producción británica de la BBC es indudable que debe mantener unos niveles de calidad muy aceptables e higiénicos... 
     
     

    November 10

    AUTORES OLVIDADOS (55). JACK RITCHIE, FLETCHER FLORA y otros: Cuentos de suspense


    (c) 2009 by J.C. Planells
      Jack Ritchie
     
    Cuando a mediados de la década de 1950 apareció el Alfred Hitchcock´s Mystery Magazine, empezaron a reunirse en torno a esa publicación una serie de autores de relatos de suspense e historias detectivescas que frecuentarían sus páginas, así como las muchas antologías editadas más adelante con material aparecido en la revista. No sería la única en que vieran publicados sus trabajos, pues muchos colaborarían también en el Ellery Queen´s Mystery Magazine, o en otras menos notables, como Manhunt o Myke Shayne Mystery Magazine, por ejemplo. Hubo verdaderos especialistas en el relato corto en el Hitchcock Magazine, donde la marca de la casa era el cuento corto con final sorpresa, situación angustiante y a veces algo de humor negro. Los relatos más o menos tradicionales de investigación policial o trama detectivesca también tenían su sitio, aunque por lo general aparecían en el Ellery Queen´s Mystery Magazine, la otra revista de Davis Publications, donde privaba ante todo la calidad del relato, mientras que en el Hitchcock Magazine se prefería el entretenimiento sin más. De ahí que el Ellery Queen´s recogiera nombres como los de Rex Stout, Patricia Highsmith, Julian Symons, John Dickson Carr, Ed McBain, Ruth Rendell y tantos otros nombres ilustres de la ficción policial, algo que no aparecía con tanta frecuencia en el Hitchcock Magazine. Aun así, en sus páginas encontramos historias de Donald Westlake (y algunas con su seudónimo Richard Stark), Jim Thompson, Lawrence Block o Robert Sheckley, por ejemplo.
    En todo caso, entre la nómina de autores algunos ofrecieron relatos ciertamente entretenidos, carentes de ambiciones temáticas y estilísticas, pero más estimables que otros de sus compañeros de revista. No son apenas conocidos, y algunos de ellos ni siquiera cultivaron la novela, pero su asidua presencia en la publicación les hizo populares o al menos identificables entre los lectores. Entre todos ellos, destacaremos los siguientes:
    *Jack Ritchie (1922-1983). Publicaría alrededor de más de doscientos relatos desde 1954 hasta su fallecimiento. En 1971 apareció una recopilación de ellos. Sus tramas eran simples, esquemáticas, y buscaban la sorpresa final, a veces con un toque de humor muy hitchcockiano. Era muy difícil aburrirse con sus relatos, y por ello es uno de los nombres más apreciados en ese terreno.
    *Fletcher Flora (1914-1968). No fue tan prolífico como Ritchie, y al contrario que él sí escribiría varias novelas, de las cuales al menos dos fueron publicadas en Latinoamérica: Un pecado sin importancia y ¡Que se vaya al infierno! Bill Pronzini destacó respecto a Flora que tenía un gran talento como escritor de ficción detectivesca, y ciertamente en muchas de sus historias se percibe un tono más serio, más dramático y algo nostálgico a veces, que en el resto de los colaboradores. No se basaban tanto en la famosa sorpresa final como en la psicología de los personajes.
    *C.B. Gilford (1920-). Otro autor muy prolífico, del que apenas se sabe nada. Una novela suya, En busca de inocencia, fue editada por Planeta en 1966, aunque no parece pertenecer al género policial. Otra  novela suya, The Liquid Man, es de ciencia ficción, género en el que no parece haber dejado la más mínima huella. También escribió en los años sesenta algunas obras de teatro de tema detectivesco, que tampoco parecen haber motivado el que Frederick Knott o Patrick Hamilton pudieran temer su competencia. Sus relatos para el Hitchcock Magazine eran quizá los más representativos del espíritu de la revista: suspense, misterio, sorpresa inesperada, juego de engaños, todo ello servido con una narrativa algo rupestre y esquemática, que, en cambio, no les privaba de interés.
    *James Holding (1907-1997). Otro asiduo y prolífico autor de relatos de todo tipo dentro de la narrativa policial, con más de doscientas historias en su haber, y empleando diversos nombres, entre ellos el de Ellery Queen Jr., para novelitas policiacas destinadas al público juvenil. Sus historias se convertían en pura rutina y eran escasas en interés, pero cumplían con los cánones de la revista.
    *Henry Slesar (1927-2002). Conocido por los muy fans de la ciencia ficción, escribió empero mucho más en el género policial, bien con su nombre o con el seudónimo de O.H. Leslie, con lo que a veces había números de la revista en que aparecían historias suyas bajo ambas firmas. Era bastante imaginativo, competente, y se recuerda en especial su serie de relatos protagonizados por el infeliz aspirante a delincuente Ruby Martin. En una ocasión, publicaría en la revista un relato en colaboración con Harlan Ellison.
    Hubo, por supuesto, muchos otros autores más o menos asiduamente publicados en la revista: Richard Deming (1915-1983), Talmage Powell (1920-2000), del que existen diversas novelas editadas en castellano, especialmente en Argentina, Helen Nielsen (1918-2002), con no muchas aportaciones en relatos, pero de calidad, Hal Ellson (1910-1994), al que durante muchos años se creyó un seudónimo de Harlan Ellison, al extremo que el propio Ellison tuvo que desmentirlo a la muerte de Ellson, Bryce Walton (1918-1988), que escribió también ciencia ficción en los años cincuenta, y un largo etcétera ya allá en los últimos puestos de la clasificación, que no han dejado huella alguna en el recuerdo (ni en el género). En cierta manera, el destino de muchos de ellos --o de todos, según como se mire-- es un poco lamentable: si los cultivadores del pulp tienen sus acérrimos defensores/protectores, los cultivadores del relato de suspense surgido con fuerza en los años cincuenta no tienen quien les reivindique. Probablemente, la mayoría no lo merezca, pero Ritchie y Flora se merecen un bien ganado aprecio.

    November 07

    FAHRENHEIT 451, de Ray Bradbury


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     

    Mi primera lectura de esta novela de Bradbury, publicada en 1953, no fue muy positiva: consideré que no estaba a la altura de sus mejores obras. Pero me temo que en esto influía en parte la adaptación cinematográfica que François Truffautt realizó a mediados de la década de los sesenta, un film de notable éxito --con numerosos problemas de rodaje-- que ofrecía lo que en realidad no es sino una versión algo amable de la novela de Bradbury. Como esta película la vi repetidas veces, mientras que la novela sólo la leí una vez años después de ver el film, me temo que me dejé llevar por ciertos prejuicios (de joven uno suele ser algo tonto, pretencioso y engolado en sus juicios, lo cual no es malo siempre y cuando no se prolongue durante décadas y décadas, como hacen otros, lamentablemente).
    De ahí pues que he emprendido una segunda lectura de Fahrenheit 451 muchos años después de la primera y tras no haber vuelto a ver el film desde hace largo tiempo. No me interesaba tanto establecer comparaciones y encontrar las diferencias entre uno y otro, sino hacer eso que se debe hacer con los clásicos (y la novela de Bradbury lo es): comprobar qué nos ofrece en los primeros años del siglo XXI la lectura de un texto de ciencia ficción escrito a mediados del siglo XX. Como es bien sabido incluso por los más acérrimos aficionados, nada envejece peor que una novela de ciencia ficción. A los pocos años (con suerte), muchas de ellas están tremendamente envejecidas o desfasadas. Otras ya no resisten una sola relectura (y como no hay mucha gente partidaria de la relectura, puede que por eso se celebren y jaleen algunos títulos en los que no hay nada --o muy poco-- que celebrar), y de ahí que algunos lectores en cuyas manos cae una vieja novela de un clásico (o de un autor de segunda fila) suelan reírse un poco de lo que leen o se les atragante: si el texto no tiene nada más que ofrecer aparte de la capa de ficción científica, mal acabará la cosa.
    Una vez sentando esto (que es de parvulario, en realidad, aunque me temo que el 90% de aficionados lo desconozca), vayamos ya directamente a lo que nos ofrece --hoy-- el texto de Bradbury. Como he dicho, la novela se publicó en 1953 y, según cuenta Bradbury en una nota, le influyeron algunos detalles observados en sus paseos diarios. Yo no creo que el autor tratara de reflejar ni el mundo tal como era entonces, ni cómo preveía que sería. Sin embargo, la lectura actual de Fahrenheit 451 ofrece algunas concordancias con nuestro presente, a poco que se quiera profundizar en el texto. Como es sabido, la acción --mínima-- transcurre en un futuro donde los libros están prohibidos y equipos de bomberos se dedican a quemarlos cuando es descubierto (o denunciado por sus vecinos) algún ciudadano que conserva ocultos en su casa algunos ejemplares, o incluso bibliotecas enteras. La razón de ello, como le explica Beatty, el superior de Montag --el protagonista de la historia-- es que los libros arrebatan la felicidad de la gente, le sumergen en mundos falsos, irreales, o le presentan ideas filosóficas o poéticas que pueden crearle malestar y angustia. De esto se llega a un subtexto fácilmente identificable: el libro, un libro, obliga a pensar, y pensar lleva a cuestionar el estado de las cosas, y cuestionar el estado de las cosas puede conducir a su vez a una revuelta. De ahí que, por pura lógica, se decidiera suprimir todos los libros para que los ciudadanos sean felices y no tengan que pensar ni se llenen la cabeza con ideas absurdas y fantasiosas ni sean conscientes de posibles motivos de diferencias entre unos y otros. Todo sea por la paz y felicidad de los ciudadanos. Para ello, se les provee en sus casas de pantallas televisivas que ocupan paredes enteras y donde se ofrecen programas idiotas y cretinos en los que ocasionalmente el ciudadano puede intervenir desde su propio salón (algo así como la tan publicitada pero inexistente televisión interactiva). (Nota: este detalle de la novela, las pantallas murales y la obsesión de Mildred --esposa de Montag-- por tener una cuarta pared en el salón --una cuarta pantalla--, fue desarrollado en 1963 en un relato corto de Keith Laumer, "Las paredes", aunque invirtiendo el sexo de los personajes: aquí el obsesionado era el hombre y quien se quejaba de tanta pantalla en su salón era la mujer: ¿recurrencia o inspiración? Curiosidades de la ciencia ficción.)
    Pero... ¿hay felicidad en ese mundo donde los libros están prohibidos? Ni por lo más mínimo. Dejando aparte el tema de una amenazadora guerra que, al parecer, puede estallar de un momento a otro (y estalla finalmente), tema que no encaja demasiado bien con el resto de la historia, tenemos que Mildred, la esposa del protagonista, es adicta a las pastillas y a tomar sobredosis que obligan a lavados de estómago realmente repugnantes de los que ella no conserva memoria; es una mujer apática, sin personalidad, enganchada a las pantallas basura, sin conversación, de rostro estropeado pese a su juventud --suponemos que tiene treinta años--, y que suele levantarse en medio de la noche y circular con el coche para buscar no sabe qué, sin que Montag se entere siquiera. Mildred es una mujer gris, inocua, incolora e insípida, por así decir. Por su parte, Montag es un bombero que empieza a sentir algunas dudas respecto a su oficio, ciertas incomodidades. Pronto sabremos que la curiosidad le ha llevado a esconder en la casa algunos libros que ha tomado de las casas donde debían quemarse sin que sus superiores lo sepan. Montag es alguien que necesita un empujón para decidirse a tomar conciencia --de lo contrario es evidente que la novela no podría existir--, y el empujón el doble: una adolescente, Clarissa, vecina suya de no hace mucho, rebelde y contestaria, cuya conversación casual le resulta atractiva por lo disferente e inesperada. Pero Clarissa desaparece misteriosamente (quizá asesinada), y para remachar el clavo poco después, en un servicio, Montag contempla horrorizado cómo una anciana prefiere morir quemada entre sus libros antes que abandonar la casa. 
    Recibidos estos dos empujones, Montag entra en crisis --lo que se preveía, pues, como digo, de lo contrario la novela carecería de sentido-- y acaba convirtiéndose en un fugitivo, tras haber denunciado anónimamente a sus propios compañeros bomberos luego de ocultar en sus casas algunos libros. Contactará con los marginados, los que viven al margen de esa sociedad, en el campo, y será testigo de lo que quizá sea el final del mundo tal como se conocía.
    Bien, la segunda lectura, al margen de detalles interesantes, me reafirma en que no es el mejor texto de Bradbury, pero sin duda es una notable novela, aunque algo esquelética, acaso. Todo está más insinuado que explicado, y el lector debe formarse un poco las razones de ese mundo por su cuenta (las explicaciones que le da Beatty a montag durante su crisis son insatisfactorias desde el punto de vista narrativo). Además, como he señalado, hay cosas que engarzan mal, como si Bradbury no acertara (o puede que no le interesara) desarrollarlas por completo: la guerra, el personaje de Mildred... Pero lo que sí se muestra vigoroso aún es el tono sombrío de la historia: ahí es donde Bradbury acierta plenamente. Dije no hace mucho que el mejor Bradbury es el oscuro, el sombrío, aquel que se aleja de la pegajosa poesía simbólica y colorista y desciende al interior de lo oscuro del mundo.
    Otro acierto es la manera de presentar los personajes: Clarissa, que aparece al principio de la novela y nos abandona al poco, permanece en cambio presente en el recuerdo del lector por el efecto que ha causado en Montag: eso es todo un arte por parte de Bradbury. Faber, que, por decirlo así, toma el testigo de Clarissa a media novela, es en cierto modo una versión masculina y con muchos más años de la malograda adolescente. Lo cual, si se quiere pensar así, nos daría la visión de lo que fue el pasado y será el futuro una vez ha terminado la novela. Pero no creo que Bradbury tuviera eso en mente.
    En resumen, y con las salvedades que he señalado, no hay duda de que Fahrenheit 451 es un libro interesante, un clásico para ser leído, discutido, comentado y disfrutado. Uno de esos libros en que el lector ha de ir buscando piezas sueltas para meditar sobre ellas.

    November 04

    RECORDANDO A JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
    El espectador de hoy, alimentado con las simplezas de "Cine de barrio" y otras majaderías, conoce poco y mal --o eso me temo-- al recientemente fallecido José Luis López Vázquez (87 años de vida y 65 o más de profesión ininterrumpida). Con él desaparece uno de los actores más increíblemente versátiles del cine, el teatro y la televisión en España. Es realmente difícil encontrar un actor de su generación --e incluso de la posterior-- que presente una filmografía tan tremendamente variada y ambiciosa (y poder presumir de ella), a la que no se le resiste género alguno. Ni siquiera su compañero de generación Alfredo Landa puede compararse a él, por cuanto si bien podrían rivalizar en la comedia, en el terreno dramático López Vázquez le derrota por goleada. Y dejemos claro que su figura es irrepetible, por razones lógicas: ni el cine de hoy es como el de los tiempos de López Vázquez, ni el teatro tampoco, ni lo volverán a ser.
    Empezó en el teatro, en pequeños papeles cais siempre en obras clásicas. Al cine llegó por pura casualidad, en 1946, desde su trabajo como figurinista, cuandio tuvo que hacer una suplencia por enfermedad de un actor,  y siguió combinándolo con el teatro --al que sería reclamado por determinados autores--. Tras diversos papeles como secundario tanto en películas anodinas o importantes (entre estas últimas, Esa pareja feliz y Novio a la vista), en 1958 ya aparece en papeles destacados o de protagonista: Una muchachita de Valladolid, El pisito, El cochecito, Usted puede ser un asesino... En 1962, le encontramos en una de las mejores comedias del cine español, Atraco a las tres, una genialidad irrepetible. Por esa época, la comedia es el género habitual de un actor vehemente, expansivo, histriónico, caricato, que si en vez de español hubiera sido inglés o italiano habría recibido un reconocimiento que se le fue demorando hasta que cultivó su faceta dramática. Ya se sabe, Spain is different. Entre las comedias de éxito popular o de cierto interés de esa época, tenemos La gran familia, La visita que no tocó el timbre, Casi un caballero, Los Palomos, Vacaciones para Ivette, Las viudas, Un millón en la basura... Casualidad o no, algunas de sus mejores películas o bien eran adaptaciones de comedias de éxito, o estaban dirigidas por José María Forqué. Y en 1967, el mismo año de una reivindicable comedia de Forqué (Un millón en la basura) y de una de las muchas tonterías de Mariano Ozores (Operación Cabaretera), le llama nada menos que Carlos Saura para protagonizar su primer papel dramático en el cine: Peppermint Frappé. Por supuesto, nadie recuerda lo que se comentó en aquel entonces, porque para eso hay que haberlo vivido: la gente se reía ante la idea de López Vázquez trabajando a las órdenes de Saura, y en un papel dramático. Luego, la gente se reía igualmente en el cine al ver la película, porque se creían que era una comedia (se necesitaba ser un verdadero inmbécil para creer algo así), aunque nada de lo que aparecía en pantalla daba motivo de risa, pero, decían, "como sale el López vázquez...". La incultura cinematográfica de los españoles es algo realmente vomitivo. Es evidente que aquellos berzotas que se reían ignoraban que en sus inicios, apenas diez años antes, López Vázquez había trabajado en comedias negras a las órdenes de Marco Ferreri, Berlanga y Bardem.
    En todo caso, Saura fue el iniciador de la recuperación de este gran actor que posteriormente combinaría sin la menor dificultad --su experiencia teatral le ayudaba-- toda clase de papeles: en mamarrachadas, en comedias dignas y en dramas. Ciñéndonos a esa faceta nueva para muchos, al espectador le aguardaban no pocas sorpresas. Si Saura siguió confiando en él para posteriores films, como El jardín de las delicias y La prima Angélica (para muchos, lo mejor de Saura), otros que estaban empezando a hacer cine por entonces requirieron sus servicios, y entre ellos estuvieron Pedro Olea (con la revindicable El bosque del lobo, donde interpretaba a un  psicópata asesino y que le valió un premio en el festival de cine de Chicago, y No es bueno que el hombre esté solo, fallida porque se la comparó con Tamaño natural, el Berlanga también de 1973, como la película de Olea, pero que tardó algo más en verse en España), Manuel Gutiérrez Aragón (Habla, mudita), Antonio Mercero --que además le daría la oportunidad de trabajzar en un pequeño telefilme clásico ya, La cabina--  (Manchas de sangre en un coche nuevo), Francisco Regueiro Cartas de amor de un asesino)...Y entre todos estos trabajos, intercalados en medio de comedias-bazofiosas y alguna que otra algo digna, encontramos lo que me parece la joya de la corona, uno de los filmes más singulares de la cinematografía española, que aún hoy día sigue sorprendiendo y maravillando, todo un reto no solo como película, sino interpretativo: Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán, producida por José Luis Borau, y en la que López Vázquez interpretaba a una mujer que descubre que en realidad es un hombre y se opera para transformarse como tal e iniciar una nueva vida. Un film reducida a escasos elementos, con pocos personajes, con una historia tan sencilla y contada con la máxima sencillez, que sigue conmoviendo como el primer día.
    Tras un trabajo como éste --o como varios de los mencionados antreriormente, si bien algunos tuvieron escasa repercusión comercial, o nula en determinados casos--, López Vázquez ya no necesitaba ser reivindicado, porque lo hacía él solo con su trabajo. Pero siguió al pie del cañón, en cine, en teatro, a veces en televisión, y podemos anotar títulos como La escopeta nacional, La corte de Faraón, La miel, La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad quemada, El monosabio (otra magnífica película, dirigida por un americano, y que apenas ha visto nadie), La colmena, Todos a la cárcel, Crónica sentimental en rojo... Películas unas mejores, otras menos afortunadas, pero que destacan --lo mismo que otras varias que no menciono para no alargarme-- entre las muchísimas que interpretó a partir de la segunda mitad de los años setenta y hasta el final de sus días.
    Cómico genial, irrepetible, tremendo, y actor dramático sobrio, contenido, con una mirada que lo expresaba todo, con él realmente se puede decir que ha muerto no poco del cine español tanto del filmado durante el franquismo como durante la democracia. Hay quien ha comentado que esa dualidad interpretativa representaba en cierto modo la esquizofrenia del país
    durante el franquismo. Es posible. También él, como persona, tenía una curiosa dualidad: el actor histriónico y caricato de las comedias era en su vida fuera de la pantalla o la escena una persona discreta, sobria, profundamente reservada, cortés y meditativa. Esa meditación le llevó a comentar sus dudas respecto a cuestiones como la religión, la fe, el más allá, desde posturas escépticas pero respetuosas. En la pantalla perseguía suecas, y en la vida privada temía quedarse solo en su vejez. No fue así, no ha sido así. Ha envejecido bien acompañado, respetado y querido por todos. Lo que otros han tenido de bocazas al llegar a edades parecidas a la suya, él lo ha tenido de caballero y discreto. 
    La suerte es que en realidad no ha muerto: en las películas está tan vivo como si anduviera entre nosotros. 

      
     

    November 02

    MARISOL (PEPA FLORES): "GALERÍA DE PERPETUAS". Treinta años después


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     

    El autor se toma la libertad de dedicar esta entrada a todas las lectoras y amigas del blog. JCP.

    Este 2009 se cumplen treinta años de la publicación de Galería de perpetuas, el penúltimo disco de Marisol: el último que grabaría (en 1983) aparecería con su verdadero nombre, Pepa Flores (y quizá hubiera sido más adecuado que éste apareciera asimismo como de Pepa Flores, en vez de Marisol). La sorpresa con que fue acogido en su día este trabajo, Galería de perpetuas, fue notable, empezando por la portada, en blanco y negro, de una sobriedad tremenda, transmitiendo una imagen distinta... pero en el fondo no siendo sino una versión adulta de la tan celebrada niña-jovencita-adolescente (cuyo impacto sigue presente a día de hoy, como se ha podido comprobar recientemente, televisiones privadas mediante); pero, principalmente, por las canciones que formaban el álbum: once temas escritos por el poeta Pedro Cobos y musicados por José Nieto, antiguo componente de Los Pekenikes. El disco llevaba el significativo título de "Canciones para mujeres", y eso era exactamente lo que ofrecia: once canciones para y sobre mujeres.
    He dicho que el disco fue acogido con sorpresa, pero también debe añadirse que con muy desiguales criterios. No recuerdo haber leído críticas positivas de este trabajo de Marisol, pero sí varias tirando a desdeñosas, basándose, cómo no, en lo tremebundo de las letras de Pedro Cobos, a cual más escandalosa... según los criterios masculinos, naturalmente. Porque, miren, era un disco para mujeres, tal como he dicho... pero las críticas las escribieron los hombres. Ah, coño.
    Podría decirles bastante sobre este disco, pero, para ir al grano, me limitaré a transcribir lo que José Aguilar y Miguel Losada dicen en su libro Marisol (T&B Editores, Madrid 2008), página 90: hablando de las canciones del disco, comentan que todas ellas son "temas que hoy están de gran actualidad pero que a finales de los setenta no todo el mundo veía que se hablara de ellos con buenos ojos". No se puede expresar mejor, y hago mías estas palabras. En efecto, yo creo además que ese motivo tan lúcidamente expuesto por Aguilar y Losada fue la verdadera causa de que el disco fuera acogido con un silencio casi aplastante, una indiferencia total, un maldisimulado enfado, una extrañeza cercana al enojo ("¿Por qué Marisol canta esas canciones?", parecían decir casi todos los comentaristas y críticos de la época, que esperaban sin duda otra clase de disco), que influyeron incluso en Marisol y la más bien maltrecha tanda de recitales de presentación. Si hay discos adelantados a su tiempo --bien sea musicalmente o por sus textos--, no hay duda de que Galería de perpetuas es uno de ellos y en lugar preferente. Y no hubiera debido ser así: al fin y al cabo, finales de los años setenta era --se supone-- tiempo de progresía... ay, pero es que estaban llegando ya los ochenta, cuando la progresía se fue a tomar... viento. Pepa, erraste la época.
    Y ahora, treinta años después, Galería de perpetuas es, en cuanto a sus textos, furiosamente moderno, actual, vigente..., pero nadie o casi nadie (aparte los fans de Marisol/Pepa Flores que la han seguido toda la vida) lo conoce o lo recuerda. ¿Qué les parece, gente de 2009, si echamos un vistazo a los temas de que nos hablaba Marisol/Pepa Flores en 1979? Empieza con un aviso de lo que va a venir, "Ay, Rosa", la canción más breve del álbum, marchosa y alegre musicalmente, y la letra asimismo más concisa: la cantante nos dice que hay cosas en este mundo que deberían "pudrirse debajo de una losa"; no nos dice cuáles (las veremos en las 10 canciones que siguen), y pide "un cigarrillo verde para olvidar estas cosas". Ese texto aparentemente tan sencillo y simple recoge empero no poco del desencanto que ya estaba a punto de invadir del país, además de presentar el pasotismo de muchos iluminados que se veían venir las catástrofes futuras y se alejaban del presente. Y, tras esta introducción (la canción es de las mejores del álbum, dominado musicalmente por un pop-rock aflamencado en nada parecido al gypsy-rock de Las Grecas), entramos en materia. Las canciones que siguen nos hablan de muchachas que se fugan con su amor a escondidas de sus padres ("En la bodega del barco"); de la mujer vendida al marido como si de un animal de carga se tratase, y sometida por tanto a él ("Comprada"); de la pérdida de la virginidad ("Labores de vestidor"); nos cuenta cómo una mujer fea y deforme es violada por un hombre, y que éste aún considera que, por ser fea y deforme, le ha hecho un favor al violarla, pues "como tal merece ser orinada por el hombre" ("La siesta"); las desdichas y temores de una anciana pajillera en una calle popular ("Cuestecita de Moyano", "vendiendo amor con la mano"); el lesbianismo mantenido oculto para que la sociedad no se escandalice ("Duerma usted tranquila, madre"); la que espera casarse por amor con alguien que en su vida llegará  a nada ("La trenza"); la condenada a cadena perpetua por matar al hombre que la maltrataba continuamente ("Galería de perpetuas", donde la reclusa considera que su condena no es tanto por matar a su maltratador, sino porque, habiendo creído toda su vida que su deber como mujer era darle todo cuanto pidiera al hombre amado sin queja alguna, lo que ha hecho es "robarle a la mujer su dignidad y su vergüenza"); y finalmente dos nanas: una para durante una guerra ("Nana 1830) y otra para enterrar a un niño muerto ("Concierto de Perejil").
    Textos duros, crudos, muchos de ellos; líricos y nostálgicos unos pocos; sólo alegre uno ("En la bodega del barco") y cínico otro ("Ay, Rosa"). Este disco es realmente una obra soberbia, imperecedera, muy bien vestida musicalmente (cada canción tiene el tono, la música, el ritmo, la cadencia precisa), y Pepa Flores realizó vocalmente un trabajo excelente. Merecería una reedición con todos los honores. Pero, ¿llegará?

    (Véase también en este blog: "Galería de mujeres (3). Pepa Flores: Marisol de día, Pepa de noche".)