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December 30 EL LADRÓN TRANSFORMISTA(serie: Aventuras de Harold Smith)
(C) 2006 by J.C. Planells
[Nota: Este episodio se sitúa cronológicamente entre los primeros de la serie.]
Laurence Jameson, el superintendente de Scotland Yard amigo de Harold con el que habíamos colaborado en algún caso, requirió en cierta ocasión la ayuda de mi jefe para lograr capturar a un ladrón muy peligroso al que llamaban "El Trucos".
--En realidad --explicó Jameson--, su peligrosidad consiste en que es capaz de disfrazarse de lo que sea. En su juventud había trabajado de transformista en un circo. Luego, al quebrar la empresa del circo, se dedicó al robo lo mismo que otros se dedican a ingenieros de puentes y caminos. Nos ha burlado constantemente, gracias a esa habilidad suya en disfrazarse. Pero ahora, por fin, le tenemos acorralado.
--¿De veras? --preguntó Harold.
--Sí. Sabemos que está escondido en el teatro Goldman. Es un teatro de aficionados, cerca de Whitechapel. Están ensayando algunas obras para la nueva temporada, y por eso se ha escondido en él. Hemos cercado el teatro para impedir que salga, se disfrace de lo que se disfrace, y vamos a registrarlo ahora que ya tenemos la orden judicial. ¿Quieres venir? A pesar de tener cubiertas todas las salidas, no me fío de que "El Trucos" se saque un nuevo truco de la manga.
Harold aceptó y salimos los tres en dirección al teatro Goldman en el coche de Jameson, encabezando la comitiva del Yard que iba a registrarlo.
Al llegar a donde estaba el teatro Goldman, frenamos, bajamos de los coches y entramos en él, y vimos que estaba cercado por los hombres de Scotland Yard.
--Lo tengo todo bien vigilado, Harold --dijo Jameson--. Incluso las salidas de las alcantarillas. Salir, no puede salir. E incluso he tomado precauciones por si se disfrazaba de policía. Todos mis hombres deben contestar a una consigna ultrasecreta que se les ha comunicado cuando salimos hacia el teatro. El que trate de irse sin contestar a la consigna, será "El Trucos".
Jameson nos dio a conocer la consigna, para el caso de que nos fuera necesaria. Nosotros debíamos preguntar al agente que nos inspirara sospechas "Qué hace la tía María", y el agente debía contestarnos: "Friega los suelos con la nariz".
--No parece una consigna muy seria --comenté.
--Lo importante es que funcione --dijo el señor Jameson.
Y empezamos el registro del teatro. Jameson, Harold y yo, junto con un sargento del Yard, nos encaminamos al camerino de la primera actriz para registrarlo. La primera actriz se puso hecha una fiera al decirle nuestro propósito, pero Jameson la convenció tras invitarla a cenar juntos esa noche. Yo iba a preguntarle si cenar con actrices formaba parte de los deberes del Yard y si su novia estaría conforme, cuando Harold le pidió a actriz si le podía prestar el pañuelo. Ella dijo que sí, se arremangó la falda... y vimos con asombro que debajo llevaba unos pantalones tejanos sucios y arrugados.
Antes de que nadie reaccionara, la "actriz" había huido por una puerta que había tras el biombo del camerino.
--No hemos sido rápidos para pillarle --dijo Harold--. Debimos echarnos encima suyo.
--Un hombre del Yard jamás se echa sobre una dama --dijo el sargento que venía con nosotros, que no se enteraba de nada.
--Harold, ¿quieres decir que era "El Trucos"? --inquirió Jameson, lívido.
--Pues claro que era él --dijo Harold--. Me he dado cuenta a la que he visto que no llevaba pendientes ni tenía los lóbulos agujereados. ¿Dónde se ha visto una primera actriz así? De todos modos, le pedí el pañuelo para mayor seguridad, por si se delataba... Seguro que si buscamos en el camerino, encontraremos a la verdadera primera actriz, maniatada y amordazada.
Así fue. La auténtica actriz estaba en el fondo del armario, atada y amordazada y muy furiosa. Se negó a aceptar una cita para cenar con Jameson (que estaba lanzado con eso de pedir citas) y le pegó con el cepillo del pelo por descarado. Jameson abandonó el camerino con la cara larga.
--Anímate, Laurence --le dijo Harold--. Piensa en lo que te podría haber pasado esta noche, de haber ido a cenar con la falsa actriz...
Por si acaso, nos dividimos para proseguir el registro.
Así, un rato después yo estaba en el sótano del teatro, registrándolo a oscuras, algo que resultaba muy incómodo, la verdad, además de poco práctico. Finalmente, decidí dejarlo porque no creí que pudiera encontrar nada rodeado de oscuridad. Subí los escalones tanteando, pero de todas maneras me di de narices contra la puerta. Renegué en filibustero, como hacía mi jefe en casos así, y me dije que seguramente "El Trucos" ya había sido atrapado por Harold o por Jameson.
Cuando salí del sótano me tropecé con Harold, que se dirigía hacia una puerta situada a la derecha.
--¿Le ha cogido ya, jefe? --pregunté.
--No --repuso, y desapareció por aquella puerta.
Subí las escaleras y me volví a encontrar con Harold.
--Caramba, jefe --dije, desconcertado--, ¿de dónde ha salido tan rápido?
--¿Tan rápido? Llevo un buen rato arriba, registrando el desván con dos agentes.
--Pero... pero... ¿no se ha metido ahora mismo por esa puerta de ahí?
--¿Es que no ves que bajo del desván? ¿Estás tonto o qué?
--Entonces... si no es usted el que ha entrado por esa puerta, ¿quién es el usted que lo ha hecho?
--¿Que yo he hecho qué?
Le conté lo ocurrido, y Harold dictaminó:
--Pues o lo has soñado... o te has encontrado con "El Trucos", que se ha disfrazado de mí. Lo cual, añado, tiene muy poca gracia. Cuando le atrape, se va a enterar por usurpar mi personalidad. Vayamos por donde se ha metido.
La puerta por la que había desaparecido el doble de Harold daba a un pasillo largo e interminable, alumbrado de vez en cuando por débiles bombillas colgadas del techo. Finalmente, el pasillo desembocó en una escalerilla de hierro que daba acceso a una especie de trampilla en el techo. Ascendimos y empujamos la trampilla.
Estábamos en el escenario del teatro, y menos mal que no se representaba ninguna obra en ese momento. La platea estaba vacía, aunque había unos cuantos agentes registrando por los palcos y el piso superior.
Jameson estaban sentado en una butaca de segunda fila, con cara de abatimiento.
--¿Aún no habéis dado con él? --preguntó Harold, saltando del escenario con su garbo característico, y acercándose a Jameson.
--No --repuso Jameson, como fastidiado, y sacando un cigarrillo del interior de la gabardina.
Y en ese momento, Harold se abalanzó sobre Jameson, aprisionándolo entre sus brazos, y exclamando:
--¡Te cogí! ¡Estás preso, "Trucos", no te resistas, porque es inútil!
Y por las cortinas del fondo de la platea apareció... Laurence Jameson.
--Pero, ¿qué es esto? --dijo asombrado el Jameson que acababa de aparecer, mirando a Harold sujetando al otro Jameson, que se debatía inútilmente.
--Significa que acabo de pillar al "Trucos" --dijo mi jefe--. ¿Quieres echarme una mano? Yo no llevo esposas.
A la orden del Jameson recién llegado, unos agentes esposaron al otro Jameson y se lo llevaron, bastantes desconcertados.
--Pero, ¿cómo has sabido que no era yo? --preguntó Jameson, luego, mientras Harold se ponía sobre la cabeza la corona de laurel que uno de los actores debía usar para interpretar a Julio César--. ¡Si era en todo igual que yo!
--Fácil, querido Laurence --dijo Jameson--. Se descubrió al sacar un cigarrillo. Tú no fumas.
Laurence Jameson contempló lleno de admiración a mi jefe. Yo me quedé un poco triste, pues me preguntaba por qué "El Trucos" no se había disfrazado de mí mismo.
FIN.
December 28 PEQUEÑAS GRANDEZAS
(Este breve cuento fue escrito hacia 1964/1965, aproximadamente. Nunca publicado, se ofrece tal cual, sin correcciones.)
--Oye, tío Cristóbal, ¿es verdad que has estado en la corte? --preguntó la niña, con mirada inocente. December 26 ALICE B. SHELDON (LA DOBLE VIDA DE ALICE B. SHELDON, JAMES TIPTREE JR.), de Julie Phillips(c) 2007 by J.C. Planells
December 24 ASSASSINS ASSOCIATS, de Robert Thomas(c) 2007 by J.C. Planells December 22 SOY LEYENDA, de Francis Lawrence: El show de Will(c) 2007 by J.C.Planells ![]() Como se indica en los créditos que aparecen al final de la película, el guión, obra de dos, se basa en un guión también obra de dos, que a su vez se basa en la novela de Richard Matheson. No he comprobado, por pereza y desinterés, si se trata de guión de El último hombre... vivo, dirigida por Boris Sagal en 1971, o de la versión realizada por Sidney Salkow en 1962, aunque yo diría que debe tratarse sin duda del guión de la de Sagal, que protagonizara Charlton Heston. Así, el espectador que esperase ver una adaptación de clásico de Richard Matheson, hará bien en dejar colgado en el ropero de su casa esa pretensión al salir para dirigirse al cine; no hay que llamarse a engaño ni exigir libro de reclamaciones en taquilla o a los productores. Desconozco la versión de Salkow, pero al menos la de Sagal de alejaba en dirección opuesta de Matheson, y la de ahora se aleja asimismo de la de Sagal, pero no para acercarse al punto de partida original --que a sus responsables les tiene sin cuidado, por supuesto--, sin para contar una fábula bonita y con mensaje redentor final. La novela de Matheson es lo suficientemente subversiva en su planteamiento como para que alguien pueda esperar una adaptación hollywoodiense que recoja algo más que lo superficial: un hombre solo en una ciudad deshabitada, excepto por monstruos que sólo salen de noche. Puesto que lo que Matheson narra en su novela es la cotidianidad de la excepción en un mundo donde la anormalidad se ha vuelto regla, es evidente que tal punto de partida es infilmable, a no ser que decidiera llevarlo a cabo algún inconformista o marginal, un Godard, por decir un nombre. Olvidado, por tanto, que el film parte --toma como excusa-- una aclamada novela (o no tan aclamada, puesto que varios espectadores de la sesión a la que asistí salieron diciendo que se trataba de una copia de Mecanoscrit del segon origen de Pedrolo, que a su vez es una "adaptación" de "Madre del mundo", de Richard Wilson, que a su vez es un "plagio" de no sé qué novela de Antonio Ribera, según denunció hasta desgañitarse el propio Ribera), una vez olvidado esto, digo, nos encontramos con un film inocuo, bien producido, filmado con regular entusiasmo, que no llega a interesar ni a conmover demasiado que digamos: se soporta, vamos. (Boris Sagal tampoco lo hizo mejor.) De Francis Lawrence recordamos su anterior Constantine, de la que recoge algunos temas, como el héroe dispuesto al sacrificio si hace falta, y el mensaje religioso como colorín colorado final. A tenor de esto, seguro que algunos habrá que digan que Lawrence es un "autor con mundo propio", aunque lo cierto es que ni aquella ni esta levantan muchas pasiones. Y no deja de ser curiosa además de muy molesta la insistencia del cine fantástico más reciente en sus apologías de la familia y sus mensajes religiosos; lo vimos sin ir más lejos en la reciente Invasión. No es que esto sea malo por sí mismo, pero hay maneras y maneras de enaltecer algo; John Ford, por ejemplo, también loaba a la familia y había algo de religiosidad en sus films. Lo mejor de la película es la presencia de Will Smith, casi único intérprete de la misma, si exceptuamos cuatro personajes que aparecen más bien puntual o episódicamente. Así pues, en él recae la misión --algo imposible-- de levantar y sostener el film, consiguiéndolo a base de una entrega personal digna de mejor causa, como se suele decir. Es evidente que en el Hollywood actual, con directores blandengues, impersonales, sin estilo reconocible, con demasiadas carencias y ninguna profundidad, y con guiones reciclados, alargados y poco inspirados, o son los actores los que levantan el film, o éste se hunde. El primero en señalarlo ya hace agún tiempo fue Quim Casas, creo, y es algo cierto en no pocas ocasiones (los dos últimos films estrenados de Richard Gere, por ejemplo). Will Smith, convincente y aplicado actor, se encarga por tanto de amenizar el film con ejemplar profesionalidad (aunque a veces caiga en el ridículo, como en la escena en que le recita al niño los diálogos de Shreck, que ve en vídeo en un televisor; escena verdaderamente majadera que produce vergüenza ajena). Es de agradecer por tanto su seriedad, y no hay más que imaginar lo que sería de este film de ser otro su protagonista; un Dennis Quaid, por ejemplo; un Tom Cruise, actualmente casi veneno para la taquilla (de hecho, imaginar al apóstol de la cienciología en la película es probable que hubiera provocado una desbandada en la platea hacia el final del film por parte de espectadores dotados de sentido común). Los actores-estrellas concienciados de su oficio saben pues que de ellos depende no poco el éxito o fracaso de un film, porque si ha de depender de los resultados "artísticos"... Soy leyenda resiste, por tanto, gracias a la presencia de Will Smith, al que ya le pueden estar agradecidos los productores, puesto que dudó bastante antes de aceptar el papel al ver que era casi la única presencia en pantalla. Si llega a ser otro... December 21 TENNESSEE WILLIAMS: Memorias(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Tennessee Williams escribió sus memorias entre 1972 y 1975 --partiendo de unos cuadernos a modo de diarios que había llevado asiduamente desde su juventud, y que ahora algunos han descubierto gozosamente y editado en un enorme volumen--, y la edición en castellano de las mismas apareció en 1983, poco después de la muerte del dramaturgo. Es sabido o comentado que en las memorias se suele contar sólo cuanto dé una buena imagen del autor de las mismas; de ahí que en su mayoría tengan cierta fama de falsas (o de incompletas), haciendo que los lectores interesados en el personaje se decanten por una buena y documentada biografía (pues en el género biográfico --que algunos franceses intelectuales mentecatos dictamiaron hace unos años "no es un género literario"-- hay como en todo: bueno, malo, útil e inútil) en lugar de unas memorias acaso dudosas o edulcoradas. Innecesario hablar de cuando las memorias no las escribe el propio interesado sino un amanuense o plumífero contratado para el caso, algo que abunda ya hace tiempo, en especial cuando se trata de las memorias de gente de quienes se duda con razón sean capaces de hacer una O con la ayuda de un buen canuto. Pero aquí se trata de las memorias de un gran dramaturgo y escritor, alguien tan peculiar como lo fue Tennessee Williams, y por tanto su interés y autenticidad son evidentes. Williams es sincero en lo que cuenta --otra cosa es que, como revelan sus cuadernos de notas, se callara cosas: estaba en su derecho--, y habla de sí mismo con toda franqueza, sin remilgos y sin endulzar la píldora. Así, ya de entrada se confiesa un autor acabado y fracasado, sin necesidad de que se lo digan los demás. Ciertamente, los primeros años de la década de 1970 --y en realidad, el resto de su vida hasta 1983, año de su muerte-- no eran los años gloriosos y felices en cuanto a éxito y aceptación de público y crítica del autor de El zoo de cristal; su vigoroso período pareció cerrarse hacia 1963, aproximadamente, y el público asimismo se desinteresó consecuentemente de sus nuevas obras, todo ello como consecuencia de una de sus muchas crisis emocionales, que Williams narra sin remilgos. El lector no tiene más que consultar una bibliografía del autor para comprobar que no existe ningún éxito destacado ni obra memorable con posterioridad a 1963 (si bien Williams sitúa su crisis un poco antes, incluso). Cuidado: que no haya éxitos memorables no significa que no haya nada realmente meritorio en su teatro posterior a esa fecha, mucho del cual es completamente desconocido para el lector en castellano. La mutilada, por ejemplo, me parece magnífica, pero hay que tener presente también que el teatro de Williams cambió conforme pasaban los años, orientándose hacia un teatro más simbólico (con lo cual en parte regresaba a algunos de sus orígenes), en ocasiones en pequeñas piezas en un acto, o en dos piezas distintas representadas formando un díptico. Era otro tipo de teatro para otros tiempos, y sin duda quienes esperaban dramas como Un tranvía llamado Deseo se quedaría desconcertados antes espectáculos como La Gnadiges Fraülein. Williams señala cómo recibía insultos y descalificaciones de los críticos, sin darle ya mayor importancia por estar acostumbrado a ello, entre 1963 y 1975, fecha a la que llegan sus memorias. Cabe pensar que la tónica siguió igual hasta su muerte. Para decirlo con crudeza, para mucha gente Tennessee Williams había pasado a ser lo que en inglés se conoce como un has been, alguien que ha sido importante pero ya no cuenta para nada. Él mismo no lo oculta, admitiendo ser un escritor en crisis desde 1961. Pero siguió escribiendo, y a su muerte han sido estrenadas y editadas diversas piezas --teatro o narrativa--, que habían permanecido inéditas hasta entonces. Y es evidente que su persona y obra no ha sido olvidada, opuesto que se le edita y reedita, y se le representa constantemente en todos los países civilizados. El conocimiento de las circunstancias personales y de la vida de Williams --a lo que ayuda por supuesto estas memorias-- permite apreciar mejor cuanto de personal se halla en su obra. Williams fue un homosexual confeso y practicante en una época --los años cuarenta, los años cincuenta-- en la que los armarios eran un mueble indispensable para llevar esa clase de vida. Aplicó a diversas de sus obras su problemática y sus obsesiones: él es, por ejemplo, la señora Stone de su novela corta La primavera romana de la señora Stone; también es la princesa Kosmonopolis de Dulce pájaro de juventud, personaje en plena crisis y que se considera tempranamente ya un has been asimismo. Estos detalles los han señalado estudiosos de su obra, pero leyendo sus memorias se hace evidente. Williams no tenía remilgos en situarse --travestirse-- en la piel de un personaje de mujer (y en no pocas ocasiones, de mujer madura) para retratar sus obsesiones o problemas personales. Williams, pues, fue uno de esos autores de orientación homosexual, obligados a escribir en hetero para poder llegar a todos los públicos: E.M. Forster, Somerset Maugham, Proust... tantos otros. En sus memorias, señala la aparición de una novela de Gore Vidal, con el que mantendría amistad, como la primera en abordar una problemática homosexual sin remilgos. Quizá Vidal fuera el primero en rehuir el disimular su orientación sexual en sus novelas, pero lo que es evidente es que los citados --y muchos otros-- debieron disfrazarse y disfrazar su obra para tratar "de manera distinta" los problemas que les interesaban (u ocultarlos). En todo caso, Williams lo tuvo mejor, al practicar un teatro en buena parte simbolista --le decían que "de denuncia", cuenta en sus memorias, algo que me parece un despropósito--, en donde, como ya comenté en otro artículo, había un frecuente enfrentamiento entre la carne y el espíritu. Puede que Williams llegara demasiado temprano al mundo de las letras --teatro y narrativa-- para poder desarrollar convenientemente lo que pudieran ser sus temas y obsesiones. O puede que no. Pero el vigor de su prosa poética sigue presente (en un autor que, curiosamente, era mal poeta, como él mismo reconoce, aunque publicara algún librito de poesías, traducido incluso en catellano) en su teatro, en los diálogos de sus personajes, que exigen una entrega total por parte de los actores. No es un teatro fácil de interpretar, y quizá precisamente por eso sea todo un reto para los actores, dispuestos a afrontarlo sin remilgos. En fin, en estas memorias habla mucho de su vida y poco de su obra, mencionando sólo de pasada casi todos sus estrenos hasta 1975, fecha de escritura de las mismas. Una ausencia es la de Hasta llegar a entenderse (o Período de reajuste, en su edición argentina de hace muchos años), una obra de 1962 que ni menciona para nada y que siempre he pensado es una insignificancia digna de Neil Simon. El Tennessee Williams que emerge de la lectura de estas memorias es un hombre acabado, que escribe con sinceridad sobre sí mismo, y que ofrece los materiales que han dado lugar a su obra. Puede que escandalice a algunos su franqueza homosexual, o al menos, para la época en que fueron escritas. December 19 THE GREAT GATSBY, de Elliott Nugent: Una versión casi de cine negro(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Los que detestan o se sienten defraudados por la ridícula, larga e inepta versión que de la novela de F. Scott Fitzgerald El gran Gatbsy realizó Jack Clayton en 1974, que no son pocos precisamente, pueden consolarse pensando que existe una versión anterior muy notable: la realizada en 1949 por Elliott Nugent, y también producida por la Paramount. Ésa es la buena noticia. La mala noticia es que dicha versión no se estrenó nunca en España, sólo fue exhibida una vez por televisión hace décadas, y no se ha editado en vídeo ni DVD. Urge recuperarla cuanto antes. No es Elliott Nugent un director muy memorable, pero la versión aquí ofrecida está a kilómetros de distancia (años luz, en realidad aunque parezca exagerado) del ridículo espectáculo de moda retro con flou fotográfico pergeñado por Clayton. Esta versión, en blanco y negro, y con una duración estándar (91 minutos, en lugar de las más de dos horas del film de Clayton), cuenta con un reparto igualmente notable, pero más ajustado que el de la versión moderna. Alan Ladd encarna a un Gatsby mucho más enigmático y mucho menos simpàtico que el blandengue Robert Redford, y en el resto encontramos a no pocos actores habituales del cine negro: MacDonald Carey, Barry Sullivan (un actor de rostro realmente perverso), Elisha Cook Jr., Ed Begley... Entre las actrices, las poco conocidas Betty Field y Ruth Hissey, además de Shelley Winters, por entonces en sus inicios. Puede que sea por eso, pero no sólo por eso, que la versión Nugent resulta una muestra muy cercana al cine negro; de hecho, no pocos la consideran como tal. Este The Great Gatsby carece de la blandenguería, la ñoñez, el romanticismo de fotonovela y la fofería de la versión de Clayton; es un film seco, duro, con un Gatbsy más bien antipático, como queda dicho, y escasamente romántico. La elección de Ladd, discreto actor de westerns y cine negro o de aventuras, resulta un inesperado acierto. Esperemos verla algún día. December 18 VARADOS EN GÓSOL
December 17 ¿OMISIONES EN LA "NARRATIVA COMPLETA" DE LOVECRAFT?(c) 2007 by J. C.Planells December 15 AGATHA CHRISTIE (10): Un libro sobre sus adaptaciones en cine y TV(c) 2007 by J.C. Planells Una editorial llamada simultáneamente (?) Arkadin Ediciones y Cacitel SL., suele publicar una serie de libros no muy estimulantes sobre géneros cinematográficos y films representativos de los mismos. Ahora, acaba de ofrecer éste, una guía titulada Todo Agatha Christie en Cine y Televisión, y que es exactamente eso que dice el título: un repaso a todas las películas basadas en novelas o relatos de la autora británica, así como series de televisión, telefilmes e incluso adaptaciones teatrales, además de films inspirados en su persona o biográficos. Viene profusamente ilustrado con fotos de diversas películas, actores que interpretaron a Poirot o a Miss Marple, reproducciones de carteles cinematograficos de varios países, así como de portadas de las novelas. Ordenado por personajes (Poirot, Miss Marple, superintendente Battle, etc.), abarca incluso exóticas versiones nunca vistas en España (versiones japonesas de Sangre en la piscina o rusas de Peligro inminente, por citar algunas). No ofrece juicios críticos, aunque señala versiones más afortunadas que otras, y parece realmente completo, por cuanto descubre versiones de obras poco conocidas u olvidadas, como es el caso del relato "Villa Filomena", adaptado al teatro por otro escritor, Frank Vosper, con el título de Love from a Stranger, con autorización de la escritora, y que contó con dos versiones cinematográficas --en 1937 y en 1947--, ambas estrenadas en España en su tiempo. (Recuerdo haber seguido al menos un par de veces en radioteatros de los años sesenta en España la adaptación teatral de este relato, con el título de El rostro del asesino, en donde se aseguraba que la autoría era de Agatha Christie, sin duda porque su nombre era más popular que el de Vosper, un absoluto desconocido. Era una obra notable, y puede que se conserve en los archivos sonoros de Radio Barcelona.) En suma, un libro interesante para seguidores de la autora, con algunos datos curiosos. December 13 BIGUNE EN NAVIDAD(serie: Bigune - 4) (c) 2007 by J.C. Planells ![]() Bigune se dio cuenta de que aquella sería su primera Navidad real. Por supuesto, no era la primera que pasaba desde su llegada a Londres, pero durante su estancia en la residencia de la señorita Adelaida Simmons las navidades tenían un carácter distinto. Al haber chicos y chicas de tantos países y culturas diferentes, lo mismo que de religiones (cristianos, islámicos, budistas...), la señorita Simmons había convertido aquellos días en una fiesta común en vez de religiosa. "Comida de hermandad", la llamaba. Todos se mezclaban en las diferentes actividades que ella organizaba, y muy pocos, sólo los estrictamente católicos y protestantes, trataban de dar un carácter espiritual o religioso a la Navidad. Para Bigune, la Navidad no significaba nada. Allá en África, en su país, su madre le había enseñado desde muy pequeña que existía un ser superior, al que muchos llamaban Dios, que había creado y dado forma al mundo. Ese ser superior, le había dicho, cuidaba y protegía a quienes observaban una conducta correcta y castigaba a quienes no lo hacían. Pero Bigune, ya desde muy niña, vio que al parecer esto no era exactamente así: los que se comportaban con humildad y llevaban una vida de orden y trabajo solían ser perseguidos, maltratados y castigados por quienes llevaban una vida violenta; las personas crueles se dedicaban a matar a los que pensaban de manera distinta, además de robarles lo poco o mucho que poseyeran. Así, muy pronto, Bigune dejó de creer en la existencia de ese ser superior, puesto que en caso de existir era evidente que favorecía a los déspotas y a los criminales, y castigaba a los pacíficos y a los infelices. Su padre, asesinado; su madre, muerta cuando Bigune era aún una niña, ¿qué protección habían recibido de ese tal Dios? Ella misma, sola y sin nadie en el mundo a los doce años, esclavizada por aquel hombre, Germán, que la violó y la convirtió en su juguete hasta que tenía casi quince años... Recordó también a los soldados del coronel Mblaga, que arrasaban poblados, mataban a los hombres de todas las edades, pegaban y se llevaban a las mujeres para usarlas en sus casas, y se hacían ricos y poderosos sin que nadie hiciera nada por impedirlo. Cierto que aquí, en Inglaterra, las cosas eran algo distintas; la gente se comportaba de otra manera y nadie entraba metralleta en mano en las casas para matar y robar... Puede que ese ser superior, Dios, sí se preocupase más por la gente de este país que por el de Bigune. Pero aun así nunca se había planteado el sentido religioso de aquellas fiestas, ni replanteado su idea de un ser superior que vivía alejado de quienes más desfavorecidos y desamparados estaban. La Navidad, por lo tanto, era algo que no le interesaba ni le incumbía. Sin embargo, ahora recordaba con una cierta nostalgia las fiestas y juegos que la señorita Simmons preparaba en la residencia, sus esfuerzos para que todos participasen en una u otra actividad, y su empeño en que nadie se sintiera excluido por pertenecer a una religión no cristiana. Todo esto había quedado atrás desde que terminó los estudios y se fue a vivir por su cuenta en un piso compartido con otras chicas, para empezar su carrera de periodismo, así que éste era su primer año de Navidades para ella sola; sus compañeras de piso ya habían trazado los planes para las fiestas: Doris y Vivian, las dos dependientas, se iban con sus novios y no volverían hasta después de Año Nuevo. Y Barbara, la estudiante de enfermería, las pasaría en su país con toda su familia e igualmente no regresaría hasta pasadas fiestas. --¿Y tú qué vas a hacer? --le preguntó alegremente Vivian cuando faltaba poco más de una semana para la Nochebuena. Bigune se encogió de hombros. --Aún no lo he pensando, la verdad. Tengo mucho que estudiar y preparar para mi trabajo de fin de carrera... --Bueno, pero esos días no hay clases, ¿verdad? Y hasta que acabes la carrera aún te queda muchísimo tiempo, si no llevas ni un año en ella... ¿No cierran la facultad por vacaciones? --Sí, pero igualmente quiero ir adelantando. --Chica, eres rara de verdad. Tienes donde ir o con quién estar, ¿verdad? Bigune asintió, más que nada para no seguir hablando del tema. Su plan era pasar la Nochebuena estudiando y el día de Navidad estudiando también. Comería en casa y miraría un poco los canales de noticias de la televisión. No siendo cristiana, esas fiestas carecían de sentido para ella. De hecho, le daba la impresión de que para el resto de la gente, no sólo para sus compañeras de piso, carecían igualmente de otro sentido que no fuera correrse una buena juerga, ir de compras y darse un atracón de comer. Había pasado catorce navidades en África, sin saber siquiera que existía esa celebración o lo que fuera. Podía pasar catorce veces catorce navidades de la misma manera. Ni su vida ni su mundo iban a cambiar por ello. Esa misma tarde fue a visitar a la señorita Simmons. La llevó el afecto sincero que sentía por ella y la nostalgia de las fiestas que montaba esos días. Puede que, en su interior, abrigase la esperanza no confesada de que la invitara a asistir como ex alumna, aunque lo cierto es que no parecía tener mucho sentido. No había habido ex alumnos ni ex residentes en las que ella pasó en la residencia. --Ah, Bigune, qué bien que hayas venido --la saludó Adelaida Simmons nada más abrirle la puerta--. Dentro de pocos días me marcho de viaje, así que puedo aprovechar para desearte que pases unas felices navidades. Bigune sonrió de manera un tanto forzada. No supo muy bien por qué, el anuncio del viaje de la señorita Simmons la entristeció. --Vamos a tomar el té, querida --le dijo Adelaida Simmons, guiándola hacia el interior de su apartamento. Luego, fue a la cocina para poner a hervir el agua, preparar la tetera y la bandeja con las tazas, el azucarero y unas pastas. Más tarde, cuando estaban tomando el té en el bonito salón con vistas a la calle, Bigune se animó a preguntar: --¿Va a pasar las fiestas con su familia, señorita Simmons? Adelaida Simmons suspiró. --Sí, este año sí. Tengo a una chica que me ayuda a llevar la residencia, y la he dejado encargada de organizar todos los actos para estos días. Hace mucho tiempo que no he pasado la Navidad en familia, así que este año he decidido volver a mi pueblo. Nos hacemos mayores todos, y quién sabe cuántas veces podremos seguir viéndonos... --Suspiró--. Aunque si quieres que te diga la verdad, no es que me entusiasme mucho. Las navidades de hoy no se parecen en nada a las que yo viví de niña o de jovencita. --Su mirada se nubló levemente--. Para quien como yo se ha criado en un pueblo pequeño, el pasar unas navidades en Londres es algo tremendamente distinto. En casa éramos varios hermanos, y venían también nuestros primos, así que organizábamos fiestas y juegos para todos, preparábamos regalos muy sencillos nosotros mismos para nuestros padres y abuelos, salíamos para cantar "El buen rey Wenceslao" y "Noche de paz" en coro ante las casas de los vecinos... En fin, la Navidad tenía entonces un sentido que se ha perdido. Hoy parece algo así como un mes de saldo en los grandes almacenes, sólo que al revés: en vez de ser más barato todo, es más caro. El sentido religioso ya no existe, y no digamos el espiritual. Oh, ya sé que parezco una vieja hablando de esta manera, pero qué quieres que te diga, Bigune. La Navidad apenas significa nada para mí. Lo único que siento es una terrible añoranza de aquellos días en casa, en el pueblo, cuando yo era pequeña... Toda una serie de cosas que no volverán nunca, que ya no reviviré. No creo que en eso hayamos progresado mucho, la verdad. Incluso mis sobrinos, y los niños de la familia, lo ven todo de otra manera. Falta... no sé cómo decirte... el calor de antes. El fuego de la chimenea, si entiendes lo que quiero decir. Bigune asintió. No estaba muy segura de entender lo que quería decir la señorita Simmons, pero sí entendía los sentimientos que expresaba: la Navidad se había vuelto una fiesta triste para ella, en nada parecida a la de cuando era una niña. La observó por encima de su taza de té. La animosa Adelaida Simmons parecía como si mirase dentro de sí en busca de recuerdos del pasado. Por un momento, Bigune deseó haber vivido una de esas navidades que la señorita Simmons vivió en su niñez. --¡Bueno! --dijo de pronto Adelaida Simmons, sonriendo y recuperando sus ánimos habituales--. ¿Y qué planes tienes tú, Bigune? ¿Cómo pasarás la Nochebuena y el día de Navidad? Por un momento, Bigune pensó en soltarle cualquier excusa, como había hecho con Vivian; pero no le pareció bien engañar a la que fuera su directora, así que le dijo, simplemente: --No lo sé. La verdad es que no lo he pensado siquiera. No son unas fiestas que signifiquen nada para mí, en el sentido religioso, quiero decir. --Me temo que eso ocurre incluso con los propios creyentes... El sentido religioso desapareció hace bastantes años... --suspiró la señorita Simmons--. ¿Sabes? Hay mucha gente que dice pasarlo mal estos días, pero eso no es cierto. Se creen que lo pasan mal porque son días de mucho trajín para la mayoría de la gente, de ir arriba y abajo con los niños, de acompañar a una u otra persona de compras por las tiendas..., y de reunirse con parientes y familiares a los que nunca o casi nunca se ve, para pasar unas horas (demasiadas para muchos) juntos... Bueno, a todo eso lo llaman "pasarlo mal", ya ves, confesando que por eso no les gustan nada las navidades o incluso que les desagradan. Pero quienes lo pasan mal de verdad son los que no lo dicen; los que se lo callan. Los que viven en la calle, los que no tienen casa, los ancianos sin familia y casi sin recursos, los pobres, los enfermos, los solitarios (hay mucha soledad en el mundo, Bigune, mucha soledad callada, no te puedes imaignar cuánta), los que tienen problemas graves de una u otra clase, los sin futuro... Pero ésos no lo van pregonando por ahí. ¿Para qué? ¿Para que una mujer cansada de ir de tiendas arrastrando a sus hijos, de hacer cola en el supermercado, o de cocinar para más de siete personas, o incluso alguien cansado de soportar parientes pesados, le diga que a él tampoco le gustan las navidades y lo pasa muy mal? --La señorita Simmons calló un momento y luego añadió en voz reflexiva--: Yo fui educada conforme a que estos días eran de paz y amor entre las gentes, pero hace años que ya no veo paz ni amor entre nadie... Bueno, ni en estos días ni en ninguno, a decir verdad. Ay, Bigune --suspiró--, me vuelvo una vieja quejica... --Usted no es vieja. --Bueno, aún no, pero cuando llegan estos días... me parece que ya lo soy. Me siento un poco fuera del mundo. ¿Sabes? Yo creo que son días para vivirlos por dentro, no sé si me entiendes. ¿Por qué no llamas a alguno de tus antiguos compañeros de estudios? Seguro que muchos no tienen tampoco donde ir... Bigune dijo que lo haría, aunque no la entusiasmaba hacerlo y dudaba en que lo hiciese. Hablaron un poco más, y volvieron a desearse felices fiestas. Las malas noticias no conocen vacaciones ni festividades, les dijo un conferenciante que visitó la Escuela de Periodismo hacía unos meses para impartirles una charla. Y era verdad, porque aquella noche, cuando Bigune volvió al piso que compartía y puso las noticias de la televisión, se enteró de que una revolución en su país había acabado con la vida del coronel Mblaga y terminado con su régimen. El país parecía en tensa calma, como dijo el reportero, pero todo indicaba que iba a establecerse un gobierno democrático. Quizás. Bigune recordaba perfectamente las dos veces que se había encontrado con el coronel Mblaga: la primera, cuando se presentó en la casa donde vivía con Germán; la segunda, cuando apareció inesperadamente en el hospital de las monjas y, tras matar a Germán, se lanzó en su persecución al verla. Nunca se había planteado el porqué de aquello. ¿Era por lo que Germán le había hecho? ¿O es que era tan cruel aquel hombre que hubiera matado a una niña como era ella entonces? Pero de repente aparecieron aquellos periodistas --Doralí, el hombre la cámara en la cabeza, el piloto...-- y la salvaron. Fue el final de su vida en África y el principio de otra vida. De su vida real. En los casi cinco años que llevaba en Londres apenas siguió los acontecimientos de su país; la insignificancia del mismo no lo hacía noticia de portada ni de páginas interiores, sólo alguna mención ocasional en los canales de noticias sobre los disturbios o la dureza del régimen del coronel Mblaga, que tras eliminar a todos sus rivales se había convertido en dictador y, decían, amasaba una gran fortuna. Ahora, de manera inesperada, todo había acabado: el régimen derrocado y el dictador muerto, de la noche a la mañana, como solía ocurrir a lo largo de la Historia muchas veces. Para ella no significaba nada: ya no era su país, aunque hubiera nacido en él, y además el año próximo podía solicitar por fin la nacionalidad británica, segun le habían asegurado las autoridades de Inmigración, que estaban encargados de su tutela. Tenía avales para ello --la señorita Simmons, por ejemplo, entre otros--, una buena hoja de estudios... Trató de imaginarse por un momento que era ciudadana de su país de nacimiento... pero no pudo. Dos días después, al regresar de la escuela de periodismo, Barbara le dijo muy excitada nada más entró en el apartamento: --Tienes visita. Hay una pareja que lleva esperándote bastante rato. --¿Quiénes son? --preguntó Bigune, extrañada. Nunca había venido nadie a verla desde que vivía con las otras chicas. ¿Algún antiguo compañero de la residencia de la señorita Simmons? --Van muy bien vestidos --dijo Barbara, que parecía encantada con todo aquello--. Parecen importantes... No sin cierta inquietud, Bigune se dirigió al salón, donde los visitantes habían permanecido esperándola. Eran un hombre y una mujer de edades similares, alrededor de treinta y tantos años. Le dio la impresión de que eran funcionarios del gobierno británico. Al verla entrar, se levantaron y el hombre le preguntó: --¿Es usted Bigune Oubensmayá? Bigune asintió con la cabeza, sin fuerzas para hablar. No podía evitar sentirse asustada, pero no sabía por qué. --Me llamo Derek Penrose --continuó el hombre--, y mi compañera es Linda Evanston. Ella pertenece al departamento de Inmigración y yo al ministerio de Asuntos Exteriores. ¿Podríamos hablar a solas? Bigune les llevó a su habitación, dejando atrás a Barbara, que se quedó mirándola entre intrigada y excitada. Una vez hubo cerrado la puerta, ambos visitantes le mostraron sus credenciales, que Bigune examino con detalle, como si pudieran revelarle la causa de su visita antes de que ellos se la dijeran. --Verá usted, señorita Oubensmayá --empezó luego el hombre--, hemos recibido un encargo de la embajada de su país... --Yo soy una refugiada --se apresuró a decirle Bigune--, tengo todos los papeles en regla, y... --Lo sabemos --dijo Linda Evanston, levantando una mano para tranquilizarla y sonriendo amistosamente--. Estamos al corriente de todo su historial desde que llegó a Londres. --No ocurre nada malo, señorita Oubesnsmayá --añadió el hombre--. Esté tranquila. De hecho, se trata de algo bueno para usted. Verá... ¿sabía usted quién era su padre? Bigune les miró desconcertada. --Murió cuando yo era muy niña..., apenas lo recuerdo. Pero era un buen hombre, mamá siempre lo dijo... --Me temo, señorita Oubensmayá, que debo informarla de algo que usted desconoce. El hombre que usted conoció siempre como su padre, no lo era en realidad. Su verdadero padre era el coronel Mblaga. Bigune les miró horrorizada. --Pero, ¿qué clase de broma es ésa? Mi pobre padre... --Cálmese, señorita Oubensmayá. Somos conscientes de que usted lo ignoraba. Creía que Oubán Oubensmayá, el esposo de su madre, Serende Apenenmé..., era su padre. No es así. El coronel Mblaga dejó un documento escrito según el cual confesaba haber tenido una relación con su madre, y usted fue el fruto de esa relación... --Están locos --se escanzalizó Bigune, furiosa al ver el recuerdo de su madre ensuciado de aquella manera--. Mi madre jamás tuvo que ver con ese criminal... --Bigune --intervino Linda Evanston--. No fueron unas relaciones consentidas. ¿Entiendes lo que quiero decir? --la miró gravemente. Bigune la miró durante unos momentos. Vaya si podía entender eso, ella que vivió casi tres años de su infancia en poder de aquel español, Germán. Asintió con la cabeza. --De alguna manera, Mblaga supo de su existencia --prosiguió Penrose--. Quizá la había sabido siempre, aunque eso en el documento no lo aclara. En cualquier caso, la reconoce como hija suya... --Pero si sólo me vio una vez --dijo Bigune, pensando en aquella visita del coronel Mblaga a la casa de Germán, y la indiferente mirada que le dirigió. ¿Sabía entonces que era hija suya o lo ignoraba?--. Y no se fijó en mí. --De una manera u otra, acabó sabiendo que usted era hija suya. Él reconocía la... la relación forzada con Serende Apenenmé. Bien, el caso es que Mblaga no ha tenido otros hijos y carece de parientes u otros herederos. Por lo visto, sospechaba que se tramaba un levantamiento para derrocarle violentamente; así que envió hace tiempo ese documento a un hombre de su confianza en la embajada de Londres, para ser abierto en caso de que muriera. Sabía, aunque no cuenta cómo, que usted había escapado a Europa, y pedía la localizásemos, dando su nombre y apellidos. Gracias a los datos facilitados y a su ficha en inmigración, la hemos encontrado. Mblaga la nombra heredera de su fortuna. Eran demasiadas sorpresas seguidas para Bigune, que se dejó caer sentada en la cama, mientras Penrose y Linda Evanston la miraban de pie. --Esto es una pesadilla --dijo--. Una pesadilla. ¿Cómo voy a heredar yo nada de un dictador y criminal como él? No puede ser, no es posible. Ni creo que sea legal. --Lo es --dijo Penrose--. El documento ha sido examinado por juristas expertos. La fortuna personal del coronel Mblaga se halla en una cuenta numerada en Suiza. Usted es ahora la dueña de ese dinero. --Pero, ¿qué es lo que dice en ese testamento o lo que sea? --Le facilitaremos una copia del mismo. En líneas generales, reconoce que usted es su única hija y heredera y le lega su fortuna. Confiesa la causa que llevó a su nacimiento, así como que sabía que usted fue sacada del país por unos periodistas europeos en el transcurso de una incursión un tanto, digamos, irregular por su parte. Bien, eso ya lo sospechamos más o menos en su momento cuando ellos la trajeron a Europa, pero al decir usted que carecía de parientes y familiares en su país de origen, y siendo menor de edad, se la acogió como refugiada... --Aquella gente me salvó la vida. Es lo que he creído siempre. Pero ahora ya no sé qué creer... --Recordó lo ocurrido aquella mañana en la explanada. Así pues, Mblaga no pretendía matarla, como temió, sino atraparla, llevársela consigo. Sin embargo, esa versión de la historia, por verdadera que resultase, no le gustaba nada. ¿Toda su vida resultaba ser una falsedad, un engaño?--. Escuchen --les dijo a Penrose y Linda Evanston--, no quiero ese dinero. No lo quiero, no es mío, no puede pertenecerme. Dénselo a otro. Los dos se miraron entre sí y luego la miraron a ella. --Me temo que esto no es posible, señorita Oubensmayá. Tanto si le gusta como si no, esa fortuna es suya. --Míralo por el lado bueno, Bigune --dijo Linda Evanston--. Tienes el futuro solucionado, podrás vivir muy bien el resto de tu vida, sin preocupaciones... --Yo no quiero esa clase de vida --dijo acaloradamente--. Quiero trabajar, quiero ganarme el dinero con mi trabajo, quiero llevar una vida normal, quiero ser Bigune, la hija de Serendé y Oubán, no la hija de ese dictador muerto. He vivido estos casi cinco años desde que salí de África como si fuera una segunda vida, como un regalo que mis salvadores me hicieron, como una oportunidad de escapar de... de lo que allí viví, y de lo cual ustedes nada saben. Sólo se lo conté a una persona, y no se lo contaré nunca a nadie más. Todo aquello quedó atrás. No me vengan ahora con regalos que no deseo. Penrose fue a decir algo, pero Linda Evanston se le adelantó, poniendo una mano sobre su brazo para contenerle. --Comprendemos que todo esto significa una fuerte impresión para ti. Vamos a hacer una cosa, Bigune. Esperaremos a que pasen las navidades y volveremos para hablar contigo con más calma, ¿te parece? --Mi decisión está tomada --dijo Bigune, con firmeza. --De todos modos, dejemos pasar las fiestas. Puede que para entonces lo hayas pensado mejor y tomado otra decisión. El dinero es tuyo, y es muchísimo dinero. Reflexiona sobre todo esto. Se marcharon y Bigune permaneció sentada en la cama, con la cabeza dándole vueltas. Barbara entró para saber qué era lo que pasaba, quién era aquella gente, pero Bigune le dijo que la dejara sola, que no tenía ganas de hablar con nadie ni de ver a nadie. Pensó en todo aquello, y la cabeza le pesaba y le dolía cada vez más. ¿Qué iba a ser de ella? ¿Era el final de su futuro, de su nueva vida? Finalmente, telefoneó a la única persona en quien confiaba y que conocía todo su pasado: Adelaida Simmons. --Vaya, Bigune, eso sí que es... una sorpresa --contestó la señorita Simmons tras escuchar lo ocurrido--. No sé ni qué decirte. --Yo no quiero ese dinero, señorita Simmons --dijo Bigune, aferrando el auricular como si fuera una tabla de salvación y estuviera a punto de ahogarse--; ni siquiera creo que tenga derecho a él. Ese hombre fue un dictador y se enriqueció robando a su gente... a mi gente... --Bien, yo no entiendo de temas jurídicos ni nada de eso... Pero estoy segura de que no pueden obligarte a aceptarlo si tú no lo deseas. Puedes rechazarlo... O puedes... --Adelaida Simmons calló unos momentos. Luego dijo, lenta, reflexivamente--: Sí, puedes hacer algo aún mejor, quizá. Escucha... Cuando al día siguiente regresó de la facultad, Barbara la volvió a avisar de que una mujer la esperaba en su habitación. Bigune corrió a ella, abrió la puerta y tuvo que contenerse para no echarse en brazos de la mujer de pelo rubio que se levantó de la silla al verla aparecer. Doralí Pérez la miraba sonriente y había alegría en sus ojos. Menos ceremoniosa que Bigune, corrió a abrazarla y darle un par de besos en las mejillas. --¡Vaya! ¡Cómo has cambiado! --dijo Doralí, encantada--. Eras una niña aquel día, cuando te encontramos, y ahora eres casi una mujercita... vaya, una joven muy guapa. --Bigune asintió, agradeciendo el elogio. Procuró que sus ojos no se humedecieran--. No sabes cómo me alegro de verte y de que todo te vaya bien. El señor Penrose me llamó y me dijo que querías hablar conmigo sobre algo importante... Bien, tú dirás qué puedo hacer por ti. --Gracias por venir. No sabía si les podrían localizar... Yo recordaba su nombre, pero no estaba segura de cómo se llamaban los dos hombres... Se lo dije al señor Penrose ayer mismo, y me alegra que hayan podido encontrarla a usted. --Héctor está en Venezuela, preparando un reportaje sobre Chávez, que dice dejará el poder a fin de año, tal como prometió... Aguanta hasta el último momento el tío ese... Yo no he podido acompañarle porque, aunque soy venezolana, tengo prohibida la entrada en el país por mis reportajes contra Chávez y sus camisas pardas... --Doralí se puso algo triste--. En fin, espero poder volver a partir de enero de 2014... si no pasa nada en el último momento. En cuanto a Ralph, era solamente el piloto del helicóptero que habíamos alquilado cuando planeamos viajar por tu país. No hemos vuelto a verle desde entonces, pero seguro que está bien. ¿Te acuerdas cómo te asustaste de Héctor aquel día? Con aquella cámara en forma de casco le debiste tomar por un monstruo o algo así... --Me he acordado muchas veces de todos ustedes... Bueno, verá: tengo que contarle algo y necesito ayuda en una cosa... Lo he hablado con el señor Penrose y con la señora Linda Evanston, de Inmigración, y me han dicho que puedo hacerlo. Esto es lo que ocurre. Bigune le contó todo lo referente al coronel Mblaga, su testamento, la herencia que le había dejado y que, aunque no la quería, no podía rechazarla. Y luego le explicó detalladamente lo que se proponía hacer con aquella fortuna. Doralí Pérez la miró un tanto perpleja cuando terminó de hablar. --Es una historia sorprendente... Vaya... Bien, te aseguro que tanto yo como Héctor y cualquier otro compañero nuestro hará lo que sea para proteger tu secreto, si así lo deseas. Respecto a lo demás, necesitarás el asesoramiento de abogados, y supongo que en esto el señor Penrose puede ayudarte. Un abogado del Estado, por ejemplo, será lo más indicado. --Pero, puedo hacerlo, ¿verdad? Y usted puede ayudarme, ¿no es así? --casi suplicó Bigune, aún intranquila. --Es tu dinero y puedes hacer con él lo que quieras, por supuesto. Nadie lo va a discutir. --El caso es éste: que no es mi dinero, sino el dinero que ese hombre robó a su propio país. Sé que no puedo devolverlo a quienes les fue robado, ni compensar a nadie; la mayoría habrán muerto a sus manos o a las de sus hombres... Por eso quiero hacer esto. El señor Penrose dice que puedo hacerlo. Pero necesito que alguien divulgue la noticia, sin que mi nombre se mezcle nunca en ello. --Puedes contar conmigo para esto, Bigune, tenlo por seguro. Puesto que yo seré la fuente que dé la noticia por designación tuya, nadie podrá averiguar nada nunca. De todas maneras... --¿Sí? --Deberías consultar antes con la familia de ella: su viudo, la hija... --¿Cree que se opondrían? --Bigune se asustó. --No, no lo creo. --Una vez vi a su hija... --recordó Bigune--, cuando me firmó un libro suyo para una compañera de la residencia, sólo que yo no sabía entonces que lo era. Lo supe luego, al leer la contraportada del libro. --Escucha, si quieres también puedo encargarme yo de esto. Puedo hablar con la hija, sin que salga a relucir tu nombre, y explicarle lo que quieres hacer... En cuanto a su viudo, me temo que será muy difícil. Ese hombre vive en algún lugar de España, recluido por completo desde hace años... De todas maneras, no creo que ninguno de los dos se oponga. Estoy seguro de que les parecerá bien. --Gracias, Doralí. Si he de decir la verdad, no estaré tranquila hasta que salga la noticia por la televisión, o la lea en el periódico... --En ese caso, como se suele decir, permanece atenta a la pantalla --dijo Doralí con una sonrisa. El día anterior a Nochebuena, y en el informativo de la noche, la BBC dio la noticia que Bigune aguardaba impaciente. Sentada en el salón del apartamento, mientras sus compañeras estaban en sus habitaciones preparando las maletas para irse de vacaciones navideñas, escuchó atentamente al presentador. --... un inesperado regalo de Navidad para la angustiada población de ese país africano, azotado por años de guerra civil y la dictadura del desaparecido coronel Mblaga. Una fuente anónima ha donado una fortuna calculada en más de medio millón de libras esterlinas para crear una fundación dedicada a la protección de huérfanos de guerra no sólo de ese país, sino de todo el continente africano. Bajo la tutela del Gobierno Británico y de las Naciones Unidas, y con delegaciones en Londres, La Haya y la capital de ese estado africano, su misión será ayudar, auxiliar y facilitar una vida segura y educación completa a niños que hayan perdido a sus padres en las muchas guerras que azotan el continente. Doralí Pérez, conocida periodista venezolana nombrada como portavoz oficial, ha revelado que el propósito de la Fundación Sandra Lane para Huérfanos y Refugiados de Guerra... Cerró los ojos y repitió el nombre en voz baja para sí misma: Fundación Sandra Lane para Huérfanos y Refugiados de Guerra. Qué hermoso le parecía. La noticia ya estaba lanzada a todo el mundo, y ahora por fin se sentía en paz y libre. El universo, o su mundo al menos, volvía a su equilibrio anterior; recuperaba su verdadera vida y rechazaba una verdad incómoda, indeseada. Era, también, su manera de demostrar su agradecimiento a quienes la salvaron del infierno y a quien acaso les inspiró a hacerlo. "¿Crees que Sandra Lane se hubiera quedado mirando tan tranquilamente? No, ella habría hecho lo mismo que yo", le oyó decir a Héctor aquella tarde de hacía cinco años atrás, mientras el helicóptero sobrevolaba el mar. Bigune pasó la Nochebuena sola en el apartamento. Cenó y estudió un poco. Bigune pasó el día de Navidad sola en el apartamento. Comió, miró las noticias, leyó y estudió un poco. Su alma estaba tranquila y en paz, sereno su ánimo, y en el corazón albergaba alegría y calor. No podía pedir más. FIN. December 11 HOMENAJE A JAMES TIPTREE JR.(C) 1987 by J.C. Planells ![]() [Este artículo se publicó en Gigamesh 1ª época, núm. 8, enero-marzo de 1987, con motivo de la muerte de Alice Sheldon/James Tiptree Jr., titulado entonces "James Tiptree Jr.: Su humo se elevó para siempre", en recuerdo de su relato "El humo de su cuerpo se elevó para siempre". Esta autora, cuya obra en castellano --una novela, dos colecciones de relatos y varios relatos en revistas y antologías--está lamentablemente descatalogada desde hace años, ha sido objeto de una reciente, extensa y documentada biografía a cargo de Julie Phillips, galardonada con dos premios, y que acaba de editar en castellano en Circe Editores, sobre la cual espero hablar más adelante, aunque me atrevo ya a recomendarla muy calurosamente.] Aunque a este paso Gigamesh corre el albur de convertirse más en un boletín necrológico que literario, lo cierto es que la actualidad manda, y si figuras importantes del mundo de la ciencia ficción eligen marcharse de este planeta en busca de lugares mejores donde vivir, es justo que les rindamos tributo y les deseemos buena travesía. Al fin y al cabo, todos tomaremos esa misma nave algún día y no siempre tendremos a alguien que escriba algo sobre nosotros y nos recuerde. La noticia es ahora la muerte de Alice Sheldon, nacida Alice Bradley, en 1916 y en Chicago, conocida en el mundo de la ciencia ficción como "James Tiptree Jr." desde 1968. Muerte trágica que no nos ha llegado por los medios habituales en ocasiones semejantes (la revista Locus o las páginas culturales de los periódicos) sino a través de las revistas sensacionalistas y las secciones de sucesos. Alice Sheldon ha matado a su esposo y a continuación se ha suicidado. Él tenía 84 años, estaba ciego e inválido y no se movía de su lecho desde hacía tiempo. Ella tenía 71. La policía piensa que la pareja podía haber hecho un "pacto de suicidio". Quizá más adelante se sepan otros detalles sobre el hecho. A nosotros, sin embargo, nos basta la noticia de su muerte. Al fin y al cabo, todo esto no es más que anécdota. Confieso que tras el primer impacto de la noticia, no ha sido precisamente la sorpresa lo que ha venido a continuación. En realidad, nada en Alice Sheldon (o James Tiptree Jr.) me sorprendía desde hacía tiempo. Su personalidad era lo suficientemente extraña, anormal, como para hacer plausible cualquier cosa relacionada con ella. Recuerdo cuando, hace ya muchos años, leí por primera vez un relato firmado por James Tiptree Jr. ("Madre en el cielo con diamantes", concretamente, en una de las antologías de Acervo) y me extrañó mucho. Me extrañó el estilo con el que estaba escrito, que no cuadraba con el de un autor que firmaba "James". Luego leí algunos más y pensé --lo confieso con toda vergüenza-- que seguramente James sería algo afeminado; pero tanto daba: escribía muy bien. Mucho tiempo después, todos nos enteraríamos (bastante después, claro, aquí en España) que "James Tiptree Jr." era el seudónimo empleado por la psicóloga Alice Sheldon, que había descubierto su vocación de escritora (y escritora de ciencia ficción, encima) a la tardía edad de 52 años. Aquí, en España, no pasó nada, pero en el mundillo del género allá en los Estados Unidos, quien más quien menos quedó en ridículo. Robert Silverberg había prologado unos pocos años antes un volumen de relatos de Sheldon-Tiptree, afirmando en el mismo que había algo inequívocamente masculino en su forma de escribir. (James Tiptree fue durante muchos años un escritor muy celoso de su intimidad, y todos sus contactos con el mundo de la ciencia ficción pasaban a través de un apartado de correos. Cuando su nombre alcanzó cierta notoriedad en el género, este detalle empezó a levantar rumores dispares.) No en más lucido lugar quedaron las escritoras feministas del género, que anteriormente le habían negado el pan y la sal al señor Tiptree. Quien sí quedó honrado con la noticia fue Theodore Sturgeon, al haber comentado tiempo atrás en un artículo que los mejores escritores surgidos en los últimos tiempos eran todos mujeres, excepto por James Tiptree... Había dado en la diana sin saberlo. Ahora todo esto no es más que anécdota para cualquier cursillo introductorio a la ciencia ficción. Años más tarde nos enteraríamos de que Alice Sheldon y su esposo habían trabajado mucho tiempo para la CIA. Ella no ocultaba el hecho, aunque tampoco entraba en detalles sobre su trabajo concreto en la agencia de espionaje norteamericana. Confieso que tampoco me sorprendí en exceso. Al igual que en sus relatos, Sheldon-Tiptree iba revelando detalles nuevos e insospechados acerca de sí misma, y éstos podían esperarse en cualquier momento. Casi parecía estar obligada a ello; quizás por eso no tomaran tanto por sorpresa. Viniendo de ella, se esperaba cualquier cosa. En este punto, se hace obligado recomendar la lectura de su entrevista con Charles Platt, una de las muchas recogidas por Platt en sus dos libros Dream Makers, y una de las más memorables de cuantas llevo leídas hasta ahora: la personalidad de Sheldon-Tiptree se impone a la gazmoñería de Platt. Al final de su artículo, Platt confiesa haberse marchado con la vaga idea de que había sido manipulado por ella y sólo le había contado lo que quiso contarle. (La entrevista está publicada en castellano en el número 9-10 de la revista Cuasar de Argentina. Digamos que las entrevistas de Platt valen únicamente lo que vale la personalidad humana del entrevistado, cuando éste, como persona, tiene algo que comunicar a los demás, algo que ofrecer o revelar; lamentablemente, la mayoría parecen un catálogo de banalidades.) Ahora todo esto no es más que anécdota. Seguramente nunca sabremos demasiado sobre la vida y milagros de Alice Sheldon. Es una lástima, al menos para mí, que como he explicado --y explicaré en otras ocasiones sin llegar a cansarme de decirlo--, me interesa más la persona que escribe que no lo que escribe: antepongo el ser humano al escritor, pues él es quien nos puede dar las claves de su obra, incluso cuando estas claves no se corresponden con su obra. Alice Sheldon, en este aspecto, fue siempre un constante enigma, una caja de revelaciones y contradicciones para todos los seguidores del género. Acostumbrado a ellas, dejé de sorprenderme. Y la forma de su muerte, en tales circunstancias, me parece incluso lógica y consecuente, fiel a su personalidad. La mujer que se disfraza de hombre, la psicóloga que trabaja para la CIA, la mujer madura que se pone a escribir ciencia ficción, la maestra de escuela que mata a su esposo, la escritora que se suicida. ¿Cuántas Alice Sheldon vivían en ella, realmente? Con el tiempo, todo esto también será anécdota. Por un rato, será curiosidad morbosa. Dejémoslo a un lado. Tiptree era uno de los mejores escritores actuales de ciencia ficción y fantasía. Creo que su principal virtud, por encima de argumentos, situaciones, originalidad, personajes o contenido, era el crear narrativamente una atmósfera, un aura de verosimilitud que envuelve extrañamente al lector. No es tanto la ambientación del relato en sí, como el hacer penetrar al lector dentro del mismo, encerrándole en él. Esto lo lograba tanto en relatos cargados de diálogo ("El nacimiento de un vendedor") como en otros construidos casi enteramente a base de narración ("Su humo se elevó para siempre"). Tiptree hacía plausible lo no plausible, detallaba lo necesario y obviaba lo prescindible. Introducía una cantidad medida de puntos oscuros en sus relatos, suficiente para intrigar al lector, agarrarle y obligarle a sumergirse en una lectura que, las más de las veces, suponía una experiencia, un aprendizaje, o una revelación. Y así, Tiptree destacó con ventaja entre las demás mujeres-escritoras-de-ciencia-ficción actuales, que en su inmensa mayoría parecen colaboradoras del Barbara Cartland Magazine trasladadas al mundo de las naves espaciales y los jardines con unicornio. Tiptree elaboraba sus historias no como enigmas a desvelar, sino como enigmas con su propia razón de ser y existir. Muchas veces sus relatos eran difíciles, a veces incomprensibles, la mayoría con un toque críptico. No todos eran igual de afortunados, pero incluso en los casos peores, los relatos siempre tenían esa virtud atmosférica, casi circular, que los redimía. A veces era experimental, por el placer de serlo, o humorística y divertida; a veces dramática y otras pura aventura. También, como mujeres Sheldon, había varios escritores Tiptree. Todos conseguían apoderarse del lector y ninguno lo engañaba, ninguno lo menospreciaba. La ciencia ficción ha perdido a uno de sus mejores escritores. Y eso sí que no es anécdota. Es lamentable. December 10 GALERÍA DE MUJERES (28): DOROTHY DANDRIDGE: La culpa de ser negra(c) 2007 by J.C. Planells
![]() Ahora que no pocos actores negros, y actrices también, figuran entre los más taquilleros, e incluso ganan oscars y reciben nominaciones a ese premio, aparte de contar con la admiración del público, no está de más recordar que no hace tantos años las cosas en Hollywood no iban exactamente de esa manera. Nos sabemos de memoria que a una actriz de color le dieron el oscar a la mejor secundaria hace años y años y años, pero no nos sabemos tanto de memoria que a otras les pusieron trabas a desarrollar su carrera de actriz, o fueron relegadas a papeles de puro comparsa, no en los años treinta, sino en los cuarenta y en los cincuenta. Y porque no tengo ganas de mirar más adelante, pues posiblemente llegaríamos a los sesenta...
Éste es el caso de Dorothy Dandridge, cantante y actriz que pagó la culpa de ser negra y tener talento: por lo visto, no se admiten o no se admitían ambas cosas en una misma persona: o tenías talento o eras negro. Nacida en 1922 en Ohio, pronto se trasladó con su familia a California y apareció como figurante el multitud de películas en los años treinta y cuarenta. Se la puede ver, o entretenerse en buscarla, en Un día en las carreras, de los Hermanos Marx, hacia el final, en el número musical con gente de color. Formó un grupo musical cantante, Dandridge Sisters, y así fue tirando porque a los negros no se les ofrecía nada que valiera la pena en aquellos años. Y entonces llegó Otto Preminger con su idea de rodar una versión de Carmen interpretada únicamente por actores negros. A Dorothy Dandridge cupo en suerte interpretar el personaje protagonista, la Carmen negra, y su éxito fue mayúsculo: se convirtió en estrella de la noche a la mañana e incluso fue nominada al Oscar a la mejor actriz. Innecesario decir que no se lo dieron a ella sino a Grace Kelly (rubia, blanca y fina). Pero su éxito fue también su fracaso: el ser negra la condicionaba a películas imbéciles, papeles secundarios y ridiculeces varias. No hay que ocultar tampoco que Preminger ejerció presiones sobre ella, no demasiado delicadas (era un gran director pero no una... persona simpática, por decirlo así), y parte del entorpecimiento que sufrió su carrera se le debe achacar a Preminger.
Tuvo maridos sinvergüenzas, un hijo con deformación cerebral, y acabó suicidándose a los 41 años, en 1965, arruinada completamente y olvidada por todos. Su problema, además de ser negra y tener talento, era haber nacido en una época inapropiada. Hoy sería una superestrella y estaría entre las más taquilleras. La visión de Carmen Jones no deja lugar a dudas: talentos como el de Dorothy Dandrigde no abundan. Pero son fáciles de estropear gracias a los prejuicios.
Halle Berry, que sí ganó el oscar, rodó un interesante biopic sobre esta malograda actriz y cantante. Halle y otras muchas están donde están en parte gracias a Dorothy.
December 06 PROYECCIONES DESDE EL OLVIDO, de Juan Carlos Vizcaíno Martínez(c) 2007 by J.C. Planells Abundan actualmente los libros de cine especializados en recoger listados de películas sobre un determinado género (comedia, western, cine negro, guerra, etc. etc. etc.), al extremo que dicha abundancia empieza a convertirse ya en verdadera morralla. En efecto, cansa ya tanto libro de "Las mejores películas bélicas", "Los mejores films sobre el nazismo", "Las mejores películas policiacas", con el agravante de que en tanta repetición sobre temas y generos, suelen aparecer siempre las mismas películas en libros sobre un mismo tema. Sinceramente, no creo que tanta repetición tenga el menor interés. Pero he aquí un libro realmente curioso y digno de reseñar: este Proyecciones desde el olvido, subtitulado "125 películas redescubiertas a la luz de la pantalla", obra de Juan Carlos Vizcaíno Martínez, cinéfilo apasionado, pero cinéfilo de pro --véase el lúcido prólogo con que presenta y razona su libro--, y que recopila en este volumen --ilustrado-- 125 críticas aparecidas durante años en su blog. El interés de este libro es que en él se habla de films de los que no suele hablarse o que permanecen en el olvido. No son obras maestras --aunque las hay--, ni films populares --aunque los hay--, sino films raramente vistos desde hace décadas, pocos de ellos editados en DVD o vídeo (o sólo disponibles en zona 1), y que difícilmente se encontrarán en esas soporíferas antologías a que he aludido. Distribuidas por géneros --empezando, lógicamente, con el cine mudo por respeto--, que abarcan el western, el cine de terror y ciencia ficción, el cine negro, el melodrama, la comedia..., con sólo dos ausencias: musical (al autor no le entusiasma, cosa que ocurre con muchos cinéfilos) y el de aventuras (por falta de suficientes títulos, según comenta), el repaso de títulos es realmente apetitoso. No incide en el comentario crítico puro y duro, sino en el divulgativo, por asi decir, o en el juicio razonado, y cabe señalar que defiende sus posturas de manera amable pero rehuyendo excesivos apasionamientos. Se podrá o no estar de acuerdo en algunos casos o comentarios, pero el resultado es realmente a celebrar. Así, el aficionado encontrará comentarios sobre films tan apetitosos como Los mendigos de la vida, de Wellman, con Louise Brooks, en el apartado dedicado al cine mudo; Japanese War Bride, de Borzage, en el de films romanticos; La jaula de oro, de Capra (recién editado en DVD), La zarina, de Preminger, Infielmente tuya, de Preston Sturges (editada en DVD hace un año o más), Full of Life, de Richard Quine, Adiós, Charly, de Minnelli, Un mes de abstinencia, de Norman Lear, en comedias; Dr. Cyclops, de Schoedsak, Barbazul, de Ulmer (editada hace muy poco en DVD), I Married a Monster from Outer Space, de Gene Fowler (editada sólo en zona 1), en el apartado de cine fantástico; El amor que mata, de Curtis Bernhartd (editada hace tiempo en DVD), Al volver a la vida, de Byron Haskin; The File of Thelma Jordon, de Siodmak, Mystery Street, de John Sturges, Un beso antes de morir, de Gerd Oswald, en el apartado de cine negro y policial; La última bala, de Neilson, en el western (editada en DVD); La última tentativa, de Mulligan (editada en zona 1), en el apartado "americana"; La extraña mujer, de Ulmer (editada hace mucho en DVD), Santa Juana, de Preminger (recientemente aparecida en DVD en dos ediciones y con títulos distintos), Las tres caras de Eva, de Nunnally Johnson (editada en DVD), en un apartado sobre cine que sobrepasa a su género; Pasos en la niebla, de Lubin, Éstos son los condenados, de Losey, The Horror of it all, de Terence Fisher, en un apartado final sobre cine británico (he omitido el cine bélico, del que hay algunos títulos, porque es género que me desagrada profundamente). Las mencionadas son sólo una muestra de lo ofrecido en el libro. Capra y Quine son los directores más visitados, quizá, pero hay otros también como Siegel, Lang, Ford, Philip Dunne, etc. Desde que se escribieron estos comentarios hasta la edición del libro, algunos títulos ya han aparecido en DVD (si bien varios ya están descatalogados), por lo que el autor los ofrece en su título orignal --algunos los he traducido según la edición en DVD--). Hay mucho cine no estrenado comercialmente en España, visto unicamente en antiguos pases televisivos. Creo sinceramente que la selección es notable, o cuando menos curiosa, los comentarios ajustados e informativos, y el libro, en conjunto, mucho más satisfactorio que todas esas chapuceras recopilaciones que se amontonan en librerías. Lo creo imprescindible para el cinéfilo de pro. December 05 UNA MIRADA A FERNANDO FERNÁN GÓMEZ(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Hablar del recientemente desaparecido Fernando Fernán Gómez, supone hablar de varias personas en una: el actor y director teatral; el actor y director cinematográfico; el dramaturgo y comediógrafo; el guionista y realizador televisivo; el escritor y memorialista... Todas estas actividades, y alguna más que me dejo sin duda, llevó a cabo en su dilatada carrera, casi todas ellas con éxito de público y crítica, y en todas ganándose el respeto y la admiración de sus compañeros de oficio. La faceta más interesante acaso sea la de realizador cinematográfico, muchas veces partiendo de guiones propios o trabajando con guionistas por los que sentía una especial afinidad (el desaparecido Pedro Beltrán), o adaptando éxitos teatrales. Al principio de su carrera como director realizó una serie de comedias cotidianas que aún hoy siguen siendo consideradas como las mejores de la etapa del cine bajo el franquismo. Son títulos como La vida por delante y La vida alrededor, realizadas en 1958 y 1959, respectivamente, y que ofrecían la visión cotidiana de personas corrientes que trataban de encauzar su vida en una España poco clara, anodina y aburrida, con problemas oficialmente inexistentes. Evidentemente, no eran tiempos para hacer un cine de crítica social, y aun así estas películas, juntos con los trabajos iniciales de Bardem y Berlanga, son lo más realista que filmó el cine español. Las rarezas suelen frecuentar la filmografía de Fernán Gómez como director: puede que no tuviera "un mundo", como se dice de los grandes autores cinematográficos, pero ofrecía visiones inesperadas de mundos algo anormales: El extraño viaje, quizá su mejor película, realizada en 1964, una verdadera pieza maestra de humor negro y uno de los mejores films del cine español; la desaparición del franquismo le permitió tratar temas más osados: Mi hija Hildegart, realizada en 1977 y basada en un hecho real; Mambrú se fue a la guerra, en 1986, un film difícil de apreciar, poco amable y bastante a contracorriente; Siete mil días juntos, otra pieza difícil, de 1994, y en 1996 Pesadilla para un rico, que en cierta forma suponía una revisitación de El extraño viaje, contando además con el protagonismo del mismo actor de aquella, Carlos Larrañaga. Aparte de estas obras más personales, adaptó con fidelidad piezas teatrales de Mihura en dos ocasiones, Sólo para hombres ( en 1960, basada en Sublime obsesión) y Ninette y un señor de Murcia (en 1965); realizó asimismo dos versiones modélicas de comedias más populares y de escasa entidad literaria, que fueron muy mal recibidas y peor entendidas en su día: La venganza de don Mendo, sobre la obra de Muñoz Seca en 1961, y Los Palomos, comedia cómica de Alfonso Paso, en 1964. Para la primera, consciente de lo que Muñoz Seca pretendió con ella --escribir una parodia bufa de los dramas de época--, concibió una originalísima puesta en escena tan bufa como la propia obra; él mismo explicó la elección de ese tipo de puesta en escena como la única lógica ante una obra de esas características; así, en ella veíamos decorados escandalosamente de cartón piedra, falsos fuegos de chimenea que eran recortes pintados de papel que se movían, celdas de tortura donde se torturaba a los presos poniéndolos bajo una ducha, personajes que hablaban directamente a cámara, interpretaciones grotescas por parte de los actores, etc. etc. Para la segunda, se limitó a realizar lo que era en realidad un documental de los modos y maneras de actuación de la pareja López Vázquez y Gracita Morales, en el mejor momento de su carrera como cómicos. En 1987 dirigió la que acaso sea su obra más personal: El viaje a ninguna parte, basada en una novela, anteriormente guión radiofónico, donde narra las vivencias de un grupo de actores de lo que en su tiempo se llamaba "cómicos de la legua", modestísimas compañías que iban de pueblo en pueblo representando su repertorio en la España de los años cuarenta o cincuenta: eran compañías condenadas a desaparecer, representando en modos anticuados de actuación y que con el cine finiquitarían. Como actor, además de los papeles que se reservó en algunas --no todas-- de sus propias películas, Fernán Gómez apareció en films tan notables como el gran clásico --y única película-- de Lorenzo Llobet Gracia, Vida en sombras (1948), un film que aún hoy sigue asombrando no sólo por su calidad, sino por su grandeza; Me quiero casar contigo, un film de 1951 de Jerónimo Mihura, con guión de su hermano Miguel, lamentablemente perdida para siempre, y que posteriormente Miguel Mihura convertiría en La canasta para el teatro en 1955, con el escándalo ya comentado en este blog tiempo atrás; Esa pareja feliz, de Bardem y Berlanga, en 1951; Ana y los lobos, de Saura, en 1972; El espíritu de la colmena, de Erice en 1973... En fin, su carrera como actor cinematográfico es tan inmensa y tan extensa, que mejor la consulte el interesado en libros de filmografías. Fernán Gómez aún siguió trabajando en films para otros hasta poco antes de su muerte. Para el teatro, le cabe el honor a Enrique Jardiel Poncela de haber sido su descubridor, allá en 1943, aproximadamente, primero en pequeños papeles y luego ya como protagonista. En los años finales del gran escritor, Fernán Gómez le ayudó económicamente no pocas veces. Escribió un gran éxito, Las bicicletas son para el verano, que fue llevada al cine por Jaime Chávarri en 1984. Alternó sin dificultad cine y teatro, con actor y director, trabajando en los años sesenta varias veces --demasiadas, en mi opinión-- con el más que mediocre Juan José Alonso Millán, algunas de cuyas obras llevaría al cine también. En el terreno televisivo, se le debe un gran clásico: la serie El pícaro, realizada en 1974, donde daba rienda suelta a su devoción por los clásicos del siglo de oro y construía una de las mejores series de la televisión española, con guión, dirección y protagonismo suyo. Hubo otras incursiones celebradas, como la anterior Juan Soldado, o incluso ejerciendo de "anfitrión" en un programa de debate entre gente de variopinto origen, en un decorado que simulaba el salón de la casa de Fernán Gómez. Era un extraño programa, un debate civilizado, muy distinto de los que posteriormente se implantarían en las televisiones, a base de recurrir al grito pelado: aquel curioso programa era un debate-tertulia entre amigos. Su obra como escritor es asimismo muy variada, y empezó a desarrollarla principamente en los años ochenta: teatro --al que ya hemos aludido--, novela, relatos, poesía, ensayo, memorias, humor... De entre todo ello, es de lectura casi obligada su espléndido libro de memorias, El tiempo amarillo, en edición revisada y ampliada en 1998, publicado por Debate. Un libro escrito con calma, serenidad, reflexivamente, que casi dialoga con el lector. Un libro que me permitiría calificar casi de hermoso. No menos notable, y en paralelo con éste, tenemos las Conversaciones con Fernando Fernán Gómez, a cargo de Enrique Brassó, aparecido en 2002, donde revisa toda su larga carrera de una manera igualmente pausada, calmada y con no pocas valoraciones y recuerdos entrañables hacia la gente que trabajó con él. Fernán Gómez fue un hombre que al contrario que el resto de su profesión, cuando halagaba a alguien lo hacía con una sinceridad aplastante, rehuyendo la habitual coba de circunstancias; sus juicios sobre la obra del guionista Pedro Beltran lo dejan bien claro: el mérito de las peliculas que dirigió con guiones suyos le correspondía a Beltrán, no a él. Solía rodearse de unos mismos actores para sus películas como director, porque eran personas de su confianza y porque ellos aprendían a confiar en él: Analía Gadé --con la que mantuvo una larga relación sentimental además de profesional-- en cine y teatro; Agustín González, Carlos Larrañaga... Respetaba a mucha gente de la profesión teatral por lo que en ella habían hecho, porque les consideraba maestros y gente de una seriedad ejemplar (Conchita Montes, por ejemplo, a la que profesaba un total respeto, como se ha revelado estos días). Acumuló premios en todas sus actividades artísticas: en cine, en teatro, en literatura, a título personal por el conjunto de su trabajo... Repasando todo lo escrito hasta ahora, me doy cuenta de que esto es más un listado de su obra, muy abreviado, muy somero, evidentemente, y resulta imposible mencionar o detallar aspectos de sus películas como director y las cientos en que trabajó como actor. También me doy cuenta, como seguramente se dará cuenta el lector, de que da la impresión de que se hayan muerto varias personas a la vez, no una sola. Porque la laboriosidad de Fernán Gómez fue tan amplia y variada, tan entregada en todo cuanto hizo, que resulta difícil imaginar que era uno y no varios a la vez. Lo que ocurre es que personas con sus inquietudes artísticas, con su afán cultural, con su amplitud de miras y su capacidad de trabajo probablemente sólo aparezcan una por siglo en cada país. Debemos enorgullecernos de que haya existido. December 02 MYRA BRECKINRIDGE, de Michael Sarne: Comedia transexual
December 01 ENRIQUE JARDIEL PONCELA: Recuperado un monólogo inédito(c) 2007 by J.C. Planells ![]() En 1935, Enrique Jardiel Poncela escribió tres monólogos para que fueran representados por la actriz Catalina Bárcena: "Intimidades de Hollywood", "El baile" y "La mujer y el automóvil". Los tres fueron representados pero sólo el primero de ellos fue publicado, concretamente en el volumen recopilatorio de textos de Jardiel Exceso de equipaje (1943), permaneciendo hasta hoy inéditos "El baile" y "La mujer y el automóvil" (salvo error o desinformación por mi parte). Ahora, la revista de literatura Clarín, en su número 71, fechado en septiembre-octubre de 2007, recupera "La mujer y el automóvil", con un prólogo de presentación a cargo de Enrique Fuster del Alcázar, quien nos cuenta que Catalina Bárcena conservó el manuscrito de dicho monólogo, el cual ha llegado a sus manos por mediación de la hija de Bárcena y Martínez Sierra, con los cuales Jardiel mantuvo relación amistosa y profesional (anuncia también para más adelante la publicación del manuscrito original de Cuatro corazones con freno y marcha atrás, que difiere de la versión definitiva de la obra, que obraba asimismo en poder de Bárcena). Quedaría, pues, por recuperar "El baile" (si mis noticias son correctas, repito). El asunto de los manuscritos de Jardiel Poncela no es baladí. No todos obran en poder de la familia (es decir, su hija Evangelina), sino que están en manos de coleccionistas que no permiten su visión a nadie en muchos casos (ni siquiera a estudiosos de la obra de Jardiel). Los manuscritos de Jardiel, según cuentan quienes le veían escribir en los cafés, y quienes han podido acceder a alguno de ellos, son verdaderas maravillas artísticas. Ese hombre escribió toda su vida a mano, con lentitud, deleitándose en cada frase y en cada palabra. Tachando, corrigiendo, usando diversos colores, pegando papeles encima de textos tachados por él con nuevos diálogos o acotaciones... Cierto que perteneció a una época en que ya se usaba la máquina de escribir, pero Jardiel era Jardiel y su manera de escribir era hacerlo a mano en las mesas de los cafés que visitaba, bien en Madrid, bien en San Sebastián o Barcelona o donde fuera que estuviese acaso de gira con sus obras y su compañía de actores (cuando la tuvo). Puede que todo ello haya provocado el afán de coleccionismo de algún que otro particular de esos manuscritos, atesorados como maravillas. De la existencia de estos tres monólogos, nos enteramos gracias a la estrambótica biografía (la llamaremos así, por llamarla de alguna manera) Mio Jardiel, obra de Rafael Flórez El Alfaqueque, extrañísimo individuo que luego escribió otra más, realmente incomprensible y afiligranada, recogiendo aspectos de esta primera (creo, porque no se entendía casi nada). Puede que ya hubiera algún antecedente sobre estos monólogos en alguna otra biografía anterior --parece que hubo otra antes, pero ahora no puedo comprobarlo--, pero en todo caso le adjudicaremos el mérito a El Alfaqueque (he leído libros raros en mi vida, pero este Mio Jardiel es de lo más extraño que he leído nunca). (Inciso: Entre los aspectos no menos estrambóticos de este libro de Rafael Flórez, están unos grotestos --y divertidos-- comentarios sobre Alfonso Paso y su hija Paloma, escritos para una reedición de 1993, que me asombra no le llevaran a la cárcel, teniendo en cuenta cómo se puso el año pasado una hija de Paso conmigo a propósito de mi ensayo sobre la obra literaria de su padre... Sin duda, los desconoce, porque de lo contrario...) El monólogo felizmente recuperado, "La mujer y el automóvil", no defrauda nada. Y digo esto porque ocurre que cuando un texto inédito de un autor sale a la luz muchos años después de su muerte --más de medio siglo en este caso, y más de ochenta años después de su escritura original-- suelen ser piezas mediocres o de escaso calado. No es éste el caso. "La mujer y el automóvil" es un texto muy divertido, de lo mejor de Jardiel, ideal para que se luzca una actriz en su representación. Las comparaciones que establece entre el automóvil y la mujer son muy certeras y divertidas, así como la rivalidad mujer-automóvil (por aquello de que en el fondo representan casi lo mismo para el hombre, y por tanto...). No se nota apenas el paso del tiempo, excepto en las marcas de automóviles mencionadas, si bien son perfectamente reconocibles. Jardiel realmente es un autor atemporal --toda su generación rebosa una atemporalidad envidiable, por algo modernizaron el humor en España--, para el que no existían piezas pequeñas ni géneros literarios (cuento, monólogo, teatro, novela, discurso, conferencia, aforismo, poesía, ensayo, artículos, correspondencia, anecdotario... Todo lo cultivó y todo lo mimó pensando siempre en el disfrute del lector). Ha habido que esperar desde 1935 hasta 2007 para poder leer esta breve pieza, pero realmente, ha valido la pena. ¿Y cuántas más habrá que no sepamos? |
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