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2月28日 AVENTURAS DE HAROLD SMITH: BIOGRAFÍAS DE LOS PERSONAJES(c) 2007 by J.C. Planells
Harold Smith
Nació en 1932 en el seno de una familia de buena posición, sin ser aristocrática. Su padre era el comandante William Smith, héroe de la campaña de África durante la Segunda Guerra Mundial (véase "El torturador de señoras gordas"). Fue un niño muy apacible y tranquilo (véase "Un psicópata en la residencia de jubilados"), encerrado casi siempre en la biblioteca de su padre. Los veranos los pasaba en casa de su abuelo, donde se hartaba de leer folletines decimonónicos (véase "El rapto del gato de la portera"). En 1944 asistió al estreno de la obra de Agatha Christie Diez negritos, lo que en parte encaminaría su dedicación a combatir el crimen. Gracias a su padre, fue recibido por la propia novelista británica el día del estreno y le obsequió con un ejemplar dedicado de la obra, el cual conservaba en su caja fuerte (véase "Los diez chinitos"). Tiene una hermana casada, licenciada en literatura británica. Estudió en la Universidad de Harvard, pero no se decidió por ninguna carrera, aunque inició la de leyes, que dejó colgada. En la segunda mitad de los años cincuenta trabajó como pasante de su amigo Donald French, que se había establecido como abogado. A finales de esa década y hasta 1962 trabajó en la policía local de Somersetshire, para desesperación de su familia; como no le gustaba perseguir ladrones de ovejas o infractores de tráfico, decidió irse a Londres y convertirse en detective privado en 1965, para lo cual su amigo de juventud e infancia Laurence Jameson prometió ayudarle en los trámites. Su familia volvió a poner el grito en el cielo, al ver que no había manera de que Harold siguiera un oficio digno, pero Harold se mantuvo firme en su idea, lo que le llevó a dejar de relacionarse con su familia en la práctica y mantener sólo algún contacto con su hermana. Alquiló un piso en el centro de Londres para usarlo como agencia y vivienda a la par, modestamente amueblado y lleno de innumerables novelas policiacas, que devoraba sin parar para "ejercitar su poderoso cerebro", según las palabras de su ayudante Diógenes. Laurence Jameson, que para esa fecha ya era superintendente de Scotland Yard, le pasaba clientes para que Harold pudiera sobrevivir. De hecho, sus primeros años fueron muy angustiosos. En 1966 entró Diógenes a trabajar como ayudante suyo, compartiendo hambre y pobreza. Cuando se le acababa el dinero para comprar novelas, Harold le pedía a Diógenes que le escribiera relatos de misterio, al saber sus inquietudes literarias, en los que omitiera la solución para que Harold pudiera descubrirla. Nunca lo conseguía, cosa que enfurecía a Harold. Sin embargo, se cobró una inesperada revancha en "Los diez chinitos" (véase). El caso de los rubíes del Barón de Cradock le permitió acceder a clientela rica, y el caso del ladrón invisible le llevó a la fama (véanse "El robo de los rubíes" y "El ladrón invisible de Londres"), y a partir de entonces su vida ya no estuvo tan al borde de la bancarrota (o al menos no tanto). Sus éxitos deteniendo criminales y ladrones llevaron a que a principios de la década de 1970 todas el hampa británica solicitara la jubilación anticipada y a que los asesinos en ciernes se retiraran a un convento.
Harold permaneció soltero toda su vida, entregado a la lucha contra el crimen y la delincuencia. Harold es una mezcla de idealismo y pragmatismo, y además, debido a sus orígenes familiares y a la gente de que se rodeaba su familia, profesaba una cierta admiración y reverencia hacia las clases sociales altas, los aristócratas y la nobleza británica. Le entusiasmaba tenerlos como clientes, y cuando uno de ellos le llamaba, acudía literalmente corriendo: ni se entretenía en buscar un taxi. Ese entusiasmo se desvanecería con el tiempo y el contacto con algunos aristócratas que requirieron sus servicios (véase "La condesa sospechosa" o "El torturador de señoras gordas"). Le fastidiaban bastante los políticos, a los que consideraba una clase social algo ordinaria y les trataba con el mismo desprecio que ellos le trataban (véase "El caso de los planos robados"). Le entusismaban los casos complicados, misteriosos, los crímenes extraños e imposibles (véase "Asesinato en el cohete espacial"); se molestaba cuando un cliente parecía tomarle el pelo o le llamaban por tonterías; era entonces cuando salía su lado elitista y trataba a esos clientes con altanería y desapego, aunque a la vista del dinero a cobrar se derretía como un helado en verano (véase "El enigma del platillo volante"). Trata con cierta superioridad a su ayudante a veces, pero es más una postura ante los demás y ante sí mismo que otra cosa, puesto que cuando alguien se mete con Diógenes no duda en plantar cara a quien sea en su defensa (véase "El caso del falsificador de toallas"). El problema de Harold es que se mueve entre dos mundos: aquel al que pertenece por nacimiento y el de la gente corriente de la calle donde vive y de los mundos que se ve obligado a visitar en sus investigaciones, que no siempre son de la aristocracia: residencias de jubilados, clubs de deportistas retirados, cabarets de alterne... El resultado es que no pertenece en realidad a ninguno de los dos mundos. Su idealismo le impulsa en lanzarse en defensa del propio culpable en ocasiones (véase "El caso del falsificador de toallas" o "Un asesino de guante blanco"). Cuando, en cierta ocasión, tuvo que enfrentarse a un asesino despiadado, acabó cogiendo una fuerte depresión (véase "Un psicópata en la residencia de jubilados").
Harold siguió trabajando como detective privado hasta que la edad le forzó a retirarse. Cuando Diógenes dejó de trabajar como su ayudante hacia principios de la década de 1980, Harold se trasladó al pueblo donde Donald French tenía su bufete para abrir una distinguida agencia de investigaciones a su servicio. Ya anciano, y como carecía de parientes que cuidaran de él, acabó en la misma residencia donde detuvo a un psicópata en 1967, a pan y cuchillo, puesto que su nombre no había sido olvidado para los sucesivos dueños de la residencia.
Laurence Jameson
Amigo desde la niñez de Harold, estudió en Harvard con él. Tras empezar la carrera de leyes, la dejó al poco para ingresar en la policía. Empezó como inspector y al cabo de unos años ya era superintendente de Scotland Yard. Ayudó a Harold antes de que empezara a ser famoso y conocido, enviándole clientes y encomendándole investigaciones. No dudaba en consultarle y requerir su ayuda para los casos más extraños y complicados, sabedor de que era el único capaz de resolver los misterios que Scotland Yard no podía resolver por sí solo. Su amistad no precisaba de grandes alardes: se basaba en el entendimiento, el respeto y la confianza. Tuvo novia formal durante bastantes años, y a veces iba con ella a casa de Harold para cenar o se reunían todos en la de Jameson (véase "El misterio de la luz a medianoche"). El tener novia no le impidía en ocasiones sentirse atraído por bellezas exóticas (véase "Un asesino de guante blanco"). Acabó casándose con su novia hacia 1970.
Donald French
Junto con Jameson, otro amigo de infancia y universidad de Harold. Cursó la carrera de leyes y se convirtió en un prestigioso abogado. No dudaba en acudir a echar una mano a Harold o a Jameson cuando lo requerían (véase "El caso del falsificador de toallas" y "Un psicópata en la residencia de jubilados"). Cuando Harold se quedó sin su ayudante y los delincuentes británicos se jubilaron, temerosos del poderoso cerebro de Harold, le ofreció trabajar como investigador suyo para los casos que debía resolver su bufete. Así, Donald French y la agencia de detectives Harold Smith fueron un baluarte invencible.
Señora Lane
Portera de la finca donde Harold tiene su despacho y vivienda en el centro de Londres. Viuda de un marinero y madre de Sandra Lane. Pidió ayuda a Harold cuando su gato fue secuestrado (véase "El rapto del gato de la portera").
Sandra Lane
Hija de la señora Lane. Nació en 1957. Estudió en una distinguida escuela gracias a una beca concedida por el estado al ser su madre viuda de marinero. Escribía artículos y reportajes para la revista del colegio, muchos de ellos sobre los casos que investigaba Harold Smith, al que convirtió en un ídolo de adolescentes y niñas cursis (véase "El rapto del gato de la portera"). Aspiraba a ser "reportera intrépida" de mayor, aunque a veces le tentaban otras profesiones de manera esporádica (véase "La espía atómica"). Según Diógenes, era una niña minúscula y cabezona, de ojos muy grandes y gafas muy pequeñas. No hay que hacerle mucho caso, porque Diógenes es algo cretino en sus descripciones. Cierto que era algo pequeñita para su edad y con la cabeza algo grandota, pero al llegar a la adolescencia se convertiría en una bonita muchacha, de figura delgada, no muy alta pero vivaracha. Era miope y usaba gafas. Su carácter era dulce pero firme; seriecita y formal, no temía a nada ni a nadie y era capaz de plantarle cara a cualquier injusticia. Respetaba a Harold, al que adoraba en secreto ("Es usted mi ídolo", le dijo una vez) y estimaba a Diógenes, aunque él la trataba con desapego.
Al terminar el colegio, estudió periodismo y se convirtió con el tiempo en una brillante periodista que viajó por todo el mundo como corresponsal independiente. Ganó varios premios de periodismo y publicó un par de libros sobre sus viajes por Centroamérica y África. Se casó con Diógenes en 1984, a los veintisiete años y tuvieron una niña que también se haría reportera intrépida. Murió el 11 de septiembre de 2001, en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, cuando tenía cuarenta y cuatro años; al parecer, trataba de ayudar a salvarse a unas chicas atrapadas en la primera torre, según una llamada que le hizo a Diógenes minutos antes.
Diógenes
Ayudante de Harold Smith a partir de 1966 y cronista de sus aventuras. Se trata de un chico español de unos quince o dieciséis años que, según explica él mismo en el primer episodio (véase "El robo de los rubíes"), llegó a Londres "tras caer en el interior de un barco mientras paseaba por el puerto de Barcelona", y como algo había de hacer, entró a trabajar como ayudante de Harold. Es dudoso que eso sea verdad, pero es lo que él cuenta y no hay otros documentos al respecto. Tiene aspiraciones literarias, al parecer, lo que aprovechaba Harold en tiempos de penuria para hacerle escribir relatos de misterio a fin de entrenar su "poderoso cerebro" (eso es lo que dice Diógenes), descubriendo al asesino. Harold nunca conseguía acertar con la solución y se enfurecía con él, aunque en "Los diez chinitos" se tomó la revancha. Irritado por las críticas que Harold hacía de sus relatos, a veces intentaba otros géneros literarios, para horror de su jefe (véase "El ladrón invisible de Londres"). A Diógenes no le impresionaba mucho la aristocracia británica y no entendía las costumbres inglesas; era algo descarado, muy fantasioso --lo que curiosamente a veces le llevaba a dar con la solución del caso que Harold investigaba antes que el propio Harold (véase "El misterio del tren fantasma")--. Le cargaba Sandra Lane porque consideraba que las niñas son un incordio.
De mayor, se casó con ella en 1984, y tuvieron una niña. Diógenes se convirtió en un dramaturgo de notable éxito a mediados de los años setenta y vivió de sus escritos tras dejar de trabajar con Harold, aunque conservaron la amistad para siempre. La muerte de Sandra le hundió en la desesperación y se marchó de Londres para no volver nunca más allí. Se refugió en un chalet de la Costa Brava, lejos de la vida pública, donde acabó sus días a mediados del siglo XXI.
2月27日 SOBRE UNA NOVELA INÉDITA QUE HE DESTRUIDO(c) 2007 by J.C. Planells
El lector asiduo de este blog --que si lo hay, haría bien en ir de cuando en cuando a hacerse una revisión médica, porque la lectura del mismo produce putrefacción cerebral...-- quizá recuerde que a finales del verano de 2006 publiqué aquí una novela corta en once entregas titulada "Mónica y el tiempo", basada en una novela muy larga de 1978, inédita, titulada Suficiente tiempo para Mónica. En la presentación de ella ya expliqué el porqué de dicha reescritura.
Bien, pues hace un tiempo encontré otro mecanoscrito de una novela de ciencia ficción olvidada, escrita más o menos hacia 1980, titulada La imagen furtiva. Esta novela la leyó o la tuvo un editor poco después, pero no llegó a publicarla y yo ni me preocupé del caso, la verdad; acabé olvidándola al escribir otras que me interesaron más, y que sí acabaron publicándose, aunque tardaron lo suyo, como ya es sabido... En cuanto a esta La imagen furtiva, la borré de mi memoria con el paso de los años, llegando en ocasiones a confundir el sobre donde la guardaba con el de una copia distinta de El corazón de Atenea. En fin, en la búsqueda de textos antiguos aprovechables para este blog, reparé en ella y pensé que lo que había hecho con Suficiente tiempo para Mónica, reconvirtiéndola en "Mónica y el tiempo", lo podía hacer también con ésta. O mejor dicho, no acortarla sino simplemente reescribirla corrigiéndola y mejorándola un poco, manteniendo su extensión de 17 capítulos y epílogo, unas casi 120 páginas, y publicarla como serial en el blog, quizá no seguidamente, sino a capítulo por semana.
Pero tras reescribir los dos primeros capítulos, al llegar al tercero me pregunté que adónde demonios me llevaba aquello; eché un vistazo al final, releí por aquí y por allá... y desistí del asunto. Lo curioso es que, a diferencia de Suficiente tiempo para Mónica --la versión de 1978--, estaba mucho mejor escrita y había menos personajes y más intriga. Algunas cosas de ella no me desagradaban, pero no veía ningún interés en otras ni tampoco cómo arreglarlas, por no mencionar ciertos detalles que me parecieron solemnes majaderías bastante bochornosas. Finalmente, pues, desistí de seguir adelante y destruí la novela (salvando no pocos bosques noruegos al reciclar el papel).
Supongo que el que un autor destruya una novela inédita suya puede escandalizar un poco a según quién. No creo que deba ser así, o no conozco yo a la gente. Pero en todo caso, me permito el explicar los motivos, puesto que hablar sobre escribir y lo que uno escribe y cómo y porqué, siempre puede resultar útil para otros escritores, tanto veteranos, como noveles, tanto en ciernes como inéditos aún, aficionados y/o curiosos.
He dicho que la novela titulada La imagen furtiva era mucho más corta que Suficiente tiempo para Mónica y estaba mejor escrita. También que tenía pasajes interesantes. Y añado que contenía un tema que ha aparecido en otros de mis textos: la memoria y los recuerdos, como por ejemplo, "Destellos y cicatrices", "El deterioro", "Play ´Nobody´s Home`de Avril Lavigne" y "Mónica y el tiempo" (la reconvertida novelucha de 1978), y algún otro que no recuerdo. Por lo visto es un tema que inconsciente o subconscientemente me atrae y aparece en mis historias sin siquiera pensar en ello. Bien, La imagen furtiva incide en el tema, pero ni aun así he querido aprovechar el texto. Para ello me encontré con las siguientes razones:
--La novela es superior a la reescrita de 1978, pero no conseguía interesarme por los personajes ni por la trama conforme avanzaba su reescritura y corrección.
--La novela es más de ciencia ficción que la de 1978, pero su argumento es banal, trillado y no aporta nada interesante ni tampoco como entretenimiento.
--Algo de lo que hay en ella aparece tratado alguna vez de maneras distintas en otros relatos o novelas posteriores, publicados o no (el relato de 2005 "El instante de la liberación", aparecido en este blog en diciembre de 2006, recoge muy vagamente algo de la novela), por lo cual no veo yo qué gracia tiene ofrecer un texto que no presenta novedad alguna en su fondo o temas.
--Ante la posibilidad de que a algún lector le interesase la historia y acontecimientos narrados en ella, preferí ejercir mi derecho como autor a privarle de un texto que a mí no me decía ni aportaba nada y cuya reescritura no me producía la menor satisfacción.
Sin duda este último motivo puede calificarse de egoísta. Puede que sea así. Sin embargo, como autor, tengo ese derecho de decidir qué es aprovechable y qué no lo es. En este blog se han publicado textos mucho más antiguos que esta La imagen furtiva finalmente abortada, o la refundida novela de 1978 ya mencionada: he publicado algún relato de 1971 y no hace mucho una novela corta también de 1971, e incluso otros textos mucho más antiguos, convenientemente reescritos, remozados y revisados, lavados y pulidos estando previstos varios más para el futuro. Pero si lo he hecho ha sido porque he tenido fe en ellos como autor, me han seguido interesando las tramas y los personajes, he visto que conservaban un cierto interés o dignidad, y finalmente, he pensado que podían proporcionar un aceptable entretenimiento o utilidad al lector. Creo que no me he equivocado hasta ahora en mis decisiones al respecto, básicamente porque lo medito mucho antes de llevarlo a cabo. La distancia temporal existente entre 1971 y 2006 o 2007, por ejemplo, me permite juzgar el relato o el texto que sea con una frialdad semejante a la de un editor que decide sobre el material de otra persona: al final y al cabo, la persona de 1971 o de 1967 que escribió ese texto ya no existe; ha sido sustituida por otra que lee aquello como proveniente de un desconocido. Y esto produce sorpresas, como recuperar un relato, "Virazón", de 1971, tal como fue escrito en esa fecha, simplemente traduciéndolo del catalán, con mínimas correcciones en el texto, o la novela corta "Tan oscuro como antes del alba", en idénticas condiciones. Muchísimo, pero que muchísimo más trabajo he tenido con otros textos que datan de 1966-1967 la mayoría de ellos, si bien algunos ya fueron reescritos a finales de los años noventa; pero aquí había mi convicción de que eran aprovechables y mi interés en ellos, por mucho trabajo que me dieran. Para de3cirlo de manera clara, en estos textos más antiguos seguía teniendo fe en la historia, en los personajes, en sus características y en el posible interés del lector; en suma: no me avergonzaba de ellos como autor.
Un escritor no puede forzarse a sí mismo a reescribir un texto antiguo, aunque lo crea mejor que otro reescritos o publicado en su día, si nota una total indiferencia --creciente a medida que lo relee o lo corrige-- hacia ese texto. Que tenga una trama o unos capítulos interesantes, que haya alguna que otra sorpresa, o trate de un tema habitual para el autor, no justifica perder el tiempo reescribiéndolo (o transformándolo) si se carece de fe en el proyecto y hacerlo se va convirtiendo en un tormento para el autor. No lo haría ni para ganar dinero, imagínese alguien pues si lo haría por pasatiempo. El escritor ha de tener fe y convicción en su texto; ha de identificarse con lo que ocurre en él y ha de sentir empatía por los personajes. Un texto muy antiguo puede ser aprovechable por más trabajo que dé, y en cambio otro menos antiguo que dé menos trabajo, puede no serlo.
Destruir una novela es doloroso, ciertamente. En mi caso, no es la primera vez que lo hago, y creo que eso lo cuento en un próximo capítulo de la serie "Relatos autobiográficos", titulado "Escribiendo estupideces". Si uno retoma viejos escritos inéditos, ha de ser no tanto porque se reconozca en ellos, sino porque al juzgarlos desde la distancia del tiempo, ve en ellos elementos que le aportan algo que aún parece vigente o que no ha sido alterado en exceso por el paso del tiempo (y a veces los aspectos alterados pueden ser fácilmente subsanados). Ya comenté al reescribir Suficiente tiempo para Mónica y transformarla en "Mónica y el tiempo" que los motivos para hacerlo --pese a lo desastroso de la novela de 1978 en cuanto a estilo-- era que en ella reconocí elementos que me parecían aprovechables, mejorables y válidos, y si bien en la presentación dije que el resultado no me desagradaba, esa presentación fue escrita antes de la publicación de los capítulos, lo cual significa que cada capítulo sufrió aún un mínimo de seis o siete correcciones más, con lo que el resultado acabó siendo satisfactorio para mí. Pero La imagen furtiva no me ofrecía nada: personajes tópicos (por no decir ridículos), trama poco novedosa, apropiaciones de aquí y de allá, la sensación en aumento del nulo interés de todo el argumento general, una vez llegados al término de la historia. Por lo tanto, creo que el lector ha salido ganando al privarle de ella, y yo me he ahorrado hacer el ridículo.
No se puede escribir por escribir y publicar por publicar, ni reescribir porque sí, para aprovechar cosas viejas. Hay quien lo hace, y espero que lo haga con el mismo criterio que trato de hacerlo yo. Si la novela se hubiera publicado en su tiempo, pues, en fin, relatos peores que ella me fueron publicados y tengo que aguantarme; estaría olvidada ya, y basta. Pero a estas alturas, si se vuelve al pasado es para sacar provecho de él y mejorar lo digno de mejorar, y no había provecho para nadie en reescribir esa novela.
Como digo, destruir una novela es una decisión dolorosa, pero ¿qué sentido tiene aprovechar textos sin interés siquiera para su creador? El recordar que en su momento me gustó mucho, no justifica su rescate: el yo que la escribió no es el yo de ahora, y las inquietudes de la novela tampoco son las mías ya. Más o menos es lo mismo que me llevó hace ya varios años a ni siquiera concluir otra novela que quedó sin acabar en su segundo borrador. ¿Para qué perder el tiempo en lo que no aporta nada? Hay otras cosas más interesantes que escribir.
2月25日 CIUDAD DE SILENCIO, de Gregory Nava: Oportunidad desperdiciada(c) 2007 by J.C. Planells
A uno le gustaría poder decir algo positivo de esta película, pero es tarea imposible. De hecho, ya era de esperar. Ésta es una película trivial sobre un tema terrible. El tema ya lo traté el año pasado en un artículo de este blog, "Los feminicidios de Ciudad Juarez", aparecido el 8 de marzo; es decir, los asesinatos de miles de mujeres, trabajadoras de humilde condición en la maquiladoras de Juárez, y que son sistemáticamente violadas, asesinadas, torturadas y mutiladas por personas desconocidas muy bien organizadas y sin que el gobierno ni la policía mexicanas se molesten en investigar nada; para qué, deben de pensar: son indígenas en su mayoría y su muerte carece de importancia. No incidiré en el tema, porque no es momento ni me apetece a la vista del pobre resultado de esta película, de la cual ya tenía noticia cuando escribí ese artículo.
No se duda de la buena intención de los responsables de la producción: director y guionista, actores, productores... Pero con buenas intenciones no se va a parte alguna, cinematográficamente hablando. Es algo ya sabido de otras ocasiones en que se ha intentado concienciar a la gente --o al público-- mediante un "film-denuncia", que resulta blanco o inefectivo. No es que uno esperase algo así como un Ciudad de Dios de Fernando Meirelles --que tampocó acabó de convencer a algunos, aunque es infinitamente más efectivo que este desdichado Ciudad de silencio--, pero sí confiaba en ver una película algo más dura de lo que ofrece el film escrito y dirigido por Gregory Nava.
Ciudad de silencio no empieza del todo mal: los primeros minutos parecen interesantes y se adopta un tono de film de terror. Pero apenas aparecen en escena Jennifer Lopez y Martin Sheen, queda claro el rumbo emprendido por el film: Martin Sheen interpreta a lo más tópico del periodismo: un director que exige a su más brillante periodista (la Lopez) que vaya a Juárez para hacer un reportaje sobre las muertes de chiquillas y jovencitas que tienen lugar sin que nadie se moleste en averiguar nada. La escena es tan típica y tan tópica que el espectador ya empieza a temerse lo peor (pensándolo bien, uno hubiera debido salir del cine tras esa escena). Y así, Ciudad de silencio deja de inmediato de ser un film denuncia --si es que pretendió serlo-- y se convierte en un thriller normal y corriente, incluso de escasísimo interés, con la López protegiendo a una testigo "vuelta de la tumba" para que pueda declarar contra su violador. Hay más tópicos, muchos más, tantos que cansa el repasarlos y ni siquiera lo intentaré. Algunos producen verdadero bochorno (el personaje de Juan Diego Botto y su relación con la Lopez; la presencia como "artista invitado" de Juanes cantando lo de la "Camisa negra", que resulta ser el ídolo de la chiquilla protegida por la Lopez...).
Este es, pues, un film sin duda realizado con las mejores intenciones del mundo pero que banaliza y trivilaliza un tema terrible. Acaso alguien diga que esa manera es la para llegar a más público. Pues lo dudo, ante la escasísima calidad del film. Esto no es, repito, Ciudad de Dios; esto es un thiller muy aburrido. Se ve que las películas "fuertes" ya no pueden surgir del mercado americano (tampoco estamos en la década de los sesenta o los setenta, bien es verdad). Si uno quiere sentir de verdad lo que ocurre, hay que acudir a otra clase de cine. Películas como La ciénaga, El bonaerense, Madame Sata, Ciudad de Dios, por ejemplo, hablan con seriedad de problemas serios y uno las recuerda con el paso del tiempo. Ciudad de silencio se recuerda sólo como una oportunidad desperdiciada.
Y mientras, en Juárez sigue el drama.
2月24日 LA VIDA AHÍ AFUERA(Serie: Relatos autobiográficos -15)
(c) 2006 by J.C. Planells
A los tripulantes de esa nave:
Carolina,
Ángel,
Antón,
Loli,
Fina.
Hubo una época de mi vida en que estuve yendo a visitar enfermos a varios hospitales; son cosas que una vez u otra en la vida toca hacer. Aquella época coincidió más o menos con la que la gente de mi edad dedica a ver crecer a sus hijos, verles hacerse mayores, o a crear una familia, o, si no tienen hijos o la familia se ha estropeado, a ir de discotecas, a hacer de puteros, a cualquier actividad por el estilo. Es decir, a vivir la vida como lo hace todo el mundo. Yo iba de visita a hospitales y eso era útil para aprender que hay otra vida allí en la que no pensamos nunca, y que desde allí dentro la vida de afuera es otra clase de vida.
Nada más cruzar la puerta del edificio de un hospital, todo cambia: es como si hubiésemos entrado en una nave espacial que nos lleva en un viaje silencioso a través de un universo que permanece inmóvil. De la misma manera que el espacio parece no moverse a los ojos de quien viaja en una nave espacial y contempla las estrellas a través de una ventanilla, así la vida ahí afuera parece inmóvil para quien pasa unas horas de visita en un hospital. De hecho, podría muy bien no existir vida alguna (ya no digamos vida inteligente) fuera del recinto del hospital. Los visitantes habituales u ocasionales suelen mencionar la comida y el olor del hospital como algo incómodo o inaguantable (la comida es mala, el aire huele raro); es como si la comida fuera aséptica, el aire también fuera aséptico, el personal también lo fuera... No se dan cuenta de que han entrado en otro universo.
A veces me quedaba observando la calle desde alguna ventana, bien en la misma habitación del enfermo, o en una sala de espera o en algún pasillo con ventanales al exterior. Era como mirar desde las ventanas de un hotel hacia una ciudad extraña y desconocida a la que hubiéramos llegado de viaje la noche anterior o esa misma tarde y estuviéramos tratando de conocerla, de aprender su --digámoslo así-- funcionamiento. La gente que circulaba por las calles, o salía de las bocas de un metro, o llegaba con su coche al parking del hospital, según la ubicación de cada punto de observación o del hospital mismo, no eran conciudadanos míos, sino gente extraña, alienígenas que vivían en mundos paralelos unas vidas diferentes y desconocidas. Iban a sus casas de vuelta del trabajo, o se reunían con sus novias o novios, o llevaban a sus niños a un lado u otro. Y a mí me parecía que todo aquello que estaba viendo era algo irreal, una especie de representación para recordarnos a quienes los contemplábamos que afuera --en el exterior de la nave hospital-- existía una vida, o mejor: proseguía la vida. Pero a su vez, ellos, la gente de las calles, ignoraban que allí dentro también había una vida, una forma de vida distinta. Cercana a la muerte en ocasiones.
--Uno no piensa nunca en cómo son las cosas en un hospital hasta que está dentro --me dijo una vez alguien, durante una de estas visitas--. Hasta que no estás aquí, no se ve la realidad de la vida.
Asentí dándole la razón. Era un hombre de mediana edad. Estábamos cerca de los ascensores, quizá fumando (se podía fumar entonces en algunas zonas de los hospitales) y yo examinaba a la gente que entraba o salía. Mirando por el hueco de las escaleras, vi en el piso debajo del nuestro a una chica de unos dieciocho años, con una chaqueta de cuero negra, acompañada de un chico de cazadora marrón. Uno imaginaría verlos en un bar tomando cervezas, o yendo en moto de fiesta; pero ahí estaban. Al poco se les acercó una mujer de unos casi cincuenta años, quizá la madre de ambos, si es que eran hermanos, o de uno de ellos, si es que eran novios, y hablaron los tres en voz baja y luego tomaron los ascensores hasta la salida.
--Aquí nada corre prisa ya --me dijo el hombre que estaba a mi lado, echando el cigarrillo en el cenicero y encaminándose a una de las habitaciones.
Cierto. Pero no todo el mundo sirve para ir de visita a un hospital. A veces veía familias que casi parecían disponerse a montar una paellada en la habitación, gente con niños pequeños que no tenían idea de lo que era un hospital y se echaban a correr por los pasillos ante el furor de la enfermera que pasaba.
Enfermeras. Me temo que mucha gente las mira con algo de sorna y algo de cachondeo. Ciertamente su uniforme resulta vagamente erótico, dibuja unas curvas atractivas, y esas medias blancas forman parte del imaginario de muchos erotómanos. Debe de ser para aliviar la vista en medio de tanta miseria, sufrimiento y dolor. Se sabe de ellas que son bastante promiscuas, pero de una manera natural, sin falsedad, sin comedia, sin tapujos. Yo tuve relaciones con una enfermera una vez, durante una temporada (no, no la conocí en ningún hospital, sino en otro lugar), y me sorprendió la naturalidad con que practicaba el sexo, como algo que no requiriera justificación o motivación alguna para llevarlo a cabo: se hacía y ya está, como lo más lógico del mundo. La explicación, me figuro, es simple: cuando se está en contacto con el dolor y la muerte y el sufrimiento y las lágrimas continuamente como lo están ellas, y se ha de soportar a familiares, médicos algo cretinos o soberbios a veces, enfermos rebeldes, viejos que apenas pueden sostenerse y otros dramas y tragedias, el sexo es una válvula de escape, algo practicado casi inconscientemente, un lenitivo para el dolor, un sentirse vivo durante unos minutos, una manera de alejar de la mente todo aquello que está aguardando el regreso de la enfermera. Pero me temo que mucho cretino malinterpreta eso y las juzga de otra manera, como frívolas o promiscuas de manera gratuita. Deben de ser personas que no han ido jamás a un hospital ni de visita; su opinión, por tanto, no interesa ni es válida. Yo admiro a las enfermeras. No sería capaz de resistir lo que resisten. ¿O quizá sí? En fin, es tarde para averiguarlo.
Como decía, mucha gente iba a los hospitales como quien va a la feria. Entraban en la habitación de un recién operado y se ponían a contar operaciones en que el enfermo había muerto sobre la mesa del quirófano, en que el doctor se había equivocado en el diagnóstico, en que alguien se había olvidado unas tijeras u otra cosa dentro del enfermo al cerrar la herida de la operación, de convalecencias largas como una guerra, y finalmente se despedían con un alegre "¡Que te mejores!", comentando al salir que "No se la ve muy animada" o "Se la ve bastante bien", según el caso. Yo me asombraba de la inconsciencia de aquella gente. ¿No se daban cuenta de que el momento de las visitas es en muchos casos el único momento feliz que tiene el enfermo en todo el día? ¿Lo único que le recuerda que hay vida aún ahí afuera? ¿Que el mundo sigue aunque ya no cuente con él para seguir? La mayoría de los enfermos empeoraban con esa clase de visitas.
Mi primo el millonario, aquél del que hablé ya en el capítulo "Las miserias de escribir", convertía en un ritual obligatorio para sus hijos el ir a visitar a familiares enfermos. "Para que sepaís lo que es la vida", parece ser que les decía. Se comportaba en la habitación como si estuviera en misa solemne y cantada (es muy de ir a misa, como dije), y así la visita se convertía en un ritual rutinario y ejecutado casi de memoria, frío y sin sentimiento. Tampoco es ésa manera de ir a visitar a un enfermo, como quien va el domingo a misa "porque es de precepto". No se aprende lo que es la vida yendo a visitar a un enfermo al que han operado de lo que sea. Se va porque en conciencia se quiere ir, para verle, darle ánimos, hacerle sentir que se le espera afuera y se le echa en falta; y si no es para eso, pues mejor quedarse en casa cascándosela. El enfermo espera ilusión, caras amigas, el contacto con lo que ha dejado atrás momentáneamente (o que perderá para siempre según le vayan las cosas), un soplo del aire fresco de la calle que se les ha pegado en la ropa a los visitantes y que se cuela como una travesura entre la asepsia de la habitación. Visitas rutinarias "de precepto y por cumplir" son falsas y aburren, no aportan nada. Pobre enfermo el que reciba esa clase de visitas.
Por cierto, a propósito de este primo millonario que he mencionado: hace bastantes años tuvieron que operar a su mujer de un leve quiste que la dejó sin posibilidad de tener más hijos (una operación que no revistió el menor peligro). La noticia me llegó a través de otro familiar, quien me comunicó el hospital en el que estaría ingresada la mujer del primo millonario durante los días que durase el operatorio y el postoperatorio, y que mi primo tomaría muy buena nota de quién iría a visitarles a la habitación y quién no iría.
--Ah, muy bien, pues --contesté--; en tal caso, ya te digo que yo no iré.
Y no fui. A un enfermo se le visita por deseo, por convicción, por cariño, por aprecio, puede que por compasión, a veces de manera instintiva, por ganas... pero nunca se le ha de visitar por imposición familiar, porque "tomarán nota de quien vaya y quien no". A la mierda las imposiciones.
Bastantes años más tarde, pensé en eso cuando visité a mi prima Fina, después que la operaron en Barcelona, cuando su caso ya era grave del todo. Fina fallecería a una edad parecida a la que tengo yo ahora, o más joven aún, porque su mal no tenía cura posible ya. Es curioso: esa detestable ristra de parentela mía ha tenido la extraña virtud de enviar al cementerio antes de hora a sus mejores miembros. Ya lo comenté en "El piano de Eladia quedó en silencio". Fina, por ejemplo, uno mujer maravillosa, sin falsedad y sin aires de grandeza, madre de tres hijos, mujer de su casa, preocupada sólo por sacar adelante la familia y nada más, siempre sonriente, siempre radiante, siempre animosa. Y se fue en poco tiempo, tras una dolorosa enfermedad, dejando a sus hijos --dos chicos y una chica--, jóvenes aún, desconcertados, preguntándose casi qué era lo que había pasado, y un marido --Enric-- desconsolado que en dos días parecía un fantasma de sí mismo, incapaz de asimilar la idea de que Fina se había ido y no estaba más en casa. Cuando le vi aquellos días tras la muerte de Fina, me daba la impresión de que Enric recorría la casa de punta a punta, de piso a piso, buscando a Fina por alguna habitación, por algún rincón, escondida tras una puerta por hacerle una broma, colgando la ropa en el terrado... Es algo tan horroroso que yo mismo aún no me hago a la idea de que ella, precisamente, ella, nos haya dejado, mientras que los engreídos y soberbios primos siguen paseando por Blanes mirando a los demás por encima del hombro como Seres Superiores que son.
No fue la única. Siset, uno de mis tíos, se nos fue de pronto hace aún muchos más años, cuando mi padre aún vivía. Siset era el único hermano --dejando aparte a mi padre, que fue el artista de la familia, y como tal, mirado con conmiseración-- de conducta discreta; parecía vivir más hacia adentro que hacia afuera, como si la vida pasara y no se diera cuenta de ello. Era algo inventor, algo artista, algo excéntrico. Tuvo durante unos años una librería en Blanes, llamada Roig Jolpi (ya no existe), en esa calle que hay que seguir para ir a la Cala Sant Francesc. La tuvo porque le daba la gana de tenerla, aunque no ganaba ni un duro con ella; en realidad, perdía dinero, ante la desesperación de su mujer y las protestas de los representantes de las editoriales a las que no podía pagar las facturas las más de las veces porque apenas se vendían libros. Pero él, sin inmutarse, mantenía la librería abierta contra viento y marea. Mi primo el millonario le miraba con condescendencia, como tolerando el capricho de un anciano que se entretenía con su juguete. Siset a veces inventaba cosas que no servían absolutamente para nada y que le robaban mucho tiempo. O se ponía a fabricar artilugios extraños o a hacer de carpintero allí mismo en la tienda. En casa aún guardo una caja de madera para guardar lápices que le hizo a mi padre en su juventud. Es ya muy vieja y le falta una parte, pero está sobre mi mesa de despacho, y no la reemplazaría por una nueva y moderna. En fin, a Siset le dijeron un día que debía operarse de la próstata, así que fue a operarse de la próstata, obedientemente. Le pusieron la anestesia y ya no despertó. Ésa es la clase de muerte que a mí me gustaría, sin enterarme siquiera.
Fina sabía que se iba a morir, me temo. Y supongo que yo debí imaginarlo cuando me la encontré un poco antes en la clínica de nuestro seguro médico en Barcelona. Ella, como he dicho, vivía en Blanes y debía bajar expresamente para visitarse, y una de esas veces en que bajó coincidió conmigo en la sala de espera, para sorpresa de ambos. Yo casi nunca en la vida he ido al médico, pero era en la temporada en que, ejem, mis nervios no estaban del todo bien. Fina estaba muy mal, pero era la persona comunicativa, animosa de siempre. Supongo que el destino quiso que coincidiéramos allí; el destino ha sido siempre muy gracioso conmigo..., o se cree que es muy gracioso. Yo nunca iba a Blanes, y ella sólo bajaba para visitarse. Así que me imagino que el destino lo quiso para que su recuerdo me acompañara siempre. Cosas que hay que aceptar y que supongo deben de tener un sentido, aunque no sé cuál pueda ser. La volví a ver más tarde en el hospital, cuando su operación final, cuando ya era evidente que...
Yo solía entrar en la habitación de los enfermos a quienes visitaba casi con indiferencia, a veces con las manos en los bolsillos, como si me hubiera ido cinco minutos antes, o me hubiera dejado algo y regresara para buscarlo, o como quien pasa por ahí y se le ocurre entrar un momento; o como si la habitación fuera un bar al que entraba a tomar una copa, o como si fuera a tratar de un negocio de importancia, o como Pedro por su casa, vaya. A veces, según quién y cómo fuera el enfermo, llamaba de formas ridículas a la puerta (POM... POM... POM...) y abría lentamente la puerta (ñeeeeeeeeeeeec), ganándome un "qué burro eres" y una sonrisa, o un "qué payaso llegas a ser" y una carcajada, según el sexo del enfermo y la relación que hubiera.
En ocasiones, el enfermo no está solo en la habitación; hay otra cama con otro enfermo, y puede llegar a establecerse una relación de cierta complicidad amistosa entre ellos y los visitantes respectivos. Pero también ocurre que el otro enfermo quizá no esté para complicidades amistosas, o para visitantes propios, porque su estado es grave; ocurre que a lo mejor un día llegas para saludar a tu enfermo, y ves que la cama de al lado está vacía y su mesilla de noche también vacía... y no es porque le hayan dado de alta o esté abajo por alguna prueba médica.
Entre unos y otros se establecen diálogos sencillos, charlas intrascendentes, puramente casuales. El enfermo menos grave suele dar ánimos al más grave. Recuerdo a Loli, a veces, animando a una mujer anciana con la que compartía la habitación, y que estaba muy mal (peor que ella), y que un día... pues ya no estaba. Loli le hablaba con ánimos y le hacía alguna broma de las suyas de cuando en cuando, y la mujer sonreía como podía. Esa mujer creo que no recibía visitas apenas y pasaba casi todo el día sola. No se busca la charla importante, no se habla de temas de actualidad, de fútbol o política. Se habla de cosas simples, sencillas, de la vida, curiosidades que uno sabe y comparte con el otro, de manera calmada, siempre con una leve sonrisa cortés en el rostro, conscientes de que somos visitantes que no nos conocemos ni nos volveremos nunca más a ver en otra parte, pero estamos compartiendo una misma angustia o preocupación; se bromea incluso de una manera tranquila, despreocupada, siempre en un tono de voz modulada.
Cuando termina nuestra visita y salimos a la calle, cuando dejamos atrás esa nave espacial hacia ningún sitio que es el edificio del hospital, la calle nos resulta un lugar extraño al que hemos de volver a acostumbrarnos. Generalmente estamos en un barrio muy alejado del nuestro, a quizá una hora o así en transporte público. Eso aumenta nuestra extrañeza, porque además no conocemos esos lugares, no hemos estado nunca antes en ellos, y seguramente no volveremos a estar en ellos, porque los hospitales que visitaremos estarán siempre en distintos puntos de la ciudad. Si es la tarde de un domingo, los alrededores estarán desiertos. Si es el anochecer de un día laborable, veremos gente que vuelve a sus casas del trabajo. Sentiremos una cierta desazón, de no pertenencia al lugar, de ser unos intrusos en un barrio donde la vida se desenvuelve ajena al hecho de que allí hay un hospital. Nosotros volveremos a nuestra rutina diaria, y atrás, en la nave que no viaja a ninguna parte, queda el enfermo, que quizá sane, que quizá no se salve, que acaso esté dejando sus mejores días atrás para siempre. Pensaremos que hemos tenido suerte: nunca hemos tenido que guardar cama en un hospital. Allá en el hospital, se queda él, la persona a la que hemos acompañado una tarde o unas horas, o una mañana. Si está lúcido, esperará con ilusión nuestra visita del día siguiente, o quedará contento porque no esperaba vernos llegar para visitarle y le hemos devuelto esa vida que se le va por unos instantes. Hemos sido un soplo de aire fresco, un recordatorio de que la vida sigue, aunque él esté momentáneamente apartado de ella. Hemos sido su complicidad en un simulacro de vida
La nave hospital sigue su marcha inmóvil, enclavada en el suelo. Sus tripulantes desearían estar en otra parte, donde fuera. Afuera, la vida sigue sin ellos. Nosotros, por unas horas, hemos viajado con ellos y nos hemos dado cuenta de algo, algo importante, pero que luego, demasiado rápidamente, hemos olvidado.
FIN.
2月22日 ME SIENTO EXTRAÑA, de Enrique Martí Maqueda: Aquí hay tomate(c) 2006 by J.C. Planells
![]() Hay que reconocer que el cine español es abundante en frikadas varias: Desde Autopsia (un film de Juan Logar de 1973, inenarrable) hasta Zampo y yo (el debut cinematográfico de una niña llamada Ana Belén), pasado por El crucero Baleares, las películas con Esteso y Pajares, el cine clasificado S, las cutreces de Jesús Franco y las películas protagonizadas por Don Jaime de Mora y Aragón, entre otros OCNIS (Objetos Cinematográficos No Identificados) varios; si se tuviera que otorgar un premio a la película más freaky del cine español, la competencia sería tan dura como el instrumento de trabajo de Nacho Vidal.
Me siento extraña, rodada en 1977, fue el primer y último film, afortunadamente, de Enrique Martí Maqueda, realizador de diversos programas televisivos al que le dio por pasarse al cine y salirse de él enseguida; esto último se lo agradecemos. En este film hizo uno de sus más destacados papeles (no el primero, pero sí uno de los primeros como protagonista) la ínclita Bárbara Rey. Y el último la no menos ínclita y lamentablemente desaparecida hace poco Rocío Durcal, que optó por retirarse del cine y dedicarse a la canción con notable éxito. Salen también Paco Algora --un actor que por motivos que no sé explicar, cada vez que le veo en una película me levanto instintivamente de la butaca para irme--, Víctor Israel (actor freaky) y unos cuantos más. La película tiene un argumento más o menos inexistente, una historia notablemente aburrida, unas escenas que llegan a fatigar por repetitivas e inanes. Vemos a Paco Algora meando, a Paco Algora cascándosela con vigor, a Paco Algora haciendo gestos obscenos. Puede que la razón es que Paco Algora interpreta a un señor un poco corto de luces, pero de todas maneras se puede ser corto de luces y no ir cascándosela a cada momento. O a lo mejor sí, pero tampoco es necesario que lo veamos o intuyamos. De todas formas, como es el héroe de la función (salva a Bárbara Rey no de los leones sino de los malos), le perdonaremos sus cascadas del Niágara.
Esta película, de argumento e historia simulados (y digo simulados porque no existen en realidad, sólo se simula que hay argumento) tiene un único interés, un único objetivo y un único motivo de existencia: el filetazo que al final de la película se pegan la Rey y la Durcal. Éste es su único motivo de existencia, en efecto, ver a la Bárbara pre-Ángel Cristo y pre-Salsa Rosa y a la Rocío post-Chica del Trébol y pre-Canciones de Juan Gabriel revolcarse durante algo más de cuatro minutos de pasión y goce carnal en la cama. Hombre, ya sabemos que estas cosas las hemos visto antes, durante y después, pero tienen su morbillo, y como digo la película no ofrece nada más. Absolutamente nada más. Parece que pudiera intentar presentar a un señor facha (el suegro de la Durcal), molesto con la nuera porque ha abandonado al marido cuando él se dispone a fundar un partido de fachas para ganar las elecciones en España cuando las haya (no olvidemos que en la ficción y la realidad del filme estamos en 1977). El suegro tiene la foto del rey Juan Carlos sobre su mesa de despacho, pero escondido en un cajón guarda amorosamente el retrato de Franco. De ser así, la historia se saca al facha de encima muy pronto (¡qué suerte, si en la vida real se pudiera hacer lo mismo!) para mostrarnos que por lo visto la Durcal está insatisfecha con su marido. ¿Sexualmente? ¿Porque es un facha? ¿Porque el suegro es el facha? Yo creo que la razón auténtica es que si no, no habría película, pero da lo mismo. Así, una vez plantado el marido en vísperas de que el suegro funde el partido facha "para que todo siga atado y bien atado", como el dice a su hijo (es que por lo visto era una peli con mensaje y acabó en una peli con masaje... erótico), la Durcal se va a vivir a una bonita casa de campo de la amiga de una amiga, la Rey, que es artista de variedades, le desagrada el sexo con hombres (se nos muestra en varios flashbacks para que seamos conscientes de ello, y, de paso, de su notable felpudo) y a cada escena sale con un modelito distinto. Por el pueblo pululan tres o cuatro tíos repugnantes que piensan que la Durcal y la Rey son lesbianorras y hacen "guarradas", así que al final, hartos de eso y con la botella de coñac --o de vino, no sé-- en la mano, van a casa de la Rey y tratan de pasársela por la piedra. La rescata Paco Algora, que deja de pajearse el rato justo de salvarla y se muestra arrepentido de tanta cascada del Niágara. La deposita desnuda en la cama, muy oportunamente para que cuando regrese la Durcal de dar una salidita en coche, le cure las heriditas con algodón y, ya puestos, hagan ñaca ñaca --lo que el espectador esperaba ya desde el primer encuentro-- mientras el Algora limpia la casa de los destrozos de los guarros y, por una vez, no se la casca mientras las chicas sudan como fieras en la cama.
O sea, nada, vaya. La película sólo ofrece entretenimiento para espectadores de Salsa Rosa y demás. Es una película ideal para hacer un remake, titulado Me siento extraña. Reloaded, aunque en este caso en vez de por actrices tendría que ser protagonizado por otra clase de féminas. A las actrices ya las vemos darse revolcones por aquí y por allá en algunas películas, y no estimula nada ya. Así que deberían ser sustituidas por, digamos, Mónica Terribas y Mari Pau Huguet, o por Concha García Campoy e Isabel Gemio, o por Rosa de España y Fresita de Gran Hermano; en suma, parejas que estimulasen la visión de la película lo mismo que la estimularon la Rey y la Durcal en su tiempo. Y aguantar el mismo rollo de argumento, variando algún detalle: el suegro sería un alcalde corrupto que se prepara para chorizar más terrenos urbanísticos, y lo demás, pues igual, hasta llegar el momento en que la Terribas y la Huguet, o la Campoy y la Gemio, se dieran el santísimo filetazo para goce de sus admiradores. Ése sería el interés del remake.
Y a la pregunta que alguien pueda hacer de por qué pierdo el tiempo mirando estas estupideces, lo cierto es que no sé qué contestar. 2月20日 UNA EDITORIAL EXTRAÑA(C) 2007 by J.C. Planells
No hace mucho, al recuperar en este blog un comentario sobre la novela Mallworld de Somtow Sucharitkul publicado previamente en la revista Tránsito en los años ochenta, hice referencia a que el único libro publicado en España de este autor (como S.P. Somtow), apenas se puso a la venta y fueron destruidos casi todos sus ejemplares. Como creo que esto merece un comentario más extenso, ahí va.
Poco antes de comenzar la década de 1990, surgió una editorial con el nombre de Grupo Libro 88, con sede en la calle Guzmán el Bueno, 133, de Madrid. Esta editorial publicaría una colección de narrativa española, otra colección de novelas de terror, y editaría también el Teatro casi completo de Joaquín Calvo Sotelo, en varios tomos (tres, creo recordar, pero no estoy seguro). Del resto de las publicaciones que hicieran, no tengo más noticia.
En los inicios de esta editorial los libros editados por ella gozaron de una distribución más o menos normal en librerías, y era fácil verlos en Barcelona y Madrid en algunos puntos en concreto (la Crisol de Barcelona, por ejemplo) claramente expuestos, tanto la serie de narrativa española como la colección de novelas de terror, ambas en un formato parecido al de Planeta en su colección best-sellers de entonces. También recuerdo haber visto los tomos del teatro de Calvo Sotelo en una librería; eran de un formato excesivamente grande e inmanejable, y con un precio prohibitivo, lo que me retrajo de adquirirlos entonces, algo que aún lamento pues me interesaban.
Sin embargo, hacia 1991 los libros de esta editorial dejaron de distribuirse en librerías, aunque seguían publicándose, al menos en lo relativo a la colección de terror. Fue una... desaparición misteriosa. Me referiré exclusivamente a la colección de terror, por ser la que más conozco, y la que interesará a los aficionados a este género.
Esta colección se llamaba "Luna oscura", y según se indica en la página de créditos era un "Proyecto y realización de Edimundo. S.A."; no tengo ni idea de lo que esto significa. La colección se inició en 1990 y en 1994 apareció el número 17 de la misma, pero que quizá no fuera el último, aunque lo desconozco. Los primeros números de esa colección, carentes de interés excepto el número 1, que era una antología temática de relatos, se distribuyeron amplia y profusamente. Pero partir del número 7, cuando curiosamente la colección aumentó en calidad de autores y títulos, fue el momento en que "desaparecieron" de librerías. Según me comentaron diversos amigos de Madrid, a veces se veía un ejemplar en Moyano, o en lugares inesperados, y ningún aficionado al género fantástico conseguía tenerlos todos ni saber con seguridad si un título u otro había sido publicado o no. En Barcelona, la librería Gigamesh, especializada en género fantástico, logró tener unos poquísimos ejemplares de algunos títulos hasta el famoso 17 y posiblemente último, y eso a base de insistir e insistir y de continuos telefonazos a editorial y distribuidores; la dependienta de Gigamesh me comentaba que ya estaba harta de coserles a telefonazos sin que se molestaran en hacer el menor caso de los continuos pedidos, y aún menos de servirlos. Los distribuidores no sabían encontrar la editorial, y la editorial por su parte se limitaba, como digo, a no atender pedidos de nadie y a no hacer caso de las demandas de ejemplares y reposiciones. Sencillamente, pasaban de vender los libros que publicaban. El resultado de todo esto es que los afortunados poseedores de los números aparecidos a partir del 7 de "Luna oscura" son eso: afortunados, y muchos títulos ni siquiera han sido vistos nunca.
¿Qué razón puede haber para que una editorial no desee distribuir sus publicaciones ni atender continuas peticiones de ejemplares por parte de librerías? ¿Por qué ni siquiera esas ediciones aparecieron en saldos o liquidaciones en lugar alguno? ¿Por qué corrió el rumor de que los libros fueron directamente destruidos sin siquiera ponerlos nunca a la venta, excepto unos escasísimos ejemplares... para cubrir apariencias? Todo esto, en un lapso de cuatro años, además...
Hacia mediados de los años noventa, un reportaje emitido por una cadena de televisión sobre tramas ultraderechistas y blanqueo de dinero --tema por aquel entonces muy de actualidad--, informaba que para blanquear parte del dinero destinado a financiar grupos ultraderechistas se había creado una editorial, de la cual no se daba nombre alguno ni más detalles. La finalidad era publicar libros, como otra editorial cualquiera, y usar los gastos para ese blanqueo y disfraz de dinero destinado a otros fines. Así, a esa editorial nunca mencionada le interesaba publicar libros, pagar derechos, pagar traducciones, pagar imprentas... pero no le interesaba vender libros porque eso significaba ingresos que no le interesaba tener: el dinero debía salir, pero no entrar. Así, pues, los libros eran directamente destruidos y sólo algunos ejemplares se ponían a la venta para cubrir apariencias.
Cada cual es muy libre de sacar sus propias conclusiones.
A continuación relaciono los libros que conozco de la colección "Luna oscura":
1.- Las paredes del miedo, selección de Kathryn Cramer
2.-Ecos, de Jackie Hyman
3.- Crestwood Heighs, de Christopher Hyde
4.- Dioses de acero, de Scott Gronmark
5.- Voces, de Tim Wynne-Jones
6.- La inquietante Lamb House, de Joan Aiken
7.- Los mejores relatos de terror de Fantasy Tales, selección de Stephen Jones y David Sutton
8.- La casa de las puertas, de Brian Lumley
9.- Historias de tinieblas y terror, de Joseph Payne Brennan
10.- La cara que debe morir, de Ramsey Campbell
11.- Pirómano, de Robert Bloch
12.- ?
??.- Jericho Falls, de Christopher Hyde
??.- ¿Quién hizo gritar a Stevie Crye?, de Michael Bishop
??.- El despertar, de John Russo
??.- Una historia de fantasmas en Manhattan, de T.M. Wright
17.- Encuentro con el mal, de S. P. Somtow
18?.- ?
Puedo dar fe de la existencia de los números 1, 7, 10, 11 y 17 porque tengo un ejemplar de cada uno de ellos. Asimismo, los números 2, 3, 4, 5, 6 y 9 fueron vistos en varias ocasiones, e incluso en 9 llegué a tenerlo, aunque ya no está en mi poder. De los demás, alguien tuvo o vio el 8, la novela de Lumley, y parece ser que el de Bishop también fue visto por alguien. Del resto, es posible que fueran directamente destruidos sin ponerse a la venta apenas unos escasos ejemplares. El número 17, fechado en 1994, puede no ser el último, puede haber perfectamente un 18 o, ya puestos a ello, hasta un 19, 20, etc.
Todo esto es muy lamentable, pues dejando aparte la morralla inicial de la colección, hay muchos títulos interesantes en la misma. El más notable es sin duda Encuentro con el mal, la novela de Somtow Sucharitkul firmada como S.P. Somtow (que es de hecho su nombre como autor desde hace ya muchos años); y entre los destacados están la novela de Robert Bloch, la de Ramsey Campbell, las dos antologías de relatos, con notables autores, y la recopilación de relatos de Payne Brennan. Sin contar el Bishop y el Lumley, que desconozco, pero a priori son autores bien conocidos por el aficionados.
El mundo editorial, como se sabe sobradamente, tiene esos misterios sin resolver que fastidian al lector y al aficionado y al bibliófilo. El enigma de ese Grupo Libro 88 es digno de un programa de Iker Jiménez...
2月18日 JOAN CAPRI: A DIEZ AÑOS VISTA DE SU CENTENARIO(c) 2007 by J.C. Planells
El año 2017 será el centenario del nacimiento de Joan Capri. Como no espero estar vivo para entonces --ni tengo muchas ganas de ello, la verdad--, prefiero adelantarme y empezar a rendirle homenaje ahora.
Por otra parte, de aquí al 2017, ¿alguien se acordará de Joan Capri? Me da la sensación de que no, porque este país --y me refiero a Cataluña, por supuesto-- es rácano respecto a sus personajes famosos y sólo recuerda a uno o ninguno cuando llega el momento de estas conmemoraciones. Quitando tres o cuatro clásicos, nadie celebra nada ni recuerda nada. Ya lo decía Pla: Éste es un país pequeño para todo.
Además, estamos hablando de un actor de teatro, lo cual en la lista de celebraciones y recordatorios posibles lo situaría a la cola de todos los demás: es lo lamentable del actor de teatro, que no queda constancia de su trabajo, su arte es efímero y se limita al instante de la representación y a la impronta que deje en la memoria del espectador. El actor de cine sigue vivo en sus películas, y hoy el DVD nos permite seguir disfrutando de Greta Garbo, Marlene Dietrich, Charles Chaplin o Rodolfo Valentino, por citar sólo a estrellas del cine mudo y principios del sonoro. El actor cuyo arte es principalmente o únicamente teatral queda olvidado y sólo vive en la memoria de quienes asistieron a sus representaciones; y una vez haya muerto el último de sus espectadores aún con vida, su recuerdo se borrará del todo; será un nombre que no significará nada a nadie en el reparto del estreno de una comedia, tal como ocurre con los repartos que figuran en las antiguas colecciones de teatro castellano (La Farsa, Colección Teatro, Escena...) o catalán (Editorial Millá...): no significan nada ni se sabe qué tipo de actor eran.
Se me dirá que de Capri hay un par de películas como protagonista principal (olvidemos sus aportaciones como secundario en los inicios de su carrera actoral) y una serie televisiva disponible en lo DVD (hizo alguna más). Pero es que eso no es Capri. Eso no es el Capri que recordamos quienes le vimos actuar sobre un escenario. Es un Capri adulterado, encorsetado por un medio ajeno a su arte interpretativo. Películas como El Baldiri de la costa es mejor ignorarlas; series como Doctor Caparrós no son el Capri de la escena, porque en este caso además estamos ante un actor ya envejecido, con mala salud y sujeto a otro formato, el televisivo, tan ajeno a él como lo fuera el cine. El Capri filmado por la cámara de cine o de televisión es un remedo del Capri real y su arte no es el mismo, sujeto como está a la rigidez del trabajo cinematográfico o televisivo, a la frialdad del medio.
Claro que nos quedan sus monólogos, antaño grabados en discos de 45 y 33 rpm, y de los que hace unos años se ofrecieron un par de antologías en CD, falsamente presentadas como "todo Capri", puesto que se quedaron fuera varias grabaciones quizá perdidas o sólo disponibles en discos de 45 y 33 rpm, entre ellos dos long-plays grabados en directo durante sendas representaciones teatrales (Mossén Ventura y El pobre vidu, esta última una comedia de Rusiñol que se diría la escribió exprofeso para Capri sino fuera porque en la fecha de su escritura Capri ni siquiera había nacido...), de un valor inapreciable y que sería urgente recuperar en CD. Ahí sí hay mucho del Capri real, del Capri del teatro, el monologuista que tanto ha influido en actores y personajes populares, como Joan Pera y Andreu Buenafuente, por ejemplo, que nunca han ocultado dicha influencia (aunque en no pocos casos llegase a la imitación algo descarada en sus inicios...). A Capri se ha tratado de imitarle no pocas veces, pero las imitaciones eran realmente bochornosas (diantre, hasta Jordi Pujol jugaba a imitarle, sabiendo que era la manera de convertirse en un presidente popular...): no se puede imitar al genio; el genio sirve de inspiración, pero no es imitable ni remedable, aunque a ello lleve la profunda admiración que se le profesaba.
El terrible drama de Capri fue el propio Capri: su mala salud, sus estados depresivos que acabaron retirándole del teatro en pleno éxito, a mediados de los años setenta, y que de hecho ya venían de antiguo. En la breve biografía que Poblet escribió en 1964 se da cuenta ya del primero de estos hechos, y eso suponía un aviso de lo que diez años más tarde se acentuaría progresivamente hasta llevarle al abandono de las tablas. Capri desapareció de escena casi de la noche a la mañana, dejando huérfano a todo un público que no ha encontrado sustituto para él (porque es imposible que lo haya). Capri, conviene decirlo ya, no era tampoco el sustituto de nadie cuando apareció en el mundo de la interpretación teatral. Capri creó un estilo distinto, propio, extraño, singular, rabiosamente moderno, natural y fuera de toda clase de escuelas interpretativas, un estilo que procedía del hombre de la calle: Capri era el hombre cotidiano hablando a otro hombre cotidiano (el público) desde el escenario o a través de un micrófono de grabación o de radio. Aunque empezara haciendo comedia dramática, su idiosincrasia, su desparpajo, su natural hacer le empujaban a la comedia y al teatro cómico, un poco para su sorpresa. En Capri se llegó a un instante en que el argumento o tema de la obra daba igual, era lo de menos; lo que importaba era Capri sobre la escena, moviéndose, improvisando, haciendo el personaje o convirtiendo al personaje en Capri. Y es que Capri no interpretaba a un personaje: Capri pasaba a ser el personaje, ya fuera éste un sacerdote, un escritor de seriales, un policía, el pasante de un abogado, un gandul, un inventor... Sobre la escena había un individuo que se movía a su aire, a un aire distinto al de cualquier otro actor de teatro, fuera cómico o dramático; Capri hablaba, como digo, como el hombre de la calle, se rascaba, tosía, guardaba silencios, reía o adoptaba un gesto grave, improvisaba continuamente, modulaba su voz de maneras diferentes: estridente, grave, chillona, sonora, inaudible, áspera, cortante, melosa, afectada, rotunda, amarga, sarcástica... No era lo que se entiende como "actor", era un personaje real sobre el escenario y era el que mejor se acercaba al hombre de la calle.
Capri, como actor cómico, podía hacer estallar en carcajadas de minutos de duración a toda una platea --y las plateas y palcos estaban siempre llenas a rebosar--, simplemente con una mirada, sin necesidad de mover un solo músculo del rostro o guardando un silencio sepulcral. Es algo muy raro, muy difícll de conseguir y que no se explica sólo con la identificación/complicidad entre actor y público. Eso es algo que generalmente poseen algunos actores, especialmente actores de teatro, pero es una identificación sencilla, buscada por el actor con una serie de gestos habituales que el público ya reconoce y espera por anticipado (es el caso de Paco Morán o Lina Morgan, por ejemplo). Pero con Capri no iban así las cosas. A veces, Capri componía su rostro en un gesto adusto, mandíbula apretada, mirada acerada, el cuerpo totalmente quieto: podía parecer un gato estático a la espera de lo que va a pasar. Ese gesto era el callado reproche a una tontería dicha por un personaje en la obra, y el público reía no de la tontería del personaje, sino de la no reacción de Capri a la tontería, y las risas podían realmente prolongarse mucho y mucho rato. En otras, cuando un personaje había dicho un absurdo, se lo quedaba mirando fijamente durante unos segundos, luego miraba al público, inexpresivamente, y el público no precisaba más: estallaban en carcajadas no del absurdo oído en escena, sino de la expresión de Capri. Todo esto lo explicó muy claramente un actor compañero suyo: Capri era el único actor capaz de hacer reventar a carjadas al público sólo quedándose en silencio antes de su réplica a la frase del otro actor.
Capri a veces ni siquiera necesitaba ser expresivo en el gesto. Podía llegar a parecer un actor bressoniano, por extraño que parezca. Con una simple tos al ver lo que había hecho otro personaje podía provocar otro alud de carcajadas. Era un actor de una sobriedad gestual medida con un cuidado exquisito, y sin embargo era con esos modos como había provocado las risas de su público.
El Capri de los monólogos es un Capri que adopta el punto de vista del hombre de la calle y habla tal como el hombre de la calle. Algunos de sus monólogos, especialmente los primeros que grabó en disco a principios de la década de 1960, proceden de comedias que había interpretado en el teatro, como L´estudiant ros ("De Madrid a Barcelona en tercera"); Romeu de 5 a 9 ("Pobre González!"); Gloria i Amadeu, Societat Limitada ("L´inventor")... Posteriormente, otros monólogos editados en disco procederían también de sus estrenos teatrales, como Jo, el serial i la gallina, por ejemplo, o El funerari, y en algún caso sólo servían para recordar la trama de la obra, aunque no por eso perdían la gracia habitual.
Es muy difícil hacerles entender a las nuevas generaciones que no han visto a Capri en escena su singularidad como actor: un episodio de la serie Doctor Caparros visto en DVD o en televisión es un pálido remedo de lo que se veía en el teatro, y además con el handicap de un Capri muy desmejorado físicamente, aunque su voz siga teniendo ese poder de comicidad, de expresividad, de registros. Los guiones, además, eran de una inmensa modestia, por decirlo en fino (eran bobos, vaya), y algunos personajes, como el "amigo del médico", claramente insoportables. Y aun así, ese Capri descafeinado sorprendió a quienes no lo conocían del teatro, con lo cual uno piensa qué impresión les habría causado de verlo en Mossén Ventura, por ejemplo, o en Jo, el serial i la gallina, obras que tuve la oportunidad ver representar a Capri en mi juventud, entre otras varias. Yo no fui de los que tuvieron la inmensa suerte de verlo en Romeu de 5 a 9, uno de sus más clamoroso éxitos, con un Capri en plena forma física y en lo mejor de su juventud.
La voz de Capri fue cambiando también en sus monólogos grabados en disco, y su personaje se fue oscureciendo. Los excéntricos como "L´inventor" o "El desmemoriat" de su primera época, dieron paso a personajes divertidos pero con un punto de amargura, como "El taxista" o "L´enterrador". Seguía siendo el hombre de la calle, y hablando como el hombre de la calle, pero había ido envejeciendo, y el ingenuo optimismo de juventud se convirtió en la amargura de la cercana vejez y la enfermedad. El Capri que en sus años finales aparecía muy raramente en alguna entrevista televisiva conservaba el chispazo de la juventud, pero no la movilidad. Seguía siendo el hombre de la calle, el representante quizá de un tiempo pasado, de una mentalidad sencilla, amable, ingenua, socarrona, tolerante. Algo anticuada, puede, pero llena de bondad y amor.
Es triste ver cómo personas que han hecho reír a todo un país y a más de una generación sucumben a la enfermedad, a la tristeza, al desánimo, al dolor, a la depresión o a la enfermedad. Es algo que también comento en una entrada prevista de la serie "Galería de mujeres" a propósito de Gracita Morales. Es triste ver cómo gente cuyo oficio, vocación o talento ha sido el de divertir y alegrar la vida de los demás han tenido una vida nada divertida. Es cruel, es injusto. Se nos hiela la risa en la garganta, pensando en eso.
Y encima, Capri apenas vive en nuestra memoria, y una vez extinguida...
2月17日 TAN OSCURO COMO ANTES DEL ALBA (y 4) Barney ya no viene con tanta frecuencia como antes. Sus visitas son más esporádicas cada vez. No sé por qué será, pero todos nos hemos dado cuenta y lo comentamos un tanto extrañados, aunque no nos atrevemos a decírselo a él. A mí no me importa demasiado, ésa es la verdad, y procuro mantenerme alejado en cuanto lo veo entrar. Desde el día que fui a su casa no quiero saber nada con él. Me ocurre ahora con Barney lo mismo que me pasaba antes con Tommy, Trotter y los demás de su pandilla; me resultan sumamente desagradables. Ahora comprendo las bromas de Marty, y por qué se pegaba siempre con Tommy a la mínima ocasión. Marty debía de saberlo también, quizá porque alguna vez Barney debió de llevárselo a su casa, aunque nunca ha dicho nada de eso. También me empiezo a creer lo que se decía de que Barney tiene en realidad cincuenta años y los disimula con maquillaje y acicalándose. He oído hablar en ocasiones de hombres de cuarenta, cincuenta o sesenta años, viejos, vaya, que se dedican a perseguir a chicos jóvenes para tocarles y satisfacer sus deseos. Y Barney debe de ser uno de esos, ahora lo entiendo. Pero a mí ya no me engañará más. Y si no quiere volver por aquí, pues tanto mejor. Cuando regresé a la casa aquel día en que Barney me llevó consigo, Tommy me miró como si tuviera ganas de pegarme. A lo mejor se pensaba que le había quitado el sitio. Pues ya habrá visto que estaba muy equivocado. No seré yo el que se lo quite, eso seguro.
El viejo confidente que nos insinuó una pista ha vuelto, y ha sido un poco más explícito: tenemos dos direcciones. Sólo eso, dos direcciones. No nos ha querido aclarar qué encontraremos en ellas ni cualquier otro detalle. Es un tipo un poco raro, supongo que no querrá meterse en líos por si sospechan de dónde ha venido el chivatazo, suponiendo que dé resultado, claro. En fin, haremos una redada, a ver qué encontramos. Con suerte, se acabará este asunto, y la banda y su jefe caerán en nuestras manos. Ya era hora.
Ya hace ahora casi una semana que Barney no aparece por aquí. Tommy, Buck, Jim Trotter y Roddy han ido a verlo en varias ocasiones, me figuro que a la casa que le conocemos. Siempre han vuelto con mala cara. No dicen ni cuentan nada de lo que hayan hablado con Barney. Por lo pronto que han vuelto cada vez de su incursión allá, he llegado a creer que seguramente ya no está en aquella casa. Se habrá ido de vacaciones, o igual lo ha atrapado la poli o se ha largado a su domicilio de verdad. No es que me importe mucho, después de lo que pasó, pero creo que nos hubiera avisado. O al menos lo hubiera debido avisar a sus protegidos, supongo, y no lo ha hecho, por el mal humor que muestran. Y lo cierto es que sin él, todos hemos decaído un poco. No hay la misma actividad de antes. Los golpes nocturnos han bajado; ya no salimos a atacar a los noctámbulos. La cosa ha perdido interés. Lo que convendría ahora es probar algo nuevo, pero nadie tiene ideas. Da la impresión de que estuviéramos perdidos sin Barney. ¡Qué caramba! Que se vaya al cuerno. Demostremos que sin él también nos hacemos valer, les digo alguna vez. Pero nadie quiere dar el primer paso.
La primera dirección no ha dado resultado. El pájaro o los pájaros han volado abandonando el nido. Hemos vigilado durante unos días, pero sin resultado. Las ingadaciones por el vecindario han sido negativas. ¿Se lo habrán olido y han huido? Bien, nos queda la segunda dirección, si es que no han huido también, con lo que nos encontraríamos sin ningún avance y habiendo perdido el tiempo.
Cloverberry y yo hemos vaciado algunas máquinas de tabaco y pillado cosas en tiendas de la calle, y por poco nos atrapan. No es sistema. Poco dinero y mucho peligro. Y además hay que hacerlo de día, pues a partir del atardecer vacían las máquinas de tabaco y se llevan todo el dinero, y apenas nadie las usa ya. Es mejor dejarlo.
Todos vamos haciendo trabajos como éste, tonterías para pasar el tiempo. Tommy, Buck y Trotter han reventado algunos coches. Resulta más productivo, pero el otro día tuvieron que clavarle las navajas a una pareja que estaba dentro de uno de los coches, desnudos y metiéndose mano. Tommy dice que los dejaron muertos, pero Buck no está seguro del todo. El caso es que escaparon con el dinero, que es lo que interesa. Éste es un sistema más productivo, aunque también tiene sus riesgos. Buck se ha vuelto bastante idiota últimamente. Un día lo pillarán y tendrá un disgusto. ¿Saben qué hace? Se va a la salida de los colegios y hurga en los bolsos de las mujeres que esperan a sus hijos, o se lleva la cartera de los críos y luego vende los libros o lo que sea a un trapero. No saca apenas nada. Dugall y yo, en las horas punta del metro, volvemos cargados de billeteras o de carteras de hombre o mujer y en menos rato y apenas sin riesgo triplicamos lo que saque Buck esperando como un tonto a la salida de los colegios. Pero cada uno tiene su sistema. Allá él.
Caso solucionado. Los hemos cogido a todos. Once, en total, suponiendo que estuviesen todos en la casa cuando hemos entrado en ella. En una casa miserable de un barrio miserable. En una tarde, en pocos minutos, todos metidos en coches celulares camino de comisaría. Y he comprendido lo que sintió Terence Deschamps aquella vez que le tocó hacer lo mismo, porque ha sido desagradable de verdad. Una redada desagradable, con carreras por pasillos, patadas en las espinillas y alguna que otra navaja reluciendo de por medio. Uno de ellos nos ha dado más trabajo que todos los demás juntos, pero lo hemos reducido también. Se han negado a decir quién es su jefe ni dónde lo podemos encontrar. Un tal Tommy incluso me ha escupido a la cara durante el interrogatorio. pero se ha ganado una bofetada, porque ya estaba harto de todo. Al cabo de un rato de tratarlos, no los he visto como decía Deschamps, tan sensibleramente. Me parecen unos personajillos odiosos y repulsivos, con su cara de sabios. Pobres imbéciles que no saben ni lo que se hacen. Los hemos calentado a base de bien en los interrogatorios, pero no hacían otra cosa que insultar y escupir. Que haga el jefe superior lo que quiera con ellos, pero yo los pondría a hacer trabajos forzados, y nada de correccional, que aún me parece demasiado suave para ellos. Son unas malas bestias que no se merecen nada. Pretenciosos, engallecidos, quieren pasar por encima de todo el mundo y son unos mierdas. Cualquier criminal de los que he conocido en mi carrera tiene más personalidad que estos pequeños idiotas. La verdad es que me he quedado descansado como pocas veces. No quiero saber nada más de esta clase de bandas.
Son las ocho y veinte. Me voy a casa, con mi mujer y mi hijo. Nos iremos al cine, para celebrar el cierre del caso, y a distraerme un poco, que buena falta me hace. Willi, mi hijo, me parece un sedante comparado con estas bestias. Tiene la misma edad que muchos de ellos, poco más o menos, doce años, pero no caerá nunca en esta degradación. Lo he educado siempre de manera sana, en buenos colegios y controlando sus compañías; afortunadamente, no sabe nada de lo que es el mal, el mal que su padre ha de combatir cada día. Antes preferiría verlo muerto que convertido en uno de estos bestias. Oh, no sé ni lo que me digo, pero este caso ha llegado a desquiciarme los nervios.
--Anda, Splick. Éste. Este mismo.
--¡Eh, tú! ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vas tan deprisa?
--¡Hola!
--¿Te gustan estos cromos? Si quieres más, tendrás que venir a casa.
--Tenemos muchos.
--¿Cómo te llamas?
--Willi.
--Yo soy Barney.
--¿Y tú?
--Splick.
--Las nueve. Aún estamos a tiempo de ir al cine.
--¡Hola, papá! Mira qué cromos.
--¿Quién te los ha dado? Arréglate, que nos vamos al cine.
--¡Vale! Un amigo nuevo que se llama Splick. Y Barney, otro amigo suyo. Tenían muchos. Mañana iré a su casa y me enseñarán muchos más.
--¿Son buenos amigos? Ten cuidado de con quién andas.
--Claro que son buenos amigos.
--Anda, Barney. Otra vez. Prueba otra vez.
--Oh, no. No dará resultado.
--Sí, Barney, sí. Otra vez, venga.
--Esto no se ha hecho para mí. Prefiero tener una pandilla a la que dirigir. Es más divertido y variado. Si no se hubieran dejado atrapar como unos idiotas...
--Bah, volveremos a ello, tío. Es sólo cuestión de empezar.
--Sí, pero es que todo me empieza a aburrir ya. Todo.
FIN.
2月16日 TAN OSCURO COMO ANTES DEL ALBA (3) Después de tanto tiempo, Barney parece haberse dado cuenta de mi existencia. Lleva algunos días soltando comentarios sobre mí, y empieza a tratarme de la misma manera que a Tommy, Trotter y los otros que forman parte de su grupo de preferidos. Es como si quisiera demostrarme que gozo de su confianza, que pronto me va a considerar uno más de sus íntimos. Sin duda, mi trabajo en las rondas nocturnas le ha gustado. Esto me llena de orgullo. Es algo que muchos otros desearían. Y ayer por la tarde, cuando me lo encontré un momento por el pasillo y no había nadie más cerca, me ha dicho que si me porto bien me dejará venir un día de estos también a su casa.
Podría ser que tuviéramos una pista. Un viejo confidente, viejo por el tiempo que hace que viene por comisaría a charlar un rato, y por edad también, me ha dicho que sabe de un lugar donde posiblemente se esconda esa pandilla que buscamos. No ha querido concretar más, dice que tan pronto lo sepa con más seguridad, nos lo dirá. Lo único que ha conseguido con esto es ponerme sobre ascuas.
Ya he descubierto lo que ocurre con Tommy, Trotter, Buck y Roddy cuando van a casa de Barney. Ahora lo entiendo, porque también ha estado a punto de pasarme a mí.
Tal como dije, Barney me había prometido llevarme a su casa un día, y ese día fue ayer. Después de pasarse por la casa para vernos y charlar un rato, además de preparar futuros golpes, se despidió, y cuando ya iba hacia la salida, con Tommy siguiéndole, se dio la vuelta y dijo: "No, hoy será Jerry quien venga conmigo". Jerry soy yo. Y la cara que puso Tommy al oírlo no se puede describir. Rabia, humillación, desconcierto, todo esto pasó por su rostro al mismo tiempo. Parecía que iba a protestar, a decir alguna cosa, pero se calló y me miró con ansias de revancha cuando yo, más orgulloso que nunca, pasé delante suyo siguiendo a Barney, que ya bajaba las escaleras. Y así llegamos a su casa, tras un viajecito en metro. O a la casa que le conocemos, pues ya dije antes que todos estamos seguros de que tiene otra de la que no nos ha dicho nunca nada.
La casa a la que me llevó está en un barrio modesto, de trabajadores y gente mayor, mucho más limpio y tranquilo que el nuestro. Casitas pequeñas, cuidadas, limpias. Algunas tienen su poco de jardín. Barney se paró ante una de ellas, una que no tenía jardín, y con una llave que sacó del bolsillo abrió la puerta, invitándome a pasar al interior.
La casa de Barney corresponde también al barrio en que vive. Es algo pequeña comparada con sus vecinas, y está llena de muebles bonitos, y todo se nota ordenado. Es muy acogedora. Había una habitación muy amplia que servía un poco para todo: sala de estar, comedor y dormitorio. Una pequeña arcada llevaba a la cocina y a otro dormitorio.
--Ponte cómodo --me dijo mientras entreabría una ventana para que entrase un poco de aire fresco--. ¿Quieres tomar algo?
Tenía un pequeño mueble bar, donde había varias botellas. Del frigorífico sacó una cerveza, la abrió y empezó a beber de ella. Había refrescos también, y me ofreció uno.
--Éste es mi refugio --me dijo--. Refugio un poco provisional. No conviene tener un domicilio fijo, por si acaso. Vosotros sí lo podéis tener porque nadie os conoce y por allí no se mete la poli. Yo no es que sea muy conocido, pero conviene ser precavido, ¿sabes? No sólo por mí, sino por vosotros también.
Ahora estoy seguro de que Barney debió de poner algo en el vaso con el que me sirvió el refresco, porque sin apenas darme cuenta empezó a entrarme una ligera somnolencia. Era una sensación suave, unas ganas de querer tenderme y reposar un rato, como si estuviera cansado de alguna faena o, simplemente, sintiera pereza. Me retrepé en uno de los sillones que había en habitación, estirando las piernas, casi sin ser consciente de lo que hacía. Barney, al verlo, me dijo:
--Ven. Nos tenderemos un rato en la cama y descansaremos.
Apenas me di cuenta de que le obedecía maquinalmente, y él mismo me ayudó a tenderme en la cama, y luego se acostó a mi lado. Deposité el vaso sobre la mesilla de noche, con la mano un poco temblona. No me apetecía beber más. Bostecé y me desperecé con desgana. Barney me dijo, en un tono de voz suave:
--Quítate los zapatos, no vayas a ensuciarme las sábanas.
Me desabroché un zapato, casi sin darme cuenta, medio adormecido. Lo dejé caer al suelo, junto a la cama, y luego me quité el otro, dejándolo caer a su lado.
La sensación de somnolencia persistía, esa sensación que se tiene a veces durante el verano, después de las comidas, y te vienen ganas de echarte un rato. Por eso no reparé al principio en que Barney me pasaba un brazo por los hombros. Ni tampoco me di cuenta de que me desabrochaba los botones de la camisa. Hasta que no empezó a tocarme la pierna y subir la mano por ella no fui apenas consciente de lo que pasaba.
Y entonces desperté de improviso, como si me hubieran vaciado un cubo de agua fría en la cabeza. Todo el sopor que me invadía se evaporó de repente y salté de la cama con un salto nervioso, como si me hubieran sacudido una descarga eléctrica. Busqué los zapatos a tientas con los pies al tiempo que me abrochaba la camisa, mirando con estupor a Barney, que parecía sorprendido por mi reacción.
--Jerry... ¿qué te ocurre?
No dije nada, y tras calzarme apresuradamente me fui hacia la puerta de la calle. Él corrió para darme alcance.
--Jerry, ¿por qué te vas? ¿Te has asustado? Ya. Es lógico. La primera vez... Pero no tienes por qué irte ni por qué enfadarte. Tommy y los otros no se enfadan. Al contrario; son buenos amigos míos. ¿No quieres ser un buen amigo tú?
El tono de su voz era tan implorante que me resultaba imposible soportarlo un momento más. Le pedí que me dejara marchar, por favor.
--Jerry, quédate un rato más. Sólo un rato. Vamos, te lo suplico.
Pero yo no pensaba ni remotamente en quedarme. El Barney que tenía ante mí no se parecía en nada al Barney que había conocido hasta entonces. Su sonrisa era como falsa, o rota, o suplicante, no sé. Parecía como si tuviera fiebre y me daba miedo que me pusiera otra vez la mano encima. Así que abrí la puerta y sin hacer caso de su ademán para retenerme, salí a la calle y me fui casi a la carrera.
He estado en una librería hojeando un libro de un autor sudamericano también, argentino o chileno, no lo recuerdo, donde habla bajo un punto de vista psicológico y sociológico de estas pandillas juveniles. Era un libro muy interesante y documentado, y, por lo que he visto, con abundantes ejemplos de casos reales. Lástima que no llevaba encima suficiente dinero y en la librería no me conocían, por lo que no he podido comprarlo. Mañana pasaré por allí de nuevo. Luego me he encontrado con un viejo conocido, Terence Deschamps, que fue inspector general de seguridad en París. Este hombre ha pasado por todos los cargos dentro de la policía, y tiene un historial enorme de casos. Ha conocido a montones de personajes y personajillos del mundo de la delincuencia. Hemos estado hablando un buen rato, y ha sido una charla muy interesante. Le he hablado del caso que me ocupa y me ha dado su punto de vista, junto con alguna información sobre las actividades y formas de conducta y de vida que llevan esas pandillas.
--Las veces que me he topado con casos así --me ha dicho--, ha sido cuando he trabajado con más desgana. Siempre me han resultado desagradables. Puede que sea porque soy una persona demasiado sensible para esta profesión, y algunas cosas me afectan de manera particular. Ésta es una de ellas. Resulta molesto enfrentarte a una pandilla de críos de trece, quince años, dieciséis como mucho, y a veces de sólo once o diez. Ante ellos, no sé por qué, me da la impresión de que el crío soy yo, de que ellos son más hombres que yo. No sé tratarlos, sencillamente. ¿Sus historias? Oh, las hay de toda clase y para todos los gustos. A veces son hijos de delincuentes, pero eso es poco corriente. Curioso, ¿verdad? La mayor parte son chavales que se han escapado de sus casas por no poder aguantar un ambiente familiar determinado. Bien por las continuas peleas entre los padres, bien porque uno de los dos se larga de casa dejando al otro y al crío para que se apañen como puedan, o a veces porque se consideran unos incomprendidos. Por lo general, provienen de los barrios más pobres, más humildes. No de barrios de trabajadores, sino de los que lindan con la miseria, donde raramente nadie tiene un oficio fijo. Otras causas pueden ser las compañías equivocadas, perjudiciales. También la homosexualidad puede ser un condicionante. No se sorprenda, pero en estas pandillas es muy frecuente la homosexualidad. No entre los miembros en sí, sino con quien les manda, que es siempre un adulto que se las sabe todas para atraerse a los jóvenes de todas edades. Pocas son las bandas que no tienen un jefe, una persona de unos treinta o cuarenta años por lo general, que los dirige, aconseja y se aprovecha de ellos en todos los aspectos. Estos tipos suelen ser desviados, perturbados o degenerados que buscan solamente un placer sexual con estos chavales, y la delincuencia se lo proporciona. Ciertamente, como puedes ver, es un ambiente triste, desagradable, especialmente al tratarse de chavales que empiezan a vivir y estropean sus mejores años, y por culpa de una educación o de un sistema de vida equivocado. No por culpa suya, sino nuestra, ya que nosotros somos los verdaderos culpables de que estas pandillas existan. Si toda la gente viviera en unas condiciones de igualdad, sin diferencias sociales ni morales, esto no ocurriría. Pero si el sistema de enseñanza está ya equivocado desde sus fundamentos, no es de extrañar que los niños, los chavales, no se desarrollen de manera adecuada. No me refiero ahora a los "teddy boys", "bloussons noirs" ni a estas pandillas de jóvenes de dieciocho, veinte años; éstos provienen de una educación no completada, mal enfocada, y nada tienen que ver con las pandillas de delincuentes menores. Los chavales que forman estas pandillas provienen de un ambiente de indiferencia, de desinterés, de despreocupación hacia ellos por parte de quienes les rodean, empezando por sus padres. Por parte de la sociedad, en suma. No serán ya nunca nada de provecho. ¿Qué se hace con ellos cuando se les detiene? Encerrarlos en un correccional, disciplinarlos con dureza. Y éste es otro error que únicamente remata el primero, y que desemboca en un mayor mal hacia ellos. Debería haber centros que se dedicaran exclusivamente a restituirlos a la sociedad, a mejorar sus condiciones de vida, a orientarlos cara al futuro, hacia algo que sea de su provecho, que les diera o les compensase por lo que no han tenido nunca. Sólo así se los recuperaría por completo. En París luché por eso duramente, sin resultado alguno. Me tenía que resignar viendo cómo los encerraban en los odiosos correccionales, donde eran tratados con dureza y nadie se preocupaba de conocer sus problemas o explorar su fondo. Veía chavales de once años que parecían casi hombretones de cuarenta, maldiciendo a todo el que entraba en aquellos lugares. No puedes verlos por la edad que tienen, sino por la que aparentan con su conducta. Fuman, sueltan palabrotas, llevan navajas encima, sexualmente son casi depravados, y la mayoría homosexuales. Carecen del menor vínculo afectivo. No creen en nada, no conocen las palabras amistad, amor, comprensión. Incluso la camaradería es algo inocuo entre ellos. No existe, tan sólo se toleran, se soportan. Recuerdo una vez en París, cuando perseguíamos a una de estas pandillas. Apenas tenían doce años todos ellos, y todos con la correspondiente navaja. Les perseguíamos a pie, por barrios sucios y miserables; ninguno se atrevía a ponerles la mano encima al ver las navajas, porque sabíamos que no dudarían en servirse de ellas. Y es lo que ocurrió. Un hombre que pasaba por la calle agarró a uno de los chavales del brazo al ver la persecución, y el crío le clavó la navaja en el pecho. Lo atrapamos y también a dos más; los otros escaparon. Los tres que atrapamos se defendían como fieras, dando patadas, mordiendo, escupiendo, insultando de una manera horrible. Yo era joven entonces; me dijeron que me había quedado blanco como el papel. Un policía le quería pegar a uno de los chavales porque le llamaba "hijo de puta, cabrón, marica". Le grité que no lo hiciera. El crío no me lo agradeció y me insultó también a mí, diciendo que yo era un cagado que no me atrevía a ponerle la mano encima, y cosas mucho peores que no quiero recordar. Al final fui yo el que le pegó, pero la bofetada me dolió a mí más que a él. Apenas tenía doce años; eras rubio, guapo de cara, pecoso. Podía ser como cualquier crío de los que a aquella hora salían de los colegios. Podía ser como mi hijo, que por entonces tenía apenas diez años... Sabes cómo hay que tratar a un criminal, o a un ladrón de treinta, cuarenta años. Pero a un crío de doce años, ¿cómo lo tratas? Yo no lo sé, la verdad. Con tantos años de profesión, es lo único que no he aprendido. En otra ocasión fuiumos a una casa donde vivía una de esas pandillas. Los atrapamos a todos y los metimos en coches celulares. Uno tuvo un ataque de histerismo cuando le separamos de su "pareja". Eran homosexuales. Los gritos que lanzaba estremecían. El otro, su "pareja", sólo lloraba, agarrado al policía que se lo llevaba, pero al que gritaba lo tuvimos que sujetar entre cuatro, y aun así era difícil. Desesperado, pedía a gritos que les dejásemos ir juntos. No lo consentí, y no olvidaré nunca la mirada implorante que me dirigió. Tuve que desviar la vista y ordenar a gritos que se los llevaran a todos de una vez. En el piso encontramos de todo: pornografía, drogas, armas... Uno de los chavales se había encerrado en una habitación, y cuando derribamos la puerta nos lo encontramos tirado en el suelo: se había abierto las venas con unas tijeras. Por suerte, lo pudimos salvar.
Deschamps suspiró.
--Es un ambiente triste, amargo. De derrota. Pero no sé si la derrota es suya o nuestra, que se supone somos sus educadores. Si la juventud nos sale así no hemos de buscar las culpas en ellos, sino en nosotros, y tratar de descubrir qué es lo que hemos hecho mal. Y, de ser posible, ponerle remedio. Lo malo es que ese remedio no llega nunca. Soy ya un viejo, he vivido mucho y me doy cuenta de que el mal en el mundo, contra el que he luchado toda la vida, está originado por unas situaciones sociales que lo provocan de manera abierta. Quizá piense en demasiadas utopías, quizá me imagino crear una sociedad perfecta si pienso que destruir sus cimientos y construir unos nuevos puede contribuir a que las personas sean iguales. Y esto, claro, es un imposible. Una deliciosa, perfecta imposibilidad.
(continuará)
2月15日 TAN OSCURO COMO ANTES DEL ALBA (2) Barney nos ha propuesto un plan nuevo: salir en patrullas nocturnas, en grupos de tres, cuatro como mucho, y asaltar parejas o individuos solos con pinta de llevar dinero encima. Resulta un buen plan, pues no sospecharán a primera vista de tres o cuatro chicos de doce o trece años, de aspecto inofensivo, que ronden de noche en cualquier calle. Barney se encargará de elegir las calles y lugares más convenientes en distintos barrios de la ciudad. Es algo que no habíamos probado aún y que, ciertamente, nos puede dar muchos beneficios. Barney irá cada noche con una de las patrullas, una distinta cada vez a fin de irnos enseñando a todos a hacer el trabajo. Dice que se empezará con una patrulla de tres más él y a la noche siguiente, ya serán dos patrullas, la del día anterior y una nueva en la que él irá, para enseñarles de la misma manera. Así todos habremos ido de patrulla con él en un momento u otro y aprenderemos cómo hacer el trabajo. Yo he tenido la suerte de haber sido escogido para formar parte de la primera patrulla una vez empiece el asunto, junto con Tommy "Narizrota" y Dugall, un pelirrojo de trece años. Y Barney, claro. La cosa promete y puede dar mucho de sí. Como dice Barney, es cuestión de ir probando cosas distintas, de formarnos un tipo de acción y un estilo variado. Barney siempre tiene ideas formidables. Y yo estoy contentísimo de ser uno de los que empiecen con eso. Tommy también está orgulloso, para eso es el favorito de Barney.
Ahora hay informes de que algunos grupos nocturnos de chavales de unos doce o trece años se dedican a asaltar a los pacíficos transeúntes sin importarles quiénes sean: parejas que vuelven a casa del cine, caballeros respetables que salen a tomar el aire fresco de la noche, cualquier persona que circule y tenga aspecto de llevar dinero encima. Los golpes son cada vez más frecuentes y los periódicos ya están preguntando a ver qué hacemos para evitar estos asaltos, quejándose de que ya no se podrá pasear ni de noche con tranquilidad por la calle. Doblaremos la vigilancia en los barrios. Lo malo es que estos espabilados se recorren toda la ciudad, y hoy están en un barrio y a la noche siguiente en la otra punta de la ciudad, y a la otra vete a saber dónde. O sea, es cuestión de suerte, de pillarlos por casualidad. Simpson dice que seguramente es la pandilla que estamos buscando. Se basa en alguna de las descripciones que ya teníamos de ellos, en que trabajan muchas veces de noche y en que el estilo es muy similar: variar de lugares constantemente. Debe de tener razón, aunque a saber cuántas pandillas iguales habrá por toda la ciudad. Acaso baste con atrapar a una de ellas, una cualquiera, y acabar con ella. Y después veremos qué pasa. El otro día, en una de las plazas más concurridas cerca de la zona del parque, vaciaron los bolsillos y se llevaron la cartera de un pobre tipo sin que en ninguno de los cinco bares que todavía estaban abiertos y con gente dentro, nadie advirtiese nada de lo que ocurría. Realmente son temerarios, y lo peor de todo es que tienen suerte. Una suerte endemoniada. Esperemos, sin embargo, que se les acabe un día de éstos.
Empezamos lo de los atracos nocturnos. Barney nos condujo por una de las barriadas típicas de la ciudad, una de tantas calles concurridas por la mañana y que pasada la medianoche apenas estaba transitada. Él se mantenía arrimado a las casas a fin de que no se le viera apenas y así nadie pensase que iba con nosotros. Tommy iba a su lado, aunque a unos pasos de distancia, y Dugall y yo caminábamos por la otra acera, como si fuésemos dos parejas separadas. Barney dejó pasar a alguna personas, ancianos con pinta de no llevar mucho dinero encima. Al final, vio a una pareja que cruzaba la calle, y nos hizo la seña convenida de antemano para que todos fuéramos a por ellos. Nos había explicado muy bien lo que había que hacer y cómo. Así que nos fuimos directamente hacia esa pareja y la rodeamos entre los tres, mientras Barney vigialaba por si se acercaba alguien o había peligro a la vista. Sacamos la navaja y les exigimos el dinero y todo lo que llevasen encima. La chica se asustó, pero el hombre nos quiso plantar cara, y Tommy tuvo que darle una bofetada y agitar la navaja ante los ojos del hombre. Total, que no les quedó otro remedio que darnos cuanto llevaban. Una cartera abultada, aunque casi todo eran papelotes que le devolvimos porque los papeles no nos interesan, y algunos billetes. El reloj y un anillo de él y el reloj y dos anillos de ella, más los pendientes y una cadenilla. Les amenazamos para que se largaran rápido, y nosotros nos largamos también. Al doblar una esquina nos encontramos con Barney y escapamos juntos a otra zona de la ciudad en un autobús.
La noche resultó bastante productiva. Un viejo cargado de pasta se nos puso tonto y Tommy lo tuvo que pinchar un poco. Poca cosa, lo justo para que viera que íbamos en serio, pero el viejo rompió a chillar, y con la cartera ya en la mano nos escapamos por pies antes de que nadie se asomara a ver qué pasaba. Volvimos a casa casi a las tres de la madrugada, muertos de sueño, y Barney se fue a la suya. Nos echamos en nuestras camas y nos quedamos dormidos al instante.
Barney vino al día siguiente a media tarde y estuvimos charlando sobre lo que habíamos hecho por la noche y de lo bien que había ido todo. Repartimos beneficios y quedó acordado que esa misma noche saldrían dos patrullas, una de ellas con Barney.
Los asaltos nocturnos siguen en aumento, así que he decidido poner más vigilancia en según qué zonas. Tampoco es que vaya a servir de mucho, ya lo sé, pero al menos no se podrá decir que no tomamos medidas. Y así vamos tirando, en la espera de pillar un día u otro a alguno de estos delincuentes. Las víctimas de los asaltos dicen que son chicos de doce o trece años. Quince como mucho. Resulta desagradable, y para mí incomprensible, que críos de esa edad hagan estas cosas. ¿Qué clase de críos son? Me he documentado un poco sobre el tema de la delincuencia juvenil en un libro escrito por un profesor argentino, o chileno. Algunos de los hechos que cuenta en él me han impresionado mucho, y me doy cuenta de que hay cosas en la vida que, aun siendo policía, ignoraba. Y no sé de qué manera se debe luchar contra esa gente. Cada vez me fastidia más este caso.
Creo que ya he dicho que vivíamos en una casa destartalada, pero que la habíamos ido acomodando con lo obtenido en nuestros golpes. Esto producía una mezcla exótica de toda clase de muebles y adornos de lo más variopinto. Desde luego, por decoración no nos quejaríamos. La casa estaba situada en uno de los barrios bajos de la ciudad, al lado de una bodega que apestaba a humedad y a vino rancio, y en la que siempre había los mismos cuatro clientes. Trotter decía que por las noches el dueño pasaba películas pornográficas para unos cuantos clientes fijos, amigos y conocidos suyos. No sé si era verdad. Trotter dice que lo vio una noche por una ventana de la parte trasera, el verano anterior, cuando se la dejaron abierta.
El barrio es sucio, pero como lo hemos conocido así desde el primer día, nos hemos familiarizado con él hasta llegar a tomarle ese cariño propio de la convivencia diaria. La calle está siempre sucia, hay escándalos o peleas a gritos en las casas a cada momento, ropa tendida en los balcones, mujeres chillando por las escaleras, basura en la calzada... todo lo habitual de esta zona de la ciudad. Pero lo importante es que nadie se mete con nadie y todos viven a su manera, sin meterse en los asuntos del vecino. No es conveniente hacerlo en este barrio.
No es que nosotros, por ejemplo, formemos una comunidad muy bien avenida, pero tenemos en común nuestros intereses y el estilo de vida. Nos soportamos mutuamente, como ya dije, pero no hay una auténtica camaradería, aparte de los ratos de trabajo. Cada uno hace lo que quiere, sale cuando quiere y vuelve cuando le da la gana. No se dan explicaciones, ni siquiera a Barney, que nos deja libertad de hacer lo que nos apetezca, siempre, por supuesto, que no transgredamos alguna de las normas que nos ha fijado o pongamos en peligro a los demás. Tommy y Trotter suelen ir a los futbolines del centro, y allá se tiran toda la tarde, cuando no están con Barney por alguna parte. Yo me meto en algún cine, a veces solo, a veces con alguno de los otros, con Dugall, por ejemplo, que es con el que mejor me llevo y el que en menos líos se mete. A la salida del cine damos una vuelta por cualquier parte, o nos metemos en un bar para tomar un refresco, porque Barney nos ha dicho que no pidamos nunca cerveza a no ser que vayamos en su compañía. Él sabrá por qué lo dice. Siempre hay alguno de nosotros que hace "horas extras" y vuelve más tarde con algo mangado en cualquier parte: del bolso de alguna mujer despistada, de unos almacenes, o simplemente por la cara. Son trabajitos extras, para mantenernos en forma y que no le confiamos a Barney porque reportan poca cosa, y a veces son para algo que nos hace falta bien para la casa o para alguno de nosotros. Barney también debe de trabajar por su cuenta, seguro. ¿Por qué no lo hemos de hacer nosotros también? Y además, estoy seguro de que ya se imagina que hacemos estos trabajitos personales, de ahí que nos tenga tan controlados a su manera.
Mi mujer es una gran mujer. Y no es ésta una frase tópica, sino que es la verdad. Una gran verdad, como ella. Ha adivinado que desde hace días algo me preocupa, y se lo he dicho: es el asunto de la banda de menores delincuentes. Claro que ella no puede ayudarme a atraparlos, pero al menos me ha servido para desahogarme un poco, que falta me hacía; en el despacho me desahogo abroncando a mis inferiores, pero acaba siendo algo francamente aburrido. Me ha escuchado atentamente, y le he contado algo también del libro de ese mexicano o argentino que me he leído. Se ha sorprendido. Me dice que la mayoría son chavales a los que hay que compadecer. Hijos de padres con poca o ninguna honorabilidad, presidiarios, borrachos, o gente por el estilo, niños abandonados y criados en la calle. Que nunca han conocido una mano amiga, una persona de confianza que les explicase las cosas de la vida y los educase. Dice que son más dignos de lástima que de castigo. Y que para ellos no se arreglan las cosas enviándolos a un correccional, del que salen peor aún de lo que entraron; y en eso tiene razón, pero ¿qué se puede hacer? La ley es intransigente. Me dice que debería haber un centro social encargado únicamente de educar y recuperar para la sociedad a estos niños. Posiblemente también tiene razón en esto, pero, ¿quién lo crearía?
En fin, la verdad es que hablar con ella ha sido como liberarse de un peso. Pero no soluciona el caso.
(continuará)
2月14日 TAN OSCURO COMO ANTES DEL ALBA (1)[novela corta inédita escrita originalmente en catalán, recogida aquí en 4 entregas]
(c) 1971 by J.C. Planells
Barney era quien dirigía la banda, y todos nos guiábamos por sus consejos. Conocía mucho mejor la ciudad que todos nosotros y a qué lugares se podía ir, todo cuanto se podía hacer y las horas del día en que era más seguro. Por entonces éramos una comunidad de doce chicos, la mayor parte de las veces trabajando por separado pero controlados, aunque fuera de lejos, por Barney, quien nos indicaba siempre los caminos que era preciso evitar y las precauciones que había que tomar. No diré que todos nos llevásemos bien, sino que sencillamente nos soportábamos. Nos tolerábamos, vaya. Llevábamos ya mucho tiempo juntos, y nos interesaba no tener líos... Barney nos había enseñado muchas cosas. Con él se aprendía rápido y consiguió además que nunca hubieran atrapado a ninguno de nosotros y que tampoco hubiéramos sufrido el menor tropiezo, algo que no siempre resultaba fácil. Los golpes más divertidos, los más emocionantes, los habíamos dado bajo su dirección y siguiendo sus instrucciones.
Barney no exigía mucho de nosotros. La mitad de lo que cada uno se apropiaba por sí solo, la mitad de lo que se conseguía cuando íbamos en grupo. Claro que en estos casos no salíamos todos juntos; doce éramos demasiados, y no convenía llamar la atención. Como mucho, íbamos en grupos de cinco y nos dirigíamos con Barney al lugar escogido. Y siempre era un sitio distinto de la ciudad. Barney elegía a quienes le parecía para el golpe, a fin de que todos fuéramos cobn él en una u otra ocasión, para irnos conociendo mejor y ver cómo trabajábamos. Yo había hecho unos seis o siete trabajos con Barney.
El asalto al viejo almacén fue idea suya. Y no resultó de los fáciles. A ése yo fui, y tuvimos que escaparnos por pies, cargados con montones de objetos que una vez vendidos nos agenciaron un buen dinero, que Barney distribuyó de la manera acostumbrada. Dimos el golpe poco después de pasada la medianoche, y él señaló que fue un pequeño error escoger esa hora, pues habría sido más seguro entrar en el almacén algo más tarde, ya de madrugada, cuando casi no pasaba nadie por aquella zona. Pero, en fin, aparte la carrera con los vigilantes del almacén detrás nuestro hasta encerrarlos en un cuarto, no ocurrió nada. Escapamos tranquilamente.
Hay informes de otra banda juvenil. Lo que faltaba. Como si fuera fácil atraparlos. Los confidentes de turno no saben nada. No me extraña. No resulta fácil contactar con gente que pueda conocerles, y los delincuenctes habituales no se mezclan en esto. Viven aislados, de manera independiente, en un lugar común y procuran no llamar la atención. Si no es atrapando a uno de sus miembros, en un golpe desafortunado para ellos, no se puede resolver nada. Y es un trabajo que me fastidia. Por eso me lo ha encargado el superintendente; debe de pensar que tengo vocación de maestro de escuela persiguiendo colegiales.
Vivíamos todos juntos en una casa muy vieja y destartalada; la fuimos arreglando poco a poco con lo que robábamos y lo que comprábamos con el dinero conseguido. Para nosotros ya resultaba lo suficientemente acogedora, y nos sentíamos a gusto. Barney no vivía allí, sino en otro lugar que sólo unos pocos de nosotros, los que podríamos calificar de privilegiados, conocía por haber ido con Barney a ella algunas veces. Barney decía que como norma de seguridad era más conveniente que no supiésemos dónde estaba su casa; pero luego fue cuando empezó a invitar a esos a venir con él. Claro que el lugar que esos pocos privilegiados conocían ni siquiera era el auténtico, seguro: Barney debía de tener una casa en otro lugar que mantenía en secreto para todos, aunque eso no lo admitiría nunca ante nosotros.
Los privilegiados que podían ir con Barney alguna vez después de los trabajos eran sólo cuatro. Barney los invitaba a su casa para tomar algo o discutir trabajos, no sé. Nunca a todos cuatro a la vez, sino por parejas: ahora dos, y a la vez siguiente otros dos. Me hubiera gustado que me escogiera a mí un día, pero no parecía prestarme la misma atención que a los demás del grupo. Los privilegiados eran Tommy "Narizrota", al que no sé por qué le llamaban así, puesto que su nariz no estaba rota; Jim Trotter, el de las llaves inglesas, porque siempre llevaba una escondida entre el pantalón y la camiseta; Buck "Azúcar" era el tercero; y también Roddy "Tirantes" había ido alguna vez. Los cuatro eran los más violentos del grupo, ésa es la verdad. El mayor era Roddy "Tirantes", que tenía quince años, y también era el de más edad de toda la banda. Luego estaba Marty, que tenía catorce. Yo tenía once, casi doce, y el más pequeño era Cloverberry, que tenía diez, o quizá nueve, no estoy seguro.
Pero estaba hablando de Tommy y de los que iban con Barney. He de confesar que eran los más extraños de la banda. Extraños, en el sentido de que llevaban una vida aparte del resto de nosotros y raramente se nos unían en nuestras actividades de recreo o diversión o charlas. Siempre estaban ellos cuatro juntos: Tommy con Trotter, y Buck con Roddy "Tirantes". Y no hacían caso de los demás. Esto hacía que sintiera algo de celos. Celos de que ellos, porque sí, por ir de más guapos o chulos, fuesen a casa de Barney para tomar algo y divertirse; claro que los demás también nos divertíamos después del golpe que hubiéramos dado, pero en el fondo yo sentía una envidia que no podía evitar, por las ganas que sentía de ir también algún día con Tommy o con Buck a casa de Barney. Yo estaba seguro de que les contaría a los demás cosas la mar de interesantes de las que nunca nos enterábamos, porque, claro, ellos cuatro tampoco nos las explicaban cuando volvían de casa de Barney.
He hablado con Simpson del asunto. No sabe nada. En sus tiempos ya se las tuvo que ver con esta clase de pandillas, y dice que es un trabajo que no le gusta. No porque sea desagradable --aunque dice que también lo es--, sino porque las más de las veces resulta deprimente. No acabo de entender el porqué. Me dice que ya lo sabré si atrapo a uno de ellos. No veo la razón, la verdad, pero supongo que alguna tendrá para decirme esto. Total, que no me preocupo mucho en encontrar pistas. Hay otros casos más interesantes en marcha y con más pistas que éste, así que por el momento lo dejaremos dormir un poco.
Al decir que Tommy, Roddy "Tirantes" y los otros que van con Barney son bastante raros, me doy cuenta de que no sé cómo explicarlo para que se entienda. Ya he dicho que forman un mundo aparte del resto de la banda. No se meten con ninguno de nosotros, si no se les molesta, naturalmente. Y si esto pasa --porque, por ejemplo, a Marty le gusta meterse con ellos, no sé por qué motivo--, entonces se arma una buena. Se pegan, o, mejor dicho, le atizan a Marty, y como Marty es duro de mollera y un tozudo integral, al cabo de un tiempo la bronca empieza de nuevo. Los demás ya no hacemos caso de nada de esto, a menos que Tommy y los suyos no se metan también con alguien más. Ni tampoco le hacemos caso a Marty, que se está buscando le abran la cabeza. Antes trataba de razonar con él, pero ya digo que es un tozudo. Supongo que todos sentimos envidia de las ventajas de que los cuatro gozan ante Barney, puesto que todos quisiéramos ser sus preferidos. Pero, claro, esto no puede ser, y hay que esperar a que nos toque la suerte un día de éstos, si es que nos toca.
Una pista. Si es que así se la puede considerar. Glover me ha informado de que estas pandillas suelen tener un jefe, un cabecilla, que los controla y les acompaña algunas veces en los golpes más importantes. Suele ser una persona mayor. Habrá pues que revisar los archivos y encontrar a los fichados que tengan antecedentes en esta clase de trabajos. Bien, es un punto de partida.... que se irá prolongando con los trámites de ir persiguiendo a los tipos que reúnan esas características, y averiguar sus actividades actuales. Será largo, pero puede que se avance algo.
Ahora que me doy cuenta, he hablado de Barney, pero no he dicho nada sobre cómo es. Barney tendrá, según calculamos, veinticinco años más o menos, aunque Cloverberry, que es un mala lengua, asegura que tiene cincuenta y se disfraza para venir a vernos. Dice que una vez vio su documento de identidad o la licencia de conducir, no sé qué, pero yo no me lo creo. Es imposible que Barney sea tan mayor. No aparenta muchos más años que los que he dicho. Es moreno, de pelo abundante y cuidadosamente peinado, y ojos negros, y va siempre escrupulosamente afeitado. Viste con aseo, no como nosotros, o sea que le gusta cuidarse bien y estar presentable siempre. Se muestra simpático, agradable con todos, y siempre tiene una broma a punto. Se preocupa por nuestras cosas y suele traernos algo durante sus visitas que pueda hacernos falta. Nos cuida bien y nosotros nos portamos bien con él en el trabajo. Aparte de esto, no sé más sobre Barney. Ni su nombre completo, pues siempre lo hemos conocido como Barney. Él tampoco nos ha contado nada sobre su vida y de lo que hace cuando no está con nosotros. La verdad es que se podría decir que Barney constituye casi un misterio en muchos aspectos. A no ser que Tommy, Buck, Roddy o Trotter, como privilegiados que son por su amistad con él, no sepan algo más acerca de él por lo que les haya contado o hayan visto en ese lugar al que le acompañan. Y si es así, se lo guardan para ellos solos.
Antes, ya hace tiempo, les preguntábamos alguna vez qué hacían en casa de Barney. Pero no nos lo decían; contestaban que nos metiéramos en lo nuestro y eso lo convertía en un misterio, como si los demás no fuéramos capaces de entenderlo. Esto les sentaba mal a muchos, al principio. También yo me enfadé alguna vez, pero al contrario que los otros, como Marty, por ejemplo, me lo callaba para evitar peleas con esos cuatro.
Barney viene a vernos cuando quiere, aunque con bastante frecuencia, para hacernos un rato de compañía y charlar, saber qué hacemos, si hemos dado algún golpe por nuestra cuenta o para preparar alguno en colaboración. Y siempre elige distinto personal, variando, para que no seamos cada vez los mismos y podamos disfrutar de su compañía en las emocionantes noches en que reventamos alguna tienda o asaltamos algún almacén. Una de las cosas más emocionantes que hicimos con él fue el asalto nocturno a un cine, después del cierre de la sala tras la última sesión. Sólo que no hallamos nada pues se habían llevado todo el dinero de la taquilla, así que nos contentamos con jugar por entre las butacas de platea, metiéndonos en la cabina de proyección como si fuéramos los dueños y señores de aquella sala de cine. Lo cierto es que fue una pérdida de tiempo, pero nos lo pasamos la mar de bien. Para no irnos con las manos vacías, nos llevamos las fotografías de las películas que había colgadas en los tableros. Barney se encargó de venderlas. No saco nada, sin embargo.
La búsqueda por los archivos no ha dado ningún resultado. En parte, me lo temía. Hay varios fichados con antecedentes de este tipo, pero una vez investigadas sus actividades actuales, ha quedado claro que no tienen contacto alguno con la banda que buscamos. Sólo ha servido para pescar otra vez a Harvey Neprats dirigiendo un club de homosexuales. Pero detener a veinte o veinticinco invertidos resulta un fastidio. Harvey tiene poca imaginación y por eso lo pescamos con tanta facilidad.
Bien, no tenemos ninguna pista, pues. Estamos como al principio. Y ahora, ¿qué?
(continuará)
2月12日 EL SIGNO DE LA CRUZ, de Cecil B. De Mille: Religión y kitsch(c) 2006 by J.C. Planells
No hay mucho disponible en DVD de la filmografía de Cecil B. De Mille; cierto que la mayor parte de ella pertenece al período mudo, y de este período es tantísimo lo perdido ya para siempre... Pero en todo caso, algunas películas suyas no existen aún en el mercado español: El mayor espectáculo del mundo, por ejemplo. O, creo, Sansón y Dalila.
Este director tuvo siempre una fama desigual: espectacular, mal gusto, falsificador de la historia... Quizá sea un poco eso, no vamos a discutirlo, pero su cine bien se merece una mirada de cuando en cuando. Con pausas, eso sí, porque como muy bien dijo José María Latorre sus películas pueden producir un cierto empacho, lo que no pasa con casi ningún director. Es decir, conviene revisar o ver por vez primera películas suyas, pero sin abusar y tomándolo con calma.
De Spielberg dicen que es el De Mille moderno; son cosas que se dicen quizá porque ya nadie aporta creatividad y en cine todp parece inventado ya. No entraré en el tema, porque me aburre, pero, curiosamente, Spielberg también produce el mismo empacho: no conviene verlo muy seguido.
Las películas religiosas (y es un decir lo de religiosas...) de De Mille siempre han dado mucha risa a los críticos por su desmesura, su gusto un tanto dudoso, su espectacularidad, su infidelidad a la historia (bueno, si hablamos de las historias bíblicas, la infidelidad no creo que importe mucho...). Y lo cierto es que todo eso es verdad en uno u otro grado. De Mille convirtió sus películas bíblicas o religiosas (no rodó tantas como se empeñan en proclamar quienes detestan al director) en espectáculos realmente kitsch, bastante demesurados y poco... ah, religiosos. Consciente acaso de que la religión aburre a mucha gente (supongo), su cine "religioso" --entrecomillo porque la verdad...-- es un espectáculo de verlo para creerlo. Sólo me ceñiré a El signo de la cruz, recién vista en una edición restaurada y según parece íntegra (sí, sale lo de la doncella y el gorila, ñam ñam...), y dejaremos quizá para el futuro Sansón y Dalila, con una Heddy Lamarr provocadora de erecciones nada... er... religiosas.
Es curioso el fenómeno: algunas películas religiosas o de "gladiadores" han despertado vocaciones gays. Ahí está el caso confeso de Terenci Moix que descubrió que era gay viendo Fabiola: Yo, dicho con todo respeto, un gay o un homosexual que descubre su gayedad o su homosexualidad viendo películas de gladiadores, pues no me parece serio del todo. Yo creo que estas cosas se descubren de otra manera, no sé. Mejor dejemos el tema, porque se me ha pasado ya el arroz.
El signo de la cruz tiene un argumento parecido a Quo Vadis, aunque parte de un texto original distinto. Nerón; incendio de Roma; persecuciones a los cristianos por orden del emperador; un héroe romano llamado Marco Soberbio, objeto del deseo de la emperatriz Popea, la cual va de putón por la peli, digo, por la vida; Mercia, muchacha cristiana que alcanzará a llevar la fe al romano incrédulo, quien se sacrificará con ella por amor, etc. etc. En fin, un folletín de estampita, ¿eh?
Hombre, sí y no. Porque De Mille se lo pasó en grande rodando escenas bastante inusitadas para un film religioso. Digamos de entrada que los primeros diez minutos ya bastan para mostrar al más inepto que estamos ante un cineasta solvente: su manera de dirigir a los actores, los movimientos de cámara, la planificación, los extras, etc. Una vez sentado esto, vayamos a lo que interesa: lo kitsch. Y esto viene representado por diferentes romanas paseando con un vestuario digno casi de un musical de Busby Berkeley o de revista de El Molino: transparencias, sujetadores que parecen metalizados, vientres y ombligos al aire, muslos bien a la vista, ropa vaporosa... carne de mujer en primer plano, suculenta y apetecible a más no poder: si una está buena, la de al lado está mejor. ¡Viva la religión si es así!
Luego, claro, tenemos la antológica secuencia de Popea bañándose dentro de una piscina descomunal con leche de burra recién ordeñada en vez de agua; ya previamente se nos muestra el ordeñe de las burras y cómo se va llenando la gran piscina. Popea está interpretada por Claudette Colbert en plan mujer fatal, seductora, hambrienta de sexo a más no poder, exhibiendo carnes por aquí y por allá, y mostrando muy generosamente sus pezones y los pechos flotando en la leche de burra de la piscina, con el cuento de bañarse. Se agradece el despelote de la actriz, una notable estrella de Hollywood que debió de provocar alguna ereccioncita al señor Hays, que sin duda se escandalizó al tenerla y decidió que estas impudicias estaban de más en una pantalla americana y all right, con lo que obsequió a la industria con su famoso código de censura. Pero en todo caso, llegaba tarde: De Mille se recreaba y nos recreaba con Claudette Colbert retozando en leche de burra y dejando flotar sus pechos alegremente sobre ella. Detalle fino: mientras dura el baño y la conversación de Popea con sus sirvientas y amigas, vemos un breve plano de un gato la mar de bonito que bebe leche en el borde de los escalones de la piscina. Y cuando Popea, irritada porque una de sus confidentes no le aclara por qué Marco Soberbio (interpretado por Fredric March) ha mostrado interés por una cristiana y no por ella, le pide a esa confidente que se desnude y entre en la piscina, "por que desde ahí no te oigo", vemos de inmediato un breve plano de... dos gatos la mar de bonitos sorbiendo juntos leche en el borde de los escalones de la piscina. No hace falta decir más: a buen entendedor... ¡Viva la religión reloaded!
Mercia es muy fina y Marco Soberbio la mar de viril, azotando con el látigo --no desde el balcón de la indiferencia, sino a pie de calle-- a los malvados que arman follón junto a la fuente donde está Mercia con su cántaro y dos ancianos cristianos. Pero su virilidad altiva se convierte en pasión carnal y amorosa, atraído por las curvas piadosas de la cristiana. La pasión que consume a Marco Soberbio está a punto de hacer que le falte al respeto a Nerón cuando le pide la libertad de la cristiana, capturada como cabe esperar por los malos de turno, y desde luego le hace desatender los tejos que le tira Popea plano sí plano también; Popea, como cabe esperar, arde y arde de celos y rabia: hay una escena en que más o menos Marco Soberbio le dice a Popea delante de Nerón que no le ha dado la gana de poner cuernos al emperador. Glub. Muy disimulado, eso sí, pero glub.
De Mille, pillín y sabio cineasta, se las apaña para mostrar sin mostrar, para sugerir que vemos cosas que no vemos. Y eso, claro, nos lleva a las famosas escenas del circo. Antes ha habido la tortura de Esteban, muchacho amigo de Mercia, torturado de manera horrible, aunque De Mille sólo nos deja oír sus gritos sin mostrar la tortura, para dejar claro que lo que le hacen es tan horroroso que no nos conviene verlo porque igual enloqueceríamos para el resto de nuestros miserables días. Pero donde es desahoga a fondo es en las escenas del circo (que luego serían objeto de cortes, recortes y mutilaciones): una larga secuencia de unos veinte o veinticinco minutos, con gladiadores, muertes brutales de esclavos, leones, cocodrilos, torturas varias, amazonas luchando con pigmeos... Y tenemos ahí las famosas secuencias del elefante aplastando a un hombre atado a la arena, y la de la muchacha atada con brazos y piernas extendidos y a unos palmos del suelo que ve salir de un foso nada menos que a cuatro o cinco cocodrilos que... nam nam, se la zampan en un decir amén. De Mille, puñetero, la hace atar de esa peculiar manera para que a los cocodrilos les sea más cómodo el zampársela a mordiscazos; no es tonto De Mille, ni mucho menos: además de mostrarnos un contraplano de la chica chillando de horror al ver los cocodrilos y otro de los cocodrilos corriendo hacia ella con afán y casi salivando, nos ofrece un contraplano final de algunos espectadores en las gradas absolutamente horrorizados y a punto de vomitar ante el festín que se atizan los cocodrilos (y uno no puede evitar pensar qué manera de desperdiciar a una tía que está tan buena...). Más divertido es el caso del famoso gorila. Vemos una doncella desnuda atada muy artísticamente a un poste y con cara de éxtasis o algo así, adornada con una corona de flores cual virgen del bosque. Se abre el foso y aparece un gorila tremendo que enfila hacia la chica. Contraplano de una mujer en las gradas que mira lo que ocurre con aspecto de indiferencia y aparta la vista hacia otro lado del circo, con desinterés: es evidente que el gorila no se está comiendo precisamente a la doncella desnuda: será gorila, sí, pero no idiota.
En fin: escenas de brutalidad, violencia, mutilación, torturas, salvajismo, y un final apoteósico con los cristianos ascendiendo desde sus prisiones a la arena, donde les esperan un buen montón de leones hambrientos que previamente hemos visto subiendo desde su foso, muy irritados y furiosos. Entre los cristianos candidatos a merienda leonil hay niñas pequeñas, muchachas la mar de apetecibles, ancianos, etc., etc.
Desde luego, todo esto da una idea bastante extraña de cine religioso. En fin, De Mille era consciente de que el cine ha de entretener y emocionar al público, y que el catolicismo, dentro del cristianismo, es una religión con una serie de condicionantes iconográficos altamente interesantes. No es una religión aburrida y severa como la protestante gracias al partido que saca a toda esa colección de mártires, torturas, imágenes, santos, vírgenes, iconografía, papas militares, sacerdotes militares, curas obreros, y mucho más; es, en fin, una doctrica bastante animada, las verdad. Por contra, el protestantismo ofrece un aspecto severo y aburrido y el cristianismo ortodoxo rigidez. (Vale la pena indicar que el sufismo ismailí tampoco está nada mal, con esos desvanecimientos que les entran a algunos viendo imágenes de profetas y arcángeles...) ¿Que el catolicismo tiene sus pegas y defectos y taras? Hombre, ¿hay algo que sea perfecto? Pero, puestos a elegir, si uno tuviera que elegir religión como quien elige una camisa, elegiría la católica dentro del cristianismo, y el cristianismo entre todas las demás: tiene más ventajas y ofrece películas la mar de divertidas. Pero todo es cuestión de gustos.
Mucha gente, a estas alturas, dirá que esto ni es un comentario sobre una película ni es nada remotamente parecido. No lo discuto, pero es que tras ver El signo de la cruz, la religión coloca bastante...
2月11日 LA NOCHE DEL DÍA SIGUIENTE, de Hubert Cornfield: Interesante thriller(c) 2007 by J.C. Planells
Hubert Cornfield, que falleció en junio de 2006 sin que apenas nadie se enterase, fue un director americano de muy escasa filmografía: nueve películas, y eso siendo generosos y contando entre ellas la primera, de 1952 con actores no profesionales y que no aparece en casi ninguna filmografía suya, y Angel Baby, rodada en 1961 pero acreditada a Paul Wendkos, que fue quien la acabó. Hubo algún trabajillo en televisión (un par de películas o episodios sólo). De las siete restantes de su filmografía, las más interesantes --y por las que se le recuerda, o debería recordársele-- son encuadrables en el thriller o cine negro; tuvieron sus defensores en otros tiempos, pero debido a lo escaso de su obra --iniciada oficialmente en 1955 y concluida en Francia en 1975 con una película más bien bochornosa-- nadie le recuerda ya. En 1960, Allo... le habla el asesino (The Third Voice) fue muy alabada por la crítica, tanto americana como española, y curiosamente esto pareció traerle problemas con la industria cinematográfica, puesto que sus dos siguientes películas serían la mencionada Angel Baby, atribuida a otro director, y La clave de la cuestión, típica producción de Stanley Kramer que el productor manipuló y remontó a su gusto y ganas, como solía hacer con los films que encargaba a otros directores (John Cassavettes) para acercarlos a su estilo de "cine de denuncia y mensaje". Así, después de estos encontronazos con el Hollywood oficial en 1961 y 1962, no volvería a dirigir hasta 1969, y sería en Francia precisamente con esta película, La noche del día siguiente, basada en una novela de Lionel White, The Snatchers, un autor que había sido adaptado anteriormente por Kubrick en su Atraco perfecto.
Las dos únicas películas que conozco de Cornfield son precisamente la citada Allo... le habla el asesino y esta La noche del día siguiente; ambas comparten un cierto tono claustrofóbico, quizá ampliable a su película de 1957 Lure of the Swamp ya que se basa en una novela de Gil Brewer, autor de género negro bastante dado a encerrar a sus personajes en situaciones asfixiantes. La noche del día siguiente es realmente un film curioso y digno de ver. En su momento fue celebrado por unos pocos (tampoco fue visto por mucha gente que digamos), y luego rápidamente olvidado y escasamente reivindicado. Actualmente existe una edición en DVD en zona 1 con comentarios del propio Hubert Cornfield, con una voz tan cascada que parece provenir de ultratumba casi. Que, como digo, unos pocos llamaran la atención hacia esta película no ha servido de gran cosa; en 1969, Cornfield era ya un don nadie en el mundo del cine, tras sus prometedores inicios de finales de los cincuenta y su éxito de 1960.
La película, de inevitable tono europeo al estar rodada en Francia, cuenta con un reparto realmente curioso y memorable. En primer lugar, tenemos a Marlon Brando, que por aquel tiempo estaba inmerso en sus años menos afortunados cinematográficamente hablando: la película anterior a ésta fue Candy, y la siguiente sería Los últimos juegos prohibidos, un par de bodrios francamente repulsivos con los que el actor iba arruinando su carrera, entre otros films no menos desacertados. El protagonizar este thriller no mejoró su reputación para muchos comentaristas de su carrera (lo califican de malo o muy malo, y se quedan tan anchos, ya ves), y cabe señalar que dañó a la película no a causa de su interpretación (muy estimable: Brando es siempre Brando), sino por la etapa laboral que vivía en aquellos tiempos, rodeado de malas películas o fracasos artísticos uno trás de otro. Así, Brando resultaría ser un factor contraproducente --de manera involuntaria-- para la película de Cornfield.
Además de él, está Rita Moreno, una magnífica y estimable actriz que no ha sido nunca valorada como se merece; verla es siempre algo a celebrar. La otra presencia femenina es la de Pamela Franklin, una actriz británica en cuyo haber se cuentan dos clásicos de Jack Clayton: ¡Suspense! (The Innocents) y A las 9, cada noche, rodados cuando era una actriz muy joven, apenas adolescente. Y, last but not the least, está Richard Boone, uno de los mejores actores en papeles de villano que ha dado el cine americano. Dotado de una presencia física impresionante, que consigue estremecer al espectador con sólo verle sonreír de esa manera burlona que él sabe hacer, y con su mirada turbia y húmeda, encontrárselo en pantalla indica claramente que nada bueno va a ocurrirle a más de uno en la película, y que lo que les ocurra no va a ser agradable. Boone ya se adueña de la función, en detrimento de Brando, en su primera aparición, cuando se mete por las buenas en el coche que conduce Brando portando a Pamela Franklin hacia su casa; no precisa decir nada: le basta con mirarla fijamente y sonreír de esa manera que sabe hacerlo. Y finalmente tenemos también a Jess Hahn y Al Letttieri, dos secundarios de aspecto nada tranquilizador como sin duda ya sabrá el cinéfilo más o menos de pro; mencionemos entre los muy secundarios a otro actor británico, Hugues Wanner y dos actores habituales del cine francés, Gerard Burh y Jacques Marin. Y con ese interesantísimo reparto Cornfield construye su intriga. Por cierto, puede que sea una impresión mía, pero encuentro un cierto parecido en cuanto a físico y estilo de actores entre Boone, Hahn y Lettieri, tres de los cuatro miembros masculinos de la banda. ¿Casualidad? No lo creo.
Primer detalle curioso del film: aunque durante la acción los personajes se llaman por su nombre (Wally, Bud, Vi...), en el reparto y en la ficha técnica aparecen como anónimos: son el Chófer (Brando), la Chica (Pamela Franklin), la Rubia (Rita Moreno), el Impúdico (Boone, ¿quién si no?), el Amistoso (Hahn), el dueño del bar (Jacques Marin), el Padre de la chica (Hugues Wanner), etc. Resulta extraño, pero esclarecedor si pensamos que todo lo que vemos en pantalla no es sino una pesadilla...
La Chica viaja en avión a París, una afazata (Rita Moreno) la despierta y le pide que se abroche el cinturón para el aterrizaje; a su llegada es recibida por el Chófer, que la conducirá a la mansión de su Padre, pero el coche es interceptado en su ruta por el del Impúdico, quien se mete en el del Chófer y se queda mirando sonriente a la Chica: acaba de ser secuestrada por una banda formada por ellos dos, más la Rubia (que resulta ser la azafata del avión) y el Amistoso, hermano de la Rubia; hay otro miembro que hemos visto brevemente en otra escena, y al que podemos llamar el Piloto (Al Lettieri), cuyo trabajo sólo tendrá lugar al final del rescate cuando recoja a los demás miembros de la banda. Lamentablemente, las cosas no van a ir según lo planeado, pues el Impúdico tiene sus propios planes, que consisten en quedarse todo el dinero del rescate que pague el Padre, matar (o torturar) a la Chica y eliminar a todos sus cómplices, siendo recogido luego por una embarcación, en la que se largará con el dinero. Para amenizarlo todo, la Rubia es drogadicta, y eso entorpece los planes para indignación del Chófer, con el que mantiene relaciones sexuales, y que ve no puede confiar en ella, como tampoco confía en el Impúdico, del cual opina es un psicópata y sospecha que planea matar a la Chica, tal como sugirió durante los preparativos del secuestro. Le dice a Amistoso, que es quien contrató a Impúdico, que no puede confiarse en ese tipo, pero Amistoso no le da importancia y dice que no se preocupe.
La Chica ha sido llevada a una casita cercana a una playa, en un lugar solitario, y con el pueblo más cercano a un buen rato en coche; es un lugar, como digo, aislado, y en el interior de la casa se percibe continuamente el rumor de las olas, siempre tan sedante y armonioso. Y es curiosa esa combinación: unos personajes nada tranquilizadores paseando y hablando de dus planes, arrullados por el oleaje de la playa, mirando por la ventana un paisaje la mayor parte de las veces nuboso o gris. Todo ello contribuye a esa sensación de claustrofobia de la que Cornfield dota a sus thrillers, tal como dije al principio, y que resulta una virtud nada desdeñable. No puede decirse que haya tensión en la película, rodada con una cierta calma, contaminada acaso de ese adormecedor oleaje que se percibe desde la casa. Otro detalle interesante es que los personajes principales se mueven como felinos (excepto Amistoso, que lo hace como un perro grande y... amistoso), contando entre ese moverse felino a la propia Chica.
Más rarezas: el Impúdico duerme tirado en un rellano de la escalera que lleva a las habitaciones superiores, en una de las cuales está prisionera la Chica, que sin embargo no tiene dificultad en conseguir escaparse mediante el truco de la llave que cae sobre una hoja de periódico arrastrada luego hasta dentro de la habitación por la ranura inferior de la puerta; pero naturalmente el Impúdico se despertará cuando ella trata de pasar junto a él sin rozarle, y aprovechará la ocasión para sus primeras demostraciones de sadismo e impudicia, observando la entrepierna de la Chica al agarrarla por el tobillo y obligarla a hacer equilibrios para no caer de cabeza escalera abajo. La Rubia, que ha pasado la noche con el colocón de droga que ha pillado apenas llegar a la casa, se cree que el Chófer se ha acostado con la secuestrada, al verlo salir de su habitación tras recogerla del pie de las escaleras entre las risotadas del Impúdico. En fin, cuando hemos visto a la Rubia esnifar coca nada más llegar con la Chica a la casa de la playa, ya sabemos que la cosa no acabará bien (aunque la verdad es que la presencia y maneras de actuar de Richard Boone bastan y sobran para temerlo...).
El film es, realmente, una pesadilla... la pesadilla que ha tenido la Chica en el avión, mientras dormía antes del aterrizaje, pues una vez ha sido encontrada por el Chófer, después de liquidar éste al Impúdico, que la ha atado y torturado, lo siguiente que vemos es su despertar en el avión por segunda vez, con la azafata (Rita Moreno) pidiéndole se abroche el cinturón, y siendo recogida a su llegada, de nuevo, por el Chófer (Brando). ¿Pesadilla? ¿Premonición? En todo caso, queda explicado ese tono como onírico que envuelve a veces el film, esa lentitud extraña en ciertos momentos, esos largos silencios y esas escenas aparentemente sin sentido. Cierto que el tono de pesadilla estaba más o menos presente en Allo... le habla el asesino, pero ahí tenía un sentido diferente, y en todo caso podríamos hablar de estilo deliberado por parte del director. De todas maneras, en el film hay bastantes cosas extrañas, irreales; no ya el propio personaje del Impúdico y sus no menos inquietantes actividades (dormir en el rellano de las escaleras, traicionar a sus cómplices, ser recogido por un submarino, sonreír levemente a cada instante, hablar con una cortesía exquisita, lucir ese bombín tan típico de un empleado de la City, así como el paraguas cuando no llueve, más una singular manera de quitarse las gafas con que lee...), sino el tono general del filme, que en momentos aislados tiene esa cualidad onírica, adormecedora; no hay que pasar por algo esos curiosos planos hacia el final, con el paraguas, el bombín y el maletín del Impúdico sobre la arena, casi cuidadosamente dispuestos --el paraguas está clavado en la arena de la playa--, mostrados desde distintos encuadres y con los surcos paralelos entre la doble disposición de los objetos: que no es algo gratuito lo muestra el cuidado casi geométrico con que se nos muestran, primero en dirección al agua, y luego, desde el agua. ¿Planos para hacer bonito? Pues de serlo, son los únicos en todo el film. Lo que ocurre es que el Impúdico es un ser de pesadilla --lógico-- que crea sus propios conceptos o límites geométricos.
Sin duda todo esto se valora mejor en una segunda visión de la película, una vez se muestra que todo no es sino un sueño (¿premonitorio?) de la Chica durante su viaje en el avión. Puede que esta solución y el ritmo lento de la película contribuyan a que muchos espectadores la encuentren de escaso interés, pero también esos... ¿defectos? pueden verse como virtudes también. Y es que, como siempre, virtudes o defectos de un film dependen del ojo de quien lo mira. Queda claro en cualquier manera que esta película no deja de ser una curiosidad, y como tal perfectamente reivindicable. Y, no está de más decirlo, nos ronda la duda de si con otros actores tendría el mismo interés o decaería. Insisto: el reparto es magnífico.
2月9日 EL FACTOR CRÍTICO/DAR DE COMER AL SEDIENTO, de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez(c) 2007 by J.C. Planells
![]() Eduardo Gallego y Guillem Sánchez son dos autores españoles de ciencia ficción, con abundante obra especialmente en el campo de la novela corta, y dentro de ella, con dedicación preferente hacia el humor. Los lectores de la llorada (ahora que ya es tarde) Asimov Ciencia Ficción de Ediciones Robel tuvieron buena prueba de ello en sus magníficas aportaciones a la revista.
El presente volumen que aquí comento reúne dos de sus novelas cortas: "El factor crítico" y "Dar de comer al sediento". Esta última ganó una mención en el Premio UPC de 1996, pero no uno de los premios mayores ya que, según la leyenda, la ciencia ficción es una cosa muy seria (?) y no es cuestión de hacer coñas marineras en ella o con ella. En fin. Los votantes al premio Ignotus de 1998 no pensaron igual, y le otorgaron el premio a la mejor novela corta en 1998. Con premios mayores o menores, lo que queda claro es que esta novela corta se ha convertido ya en un clásico de la ciencia ficción española. En su día fue publicada por Ediciones B en su volumen anual de Premios UPC, y aquí aparece reeditado junto con "El factor crítico" por Ediciones Silente, una curiosa editorial que parece dedicarse a autores españoles y que ha publicado ya varios volúmenes de obras de Gallego y Sánchez --parece que les hagan las obras completas...--, lo cual me parece muy bien por una parte y muy mal por otra. Me explico: Muy bien, porque son dos autores magníficos y deben y merecen ser publicados. Y muy mal porque autores como ellos serían dignos de ser publicados en editoriales de prestigio y calidad y grandes tirajes, pero estas últimas parecen más interesadas en incluir en sus catálogos a autores de autoprestigio y dudosa calidad. En fin reloaded. Moraleja: Silente se lo gana y las demás se lo pierden.
"Dar de comer al sediento" es sin duda el texto más divertido de la ciencia ficción española en todos los tiempos --aunque el género humorístico ha tenido en España notables cultivadores, empezando por Gabriel Bermúdez Castillo en varios textos, por ejemplo--, y lo más interesante que tiene es que va más allá de lecturas genéricas --eso que tanto gusta ahora, como si a algunos les diera asco que un texto fuera ciencia ficción o novela romántica o lo que sea-- para convertirse en pieza literaria de primer orden. La novelita trata de un autor que está escribiendo una novela de fantasía heroica para un concurso literario. El autor es peor que malo y la novela es un bodrio ridículo hasta lo imposible, así que su corrector de estilo, en forma de programa pirata de ordenador, le aconseja mejoras, le advierte de sus errores, le sugiere cambios, le discute las muchas incongruencias o estupideces del texto, le propone variantes argumentales o de estilo, etc. etc. etc., e incluso le ofrece la posibilidad de hablar con los propios personajes de la novela mediante subprogramas. Así se establece un diálogo besugo, que no de besugos, entre autor inepto y corrector puntilloso, más la señora de la limpieza, los personajes, etc. Hay mucho de sorna oculta en el texto de la novelita y en la relación autor-corrector (quien haya tratado con correctores sabrá lo cretinos que a veces pueden llegar a ser, aunque en este caso estamos ante un autor que escribe de una manera realmente espantosa, con lo que la burla es por partida doble). "Dar de comer al sediento" es un texto desternillante: releerlo de nuevo es uno de esos placeres inmensos que se prodigan poco en la vida. Todo cuanto de bueno pudiera decir de esta novela corta me parecería poco, así que desisto de ello.
"El factor crítico", que de hecho aparece en el volumen como la primera de las dos, ignoro si es ésta su primera aparición o se publicó antes en otro lugar. Lo que llama de inmediato la atención es la coherencia que mantiene con "Dar de comer al sediento", pues aunque con argumentos distintos y personajes distintos, ambas tienen un cierto punto en común: la burla de las artes y la sátira feroz. "El factor crítico" narra una pequeña aventura en Alfa Centauro de un "vacacionero" --alguien que sustituye a un ejecutivo en sus vacaciones obligadas, el cual no desea hacerlas porque es adicto al trabajo y que recurre a un doble (no les falta ingenio a Gallego y Sánchez)--. Lo que es la parte puramente de intriga de la novelita, seamos francos, no es gran cosa, y algunos pasajes flojean no poco, especialmente en su final algo burdo y descuidado. Pero lo demás... ah, lo demás. Lo que importa en "El factor crítico" no es tanto la odisea de Onofre, el vacacionero metido en una intriga que desconoce, sino la sátira que hacen los autores de los artistas "creativos" y "de diseño" y de los críticos de toda clase de artes (aplaudo personalmente que se incluya en el texto a la gastronomía como otro "arte" del que hacer burla por parte de Gallego y Sánchez, puesto que la considero la suprema cretinez de nuestra ¿cultura? actual). Los pasajes en que Onofre visita exposiciones, como parte de sus vacaciones forzosas como sustituto del ejecutivo, son totalmente delirantes, llenos de una burla, de una ironía totales, así como lo son sus charlas con críticos o artistas e incluso ¡con los platos que se sirven en el buffet! Es algo memorable. Y así, medio en burla medio en serio, Gallego y Sánchez nos ofrecen una disección total de lo que es el actual panorama de "cultura de diseño" en que vivimos inmersos --no en vano la ciudad que visita onofre se llama Tàpies Town--, aplaudida por críticos tan memos como los que aparecen en la obra, que incluso de dividen por categorías (una de ellas consiste en leer el libro que hay que criticar sentándose encima de él, o sea: leyéndolo con el culo; Gallego y Sánchez no lo dicen así porque son más finos que yo, pero eso es lo que hace esa categoría de crítico; y luego, claro están los que no se leen el libro para escribir su crítica --algo que yo ya comenté hace tiempo ocurre incluso entre críticos de prestigio en periódicos y revistas, según confesión propia de algunos...; ah, cómo me acordé durante la lectura de esta novela de cierto ¿crítico? argentino...). En suma, "El factor crítico" es casi tan brillante como "Dar de comer al sediento", al menos en los pasajes referidos a la cuestión artística y crítica. ¡Cuántas verdades sueltan estos dos brillantes autores en sus páginas!
Deberíamos felicitarnos de que en España haya autores como Gallego y Sánchez. Pero me temo que el placer de su lectura queda reducido a una parroquia fiel y entregada, pero reducida. Y es que, como dije antes, el humor en ciencia ficción no se considera serio... Me permito recordar una cita de Billy Wilder que puse hace tiempo encabezando un episodio de Harold Smith: "El humor se basa en la realidad". Pues eso.
2月8日 GALERÍA DE MUJERES (17): MARIA DEL MAR BONET: Música del Mediterráneo(c) 2006 by J.C.Planells
![]() Durante algunos años de su ya muy larga carrera musical, a Maria del Mar Bonet le crearon una reputación un tanto extraña la gente de la llamada "prensa del corazón", precisamente por su pertinaz negativa a hablar de su vida personal y mantenerla totalmente al margen de su carrera profesional. De pocas cantantes se sabía tan poco de su vida privada como de ella; cierto: tenía la ventaja de que al cantar en catalán el resto de España o la ignoraba simplemente o la despreciaba sin remilgos ("semos españoles, coño"). Pues no deja de ser una suerte eso a veces. De todas maneras, al ser una mujer realmente guapa y atractiva (de joven y de menos joven estaba como un queso y más buena que el pan), la generación de los padres del tomate se dedicaron a crear ciertos rumores en torno a ella que... en fin, mejor lo dejamos, ¿vale?
Hay muchas cosas divertidas en Maria del Mar, a pesar de la solemne seriedad de que se rodea y de que arrancarle una sonrisa sea más difícil que arrancar una verdad a Acebes o Aznar. Y hablando de estos personajes, Maria del Mar grabó en 1982 un disco llamado Cançons de la nostra Mediterranea, en colaboración con el entonces muy popular grupo valenciano Al Tall; en él se recogían estupendas muestras de música popular del mediterráneo: Mallorca, Menorca, Cataluña, País Valenciano, y procedentes asimismo de diversas de sus regiones: Ripoll, Burriana, Onteniente, Pineda, Sencelles... En fin, a lo que me vengo a referir es que este disco tan notable sería hoy quemado en una hoguera pública por el temible Zaplana y sus sicarios y considerado una ofensa a Valencia, una muestra de pancatalanismo, un acto de invasión cultural y una provocación inadmisible, entre otras estupideces más por el estilo que usan ellos. Es una demostración de que "cultura" y "política" son dos temas que jamás se llevarán bien (ni falta que nos hace, la verdad). Si a los políticos se les exigiera que tuvieran cultura, ¿cuántos deberían cesar ahora mismo en sus cargos? Exacto: el país se quedaría sin políticos por fin. ¡Qué bello es soñar!
O sea, que para irritación de unos y otros, Maria del Mar Bonet se ha pasado sus hermosos y sanísimos 35 años y pico de trabajo ininterrumpido enseñándonos lo rica y variada que es la música mediterránea, y que eso de las fronteras y los países y las banderas no deja de ser una mariconada producto de mentes carentes de masa cerebral: en los mapas no se ven las fronteras, sólo pueden verlas los que poseen poderes paranormales (ja ja). (Inciso: es hija de un galdosiano de pro, lo que me la hace aún más apetitosa, digo, apetecible...) En su repertorio, además de hermosas composiciones propias, adaptaciones de rock, canciones de otros autores (Pau Riba), musicar a poetas varios, hallamos todo el arco mediterráneo de músicas y colores y ritmos, sin distinciones ni esos separatismos execrables que tanto gustan a la caverna que mora Curry Valenzuela y adláteres. Música árabe, música griega, italiana, francesa, mallorquina, valenciana, catalana, canciones populares de trabajo, canciones de trovadores medievales, canciones del campo menorquín... A los ignorantes nos enseñó que la jota no es patrimonio exclusivo de Aragón, que hay una jota mallorquina igual de alegre y bullanguera, y que la música de aires árabes no es patrimonio exclusivo del Magreb, sino que también existe en la música popular mallorquina de siempre; a esto se le llama formar y culturizar y entretener a un tiempo.
A uno se le ocurre el chiste fácil de que si Bush oyera "Inici de campana", una composición de Maria del Mar con música inequívocamente magrebí, se creería que Mallorca es la sede de Al Qaeda y correría a enviar los marines para invadirla y meter a Maria del Mar en Guantánamo; recordemos que cuando estuvo en Brasil le pregunto atónito al presidente Lula que cómo es que ellos tenían tantos negros en el país... A partir de esto, calculemos su reacción al oír "Inici de campana"...
Maria del Mar se ha preocupado a lo largo de toda su carrera de ir educando su voz como si un delicado instrumento fuera (lo es, al menos la suya lo es). Parece que lo puede cantar todo: "Alenar" es flamenco catalán (que no rumba, ojo) del buen flamenco puro; ha cantado también jazz; descubrió y musicó a Bartomeu Rosselló-Pòrcel para los no sabíamos siquiera quién era ese señor... En fin, su discografía es como el tesoro del Capitán Kidd: algo que merece ser descubierto y apreciado por quienes tienen fe en las maravillas.
2月7日 MICHAEL CONNELLY: CLÁSICO Y MODERNO (PASANDO POR UN "STATE OF THE ART")(c) 2006 by J.C. Planells
Desde la desaparición de Etiqueta Negra de Júcar, así como de las otras dos colecciones surgidas a su imagen y semejanza, la de Ediciones B y la de Plaza Janés, el lector de novela negra ha quedado totalmente huérfano no sólo en cuanto a colecciones se refiere, sino también respecto a los nuevos autores que surgen, cuáles conviene leer y cuáles ofrecen buena novela negra. El puesto que ocupaban estas colecciones ha sido tomado por los editores de best-sellers, por un lado, y por los de "novela policiaca de calidad" por otro lado, incluyendo en sus novedades a presuntos autores de novela negra y a best-selleros, a fin de suplir las carencias de un aficionado totalmente desamparado ante la impiedad editorial, que ha forjado incluso el cambio de gustos y hábitos en los lectores: los editores hace tiempo que primero forman el lector a su antojo y luego buscan los autores que puedan colmar los deseos de esos lectores prefabricados: así, ahora existe novela policial para mujeres, porque muchas de ellas la leen y hay que buscarles autores de su gusto; novela policial histórica, porque el género histórico está de moda y hay que captar lectores de donde sea, y novela policial "literaria", para que se vea que el género es dignísimo, o sea, es más que género (?). No les preocupa que mucho de esto carezca del menor interés, tanto como novela de género como novela a secas: lo importante es tener esclavizado al lector consumiendo tontadas o tostones. Curiosamente, en la ciencia ficción se ha invertido el fenómeno: en las colecciones existentes es donde se empeñan en ofrecer best-sellers como si de genuina ciencia ficción se tratase.
Así pues, desde la triste y nunca suficientemente llorada desaparición de las tres colecciones que alegraron los años ochenta y parte de los noventa, el aficionado a la novela negra y criminal ha tenido que tragarse a no pocos autores dudosos que los editores juraban eran "el nuevo gran autor de novela negra (el nuevo Thompson, el nuevo Chandler". Los editores, que no los entendidos. Los entendidos, sencillamente, descorazonados se mantenían un tanto al margen. Es evidente que todo no era más que propaganda, cuando no tomadura de pelo directa. Ítem más: la novela moderna de género policial ha descubierto alborozada que al público "le interesa" (?) la vida privada del detective de turno (¿quizá por fatiga?). Evidentemente, al público no se le ha consultado su parecer al respecto, si le interesa o no dicha vida privada; sencillamente, se le ha dado como un hecho inamovible en plan lentejas: si no las quieres, las dejas. Y, cosa bastante singular, el público parece que ha tragado las lentejas. O estaban muy hambrientos o sencillamente se ha incorporado a la lectura de novela policial un público muy amplio al que el género le importa muy poco, pero que quiere "novela de (presunta) calidad literaria". Así, con ese cuento, nos han llegado autores noruegos, rusos, griegos y etcéteras varios, con gran rigor descriptivo de ambientes, personajes, sectores sociales, urbes y más etcéteras de dudoso interés para nadie. Puede que todo eso sea "novela", pero no es novela negra ni nada parecido.
Como digo, la gran estrella de la nueva y presunta novela policial (según los editores, claro) es la vida privada del detective de turno, ya pertenezca a la policía o ya sea investigador privado: cómo duerme, cómo come, cómo folla, cómo discute con su esposa/hija/padre/hermano/madre/amante/etcéteras es lo principal de la trama. Suelen ser novelas gordas y largas, pero no duras, llenas de detalles cotidianos de la vida privada del detective que a uno sinceramente no le interesan ni lo más mínimo: es como si el género se avergonzase de sí mismo y buscara una excusa para "legalizarse" ante ciertos lectores no aficionados a él. Y el lector se ha acostumbrado a ello, máxime cuando en la novela siguiente de ese detective se acentúan sus problemas con su esposa/hija/padre/hermano/madre/amante/etcéteras, convirtiendo así la serie de novelas protagonizadas por el detective en cuestión en lo que alguien denominó sin ninguna gracia como "novelas en progreso". O sea, toda la obra del autor no es más que la historia de la vida del detective y lo demás es secundario.
Posiblemente alguien dirá que esto ya estaba presente en algunos clásicos, y cite a Simenon como el gran ejemplo en su creación del comisario Maigret. Pues no, amigo mío, porque las novelas de Maigret, de una extensión media de 150 páginas, dedicaban breves pinceladas (ésa es la palabra: pinceladas) al entorno cotidiano del comisario, a fin de dar color y sabor al ambiente en que se movía y hacerlo perceptible al lector; las de ahora dedican la mitad de su media aproximada de 400 páginas a eso mismo; ya no son pinceladas, sino enormes brochazos esparcidos por aquí y por allá, emborronando más y más páginas. Un ejemplo clarísimo: Elizabeth George, una muy buena escritora de temas criminales, que dedica la mitad de la extensión de ellas a una serie de problemas sentimentales entre sus personajes de policías y forenses que, sinceramente, son dignos de una novela de Corín Tellado.
Incluso eso sería olvidable si al menos el autor de turno ofreciera en la mayoría de casos algo que valiera la pena. Y es que una novela policiaca, sea en su vertiente negra o detectivesca o criminal, ha de atrapar al lector de manera inmediata, tomarlo por el cogote y obligarle a devorar el libro. No estoy diciendo que la literatura sea una cosa y la novela policiaca otra distinta (aunque hay quienes así piensan de la ciencia ficción); el problema actual es, simplemente, que muchos autores presuntamente elitistas se sientan a escribir novelas policiacas como si hicieran el Proust o el Joyce de estar por casa, y no se trata de eso, puesto que una cosa es escribir bien, con calidad literaria, con un estilo propio y personal, y otra tratar de ofrecer al lector/editor Grandes Obras Literarias bajo el disfraz de una novela policiaca y haciendo ver que no se note que es policiaca. Ruth Rendell ha demostrado (mal que le pese a Baltasar Porcel, que la encuentra una escritora horrible) que se puede hacer buena literatura y género criminal. Pero donde ella ha triunfado con su talento (el que le niega Porcel para dárselo, horror, a P. D. James) otros han fracasado ridículamente, aburriendo a muerte al lector habitual de novela policiaca y haciendo creer al no lector habitual que aquello era el no-va-más. Y sin embargo, esa clase de productos pseudoliterarios se leen y reciben Grandes Elogios. Es un poco lo que ofreció Editorial Noguer en los años setenta aproximadamente, con la colección Esfinge, colando algunos mamotretos con la excusa de la calidad literaria; aunque, en justicia, al menos Noguer nos ofreció a Scarbanenco y a Ruth Rendell entre esos otros mamotretos.
¿A qué nos lleva todo este largo preámbulo, un tanto al estilo del "state of the art"? Pues a que en mi búsqueda estos últimos años de autores de novela negra a los que hincar el diente he tenido que tragarme diversas nulidades tan asépticas como Donna Leon, o soporíferos autores europeos "literarios", o bien, en el otro extremo, autores de una vulgaridad aplastante que han sido el número 1 en ventas y que ofrecen una inanidad total y una vulgaridad estilística procedente de algún manual de "cómo escribir best-sellers" (Dean R. Koontz es autor de uno de esos manuales, dicho sea de paso, y es incapaz de escribir algo con un mínimo de buen gusto). Por no hablar de la novela policiaca "para mujeres", que si bien tiene un aguante en Mary Higgins Clark, que sabe atrapar al lector, uno quiere a veces otra cosa, vaya, algo con más mordiente. Y mejor no mencionar la novela erótica policiaca (se ofrecieron algunas muestras en Plaza Janés hace unos años y fueron un desastre de ventas). El resultado de estas lecturas era desesperante.
Hasta que finalmente di con Michael Connelly. No es que desconociera su existencia antes de eso, pero lo juzgaba como uno más del montón de best-selleros que nos venían ofreciendo los editores peseteros, y por eso cuando accedí por vez primera a él muchas de sus novelas ya estaban publicadas en castellano y reeditadas en bolsillo. Los elogios que leía sobre él me hacían desconfiar tras las malas experiencias anteriores, considerándolo otro vulgar fabricante de novelas largas y gordas pero no duras.
Con harta desconfianza, acabé adquiriendo Llamada perdida al aparecer en edición de bolsillo. Fue la primera que leí y, según he visto luego, una de las dos en que no aparecen sus personajes habituales (la otra es Luna funesta, que a pesar de ello guarda relación con una novela posterior en la que se mencionan los hechos relatados en ella). La novela al principio me desconcertó. Por un lado, me atrapó de inmediato, cosa que hacía tiempo no me ocurría con casi nadie ya. Por otro lado algunas partes de la novela se me antojaban prescindibles y de relleno, curiosamente más cercanas a la ciencia ficción que a lo policial; sin embargo, al final de la novela vi que todo aquello tenía su razón de ser y formaba parte de la intriga urdida por el autor. En fin, la novela me entusiasmó y dejó una gratísima impresión de Connelly en mí. ¿Había encontrado al fin a un autor de lo policial que valiera la pena? Según alguno de sus fans, no, porque consideran que Llamada perdida es una mala novela y que no tiene interés. Diantre, pensé: si siendo mala me ha producido tal impresión y tanta satisfacción su lectura, ¿cómo serán las buenas?
Finalmente, me he leído todo lo publicado en castellano por Michael Connelly y debo decir que me parece un magnífico escritor de novela policiaca. Sus tramas rebosan modernidad pero recogen a su vez el testigo de lo clásico. Ese clasicismo heredado de Chandler y MacDonald, que tantos otros han pretendido imitar sin conseguirlo (Robert B. Parker, Bill Pronzini, Loren D. Estleman, por ejemplo), que tanto ha marcado al género hasta convertirlo en fotocopia de una fotocopia, pero pasado por la modernidad de hoy, los temas de hoy, los problemas de hoy y la manera de ser de la gente de hoy. Connelly narra con eficiencia y coge del cogote al lector --como ha de ser-- sin soltarlo ya hasta el final de la novela, como en la mejor tradición de la novela negra de calidad. Cierto que también cae en esa molesta moda de contarnos la vida privada de Bosch, su detective principal, pero lo hace de manera que ésta tenga incidencia directa en la trama y en la historia que se narra, y en los casos en que no es así, su agilidad narrativa permite que suponga un breve alto en el camino, para tomar fuerzas y seguir adelante con más vigor todavía. Es decir, en él ese tic no molesta excesivamente.
Connelly escribe de manera clara y sencilla, que es a veces la más difícil manera de escribir. No busca --aparentemente-- hacer literatura, pero le sale sin necesidad de buscarla: nos emociona con breves pinceladas, nos inquieta, hace que nos preocupemos por los personajes y lo que les ocurre, nos implica en la investigación, nos hace plantearnos algunas dudas sobre lo que sucede en el mundo, nos conmociona y todo ello, insisto, de manera sencilla, llana, nada rebuscada, muy natural, aplicando esa manera de escribir clásica, sobria, ortodoxa: "hazlo sencillo y llegarás a todo el mundo".
Tras la lectura, como digo, de toda su obra aparecida en castellano, excepto la última aún no leída, no puedo sino recomendarlo calurosamente a quienes como yo se aburran con los experimentos de "novela en progreso" y ejercicios de presunta (pero no demostrada) calidad literaria. No recomendaré un título en concreto, porque todos me han satisfecho por igual y con todas sus novelas he sentido el mismo afán de devorar páginas y las mismas preocupaciones por los personajes y la historia. No puedo decir que una sea mejor que otra o inferior, pues todas consiguen atrapar al lector de inmediato y no soltarlo hasta el final, como hacían los grandes maestros, y como no hacen los que por lo visto son tan buenos que es preciso reposar de cuando en cuando de su lectura no sea que nos empachemos de tanta "calidad literaria". Esperemos que Connelly siga en la senda actual por muchos años y que su ejemplo cunda.
2月5日 AGATHA CHRISTIE (9): Un interesante estudio sobre su obra(c) 2007 by J.C. Planells
Manuel Valle ha publicado una obra en cuatro tomos titulada El signo de los cuatro, en la cual analiza a cuatro figuras que considera capitales de la narrativa policiaca: Conan Doyle, Agatha Christie, Dashiell Hammett y Raymond Chandler. El tomo dedicado a Agatha Christie, el segundo de la serie, lleva por título Historias sin historia de la naturaleza humana, y ocupa 266 páginas, aproximadamente la misma extensión que los otros tomos. Es de celebrar el estudio serio y riguroso que de la obra y temáticas de la escritora inglesa efectúa Manuel Valle --y que reventará los higadillos de más de un detractor suyo, lo cual me alegrará mucho--. No es el único, como ya tuve oportunidad de comentar en otra entrada en este blog el año pasado a propósito del libro de Gillian Gill en Espasa Calpe.
Manuel Valle estudia la obra y evolución de Christie partiendo de la inevitable influencia que en ella --y en otros-- ejerció el Sherlock Holmes de Conan Doyle, al cual empezó imitando para al poco tiempo empezar a marcar distancias y diferencias respecto a él, tanto en la construcción de sus investigadores como en la forma de plantear y resolver el misterio de turno. La deuda de la Christie con Conan Doyle y su Sherlock Holmes & Watson está muy clara en sus primeros relatos publicados (como se puede comprobar en las recopilaciones Poirot investiga y Primeros casos de Poirot), pero también su alejamiento de ella al poco de iniciada su carrera. Tras ello, Valle analiza sus temáticas a la luz --agárrense-- de las teorías económicas de Hobbes, entre otros filósofos y ensayistas, con las cuales va comparando varias de sus novelas e intrigas criminales. Así, para Christie, la familia es un estado en continua guerra civil por la propiedad, de ahí el asesinato: por conseguir la propiedad, y como tal propiedad Valle argumenta en su discurso, de manera muy acertada, debe incluirse también el sexo, es decir, la propiedad de la persona deseada, bien sea hombre o mujer, señalando en este aspecto que la autora inglesa no hacía diferenciaciones entre mujeres u hombres: ambos podían ser objeto de deseo como propiedad y ambos podían codiciar la propiedad ajena. Por supuesto, Valle razona todo esto mediante abundantes citas de las obras de la autora, ejemplos concretos, comparaciones y a veces contrastes con la propia Autobiografía de Agatha Christie, además de alguna cita del muy interesante ensayo de Gillian Gill, entre otros textos. En posteriores capítulos, Valle estudia a sus detectives y el mundo que les rodea, la mentira, la ocultación, la némesis encarnada en la figura del detective, etc.
Personalmente, hecho de menos el estudio de la venganza como leit-motiv de algunos de los crímenes en sus novelas. Pienso, concretamente, en Tres ratones ciegos/La ratonera o en El espejo se rajó de lado a lado, y la obra teatral Una visita inesperada, por citar las primeras que se me ocurren de inmediato. Pero quizá Valle argüiría que la familia, en cierto modo, es también el motivo subyacente en estas obras --como lo es de toda su novelística criminal-- (en las tres, asistimos a la venganza por la destrucción de la familia, o, mejor dicho, de la prolongación de la familia en el futuro: hijos, que constituyen su prolongación, a manos de un extraño ajeno e indiferente a esas familias que destruye en todo o en parte), aunque está claro que en ninguna de las tres se halla el factor "guerra civil" ni "codicia de la propiedad" que Valle cita como móvil habitual. Pero en todo caso, eso no demuestra sino que el estudio de la obra de Agatha Christie se presta aún a más lecturas, o a más ampliaciones de dichas lecturas. En todo caso, sus fans disfrutarán con el estudio de Manuel Valle, muy jugoso en no pocas partes, algo espeso en otras (pero esta espesura le dota de la seriedad que en este caso es de celebrar por cuanto estudia a una escritora que en comparación con los otros tres autores de la serie ha sido siempre la peor parada por parte de los sabihondos de turno...).
Aprovecho para indicar que los correctores de estilo y traductores dados a manipular textos a su antojo y capricho y a no respetar el texto del autor, deberían leerse con suma atención las páginas 251 y 252 del libro de Valle, en que analiza un párrafo --en realidad son dos, pero el interesante es el primero de los dos-- de El asesinato de Roger Ackroyd, para que vean cómo a veces se podría arruinar un efecto cuidadosamente estudiado por la autora traduciendo mal, corrigiendo peor o desmontando a capricho la frase para que quede "mejor" en castellano.
Un reparo: Valle cree que las "guías del lector" --la relación de personajes de la novela-- que publicaba Molino las redactaba la propia Chiristie: no, eran obra del traductor, o, en todo caso, del editor español, y constituían la marca de la casa, por así decir.
Para los interesados, el libro está publicado en Granada por Editorial Comares S.L. En Barcelona está disponible en la librería Negra y Criminal (véase lista de webs a la izquierda; pueden servirlo por correo seguramente a solicitud).
2月3日 EL TORTURADOR DE SEÑORAS GORDAS(serie Aventuras de Harold Smith)
(c) 2007 by J.C. Planells
Harold me prohibió en su momento relatar este caso que investigó, pues en él había implicados Grandes Nombres de la nobleza británica y de la aristocracia y no convenía que los hechos se divulgasen (a Harold la aristocracia le impresionaba mucho, como ya he dicho otras veces). Pero como a mí no me parecía bien que quedara sin conocerse la horrible verdad de lo sucedido, he decidido finalmente saltarme su prohibición y escribirlo en secreto, encerrado en mi dormitorio por la noche y a la luz de una vela. Una vez terminado, esconderé el manuscrito en una caja de galletas vacía y lo enterraré en el patio trasero de la casa. Si alguien lo lee en un lejano futuro, será que los nietos de la hija de la portera lo habrán encontrado jugando al tesoro escondido.
[nota manuscrita de Sandra Lane: Qué burro eres, Diógenes, el viernes te vi enterrar algo en el patio, y hoy domingo lo he desenterrado aprovechando que tú y el señor Smith estáis en el campo, para ver qué era. Y lo estoy leyendo.]
La cosa empezó con la visita del señor Jameson, el superintendente de Scotland Yard amigo de Harold. Apareció una mañana por nuestra agencia, muy preocupado.
--¿Te has enterado de lo que le ha ocurrido a lady Gladys Pommeroy-Stratford? --Harold dijo que no--. ¿Y de lo de la condesa de Sutton-Suffolk? --Harold dijo que tampoco--. ¿Y de lo ocurrido con la hija de sir Archibald Hampton, duque de Norfolk, barón de Old Meadows River y baronet de Shierstone?
--¿Eso es una sola persona o son varias? --pregunté desoncertado.
--Calla, memo --me replicó Harold--. Esto es nobleza británica de un abolengo tan inmensamente rancio que incluso hiede. No --le dijo a Jameson--, tampoco sé nada de la hija de sir Archibald Hampton, duque de Norfolk, barón de Old Meadows River y baronet de Shierstone. ¿Qué ha ocurrido con esas tres altísimas damas?
--A esas tres damas... las han torturado cruelmente.
--¿Torturado? --Harold abrió los ojos como platos soperos--. ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué?
--Estamos a oscuras... --empezó a decir Jameson.
--Encenderé la luz --dije.
--Estamos a las once de la mañana y entra un sol radiante, idiota --gruñó Harold--. Sigue, Jameson.
--Estamos a oscuras respecto a los motivos y al quién. Esas tres grandes y nobles damas fueron raptadas, narcotizadas, llevadas a un lugar desconocido y sometidas a atroces torturas que no se han atrevido a relatar siquiera a sus esposos o padres debido al horror que les evoca su recuerdo. Te aseguro, Harold, que si lo hicieran, podríamos encanecer todos antes de tiempo, a juzgar por cómo han quedado...
--A una chica de Calella de Palafrugell, donde veraneé cuando tenía ocho años con mis padres, le hicieron casi lo mismo --dije agitado--. La raptaron, la narcotizaron la llevaron a un sitio desconocido y meses después tuvo un niño. ¿Les ha ocurrido lo mismo a esas mujeres de la alcurnia? Puede que ese asesino se haya trasladado desde Calella de Palafrugell a...
--No es el mismo individuo, Diógenes --me cortó Harold--. ¿Pudieron ver a su raptor y torturador?
--Nada vieron ni a nadie. Las tres fueron narcotizadas al salir de reuniones sociales a las que acuden habitualmente estas damas. Despertaron con una capucha en la cabeza, atadas a una cama y durante dos días seguidos fueron torturadas sin piedad alguna. Luego, las soltaron en la calle en un estado lamentable, desnutridas, famélicas, para que volvieran a sus casas.
--Diantre.
--Si las hubieras visto... --Jameson estaba pálido--. Esas tres damas precisamente se caracterizaban por... ah... tener exceso de peso, por así decir...
--¿Exceso de peso? --Harold frunció el ceño.
--Vaya, Harold, que estaban gordas como hipopótamos, hablando con franqueza. Pues bien, cuando su miserable secuestrador se cansó de torturarlas y las liberó... se habían quedado prácticamente en los huesos.
--¡Atiza! --Harold quedó impresionado.
--Pues es un buen método para adelgazar --dije--. Como el "antes" y "después" de los anuncios...
--Sus familias están horrorizadas. Incluso los niños de Biafra tienen un aspecto más rollizo que ellas. Harold, alguien un psicópata sin duda, está secuestrando a mujeres de la aristocracia británica, mujeres, ejem, obesas en grado extremo. Hay que dar con él e impedirle que lo siga haciendo. Las familias ocultan el hecho debido a la vergüenza que ellas sienten por si se descubre lo que les ha ocurrido; por eso no ha trascendido nada en los periódicos, pero...
--La verdad, en el tiempo que llevo en Londres, yo no he visto muchas gordas que digamos... --dije.
--Porque suelen pertenecer a la alta clase social, cretino --dijo Harold--. Gente distinguida, con títulos de nobleza, y que se atiborran de pasteles, pastas, galletas, dulces y cosas así a la hora del té y a la hora del no té. Como no tienen otra cosa mejor que hacer... Se pasan el día comiendo y comiendo... y criando grasa. Así se ponen de gordas.
--Pues, oiga, la hija del quiosquero está gorda y no es de la alta sociedad...
--La hija del quiosquero está gorda porque espera un niño y está de siete meses, zopenco [nota manuscrita de Sandra Lane: Pero qué tonto llegas a ser, Diógenes. ¿Todos los chicos sois igual de atontados?] Jameson, hay que hablar con esas mujeres y que nos den todos los detalles que recuerden de lo ocurrido.
--Dicen que no recuerdan nada, y les da una vergüenza terrible hablar de ello. Yo me he enterado de lo ocurrido porque sus padres o maridos han llamado al director de Scotland Yard comunicándole lo ocurrido, pese a la oposición de las víctimas, y exigiéndole la máxima discreción, y él me ha endilgado el asunto a mí...
--Hay que hacer algo, ciertamente. Puede haber otras gordas... digo, otras damas de la alta alcurnia víctimas en potencia de ese desalmado. Jameson, vayamos a casa de la condesa de Sutton-Suffolk. Su esposo, el conde, fue camarada de armas de mi padre en la campaña de África y quizá consigamos hablar con la dama...
Salimos hacia la casa de aquel noble del reino. Al pasar por la portería vi que la pequeña Sandra se disponía a zamparse un enorme bollo de crema, mientras Bonnie, el gato, la miraba con envidia.
--Será mejor que no comas eso, niña --le dije--. O puedes convertirte en la próxima víctima del torturador de gordas.
Sandra y el gato se me quedaron mirando estupefactos.
[nota manuscrita de Sandra Lane: Que sepan los que esto lean en el futuro que no soy gorda ni he estado nunca gorda. Soy delgada y hago ballet y las gordas no pueden hacer ballet.]
El conde de Sutton-Suffolk nos recibió y tuvo unas amables palabras para Harold, recordando a su padre, el comandante Smith, cuando ambos lucharon contra Rommel en África.
--Conde, es preciso que su esposa nos diga cuanto recuerde de lo ocurrido --dijo luego Harold--. Hay que encontrar al responsable de estos horrores.
--Mi esposa no quiere hablar de ello. Dice que no recuerda lo ocurrido, y que lo que recuerda, lo quiere olvidar. --No mostró una foto en que aparecía el conde al lado de una mujer inmensamente obesa--. Aquí la pueden ver tal como era cuando salió de casa aquella fatídica mañana. Y ustedes mismos pueden ver cómo es ahora --añadió, mirando hacia la puerta de entrada al salón.
Vimos entrar a una mujer de una delgadez extrema, al punto que casi había que mirarla dos veces para estar seguro de que había mujer allí. Por increíble que pareciera, era la antigua gorda condesa de Sutton-Suffolk.
--Por San Jorge --exclamó muy británicamente Jameson.
--Atiza --dijo más modestamente Harold.
--Estos caballeros son el superintendente Jameson de Scotland Yard, y el detective Harold Smith, hijo de mi antiguo camarada de armas, el comandante William Smith...
--No, no, caballeros --dijo la condesa, tapándose la cara como con vergüenza--. Es inútil. No hablaré de lo ocurrido.
--Condesa, respetamos su sufrimiento, pero puede haber otras infortunadas mujeres que caigan en manos de ese desalmado, y...
La condesa dejó con la palabra en la boca a Harold y huyó del salón, encerrándose en su habitación de un portazo.
--Yo no he conseguido más que usted --dijo el conde--. Sólo me ha contado que fue raptada a la salida de un té benéfico, metida en una camioneta de reparto y narcotizada, y cuando despertó estaba atada a una especie de cama, con los ojos vendados, para ser torturada horriblemente durante dos días seguidos. Luego, la abandonaron en la calle y regresó a casa.
--¿Qué clase de torturas le infligieron? ¿Ha examinado usted su cuerpo? --preguntó Jameson.
--Señor mío --repuso el conde, con altivez--: El cuerpo de la condesa es sagrado para mí; sólo lo veo con la luz apagada.
--Pues no creo que vea gran cosa así --dije.
--Calla, mamarracho --me susurró Harold, dándome un codazo--. Ten respeto a la nobleza británica. Piensa en Lord Nelson, en Lord Wellington, en...
--¿En Jack el Destripador? --sugerí.
Nos fuimos de la casa del conde con la sensación de haber perdido el tiempo por completo.
--Sin pistas no se puede investigar --dijo Harold--. Y no las hay, según parece. ¿Se conocen esas tres damas?
--Ah... no sé, es posible. Traté de averiguarlo y te lo diré.
Jameson nos llamó al día siguiente y dijo que al parecer sí se conocían, aunque fuera de vista al coincidir en diversos actos sociales o recepciones de otros nobles y aristócratas.
--No me extraña --le dije a Harold--. Si son gordas, estarán con frecuencia juntas comiendo y atiborrándose de pasteles y dulces en esos tés que toman ustedes los británicos...
--Pero mira que llegas a ser pedazo de burro. Cómo se nota que provienes de una raza inferior. No captas la grandeza de la alcurnia británica y...
--Puede que no la capte, jefe, , pero eso de sentarse y engordar tragando bollos y tartas no me parece que sea cosa muy de alcurnia...
--Oh, cállate. Haces tanto ruido hablando que no puedo pensar profundamente para resolver este caso.
--¿Qué le has dicho a Sandra, Diógenes? --me preguntó por la tarde la señora Lane--. Dice que en vez de tomar un bollo con el té de las cinco, prefiere tomarse una hoja de lechuga para no ser torturada por un asesino de gordas...
[nota manuscrita de Sandra Lane: Estuve una semana tomando té con lechuga y es asqueroso...]
Por la noche volvió a llamar Jameson, muy excitado, para comunicarnos que había desaparecido lady Burke-Thompson. Antes de que Harold le preguntase, ya le había confirmado que esa dama de la aristocracia era otra gorda de cuidado. Había lanzado una orden de búsqueda, discreta a fin de que no trascendiera al público, pero sin resultado alguno.
--Una gorda que desaparece debe de ser más fácil de encontrar que una personal normal --dije.
--Me temo que toda búsqueda será inútil --dijo Harold--. Esperaremos a que reaparezca, y le sacaremos como sea todo lo que pueda recordar.
Lady Burke-Thompson reapareció, en efecto, al cabo de un par de días y en un extremo de delgadez que impresionaba. No quería ver a nadie, no quería hablar con nadie, no quería saber ni recordar nada...
--Dice que fue espantoso y que las torturas fueron escalofriantes --dijo Jameson.
--Sí, ¿eh? Pues te diré que pensándolo bien, la condesa de Sutton-Suffolk ofrecía un aspecto muy saludable para haber sido torturada de manera escalofriante. Lo que ocurre es que el contraste con la ballena, digo, con la imagen de la foto me despistó al principio. Aquí hay algo que no cuadra, Jameson.
--Podemos disfrazarnos de señoras gordas, ir a los tés de las nobles cursis, atracarnos de bollos y esperar a que nos rapten --sugerí--. Y así daremos con el culpable. Y, exactamente, ¿de qué es culpable?
--De secuestro --dijo Jameson.
--De torturas --dijo Harold.
--Pero si las mujeres vuelven todas a casa y nadie ha pagado ningún rescate y no parecen mostrar señales visibles de torturas... --dije.
--Es un psicópata --dijo Jameson.
--Es un misógino antigordas --dijo Harold.
--Pues la verdad, casi les hace un favor --dije--. Salen ganando como están ahora, al menos a juzgar por la condesa que vimos el otro día, jefe. Y en el Sun, que lo estaba leyendo ayer la portera y me lo ha prestado, dice que la hija de sir Archibald Hampton, una de esas torturadas que eran gordas y ahora son delgadas, acaba de encontrar al fin lo que nunca había encontrado antes: un novio. Se ve que están todos la mar de contentos. Y decía también que lady Gladys, otra de las torturadas, parece ser que tiene un amante desde que se ha vuelto delgada...
Harold y Jameson se miraron entre sí.
--Esto parece un poco raro --dijeron a coro.
Harold frunció el ceño.
--Esperad aquí --dijo--. Vuelvo enseguida.
Regresó de la calle al cabo de unos minutos, cargado con diversos diarios y revistas. Se sentó a la mesa del despacho y empezó a ojearlos con cuidado, a la par que encendía la pipa de las grandes ocasiones.
--¿Qué estás buscando, Harold? --le preguntó Jameson.
Pero Harold no le contestó, enfrascado como estaba en el examen de los periódicos y las revistas. Al cabo de una media hora exclamó:
--¡Ajá! ¡Ya lo tengo! O eso espero. Mirad este anuncio:
Nos señaló un recuadro que había en una revista destinada a la alta sociedad, informando sobre banquetes, modas, carreras de caballos y cosas así. El recuadro era un anuncio que decía:
¿CANSADA DE SU FIGURA OBESA?
SI DESEA UNA NUEVA VIDA Y UNA NUEVA FIGURA...
NO LO PIENSE MÁS: VISITE AL DOCTOR FLAMMING
Y EN SÓLO DOS DÍAS USTED SERÁ UNA NUEVA MUJER
--Vamos a visitar a ese doctor Flamming --dijo Harold, resuelto--. Presiento que va a ser nuestro hombre.
--Pero, ¿qué...?
Harold, sin hacer caso de Jameson, se encaminó hacia la puerta y salió a la calle, y nosotros le seguimos. Subimos en el coche del superintendente y nos dirigimos hasta la dirección indicada en el anuncio, que era una calle muy cercana a Hadley Street.
--Bien --dijo Harold, una vez nos paramos ante la casa en cuestión--. Aquí es: Doctor Ivor Flamming. Hum... No indica de qué especialidad es doctor...
--¿En grasas y obesidad? --sugerí.
Llamamos al timbre y una enfermera muy esbelta nos abrió la puerta.
--Lo siento --dijo al vernos, frunciendo el ceño--. El doctor Flamming sólo atiende a señoras.
--Pues qué pilluelo es --dijo Harold--. Sepa, joven, que somos los brazos de la ley y entraremos, les guste o no al doctor y a usted.
--¡Oiga, no puede...! --protestó la enfermera.
Jameson la apartó plantándole ante las narices su insignia de superintendente. Entramos y nos dirigimos hacia la puerta de la consulta privada del doctor Flamming. No estaba allí. Había una puertecita al fondo, Harold la abrió y vimos unas escaleras que descendían... y en ese momento unos horrísonos gritos de mujer procedentes del final de las escaleras llegaron hasta nosotros y nos pusieron los pelos de punta.
--¡Otra víctima! --exclamó Jameson--. Pero quizá hemos llegado a tiempo.
Sin hacer caso a la enfermera, que seguía gritando a nuestra espalda que nos marchásemos, descendimos las escaleras. Al pie de ella había una puertecita, la abrimos y nos encontramos en una estancia muy iluminada que parecía un quirófano de hospital. En el centro, había una cama donde estaba atada una mujer muy obesa, con un casco metálico cubriéndole la cabeza y diversos cables y electrodos conectados en casi todo el cuerpo: brazos, piernas, pecho, estómago... Sentado a su lado y ante una pantalla de controles con un tablero lleno de botones había un tipo delgado, con barba de chivo, medio calvo y con gafas, que se sobresaltó al vernos aparecer.
--¡Doctor! --chilló la enfermera a nuestras espaldas--. ¡Traté de impedirlo, pero...!
El doctor Flamming, pues sin duda era él, enrojeció, no sé si de ira o de miedo o de qué.
--Pero, ¿qué significa...? --empezó a decir, poniéndose en pie.
La gorda atada en la cama y cableada seguía chillando como una cerda en el matadero.
--Alto en nombre de Scotland Yard --dijo Jameson--. Libere a esta mujer inmediatamente y dese preso.
--¿Liberarla de qué? Está pagando por el tratamiento y aún no ha terminado...
--¿Cómo que pagando? --Jameson frunció el ceño.
--Es lo que me veía venir --suspiró Harold.
--Esta dama es lady Olimpia Marmaduke-Stepson-Travis, y está aquí porque desea conseguir una figura esbelta y grácil, liberarse de esa obesidad horrible que afea su cuerpo. Con mi método intensivo, en dos días estará como Doris.
--¿Doris?
--Yo soy Doris --dijo la enfermera.
--Haga el favor de desconectar esto --insistió Jameson--. Esta mujer chilla de sufrimiento...
Posiblemente era cierto, pero apenas el doctor Flamming desconectó de mala gana los electrodos, le quitó el casco y apagó el tablero de control, lady Olimpia Marmaduke-Stepson-Travis siguió chillando, aunque de furia contra Jameson, contra Harold y contra mí por haber interrumpido el tratamiento. Nos dijo que había querido seguir el método de adelgazamiento del doctor Flamming tras ver los resultados que obtuvieron lady Gladys y la tonta hija de sir Archibald Hampton, la que al fin había encontrado novio. No iba a ser menos que esas dos, así que tras saber cómo lo habían conseguido y ver el anuncio, decidió acudir a la clínica del tal doctor Flamming.
--Las damas de la nobleza británica --nos dijo severamente el doctor Flamming, después de ponerle el casco metálico a la gorda, conectarle los cables y encender el tablero de nuevo-- ganan... ah... peso porque debido a su posición social deben acudir a muchos tés y recepciones y banquetes. De ahí la... esplendidez de su figura. Aunque, lógicamente, no les agrada; quieren tener novios y amantes lo mismo que las mujeres de clases inferiores. Pero como no pueden seguir dietas vulgares de adelgazamiento, porque carecen de tiempo para ello, y les supone sacrificios y molestias, yo inventé este tratamiento: el torturador mental, lo llamo; una máquina donde quedan conectadas y las hace creer que son torturadas despiadadamente. Del terror que pasan, adelgazan de golpe en unas cuarenta y ocho horas. Yo controlo el tratamiento para prevenir secuelas y su estado de salud, inyectándoles compuestos vitamínicos y reforzantes. Luego, ellas guardan secreto de lo ocurrido para que no lo sepan ni sus maridos; en todo caso, se lo recomiendan a alguna amiga de confianza. No esperarían ustedes que fueran por ahí diciendo que deseaban adelgazar y que les daba vergüenza estar como ballenas. Esas vulgaridades son para las clases bajas, para el pueblo bajo y vil.
--Ya veo --dijo Harold, secamente, examinando una foto que había en la pared y en la que aparecía una gorda verdaderamente inmensa y que se parecía muchísimo a la enfermera que nos había abierto la puerta, la tal Doris.
--Y ahora, caballeros, ¿me pueden decir qué delito he cometido exactamente?
Jameson trató de encontrar una respuesta, pero no se le ocurrió ninguna.
--Estas mujeres son felices ahora --dijo el doctor Flamming--. Con sus nuevos cuerpos, sus nuevas vidas, sus novios y sus ah... amantes. Y todo ello con discreción, tal como deben hacerse las cosas cuando hay clase. Incluido adelgazar.
El doctor Flamming, que ya estaba lanzado y que me temo estaba tan chiflado como aquel científico que se convirtió en el ladrón invisible de Londres, nos explicó su nuevo proyecto: un barril de cera hirviendo donde sumergir a las mujeres y depilarlas de golpe. Era un procedimiento rápido; de hecho, en un segundo la mujer sumergida en el barril de cera hirviendo quedaba depilada para el resto de su vida. El problema a resolver era que luego quedase mujer, de ahí que todavía no lo hubiera puesto en práctica y siguiera a nivel de teoría de momento.
Regresamos a la agencia con la sensación de haber perdido el tiempo y de haber hecho el ridículo. Jameson maldijo a la nobleza y a la aristocracia británica y Harold renegó en sánscrito. Luego me hizo jurar sobre las obras de Sherlock Holmes que jamás relataría este caso. Y así lo he hecho. [nota manuscrita de Sandra Lane: Y yo vuelvo a guardar en la caja de galletas el manuscrito de Diógenes una vez leído y lo entierro en el mismo sitio donde lo enterró él. Prometo no contar lo ocurrido en la revista de mi colegio. Besos a los lectores del futuro, cuando se desentierre la caja y la abran. ¿Quién lo hará? Firmado, Sandra Lane, Londres, 14 de enero de 1968.]
FIN.
2月1日 BAD RONALD, de Jack Vance(c) 1986 by J.C. Planells
[Este artículo fue un informe para una editorial, escrito en 1984, a fin de interesarla en la publicación de la novela de Vance aquí comentada. Innecesario decir que esta novela sigue aún hoy día inédita en castellano, lo cual debería avergonzar a todos los editores tanto de entonces como de ahora. Este informe fue publicado tal cual en Opción núm. 10 en 1986. Aparece aquí tal como se escribió y publicó, sin retoques.]
![]() Bad Ronald. Novela original de Jack Vance. Ballantine Books, 1973.
Sinopsis
Ronald vive solo con su madre en una gran casa de un pueblecito rural. El día de su cumpleaños (17), tras celebrarlo con su querida madre, visita a una chica a la que adora en silencio y a la que trata de conquistar. Ella no le hace el menor caso, pues está nadando con unos amigos en su piscina, y Ronald se marcha frustrado y rencoroso. Por el camino se encuentra con una vecina, Carol matthews, de 10 años, a la que viola y estrangula. Horrorizado, corre a casa y advierte que en las manos de Carol ha quedado una prenda que descubrirá la identidad de su asesino. Le cuenta a su madre lo ocurrido, si bien diciendo que fue Carol quien le provocó. Trastornada, ella dice que debe esconderse para que no le encuentre la policía y a tal fin habilita un cuarto de baño tapiado tras una serie de reformas, sin que nadie pueda saber que en la casa existe desde ahora una habitación secreta, donde ahora Ronald permanecerá oculto hasta que él y su madre puedan marcharse inadvertidamente a otro estado o a Canadá. Ronald dispone de una salida al interior de la casa, a través de la alacena de la cocina, y debe permanecer atento a las señales de su madre y no producir ruido si vienen visitas.
Al cabo de bastantes meses de esta situación, sin que la policía, naturalmente, haya podido encontrar a Ronald, al cual suponen fugado en alguna parte del estado, la madre de Ronald muere repentinamente en su lugar de trabajo. Ronald se entera de la noticia horrorizado y comprende que su único contacto con el exterior ha terminado. Subsiste en su encierro mediante los últimos alimentos del frigorífico hasta que pocos días después la casa es vendida a unos nuevos inquilinos: un matrimonio con tres hijas, la mayor de 19, la menor de 13. Ronald ha construido unas mirillas observatorias en las paredes, por lo cual puede observar a placer a sus nuevos compañeros de casa, además de oír perfectamente sus conversaciones en todo el piso bajo. Pronto empieza a obsesionarse con la menor de las hijas, Barbara. Por las noches, o cuando la casa queda vacía al irse las chicas al colegio y los padres al trabajo, Ronald efectúa pequeños hurtos en la nevera, mediante los cuales mejora su alimentación. Pronto los hurtos son advertidos, pero no se les da importancia: cada uno cree que es otro miembro de la familia el responsable. Ellen, la hija mayor, traba amistad con Duane, el hermano de Carol, la niña asesinada, quien cuenta a la familia lo ocurrido hace ya meses y la desaparición de Ronald. Éste, por su parte, cada vez es más osado en sus salidas "exploratorias", y en una ocasión derrama involuntariamente un perfume de la segunda hija, y luego trata de forzar el diario de otra, siendo en ambas ocasiones acusada Barbara, la menor, de lo ocurrido, lo cual ella niega rotundamente, creando una situación familiar insólita: nadie cree que Barbara lo haya hecho realmente, pero ¿qué otra explicación hay? Por su parte, la comida que desaparece es achacada a Duane, que suele visitar con mayor frecuencia a Ellen, y esa acusación indigna a ellen. En tal estado de cosas, un día en que Barbara acaba de llegar del colegio y está sola en la casa, Ronald sale de su escondite, la toma y se la lleva a su interior, tras obligarla a firmar una carta en la que dice que se ha marchado con unos hippies, pues está cansada de que la acusen de cosas que no ha hecho. La familia se conmociona y avisa a la policía, quienes no prestan mucha atención, creyendo que es una fuga más de niña irresponsable. Entre tanto, Ronald se dedica a violar a Barbara, la cual, horrorizada, ve el extraño lugar en que el inesperado "vecino" vive: lleno de dibujos correspondientes a una novela fantástica que Ronald escribe en sus ratos libres. Finalmente, Ronald matará a Barbara cuando ella trataba de escapar. A continuación, otro día secuestra a Althea, a la que tras unos días mata después de violarla. Althea también ha "dejado" una nota similar a la presuntamente escrita por Barbara. Esta nota sin embargo hace entrar en sospechas a la hermana mayor, Ellen, quien se las comunica a Duane, el cual intuye que tras todo esto se halla Ronald, el asesino de su hermana. Con la familia destrozada y la policía sin saber qué ni a quién buscar ya, Duane se entera de las misteriosas desapariciones de alimentos del frigorífico y empieza a sospechar que Ronald está oculto en algún lugar de la región. Concibe un plan para averiguarlo y así descubre qque Ronald se oculta en la misma casa en que vive Ellen y donde ya antes viviera con su madre. Se lo explica a Ellen y a sus padres, así como el lugar en donde, evidentemente, existe una habitación secreta. Mientras el padre llama a la policía, la madre derriba la pared secreta, rocía el lugar con gasolina y le prende fuego. Ronald sale envuelto en llamas, se revuelca por el suelo, y terminará finalmente yendo a casa de su viejo amor, la vecina que le despreciara el día de su cumpleaños, cayendo en la piscina, de donde le recogerá la policía.
Comentario
Se podría decir que existen dos historias --o novelas-- distintas en Bad Ronald: la primera, desde el inicio hasta el momento en que Ellen y sus hermanas y los padres se trasladan a la casa en que Ronald viviera con su madre. La segunda, desde este momento hasta el final de la novela. En la primera, Ronald es el centro, el eje y el personaje principal. Asistimos a su tremendo delito, su encierro, el tormento y el sufrimiento de su madre, la muerte terrible de ella, posteriormente, la soledad de Ronald, abandonado en su habitación secreta y sabiendo que sus esperanzas han terminado, que no podrá salir de ella pues la policía le busca y su único apoyo ha desaparecido. Comprendemos y casi compartimos con Ronald esa angustia tremenda y la desesperación de un futuro negro que se cierne sobre él. En esa primera parte, pues, Ronald es la víctima y hacia él van las simpatías del lector. Todo cambia, sin embargo, en la segunda parte, desde que el matrimonio Wood se instala con sus hijas en la casa y empiezan a transformarla. Ahora ellos son las víctimas y hacia ellos se dirigirán las simpatías del lector, ya desde el primer instante cuando Ronald ha construido sus "mirillas" para observarles, y por supuesto cuando secuestra a la primera de las niñas. Realmente en pocas novelas se puede encontrar un cambio tan brusco, así como un manejo tan ambiguo de los personajes, especialmente en lo concerniente a Ronald, a quien finalmente, y a pesar de sus crímenes, el lector terminará por compadecer.
A nivel literario, la novela es cuidada y apasionante. Se lee de un tirón y no es excesivamente larga (la traducción francesa sobre la que se ha realizado este comentario es de 230 páginas de letra grande). No es una novela propiamente de suspense ni hay escenas de verdadera angustia, pero sabe tejer una intriga que atrapa al lector y le obliga a seguir su lectura sin parar. Excelentes diálogos, personajes muy bien dibujados, especialmente en la familia Wood que, aun siendo el retrato de la familia media americana, no es un retrato estereotipado como en tantas otras ocasiones. Un poco de humor soterrado y unas elegantes elipses que nos permiten no saber el asesinato de las dos hermanas "sobre el terreno", sino intuirlo, prescindiendo por tanto Vance de insistir en escenas innecesarias o ya predecibles por el lector. Una novela que combina perfectamente lo escabroso y la compasión, el humor y el sadismo, la intriga y lo insólito.
El autor
Jack Vance está considerado como el mejor escritor en ciencia ficción, género en el cual ha producido obras como la serie Los príncipes demonio, la serie Tschai, o novelas como Emphyria, To Live Forever o Lyonesse. Al margen de la ciencia ficción, es autor de varias novelas policiacas, escritas con diversos nombres: John Holbrock Vance, Alan Wade, Peter Held o Ellery Queen (con esta firma escribió Los cuatro Johns, publicada por Picazo). Una de sus novelas policiacas, The Man in the Cage, ganó el premio Edgar de 1960. El elemento policiaco o de investigación y misterio está muy frecuentemente presente también en sus novelas de ciencia ficción. Bad Ronald fue publicado en Estados Unidos con la firma John Holbrock Vance y en Francia con su firma Jack Vance, por la cual es más conocido.
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