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    February 29

    CAMINO A LA GUERRA, de John Frankenheimer: Un fragmento de historia americana

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
    Este largometraje para televisión de más de dos horas y media de duración fue el testamento cinematográfico de John Frankenheimer, fallecido cuando se disponía a emprender la realización de El exorcista: El comienzo, film de pésima andadura del que existen dos versiones: la rodada por Paul Schraeder y la rodada por Renny Harlin, puesto que la primera no satisfizo a los productores y la rechazaron, contratando a Harlin para volver a rodarla; al final ambas se han podido ver, en cine o en DVD, y lo cierto es que si una es mala, la otra es sencillamente infecta; debe de ser verdad lo que se cuenta de que El exorcista es un film con malage que conlleva maldiciones varias a quienes se relacionan con él. En fin, mejor olvidar este lamentable caso, porque uno casi celebraría que Frankenheimer no lo dirigiera, de no deberse a su fallecimiento.
    Volviendo a Camino a la guerra, pues, se trata de uno de los varios y prestigiosos filmes para televisión que realizó durante la década de 1990 y principios de este siglo, algunos de ellos realizados sobre temas de la historia americana: Andersonville y George Wallace fueron los anteriores, y de hecho casi se podría incluir también Contra el muro, aunque su duración sea la habitual de un largometraje.
    No considero que Camino a la guerra sea uno de los mejores trabajos de Frankenheimer: por una parte, es muy deudor de su formato televisivo, al igual que los dos antes citados (Contra el muro curiosamente lo es mucho menos), aunque ciertamente tiene la impronta visual característica de su director: el uso de determinados lentes y objetivos, y la manera de encuadrar a los personajes en el plano, lo que hace atractiva la historia desde el punto de vista visual; por otra su tema es muy discursivo y poco atractivo para un espectador no americano. Por lo demás, el interés que puede despertar esta película para televisión es el de comparar los hechos en ella narrados con los hechos de los recientes años. Teniendo en cuenta que Camino a la guerra se rodó y exhibió tan tempranamente como 2002, es aún más tentador el establecer esos paralelismos: Vietnam e Irak, por un lado, Johnson y Bush por otro.
    Este telefilm, de cuidada producción (el propio director figura como principal productor) presenta cómo se inició la escalada americana en la guerra de Vietnam por parte de un presidente que hizo de la no intervención en esa guerra su principal promesa electoral y que al poco tiempo de iniciar su mandato en 1964 incrementó poco a poco la presencia militar americana en el conflicto, así como ordenó bombardeos en zonas civiles que contenían instalaciones militares del Vietcong. La película se inicia con la fiesta que da el presidente Johnson a principios de 1964 para celebrar su arrolladora victoria electoral: la más amplia mayoría jamás conseguida por ningún presidente (antes y después, cabe añadir). La política de Johnson --un millonario texano, tosco y poco culto, nada refinado y de modales autoritarios en ocasiones-- era mejorar los servicios sociales y sacar adelante una serie de reformas para bien de la población que superasen todo lo conseguido y propuesto por el asesinado presidente Kennedy, en buena parte para quitarse de encima la sombra de éste y de su poderoso hermano Bob. Pero por contra, y pese a lo prometido electoralmente, Johnson se ve metido en el infierno de Vietnam debido a una serie de intríngulis políticos y por el consejo de Robert McNamara, secretario de Estado ya con Kennedy, además de por la dura determinación de los generales que ya están librando esa guerra por mandato de Kennedy. Creyendo lo que le dice McNamara, que la guerra será muy breve y que retirarse sería una deshonra para Estados Unidos, Johnson accede a enviar más tropas y a bombardear lugares estratégicos para debilitar al enemigo y cortar sus suministros. Pero el que cabalga un tigre está condenado a no bajar de él, se podría decir --aunque no se diga-- en la película: el gran error de Johnson y de sus asesores es desconocer el país en el que combaten, la mentalidad de la gente y sus costumbres. Las cifras les desconciertan: ganan batallas, pero pierden la guerra; matan más enemigos que bajas sufren, pero no derrotan al Vietcong. Les supera lo extraño del conflicto, les aterra extenderlo por las consecuencias que ello puede tener (la Unión Soviética lo contempla todo con el ceño fruncido), y al poco de todo ello se enfrentan con la contestación en el propio país: una mañana, McNamara contempla atónito como un hombre (Morrison) se incinera delante mismo de su ventana, dejando un bebé a su lado, en protesta por la guerra; es el inicio de las protestas y del "Johnson War Criminal" de las pancartas.
    Poco a poco, Vietnam se va comiendo todo el presupuesto del país, les impide desarrollar adecuadamente las políticas sociales deseadas por el presidente, crea fuertes disidencias dentro del propio partido de gobierno (Bob Kennedy está contra la guerra y no se cansa de decirlo), e incluso acaba creando radicales cambios de opinión en los propios asesores de Johnson, para estupefacción de éste: McNamara pasa a oponerse a la guerra, tras haberla aconsejado (convencido de que se iba a ganar fácilmente) y Clark Clifford ocupa su puesto y la favorece, tras haber aconsejado en su momento a Johnson que no se metiera en Vietnam. Todo ello, claro, acompañado de los deseos de bombardear cuanto haga falta por parte de los militares.
    La política americana es sin duda compleja, y el cine no es el medio más adecuado para entenderla, además de que las verdades no estan nunca en un mismo bando y no son absolutas. Pese a ello, este telefilm tiene sin duda bastante interés, además de integrarse perfectamente en algo que ya he mencionado en un par de ocasiones al hablar de Frankenheimer. Se trata, simplemente, de que al igual que en mucho de su cine, en Camino a la guerra sus personajes --auténticos en este caso-- se hallan metidos en una cárcel invisible, son prisioneros de una conducta que les obliga a seguir manteniendo una guerra y una política, una situación en suma que no saben cómo resolver ni cómo terminar, porque, como se dice en cierto momento, no entienden ese país en el que combaten, ni la mentalidad de sus habitantes y creen que con bombardeos y más soldados se arreglará todo. Finalmente, Vietnam acaba condicionándolo todo: la política, sus relaciones personales, su salud o la de su familia, sin mencionar el rechazo firme de la población y los sectores sociales encabezados por Martin Luther King, entre otros. La escena en que Johnson viaja a Vietnam para poner medallas y pedir a los soldados heridos y mutilados que voten por él cuando vuelvan a Estados Unidos creo que da la medida exacta de la absoluta incomprensión y pobreza mental de ese presidente, que no supo dónde se metía, y que además se rigió por consejos equivocados o por malas interpretaciones de esos consejos. En ese sentido es divertido seguir los enfrentamientos y las caras que pone Johnson cuando reprocha a McNamara y/o a Clifford lo que le dijeron en momentos determinados: "Usted decidió, presidente", le dicen poco más o menos. "Nosotros sólo dimos nuestra opinión". Lo cual convierte la película en un curioso juego de intrigas palaciegas con un presidente algo idiota.
    Frankenheimer hace un ejercicio de (moderada) crítica política con su película, mostrando a los personajes siempre encerrados en sus despachos, bien de la Casa Blanca, bien de la Secretaría de Estado, tratando sobre la guerra y cómo enfocarla, o terminarla, pero nunca cómo salirse de ella porque no saben ni se les ocurre cómo hacerlo. Afuera, la gente protesta, o se incinera como Morrison, o luchan y bombardean poblados vietnamitas, pero ellos, los políticos, están en su cárcel (de lujo, pero cárcel), prisioneros de la propia situación creada.
    No es ocioso establecer ahora una comparación entre lo narrado en este telefilm y la reciente guerra de Irak, así como sus consecuencias. En primer lugar, está claro que, aun con su tosquedad y escasa cultura, Johnson trató de impulsar políticas sociales y de desarrollo que aún siguen vigentes hoy día, lo que el actual presidente --Bush-- ni ha hecho ni hará nunca. En segundo lugar, Johnson heredó la intervención en Vietnam que inició Kennedy, y creyó tontamente que no participaría en ella, prometiéndolo así en su campaña electoral (y teniendo luego que explicarlo a la nación al intervenir activamente), en tanto que Bush fue quien inició una guerra en Irak con gran entusiasmo por su parte. En tercer lugar, tanto uno como otro presidente no comprendieron nunca ni el país ni la gente a la que combatieron, y eso fue crucial en el desarrollo bélico, independientemente del resultado de ambos conflictos (curiosamente, parece como si Johnson hubiera perdido la guerra y parece como si Bush hubiera ganado la suya). En cuarto lugar, Johnson, al final de su mandato, hizo pública su decisión de no presentarse a la reelección y de iniciar conversaciones en París para la paz en Vietnam (lo que se frustró en la siguiente presidencia: Nixon), mientras que Bush es impensable haga nunca nada semejante. En quinto lugar, hoy Vietnam es un país calificado como tranquilo y bastante estable (como dijo hace poco un diario, incluso Bush se permite "regresar al lugar del crimen"), en tanto que Irak es un cataclismo irresoluble.
    Aunque como dije el cine político, especialmente el americano, es y será siempre insatisfactorio, la visión que ofrece Camino a la guerra tiene el interés de escarbar en ella para sacar esas conclusiones (u otras que se le ocurran al espectador). Cierto que 1964-1968 no es lo mismo que 2001-2006, pero los paralelismos son al menos curiosos e interesantes. Pese a los reparos que legítimamente se le puedan oponer, sin duda Camino a la guerra es un honesto ejercicio de crítica constructiva que documenta un periodo histórico de una manera más didáctica que las habituales películas bélicas ambientadas en las batallitas de Vietnam, que no resuelven ni aportan nada tanto si las filma Oliver Stone o quien sea.
    Sería injusto no señalar la gran altura a que brilla el reparto de la película, en trabajos nada fáciles, especialmente por la manera en que los ha filmado Frankenheimer, siempre hurgando en sus rostros, siempre presentes en primer o en segundo plano. Michael Gambon como Johnson y Alec Baldwin como McNamara está memorables.
     
     
    February 27

    GALERIA DE MUJERES (32): MIREIA PORTAS: La mujer de las mil caras

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    Soy consciente de que incorporar a esta serie a alguien de quien no sé absolutamente nada entraña sus riesgos, puesto que cada una de las  incluidas en "Galería de mujeres" aparecen debido a sus cualidades humanas, principalmente, pero también a sus vidas a veces tristes y amargas, o a su ejemplar labor profesional, tal como procuro explicar siempre en el texto correspondiente. Como no he conseguido averiguar absolutamente nada de Mireia Portas, ni siquiera su fecha y lugar de nacimiento, apenas una breve relación de sus trabajos en teatro y cine --que no he visto, dicho sea de paso--, comprendo que asumo un riesgo. Pero lo asumo con agrado, como asumí el incorporar a Shakira en el 2007, por ejemplo: no sólo de mujeres que han llevado vidas desgraciadas o infelices se compone esta serie, sino que también debe haber un momento para la felicidad y la calma, o para el trabajo bien hecho y la vida discreta. Lo poco que he visto de Mireia Portas me ha fascinado de tal manera que me resulta casi inevitable incorporarla a la serie y destacar una labor profesional que la ha convertido actualmente en muy popular, una labor que roza casi la pureza artística.
    ¿Quién es y qué hace Mireia Portas para que me despierte esta admiración? La primera vez que la vi --o que reparé en su existencia--, aun desconociendo su nombre y sin que lo pudiera averiguar posteriormente, fue en un programa de televisión, Homo Zapping, parodiando a Eva Hache. Aparecía regularmente, y su convencimiento, su entusiasmo, su entrega --y su belleza, perceptible incluso por debajo del maquillaje que la caricaturizaba de "Eva Hache"--, me dejaron sorprendido y cautivado. No hubo manera de averiguar su nombre --no lo ponían, o no lo vi, en los créditos del programa--, y viví intrigado durante mucho tiempo recordando a esa actriz, tras la desaparición del programa.
    Pero finalmente, ha sido posible volverla a ver, y a disfrutar de su arte, en Polònia, el imprescindible programa de sátira política de TV3. Incorporada en la nueva temporada, y colaborando ocasionalmente en el programa radiofónico Minoria absoluta --origen de Polònia--, vemos a una actriz realmente camaleónica, de un talento inigualable, que se caracteriza como "Magdalena Álvarez", "Mari Pau Huguet, "Carme Chacón", "la reina Sofía", "Esperanza Aguirre" --sustituyendo a quien antes incorporaba el personaje--, y quizá alguno más que me olvido.
    Es posible que para muchos esto no signifique nada, o lo consideren una tontería, pero hacer humor es muy difícil; caracterizarse de otro e imitarlo/satirizarlo/parodiarlo es aún más difícil. Mireia lo hace aparentemente sin dificultad alguna; cierto que está rodeada de un equipo de verdaderos talentos --actores, actrices, guionistas, realizadores, maquilladores-- y eso crea la sana competencia y un sentido de responsabilidad. Sin duda muchos pensaran que todo esto no es al fin y al cabo más que "humor y tontería" --la "conyeta", que dicen los periodistas y políticos catalanes a los que se les atraganta el programa en cuestión y desearían que desapareciera--, y que poco de arte hay en él. ¿Seguro? ¿El humor no es arte, no forma parte del arte? ¿La sátira de buen gusto y original no debe considerarse una forma de expresión artística? Yo creo que sí. ¿Ponerse en la piel de otra persona y llegar a confundir la memoria del espectador, que ya no sabe a veces cuál es el verdadero y cuál el de ficción no debe considerarse arte? Yo creo que sí. Y por eso que quiero rendir homenaje a Mireia Portas, un felicísimo descubrimiento. Lo que hace es muy difícil, y todo lo que es difícil de hacer es más que respetable. Su rostro verdadero sólo lo hemos visto en algún ocasional gag en que no interpreta a ningún personaje concreto: una muchacha de pelo castaño, corto, que seguro no ha cumplido aún la treintena, con cierto trasfondo de timidez y reserva en sus ojos, un rostro que incluso disfrazada de los muchos personajes que interpreta aparece ante el ojo observador como de una belleza en cierto modo clásica. Se diría que camuflarse de otras mujeres es una manera ideal para ella de mantener oculta su personalidad. Quizá. O quizá me equivoco (como tantas veces). En lo que no creo equivocarme es en añadir su nombre al de las 31 anteriores aparecidas en esta serie.
     
     
    February 26

    UNA WEB PARA DENUNCIAR PLAGIOS EN INTERNET

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Hace pocos días añadí a la lista de webs recomendadas una web/blog dedicada a denunciar plagios de textos en internet. Se llama "contra el plagio", y pueden visitarla accediendo al link que hay puesto. Allí se informa de plagios y se dan nombre y datos de los plagiadores y de sus víctimas. La noticia me vino de un amigo de este blog, que ha denunciado en diversas ocasiones a alguien que, cambiando de direcciones de internet, se dedica a "copiar y pegar" textos de otros blogs --e incluso de libros publicados--, firmándolos como si fueran suyos. Este amigo incluso ha colocado un banner antiplagios en su blog, pero como dudo de mis habilidades informáticas por un lado, y por otro lado enterarme de nuevos plagios de mis textos me causaría otro síncope como el sufrido el año pasado, desistí de poner ese banner. Comuniqué a diversos amigos y contactos con blog --o sin él-- la existencia de ese link, por si les interesase. Y aprovecho poner este breve texto para quienes no se hubieran enterado aún o no haya podido comunicárselo directamente.
    Como le comenté a ese amigo, el plagio es además de un robo, una usurpación de personalidad, si bien el que plagia se halla en la tesitura de no poder explicar nunca ni razonar debidamente el texto que hace pasar por suyo (sus claves y secretos, por así decir, tanto si es ficción como un artículo sobre el tema que sea). Un mentiroso --y un plagiador lo es-- tiene que saber mentir muy bien y sobre todo tener mucha memoria e imaginación para no ser descubierto más temprano que tarde. Según se me dijo --y así era respecto a la individua que me plagió-- muchos plagiadores lo hacen para "encontrar novio o novia" por internet. No le arriendo la ganancia a la novia o novio que se dejen enredar por tales individuos, y desde aquí aconsejo a quien se sienta atraído por la presunta inteligencia de alguien gracias a su blog que se lo piense más de dos veces antes de ennoviarse con alguien sin claras referencias.
    Gracias a internet, el plagio es mucho más fácil y habitual, especialmente entre estudiantes, que copian textos de aquí y de allá para sus tesinas o trabajos (no hace mucho, alguien descubrió como premiado un texto suyo publicado en internet y "copiado y pegado" por otro, obteniendo ese individuo el premio). Supongo que habrá profesores que les descubran, o al menos a algunos, aunque no confío mucho en ello. Ya hace tiempo que dejé de confiar en la humanidad y de creer en las personas.
    En fin, quede pues la noticia de la existencia de esta web/blog contra los plagios para quienes les interesen. Y esperemos no tener que usarla nunca. Por mi parte, diré que cuando el suceso del año pasado pensé en escribir un artículo desarrollando esa horrible sensación de ver los propios pensamienos e ideas y opiniones firmados por un desconocido, esa impresión repugnante de que le han robado a uno la personalidad y carácter. Como me parecía tan atroz, acabé desistiendo finalmente de intentarlo, pero valgan estas líneas para dejarlo apuntado.

    February 25

    ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS?, de Philip K. Dick

    [Crítica publicada en Nueva Dimensión, núm. 142, febrero de 1982. Libro editado por Edhasa.]
     
    (c) 1982 by J.C. Planells
     
    Ésta es una novela con la muerte en primer plano. Y quizá uno se pregunte: bien, ¿qué novela de Dick no es así? Pero acaso ésta sea la que más destaque al respecto. Tenemos, de partida, su dedicatoria: a Maren Augusta Bergrud, 1923-1967, y unos versos de Yeats. Esa Maren es una de las amigas de Dick muertas por las drogas, y volveremos a encontrar su nombre en la relación que el propio autor incluye en el epílogo de Una mirada a la oscuridad. También tenemos un recorte de prensa, verídico, fechado en 1966, sobre la muerte de una tortuga de casi 200 años.
    Y pasemos a la obra. Estamos en una Tierra en la que los animales se han extinguido casi por completo tras la catástrofe atómica. Poseer un animal auténtico, no un vulgar simulacro electrónico, es un lujo y una riqueza. Existen unos catálogos cuidadosamente actualizados continuamente en los que se detalla la cotización de cada animal y especie, y si queda o no algún ejemplar. El protagonista de la novela, Rick Deckard, posee una oveja eléctrica en precario estado de conservación. Su mayor ilusión es poseer un animal grande, de verdad. Pero para ello deberá exterminar muchos androides, pues Deckard es aniquilador de androides que llegan a la Tierra procedentes de las colonias establecidas en otros planetas, y que suponen una fuerte competencia para la ya escasa mano de obra del planeta. Deben ser aniquilados rápidamente, antes de que resulte imposible el localizarlos. Un día --exactamente la duración temporal de la acción en la novela-- Deckard recibe el encargo de terminar con seis androides; con la prima que reciba por  la destrucción de cada uno de ellos cuenta con poder adquirir finalmente un animal verdadero, un burro, por ejemplo. Pero antes, claro, debe matar a los seis androides.
    Quien piense que se trata de una novela de acción, se equivoca. Y quien crea que es una incursión de Dick en la novela negra en plan futurista, también se equivoca. Es simplemente una obra de Dick, sin más etiquetas, nada más y nada menos. Es, asimismo, una de las menos complejas por cuanto el cúmulo de intrigas no es excesivo en esta ocasión, al contrario que en otras novelas más célebres, algunas de ellas ya conocidas por el lector. De hecho, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es una de las novelas más tranquilas y calmadas de Dick. Por una vez también, la ambientación y todo cuanto rodea el mundo en el que se mueven los personajes adquiere una categoría destacada, en lugar de quedar relegado como en otras ocasiones merced a la rapidez de los acontecimientos. La obsesión por los animales muertos, por los simulacros, adquiere un rango de protagonismo a lo largo de toda la obra, hasta el punto de superar a la propia intriga planteada, poco compleja, también es verdad. Por contraste, otros detalles restan oscuros --nada infrecuente en Dick--, como el fenómeno Mercer. La humanidad puede conectarse con una especie de santón llamado Mercer, quien les da paz y tranquilidad a cambio de inesperadas pedradas que nunca se sabe de dónde vienen. Hacia el final de la novela, una cadena de televisión cuestiona la veracidad de ese Mercer y su posible impostura. De hecho, todo el episodio no es más que una de las típicas y subyugantes ideas dickianas, algo metida con calzador en el conjunto de la narración, poco profundizada, pero que ni estorba ni está de más. Los fieles lectores de Dick ya están habituados a encontrar semejantes aportaciones en sus novelas.
    Esta es, pues, la historia en veinticuatro horas de ese cazador de androides, de sus ilusiones, fracasos, éxitos y esperanzas, dudas y remodimientos. Junto a él, otro interesante personaje: el idiota John Isidore, que de hecho no es más que el personaje central de su novela Confesiones de un artista de mierda, al que encontramos en este otro escenario, lo mismo que a los Rosen los reencontraremos en una novela posterior, Podemos construirle, y en la que se nos explicará --quizás-- cómo empezaron a construir sus androides. ¿Escenas antologicas? Por supuesto. Todo el capítulo 18, uno de los más alucinantes y terribles surgidos de la pluma de Dick.
    Una obra, en suma, serenamente pesimista, calmadamente amarga, de lectura intensa, y que constituye si no una de las mejores de su autor, sí una de las más redondas y conseguidas, y, desde luego, inolvidables.
     
     
    February 23

    SEÑORA O SEÑORITA, de Wilkie Collins

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Ediciones Obelisco, a través de su sello books4pocket, acaba de editar Señora o señorita, una novela de Wilkie Collins de corta extensión (en las portadillas interiores, por cierto, se titula ¿Señora o señorita?). En la cubierta se indica abajo a la derecha "Inédito en castellano". Pues bien, esto no es cierto (como suele ocurrir demasiadas veces en los últimos tiempos: hay editores que presumen de haber "presentado por primera vez en castellano" novelas de Knut Hamsun editadas hasta la saciedad en los años cincuenta y sesenta en diversas colecciones y editoriales: uno acaba pensando que las editoriales están regidas por políticos, con tanto engaño).
    Lo más divertido de esta edición de Señora o señorita (o ¿Señora o señorita?, en portadillas interiores) es que la edición anterior de la novela... corrió a cargo de la misma Ediciones Obelisco. En efecto, fue editada en noviembre de 1987 con el título (bastante imbécil) de El millonario tenebroso, y en traducción de Roser Giménez. En aquella edición no se indicaba título original de la obra, y aunque intenté averiguar cuál era en muchas ocasiones, consultando bibliografías de Wilkie Collins, y tratando de desentrañar cuál de las pocas obras no traducidas al castellano podía ser, nunca lo conseguí. Ahora, la nueva edición de Obelisco sí indica el título original: Miss or Mrs, y en traducción de Natalia Labzovskaya, que tiene el detalle de ser nueva y no copia fiel de la de Roser Giménez como a veces ocurre cuando se quiere hacer pasar gato por liebre. De hecho, la traducción de esta reedición es mejor por cuanto incorpora algunos párrafos omitidos en la edición de 1987. Encomiable. Menos encomiable el ¿engaño? ¿despiste? de hacer pasar por inédito algo que la propia editorial ofreció en 1987. Yo creo que se trata de despiste e ignorancia, aunque es realmente bochornoso. En todo caso, el que esta edición sea mejor que aquella lo compensa.
    La novela, digamos de paso, no es de las más conocidas de su autor, aunque en ella aparecen muchos de sus temas habituales: engaño, traición, romance, algo de misterio. Una obra menor (en extensión y en interés).
     
     
    February 22

    DESHOJANDO LA MARGARITA, de Marc Allégret: Una comedia con la BB


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    En el 2006 ya comenté algo a propósito del escaso entusiasmo que debería despertar el conmemorar el cincuentenario del "descubrimiento" de Brigitte Bardot. Ya dije entonces que su filmografía es mediocre, con algunas joyas de grandes directores y mucha comedia tonta (y bastantes cosas absolutamente impresentables: La profesional y la debutante, por ejemplo, que no hace mucho se editó en DVD).
    Ahora he tenido ocasión de ver un film que no había visto en su tiempo: Deshojando la margarita, realizado en 1958, es decir, es un film post-Vadim, por decirlo así. En su día, lógicamente, fue prohibido en España, pero se estrenó en la época del "cine de arte y ensayo", que lo mismo servía para difundir a Bergman o Resnais, que a cosas como Helga o tonterías bochornosas como El hombre proyectado, ya comentada en este blog hace tiempo. Su estreno era, como ocurrió con otras películas con la BB o simplezas semejantes, puramente por razones de su "picante" argumento. Ya se puede imaginar la "picantez" que puede esperarse de algo rodado en 1958. En fin, yo esperaba encontrarme ante una verdadera estupidez, pero hay que decir que si el film es, desde luego, una estupidez, no es verdadera. Quiero decir que ésta es una comedia muy divertida, con momentos realmente graciosos, otros irregulares, pero que se sigue con interés, lo cual confieso me ha sorprendido agradablemente. Cierto que el cine francés tiene fama de provinciano, soso y algo vulgar, pero hay comedias francesas con cierta, digamos, chispa (incluso hoy día es posible encontrar de tanto en tanto alguna comedia francesa que no desagrada del todo).
    Lo principal es que Marc Allégret --director bastante competente-- no hace de la Bardot el centro absoluto del film, aunque sea su protagonista. Puesto que sus dotes de actriz son mínimas --mohínes, sonrisitas y mofletes--, lo que hace es rodear a la actriz de actores competentes (Daniel Gelin, Robert Hirsch, Luciana Paluzzi, entre otros menos conocidos), procurando gracias al guión que casi siempre estén tres actores o más en escena, y que cuando sean dos, las escenas sean breves y dinámicas. No menos destacable es la participación de Darry Cowl como hermano de la Bardot: Darry Cowl fue un actor cómico que gozó de cierta popularidad incluso en España a finales de los cincuenta y principios de los sesenta; la llegada de la nouvelle vague y la ascendente popularidad a mediados de los sesenta de Louis de Funes, le barrieron al cuarto de los trastos viejos. Quizá no se perdió gran cosa (más se ha perdido con el barrido que se hizo de Pierre Etaix, cuyos culpables deberían pudrirse en la cárcel por privar al mundo de uno de los mejores comediantes galos; en fin, lo ocurrido con Etaix es algo así como lo ocurrido con Tati; el cine galo prefiere los Cowl o los De Funes, en vez de los creadores con personalidad... pero creo que me estoy apartando del tema), pero un cómico menos en el mundo del cine siempre es de lamentar. En todo caso, guionistas --uno de ellos es el temible Vadim, que por lo visto estaba decidido a meter mano no sólo a su descubrimiento, sino a todo cuanto rodaba ajena a él-- y director le otorgan a Darry Cowl una escena-monólogo para que se luzca como él solía hacer en uno de sus habituales personajes de despistado/original/tramposo/bonachón. No hay striptease de la Bardot, como parece prometer el título y el argumento: la que enseña el culo es la Paolozzi/Paluzzi --los créditos no se aclaran--, en su lugar, pero no nos perdemos nada porque lo cierto es que la BB nunca tuvo gran cosa que mostrar (una chica con culito de chico es algo desconcertante, y como "sex-symbol" ya no digamos). Lo mejor es comprobar eso, que se trata de una comedia simpática, que parece incluso reírse de sí misma a ratos (BB como escritora de best-sellers se apunta a un espectáculo de striptease a fin de conseguir el dinero para recomprar el volumen de Balzac que ha empeñado creyendo que era un libro viejo, y que en realidad es una pieza del museo donde su hermano hace de guardián: todo es tan inverosímil que es inevitable tomárselo a risa) y que sobre todo está llevada con un muy notable sentido del ritmo y un gracejo constante. Pero no nos engañemos: no todas las comedias con BB eran tan disfrutables como ésta.
     
    February 19

    HAY UN PELO EN MI SOPA


    (serie: Relatos autobiográficos-27)
     
    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
        Nunca he tenido que pronunciar esta popular frase en ninguno de los restaurantes o fondas en que llevo comiendo desde hace décadas. Lo de comer fuera de casa es algo a lo que me he visto forzado por las circunstancias de mi vida; era eso o pasar con la típica lata de sardinas. La alternativa de la lata de sardinas, de todas maneras, ha sido el recurso inevitable a veces, en fechas como Navidad, Primero de año y festividades semejantes, cuando comer fuera de casa es algo casi imposible (restaurantes llenos, malas caras al ver que vas solo, miradas compasivas o despectivas de los camareros, frente a lo cual la lata de sardinas se revela la opción preferible. En fin...).
        Llevo, pues, décadas comiendo así, rodeado de gente trabajadora, obreros oprimidos por la burguesía capitalista, ejecutivos más o menos agresivos, estudiantes, oficinistas y un largo etcétera. Más o menos, todos los sitios en que he comido son iguales: fondas o restaurantes de menú (como ya expliqué en un artículo, odio la gastronomía, y comer es para mí simplemente cubrir una necesidad física, así que cuanto más casero y sencillo sea el lugar, mejor). Me he visto obligado a variar de restaurante con frecuencia a lo largo de los años, a veces por cansancio, o por cierre de los locales, por cambio de dueños, por bajón de calidad, etc., etc. Aparte de los fines de semana, que la cosa es más difícil pues los restaurantes populares cierran casi todos. No puedo decir que haya corrido grandes aventuras en tanto tiempo de comer fuera de casa, pues ¿qué aventuras puede haber allí donde se acude para solucionar el problema de la comida diaria? Conque no hay mucho anecdotario, pues quien espere hacer amistades en un restaurante o ligar, lo tiene crudo.
        Aun así, los hay que lo intentan, ¡y a veces lo consiguen! Una vez, en uno al que fui durante varios años, un chico joven se sentó a la misma mes que una señorita que acudía casi diariamente; no era un conocido, ni un amigo suyo o compañero de trabajo: simplemente esperaba ligar. Tuvo que venir uno de los camareros, que no estaba para esas bromas, y le señaló la cantidad de mesas libres que había. Se quedó sin ligar. No así el segundo caso que presencié, y que me hizo pensar que acaso entre personas del mismo sexo es mucho más fácil ligar. Ocurrió no hace mucho, donde voy los fines de semana. En sábado hay poca gente y suelo situarme en una mesa junto al ventanal con vistas a la calle, pero ese sábado estaba ocupada por un cuarentón, y la de al lado lo estaba por un joven italiano de unos diecinueve años más o menos, así que me conformé con sentarme en una situada junto al italiano. Resultó que esos dos, que no se conocían de nada, habían entablado amistad y charlaban animadamente. El italiano acababa de llegar a Barcelona --tenía sus bolsas de viaje bajo la mesa-- y no sabía aún dónde hospedarse. El cuarentón le ofrecía su cama justo cuando yo me sentaba a la mesa: "Sin sexo, ¿eh?", añadió tras el ofrecimiento, y casi me caí al suelo al oírlo. El italiano tenía más pluma que un jefe sioux y el cuarentón se derretía por sus huesos. "¿Te gusta leer?", le preguntaba. "Ay, no, que me canso", dijo el italiano. "¿Y la música? Podemos escuchar música en casa. ¿Te gustan los Bee Gees?" "¿Quiénes son?", preguntaba el italiano. "Música de discoteca, moderna". "Ay, no, prefiero la quietud". "¿La tele te gusta?". "Ay, programas culturales., porque si no es muy basta". La conversación, entre plato y plato, se iba calentando cada vez más: el cuarentón, en un momento determinado, llamó la atención del italiano hacia uno de los camareros: "Este camarero se llama Alexis, y está aquí todos los días. Es guapo, ¿verdad?". Ya antes de llegar a eso --por suerte el camarero no lo oyó--, he de confesar que yo me hallaba en un estado de cierta excitación, con la dichosa conversación ligona y el hambre que se le notaba al cuarentón (me temía que le empezara a meter mano de un momento a otro). Una pareja aproximadamente de mi edad, habituales de los fines de semana, tenían que sofocar las risas ante el ardor del cuarentón en ligarse al italiano, y es lógico, porque lo del  "Te ofrezco mi cama, pero sin sexo, ¿eh?", es de antología, y confieso que casi me entraron ganas de meterme en la conversación y decir "Yo te la ofrezco pero con sexo", aunque no lo hice. Me esforzaba en no oírles, pero era difícil porque no hablaban precisamente en voz baja, sino en tono normal, y encima yo estaba al lado del chico italiano. ¿Es preciso decir que se fueron juntos al terminar de comer a casa del cuarentón? ¿Es erróneo imaginar que esa noche hubo sexo ardoroso, frenesí de amor, derroche de pasión y  entrega sin fin en esa cama ofrecida al chico italiano? Como queda demostrado, en un restaurante es fácil ligar con alguien del mismo sexo e imposible con el contrario (no hace más de un par de años, mientras me tomaba una horchata en La Valenciana, un tipo de mi edad ¡que estaba esperando a su novia que había ido al lavabo! me guiñó el ojo varias veces significativamente).
        Claro que, teniendo en cuenta que ese restaurante de los domingos está cerca de un par de casas de relax, tampoco es infrecuente encontrarse con escenas similares. A veces he visto travestis comiendo o haciendo el aperitivo y montando un escándalo monumental. "¡Perra, la Doris es una perra!" "Que una es muy mujer, coño". O, aún peor, dueños de casas de relax invitando a comer a futuras empleadas e instruyéndolas en los entresijos del oficio, por si no lo tienen claro: "El servicio se cobra a tanto, y vosotras tenéis tanto. Lo que hagáis aparte, es cosa vuestra. Tenéis que hacer siempre lo que os pida el cliente, pero si alguna cosa no la tenéis clara, para eso está el encargado. Es importante saber si practicáis griego o no, porque puede traer problemas si el cliente lo pide pero la chica no lo hace, y lo mismo para el lésbico. El encargado debe estar al corriente de todo esto. Luego están las salidas a hotel, domicilios, etc.". Y así todo el rato, como si en vez de hacer de prostitutas hicieran de dependientas en una tienda y les explicaran el horario y dónde está el género. De la documentación que saqué de esa conversación acabé escribiendo un breve serial en cortos capítulos que colgué en internet hace dos años con seudónimo, pero en plan de broma: las aventuras de una chica de relax que no sabe cómo se hace ese trabajo.
        Me doy cuenta de que se están mezclando sexo y comida, lo cual es mala combinación. Ya sé que existen restaurantes de comida afrodisiaca, y debo confesar que a causa de mi indiferencia e ignorancia gastronómica, yo me creía que el menú de esos sitios consistía en butifarra con huevos duros, conejo en diversas condimentaciones, y como postre, plátano o higos. Pero no, se ve que consiste en otros platos. Y es bueno decirlo, porque si algo he aprendido en eso de comer, es que no es nada conveniente hacerlo en estado de erección o preerección: es la manera más segura de pillar una indigestión. Como me ha pasado un par de veces, aprovecho para indicarlo a ingenuos que acaso se crean que es divertido comer y mirar una peli porno a la vez, por ejemplo (no es que lo haya hecho, ojo). Mis indigestiones, o cortes de digestión, se produjeron debido a la atenta contemplación del culo de una camarera hace años, adonde iba entonces en domingo. Era una chica algo regordeta, y por aquel tiempo yo estaba en constante ebullición y actividad sexual, así que domingo sí, domingo también, la comida se convertía en un  espectáculo erótico al contemplar su parte posterior encaminarse a la cocina. La cosa se solucionó cuando la chica dejó el trabajo.
        Hoy día me distraigo mirando otro culo: el de la hija de los dueños del bar restaurante para obreros explotados por la burguesía capitalista y trabajadores oprimidos (más algún opresor también) donde acudo diariamente. Por fortuna, como mi estado de ebullición y actividad ya es historia vieja, arcaica y pasada, no me produce corte de digestión alguno. Debo decir, aunque haga feo, que el culo de esta muchacha está a la altura del de Jennifer López y Shakira. No es una belleza, es una chica de físico normalillo, nada destacable, muy amable, voz delgadita, pero su parte trasera es realmente digna de figurar en un museo de arte. Es curioso esto, ahora que lo pienso: la gente se mata por los culos de las famosas del cine o la tele, y en la casa de al lado, como quien dice, tenemos joyas a las que no sabemos valorar adecuadamente. En fin. De todas maneras, para que se vea que no sólo de vulgar carnalidad vive el hombre (o vivo yo), confesaré que hace años me enamoré platónicamente de la camarera de un bar adonde empecé a ir con asiduidad a fin de contemplarla. La chica desapareció misteriosamente al cabo de un tiempo y yo perdí el interés en el local aquel. Le dediqué un cuento publicado en alguna parte (suelo escribir relatos sobre chicas de las que me enamoro, o lo hacía, vaya, lo que demuestra por qué en esta vida no he llegado a nada: los autores "serios" no hacen estas majaderías, sino que escriben obras comprometidas o para el gran público), y no pasa día en que no la eche de menos y me maldiga por no haberle declarado mi amor de rodillas y a sus pies cuando me traía los espaguetis a la carbonara. Mísero destino el mío.
        Hablando de relatos, el año 2006 publiqué uno en este blog, "El que come en la oscuridad", vagamente inspirado en una fonda para obreros explotados por sus tiránicos jefes, donde comí durante muchos años. Exageré bastantes cosas (¿o no?, no estoy seguro...), pero sí que a veces hay bares y restaurantes donde, como decía un amigo, "hay que entrar arremangándose los pantalones". O en que el camarero te trae la sopa sosteniendo el plato de manera que su dedo pulgar queda sumergido en ella... Así le da un poco más de saborcito, especialmente si el dedo está sucio. Yo considero que el lugar donde se acude a comer debe reunir una serie de factores esenciales: comida bien condimentada (no pido lujos gastronómicos, no soy un cretino: como porque hay que comer), un lugar bien iluminado y agradable, un buen servicio, lavabos presentables, precio económico, rapidez y tranquilidad cara al cliente. No siempre se consiguen reunir todos estos factores, y por eso, al fallar uno u otro, o varios a la vez, he ido cambiando de sitio con los años.
        Por ejemplo, durante mucho tiempo fui a uno de la calle Casanova que ya cesó en el negocio. Lo dejé antes de eso porque uno de los camareros se tomaba ya demasiadas confianzas y se empeñaba en elegirme el menú en vez de dejarme eligir a mí (pero también porque la calidad decayó alarmantemente). En verano suelo tomar gazpachos o ensaladas, comida ligera, y el hombre se empeñaba en que tomara garbanzos estofados, arroz negro (que me da asco), judías estofadas y otros platos ligeramente fuertes de primero que en algún caso no tomo ni en invierno porque me llenan demasiado. Así que finalmente decidí elegirme yo el menú, pero en otro restaurante, adiós. Curiosamente, ahí fue donde descubrí que los menús son catalanizables. La cosa tiene su explicación: leer un menú es muy aburrido, siempre es lo mismo con escasas variantes, así que yo me entretenía traduciéndolo al catalán o adaptándolo a mi manera. El camarero --el pesado que me quería elegir el menú-- más o menos cogía mi honda, pero no lo veía claro. Yo partía de la base --y se lo razonaba-- de que para pasar del castellano al catalán, basta con suprimir la "o" final de las palabras, excepto si están acentuadas, y le ponía como ejemplo "gato", "plato", "salto", "obeso", "plátano", que en catalán son, respectivamente, "gat", "plat", "salt", "obès", "plátan". De esa manera, yo convertía tranquilamente "pollo" en "poll", "huevos" en "huevs", "garbanzos" en "garbans" y "gazpacho" en "gaspatx". Si el gazpacho era cortijero, pues "gaspatx curtitjé". Comprendo que suena raro, pero ameniza bastante la lectura y la petición del menú (no lo hagan en sus casas, sin embargo). Hombre, reconozco que --como me señaló el camarero un día--, Carod-Rovira reprobaría semejante uso del catalán, pero le dije que "el catalán es fácil, como dicen en la tele". Si usted no sabe catalán, puede hablarlo, limitándose a eso, a suprimir la "o" no acentuada al final de las palabras: y ya es usted catalanohablante (o al menos, lo parecerá). Así pues, yo pedía en verano "gaspatx curtitjé" y de segundo, "poll al ajill" y me quedaba tan ancho. Debo decir algo sobre el gazpacho: unas veces el menú indicaba "gazpacho andaluz" y otras "gazpacho cortijero", y en ocasiones, "gazpacho" a secas. Era exactamente lo mismo, y dependía de las prisas o de quien escribiera el menú ese día. Sin embargo se me metió en la cabeza que eso de "gazpacho andaluz" sonaba vulgar comparado con la finura de "gazpacho cortijero": como si éste fuese un gazpacho más gustoso, más fresco, más de verano, al estar elaborado a la sombra de uno de esos cortijos andaluces, preferentemente cordobeses. Así que un día, al ver que el gazpacho era "andaluz", rehusé pedirlo, y le dije al camarero que yo prefería el cortijero, y por tanto tomaría una ensalada. Él me dijo que ambos eran lo mismo, pero yo le solté mi teoría del frescor de los cortijos andaluces y lo dejé más planchado que una camisa. Así que, desde ese día, sólo tomaba gazpacho cuando en el menú ponía "cortijero" y desdeñaba olímpicamente el "andaluz". Si el menú indicaba "gazpacho" a secas, le preguntaba con el ceño fruncido si era andaluz o cortijero ese día, y el camarero --que se lo veía venir-- repondía que cortijero. Adelante, pues. La cosa llegó al extremo de que una señora guapetona que solía venir a comer con sus dos hijos, y causalmente estaba ese día en la mesa de al lado cuando yo dije que "o cortijero o nada", le preguntó curiosa qué diferencia había entre los dos gazpachos. El camarero se vio en la tesitura de tener que explicarle (?) que el cortijero se hacía con tomates más finos, un aceite de más calidad, otro condimento... La señora se lo creyó, tal como debe ser, y todos contentos. Qué poco cuesta adaptar la realidad a los gustos de uno mismo.

        (Inciso: a este mismo camarero le ilustré un día respecto a mi teoría de cómo debe removerse correctamente la cucharilla cuando se toma un café con hielo. Al hombre le llamó la atención cómo lo hacía, así que se lo expliqué, y resumo aquí el asunto para ilustración de todos. Tal como le dije, un café con hielo se compone de los tres elementos: sólido (el hielo), líquido (el café) y gaseoso (el vapor que desprende). A fin de que los tres elementos se mezclen satisfactoriamente conviene remover con la cucharilla de manera vigorosa, primero en el sentido de las manecillas de un reloj, y luego en dirección opuesta, al menos unas cuatro veces; antes de cada cambio de dirección hay que hacer tintinear sonoramente la cucharilla contra el borde de la taza, como si fuera una campanilla --ése ruido era el que le llamaba la atención al camarero--. La finalidad de ese tintineo vigoroso es que la sonoridad desprendida por el campanilleo haga que los átomos de los tres elementos se mezclen satisfactoriamente, cosa que no puede ocurrir si removemos la cucharilla con desgana y sin tintineo. El camarero recibió esta explicación con cierta sorpresa y admiración. Ustedes mismos pueden comprobar la veracidad de la misma tomando un café con hielo removido según estas indicaciones y otro removido de manera vulgar. Si tuviera tiempo, les contaría también cómo debe removerse el azúcar en un yogur.)

        Algo que comprobé a veces es que determinados restaurantes populares parecen tener un "jefe de la banda", generalmente perceptible los domingos (o en restaurantes domingueros). Suele ser un tipo ya mayor, que come solo, y parece como dirigir la orquesta, por así decir. Es un don nadie, pero cualquiera lo tomaría por el dueño del bar. En fin, en estos sitios donde la gente acude para comer y poco más, es raro encontrar imbéciles o gente rara. En tantas décadas, no recuerdo nada particular, excepto un par de casos: dos pesadas, dos mujeres mayores de las que hablaré brevemente.
        La primera era cliente diaria del bar donde me enamoré platónicamente de la camarera, así que la tenía que soportar para poder disfrutar de la belleza y gracia de la muchacha (¡cuánto te echo de menos...!). Era una señora ya jubilada, pesada hasta lo indecible, que contaba su vida y milagros a todo el que tenía alrededor, y daba lo mismo si se la había contado el día anterior, la volvía a contar de arriba abajo. ¿Se la explico a ustedes? Lo siento, sería un capítulo demasiado largo y aburrido. Tenía una voz de cotorra inaguantable, era del Español pero tenía no sé qué relación familiar con un antiguo jugador del Barça --Olivella, me parece--, y su marido había sido boxeador. Si sería pesada la mujer aquella contando su vida diariamente, que la cosa acabó cuando un día la dueña --mujer que no venía por su local casi nunca-- le dijo que hiciera el favor de no volver más porque todo el mundo estaba ya harto de oírla. Y no volvió más. Qué descansados quedamos.
        La segunda mujer iba al restaurante de la calle Casanova donde yo ilustraba al camarero en el correcto uso del catalán en el menú, tal como he explicado. Esa comía con un tipo de su edad, es decir, ya jubilados, y también daban un poco de ameno espectáculo. Me contaron los camareros que antes iba a otro del barrio, hasta que se hartaron de ella y la echaron (!). Ella decidió instalarse pues en el de Casanova y desde luego no me extraña que la echaran. Llegaba sola o con el maromo (no era su marido, no sé si un amigo o qué), y empezaba a elegir mesa, para lo cual montaba ya todo un show. Ésta no, porque había corriente de aire; ésta tampoco, porque era pequeña; ésta menos, porque estaba en el pasillo; ésta junto al ventanal sí, pero ya estaba ocupada (¿podían echar a los que comían en ella? No, no se podía); aquella era estrecha para pasar y sentarse; en la otra hacía demasiado calor; y etcétera. Eso, como digo, diariamente.
        Una vez lograda la difícil operación de encontrar una mesa a su gusto --la cosa duraba sus buenos diez o quince minutos, y era de admirar en un lugar donde la gente viene con prisas, come sin entretenerse apenas, y al acabar se larga--, llegaba la operación lectura del menú (ya sabe, "poll al ajill", "huevs al plat"... ¡no, que es broma, que eso era entre el camarero y yo solamente!), llegaba, digo, la operación lectura del menú:
        --Luis, ¿cómo están los riñones al jerez? --(lo cual yo hubiera pedido, obviamente, como "riñons al xarés").
        --Muy bien, muy rico --decía el camarero, llamado Luis.
        --Pero, ¿qué jerez usáis? Porque si es seco o dulce, la cosa cambia...
        --Pues, un jerez seco..., el habitual para cocinar...
        --¿Los espaguetis están en su punto? A ver si vendrán medio enganchados como el otro día. Han de estar sueltos...
        --Sí, claro.
        --¿Merluza con salsa verde? Pero, ¿de qué hacéis la salsa?
        --Mire, es lo que come el señor --y me señalaba a mí, que estaba cerca y tomaba ese plato.
        La mujer se levantó y me preguntó:
        --Oiga, ¿está bueno?
        --A mí me gusta --contesté yo, algo malhumorado.
        --¡Vaya! ¡Pues mira! --se escandalizó ella--. ¡A él le gusta! ¡Vaya payasada! ¡Menuda respuesta!
        --Oiga, señora --dije yo esa vez--. La comida es cosa de gustos. Para mi gusto, está bueno; para el suyo no lo sé.
        En fin, abreviemos: la lectura de menú podía durar unos buenos siete minutos hasta que repasaba todo y se enteraba de cada ingrediente. Entonces, antes del primer plato, pedía una botella de ginebra y un par de vasos, para ella y el amigote. Y hala, a atizarse lingotazos de ginebra sola para abrir el apetito.
        Luis, el camarero --o acaso otro-- me comentó un día que estaban hartos de ella. Protestaba de todo, de cada plato, de cada mesa, de cada silla, de si hacía calor o frío o había demasiado ruido. Y no lo hacía en voz baja, sino en una voz sonora. Una vez acabada la comida, ella y el maromo se quedaban un rato, fent la sobretaula, como se dice coloquialmente entre familia, y se acababan la botella de ginebra; entre trago y trago, empezaban a reñir y a insultarse de mala manera, y luego se iban... hasta el día siguiente o al otro (por suerte, no eran clientes diarios), en que volvían y se repetía toda la jugada. Como dejé de ir a aquel sitio, pues les perdí de vista. No les echo de menos. (Pero sí echo cada día de menos a la camarera que fue mi último amor platónico. Ay.)
        La única vez que me echaron bronca en un restaurante, fue un domingo en uno al que no había ido nunca. Se debió a mi costumbre de rebañar el "suquillo", como lo llamo yo, de algunos platos. Me había tomado judías verdes con patatas, y estaba tan tranquilamente rebañando el plato con el pan cuando se presentó el dueño del restaurante:
        --No haga eso, oiga --me dijo, severamente--. Si quere otra ración se la traeré, pero eso no lo haga.
        Me quedé cortado y frustrado. Era algo que hacía siempre en todo los sitios donde comía, desde que en uno oí decir que si se devolvía el plato tan bien rebañado que no hiciera falta fregarlo luego, descontaban un diez por ciento de la cuenta (aunque siempre he pensado que esto me lo inventé yo, pero no lo aseguro; en todo caso, los platos de espaguetis a la boloñesa los dejaba que parecían salidos de fábrica).
     
     
    FIN.


     

    February 18

    LA CORRUPCIÓN DE CHRIS MILLER, de J. A. Bardem. ¿Qué fue de las habichuelas?

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    La corrupción de Chris Miller fue la primera de las dos películas que Marisol rodó consecutivamente a las órdenes de Juan Antonio Bardem, cuando parecía dar el paso de actriz adolescente a actriz adulta, con papeles más digamos comprometidos (aunque ésa no sería la palabra) o serios. La siguiente sería El poder del deseo, basada en la novela Joc brut de Pedrolo, una muestra de cine negro no muy original, pero bastante visible.
    Estrenada en 1973, La corrupción de Chris Miller fue recibida con solemnes varapalos críticos y no pocas burlas y abucheos por parte del público. Sin embargo, para alguna gente se ha convertido en uno de esos films de culto que no se sabe exactamente por qué lo son, ni reúnen otros méritos para ello que la diversión que puede ofrecer el resultado obtenido en pantalla. Protagonizada por Marisol y Jean Seberg, además del inexpresivo Barry Stocker, y las colaboraciones de Perla Cristal y Gerard Tichy, narra la historia de una muchacha que vive con su madrastra --o madre, no recuerdo ahora exactamente-- en el cómodo aislamiento campestre de una finca grande y majota. Chris Miller (Marisol) fue violada de niña en las duchas de su colegio una tarde tormentosa por un gimnasta guarro, sudoroso, mal afeitado, gordo, maduro y seboso, al que vemos hacer pesas y mostrar los dientes en inaguantables y ridículos flashbacks, y eso le ocasionó el trauma psicológico de turno. Chris mantiena una relación ambigua con su madrastra (o madre) (Jean Seberg), que acude a "consolarla" las frecuentes (¡) noches de tormenta, metiéndose en su cama y, ejem, ejem. Ello no obsta para que a veces se tiren los trastos a la cabeza.
    Esta paz idílica se ve turbada por la aparición de un joven hippy con guitarra que se mete a dormir en el pajar, enseña más tarde el culo al espectador --podríamos pasarnos sin ello, la verdad-- cuando es descubierto por la madrastra y se instala en la casa para ayudar como jardinero o semejante: la típica serpiente que se introduce en el paraíso, y que empieza a despertar ardores en Chris y la madrastra. Pero puede que el vagabundo sea además el asesino de señoras ricas al que hemos visto al principio bajo un disfraz de Charlot asesinando al personaje interpretado por Perla Cristal, su última amante y víctima, a la que roba sus joyas, y que es buscado con afán por la policía. ¿Es él el asesino y ladrón? ¿No lo es? Por si acaso, cuando Chris y la madrastra, ardores sexuales aparte, sospechan que sí lo es, deciden matarle (y se quitan de paso al tercero en discordia que se ha inmiscuido en su sáfica relación).
    Como se puede ver por este resumen, el film es un solemne grand guignol, que bordea la ridiculez total en no pocos momentos (uno acaba harto de los planos del gimnasta levantando pesas y enseñando dientes, y el temor pre-violación de Chris en las duchas, entre otros detalles). Inenarrable la secuencia a cámara lenta de Marisol y Jean Seberg, en salto de cama y puñal en ristre, disponiéndose a cargarse al joven vagabundo: es de verla para creerla (de carcajada, vamos).
    Sí, el film no es bueno. Bardem no estaba ya en sus mejores años --los cuales duraron muy poco tiempo, la verdad-- y demostraba que si la historia no era "comprometida", "social" y "valiente", su estilo cinematográfico era nulo y ramplón. No es su peor película, pero sí una demostración de que su cine bordeaba lo ridículo en la mayoría de ocasiones. El guión fue obra del "especialista" en estas lides Santiago Moncada. Digamos que Bardem trató de que la película funcionara, y algunas secuencias --el arranque, con el asesinato del personaje interpretado por Perla Cristal-- están bastante bien, pero hay demasiadas tonterías, subrayados, repeticiones, cursiladas, vulgaridades...
    Y ahora vayamos a lo que importa en este film: la desaparición de su secuencia final en la edición videográfica. En efecto, La corrupción de Chris Miller se editó en vídeo hace muchos años --creo que llegó a haber dos ediciones, o al menos yo tuve dos distintas en diferentes épocas-- y mi sorpresa fue mayúscula al ver que en ambas --o en la misma, caso de serlo-- se había omitido la famosa secuencia final que provocaba sonoras carcajadas en las salas de cine y no pocos comentarios a la salida de la proyección, además de cuchufletas en todas las revistas de cine de la época. A fin de explicar mejor esta secuencia suprimida a quienes la desconozcan, recurro a la crítica que en su día escribió Ángel Camiña para la revisa Reseña, recogida en el libro Cine para leer 1973. Escribe Camiña en ella:
     
    "Pero, para regocijo del espectador, todavía hay una sorpresa morrocotuda: ¡las habichuelas! Resulta que el protagonista, brutalmente asesinado por dos damas, madre e hija, y enterrado secretamente en un desmonte sobre el que posteriormente se hace una carretera, llevaba consigo unas habichuelas que, al germinar, traspasan el asfalto saliendo al exterior. Esto llama la atención de los constructores, que diligentemente ponen manos a la obra para arreglar la carretera. Al levantar el firme  en el lugar de las habichuelas descubren el pastel. El criminal nunca gana o la excelente política de conservación de carreteras en España."
     
    De esta secuencia, muy bien explicada por el crítico, desapareció en la edición videográfica la parte en que las habichuelas traspasan el asfalto y salen al exterior, así como el levantado del firme. ¿Motivos? No los sé, como no fuera que el propio Bardem lo eliminara posteriormente, harto del cachondeo que en su época se armó con las habichuelas traspasando el asfalto... (o a que se tratase de una imposición de la censura para que el crimen no quedara impune: hubo casos parecido en esa época y anteriormente en filmes extranjeros a los que se añadía voces en off o incluso planos notificando la "detención" del o de los asesinos). Así, el film en vídeo termina con Chris y su madre tranquilamente en su casa, en lugar de preparandose para la visita policial de turno...
    Veremos si alguna posible edición videográfica ofrece uno u otro final, o ambos en contenido extra.
     
     
    February 15

    EL CASO DE LA MOMIA ASESINA

     
    (serie: Aventuras de Harold Smith)
     
    (c) 2006 by J.C.Planells
     
    PRIMERA PARTE
     
        Entre los casos de Harold Smith hubo uno que ofreció la curiosidad de ser investigado dos veces: el caso de la momia asesina de Anneberry. La razón es que la primera investigación la hice yo mismo porque Harold se había ausentado de Londres y me había dejado solo. Una tía suya de Escocia estaba a punto de palmarla, y como Harold sospechaba que iba a dejar su cuantiosa fortuna a un albergue de gatos persas zurdos, corrió allí para asegurarse la herencia (en vano: ganaron los gatos). A fin de mantenerse en forma, se llevó varios de los relatos que yo le escribía para ejercitar su poderoso cerebro adivinando el culpable. Entre ellos había uno en el que esta vez no era el culpable lo que había de adivinar, sino el arma del crimen, para dar más variedad a la cosa. Se titulaba "El misterio de la heredera que heredó la herencia", y cuando Harold, al mirarlos para llevárselos, consultó los títulos dijo que tendría que pagarme los estudios, porque esto era ya impresentable, aunque no sé lo que quería decir, porque yo estudiaba mucho los títulos para que fueran bien bonitos. En ese de la heredera que heredaba la herencia se sabía que la sobrina había matado a su tía por la herencia que debía heredar, pero, ¿cómo? (Harold no acertó. Al final le dije que la sobrina había envenenado a su tía. De acuerdo, dijo, la autopsia lo dejó claro, pero, ¿cómo? Le dije que la sobrina había untado cicuta en las uñas de la vieja mientras dormía, pues era aficionada a mordérselas, así se tragó la cicuta con las uñas, y luego, una vez muerta, la sobrina que heredaba la herencia le había hecho la manicura para cortarle toda la cicuta pegada a las uñas. No le hizo mucha gracia la solución.)
        Así pues yo me limitaba a atender el teléfono y poner al día los archivos hasta que volviera Harold. Y a los dos días de ausencia de mi jefe llegó un cliente. Se trataba de un joven moreno, de aspecto distinguido y que pidió ser recibido por Harold. Le dije que no estaba (pero no le conté lo de la rivalidad con los gatos persas zurdos por la herencia, por si acaso). Y él replicó que en ese caso, si podía yo llevar el asunto. ¿Por qué? Y me dijo que al ser el ayudante de Harold, le saldría más barato. Esto no me hizo ninguna gracia y casi me pareció una ofensa, pero no sabía si para mí o para Harold.
        --Me llamo Edbert Travers --dijo--. Quien desea en realidad los servicios del señor Smith, o de usted, es mi tío, sir Edwin Travers, que reside en una mansión en Hastings, a unos kilómetros de Londres. Abajo tengo el coche y podemos ir allá enseguida. Él le contará lo que desea investigue.
        Sólo para fastidiar a ese cliente que quería pagar poco, y demostrar luego a Harold que yo era tan bueno como él, acepté.
        Llegamos pues a la finca de sir Edwin Travers, llamada Anneberry, y que era una especie de fortaleza histórica muy antigua, sin duda. Edbert se adelantó y dio unas instrucciones al mayordomo. Al cabo de unos segundos, pasé al salón principal de Anneberry, donde estaba reunida y esperando toda la servidumbre y toda la familia y residentes.
        Sentado en un sillón rojo estaba sir Edwin Travers, un hombre indescriptible. A su alrededor estaban Flora Akestone, su cuñada, una mujer alta y seca con aspecto autoritario aunque no parecía servirle de mucho. Y con ella, sus hijos, los sobrinos de sir Edwin, que eran Vera, con aspecto de sentirse molesta, Malcolm y Edbert, que era el que me había traído en coche. Finalmente estaba Ralph Ariadson, que fue presentado como un viejo amigo de sir Edwin, que se hallaba de paso y daba la impresión de sentirse muy divertido por alguna razón.
        Sir Edwin llevaba la voz cantante.
        --Al ser usted el ayudante del señor Smith, espero que la consulta será barata.
        --Depende --dijo sin comprometerme--. ¿De qué se trata?
        --¡Ejem! Empezaré por el principio... Y el principio es una vieja leyenda familiar que sin duda no conoce y que yo le contaré con mucho gusto.
        --Si no es interesante, la tarifa de la consulta se incrementará --avisé.
        --Las leyendas familiares siempre son interesantes, joven --replicó sir Edwin, secamente--. Bien, doscientos años atrás residían aquí, en Anneberry, el conde Elwin Travers con sus hijos Rudolph, Matt y George. A Rudolph y George les encantaba viajar, y en uno de sus viajes llegaron hasta Egipto. Allí, según parece, sustrajeron del interior de una pirámide varias joyas de gran valor. Estos dos hermanos eran algo cabezas locas... A su regreso a Inglaterra ocultaron las joyas. Por supuesto, el gobierno egipcio les acusó del robo, pero como no aparecieron las joyas... no se pudo probar nada contra ellos. Era la palabra de unos indígenas contra una familia de la alcurnia británica, como comprenderá...
        Sir Edwin suspiró para dar dramatismo a la cosa.
        --Al parecer --continuó--, existía una especie de maldición sobre aquellas joyas. Quienes se apropiaran de ellas indebidamente serían perseguidos por la momia de la pirámide, la cual se vengaría en ellos. Y hasta que las joyas fueran reintegradas a su lugar de origen, la momia volvería cada cien años para asesinar a uno de los descendientes de aquellos ladrones...
        --Qué cosas.
        --El caso es que George y Rudolph fueron brutalmente asesinados a los diez días de su regreso a Inglaterra, de manera extraña y misteriosa, y jamás se pudo capturar a su asesino. Cien años más tarde, Milton Travers, un descendiente directo de Rudolph, fue asesinado mientras se afeitaba con su propia navaja...
        --¿Se afeitaba con su propia navaja o fue asesinado con su propia navaja? --pregunté frunciendo el ceño, pues el detalle me parecía importante.
        --Las dos cosas --aclaró sir Edwin--. Y tampoco en este caso se descubrió a su asesino... Huelga decir que aquellas joyas egipcias jamás fueron encontradas. Rudolph y George no comunicaron a nadie su escondite antes de que los asesinaran, así que se ignora cuál puede ser. Y hoy... hoy precisamente se cumplen otros cien años.
        Pausa más o menos dramática.
        --Comprenderá usted --dijo sir Edwin, inclinándose hacia delante-- que le he llamado para eso: para que evite un nuevo crimen o, en todo caso, dé con el escondite de las joyas y podamos devolverlas a tiempo a Egipto.
        Otra pausa más o menos dramática.
        --Ejem --dije--. ¿En serio espera usted que me crea esta historia de momias egipcias y asesinatos misteriosos?
        Sir Edwin quedó sorprendido.
        --¿Cómo? ¿Duda de lo que le he contado?
        --No es eso. Creo lo que me ha contado, pero lo que no creo es que una momia asesina se cargara a los tres parientes suyos asesinados.
        --¿Ah, no? --Sir Edwin me miró con expresión burlona--. ¿Y puede usted darnos una versión distinta de aquellas muertes violentas?
        --Claro que sí --dije tranquilamente--. Y muy verosímil. Ahí va la cosa: Matt, el hermano de George y Rudolph, se enteró de dónde habían escondido ellos las joyas egipcias y decidió quedárselas para disfrutar él del producto del robo. Así que eliminó a los dos hermanos aprovechando la leyenda, que era eso, una leyenda.
        --Ya. ¿Y Milton Travers?
        --Pues se cortó mientras se afeitaba. Nadie es asesinado con su propia navaja, para eso primero hay que quitársela. ¿Era corto de vista?
        --Er... Sí, pero eso qué tiene que ver...
        --Mucho. No veía bien y se le fue la mano con la navaja. La coincidencia de fechas y la superstición hicieron el resto.
        Silencio sepulcral en la estancia. Fue el alegre Ralph Ariadson el que lo rompió, diciendo burlón:
        --¿Lo estáis viendo? Ya os decía yo que todo eso de la momia asesina era una estupidez popular, y no una leyenda popular.
        Sir Edwin no parecía nada satisfecho.
        --No creo nada de lo que usted dice --me replicó, altanero como todo buen señor feudal--. No son más que tonterías. Esta noche alguien será asesinado.
        --Esta noche nadie será asesinado --contesté con firmeza--. ¿Me paga o qué? Yo me largo de aquí que esto es perder el tiempo.
        Me largué. No me pagaron pues sir Edwin consideró que todo aquello era una tomadura de pelo por mi parte. Al menos, tuvieron el detalle de que el chófer me llevara de regreso a Londres en uno de los coches, pues sólo hubiera faltado que me pagase yo el viaje de vuelta.
        Pensé que esto era el final del asunto, y sin embargo, sólo era el final de la primera parte del caso, pues meses más tarde Harold Smith y yo estábamos investigando el asesinato de sir Edwin Travers.
     
     
    SEGUNDA PARTE
     
     
        Harold Smith tendió la mano indolentemente hacia el teléfono apenas empezó a sonar.
        --Al habla Harold Smith, detective privado número uno. Diga... --escuchó unos minutos y su rostro se animó--. ¡Qué bien! --Luego rectificó apresuradamente--. Quiero decir, no, ¡qué tragedia! ¡Qué espanto! Desde luego que voy inmediatamente para allá. --Colgó al aparato y dijo con tono de iluminado--: Nos vamos a Hastings, Diógenes. A una finca llamada Anneberry. Por lo visto, el dueño del lugar ha sido asesinado misteriosamente...
        --¿Anneberry? Pero... Si yo he estado ahí... Hace meses...
        --¿Cómo? Oh, me lo contarás luego. Ahora no hay tiempo que perder. Hemos de ir corriendo a Hastings, a Anneberry.
        Durante el viaje, que hicimos en un coche alquilado, Harold me contó lo ocurrido. Sir Edwin Travers, el dueño de Anneberry, había sido hallado asesinado en su dormitorio. Sin embargo, nadie había podido entrar en su habitación, pues la única puerta estaba cerrada con llave, y la llave estaba bajo la almohada de sir Edwin. Las ventanas, igualmente, estaban bien cerradas por dentro. Para entrar en el dormitorio de sir Edwin, al ver que no bajaba a desayunar ni atendía a las llamadas que se le hicieron, hubo que derribar la puerta. Así pues, el problema era por dónde entró y salió el asesino.
        Anneberry estaba igual que en mi visita anterior. Fuimos recibidos por el mismo mayordomo, y casi al mismo momento llegó procedente de la sala Ralph Ariadson, el que "estaba de paso" aquella vez. Debía de ser un paso muy largo.
        --¡Vaya! --exclamó--. Por fin han venido. --Y dirigiéndose a mí, añadió--: Y en esta ocasión, sí se trata de la momia.
        --¿La momia? --Harold le miró perplejo--. ¿De qué momia habla?
        --Fue cuando vine aquí, hace meses --repliqué de mal humor.
        --Pues sí. Su ayudante vino en esa ocasión y resolvió un pequeño misterio... Oh, venga, la familia está esperando.
        En el mismo salón de aquella vez, estaban las mismas personas, excepto, claro, el muerto: Flora Akestone y sus hijos Vera, Edbert y Malcolm Travers, además del pesado de Ralph Ariadson. También estaba el policía del pueblo y se le notaba mucho que era policía y de pueblo, para más desgracia. Nos fue presentado como sargento Paul Lambert y desde luego no le hizo gracia la presencia de mi jefe en Anneberry.
        --No veo por qué han tenido que hacer venir a un detective de Londres para investigar el caso --dijo de mal humor.
        --Porque somos aristócratas y los policías de pueblo huelen a cerveza --replicó Flora Akestone, digna y altiva.
        --No perdamos el tiempo discutiendo --dijo mi jefe en plan magnánimo--. Resumamos los hechos. Ayer, a las diez y media de la noche sir Edwin sube a acostarse, y hoy a las nueve, al ver que no bajaba ni respondía a sus llamadas, derriban la puerta y lo encuentran muerto de una puñalada. ¿El arma ha sido hallada?
        --Sí --dijo el sargento--. Estaba en el suelo, junto a la cama. Un vulgar cuchillo de cocina --añadió, como satisfecho de que un aristócrata fuera apuñalado por algo tan ordinario como un cuchillo de cocina en vez de un estilete medieval o una daga adornada con rubies--. No hay huellas dactilares en él. Cualquiera pudo cogerlo --añadió, aún más satisfecho de considerar sospechosos a todos los aristócratas. Se ve que lo del olor a cerveza le había sentado mal.
        --Grosero --dijo Flora Akestone mirándole por encima del hombro.
        --Bien, y según parece nadie pudo entrar ni salir del dormitorio de sir Edwin... Todo estaba cerrado y bien cerrado. ¿Alguien oyó algún ruido por la noche?
        --Solemos dormir por la noche, no escuchar ruidos --dijo altiva Flora Akestone.
        --Me lo figuro, pero, ¿oyeron alguno sí o no?
        Como ya era de esperar, nadie oyó nada, nadie hizo nada, nadie salió de su cuarto ni nada de nada.
        --¡Hum! Ya veo --dijo Harold, con lo cual quería decir que no veía nada--. ¿Quién hereda la fortuna del viej... de sir Edwin?
        --No es ningún secreto --dijo Malcolm--. Es algo que todos sabíamos por adelantado. La fortuna del tío Edwin se divide en partes iguales entre todos nosotros. También hay pequeños legados para el servicio.
        --¿Y la mansión? ¿Anneberry?
        --A nuestra libre elección. Podemos vivir en ella los que queramos y por el tiempo que queramos.
        --Hum. Ya veo. Bien, creo que esto es todo de momento.
        --¿Ya sabe quién es el asesino, señor Smith? --le preguntó el sargento Lambert con mucha sorna.
        Harold le miró fríamente.
        --Estoy más cerca de la verdad que usted --le replicó.
        Y abandonamos el salón con dignidad y sin oler a poli de pueblo.
        En el jardín le conté con todo detalle a Harold lo ocurrido durante mi visita a Anneberry, ocurrida cuando él estaba disputándose con los gatos zurdos la herencia de su tía. Escuchó con atención mi relato, y luego dijo:
        --Así que la maldición de una momia asesina, ¿eh? Lo que me sorprende es que fueras capaz de resolver el enigma
        --Así que acerté...
        --Pues claro que sí, cualquiera hubiera acertado. Era elemental, querido Diógenes. Aunque siendo tú tan elemental, lo raro es que acertaras. --Puse muy mala cara y se apresuró a centrarse en el presente caso--. En todo caso, eso de la momia ha sido explotado ahora a fin de impresionar a polis de pueblo que apestan a cerveza. Menos mal que me han llamado a mí --dijo con toda la cara dura--. Creo que es un caso fácil, lo resolveré sin despeinarme.
        --¿Fácil? ¿Le llama fácil a un crimen de habitación cerrada?
        --Por supuesto. Está tirado. ¿Cómo no se te ha ocurrido a ti? El asesino entró por un pasadizo secreto que conduce a la habitación de sir Edwin.
        --Pero, ¿cómo sabe...?
        --Oh, vamos, todas estas mansiones medievales tienen uno, por lo menos. Son quesos de gruyere por dentro, todas están llenas de pasadizos secretos. Por alguno de ellos se movió el asesino para entrar y salir. Y por lo visto, sólo él conoce la existencia de tales pasadizos, porque de lo contrario a cualquier otro de los moradores de Anneberry ya se le habría ocurrido el método usado por el asesino.
        --Los criados pueden saberlo...
        --Es posible, pero la gente humilde sólo habla cuando se les interroga, no lo hacen espontáneamente, y menos a un poli que apesta a cerveza: demasiado basto. Sólo confesarán ante un detective aristócrata como yo.
        --¡Ejem!
        --Interrogaré al mayordomo al respecto. Él sabrá apreciar la distintición de clases entre el ordinario Lambert y un detective privado de la aristocracia de Londres.
        --¡¡Ejem!! ¿Y si es uno de los criados el asesino?
        --No suele ocurrir ni en las novelas. Imagina lo aburrido que sería. ¡Vamos a investigar, muchacho!
        El "vamos a investigar" de Harold consistió en ir él preguntando a los criados, a un viejo guarda de la finca y gente así, de la clase baja y servil, mientras yo estaba en la biblioteca con un libro de Walter Scott en las manos. A las nueve pasadas regresó Harold, la mar de alegre.
        --Este caso está chupado --dijo con desfachatez--. Voy a llamar por teléfono sin que nadie lo sepa. Quiero que vigiles desde el salón para que nadie intente escuchar la llamada.
        --Bueno, pero así tampoco la podré escuchar yo...
        Como venganza, me recreé en el sufrimiento del sargento Lambert, que estaba en el salón con cara de pocos amigos.
        --¿Hace progresos el presunto genio ese? --preguntó con sarcasmo al verme.
        --Desde luego --contesté fríamente--. Al ojo de águila de mi jefe no se le escapa nada. ¿Y usted? ¿Ha progresado mucho ahí tirado en ese sillón toda la tarde?
        --Sepa que estoy tramitando ya la detención del mayordomo --dijo con odio.
        --¡Gran idea! --le dije con simpatía--. Así todos nos podremos reír a costa suya.
        La furia no le dejó hablar, así que se fue ignominiosamente del salón. Al poco entró Harold para decirme que ya había terminado su charla telefónica y era hora de cenar. Le dije lo de que el sargento iba a detener al mayordomo y se partió de risa.
        En la cena al menos perdimos de vista al del pestazo a cerveza, que no estaba admitido a la mesa por ordinario y vulgar y ser de pueblo, y se había ido a la comisaría de Hastings para preparar los papeles y encarcelar al mayordomo, algo que ya sabía toda la gente en Anneberry.
        --¿Y dónde está el mayordomo ahora? --preguntó el gorrón de Harold, comiendo a dos carrillos.
        --En su cuarto, haciendo testamento --dijo Edbert--. El pobre es algo pesimista y se imagina camino del patíbulo.
        --¿Y usted, señor Smith, ha averiguado algo? --preguntó Malcolm.       
        Harold se esforzó en tragar todo lo que se había metido en la boca para poder contestar.
        --Señores y señoras... Lo sé todo.
        Pasmo general. Yo me atraganté con el postre.
        --Mañana lo sabrán todos también --continuó, mientras atrapaba el último trozo de tarta de frambuesa, ante la mirada de enfado de Vera Travers, que no había sido lo bastante rápida en cogerlo--. Esta noche he de redactar el informe para la policía con el relato de todo lo ocurrido. Puede que el aliento les huela a cerveza, pero hay que cumplir la ley... Espero que no sea molestia para ustedes asignarnos unas habitaciones a mi esclav... a mi ayudante y a mí para pasar la noche.
        Los Travers accedieron a ello, y más tarde, una vez instalados, fui a la habitación de Harold para saber qué había averiguado.
        --Muy bien --dijo--. A la espera de lo que ocurra en las próximas horas, voy a ponerte al corriente de lo ocurrido...
        --¿Qué quiere decir con eso de "a la espera de lo que ocurra..."?
        --Simplemente, que esta noche van a intentar asesinarme.
        --¡Ostras! ¡Jefe, no diga eso! ¿Por qué lo van a hacer?
        --Pues porque sé quién es el asesino de sir Edwin, naturalmente. Lo que ocurre es que no tengo pruebas para acusarle o detenerle, por eso me he decidido ofrecerme como cebo al asesino, y obligarle a actuar. Correremos algo de peligro, pero no importa.
        --Mira qué bien. ¿"Correremos", dice?
        --Claro. El asesino supone que tú también lo sabes y así seremos ambos víctimas de su intento de asesinato.
        --¡Pero si no sé nada!
        --No importa --dijo Harold, tan fresco--. Lo que importa de verdad es que él lo crea.
        --Yo me largo, jefe.
        --No seas cobarde, hombre. Watson no abandonaría a Sherlock Holmes.
        --Pero Watson es ficción y yo soy carne real y joven, y me espera un brillante porvenir en alguna parte.
        --¿Quieres callar y dejar de decir tonterías?
        --¿Las dos cosas a la vez? Imposible.
        --Pues calla y escucha. Mira, en primer lugar debo decirte que el asesino hubiera eliminado a sir Edwin Travers aquella vez que tú acudiste a Anneberry, aprovechando el cuento ese de la momia asesina, pero al echar tú por el suelo lo de la momia, no se atrevió a actuar. Por lo demás, he descubierto que todos los habitantes de Anneberry tenían motivos para querer eliminar a sir Edwin. Bien... --se corrigió--, en realidad todos menos uno.
        --¿Quién?
        --Ralph Ariadson, ese amigo que está de paso... y cuya identidad, por cierto, es falsa.
        --¿Cómo? ¿No se llama como se llama? ¿Y dice que no es sospechoso si como se llama no es como se llama?
        --No te excites, que cuando te pones así no se te entiende.
        En aquel instante llamaron a la puerta de la habitación.
        --¡El asesino, jefe! --chillé.--. ¡Hasta llama a la puerta y todo! ¡Qué detalle!
        --Calla, idiota.
        Harold abrió la puerta, y Ralph Ariadson entró en la habitación.
        --Buenas noches, señor Smith --dijo--. Creo que es mejor que hablemos...
        --En efecto, señor Tennison --contestó mi jefe--. Resultará muy indicado. Debo decir que me llevé una buena sorpresa al verle aquí...
        --Lo comprendo. Y creo que fue una buena medida el que le llamaran a usted. Aunque he de confesar que yo influí un poco...
        Harold, volviéndose hacia mí, dijo:
        --Diógenes, te presento a Mark Tennison. Coincidimos en algún caso, antes de que tú llegaras a Londres.
        --¿Es usted también detective? --pregunté, asombrado.
        --No --repuso Tennison, sonriendo--. Mi oficio es muy especial y poco corriente. Soy una especie de enfermero y médico a la vez. Me ocupo de vigilar a personas que no están muy bien de la cabeza, pero que no pueden ser internadas en un sanatorio mental porque no se considere del todo necesario o porque sus familias se oponen a ello. A veces me limito simplemente a aconsejar dicho internamiento, según la conducta que observe en la persona en cuestión tras un estudio de meses. Normalmente, trabajo en el sanatorio Fordshyde, uno de los mejores de Inglaterra, pero de cuando en cuando familias adineradas solicitan mis servicios.   
        --Y éste es uno de esos casos --dijo Harold.
        --Así es. Llevo ya varios meses cuidando, como ya habrá supuesto, de Edbert Travers.
        Al oír esto me quedé asombrado.
        --¡Cómo! --exclamé--. ¿Edbert Travers? ¿Es un chiflado?
        --En efecto. Presenta claros síntomas de sufrir una patología irreversible --dijo Tennison.
        --Pero... si fue él precisamente quien vino a buscarme meses atrás por encargo de su tío. Si parece completamente normal.
        --Lo parece, ésa es la palabra --afirmó Tennison--. Da la impresión de ser una persona perfectamente sana y corriente y se conduce de acuerdo a ello. Pero ya ha sufrido varios ataques de locura muy fuertes, que se presentan de manera inesperada, de breve duración y que no parecen dejar secuelas y más tarde no recuerda haber sufrido. De ahí, pues, que no se considerase necesario el ingresarle en un sanatorio mental... en principio. Pero me temo que ahora ha quedado probado que Edbert sí es muy peligroso, ¿no es cierto, señor Smith?
        --En efecto --dijo mi jefe--. Has de saber, Diógenes, que fue él quien asesinó a sir Edwin.
        --Pero, ¿cómo? --Yo iba de asombro en asombro.
        --Desde que vi a Tennison aquí, con una identidad falsa, comprendí que estaba vigilando a alguien, a un posible paciente, y era fácil adivinar qué clase de paciente podía ser. Y si era un loco, podía ser el asesino de sir Edwin, pero no tenía pruebas para acusarle. El asesino entró en el dormitorio de sir Edwin por un pasadizo secreto que conducía a él por una puerta también secreta. Así que me dediqué a indagar quién podía saber de la existencia de tales pasadizos y puertas, interrogando a los criados y guardianes de Anneberry. Por ellos supe que era a Edbert Travers a quien se estaba vigilando como paciente. Y supe también que muy poca gente entre el servicio sabía de la existencia de esos pasadizos y puertas secretas. El que me puso sobre la pista de ellos fue el guarda principal, que había oído hablar de tales secretos en Anneberry, si bien no los conocía y estaba seguro de que nadie de la familia los conocía tampoco, con la excepción de Edbert... Éste había oído hablar de ellos a su vieja aya Anna, que se conocía la finca como la palma de la mano y estaba algo chiflada también. Por lo visto, acabó sus días en un sanatorio mental, hace ya varios años.
        --¡Vaya familia y vaya finca! --exclamé.
        --Pero la locura no me convencía como único motivo para el crimen --prosiguió Harold--, así que pensé en otros motivos. El primero, naturalmente, el económico. Así que telefoneé a Londres e hice averiguaciones, enterándome de que su cuenta corriente estaba casi vacía. Había dilapidado su dinero y tenía diversos vencimientos que atender. Así, pues, mató a su tío por el dinero de su parte de la herencia.
        --Y en la cena usted le provocó directamente --dijo Mark Tennison, antes Ralph Ariadson.
        --Sí. Con pruebas así no íbamos a ningún lado. Y lo cierto es que más o menos todos en la casa tenían sus motivos, como le conté a Diógenes hace un momento. Vera, un novio que no le gustaba a sir Edwin; Malcolm, ambiciones empresariales que su tío no consentía, y Flora Akestone quería volver a casarse, algo que sir Edwin nunca hubiera consentido por ser la viuda de su hermano.
        --Y espera que venga aquí para intentar asesinarle, y así detenerle formalmente.
        --Efectivamente --repuso Harold.
        --Y ése es el motivo por el que he venido yo --dijo Tennison, sonriendo--, porque los dos no serían capaces de dominarle. Cuando le dan los ataques, es muy peligroso. Sólo yo puedo dominarle, y...
        Y en ese momento ocurrió lo inesperado.
        Tennison sacó del interior de su chaqueta un gigantesco cuchillo de cocina y echando espuma por la boca, con los ojos abiertos y extraviados y rugiendo como un tigre, se abalanzó sobre Harold.
        Pero era evidente que Harold esperaba el ataque, puesto que al mismo tiempo le propinó a Tennison un patadón en... en..., bien, algo más abajo de la barriga y que le dejó totalmente fuera de combate. Luego, para rematarle, le golpeó en la barbilla. Tennison se golpeó la cabeza contra la chimenea, y quedó sin conocimiento. Rápidamente, Harold le arrebató el cuchillo de cocina y le ató con unas cuerdas que arrancó de la cortina de las ventanas.
        --De momento, bastará con eso --dijo.
        --Pero...oiga... --Yo estaba boquiabierto, hacía rato que iba de sorpresa en sorpresa y creía que todo era una pesadilla--. Pero, ¿qué es lo que ocurre?
        --Ayúdame a reforzar las ataduras, hombre --dijo Harold--. Arranca ese cordón de cortina de ahí. ¿No te das cuenta de que fue Tennison quien asesinó a sir Edwin?
        --Pero, ¿no ha dicho que...? ¿No es ése hombre su amigo?
        --Todo era charla para que se confiara y prepararme para cuando me atacara. Lo único cierto de todo ello es que Edbert Travers sufre unos leves trastornos mentales, pero no ofrecen gravedad ni constituyen peligro para nadie, excepto para él mismo: es un maníaco depresivo, debido a sus pérdidas económicas. También es cierto que se requirieron los servicios de Mark Tennison para atenderle y realizar un diagnóstico.
        --¿Y entonces? No entiendo nada.
        --Pues que quien se presentó en Anneberry como Mark Tennison es en realidad su hermano gemelo, Samuel Tennison, que está majareta perdido. Fue el motivo de que Mark estudiara psicología, para ver si podía curarle. Samuel llevaba años internado en un manicomio, del que se fugó el año pasado, y no había sido hallado. Paradojas, ¿verdad? Un hermano loco y el otro loquero. No sé qué habrá sido de Mark... pero me temo lo peor... Que lo haya matado y suplantado su identidad. Y lo tenía todo preparado para que las culpas recayeran en Edbert Travers.
        --Pero, ¿por qué mató a sir Edwin? ¿Y cómo supo que era el hermano loco y no el sano?
        --Lo supe apenas verle porque Samuel es daltónico y siempre se ponía corbatas y camisas en combinaciones chillonas, como la que lleva ahora: una corbata rosa y una camisa bermellón, convencido de que viste de azul; en cambio Mark siempre usaba corbatas grises y camisas blancas. Y en cuanto al crimen, pues o bien porque está psicópata perdido y ha de cumplir como tal, o bien porque sir Edwin empezó a sospechar algo de él y se proponía despedirle; quizá el propio Samuel nos lo diga... Por lo demás, conocía los secretos de Anneberry, según me dijo el guarda, que también había hablado con él varias veces, y se interesó por la leyenda de la momia y las joyas robadas. En cuanto reconocí a Samuel Tennison bajo una doble identidad falsa, me figuré que algo raro ocurría, y esperé a ver qué pasos daba. En todo caso, yo fingí tomarle por Mark. Tú le fastidiaste meses atrás, y no se atrevió a matar a sir Edwin. Por cierto, en un registro rápido de su habitación antes de cenar he encontrado un disfraz de momia en su armario...
        --¿Un disfraz de momia?
        --Exacto. Con el que se deslizó por alguna puerta secreta y acuchilló a sir Edwin, porque por lo visto lo de la momia le hacía gracia... Pero un loco es difícil de controlar, así que en vez de descubrirle con el traje de momia, preferí que se confiase y me atacase... Esperemos que nos diga qué ha hecho con su hermano Mark...
        --Vaya cara pondrá el sargento Lambert...
        --Le regalaré el disfraz de momia. Que se lo ponga los días de carnaval...
        --Yo hubiera preferido que hubiera de verdad una momia asesina de verdad andando por los pasadizos de la mansión, jefe... Hubiera sido más emocionante.
        Pensé en quedarme el disfraz de momia para asustar con él a Sandra Lane algún día, cuando me la tropezase en la escalera al volver del colegio...
     
    FIN.
     
    February 12

    PHILIP K. DICK: EL FACTOR HUMANO (y 3)

    La respuesta que nos da Philip Dick a esto es un rotundo: Sí. Lo humano es real. Lo humano es auténtico. Los sentimientos son reales, no son objeto de simulación alguna ni pueden falsificarse. El dolor es real, no puede fingirse. La pérdida de un ser querido es real. El miedo es real. La angustia es real. Nuestro futuro personal es incierto y sujeto a cambios reales. Todo puede salir mal por mucho que te esfuerces en hacerlo bien. Y esto es lo que recorre toda la obra de este autor, lo que le da personalidad, lo que sacude al lector, lo que este, en su sensibilidad, capta, puede que de manera inconsciente, sin percibirlo en ocasiones, pero dejando impronta en su recuerdo.
    Sus novelas son ricas en inventiva, desde luego; repletas de acontecimientos inverosímiles, de detalles de fondo que calificarlos como pasmosos suena incluso débil. Lo surrealista, lo inverosímil, el despropósito y la falta de coherencia es para muchos lo más evidente de su obra (como si nuestro mundo fuera coherente, dicho sea de paso...; si la realidad es incoherente, ¿por qué ha de serlo la ficción?). Cualquiera de sus novelas está llena de pequeños detalles que conforman un mundo absurdo que es reflejo y caricatura del nuestro, una visión deformada de nuestro mundo, de nuestras paranoias y obsesiones. En Nuestros amigos de Frolik 8, unos astronautas comentan de pasada que el cadáver de Dios fue descubierto hace unos años flotando entre galaxias; en El martillo de Vulcano, unos profesores de instituto leen novelas eróticas a escondidas de sus alumnas y de sus superiores; en Los tres estigmas de Palmer Eldritch, maletines psicológicos persiguen a sus protagonistas para que se sometan a continua terapia; en Mentiras, S.A., un quiosco trata de convencer al protagonista para que compre un libro donde se narra su propia historia y su futuro; en Ubik, un frigorífico se niega a abrirse si su dueño no paga la tarifa que le debe...; taxis conducidos por robots maleducados o gandules se niegan a atender al protagonista en muchas de sus novelas... El catálogo es, como he dicho, amplísimo, interminable. Pero en la memoria del lector, junto a estos detalles de ambiente, lo que permanece asimismo en la memoria son los pasajes inesperados de dolor y de humanidad. En La pistola de rayos, el protagonista ha de aceptar la muerte inesperada de una mujer a la que ama, es decir, ha de enfrentarse a su desaparición física del universo, de la escena de la vida; en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, uno de los androides tortura a una araña arrancándole las patas una a una para ver cómo reacciona: la escena es dolorosa, y de manera inesperada, cuando el androide se pregunta si acaso ésta fuera la última araña auténtica en un mundo del que los animales ya han desaparecido prácticamente; en Ubik, la dolorosa ascensión del protagonista por unas escaleras, ayudado por una mujer que teme le mate, ocupa tres páginas de descripción de esos sufrimientos y temores; en Deus Irae, el protagonista, un inválido en su silla de ruedas, abandonado de noche en un descampado lejos de todo terreno habitado y rodeado de peligros, se ve asaltado por toda clase de temores y sensaciones de muerte... En Una mirada a la oscuridad, es un drogadicto que en su psicosis se somete a continuas duchas de agua casi hirviendo para eliminar piojos de su cuerpo, piojos que en realidad no existen y son producto de sus alucinaciones.... Son fragmentos, escenas inesperadas, inusuales en lo que se supone es o debe ser una novela de género, detalles de dolor y de sentimiento, de sufrimiento y de angustia, que golpean al lector precisamente por lo inesperado y, en ocasiones, fuera de contexto en que aparecen.
    El secreto de Dick, si lo hemos de llamar así, es su uso de la empatía, omnipresente y constante. Al vivir él como autor cuanto les sucede a sus personajes y cuanto pasa por la imaginació y por el pensamiento de ellos, transmite mediante la transcripción de sus pensamientos y angustias esas sensaciones a los lectores, y por tanto les obliga a ponerse en su lugar y experimentar lo mismo que vive y experimenta el personaje, a comprender sus angustias y temores al  describir la manera en que sienten, lo que piensan, para así hacerse cargo de cuanto siente el personaje. Es decir, lo memorable no es el personaje sino la situación, los sentimientos. Y es que los sentimientos suelen estar un tanto a flor de piel, y brotan al mínimo acto de miedo, dolor, sufrimiento o incluso humor. Así, al examinarlos en detalle, Dick nos pone en lugar del personaje casi sin que nos demos cuenta, para que podamos comprender por lo que está pasando.
    Dick, además, nos sorprende con inesperados acontecimientos en una narración, como es la muerte repentina de un personaje principal de la novela: es lo que ocurre en Lotería solar y sobre todo en El mundo contra reloj, donde a media novela muere el protagonista en una escena tan inesperada y absurda que resulta inolvidable por ello mismo. La lectura de Dick, en ocasiones, produce resultados catárticos en el lector, y si viene servido, como he dicho antes, con un estilo sencillo y un lenguaje claro y sin complicaciones, la enormidad del drama humano que a veces se describe llega a conmover al lector. Dick no se recrea en lujosas descripciones, sino en sentimientos,  y éstos se expresan mediante el pensamiento del personaje y su raciocinio del instante en que viven, para así transmitirlo al lector.
    Otra constante de su obra es el temor al autoritarismo, sea éste político o religioso, pues en sus novelas no son pocos los personajes de fanáticos de algún credo u otro que aparecen. El autoritarismo está sin duda bien representado por el nazismo vencedor de la Segunda Guerra Mundial en El hombre en el castillo, novela de la que trató años más tarde de escribir una continuación, pero desistió de ello porque, confesó en una carta, le resultaba incomprensible la mentalidad nazi. No debe extrañarnos, si volvemos a lo que he dicho antes: el factor humano es básico en Dick, y por ello, de manera perfectamente consecuente, todo autoritarismo y todo fanatismo que ponga en peligro o anule lo que de humano o bueno haya en el ser humano, produce espanto, aterra a los personajes de sus ficciones, porque en la vida real aterraba a su creador, el escritor Philip Dick. Quizá por ello, en las novelas de Dick, más que personajes habitualmente llamados "buenos" o "malos", hay personas con objetivos opuestos, pero no necesariamente "malos" para los teóricamente "buenos", o protagonistas. Lo realmente malo es, para Dick, el autoritarismo y el fanatismo, se ampare en la ideología que sea, y pretenda tener unos fines u otros. No son pocas las obras de Dick en que un gobierno manipula y engaña a sus ciudadanos de una u otra manera, con fines aparentemente altruistas, o bien declaradamente protectores para perpetuarse en el poder. Novelas como La penúltima verdad o relatos como "La fe de nuestros padres" son un ejemplo de ello, pero también hay sátiras como Planetas morales. A veces, leyendo a Dick, uno sacaría la conclusión de que toda forma de gobierno es autoritaria por naturaleza, y por tanto condenable. No digo que sea así, pero desde luego lo parece. De la misma manera, en las novelas de Dick conviene desconfiar de presuntos salvadores que proceden de no se sabe muy bien dónde, como en Nuestros amigos de Frolik 8, y que de hecho no traen otra cosa que el caos, como en Los tres estigmas de Palmer Eldritch.
    Sin duda muchos pensarán que el mundo o los mundos del autor son algo lóbregos, tristes y atemorizadores. No se niega que eso sea verdad, pero Dick lo suaviza todo con toques de humor que nos recuerdan que la vida --nuestra vida-- se compone tanto de dolor como de alegrías, de momentos plácidos y de momentos amargos. El humor, un humor ingenioso, suave, es como una luz que ilumina de repente el escenario para recordarnos que eso forma parte también de la vida... de lo humano. El humor es algo innato en el hombre, creado por él. Los personajes de Dick pueden usar el humor a veces para reírse de sí mismos y de de su desgracia; es lo que hace uno de los personajes de El hombre cuyos dientes eran exactamente iguales, una de sus mejores novelas psicológicas; o como el prisionero de Radio Libre Albemuth. Así el autor nos recuerda que no hay situación por espantosa y terrible que sea que no se pueda redimir con una sonrisa, con una broma, aunque sea durante unos momentos. Humor y dolor se combinan en sus historias, como en la vida de cualquiera de nosotros. Y vale la pena señalar que en una ocasión invirtió estos términos: en La pistola de rayos escribió una novela de humor, una sátira endurecida ocasionalmente por momentos dramáticos: es también una manera de recordarnos que no todo es risa... que también hay drama en la vida. Es decir, Dick mantenía una coherencia total en su obra, por muy caótica que fuera a veces la situación narrada.
    Dick, en sus declaraciones realizadas en entrevistas o en algunos de sus artículos y ensayos, nos decía que debíamos desconfiar de lo artificial, es decir, del robot, la máquina, el androide. Sin duda, los espectadores de la película Blade Runner recordará bien el tema de fondo del film: ¿quién es humano?  ¿Puede una máquina tener sentimientos? De todas maneras, sus declaraciones personales deben tomarse con ciertas reservas, porque a veces en su obra encontramos contradicciones respecto a lo que decía en esas declaraciones o ensayos... El Dick escritor no cumplí siempre con el precepto de que lo artificial era inhumano. Extraño, molesto, incomprensible, amenazador, sí. Pero tenemos, por ejemplo, un relato suyo, "El artefacto precioso", en el que a un astronauta que regresa a la Tierra muchas décadas después de su partida, y que echa de menos su gato muerto, se le entrega otro para que le sirva de compañía en ese mundo que ya no es el que dejó al salir de él. Lo que el astronauta no sabe es que se trata de un gato artificial, un gato-robot, por decirlo así, y que en su interior no hay ni carne ni sangre, sino mecanismos eléctricos que le hacen ronronear al ser acariciado. Momento singular de empatía en ese relato: el astronauta lamenta amargamente que de niño le tomaba el pelo a su gato lanzando un objeto al otro extremo de la habitación cuando lo veía dormido, y observando cómo el animal, despertado por el ruido, permanecía rato y rato examinando la habitación en busca de la procedencia del extraño sonido; el gato nunca supo que le tomaba el pelo y ahora lamenta haberlo hecho porque aquel gato murió hace años. En la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? hay un tema parecido: los animales ha desaparecido casi por completo de la faz de la Tierra y son sustituidos por simulacros robóticos, indistinguibles de un perro o un caballo real. La posesión de uno de ellos humaniza a los personajes, les da seguridad y confort, aparte de estatus social y económico.
    Resumiendo algunas constantes de su obra, pues, tenemos: el cuestionamiento de toda realidad; el temor a cualquier autoritarismo, sea de naturaleza política o religiosa; la relevancia de los sentimientos, bien a través del dolor o del humor.
    Estos tres puntos son los principales de su obra de ciencia ficción. En ocasiones, aparecen entremezclados, dependientes unos de otros. Según Dick, todo es cuestionable, todo puede ser falso. En Una mirada a la oscuridad, el protagonista ni siquiera está seguro de su identidad: ¿es un drogadicto o es un policía  de narcóicos que espía a los drogadictos? La historia pasada puede ser falsa (como en La penúltima verdad), nuestros recuerdos pueden haber sido introducidos para que olvidemos lo que fuimos (como en "Podemos recordarlo todo para usted"). La autoridad polํtica que trata de llevar adelante un proyecto, lo mismo que el líder religioso que predica su fe, puede ser en realidad un tirano en potencia que pretende imponer su ideología, o un fanático que quiere convertirnos a su fe a la fuerza. 
    Que retrató en parte las paranoias de su época, es algo evidente, incluso en sus novelas de tema psicológico, que ofrecen un puntual retrato de unos Estados Unidos de los años cincuenta, un país adormecido, inerme, vulgar, poblado por gente carente de aspiraciones. En sus relatos de ciencia ficción de esos mismos años cincuenta, el retrato es más duro: el temor atómico, el maccartismo, aparecen como fondo o motivo de muchos de ellos. Eran tiempos de guerra fría, y la ciencia ficción como género lo presentó en muchos de sus autores en diversas formas. La narrativa corta de Dick es rica en relatos postcataclismo atómico, pero sólo un par de novelas, Doctor Bloodmoney y Deus Irae, inciden en ello. En los años sesenta, Dick escribió principalmente esas novelas caóticas que tanto influenciaron y asombraron a críticos, escritores y lectores, y que eran quizá el reflejo de una sociedad que aspiraba a cambios, tras los anodinos años cincuenta, pero sin saber exactamente adónde iba y qué cambios deseaba. Las drogas, sin duda, fueron uno de sus temas máqs destacados, porque con ellas los personajes podían pasar a mundos distintos y a otras realidades. Pero las drogas, consumidas por Dick para poder escribir sin parar, acabaron alejándole de sus mundos de ficción a finales de esa década. Una más de sus contradicciones.
    No hay grandes héroes en sus novelas, al contrario de lo que el cine ha mostrado en casi todas sus adaptaciones. Sólo seres corrientes, algo grises, de modestas aspiraciones, que se ven metidos en intrigas que no son capaces de controlar ni de comprender. Curiosamente, en sus años finales, y tras sus extrañas experiencias religiosas, aún hoy día motivo de polémica y que no interesan demasiado a muchos de sus seguidores, como no sea para lamentarlas, empezó a producir un tipo de novelas más personales, por cuanto en ellas refería viviencias de aquellos años, como Una mirada a la oscuridad, negra y dura visión del mundo de las drogas, o Valis, en la que analizaba sus obsesiones y paranoias, al desdoblarse en dos de los personajes de la ficción.
    La lección que nos deja la narrativa de Philip Dick, tanto en su vertiente de ciencia ficción como en sus novelas psicológicas, es la que podemos extraer de confrontar aquellas dos narraciones de los primeros años que he mencionado al principio: "El padre-falso" y "Humano es". Pues al fin y al cabo, lo que sobrevive de las personas, por encima de realidades falsas, de simulaciones y de engaños, de mundos paralelos y juegos con el tiempo, es lo que de humano haya en ellas. Y eso, lo humano, es lo que redimía al personaje suplantado en el relato de 1955, como lo inhumano había condenado a morir al del relato de 1954. Puede que por encima de todo lo demás que conforma la obra de Philip Dick, por encima de sus historias caóticas, incoherentes y excesivas al decir de sus detractores, o del reflejo que constituyen de nuestro mundo, según sus admiradores, sea eso, el factor humano, el único secreto de Philip Dick.
     
    Muchas gracias por su atención.
     
    (FINAL).
     
     
    February 11

    PHILIP K. DICK: EL FACTOR HUMANO (2)

    Mucha gente pensó que a su muerte, Dick sería rápidamente olvidado. No sólo no ha sido así, sino que el interés hacia su obra y su persona, como ya he dicho, ha ido incrementándose en todo el mundo. Diversas biografías, ensayos sobre su obra, artículos y análisis comparativos... Incluso se ha convertido en personaje de ficción en relatos de otros autores. Se ha estudiado casi al milímetro cada detalle de su vida y cada correspondencia posible con su obra. Para algunos, Dick incluso convirtió su vida en una novela protagonizada por él. De todos modos, lo que más nos llama la atención es que la literatura llamada "seria" --se ve que la otra va en broma--, se ha apropiado de su obra y de su figura, aceptándolo como el autor que mejor ha retratado las paranoias, la locura de nuestra segunda mitad del siglo XX. ¿Es eso cierto? Yo creo que se exagera un poco, y que hay mucho estudioso que se sube al carro de Dick un poco porque sí, con un conocimiento un tanto escaso de su obra así como de su persona. En todo caso no deja de ser curioso. Al respecto, incluso se ha intentado "lavar", por decirlo así, la figura de Philip Dick, alineándole con los escritores de la contracultura, los escritores surgidos del movimiento hippy o considerándolo como un beatnik, a fin quizá de que así parezca más respetable su producción tan amplia de novelas y relatos de ciencia ficción, que como género se considera el último nivel de lo literario por parte de las mentes finas y delicadas. Craso error: Dick ni formó parte de la contracultura ni fue un beatnik. Fue alguien que luchó toda su vida por llevar una vida normal como escritor, que leía clásicos y filosofía, que amaba la música clásica, estudioso de la religión ya antes de sus paranoias visionarias, rodeado en algunos tiempos de personas con gustos más o menos semejantes, pero que debido a su afición a las drogas acabó frecuentando extrañas compañías en épocas concretas de su vida. Su aspiración como escritor y como persona fue vivir en una total y absoluta normalidad. Su contradicción fue no poder conseguir esto más que durante un escaso período de tiempo. Presentarlo como "escritor de la contracultura de los sesenta" o "beatnik" es, en el mejor de los casos, una muestra de desconocimiento. Ahora bien, hablar de Philip Dick como de un escritor de ciencia ficción cuya visión del género ultrapasa a la propia ciencia ficción, ya es mucho más acertado. Él, por su parte, amaba la ciencia ficción y escribió algunos artículos al respecto. Incluso existe un curioso relato humorístico, "Araña acuática", protagonizado por escritores de ciencia ficción.
    ¿Cuál es el secreto de Dick como novelista? ¿En qué se diferencia de otros autores de ciencia ficción? ¿Qué le ha llevado a esta situación casi privilegiada, conseguida por muy pocos en el género, tras una vida dura y difícil, y de ser considerado durante muchos años en su vida como un simple autor de segunda fila y de novelas de bolsillo? El culto, vale decirlo, se inició en Europa, concretamente en Francia, no en Estados Unidos, pero eso ya suele ocurrir a veces. De Francia pasaría luego a Estados Unidos, y quienes primero recabaron la atención sobre Dick fueron los nuevos autores, algo que, de hecho, también ya había ocurrido en Francia.
    ¿Es Dick un estilista? Rápidamente, diremos que no. Su estilo es sencillo --que a veces es el estilo más difícil, por otra parte--, y ya Emmanuel Carrère, uno de sus mejores biógrafos, señala lo modesto de su estilo. Lo que ocurre con Dick es que lo importante no es cómo narra sus historias, sino lo que nos narra en ellas. Lo complicado en Dick son las historias, es decir, las tramas y cuanto sucede en las novelas o relatos. ¿Son notables los personajes que aparecen en esas novelas y relatos? Pues debo decir que, en mi opinión, no lo son. No lo son. Dick no es un creador de personajes, ni alguien que haya dejado huella en el género como creador de personajes, al contrario que otros autores de menos arraigo literario pero de mayor aceptación popular, como sería el caso de Heinlein. En mi opinión, la mayoría de los personajes de Dick se repiten de una novela a otra. Dick ha creado unos tipos concretos, sencillos, reconocibles, que van de una historia a otra, con escasas variaciones. Los personajes que aparecen en su más famosa novela, Ubik, por ejemplo, son prácticamente idénticos a los que encontramos en Los tres estigmas de Palmer Eldritch, y a su vez éstos son iguales a los de Aguardando el año pasado... Y así podríamos seguir buscando semejanzas en otras de sus novelas. En realidad, los personajes de sus novelas más caóticas --escritas, como he dicho, en su segundo periodo como escritor-- parecen ser los mismos con nombres diferentes: una esposa adúltera y/o destructiva; un protagonista que ejerce un trabajo absurdo, casi ruinoso o sin futuro; un director o bien un político poderoso contra el que se desata una extraña intriga; una muchacha joven de la que se enamora el protagonista; un compañero de trabajo o amigo del protagonista que le acompaña en sus fatigas; varios intrigantes de conducta ambigua que pueden estar en dos campos a la vez; un personaje clave que desaparece al poco de iniciarse la novela pero sin el cual no existirían los acontecimientos que se suceden... No hay pues mucha mayor variedad. En las menos caóticas de sus novelas, hallamos igualmente personajes similares circulando de una a otra con parecidos rasgos: matrimonios en crisis; alguien que lucha contra el sistema (sea el que sea); un personaje --hombre o mujer, casi siempre de escasa edad-- dotado de extraños poderes psíquicos y  que suele tener alguna minusvalía; alguien con complejo de culpa que se esconde para no ser hallado por quienes le persiguen... Personajes como estos los encontramos, por ejemplo, en Tiempo de Marte, Mentiras S.A., Doctor Bloodmoney, Nuestros amigos de Frolik 8... En resumen, con alguna excepción, más perceptible sobre todo en sus últimas obras, ése es el catálogo de personajes de Dick novela a novela, con escasas variantes. Se parecen, se repiten, novela a novela. Así, pues, ¿cuál es su valor? ¿Qué es lo que ha cautivado a los lectores de diferentes países y épocas, incluso con independiencia de si es o no ciencia ficción? ¿Qué ha llamado la atencíón de intelectuales y críticos? ¿Qué ha admirado a colegas escritores o futuros escritores?
    Hay algunas respuestas sencillas para ello. Lo importante en Dick es la temática, lo que conforma su mundo novela a novela, los inesperados golpes de genio que aparecen en sus escritos, y que a veces son tantos que formarían un catálogo impresionante. En primer lugar, Dick nos hace dudar de la realidad, de lo que entendemos por realidad. Es algo que se cuestiona completamente en casi cada novela suya. ¿Es el mundo un simulacro, algo que no existe? Este tema aparece de manera destacada en muchas de sus novelas y relatos, y en otras lo encontramos como segundo tema o preocupación dentro de la acción. La realidad en que viven los personajes no existe; es una fachada, un simulacro, un sueño, una impostura, incluso un decorado, y deben luchar para descubrir dónde está la verdadera realidad, a veces en una carrera contra reloj... Y eso en el supuesto de que exista esa realidad verdadera..., pues, por lo general, no existe. A veces, el mundo en el que cree vivir el protagonista es un simulacro, un engaño a fin de mantenerle cuerdo y conseguir de él un objetivo concreto, como sucede en El tiempo desarticulado; en otras es un engaño para que crea seguir vivo tras la muerte, como en Ubik; en otras, el personaje o varios de ellos se encuentran viviendo dentro de la mente de otras personas, lo que equivale a decir dentro de su manera de ver la realidad, como ocurre en Un ojo en el cielo... Y así, novela a novela, Dick nos dice que hemos de desconfiar de todo: pues si el mundo en el que vivimos no es real, tampoco lo será el tiempo que lo marca; los documentales que vemos en los canales televisivos pueden ser simulaciones cinematográficas, como ocurre en Simulacros y en "La fe de nuestros padres"; el líder que nos gobierna puede ser un androide; incluso nuestra propia identidad puede ser falsa, como en el relato "La hormiga eléctrica", y resultar imposible saber quiénes o qué somos: ¿humanos o androides? Incluso en las novelas donde el tiempo o los mundos paralelos son el tema principal, esto no es más que otra manera de mostrarnos que la realidad --esa realidad-- es falsa, otro simulacro. Así, en su premiada El hombre en el castillo, cuya acción transcurre en un mundo alternativo al nuestro donde Alemania y Japón ganaron la Segunda Guerra Mundial, algunos personajes sospechan que podría existir un mundo distinto... otro universo donde la historia siguió un curso distinto y el resultado bélico, el opuesto; pero al parecer es un mundo de ficción escrito por un novelista: es decir, otra ficción dentro de una ficción... y al mismo tiempo, un personaje tiene un atisbo casi por arte de magia del verdadero universo, cuando ante sus ojos ve la realidad, y esa realidad es nuestro mundo, en el que vivimos nosotros... Es algo parecido a lo que le ocurre al protagonista de El tiempo desarticulado, cuando ve desaparecer de repente durante unos segundos un carrito de helados y su vendedor en la playa que suele frecuentar y percibe la realidad durante escasos segundos. Y así, en Aguardando el año pasado, los personajes, en su ir y venir del tiempo, se enfrentan a constantes cambios de su realidad, lo mismo que los astronautas del relato "Ligeras acotaciones sobre los temponautas", vuelven de su misión en el espacio... para asistir a sus propios funerales, puesto que en otra realidad regresaron muertos.
    Y, por tanto, si nada es cierto, si todo es cuestionable, si todo está sujeto a manipulación o falsificación, si todo es incierto y cuanto vemos puede ser falso... ¿no hay nada entonces que pueda ser real? ¿Nada que no sea un simulacro, una falsificación?
     
    (continuará)
     
     
    February 10

    PHILIP K. DICK: EL FACTOR HUMANO (1)

    (C) 2007 by J.C. Planells
     
    [Texto íntegro de la conferencia pronunciada el 7 de junio de 2007 en la Biblioteca Jaume Fuster. Se ofrecerá en tres entradas consecutivas.]
     
     
    Si me lo permiten, me gustaría empezar leyendo un breve párrafo de una de las novelas de Philip K. Dick. Como digo, es un párrafo muy breve, y el autor describe en él la reacción de un personaje, lo que siente ante la inesperada muerte de una mujer a la que ama y admira:
     
        "Lars se tiró al suelo instintivamente, volvió la cara y se encogió sobre sí mismo; el animal que había en él se encogió en posición fetal, con las rodillas levantadas, la cabeza entre ellas y los brazos alrededor del cuerpo, consciente de que no podía hacer nada por Lilo. Aquello había terminado, terminado, para siempre. Los siglos podrían pasar como gotas de agua, incesantemente, y Lilo Topchev no reaparecería nunca en el devenir de la humanidad."
     
     
    En diciembre de 1954, Philip K. Dick publicó un relato de ciencia ficción en una de las muchas revistas donde aparecían sus historias del género, titulado "El padre-cosa". En ese relato, un padre de familia era suplantado por una entidad alienígena que ocupaba su cuerpo. Su hijo descubría lo ocurrido y mataba al falso padre. De hecho, ese relato es un precedente de la novela que se publicaría en 1955, Los ladrones de cuerpos, de Jack Finney, tantas veces llevada al cine (La invasión de los ultracuerpos, por ejemplo, en los años setenta), o el de una película muy similar, Invasores de Marte, rodada en la década de los cincuenta. No entraremos en detalles de por qué la suplantación de seres queridos o de los vecinos o amigos era un tema tan habitual en la ciencia ficción de aquellos años, porque no es ahora momento ni lugar para ello. Lo que nos interesa es que en 1955, Philip Dick publicó otra historia en otra revista de ciencia ficción, titulada "Humano es", donde narraba exaxctamente lo mismo que en la de 1954: un esposo y padre de familia es suplantado por una entidad alienígena que ocupa su cuerpo durante un viaje por el espacio. La esposa es consciente de la suplantación, de que se trata de un "falso-padre" y "falso-esposo"; pero al contrario que en el relato del año anterior, aquí no sólo el impostor no es destruido, sino que la esposa lo protege de quienes, sabedores de la suplantación, desean aniquilarlo. El testimonio de la esposa, afirmando que se trata de su marido sin ninguna clase de duda, testimonio vital a fin de obtener permiso para su aniquilación, impide la muerte del falso marido, que seguirá viviendo pues en esa familia que no es la suya como si fuera quien pretende ser.
    ¿Contradicción? Bien, no exactamente. Esa misma historia, en efecto, contada y publicada dos veces en tan breve espacio de tiempo, resume perfectamente lo que fue la carrera y la vida de este autor norteamericano. En ella, cuenta lo mismo con personajes muy parecidos, pero invirtiendo por completo el final. En la primera historia, el hijo rechaza al padre porque no es humano; la entidad alienígena ha ocupado el lugar de un padre bueno y cariñoso, convirtiéndolo ahora en un ser frío y sin sentimientos, por lo cual es una amenaza y debe ser destruido. En la segunda historia, un padre cruel y sin sentimientos es sustituido por una entidad alienígena cariñosa y afable, ocupando el lugar de un padre despótico y esposo violento; de ahí que la esposa, al identificar lo humano de esos sentimientos que muestra el "falso-padre", se  niegue a reconocer que es un alienígena a fin de que no lo destruyan, y pueda vivir así al lado de una persona de comportamiento afable y cariñoso, aun sabiendo perfectamente que es un extraño.
    Las contradicciones fueron una constante en la vida de Philip Dick. Nacido en 1928 y fallecido en 1982, parecía destinado al olvido tras su inesperada muerte; pero no sólo no ha sido así, sino que el estudio tanto de su obra como de su propia vida y circunstancias ha ido creciendo con el paso de los años. Y no sólo eso, sino que autor y obra han sido conquistados, por decirlo así, por la literatura general.
    Dick fue un autor que quiso triunfar en la narrativa general, y no lo consiguió. Su última novela publicada en vida fue, sin embargo, una novela de narrativa general publicada como si fuera ciencia ficción. Dick quiso vivir acompañado por una esposa y tener una familia estable, y sin embargo fue incapaz de mantener una relación que durase un tiempo más o menos largo. Al menos cinco esposas o compañeras sentimentales compartieron su vida entre 1947 y 1982, además de tener varios hijos. Dick quiso el reconocimiento literario para su obra, pero sólo lo consiguió cuando estaba ya cerca de su muerte. Dick quiso llevar una vida tranquila y productiva como escritor acomodado, pero su vida fue un caos desorganizado, con fugas, internamientos en centros de rehabilitación, atentados contra su hogar y paranoias de conspiraciones en contra suya.
    He hablado de narrativa general. El joven Dick, que empezara de adolescente con una novelita similar a los Viajes de Gulliver, perdida ya durante su juventud, y algunos relatos de fantasía inspirados en Lovecraft, recogidos en apéndices de algunas biografías suyas, comenzó a escribir novelas a finales de la década de 1940. Independientemente de ello, leía novelas y relatos de ciencia ficción, y escribió algunos cuentos apenas iniciada la década de 1950; curiosamente su primer relato vendido no era de ciencia ficción, aunque se publicó como tal: "Roog", era una historia de fantasía cotidiana sobre perros; el primero publicado, "Más allá yace el wub", apareció en 1952. Como lector de ciencia ficción, admiraba a Henry Kuttner y a Alfred Elton Van Vogt, entre otros. Pero como escritor deseaba producir novelas psicológicas, lo que podríamos llamar "de estudio de caracteres". Aspiraba a ser un escritor serio, y la ciencia ficción, que le daba algún dinero y que publicaba sin problema alguno en las muchas revistas del género que existían en los años cincuenta, no era su interés primordial como escritor en aquel entonces. Entre sus lecturas figuraban Dostoievski y Proust, además de filósofos alemanes. En cierta ocasión, un amigo que vio en sus manos una revista de ciencia ficción, le preguntó: "Pero, ¿tú lees esta basura?", y Dick contestó tranquilamente: "Bueno, en realidad también la escribo". Y así era, porque sus novelas de estudio de caracteres escritas entre 1948 y 1960, fueron sistemáticamente rechazadas una y otra vez por todas las editoriales a las que su agente las fue enviando. Por el contrario, las novelas y relatos de ciencia ficción que escribía alternadamente con esas obras de estudio de caracteres, no tenían problemas para publicarse en uno u otro sello editoral especializado. Finalmente, en 1962, tras conseguir el premio Hugo de ciencia ficción por El hombre en el castillo, desistió de seguir intentando labrarse un crédito como escritor de narrativa general, y decidió que sólo la ciencia ficción le ofrecía la seguridad de publicar sus obras, consagrándose por completo a escribirla. Aquellas novelas experimentales o de estudio de caracteres, finalmente serían publicadas póstumamente con excepción de las que se extraviaron, viajando de editorial en editorial; sólo una sería publicada en vida del autor, en fecha tan tardía como 1975 y en una editorial pequeña.
    Dichas novelas eran historias de individuos fracasados, descontentos con el mundo y las circunstancias en que vivían, metidos en negocios o profesiones de muy poco vuelo, con esposas insatisfechas o adúlteras. historias de vidas grises y amargadas en pequeños enclaves urbanos. Alguna incluso carecía de argumento, como Gather Yourselves Together, ambientada en una fábrica americana en China a la llegada del comunismo, y con tres únicos personajes que aguardan la visita de las autoridades comunistas mientras se dedican a atormentarse psicológicamente; pero en todas ellas existían elementos que encontraríamos luego en sus novelas de ciencia ficción, y sobre todo una técnica narrativa, más y mejor desarrollada en las últimas novelas psicológicas escritas ya a finales de los años cincuenta, que fue lo que le dio predicamento entre sus seguidores: la empatía y el punto de vista multifocal. En sus novelas --y esto es válido para toda su producción, tanto de ciencia ficción como de narrativa psicológica--, Dick no se centraba en un único personaje, sino en varios a la vez, permitiéndonos conocer sus pensamientos, dudas, indecisiones, temores, ansias, aspiraciones... Dick, además, nos obligaba casi a sentir lo mismo que sentían sus personajes.
    La carrera como escritor de Philip Dick se divide en tres períodos. El primero puede situarse a partir de 1948, cuando escribe su primera novela psicológica, que se extraviaría posteriormente, hasta llegar a 1962, con la publicación de El hombre en el castillo, que le reportaría el premio Hugo de ciencia ficción del año, y tras la cual desistiría de seguir escribiendo novelas psicológicas para dedicarse a la ciencia ficción a tiempo completo. De hecho, los relatos que escribió durante la década de 1950, y que ocupan cuatro de los cinco tomos de sus relatos completos, fueron su principal fuente de ingresos, más incluso que las ocho novelas de ciencia ficción que publicó entre 1955 y 1960, puesto que no sería hasta entrada la década de 1950 cuando se generalizaría la edición de novelas de ciencia ficción, género que venía servido principalmente mediante las muchas revistas de la época, donde también aparecían serializadas novelas luego publicadas en libro. Ace Books cambiaría esto, y significó otra fuente de ingresos para un autor que no conseguía interesar a nadie con sus novelas de temática general.
    La segunda etapa se puede situar entre 1962 y 1970, y en ella se dedica exclusivamente a la ciencia ficción, escribiendo casi únicamente novelas, pues al contrario que en la anterior etapa, sus aportaciones en relatos o narrativa corta fueron escasas: la novela daba dinero y ocasionaba también derechos por traducciones a otros idiomas, al contrario que los relatos. Ahora bien, para conseguir el ritmo de escritura que siguió en esa segunda etapa --prácticamente 22 novelas, de las cuales la mitad en apenas tres años--, Dick se entrega al consumo de anfetaminas, que es lo que acabaría pasándole factura con el tiempo. Dick debe mantener una familia --o varias, teniendo en cuenta sus cambios de pareja y sus divorcios--, y ello le exige la constante escritura. Son años de gran producción literaria, pero de vivir al límite. Son también los años de sus novelas "caóticas", la parte más interesante de su obra de ciencia ficción. Finalmente, a principios de la década de 1970 Dick se derrumbará, agotado por completo debido al abuso de anfetaminas y otros estimulantes.
    El tercer y último período lo podemos situar entre 1973 y 1982, año de su fallecimiento. Su producción disminuye, consecuencia de los excesos de una vida desordenada, del consumo de anfetaminas y de los diversos acontecimientos de su muy agitada vida privada: un atentado contra su casa, un viaje a Canadá que acaba convirtiéndose en una fuga, intentos de suicidio, internamiento en instituciones para someterse a desintoxicaciones, nuevas parejas, y finalmente, en 1974, la revelación que aseguró haber tenido de Dios o de otro universo, que según él tuvo lugar en el patio de su casa y que transformaría una vida que estaba empezando a normalizarse, y que volvió a desquiciarse, si bien en un sentido muy distinto. Su obra de ficción, reducida a únicamente cinco novelas escritas en ese periodo, se vuelve más personal, más calmada, incidiendo también en las últimas tres novelas en lo religioso, producto de sus visiones. De hecho, dedicó los años entre 1974 y 1982 a un texto llamado Exégesis, donde desarrolló esas visiones y su concepción de la religión. Hacia 1982, parecía algo más calmado respecto a esas manifestaciones religiosas, y aparentemente, tras haber publicado tres novelas con buena acogida crítica, parecía preparado para retomar su buena forma. No hubo ocasión, pues falleció inesperadamente en una crisis cardiaca.
     
    (continuará)
     
     
    February 08

    GALERÍA DE MUJERES (31): GIULIETTA MASINA: Eterna Gelsomina

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
    Con Giulietta Masina ocurre que su imagen está tan unida a la de la Gelsomina de La Strada que uno duda de si va a hablar de la actriz o del personaje de ficción. Como ésta es una serie dedicada a personas reales, no a personajes de ficción, no debería existir tal duda. Sin embargo, su recuerdo, su imagen, su rostro, sus ojos, su apariencia están tan unidos a la infortunada muchacha de aquella película que resulta inevitable esa identificación entre la actriz y el personaje. De hecho, hay quienes piensan que no hizo nada más en cine, lo que no es cierto, naturalmente.
    Giulietta Masina, nació en 1920 y falleció en 1994, un año después que su marido, Federico Fellini, con quien trabajó principalmente en sus primeras películas, y a la que artísticamente se la ha ligado. Pero aunque es cierto que su trabajo con Fellini es probablemente lo más notable de su filmografía, también apareció en otras películas del cine italiano, así como en el Landru de Chabrol y en la discutida versión que de La loca de Chaillot filmó Brian Forbes en la misma década.
    Pero por muchas películas que hiciera, hasta que finalmente fue espaciando sus apariciones en la pantalla ya a principios de los setenta, para regresar sólo muy de tarde en tarde, será para siempre Gelsomina. Poquísimas veces se ha producido en pantalla una magia similar a la que desplegó Masina como actriz en su encarnación (y creo que ésa es la palabra, en vez de interpretación) de Gelsomina, la muchacha algo retrasada, la joven que sigue siendo una niña por dentro, que no conoce el sexo, ni el amor, que se ha criado recibiendo golpes de unos y de otros, y que es entregada a un miserable que la usa como objeto sexual, la trata aún con más golpes y la esclaviza en un patético espectáculo circense de carretera. Masina interpreta a Gelsomina con unos ojos tan expresivos que no se puede permanecer indiferente ante aquella mirada. Es una niña, una pequeña payasa, una muchacha que sufre pero se alegra con cualquier tontería (el ruido de una trompeta, por ejemplo). Si se seleccionasen las cinco mejores interpretaciones de la historia del cine, no sé si figuraría como la primera, pero entre las cinco no podría faltar Giulietta Masina y su Gelsomina.
    Por lo demás, el paso por la vida de esta actriz italiana fue silencioso, discreto, callada esposa al lado del marido, interpretando personajes suaves, dulces, sufrientes, malogrados, tristes. La Masina tenía la mirada más celestial de todo la historia del cine. ¿La mirada de Gelsomina o de Giulietta? Quizá no haya diferencia.
     
    February 06

    CASA DESOLADA, de Charles Dickens

    (c) 2008 by J.C. Planells

     
    Aunque según mis informes se trata de la novela de Dickens más celebrada y estudiada en Inglaterra, Casa desolada (Bleak House) no ha sido nunca muy conocida ni divulgada en España, contando con escasísimas ediciones aparte de su inclusión en las Obras Completas de Dickens en Aguilar (inencontrables desde hace años). Tuvo que ser una miniserie televisiva quien la descubriera, por decirlo así, al público hace bastantes años, en tiempos en que por televisión se emitían series de calidad o al menos no demasiado vergonzantes: un tiempo ya olvidado, al parecer. Desde entonces ha habido nuevas ediciones y traducciones de la novela, de las cuales la más recomendable es la de Fernando Santos Fontenla publicada en Alfaguara (lamentablemente deslucida por un exceso de molestas erratas). Sin duda su voluminosa extensión (más de 1.100 páginas) retraiga a algunos lectores, aunque en un tiempo como el presente, en el que abundan los tochos, los mamotretos insulsos y aburridos que se encaraman sin dificultad a las listas de best-sellers, la extensión no debería suponer ya un obstáculo para libro alguno, y menos para literatura de calidad.
    Casa desolada constituye en mi opinión --y en la de otras personas-- probablemente la cumbre de la novelística de Dickens, de quien alguien dijo acertadamente "puede que haya escritores mejores que Dickens, pero ninguno con su genio". Esta obra, situada en el ecuador de su producción, es realmente la suma de su arte novelístico y un verdadero alarde de escritura. Narrada empleando dos tonos diferentes, pocas veces Dickens se ha entregado tan a fondo en la creación de un mundo (mundos siempre excesivamente fantásticos en sus obras, a juicio de algunos) y de unos personajes. Los dos tonos corresponden, por un lado, a los capítulos narrados en primera persona por Esther Summerson, una huérfana criada y educada por una mujer autoritaria y fría, que a su muerte la entrega a la protección del señor Jarndyce; y por otro, el del narrador omnisciente que refiere la parte de la historia de la que no es testigo principal Esther. Ambos tonos son notablemente distintos; la narración de Esther participa preferentemente del sentimentalismo folletinesco de Dickens --y no se lea esto como defecto o reproche: Dickens era un escritor de novelas por entregas consumidas ávidamente por todo tipo de lectores, empezando por las clases populares--, en tanto que las partes del narrador omnisciente despliegan un virtuosismo literario que supera al otras veces abordado por el autor en sus obras. En esos capítulos, Dickens fustiga sin piedad ni misericordia al desfile de hipócritas, sinvergüenzas, cretinos, majaderos, aprovechados, desalmados, a la caterva de seres sin escrúpulos ni principios que desfilan por esta historia. Pocas veces ha ido tan lejos Dickens en su narrativa como en estos capítulos al tratar con un látigo en forma de palabras a esos personajes por los que parecía sentir una animadversión personal. Así, deja en manos del relato de Esther Summerson la parte digamos sentimental de la historia --en el sentido de expresión de sentimientos: dudas, añoranzas, temores, incertezas, deseos, alegrías y penas--, para tener mayor libertad a fin de presentarnos los actos y caracteres de esos personajes --abogados, pasantes, hombres de sociedad, benefactores de sí mismos, usureros, plumíferos a sueldo de abogados e intermediarios, copistas, intrigantes de toda clase--, retratando sin ambages su miseria moral, su abyecta hipocresía y su podredumbre mental.
    Pero, de la misma manera, Dickens se enternece cuando el objeto de su narración --bien a través de Esther, bien como "narrador omnisciente"-- son los pobres, los desdichados, los infelices: los abandonados y los marginados, en suma. No es algo nuevo en el autor de OliverTwist: esa debilidad, esa comprensión hacia las clases desfavorecidas y las personas humildes en recursos --y en carácter--, fueron siempre una constante en toda su obra. Así, en uno de los capítulos --el octavo, y curiosamente en "voz" de Esther Summerville tras su visita a una infortunada familia en lugar de la del narrador omnisciente--, leemos: "Es poco lo que se sabe de lo que son los pobres para los pobres, salvo lo que saben ellos mismos y DIOS". El Dickens implacable que hace burla cruel --como señala acertadamente en su postfacio el traductor de la novela, Santos Fontenla-- de los ricos, los abogados, los engreídos, los hipócritas que desfilan por las páginas de la obra, se vuelve casi un corazón sangrante cuando describe el mísero barrio de Tomsolo, o aparece el personaje de Jo condenado "a circular", o encontramos al matrimonio pobre que visita Esther, que será quien descubra la muerte del bebé recién nacido..., o la visita a la anciana litigante que ha pasado casi toda su vida esperando un fallo en los tribunales sobre su caso... Dickens, como escritor, no puede --o no sabe o no quiere-- ser parcial, y por eso elige bando claramente. Y lo mismo que retrata la altivez y vacuidad aristocrática --Sir Leicester y su familia--, deja clavada su puntilla en lo que podría denominarse "nuevos ricos" --el metalúrgico hijo de su ama de llaves, ejemplo de hombre hecho a sí mismo al que se le han subido los humos a la cabeza-- en una escena en que los enfrenta cara a cara.
    Quizá esto permitiría abrir un debate: ¿debe el novelista toma partido? ¿Debe o puede exponer sus pensamientos y su parecer claramente en la forma narrativa? ¿O ser imparcial, dejando que el lector juzgue por sí mismo? Bien, se dirá que hay autores que sí lo hacen y otros que no, pero en general y salvo error por mi parte, quienes lo hacen de manera clara y evidente suelen ser autores de escasa enjundia, panfleteros de izquierda o de derecha. No es el caso de Dickens, que al escribir se regía por el corazón y los sentimientos en lugar de regirse por el cerebro y el frío razonamiento, o por filias y fobias irracionales como hacen otros, y cargaba las tintas de su ira y su desprecio con balas de ironía cruel y sarcástica cuando en su narración aparecían esos personajes a los que el calificativo de "hipócritas" les resulta incluso suave. Dickens tomaba partido claramente. Dickens, en suma, convirtió esta novela en un claro ejercicio de subjetivismo literario en muchos de sus capítulos.
    Volviendo al tema central de la novela, Casa desolada tiene como eje principal de la trama el largo pleito de Jarndyce y Jarndyce, un pleito testamentario que lleva años y años y años estancado en interminables procesos, disposiciones, regulaciones, lecturas, recursos y etcéteras de toda clase (por extraño que parezca, la acción no transcurre en España --el país donde la justicia es un cachondeo, como dijo el sabio-- sino en Inglaterra), hasta el punto que parece remontarse al inicio de los tiempos. En este sentido, hay algo de prekafkiano en la novela, en la manera en que las maniobras --por llamarlas de alguna manera presentable-- de abogados, jueces y leguleyos parecen sumidas en un laberinto indescifrable, y manejadas por una caterva de gente (por llamarles también de alguna manera presentable) que viven real y únicamente de las costas, demoras y recursos de dicho proceso. El infierno legal que todo esto representa acabará afectando a uno de los personajes directamente implicados por el pleito, Richard Carstone, quien se arruina no sólo a sí mismo, sino a su prima Ada y arruina incluso su propia salud y liquida su futuro, obcecado en resolver el pleito a su manera, cayendo en manos de un abogado que le asegura que "se están consiguiendo muchas cosas, señor mío", cuando en realidad no hay nada de nada, ni se consigue otra cosa que ir incrementando costas y ver pasar el tiempo, y mantener a toda una serie de miserables que viven --bastante bien-- de pleitos como el de Jarndyce y Jarndyce. Que al término de la novela se llegue a una resolución final del pleito, tremendamente irónica (y cruel), era algo esperado --y tan prekafkiano como todo lo demás--: la herencia tan importante económicamente --no se da nunca la cifra, pero se sabe que es muy considerable--... ha desaparecido, totalmente absorbida por los costes legales de tantos recursos, procesos, vistas y resoluciones. Nada es lo que heredan finalmente quienes restaban ya como únicos pleiteantes cuando se alcanza el fallo. Más dramático, en este sentido, es el final de otros personajes que también se conocen a lo largo de la historia, y cuyo destino es no menos prekafkiano, pues mueren arruinados por completo sin reconocer sus derechos tras pasar casi media vida en los laberintos de la ley.
    Evidentemente, en tan voluminosa novela el pleito Jarndyce y Jarndyce es una más de las tramas --si bien principal--, que se alternan con la historia de Esther y su misterioso origen, motivo, por cierto, de no poca especulación interesada por parte de unos cuantos buitres legales; con el secreto de lady Dedlock, motivo asimismo de especulación igualmente interesada por parte de un miserable abogado con una piedra por corazón; con personajes que hacen de la vida un simulacro de realidad: la señora Jellyby y su entrega a la filantropía en favor de los desdichados africanos, mientras olvida por completo que tiene una familia numerosa que atender (y no atiende) y un marido en su vida (que vive ignorado); el señor Skimpole, que alardea de no entender "los asuntos de la vida" ni "el valor del dinero", que se considera "como un niño", y que en realidad --como lo define acertadamente el inspector Bucket al final de la obra-- no viene a ser más que otra forma de hipocresía disfrazada de amabilidad y falsa ingenuidad.
    Dickens ha escrito en esta novela no pocas páginas memorables, no pocos momentos brillantes, no pocas sentencias que hieren al corazón. Cuando muere uno de los personajes, que esperaba iniciar "un nuevo mundo", Dickens nos dice "... y con un último gemido empezó el mundo. No este mundo, ¡Ay, no, no éste! El mundo que corrige a éste". Otro vislumbre de la muerte es considerar repentinamente qué aspecto tendrá una habitación --"la mía y la tuya, lector"-- el día en que su ocupante ya no exista (porque se halle en "el mundo que corrige a éste").
    Dickens pertenece a esos escritores hoy estudiados por las mentes sesudas y académicas, pero que en su día escribían para el pueblo, para todos, sin distinciones. Como lo hacían Dostoievski en Rusia o Galdós en España. Por eso llegaron a tantos y tantos lectores, a tantas y tantas clases diferentes. Por eso no mueren ni envejecen.
     

    February 05

    GANGSTERERA: Una revista de temática negra y detectivesca

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    No han abundado en este país las revistas dedicadas al estudio de la novela policiaca, tanto en su vertiente negra como puramente detectivesca. Gimlet, de breve andadura allá en los inicios de los años ochenta, es quizá el referente más conocido. Posteriormente ha habido algunos intentos, pero lamentablemente son siempre publicaciones de corto tiraje y que no se suelen encontrar más que en librerías muy especializadas. Quizá por eso yo desconocía la existencia de esta estupenda publicación, Gangsterera, cuyo número 8 lleva fecha de septiembre de 2007 pero que al parecer no se ha distribuido hasta hace relativamente poco. Corresponde, según se indica en portada, a la segunda época de esa publicación, la cual, dicho sea de paso, dedicó su anterior número, el 7 en diciembre de 2006, nada menos que  a Jim Thompson. Me agrada, pues, dar noticia de la existencia de esta publicación --a pesar de que con ello corro el riesgo de despertar su indignación, como me ocurrió hace un tiempo con otra publicación de género popular, aunque los responsables de Gangsterera parecen personas más ilustradas si bien son desconocidas para mí--, muy bien editada, en papel de calidad, formato digest y abundante material gráfico.
    Este número 8 es temático; está dedicado a las mujeres en la novela y cine negro y policiaco. Así, encontramos entre otros, artículos sobre Miss Marple, el personaje de Agatha Christie; un largo estudio sobre las mujeres en las novelas de Howard Fast --autor muy poco comentado y estudiado; la presencia de la mujer en el cine negro de Fritz Lang; un artículo sobre Alexandra Marinina, autora rusa; otro sobre el personaje de Cordelia Gray, creado por P.D. James; un artículo general sobre la mujer en la novela negra; y mucho más sobre la mujer en el cine, el cómic y la novela negra, bien como creadora o bien como personaje de ficción. Los textos son solventes, la información buena y sabrosa, la parte gráfica muy apetitosa (¡viva la página 60!), y abarca todas las épocas y países. Los artículos tanto son de procedencia nacional como traducciones.
    En suma, una magnífica publicación que merece ser seguida con atención. Editada por la Asociación Cultural Novelpol, puede conseguirse por ejemplo a través de la librería Negra y Criminal de Barcelona.
     

    February 03

    AUTORES OLVIDADOS (33). ANNE HOCKING: Asesinos envenenadores


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    Casualidades de la vida (y de la ficción), Anne Hocking es una de los "artistas --y amigos y enemigos-- invitados" del episodio final de mi serie "Aventuras de Harold Smith"; en su caso, "artista mencionada" solamente, puesto que falleció en 1966 y la acción del relato transcurre hacia 1969. Esta prolífica novelista británica de misterio clásico al cien por cien, nacida en 1890 y fallecida en 1966, publicó su primera novela hacia 1928 y la última en 1962, aunque póstumamente aparecería otra en 1968, terminada por Evelyn Heales. Su nombre completo era Mona Naomi Anne Messer Hocking; hija de un autor de textos religiosos y hermana de otra escritora de misterio, aún más olvidada que ella (firmó sus novelas como Elizabeth Nisot y William Penmare). Empezó escribiendo novelas de ambiente cotidiano con el nombre de Mona Messer, pero al final lo abandonó para dedicarse por completo a las novelas policiacas como Anne Hocking. No parece que se la recuerde ya, y su nombre no figura en algunas enciclopedias del género. De hecho, aunque fue publicada asiduamente por Editorial Molino en su popular Biblioteca Oro, y posteriormente Editorial Aguilar recogería bastantes títulos suyos completando hasta tres tomos con cinco novelas en cada tomo dentro de su serie "El lince astuto", no hizo tambalearse precisamente la popularidad de Agatha Christie --su referente inmediato--, Dorothy Sayers o Rex Stout, por ejemplo. Julian Symons no la menciona siquiera en su libro sobre la novela policiaca, lo que deja claro su escasa significancia dentro del género.
    Sus primeras novelas policiacas, publicadas en los años treinta, eran rutinarias intrigas que presentaban muchachas en peligro; poco después, se dedicó a historias de misterio clásico: se comete un crimen y hay multitud de sospechosos. Parecía tener predilección por los envenenamientos en sus intrigas, hasta el punto que se la consideró en su época "la reina del veneno". Según parece, rara era la novela en que el asesino empleaba otro medio en sus crímenes que no fuera un veneno. Alguna de sus novelas se ambientaba en la Costa Brava, como Crimen en el Mediterráneo, pero siempre con personajes británicos de vacaciones o residentes allí. Era una típica representante del asesinato rural británico en comunidad cerrada, investigado por el detective fijo de turno, el superintendente Austen (que tampoco ha dejado huella alguna en el género). Seis botellas verdes, La pincelada final, Veneno en el paraíso, Muerte en la boda, Lo más sencillo, veneno..., son algunos de los títulos editados por ella en Molino, principalmente (reeditados en Aguilar en los años sesenta). Traté de leer hace bastantes años un par de novelas suyas, pero me invadía el sopor a las pocas páginas. Los especialistas aseguran que sus novelas pecan de monotonía y de repetitivas, empleando trucos parecidos, pistas semejantes, coartadas prepetitivas, personajes casi iguales novela a novela... Quizá eso explica que haya quedado olvidada por completo.
     

    February 01

    QUE EL CIELO LA JUZGUE, de John M. Stahl: Locura de amor


    (c) 2008 by J.C.Planells
     
    La obra de John M. Stahl ha quedado un tanto relegada en favor de otro cultivador del melodrama en el cine americano, Douglas Sirk, quien precisamente realizó en los años cincuenta sendos remakes de films realizados por Stahl en los años treinta. Por lo poco que conozco de Stahl, diría que las diferencias entre ambos --tanto en los films que tienen en común su argumento e historia como en los demás-- es que Sirk exterioriza el drama y Stahl lo interioriza. En que uno es dado a la expansión y el otro a la reflexión. A juzgar al menos por las dos versiones que ambos rodaron de la novela de Fannie Hurst Imitation to Life, la de Stahl es más intimista por oposición a la más grandilocuente de Sirk (confieso que eso de que los personajes se miren o se reflejen atormentadamente en un espejo empieza a cansar bastante).
    La obra más celebrada de Stahl es la versión que en 1946 realizó del best-seller de Ben Ames Williams Que el cielo la juzgue. Su exquisitez como director se refleja claramente en el tono naturalista, contenido, de este terrible drama. El tema de la historia es los celos llevados al límite de lo imaginable, al borde de la locura. Ellen, interpretado de manera excepcional por Gene Tierney, es una joven que conoce en un viaje en tren a un escritor al que admira, Richard Harland (un soso e improbable como escritor Cornel Wilde: lo peor del film), y con el que se casa al poco tiempo. Un matrimonio feliz, en apariencia, pero Ellen es una mujer víctima de unos celos y un afán de posesión que van más allá de lo natural. Para Ellen, Richard es una posesión, no un marido, y exige amor y entrega incondicional, la misma que ella está dispuesta a otorgar. Que algo no funciona bien en la cabeza de Ellen, lo sabemos gracias a su madre, cuando llega de visita para conocer a su yerno. Pero poco a poco el espectador irá viendo la terrible ansia de posesión que Ellen quiere tener respecto al amor de Richard. No soporta que su marido dedique cuidados y atención a su infortunado hermano menor, un adolescente paralítico, al que acabará matando de manera más pasiva que activa (le deja ahogarse en el lago cuando sufre un calambre). Empieza a sentir celos de la simpatía que su hermana Ruth (Jeanne Crain) siente hacia Richard, y se propone alejarla de él. Y cuando descubre que ha quedado embarazada, teme que el bebé acabe quitándole el amor de Richard. Evidentemente, la tragedia final es el aborto del bebé y el suicidio de Ellen, lo que revierte en una acusación de asesinato hacia Richard.
    Toda esta tremenda historia está relatada sin excesos, de manera calma, interiorizada, como ya dije a propósito del estilo de su director. Además, casi toda la acción tiene lugar en la paradisíaca cabaña que Richard tiene entre las montañas, cerca de un lago, lo cual acentúa aún más la tragedia: la soledad, el alejamiento de lo que se llama "civilización" en que viven los personajes destaca y refuerza lo primitivo de la pasión de celos de Ellen, un personaje realmente difícil, pero a la que, como reza el título de la película, y dicen al final los personajes del filme, "es mejor dejar que el cielo la juzgue". Indudablemente, sus celos, su amor posesivo, la indujeron a crímenes terribles, pero... crímenes por amor. Se puede pues culpar de esos crímenes a Ellen, pero, ¿juzgarla? ¿Pasión enfermiza, locura de amor?
    Éste es quizá uno de los mejores melodramas de la historia del cine, uno que se ve y se revisa con gusto y emoción. Gene Tierney fue nominada al Oscar por su magnífica interpretación de Ellen.