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March 31 BIGUNE SUBE A LOS CIELOS(serie Bigune - 1 )
(c) 2007 by J.C. Planells
Dedicado con afecto a Mar, lectora fiel (ella sabrá
por qué) y entusiasta (ella sabrá por qué). JCP.
Sor Milagros ya le tenía la cerveza preparada a Germán cuando llegaba con el jeep. Aparcaba delante del porche y ella le tendía la botella, abierta apenas oía acercarse el vehículo. Germán bebía un largo trago y se enjuagaba la boca con un pañuelo sudado. Luego se tomaba un segundo sorbo, despacio, y así hasta terminar poco a poco la cerveza, sentado en el jeep y mientras sor Milagros le contemplaba a través de los gruesos cristales de sus gafas y con una leve sonrisa. Mientras tanto, las otras monjas habían descargado del jeep lo que él había conseguido traer para la misión.
--No hay mucho, hermana --decía él a veces--. Algo de pan, algo de harina, unas pocas verduras... Lo que queda lo esconden o se lo llevan a la capital.
--No importa --decía sor Milagros, animosa--. Saldremos adelante.
--¿Aún les quedan cervezas? --preguntaba Germán alguna que otra vez. Por lo visto la reserva era inagotable. Claro que él era el único que se las tomaba...
En ocasiones, los niños se acercaban al jeep esperando caramelos o cualquier otra golosina, incluso alguna fruta. Raramente había algo para ellos, pero de tarde en tarde Germán sacaba de algún bolsillo un par de caramelos o unas nueces y se las tiraba. Ellos las tomaban y echaban a correr riendo.
A veces era la hora de comer y sor Milagros le ofrecía un plato de verdura. No es que hubiera mucho más. Semanas atrás se había presentado el coronel Mblaga con sus hombres y requisó cuanto le dio la gana del almacén de provisiones, sin importarle si eran para la comida de las monjas o la de los niños allí refugiados. "La comida de los enfermos...", "No es para nosotras...", trataron de explicarle las monjas. "Es para los niños", le insistió sor Milagros. El coronel Mblaga las apartó con su bastón de mando, sin molestarse en mirarlas a la cara; Mblaga nunca miraba a la gente a la cara, tanto si eran soldados a sus órdenes, civiles que se cruzaran con él, o blancos a los que mantener a raya. La mirada del coronel Mblaga estaba siempre unos centímetros por encima de la cabeza de quien estuviera frente a él o a su lado, como si mirase hacia el horizonte; no se debía tanto a su altura como a su manera de comportarse. Sin embargo, aquel día bajó un momento la vista y la clavó en sor Emilia.
--Llevadla --ordenó.
Y se llevaron en uno de sus vehículos a sor Emilia, una monjita de apenas veintiún años, delgada y bajita, con cara de asustada. Las demás trataron de impedirlo, pero los soldados del coronel Mblaga las rechazaron empujándolas con sus fusiles, sin hacer fuerza pero con firmeza. Los vehículos partieron y algunos niños corrieron tras ellos, y luego regresaron a la misión.
Sor Milagros se lo contó a Germán cuando vino un par de días después de lo ocurrido.
--Ya --dijo él, con la mirada sombría, tomando su cerveza--. Ya. Bueno, hermana, estará en el cuartel de Mblaga... atendiendo a su parte no espiritual, si es que me entiende lo que quiero decir...
--¿La matarán? --había preguntado sor Milagros, casi en un gemido.
Germán negó con la cabeza.
--No --dijo luego. Y pensó: "Al menos, hasta que no se haya cansado de ella".
En el pueblo, Germán tenía en su casa a una chica de color como su amante. Se llamaba Bigune y apenas tendría catorce años. Aquella tarde le propinó una soberana paliza cuando llegó a casa y la dejó incapaz de levantarse del suelo durante lo que quedaba de jornada. Puede que en realidad sí hubiera podido levantarse, pero no se atreviera por si volvían a reanudarse los puñetazos y las patadas. Bigune optó pues por dormir en el suelo y Germán le echó más tarde una manta por encima.
--Negros de mierda --le había dicho mientras la molía a golpes--. Sólo servís para mataros entre vosotros o para ser usados.
Curiosamente, a la madre de Bigune la había violado el coronel Mblaga cuando era apenas un joven teniente. Sí, Mblaga ascendió pronto en su ejército (o se ascendió a sí mismo). En cuanto a Bigune, había ciertas razones para pensar que fuese hija de Mblaga, el resultado de aquella violación, por decirlo de otra manera. Por supuesto Mblaga lo ignoraba y ni siquiera había pensado en ello puesto que Serende, la madre de Bigune, estaba casada cuando la violó, así que para el coronel la niña podía muy bien ser de su marido, al que, dicho sea de paso, los soldados de Mblaga mataron algún tiempo después en la selva creyendo que pertenecía a la facción rival, lo que no era cierto, pues aquel infeliz no pertenecía a partido o facción alguno. Germán no sabía nada de todo esto, simplemente se había quedado con la chiquilla hacía un año y medio, cuando su madre murió de unas fiebres y la niña se quedó sola, pues no tenía familiares. Serende vivía en una casa ante la que Germán pasaba con frecuencia, y pensó que, bueno, se ocuparía de la huerfanita y le serviría para calentarle la cama por las noches. Aún le hacía un buen favor, se dijo; le daba trabajo como criada suya e impedía que fuese a parar a cualquier negro que al fin y al cabo le haría lo mismo que él le estaba haciendo: follársela. Luego se encontró con que desvirgarla fue un fastidio: Bigune lloró como una desesperada, le manchó de sangre las sábanas y empezó a llamar a su madre, como si no recordase que estaba muerta. Irritado, Germán le dio un buen par de puñetazos, que aún la hicieron llorar más. Pensó en echarla a patadas al día siguiente... pero la niña era mona y no tenía ganas de buscarse otra, o una mujer más adulta. A veces esas negras podían ser fuertes, y Germán no lo era mucho, ni demasiado alto. Podía manejar sin problemas a Bigune, que tendría unos doce años, más o menos, cuando la recogió, pero quizá no a una negra de veinte años.
Por su parte, Bigune no había conocido otra cosa en su vida que soledad, al perder primero a su padre cuando era apenas una cría, y luego a su madre y, encima, carecer de parientes cercanos o lejanos; bueno, lejanos quizá, pero, ¿dónde estarían? Después llegó la guerra que asolaba el país, y en seguida el hambre. Con Germán tenía comida asegurada, como compensación de las palizas que le propinaba de vez en cuando independientemente de que ella le diera placer en la cama; Bigune no entendía por qué la pegaba si nunca le daba motivos para ello ni hacía nada malo, si siempre obedecía todo cuanto le decía que hiciera. Tampoco pensaba preguntárselo, por si acaso arreciaban las palizas.
En una ocasión, cuando Germán, distraídamente, le dijo que se iba a la selva a visitar a las monjas, Bigune le preguntó:
--¿Qué son monjas?
--Nada que te importe --replicó él, severo--. Y procura no salir de casa o te llevarás una buena cuando regrese.
No pensaba salir, por supuesto. Pero, ¿qué debían de ser esas "monjas"?
Se lo preguntó a Tía Ungude, asomada a la ventana de la estancia que hacía de cocina. Era una vecina y la llamaba "tía" porque podía tener más o menos la edad de su difunta madre.
--Son mujeres --le explicó Tía Ungude, también desde la ventana de lo que era la cocina en su propia casa--. Mujeres blancas que cuidan niños o enfermos.
Bigune se quedó extrañada. ¿Germán iba a ver a otras mujeres después de usarla? ¿Qué le daban aquellas otras mujeres que ella no podía darle? ¿Era por ser blancas y ella negra? ¿Era por eso? Claro, al ser de la raza de Germán serían mujeres mejores que ella, una negra ignorante, una niña pobre y desclasada.
Aquella vez miró con disimulado resentimiento a Germán cuando regresó a media tarde; sin embargo, él volvía con más hambre de ella que nunca. La usó dos veces e incluso le hizo daño al empeñarse en penetrarla por aquel otro sitio donde no debía hacerse. Bigune lloró un poco, pero se consoló. Así pues, aunque Germán fuera con blancas, la seguía usando.
--¿Usan a esas monjas para tener niños? --le preguntó a Tía Ungude el día siguiente.
--¡Qué dices, criatura! --se escandalizó la mujer--. Esas blancas no pueden hacer eso con los hombres. Lo tienen prohibido.
Bigune se quedó sorprendida. ¿Mujeres que no podían ser usadas por los hombres? Entonces, ¿para qué iba a verlas con frecuencia? Y sabía que les llevaba comida y provisiones sacadas de ciertos sitios de la ciudad. Todo aquello era un poco extraño.
Un día, Tía Ungude le dijo:
--Ese hombre con el que estás no es bueno. No está nada bien lo que te hace.
--Me da comida --dijo Bigune.
--Sí, y unas buenas palizas. ¿Crees que no me entero?
Bigune se encogió de hombros.
--Te puedo esconder en mi casa, si quieres --ofreció Tía Ungude.
Pero era una mala solución. ¿De qué serviría? Y de todas maneras, seguro que Germán lo acabaría descubriendo. ¿Para qué complicarse la vida?
Una tarde se presentó el coronel Mblaga en la casa de Germán. Le acompañaban tres de sus soldados. Se comportaban discretamente y no parecían amenazadores. Como de costumbre, el coronel Mblaga no miraba a nadie, pero al entrar le dirigió a Bigune una rápida mirada; ella estaba cosiendo en un rincón y Germán miraba expectante al coronel. Mblaga le dedicó a Germán una mirada fugaz y enseguida empezó a hablar contemplando el techo.
--Sé que va con cierta regularidad a la misión de esas monjas para llevarles comida --dijo--. No me parece bien. Ya tienen una huerta para cultivar cuatro coles, así que se apañen solas. La comida es para el pueblo, para nosotros.
--La huerta la destrozaron sus hombres durante su última visita --dijo Germán, secamente.
--No sé nada de eso --dijo el coronel, mirando por la ventana hacia la calle soleada y la gente que pasaba por ella--. Mejor las deje tranquilas. Yo las dejo tranquilas.
--¿A la monja que se llevó también la deja tranquila? --le soltó Germán de pronto.
El coronel Mblaga se dio la vuelta y miró a Germán con cierta sorpresa.
--¿Monja? Ya no lo es. Ahora es mi mujer. Veo que usted también tiene una, y es de mi gente, ¿no? Estamos en paz, por lo tanto. ¿Cómo te llamas? --le preguntó a la chica.
--Bigune --susurró ella, asustada.
--¿Bigune? --Mblaga frunció el ceño y la miró de arriba abajo--. ¿Hija de Serende, quizás? Tenía una niña que se llamaba como tú.
--Era mi mamá. Murió hace tiempo...
--Conocí a tu madre --dijo el coronel. Y prosiguió hablando a Germán--. Se acabó el llevar comida a las monjas de la misión, ¿está claro?
--¿Y los enfermos que hay allí? --preguntó Germán.
--No se preocupe por ellos. Ya se irán muriendo.
El coronel y sus tres soldados se marcharon. Germán se quedó mirando pensativamente a Bigune.
--Así que Mblaga conocía a tu madre --dijo.
--No lo sabía --contestó ella. ¿Le iba a caer una paliza por culpa de esto?
Germán no la pegó ni dijo nada más. Pero lo que hizo al día siguiente la sorprendió. Germán la hizo subir con él en el jeep y tomó la carretera que llevaba a la misión de las monjas, aunque sin comunicarle a Bigune adónde iban. Tampoco Bigune le preguntó adónde la llevaba, por si acaso, y se pasó el viaje pensando en qué iba a ser de ella. ¿Se había cansado Germán de ella, finalmente? ¿La iba a vender a alguna tribu del interior? ¿La echaría a los cocodrilos del río? Sentía ganas de echarse a llorar, pero tenía miedo de que él se enojara y le aguardase un destino peor aún.
Sor Milagros se quedó mirando a la chiquilla, allí plantada ante ella, con Germán al lado.
--Se llama Bigune --explicó Germán--. ¿Puede esconderla aquí, en la misión?
--Claro, pero... ¿qué le ocurre? No parece enferma.
Bigune no parecía menos extrañada que sor Milagros y sor Prudencia, que había salido también al oír llegar el jeep de Germán. ¡Cuánta ropa llevaban aquellas mujeres blancas! Le daban un poco de miedo...
--No, no está enferma. Simplemente, nadie debe saber que está aquí. Creo que el coronel Mblaga se ha encaprichado de ella. De todas maneras, yo he de marcharme del pueblo en unos días, en cuanto tenga el transporte arreglado. Ya me han echado el ojo, y las cosas se están poniendo cada vez peor por aquí. Esta chica era mi asistenta, y podrían tomar represalias contra ella, así que prefiero dejarla con ustedes en vez de con cualquiera en el pueblo. Mblaga estuvo ayer en casa para advertirme de que no venga más por aquí. Ya sabe cómo son las advertencias de ese tipo.
Luego, Germán subió al jeep y regresó al pueblo. Bigune se quedó mirando cómo el vehículo se perdía a lo lejos, dejando un rastro de polvo tras él.
Las monjas resultaron ser unas mujeres realmente extrañas. Estaban solas, no había ningún hombre con ellas, ni blanco ni negro, y se dedicaban a cuidar enfermos y niños. Los enfermos parecían ir a morirse de un día al otro porque no les quedaban apenas medicinas, y los niños andaban medios desnutridos dando vueltas por el patio y los alrededores de la misión. Bigune estaba desconcertada; aquellas mujeres no se parecían en nada a lo que se imaginó que serían cuando supo que Germán iba a verlas con frecuencia. De todas maneras, seguían dándole un poco de miedo con tanta ropa y además no sabía muy bien qué hacer allí con ellas ni cómo comportarse. Ayudaba en lo que le decían, pero resultaba más fácil vivir en el pueblo con Germán, puesto que con él era fácil saber lo que se esperaba de ella: que limpiase y atendiera a la casa y se dejase usar cuando a él le apeteciera. Así que poco a poco empezó a echar de menos la casa de Germán, el pueblo, las conversaciones de ventana a ventana con Tía Ungude; todo el pequeño mundo que había dejado atrás, quizá para siempre, a cambio de no sabía muy bien qué.
Mientras tanto, en el pueblo, el coronel Mblaga se enteró de que la chica que vivía con Germán, esa tal Bigune hija de Serende, era de hecho hija suya. Se lo contó un antiguo vecino de Serende, que había conocido al marido de Serende desde niño; por lo visto, el tal marido no era demasiado hombre..., vaya, que era impotente a causa de una enfermedad padecida durante la adolescencia; por tanto, difícilmente podía haberle hecho un bebé a Serende, su mujer... Mblaga comentó que sin duda Serende era una negra viciosa que compensaría la falta de atención y hombría de su marido acostándose con toda clase de hombres; ese vecino --ahora un teniente recién incorporado a sus órdenes-- le dijo riendo que ni hablar: Serende era casi una santa, una mujer muy virtuosa. El antiguo vecino y ahora teniente no sabía quién era el verdadero padre de Bigune, pero sí que alguien había violado una vez a Serende, hacía unos catorce o quince años, o sea...
Tras enterarse de todo esto, el coronel Mblaga se fue a buscar a la que por lo visto era su hija. Pero se encontró con que Bigune ya no estaba con Germán. Cuando Germán empezó a no dar respuestas claras --la chica no estaba, se había escapado, había vuelto a la selva...--, el coronel sacó su pistola y empezó a golpearle con la culata en el cráneo, no tan fuerte como para abrírselo pero sí como para que a Germán le doliera y se asustase lo bastante, y le contara por fin dónde había llevado a Bigune.
Así que el coronel Mblaga le arrastró del brazo hasta el jeep y se fue con él y un par de sus soldados hacia la misión de las monjas, allá en medio de la selva.
Bigune había salido para pasear un poco por aquella región y empezar a conocerla; si eso era el futuro que la esperaba, mejor familiarizarse con el lugar cuanto antes. Subió a un montículo que estaba a cierta distancia y desde el que se podía contemplar por un lado la misión, y por el otro, más allá de una explanada, el nacimiento de la selva y mucho más allá, un río. Allí arriba era como estar en medio de la nada, con dos mundos a uno y otro lado. El pueblo, su pueblo, donde había vivido desde que tenía memoria, no se veía de tan lejos que estaba. Y ahora se daba cuenta de lo poca cosa que era ella, Bigune, de que no era nada ni nadie y no tenía ni destino ni futuro. Se sintió sola, espantosamente sola, y se echó a llorar.
Miró hacia la misión de las monjas y vio llegar un vehículo en ese momento. Dos de las monjas se acercaron al vehículo, seguramente eran Sor Milagros y sor Prudencia. En el vehículo, un jeep militar, iba un blanco... ¿Germán? ¿Podía ser Germán? ¿Venía a buscarla quizá? Además de él iban tres hombres que no eran blancos y vestían de uniforme; uno de ellos era muy alto y lucía muchas medallas en el pecho. Parecía el jefe, y Bigune recordó que era el que se había presentado en casa de Germán hacía unos días. Todos ellos descendieron del jeep, y entonces se dio cuenta de que el militar alto caminaba sujetando a Germán del brazo.
Bigune, a manotazos, se quitó las lágrimas de los ojos para poder ver mejor lo que estaba ocurriendo abajo, en la misión. Parecía como si el militar alto y sor Milagros estuvieran discutiendo. Germán, siempre sujeto del brazo por el militar alto, permanecía como encorvado. La discusión iba en aumento, al parecer, con las dos monjas negando algo con la cabeza enérgicamente; y de repente, el militar alto sacó la pistola de su funda y disparó a la cabeza de Germán, soltándole al mismo tiempo del brazo con que lo sujetaba. El sonido del disparo le llegó cuando Germán ya estaba cayendo al suelo, y los gritos de las monjas cuando ya estaba tendido por completo sobre la tierra manchándola de sangre. El militar alto las apuntó entonces con la pistola y los dos soldados lo hicieron con sus fusiles.
Bigune chilló.
Su grito resonó claramente y pareció como si rebotara en el horizonte. Los tres militares y las dos monjas miraron hacia arriba del montículo, donde Bigune permanecía inmóvil contemplándoles. El militar alto de las medallas echó a correr hacia el jeep y los otros dos le siguieron. El vehículo se puso en marcha hacia ella.
Bigune no sabía qué hacer. ¿Correr hacia la misión? No, eso significaba hacerlo también hacia el vehículo que se acercaba a toda velocidad. ¿Huir hacia la selva que se veía más allá de la explanada? No creía que tuviera tiempo de llegar y esconderse entre la maleza antes de que la alcanzara el vehículo de los militares.
Echó a correr montículo abajo, hacia la explanda y la selva que había más allá de ella, por simple instinto de supervivencia. Corría como nunca lo había hecho, con toda su alma. Cuando estaba en medio de la explanada, oyó ya el vehículo que se le echaba casi encima, la iba a atrapar, la iba a aplastar...
El ruido estaba ya encima suyo.
Una sombra la cubrió. Bigune alzó la cabeza y chilló aterrada. Un enorme pájaro de metal estaba directamente encima suyo. Bigune se detuvo en seco y el pájaro de metal osciló a un lado y a apenas medio metro del suelo. Era un helicóptero mucho mayor que los que veía a veces en dibujos. Se abrió una puerta en él y por ella apareció un monstruo... o lo que le pareció un monstruo. Era un hombre, sí, pero su cabeza era de metal y muy grande; no, era en realidad un casco muy extraño, y además llevaba puestas unas extrañas gafas protuberantes que daban verdadero miedo. Aquel hombre tan extraño se sujetaba con una mano a la entrada abierta en el helicóptero, sin duda para no caer de él. Bigune cayó sentada al suelo, las piernas incapaces de seguir sosteniéndola, temblorosas.
El ruido del helicóptero cubría el del jeep que estaba ya a metros de distancia de ella.
El hombre con el extraño casco y las gafas protuberantes miró por encima de ella, hacia el jeep que ya llegaba. Extendió el brazo con el que no se sujetaba a la entrada del helicóptero y señaló al jeep. Bigune se volvió. El jeep estaba parado a apenas cinco metros de ella y el militar alto de las medallas descendió de él, pistola en mano. Bigune chilló de nuevo, y sintió que su garganta estaba ya herida de tanto chillar aterrada. Miró al helicóptero. El hombre de las protuberancias en los ojos la miró a ella. Oyó que alguien gritaba dentro del helicóptero "Coño, Héctor, vámonos ya de aquí". Bigune miró al militar alto, que la encañonaba con su arma. Volvió la vista al hombre del helicóptero.
--¡Vamos, sube, rápido! --le dijo aquel hombre, tendiéndole una mano.
Una mujer rubia apareció al lado de aquel hombre. Vestía una blusa azul y unos tejanos desteñidos. Le gritó algo que no entendió al hombre de las protuberancias en los ojos. Luego miró hacia el militar alto y le dijo:
--¡Salude a las cámaras, coronel Mblaga! ¡Estamos en directo para toda Europa por cortesía de Reporteros sin Fronteras!
--¡Vamos, sube! --repitió el hombre del helicóptero.
Bigune miró rápidamente al militar alto, que seguía con la pistola apuntando a medias a ella y al helicóptero. Y sin ni darse cuenta ni saber por qué, dio un salto y tomó la mano tendida del hombre de las protuberancias en los ojos y el casco extraño.
El hombre tiró con fuerza de ella y la metió en el helicóptero, casi haciéndola volar; luego cerró la puerta metálica y gritó "Vámonos" a alguien. "Vámonos, vámonos" le gritó también a alguien la chica rubia, y entre ella y el hombre extraño la pusieron en uno de los asientos y le ataron a la cintura unas correas para que no se cayera con el movimiento de ascenso que hizo el helicóptero. Ellos dos hicieron de inmediato lo mismo.
El helicóptero subía arriba, arriba. Bigune miró por la ventanilla que tenía al lado. El jeep y los tres militares se convertían en seres pequeñitos, pero seguían con sus armas apuntadas hacias ellos. Bigune apartó la mirada, asustada. ¿Dispararían? Miró al hombre extraño y abrió los ojos entre asustada y sorprendida. El hombre acababa de quitarse el extraño casco y lo depositó en el suelo, a su lado. Luego se quitó las grotescas gafas con prutuberancias, y las puso con cuidado al lado del casco. Y Bigune vio que era un hombre blanco, normal y corriente, de pelo corto, y la estaba mirando con una sonrisa. Oyó que la mujer blanca le decía:
--Me temo que está asustada. Diantre, Héctor, con esas cámaras en las gafas y en la cabeza, a veces hasta me asustas a mí.
Él se echó a reír.
--Sí, es un equipo bastante aparatoso, pero reconoce que resulta muy efectivo para según qué sitios. ¡Te deja las manos libres! ¡Eh, Ralph! --gritó hacia la cabina del piloto--. ¡Vamos, vamos! ¡Rápido!
--Ahora tenemos prisa, ¿eh? --contestaron desde la cabina del piloto--. Un día conseguirás que nos maten.
--Y a ver cómo explicas lo de esta chiquilla --dijo la mujer rubia--. Se supone que nosotros no hemos de meternos en estas cosas. --Le dirigió una mirada a Bigune--. Fíjate, está asustada. ¿Cómo te llamas, bonita?
--Es una refugiada de guerra, ¿no?--repuso el hombre llamado Héctor.
--Ya, para ti todo siempre parece fácil...
--Mírala, pobrecita. Si parece un gatito negro... Y qué ojos más grandes y bonitos tiene...
--Héctor, salvador de gatos extraviados --suspiró la rubia--.
--Venga, Doralí, dame una de esas galletas de chocolate que guardas en tu bolsa, y que se supone no debes comer para no engordar... A ella sí le conviene engordar un poquito.
--Eres más burro... --La mujer llamada Doralí rebuscó en una bolsa que había sobre su asiento y sacó un envoltorio plateado. Dentro había galletas y le tendió una a Bigune. La chiquilla la tomó con timidez. Doralí sonrió y le tendió todo el envoltorio.
Bigune comía lentamente las galletas, ayudada con un zumo de naranja que el hombre llamado Ralph le pasó a sus dos compañeros para que se lo dieran. No sabía muy bien aún qué era lo que pasaba ni dónde la llevaban. Sólo sabía que subían hacia el cielo y se alejaban de la tierra. ¿Adónde? No seguía la conversación que a veces mantenían la mujer llamada Doralí ni el hombre llamado Héctor, ni entendía algunas de las cosas que decían. "Somos observadores, no participantes", oyó que decía la rubia. "Venga, ¿crees que Sandra Lane se hubiera quedado mirando tan tranquilamente? No, ella habría hecho lo mismo que yo". Bebió un sorbo del zumo de naranja. ¿Qué iba a ser de ella a partir de ahora? ¿Le esperaba una vida igual, mejor o peor? ¿Debía lamentar lo que quedaba atrás? ¿Sentir pena por la muerte de Germán, por lo que les pudiera ocurrir a las monjas y a la gente de la misión?...
Recordó lo que le dijo su madre una vez cuando era muy niña y su papá acababa de morir a manos de los soldados. Ella no sabía aún qué era la muerte, y su mamá se lo tuvo que explicar. Y luego le dijo:
--No debes temer nunca a la muerte, mi nena. Si eres buena y obediente en tu vida, la muerte vendrá a por ti en forma de un gran pájaro y te subirá recta al cielo. Y los ángeles cuidarán de ti durante todo el viaje para que no sientas miedo.
Bueno, sabía que no estaba muerta... o no exactamente muerta... ¿Dejar atrás una forma de vida sería morir? El helicóptero en cierta manera era como un pájaro, y aquellas personas podían ser los ángeles que la cuidaban durante el viaje... ¿Y existía de verdad un cielo? Y de existir, ¿cómo sería vivir en él?
Oyó que la mujer decía entonces, tocándola en el brazo.
--Mira, niña, el mar. ¿Lo habías visto antes? Fíjate qué azul y grande es. Bigune miró por la ventanilla y se quedó asombrada. Una inmensidad azul estaba debajo del helicóptero y se perdía en el horizonte. Era otro cielo, pero brillaba con el sol y parecía que se moviera. Así pues, ella estaba volando entre dos cielos, el de siempre y este nuevo que no conocía. Eso quería decir que había más de un cielo en el mundo. Y si era así, seguro que había lugar para ella en alguno de los dos. O en un tercero, acaso.
Se quedó mirando aquel segundo cielo durante todo el viaje.
FIN.
March 30 "EL DEMONIO NEGRO", de Robert Bloch(c) 2007 by J.C. Planells
A mí me parece una vergüenza que un relato como éste haya tardado en publicarse en castellano ¡setenta años!, los que van desde su primera publicación en la revista Weird Tales, en noviembre de 1936, hasta ahora, marzo de 2007, en que aparece en la recopilación de relatos El que abre el camino de Robert Bloch, publicada por Valdemar --¿quién si no?-- en su colección Gótica número 67, que corresponde a una recopilación originalmente aparecida en 1945 a la que se han añadido diversos relatos. Por cierto, antes de proseguir vale la pena indicar que en la edición de Valdemar se indica erróneamente que el título original es "The Black Demon", cuando en realidad es "The Dark Demon", que es como apareció en Weird Tales y en las tres distintas colecciones de relatos de Bloch en los que fue incluido.
Pues sí, es una vergúenza que ningún editor, faneditor, antologista, rebuscador, recopilador, rescatador o aficionado de a pie nos haya permitido acceder antes a la lectura de este relato. Se ve que no están por la faena, y no será porque fuera de difícil acceso, por cuanto, como digo, aparece en al menos tres recopilaciones distintas de Bloch: en 1945, en 1961 y en 1981, además, me figuro, de en distintas antologías de relatos al estilo de "Lo mejor de...", "Relatos de terror" o "Cuentos de miedo", etc., etc., etc. Y sin embargo, si no yerran mis archivos (desastrosos y caóticos), no se había ofrecido anteriormente en libro ni en antología o revista alguna. Pues vaya.
¿Qué tiene de especial este relato --bastante breve, dicho sea de paso-- para que muestre mi escándalo por esa ausencia de traducciones al castellano del mismo? Hombre, en primer lugar, léanlo. En segundo lugar, aparte de que es una buena historia de Bloch --autor irregular pero siempre ameno e interesante--, es otra muestra más de la influencia de Lovecraft en el joven Bloch, en el Bloch de aquellos años; y no sólo en Bloch, sino en el llamado "Círculo de Lovecraft", en el que hallamos a tantos y tantos autores: Derleth, Clark Ashton Smith, Robert Howard, y el propio Bloch, por supuesto. Autores que fueron coetáneos, maestros unos --Lovecraft, Howard--, alumnos aplicados otros --Bloch--, pero que mostraron todos ellos, en vida e incluso tras la muerte de los maestros, algo muy interesante: la mutua amistad y la sincera admiración. Eso es algo poco frecuente --o nada frecuente-- entre artistas, si bien entre pintores suele darse con mayor asiduidad, especialmente cuando confluyen en torno a un movimiento pictórico concreto y renovador (el impresionismo, por ejemplo, o el surrealismo, posteriormente). Los artistas que coinciden en practicar algo nuevo y distinto suelen reunirse, intercambiar opiniones, mantener copiosa correspondencia, mostrarse unos a otros sus obras, escuchar comentarios sobre las de uno mismo y las de los demás, juzgar severa pero amicalmente cuando haga falta, ayudarse desinteresadamente, animar, alentar, curiosear, interrogar sobre las técnicas empleadas, sobre los proyectos en curso o los futuros; se estimulan, bromean, se visitan, se apoyan ante adversidades o críticas, estudian y comentan sus técnicas...
En literatura, todo esto ocurre raramente, aunque por supuesto ha habido círculos --los llamaremos así por comodidad-- semejantes a los creados por los movimientos pictóricos. El primero que se me ocurre es precisamente este de Lovecraft, donde en torno al escritor de Providence confluyeron una serie de escritores con temas comunes o parecidos, con inquietudes semejantes, que se mostraban sus creaciones y las comentaban, que participaban de una manera u otra en el crecimiento de su obra, y que a ratos hicieron del relato de terror sobrenatural casi una obra de orfebrería. De todo esto ha pasado el tiempo suficiente como para que se hayan convertido casi en una leyenda. ¿Qué son hoy Robert Howard, H. P. Lovecraft, Clark Ashton Smith si no casi leyendas de esa literatura llamada popular o de género? Mal publicados en su día, o apenas publicados a veces, hoy son objeto de culto, de estudio, de ediciones cuidadas y anotadas... Quién lo hubiera supuesto en 1936, fecha de la muerte de Howard, año de la publicación del relato de Bloch que suscita este comentario, a tan sólo un año de la muerte del propio Lovecraft...
En efecto, "El demonio negro" es un relato claramente inspirado en la figura del escritor de Providence; eso es algo que el lector ya adivina apenas iniciada la lectura: el ficticio Edgar Gordon del relato es un trasunto nada disimulado de Lovecraft, pese a que el narrador mencione a Lovecraft de pasada en un párrafo del texto. El conocedor del tema y de los dos autores ya sabe que Bloch y Lovecraft intercambiaron correspondencia y que escribieron relatos donde se aludieron mutuamente como eprsonajes de ficción: "El vampiro estelar", de Bloch, y "El huésped de la negrura", de Lovecraft. No fueron, desde luego, los únicos del "círculo de Lovecraft" en llevar a cabo esta clase de juegos literarios; en realidad, era algo muy habitual. Pero nos faltaba conocer esta muestra más del juego, de la mutua admiración, entre estos autores, esta pincelada de homenaje nada disimulado de Bloch a Lovecraft.
Yo creo que nos falta un estudio exhaustivo y completo de las relaciones que hubo entre todos estos escritores; entre maestros y discípulos aplicados. Cierto que ya se ha escrito algo sobre el tema, pero insisto en que la existencia de estos círculos literarios es una "rara avis". No abundan, y a mí sólo se me ocurren los que ha habido entre ciertos poetas --casi siempre extranjeros-- y la llamada "otra generación del 27" en España. Los escritores suelen ser personas muy aisladas, nada proclives a compartir confidencias y mostrarse trabajos (y ya no digamos en el presente...); tampoco suelen producirse movimientos de renovación como sí ocurre en pintura, de ahí que la comunicación e intercambio de ideas entre escritores no sea demasiado frecuente, y que la existencia de círculos como el que surgió en torno a Lovecraft resulte algo así como una rareza. Podría quizá ahondar en la herida y señalar la cretinez de no pocos escritores --incluidos los de ciencia ficción, e incluidos los españoles: no se salva nadie--, pero no lo haré porque ni me interesa el tema ni vale la pena. Siempre es preferible reivindicar a denostar, y siempre es más interesante señalar lo valioso que lo inútil. El círculo de escritores y admiradores que rodeó a Lovecraft --o del que Lovecraft se rodeó, pues su importancia no debe eclipsar la de Howard ni la de Clark Ashton Smith-- me parece algo tan inusitado, tan admirable y ejemplar, algo tan valioso, que por eso digo que debería no sólo ser estudiado, sino meditado. Meditado para ver qué ejemplo y qué enseñanza podemos extraer de él.
March 29 LA CARRERA DEL SIGLO, de Blake Edwards: Larga, demasiado larga(c) 2007 by J.C. Planells
Nunca he entendido el aprecio y valoración que tantos críticos hacen del cine de Blake Edwards; es un director que con el paso del tiempo cada vez me resulta menos interesante, y me cuesta encontrar películas suyas que sean defendibles. Las cómicas, porque caen en lo insulso o en lo burdo; las dramáticas, porque se las nota demasiado premeditadas de cara a despertar reacciones determinadas en el público (y en la crítica). Aun así, sus films dramáticos son más defendibles, al menos la mayoría, que sus comedias, de las cuales se pueden presentar innumerables reparos a casi todas ellas.
En sus comedias humorísticas --pues las tiene también sentimentales--, la saga de La pantera rosa le reveló como autor de un nuevo estilo de comedia humorística, aunque la verdad es que el film le debe casi todo a Peter Sellers. Edwards nos hartó con sus continuaciones de la saga, finalmente, hasta casi hacérnoslas aborrecer; si por algo resisten, es por Sellers. Y eso nos lleva a su obra maestra del cine de humor: El guateque, con, naturalmente, Peter Sellers. e incluso este notable film acaba cansando un poco hacia su segunda mitad; pero su visión se sostiene gracias a Sellers.
La carrera del siglo es otra de sus comedias de humor; rodada en 1965, tiene ya de partida un solemne error: su excesiva duración, 160 minutos. Realmente mantener vivo el humor y la comicidad durante tanto tiempo es casi una pericia circense. Ya lo había intentado dos años antes Stanley Kramer con ese elefante en forma de película llamada El mundo está loco, loco, loco. Un film de ¿humor? de una duración de 190 espantosos minutos que se ve con una cara absolutamente impasible, pues Stanley Kramer y humor son conceptos totalmente opuestos. Bueno, ¿y qué se iba a esperar de un director-productor de Películas con Profundo Mensaje y/o Crítica Social? Al menos Edwards tenía pericia en dirigir comedias, otra cosa es que le saliera más o menos bien asunto.
El guateque, rodada posteriormente, pretendía ser un retorno al cine del gag, a la comedia silente. La carrera del siglo, por lo visto, también pretendía ser lo mismo --pero en plan superporducción--, a juzgar por la dedicatoria inicial del film a Stan Laurel y Oliver Hardy. Para acentuarlo más --supongo--, los personajes que interpretan Jack Lemmon y Peter Falk repiten ciertas características de la popular pareja cómica, con Lemmon haciendo algo así como el Hardy y Falk algo así como el Laurel; es decir, sus gags se ruedan como si fueran gags de Laurel y Hardy, y debido a eso pierden su gracia incluso antes de que el gag ocurra (los cubos de agua y el coche, por ejemplo), por previsibles. Para mayor aproximación a ese tipo de cine, cerca ya del final asistimos a una pelea a pastelazo limpio en una cocina, remedo de las menos lujosas del cine cómico mudo: aquí está en tecnicolor y pantalla ancha, pero resulta demasiado artificial, excesivamente mecánica. Todo es demasiado artificial y mecánico en esta película, empezando, ay, por el supuesto humor.
El argumento consiste en la carrera automovilística que Leslie y su ayudante (un Tony Curtis sin la menor gracia, y esto ya es de por sí muy grave, y un Keenan Wynn tan agradable como un plato de coliflor, respectivamente) disputan entre Nueva York y París junto con otros participantes, rápidamente eliminados casi todos ellos por el profesor Fate y su ayudante Max (Lemmon y Falk). Fate es un rival de Leslie que trata en vano de emular sus gestas deportivas; en el fondo es un manazas y su ayudante un inepto: boicotea su propio coche al confundirlo con el de otro corredor. En fin, la otra sobreviviente de la carrera es Maggie (Natalie Wood, lo único vistoso del film), una sufragista --estamos en 1908-- que sigue la competición como periodista. La verdad es que narrar las --escasas y repetitivas-- peripecias del film y de la carrera resulta cansino. Hay gags con algún ingenio --en 160 minutos, es lo mínimo, vaya--, hay escenas algo divertidas, pero también mucha tontería --el pueblo del oeste donde recalan y la pelea en el saloon-- y escenas bochornosas, como las de Lemmon en el papel del príncipe de un pequeño reino europeo que es el doble exacto de Fate, pero un completo imbécil, lo cual da pie a una intriga en plan "prisionero de Zenda" algo fatigosa. Por cierto, ya he dicho que Curtis tiene muy poca gracia en el film; peor es lo de Jack Lemmon: está sencillamente impresentable en su doble papel de Fate y de príncipe europeo. Peter Falk, que se había revelado como magnífico actor de drama --El sindicato del crimen-- y comedia--Un gangster para un milagro--, consigue estar un poco menos mal que Lemmon. Lo de Wynn ya es impresentable, y lo del resto de actores de la función, penoso. Menos mal que la Wood y Dorothy Provine, en un breve papel, alegran la cosa. Cuando un director es incapaz de sacar partido --o les saca mal partido, que todavía es peor-- de cómicos como Lemmon y Curtis --sí, la misma pareja de Con faldas y a lo loco--, es que sus dotes deben ser cuestionadas seriamente. ¿Nadie había caído en eso?
La película, en fin, se soporta, pero se disfruta muy poco.
March 28 A SCANNER DARKLY, de Richard Linklater: Una mirada a Dick(c) 2007 by J.C. Planells
![]() Lo primero que se debe destacar en esta versión cinematográfica de la novela Una mirada a la oscuridad de Philip K. Dick es el respeto que denota la película hacia la historia y hacia el autor. Linklater --un director bastante extraño-- ofrece una visión seria y nada artificiosa de la novela y los personajes. De hecho, lo que nos ofrece es una "set-piece": la narración apenas varía de escenarios, de la casa de los personajes al edificio policial, con alguna escasa salida al exterior. En cierto modo, recuerda lo que se quiso que fuera Blade Runner en sus orígenes, otra "set-piece" claustrofóbica y encerrada en sí misma según la idea que de la misma tuvo Robert Mulligan, director elegido en principio para el filme; la cosa no interesó a los productores y el proyecto pasó a manos de Ridley Scott tras un parón. Lo que no pudo ser entonces ha sido ahora, por medio de otro director y de otra novela del mismo autor. Curiosamente, Linklater ha ofrecido un film que recuerda vagamente otra película de Mulligan: El hombre clave (The Nickel Ride, 1976). Acaso no sea tan extraño pues el tono suave, contenido, blando, intimista y muy apoyado en los actores --lo que es decir en los personajes-- que muestra Linklater lo acercan a algunas películas de Mulligan.
Esta es la parte digamos buena de A Scanner Darkly. La parte negativa es, en mi opinión, el "dibujado" que se ha hecho del film, que desorienta claramente al espectador. A mí personalmente me resulta difícil entrar en la película de la manera en que ésta es ofrecida al espectador, y no tengo nada claros los motivos por los que se ha "dibujado" encima de lo filmado: actores, decorados, objetos, etc. Siendo como soy enemigo total del cine de animación, pesa continuamente como una losa sobre la película el hecho de parecer una película de dibujos animados, aun sin serlo. Aceptaré que sea un prejuicio por mi parte, pero creo que en nada favorece al film y más bien provoca --o provocará-- el rechazo de buena parte del público. Y más aún si tenemos en cuenta que la película cuenta con un reparto muy atractivo: Keanu Reeves, Robert Downing Jr., Woody Harrelson, Wynona Ryder, Rory Cochrane... Aunque se hace difícil enjuiciar su labor bajo las características del film, parece que todos están muy bien en sus respectivos personajes, y si no lo están, no nos enteramos.
Ésta es la salvedad que se le ha de hacer a un film que principalmente debía apoyarse en la labor de los actores --y más cuando, repito, se tiene un reparto como el aquí ofrecido-- que encarnan personajes tan complejos como los creados por Dick en esta novela tan personal. En todo caso, a su favor hay que decir que si los propios actores --y ya sabemos lo narcisistas que son los actores-- aceptaron el dibujado, pues debían confiar en el director y en el proyecto. Que el resultado no sea desastroso no impide lamentar lo que pudo ser la película filmada en imagen real (pueden verse algunos momentos en los extras del DVD). Me da la impresón de que el tono, en ese caso, hubiera sido aún más claustrofóbico y negro de lo que es, y quizá eso fue lo que se quiso evitar. El resultado es una película que, como digo, es respetuosa con la obra adaptada, tiene un tono inesperado para lo que se supone es una película de ciencia ficción --recuerda al cine de ese género anterior a 1977...--, pero incomodará a muchos, sin duda, debido a su planteamiento visual. ¿Quizá era la manera de "suavizar" una historia tan cruel y amarga? En fin, a mí no me hubiera importado que fuese cruel y amarga.
March 27 AUTORES OLVIDADOS (22). JOSEP POUS I PAGÈS Y JAUME VILANOVA: Teatro catalán(c) 2006 by J.C. Planells
El teatro suele reflejar a la sociedad de su tiempo y su problemática. También ofrece entretenimiento, claro, pero incluso éste refleja la época en que fue escrito y producido. Da lo mismo si hablamos de principios del siglo veinte, mediados de siglo los años setenta o cuándo. Y no es lo mismo el entretenimiento servido por Arniches que por Paso (desde luego, no es lo mismo, eso seguro; véase mi ensayo en 5 capítulos en este blog sobre Paso).
Al teatro catalán en este sentido le pasa lo mismo que al castellano, al francés, al italiano o al americano: se olvida lo que era puramente coyuntural, de su tiempo, sin proyección de futuro o pervivencia. No hay mayor diferencia. Quedan los clásicos, representados con alguna frecuencia, editados con cuidado, anotados, estudiados: Sagarra, Guimerà, Rusiñol... Grandes textos clásicos, teatro inmortal. Pero, ¿y los olvidados? ¿Es justo que hayan sido olvidados? ¿Es justo que no se les edite, represente, estudie? ¿Que no se les rinda un pequeño homenaje? En muchos casos, es bastante más que un poco injusto.
En el título de este capítulo de la serie "Autores olvidados" uno a Josep Pous i Pagès con Jaume Vilanova como podría haber elegido y unido a cualesquiera otros; a Josep Escobar, por ejemplo, creador de los personajes de tebeo Carpanta y Zipi y Zape, y que hizo sus pinitos como autor (y actor) de teatro, en comedias amables, divertidas, originales: A dos quarts de 7..., rapte! o Assaig general. No le daba dinero (o muy poco) pero se divertía mucho haciéndolo. O a Carles Soldevila, autor respetado y respetable de comedias con mensaje social: Civilitzats, tanmateix. O a... Vaya, bastaría con coger el catálogo de la Llibreria Editorial Millà y empezar a copiar nombres de su extenso fondo teatral en catalán. Así que para comodidad mía elijo a dos autores para que los representen a todos ellos: un dramaturgo, Josep Pous i Pagès, y al autor de Jo serè el seu gendre, Jaume Vilanova, que con esta comedia logró un gran éxito. Joan Pera aún la representó hace algunos años para televisión pero en una adaptación resumida y, por tanto, desdeñable.
Estos dos autores, y sus coetáneos respectivos, tanto en la comedia como en el teatro dramático, social, policiaco, comedia de salón, y todo lo que se quiera, lo mismo de antes de la guerra civil como --muy principalmente-- de después, del teatro escrito y estrenado en catalán durante los años cincuenta y sesenta, mantuvieron viva la escena catalana. ¿Su recompensa? Pues, como era de esperar, la misma que a los intérpretes de la Nova Canço: ni caso y olvido total. Los departamentos de Cultura de la Generalitat, da igual de qué partido fuera el Govern de turno, se dedicaron a repartir subvenciones entre amiguetes y amigos de amiguetes (sobre todo --o únicamente- si tenían algún carnet de partido; tengo al respecto una anécdota que se irá conmigo a la tumba), y a ignorar a quienes trabajaron en muchos casos por amor al arte escénico durante los años de oscuridad, y ya no digamos a sus antecesores. Sagarra, Guimerà o Rusiñol fueron los clásicos indiscutidos, pero en la escena catalana hubo aportaciones de ilustrísimos secundarios en el género dramático. Pienso en L´endemà de bodes, quizá la mejor pieza de Pous i Pagès, no representada ni reeditada desde hace muchísimos años como ejemplo de tantas otras que podría poner. Es una obra de 1904, enclavada en lo que se llama "drama rural", que tantos autores cultivaron (lo mismo en el teatro castellano que en el catalán) durante las dos o tres primeras décadas del siglo XX, en parte porque la España (y la Cataluña) rural era aún algo vivo y palpitante, en contra de una aún incipiente España (y Cataluña) urbana. La España y la Cataluña rurales daban lugar a dramas como La Malquerida de Benavente, o Terra baixa, de Guimerà. Curiosamente, fue la novela española de posguerra la que heredó esa temática, para desesperación de muchos lectores. En fin...
En cuanto a Jo serè el seu gendre, comedia de Jaume Vilanova estrenada ya en otra época, en 1956, es representativa de la comedia catalana típica: una comedia amable, risueña, con tipos divertidos, humor blanco; por cierto, esta popular obra nunca fue editada en colección alguna. El humor guarro y chabacano, ese humor cochino de mucho teatro castellano de los sesenta y setenta (y también francés, todo hay que decirlo) no existió en la Cataluña ni antes ni después de la guerra civil. Quizá porque Joan Capri marcó como actor lo que debía ser el teatro cómico catalán desde muy temprano; él no interpretó Jo serè el seu gendre, pero entra dentro de ese tipo de humor y de teatro. La notable obra de Pous i Pagès nos sirve como muestra del drama olvidado catalán; la pieza divertida y amable de Vilanova nos sirve como muestra de esa comedia catalana de posguerra (o de preguerra, que también la hubo). Son nuestros dos clásicos menores representativos de tantos y tantos autores que escribieron drama o comedia sentimental o de humor o de costumbres con honestidad y para un público concreto y a veces en circunstancias difíciles. Todos han sido olvidados. Se les olvidará más aún, y ya ni siquiera la librería Millá prosigue con su estimable, qué digo estimable: formidable colección, verdadero archivo del teatro catalán durante los años del franquismo. Todos estos autores merecen nuestra estima y nuestro recuerdo. Yo me permito simbolizarlos en estas dos obras de dos géneros opuestos y en estos autores de dos épocas distintas. Seguramente, otro aficionado y conocedor del teatro catalán hubiera elegido otros dos textos y otros dos autores, pero el espíritu sería el mismo: respetar a los autores que contribuyeron con su trabajo a aportar honestidad y fuerza al teatro. La "política cultural" --otra imposibilidad semejante a "música militar" o "inteligencia militar"-- les menosprecia. Y suerte tenemos de que no pueden menospreciar a Sagarra, Guimerà o Rusiñol, que si no...
March 25 EL MEJOR DEPENDIENTE DEL MUNDO(serie Relatos autobiográficos - 16)
(c) 2007 by J.C. Planells
Los relatos de tiendas fantásticas donde se venden objetos imposibles son un clásico de la narrativa fantástica. En la vida real parece ser que esto no existe, lo cual no deja de ser una lástima, pero hay que aceptarlo. Asimismo, en el teatro catalán fue muy popular a finales de los años cincuenta y sesenta una comedia titulada El millor dependent del mon. No puedo decir que yo haya conocido tiendas mágicas, porque no sería cierto, pero sí he conocido a lo largo de mi vida un buen montón de tiendas algo raras, desde luego; y en cuanto a lo del "mejor dependiente del mundo", pertenece también a otras épocas y a otra clase de tenderos y de dependientes. Todo esto ha desaparecido; me refiero, claro, a los "mejores dependientes del mundo", puesto que las tiendas mágicas ni siquiera llegaron a existir. Supongo...
La primera tienda extravagante --por llamarla así-- de la que tengo memoria estaba en las Ramblas, cerca ya del puerto y a mano izquierda. Se llamaba Comercial América, y era un pequeño comercio de discos y electrodomésticos. La descubrí cuando tenía diecisiete años, si mal no recuerdo, y acudía a echar un vistazo a los discos de música catalana que tenían, pues un amigo me había avisado que allí aún había discos de la editora Orpheum (creo que se escribía así), desaparecida años antes pero de la cual allí y en Manhattan de Diagonal aún se podían encontrar algunos restos. En esa tienda había dos chicas y un hombre, de edades más o menos parecidas, alrededor de los treinta, o sea, mayores que yo. Y mientras yo estaba tan tranquilamente mirando los discos, ellos tres estaban hablando de sexo puro y duro y poniéndose calientes a base de bien. Yo acababa con unas erecciones descomunales y unos ardores que mejor no contar. Y no hablaban en voz baja, no, sino en voz bien alta. "Lo que te tiene que dar gusto es que te metan el puño en...", es una de las frases que recuerdo, además de que el hombre le había visto el culo a Massiel antes de que fuera famosa (todo esto ocurría hacia 1967, más o menos). A mí lo que me sorprendía era cómo se iban calentando entre los tres, manoseándose y contándose confidencias cada vez más ardorosas, sin preocuparse de los clientes que hubiera en la tienda, como si creyeran que éramos sordos. Cuando elegía el disco que me interesaba, venía una de las dos dependientas, la mar de amable, a cobrarme, mientras el hombre y la otra chica seguían con lo suyo: "Pues cuando te la metan por... verás como te gusta". "Ay, calla que he mojado las bragas". "Sí, pues cuando notes cómo te baja por el cuerpo la...". Esa tienda desapareció hace décadas, y debo decir que la echo de menos (aunque no sé por qué).
Mis primeros discos los compraba en Radio Pelayo, que estaba al inicio de la calle Pelayo, donde hoy hay un salón de juegos o así. El dependiente era gay --en esa época se los llamaba "invertidos"-- y a la que me veía entrar corría a atenderme, cosa que a mí no me entusiasmaba mucho. Me cogía la mano a cada momento, me preguntaba si tenía cepillo limpiadiscos y aunque le decía que sí, no se lo creía y me empezaba a explicar cómo se usaba, para lo cual seguía cogiéndome de la mano. Yo creo que le debía de gustar. Manhattan, un comercio de electrodomésticos y discos de la Diagonal, cerca de Via Augusta, que ya he mencionado, era una especie de archivo musical: tenían todos los discos que se habían publicado en España, incluyendo los de editoras desaparecidas ya para entonces. Me lo había comentado Jordi León, que por entonces empezaba a ser compositor e instrumentista, y estaba empeñado en encontrar discos del sardanista Mas Ros publicados por una de esas editoras (y en chorizarlos dentro de una cartera que llevaba para eso, lo que a mí me ponía de los nervios cuando iba con él).
Probablemente el comercio más insólito sería la diminuta papelería-librería de Lorenzo de Arabia, de la que ya hablé en el capítulo 2 de esta serie ("Cómo timaron a Lorenzo de Arabia"). Lorenzo de Arabia se merecería toda una novela para describir su tienda (su trapería, como la llamaba Sergio), pero dudo que lo creyera nadie y no me apetece en lo más mínimo hacerlo. No recuerdo si mencioné que Lorenzo vendió pornografía durante los años del franquismo, es decir, hacia 1966, que fue cuando lo conocí, y hasta que la cosa ya dejó de interesar con la apertura de los sex-shops. En efecto, algunos amigotes suyos --uno de ellos era de la Guardia de Franco-- le traían ejemplares de Playboy, Loui, Penthouse y otras revistas de más "calado", y él las vendía a una clientela fija. Poco a poco fue ampliando horizontes y consiguió revistas guarronas suecas. Un cliente fijo suyo era Roca, un taxista que estaba como una cabra y venía con gran frecuencia a "mirar fotos de mujeres en pelotas, señor Llorens". Lorenzo lo trataba despiadadamente, aprovechando la amistad y la tontería del taxista, un infeliz cuyas únicas aficiones eran las carreras automovilísticas antes de que Fernando Alonso fuera inventado, y mirar recortes y fotos de señoras enseñando la rajita. Lorenzo, en vez de fotos de señoras en pelotas, le sacaba fotos de gatos, de muebles o de caballeros anunciando gabardinas para tomarle el pelo un rato. "Llorens, no me haga perder el tiempo. ¡Quiero fotos de mujeres que enseñan el pelo!" Y Lorenzo le sacaba fotos de una revista de peluquería con peinados de moda. Roca se ponía furioso. "¡Quite eso! ¡Yo las quiero desnudas y enseñando el pelo de abajo!" "¿El pelo de abajo?", preguntaba Lorenzo, haciéndose el idiota. En fin, la cosa duraba entre diez minutos o así, con Lorenzo tomando el pelo a Roca y Roca ponéndose histérico, hasta que finalmente le sacaba fotos bien guarras, recortadas de una u otra revista porno. Luego, claro, discutían por el precio: que si es caro, que si lo encuentra caro, lo deje, que si esto y lo otro.
Como la tienda era tan pequeña como un sello de correos, los clientes de la pornografía lo tenían difícil para mirar fotos de hombres y mujeres haciendo la caidita de Roma o ejemplares y recortes varios del Playboy sin que el resto de clientela normal de la tienda lo notase. Allí, más de cinco personas de pie no cabían. A Lorenzo, obviamente, le ponía negro que los "gamberros del barrio", como los llamaba, vinieran a estorbar. Pero en realidad era el propio Lorenzo el que armaba más follón con sus broncas al pobre Roca y a este y al otro; y en cuanto a los "gamberros del barrio", todos eran ex dependientes suyos de la época de Navidades. En fin, ya comenté lo relativo a ese majadero en aquella historia.
No todas las papelerías eran como la de Lorenzo. En la Gran Via, muy cerca de donde trabajé durante trece años, estaba la Papelería Sala, a la que Parés (alias el Pastillitas, véase "Las oficinas siniestras") me mandaba de cuando en cuando a comprar alguna tontería. Por supuesto, teníamos un proveedor de material de oficina --cuyo representante pasaba una vez o dos al mes, un tío pesado como él solo--, pero a Parés le gustaba ir a comprar algo a la Papelería Sala porque le daban pena. Era una tienda enorme, verdaderamente enorme, atendida por tres ancianos, dos hombres y una mujer --el dueño y dos empleados--, que rivalizaban en ancianidad. Pese a lo grande que era, casi nunca tenían nada de lo que queríamos, y resultaba divertido. El señor Sala era un botiguer a la antigua, de esa clase de botiguer que se ha extinguido ya hace décadas. Prácticamente se partía la espalda a reverencias al verme entrar y casi tocaba el suelo con la frente.
--¡Hombre, ya está aquí este joven tan simpático y tan agradable! --decía--. ¡Pida, pida, que le atenderemos! ¡Qué agradable ver a clientes tan distinguidos en nuestro comercio!
Yo pedir, ya pedía, pero las más de las veces el género estaba agotado o no lo tenía en aquel momento. Ello no disminuía la cantidad de reverencias y parabienes.
--¡Aquí estamos para servirle, caballero! ¡Para servir a todos los caballeros agradables y simpáticos como usted y el señor Parés! ¡Y a esta señorita tan agradable y joven y sonriente que acaba de entrar! ¿Qué desea la señorita? ¿Una hoja de cartulina rosa? Pues precisamente se nos ha acabado la cartulina rosa. Créame que yo y mis compañeros y colaboradores estamos desolados de no poder servir a una señorita tan agradable y tan simpática como usted. Por lo demás esta tienda y yo mismo, su humilde servidor, estamos a su servicio para todo cuanto desee. Nos honramos con una clientela tan joven, tan agradable, tan distinguida.
No había, pues, nada más opuesto al estilo "Lorenzo de Arabia", que solía broncar a los clientes incluso antes de que hubieran salido de la tienda si lo que pedían no lo tenía o lo que tenía no les gustaba, como ya conté en aquel capítulo.
--¡Estúpidos de mierda! --decía en voz bien alta Lorenzo de Arabia al cliente que no había comprado y salía directo hacia la parada del metro que había justo ante la tienda (no entiendo cómo no le oían)--. ¡Entran a molestar y para hacer la puñeta! "Ay, esto no me gusta, esto no es lo que quiero, oh qué caro, oh qué barato y seguro que es malo" --gritaba, fingiendo la voz--. ¡Si ni saben lo que quieren estos burros! ¡Payeses, que son unos payeses que bajan a la ciudad el sábado para molestar en las tiendas y hacer perder el tiempo!
--Un día te van a oír --le decía yo.
--¡Pues que me oigan! --replicaba Lorenzo de Arabia--. ¡A ver si así dejan de venir tantos burros por la tienda!
--Pues te quedarás sin clientes --contestaba yo.
--¿Clientes? ¿A esos estúpidos de mierda llamas clientes? Anda, vete a paseo tú también. Eso no son clientes, son burros que no tienen ni gusto y van a molestar a las tiendas. "Ay, yo no lo queria así, lo quería asá, ay, guárdemelo que ya pasaré" --volvía a fingir la voz--. ¡Qué van a saber lo que quieren! Mira, el que faltaba, el Roca.
Entraba el taxista, Roca, para lo de siempre.
--Señor Llorens --decía, con santa paciencia, porque ya se lo veía venir--, quiero fotos de mujeres en pelotas y no me haga perder el tiempo como hace siempre.
--Pero si usted no hace nada qué tiempo va a perder. Si se pasa el día viniendo aquí a comprar revistas...
--Eso no es verdad --decía Roca--. Esta semana es la primera vez que vengo...
--Oh, qué embustero es. Qué cara más dura tiene. Si viene cada día.
--¿Quiere hacer el favor de no hacerme perder el tiempo? Venga, enséñeme fotos de mujeres en pelotas.
--No sé qué es eso.
--Ya empezamos --bufaba el pobre Roca--. Señor Llorens, usted es muy de la broma pero yo tengo prisa. ¿Me quiere enseñar esas fotos que guarda arriba?
--¿Arriba? --repetía Lorenzo de Arabia poniendo cara de ingenuo y señalando el techo con el dedo--. ¿Arriba de dónde?
Roca estaba a punto de perder la paciencia con tanta tontería. Y es que Lorenzo se complacía con cierto sadismo en hacerla la puñeta. Finalmente, subía la escalera hacia el altillo de la tienda --siniestro y lúgubre lugar digno de una película de terror en el que se almacenaban secretos oscuros que ni él mismo conocía y que a mí me tenía realmente aterrorizado--, y bajaba con cuatro recortes que le enseñaba a Roca.
--¡Esto no, señor Llorens! --protestaba indignado Roca--. ¡Fotos de tíos no! ¡Quiero mujeres abiertas de piernas que se les vea todo bien claro!
Entonces entraba una vieja a comprar un sobre para enviar una carta y Roca tenía que esconderse como mejor podía para mirar las fotos de mujeres despelotadas. Llorens a lo mejor se tiraba un rato de tertulia con la vieja si era del barrio. Le encantaban las viejas por motivos que ignoro y hacer el cotilla. Le encantaban las mujeres hombrunas (era fan total de Joan Crawford y me criticaba porque a mí sólo me gustaban las rubias).
(Debo decir que hace unos años me enteré de la muerte del infeliz taxista Roca. Murió de la manera más tonta del mundo, al salir del taxi un momento para entrar en una tienda a comprar algo. Lo atropelló un coche que venía a toda pastilla y murió en el acto. Ese hombre era una buena persona, feliz y alegre con sus fotos porno y sus carreras de coche, y siempre estaba alegre y sonriente, aguantando las putadas y burlas de Lorenzo con paciencia.)
En fin, Sala y Lorenzo de Arabia eran la noche y el día. Cuando la papelería del señor Sala cerró, a veces me lo encontraba paseando por la Gran Via, bastón en mano, y me saludaba con el mismo afecto y ceremonia de siempre:
--¡Hombre, aquí está ese joven tan agradable! Yo, ya ve, jubilado y paseando un poco. Me llevo el bastón para no ir solo, pero en realidad no lo necesito --y hacía unos pasitos de baile con el bastón, como un Fred Astaire, risueño y feliz.
Pues sí, era otro tipo de botiguer desaparecido con el tiempo. Comerciantes y tenderos que hacían de la venta al cliente un rito casi.
Las tiendas especializadas para coleccionistas de libros, revistas, cine o lo que sea, siempre han sido proclives a ser comercios un tanto estrambóticos (Lorenzo de Arabia se especializó en cine en los últimos tiempos de su tienda, como un añadido a la papelería y los cuatro libros de mierda que vendía; fue entonces cuando Sergio la llamaba siempre "Trapería Llorens" en sus narices). En la calle del Carme, cerca de Riera Alta, hubo una tienda especializada en no sabría decir muy bien qué. ¿Postales? ¿Cancioneros? ¿Fotos de cine? ¿Revistas de cine y de música pop? ¿Discos antiguos? Bueno, sí había todo eso y más. Desapareció hace años, como el mismo edificio, echado abajo en esas "modernizaciones" del camarada Ayuntamiento. Bien, allí puso un comercio medio de trapero, medio de coleccionista hortera, un tal Ángel con su madre. Luego sustituyó a la madre por su fulano. Luego la madre y el fulano coincidían a veces y aquello parecía un sainete andaluz de los hermanos Quintero. Luego decidió sustituirse a sí mismo y se hizo travesti con el nombre de Lucía.
Era un show, como digo, cuando coincidían Ángel, su novio y la madre de Ángel. Yo a veces me demoraba un rato fingiendo mirar el género para no perderme detalle de los espectáculos que se montaban en la tienda. En cierta ocasión, la cosa fue más o menos así (al novio de Ángel lo llamaré Ramón, pues nunca supe su nombre, y a la madre de Ángel, señora Carmen, para mejor entendernos):
ÁNGEL.- Vaya horas de venir tú también, prenda.
SRA. CARMEN.- Hoy que tenía que ir al hospital y habías de abrir tú la tienda, Ramón... ¿No te lo dijo Ángel?
RAMÓN.- ¡Ay, señora Carmen! ¡Por dios, qué sufrimiento! ¡Si sólo me he retrasao unos segundiyos ná más!
ÁNGEL.- Y aquí esperando para llevar a mi madre a la clínica a que la reconozcan.
RAMÓN.- (arrodillado ante la señora Carmen) ¡Señora Carmen! ¡Yo le juro por el manto de la Macarena que no lo sabía! ¡Le juro por las estrellas de los cielos que Ángel no me dijo nada!
ÁNGEL.- Sí te lo dije.
SRA. CARMEN.- Te has portado muy mal, Ramón, con lo que yo te he tratado como un hijo. Yo tenía que ir al médico, y por abrir la tienda y esperarte no hemos podido. Con lo que sufro...
RAMÓN.- (desesperado, se rasga la camiseta luciendo el pelo del pecho y clama al cielo) ¡Por Dios se lo pido, señora Carmen! ¡No me diga usté eso! ¡Le juro por la Virgen de las Angustias que ná sabía! ¡Si usté es como una madre pa mí! ¡Si Ángel me hubiera avisao yo habría estao aquí antes de la hora, se lo juro, señá Carmen!
SRA. CARMEN.- Ay, hijo, te creo, porque sé que tú eres bueno, pero Ángel no te cree.
ÁNGEL.- Te lo dije anoche, que vinieras a abrir tú porque debía llevar a mi madre al médico.
RAMÓN.- (se pone en pie, da pasos rápidos por la tienda, suda y se sofoca) ¡Ay, Dios mío, que me va a dar algo! ¡Que no me dijiste ná, Ángel! ¡Ay, señá Carmen! ¡Ay, Jesús del Gran Poder! (sale disparado de la tienda como si lo persiguieran)
ÁNGEL.- Ahora ya no podemos ir a la clínica porque es tarde. A ver mañana.
SRA. CARMEN.- Ay, ay, ay, cómo sufro. Yo creo que no lo ha hecho aposta, se habrá olvidado, si Ramón es como un hijo pa mí.
ÁNGEL.- A saber dónde estaba pendoneando en vez de venir a la tienda.
RAMÓN.- (entra portando un ramo de claveles o de violetas o de cualquier clase de flores, se arrodilla ante la señora Carmen y se las ofrece) ¡Tome usté, señá Carmen! ¡Acépteme estas flores, que usté es como una madre pa mí! ¡Que yo de verla así sufrir, sufro también y me descompongo! ¡Por Dios que no sabía nada, que Ángel se olvidó de decirlo! ¡Si usté es como una madre pa mí y verla sufrir es como si viera sufrir a mi madre, que Dios la tenga en su gloria!
ÁNGEL.- Eres un malage.
SRA. CARMEN.- Yo te perdono, Ramón, es éste que no te cree...
RAMÓN.- (en pie y mesándose los cabellos desesperado y paseando por la tienda como fiera enjaulada) ¡Ay, que me muera yo ahora mismito si no es usté como una madre pa mí, señá Carmen! (sale a la calle y grita de dolor, vuelve a entrar y se arrodilla ante la señora Carmen y besa el borde de su falda)
Y así iba siguiendo la cosa. Ya me imagino que más de uno pensará que soy un exagerado. Pues lo siento: en realidad, me he quedado corto; la vida real suele ofrecer en ocasiones espectáculos tan increíbles y ridículamente divertidos, que a su lado cualquiera de mis episodios de la serie Harold Smith parecería escrito por Ingmar Bergman.
Supongo que los clientes más o menos habituales saldrían un tanto mareados de tanto show y tanto transformismo como se ofrecía en aquella especie de tienda-trapería. Algún gracioso, o quizá un despistado, debió de preguntarle a "Lucía" que dónde estaba su "hermano" Ángel, sin duda. Con los travestis ocurre que cuando los has visto o conocido como tíos, ya no los puedes soportar como mujer (y al revés, claro). A ese Ángel lo vi hace varios años por última vez, cerca de casa, en su versión travesti y con el fulano de turno (ya no era el extrovertido Ramón, ese que armaba unos dramas tremendos hasta para tomarse una taza de café), sentados ambos en la terraza de un bar. La tienda y el mismo edificio donde estuvo situada ya había desaparecido hacía tiempo, así que supongo se dedicaría a otras cosas. Ángel, como mujer, era algo así como un horror. Claro que el horror podía proceder de haberlo conocido antes como hombre, aunque lo cierto es que como hombre ya era un pelín desagradable físicamente. Lorenzo de Arabia me contó aventuras suyas poco después, al decirle que lo había visto cerca de casa; aventuras que le escandalizaban mucho, aunque a ese borrego todo le escandalizaba: que si estaba enganchado a las drogas (o el fulano, no recuerdo) y se iba a hacer la carrera al lado del campo del Barça para sacar dinero para comprarlas --ese lugar por la noche se llena de damas y travestis ganando honestamente el pan con el sudor de diversas partes de su cuerpo--; que si lo habían echado de no sé dónde...
Una de las últimas veces que había pasado por la tienda-trapería de Ángel (ya en su versión Lucía), lo vi de charla con Deborah, otro travesti ya madurete. Deborah también iba por la tienda de Lorenzo desde que empezó a vender fotos y revistas de cine, y yo ya le había avisado a Lorenzo de que era un travesti; no por que lo supiera de manera, ah, directa, sino porque se notaba cantidad; ya lo comenté de pasada en "Cómo timaron a Lorenzo de Arabia", así como que Lorenzo no lo creía; o no quería creerlo, que no es lo mismo. Sergio se descojonaba con eso, porque él sí lo notaba que era un travestón de cuidado. Todo el mundo lo notaba menos Lorenzo (o no quería admitirlo, como tampoco quería admitir que Tony Curtis estaba enamorado de su hermana en la película Sweet Smell of Succes, que a dos personajes les sodomizaban bien visiblemente en Deliverance, que en cierta foto reproducida en Hollywood Babilonia a Carmen Miranda se le veía el patatón, que en A la caza se veía una escena al fondo de fist-fuckin..., etc. etc. etc.; se negaba a admitir la evidencia y decíamos que éramos unos burros por ver fantasmas). En fin, le conté que había visto a Deborah charlando en la tienda con Ángel, o sea, "Lucía", y a ver si después de eso aún seguía creyendo que Deborah era una mujer. Pues, sí; lo seguía creyendo y pensaba que Sergio y yo éramos unos papanatas que le queríamos tomar el pelo.
En la misma calle de Carme hubo una tienda de coleccionismo de comics y libros de género desaparecido hace bastantes décadas cuyo dueño tenía una mala hostia impresionante. Gritaba, bramaba y se negaba a enseñar nada a los clientes. ¿Extraño? No, la mar de normal. De hecho, tiendas de coleccionistas donde se abroncaba a los clientes y se les negaba el género he conocido las suficientes como para escribir una novela entera. Ninguna de ellas existe ya, lo que no es extraño. En una de ellas, el género --o parte del género-- sólo se mostraba a según qué clientes, a escondidas y como si de oro en barras se tratase. Un chico que coleccionaba todo lo relacionado con John Wayne estaba furioso con cierto botiguer porque le ocultaba la mayor parte de lo relacionado con su actor favorito para mostrarlo antes a otros, que por cierto, no le compraban nada.
No sé si hoy en Barcelona habrá tiendas tan extravagantes y tenderos tan extraños como en mi época. Creo que no, porque todo cambia, y el comercio y las tiendas también. Figuras como Lorenzo de Arabia son ya irrepetibles (lo cual acaso sea una mejora). Al menos no conozco ningún comercio reseñable por su extrañeza desde hace más de quince años. ¿Hemos salido ganando?
Las tiendas desaparecen incluso de la memoria; en mi calle hubo un colmado (el colmado petit lo llamábamos) en que el género estaba casi podrido pero te lo endosaban como bueno. "¡Mire qué maravilla!", decía el botiguer, pasándote por la cara una col agusanada. Una heladería donde una chica llamaba Marcelina --clienta de la tienda de Lorenzo durante los veranos-- decían que se desmayaba de golpe. Bueno, esto lo decía Lorenzo, o sea que no sé si es creíble. Una tienda de electrodomésticos en la calle Hospital, allá por el número 100, donde según un cobrador de aquella casa de electrodomésticos en la que trabajé, el "negocio" se hacía en la parte trasera de la tienda. Había a veces tiendas donde vendían libros o discos desaparecidos años ha (lo que hoy es impensable). Traperías misteriosas en la calle Cerdeña. Una editorial de una pequeña revista que era literalmente otra trapería. Fui con el pesado de Bargalló (véase "El contrabandista de café") y me quedé de piedra al ver la editorial; la señora había enviudado de su marido --el editor-- hacía poco y Bargalló, del que ya dije que era bobo integral, le quería comprar una colección entera de su publicación, una revistilla modestísima llamada Carnet del sardanista. Se escandalizó al ver que la viuda era una señora castellana y el fallecido editor editaba una revista en catalán. Cosas del independentismo cerril...
Las tiendas hoy son aburridas. Las de coleccionistas las más aburridas de todas. No hay un Lorenzo de Arabia, ni un Ángel que cambie su "decoración" personal cada semestre; puede que no haya clientes como el taxista Roca ni señores llamados Sala. Comprar hoy es aburrido. No hay color. No me extraña que la gente compre por internet.
FIN.
March 24 LA LÁMPARA ROJA, de Arthur Conan Doyle(c) 2007 by J.C. Planells
Este curiosísimo libro de Conan Doyle, editado ahora por Alba, fue publicado originalmente en 1894, es decir, en su mejor época como escritor. Se subtitula "Realidades y fantasías de la vida de un médico", y está formado por quince historias, de las cuales sólo unas pocas son abiertamente ficción o ficción fantástica, entre ellas las ya aparecidas en otras ediciones (principalmente de Valdemar): "Un veterano de 1815", "El caso de lady Sannox", "El lote número 249", y la inédita "El desastre de Los Amigos". el resto son más que relatos propiamente dichos, apuntes sobre lo que constituye la carrera de un médico, las rutinas que jalonan su diaria actividad profesional, los conflictos con los pacientes o con otros médicos, las anécdotas --a veces sorprendentes-- vividas... Es pues un Conan Doyle casi cotidiano, casi minimalista a veces, y sin embargo de una efectividad literaria admirable. Es muy probable que parte de las historias --anécdotas, de hecho-- aquí narradas sean fruto de su propia experiencia personal, adquirida durante el breve tiempo en que ejerció la medicina, puesto que estas historias --apuntes al natural como los esbozos que un dibujante trazaría a lápiz para dejar algo grabado en su memoria-- respiran tal autenticidad que el lector casi se ve en la consulta del médico de turno, viajando con él por las calles llenas de barro, a la luz de un atardecer tranquilo... No hay aquí --con la excepción de los relatos ya mencionados de tipo fantástico, así como de "Cuestión de diplomacia", que narra una historia sentimental endonde la medicina es sólo secundaria-- ni argumentos ni historias en el pleno sentido de la palabra: son sólo momentos de vida lo que se nos narra; la apertura de una consulta, los temores del primer día de un médico en ella, el primer paciente, la rutina de un parto para el médico pero no para el nervioso padre, charlas entre colegas al calor de una chimenea en un club, el médico viejo y el médico joven, la primera operación... Detalles pequeños, cotidianos, de vidas sencillas y de una profesión que convierte lo azaroso en rutina para seguir adelante. Hay humor y dolor entremezclado en ellas, de manera indistinta, pero todas están presidida por una convicción y un cierto tono como de añoranza nada disimulado, así como el respeto por todos los personajes que aparecen en ellas.
¿Libro menor en la amplia producción de Conan Doyle? No; libro distinto, sí, por cuanto no pertenece a un género concreto de los muchos que cultivó. Libro realmente disfrutable por su autenticidad. Puede considerarse quizá que los relatos de tipo fantástico con tema médico rompen un poco el ritmo, pero, ¡qué importa!
March 23 TODO ESTO TE DARÉ (y 2) De inmediato, un hedor desagradable atacó mi olfato. O las pastillas que me había tomado al salir de casa para prevenir los olores del mercado habían cesado de surtir su efecto, o bien aquella casa despedía una peste tan inmensa que anulaban por completo sus efectos. No lo supe a ciencia cierta, pero más tarde me incliné por esto último. Ese hedor me tomó por sorpresa, como si me hubieran dado un mazazo en la cabeza; incluso me tambaleé ligeramente mientras oía cerrarse a mi espalda la puerta del piso y de nuevo el ruido de cadenas y pestillos asegurándola.
La casa debía de ser muy vieja, como todas las de aquel barrio, pero no pude ver prácticamente nada puesto que se encontraba a oscuras; tan sólo una ligera claridad procedente de un pasadizo, cuyo extremo debía de dar a algún patio interior o alguna balconada, y por donde conseguía colarse el alegre sol de la mañana. Esa luz me permitía ver pesados muebles llenando el recibidor en el que nos encontrábamos el hombre y yo, unas puertas abiertas que debían de conducir a respectivas habitaciones a lo largo del pasillo y otra puerta más, cerrada, que calculé sería la de la cocina.
El hedor que seguía infiltrándose por mi nariz hablaba de suciedad, de porquería, de cerrado, de humedad y quizá de algún cadáver de animal. Ratas, por ejemplo, las cuales no resultaban nada infrecuentes por aquellos sectores (ni de hecho por ningún otro de la ciudad). Me estremecí al imaginar lo que podrían significar acaso las ratas en la guarida, o la casa, de aquel hombre.
--¿No enciende la luz? --pregunté, molesto.
Se oyó una risa cascada.
--No hay luz en esta casa. La cortaron hace años.
Me resigné. En la penumbra apenas barrida por la claridad procedente del pasillo, estudié lo que podía ver de aquel hombre. Distinguía una figura bajita y encorvada, de la cual ni siquiera podía percibir las facciones, aunque sí que se cubría la cabeza con una gorra o una boina. Un ligero ruidito me indicó que se restregaba las manos.
--¿Y esas monedas? --inquirió.
--Las tengo en mi casa...
--¿En su casa? --su voz adquirió un tono chillón y alarmado.
--Naturalmente --dije con premura, temiendo que me echara fuera--. No pensará que las iba a traer por la calle, sin protección alguna. En realidad, sólo quería informarme. Nadie en el mercado parece dedidarse a monedas, pero un vendedor me ha indicado que acaso usted me podría decir su valor aproximado.
--Monedas... tiene usted monedas... Pues, tráigamelas.
--¿Valen mucho? No sé si las que yo tengo son muy valiosas, pero...
--Son monedas. Yo las guardo. Las guardo, ¿sabe? Guardo muchas. Para el día en que vuelvan a servir otra vez.
--Pero...
--Las guardo. Y billetes también. Viejos billetes. ¿Tiene usted billetes también?
--No, sólo las monedas. Unas pocas monedas.
--Bien, está bien. Tráigamelas.
--Bueno, ¿qué me puede dar a cambio? --pregunté sin muchas esperanzas.
--¿A cambio? ¿Qué puedo ofrecerle a cambio? --el hombrecillo se rió--. ¿Qué cree usted que puedo tener?
--No lo sé --empezaba a sentirme fatigado ya--. Dígamelo usted.
--Tráigame las monedas y entonces veremos si tengo algo a cambio para usted.
Y se rió.
--Creo que no lo haré --dije con desconfianza--. Creo que usted no me puede dar nada. Iré a buscar a otra persona...
--¿Otra persona? --su voz se elevó como un chillido de cuervo--. ¿Qué otra persona? ¿Quién cree que le dará algo a cambio de sus monedas? Yo se lo diré. ¡Nadie! ¡Nadie la dará nada! Porque para ellos ahora ya no valen nada. Son simples metales inútiles, sin gracia ni valor alguno. Nadie querrá sus monedas, sólo yo se las aceptaré. Sólo yo les doy valor.
--¿Valor? ¿Qué clase de valor?
El viejo se rió nuevamente.
--Valor. El valor de guardarlas, de atesorarlas. Para tenerlas todas el día en que vuelvan a servir, el día en que el dinero vuelva a circular. Entonces, cuando llegue ese día, yo tendré muchas. Muchas. Mire.
Me pregunté qué esperaba ese viejo imbécil que viera yo en la oscuridad. Pero comprendí que él sí veía, acostumbrado como estaba a ella.
Se aproximó a uno de los muebles.
--Mírelas. Tóquelas --dijo.
Oí un tintineo metálico.
Me acerqué a donde él se había situado, a ese bulto informe que yo había tomado por un mueble. No lo era, y me llevé una considerable sorpresa. Era un saco, un saco repleto de monedas. El viejo tomó mi mano derecha entre las suyas --secas, heladas, huesudas--, y la hundió en el saco, haciéndome acariciar todas las monedas que lo llenaban y comprender de esta manera el enorme montón que lo llenaba. Tanteé con la mano izquierda hacia otro bulto que también había tomado por un mueble y que resultó ser asimismo otro saco repleto de más monedas. Cientos de monedas, miles de monedas, acaso millones de monedas amontonadas en sacos por toda la casa. Me invadió un ligero mareo. ¿Cuántos sacos como aquellos tendría dispersos por la vivienda?
--¿Lo ve? ¿Lo siente? Yo las guardo. Y así, cuando valgan de nuevo, cuando circulen de nuevo, seré rico. ¡Muy rico! Ahora no tengo nada, pero cuando llegue ese momento sí tendré. Tendré mucho. ¡Mucho! ¿Se da cuenta?
Me daba cuenta.
Él continuaba charlando estúpidamente, pero yo me distraje sobresaltado al advertir que una figura se recortaba en el pasillo, junto al umbral de una de las habitaciones. Desde donde yo me hallaba, esa persona podía verme a mí y yo a ella, pero el viejo no la veía. La figura avanzó un poco más, hasta que la bañó la luz que recorría el pasillo, y vi que era una muchacha, una chiquilla, o al menos eso parecía.
Su pelo era largo y oscuro y le llegaba hasta muy abajo en la espalda. Era delgada, muy delgada, y su rostro casi calavérico parecía carecer de color. Su boca de labios finos era alargada, por lo cual daba la impresión de que pareciera estar sonriendo de manera un tanto siniestra. Sus ojos eran muy grandes y parecía como si un perpetuo espanto se los abriera aún más. Llevaba una blusa sucia y rota por diversas partes, desabrochada y permitiendo ver sus escuálidos pechos. Una falda que me pareció azul oscuro, muy corta, por encima de la rodilla, dejaba al aire sus piernas algo más gruesas de lo que podía esperarse debido a su delgadez. Era bajita, aproximadamente un palmo más baja que yo, y calculé que no podía tener más de quince años.
--Yo las guardo y les doy valor. Ellos son unos estúpidos y no han contado con eso. Pero yo sí; yo fui más listo que ellos. Yo las he ido recogiendo y amontonando todas a lo largo de estos años, todas las que encontraba tiradas por la calle, por todas partes; en los vertederos, en las basuras, en los viejos bancos abandonados. En todas partes. Una a una. Y aquí las tengo, esperando pacientemente el momento en que vuelvan a ser útiles. ¿No le parece ingenioso? Nadie ha pensado en hacerlo, estoy seguro.
La chiquilla movió sus labios hasta formar una O al tiempo que se llevaba un dedo a la sien derecha. Me miraba fijamente.
La huesuda y fría mano del viejo aferrando mi brazo me sobresaltó.
--¿Me traerá sus monedas? Me las traerá, ¿verdad?
Aparté la mirada de la chiquilla y la dirigí a las sombras donde el viejo permanecía.
--Sí... bueno, no sé. ¿Qué puede usted darme a a cambio? --pregunté tontamente.
Por el rabillo del ojo capté un movimiento en el pasillo. Volví la cabeza en esa dirección y pude ver que la chiquilla se subía la falda y dejaba su sexo al descubierto. No llevaba bragas. Otra vez sus labios formaron la O y dejó entrever la punta de su lengua entre ellos. Con una mano se masajeó la entrepierna al tiempo que arqueaba la espalda. comprendí lo que trataba de decirme. Comprendí bastante más que eso.
--No tengo nada --medio se quejaba, medio canturreaba el viejo--. No tengo nada. ¿Qué puedo darle?
--¿Vive usted solo? --inquirí con brusquedad.
--Oh, no. Mi nieta vive conmigo. Rosalía. ¿Quiere conocerla?
Capté un brillo en la oscuridad. Los dientes del viejo al sonreír.
--No quisiera molestar --repuse inexpresivamente.
--No es ninguna molestia --dijo él, distraído--. No hace nada. Aquí nunca hacemos nada. ¡Rosalía! --chilló--. ¡Rosalía! ¡Ven un momento!
La chiquilla permaneció inmóvil durante unos segundos. Luego se dejó ver ante el viejo.
--Eso es, Rosalía. Mira, este señor tiene monedas para nosotros, más monedas. ¿Qué te parece?
Ella cruzó los brazos, sin responder.
--Pero estamos siendo poco hospitalarios --prosiguió él--. Este caballero acaso desea tomar alguna cosa. ¿No es así? Le prepararé un líquido.
--¡No, no! Muchas gracias --me apresuré a decir. Pero él ya se encaminaba hacia la puerta cerrada del otro lado del recibidor, que yo había pensado daba a la cocina. La cruzó tras abrirla y nos dejó solos a la chiquilla y a mí.
Nos miramos durante unos instantes. Los ojos de la chiquilla se clavaron en los míos.
--Mátelo --dijo con voz dura.
Me estremecí.
--Mátelo. Mátelo y me voy con usted. Mátelo y lléveme consigo. Por lo que más quiera en el mundo. Mátelo.
Su voz era baja y ronca, mordiendo las palabras conforme salían de sus labios.
--Pero, ¿qué...?
--Yo no puedo hacerlo. No tendría a dónde ir luego. No tengo quien me recoja y cuide de mí. Hágalo usted. Mátelo. Mátelo.
Retrocedió un paso al oír que el viejo regresaba desde la cocina portando un tazón en la mano que colocó entre las mías.
--Bébalo.
Acerqué el tazón a mi rostro con cautela. Él me contemplaba expectante. Desvié la mirada lentamente hacia la chiquilla. Ella separó un poco la blusa y dejó al descubierto su pecho izquierdo; lo tomó con la mano derecha y lo apretó fuertemente, formando otra O con los labios. Comprendí. Comprendí que no me estaba diciendo lo que era el líquido, sino de dónde procedía.
Me asaltó una ligera arcada. Husmeé el tazón. Puede que fueran las pastillas que había tomado, pero no advertí ningún olor. Miré el contenido y removí un poco el tazón. Había muy poco líquido, apenas para un par de sorbos. Cerré los ojos, contuve la respiración y me lo tragué de golpe, rezando interiormente para no vomitar a continuación. Me pareció que tardaba una eternidad en descender hasta mi estómago.
Devolví con torpeza el tazón al viejo.
--Gracias --murmuré.
Él rió y regresó a la cocina con el tazón.
Rosalía dio otro paso hacia mí. Se levantó la falda otra vez y me mostró la mata de pelo que ocultaba su sexo.
--Hágalo por esto. Le daré todo esto. Suyo, será sólo suyo a partir de ahora.
E hizo una mueca de repugnancia como dándome a entender algo concreto.
Sentí calor y esto, junto con el hedor de la casa, empezó a producirme un creciente mareo.
El viejo regresó junto a nosotros.
--Bien, señor. ¿Cuándo me traerá las monedas...?
--¡Nunca! --chilló Rosalía, saltando y plantándose frente a él--. ¡No te las va a traer nunca! ¡Nunca! ¿Lo oyes? ¡Nunca! --y mirándome con una expresión salvaje en la mirada, dijo--: ¡Anda! Díselo. ¡Díselo!
--¡Rosalía! ¿Te has vuelto loca? ¿Qué...?
--¡Díselo y hazlo ya! ¡Hazlo!
El viejo paseó la mirada de ella hasta mí.
--¿Qué...? --empezó a decir.
Rosalía lanzó su mano derecha contra la oreja del hombre, golpeándole con fuerza e incluso haciéndose daño en la mano, lo que la hizo contener un grito. El viejo lanzó un gemido muy débil y se protegió la cara. Rosalía se agachó, tiró de una de las piernas del viejo y le hizo caer al suelo.
El viejo empezó a chillar como un animal herido.
--¡Mátalo! ¡Mátalo ya!
Las piernas empezaron a temblarme.
--Es mejor que no... Dejémosle --dije, débilmente.
Rosalía dio una patada en el suelo.
--¡No! ¡Hay que matarlo! ¡Hay que acabar con el viejo cerdo!
El viejo trató de incorporarse. Rosalía le propinó una patada en la barbilla, lo que le hizo lanzar un ruido gutural y golpearse la cabeza contra las baldosas.
--¡Hay que impedir que se ponga en pie!
No sé cómo, me encontré obedeciéndola. Sujeté las piernas del viejo y me esforcé en no pensar en nada.
Rosalía desapareció hacia la cocina.
--Suélteme, suélteme --imploraba el viejo.
Casi iba a hacerlo cuando Rosalía volvió con un cuchillo de cocina en la mano. Se arrodilló al lado de él. La luz del pasillo se reflejó en la hoja del cuchillo, hiriéndome en los ojos. Aparté la mirada y la dirigí al suelo.
--No...
Rosalía alzó la mano armada. Su rostro calavérico era ahora una máscara de odio inmenso. La hoja bajó rápidamente.
--¡No! ¡Espera! --y solté las piernas del viejo, tratando de detenerla.
La mano descendió y el cuchillo se clavó en el corazón del hombre, escupiendo por la herida un chorro de sangre que pasó junto a mi oreja derecha. Aterrado, aparté la cabeza y me dejé caer al suelo. Luego, medio me incorporé y me quedé contemplando a Rosalía. Respiré agitadamente.
--¿Qué... qué has hecho? --jadeé.
--He terminado con él. Me he librado de él --y dejó caer el cuchillo al suelo, tras sacarlo del cuerpo del viejo. Me miró--. Ahora podemos irnos los dos, juntos.
Me puse en pie, nerviosamente. Rosalía permanecía de rodillas junto al cadáver.
--No puede ser. Estás loca.
--¿No me deseas? --Se echó hacia atrás, quedando tendida en el suelo. Levantó su falda--. Muchos me han deseado por indicación suya. Ahora soy libre para hacerlo.
--Pero...
--Hemos mal comido de mi cuerpo, en todos los sentidos de esa palabra, durante muchos años. He estado esperando y ansiando la oportunidad de escapar de una vez. Pero no podía. Él me encerraba cuando se iba. Y aunque hubiera escapado, ¿a dónde podría haber ido? ¿Dónde hubiera podido refugiarme? --Hizo una pausa--. Sé que estoy podrida por dentro. Debo de tener todas las enfermedades venéreas del mundo. Estoy enferma e infectada. ¡Pero es mejor esto que nada! ¿No?
Nos miramos fijamente.
--Tú estás bien --dijo suavemente--. Debes comer bien. Tienes buen cuerpo y pareces sano.
--Sí, como bien.
--Tú no debes de saber lo que es comerse la propia mierda. Eso es lo que hemos hecho todos estos años, desde que yo recuerdio. Y a veces, ni siquiera había eso para comer...
Sentí que iba a vomitar.
--Tengo que irme --dije débilmente.
Rosalía se levantó con rapidez.
--¡Pero conmigo! ¿Verdad? ¡Conmigo!
Moví un brazo, en torpe ademán.
--No es posible... No puede ser...
--¿Por qué? --chilló con furia--. ¿Por qué?
Calculé si podría lanzarme contra la puerta, descorrer a tientas los pestillos, los cerrojos y las cadenas y echar escaleras abajo antes de que ella se abalanzara sobre mí con el cuchillo. Imposible.
--¡No puedes dejarme así tirada! ¡No puedes!
--Escucha, tengo ya una chica en mi casa y...
Rosalía alzó el cuchillo. Antes de que pudiera impedirlo, se lo clavó en el estómago. Cayó hacia atrás, escupiendo sangre.
Me arrodillé a su lado y tomé su cabeza entre mis brazos. Abrió los ojos y me miró, apaciblemente.
--Era mejor así... ¿no te parece?...
--Pero, ¿por qué lo has hecho? ¿Por qué?
--¿Por qué... no? --repuso.
--Estás malherida... alguien deberá curarte... Te llevaré a un hospital.
Ella rió y escupió más sangre.
--¿Para qué? No... Mejor termina de matarme... lo he hecho muy mal. Quiero... morir rápido... Acabar de una vez.
--No.
Me miró implorante. Comprendí que ya no podía hablar.
--¿Cuántos años tienes? --pregunté.
Abrió la boca y yo aproximé la oreja a sus labios.
--... nce...
Besé su sucia mejilla al tiempo que hundía el cuchillo en su corazón. Murió dulcemente.
Me levanté, sintiéndome como envuelto en un infierno. El cuerpo de Rosalía quedó tendido, sangrando en abundancia. Me di cuenta de que aún tenía el cuchillo en la mano y lo dejé caer como si fuera un hierro candente. Miré como un idiota a mi alrededor y me abalancé contra la puerta, tratando de abrirla. Quité candados y corrí pestillos, pero no se abría. Comprendí que estaba cerrada además con llave y que esa llave estaba en poder del maldito viejo. Tuve que registrarle, conteniendo mis estremecimientos y mi terror lo mejor que pude, hasta dar con ella. Mis dedos y mis manos no parecían responder las órdenes de mi cerebro, como si estuvieran empeñados en seguir las direcciones más contradictorias. Por fin pude abrir aquella puerta y me arrojé materialmente escaleras abajo, hacia la calle, hacia la luz.
Creo que fue ese día, mientras volvía lentamente, cansado, hacia casa, cuando me di cuenta de manera inesperada y brutal de en qué nos habíamos convertido todos nosotros y lo que nos habíamos hecho unos a otros. Y yo no podía excluirme de ese cambio. Encerrado sin siquiera darme cuenta en mi torre de marfil, me empeñaba en pensar que nada había cambiado del todo, que las cosas, o algunas cosas al menos, seguían siendo como antes y que la gente seguía siendo gente en vez de bestias salvajes. Y descubrí que nada de ello era cierto, que yo me había seguido obstinando en verlo todo a través de mi mundo de lujos y comodidades, ignorando al no verlo ni vivirlo lo que les podía acontecer a otras personas. Y me dije que seguramente Rosalía debía de ser un caso vulgar y corriente, y que si escarbase un poco a mi alrededor, encontraría cosas más horribles, más monstruosas e inesperadas. No me sentí con fuerzas. Pensé que de enfrentarme a algo parecido a lo de aquella chiquilla, terminaría también matándome. Me dije que mañana, o pasado, o al otro, lo habría olvidado todo. Confiaba en que así sería, pero, la verdad, no estaba muy seguro de ello.
FIN.
March 22 TODO ESTO TE DARÉ (1)relato inédito, (c) 1982 by J.C. Planells
[Nota: Este relato inédito es el segundo de una trilogía formada por:
1.- "¿Qué me das a cambio?", publicado en la revista Nueva Dimensión, nº 140, 1981.
2.- "Todo esto te daré"
3.- "Mi mujer es también la tuya", publicado en la antología Metamorfosis 1, de Celso Yáñez editor, 1983.
Curiosamente, el segundo, aunque ofrecido en su época a diversas revistas, no se publicó nunca. Según la presentación de "Mi mujer es también la tuya" fue rechazado por "fuertecillo", aunque ciertamente no lo recuerdo. Lo ofrezco aquí en dos entregas. Puede leerse independientemente de los otros dos relatos, pues las peculiaridades del universo de ficción donde ocurren los hechos se explican al poco de iniciarse el relato: un mundo donde el dinero ya no existe, y la economía es de intercambio de posesiones y colecciones de objetos.]
Era una tranquila tarde de sábado.
Si Fuan no se entendía con la televisión. De hecho, nunca se había entendido con ella. Y yo no se lo reprochaba, precisamente. Se sentaba en el diván, frente al aparato, y contemplaba las imágenes (cuando las había) con el ceño fruncido y una expresión vagamente intrigada que en sus graciosas facciones orientales tenía mucho de divertido y que a mí me hacía sonreír con disimulo.
Bien, en realidad era comprensible que esa tarde no se entendiera con el televisor. Algo debía de estar pasando en Prado del Rey. Habían empezado emitiendo una apolillada película de Fred Astaire y Ginger Rogers --bueno, creo que era Ginger Rogers--, y a la media hora de proyección fue interrumpida para ser reemplazada por un documental sobre ballenas. El documental se hizo inusitadamente largo por la sencilla razón de que una vez terminado lo volvieron a pasar de inmediato. Al acercarse a su segundo final, se cortó y en su lugar aparecieron vistas fijas de Sevilla, Córdoba y Málaga, mientras una voz en off nos informaba sobre las graciosas piruetas de una absolutamente invisible patinadora sobre hielo. El extraño mejunge desapareció a su vez y nos encontramos con Fred Astaire y Ginger Rogers --creo que era Ginger Rogers-- besándose bajo un glorioso THE END... para recomenzar acto seguido la película desde el principio.
Si Fuan ha sido siempre una chica muy callada y poco dada a exteriorizar sus sentimientos. No dijo una palabra. Se limitó a levantarse del diván y abandonar la sala en actitud altiva y digna. Yo sonreí y continué ojeando el libro de ilustraciones que reposaba sobre mi mesa. El caos en que se había convertido Televisión Española en los últimos tiempos me tenía perfectamente sin cuidado y, la verdad, tampoco eran peores los programas de ahora que los de mi época. Por lo menos, conseguían despertar un cierto humor negro.
Oí los suaves pasos de Si Fuan que retornaban y su voz me preguntó desde el umbral:
--¿Puedo entretenerme mirando las cosas que tienes en el despacho?
Tenía la costumbre --un tanto molesta a veces, la verdad-- de pedirme permiso para cualquier cosa que deseara hacer: poner un disco, ver la televisión, elegir un vestido, ojear o leer mis libros... Pese a que le había dicho una y mil veces que era dueña y señora de hacer su voluntad en la casa, ella seguía obstinándose en contar con mi visto bueno para lo que fuera. Finalmente, yo daba por inútil cualquier insistencia por mi parte al respecto y la dejaba obrar según su criterio.
--Desde luego que sí. Mira lo que quieras.
Era curiosa como un gato y tan reflexiva como ellos. Solía tomar un libro de pinturas --Magritte, Dalí, Van Gog--, y se estaba horas y horas examinándolo con el ceño fruncido y una expresión reconcentrada, deteniéndose en cada lámina como si deseara aprendérsela de memoria, lo cual estaba seguro de que conseguía. O tomaba una vieja revista y se leía todo de ella, incluso el número de depósito legal.
Así que corrió alegre y dichosa a mi despacho, dispuesta a examinarlo con lupa. Yo abandoné mi libro y fui al dormitorio para cambiarnme de ropa. Abrí el armario y elegí una horrenda camisa de nailon color verde claro y un pantalón castaño. Deseché la corbata, así como la americana y el sombrero. Me apetecía estar simplemente deportivo.
Vagué un tanto aburrido por la casa. Regresé al salón y apagué el televisor. Me hundí en el diván y me estiré sobre él hasta alcanzar el tocadiscos, poniéndolo en marcha. Maria del Mar Bonet cantaba en exclusiva para mí.
Finalizaba ya la primera cara del disco cuando apareció Si Fuan, muy excitada, portando un pote de plástico en la mano, cuya tapa estaba rajada formando una curiosa zeta.
--Juan Carlos, Juan Carlos, ¿qué es esto?
Y me tendió el pote.
Fruncí el ceño, puesto que ni yo mismo lo sabía. Tomé el pote y miré en su interior tras quitar la tapa. Desfruncí el ceño y puse un gesto de sorpresa y reconocimiento.
--¡Diantre! ¡Si son monedas!
--¿Monedas?
Si Fuan se sentó a mi lado, contemplándonos a mí y al pote alternativamente.
Dentro de él había unas pocas monedas viejas que ni recordaba guardase. Monedas de diez céntimos fechadas en 1870 y 1869. Cinco y diez y cincuenta céntimos de la posguerra española. Curiosas monedas de cien pesetas con la efigie del general Franco. Y unas pocas monedas de otros países. Francia, Italia, Inglaterra... Monedas corrientes en su tiempo y que uno guardaba cuando oía decir que serían retiradas de circulación, monedas extranjeras que te encontrabas mezcladas con el cambio que te daban en una tienda o en el mercado. Monedas vulgares y corrientes, en fin, de aquel entonces y que habían debido de quedar enterradas en el bariburrillo desordenado que constituía mi despacho y en el que tendría que entrar a saco un día de estos. Era como si Si Fuan acabara de desenterrar un tesoro.
--¿Qué son monedas?
Dejé caer algunas de ellas en mis manos y las contemplé.
--Monedas. Monedas era dinero, ¿sabes?
--¿Dinero?
--¿Sabes lo que era dinero?
Si Fuan negó lentamente con la cabeza.
--Dinero era lo que se utilizaba anteriormente para adquirir cosas. Ropa, comida, bebida, discos, revistas... Con dinero te pagaban por tu trabajo. Con dinero ibas donde querías y hacías lo que querías.
--Entonces, cuando tú consigues comida a cambio de uno de tus libros, ¿eso es dinero?
--No. No lo es. Dinero es esto --y agité las monedas en mi mano--. Y unos papeles de colores con retratos de viejos y con números. Se llamaban billetes. Con los libros no podías ir a comprar pollo ni verduras, nena.
--No lo entiendo. ¿Así que esto tenía valor?
--Sí, entonces sí.
--¿Y ahora ya no?
Me quedé pensativo unos segundos.
--No, desde luego que no --repuse--. Son simples trozos de metal, sin ningún valor. Aunque... espera un momento. Había gente que coleccionaba monedas. Se los llamaba numismáticos.
--¿Neumáticos?
Me reí.
--No, chica. Numismáticos. Coleccionaban monedas raras o extranjeras. Antiguas, viejas, con algún defecto...
--¿No las utilizaban para ir a comer?
--No. Las que coleccionaban, no. Las corrientes y vulgares, sí.
--Pero si eran vulgares, ¿cómo podían tener valor? Con las raras sí podrían comprar comida, ¿no?
Me quedé un tanto cortado. Pensé que Si Fuan era tonta, pero me di cuenta de que no era así. Simplemente, ella desconocía todo aquello por completo y mis torpes explicaciones no harían que lo entendiese. Tampoco tenía demasiada importancia. Según cómo se mirase, ella era quien tenía razón.
--Bueno --dije, encogiéndome de hombros--, las cosas eran así.
--¿Y estas monedas que tienes son raras?
--Bueno, alguna. Estas grandes, ¿ves?, en que se lee "cien pesetas" y se ve un tío feo retratado. Eran de plata y valían más que su valor de circulación.
--Plata. Eso sí lo conozco. Por lo tanto, son valores, sirven hoy día.
--Pues... no sé. No, no creo que tengan más valor que como curiosidad o para hacerse un collar con ellas. ¿Te gustaría que te hiciese un collar con esas monedas?
--No, no me gustaría.
A veces Si Fuan era de una sinceridad aplastante.
--Bien, pues será mejor que nos olvidemos de ellas. Guárdalas o tíralas.
--No, no las tiraré. Si son raras, pueden servir para algo.
En fin, empezó a rondarme por la cabeza una vaga idea. ¿Podrían tener algún posible valor esos pedazos de metal? ¿Podrían ser utilizados para algún intercambio? No es que me urgiera saberlo, puesto que de momento no precisaba nada, pero... pero no estaba de más saberlo. Nunca se sabe lo que te puede pasar mañana ni lo que pueden variar tus valores. Así que tomé una determinación.
--¿Sabes qué haré? --dije, levantándome del sillón y sobresaltándola--. Mañana iré a un sitio que me sé para enterarme de si pueden tener algún valor.
--¿Sí?
--Nunca está de más saberlo. Quién sabe si has hecho un gran descubrimiento --dije en broma.
--Me sentiría muy feliz de que fuera así, Juan Carlos --contestó con sencillez.
Me rasqué la cabeza. A veces sus comentarios me hacían sentir complejo de inferioridad.
Al día siguiente, domingo, me levanté media hora más temprano que de costumbre en domingo o festivo. Mi propósito era dirigirme al Mercado de San Antonio, al que hacía casi un año que no había ido. Así pues, me levanté, me lavé, desayuné y luego le llevé el desayuno a Si Fuan a la cama y le anuncié que estaría fuera unas horas.
--¿Dónde vas?
--A un lugar donde se encuentran revistas, libros, grabados y cosas antiguas. Un mercado de valores, por decirlo así. Hace tiempo que no he pasado por allí y espero encontrar a alguien que me informe sobre lo de esas monedas.
--¿Puedo ir contigo?
--No. Ya sabes que no me gusta que salgas de casa. Es peligroso.
--Pero, ¿me llevarás algún día?
Sonreí.
--Sí, de acuerdo. Algún día te llevaré.
La besé y me dirigí hacia el lavadero. Hurgué entre la ropa sucia y escogí unos apestosos calzoncillos con los que me vestí. Puesto que allí el hedor sería muy fuerte, me tomé un par de comprimidos antiodoríferos y me dispuse a salir a la calle.
A aquella hora no solía haber mucha gente circulando por la calle los domingos por la mañana, y menos desde que se perdió la costumbre de ir a misa. Por eso, cualquier persona que se divisara podía ser un enemigo.
Crucé la Gran Via y seguí Urgel abajo, sin divisar más que a alguna vieja dormida en los portales. Al atravesar Sepúlveda vi a un grupo de jovenzuelos greñudos y repugnantes, apoyados en los árboles y en los restos de lo que en tiempos fue una cabina telefónica. Les miré rápidamente y desvié mi atención de ellos. Traté de que mi paso fuera normal e incluso simulé una leve cojera. Pareció que no me prestaban la menor atención, y casi les había sobrepasado cuando oí que uno de ellos exclamaba:
--¡Eh! ¿Habéis visto a ese que ha pasado? ¿No estaba un poco gordo?
--Por cierto que sí... ¿De dónde habrá sacado la barriga?
Juré y renegué interiormente. Me lo habían avisado tiempo atrás: un día mi panza me traería problemas. Lo que ocurría es que tenía la estúpida coquetería de que no se notaba tanto. Pero me olvidaba de que bastaba con que uno no estuviera en los huesos para despertar sospechas.
Mandé a la mierda mi cojera fingida y eché a correr como un desesperado, con los fulanos a toda carrera tras de mí. Renegué, maldije y odié. Nunca he sido buen corredor y no les costaría nada alcanzarme. Mi única esperanza estaba en las fuerzas de flaqueza que uno saca en tales situaciones y en la proximidad de los puestos de vigilancia de la policía, ya que sólo dos travesías me separaban del Mercado. Aquellos fulanos no debían de saber esto, así que acuciado por todo ello saqué energías no sé de dónde.
Vi los primeros puestos de vigilancia y ellos también los vieron, ya que les oí maldecir, detenerse y finalmente perderse por las calles laterales, discutiendo entre sí. Aflojé la carrera, aliviado.
Unos agentes se habían aproximado ya, las armas prestas, al ver las carreras. Jadeando, fui directamente a ellos.
--¿Qué pasa aquí? --interrogó uno de los policías.
--Nada ya. Unos fulanos me perseguían, pero se han ido por otro lado.
--¿Y usted?
--¿Yo? Yo quiero entrar en el Mercado.
--Está bien. Siga adelante y diríjase a los controles.
Asentí y con no poco alivio crucé las diversas barreras policiales.
Mucho tiempo atrás aquellos puestos de libros viejos, revistas y cómics estaban situados al aire libre, en el recinto exterior de lo que era el Mercado de San Antonio y bajo cubierto. Pero cuando las cosas cambiaron y se disparó el valor de la mayoría de mercancías que allí se vendían e intercambiaban, y empezaron a producirse robos, asaltos y atentados, hubo que adoptar una seria determinación para proteger el mercado. Se abrieron unos subterráneos debajo de él, donde se trasladaron los diferentes puestos de venta y cuyo acceso fue protegido por fuerzas de vigilancia. Hoy día se podría decir que era tan difícil robar en el Mercado de San Antonio como en otros tiempos asaltar Fort Knox. Un cuádruple círculo de policías vigilaba el recinto exterior y el acceso a los subterráneos. Además, había numerosos controles antes de que alguien fuera admitido como visitante o cliente. Todos los agentes estaban metralleta en mano y prestos a disparar a la menor sospecha. La entrada principal era a través de una puerta acorazada de indescifrable combinación, de la que se decía que ni una bomba atómica le haría mella. Incluso en el supuesto de que una banda alocada lograse cruzar los controles policiales o eludir a los más de cuatrocientos agentes que custodiaban el exterior y se introdujeran por esa entrada, de nada les serviría. Encontrarían una auténtica segunda muralla de acero bordeando el interior del subterráneo, y los visitantes y vendedores, avisados por la alarma, podrían mientras tanto abandonar el mercado por un lugar secreto que sólo se abría en casos de necesidad o urgencia y cuya ubicación exacta sólo era conocida por unos pocos de los vendedores que estaban entrenados para evacuar rápidamente el lugar, para el caso de que se produjera el hipotético asalto. Toda esta serie de medidas de seguridad hicieron desistir desde el principio a cualquiera de intentar nada contra aquel lugar. La simple barrera de agentes ya era suficiente obstáculo como para desechar la idea. Pero uno nunca sabe cuándo van a pasar las cosas.
Llegué al control final que me abriría el acceso al subterráneo.
--¿Nombre?
--Juan Carlos Planells.
--No recuerdo haberle visto nunca por aquí.
--Bueno, no es extraño. Hace casi un año que no venía.
--¿Hay alguien en el mercado que pueda responder por usted?
Afirmé y le di dos o tres nombres de conocidos que tenían un puesto de venta. El agente se dirigió a uno de los teléfonos y estuvo hablando por él un rato con las personas que yo había mencionado, seguramente pidiendo una descripción física de mi persona. Entre tanto, otros dos agentes se dedicaron a registrarme.
--Quítese los canzoncillos.
Así lo hice y se los tendí. Los revisaron a fondo.
--De espaldas y agáchese.
Obedecí. Me separaron las nalgas e introdujeron un dedo en mi ano para verificar que no llevara algún arma escondida en él. Normalmente los agentes encargados de estos registros personales eran reclutados entre los maricones de playa y su sueldo consistía en meter el dedo en el culo de los clientes y visitantes del mercado. Era algo sabido por todos y aceptado sin problemas; de algo tenían que vivir. Los encargados de registrar a las mujeres, metiendo la mano en su vagina y en el ano, eran por su parte hombres que no podían pagarse una mujer para su satisfacción sexual y se apuntaban a estos servicios policiales. Todo normal, todo corriente.
--Está bien. Abra la boca.
Por un momento temí, como en aquel viejo chiste, que me introdujera en la boca la misma mano que había hurgado en mi trasero. Pero se limitó a echar una ojeada.
--Conforme. Espere la autorización para pasar dentro.
La autorización ya había llegado. La enorme puerta se abrió y penetré en el subterráneo. Un agente me saludó y yo correspondí con un movimiento de cabeza. Por supuesto, el interior del mercado está también custodiado por agentes de seguridad. Los que adquirían algún género o clase de valores debían exhibir a la salida el comprobante firmado de puño y letra del vendedor, sin cuyo requisito no podían abandonar el subterráneo. En casos de duda, incluso se llamaba al vendedor y se verificaba la exactitud del comprobante. Las precauciones nunca estaban de más. Naturalmente, el cliente a su vez podía exigir --y exigía siempre-- que una patrulla de agentes le acompañase hasta su domicilio para evitar posibles --seguros, más bien-- robos por la calle. Otros compradores optaban por hacerse enviar sus compras a domicilio por los servicios de seguridad; era mucho más práctico, puesto que las leyes no autorizaban la ausencia de más de sesenta policías de la vigilancia del mercado para la custodia de los clientes, y a veces varios compradores tenían que esperar el regreso de una patrulla para ser escoltados a su vez.
Me sentía a gusto de hallarme paseando por el lugar después de tanto tiempo de no acudir. Era un poco como volver a los viejos tiempos... salvando, claro, las notables diferencias. La iluminación era buena y el aire acondicionado disipaba el olor a cerrado y a ropas sucias y cuerpos no demasiado bien lavados. A mi alrededor, el lugar hervía de actividad. Los vendedores formalizaban contratos, que daban lugar a días de subsistencia, ropa, medicinas y en algunos casos reparaciones de fontanería y electricidad, si bien esto era ya poco usual: quien más quien menos sabía lo suficiente de bricolaje como para poder prescindir de ese servicio. Pero siempre quedaba algún atrasado que precisaba de esa ayuda. En fin, todo dependía de lo que llevaran los vendedores para su venta y de la fácil o difícil salida que se podía dar al género en cuestión. El lugar era también apropiado para intercambiar contratos. Así pues, lo que fuera un mercado de libros y revistas de ocasión se había convertido por los milagros de la economía mundial en una mezcla de Bolsa, Banco y Casa de Empeños. Aquella mañana me enteré de que los contratos caducados o inútiles todavía tenían su utilidad: el papel servía para limpiarse el trasero, por lo cual --previendo ya tal circunstancia--, los propios impresores elegían desde hacía tiempo un papel de calidad suave y perfectamente higienizado...
--¡Eh, Planells! --oí que me saludaban desde una de las tiendas--. ¿Cómo tú por aquí?
--¿Qué hay? Ya lo ves, dando una vuelta para ver a los amigos...
--Bueno, por aquí decimos que el que viene poco es porque poco lo necesita. Me alegro de que así sea. Pero déjate ver de cuando en cuando.
--Lo haré, lo hare. ¿Cómo va la cosa?
Mi amigo hizo un mohín.
--Regular. La semana pasada los Buscadores encontraron algunas piezas que se creían agotadas en una casa abandonada y eso ha hecho bajar el valor de ellas. Esta vez nos han tocado las narices los Buscadores esos. Pero ya se sabe, es su trabajo y lo mismo pueden beneficiarte que perjudicarte.
--Claro. Oye, te quería hacer una pregunta --dije, inspirado--. ¿Sabes de alguien que esté interesado en monedas?
--¿Monedas? ¿Coleccionistas?
--Sí. Creo que había algunas paradas de ellos por aquí...
--Sí, cuando estábamos fuera. Pero no recuerdo haberlos visto más desde hace mucho tiempo. Y, la verdad, no sé de nadie que esté interesado en tal cosa. ¿Por qué lo preguntas?
--Oh, ayer di con unas pocas que ni recordaba que guardase. Y pensé que le podían interesar a alguien...
--No puedo orientarte en eso. Pregunta a otro compañero por ahí, a ver.
Dije que así lo haría y proseguí deambulando por entre los puestos y la gente, contemplando los regateos, las ofertas, las demandas, examinando también los géneros expuestos, para hacerme una idea de lo que era más usual o más difícil de encontrar. Me detuve finalmente al encontrar un puesto dedicado a sellos y que estaba regentado por una anciana delgada y bajita.
--Usted perdone --le dije--. ¿Sabe de alguien que esté interesado en monedas?
--¿Monedas? --dijo, mirándome con desconfianza--. No, no sé de nadie.
--Dispense. Pensé que acaso, en relación con los sellos...
--Bueno --dijo, con menos desconfianza--, yo ya no tocaba monedas en los viejos tiempos. Siempre me dediqué exclusivamente a los sellos. Pero sí había otra persona que lo hacía...
--¿De veras? ¿Está por aquí?
--Creo que sí. Siga unas paradas más abajo y cuando vea otro puesto de sellos, pregunte.
--Muchas gracias.
Encontré el puesto indicado, pero en él no aparecían monedas expuestas, sino solamente sellos de todas clases y lugares. Un tanto desengañado ya le pregunté al tosco individuo encargado del puesto:
--¿Le interesan monedas antiguas?
--¿Monedas? No, en absoluto. ¿Para qué?
--Bueno, antes había quien las coleccionaba.
--Sí, pero eso era antes --dijo, cortante.
Su respuesta, más por el tono que por las palabras, me molestó. Me puse tozudo e insistí:
--Pero, ¿no sabe de nadie a quien le puedan interesar?
El hombre permaneció callado. Dudé entre si se limitaba a ignorarme olímpicamente o tan sólo estaba reflexionando. Resultó ser lo último.
--Había un viejo que las buscaba, tiempo atrás. Pero no le he vuelto a ver más.
--¿Tiene un puesto en el mercado?
--No. Ya no.
--¿Sabe dónde podría encontrarle?
--Vivía en un entresuelo de la calle San Clemente, justo al comienzo mismo de la calle. Muchas veces lo veía salir de su casa cuando me dirigía al mercado. Pero ya hace tiempo de eso --repitió.
--De acuerdo. Gracias.
El hombre no dijo nada. Ahora sí se limitaba a ignorarme olímpicamente.
La calle San Clemente estaba muy cerca del mercado y era una calle muy corta. Podía ir allí y tratar de localizar al viejo ese. Acaso no resultara muy difícil. Pero podía ser que hubiese muerto ya, puesto que el hombre me había dicho que no lo había vuelto a ver más. Por otra parte, no me agradaba el que la calle en cuestión se encontrase tan cerca del sector acordonado de Barcelona, el sector más salvaje y peligroso. No me entusiasmaba internarme por allí. Era un poco "tierra de nadie".
Di unas vueltas más por el subterráneo, tratando de olvidar el asunto. Pero, en un impulso repentino, decidí acercarme y ver qué sacaba de todo aquello. En todo caso, y puesto que esa calle equidistaba tanto del mercado como de la zona acordonada, era posible que no me encontrase con escesivas dificultades. Mejor probar y no volver a pensar en ello.
Abandoné el mercado.
Apenas cinco minutos a pie era lo que me separaba de la calle San Clemente y llegué a ella sin tropiezo alguno. El portal de la casa donde se suponía que debía habitar el viejo en cuestión estaba cerrado, pero la puerta era vetusta, de madera podrida, y no me costó nada forzarla con unos cuantos patadones bien dados. Nadie pareció alarmarse por el estruendo y nadie se asomó a los balcones para observar. Penetré en el edificio dejando la puerta bien abierta para localizar el interruptor de la luz. Lo hallé, pero la luz no se encendió. Suspiré. De todas maneras, la claridad diurna que se colaba por el portal me permitió subir hasta el entresuelo sin problemas. Una vez ante la puerta que supuse correspondía a la vivienda de la persona que buscaba, dudé unos instantes, pero al fin llamé con energía y con la mano, ya que el timbre, como la luz, no funcionaba.
Aguardé unos segundos. Me pareció oír algún ruido al otro lado de la puerta, como si alguien se acercase a ella. Volví a llamar, no tan fuerte, y dije en tono tranquilizador:
--Quiero hablar con usted sobre unas monedas.
Esperé otra vez, pensando que me abrirían la puerta. Una voz cascada me interrogó a través de ella.
--¿Qué es lo que quiere usted? ¿Quién es usted?
--Soy un hombre pacífico. No tema nada. Una persona que le conoce a usted me ha dicho que estaba interesado en monedas antiguas.
--¿Monedas antiguas? ¿Qué monedas antiguas?
Suspiré, impaciente.
--Monedas. Monedas como las que usted vendía en otros tiempo en su parada del Mercado de San Antonio, los domingos por la mañana. ¿Es usted esa persona o no?
--¿Tiene usted monedas? --preguntó con rapidez.
--Sí, tengo monedas, y si me abre la puerta y podemos hablar cara a cara nos entenderemos mejor. No me gusta hablar de esta manera --proseguí en voz un poco más baja y acercándome a la puerta--. Nunca se sabe quién puede estar escuchando.
Quizá fue este razonamiento lo que le decidió por fin a franquearme la entrada. Se oyó el descorrer de cerrojos y cadenas y la puerta se abrió un palmo apenas. No le vi el rostro, sólo la forma de la cabeza pues mantenía el interior de la casa a oscuras. Preguntó:
--¿Viene solo?
--Pues claro que vengo solo --gruñí--. No pensará que iba a venir con todo un regimiento.
La puerta se abrió del todo y crucé al interior rápidamente.
(continuará) March 20 CONTRA MADONNA(C) 2007 by J.C. Planells
Al final todo vuelve al principio, y el principio fue que no me gustaba nada Madonna, y el final es que vuelve a no gustarme nada Madonna. Entre medio, diferentes estadios de interés y rechazo. Con Madonna, lo único cierto es lo que le oí decir una vez a un seguidor suyo: "Se prefiere oírla a verla". Es decir, es mejor escuchar sus discos o sus canciones en la ignorancia absoluta de la persona que canta, su imagen y sus avatares.
Al contrario que otras artistas femeninas del rock, del pop y del pop-rock (luego hablaremos más de todo esto), a Madonna le costó lo suyo llegar arriba; de hecho, incluso empezar le costó una barbaridad. Es un primer aviso. A la edad en que otras ya había grabado uno o dos discos o diversos singles (Carly Simon con su hermana, el dúo Simon Sisters, por citar un único ejemplo), ella aún seguía frecuentando discotecas y tugurios varios esperando que alguien le ofreciera una oportunidad para grabar un disco. La oportunidad llegó a través de un individuo que la utilizó como corista de sus grabaciones de música disco --luego reeditadas como si lo importante fuera Madonna y no el otro--, y a seguir esperando un tiempo más. En fin, harta ya, y tal como documentan diversas biografías suyas, pasó a un sistema que años más tarde daría título a una película documental aunque no relacionado con ello: En la cama con Madonna. Puesto que talento no tenía y de cantar, menos aún, logró sus oportunidades a base de compartir cama. Desde luego, no habrá sido ni la primera ni la única, pero no deja de ser curioso. En todo caso, la Ambición Rubia, como ella misma se definió en su día, le sacó no poco provecho a sus revolcones. En parte hizo bien, pues luego de usarlos (a los hombres) los tiraba una vez obtenido lo que ansiaba, cuando creían ser ellos los que la estaban usando y la tiraban. Tonta no es.
Los inicios musicales de Madonna fueron tan cutres como los de su presente. Empezó cantando música disco, que era lo que por entonces, finales de los setenta y principios de los ochenta, estaba de moda, gracias a Donna Summer y los Bee Gees de la Fiebre del sábado noche, entre otros muchos (los que entienden de eso dicen que la década de los ochenta fue musicalmente un desastre). Sus primeras grabaciones eran canciones vulgares, chillonas, malas y chabacanas y las cantaba tan mal como cabía esperar. Y en su último disco, Confessions on a Dance Floor, ha vuelto a esos inicios, si bien en plan lujoso y mejor cantado (con los años se aprende a hacer mejor lo único que se sabe hacer). Es posible que el motivo de mi rechazo final hacia ella provenga de que, aun habiéndome interesado durante algunos años con intermitencias, prefiero otro tipo de cantantes femeninas más, digamos, serias, de esas que no hacen de lo chabacano, la provocación y el artificio (o lo artificial) una especie de modus vivendi; es decir, que me inclino más hacia cantantes tipo Tina Turner, Maria del Mar Bonet, Carly Simon y Avril Lavigne (en orden de aparición ante el micrófono) que por Madonna. Cierto: ninguna de las cuatro citadas (y otras que podría añadir, como Carole King, Emmylou Harris, Patty Smith...) son cantantes de pop puro y duro; lo son de soul, rythm&blues, folk, rock-folk, pop-rock, rock... pero no practican el pop a secas. Madonna sí es únicamente una cantante pop, aunque lo disfrace con otros sonidos: música disco, tecno, algo de pop-rock (especialmente en su dicos Like a Prayer), balada más o menos sentimental, revival incluso... pero siempre se ha mantenido prudentemente alejada del rock y del pop-rock claro y firme; de hecho dudo que encontremos en su discografía un solo tema que se pueda encuadrar en el pop-rock: lo ha tocado sólo tangencialmente, como si supiera que en esa liga ni debe ni puede jugar, que es cosa de otras y es mejor restringirse a ritmos facilones que puedan envolverse en un sonido brillante, complejo, que dé la impresión de que hay más de lo que hay. ¿Es más fácil hacer pop que rock o pop-rock? ¿O es que llega a más gente? Para responder a esto me viene a la memoria lo que dijo un joven fan hablando del tema en un foro sobre la diferencia entre pop y rock: "Cuando haces pop ya no hay stop". De acuerdo, parece un chiste, y seguramente se dijo con tal intención; pero si uno lo piensa un poco esa frase humorística tiene algo de acertado: el pop es fácil, pegadizo, machacón, populachero y consumista. Nada de todo esto es malo de por sí, naturalmente. Pero, en fin, ¿para qué complicarnos la vida haciendo rock, punk, punk-rock o pop-rock si podemos hacer pop? Y esto me lleva a algo que empecé a decir al principio de este artículo, sobre los artistas del pop y los del rock. Veamos: Madonna es la reina del pop; nada que objetar a ello; Michael Jackson es el rey del pop; no seré yo quien lo discuta. Y lo que podemos preguntarnos a raíz de esto es por qué las estrellas del pop a secas suelen tener unas carreras en las que acaban cayendo en actitudes lamentables, o bien en finales igualmente lamentables o ridículos, mientras que las estrellas del rock, aun con sus comportamientos a veces escandalosos y excesivos, se convierten en figuras trágicas y en mitos de generaciones como es el caso de Janis Joplin, Jimmi Hendrix, Kurt Cobain, Jim Morrison, John Lennon, Freddy Mercury, Syd Vicious, Sid Barrett y un largo etcétera. O dicho de una manera clara y sin ambages: ¿Hay artístas trágicos en el mundo del pop? No se me ocurre ninguno (vivo o fallecido). ¿Los hay en el mundo del rock, vivos o fallecidos? Pues véase los nombres indicados, a los que se pueden añadir otros vivos, como Ray Davies o John Fogerty, por ejemplo. Parece pues que la tragedia sea para el rock y la comedia para el pop. Los rockeros los (pre)destinados a llevar vidas excesivas pero con un cierto sentido trágico y a crear escuela y ser genios, y los artistas pop a llevar vidas bordeando la ridiculez y dignas de la prensa del corazón y escándalos al margen de la música. Es una opinión mía, y quizá alguien debería dedicarse a estudiarla, no vaya a ser que tenga razón...
Pero volvamos a lo estrictamente musical. Madonna presume (o la hacen presumir los demás) de que "se reinventa" a cada nuevo trabajo musical. Cierto. Cierto, en cuanto a que cada disco que ha grabado ha sido diferente del anterior y del posterior. ¿Mejor a veces? ¿Peor otras veces? Depende. Pero veamos: ¿es lógico y es bueno que un artista "se reinvente" a cada nuevo disco? Me permito ponerlo en duda. Un artista de música pop o pop-rock debiera mantener una carrera coherente o bien evolucionar disco a disco, según sus vivencias y aprendizajes. Estas cuestiones a veces van aparejadas a la juventud del artista y a sus propios inicios y avatares en su carrera. Ya comenté en el capítulo dedicado a Avril Lavigne en la serie "Galería de Mujeres" que su segundo disco no tenía nada que ver con el primero --y el tercero tampoco tiene nada que ver con el segundo--; aquí estamos ante un caso lógico de evolución por parte del artista. En otro caso distinto, tenemos a Carly Simon: ésta no ha evolucionado sino que ha mantenido desde su primera grabación en solitario una misma línea en cuanto a música y letras de sus canciones (comprometidas, personales, testimoniales); aquí se trata, por tanto, de coherencia.
Ahora bien: Madonna no sigue ninguno de estos dos caminos, que suelen ser los más habituales en el pop-rock, y lo mismo para solistas femeninas que masculinas o grupos. (No voy a caer en señalar otro camino, el de Tina Turner, por ejemplo, porque ése depende de un fuerte talento musical personal... que pocas tienen, y Madonna menos que nadie.) Madonna ni evoluciona ni mantiene una línea coherente: va saltando de un estilo a otro del pop e incluso combina varios a la vez si hace falta; a eso lo llama (o lo llaman) "reinventarse así misma", cuando en realidad quizá de lo que debería hablarse es... de falta de personalidad. De acuerdo, reconozco que en principio resulta fuerte soltar eso así por las buenas de una artista que es --se dice-- la número uno del mundo; pero si alguien sabe dar otra explicación a una carrera con tantos vericuetos como la suya, pues que lo diga y lo exponga.
Nada de todo esto supone una crítica ni va en detrimento del acabado artístico --que no de la calidad: esa sería otra cuestión-- de sus discos: con el dinero que hay de por medio a ganar (a sacar del bolsillo de los fans), la producción de sus discos --que no de sus videoclips: apenas en ninguno el movimiento de sus labios va conjuntado con la canción, un fallo de principiante indigno de una primera figura del pop-- está más cuidada que la seguridad personal del presidente de los Estados Unidos: mezclas, músicos, técnicas, compositores con los que pueda expresar sus ideas, por no hablar del marketin, la publicidad..., en fin, lo que es la Industria Madonna (pinturas, vinos, línea de ropa, libros para niños...). Que el acabado de sus discos sea perfecto tampoco tiene tanto mérito: las actuales técnicas de grabación discográfica permiten alcanzar prácticamente la perfección, y no se necesita ser una primera figura para ello, como es sabido (o debería de saberse).
Ahora bien: sus "reinvenciones" no siempre han dado el resultado apetecido, de ahí que al cabo de uno o dos discos, Madonna "se reinvente" para el próximo, una vez la fórmula anterior se nota agotada o no ha alcanzado los objetivos previstos o los fans muestran extrañeza o desconcierto y la mayoría de público pasa del disco... Así, si Like a Prayer es uno de sus mejores discos, y de los más vendidos, otros no han contado apenas con apoyo o han corrido poca suerte, ni siquiera contando con promociones publicitarias descomunales: es el caso de Erotica y su ridículo libro de fotos "eróticas" con el que se acompañó promocionalmente; o el de American Life, su penúltimo disco --y en mi opinión uno de los mejores de su carrera--, que pese a contar con un primer videoclip "escandaloso" que hubo de retirarse del mercado para que Bush no se enfadara --ya ves qué cosa--, el álbum, aun vendiéndose bien, no alcanzó los objetivos previstos. Y es que con Madonna se marcan unos objetivos, y si no se alcanzan, aunque sea por poco, se ha fracasado... y de ahí procede lo de la "reinvención", algo que en otros tiempos lo hacían artistas cuyo momento ha pasado ya, y ahora lo practica ella con toda naturalidad: ¿no es eso hacer trampa sin que se note? Así, American Life, un disco realmente bueno, se consideró un pequeño fracaso. Y debió de serlo, cuando una canción como "Love Profussion" fue rápidamente vendida para un spot de perfumes, y el éxito del spot obligó a Madonna a grabar deprisa y corriendo un videoclip de esa canción, para no quedarse atrás con el éxito de una marca de perfumes. Que el vídeo se rodó en esas apresuradas condiciones se nota porque es uno de los peor rodados por la cantante. Cuando un disco está aún en el candelero y se vende una ce sus canciones para promocionar un perfume... en fin, no creo que haga falta insistir sobre el hecho. Y ello la obligó a "reinventarse" por enésima vez y volver a sus orígenes con un disco tan vulgar musicalmente como lo es Confessions on a Floor Dance; las malas lenguas --o los bien informados, depende-- aseguraron que llegó a suplicar de rodillas a los componentes del grupo Abba la utilización de unos compases de su canción "Gimme, Gimme, Gimme (A Man after Midnight)" para su "Hung Up" --y lo que no es el "Hung Up"--, a fin de "dinamizar" disco y tema. Si eso es cierto, indica lo mal que están las cosas para Madonna: ¿cuándo se ha visto a una primera figura --porque lo es-- recurrir a artistas consagrados en el pasado para aumentar la comercialidad de su nuevo trabajo? De acuerdo, son sólo unos compases, pero están en el tema principal y en parte "marcan" el tono de todo el disco... Y por supuesto, esta "reinvención" ha sido un rotundo triunfo y le ha ganado nuevos fans que es de lo que se trata (de hecho, con cualquier artista).
Me temo que a Madonna sus actividades al margen de la música, e incluso muchas dentro de ella, no mejoran para nada su imagen. Y sin embargo, Madonna es como la Coca-Cola: por mucho que se hable mal de ella o se la critique, siempre estará presente y siempre habrá un momento en que la acabaremos consumiendo/tomando, aunque sea mezclada con ron o ginebra. Parece inmune a todo: su lamentable, por decirlo suave, carrera de actriz cinematográfica es algo que ni sus más incondicionales fans pueden negar: como actriz es un verdadero desastre, y además entre su filmografía apenas puede hallarse una película que tenga cierta dignidad; la leyenda dice que Woody Allen cortó casi todas sus escenas en Sombras y niebla, rediciéndola a la mínima expresión, y es posible que la leyenda sea cierta, aunque ambos lo niegan. ¿Y Evita?, preguntará de inmediato alguien. Hombre, lo de Evita es algo indiscutible: Madonna está espléndida en este film musical sobre la vida de Evita Perón... pero ¿es la vida de Evita Perón o la de Madonna la que se cuenta en el film? Y es que las similitudes entre ambas son tan grandes y tan notables, que el film a la postre parece más la crónica de la ascensión al estrellato de Madonna en vez de la vida más o menos verídica de Eva Perón. De ahí que sea su mejor película y su mejor trabajo: se interpretaba a sí misma, o interpretaba a alguien con sus mismas ambiciones (y orígenes) en la vida.
Por supuesto no es la única figura del pop o del rock que ha intentado hacer carrera cinematográfica sin el menor éxito, aunque en su caso habría que hablar más bien de ridículo notable. En general, esto es algo disculpable: las estrellas o figuras del pop y del rock que tratan de pasarse al cine lo hacen un poco como complemento o en proyectos concretos en que sus facultades queden más o menos a salvo. Diana Ross interpretó a figuras de la música, Olivia Newton-John hizo un pequeño clásico en Grease, pero ninguna de estas dos --y otras que podríamos citar-- intentaron lograr el mismo éxito en el cine que en la música, tan sólo era un complemento. Un caso curioso es el de Jennifer Lopez, que ha triunfado como actriz al margen por completo de su carrera musical, al extremo que muchos de sus admiradores como actriz ni siquiera siguen su carrera como cantante: no les interesa esa faceta suya. En cambio, Madonna ha intentado de todas las maneras posibles triunfar en el cine igual que ha triunfado en la música... y se ha estrellado de manera estrepitosa: o malas películas, o películas en las que nadie la recuerda a ella siquiera.
Su escaso talento inicial en el mundo de la música la llevó a crearse una imagen de provocaciones y estética quizá punk, quizá no se sabe qué, pero a todas luces innatural. Su vestuario se componía de ropa hortera, lencería del principios de siglo XX o de finales del XIX, sus actitudes eran de lascivia aparentemente provocativa y jugaba con ser una especie de "sex-symbol" algo dudoso. Cierto, puso más o menos caliente al personal de entonces --que es lo que se buscaba--. Lo curioso es que otras estrellas del pop parecidas en estilo, como Kylie Minogue, hayan hecho los mismo... con mucho mejor gusto y de manera natural, es decir, formando parte de un espectáculo actractivo que se complementa con el espectáculo musical. En este sentido, y gustos personales aparte, se puede decir que Kylie Minogue es una artista sincera y honesta y Madonna una manipuladora del público al que trata de "provocar", "poner caliente", cuando de hecho lo que hace es una demostración de vulgaridad y mal gusto apabullante. Hablando estricamente de música y espectáculos pop, y, repito, gustos personales aparte, Kylie Minogue representaría un cierto glamour, y Madonna una clara ordinaridez; de lujo, sí, pero ordinariez.
Sus presuntas --así hay que calificarlas-- provocaciones sexuales en sus inicios e incluso más adelante, llegaron a bordear el ridículo y se notaban falsas, adecuadas sólo para atraer la atención de la prensa y los fotógrafos --algo que entonces la enloquecía, ahora ya no tanto: la edad pasa factura--: ese libro de fotografías ya mencionado antes, esas fotos en lencería, esas "declaraciones" ambiguas sobre si era bisexual o no, etc., etc. Vale la pena volver a traer aquí la anécdota de hace varios años, cuando en una rueda de prensa en su gira por España una periodista le preguntó qué opinión tenía de la felación (o quizá era del sexo anal, no recuerdo). Madonna se quedó blanca como el papel y eludió contestar... ella, la gran provocadora. Es en detalles como éste cuando la falsedad y la simulación quedan al descubierto.
La edad ha terminado con todo esto, y es normal que así sea. Sus últimos videoclips cantan más que un concursante de Operación Triunfo, y le deben mucho al Photoshop, así que Madonna ha reemplazado la provocación sexual (al fin y al cabo, hoy hay sexo hasta en la sopa, ¿quién se escandaliza ya ante según qué declaraciones o imágenes?) por la provocación religiosa, que es lo que está de moda en este inicio de siglo XXI. Que si pasaba a llamarse Esther porque estudiaba la Torà --parece que nada ha quedado de eso: otro capricho de "star" desnortada--, que si conciertos en que la exihibicón de ligueros y lencería se sustituye por la de crucifijos en los que se cuelga o la cuelgan. Nada raro tendrá que dentro de poco la veamos haciendo con un pequeño crucifijo lo que Linda Blair hacía en El exorcista, y con ello, por cierto, podría aunar religión y sexo a la vez.
Y regresemos a algo que hablábamos mucho atrás. ¿Es realmente necesario que una artista musical haga tanta tontería y parafernalia en los conciertos? Los mejores rockeros, aparte de no morir nunca, suelen dar los concertos "en desnudo", como digo yo; es decir, ellos y su banda o grupo de acompañamiento si son cantantes solistas. Y nada más. Buenos equipos de sonidos, desde luego, algo de luces, ¿por qué no? Una pantalla para que los fans de las últimas filas puedan ver mejor al ídolo en cuestión... Madonna ha convertido sus giras en shows escénicos realmente impresionantes, apabullantes, espectaculares a más no poder... pero, ¿para cubrir qué o para encubrir qué o para demostrar qué? Estamos hablando de pop, sólamente de pop, o de pop-rock, si se quiere, nada más. La música no será mejor por mucho que la disfrace, aunque el espectáculo sí será más notable cuando hay poco que ofrecer, y Madonna, astuta, ha decidido hace tiempo esto: convertir sus giras en un show monumental para lo cual --eso es innegable-- se entrena y trabaja a conciencia.
Pero yo pienso, y es una opinión exclusivamente personal, que la música es para comunicar sentimientos, y eso vale también para el rock y el pop-rock, o para el grito de dolor y queja, y eso vale para el punk, el punk-rock o el rock duro. Pero el pop, el pop a secas, como el de Madonna, no es para comunicar sentimientos ni grito o queja, sino para pasar el rato. Y si de pasar el rato se trata, pues entonces sus espectáculos sí tienen sentido. Nada pues a objetar.
Como decía, por tanto, aquel fan suyo, a Madonna es preferible oírla pero no verla; olvidar la persona Madonna en favor de una cantante llamada Madonna. Así se puede disfrutar de discos como Like a Prayer, American Like, incluso de Ray of Light, y alguna cosa más. Por tanto, es mejor usar a Madonna que dejarse usar por Madonna ("Cuando haces pop ya no hay stop", que dijo aquel fan). Es mejor olvidar la persona y sus exhibiciones, declaraciones, contradicciones, provocaciones, y quedarse con el disco puro y desnudo. Con tanto "reinventarse" ha descubierto que el truco es conseguir hacer algo que llega a todos en una u otra forma., tanto si les gusta como si no. Astuta lo es. O lo son quienes la rodean, vete a saber.
March 19 LOS FOROS DE INTERNET: UNA OPINIÓN(c) 2007 by J.C. Planells
Como ya expliqué en diciembre en el artículo "Balance de un año", y como saben mis amigos y camaradas por las veces que se lo he dicho, mis conocimientos de informática, de ordenadores y demás, son nulos, rematadamente nulos. La prueba, este mismo blog en el que por más que lo he intentado no consigo que aparezcan fotografías cuando he querido ponerlas para ilustrar algún artículo sobre actrices o escritores. Ahora he descubierto un sistema para que se vaya a ver una foto, como se puede comprobar el el último capítulo de "Galería de mujeres", pero no es lo que debería ser ni lo que me gustarí, en fin... Si digo que desconozco el funcionamiento de las tres cuartas partes del teclado, ya digo bastante (y añado que al cabo de casi un año de usar un ordenador para escribir e-mails, me enteré de que la parte derecha del ratón también funciona, aunque no he entendido para qué sirve ni cuándo se ha de usar). Total, que uno hace lo que puede, como puede y de la manera que puede. (¿Alguien sabe qué es MSN y para qué sirve? Tengo un@ amigo@ brasileñ@ que me ha dado la lata a veces con eso y aún no se ha enterado de que si tengo no sé cómo va ni para qué sirve.)
Todo esto sirve para entrar en materia respecto a los llamados "foros de internet" y "listas de distribución". El amigo Juan José Parera, de Madrid, ya me ilustró al respecto de esto último, cuando en mis primeros tiempos de internauta --2005-- le consultaba a cada momento cosas y dudas, que él atendía con su innata bondad por la cual espero sea recompensado algún día por los encargados de recompensar cosas en esta vida. Que yo no entendiera nada de lo que me decía no desmerece sus explicaciones: simplemente muestra que soy un negado para todo esto. La cosa viene de que por aquel tiempo, cuando empecé a tener correo electrónico, uno o dos conocidos me comentaron que "no estás en ninguna parte". No entendí qué querían decir con eso; les dije que estoy siempre en casa, pero por lo visto no se referían a eso. Me hablaron de "listas de distribución", y seguí sin entender nada. Como no me gusta meterme en líos, decidí que podía pasar sin esto, fuese lo que fuese; cuando Parera me lo contó, seguí sin estar nada convencido de ello y decidí pasar sin.
Luego tenemos el tema de los famosos foros o grupos de internet. Inevitablemente, en los primeros tiempos curioseé un poco lo que era esto, y más a fondo el año pasado; es lo que ocurre cuando uno lleva una vida tan solitaria y miserable como yo: tarde o temprano acaba por aburrirse y echar de menos a alguien que le diga algo. Las ganas de seguir curioseando se me acabaron en seco cuando al entrar en uno cuyo nombre no me da la gana de decir (tampoco lo recuerdo, ahora que lo pienso), me encontré con que un tipo que no me conocía de nada ni sabía quién era, qué era ni a qué me dedicaba, me estaba insultando a base de bien porque no le gustaba una cita de un texto mío que otro forero había puesto. El segundo forero, temeroso sin duda de que yo estuviera apuntado en ese foro, trató de calmarle explicándole mi vida y milagros, pero la cosa fue peor todavía, pues el nivel de insultos se incrementó. En parte me sorprendió, y en parte no. Veamos: Me sorprendió que alguien que ignoraba mi existencia hasta leer esa cita me insultase; no me sorprendió que alguien que ignoraba mi existencia hasta ese momento me insultase, puesto que si algo he aprendido desde que metí la nariz en internet en 2005 es que los foros y grupos de internet no son el reino de la libertad de expresión, como dicen los ingenuos, sino el de la libertad de bordería y de rebuzno (ya lo dije de pasada en la crítica de Ruido de pasos, porque ya venía caliente de esto mismo y de otras cosas).
Todo esto es muy peligroso. Hay un foro de ciencia ficción, por ejemplo, en el que creo que el colega Juan Miguel Aguilera está registrado. Ahora supongamos que un usuario que lo ignora entra y pone a parir las novelas de Aguilera, llegando al insulto personal, como a veces suele hacerse en foros y grupos. Y supongamos que Aguilera entra y lo lee. ¿Qué ha de hacer? ¿Qué pensará? ¿Qué sentirá?
He comprobado hace ya tiempo que ante la pantalla del ordenador la edad mental de la gente se rebaja a niveles de verdadera niñez rabietil, y tipos de 35 años se convierten en chavales maleducados de apenas 10; amparados por un seudónimo --que encima es obligatorio, porque si no, no puedes inscribirte en ninguno de esos foros (esto no lo digo yo, lo han dicho otros)--, es decir, en el anonimato y la identidad encubierta, como quien dice, se producen los ataques personales y los insultos, se hace alarde de ignorancia no asumida y se sustituye la educación por una bordería que se disimula con el "Es que yo soy sincer@". Y cuidado: no hablo de niños o chavales, sino de gente teóricamente culta y con estudios o formación universitaria. Tenemos además que el lenguaje informático o de e-mail a veces es incomprensible, es decir: ¿se habla en serio, en broma, se ironiza, se reprende? No siempre es fácil de entender, y de ahí vienen no pocos mal entendidos entre los propios usuarios y el inicio de peleas muy sonadas. Ante la pantalla, con la coartada del anonimato y la identidad desconocida, la gente se crece --especialmente los que no deberían crecerse-- y se creen en posesión de la verdad absoluta: lo que dicen va a misa, y si al otro no le gusta, pues que se joda dos veces. Cierto que a veces hay moderadores en los foros --o en algunos--, pero eso no arregla nada, o arregla muy poco, puesto que en ocasiones los moderadores son aún más bordes que los propios usuarios, castigan o insultan y hacen alarde de mayor ignorancia, metiendo la pata hasta el fondo (especialmente cuando el moderador es español y el usuario mexicano o argentino, y habla el castellano distinto al moderador de Madrid o de Valencia, que al no entenderlo le insulta y le amonesta y le dice que se compre un diccionario de español). Da la impresión de que sea como en la antigua mili: el que vale, vale y el que no para cabo (o sea, moderador).
Por supuesto que hay unas reglas en todos los foros, pero a veces da la impresión de que están para hacer bonito y cumplir con el requisito de internet, porque no se aplican cuando hasce falta aplicarlas. Es decir, se avisa del respeto debido a los usuarios, a no ofender, a no insultar, etc. etc. Pero no pocas veces eso se omite y se tolera o se pasa por alto la conducta borde y ordinaria. Puede que una explicación sea para evitar fugas de usuarios, con lo cual los administradores y/o servidores pierden puntos (de esto me enteré por azar no hace mucho: los servidores y algunos administradores cobran por "pinchazo" de visita en la web, con lo cual acaso les interese a algunos el follón --atrae gente-- y el no amonestar --evita fugas posibles--). Si las peleas fueran en webs de gente joven y chavales --que las hay, las peleas, me refiero--, se comprendería. No se entiende tanto cuando es entre gente más asentada (?) y más formada (¡). En realidad, es en estas últimas donde hay los verdaderos follones, como he comprobado y como han comprobado algunos amigos a los que participé del tema el año pasado. Muchos de ellos huyen como del diablo de participar en estos foros o grupos, incluso rehúyen curiosearlos, lo que demuestra que tienen más cerebro que yo. El año pasado, también, un administrador de una web con foros me invitó a inscribirme, aunque fuera a nivel testimonial, pero rehusé contándole estas razones aquí expuestas; me dijo que lo comprendía y que de hecho él opinaba como yo, que en los foros había una excesiva cantidad de bordería y mala educación.
Posiblemente alguien diga: "Tío, esto es como en una conversación de bar entre desconocidos; hay gente de toda clase y a veces hay discusiones". Cierto, muy cierto. Pero, veamos: si uno ya no participa en conversaciones de bar con desconocidos, menos aún participará en foros o grupos con desconocidos, anónimos y seudónimos. Esto me parece de lógica, ¿no? Si no te metes en unos, no te meterás en otros. Y si deseo polémicas o discusiones sobre temas concretos, tengo a mis colegas y camaradas de siempre para hacerlo con ellos cervecita de por medio. Y esto me lleva a otra conclusión: el lenguaje informático --ya dije que a veces es incomprensible-- lo dominan mejor los que han sido educados ya por él y con él y no los jurásicos alzheimerianos como yo, que no lo entendemos, no sabemos aplicarlo y nos armamos un lío por todo. Así ocurre que la compostura guardada en una web/foro/grupo de chavales puede ser comparativamente muy superior a la guardada en una web/foro/grupo de semiadultos o de jóvenes o de gente de mediana edad (entiendo por eso gente de entre 25 y 45 años). Los primeros ya han empezado a chatear y forear y dominan mejor las cosas y entienden el lenguaje, y sus peleas tienen algo de natural. Los demás, lo han aprendido un poco después y se han acostumbrado --mal-- a la técnica, y de ahí ese complejo de superioridad, esa mala educación que les sale a la que alguien opina lo contrario que ellos, o a la que alguien es rojo en vez de azul, o a la que desean fastidiar a alguien por algo. ¿Quizá deberían pasarse por una web de chavales para mejorar su educación? Posiblemente.
Además, una pelea/discusión por internet ese mucho más desagradable que en vivo y en directo: la razón es que no puedes ver la cara del otro, oír su voz, ver sus ademanes, las inflexiones y los registros de su discurso. Por cierto, que esto no lo descubrí yo: me lo indicó Alejo Cuervo cuando hace año y medio le conté mis problemas con los e-mails que recibía de un amigo y que ocasionaban discusiones entre él y yo, debido a eso: yo era incapaz de entender el sentido de un e-mail normal y corriente. Es cierto, hay un déficit de información que no permite la comprensión total de lo que se dice en el discurso/discusión/intercambio de opiniones; un e-mail jamás será mejor que una charla telefónica, por la misma razón que una charla telefónica nunca será mejor que una conversación cara a cara.
En este blog se recomienda una web con foros de discusión sobre libros y otros temas (cine, cómic...); ya dije en diciembre que me la miré con lupa antes de hacerlo, y para mi sorpresa las discusiones son civilizadas y las discrepancias son amistosas. De momento. Raro, pero cierto. Lo que me recuerda otra cosa: cuando el año pasado, comentando con una chica de Madrid que no creo en las relaciones por internet y demás, pues había comprobado que acaban mal, me dijo: "Tío, es que si te apuntas a uno de esos grupos de google, claro que acaban mal". No sabía muy bien de qué me hablaba por entonces, porque ni siquiera sabía lo que eran los foros o grupos google, lo supe más tarde.
Admito que mi opinión negativa de todo esto esté forzada por la edad y mi inoperancia informática. Y admito que puede que no todos los foros sean iguales. Puede que en aquellos donde se hable de cocina, jardinería o ruedas de coches, haya un nivel de amabilidad y buen rollo o de calma al menos, que en los de religión, política, literatura, cine, deporte y temas un poco más elevados (al cubo o al cuadrado), donde no desboquen a la mínima discrepancia en peleas brutales e insultos y descalificaciones varias. ¿O no? Puede que a lo mejor en un grupo o foro de cocina alguien cante las excelencias de la "esferificación de merluza al vapor con puntitas de zanahoria", y salga uno diciéndole que se vaya a cagar, que la merluza al vapor es vomitiva y lo de la esferificación una pijada de maricas, y ya está armada. Y lo mismo si a alguien se le ocurre decir en un grupo de jardinería que prefiere cultivar violetas a rosas, y salga un alérgico a las violetas... Yo creo que, tal como va la cosa, lo de "foros de opinión de internet", o "foros de opinión", para hacerlo corto, acabará formando parte de una trilogía de modismos verbales imposibles: los otros dos son "inteligencia militar" y "música militar"; ya saben: si es una cosa, no puede ser la otra...
Por supuesto, todo esto no es más que "una opinión", como queda dicho y señalado en el título de este artículo. En su derecho está quien se lo pase pipa en estos foros de discrepar de ella. Yo lo único que puedo hacer es envidiarle si se lo pasa bien con estos malos rollos, que a lo mejor sólo son buenos para él. Suerte que tiene. A mí todo esto sólo me ha traído disgustos y prefiero vivir bien encerrado a cal y canto en mi intimidad.
March 17 WEIRD TALES (1923-1932), Selección de Francisco Arellano(c) 2007 by J.C. Planells
Esta recopilación preparada por Francisco Arellano está dedicada a la revista Weird Tales, con relatos publicados entre 1923 y 1931 (no 1932, como dice el muy pillín en la presentación y portada). El balance general es bastante mejor que el de la anterior recopilación, dedicada a la revista Amazing Stories y que ya tuve ocasión de comentar. En total reúne once textos, dos de ellos novelas cortas, muchos de ellos inéditos. En la parte negativa hay que señalar que el prólogo es menos malhumorado que en la anterior recopilación; lo siento, pero a mí me divierte esa manera de presentar los libros de que hace gala el camarada Francisco Arellano, y aquí se limita a un prólogo amorfo. Por suerte, en las presentaciones de los relatos dice cosas muy divertidas, y eso hace que se le perdone la insulsez del prólogo a la edición. Pero veamos ya los relatos:
"Dagon", de Lovecratf, abre fuego, y como es sobradamente conocido, es innecesario comentarlo.
"El cerebro en el frasco", de Richard F. Searight y Norman Elwood Hammerstrom. No puedo contradecir a Arellano, diciendo que yo sí conozco a estos autores. En realidad, ni me he molestado en buscar datos suyos (el humor de Arellano a veces es muy raro). Creo que en el segundo caso se trata de un seudónimo, pero tampoco me apetece averiguarlo. El relato es un estupidez divertida: el típico cerebro que se guarda en un tarro en el laboratorio y que te cuenta su tremebunda historia y su posterior venganza (un tema que en los años treinta dio pie a no pocas historias).
"El regalo del rajá", de E. Hoffmann Price. En rigor no es un relato ni de terror ni de fantasía, pero sí es una notable historia. Arellano dice que le impresionó mucho (le encanta contarnos sus vivencias, y a falta de prólogo enfurruñado, pues mejor eso que nada). Quizá no haya para tanto, pero realmente es una historia a retener.
"Despacho nocturno", de H.F. Arnold. Tengo la vaga idea de que estaba ya publicado. No importa. Es un relato típico de los años treinta y he de decir que es de los que más me han gustado. No porque sea original --ya no existe nada original--, sino porque Arnold lo cuenta con vigor y al final consigue estremecernos, que es de lo que se trata.
"Bajo la tienda de Amundsen", de John Martin Leahy. (En la portadilla figura como "En la tienda de Amundsen"). Ya publicado anteriormente en diversas antologías, es un buen relato también clásico de los años treinta. En efecto, prefigura qel "¿Quién nada por ahí?" de John W.Campbell, llevada dos veces al cine, pero no desmerece.
"El octavo hombre verde", de G. G. Pendarves. Única autora de la selección. Es un correcto relato sobre el "american gotic", por llamarlo así. Poco original, pero entretenido.
"La hiena", de Robert E. Howard. Un inédito --que yo sepa-- del maestro Howard (resulta que a mí me da la gana de llamarle a veces "maestro Howard", ¿pasa algo?). La historia es sencilla y previsible, pero, ¡qué bien lo hace Howard cuando lo hace bien! Sobrio en adjetivos, conciso en descripciones, natural en la creación de ambiente, perfecto en ritmo... Lo dicho: un relato del Maestro.
"Colisión de soles", de Edmond Hamilton. Novela corta de ciencia ficción pura y dura. O, mejor dicho, una "aventura interplanetaria", como dice el camarada Arellano, término que me gusta mucho más que el amorfo "Space Opera". Propongo que los defensores de la pureza idiomática, en vez de perder el tiempo en gilipolleces, decidan adoptar el término "aventura interplanetaria" como sustitutivo adecuado del término inglés "space opera". En cuanto a la historia en sí, da más risa que otra cosa. No resiste el más mínimo análisis científico (Barceló la excomulgaría), pero de lo que se trata es de divertirnos, y eso está garantizado. Esos alienígenas en forma de globitos que cuando los aprietas mucho estallan y te ponen perdido... en fin.
"La maldición de los Phipps", de Seabury Quinn. Sinceramente, las historias de "detectives de lo sobrenatural", las escriba quien las escriba --Blackwood, Quinn...--, me repatean el hígado. Así que para mí este relato es una verdadera pérdida de tiempo el leerlo. Supongo que gustará a los fans de esa variante del género. Qué cruz, señor, qué cruz.
"El horror de las colinas", de Frank Belknap Long. Arellano sugiere en su presentación que hay algo de Lovecraft en esta historia (de hecho, es la segunda novela corta del volumen), puesto que se documenta un escrito del escritor de Providence a Belknap Long sobre un sueño que Lovecraft tuvo y que le regaló para su historia. De esto a considerarlo una colaboración... En fin, se trata de ordeñar la vaca mientras la ubre siga dando leche. Por lo demás, yo sí creo que la parte referida al sueño es tal cual la escribió Lovecraft, más que nada porque es decentilla, y el resto de la novela corta es basura pulp de mucho cuidado. Es imposible contener la risa ante las estupideces y el adjetivario que se gasta Belknap Long. ¿La escribió en serio? No quiero decir con esto que sea mala: es pulp puro de los treinta, pero un tanto pasado de rosca: o sea, está más allá del bien y del mal. Los críticos cejijuntos abominarán de ella. Yo no soy cejijunto porque me depilo las cejas. Es curioso: al monstruo de la historia se lo cargan mediante una máquina espacio-temporal que uno de los personajes tiene en su casa con la misma naturalidad con que usted y yo podríamos tener una tostadora o un lector de DVD. Encantos pulperos de ayer (¿y de hoy?).
"La venus de Azombeii", de Clark Ashton Smith. Tras la paliza de Belknap Long, bien está que la antología termine con algo suave como este buen relato de Ashton Smith, inédito según creo. Una aventura africana (como la de Howard) que deja buen sabor, como siempre deja este memorable autor.
En suma, una antología muy representativa de lo que fue Weird Tales y del tipo de historias que se publicaron. Realmente disfrutable, aunque la calidad de algunos textos sea nula. En realidad, eso no importa mucho si lo que se busca es un buen rato de diversión, algo que todos (excepto Seabury Quinn a nivel personal) proporcionan. Nos deja a la espera de una futura entrega de la misma, o de otras antologías de revistas famosas de lo fantástico.
March 16 GALERÍA DE MUJERES (18): SUSANNAH YORK: Combustión interna(c) 2006 by J.C. Planells
![]() Es muy curioso el caso de esta actriz británica, nacida en 1941, todavía en activo, pero sumida en la oscuridad desde principios de la década de 1980, al cumplir los cuarenta años. Aunque su nombre figura en películas de éxito (Un hombre para la eternidad, Tom Jones, La batalla de Inglaterra...), y aunque cuenta con un rostro agraciado, nunca ha despertado el menor interés entre el público ni ha contado con club de fans que la jaleasen. No ha sido exactamente ninguneada, pero sí ignorada, como si ni siquiera estuviera en la pantalla o fuera invisible.
Y sin embargo...
Y sin embargo esta actriz ha calentado el patio de butacas como pocas actrices lo han conseguido. Se dio a conocer y trabajó en la misma época en que Rachel Welch, Ursula Andress y Elke Sommer exhibían en pantalla sus bustos generosísimos, sus traseros bien carnosos, sus caderas más que pronunciadas, haciendo que el espectador corriera a ver sus subproductos o tonterías varias en las que aprovechaban cualquier excusa para exhibirse anatómicamente (no podían exhibir sus talentos interpretativos porque eran inexistentes); ahorro títulos como ejemplo, porque están en la memoria de todos (esa película de la prehistoria en que Rachel lucía ese bikini...). O sea, calentaban el patio de butacas --se supone-- luciendo carne.
Susannah York calentaba mucho más el patio de butacas aunque conseguía pasar desapercibida para todos. Eso sí es un misterio. No solía hacer mucha exhibición anatómica (aunque en El grito, un film de 1978, había bastante generosidad por su parte) entre otras razones porque su anatomía no era rival para Rachel, Ursula o Elke: sus pechos eran pequeños, su culo era de chico y sus caderas más bien inexistentes. En fin, no era un cuerpo "10", sino "4" como mucho. O, como diría alguien, un cuerpo de nadadora: nada por delante, nada por detrás.
Y sin embargo, conseguía convertir el patio de butacas en una olla hirviendo.
No era fea, desde luego, no lo era. Era la típica rubia británica de cutis paliducho, melena de un rubio muy claro, dientes algo feíllos, ojos de un azul demasiado claro, labios demasiado alargados y mandíbula ancha. Los rostros de Rachel, Ursula y Elke eran (se supone, porque luego entra la cuestión de gustos...) mucho más atrayentes que el suyo, más "perfectos", femeninamente hablando. Susannah era una inglesita insignificante, monilla, graciosilla y nada más. Una de esas rubias que los tíos machos llenos de vigor viril califican como de "usar y tirar".
Y sin embargo, el patio de butacas alcanzaba una temperatura extrema.
Esta chica, pues, de cuerpo insignificante, cara bonita, apariencia frágil y de una gelidez bastante británica, empezó en el cine de 1960, a los 19 años, en películas insignificantes. Y sin embargo, algo debió de ver en ella ese viejo zorro que era John Huston cuando, en 1962, la eligió para uno de los principales personajes de Freud, pasión secreta. Su personaje era una muchacha que Freud psicoanalizaba a sugerencia de un amigo, descubiendo finalmente que su histeria y sus problemas procedían de haber sufrido abusos sexuales por parte de su padre cuando era una niña. Eso es empezar fuerte.
Luego, entre otros papeles de menor significancia o en películas como las citadas al principio, Susannah nos ofreció un catálogo de personajes verdaderamente morbosos. Fue una hermana que mantenía una apasionada relación amorosa con su hermano (Peter O´Toole), llegando a consumarla en un arrebato de pasión irrefrenable, en No todo amor es hermoso; la pasión y el deseo que se desprendían de sus miradas realmente incomodaba incluso. En XYZ, Salvaje y peligrosa, era la amante de Michael Caine, que ponía así en peligro el matrimonio de éste con una muy irascible Liz Taylor. La esposa no estaba dispuesta a ser ninguneada y para vencer a su rival... la seduce y se acuesta con ella, dejándose sorprender por el marido cuando están juntas en la cama tras unas cuantas caiditas de Roma: la cara de Susannah es un poema cuando el marido las pilla in fraganti, y Liz Taylor pone cara de triunfo, como diciendo, "¿Ves?, yo también puedo tirarme a tu putilla si quiero". En El asesinato de la Hermana George, un film de 1968 que escandalizó en medio mundo y en el otro medio no pudo exhibirse, Susannah era el juguetito sexual de una lesbiana vieja y en decadencia, con la que convivía y a la que servía. Otra mujer, aparentemente no lesbiana, algo más joven que la otra, pero no mucho más, se siente atraída por ella y se la arrebata a la vieja lesbiana, a base de camelarla para ofrecerle un mejor futuro. En esta película no hace falta decir que el calentamiento del patio de butacas llegaba al límite, especialmente cuando la sumisa Susannah, tendida en la cama, se deja masturbar por la que va a ser su nueva protectora y se entrega a ella. No hay nada más erótico que la insinuación, los primeros planos, la respiración y las miradas. Al lado de esto, una peli porno es un frigorífico. O, si una imagen vale más que mil palabras, una sugerencia vale más que una escena porno. Además, están las escenas en que Susannah se deja arrastrar a los jueguecitos de sumisión y castigo por la vieja lesbiana, y sus paseos por la casa en combinación, luciendo su insignificante cuerpecillo. En El grito se deja poseer salvajemente por un brutal Alan Bates (como debe ser siempre Alan Bates, bien brutal, sí señor), un misterioso personaje que turba (y masturba) la hasta entonces apacible vida conyugal de los protagonistas; Bates se refocila con ella sin piedad alguna (como ha de ser, también). En Danzad, danzad, malditos empieza de fina y segura y acaba siendo una ruina sudorosa, ajada y destrozada que se desmorona en el transcurso de la maraton de baile; a su lado, Jane Fonda no inspira mucha piedad que digamos, qué cosas, y eso que la matan al final, pero suda menos y se aja menos o con menos gracia y su sudor no conmueve gran cosa. En The Maids, un film inédito en España y basado en la obra Las criadas de Jean Genet, interpreta el papel de Claire, en otra obra de sumisión y juego sexual entre criadas. No está de más citar que aparecía también en Testigo silencioso, un thriller de 1978, realmente memorable y original; interpretaba a la compañera de trabajo de Elliott Gould, aunque si llega a hacer el personaje que acaba degollado brutalmente por Christopher Plummer... hum, más fuego en las butacas...
El morbo y el calentamiento de platea que Sussannah York provocaba con estos personajes no era tanto por los personajes (que los podría haber interpretado otra actriz, claro), como por la manera de darles vida... calor, sería mejor decir. En el cine ha habido muchas lesbianas, incestuosas, bisexuales, y no sé si féminas que se han dejado masturbar; pero la diferencia entre Susannah York y otras es que lo hace con un talento interpretativo que le brota de dentro y que tampoco se le ha reconocido (diantre, ¿alguien le ha reconocido algo a esa actriz?). No es una cara particularmente bella ni desde luego un cuerpo memorable, pero saca de debajo de la piel sus talentos interpretativos y consigue encender el patio de butacas (o la butaca ante el televisor). Lo que no son capaces de conseguir Rachel, Ursula o Elke con sus meneos de caderas, lo consigue ella con una mirada, un mohín, o un ademán casi imperceptible en cualquiera de sus películas. Su personaje de El asesinato de la Hermana George se define más por cómo se mueve, mira, habla, agita la cabeza, escucha sentada, camina, que por lo que de ella dice su amante lesbiana (prácticamente nada): eso es interpretar. Susannah interpreta desde dentro, y su interior está en combustión y sale disparado hacia fuera.
Ya hace años que un crítico español cuyo nombre no recuerdo llamó la atención sobre esto, pero no pareció que le hicieran mucho caso. Alguien, en todo caso, debió notarlo, por la acumulación de papeles con morbo en su filmografía (y he citado sólo los que conozco, no sé si habrá más).
A partir de 1980 su carrera bajó, ya no hubo películas famosas y muchas no se han estrenado. Hizo mucha televisión --el refugio para las estrellas que ya no reclama el cine-- y escribió varios libros para niños. Es de izquierdas (¡ole mi niña!) y su marido se divorció de ella en 1980 (los hay que no saben apreciar lo que tienen en casa). Tiene dos hijos actores.
Pero hay que reconocer que se despidió del cine de éxito a lo grande: en 1978, fue la madre de Superman en el film de Richard Donner y en dos de las secuelas de la serie (en una sólo se oía su voz). Realmente, eso sí que es una madre con poderes...
March 15 MUJERES PELIGROSAS, selección de Otto Penzler(c) 2007 by J.C. Planells
No han abundado mucho en castellano las antologías de relatos policiacos. Aparte de las ediciones españolas de las revistas Alfred Hitchcock´s Mystery Magazine y Ellery Queen´s Mystery Magazine, en diversas editoriales o países, las antologías publicadas eran en su mayor parte recopilaciones de estas mismas revistas o amontonamientos dispersos como las ofrecidas en su tiempo por Acervo (que a veces ofrecían fragmentos o capítulos de novelas, dicho sea de paso). Durante los años ochenta y noventa hubo algunas, aprovechando el boom de la novela negra en España --Júcar, Ediciones B, Martínez Roca etc.--, pero los editores no estaban por la labor.
Esta recopilación presentada y seleccionada por Otto Penzler ha sido editada en Argentina por Editorial El Ateneo (creo que llegó a tener delegación en España hace mucho). Apareció a finales de 2006 y la edición original es del 2005, lo que significa autores recientes y relatos recientes, escritos directamente para la antología. La mayoría de los autores que aparecen en ella son bien conocidos por el lector actual de novela policiaca; entre otros, tenemos a Michael Connelly, Ed McBain, Elmore Leonard, Anne Perry, Ian Rankin, John Connolly, Thomas H. Cook, Walter Mosley... La temática es la mujer como elemento criminal o peligroso, o sea, lo típico en la novela negra, que siempre he sospechado que es algo misógina por motivos que no sé explicarme. Tanta mujer fatal fumando con boquilla, llevando pistolas en el liguero, pintándose las uñas mientras planea cómo deshacerse del marido molesto para irse con el chulo del barrio... Este tipo de mujer fatal tiene muchos fans en el género negro y autores especializados (Gil Brewer, del que ya hablé en la serie "Autores olvidados", James Hadley Chase, Carter Brown, etc.); yo creo que un psicólogo tendría algo que decir al respecto, pero en todo caso lo que interesa es la calidad de la antología, no los problemas psicológicos del autor de novela negra.
Como ocurre en toda antología, la calidad de los relatos es dispar: hay bueno y malo. Entre lo malo, el de Nelson DeMille, "Cita", que nos deja claro que ha visto la película de Kubrick La chaqueta metálica, y debe pensar que los demás no; pues muchas gracias, hombre, qué original eres. Pero claro, cuando uno cae en la cuenta de que la temática propuesta tampoco es que sea muy original... Mejor hablemos ya de lo bueno, como el relato de Michael Connelly, "Cielo azul", en el que aparece su detective favorito, Harry Bosch, y aunque el relato está bastante metido con calzador en la temática de la antología, la verdad es que es de los mejores; "Su dueño y señor", de Andrew Klavan, es también muy bueno, como bueno es del "Karma" de Walter Mosley, entre otros. Como malos, malos, aparte del de DeMille, hay que mencionar el de Anne Perry, una autora que nunca me ha dado la gana de leer hasta ahora (aunque en su día lo intenté cuando apareció su primer libro en castellano: desistí de inmediato), y que tras leer su aportación me demuestra que no vale la pena de perder el tiempo leyendo nada suyo; el de Elmore Leonard no es que sea malo del todo, pero me hace pensar que a este autor lo hemos sobrevalorado todos un poco; "Mala de nacimiento", de Jeffrey Deaver, es el relato más tramposo que me he leído en años: el autor se ve que cogió una indigestión de finales sorpresa del Hitchcock Magazine y quiere compartir esa indigestión con sus lectores, que no le hemos hecho nada malo. Hay también un relato de la inevitable Joyce Carol Oates, autora que lo mismo sirve para un barrido que para un fregado y a la que nunca me he podido tomar en serio debido a eso mismo; Laura Lippman nos demuestra con su relato que la trampa se puede hacer, pero cuando se hace con gracia y talento como ella, no como el burdo de Deaver; un autor de raro nombre, Lorenzo Carcaterra, nos ofrece un largo relato, "A mil millas de ninguna parte", leído ya mil veces pero que el autor desarrolla bien, aunque peca de excesivamente largo; el de Ed McBain, que abre la antología, está muy mal escrito y resulta algo ridículo.
No es que, en general, haya mucha originalidad en los argumentos e historias, pero yo creo que ese es un problema intrínseco del género policial, que básicamente tiende a entretener o sorprender al lector. En fin, el factor entretenimiento se cumple, más o menos bien, y el resultado o balance general es correcto, especialmente si no se lee de un tirón, pues podría producir empacho.
March 13 ¿VUELVE EL PULP? (Y SI VUELVE, ¿POR QUÉ?)(c) 2007 by J.C. Planells
La colección de Francisco Arellano editor ha llegado a su noveno título, inasequible al desaliento e impasible el ademán, en el momento de escribir estas líneas. Ya comenté su primer título el año pasado en este blog, el volumen dedicado a una recopilación de relatos de la revista Amazing Stories; no parece que nadie más le haga el menor caso: no he visto noticias sobre la colección o el editor en las webs que visito (claro que tampoco visito casi ninguna...), ni críticas de los títulos aparecidos (nunca leo críticas), ni comentarios en los foros que visito (que todavía son menos que las webs, para evitarme disgustos como ocurrió el año pasado...). Hace poco me interesé al respecto sobre este fenómeno, de manera muy discreta, eso sí, y obtuve la siguiente respuesta: "Él se lo ha buscado". Pues vaya. Francisco Arellano, como editor --y como persona-- es algo extraño (lo que no es necesariamente malo, quede claro). Por ejemplo: aún no he entendido cómo se llama su colección: ¿La biblioteca del laberinto? ¿O Delirio Ciencia Ficción? "Delirio" ya era el nombre de su primera colección como editor, hacia mediados de los años setenta. Bien, no importa cómo se llame, porque ambos nombres son bonitos. La colección como-se-llame sigue unos criterios de selección de autores y títulos coherentes con el pensamiento único de Arellano: nada que reprochar, y contiene casi siempre unos prólogos muy divertidos. Ya dije en su día que el del número 1 era divertidísimo, de manera involuntaria, claro. Resulta que Arellano ha descubierto una manera distinta de prologar un libro y/o los textos que contiene si se trata de antologías; si Miquel Barceló hace alarde en sus prólogos de egolatrismo y trato despectivo hacia quienes no piensan como él, Arellano hace alarde de masoquismo y vivencias personales, además de un sentido del humor que sólo lo debe encontrar él divertido (a ratos, parece humor inteligente catalán según lo entienden los no catalanes: ya he dicho que es raro). Hombre, es una opción como otra cualquiera, desde luego (y para mi gusto, preferible a la tan desagradable de Barceló, por supuesto), pero sería de desear que alguien en este país --o en este género de la narrativa fantástica-- haga alguna vez prólogos donde se hable de la novela únicamente o de su autor, no de los gustos personales, neuras y vivencias del editor o prologuista. Lo digo más que nada para variar y que se vea que somos serios (si es que somos serios, claro).
La colección, para mi gusto, llega a bordear a veces lo francamente inexplicable. Bien está que se reedite a Stanley G. Weinbaum (La llama negra, nº 6) y que se ofrezca una selección de relatos de Robert E. Howard temática (Espadachinas, nº 5), con algunos textos inéditos o poco divulgados, y que se prosiga con las antologías de relatos aparecidos en revistas míticas (Weird Tales, 1923-1932, nº 9, de la que pondré dentro de pocos días un comentario), ofreciendo una buena selección como en el número 1 se hizo con Amazing Stories, o que se atienda a clásicos ninguneados como Nilo María Fabra o algo innecesarios, como un raro volumen de Edgar Rice Burroughs para hacer felices a sdus fans.
Pero junto a estos textos --arqueológicos, sin duda, o clásicos de la aventura, también--, existen otros cuyo interés sencillamente no entiendo. Me refiero concretamente al número 8, Harry Dickson I: El veneno de Robur Hall, donde Arellano nos amenaza con que será el primero de una muy larga serie de tomos con aventuras de este personaje. Yo había oído hablar de esta serie a mi padre alguna vez: falsos relatos de Sherlock Holmes presentados en España en una colección llamada "Memorias íntimas del Rey de los Detectives" o "Memorias íntimas de Sherlock Holmes", y que a veces he visto tirados por ahí en el mercado dominical de Sant Antoni sin que nadie les haga el menor caso. Su autor era desconocido. Arellano, en esta primera entrega, nos llena de datos al respecto. Hombre, se agradece el esfuerzo documental; pero he de confesar que no sé si a causa de mi Alzheimer o qué, no he conseguido entender nada de cuanto nos explica. ¿Son los textos de Jean Ray que hace años publicó ya Jucar? ¿Son los textos originales alemanes? --se ve que la cosa esta nació en Alemania a principios del siglo XX-- ¿Son las traducciones francesas de Jean Ray? ¿Son las ediciones francesas retraducidas y reescritas por no se sabe quién? ¿Son todo ello a la vez y nada? ¿Son una rosa o un clavel? En fin, como digo, no lo he conseguido entender. Lo único más o menos claro es que estos textos no se sabe quién los escribió. A mí personalmente me fastidia mucho desconocer la autoría de un texto, aunque sea tan ligeramente infumable como estas novelitas de aventuras policiales, que si vamos a ello, están algo por debajo de Edgar Wallace, Sax Rohmer y otros: folletín puro y duro. Nada que objetar, por supuesto, pero... ¿era necesario? En fin, el espíritu de esta colección arellanesca evoca, por supuesto, un retorno a la narrativa pulp. De hecho, actualmente ya existe otra colección haciéndole la competencia (a no ser que sea él mismo quien se la hace..., que todo es posible al norte de Granada) a través de una misteriosa editorial, Ans, nacida en Madrid en 2006 y dedicada a lo mismo: Sax Rohmer con dos novelas; Abraham Merritt con Siete pasos a Satán; los relatos de Cormac por Robert E. Howard (eso sí es digno de celebrar); un par de antologías de relatos de terror de los años treinta extraídos de Weird Tales, donde se aúna lo infumable con lo curioso; un Rice Burroughs (raro fuera que no hubiera algo suyo) y otros ilustres desconocidos. Quizá sí haya un público para esto, es posible. De hecho, cierto editor al que las librerías especializadas hicieron el boicot no hace tanto por no pagar derechos de autor ni de traducción, también editó varios títulos "pulposos" en sus colecciones (sin muchos de ellos se podía vivir perfectamente, la verdad).
Lo curioso del pulp es que cuenta con cierto beneplácito por parte de la crítica sesuda. Esto tiene mucha gracia. Se suele injuriar a los autores actuales conocidos o no que publican un libro regular o insatisfactorio o con fallos; se despedaza vivos y sin anestesia a Scott Card, a China Mieville o a Lois McMaster Bujold entre muchos otros, pero se suele perdonar y mirar con amor al pulp más cutre y deleznable por eso, por serlo. No digo que lo hagan todos los críticos, pero...
Evidentemente, el pulp tiene un público. ¿No lo tenía antes? Bueno, lo tuvo en su época, cuando se publicaba en los años veinte, los años treinta, pero estamos hablando de ahora mismo y de Spain, ya saben, la tierra de Acebes y Otegi, de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María que nos ha de helar un día de estos el corazón. Aquí el pulp se ha descubierto hace como cuatro días; lo leían tres y ahora parecen leerlo treinta (debe de ser por el aumento de población). ¿Hay explicación para este retorno triunfal?
Personalmente, el pulp me es muy simpático, o de lo contrario no estaría perdiendo el tiempo con tonterías. Cuando a uno le aburren infinitamente los nuevos autores y sus novelas mamotréticas, las sagas interminables y los neoautores modelnos no consiguen captar el interés pasada la página 20 (de llegar a ella), y convierten la lectura en un suplicio, cuando no en una angustia, uno echa mano una temporada a esta literatura modesta y carente de pretensiones... pero por escaso tiempo, porque acaba empachando. Y es que, claro, los nuevos autores vemos que literariamente no son nada ni nadie; suelen ser productos de laboratorio de escritores con diploma de fin de curso que nos endilgan sus neuras y sus textos escritos pulcramente pero con la misma alma que un muerto viviente. Para leer sus naderías, uno prefiere leer clásicos del género; para leer presunta literatura, uno prefiere leer a Dostoievski o a Pérez Galdós. (Inciso: no me consta que ni Dostoievski, ni Dickens, ni Pérez Galdós, hubieran asistido nunca a un taller de escritura; y sin embargo ahí están. Por el contrario, Ed Bryant es un producto surgido de un taller de escritura; y ya ven de lo que le ha serrvido: para hacer de crítico literario, ¡ja ja!) De ahí que a veces uno necesite refrescarse con una ración de "pulp" a la plancha (chiste malo, lo sé, pero bonito).
Los autores pulperos escribían muchos de ellos entre mal y muy mal. Les sobraba inventiva y no pretendían otra cosa que entretener modestamente. (Pero se olvida que Howard en un género y Hammett en otro fueron pulperos.) A lo mejor es eso lo que los críticos sesudos que asesinan a Scott Card o a Mieville o a quien sea les perdonan. Deben pensar que como son escritores inferiores, se les ha de perdonar todo. Como yo, gracias a dios, no soy ni he sido (aunque hay quien se lo crea) un crítico, me lo miro de otra manera. ¿Me aportan algo los neoescritores o los bestselleros o los mamotreteros o los sagueros? No padre. ¿Me aporta algo el pulpero barato y cutre? Pues en la mayoría de las ocasiones, diversión. Y esto me basta para mirarme con simpatía --aunque también con algo de prevención-- toda esta invasión pulposa que nos llega de manos de este y del otro.
Por lo demás, creo que el pulp tiene dos tipos claros de lectores: los muy jóvenes, que lo desconocen como no sea de referencias, y los jurásicos que arrastran el Alzheimer por los suelos, como yo, a quienes los neoautores no les tienen ya nada que enseñar, y lo que les queda por aprender lo aprenden en otra parte muy distinta de la literatura. En medio, la franja mayoritaria se lo mira con pena pero con condescendencia. Veremos, en fin, lo que dura esto. Arellano se ha montado una colección divertida, sí, bien presentada, pero que a ratos más parece una colección de juguetes privados que otra cosa. Está en su derecho. Y si le salen imitadores, pues más que nos reiremos y jugaremos con esos juguetes. Cuando tengamos ganas de jugar un rato, claro, y teniendo presente que son solo entretenimientos.
March 12 EN EL ANIVERSARIO DEL 11-M(c) 2007 by J.C. Planells
Resulta que ayer era 11 de marzo, aniversario de ese atentado que todos tenemos en la memoria. Yo no había caído en ello, viviendo como vivo en mi dimensión desconocida, alejado del mundanal ruido. Me lo recordaron las noticias de la noche, cuando ante la inauguración de un monumento a las víctimas de aquel salvaje asesinato en masa (dejemos lo de atentado para los finolis), víctimas de uno y otro bando (?) empezaron a liarse a insultos y si no llegaron a las manos fue por la presencia de la policía. Qué verguenza. Pero qué vergüenza. Poco después aparecían en pantalla unos familiares de un fallecido, que por su acento debían ser ecuatorianos o peruanos, ramo de flores en mano, cariacontecidos, y con voz queda lamentando lo ocurrido en un acto que debía ser para recordar a los 200 y pico asesinados. Repito: qué vergüenza.
Como es ya sabido por quienes frecuenten este blog (si es que lo frecuenta alguien, porque he llegado a un punto en que ya todo me da lo mismo), aquí se publica ficción (en forma de relatos o novelitas) y no ficción (en forma de artículos y ensayos). Pero ello no significa que este escritor --yo-- sea idiota o viva todo el día en esa dimensión desconocida a que he aludido. A veces he comentado algún tema que me importaba por su valor social, no tanto para divulgar mis ideas --carezco de ideas-- sino mi preocupación por las personas y lo que les ocurre. Preocupación innecesaria, atendiendo a cómo va el mundo y sobre todo este país, llamado España por unos, y España, coño, por otros.
Que la política en España (o España, coño) ha caído a niveles de cloaca, es algo bien sabido por periodistas, estudiantes y trabajadores. El descenso en las elecciones lo muestra. Y esperen, verán en las próximas, se vote lo que se tenga que votar. Tenemos, por un lado, un gobierno algo débil e indeciso, con buena voluntad pero carente de firmeza. Tenemos por otro lado un partido de oposición (o sea: alternativa de gobierno) rabioso, enconado, vengativo y preocupado sólo por la revancha al precio que sea. Entre ambos, una ciudadanía que ya les ha vuelto la espalda y que va por otros caminos. La credibilidad nunca ha sido el fuerte de los políticos, pero no recuerdo ninguna etapa desde 1976 (o 1978) en que haya llegado a esos niveles de subsuelo. Los políticos mienten, manipulan, engañan, provocan, encienden fuegos en diversos lugares de España; no defienden tanto su ideología (dudo siquiera que la tengan) como su bienestar y su futuro (no el de los ciudadanos). Hubo en España hasta hace poco un gobierno que metió al país en una guerra no deseada; esta guerra fue la causa de un asesinato en masa (repito: lo de atentado lo dejo para los que se la cogen con un papel de fumar). Vimos (o vi yo, quizá nadie más reparó en ello) imágenes terribles en las televisiones; leímos (o quizá lo leí sólo yo) testimonios desgarradores de quienes salvaron su vida y de quienes fueron testigos de lo ocurrido; nos estremecimos (seguramente sólo me estremecí yo) con las historias de los familiares de tanta gente como murió: jóvenes, trabajadores, estudiantes, inmigrantes de países latinoamericanos o europeos del este que venían a esta España (o España, coño) a buscar el trabajo y la seguridad que en sus países no tenían. Ahora, en ese aniversario, vemos a familiares de las víctimas (si es que lo eran) enzarzados a insultos (porque por lo visto unos eran partidarios del PP y otros del PSOE) y a punto de partirse la cara a puñetazos. Vemos que las asociaciones de víctimas del terrorismo (de cualquier terorismo: islámico, etarra...) son caldo de cultivo de fachas camuflados en algunos casos, y objeto de manipulación francamente pornográfica por parte de según qué dirigentes políticos, para fines que sólo se me ocurre calificar de oscuros. Nadie se preocupa de llamar a las puertas de las tumbas de cada uno de los 200 y pico de muertos del 11-M para preguntarles qué les parece lo que está pasando en España (o en España, coño). Sinceramente, lo que ocurre me parece tan absolutamente repugnante que me faltan calificativos, a no ser que emplease el lenguaje de las tabernas (es decir: el que emplean según qué políticos).
Vemos el congreso de diputados y el senado convertidos, de hecho, en tabernas donde se vocifera, se insulta, se grita, se abuchea, se provoca, y dentro de poco tiempo --me juego una paella-- se agredirá a puñetazos a alguien. ¿Que no? Al tiempo. El partido actualmente en el gobierno considera que todo esto es culpa del partido actualmente en la oposición. Yo no negaré que esto es en un 90 por ciento verdad. Ese partido actualmente en la opiosición ha digerido mal una derrota electoral, conscuencia de una serie de errores no asumidos, y su rabia le ha llevado a aliarse con deleznables individuos de la derecha más brutal y violenta. Dato curioso: incluso la propia Falange se ha desmarcado de ciertas propuestas del PP por considerarlos "hipócritas".
En estos últimos años se ha atizado el odio entre las diversas partes de lo que compone este país llamado, por unos, España y por otros, España, coño. El odio y la rabia contra los catalanes ha llegado a unos extremos tan inusitados que sinceramente digo que alguien con responsabilidad debería ser juzgado ante un tribunal por ello. No entraré en las culpas que los propios catalanes podamos tener en ello; no somos perfectos y tenemos algo de complejo de superioridad (tampoco son perfectos los andaluces o los madrileños o los valencianos) o en la parte que nos toque por haber hecho mal esto o lo otro. Pero, ¿se imagina alguien lo que ocurriría si en Cataluña se organizase una manifestación contra Aragón? ¿O contra Valencia? Uno ve cómo en las televisiones aparece gente gritando lo de "Puta Cataluña", exigiendo firmar contra Cataluña, o --lo último ya-- una señora de cincuenta años diciendo que "Yo no sé ni dónde está eso de Cataluña"; lo más misericordioso que uno puede pensar es que esta señora no fue nunca a la escuela y es una iletrada. Se miente y se difama en radios y según que televisiones; pero se miente sabiendo que se miente y se difama con toda la cara dura. Y todo esto, todo esto, algún día se pagará muy caro. Independientemente, repito de errores que se hayan podido cometer. Porque una cosa es cometer errores, hacer leyes discutibles, y otra encender el odio, insultar, apedrear, escupir a las personas, difamar, marginar y separar. Porque tan separatista es el que grita "¡Cataluña independiente!" como el que grita "¡Cataluña no es España! ¡Puta Cataluña!".
Pero, claro, estamos en España (o en España, coño, para otros), y aquí todo vale. Aquí la política es un robo, los políticos van de chulos o sinvergüenzas en no pocos casos. La ideología se vende al por mayor. La ciudadanía sólo es recordada los 15 días de campaña electoral, y tras el día de elecciones, el ciudadano es mandado... a freír espárragos. Los políticos mienten ya antes de abrir la boca, muestran una cultura escasa pero una desfachatez descomunal. Y a uno ya le da lo mismo que mande un partido como el otro o el de más allá, porque sabe que el ciudadano es un cero a la izquierda y que lo que cuentan son los intereses económicos. Sólo esto explica los desastres urbanísticos, los alcaldes corruptos, los políticos chorizos ("Ahora sí que nos vamos a forrar", como dijo hace años Zaplana)...
Y casi perdonaríamos todo esto, sí. Casi lo podríamos perdonar si se respetase a los que han muerto por culpa de los partidos políticos y sus intereses: las víctimas del 11-M y los de ETA. Pero no. Las víctimas son pura (puta) carnaza para unos y otros (puede que más para unos que para otros, sí, pero un gobierno firme --y el de ahora es algo débil-- hubiera plantado cara a la oposición desde el primer día, sustituyendo el tonto talante por la firmeza y la mano dura; y por culpa de esa debilidad, los extremistas se han crecido, se han amparado bajo la oposición y han convertido su España, coño, en un vertedero político).
Insisto: todo esto se pagará caro. No hoy ni mañana, pero se pagará. No se puede tensar tanto una cuerda sin romperla al final. No se pueden tirar los muertos al otro ni manipular a las víctimas --ni las víctimas dejarse manipular-- sin pagar un precio carísimo por ello. No se puede hacer la oposición repulsiva que se hace ni el gobierno endeble que se hace sin pagarlo caro. Porque al final, no serñán 200 y pico los muertos, sino los millones de habitantes de España/España, coño: muertos de asco de lo que vemos cada día y de los que leemos y oìmos en radios y televisiones.
Las víctimas de los atentados y asesinatos en masa están para darnos fuerzas y seguir adelante, no para convertirlos en fichas de póquer.
March 11 UN MARAVILLOSO VENENO (Pretty Poison), de Noel Black: Juegos de psicópatas(c) 2007 by J.C. Planells
Esta película, realizada en 1968, se estrenó en España más o menos un año después y la vieron cuatro gatos. O sea: yo y tres más. No se ha vuelto a exhibir, no ha habido pases por televisión y no se ha editado ni en vídeo ni en DVD en España, aunque existe una edición en DVD en versión original sin subtítulos en idioma alguno en zona 2, con comentarios de Noel Black y el script de una escena eliminada del rodaje. Este film, una verdadera curiosidad muy digna de ver, es sin duda el mejor de su director, cuya filmografía no anda precisamente sobrada de maravillas. Fue su primer film, aunque había rodado ya muchos episodios de series televisivas, trabajo al que volvería posteriormente, alternando con alguna esporádica incursión en el cine.
Sus protagonistas son una pareja realmente magnífica: Anthony Perkins --nuestro psicópata favorito, en acertado comentario de uno de sus fans-- encarna a Dennis, un joven mentalmente desequilibrado --cómo no-- que sale en libertad vigilada tras un tiempo de reclusión por pirómano y obtiene un trabajo en una fábrica de productos químicos situada en un pequeño pueblecito. Allí reparará en una muchacha, Sue Ann (la magnífica pero nunca debidamente valorada Tuesday Weld), dulce y angelical majorette de su escuela, con la que entablará conversación en un chiringuito y a la que le hace creer que es un agente de la CIA infiltrado en la fábrica donde trabaja para investigar vertidos ilegales. Ello les llevará a vigilar juntos y tratar de sabotear el complejo. Todo muy divertido para Dennis (a ratos, porque confunde ficción y realidad), hasta que se da cuenta de que Sue Ann está loca de verdad, y acaba manipulandole a su antojo con la finalidad de matar a su madre, con la que no tiene una buena relación tal como le ha explicado antes de insistir en llevarle a casa para que la conozca, y hacer recaer las culpas en Dennis, víctima de una intriga retorcida. Dennis, que ya había sido advertido por su agente de vigilancia en libertad (John Randolph, el mismo actor de Plan diabólico) que debía olvidarse de sus fantasías en el mundo real, es incapaz de superar el trauma que representa para él la insania de Sue Ann y acepta así su destino: para Dennis, el ver que ha caído en el juego psicópata de alguien que está realmente loco sin parecerlo, supone un brutal retorno a la cordura de la que se alejaba voluntariamente antes de descubrir la verdad sobre Sue Ann. La película tiene un atisbo de final feliz, con el agente de vigilancia de Dennis --que tras una entrevista con él en la cárcel empieza a sospechar que algo extraño ocurre con esa chica a cuya madre se le acusa de haber asesinado-- vigilando a Sue Ann cuando entabla conversación con un joven (Ken Kerchaval) en el mismo chiringuito donde conociera a Dennis. Si el joven es un agente a las órdenes del personaje de John Randolph para descubrir a Sue Ann o no, o si la nueva intriga que se monte Sue Ann con él será desbaratada a tiempo por el agente de la condicional, queda a la imaginación del espectador.
En fin, otro film curioso, interesante y olvidado, que merecería ser visionado por cuantos no lo vieron en su día. La pareja de actores protagonista, fenomenal; es inimaginable alguien más adecuado que Perkins y Tuesday Weld --su rostro angelical, su belleza, sus cambios de expresión cuando su verdadera personalidad sale a flote-- para estos dos personajes, y el resto del reparto, realmente notable también.
March 09 EL LADRÓN INVISIBLE DE LONDRES (y 5)QUINTA PARTE
Lo primero que hice a la mañana siguiente, apenas despertarme, fue correr al cuarto de baño para mirarme en el espejo. Pero, oh desilusión, seguía faltándome la cabeza. O sea, estaba pero no se veía.
--Tranquilo, muchacho --me consoló Harold--. Quizá los efectos no sean permanentes... pero no sabemos lo que pueden durar. Días, semanas... Hasta que no conozcamos la fórmula, vamos a ciegas... Y en cuanto tengamos el antídoto, ya no tendrás que preocuparte.
--Pero hoy tendré que salir a la calle con una careta de carnaval puesta, para no llamar la atención --dije amargamente--. El único que no se fijó en ello fue el ena... el profesor Zachary. Como es miope y medio chiflado... Si he de fiarme de que logre un antídoto, estoy apañado... Y, jefe, ¿cómo puede ser posible eso de la invisibilidad?
--Bien, no tengo muchos conocimientos científicos, pero un detective privado debe saber de todo un poco, como comprenderás. Supongo que lo esencial es convertir en transparentes los átomos que forman el cuerpo humano, o sea, no volverlos invisibles sino transparentes haciendo que la luz los atraviese, por así decir. Por contagio, el contacto con nuestro cuerpo ahora invisibilizado vuelve los átomos de la ropa y del calzado transparentes, o invisibles, asimismo. De hecho, así se rompería el mito de la invisibilidad, puesto que el cuerpo lo sería pero la ropa no. Si es por contagio transmitido por contacto directo, de ahí la "transparencia", que es de hecho la llamada "invisibilidad". ¿Comprendes? Aunque cabe en lo posible que haya rociado su ropa con algún pulverizador... No lo creo, de todos modos, porque la rapidez con que desaparecían él y los objetos no lo hacen suponer. Creo que todo cuanto está en contacto con el ser invisibilizado se vuelve invisible por simpatía.
--No le veo la simpatía por ningún lado --me quejé--. O sea, que no convierte en invisible lo que toca, pero sí lo que lleva puesto o está en sus bolsillos, ¿no? Y no nos volvemos invisibles, sino transparentes, ¿es eso?
--En efecto. Por tanto, lo que hay que hacer es anular el efecto transparencia, y cesará la invisilbilidad. Esto explicaría también cómo desaparecen los objetos que roba, los collares, el reloj de pared... Basta con introducirlos en su bolsillo, tras tomarlos con una mano al tiempo que se bebe la pócima... O en el caso del reloj aquel de pared, envolverlo con una sábana o algo empapado de líquido invisibilizador... Evidentemente, hay que actuar con rapidez, y habrá hecho ensayos para ello, por lo menos en el caso del reloj. No podía arriesgarse a que se viera un reloj flotando en el aire...
--Hubiera sido un espectáculo, sí.
A mediodía, llegó Jameson, sonriente. En una mano llevaba un frasco conteniendo un líquido que había preparado el ena... el profesor Zachary según la fórmula deducida del contenido del otro frasquito y los ingredientes que había en el laboratorio que Pander se montó en casa de la señora Morgan.
--¡Fantástico! Diógenes, muchacho, bébete el frasquito.
--¿Cómo? --me indigné--. Pero si me falta la cabeza. Quiero decir... Vaya, que no quiero seguir desapareciendo, volviéndome invisible o transparente o lo que sea...
--Debes sacrificarte por la ciencia, hijo mío. Hemos de estar seguros de que el ena... el profesor Zachary ha acertado con la fórmula de Pander. ¡Ánimo! Piensa en la inmortalidad.
Le dije en lo que pensaría, pero no tuve más remedio que tomarme el bebedizo maligno de Pander/Zachary. Al poco rato, todo el cuerpo empezó a picarme, pero el picor desapareció casi enseguida. Recordé que lo mismo me había ocurrido ayer al tomarme lo que quedaba en el frasco, si bien sólo me había picado la cabeza.
--Fantástico, Diógenes --dijo Harold, al cabo de unos segundos--. Er... exactamente, ¿dónde estás ahora? Eres completamente invisible, lo mismo que tu ropa y tus zapatos. Esto es todo un éxito... ¡Ay! Tampoco es preciso que te lo tomes así. Recuerda que soy tu jefe. Er... Jameson, será mejor darle el antídoto antes de que nos siga tirando cosas...
--Espere, jefe, que voy a hacer polvo los tirantes tiñosos del estrangulador aquel...
--Impresionante --dijo Jameson. Y sacó un segundo frasquito sobre el que me abalancé. Jameson puso cara de bobo al ver que la botellita flotaba en el vacío.
Una vez volví a ser visible, o no transparente, dije:
--Me pica todo el cuerpo...
--Hum... Deberíamos reconstruir los robos, ver si es posible... --empezó a decir Jameson, inseguro.
--Pero no conmigo --afirmé--. Que se tome otro el bebedizo repugnante.
--No es preciso. ¿Para qué reconstruirlos? Está claro que quien lo tenga puede hacer lo que se le antoje y en la mayor impunidad imaginable.
--Mm... estoy pensando en ir al teatro de aquellas coristas... --me refería al teatro de variedades que había cerca de nuestro despacho, donde cuando lo de la degolladora de enanos Harold me llevó para que me maquillaran, y desde entonces me había entrado cierta curiosidad por aquel lugar y aquellas señoritas tan raras.
--¡Diógenes! ¡Eso estaría muy mal! Oh, basta de tonterías. Tengo un plan para capturar a Pander.
El rostro de Jameson se animó aún más al oír aquello.
--Estuvimos buscando información sobre ese profesor Pander --nos dijo--. Hemos averiguado que es alguien de buena familia, pero su padre le echó de casa porque temía que con sus experimentos le volase el castillo. Tuvo una cátedra de química en Harvard durante un tiempo, pero lo echaron más o menos por lo mismo. Al parecer estaba desarrollando una fórmula para... er... para que las alumnas tuvieran un busto algo más desarrollado que el de Jayne Mansfield. Por lo visto hubo unas cuantas explosiones... er... inesperadas, y no en los laboratorios, precisamente... Desde entonces, lo andan buscando los padres y los novios de las señoritas afectadas.
--Hum y rehúm. --Harold se frotó las manos, satisfecho--. Es nuestro hombre, Jameson, no lo he dudado desde que puse el pie en el laboratorio que se montó en casa de la señora Morgan. ¡El típico científico chiflado! Me faltaba para la colección de grandes criminales que he detenido. Pero ya es nuestro; le tenderemos una trampa y para ello usaremos un buen cebo.
--¿Cuál? --pregunté.
--Tú serás el cebo --dijo Harold.
--Ah, no, ni hablar. Me niego. Ya he hecho bastante.
--No seas cretino. No es lo que piensas --dijo Harold--. Éste es el plan: Te harás pasar por un millonario americano que está de paso por Londres y que posee la perla más grande del mundo. Por supuesto, será una joya falsa, pero los periódicos la fotografiarán y harán un completo reportaje sobre ella, como si fuera de verdad. Para ello, necesitamos la ayuda del Yard, Jameson.
--No hay problema.
--La joya estará guardada en la habitación del hotel donde te hospedarás a tu llegada a Londres, la cual será muy comentada por radio y televisión. Y de esa manera, Pander estará al corriente de ello.
--Y cien ladrones más --dije.
--Pero con el despliegue policial que prepararemos para proteger la perla, ningún ladrón corriente, por audaz que sea, se atreverá a acercarse. Sólo Pander aceptará el reto, para ofrecer otro de sus golpes audaces: él no sabe que hemos dado con su truco. Jameson, deberás organizar todo lo relativo a radio y televisión, el hotel y demás.
--Cuenta con ello. Mi equipo se encargará de todo.
--El ena... el profesor Zachary debe fabricar más líquido invisibilizador para que lo tomen algunos agentes. Unos tres o cuatro serán suficientes.
--Mientras no tenga que tomarlo yo... --dije.
--No, esta vez no. Esos agentes, una vez invisibles, permanecerán ocultos en la habitación del hotel donde se hospedará Diógenes, en su papel de millonario dueño de la perla. Habrá otros policías que fingirán ser conocidos del presunto millonario americano que han venido a saludarle. Y, en un rincón, al otro extremo de la habitación, tendremos la supuesta perla sobre una mesilla, a la vista de todos y contra una de las paredes, pero dejando espacio para que los tres o cuatro agentes invisibles estén en ese espacio libre, armados de sifones conteniendo pintura roja fluorescente. En el momento justo en que vean desaparecer la perla, dispararán con sus sifones. Pander se habrá acercado tranquilamente, creyendo que la cosa será coser y cantar, y al rociarle con los sifones quedará visible, al menos su forma. Luego, le obligaremos a tragarse el antídoto a la fuerza.
--Parece sencillo... --dijo Jameson.
--El plan de una mente maestra que combate el crimen --dijo Harold, con toda la cara dura mirando al horizonte.
--Ya. Pero dudo que yo dé el pego como millonario americano --dije.
--No es tan difícil. Sólo has de hacer el imbécil.
Al día siguiente Harold me mostró los periódicos, donde aparecía mi fotografía, con un asqueroso puro en la boca y un sombrero tejano, así como un repugnante bigote postizo. El titular decía:
MILLONARIO AMERICANO DE PASO POR LONDRES EXHIBIRÁ
LA MAYOR PERLA NEGRA DEL MUNDO EN SU HOTEL
Se indicaba en qué hotel me hospedaría, así como se informaba del despliegue policial para vigilar la perla durante su exposición, tal como Harold dijo para que desistieran de intentar robarla los ladrones que no fueran invisibles.
--Debes aprender a mascar chicle para perfeccionar tu papel de americano --me indicó Harold cuando se acercaba el momento de ir a representar la comedia.
--O el bigote o el chicle --amenacé, pues la foto del diario me había avergonzado.
--No seas idiota. Todos los americanos ejercitan las barras.
--¿Qué barras? ¿Las del gimnasio?
--Calla y mastica. Y procura hablar con desparpajo.
--¿Eso qué es?
--Que digas muchas idioteces, vaya.
A la hora convenida me dirigí en un Rolls Royce que Scotland Yard había requisado a un contrabandista hacia el hotel donde se habían hecho los preparativos. Mi supuesto nombre era Copernicus Tamlatown III. Iba vestido como un cretino, caminaba como un invertido, me habían maquillado como un mamarracho con el puñetero bigote, un enorme sombrero de petrolero de Texas y unas gafas de sol que me impedían ver casi nada. Y, encima, tenía que mascar el asqueroso chicle. Harold fingía ser mi secretario, y se había limitado a ponerse una perilla postiza y la chaqueta de los domingos. O sea, el único que hacía el payaso en todo el asunto era yo. Jameson, con el traje de ir a bodas y funerales, fingía ser mi abogado y llevaba una maleta que contenía la supuesta perla negra.
El director del hotel, que al parecer no estaba al corriente de la trama, se partía la espalda haciéndome reverencias a cada paso que daba. Estuve a punto de darle una patada en...
La habitación estaba tal como Harold había dispuesto. Una mesa en un rincón, con una pequeña separación de la pared donde estaban ya --supongo, porque como eran invisibles no los veía-- los cuatro policías con sus sifones conteniendo pintura roja fluorescente. Jameson se dirigió a ella y puso la maleta encima, tosiendo una vez, como señal convenida. Se oyeron dos toses invisibles como respuesta. Sobre la mesita, pues, y a la vista de todos, quedó la perla negra que debía ser la perdición de Pander, el hombre invisible. Ya estaba todo a punto. Y la puerta de la habitación abierta para que los curiosos pudieran ver la perla y Pander cayera en la trampa.
Todos nos colocamos al otro extremo de la habitación, en corrillos, y llegaron algunos periodistas que Jameson nos dijo que participaban del plan, excepto uno, por si acaso. Empezamos a charlar fingiendo una rueda de prensa con ellos. Realmente, el director del hotel no estaba enterado de nada de lo que se preparaba,pues cuando empecé a hablarle de mis pozos de petróleo en Turquía, Colombia, Alaska, Japón y Castelldefels, me miraba con una envidia que se le salía por los ojos. Harold me hacía señas para que no exagerase tanto, pero yo ya estaba muy metido en mi papel de joven millonario americano e imbécil.
Y cuando empezaba a hablar de mis minas de platino en Palau de Plegamans, se oyó fuerte chirrido y un grito en el otro extremo del cuarto.
Una apariencia como de figura humana chorreando pintura roja fluorescente sostenía en una mano la perla negra falsa.
¡Habíamos atrapado a Edmund Pander, el hombre invisible, el terror de Londres! Los cuatro policías le obligaron a la fuerza a tragarse el antídoto, y ante nosotros, furioso, rugiendo de rabia, estaba desinvisibilizándose rápidamente.
--Queda usted detenido en nombre de la ley --dijo Jameson.
--Y de Harold smith --dijo mi jefe, triunfante.
Se recuperaron todas las joyas, incluido el reloj de pared, que el profesor Pander había dejado en una tienda de antigüedades situada en el callejón posterior de la relojería de la que se lo llevó, tan tranquilamente, y sin que nadie lo advirtiera entre los otros trastos que se amontonaban allí dentro. Por lo visto, se creía muy gracioso o, como dijeron sus abogados en el juicio, los muchos experimentos que había realizado a lo largo de su vida le habían trastocado el cerebro. No estoy seguro de que le trastocaran tanto, porque Pander estuvo aprovechando la invisibilidad para alojarse en las suites de lujo de los mejores hoteles (¡y menos mal que no eligió entre ellos aquel en el que montamos la trampa para cazarle!), volviendo loco al servicio debido a las bandejas de comida y bebida que desaparecían misteriosamente; todo esto lo supimos luego, pues los directores de esos hoteles no lo hicieron público en su momento, creyendo que era cosa de unos grupos de rock que estaban en Londres para dar unos conciertos aquellas semanas.
El superintendente Jameson fue felicitado y recibió una medalla, y Harold, aunque declinó honores, también fue felicitado por Scotland Yard (sin medalla, y yo tampoco recibí ninguna) y los periódicos le dedicaron diversos reportajes. No me dejaron quedarme con ninguna botella de la invisibilidad como recuerdo.
FIN.
March 08 EL LADRÓN INVISIBLE DE LONDRES (4)CUARTA PARTE
A la mañana siguiente Harold y yo estábamos en el despacho donde recibíamos a los clientes, él sentado a su mesa leyendo el periódico, y yo ante la mía pasando a limpio los informes de los últimos casos resueltos.
Mi mesa de trabajo era grande, pero estaba ocupada en buena parte por objetos de todas clases, recuerdos de hazañas anteriores que Harold se empeñaba en conservar "porque decoraban el lugar" y que a mí me entorpecían el trabajo; entre ellos había unas gafas rotas (recuerdo del espía nazisoviético XZ-4); una cartera de bolsillo vieja; un tarro de aspirinas envenenadas; un grifo oxidado (que fue el arma homicida del terrible crimen de la trapera vengadora de Leicester Square); unos tirantes sucios (con los que la estranguladora de luchadores grecorromanos mancos los estrangulaba despiadamente en la cama mientras dormían); dos botones de la chaqueta del asesino jorobado de vendedores ambulantes de Regent Street; el frasquito que recogió el otro día ante la joyería Eulor; mi goma de borrar (que no era recuerdo de ningún crimen, sino que la llevaba en el bolsillo cuando salí de Barcelona y no la usaba nunca por nostalgia, dejándola como adorno de la mesa); un chelín falso del terrible falsificador de chicles de fresa, que lo había hecho para practicar; un sobre de cartas con una dirección escrita con tinta invisible y que debido a haberse borrado hacía tiempo, además de ser invisible, ya no recordábamos a quién iba dirigido, por lo que no podíamos enviar la carta; un cuadernito de notas por estrenar, regalo del verdugo jubilado de Londres y que ni Harold ni yo nos atrevíamos a usar; un reloj estropeado que marcaba la hora en que el espantoso asesino del clavel de hojalata degollaría a la cocinera de canelones de espinacas del pub de la esquina de Trafalgar Square con Piercing Street, si se le ocurría volver a hacerlos (de momento, no los había vuelto a hacer); un pito de árbitro, recuerdo de cuando el Arsenal ganó la final de la copa inglesa de fútbol y Harold recuperó la pelota del partido de manos de un ladrón audaz y sin escrúpulos, con lo que el partido pudo terminar con normalidad; una llave de no sabíamos qué cerradura, pero que sin duda abría Alguna Puerta Que Jamás Debería Ser Cruzada Por Ningún Ser Mortal En El Uso De Sus Facultades Mentales O Cognitivas, o algo por el estilo, y un montón más de porquerías que no recuerdo ya.
O sea, que escribir en medio de tanto trasto era imposible a veces. Murmuré por lo bajo a Harold que a ver cuándo compraba una mesa un poco más grande (pedirle que eliminara todos aquellos trastos era pedir peras al limonero) o un armarito donde guardarlos, como una vitrina o así. En realidad, Harold los tenía a la vista para poder presumir de ellos cuando venía algún cliente. "Mire --le decía a alguna visita, enseñándole un liguero--; ¿sabe qué es esto?" La visita se quedaba mirándole un poco extrañada. "Esto es lo que llevaba encima la Degolladora de Enanos cuando la detuve", explicaba Harold con solemnidad. Con lo cual probablemente la visita acababa pensando que la despiadada Degolladora de Enanos sólo vestía un liguero como única prenda. Yo admiraba profundamente a Harold, lo he dicho desde el primer día, pero a veces era un poco bobo.
Empecé a repasar el informe de un caso de identificación que nos habían encargado días atrás. A ver, ¿el muerto llevaba gafas cuando le encontraron, o las gafas eran de otro caso? (ahora tenía dos pares de gafas sobre la mesa y no me aclaraba). Porque encima Harold echaba sobre la mesa las porquerías que encontraba por el suelo "por si eran útiles para algo" y me las mezclaba con las cosas o pruebas de casos resueltos, como el frasquito del otro día. Que, por cierto, aún contenía algo de líquido.
La destapé y olí el contenido. Pues no olía mal, la verdad. Debía de ser algún tónico reconstituyente. En fin, para estimularme a trabajar, me bebí lo poco que restaba del líquido. Luego se me ocurrió que podía ser un veneno muy venenoso y que me causaría una muerte atroz en medio de terribles sufrimientos y echando espumarajos por la boca, pero ya era demasiado tarde. Mi abuelo decía siempre que lo que no mata engorda, o sea, que como mucho engordaría unos gramitos.
Empecé a sentir un cosquilleo en la cabeza, bastante fuertecillo. O sea, que sí era veneno del malo, vaya.
Sin embargo, al cabo de cinco minutos aún no me había muerto, con lo que suspiré aliviado y pude seguir con el informe. Seguramente se trataba de coñac, o ginebra o vodka, o algún perfume de señora vieja, de esos que echan tanto pestazo en diez metros a la redonda. Animado, seguí trabajando. O me disponía a hacerlo, ya que llamaron a la puerta.
--Debe de ser Laurence --dijo Harold, sin apartar la mirada del periódico--. Me dijo que vendría esta mañana.
Me levanté gruñendo y pasé ante la mesa de Harold para ir a abrir la puerta. Harold me echó un vistazo mientras tomaba la taza del desayuno y dijo:
--Te vuelves muy distraído, Diógenes. Se te ha olvidado ponerte la cabeza hoy.
--Me parto de risa, jefe --gruñí.
Estaba ya abriendo la puerta cuando oí un tremendo aullido en el despacho de Harold, que me sobresaltó. El grito sobresaltó por igual a nuestro visitante, que era el superintendente Jameson, en efecto. Me miró aterrado.
--Es el jefe el que chilla --dije, tan tranquilo--. El café debía de estar hirviendo aún.
--Diógenes... muchacho... ¿eres tú? --barboteó Jameson, pálido como un muerto.
--Sí, claro, ¿qué pasa? Harold le espera.
Y me fui hacia el despacho, mientras Jameson me seguía caminando de una manera tambaleante, como si el suelo bailara o algo parecido.
Cuando entré en el despacho, Harold estaba medio incorporado y apoyado en la mesa; me miró con los ojos como platos. Jameson, que entró tras de mí, corrió al lado de Harold, también con el rostro descompuesto.
--¿Ves lo mismo que yo, Harold?
--Veo lo mismo que tú, Laurence, si tú ves lo mismo que yo.
--Si lo que ves es lo mismo que yo, es que veo lo mismo que tú.
--Pero, ¿qué les pasa a ustedes dos? --dije, un poco enfadado ya--. No veo cómo dos adultos serios como ustedes y combatientes contra el crimen y la delincuencia se ponen a hacer el idiota de esa manera a primera hora del día.
Harold tragó saliva, intentó serenarse y dijo:
--Diógenes, muchacho. Ten la bondad de ir un momento al cuarto de baño y mirarte en el espejo.
--¿Me he peinado mal, acaso?
--Nos dará una gran alegría que vayas a mirarte en el espejo --dijo Jameson, pálido como un muerto.
Sabía que el día de inocentes en Inglaterra es el primero de abril, y estábamos en mayo, así que no entendía a qué venía tanta tomadura de pelo. Me encogí de hombros, dejándoles por inútiles y me fui al cuarto de baño para mirarme en el famoso (y algo mugriento) espejo.
Permanecí largo rato ante el espejo, mirándome tal como me pidieron. Y entonces empecé a comprender su espanto, porque ahora quien estaba verdaderamente espantado era yo.
Mi cabeza había desaparecido.
Y sin embargo, existía, porque la palpé con las manos y pude sentirla toda entera, con pelo y todo, aunque no la viera. Y los ojos me funcionaban igual, aunque no se me viera la cabeza, lo mismo que las orejas y la boca...
Volví al despacho de Harold con las piernas temblando y casi sin poder sostenerme. Harold y Jameson se dieron cuenta de lo que me pasaba por cómo andaba, porque, claro, la cara no se me veía.
--Diógenes, muchacho, siéntate aquí, en el sillón de las visitas... Eso es...
--Pero... pero... si yo noto mi cabeza --y lo demostré, palpándola ante ellos con las manos--. Toque usted, señor Jameson. ¿La nota?
--Sí, Diógenes --dijo el superintendente, palpando mi pelo, mi cabeza, las mejillas--. Tu cabeza está ahí... pero no la vemos...
--Razonemos --dijo Harold, excitado y casi dando saltos--. ¿Qué has hecho esta mañana, Diógenes? Desde que te levantaste. Punto por punto, sin omitir nada.
--Pues, desayuné antes que usted, preparé el café con leche y las tostadas...
--Y en ese momento tenías cabeza, porque me fijé en que tragabas el café con leche sorbiendo de esa manera tan vulgar que sueles hacerlo.
--Luego preparé más café con leche para usted, me senté para rellenar los informes, y... ¡reconcho!
--¿Qué?
--¡El frasquito! ¡El frasquito que usted recogió delante de la joyería Eulor el otro día! Lo he tomado porque me estorbaba, he olido el contenido y, er... bueno, me he bebido lo poco que quedaba.
Harold y Jameson se abalanzaron sobre mi mesa de trabajo y recogieron el frasquito.
--¿Es ése? --preguntó Harold.
--Sí, ése es --dije.
Harold lo examinó al trasluz con ojo de águila.
--Aún quedan unas gotas... --y entonces abrió unos ojos como platos--. ¡Recontra, Jameson! He tenido la prueba aquí, todos estos días, en la mesa de Diógenes, la prueba que necesitábamos para solucionar los tres robos misteriosos de Londres.
--¿Qué quieres decir, Harold? --inquirió Jameson, agitado.
--Siéntate, Laurence, sentémonos todos y os lo explicaré.
--Me parece muy bien --dije--, pero lo que a mí me preocupa es si no se verá mi cabeza nunca más. ¿Qué va a ser de mí?
--No te preocupes de eso ahora.
--Pero, ¿qué es lo que me sucede, jefe? Por favor...
--Sencillamente, Diógenes: tu cabeza se ha vuelto invisible.
Y Harold procedió a contarnos sus deducciones hasta el momento.
--En cuanto supe los detalles del primer robo, el de la joyería Eulor, advertí en él algo muy extraño: el ladrón entra, pero no sale. No dudé en ningún momento de la honradez del dueño de la joyería ni tampoco de su empleado; el limpiabotas al que interrogué y que fue un inesperado testigo de la entrada y no salida del ladrón, también era otro de quien no podía dudarse. Los dos siguientes robos era evidente que fueron llevados a cabo por la misma mano criminal, y sus detalles me hicieron especular con la fantástica posibilidad de que el ladrón fuera alguien con el don de la invisibilidad, por irracional que pareciese: era lo único que los explicaba. Pero sugerir esto a cualquiera hubiera provocado risotadas. Sin embargo, ésa era mi intuición, y cada vez más fuerte. Pero una cosa era tener esa intuición y otra las pruebas que lo demostrasen. No las tenía, y no sabía cómo hallarlas.
"Entonces acudió a verme la señora Morgan. Me habló de un huésped suyo, el profesor Edmund Pander, por el que te pregunté cuando viniste a verme, ¿recuerdas, Jameson? Ese huésped había desaparecido de manera inesperada y misteriosa, sin avisar, antes de cometerse el primer robo y no había vuelto a casa de la señora Morgan. Y la señora Morgan dijo además que la descripción que los periódicos daban del ladrón le recordaba a su huésped. Incluso le reconoció en la foto robot que hizo el Yard cuando se la mostré. Eso, querido Laurence, me puso en la senda de la justicia.
--Qué fuerte, jefe --dije.
--Silencio, esclavo, cuando yo hablo. La señora Morgan también contó que noches antes de todo eso oyó al profesor Pander lanzar grandes exclamaciones de triunfo y vítores.
--En griego --subrayé.
--Entonces... --Jameson miraba a Harold con los ojos muy abiertos--... crees que acababa de descubrir la fórmula de la invisibilidad, si es que eso es posible...
--Sin duda alguna. Pero mi visita al laboratorio del profesor Pander en casa de la señora Morgan no produjo resultado alguno; no encontré nada que nos pusiera sobre una pista. No había fórmulas, documentos, notas de trabajo... Nada, tan sólo montones de frascos y botellas con sustancias estúpidas o ridículas; sus notas y fórmulas ha sido destruidas, sin duda, o bien se las ha llevado consigo, no ha dejado nada que pueda resultar útil para seguir su trabajo. Evidentemente, era mucho esperar que dejase un frasco de la pócima de la invisibilidad.
"Y mira por dónde, un frasco con el líquido creado por Pander ha estado todos estos días sobre la mesa de Diógenes, sin saberlo ninguno de los dos. Lo recogí casi sin darme cuenta junto a la joyería Eulor la mañana siguiente del robo, cuando fui a echar un vistazo al lugar. Pander lo debió de tirar o acaso se le extravió inadvertidamente, al salir de la joyería.
--Entonces, sí salió de la joyería --dijo Jameson.
--Claro que salió --dijo Harold, con algo de impaciencia--. A un hombre invisible le es muy fácil salir de cualquier parte. Se limitaría a esperar la llegada de la policía, tranquilamente apartado en un rincón de la joyería, y en cuanto alguien abrió la puerta o la dejó abierta para que entraran los técnicos del Yard, salió de inmediato. Y eso explica no sólo este robo, sino los dos siguientes: se hace invisible y desaparece con el objeto sin problema alguno.
--Pues vaya --dije--. Así cualquiera podría robar.
--Pero, Harold --inquirió Jameson--, ¿cómo explicas que el collar de esmeraldas se volviera también invisible? No digamos ya el reloj de pared. Bien, Diógenes no es completamente invisible porque sólo ha bebido unas gotas del frasquito, supongo que eso lo explica, pero ¿y el collar?, ¿y la ropa? Acepto que el ladrón se bebió el contenido del frasco o de otro que llevaba, mientras del dueño de la joyería se inclinaba para buscar la lupa en su cajón... pero ¿cómo pudo desaparecer la ropa que llevaba puesta y el collar que robó en tan pocos segundos...?
--Bien, creo que la pócima de Pander es tan poderosa que puede volver invisible todo lo que su portador lleva encima o esté en contacto con él: ropa, calzado... Y en cuanto al collar, en ese caso le bastaría con guardárselo en un bolsillo del abrigo para que automáticamente se invisibilizara. Lo del reloj de pared creo que fueron puras ganas de burlarse de la policía y del joyero, dar un golpe espectacular por pura fanfarronería.
--Sí, es una posibilidad...
--Laurence, en el Yard tenéis algún buen investigador científico, ¿verdad?
--Sí, hay uno medio chiflado, y que por tanto es muy bueno.
--Estupendo. En ese caso, le llevaremos el frasquito para que analice el contenido por lo poco que queda en él, apenas unos posos, y si es posible que reproduzca la fórmula.
Nos fuimos los tres a Scotland Yard. Yo me puse una gorra para disimular la ausencia de mi cabeza, es decir, su invisiblidad, pero creo que el resultado era peor, pues la portera se desmayó, su hija Sandra se echó a llorar y el gato se encaramó por los buzones. Por suerte, íbamos en el coche oficial de Jameson, y su chófer estaba curado de espantos.
El científico del Yard se llamaba Cleubert Zachary, tenía ochenta y siete años, era encorvado, calvo como una bola de billar pero con unas cejas peludísimas, seco, arrugado, usaba unas gafas gigantescas de montura de concha y lentes del grosor de un culo de botella de vino de la Rioja, y además era un enano tipo pigmeo. Jameson nos presentó y le tendió el famoso frasquito.
--Profesor Zachary, es vital que examine los posos que quedan en este frasquito y averigüe su composición original. En un laboratorio que el señor Smith conoce hay diversos ingredientes entre los cuales podrían estar los que componen el líquido aquí contenido. En ese caso, se podría incluso reproducir la pócima.
Zachary acercó las gafas al frasquito, gruñó con voz chillona y dijo que mañana nos diría algo.
--Sería interesante obtener también un antídoto del brebaje o lo que sea eso --dijo Harold, pensativo--. No sabemos si es de duración prolongada, breve, permanente o qué.
Yo gemí al oír esto. ¡Quería que mi cabeza volviera a ser visible! Harold trató de consolarme.
Volvimos a nuestras oficinas, y yo permanecí inquieto esperando la llamada del enano Zachary, para saber si lo mío se resolvería o qué. La verdad es que atrapar a Pander no me preocupaba tanto como poder verme en el espejo para peinarme adecuadamente. Harold, comprensivo, preparó la cena, llamando al bar para que nos subieran bocadillos, que era su manera habitual de prepararla. El problema fue que quien abrió la puerta al chico del bar fui yo.
Con gran alegría por mi parte, el enano Zachary llamó por la noche. Yo pegué la oreja al auricular para escuchar la conversación que sostenía con Harold.
--Oiga, esto contiene unos ingredientes realmente extraños, tanto que ni siquiera estoy seguro de que sean correctos. ¿Está seguro que se encuentran en el laboratorio del que habló Jameson esta mañana?
--Tengo esa seguridad, ena... profesor Zachary. ¿Podría replicar la fórmula? Y, al mismo tiempo, ¿podría producir un antídoto de ella? Apunte la dirección que le doy --y le cantó las señas de la señora Morgan, añadiendo que la avisaría por la mañana de que el ena... el profesor Zachary iría para allá, acompañado de agentes de Scotland Yard, para estudiar los ingredientes del laboratorio.
Yo empecé a sentirme algo aliviado, pero seguía sin mi cabeza.
--Mañana, Diógenes, mañana empezaremos a resolver el caso --dijo Harold, animoso--. Si el ena... el profesor Zachary replica el líquido, haremos unas pruebas con él y con el antídoto, si lo consigue. Ahora, a dormir. Hemos de estar preparados para el reto final.
(continuará)
March 07 EL LADRÓN INVISIBLE DE LONDRES (3)TERCERA PARTE
Mientras Harold se dedicaba a meditar durante el resto de la mañana, yo me dediqué a otra cosa: como me había estancado un poco en los relatos que le escribía para que se entrenase, y además estaba un poco cansado de sus críticas diciendo que hacía trampa y cosas así, decidí probar otros caminos literarios, a ver si había mejor acogida por su parte. Así, pues, estuve trabajando en ello y, después de comer, le di la gran noticia.
--Jefe, he ampliado mis horizontes como escritor.
--¿Qué dices que has hecho? --me preguntó desconcertado.
--He escrito una poesía policiaca.
Harold me contempló con una expresión que no sabría muy bien cómo describir.
--Ah --dijo al cabo de unos minutos.
--Voy a leerle el resultado --dije, sacando un montón de folios a cuya vista Harold palideció.
Tosí, carraspeé y adopté la pose de un actor que había visto en el teatro la semana pasada. Y empecé a declamar los versos:
--Gente en la sombra
pistolas ocultas
revólveres escondidos
contrabando siniestro.
Negocios turbios
manos enguantadas
antifaces siniestros
puñales brillantes.
Espías tenebrosos
linternas eléctricas
robos en la noche
disparos al amanecer.
Narcóticos pavorosos
venenos fulminantes
inyecciones de ácido
líquidos con opio.
Gente tenebrosa
mensajes en clave
susurros telefónicos
anillos misteriosos.
Lavados de cerebro
rusos y chinos
armas...
--Para, para, por el amor de Dios... --dijo Harold, un poco desesperado--. Para un momento ¿Se puede saber qué es este catálogo de estupideces?
--Pues la poesía, jefe. Poesía policiaca.
--Estupidez policiaca lo llamaría yo. Diógenes, me vas a provocar un corte de digestión si sigues leyendo este montón de... folios. No sé si tienes futuro en el mundo de la literatura, pero tengo por seguro que desde luego no lo tienes en la poesía.
--Pero...
--Y ahora, si no te importa, hemos de pensar en el caso de la señora Morgan. Yo de ti usaría la cara en blanco de esos folios para notas e informes; conviene ahorrar papel.
Y sin hacer caso de mis protestas se enfundó la gorra de pensar y encendió la pipa de las ocasiones solemnes. en ese momento llamaron a la puerta y fui a abrir sin molestarme en poner la sonrisa de cordial bienvenida (cara de cretino según Harold); no valía la pena, en realidad, porque quien llamaba era Sandra, la hija de la portera, para entregarnos el número de la tontería de revista de su colegio de niñas tontas, y donde había publicado un reportaje sobre el último caso de Harold. Aproveché para desahogarme con ella de las injusticias de mi jefe hacia mis esfuerzos literarios.
--Querido Diógenes --dijo luego, mirándome por encima de sus gafitas--, si esos versos policiacos tuyos eran como aquella obra de teatro folletinesco en verso rimado de la que conseguí leerme el primer acto..., pues quizás deberías empezar a pensar que el señor Smith está aconsejándote por tu bien.
--¿Ah, sí, eh? --dije indignado--. Pues cuando sea un escritor famoso y laureado a lo mejor lamentáis lo que ahora decís.
Y cerré dándole con la puerta en las narices. Le entregué a Harold la revistita de niñas memas, para que viera las cursiladas que escribía Sandra sobre él, y luego consulté en el diccionario qué significaba "laureado".
A las cuatro en punto de la tarde, Harold se puso de pie, tan repentinamente que me sobresaltó, pues me había quedado medio amodorrado.
--Vámonos, Diógenes --dijo--. Hay que entrar en acción ya.
--¿Qué vamos a hacer, jefe?
--Ya lo verás.
Bajamos a la calle y Harold llamó un taxi. Una vez en él le dio una dirección al chófer y el taxi arrancó a velocidad suicida.
--Los señores disculpen --nos dijo el taxista--. Es que en mis días libres soy corredor automovilista de fórmula uno y así voy practicando durante la semana, ¿saben?
Ni Harold ni yo nos atrevimos a respirar en todo el trayecto.
Finalmente, el taxi se detuvo en la dirección que Harold le diera, una casa grande hacia las afueras de Londres. No nos estrellamos contra un árbol de puro milagro. Pagamos y el alegre taxista corredor de automovilismo se perdió a velocidad de vértigo.
--¿Dónde estamos, jefe? --pregunté.
--Ésta es la casa de la señora Morgan, nuestra cliente de esta mañana. Vamos a rendirle visita.
Llamamos a la puerta y la señora Morgan nos abrió, gratamente sorprendida al vernos. Harold saludó y dijo:
--Queremos ver las habitaciones que le alquiló al profesor Pander.
--Por supuesto, señor Smith. Pasen, pasen.
Entramos y mientras la señora Morgan cerraba la puerta, Harold extrajo el retrato robot que le diera Jameson. Se lo mostró a la señora Morgan.
--¿Reconoce a este hombre? --le preguntó.
Ella miró el retrato y dijo, titubeando un poco:
--Pues se parece mucho al profesor Pander. Aunque este retrato es un poco raro...
--Es un retrato robot, señora. ¿Nos muestra el laboratorio del profesor?
La habitación que el tal Pander usaba como laboratorio y lugar de trabajo era una estancia grande. Estaba ocupada principalmente por una larga mesa llena de frascos, ampollas, probetas, alambiques y recipientes de vidrio de todas clases y tamaños. Además de todo eso se veían cables misteriosos colgando de frasco a frasco y las cosas que habitualmente salían en las películas de la Hammer que yo veía los sábados por la tarde en el cine que hay cerca de la oficina de Harold, y en las que casi siempre Peter Cushing hacía de profesor Frankenstein.
En una gran estantería había aún más frascos y botellas, ordenados por tamaños y con etiquetas que indicaban su contenido. Los líquidos eran de todos los colores imaginables, y la verdad es que resultaba bastante bonito verlos ahí alineados: había líquidos rojos, azules, verdes, ámbar, negro, gris, amarillo, azul grisáceo, amarillo cadmio claro, verde botella, naranja, tierra de siena tostada, escarlata, rubí, azul ultramar oscuro, verde cadmio claro, bermellón, fucsia intenso...
--Hace bonito tanto color, ¿verdad, jefe? --dije, algo maravillado por el despliegue cromático.
Harold examinó los frascos atentamente.
--Es curioso --dijo--. Todas las botellas y frascos están sólo medio llenos.
--Es lo natural --dije--. En los laboratorios los frascos sólo están llenos hasta la mitad. En las películas de terror, siempre están así, aunque los colores no son tan bonitos como éstos.
--Hum. Oye, fíjate qué cosas más raras contienen estos frascos --y Harold fue leyendo algunas de las etiquetas--. Ésta contiene "Jugo de rana carcomida"; la de al lado, "Jugo de helecho pisado por un indio apache"; esta otra, "Zumo de patatas fermentadas". Esta es aún más rara... Dice... "Zumo de átomos humanos". Y la otra, "Esferificación de cristal líquido". ¿Qué diantres es "esferificación"? Mira esa otra... "Volteado transparente con un pensamiento de ketchup". Y mira ésa de ahí: "Vidrio de coagulación lenta".
--Me parece que ese Pander está algo majara. En las películas que hacen en el cine de al lado de la agencia todos los científicos están chalados, jefe. El cine enseña mucho.
--Tampoco hace falta ir al cine para saber eso; basta con haber ido a la universidad y tener los profesores de ciencias que tuvimos Jameson y yo. Mira éste de color cobalto: "Zumo de bomba atómica portátil". Y ese tal Pander le decía a la señora Morgan que sus experimentos estaban relacionados con la industria alimentaria.
--Bueno, es evidente que no lo son --dije--. A no ser que fabrique comida para astronautas. Pero, ¿qué es lo que investiga, entonces?
--Hum... Algo me ronda por la cabeza, pero... No, no encuentro la prueba, o indicio alguno...
--¿Qué clase de prueba?
--No creo que Pander sea tan idiota como para haberla dejado aquí. Hum... No hay notas ni nada parecido... Oh, podemos revolver todo lo que queramos en este laboratorio, pero no daremos con pista ni prueba alguna. Si tiene anotaciones o llevaba un diario de trabajo, no lo ha dejado aquí, eso es evidente... No hay ni siquiera lo clásico de un laboratorio: la pizarra.
--¡Anda, no me había dado cuenta!
--¿No salen pizarras en las películas esas de la Hammer? --me preguntó Harold, enarcando las cejas--. Ese tipo no es tonto y se la ha llevado consigo, o la habrá destruido, junto con sus notas... De todas maneras, le diremos a Jameson que envíe a sus hombres aquí, y verás cómo la huella que hallaron en la joyería concuerda con las que haya de Pander. En fin, creo que hemos visto todo lo que había que ver en este laboratorio. Frascos y más frascos, pero nada más. Pander es nuestro hombre, sí, pero no sé si lo podremos probar, querido Diógenes, o si será posible atraparlo.
Regresamos a nuestra oficina donde pasamos el día ocupados en otros asuntos. Harold no volvió a mencionar el caso de los robos misteriosos. Cuando antes de irnos a dormir le pregunté sobre ello, meneó tristemente la cabeza y dijo:
--Me temo, Diógenes, que el caso no se pueda resolver nunca. Lo lamento por Jameson, pero es la verdad. Saber quién es el culpable, o al menos el sospechoso principal, a veces no sirve de nada.
--No diga eso, jefe. Claro que tendrá solución. Si sabemos que es Pander, en algún lugar estará oculto...
--Oh, lo que quiero decir que jamás podremos apresarle. Es él, sus huellas coinciden con la de la joyería; en el Yard me lo han confirmado por teléfono hace un rato. Pero te digo, querido Diógenes, que jamás podrá ser apresado. Se ha llevado su secreto consigo al dejar el laboratorio que tenía en casa de la señora Morgan. Jamás daremos con la prueba necesaria. Saber su identidad no nos sirve apenas de nada.
Muy mal tenían que estar las cosas para que Harold se diera por vencido de aquella manera. Yo, la verdad, no entendía que sabiendo la identidad del ladrón, no se le pudiera apresar.
Y sin embargo, todo iba a cambiar a la mañana siguiente.
(continuará |
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