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    March 31

    SOBRE UNA EDICIÓN EN DVD DE "CUATRO MOSCAS SOBRE TERCIOPELO GRIS", DE DARIO ARGENTO


    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    La tercera película de Dario Argento, Cuatro moscas sobre terciopelo gris, al parecer no se editó en vídeo en España, y tampoco ha aparecido en DVD. Actualmente hay una reciente edición alemana (si bien yo tengo la impresión de que tiempo atrás ya hubo otra edición extranjera en DVD, me aseguran que no había salido nunca en ningún país: puede ser una confusión mía), presentada como Vier Fliegen auf Grauem Samt. Sorprende esto, que un director tan popular entre los aficionados al cine de terror y al giallo italiano, cuya obra está casi toda ella en DVD, vea cómo algunos títulos ni siquiera existen en edición italiana.
    Así pues, ha aparecido esta Cuatro moscas sobre terciopelo gris, editada por Retrofilm en Alemania, y conviene advertir que se trata de una edición de pésima calidad. Cierto: respeta el formato panorámico, y se ofrece en tres lenguajes: alemán, italiano e inglés (sólo hay subtítulos en alemán). Cada uno que elija, yo seguí la versión italiana, fácil de entender (más aún si ya conoces el film por haberlo visto previamente). La copia parece proceder de una édición videográfica medio desgastada (hay rayaduras, cambios de color, borrones, palideces... un desastre, que en los extras aumentan hasta límites realmente de juzgado de guardia).
    La duración es de 97 minutos. Entre los extras, además de dos trailers, se ofrece uno muy notable: el final italiano de la película, de duración algo superior al de la película en sí, y esto ya se nota mucho porque viendo la escena final --al menos en su versión doblada al italiano-- en no pocos momentos las voces de los dobladores (los dos actores, al ser americanos, están doblados por italianos) van por un lado y los labios de los actores por otro, mientras que en el final alternativo únicamente en italiano las voces sí están sincronizadas y hay más diálogos entre el protagonista y el asesino (que ayudan además a entender mejor sus motivaciones, cosa que en la versión normal no se entiende demasiado). Por lo demás, ese final alternativo --aunque más que alternativo, sería en realidad el final verdadero, el que filmó Argento y que en la copia internacionalse mutiló-- se ofrece en peores condiciones aún que la película en sí.
    (Nota: para sorpresa supongo que de muchos, los trailers de las dos primeras películas de Argento que vienen también como extras y de realización alemana asimismo, indican que tanto El pájaro de las plumas de cristal como El gato de nueve colas están basadas en novelas de Edgar Wallace. El embuste --o timo o desvergüenza, como prefieran-- obedece a la gran popularidad que en aquellos años aún tenían las muchísimas películas alemanas que sobre la obra del novelista británico se realizaron.)

    March 30

    UN RECUERDO PARA SALVADOR ESCAMILLA

     
    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    A mi padre le hubiera entristecido la noticia de la muerte de Salvador Escamilla, divulgada ayer en la radio y que no he visto reflejada ni en televisión ni en los diarios (al menos en el que compro). Bien, mi padre murió hace casi dos décadas, pero tomo yo su lugar para escribir unas breves y modestas líneas en su lugar.
    Siempre le oí contar, cuando Salvador Escamilla empezó a ser conocido primero como cantante, luego como showman, que él y mi padre habían coincidido durante unos años trabajando en una fábrica o taller de cerámicas. También estuvo allí Joan Pla, de quien hablé en el capítulo 3 de "Relatos autobiográficos" ("Estrella recobrada"). Eran tiempos duros aquellos, que es mejor no recordar. Me figuro que debía de ser o bien en la década de 1940, o en la de los años 1950. Por entonces, mi padre era ya un hombre cercado a la mediana edad --se casó muy mayor--, y Salvador Escamilla apenas un chaval molt entremeliat, a decir de mi padre. Joan Pla era algo más joven que mi padre, pero mayor que Escamilla. Sé que se lo pasaban bien juntos y bromeaban mucho. Mi padre reparó pronto en que a Salvador Escamilla "le iba" eso de cantar. Me contó alguna que otra anécdota, que he olvidado hace muchas décadas. Lo que sí recuerdo es haber usado ese taller de cerámicas y algún detalle en una escena de un relato que publiqué hace años, "Postales del laberinto".
    Cuando yo era apenas un niño, mi padre me llevó con él a saludar a antiguos compañeros de aquella empresa. Vi a Escamilla, entonces un joven atractivo, y mi padre y él hablaron con afecto. Sus caminos se habían separado, como ocurre en la vida y más entre personas tan distintas en edad, pero conservaban el afecto y los buenos recuerdos. También Joan Pla, hace un par de años, le recordaba con simpatía.
    Ese país --Catalunya, oiga, que diría Pujol tosiendo-- le debe bastante musicalmente hablando a Salvador Escamilla. En los años negros del franquismo, durante los primeros años de la década de 1960, condujo un programa en Radio Barcelona (Cadena SER, cómo no: una isla de libertad y entretenimiento en la negrura franquista, frente al aburrimiento de la radio nacional) llamado "Radio Scope", trampolín de lanzamiento de quienes serían las grandes figuras de la Nova Cançó. Allí, en esos años de 1960, cantaron  por primera vez o fueron habitualment invitados gente como Serrat, Ramon, Llach, Espinás... Muchos nombres que luego han sido olvidados o fueron famosos una temporada (Germanes Ros, Maria Cinta..). Escamilla defendía con ardor --acaso con excesivo entusiasmo-- unas fórmulas propias y una canción propia. Con la frase "Bienvenido lo de fuera, pero primero lo nuestro", abogaba por defender la canción que se hacía en el Estado, y preferentemente en Cataluña, ante la invasión de pop inglés. Sin duda el programa tenía fallos e ingenuidades, pero ¿importa algo? No. Escamilla hizo un trabajo difícil en tiempos difíciles y llegó a abandonar o dejar un tanto de lado su labor como cantante en favor de su labor como divulgador. Ausente hace años del plano activo, lo último que le recordamos fue preparar un homenaje y una edición en CD de los monólogos de Capri, que rescataron del olvido en que vivía al genial humorista.
    Lo importante de las personas es estar en el lugar adecuado cuando se les necesita. Creo que ese fue el caso de Escamilla y su trabajo radiofónico.
     
     
    March 28

    EL NIDO DE LAS FURIAS, de Hugo Correa

     
    Ayer se divulgó la noticia de la muerte del escritor chileno de fantasía y ciencia ficción Hugo Correa. Su perfil biográfico aparece en bemonline (véase lista de webs recomendadas). Como homenaje y recuerdo a su interesante obra, recupero la crítica publicada en su día en Nueva Dimensión (número 141, enero de 1982) de la quizá única novela que tuvo una distribución normal en España. Fue editada en 1981 por la desaparecida editorial Pomaire.
     
    (c) 1982 by J.C. Planells
     
    Tras muchos años de no saber nada de este notable autor chileno, verdadero pionero de la ciencia ficción en su país y uno de los más conocidos internacionalmente, nos llega ahora esta reciente novela, El nido de las furias, que participa de unos cuantos temas muy recurrentes en la actual literatura de ciencia ficción y fantasía.
    No es una novela estrictamente de ciencia ficción, pero tiene sus toques. Puede situarse, principalmente, dentro de esa ola de "terror moderno" o "sobrenatural" que se arrastra desde que King triunfara con su Carrie. También, paralelamente, encontramos el tema de las dictaduras sudamericanas, puesto que Correa, muy ladino y habilidoso, nos plantea la siguiente propuesta: ¿qué pasaría en un pequeño país sudamericano si su dictador de turno fuera una persona dotada con poderes sobrenaturales? Estremecedor, ¿no? Naturalmente, el país es imaginario, la República de los Andes. Y Correa no abusa de los poderes de su personaje en modo alguno. De hecho, son casi invisibles. Raimundo Ruiz, el dictador de turno, es en realidad un ser concebido por una forma de vida de otro mundo a través de una indígena, y que mantiene periódicamente ciertos "contactos" con esas fuerzas extraterrenales, de las que poco nos aclara el autor de la novela. Esos "contactos" le permiten desbaratar siempre todas las intrigas formadas a su alrededor con el fin de derrocarle de su sillón presidencial. Y así, en torno a Raimundo Ruiz, se ha creado una leyenda, pues el pueblo le cree un "embrujado".
    Correa nos cuenta la historia de Ruiz mediante diversos flashbacks, alternados con el presente, que coincide con una de esas intrigas destinadas a eliminar a Ruiz, y con las pequeñas peripecias de un periodista chileno, exiliado por motivos fiscales. Hay algo que llama poderosamente la atención: la sobriedad del relato, lo conciso de la historia, la elegancia y ajuste que Correa confiere a todas sus partes. No hay paja --gracias a Dios--, nada es superfluo, nada sobra ni falta. Y es que Correa no ha pretendido realizar, como tantos otros escritores de hoy día, una novela más de terror moderno, abarrotada de páginas inútiles, de capítulos superfluos, sino contar una historia con sencilla efectividad. Pensemos un momento en lo que este mismo tema hubiera sido en manos de cualquier emulador de King. Pero Correa no necesita imitar a nadie porque tiene su propio estilo y éste, sus conocedores lo saben, es suficientemente estimable y distinguido.
    El nido de las furias es, pues, una novela con pesonalidad, con originalidad. Perfectamente clara y sobria. Eficaz, en suma. Si espera usted espectacularidad, llamas y truenos, no lo encontrará en sus páginas. Pero si espera hallar un tema inquietante, unos personajes perfectamente claros y bien desarrollados, y un buen ritmo narrativo que lleva a un suave crescendo, no saldrá defraudado con la novela. No es la obra maestra de Hugo Correa, pero sí una novela apreciable.
     
     
    March 25

    UN PASEO POR LA GALERIA DE FOTOS

    Este relato está dedicado, en agradecimiento, a:

    Arik, Pepi, Gracefran, Rubén, José Luis, Francisco Manuel Espinosa, Alfonso, Nofret, Desito...

    Pero sobre todo, sobre todo... a Montserrat Marcer.

     

    (c) 2005 by J.C. Planells


       Torina era el nick de una chica llamada Victoria, Belius era el nick de un chico llamado Cameron. Se habían conocido por internet cuando ambos estaban buscando amigos con los que montar una web dedicada a la rockera noruega Decibelia. Contactaron con un tipo llamado Albedo, ése era su nick, y entre los tres montaron la web, convirtiéndose sin darse cuenta de ello en el staff de la misma. Al poco tiempo, a medida que la popularidad de Decibelia crecía y crecía, la web se iba llenando de usuarios. Un día, Albedo lo dejó
    por razones de estudios y falta de tiempo, y Victoria y Cameron quedaron solos al frente de ella. Victoria subía fotos y más fotos de Decibelia y organizaba las galerías por orden temático: conciertos, paparazzi, vídeos, fotos oficiales, de estudio... Cameron se encargaba de todo lo demás, ayudado por nuevos usuarios
    que se acogían a cargos de responsabilidad: organizar foros, respuestas a preguntas, redactar noticias, cubrir eventos... Se encontraron con que la web marchaba sola, sin que ellos dos tuviesen otra  cosa que hacer que supervisar un poco, principalmente Cameron, que era el que más conocimientos de informática tenía. Así que, con el paso del tiempo, Victoria y Cameron pensaron que más que dos de los tres fundadores, eran sólo unos usuarios más, aunque con tareas concretas, al menos en el caso de Victoria.  Así que tenían tiempo de sobra para charlar.

       Victoria era de Pamplona; Cameron, de Perú. Cuando hablaban con la webcam conectada, era casi como si estuvieran frente a frente en la realidad. Era agradable estar los dos así, a solas frente a la pantalla, viéndose y charlando. Hablaban de Decibelia, de cómo funcionaba casi sola la web, de temas en general, o chateaban con otros usuarios de la web en temas de debate de los diversos foros, no siempre con la webcam conectada. Ya sabían cada uno el nombre real del otro, pues tras tanto tiempo organizando la web de Decibelia, desde el primer día, era lógico que se acabaran interesando el uno por el otro, lo mismo que les ocurría a otros usuarios que se interesaban o por ellos, o por otra gente cuyos nicks aparecían con mayor o menor frecuencia en debates y foros. Pero ante los demás, eran siempre Torina y Belius.
       A Victoria le pareció que empezaba a enamorarse un poco de aquel chico de pelo tan negro, rostro de suaves rasgos mestizos, dientes tan blancos, sonrisa tan perenne... Miraba recto a los ojos a través de la pantalla, y a Victoria le parecía que le podía leer el alma. Le gustaba su manera de hablar, tranquila, reposada, su deje, su acento peruano. Le gustaba creer que jugaba a seducirla, aunque sabía que él no lo hacía. Era la manera de ser de los peruanos, ¿no? Bueno, casi seguro.
       A Cameron le agradaba mucho la chica española, de pelo largo con mechas azules igual que Decibelia, los ojos también con los párpados pintados de azul. Trataba de imitar a su ídolo, pero con el paso del tiempo lo dejó un poco y buscó su propia manera de maquillarse; se acortó un tanto el pelo, se hizo las mechas de otro color, pintó sus párpados de un tono anaranjado y se puso un piercing en la nariz. Era una chica bastante reflexiva, callada para sus cosas, como si no se atreviera a abrirse a los demás, seria, trabajadora. "Como buena navarrica", le dijo a Cameron un día. Se pasaba muchas horas subiendo fotos a la web, que encontraba tanto en internet como en revistas de todo el mundo, muchas de ellas leídas en la propia red.
    Organizaba las galerías de una manera impecable, con un orden y un gusto que maravillaban a los usuarios. "¡Uau! ¡Vaya gozada de web para bajar fotos!" era el comentario más repetido por los nuevos usuarios al descubrir aquella web de fans de Decibelia. Victoria, de quien era todo el mérito en cuanto a eso, sonreía un poco y callaba. Si estaban juntos en un chat con webcam, Cameron le guiñaba el ojo y ella soltaba una risita.
       Como se iban haciendo mayores con la rapidez que ocurre en esas edades, un día Victoria se preguntó si Cameron se cansaría alguna vez de la web. Era un entretenimiento, pero como todos los entretenimientos puede llegar a terminar o desinteresar alguna vez. Los chicos se hacen mayores, luego se hacen aún más mayores y el interés por los ídolos musicales de la juventud se empieza a perder hasta que desaparece, o es sustituido por otras cosas: el trabajo, la novia, estudios superiores, especializaciones de cualquier clase... quién sabe qué. 

     
     Puede que la muerte.
       Un día, Victoria supo que en Perú las cosas andaban revueltas. Siempre andaban revueltas en aquellos países centroamericanos y sudamericanos; era una especie de lotería: una temporada uno, otra temporada el de al lado. Cameron le había comentado alguna cosa sobre ello, pero eran cosas que ella no entendía del todo; sólo
    sabía que la guerra era mala y moría gente inocente y siempre sufrían los que no luchaban en ella; más o menos lo mismo que entendía Cameron, aunque su padre según le contó con cierto orgullo, era un político al servicio del pueblo. Pero no hablaban demasiado de esas cosas; Victoria pensaría tiempo después que lo hacía para no
    preocuparla, no porque no le apeteciera el asunto; o acaso, en fin, qué iba a pensar una chavalita española, de otro continente, de lo que podía preocupar o de lo que le podía ocurrir a un chaval peruano, de un continente distinto. Oh, sí, hablaban la misma lengua, claro. Pero eso era todo. Él era de posición humilde, ella era de una familia bien acomodada. No podía entender de preocupaciones sociales tan distintas, ¿verdad? Aunque como eran jóvenes esas cosas no les importaban mucho. Así que el tema se tocaba poco y en los foros de la web o con otros usuarios, todavía menos.
       Cuando finalmente tuvo lugar la sublevación en Perú, Cameron se limitó a decirle que "acá las cosas andan un poco preocupantes, pero espero se civilicen en unos días". Sonrió, aunque a Victoria le pareció que la sonrisa era un tanto forzada, no tan espontánea como siempre. Así que ella sonrió más abiertamente que de costumbre, como alentándolo y creyendo que lo que decía sería lo que ocurriría.
       Las cosas empeoraban en Perú de manera preocupante. Fallaban las comunicaciones, lo primero que tomaron los sublevados; internet se cortaba continuamente, las conexiones telefónicas o de mensaje eran interceptadas las más de las veces, se mantenía un control riguroso y absoluto sobre ello. La banda ancha fue suprimida por el nuevo gobierno sublevado. Mucha gente empezó a desaparecer de la noche a la mañana, sin que ni sus propios parientes se enteraran ni pudiesen comunicar con ellos.
       Por aquel entonces ya visitaba la web un usuario con el nick de Arrivesoon. No se sabía su nombre real, lo mismo que no se  sabía el de nadie que no lo comunicara espontáneamente en algún foro, si bien era posible averiguar esos datos trasteando en el software de registro, algo que se suponía no debía hacerse; se garantizaba la privacidad de los datos facilitados a la web: nombre real, edad, localización... Los dabas si querías, pero los demás usuarios no podían verlos. Eso hacía que a veces, Victoria y Cameron bromearan sobre alguno de los usuarios. Cameron decía, por ejemplo, "Le apuesto, niña, a que Gorgorita es una abuelorra sesentona de fijo". Cameron tenía esa costumbre de usar el "usted" de los jóvenes centroamericanos, o el "vos" de los sudamericanos. A Victoria eso le divertía mucho.  La tal Gorgorita era una usuaria que dejaba unos
    mensajes absolutamente ridículos en el tablero de avisos nada más registrarse para usar la web; parecían impropios incluso de una niña. Victoria sí sabía que Decibeliabis44 era una niña de doce años, que dejaba unos mensajes de adoración a su ídolo, siempre el mismo puntualmente enviado por MSN desde Argentina. En cuanto a Gorgorita, Victoria decía entre risas: "Pero si parece una niña pequeña". "No se me engañe, niña; de fijo que es abuelorra", insistía Cameron. Pero el enigma nunca fue aclarado y el misterio de la identidad de Gorgorita persistiría siempre.
       Arrivesoon se registraba y enseguida dejaba mensajes bastante raros en el tag board: "He oído ruidos raros en la Galería de Fotos. Voy a ver". Al cabo de una media hora o más, aparecía otro: "¡Aaaah! ¡Estaba la propia Decibelia en la Galería mirando sus fotos! Me he desmayado de la emoción". A Cameron le divertían bastante esas tonterías y se reía con ganas, pero a Victoria le molestaban bastante, si bien era incapaz de explicar el porqué. "Hace el payaso", dijo un día un tanto molesta. "¿Pues qué? Déjele que haga lo que le plazca. La web es de todos, con tal de no molestar a otro usuario". Al día siguiente, o al otro, llegaba el nuevo mensaje a la
    entrada de Arrivesoon: "Soy feo y deforme y no podré ser novio de Decibelia, pero la defenderé con mi vida si hace falta". Cameron se tronchó con éste. Victoria meneó la cabeza. "Vaya palurdo", dijo. "Si es divertido, niña", decía Cameron entre risas. "Podemos presentarle Arrivesoon a Gorgorita. ¡Buena pareja harían los dos!".
    "Sí, mira, eso es lo que nos faltaría", respondió Victoria, riendo ahora de verdad.
       Pero todas las risas se acabaron cuando Cameron desapareció. Simplemente, estaba conectado aún desde la noche anterior, según el horario de Victoria, pues al estar en continentes distintos las mañanas de uno eran las noches o tardes de otro;sin embargo, no respondía a los mensajes por MSN, ni por SMS, su ordenador estaba
    desconectado al parecer y no devolvía  los continuados mensajes de Victoria. Algo había pasado, y se lo habían llevado los sublevados con toda su familia, sin siquiera darle tiempo de desconectarse de la web.  Victoria estaba totalmente segura, pues Cameron no desaparecería de una forma tan repentina, y en los últimos días le había notado con su alegría habitual un tanto forzada. Según el indicador, llevaba más de dieciocho horas navegando por noticias. Victoria no lo dijo a los demás usuarios. ¿Cómo dices eso n una web dedicada a una cantante de rock? No vas a poner un aviso en el tag board o una noticia en la página de portada diciendo. "Chicos, chicas: ha desaparecido el Jefe (ése era el título en staff de Cameron). Hay una revolución en su país y la gente desaparece de sus casas secuestrada por los golpistas. Los pasean a muerte, sin importarles la edad que tengan." No puedes decirles esas cosas a unos usuarios que el que menos confiesa tener doce años y el que más veintiséis, suponiendo que todos digan la verdad, y aunque Gorgorita tenga realmente sesenta años, como decía Cameron... Cameron...  No les dices esas cosas a los chicos y a las chicas...
       ¿Qué les dices? ¿Qué les puedes explicar cuando te llega un mensaje de un usuario que quiere hablar con Cameron, es decir, con Belius, desde hace días y no le contesta, y tiene que resolver una duda sobre el funcionamiento de algo de la web? ¿O alguien que indaga por qué Cameron ya no está en los chats? Si ni siquiera saben que es peruano. Él era de los que no ponía su localización en los datos visibles del foro. Y aunque lo pusiera, igual no sabían nada de la revolución golpista.
       Así que no les decías nada. Callabas y... bueno, callabas y llorabas cuando estabas a solas en tu habitación y tus padres no podían oírte.
       Cameron no respondíia. Cameron no volvió nunca.
       Victoria no sabía si había otros usuarios de Perú. Alguien a quien pedirle..., bueno, alguien que pudiera averiguar si Cameron estaba... estaba bien. No sabía cómo fisgonear los datos privados de los usuarios, cosa que Cameron sí hubiera podido hacer en caso de haber querido. Tuvo finalmente que buscar a un chico para encargarse de la parte técnica que llevaba Cameron: mantenimeinto, control, cambios en el orden de páginas, formateos nuevos. Pero para aquel chico, la web lo mismo podía estar dedicada a coches de carreras que a una actriz porno; le daba exactamente lo mismo. "¿Es buena esa tía?",  fue lo único que preguntó una vez con cara de aburrimiento. Y cuando Victoria le insinuó que mirase a ver si era posible saber si alguien más entre los usuarios era de Perú, el chico reaccionó escandalizado. Aquello era inadmisible y un profesional como él jamás haría algo semejante, y que qué se había creído y blablablá.
       Al final Victoria supo un día que sí había uno de Perú: un chico de trece años cuyo nick era  Billyboy. Pero, vaya... quizá no fuera la persona más indicada para averiguar si un chico de dieciocho había sido secuestrado... matado... o... No, por Dios, eso no. Los golpistas no matarían a un chico de dieciocho años, ¿verdad? Esas
    cosas no podían ocurrir en el siglo XXI. Un chico con aquella sonrisa...
       Seguía pasando el tiempo y Victoria iba perdiendo la ilusión por la web. Ésta se podía decir que funcionaba sola gracias a los muchos usuarios (ya pasaban de tres mil). Mecánicamente, porque ello la ayudaba a evadirse, subía fotos y más fotos, organizaba o reorganizaba las galerías, conforme los vídeos, conciertos o apariciones televisivas de Decibelia se iban sucediendo. Era ya un trabajo casi mecánico para ella, y a veces pensaba que acabaría dejando la web... desinterés, cansancio, falta de estímulo. Rehuía incluso comunicarse con muchos usuarios con los que antes ella y Cameron chateaban; ¿y si le preguntaban por Cameron, qué podía decirles? Las tonterías de Gorgorita no le hacían gracia y los mensajes de Arrivesoon la irritaban cada vez más y más, hasta el punto que le estaba tomando una profunda antipatía, quizá porque inconscientemente recordaba lo mucho que Cameron se reía con ellos. Ahora ya no estaba ahí para reírse. "Defenderé a los enemigos de Decibelia con mi vida si es preciso", decía el de ayer. "Pongo alma y corazón a los pies de Decibelia hasta la eternidad", era otro. Pues muy bien, chico, que te aproveche. "Veo sombras misteriosas en la Galería de Fotos", era el de hoy. Oh, por favor, Arrivesoon, ya dijiste algo así hace tiempo. Te repites y se te acaba la imaginación, ¿verdad?
       "Veo gente muerta en la Galería de Fotos". Qué cabrón eres, Arrivesoon. Pero mira que llegas a ser cabrón. ¿Te crees que éstas son gracias para hacerlas en una web donde entran chavales? Y mencionar muertos aquí, ahora... Y eso es de una vieja película y ya no tiene gracia, tampoco.
       Y Victoria subía fotos y más fotos y no sabía por qué. Y lloraba de noche contra la almohada y sí sabía por qué. Y Cameron no contestaba a sus mensajes y no sabía por qué. ¿Y acaso no había terminado ya la revolución en Perú? ¿Pues entonces?
       "Torina, sube una foto a la Galería", pedía Arrivesoon al día siguiente. Vete a la mierda, pensaba Victoria. ¿Qué te crees que estoy haciendo? Parezco cagar fotos de tantas que subo.
       "Tengo poderes", decía Arrivesoon al otro día. Sí, pensaba Victoria, el de hacerte odioso. Un día le acabaría enviando un mensaje desde el staff de la web avisándole que si no dejaba de hacer el mamarracho le suprimirían el password para que no pudiese entrar de nuevo en la web. Que se fastidiara. Claro que no serviría de nada. El tío pelma se registraría de nuevo con otro nick y a liarla como siempre.
       Pero a ella sí le llegó un mensaje y, mira por dónde, era de Arrivesoon. Era un mensaje de los que se enviaban con carácter privado a los usuarios, y decía: "Torina. Ayer me perdí por la Galería de Fotos. Estuve en un sector que no reconocí. Hay alguien en él dando vueltas y más vueltas y mirando fotos buscando una en concreto. Creo que busca una foto tuya. Súbela."

       Qué pedazo de cabrón más grande. Pero qué pedazo de cabrón. ¿Ésas son las bromas que va a gastar ahora? Por supuesto, no contestó al mensaje; que se fuera a tomar por culo.
       "Conseguí salir de ahí, pero el tío sigue esperando en la Galería", puso esta vez en el tag board. Muy bien, enterada, anda desconéctate de una vez ya y vete a joderla por ahí.
       Al día siguiente la lió de nuevo. En el tag board apareció su mensaje: "No volveré a entrar en la Galería de Fotos. Hay sombras misteriosas en ella." Pues por mí no entres ni en la web, se dijo Victoria subiendo fotos y más fotos.
       "Arrivezoon, no digaz eztaz cozaz que daz miedo", apareció en el tag boarg enviado, lo que nos faltaba, por Gorgorita. Joder, ahora se liarían esos dos payasos.
       "Hay gente muerta en la Galería". "Qué miedo máz y máz grande." "Creo que alguien debería hacer algo." "No zeré yo. Qué azuztada eztoy, oyez." Ahí fue cuando Victoria perdió la paciencia del todo. Mandó un mensaje al tag board diciendo: "¡Haced el favor de no hacer más el idiota de esa manera! ¡No tiene ninguna gracia y ésta no es una web de terror! ¡Entran chavales y se pueden asustar con estas estupideces!".
       "Yo no hago eztupidecez. Laz hace Arrivezoon". "Torina, no son estupideces mías. Hay alguien en la Galería."
       El mensaje que les envió como respuesta fue censurado por la web. El programa reconocía las palabrotas y las sustituía automáticamente por  [censored] [censored]. En fin, daba igual. Se lo podían imaginar perfectamente.
       Dos días después, le llegó otro mensaje privado de Arrivesoon. Lo empezó a leer con verdadera furia, pero... "Torina, por favor. Atiéndeme. Te pido, te suplico en realidad, que subas una foto tuya a la Galería. Ya lo sé que es una estupidez, pero no lo pido para mí, lo pido para otra persona que lo necesita. Súbela y ponla donde
    se te antoje, da igual. En un lugar que la gente visite poco, o disimulada al lado de cualquier otra de Decibelia. No sé si te pareces a ella o no, pero da lo mismo. No sé ni quiero saber dónde la pones, pero, POR DIOS, TORINA, PONLA YA".
       Victoria leyó y releyó el mensaje una y otra vez. Ese Arrivesoon... ¿era un chalado o qué? Pero en todo caso el mensaje no estaba en el tono habitual de sus estupideces. En realidad... le daba incluso un poco de miedo. Tanto, que decidió no hacer caso de él, olvidarlo.
       A los dos días, nuevo mensaje privado de Arrivesoon. "Torina, no lo has hecho, no has subido una foto tuya. Hagamos un pacto. La subes y yo prometo marcharme y no volver a entrar en la web como usuario. Ni con mi nick ni con uno nuevo. Desaparecé y no volverás a saber de mí. TE LO JURO. Pero SUBE YA ESA FOTO. Me hace daño cómo busca y busca por la Galería. Está desconcertado, Torina. Hazlo, hazlo y no volveré más. De verdad."
       A ese mensaje sí le contestó, harta ya de aguantar sus estupideces. "Pero, ¿te crees que soy idiota con eso de que te paseas por la Galería de Fotos viendo sombras y no sé qué de gente muerta? Puede hacer gracia la primera vez, pero lo has repetido tanto que se hace insoportable ya. No te paseas por la Galería, como tú dices. Sigues las fotos con el ratón del ordenador y se te ponen en pantalla en el orden que deseas. Aquí no hay un paseo virtual por las fotos de Decibelia, sólo los shows aleatorios que yo preparo. ¿Qué pretendes con esas bromas estúpidas? DÉJALO YA, ¿entiendes?"
       La respuesta llegó al día siguiente, también en mensaje privado. "Torina. Soy ciego. No puedo ver la pantalla. Uso un ordenador especial para ciegos, con sensores en mis dedos que envían ondas a mi cerebro y le permiten ver en él las imágenes y leer los textos, con perfección, aunque con algo de lentitud. ¿Has oído hablar de esa
    >clase de ordenadores? Hay muy pocos porque no todos los ciegos se los pueden permitir. De esa manera nos creemos un poco menos invidentes, y podemos saber cómo son las cosas del mundo real, donde sí hay luz, no como en el nuestro. Así que puedo seguir con casi total normalidad los debates de los foros, leer mensajes, sin que los demás noten apenas una leve demora en comprenderlos. Puedo ver, por decirlo así, incluso los colores de las fotos gracias a esos sensores tan delicados. Ellos son los que ven y leen la pantalla por mí. En el meñique tengo un sensor maestro que lo emite todo a un chip insertado en el borde de mi ojo derecho, y éste lo transmite todo a mi cerebro. ¿Quieres más especificaciones técnicas? Y por cierto, ¿verdad que Decibelia es un poco bizca?"
       Era cierto. Decibelia bizqueaba un poco, de ahí que su pelo negro le tapara a veces un ojo.
       "Si pese a todo eso, no me crees, éstos son mis datos y podrás comprobarlo." A continuación le daba sus datos personales: nombre, dirección, localización, añadiendo además las características y referencias técnicas del ordenador que usaba, así como de componentes que Victoria no tenía ni idea de qué eran ni había oído
    mencionar jamás. "Una vez que hayas comprobado que no te estoy mintiendo, haz el favor de subir una foto tuya a la Galería de Fotos. Sé que a veces he hecho bromas tontas, pero entonces eran sólo bromas. Los ciegos tenemos un sentido del humor un poco extraño, ¿sabes? Veo el dolor de esa persona, no sé qué hace aquí ni
    cómo ha venido a parar a esta Galería. ¿Tú lo entiendes? ¿Lo puedes saber? Creo que sí. Creo que lo sabes, y por eso sé que es a ti a quien busca. Yo no puedo explicar lo que pasa. Tú tampoco, así que no busquemos explicaciones ninguno de los dos, y sube esa foto tuya. Quizá si no fuera un invidente, no hubiera descubierto lo que estaba pasando en la Galería. Por favor Torina. Hazlo por él".
       Victoria no supo nunca el tiempo que pasó hasta que salió de su asombro, tras releer varias veces el mensaje de Arrivesoon. Lo leía y lo releía. Por supuesto, no creía ni una sola palabra de cuanto le decía. Pero qué puta imaginación tenía el cabrón. Jamás había oído hablar de ese modelo de ordenadores que le indicaba. Ni siquiera
    creía que fuera ciego como le decía, y mucho menos que pudiera ver las fotos con sensores que enviaban imágenes a su cerebro. ¡Vaya idiotez! Arrivesoon era un cabrón hijo de puta mal nacido que se divertía atormentando a los demás con bromas macabras de mal gusto, con fingimientos crueles que hacían daño a las personas, un descerebrado, un psicópata, un mierda y un aborto asqueroso al que iba a borrar de la web y al que alguien le partiría algún día la cara por canalla, cagón, miserrable, desgraciado.
       Pero subió la foto.
       Y luego apareció un mensaje en el tag board. Llevaba el nick de Belius y sólo decía: "Gracias".
       El chico que sustituía a Cameron le podría haber explicado que el diseño de la web impedía que nadie empleara el nick de otro usuario. Era imposible. Como lo era que ese usuario llevase conectado más de seis meses seguidos, hasta que por fin, ahora, se había desconectado. Cosa más rara, ¿no?, pero no era su problema y la web se la traía flojísima, y además, Victoria no se lo preguntó, ni él se lo dijo.
       Victoria siempre creyó que el cabrón hijo puta mal nacido de Arrivesoon había conseguido de alguna manera trastear con el nick de Cameron y enviarle ese mensaje que la hizo llorar muchas noches seguidas, hasta que incluso sus padres acabaron por oírla y entrar en su habitación alarmados. Pero Victoria se vengó, vaya si se
    vengó. Anuló el password de Arrivesoon para que no pudiera volver a entrar en la web, y mantuvo un ojo vigilante en los nuevos usuarios por si reconocía en alguno de ellos a aquel hijo de la puta más grande que hubiera parido el infierno.
       Pero era innecesario. Arrivesoon cumplió su palabra, dejó de ser un usuario y no volvió ni siquiera de visita.


     

    March 19

    EN LA MUERTE DE ARTHUR C. CLARKE


    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    La noticia de la muerte ayer de Arthur C. Clarke no ha sorprendido demasiado a los aficionados a la ciencia ficción: su avanzada edad (90 años) y su muy delicado estado de salud desde hacía ya tiempo --la poliomielitis le obligó a pasar estos últimos años en silla de ruedas-- hacían temer en el triste desenlace. Pero debe decirse que se mantuvo activo, dentro de sus posibilidades, sin que su mala salud mermara en sus trabajos de investigación científica, en sus escritos divulgativos, en sus obras de ficción --muchas de ellas ya en colaboración con escritores más jóvenes--, desde su hogar Sri Kanka, adonde se retiró hace muchas décadas.
    Con la desaparición de Arthur C. Clarke finaliza lo que podríamos llamar la era de la "ciencia ficción clásica", la que desarrolló el género entre finales de la década de 1930 y toda la de 1940. No en vano, y durante muchos años, Clarke fue uno de los miembros del "triunvirato de la ciencia ficción", siendo los otros dos, obviamente, los ya hace tiempo fallecidos Rorbert A. Heinlein e Isaac Asimov, y junto con ellos, uno de los autores conocidos incluso por quienes no sentían mucha predilección por la literatura de ciencia ficción. Luego, en los años 1950 y más adelante, surgirían otras voces, pero el crecimiento y desarrollo del género se debió a ellos tres casi por entero.
    Británico de nacimiento (1917), empezó publicando relatos en los años cuarenta, así como artículos divulgativos sobre ciencia. Sin duda la narración corta ha sido siempre lo mejor de este autor, y las recopilaciones abundan (Expedición a la tierra, Relatos de diez mundos, Cuentos de la taberna del ciervo blanco, Alcanza el mañana...). Entre ellos produjo no pocos clásicos: "El centinela", "Los nueve millones de nombres de Dios", "El camino hacia el mar"... Por contra, las novelas fueron algo más discretas, aunque también merecen reseñarse El fin de la infancia, La ciudad y las estrellas, Naufragio en el mar selenita... Fue este bagaje de seriedad y rigor científico, aliñada con cierto tono filosófico como fondo en casi todas sus historias lo que llamó la atención a mediados de los años sesenta del director cinematográfico Stanley Kubrick, quien estaba decidido a rodar una película de ciencia ficción "definitiva". Tras barajar precisamente adaptar "El centinela" o El fin de la infancia, el resultado --a medio camino entre estos dos textos-- sería el guión de 2001, una odisea del espacio, estrenada en 1968 y que el propio Clarke novelizó. Con este guión, esta película y esta novela, el género de ciencia ficción alcanzaba --cinematográficamente-- la edad adulta... que lamentablemente duraría apenas una década, defenestrada por el fenómeno Star Wars que la devolvió de una patada a sus postulados más infantiles.
    Es indudable que lo mejor de la obra narrativa de Arthur C. Clarke se sitúa en las décadas de 1940 a 1960, si bien aún en los años setenta produciría otro clásico: Cita con Rama. Poco hay de interesante más allá de eso: sus mejores obras ya estaban escritas, aunque continuaría escribiendo hasta estos últimos años --bien en solitario, bien con Gentry Lee o con Stephen Baxter o con Paul Preuss--. Convertiría en sagas su Rama y escribiría secuelas de 2001. No eran necesarias ninguna de ellas, seamos sinceros.
    Lo mejor de Clarke era el tono directo, sencillo, reposado, de sus ficciones que, como queda señalado, encontraban su mejor modo en el terreno del relato o la novela corta, así como sus especulaciones filosóficas a que conducían sus ficciones científicas. Quizá por eso un triuvirato como el formado por Heinlein, Asimov y Clarke es ya absolutamente irrepetible --pese a que algunos se empeñen en hallar sus correspondencias modernas--: Así, Heinlein representaba el vigor individual del ser humano, Asimov la inteligencia científica y Clarke la duda filosófica. Es por tanto lógico que con autores así --al margen de sus buenas o correctas cualidades literarias-- el género llegase a su edad adulta. Clarke, en fin, no necesitaba seguir produciendo nuevas ficciones, aunque así lo hacía. Lo mejor de su obra está ya en los anaqueles de los clásicos del género y sigue siendo leída y apreciada tal como merece. Clarke, al igual que Asimov o Heinlein, pensaba y confiaba en que la ciencia puede hacer mejores a los seres humanos, si bien, al contrario que ellos, expresaba sus dudas respecto al propio hombre, y se interrogaba sobre la soledad del ser humano en el universo. Fue esta visión lo que trascendió en toda su obra y lo que le llevó a producir sus mejores textos.

    March 18

    UN CADILLAC DE ORO MACIZO, de Richard Quine: Mujeres en mundos de hombres

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Ya he comentado en anteriores ocasiones dos films de Richard Quine: La pícara soltera (Sex and the Single Girl), básicamente para hacer un llamamiento a desconfiar de la versión española --del doblaje, de hecho-- que se exhibió en su día, y Oh, papá, pobre papá, mamá te ha encerrado en el armario y a mí me da tanta pena, un desastre sin paliativos y que marcó el inicio de un final de carrera realmente terrible. Como siempre he sentido debilidad y aprecio por este director, al que considero muy superior a su colaborador y amigo Blake Edwards, aprovecho la reciente edición en DVD de Un cadillac de oro macizo como excusa para reivindicarle como cineasta, puesto que ninguna de las dos anteriores comentadas era muy reivindicable que digamos (aunque hay dudas respecto a La pícara soltera, y deberemos esperar a una edición subtitulada).
    Esta Un cadillac de oro macizo, realizada en 1956, presenta algunos detalles curiosos, un tanto impensables en el cine holloywoodiense de la época --y en el de hoy--: aunque el film está protagonizado por la que fue una gran estrella, la malograda Judy Holliday que falleciera a los 44 años de cáncer de pecho, éste es un film sin "galanes" tal como se entiende. De hecho, la propia y estupenda Judy Holliday tampoco se comporta como se espera lo haga una actriz o una estrella: su personaje es algo atontado, francote y de una ingenuidad infantil. En resumen: se puede decir que estamos ante un film un tanto a contracorriente de lo que se supone es una comedia para el gran público (galanes y chica o chicas guapas). A la Holliday la rodea un elenco de magníficos comediantes y actores secundarios, rostros vistos en muchas películas, pero que no tienen nada de galanes: Paul Douglas, Ray Collins, Fred Clark, Richard Deacon, John Williams, Arthur O´Connell... Aunque el nombre de estos estupendos actores no le diga nada a muchos, sus rostros serán más que reconocibles para el cinéfilo.
    Según las enciclopedias y libros de cine, este film es una incursión de Quine en la comedia "al estilo de Frank Capra". Buenos, esto de las enciclopedias no pasa de ser las más de las veces un "etiquetaje y embalado" de películas. Sinceramente, el film tiene muy poco de "comedia al estilo de Frank Capra" y mucho de "comedia al estilo de Richard Quine". ¿Y cuáles son los ingredientes de una comedia de Quine? Pues una mezcla muy curiosa de misoginia, cinismo, romanticismo y elegancia. Es extraño cómo misoginia y romanticismo puedan mezclarse en un mismo film, pero también lo es que la elegancia y el cinismo vayan de la mano. Ése fue el estilo Quine, el de los mejores años de este director. Y es por eso que mientras que las comedias --y el cine en general-- de Blake Edwards --que colaboraron en varias películas como guionistas en sus inicios-- resultan a la larga artificiales y groseras, cerebrales y burlonas, el cine de Quine, aunque carezca de la brillantez --que yo considero más bien aparatosidad o mecanicismo-- de Edwards resulte más entrañable. Pero esto es entrar en un juego de comparaciones y ya se sabe que siempre son odiosas.
    Un cadillac de oro macizo, pues, no tiene mucho de "comedia a lo Capra": su galería de personajes masculinos es netamente de Quine, y el de Judy Holliday está visto de la misma manera que lo están, por ejemplo, el de Natalie Wood en La pícara soltera, el de Virna Lisi de Cómo matar a la propia esposa, o los de Kim Novak en sus diversas películas a las órdenes de Quine, entro otros: alguien que irrumpe en un mundo exclusivamente masculino para volverlo cabeza abajo (para subvertirlo, por decirlo más claramente). La presunta ingenuidad capriana que muchos sin duda achacan al personaje interpretado por Judy Holliday no es tanto esto como el "Pepito Grillo" femenino que irrumpe en un orden masculino establecido --un orden cínico y algo amoral-- para señalar sus defectos. La primera escena de los directivos de la empresa presentando cuentas a los accionistas --un ejercicio interpretativo de primer orden a cargo de los actores-- es netamente made in Quine: el Quine cínico. Lo es también la presentación que se hace poco antes de estos directivos, a cargo de la voz en off (de George Burns en la versión original): puro cinismo de Quine. Se dirá, evidentemente, que al fin y al cabo estamos ante un original de Broadway, una comedia de Kaufman y Teichman, adaptada a la pantalla. Cierto. Pero de cómo se filma, se interpreta y el ritmo de las escenas en pantalla es algo que sólo puede darlo el director, y puede hacerlo de manera anodina o marcando más claramente sus características. Podría dar ejemplos de cómo una buena comedia se convierte en algo más bien poco estimulante en su paso a la pantalla, pero no vale la pena (todos conocemos ejemplos de ello). Y aquí, de lo que se trata, es de celebrar poder ver un buen Quine en estado puro, y de reconocer sus características. En este sentido, pues, este film es uno de sus comedias más estimables y permite reflexionar sobre ese apunte anterior sobre la irrupción de aire fresco (una mujer) en mundos masculinos cerrados para romperlos. De hecho, es una constante de toda su obra.
     

    March 17

    SUEÑO PROGRAMADO, de Christopher Priest


    [Crítica publicada en Kandama, num. 5, invierno de 1981. El título original de la novela de Priest es A Dream of Wessex y fue editado en Argentina por Emecé.]
     
    (c) 1981) by J.C. Planells
     
     
    No cabe duda: Christopher Priest es uno de los descubrimientos más afortunados de la ciencia ficción en los últimos años. Cada novela suya que hemos leído nos ha entusiasmado y dejado con más ganas de leerle. Cuatro han sido ya traducidas al castellano, y se anuncian dos más. Por desgracia, de las cuatro una de ellas no ha sido distribuida en España, que es la que hoy comentamos, ignoramos si por compromisos editoriales --como apunté cierta vez en Nueva Dimensión--, o por desinterés del posible distribuidor, lo cual parece poco probable.
    Priest tiene la virtud de hacer que cada novela suya parezca escrita por un autor diferente. Fuga para una isla tiene reminiscencias wyndhamianas, puestas al día, eso sí. La máquina espacial es un claro homenaje a Wells y tiene todo el sabor y color de las novelas de ciencia ficción escritas entre Verne y Wells. Sueño programado es, también claramente, un homenaje a Philip Dick y sus mundos que contienen otros mundos, sus realidades yuxtapuestas. Así, el autor de El mundo invertido --novela que causó sensación entre los lectores a su aparición--, demuestra tener unas dotes de eclecticismo que ya desearían para sí bastantes consagrados.
    Sueño programado nos presenta a un grupo de personas que están realizando un singular y revolucionario experimento científico en el llamado Castillo de la Doncella, en Wessex. El experimento --que lleva ya dos años en marcha-- consiste en proyectar las mentes de los participantes al año 2135 y estudiar así los cambios que el mundo habrá experimentado en el futuro, las mejoras, las nuevas fuentes de energía, etc., a fin de una vez descubiertas y localizadas iniciar ya, en el presente, su puesta en marcha. Quienes están proyectados en este futuro --un grupo de cerca de cuarenta personas, todos científicos--, han creado un mundo totalmente real para ellos, en el que viven, aman, juegan, ríen, trabajan, se desenvuelven y, en pocas palabras, son mucho más felices, por lo cual el retorno a la realidad es siempre muy difícil. Existen, en este mundo simulado, dos personajes encargados de "recuperar" a los participantes, mediante un truco con espejos. El sistema, sin embargo, no ha dado nunca resultado con David Harkham, un historiador que lleva sin "despertar" los dos años que dura ya el experimento, constituyendo una preocupación para todos los participantes, y el motivo en el que están trabajando principalmente al iniciarse la acción de la novela: conseguir localizar de una vez a Harkham y traerle al presente, a lo cual, sin embargo, seguirá resistiéndose tenazmente. Paralelamente a todo ello, el fallecimiento de uno de los participantes hará que sea preciso cubrir su vacante por medio de una nueva persona, para lo cual se ofrecerá Paul Mason --antiguo amante de Julia, la protagonista--, un personaje abyecto, dominador, egocéntrico y cruel. Julia comprende que la intromisión de Mason en el proyecto lo pondrá en peligro, pero Paul no vacila en chantajearla, obligándola a ponerse en su favor. Mientras, en el mundo simulado, David Harkham descubre que en el pasado se creó en Wessex, y en el Castillo de la Doncella, un singular experimento para estudiar el futuro; asombrado, comprende que él mismo y toda la gente que conoce en Wessex no son más que un sueño, una falsa realidad. Julie y él se han enamorado y David le cuenta lo que ocurre. La intrusión en este mundo simulado de Paul Mason amenazará con destruir tanto la realidad pasada como el futuro simulado. De hecho, ya la mente proyectada de Mason ha introducido notables cambios en el futuro imaginado, destruyendo toda su belleza y convirtiéndolo en un lugar oscuro y lóbrego. David, y sobre todo Julia, deberán enfrentarse con Mason, cuya mente constituye un serio peligro tanto para un mundo como para el otro.
    Una novela magníficamente concebida, impecablemente narrada, absorbente, vibrante y original, con numerosos toques dickianos, no ya sólo en el propio argumento, sino en el desarrollo de algunas escenas, como el descubrimiento que realiza Harkham en los archivos de Wessex, o el enfrentamiento Mason-Julia, basado en esquemas usuales de personajes de Dick. Novela meticulosamente concebida y desarrollada que demuestra, una vez más, el singular talento de este excelente escritor que es Priest, cuyas novelas, realmente, no tienen desperdicio.
     
     
    March 15

    LLAMAD AL 22-22, INSPECTOR SHERIDAN, de Giorgio Bianchi: Un policial antes del "giallo"

    (c) 2008 by J.C. Planells
     

    LLAMAD AL 22-22 INSPECTOR SHERIDAN (Cine - Folletos de Mano)
    Todo el mundo está de acuerdo en que antes de que Dario Argento se diera a conocer con El pájaro de las plumas de cristal, estrenada en 1969, el "giallo" italiano --el cine policiaco italiano de crímenes truculentos y abundante hemoglobina-- había nacido en 1963 con Mario Bava y su La muchacha que sabía demasiado. Pero, evidentemente, el cine policiaco italiano no era ninguna novedad: ya existía antes de Bava, aunque algunos se limiten a hacerle caso omiso (o sencillamente, lo desconozcan).
    Una muestra, un ejemplo de este "policial italiano antes del giallo", sería esta olvidada película de 1960, Llamad al 22-22-, inspector Sheridan (Chiamate 22-22, Teniente Sheridan), estrenada en 1962 en cines de programa doble y nunca más repuesta. Dudo que se haya exhibido en televisión, y no digamos de que exista alguna edición videográfica de ella. Lo único que puedo decir sobre este film es que lo vi varias veces durante mi infancia y me gustó mucho. Evidentemente, ésta es una pobre recomendación, máxime cuando la memoria es tan frágil respecto a estas cuestiones y no recuerdo nada de la película, prácticamente. Pero cuando sí se recuerda haber disfrutado con un film, pese a los más de cuarenta años transcurridos de su último visionado, algún motivo debe haber.
    Gracias al primero de los tres volúmenes de estrenos cinematográficos de 1962, 1964 y 1967, de los que hablé a propósito de las clasificaciones morales en otro texto, puedo proporcionar al menos la sinopsis argumental de esta película: "Una mujer, condenada a morir en la cámara de gas al amanecer de un día cualquiera, declara insistentemente su inocencia, aunque se niega a dar detalles que aclaren su postura en el crimen del que la acusan. Un periodista, con la ayuda del abogado defensor, consigue del Gobernador del Estado una moratoria de cuarenta y ocho horas para la ejecución de la sentencia, y ése es el plazo que tendrá el inspector Sheridan, al que se le encomienda el caso, para demostrar la inocencia de la víctima."
    Mentiría si dijera que esta sinopsis refresca mis recuerdos del film: no lo hace, y me da la impresión de que el texto en cuestión es simplemente el punto de partida de la historia. Lo único que recuerdo es un film muy interesante, con sorpresa final, bien llevado, y que figuró entre mis preferidos entonces.
    Lo dirigió Giorgio Bianchi, un director italiano de melodramas y comedias, sin títulos especialmente destacables y pocos de ellos estrenados en España, que fallecería en 1967. En blanco y negro, con guión de Giampaolo Galligari, Mario Casacci y Alberto Ciambrico, fue protagonizado por actores poco conocidos: Ubaldo Lay, Carlo Alhigiero, Umberto Orsini y Sandro Moreti.
     
     

    March 12

    BIGUNE EN LA SALA DE LOS RECUERDOS

    (secuencia Bigune - 7 y último)
     
    (c) 2008 by J.C. Planells 
     

               "Los siglos podrían pasar como gotas de agua, incesantemente, y Lilo Topchev no reaparecería nunca en el devenir de la humanidad." Philip K. Dick. La pistola de rayos.

        Bigune abrió los ojos y se encontró en lo que parecía ser una estancia de paredes blancas. El suelo y el techo eran igualmente blancos y todo aquello producía una sensación irreal. Giró la cabeza y vio que erguido a su lado había un hombre de mediana edad, escaso pelo y cuidada barba. Sonrió al ver que le miraba.
        --¿Doctor? --dijo Bigune.
        El hombre sonrió aún más y meneó la cabeza.
        --No, no soy médico. Mi nombre es Sigma. Me has sorprendido, esperaba la clásica frase de "¿Dónde estoy?".
        --Ya sé dónde estoy. En un hospital...
        Sigma dejó de sonreír. Meneó la cabeza negativamente.
        --No, Bigune. No estás en ningún hospital.
        --Pero... sí. Tuve un accidente, cuando Vicky Sala se lanzó por la ventana de su casa y yo, abajo en la calle, tendí los brazos para recogerla... y me cayó encima.
        --En efecto, eso ocurrió. Y luego vino una ambulancia y os recogió a las dos.
        --¿Vicky está bien?
        --Sí. Gracias a ti. Le salvaste la vida.
        Bigune sonrió.
        --Me alegro. Ya me lo figuraba, porque sentí cómo respiraba y sollozaba cuando estábamos tendidas sobre la acera, pero es bueno saberlo.
        Cerró los ojos. Se encontraba bien allí, en...
        --Pero, ¿dónde estoy, pues? --preguntó de repente, abriendo de nuevo los ojos. Se dio cuenta entonces de que en aquella estancia no había absolutamente nada. No había ni muebles ni ventanas, ni aparatos médicos ni... ni una cama. Simplemente, flotaba en el aire. Se asustó.
        --Como he dicho, vino una ambulancia y os recogió a las dos --explicó el hombre llamado Sigma--. Fuisteis llevadas a un hospital. Tú tenías los brazos rotos y había que operarte. No era nada de importancia; hubiera significado simplemente llevar los dos brazos entablillados durante un cierto tiempo. Algo molesto, sí. Pero...
        --¿Pero? --preguntó Bigune, que oscilaba entre la extrañeza que le causaba todo aquello y una sensación de pánico interior.
        --Hubo... complicaciones, Bigune. En urgencias, al atenderte, te administraron anestesia total, creyendo que el dolor de los brazos sería demasiado fuerte para que lo resistieras, y...
        --¿Y? --preguntó Bigune, al ver que el hombre callaba.
        --Y entraste en coma --dijo él, con suavidad--. Es algo que ocurre muy raramente, imprevisible, pero se da en ocasiones una reacción adversa a la anestesia.
        Bigune cerró los ojos.
        --No entiendo... --dijo--. ¿Cuánto tiempo llevo así?.
        --El accidente ocurrió en la última semana de septiembre de 2017, y ahora, en tu mundo, estás en la primera semana de octubre del mismo año, 2017. Llevas, pues, una semana en coma aparentemente irreversible... Es una situación irregular, Bigune, la que tú ahora estás pasando. Ante todo, debes mantener la calma. Estoy acompañándote precisamente para que te sientas mejor. Seguramente, todo se solucionará en un momento u otro.
        --¿Cómo? ¿Cómo se solucionará? No estoy ya en coma, puesto que he despertado. ¿Cuál es el problema?
        --El problema, Bigune, es que sigues en coma. No estás ni viva ni muerta. Estás, por decirlo claramente, en situación de espera.
        --¿Espera? --dijo Bigune, con voz ahogada.
        --Exactamente. El lugar donde tú y yo estamos se llama Sala de los Recuerdos...
        --¿En el hospital?
        --Tu cuerpo sigue en el hospital, sí. Pero tu alma, si quieres llamarla así aunque no sería quizá la palabra exacta, está aquí, conmigo, en la Sala de los Recuerdos.
        --Tengo miedo...
        --No debes tenerlo, Bigune. Eres una chica muy fuerte; no me refiero físicamente, sino en tu carácter. Tu manera de ser es fuerte. Yo, Sigma, estoy contigo y no te abandonaré hasta que todo haya terminado.
        --Así pues... He muerto. Estoy muerta, y esto es la otra vida.
        --No --sonrió Sigma--. Así tendría que ser, en realidad. Me refiero a lo de que estés muerta. A la Sala de los Recuerdos llegan los que han muerto, para ser trasladados a... a donde les corresponde pertenecer en la eternidad. A veces hay pequeños problemas de ajustes, pero todo se soluciona de una u otra manera. Y a veces hay casos muy especiales, como el tuyo; personas que están en el umbral de la muerte, que lo han cruzado pero aún no ha sido cortado el último eslabón de la vida. Personas que yacen en coma casi sin esperanza alguna de despertar de nuevo..., como ocurre contigo.
        --¿Y... y qué ocurre en estos casos?
        --Debemos esperar hasta que se corte ese último eslabón.
        --Así pues, esto es el cielo... ése del que hablan los que creen en dioses... La otra vida.
        --Pues no, Bigune. No es nada de eso. No se trata ni de cielos ni de infiernos... ni siquiera de otra vida, en el sentido digamos religioso del término. Es más simple. Pero no debes preocuparte de ello ahora. Tú mente permanece despierta aquí mientras tu cuerpo está en coma en el hospital, y he de procurar que no te alteres emocionalmente. Cuando tu cuerpo se haya liberado por completo, tu mente se adormecerá otra vez y...
        --Me extinguiré para toda la eternidad --dijo Bigune, ahogadamente.
        --Ni mucho menos. Simplemente, encontrarás tu cauce. Sólo que hay que solucionar primero ese problema con tu cuerpo en coma.
        Bigune cerró los ojos otra vez.
        --Creo que me siento mareada...
        --Es una sensación engañosa. Pasará en seguida.
        --¿Qué es esto de la Sala de los Recuerdos?
        --El lugar donde se pasa la eternidad, por decirlo brevemente.
        --Pero... ¿y si no muero? ¿Y si salgo del coma?
        --Bien, esa posibilidad existe, sí. No hay que descartarla... En tal caso, volverías a tu mundo y olvidarías toda nuestra charla y el rato pasado aquí. Pero no he de engañarte: no debes hacerte muchas ilusiones al respecto.
        --Tengo miedo... --repitió otra vez.
        --Yo estoy aquí contigo precisamente para que no lo tengas, para tranquilizarte.
        --¿Es usted... --Bigune dudó--... una especie de eso que algunos llaman ángel o algo así?
        --No --sonrió Sigma--. Nada de eso. No soy ningún ángel, ni soy un Dios de religión alguna. Digamos que soy... un encauzador. Resuelvo problemas como el tuyo, o mucho peores...
        --¿Peores aún que no estar ni muerta ni viva?
        --Sí. Algunas personas, cuando fallecen, no encuentran aquí a nadie que les recuerde, y por tanto... no pueden ser asignados. Son muy pocos casos, pero los hay.
        --No entiendo...
        --Te lo explicaré brevemente. Una vez muerto, cada ser humano pasa a vivir en los recuerdos de alguien que le ha precedido: evidentemente, un familiar, una persona amada, pero puede ser también un amigo. Así, hay seres que son recordados, y otros que son recordadores natos, y éstos acogen a las personas que desean recordar. Sólo muy raros casos no son ni recordadores ni recordados. Los niños, por ejemplo, siempre son recordados, aunque casi siempre deben aguardar a la muerte de alguno de sus progenitores para entrar a albergarse en sus recuerdos. Nosotros les atendemos durante el tiempo que deben aguardar para ello, y permanecen en una especie de parque de juegos, hasta el momento de ubicarles en un recordador. El suyo es un problema fácil de solucionar, y sólo requiere tiempo, que es algo que aquí no existe.
        Bigune suspiró.
        --Así, cuando yo haya muerto finalmente en mi cama del hospital, seré una recordadora o una recordada, ¿no?
        --Una recordada. Te unirás a tu madre, y también a tu padre...
        --¿A mi padre biológico, o al que siempre creí era mi padre? --dijo, recordando al coronel Mblaga.
        --Al que siempre creíste era tu padre. Para unirte a ellos te transformarás en una niña pequeña, de unos tres años de edad, el único tiempo de tu vida en la Tierra relativamente feliz con ellos dos.
        --Pero luego...
        --No habrá un luego. La eternidad será para ti una jornada eterna de juegos, compañía, cariño y felicidad. No recordarás lo que fue tu vida en la Tierra, ni crecerás nunca, no verás envejecer a tus padres. Vivirás razonablemente feliz...
        --Eso se lo dije yo hace poco a alguien...
        --Tu vida en la Tierra fue muy infeliz, Bigune. Lo sé.
        --¿Lo sabe? --Bigune le miró extrañada.
        --Claro. Debo saberlo todo sobre cuantos vienen aquí, para atenderlos debidamente.
        --Estos últimos años, en Inglaterra, he olvidado todo lo que pasé... lo que fue, o no fue, mi infancia...
        --Olvídalo. Eso se borrará de tu mente cuando hayas roto ese eslabón...
        --Mi madre... he olvidado incluso su rostro. Murió cuando yo tenía apenas doce años, y lo que vino luego me hizo borrar los años anteriores de mi memoria, casi...
        --¿Te gustaría verla un momento? --ofreció Sigma.
        --¿Cómo?
        --Mientras aguardamos... el desenlace..., puedo concederte algunos pequeños deseos para aliviar tu angustia. ¿Te gustaría ver a tu madre ahora?
        --Sí, pero, ¿cómo?
        --Puesto que tu cuerpo no ha muerto aún, puedo enviarte a través de él al pasado mientras sueñas y verás a tu madre.
        --No entiendo...
        --Cierra los ojos.
        Bigune cerró los ojos. Sintió un extraño cosquilleo en el cuerpo y un cierto frío la envolvió. Sobresaltada, los abrió de nuevo... y se encontró de pie en el interior de la choza en que vivió de niña con sus padres. Estaba a oscuras y la luz de la luna penetraba por el hueco que hacía de ventana; vio sobre los jergones a su madre, durmiendo, y a su lado... a sí misma, cuando tenía unos ocho años de edad, durmiendo apaciblemente. Incrédula, se acercó a los dos cuerpos y los miró, detenidamente. Su madre, Serendé, había sido una mujer muy hermosa, pese a que los problemas, las angustias y los sufrimientos se marcaban en su rostro. Ahora, con los ojos cerrados, respiraba suavemente, dormida en paz. Alargó la mano y acarició su mejilla, con miedo de que se despertase y la viera... ¿Pensaría que estaba ante un fantasma o ante una intrusa? Sintió en sus dedos el tacto de la mejilla de su madre, suave, y un ligero calorcillo le corrió por las venas desde las puntas de los dedos. Miró a su yo de ocho años que dormía junto a Serendé. Había calma y dulzura en su rostro, y una pureza e inocencia que no tardarían en ser borradas cruelmente. Bigune sintió que sus ojos se humedecían. ¡Qué poco tiempo de vivir con su madre le quedaba a aquella pequeña! Serendé, que ahora dormía tan apaciblemente bañada por un rayo de luna, moriría en pocos años, y Bigune sería violada y esclavizada por un blanco, que la convertiría en su juguete sexual durante tres años y en su saco de los golpes, hasta que...
        Pero al menos esta noche dormían apaciblemente, ignorantes de su futuro. Bigune sintió que sus ojos se humedecían, los cerró y se hundió en la negrura.
        Abrió los ojos y contempló de nuevo la cara de Sigma.
        --La he visto --le dijo--. Y la he tocado... he acariciado su mejilla... He sentido el calor de su cuerpo...
        Sigma asintió.
        --Curioso que hayas sentido el tacto de su cuerpo... --dijo--. ¿Te gustaría ver a alguien más, mientras esperamos? --le preguntó.
        --No... Creo que si viera a las pocas personas que conozco, las echaría terriblemente de menos... A la señorita Simmons, que fue mi directora de estudios cuando llegué a Londres, y a la que tanto quise sin decírselo nunca... Incluso a las chicas con las que comparto... o compartía apartamento... No es que fuésemos muy amigas, pero...
        --Han venido las tres a verte al hospital. Han llorado mucho.
        --Por favor, no me diga eso. No quiero que sufran por mí.
        --Es algo que no podemos evitar ni tú ni yo, Bigune: son humanas y lo demuestran cuando corresponde. Para ellas, el tiempo curará las heridas... El ser humano lo supera todo... Con el tiempo.
        --Sandra Lane --dijo Bigune, de repente.
        --¿Sandra Lane? --repitió Sigma.
        --Me gustaría verla. Ya sé que murió cuando yo era muy pequeña, pero nunca la he visto más que en fotografías, y sólo sé lo que he leído sobre ella... Me gustaría verla aunque sólo fuera un instante. Yo le debo la vida... lo que ha sido mi vida desde que salí de África... Hubo una gente que...
        --Lo sé. Te rescataron de aquel infierno de vida que llevabas y siempre pensaste que lo hicieron porque Sandra Lane lo hubiera hecho de estar en su lugar, como dijo aquel hombre, Héctor...
        --¿Sabe todo eso? --se asombró Bigune.
        --Naturalmente. Lo sé todo sobre ti. Creaste una especie de credo en el que Sandra Lane era una diosa y tus salvadores los sacerdotes a su servicio, por decirlo de una manera simple. Exageraste un poco, pero quien no tiene nada en la vida, como era tu caso, se agarra a quien le tiende una mano y la saca del infierno. Eres una persona agradecida, Bigune, y te has comportado como tal todos estos años desde que te sacaron de tu país, en África.
        --¿Podría verla? ¿Ver a Sandra Lane?
        Sigma pareció meditar.
        --No va a ser fácil. Murió, como ya sabes, y sus nexos directos serían su hija o su marido, durante un sueño... ¿Realmente quieres verla?
        --Sí. Verla en persona...
        --Está bien. Puedo establecer un nexo, pero quizá no te resulte... agradable lo que veas. Cierra los ojos.
        Bigune iba a preguntarle por qué no le resultaría agradable, pero cerró los ojos de manera automática y nuevamente sintió frío en el cuerpo.
        Abrió los ojos y le desconcertó el lugar donde se encontraba. Parecía un pasillo y había puertas a un lado; al otro lado, ventanas que daban al exterior y dejaban ver el cielo y las nubes: era de día. Bigune se acercó para mirar y lo que vio la dejó horrorizada.
        El lugar en el que se hallaba parecía flotar sobre un halo de fuego. Un humo negro ascendía hacia el cielo, y abajo se veía una ciudad casi de juguete. A lo lejos, el mar y... Y entonces supo no sólo dónde estaba sino cuándo. Estaba en el interior de una de las Torres Gemelas de Nueva York en la mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando se produjo el ataque terrorista que las destruyó y mató a miles de personas... entre ellas Sandra Lane.
        Bigune echó a correr pasillo adelante y llegó a un recodo que daba a un rellano de escaleras. En su carrera, era consciente del humo que había en el pasillo y de los gritos que le llegaban de arriba y de abajo: gritos de terror de la gente atrapada en los pisos superiores al que los terroristas habían estrellado el avión, imposibilitados de escapar a causa del fuego y de que los ascensores ya no funcionaban. Instintivamente, adivinó que Sandra Lane estaba cerca de ella y abrigó la estúpida esperanza de salvarla, de sacarla de la Torre de una u otra manera. "Pero es imposible", se dijo. "Todo esto no es más que un sueño en el que he entrado, una visión. Y aunque no lo fuera... sé que es imposible escapar de aquí." Bigune era una niña pequeña cuando aquello ocurrió y ni siquiera se enteró, allá en su pueblo; luego, al saber que era donde había muerto Sandra Lane, leyó lo suficiente sobre el ataque terrorista como para conocer los detalles de lo ocurrido. Y ahora estaba ahí dentro, unos pocos pisos por encima de donde se estrelló el avión, y vería morir a Sandra Lane.
        Le sorprendía lo real que parecía todo, tanto que por un momento pensó que lo vivía en vez de ser un viaje en sueños, como le había asegurado Sigma. ¿O sólo una parte era viaje en sueños? Allí, en el rellano, advirtió una forma borrosa, la de un chico que le daba la espalda. No debía de tener más que unos diecisiete años, quizá. ¿Quién era y qué estaba haciendo alguien de su edad a esas horas de la mañana, en la Torre Sur --¿o era la Norte?--, si no había apartamentos de viviendas en las Torres? No, no era alguien real: la figura era borrosa y permanecía inmóvil contemplando las escaleras, como si esperara a alguien. Y entonces Bigune supo con toda certeza quién era ese chico: estaba en los sueños del marido de Sandra Lane, del padre de Vicky Sala, el hombre al que había ido a visitar en su chalet de la Costa Brava, apenas hacía una semana..., el hombre que le había pedido ayuda para su hija Vicky... Había ido a parar a algún sueño que debió de tener cuando era joven... ¿Un sueño premonitorio? ¿Un sueño recurrente, en el que el hombre se recordaba cuando era joven?
        ¿Sueños o realidad? En ese momento, una figura apareció subiendo apresuradamente por las escaleras y llegó al rellano. El chico la vio... y la figura se desdobló en dos: una parte se volvió tan borrosa como el chico, y la otra siguió subiendo las escaleras, pero como ralentizada. La parte borrosa de la figura miró al chico. Era una mujer de unos cuarenta años, de pelo corto y negro y ojos grises. Bigune la reconoció de inmediato: era Sandra Lane. "Ah, estás aquí --dijo la Sandra borrosa, mientras la real seguía moviéndose en ralentí, e incluso su voz sonaba extraña, como surgiendo de un vacío--. Acabo de llamarte con el móvil para decirte lo que ocurre... Hay unas chicas en uno de los pisos más arriba y no pueden abrir la puerta, se les ha atrancado y veré de ayudarlas... He de intentarlo. Lo entiendes, ¿verdad, Diógenes? Trata de comprenderlo..." La figura borrosa de Sandra desapareció y sólo quedó la real, la que se dirigía a las escaleras para subir al piso siguiente, y que ahora se movía con rapidez, desaparecido el efecto ralentizado. El chico --el que sería su marido años después-- alargó la mano para asirla. ¿Sabría en su sueño quién era la mujer? ¿O era una reacción instintiva? Pero no pudo hacerlo. Él estaba soñando, y no podía agarrar a un ser real. La mujer desapareció escaleras arriba y entonces llegó el resplandor de un sol que lo arrasase todo. Bigune alargó el brazo y lo posó en el del chico. Le sorprendió sentir su piel, su carne, en la mano. Él se volvió y la miró. Había desconcierto, incomprensión en su mirada, y Bigune sintió que toda la tristeza del mundo llenaba sus ojos y amenazaba con desbordarse por ellos. Trató de contenerse. Deseaba decirle algo, pero, ¿qué?
        --Sueñas --le dijo.
        Pero él no pareció oírla. Bigune apretó un poco más su brazo, y el chico desapareció como si nunca hubiera estado en aquel rellano. Bigune sintió un extraño cosquilleo en su cuerpo, recorriéndola arrib a y abajo. Se estremeció. ¿Habría despertado el chico, donde fuera que estuviera soñando aquello? Sin duda. Ojalá no recordase nunca aquel sueño.
        Pero Bigune seguía allí, en aquel rellano, y decidió subir las escaleras en pos de Sandra Lane. Arriba, por lo visto, la esperaba el sol y un horno abierto, pero no podía dejar de intentarlo. Se encontró en otro pasillo y vio cómo un hombre, desesperado, se arrojaba por una ventana tras abrirla. Bigune chilló horrorizada y apartó la mirada. ¿Dónde estaba Sandra Lane? Entonces la vio, luchando por abrir una puerta atrancada tras la que se oían chillidos de mujeres atrapadas. Corrió hacia ella.
        --¡Sandra! ¡Es inútil, no puedes hacer nada! ¡Escapa!
        La mujer se volvió y la miró con sus ojos grises, asustados, pero firmes.
        --¿Eh? --dijo--. ¡Ayúdame! La puerta se ha atrancado y unas chicas están atrapadas al otro lado...
        --Lo sé, pero no puedes hacer nada por ellas, Sandra. Buscaré una manera de sacarte de aquí.
        Sin dejar de forcejear con la puerta, Sandra la miró.
        --¿Nos conocemos? --preguntó--. ¡Ayúdame! ¡Coge algo y aporrea la puerta! ¡Dios, cada vez hace más calor aquí dentro!
        --Sandra, escucha, la Torre se hundirá dentro de un tiempo..., de muy poco, no recuerdo exactamente si una hora o menos... No puedes hacer nada. Pero déjame intentar algo. Ven conmigo.
        --¿Adónde? --preguntó Sandra, sin dejar de forcejear con la puerta.
        "Eso, ¿adónde? --se preguntó Bigune--. Yo sueño, ella está en su realidad, en un tiempo pasado y que no puede modificarse... Si su marido, en donde sea que esté, ha despertado, yo puedo desaparecer... o debería haber desaparecido ya de aquí. No soy real, de hecho, y no puedo alterar el pasado ni hacer nada por salvarla. Pero si esto es un sueño, ¿no debería estar borrosa lo mismo que lo estaba el chico?"
        Bigune la agarró del brazo. Ella sí pudo hacerlo, pero su marido... el chico del rellano... no había podido. ¿Por qué? ¿No eran proyecciones de un sueño los dos? ¿O quizá esto no era exactamente un sueño, o sólo lo era a medias? "Si estuve de pie mirando a mi madre hace un momento, entonces es que estoy de pie aquí, en las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, y puedo hacer algo..." ¿Entonces?
        --Ven conmigo --le dijo Bigune--. Subiremos a los cielos.
        Como había subido ella a los cielos, nueve años antes, cuando aquellos periodistas la rescataron en la explanada africana y voló luego sobre un segundo cielo: el mar. Entonces era una niña que lo veía por primera vez, y creyó estar entre dos cielos. Ahora, no pensó en nada y se limitó a tener fe. Si esto era parte sueño y parte realidad, cruzaría la barrera hacia un lado u otro. Arrastró consigo a Sandra Lane con todas sus fuerazas, con todas sus ansias, con toda su fe, hasta la ventana abierta... No hizo caso de sus protestas y de sus intentos de soltarse de Bigune, y se lanzó con Sandra al vacío. Oyó chillar a Sandra, aterrorizada, y volaron juntas, entrelazadas, formando un solo cuerpo casi, sobre un cielo de fuego y bajo un cielo azul.
        --Hay dos cielos, Sandra --le dijo, gritando--. Como los que vi yo a los catorce años. Te lo aseguro.
        Y la apretó fuerte, fuerte-fuerte, y sus carnes se mezclaron entre sí, la carne del sueño y la real.
     
     
        En la Sala de los Recuerdos, Sigma vio cómo Bigune se volvía borrosa de repente y desaparecía ante su vista. Algo había ocurrido con el cuerpo de la muchacha que yacía en coma en el hospital, y lo grave era que ocurriera en el momento en que estaba en los sueños proyectados de otra persona. ¿Qué consecuencias podía tener algo que no había imaginado ni previsto? En el mismo instante en que se desvaneció la imagen de Bigune sus sentidos percibieron un resonar, como el que produciría alguien arrastrando un mueble en alguna parte, y un cronomoto, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo en dos capas. Aguardó. Pero lo que fuera, había ocurrido en otro universo. Quizás.

     
        Octubre de 2017, en un hospital de Londres.
        Bigune abrió los ojos.
        --¿Dónde estoy? --dijo con voz débil.
        Una enfermera de color apareció ante ella y la miró muy sonriente.
        --Bienvenida al mundo de los vivos, Bigune --le dijo--. Has estado en coma durante una semana. Voy a avisar al doctor de que has salido de él .
     
     
        Octubre de 1966, en un barrio de otro Londres.
        La pequeña Sandra se despertó en su cama, sobresaltada. Hubiera jurado... ¿Había tenido una pesadilla? Le parecía que sí, pero no recordaba nada de ella, si es que la tuvo en verdad. Tenía como ganas de llorar, pero no lo hizo para no asustar a su madre y porque no recordaba nada de lo soñado. ¿Tan terrible era? Se vistió rápidamente y se preparó para ir al colegio, que ya era hora, y luego dejó un tazón con leche para Bonnie, el gato zurdo de Borneo que le regaló su difunto padre.
        Al salir de la mano de su madre camino de la escuela, se cruzó con el niño español que hacía de ayudante del señor Smith, el detective privado que tenía su agencia en aquella casa de la que su madre era la portera; regresaba portando los periódicos del día. Le sonrió amistosamente y le miró por encima de sus gafitas. El niño, que apenas llevaba unos días con el señor Smith, la miró con el ceño fruncido. La pequeña Sandra meneó la cabeza. "Niños", pensó. "Ya verá cuando el día de mañana sea una reportera intrépida." Y se encaminó hacia un futuro feliz, en un día como otro cualquiera de lo que aún no lo sabía, pero iba a ser una vida muy larga. 
     
          "Y pasaron el resto de la tarde juntos. Y, más adelante, el resto de sus vidas." Toria. "Corazón de fan"


    FIN DE LA SERIE/NOVELA BIGUNE.
     
     Agradecimientos: Este serie o novela debe su inspiración y alguna ayuda --a veces involuntaria-- a las siguientes personas: Mar, José Luis Manglano, Toria, Liz Morla, Nofret, Domingo Santos y Sandra Carrasco. Suyas, pues, serán sus virtudes, y míos sus fallos y errores.




     

    March 10

    ASESINATO EN LA LIBRERÍA

    (episodio final  de: "Aventuras de Harold Smith")
     
    (c) 2007-2008 by J.C. Planells
     
     
                  (Nota: Como el autor reconoce haberse inspirado para esta historia en un par de detalles de la novela corta "El factor crítico", de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez, ha decidido convertirles --britanizándolos-- en dos de los "artistas invitados" de este relato.)
     
    "
    Naturalmente, todas las formas de autoexpresión persiguen el mismo fin. Huir de uno mismo."  Tennessee Williams.


        Harold se quedó bastante sorprendido cuando recibió una petición de la librería Blanco Mortal para que pronunciase una charla con motivo del veinticinco aniversario de su existencia (de la librería, no de Harold, claro). Se trataba de una librería especializada en novela policíaca y de misterio, que contaba con una clientela fiel, y donde los escritores del género acudían para presentar sus novelas y firmar ejemplares, además de reunirse con amigos y aficionados para cotillear sobre libros de misterio. Harold había ido alguna vez para comprar novelas de sus autores favoritos, pero no se había identificado nunca ante el dueño de la librería como detective privado.
        --Mal hecho, jefe --le dije--. Seguro que le hubiera hecho descuento.
        --Qué prosaico eres, Diógenes. En fin, aceptaré, pero no entiendo qué pinto yo en una librería de novelas policíacas... Lo normal sería que invitasen a un escritor...
        Cuando Harold telefoneó aceptando la invitación, el dueño de la librería le explicó que le había pedido primero a Agatha Christie que hiciese la charla, puesto que era la Dama del Crimen por excelencia, pero que Agatha declinó porque sufría una leve indisposición desde hacía unos días, y ella misma había recomendado a mi jefe. Me quedé boquiabierto al saberlo.
        --Caramba --dijo Harold, no menos impresionado, al contármelo luego--. ¿Y por qué lo habrá hecho? En fin, cuando yo era niño Agatha Christie me firmó un ejemplar de Diez negritos, después de ver la función en el teatro; ese ejemplar que guardo en la caja fuerte, y cuya historia tuviste tú la cara dura de plagiar un verano.
        --No era un plagio --protesté--. Usted mismo dijo que era un... un... --no recordaba exactamente lo que Harold había dicho--... un ejercicio "mataliterario".
        --Metaliterario, idiota.
        --Pues eso. Vaya, supongo que la señora Christie habrá seguido sus éxitos por los periódicos y se acordará de que usted era un niño pequeño por entonces...
        --No tan pequeño, majadero. Sí, es posible --dijo, bastante emocionado--. Está bien, iré a dar una pequeña charla instructiva.
        Así pues, el viernes siguiente nos presentamos en Blanco Mortal a las cinco de la tarde, un poco antes de la hora prevista para la amena charla de Harold (así lo dijo el señor Frank Bedrass, el dueño de la librería), a la que seguiría un piscolabis o algo parecido (o sea, pastas y refrescos). Resultó que el señor Bedrass había sabido siempre quién era Harold, pero como era un señor discreto, no le gustaba incomodar a los clientes famosos. Nos presentó a cuantos había invitado a la celebración: amigos, escritores, aficionados, editores... Había un tal Julian Symons, que era novelista y poeta, y una señora bastante guapa, llamada Ruth Rendell, que hacía unos cinco años que había publicado su primera novela policiaca.
        Harold dio su charla que, cosa rara, no hizo dormirse a nadie y resultó bastante entretenida: habló durante media hora de algunos de sus casos más conocidos, técnicas de investigación, delincuentes, etc. Lamentablemente no me mencionó, lo que me puso un tanto mustio. ¿Habría hablado Sherlock Holmes de Watson en una conferencia? Se lo preguntaría luego. Al terminar, incluso lo aplaudieron, no sé si porque había acabado o porque les gustó.
        Se empezaron a formar enseguida diversos grupitos alrededor de la mesa donde el señor Bedrass había dispuesto canapés y botellas de vino o refrescos. Algunos curioseaban las novedades y las novelas antiguas que había en venta. Harold y yo nos quedamos en el grupo del señor Bedrass, en el que estaban Julian Symons, la señora Rendell y dos escritores jóvenes que escribían en colaboración (yo quería preguntarles si también se podían escribir novelas a tres además de a dos), llamados Edward Galley y William Sanx; también había dos editores: Alex Raven, alto y delgado, y Michael London, muy gordo, con barba y aspecto un tanto bobo, y un aficionado llamado Giovanni Ortizzo. Me llamaron la atención dos chicas jóvenes que por lo visto esperaban aún que Agatha Christie se lo repensara y se presentara en la librería, porque no paraban de vigilar la calle desde la puerta.
        En ese momento, precisamente, se abrió la puerta de la tienda y entró un hombre. Al verle, el señor Bedrass palideció y se echó a temblar.
        --¡Dios mío! --dijo--. ¡Lo que nos faltaba!
        El que había entrado era un tipo alto, de abundante cabellera, con gafas, perilla y una sonrisita más falsa que un billete con el retrato de Jack el Destripador. Los que estaban cerca de la entrada, y que al parecer le conocían, se retiraron en masa al otro extremo de la tienda, pero como era pequeña no había mucho sitio donde mantenerse alejado de aquel individuo.
        --¿De quién se trata? --preguntó Harold, curioso.
        --Es Shaw Ryon, un crítico literario, señor Smith --explicó el señor Bedrass--. Nadie quiere encontrarse nunca con él. No sé a qué ha venido; yo no le he invitado ni tampoco le comuniqué el evento de hoy...
        --Se habrá enterado de una manera u otra y vendrá a aguarnos la fiesta --gruñó Julian Symons.
        --Con no hacerle caso... --dijo Alex Raven.
        Al parecer, esto no iba a ser posible. Shaw Ryon iba de grupo en grupo, y aunque la gente se apartaba de él enseguida, con cara de asco, Ryon les soltaba pullas y los enfurecía. En ese momento, distinguió nuestro grupo y como en él figuraba la gente más conocida, se nos acercó raudo y veloz.
        --Vaya, Frankie --le dijo al señor Bedrass--. Felicidades por el aniversario de la librería. Querido Julian --le dijo a Symons--, la semana pasada me leí tu última novela, El hombre cuyos sueños se realizaron. Ya leerás la crítica en The Times. --Sonrió de manera siniestra--. Pero quiero decirte, querido amigo, que deberías dedicarte a tu otra afición: la poesía. Como no la leo, no puedo criticártela. Y, sinceramente, los lectores de novela policíaca te lo agradecerían.
        El señor Symons puso cara de ir a sufrir una apoplejía de un momento a otro. Bufó y se marchó para unirse a un grupo que estaba en la otra punta de la librería. Ryon se dirigió entonces a la señora Rendell, que lo miraba con ojos fríos, gélidos, despectivos, desdeñosos y distantes.
        --Estimada Ruth --dijo Shaw Ryon, sonriendo con más dientes de los que sin duda tenía--. Me alegra verte aquí. Lo digo sinceramente --añadió al ver el gesto de perplejidad de la señora Rendell--. En el último evento de narrativa policial al que asistí, invitaron a Anne Hocking. --Meneó la cabeza tristemente y suspiró--. Fue hace tres años, y la pobre falleció poco después de que tuviéramos una charla la mar de cordial.
        --¿Una charla cordial? --se extrañó Giovanni Ortizzo.
        --Oh, sí. Yo sentía un cariño entrañable por la pobre Anne. Era una autora tan inmensamente mala y aburrida que no podías sino sentir piedad, compasión y lástima por sus torpes esfuerzos narrativos. Le dije lo que me alegraba verla aún con vida, porque una vez muerta, ella y sus novelas serían olvidadas. Y ya ves, han pasado apenas tres años, y... ¿cuántas novelas de la pobre Anne Hocking vendes en la librería, querido Frankie? No, por favor; no hace falta que me contestes. La respuesta es obvia, querido amigo.
        --Seguro que le dio el patatús por culpa tuya --dijo Ortizzo.
        --Por cierto, querida Ruth, debo reconocer que eres una mujer hermosísima, diantre. --La miró con unos ojos casi famélicos que parecían ir a saltarle de las órbitas--. En vez de escribir tus pretenciosas novelas policíacas... porque mira que la última, La casa secreta de la muerte, es pretenciosa con ganas... deberías estar en casa fregando platos y barriendo el suelo, algo que se te debe de dar muy bien, con tu grácil figura... ¿Te parece que vayamos luego a cenar, querida Ruth? Después iremos a mi piso y te mostraré la colección de platos japoneses que tengo clavados en el techo...
        --Antes muerta, señor Ryon --repuso la señora Rendell en un tono de voz tan gélido que daba la impresión de que sus palabras podían usarse como cubitos de hielo para las copas que había servidas. Y se largó hacia el mismo grupo en el que se había integrado Julian Symons.
        --Sé de buena tinta que su marido no le da... lo que su espléndido cuerpo merece --nos dijo Ryon, mientras la repasaba de arriba abajo con una mirada perversa.
        --Es usted bastante grosero, señor Ryon --dijo severamente Harold--. La señora Rendell es una magnífica novelista y...
        --Y usted un autor en ciernes, ¿verdad? --le cortó Shaw Ryon.
        --No, señor. Soy Harold Smith, detective privado.
        --Bah. La realidad nunca superará la ficción --dijo Ryon desdeñoso--. Los detectives privados de la vida real se limitan a perseguir esposas adúlteras y maridos infieles, escondidos en armarios o debajo de la cama. Qué vergüenza. --Harold abrió la boca y bufó como Bonnie, el gato de nuestra portera, cuando le pisaban la cola. Ryon buscó otra víctima--. Y aquí tenemos a la pareja de chiste, Edward Galley y William Sanx. Escriben en colaboración para que se note menos lo malos que son por separado --dijo, con una mueca desdeñosa--. Muchachos, esta semana me he leído vuestro último aborto mental, El misterio del pañuelo abandonado del cocinero sediento, en galeradas, y he estado tentado de quedármelas... para ahorrarme bajar a la tienda a por papel higiénico cuando se me acabara.
        Galley abrió la boca para decir algo, pero Sanx le dio con el codo, haciendo ademán con la cabeza de que lo dejara estar.
        --Tú siempre lo criticas todo --dijo Alex Raven--. Nunca encuentras una novela buena, pero no das argumentos sólidos y te limitas a hacer gratuitos alardes de ingenio destrozando las creaciones de los demás.
        --¿Qué argumentos, querido Alex? La bazofia no precisa de argumentos que demuestren que es bazofia; y además de mi ingenio natural, soy sabio e inteligente y mis dictámenes no deben discutirse.
        --Yo publico los mejores autores y te metes con todos los libros que edito --dijo Michael London.
        --Tú publicas memeces aburridas e intragables y te crees el dios del género policial de Gran Bretaña. Me limito a ponerte en tu lugar, desestimado London.
        --No es usted un crítico justo --dijo Ortizzo, muy serio.
        --Querido amigo Ortizzo, es usted un buena fe y un bobo, que viene a ser lo mismo. Le pierde eso. Aún recuerdo su enfado cuando critiqué la basura en forma de libro que su amigo John Charles Planning tuvo la grosería de publicar. Sepa usted, mi insignificante enemigo, que yo soy un cerebro superior y conozco el valor de un libro con una simple ojeada. Le aseguro que podría sentarme sobre un libro y saber simplemente con ello si es bueno o malo.
        --O sea, usted lee con el culo --dije yo sin pensar.
        --¡Diógenes! --me reprochó Harold, aunque parecía contener la risa.
        --Joven --dijo Ryon, envarado--. Es usted un maleducado y un miserable. No llegará a nada en la vida. ¿Qué es, un aspirante a escritor que espera publicar algún día? Yo me encargaré de que no sea así, gracias a mis influencias. Tengo amigos muy poderosos a un lado y otro del Atlántico.
        Y se fue bastante enfadado en busca de nuevas víctimas.
        --He metido la pata, jefe --dije, desolado.
        --No te preocupes, Diógenes. Has estado bien.
        A pesar de lo que decía Harold, y aunque los demás le secundaron, yo no me quedé nada tranquilo. Así que pensé en acercarme a él y pedirle disculpas. Shaw Ryon estaba en ese momento cebándose en las dos chicas que habían venido por si Agatha Christie se presentaba finalmente en la librería.
        --¿Vosotras dos sois lectoras de novela policíaca? --les preguntaba, mirándolas con una expresión que me recordaba a una ilustración del lobo feroz en un cuento de Caperucita Roja.
        --Oh, sí, señor. Nosotras... --empezó una de las dos.
        --... somos fans de Agatha Christie --terminó la otra.
        Las dos chicas tenían la curiosa peculiaridad de o bien hablar empezando una y terminando la otra las frases, o bien hablar a la vez, como si fueran un dúo de cantantes. Resultaba bastante singular oírlas.
        --Ah, vaya. --Ryon suspiró--. Agatha Christie, una escritora tan insignificante que sólo la leen las criadas, las modistillas y las iletradas. ¿A cuál de los tres grupos pertenecéis, muchachas?
        --¡Oiga! --dijeron a la vez, y muy enfadadas--. ¡Nosotras somos estudiantes universitarias y fans del club oficial de Agatha Christie!
        --¿De veras? --bostezó Ryon.
        --Yo me llamo Yolanda y soy la presidenta y tesorera.
        --Y yo me llamo Nofret y soy la vicepresidenta y secretaria.
        --Qué emocionante. En fin, dos jovencitas tan... vaya... agradables como vosotras y con tanto... tantos talentos naturales... deberían emplear mejor el tiempo. ¿Os apetece venir a cenar a mi casa, y de paso os explicaré cómo encauzar mejor vuestras aptitudes físicas? Colecciono antiguos grabados chinos que tengo colgados en el techo de mi dormitorio y...
        --¡Marrano! --dijo Yolanda.
        --¡Cochino! --dijo Nofret.
        Me fui corriendo en busca de Harold.
        --Jefe, ese crítico parece que alberga malas intenciones hacia aquellas dos chicas...
        --Nunca ha tenido buenas intenciones en nada --dijo sombríamente el señor Bedrass.
        --Jamás ha hablado bien de ningún libro --dijo Edward Galley.
        --No vale la pena tomarle en serio --dijo William Sanx--. Es un critiquillo insignificante.
        --Si ustedes dos escriben en colaboración, ¿por qué no hablan en colaboración, como estas dos chicas? --les pregunté a Galley y Sanx, algo extrañado, y aprovechando que Nofret y Yolanda se habían acercado a nosotros en busca de refugio, huyendo del sátiro Shaw Ryon.
        --Se mete con mi colección y mis autores --dijo London, llorando como mujer lo que no supo defender como hombre.
        --Haz como yo --dijo Alex Raven--. Paso de tomarme en serio sus críticas. Que diga lo que le dé la gana. Seguro que no ha leído el ensayo de Oscar Wilde sobre la crítica.
        --¡Ejem! --tosió el señor Bedrass--. En realidad, sí lo leyó, pero no lo entendió. Es un tema que es preferible no mencionar delante suyo. Se enfurece mucho.
        --Debe de ser un escritor frustrado, fracasado y fané --dijeron a dúo Galley y Sanx, de lo que me alegré mucho: ya teníamos dos dúos en la librería. Pensé en sugerirle a Harold que nosotros hablásemos también a dúo--. Todos los críticos son unos escritores frustrados, que como no saben crear se dedican a destruir lo que hacen los demás.
        --Se mete con mi colección y mis...
        --¿Te quieres callar ya? --le dijo irritado Raven a London--. Pareces una cotorra, todo el rato diciendo lo mismo.
        --Seguro que bebe y va con mujeres --dijo Ortizzo.
        --Bueno, lo último no es censurable --dijo Harold.
        --Entonces, seguro que bebe y va con hombres --rectificó Ortizzo.
        --Yo sí que seré un escritor frustrado --dije--. Pensaba pedirle que leyera mis relatos, a ver qué le parecían...
        --No seas tonto, Diógenes --dijo Harold--. Ya ves cómo trata a los profesionales; imagina lo que haría con las mamarrachadas que tú escribes.
        --Voy mejorando --dije optimista--. El otro día Sandra se leyó un cuento mío y dijo que era bonito.
        --Lo que le pasa a Sandra es que... En fin, dejémoslo. Recuerda aquella vez en que le dejaste leer aquel drama policíaco en verso rimado que escribiste; su madre y yo casi la tenemos que llevar a urgencias.
        --¿Esa Sandra... --empezó Yolanda.
        --... es tu novia? --terminó Nofret.
        --¡Claro que no! --dije indignado--. Es una niña cabezona y pelicorta que vive en nuestro edificio y es la hija de nuestra portera y lleva gafas.
        --No hay duda, querido Edward --dijo Sanx.
        --En efecto, es su novia, querido William --terminó Galley.
        --Lo que pasa... --dijo Yolanda
        --... es que como todos los chicos... --siguió Nofret.
        --... no se entera... --continuó Yolanda.
        --... de nada --terminó Nofret.
        --Oigan, señoritas, ¿no pueden hablar normal? --dije irritado.
        --¿Las dos a la vez? --preguntaron a coro.
        En ese momento se oyó un grito terrible y el ruido de alguien que caía al suelo y pataleaba vigorosamente. Miramos al otro lado de la librería, sobresaltados. Shaw Ryon estaba tendido, rodeado de gente que le miraba aterrada; sus pies taconeaban contra el suelo y se agitaba como si sufriera un ataque de nervios. De repente, quedó inmóvil. Harold se acercó corriendo para examinarle.
        --Diantre... --dijo, contemplando el rostro desencajado de Ryon, de cuya boca escapaban babas viscosas--. Este hombre... está muerto... Y yo diría que ha sido envenenado.
        --Pero, ¿qué ha ocurrido? --preguntó el señor Bedrass a los que rodeaban el cuerpo de Ryon.
        --Me temo... Me temo que esto es un asesinato --dijo Harold.
        --¡Dios mío! ¡Asesinado, y en mi librería! ¡Esto es un escándalo!
        Harold tomó rápidamente las riendas del asunto.
        --Que nadie salga de aquí. --Y se dirigió a Yolanda y Nofret, que miraban asustadas lo ocurrido--. Vosotras habéis estado todo el rato pendientes de la puerta de la tienda, ¿verdad?
        --Sí, señor --contestaron a coro--. Por si aparecía Agatha Christie, finalmente.
        --¿Ha entrado o salido alguien de aquí, desde que entró este hombre, el que ha muerto?
        --No, señor, no ha entrado nadie --dijo Yolanda.
        --Sólo salió el joven aquel de castaño --dijo Nofret.
        --Pero volvió a entrar al poco rato --dijo Yolanda.
        --Había ido a por tabaco al estanco --dijo Nofret.
        --Bien, lo cual significa que el asesino sigue aún aquí dentro. Seguid vigilando la puerta y no dejéis entrar ni salir a nadie.
        --Defenderemos esta puerta como si fuera nuestra virtud --dijeron a la vez.
        --Vaya. --Harold quedó impresionado--. Bien, Diógenes, ve al despacho del señor Bedrass y telefonea a Jameson. Si no estuviera en su despacho de Scotland Yard, llamas a su casa. Explícale lo que ha pasado, y que venga cuanto antes.
        Así lo hice y volví luego para decirle que Jameson venía de inmediato. Mientras, todos comentaban lo ocurrido. Para ser escritores de misterio y aficionados a lo policíaco, algunos parecían bastante aterrados, la verdad. Otros, no tanto.
        --Si no fuera delito, me atribuiría el asesinato de Shaw Ryon --dijo Edward Galley, bastante animado.
        --En realidad, bien mirado no es un asesinato, sino un acto de higiene social --dijo William Sanx.
        --No se ha perdido gran cosa --dijo Alex Raven.
        --Siempre se metía con mi colección y mis autores --dijo Michael London. Empecé a pensar que ese tipo no sabía decir más que aquella frase, porque la llevaba oída en presente de indicativo no sé cuántas veces ya, y ahora la conjugaba en pretérito, lo que no suponía mucha diferencia.
        --Se lo ha buscado por ser crítico literario --señaló Ortizzo.
        --Qué tranquilos vamos a poder escribir ahora, ¿verdad, Julian? --le dijo la señora Rendell al señor Symons, con un suspiro de satisfacción.
        --Hoy es un día glorioso para las letras británicas, hay que reconocerlo --dijo Symons, encendiendo un puro para celebrarlo.
        --Oigan, que ha muerto un ser humano --dije, un poco molesto por tanta frivolidad.
        --¿Ah, sí? ¿Dónde? --preguntó Raven, interesado.
        Me fui con Harold, porque toda aquella gente me empezaba a resultar un poco extraña. Serían escritores y editores, pero daban un poco de miedo, y más si se asesinaban entre ellos. Se lo dije a Harold, que estaba arrastrándose por el suelo buscando pistas con la lupa.
        --No te quejes, Diógenes. Éstos son los presentables. Espera a conocer alguna vez a los extravagantes, y verás lo que es bueno. Acuérdate de aquel que conocimos en el caso del platillo volante... Diantre, aquí no hay pistas, sólo polvo por no barrer el suelo --dijo, poniéndose en pie y sacudiéndose la ropa--. Lo principal es saber qué clase de veneno se ha empleado, y así puede que descubramos al culpable.
        --Algún canapé envenado --sugerí.
        --No, hombre. Ya estaríamos todos muertos, con lo que nos hemos hinchado a canapés. Además, precisamente Ryon no ha tomado ninguno ni ha bebido nada, porque bastante ocupada tenía la boca dejando verde a todo el mundo. No, hay que descartar la comida y la bebida.
        --Venía ya envenenado de casa.
        --Mira que llegas a ser merluzo. No, se trata de un veneno fulminante; pero, ¿administrado de qué manera? Algo de acción muy rápida... Es preciso saber con quién estaba cuando ha ocurrido eso, a quién hablaba...
        En ese momento llegaba el superintendente Jameson, y Yolanda y Nofret, cumpliendo la promesa hecha a Harold, defendían la entrada de la librería con una energía verdaderamente asombrosa. Tuve que acudir para decirles quién era y que le dejaran entrar.
        --No tiene pinta de policía --dijo Nofret, severamente.
        --No lleva pipa ni lupa --dijo Yolanda, no menos severamente.
        --¿A que las detengo como sospechosas? --dijo Jameson, enfadado.
        Hubo otro rifirrafe para conseguir que entrara el forense ("No lleva bombín", dijo Nofret; "Es demasiado joven", dijo Yolanda), pero como le seguían dos agentes de uniforme al final todos entraron sin novedad. A las dos chicas les molestó que Jameson pusiera en su lugar a uno de los agentes para impedir la salida o entrada de nadie.
        --¿Es que no lo hacemos bien? --protestaron a coro.
        --Demasiado bien --gruñó Jameson--. Ahora, vayan a vigilar la puerta de los lavabos, para que no entre nadie en ellos.
        Algo inseguras de si les tomaba el pelo o las humillaba, Yolanda y Nofret se pusieron a custodiar con el mismo ardor la puerta del lavabo (lo que originó otra pendencia, esta vez con el joven del traje castaño, que quería entrar en el lavabo y tuvo que fastidiarse).
        --Muerte fulminante --oí que decía el forense, cuando llegué junto a Harold.
        --Siempre hablaba mal de mi colección y de mis autores --decía el pesado de London, aprovechando que el forense aún no lo había oído.
        --Lo que significa que le envenenaron aquí mismo --dijo Harold--. ¿Qué clase de veneno puede ser, doctor?
        --Habrá que esperar a la autopsia. No parece ser nada que haya comido..., quizá algo que bebiera o que respirara... Tendrán el informe tan pronto como sea posible.
        Finalmente Harold consiguió averiguar más o menos quiénes se hallaban cerca de Ryon cuando cayó fulminado. Además de Julian Symons y la señora Rendell, que aunque le rehuían, Ryon se complacía en acosarlos continuamente, estaban Derek Oliver --el joven del traje castaño que había salido y vuelto a entrar en la tienda, y que era un aficionado a la novela policíaca--; dos coleccionistas de primeras ediciones, Desmond Franks y John Joseph Parr; Richard Home, editor de una revista de misterio; y una señora llamada Molly Marker, que escribía relatos y poesías. Al parecer, los dos coleccionistas, la poetisa y el aficionado se habían salvado de los ataques y pullas de Ryon, pero no así Richard Home, que había sido vigorosamente vapuleado y vilipendiado en voluminosa vorágine voluptuosa de verborrea. El señor Symons trataba de levantarle los ánimos, mientras Richard Home gemía junto a un montón de ediciones de bolsillo de saldo.
        --Decir que mi revista está impresa en papel higiénico usado reciclado... --se estremeció--. Qué indignidad.
        --Míralo por el lado positivo, querido Richard --trató de consolarle la señora Ruth Rendell--. Metiéndose con el papel no le daba ocasión a hacerlo con los autores y los relatos...
        --Al menos nos hemos salvado de que se metiera con nosotros --dijo Desmond Franks.
        --Porque no le ha dado tiempo a saber que coleccionamos primeras ediciones dedicadas de Agatha Christie y Dickson Carr --replicó Parr--. De lo contrario, hubieras visto cómo nos dejaba.
        --Siempre encontraba la manera de dejar verde a alguien --dijo Derek Oliver--. Si te gustaban los clásicos, porque te consideraba anticuado, y si los modernos, porque te consideraba poco amante de lo clásico.
        --Es verdad --dijo la señora Molly Marker--. A mí me gustan los autores modernos, y al joven Derek en cambio, los clásicos. Y alguna que otra vez nos había dado palos, al encontrarnos en presentaciones de novedades...
        --Qué raro --dije aparte a Harold.
        --¿El qué? --dijo Harold.
        --Que Derek es un hombre joven, y por tanto le deberían gustar los autores nuevos, y a la señora Marker, que es una señora... er... mayor que él..., los antiguos...
        Harold no se molestó en contestarme y como castigo me envió a interrogar a Michael London, que me dijo..., bueno, lo que decía cada vez que abría la boca. Empecé a abrigar la esperanza de que fuera el asesino de Shaw Ryon, aunque no era posible porque estaba con nuestro grupo cuando se cometió el asesinato.
        --Habrá que registrar a todo el mundo --dijo Jameson--. Por si encontramos algo que sea susceptible de contener el veneno que haya sido empleado.
        El señor Bedrass gimió ante el escándalo que aquello significaba para la librería y su clientela. Sin embargo, todos se dejaron registrar sin problema alguno, lo que demostraba que deseaban colaborar o, como dijo Harold, que el asesino sabía que no le encontrarían nada sospechoso encima. Y desde luego, nada se encontró.
        --Bueno, una vez sepamos qué veneno se ha empleado, daremos con el culpable --dijo Jameson, tratando de ser optimista.
        --Hay un dato que creo importante --dijo Harold--. Si tal como ha dicho el señor Bedrass, Ryon no estaba invitado al acto de hoy, ni se le había comunicado siquiera, es evidente que nadie esperaba su presencia, por lo cual no puede haber sido un crimen premeditado, sino cometido sobre la marcha, por así decir, improvisado. Aunque candidatos a sospechosos no faltan, desde luego.
        --Alguien se lo pudo comunicar... --dijo Jameson.
        --La verdad, no lo creo. Los escritores son masoquistas, pero no hasta el extremo de invitar a un crítico a una reunión, y menos a éste. Por la cara que pusieron todos al verle, podemos descartarlo. Y hablando de descartar sospechosos, sólo podemos eliminar a los que estaban con Diógenes y conmigo cuando le oímos gritar y caer al suelo. Galley, Sanx, Ortizzo, Raven, London, el señor Bedrass y las dos muchachas, quedan eliminadas como sospechosos.
        --¿Y Ruth Rendell y Julian Symons?
        --Se fueron a otro grupo para escapar de Shaw Ryon, y Ryon se dedicó a perseguirles, porque eran sus víctimas predilectas. No podemos descartarlos.
        --Son famosos --dijo Jameson, muy preocupado--. Sería un escándalo si fueran los culpables, o uno de los dos... En fin, supongo que Donald French no tendría inconveniente en encargarse de su defensa, y con suerte conseguiría la absolución del asesino.
        --Es verdad --dije, pensando en el amigo abogado de Harold y Jameson, el señor French--. Al fin y al cabo, matar a un crítico no es pecado, ¿verdad?
        --Si te pillan, lo es --dijo la señora Ruth Rendell, que se había acercado a nosotros.
        --Señora Rendell --preguntó Harold--, usted que se hallaba al otro lado de la librería, ¿sabe con quién estaba Shaw Ryon antes de caer fulminado?
        --Sinceramente, no tengo ni idea, señor Smith. Procuraba mantenerme alejada de él e interponer a cuantas más personas mejor entre él y yo, igual que Julian. Una de las veces que se me acercó, me lanzó una mirada tan lujuriosa que tuve que mirarme por si había salido desnuda a la calle sin darme cuenta.
        --Siempre hablaba mal de mi colección y mis autores --dijo London.
        --Como repita eso de nuevo, le detengo por sospechoso de asesinato --amenazó Jameson.
        --Le vi dejar hecho un guiñapo al pobre Richard Home --prosiguió la señora Rendell--. Luego llegó Julian para consolarle también, y casi al poco rato Ryon cayó fulminado, pero no puedo decirle exactamente con quién estaba... Me pareció que hablaba con un hombre, pero no sé si era alguno de los coleccionistas o quién.
        Harold volvió a deliberar con Jameson.
        --Y sin embargo --dijo--, ni los coleccionistas o los aficionados resultan sospechosos... ¿Qué motivos tendrían?
        --Habrá que investigarlos a fondo --dijo Jameson.
        --Hay algo raro en todo esto... Si no se esperaba su visita, y hemos de suponer que Bedrass nos dice la verdad, ¿cómo le envenenaron tan oportunamente? No se improvisa un envenenamiento así como así.
        --Podríamos preguntar a los autores que están aquí, a ver qué sugieren --propuse.
        --Teniendo en cuenta que no están totalmente libres de sospecha, no resulta muy acertado.
        --Pues a ver cómo se envenena a quien no se espera --dije--. Porque el veneno, o se lleva encima al salir de casa, o se tiene que ir corriendo a comprar.
        --Vaya tontería --dijo Jameson.
        --Vaya ocurrencia --dijo Harold. Pero de repente su rostro se transformó, una luz pareció iluminarle y dijo--: ¡Claro! ¡Por eso salió de la tienda! 
        --¿Quién? --dijo Jameson, desconcertado.
        --Derek Oliver --explicó Harold--. Las chicas que estaban junto a la puerta, las dos fans de Agatha Christie, dicen que Oliver salió para ir al estanco y volvió enseguida, y eso fue cuando Ryon ya estaba aquí. ¿Para qué salió?
        --A por tabaco --sugerí--. Suelen venderlo en los estancos.
        --No fuma, me he fijado. Jameson, Derek Oliver tiene que ser nuestro hombre. Vamos a charlar con él.


        En fin, no fue fácil demostrar que Derek Oliver envenenó a Shaw Ryon, aunque algo ayudó a ello el que se identificara el veneno empleado: matacucarachas en espray. Se halló un espray de esa clase en el despacho del señor Miller, y si bien al principio el hallazgo desorientó un poco, las huellas del mismo correspondieron únicamente a Derek Oliver. Resultó que había tratado de dejarlo en el lavabo poco después del asesinato, pero como Yolanda y Nofret, obedeciendo la tonta indicación de Jameson de que vigilaran el lavabo cuando las quitó de guardar la puerta, no le dejaron entrar para ocultar allí el insecticida, Derek Oliver tuvo que abandonarlo en el despacho del señor Bedrass, pensando que nadie se daría cuenta. El señor Bedrass le explicó a Harold algo sobre Derek, y así llegamos al móvil del asesinato.
        --O sea, que Oliver era fan de Anne Hocking y culpaba a Shaw Ryon del disgusto que le costó la vida, cuando en 1966 se metió con ella en una reunión literaria --me contó Harold, al día siguiente, en nuestro despacho--. Sin embargo, la señora Hocking ya estaba mal de salud para entonces y no creo, ni lo cree el médico que la atendió, que ese disgusto influyera en nada en su posterior fallecimiento. Ahora, bien, tratar de que un fan entienda esto es como tratar de que un crítico hable bien de un autor... Fans, autores, críticos... Mala combinación. Total, que Oliver decidió tomarse venganza, al ver entrar a Ryon esa tarde en la librería.
        --Pero, ¿cómo lo hizo? --pregunté.
        --Fue corriendo a la tienda de al lado, compró un matacucarachas muy potente y roció con él una novela de la tienda. Se la dio a Shaw Ryon y le retó a que sólo por el olor dijera si el libro era bueno o malo. ¿Recuerdas que cuando estaba con nosotros, Ryon alardeó de saber juzgar un libro sólo con sentarse encima, y que se enfadó cuando tú le dijiste... lo que le dijiste?
        --Pero no lo dije con mala intención...
        --Ya sé que no, porque eres así de atontado. Pero realmente, ese engreído presumía de hacer estas cosas. Así que Derek Oliver roció un libro cualquiera con el insecticida y retó a Ryon a que dijera sólo oliéndolo si era bueno o malo. El crítico aceptó el reto, aspiró fuerte... y el poderoso matacucarachas le infectó los pulmones de tal manera que le ahogó y expiró en el acto. Oliver tiró el libro a un lado, pero cuando luego trató de deshacerse del insecticida dejándolo en el lavabo, las dos fans le impidieron entrar, con lo cual una orden dada por Jameson para fastidiarlas porque no le dejaban cuando llegó, frustró sus intenciones. Tuvo que dejarlo en un lugar tan inusual como el despacho y se olvidó de borrar las huellas digitales con las prisas. Da igual, hemos dado con la novela empleada y aún apestaba a insecticida. Vengó a su autora favorita, la cual, todo sea dicho de paso, solía describir en sus novelas asesinatos por envenenamiento. Sin duda, Oliver lo consideraría justicia poética. Y lo de matar a un crítico con matacucarachas... --añadió Harold, pensativo--. Hum... ¿Lo considerarían los demás autores una forma de justicia poética también?
        --Al menos, lo parece... ¿El señor French defenderá el caso?
        --Habría defendido al asesino, de resultar ser Julian Symons o la señora Rendell, o cualquiera de los otros. Pero opina que Derek Oliver no es más que un tontaina, un fanatico, y por tanto prefiere que lo defienda otro abogado. Creo que French está en lo cierto.
        --Pues vaya --repetí--. Después de eso, me repensaré lo de seguir mi carrera de escritor. O no. A lo mejor el día de mañana, alguien asesina a un crítico por mí --dije optimista--. Debe ser lo peor del mundo ser crítico literario.
        --Diógenes, aún hay algo peor que eso, por raro que parezca --dijo Harold, muy serio.
        --¿Peor que ser un crítico? --pregunté, intrigado--. ¿Qué puede haber?
        --Ser un plagiador.
        --¿Y qué es un plagiador?
        --Alguien que se apropia de lo escrito por otra persona y lo hace pasar como suyo, firmándolo con su nombre. Esa persona no sólo roba el trabajo de otro, la creación de otro: le roba además su manera de ser y de pensar y de ver el mundo, suplanta su personalidad y lo anula como ser humano. Sí, Diógenes; eso es lo peor del mundo literario.
        --Diantre, jefe --dije impresionado.
        --Si algún día decides ser escritor, y espero que por el bien de la humanidad no llegue nunca ese funesto día, al menos espero que cuanto escribas salga de aquí --señaló mi cerebro--, pase por aquí --señaló mi corazón-- y llegue aquí --señaló mis manos--. Que sea obra tuya. El plagiador no usa estas vías. Sólo los ojos, para copiar lo de otro, y las manos para reproducirlo: no usa ni el cerebro ni el corazón.
        --Caramba, jefe. Deberíamos dedicarnos a perseguir a esa clase de gente. ¿Conoce a algún plagiador?
        Harold gruñó algo ininteligible, pero en ese momento llamaron a la puerta y fui a abrir. Era la señora Lane, nuestra portera, la mar de contenta, que venía a comunicarnos una noticia.
        --¡Una universidad americana le ha concedido a Sandra una beca para que estudie periodismo cuando termine el colegio! --dijo--. ¡Irá a estudiar a Nueva York!
        Harold la felicitó efusivamente y yo de repente me empecé a sentir extraño.
        --¿Sandra se marcha a Estados Unidos? --pregunté.
        --Pero no ahora, Diógenes --dijo Harold, mirándome fijamente--. Aún le quedan un par de cursos por delante. Y si cumple lo que dice su madre... sí, irá a una universidad estadounidense.
        Esa noche lo celebramos en casa de la señora Lane, que nos invitó a cenar. Y como faltaba un mes para mi cumpleaños, que es el 10 de octubre y estábamos a 11 de septiembre, aprovechó para celebrarlo también por adelantado, ya que en octubre irían a casa de los abuelos de Sandra. Sandra parecía tan nerviosa como si tuviera que marcharse mañana mismo a Estados Unidos.
        --Dicen que van a construir en Nueva York dos torres iguales, las más altas del mundo, y las inaugurarán en 1973 --dijo la mar de contenta--. ¿O serán las más altas de América? Bueno, no recuerdo. ¿Te imaginas, Diógenes?
        --No me lo quiero ni imaginar, porque tengo vértigo y no puedo subir a las alturas --gruñí.
        --Yo no tengo vértigo --dijo Sandra, feliz--. Si quiero ser una buena reportera, no puedo tenerlo. Subiré a esas torres gemelas cuando esten terminadas y haré un reportaje sobre ellas.
        --Parece que Diógenes no tiene mucho apetito --señaló la señora Lane, y yo volví a gruñir. Bonnie, el gato de Sandra, tampoco parecía muy contento que digamos y miraba su platito de leche con aspecto meditabundo.
        Esa noche tuve un sueño muy extraño. Una pesadilla rarísima. Soñé con unas torres muy altas y exactamente iguales, una al lado de la otra, hechas como de cristal, y que eran cruzadas de parte a parte por un avión, o por varios aviones o por el mismo, una y otra vez. No sé. Había llamas, explosiones, una ola de fuego impresionante que brotaba de una de ellas. De pronto, me pareció estar dentro de una de esas torres, pero no sentía el calor ni el fuego ni el humo ni nada. Era como si yo flotase en el aire. Había niebla, sombras, resplandores de fuego y oía miles de gritos de terror, pero sonaban lejanos o como en sordina. Yo me encontraba en lo que parecía un rellano de escalera y, de repente, apareció allí una mujer de pelo negro y corto, ojos grises, tez pálida; venía del piso inferior y se disponía a subir al otro piso. Al llegar al rellano y girar... pareció como si me viera. Yo conocía a esa mujer, estaba seguro de ello, pero no sabía decir quién era. Ella se detuvo, me miró, abrió la boca y me habló, pero sus palabras me llegaban con retraso, como si se demorasen en el aire. No entendí el significado de alguna de ellas, pero eso es lo que me dijo: "Ah, estás aquí. Acabo de llamarte con el móvil para decirte lo que ocurre... Hay unas chicas en uno de los pisos más arriba y no pueden abrir la puerta, se les ha atrancado y veré de ayudarlas... He de intentarlo. Lo entiendes, ¿verdad, Diógenes? Trata de comprenderlo..." Y mirándome con ojos húmedos y tristes, se fue escaleras arriba. Yo alargué una mano para agarrarla del brazo, sin comprender qué significaba todo aquello, pero no podía moverme de mi sitio, no podía alcanzarla, y la vi subir directa hacia el fuego y los miles de gritos en sordina... Abrí la boca para decir algo y entonces noté un contacto en mi brazo. Me giré. Una chica negra, alta y delgada, me sujetaba el brazo y me miraba con tristeza. Meneó la cabeza en señal de negación y me apretó el brazo. Sentí su contacto, y eso es raro porque en los sueños nunca había tenido sensaciones físicas, y era cálido y confortante. Miré otra vez escaleras arriba, donde parecía como si acabara de surgir un sol. La chica negra me apretó el brazo otra vez, la miré y ella dijo algo, una palabra que no entendí. Y todo se volvió brillante a mis ojos.
        Desperté gritando. Harold vino desde su dormitorio, alarmado, para ver qué me pasaba.
        Sabía que acababa de dejar algo atrás para siempre. Pero no sabía qué era.
     
     
    FIN DEL EPISODIO Y FIN DE "AVENTURAS DE HAROLD SMITH".
     
     
    March 09

    LA CONCIENCIA DEL AVIADOR

    (serie Relatos autobiográficos-28)

    (c) 2007 by J.C. planells
     
     
        Me contó esta historia mi tía Paquita en diciembre de 2007, durante mi visita a su casa en Blanes; había fallecido hacía unos días mi otra tía, Lola, y ahora ella era la única superviviente de todos los hermanos y hermanas que tuvo mi padre. Durante la charla, me señaló una foto suya de cuando era joven y que tenía sobre un aparador; en ella lucía un pelo tan increíblemente largo que me quedé estupefacto. Había un motivo para que llevase el pelo tan largo en aquella época y me lo contó. Me pareció una historia lo suficientemente curiosa como para contarla yo a mi vez.
        Ocurrió durante la guerra civil de 1936-1939, cuando ella vivía en Blanes y era apenas una jovencita de unos veinte años. El gobierno republicano decidió colectivizarlo todo, y el todo incluía la peluquería para señoras del pueblo. Así, mi tía se encontró con que en vez de acudir a su peluquería, debía ir a la colectivizada. Refunfuñando, porque ella era --y es-- muy de derechas y muy católica, un sábado por la mañana se dirigió a esa peluquería colectivizada con la intención de hacerse la permanente.
        --No había entonces los aparatos que salieron mucho después de terminada la guerra --dijo--. Así pues, te ataban los cabellos hacia arriba en una especie de casco flotante y allí debías de permanecer durante mucho, mucho rato, sentada y esperando. Aquello daba un calor infernal.
        La aviación alemana, aliada de Franco, bombardeaba a veces las afueras de Blanes. Había en el pueblo un depósito o almacén de trilita, además de la SAFA --una industria textil--, y un barco de guerra de la república, apostado cerca del puerto de pescadores. En resumen, Blanes era considerada un objetivo militar a bombardear a fin de destruir a los tres, lo cual no quiere decir que en el entusiasmo del bombardeo no se cargaran algo más, ya puestos. Aún se puede ver una calle, en el centro del pueblo, donde destruyeron un puente que unía dos edificios.
        --Después de lo que ocurrió --me contó mi tía, al final de la historia--, pasábamos la noche en Lloret. Porque como en Lloret no había nada, no la bombardeaban nunca. Así que a media tarde, nos íbamos todos a Lloret y regresábamos por la mañana.
        No sé si es a causa de esto por lo que nació la tradicional rivalidad entre Blanes y Lloret de Mar. Dos pueblos muy cercanos, pero enemistados, como Terrassa y Sabadell, o Reus y Tarragona, aunque puede que no tanto, pero sí existe esa rivalidad. En verano es cuando más se demuestra, con la clara diferencia entre los turistas que van a uno y a otro. A Lloret van los ingleses a emborracharse y correrse juergas, además de hippis tronados que aún pululan por ahí; juerguistas baratos, discotequeros, guatequeros, pastilleros y demás. Blanes es más familiar. Yo fui una vez a Lloret, y tuve suficiente como para volver de nuevo. Ironías de la vida, mi padre tiene una calle a su nombre en Lloret, pero no en Blanes.
        Mi tía estaba, pues, esa mañana bajo el trasto aquel, con los pelos atados hacia arriba y supongo que la pinta que ofrecería sería singular, como mínimo. Y en eso, que se oyó llegar a un avión, lo cual más o menos hacía presagiar lo que iba a ocurrir. Pero lo que ocurrió fue que la bomba cayó no en el almacén de trilita, ni en la SAFA ni en el mar, sino justo al lado de la peluquería donde estaba ella, y justo al lado también de la casa donde vivía entonces. La bomba explotó, pero debía de ser defectuosa porque no causó apenas destrozo alguno, aunque el ruido fue enorme.
        Asustada y furiosa, mi tía se levantó, se quitó como pudo el trasto que tenía puesto, mandó a hacer puñetas la permanente y corrió de regreso a casa.
        --¡No voy a volver más a la peluquería! --dijo enrabiada a los demás, cuando llegó a casa--. Se acabó, me dejo el pelo largo hasta que acabe esta guerra.
        Así lo hizo, y así lo muestra esa foto que conserva junto a las de las bodas de los sobrinos, los sobrinos-nietos y demás familia. El pelo inusitadamente largo, moreno, cuelga generosamente sobre sus hombros y llega hasta su cintura.
        --Pues vaya susto --le dije, cuando terminó, o eso pensé, de contar la historia. Me explicó entonces lo que las excursiones forzadas a Lloret para dormir, o cómo a veces, si no podían ir, se quedaban durmiendo sobre un colchón en el suelo, y tapadas con otro colchón encima, por si las bombas se cargaban los cristales de la ventana.
        --Fue espantoso, Juan Carlos. Pero gracias a Dios no pasó desgracia alguna --dijo luego--. Ni la casa ni la peluquería recibieron el menor daño.
        Las guerras terminan, afortunadamente, y las anécdotas se quedan en eso, en anécdotas y sustos. Pero las historias puede ser que no hayan terminado...
        --Hace unos años --prosiguió tía Paquita--, había un grupo de turistas alemanes de esos que vienen a pasar aquí el verano, en el cámping, o en un hotel. Yo iba deprisa por el mercado, porque Lola me esperaba para preparar la comida, y en ese momento un señor mayor, alemán que iba en ese grupo, me paró y me preguntó: "Perdone señora...", hablaba bastante bien el español, se ve que solía veranear en España... Pues me preguntó: "¿Usted ha vivido siempre en este pueblo, en Blanes?" "Sí, señor", le dije, aunque como ya sabes también he vivido años en Arenys de Mar, y trabajado en Barcelona, después de la guerra. Bien, pues el hombre me dice, "Verá señora, es que yo tengo una duda muy grande desde hace años, que no me deja tranquilo... A lo mejor, si usted ha vivido siempre aquí, me lo podrá decir. Yo era aviador cuando la guerra civil de ustedes, y me mandaron a bombardear este pueblo... Y una mañana, era un sábado, al volver de la misión, se me desprendió una bomba sin que pudiera evitarlo y cayó aquí, en el pueblo... He tenido toda la vida el remordimiento de si esa bomba pudo matar a alguien al estallar... ¿Usted lo sabe, quizá?"
        Mi tía se lo quedó mirando y le dijo, señalando hacia un lado de la calle:
        --Mire, en esa casa vivía yo, y enfrente estaba la peluquería donde esa mañana me hacía yo la permanente. La bomba cayó en medio, hizo ruido, pero no estalló. Nadie  murió, nadie resultó herido, y la casa, como ve, sigue en pie...
        El alemán respiró hondo.
        --Señora, no sabe el peso que me ha quitado de encima. He vivido todos estos años con el miedo de que alguien hubiera muerto por culpa de esa bomba. Yo era un soldado al que enviaban a cumplir una misión, no quería matar a nadie, y he vivido todos estos años con el temor de lo que hubiera podido ocurrir.
        --Pues ya ve: no ocurrió nada más sino que dejé de hacerme la permanente hasta que acabó la guerra.
        La historia me pareció curiosa, como he dicho; pensé en la angustia que ese aviador debió de pasar durante décadas, hasta que esa mañana encontró precisamente a mi tía, que estuvo sentada al lado mismo de donde cayó la bomba, para tranquilizarle. Esa historia al menos, tuvo un final feliz. No siempre ocurre así.
     
     
    FIN.
     
    March 06

    SELECCIÓN DE COMENTARIOS DEL SIPE SOBRE FILMS (1962, 1964 y 1967)

    (c) J.C. Planells por la selección y presentación
    (c) 1962, 1964 y 1967 SIPE por los textos reproducidos
     
    Hace poco encontré tres volúmenes de una serie cuya existencia desconocía. Se trata de unos anuarios de cine correspondientes a los estrenos de los años 1962, 1964 y 1967. El primero lleva por título Guía cinematográfica y de películas estrenadas, y los otros dos Guía de estrenos. De hecho la fórmula de los tres es la misma, aunque las características editoriales difieran levemente: relación completa de los estrenos cinematográficos de los años en cuestión, con resumen argumental de cada film, datos de su estreno y ficha técnica y artística, más una muy breve valoración crítica, sin interés alguno. Lo que sí tiene interés y hace valiosa esta serie --que a juzgar por la numeración romana en el interior de los libros venía publicándose antes de 1960, pues el volumen de 1964 lleva el número romano IX en portadilla-- no es solamente el servir de recordatorio de una serie de films olvidados, perdidos o ya invisibles hoy día, sino... los comentarios del SIPE, siglas correspondientes a Secretariado Internacional de Publicaciones y Espectáculos. Estos comentarios son de índole moral y bajo el punto de vista más ultracatólico que quepa imaginar. A quienes conocieron y vivieron los años de la censura cinematográfica, nada he de decirles que no sepan ya sobre el control de la censura en el cine (cortes, manipulación de doblaje, prohibiciones, etc.). A quienes lo desconozcan o tengan sólo vagas referencias, puede divertirles los comentarios que he seleccionado respecto a películas estrenadas en los años correspondientes a estos tres volúmenes (aunque el olor a naftalina llega a resultar nauseabundo). Mejor que hablar sobre ellos, ellos ya hablan sobre sí mismos, por lo que huelga incidir en la mentalidad de quienes los redactaban.
    Así pues, únicamente justificaré la breve selección de comentarios que he realizado de estos tres volúmenes. He preferido elegir películas que sean populares o suficientemente conocidas, asimismo filmes editados en DVD o vídeo, con sólo alguna rara excepción motivada por la enorme estupidez del comentario del SIPE. En algún caso, hay películas que he comentado en este blog aunque no exista edición en DVD --de momento--. Algunas de las películas fueron rodadas años antes de su exhibición en España, la cual se retrasó por cuestiones de censura (caso de Duelo al sol, como se verá, una de las más ferozmente atacadas por el SIPE). No hay apenas obras maestras entre las seleccionadas, excepto dos, ni films artísticamente destacables, con alguna excepción, lógicamente. También sucede que varias podrían definirse como "conservadoras" o bien "tradicionales", lo que no obsta para que reciban serios varapalos morales. He dejado fuera de la selección filmes que recibían comentarios muy fuertes, pero que ya eran de esperar, por ejemplo, los films estrenados en esos años basados en obras de Tennessee Williams (con una única excepción realmente impagable en su "apreciación moral" que sí vale la pena incluir) y otros de tema más o menos osado entonces (La gata negra, de Dmytryk), y que por tanto no ofrecen sorpresa alguna el que sean censurados por el SIPE. La muestra que sigue ya resulta sorprendente en la mayoría de casos, sobre todo atendiendo a la clase de filmes tan inocuos e inocentes que son en su mayoría. Una advertencia: la frase "defectos de forma" o "defectos formales" (que aparece en la mayoría de comentarios de los tres volúmenes --excepto en las peliculas de dibujos animados y poco más-- y en algunos de los aquí recogidos), no es una valoración artística, sino moral. Se refiere a la "forma" en que se presenta o filman algunas situaciones o comportamientos de los personajes, aludiendo a que resultan poco edificantes, son insinuantes, atrevidos o nada morales. Los comentarios los reproduzco entre comillas y en cursiva. Cuando hay erratas pongo "sic" entre corchetes.
    Si lo desean, pueden entretenerse también adivinando cuál de los comentarios aquí reproducidos me dejó tan estupefacto que lo tuve que leer varias veces para creérmelo.
     
    1962
     
    Cuando llegue septiembre (Come September). Dirigida por Robert Mulligan. Protagonizada por Rock Hudson y Gina Lollobrígida. 
    "Abundantes defectos formales, con situaciones escabrosas y alusiones inconvenientes. Se censuran las costumbres excesivamente libres de la juventud, pero precisamente por personas mayores cuya vida privada deja mucho que desear. Su comicidad le resta gravedad."
     
    Mujeres frente al amor (The Best of Everything). Dirigida por Jean Negulesco. Protagonizada por Stephen Boyd y Hope Lange. (De esta película puede leerse un comentario en este blog en fecha 14 de octubre de 2007)
    "Conducta censurable e inmoral de las tres protagonistas de la película que obran frente a lo que ellas llaman ´amor´ con una ligereza incomprensible, dejándose llevar de sus instintos y apetitos, sin ninguna otra reflexión razonable ni impulso elevado o espiritual. La versión que se ofrece a este respecto de la vida norteamericana --que queremos creer sea exagerada-- es desoladora, demostrando una falta de principios morales verdaderamente lamentable. No se presentan conductas nobles y dignas que sirvan de contraste a la de los principales personajes del film. Escenas crudamente expuestas y defectos de forma.
     
    Pijama para dos (Love Come Back). Dirigida por Delbert Mann. Protagonizada por Rock Hudson y Doris Day.
    "Comedia frívola en la que burla burlando, se toman en broma cosas como el matrimonio, se ofrecen situaciones escabrosas, escenas sugerentes, frases de doble sentido y defectos de forma. Conducta censurable de la protagonista en varios momentos. El carácter cómico del film palia algunos defectos."
     
    Tómbola. Dirigida por Luis Lucía. Protagonizada por Marisol.
    "Ingenua intención aleccionadora expuesta a través de una trama convencional poco convincente para los niños de hoy, mucho más espabilados de lo que creen los realizadores de la película. Sin reparos morales; algunos detalles no la hacen aconsejable para niños."
     
    1964
     
    Duelo al sol (Duel in the Sun). Dirigida por King Vidor. Interpretada por Gregory Peck y Jennifer Jones.
    Lamentablemente, en toda la película no se encuentra nada positivo que valorar, pues las únicas personas que pasan por la ficción con cierto bien obrar --el hermano bueno, la madre y la novia-- lo hacen de forma tan superficial cuando no tan ´ñoña` que no dejan impresión alguna. Al adulterio y asesinato con que se inicia el film se suman una serie de deprabaciones [sic] y violentas pasiones siempre expuestas con gran crudeza tanto en su forma como en su fondo, así como un menosprecio total a la virtud, exaltación del vicio, desprecia [sic] a la religión a la que se presenta a través de un semi-aventurero, etc. que la hacen totalmente rechazable, cuando no a veces repugnante. El violento final todavía empeora más las cosas si cabe, pues pese a lo trágico del mismo, en el aire queda prendida una simpatía hacia la pareja muerta, y no debemos olvidar que en el fondo, el planteamiento y desarrollo de una tesis, mensaje, temática, o como quiera llamársele, es infinitamente más peligroso que lo que la forma más o menos cruda de las imágenes nos presenta. Los comentarios oídos en la sala nos reafirman en ello."

    Amores con un extraño (Love with the Proper Stranger). Dirigida por Robert Mulligan. Protagonizada por Steve mcQueen y Natalie Wood.
    "Conducta censurable de los protagonistas con reacción positiva a cargo de él. Situaciones inconvenientes y escenas desagradables expuestas con innecesario detalle como las del intento de aborto. Menosprecio del matrimonio como Sacramento. Defectos de forma."
     
    La primavera romana de la Sra. Stone (The Roman Spring of Mrs. Stone). Dirigida por José Quintero. Protagonizada por Vivien Leigh y Warren Beatty.
    "Asunto profundamente inmoral presentado con todo realismo, a través de una serie de situaciones y escenas escabrosas, entre seres cínicamente amorales que convierten sus bajos instintos y pasiones en objeto único de su vida. Exhibicion descarada de sucios negocios en torno a la explotación del amor en una de sus peores facetas. Acusados defectos de forma."
     
    El misterio del cuarto núm. 13 (Zimmer 13). Dirigida por Harald Reinh. Protagonizada por Joachim Fuchsberger y Karin Dor.
    "Las novelas policiacas de Edgar Wallace, dentro de los inevitables reparos del género policiaco puro, que nunca llegó a los extremos de la moderna literatura negra de hoy, solían resultar apropiadas en su mayoría para jóvenes e incluso adolescentes, al menos en una gran proporción. Por lo tanto, sus versiones cinematográficas deberían respetar estas cualidades que las harían adecuadas a grandes sectores de público, pero al llevarlas ahora a la pantalla los alemanes, le están añadiendo una serie de ingredientes picantes o inmorales que las estropean en este aspecto, como ocurre en la presente, con una serie de defectos de forma extraordinariamente acusados y reiterativos, que restringe su recomendación incluso para jóvenes que no estén sólidamente formados."
     
    1967
     
    Corredor sin retorno (Shock Corridor). Dirigida por Samuel Fuller. Protagonizada por Peter Breck y Constance Towers.
    "Al parecer, el propio director de la película ha dicho que ésta quiere ser un alegato y una denuncia contra los tres cánceres del mundo actual y especialmente la sociedad norteamericana: el racismo, la intolerancia y el terror atómico, habiendo afirmado también que él mismo sufrió al hacerla y que es justo, por tanto, que ahora sufran y pasen un mal rato los espectadores que vayan a verla.
    Eso último resulta más que discutible y va siendo hora de preguntarse hasta qué punto es lícito llevar al cine ciertos temas clínicos y patológicos que no deben salir de la esfera profesional, convirtiéndolos en un espectáculo excitante de masas que son capaces de pagar por el placer morboso de ´pasar un mal rato`. Porque esto es lo que ocurre con el inframundo de anormalidades patológicas que se ofrecen en el film a través de la aventura del protagonista que encuentra en el desenlace el justo castigo a su temeridad, siendo una víctima del ambiente en el que voluntariamente se metió.
    Película, por tanto, que si no puede calificarse de ´gravemente peligrosa` en sentido estricto moral, sí es de un pésimo gusto estético para espectadores normales y que no quieran acabar como algunos de los seres que desfilan por la pantalla.
    Conducta censurable de la protagonista y acusados y reiterados defectos de forma."
     
    Un verano con Mónica (Sommaren med Monika). Dirigida por Ingmar Bergman. Protagonizada por Harriet Anderson y Lars Ekborg.
    "Todo el film es una exaltación del amor naturalista sin frenos ni convencionalismos sociales, con un erotismo primitivo y salvaje que se traduce en una serie de escenas cargadas de sensualidad. Como elemento positivo  puede considerarse la lección que parece desprenderse del film, de que estos amores basados en el puro instinto no pueden ser duraderos y que se marchitan con el otoño como las plantas, debiéndose buscar por otros caminos la verdadera felicidad. Acusados defectos de forma."
     
    Cualquier miércoles (Any Wednesday). Dirigida por Robert Ellis Miller. Protagonizada por Jane Fonda y Jason Robards.
    "Desprecio total y absoluto del matrimonio y la fidelidad conyugal, con una visión puramente materialista del mismo. Conducta censurable y cínica no sólo del marido, sino de la misma esposa al ceder el terreno a la amante de su marido. Todo ello en un ambiente frívolo y despreocupado en el que no se da importancia a las cosas y se tergiversan los valores morales, cuando no se los desconoce totalmente. Situaciones inconvenientes y defectos de forma."
     
     
    March 04

    EL CASO DE LA INVESTIGACIÓN EXPERIMENTAL

    (serie Aventuras de Harold Smith)
     
    (c) 2006 by J.C. Planells
      
    (Este episodio se sitúa cronológicamente entre los primeros de la serie.)
     
        --Puede ser factible --dijo Harold Smith.
        --¿Usted cree?
        --Desde luego. Todo es posible en este mundo. No digo que dé resultado siempre, claro; pero en ciertos casos podría ser interesante al menos comprobar si lo da. Sí, podríamos probarlo alguna vez, ¿por qué no? Si el culpable es alguien sugestionable, ayudaría mucho. Aunque sólo sería posible alguna rara vez, en algún caso excepcional...
        Todo esto venía a cuento de que le había preguntado a Harold si una persona que hubiese cometido un delito, el que fuese, podría confesar espontáneamente al temer que la policía acabase por descubrirle, viendo cómo se desarrollaba el proceso de investigación policial o detectivesca. Harold lo admitía como posible, a condición de que el culpable fuese una persona muy impresionable o sugestionable.
        --Podemos probarlo alguna vez --repitió--, aunque no sé si daría resultados efectivos. Tendría que hacerse con suma habilidad...
        Y en ese momento sonó el teléfono. Harold lo cogió y atendió la llamada, tras anunciar que estaba al habla el detective privado número uno.
        --Exactamente --dijo--. Hasta que no se demuestre lo contrario, yo soy el número uno, y ya me cuidaré de que no pueda demostrarse lo contrario jamás de los jamases... Sí, dígame... Ya. ¿Y cuándo ha sido eso? Muy bien, no tema; está en las mejores manos dedicadas a la investigación y erradicación del crimen y la delincuencia en todo el orbe de habla inglesa. Sólo mi ayudante y yo. Ahora mismo vamos. --Colgó, y se frotó las manos con satisfacción.
        --¿Algo importante, jefe?
        --Te lo contaré por el camino. Vamos a tomar un taxi.
        Una vez en el taxi y en ruta hacia nuestro cliente, Harold me puso al corriente de la llamada.
        --Era lord Elmer Williamson. Supongo que habrás oído mencionar su nombre...
        --Pues no, jefe. Hay tantos lores y sires y coses de esas en Londres y en todo el país...
        --Vergüenza debería darte no conocerlos --refunfuñó Harold, que se desvivía por tener esa clase de clientes, más por lo mucho que les clavaba en la factura que por el hecho de pertenecer a la aristocracia, aunque también--. En fin, se trata de un miembro de la aristocracia y el abolengo más importantes del Imperio británico, con eso está dicho todo. Un escándalo en su familia mancharía su reputación tan inexorablemente como el fango mancharía los pantalones blancos de una adolescente que juega al tenis. De ahí que haya recurrido a mí. Ha echado en falta un collar de perlas muy valioso de su esposa, lady Pamela Williamson. No falta nada más que eso, y todo apunta a que ha sido alguien de la propia familia. Si se recupera el collar o se descubre al culpable, olvidarán lo ocurrido y quedará como un asunto de familia...
        --Vaya abolengo y vaya aristocracia, si se roban los collares entre ellos...
        --Silencio, inepto. En toda familia de gran linaje y rancia estirpe hay oscuras historias y razones insospechadas. Nosotros, la plebe, no debemos inmiscuirnos en ellas. Seremos sordos, ciegos y mudos a sus problemas familiares, pero descubriremos al mendaz culpable en un plis plas.
        --Se ve que se le ha pegado un poco de abolengo en el habla, jefe...
        --Calla, mentecato. Cuando se visita las mansiones de los lores y los sires, hay que demostrar un poco de clase. Espero que cuides tu lenguaje delante de lord Elmer y su familia.
        --No veo por qué, si resulta que hay un chorizo en su familia.
        --Un chorizo... --refunfuñó Harold--. Vaya expresión más vulgar.
        --¿Y no puede haber sido alguien del servicio? ¿El clásico mayordomo?
        --Nunca jamás, querido Diógenes. Un mayordomo que se pusiera un collar de perlas llamaría mucho la atención. Además, el servicio de la aristocracia es impecable.
        El taxi nos dejó delante de la mansión de lord Elmer Williamson. Descendimos, pagamos, llamamos, nos abrieron y entramos, todo esto en menos tiempo del que lleva contarlo.
        Un mayestático mayordomo nos condujo como apoyo desmayado y mayúsculamente indiferente al salón de mayólica donde yacía yerma la familia de lord Elmer. Según nos fueron presentados, eran lady Pamela, su esposa; Robin y Adelaida, sus dos hijos; y la madre de lady Pamela (o vulgo suegra de lord Elmer), Rose Stramber. Hicimos las pertinentes genuflexiones y reverencias ante todos ellos, y Harold incluso se abolló la frente al pegar con ella en el suelo. Enseguida entramos en materia, cuando lord Elmer nos habló con prosopopeya, algo que se ve usan mucho los lores ingleses y que deriva sin duda de las diversas epopeyas militares vividas por sus antepasados. Supongo.
        --Lo ocurrido, señor Smith, es lo siguiente: mi esposa, lady Pamela, posee un valioso collar de perlas negras antillanas, rob... conseguido por sir Francis Drake en una de sus fech... hazañas heroicas ante los cobardes y viles españoles...
        --Oiga...
        --Silencio, Diógenes. Está hablando lord Elmer.
        --... en la época más gloriosa de la marina británica. Lady Pamela luce el collar en el esplendor de su cuello con motivo y causa de las recepciones o fiestas más importantes, y al buscarlo para sacarle brillo refulgente para la inminente celebración con motivo del aniversario de Su Graciosa Majestad la Reina, acontecimiento a acaecer en la semana entrante, descubrimos con horror y angustia su ausencia inusitada. Debe usted saber, señor detective, que el collar es usualmente preservado en una cómoda de la habitación de mi augusta esposa, reposando en uno de sus cajones de madera de sándalo.
        Había que reconocer que lord Elmer hablaba bien aunque se le entendiera poco. No acabé de pillar si era su esposa o el collar lo que reposaba en uno de sus cajones.
        --La mañana en que se produjo la póstuma visión del susodicho collar fue la de la jornada que ha precedido a la presente. Y en esta gris mañana de hoy, con el sol oculto tras nubarrones de tormenta que se avecina, ha sido cuando hemos advertido su falta, por no decir ausencia o desaparición. Tras pensar fugazmente que se trataba de un desliz o error, y que se hallaría preservado en otra parte, procedimos a la pertinente y perseverante pesquisa, mas la búsqueda no dio resultado; es decir, fue infructuosa. Pronto vimos que alguien se había apoderado con vileza del collar, y que este malhechor no era uno de nuestros siervos.
        Yo le escuchaba con la boca abierta. Realmente, me dije, los lores británicos no son de este mundo aunque vivan en él.
        --¡Oh, Elmer! --protestó lady Pamela.
        --Es la cruel verdad, casta esposa mía --dijo lord Elmer, cerrando los ojos como un héroe de novela que se sacrifica ante el enemigo--, y debemos afrontarla pese a su desazonable certeza.
        --Pero, Elmer...
        --Basta. Es suficiente.
        --Muy bien, lord Elmer --dijo Harold--. Emprenderemos la investigación de inmediato. Primero necesitamos ver las habitaciones de su augusta esposa y saber la ubicación ubicada de las demás personas que moran en esta morada. --Harold intentaba hablar como lo hacía lord Elmer, pero le salía bastante mal--. Y luego, mi ayudante y yo estableceremos la táctica para hallar e identificar al culpable. Táctica que aviso será novedosa y apabullante.
        Un rato después, tras ver las habitaciones de todos los Williamson, suegra incluida, que estaban en el primer piso, Harold me llevó aparte para decirme:
        --Diógenes, vamos a aprovechar este caso para ensayar lo que hemos hablado esta mañana en la oficina.
        --¿Conseguir que el culpable confiese al ver el desarrollo de la investigación?
        --Exactamente. Creo que se presta a ello. Haremos como si investigásemos mucho, pero en realidad no estaremos haciendo nada; tú sígueme la corriente y haz todo lo que yo diga. Veremos si el culpable se pone nervioso. Vayamos a reunirnos con lord Elmer y los demás.
        Una vez en el salón, Harold les dirigió con altivez el siguiente discurso:
        --Deben saber que los métodos de investigación para este caso se basarán en las técnicas detectivescas más modernas e innovadoras. ¡Rápido! ¿Dónde estaba cada uno de ustedes ayer después de comer?
        --Yo estaba en mi despacho --dijo lord Elmer, enarcando ligeramente la ceja izquierda.
        --Yo descansaba en mi habitación --dijo Rose Stramber, muy digna.
        --Yo... ha... estaba en mi habitación --dijo Robin, vagamente.
        --Yo leía un libro en mi cuarto --dijo Adelaida con timidez.
        --Yo escribía una carta en tu despacho, Elmer, porque en mi escritorio no había papel de cartas --dijo lady Pamela.
        Harold les dirigió miradas frías a cada uno y con voz indiferente dijo:
        --Uno de ustedes es un embustero. Ahora les voy a tomar las huellas digitales... pero con los guantes puestos, ya que el ladrón ha sido tan tonto que se puso guantes para llevarse el collar. Rápido, pónganse guantes, traigan unas hojas de papel y una estampilla de color violeta claro.
        Hay que reconocer que los Williamson parecían un tanto desconcertados por el giro que tomaba la investigación. De todas maneras, hicieron lo que Harold pedía y les tomamos las huellas digitales llevando guantes puestos. Los guantes quedaron asquerosos y las huellas eran unos manchones repelentes que Harold contempló con sonrisa enigmática y algo torcida.
        --Ajá --dijo--. Ahora lo veo.
        A continuación pidió un cronómetro y estuvo cronometrando el tiempo que yo tardaba en ir de la habitación de cada miembro de la familia a la de lady Pamela, primero corriendo, luego a la pata coja, después a rastras y finalmente saltando.
        --¿Quiere que vaya también a toda pastilla o chano chano? --pregunté tras la última prueba.
        --No uses expresiones ordinarias, Diógenes. Estamos en la mansión de un aristócrata, aunque choricen collares de perlas. Hemos de demostrar clase.
        Medimos la distancia del suelo al techo de cada habitación. Yo me lié con la cinta métrica que me dejó el mayordomo, porque por lo visto era en pulgadas o algo así, y me salió que en la habitación de Robin la distancia era de veinte metros. Harold renegó en arameo y yo le dije que a ver si adoptaban de una vez el sistema métrico decimal. Luego, a petición de Harold, salté desde el primer piso al suelo del vestíbulo, cargándome una figurita rara que reposaba sobre una mesita. Se oyó un chillido de la señora Stramber y un "¡Por fin!" de lord Elmer. No es preciso decir que toda la familia seguía atentamente nuestra "investigación", que era lo que Harold quería con su experimento.
        --Vamos progresando, Diógenes --dijo en voz alta, bajando al vestíbulo, mientras yo me incorporaba con el trasero dolorido de la caída.
        --Sí, jefe --dije, adoptando un tono de voz y una expresión en la cara parecidas a las de Stanley Baker en una película de ladrones que había visto en el cine el sábado pasado--. Pronto la tupida red que estamos tejiendo en torno al culpable le hará caer implacablemente en ella.
        --Déjate de memeces, idiota --me avisó Harold en voz baja.
        --Sí, jefe --proseguí yo, que estaba lanzado, sin hacer el menor caso a Harold--. Veo ya extenderse el largo brazo de la ley, que caerá con todo su peso y consecuencias sobre el hombro manchado de culpa del ladrón, y purgará su culpa en una lóbrega y sucia mazmorra, alejado del mundo y del aire respirable.
        Hubiera jurado que se oyó un "Oh" ahogado en ese momento, pero como Harold me soltó un tremendo pisotón para hacerme callar, no estoy seguro.
        --¿Quieres callar y dejar de decir majaderías? --me reconvino enfadado.
        Muy a pesar mío le hice caso, porque la verdad es que tenía aún cuerda para rato. Se ve que aquella mansión de lord Elmer despertaba inspiraciones con tanta aristocracia dentro.
        --Ve al otro extremo de la mansión, Diógenes --decía Harold en voz bien alta para que le oyeran todos--, y grita algo. De esa manera, sabremos el sexo del culpable.
        Un tanto sorprendido, porque por un momento me creí que lo decía en serio, fui al otro lado de la mansión y grité bien fuerte: "¡Más madera!", y Harold me replicó: "¡Menos idioteces!".
        Hicimos muchas cosas raras y absurdas más, como entrar subrepticiamente en la mansión (pero antes tuve que ir a la biblioteca para leer en el diccionario lo que significaba esa palabra), revolver todos los cajones de lady Pamela y dejarlo todo tirado en el suelo (tenía una gran colección de fajas), esconderse Harold en el armario de la habitación de Robin y echarse sobre mí cuando entré en ella, con lo cual nos cargamos otra figurita rara (se oyó un "¡Agg!" de Robin). De cuando en cuando, Harold (que fingía tomar notas en su libreta del resultado de cada "experimento") soltaba frases en voz bien alta, y yo le seguía la corriente a mi manera: "¡Eso es! Mira, Diógenes, ¿lo ves?" "¡Nunca lo hubiera sospechado, jefe! ¡Nunca! ¡Antes la muerte en medio de los suplicios más horrendos!" "Calla, imbécil, o lo estropearás todo" (esto lo dijo Harold en voz baja) "Jefe, ¡mire eso!, ¡mire, se mueve... ¡está vivo!" "¿Quieres no meter la pata? (esto también Harold en voz baja) ¡Oh, Diógenes, observa: este dato nos lo aclara todo!" "En efecto, jefe: ¡Ahora el mundo sabrá del horror que le espera!" "Escucha, idiota, ¿se puede saber qué películas viste el otro día en el cine del barrio? Mejor cállate y deja que sea yo el que hable" (esto lo dijo Harold en voz baja al tiempo que me daba un capón).
        En fin, tras una hora y media de comedia, bajamos lenta pero inexorablemente al salón, para reunirnos con lord Elmer y la familia entera. Harold les miró gravamente y yo les miré como Paul Newman practicando el método del Actor´s Studio.
        --Lord Elmer --anunció Harold con solemnidad--. El caso está... resuelto.
        --¿Ha... ha averiguado usted quién ha sido? --preguntó con ansia y temor a la vez lord Elmer.
        Harold sonrió con lo que supuse quería ser una sonrisa siniestra y malévola y les dirigió una mirada presuntamente aviesa. Yo traté de imitar la mirada aviesa y me quedé medio bizco.
        --Lord Elmer --dijo Harold, tras respirar hondo--. Es mi triste deber anunciarle que el ladrón que ha robado el collar, por duro y cruel que le resulte saberlo, es...
        Pausa dramática. En realidad, la pausa era debida a que Harold no tenía ni idea de quién era el culpable y por tanto no sabía cómo seguir. Por fortuna, un grito sollozante sonó de inmediato.
        --¡Basta! ¡Basta! ¡Lo confieso! ¡Sí, fui yo, padre! ¡Perdón, perdón!
        Era Adelaida Williamson.
     
     
        Salimos de la mansión de lord Elmer Williamson tras recibir el correspondiente y generoso cheque. El lord se había comportado como correspondía y puso los convenientes ceros en el cheque. Lo demás, lo solventarían ellos en familia, con lo que nos quedamos sin saber por qué Adelaida se había apoderado del collar. Decidimos volver a la agencia en uno de esos autobuses rojos de dos pisos tan bonitos y tan típicos de Londres, que a mí me chiflaban.
        --¡Qué mal rato he pasado, Diógenes! --exclamó Harold una vez sentados en el piso superior del autobús--. Un experimento muy interesante, sí, pero no lo pienso repetir nunca más.
        --Pues no sé de qué se queja. Al fin y al cabo, el trabajo duro de correr arriba y abajo lo he hecho yo, por no mencionar saltar desde el primer piso.
        --Y cargarte una figurita, de paso.
        --Y usted se cargó otra al salir del armario a lo bruto. Y no me dio la impresión de que a lord Elmer le importase mucho...   
        --En fin, el caso es que nunca he pasado peor rato. Desde luego, si Adelaida Williamson no llega a confesar, hago el ridículo más grande de mi carrera, porque no tenía ni idea de quién era el culpable. Por supuesto --se apresuró a agregar--, lo hubiese descubierto sin problema alguno aplicando los métodos tradicionales de investigación. Pero con la tontería del experimento, estaba a oscuras por completo. ¿Te das cuenta, Diógenes, de lo que hubiera pasado si tras decir que iba a anunciar el nombre del culpable me quedo sin decirlo? Qué espanto --se estremeció--. Menos mal que el culpable respondió al experimento, y confesó espontáneamente. Pero basta de experimentos, que en otra oportunidad serían una catástrofe.
        --Y nos hemos quedado sin saber por qué robó a su propia madre --suspiré.
        --Bah --dijo Harold, con cierto desdén--, eso es fácil de adivinar. Esas chicas aristocráticas hijas de lores y ladies pierden la cabeza por el primer sinvergüenza que se les planta delante. Puedes tener la seguridad de que el collar iba a ser entregado a algún galán de vía estrecha, pobre como una rata, para que lo empeñase comprando luego latas de sardinas, o a un ladronzuelo que veía la manera de conseguirlo haciéndole la corte. Qué vergüenza. Este país ya no es lo que era, querido Diógenes.
     
    FIN.
     
     
    (El próximo episodio, "Asesinato en la librería", será el último de la serie y contará con varios "artistas invitados"; aparecerá la próxima semana.)
     
    March 03

    AUTORES OLVIDADOS (34): Jakob Wassermann: Novelista centroeuropeo

    (c) 2006 by J.C.Planells
     
    Es curioso el caso de este novelista nacido en Alemania pero residente en Austria durante la mayor parte de su vida. Nació en 1873 y falleció en 1934, fue amigo de Arthur Schnitzler y de Hoffmansthal, además de contemporáneo de Stefan Zweig, entre otros autores de relumbrón de aquella época de oro de las letras centroeuropeas (muchos de los cuales debieron su muerte --en ocasiones por suicidio-- al nazismo).
    A Wassemann se le ha olvidado incluso aun cuando a sus contemporáneos se los ha recuperado recientemente. Zweig y Schnitzler han sido reeditados abundantemente en los últimos años, con buena acogida del público lector. Se ha intentado lo mismo con Wassermann y con algún otro que era prácticamente inédito hasta ahora. Pero Wassermann, a pesar de haber contado con cierto despliegue informativo en diarios y revistas al empezar las reediciones de algunas obras suyas, no ha despertado apenas interés y dicha reedición parece haberse detenido.
    Fue autor prolífico y de éxito. Sus novelas trataban la problemática judía, casos reales o hechos autobiográficos disimulados. Su novela más famosa es El hombrecillo de los gansos, que contiene no pocos elementos autobiográficos, y es una de las disponibles actualmente. De hecho, según las enciclopedias "su novela más famosa" es una u otra dependiendo del autor de la enciclopedia --algo que no deja de ser chocante--, pero sin duda esta novela es la más cuidada y trabajada: la historia de un músico (Wassermann estudió música) que se ve atrapado en el amor por dos mujeres muy distintas, comprometiendo su vida y su futuro debido a ello. Otras novelas suyas de interés fueron El caso Maurizius, El crimen angélico, Bula Matari, Golovin y, especialmente, Gaspar Hauser, una novela basada en los hechos reales de la vida del enigmático Gaspar Hauser, sobre el que existen películas y libros en cierta abundancia.
    Quizá no fuera un gran novelista, pero recuerdo haber leído con emoción El hombrecillo de los gansos --tras una notable versión radiofónica en los años sesenta--, aunque su Gaspar Hauser me dejó un tanto frío, pese al interés del tema, lo que me hizo desistir de nuevas lecturas de sus obras. ¿Novelista menor? Pudiera ser. Pero recordémosle.
     
     
    March 02

    EN EL PUNTO DE MIRA, de Pete Travis: Rashomon terrorista

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    En 1950, Kurosawa se dio a conocer internacionalmente con Rashomon, film donde se narraba una historia desde diversos puntos de vista contradictorios. Hubo años más tarde un remake americano, Cuatro confesiones, de Martin Ritt. El modelo "Rashomon" ha servido para otras propuestas, no siempre afortunadas. Así, en la recientemente estrenada En el punto de mira se ofrece dicha propuesta, aliñada con esa moderna variante de film-en-que-al-final-todo-era-al-revés, muy frecuentada estos últimos años y entre cuyos modelos se contaría, por ejemplo, El club de la lucha de Fincher.
    Lo que se narra --bastante mal-- en esta En el punto de mira transcurre en apenas veinticinco minutos de tiempo real --en tiempo efectivo de narración apenas diez--, que se convierten en una algo interminable hora y media de proyección gracias a eso: a repetir esos cruciales 25 minutos (10 en tiempo efectivo) hasta la saciedad desde ocho puntos de vista (aunque a partir del cuarto no me molesté en seguir la cuenta: por mí pueden ser ocho o veintiocho), añadiendo nuevos datos con cuentagotas. La anécdota es mínima: durante la (consabida) reunión internacional de líderes occidentales, árabes y africanos para hablar de paz y diálogo tiene lugar un (consabido) atentado terrorista cuya primera víctima es el (habitual) presidente de Estados Unidos y luego la (últimamente habitual) población civil que asistía al acto (en este caso, ni más ni menos que los habitantes de Salamanca, Spain, España, en cuya Plaza Mayor recreada en México transcurre dicho acto y que se llena de cientos de extras mexicanos haciendo de cadáveres de salmantinos destrozados por una bomba; veremos la gracia que les hace a los salmantinos el panorama...).
    Como cansa incluso el pensar en comentar algo tan trillado, poco es lo que se puede decir del film. Cuando --gracias a Dios-- termina la película, no sabemos mucho más que al principio y quedan no pocos cabos por atar, enigmas que resolver y agujeros que rellenar (más que agujeros, verdaderos escapes de guión). Por otra parte, el guión es un cúmulo de tópicos tan vergonzoso que a ratos invitan a huir de la sala: presidente americano bienintencionado; asesores presidenciales malintencionados y belicosos; agente de la seguridad del presidente traumatizado por haber sido herido antaño al protegerle y del que todos dudan si estará a la altura caso de que ocurra algo; alcalde español con aspecto de mexicano; niña con helado que mancha sin querer el pantalón de un turista americano y pierde a su mamá cuando estalla la bomba; turista americano francamente bobo que lo graba todo con su inevitable cámara de mano y se dedica a ir detrás de todos filmándolo y luego chafardeando; terroristas malos malísimos; traidores muy traidores; mala remala; periodista algo contestataria que muere enseguida; terroristas a la fuerza porque les chantajean; Sigourney Weaver haciendo de Sigourney Weaver. Y etc. etc.
    A este mejunge indigesto de elementos tópicos que parecen proceder de un proyecto de guión para Steven Seagal, pongamos por caso, ni se le ofrece una explicación final que aclare nada --si alguien entiende lo del personaje que interpreta Eduardo Noriega, que lo diga (ni él da la impresión de entenderlo)--, y además se nos ofrece algo tan ridículo como un despiadado terrorista que lo chapa todo cuando no se atreve a atropellar con el vehículo que conduce a la niña del helado (si Bin laden levantara la cabeza...), tras una persecución a pie y en coche que --supongo-- trata de remedar una celebrada secuencia de la tercera entrega de la serie Bourne, demostrando que si no hay personajes ni trama interesante, una persecución puede tener la misma emoción que gracia tiene un chiste escrito por José Luis Moreno para sus series televisivas. 
    Un film com mucha pena y nada de gloria.