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    March 31

    DURDANE, de Jack Vance


    (c) 2008 by J.C. Planells


     

    (Portada de una edición alemana que reúne la trilogía completa)


    La trilogía Durdane --compuesta por las novelas The Anome, The Brave Free Men y The Asutra-- puede decirse sin errar mucho que fue la que dio a conocer el nombre de Jack Vance entre los aficionados españoles a la ciencia ficción. En efecto: pese a tratarse de un autor veterano (primer relato, en 1945 y primera novela, en 1950) y con renombre y popularidad en Estados Unidos, la traducción de su obra se limitaba a una novela aparecida en los años sesenta en Nebulae, otra en Argentina sin casi distribución en España, y escasísimos relatos en revistas o antologías. Decir que era casi un desconocido no es faltar a la verdad. Así pues, cuando hacia 1976 apareció en las Selecciones de Ciencia Ficción de Bruguera la primera novela de la trilogía --El hombre sin rostro, correspondiente a su aparición en The Magazine of F&SF, y cuyo texto ampliaría posteriormente el autor para su publicación en volumen, lo mismo que las dos siguientes novelas del ciclo, Los valerosos hombres libres  y Los Asutra--, los aficionados que seguían esas ediciones de Bruguera la celebraron alborozados. Les descubrían a un autor casi ignoto, y con amplísima obra. ¿Iba a seguir a raíz de ello una invasión Vance, lo mismo que siguió una invasión Farmer tras A vuestros cuerpos dispersos? Pues no. Y no porque hubiera carencia de colecciones del género a mediados de los años setenta, precisamente: al contrario. En ese momento, o iban a empezar o habían empezado ya Super Ficción, Acervo, Nebulae segunda época, Libros Nueva Dimensión, y algunas otras. Pero ocurría que el nombre de Jack Vance no era grato a ciertos editores o directores de colección: se le consideraba un segunda fila con cierta tendencia a tercera fila, un vulgar autor de obras anodinas o superficiales, un cultivador de novelitas de aventuras o, peor aún, un escritor de series y novelas que formaban ciclos de cuatro, tres o cinco. Nombrar a Jack Vance era provocar que ciertos responsables del género arrugaran la nariz (y aún hoy día hay quienes consideran que la afición o estima por Vance debería mantenerse oculta ante los demás, como si fuese un vicio innombrable: eso fue escrito no hace tanto tiempo por un nombre venerado del género).
    Finalmente, sí hubo invasión de Jack Vance en España, y muchas de sus obras y ciclos fueron apareciendo en castellano, en parte gracias al cambio de editores, y también gracias a insistencia y machaconería: Ultramar, que abrió fuego con la tetralogía "Planeta de la aventura", un tanto sorprendentemente, accedió a editar aunque muy a disgusto las cuatro novelas de "La tierra moribunda"; Martínez Roca publicó las cinco de "Los príncipes demonio" en dos tomos --que Ultramar había rechazado tiempo antes fulminantemente--, además del ciclo Alastor; y Ediciones B, el ciclo Lyonesse; todo ello sin contar obras sueltas aparecidas en estos y otros editores, como las novelas El príncipe gris, Los lenguajes de Pao y otras. Tarde, pero Vance llegaba a España en sus principales obras, lo cual no impedía que se le siguiera considerando por muchos un autor vulgar, anodino y superficial que no debería ser tomado en serio nunca jamás.
    La trilogía Durdane, pues, quedó un tanto en el olvido, pese a su reedición en 1987 en Ediciones B, usando las mismas traducciones de la versión en revista: sólo la segunda de las novelas, Los hombres libres, apareció en su integridad en la colección de Edaf en 1979: ventajas de un editor que no tenía ni idea de lo que sacaba... Por lo tanto, no está de más volver la vista atrás y revisarla, ahora que tenemos un conocimiento mayor de la obra de Vance. Y la revisión de esa trilogía nos la presenta como más bien menor en el conjunto de su autor: carece del dramatismo, riqueza e inventiva de "Los príncipes demonio"; no tiene el exotismo del ciclo "Alastor"; no es tan movida como "El planeta de la aventura"; es más irregular que "Lyonesse"; está más cohesionada que "La Tierra moribunda" --aunque en realidad esto carece de importancia, debido a lo distinto de ambas series y a lo distinto asimismo de las cuatro novelas de ese ciclo--; e incluso "Cadwal" la supera. De hecho, "Durdane" es una trilogía o ciclo muy menor en la obra de Vance: una novela considerada por algunos como de segunda fila, Maske: Taeria, la supera sin la menor dificultad. Y es que en realidad, "Durdane" emerge como una novela única alargada en tres partes, o como una novela que parece buscarse a sí misma, buscar un argumento, para justificarse. Lo cierto es que el arranque es magnífico: La primera  novela, El hombre sin rostro --aun en su versión resumida para revista--, ofrece detalles del mejor Vance, en su descripción de la niñez de Mur (posteriormente llamado Gastel Etzwane), en su lugar de nacimiento y entre una sociedad represiva y represora; pero esto es pronto dejado de lado una vez Mur --ya convertido en adulto y en Gastel Etzwane-- escapa de su pueblo para, primero, conseguir la libertad del contrato de esclava de su madre, y, posteriormente, desenmascarar al misterioso Anomo, el Hombre sin Rostro. A partir de esto, la novela cambia, introduciendo una segunda intriga, que se revelará la dominante del final de la primera novela, y toda la segunda: la lucha contra los Roguskhoy, y, posteriormente ya en la tercera, los asura, alienígenas que viven en estado parasitario en los Roguskhoy, pero asimismo en algunos durdaneses --como el anterior Anomo--. Digamos, pues, que a medida que avanza la historia, va perdiendo interés, o al menos el interés del principio, para convertirse en una historia más de batallas e intrigas. Carece, asimismo, del colorido y exotismo habituales en Vance, volviéndose todo un poco más mecánico. Con todo, el autor tiene sus detalles inesperados --algo que no siempre se ha valorado--, y por encima de una intriga y unos personajes claramente rutinarios ofrece momentos inesperados: detalles de violencia un tanto sorprendente, como cuando Etzwane mata a sangre fría a una muchacha que parecía destinada a jugar un papel principal en la acción, así como de inesperada belleza y reflexión, que suelen limitarse a una frase, una descripción, una frase de diálogo, poco habituales en esta clase de historias. (Un ejemplo: "Cuando regresó a la habitación, estaba completamente abandonada, excepto por los fantasmas de conversaciones pasadas".)
    En suma, "Durdane" no cumple las expectativas que suscita su primera novela, The Anome, con esa sociedad represiva, donde un líder cuyo rostro e identidad se desconocen puede hacer saltar la cabeza de quien le incomode apretando un botón, y con las peripecias de Etzwane para descubrir la identidad del Anomo. Una vez resuelta esta parte, lo relativo a la guerra contra los Roguskhoy y el descubrimiento de los asura deviene pura rutina de acción. En todo caso, dejemos constancia que, lo mismo que casi todas las novelas y series de Vance, su final no es tanto un final como una interrupción. Me explico. Vance no suele concluir sus novelas o ciclos de una manera más o menos convencional, sino que deja tanto en los personajes como en el lector la sensación de que, una vez cumplido su objetivo, el protagonista no tiene ya ningún otro aliciente en su vida, y ni siquiera sabe cómo va a ser su futuro, una vez todo ha vuelto al orden. Esto crea una sensación de extrañeza: quien ha sabido sortear peligros, enfrentarse a enemigos, armar o desarmar intrigas durante sus aventuras, ¿es incapaz de afrontar la vida común y corriente una vez está todo normalizado? ¿Carece su vida ya de sentido? Y en realidad, así parece ser, por cuanto "Durdane", lo mismo que "Los príncipes demonio", termina con el personaje sentado en una silla incapaz de decidir su futuro. O su vida, puesto que la del protagonista de las cinco novelas de "Los príncipes demonio" era cumplir una venganza, y una vez la ha completado, se da cuenta que su vida carece ya de finalidad y de objetivo. Vance, pues, nos deja casi siempre con finales extraños, un tanto descorazonadores. Es algo que invita a pensar, a reflexionar.

    (Véase en este mismo blog: "Bad Ronald", de Jack Vance (1 de febrero de 2007)


     

    March 29

    DIME QUE ME QUIERES, JUNIE MOON, de Otto Preminger: Estudio sobre marginados

     
    (c) 2009 by J.C. Planells
     


    Hay un cierto consenso en que la etapa iniciada por Preminger a partir de 1960 es la menos interesante de su carrera, aunque lo cierto es que el cuestionamiento de muchos de sus films puede incluso adelantarse un poco. Como nunca he militado entre sus fans, debo decir que mi interés hacia él se limita a unas cuantas películas y nada más. De la etapa considerada como "buena" de Preminger, detesto La luna es azul y El proceso de Billy Mitchell, y me dejan totalmente frío Río sin retorno y Buenos días tristeza. Otras, ni me he molestado en verlas (Saint Joan). Tras todo ello, su etapa iniciada en 1960 con Éxodo me sume ya en la total indiferencia, salvada únicamente por Tempestad sobre Washington (me gusta mucho, pese a ser un tema ajeno a mis intereses) y El rapto de Bunny Lake, que nos retrotrae el Preminger de los mejores tiempos. El resto va de lo nulo a lo penoso, acabando con un film que sólo se puede calificar como depauperado para cerrar su filmografía, El factor humano. Si a ello le añadimos que en sus últimos años Preminger descolocó a todo el mundo permitiendo que sus films se manipularan para su edición en formato vídeo (coloreados artificiales, pérdida del formato ancho...) e incluso celebrándolo muy contento, nos encontramos ante alguien como mínimo desconcertante.
    En fin, entre el catálogo de películas lamentables que realizó a partir de 1963, que iban desde el mamotreto (El cardenal, Primera victoria) hasta lo puramente experimental o que trataba de serlo ( Skidoo, Extraña amistad), pasando por la nulidad total (La noche deseada, Rosebud), encontramos además de esa extraña isla cinematográfica que es El rapto de Bunny Lake (que rodó en Gran Bretaña y sigue siendo uno de sus mejores films) una película que en su día me gustó mucho: Dime que me quieres, Junnie Moon, rodada en 1970, estrenada en 1972 en España y que sólo se ha vuelto a ver en un pase televisivo de 1988. En su día la vi dos o tres veces y conservo buen recuerdo de ella, si bien es sólo eso, el recuerdo de haberme gustado el film. Por lo demás, ese aprecio no se ve correspondido por la crítica, que la recibió entre mal y muy mal y la consideran otro desastre, al igual que las invisibles Skidoo y Extraña amistad.
    Como no puedo escribir nada a partir de mis casi nulos recuerdos del film, transcribo parte de lo que sobre él comentó Ángel A. Pérez Gómez para la revista Reseña en 1972 y que recogido aparece en el volumen Cine para leer 1972.
     
        "Narra las peripecias de tres seres extraños que tienen que pasar una cuenta a la sociedad en que han vivido. Junnie tiene el rostro afeado por las quemaduras que le hizo un pervertido. Pero su lesión más profunda es psicológica: su consiguiente incapacidad para el amor. Arthur sufre progresivos ataques nerviosos, que desde su infancia han sido motivo de internamiento en colegios especiales y hospitales. Es, por tanto, un ser supersensible que quiere autoafirmarse como persona útil, sin tener que depender de nadie. Warren ha quedado inválido de ambas piernas como consecuencia de una aventura homosexual.
        La película está estructurada en tres tiempos. Arranca del presente (coincidencia y conocimiento de los tres personajes en el mismo hospital), para volver en otros tantos flash-backs al pasado, donde conocemos sus traumas físicos y morales. [...] Los tres se saben marcados e incapaces de encarar individualmente el mundo exterior. A los tres los hermana un pasado desagradable, un problema sexual y afectivo y un futuro incierto. Por eso se unen e intentan formar una comuna de ayuda mutua en cuanto salgan del hospital. Es la carta que juegan para defenderse y posibilitar su porvenir.
        [...] En este hogar, Junnie adopta al principio la postura de madre con respecto a los dos hombres. Arthur busca trabajo, y Warren vegeta cómodamente gracias a un subsidio. Poco a poco, la relación Junie-Arthur se hace más íntima. Durante unas vacaciones en el mar llegan al encuentro sexual [...]. También Arthur se ve libre de su homosexualidad de una forma harto inverosímil. El precipitado regreso a causa del empeoramiento de Arthur y su inmediata muerte nos conduce al final. Los tres han liquidado el pasado. Junie ha recobrado la fe en sí misma como mujer y podrá abrirse al amor que le brinda Mario, el pescatero. Warren, libre de su complejo de invertido [sic], también podrá mirar como hombre el futuro [sic], y Arthur ha muerto tras haber logrado sentirse persona útil."
     
    Como digo, la crítica de Pérez Gómez --de la que he extractado sólo su sinopsis argumental, bastante divertida en eso de "invertido" y demás-- es muy negativa, y otras consultadas van en el mismo sentido. No puedo entrar a discutirlo, puesto que parto de mi recuerdo de 1972, que fue muy favorable pues el film me emocionó e impactó. Puede que visto hoy, me resulte tan negativo como todo el resto de films de Preminger desdd 1960. En todo caso, dejo aquí constancia de su existencia. Fue protagonizado por actores entonces (y ahora) escasamente conocidos, y una Liza Minnelli pre-Cabaret.
     

    March 27

    NADIE LO HA VISTO, de Mari Jungstedt


    (c) 2009 by J.C. Planells


     
     
    La novela policiaca sueca cuenta con una cierta tradición, pues entre sus cultivadores encontramos a la formidable pareja (¡y matrimonio!) de autores Per Wahlöö y Maj Sjöwall --lamentablemente rota al fallecer Wahlöö en 1975--. Por cierto, sus obras se están reeditando actualmente, con lo cual ya no hay excusa para no leerlas ni alegación de ignorancia posible.
    Ahora, la editorial Maeva nos presenta la primera novela de una nueva autora sueca, Mari Jungstedt, aparecida originalmente en 2003, y de la cual anuncian otras dos para más adelante. Un debut que permite augurar a una escritora que convendrá seguir con atención. En efecto, esta Nadie lo ha visto resulta una lectura amena, que aunque no descubre nada nuevo en cuanto al género se refiere (hay ecos de Ruth Rendell, por ejemplo), sabe al menos mantener el interés hasta el final (por cierto, no está de más indicar que la traducción castellana que se ofrece resulta muy desconcertante...).
    Lo malo de comentar novelas policiacas --y más aún si son novedades recientes-- es que no conviene desvelar nada de ellas a fin de no fastidiar al lector (cosa que los comentaristas de otros géneros son muy aficionados a hacer..., provocando el lógico malhumor o ira en el lector potencial, que automáticamente ya no comprará el libro que le han reventado). En todo caso, digamos que Jungstedt sale muy airosa de su primera novela policiaca, pese a alguna pequeña imprecisión, algunas cosas un tanto apresuradas en el desenlace; en suma, esos fallos que uno espera encontrar en una primera novela, y que se compensan con el balance general de la misma. Es una historia de suspense, con lo que parece ser un asesino en serie suelto en la pequeña isla de Gotland, una fuerza policial que no encuentra pistas y un reportero algo metomentodo que se enrolla con una de las amigas de la primera víctima. El ritmo es rápido, no hay paja (cosa muy rara hoy día), se nos ahorran los problemas psicológicos de los policías y sus traumas personales (esa fastidiosa moda de conocer al detalle su vida privada y sus neuras, que ocupa el 50% de casi cualquier novela policiaca actual) y la autora sabe dosificar la intriga junto con las investigaciones y los diversos personajes. Como queda dicho antes, hay ciertos ecos de Ruth Rendell en la obra.
    En suma, recomendable y autora a tener en cuenta.
     

    March 25

    EL MISTERIO DEL BANQUERO DESAPARECIDO

     
    (c) 2009 by J.C. Planells
     
    (Aventuras de Harold Smith: episodios inéditos)
     
     


        El superintendente Laurence Jameson había venido a vernos poco después de la hora de comer y estaba sentado en nuestro despacho, con un aspecto entre lóbrego y lúgubre, dos palabras que yo había aprendido hacía poco y me gustaba mucho cómo sonaban.
        --Supongo que te resultará familiar el nombre de Desmond Lewellington --dijo, suspirando.
        --Pues sí --contestó Harold--. Hace tiempo que el Times y los demás periódicos lo mencionan con cierta frecuencia, desde que empezaron las sospechas sobre sus manejos en el Banco Rural y de Prestamos...
        --Ya --gruñó Jameson--. Bueno, pues lo que no sabes aún, porque ha ocurrido este lunes y lo hemos mantenido oculto a la prensa durante estos tres días para no empeorar la cosa, es que el hombre ha desaparecido.
        --¿Y por qué lo mantenéis oculto?
        El señor Jameson volvió a suspirar.
        --Seguramente, los de la tarde ya lo traen. Es imposible impedir que se sepa. En fin, en principio fue para no alarmar a la opinión pública, con todos los rumores que corrían sobre el banco, y que no se montase una avalancha de gente reclamando su dinero. Si quieres mi opinión, eso fue un error; pero, por suerte, soy policía y no economista.
        --¿Y ahora se ha fugado con el dinero de la gente?  
        Nuevo suspiro de Jameson.
        --Ha desaparecido. Desde luego, lo estamos buscando de manera discreta pero concienzuda. Aunque sin suerte alguna. En cuanto salga la noticia en los diarios, la búsqueda se hará de manera más notoria e intensiva. En todo caso, están vigilados los aeropuertos y todas las líneas marítimas al continente para evitar que se fugue a otro país, donde seguramente ya está el dinero chorizado esperándole.
        --Caramba, señor Jameson --dije--: "chorizado". Qué fuerte.
        --Es así --dijo Jameson, encogiéndose de hombros--. El tipo es un simple chorizo, por muy dueño del banco que fuera o fuese. Ha arramblado con el dinero de montones de campesinos y granjeros, que pronto montarán guardia ante su casa o en el banco, con guadañas y horcas.
        --¿De las de colgar gente? --pregunté.
        --No, de las de trabajar en el campo.
        --Y quieres que te eche una mano para descubrir adónde se ha escapado, ¿no? --preguntó Harold, tomando la pipa de pensar profundamente.
        --Pues no --dijo el señor Jameson, soltando un largo suspiro--. Esto es lo bueno. Encontrarle es cosa del Yard, como te digo. Es cuestión de vigilar los aeropuertos, estaciones de trenes, ferrys al continente... Le cogeremos, si intenta salir del país, porque se le busca con afán. No, Harold. El problema que tengo es cómo se lo hizo para desaparecer.
        --No entiendo...
        --Te lo explicaré tal como sucedió. Este lunes, Lewellington volvió a su casa desde el banco, como de costumbre. Abrió la puerta, entró en su casa... y desapareció.
        --¿Cómo que desapareció? ¿Desapareció dentro de su casa? --preguntó Harold, desconcertado.
        --Exactamente. Como si se hubiera esfumado en el aire.
        --Eso suena emocionante --dije.
        --Suena porras --bufó Jameson--. Es sencillamente imposible. Porque, además, resulta que teníamos policías vigilando la casa desde hacía dos días, en previsión de que Desmond Lewellington planeara fugarse del país, y así le pillaríamos con las manos en la masa, o sea, en plena fuga. El ministro del Interior, que desde lo del escándalo Profumo anda mal de los nervios, dio la orden de que vigiláramos la casa de Lewellington, por si las moscas. Conque resulta que el hombre se escapó de una casa vigilada por todas partes, y no sabemos cómo lo hizo.
        --Hum... --meditó Harold--. Eso es un clásico de la ficción policiaca: el hombre que entra en su casa y desaparece para siempre del mundo. Conan Doyle lo menciona en...
        --Sí, pero no es ficción policiaca --dijo Jameson, desesperado--. Es realidad y me tiene negro. El ministro dice que en Scotland Yard somos una pandilla de inútiles, que el chori... que Lewellington se nos escapó porque no vigilabamos como debíamos. Y eso no es cierto. Mira, Harold, resulta que algunos de los estafados por ese banquero son gente del pueblo donde vive mi hermana, y no veas cómo se ha puesto. Así que un poco por cuestión de amor propio, doblé la vigilancia que el ministro me encargó. ¡Y el tipo se desvanece en el aire!
        --Tranquilo, Jameson. Seguro que daremos con la explicación. Cuéntame con todo detalle lo ocurrido el día en que desapareció.
        --Esos fueron los hechos. Llega Lewellington a su casa a las cinco de la tarde, como de costumbre. Ese día, lunes, ha estado lloviendo durante casi toda la mañana y los alrededores de la casa están embarrados. Eso significa huellas que hubieran podido producirse, ¿de acuerdo? --Harold asintió--. Bien. Frente a la puerta están dos tipos, el cartero y el policía del barrio, que no formaba parte de la vigilancia establecida, y los dos estaban charlando delante mismo de la puerta de Lewellington. Llega el banquero, pasa junto a ellos, les saluda, ellos le saludan también, él saca la llave de la puerta, entra en su casa y cierra la puerta. El cartero y el policía siguen comentando el partido del domingo del Arsenal. Y diez minutos más tarde, oyen gritar a la esposa de Lewellington desde su dormitorio, cuya ventana da a la calle donde ellos están pegando la charla. Miran arriba, no ven a la mujer pero los gritos arrecian, así que finalmente el policía llama a la puerta, nadie contesta, y por tanto la abre, pues no estaba cerrada con llave. Sube al dormitorio de la señora Lewellington, que hace tiempo está enferma y se pasa el día en la cama sin poder moverse. Está muy alarmada porque ha oído entrar a su marido, pero no le ha subido la medicina y es la hora en que ha de tomarla. El policía le dice que, en efecto, su marido ha llegado hace apenas diez minutos. A todo esto, el cartero, alarmado, sigue plantado ante la puerta abierta de la casa, por chafardear y para ayudar, si es preciso. El policía, preocupado por el estado de la mujer, busca a Lewellington por toda la casa... pero Lewellington no está. En la casa sólo hay la mujer del banquero. Mientras, algunos de los policías que vigilaban la casa por la parte de enfrente, y han oído los gritos, se acercan a la entrada, mientras los demás siguen vigilando el edificio, con lo cual no lo perdimos de vista ni un solo momento. En fin, abreviando, se registra a conciencia la casa de arriba abajo... y Lewellington no está en ella. Ha desaparecido nada más entró a las cinco de la tarde.
        --Está claro --dije--. Se ha escondido en algún sitio de la casa.
        --No. La hemos registrado hasta tres veces desde entonces. No está escondido en ella. De hecho, ni siquiera hay dónde esconderse. Miramos en los armarios, bajo las camas, incluso bajo la cama de la pobre señora Lewellington, que es una víctima más de ese sinvergüenza. Nada.
        --Se escapó durante el barullo --dije.
        --No. Ya digo que no perdimos de vista la casa desde todos sus lados a partir del momento en que Lewellington entró, y el cartero no se movió de la puerta en todo el tiempo. No salió de la casa. Eso es absolutamente seguro. Entró en ella, y esto es también seguro, y no salió.
        --Hay un túnel debajo de la casa, y se fue por él --dije, inasequible al desaliento.
        --Ya lo pensamos --suspiró por enésima vez Jameson--. Y hemos investigado si existe tal túnel. Resultado totalmente negativo. No hay túnel, no hay salida secreta, no se fue por el techo tampoco ni le recogió un helicóptero desde allí. --Jameson adivinó lo que yo iba a decir--. Se desvaneció en el aire, así, como por arte de magia, simplemente.
        --Eres consciente, Jameson, de que esto es completamente imposible --dijo Harold, mirándole fijamente--. Nadie desaparece por arte de magia. Lewellington está en alguna parte y desapareció de alguna manera.
        --Supongo..., pero ¿dónde? ¿Y cómo lo hizo para desaparecer con semejante vigilancia?
        --La vigilancia no era completa, Jameson: desde el momento en que cerró la puerta de su casa, le perdisteis de vista...
        --Pero no la casa. Ni todas las salidas, y eso incluye las ventanas, desde luego. Y durante los registros, comprobamos que ninguna fue abierta desde dentro: todas estaban con la falleba puesta. Tampoco hubiera podido salir por ninguna ventana sin ser visto por uno u otro policía, o más de uno. Y, recuerda, Harold, lo que te dije del barro: no había ni una sola huella de pisada alrededor de la casa. Nadie salió de ella. Nadie pudo salir.
        --Para no dejar huellas en el barro, hay trucos muy buenos, Jameson: tablas. Se echa por encima de la zona embarrada una tabla larga y se anda sobre ella. Pero, está bien, concedo que no salió de la casa y que no la perdisteis de vista ni un momento ni visteis salir a nadie de ella. Lo evidente es que ha desaparecido y que no está en su casa.
        --Pero no sabemos cómo ha hecho el truco, eso es lo que me fastidia del asunto.
        --Mmmm... Lo malo de los trucos es que una vez conocidos, decepcionan --dijo Harold--. Es como un juego de magia. Si el ilusionista te lo cuenta, el truco te parece evidente y te preguntas cómo no lo advertiste. Aquí lo hay. Tiene que haberlo. Daremos con él.
        --¿Quieres venir a echar un vistazo a la casa del banquero? --ofreció Jameson.
        --Desde luego. Aunque ya la habéis registrado otras veces, quizá veamos algo que se ha pasado por alto. ¿Y la señora Lewellington? ¿Sigue allí?
        --A la fuerza. Está enferma. Ese día llamó por teléfono a una enfermera, que se ha instalado en la casa a pan y cuchillo, y la atiende. Está ya acostumbrada a nuestras constantes visitas. Y, desde luego, está desconcertada por todo lo ocurrido. De hecho, yo diría que su estado ha empeorado.
        --Bien, vayamos allí y veamos qué descubrimos --dijo Harold, poniéndose en pie.
        El aspecto lúgubre y lóbrego de Jameson pareció suavizarse un tanto al oír a mi jefe, que además tomó la pipa y la gorra de las grandes ocasiones. Salimos de la agencia y subimos al coche de Jameson, que estaba aparcado en la calle de la lado. El chófer nos saludó y puso en marcha el vehículo en dirección a la casa del banquero desaparecido.
        --¿El señor Lewellington sabía que teníais bajo vigilancia su casa? --preguntó Harold.
        --Yo creo que sí. O al menos, debía de sospecharlo, con todos esos rumores en la prensa y en el mundo económico en general. Si quieres que te sea sincero, no nos preocupamos mucho en disimular.
        --Pues no deja de ser curioso que desapareciera con tanta vigilancia, y con el cartero y el policía del barrio plantados en su puerta y charlando... 
        --Era lunes. Todos los lunes se encuentran, y empiezan a hablar de fútbol, como si el lugar fuera una tertulia...
        --Hum y rehúm --dijo Harold.
        --Oiga, jefe --pregunté, recordando algo que había dicho el señor Jameson en el despacho--, ¿es imprescindible ser un chorizo para ser banquero?
        Al chófer le dio un ataque de risa y casi nos fuimos contra un árbol, aunque por suerte frenó a tiempo. Harold renegó en sueco y contestó que "No, pero ayuda bastante", y proseguimos el viaje.
        --Bueno, ahí la tienes --dijo Jameson, cuando bajamos del coche, señalando una pequeña casita de dos plantas separada de las casas vecinas por un espacio de un metro aproximadamente--. Primero te indicaré dónde estaban apostados nuestros hombres, y dónde siguen aún vigilando.
        Dimos la vuelta a la casita y enseguida vimos a unos policías de paisano que no la perdían de vista. Uno de ellos se nos acercó.
        --No hay novedad, jefe --le dijo a Jameson--. La enfermera salió para comprar algunas cosas y ha vuelto ya; nos ha preguntado de nuevo qué cuándo se puede marchar la señora Lewellington a la residencia...
        Jameson suspiró por enésima vez. Ya hacía diez minutos desde el último suspiro.
        --Ésa es otra --le dijo a Harold--. La señora Lewellington quiere marcharse a una residencia para reponerse, porque se lo ha recomendado su médico. Es comprensible, la hemos mareado mucho con nuestras continuas visitas y registros, y eso no ayuda a mejorar su salud. Ya no sé qué excusa darle para retenerla, porque tampoco tiene sentido que se quede en la casa si eso la perjudica. Si hubiese la posibilidad de que se reuniera con el sinvergüenza de su marido..., pero eso está descartado. Por lo que sospechamos, Lewellington planea salir del país con su amante. Oh, sí, tiene una amante, pero no conocemos su identidad. Y los dos se instalarán en alguna isla del Caribe para vivir como reyes el resto de su vida a costa de los granjeros y los campesinos que él ha estafado.
        --Entonces, no la retengas más  --dijo Harold--. Es más bien un estorbo que otra cosa. Bien, por lo que veo, y sin duda alguna, reconozco que era imposible que nadie saliera de la casa sin que tus hombres lo viesen, tanto si lo intentaba por la parte trasera, como por delante o los lados. Y a esa hora, las cinco de la tarde, había luz más que suficiente para verlo: estamos en primavera. Bien, examinemos el interior de la casa.
        Harold, el señor Jameson y yo volvimos a la parte delantera y llamamos a la puerta.
        --Mire que si nos abriera el propio Lewellington... --dije, tratando de animar a Jameson. Pero el pobre se limitó a suspirar otra vez, con tristreza.
        Nos abrió una muchacha con uniforme de enfermera. Me recordó a Elke Sommer, a la que había en una doble sesión en el cine del barrio el sábado pasado. Harold, aunque no había ido conmigo al cine, debió de pensar lo mismo, porque exclamó: "Atiza".
        --¿Otra vez ustedes? --dijo con muy mala cara y una mano en la cadera--. ¿Es que no tienen consideración por la pobre señora Lewellington? Tantas visitas y molestias no la benefician en nada. Deberían avergonzarse, recontra.
        --Lo siento, enfermera Gladys --dijo Jameson, bastante compungido--. Sé que es una molestia para ella, pero le aseguro que mañana podrán irse si lo desean, siempre y cuando nos dejen una dirección para localizarlas, por si...
        --Sí, puñeta, les dejaremos la dirección, diantre. Venga, pasen y acaben cuanto antes, rediez...
        Entramos, la enfermera cerró de un portazo y se perdió escaleras arriba, dejándonos plantados en el vestíbulo.
        --Hum y rehúm --dijo Harold--. Vaya genio se gasta la enfermera...
        --Sí, ya te digo que tanto ella como la señora Lewellington están hasta las narices de nosotros... Bien, aquí, en la planta baja, están el salón, el comedor, la cocina y un baño. Empecemos por el comedor...
        Yo no desistía de mi idea sobre la existencia de un túnel bajo la casa, así que mientras Harold y Jameson examinaban atentamente todas las estancias de la planta baja, yo me dediqué a patear el suelo con la esperanza de que sonase a hueco en algún lugar (o que el suelo se hundiese bajo mis pies, claro). No ocurrió nada de esto, y cuando llegamos a la cocina Harold me preguntó qué diantre era todo ese ruido que hacía.
        --Hay una enferma muy delicada en la casa --me recordó Jameson, muy serio--. Ya bastantes problemas hemos tenido con ella, y con el ruido que armas lo único que conseguiremos es que baje la enfermera a echarnos bronca.
        --Está bien, lo siento. Yo lo hacía por ver si daba con el túnel...
        --¿Y eso? --Harold señaló un congelador que había en un rincón, al otro lado de la cocina.
        --Guardan carne aquí. Ya lo miramos, no creas. Pero si Lewellington se hubiera escondido ahí, estaría muerto y congelado. Mira. --Y el señor Jameson abrió el congelador. En efecto, dentro sólo había trozos de carne envueltos en plástico o en papel de plata--. Así no tienen que ir a comprar tanto al mercado. Y también miramos dentro de la nevera --añadió Jameson, cerrando el congelador y abriendo el frigorífico, que era bastante grande--. Tampoco estaba aquí dentro. Ya te dije que lo examinamos todo cuidadosamente... En fin, abajo ya no hay nada más que ver. Subamos al piso de arriba. Allí hay tres dormitorios y una sala de estar.
        Un pasadizo separaba las dos alas de la planta superior; había dos puertas a cada lado. Jameson señaló las dos que quedaban a nuestra izquierda como el cuarto de invitados y la habitación del señor Lewellington, pues desde que enfermó su mujer el banquero pasó a dormir en esa otra habitación. Entramos en ambas y las examinamos a fondo, aunque había muy poco que ver. Estaban limpias y ordenadas. La del señor Lewellington contenía todas sus cosas en los muebles y el armario, que inspeccionamos, así como debajo de la cama, que estaba lleno de polvo. En el cuarto de invitados no había nada de nada: el armario estaba vacío, así como los muebles, pero había igualmente polvo bajo la cama. Después, entramos en la sala de estar, situada al otro lado del pasillo, junto a la habitación que ocupaba la señora Lewellington. En esa sala había un televisor, dos sillones con una mesita en medio, el teléfono y una lámpara sobre ella, y una estantería con unos pocos libros.
        --Bueno, eso es todo --suspiró Jameson, que hacía rato que no suspiraba--. Supongo que querrás pasar un momento a ver la habitación de la señora Lewellington... ¿Qué ocurre, Harold?
        Mi jefe estaba pensativo y con el ceño fruncido.
        --Es curioso... --dijo--. Hay un par de detalles que...
        --¿Has descubierto cómo se escapó el banquero? --preguntó Jameson, todo ilusionado.
        --Nada de eso, querido Jameson. No. Pero hay un par de detalles que me llaman la atención. ¿No has advertido nada?
        --¿Sobre qué? Todo está exactamente igual que en los anteriores registros... No hay ninguna diferencia...
        --¡Ah! --exclamó Harold--. Hum, rehúm y recontrahúm.
        --Harold, ¿qué es lo que has descubierto?
        --Sinceramente, nada que indique cómo desapareció Lewellington. Simplemente, he observado dos detalles que no... er... encajan... Bueno, entremos para saludar a la señora Lewellington.
        Llamamos educadamente a la puerta de la habitación de la enferma y nos abrió Elke Sommer, digo, la enfermera Gladys con la misma mala cara de antes.
        --¿Y ahora qué puñeta pasa? --preguntó, bufando.
        --Nada, enfermera Gladys --dijo Jameson, educadamente y tratando de apaciguarla--. Sólo queríamos pasar un momentín para saludar a la señora Lewellington y despedirnos. Soy consciente de las molestias que les ocasionamos, pero ya no habrá más registros ni visitas...
        --¿Y nos podremos largar?
        --Así es, mañana mismo, si lo desean.
        --Vale, diantre. Pasen y acaben de una repajolera vez.
        Entramos en la habitación de la señora Lewellington. La luz estaba algo apenumbrada, por decirlo de alguna manera. Luego supimos que habían cambiado la bombilla por una de pocos vatios, según le explicó la enfermera a Jameson en su primera visita, para que no molestase la delicada vista de la enferma. La señora Lewellington estaba en un sillón, bien arrebujada en un chal y con una manta cubriéndole las piernas. Tenía un aspecto poco agradable. En la habitación había un armario, una cómoda, y junto al sillón una lámpara apagada y potes de crema facial y potingues para dar un poco menos de asco. 
        --Todo esto es muy lamentable, señora Lewellingon --dijo Jameson--. Soy consciente de ello. Er... ¿le importa que echemos un rápido vistazo a su armario?
        La señora gruñó algo y la enfermera contestó por ella, con los brazos en jarras:
        --Sí, puñeta, acaben ya, diantre, con sus payasadas. ¿Y el niño ese qué viene a hacer aquí? --añadió, mirándome con una mueca de desprecio--. ¿Se traen ahora a los escolares para que también nos den la matraca? Y supongo que querrán meter las narizotas bajo la cama, ¿no? Hay que... fastidiarse.
        Jameson tosió y murmuró un montón de excusas. Mientras, yo ya me había agachado y metido bajo la cama, donde me puse perdido de polvo. Harold había abierto el armario, mirado dentro, y echado un vistazo a los objetos que había en el cuarto: una maleta con ropa de la enfermera, sin duda, objetos de tocador y un frutero con manzanas.
        --Bien, creo que hemos terminado --dijo Jameson, casi sin voz, el pobre--. ¿Nos vamos, Harold?
        Harold, que estaba al otro extremo de la habitación, había cogido una manzana del frutero y la sopesaba en la mano con cara pensativa.
        --¿Has leído el Huckleberry Finn de Mark Twain, Diógenes? --me preguntó.
        --Er... no, jefe. He leído el Tom Sawyer, pero no el Huckleberry Finn --contesté, desconcertado.
        --Pues deberías hacerlo. ¿Y usted, señora Lewellington, lo ha leído?
        La mujer gruñó un "No" sofocado y la enfermera masculló por lo bajo "Vaya chorradas".
        --Me alegra saberlo --dijo Harold.
        Y entonces lanzó la manzana al regazo de la señora Lewellington, quien profirió un gritito y juntó las piernas para recogerla entre ellas, donde quedó inmóvil. La enfermera bufó como el gato de nuestra portera cuando los chicos del barrio querían hacerle perrerías.
        --¡Será cretino...! --exclamó.
        Harold, en dos zancadas, se puso al lado de la señora Lewellington y, ante el horror de todos, le puso la mano en el pelo, tiró de él... y se lo arrancó, dejándola calva por completo.
        --¿Cómo está, señor Lewellington? --preguntó alegremente Harold a la persona que estaba sentada en el sillón y cuyo rostro se descomponía de furia--. Nos ha tenido muy preocupados buscándole. Bueno, ahora habrá que buscar a su esposa... aunque me temo que sé dónde la tiene guardada...
     
        A última hora de la noche, ya en nuestro despacho, Harold le explicó su razonamiento a Jameson cuando regresó de encarcelar a Lewellington y a la enfermera, y de encargar a su equipo que recogieran lo que quedaba de la esposa del banquero.
        --Los dos detalles que me llamaron la atención eran, primero, que la enfermera no bajase a protestar por el ruido que armó Diógenes pateando el piso en busca del famoso túnel bajo el suelo. Puesto que se suponía que había una enferma delicada, mareada por los continuos registros de la policía durante tres días, era un poco extraño que no bajase a pedirnos que armáramos menos ruido. Es lo primero que hace cualquier enfermera, tanto en un hospital como en una casa particular. El segundo detalle era que la habitación que había ocupado el banquero hasta su desaparición y la de invitados no mostraban signos de estar ocupadas. Si la enfermera estaba, como tú mismo dijiste, instalada en la casa a pan y cuchillo, ¿dónde dormía? En fin, ahora que sabemos que no era ninguna enfermera sino la amante de Lewellington fingiendo ser una enfermera, está claro que compartían la misma habitación de la difunta señora Lewellington. Debo decir, además, querido Jameson, que antes de todo esto ya hubiera debido sospechar algo raro. Tengo una gran estima y aprecio por las mujeres que trabajan como enfermeras, y nunca he visto a ninguna que se comportara con los modales vulgares, realmente barriobajeros, de la famosa Gladys...
        --¡Diantre! --exclamó el señor Jameson, boquiabierto.
        --El detalle final era que en la habitación de la señora Lewellington no había teléfono. Sí lo había en la planta baja, y un supletorio en el cuarto de estar junto a su habitación. Si la esposa del banquero estaba tan delicada que tuvo que gritar desde su habitación que da a la calle para llamar la atención del cartero y el policía que charlaban justo debajo suyo, en vez de asomarse a la ventana, ¿cómo pudo bajar al piso inferior o ir al cuarto de al lado para telefonear y pedir le mandaran una enfermera, la famosa Gladys? En fin, en todo caso, concedamos ese improbable detalle. Luego tenemos esa habitación tan escasamente iluminada y esos potes de crema para la cara tan oportunamente junto al sillón donde se sentaba, y con los que disimulaba lo mejor posible su aspecto masculino.
        --Yo no entiendo lo de la manzana --dije--. ¿A qué venía?
        --Es muy simple. En Huckleberry Finn, Huck se disfraza de chica para escapar de sus perseguidores y llega a casa de una mujer. Al cabo de un rato de conversación, la mujer sospecha algo y le arroja un objeto a la falda. Huck instintivamente, junta las piernas para recogerlo entre ellas, tal como hizo Lewellington con la manzana que le tiré.
        --¿Y?  
        --Y eso delató a Huck Finn como chico, y a Lewellington como hombre. Pues una mujer que viste falda lo que hace en un caso así es separar las piernas, porque lo que le arrojen, una manzana o cualquier objeto, caerá sobre la falda y quedará en ella. Lewellington, pese a su disfraz y la manta con que cubría las piernas, no lo tuvo en cuenta y juntó las piernas cuando le lancé la manzana al regazo. Eso le delató.
        Por supuesto, el banquero había asesinado a su mujer dos días antes de "desaparecer". Guardó el cadáver en el congelador y a ratos perdidos se dedicó a cortarlo a trocitos y envolverlos en plástico o papel de plata..., siendo tomados por carne congelada cuando lo abrimos y miramos en su interior. Cuando Gladys salía para hacer algunas compras, aprovechaba para echar algunos trozos a la basura.
        --Qué macabro... --dije, asustado--. Dan ganas de volverse vegetariano.
        --Hombre, de un banquero poco más puede esperarse --dijo Jameson, que se sentía feliz al haber resueto el caso--. Chupan el dinero a la gente, o sea que...
        --Eso también debió hacerme sospechar --dijo Harold--. Toda aquella carne, para una mujer aparentemente enferma y delicada... En fin, el truco fue simple. Porque, como te dije, una vez conocido el truco de un ilusionista, todo parece muy evidente. Lewellington sabía que como cada lunes, el policía del barrio y el cartero estarían plantados a su puerta charlando del partido del domingo; así que preparó su "desaparición" para un lunes. Llegó a las cinco, pasó entre ellos, les saludó, subió al dormitorio de su mujer --que ya estaba troceada y congelada desde el día anterior--, se puso sus ropas, una peluca, se maquilló y metió en la cama, y al cabo de unos diez minutos empezó a chillar. Como pocos del barrio la conocían de vista, y llevaban tiempo sin verla, pudo representar su papel sin problemas, ayudado por la escasa luz, la ropa aparatosa... Gladys ya estaba avisada del plan, por lo que la llamada telefónica pidiendo una enfermera fue simplemente una mentira para justificar su presencia cuando llegó más tarde. No hubo tal llamada telefónica, como se habría sabido de haber investigado las llamadas efectuadas desde la casa...
        --Maldita sea, habíamos intervenido el teléfono después, por si Lewellington llamaba a su mujer, pero no se nos ocurrió mirar antes las llamadas que pudieron hacerse... Todo era tan evidente...
        --Ya te lo dije: al final, es un caso decepcionante.
     
     
    FIN.- 
     

    March 23

    GALERÍA DE MUJERES (45). AGNETHA FÄLTSKOG: Una sueca de verdad


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     
    Como es tristemente sabido, este país --o sea, España y Olé-- convirtió la caza de la sueca en las playas de Torremolinos, Marbella, Costa del Sol y otras en una especie de deporte machista entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, gracias a deleznables comedias en que el "español medio" perseguía en calzoncillos o bañador a rubias nórdicas en biquini. Semejante vergüenza pesará para siempre como una losa sobre los irresponsables que parieron tal estupidez. En esos años yo solía ir casi todos los veranos a la playa, bien con los amigos y amigas, o bien con mi novia (incluso yo tuve una o dos novias, por extraño que esto pueda parecer), y doy fe de que jamás vi suecas en playa alguna. Francesas, inglesas, alemanas..., sí, pero no suecas. O acaso no concurrían a las mismas playas que yo. Da igual. Creo que lo de las suecas fue una especie de leyenda urbana para medir el machismo celtibérico y nada más.
    La primera sueca auténtica, de verdad, de carne y hueso que vieron mis ojos --y los de mucha gente--, fue Agnetha Fältskog, del grupo Abba, cuando en 1974 ganaron el festival de Eurovisión con "Waterloo" (lo único bueno de dicho festival habrá sido lanzarles internacionalmente, desde luego). Cierto que había otra chica en el grupo, pero como era morena no parecía sueca auténtica: podía ser muy bien una señorita de Logroño o de Palau de Plegamans. Agnetha no: era rubia y con la piel sonrosada, ojos que si no eran azules, lo parecían mejillas lozanas, cutis radiante, sonrisa alegre, además de curvas por aquí y por allá, y mejor me detengo ya, que empiezo a entusiasmarme demasiado.
    Cierto que algunos podrían argumentar que también estaban las actrices suecas --de los films de Ingmar Bergman--, además, claro de Ingrid Bergman, pero esta nos pillaba demasiado jóvenes --o era ya demasiado mayor para nosotros--, y las actrices suecas de Bergman interpretaban papeles demasiado dramáticos y alejados de nuestra forma de ser como para que despertasen esas pasiones de "rodríguez de verano" de las españoladas de entonces. Yendo al grano, a mí me gustaría pensar que la desaparición de los films de "españolito persiguiendo suecas" se debió a la llegada al estrellato de Abba --y por tanto de Agnetha--, pero probablemente se debió a otras circunstancias (cansancio del espectador, pasaron de moda, los tiempos cambiaron, etc. etc.). De todos modos, yo prefiero inclinarme por la teoría de que ante la realidad visible de una sueca auténtica, el "español medio" que originó y jaleó esas películas se murió de vergüenza.
    La rubia de Abba había nacido en 1950 --un detalle conmovedor por su parte: yo también nací ese año, lo cual hace que tengamos eso en común-- en un pueblo del sur de Suecia llamado Jönköping. Empezó a cantar pronto, incluso compuso algunas canciones, y con 17 años ya grababa discos. Su periplo con Abba se inició en 1972, siendo además esposa de uno de los integrantes, Björn Ulvaeus. El resto es sobradamente conocido. El matrimonio se rompió hacia 1978, y el grupo en 1982. A partir de entonces, Agneta llevó una vida bastante aislada, grabando algunos discos en los años ochenta, y recluyéndose en una isla durante varios años, sin casi apariciones públicas, regresando hace un par o tres de años para un disco de standars. De los cuatro integrantes de Abba, es quizá quien ha llevado una vida más aislada, más alejada de la prensa, de reclusión total casi, debido, según parece, a un carácter tímido, retraído, lo que la ha llevado a vivir malas experiencias, como cuando una pareja suya la acosó y llegó a amenazar su integridad física. Para más inri, hace unos cuatro años en una televisión local, ese presentador televisivo tan amigo (que parece su novio casi) de la deleznable Violeta Santander, dijo de Agnetha que estaba totalmente perturbada y era casi una loca peligrosa.
    Al final, Agnetha ha resultado ser lo más alejado posible de las suecas que preconizaba el cine español de los años pre-Abba. Nada tiene que ver con aquellas suecas vacías de cerebro que buscaban al español medio por las playas del Mediterraneo, o que eran perseguidas por ellos. Al final, Agnetha es quizá mucho más parecida a algunos personajes de las películas de Ingmar Bergman. Al final, y esto es sin duda lo más cierto, Agnetha --fama y éxitos musicales aparte-- no es sino eso: una sueca de verdad. Lo cual, si lo piensan detenidamente, equivale a decir "una persona de verdad", o una mujer como cualquier otra. Como usted, querida lectora, por ejemplo.

     

      

    March 22

    FAMOSOS DE AYER (5). "EL SACAPUNTAS": Programa radiofónico de sátira


    (c) 2008 by J.C. Planells
     (Josep Maria Bachs, uno de los creadores de "El sacapuntas")
     
    El éxito del programa de TV3 Polònia nos hace recordar lo que otras personas no han conocido, o han olvidado: el primer programa de sátira política que hubo en España, y que no fue Minoria absoluta, programa radiofónico creado por Toni Soler hace unos años, y del que nació posteriormente Polònia, sino uno emitido hacia principios de la década de 1980 en Radio Juventud de Barcelona, y que tenía por nombre El sacapuntas. Se emitía los sábados por la mañana, y creo que lo reemitían también los domingos, con una duración aproximada de 45 minutos. Sus características eran semejantes a las del televisivo Polònia y estaba a cargo de un muy reducido equipo de personas, no más de cinco, de los cuales recuerdo solamente a tres que eran muy populares, algunos de los cuales lo serían posteriormente aún más gracias a diversos programas televisivos: José María Pallardó --un locutor de Radio Juventud que se había formado desde muy joven en esa emisora--, Josep Maria Bachs y Jordi Estadella. Ellos tres, más otros colaboradores igualmente brillantes, llenaban el programa con sus imitaciones de los políticos que estaban en aquel tiempo en cargos de responsabilidad: Adolfo Suárez, Jordi Pujol, Alfonso Guerra, Fraga, además de otros personajes de la actualidad social o deportiva, como Kubala, que entrenaba creo que al Barcelona o a la selección española. Pallardó era quien imitaba a Suárez, de una manera extraordinariamente fiel, aunque nunca supe reconocer quién hacía de Pujol (¿Estadella?), y los gags que tenían lugar en el programa eran tan divertidos como los del televisivo Polònia, o el radiofónico de hoy, Minoria absoluta.
    Para ser un programa emitido por una pequeña emisora, que no alcanzaba ni de lejos las audiencias que tenían las poderosas de siempre, y en horario matinal, El sacapuntas alcanzó una popularidad nada desdeñable, en uno de esos casos de "boca a oreja". En parte, el motivo era que Radio Juventud tenía una audiencia preferentemente de gente joven (emitían muchos programas de música pop-rock y de actualidad musical), que es más o menos el mismo público que hoy día sigue tanto Minoria absoluta como Polònia (ya comenté hace un par de años, creo, que la gente de una edad más adulta no suelen verle la gracia a este programa, como pude comprobar). Así pues, El sacapuntas, pese a su breve trayectoria, se convirtió en un pequeño programa de culto, que terminó, supongo, cuando terminó la emisora --ya hace muchos años que no existe--, o cuando sus responsables decidieron terminarlo antes de que el público se cansara.
    Como queda dicho, Pallardó haciendo de Suárez y el imitador de Pujol creaban momentos sensacionales, en tiempos en que la sátira política en medios de comunicación era algo o ausente o limitado a muestras un tanto dudosas (el chiste de sala de fiestas y poco más). Pallardó, Bachs, Estadella y compañía recreaban la actualidad llevándola a límites casi surrealistas, y remataban el programa con un "audaz reportaje" en directo de un reportero bastante catastrófico ("¡Emisora!", gritaba el reportero pidiendo conexión, "Adelante", replicaba Pallardó, "¡Emisora!, ¿que se siente?" "!Adelante!" "No sento res, tú ¡Emisora! ¿se siente o no se siente?" "Adelanteeeeeeeeeee" "Fot-li al micro, tú, que no sento res" "Adelante", terminaba Pallardó, medio desmayado y afónico), naturalmente en broma, y tras el reportaje, el nombre de los responsables del programa (que con el tiempo decidieron todos llamarse José María, ante la abundancia de tal nombre entre sus responsables, rebautizando María José a la encarga técnica, que se llamaba en realidad María Jesús Beltrán, si no me equivoco) y la afirmación de que todos eran miembros de la UEP: Unión de Eyaculadores Precoces, tras lo cual se "iban" en directo...
    Así pues, el moderno Polònia cuenta con un ilustre antepasado, un abuelito casi, en su vertiente radiofónica, que quienes lo siguieron con afán e ilusión en su tiempo no lo han olvidado (o al menos, yo no lo he olvidado). Sus artífices tenían talento e imaginación, gracia y agudeza. Con estas cualidades, se hacen cosas memorables.
     
     
    March 20

    A CIEGAS, de Fernando Meirelles: Una fábula


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     

    La ventaja de no haber leído la novela Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, en que se basa este film, es que uno puede acercarse a él y juzgarlo sin prejuicio alguno, al contrario que el 99% de críticos cinematográficos, que dan la impresión de ir a los estrenos de películas basadas en notables (o no tan notables) obras literarias provistos de un ejemplar que van cotejando a la luz de una linterna durante la proyección. Esto suele ser algo tan inmensamente fastidioso, tanto, que desisto de incidir en ello por no perder el tiempo en idioteces.
    La primera consecuencia que uno saca del visionado de este film de Meirelles es que se aproxima en cierto modo a esas películas de ciencia ficción "con mensaje" que menudearon allá a finales de los sesenta, principios de los setenta (es decir, antes de Star Wars). Aun con sus notables diferencias, esta película tiene ciertas similitudes con Soylent Green de Fleischer, y El planeta de los simios, de Schaffner: ambas eran fábulas violentas de nuestro futuro inmediato o de un aparente mundo lejano que a lo mejor no lo era tanto. El film de Meirelles hereda esta simpática tradición y ofrece su fábula particular: todo el mundo queda ciego, de manera paulatina, excepto una persona, y analiza las consecuencias de la convivencia forzada de ciegos encerrados por el estado en una cochambrosa instalación, donde poco a poco esa convivencia degenerará en explotación de unos ciegos por otros ciegos. En este sentido, no hay una gran diferencia entre un film sobre campos de concentración nazis: sustituimos los judíos por los ciegos, los guardianes nazis por las fuerzas militares del estado, y el resultado es exactamente el mismo. De hecho, algunas de las propias incidencias del film son parecidas a las ocurridas en algunos campos de concentración, donde la convivencia entre los judíos no fue tampoco un ejemplo de solidaridad que digamos (colaboracionismo, explotación, etc.).
    Sentado todo esto, ¿cómo se ofrece cinematográficamente? Pues digamos que la tercera película de Meirelles nos vuelve a hacer pensar que quizá el mérito de Ciudad de Dios era más achacable a su codirectora, Katia Lund, que al propio Meirelles. De hecho, ya en su día Katia Lund no ocultó su enfado (o indignación) de que se la ninguneara tan aplastantemente, otorgándole todos los méritos del film al codirector Meirelles, como si ella hubiera estado simplemente sentada en una silla mirando trajabar a los demás. Lo cierto es que la inmensamente aburrida El jardinero fiel (según la novela de Le Carré) dejó bastante estupefactos a los admiradores del anterior film de Meirelles. Extrañamente, los mismos que mostraron su disconformidad con Ciudad de Dios corrieron a aplaudir la inane El jardinero fiel. En cuanto a la recepción de A ciegas fue mala desde el primer momento, cuando hace tiempo se exhibió en Cannes y la pusieron de vuelta y media. A su estreno en España, las cosas no han mejorado mucho: no la han puesto de vuelta y media, pero sí ha recibido comentarios bastante negativos en general.
    Y hay alguna razón en ello: el film de Meirelles es tremendamente irregular, está absolutamente descompensado en muchas de sus partes, y es difícil decir si es por culpa de un guión pleno de recursos fáciles, o de una realización desajustada. La mayoría de personajes nos resbalan, no se hacen ni simpáticos ni antipáticos (quizá el encarnado muy bien por Alice Braga sea la excepción), y los acabamos contemplando con una cierta indiferencia. La experiencia de Meirelles como publicista se nota en escenas tan chocantes como la procesión de las mujeres hacia el tercer pabellón (donde se disponen a ser violadas a cambio de comida), acompañada de una musiquilla machacona, en una escena que quiere ser conmovedora pero parece casi un anuncio de champú. Esa es una de tales descompensaciones. Mejor el tramo final, con la llegada del grupo de escapados a la ciudad, caótica, convertida en un basural y con grupos de ciegos ambulando a la caza de comida; ahí Meirelles encuentra ese "espíritu del 70" a que aludía antes.
    El film, no hace falta decirlo, es una fábula. Sobre la convivencia forzada, sobre el fin del mundo como lo conocemos, sobre la conducta humana en situaciones extremas, sobre la explotación de unos por otros, y sobre un montón de cosas más, tantas que la acumulación acaba fatigando. Al final, la fábula termina como si empezara una fábula nueva, y todo es la mar de bonito.
    En cualquier caso, y por muchos reparos que se le puedan --y deben-- poner al film (estética publicitaria, caídas de ritmo, desinterés hacia los personajes, situaciones poco creíbles) indudablemente merece verse y opinar sobre él. La propuesta es algo fallida, bastante cuestionable, pero sin duda muy interesante, lo cual siempre es de agradecer. 

    March 19

    PÁNICO EN LA TIERRA/LA OLEADA CEREBRAL, de Poul Anderson

    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     

    Editada en libro en 1954 --tras empezar a publicarse como serial en 1953 con el título de The Escape, y quedar interrumpida por cierre de la revista--, Brain Wave es sin duda una de las obras más notables del prolífico Poul Anderson, uno de los clásicos de la ciencia ficción dura y aventurera, con abundantes incursiones además en el terreno de la fantasía, que para algunos constituyen lo mejor de su obra. En todo caso, y dentro de la ciencia ficción, tres obras suyas merecen destacarse: ésta Brain Wave --de la que hubo dos ediciones en castellano casi coetáneas en los años sesenta: en la colección Cenit en 1962 como Pánico en la Tierra, y en Aguilar, en un tomo con otras novelas de Anderson, como La oleada cerebral--, Tau Zero y La nave de un millón de años, que constituyó un gran éxito incluso en España hace unos años. Sería de desear que se recuperase esta Brain Wave en edición moderna, pues resulta mucho más interesante que tanta vulgaridad o nadería que invaden las algo depauperadas colecciones actuales, ancladas en lo acomodaticio y lo inane.
    En Brain Wave --seguiré usando el título original por comodidad-- Anderson trata un interesante tema no muy frecuentado en la ciencia ficción: el incremento de inteligencia en la humanidad (lo cual teniendo en cuenta que hoy día la inteligencia parece disminuir en el conjunto de la sociedad, no es mal tema como ficción, tanto científica como no científica). Normalmente, el tema ha sido tratado a nivel individual, y los dos títulos que viene rápidamente a la memoria son el clásico Flores para Algernoon de Daniel Keyes, y la menor Mercader de inteligencia del británico John Boyd. La novela de Anderson, anterior a estas dos, trata el tema a nivel colectivo, sin embargo, lo cual hace que su interés sea mucho mayor y el desafío argumental igualmente mayor. En ella, Anderson presenta lo que le ocurre en la humanidad cuando todo el mundo experimenta un brusco incremento de inteligencia a consecuencia de haber entrado nuestro planeta en un campo de corriente que afecta a las neuronas del cerebro, que aumentan su velocidad y con ello se incrementa bruscamente la inteligencia del hombre. Pero no sólo del hombre: todas las especies dotadas de cebrebro --lo cual incluye a los animales-- experimentan asimismo un incremento en inteligencia. Anderson examina las consecuencias políticas, económicas y sociales de todo ello, tanto a nivel individual como colectivo, tanto desde el punto de vista moral como psicológico, lo mismo en ciudades que en enclaves rurales, en animales o en personas, en un país o en otro. La novela es, pues, un pequeño mosaico del futuro de una humanidad que deja de ser como era para convertirse en una humanidad superdotada intelectualmente y las consecuencias de todo ello.
    La novela tiene hallazgos muy ingeniosos: a consecuencia del incremento de inteligencia, hay personajes --en general los científicos, pero no sólo ellos-- que desarrollan una forma de lenguaje mejorado que Anderson resuelve magníficamente: un ademán o un movimiento o una simple palabra significa toda una larga frase de diálogo. Otro gran acierto es cómo ese cambio afecta negativamentea algunos personajes, de ahí el interés que ofrece el personaje de Sheila, esposa de uno de los científicos que ve su razón trastornarse al no poder asimilar el incremento de inteligencia que experimenta: antes era una mujer simple, carente de inquietudes intelectuales, y ahora el conocimiento adquirido y el ver cómo es el mundo y la nulidad de su propia existencia anterior se convierten en algo insoportable para ella, arrastrándola hacia la locura. Algo parecido ocurre con Brock, un retrasado mental al inicio de la novela que a consecuencia de la onda se convierte en un ser de inteligencia normal (normal según los parámetros anteriores al cambio), pero al mismo tiempo es un ser inferior ante los supergenios que son ahora el resto de la humanidad. La difícil convivencia de unos y otros, los problemas que se presentan, y diversos acontecimientos hacen de ésta una novela realmente brillante, un verdadero clásico del género que no ha perdido interés pese a las décadas transcurridas desde su aparición (algo que no se puede decir de la mayoría de novelas de ciencia ficción). Anderson, en fin, ofrece un libro más que notable, una mezcla de ciencia ficción, moral y filosofía, algo que solía cultivar más veces de las que muchos creen, aunque en una obra tan enorme como la suya a veces se pierde de vista. Cierto que no todo es perfecto en la novela, y que algunos detalles acusan el paso del tiempo, pero el balance final es más que positivo. El finado Philip K. Dick admiraba mucho esta obra de Anderson, una de sus favoritas, y dejó constancia de ello en una de sus novelas experimentales escritas en los años cincuenta, en la que un personaje hace una gran apología de Brain Wave. Esperemos que algún editor se acuerde alguna vez de su existencia.

    March 18

    DA LO MEJOR DE TI


    (c) 1971 by J.C. Planells
     
        Sin duda que uno de mis mejores amigos es Ernie. Haríamos cualquier cosa el uno por el otro. Creo que nos identificamos por el pensamiento antes de pasar a la acción. Hay una especie de telepatía. Ambos sentimos las mismas sensaciones sobre la vida, sobre la gente, sobre todas las cosas. Creemos que la amistad es mucho más que ir juntos a una serie de lugares y hacer las mismas cosas. Eso no es preciso. Nosotros somos muy amigos, prescindiendo de eso.
        Matilde es un accidente entre los dos. Por eso no hemos hecho nunca nada para atraerla. Es ella quien viene con nosotros, y no nosotros quienes la hacemos venir. También, como nosotros, siente que es un ser libre y nos identificamos plenamente.
     
        Se habla de marchar, de echar a correr, lejos, sin parar, sin ninguna meta fija. ¿Os podéis imaginar lo que es eso? Aparte de la confirmación de nuestra independencia, es la forma perfecta de nuestro sistema de vida, el poder hacer lo que queremos y cuando lo queremos. Nos resultan extrañas las normas fijas que te colocan en un lugar concreto y te obligan a aceptarlas y --lo que resulta nauseabundo-- a seguirlas. ¿Por qué hay que seguir aquello en lo que no se cree? ¿No resulta absurdo? Lo mejor es rebelarse y huir. La ciudad tiene muchas calles y el mundo muchas ciudades. Podemos hacerlo nuestro perfectamente.
        Resulta absurdo hacer algo en lo que no se cree y vivir conforme a unas reglas que te parecen estúpidas. Claro que lo mejor sería ignorarlas, prescindir de las ventajas e inconvenientes de la situación. Las ventajas pueden obtenerse por sí mismas, y los inconvenientes, la verdad, no nos hacen mucha falta. ¿A quién le agradan los inconvenientes? Los regalamos.
     
        Imaginad que cruzáis la ciudad, de extremo a extremo, a la hora en que os apetezca. ¿Eso es una demostración de libertad? Claro que sí. Demuestra que se puede hacer cuando a uno le parezca y que no está sujeto a unas normas, a unos horarios verdaderamente detestables. Si sois capaces de hacerlo, es que estáis por encima del sistema, lo cual no deja de ser un pequeño triunfo. Una deliciosa burla hacia la vida de los demás. Pero si ellos no lo hacen resulta lamentable. Lamentable para ellos, ¿me explico?
        Si Ernie me pide algo, se lo traeré. Cruzaré toda la ciudad, de punta a punta, para llevárselo en el momento que sea, a la hora que sea preciso. Y faltar a mis deberes, a mis horarios, resultará la más grande diversión, aunque los demás no opinen precisamente lo mismo que yo.
        ¿No basta con una llamada telefónica para iniciar la actividad? ¡Claro que sí! Vamos, venga, corre. Vayamos juntos, por en medio de la gente, en medio de la calle, y los coches que se vayan al cuerno. Ya se pararán si quieren, y si no, da igual. El mérito consiste en no detenerse.
        Emprende la iniciativa en cualquier momento. Ahora, sí, ahora. ¿Por qué no ahora? El momento inesperado, impremeditado, es el mejor, por descontado. Tiene la gracia de lo espontáneo, que es lo que siempre ayuda a triunfar. Sin pensar, no es preciso pensar. ¿Para qué? Pensar en las cosas sólo lo complica todo. Hacerlas tiene mayor interés e importancia. Ernie y yo discutimos con frecuencia sobre eso, y opinamos lo mismo. Y a los dos nos gustaría por igual desbaratar un día las reglas, las normas, aunque seguramente nadie se enteraría. (Eso sí es una pena.) Pero si nos vemos capaces de hacerlo, ¿por qué no llevarlo a cabo? Si nosotros mismos nos detenemos, la cosa no tiene gracia. Es mejor dejarlo, pues. 
     
        ¿Habéis probado de cantar y bailar, de repente, en medio de la calle? Es divertidísimo. La gente se queda parada y te toman por idiota. O, en el mejor de los casos, ni te prestan atención. Bien, eso no nos importa. Pero nos irrita que nos miren como si estuviéramos chalados. Vaya, a ver por qué no puede hacerse. ¿Lo prohíbe alguna ley? Y si sólo fuera porque les molesta, aún lo haríamos con mayor frecuencia. Para que aprendan. Parecen más idiotas ellos mirando que nosotros haciendo lo que nos da la gana. Vaya, ¿por qué no podemos hacerlo? Resulta divertido.
     
        Se toma la decisión, y uno se escapa. Se escapa por las calles, a plena luz del día, en medio de la gente, una figura que corre con su propia esperanza.
        Espérame, que vengo. Espera que te alcance, y podremos ir mejor. Yo seguiré el camino y lo dejaré ya hecho detrás mío, para que pueda ser seguido, cómodamente. Vayamos hasta el infinito, y volvamos. Regresemos ahora, hoy, mañana o pasado. Tenemos todo el tiempo. Y si no lo tenemos, lo buscamos.
        Corre, corre. Ahora es el momento. Ahora o nunca. Ahora ya no lo harás. Decídete. No lo pienses, que es perder el tiempo, y hazlo. Da lo mejor de ti y haz lo que piensas de verdad, con una sonrisa en los labios, y dáselo a tus amigos. Para que ellos también comprendan, sepan la verdad. Se les abran los ojos, y rían como lo haces tú, y aprendan a hacerse su propia vida.
        Si te detienes en algún lugar, que sea para siempre y que te reporte beneficio. Iremos juntos hasta el final y más allá, si es preciso. ¡Ven ahora! ¡Ven! No lo pienses. Ponte en pie y ven, corre tú también. Entre los círculos, por donde sea. Ven. Esperamos. Esperamos que vengas. Esperamos. Esperamos siempre. ¿Percibes el rumor de la vida? Sólo lo sentirás si corres, si tú también corres. Ten sentirás vivir al completo, perfectamente logrado. Que nos separe el tiempo y el espacio no nos precupa. El tiempo y el espacio se pueden dominar, porque siempre estarán esperando, y sólo tenemos que acudir. Fácil, ¿no? Ven, pues, ¿qué esperas?
        --¿Y por qué no ahora?
        --¡Sí!, ¿por qué no ahora?
        ¿Veis lo fácil que resulta?
        Quien piensa no llega nunca. Y el que no piensa tiene más tiempo para llegar. Hay tanto tiempo como queramos tener. Tanto como queramos...
     
    FIN.-
     
       
     
    March 17

    AUTORES OLVIDADOS (48). ANTHONY BERKELEY: El Dr. Berkeley y Mr. Iles


    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
     
    Es curioso el caso de este escritor británico de novelas policiacas. Escribió con dos nombres distintos: Anthony Berkeley y Francis Iles. Con el primer nombre publicó entre 1925 y 1939 una serie de novelas detectivescas clásicas, es decir, enclavadas en el estilo de novela problema de la Edad de Oro que cultivaron S.S. Van Dine, Dorothy Sayers, Agatha Christie y tantos otros, muchos ya olvidados; entre sus novelas hubo algunas realmente muy notables, como El caso de los bombones envenenados (todo un clásico no superado, al ofrecer diversas interpretaciones de un mismo crimen, y que curiosamente molestó en su día a no pocos lectores...), Baile de máscaras y El dueño de la muerte, una novela más extensa de lo normal, pero igualmente magistral y asombrosa.
    Pero Berkely se dio cuenta muy pronto de que ese estilo de novela-deductiva, de novela en la que el lector debía descubrir el misterio a la par que el detective de turno, no tenía mucho futuro. Así que con el nombre de Francis Iles escribió tres novelas de características completamente opuestas, en 1931, 1932 y 1939, avanzando en cierta manera lo que iba a ser la novela psicológica y criminal en el futuro. Una de ellas, Before the Fact, traducida en castellano indistintamente como Sospecha o Premeditación, sería llevada al cine por Alfred Hitchcock en la película titulada en inglés Souspition y en España Sospecha, si bien la versión cinematográfica no pudo convertir al personaje interpretado por Cary Grant en el asesino imaginado por Iles en su novela (gajes del star system). Siguió alternando esas novelas tan especiales con las clásicas de misterio y deducción, pero finalmente abandonaría el género, insatisfecho con una y otras, para dedicarse a otras tareas, periodísticas y literarias (principalmente con el nombre de Francis Iles...), hasta el final de su vida. Nacido en 1893, falleció en 1971, su nombre completo era Anthony Berkeley Cox. No se le recuerda más que raramente, pero es uno de los pocos, muy pocos, autores de novela deductiva clásica que merece la penar releer, mucho más que el anquilosado S.S. Van Dine o la aburrida Dorothy Sayers, por no mencionar a los tantos que yacen en el olviddo. Berkeley tenía ingenio, o, mejor dicho, una desfachatez increíble en sus novelas escritas bajo ese nombre; su estilo como Francis Iles era más grave y adusto, pero literariamente muy pulcro y cuidado. Que era un hombre inteligente, se le nota en su estilo. Quizá por eso se sentía insatisfecho llevando metido el corsé de la novela deductiva, y luego en la policial a secas. Su relectura aporta una frescura (en todos los sentidos...) que no se hallan en ningún otro autor de aquella época; ni de las siguientes tampoco, si vamos a eso... Sus obras como Francis Iles se publicaron en la editorial Debate hace años, y las firmadas como Anthony Berkeley aparecieron, cómo no, en El Séptimo Círculo, y hace unos años un par de ellas en Versal.
     
     
     
    March 15

    YO AMO LA BOMBA ATÓMICA


    (c) 1983 by J.C. Planells
     
    [Este relato satírico --conviene aclararlo porque alguien es capaz de creer que va en serio-- fue publicado en Opción, nº 7, con el título de "Yo amo a la bomba atómica"; el editor lo calificó más cercano al pitorreo que a la sátira. Conviene recordar que cuando fue escrito el relato --principios de la década de 1980-- volvía a estar "de moda" el peligro atómico. En relación con el original he corregido algunos detalles de redactado y eliminado una frase final, precisamente para evitar también malas interpretaciones.]
     
     


        ¿Qué opina usted sobre la bomba atómica?
     
        --Bueno, no me parece mal, ¿sabe? Entre que la palmen los rojos o nosotros, siempre es mejor que sean ellos, ¿verdad? Quiero decir que si somos nosotros quienes empleamos la bomba, pues que está bien. Es un medio de disuasión, como dicen en los discursos. Y si no se les puede disuadir con palabras, pues habrá de ser con bombazos. Sí, a mí me parece bien la bomba.
     
        --Hay que emplearla. Para algo se tiene, ¿no? Es como el que tiene un tenedor en casa y come con los dedos. O como el que se compra una radio y no la enciende nunca. Si se tiene algo, será por algo, digo yo. Tenerla y no usarla es de idiotas. Sencillamente de idiotas. Hay que usarla.
     
        --Bueno, una gran ilusión. El rival es fuerte, pero nosotros estamos convencidos de que ganaremos. Tenemos una gran ilusión, mucha moral y espíritu de victoria. Creo que podemos ganarles por uno a cero. Ah... ¿que no es eso? Bueno, de todas formas creo que ganaríamos.
     
        --Particularmente no me interesa la bomba atómica. Entiéndame, habiendo bombas de neutrones, ésa que deja los edificios en pie y no destruye el paisaje, sólo mata a la gente, son ganas de emplear la otra. Sí, yo abogo totalmente por la de neutrones. Es lo que llamaríamos "un bombazo limpio", ja, ja. La bomba atómica ya está superada. No interesa.
     
        --Mira, tío: hay que sacudirles, ¿sabes?, ¿oyes? Uno ya está hasta los cojones. Que se vayan a tomar por culo con o sin bomba. Si la quieren tirar, que la tiren, pero que no se lo piensen tanto, coño.
     
        --Evidentemente, debe de ser todo un espectáculo el tirar una bomba atómica. Yo he visto en noticiarios el lanzamiento sobre Hiroshima y es algo fastuoso, sublime. Creo que sería maravilloso contemplar desde encima de las nubes un lanzamiento masivo de bombas. Un espectáculo realmente maravilloso. Desde tierra no se puede apreciar bien, según pienso. Me gustaría estar en un avión sobrevolando la zona y ver estallar todas las bombas, con esa forma de seta que producen, tan atractiva. Sería estupendo poder verlo. La gente hoy día quiere espectáculo, diversión, el "más difícil todavía". Creo que con eso podría lograrse. Sí, lo creo.
     
        --Qué quiere que le diga. Una bomba es siempre una bomba. Yo no le veo diferencia. Por mí, que las tiren todas.
     
        Puesto que no nos es posible ofrecer una entrevista con una víctima directa de una bomba atómica, hemos recurrido al famoso escritor Grathan Rosen para que, basándose en documentos reales, nos escriba un guión original sobre cómo hubiera podido ser dicha entrevista. Grathan Rosen ha accedido amablemente a nuestra petición y seguidamente les ofrecemos la grabación. Sus intérpretes son Lewis Harper en el papel del periodista y el popular actor infantil Ricky Schroeder como el niño inmolado.
     
    ENTREVISTA CON UNA VÍCTIMA DEL HOLOCAUSTO NUCLEAR, por Grathan Rosen. Copyright 1984 by Grathan Rosen. prohibida la reproducción oral, escrita o cinematográfica sin autorización del autor o sus agentes, Paul Bigay Associates Inc., New York.
       
        (música de violines, triste)
     
    PERIODISTA.- (con voz grave, contenida) Hemos conseguido que los doctores que atienden al niño Jimmy Smith nos permitan entrevistarle. Estamos en la habitación del hospital que le ha sido asignada. Una habitación quizá como otra cualquiera, quizá no. Hay en ella un aura triste, solitaria, melancólica. Como si algo se hubiera roto en ella. Como una promesa truncada. (pausa) Ante mí, una cama. Una cama como otra cualquiera. Quizá. O quizá no. Sobre ella, un cuerpecito. Un niño. Un niño de once años. Rubio, de ojos azules. Ayer jugaba con su pelota por las calles de una ciudad. Una ciudad cualquiera. O quizá no. Una ciudad como la de ustedes. Como la de usted. Ese niño podría ser como su hijo. Piense que es su hijo. Les he dicho que es rubio y de ojos azules. Les he mentido. Era. Era rubio. Su cabeza ya no tiene pelo. Sólo unos mechones, unas crestas. Su divino pelo quedó perdido atrás, allá en las calles de esa ciudad donde jugaba. Quizá haya unos mechones rubios persiguiendo la pelota con que el niño jugaba, con que Jimmy jugaba. Quizá no. Quizá esos mechones se los llevó el viento, el mismo viento que, silbando, le trajo la bomba. (pausa) Tampoco sus ojos son azules. Sus ojos ya no ven. No verán nunca más. Sus ojos captaron el resplandor del fénix de fuego de la bomba y se llenaron de él. Sus ojos bebieron la gran llamarada y están inmersos en ella. Sus ojos no verán nunca más la pelota con que jugaba. (emoción contenida) Jimmy, Jimmy, ¿puedes oírme?
    JIMMY.- (con voz muy débil) Sí...
    PERIODISTA.- Jimmy, hijo, ¿cómo te sientes?
    JIMMY.- No... lo... sé...
    PERIODISTA.- ¿Sientes dolor?
    JIMMY.- Creo... que yo... soy el do... lor. Todo... el dolor... del mund... o...
    PERIODISTA.- Lo comprendo, Jimmy. Estoy mirando su rostro. Ese rostro sonrosado que fue acariciado por los rizos rubios. Ese rostro que hubiera hecho las delicias que cualquier maricón de parque o de playa. Ya no será así. Su rostro es negro, quemado, sin piel, en algunas zonas sin carne. Veo un hueso. Creo que es el pómulo derecho. Sus labios no existen. Esos labios que besaban a mamá antes de acostarse, ya no existen. Su boca es una brutal raja que deja al descubierto media dentadura. La otra media... quién sabe a dónde fue a parar. Voló acaso tras la pelota, en su infantil juego. Jimmy, hijo, ¿cómo vas a comer ahora con tan pocos dientes?
    JIMMY.- Papillas... y con... un tubo.
    PERIODISTA.- Con un tubo. Así, tal como lo oyen. Con un tubo. Se acabaron para él los pasteles, los caramelos, el chicle. Pero hay más. Hay mucho más. Uno de sus brazos ha desaparecido. El otro queda. Queda hecho una masa casi informe. Tres dedos han volado. Quizá trataron de agarrar el brazo que fue arrancado de su cuerpo. Quizá no. Sus piernas, de rodilla abajo también han desaparecido. Acaso también estén corriendo tras la pelota, o acaso no. Y su pene. Ese pequeño pene infantil, que con el tiempo se hubiese convertido en un poderoso miembro viril, ha sido arrancado de cuajo. Jimmy no conocerá jamás el placer de la masturbación. Incluso este consuelo le ha sido arrebatado. ¿Qué piensas de esto, Jimmy?
    JIMMY.- No... lo sé...
    PERIODISTA.- Claro que no lo sabes. No te han dado tiempo a que lo supieras. Todo su cuerpo está en carne viva, hecho una inmensa llaga. Una llaga que grita a la humanidad entera ¡no! ¡no! ¡no! Y yo grito con él. Y lloro con él. ¡No! ¡no! ¡no!
    (el periodista llora. Sube la música de fondo.)
     
        Seguidamente les ofrecemos la canción de The Son of Bitch, "Holocausto de placer".
     
     
        Ya no quiero más esperanzas,
        ya no quiero más futuros.
        He visto todo lo que tengo que ver,
        lo demás ya no me importa.
        Pintaremos de rojo el firmamento
        y cantaremos debajo de la bomba
        en un holocausto total de placer,
        en un holocausto total de placer.
        Quiero que vengas cuando oigas del silbido
        no quiero que te demores
        pues hemos de estar juntos cuando suceda.
        Nena, dame tu sexo en el holocausto,
        en un holocausto total de placer,
        en un holocausto total de placer.
        Será como un viaje poderoso
        en el que entraremos de cabeza
        unamos nuestro cuerpo de una vez
        mientras todo se derrumba a nuestro lado,
        en un holocausto total de placer,
        en un holocausto total de placer.
        Adiós, Estatua de la libertad,
        buen viaje, cataratas del Niágara,
        nos vemos, Montañas Rocosas,
        también tú caes, Casa Blanca,
        en un holocausto total de placer,
        en un holocausto total de placer.
        Oh, yeah...
     
        --Es que a mí la bomba atómica me parece poco. No sé. No destruye gran cosa que digamos. Cuando ves esas películas de ciencia ficción en que todo un planeta se va a hacer puñetas, y ves que con una bomba de esas sólo se destruye una ciudad..., la verdad, no me impresiona demasiado. Habría que buscar algo más fuerte. Vamos, digo yo...
     
        --Bueno, a mí me parece clarísimo que una buena bomba acabaría con todos los problemas: el paro, la economía, el terrorismo, la crisis... Ya lo creo. Por eso a mí me parece muy bien. Sí, sí. Que la tiren, que la tiren.
     
        --Hombre, je, je. A mí me interesa la bomba atómica. Figúrese usted: soy fabricante de refugios antiatómicos. El año pasado construí 1.250 y tengo pedidos para construir otros mil. Todos a particulares, por supuesto, je, je. ¿Qué pasa entonces? Que si no se utilizan, me reclamarán. Cuando alguien compra una casa es para utilizarla, ¿no? Si no tiran las bombas de una vez, me encontraré con que mis clientes me exigirán la devolución de lo pagado, alegando que no lo pueden aprovecvhar. ¿Qué pasará? Mi empresa arruinada, mis trabajadores a la calle (tengo empleados a doscientos). Más paro, etcétera, etcétera. Je, je. Conque usted mismo ¿no? Uno ha de mirar por el negocio.
     
        --Dos mejor que una.
     
        --Hijo mío: toda vida humana es sagrada. Pero algunas son más sagradas que otras... Ji, ji,ji.
     
         Una encuesta comercial recientemente efectuada demostró que las pegatinas y adhesivos de mayor venta entre los jóvenes son las siguientes: en primer lugar, "Yo la bomba atómica". En segundo lugar, "Yo  The Beatles". A continuación, "Yo David Bowie", "Yo  Lina Morgan"... Profesor Underwood, ¿cuál puede ser el motivo?
        --Ejem, la originalidad. los chicos compran pegatinas con el nombre de sus grupos favoritos de... esto... de rock. Pero "Yo  la bomba atómica" es más original, más llamativa, distinta... er... personal... Ya se sabe, a los chicos les gusta llamar la atención.
        ¿Y eso es todo?
        --Verá, no se me ocurre nada más, oiga.
     
        Una interesante noticia de última hora. A partir del próximo mes podrán adquirirse en las armerías de todo el estado bombas atómicas de bolsillo. Ello obedece a la aplicación de la nueva ley aprobada por el Congreso sobre venta de armas defensivas. El incremento de la delincuencia y la inseguridad ciudadana han aconsejado una mayor venta y liberalización de armas para uso particular, previa licencia. Y ahora, un simpático mensaje de nuestro patrocinador.
     
        TODO VA MEJOR CON COCA-COLA, TODO VA MEJOR.
        ¡SI ENVÍAS 20 CHAPAS DE COCA-COLA TAMAÑO FAMILIAR AL APARTADO DE CORREOS 687868786 RECIBIRÁS UN FOLLETO SOBRE CÓMO MONTAR TU PROPIA BOMBA ATÓMICA EN CASA Y PASARLO ESTUPENDAMENTE! ¡TODO VA MEJOR CON COCA-COLA! ¡Y DATE PRISA! ¡la oferta terminará el 31 DE MAYO PRÓXIMO!
     
        Bien, con esto terminamos por hoy.
     
     
    FIN.- 
     

    March 12

    EL ORO DE NÁPOLES, de Vittorio de Sica: Postales napolitanas

     
    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     


    Sin que nadie le haya hecho el menor caso, ha aparecido en DVD un film no estrenado en España de Vittorio de Sica: El oro de Nápoles, realizada en 1954. Parte de una novela de Giuseppe Marota, que ha colaborado con De Sica y Cesare Zavattini (habitual coguionista de De Sica) en la adaptación. Esta película presenta seis historias situadas en Nápoles, de tono muy distinto: cómico y trágico, sainetesco y melodramático, humorada y sátira, pasando así de un tono a otro, lo que consigue mantener la atención del espectador.
    De Sica, como realizador, ha contado con un aprecio irregular: se celebra su Ladrón de bicicletas, como pieza fundacional del neorrealismo (o una de ellas, vaya), pero se ignora la intermedia y se desdeña mucha de su producción final: El viaje, El jardín de los Finzi-Contini, Amantes, Los girasoles... Como llevo leyendo crítica cinematográfica desde 1967, aproximadamente (o antes, si contamos las que leía de niño en el periódico y que llegué incluso a coleccionar...), he comprobado el menosprecio que ha rodeado casi siempre el trabajo como director de De Sica. Más o menos se ha llegado a decir de él que era un "vendido" y un "traidor" por dirigir a Sofia Loren y Mastroianni en tantas películas (tampoco fueron tantas) y por servirle en bandeja el Oscar a la Loren por Dos mujeres. De hecho, los puristas del cine (los que se fuman un puro, en geniales palabras de Albert Solé) parecen querer olvidar que hay vida después de Ladrón de bicicletas. O sea, que De Sica seguía vivo. Si a eso le sumamos que durante muchos años --décadas--, lo único que muchos conocieron de él como director era la mencionada Ladrón de bicicletas, más Dos mujeres, Matrimonio a la italiana y sus últimas realizaciones --al no haberse "inventado" aún el DVD ni el VHS, era imposible ver apenas nada de su filmografía, que no sino una relación de títulos inéditos u olvidados en cualquier libro de cine--, no debe sorprender el desprecio que se le mostró durante años.
    Algunos de quienes le despreciaron durante años ahora incluso hablan bien de De Sica. ¡Ah, collons! Ahora ya se habla bien de su trabajo como director: El techo, Umberto D, El limpiabiotas... Ahora los mismos que le miraban por encima de su crítico hombro, reconocen que es un buen director, y que el mérito de sus películas es suyo, no de Zavattini. ¡Ah, collons! Realmente, si alguien buceara en revistas antiguas de cine (o en números atrasados...), como hacen otros en hemerotecas respecto de los periódicos, se llevaría no pocas sorpresas. Los mismos que antes renegaban y vilipendiaban a De Sica y a Dassin (por citar otro caso entre muchos de "revalorización" crítica inesperada por parte de sus detractores), ahora son los primeros en apuntarse a hablar bien de él.

    Ahí va un ejemplo: en 1976, cierto crítico de cine le calificó de "nefasto De Sica". En 1988, ese mismo crítico escribió: "... el supuesto esplendor del cine de Vittorio de Sica es, para mí, más que dudoso [...] no siento ningún aprecio por la obra de este realizador, portavoz de la democracia cristiana junto con el Papa Rossellini, que si se distinguió por algo fue por rodar las películas más blandas del llamado neorrealismo [...]. El día en que se vuelva a mirar todo este cine con una mirada moderna, desatendiendo la sarta de lugares comunes que han ido legando las diversas historias del cine para mayor acomodo de mentes perezosas, habrá más de una sorpresa". Y la sorpresa, pues, ha sido que muchos años después de estas líneas (y de lo de "nefasto De Sica"), el mismo crítico ha escrito varias críticas elogiosas sobre films de De Sica ¡y ha hablado bien de él! Así es la crítica de cine que nos hemos mamado en España (crítica, dicho sea también de paso, a la que le reventaba que De Sica fuera el director de Ladrón de bicicletas, conviene dejarlo claro...).

    Que De Sica no era el inútil que se empeñaron en  hacernos creer desde finales de la década de 1960, y durante toda la de 1970, más la de 1980 en que ni se mentaba su nombre, es algo que se percibe viendo sus películas. ¿Que unas son mejores que otras? Vaya, lo mismo cabe decir de John Ford o de Alfred Hitchcock (ya no digamos de John Huston). ¿Que en su última etapa no hay muchos títulos memorables y algunos pecan de comerciales? Pues igualito que otros directores de relumbrón del cine italiano, a los que el miracolo les pilló a contrapié (de hecho, a casi todos) con lo cual se produjo un cierto "reciclaje" no siempre triunfante. Y por supuesto que tiene mejores y peores films, unos más comerciales y otros menos: eso no se discute. Pero una reciente revisión de Los girasoles --insultada como pocas en su tiempo-- nos demuestra que De Sica sabía pulsar lo sentimental sin caer en lo sentimentaloide, que algunas escenas conmueven sin necesidad de alardear con la técnica, y que la fuerza del film está en la manera callada, discreta, en que se presentan los hechos. No hay, cinematográficamente, la menor diferencia entre Dos mujeres, Ladrón de bicicletas y Los girasoles. Es el mismo estilo, el mismo tono, la misma manera serena, despojada de artificios, de contemplar/seguir a unos personajes y su tránsito en tiempos difíciles. Puede que alguna historia interese más que otra, pero la forma es la misma: De Sica sigue a los personajes con su cámara, en lugar de moverlos como monigotes al estilo de otros directores.
    Ese estilo De Sica (que existe) es identificable en la manera que ofrece uno de los segmentos de El oro de Nápoles, el único de los seis que se puede decir que carece de argumento, y que podemos titular como "El funeral" o "El pequeño funeral". Es, además, junto con el último --interpretado por Eduardo de Filippo--, el más breve. En "El funeral" la cámara se limita a seguir o preceder (a veces en planos de larga duración) el cortejo fúnebre de un niño hasta el cementerio, pasando por las calles de Nápoles, con la madre (una impresionante Teresa De Vita) y la hermana del niño a la cabeza del cortejo. Eso es todo, no hay más. El resto... es belleza, serenidad, silencio solo roto por los gritos de unos niños que recogen los caramelos que la madre les lanza al paso del cortejo, sentimiento... De Sica consigue sin que se note hacernos sentir el dolor y la serenidad de la madre durante el recorrido del cortejo. Que a un director capaz de conseguir esto tan simple se le haya negado el pan y la sal durante años, y se le calificase de "nefasto" es una demostración de la absoluta inutilidad a veces de buena parte de la crítica.
    Por decir algo más del film, quizá el segmento "Pizza a crédito" (con Sofia Loren) es el menos interesante desde el punto de vista argumental. El primero "El guapo", con un genial Totó, y el último "El profesor", con Eduardo de Filippo, tienen ciertos puntos comunes: tipos excéntricos, situaciones grotescas, todo ello resuelto con sencillez y efectividad. Los segmentos de Silvana Mangano y el que interpreta el propio De Sica son irregulares: el primero entra en el melodrama, narrando la historia de una prostituta que se casa con un hombre de dinero, cuyas intenciones son las de castigarse a sí mismo con ese matriminio por haber provocado el suicidio de una muchacha enamorada de él. Lo mejor, el final, con la Mangano huyendo la misma noche de bodas de la casa del marido, rabiosa por la burla de que se considera objeto, su errar en la calle, mirando la casa de la que ha salido... y su claudicación final al volver a ella porque el otro camino es volver al burdel. No deja de ser digno de notar cómo ese final --más casi todo "El funeralito"-- se basen únicamente en la imagen cinematográfica y en el silencio. Y luego dicen que De Sica sólo hizo una película buena... En cuanto al segmento interpretado por De Sica es, ciertamente, algo menor argumentalmente (un puro divertimento) aunque de realización correctísima; su detalle final (el niño solo en la casa, cogiendo al gatito del suelo y poniéndolo en su regazo) revela ese toque De Sica (ese que se le niega siempre). Por cierto, un detalle que llama la atención y seguramente muchos no notarán: en el segmento interpretado por Silvana Mangano, cuando es presentada en la casa del que va a ser su marido, todos celebran la visita de una tal "señora Cucurulla", especialmente ese marido, algo que reaparece en Matrimonio a la italiana, cuando en el duelo por la madre de Mastroianni, este corre a saludar compungido a una tal "señora Cucurulla", físicamente casi idéntica a la de El oro de Nápoles. Da la vaga impresión de que esas apariciones (casi cameos) de la tal "señora Cucurulla" (que en realidad, apenas vemos) fuera una broma privada de De Sica y Zavattini.
    Si de algo ha servido la llegada del DVD para todos los amantes del cine --además de para que Gregorio Morán hiciera el ridículo hace poco en La Vanguardia, criticando a quienes ven cine en DVD-- ha sido para poner de una vez por todas muchas reputaciones donde deberían haber estado siempre. Celebremos, pues, haber podido ver finalmente este magnífico film. 
     

    March 11

    DANGEROUS CROSSING, de Joseph M. Newman: Un argumento de John Dickson Carr


    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    Esta modesta película, inédita en España, fue rodada en 19 días en 1953. Se trata de una producción de la 20th. Century Fox, con una duración de 76 minutos, y de bajo presupuesto, aunque la primera impresión al verla no sea ésa. La razón es que se rodó en los mismos escenarios que otras dos películas coetáneas del mismo estudio: Los caballeros las prefieren rubias y El hundimiento del Titánic, producciones que contaban con un presupuesto más holgado; de ahí que viéndola no dé la impresión de modestia que en realidad tiene. Incluso el vestuario de alguna de las actrices --como se nos cuenta en un documental de los extras en la edición en DVD-- es el mismo que el de una de las protagonistas de Los caballeros las prefieren rubias. Evidentemente, ésa era una de las ventajas del cine realizado en los grandes estudios, dotar a sus producciones con lo más adecuado o aprovechar decorados simultáneamente para otro film. 
    En la parte argumental, la historia que nos cuenta es muy familiar al espectador avezado: una persona desaparece repentinamente y nadie cree en su existencia por más que su acompañante afirme que existe. Recordemos sin más films como Alarma en el expreso, de Hitchcock, Extraño suceso, de Terence Fisher, o más recientemente Plan de vuelo: Desaparecida, de Robert Schentke.
    Aquí es lugar donde transcurre la acción es un trasatlántico de lujo, en el que se embarca una pareja de recién casados. Mientras el marido va a realizar una gestión con el sobrecargo, ella permanece a la espera en el comedor. Pero el tiempo va pasando, y el marido no regresa. Cuando, alarmada, le busca, resulta que el camarote que ocupaban está vacío, sus nombres no aparecen en la lista de pasajeros, el equipaje de la joven esposa está en un camarote distinto, y nadie cree en la existencia de ese marido que nadie ha visto a bordo en su compañía... Evidentemente, todos la toman por loca.
    Una intriga, pues, algo familiar, que en este caso parte de un guión radiofónico de John Dickson Carr, titulado Cabin B-13, emitido en un programa para el que escribió una docena o más de guiones. Lo protagonizó una muy notable Jeanne Crain, buena actriz que no logró la popularidad que se merecía, y lo dirigió con notable pericia Joseph M. Newman, director en general de westerns o thrillers, pocos de los cuales se han visto en España, pero que resolvía con eficacia la papeleta: entre los films más conocidos se cuentan el de ciencia ficción This Island Earth y el western El sheriff de Dodge City. En esta modesta y breve producción extrae muy buen partido de los decorados del trasatlántico, convirtiendo a ratos el film casi en una muestra de terror, con el uso de la sirena antiniebla, omnipresente e inquietante cada vez que los personajes pasean por una cubierta envuelta en la niebla. Un film policial entretenido y bien resuelto.

     
    March 09

    LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES, de Charles Dickens


    (c) 2009 by J.C. Planells

     

    The Old Curiosity Shop, traducida en castellano como La tienda de antigüedades o Almacén de antigüedades --en Aguilar (Obras Completas de Dickens) y en Sopena, respectivamente--, es, por un lado, una de las novelas más populares de Dickens, pero por otro una de las menos celebradas. Huxley denosta de ella con ganas (Huxley suele denostar a Dickens, habitualmente), y Chesterton se las apaña para no emitir un juicio preciso sobre ella, limitándose a señalar algunas virtudes tangenciales. En conjunto, y comparada con el resto de la obra de Dickens, cabe situarla como entre las menos estudiadas, y también como una de las menos traducidas y comentadas en castellano.
    A eso contribuye sin duda una razón digamos que estructural. El origen de la novela se sitúa en 1840, cuando Dickens lanza una revista nueva, El reloj de maese Humphrey, con una finalidad poco concreta, aparte de publicar en ella historias sueltas narradas por ese tal maese Humphrey y sus amigos, reunidos todos en torno de un reloj de pared. Es decir, no hay un patrón argumental fijo, sino un desfile de personajes e historias de todo tipo (reaparece incluso el señor Pickwick en una de ellas). En el número IV de esta publicación empieza una narración en que maese Humphrey, durante uno de sus habituales paseos nocturnos por la ciudad, llega a un  lugar apartado y se encuentra con una niña que le ruega la acompañe a su casa, pues se ha extraviado de regreso de un recado al que su abuelo la ha mandado. Ese abuelo vive en una vieja tienda abarrotada de trastos y antigüedades. Por lo visto, Dickens partió de alguna anécdota verídica para contar otra nueva historia, más descriptiva que otra cosa, de maese Humphrey. Pero pronto decidió abandonar a Humphrey, a sus amigos y las historias en torno al reloj, para proseguir con la de la pequeña Nelly, su abuelo, el enano Quilp, el joven Kit, Erik --hermano de Nelly-- y el amigo de francachelas de éste, Rick, y los demás personajes que se van incorporando a lo que acabó siendo esta novela, La tienda de antigüedades, cuya publicación en la revista El reloj de maese Humphrey se prolongaría hasta su número XLV, y, tras un pequeño retorno de maese Humphrey despidiéndose de la historia --omitido, naturalmente, en la edición como novela--, albergaría en esa publicación la siguiente novela, Barbaby Rudge, desde el XLVI al LXXXVII, una narración de ambiente histórico ya sin coartada alguna de Humphrey de por medio, y que está argumentalmente mucho mejor estructurada y planificada (lógico, partiendo de un acontecimiento histórico que se limita a novelar) que La tienda de antigüedades. Digamos, para terminar con estos preliminares, que los fragmentos de El reloj de maese Humphrey con los relatos que ocuparon los números I a IV serían reunidos en un volumen con idéntico título, incluyendo también los que hicieron de puente entre ambas novelas, más algún fragmento posterior, componiendo así un breve (y poco interesante) volumen.
    Tenemos, por tanto, que La tienda de antigüedades es una novela carente de planificación y escrita "sobre la marcha", por así decir. Humphrey se retira como narrador y testigo de los acontecimientos al final del capítulo III de la novela, dejando "a los que tienen un papel necesario y saliente en ella que hablen por sí solos", y a partir del capítulo IV, se pasa a narrar en tercera persona.
    Evidentemente, el que una novela carezca de planificación no la hace necesariamente fallida o imperfecta. Los papeles póstumos del club Pickwick adolecía de lo mismo, si bien los motivos para ello eran muy otros precisamente, debido en ese caso a la deliberada ausencia de planificación de la historia: se trataba simplemente de seguir las andanzas algo pintorescas de unos personajes por diversos lugares y pueblos (aunque, evidentemente, los desvíos de libro son enormes y se hace evidente que en algunos momentos el autor ya no sabe muy bien cómo o dónde encajar a alguno de los personajes con que inició la historia). Pero al convertirse La tienda de antigüedades en novela por derecho propio, en lugar de anécdota ocasional de maese Humphrey, la inexistencia de un plan narrativo concreto se hace mucho más notoria desde el momento en que Dickens decide centrar su atención en los personajes que Humphrey ha conocido y dejar "que hablen por sí solos", como actores que improvisaran en un escenario. A la postre, el libro acaba pareciéndose un tanto al propio errar de Nelly y su abuelo por caminos y pueblos ingleses, fugados de lo que ya no es su hogar (lo mismo que El reloj de maese Humphrey no es su historia), sin lugar al que ir, simplemente seguir huyendo para no ser encontrados por Quilp, o separados la una del otro. Y no es que esto, en sí mismo, no carezca precisamente de cierta grandeza argumental, pues la tiene, desde luego, pero denota en el fondo que Dickens se deja llevar ahora por unos personajes, ahora por otros, a fin de conseguir establecer (o armar) con el conjunto una novela completa. Como señala Chesterton, el título de la novela es totalmente inapropiado (es el más inapropiado en todo Dickens, desde luego), puesto que la acción en esa tienda se circunscribe a unos pocos capítulos iniciales y pronto desaparece de la acción por mor de los acontecimientos (y del desmantelamiento a que la somete Quilp).
    Tenemos, además, un dato acaso poco estudiado (supongo: no conozco estudios sobre esta novela) y que llama la atención por lo desconcertante: ¿cuál es la edad concreta de Nelly, a la que en la novela se alude como "la chiquilla" o "la niña", dependiendo de las traducciones consultadas? No se nos dice en momento alguno, aunque sí conoceremos el dato de que Erik --su hermano-- tenía doce años cuando Nelly nació, y en la novela es un hombre joven de unos veintitantos, lo mismo que su amigo Rick. En su primera aparición (cap. I), Humphrey nos dice al encontrarla en la calle, "... la chiquilla, ya que sin duda lo era, si bien creí posible, por cuanto pude colegir, que su pequeñísima y delicada figura dábale un aspecto singularmente juvenil" (traducción de Aguilar, Obras Completas). Todo ello, junto con las reiteradas alusiones a Nelly como "la chiquilla" (trad. Aguilar) o "la niña" (trad. Sopena) producen consecuentemente no poco desconcierto e incluso disgusto en cuanto aparece en escena el repulsivo Quilp, un enano cuya deformidad moral supera la física, y que resulta mucho más detestable que otros personajes dickensianos como Fagin o Scrooge. Quilp no oculta en lo más mínimo la pasión erótica que siente hacia Nelly, a la que le insinúa sin reparos le gustaría que fuera su segunda esposa (pues está casado con una infeliz a la que atormenta con sadismo). El deseo --claramente carnal-- de Quilp por la chiquilla le llevan a decirle al abuelo de Nelly, tras ver cómo le da un beso de despedida: "¡Vaya un capullito modesto, fresco y lozano! ¡Qué llenita, qué mona y sonrosada está nelly! [...] ¡Es tan [...], tan pequeña, tan apretada, tan bellamente modelada, tan linda, con unas venas tan azules y una piel tan transparente y unos pies tan pequeños y unos ademanes tan cautivadores!..." (trad. Aguilar; en Sopena el fragmento es muy simplistamente traducido). Sinceramente, tras todo este rosario de elogios (los llamaremos así), pronunciados por Quilp en estado de, digamos, excitación, y con el fin añadido de atormentar al abuelo de Nelly, es inevitable pensar que, en lenguaje de hoy, Quilp es un guarro.
    Y Quilp es, en verdad, lo que más anima la novela en sus apariciones en escena: sus salidas de tono, sus exabruptos, su brutal manera de tratar a cuantos están a sus órdenes directa o indirectamente o conviven con él diariamente, su humor salvaje y brutal, su manera de manosear la vida de Nelly y su abuelo, las intrigas que monta con unos y otros, contra estos y aquellos. Así la novela sube en interés dependiendo de quién sea el personaje central de la acción de diversos capítulos seguidos. El peregrinaje de Nelly y el abuelo aporta poco interés, excepto el sentimental de ese vagar angustioso sin rumbo ni destino, huyendo del guarro del enano que ha destruido sus vidas; las aventuras de Kit, el amiguito de Nelly, ofrecen poco más que el servir de relleno y propiciar finalmente la caída de Quilp; los avatares de Erik y Dick son más interesantes, aunque, ay, escasos, y participan cuando están ambos en escena de ese sarcasmo demoledor que desplegaba Dickens en sus momentos más inspirados. Pero aquí tenemos otra muestra de esa carencia de planificación: Dick, personaje en principio negativo (para Chesterton, de los mejores de Dickens, opinión que nos desconcierta un tanto) debido a su amistad con Erik y su vida disipada (y caradura: aspira a casarse por dinero, o a heredar de una tía rica), acaba reconvirtiéndose en personaje positivo sin que esa evolución esté muy marcada (y menos teniendo en cuenta que se relaciona con el guarro de Quilp y con Brass, uno de sus sicarios para los trapicheos, a cuyas órdenes entra a trabajar por designación de Quilp). Da la impresión, pues, de que Rick sea usado por Dickens un poco como personaje comodín para resolver en parte la intriga final, pues Dick Swiveller se redime un tanto sobre la marcha, pasando de la grisura a la frescura, de ahí a la madurez y luego a la responsabilidad y la nobleza. Todo parece un tanto precipitado, en suma, y al lector le puede costar un poco aceptar ese cambio en el personaje (que conviene decir aspiraba a convertirse en cuñado de Erik casándose algún día con Nelly, en caso de no poder hacerlo con una rica heredera, lo cual es aprovechado por Quilp para engañarle por sus propios fines).
    Como es bien sabido, la novela finaliza con la muerte --anunciada-- de la infeliz Nelly, lo que desató no pocas iras, protestas y denuestos, además de lágrimas mil, pues los lectores se lo veían venir e imploraban reiteradamente a Dickens, conforme se sucedían las entregas de la novela y se presentaba el depauperado estado físico de Nelly en su vagabundeo con el abuelo, que no la matase. En todo caso, esto sí fue algo que Dickens tuvo claro quizá desde el principio, o al menos, desde que decidió retirar de escena a Humphrey y adentrarse por su cuenta en el relato de Nelly, el abuelo, el guarro de Quilp y el resto de personajes. Aunque los motivos para ello pueden discutirse, todo apunta a que Nelly estaba inspirada en una persona que Dickens conoció y que falleció en circunstancias parecidas. En una carta a un amigo suyo, Dickens decía a propósito de la muerte de Nelly cuando aún no había escrito los capítulos finales de la novela: "Es tan doloroso para mí, que, en realidad, no puedo expresar mi pesadumbre. Sólo al pensar en la manera de hacerlo sangran de nuevo las viejas heridas". Ergo, al hablar de "viejas heridas" está claro que hay una base real que formó el personaje de Nelly, y algunos señalan en este sentido a la cuñada de Dickens, Mary Hogarth, muy querida por el novelista y muerta en plena juventud. Dickens escribió el epitafio que hay en su tumba. Aun así, en esas páginas finales --tras un buen trecho de novela que se ha dedicado a describir la intriga de Quilp contra Kit, y el posterior desenmascaramiento del guarro del enano y sus cómplices, olvidados Nelly y el abuelo muchos capítulos atrás--, cuando finalmente Kit y el forastero misterioso, junto con otros personajes, llegan a donde se ha descubierto residen la chiquilla y el abuelo, ella ya está muerta. Dickens nos ahorra --o se ahorra a sí mismo-- el dolor de describir su agonía y muerte. El lector y los personajes la encuentran ya yerta y fría sobre su cama, y el abuelo perdiendo la razón poco a poco porque se niega a admitir esa muerte, siendo él en buena parte responsable de haberla conducido al estado que ha provocado su fallecimiento. Así, el capítulo LXXI, cuando llega Kit a la casa donde han estado ellos dos, donde Nelly yace tendida en su cama, no es más que un constante recital del abuelo insistiendo en que la niña duerme. "Es un sueño perfecto y feliz, ¿verdad?", le pregunta a uno de los visitantes. "¿Y el despertar?", insiste. "Feliz también", le contestan. "No debemos despertarla", dice el abuelo una y otra vez. En el capítulo siguiente, cuando se produce el entierro de Nelly, todos conspiran para ocultarle la realidad de ese entierro: el abuelo entra en la casa del sepulturero y le pregunta: "¿Enterráis a alguien hoy?", y el sepulturero, que ha sido amigo de Nelly y la ha acompañado en sus paseos por el cementerio, le contesta: "¡No, no! ¿A quién íbamos a enterrar? [...] ¡Hoy es fiesta para nosotros! [...] No tenemos nada que hacer". Son unas páginas inspiradas, sentidas, que despiden una descompensada novela en la que perdura la dulzura de Nelly, la monstruosidad moral de Quilp, y algunos aislados fragmentos del Dickens sarcástico.
     
    Nota: Actualmente circula por ciertas librerías de saldo una edición de la novela claramente expurgada que, sin embargo, se anuncia como "íntegra" y va precedida de un estudio introductorio. Esta edición se dividide en dos partes y lleva títulos en lugar de numeración de capítulos. La edición normal consta de 73 capítulos sin título (algo raro en Dickens) ni divisiones en partes.

    Otras novelas de Dickens comentadas en este blog:

    *Tiempos difíciles (29 setiembre 2007)

    *Casa desolada (6 febrero 2008)

    *Barnaby Rudge (10 junio 2008)

    *El misterio de Edwin Drood (23 octubre 2008)

      

    March 08

    GALERÍA DE MUJERES (44). RITA MORENO: Una latina en Hollywood


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     

    Ahora que las latinas están más o menos de moda en el cine de Hollywood, no estaría mal echar una mirada al pasado, a alguna de las que las precedieron pero no tuvieron la misma suerte que las actuales. Como Rita Moreno, por ejemplo, que no fue la primera, por supuesto, pues antes estuvieron Lupez Vélez o Carmen Miranda; sin embargo, aunque ambas fueron estrellas de Hollywood, murieron tempranamente (a los 36 y 46 años, respectivamente) y en circunstancias trágicas.
    Rita Moreno no ha conseguido ser del todo una estrella en Hollywood, aunque sí una profesional de éxito en el mundo del espectáculo. Para que una latina triunfe en lo que llaman "la Meca del cine" debe tener, según parece, un cuerpazo y mostrarlo o sugerirlo por aquí y por allá: casos como el de Eva Mendes o Jennifer Lopez, por ejemplo, además de salir mucho en las revistas del cuore, como Penélope Cruz. Rita Moreno, por contra, sólo tenía talento, ya ven qué cosas, aunque no es ni mucho menos un adefesio (está sana como una manzana). Lo que ocurre es que trató de que se la conociera por su talento, y el público americano es reacio a admitir (o era) que lo pueda tener quien no es blanco, anglosajón y protestante.
    Nacida en 1931 en Puerto Rico como Rosita Dolores Alverio, empezó a trabajar como dobladora al castellano de películas americanas a los once años. A los quince debutaba en Broadway y a los dieciocho trabajaba en su primer film, So Young, So Bad (1950), de Bernhard Vorhaus, con el nombre de Rosita Moreno, que cambió inmediatamente por el de Rita Moreno puesto que existía otra Rosita Moreno con la cual algunas filmografias la confunden hoy día, adjudicándole films a partir de 1945 que en realidad rodó esta otra Rosita Moreno (que curiosamente era una madrileña que actuó en Hollywood hasta finales de los años cuarenta). Rita Moreno inició una larga serie de papelitos y papeles secundarios como mexicana, chica exótica, india, jovencita frescachona y otros etcéteras, que aprovechaban su belleza, su desparpajo y su vitalidad. En su carrera hasta 1961 destacan papelitos en dos musicales famosos, Cantando bajo la lluvia y El rey y yo y dos films apreciables: El jardín del diablo y Verano y humo. Pero en 1961 interviene en el exitazo West Side Story y eso le proporciona el Oscar a la mejor actriz secundaria, que además era el primero ganado por una actriz latina. Ello, sin embargo, no significaría casi nada en su carrera cinematográfica. Se dice que West Side Story, pese a su éxito y su fama perdurable, fue veneno para los actores que la interpretaron (exceptuando a Natalie Wood): ninguno de ellos desarrolló una carrera demasiado rutilante que digamos (y muchos se fueron perdiendo en la nada y el olvido...). En todo caso, Rita Moreno fue lista y el teatro --Broadway-- le dio los éxitos que el cine le negaba, además de llenarla de premios tanto escénicos como musicales, lo cual no está nada mal. El cine desaprovechó/desperdició lo que otros pudieron disfrutar y apreciar. En todo caso, dejemos constancia de dos films interesantes posteriores a 1961: La noche del día siguiente (ya comentada en este blog en 2006) y The Ritz, adaptación bastante comedida a cargo de Richard Lester de una delirante comedia teatral, que la propia Rita Moreno interpretó en las tablas, y en la que encarnaba a un travesti, constituyendo lo más vibrante y animado de una cinta insólitamente moderada y apagada, teniendo en cuenta su loco argumento (debería recuperarse, con todo, en DVD).
    En 2004, se le concedió la Medalla Presidencial a la Libertad. La lista de sus trabajos es enorme, la lista de sus films interesantes es cortísima. El cine la menospreció y ella ha existido para el teatro y el espectáculo musical. Su talento es privilegio, por tanto, de unos pocos. 

      

       

    March 06

    AGATHA CHRISTIE (11): El museo de Agatha Christie


    (c) 2009 by J.C.Planells
     

     Agatha Christie, en su mansión de Greenway


    Estos días los periódicos y las webs publican la noticia de la inauguración del museo dedicado a Agatha Christie. Se encuentra en Brixham, en el condado de Devon, y se trata de la mansión veraniega que poseyó la escritora desde 1938 hasta su fallecimiento en 1976, llamada Greenway. Según se informa, Greenway fue donada por un nieto de la escritora al National Trust, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la preservación de edificios históricos, y tras una larga renovación llevada a cabo principalmente por voluntarios, ya se puede visitar.
    En la mansión reconvertida en museo el visitante encontrará todo lo relacionado con la autora: notas preparatorias sobre sus novelas, manuscritos inéditos (¡huau!), fotografías, diversos recuerdos de sus viajes acompañando a su segundo esposo, el arqueólogo Mark Halloran (que motivaron el interesante libro de memorias Ven y dime cómo vives), y naturalmente primeras ediciones de sus novelas. No está de más indicar que Agatha Christe es la autora británica más traducida, y que sus lectores y ediciones de sus libros se cuentan por millones (de hecho, ya casi es imposible contarlos).
    Está muy bien eso de haber dedicado un museo a su vida y obra. No son muy abundantes, creo, los museos dedicados a escritores. Asimismo, ignoro si reciben muchas o pocas visitas. En España tenemos la Casa Museo de Pérez Galdós en Canarias. En Inglaterra existe un museo dedicado a Sherlock Holmes --o sea, a un personaje en vez de a un autor--, y si no recuerdo mal existe un museo dedicado a Victor Hugo, y probablemente hay muchos más por todo el mundo. Si la lectura en sí ya se considera algo marginal por muchas personas, ¿en qué lugar quedarán los museos dedicados a escritores? Pero es estupendo que los haya.
    En la web Canal Patrimonio, se puede leer lo siguiente respecto al tema:

     El encargado de administrar la propiedad, Robyn Brown, dijo a la prensa que el tejado estaba en estado crítico y que una de las paredes estaba a punto de derrumbarse.

    "Ha sido una labor enorme y costosa restaurar la casa y el jardín -dijo Brown-, pero espero que los visitantes disfruten como lo hicieron otros dueños, como lugar de vacaciones familiar en el que había reuniones para gozar el interés por los jardines, el amor por los viajes, la literatura y la música".

    En tanto, el nieto de la escritora, Mathew Prichard, ha expresado su satisfacción de que Greenway haya recuperado su esplendor.

    "Lo que más deseo es que la gente que venga pueda sentir algo de la magia que yo sentía cuando mi familia pasaba tanto tiempo en los años cincuenta y sesenta", agregó Prichard.

    Además de poder visitarse los salones y las habitaciones, una parte de la vivienda se podrá alquilar como apartamento vacacional, con capacidad para albergar a unas diez personas.

    (Por cierto, me imagino que a lo mejor una amiga de este blog ya está empezando a preparar la maleta para ir allí...)

     

    March 05

    AUTORES OLVIDADOS (47). VICKY BAUM: Una austríaca en Cinelandia

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    Confieso haber leído solamente una novela de Vicky Baum, cuando debía de tener 16 o 17 años más o menos. No me pareció mal del todo, pero no recuerdo siquiera el título, quizá era Una noche en el trópico, o Amor y muerte en Bali. Esta autora fue durante muchos años una de las más leídas en España --y en otros países, claro--, preferentemente por mujeres. No era una escritora de "novelas rosas" como inapropiadamente se la califica en algunas partes (comparándola incluso nada menos que con  Corín Tellado, lo que demuestra lo poco que leen los que suelen hacer comparaciones tan bestias: resulta que sí he tenido que leer por razones profesionales algunas novelas de Corín Tellado, y debo decir que están escritas de cualquier mala manera, nada que ver con el estilo de Vibky Baum), sino de novelas sentimentales, aderezadas en algún caso con sus notas de intriga y misterio, drama y comedia, así como una perspicaz manera de crear tipologías reconocibles de personajes, más que personajes propiamente dichos.
    Nacida en Viena en 1888, empezó a publicar algunos relatos tan temprano como a los 14 años, mientras se dedicaba a estudiar música (llegó a ser harpista, nada menos). Durante la primera guerra mundial trabajó como enfermera. Se casó con el amor de su vida, un amigo desde la adolescencia. En 1931 se marchó a Estados Unidos, cuando ya había publicado sus primeras novelas, y allí se quedó el resto de su vida. Fue una buena elección el marcharse, puesto que en 1937 sus novelas fueron prohibidas por el Tercer Reich debido al origen judío de Vicky Baum; de quedarse en Austria, es más que probable --es seguro, vaya-- que hubiera acabado como tantos otros escritores judíos: en los campos de exterminio nazis.
    El cine adaptó varias de sus novelas, y ella misma ambientó algunas de sus historias en el mundo de Hollywood o del teatro. Entre sus novelas más conocidas se hallan Grand Hotel, Hotel Shangay, El ángel sin cabeza, La carrera de Doris Hart, Camino a escena...
    En España la editaron principalmente Plaza Janés y Editorial Planeta, apareciendo incluso algunos tomos encuadernados con cinco novelas suyas aproximadamente por tomo. Actualmente, sólo algún título está disponible. Probablemente fuera una pionera en el mundo del bestseller dirigido a la mujer, con cierta elegancia de estilo, atractivos argumentos. Como curiosidad, es autora de algunas frases o aforismos que circulan por internet y resultan bastante interesantes: "El matrimonio siempre demanda las mejores artes de insinceridad posibles entre dos seres humanos"; "El mundo es bueno, siempre que se le mire en conjunto, sin reparar en excesivos detalles".
    Falleció en Hollywood, en 1960, victima de la leucemia.


    March 04

    PHILIP JOSÉ FARMER (y 3): UN RÍO DE SERIES

     
    (c) 1980, 1982, 2009 by J.C. Planells
     
    En esta última entrega, se comentan sus series más conocidas, con algunos añadidos respecto al artículo original de 1982, y diversas modificaciones, a fin de actualizarlo.

     
    "Los hacedores de universos" ("World of Tiers"): El hacedor de universos (The Maker of Universes, 1965), Los pórticos de la creación (The Gates of Creation, 1966), A Private Cosmos (1966), Behind the Walls of Terra (1970), The Lavalite World (1977), Red Orc´s Rage (1991) y More than Fire (1993).
     
    Estas siete novelas, conocidas como la serie de "Los hacedores de universos" o "Los mundos de los niveles" ("World of Tiers"), son precisamente las que marcan, ya desde la aparición de la primera en 1965, la progresiva claudicación de Farmer hacia lo puramente comercial, su claro declive y la muestra menos satisfactoria de su imaginación. Nos narra la historia de Robert Wolff, un anciano que cruza a un universo paralelo y descubre que en realidad es un dios, y creador asimismo de otros universos, enfrentado a una serie de intrigas y rivalidades enconadas con el resto de los dioses. Wolff rejuvenece en ese universo y se lanza a combatir a sus enemigos, en un ambiente de fantasía heroica en la que Farmer se iría adentrando más y más en los años venideros. Si El hacedor de universos, primer título de la serie, resulta ser el más digerible, pronto decae rápidamente y sus entregas cuarta y quinta --Behind the Walls of Terra y The Lavalite World-- resultan sencillamente infames, en especial Behind the Walls of Terra, en el cual los personajes prosiguen sus aventuras en California, durante una breve visita a nuestro universo. El libro que cerró --en apariencia, y de manera desastrosa-- la serie en 1977, es un rosario de olvidos, errores, despropósitos y buenas ideas totalmente desprovechadas. Es una clara demostración de que Farmer --a quien siempre se le reprochaba no concluir sus muchas series-- decidió concluirla de cualquier manera para quitársela de encima  y dedicarse a muchas otras labores literarias que iremos viendo. Sin embargo, inesperadamente, en 1991 Farmer regresó a esa serie (que nadie recordaba casi), con dos novelas más.
    (1982 y 2009)
     
    The Lavalite World, fue quinta novela de la serie (y, durante mucho tiempo, creímos que la última). Los personajes principales son Kickaha (Paul Janus Finnegan); Anania, una mujer de la raza de los señores, tan malvada y cruel como ellos, pero que por amor a Kickaha se ha vuelto buena en la anterior novela; Urhona, uno de los Señores y tío de Anania, y Orc, también Señor y tío de Anania. Contamos además con McKay, un negro asesino a sueldo de Urthona en la Tierra, al que se ha llevado consigo al mundo Lavalite, donde se inician las aventuras de estos únicos cinco personajes (aunque aparezcan algunos episódicos sin mayor incidencia en la trama), mundo creado por Urhona, probablemente el más malvado y sádico de los Señores. Lavalite es un planeta pequeño pero muy peculiar: su geografía cambia constantemente, alterando la forma de sus montañas, apareciendo ríos donde antes no los había, creándose valles y desfiladeros... Una luna la circunda, luna que acabará chocando con el planeta atraída por su gravedad y llevándose consigo un buen pedazo de planeta (como en Hector Servadac, de Verne). Por si fuera poco, los personajes atrapados en ese pedazo de planeta lograrán volver a tierra firme fabricando unos globos que ascienden en la atmósfera hasta que son atraídos por la gravedad del resto de Lavalite (muy verniano también). La vegetación es un peligro mortal: árboles y plantas pueden caminar y desplazarse por el planeta, único modo de supervivencia que tienen (al que se ven más lógicamente abocadas las diversas tribus que lo pueblan) ante una geografía en constante mutación. Varias especies de árboles son carnívoras y están dotadas con peligrosos tentáculos; otros lanzan dardos envenenados e incluso hay unas plantas que fabrican (no se explica cómo) pólvora en su interior y disparan morteros (dejando las posaderas de los protagonistas hechas cisco).
    En este mundo lleno de trampas y peligros, los cinco personajes van dirimiendo sus diferencias. Annania y Kickaha contra Urhona y Red Orc. MacKay terminará aliándose con la pareja protagonista, aunque en el fondo no cree ni en unos ni en otros. Varios caen por separado en poder de distintas tribus que pueblan ese mundo, padeciendo desigual fortuna. Kickaha se hará respetar por sus aprehensores diciendo que es un enviado del dios de aquel planeta, mientras que Annania conseguirá los favores del jefe de otra tribu. Red Orc, por su parte, será objeto de burla e irrisión por sus captores. Las tribus resultan muy semejantes a las tribus nativas americanas, por lo cual la imaginación de Farmer no parece querer complicarse mucho las cosas. La despreocupación de Farmer en su escritura es más que evidente por cuanto llega a cometer un garrafal error que no se molesta en subsanar, cuando Kickaha acude al frente de su tribu para rescatar a Annania, Urthona y McKay, que han huido de la suya. Esta es la escena final del capítulo IX. A continuación, y en diversos capítulos, se nos narra lo ocurrido anteriormente a los tres prisioneros de la otra tribu. Consiguen huir de ella y en una lucha Annania deja moribundo a Urthona, por lo cual, cuando les encuentra Kickaha, sólo están ella y McKay, mientras que, como se ha dicho antes, al final del capítulo IX Kickaha los divisa a los tres. En suma, una muestra del total descuido de Farmer al escribir la novela (ignoramos si tal descuido ha sido subsanado en posteriores reediciones de la novela). Ese descuido, o nulidad total por parte del autor, se hace extensiva a lo largo de la obra, puesto que las peculiaridades del planeta (similares a lo que haría un inspirado Vance) no son aprovechadas en lo más mínimo por Farmer (los cambios en la geografía y la orografía del terreno, narrados al principio y olvidados poco a poco, etc.). Era cuestión de llenar páginas hasta llegar a un final (poco glorioso), que cerrara la serie de una vez por todas (aunque luego, años después, la haya resucitado). Tenemos asimismo el detalle de que Kickaha y Annania buscan a Wolff y a su compañera en Lavalite, donde suponen que se hallan. Hay alguna referecencia muy aislada a esto en los primeros capítulos, pero luego queda rápidamente olvidado y no se vuelve a mencionar el hecho en el resto de la novela. Final feliz, con Red Orc muerto --lo que sin embargo no le impide ser el protagionista de la sexta novela en 1991), Urthona (al que Annania había dejado solo moribundo en su huida de la tribu) también definitivamente muerto, McKay desaparecido no se sabe cómo, y Annania y Kickhaha de regreso a la Tierra, donde olvidarán sus aventuras y serán felices.
    (1980, publicado en kandama nº 1, rev. y corregido en 2009)
     
    Saga erótica: La imagen de la  bestia (Image of the Beast, 1968), ¡Cuidado con la bestia! (Blown, 1968), Traitor to the Living (1973), Love Song (1983).
     
    Conocida generalmente como la "Saga erótica", fue escrita en sus dos primeros títulos por encargo de la editorial Essex, dedicada a libros "picantes", apareciendo el tercero en otra editorial, y años más tarde el cuarto, que no pudo publicarse en su momento por cierre de la editorial. Farmer aceptó el encargo de escribir una serie de novelas eróticas, llenas de violencia, y lo cumplió con creces, aderezando la cosa mediante vampiros, detectives privados y una buena dosis de sátira hasta el punto de resultar difícil saber si Farmer se reía de la pornografía, de las novelas de terror, o de sí mismo. Lo cierto es que su interés no sobrepasa el divertimento en sí que proporciona la serie.
    (1982, 2009)
     
    África Antigua: Lord Tyger (Lord Tyger, 1970), Tarzan Alive: A Definitive Biography of Lord Greystoke (1972), Time´s Last Gift (1972), Hadon, el de la antigua Opar (Hadon of Ancient Opar, 1974), Vuelo a Opar (Fight to Opar, 1976), The Dark Heart of Time: A Tarzan novel (1999).
     
    Esta secuencia de novelas --unas protagonizadas por Tarzán, otras ambientadas en los lugares fruto de la imaginación de Edgar Rice Burroughs, otras por remedos de Tarzán-- forman algunas de ellas quizá lo más destacable de sus muchas incursiones en el terreno de otros autores (Verne, Conan Doyle, L. Frank Baum, Melville, Kenneth Robeson...). Dos de ellas forman un díptico (el ciclo "Opar"). Farmer, en todas o casi todas, recreó el mito/personaje de Tarzán con una evidente superioridad literaria al original del que proviene, mayor rigor narrativo e imaginación nada desdeñable, que puede rivalizar con el creador de esa África de fantasía. Muchos son los que consideran que, por ejemplo, Lord Tyger es la novela más satisfactoria de toda su producción. En todo caso, el contraste de este ciclo --o de algunas de sus novelas, al menos-- con el resto de lo que en la segunda parte de este estudio denominé "El rincón del coleccionista", es más que notorio. Aquí prima la seriedad y el convencimiento, mientras que en otras muestras miméticas y recursivas cuenta más la gamberrada unas veces, el pasatiempo tonto otras y la inanidad en demasiadas. Teniendo en cuenta que los orígenes del ciclo "África Antigua" son desde el punto de vista estrictamente literario muy inferiores a otras imitaciones perpetradas por Farmer, no deja de sorprender los logros alcanzados en los títulos que conocemos de este ciclo novelístico. De todas maneras, existen otros dos títulos con Tarzán y Sherlock Holmes, al parecer muy distintos a los aquí reseñados.
    (2009)
     
    "El mundo del río" ("Riverworld"): A vuestros cuerpos dispersos (To Your Scattered Bodies Go, 1971), El fabuloso barco fluvial (The Fabulous Riverboat, 1971), El oscuro designio (The Dark Desing, 1978), El laberinto mágico (The Magic Labyrinth, 1980), Dioses del mundo del río (Gods of Riverworld, 1983), El mundo del río y otras historias (Riverworld and Other Stories, 1980), River of Eternity (1983).
     
    Formada por cinco novelas, a lo que cabe añadir una novela corta incluida en una colección de relatos más una reescritura de un manuscrito extraviado, la serie "El Mundo del Río" es, sin duda, la obra más ambiciosa y personal de su autor, si bien su declive final sea asimismo notable. La primera de las entregas le valió el premio Hugo a la mejor novela de 1971, lo cual no está nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que no lo consiguió anteriormente por sus primeras y notables novelas (aunque sí un Hugo en 1953 al autor novel más prometedor).
    Es sobradamente conocido el núcleo argumental de la serie: la humanidad es resucitada en masa y simultáneamente junto a las riberas de un larguísimo río que recorre por completo un desconocido planeta; nadie sabe qué ha ocurrido, qué hacen todos allí, si aquello es el cielo, el infierno o el otro mundo, o una segunda oportunidad, o un experimento llevado a cabo por extraterrestres. Seguimos, por tanto, las peripecias de toda la humanidad en ese Mundo del Río, a través de personajes reales como el explorador y escritor Richard Francis Burton, el novelista Samuel Clemens (Mark Twain), el cowboy actor Tom Mix, el que fuera rey de Inglaterra Juan Sin Tierra, Peter Janus Frigate (es decir, Philip José Farmer), Herman Goering, Jack London, Alicia Hargreaves (la niña --ahora mujer-- que inspiró a Lewis Carroll su Alicia en el país de las maravillas), y un larguísimo etcétera.  Como dice Farmer en el tercer volumen de la serie: "Puede que usted no se halle mencionado, pero está aquí".
    Hay dos maneras de acercarse a "El Mundo del Río", como obra completa: la desilusión y el respeto. La desilusión, tomando como base la gran impresión que causó en todos los lectores la primera de las novelas, A vuestros cuerpos dispersos, lo cual no fue refrendado en sus continuaciones, y en especial en su volumen final, donde la explicación o solución ha llenado de ira a más de uno al descubrir que se trata de lo mismo que en Mundo infierno. Así, pues, deberíamos considerar que "El Mundo del Río" es otro fraude perpetrado por Farmer en sus años más descaradamente comerciales, y otro modo de explotar hasta el hastío una excelente y ambiciosa idea. Recuerdo que en la Hispacón de 1976 se habló largamente de Farmer y una persona tan inteligente como el escritor Ignacio Romeo cuestionó decididamente la serie, advirtiéndonos a todos que Farmer se había perdido en su propia idea y sería incapaz de dar a la serie un final y un desenlace lógicos. O al menos, una explicación aceptable. Las palabras del amigo Romeo toda fueron una profecía que en aquel momento muchos nos negamos a aceptar. Repito, pues, que desde el aspecto de la desilusión nos encontramos ante lo que es una nueva tomadura de pelo de Farmer.
    Pasemos ahora al otro punto de vista: el del respeto. Y para ello citaré al propio Farmer en las palabras que pone en boca de Peter Janus Frigate en el capítulo 40 de El oscuro designio, cuando este personaje (el propio Farmer, como queda más que patente) reflexiona sobre el universo en que se halla: "...¡huau, vaya historia! Lástima que no pensara en algo así cuando estaba escribiendo ciencia ficción. Pero el concepto de un planeta consistente en un solo río de varios millones de kilómetros de largo, a cuyas orillas ha sido resucitada toda la humanidad que haya vivido (o buena parte de ella, al menos), hubiera sido algo demasiado grande para ponerlo en un solo libro. Hubiera necesitado al menos doce libros para desarrollarlo honestamente. No, me alegra no haber pensado en ello".
    Y ahora un dato: Farmer concibió este proyecto en sus primeros años como escritor de ciencia ficción, concretamente en 1953 cuando escribió para un concurso de novelas del género I Owe for the Flesh, que jamás vio la luz pese a ganar dicho concurso, y que finalmente, con los años, se dio por perdida (aunque ha corrido mucha leyenda al respecto). ¿Nos sorprenderá saber que en 1983 Farmer publicó una novela titulada River of Eternity que es la reescritura de ese I Owe for the Flesh de 1953? Puede que no. Tanto el argumento como su protagonista principal de aquella obra eran los mismos de A vuestros cuerpos dispersos. Con lo cual nos encontramos con que la idea de la humanidad resucitada es algo que acompañó a Farmer desde sus primeros pasos en el género, pero no fue plasmada hasta que en 1965 empezaron a aparecer en la revista Worlds of Tomorrow las primeras entregas de A vuestros cuerpos dispersos, y en 1966, en la revista If, las del segundo libro, El fabuloso barco fluvial, apareciendo finalmente en formato libro ambas en 1971, con el espectacular éxito sobradamente conocido. En su tercera entrega, aparecida en 1978, justifica tal como hemos visto en palabras de su alter ego Frigate --así como en un prólogo a la novela-- la enorme extensión de la serie. Justificación, pues, sobre la que se puede meditar y aceptarla o rechazarla de plano. Sí, en efecto, la idea es vasta, enorme, impensable, ambiciosa. Da pie a mil y una aventuras y por tanto puede caer tanto en la grandiosidad como en el gratuitismo más infame. El lector será quien juzgue, lo mismo que los críticos ya le han juzgado más que negativamente. Personalmente, me siento decepcionado por la serie, pero como lector --entre otras cosas-- admiro la idea y el talento que --por lo menos hasta el tercer volumen-- despliega Farmer. O se entra en el juego, nos viene a decir el autor, o se prescinde de ello; o aceptáis mi idea más ambiciosa, o la desdeñáis. Idea que, abarcando el total o al menos buena parte del grueso de su obra, es otra variante de la inmortalidad, del desafío a la muerte, que abarca muchos de sus títulos: ese I Owe for the Flesh tan temprano, luego Mundo infierno, El dios de piedra despierta, incluso algunas cosas de la serie "Los hacedores de universos", más algunos relatos sueltos... Sí, "El Mundo del Río" puede ser su obra más personal y ambiciosa, el sueño de su vida, y desde el punto de vista histórico, también de su trayectoria literaria.
    (1982, rev. y ampliado en 2009)
     
    "Mundo de día" ("Dayworld"): Mundo de día (Dayworld, 1985), Rebelde del mundo de día (Dayworld Rebel, 1987), Dayworld Breakup (1990).
     
    La última serie concebida por Farmer fue un retorno a la ciencia ficción, y para ello partió de un relato de 1971, "The Sliced Croosways Only-on-tuesday World", traducido al castellano como "Una historia entre tantas del mundo de sólo martes" o "Cambio cruzado en el mundo de sólo martes", según diversas traducciones. En efecto, muchos se alegraron de ese trepidante retorno al Farmer más puramente de ciencia ficción, entre otras razones porque partía de una idea original --como casi siempre en él--: en una Tierra superpoblada se ha llegado a una solución de compromiso, y es que cada ser humano viva un único día de la semana, y permanezca los otros seis recluido en un cilindro en estado petrificado, hasta que vuelva a ser su día de existencia. Naturalmente, todo se complica en cuanto aparecen los (esperados) rebeldes que no se conforman con vivir un único día, sino todos los siete de la semana, y para ello deben asumir distintas identidades a fin de que no se les descubra. El resultado fueron un par de novelas --la tercera no se editó en España al cerrar el editor que las publicaba-- dinámicas, entretenidas, con bastante acción, algo superficiales quizá, pero que en conjunto nos retornaban a un Farmer que echábamos un tanto de menos en los últimos años, dedicados a escribir secuelas, o imitaciones de otros autores, que cada vez nos lo alejaban más de aquel autor de Los amantes.
    (2009)

    Consideraciones finales a modo de epílogo
     
    Quizá quepa considerar a Farmer como una de las grandes decepciones de la ciencia ficción, especialmente si nos atenemos a sus fulgurantes inicios. Farmer, como quedó señalado en la primera parte de este estudio, fue uno de los autores más prometedores --y rompedores de tabúes-- ya desde su primera publicación. Empezó por lo difícil, y acabó derivando hacia lo fácil y lo comercial, lo intrascendente. El Farmer anterior a 1965 es uno, y el posterior a ese año cada vez se parece menos a sí mismo. No es un caso único entre los grandes autores de ciencia ficción (Zelazny en este sentido se le parece mucho). De ahí que le considere una decepción, máxime teniendo en cuenta su talento, su imaginación, sus ideas, su buen hacer, su estilo, su fidelidad a unos temas concretos. Pero ha puesto demasiadas veces todo esto al servicio de nulidades, o de puras gamberradas literarias, se ha embarcado en series de prometedores (o bastante prometedores) inicios, que han derivado hacia lo más ignominioso. Echamos de menos al Farmer de, por ejemplo, Relaciones extrañas (Stranger Relations), donde se reunían aquellos relatos tan novedosos de sus inicios, y no sabemos muy bien qué pensar del autor de refritos y mimetismos mil y homenajes a sus lecturas de juventud, todo un batiburrillo que desconcierta al lector.
    (1982 y 2009)
     
    March 02

    PHILIP JOSÉ FARMER (2): PRINCIPALES NOVELAS


    (c) 1982, 1983 y 2009 by J.C. Planells

    En esta segunda entrega del artículo publicado en 1982 se repasan las principales novelas de Farmer; a fin de actualizarlo, se han incluido algunos comentarios  nuevos y han corregido detalles de los antiguos (al pie de cada comentario se indica la fecha del mismo).

     
    Carne (Flesh). 1960.
     
    Esta fue una novela escrita por encargo para una nueva colección, y que pretendía ser más o menos picante. Farmer se lo tomó en serio y escribió una versión de Carne que el editor le obligó a "aligerar". Finalmente, vio la luz en la misma versión que se ha traducido al castellano. Nada de pornográfico hay en la novela, que incluso llega a ser abiertamente ingenua y parece más una comedieta que una novela de ciencia ficción, pese a que su argumento nos sugiera otra cosa. Unos astronautas regresan a la Tierra del futuro, y se encuentran con una sociedad matriarcal. Uno de ellos es elegido como símbolo sexual para una de sus orgías y es paseado en triunfo por toda la región. Ligeramente picaresca y francamente ingenua, en realidad. Como novela es simplemente entretenida y la dosis de humor que Farmer derrocha en ella es acaso su mejor baza.
    (1982)
     
    Los amantes (The Lovers). 1961.
     
    Como ya se ha dicho (en la primera parte de este estudio), se trata de la ampliación a novela del primer texto de ciencia ficción publicado por Farmer. Aún a día de hoy debe ser considerada --y lo es-- como su obra maestra y una de las más originales y mejores muestras del género, no sólo por su argumento, sino por sus personajes, por las intrigas secundarias y por el escelente planteamiento de situaciones que Farmer nos ofrece. Nos narra los amores del terrestre Hal Yarrow con Jeanette, una mujer alienígena que biológicamente es un insecto, lo cual Yarrow descubrirá en circunstancias dramáticas al final de la obra, siendo él mismo responsable de la trágica muerte de Jeanette. Sin embargo, la novela no se limita a los amores de los protagonistas, sino que ofrece asimismo un buen estudio de clases dominantes (Yarrow está casado con una mujer a la que teme y no ama, vive en un mundo que gobierna despóticamente el Iglestado --es decir: una dictadura religiosa--). En fin, son muchos los motivos que hacen de Los amantes una excelente novela. Por lo demás, es la obra de Farmer mejor escrita, más pulida, más concisa, mejor desarrollada y con una narrativa sobria y sugerente a un tiempo.
    (1982)
     
    Futuro (Cache from Outer Space). 1962.
     
    En lógica, no debería ser mencionada, pues no es una de sus novelas más conocidas, sino que cabe situarla entre las simplemente discretas. Lo que ocurre es que fue una de las primeras obras que se tradujero al castellano de este autor, con un título tan profundamente imbécil como inapropiado: Futuro. Y ocurre asimismo que quienes la han leído han expresado su satisfacción hacia ella y la consideran como una buena novela, sin más. Un relato de aventuras en un ambiente más o menos exótico, que se lee sin esfuerzo. Algún aprecio debía de sentir Farmer por esa obra temprana, puesto que en 1981 la revisó y se reeditó, junto con otros relatos de la época, como The Cache.
    (1982 y 2009)
     
    Fire and the Night. 1962.
     
    Tampoco debería mencionarse, puesto que no es de ciencia ficción, sino una novela "convencional" (sea lo que sea eso) que narra el adulterio de una mujer negra con un blanco. Pero sucede que Fire and the Night tiene buena reputación y demuestra que Farmer es un escritor capaz de vérselas con todo. Más adelante hablaremos de eso, y sobre su capacidad de mimetismo literario.
    (1982)
     
    Mundo infierno (Inside Outside). 1964.
     
    Quizá una de sus novelas más conocidas y menos satisfactorias. En ella aparece un tema que será casi su obsesión y que más tarde le llevará a escribir la serie "El mundo del río". Toda la humanidad se encuentra en el infierno, pero este es un infierno muy particular, en el que los muertos atormentan a los demonios y los han convertido en sus servidores. Es lógico: son más numerosos los muertos que los demonios, y si bien en un principio fueron éstos los dominadores, hace ya tiempo que pasaron a ser los dominados. Recorre el infierno un personaje conocido como X (igual a como en "El Mundo del Río" se conocerá a uno de los Éticos), de quien algunos sospechan que sea Jesucristo, que tras la crucifixión descendió a los infiernos y se quedó allí, siendo su identidad usurpada por un impostor que fue quien regresó a la superficie. Si es que de superficie puede hablarse, puesto que este "mundo infierno" es como el interior de una gigantesca bola: el interior es el exterior, de ahí su título inglés intraducible. En fin, las cosas se complican para los protagonistas (o de lo contrario no habría novela) y les es revelado que no son personas, sino almas creadas por una raza superior. De ahí su inmortalidad: cuando alguien muere en el "mundo infierno", resucita de nuevo y sigue viviendo. Tal como en "El Mundo del Río".
    (1982)
     
    Dare (Dare). 1965.
     
    Farmer empezó a escribir esta  novela en 1952 para su publicación en la revista Startling Stories con el título de "A Beast of the Fields". Pero por diversas causas nunca llegó a publicarse y se demoró hasta 1965, cuando reescrita y con el nuevo título de Dare, apareció como novela. Algún crítico la ha juzgado erróneamente como el inicio del cambio de estilo en Farmer, quien se desviaría así hacia una cierta forma de fantasía heroica. No es cierto, por cuanto el origen de la obra se sitúa precisamente en los inicios de la carrera de Farmer como autor de ciencia ficción. Dare participa por igual de Los amantes y del típico romance de familias enfrentadas a lo Romeo y Julieta. La novela cuenta que un trozo del estado de Virginia fue arrebatado por extraterrestres y llevado a un lejano planeta, donde conviven las más singulares criaturas. Allí uno de los terrestres se enamora de una horstel, criaturas de apariencia humana pero similares a la raza equina (de ahí su nombre, compuesto de horse --caballo-- y tail --cola--). Es simplemente una novela de amor, de racismo, de aventuras, entretenida pero sin llegar ni mucho menos a la altura de Los amantes, y acaso excesivamente comercial. En esta ocasión, nos brinda un final feliz.
    (1982)
     
    Noche de luz (Night of Light). 1966.
     
    Reescritura del relato publicado en 1957, al que le añade una segunda parte en la que el padre Carmody regresa al planeta La Alegría de Dante para un último enfrentamiento. El interés de esta segunda parte es más que cuestionable; no así el de la primera, en la cual se nos narra la conversión del asesino John Carmody, durante la "noche de la luz" que tiene lugar cada siete años en el planeta y durante la cual se enfrentan los dioses: Yess, el bueno, y Algul, el malvado. Carmody trata de desafiar la tradición y asesinar a Yess, pero presa de los acontecimientos de la "noche de la luz" su alma cambiará y abrazará la religión. Obra asombrosa (en su primera parte, insistimos en ello) y uno de los pilares de la ciencia ficción religiosa, una temática muy habitual en la obra de Farmer. Junto con Los amantes, lo mejor de su extensa producción, tan irregular como asombrosa. La inventiva e imaginación de Farmer encuentran en Noche de luz quizá su punto más álgido. Contribuye a ello una narrativa sobria, donde nada falta ni está de relleno. El enfrentamiento en la "noche de la luz", cuando los dioses y los demonios discurren por el mundo y combaten libremente en las desiertas calles de la ciudad, es sencillamente impecable.
    (1982)
     
    El dios de piedra despierta (The Stone God Awakens). 1970.
     
    Durante mucho tiempo se pensó que esta novela sería el inicio de una nueva serie o trilogía por parte de Farmer; pero fueron pasando los años y no hubo continuaciones de ella. Lo cierto es que el final tan abierto da la impresión de que Farmer sí se proponía otro proyecto más, compuesto por diversas secuelas. En su momento, nos congratulamos de que no hubiera continuaciones, puesto que por aquellos años Farmer andaba embarcado en "El mundo del río" y "Los hacedores de universos", principalmente, con lo cual se temía que el autor --y los lectores-- nos armásemos un ligero embrollo (el autor sí terminó armándoselo, como se verá en la tercera parte de este estudio). La novela nos presenta al científico piel roja Ulises Singing Bear --nombre simbólico: Ulises, que no puede volver a su Itaca en esta ocasión; lo de Singning Bear fue pereza del traductor de no verterlo a Oso Cantarín-- quien en 1985 queda inmovilizado a consecuencia de un experimento y retorna a la vida millones de años después, en un futuro en que la Tierra es ya irreconodible. Sinceramente, daría lo mismo que Farmer lo hubiera transportado en una nave espacial a un lejanísimo planeta, pues las aventuras serían las mismas y los extraños personajes también: mujeres-gato, árboles dotados de vida... El dios de piedra despierta resulta, no obstante, una entretenida novela de aventuras, más satisfactoria que otras que nos ha ofrecido, y puede que eso sea lo que la redime: el no haberse convertido en el inicio de otra interminable saga y limitarse a ser una novela suelta sin más. Farmer menor, pero disfrutable.
    (1982, rev. 2009)
     
    Dark Is the Sun. 1979.


    Dark Is the Sun es una larguísima novela de fantasía heroica, con multitud de peripecias, ambientada en un lejanísimo planeta --para el caso, serviría cualquier otrro escenario del pasado lejano o el futuro lejano, como en la anterior-- y con profusión de los habituales elementos fantasiosos en esta clase de narraciones, más una notable incidencia en la mitología clásica. Novela casi infantil a ratos, ingenua y poco estimulante. Su punto de partida --reelaboración de otros temas del autor-- consiste en que los personajes llevan en una bolsa colgada al cuello su alma; al protagonista se la arrebatan y debe afrontar mil peripecias para recuperarla. Farmer estaba en un período en que ya no ofrecía nada novedoso ni estimulante. Los tiempos de Los amantes  y Noche de luz habían quedado muy atrás.
    (1982, rev. 2009)
      
    Jesus in Mars. 1979.
     
    La primera expedición humana llega a Marte para investigar lo que un científico italiano asegura que es una nave espacial enterrada parcialmente en cierto sector de nuestro planeta vecino. En efecto, se trata de una gigantesca nave con símbolos griegos grabados en su exterior. Los cuatro terrestres que componen la expedición caen prisioneros de los misteriosos tripulantes de la otra nave y descubren que éstos pertenecen a dos clases: seres humanoides procedentes de un lejano planeta (que son los dueños de la nave) y terrestres que embarcaron en ella hace dos mil años cuando los Krsh (la raza extraterrestre en cuestión) visitaron nuestro planeta. La nave de los Krsh se estropeó en combate con una raza enemiga y como resultado de ello quedaron varados en Marte durante dos mil años. Los descendientes de los Krsh y los terrestres que subieron en aquel pasado a la nave han descubierto la inmortalidad, la felicidad, la repera, en una palabra.
    Los terrestres descendientes de los que entraron por primera vez en la nave son todos ellos judíos. ¡Ah!, pero judíos que creen en Jesucristo, puesto que Jesús vive en el interior de una bola de fuego que cuelga del techo de las grutas que los Krsh y los terrestres han convertido en sus modernísimos hogares durante estos dos mil años. Jesús, de cuando en cuando, baja de la bola y les visita y hace cuatro milagros. Los cuatro astronautas que han llegado a este Marte, para más inri, difieren en sus respectivas religiones, y provocan el estupor y el escándalo entre los judíos marcianos: un negro es baptista, un francés es judío y no cree en Jesús, claro; el tercero es musulmán, y el cuarto, una mujer, es completamente atea. Los dimes y diretes, las conversaciones en torno a la religión, las especulaciones sobre creencias y demás, abundan a lo largo de la novela, que, en contraste con casi todas las de Farmer, no contiene más que un único momento de violencia (una pelea en un bar clandestino), y que se desarrolla sin que veamos muy claro cuál es el argumento, en realidad. Finalmente, Jesús entra en acción y dice que se marcha a la Tierra con ellos cuatro para redimirla y demostrar que es el Mesías. Uno de los astronautas cree que ese Jesús no es sino el Anticristo. Por otra parte, el mismo Jesús le insinúa en una conversación que pudiera no ser el Jesús de la Biblia, sino una fuerza de otro planeta que ha tomado posesión de un cuerpo y adoptado la personalidad de Jesús. El hecho está en que según los judíos marcianos, Jesús no realizó ninguno de los milagros que le atribuye la Biblia, mientras que este Jesús de Marte sí realiza milagros. La novela termina bien: Jesús llega a la Tierra, tras sembrar el pánico y el desconcierto que es de suponer. Orme, el astronauta que duda de la verdadera personalidad del tal Jesús, se dispone a matarle para demostrar que no es más que un falsario, pero termina salvándole la vida de un atentado en el que él, Orme, resulta despedazado. Pero Jesús recompone su cuerpo y le devuelve a la vida. Y Fin. Eso es todo. ¿Todo? Bien, no sería extraño que un día de estos Farmer prosiguiera las aventuras de este Jesús de pacotilla en la Tierra. Cosas más inverosímiles ha hecho.

    Como valoración de la novela, cabe decir en su favor que no es tan mala como pudiera parecer. Se lee con avidez, es distraída en contraste con su absoluta falta de violencia e intrigas, habituales en las últimas novelas de Farmer, y sus especulaciones religiosas son medio divertidas, medio idiotas.
    (1983, publicado en Tránsito, recuperado en este blog en 2007)
     
    The Unreasoning Mask. 1981.
     
    Una novela francamente aburrida, pero que cuenta con no pocos defensores: David Pringle condescendió --ése el el verbo correcto-- a incluirla en su (discutido por tirios y troyanos) Las 100 mejores novelas de ciencia ficción, único título de Farmer que aparece en él, gracias o con la coartada de que le gusta mucho a Ian Watson. Bueno, no es el único. La novela tiene tantos defensores como detractores (algo poco usual en otras novelas de Farmer). Es una mezcla de metafísica y ciencia ficción, que si por algo es de celebrar es por significar el regreso de Farmer al género entendido como tal, tras una serie de obras en otros campos del fantástico y de las reescrituras de toda clase de lecturas de su juventud (que llegaron a hartar al personal y no le hicieron el menor favor).
    (2009)
     
    El rincón del coleccionista
     
    La década de 1960 vio nacer al Farmer más comercial, y también a un autor que se dedicó a reescribir los libros que le impactaron en su juventud. Dejando aparte sus muchos novelas protagonizadas por Tarzán o ambientadas en su mundo africano como escenario --lo más destacable de todo ese amontonamiento de rarezas--, encontramos biografías de Doc Savage (Doc Savage: His Apocalyptic Life, 1973); una inútil variación/reescritura de Verne (The Other Log of Phileas Fogg, 1973); lo que parece una continuación --muy breve-- de Moby Dick (Las ballenas volantes de Ismael [The Wind Whales of Ishmael], 1971); una curiosa novela de ciencia ficción firmada con el seudónimo de Kilgore Trout, imaginario escritor del género fruto de la imaginación de Kurt Vonnegut, en la que Farmer escribió según el estilo de ese ficticio Kilgore Trout, y que a Vonnegut le molestó muchísimo (Venus en la concha [Venus on the Half-Shell], 1974), pese a haberle autorizado a escribirla; una traducción libérrima de un clásico de J. H Rosny (Ironclastle, 1976); una novela en la que crea su propio héroe pulp (Greatheart Silver, 1982); una novela ambientada en el País de Oz creado por L. Frank Baum (A Barnstormer in Oz, 1982); y en el terreno del relato, historias como "Un estudio en escarlatina" ("A scarlatin Study"), donde hace un refrito de la primera aventura de Sherlock Holmes; "After the King Kong fell" (1973), un relato que transcurre en un universo paralelo donde King Kong existió de verdad y se nos cuenta lo ocurriodo tras su muerte abatido por los cazas; "Savage Shadow", recreación pulp firmada como Maxwell Grant --autor de otro héroe pulp: La Sombra--, que juega con el doble sentido del título: Savage, por Doc Savage, y Shadow, por La Sombra; "El volcán" ("The Volcano", 1976), otro de los muchos relatos escritos "a la manera de", en este caso de un ficticio autor creado por Rex Stout... y la lista se haría larguísima. No es de extrañar que hace unos años colaborase en antologías temáticas de la Byron Press con relatos sobre Drácula, Frankenstein y el Hombre lobo. Digamos, finalmente, que su novela corta premiada con el Hugo, "Jinetes del salario púrpura" ("Ridders of the Purple Wage", 1967) parodia un título de una popular novela de Zane Grey (Jinetes de la pradera roja), pero escribiendo en este caso una historia muy gamberra, como buena parte de su producción corta de los años sesenta-setenta.
     
     
    Concluirá en "Philip José Farmer (y 3): Un río de series".