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April 30 LA HUIDA, de Jim Thompson: Una nota sobre la traducción(c) 2007 by J.C. Planells
Al releer La huida, de Jim Thompson, después de un montón de años, he advertido un detalle erróneo --un descuido, sería mejor decir-- de la traducción que efectuó Editorial Grijalbo al publicarla por vez primera en castellano en 1974, y que vale la pena reseñar para quienes tengan esa misma edición, u otra que use aquella traducción, y en la que no se haya corregido el error. Ignoro cómo estará en otras ediciones --la traducción catalana, por ejemplo--, y tampoco he podido cotejar el original inglés, pero no parece que haga mucha falta esto último.
En el capítulo 8, el párrafo que empieza al final de la página 103 y termina al principio de la 104, dice lo siguiente:
"Había visto a aquella mujer con anterioridad; copias exactas de aquella mujer, mejor dicho. Conocía a sus parientes, lejanos y cercanos. Todas sus mamás, hermanas, tías, primas y lo que se quiera. Y sabía que el nombre era Lowdown, con L mayúscula. No se sorprendió en absoluto de encontrarla en un decorado como aquél. No, después de haberla visto como la cuñada de un carcelero, como la asistenta del tesorero de un banco del interior y como la supervisora de un tribunal de apelación. Esta muñeca estaba en todas partes. Era el original de un modelo repetido hasta el infinito. Pero nunca cambiaba. Tenía la vieja sangre Lowdown en sus venas y no había individuo que se la sacara.
El personaje del que se habla es Fran Clinton, la mujer del veterinario que cura la herida de Rudy y a la que luego se lleva junto con su marido para que le sirvan de rehenes en su persecución de Doc McCoy. Los que hayan visto el film de Peckinpah seguramente recordarán a Rudy por estar interpretado por el actor Al Letteri, y los dos personajes que usa como rehenes, que aparecen tal como son descritos en la novela. Bien, pues en este párrafo desconcierta ese "Lowdown" en el que se insiste dos veces, máxime cuando en el párrafo anterior ya se ha dicho que la mujer del veterinario: "era la señora Clinton. Fran, la llamaba su marido, cuando no se dirigía a ella con los dulces nombres de gallinita o nena o corderito. Pero Rudy no pensaba en ella con ninguno de estos nombres." Y tras esto, viene el párrafo que he transcrito. En su día no me di cuenta (la leí en 1974, cuando se publicó esa edición de Grijalbo), y al releerla ahora no he entendido qué diantre significaba eso de "Lowdown" ni a santo de qué venía. Vale decir que es la única vez que aparece en todo el libro, no se vuelve a mencionar más. Lo que hice fue, pues, consultar el diccionario enciclopédico inglés Webster´s, y allí da el siguiente significado de la palabra "low-down": referido a alguien, y en sentido social, significa "degraded"", que a su vez significa en castellano: "degradado, envilecido". Si lo usamos como "nombre", en el sentido que le da el personaje Rudy, el párrafo tiene mayor sentido, y viendo el comportamiento del personaje, aún más, puesto que su conducta con su marido y con Rudy, en cuanto aparece en sus vidas, es el de una persona degradada y envilecida.
Vale la pena señalar algunos errores de edición en esa primera de Grijalbo, que quizá no se notan, pero desconciertan, como es el no respetar los blancos entre párrafos dentro de algún capítulo. Un caso muy claro está en la página 120, donde hacia el final, entre el párrafo que termina con "...no era así." y el siguiente que empieza con "Se sentó frente a Doc", es evidente que ahí van blancas, puesto que la lectura seguida convierte el párrafo en incomprensible al estar narrado desde el punto de vista de Carol (a la que hemos dejado en el andén y ahora resulta que está sentada en el tren ante Doc) mientras que el anterior lo está desde el punto de vista de Doc, que acaba de recuperar el dinero en el tren.
Como digo, en otras ediciones o traducciones españolas puede que esto haya sido corregido. April 29 GALERÍA DE MUJERES (19). EMILIA PARDO BAZÁN: La primera feminista en España(c) 2006 by J.C. Planells
Me da la impresión de que las feministas españolas o desconocen o pasan bastante de la figura de Emilia Pardo Bazán, que es probablemente si no la primera, al menos sí una de las primeras feministas que hubo en España. O al menos, lo que me parece más interesante, de las primeras mujeres que decidieron situarse en condiciones de igualdad y competitividad con el hombre en todos los terrenos, tanto sociales como culturales. Cierto: tenía ventaja para hacerlo puesto que era una escritora respetada, admirada y célebre, de buena e importante familia y con influencias. Aunque todo eso a ella no la ayudaba en gran cosa, ésa es la verdad. Podía ser una escritora célebre y tener importantes lazos familiares, pero por encima de todo era mujer; mujer en una sociedad de hombres para hombres y por lo tanto mal recibida y mal tolerada en/por los círculos intelectuales de la época. En todo caso, ella, tozuda como una mula, no hacía el menor caso y se empeñaba en considerar al hombre como un igual suyo en todos los campos de actividades, haciendo oídos sordos a malas caras y desplantes (como los que le lanzaba Juan Valera, de verdadera antología del bochorno machista). ¿No me queréis en esta reunión? Pues aquí estoy porque he venido. ¿No debía venir a este centro cultural porque no se permite la entrada a mujeres? Pues a ver quién me levanta a la fuerza del sillón en que me he sentado. Ah, ¿ésta era una reunión sólo para escritores masculinos? Pues acaba de dejar de serlo ahora mismo, porque yo soy escritora y no soy masculina. Ése es el espíritu práctico con que hay que afrontar los retos y desafiar a la sociedad: como si los objetivos ya se hubieran conseguido. Y ésa es la manera en que deberían comportarse las feministas: las de ayer, las de hoy y las de mañana. Lamentablemente, las feministas de las últimas décadas y las de hoy, en vez de leerse alguna recopilación de los ensayos feministas escritos por Emilia Pardo Bazán (que les sonarán a cosa antigua) se leen estupideces como ¿Para qué sirve un hombre? o Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, y se quedan tan anchas, creyendo haber cumplido con su deber. Con semejante mentalidad, la cuestión feminista se irá al carajo en dos días. En fin, cada sociedad tiene lo que se merece, ni más ni menos. La decimonónica tuvo a Pardo Bazán, la actual los libros de autoayuda.
A pesar de sus escritos de todo tipo, a sus muchos artículos para periódicos y revistas, sus cientos de relatos publicados (habrá un breve artículo sobre ellos más adelante en este blog), sus importantes novelas, sus contribuciones al mundo cultural (fundó una Biblioteca para la Mujer destinada a culturizar a quien nadie quería culturizar), sus contemporáneos no la tragaban. Según he leído en un prólogo a una de sus colecciones de relatos, la calificaban de "escritora viril", "cerebro viril", "talento macho". En fin, hay gente que se define a sí misma por los epítetos que dedica a los demás. A tales estupideces, yo antepongo novelas como La Tribuna y relatos como "Medias rojas". Me basta con estos dos ejemplos, aunque también es cierto que refutar las sandeces antes citadas de un montón de carcamales es una pérdida de tiempo.
Le costó Dios y ayuda ser tomada en serio en los círculos de su época por el hecho de ser mujer, aun siendo quien era: Condesa de Pardo Bazán, una de las primeras plumas de las letras españolas de su tiempo, autora prolífica y de talento innegable, maestra de la narrativa breve, biógrafa, activista cultural, divulgadora... Cierto, tuvo la amistad y ayuda de Pérez Galdós... y algo más, puesto que según parece hubo cierto intenso romance entre ambos, que Galdós relataría disfrazado (como otros que él tuvo) en alguna de sus novelas. Pero Galdós fue uno de los pocos que la aceptaron.
Nació en 1851 en Galicia y murió en Madrid en 1921. Galicia y Madrid fueron los lugares donde se enmarcaron la mayoría de sus ficciones, aunque a La Coruña la bautizara como Marineda. Se casó, aunque no fue un matrimonio bien avenido. Tuvo un hijo y dos hijas. Viajó mucho, lo que le dio más motivos para escribir sdobre los países que recorrió. Algunos textos suyos aparecieron directamente en publicaciones argentinas.
Y esta mujer, feminista convencida, ardiente defensora dee la total igualdad entre hombre y mujer, lo fue... porque de niña su padre le inculcó esas ideas y la animó a llevarlas a cabo. ¡Lo que les faltaba a las feministas de hoy! En fin, el mundo es siempre de quienes rompen las reglas, sean hombres o mujeres.
April 26 CRIMEN EN UNA HABITACIÓN CERRADA(Serie: Aventuras de Harold Smith)
(C) 2007 by J.C. Planells
Eran las nueve de la noche y Harold se disponía a leer uno de los relatos que le escribía de cuando en cuando, para que mantuviera en forma sus poderes detectivescos adivinando quién era el asesino. El relato se titulaba "El afilador asesinado y destripado". Tras las broncas que me había echado la última vez porque decía que mis títulos eran demasiado largos y ridículos, decidí hacerlos breves y concisos. Sin embargo, Harold se puso a protestar nada más comenzar a leerlo:
--Cada día eres más tonto, Diógenes; hasta parece mentira. ¿Cómo se puede empezar una historia de esta manera: "Aunque era de noche, no estaba lloviendo"?
--Es una cita culta, jefe. Hablaban de eso en el suplemento literario del Times la semana pasada, y decían que las citas cultas dan lustre a un texto. Y como ésta de "Era de noche y sin embargo llovía" es muy famosa, pues he decidido empezar con una variación de la frase para hacer una especie de homenaje metasimbólico. Esto último lo he aprendido del suplemento de arte del Times y...
--¿Quieres callarte de una vez? --dijo Harold, irritado--. ¿Qué cita literaria ni qué niño muerto? ¿No ves que todavía es más ridícula que lo de "Era de noche y sin embargo llovía"?
Yo iba a defender el comienzo de mi relato echando mano a más suplementos del Times, incluidos los deportivos, que me ayudaban a mejorar mi inglés, pero en ese momento sonó el teléfono. Harold descolgó enseguida.
--Hola, Jameson... No, qué va... ¿Cómo? ¿Qué dices? --Sus cejas se enarcaron hasta el techo--. ¡No! --Abrió los ojos como platos--. ¡No puede ser! ¡Dime que no me engañas, Jameson! ¡Por supuesto que vengo! ¡Ahora mismo salgo para aquí! Sí, conozco la calle...
Colgó y tomó la gorra y la pipa de los casos importantes. Harold estaba emocionado como nunca le había visto.
--¿Qué ocurre, jefe?
--Diógenes, hijo mío --dijo, muy agitado--: En la vida de un hombre hay momentos trascendentales que marcan época. Lo mismo ocurre en la vida de un detective privado en lucha contra el crimen. Momentos que acaso no ocurran nunca, pero si se presentan, es cuestión de no dejarlos escapar. Diógenes, escucha bien. --Respiró hondo--. Hoy es uno de estos días. Se ha cometido un crimen en una habitación herméticamente cerrada.
--¿Cómo?
--Lo que oyes, muchacho. El sueño de todo investigador, de todo detective privado y de todo policía de Scotland Yard o de una aldea de mala muerte: investigar un crimen imposible cometido en una habitación cerrada y sellada, sin ventanas y cuya única puerta haya sido cerrada desde dentro y en la que, aparentemente, ningún asesino haya podido entrar ni salir. Bien, pues el señor Graham Grant ha sido asesinado en esas circunstancias en su casa, y Jameson, ¡el buen Jameson!, ha tenido el detalle de avisarme. Sabe lo que esto representa para un investigador. ¡Vamos! No perdamos más tiempo. El cadáver está aún fresco.
Salimos hacia la casa del muerto. Como solía pasar en los casos importantes, Harold no quiso perder el tiempo buscando un taxi y fuimos a todo correr. Jameson estaba en el vestíbulo de la casa, hablando con algunos agentes del Yard, cuando llegamos con la lengua fuera y derrengados.
--Increíble, Harold, increíble --nos dijo, tras saludarnos--. Te pongo en antecedentes. El tal Graham Grant era un coleccionista de sellos que se había hecho construir en la casa una habitación que parece una cámara acorazada, y allí era donde guardaba su colección de álbumes de sellos. Por las tardes, al volver del trabajo, se encerraba en ella para mirarlos hasta la hora de cenar. La cámara no tiene ventanas y su único acceso es una puerta acorazada que perteneció al Banco de Southampon, subastada cuando declaró suspensión de pagos e ingresos hace años. Esa puerta acorazada tiene una combinación practicable por fuera y por dentro. Pero cuando te encierras dentro y pones la combinación, es imposible abrirla desde fuera: eso era lo que le gustaba a Grant: que nadie podía entrar para interrumpirle. Su única comunicación con el exterior es un telefonillo, con el que la familia o el servicio le avisaban en caso de que viniera alguna visita o cuando era la hora de cenar, si tardaba en salir. Y eso es lo que ha ocurrido hoy: al ver que no salía a la hora convenida, le han llamado por el telefonillo, pero no ha contestado. Han insistido un par de veces y, finalmente, alarmados, su mujer y sus hijos han avisado a la policía, temiendo que hubiera sufrido algún síncope o desmayo ahí dentro. Ha sido preciso llamar al Ganzúas para poder abrir la cámara, y no le ha resultado fácil; menos mal que conocía esas puertas acorazadas de su juventud como revientabancos.
--¿El Ganzúas? --interrogó Harold, desconcertado.
--Sí, es un antiguo ladrón reformado; su especialidad era reventar cajas fuertes. Cuando su hija se metió monja, se emocionó tanto que decidió retirarse del oficio; ahora colabora con Scotland Yard en ocasiones como ésta. También algunas veces, cuando el sargento Osgood no puede abrir la lata de sardinas de la merienda, viene a abrirla por él. Es un manitas. En fin, el Ganzúas abre la cámara... y nos encontramos a Grant sentado a la mesa que hay ahí, con un puñal clavado en la nuca y la cara sobre el álbum que estaba mirando. Y en la cámara no había nadie más que él.
--¡Maravilloso! --se extasió Harold--. Quiero decir... ¡ejem!... parece algo increíble. ¿Por dónde pudo entrar el asesino?
--Exacto. ¿Por dónde? La única entrada es esa puerta acorazada, y Grant la cerró como siempre con la combinación una vez hubo entrado. Sólo él conocía esa combinación, nadie de la familia la sabe. Y dentro sólo hay un pequeño respiradero, con una circunferencia como una moneda de penique, allí arriba, en un vértice de la pared, para que se renueve el aire.
--Un asesino muy delgadito... --empecé.
--Calla, esclavo --me cortó Harold--. Esto es estupendo. No ha podido entrar nadie pero tenemos un cadáver que nos demuestra que sí entró alguien. ¡Vamos a ver esa cámara, Jameson!
Harold echó a correr hacia el interior de la casa, lleno de entusiasmo. Se trataba de una edificación de dos pisos, a nivel de la calle, con su jardincito y todo, típica de la clase media alta británica. Arriba estaban los dormitorios de la familia, y abajo había el comedor, el salón, la cocina y la dichosa habitación de los sellos. Persiguiendo al entusiasmado Harold, casi nos tropezamos con la familia del difunto señor Grant: su esposa Gertrudis, su pálida y anémica hija, Gladys, y su pálido y anémico hijo, Maurice. Como por lo visto se lo gastaba todo en sellos, no les compraba mucha comida que digamos. Pensé si la hija o el hijo podían haberse deslizado por el agujero de la ventilación, pero no parecía probable.
La habitación, que realmente era más bien una cámara por su exiguo espacio, estaba en la parte trasera de la casa y era tal como Jameson nos había dicho. La única entrada era una puerta acorazada de banco, de un grosor que espantaba realmente, y provista de una doble cerradura de combinación, interior y exterior, que hacía imposible abrirla desde fuera una vez cerrada por dentro. Así nos lo corroboró el tal Ganzúas antes de despedirse de nosotros; Jameson no había mentido en lo de que era un ladrón arrepentido y reformado, pues nos repartió unas estampitas de Santa Eulalia, virgen y mártir, que me hicieron mucha ilusión ya que había sido la patrona de mi ciudad. El interior de la cámara estaba delimitado por unas paredes de apenas tres metros de largo, lo suficiente para que cupieran una estantería con los álbumes de sellos y al lado mismo una silla y una mesa pequeña encarada a una de las paredes, sobre la que había una lámpara y un telefonillo. El cadáver estaba sentado en su silla, con el puñal en la nuca y la cabeza sobre el álbum que estaba mirando cuando le asesinaron. El suelo era de moqueta castaño oscuro. El respiradero, en el ángulo izquierdo de la pared frontera al cadáver, era un ridículo agujero que servía para que quien estuviera en la habitación no se ahogara, porque no había otra salida al exterior que la puerta ni otra entrada de aire que ésa tan exigua.
--Y no esperes puertas o pasadizos secretos --avisó sombríamente Jameson--. Estas paredes son de un grosor de al menos diez centímetros; lo hemos comprobado.
Harold se lanzó a estudiarlo todo con la lupa de los grandes casos, tras sacarle brillo al cristal.
--Se nota un olor algo extraño... --señalé.
--Cierto, lo advertimos al entrar --dijo Jameson.
--Con este constipado que pillé hace unos días, no puedo oler nada --se excusó Harold, mirando con la lupa por el agujero de ventilación.
--Será que el cadáver se está descomponiendo poco a poco... --dije lúgubremente.
--No, hombre. No llevará ni dos horas muerto, como mucho. El médico nos lo confirmará en cuanto llegue, pero antes las cinco regresó del trabajo y entró aquí, y a las ocho y media, cuando el Ganzúas pudo abrir por fin la puerta acorazada, ya estaba cadáver.
--Pues huele mal, señor Jameson --insistí--. Será la goma de los sellos, que con tantos como hay debe de producir mareos.
--Es posible --dijo el superintendente Jameson, no muy convencido.
Unos camilleros entraron para llevarse el cadáver, que hacía un poco de mal efecto ahí apuñalado de mala manera. Harold lo contempló casi con agradecimiento.
--¿Es seguro todo lo relativo a la combinación de la cerradura? --preguntó a Jameson.
--Desde luego. El Ganzúas lo ha estudiado. Estaba puesta por dentro, y no era posible abrirla por fuera sin conocerla. No veas lo que ha sudado el hombre para abrirla. La familia no podía ayudar, y estaban irritados con Grant porque nunca les quiso dar la combinación. Se ve que estos coleccionistas son todos unos maniáticos.
--A lo mejor el propio señor Grant abrió al asesino para que le apuñalara --sugerí.
--¿Y cómo ha salido luego?
Guardé silencio, porque no tenía ni idea. Estuve a punto de decir que quizá el señor Grant se levantó para abrirle después de que le apuñalara, pero no me pareció muy probable.
Harold estaba examinando la estantería con los álbumes de sellos.
--Mira esto, Jameson --dijo--. Hay veintisiete álbumes, numerados correlativamente. El que está sobre la mesa lleva el número quince. Pero... ¿dónde está el álbum número siete?
Buscamos y rebuscamos, aunque no había mucho donde rebuscar, la verdad allí dentro: los cajones de la mesa sólo contenían polvo y restos de un bocadillo de mortadela ya fosilizado. El álbum número siete no estaba en la cámara.
--Preguntaré a la familia si lo han visto o si está en otro lugar de la casa --dijo Jameson, aunque era evidente que se imaginaba la respuesta.
--Es decir, que además de a un asesino, nos enfrentamos a un ladrón --señaló Harold-- ¡Fabuloso!
La familia, tal como era de prever, se sorprendió. Graham Grant nunca sacaba un álbum de la cámara. No sólo eso: les había prohibido a todos el pensar siquiera en mirar alguna vez uno de sus álbumes de sellos. Grant desconfiaba hasta de su sombra en todo lo relacionado con su dichosa colección. Yo pregunté que cómo se lo hacía para mandar cartas por correo, pues, pero no se dignaron contestarme. En fin, su colección era su tesoro y su tesoro no salía jamás de los jamases de la cámara donde se guardaba. Ya estaban acostumbrados a esas chifladuras suyas. ¿Había venido a verle alguien esta tarde? No, nadie. Graham Grant regresó de su trabajo poco antes de las cinco, como de costumbre, y después de tomar el té con su mujer y sus hijos se encerró en la cámara de los sellos. Solía abandonarla a las siete, y si se demoraba o venía una visita, le avisaban por el telefonillo. Al ver que a las siete y cuarto seguía aún dentro, le llamaron; al no contestar, se alarmaron y temieron que hubiese sufrido un mareo allí dentro y no pudiese salir de la cámara. De ahí la llamada a Scotland Yard.
Yo especulaba con la idea de que toda la familia hubiera asesinado a Grant, pero cuando se lo dije a Harold, se escandalizó.
--¿Cómo se te ocurre pensar eso? ¿Dónde quedaría el misterio, Diógenes, el juego limpio? No, no, nada de eso.
En fin, era evidente, mirando a su mujer y a sus pálidos y anémicos hijos que no habían sido ellos. Lástima, porque el caso lo veía yo demasiado complicado ahora.
--¿Su esposo tenía enemigos? ¿En qué trabajaba? --preguntó Harold.
--Trabajaba en el ayuntamiento --dijo la señora Grant, toda triste--. En la sección de objetos perdidos: paraguas y periódicos olvidados en los autobuses; no hay mucha oportunidad de crearse enemigos en un puesto así.
--Hum. Ya veo --Harold procuró disimular lo contento que estaba con el caso--. ¿Conocía a otros coleccionistas de sellos? Entre coleccionistas sí es fácil crearse enemigos...
--Oh, sí --dijo la hija, toda anémica ella--. Papá conocía a varios coleccionistas, por correo, principalmente, y a veces hablaba por teléfono con alguno de ellos...
--¿Vino a visitarle alguno de ellos?
--Una vez vino uno, hace años, y hace unos meses vino otro un par de veces, pero papá lo acabó echando con cajas destempladas y le dijo que no volviera nunca más por casa. Quería ver un sello de su colección, o una serie, no sé.
--Hum y rehúm --dijo Harold, procurando disimular su entusiasmo: sin duda, ya olía al asesino de Grant, pero una cosa era olerlo y otra demostrarlo--. Celos de coleccionista, ¿eh?
--Supongo. Papá estaba enfadado aquel día y no quiso hablar del tema; nunca hablaba de sus sellos con nosotros. Es que nos parecía una colección tonta, y eso le sentaba mal...
--¿Recuerda cómo se llamaba ese visitante?
No lo sabían. Jameson y Harold consultaron la agenda de direcciones del muerto, pero como no se aclararon recurrieron a la familia para que les indicaran quiénes eran amigos, parientes, conocidos o compañeros de trabajo del muerto. Al final quedaron cuatro nombres totalmente desconocidos para ellos: tres hombres llamados Philip Ullbert, James Monagan y Terry Hill, y un nombre de mujer un tanto raro: Polly la Bomba.
--¿Quién debe de ser? --preguntó la señora Grant, muy intrigada.
--Ah, creo que no nos hemos de preocupar por ese nombre --dijo Jameson, de manera muy delicada--. ¡Ejem! Quizá las casas de filatelia tengan listas de coleccionistas de sellos, y aparezcan estos nombres en ellas... Pero esto será un trabajo para mis hombres, mañana por la mañana.
Mientras Harold y Jameson comentaban los pasos a seguir, yo volví a entrar en la cámara de los sellos. Aunque habían retirado el cadáver, el lugar seguía despidiendo un olor extraño y desagradable. Le pregunté a la criada, que andaba por ahí cerca, si no se limpiaba nunca la moqueta de la cámara, y me dijo que lo hacía el propio señor Grant con el aspirador una vez a la semana, y que lo había hecho precisamente ayer por la tarde. O sea, que ni el servicio ponía allí los pies. ¿Habría huellas del asesino, hablando de pies? Me tendí para ver la moqueta más de cerca y lo único que conseguí fue marearme con el tufo que despedía, tufo que parecía aumentar justamente trás de la silla donde se sentaba Grant.
--Diógenes, vamos a ir... Eh..., ¿qué te pasa? --preguntó Harold, que llegaba a buscarme.
--Jefe, esto huele muy mal...
--Ya lo sé --dijo Harold, la mar de contento y frotándose las manos--, es un caso realmente misterioso...
--No, si lo que huele mal es la habitación... este suelo... hay un pestazo a podrido...
--Pues no lo he notado --dijo Harold, con fastidio--. ¡Maldito constipado!, no puedo ni oler los guisos de la señora Lane. ¡Jameson! --llamó--. Ven, Diógenes tiene mala cara, parece como si se fuera a marear.
--Traeré sales --se ofreció la criada con la que había hablado antes.
--¿Olía raro cuando abristeis por fin la puerta de la cámara? --le preguntó Harold a Jameson, mientras yo olía las sales que trajo la criada, sentado en la silla donde había estado el muerto.
--Pues, sí, ya te lo he comentado. Pero, claro, una estancia tan pequeña, sin más ventilación que ese minúsculo respiradero, y con un cadáver dentro... Supuse que sería olor a cerrado.
--Pero por el respiradero entra el aire fresco de la noche. No mucho, es verdad, pero entra. No podía oler a cerrado...
--Es parte de la moqueta lo que huele mal --dije--, no la habitación. Y la criada dice que el señor Grant la limpió ayer, cuando aún no estaba asesinado.
Harold se tendió sobre la moqueta y la aspiró con la nariz.
--Maldito constipado... Apenas consigo oler nada... Prueba tú, Jameson.
Jameson se tendió cerca de la silla del muerto y arrugó la nariz asqueado.
--Es verdad, huele de una manera infame... Pero no toda la moqueta, sólo cerca de la silla...
--Donde apuñalaron a Grant... Y la estantería de los álbumes está a su derecha...
--Cierto, Harold, y ahí apenas hay olor...
--Todo esto es muy raro. La estantería está lo suficientemente cerca como para que pudiera coger cualquier álbum sin levantarse de la silla...
--Puede que el asesino fuera un cadáver viviente --dije, ahora que se me empezaba a pasar el mareo.
--No digas estupideces --gruñó Harold.
--O vino arrastrándose por las alcantarillas...
--Deja ya de dec...
Harold se interrumpió en seco y miró a Jameson. Jameson miró a Harold. Los dos me miraron a mí. La criada les miró a los dos. Yo miré a la criada.
--¿Puedes repetir lo que has dicho? --pidieron Harold y Jameson a la vez.
--Vaya, es que... este olor parece propio de cloaca. Es un pestazo nauseabundo. Supongo que se irá, pero...
--Pero... ¿cómo ha llegado aquí ese olor a cloaca? --inquirió Jameson.
Harold había salido de la estancia y estaba ya en la calle, tras cruzar la puerta trasera de la casa. Desde allí llamó a Jameson. Salimos y nos lo encontramos mirando fijamente una entrada a las alcantarillas que había en medio de la acera, justo ante la parte posterior de la casa de Graham Grant.
--Haz que alguien levante esa entrada --le pidió a Jameson.
--Pero, ¿en serio crees...?
--No creo nada, pero si dentro huele a alcantarilla, como ha dicho Diógenes y tú has corroborado, es evidente que el olor procede de alguna parte, y esta entrada está a menos de seis metros de la casa de Grant. Veamos qué hay debajo.
Vino uno de los policías de Jameson, levantó la tapa metálica, y Harold, Jameson, el policía y yo entramos en la alcantarilla, provistos de unas linternas que nos prestó la criada de los Grant. El interior apestaba igual que la moqueta de la habitación de los sellos, pero a lo bestia. Fuimos avanzando en dirección a la casa, y de repente el agente dijo, iluminando con su linterna:
--¡Miren eso! ¡Alguien ha estado excavando en esa pared! ¡Han hecho una especie de túnel!
--Un túnel, realmente --aprobó Harold--. Un túnel excavado en la pared interior de la alcantarilla y que coincide con la parte trasera de la casa de Grant, y eso seguramente nos llevará a...
En efecto, seguimos el túnel y pronto llegamos a un punto en que el túnel ascendía. Una columna de metal sostenía un falso techo, y este falso techo daba acceso a... la habitación de los sellos, justo detrás de la silla donde se sentaba siempre Graham Grant.
--Lo veo y no lo creo --dijo Jameson, cuando todos entramos en la habitación de los sellos por aquel pasadizo.
--Ya lo ves, querido Jameson. El asesino estudió el lugar, tras saber dónde estaba ubicada la habitación en la que Grant guardaba sus sellos; vio la alcantarilla, se metió en ella y decidió cavar un túnel que le llevase debajo de la habitación. Apuntaló el techo, es decir, lo que para nosotros es el suelo de la habitación, creando un falso suelo/techo y realizó una abertura en él. Luego tapó esa abertura, en lo que le ayudó el suelo de moqueta. Un suelo de baldosas hubiera quedado totalmente destruido. Me temo que el asesino en realidad sólo quería llevarse el álbum de sellos que le interesaba, y dejar que Grant se volviera loco de rabia cuando lo echara en falta, preguntándose cómo habían podido entrar en su habitación acorazada. Pero cuando el asesino entró, se encontró con Grant sentado a la mesa, dándole la espalda, así que lo asesinó. Lo cual quiere decir que muy probablemente venía preparado para ello también, pues nadie sale a pasear con un puñal... Un asesino muy laborioso, sí, pero no contó con el pestazo a alcantarilla que se adueñaría de la cámara, inevitable además en un lugar tan cerrado como éste. Es posible que llevase puesta una máscara antigás y no tuviera en cuenta ese detalle...
En fin, el ladrón resultó ser James Monagan, uno de los tres coleccionistas, y que fue identificado por la hija triste y anémica de Grant como el que había discutido fuertemente con su padre tiempo atrás. En su casa se encontró el álbum desaparecido tras el registro efectuado por Scotland Yard. También se hallaron planos de la red de alcantarillado de Londres. Harold sospechó que Monagan planeaba cometer más crímenes o robos de idéntica manera, siempre que tuviera la suerte de poder penetrar en las casas excavando túneles. Abrumado, Monagan confesó su crimen y dijo como escusa que un coleccionista funciona según sus propias reglas y que no esperaba que la sociedad comprendiese lo necesario de su crimen.
--Coleccionistas --dijo Jameson despectivo--. Qué vergüenza. Asesinar por unos sellos. Eso demuestra poca clase, ¿no te parece, Harold? Los buenos asesinos asesinan por dinero, venganza o por... ah... señoritas rubias... Pero, ¿sellos?
--Yo esperaba un crimen más complicado --me dijo Harold poco después de la confesión de Monagan--. Una habitación cerrada y todo eso..., en fin. No me parece en realidad un método muy imaginativo el que siguió Monagan, y desde luego exige demasiado esfuerzo. ¿Y todo por un sello? Bah.
A mí también me había decepcionado el caso, así que me puse a escribir otro relato para que Harold adivinara quién era el asesino, titulado "El caso del asesino inconsecuente" (después de mirar en el diccionario qué significaba eso). Para que Harold viese que me preocupaba por seguir llenando mis relatos con citas cultas, lo empecé con lo que según el suplemento literario del Times era "estilo nouveau roman": "Aunque era de día, lucía un sol espléndido...". A ver qué pega el encontraba ahora.
FIN.
April 25 KLUTE, de Alan J. Pakula: Sí, ¿y qué?(c) 2006 by J.C. Planells
Tras revisar la segunda película de Alan J. Pakula como director, realizada en 1971, me viene a la cabeza la frase con que Alejo Cuervo replicaba a veces a los comentarios entusiastas de alguien que destacaba un libro o algún detalle de un libro que le parecía meritorio y que Alejo encontraba más bien banal: "Sí, ¿y qué?". Pues eso es lo único que se me ocurre a mí al término del visionado de Klute: Sí, ¿y qué? ¿Qué me cuenta exactamente la película? ¿Qué es lo que me han querido decir con ella? ¿Qué se proponían exactamente? ¿Cuál es la historia? ¿Dónde está su sentido? ¿Cuál es el tema, en realidad?
No es que Klute sea una mala película. Es un film hecho con pulcritud (así definía Eduardo Murillo el cine de Pakula: un cine muy pulcro), con solvencia, con cuidado y con mucha seriedad. Vale, ¿y qué?
En su día, Klute causó bastante sensación y fue una de esas películas que hay que ver. Jane Fonda ganó el Oscar a la major actriz por su papel y Pauline Kael la obsequió con una frase estúpida (cómo no viniendo de ella) de elogio. Pero el éxito de este filme resulta algo desmesurado al revisarlo hoy. ¿Qué méritos tiene, concretamente? ¿Qué es lo que cuenta y qué es lo que pretende ser? Porque lo único claro de esta película es que los guionistas van por un lado y Pakula por otro y no se ponen de acuerdo ni se encuentran nunca. El film parece ser una intriga policiaca, pero se resiste a desarrollarse como tal. Da la impresión de disponerse a contar el modo de vida y forma de ser de una call-girl, que al no conseguir trabajos como actriz en el teatro, acepta citas telefónicas para tener sexo remunerado con desconocidos; pero de hecho ella es sólo un personaje episódico de la intriga policial que se supone investiga el detective llamado Klute. Lo que nos lleva a pensar que debiera ser una aventura de ese detective privado, John Klute, un hombre de pequeña ciudad que llega a Nueva York para investigar una desaparición y que se encuentra en un ambiente que le es ajeno, pero Klute es como un robot sin personalidad, frío, automático y ni siquiera parece el protagonista del film.
La única manera de entender qué es Klute cinematográficamente hablando es verla hoy día como... un giallo. Pues sí, para estupefacción nuestra la película tiene todos los modos y estilos y maneras del llamado giallo, el cine policiaco italiano, el thriller que se puso de moda en 1970, el año anterior a Klute, gracias a Dario Argento y su El pájaro de las plumas de cristal, y que originó abundante filmografía en la primera mitad de los años setenta, principalmente, hasta que fue declinando hasta desaparecer ya antes de que terminara esa década. Y 1970 y 1971 fueron los años de presentación y desarrollo rápido del género, con abundantes producciones. Y es que en esta película todo evoca en mucho al giallo italiano con el que nos familiarizaríamos: la música chirriante y estridente a ratos, los tics argumentales, la intriga retorcida, la vaciedad argumental, la confusión de la historia, la resolución final, la inanidad tonal de los personajes, los secundarios y su integración en la intriga... todo es como el giallo que tanto visitaría nuestras pantallas y que las visitaba ya en 1970 y antes del estreno en 1971 de Klute. Lo fácil es decir que Klute copiaba modos y maneras del cine italiano policial, lo mismo que hace pocos años se ha dicho que Instinto básico no era más que la recuperación del giallo, a veinte años vista, pero con más lujo en pantalla. Puede. La coincidencia de fechas de Klute y la eclosión del giallo es notoria, como notoria es la sensación de que esto es lo que estamos viendo, a medida que la proyección avanza, puesto que el film no funciona ni como intriga policial, ni como el retrato de una call-girl --algo en lo que se muestra totalmente inane--, ni como nada. A cada momento, las soluciones visuales recuerdan más y más a lo que se veía y se vería en los años siguientes en el cine italiano, en los muchos gialli. El personaje de Roy Scheider, la muerte del asesino al final, la escena en el taller de costura cuando Jane Fonda descubre al asesino oculto tras una funda de plástico para la ropa, la ausencia de explicación de algunos de los crímenes cometidos, la motivación sexual del asesino, los alegres saltos sin sentido de una escena a otra, la (insisto) espantosa musiquilla chirriante... algo con lo que nos familiarizamos por entonces y que ahora aparece aquí como un fantasma extraño.
Pakula rueda bien, con esa pulcritud tan suya, un guión que, como ya he dicho, va por otro lado y o bien no se entera de ello, o es que no le interesa enterarse. Usa los silencios en momentos oportunos: la amenaza del asesino en el techo de casa de la call-girl, la persecución que Klute hace de él por lugares oscuros del edificio, algo que observó en Mulligan cuando trabajó con Pakula como productor suyo entre 1957-1968 (con intermitencias) y que aplica en esta y otras películas con esmero; además, oh milagro, Pakula extrae una muy buena interpretación de la generalmente necia Jane Fonda; sólo por eso merece respeto su trabajo (el de Pakula, quiero decir). Aunque puede que la Fonda hiciera eso que hacen los actores serios y se fue una temporada a convivir con call-girls para estudiar su... ah, manera de desenvolverse.
Y volvemos al principio. Sí, la película está bien, pero, ¿y qué?
April 23 EL NÚMERO 23, de Joel Schumacher: Empanada mental(c) 2007 by J.C. Planells
![]() Joel Schumacher es un director particularmente odiado a fondo por todos los críticos. Y hay que reconoceer que a veces no les faltan motivos, pues en su filmografía --ecléctica como pocas-- abundan espantos sin límite, films bastante bochornosos y cine comercial inane. Se trata, en suma, del genuino representante del Hollywood actual, que presuntamente lo saber hacer todo, pero carente de estilo y personalidad, con mucho lujo fotográfico en pantalla (no en vano fue director artístico y diseñador de vestuario durante muchos años antes de pasarse a la dirección) y vaciedad total en cuanto a ideas cinematográficas. Ahora bien, no todo es basura en su filmografía, como afirman sus muchos enemigos. Se le deben, en efecto, espantos como Batman y Robin, Batman Forever, Elegir un amor, así como desastres bochornosos como Asesinato en 8 mm o 9 días, por ejemplo, y puesto que estos dos últimos pertenecen al género del thriller, el bochorno es más notable aún. En Asesinato en 8 mm, partiendo de un tema interesante consiguió una verdadera ridiculez, ayudado en gran medida por Nicolas Cage, actor que va de película en película poniendo cara de infeliz o de bobo. Un fracaso así desconcierta, porque entonces, ¿de qué depende Schumacher para sacar adelante una buena película? Pues lo cierto es que --mal que les pese a sus miles de detractores en forma de críticos-- hay al menos un par de películas muy interesantes en su obra, y otras que podemos calificar de fallidas --es decir, irregulares o mal resueltas pero de planteamiento interesante--, como son Línea mortal o Jóvenes ocultos. En fin, sus mejores películas son Un día de furia y Última llamada. La primera es considerada un film fascista y tramposo por la crítica (es curioso: calificar un film de "tramposo", pero sin indicar cuáles son las trampas ni dónde están o porqué lo consideran como tal, es algo muy habitual en los estamentos críticos de toda la vida); la segunda ni siquiera les merece un comentario loable pues el mérito lo adjudican a Larry Cohen, director y guionista irregular que parece empeñado en ceder a otros sus mejores ideas en cuanto a guiones. ¿Mejores? No del todo exacto: recordemos que El abogado del diablo, un guión suyo puesto en imágenes por Sidney Lumet, era una vergüenza total --ayudado en este caso por un Don Johnson que confundía hacer el chulo con interpretar--. En todo caso, es de destacar que el acierto de Schumacher en ilustrar los guiones de Un día de furia y Última llamada se dé de bofetadas con los resultados obtenidos en Asesinato en 8 mm... y con esta El número 23. Ambos films comparten un tono oscuro, opresivo, lóbrego y asfixiante, en tanto que Un día de furia y Última llamada tienen un tono más luminoso, quizá por transcurrir en buena parte en exteriores.
En fin, queda claro que como antiguo director artístico Joel Schumacher se deja llevar un tanto por sus sensaciones a la hora de poner en imágenes el guión (algo que demostró en El fantasma de la ópera, aburrida pero vistosa ilustración del musical de Broadway), puesto que tan inverosímiles son en sus planteamientos Asesinato en 8 mm o Un día de furia como Última llamada o El número 23. Schumacher da la impresión de no saber manejar adecuadamente demasiados elementos a la vez, aunque si sus guionistas le ofrecen una idea sencilla, lineal, saca mejor partido de ella: las ideas de que parten Un día de furia y Última llamada son muy simples: se trata de mantener una situación concreta con un único personaje durante un espacio de tiempo breve hasta llegar a su resolución. Por el contrario, Asesinato en 8 mm y El número 23 exploran tramas complejas y enredadas que incumben a varios personajes, aunque sigamos sólo a uno de ellos, y abarcan espacios de tiempo más largos hasta llegar a su final. En la primera de estas dos películas se acabó cayendo en el exceso y el ridículo (y por una vez, en el cine de orientación fascista, aquello de que se acusó en su momento a Un día de furia...) y en la segunda esto se ha corregido y aumentado.
Viendo El número 23 --un film cuya mayor virtud es su brevedad: 90 minutos (pero parecen más)--, uno piensa que habría dado pie a un episodio bastante curioso de alguna serie tipo Dimensión desconocida de Rod Serling, pongamos por caso. Es decir, algo breve y directo que dejara un buen recuerdo. Aquí no ocurre eso. Guionista y director se han aliado para ofrecer una trama truculenta, tenebrosa, oscura (hay momentos en que el espectador exige a gritos casi un poco de iluminación en el plano), retorcida, que incluso provoca somnolencia en varias ocasiones. El resultado de todo ello, una vez se llega a la conclusión del film y descubrimos que se trataba de otro "film con sorpresa", es que uno acaba con la sensación de que la tomadura de pelo que nos han hecho sin ni darnos cuenta es inmensa. No ya por inverosímil, sino por necia. Veamos; hace pocos días comentábamos respecto a Seduciendo a un extraño que podía provocar algún rechazo por un final algo inverosímil, pero en todo caso, al tratarse de un film-juego en que director y guionistas jugaban con limpieza y fueron más astutos y hábiles que el espectador, se reconocían los méritos de su victoria sobre dicho espectador: nada que objetar, pues; para eso se paga la entrada. Ahora bien, El número 23 no es un film-juego, sino un film-moraleja (!!!), como descubrimos al final, y para montarse la historia y llegar a la puñetera moraleja desarrolla una trama tan grotesca que --como le ocurrió a Schmacher ya en Asesinato en 8 mm-- cae en el ridículo total, en la acumulación de imágenes tenebrosas en las que uno se pierde por completo a ratos, si bien debe advertirse una cosa: en caso de que el espectador se duerma de cuando en cuando gracias a la oscura fotografía y a la atmósfera de silencio, entre otras muchas taras cinematográficas que tiene el film, no debe preocuparse; le ocurrirá lo mismo que con Instinto básico 2: al final, todo se entiende perfectamente --suponiendo que hubiera algo que entender, claro--. Pocas veces sale uno del cine con la impresión de que ha sido timado a conciencia, de que director y guionista se han montado un show absolutamente inútil --un espectáculo realmente cargado de puñetas, no se puede decir de otra manera-- para explicarnos nada, y con la vaga impresión de que, en principio, la idea puede que no fuera mala, pero daba para poco más que un episodio de 25 minutos de una serie televisiva de cuentos con final sorpresa. La pregunta que uno se hace luego es: ¿tenemos ya a la candidata a más nominaciones a los Razzies del próximo año? Creo que la respuesta es que sí.
April 22 TERROR FANTASTIC: UNA REVISTA A RECORDAR(c) 2007 by J.C. Planells
Si no me equivoco, Terror Fantastic fue la primera revista española dedicada al cine fantástico. Duró 26 números, el primero aparecido en octubre de 1971 y el último en noviembre de 1973, es decir, poco más de dos años de publicación. Seguramente muchos de los que la conocieron la habrán olvidado, otros la desconocerán por completo y en su momento hubo varios que la criticaron entre risitas; pero para los aficionados al cine fantástico de aquellos años --que los había--, era lo único dedicado a su género predilecto. No importa si la revista era buena, mala o regular, porque no había otra cosa (a no ser que uno fuera políglota y pudiera adquirir el Midi-Minuit Fantastique cuando llegaba --adonde llegase y si llegaba-- de importación). Estas cosas sólo las conocen los que han vivido el llamado "tardofranquismo", un período que abarca desde 1971 hasta la muerte de Franco en 1975.
Pues conviene decir, en relación con esto, que lo que acabó con Terror Fantastic no fueron las escasas ventas ni el desinterés de los lectores (como ha ocurrido con otras revistas del género). La revista tenía un grupo fiel de seguidores, tremendamente fiel, y puede que no generase beneficios, pero cubría más o menos los gastos (era un caso algo parecido a Nueva Dimensión, si bien algo más profesional). Lo que acabó con ella fue la administración franquista; ni siquiera la censura, como ocurría con otras publicaciones dedicadas a temas de actualidades o incluso de entretenimiento. Terror Fantastic no ofrecía textos o imágenes censurables, no hablaba de política o temas afines, y se mantenía escrupulosamente dentro de los márgenes permitidos en la época (lo que no quiere decir que estuviera bien vista por los censores...); sus editores iban con mucho cuidado con ello, como tantos y tantos otros durante el franquismo y, especialmente, el tardofranquismo, cuando en principio se podía publicar algo así como "todo", pero luego venía el tío Paco (denuncia de un particular) con las rebajas (recuerdo cierta revista de aquella época, Oriflama, una publicación en catalán con temas para la juventud de entonces, y que número a número se ganaba multas, querellas, censuras... hasta que arrojó la toalla). De todas maneras, a medida que la revista iba acumulando un número tras otro, se lanzaba un poquito más --porque se suponía que los tiempos también avanzaban poquito a poquito--. En cierta ocasión leí que el almirante Carrero Blanco solía criticar las portadas de las ediciones de las antologías Espanto y Terror de Dronte, aparecidas más o menos por entonces, y no tendría nada de particular que Terror Fantastic también desencadenara sus iras (la portada del número 1 era bastante bestia). Pero, en todo caso, para el "régimen" una cosa eran los libros --en España se leía poco y lo hacían cuatro intelectuales-- y otra las revistas, a la vista de todos en el quiosco. De ahí que, poco a poco, Terror Fantastic pasase a ser objeto primordial de vigilancia para la censura al cabo de un año y medio de publicación. Los editores, por aquel entonces, se animaron ante la buena acogida de los lectores y empezaron a preparar dos colecciones de libros abundamentemente ilustrados con fotografías, anunciadas a partir del número 17 (febrero de 1973) y que siguieron anunciándose en los siguientes números, hasta los anuncios desaparecieron misteriosamente y, no hace falta decirlo, las dos colecciones no llegaron a aparecer nunca. Una de ellas iba a estar dedicada a los mitos del terror (Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo y un largo etcétera), y la otra a los mitos del erotismo (Marilyn Monroe, Elke Sommer, Brigitte Bardot, ¡Carmen Sevilla!, Ann-Margret, y muchas más). Sin duda, a raíz de estas colecciones previstas, la censura empezó a estrechar el cerco a la revista y a su editor (era una publicación unipersonal, tal como se indicaba en el por entonces obligado informe anual a publicar en todas las revistas hacia final de año), que ya empezaba a ampliar temáticas en la revista e incluía reportajes sobre starlettes de moda o sobre temas algo insólitos, como el cine sádico japonés o los "nudies" del fantástico.
Ahora bien, como en la revista no aparecían desnudos, sólo chicas ligeritas de ropa (el fantástico de los primeros años setenta era proclive en erotismo, y difícilmente una revista dedicada a él podía soslayarlo, si pretendía informar de estrenos y rodajes y directores recién llegados) y los textos eran pulcros y educados, no se podía censurar nada por inadecuado. Solución: se empezó a acosar a la revista y al editor con trabas administrativas hasta que la obligaron a cerrar. La cosa, finalmente, llegó al ridículo total: "alguien" presentó una demanda contra la revista... ¡debido a su nombre! No podía llamarse Terror Fantastic, y por ello el número 26, que sería el último, apareció simplemente como Terror a secas, sin el "Fantastic". Una nota del editor, en la página 5 de dicho número, informaba al respecto que "Ello viene determinado por habernos sido presentado un recurso que afecta al segundo componente del título de nuestra revista. Mientras no quede dilucidada esta cuestión [...] saldrá con el nombre de Terror". Asimismo, en esa misma página, se informaba del pase a bimestral de la publicación a partir del número siguiente, aumentando, eso sí, las páginas. Pero no hubo ningún número más. La administración franquista ahogó completamente la publicación con sus trabas y demandas misteriosas. En enero de 1974, la editora de la revista envió una carta a los lectores que habían escrito o se habían interesado por ella en alguna ocasión, y en la que, entre otras cosas, decían:
"Como Ud. habrá podido observar, el último número aparecido de T.F. lo hizo con una modificación en el título, motivado, como ya informamos, por una querella judicial que está actualmente pendiente de la resolución de los organismos competentes. Ello ha provocado una serie de problemas administrativos que han impedido la normal continuidad de la publicación, tras 26 meses de regular e ininterrumpida aparición a la venta pública.
Estos hechos nos han impuesto un replanteamiento de cuestiones básicas en la configuración de la revista. Así pues, es nuestro propósito que, una vez superadas las circunstancias actuales, T.F. pase a ser de aparición trimestral [esta palabra está subrayada en la carta] y de venta únicamente a suscriptores; pudiendo también recibir Ud. cada número contra-reembolso de su importe, si lo prefiere."
Seguía, entre otras cosas, el anuncio de aumento de páginas, nuevo precio a 100 pesetas, incremento de las secciones, etc., etc. Al pie de la carta se incluía un cupón recortable para rellenarlo y remitirlo a la editora de la revista, a fin de recibirla en las nuevas condiciones. Y ése fue el más que lamentable final de una publicación entusiasta: no hubo ni siquiera la posibilidad de vender la revista únicamente por suscripción, y no creo que fuera por la escasa respuesta de los aficionados, sino por más "trabas" de la administración franquista. Terror Fantastic desapareció ya por completo, sin más noticias al respecto. Sin duda muchos lectores de hoy, desconocedores de estos hechos --y otros parecidos-- se extrañarán, pero el tardofranquismo fue así en el mundo de las revistas. Y nosotros, los aficionados, nos quedamos sin nuestra ración mensual de información sobre cine fantástico
Terror Fantastic estuvo editada por Pedro Yoldi, dirigida por José Cañas Aznar y coordinada por Francisco Montaner, desde su primer número hasta el último. Entre sus muchos colaboradores, algunos conocidos ya entonces, otros desconocidos incluso después, figuraron Carlo Frabetti, Antonio Martín, Luis Gasca, Luis Vigil, Antonio Velilla, Pierrot, Juan Tebar, Terenci Moix; y entre los ilustradores y dibujantes estuvieron Peñarroya, Alfons Figueras, Beá, Maroto... Había muchas secciones fijas, como "Los mitos de la fantasía", donde se analizaba un personaje del terror (Drácula, El Hombre Lobo...) a través de todas sus películas; "La película olvidada", un artículo sobre un film fantástico visto años ha o incluso inédito; "Teatro-Terror", una sección a cargo de de Pierrot; "Los comics fantásticos", donde se estudiaron personajes como El Capitán Maravillas o Flash Gordon entre muchos otros; "Biblioteca de la fantasía", donde se hablaba de un escritor del género: Stoker, Lovecraft, Kafka... Y, además, por supuesto, críticas de estrenos, sección de libros, crónicas de festivales (Sitges y Triste, principalmente), entrevistas con directores del fantástico españoles o extranjeros, reportajes de las películas en preparación o en rodaje, principalmente españolas (Osorio, Naschy...), humor, secciones dedicadas a las ciencia ocultas (vudú, satanismo, etc.), consultorio y un concurso fijo de relatos de terror y fantasía para noveles (no publicaron a autores conocidos, aunque leyendo la lista de autores que presentaron relatos se encuentran, entre otros, Fernando P. Fuenteamor y Ramón de España...). En el consultorio, no faltaba el pesado de Salvador Sainz, una especie de cruz del fantástico de este país, y África Martínez, una combativa chica madrileña con la que mantuve correspondiencia más o menos por aquella época.
Todo estaba muy en olor de fan, por decirlo así, pero hecho con seriedad y rigor, bien documentado (hoy es más fácil hacer esto: basta con "copiar y pegar", como hacen tantos...). Hubo algunos dosieres inapreciables, artículos interesantes, números especiales dedicados principalmente a un tema (SF, cómics, erotismo...), y evidentemente muchas notas de actualidad que hoy no significan nada. El mérito estaba, pues, en sacar adelante la revista en unos tiempos en que los editores de esta clase de temas se la jugaban un poco; en la revista se comentaban películas prohibidas por la censura española, y que se estrenaron años después, cuando Terror Fantastic ya no existía. En fin, puede que no fuera la mejor revista del mundo de cine fantástico --sin duda no lo era, si la comparamos con Midi-Minuit Fantastique, por ejemplo--, pero era lo que tuvimos entonces y merece ser homenajeada por ello.
Desde 1975 hasta ahora ha habido otras publicaciones dedicadas al cine fantástico, y casi todas ellas han sido traducciones/adaptaciones de publicaciones americanas por convenio con el editor de origen, en las cuales se colaba algún artículo o noticias sobre cine español para "cumplir", pero no se sudaba la camiseta para hacerlas, por decirlo así. La única sería Vudú, una revista que apareció poco tiempo después de morir Terror Fantastic, editada por su antiguo colaborador Pierrot, y que duró unos pocos números; no podía compararse en calidad o interés con la anterior. El hueco dejado por Terror Fantastic nadie supo llenarlo, o nadie tuvo ánimos para hacerlo.
En los 26 números de existencia, la revista publicó algunos dosieres y artículos que merecen ser recordados o conocidos. Nada nuevo hay en los artículos sobre Drácula, el Hombre Lobo, Fu-Manchú, etc., que aparecieron, por ser ya tan tratados en tantas publicaciones o libros, pero quiero dejar constancia de los siguientes textos, que exploran temas menos tratados o incluso insólitos para su época, además de alguna curiosidad:
--Número 5: "Mojica Marins: donde el instinto supera a la razón", por Luis Gasca.
--Número 5: Unas aleluyas de King Kong por Boliche, que al parecer eran desconocidas para muchos aficionados.
--Número 8: "¿Por qué Jean Rollin? El terror erótico de Jean Rollin", por Francisco Montaner (incluía filmografía y entrevista).
--Número 11: "El sadismo infantil potencial de terror: de Struwwelpeter a Zipi y Zape", por Antonio Martín (curioso por ofrecer viñetas de las primeras historietas de Zipi y Zape y detalles del fuerte componente sádico de las mismas, algo que no muchos conocen).
--Número 12: Especial Santo, El Enmascarado de Plata.
--Números 18 y 19: "Cuando el fantástico de divierte: La parodia" (dossier en dos entregas)
--Número 19: Un artículo sobre la película nunca exhibida comercialmente en España I Married a Monster from Outer Space!
--Número 20: Especial: Erotismo en el cine de terror. Incluía el artículo "El erótico y sanguinario cine japonés", por Antonio Vilella.
--Números 20, 21, 22 y 24: En estos cuatro números (saltándose el 23) se publicó el dossier "Los nudies del terror", por Sadko.
Esto es lo que me parece más destacable o curioso de esta revista, lo que no quiere decir que otros artículos o textos no tengan interés. Tener una colección completa de ella merece la pena: es historia del género.
April 19 LAS GUERRILLERAS DE LA CALLE ARCO IRIS(serie Relatos autobiográficos -17)
(c) 2006 by J.C. Planells
Here on earth I´m a lost soul
ever trying to find my way back home.
CARLY SIMON: "Life is eternal"
Al padre de Rosa María Anoro lo venía a buscar la policía cada vez que Franco visitaba Barcelona, y lo invitaban a hospedarse unos días en el Hotel Entenza para quitarle de en medio, por si le venían malas ideas... Rosa María era apenas una niña cuando eso ocurrió por primera vez, y se asustó mucho al ver que a su padre se lo llevaban de casa entre dos policías; no entendía lo que pasaba. Cuando yo la conocí, en 1976, Rosa María Anoro tenía 23 años y aquello era ya cosa olvidada... pero recordada, si se entiende lo que quiero decir. A su padre no era por supuesto al único a quien le ocurría lo mismo en las visitas del así llamado Caudillo a Barcelona, pero sí el único del que tuve noticia directa.
Cuando Rosa María Anoro me lo contó, yo tenía 26 años, Franco había muerto hacía un año y todo había quedado olvidado... pero recordado de otra manera. Ya no pisaba la calle Arco Iris desde hacía al menos cuatro años, y aún no sabía que sólo la volvería a pisar --y muy brevemente-- en 1990. Más cosas que se iban olvidando y, en este caso, dejando de recordar. Y, por otra parte, ni la calle ni yo éramos los mismos, y tampoco vivían en ella aquelos a quienes conocí y visité entre 1969 y 1972.
Como hijo de una familia de clase media que se guardaba sus secretos para sí misma, yo vivía en la inopia total de lo que era Franco y de lo que pasaba en este país. Educado en un colegio de religiosos durante unos seis o siete años hasta que me expulsaron --oficialmente por mentir a propósito de las notas, aunque yo siempre he creído que fue por otras razones que no son del caso--, estaba convencido de que Franco era un santo o poco menos. Una vez, cuando tendría unos diez u once años, les pregunté a mis padres --a ver si me enteraba de algo (porque tanto machacarnos con Franco en el colegio y tanto silencio en casa no me cuadraban)-- si Franco era bueno o no. "Ha hecho mucho por la burguesía", contestó mi madre sin apartar la vista del plato de sopa, como quien se quita un compromiso de encima. Me dejó totalmente estupefacto. ¿Eso era bueno o malo? Nosotros, desde luego, no éramos precisamente burgueses, y hasta hacía poco habíamos pasado verdaderas estrecheces, por no decir penurias, así que no entendí su comentario; en fin, mi madre en ocasiones tenía una manera de hablar un tanto críptica y había que descifrarla como si de un mensaje en clave se tratase. En cuanto a mi padre, murmuró algo ininteligible, como solía hacer cuando había problemas a la vista; de todas maneras, él sólo estuvo en los últimos meses de la guerra, reclutado cuando llamaron a la quinta del biberón y a quienes ya no estaban en edad de ser enrolados, como era su caso, y nunca conseguí saber qué diantre hizo. En todo caso, por si le hace ilusión a alguien saberlo, estuvo con los republicanos.
Franco, durante mi niñez, era una figura que estaba ahí, y eso era todo. Los libros y textos de Historia que estudiábamos o leíamos se detenían antes de la guerra civil, o sencillamente el tema se soslayaba en clase, con lo cual acabé interpretando por las novelitas "educativas" para niños y jóvenes y ciertos textos de supuesta Historia de lectura obligada, que Rusia invadió España en 1936 con gente provista de antifaz, gabardina y con las solapas levantadas, que se dedicaban a disparar sus metralletas ocultos detras de los árboles. No sé si esto hace gracia, y desde luego no pretendo que lo haga, pero así es tal como yo entendí hasta los doce o trece años la guerra civil española. Para mayor desconcierto, según los textos escolares, España era una monarquía, y sin embargo el rey no aparecía por parte alguna; todo aquello era demasiado extraño para un niño de mi edad. Cuando le pregunté a mi padre sobre esto (incluso le llegué a preguntar si Franco era el rey, y se escandalizó), me dijo que "ya vendría", sin más explicaciones. Los padres de mi generación se quitaban a los niños de encima a la que empezaban a hacer preguntas sobre temas digamos delicados. En fin, debe tenerse en cuenta también que yo --nacido en 1950-- estudié entre los años 1956 y 1965, es decir, en pleno franquismo y con unos textos relativos a Historia y "Formación del Espíritu Nacional" y lecturas patrióticas ciertamente más que manipulados.
Como conté en otro episodio ("El contrabandista de café"), hacia 1965 conocí al primer independentista catalán, el primer contacto que me mostró que no todo era igual bajo el sol de Franco. Yo creo que mi generación, la gente de mi edad --año más o año menos--, fuimos un tanto autodidactas en cuestiones sociales y políticas. Nuestros hermanos mayores eran unos tranquilos y unos ignorantes (con la extraña excepción del legendario hermano de Josep Maria Agustí: Jordi Agustí), y nuestros hermanos menores serían unos pasotas a quienes la política se la sudaría por completo y se interesarían sólo por el rollete. Entre unos y otros, entre una generación y otra --en medio del pan del bocadillo, por decirlo así--, estuvimos nosotros para recibir los trompazos.
Por decirlo de otra manera, mi generación se alimentó de lo que veía en casa o de lo que aprendía con los amigos. Lo cual producía extraños resultados, como en el caso de Agustí, cuyo padre al parecer era un franquista de cuidado, y su hermano mayor un revolucionario y un cosmopolita. En fin, son las excepciones. Lo normal era que la familia de izquierdas, o catalanista, o socialista, educase a su hijo en casa de manera contraria a como lo hacían en la escuela y le enseñaran unas nociones sociales y políticas, además de un conocimiento exacto de "la situación", que no podría aprender en ninguna otra parte. En este sentido, la primera persona con conciencia social y política que conocí fue Fermí Viladrich, Lo Gran Fermí. Su familia había venido de Tortosa, eran carlistas y socialistas, y simpatizaban claramente con los movimientos sociales, tanto de trabajadores como de estudiantes, de oposición a Franco. Naturalmente, eran de la rama carlista de Carlos Hugo. Luego, resultó que Maria Assumpta Cabré era también carlista de la misma rama. Fermí fue el primero que nos llevó a quienes formamos el primer grupo de amigos a un mitin político, el 26 de mayo de 1968, que estaba más o menos tolerado puesto que era de los carlistas, y que tuvo lugar en Montserrat. Aún conservo algunas cajas de cerillas que repartían como propaganda, así como las inevitables fotos de recuerdo; todo eso, conviene decirlo, ocurría apenas un año antes de la calle Arco Iris.
Agustí conocía a Fermí de la universidad, creo, pero también conocía al imbécil de Josep Canals. Éste había estudiado con Agustí y conmigo en los Salesianos; allí, era un chico serio, aplicado, callado y devoto: un santito, vamos. Hacia 1967 o 1968, seguía siendo serio, pero no callaba: hablaba de política, de que era preciso liberar el país de la bota franquista, aunque no daba la impresión de ir a despeinarse para hacerlo. Canals se había convertido en lo que hoy se llama un pijo, un niño bonito, presuntuoso, creído y botarate. Me desconcertó cuando le oí decir que "si es preciso aliarnos con los comunistas, nos aliaremos con ellos", pues él era muy católico, muy de misa, al menos en los Salesianos, y también ultracatalanista; aunque no sé si ha perseverado pues nunca se ha visto su nombre en parte alguna. A mí me profesaba un desprecio absoluto --y no se molestaba en disimularlo cuando Agustí y yo nos reuníamos con él en alguna ocasión--, no sólo debido a mi expulsión de los Salesianos, sino por no ser ultracatalanista y carecer de conciencia política. Agustí le seguía un poco la corriente, creo. En todo caso, afortunadamente tuve que aguantarlo muy pocas veces, y me parece que después de 1968 Agustí perdió también todo contacto con aquel mastuerzo. Ese individuo tan repelente hubiera debido figurar en mi novela El enfrentamiento, pero no hubo lugar para él. De todas maneras, ofrecí un retrato suyo años después --es decir: lo "retraté"-- en el relato "Una oveja negra y algunos lobos", ambientado en el mismo universo paralelo de la novela.
Pero Fermí sí era una luminaria, una luz, un guía. Él sí se tomaba en serio las cosas, de una manera callada, no exenta de buen humor cuando era preciso. En dialéctica, vencía a Agustí sin necesidad de acalorarse ni debatir. Su aspecto tranquilo, las manos en los bolsillos de su chaquetón azul ("Passem lo tabardo, vols?") , las solapas levantadas, su figura alta y desgarbada, su rostro apacible, el pelo abundante y descuidado, la mirada a veces como perdida en algún pensamiento, el trato afable... Todas las chicas enloquecían por él, y lo encuentro muy lógico. Lo Gran Fermí es quizá la persona más ecuánime, consecuente, firme, razonada y razonable que he conocido a lo largo de mi vida. Cierto: con los años las personas cambian (cambiamos), y no lo he vuelto a ver desde 1972. (¿Realmente cambian con los años las personas que hemos conocido, o simplemente aprendemos a verlas sin vendas en los ojos, o acaso al cambiar nosotros mismos ya no les aceptamos? No lo sé, pero a finales de los años ochenta me tropecé algunas veces con Mercè Jové, cuando ella trabajaba en el Diario de Barcelona, y seguía tal cual era entre 1969-1972, con ese manto de soledad, timidez, dulzura y fragilidad de sus dieciséis años de entonces, inspirando esa ternura hacia ella que brotaba instintivamente cuando se estaba a su lado. Me contó cosas de ella y de sus hermanos que yo y todos desconocíamos, como las penurias económicas que pasaban... Así, pues, vi a una Mercè Jové tal cual la recordaba, pero con unos veinte años más. Y cuando en septiembre de 1990 nos reunimos casi todos los de aquel período de 1969-1972 por primera, única y última vez, parecía que hiciera una semana que nos hubiésemos separado...) Lo Gran Fermí es de esas personas que impactan para siempre porque no necesitan alzar la voz para tener razón y que son incapaces de provocar una discusión, porque con una sonrisa, una palmada afectuosa, y una broma suave acallan cualquier pelea; son únicos para la diversión y para la seriedad: la sal de la tierra. Y eso se puede aplicar a su hermana, a la que vi en alguna ocasión y que hoy es una reputada arabista, si no me equivoco.
A partir de 1969, aprendimos lo que era este país, no lo que querían que fuera, aprendimos que había otra política, que había que luchar por algunas cosas y hacer algo. Y todo eso ocurrió cuando nuestro grupo, liberados ya de Bargalló, su novia y alguno más, y que formábamos no sólo Fermí, Agustí y yo, sino los hermanos Manubens --sí, ellos--, mi novia de entonces, unas amigas suyas de Sants --como ella-- y los dos Xavis, entre otros, conocimos a las guerrilleras de la calle Arco Iris, a las chicas de Horta. Me parece que el mérito en reclutarlas fue de Pep Manubens, un domingo a finales de 1969 en que ni yo ni mi novia aparecimos. Y con ellas, entraríamos en Horta, y eso fue casi como entrar en otro universo. Sus nombres, para la historia de este país y de esta ciudad --esa historia que no se escribirá nunca--, eran: Àngels Jové, Mercè Jové, Maria Assumpta Cabré, Ana Conesa, Nuri Fontanilles y Magda Mirabet. Cuatro de ellas vivían en la calle Arco Iris y las otras dos en las calles vecinas. Los tiempos y avatares que vivimos se han contado en parte en algún episodio, bien de manera directa ("Amor entre acelgas") o bien de manera indirecta ("Ronda de fantasmas en Nùria"), pues a veces ocurre que es imposible contar los hechos, y sólo se puede recurrir a las sensaciones que quedan de un tiempo ya irrecuperable y roto; el resto debe ser silencio.
Hubo quienes realmente se jugaron el físico cuando correspondió hacerlo. Maria Assumpta me pedía a veces que le guardase propaganda subversiva en mi casa, por si se presentaba la policía para registrar la suya. Ella sabía que la mía no vendría nadie a registrarla, claro. Yo no estaba en la Universidad, no estaba afiliado a ningún partido u organización clandestina, ni pertenecía a ningún grupo y mi nombre no constaba en parte alguna. Era un contacto "limpio", como se decía entonces, y por lo tanto no había peligro para mí en amontonar en casa folletos, revistas clandestinas, textos ciclostilados, octavillas e incluso instrucciones para casos de registro policial; todos aquellos montones y montones de papeles me los leí de cabo a rabo y luego usé algunos de ellos para un par de novelas que escribí por aquellos años, transcribiéndolos fielmente como parte de la ficción. En fin, no registraron su casa nunca, pero sí estuvo pocos años más tarde en los sótanos de la comisaría de Via Layetana, y allí la sacudieron de lo lindo con la porra. Ella era la más activa del grupo, de hecho, y hacia 1972 estaba pensando seriamente en entrar en un grupo liderado por Lluís Magrinyá, que se preparaba para "usar las armas si es necesario", lo cual le daba un poco de miedo y la tenía preocupada. A Magda Mirabet le preocupaba menos, pero creo que al final lo dejó. A Lluís Magrinyá le caíamos fatal los amigos de las chicas de la calle Arco Iris porque no nos comprometíamos en nada, no éramos de Horta y además teníamos pinta de burguesetes. Los amigos, claro, éramos Agustí, Fermí y yo, los únicos asiduos de las noches de la calle Arco Iris, pues el resto del grupo (los Manubens, sus amigos, los dos Xavis y algunos otros) preferían mantenerse al margen de todo aquello.
En El enfrentamiento se narra cómo Angels Jové huye por los tejados de madrugada, cuando la vienen a buscar para detenerla. Eso ocurrió en realidad, pero hacia 1974, según me contaron. Para entonces ya nos habíamos perdido de vista los unos a los otros; una de las últimas veces que estuve con Àngels fue hacia finales de 1971, en la Plaza Cataluña, cuando nos encontramos con una manifestación de ultraderechistas gritando contra Europa o no recuerdo qué. Tuve que sujetar a Àngels del brazo y llevármela casi a rastras porque realmente parecía a punto de lanzarse contra ellos, y hubiera ocurrido alguna desgracia. Toda aquella gente de Horta se metía cada vez más a fondo en cuanto supusiera oponerse al régimen franquista. No se conformaban con leer cuatro folletos revolucionarios, sino que iban a manifestaciones, se jugaban el físico, se juntaban con uno u otro grupo, bien de formación cristiana o bien asociaciones de vecinos, que fueron una importante plataforma antifranquista en aquellos años. Tenían toda clase de contactos, especialmente Magda, Maria Assumpta y Àngels. Por su parte, Agustí y Fermí, que estudiaban en las universidades (Ingenieros y Farmacia, respectivamente), nos tenían al día de lo que se cocía en ellas. De noche, en casa de Nuri Fontanilles --una chica algo mayor que los demás y que vivía sola con sus dos hermanos menores--, sólo se hablaba de "acciones a emprender", "huelgas", "sociales" (así se les llamaba a quienes fingían ser estudiantes universitarios pero que en realidad eran policías infiltrados en las universidades para tomar nota de los nombres de los líderes estudiantiles, y luego...), asambleas, reuniones con sindicatos clandestinos, encuentros entre obreros y estudiantes, y un largo etcétera. Nos escuchábamos unos a otros, con Nuri haciendo café, Mercè, Àngels y Maria Assumpta opinando, y Fermí y Agustí ilustrándonos sobre la situación. Aprendíamos unos de otros, y yo aprendí de todos ellos. Hubo muchas noches así en la calle Arco Iris, en un piso del número 42.
Yo era una especie de testigo de todo esto. No era un universitario, no era un obrero. No era más que un niño bonito. Pero ellos eran mis amigos, y con ellos conocí el mundo y la realidad, y a través de ellos, y viendo el ejemplo de las chicas de Horta, iba aprendiendo cosas que yo desconocía y que en casa no me contaban. Como mucho, mi padre me habló a los 15 años o así del hijo de un amigo suyo al que la policía encerró en la cárcel de Segovia por recoger del suelo una octavilla subversiva, a fin de que no me metiera en líos... Eso era todo. En cuanto a mi madre... en fin, ya antes de los 14 años me fui quedando sin madre, como quien dice, pero eso es otra historia que se contará en el último episodio de esta serie.
Así que yo era el chico de confianza para amontonar en casa montañas de papeles subversivos. Como ya estaba llena con mis papelotes, mis novelones (los que escribía y los que compraba) y mis colecciones de esto y lo otro, no se notaba mucho. Yo aproveché algunas cosas que se contaban en ellos, como ya he dicho, para escribir un par de novelas, la segunda de las cuales se titulaba El día del apocalipsis y presentaba un país imaginario bajo una dictadura policial, en el que unos estudiantes fabricaban una bomba atómica en el sótano de la universidad, como si tal cosa, ya ven. Alucinante, ¿eh? Bien, la bomba lógicamente estalla y destruye toda Barcelona. No sé si mi madre acabaría encontrando alguna vez todos aquellos papeles e instrucciones e informes policiales de torturas y demás; supongo que sí, pero, cosa rara, ni dijo ni habló nada. Como supongo que supo me fui a las manifestaciones de 1970 por las penas de muerte a los etarras condenados en el proceso de Burgos. O quizá no lo supo, pues ella vivía en un universo paralelo y raramente se asomaba ya al planeta Tierra. Mi padre supongo que sí lo supo, pero, como ya dije, lo suyo era callarse. Aún pienso que me la jugué al ir a esas manifestaciones en pleno y duro franquismo. Lo de menos, casi, era ser detenido; lo de más era la tunda de cachiporrazos que podía recibir. Agustí fue quien me avisó la segunda vez que pasamos por delante del Banco de España de la Plaza Cataluña de que me habían calado los espías; esos espías eran gente vestida de civil situada en lugares estratégicos para ir tomando nota de las caras de quienes pasaban. Oyó los comentarios que hacían y me avisó, pero, ¿qué podía hacer yo? Pues lo único que se podía hacer: agarrarnos todos bien fuerte de los brazos unos con otros, para que no nos pudieran separar, y avanzar a paso firme por las Ramblas gritando "¡Franco asesino! ¡Franco, asesino!". Quizá a alguien le dé risa leerlo hoy día, como cosas de un pasado que parece no haber existido ya. En ocasiones yo mismo me pregunto si ha existido ese pasado. Pero recuerdo que yo lo gritaba y al tiempo me preguntaba de dónde me salía el valor para gritar algo así, algo tan impensado hasta entonces en mí, chico fino y bonito de casa bien y tranquila. Así pues, avanzábamos Ramblas abajo gritando esto y otras cosas, hasta que cargaba la policía y tocaba correr, sin perdernos de vista unos y otros, para reemprender luego la marcha otra vez.
Con el paso de los años, he oído contar a tanta gente que estuvo en las Ramblas cuando lo del proceso de Burgos... Incluso ministros del PP estuvieron allí. Un día de éstos, la mentecata de Pilar Rahola, esa vegetariana que dijo por televisión que la única carne que come es la de su marido, la muy basta, dirá que estuvo allí (por edad, era imposible que estuviera). En fin, los políticos de hoy hacían entonces lo suyo (no se sabe el qué), pero los que íban en primera fila a todas partes eran los estudiantes, los obreros... y los amigos de los estudiantes y de los obreros, como yo. O sea: gente cuyo nombre no aparecerá en la historia.
Tampoco tiene por qué aparecer, por supuesto. Tampoco fue tan importante lo que hicimos, creo yo. Lo importante para nosotros, las chicas de Horta y los tres intrusos (Fermí, Agustí y yo), era tomar conciencia. O al menos, tomarla yo, que de no ser por ellos puede que hoy fuera un fascista como... bueno, como ya saben ustedes quiénes, no hace falta dar nombres. O quizá yo ya era así, pero faltaba el empujón (la zancada, que diría Vicente Soto) que me lanzase adelante.
Las noches de la calle Arco Iris (hoy se llama calle Arc de Sant Martí) estuvieron pobladas de conversaciones, debates, encuentros, decisiones, tomas de conciencia. Las chicas eran más arrojadas que nosotros,o al menos, lo eran Maria Assumpta, Magda Mirabet y Angels Jové. Su hermana Mercè no tanto, quizá porque tenía apenas dieciséis o diecisiete años entonces y se suponía debía estar en el colmado de los padres ayudándolos. Nuria Fontanilles, al ser un par o tres de años mayor incluso que Pep Manubens, lo miraba todo con cierta tolerancia, pero con cierto miedo también, y se mantenía aparte de todo aquello, aunque nos reuniéramos en su casa para debatir e ilustrarnos. En cuanto al resto de "forasteros en tierra extraña" (los hermanos Manubens, Xavi Massip), no se mezclaban en política, no les interesaba. Y estaba bien que fuese así, pues eso hizo que no sólo de política, mítines y manifestaciones vivieran las guerrilleras de la calle Arco Iris, toda aquella gente de Horta y todos los que íbamos con ellas. Vivimos también grandes momentos. Fiestas, campamentos, reuniones, concursos, certámenes, fórums, playas, salidas... Cosas que el tiempo ha ido borrando, cosas perdidas, irrecuperables, apenas grabadas en el recuerdo, pero plasmadas en montones de fotografías cuya visión llegó con el tiempo a ponerme el corazón en un puño (y por eso no las he vuelto a mirar nunca más): ¿todo aquello fue real o soñado? ¿Ese tiempo pasado existió?
Cada generación vive la juventud que se merece y tal como se merece, y ninguna es mejor o peor que la anterior o la que vendrá: eso es algo que he aprendido con el tiempo, ese enemigo tan implacable. A veces ocurre que hay generaciones que viven la juventud que deben vivir, porque lo exige el devenir de los tiempos. Creo que ése fue nuestro caso: vivimos una época de cambio y, en cierta manera, algo aportamos. Poco, sin duda, e insignificante y olvidado, pero ahí estuvimos cuando fue preciso. Y lo echo de menos. Echo de menos aquellas noches en la calle Arco Iris y la vuelta que daba el autobús 55 a la Plaza Catalana, y el silencio que me rodeaba cuando andaba calle Arco Iris adelante, y aquel bar de la esquina donde Lo Gran Fermí jugaba a dardos y los demás lo mirábamos cerveza en mano. Y es que haberlo vivido no me basta. Y sé que, a la edad que tenemos ya todos los que vivimos aquellos tiempos, algún día uno de nosotros nos dejará para siempre, y yo no lo sabré. No podré llorar su muerte y prefiero que sea así; seguramente lo es para una persona como yo. Desde aquel reencuentro de 1990, no hemos vuelto a tener contacto; puede que alguno de ellos sí lo tenga, pero no nos volveremos a ver más todos los que estuvimos juntos en aquel tiempo. Saberlo es algo que, sencillamente, me pone un nudo en la garganta y me llena de angustia. Porque significa el final irremediable de algo que, aunque no sea posible recuperarlo, fue hermoso. Quizás por eso escribí El enfrentamiento, porque al menos así quedará algo de todos nosotros en el futuro, cuando ya no existamos y nadie sepa o recuerde que existimos y pisamos la tierra. O quizá la lección a aprender de todo esto sea que debíamos conocernos para hacer cuanto hicimos, aprender cuanto aprendimos, porque el tiempo y la época lo exigía, y luego ir cada uno por su lado, una vez la tarea estuvo terminada.
FIN.
April 18 SOBRE P. G. WODEHOUSE(c) 2007 by J.C. Planells
Nunca me atrajo la obra de este autor británico (1881-1975). Se trata de un cultivador de novela de humor, creador de varios personajes que aparecen regularmente en sus novelas y relatos, bien mezclados en una misma historia, bien por separado. El más famoso es Jeeves, prototipo del mayordomo británico. Asimov admiraba mucho a este personaje y a este autor. Hasta fecha reciente no me he decidido a leer algunas obras suyas. Y debo decir que empecé con buen pie: el libro de relatos Jovencitos con botines. Son historias de señoritos ricos y ociosos que se reúnen en un club, y explican historias propias o de conocidos suyos. Pero tras la lectura de algunas novelas suyas, constato que este tipo de humor blanco y suvae no me va. No digo que sea malo, cuidado. Sencillamente prefiero otro tipo de humor, más cáustico, más desenfrenado. Richmal Crompton (para mí, mucho más una escritora de humor que no de libros para niños), Jardiel Poncela, Mihura, Mark Twain, Donald Westlake, Robert Sheckley... No se trata de soltar carcajadas a cada momento, pero tampoco de leer el libro con una sonrisa algo boba en el rostro, que es lo que producen los relatos de Wodehouse. El suyo es un humor amistoso, sencillo, repetitivo, inofensivo. Algunos detalles apenas producen gracia --ese aristócrata que cuida cerdos, por ejemplo, o el personaje de Tío Fred, que cansa tras una primera historia...
Me sorprende un poco que tras varios años de ausencia en el mercado español, sus novelas vuelvan a ser reeditadas. Anagrama redescubrió a Wodehouse a principios de los años noventa y ya ha ofrecido bastantes títulos suyos, entre inéditos y reediciones. No parece que el público le haya vuelto la espalda, pues se han reimpreso varias veces. Personalmente, no me parece mal. La suya es una lectura algo sedativa para según qué ocasiones, pero si de reírse se trata, prefiero otros autores.
April 16 AUTORES OLVIDADOS (23). REX STOUT: Novelas de detectives(c) 2006 by J.C. Planells
Seguramente sólo le recuerdan los lectores de novela policiaca clásica, los lectores veteranos, naturalmente, puesto que las nuevas generaciones le habrán olvidado ya, si es que llegaron a leerle, y eso significa su paso al olvido en unos años. Es un poco triste, puesto que este hombre pretendió entretener a sus lectores escribiendo novelas policiacas amenas, sin mayores preocupaciones. Fue el creador de uno de los detectives más famosos, Nero Wolfe, y su ayudante Archie Goodwin. La característica de Wolfe era resolver los casos sin salir de su despacho, haciendo que Goodwin se patease la calle y lo que hiciera falta, mientras él procesaba la información en su cerebro, bebía cerveza y calentaba el sillón con su enorme mole (además de cultivar orquídeas).
Sus intrigas no estaban mal, pero no apasionaban en exceso. En donde era un maestro Rex Stout era en el juego entre Wolfe y Goodwin, en los diálogos, en el humor y socarronería que acompañaba a los dos personajes, en ocasiones muy divertido. Creo que esto no se ha valorado demasiado y es lo mejor de su obra, muy por encima de lo demás. Que la temática puramente criminal no era lo mejor, queda en evidencia en el resto de sus novelas policiacas sin protagonismo de Wolfe, que resultan ñoñas y aburridas, incluso para sus más acérrimos admiradores.
Curiosamente, Rex Stout, nacido en 1996 y fallecido en 1975, empezó escribiendo novelas de aventuras en la década de 1910, y no fue hasta 1934 que escribió su primera novela policiaca, también primera de Nero Wolfe, Fer-de-lance, con gran éxito de público y que le animó a seguir con el personaje. Mantuvo a lo largo de su vida un ritmo de publicación constante, y la última novela de Wolfe apareció al año siguiente de su muerte, en 1976. Quizá las mejores historias de Nero Wolfe fueran las novelas cortas que publicó regularmente en revistas de misterio y reunió luego en ediciones que recogían tres de ellas en cada volumen. Como ya queda dicho que la trama criminal no era generalmente notable, la brevedad de las novelas cortas, que además mantenía el divertido juego entre Wolfe y Goodwin, las convertían en realmente disfrutables. Una de las más curiosas quizá sea "Demasiados detectives", incluida en un volumen editado en México por la colección Enigmas, donde se narra un asesinato cometido durante una convención de detectives privados, y todos ellos, algo así como setenta detectives, investigan el crimen. De entre las novelas, generalmente correctas, vale la pena mencionar Planéalo tú mismo, publicada por Destino, donde Wolfe debe descubrir quién es el autor de un plagio literario... Sus novelas, en suma, eran simpáticas, pero las tramas, discretas, jamás hicieron sombra ni a Ellery Queen ni a Dickson Carr.
Prácticamente todas las novelas policiacas con protagonismo de Nero Wolfe se editaron en España, principalmente en Editorial Molino, pero otras novelas importantes de la serie aparecerían en Destino, Plaza Janés, Enigmas de México, Bruguera y Forum, entre otras.
April 15 SEDUCIENDO A UN EXTRAÑO, de James Foley: Jugando con el espectador(c) 2007 by J.C. Planells
Esta película ofrece, de entrada, un emparejamiento de actores bastante extravagante: Bruce Willis (con más maquillaje que una folklórica en un programa del corazón) y Halle Berry, una actriz cuyo talento a veces se desperdicia en tonterías. Por lo demás, es evidente que se trata de uno de tantos sex-thrillers que proliferaron desde la inauguración --oficial, aunque hay precedentes-- de esa especie de subgénero con Instinto básico, y en cuyos títulos (los de exhibición en España, más que los originales ingleses) a veces se juega con las palabras Seducción o Extraño, pues por lo visto no hay mucha imaginación a la hora de romperse la cabeza para buscar titulito. Por tanto, el espectador avezado acude a ver la enésima entrega del género, sabiendo a lo que va y dispuesto a jugar, es decir, a delantarse al director y al guionista para descubrir al culpable, pues de eso se trata, de ofrecer una intriga com trampa.
Y así, una vez se inicia el juego (es decir, planteada la intriga), nos desentendemos un tanto de la historia (descubrir al asesino de una amiga de la infancia de la periodista interpretada por Halle Berry, y que ha estado chateando con un poderoso publicista al que luego ha acosado) y jugamos a adivinar al culpable. Como es tan evidente que Bruce Willis, el extraño al que "seduce" Halle Berry con la complicidad de su colega Giovanni Ribisi, no va a ser el culpable, nos dedicamos a especular con el resto de personajes. El problema es que el resto de personajes aparece poco. Hay una esposa (la de Bruce Willis, a la que sólo vemos de lejos y en una escena dentro de un taxi); hay una secretaria de Bruce Willis de la que sabemos que es lesbiana, así que somos listos y la elegimos como sospechosa principal, pensando que en los chats se hacía pasar por su jefe; hay otra secretaria gorda y la añadimos también a la lista, más que nada porque sale mucho y tiene más diálogos que las dos anteriores. Subimos el grado de listeza y empezamos a sospechar de todo el mundo, dispuestos a que ni director ni guionista nos la den con queso, y añadimos al colega de Halle Berry (que conocía a la asesinada), al ex marido de Halle Berry (que se enrolló con la amiga asesinada antes y después de divorciarse de Halle Berry). Es difícil que a un espectador avezado le puedan sorprender ya con esta clase de películas-trampa en que todo es (aparentemente) tan evidente.
Y sin embargo, el final sorprende de verdad al espectador. Final que no voy a revelar, desde luego, pero que, mirándolo bien y haciendo memoria, tampoco es tan novedoso como pueda parecer (¿hay algo novedoso ya en cine?). En fin, director y guionista han jugado mejor el juego que el espectador esta vez, y debe reconocerse, e incluso aceptar que las pistas estaban ahí (bueno, más o menos ahí o allá). Pero hay un problema: ¿es verosímil? Quizá no, puesto que a la salida del cine, uno olvida rápidamente la película (¿sensación de estafa?).
Cabe decir en todo caso, que James Foley no es ningún inepto aunque los críticos lo suelan presentar como tal. Sabe sacar buen partido de guiones tontos (en sus inicios dirigió una estupidez al servicio de Madonna, y hay que decir que salió con mucha dignidad del empeño) y de buenos guiones (Glengarry Glen Ross). Así, ofrece con profesionalidad ejemplar una película de entretenimiento como ésta, realizada con los fuegos artificiales justos, y en la que hay un detalle, inexistente en el guión, que vale la pena reseñar porque obedece a una muy buena dirección de actores de Foley: a poco que se piense (o se sepa ver), los personajes oficialmente "buenos" (Halle Berry y Giovanni Ribisi) resultan inesperadamente antipáticos, aunque de una manera muy sutil (no tienen escrúpulos, buscan el éxito en su profesión y el escándalo sin pararse en barras, con la coartada de la "libertad de prensa" que ni ellos mismos se creen), y, por contra, el personaje oficialmente "malo" (Bruce Willis), aun siendo un adicto sexual y mostrar un comportamiento violento, despierta la simpatía del espectador por un motivo: la lealtad y la sinceridad son algo primordial para él en la vida (aunque pueda objetarse, entonces, que por qué le pone tantos cuernos a su mujer, pero este es un agujero de guión tan enorme que no vale la pena ni señalarlo: estas películas se condimentan con un buen gruyere como base).
April 13 ¿QUÉ HACER CON UN LIBRO MAL EDITADO?(c) 2007 by J.C. Planells
Hace meses envié a algunos de mis contactos un e-mail haciéndoles saber que un libro que había adquirido lo devolví al día siguiente, porque su pésima edición lo hacía ilegible. Les informé del libro y editor, aunque también les dije que no pondría ningún comentario en mi blog sobre el tema, porque sé que los editores se rebotan contra las opiniones negativas de su trabajo: consideran que lo hacen a la perfección.
Pero vale la pena que se reflexione un poco sobre el tema en general, sin entrar en particularismos, porque lo sorprendente es que hoy, siglo XXI, en que las nuevas tecnologías facilitan la edición de libros, la máxima perfección y una rapidez encomiable, además de la comodidad en composición (si hubieran trabajado en linotipia, ya verían,...), resulta que hay editores, Grandes y pequeñitos, que editan con una determinada parte de su anatomía que no es precisamente la cabeza. Sorprende así que pudiendo ofrecer hoy un producto de inmejorable calidad al lector, se le ofrezca en ocasiones todo lo contrario. No voy a entrar en la famosa discusión sobre las malas traducciones, que ya se inició con la primera traducción efectuada en la historia de la humanidad y durará hasta que se acabe el universo, puesto que no se trata de este tema. Se trata de la manera en que el texto, el libro compuesto y editado, se ofrece para su lectura. ¿Está limpio de erratas? ¿Tiene un uso correcto, adecuado y coherente de los signos de puntuación y demás signos gráficos auxiliares que aparecen en un libro, muy especialmente en una novela (comillas, tipo de comillas para distintos usos, guiones de diálogo, guiones intercalados, distintos tamaños de los mismos, comillas de seguimiento, separación de los párrafos, uso coherente de la cursiva, de las mayúsculas, etc., etc.)? ¿Contiene muchas, algunas o pocas faltas de ortografía? ¿Los párrafos están correctamente separados, distinguiendo los diálogos de la narración? ¿Se confunden y mezclan los diálogos de un personaje con los de otro personaje, o incluso con la narración? Bien, hay libros que todo esto y más aún se lo saltan a la torera y convierten el texto en ilegible y confuso, en algo debe descifrarse conforme se lee, con lo cual el perjudicado es, primero, el lector, y segundo, el texto literario (es decir, el autor). Lo de menos es si la traducción es buena, regular o mala, porque, como digo, éste es tema aparte que nada tiene que ver con éste, pues ¿de qué serviría un libro cuidadosamente traducido si se ofrece mal compuesto al lector? Pues no sirve de nada: un libro no cuidado en su tipografía y en su texto es una ofensa al lector. Porque los libros no los leen sólo los sabios y cultos, los leen también personas que quieren pasar un rato distraído o que tienen la lectura como hobby. Es frecuente ver en el metro a chicas de aspecto trabajador y modesto, por ejemplo, leyendo una novela romántica o de misterio, o de un escritor de moda. Y la pregunta que últimamente me pasa por la cabeza cuando las veo libro en mano es: ¿estará correctamente editado el texto?, ¿qué pensará si empieza a ver multitud de faltas ortográficas o de erratas continuas?, ¿creerá que una palabra mal escrita --una errata o falta de ortografía-- se escribe en realidad tal como se la ha ofrecido el editor?
No podemos partir de la base de que todo el mundo tiene la misma cultura, o, en este caso la misma "cultura" (o incultura) que el editor que ofrece un texto en malas condiciones porque no sabe cómo se edita una novela. Su responsabilidad ante el lector le obliga a ofrecerlo en las mejores condiciones posibles, a informarse de cómo se hacen las cosas. Su respeto ante el lector le obliga a no ofenderlo presentándole libros editados de cualquier manera, sin cuidado alguno, libros que se han de descifrar en vez de leer. No todo el mundo sabe juzgar si una traducción es buena o mala, pero sí mucha gente sabrá si un libro se les ofrece en malas condiciones, por mucho que la letra sea bonita, el papel de gran calidad y la impresión excelente: es el texto lo que ha de ser la prioridad absoluta del editor.
Los editores (Grandes y pequeñitos) que se saltan a la torera el respeto y la responsabilidad hacia sus lectores ofrecen a veces la peregrina excusa de "abaratar los costes" en la mayoría de los casos. Incluso aducen como ¿excusa? que el ordenador ya lo hace todo y que el corrector ortográfico (o incluso el traductor automático) resuelve todos los problemas y errores. Pues no, el ordenador hace lo que tú le digas que haga y tú tienes que comprobar que lo hace, eso ya de entrada. El libro no se hace solo, sino que necesita de una supervisión constante. (Podría contar infinitas anécdotas de mayúsculos despistes en editoriales concienzudas por culpa de un exceso de confianza en el ordenador; ahora imaginen lo que puede pasar en las no concienzudas, en aquellas en las que el editor confía en el disquete y no se molesta en comprobar nada, sino que se limita a procesarlo y, hala, ya está...) Y de salida, hay otro curioso detalle que vengo observando desde hace al menos quince años: las editoriales cuyas ediciones facilitan el nombre del revisor de la traducción y del corrector de galeradas son las que ofrecen a veces una peor calidad de edición, mayores errores de traducción y una notable cantidad de erratas y faltas de ortografía; no ocurre con todas, pero sí con las suficientes... Que encima se haga público el nombres de los (ir)responsables parece una ironía, como si se señalara deliberadamente al culpable de la bazofia cometida. Y en cuanto a lo de "abaratar costes"... Hombre, si por abaratar costes el editor prefiere ofender al lector y saltarse su responsabilidad ante él (y ante el autor, se podría añadir), en ese caso no es un editor, sino un fabricante de objetos impresos en forma de libro. Nadie le exige --ni le debe ni puede exigirle-- la perfección absoluta, porque la perfección no existe, y en la edición de libros todavía menos, pues ninguno se libra de erratas por más que se revise y vuelva a revisar el texto; pero seguro que cuando ese editor irresponsable e irrespetuoso compra una mesa o una silla, espera que no se le desmonte nada más instalarla en el salón de casa, que la cola no se despegue, las cuatro patas --porque las sillas y mesas deben llevar cuatro patas-- aguanten y esté hecha de madera, no de cartón piedra. Pues el lector que adquiere un libro lo hace esperando poderlo leer, no tener que descifrarlo trabajosamente, como si de una novela de Claude Simon se tratase, o quedarse estupefacto ante el cúmulo de errores y erratas que se amontonan. Todo libro estará siempre sujeto a erratas, insisto, y las erratas pueden ser muy escasas, escasas, algo abundantes o excesivas. Para ofrecer esto último, casi es mejor no ofrecer nada. Da la impresión a veces de que quienes sacan al mercado una novela u otra clase de libro mal editado no han leído en su vida un solo libro o novela, porque los disparates que aparecen en las páginas editadas por ellos no tienen otra explicación que ésa. Por lo demás, el editor que ofrece un libro indecentemente editado al mismo precio o superior que uno correctamente editado por otro editor, está estafando al lector, sencillamente.
El hecho, como dije al principio, sorprende. Sorprende porque hoy, pudiendo editar mejor y más limpiamente, muchos editores lo hagan de tan mala manera. ¿Carecen de cultura? No creo, si están en el mundo del libro... ¿Carecen de escrúpulos? He de pensar que ésa es la explicación, a falta de otra mejor. ¿Carecen de profesionalidad? En mi opinión, ésa es la respuesta más correcta de todas. En todo caso, es algo que ellos deberían explicar. Podría dar nombres de algunos de los que editan entre muy mal y mal, pero no lo haré porque si algo he aprendido en el mundo editorial es que un editor jamás reconocerá un error, ni aunque le muestres que en un libro editado por él aparece "avía" en vez de "había"; como mucho, la culpa será del disquete, del ordenador, del programa... Aceptemos y soportemos traducciones regulares, y también ediciones no demasiado buenas, porque entran dentro de lo que se llama "parámetros de calidad" y existen desde que existe el mundo de la edición. Pero empecemos ya de una vez a ser intolerantes con las ediciones ilegibles y vergonzosas, con los libros que en vez de leer se descifran. Yo al menos, cada vez que me encuentre con un libro de edición infame, lo devolveré a la librería, como hice en esa ocasión.
April 12 GENTE DE ROMA, de Ettore Scola: La añoranza(c) 2007 by J.C. Planells
![]() El cine italiano es acaso la ausencia más grande para el aficionado. La pérdida de otros cines no es tan lamentable como el del caso italiano. El cine francés fue siempre un punto provinciano de manera voluntaria, y con las excepciones de rigor --escasas pero notables-- nunca fue muy de celebrar, y lo que nos llega actualmente no aporta nada que entusiasme demasiado. El cine alemán tuvo una época concreta, la de los setenta y ochenta, un tanto a rebufo de Fassbinder, Herzog y otros, y luego nada; su ausencia no se lamenta.
Pero el cine italiano fue tan altamente creativo, tanto en obras maestras, en buen cine y en géneros y subgéneros, que el aficionado aún no se ha hecho a la idea de su desaparición. Echamos de menos no ya a los Visconti, Fellini, Antonioni, Rossellini, sino a los Risi, Loy, Monicelli, Steno, Lattuada, y a los cultivadores del giallio y de cualquier "exploitation": Argento, Sollima, Corbucci... Aunque haya nombres que sigan en activo, su cine ya no es como el de otros tiempos. Y así, nada parece quedar ya del cine italiano de antaño, devorado por las multinacionales, las nuevas formas de producción y distribución, los nuevos soportes y medios.
En medio de todo esto, resiste como el último de Filipinas Ettore Scola, que a trancas y barrancas, como puede y le dejan, trata de hacer una película de cuando en cuando, con la menor tardanza de tiempo posible entre una y otra. A España parece que llegan a lomos de tortuga, con retraso, se estrenan en una sala bien escondida y duran una semana; luego, a esperar a que aparezca el DVD de alquiler (si aparece), que también lo hace con otro retraso considerable y en una copia o dos como mucho y no en todos los videoclubs. Pero es ya el único lazo que nos queda con el cine italiano de ayer. Luego está Bellocchio, claro, pero estrena poco y tiene las mismas (o peores) dificultades de Scola para que sus filmes se vean entre nosotros; como no hayan pasado por algún festival y ganado algún premio o cosechado grandes críticas... Oh, claro, nos queda Bertolucci, pero en lo que a mí respecta, se puede vivir perfectamente sin su cine; no es cine italiano, vaya, es otra cosa.
Así que cuando, finalmente, puede visionarse un film de Scola, uno lo ve no tanto por el interés que pueda tener --siempre lo tiene--, sino porque Scola es el último eslabón que nos queda con lo que fue el gran cine italiano. No en vano fue guionista de los grandes directores (y de los menos grandes) antes de pasar a dirigir sus propios proyectos, y en parte es eso lo que se busca: el eslabón que une a Scola con Fellini, con Risi, con Lattuada...
En Gente de Roma, su último --por fecha de rodaje, esperemos que haya más en el futuro-- film, la tristeza aumenta: Scola ha rodado un film que en cierta forma es coherente con anteriores propuestas suyas: La cena y La sala de baile, por ejemplo. En Gente de Roma no hay argumento ni personajes fijos: hay una cámara que se pasea observando gente romana y gente no romana pero que vive en Roma, que sube y baja de los autobuses eligiendo a su objetivo y lo persigue durante un espacio de tiempo mayor o menor; hay anécdotas visuales, por así decir: los chavales que observan a la criada subida a una escalera, luciendo muslo; el anciano malcarado que abronca al camarero simplemente por dejar constancia de que vive; el "encuestador" que pregunta a los pasajeros del autobús sobre características romanas; el pasajero inepto que trata de imitarle; la fiesta popular en la sede del partido político; la imitación de actor de un hombre de la limpieza ante un micrófoco, entre las risas de sus compañeras; la visita del ex marido en apuros a su mujer con su nuevo marido; el diálogo entre una esposa --de color-- y su cuñada --romana--, a propósito de embarazos, y la aparición de un marido en cierta forma inesperado a tenor de la conversación y que constituye una bonita lección de amor y tolerancia; tantas pequeñas anécdotas cotidianas, simples, sencillas, que acaban con el aristócrata y el pordiosero sentados en el mismo bando de una plaza: "Hey", dice uno de los dos, y "Hey", responde el otro, como saludo. Eso es Roma.
Película sencilla, callada, que cala dentro y deja un poso de tristeza, sin duda involuntario. Está dedicada a la memoria del romano por excelencia, Alberto Sordi, que murió sin poder participar en ella en uno de los muchos papeles que aparecen. Esta película rebosa amor y cine, o sea: es cine italiano cien por cien. Algo que no existe y que a veces conviene ver para desintoxicarse de tanto cine de hamburguesa y tanto cine estúpido que nos rodea.
April 10 PARTNERS IN WONDER, de Harlan Ellison (colaboraciones)(c) 1983 by J.C. Planells
[Nota de 2007: este texto forma parte de un artículo sobre Harlan Ellison publicado en el número 7 de Fan de Fantasía, en enero de 1983.]
Harlan Ellison, uno de los más populares escritores americanos de ciencia ficción, que revolucionara el género en 1967 con sus Visiones peligrosas, y que ya con anterioridad lo había sacudido notablemente con sus extraños relatos, reunió en 1971 toda una serie de colaboraciones que realizara entre 1957 y 1970 con diversos escritores del género, en una antología titulada Partners in Wonder. "Los mejores autores de ciencia ficción", según las palabras del propio Ellison... lo cual, leyendo la nómina de colaboradores, nos permite enarcar las cejas. Bien, hay gente como Ben Bova, Joe Hensley, William Rotsler, Henry Slesar..., a los cuales el denominarlos "los mejores" resulta, cuando menos, un alarde de coba francamente insólito. Hay, sí, gente como Sturgeon, Zelazny, Delany, Van Vogt, Sheckley... Pero el batiburrillo de co-autores es más bien extraño. Dice Ellison que ellos son los catorce mejores. Todo son gustos. Luego, claro, aprovecha para lamentar la ausencia de Farmer, por ejemplo, o algún otro.
Partners in Wonder empieza, como es lógico, con una introducción muy entusiástica de Harlan Ellison --él es muy dado a las introducciones entusiásticas--, en las que nos cuenta lo muy amigo que fue, ha sido o será de todos ellos, lo que les debe y lo que le deben. Aunque leyendo también las posteriores introducciones de cada relato, en que especifica cómo fue concebido y ejecutado, uno saca más bien la impresión de que se escribieron a tortazo limpio entre ambos co-autores, y las relaciones se enfriaron una vez terminado.
"Veo un hombre sentado en una silla y la silla le está mordiendo la pierna" (1968), inaugura los relatos, y la colaboración es con Robert Sheckley. El lector puede encontrar este relato en Ciencia Ficción Selección 13 de Bruguera, pues es uno de los pocos que se han traducido. Es, sin duda, de los mejores que se presentan en la antología, lo cual tampoco es decir mucho, por lo que irán viendo más adelante. Los estilos tan dispares de Sheckley y Ellison están muy hábilmente combinados y resulta fácil diferenciar lo que corresponde a cada autor.
"Brillo" (1978), en colaboración con Ben Bova, uno de los más aburridos escritores de ciencia ficción, se publicó en Analog, lo que para Ellison significó todo un acontecimiento. Lo más destacable del relato es que a sus dos autores les ha reportado, años después, una considerable cantidad de dinero en concepto de daños y perjuicios por plagio, puesto que se realizaron dos películas para televisión basadas en el tema del relato, dando una de ellas origen a una serie de telefilmes policiaco-humorísticos, sin que Bova ni Ellison vieran ni un centavo. Digamos que en España se exhibieron la película y la serie, estando la primera protagonizada por Ernest Borgnine, y la segunda por John Schuck, en el papel del robot policía. "Brillo" nos presenta a un policía robot de apariencia totalmente humana, que es asignado a un agente patrullero para que le acompañe en sus rondas, a fin de comprobar su eficacia. El relato, en clave de humor, presenta al robot realizando toda clase de errores y meteduras de pata, entorpeciendo en todo momento la labor rutinaria del policía. Al final, adquiere un extraño tono bradburiano y termina con una nota humorística. "Brillo" es un relato vulgar, sin mayor trascendencia por mucho escándalo plagiario que conllevara, y pese a su humor, con escasa gracia.
El siguiente en subir a la palestra es Robert Bloch, para lo cual Ellison se limita a ofrecernos las sendas aportaciones que él y Bloch realizaron anteriormente para Visiones peligrosas; es decir, el relato exclusivamente de Bloch "Un juguete para Juliette" y el relato exclusivamente de Ellison "El merodeador en la ciudad al borde del mundo", y que tienen el común denominador del tema --universo postatómico-- y del personaje principal --Jack el desgtripador--. Ellison se justifica explicando lo que todos ya sabíamos, que su relato es una continuación del de Bloch, y todos sacamos la conclusión de que nos ha tomado el pelo.
Así que pasemos rápidamente al siguiente, "Up Christopher to Madness" (1965), donde él y Avram Davison aúnan sus esfuerzos y se reparten también la tarea de prologar el relato, contándonos cada uno en su prólogo una extravagante aventura personal de Ellison cuando plantó cara a unos gamberros, terminando el asunto, según lo cuenta cada uno, de manera diferente. Toda esta chicharra inútil, para ofrecer a continuación un relato de dudosa ciencia ficción, que se lee sin la menor atención y se agradece que termine lo más pronto posible.
Como puede comprobarse, la calidad del volumen no brilla excesivamente. Como tampoco brilla en "Runesmith" (1970), que Theodore Sturgeon y Ellison dedican a la memoria de Cordwainer Smith, sin que el pobre tenga la menor culpa de lo que sigue. En "Runesmith" se nos presenta al hombre que ha destruido a toda la humanidad sobre el planeta y que sobrevive esperando no se sabe muy bien qué. El "toque Sturgeon" se advierte afortunadamente al final del relato, tratando de levantarlo un poco de su anonadamiento, pero sin mucho éxito. Preferible olvidarlo.
"Rodney Perish for Hire" (1962), en colaboración con Joe L. Hensley, al menos no tiene pretensiones ni alardes estilísticos, como algunos de los anteriores, aunque resulta rematadamente vulgar. De hecho, consiste en un rutinario cuento de terror. Rodney Perish es un niño más bien siniestro que se dedica a asesinar a la gente que molesta a sus amigos o a sus compañeros de colegio, pidiendo a cambio monedas o cromos que le faltan para completar sus colecciones y que le suministran sus "clientes". Al final, como está mandado, encontrará la típica horma del zapato. Leyéndolo, se comprende que no fuera incluido en las antologías que con personajes similares prepararon Roger Elwood y Vic Ghidalia, Los pequeños monstruos (Little Monsters) y Los hijos del diablo (More Little Monsters).
William Rotsler, invitado siguiente, es además de escritor ocasional de ciencia ficción, ilustrador y dibujante, y es en función de dibujante su colaboración con Ellison, pergeñando ocho dibujos en torno a King Kong a los que Ellison pone el texto. Resultado: ocho chistes baratos. El editor Warren no les hizo el menor caso y William Rotsler reniega de ellos, lo cual comprendemos perfectamente.
Menos mal que a continuación conseguimos levantar cabeza del aburrimiento que depara el libro, al encontrar la insólita colaboración entre Ellison y Alfred E. Van Vogt. Ellison incluso consigue ponerse serio y respetuoso en el prólogo al relato, bastante impresionado, por lo visto, con el resultado del trabajo y por la forma en que Van Vogt accedió encantado a colaborar con él --Jacques Sadoul, por cierto, se atribuye la paternidad de tal apareamiento en un libro suyo, aunque Ellison no lo menciona para nada en el prólogo, para quedarse así con todo el mérito...--. En fin, no hay para menos: "Los operadores humanos" (1970) es un gran relato, de los mejores --si no el mejor-- del volumen, y además sin grandes pretensiones ni florituras, con un estilo sencillo y claro, pero que curiosamente obliga al lector a prestarle toda su atención para descifrarlo. Unas naves de guerra se rebelaron antaño contra el hombre, matando a todos sus tripulantes y dejando un único superviviente en cada nave para atender a las reparaciones que ellas mismas no pueden efectuar. Este superviviente es sistemáticamente exterminado cuando llega a los catorce años, antes de que adquiera pleno conocimiento y pueda representar un peligro para la nave. Antes de ser exterminado se le obliga a engendrar un hijo con otro superviviente (femenino, claro), que será el que le sustituya en su tarea. El relato nos cuenta en primera persona la crónica de uno de estos operadores humanos y su posterior rebelión contra la nave, todo en un estilo llano y sencillo que le da aún mayor fuerza y credibilidad. Existe traducción castellana en la colección Caralt CF núm. 33.
"Survivor 1", con Henry Slesar (1959), es, pese a la fecha de su publicación, el relato más antiguo junto con el posterior "Wonderbird". Un relato chistoso, mezcla de Eric Frank Russell y Robert Sheckley, nos presenta al hombre elegido por los Grandes Galácticos como único superviviente a la próxima destrucción del planeta Tierra, puesto que ellos consideran que el planeta es una amenaza y un peligro para las demás civilizaciones galácticas. Tema no original y que hemos leído otras veces (Fredric Brown, por ejemplo). Así pues, el protagonista, junto con su mujer, es elegido como único superviviente. Pero el problema es que el hombre elegido como superviviente no está casado y tiene un odio total al matrimonio. Ante el dilema de casarse o perecer junto con toda la Tierra, decide lo primero y se pone desesperadamente a buscar esposa. Final sorpresa y humorístico (más bien grotesco), para un relato vulgar.
"The Power of the Nail" (1968), con Samuel R. Delany, protagonizada por un díscolo matrimonio de avanzada en un planeta aparentemente tranquilo, constituye otro de los muchos relatos perfectamente olvidables del volumen.
Con "Wonderbird" (1957), escrito con Algis Budrys, nos encontramos con otro final bufo, como en el caso de Slesar. A una sensible raza extraterrestre que en tiempos quedó fuertemente impresionada por una representación teatral procedente de la tierra, hasta el punto de aceptarla como religión, le es dejada por otro grupo de terrestres el "libro religioso" que ellos llevan tantos años esperando para practicarlo. El libro en cuestión son las obras completas del Marqués de Sade. Sin comentarios.
"La canción que cantó el zombie" (1970), con Robert Silverberg, interesante relato combinación de arte en el futuro y ciborgs, sin ser de los mejores, sí es de los más destacables del conjunto. Existe traducción castellana en la colección Super Ficción núm. 62.
Acercándonos ya al final, contramos "Street Scene" (1969), conocido igualmente con el título de "Dunderbird", y cuyo co-autor es Keith Laumer. Se trata de otra humorada, pero, por fin, divertida y bien conseguida. De hecho, es un relato delirantemente sarcástico y grotesco, y ofrece la curiosa peculiaridad de poseer dos finales distintos, puestos que ambos autores discreparon abiertamente en cuanto a la conclusión de la historia y cada uno escribió un final diferente. El relato con el final de Ellison se publicó como "Dunderbird" en la revista Galaxy, y el relato con el final de Laumer y titulado "Street Scene", en la revista Adam, con tres meses de diferencia con respecto a la anterior versión. El relato nos cuenta la inesperada caída en pleno centro de Nueva York de un gigantesco animal prehistórico, un pteteranodonte, aplastando coches, gente, de todo, y causando un caos endemoniado. Caos que da pie a las situaciones más absurdas, ridículas, chocantes y satíricas que se pueda imaginar. Terminado todo este desfile de personal que va cruzando ante el fallecdido pteteranodonde, empezó la discrepancia entre los dos autores respecto a cómo liquidar la historia. Ellison lo solucionó mediante el recurso de los mundos paralelos, haciendo caer a uno de los personajes en el mundo de origen de la bestia, y resultando ser allí un Gulliver en el país de los liliputienses. Por su parte, Laumer "limpió" de la calle al preteranodonte y, una vez recuperado el orden y la paz de la misma, hizo aterrizar un segundo pteteranodonte, igual al anterior y en el mismo lugar. La antología reúne ambos finales, dejando al libre albedrío del lector escoger el que prefiera. Lo cierto es que el final del relato es lo de menos.
Y como conclusión, Roger Zelazny y Harlan ellison mano a mano en "No vengas a mí en el blanco invierno" (1969), publicado en Ciencia Ficción Selección 20, de Bruguera. Cuento claramente influenciado por el primero de los dos autores y que cierra con relativa dignidad esta colección de las tan cacareadas colaboraciones entre Ellison y los catorce "mejores" autores de ciencia ficción. El balance es, ciertamente, muy decepcionante, muy pobre, salvando tan sólo tres o cuatro relatos. La mayoría son historias torpes, vulgares, anodinas, aburridas, insulsas o pretenciosas. Muchas debieron de ser pergeñadas en un momento de escasa lucidez por parte de los dos autores de turno. Lo cierto es que la mayoría de ellas le hacen poco favor a la carrera del revolucionario Ellison. Se salvan, eso sí, tres o cuatro, y tan sólo una de ellas --la de Van Vogt-- merece destacarse como un magnífico relato del género. En su conjunto, digamos que Partners in Wonder no es más que algo anecdótico dentro de la ciencia ficción.
April 08 LAS MANOS SOBRE LA CIUDAD, de Francesco Rosi: Cualquier ciudad, cualquier tiempo(c) 2007 by J.C. Planells
![]() Ante todo hay que aclarar que la película Las manos sobre la ciudad se rodó y exhibió en 1963, aunque dé la impresión de que se haya rodado la semana pasada y estrenado anteayer. Es una muestra del tipo de cine político que practicó Italia en los años sesenta y setenta, principalmente, y que es otro gran desaparecido en combate debido al --digámoslo claramente-- declive del cine mundial a partir de los años ochenta y que lo ha convertido en a) productos de usar y tirar; b) cine indie de muy escaso calado; c) cine de "moda". Con las excepciones de rigor --mal iríamos si no--, esto es lo que hay.
No todo el cine político italiano era bueno; en ocasiones, pecaba de demagogia, pero cuando era bueno, no lo había mejor. Francesco Rosi, respetado y admirado director que cultivó en ocasiones el cine político y de denuncia, presenta en esta película un tema que sigue siendo de asombrosa actualidad... o quizá no tan asombrosa, pues al fin y al cabo, en el film se habla de negocios rápidos, dinero y especulación, entre otras cuestiones --soborno, corrupción, desidia..., y eso pertenece sin duda a todas las épocas.
Tenemos en esta película a un político de derechas vagamente parecido a un Julián Muñoz marbellí con su Pantoja incluida: una chica joven, evidentemente no es su esposa pero le es útil para presumir, con su perrito de aguas y a la que manda a hacer puñetas cuando se le antoja y de la que se ríen todos. Tenemos un constructor inmobiliario vagamente azaplanado, obsesionado por construir nuevos edificios cara al futuro, bloques y más bloques de viviendas, y eliminar las viejas construcciones medio ruinosas de la parte antigua de la ciudad; de hecho, el constructor no es un mal tipo, lo que ocurre es que está rodeado de especuladores, políticos oportunistas y ambiciosos, y sus intenciones topan a veces con obstáculos de tipo político. En su enfrentamiento con el líder de izquierdas, es decir, del partido contrario al suyo, la conclusión que saca --y con él el público-- es que el líder de izquierdas no es que se oponga al plan urbanístico del constructor, sino que quiere que se haga a su gusto y maneras. Hay soborno, corrupción, recalificación fraudulenta de terrenos --unos terrenos destinados a equipamientos municipales acaban convertidos en terrenos para bloques de vivienda y ni se sabe cómo ha sido...--, favoritismos...
El plan de viviendas conlleva una serie de obras que provocan el inesperado derrumbe de un edificio del casco antiguo: dos muertos y un niño que pierde las dos piernas. Se exigen responsabilidades, y más aún teniendo en cuenta que las elecciones municipales están a la vuelta de la esquina. El culpable, aparente, es el hijo del constructor, por no haber tomado las medidas oportunas; el hijo huye y se esconde, y el padre ha de dar la cara. Se monta una comisión mixta para investigar lo ocurrido, y la comisión topa consigo misma (!) y con situaciones absolutamente kafkianas (!!). Cuando trata de averiguar el grosor de las paredes del viejo edificio derrumbado y saber así sobre quién recaen las responsabilidades de falta de prevención, resulta que sobre los planos es imposible saber si formaban una sola pared con el edificio contiguo o si había una doble pared: todo depende del lápiz con que se dibujaran los planos (!!!), y por tanto, el dato no es posible de descubrir. Por su parte, cuando las madres y familiares de los fallecidos se presentan ante el alcalde para exigir justicia, éste saca un fajo de billetes de su bolsillo y empieza a repartirlos a las mujeres y a cuantos las rodean, mientras le dice a un concejal: "¿Lo ves? Esto es la democracia y así la practico yo". Por su parte, el constructor, que se presenta por su zona como concejal, critica una de sus fotos para los carteles porque la han hecho con flash, "Y de esta manera parezco el bruto de Mussolini".
Las elecciones dan como resultado la derrota de la derecha y la victoria del centro, pero el centro gobierna con los votos de la derecha, y el pacto de no reelegir como concejal de urbanismo al constructor se incumple, porque entonces habría que convocar nuevas elecciones al someterse a confianza el nuevo gobierno municipal. ¿Resultado de las elecciones, pues? Los mismos perros con el collar cambiado de unos a otros, y por supuesto el constructor sigue siendo concejal de urbanismo, una vez que el hijo ha regresado para afrontar sus culpas.
Insisto en que la película en de 1963. Lo único que lo indica es su fotografía en blanco y negro y que la protagoniza Rod Steiger, que ya falleció.
April 07 ASÍ NO SE TRATA A UNA DAMA, de Jack Smight: Un psycho-killer con gancho(c) 2007 by J.C. Planells
Esta es una película interesante debido a la unión de una serie de elementos afortunados: una novela original de William Goldman, afamado guionista de no pocos éxitos, si bien en esta ocasión el guión fue obra de John Gay; unos actores acertados aunque no despierten grandes pasiones entre los aficionados; y una dirección acertada que sabe sacar partido de todos los elementos del film. Esto último quizá sea lo más sorprendente, puesto que la carrera cinematográfica de Jack Smight no es precisamente brillante. Se inició trabajando para televisión, en series varias y telefilmes, y en 1964 se pasó al cine, al que acabaría regresando posteriormente ante lo deslucido de su trayectoria, que se fue hundiendo a partir de 1969 de manera lenta pero inexorable. En todo caso, de las ocho películas que realizó entre 1964 y 1969, hay tres realmente estimables, todas ellas pertenecientes al género policial: El tercer día, Así no se trata a una dama y Harper, investigador privado, que fue un notable éxito comercial en su momento y hoy es saludada como un clásico del moderno cine negro (o sea, el cine negro realizado ya en color). Curiosamente, Smight se estrelló de manera estrepitosa con temas más ambiciosos, como su pretenciosa adaptación de El hombre ilustrado, de Ray Bradbury, la de Corre, conejo, de John Updike (y los aficionados al fantástico pueden recordar con espanto su adaptación de una novela corta de Zelazny, Callejón infernal, o una ridícula La verdadera historia de Frankenstein, rodada para televisión y de la que se hizo una versión para exhibirla en cine, absolutamente soporífera, en la que además el hecho de que la criatura estuviera interpretada por un ridículo Michael Sarrazin bastaba para hundir todo el proyecto antes de rodar la primera escena).
En fin, recordar el mal cine (muy mal cine) de Smight no tiene sentido, y es mejor lamentar que el director de estas tres películas policiacas (la reivindicada Harper, investigador privado; la muy celebrada por la crítica en su tiempo Así no se trata a una dama, y la olvidada por no haberse vuelto a ver El tercer día) no siguiera en esa línea ascendente y se perdiera en tonterías varias y naderías infumables.
Realizada en 1967 --tras una comedia bélica verdaderamente bochornosa, Comando secreto, con un detestable Paul Newman--, Así no se trata a una dama ("...¿o sí?", terminaba el título en la propaganda del film...) es un thriller con asesino psicópata como tantos circulan hoy por la pantalla, pero con un cierto ingenio y diversión añadida, en la que el asesino juega al gato y al ratón con el policía. Diversión e ingenio aportados por Rod Steiger, en el papel de un psicópata que adopta diversos disfraces para acercarse a sus víctimas y asesinarlas con toda impunidad. No es que Rod Steiger sea santo de la devoción de mucha gente --críticos o espectadores o aficionados--, puesto que es un actor del método puro y duro (refiriéndose a él, cierto actor clásico dijo: "No me gusta Steiger, es de esos actores del método, que no saben interpretar sin rascarse el trasero mientras dicen tus frases"), pero sus "performances" en el film son vistosas y adelantan algunas fórmulas vistas en el moderno cine de psicópatas con menos gracia que aquí. Por su parte, el policía está interpretado por George Segal, otro actor nada destacable y que tiene la extraña peculiaridad de realizar siempre el mismo tipo de interpretación, tanto en comedia como en drama, en cine bélico como policial (verlo en King Rat al lado de un magnífico reparto de actores ingleses daba verdadera grima); la relación del policía con su madre (Elien Heckart), judía acérrima, y con una candidata a víctima del psicópata (la siempre estimable pero poco popular Lee Remick) dan el contrapunto necesario entre comedia y romance para equilibrar el filme. Lo curioso de la película es que el espectador acaba más interesado y fascinado por el personaje del asesino que por el del vulgar policía y la pesada candidata a víctima, pero esto es evidentemente deliberado tanto por parte del guión como de los intérpretes, y lo que le da originalidad al filme. Sabemos que Christopher Gill (el personaje que interpreta Steiger) ha de acabar pagando sus crímenes, pero es inevitable que se le toma un, llamémosle, cierto afecto, pues resulta original, divertido y lo mejor de la función. Es un asesino con clase. Hoy, los asesinos psicópatas son tenebrosos como el de Seven, o fascinantes (?) como Hannibal Lecter). En su momento, este filme era verdaderamente original e inusitado; luego, se ha imitado mil veces, y no se ha mejorado. ¿Para cuándo su edición en DVD para España?
April 06 EL CASO INTERVIDA(c) 2007 by J.C. Planells
Como ya se ha divulgado ampliamente por prensa y televisión estos días, la ONG Intervida está bajo investigación por presuntas irregularidades y/o presunto uso indebido de los fondos donados para los fines de la organización, que son esencialmente el apadrinamiento de niños en países tercermundistas o con problemas sociales y políticos. Es un tema lo suficientemente serio como para desear que se investigue con toda escrupulosidad y que si hay responsabilidades, se exijan a quien corresponda. Y si no hay irregularidades ni tampoco responsabilidades, se haga saber tan públicamente como se ha hecho saber todo este asunto. Son muchas las cosas que hay en juego como para frivolizar, o arriesgar juicios apresurados o temerarios.
Lo que ha quedado muy claro, en todo caso, es que los donantes a ONGs, sea cual sea la ONG y su actividad, suelen ser muy despreocupados al respecto de a qué se destinan sus donaciones. Quizá alguno de ellos se preocupe de averiguarlo, pero según ha demostrado el caso --y de hecho, según se documentó por la prensa días antes de que estallase este caso--, los donantes y contribuyentes a ONGs se despreocupan totalmente del tema; es como si dieran por descontado la buena fe y la honradez de la ONG por ser eso: una ONG (Organización No Gubernamental) y por tanto incapaz de falseo, estafa, apropiación indebida, conducta poco fiable o deshonrosa. Y eso es un error. Por supuesto, todo el mundo es honrado hasta que se demuestra lo contrario. Pero también por supuesto, el donante o contribuyente a una ONG debe ser lo suficientemente inteligente como para exigir saber a qué se destina su dinero y si se cumplen los principios que anuncia la ONG de la cual es miembro, socio o protector o contribuyente. Está bien ser idealistas, pero conviene ser algo sanchopanzas con nuestro idealismo, porque con el idealismo se puede jugar y abusar de él con mayor impunidad. Y parece que el caso Intervida, al margen de su feliz o infeliz final, ha sacudido un poco el atontamiento de quienes entregan ayudas monetarias a las ONGs, recordándoles que sí, que conviene ver si su dinero va a donde se supone que tiene que ir.
He de confesar que nunca he confiado del todo en ciertos altruismos. Sin duda porque según qué cosas me vienen grandes y porque la gente es manipulable. Yo mismo soy manipulable cuando se me pilla con la guardia baja, como me ocurrió muy recientemente con cierto desaprensivo cuyo nombre ya daré cuando me dé la gana. Pero cuando lo que está en juego son otras personas, entonces conviene ser más desconfiado que nunca. En los últimos años, he recibido propaganda personalizada e incluso llamadas telefónicas pidiendo directamente por mí, de cierta ONG, cuyo nombre no voy a dar, pero que se dedica a apadrinar niños. Si ustedes quieren pensar que se trata precisamente de Intervida, les diré que el pensamiento es libre. En todo caso, aunque para mí sería algo atractivo --ser responsable en cierto modo de la educación y futuro de una persona a un continente de distancia de mí, y pensar que lo que de bueno haga en la vida acaso yo haya contribuido a ello en un mínimo tanto por ciento--, y más careciendo de familiares directos y descendencia --algo que espero se me agradezca algún día por parte de alguna organización ecológica--, una cierta desconfianza innata me ha hecho recharzar con firmeza todas y cada una de las peticiones que esa ONG me ha dirigido. ¿Motivo de la desconfianza? No lo sabría explicar, porque la desconfianza es un sentimiento instintivo, y a veces suele acertar --en mi caso acierta demasiadas veces--. Por lo demás, curiosamente, esas insistentes llamadas telefónicas o cartas personalizadas solían coincidir --¿casualidad?-- con el informe anual que me remite el Hospital para niños de Sant Joan de Deu, del que ya eran socios mis padres y del que a su muerte lo pasé a ser yo, aumentando la contribución, incluso cuando mi economía lo desaconsejaba, pero al fin y al cabo la cantidad no es importante. Así, pues, llegaba el informe anual con las mejoras efectuadas gracias a las contribuciones, en un folleto con fotografías y demás, y al cabo de un día o dos, la inevitable llamada o cartita de esa ONG solicitando apadrinase un niño a mi nombre. ¿Mal pensado por creer que alguien manipula ficheros, obtiene nombres de donantes a otras entidades benéficas y trata de aprovecharse para su propia... entidad? Vale, mal pensado lo soy, pero con ciertas cosas no se juega. Sin duda viste mucho más donar dinero a una ONG que a un hospital de curas, pero el hospital de curas lleva años funcionando y tiene un prestigio, y no es necesario ser creyente ni meapilas para hacerles un donativo anual. Sé que la modesta cantidad que les dono es empleada para los fines del hospital. No sé si esa ONG que me insiste tan puntualmente y me persigue tan tenazmente puede decir lo mismo. Comprendo, desde luego, que deben darse a conocer para obtener donaciones, pero a veces ciertas maneras de darse a conocer pueden levantar sospechas. Y es que en casos como éste que he contado, o como el de Intervida, no es el propio dinero el que está en juego, pues las donaciones dependen de la voluntad y la economía de cada uno, sino otras personas que deberían recibir lo a ellos destinado para su disfrute y mejora futuros y... a lo mejor no les llega o sólo les llega en parte.
Es un tema lo bastante serio como para que se reflexione en profundidad, no por uno mismo: sino por los demás, que son los verdaderamente efectados.
April 05 SAM PECKINPAH. VIDA SALVAJE, de Garner Simmons(c) 2007 by J.C. Planells
La edición de libros en castellano sobre el que fue uno de los más singulares directores americanos es muy escasa. Aparte de un modesto estudio sobre su obra a cargo de Carlos F. Heredero, publicado hace un montón de años, y de la impresentable monografía perpetrada por Francisco Javier Urkijo --el mismo que perpetró otra aún más impresentable el año pasado sobre Frankenheimer--, y de un libro a base de "cortar y pegar" simplemente insignificante y cuyo autor ni recuerdo ni deseo recordar, el resto son estudios aparecidos en revistas especializadas o ensayos sobre alguna de sus películas. Ahora nos llega esta biografía, la primera sin duda que sobre él se escribió, puesto que su autor, Garner Simmons, la empezó a preparar en 1973, cuando Peckinpah estaba en México rodando Quiero la cabeza de Alfredo García, y que se publicó por primera vez después del estreno de Los aristócratas del crimen. Para documentarse contó con la ayuda y apoyo del propio Peckinpah, que le facilitó entrevistarse con sus actores, productores, colaboradores, amigos y enemigos de todos sus films anteriores, además de familiares del director: madre, hermanos, hijos... El texto sería actualizado y reeditado a la muerte de Peckinpah a finales de 1984, añadiendo un par de capítulos para echar una ojeada a su trayectoria vital tras Los aristócratas del crimen y abarcar así hasta Clave- Omega, su último film.
Posteriormente a esta biografía, se han publicado otras muchas, recurriendo más o menos a las mismas fuentes --o a las que aún estaban con vida, pues varias de las que entrevistó Simmons fallecieron hace años--, pero el valor de este libro es el de ser el primero y deshacer además varios mitos que todavía se arrastraron incluso tras su aparición (como los orígenes indios de Peckinpah, algo totalmente falso; su desdén hacia Randolph Scott y Joel McCrea en su segunda película; su violencia hacia las mujeres en su vida privada...). Aquí no se estudia la obra de Peckinpah sino cómo realizaba su trabajo y las dificultades que encontraba --o provocaba-- en sus rodajes, siempre caóticos en mayor o menor grado, y cómo pese a ese caos las imágenes de sus películas contienen tan inusitada belleza y resultan tan conmovedoras: no sólo de violencia vive el cine de Peckinpah. A tenor con textos posteriores, quizá esta biografía de Simmons es algo blanda respecto a la figura del director americano; o quizá sea que otros biógrafos --recordando lo leído en esa breve biografía de "cortar y pegar" a que he aludido-- han preferido recrearse en sus escándalos, en la locura a que le llevaron sus adicciones, en sus inmensas esnifadas de cocaína, presentando a un Peckinpah arruinado vital y artísticamente; probablemente esas biografías sumamente morbosas estén más cerca de la realidad, al menos en el Peckinpah de los últimos años...
En fin, Simmons nos ofrece una biografía, pues, demasiado blanda, pero teniendo en cuenta que era su primer libro escrito y que lo realizó debido a la gran admiración que experimentaba hacia el director de Grupo salvaje, no se le puede reprochar el acercamiento respetuoso hacia la figura estudiada. No es que aclare del todo puntos como, por ejemplo, el caos del rodaje de Mayor Dundee, o el de Pat Garrett y Billiy the Kid (los dos más caóticos, al parecer). Pero su documentación respecto a los rodajes de Grupo salvaje y Duelo en la alta sierra es buena y verídica. Se desearía mayor profundidad en algunos casos (Deadly Companions-Compañeros mortales), pero en ocasiones las declaraciones de sus actores iluminan más los aspectos que Simmons no acierta --o no se atreve-- a ahondar: en este aspecto, James Coburn, con quien colaboró en varios filmes, es decisivo. Curiosamente, sus "enemigos" --el productor Jerry Bressler-- no clarifican nada, y el compositor Jerry Fielding, que aparece citado abundantemente, tampoco aporta nada de gran interés. También hay que tener presente que al recabar los comentarios entre 1973-1975, muchos de ellos tienden a ser respetuosos, tolerantes, justificativos... un poco "promocionales", y exceptuando a Coburn y a las naderías de Fielding, no hay mucho en donde morder, empezando por un hipócrita Dustin Hoffmann.
En cualquier caso, biografía interesante --repito que las posteriores ya no pudieron recabar los comentarios de muchos de los entrevistados por Simmons, al haber fallecido-- para los seguidores de este irrepetible --dentro de lo que es hoy la industria cinematográfica americana-- director tan controvertido. Y, al contrario que el libro de "cortar y pegar" aludido, que nos dejaba con un desagradable sabor de boca, éste nos deja con ganas de revisar sus películas, todas ellas editadas en DVD --aunque no todas en España--. Yo creo que es preferible esto, pues a un artista se le debe recordar por su obra, y Peckinpah, gracias a ella, se ganó "el derecho a entrar en su propia casa", por usar una frase que Peckinpah empleaba a veces en un sentido muy concreto: el de sentirse realizado y justificado como ser humano.
April 04 LA CONDESA SOSPECHOSA(serie Aventuras de Harold Smith)
(c) 2006 by J.C. Planells
Al fin, un día pasó lo que Harold llevaba temiendo desde que se sacó el carnet de detective privado.
Habíamos recibido una llamada de la mansión del conde Neville, y como Harold se desvivía para servir a la aristocracia, nos fuimos allí corriendo, pues mi jefe no tuvo paciencia para esperar a un taxi. Llegamos con la lengua fuera, pero llegamos, y fuimos introducidos al salón del conde, que era como todos los salones de los condes: lleno de lujo y esplendor y cuadros viejos de aristócratas y jarrones chinos.
Se presentó el conde, al que Harold le hizo una reverencia que casi se parte en dos, y me obligó a que me quitara la gorra que me ponía en las ocasiones solemnes.
--Señor Smith --dijo el conde Neville--. Necesito a alguien que sea extremadamente discreto para una misión confidencial...
--Soy su hombre, señor conde --dijo Harold, con pachorra.
--Verá usted... Hace un tiempo que mi esposa, la condesa, sale de casa puntualmente a las once de la mañana y no regresa hasta la hora de comer. Ignoro dónde va, y si le pregunto dónde ha ido, me da unas explicaciones vagas, insatisfactorias, que se ve claramente no son ciertas. Pero como soy un caballero, me conformo con lo que dice. Lo cierto, señor Smith, es que temo... Oh, Dios --dijo el conde, mordiéndose el bigote con rabia--, es tan cruel y vergonzoso tener que decirlo... Temo que mi mujer tiene un amante. Así, pues, quiero que la siga y averigüe si es cierto.
De regreso en la oficina, Harold bramó todo lo que no se había atrevido a bramar en casa del conde Neville.
--¿Te das cuenta, Diógenes? ¿Te das cuenta del bochorno que eso significa? ¡Yo, Harold Smith, el detective privado número uno de Inglaterra, persiguiendo a amantes de condesas! ¡El trabajo más vil y rastrero que puede encargársele a un detective! ¡Yo, que he atrapado a asesinos y ladrones, capturado al ladrón invisible de Londres, al estrangulador de luchadores mancos, a la momia asesina...!
--¿Qué momia? No había ninguna momia en aquel caso...
--¡No me interrumpas! Yo, la gloria de la profesión, he de averiguar si una condesa que sin duda se aburre tiene un amante. ¡Qué vergüenza!
--No se ponga así, jefe --le animé--. Será fácil y cobraremos mucho.
--De eso último puedes estar seguro. Le clavaré una factura al conde Neville que acabará prefiriendo que su mujer se hubiera fugado con el amante, si es que lo tiene. Pero... --Harold puso cara de desesperación--... Diógenes... no sé cómo hacerlo.
--¿La factura?
--No, idiota. El caso. No sé cómo resolverlo.
--Jefe, no le entiendo --dije desconcertado.
--Escucha, Diógenes: en ninguna de los cientos y cientos de novelas policiacas que he leído se explica cómo se hace para descubrir si una condesa tiene un amante... ¡No sé cómo se averigua!
Me quedé estupefacto.
--Pues... supongo que se tratará de seguirla, simplemente --dije--, cuando salga de la mansión a la hora en que dijo el conde, para ver adónde va y todo eso...
--Se dará cuenta de que la seguimos.
--Bueno, es como si siguiéramos a un ladrón o algo por el estilo; lo hemos hecho otras veces...
--No seas burro, Diógenes --dijo Harold muy serio--; una condesa que va a reunirse con su amante no se parece a un ladrón. No la podemos seguir de la misma manera, arrastrándonos por la cuneta y cosas así.
--Bueno, pues alquilamos un coche...
--Yo no sé conducir y tú tampoco, obviamente.
--Tomamos un taxi.
--Pensarán mal de nosotros si lo usamos para seguir a una mujer.
--Diantre, jefe --dije, irritado--, pues hay que hacer algo. Hemos de cumplir con el encargo.
--A grandes males, grandes remedios --dijo Harold, filosóficamente--. Creo que tengo la solución. Mira, vas a ir a...
Seguí las instrucciones de Harold, y cuando regresé al cabo de unas horas de cumplir el encargo que me hizo, observó lo que había traído con ceño profesional.
--¿Es el mejor? --preguntó.
--El señor Jameson dice que sí. --Laurence Jameson, superintendente de Scotland Yard, era amigo de Harold,y habíamos colaborado juntos en algunos casos.
--Pues no tiene pinta de perro policía --dijo Harold, en tono experto, contemplando la birria de perro que me habían dado en Scotland Yard.
--Guau --dijo el perro.
--Bueno, si lo usan en el Yard, será porque les funciona... --dije.
--"Les funciona"... Qué bruto llegas a ser a veces, Diógenes. A ver si te crees que un perro policía es una máquina.
--Yo qué sé. Si no va bien, la portera nos dejará el gato. Dice que es un buen cazador de ratones.
--Guau --hizo el perro.
--Dejaos los dos de gansadas. Está bien, atiende a las instrucciones. Mañana a las diez y media, irás a la mansión del conde con el perro, y...
--Pero, ¿por qué yo? ¿Porque he de ir yo a los sitios y no va usted?
Harold puso su expresión de hacer declaraciones sublimes.
--Este caso es demasiado... vulgar y ordinario... para que mi cerebro se desgaste en su resolución. --Aquí el perro dijo "Guau" otra vez--. Éste es el típico caso para que lo resuelva un ayudante... De confianza, claro --se apresuró a añadir--. Tú, en este caso.
--Claro, como que no tiene otro.
--Guau --hizo el perro.
--No salto de alegría para no dejar al perro suelto. ¿Qué es lo que se supone hemos de hacer mañana el perro y yo?
Escuché atentamente lo que me dijo Harold, y al día siguiente, mientras él se quedaba en la oficina leyendo la nueva novela de Agatha Christie para ejercitar su cerebro, el perro y yo nos fuimos hasta la mansión del conde Neville, y a las once menos cuarto (porque el perro se paraba de cuando en cuando para oler los arbustos y cosas así) llamé a la puerta de servicio de la mansión del conde Neville. Era un poco más tarde de la hora prevista, pero yo no podía evitar que el pesado del perro se empeñase en pararse y hacer de perro durante el camino. Por suerte, al dar la vuelta vi que de la puerta de la mansión salía una señora con pinta de condesa. Ella se adelantaba también a su hora habitual, así que yo debería espabilarme.
--Buenas tardes --dije, cuando abrieron la puerta de servicio, con toda la cortesía británica que Harold me había inculcado para tratar con el servicio de la aristocracia--. ¿Tendría la bondad de avisar a la camarera de las habitaciones de la condesa Neville?
--¿La camarera? ¿Te crees que esto es un hotel o qué? --me espetó la gorda que había abierto la puerta.
--Guau --hizo el perro.
--Si no hay camarera, pues la doncella particular de la condesa Neville, si me hace usted la gracia.
--Oye, niño idiota, ¿quieres ver cómo te arreo un guantazo si sigues hablando como un mamarracho?
--Guau --hizo el perro.
--Mira, tía gorda, yo lo que quiero es hablar con la criada de la jefa, puñeta --dije ya enfadado.
--Eso es otra cosa. Espera aquí y ni se te ocurra pisar la alfombra. Y como dejes suelto a ese perro asqueroso, os doy a los dos con la escoba.
El perro y yo esperamos hasta que la gorda regresó con una chica con cara de loro que me miró con desconfianza.
--¿Tú qué quieres? --preguntó la cara de loro.
--Buenas. Vengo de la Asociación de Huérfanas de Guerra para que me den ropa usada de la condesa con que cubrir su desnudez.
--Guau --hizo el perro.
--Está loco. Se ha escapado de algún manicomio, él y esa birria de perro --dijo la gorda.
--¿Huérfanos de guerra? ¿Qué guerra, niño imbécil? La guerra acabó hace más de veinte años y las huérfanas ya estarán casi todas casadas --dijo la criada con cara de loro.
--Por muy crecidas que estén, seguirán usando ropa, digo yo --contesté irritado. Tendría que decirle a Harold que la idea que tenía del personal de servicio de la aristocracia estaba bastante equivocada--. No van a ir desnudas por la calle...
--Guau --hizo el perro.
--Seguro que la radio ha avisado de un loco con un perro que va por las casas pidiendo estupideces y no lo hemos oído. Creo que este perro tiene aspecto de tener la rabia.
El perro, que se empezaba a aburrir ya, dedicó su atención a un tiesto de flores.
--Pero, bueno, tías agarradas, ¿me dan o no me dan la ropa usada de la condesa para vestir a las pobres huérfanas, diantre? Si las detienen por inmoralidad callejera, diré que la culpa ha sido del conde Neville por dejarlas ir desnudas...
Esto pareció surtir efecto, pues la gorda y la cara de loro se fueron para adentro y volvieron al rato con un saco lleno de ropa que casi me tiraron a la cara.
--Anda, idiota. Toma eso y lárgate de aquí con tu cochino perro.
Arrastrando el saco, el cochino perro y yo nos fuimos. El saco casi andaba solo, porque despedía un pestazo tremendo. Podía ser muy condesa la condesa Neville, pero ensuciaba la ropa como una fregona. Cuando estuvimos a una prudente distancia de la mansión, abrí el saco, y, tal como Harold me había dicho, le di a oler al perro una prenda lo más íntima posible de la condesa, y que por cierto estaba en un estado de suciedad realmente guarro.
El perro salió disparado como una flecha y yo tuve que sujetar el saco de la ropa para no perderlo. Se ve que era tan bueno como me había asegurado Jameson, porque iba siguiendo el pestazo que le había hecho oler, y sin duda me llevaba a la casa del amante de la condesa, siguiendo la pista de la dueña de las bragas.
Pero algo no iba bien, porque el perro dio la vuelta a la manzana y se coló dentro de la mansión del conde Neville por una ventana abierta. Antes de que yo pudiera reaccionar, nos encontramos en la biblioteca. El perro le ladraba al conde, que estaba sentado en un sillón... Bueno, de hecho el perro no le ladraba al conde, sino a la criada cara de loro, que estaba sentada sobre las rodillas del conde...
Y entonces se abrió la puerta de la biblioteca y una voz de mujer gritó:
--¡Te pillé!
Era la condesa.
Cuando a mi regreso a la oficina le conté a Harold todo lo ocurrido, él me explicó, medio refunfuñando:
--Es evidente, pues, que la condesa no tenía ningún amante. Salía de casa cada día confiando en pillar in fraganti a su marido cuando éste se confiase. El conde sí que sí tenía un lío con la criada... Todos los condes suelen tenerlo... Va con la cosa esa del rancio abolengo.
--Uff..., con esa tía cara de loro...
--A saber lo que tú entiendes por cara de loro, infeliz. En fin, el conde quería descubrir si su mujer se la pegaba con otro, cuando lo que hacía la condesa en realidad era montarse una intriga para pillarlo desprevenido a él con la criada. Y está claro que la ropa que te dieron no era de la condesa Neville, sino de la criada. Lo hizo adrede para quitársete de encima, y luego sin duda le habría cogido ropa a la condesa, soltándole lo del orfanato o cualquier otra historia, y se la habría quedado para usarla ella.
--Ya me extrañaba el pestazo que echaba la ropa... A la condesa se la veía fina y pulcra.
--Naturalmente, hombre. ¿Dónde vas a parar? Las condesas se bañan y cambian de ropa varias veces al día; no tienen otra cosa que hacer --me informó Harold--. En cambio, el servicio va acumulando sudor y mugre en sus interioridades, y...
--Me hago a la idea, jefe, no hace falta que detalle tanto.
--Así pues, el perro olió la mugre... olió la ropa y por eso volvió a la mansión y pillasteis a la criada en plena faena, al mismo tiempo que la condesa volvía sigilosamente de su fingida salida y les pillaba a los dos también. Como tiene un testigo, o sea, tú, puede pedir el divorcio al conde y quedarse una buena cantidad de dinero.
--El perro también fue testigo, jefe, que para eso es perro policía.
--Qué burro eres. Lo que no sé es si cobraremos, porque al fin y al cabo, no se puede decir que hayamos... ah... cumplido con el encargo. Ya te dije que eso de investigar adulterios e infidelidades es para detectives vulgares y ordinarios, que se pasan el día en un bar bebiendo whisky.
Harold tuvo razón,. El conde no nos pagó y además se puso hecho una furia. Lo único que sacamos en limpio del caso fue el saco de ropa sucia de la criada cara de loro. Unos días después, Sandra, la hija de la portera, que se había enterado del caso, me preguntó qué habíamos hecho con la ropa.
--Pues como nadie nos ha pagado por el caso, Harold dijo que empeñásemos el saco con la ropa, a ver si sacábamos algo de dinero por ella --le dije.
--¿Y os dieron algo por la ropa? --preguntó.
--No nos dieron nada por la ropa --suspiré--. Pero nos dieron por el saco.
Se me quedó mirando de una manera un poco rara.
FIN.
April 02 PRODUCCIONES GARCÍA, S.A., de Edgar Neville(c) 2007 by J.C. Planells
No recuerdo ya en qué libro leí que a Conchita Montes --la actriz que fue compañera sentimental de Edgar Neville-- la ponía de los nervios ver cómo escribía Neville: "¡Es que no rematas, es que no rematas!", le decía, irritada. En efecto, Neville solía escribir casi de una tirada, sin corregir ni repasar nada, y en ocasiones incluso se limitaba a dictar el texto de sus obras teatrales. No es que esto desmerezca su producción, pero sí que obliga a lamentar el que por una falta de cuidado esta producción no haya resultado más memorable. Así, aun siendo uno de los miembros destacados de "la otra del 27", nunca ha podido superar un --honroso-- tercer puesto, detrás de Jardiel Poncela y de Mihura, aunque sus defensores traten, legítimamente, de auparle algo más arriba. Le une con los mencionados el hecho generacional, la práctica del humor y ser polifacético: al igual que Jardiel Poncela y Mihura, Neville hizo cine, teatro, escribió libros, fue dibujante, articulista... Su obra no es muy abundante en la vertiende de autoría teatral, pues estrenó tardíamente y bastantes de sus obras se editaron en libro por Biblioteca Nueva o en otras partes, pero no llegaron a representarse nunca; tampoco en lo novelístico pasó más allá de un par de novelas, si bien publicó algunos libros de relatos, e incluso de poesía, algo que pocos saben. Quizá el cine se llevó lo más notorio de su producción, especialmente como director.
Pero su problema literario fue el señalado por Conchita Montes: no "rematar la faena". De ahí que en comparación con sus dos ilustres compañeros, su teatro vaya bajando enteros con el paso del tiempo, mientras que el de Jardiel Poncela se mantiene asombrosamente fresco y moderno y el de Mihura no pierde ni gana, aunque algunas de sus obras contengan en su planteamiento elementos hoy desfasados, redimidos por su humor, cuidado diálogo, ternura de fondo y personajes memorables. Por el contrario, Neville va perdiendo gas incluso en El baile, su clásico por excelencia, y más gas que pierde en sus otras funciones, si bien La vida en un hilo resiste heroicamente en parte por su toque fantástico (y porque se basa en una historia que él mismo llevó al cine previamente).
Ahora, Clásicos Castalia ha rescatado una novela --novela corta, en realidad-- de Edgar Neville, titulada Producciones García, S.A., publicada originalmente en 1956 en una colección de novelas de humor de Taurus, y que de hecho era a su vez la "novelización" de una obra de teatro nunca representada, escrita para la revista La Codorniz en 1942, en la cual apareció en dos entregas, y titulada Producciones Mínguez, S.A. La edición de esta novelita corta está a cargo de María de los Ángeles Rodríguez, autora del estudio introductorio y las notas al texto.
Esta novela corta --lamento no conocer la versión previa en forma de comedia, aunque Mª de los Ángeles Rodríguez nos informa competentemente al respecto-- está ambientada en los primeros años de la década de 1930, al igual que la comedia escrita en 1942, y eso es en parte un fallo para esta versión de 1956, porque Neville introduce en la novela no pocos temas personales referentes a la industria del cine que conoció muy bien durante su vida, en sus cometidos de guionista, productor y director. Así, se cuelan en el texto algunos anacronismos, uno de ellos ya avisado por la autora de la introducción, como es el mencionar a Gina Lollobrigida --en sustitución de Imperio Argentina en la versión de 1942 en forma de comedia-- en una acción que se supone ocurre en los años treinta; otros, menos detectables acaso para el lector, son que la industria del cine español que se describe en la novela de 1956 corresponde mucho más a la fecha de edición y escritura del texto que no a la situada en la ficción, 1932. Igualmente, el tono de los personajes es mucho más actual --es decir, de 1956-- que no de 1932. En breve, a Neville le pierde de nuevo el no "rematar la faena". Creo que fue un error por su parte no situar la acción de la novela en época actual --o sea, en 1956--, al reescribir el texto de su obra teatral y mantenerla así en el 1932 de la versión publicada en La Codorniz. Para ello quizá haya una explicación: ciertos elementos de la novelita son evidentemente añadidos inexistentes en la versión de 1942 (Ángeles Rodríguez ya nos avisa en algún caso), a tres años del final de la guerra civil española, y por tanto con una censura extremadamente severa. No es que en 1956 dicha censura fuera blanda precisamente, pero se leen en el texto cosas imposibles para 1942, y algo audaces para 1956. Lo que queda claro es que por más que se esfuerce Neville en hacernos creer que la historia ocurre en 1932, el lector la coloca mentalmente en "tiempo actual" (o sea, 1956, o sea, cine bajo el franquismo). Los parlamentos entre Rafael --el guionista-- y Quintanilla --el director de la película-- en el capítulo tercero lo dejan muy claro, pero igualmente se nota en otros personajes: la niña recitadora que prefigura la avalancha de niñas prodigios que apareció en el cine español en los años cincuenta; el productor ex olivarero de Extremadura que quiere hacer una película a su capricho; la secretaria del señor García; los extras de la película... Todo tiene un tono "años cincuenta", todo evoca el cine español que se realizó en España a partir de 1940 y mayormente en la década de los cincuenta: películas de toreros, monjas, paletos, gitanas...
Ante todo debe quedar claro que esta novela corta me parece excelente; de lo mejor que ha escrito Neville, incluso superior a su teatro (y superior a su otra novela, Don Clorato de Potasa, que nunca he conseguido terminar de leer). En ella se advierte naturalidad, realismo, veracidad, franqueza... y no pocas notas críticas (ese latiguillo a los críticos de cine que aspiran a guionistas; esas pullas a la ignorancia de los actores; esos comentarios sesgados a la situación política, que al suponerse referidos a 1932 cuelan, pero que el lector entiende sobradamente que van hacia 1950... y que en la versión de 1942 o no existían o estaban expuestos en otra forma). Es una novela ciertamente divertida, muy interesante, de lo mejor de su autor. Pero la desmerece el descuido (esa referencia a la Lollobrigida, esos cambios de nombre repentinos hacia algún personaje, como ya indica a veces Mª Ángeles Rodríguez, ese tono que no "casa" con la novela ni el marco de ambiente...), ese descuido que perjudicó en tanto a toda su obra, que aun siendo notable, pudiera haber sido mejor de esforzarse Neville en ello. En fin, en cierta manera, es otro de los componentes fijos de esa admirable e irrepetible generación: no sólo compartieron todo lo que dije antes, sino el ser unos "bon vivants", unos perezosos, a quienes la guerra pilló desprevenidos por vivir en un mundo algo fantasioso donde no tenían cabida las guerras. Pese a apuntarse al bando vencedor, no por ello la vida de los tres mencionados fue fácil: censurados en no pocas ocasiones, e incluso depurado Neville, aunque había servido fielmente al bando franquista, hicieron lo que pudieron, como pudieron, en un país que se les rompió de golpe. Por tanto, me parece un poco injusto reprocharles a veces que no se esmeraran más.
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