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    April 30

    COMPENSACIONES DE GUERRA

     
    [Este relato ganó el tercer premio del concurso de relatos de ciencia ficción Domingo Santos de la Hispacon de Mataró, 1997. No ha sido publicado más que en un boletín de la propia Hispacón 1997, por lo que se puede considerar casi inédito.]
     
     
    (c) 1997 by J.C. Planells
     
     
        Cuando los kajanti se rindieron, finalmente, después de tres años de guerra con la Tierra, se vieron forzados a firmar una serie de condiciones para la paz. Entre ellas figuraban las habituales compensaciones en bienes, naves, minerales y demás, que siempre han constado en mayor o menor grado en todos los tratados tras una guerra. Había, sin embargo, una condición completamente nueva: los kajanti estaban obligados a construir solidogramas funcionales autónomos de todos los terrestres que habían resultado muertos durante el conflicto bélico. No se trataba de una cantidad excesiva: poco más de doscientas personas, puesto que la guerra se había librado mayormente entre naves tripuladas por robots, por lo cual la pérdida en vidas, tanto en un bando como en el otro, había sido exigua, habiendo fallecido muchos de ellos por causas originadas en accidentes inesperados. En relación directa con la guerra sólo cabía hablar de 135 muertos, casi todos ellos durante los primeros días del estallido bélico, especialmente en el ataque kajanti a la base situada en Minerva.
        Los kajanti trataron de reducir la cifra, pero el Mando Militar Terrestre se mostró inflexible. La cláusula debía ser cumplida, al igual que todas las demás condiciones del tratado. Los kajanti argumentaron también, un tanto oscuramente, qué utilidad podía tener tal compensación de guerra, pero las autoridades del Mando Militar Terrestre no se dignaron contestar a eso.
        El asunto se demoró algún tiempo. Finalmente, los kajanti, con la ayuda de militares encargados de facilitarles los datos de los fallecidos, fueron entrando en contacto con los parientes respectivos para cumplir con el acuerdo. Los familiares de los terrestres muertos durante la guerra pertenecían a diversas naciones de la Tierra, así como a diferentes razas y creencias religiosas, y la acogida que dispensaron a la singular propuesta fue desigual. Muchos la rechazaron tajantemente, a lo que el Mando Militar Terrestre no podía oponerse, otros lo consideraron una aberración y la aceptaron de muy mala gana. Pocos aceptaron voluntariamente.
        Entre los familiares que figuraban en la relación del Mando Militar Terrestre estaba Aurora Galván Fernández, residente en Laredo, Santander, España.

     
        Aurora Galván había recibido la notificación de la visita de un delegado del Mando acompañado de su equivalente en el mundo de los kajanti, que se presentarían en una determinada fecha. Llegó esa fecha y los tres estaban ahora sentados en la salita de la casa situada en las afueras de Laredo, tratando del asunto. En realidad, el asunto lo trataba casi por entero el militar terrestre.
        --En su caso, es bueno que acepte, señora Galván --estaba diciendo el militar en un tono afable que a ella no le gustaba demasiado. El militar, de hecho, estaba ya bastante harto de la acogida casi siempre hostil que recibía por parte de los familiares que llevaba visitados hasta el momento--. Es usted viuda, vive sola en esta casa. Ciertamente, podría volver a casarse de nuevo, no es tan mayor... ¿Cuarenta y siete años, verdad? En todo caso, su situación es de lo más pertinente. El solidograma funcional de su hijo Javier Mansar Galván le dará realmente la impresión de que él vuelve a estar con usted. Le hará compañía.
        --¿Un solidograma? --preguntó Aurora, en tono hosco--. ¿Qué es eso?
        --Oh --repuso en tono vago el coronel--, un artilugio que producen en el planeta original de los kajanti. Son muy curiosos... Hemos visto que pueden adoptar forma humana y reproducir a un ser vivo, es como un holograma pero con... ah, cierta consistencia física.
        El kajanti se removió levemente en su asiento.
        --Todo lo que no sea devolverme a mi hijo con vida, no creo que pueda compensarme en nada --dijo Aurora, sin abandonar del todo su tono hostil.
        El militar terrestre --no recordaba ya el nombre que le había dado al presentarse, coronel Loquefuera-- movió la cabeza, apesadumbrado.
        --Esto no es posible, desde luego. Su hijo fue uno de los pocos que murieron en combate directo, durante el ataque de los kajanti a la base de Minerva --lanzó una rápida mirada a su homólogo kajanti, como si éste, personalmente, hubiera sido quien había matado al hijo de Aurora Galván--. Murió como un héroe --añadió el militar, quizá con una animación excesiva. A Aurora poco consuelo podía significarle el que Javier hubiese muerto como un héroe o dormido en su cama en el momento del ataque kajanti; estaba muerto, definitivamente muerto, y eso era todo lo que ella sabía, todo lo que le importaba.
        --Pocos héroes ha habido en esta guerra, y mi hijo tuvo que ser uno de ellos --murmuró la mujer, con tono claramente ácido.
        El coronel estaba empezando ya a aburrirse y deseaba terminar cuanto antes con el asunto.
        --Duk Janti Omerrelo será quien le traiga personalmente el solidograma funcional la semana próxima --dijo. Se refería al kajanti que le acompañaba, por el gesto que hizo el coronel. Aurora no recordaba tampoco su nombre, en realidad no recordaba que el coronel se lo hubiera presentado.
        Aurora Galván lo contempló con los ojos muy abiertos.
        --¿Él? ¿Él precisamente ha de traerlo? --dijo asombrada.
        --Es una de las condiciones --repuso un tanto alegremente el coronel--. Un kajanti ha de ser quien entregue personalmente a los familiares el solidograma funcional.
        "Como si fuera una expiación", pensó Duk Janti Omerrelo, sin saber que Aurora Galván estaba pensando algo muy parecido.
        La mujer permaneció en un hosco silencio. Nervioso, el coronel recogió su gorra y se puso en pie. La entrevista se daba por terminada y la aquiescencia de la señora Galván por tácita, ya que no había dicho nada en contra.
        --Una semana --repitió el coronel, recogiendo su gorra y disponiéndose a salir.
        El kajanti salió tras él. No había pronunciado una sola palabra durante la entrevista.
     
     
        Y exactamente una semana después, un vehículo que Aurora Galván jamás había visto anteriormente --de lo cual dedujo su origen kajanti-- se detuvo frente a su casa, mediada ya la tarde. Aurora presenció su llegada desde la ventana de la salita. Vio cómo se abría una compuerta y descendía de su interior un kajanti. Podía ser o no el mismo que había venido la semana pasada. Aquellos seres negros, de aspecto gomoso, relucientes y de facciones perpetuamente inexpresivas le parecían completamente iguales. Tampoco había visto muchos, en realidad, excepto en los noticiarios de la televisión.
        El kajanti echó a andar hacia la casa. Advirtió que ella le estaba contemplando desde la ventana y se detuvo como indeciso. ¿Debía llamar a la puerta o aguardar a que la mujer saliera fuera? Finalmente, habló y su voz llegó con toda claridad hasta donde permanecía Aurora.
        --Le traigo su solidograma.
        Las palabras surgieron en un correcto español, pero con un notable tono cerrado, debido seguramente al translator que llevaba acoplado al pecho. El aparato era lo que sin duda proporcionaba ese desagradable y monocorde tono de voz. O quizá ésa era ya su voz natural. De muy mala gana, Aurora abandonó su puesto de observación y salió al exterior de la casa, hasta llegar a pocos pasos de donde permanecía el kajanti. Cruzó los brazos, expectante, y permaneció en silencio.
        --Soy Duk Janti Omerrelo --dijo finalmente su visitante--. Haré que salga el solidograma.
        Se volvió hacia la nave e hizo un leve gesto con la mano. Unos segundos después, una figura emergió del interior y empezó a avanzar hacia ellos.
        Aurora no pudo evitar un sobresalto al verle. Instintivamente, se llevó una mano al cuello. Javier, su hijo, estaba muerto, lo sabía, pero aquello... aquello que se acercaba hacia donde estaban ella y el kajanti, en dirección a la casa, era exactamente su hijo. El chico alto, de veintitrés años, de pelo rubio oscuro, facciones angulosas, ojos penetrantes, expresión seria. El chico al que vio partir una mañana de su casa, con destino a la base de Minerva, y que murió en un ataque, durante una guerra de la que ninguno de los dos sabía otra cosa sino que debía librarse por las razones que fueran. Ese mismo chico estaba ahora volviendo a casa.
        No. No ese mismo chico.
        Lo que venía hacia ella parecía ciertamente un cuerpo humano, sólo que... brillaba un poco. Tenía una tonalidad rojiza, luminosa, como si en su interior ardiera un fuego que transparentara un poco su piel. Aurora pensó que si lo tocaba lo encontraría muy caliente. Vestía el mismo uniforme con el que se marchó aquella mañana y caminaba tranquilamente, sin apresuramiento, su expresión carente de significado. Miraba al frente, con cierta fijeza, un poco por encima de las cabezas de ellos dos. No había expresión en esa mirada.
        --No --dijo Aurora.
        El muchacho se detuvo en seco.
        El kajanti dirigió una mirada hacia los árboles que había un poco más allá de la casa.
        --No está completamente activado --dijo en su cerrado tono de voz--. Pensé que sería mejor que usted lo viera primero y luego lo activase.
        --¿Activarlo? --preguntó Aurora, frunciendo el ceño.
        El kajanti apartó la mirada de los árboles y la fijó en ella.
        --Respuestas emocionales --dijo, pero no parecía que estuviese contestando a su pregunta, sino facilitando información--. Me temo que un tanto simples. Este sistema no es tan perfecto como ustedes... como sus militares creen. Puede moverse, andar, sentarse a leer un periódico, ver la televisión, realizar pequeñas tareas domésticas... Puede hablar del tiempo, practicar algún deporte... No mucho más. Por supuesto, no come, no precisa lavarse. En realidad, cuanto más alejado esté del agua, mucho mejor. No puede mantener conversaciones, pero escuchará atentamente todo cuanto usted le diga. Es un magnífico oyente. Sonreirá, se pondrá serio, incluso triste, todo ello según y cuando convenga. --El kajanti miró al suelo--. Es todo lo que podemos hacer. Si hubiéramos sabido algo de cómo era su hijo, de su carácter, podríamos haberlo perfeccionado más, pero el ejército de ustedes no tenía otra cosa que las características físicas y su historial militar. No se puede hacer gran cosa con una mera descripción física, ¿no le parece? --terminó diciendo de una manera casi acusadora.
        Aurora miró al solidograma, que permanecía como paralizado.
        --¿Ya no se mueve? --preguntó.
        El kajanti miró otra vez al suelo. Aurora no lo sabía --no podía saberlo--, pero aquello era el equivalente al encogerse de hombros de los terrestres.
        --Usted ha dicho "no". Por lo tanto, cree que no es admitido en su casa.
        Aurora miró al kajanti.
        --Y usted --preguntó--, ¿qué opinión tiene de esto? ¿Le parece divertido? ¿Cree que realmente compensa algo?
        Duk Janti Omerrelo estaba de muy mal humor, pero se esforzaba por no demostrarlo. ¿Para qué? ¿Qué culpa tenía aquella mujer?
        --No --dijo al fin--. No me parece nada divertido. También murieron de los nuestros en la guerra, ¿sabe? Bastantes más que de los suyos. Unos cuatrocientos. Y no hemos hecho solidogramas de ellos.
        Aurora le miró fijamente. Por su mente pasó la pregunta, pero no quiso formularla en voz alta. Omerrelo la comprendió perfectamente, pero tampoco quiso darle la respuesta. ¿Para qué?
        --Adiós, señora Galván --dijo el kajanti--. He cumplido con la condición que ustedes exigieron.
        "No, yo no impuse condición alguna", pudo haber dicho Aurora Galván.
        Omerrelo dio media vuelta y regresó a su nave, que partió de inmediato.
        Cuando la nave se hubo perdido de vista, Aurora volvió la cabeza hacia el solidograma funcional autónomo de su hijo Javier.
     
     
        El solidograma funcional demostró tener algunas cualidades ciertamente útiles. Podía cargar con paquetes, bolsas, cestos, por lo cual Aurora podía ir con él a Laredo como quien va de safari con un porteador nativo acarreando los pertrechos. Aurora iba delante y el solidograma la seguía, obediente. Nunca hablaba con nadie, no sonreía, no saludaba. Era como un perro siguiendo a su amo, y su máxima expresión era responder "Sí, mamá", cuando ella le indicaba que cogiera esto o aquello del supermercado o de donde fuera que la acompañaba. Pero aquel "Sí, mamá" era dicho con una voz que no correspondía a la de su hijo, la voz grave de Javier, sino con una voz algo más aguda pero en tono bajo, como si musitara, posiblemente para que ella no captara tanto la diferencia con la voz auténtica de Javier. Daba la impresión de que hablara casi consigo mismo, sin importarle que le hicieran caso o no, como cuando se acercaba a la ventana del comedor y decía: "Parece que se nubla la tarde", o cerraba ya la noche y el solidograma decía: "Creo que tendremos fresco por la madrugada". Aurora no contemplaba ya, ni lo había hecho antes siquiera, la posibilidad de mantener conversación alguna con él, con aquella cosa que se paseaba por las habitaciones, por la salita, el comedor o el jardín, y se limitaba a mantener un silencio sepulcral. No le apetecía oír la voz de un desconocido surgiendo de la boca de aquella cosa que parecía Javier. Pensaba que no había mucha diferencia entre tener un robot, o un perro o un loro.
        El solidograma funcional autónomo era atento. Encendía las luces cuando ya empezaba a oscurecer; contestaba al teléfono cuando ella no lo tenía a mano y decía: "Un momento, por favor, mi madre se pone enseguida"; limpiaba un poco la casa si ella se lo pedía, pero no tocaba el agua ni para lavar un vaso. Bueno, el kajanti ya le había advertido de que debía cuidar que no se mojara, así que no tenía nada de particular que cuando llovía, el solidograma permaneciera sentado delante de la televisión, sin salir para nada de la casa. En una ocasión en que Aurora, sólo por probar, le dijo que la acompañara a unas compras durante una tarde lluviosa, el solidograma repuso: "Lo siento, mamá, estoy algo resfriado y creo que será mejor que me quede en casa." Aurora se preguntó qué le ocurriría si le tocaba el agua. ¿Dejaría de funcionar? ¿Se estropearía? Meneó la cabeza.
        Un mediodía, cuando él estaba fuera de la casa, pasando el cortacésped, Aurora levantó la vista al cielo y se encontró diciendo:
        --Será mejor que entres en casa. Mi cadera me dice que va a caer una tormenta en cualquier momento.
        El solidograma alzó la mirada hacia un cielo azul apenas cubierto de cuatro nubes que el sol atravesaba sin dificultad. Luego la miró a ella, dejó el cortacésped y entró obedientemente en la casa. Quince minutos más tarde estallaba una fuerte tormenta.
        Y Aurora, mientras entraba en la casa, se preguntó a sí misma por qué diantre le había dicho aquello a lo que pasaba por ser Javier. Meneó la cabeza enfadada consigo misma. "Debo volverme estúpida", se dijo.
        Con el tiempo, empezó a evitar el ir de tiendas acompañada del solidograma. no porque sus vecinos y amigos le dijeran nada... al fin y al cabo, todo el mundo en Laredo conocía el caso. Sencillamente, la desasosegaba, y no sabía explicarse por qué. Prefería ir y venir sola, como había hecho ya antes de la llegada del solidograma y volver a la casa y encontrar que él estaba allí sentado, paciente, esperando, frente al televisor, o junto a un aparato de música, o con la vista clavada en un libro o en una revista. (¿Leería realmente, o sólo era un acto reflejo más de los muchos que diariamente realizaba?)
        También llegó un tiempo en que, cuando venía alguna visita, o varias visitas --amigas, vecinas, parientes de ella o de su difunto marido--, le pedía que no apareciese, que se quedase en su habitación --la habitación que había sido de Javier--. Así lo hacía. Los visitantes sabían perfectamente que él estaba en la casa y contenían con dificultad su curiosidad por verle. Aurora se excusaba diciendo que lo había enviado a algún recado.
        Sin embargo, una tarde que estaba con ella su cuñada y una antigua compañera del colegio, el solidograma entró de pronto en la salita y dijo, con una tímida sonrisa:
        --Creo que me olvidé aquí el libro que estaba leyendo esta mañana.
        Cogió un libro que había sobre una mesa y se marchó con él, tranquilamente, no sin dedicar a las visitas un leve saludo con la cabeza. Todos le contemplaron boquiabiertos
        Aurora soportó lo que vino a continuación. Ni su cuñada ni la amiga lo habían visto anteriormente y sus comentarios fueron los que cabía esperar: era exactamente igual que Javier, era increíble, un doble exacto. Y parecía tan real... Pero brillaba un poco, ¿verdad? Su voz no era la misma, eso no, pero, por lo demás... Y qué agradable parecía. Aurora terminó poniéndose de mal humor y las dos mujeres, al advertirlo, se marcharon poco después.
        --Te tengo dicho que no salgas de tu habitación cuando venga gente --le dijo Aurora más tarde, entrando en la que fuera habitación de Javier y donde aquello, el solidograma, estaba tendido en la cama, leyendo --haciendo como que leía-- apaciblemente.
        Él cerró el libro y la miró con aspecto algo compungido.
        --Lo siento. Me aburría sin hacer nada.
        Aurora salió de la habitación cerrando de un portazo. Más tarde pensó en lo que él había dicho. ¿Se aburría? ¿Se aburría sin hacer nada? Otra frase de su programa, o de su chip o lo que fuera que tuviera dentro, sin duda.
     
     
        Había pasado casi un año y medio desde que le fuera entregado el solidograma cuando recibió la inesperada visita de un kajanti. O del mismo kajanti de la dos veces anteriores. Para Aurora seguía sin haber diferencia alguna entre ellos. En todo caso, cuando él llegó hasta donde Aurora permanecía, en el umbral de la casa, se identificó. Era Duk Janti Omerrelo.
        --¿A qué ha venido? --preguntó Aurora, sin descortesía, pero también sin curiosidad.
        El kajanti miró al suelo.
        --Una mera visita de cumplido --dijo--. Quería simplemente saber si todo iba bien. Qué tal le va con... con él.
        --¿Por qué? ¿Tiene acaso alguna importancia para usted? --ahora decidió mostrarse algo agresiva. Al fin y al cabo, los kajanti habían matado a su hijo, no debía olvidarlo.
        --Señora Galván --dijo él, con su cerrado tono de siempre--, sinceramente, lo último que deseo es molestarla. Sé que no soy bienvenido. Sé que para usted..., en fin, represento a quienes mataron a su hijo. Si él viviera, representaría exactamente lo mismo para nosotros, los kajanti. ¿Puede usted comprender eso, señora Galván?
        --Sí --concedió ella de mala gana--. Puedo comprender eso, pero no es ningún consuelo. Él es quien está muerto. Y lo que hay en mi casa no es tampoco ningún consuelo. Es... es... --no encontró la palabra apropiada y se calló.
        El kajanti permaneció un rato en silencio.
        --¿Sabe una cosa, señora Galván? --dijo luego, en un tono que sonó extrañamente suave--. El suyo es el único que sigue en funcionamiento.
        Aurora Galván le miró sin comprender.
        --Los demás... los otros que entregamos según lo estipulado con su gobierno en el tratado de paz, han terminado siendo destruidos por las familias que los tenían. --Omerrelo miró a la mujer, tratando de descifrar la expresión de su rostro, pero sin conseguirlo--. Algunas de las familias ya los rechazaron desde el primer momento, por motivos que yo no puedo comprender... religión, ética, quizá sentimientos, lo que sea. Todo ello muy respetable, pero que pertenece a otra cultura, la de ustedes, que nosotros no comprendemos del todo en según qué aspectos. En fin, eso ahora no tiene importancia. Los que, con mayor o menor entusiasmo, aceptaron, han terminado por destruirlos.
        --¿Pueden destruirse? --preguntó Aurora.
        --Sí, claro. Lo mismo que puede destruirse... un jarrón o algo parecido. Con arrojarle encima un cubo de agua, bastaría para que dejase de funcionar al poco rato. --El kajanti hizo un sonido extraño, o quizá fuera el translator el que lo hizo, y repitió con firmeza--: Dejase de funcionar. Todo puede destruirse en esta vida, señora Galván --añadió Omerrelo en un tono amargo que Aurora no pudo captar al llegarle filtrado por el translator--. Ellos... sus familiares, quiero decir... terminaron por cobrarles aversión, o algo por el estilo, no lo sé muy bien, y no creo que importe para el caso. Les cortaron la energía --se le escapó decir a Omerrelo, que tosió o hizo algún ruido extraño que el translator aumentó ligeramente--. No sé qué pretendía su gobierno con esta estúpida cláusula --se apresuró a añadir Omerrelo, para desviar la atención de Aurora del desliz que acababa de cometer--, ¿pensaban que ello serviría de consuelo a las familias que habían perdido un miembro en la guerra? Tonterías. Ya tenían sus fotos, y sus vídeos, y probablemente algunos de ellos los destruyeron para evitar los recuerdos. ¿Le gusta a usted tener eso en casa, señora Galván? --preguntó inesperadamente.
        Ella miró instintivamente hacia atrás un momento.
        --No --dijo.
        --Claro --dijo Omerrelo, mirándola pensativo--. ¿A quién le puede gustar? No es humano. No es nada, en realidad.
        --Pero ustedes los construyeron --sonó como una acusación por parte de Aurora.
        --Sí... tenemos la técnica, sí. Pero nunca la usamos... para nosotros mismos --dijo Omerrelo con estudiada indiferencia--. No somos tan... románticos o sentimentales como ustedes. ¿Piensa destruir el suyo, señora Galván? --preguntó de nuevo inesperadamente.
        Ella abrió la boca y se encontró con que no sabía qué responder. No había pensado siquiera en ello jamás. Luego dijo:
        --No. ¿Por qué? Es inofensivo. Me ayuda en los trabajos de casa. Es como... tener un robot o algo parecido. O un animalito doméstico. A veces... --se interrumpió y se mordió los labios, como arrepentida de lo que iba a decir.
        --¿Sí, señora Galván? --la animó el kajanti.
        --A veces... parece humano --terminó Aurora, de mala gana.
        Omerrelo se rió.
        --No puede haber nada humano en algo... inanimado. ¿Una silla le parecería humana? No hay diferencia entre una silla y un solidograma funcional autónomo.
        --Pero a veces dice frases nuevas... que parecen tener una lógica... cosas nuevas...
        --Tiene un chip programado para activar diversas normas de conducta en ocasiones determinadas... Un catálogo de frases y actos que sólo se producirán una vez y no volverán a repetirse. Está pensado para evitar precisamente la monotonía de que repita siempre las mismas frases o actos. Lo que dice o lo que hace en alguna ocasión concreta... esas cosas que a usted le llaman la atención... se borran una vez se han producido y ya no vuelven a repetirse.
        --Es cruel --dijo ella con firmeza.
        Omerrelo la miró con sorpresa.
        --¿Cruel? ¿Por qué cruel? --preguntó vivamente interesado.
        --Porque... No lo sé. Cuando hace o dice esas cosas inesperadas, piensas por un momento que hay algo humano encerrado en su interior. Algo que puede surgir, terminar por revelarse de un momento a otro... como si... como si empezara a volverse real.
        --No, señora Galván. Olvídese por completo de eso. Es una simple proyección solidográfica funcional, animada y autónoma, como muy bien saben, o deberían saber desde el momento en que nos pidieron que los hiciéramos, sus jefes de la Tierra. Contiene en su interior un chip  con un catálogo muy extenso de frases, movimientos y capacidades, algunas de duración prolongada y otras de un único uso. Responde a algunos estímulos concretos y a frases concretas que capta su canal auditivo, lo mismo que sus canales de visión responden a lo que captan sus implantes visuales. No es siquiera una máquina, es menos que eso. En una máquina, un robot, un ordenador, se pueden modificar el hardware y el software. Pero en el solidograma no. El chip insertado contiene todo lo preciso para su funcionamiento y se activa periódicamente para unos actos y momentos determinados. Quizá dentro de diez años le sorprenderá con una larga frase que nunca le haya oído anteriormente. O dentro de cinco años hará algo que nunca antes le había visto hacer. Eso es todo. Las micromemorias dormidas en su chip se encargan de activar estas peculiaridades, en momentos aleatorios. Lo seguirán haciendo... en tanto usted no lo destruya.
        --¿Y la energía? ¿La lleva en su interior? ¿Es otro chip?
        Omerrelo no respondió. Miró largamente a Aurora Galván y luego, con una inclinación de cabeza, dijo:
        --Por eso no tiene que preocuparse, señora Galván. No hay ningún problema al respecto. Ahora debo marcharme, no la estorbo más. Quizá pase a visitarla en alguna otra ocasión, dentro de unos años.
        Dio media vuelta y se encaminó hacia su nave. Aurora le vio entrar en ella y cerrarse la compuerta. Unos segundos después la nave despegaba. No deseaba que él volviera a verla en ninguna ocasión.
     
     
        Unos veinte años después de aquella última visita del kajanti, Aurora Galván falleció al no despertar de la anestesia que le aplicaron en el hospital para una simple operación de vesícula. Desde el mismo hospital, su cuerpo fue enviado al servicio de pompas fúnebres de Laredo y de allí directamente al cementerio, donde fue enterrada en el nicho familiar.
        Cinco días más tarde, una nave se posó delante de la casa en que había vivido la familia de Aurora Galván, ahora ya extinguida por completo tras el fallecimiento de Aurora. Por la compuerta de la nave descendió Duk Janti Omerrelo, que se encaminó lentamente hacia la casa.
        Llamó a la puerta por simple cortesía, aunque ya daba por supuesto que no había nadie en su interior. Esperó unos momentos y luego extrajo de su bolsillo una delgada varilla que introdujo en la cerradura. La puerta se abrió al poco sin dificultad.
        Omerrelo penetró en el interior de la casa, un interior que olía a cerrado. ¿Cuánto tiempo había permanecido sin ventilar desde que Aurora había ingresado en el hospital? Bueno, se dijo Omerrelo, ésa era una pregunta tonta y sin importancia ya. Echó un vistazo a su alrededor. Todo estaba limpio, en orden, arreglado a la espera de un morador que se había marchado para una rutinaria operación que no revestía peligro alguno, y que no podía sospechar que entraría en un sopor del que no regresaría, como tampoco regresaría a ese hogar suyo.
        Omerrelo subió por las escaleras hasta el piso superior de la casa y miró en las habitaciones. La última que inspeccionó resultó ser la de un muchacho. De las paredes colgaban banderines deportivos, y había libros y vídeos en una estantería. Todo aquello pertenecía a un soldado que había muerto hacía años en una guerra tan olvidada como todo cuanto había en aquella habitación.
        Sobre la cama había tendida una forma negruza de lo que parecía haber sido un ser humano.
        Omerrelo se aproximó a la cama y estudió aquella forma con curiosidad. Sus ojos brillaron: era la forma en que los kajanti sonreían.
        --Era eso. Debí comprenderlo desde el primer momento --murmuró en su lenguaje original.
       
     
        Un empleado del cementerio municipal de Laredo le indicó a Omerrelo la ubicación del nicho de la familia de Aurora Galván. Si le extrañó la presencia del kajanti, no lo demostró. Era habitual ver kajantis en la Tierra desde hacía ya muchos años. ¿Por qué no? La guerra que hubo entre ellos y la Tierra sólo era un incidente más dentro de los libros de historia, sin mayor importancia.
        Omerrelo paseó hasta el lugar que le indicara el empleado. Contempló el nicho. Allí reposaba el esposo de Aurora, fallecido a los pocos años de su matrimonio. Allí hubiera debido reposar Javier, si su cuerpo totalmente destrozado hubiera podido ser recuperado. Allí reposaba ya Aurora Galván. Omerrelo contempló la lápida del nicho y sus inscripciones con profundo respeto. Luego, en voz alta, empezó a hablar, como si quien reposara en la tumba pudiera escucharle.
        --Le mentí, señora Galván. O, mejor dicho, no le dije toda la verdad, pero es que yo aún no me podía creer que su solidograma funcional siguiera aún activo cuando la fui a ver aquella última vez, como aún no acabo casi de creer que ha seguido activo hasta que usted ha fallecido, durante todos estos años. ¿Por qué, señora Galván? Usted ya no me puede contestar a esta pregunta y quizá lo más irónico es que... ni siquiera usted lo sabía, probablemente. Tampoco yo lo supe del todo cuando la vi... o no acababa de creerlo.
        Hizo una pausa, como si reflexionara.
        --¿Sabe, señora Galván? Les llamamos solidogramas porque eso es lo que a ustedes les parecen. Pero, por supuesto, no son nada parecido. Son como una especie de... flores. Flores artificiales que nosotros cultivamos en nuestro planeta y a las que podemos dar las formas que queramos y dotarlas de las aptitudes que nos plazcan. Sus gentes, los militares, los investigadores, nunca se preocuparon realmente de saber qué eran exactamente ni en qué consistían, así que los llamaron solidogramas por comodidad. Lo del chip sí era verdad, señora Galván. Llevan insertado un chip con todo lo que le dije aquella última vez que nos vimos. Y sí, podemos darles esa forma humana según los datos que nos facilitaron. Pero... flores, señora Galván, simples flores de un planeta lejano y extraño para ustedes. ¿Y sabe lo que necesitan esas flores, esas flores que nosotros cultivamos y elaboramos, para seguir con... vida? No precisan el calor de su sol, ni el agua de sus nubes, que les resulta perjudicial, como le expliqué, y que les destruiría. No precisan nada de eso. Su... energía, por la que usted me preguntó aquel día, cuando me marchaba, depende de otra cosa. Algo que usted, al contrario que las otras familias que se los quedaron y que luego los mataron... o los dejaron morir..., supo darle, acaso sin sospecharlo ni por un momento en toda su vida, en todos estos años. Y por eso es por lo que él ha dejado de estar activo, por lo que está ahora muerto también en la casa.. Usted se lo ha estado dando y yo no lo acababa de percibir, o de creer, ni siquiera lo advertí la última vez. O lo sospeché y preferí callarme. Preferí no decir nada. Ahora ya no importa.
        Omerrelo calló unos momentos. Luego musitó:
        --Era amor, señora Galván.
        El viento silbó entre los árboles del cementerio, y pareció una respuesta.
     
     
    FIN.
    April 29

    LOS SABUESOS DE TÍNDALOS, de Frank Belknap Long

    (c) 1982 by J.C. Planells
     
    (Esté comentario apareció en Nueva Dimensión, nº 143, marzo de 1982. El libro fue publicado por Adiax.)
     
    Aun siendo miembro del círculo de Lovecraft, Frank Belknap Long no parece haber sido divulgado cara al lector hispano, que le conoce más por el nombre que por sus obras. Cultivador de la fantasía, el terror y la ciencia ficción (apartado este último sin duda el menos interesante de su producción) su nombre ha quedado un tanto oscurecido. Viene bien, pues, que Adiax nos ofrezca esta edición de The Early Long (o sea, Lo primero de Long), en la cual se recogen sus mejores relatos escritos entre 1924 y 1944, los mejores años de su vida indiscutiblemente, puesto que en ellos escribió los relatos más divulgados y conocidos, comenzando con el impresionante "Los sabuesos de Tíndalos", que da título al volumen y que es acaso el más conocido --si no el único-- para el lector hispano.
    Años atrás, Novaro editó una antología espléndida de sus relatos: Las bestias oscuras, mediante la cual el lector podía entablar conocimiento con la fantasía terrorífica de Long. Aquí se reúnen, entre otros más, todos aquellos relatos, exceptuando (lástima) "Grieta en el tiermpo". Para quien posea aquel volumen, escasas novedades hallará. Para quien no lo posea (los más, supongo), esta antología se hace imprescindible para fanáticos lovecraftianos y amantes del género en particular. No hay decepciones. Los relatos son buenos, unos más, unos menos, pero tienen ese impulso y esa fuerza creativa que comunicara Lovecraft a todoso sus amigos y colaboradores. Por tanto, un libro esencial para amantes del terror cósmico.
     
     
    April 28

    LA VIDA SECRETA DE WALTER MITTY, de Norman Z. McLeod: Vivir de fantasías

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Inexplicablemente inédita aún en DVD --al menos en España, no sé en Estados Unidos-- en el momento de escribir esto, y ya que su edición en VHS tampoco está ya disponible, recordemos esta simpatiquísima comedia de 1947, protagonizada por el algo discutible Danny Kaye, sin duda en su mejor papel, basada en una historia de James Thurber, que hace unos años se editó en castellano junto con otros relatos de este autor. De todas maneras, parece que la historia es bastante distinta y sólo fue el punto de partida para desarrollar el guión. (Por cierto, se habló de un remake del film para 2009.)
    Walter Mitty es un infeliz empleado de una editorial dedicada a la narrativa pulp. Su vida es gris y aburrida, así que el hombre se deja llevar por sus fantasías al contemplar las coloristas portadas de las distintas revistas de la editorial. Tanto en su despacho como en las reuniones de empresa, o incluso en su casa, se imagina convertido en un Héroe de Guerra, en un Cirujano Eminente, salvando vidas sin conceder a ello mayor importancia, sonriente, admirado por una rubia muchacha (Virginia Mayo) y mirando al cielo con cara sublime... hasta que los gritos de su jefe o de su madre le sacan de sus fantasías y le hacen bajar al mundo cruel y aburrido. Por lo demás, Walter tiene una novia bastante mema (y fea) que le tiene dominado de manera implacable, por lo que su futuro aún será más gris.
    Y de repente... el infeliz Walter se ve metido en una auténtica intriga de espionaje, con una heroína en peligro (que curiosamente es la misma que ve en sus ensoñaciones --también interpretada por Virginia Mayo--) y sin que nadie le crea cuando afirma haber descubierto una sociedad de asesinos. Walter verá en peligro su vida, y la de "su" chica, pero al final, obviamente, todo acabará bien y se quedará con la rubia en lugar de con la mema de su novia fea.
    Este film tiene una primera mitad realmente notable, especialmente cuando Walter (Danny Kaye) vive inmerso en sus fantasías heroicas y vemos el contraste con su vulgar vida hogareña, para decaer un tanto en su segunda mitad, precisamente cuando la aventura es real en lugar de imaginada. Pero esto es algo que suele ocurrir a veces: se empieza muy alto y es un poco difícil mantener el mismo ritmo. Pero, dejando aparte esta pequeña pega, La vida secreta de Walter Mitty es un film muy divertido, verdaderamente agradable y que gozó en su día de una gran aceptación. Esperemos poderlo ver en DVD pronto.
     
    April 26

    AUTORES OLVIDADOS (36). JAMES HADLEY CHASE: Thrillers y suspense

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Este autor británico, cuyo nombre verdadero era René Brabazon Raymond, fue uno de los más prolíficos cultivadores de novela policiaca de la segunda mitad del siglo XX. Según la leyenda, se leyó la novela Santuario de William Faulkner, y decidió que él también podía hacer lo mismo. De hecho, su primera novela, No hay orquídeas para Miss Blandish, publicada en 1939, era un refrito de la de Faulkner, pero a lo bestia, con muertes y violencia y lenguaje crudo a cada página. Tuvo un éxito impresionante, y Chase --que alternó esta firma junto con otros seudónimos durante algunos años, aunque sus obras acabarían reeditándose más adelante con la firma de James Hadley Chase a la que su popularidad fue en aumento-- no dejó de publicar con regularidad hasta su muerte, ocurrida en 1985. Había nacido en 1906.
    Los expertos en novela negra le desprecian porque a) no es americano; b) es muy malo. Lo primero es verdad: ya digo que es británico; lo segundo es dudoso, porque escritores mucho peores que él son elevados a los altares sin mérito alguno excepto el de "caerle bien" al comentarista o "experto" de turno (un día habría que hablar de esto). Chase no pretendía hacer buena literatura, sino escribir efectivas novelas de acción, suspense, violencia, de esas que se leen de un tirón, con finales inesperados, planteamientos complicados, sorpresas cada determinado número de capítulos y mujeres fatales, por supuesto. Fue un autor muy popular en Francia, donde sus novelas se reeditaban constantemente. De hecho, el cine euriopeo fue el que más versiones cinematográficas de novelas suyas realizó, aunque la más prestigiosa sea La banda de los Grissom, de Robert Aldrich, basada en su primera novela. Losey filmó Eva, en plan "film de prestigio", sobre otra de sus novelas, convirtiendo una novela de suspense en un estudio de caracteres. Las producciones europeas sobre obras de Chase incluyen La carne de la orquídea (una novela que constituye una secuela poco conocida y muy notable de No hay orquídeas para Miss Blandish), Mi diminuto asesino (basada en La caída de un canalla), Secuestro bajo el sol y un largo etcétera. En Argentina fue también autor mimado: la colección El Séptimo Círculo incluyó no pocas de sus novelas, y Cobalto ya había publicado anteriormente un buen número de ellas, recogiendo el testigo Emecé en Argentina años más tarde. Curiosamente, en España no fue muy editado, excepto en reediciones de Bruguera, por ejemplo, procedentes de esas antiguas colecciones argentinas y unos pocos títulos puntuales años después.
    En sus novelas había no poco sadismo, aunque lejos de la brutalidad de Spillane y otros. Chase era un tanto reaccionario (véase Hay un hippy en la carretera) y muy bon vivant, gracias al dinero que sus novelas le proporcionaron. Se le atribuye erróneamente que la película La noche de los generales está basada en a) una novela b) un relato suyos, lo cual no es cierto: Chase se limitó a sugerir una idea --ni siquiera un argumento-- y no tuvo más relación con el film.
    Dentro del montón de escritores vulgares que proliferaban en su estilo --Carter Brown, Peter Cheney, por ejemplo--, Chasse destacaba con luz propia. No era un estilista, cierto, pero la lectura de sus novelas se realizaba de un tirón. Puro entretenimiento servido con absoluta eficacia y profesionalidad. Era imposible aburrirse con alguna novela suya, y --como he dicho otras veces-- aburrir en novela policiaca es pecado mortal. Chase no lo cometió nunca.
     
     
    April 24

    MISA NEGRA

     
    (c) 1984 by J.C. Planells
     
    (Serie: Historias de humor negro) 
     
    [Nota: El presente relato apareció publicado en el fanzine Fantasy and Science Fiction, núm. 1, uno de los muchos editados por Celso Yánez a principios de la década de 1980.]
     
     
        Cierta vez, unos compañeros un poco extraños que tenía yo por aquel entonces me preguntaron si quería asistir a una misa negra.
        --Bueno, la verdad --les dije--, no voy mucho por la iglesia...
        --Si no se trata de eso, hombre. Es una misa especial y la hacemos en nuestra casa.
        --Ah, ya --repuse. Y comprendí que se referían a la misa Luba.
        Había oído decir que en ciertas misas modernas y progres tocaban música de jazz y cantaba todo el mundo. También que los concurrentes se traían sus propios instrumentos para tocar en el transcurso de la misa. Así pues, me presenté en casa de Jorge --el amigo que celebraba la misa-- provisto de una guitarra, una armónica y un violoncello viejo que me había prestado María Assumpta y que no funcionaba todo lo perfectamente que cabía esperar de él.
        --¿Para qué has traído todo esto, si puede saberse? --preguntó Jorge, extrañado.
        --Oh, creía que en estas misas se tocaba algo...
        --Bueno, sí. Tocamos una flauta y un cencerro... Pero lo que traes no nos sirve para nada.
        --Oh, es igual. No molestarán. Yo tocaré el violoncello. Me lo ha prestado una amiga y me sabe mal devolvérselo sin haberlo usado.
        No parecieron muy convencidos del todo, pero me dejaron pasar con los trastos.
        Después de clavar el violoncello sobre el pie de una apergaminada anciana sin darme cuenta, y que se puso a chillar como una posesa, opté por dejarlo en un discreto rincón hasta el momento de usarlo.
        --¿Qué? --pregunté, restregándome las manos--. ¿Empezamos ya?
        --Aún no es medianoche. Hay que esperar a que sean las doce en punto --dijo Jorge--. Mientras tanto, hermanos, tomemos los brebajes.
        Pasaron una bandeja con vasos que contenían un líquido verdoso y humeante. Éramos diez concurrentes y tocamos a vaso por boca.
        --Tómalo --me animaba Jorge--. Te preparará para el Acto.
        Cogí el vaso y lo olí. No resultaba un aroma muy prometedor ya que recordaba al jabón de fregar ropa hervido.
        --¿De qué está hecho?
        --Son jugos de hierbas especiales, raíces de setas y setas misteriosas.
        --Mientras no sean venenosas...
        Me armé de valor y tomé un sorbo. Me pareció una bebida un tanto rara, pero en fin, si era obligatorio tomarla...
        Uno de los fieles sacó una flauta y empezó a tocar una melodía un tanto rara y aburridísima que invitaba más bien a dormir. Decidí animar más la cosa y agarrando sin contemplaciones el violoncello me dispuse a tocarlo. Le faltaba una de las cuerdas y otra estaba desafinada, pero como yo no sabía tocar el instrumento, la cosa no se notó demasiado.
        --Bien, hermanos --dijo entonces Jorge, con cara de sufrimiento y dirigiéndome miradas raras (¿sería por el violoncello?)--. Empecemos a prepararnos para la Celebración.
        Sacó una caja de cerillas y fue encendiendo unas cuantas velas negras que estaban dispuestas por diferentes rincones de la habitación. Apagaron las luces eléctricas y quedamos todos iluminados (es un decir) por la escasa luz de las velas.
        --Sentémonos en círculo.
        Así lo hicimos.
        --¿Saco ya la guitarra? --pregunté.
        --Déjate de tonterías, hermano, y concéntrate.
        Jorge, en el centro del círculo que habíamos formado todos los demás, sacó una tiza azul y empezó a dibujar en el suelo círculos, triángulos, pentágonos y toda clase de figuras geométricas.
        --A ver si ensuciarás el suelo y luego lo tendremos que fregar nosotros --le advertí severamente. Pero no me hicieron caso.
        El de la flauta seguía tocando sin parar y yo me pregunté por qué porras no podía hacer lo mismo yo con mi violoncello.
        Después de cansarse de hacer toda clase de garabatos en el suelo, Jorge depositó en el centro del círculo un hornillo viejísimo que encendió. En un pote de acero inoxidable que puso sobre él, dejó caer unos polvillos que produjeron un humo azul y una peste inaguantable. Luego, se sentó como los demás en el círculo que habíamos formado, y dijo:
        --Ahora, hermanos, tomémonos de las manos e invoquémosle.
        Así lo hicimos y todos empezaron a gritar a coro:
        --¡Ven! ¡Te llamamos! ¡Ven a nosotros! ¡Ven!
        --¿Es que falta alguien aún? --pregunté.
        --Calla e invoca --me reprendió Jorge.
        --¡Ven a nosotros! ¡Te invocamos! ¡Queremos tu presencia!
        Jorge se puso en el centro del círculo y empezó a bailar una especie de samba brasileña, siguiendo el ritmo del cencerro que iba tocando otro del grupo.
        --¡Ven! ¡Ven! ¡Ven a nosotros! ¡Ven! ¡Ven!
        Cuando se cansó de saltar como una mona, Jorge se dedicó a revolcarse por el suelo.
        --¡Ven! ¡Ven! --aullaba como un energúmeno.
        --Caray, sí que tarda en venir el que sea --exclamé.
        Me fijé en que las paredes estaban adornadas por crucifijos, pero puestos al revés --Jorge siempre había sido un desordenado-- y una Biblia de edición extranjera, ya que se titulaba Necronomicón o algo parecido. El tío de la flauta y el del cencerro estaban disparados dándole a los instrumentos.
        Entonces tuvo lugar una especie de explosión en el centro del círculo, y me dio un susto de muerte. Una llamarada roja se alzó y en su centro apareció un hombre con un tridente.
        --¿Éste es el que faltaba? Pues vaya manera de aparecer.
        --¡Satán! ¡Satán ha venido! --aullaba Jorge, arrastrándose y refregándose a los pies del recién llegado.
        --Mucho gusto, señor Satán --le saludé cordialmente--. Me llamo Diógenes. ¿Siempre se presenta de esta manera?
        --¡Oh, Satán! --decían los demás a coro--. ¡Satán está con nosotros! ¡Ha venido! ¡Su presencia está aquí y va a cambiar el mundo! ¡Satán, poséenos!
        --Creo que ahora es el momento ya de tocar algo --me dije a mí mismo.
        Y saqué la armónica, poniéndome a tocar un himno religioso, que me pareció lo más apropiado para empezar la misa.
        Satán lanzó de pronto un rugido espantoso. Se produjo otra explosión, otra llamarada y desapareció.
        --¡Diantre! ¡Qué maneras tiene ese tío de ir y venir!
        --Pero, desgraciado, ¿qué has hecho? --Jorge se me abalanzó hecho una furia--. ¡Has estropeado el conjuro!
        --¿El qué? Pero, ¿no íbamos a empezar la misa ahora, al llegar el que faltaba?
        --¡Miserable! ¡Lo has echado todo a perder! ¡Hermanos! Yo os digo que le sacrifiquemos a nuestro señor de las tinieblas, como desagravio --dijo Jorge sacando un puñal malayo.
        Ante el cariz que tomaba el asunto, opté por agarrar guitarra y violoncello y desaparecer ipso facto escaleras abajo. No entendí por qué lo tomaban de tal manera, ya que me defiendo mejor con la armónica que con el violoncello.
        Yo escapaba mientras Jorge, a la cabeza de todos los concurrentes a la celebración de la santa misa, armados todos ellos con cuchillos, puñales, dagas, cimitarras y guadañas, me seguían calle abajo, con un grito unánime:
        --¡MATAR! ¡MATAR! ¡MATAR! ¡MATAR AL INFIEL! ¡MATAR!
     
     
    FIN.
     
    April 22

    DOS PENSAMIENTOS DE MARCEL PROUST

     

    Estos dos pensamientos que aquí reproduzco fueron escritos por Marcel Proust hacia 1895-1896, para su libro Los placeres y los días, publicado en 1896. Sin embargo, Proust los eliminó a última hora, por lo cual sólo han aparecido recientemente, en ediciones anotadas de ese volumen y en el apartado de "Notas", no en el texto. Como ambos son dignos de reflexión, aquí están:
     

    "Las tres cuartas partes de la gente de mundo juzgan inteligente a una persona porque pasa por inteligente. Y porque pasa por inteligente, el otro cuarto la juzga estúpida. Lo que es, se les escapa en realidad a unos y otros."

    "Una estupidez es más orgullosa, más vigorosa, más inflexible, más difícil de atacar que una opinión política o una creencia religiosa. Tiene otras tantas oportunidades más de contar con mayor número de adeptos."

     
    April 21

    RASTRO OCULTO, de Gregory Hoblit: Asesinatos por internet

    (c) 2008 by J.C. Planells

    Esta película, estrenada hace unas semanas, es un ejemplo de cómo el exceso de algo acaba produciendo el efecto contrario: en este caso, un exceso de morbo consigue dejar indiferente al espectador.
    El film es el más o menos habitual "thriller de ordenadores", por decirlo así: subgénero del que ya hemos tenido algunas muestras y que parece más indicado para disfrute de internautas o expertos en ordenadores que para amantes o aficionados al thriller de intriga. Aquí tenemos a un psicópata que asesina a sus víctimas con la colaboración de los internautas que visitan su web. Algo de ingenio tiene el producto: resulta que cuantás más visitas reciba la web del psicópata en cuestión, más rápido morirá su víctima, la cual por supuesto está sometida a un tormento cada vez más atroz conforme se suceden las víctimas. Prescindiremos de la posible verosimilitud de todo esto, pues si no estaríamos apañados; el psicópata es un verdadero genio de los ordenadores que ni el FBI puede localizar ni cerrar su web a pesar de dedicar a ello una unidad nueva especializada en combatir el delito informático, unidad altamente eficiente y preparada, como se muestra al principio del film; tampoco falta imaginación a la hora de concebir muertes horribles retransmitidas en vivo y en directo por la web del psicópata que, como queda dicho, tiene la peculiaridad de que el número de visitas recibidas permite que la víctima muera más rápidamente.
    Pero el factor morbo se estrella al poco rato. No basta con concebir torturas más o menos espantosas (porque ya al ver la segunda, el espectador no se impresiona mucho: todo parece demasiado teatral, forzado, guiñolesco, excesivo), sino en crear un clima inquietante, que vaya en aumento, y eso es algo que aquí no se logra en ningún momento. El film se sigue con un relativo interés y se olvida apenas salimos del cine. El espectador tolera en aras de la función todos los despropósitos del guión, los habituales agujeros y pistas de las que nos enteramos un tanto sobre la marcha aunque por lo visto hacía rato que nos las habían dicho, los típicos polis investigando --ella a los ordenadores, él pateando la calle--, la esperada amenaza a la hija de la protagonista, incluso el brusco desenlace (así salimos antes a la calle). Pero lo malo es que el objetivo ¿previsto? no se logre: el film no inquieta, no produce morbo, no impresiona apenas, y si lo hace, la impresión se desvanece pronto. Podría compararlo, en este sentido, con la maltratada El caso Wells, ya comentada en su momento aquí, descuartizada injustamente por casi toda la crítica --con la excepción, si mal no recuerdo, de Quim Casas--, y en donde sí se creaba un clima francamente inquietante, sin abusar de morbosidades gratuitas, con el uso del paisaje, la fotografía y ciertos planos, elevando poco a poco el tono y cerrando el film sobre sí mismo, consiguiendo que siga inquietando incluso al recordarlo. Pero es una mala comparación, porque en Rastro oculto no hay nada que pueda tomarse en serio: ni los personajes, ni la trama, ni la historia. Y no digamos recordar.
    En todo caso, hay algo que sí vale la pena mencionar, y que me temo está un tanto al margen de los propósitos o voluntad del film: me refiero a la indiferencia de los internautas que, aun sabiendo perfectamente que ocasionan la muerte de la víctima elegida con sus visitas a la web, y presenciando el directo el tormento atroz de la víctima de turno, siguen aumentando en número. Ahí podría haber habido un asomo de crítica al mundo internauta, a su frialdad, indiferencia y deshumanización --o falta innata de humanidad--, a su condición de voyeur. Pero es algo tan imperceptible, que si se capta es más por voluntad o ganas de captarlo que no por acierto o intención de proponerlo por parte de los responsables del film. En ese sentido, Hoblit ha vuelto a dar muestras de su típico "quiero y no puedo", que preside casi todos sus thrillers.
     
     
    April 19

    GALERÍA DE MUJERES (34). AALIYAH: La vida que no fue


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    Piensen ahora en una cantante afroamericana, hija de madre cantante, crecida y rodeada en un  ambiente musical (su tío se casó con Gladys Knight), que grabó su primer disco a los 14 años, y con un total de ventas de casi 45 millones sólo por sus tres primeros discos en todo el mundo, ganadora de 7 premios Grammy ya antes de los 20 años, y que a los 22 años ha trabajado en dos películas, componiendo canciones para una de ellas, y casada con su productor musical (aunque obligada a divorciarse por ser menor de edad al contraer ese matrimonio). Y ahora piensen en lo que va a ser esa carrera suya si sólo les he contado el principio: la de discos que grabará, la de premios que ganará por ellos o por sus videoclips, la de canciones que compondrá, la de películas en las que sin duda trabajará además de grabar discos. Imaginen que ven los videoclips de sus canciones por las televisiones o en su web oficial o en you tube, y cómo los votarán sus fans; traten de pensar los conciertos que dará, las fotos de los paparazzi a cada salida que haga, sola o acompañada, los clubs o webs de fans dedicados a ella, su rivalidad con Beyoncé o Rihanna y con otras estrellas del R&B y del Hip-Hop, las declaraciones de amor de sus fans más apasionados, el estrellato mundial que la rodeará, hasta convertirla en uno de los nombres más famosos del pop internacional, habitual de la prensa del corazón y de las noticias musicales...
    Sin embargo, nada de esto va a ocurrir.
    No piensen más en ello. Nuestra historia en realidad ha terminado antes de empezar, como quien dice, cuando muere en un accidente aéreo a los 22 años, recién terminado el rodaje de La reina de los condenados: sí, estoy hablando de Aaliyah, nombre árabe que, irónicamente, significa "La más grande", lo que muy probablemente hubiera llegado a ser, pero ya no podremos saberlo nunca. Aaliyah Dana Haughton se fue del mundo a los 22 años, cuando todos decían que estábamos ante una de las más grandes estrellas del pop. Nos quedan sus tres discos grabados en vida, sí, y sus papeles en las películas Romeo debe morir y La reina de los condenados. Y nos queda también la incredulidad ante una vida, una carrera, una juventud interrumpidas, segadas de raíz. Cuando esto ocurre, el mundo tiende a olvidar muy deprisa; y es que Aaliyah murió cuando estaba llegando a lo más alto. Su vida es una película, una historia, abruptamente interrumpida, carente de final, y nos sentimos incómodos. Nos han robado su vida. No puede acabar así. No debería acabar así.
    Así que piensen en lo que pudo ser y en cómo habría sido su vida.

    April 18

    LA CORRUPCIÓN, de Mauro Bolognini: Vivir en el mundo

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    Ésta es una película de 1963, muy seria, y realizada asimismo con mucha seriedad. Otra cosa es que la historia que nos cuenta pueda ser vista hoy por mucha gente como un tanto "marciana", así pues será mejor empezar contando su trama.
    Stefano (Jacques Perrin) termina sus estudios y tras el discurso de despedida del director del instituto, que les alerta del mundo que les espera ahí fuera, le comenta a un profesor que ha tomado una firme decisión. A la salida le recoge en coche su padre, Leo (Alain Cuny), para llevarle a casa, pero antes le deja visitar a su madre (Isa Miranda), que está recluida una temporada en una clínica de reposo para tratar su desquiciamiento nervioso, que según el padre no es sino manías de vieja idiota. Más adelante, visita la editorial de su padre, y ve cómo Leo se comporta de manera prepotente y autoritaria con un subordinado (de la misma edad que Stefano) al que acusa de desfalco en la caja. Si el empleado es inocente o culpable, no importa tanto como la actitud de uno y otro, que causan honda impresión en Stefano: el uno por su porte despiadado, el otro por su desvalimiento y angustia. Leo, como dueño de la editorial, no parece tan interesado en los libros que publica como en amontonar dinero con ellos (¿de qué me sonará a mí esto...?); parece como si fabricara tornillos o cajas de zapatos. En su visita, Stefano repara en una atractiva muchacha, Adriana (Rosanna Shiaffino), que no parece ser ninguna empleada aunque muestra una singular familiaridad con su padre. Finalmente, en casa, Stefano le comunica a Leo su decisión: cuando empiece el otoño, tras las vacaciones, ingresará en un noviciado para estudiar y ordenarse sacerdote. El padre acoge la noticia con aparente calma. A continuación, le propone a Stefano una excursión juntos por la costa durante unos días, en el yate de la familia. Stefano acepta encantado. Al día siguiente, al dirigirse hacia el muelle donde recala el yate, aparece Adriana en su coche, con el mismo destino, y se ofrece a llevarlo. Sorpresa de Stefano, que no se explica la presencia de la muchacha en el yate, con él y su padre, además de la escasa tripulación. Finalmente, al término del film, la propia Adriana le cuenta que su padre le pidió unirse al crucero para que Stefano reparase en ella, se dejara seducir por Adriana y se apartara de su decisión de estudiar para sacerdote: Leo no quiere un hijo cura, como le dice a Stefano durante una discusión, sino alguien que asuma en el futuro su cargo en la editorial y por tanto en los negocios. Stefano, que ha sucumbido a los atractivos de Adriana durante la excursión en el yate, trata posteriormente de mantener su decisión de ingresar en el noviciado, pero tras aceptar subir en el coche de Adriana, cuando al final decide escapar de casa, asqueado de la conducta de su padre por las consecuencias que ha tenido su intransigencia con el empleado presuntamente desfalcador --se suicida en presencia de Leo y Stefano--, reconoce su derrota.
    No estoy muy seguro de la impresión que puede producir esa sinopsis argumental: cómo un padre usa a su amante a fin de corromper a su propio hijo y apartarlo de su vocación religiosa, en un mundo y en un tiempo --el actual, no el de 1963-- en que prácticamente no existen vocaciones religiosas y sí mucho folleteo. Pero, dejando esto aparte, el film está realizado con una seriedad absoluta y bastantes detalles inquietantes (ese mismo guión, en otras manos y con otro tipo de realización, habría dado lugar a un film plano, probablemente ridículo: es algo que no resulta difícil de imaginar) que lo convierten a ratos en casi hipnótico. Algunos consideran esta época de Bolognini como "manierista"; posiblemente sea así, y lo cierto es que este interesante pero irregular realizador tuvo sus mejores momentos entre finales de los años cincuenta y la década de los sesenta, decayendo lamentablemente después, no sólo respecto a las historias que nos presentaba, sino sobre todo en su estilo y forma de rodarlas: Arabella era una comedia espantosa e insoportable, y Proceso a un estudiante acusado de homicidio el típico film de denuncia italiano de los años setenta, lleno de tics y tópicos, de realización plana y carente de inspiración. Debe pues recordarse al Bolognini que puso en imágenes varios guiones de Passolini (La notte brava) o adaptó obras literarias (Agostino, Senilidad, El bello Antonio). Sin duda, La corrupción es uno de sus mejores trabajos, por la exquisita --casi cerebral a ratos-- manera en que está rodada la historia. Bolognini, su director de fotografía, el cámara y la banda sonora musical se las apañan para conseguir que el personaje que encarna Rosanna Schiaffino parezca en ocasiones una diablesa aguardando a su víctima mediante el uso de unos primeros planso algo inquietantes. A base de fotografiarla --en excelente blanco y negro-- con luces y sombras acentuadas y acompañando los primeros planos con una música un punto agorera, acentuando asimismo los muchos atractivos físicos de la actriz, buscando siempre la manera de que su cuerpo, vestido en bikini o traje de baño, resalte lo mejor posible, acaban consiguiendo que Adriana sea alguien francamente inquietante no ya para Stefano, sino para el espectador.
    Hay un plano muy breve --de unos escasos cuatro o cinco segundos-- bastante extraño (hay muchas cosas extrañas, insólitas, en este film, vaya): el yate se acerca a puerto y los tres personajes --Leo, Stefano y Adriana-- están de pie a babor, de espaldas a la cámara y mirando hacia el puerto. Adriana luce un bikini que destaca sus pronunciadas caderas. De repente, Adriana se vuelve, mira directamente a la cámara y sonríe. Oscuro. Realmente, sorprende y desconcierta esta breve e innecesaria escena, porque parece estar en razón de la reacción inesperada de Adriana/Rosanna Schiaffino, totalmente fuera de contexto. Hay otro detalle que quizá no se advierta, hacia el principio: cuando Stefano acude al hospital donde está su madre, entra en la habitación y vemos a la madre en la cama, bastante iluminada, y una figura --la monja-enfermera que la atiende-- casi detrás de la cama y con el rostro deliberadamente oscurecido: parece como si no tuviera cara, que fuera sólo unas vestiduras sin cuerpo dentro, y eso produce cierto escalofrío en el espectador, como si viéramos un fantasma detrás de quien yace en la cama. Otro detalle interesante a la par que extraño es la manera en que el joven acusado de haberse apropiado de dinero de la caja de la editorial de Leo, mira desesperado a Stefano desde el primer momento que lo ve, como si en razón de su edad parecida pudiera esperar alguna forma de ayuda o comprensión en él.
    Cuenta Alfredo Bini --productor del film, un hombre con una carrera de títulos impresionantes en su haber-- que la escena en que Stefano es finalmente seducido por Adriana en el yate casi le cuesta la excomunión a todo el equipo de la película. Para entenderlo, hay que situarse en 1963 y en la Italia de entonces. La escena es otra filigrana fotográfica y un alarde estilístico por parte de todo el equipo técnico y artístico: Stefano ha recibido una bofetada de su padre, tras una discusión (Leo ya ha acabado manifestándole en el yate su desprecio por su vocación religiosa), y corre a su camarote para lavarse la sangre que le corre del labio. Adriana, que se halla en el camarote contiguo, desnuda y envuelta en una toalla, le ve y corre a atenderle. No se pronuncia ninguna palabra en la escena entre ambos. Al lavarle la herida, la mano de Adriana acaricia el rostro de Stefano. Él la  mira, reflejada en el espejo del lavabo (de hecho, durante toda la escena, Adriana sólo aparece reflejada en el espejo). Adriana le mira a través del espejo, la cámara se centra en la toalla con que se envuelve y que sostiene con una mano, y Adriana, finalmente, deja caer una parte de la toalla, apareciendo desnuda de perfil. Stefano ve ese perfil reflejado en el espejo. Lo que ocurrirá luego, la cámara no precisa mostrarlo.
    Pero Adriana no es ninguna "mala" en esta función, hay que dejarlo claro antes que nada. Si hay "malos", este cupo está cubierto de sobra por el padre, Leo, que manipula tanto a Adriana como a Stefano: a ella para que haga lo que él quiere, y al hijo para conseguir apartarlo de su vocación (a destacar el magnífico partido que Alain Cuny saca del personaje de Leo, favorecido por su rostro casi granítico). Cierto que fotográficamente el film resalta continuamente los atractivos físicos de Adriana/Rosanna Schiaffino durante la excursión en el yate, pero no hay ni gratuidad ni afán de provocación en ello: los atractivos físicos del personaje/de la actriz no están para la exhibición cara al espectador sino cara a Stefano, quien de inmediato comienza a obsesionarse por "cuántos hombres han estado con ella", y a interrogarla al respecto, fascinado por su cuerpo en bikini, mientras ella, Adriana, sonríe ante sus preguntas y evade las respuestas. A la postre, como veremos en la escena final cuando Adriana acompaña a Stefano en coche, no es más que una chica corriente con afán de divertirse: es sólo su carne de mujer lo que ha enturbiado la mente de Stefano, que no ha conocido mujer ni estado con ninguna hasta el momento del camarote (y por supuesto, sí hay suciedad mental en Leo, con el discursito que le endilga una tarde en el yate, delante de Adriana, a propósito del sexo, de los hombres y las mujeres, de las relaciones que han de mantener inevitablemente entre sí, una suciedad que contrasta con las actitudes de Adriana y sus exhibiciones en bikini, en realidad inocentes) y le ha permitido conocer algo que hasta entonces ignoraba.
    Pero me temo que todo esto sea mal comprendido. Para muchos, la rectitud moral y la vocación religiosa de Stefano será eso, una "marcianada", como decía al principio. A Adriana la verán como una golfa dispuesta a tirarse al hijo de su amante para complacer al padre. Al padre, como mucho, lo verán como un hombre práctico que no está para tonterías de vocaciones religiosas --es un descreído-- ni para aguantar esposas histéricas. El caso es que, viendo el film, las cosas se aprecian de manera muy distinta a ese tipo de juicios simplistas. Aquí se enfrentan más bien la seducción, la carne, los principios morales, la rectitud, la responsabilidad, la intolerancia, la naturalidad, la presencia o ausencia de la fe, los escrúpulos. Si dijera que considero a la seductora Adriana casi tan inocente como a Stefano, probablemente muchos lo verían como una estupidez. Lo que pasa es que la inocencia de Adriana es de origen mundano (carnal) y la de Stefano de origen filosófico (espiritual). 
    Por cierto, el final del film invitablemente evoca a Antonioni: Stefano espera solo en el coche, mientras Adriana ha ido un momento a una sala de baile al aire libre, donde vemos hileras de jóvenes bailando un twist de moda, casi robóticamente. Los planos alternados de Stefano y de las hileras de rostros inexpresivos de los que bailan, en una escena de varios minutos de duración, tienen su evidente inspiración en Antonioni.

     
    April 16

    ELS MONÒLEGS DE JOAN CAPRI, de Joan Capri y Rafael Tubau

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    En 1959, la Editorial Millà publicó en el número 61 de su colección Catalunya Teatral (2ª Epoca) el volumen Els monòlegs de Joan Capri, que reunía siete monólogos de los que representaba el actor Joan Capri habitualmente en sus espectáculos teatrales. Cuatro de ellos eran obra del propio Capri: "El nàufreg", "El despistat", "Un desgraciat" y "El maniàtic". Los otros tres llevan la firma de Rafael Tubau: "El ´novillero` Pallofa", "Valentia embotellada" y "El pirata". De los cuatro obra de Capri, tres serían grabados en disco a partir de 1961: "El nàufrag", "El desorientat" (con el título de "El desmemoriat") y "El maniàtic", quedando pues inédito en disco "Un desgraciat". Los tres obra de Rafael Tubau no fueron grabados nunca. Ese título de la colección Catalunya Teatral se agotó al cabo de unos años, y no se reeditadó nunca. En una ocasión, hace bastantes años, el editor Millà --la libreria Millà dedicada a textos teatrales sigue abierta en la calle St. Pau de Barcelona-- me comentó que le había pedido en ocasiones a Capri hacer una segunda edición del texto, pero Capri ya llevaba años en su retiro debido a sus depresiones y se desentendía del tema. No hubo, pues, segunda edición.
    Los tres monólogos obra de Tubau carecen de interés. Lo mismo podría representarlos Capri que cualquier otro actor, sin problema alguno. No son, hay que decirlo, particularmente divertidos ni se prestan a mucho lucimiento. Quizá Capri les sacase mejor partido al recitarlos en escena, pero sobre el papel resultan vulgares.
    De los cuatro obra del mismo Capri, resulta interesante comparar los tres grabados en disco posteriormente (en algún caso, muy posteriormente, hacia 1966). "El nàufreg" es el que menos variaciones presenta respecto a la versión discográfica, si bien añade un divertido final para su puesta en escena. Debe tenerse presente que la afición de Capri a añadir "morcillas" se prolongaba al momento de la grabación discográfica --en "De Madrid a Barcelona en tercera" hay una, muy divertida, y se nota mucho que Capri la añade sobre la marcha--, por lo cual a las diferencias entre el texto impreso en el volumen de la colección Catalunya Teatral hay que tener en cuenta las modernizaciones y las improvisaciones al efectuarse la grabación. Hay una diferencia que me llama poderosamente la atención: cuando el náufrago comenta que de soltero había ganado mucho dinero trabajando, la versión en disco dice "tenía unos telares, pero como no los había declarado, me ganaba muy bien la vida..." (cito de memoria y traduzco del catalán, obviamente), en tanto que la versión impresa en este volumen dice (en catalán): "... durante la guerra había hecho fortuna...". Es curiosa la diferencia, más dura en el texto impreso, más suave en el grabado en disco años más tarde. ¿Censura? ¿Autocensura? Puede que no, pero ahí queda el dato.
    "El maniàtic" es también bastante parecido a su versión grabada en disco. Conserva algunos de los mismos chistes, amplía otros y añade más texto al grabarlo. Las pullas contra los médicos (la bestia negra del propio Capri en la vida real) son más duras en la grabación discográfica. Desaparece la alusión, respecto al aparato para tomarse la presión que se ha comprado, de que luego de tomársela él mismo... se divierte tomándosela a la criada (en la grabación discográfica se limita a decir que ha comprado el aparato y se hace tomar la presión por la criada).
    "Un desgraciat", como queda dicho, no fue grabado nunca. Es quizá el texto más flojo de los cuatro obra de Capri, y quizá se debió a eso que no lo recogiera en grabación discográfica, ni siquiera para mejorarlo.
    He dejado deliberadamente para el final el que aparece en segundo lugar en el librito: "El despistat". Como ya he indicado, al grabarse en disco cambió su título por el de "El desmemoriat", y como todos los admiradores del actor saben sobradamente, es quizá el monólogo más famoso de Capri, el más escuchado, el más celebrado, el más divertido. Recordaré brevemente, para los que lo hayan olvidado --lo dudo, pero...-- que el monólogo versa sobre un individuo que trata de explicar algunas anécdotas personales, pero su mala memoria le hace confundir grotescamente los detalles. Pues bien: de los cuatro monólogos obra de Capri aquí recogidos... es el que tiene menos gracia y el menos divertido como lectura. Los otros tres, incluso el poco notable "Un desgraciat", son divertidos como lectura, con independencia por tanto de su grabación (o ausencia de grabación, en el caso de "Un desgraciat") posterior. Tienen gracia por sí mismos, son frescos, ligeros, divertidos, tienen vida y suenan a reales y verídicos. Por contra, "El despistat" es un texto sin gracia, soso y aburrido. ¿Es el mismo de la grabación discográfica, o sea, "El desmemoriat"? Pues, en un 60 por ciento, sí... Hay muchos cambios, cosas que aquí aparecen y allá se han omitido, o rectificado, otras nuevas o mejoradas en el disco... Lo que ocurre es que "El despistat"/"El desmemoriat" sólo tiene gracia, verdadera gracia... representado. La lectura de él nos presenta un texto confuso, monocorde, ausente de chispa cómica (casi parece uno de los de Rafael Tubau que aparecen al final del volumen). Representado por Capri es probablemente lo más divertido que hizo nunca. Es un texto de actor, para ser representado con las diversas voces que le daba Capri, con la magnífica explotación que hacía de los despistes y fallos de memoria del personaje al contar su historia (Lo de la "Nena", "¡Nena!", existe en el texto impreso --la anécdota de la tia y la sobrina en las escaleras--, pero realmente es difícil verle gracia alguna leyéndolo... La gracia procede del modo en que Capri grabó la anécdota y las voces, pausas, subidas o bajadas de entonación, cambios de ritmo que imprime al recitado.) Capri mejoró a fondo el texto al grabarlo, modificando anécdotas, eliminando otras, cambiando frases... Pero todo ello, insisto, alcanza su colosal gracia al oírlo representar.
    Es, en fin, una muestra perfecta de que el teatro sólo vive en la voz del actor. En este caso, de un cómico excepcional e irrepetible.
     
    (Interesados en el tema de Joan Capri, pueden consultar el texto anteriormente publicado en el blog: "Joan Capri: A diez años vista de su centenario", el 18 de febrero de 2007.)
     
     
    April 14

    RECUERDOS OLVIDADOS

    (de la serie Relatos autobiográficos-29)
     
    (c) 2006 by J.C. Planells
     
    Presentación.
     
    El texto que sigue a esta presentación, hallado al final de un volumen donde conservo mecanografiadas mis redacciones escolares además de otros textos posteriores fechados entre 1965 y 1969, por lo visto fue un intento de "autobiografía" realmente temprano, del que sólo completé el primer capítulo y la primera página del segundo, aunque aquí los he unido: calculo que fue escrito hacia finales de 1969 o como mucho a principios de 1970, a juzgar por los nombres que se mencionan al principio y a que en un momento diga que mi edad es de 19 años. Ya aludí a este texto en "Escribiendo estupideces", y me decidí a incorporarlo a la serie tras hallarlo pues no recordaba su existencia y constituyó toda una sorpresa para mí. Algunos de los nombres mencionados en las páginas apenas los recordaba; otros aparecen en algún relato anterior de la serie --"Amor y acelgas", "El contrabandista de café"--. He suprimido bastante de los circunloquios iniciales, donde se repiten hasta la saciedad una serie de consideraciones sumamente aburridas, y corregido algún detalle de redactado. Por lo demás, está tal cual fue escrito. Es una simple curiosidad, mucho más para mí que no para el lector. La lección a extraer de él --siempre procuro que cada episodio tenga una cierta utilidad-- es cómo la memoria nos oculta el pasado y nos borra los recuerdos con el paso del tiempo: pocos detalles recuerdo de lo que en esas páginas se narraba, apenas un par de anécdotas concretas. Evidentemente, a los 19 años podía hablar de cosas tempranas, que se fueron borrando poco a poco de la memoria y que hoy ya se han olvidado. Me he permitido incluir algunas notas para comentar determinados puntos del texto.
     
     
    Autobiografía (hacia 1969-1970?)
     
        No sé cómo fue que un día, echando la vista atrás, se me ocurrió contar mi vida. Creo que es una idea que ya estaba dentro de mi cabeza hacía tiempo, sólo que, como nos pasa muchas veces, costaba darle salida. ¡Siempre he sido tan inconstante para todo lo que sea escribir!...
        Pero aquella idea, germinada como ya he dicho desde hacía tiempo, cada vez me iba presionando más, metiéndose más dentro de mi cerebro. Y como he oído decir a algunos escritores, cuando una idea nos atosiga tanto, la única solución es darle salida llevándola al papel.
        Quizá esta idea me sirva para tener un recuerdo de muchos hechos y personas de los que poco a poco me voy olvidando, y que alguna vez me honran con una visita a ese rincón de mi cerebro que se llama "recuerdos". Quizá, de esa manera, escribiéndolo todo, pueda descansar de una vez.
        ¡Cuántos nombres acuden a mi mente! Personas que estuvieron ligadas a mí durante un tiempo y que aún siguen o se fueron o desaparecieron. Agustí, Margarita, María Ángeles, Pepa Centellas, Jou, Johnny, "Peret", Giménez, Devenat, Divina, Xavi, Ana Luisa, Fermí, María Augusta, Jordi León... De todos y de muchos más hablaré... si no me canso antes. Ellos son piezas de mi vida, todos ellos son ejes de lo que es el mundo hoy día, de lo que fue y de lo que puede llegar a ser. O al menos eso creo yo.
        Siempre me he sentido más atraído por la vida de las personas corrientes, vulgares, que no por la de otras personas famosas, históricas, llenas de gloria, popularidad y hechos asombrosos. La vida de los seres pequeños, rutinarios, es tan interesante como la de ellos, aunque pueda parecer lo contrario.
        Me propongo ser, aunque quizá luego me cueste un poco cumplirlo, totalmente imparcial en lo que a mí se refiera, al igual que en los demás hechos y personas de esta historia. Quiero ver cómo van apareciendo y desapareciendo personas a quienes el destino hizo jugar grandes o pequeños papeles. Siempre he sido muy amante de las casualidades del destino. Éste sí que es un personaje curioso. Cuando se hace una lista de los seres que pueblan esta historia, debería figurar el Destino en primer lugar. Él es siempre el personaje principal, el protagonista de todos los sucesos que pueblan nuestra vida diaria, el que nos hace ir a un determinado lugar el domingo por la tarde (nota de 2006: Por ejemplo, estar a las seis y media del 27 de julio de 1990 en cierto lugar, y no en otro distinto), o cruzar una calle en el mismo momento en que lo hace otra persona, para encontrarnos con ella, o llamar a un número equivocado del teléfono, o entrar en un determinado bar, encontrando a un amigo a quien no veíamos desde hacía años...
        Supongo que fue ese Destino el que quiso que yo naciera en Barcelona y no en Londres o Estocolmo o en Kansas City, y precisamente el 10 de octubre de 1950, a las cinco de la madrugada. Y supongo que fue él quien quiso que mi padre tuviera que entrar en la habitación de la clínica para ayudarme a "salir", porque no había manera de sacarme, según me contaron. Un poco más y no llego al mundo. (nota de 2006: sinceramente, creo que eso último hubiera sido lo mejor para todos.)
        ¡Cómo ha cambiado la vida desde 1950! Claro que yo no recuerdo muchas cosas de mis primeros años. Todos mis recuerdos son confusos, hechos aislados que no ligan entre sí. Mi casa. Cuánto ha cambiado mi casa desde que yo era pequeño. No sé cuántas veces la he visto pintar de nuevo; tres o cuatro, por lo menos algunas habitaciones. Y los muebles. ¡Qué distintos! ¡Cómo han ido variando y cambiando los muebles de mi pequeño piso! El dormitorio, el comedor, son nuevos; las sillas también. Y la mesa de mi padre, que ha sido la más reciente adquisición. Y la librería. De nuestros antiguos muebles, sólo restan el armario y la cómoda, y una mesilla de noche. ¿Me dejo alguno? Bueno, hay un par de armarios que recuerdo se compraron hace años, cuando yo debia de tener unos nueve, aunque soy incapaz de precisar fechas. (nota de 2006: alucino leyendo todo esto; de verdad que alucino) Antes cocinábamos con petróleo, mediante un fogón de color azul que un día fue sustituido por un hornillo eléctrico. Recuerdo que teníamos que ir a comprar el petróleo por turnos, cada determinado periódo de semanas, no sé por qué, a un local que había en mi misma calle, llegando al mercado de San Antonio, local que hoy está cerrado, me parece, y que hacía un fuerte olor a petróleo, que a mí me encantaba. (nota de 2006: me figuro que el racionamiento de petróleo debió de durar hasta entrados los años cincuenta, a juzgar por esto que cuento)
        De pequeño guardaba mis cosas --juguetes, libros, álbumes de cromos-- en un baúl viejo que quién sabe dónde para ya. Mi diversión favorita por las noches era abrirlo y mirar su contenido, como si fuera algo emocionante. Y la verdad es que yo me emocionaba con ello. Hoy, a los 19 años, ya no tengo juguete alguno y sí muchos libros que guardo como puedo en librerías, en muebles o en maletas como último recuerdo de ese baúl que tanto me encantó.
        Un día empecé a ir al colegio, a la Academia Lope de Vega, que está en mi misma calle (nota de 2006: desapareció ya hace años). Tengo muy pocos recuerdos de mi estancia en esa academia, que fue muy corte pero no sé por qué motivos. Yo era zurdo desde pequeño y acostumbrarme a usar la mano derecha costó una barbaridad, tanto para comer como para escribir o dibujar. No sé dónde leí que todos los niños desde pequeños tienen tendencia a ser zurdos, y que se les ha de enseñar a usar la mano derecha. El maestro o maestra --no recuerdo ya lo que era-- de la Lope de Vega no quería verme hacer nada con la izquierda, y como yo no quería usar la derecha, procuraba escribir muy agachadito para que no se me viera. Pero al final acababa dándose cuenta y me reñía.
        Al entrar en clase nos obligaban a decir en la puerta: "¿Se puede?", y nos daban permiso para entrar. Pero yo no lo decía nunca porque me daba vergüenza (siempre he sido muy tímido), y procuraba entrar a escondidas casi, y que no me vieran ni siquiera mis compañeros. Luego fingía que ya llevaba rato sentado y nadie se daba cuenta de nada.
        Tras mi breve paso por la Lope de Vega, mis padres me matricularon en la Institución Cultural Lumen, en la Granvía no lejos de casa. (nota de 2006: creo que existe con otro nombre o uso) Allí estuve dos años, y mis recuerdos del Lumen son buenos. Fue donde hice mis primeras amistades, donde trabé mi primer contacto con niñas (contacto muy jocoso, como explicaré) y donde me revelé literariamente, por decirlo así (nota de 2006: En un texto fechado el 29 de octubre de 1970 se menciona de nuevo esto, pero más detalladamente. En dicho texto, escribo: "Recuerdo que lo primero que escribí fue cuando estudiaba en la Institución Cultural Lumen: una historia de vaqueros. Ya ni la recuerdo. Mis ciompañeros me pidieron que lo hiciera, y luego me obligaron --la señorita sobre todo-- a leerla en voz alta ante la clase. Y gustó mucho. A la salida la profesora se lo dijo a mi madre. Me acuerdo que incluso intentamos escenificarla . Hablaba algo de un sheriff y un rifle. Y para escenificarlo, un compañero --cualquiera recuerda cuál--, --quizás un tal Bru--, hacía de rifle. Hoy me gustaría encontrarla y leerla. Mi primer pinito literario. Entonces yo debería tener seis o siete años". Como he contado en otras ocasiones, incluida la presentación de un relato en una antología de Aroz Editor, se trataba de "El rifle del sheriff", que "reescribí" para este blog hace un año aproximadamente. Es evidente que mi recuerdo de eso a los 19 años es mejor que el actual).
        La señorita Julia fue mi primera maestra. Con ella estuve por espacio de un año, creo. Era una señorita muy buena, nos quería a todos mucho y sabía cómo tratarnos. Sabía ser eso que luego ya no vi nunca más: ser severa y hacerse querer a un tiempo. Era una mujer delgada, de mediana estatura, cabello gris siempre ondulado, mejillas estrechas, gafas de concha y un sempiterno vestido gris. Su voz, como todo el resto de su figura, era grave, grave y melodiosa.
        ¿Qué será de ella hoy día? Eso es algo que me voy a preguntar muchas veces a lo largo de esta historia con diversos personajes que irán apareciendo --anecdóticos o protagonistas--. ¿Qué será hoy de ellos? ¿Qué será de mi buena señorita Julia, con sus gafas de concha y su aire severo y maternal --profundamenbte maternal--, a la vez? Debía de tener por entonces unos cuarenta y pico años de edad, según mis recuerdos. De todas formas, no creo que esté aún dando clase en el Lumen.
        Con la señorita Julia aprendí a leer, o, si que es antes ya sabía leer, me perfeccioné en ello. Hice cuentas, dibujé, escribí... Nuestras mesas eran muy pequeñas y nos sentábamos tres o cuatro por mesa. Eran cuadradas y debían de hacer un metro de lado, creo. A uno de mis compañeros de mesa lo recuerdo muy bien; se llamaba Villallonga y su padre era médico. Luego vino conmigo a estudiar también en los Salesianos. Había también un tal Olivé a quien recuerdo porque un día que era fiesta en el colegio, ni él ni yo lo sabíamos y fuimos a la escuela. Como había venido uno de los profesores, nos pasamos la mañana haciendo dibujos y tonterías en la pizarra, hasta que vinieron nuestras madres a recogernos como de costumbre.
        Otro de mis compañeros era José Lacasa Lacuerda --el nombre no es broma--, quien después fue también conmigo a los Salesianos, y cuya madre era amiga de la mía. Lacasa era un poco retrasado mental. De pequeño había tenido una enfermedad, no recuerdo cuál, pero sé que era una enfermedad corriente en críos pequeños, que le dejó con el cerebro un poco anormal. Era un chico gordito, de cabello siempre peinado hacia atrás y cara redonda, sonrisa tonta y voz muy ronca. Fue mi primer amigo, junto con Vilallonga, aunque la suya duró más por la amistad de nuestras madres.
        Un día, no hace mucho, hablando con Agustí (nota de 2006: véase "Amor y acelgas" y "El contrabandista de café", donde aparece este personaje también), y evocando viejos tiempos de estudiantes, me dijo que Lacasa se había hecho seminarista. La noticia me dejó parado. Le pregunté si aún seguía siendo un tanto retrasado, y me dijo que por lo que él sabía, no. Yo, desde luego, no lo volví a ver más desde dos años después --dos o tres--, de nuestra entrada en los Salesianos. A su madre sí; la vi hace cuatro meses, precisamente en donde trabajo, comprando en la tienda. Pero no nos saludamos. Seguramente, ni se acuerda de mí. O, en todo caso, no me reconoció. (nota de 2006: yo de verdad que alucino leyendo estas cosas que había olvidado por completo)
        De las niñas, recuerdo especialmente --y únicamente-- a una tal Corbella, pues con ella tuve mi "primera aventura femenina", si se me permite llamarlo así, un poco en broma. No sé su nombre de pila, o si era Ana María o Montserrat, no lo puedo asegurar. Era una chica morena, con trenzas, muy simpática de cara y creo que todos los del colegio --¡pensar que sólo teníamos siete u ocho años!-- estábamos enamorados de ella (?).
        A mí desde luego me hacía tilín. Tanto, que un día, a la hora del recreo, me fui a jugar con ella y con las otras niñas en vez de quedarme con los chicos. No sé qué demonios hacíamos, nunca lo he podido recordar, pero sé que estábamos en los roperos, y oímos que la profesora se acercaba; inmediatamente, para que no me viera, pues me la habría cargado, Corbella y yo nos escondimos en el armario, cerrando la puerta. Lo que no puedo explicar es por qué ella se escondió conmigo, no tengo ni la menor idea, pero tengo la impresión de que sabía que me gustaba. (nota de 2006: esta anécdota no la he olvidado nunca, desde luego, pero leerla ha hecho que me parta de risa de nuevo. Eso es avanzarse en el tiempo: ¡encerrarse en el armario con una niña a los ocho años o así! ¡¡Corbella, dónde estáaaaaaaaaas!!)
        Naturalmente, la profesora nos pescó y me gané una zurra, a costa de las risas de las demás niñas. En fin, creo que de esta escaramuza nació la timidez que siempre he sentido hacia el elemento femenino, y de la que incluso aún hoy me quedan algunos resabios. (nota de 2006: esto ya es trabajo para una psicóloga, vamos. En todo caso, mi siguiente anécdota con elementos femeninos ocurrió hacia 1965, con otra compañera de estudios, y no fue nada agradable y sí ocasionó un lamentable y bochornoso incidente en la clase; la causa: mi timidez. Por lo visto, el castigo por meterme en un armario con una niña debió ocasionar una bronca de aúpa que aún no he superado, porque vamos, apuntar arriba, se nota que apuntaba...Ah, por cierto,  la profesora del broncazo no fue la señorita Julia, sino la profesora de las niñas)
        Un día, la señorita Julia me llamó ante todos y me dijo que puesto que iba muy bien, podía pasar ya a la segunda clase, es decir, que subía un curso, por decirlo así. Tendría otra profesora. Así pues, tomé mis libros para marcharme a la otra clase. Al despedirme de la señorita Julia, le di un beso y me emocioné un poco. Con razón, pues ya no la volví a ver más. Al cerrar la puerta de la clase, la oí decir:
        --Tomad todos ejemplo de este niño. Ya veis cómo por ser un buen alumno...
        No oí el final de la frase.
        Mi nueva profesora era más joven, no debía de llegar a los treinta años; unos veinticinco o veintitrés. No recuerdo su nombre, si es que lo oí alguna vez. Era una chica alta, morena , de ojos negros y cabello con bucles. Era un poco descuidada y en general, por lo que recuerdo de ella, un poco cabra loca. No se la podía comparar ni de lejos con la señorita Julia. Toda la disciplina que aprendí con mi anterior maestra, la perdí con la nueva.
        La clase era más pequeña y los bancos distintos, pues eran ya individuales. A pesar de eso había más jolgorio que en la otra clase. Y desde luego, nadie demostraba tenerle un gran aprecio a la maestra.
        Fue en aquella clase y con aquella profesora cuando tuve un accidente que pudo ser muy grave. Fue una mañana, a la hora del recreo. Estábamos jugando todos los chicos a hacer el elefante en cadena... no, perdón, era el tren a lo que jugábamos. Con el elefante no había quien se hiciera daño. Estábamos todos los chicos jugando al tren, como digo, en fila india, cada uno agarrado a la bata del anterior, y poco a poco íbamos más deprisa.
        Yo iba el último de todos, y no sé cómo fue que me solté o se me escapó mi compañero, el caso es que salí disparado hacia el canto de una mesa, dándome con él sobre el ojo izquierdo, justo en la ceja.
        Me puse a llorar, pues me dolía enormemente. El ojo, la ceja, empezaron a hinchárseme rápidamente, de tal manera que me impedía la visión. Acudió la profesora y al verme me sacó de la clase. Me hizo lo que podría calificarse de "cura de urgencia", que consistió en atarme una moneda de diez céntimos con un pañuelo encima del ojo, para detener o reducir la hinchazón. A fin de que estuviera entretenido y cesara con mis lloros, sacó de no sé dónde recortes de películas, de aquellos que se coleccionan, y un anteojo para mirarlas. (nota de 2006: probablemente haya quien no sepa qué es esto: cuando yo era niño, en el mercado dominical de San Antonio había algún puesto donde se vendían sobrecitos con fotogramas sueltos de películas, bien de dibujos animados de Tom y Jerry, o bien de películas en color del oeste, acción, aventuras o drama, o incluso en un sobre mezclados de varios temas. Vendían también un pequeño visor de plástico para verlos, y era algo muy popular entre los niños. Pero desapareció muy pronto este tipo de colección) Yo, poco a poco, distraído con aquello, fui dejando de llorar y olvidándome del daño.
     
    FIN.
     
     
     
    April 13

    GALERÍA DE MUJERES (33): PIPPA BACCA: No existen las buenas personas

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Pippa Bacca es el nombre más conocido de la artista plástica Giuseppina Pasqualino, de 33 años de edad, cuya obra ha sido expuesta en diversas muestras de arte, colectivas o personales, durante lo que llevamos de siglo XXI. A principios de marzo de 2008, se embarcó en una singular experiencia: una performance artística, en la que recorrería Europa, desde Milán hasta llegar a Israel a fin de difundir la paz en países en guerra. Para ello, hizo autostop vestida de novia, lo que serviría para demostrar asimismo que en el mundo hay gente buena, o buena gente. Acompañada de un amigo, se separó de él al llegar a Turquía, prosiguiendo su performance en solitario, siempre con su vestido de novia y haciendo autostop.
    Desapareció el 31 de marzo.
    Finalmente, su cadáver fue descubierto. A las afueras de Estambul, un tipo de 38 años la recogió en su jeep, y seguidamente la violó y estranguló. Su cadáver, desnudo y en estado de descomposición, ha sido finalmente encontrado y el culpable, detenido, ha confesado su crimen.
    Pippa Bacca ha demostrado, con su performance, algo que ya todos sabíamos (o al menos yo): no existe la buena gente, no existe la gente buena. Difundir la paz entre los pueblos conduce a la muerte. Su obra viviente de arte, su performance, se ha convertido en una ironía cruel, en un sarcasmo monstruoso que casi hace tambalearse la razón. Italia está conmovida, hundida, por lo sucedido, tras semanas inquiriendo noticias en internet y medios de comunicación, desde su misteriosa desaparición el 31 de marzo.
    ¿Alguien duda de que vivimos en el infierno?
     

    April 11

    IL ROSETTO (EL LÁPIZ DE LABIOS), de Damiano Damiani: Melodrama y crimen

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Con esta película debutó como director cinematográfico Damiano Damiani, uno de los cineastas italianos destacados de los años sesenta y setenta que, como tantos otros contemporáneos suyos, fue decayendo en interés conforme la década de los setenta se convertía en la de los ochenta. De prolífica trayectoria, fallecido no hace mucho, cultivó en ocasiones una mezcla de policial y melodrama de personajes, con lo cual precisamente este Il rosetto (El lápiz de labios) resulta un buen ejemplo de casi todo su cine, del que destacan sobre todo El sicario, La isla de Arturo, Quién sabe (Yo soy la revolución) --un spaguetti western inesperadamente notable, y digo inesperadamente porque no siento apenas aprecio por este ¿subgénero?--, El día de la lechuza, Girolimoni, il monstro di Roma... A medida que finalizaba la década de los setenta, finalizaba el interés que despertaba su obra, que se llenaba de productos banales, en el mejor de los casos (rodó incluso una entrega de Amityville, la risible serie de pelis de terror con casa encantada, que muchos se tomaron en serio). Es algo que no le afectó sólo a él: veanse las carreras de Bolognini, Germi, Risi..., y tantos otros. En fin.
    Il rosetto combina por un lado un tema criminal y por otro uno melodramático. Una mujer de vida bastante alegre aparece asesinada en su piso. Se detiene casi enseguida a un sospechoso, que intentará suicidarse en la cárcel,  pero finalmente será liberado al comprobarse su inocencia. Esa sería la parte criminal. La melodramática la pone una adolescente de catorce años, que vive en la casa frente a la que se ha cometido el asesinato, y que anda enamorada de un vecino de rellano de la asesinada, al que ve siempre por la ventana tocando la guitarra. Se trata de un tipo de esos que gustan a las mujeres, joven y guapetón. La adolescente está prendada de él románticamente y aprovecha lo del asesinato para decirle que no dirá a la policía que le ha visto desaparecer de su piso en el momento en que se cometió el asesinato si salen juntos. ¿Cierto o falso? ¿Asesino o inocente? Damiano --coguionista con Cesare Zavattini del film-- juega a la ambigüedad (algo que le gusta mucho, tanto que la magnífica El dia de la lechuza tiene en ello precisamente su peor punto), aunque deja claro que el joven de la guitarra al menos alberga instintos criminales cuando se dispone a matar a la muchacha en una salida al campo.
    Así, el film desvía su atención de la intriga policiaca para centrarla en la infeliz muchacha enamorada de un guaperas de barrio. Por momentos, debe añadirse, el film casi parece una repetición menor de Un maldito embrollo, un más que notable drama criminal dirigido por Pietro Germi en 1959 --¡urgente recuperarlo ya!--, donde el propio Germi interpretaba a un comisario de policía exactamente igual al que interpreta aquí, en Il rosetto, a las órdenes de Damiani (una de las maravillas del cine italiano era esa facilidad de intercambiarse actores, directores, guionistas...); no sólo por la presencia de ese personaje del comisario, casi igual al del film de Germi, coetáneo casi de este otro film, sino por muchos detalles de tono cotidiano que ofrece Il rosetto en su metraje.
    Es ésta, en fin, una película agradable, una buena combinación de policial y melodrama, donde interesa más la historia de esa muchachita tontamente enamorada del joven en cuestión --lo cual suscita las burlas de sus compañeros de colegio-- que no la historia detectivesca y quién es el asesino de la vecina de vida disipada. Lo cual, de todas maneras, no es difícil de adivinar por parte del espectador, viendo la salida campestre de la pareja... Que el personaje de la muchachita interesa más a los responsables del film, lo demuestra en cómo mediante pequeños detalles vemos la práctica soledad en que vive: hija de madre separada, que apenas le presta atención --magnífica la secuencia inicial, cuando la madre habla con el ausente padre por teléfono, mientras la hija parece un vulgar personaje secundario sin incidencia en la trama, cuando en realidad el film girará sobre ella--, objeto de burla de sus compañeras por su amor hacia el vecino, el desdén con que éste la trata... Es decir, el personaje de la estudiante aparece como "en segundo plano", interponiendo a los demás ante ella. Y eso consigue el efecto de que nos interese más la chica que no el crimen cometido, o la culpabilidad o inocencia del guitarrista mujeriego. Incluso las escenas de interrogatorio en la comisaria dan la impresión de un ballet en torno a ella. 

     
    April 09

    AUTORES OLVIDADOS (35). BARTOLOMÉ SOLER: Vivir la vida y contarla

    (c) 2007 by J. C. Planells
     

    Piensen en un oficio duro y en el que se gane poco dinero: este hombre lo ha hecho. Lavaplatos, minero, marino, agricultor... y no en España, sino por todo el mundo, pues desde muy joven recorrió buena parte del continente americano. De sus experiencias allí y en todos los lugares que pisó, tanto de España como de fuera de España, dejó constancia en una u otra forma en sus muchos libros.   
    Este autor, totalmente olvidado ya, fue especialmente popular durante los años cuarenta y cincuenta. Nacido en Sabadell en 1894 y muerto en Palau de Plegamans en 1975 (1976 según otras fuentes), emigró a Sudamérica de muy joven. Cuando pareció dar término a su vida aventurera, destapó su otra vocación: escribir. Tras sufrir no pocos rechazos editoriales, finalmente publicó su primer libro con gran éxito. La lista de sus obras fue una sucesión de éxitos: Marcos Villarí, Patapalo, Los muertos no cuentan, La cara y la cruz del camino Mis últimos caminos causaron sensación y fueron ampliamente comentados, reeditados y divulgados. Cultivó también el teatro, pero su estilo literario no resultaba sobre escena, por anticuado.
    Mi padre sentía aprecio por este novelista, si bien creo que más por el personaje que por el escritor. Yo no llegué a leerlo nunca porque me pilló muy joven, aunque sí lo recuerdo como fenómeno mediático. En efecto: este hombre era un "fijo" de las entrevistas radiofónicas de su tiempo (los años cincuenta y principios de los sesenta), y tanto daba si había publicado libro o no: los locutores lo invitaban a la radio con notable frecuencia y el hombre montaba un show impresionante. Su voz --engolada, sonora, rimbombante-- y su verbo --afilado, cortante, sardónico, tajante-- hacían las delicias del público presente en el estudio y de los oyentes, aparte de los propios entrevistadores, que gozaban metiéndose con Soler, y Soler aún más metiéndose con ellos. No es tan extraño, si tenemos en cuenta que muchos años atrás había sido conferenciante --otro de sus múltiples oficios-- y por tanto dominaba el arte de cautivar a la audiencia y mantenerlos interesados y entretenidos. Por contra de lo que se pudiera pensar, oyéndole, sus libros iban muy en serio, especialmente los autobiográficos, que era la parte más valorada de su obra. Este hombre se había pateado el mundo en años duros y difíciles, vivido intensamente la vida y observado vivirla a los demás, conocido toda clase de gentes y lugares. Finalmente, plasmó sus muchas experiencias tanto en las novelas como en sus libros de memorias, ya olvidados por todos. Su estilo pecaba de literariamente artificioso, de un abuso de pretenciosidades altisonantes: era, por decirlo así, uno de esos escritores que hablaban exactamente igual a como escribían, y eso, me temo, es un defecto (así lo dicen los escritores de verdad).

     
    April 07

    FIEBRE DE GUERRA, de J.G. Ballard

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Berenice, una editorial con alguna incidencia en el terreno de lo fantástico, acaba de publicar --en un formato muy similar a los volúmenes de Minotauro y en excelente traducción, algo que ya no se puede decir en ocasiones de la Minotauro planetaria-- esta recopilación de relatos de J. G. Ballard, editada en inglés en 1990, y que permanecía inédita. Me parece, no obstante, que no es la única, como se afirma en la contraportada: creo que hay una de 1988 también sin publicar, por ejemplo. En todo caso, es motivo de celebración el que nos llegue ahora, aunque con un retraso de 18 años, este magnífica recopilación. No servirá para convencer a los que detestan al autor (que son bastantes, dentro del mundo de la narrativa fantástica, y más hoy día), pero a quienes le seguimos con fervor y profunda admiración nos proporciona nuevos motivos de disfrute, además de comprobar la acertada manera en que Balard radiografía las neuras, los peligros y la locura del hombre contemporáneo.
    Echemos un vistazo a los relatos que reúne el volumen:
    "Fiebre de guerra" (publicado en castellano anteriormente en el fanzine-revista Cuasar). Una brillante especulación sobr la guerra considerada como una enfermedad o virus, cercana en cierto sentido a las propuestas que Ballard ha ofrecido posteriormente en novelas como Furia feroz, Noches de cocaína, Super-Cannes o Milenio negro. Los practicantes de la guerra se hallan encerrados en un reducto concreto y éste se ha convertido así en un mundo aparte del resto del planeta, con sus propias reglas e idiosincrasia, sometido a una observación constante por sus propios integrantes. Puesto que el relato está fechado en 1989 puede considerarse como un avance de las temáticas a desarrollar en las novelas mencionadas.
    "La historia secreta de la tercera guerra mundial". La lectura de este irónico y punzante relato nos deja con la impresión de que cualquier tiempo pasado fue mejor. O, dicho de otra manera: contra Reagan vivíamos mejor que contra Bush Jr. (como muchos reconocen desde hace tiempo, el impresentable actual mandatario de la Casa Blanca ha logrado, entre otras cosas, que añoremos al simpático vaquero que fue Reagan). En efecto: ambientada en una hipotética tercera presidencia de Reagan en Estados Unidos, y con la opinión mundial vivamente interesada en el estado de salud del mandatario, sobre la que se informa continuamente por televisión y otros medios, estalla la tercera guerra mundial, que dura exactamente... 245 segundos, y de la que nadie se entera, absortos como están en los continuos partes médicos y evolución de la salud de Reagan. Saber que "ha ido de vientre satisfactoriamente" hace suspirar de alivio a todo el mundo, en tanto que las noticias sobre los misiles y las conversaciones de paz, intercaladas en medio, no despiertan el menor interés. Leer este relato, y compararlo luego con nuestro presente, produce una agridulce nostalgia.
    "Cargamentos de sueños". Un relato de tono surrealista y exótico, en cierta forma recordatorio del Ballard de El día de la creación. El cargamento contaminado de un buque de transporte, rechazado por todos los puertos donde intenta deshacerse de él, acaba ocasionando extraños fenómenos en la flora y fauna de un lugar de Centroamérica, además de perturbaciones en el devenir del tiempo.
    "El objeto de ataque". Un asesino empeñado en eliminar a un antiguo astronauta que se ha convertido en el mesías de una religión cósmica. Me da la impresión de que Ballard no acaba de extraer del todo las posibilidadees de la historia en esta ocasión.
    "Amor en un clima más frío". El tema del sexo ha sido tratado anteriormente por el autor, en ocasiones ofreciendo formas distintas de sexo: véase Crash a este respecto. Aquí nos cuenta una historia de futuro cercano, en el que las relaciones sexuales se han vuelto obligatorias entre una serie de individuos controlados por el Estado, a consecuencia de la plaga del Sida. Como ocurre siempre, lo obligatorio para a ser algo detestado por sus participantes, es decir, por quienes se han de someter a ritos más bien absurdos para perpetuar la especie, bajo la amenaza de penas severas por incumplimiento. Y esas penas incluyen castigos por enamorarse de la pareja seleccionada. Un relato que combina sarcasmo, romanticismo y drama.
    "El parque temático más grande del mundo". Una visión típicamente ballardiana --por cierto, al final del volumen se recoge la definición de "ballardiano" en inglés-- de un futuro sin sentido. ¿Y si todos los turistas que veranean en un país de Europa deciden no volver nunca más a sus países de origen? ¿Qué ocurriría con la --así llamada-- civilización? Ballard especula con ello que una manera lógica --su lógica ballardiana, como queda dicho--, en una historia tan irónica como profundamente inquietante.
    "Respuestas a un cuestionario". Un breve relato que da la impresión de ser o bien un borrador o bien un derivado o despiece del anterior "El objeto de ataque" (las fechas de ambos son de un año de diferencia). No aporta nada digno de mención.
    "El desastre aéreo" (publicado anteriormente en Nueva Dimensión con el título de "Catástrofe aérea", y segun una versión previa ligeramente distinta). Este relato que no es de ciencia ficcion ha sido, sin embargo, publicado en varias revistas de ciencia ficción. Es una historia de tono hipnótico sobre un periodista desplazado a un festival de cine (en Europa para la versión previa, en Acapulco para la de este volumen) que se entera de la noticia de una catástrofe aérea ocurrida en algún lugar, bien del mar o de las montañas, emprendiendo a continuación la búsqueda de los restos del avión --y sus pasajeros y tripulación-- para un reportaje. La odisea del periodista tiene cierta semejanza con la de un astronauta que desembarque en un planeta y trate de hacerse entender por sus moradores. En un relato extraño, y es esa extrañeza lo que le da el tono de ciencia ficción, sin serlo.
    "Informe sobre una estación espacial no identificada". Quienes le niegan el pan y la sal a Ballard como escritor de ciencia ficción deberían leerse este impresionante y breve relato de ciencia ficción dura. Una combinación de las visiones surrealistas típicas del autor, pasadas por un enfoque científico que aúna por un lado lo dickiano y por otro la especulación cientifica al estilo de Clarke, por ejemplo. Sensacional.
    "El hombre que caminó sobre la Luna" (anteriormente publicado en la antología Aurora editada en Argentina). Ballard ha dedicado varios relatos a lo que se podría denominar "el desencanto espacial": son historias en cierto modo nostálgicas y desencantadas al mismo tiempo, sobre la carrera espacial (y que en cierto modo hacen pensar en Bradbury). Ésta sería una de ellas. En esta ocasión, nos presenta a un individuo que vive de engañar a los turistas haciéndose pasar por un astronauta que estuvo en la Luna. Tanto la mirada sobre el personaje como la resolución final que toma el protagonista narrador, son fieles a esa nostalgia que marca esta clase de relatos en Ballard.
    "El espacio enorme". He aquí un relato con múltiples lecturas. Puede ser interpretado como una historia de terror psicológico, pero ésa me parece que resultaría una lectura un tanto simplista. Ante todo es una "robinsonada", subgénero al que Ballard ha dado otras aportaciones: la magnífica novela La isla de cemento, por ejemplo. En este relato, Ballard nos narra cómo un hombre decide romper con todo y encerrarse en su casa, aislarse por completo del mundo exterior, y subsistir con los recursos que haya en ella o que consiga procurarse sin salir de casa. También, en cierto modo, este relato es la inversa del anterior "Informe sobre una estación espacial no identificada": si aquí ofrecía una historia sobre el espacio exterior que alcanzaba proporciones cósmicas, "El espacio enorme" ofrece una sobre el espacio interior, que alcanza iguales proporciones cósmicas. No es talento lo que le falta precisamente a Ballard, y sus relatos ofrecen múltiples lecturas en ocasiones, como éste mismo.
    "Recuerdos de la era espacial" (anteriormente publicado en el fanzine-revista Cuasar). Otra historia sobre "el desencanto espacial", y uno de los dos textos más largos del volumen (el otro es "Fiebre de guerra"). El estado de Florida, sede de Cabo Kennedy, se ha vuelto un lugar completamente desértico desde que todos sus habitantes lo fueron abandonando cuando, a consecuencia del asesinato cometido por un astronauta en pleno espacio, el tiempo empezó a desacelerarse, primero en las instalaciones de la NASA y luego en todo el estado, alcanzando sus efectos a los niños nacidos posteriormente de padres residentes en las instalaciones de Cabo Kennedy. Un médico afectado por esos extraños efectos del tiempo regresa con su mujer a Florida, tratando de hallar una cura imposible y allí se reencuentra con el responsable de aquel asesinato. Otro relato con las habituales implicaciones surrealistas de Ballard, y uno de los mejores.
    "Notas para un colapso mental". Este relato y el siguiente --los dos últimos del volumen-- constituyen dos "experimentos literarios", vertiente frecuentada también por el autor, especialmente durante los años sesenta y para la revista New Worlds, varias muestras de las cuales se recogen en La exhibición de atrocidades. Estas "Notas..." tienen cierta gracia como experimento literario, pero no convence demasiado como relato. Ballard desarrolla una historia de paranoia mediante las notas a pie de página de una frase de 18 palabras (a nota por palabra) que prefigura un título o proyecto. Pero la historia en sí no acaba de calar en el lector. Algunos de sus elementos aparecen modificados en "Memorias de la era especial", escrito seis años más tarde.
    "El índice". Me permitiré empezar contando una anécdota personal. He tenido que batallar profesionalmente con largos y pormenorizados índices onomásticos y temáticos en biografías y ensayos, y más de una vez, harto ya, le he comentado al editor de turno que quizá fuera más práctico publicar el índice en lugar del texto biográfico o ensayístico: el lector saldría ganando. Pues bien: eso es exactamente "El índice", segundo experimento literario del volumen, y con el que concluye el libro. Ballard nos ofrece, tras una breve explicación introductoria, el índice onomástico y temático de una biografía aparentemente perdida sobre un importante personaje público (evidentemente, imaginario) que influyó en la vida cultural y politica del siglo XX, pero que por lo visto nadie conoce. La biografía ronda las 800 páginas, a juzgar por el índice, y el lector (el que no sea perezoso, clao) acaba sabiendo todo sobre el personaje y su vida y milagros simplemente con la lectura de los nombres y temas mencionados en dicho índice: a él (al lector) le corresponde construir en su cabeza esa biografía perdida, y al término de la misma puede estar bien convencido de sabe todo lo relativo a la vida de ese personaje. Aquí, al contrario que en el anterior experimento literario, Ballard acierta de pleno, aunque dudo que su texto --que personalmente me ha hecho muchísima gracia debido en parte a la anécdota personal que he contado antes-- divierta a mucha gente (desde luego, no divertirá nada a sus detractores, eso no hace falta decirlo). Esa pirueta de Ballard con "El índice", que puede calificarse de borgiana, oscila entre lo serio y lo jocoso, y depende del humor y ánimo del lector tomarlo en uno u otro sentido. Personalmente, como cierre de la recopilación, me parece inmejorable, además de constituir una muestra más de la capacidad de Ballard para sorprender (y descolocar) al lector.
    El balance de este libro es, pues, excelente. Ballard nos ofrece sus temas recurrentes, aportando nueva luz sobre las tribulaciones, neuras, patologías y dudas del hombre contemporáneo, además de lo absurdo de nuestra era, empleando para ello la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano, los vaivenes del tiempo, el desquiciamiento de nuestros sentidos y a veces una visión romántica y nostálgica de las relaciones entre los seres humanos (si bien este aspecto me temo que no suele ser muy captado por los lectores, incluyendo a los más entregados a su narrativa). Aunque se ha dicho muchas veces, bueno es repetirlo: Ballard es el autor más coherente y lúcido de nuestra segunda mitad del siglo XX, un observador implacable de la progresiva deshumanización del hombre, un cronista del desencanto "postmoderno". ¿Será por eso que incomoda a tantos? Ballard puede permitirse hacer lo que otros no soñarían siquiera (véase su última novela publicada en castellano: Milenio negro, que califiqué de "casi delictiva" en un artículo para Revista de Literatura en 2006y esperamos con ansia la última, ya anunciada en castellano, y que promete mucho), y por eso hay tantos que prefieren no darse por enterados: seguramente temen darse cuenta de cómo es el mundo en que viven. 
     
     
    April 05

    LAS EDICIONES EN DVD DE SOGEMEDIA/GLOBALMEDIA

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Sogemedia (y Globalmedia, que parece ser su otra identidad) es una de esas editoras de películas en DVD que no suele suscitar mucho interés --ninguno-- por parte de las revistas de información y crítica cinematográfica y videográfica; la razón es que sus ediciones no son demasiado cuidadas (por decirlo finamente). Y es una lástima, porque en su ya abundante catálogo, Sogemedia/Globalmedia --a veces con el sello "Regia" y otras con el de "Republic"-- ha ofrecido y ofrece films notables, curiosos o interesantes, que probablemente muchos aficionados pasen por alto. El principal motivo de queja de los cinéfilos es que las películas se ofrecen únicamente en versión original y versión española, sin posibilidad de subtítulos algunos. Mal empezamos. A ese problema debe añadirse otro que suelen tener muchas de esas editoras --Eurocine es otra, y mucho peor-- y es que el sonido de la versión española a veces es espantoso, suena a voces hablando desde el fondo de un tonel, y para rematarlo, en ocasiones las voces no están sincronizadas con los labios de los actores. No por error en el doblaje, sino en la edición en DVD. Por contra, el sonido original --inglés, francés, o italiano--, es perfecto (con excepciones). Teniendo en cuenta que se nutren de los doblajes de la época --al igual que cualquier otra editora de DVD-- no debe achacarse ese sonido tan desagradable al doblaje, sino a la mala edición de Sogemedia. Aparte de eso, presentan deficiencias en calidad fotográfica, de pantalla, de formato --lo del cinemascope o widescreen les resulta totalmente ajeno--, saltos en la acción...
    Dato curioso: a veces editan películas de las que ya ha habido ediciones mucho mejores y más cuidadas (casos de Duelo al sol, de King Vidor, que en otras ediciones incluyeron escenas inéditas en los extras, y que Sogemedia, evidentemernte, no ofrece; Cómo matar a la propia esposa, de Richard Quine, Recuerda, de Alfred Hitchcock, Arroz amargo, de Giuseppe de Santis...). Y digamos de pasada que si "el espejo es la cara del alma", las carátulas son de un mal gusto terrible.
    Pero dejemos constancia de los títulos --sólo de algunos, pues el catálogo es amplio-- aparecidos más o menos recientemente en Sogemedia/Globalmedia, para información del interesado:

    La escapada, de Dino Risi. Un clásico algo discutido que retrata lo que se llamó la Italia del miracolo economico. Imprescindible para entender una época. Debería merecer una mejor edición, dicho sea de paso. Curiosamente, aquí la versión original tiene un sonido infame, mientras que el doblaje --que no es el de su primer estreno en España, sino uno posterior-- suena mejor.

    La última tentativa, de Robert Mulligan. Un notable film dramático con guión de Horton Foote, no visto en España desde hace casi 30 años o más. Con un Steve McQueen en sus mejores años (la década de 1960). Existe una muy buena edición en zona 1 con subtítulos en español (aunque no se indique en la carátula).

    Impulso criminal, de Richard Fleischer. Uno de los cuatro filmes de Fleischer sobre casos criminales que hicieron historia en su época. Imprescindible. Hay edición en zona 1, muy buena. Ignoro si se ha respetado el formato scope original --del que Fleischer extrajo maravillas--, y hay que tener en cuenta que el doblaje de la época de su estreno estaba algo manipulado por la censura.

    La gran prueba, de William Wyler. No es un film que me entusiasme, pero es una de las películas importante de Wyler, con Gary Cooper y un principiante Anthony Perkins.También existe una muy buena edición en zona 1, pero sin subtítulos en castellano. Es extraño que se ofrezca por Sogemedia en lugar de por una editora de más empaque; cabe pensar que el doblaje español suprimiera escenas en su época y la pereza haga que no se ofrezca una edición en DVD en buenas condiciones por parte de una multinacional u otra editora (estos casos son más frecuentes de lo que se piensa).

    Sin conciencia, de Raoul Walsh y Bretaigne Windust. Un clásico del cine negro, indispensable para amantes del género, protagonizado por Humphrey Bogart y el estupendo Zero Mostel. Afortunadamente, la edición es de las mejores de Sogemedia.

    Los ángeles del infierno, de Roger Corman. Documento más o menos de su época, con un Peter Fonda pre-Easy Rider, y la sabrosona Nancy Sinatra. La ausencia de subtítulos no permite que algunos podamos disfrutar de la dulzona voz de la Nancy en los diálogos. En fin. Se lo considera el film más serio de Corman. 

    Tambores lejanos, de Raoul Walsh. Un entretenido film de aventuras. Ofrece alguna desincronización en las voces.

    El héroe solitario, de Billy Wilder. Larga, demasiado larga, y de escaso interés. El Wilder que menos gusta y que casi todos evitan.

    Un magnífico bribón, de Jack Smigth. El film no tiene mucho interés, es una simple comedia de intriga policiaca. El sonido español es pésimo y hay dos voces de doblaje en una escena que la censura cortó en su día (no se haga nadie ilusiones: es una escena en que Warren Beatty y Susannah York se despiden a la puerta de la casa de ella).

    Cartouche, de Philippe de Broca. Comedia de espadachines bastante amena, con Claudia Cardinale y Jean Paul Belmondo, de inesperado final amargo. Se respeta el formato scope original.

    Gloriosos camaradas, de Anatole Litvak. El interés del fillm --que no pasa de discreto-- es que el guión es de Sam Peckinpah, aunque basado en una novela del género. Curiosamente, se respeta el formato panorámico, algo infrecuente en esta (y otras: Columbia) editoras.

    Espía por mandato, de George Seaton. Un interesante film de espionaje, basado en una historia real, muy bien interpretado, que precisa ser visto en versión original por mil y una razones que me da pereza explicar. Sogemedia, claro, no lo permite. Falta la primera escena de la película, y se nota horrores.

    Buona sera, señora Campbell, de Melvin Frank. Una de las comedias americanas de Gina Lollobrigida, ni peor ni mejor. En su tiempo me divirtió, aunque me queda la duda de si me divirtió porque me gustaba la Lollo o qué (aunque no venga al caso, confieso mi tremenda adoración por cualquier actriz italiana y mi escaso interés por las actrices americanas, con las debidas excepciones, claro).

    La mansión de los Fury, de Marc Allegret. Melodrama con toques de intriga, entretenido.

    Clandestino y caballero, de Fritz Lang. No es un Lang de primera categoría, pero tiene escenas realmente notables. Debería poder verse en versión subtitulada.

    El hombre que nunca existió, de Ronald Neame. Un film de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial, que cuenta un hecho real, y con un notable reparto. Cliffton Webb hace de militar británico y Stephen Boyd de un irlandés que está al servicio de los nazis. Gloria Grahame tiene un monólogo hacia el final de la película digno de aplaudir hasta romperse las manos. Se ofrece en "español neutro" (o sea, doblaje latinoamericano) y sin respetar un estupendo formato panorámico, con lo que el desastre visual es tremendo (se indica por error duración de 150 minutos, que en realidad es de 105). 

    Piel de serpiente, de Sidney Lumet. Versión cinematográfica de La caída de Orfeo de Tennessee Williams, que evidentemente precisaría verse en versión subititulada, no sólo por los actores (Brando, la Magnani, la Woodward), sino por lo dudoso del doblaje de la época. 

    Otras películas interesantes aparecidas en esta editora son: La jungla en armas, de Henry Hathaway; El aventurero, de Terence Young; Juez Priest, de John Ford; Accidente, de Joseph Losey (ya comentada en este blog en 2007); Billy el Niño, de David Miller, un western de 1941 en colorines y sin demasiado interés; El proceso de Billy Mitchell, de Otto Preminger, no exhibida en su tiempo en España; Nido de avispas, de Phil Karlson, un film de guerra con Rock Hudson. Y evidentemente, muchas más que no recuerdo. Como se puede comprobar, pues, hay films para todos gustos y algunos de ellos realmente buenos.


     

    April 03

    HOMENAJE A PATRICIA HIGHSMITH

     
    [El presente artículo fue publicado en BEM núm. 45, junio-julio de 1995, con motivo del fallecimiento de la escritora americana, y se tituló originalmente "En la muerte de Patricia Highsmith". Me he permitido introducir algunos comentarios en cursiva, para aclarar o ampliar algunos detalles.]
     
    (c) 1995 by J.C. Planells
     
     
    El pasado 4 de febrero [de 1995] falleció en un hospital de Tegna (Suiza) la escritora estadounidense Patricia Highsmith, víctima de la leucemia que padecía en los últimos tiempos y que la obligaba a constantes transfusiones de sangre que la obligaron a anular sus ya de por sí escasas apariciones públicas o compromisos con editores extranjeros.
    Nacida Mary Patricia Plangman el 21 de enero de 1921 (el mismo día y mes que Edgar allan Poe) en la localidad texana de Fort Worth, adoptó el nombre de Patricia Highsmith a raíz del segundo matrimonio de su madre. De muy joven se interesó por la escritura y tan temprano como a los 16 años ya estaba escribiendo guiones para diversos héroes del cómic, entre ellos el Capitán Marvel, actividad ésta conocida por muy pocas personas, pero que se prolongó durante algunos años, hasta su inicio como novelista. Fue alentada por Truman Capote, lo que la permitió conectar con la Yaddo, una prestigiosa colonia de artistas vanguardistas de Nueva York [el contacto con esta colonia de artistas se percibe en algunas de sus novelas posteriores]. En 1949 fue aceptada su primera novela, que se publicó en 1950 con el título de Extraños en un tren, con gran éxito y siendo adaptada inmediatamente al cine por Alfred Hitchcock. Su segunda novela, sin embargo, debió publicarse con el seudónimo de Claire Morgan, tras diversos rechazos de algunos editores por tratarse de una historia de amor lésbico. En 1990 se recuperaría con el verdadero nombre de la novelista y el nuevo título de Carol. [Actualmente es sabido que la novela describe un episodio en parte autobiográfico de la autora, cuyas inclinaciones lésbicas mantuvo siempre con discreción cara al público, pero que son detectables en toda su producción literaria.] Su cuarta novela --tercera como Highsmith-- sería A pleno sol (El talento de Ripley), que le reportó el premio Edgar y significaba la primera aparición de su popular y conseguido personaje Tom Ripley, que aparecería en otras novelas. Con creciente popularidad y gran acogida crítica en todo el mundo, especialmente en Europa, se fueron sucediendo las novelas: Mar de fondo, El cuchillo, El amigo americano, El diario de Edith, Gente que llama a la puerta... Escribió también muchos relatos, recogidos en diversas colecciones, destacando Crímenes bestiales, que contiene muchos relatos encuadrables dentro del género de terror, así como pertenecen al de ciencia ficción muchos de los contenidos en Catástrofes naturales. Es autora también de un libro sobre el arte de escribir, Suspense, así como de un casi desconocido libro para niños en colaboración con Doris Sanders, Miranda the Panda is on the Veranda, publicado en 1958. [Este libro para niños está inédito en castellano aún hoy.] Poco antes de fallecer había ultimado otra novela, que pronto aparecerá en castellano.
    De Patricia Highsmith se ha dicho muy acertadamente que "escribe sobre los hombres como la araña escribiría sobre la mosca", y que "leerla es como tomar el té con una bruja perversa". Highsmith confesaba su interés por los personajes masculinos "porque se mueven más que las mujeres... hacen más cosas". Gran maestra de la novela criminal de la segunda mitad de este siglo [obviamente, el siglo veinte], su influencia resulta más que patente en la cantidad de autoras que directa o indirectamente, han recogido sus temas, inyectando nueva vitalidad en un género que, ya después de la segunda guerra mundial, había enterrado la llamada "edad de oro de la novela policaca", sobreviviendo a ella tan sólo con dignidad Agatha Christie, más interesada en el fondo por la psicología de los personajes que por el puro jeroglífico antiliterario que propició la rápida desaparición del género. Recogiendo esta vertiente psicológica, Highsmith se convirtió sin dificultades en la reina de la novela criminal, y su influencia es palpable en las británicas Ruth Rendell y P.D. James, así como en el también británico y recientemente fallecido Julian Symons, gran admirador de Highsmith. Sus novelas se caracterizan por un hondo y detallado estudio de los impulsos criminales, las conductas anormales, las psicologías esquizoides, los crímenes absurdos y en ocasiones impremeditados, la amoralidad ambigua de muchos protagonistas (con Tom Ripley como el más destacado), una sutil ironía, un detallado estudio de situaciones y personajes y un angustiante uso de los mecanismos del suspense y terror. Su conocimiento de muchas condiciones y usos sociales se ve claramente en Gente que llama a la puerta (el fanatismo religioso), Rescate por un perro (la problemática de la tercera edad [a la que curiosamente, la autora ha dedicado otras novelas y algunos relatos], así como la ambigüedad de algunas conductas sexuales (Carol, El hechizo de Elsie y su anunciada última novela que trata sobre el SIDA y la homosexualidad masculina [titulada Small G: un idilio de verano]).
    Magnífica retratista de diversos escenarios europeos, gran viajera ella misma, persona poco sociable y de vida retirada [en buena parte, como se ha sabido, para preservar su activa vida como lesbiana], supo verter sin embargo en sus obras y relatos un sorprendente conocimiento de las motivaciones humanas, de las problemáticas sociales y culturales modernas con un vigor y un detalle excepcionales, quizá inesperados en alguien tan poco dado al contacto personal como fue Patricia Highsmith. Autora además de un sorprendente nivel de calidad, no experimentó en ninguna de sus novelas el habitual "bajón" que suele suceder incluso con los literatos más afamados. Cualquiera de sus obras puede ser calificada sin dificultad de obra maestra y en su amplia producción es imposible destacar un título por encima de otro u otros, pues todos ellos son sencillamente espléndidos, vigorosos y penetrantes.  Como ya queda dicho, Highsmith es la autora que más ha influido en la narrativa criminal de la segunda mitad de este siglo.
    [Su novelística está toda traducida al castellano, así como sus colecciones de relatos. Queda inédito el libro para niños mencionado, pero también numerosos relatos que no han sido recogidos en volumen alguno, que ni siquiera se han publicado o que han aparecido en lugares dispersos. A propósito de esto último, véase entrada "Patricia Highsmith: Una nota bibliográfica", aparecida en este blog el 2 de junio de 2006.]
     

     

    April 01

    ADIÓS A JULES DASSIN

     
     (c) 2008 by J.C.Planells
     
    Hoy se ha conocido la noticia de la muerte del director cinematográfico Jules Dassin, a la avanzada edad de 96 años. No sé si con él muere "el último de la lista" que elaboró el siniestro e infame senador McCarthy durante su etapa como "cazador de brujas", entre finales de la década de 1940 y principios de la de 1950, que tantas carreras, reputaciones y vidas personales arruinó, creando además no pocas rencillas y odios que se mantenían vivos hasta hace pocos años, como quedó patente en una reunión en Barcelona entre algunos de ellos y sus ataques al "traidor" Edward Dmytryk, otro represaliado que delató nombres. Si no el último sí de los últimos que quedaban aún con vida. Ese episodio, oscuro, lamentable y vergonzoso, de la "democracia" americana ha generado abundante literatura, y el interesado puede, por ejemplo, recurrir a una reciente obra del especialista Javier Coma para ilustrarse convenientemente sobre el tema.
    Dassin fue, por tanto, uno de los muchos nombres tachados de comunistas y que, en su caso, debió huir por piernas del país antes de que le metieran en la cárcel o le obligaran a delatar "comunistas y simpatizantes de comunistas". Lo mismo que tantos otros  --Joseph Losey, por ejemplo--, recurrió a Europa para proseguir su carrera como director cinematográfico, que en el momento de su huida de Estados Unidos --a donde no regresó nunca más-- se estaba revelando como un brillante director con especial interés dentro del "cine negro", para el que realizó algunas muestras excelentes, caracterizadas por ambientes asfixiantes y opresivos: Bruce Force, La ciudad desnuda y Mercado de ladrones. Su última obra maestra para el cine americano, realizada en 1950, fue la ambientada en Londres Noche en la ciudad (espléndidamente protagonizada por otro ilustre desaparecido estos días: Richard Widmark).
    Su periplo europeo, iniciado en Francia, adonde se refugió al haber sido delatado por Edward Dmytryk (a cambio de ser liberado de la cárcel, algo que Dassin jamás le perdonó y origino un duro enfrentamiento entre ambos en Barcelona) fue realmente penoso. Hasta 1954 no consiguió poder dirigir una película, aun así a desgana por el proyecto: Rififi, un clásico del cine de "atracos perfectos" que creó escuela y le valió la Palma de Oro en Cannes. A propósito de esto, quiero recordar una anécdota: Dassin contó años más tarde, cómo en ese festival de Cannes --antes de que se le concediera la Palma de Oro-- todos los representantes de la cinematografía americana huían de él como de la peste nada más verle aparecer, debido a su condición de "comunista" y "represaliado". Inesperadamente, Gene Kelly, nada más verle, corrió para estrecharle la mano efusivamente. "Pero, ¿tú sabes lo que estás haciendo?", le pregunto asombrado Dassin en voz  baja. "Naturalmente, saludando a un amigo", repuso Kelly, cuya condición de admirado actor-director-productor y hombre de orden le ponía por encima de cualquier posible represalia por parte del Hollywood "oficial".
    La segunda parte de la carrera laboral de Dassin, realizada en Europa, ha sido siempre objeto de discusión y ha despertado poco entusiasmo, aunque el crítico Antonio Castro la ha defendido calurosamente, publicando incluso hace pocos años una monografía al respecto. Su cine se intelectualizó un tanto --más o menos, como le pasó a Losey, víctima de lo mismo que Dassin, como queda dicho-- y eso le perjudicó algo cara al público. En todo caso, supo mantener ese tono asfixiante y opresivo de su cine negro americano, en películas como Fedra, El que debe morir y 10:30 p.m. Summer, curioso melodrama rodado en España, una pieza difícil pero que tiene aspectos muy interesantes. En 1964 realizó la inesperadamente luminosa Topkapi, una especie de Rififi juguetón y amable, que obtuvo gran éxito comercial. Casado con la actriz griega Melina Mercouri entre 1955-1994, formó con ella una productora, y la tuvo como protagonista de casi todos sus films desde entonces. La Academia de Hollywood le nominó al Oscar como director y guionista por Nunca en domingo, pero dudo que a Dassin le conmoviera el detalle. A día de hoy, su carrera en Europa sigue siendo motivo de polémica y, con la salvedad de Rififi, pocos títulos despiertan el entusiasmo de su obra americana (además de que muchos de ellos hace años que no se han vuelto a ver para poder opinar de ellos con todo conocimiento), aunque en todo su trabajo trató de mantener un cierto estilo, con excepciones como la mencionada Topkapi y la francamente cursi Promesa al amanecer. Dassin fue, pues, víctima de la intolerancia y la persecución fanática, y ello marcó su vida y su carrera, como marcó la de tantos otros.