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    May 31

    EL CASO DEL ASESINO OCULTO (1)

    (serie Aventuras de Harold Smith)
     
    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    PRIMERA PARTE
     

        La señora Mabel Thorndyke era una mujer de mediana edad, pero que según dijo luego Harold "estaba de muy buen ver". Cuando se presentó, dijo que tenía cuarenta y tres años, y Harold la contempló admirado, aunque para mí no era más que una vieja que iba mucho a la peluquería y nada más. Había venido desde un pueblecito situado a unos sesenta kilómetros de Londres, con la esperanza que pudiéramos hacer algo por ella, ya que no sabía a quién acudir. Por lo visto se había enterado de los éxitos de Harold por los diarios.
        --Quizá no son más que figuraciones mías --nos contaba, pañuelo en mano y algo llorosa--. Pero, señor Smith, son cuatro ya las veces que he enviudado. ¡Cuatro veces!
        Se echó a llorar de nuevo y mi jefe la miró conmovido.
        --¿Cómo murieron sus esposos, estimadísima señora Thorndyke?
        --Pues verá. Reginald, mi primer esposo, murió al comerse un plato de setas envenenadas; él mismo las había recogido del bosque por la mañana. Yo ni las probé, porque las setas nunca me han gustado, y la verdad es que me inspiran desconfianza, pues no sé distinguir las comestibles de las que no lo son... El pobre Reginald se comió todo el plato, y al cabo de unas horas murió entre atroces dolores. Mi segundo esposo, Bertrand, se pescó a sí mismo...
        --¿Cómo dice? --preguntó Harold, desconcertado.
        --Era muy aficionado a la pesca, así que una mañana se fue al lago que hay a las afueras de nuestro pueblo... Lanzó la caña de pescar hacia atrás con tan mala fortuna que el anzuelo le enganchó el fondillo de los pantalones y al tirar de la caña se arrojó a sí mismo al lago. Como no sabía nadar, murió ahogado. --Suspiró apenada--. Siempre he dicho que los peores accidentes son los domésticos, por lo tontos e inesperados que resultan. Al cabo de un par de años me casé con mi tercer marido, Spencer. Y él se cayó del tejado cuando intentaba instalar la antena de la televisión que nos habían regalado unos amigos y se abrió la cabeza contra el suelo. Y Morton, mi último marido con el que me casé el año pasado,  se cayó de la escalera que había arrimado a un árbol del jardín para rescatar al gato de la señora Murphy, nuestra vecina. --Meneó la cabeza--. Qué gato más estúpido. Tenía ya quince años y aún le quedaban ganas de encaramarse a los árboles...
        --Caramba... --Harold estaba impresionado--. Sí, todas parecen ser muertes accidentales... No veo yo qué pueda hacer por usted, mi admirable... digo, admirada señora.
        --Todo el mundo dijo lo mismo: accidentes fortuitos, desgracias inesperadas que ocurren en todas las casas, pero, señor Smith, ¡son cuatro maridos ya! ¡Y todos muertos apenas una semana después de celebrar la boda! Usted no sabe lo doloroso que es eso a mi edad. Yo me casé con mi primer marido a los treinta años, y cada vez que he enviudado he pasado unos años de tristeza y soledad. En el pueblo ya hay quienes empiezan a mirarme con cierta aprensión, creyendo sin duda que llevo la desgracia a cuantos hombres se acercan a mí...
        --Una señora de su opulencia no puede hacer desgraciado a nadie, señora mía --dijo Harold, comiéndosela con los ojos.
        --Oh, qué adulador --dijo ella, sonriendo un poco y poniéndose colorada--. Pero, verá, señor Smith, ¿y si les da por pensar que en realidad he asesinado a mis cuatro esposos de manera que parecieran accidentes?
        --Sería un placer ser asesinado por usted, señor Thorndyke --dijo Harold, calurosamente.
        --Oh, qué galante --dijo ella, bajando modestamente los ojos al suelo.
        --Y, dígame, señora Thorndyke, ¿qué motivo podría haber para que usted los asesinase, en este improbable supuesto? ¿Acaso salía usted beneficiada económicamente con sus muertes? Y disculpe esa grosera pregunta.
        --Oh, me parece lógico que lo pregunte, señor Smith. Pues no, yo no ganaba nada con sus muertes, puesto que todos mis esposos eran gente trabajadora de modesta posición. Aunque me esté mal decirlo, yo sí gozo de una buena posición, pues tengo una considerable fortuna que ganó mi padre con sus negocios y, al ser hija única, heredé a su muerte, lo que me permite vivir con una cómoda renta. Mis maridos, como le digo, eran gente modesta. Reginald Thorndyke era profesor de latín en la escuela del pueblo; Bertrand trabajaba en una tienda de artículos deportivos, y en cuanto a Spencer y Morton, ambos eran empleados del supermercado. Todos ellos carecían de rentas y fortuna y vivían con sus modestos sueldos de trabajadores. ¿Qué ganaba yo con la muerte de cualquiera de ellos sino quedarme sola en la vida? --terminó diciendo y luego se echó a llorar a moco tendido.
        --Señora mía --dijo Harold, ya al límite de su galantería--: Estos cuatro caballeros han tenido la fortuna de tenerla a usted como esposa. Por breve tiempo, en efecto, pero ésta ha sido sin duda una gran fortuna, si me permite decirlo...
        Yo ya empezaba a estar harto de los requiebros y galanterías que mi jefe le lanzaba a la jamona aquélla, así que para ir adelantando faena le pregunté qué esperaba exactamente que hiciéramos nosotros por ella. Harold me miró furibundo, pensando que acaso quería seducir a la mujer.
        --Pues, verán... No sé, acaso esté paranoica con todo esto, pero, ¿es normal lo que me ha ocurrido? La semana pasada me encontré casualmente con una antigua compañera de colegio, a la que no veía desde el final de la guerra, cuando se marchó del pueblo, y le conté todo lo que acabo de contarle a usted; me dijo que seguramente mis maridos habían sido asesinados por un amante celoso, alguien que aspiraba a casarse conmigo y no toleraba que otros hombres le pasaran por delante. ¡Pero eso es imposible, señor Smith! Yo nunca he tenido amantes celosos ni no celosos; nada por el estilo. Conocí a mi primer esposo, el profesor Thorndyke, cuando tenía treinta años, poco después de morir mi padre, y me casé con él. Antes de Reginald no hubo nadie, excepto un amor de adolescencia, un chico que murió en la guerra y cuya muerte me dejó tan destrozada que no tuve ganas ni me vi capaz de volver a relacionarme con ningún hombre nunca más... Pero, claro, el tiempo pasa y...
        --Para usted, querida señora --recitó Harold solemnemente, poniéndose en pie y con la mano sobre el corazón--, el tiempo se ha detenido asombrado ante la belleza griega de sus facciones y el brillo azul de su mirada.
        La señora Thorndyke se lo quedó mirando con los ojos abiertos de par en par. Yo suspiré en silencio, harto ya de tanta zalamería de Harold hacia la vieja.
        --Pues, como decía --prosiguió la señora Thorndyke, algo coloradota de satisfacción--, tras años de soledad y de no relacionarme con hombre alguno, al final me casé con mi primer marido y... En fin, ya sabe el resto. Cada vez que enviudaba pasaba un tiempo hundida en la tristeza, hasta que conocía a mi siguiente esposo... Ésta ha sido mi vida: un novio muerto en la guerra, cuatro pretendientes, cuatro maridos, cuatro veces viuda a los pocos días de casada. --Se enjugó una lágrima--. Pero, ¿y si mi antigua compañera tiene razón y alguien está matando a mis maridos para... para qué, exactamente?
        --Señora mía, le juro por mi honor de detective al servicio de los afligidos y de cuantos sufren y padecen injusticia en el mundo, que trazaré un  plan para descubrir si en efecto hay una mano oculta tras esas muertes.
        --¿Qué plan, señor Smith?
        --La verdad es que no tengo ni idea, pero ya se me ocurrirá.
        --Ay, señor Smith. Usted me da alguna esperanza, pero creo que no llegaré a tiempo de enderezar ya mi vida; me voy haciendo mayor...
        --La tersura de su piel es inmarchitable al paso del tiempo, mi estupenda señora.
        --... y me asusta acabar mis días sola con un gato, como la señora Murphy. No tengo hijos ni a nadie en el mundo. ¡Mis maridos morían antes de... antes de que pudiéramos siquiera pensar en tener hijos! Y a mi edad, ya no es nada aconsejable. --(Harold abrió la boca para decir algo en este momento, pero yo estornudé ruidosamente para evitarlo)--. Y además, hay otro inconveniente: soy de religión católica, lo que hace más difícil para mí encontrar un marido que acepte casarse según mi religión... --(Harold volvió a abrir la boca para decir seguramente que cualquier hombre estaría dispuesto a adorar a Satán si era preciso con tal de ser su marido, pero volví a estornudar aún más ruidosamente que antes)--. Jesús, muchacho. Hay que cuidar ese constipado --me dijo la señora Thorndyke.
        --Estoy en ello --dije.
        --En fin, tuve suerte en ese aspecto, porque mis cuatro maridos aceptaron respetar mi religión y casarse en mi iglesia; pero, claro, no deja de ser un posible inconveniente para un futuro esposo, que quién sabe si ya...
        Finalmente, la señora se marchó de regreso a su pueblo, con la promesa de Harold (y unos cuantos piropos y halagos más, tan nauseabundos como los anteriores) de que nos ocuparíamos de su caso.
        --Debería darle vergüenza --le dije a Harold cuando estuvimos solos--. ¡Piropear a una señora que podría ser mi madre o mi abuela!
        --Qué animal llegas a ser, Diógenes. Sólo tiene cuarenta y tres estupendos y apetecibles años. Esta señora, sin importar su edad, está para mojar pan, vaya. Lo que ocurre es que tú no entiendes de mujeres y no sabes apreciar la serena belleza de...
        --Bueno, vale.
        Para acabar de arreglar las cosas, en ese momento se le ocurrió presentarse a la mema oficial de la escalera: Sandra, la hija de nuestra portera. Venía para entregarle a Harold el ejemplar de rigor de su estúpida revista del colegio con el último reportaje escrito por ella misma sobre las investigaciones de Harold. El titular decía: "EL SEÑOR SMITH ATRAPA A UN ASESINO DENTRO DE UN COHETE ESPACIAL".
        --Pero, ¿qué tontería es ésa? --gruñí--. No es así como ocurrieron las cosas.
        --Ya lo sé, querido Diógenes --me contestó toda dulzura ella, mirándome por encima de las gafitas--. Pero es un titular que capta al lector enseguida y eso es lo que cuenta en periodismo. Oye, ¿quién era esa señora tan guapa que bajaba por la escalera?
        --Vaya, lo que nos faltaba. ¿Tú también la encuentras guapa?
        --Claro, es que lo era. ¿Quién es?
        --La señora Mabel Thorndyke --repuso Harold, distraídamente, mientras leía el ridículo artículo de Sandra con cara de desconcierto--. Esto... querida niña, no recuerdo que las tropas de asalto entraran derribando con un bazoka la puerta de la casa de los asesinos para llevárselos.
        --Bueno, tampoco fue usted en persona a capturarlos, sino que envió al señor Jameson. O sea, que es posible que ocurriera así... --contestó Sandra, virtuosamente.
        --¡Ja! --solté una risotada--. ¡El periodismo de mañana! ¡Estamos frescos!
        --¿Y esa señora Thorndyke es una actriz famosa? Lo digo por lo guapa que es.
        --No --dijo Harold--. Es una distinguidísima viuda de pueblo. Cuatro veces ha enviudado al poco de la boda, y empieza a sospechar que hay algo raro en ello. Todos sus maridos han muerto en accidentes de lo más tonto y teme que si se casa otra vez...
        --Pobre señora --dijo Sandra, conmovida--. ¿Tiene niños?
        --No le ha dado tiempo, con tanto enviudar.
        --¿La va a ayudar a encontrar nuevo marido, señor Smith?
        --No sé muy bien aún qué plan seguir. Pero me inclino por creer que hay realmente algo extraño en tantas muertes accidentales... Si alguien sabía que ella no comía nunca setas, pudo envenenar las de su primer marido... Y lo del gato de la vecina, es indudable que alguien lo subió expresamente a ese árbol y luego debió hacerle caer a él de la escalera... Lo mismo que con el que instalaba la antena: puede que lo empujaran del tejado... El que se pescó a sí mismo y se ahogó en el lago, en cambio, sí me parece un accidente fortuito. Recuerdo que cuando yo era joven e iba de pesca con mi primo Bert, lo mejor era mantenerse a muchos metros de distancia a la que lanzaba la caña... En fin, ¿pero quién puede provocar estos accidentes? 
     ¿Un enamorado secreto?
        --Si fuera eso, no veo por qué no se casó con ella antes de que enviudara la primera vez... --dije.
        --Puede que sea un hombre casado --sugirio Sandra.
        --Pues que mate a su mujer, se case con la vieja esa y ya está --dije.
        --Me da pena esa señora --dijo Sandra--. Mi mamá también es viuda, pero al menos me tiene a mí como consuelo. --Yo pensé que vaya consuelo, pero me callé--. ¿Y si me presentara en su pueblo y dijera que soy hija suya?
        --No puedes presentarte allí y decir eso --se escandalizó Harold.
        --Pues lo vi en una película y todo el mundo lloró de felicidad.
        --No lo pongo en duda. Pero la señora Thorndyke ya tiene bastantes problemas y desdichas encima como para que se le presente una hija desconocida en el pueblo.
        --Puedo ir yo también y decir que soy su hijo --sugerí--. A lo mejor, si son dos los hijos se nota menos.
        --¡Basta de tonterías! --gruñó Harold--. Este caso es grave y serio, y esa señora tan rutilante necesita que le resuelvan los problemas, no que se los aumenten.
        Tras meditar profundamente durante la tarde, a Harold se le ocurrió un plan: le buscaría un novio a la señora Thorndyke para que fingiera casarse con ella de inmediato. Nosotros dos seríamos los "amigos del novio" y estaríamos al acecho de cuanto pudiera ocurrirle al novio simulado.
        --Pues vaya plan --dije en plan criticón--. Como luego no asesinen al novio, la señora Thorndyke se encontrará casada de nuevo... ¿Y quién hace de novio, a ver? --pregunté, temiendo que me endosara el papel, porque tras hacer de enano en un circo ya estaba escarmentado.
        --Diantre... Se necesita alguien de buena presencia..., y que sea de fiar. Yo no puedo vigilar a posibles sospechosos y hacer de novio a la vez sin estropear al pan... Necesito estar de vigilancia y proteger al supuesto marido. Y no puedo recurrir ni a Jameson ni a French, obviamente... ¿A quién recurrimos?
        --A alguien que esté aburrido y desesperado, y le gusten las mujeres mayores.
        --Mmmm... Creo que ya lo tengo. ¿Te acuerdas de El Ganzúas? ¿Aquel ladrón de cajas fuertes reformado que empleó Jameson para que abriera la cámara donde asesinaron al coleccionista de sellos?
        --Ah, sí... Ése que tiene una hija que se hizo monja y que por eso decidió dejar de ser ladrón. Sí, recuerdo que nos regaló estampitas de santa Eulalia.
        --Eso significa que debe de ser católico. Vaya casualidad. Tenía pinta de distinguido... Los ladrones de guante blanco y reventadores de cajas fuertes suelen ser gente distinguida. En fin, si ayuda a Scotland Yard en algunas ocasiones, como nos dijo Jameson, no veo por qué no nos puede ayudar a nosotros también. Llamaré a Jameson para que me ponga en contacto con él.
        Al día siguiente se presentó El Ganzúas en nuestra agencia. Nos saludó efusivamente y nos obsequió con unos rosarios que su hija había hecho en el convento.
        --Muchas gracias, señor Ganzúas --dijo Harold, mirando el rosario sin saber para qué servía.
        --Llámeme Bert, señor Smith. Mi nombre es Bert Mulcallan.
        --Muy bien, Bert. Jameson me dijo que es usted viudo...
        --Así es, señor Smith. Mi mujer murió al poco de nacer mi hija Christine; para que la pequeña no careciese de nada yo me lancé por el camino fácil de la delincuencia, atracando bancos y reventando cajas fuertes. Pero ya estoy arrepentido y reformado, y llevo una vida honrada, gracias a sor Angustias...
        --¿Sor Angustias?
        --Es el nombre que tomó mi hija al ingresar en el convento.
        --Ah. Bien, amigo Bert. ¿Qué le parecería casarse de nuevo?
        Una vez El Ganzúas se hubo repuesto de un leve desvanecimiento, Harold le puso al corriente de su plan, que ya le había adelantado la noche pasada a la señora Thorndyke por teléfono, y que había merecido su aprobación. El plan consistía en que Bert Mulcallan, alias El Ganzúas, y la señora Mabel Thorndyke fingirían casarse ante todo el pueblo ese fin de semana. Harold y yo seríamos los testigos y amigos del novio, y aguardaríamos acontecimientos vigilando al novio desde varios frentes. Parecía un buen plan. El caso es que, no sé cómo, a última hora Sandra logró colarse en él para hacer el papel de "dama de honor de la novia".
        --Su madre le prohibirá venir --vaticiné.
        Pero la señora Lane no sólo no se lo prohibió, sino que, enterada de la lacrimógena historia de la señora Thorndyke, insistió en que Sandra fuera con nosotros. Como la señora Lane era viuda también,  se puso a llorar a moco tendido al pensar que la famosa viuda por partida cuádruple no tenía el consuelo de unos niños que alegrasen su hogar. Yo traté de pensar en qué podía alegrar un hogar la cabezona Sandra, pero no se me ocurrió nada. Y puesto que era fin de semana y no había escuela, no había problema en que Sandra nos acompañara.
        --¡En marcha, pues! --dijo Harold, alegremente.
     
    (continuará)
     
     

    May 29

    GALERÍA DE MUJERES (21). GRACITA MORALES: La otra cara del clown

    (c) 2006 by J.C.Planells
     
     
    No sé qué ocurre con quienes se dedican artísticamente al humor o al cine cómico que muchos de ellos llevan vidas desdichadas o tienen finales lamentables o arruinan sus vidas impensadamente. La gente se parte de risa con su trabajo, pero ellos se hartan de llorar o malvivir a la que están tras la puerta cerrada de sus hogares, a solas consigo mismos. Un par de ejemplos: el cómico de cine mudo Larry Semon y el actor teatral y monologuista Joan Capri. Ambos hicieron reír a millares de personas en sus épocas; uno de ellos murió muy joven y arruinado y el otro acabó retirándose en pleno éxito debido a sus cada vez más fuertes depresiones.
    Y aquí tenemos otro ejemplo: la cómica española Gracita Morales, con la cual tantos espectadores se partieron de risa en la España del franquismo. ¿Qué voy a contar de ella que no sepa todo el mundo? Pues lo que no sabe más que muy poca gente.
    María Gracia Morales Carvajal, ése era su nombre real, nació en Madrid en 1928 y murió en la misma ciudad en 1995, a los 67 años. Cuando murió llevaba ya como quien dice bastantes años muerta: muerta para la gente del cine y del teatro y para los propios espectadores. Cierto que en sus últimos y penosos años aún apareció en papelitos en algunas películas y que Alonso Millán escribió un personaje para ella en una de sus obras para reverdeciera laureles, pero lo cierto es que no parecía que se viera a una cómica en escena, sino una calavera, un muerto viviente que se paseaba por entre el decorado como triste sombra de lo que fue.
    El público pareció no advertir su desaparición de las pantallas. Gracita había empezado tímidamente en el cine en 1954, pero pasó enseguida a dedicarse intensamente al teatro, y en 1960 regresó ya con fuerza al cine, pero alternando también con teatro. No siempre fue cómica, pues interpretó varios pequeños papeles dramáticos. Se cuenta que fue Víctor Ruiz Iriarte quien la descubrió para la comedia, al menos lo afirman diversas fuentes, así como que le enseñó a fingir esa voz suya tan característica. En todo caso, la década de 1960 fue su década, apareciendo en innumerables películas (en 1962 apareció en trece), en la de 1970 empezó a espaciar cada vez más y más sus actuaciones, hasta desaparecer para el cine en 1988. Cuenta Mariano Ozores en su libro de memorias que a partir de 1967, aproximadamente, se volvió realmente difícil trabajar con Gracita debido a sus constantes caprichos e imposiciones, hasta que de difícil pasó directamente a imposible. Teniendo en cuenta lo dulce y suave que es el libro de memorias de Ozores, realmente tuvo que ser muy fuerte lo ocurrido entre Gracita y él, que fue precisamente uno de sus habituales directores, a juzgar por lo que cuenta. En fin, se prescindió de ella pese a ser la más taquillera en aquellos años. Mirándolo retrospectivamente, ya resulta muy extraño que Gracita Morales no figurase en 1967 en el reparto de la versión cinematográfica de uno de sus mayores éxitos en teatro: Las que tienen que servir, donde fue sustituida por una muy poco apropiada Amparo Soler Leal, en un personaje que se notaba escrito por Alfonso Paso expresamente para Gracita. Lina Morgan --que apareció muy brevemente en esa misma versión cinematográfica-- tomó su relevo en cuanto a popularidad entre el público sin dificultad. Pero lo ocurrido, el olvido de Gracita y el aupamiento de Lina, no debe interpretarse respecto al público como un cambio de modas o de gustos, un cansancio hacia la actriz o una llegada del cine del destape, u otras cosas que ocurrieron en el cine español de los setenta: lo que ocurrió es que Gracita empezó ya a mostrar en aquellas fechas los síntomas de inestabilidad mental que se incrementarían de manera más que rápida en los años siguientes y acabando en fuertes depresiones, todo lo cual la obligó a desaparecer de la pantalla o a volver a ella en raras ocasiones y en papeles pequeños o colaboraciones especiales, aparte de arruinar su matrimonio. El propio Ozores no cayó al principio en la realidad de lo que le ocurría a Gracita, y lo achacaba a caprichos de actriz popular o creída de sí misma. Ozores, además, le debió de aguantar lo que otros (¿Forqué?) no tuvieron ni humor ni ganas. Él fue testigo de su caída en picado, de su desintegración no ya como actriz, sino como persona y físicamente.
    No se habla mucho de estas cosas porque la gente del cine español prefiere hablar de lo "bueno" que es el cine español (de lo contrario no lo dirá nadie), y por tanto el público ignoraba la verdad sobre Gracita y su desaparición casi meteórica de la pantalla, para reaparecer ocasionalmente como secundaria. En una web que he consultado se cuenta que el primer día del año 1980 intentó suicidarse con fármacos; en ese momento pesaba sólo 35 kilos. Las pequeñas ayudas de comediógrafos y directores para que más o menos subsistiera en papeles que interpretaba más de milagro que de otra cosa no contribuían a mejorar la cosa. En ocasiones se quejó del olvido en que la tenían algunos, como López Vázquez, de quien fue pareja artística en tantas películas y piezas cómicas de teatro... Pero, ¿qué hacer con alguien tan inestable y depresivo?  ¿Qué hacer con alguien que se iba rompiendo por dentro día a día? La mujer que más hizo reír a España, donde el humor está considerado como "cosa de hombres", vivió sus últimos veinticinco años de vida en plena miseria y dolor, enfermedad y angustia, depresión y pena de sí misma; las más esforzadas ayudas de quienes la querían, apenas servían de nada: se destruía a sí misma, su mente enferma la destruía irremediablemente.
    Fue una profesional espléndida, una cómica nata. De haber nacido en Italia, la compararían con Totó, por ejemplo. Como nació en España y se hizo actriz en el cine franquista, los cortos de miras la consideran la "actriz que hacía de chacha", la del "¡Hay que ver qué cosas tiene el señorito!". Pero su vis cómica era genuina, su talento era innegable para el que lo quisiera apreciar, y no precisaba de dirección alguna. La gente, además, no se daba cuenta de otra cosa: era bonita de cara. Rubia (aunque viendo fotos de sus primeras películas lo pongo en duda), ojos claros y grandes, no muy alta, buenas curvas. Podría haber sido sexy de proponérselo, pero lo suyo era hacer reír con naturalidad y sin esfuerzo. Ese talento suyo se ve en peliculas como Atraco a las tres, una de las mejores comedias del cine español, y en Los Palomos, formando pareja con López Vázquez, filmada por Fernán Gómez de manera que permite el lucimiento de ambos actores, que ya habían interpretado anteriormente la obra en los escenarios y que hoy resulta casi un documento único --y el mejor-- para ver cómo era el trabajo de Gracita y cómo era su trabajo como pareja cómica con López Vázquez. Naturalmente, los críticos "culturalmente combativos y sexualmente inactivos" los pusieron y los ponen a ellos, a la película y a Fernán Gómez a parir por malos, pero no ven el impagable aspecto documental que hoy ofrece ese filme de una cómica única, irrepetible.
    A Gracita le faltaron buenos guiones y buenos directores. Un industria mejor y un público más culturizado. El talento lo tenía de sobra. Pero sobre todo, le faltó salud y estabilidad mental. Cuando uno piensa en lo que fue su vida, la de Gracita y la de otros cómicos que nos hicieron reír, se nos hiela la sonrisa en la cara, se nos muere el reír.
     
     
    May 28

    DOMINGO NEGRO, de John Frankenheimer: El terrorismo antes del 11-S

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
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    Es curioso el caso de esta película: la he visto en muchas ocasiones desde su estreno en 1977, a pesar de que la historia no deja de ser algo vulgar, los personajes --en principio-- no son interesantes (aunque sobre ello hablaremos luego) y el metraje parece excesivo: 143 minutos. Es, aparentemente, la típica película de acción que una vez vista no merece la pena volver a ver. ¿O sí? Algo debe de haber si la he visionado tantas veces, aun teniendo todo esto presente, y la última de ellas en versión original y en su formato panorámico, no el manipulado que corre desde hace tiempo por las televisiones. (La versión original me ha permitido sospechar que existen manipulaciones en el doblaje español de la época, en la escena en que Lander --interpretado por un acertado Bruce Dern-- se entrevista con Pugh --interpretado por William Daniels--, su supervisor en la atención social que debe recibir, pero no puedo comprobarlo ya.)
    Hace tiempo alguien dijo que los aciertos de este filme provienen de la novela original de Thomas Harris sobre la que se basa el guión. Me permito ponerlo en duda; no he leído dicha novela, ni me ha apetecido hacerlo nunca, y menos aún después de haber soportado la lectura de ese bodrio que es El silencio de los corderos (previamente traducida como El silencio de los inocentes), y que curiosamente dio lugar a otra notable película, dirigida por Jonathan Demme, infinitamente superior al vulgar texto del que partía. Si esa novela tenía unos elementos en apariencia mejores que Domingo negro, o sea, asesinos psicópatas, crímenes tremebundos, y resultaba en cambio un aburrimiento inaguantable, cabe pensar que los atractivos literarios de Domingo negro, un thriller sobre una pareja de terroristas que preparan un atentado y los agentes que tratan de localizarlos, no pueden ser mucho mejores. Y teniendo en cuenta que Harris no es precisamente un escritor demasiado fino... Vaya, tampoco es la primera vez que una mala novela da lugar a un film notable: Hitchcock lo hacía constantemente; elegía en no pocas ocasiones un bodrio infumable y lo convertía en una obra maestra, y sin embargo, los hay que sostienen que dicho bodrios eran Grandes Obras Maestras de la literatura...
    Y hablando de Hitchcock: casualidad o no, resulta que uno de los guionistas de Domingo negro es Ernest Lehman, guionista con Hitchcock de Con la muerte en los talones y La trama; los otros dos son Ivan Moffat, entre cuyos créditos se cuentan Los héroes de Telemark y Hitler: los últimos diez días, y Kenneth Ross, que colaboraría posteriormente --junto con Moffat-- en otros filmes de Frankenheimer. Que estos tres prestigiosos nombres hayan colaborado en el guión del filme basado en la novela de Harris indica claramente que la misma necesitaba de gente competente para sacar de ella un film atractivo, y que lo que productor y director querían era conseguir un film digno y no una tonta o vulgar adaptación del best-seller de turno: es decir, escenas brillantes, personajes sólidos, un ritmo sostenido, tensión constante. Y en este sentido, el triunvirato Lehman-Moffat-Ross funciona inmejorablemente.
    La trama del film no tiene el menor secreto ni nada de particular: el grupo terrorista Septiembre Negro prepara un gran atentado para después de Año Nuevo en Estados Unidos a fin de que los americanos sientan y compartan el sufrimiento del pueblo palestino masacrado por los soldados israelíes con la bendición americana. La noticia del atentado es descubierta casualmente por un agente israelí y a partir de entonces se inicia la búsqueda de los terroristas y la localización del lugar donde se cometerá el atentado, con la colaboración del FBI. Los dos terroristas son una mujer palestina de origen árabe-alemán y un americano llamado Lander, un ex combatiente de Vietnam que fue capturado por el Vietcong en 1967 y pasó seis años aislado en un pozo subterráneo para prisioneros americanos; liberado, a su regreso a Estados Unidos no encuentra sino indiferencia y una esposa que le abandona de inmediato y se divorcia de él, sin dejarle ver nunca a sus hijos (porque su consejero matrimonial le ha comentado que los soldados que cayeron prisioneros del Vietcong vuelven a su país convertidos en homosexuales), siendo obsequiado con un trabajo ridículo y un continuo seguimiento médico sobre su estado mental y moral. Innecesario decir que todo ello, más el espantoso cautiverio, ha estropeado su salud mental, y Lander se ha convertido en un neurótico aparentemente cuerdo pero capaz de estallar en cualquier momento debido al resentimiento que siente hacia su propio país, tal como en una notable escena le explica a Dahlia, la mujer palestina que le ha contactado --nunca se dice cómo, pero cabe imaginarlo cuando la vemos contemplando las imágenes de Lander grabadas en su día por la propaganda del Vietcong-- para que sea su cómplice en el atentado (la mano del Lehman guionista de Hitchcock puede que esté presente en el inmenso McGuffin que rodea todo esto, pues curiosamente el espectador nunca se cuestiona lo inverosímil de la pareja de terroristas y del atentado que sólo es posible gracias al trabajo de Lander; aunque, desde luego, el mérito de Frankenheimer a la hora de rodar las imágenes contribuya a sostener el McGuffin). Innecesario decir que, respecto al personaje de Lander, la ficción se adelantó un tanto a su tiempo: en los últimos años hemos visto a personajes muy parecidos a Lander cometer atentados en su propio país y por idénticas razones. Dahlia, por su parte, es una mujer palestina que ha perdido a todos los suyos por culpa de los israelíes en bombardeos o en combates, o ha sido testigo de la violación de alguna mujer de su familia; no tiene a nadie en el mundo y sólo aspira a llevar a cabo ese atentado para llamar la atención del mundo hacia la situación de los palestinos. Como le dice un agente de la KGB a Kabakov, el israelí del Mossad que la está buscando: "Se puede decir que esa mujer es creación suya". No está de más señalar que Dahlia está interpretada de manera notable por una mediocre actriz, Marthe Keller, de la que ni Billy Wilder en Fedora o George Roy Hill en Un instante, una vida lograrían arrancar otra cosa que mediocres trabajos. Por su parte, Kabakov está interpretado por Robert Shaw, un curioso actor y dramaturgo, al que se le debe la notable obra El hombre de la cabina de cristal, de la que habrá que hablar en algún momento, y cuyos personajes antipáticos abundan de manera notable en su filmografía, siendo Kabakov uno más de ellos.
    Así, la película se divide en dos acciones paralelas: por un lado, Lander y Dahlia preparando el atentado; por el otro, Kabakov, su ayudante Moshevsky (Steven Keats) y los hombres del FBI tratando de descubrir dónde se cometerá y quiénes son los terroristas y su escondite. Y esta división de acciones alternadas da lugar a una interesante reflexión: ésta no es una película de "buenos" y "malos"; el film adopta una postura de imparcialidad total, aunque aparentemente no dé esa impresión; es decir, no se juzga ni se condena a ninguno de los personajes, no se les manipula en sus comportamientos o actitudes, como suele ocurrir a veces con resultados chapuceros en películas muy bien producidas. Es más, el film casi está a punto de convertir en más atrayentes (iba a decir simpáticos, pero no me atrevo...) para el espectador a los personajes de Lander y Dhalia, cuyas psicosis y profesionalidad respectivas se señalan convenientemente, que no a Kabakov, personaje frío, antipático, incapaz de sonreír ni un solo momento en toda la película (al contrario que Lander y Dahlia...). De ahí que la elección del actor Robert Shaw me resulte ciertamente significativa, o, por lo menos, curiosa. Naturalmente, el espectador es libre de escoger sus antipatías o simpatías personales respecto a los personajes, en razón de (aparentes) buenos y (no menos aparentes) malos. Pero tal como están presentados (e incluso interpretados por el terceto protagonista, y sabiendo cómo las gasta Frankenheimer en los rodajes, éste es un detalle que conviene no pasar por alto), da la impresíón de que las simpatías de la cámara no se dirijan hacia Kabakov, precisamente... Pero insisto: aquí no hay buenos o malos, sólo personas que tienen unos objetivos distintos: un grupo que quiere cometer un atentado y otro grupo que trata de impedirlo.
    Evidentemente, una película con semejante planteamiento respecto a los personajes sólo era posible en 1977; esas, llamémoslas así, ambigüedades cinematográficas no son muy tolerables tras el 11-S, y aunque parezca que Spielberg lo haya hecho (o intentado) en Munich no hace mucho, realmente no puede decirse que sea así; pues su historia --donde reaparece Septiembre Negro-- no es sino una historia de venganza y la (posible) futilidad de esa venganza, pero puesto que los personajes de un bando aparecen siempre situados como si fueran un fondo, sin relevancia alguna, no puede hablarse de una equiparación de bandos. En realidad, el film de Spielberg --voluntarioso, sin duda--, es hijo directo del 11-S, de un 11-S que trata de "entender" razones y de "justificarlas" quizá (y además desde el punto de vista de un único grupo: el teoricamente "bueno", lo cual de rebote anula las intenciones de Spielberg), pero nada más. Es evidente que sin 11-S no habría existido Munich.
    Conviene en parte que el espectador se despreocupe de juzgar conductas o posturas de los personajes de Domingo negro, porque la ambigüedad --evidentemente deliberada-- de los responsables de este film podría convertirlo casi en una temeridad: aquí ni se juzga ni se condena a los terroristas, ni son tampoco contemplados como unos malvados sin escrúpulos; son personas con un objetivo. Por su lado, los supuestos "defensores" del orden son una partida de seres fríos como Kabakov, o de funcionarios como el interpretado por Fritz Weaver: son personas con otro objetivo, opuesto al del primer grupo. Kabakov, curiosamente, es el personaje más inhumano del film, una especie de Terminator que no despierta nunca la menor simpatía en el espectador; incluso su ayudante parece más humano que él. No deja de ser una fina ironía que sea Kabakov quien propicia la comisión del atentado, puesto que habiendo podido eliminar a Dahlia al inicio de la película, en un ataque del Mossad a un puesto de terroristas palestinos, no lo hace al sorprenderla desnuda en la ducha, indefensa ante su metralleta. En esa tesitura, Kabakov no se atreve a disparar, se da la vuelta y se marcha; es el único rasgo humano en toda la película de un personaje duro y arrogante, y que causa todo lo que posteriormente ocurre en el film, porque si bien el atentado ya estaba planificado antes de esa incursión, la muerte de Dahlia, de haber ocurrido, lo hubiera abortado.
    Puede que novelas como la que originó este film sigan existiendo, pero adaptaciones como la presente es muy dudoso que se realicen. Esta película se integra sin dificultad alguna en el cine político que su director frecuentó, en títulos como Siete días de mayo, El mensajero del miedo o El año de las armas. En su época no levantó excesivos entusiasmos, al ser presentada como otro film "de catástrofes" como tantos hubo en los primeros años setenta, pero vista hoy resulta un film realmente significativo, si miramos no su texto, sino su contexto.
    Es innecesario señalar que la factura técnica del film es brillante, partiendo como lo hace de un guión trabajado a conciencia y con una producción cuidada (Robert Evans, ese señor del que tanto nos hemos reído, pero que ha dado al cine películas como Chinatown o Marathon Man, además de sacar adelante la Paramount en tiempos decisivos). Vale la pena señalar la secuencia de la muerte de Moshevsky, desde su encuentro con Dahlia ante la puerta de la habitación del hospital y hasta la salida de ella del ascensor; el tiroteo y persecución por las calles de Nueva Orleans, y naturalmente toda la larga parte final, donde la tensión se mantiene inalterable durante casi media hora sin apenas diálogos, alternando las diversas acciones de los personajes. Quede para la historia un dato curioso: esta película es junto con Grand Prix la única con un cameo actoral de su director; en efecto, en el tramo final aparece brevemente como el realizador televisivo de la Super Bowl, en la camioneta donde irrumpe Kabakov para discutir con el productor de la emisión deportiva sobre el uso del dirigible. Es un cameo autoirónico y que quizá muestra la identificación plena de Frankenheimer respecto a esta película, aparentemente, "de acción".
     
     
    May 26

    A PROPÓSITO DEL ARTÍCULO "CIENCIA-FICCIÓN: EL ARTE DE LA CONJETURA", DE PABLO CAPANNA

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Reconozco que en principio parece una tontería ponerse a hacer una crítica o un comentario sobre un artículo de apenas cuatro páginas, aparecido en el número 43 de la revista argentina Cuasar (agosto de 2006). También reconozco que dicho artículo --junto con otros que he leído en los últimos años, a veces en la revista española Gigamesh-- cabe encuadrarlo dentro de una serie que podría llamarse Qué mal está la ciencia ficción hoy día, o algo parecido. Pero ocurre que cuanto dice Pablo Capanna en sus cuatro páginas es tan sensato y tan cierto (desgraciadamente), y lo dice mejor y más directamente que algunos artículos entre lloricas e irritados (creo recordar uno de Norman Spinrad encuadrable en la mencionada serie...), a veces de autores que no practican eso mismo que critican o lamentan haya desaparecido/cambiado, por lo cual uno se siente en parte estimulado a abundar en esa opinión, en su visión del estado actual de la ciencia ficción tal como lo expone. Claro que no todos los lectores lo verán igual, puede que sólo cuatro gatos, algo que el propio Capanna ya viene más o menos a decir. Pero es que el género es hoy día una "oferta de mercado". Atención: ¿No lo era antes? Bueno, sí, pero también es cierto que el escritor de ciencia ficción gozaba de una libertad de la que sospecho no disfruta tanto como antes. Y no me refiero a libertad de expresión (supongo... supongo que la hay, ¿no?), sino a que si el autor no vende un determinado número de ejemplares se expone a perder el interés de los editores y --horror-- de su agente literario. Es decir: el mercado restringe su expresión porque lo que (le) interesa es vender ejemplares. Por supuesto, estamos hablando (Capanna lo hace así) del género desde la óptica de Estados Unidos, con sus imperios editoriales, sus todopoderosos agentes literarios, sus cadenas de distribuición comercial... Olvidemos --al menos un poco-- la situación española (o la de Argentina, país donde se ha publicado el artículo de Capanna), pues las equivalencias a todo eso son peores que en Estados Unidos (en España, algunos imperios editoriales se erigen según la cercanía y calidad de los restaurantes donde come el emperador de la galaxia, como bien saben algunos de sus súbditos...; y en cuanto a los agentes literarios --suponiendo que existan algunos que se interesen por el género...-- sólo son todopoderosos para fastidiar al escritor, no al editor...).
    Capanna dice que otros géneros populares han tenido más suerte, y alude a la narrativa policial, donde "los prejuicios [...] han cedido". Puede que sí, aunque no sé si los amigos de la librería Negra y Criminal estarían muy de acuerdo en esto. De todas maneras, sí se puede decir que la narrativa criminal o policiaca goza de un cierto respeto que ya lo quisiera la ciencia ficción para sí (y ahora incluyo a España en ello), y que incluso hay intelectuales que la analizan en sesudos artículos periodísticos o revistas literarias (a veces confunden las obras de Jim Thompson con las de Donald Westlake, cierto, y no saben muy bien qué diferencia la novelística de Agatha Christie de la de Patricia Highsmith, pero bueno... no les vamos a pedir que tengan los mínimos conocimientos de un género que se limitan a fingir que les gusta para poder escribir y cobrar un artículo chorra). De hecho, hay intelectuales ¡que incluso llegan a leerla! Ese respeto no ha llegado a la ciencia ficción, y son muy pocos los autores que se han ganado el de la literatura llamada "seria" (así llamada a veces por los propios lectores de ciencia ficción, lo cual, como he escrito en otra parte, significa que hay una literatura que no es seria: ¿cuál?). Y lo cierto es que cuando se escribe sobre ciencia ficción por parte de alguien que tiene escasos conocimientos del género (para el correspondiente artículo chorra), es divertido (es penoso) leer la cantidad de tópicos o lugares comunes de que echa mano (es una variante del famoso "copiar y pegar"). Capanna menciona a James Ballard y Philip K. Dick como los dos autores más destacados que se han ganado ese respeto a pesar de ser escritores de ciencia ficción, y señala acertadamente que "será difícil encontrar un crítico que los mencione, segregados como están tras los muros de un género despreciado por ser masivo". Cierto: es que en realidad, cuando se habla de ciencia ficción o de autores destacados del género (por parte de los que oyen campanas sin saber dónde) da la impresión de que más o menos nos (les) perdonen la vida y nos (les) hagan un favor (dejando aparte los errores que suelen cometer al deletrear sus nombres, como hace poco al escribir "Philip K. Dirk", en lugar de quien todos sabemos, en cierta revista presuntamente literaria...), lo cual me parece todavía peor, si vamos a eso. O que, hablando de ellos, les enchufen a alguna corriente literaria (como si de un pequeño electrodoméstico se tratase) a la que ni pertenecen ni pertenecieron nunca, por un puro afán de "limpiar" o "adecentar" la imagen como escritores de un género considerado vulgar y populachero. Eso por no comentar el copiado de frases y lugares comunes que aparecen al hablar tanto de Ballard como de Dick y que den una imagen de ellos "en positivo" dentro de la desgracia que tienen de pertenecer a un género tan "negativo". Lo que me recuerda que, cuando alguien que no se interesa por el género, debe hablar de él, suele incluir las palabras "pero" o "aunque", inmediatamente: el caso más habitual es el de la promoción de un film de ciencia ficción, y más o menos la cosa se inició hacia 1967, cuando Charlton Heston, hablando del rodaje de El planeta de los simios, dijo que "aunque es un film de ciencia ficción, etc. etc.". Esa frase, y su variante: "Se trata de una película de ciencia ficción, pero...", lo que hacen es "limpiar" la imagen del fim para dejar claro que tiene "aspiraciones" serias.

    Capanna señala asimismo en su artículo que la ciencia ficción dura "corre el riesgo de quedarse obsoleta a corto plazo" al competir con los divulgadores científicos. No voy a decir que lo lamente mucho: cualquier artículo científico o información astronómica es mucho más estimulante que una novela escrita a veces pedrestemente, pero sin duda es una opción que provocará las iras de algunos que todos sabemos. No creo que ocurra, pienso que Capanna en eso yerra un poco (me parece que le ocurre lo mismo que a mí: es una vertiente del género que no nos agrada en demasía, pero sus fans se enfurecen cuando uno lo dice). Lo que sí es cierto es que da la impresión de que en ciencia ficción esté todo inventado y que las ideas frescas y novedosas sigan estando en las novelas clásicas --y menos clásicas-- del género. Los autores actuales están literariamente más y mejor preparados que los de ayer y anteayer: esto no lo dice Capanna, lo digo yo, pero es vox populi: los autores actuales escriben mejor, han asistido en la mayoría de casos a esos temibles talleres literarios a los que jamás acudieron Tolstoi, Galdós, Dickens, Flaubert, Cervantes o Dostoievski (ni Thompson ni Heinlein, por mencionar a dos autores de novela de género). Además, escriben en procesador de textos y tienen correctores automáticos (nada de escribir a mano con pluma o con una máquina de escribir Underwood o Hispano Olivetti sin electrificar), lo cual les permite producir unos textos muy bonitos literariamente. ¿Y si Dick, Heinlein o Bester hubiesen escrito en un moderno procesador de textos, corrigiendo, puliendo, hermoseando frase tras frase y página tras página, de una manera más cómoda a como lo hicieron? Bueno, eso no lo sabremos nunca.

    Un inciso, aprovechando que he mencionado a Heinlein: quienes nos perdonan la vida hablando bien de la ciencia ficción, suelen esgrimir unos argumentos realmente majaderos: aparte del "limpiado" de imagen a que someten a Dick y Ballard, por ejemplo, suelen "dignificar" a otros autores con estos argumentos: Asimov es un "gran divulgador" y "creador de las leyes robóticas" (es cierto); Arthur C. Clarke escribió el guión de la película 2001:una odisea del espacio, la considerada primera película adulta del género (es cierto: escribió el guión); Ray Bradbury es el "poeta y humanista" del género (es cierto: escribe poesía). Pero... ¿y Heinlein? Ah, es que Heinlein es, por decirlo así, "la prueba del algodón". No mencionar a Heinlein al hablar de los clásicos es una omisión imperdonable, y eso al margen de que gusto o no guste. La ciencia ficción le debe a Heinlein más de lo que a muchos les apetece reconocer, y soslayar su nombre por parte de los "dignificadores" es la clara muestra de su ignorancia respecto al género.

    Volviendo a lo que decía antes de este inciso: los nuevos autores están literariamente mejor preparados y --sobre todo-- mejor provistos para escribir con toda la comodidad del mundo. El problema es que, al acomodarse, uno parece... conformarse. El otro problema es que a ciertos lectores --los viejos--, todo nos suena ya un poco a leído. Haciendo un paralelismo con el rock, parece que en el mundo del pop-rock nada pueda ser ya inventado, sólo redescubierto. Digamos que no pocos grupos jaleados en los últimos diez años (¡o más!), derivan sus sonidos y estructuras musicales del british rock de los sesenta (por citar el caso más corriente). De ahí que, en ciencia ficción, a veces el editor prefiera ofrecer productos "sólidos" que aseguren las ventas (lo cual daría pie al chiste de que a veces esos productos se vuelven "gaseosos" o "líquidos", que son las otras formas del estado de la materia... creo, pues en ciencias yo voy más bien mal).
    "´Ciencia-ficción` se ha vuelto un sinónimo de ´fantasía`", dice luego Capanna, refiriéndose al lenguaje corriente de la gente de la calle, pero yo creo que también lo dice --o es aplicable-- a lectores y aficionados. Al final de su artículo dice: "La ciencia-ficción es parte de la cultura contemporánea y sigue sus vaivenes". Exactamente. Y son estas dos afirmaciones, creo que perfectamente asumibles por todos, las que señalan la diferencia del género entre ayer y hoy. Lo que hoy se llama ciencia ficción, "según una clasificación perpetrada por editores y libreros" --como dice brillantemente Capanna ya apenas iniciado su artículo--, y lo que era ayer, es decir, un género vivo relegado a revistas baratas y novelas de bolsillo, que supo abrirse paso vigorosamente merced a un buen montón --no unos pocos, no: un montón-- de escritores buenos, aceptables y vulgares, quienes lo entregaron triunfalmente a editores peseteros (o mercantiles, puesto que el término "pesetero" debe estar ya en desuso) para que lo transformaran a su antojo en lo que es ahora: una leve decepción (o no tan leve, depende de cada lector...) y una carrera de best-sellers. La ciencia ficción --al contrario que la novela policial, que se ha limitado a modernizarse-- ha tenido movimientos renovadores acordes con la renovación de la sociedad --de la que se supone reflejo--, pero ya hace años que no ha habido ninguna renovación que valga la pena tomarla verdaderamente como tal. El ciberpunk no fue más que un subgénero (y que copiaba fórmulas de la novela negra), como lo fueron las novelas sobre una guerra atómica o de catástrofes ecológicas en los años cincuenta y setenta, respectivamente. El "fundido" de novela de ciencia ficción con corriente general de la literatura --tan celebrado por algunos-- es imposible tomarlo en serio, porque en otros géneros ni se ha considerado tal posibilidad: una novela policial sigue siendo una novela policial. Tratar de dignificar el género considerando a ciertos autores o novelas actuales como novelas de corriente general que se adentran en la ciencia ficción o usan de ella, me parece una tontada: no es asi como ha de venir la dignificación del género, sino que ha de venir del propio género (Ballard, Dick, Leguin, Sturgeon, por mencionar a los mismos que indica Capanna como "cumbres" de la ciencia ficción).
    Difícilmente se logrará captar el interés de intectuales o estudiosos a través de procesos de "fusión" con la corriente general, pienso yo. Aparte de que no todos los autores están preparados para tal hazaña: puede de Geoff Ryman lo esté, pero no Scott Card. Y la preponderancia de sagas y series de fantasía --alta o baja, heroica o rupestre, da lo mismo-- en las tres últimas décadas han desprestigiado de rebote a la ciencia ficción, pues para muchos --volvemos a lo que decía Capanna en su artículo-- no hay apenas diferencia en la actualidad, y si la hay no se fijan o no les interesa.
    Seguimos, por tanto, especulando sobre por qué y cómo la ciencia ficción actual ha decaído. ¿Ha fallado el género? ¿Los autores? ¿Los lectores? Respuesta compleja. Yo diría que los esfuerzos creativos se dirigen ahora hacia otros campos. Cansa un tanto oír que el cine, el rock, el teatro, están en crisis y no hay ideas. Incluyamos la literatura de género --la ciencia ficción-- en ello. Pero en realidad, ¿no es un tanto absurda esa queja? Surgen nuevas formas de creación y de arte, y los esfuerzos de los creadores se dirigen mayoritariamente hacia esas formas, llámense diseño gráfico, videoclip, infoarte (arte creado mediante la informática). Nadie, pongamos el ejemplo más fácil, se queja de que los videclips de los años setenta --que ya existían-- eran mejores que los de hoy porque no es verdad y es fácilmente demostrable. De la misma manera, durante el Renacimiento nadie se quejó de la nula calidad de la novela realista... porque no existía novela realista, y de hecho  apenas existía novela. Unas (nuevas) formas de arte interesan a otros creadores pertenecientes a otras (nuevas) generaciones. Puede que en ciencia ficción esté (casi) todo dicho, lo que hace falta es empezar a valorar mejor el legado que hay del género y no lamentarse de la escasez de originalidad del presente. También es cierto que si la literatura ha de expresar y reflejar al hombre contemporáneo (como dice Capanna  respecto de la ciencia ficción en su artículo), el hombre contemporáneo (y occidental) de hoy no es muy presentable, por decirlo así. Puede que la mejor literatura --y también de ciencia ficción-- no sea precisamente la occidental (se nos olvidan los demás países del mundo, convencidos al parecer de que somos los reyes del mambo), sino la de países o continentes donde no existen listas de best-sellers ni imperios editoriales y superagentes literarios. Pero bueno, todo es opinable.
     

    May 25

    EL RIFLE DEL SHERIFF

    (c) 2006 by J.C. Planells (sobre material de 1959?)
     
    (Nota del autor: tal como se informa en la nota biográfica a mi relato incluido en la antología  Fragmentos del futuro, de Aroz Editor, escribí mi primer relato de ficción alrededor de los nueve años. Sin embargo, el reciente descubrimiento de unas páginas de "memorias" empezadas a escribir a los 18 años (¡¡¡), me permiten situar dicho primer relato un poco antes, acaso a los siete años. Tal como se informa en la mencionada presentación, se trataba de un western titulado "El rifle del sheriff". Vagamente recuerdo que lo escribí en la misma clase y el profesor, al enterarse, me lo hizo leer en voz alta a todos los alumnos. Fue muy celebrado. No hace falta decir que ese relato se extravió, o quizá se lo quedó el profesor. Al cabo de tantos años, quién se acuerda ya...Tampoco recuerdo su argumento, sólo algunos detalles sueltos: un sheriff, unos ayudantes suyos, un asedio en medio de un lugar rocoso, un disparo difícil... Casi medio siglo después, he escrito un nuevo relato tan breve como sin duda lo fue aquel, con idéntico título y los pocos elementos que recuerdo del mismo. Es un puro capricho sentimental por mi parte, y estoy seguro de que la historia no se parecerá en nada a la de hace tantos años, lo mismo que yo no me parezco en nada al niño que, para entretenerse, tuvo la ocurrencia de escribir su primer relato. Por las mismas razones, he procurado hacerlo lo más simple posible.)
     
     
        --Le tenemos acorralado, pero no podemos sacarlo de ahí ni acercarnos a él --informó Taylor.
        El sheriff Dobson asintió y contempló el paisaje. Un lugar agreste, rocoso, donde el forajido Ben estaba oculto, bien protegido, y una extensión llana que ellos deberían atravesar para capturarlo. Eso era ponerse a tiro de Ben, y lo sabían.
        --A lo mejor se rinde --bromeó Travis.
        --Lo mejor que puede hacer es largarse.
        --No, no puede hacerlo. Para ello ha de bajar de esas rocas, cruzar la llanura que hay detrás, y si nosotros rodeásemos toda esa rocosidad, lo tendríamos a tiro. No hay escapatoria. O nos mata, o le alcanzamos de milagro.
        --¿Con qué? ¿Tienes un rifle que alcance hasta donde se oculta?
        Todos callaron. Nadie disponía de un rifle de tanto alcance. Y aunque lo tuvieran, el lugar donde se había refugiado Ben era perfecto: una elevación rocosa presidida por dos grandes peñas con una estrecha ranura entre ellas que le permitían una visión completa de donde sus perseguidores permanecían apostados, mientras que ellos no podían verle a él. Era una situación de empate. Lo más lógico sería que Ben esperase a que anocheciese y huyera entonces en cualquier dirección, protegiendo los cascos de su caballo con tiras de tela y hierbas para no hacer ruido. Ellos seis sólo podían tener la opción de dividirse y tratar de rodear toda aquella peñascada, pero eso significaba exponerse durante un buen rato a los disparos del rifle de Ben, que sí era de largo alcance, no como los suyos.
        --¿Qué hacemos, sheriff? --preguntó Travis.
        Dobson miró el paisaje. Allá atrás, hacia su derecha, había otra rocosidad elevada que quedaba un punto más alta que el lugar donde se ocultaba Ben. Podía ir allí y... ¿qué? Meneó la cabeza.
        --Quedaos aquí y protegeos. Yo iré allí arriba --decidió.
        --Pero aquello queda igual de alejado... o más --dijo Travis.
        --Ya lo sé. Pero a lo mejor encuentro una manera de acercarme a él --dijo el sheriff.
        Retrocedió con su caballo hacia aquellas rocas, desviándose un poco para no llamar la atención de Ben, si le podía ver, y luego, al llegar tras ellas, empezó a subir con el caballo, aunque a la mitad de la ascensión tuvo que prescindir del animal y seguir a pie. Cuando llegó arriba del todo observó que, efectivamente, estaba un poco más alto que la posición de tiro de Ben, pero todavía más lejos que de donde había dejado a sus compañeros. Desde aquí, ni con un rifle de largo alcance le podría acertar. Empuñó el suyo y apuntó hacia donde se ocultaba Ben, hacia las dos rocas que le impedían verlo. A esa distancia, ¿Ben oiría el disparo? Disparo que ni siquiera serviría de nada, además. Dobson apretó el gatillo del rifle.
        Algo relució y se movió tras aquella roca. Sin duda el ruido de un disparo procedente de un lugar distinto al que se hallaban sus perseguidores había alarmado a Ben. Dobson disparó de nuevo, sin molestarse en apuntar a parte alguna, puesto que la bala no podía llegar a donde estaba Ben.
        El forajido se asomó como si tratara de discernir el origen de los dos disparos. Era evidente que le extrañaban puesto que no se dirigían contra él. ¿Entonces?
        Con asombro, el sheriff Dobson vio que Ben abandonaba su seguro refugio y empezaba a descender por donde sus hombres no podían verle, pero él sí. Pensó en avisarles para que corrieran a alcanzarle, pero era inútil; no le oirían y seguramente tampoco le entenderían. Siguió los movimientos de Ben, peñas abajo, a veces tapado por las rocas, pero siguiendo una ruta que, extrañamente, lo acercaba al alcance de su rifle. Dobson no entendía qué era lo que pasaba por la mente de Ben.
        Lo que pasaba por la mente de Ben era que un segundo tirador ajeno al grupo de sus perseguidores estaba acosándoles. Alguien que no iba a por él, sino que al ver a los seis intrusos, quizá en sus tierras, les disparaba para alejarlos de allí. Eso le permitiría descender mientras tanto y alejarse con rapidez. Lástima que no pudiera hacerlo por el otro lado, pues una gran sima le impedía el descenso con o sin caballo. En todo caso, si aquel misterioso tirador le veía no dispararía contra un hombre solo que se alejaba.
        El sheriff Dobson se dio cuenta de que en pocos momentos, Ben estaría al alcance de su rifle. Empezó a prepararse para disparar. No entendía el motivo de la extraña maniobra del forajido, pero no iba a desperdiciar la oportunidad de alcanzarle de un disparo.
        Cuando Ben llegó al pie de las rocosidades donde estuvo refugiado estaba ya al alcance del rifle del sheriff. Debía disparar ahora, pues en cuanto montase en su caballo, Ben giraría a la izquierda y le volverían a ocultar aquellas peñas. Dobson apuntó conteniendo el aliento y disparó.
        La bala atravesó limpiamente la cabeza de Ben.
        Más tarde, una vez estuvieron todos alrededor del cuerpo tendido de Ben, y mientras Travis sujetaba el caballo del forajido, Taylor le preguntó al sheriff:
        --Diantre, sheriff, ¿cómo lo hizo?
        El sheriff Dobson sonrió y dijo simplemente:
        --Parece que tengo un buen rifle.
     
    FIN.
     
    May 24

    ¿Y SI REALMENTE CONTROLAN NUESTRO CORREO ELECTRÓNICO?

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    Aun a riesgo de ser tomado por paranoico o por despistado, voy a contar algo que me ha ocurrido estos últimos días con mi correo electrónico. Antes de nada, diré que paranoico lo soy bastante y despistado un poco. Pero vayamos con los datos.
    Como todo el mundo debe saber, Hot Mail está cambiando estos días por un nuevo formato. El cambio es voluntario (y fácil); más adelante será forzoso. En fin, la semana pasada me decidí a cambiar al nuevo Hot Mail, con bastante renuencia por mi parte, ya que es conocida y divulgada mi ignorancia e inutilidad informática. En todo caso, todo sigue funcionando bien (más o menos bien), aunque cada vez que Microsoft introduce cambios o "mejoras" me fastidian como no se pueden imaginar.
    El caso es que hace apenas unos cuatro días, tras dicho cambio, al buscar en una carpeta de mi correo electrónico un texto sobre la película Domingo negro, de John Frankenheimer, para subirlo a este blog previa revisión de última hora, me encontré con que el texto, un largo estudio sobre la película, había desaparecido. Asustado, porque cada vez que tengo un tropiezo informático me aterrorizo como no se puede ni contar, revisé toda la carpeta donde debía estar guardado el texto. Nada, se había perdido. Incluso busqué en otras carpetas, pero en vano. No tengo muchas carpetas en mi correo, y suelo tenerlas medio vacías, excepto dos o tres, una de ellas la que guarda mis textos literarios para subirlos al blog. Achaqué su desaparición a un error mío cuando lo guardé en su día, hace meses, al escribirlo; pensé que debí meterlo en "correo no deseado" --donde eran eliminados a los cinco días--, en lugar de la carpeta habitual. Extraño, pero posible. Pese a mi inutilidad en informática, soy muy cuidadoso con estos textos, y teniendo las demás carpetas medio vacías es raro que sufra un extravío. Aun así repasé una y otra vez toda aquella carpeta de textos literarios, en vano.
    No me vi con ánimos de rehacer el estudio sobre el film, que era largo y pensaba además que me había quedado muy bien; ni siquiera recordaba lo que decía en él. Sólo alguien que escriba y se haya encontrado en casos parecidos puede imaginar la terrible frustración que representa extraviar un texto, sea relato o ensayo. Envié un e-mail a Christian Aguilera, lector fiel de mi blog, creador de la web cinearchivo que aparece en mi lista de recomendadas, y le dije lo ocurrido, pues compartimos la admiración por Frankenheimer, sobre el que precisamente ha escrito en uno de sus libros, diciéndole que debía corregir lo que meses atrás le escribiera acerca de nuevos comentarios sobre films de Frankenheimer, puesto que se me había perdido el de Domingo negro, y sólo me quedaba otra por poner (de momento).
    Y he aquí mi sorpresa cuando hoy, al buscar un texto en la carpeta donde debía estar... me lo encuentro allí tan tranquilamente. Confieso que por un momento he creído ver un fantasma; pero no, el largo comentario sobre Domingo negro había reaparecido tan misteriosamente como desapareciera. ¿Realmente se me pasó por alto al buscarlo? Cada vez estoy más convencido de que no lo pasé por alto, sino que en efecto, había desaparecido. Se da además la particularidad de que el título de ese artículo es muy largo: "DOMINGO NEGRO, de John Frankenheimer: El terrorismo antes del 11-S". Difícil no verlo en las muchas veces que recorrí de arriba abajo la carpeta ese título, desesperado, y en cambio verlo esta mañana sin ni buscarlo, apenas entrar en ella. ¿Fue el texto retenido por Microsoft cuando el cambio del viejo Hot Mail al nuevo?
    El lector veterano de este blog acaso recuerde un relato titulado "Aviso de aniquilación" que puse en los primeros meses de 2006. Era un relato de ciencia ficción, breve y humorístico, en el que el protagonista debía viajar a Estados Unidos, pero no tenía dinero para ello. Se iba a su cibercafé y mandaba un e-mail a una amiga suya de Brasil en el que incluía una serie de palabras en mayúscula. Más o menos, en el e-mail le decía: "Voy a Estados Unidos a pasarlo BOMBA. Sé que el viaje me va a ATERRORIZAR. Condoleezza Rice está de MUERTE". A continuación, se iba a su casa a esperar que viniera la CIA a detenerle y llevarle a Estados Unidos por enviar mensajes sospechosos de terrorismo. Este detalle del relato se me ocurrió unos días antes al oír al conocido mentalista Blake decir en una entrevista por televisión que nuestro correo electrónico está vigilado y depende de ciertas palabras concretas que sea interceptado o no. Mi personaje lo tomó al pie de la letra y probó a ver si le daba resultado: en la ficción, se lo dio.
    Yo no voy a decir que eso sea lo ocurrido con mi estudio sobre el film de Frankenheimer. Sólo le pido al lector que repase el título completo que le puse al artículo. ¿Soy paranoico por pensar que realmente me lo interceptaron, tradujeron (o quizá lo leyeron directamente en castellano), analizaron y decidieron que era un inofensivo estudio sobre una película antigua, y me lo reintegraron, pensando que no me daría cuenta de la momentánea desaparición? Pues si fue así, me di cuenta. En todo caso, dejo constancia de lo ocurrido por si sirve de algo...
     
    May 23

    JOSÉ MALLORQUÍ Y SU GALERÍA DE PERSONAJES

    (c) 1984 by J.C. Planells
     
    (Este artículo fue publicado en la revista Cairo nº 27, agosto de 1984. Algunos detalles del mismo los aproveché para artículos posteriores, incluido el estudio aparecido en cuatro entregas en este blog "José Mallorquí en la radio". Se reproduce tal cual, sin modificaciones. Debo decir que no pocos artículos sobre Mallorquí siguen conteniendo errores sobre la cronología de su obra --fechan "Lorena Harding" ¡en 1965! e ignoran "La casa de los Dalton", de 1965, debido a los errores de la monografía de Macías, que todos copian alegremente.)
     
     
    "Soy un escritor dotado con imaginación, cultura y un aceptable estilo literario." José Mallorquí.
     
     
    Abordar la figura de José Mallorquí significa encontrarse con un acontecimiento casi único en la novelística española de aventuras. Y a poco que se piense en ello, este "casi único" se convierte en "único". En efecto, la pervivencia de su obra es un hecho que no puede soslayarse ni achacarse a pasajeros fenómenos de popularidad o a determinadas épocas. Con la edición actual de El Coyote son ya cinco las veces que se han impreso las aventuras de Don César de Echagüe: En 1944 fue la primera edición por Cliper; en 1964 fue por Ediciones Cid; 1968, por Bruguera, si bien no se editaron todas las novelas; en 1976 fue Ediciones Favencia; y ahora, 1983, Ediciones Fórum con campaña televisiva promocional. Tras ello, no cabe hablar de "fenómeno generacional": Mallorquí ha sido saboreado y leído por generaciones que nada conocieron ni han conocido de la postguerra española o del éxito arrollador que tuvo el personaje en su primera aparición.
    Antes de que esto sucediera, Mallorquí (nacido en 1913), había estado cultivando desde 1933 toda clase de géneros para las editoriales en que trabajaba, primero Molino (donde empezó como traductor de Agatha Christie y Edgar Wallace, entre otros) y más tarde en Ediciones Cliper, a donde fue llamado por Germán Plaza. Comenzó con La novela deportiva, para la cual escribió relatos y novelitas ambientadas en diversos frentes deportivos; siguiendo con biografías de Colón y diversos Conquistadores españoles; novelas rosa como El despertar de Cenicienta; de aventuras como Ébano y La travesía del Audaz; policiacas como El misterio de los tres suicidas y El misterio de los guantes negros; personajes aventurescos en la línea entonces popular de La sombra y Doc Savage, creando a Duke para la misma serie de "Hombres audaces" que recogía a los dos primeros; Tres hombres buenos, también en la misma serie y que significó su primera incursión en el género del oeste. Mallorquí empleaba diversos seudónimos en aquel entonces, como J. Figueroa Campos, Amadeo Conde, etc. Mallorquí parecía ir tanteando diversos géneros, sin decidirse por ninguno en concreto. Años después, llegaría también a cultivar la novela de ciencia ficción, en la azarosa aventura de la colección Futuro, creando al Capitán Rido.
    En 1943, de la mano de Germán Plaza, empieza a llevar una colección de Novelas del oeste para Cliper, escribiendo varios títulos que serían reimpresos en 1958 en una colección de ochenta novelas. El número 9 de la serie se titulaba El Coyote y la firmó con el seudónimo de Carter Mulford. La novela no llamó la atención y pasó como otra más de la colección. Fue su esposa Leonor (como Leonor se llamaba también la primera mujer de Don César de Echagüe) quien le sugirió convirtiera al Coyote en una serie independiente de aventuras con toda una galería de personajes fijos. La idea fue rechazada por un editor, con el chiste de que "la gente se equivocaría al pedirlo en el quiosko y dirían ´El Cogote`en lugar de ´El Coyote`". Así la serie fue publicada por Cliper y conoció un éxito fabuloso que se prolongó al cómic, a la canción ("El jinete enmascarado"), a clubs de aficionados de toda España... Había nacido el porimer héroe de leyenda dentro de la novela de aventuras producida en España. Por un decreto de aquel tiempo, Mallorquí tuvo que firmar las novelas con su nombre real, en vez de seudónimo, puesto que se prohibía a los escritores españoles el uso de seudónimos anglosajones (decreto que en realidad sería olvidado y soslayado poco tiempo después). Gracias a ello, Mallorquí pudo triunfar y hacer popular su firma y convertirla en un símbolo de calidad y garantía, frente a tantos lectores que aún hoy siguen rehuyendo los nombres españoles en las novelas de género popular.
     
    Un héroe especial
    Las novelas de El Coyote no tienen comparación posible dentro de la novela habitual del Oeste. De inmediato se advierte en ellas una mayor preocupación por el elemento humano que por la acción. Mallorquí se recrea en hábiles diálogos, en la descripción de los personajes y crea toda esa "filosofía del Coyote", que tantas veces se ha comentado. Su dramatismo es de gran fuerza y no carece tampoco de humor en muchos de los personajes, a la cabeza de ellos Don César de Echagüe. En realidad, Mallorquí hubiese necesitado no restringirse en los folios que la editora marcaba como longitud máxima para desarrollar mejor lo que en ocasiones no era más que un memorable esbozo. Además, Mallorquí no convirtió a su personaje en un estereotipo sino que lo hacía evolucionar: con la lectura de los 192 títulos de la colección se asiste (si bien en un cierto desorden cronológico debido al ir alternándose aventuras antiguas con otras posteriores) al nacimiento de la figura del Coyote en la juventud de César de Echagüe; a su retorno a Los Ángeles para casarse con Leonor de Acevedo; al nacimiento de su hijo; a la muerte de Leonor en una trágica aventura; a la huida de Don César de California, de donde se mantiene alejado muchos años abrumado por el dolor de la pérdida; a su nuevo regreso y su siguiente matrimonio con Guadalupe Martínez, hija de un criado de la casa y que estaba enamorada de Don César desde los primeros episodios; al nacimiento de sus dos hijas y a su madurez como hombre. Don César es, pues, un personaje que va evolucionando a lo largo de las novelas, en tanto que su otro yo, El Coyote, es siempre el mismo y no siempre sale triunfante en sus empresas, que pueden terminar dramáticamente o en forma ambigua. No estamos por tanto ante la típica serie monocorde y triunfalista en que los buenos ganan y los malos pierden. Como decía el propio Mallorquí, los buenos pueden ser insoportables y los malos encantadores.
     
    Una galería de personajes
    Mallorquí creó una multitud de personajes, en otras obras, siendo alguno de ellos incomprendido, como Jíbaro Vargas, cuyo origen hay que buscarlo en una antigua novela, Tierra violenta, donde el padre de Jíbaro era salvajemente asesinado por varios hombres y este hecho marcaba la existencia del joven Vargas, que se lanzaría a una cruel e implacable venganza a lo largo de su vida. Los lectores sin embargo no conectaron con tal personaje y la serie nacida de él finalizó a los doce números (si bien Jíbaro aparecía en novelas antiguas y anteriores por tanto a la serie independiente). Esta serie, como El Coyote y otras más, obtenían gran éxito y número de ediciones en todo el mundo, hasta el extremo de que José Mallorquí se convirtió, tras Cervantes, en el escritor español más traducido.
    En 1954 resucitó a los Tres hombres buenos, convirtiéndolos en "Dos", especialmente para la radio. Creó un magistral personaje femenino en Lorena Harding, donde ya se podía advertir de forma más clara su excelencia como narrador y podía prescindir un tanto de sus temas de acción y violencia que quedaban para las aventuras de Guzmán y Silveira (los "Dos") o para otras novelas sueltas, como la serie Látigo.
     
    Una obra maestra
    La entrada de Mallorquí en la radio, en 1954 y dentro de la cadena SER, fue a la vez beneficiosa y perjudicial para él. Perjudicial, puesto que le habría de apartar al cabo de unos años de la novela: el escribir y adaptar tantos guiones para la radio le impidió hacia 1965 continuar sus novelas o novelizar lo que para el medio escribía. Pese a ello, la colección "Dos Hombres Buenos" llegó a los cien títulos y "Los Bustamante", publicada entre 1962 y 1963, sería su última serie de novelas. Toda su obra posterior sería escrita directamente para la radio y ya no sería objeto de edición en libro, lo cual es realmente triste y lamentable. Pero fue beneficiosa puesto que le permitió alcanzar unos niveles de calidad literaria y una libertad creativa como antes no conociera, en especial a partir de 1965.
    En ese año se emitió La casa de los Dalton, su obra cumbre y que abarcó 150 capítulos. Se trataba de lo más refinadamente literario y estilísticamente perfecto que había producido desde Lorena Harding. Calificarla como su obra maestra no es exagerado. Con innumerables personajes inolvidables, la historia se centraba principalmente en Virginia en la época inmediatamente anterior a la Guerra de Secesión y finalizaba con el término de la misma. Se asistía a una saga familiar repleta de romanticismo, aventuras, misterio, acción, drama, nostalgia y humor. Mallorquí revelaba un conocimiento exacto y preciso del ambiente y acontecimientos que rodearon aquella época histórica y el Sur de los Estados Unidos, cual si hubiera sido testigo presencial de la misma. Y todo ello servido con un estilo impecable que en ocasiones bordeaba lo proustiano, como cuando durante la batalla de Gettysburg Louis Clark describe cómo lotario Dalton se comía una zanahoria. Y no sólo eso: Mallorquí se sirvió de La casa de los Dalton como de una especie de campo de pruebas radiofónico, creando un estilo de narrar nuevo respecto al que se hacía entonces para el medio, y prescindiendo totalmente de narrador en muchos de los capítulos sin caer en ningún momento en diálogos forzados o reiterativos. Esto era algo nuevo en aquel entonces dentro de la radio. Pero Mallorquí ya había dado pruebas de saber entender las posibilidades del lenguaje radiofónico en programas tan memorables como La marcha del tiempo o La Tierra antes de Adán. Es posible que fuera la dificultad de traducir estos capítulos a la novela lo que le hiciera desistir --junto con su cada vez más ingente labor de guionista radiofónico-- de convertirla en libro. Hace unos años pregunté por la obra a César Mallorquí, el hijo menor del autor, quien me dijo que lo más probable es que estuviese perdida.
    Como perdidas quedaron sus otras producciones siguientes: Princesa, otra gran narración dramática posterior a La casa de los Dalton. Y Último sol, La sangre de los Yberon, Lydia y María del Mar, sus últimas novelas en las que sorprendió a todos al abandonar el tema del oeste y traspasar la acción a España y en época contemporánea. Este hecho desconcertó  tanto que juzgar sobre su calidad se convierte casi en un problema insoluble. Como escribe Álvarez Macías en su ensayo sobre Mallorquí: "Era como si Galdós de pronto se hubiese dedicado a escribir novelas de cowboys".
     
     
    Un final dramático
    José Mallorquí se suicidó en 1972, menos de un año después de la muerte de su esposa, hecho al cual no supo ni pudo sobreponerse. Ella había sido su musa inspiradora, su mejor consejera y alentadora. Los que le conocieron el sus últimos meses advirtieron en él una grave transformación: no sentía interés por nada ni ánimos para escribir. "No se me ocurre nada. Me repito", decía. Y un día tomó uno de sus revólveres de su colección de armas y terminó con Don César de Echagüe, con Guzmán y Silveira, con Lorena Harding, con "Princesa", con la familia Dalton y Louis Clark, con los Bustamante, con Jíbaro Vargas, con Pancho Cruz, con Gutiérrez, con Britt Munro, con los hermanos Lasierra, con Lee Terrell, con Jenny Dugan, con Adelita, con Carrizo, con...
    Pero todos ellos habían entrado ya en la leyenda de la mano de un hombre muy gordo, de gruesas gafas y que fumaba en pipa, que conocía muy bien el Oeste colonizado por españoles, y que se fue encontrando con ellos dentro de su máquina de escribir...
     
    "Mis personajes actúan como ellos quieren. Yo me limito a transcribir lo que hacen. Obligar a un personaje a hacer lo contrario de lo que él quiera, puede hacerse si uno tiene oficio de escritor; pero entonces el personaje se rompe y deja de ser un personaje vivo. No, no, los personajes tienen una vida especial." José Mallorquí.
     
     
     
    May 21

    EL CINE GLORIA

    (serie Relatos autobiográficos-18)
     
     
    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
        En realidad, yo fui muy pocas veces al cine Gloria, pero se acabó convirtiendo en un símbolo de mi niñez y primera adolescencia, precisamente a causa de eso: porque estaba muy cerca de casa, en la Gran Via entre Borrell y Viladomat, y pasaba frente a él diariamente cuando iba y volvía del colegio acompañado por mi padre y ya de mayor yo solo. Pero como espectador, lo frecuenté poco. Desapareció muy tempranamente, en 1966, sustituido por un edificio de viviendas, lo mismo que todos los cines del barrio. No voy a explicar lo que representaban esos cines de reestreno en aquella época, porque suena a aburrido y no deseo acabar en la nostalgia y la lagrimita a que tan proclives son los cinéfilos medio moribundos como yo mismo, así que daremos por sobreentendida esa parte e iremos a lo práctico.
        Cuando yo estaba entre los nueve y trece años, aproximadamente, los cines que frecuentábamos eran el Emporio (Consejo de Ciento, 217), Iris (Valencia, 177-179) y Avenida (Paralelo, 180, esquina Vilamarí). Había algunos más, como el Florida (aún existe como multisala Renoir), el Publi (desapareció hace muy poco) o el Atlántico en las Ramblas, que estuvo especializado en documentales, dibujos animados y cine cómico. Pero lo que me interesa es hablar del cine digamos adulto que yo podía ver en aquella época, es decir: ninguno. Puesto que en ese período de mi vida las películas estaban clasificadas como "aptas" y "no aptas" (las más interesantes, claro). Años más adelante, cambiaron las clasificaciones y hubo una intermedia, "para mayores de 14 años", y el resto, lo "no apto", era "para mayores de 18 años", pero para ese entonces yo ya pasaba de 14 años y el problema era menor. En la edad crucial, de los 9 o 10 años a los 13 o así, el cine bueno, el cine interesante, era "no apto" para mí. Y eso a mi madre la ponía negra.
        A mi madre le entusiasmaba el cine desde jovencita. No es difícil imaginar de quién he heredado la afición. A mi padre le gustaba, pero menos, y en plan un poco ordinario y vulgar: películas españolas, del oeste..., en fin, cosas poco presentables en sociedad. Mi madre era más entusiasta y selecta, ya desde joven,  y esto a su hermana (la llamaré mi tía aquí por comodidad, aunque como se explicará en el último capítulo de esta serie me repugna llamarla así) la fastidiaba las más de las veces: mi madre se empeñaba en arrastrar a toda la familia al cine para ver "la última de (y aquí el nombre de un actor de moda entonces)" o "ese estreno de (otro nombre de moda en los años treinta)", sin hacer caso de si tenían otros planes o no; y con las amigas hacía lo mismo, las arrastraba en masse para ver ese o aquel estreno tan interesante, y si no querían ir las obligaba a cambiar de planes o se iba sola tan campante dejando plantado a todo el mundo. Así lo contaba la imbécil de mi tía: cómo Carolina (mi madre) deshacía alegremente los planes de todos para ver a Greta Garbo o a Clark Gable o a Robert Taylor con un entusiasmo que a ella (a mi tía) la dejaba estupefacta. "Pero si habíamos pensado en ir hasta Montjuich en el tranvía y..." "Ah, ya, sí, pero es que esa nueva de Chevalier, El desfile del amor, parece que está muy bien presentada. ¡No nos la podemos perder!" "La podemos ver otro día." "Pues se puede ir en tranvía en otra ocasión", terminaba tozuda como una mula mi madre frunciendo levemente el ceño. Y al final, iban todos a remolque suyo a ver El desfile del amor o lo que fuera que estrenasen.
        (Esto lo siguió haciendo aún en mi niñez: se las apañó para arrastrar a medio vecindario para ver el estreno de Lo que el viento se llevó. Y debo decir que en algunas ocasiones, yo fui su víctima propiciatoria: Debía de ser hacia 1957, pues la película es de 1956, cuando me llevó una tarde deprisa y corriendo al cine Novedades porque estrenaban El hombre que sabía demasiado, de Hitchcock, y era "apta". Ir a un cine de estreno era un lujo muy raro por no decir impensable durante mi niñez, un gasto que no nos podíamos permitir. Sin embargo mi madre me arrastró literalmente al cine para ver aquella película. Innecesario decir que a mi edad yo no tenía ni idea de quién era Hitchcock (ni de nada). "¿Eso de qué va?", le pregunté muy intrigado por las prisas, cuando estuvimos sentados en las butacas. "¡Es el suspense! ¡Eso es el suspense! ¡Ya verás!", me dijo, radiante y feliz. Unos años más tarde, hacia 1961, creo recordar, un sábado le entraron las mismas prisas para que fuéramos al cine Dorado, un cine de estreno doble, es decir, de películas no muy importantes --españolas, alemanas, oeste...--. Yo no sabía ni qué hacían y me dejé llevar, y cuando llegamos al cine me miré los carteles y las fotos entre intrigado y escéptico: era una reposición o un estreno de una película muy antigua, y lo cierto es que no me resultaba nada prometedora aquella cosa, con aquel título y aquellas caras. "¿Y esto qué es?", le pregunté muy poco entusiasmado. "¡Ya verás, hijo, ya verás." "Bueno, pero qué son y de qué va." "Ya verás", contestaba ella, otra vez radiante y casi levitando. Diantre si lo vi. Ese día no se me olvida nunca: ese día vi Los hermanos Marx en el Oeste, la primera película de los hermanos Marx que veía, y que me dejó asombrado, alucinado. Con el tiempo me he dado cuenta de que mi madre es la única mujer que he conocido a quien le gustaran los hermanos Marx. Supongo que habrá más, claro, pero...
        Así que cuando mi madre se encontró con que un niño de nueve a doce años no podía entrar en los cines para ver la mayoría de películas buenas e interesantes (o más o menos buenas o interesantes) porque eran "no aptas", se puso negra. A ella no le daba la gana de ir al cine con mi padre, a quien sólo le interesaban "de tiros" o "españolas de risa" y ella no quería perderse esto y lo otro y lo de más allá. Yo ya estaba chiflado por el cine desde muy pequeño, así que me tragaba lo que me echasen sin complejo alguno. Lamentablemente para mi madre, el cine "apto" era el que era, y ella ya estaba hasta la permanente de tragarse películas de gladiadores, por ejemplo, pues en aquella época eran una verdadera invasión y me temo que tanta película de gladiador ha despertado muchas vocaciones gays: tanto Gordon Scott y tanto Steve Reeves luciendo músculos, piernas y torso, tanta faldita corta tenía que acabar mal entre una generación de chavales educados en colegios de religiosos donde nos decían que mirar a una mujer o a una chica era un pecado horrendo y debíamos CORRER A CONFESARNOS si lo hacíamos. Así pues, las tres cuartas partes de los alumnos se miraban a Scott y a Reeves y se ponían... a tono. Puede que sin darse cuenta, pero se ponían a tono. Puedo dar fe de que hubo alguna que otra pasión volcánica entre escolares por culpa de tanto gladiador. En fin. Aparte de esas cutreces, estaban las películas religiosas, las de aventuras más o menos históricas, muchas (pero no todas) del oeste, las españolas, y alguna otra cosa irrelevante. Mi madre temía que tanta película de gladiadores y tanta memez aventurera y tanta españolada acabara desequilibrando su ya un tanto precario estado mental y luego afectara al mío, que se estaba formando. Así que decidió investigar por su cuenta en busca de soluciones para una mejor formación cinematográfica. (Recuerdo que a la salida de Ben Hur, que me había gustado mucho, le pregunté si le había gustado también a ella. Me respondió: "No son películas que nos gusten a nosotros". Me dejó descolocado, y no sólo por el plural mayestático, al que era muy aficionada porque iba de fina y señorial por la vida, sino porque no entendía que no le gustase Ben Hur. En fin, yo era un crío en ese entonces y nada sabía de los gustos y aficiones de una mujer que tenía entonces unos cuarenta y cinco años, más o menos. Este recuerdo empalma con otro, más entrañable: poco tiempo antes de morir, cuando su estado mental era ya irreversible y caótico, se quedó embobada mirando un pase televisivo de La última película, de Peter Bogdanovitch: ésas eran las peliculas, los temas que a ella le gustaban, e incluso en su pésimo estado mental, fue capaz de reconocerlo y de reconocerse y recobrarse durante un par de horas como espectadora. Una especie de regreso al pasado, a lo que fue.)
        Las soluciones más o menos ya existían, pues en aquellos tiempos había cines de reestreno que "dejaban entrar" una vez a la semana, por la noche, y eso se sabía y comentaba entre vecinos o conocidos. He de confesar que sin embargo no lo he oído contar nunca a nadie, ni siquiera a esos nostálgicos moribundos, y sin embargo yo me harté de ir con mis padres a la sesión de las nueve los miércoles por la noche al cine Emporio, previa llamada a taquilla "por si había moros en la costa". Así, podía verse un programa "no apto" tan tranquilamente. Allí pude ver películas "no aptas" ya de muy niño, como Psicosis, Un maldito embrollo, La gata negra, La noche, Drácula, La maldición de Frankenstein... Películas que pocos niños vieron a la edad que yo las vi, sólo unos cuantos privilegiados cuyos padres decidían saltarse la "legalidad". El Emporio no era el único cine, como luego se verá, pero no todos practicaban esta "ilegalidad" que les podía costar multas o cierre de la sala. De todas formas, lo prudente era llamar antes, pues en alguna rara ocasión se nos avisó de que ese miércoles era mejor no ir pues el inspector de la social estaba muy encima de lo que ocurría, o porque que era una película muy vigilada o conflictiva; creo que esto ocurrió un par de veces, y una de ellas con un drama americano que a mí me interesaba mucho ver. Puede que fuera Dulce pájaro de juventud, con Paul Newman, pero no lo aseguro.
        A mi madre, conforme yo iba creciendo y el cine "no apto" era más abundante cada vez, no le bastaba con una "ilegalidad" a la semana: quería más, y por tanto siguió investigando. ¿El cine Gloria, ése tan cerca de casa? Mala suerte: el cine Gloria era de los duros: ni pensar en que un niño entrase a ver cine no apto, vamos, habrase visto... Se marchó triste y cariacontecida. Había otros, pero siempre por la noche, como el Iris o el Rex, y mi madre, exigente ella, quería en domingo o sábado por la tarde, ¡ahí es nada! Finalmente, por mediación de la madre de un compañero de colegio encontró justo lo que quería: el cine Avenida, en el Paralelo esquina Vilamarí, dejaba entrar a los niños a ver cine no apto los sábados por la tarde. Y ése fue el cine fijo de los sábados durante unos años: películas americanas, policiacas, dramas, comedias, o cine italiano, francés... Yo alucinaba, vaya. Y luego me quedaba un tanto intrigado, preguntándome por qué no eran aptas. Por ejemplo, una de las primeras que vi en el cine Avenida fue Mujeres frente al amor, melodrama americano con Stephen Boyd y Joan Crawford, entretenido, pero que no entendía por qué era no apta; y no sólo eso: en la clasificación moral de la Oficina Católica, tenía endosado un "4: gravemente peligrosa", lo que aún me desconcertaba más. Desde luego, no era muy conveniente ir luego el lunes diciendo a los compañeros que había visto Psicosis  o Mujeres frente al amor o La gata negra, porque una vez que se me escapó decirlo (creo que fue cuando había visto Dos mujeres), uno de ellos, un tal Gispert, se me quedó mirando incrédulo y dijo que cómo era posible que hubiera visto una película no apta.
        Pero la cruz que llevé encima fue no poder ver nunca las películas que exhibían en el cine Gloria, tan cerca de casa, frente al que pasaba cada día al menos dos veces yendo o viniendo del colegio... Debido al circuito de programación de cines de reestreno de aquellos tiempos, las películas que se exhibían allí no pasaban nunca ni al Emporio ni al Avenida, con lo cual nunca pude verlas; yo miraba las fotos y los carteles de aquellas películas con aire de pena y tristeza. Así, me quedé sin ver un Eddie Constantine inesperadamente "no apto", El club del crimen, mientras que en el Emporio me hinchaba de verlas, y ni sabía si eran aptas o no. Tardé años en verla en un pase televisivo o en Filmoteca. Lo mismo ocurrió con dos westerns, inesperadamente "no aptos", exhibidos en el Gloria, para gran rabia mía: Desafío en la ciudad muerta y Duelo en la alta sierra. Finalmente los vi con casi treinta años, en televisiones o Filmotecas. Y muchas otras, por supuesto, que no recuerdo. O como Dulce pájaro de juventud, si bien ésta no sé si la pasaron en el Gloria o fue una de las noches en que la taquillera del Emporio nos avisó de que no fuéramos porque estaba muy vigilado. Verano y humo  no pude verla hasta pasados los cuarenta años, en un único pase en la Filmoteca.
        En fin, mi madre desde luego no se las dejaba escapar e iba a verlas o sola o con una amiga entre semana. Y luego yo, claro, intrigado por esas películas y triste por no poder verlas, le preguntaba de qué iban. He de admitir que mi madre no era la mejor del mundo a la hora de explicar películas. Veamos unos ejemplos.
        --Mamá, esa de La isla de Arturo, ¿de qué va? ¿Qué pasa en ella? --La isla de Arturo, de Damiano Damiani, era otra que pasaron en el cine Gloria y que yo me moria de ganas de ver, en lugar de tanto gladiador y tanto espadachín.
        --Pues es un hombre que está en esa isla, y hay unos chicos también.
        O:
        --Mamá, ¿qué pasa en esa de Paul Newman, Dulce pájaro de juventud?
        --Figura que vuelve a su pueblo y al final le pegan.
        Claro, yo con eso me quedaba más o menos como antes. La isla de Arturo nunca he logrado verla, aunque de joven me compré la novela original de Elsa Morante, que no me desagradó del todo. ¿Y cuántas otras me he perdido para siempre por culpa del "no dejar entrar" del cine Gloria?
        Seguramente, muchos encontrarán divertida esa manera tan escueta de contar la películas que tenía mi madre. Mi tía (su hermana, como ya he dicho antes, y que aquí sigo llamando tía aunque de mala gana) era todo lo contrario. Para que el lector lo entienda, recurriré a un imaginario ejemplo, inspirado en un conocido chiste de Eugenio. Supongamos que hubiese existido una película titulada La guerra de los cien años, clasificada como "no apta" y que yo estuviera interesado en ella; sabiendo que mi tía ha ido a verla, yo, inocente de mí, le pregunto:
        --Tía, esa película de La guerra de los cien años, ¿de qué va?
        --Pues, mira, resulta que el primer día de la guerra, a las cinco de la mañana...
        ¿Queda claro? Pues eso no es todo. Una vez hubiera llegado al último día de la guerra, en el último de los cien años, hubiera dicho:
        --... y de esta manera acabó. Ya ves cómo fueron las cosas. Fíjate que todo empezó cuando el primer día de esos cien años, a las cinco en punto de la mañana...
        ¿Se entiende del todo ahora? De ahí que entre el estilo escueto de mi madre y el prolijo de mi tía, me quede con el de mi madre. Mi tía en cierta ocasión me explicó una obra de Paco Morán, Sin chapa y sin collar, que le gustó mucho, y su explicación duró cerca de una hora, con diálogos completos, gesticulaciones, descripción del decorado, repetición de algunas escenas importantes, etc., etc. Y una vez hubo concluido... volvió a empezar a partir del primer acto. Así hasta tres veces. Eso no es todo, querido y sufrido lector: como yo nací imbécil, en un par de veces que la visité más adelante, al preguntarme si la había visto --es que le chiflaba la obra-- y contestar yo, lógicamente, que no la había visto... ¡¡¡me la volvía a contar otras tres veces con pelos y señales!!! A la siguiente visita que salió a colación esa puñetera obra, le dije que sí la había visto, pero ni aún así me salvé de que me comentara las escenas clave.
        Es posible que me equivoque, pero yo creo que quienes vimos ese cine "no apto" a esa edad en que yo lo vi, nos hicimos un poco más listos que los que se tragaban gladiadores y pistoleros y espadachines y películas mejicanas de "El Santo" (no sé si eran "aptas" ahora que lo pienso) y españoladas y cutreces varias. Puede que no, porque si he de juzgar por cómo soy..., en fin, de listo, nada, vaya. Mientras que los que se mamaban a los gladiadores y a los pistoleros han llevado vidas ejemplares, se han casado, tenido hijos, ido a misa y formado hogares decentes y cristianos para ejemplo de la sociedad. Es así, ¿no?
        Lo que trato de decir es que resultó que películas "no aptas" como Mujeres frente al amor, La noche, Un tranvía llamado Deseo, No me digas adiós y tantas otras (muchas ostentando el "4: gravemente peligrosa" de la oficina de calificación moral de la Iglesia) me resultaban más interesantes y estimulantes que no otras como El jorobado de Lagardere, El Álamo o La guerra privada del Mayor Benson (aptas), que desde luego me gustaban y las disfrutaba: no hay que olvidar que yo era un crío; pero ofrecían lo normal para un niño: aventura, acción, épica, humor algo simple... Mientras que los films de Antonioni, Pietro Germi, Kazan, o el citado de Negulesco, con independencia de que cinematográficamente fueran buenas, malas o regulares, me hablaban de mundos de personas mayores a los que se suponía yo no debía acceder: de ahí lo que revestían de misterio, de enigma y atracción para mí. En breve, ofrecían cosas distintas a las piernas y los biceps de Gordon Scott y Steve Reeves. Además, esas películas de romanos y gladiadores no eran muy indicadas para mí, al parecer, porque mi padre aseguraba que estaba obsesionado por el culo de los gladiadores, y me temo que es cierto: recuerden lo que dije al principio sobre las vocaciones gays: si te muestran el culo de un gladiador pero no el de la esclava o la princesa... en fin, acabarás persiguiendo culos de gladiadores. Puede que por eso mi madre se empeñara en que viera otra clase de cine para que no acabara idiota o persiguiendo culos de caballeros, y me asomara un poco al escote de la Loren o de la Lollo, o le echara un vistazo a Shirley McLaine, que por entonces se las apañaba para aparecer casi siempre envuelta en una toalla en varias de sus películas, como Ella y sus maridos o Todo en una noche, visibles sólo en los famosos "no aptos", y que mi madre celebraba particularmente como cosa muy natural. Pero además sospecho que yo era incapaz de pillar a veces de qué iba la cosa en esas películas de gladiadores. Una anécdota bastante rara de cuando tendría diez u once años: estábamos en el cine Excelsior viendo La rebelión de las esclavas (o igual era La rebelión de los gladiadores, porque todas eran parecidas), y un personaje decía, respecto a los cristianos: "Estos cristianos son muy extraños. Prefieren ser torturados hasta la muerte en vez que renunciar a su Dios." Y yo, sin pensarlo, solté en voz alta: "¡Qué burros!". Inmediatamente me puse colorado, al caer en la cuenta de lo que acababa de decir en un cine lleno de gente de la España de 1962, aproximadamente. Pero ni mi madre ni nadie hizo el menor caso ni demostró haberme oído. Lo más extraño del caso es que yo estudiaba en un colegio de religiosos, con misa diaria a primera hora, ejercicios espirituales muy duros en Semana Santa, obligación de confesar y comulgar cada tanto o dar explicaciones de por qué no lo hacía, charlas de religión con excesiva frecuencia... Así que, con el empacho de religión católica que llevaba, no entiendo cómo solté esa frase en el cine. ¿La excusa es que yo era un niño muy raro? Pues lamentablemente no sé contestar a esa pregunta ni queda nadie vivo que pueda contestarla.
        En fin, sí llegué a ir alguna vez al cine Gloria: cuando era apto, aunque muy de tarde en tarde, porque a mi madre no le gustaba ese cine o le tenía manía. Era un cine muy grande, con un patio de butacas enorme, al igual que tantos de reestreno en aquellos tiempos. También fui por mi cuenta, cuando ya de más mayorcito podía entrar a ver películas "para mayores de 14 años", pero como cerró en 1966, pues fue escaso el tiempo que lo frecuenté. Y curiosamente, lo echo más en falta que al Emporio, donde iba una vez por semana durante años, o a cualquier otro. El sabor de lo prohibido, supongo; la nostalgia de lo que no se pudo tener, quizá. Lo que no nos dejaron tener, acaso.
        (Anécdota fuera de lugar: el cine Central, de la calle Aribau, era uno de los más guarros de Barcelona, junto con el Hora y algún otro. Allí, cuando tendría unos diecisiete años o asi, e iba ya solo al cine, ¡me metieron mano! Supongo que alguien dirá que qué tiene de particular eso, que esas cosas podían pasar o pasaban en los cines de según qué barrios y tal. Hombre, sí. Pero es que lo normal o lo esperado en estos casos es que te metan mano desde la butaca de al lado. Lo raro e inusitado es que te metan mano ¡desde la butaca de enfrente!, como me ocurrió en ese cine.)
        El Avenida desapareció en 1971; para entonces ya hacía años que había dejado de ir a él. Al Emporio o al Iris, por estar más cerca de casa, iba cuando hacían algo interesante. En realidad, me olvidé de mis cines de niñez y adolescencia sin ni darme cuenta conforme iba creciendo y empezando a salir por mi cuenta. El Avenida desapareció fácilmente de mi memoria a partir de los catorce años. Sin embargo, creía ver --y creo ver-- el fantasma del desaparecido Gloria aún a veces, pasando frente a él y recordando la cantidad de películas que me quedé sin ver en ese cine tan próximo, tan lejano. Creo que el último de los cines de mi niñez que visité fue el Iris, allá por 1971. Pero eso es parte ya de otro tiempo, otro mundo y otra historia.
     
    FIN.
     

    May 19

    ZODIAC, de David Fincher: La película de moda

    (c) 2007 by J.C. Planells

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     Antes del estreno en España de la última película de David Fincher había leído unas cuantas críticas y conmentarios altamente elogiosos de la misma, que más o menos la calificaban de excepcional, innovadora y diversas maravillas más. Bien, ante todo he de decir que Zodiac no es una mala película: simplemente es un film bastante interesante, pero nada más (lo que acaso no sea poco hoy en día). Pero no ofrece nada que no esté mucho mejor expresado en, por ejemplo, El estrangulador de Boston de Richard Fleischer, y Nadie está a salvo de Sam, un film de Spike Lee que no ha visto casi nadie y que ofrece todo lo que nos dicen tiene el de Fincher. Las virtudes --o al menos muchas de las virtudes-- atribuidas al film de Fincher están presentes en estos dos films, que sí impactan al espectador y sí le dejan recuerdo. Me temo que, como coincidían muchas de esas críticas y comentarios, el modelo seguido para Zodiac es el del oscarizado Todos los hombres del presidente, un Pakula francamente detestable que le ganó el favor de la industria (y le reportó eso: premios a malsalva). Esa comparación ya me hizo temer lo peor, y realmente, Zodiac es un perfecto remedo del film sobre el escándalo Watergate, donde Nixon es sustituido por el asesino del Zodíaco, y los dos periodistas son sustituidos a su vez por una doble pareja de policías y periodistas. En principio no importaría si cinematográficamente Zodiac fuera una película brillante (lo que desde luego no era el film de Pakula): Fincher reúne méritos para ello, y lo ha demostrado antes. Pero esta vez, Fincher no ofrece brillantez sino pesadez. El film carece de vigor y de personalidad, y el tan cacareado afán de perfeccionismo de Fincher --que le llevó a no pocas peleas con Robert Downey Jr-- no aparece por parte alguna. No sólo eso: su dirección de actores es sencillamente mala (¿para qué tantas repeticiones de escenas, pues?). Jake Gyllenhaal hace un trabajo digno de un comparsa de Els pastorets; Robert Downey Jr., siempre un actor sensacional, está gris; Mark Ruffalo está descompensado: a veces brilla y en otras está ridículo, por culpa de Fincher al filmarlo en varias escenas con una gabardina y un corte de pelo que parece el teniente Colombo de la televisión (es difícil contener la carcajada en las escenas en que investiga el asesinato del taxista); Philip Baker Hall hace de eso: de Philip Baker Hall, y el resto de actores sigue una onda parecida: mediocridad. Salvemos de la quema a John Carroll Lynch, que está muy bien en el papel del principal sospechoso de los asesinatos. Por lo demás, en una película cuya acción empieza en 1969 y llega hasta los años noventa, los actores aparecen iguales como si el tiempo no pasara para ellos; como mucho, Jake Gyllenhaal se deja una barba de dos días a lo Don Johnson, y eso es otra muestra más de que ese afán de "perfeccionismo" no aparece por parte alguna.

    Fincher tiene notables virtudes como cineasta, pero en esta ocasión ofrece una película de corte tradicional, sin riesgos, lineal, que impacta escasamente en el espectador y no ofrece nada que no se haya visto antes muchas veces (y mejor presentado). ¿La mejor escena? El interrogatorio en su lugar de trabajo del sospechoso y los policías, bien planificada y bien resuelta. El resto es puro tópico: escenas algo bochornosas, como cuando Ruffalo decide llevar a su hijo en coche en vez de que vaya en el autobús escolar, digna de un telefilm dominical; la pendiente y caída del personaje interpretado por Robert Downey Jr, que simplemente hay que aceptarla porque nos lo filma bebiendo whisky y consumiendo drogas, pero sin decirnos los motivos de esa pendiente y caída; el personaje de Chloe Sevigny, florero absolutamente molesto y prescindible. No estamos, pues, ante un film documental o una indagación histórica o recreación de una época, sino ante un entretenimiento discreto, esforzado que se ve y se olvida fácilmente. Como dije al principio, no es un film malo: Fincher no es un inepto, aunque en esta ocasión lo parezca. Simplemente, este afán de vendernos "la moto" por parte de tantos críticos y comentaristas me resulta muy altamente sospechosa. Creo que fue Jaume Figueras el que una vez dijo que convenía desconfiar de estos entusiasmos tan excesivos.

     

    May 18

    ALGO (NADA, EN REALIDAD) SOBRE PÍO BAROJA

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Hace poco vi en el mercado dominical de Sant Antoni, el de libros viejos, uno de Pío Baroja que no había oído mencionar nunca: Comunistas, judíos y demás ralea; llevaba un prólogo de Giménez Caballero y se publicó, según he averiguado más tarde, en 1938. Por lo visto se trata de una antología de textos, presumiblemente de Baroja; lo digo porque ni me molesté en hojearlo, aunque sí noté por la cubierta que era muy antiguo (debía de ser la edición de 1938, u otra de 1939, según datos que he encontrado).
    Baroja es un autor al que he intentado leer en múltiples ocasiones, pero en pocas lo he logrado. Sí conseguí terminar la trilogía "La lucha por la vida" (La busca, Mala hierba y Aurora roja), además de un par de novelas de su última época (Laura y Susana) y apenas un par de novelas de su serie "Memorias de un hombre de acción". Empecé otras varias, desistiendo siempre al cabo de un mayor o menor número de páginas, y casi al borde de un ataque de nervios; para un galdosista como yo, leer a Baroja supone más o menos una tortura. Su estilo, tan opuesto, tan radicalmente contrario al estilo de Galdós, constituye, en efecto, una prueba de nervios. Y sin embargo, este hombre tiene grandes admiradores, multitud de seguidores, aparte de los estudiosos de literatura, naturalmente. Y eso, entre toda clase de generaciones. No puedo decir que la trilogía "La lucha por la vida" no me agradase, porque sería falso; ciertamente, me pareció una serie notable. Pero en ella, lo mismo que en todo Baroja, existe ese estilo suyo tan profundamente molesto e irritante, esa manera de escribir brusca, desordenada, sin aparente orden ni concierto, desmañana, deslavazada, tosca, como si escribiera a impulsos del momento, sin un plan preconcebido, esa forma de narrar que parece --y creo que lo es-- de un descuido total. Trapiello --gran galdosista y a la vez gran admirador de Baroja-- reconocía en uno de sus libros que no pocas veces es un autor capaz de terminar con la paciencia del más ferfiente lector al cabo de quince minutos, precisamente por ese estilo antigaldosiano que muestra en su narrativa. Según parece, como persona no era como muy agradable que digamos, y creo que para los vascos representa algo parecido a lo que Pla representa para los catalanes, o, al menos, para según que clase de catalanes que se acuestan y levantan con la bandera como sábana; qué triste es supeditar la cultura a la política y relegar a según qué autores en función de su pensamiento político --mejor dicho: el que algunos les adjudican...--. Tuvo fama de hosco en sus años de vejez, así como de persona que dedicaba nula atención a su higiene personal. De joven fue lo que décadas después se llamaría un "joven turco": cargaba y criticaba contra los escritores ya consagrados cuando él apareció como aspirante a hombre de letras. El problema es que parece que todo esto se conserva en sus memorias y escritos de recuerdos, que, por otra parte, al igual que cualquier escrito memorialista de un literato, son siempre interesantes.
    Trapiello contó de él una anécdota que si no es cierta, merece serlo. En la posguerra española, recibió en su casa la visita de un lector entusiasta, militante falangista, que estuvo departiendo con Baroja durante algunas horas, en un clima de gran cordialidad. Al terminar la visita, Baroja le dijo a su visitante --y queda la duda de si sabía o no su militancia política--: "Es mejor que no pase por la calle X para volver a casa, porque a esta hora esos cabrones de falangistas suelen circular por ella buscando camorra".
    Se convirtió en un viejo hosco y retraído, quizá debido a pasadas posiciones ideológicas y políticas que según quiénes no le perdonaron. Pero, volviendo a su literatura --lo que a fin de cuentas es lo que interesa--, perteneció a esos escritores que surgieron tras la novela decimonónica, practicando un realismo más crudo y descarnado que el de Galdós o Pardo Bazán. Fue  tremendamente prolífico: su serie "Memorias de un hombre de acción" comprende 22 volúmenes, una suerte de episodios nacionales que tratan aconteceres principalmente de la guerra carlista y el absolutismo, pero que están a miles de años luz de los episodios galdosianos en cuanto a riqueza literaria y colorido; además, sus novelas --muchas de ellas formando trilogías o series--, comprenden quizá un número parecido, a lo que hay que añadir relatos, teatro, ensayos... En fin, uno desearía disfrutar de ese autor, desearía que sus novelas le gustasen, pero su estilo es una roca dura contra la que nos estrellamos al poco, un "no estilo", casi, un narrar a trompicones. Cierto, hay lectores que rechazan a Galdós por excesivamente prolijo y descriptivo, dos defectos que jamás tendrá Baroja. Posiblemente, Baroja sea uno de los grandes de la literatura española, pero la verdad es que a mí no me lo parece.
     
     
    May 17

    ÉSTOS SON LOS CONDENADOS, de Joseph Losey: Un film frustrado

    (El presente artículo es un extracto revisado del publicado en BEM nº 56, abril-mayo de 1997, con el título de "´Éstos son los condenados`. La oportunidad perdida".)
     
     
    (c) 1997 y 2006 by J.C.Planells
     
     
     
    La verdad es que no resulta ni cómodo ni grato hablar, ya no digamos enjuiciar, de esta película, porque si ha de hacerse sobre lo visto, hay que intentar explicar qué es lo que no se ha visto. El filme fue realizado por Joseph Losey en 1961 (algunas filmografías lo fechan en 1960 y otras en 1962) cumpliendo un encargo del productor Michael Carreras para la Hammer Films. Originalmente se tituló The Damned, pero para su explotación en Estados Unidos se retituló These Are the Damned, lo mismo que en buena parte de Europa. Se estrenó según parece dos veces en Estados Unidos (1964 y 1965) con el citado título y diferentes metrajes. Probablemente ni siquiera se hubiera estrenado en ese país de no haber recibido, para sorpresa de todos, el Asteroide de Oro en el Festival de Trieste de 1964, en el que participó un poco para sacarse Carreras el muerto de encima, tras tener durante cuatro años guardada la película sin saber qué hacer con ella.
    Los avatares del film, como se ve por su distribución, fueron diversos, pero pocos en comparación con el problema suscitado por su duración. Insatisfecho con el resultado obtenido por Losey, Carreras se dedicó a cortar, recortar y acortar el film en diversas formas, a lo que se sumó el distribuidor americano al parecer en las dos ocasiones en que fue exhibido en Estados Unidos. Así, repasando revistas de la época, filmografías pasadas y actuales y diversos textos, resulta que Éstos son los condenados tiene duraciones de entre 101 minutos y 77 minutos. Las duraciones más "estables" parecen ser de 96 minutos, 87 minutos, 82 minutos y una de 77 minutos para Estados Unidos. Todas bien alejadas de los 101 minutos que entregó Losey y que según parece fue la que se exhibió en Trieste, detalle éste sin confirmar. Un pase televisivo en España hacia 1996 con el título americano, en versión original subtitulada y sin pausas publicitarias rondó los 82 minutos y parece ser que es la misma copia o versión que en su día, a finales de 1970, se estrenó en España en circuitos de Salas Especiales, anteriormente salas de Arte y Ensayo. En todo caso, según las filmografías más o menos oficiales, el filme tiene una duración de 87 minutos.
    Si a todo ello añadimos que en su día se promocionó como una continuación de The Village of the Damned, algo que evidentemente no es ni mucho menos, quizá buscando un público al que engañar, y que pocos parecen haberla visto, se comprenderá que juzgar esa película es tarea bastante difícil. Se puede añadir también que todo el mundo parece haber visto versiones diferentes, cuando no contradictorias: los resúmenes argumentales que aparecen en diversos libros sobre cine de ciencia ficción, o de vídeo-cine, resultan tan contradictorios especialmente en lo referente a las relaciones de los personajes entre sí, e incluso al propio argumento, que si los contrastamos da la impresión de que todos ellos hablan de distintas películas o que ni siquiera la han visto (lo más probable).
     
    El origen
    La película se basa en una novela del escritor británico Henry L. Laurence publicada en 1960 y titulada The Children of the Light. No hay noticia de que exista edición castellana ni tampoco tengo referencias directas sobre la novela y las posibles diferencias que haya respecto a su versión cinematográfica. El guión fue obra de Evan Jones tras rechazar Losey un primer tratamiento que no le satisfizo, encargando una reelaboración a Jones, con el que trabajó estrechamente. Si hay que juzgar por los resultados, el guión es insatisfactorio; echar las culpas a Evan Jones es lo más fácil, sobre todo teniendo en cuenta que sería el guionista de otra película de Losey, Modesty Blaise, unánimemente considerada como de lo peor de su obra. Ahora bien, como hay que juzgar la película por lo que queda en pantalla y desconocemos lo que se descartó tras la masacre efectuada en sus montajes y remontajes (el desorden resultante es perceptible en muchas fases de la película), es más lógico culpar al productor Michael Carreras que no al guionista o al director.
     
    Joseph Losey
    Se habla muy poco hoy día de Joseph Losey (por no decir que sencillamente no se habla de él para nada) y sin duda cada día se hablará menos. Sin embargo, en la década de 1960 era uno de los autores más estudiados por la crítica cinamatográfica. Nacido en 1909 en Estados Unidos, empezó estudiando medicina, que abandonó por su interés hacia el teatro, montando y dirigiendo varias obras. Tras dirigir varios cortometrajes, debuta en 1948 con la fábula fantástica El muchacho de los cabellos verdes, un alegato contra la intolerancia. En 1952 se convierte en una de las principales víctimas del maccarthysmo, debiendo exiliarse precipitadamente a Europa, donde erró durante varios años firmando con seudónimo algunas películas, hasta recalar de manera estable en Inglaterra, dirigiendo bajo su propio nombre. La década de 1960 fue la que vio sus películas más celebradas y las mejores --no todas, sin embargo lo eran--, captando el interés de público y crítica en el momento del nacimiento de nuevos grupos y cines jóvenes, aunque él no perteneció ni siquiera a los "angry young men". El criminal, Eva, Accidente, Rey y patria, fueron algunos de esos títulos celebrados, con el gran éxito comercial de El mensajero y de crítica con El sirviente. Pero su cine, demasiado errático en el peor de los sentidos, se fue hundiendo de manera estrepitosa a medida que entrábamos en la década de 1970 (como les pasó a otros directores menos celebrados por la crítica como Losey y más recordados hoy, sin embargo), ofreciendo productos cercanos al bochorno fílmico, como una aberrante versión de Casa de muñecas titulada Chantaje contra una esposa, interpretada por una impresentable y vocinglera Jane Fonda, o una soporífera y esclerótica Una inglesa romántica. En 1984, entre la indiferencia de unos y el olvido de quienes le jalearon apenas dos o tres lustros antes, fallecía Joseph Losey.
    Losey fue, especialmente en España, no tanto en el extranjero, un genuino representante del "cine con mensaje" en el peor sentido de la palabra. Filmó innumerables fábulas alegóricas de esto y de lo de más allá, tan oscuras a veces que ni el guionista debía de entenderlas: El muchacho de los cabellos verdes, Caza humana, El sirviente, Accidente... Filmó fracasos estrepitosos como El asesinato de Trotsky o Modesty Blaise, además del horror perpetrado sobre Ibsen citado más arriba. Losey era un hombre que rechazaba que algunas de sus películas fueran "fabulas" (y por supuesto que Éstos son los condenados fuera ciencia ficción), e iba por la vida de señor muy serio y solemne, produciendo un cine agobiante plásticamente, solemne, serio, sin concesiones al humor (las que hizo en Modesty Blaise producen verdadero espanto y hacen bueno a Mariano Ozores), absolutamente asfixiante. El resultado es que su mejor cine, el "cine con mensaje", presenta conflictos sociales y personales que parecen no de otra época, sino casi de otro planeta: Accidente, El tigre dormido... Su cine no ha envejecido: está anquilosado.
     
    El argumento
    En Éstos son los condenados se nos presenta una isla inglesa en la que unos científicos mantienen ocultos y en observación a un grupo de niños que, presumiblermente, son inmunes a las radiaciones atómicas. Tal como dice el Profesor al final de la película, ellos son la esperanza de supervivencia de la humanidad una vez hayan sido lanzadas las bombas que "están ya al caer". Estos niños han nacido de madres expuestas a las radiaciones --si bien no se aclara si por accidente o por ensayos científicos--, y no pueden salir al exterior a causa de su radiactividad, por lo cual son educados como un grupo de elegidos sin contacto alguno con el exterior y desconociendo totalmente el mundo que les rodea, al que sólo podrán acceder cuando la Tierra haya sido destruida por las bombas atómicas. Pero ocurre que uno de los niños muere y se teme que los demás estén condenados a una muerte inevitable y cercana. Puede que al fin no sobrevivan, aunque siguen siendo la esperanza de la humanidad.
     
    Solución insatisfactoria
    El principal problema de la película es lo mal conducida que está y lo desastroso de muchos de sus planteamientos, así como el desarrollo de los mismos. Una excusa puede ser la mutilación sufrida a manos de su productor y exhibidores (recordemos: un máximo de 101 minutos, un mínimo de 77, una media de 82). En la versión más frecuentada, de 82 minutos, ya se advierten huecos, saltos, incoherencias y contradicciones, además de que los personajes se convierten en monigotes sin sentido muchos de ellos. Y sin embargo, lo más espantoso es que la visión reducida del filme da la sensación de que... ¡aún sobra película! ¿Quizá porque las mutilaciones lo estropearon todo de manera ya irremediable?
    El filme se inicia con la llegada del turista americano Simon Wells (MacDonald Carey) a una pequeña ciudad próxima a la isla donde se ubica un misterioso proyecto científico. Nada más llegar, tras admirar el monumento del parque, admira otro monumento en forma de Joan (Shirley Anne Field), una joven de unos veinte años que le dice si la puede ayudar a cruzar la calle. Lo hace, y cruzan unas cuantas calles más hasta que Wells es agredido por una pandilla de gamberros capitaneados por King (Oliver Reed), hermano de Joan, y a los que ya hemos visto antes chuleando por la plaza, los cuales le roban el dinero que lleva. No entraremos en el extraño estupor que producen estos "gamberros" de la época, capitaneados por un King con su traje impecable y su paraguas británico, con lo que resultan inesperadamente cómicos.
    Wells llega a su hotel hecho un desastre e intercambia unas palabras con el Profesor (Alexander Knox), el cual está con la escultora Freya Nielsen (Viveca Lindfors), muy intrigada porque su amigo y vecino de isla, el Profesor, está siempre rodeado de oficiales militares que le vienen a buscar en medio de sus conversaciones. "También tengo un coronel en la perrera", le dice el Profesor, malhumorado. Wells está indignado porque ésta no es la pacífica Inglaterra que esperaba encontrar. El Profesor le recuerda que la violencia no es patrimonio exclusivo de los americanos. Cuando Wells se ha retirado, Freya dice que le gusta ese hombre (el espectador no ve muchos motivos para que le tenga tantas simpatías).
    Mientras, Joan y King han tenido una discusión acerca de que ella nunca encuentra un hombre que le caiga bien a King, con lo que tenemos un leve apunte de inclinaciones incestuosas de King por su hermana, pero no va más allá de eso. Al día siguiente, Joan va a la embarcación de Wells, lo que sorprende al espectador que ignora cuándo se ha enterado ella de lo de la embarcación ni dónde estaba (uno de los muchos agujeros del filme). Cuando aparece King con su banda (otro agujero), Joan huye con Simon Wells en la embarcación dejando a King amenazando con seguirla a donde sea. Joan y King llegan así a la isla (otro agujero) y se esconden en ella. Entre huidas y persecuciones se tropiezan con uno de los niños que ya sabemos están en una instalación subterránea de la isla por unas escenas anteriores. Los niños mantienen una especie de refugio secreto, aunque en realidad los militares saben de su existencia y se lo toleran, cerca de las rocas del acantilado, un refugio en el que se puede entrar pero no salir (otro agujero, y van...). Simon no entiende quiénes son esos niños ni qué hacen en esa isla. "Esperamos a nuestros padres, ¿sois vosotros?", le dicen como respuesta. "Estos niños están helados", dice Joan, que ha tocado a uno de ellos. "Nunca habíamos tocado a una persona caliente", dicen con asombro. Llega también King, rescatado del mar por uno de los niños, y extrañado también al verlos. "Está muerto", dice al tocar la cara de su rescatador. Los niños les informan de que han de permanecer en ese lugar para que no les vean "los ojos" (es decir, las cámaras que vigilan las instalaciones donde están recluidos). Los militares y el Profesor ya saben que unos extraños han llegado a la isla y exigen a los niños que entreguen a los adultos. Los niños se niegan. Joan y Simon Wells deciden sacarles de ese lugar y, al tratar de huir, Simon pelea con uno de los encargados del proyecto que ha entrado en el recinto con la necesaria protección. A continuación es cuando descubre que los niños son radiactivos, al pasar ante ellos un contador Geiger que traía el encargado. Así se comprende que Joan, Simon y King hayan sentido mareos al poco rato de estar con ellos (mareos que van y vienen a gusto del guionista). Joan incluso se ha puesto enferma durante una secuencia, para estar tan fresca y lozana en la siguiente (como se ve, contar los agujeros y huecos producto de los recortes y remontajes es tarea ya imposible).
    La fuga de la isla es un fracaso. Los militares atrapan a todos los niños, y aunque King escapa en un jeep con uno de ellos --su rescatador-- cae víctima de los mareos y el niño es vuelto a capturar. Joan y Simon consiguen escapar en su embarcación, pero sus horas están contadas debido a la radiación. El Profesor ordena que un helicóptero sobrevuele la embarcación para recoger sus cadáveres una vez hayan muerto. Luego, acude a casa de Freya para matarla de un disparo "por si ha visto lo ocurrido y no pueda así hablar". Los niños son nuevamente encerrados en su recinto, y fin de la historia.
     
    Decepciones
    No le faltaban elementos a la Éstos son los condenados para convertirse en una buena película de ciencia ficción, en el estilo practicado por el género en esos años a finales de los cincuenta e inicios de los sesenta: el peligro atómico. Tenemos el planteamiento (o lo que queda de él) de un grupo de militares y científicos que mantienen encerrados a unos niños a los que han educado a la par que les estudiaban desde su nacimiento en vistas a su posible utilización como nueva humanidad tras la hecatombe nuclear. Pero no se profundiza en los personajes: ¿son científicos locos? ¿militares fanáticos? ¿mesiánicos? Están ahí y apenas resulta claro si son unos insensatos, unos escépticos o unos redomados villanos.
    No menos grave es el lento avance (fatigoso, sería más adecuado) del filme hasta el encuentro de Simon, Joan y King con los niños, puesto que hasta que eso ocurre, nada de lo ofrecido en pantalla tiene interés, al igual que tampoco lo tienen las continuas escenas de Joan con King o con Simon. Los personajes de los tres carecen asimismo de entidad, especialmente Simon, y el espectador les contempla con total indiferencia en sus idas y venidas. En realidad, toda la historia de Joan y King sólo sirve para que Joan y Simon acaben yendo a parar a la isla y descubran a los niños y lo que ocurre con ellos, verdadero argumento e historia del filme.
    No les van mejor las cosas al resto de personajes. El Profesor es un personaje que simplemente no está definido en nada por el guión (o lo que queda de él y sus constantes recortes). El Capitán (James Villiers) pronuncia tres o cuatro frases sombrías en sus escenas y logra despertar el interés que no despiertan los demás, pero aparece tan poco que nos quedamos como si no apareciera. Pero lo peor de todo es lo "perpetrado" (no hay otra manera de calificarlo) con el personaje de Freya, la escultora, y que aparece sólo en dos o tres escenas de la película: no hay que romperse la cabeza para adivinar que su personaje fue el más masacrado en la sala de montaje. Y así resulta que, por un lado, la película podría prescindir de ella (visto lo que queda) y sin embargo, es (visto lo que queda) el personaje más fascinante de una historia llena de caretos inexpresivos.
    Freya es una escultora que reside en la misma isla donde está esa instalación secreta militar, tiene amistad con el Profesor (posiblemente es su amante, pero la masacre en el montaje no lo deja entender, aunque circulan extraños resúmenes argumentales según los cuales Freya y el Profesor son marido y mujer: me parece bastante dudoso). Crea extrañas esculturas (que fueron hechas especialmente para el filme por la escultora Elizabeth Frink), de aspecto lóbrego, formas retorcidas y deformadas que tratan de establecer un paralelismo con las deformidades humanas. Es una mujer solitaria, cínica, con un pasado --o quizá presente-- de alcoholismo; la intuimos como amargada, escéptica y bastante neurótica, totalmente entregada y absorbida por su arte, el cual resulta para ella más una compulsión que una elección artística. Se burla del profesor y de los militares que le acompañan a cada momento. Todo esto es lo que se ve, se intuye, de este desaprovechadísimo personaje gracias a las tres escasas escenas en que aparece, y a la fuerza de la interpretación de Viveca Lindfords. Y, ¿cómo puede ser un personaje casi episódico --en la versión de 82 minutos-- tan interesante comparados con monigotes como Simon Wells, Joan o King? Para los conocedores del cine de Losey, Freya es un personaje loseyano cien por cien, e intuyo que o no estaba en la novela y fue creado por el guionista a sugerencia de Losey, o bien sí estaba y Losey contribuyó a darle un toque diferente y acercarlo a su terreno, a su estilo de obsesiones. El contraste con el resto de personajes es sencillamente excesivo. Y lo peor es que lo que queda de ella en la película da la impresión de que el personaje fue creado sólo para que el Profesor la mate de un tiro al final y así se vea lo malo que es.
    Algunos estudiosos de la película han sugerido que King y su pandilla de gamberros son el reflejo exterior de la violencia interior del Profesor y los militares, es decir: violencia fría contra violencia caliente. Aun suponiendo que eso pudiera ser cierto, lo que está claro es que no funciona porque ni unos ni otros interesan, en especial King y sus gamberros, e incluso King y sus celos incestuosos de su hermana Joan. Si el espectador no conecta con los unos, difícilmente establecerá la relación o coprrespondencia con los otros, los sombríos militares, no mejor dibujados, como ya queda dicho en lo referente al Capitán, otro personaje desaprovechado (es triste añadir, además, que los personajes desaprovechados, Freya y el Capitán, son los que están interpretados por los mejores actores de la película, Viveca Lindfors y James Villiers, mientras que el resto de personajes nada interesantes ni estumulantes lo está por actores grises, malos o patosos).
     
    Algunos momentos brillantes
    Pese a todo la película contiene algunos buenos momentos: Losey no era ningún inepto, al margen de lo discutible de muchas de sus películas. Uno de esos momentos, que pasa desapercibido por culpa del pésimo desarrollo del filme, es cuando Joan y Simon llegan a la isla. Vemos una amplia panorámica del lugar (el filme está rodado en cinemascope  y blanco y negro), que termina en un zoom de retroceso con el cual descubrimos que lo que veíamos era la vista de la isla a través de una ventana dotada de un buen par de rejas: la ventana de una de las estancias de la estación militar secreta. "Esto es una cárcel", comenta uno de los personajes. Una bella idea visual, un pequeño golpe de sorpresa, un tanto malogrado por el desinterés que nos inspiran Joan y Wells en su fuga, y porque Losey ya nos había ofrecido mucho antes unas cuantas vistas en plan "tarjeta postal" de la isla.
    Otro gran momento es el largo trávelin, silencioso, muy bien fotografiado, por la zona donde están confinados los niños, siguiendo el paso de uno de los bien protegidos guardianes: vemos los pupitres del aula de enseñanza, la pantalla a través de la cual reciben las lecciones del Profesor, las diversas instalaciones, el comedor con las mesas ya preparadas con los platos y tazas para el desayuno y aguardando a los niños, las camas donde duermen... Un estupenda escena que no busca crear un clima de suspense ni nada parecido, sino más bien de extrañeza, lo que consigue con brillantez y pocos medios.
    Y hay que destacar la escena final, con los niños otra vez de vuelta en sus habitáculos, donde vemos varios planos de la isla y las olas estrellándose contras las rocas mientras oímos las voces de los niños gritando: "Auxilio, auxilio, que alguien nos ayude". De nuevo, fotografía, paisaje, pantalla ancha, sonido del mar y voces de niños crean un buen clima ahora sí claramente de angustia, en el que se puede establecer un paralelismo entre la indiferencia de la naturaleza --las olas en su chocar contra las rocas del acantilado-- y las voces de los niños pidiendo ínútilmente socorro, un socorro que no va a llegar nunca. También puede destacarse el plano de cierre, con el helicóptero sobrevolando la embarcación donde están Joan y Simon, extraviado ya el rumbo y ambos tendidos sobre la cubierta, agonizando: una brillante inversión de la habitual escena del buitre que sobrevuela las arenas del desierto: aquí el mar es el desierto, el buitre un ingenio fabricado por el hombre, y los cadáveres una embarcación que da vueltas sin rumbo. Un plano fácil, aunque el espectador ya lo intuye sin duda, tras la frase del Profesor: "No hay más que aguardar a que mueran".
    Y otro gran acierto, aunque hay que rebuscarlo más entre lo que el espectador intuye que no entre lo que el filme muestra, es el paralelismo que se puede establecer --éste sí claramente-- entre las esculturas creadas por Freya y los niños "creados" por el Profesor. Freya crea artificialmente la deformidad de sus obras, como un reflejo del mundo en que vivimos, y el Profesor desarrolla la deformidad creada en unos niños que son el reflejo del mundo que él teme. Ambos aman sus obras porque son sus creaciones, se sienten responsables de ellas y, en cierta manera, las temen. Freya se siente poseída y estremecida por la deformidad de sus obras, y el Profesor se siente atemorizado por la deformidad artificialmente creada en los niños.
    Y éstos son los escasos momentos brillantes de una obra mutilada a conciencia, casi irreconocible en sus intenciones, apenas vistas o intuidas en lo que queda de metraje, con un montaje igualmente alterado. Y para disfrutar esos pocos instantes hay que aguantar muchos minutos de aburrimiento y vacío, de personajes insulsos que no aportan nada y de una intriga tonta que sólo sirve para llegar por fin a la isla. La película se podría pasar muy bien sin ellos, o ganaría con personajes menos cretinos. Un balance pobre, pues, para una película con los habituales toques de Losey, y en el fondo tan fallida e insatisfactoria como casi todas las suyas: buenas intenciones, mal enfoque, pero agravado aquí por problemas de producción y manipulación.
     

    May 15

    CÓMO AFRONTAR EL VOTO ANTE ESTAS ELECCIONES

    (C) 2007 by J. C.Planells
     
     
    Como es bien sabido, dentro de pocos días vuelve a haber elecciones. En este país hay elecciones cada dos por tres seis elevado a la sexta potencia, treinta y seis (creo, los números no son mi fuerte). Los residentes en Cataluña, lo tenemos mucho peor: el año votado, digo, el año pasado votamos primero por el Estatut ese con el que nos martirizaron sus partidarios y detractores durante meses y más meses como si fuera cuestión de vida o muerte (lo era: la de ellos) hasta convertirlo en casi una batalla campal entre tirios y troyanos. Luego, el camarada compañero Maragall dimitió para celebrar que había ganado el referéndum del Estatut (???), con lo cual se convocaron elecciones, y sin tiempo de haber digerido el Estatut, ya estábamos votando para elegir nuevo presidente de la Generalitat. Quedamos derrengados todos: los que votamos y los que no votaron. De todo esto sólo hay una cosa positiva: el programa de televisión Polònia no sólo no ha resultado afectado, sino que ha brillado más que nunca. Ése es el consuelo --gran consuelo, éso es cierto-- que tenemos los vecinos y residentes en Cataluña. ¿Exagero si digo que de no ser por ese programa muchos habrían emigrado al Congo?
    Pero volvamos a la cruel realidad. Tras dos visitas a las urnas y olé el año pasado, ahora volvemos para elegir al camarada alcalde. Y en el resto de España, además de elegir a sus camaradas alcaldes respectivos, se elige a sus presidentes de comunidad donde toca; o sea, que todos a votar.
    La saturación que llevamos --sobre todo los catalanes, como he dicho-- con tanto mitin, propaganda de Estatut, elecciones y ahora alcaldes --sin contar la precampaña que el PP lleva montando desde las Generales de 2004-- es tan bestia que ya no se puede aguantar. Ni saltándose uno las páginas de los periódicos dedicadas a ello nos salvamos de enterarnos de algo; ni evitando ver los reportajes y propagandas electorales de las teles nos libramos. Hemos visto a un candidato haciendo una monumental paella de dudosas cualidades higiénicas, cuya consumición pudo acarrear no ya la triquinosis, sino incluso la lepra y varias conjuntivitis; oímos a otro prometer construir una línea de tranvía que baje por las Ramblas (!!!!!!!!!!!!!!!!) (juro que es verdad); una candidata verdosa e iniciada --(aviso de que "iniciada, en lenguaje de anuncio de relax, significa señorita que practica el coito anal, pero no es éste el caso)-- propone "feminizar Barcelona" (???????) --lo cual, en palabras del Acebes de Polónia debe significar que "estos catalanes se han vuelto unos maricones--; otros hacen una gymkana verdaderamente bochornosa; Carod pide que nos independicemos esta semana mejor que la siguiente y ayer mejor que mañana; etc. etc. etc. etc. (y la campaña no ha hecho más que arrancar, ¡horror!).
    Yo no pertenezco a ningún partido político, pero no soy tonto (aunque se admiten opiniones distintas respecto a eso), así que he decidido ya a quién entregaré mi voto, tras hacer zapin el otro día huyendo de los spots electorales de las televisiones autonómicas, estatales, locales y demás:
    Voy a votar por Shakira y su vídeo "Las de la intuición".
    De acuerdo, no se presenta a las elecciones por ninguna alcaldía, ni representa a ningún partido político, pero su propuesta me pareció más franca, honesta y sincera --y vistosa-- que el de estos candidatos que siempre dicen lo mismo y acaban haciendo lo mismo. Así que, como no quiero ser de esos que huyen de votar "y ya se apañarán los partidos", votaré por Shakira en su vídeo "Las de la intuición", y animo a cuantos quieran a que hagan lo mismo. Su vídeo supera fácilmente al ahora alcalde y candidato Hereu y sus paellas gigantescas de dudoso  estado; a Farruquito Aznar (así lo llaman en algún diario) y su apología de conducir bebido; al desnudo integral de Esperanza Aguirre en Interviu (manifestó que le encantaría salir desnuda en la revista); al pijerío verde de la camarada Mayol y el vasectomizado Saura (él mismo reconoció estarlo, lo cual le agradecemos; o sea, le agradecemos tanto que lo diga como que lo esté); a Trias prometiendo el oro y el moro "gealment"; a Bertito Fernández Díaz poniendo su cara de infeliz. Shakira los supera a todos en efectividad y promesas de alegría y vida feliz, y su lema, "creo que ahora empieza la acción", me parece muy bien. De acuerdo, no nos dará nada, pero es que los demás, tampoco, y al menos nos alegra la vista. Como muestra, aquí dejo una bonita imagen del look de la cantante el el vídeo, y el que se anime, ya sabe. (El vídeo se puede ver en You Tube gracias a dos usuarios que lo han subido: no confundir el video oficial de "Las de la intuición" con otras grabaciones de esa canción que hay en you Tube). Votad a Shakira, pues: hay más motivos para hacerlo y nos dejará más satisfechos. Seamos sensatos y hagamos con los políticos lo que ellos hacen con nosotros. Si no pensabas votar, ya tienes un motivo para hacerlo.
     

    May 14

    LA HISTORIA DE LISEY, de Stephen King

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    El año pasado, en ocasión de un pequeño comengtario acerca de la novela anterior de King, Cell, dije que a juzgar por el par de avances que había leído de La historia de Lisey, la novela que el autor publicaría continuación, probablemente estaríamos ante su mejor obra desde Dolores Clayborne. Bien, no ha sido así, pero esto no significa que La historia de Lisey sea una mala novela, sólo que es un King menos malo que los últimos. Y es que tras las dos penosísimas entregas finales de la serie La torre oscura, y de esa insignificancia que es Cell (por no mencionar otros textos), nada podía ser peor. La parte positiva de La historia de Lisey es que recupera ese tono sombrío, ensimismado, algo claustrofóbico que el seguidor habitual de King pudo advertir por vez primera en El cazador de sueños, su primera muestra de ficción escrita y publicada tras el accidente que casi le costó la vida y le sumió en un largo periodo de rehabilitación física. Sin embargo, ese tono sombrío y desengañado, esa extraña tonalidad que impregnaba toda la novela y que representaba una ruptura total con el King anterior --incluso en sus novelas más terroríficas o dramáticas, subyacía un cierto tono optimista o de esperanza, de posibilidad de redención, ausente en la mencionada por completo--, no fue advertido más que por unos poquísimos lectores y seguidores del autor. El sacarse de encima un poco de cualquier manera las entregas finales de La torre oscura y ese retroceso a los orígenes que es Cell muestran un cierto impassse en King, o la llegada de un "nuevo King", no tanto en el sentido de un nuevo escritor sino de un nuevo ser humano, una nueva persona.
    La historia de Lisey es una novela que peca de alargada, de detallista en exceso, donde se recrea en lo innecesario, en el adorno, quizá pretendiendo mantener el interés. Es una novela donde la redundancia abunda a la vez que --no deja de ser curioso-- la elipsis narrativa se erige en figura conductora de la trama. Resumamos todo esto diciendo que su principal defecto es que se nota que es un "producto de ordenador", es decir, un libro que al escribirse en un procesador de textos permite reescribir y corregir constantemente, añadiendo, puliendo, adornando, alargando de manera innecesaria las más de las veces lo que se narra, mal en el que caen el 90% de los autores hoy día. Éste es un tema que quizá haya que tratar algún día, es decir: cómo la facilidad y comodidad de escribir en un ordenador permite recrearse --ésa es la palabra-- en el pulimiento --en ocasiones innecesario-- del texto.
    Volvamos a la novela. Como he dicho, su mejor virtud es recuperar ese tono extraño que apareció por vez primera en El cazador de sueños; su segunda virtud es que nuevamente King cuenta una historia sobre un escritor, tema al que ha dado otras novelas o relatos y que él mismo ha reconocido en alguna ocasión como "poco atractivo" para los lectores. Puede que lo sea (o que lo sea para algunos, acaso), pero aun así no ha desdeñado el tema cuando le ha venido en gana, lo cual a mí me parece muy bien. El Scott Landon de esta novela de King puede que no tenga nada que ver con el Stephen King de la vida real,  pero es más que evidente que no pocas de sus sentencias y de sus opiniones --sobre la vida, sobre escribir, sobre el mundo de la literatura-- son las de Stephen King, no las de Scott Landon; lo mismo cabe decir de algunas de las costumbres del Scott Landon de la ficción, que son las mismas del Stephen King autor real: escribir con música de rock duro a todo volumen, por ejemplo. De la misma manera, el comentario algo burlón que Landon hace de sí mismo como autor es el mismo comentario que le dedican no pocas veces sus detractores...
    Los puntos flojos de la novela es que de nuevo King recurre al "territorio mágico", algo que ya parece un must en su obra: un lugar que existe al margen de la realidad y al que uno puede retirarse o escapar o al que se va a parar para defender un peligro, todo depende de la novela que sea; un lugar donde existe otro orden de cosas, un lugar más bien despoblado y vacío, silvestre en ocasiones y del que no se sabe mucho. No es solamente el caso de La torre oscura, sino que lo encontramos también en El retrato de Rose Madder, por citar una cualquiera. "Hay otras dimensiones --parece decirnos King--, pero están en la nuestra". Así pues, escasa es la originalidad que presenta la historia en cuanto a esto. Como tampoco es mucha novedad el acosador fanático que tortura a la viuda del escritor, un remedo de personajes parecidos en novelas anteriores y que acaba por no impresionar mucho que digamos.
    En suma: King no nos ofrece nada que no hayamos leído ya antes en otras novelas suyas (y mejor desarrollado y planificado). Pero es más que evidente que a estas alturas de la vida, y con un volumen de obra a sus espaldas más que considerable, King no necesita demostrar nada: lo ha hecho ya con creces desde su primera publicación. Así pues, podríamos preguntarnos en todo caso --pregunta que me parece legítima--, cómo juzgaría La historia de Lisey un lector que nunca hubiera leído nada de king y no supiera siquiera quién es. ¿Cómo la juzgaríamos nosotros mismos de ser ese hipotético lector? No me creo capacitado para contestar a la pregunta, pero me arriesgaré a suponer que un lector en tales circunstancias probablemente aplaudiría y alabaría la novela. Puede, por tanto, que King de hecho tope con los connoisseurs que no le perdonan la menor falta de originalidad y que se sienten de vuelta de todo. En cualquier caso, el "lector constante" al que alude tantas veces en sus prólogos o epílogos, tiene ocasión de comprobar de nuevo ese tono oscuro que he indicado.
    Finalmente, me gustaría comentar un detalle que creo tiene particular interés para quienes se dedican a escribir ficción. King lo menciona en la página 480 de la edición castellana de Plaza Janés (y lo recuerda en su epílogo), y lo denomina "la realidad es Ralph", aunque yo --retomando la misma anécdota que explica Landon/King--, preferiría llamarlo "el factor Ralph". Se refiere a ciertos acontecimientos o conductas en la vida y en las personas que no pueden explicarse satisfactoriamente mediante la coherencia y la lógica, algo que --es verdad-- preocupa mucho a los editores y a algunos lectores para los cuales todo ha de ser racional y coherente. No puedo sino aplaudir lo que dice King/Landon al respecto.
    En suma, no es el mejor King desde Dolores Clayborne, pero es un libro interesante y escrito con honestidad, convicción y sinceridad.
     
     

    May 12

    ASESINATO EN EL COHETE ESPACIAL

    (serie Aventuras de Harold Smith)
     
    (c) 2007 by J.C. Planells
     
                                                          
     
        Siempre que ocurría algún caso espectacular, el superintendente Jameson pedía ayuda a Harold Smith. Pero en esta ocasión fue mi jefe quien se adelantó a su amigo.
        Todo empezó un miércoles a mediodía, cuando estábamos viendo en el televisor de la señora Lane el aterrizaje del cohete Bessie, puesto en órbita por el gobierno británico para competir con los rusos y los americanos, que ese verano no paraban de lanzar cohetes tripulados para orbitar la Tierra. En el último que lanzaron los rusos, el tripulante había salido "a pasear", atado al cohete con lo que yo pensé era un cordel. Así que Gran Bretaña había decidido lanzar el Bessie, llamado así en honor de la reina, y tripulado por el comandante Alan Brenner. Pero Brenner no salió "a pasear", y de hecho se interrumpió la comunicación con el cohete al segundo día de su lanzamiento. Por lo demás la misión, dar un par de vueltas a la Tierra --vaya cosa-- se completó desde los controles de la base de Coventry, y ahora lo estaban haciendo regresar. Harold se empeñó en ver el aterrizaje en directo, porque dijo "era un acto patriótico", y como no había otra cosa que hacer, pues nos bajamos a la portería para verlo con la señora Lane y Sandra, porque Harold se negaba a tener un televisor en el piso que nos servía de despacho y vivienda a la vez. Decía que la televisión era vulgar y ordinaria. También lo decía de "Los cuarenta principales de la BBC", que yo seguía fervientemente en el transistor que me había comprado con mis ahorros.
        --La nave ha tomado tierra en el lugar designado sin la menor dificultad --decía el locutor--. Pero la portilla no se abre para que salga el comandante Brenner. Qué emoción, señoras y señores. Los técnicos de la base van a abrir la portilla. ¿Habrá sufrido algún desmayo el comandante Brenner? Vemos cómo abren la portilla y... parece... Sí, están sacando al comandante, sin duda estará desmayado. Le quitan el casco... Parece que ocurre algo, vemos mucha excitación en torno al comandante Brenner... Oh, qué emoción, señoras y señores... Parece... Nos comunican... Sí, nos dicen que el comandante Brenner está muerto. El cuerpo es llevado apresuradamente en dirección al hospital... Vamos a informarnos al respecto... Terry... Sí, nuestro compañero nos indica que uno de los que han sacado el cuerpo del comandante del interior del cohete afirma que ha sido asesinado durante su viaje...
        Y ése fue el momento en que Harold salió disparado de la portería de la señora Lane hacia Scotland Yard. La señora Lane y Sandra lanzaron una exclamación de sorpresa, no sé si de lo que dijo la tele o de la velocidad con que desapareció Harold. Yo, en todo caso, salí tras él a todo correr también. No tenía claro qué era lo que se proponía mi jefe, pero cuando vi que corría en dirección a Scotland Yard, lo comprendí. Y como en las ocasiones en que tenía mucha prisa, no se entretuvo en buscar un taxi sino que hizo todo el camino como si corriera una maratón. Supongo que debió llegar derrengado, porque yo llegué con la lengua fuera.
        Una vez en el Yard, Harold subió las escaleras hasta el despacho de Jameson sin molestarse siquiera en tomar el ascensor.
        --¿Has oído eso? --le preguntó casi sin aliento, nada más abrir la puerta.
        --¿Si he oído qué? --preguntó Jameson, mirándole con sorpresa.
        --La noticia.
        --¿Qué noticia? --volvió a preguntar Jameson, desconcertado.
        Antes de que Harold pudiera decir nada, entró en el despacho el director de Scotland Yard, Alfred Williamson, un señor muy serio y con cara de espíritu británico.
        --Jameson --dijo--, póngase rápidamente en camino hacia Coventry. Emergencia nacional. --Entonces se dio cuenta de nuestra presencia y nos miró con escaso entusiasmo--. Ah, el señor Smith... Ya le recuerdo de cuando lo de Edmund Pander, el ladrón invisible... Bien, quizá no esté de más que nos eche una mano. Me temo que necesitaremos toda la ayuda posible para resolver este caso.
        --Pero, ¿de qué caso se trata? --inquirió Jameson.
        --¿Es que no está usted al corriente de los acontecimientos, Jameson? Qué vergüenza para el Yard --dijo Williamson, despectivo.
        Empecé a pensar que nos llevaríamos mal con el director de Scotland Yard.
        Durante el camino hacia Coventry pusimos a Jameson al corriente de todo cuanto se sabía por el momento. Íbamos los tres en un coche de la policía y, además del chófer, Alfred Williamson se empeñó en venir en su calidad de director de Scotland Yard para participar en la investigación. Por lo visto se tomaba en serio lo de la emergencia nacional y estaba dispuesto a controlarla. "O nosotros o el MI-5", dijo.
        Cuanto se sabía por el momento era que Alan Brenner había sido encontrado muerto en el interior del cohete, y según se afirmó había sido estrangulado. El primer examen del cadáver, y a falta de la autopsia, indicaba que había muerto el segundo día de la puesta en órbita del cohete, de ahí pues que Brenner no respondiera a las llamadas de la base de Conventry: no podía hacerlo porque estaba muerto. Lo que se tomó por un fallo en los aparatos de comunicación de la nave era sencillamente un asesinato. El cuerpo de Brenner permaneció atado a su silla de piloto todo el viaje, con el casco puesto. Cuando se lo quitaron tras el aterrizaje, advirtieron las marcas de unas fuertes manos que lo habían estrangulado hasta matarlo.
        --Pero esto es imposible --dijo Jameson--. Absurdo. ¿Quién dirigía la nave a su regreso a la Tierra?
        --La dirigían desde la base de Coventry --dijo el director de Scotland Yard--. Apenas quedaron interrumpidas las comunicaciones con la nave, tomaron el control de la operación y prosiguieron con el programa. No había la menor dificultad; todo estaba previsto en caso de que Brenner sufriera algún percance o desmayo durante el lanzamiento o la órbita del cohete en torno a la Tierra. Así han logrado controlar el aterrizaje sin el menor problema. Sólo que Brenner llevaba ya dos días muerto.
        --Pero, ¿quién estaba con él en el cohete durante el viaje? --preguntó Jameson.
        --Nadie --contestó el director Williamson, irritado--. ¿Quién iba a estar? El cohete estaba diseñado para contener a un único tripulante, encajonado en su asiento y casi metido con calzador. No había espacio para más. ¿Quién iba a haber, hombre?
        Harold estaba la mar de entusiasmado con el asesinato del comandante Brenner.
        --Esto es fantástico, Jameson --dijo--. Es mejor que lo del asesinato de aquel coleccionista de sellos en su cámara acorazada, ¿recuerdas? Han asesinado a un hombre en un cohete espacial del que era el único tripulante y ha ocurrido mientras orbitaba sobre la Tierra...
        --Haga el favor de moderar sus entusiasmos, señor Smith --le dijo Williamson entre enojado y escandalizado--. Acaba de morir un comandante y piloto espacial del imperio brítánico, dejando una viuda desconsolada y una patria indefensa ante la carrera espacial de los soviéticos. No es momento de alegrías detectivescas, señor mío.
        Harold trató de mostrarse algo compungido, sin mucho éxito, porque los ojos le brillaban de emoción contenida.
        --No me ha dado tiempo a coger el cepillo de dientes --dije, para aliviar la tensión--. Lo digo por si la investigación se alarga y hemos de quedarnos en ese pueblo...
        --El imperio británico acaba de sufrir un rudo golpe, joven --dijo Williamson, aplastándome con la mirada y el bigote--. Su cepillo de dientes puede esperar. Y Coventry no es un "pueblo", como usted lo llama. En esa ciudad arde con vigor el espíritu británico que los nazis trataron de aplastar durante la pasada guerra.
        Decididamente, la investigación no iba a ser agradable ni cómoda con aquel pazguato encima nuestro y hablando a cada momento de "vigor" y de "espíritu británico".
        Llegamos a Coventry hacia el atardecer. Yo esperaba que nos acompañarían a un hotel donde hospedarnos y descansar un rato --durante el camino hicimos una breve parada para comer algo porque no quedaba más remedio si no deseábamos perecer de inanición Jameson, Harold, el chófer y yo, pues incluso a eso Williamson puso muy mala cara; se ve que comer es algo que carece de "vigor" y no contiene "espíritu británico"--. Pues no, nada de hotel. Williamson dijo que directos a la base de control de la misión del Bessie. Allí, en las instalaciones donde reposaba el cohete, había un hospital cercano al que había sido trasladado el cadáver del comandante Brenner y metido en donde se suelen guardar los cadáveres, una especie de frigorífico, hasta que le hicieran la autopsia. Pensé que eso de hacerle la autopsia era un poco desagradable y me alegré en el fondo de que estuviera muerto, así no sufriría.
        Total, que sin tiempo para descansar ni nada, tuvimos que ir a rastras de Alfred Williamson, que nos llevó hasta el cohete para que lo examináramos; y la verdad es que no había nada que ver ni examinar, y ni siquiera se podía entrar dentro porque sólo había sito para el único ocupante previsto. Todo lo demás eran tableros de mandos, botones, luces, cosas raras...
        --Pues yo no veo dónde se pudo esconder el aseino --dije, metiendo la nariz por debajo del brazo del señor Williamson.
        --Ése es el gran misterio, Diógenes --dijo Harold, radiante--. Esta nave fue diseñada para contener un único tripulante, encajonado casi. Además, el peso estaba calculado al miligramo para el perfecto desdarrollo de la misión, según leí en el Times. Es imposible que hubiera otra persona a bordo, porque hubiera puesto en peligro la misión. Y Brenner debía permanecer todo el viaje en su asiento de piloto, sin casi poder moverse...
        --Muy cierto --dijo Williamson, nada satisfecho con el entusiasmo de Harold--. Aquí no hay escondite posible para nadie. Y sin embargo, el comandante Brenner fue estrangulado, tras quitarle el casco y volvérselo a poner. Lo cual me parece un acto de cinismo por parte de su asesino.
        --Bueno --dije yo, vagamente--, con el casco puesto es evidente que no le podían estrangular...
        El señor Williamson me dirigió una mirada casi incendiaria.
        --Como diga una sola idiotez más --amenazó--, le mando a Londres de vuelta.
        --Debería ser examinado todo el cohete --se apresuró a intervenir Jameson, para calmar la vigorosa ira británica del director de Scotland Yard--. Puede haber un escondite secreto...
        --No diga majaderías, Jameson --replicó el director--. Aquí no cabe ni un alfiler. Aunque de todas formas, el cohete será examinado. Lo que hay que saber es cómo entró el asesino y cómo salió.
        A esto se me ocurrieron un par de explicaciones, pero me las callé, porque el señor Williamson ya la tenía tomada conmigo y no era cosa de tentar la suerte. Así que decidí mantenerme al margen y dejar que el poderoso cerebro de Harold resolviera el caso. Y lo cierto es que estaba resultando imposible encontrar pistas o algo que sugiriera una explicación al asesinato del comandante Brenner. Quedó perfectamente demostrado que no había ni hubo nadie más en el cohete, ni tampoco era posible que hubiera podido esconderse aunque fuese un enano sin morir durante el viaje del Bessie. Un gigante tenía más posibilidades de esconderse en una lata de sardinas. Sin contar que las películas tomadas por el control de la misión tanto antes del lanzamiento como después del mismo, por razones de seguridad, no mostraron a nadie acercándose ni a cincuenta metros del cohete.
        --Esto sí que está verdaderamente difícil --comentó Harold, ya un poco preocupado ahora.
        --Tendremos que leer unas cuantas novelas de ciencia ficción para tomar ideas, jefe --dije.
        --Eso nunca, Diógenes. Antes la muerte.
        Al poco llegó el forense y nos dio su informe:
        --Fue estrangulado por unas manos muy fuertes. Rodearon su cuello desde atrás y apretaron hasta que falleció. Las marcas de esas manos son todavía visibles. Luego, el asesino volvió a ponerle el casco.
        --Eso es raro --dijo Harold--. ¿Podía permanecer sin el casco en el cohete?
        --Desde luego --contestó Ralph Sheperd, el director del proyecto Bessie--. La cabina tenía una mínima porción de aire, y su duración prevista era de un par de días. Brenner podía quitarse el casco cuando quisiese; para las comunicaciones no era imprescindible llevarlo puesto. Para el despegue y aterrizaje, era obligatorio.
        --Sin duda, un detalle del asesino para burlarse de nosotros --gruñó el señor Williamson.
        Harold examinó con lupa las fotografías del cuello del comandante, donde se veían claramente las marcas de las manos que le estrangularon.
        --Sí, no hay duda de que son manos humanas --dijo, con un suspiro--. Pero, ¿cómo lo hizo para entrar en el cohete, estrangular al comandante Brenner y marcharse en medio del espacio sideral?
        --No lo hizo. Nadie pudo hacerlo --dijo Ralph Sheperd--. Nosotros seguimos en todo momento la órbita de la nave por radar, y ningún objeto ni cosa alguna se acercó a él.
        --Yo creo que... --empecé a decir. Pero ante la mirada asesina que me dirigió el señor Williamson, opté por largarme.
        Me fui al hotelito, donde nuestro chófer me dijo que había habitaciones reservadas para todos nosotros. Menos mal que alguien se ocupaba de algo. Me quedé en la que nos asignaron a Harold y a mí tras comprar un par de novelas de ciencia ficción en una librería que había al lado del hotel.
        --Teleportación, jefe --le dije a Harold, cuando volvió ya entrada la noche--. El asesino se teleportó desde su casa y estranguló al comandante Brenner. Mire, en esta novela que me he comprado...
        --No digas estupideces --gruñó Harold--. Dentro del cohete no había sitio para nadie más. ¿Cómo iba nadie a teleportarse y situarse detrás suyo si lo que tenía a su espalda era la pared metálica del cohete?
        --Se redujo para hacerse pequeñito antes de teleportarse. Esto lo vi el mes pasado en una película que echaron en el cine del barrio. Un señor recibía una lluvia radiactiva y empezaba a disminuirse...
        --A ti sí que se te disminuye el poco cerebro que tienes.
        Harold estaba de mal humor porque no daba con la solución. El entusiasmo inicial estaba dando paso al desánimo, porque el caso era realmente imposible de resolver, y encima, según me contó, el pesado de Williamson no hacía más que darles la lata a Jameson y a él exigiendo soluciones, todo ello con su habitual vigor y espíritu británico.
        --Descansemos esta noche y quizá mañana veremos las cosas con más claridad--dijo finalmente Harold.
        Descansar, sí que descansamos. Pero el pesado de Williamson aporreó nuestra puerta a las siete en punto de la mañana y entró acompañado de un ojeroso Jameson. Daba la impresión de que ninguno de los dos se hubiera acostado esa noche, aunque desde luego el vigoroso director de Scotland Yard lo soportaba la mar de bien.
        --¡Arriba, diantre! --bramó--. ¿Cómo pueden permanecer tranquilamente en la cama cuando la seguridad nacional se halla amenazada por la infiltración soviética? ¡Rápido, a la ducha, a vestirse y a investigar!
        Yo iba a decir algo pero la expresión aterrada de Jameson me hizo desistir. Harold y yo tuvimos que ducharnos al mismo tiempo, observados por un inaguantable Williamson que sostenía impaciente la toalla para que nos secáramos de inmediato. Una camarera entró deprisa y corriendo con una bandeja con café y bollos, que nos tomamos mientras Williamson controlaba con un cronómetro el tiempo que tardábamos en ingerir el desayuno.
        --¡Rápido, rápido! Maldición, he visto viejos desdentados comer un bollo mucho más rápido que ustedes, qué vergüenza --gruñía Williamson, mientras nos vestíamos de la mejor manera posible en el ascensor--. ¡Inglaterra espera que cumplan con su deber!
        --Pero oiga... --dijo Harold.
        --Encima ha desaparecido el casco del comandante Brenner --dijo Williamson, casi arrastrándonos hacia la base del proyecto espacial--. Sin duda hay un espía ruso infiltrado en la base, el mismo que habrá asesinado a nuestro astronauta o acaso un cómplice. ¡Hay que dar con él! ¿Dónde estaban ustedes mientras robaban el casco del comandante? Qué vergüenza. Jameson, le caerá un paquete en su expediente. Señor Smith, su licencia de detective me la comeré con patatas. Y en cuanto a su ayudante, será deportado a un hospicio de Australia.
        Abrí la boca para decir algo, pero un codazo de Harold me hizo guardar silencio.
        Llegamos a la base del proyecto espacial en un estado de excitación enorme por culpa de Williamson. Con los gritos que pegaba era imposible siquiera pensar. Vi que el director del proyecto, Ralph Sheperd, contemplaba su llegada con verdadero espanto y las piernas temblándole.
        --¡Usted! --le gritó Williamson--. ¿Cómo ha permitido que un objeto del imperio británico sea robado por el espionaje soviético?
        --Pero, ¿de qué me habla? No entiendo...
        --¡Del casco del comandante Brenner! --aulló Williamson--. ¡Lo han robado bajo sus propias narices! Fuimos a buscarlo para sacar las huellas digitales del asesino, y no está.
        --Claro que no está --le dijo irritado Sheperd--. Se lo llevó la viuda del comandante Brenner. Vino por la tarde para quedárselo como recuerdo... La pobre mujer...
        --¿De recuerdo, cretino?
        --Eh, un momento --intervino Harold, preocupado--. ¿Es normal algo así? ¿Entregar el casco del traje espacial de Brenner a su viuda?
        --Pues no vi nada de particular... La pobre mujer deseaba tener un recuerdo de su marido...
        Williamson le fustigó sin piedad.
        --Yo le daré a usted un recuerdo... --empezó.
        --Jameson --dijo Harold--. Hemos de ir de inmediato a casa de la señora Brenner. Quiero examinar ese caso.
        --Hombre, muy bonito --dijo Williamson, dejando de fustigar al pobre Sheperd, para fustigarnos a nosotros--. Ahora van a ir a molestar a una viuda desconsolada en sus horas de máxima aflicción.
        --Pero si usted mismo ha dicho... --empezó Jameson.
        --El dolor de una viuda está antes que nada. Su marido ha sido asesinado por la turba bolchevique, que se ha infiltrado a centenares en esta base y deben estar preparando un golpe de estado para instaurar el comunismo. Debemos mostrar un cuidado exquisito con la señora Brenner. Ya examinaremos las huellas que pueda haber en ese casco más adelante.
        --Vámonos, Diógenes --dijo Harold--. Iremos a echar un vistazo a ese casco.
        --¡Le retiro la licencia, señor Smith! ¡Es usted antibritánico! --chilló Williamson a nuestra espalda.
        Uno de los hombres del proyecto Bessie nos llevó en jeep hasta la casa de la viuda del comandante Brenner. Harold estaba muy callado y nervioso. Yo estaba asustado por lo que había dicho Williamson de que le dejaba sin licencia de detective. ¿Sería nuestro fin? La cosa hubiera sido emocionante si no fuera porque estaba preocupado por Harold.
        --Es esa casita blanca que ve allí, señor Smith --dijo nuestro chófer, señalando una bonita casi con jardín y todo.
        --Muy bien. Quizá convenga que usted nos acompañe también, ya que es miembro del proyecto espacial.
        El chófer detuvo el jeep frenta a la portilla del jardín. Lo cruzamos y llamamos a la puerta. Una criada nos abrió.
        --Venimos de la base espacial --dijo Harold--. ¿Podemos ver un momento a la señora Brenner?
        --Es que... la señora está con una visita. Ha dicho que no se la moleste.
        --Hum y rehúm. Yace sumida en el dolor, ¿verdad?
        --Pues, yacer yace, señor. Lo que no sé es si sumergida en dolor o en qué.
        --Ajá y reajá. Creo que se llevó el casco del comandante Brenner como recuerdo, ¿verdad?
        --¿Esa cosa rara? Ah, sí.
        --¿Lo podríamos ver un momento?
        --Pues, sí... si son ustedes de la base... Está en el garaje, ahora se lo traigo.
        La criada se fue hacia el garaje en busca del casco.
        --Si lo quería como recuerdo, me parece un lugar un tanto extraño para guardarlo, jefe --dije.
        --Cierto, Diógenes; muy cierto --dijo Harold pensativamente.
        La criada regresó con el casco. Harold sacó una lupa y empezó a examinarlo con minuciosidad.
        --Si hay huellas, no tenemos el equipo para sacarlas --dije.
        --No son huellas exactamente lo que ando buscando... --contestó Harold--. Joven --le dijo a la criada--, nos llevamos el casco a la base. Y le aconsejo que no le diga nada de esto a su señora.
        --Pero, señor...
        --No tema. La ley y la justicia la amparan.
        Y tras esta solemne promesa de Harold, nos volvimos a la base espacial con el casco. A nuestra llegada se lo entregamos a Ralph Sheperd para que lo examinara. Afortunadamente, Williamson estaba dando la paliza a los guardas se seguridad del campo para que buscaran espías soviéticos y no advirtió nuestra llegada.
        --Pero, ¿qué espera encontrar en el casco? ¿Huellas? --le preguntó Sheperd.
        --No. Yo lo examinaría por un buen aparato de rayos X. ¿Tienen uno?
        --Oh, sí. Uno excelente. Está bien, vamos a ver...
        Acompañamos a Sheperd hasta el laboratorio. Allí, puso el casco en una plataforma situada tras una pantalla y activó unos controles. El interior del casco apareció ante nuestra vista, en la pantalla.
        --Pero, ¿qué...? --dijo al cabo de unos segundos Sheperd.
        --¡Ajá! Así que hay algo extraño en el casco.
        --Y tan extraño, señor Smith. Mire esto: es un reloj situado en la parte superior del casco. ¿Qué hace ese reloj ahí? Pero es que además hay una serie de cables minúsculos y unos componentes que no tienen sentido... El reloj está parado...
        --Y me permito suponer, señor Sheperd, que el reloj se paró en el mismo momento en que murió el comandante Brenner.
        --Pero, ¿por qué?
        --¿Qué diantre hacen ustedes aquí? --bramó a nuestra espalda el señor Williamson, dándonos un susto de muerte.
        Harold se volvió a él tranquilamente y le dijo:
        --Ah, es usted, señor director de Scotland Yard. Me permito sugerirle que envíe inmediatamente a Jameson con un coche patrulla para detener a la viuda del comandante Brenner y a la persona de sexo masculino que se halle en este momento con ella en la casa.
        --¿Se ha vuelto loco?
        --Me temo, Jameson --dijo Harold hablando para su amigo, que parecía una alma en pena detrás de Williamson--, que estamos ante un vulgar caso de triángulo amoroso. El amante de la señora Brenner decidió cargarse al marido cometiendo lo que parecía un crimen perfecto. Y esto --señaló el casco espacial--, es el arma asesina.
        --Usted está borracho --dijo Williamson.
        --¡Mire, señor Smith! --gritó triunfante Ralph Sheperd, que había seguido examinando el casco sin prestarnos atención--. Los rayos X muestran unas ranuras en los laterales interiores del casco en forma de manos humanas. ¡Los dedos son claramente visibles! Creo poder asegurar que el reloj era una especie de espoleta de tiempo, que al pararse a una hora prefijada activaba esas manos y... diantre... estrangularon al pobre Alan Brenner --terminó con rostro preocupado y sorprendido.
        --Pero si este casco fue diseñado por Steven Eartly --dijo uno de los técnicos del laboratorio, palideciendo.
        --¿De veras? -preguntó Harold, mirándose indiferente la uña del dedo meñique--. ¿Y quién es este tal Steven Eartly? ¿Y dónde está?
        --Steven es uno de los miembros del proyecto espacial Bessie --dijo aquel técnico--. Y es también...
        --... amigo íntimo de la familia Brenner --terminó Sheperd por él--. Precisamente fue el que llevó en su coche a casa a la desconsolada viuda.
        Harold se limitó a sonreír. Jameson sacó pecho y salió corriendo en busca de un coche patrulla. Williamson enrojeció como una caldera a punto de estallar.
        --Le sale humo del bigote, señor Williamson --le dije--. Pero eso sí, humo muy británico.
       
     
    FIN.
     

    May 10

    LA CIENCIA FICCIÓN: QUÉ ES Y QUÉ REPRESENTA

    (artículo inédito) (C) 1971 by J.C. Planells
     
     
    (Este breve artículo está fechado en julio de 1971 y es, por tanto, el texto más antiguo sobre ciencia ficción que yo haya escrito. Ahora bien: no tengo ni idea de los motivos por los que lo escribí ni para quién fue escrito. Por aquellos años no era precisamente la ciencia ficción lo que a mí me interesaba, de hecho ni siquiera era lector del género. Creo que sólo había leído, quizá, una o dos antologías de Bruguera, bastante anteriores a la etapa de Frabetti como seleccionador de las mismas, y me habían gustado muy poco, y la novela de Clarke 2001: una odisea del espacio, sólo porque había visto la película. Así, pues, el cómo y el porqué de este artículo, que además estaba escrito en catalán y lo he traducido al castellano para este blog, me temo será un misterio pues soy incapaz de recordarlo; me llama la atención su tono didáctico, lo que indicaría que debió de ser un encargo o tener un destino determinado, que sin duda no se cumplió. Por otros escritos junto a los que figuraba, anteriores o posteriores en el tiempo, parece pertenecer a trabajos realizados con destino a charlas y fórums que sí se llevaron a cabo. Acaso una consulta a las agendas que conservo de aquellos años aclararía el motivo de este insólito texto, aunque lo dudo. En todo caso, lo ofrezco como una simple curiosidad, pidiendo al lector que tenga en cuenta su antigüedad, mi falta de conocimientos del género y otras circunstancias, por lo cual espero sea benévolo con este trabajito --o pecado-- de juventud. Una aclaración: he conservado las características del texto en cuanto a títulos y al extraño uso de la palabra "Ciencia-Ficción" en él, lo que demuestra lo poco que sabía yo del género. Sólo lo he actualizado en el título del artículo.)
     
     
     
        El tan traído y llevado género de la "Ciencia-ficción", o bien "Anticipación", como también se le llama, aún no ha encontrado su definifición más completa. Un género literario, un medio de expresión, no es con frecuencia fácil de explicar, como pueda parecer al primer vistazo, pues hay muchas cosas a tener en cuenta.
        Desde el punto de vista exclusivamente literario podemos definirlo así: "La Ciencia-ficción es la descripción de los resultados de la acción de un invento científico, o de un fenómeno del cual nunca antes se sabía se produjera, pero que es posible en el sentido de que no puede ser demostrada su imposibilidad". Esta definición fue la dada en 1938 por un grupo de aficionados norteamericanos, e influyó mucho en el género. Semejante a éste, está la de Robert A. Heinlein, escritor del género, que dice: "La ciencia ficción es una especulación realista sobre acontecimientos posibles, sólidamente basados en un conocimientos adecuados del mundo real, presente y pasado, y en una total comprensión de la naturaleza y significado del método científico".
        Por el estilo de éstas, podría copiar otras, muchas, que no nos dirían nada, o bien poco. En realidad, y aunque no lo parezca, la Ciencia-Ficción, como todo lo que significa imaginación, está muy por encima de todo esto, y aún más en un mundo como el que nosotros vemos cada día. La Ciencia-Ficción, bien llevada, puede llegar a ser una suave, casi imperceptible, aguja de dos puntas, clavada en la espalda de la sociedad y del mundo de hoy y del que vendrá.
        Por eso me gusta mucho más la definición que sobre ella ha hecho Luis Vigil, en el prólogo de presentación al libro de Luis Gasca "CINE Y CIENCIA FICCIÓN", y que es la que se adentra más en el problema. Dice: "La Ciencia-Ficción es una literratura que trata de los problemas humanos y que, para analizarlos mejor, los coloca dentro del crisol que representa un mundo distinto al que conocemos, por extrapolación del actual, pero al que la maestría del autor convierte en verosímil".
     
        .--Fijémonos en la primera frase: "Trata de los problemas humanos, y para analizarlos mejor, los coloca en un mundo distinto del que conocemos".
        .--¿No podría ser la "ciencia-ficción" una especie de sátira sbre la visión del mundo al que nos llevarán las máquinas, el automatismo, y la industrialización?
        .--¿No podría llegar a ser como un grito de aviso al mundo a fin de que se dé cuenta del posible destino hacia el que empieza a encaminarse?
        .--¿Se ha visto el filme "2001, una odisea del espacio"? Comentarlo sería interesante. Cada día que pasa se aleja más de la Ciencia-Ficción... porque mucho de lo que vemos en la película es realidad en este momento y lo que falta para que lo sea, puede serlo mañana mismo.
        .--La Ciencia-Ficción, tratada por buenos autores, e incluso por los sociólogos, puede ser una invitación universal a reflexionar sobre los caminos por los que el mundo se puede encaminar, y sobre su posible decadencia. (De esto, en concreto, tengo pruebas.)
     
        Podemos resumir, pues, la ciencia-ficción, diciendo que es una visión pesimista de un mañana que cada día deja de serlo, y sobre lo que este mañana puede convertir a las personas que nazcan en esos tiempos, vivan y mueran  bajo el sol que ha visto ya tantas cosas; asimismo, es una llamada de atención sobre la posible deshumanización a que podríamos encaminarnos en un futuro que estará dominado por el automatismo.
     
    JULIO DE 1971
     

    May 09

    GALERÍA DE MUJERES (20): DOAA ASWAD DEJIL: Lapidada hasta morir

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Doaa Aswad Dejil era una chica iraquí de diecisiete años que iba a casarse con un joven de religión islámica. Doaa pertenecía a la secta yazidí, secta kurda de adoradores del diablo. Para casarse con su prometido se convirtió a la religión islámica y, al volver a su pueblo, ocho o nueve miembros de su familia la lapidaron hasta morir el mes pasado por haber cambiado de religión. La noticia y las imágenes han circulado por internet y televisión entre ayer y esta mañana.
    Estos son los hechos fríos. Los comentarios a los hechos es difícil que sean igualmente fríos. Estamos hablando de una muchacha de diecisiete años víctima de la intolerancia, el fanatismo, la ignorancia, la brutalidad y el ansia de dominación masculina. Las imágenes de internet, conseguidas porque uno de sus lapidadores se entretuvo grabando el hecho con su teléfono móvil, nos presentan a una joven morena tendida en el suelo, tratando de cubrirse con las manos para protegerse de las piedras --de considerable tamaño--, su cara y su cabeza convertida en un tomate reventado, sus facciones inexistentes.
    Da la casualidad de que el capítulo 20 de esta serie "Galería de mujeres" iba a estar dedicada a otra mujer víctima del fanatismo masculino y religioso: Juana de Arco. La actualidad ha desplazado a una víctima por otra, y relegado a la que fue quemada en la hoguera a un futuro más lejano. Es curiosa esta coincidencia. Es curioso que estando en el siglo XXI (¿seguro que lo estamos?) sigan ocurriendo estas cosas. Me pregunto a qué estamos esperando. Me pregunto cuántas mujeres más deben ser lapidadas, quemadas, estranguladas, acuchilladas, disparadas, mutiladas, degolladas, envenenadas, violadas, torturadas, hasta que al fin alguien reaccione y haga algo de una vez. Lamentablemente, no puedo decir mucho más sobre Doaa; lo dicho basta y sobra. No voy a perder el tiempo injuriando a sus asesinos: en caliente, ayer, lo habría hecho. Lo que puedo hacer, es preguntarme cosas.
    ¿A qué esperamos? ¿Cómo se montan manifestaciones por intereses políticos estúpidos y personales, y cuando ocurren hechos como éste y otros semejantes permanecemos amarrados en casa con la mano en el mando a distancia o la jarra de cerveza? ¿Cuántas más mujeres deben ser exterminadas para que alguien se decida a mover su gordo culo --para emplear una frase acuñada en los tiempos de Nueva Dimensión-- y hacer algo para evitar estas cosas?
    Empieza a cansar todo este rosario de mujeres exterminadas, en Ciudad Juárez o en el pueblo de al lado; por asesinos psicópatas o por sus propios familiares; por novios, maridos, amigos, ex amantes; por motivos de religión, de odio, de venganza, de despecho: de dominación al fin y al cabo. Me pregunto a qué esperamos. Yo, desde luego, siendo como soy un escritor inútil y una persona no menos inútil, no puedo hacer nada. Pero si usted, que lee esto, sí puede hacer algo y se queda ahí sentado, mirando la pantalla del ordenador sin hacer nada, es como si hubiera colaborado con los asesinos de Doaa.
    Doaa ya no existe. Diecisiete años. ¿A cuántas más Doaas hemos de esperar ver morir?
     

    May 08

    UNA MIRADA A DANIEL F. GALOUYE

    (c) 2007 by J.C. Planells
      
      
    daniel_f_galouye.jpg
     
    Me parece que en España se ha escrito poco, o quizá nada, sobre Daniel F. Galouye, un autor de ciencia ficción cuya vida empezó y terminó en Nueva Orleans, de poca producción pero buena parte de ella traducida y editada en castellano, incluso algunas de sus novelas han aparecido en varias ediciones.
    Nacido en 1922, falleció un tanto prematuramente, a los 56 años, lo que interrumpió una obra que no sabemos si hubiera dado aún sorpresas; las heridas sufridas durante la Segunda Guerra Mundial mermaron en gran manera su salud, obligándole incluso a abandonar en 1967 el periodismo que había practicado durante casi toda su vida, y poco a poco tuvo que dejar también la escritura de relatos y novelas de ciencia ficción.
    Su producción literaria comprende cinco novelas, cuatro de las cuales se han traducido en castellano, y dos recopilaciones de relatos (una traducida y la otra en parte repartida en antologías o revistas), si bien otras dos recopilaciones aparecieron también en Alemania, según algunas referencias, además de unas setenta historias, entre relatos y novelas cortas. Curiosamente, una de sus novelas ha sido llevada al cine no hace muchos años: Mundo simulado, y ya anteriormente había sido adaptalada como serie televisiva en Alemania a cargo de Fassbinder.
    Mundo tenebroso fue su primera novela, aparecida en 1961 y candidata al Hugo de su año. Es un tour de force narrativo, pues se nos presenta un mundo cuyos habitantes viven en perpetua oscuridad; es un poco el tema del "universo cerrado" cultivado en varias ocasiones por diferentes autores (Heinlein, Aldiss, Harrison...).
    Pero aunque esta novela quizá sea la mejor escrita y la más cuidada, la originalidad de Galouye --más temática que estística, pues no pasa de ser un autor muy discreto literariamente-- radica en la insistencia en tratar temas de paranoia, simulación, falsa realidad, manipulación de la voluntad de las personas... Es algo que recorre de una manera u otra su obra, tanto en relatos como en novelas, y cuyo máximo exponente, o el más conocido, es la novela  Mundo simulado, pero que encontramos también en historias como la muy conseguida "Esta noche se derrumbará el firmamento", donde se descubre que el universo es producto de la mente de un único ente que es ya incapaz de abarcarlo por completo y amenaza con destruirlo (de hecho, lo hace caer en la  entropía), "El reino de los telemuñecos", "Tres personalidades en una"...; incluso la acción y planteamiento de Mundo tenebroso puede situarse en estas premisas, por cuanto sus personajes creen vivir en un mundo que se revela otro al final, y deben aprender entonces a vivir en el nuevo mundo como si empezaran otra vida; en el resto de novelas más bien deben restablecerlo para evitar se degrade, colapse o anule. Curiosamente, esto no parece haber llamado la atención de los estudiosos de la obra de Galouye (bueno, es que en realidad no hay estudiosos de la obra de Galouye, ahora que me doy cuenta...), que a este respecto citan como modélica Mundo simulado, quizá por su semejanza a varias obras Philip K. Dick en cuanto a temática de fondo. No es mala novela Mundo simulado, pero una relectura la presenta como ya desfasada, voluntariosa pero muy superada por otros esfuerzos posteriores. En todo caso, no hay duda de que es una obra notable del género y muy representativa de Galouye por contener esa paranoia que envuelve a personajes y situaciones, aunque siempre muy lejos de la paranoia dickiana.
    "La ciudad de energía" es una buena novela corta que dio pie a la novela Después de la III guerra mundial, aunque ésta resulta ser una obra un tanto cansina al final; su versión corta es mucho más intrigante (y paranoica...). En general, sus novelas son interesantes, con buenos argumentos, planteamientos correctos, modesta intriga e interés. Lamentablemente, su producción cesó a mediados de los años sesenta, debido a su enfermedad, y aunque publicó una última novela en 1973, The Infinite Man, que fue recibida con escasos elogios, y algunos relatos, uno de ellos en la antología The Year 2000 de Harry Harrison en 1970, apenas escribió nada más, falleciendo en 1976 a los 56 años.
     
    Bibliografía en castellano del autor:
     
    Novelas
     
    Mundo tenebroso (Dark Universe, 1961). Verón Editor, Barcelona 1973, y Nebulae 1ª época nº 89, Barcelona 1963
    Después de la III guerra mundial (Lords of the Psychon, 1963). Col. Infinitum de Ferma, nº 34, Barcelona, 1967
    Mundo simulado (Simulachrom-3, 1964, también publicada como Counterfeit World). Verón Editor, Barcelona 1973, y como Simulacron-3 en Col. Infinitum de Ferma, nº 35, Barcelona, 1967
    La percepción perdida (A Scourge of Screamers, 1966, también publicada como The Lost Perception). Verón Editor, Barcelona 1974, y como Muerte ululante, Romeu Editor, Barcelona 1969
     
    Recopilaciones de relatos
     
    El reino de los telemuñecos (Project Barrier, 1968). Col. Infinitum de Producciones Editoriales, Barcelona 1976. Contenido: "El reino de los telemuñecos", "Zona de recuperación", "Proyecto Barrera", "Operación traslado" y "Tres personalidades en una"
    [Nota importante: La editorial atribuye el libro a "Joseph M. Reeds", seudónimo de José María Cañas, que figura en el libro como autor de la "versión" (sic), y del que en la solapa se asegura que es un importante autor con clásicos conocidos del género. La estafa fue descubierta años después mediante una carta del lector Ildefonso Jiménez a la revista Nueva Dimensión nº 110, pags. 189-190. Véase también en la revista Tránsito nº 14, artículo mío "Errores bibliográficos", pag. 35, y en este blog el capítulo 16 de la serie "Crónicas de la ciencia ficción en España".]
     
    Novelas cortas y relatos
     
    "Esta noche se derrumbará el firmamento" ("Tonight the Sky Will Fall!, 1952). Publicado en la antología Luna de miel en el espacio, Luis de Caralt editor, col. Ciencia Ficción nº 19
    "Residencia de campo" ("Country State", 1954). Revista Más Allá, nº 36
    "Asilo" ("Sanctuary", 1954). Publicado en la antología Murante de col. Infinitum de Producciones Editoriales
    "Jebaburba" ("Jebaburba", 1954). En Antologías Acervo de Anticipación vol. 6
    "Domingo fatal" ("Deadline Sunday", 1955). En Antologías Acervo de Anticipación vol. 6
    "Ojos artificiales" ("Seeing-Eye Dog", 1956). En Antologías Acervo de Anticipación vol. 6
    "El plegable" ("The pliable", 1956). En Ciencia y Fantasía nº 3
    "Tres personalidades en una" ("Shuffle Board", 1957). En El reino de los telemuñecos, Producciones Editoriales col. Infinitum
    "El mundo de McWorther" ("McWorther´s World", 1958). En Nueva Dimensión nº 130 [Nota: No aparece mencionado a algunas bibliografías inglesas que circulan por internet, pero esto es algo que ya he comprobado en otros autores: la documentación nunca es completa.]
    "Proyecto Barrera" ("Project Barrier", 1958). En El reino de los telemuñecos, Producciones Editoriales col. Infinitum
    "Misión diplomática" ("Diplomatic Coop", 1959). En Nueva Dimensión nº 135
    "La ciudad de energía" ("The City of Force", 1959). En Nueva Dimensión nº 30
    "Espíritu de lucha" ("Fighting Spirit", 1960). En Nueva Dimensión nº 89
    "Justicia del futuro" ("Kangaroo Court", 1960). En Antologías Acervo de Anticipación vol. 6
    "El reino de los telemuñecos" ("Reign of the Telepuppets", 1963). En El reino de los telemuñecos, Producciones Editoriales col. Infinitum
    "Zona de recuperación" ("Recovery Area", 1963). En El reino de los telemuñecos, Producciones Editoriales col. Infinitum
    "Vuelo fantástico" ("Flight of Fancy", 1968). En Fantasía 1, Bruguera Libro Amigo nº 434
    "Operación Traslado" ("Rub-a-Dub", 1968). En El reino de los telemuñecos, Producciones Editoriales col. infinitum
     
     
     
    May 07

    PAGA O MUERE, de Richard Wilson: Crónicas de la Mafia

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    PAGA O MUERE - ERNEST BORGNINE (Cine - Folletos de Mano)
     
    Las películas sobre la Mafia no empezaron con El padrino, como mucha gente cree o parece creer. De hecho, cuando Ford Coppola rodó su film, el género mafioso, por llamarlo así, estaba algo desprestigiado y los productores no querían saber nada de él. El éxito de la película provocó un pequeño revival de cine sobre la mafia, sus métodos y sus figuras más conocidas. Pero ya había habido muchas otras películas, y no todas ellas americanas. Las primeras que me vienen a la memoria son dos películas italianas, El poder de la mafia de Alberto Lattuada, rodada en 1962, y El día de la lechuza, de Damiano Damiani, de 1967, la cual es una adaptación de la novela de Leonardo Sciascia. La otra es esta Paga o muere, una producción americana de 1960, absolutamente olvidada al igual que su realizador, el reivindicable Richard Wilson, en cuya filmografía encontramos westerns apreciables como Con sus mismas armas o Invitación a un pistolero, y cine negro o policial, como una biografía de Al Capone, muy celebrada, y esta crónica de las actividades de la Mano Negra a principios del siglo XX en los barrios italianos de Nueva York, basada en hechos reales.
    La película cuenta los esfuerzos del teniente Joseph Petrosino (Ernest Borgnine), personaje real sobre el que se ha rodado también alguna otra película, para erradicar de aquellos barrios de inmigrantes la siniestra organización criminal Mano Negra, la cual exigía pagos por "protección" a los trabajadores italianos, y que, en caso de que se negaran a hacerlos, se retrasaran en atenderlos o simplemente su mísera economía les impidiera pagar, asesinaban a un miembro de su familia, indiscriminadamente: una niña, por ejemplo, como en una dramática escena de la película.
    El film era muy realista y bastante brutal --al menos para la época--, rodado con actores prácticamente desconocidos, exceptuando a Ernest Borgnine, fotografiado en blanco y negro e interpretado con vigor. Se merece realmente ser recuperado, o, cuando menos, recordada su existencia.
     

    May 04

    TENNESSEE WILLIAMS EN EL CINE, de Maurice Yacowar: Una buena excusa para hablar de un gran autor

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Éste es un libro muy valioso para quienes estén interesados en la obra del dramaturgo americano, pues en él se analizan las diferencias que existen entre las obras del autor y sus versiones cinematográficas, algo que en su caso es muy importante debido a que no pocas de esas versiones sufrieron los rigores del código moral de la época, que medía con distinto rasero lo que se representaba en un escenario y lo que se exhibía en una pantalla. Así, en un teatro podían representarse temas o situaciones que en pantalla debían ser soslayados, suavizados o eliminados para no ofender la moral de las masas (pues una película llegaba a más gente --y menos cultivada-- que una representación teatral), y lo mismo ocurría con la versión cinematográfica de cualquier obra de éxito en Broadway. También debe decirse que, en ocasiones, las servidumbres del "star system" cinematográfico obligaban a modificar seriamente personajes y situaciones a ellos referidas al pasar a la pantalla, aunque fueran interpretados por el mismo actor que en teatro (caso, por ejemplo, de Paul Newman en Dulce pájaro de juventud). De todas maneras, Yacowar señala en el epílogo de su libro que la notable cantidad de films basados en textos de Williams producidos entre 1950 y 1962 --un total de doce películas, la mayoría con gran éxito--, incidiría finalmente en una mayor permisividad dentro del cine americano, así como en los temas que irían apareciendo en las pantallas. Afirmación algo discutible, me temo, puesto que dicha permisividad, que en efecto alcanzó el cine americano a finales de ese período para aumentar en los años siguientes, venía en buena parte obligada por la eclosión de los cines europeos surgidos entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, además de otros factores propios como eran la Escuela de Nueva York, el cine verdaderamente independiente --no lo que hoy finge ser cine independiente--, el salto al cine de los directores procedentes de los dramáticos televisivos, donde --eso sí es raro-- gozaban de una libertad de temas superior a la del cine de esos años, y algún que otro etcétera, entre el que cabe añadir, lógicamente, el avance de los tiempos y la sociedad. Así pues, aun respetando la opinión de Yacowar, me permito dudar de que la abundancia de films basados en obras de Tennessee Williams, o con guión suyo, influyeran en esos "aires nuevos" que cambiarían el cine americano y ampliarían temas y personajes de una industria cinematográfica siempre conservadora.
    Pero como digo, su libro es un estudio notable y que cabe considerarlo como cerrado, pues si bien se publicó en 1977 (y la traducción castellana en México en 1979), comprende todo lo que fue llevado al cine de Tennessee Williams, tanto en lo referente a teatro, como a novela, guión original o adaptaciones de piezas breves, puesto que el estudio, que arranca con la primera adaptación realizada en 1950, concluye con la última, de 1969. Tras ese año, e incluso tras 1977, fecha de la edición del libro de Yacowar, no hubo adaptaciones de obras nuevas, tan sólo remakes para la televisión --innecesarios, no hace falta decirlo-- de algunas de las películas anteriores, o dicho de otra manera, nuevas versiones de algunas de sus obras más conocidas, alguna de ellas bastante irrisoria en cuanto a reparto de actores y resultados artísticos. Y es que ya hacia 1969, Tennessee Williams había dejado de interesar incluso en Broadway y sus obras pasaban sin pena ni gloria mayormente. No hubo ningún gran éxito teatral a partir de 1965, ninguna obra descolló  tras La noche de la iguana. Como dramaturgo, había quedado relegado como si su teatro y su temática perteneciera a otros tiempos. Y así siguió hasta su muerte, bordeando el olvido, por no decir que cayendo en él. La época de las grandes obras terminó a mediados de los sesenta para Williams.
    En el período analizado --1950-1969-- hubo films basados en sus obras que resultaron buenos, regulares y alguno francamente malo. Yacowar ha visto y estudiado todas y cada una de las adaptaciones, en total quince películas, algunas de las cuales coincidieron en un mismo año, y ha cotejado las diferencias existentes entre el original literario y la adaptación cinematográfica (incluso su anunciado guión Baby Doll para Kazan se basaba parcialmente en una antigua pieza corta; de hecho, varias de sus obras dramáticas se inspiraban en relatos inéditos o aparecidos en revista, como se ha podido comprobar recientemente en una recopilación de los mismos). Esas diferencias existían incluso si la adaptación cinematográfica estaba realizada por el propio Williams, ayudado a veces por otros escritores, y destacaban más, lógicamente, cuando permaneció ajeno a la misma. En todos los casos, cada una de ellas sufrió cambios y alteraciones varias, en mayor o menor grado, y no sólo debido a medios artísticos tan distintos como son la escena y la pantalla. La primera película sobre una obra suya se realizó en 1950: El zoo de cristal; el poético drama que le lanzó a la fama, tras algunos estrenos anteriores. El film fue dirigido por Irving Rapper, del que hoy día se recuerda su melodrama La extraña pasajera, casi únicamente; no se exhibió en España y está ya totalmente olvidada --Paul Newman dirigió en 1987 otra versión, sin duda alguna mucho más fiel--. Por lo que relata Yacowar del film de Rapper, parece más una perversión que no una versión del texto original (que sigue siendo lo mejor que ha producido Williams); los detalles de las diferencias entre original dramático y adaptación cinematográfica son bastante escandalosos, máxime cuando es un texto tan poco conflictivo comparado con otras obras posteriores como La caída de Orfeo, que de hecho era reescritura de una obra anterior, Especie fugitiva, y adaptada al cine como Piel de serpiente. Yacowar califica esta versión de Rapper como desastre artístico, y no cuesta creerlo. Además, en la adaptación el personaje de Tom tiene menos importancia que el de su amigo Jim, algo de por sí increíble para quienes conozcan el texto original, puesto queTom es el narrador y protagonista omipresente de la pieza. Echando un vistazo al reparto del film, la cosa se explica: a Jim lo interpretaba Kirk Douglas, y a Tom, Arthur Kennedy... Y si mala --además de trivial-- fue esta primera versión de un texto del dramaturgo, mala sería la última, Last of the Mobile Hot-Shots, de 1969, dirigida por Sidney Lumet, tampoco exhibida nunca en España y que fue un solemne fracaso: casi nadie la ha visto.
    Por lo demás, el resto de films basados en obras de Tennessee Williams, puede ser visto por el interesado en formato DVD en casi su totalidad. Las excepciones --de momento-- son Verano y humo, La mujer maldita, Piel de serpiente y Reajuste matrimonial. De todas maneras, tanto de Piel de serpiente como de La rosa tatuada existen ediciones en zona 1. La ausencia más lamentable es la de Verano y humo, aunque hay disponible una edición del texto dramático en Losada. De hecho, la mayor parte de la obra de Williams --novela, relatos, piezas teatrales-- está actualmente disponible en Editorial Losada y Alba Editorial, y la reedición de su novela corta La primavera romana de la señora Stone apareció no hace mucho en Bruguera (un sello editorial que recupera el nombre de esa editora); las ausencias en el mercado son mínimas (un par de ediciones inencontrables de sus piezas cortas, así como la versión de 1957 de La caída de Orfeo, además de Camino real; por el contrario, no se echa de menos Hasta llegar a entenderse, que dio origen al film Reajuste matrimonial); incluso existen unos DVDs que contienen dos obras por disco con piezas dramáticas grabadas directamente del teatro o la televisión, alguna de ellas tan rara como Camino real. Es decir, el interesado puede tener casi todo Williams, bien en sus originales, en sus adaptaciones cinematográficas o grabaciones de representaciones teatrales en algunos casos, y así contrastar y comentar la obra del dramaturgo y narrador americano.
    Pero volvamos al libro de Yacowar. Sus comentarios son muy acertados y sus juicios muy sensatos; estamos ante alguien que conoce a fondo la obra de Williams, y por ello puede señalar las diferencias, lo que mejora o empeora el texto al ser pasado --traspasado-- al cine, pues en ocasiones nos encontramos con aciertos que mejoran o resaltan algo --Verano y humo--, al igual que fallos que estropean el texto del autor --caso de Dulce pájaro de juventud--. Yacowar, hablando precisamente de las dos obras que adaptara y dirigiera Richard Brooks --un realizador eminentemente "literario", que había sido antes guionista y novelista--, considera La gata sobre el tejado de zinc un acierto de adaptación, pese a sus diferencias, mientras que Dulce pájaro de juventud es una traición precisamente por las diferencias que se toma. Coincido en parte en su opinión, puesto que debo decir que desde el punto de vista únicamente cinematográfico, esta última resulta mucho mejor película que la primera, por muy escandalosa --y lo es-- que resulten las modificaciones respecto al original del dramaturgo. Veamos: en Dulce pájaro de juventud una enfermedad venérea pasa a ser un aborto, y la castración final de Chance es cambiada por romperle la nariz para así desfigurarle el rostro (en ambos casos se deja claro en los diálogos que se trata de "su instrumento de trabajo": la rotura de la nariz, al afear su cara, le priva de proseguir con su trabajo de prostituto para mujeres mayores); no sólo eso, sino que Chance (Paul Newman) se queda al final con la chica (lo que en el original escénico era evidentemente imposible). Igualmente, se modifica el tono de la obra: esa sensación de pérdida que impregna el texto de Williams se cambia por un intento de recuperar el pasado --de la fatalidad de la pérdida parece, pues, que pasemos a la posibilidad de la recuperación--. Pero aun concediendo todas estas alteraciones, Dulce pájaro de juventud resulta cinematográficamente un film mucho más impactante y fuerte que La gata sobre el tejado de zinc. En ésta, ciertamente, hay menos diferencias respecto al original --aunque se omite la homosexualidad de Brick (Paul Newman) y se la reduce a un rechazo hacia su esposa a causa de un sentimiento de frustración y culpa por la muerte de un amigo--, y algunos cambios incluso mejoran la obra de Williams, según Yacowar; pero desde el punto de vista cinematográfico a La gata sobre el tejado de zinc la perjudica el tener un tono excesivamente "made in Metro Goldwyn Mayer", un estilo de película que recuerda con frecuencia a esos dramas familiares que esta productora confeccionaba para distracción de las señoras espectadoras. No deja de ser irónico, sin embargo, que Dulce pájaro de juventud (y también otras adaptaciones de Williams) sean films producidos por la Metro...
    No es difícil, por supuesto, coincidir en su nula valoración de Reajuste matrimonial, dirigida por George Roy Hill, por entonces casi un debutante en el cine, y basada en una obra de un tono más ligero (y que en España fue traducida y adaptada como Hasta llegar a entenderse nada menos que por Alfonso Paso y Julio Mathias; una pareja que eran tal para cual, desde luego). Williams defendía su texto diciendo que en nada se diferencia del grueso de su obra, pero me temo que, como en tantos casos, no hay que hacer caso a lo que diga el autor sobre su obra. Es su pieza menos conocida, menos relevante, menos leída, menos editada --aunque en Argentina apareció también hace muchos años por Losada como Período de reajuste, además de su edición en España dentro de la colección Teatro de Alfil-- y menos significativa. Viendo el reparto de actores, es para echarse a temblar: Jane Fonda (en sus temibles inicios como actriz de comedietas tontorronas), Jim Hutton, Anthony Franciosa, John McGiver... Sí, algunos de ellos son actores estimables, pero son actores principalmente de comedia, y en ocasiones de comedia intrascendente. En todo caso, Yacowar analiza el fim y sus diferencias con la obra original --en algún caso notables--, pero no lo considera una buena adaptación.
    Meritorios son los análisis de La primavera romana de la señora Stone, Piel de serpiente, De repente el último verano, Verano y humo, La noche de la iguana, La rosa tatuada... No todos estos films están logrados: el que menos, el último, dirigido por un muy irregular y en general gris Daniel Mann, quizá mejor director escénico que cinematográfico, y que había sido precisamente quien la dirigiera en su estreno teatral. En todo caso, la visión --o recuerdo de visionado en un pase televisivo hace muchos años de La rosa tatuada; más reciente el de Verano y humo en la Filmoteca hace unos pocos años-- de estas versiones cinematográficas nos hace estar de acuerdo con su valoración general de las películas. Por el contrario, disiento por completo respecto a La mujer maldita (Boom), el film de Joseph Losey de 1968. El resultado que obtiene Losey es el de una película gris, pedante; Yacowar la defiende como una de las mejores adaptaciones de un texto de Williams. Aquí, de hecho se trata de una pieza corta, anteriormente un relato, con guión del propio Williams más alguna ayudita. A Losey le debió de encantar, sin duda, pues estaba más o menos acorde con el tipo de cine "simbolista" y "mensajero" que practicaba por aquel entonces, la que fue su mejor época en cuanto a éxitos comerciales de un cine tan poco comercial como el suyo: de ahí que haya quedado casi todo relegado al cuarto de los trastos viejos. Y lo cierto es que el único interés que presenta La mujer maldita (Boom) --que también señala acertadamente Yacowar, aun indicando la diferencia respecto a los personajes originales, principalmente en cuanto a su edad-- radica en la pareja Elizabeth Taylor-Richard Burton, que le dan la fuerza y el interés que sin ellos no tendría.
    Mis diferencias personales de opinión con Yacowar son escasas y no muy importantes (la excepción sería el comentado film de Losey); lo notable de su ensayo es el estudio de las diferencias/modificaciones entre texto dramático y guión cinematográfico --o incluso su puesta en escena--. Yacowar no hace crítica cinematográfica pura y dura, o en todo caso, la hace raramente; no es de eso de lo que va el libro. Vale la pena señalar la valoración muy positiva de Verano y humo, una versión de una obra que Williams estrenó después de El zoo de cristal, y en donde hay mucho de poético también. Aunque el film difiere en tono del texto dramático, está llevado con buen pulso. Yacowar además señala lo acertado de elegir a Laurence Harvey como protagonista en lugar del propuesto por los estudios, Montgomery Clift, mejor actor, sin duda, pero que hubiera resultado un error de casting ya que, como señala Yacowar, el John Buchanan de Verano y humo se parece en mucho a otros personajes que Harvey venía interpretando en aquellos años. Asimismo, su valoración de Propiedad condenada es muy interesante, máxime cuando esta película guarda muy poca relación con el original del que parte: otra pieza corta de la que apenas aprovecha la idea y sobre la que se construyó toda la historia por un ejército de guionistas. Es un buen film, si bien no coincido en lo de que refleja fielmente a Williams, tanto se ha construido y reconstruido el guión. Yacowar señala que de hecho hay ecos de muchas otras obras de Williams, "apropiadas", por así decir, para armar sólidamente la historia. En todo caso, Propiedad condenada es ciertamente un estimable film, pero su parentesco con Williams resulta más bien lejano.
    Curiosamente, algunas de las mejores adaptaciones cinematográficas de material de Tennessee Williams --bien sea novela, drama o pieza corta--, fueron dirigidas por cineastas con una sólida labor previa --o paralela-- en el teatro. No es solamente el caso de Elia Kazan y su magistral versión de Un tranvía llamado deseo (que cuenta con Marlon Brando, el mismo actor que la estrenó sobre la escena y que revolucionó para siempre el arte interpretativo), además de su Baby Doll (un guión escrito directamente para el cine --si bien, como he dicho, basado en una pieza breve--), sino de los menos conocidos directores Peter Glenville, con su Verano y humo, y José Quintero, con su versión de la novela corta La primavera romana de la señora Stone, con una insuperable Vivien Leigh --su segundo Williams para el cine-- y un apropiado Warren Beatty en lo que mejor --o únicamente-- sabe hacer: de gigoló y semental. Daniel Mann, en La rosa tatuada, que él mismo había dirigido para la escena, dirigió bien a los actores, pero poco más. Que Roy Hill dirigiera en cine la misma pieza que en teatro, por el contrario, es la nota negra entre los directores teatrales. En todo caso, la experiencia de Roy Hill era muy escasa en uno y otro medio por entonces (Yacowar revela que de hecho, la obra Hasta llegar a entenderse debía dirigirla en teatro Kazan, pero renunció. Cabe pensar que Kazan advirtió que no era un texto a la altura del mejor Williams.)
    Queda al margen del estudio --puesto que no era ése su tema-- la pervivencia o no de los temas de Tennessee Williams, algo sobre lo que he dudado a veces en los últimos tiempos. Pero esto, evidentemente, debe hacerse mediante la lectura de los textos del autor, no de las adaptaciones cinematográficas, que a veces desvirtúan o alteran sus propuestas. Sabedor de esto, Yacowar  establece interesantes paralelismos entre distintas obras de Williams. A veces, ni siquiera las mejores adaptaciones permiten percibir esos paralelismos, como ocurre con los dos personajes principales de Verano y humo y Un tranvía llamado deseo, a pesar de ser dos de las mejores versiones; y, evidentemente, en las menos notables las cosas se simplifican un tanto a nivel de "Reader´s Digest", por decirlo así. Yacowar nos lo señala claramente: en muchas obras de Williams hay un personaje soñador --viviendo en un mundo de fantasía e ideales-- y otro sensual --apegado a los goces y placeres de la vida--, cuyos sexos pueden diferir en ocasiones; el comparar unas obras con otras lo demuestra de manera más clara para el lector o espectador. Por tanto, ésta es otra utilidad de este libro inapreciable no sólo por su aspecto cinematográfico, sino por el estudio de Williams en ambos medios --cine y teatro--. Vale la pena resaltarlo, porque ello permite apreciar mucho mejor a un dramaturgo notable, pero que perdió con cierta rapidez el aprecio --y el interés-- de público y crítica, y parte de cuya obra puede resultar desfasada. El problema principal de Tennessee Williams --no sólo en España, donde fue altamente popular y valorado, aunque insultado por la crítica de orientación católica y reaccionaria-- es que durante sus años de máxima popularidad y aprecio --en España, durante la segunda mitad de los años cincuenta y la primera de los sesenta-- se magnificó o valoró mucho mejor cuanto de escandaloso aparecía sobre el escenario (o en su traslación a la pantalla): sacerdotes que convivían con mujeres, hombres jóvenes que ejercían la prostitución con mujeres mayores, vírgenes que habían pasado de la madurez, jovencitas casadas que no permitían que sus maridos las tocasen, maridos impotentes y con pasado homosexual, mujeres que reprimían su sexualidad, traumas sexuales de vario color..., en lugar de prestar atención al trasfondo poético que latía en sus dramas o a ese combate/enfrentamiento de personajes opuestos: el sensual y el espiritual, lo real frente a lo fantástico aplicado a la vida cotidiana, a la manera de vivir e interpretar la vida, un enfrentamiento en el cual uno ha de ser destruido por el otro, aunque, curiosamente, en Verano y humo ocurre lo contrario: ninguno destruye al otro, sino que intercambian al final de la obra sus modos de ver la vida y las maneras de vivirla. (Por no mencionar sus piezas cortas más tempranas, en algunas de las cuales hay un cierto toque bradburiano.) Este libro ayuda a apreciar mejor a Tennessee Williams, que en España fue conocido popularmente por las manipuladas --en origen y, además, por la censura española como propina-- versiones cinematográficas, e incluso algunas edulcoraciones teatrales.
    Y si bien es reconmendable la lectura de sus textos dramáticos, el disfrute de algunas de esas versiones cinematográficas en DVD, en versión original y son subtítulos, permite disfrutar de algunas interpretaciones realmente antológicas. Pues si en algo destaca sobre todo Williams es en haber creado personajes y escrito diálogos y parlamentos que son todo un reto para los actores, a quienes desde luego no se lo pone fácil (ni tiene por qué hacerlo, naturalmente). Creo que para un actor, Williams es todo un reto después de Shakespeare.
     
    (Nota: La edición castellana de este libro, a cargo de El Cid Editor, un sello sudamericano, es lamentablemente inencontrable. En ella, las obras y los films aparecen en su título original y luego en su traducción al castellano para la exhibición mexicana. Por comodidad, he preferido emplear los títulos en España de las películas, las novelas o las obras teatrales, en razón de su exhibición, edición o estreno.)
     

     
    May 03

    CIUDADANA BEL

    (C) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Hoy leo en La Vanguardia una de esas noticias que, lamentablemente, parecen menudear bastante en nuestros días. Una ciudadana de Barcelona, Silvia Bel, tuvo que acompañar a su casa a una anciana --desde Sants a St. Andreu-- a la que encontró a última hora de la tarde, que se había perdido y no sabía cómo volver a su domicilio, ni tenía las ideas muy claras respecto a dónde estaba ni cómo volver. Silvia Bel y una amiga suya contactaron telefónicamente con la Guardia Urbana, ese cuerpo que --así se supone y así se afirma-- está al servicio de los ciudadanos. Ja y ja. La Guardia Urbana dijo que pasaban del caso porque no era cosa suya, sino de los camaradas Mossos d´Esquadra, que también están al servicio y protección del ciudadano. Ja, ja y rejá. Los Mossos d´Esquadra vinieron  más o menos cuando les dio la real gana, y mientras la anciana y Silvia seguían esperando en la puta calle. Los camaradas Mossos --inciso: Pi de la Serra cantaba en una canción de principios de los setenta: "La policia està al servei dels ciutadans / la sivilia está al servei dels polimans"-- dijeron con sorna que pasaban igualmente puesto que la anciana llevaba en el bolso 50 euros, cantidad suficiente para que ella solita fuese en taxi a su casa, y que no se la veía desvalida. La ciudadana Bel dijo que la acompañaría ella ya que nadie lo hacía (inciso: yo, de estar en el lugar de la ciudadana Bel hubiera dicho: "Ya que ustedes no tienen huevos de acompañarla"). Los camaradas Mossos --recuerden: "La polimia està al servei dels servitans", seguía diciendo la canción de Pi de la Serra-- dijeron que ya que la anciana parecía tenerle confianza, pues que se fuera con ella a su casa. Y así acabó la historia, con Silvia llevando a la señora a las 23:30 de la noche finalmente a su hogar, tras horas de bregar con los servicios municipales y policiales --que, como señalaba Pi de la Serra, "Estan el polei dels servitans"--.
    Bonito, ¿verdad? Luego vendrán los políticos que dentro de cuatro días se lanzarán a su campaña electoral de las municipales pidiendo el voto, y todos soslayarán el tema o lo aprovecharán para arrojarlo contra sus rivales políticos, arte en el que son finos y serafinos; pero, como de costumbre, cuando hay problemas o los resuelve el ciudadano o se va a hacer puñetas, pues los guardias urbanos están --como muy bien dijo Capri una vez-- para poner multas mientras permanecen escondidos detras de los árboles a ver a quien pillan en infracción de tránsito. Y los Mossos, por su parte, están para hacer el pijo en sus coches y lucir el uniforme cuando bajan de él en plan chulo de barrio.
    Silvia Bel, esa ciudadana que arregló lo que ni la Guardia Urbana ni los camaradas Mossos d´Esquadra tuvieron arrestos, valor, ganas ni ánimo ni interés de arreglar, es una joven de 24 años. Su apellido me ha llamado la atención, así como el hecho de que ocurriera en Sants. De joven, conocí a una Montserrat Bel, que por edad podría ser su madre, o ser esa Silvia Bel una sobrina de la misma familia. En fin, es un dato que no tiene mayor significancia ni interés. Lo interesante es que haya personas como ella, porque con "servicios de asistencia ciudadana" como los que pagamos con nuestros impuestos, estamos apañados.