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May 31 (c) 2008 by J.C. Planells  Ese libro, recientemente editado en castellano por Lumen, no es ninguna novela policiaca, sino la crónica de un crimen ocurrido en Gran Bretaña en el verano de 1860, en una finca rural, y que conmocionó a todo el país. No soy muy aficionado a leer libros sobre crímenes reales --exceptuando algunos dedicados a la figura de Jack el Destripador--, pero este de Kate Summerscale reúne no pocos ingredientes que son muy interesantes, no exactamente en cuanto a crónica delictiva, sino en el contexto histórico en que se sitúa, algo que la autora ha resaltado convenientemente. Si la novela policiaca se considera oficialmente nacida en 1868 con La piedra lunar, de Wilkie Collins --dejemos de momento aparte los precedentes de los relatos de Poe sobre Auguste Dupin--, la investigación del crimen cometido en la casa de Road Hill podría considerarse casi la primera investigación detectivesca tradicional. Pues, como nos explica la autora, la figura del detective --el policía de paisano que investiga delitos-- era prácticamente nueva cuando en julio de 1860 Scotland Yard envió al detective Jack Whicher a la campiña británica para esclarecer aquel misterioso asesinato. En efecto, el propio Whicher fue casi el primero, o uno de los primeros, policías que se despojaron del uniforme para vestir de paisano y convertirse en detective hacia 1841, ante el escepticismo y la burla de la sociedad británica. Sin embargo, el cuerpo recién creado de detectives contó con importantes valedores: Charles Dickens, por ejemplo, escribió en su revista varios artículos hacia la década de 1850 sobre el cuerpo de policías de paisano, y entrevistó a algunos de ellos, Whicher incluido, quienes le refirieron sus métodos de investigación y casos en los que intervinieron (dichos artículos se encuentran en las obras completas de Dickens editadas por Aguilar, reunidos en Trabajos reimpresos). Whicher contaba, por tanto, con diversas detenciones notables en su haber y estaba considerado hombre de gran perspicacia, intuición y dotes deductivas (leyendo el capítulo donde se cuentan sus primeras investigaciones, es fácil pensar que Conan Doyle lo consideró uno de sus modelos para Sherlock Holmes). Whicher, fue, por consiguiente, el elegido para resolver el asesinato de Road Hill, caso que escapaba a la policía local: Saville Kent, un niño de tres años, había sido degollado, apuñalado y arrojado luego en un retrete para uso del servicio situado cerca de la entrada a la finca. Las pesquisas finalmente señalaban como únicos candidatos a sospechosos al resto de la familia o al servicio, no a alguien que hubiera penetrado desde el exterior en la mansión. Cuando Whicher llegó desde Londres quince días después del asesinato, todo andaba revuelto y las pistas se habían perdido. Sin embargo, su instinto enseguida dio con la única persona que podía ser culpable del atroz asesinato, aunque carecía de pruebas para ello. Pese a todo, forzó su detención y un posterior juicio, sin resultado alguno, aparte de que toda la prensa británica se puso en su contra y su carrera fue ridiculizada. Incluso el propio Dickens, antes su defensor y propagandista, se distanció de él, defendiendo la teoría de que los culpables del asesinato eran el propio padre del niño y la niñera --opinión mayoritariamente compartida por cuantos seguían el caso--. Deprimido y desprestigiado, Whicher dejó de investigar tras el inútil juicio a quien él consideraba culpable, aunque siguió las novedades que sobre el asunto continuaban apareciendo bien mediante investigaciones particulares de otras personas, bien mediante especulaciones. En su opinión, la verdad sólo se sabría cuando el culpable confesase su crimen. Y así fue: en 1865, Constance Kent, una de las hermanas de Saville, que contaba con 16 años en el momento del asesinato, confesó ser la autora en solitario. El país quedó estupefacto, y Whicher reivindicado: él siempre había señalado a Constance como la culpable. Evidentemente, un libro sobre la crónica de un crimen --por famoso o escandaloso que fuera-- no tendría demasiado interés --excepto para públicos algo morbosos-- si en el mismo no se incidiera en los aspectos colaterales de ese crimen. Y eso es lo que hace con gran acierto Kate Summerscale, reputada y premiada escritora. No sólo por el magnífico contexto histórico que despliega en el libro (el nacimiento de los detectives investigadores y la percepción que la sociedad tenía de ellos), sino por otras cuestiones que van apareciendo a lo largo del libro. Una: la hipocresía y la represión imperante en la aparentemente tranquila, limpia e imperturbable sociedad victoriana, de la que los Kent --un hombre con un trabajo al servicio del gobierno, una primera esposa tachada de loca por algunos, una segunda esposa que había sido la antigua niñera de los hijos de los Kent, múltiples nacimientos de niños muertos, sospechas posteriores de sífilis contagiada por el marido a la primera esposa, relaciones violentas entre los hijos del primero y el segundo matrimonios..., y todo culminando en un atroz asesinato-- serían una muestra ejemplar; y dos, la relación entre el crimen real y la literatura policial de la época, tanto la anterior al crimen como la posterior. Pues si Dickens fue el primer autor que introdujo al detective de paisano en una novela (Bucket en Casa desolada), y si algunas novelas o relatos "con detective" ya aparecieron en las décadas de 1840 y 1850 --se mencionan diversos ejemplos en el texto--, el propio caso de Road Hill inspiraría en buena parte la oficialmente primera novela policiaca del mundo: La piedra lunar, de Wilkie Collins. Tal como demuestra Kate Summerscale hacia el final del libro, las semejanzas entre la ficción urdida por Collins y el drama de los Kent son notables, incluyendo al detective Cuff, el personaje que investiga el misterio en la novela. Y de hecho, eso es algo que el propio lector ya va advirtiendo a lo largo del libro de Sumerscale. Cierto: en la realidad fue un asesinato, y en la ficción el robo de una valiosa joya, pero la ambientación de la historia y las consecuencias que todo ello acarreó a los personajes son casi idénticas, lo mismo que la imposibilidad de demostrar la culpabilidad de nadie. Por otra parte, Collins solía inspirarse en hechos reales para muchas de sus novelas: La dama de blanco, que se publicaba por entregas precisamente en 1860, se basaba en un sucedido real, lo mismo que Armadale. La autora sugiere incluso que la inacabada --por su fallecimiento-- El misterio de Edwin Drood de Dickens tomaba "prestadas" algunas cosas de la realidad de los Kent, en lo referido a una pareja de hermanos de la ficción novelesca, muy similar a Constance y su hermano William, de quien se sospecharía posteriormente que pudo ser su cómplice. Esta vertiente de la historia que nos cuenta Summerscale tiene sin duda no poco interés para los seguidores de Collins y Dickens, por ejemplo. En suma, un libro interesante primordialmente por el contexto histórico en que se sitúan los hechos y su relación con ficciones literarias posteriores.
May 29 (c) 2008 by J.C. Planells  Ya lo decía Hitchcock: en cine, el montaje lo es todo; con él, se puede modificar el sentido de una escena, y contaba un ejemplo a propósito de ello, el de un personaje que mira por unos prismáticos. Según lo que el plano intercalado muestre que mira (o bien una chica en bikini o bien un pastel), la subsiguiente expresión del rostro del personaje puede interpretarse como lujuria o como satisfacción. Todo esto viene a cuento de cierta "Versión 30 aniversario" de la película de 1968 dirigida por George A. Romero, La noche de los muertos vivientes, confeccionada en 1998 y que editada por Manga films se distribuye en DVD. Para este "versión 30 aniversario" se ha considerado procedente efectuar diversos cambios en relación con el film de 1968. Así, se han incorporado 15 minutos nuevos, filmados ese 1998, que consisten en una larga escena inicial de unos casi 7 minutos, en que unos individuos se disponen a enterrar en un cementerio el cadáver de un ejecutado por asesinato; otra larga escena hacia el final del film en que una periodista entrevista un sacerdote --que ya se avisa tiene lugar "un año despues" de los hechos del film (?)--, y algunas breves secuencias de nuevos muertos vivientes maquillados ex profeso para el aniversario, más una escena de unos cuarenta segundos que figura como "escena adicional" en los extras del DVD, y que se supone ocurre poco antes del inicio del film, en que un muerto viviente llama a la puerta de una casa la noche de Halloween, le abre una niña para lo del "truco o trato", y el muerto viviente se la zampa. Asimismo se ha incorporado una banda sonora musical nueva allá donde no había música en el film de 1968. La banda musical nueva es íncómoda, y se da de bruces con las imágenes, tanto en las partes nuevas como --con más razón aún-- las antiguas de 1968. Dan ganas de quitar el sonido. Pero ocurre que, en compensación con estas incorporaciones... ha habido elminaciones de las que no se nos dice nada. Así, se eliminan los títulos de crédito de 1968, que aparecían sobreimpresionados mientras los personajes de Barbara y Johnny --los dos hermanos atacados en el cementerio-- viajan en coche para su ofrenda floral. También se eliminan algunos breves diálogos entre Barbara y el negro interpretado por Duane Jones, que tienen lugar en la casa, mientras él clava maderas en puertas y ventanas. Y asimismo, se eliminan varios planos de los muertos vivientes sitiando la casa donde están refugiados los personajes (entre ellos, el avance en grupo donde se ve a una mujer, de espaldas y completamente desnuda). Así, entre lo que se añade y lo que se elimina, se consigue un film que no tiene nada que ver con el revolucionario film de 1968, sino que es una vulgar película de terror como tantas otras de hoy, sólo que en blanco y negro. Viendo esta versión, "especial" con más metraje (y taimadas supresiones), quien no haya visto nunca la versión original de 1968 es probable que se extrañe de que La noche de los muertos vivientes sea considerado ese film "revolucionario", "innovador", de "terror total" como se le define en libros del género, en estudios y en enciclopedias. Francamente, Romero ha conseguido hundir y estropear todo un hito del cine de terror.
May 27 (c) 2008 by J.C. Planells  El cine policiaco español realizado durante el franquismo ha sido bastante estudiado --hay ya al menos un par de libros recientes dedicados a érl-- y defendido en algunas de sus formas. Me refiero básicamente al realizado desde 1950 hasta finales de los años sesenta, cuando tras el advenimiento de los Nuevos Cines y las nuevas generaciones, las cosas empezaron a cambiar algo. Una de las formas más defendidas fueron los policiales rodados en Barcelona, inaugurados con Apartado de correos 1001, de Julio Salvador, y más o menos oficialmente concluidos con A tiro limpio, de Pérez Dolç, con títulos entre medio como Distrito Quinto, de Julio Coll. Todas estas películas citadas, y otras que formaron parte de este modesto subgénero, siempre me han parecido ligeramente burdas, voluntariosas, sí, pero algo inverosímiles. Son un intento de hacer "a la española" --o "a la barcelonesa"-- lo que el cine negro americano hacía en films protagonizados por James Cagney, por ejemplo. No menos a destacar es que en el fondo se partía de la premisa católica y oficialista de que "El Crimen Se Paga" y "Robar Es Malo", con lo cual algunos de esos títulos --Apartado de correos 1001, por ejemplo-- eran en el fondo una disimulada apología de la policía franquista, en el mismo sentido que lo era 091, policía al habla, de Forqué, y con menos ínfulas, dicho sea de paso. Personalmente, el cine policiaco español que más me interesa es aquel en el que en vez de bandas de gángsters con manchas de bocata chorizo en la camisa, tenemos a ciudadanos más o menos metidos en conflictos criminales. Por citar un par de títulos, además de Autopsia de un criminal que motiva este artículo, estarían A hierro muere, de Mur Oti, y Crimen de doble filo, de Forqué. Y sin duda hay algunas más, pero desde luego no mencionaré ninguna de Jesús Franco, detestable "autor" que cuenta con no pocos fans entre la crítica, que le jalean sus ¿gracias? y le consideran la hostia en patinete, lo cual me recuerda lo que dijo una vez César Mallorquí acerca de que los vicios particulares de uno mismo deberían mantenerse ocultos ante los demás; que a algunos sabios les guste Jesús Franco, es algo en lo que están en su perfecto derecho, pero haciendo apologías suyas realmente bochornosas cada dos por tres (= seis) bordean el ridículo. Autopsia de un criminal, realizada en 1962 por un poco notable Ricardo Blasco, es una curiosa muestra de cine policiaco. No es un gran film, dejemos eso claro, pero sí una curiosidad bastante divertida por lo inverosímil. Un individuo de no muy buena reputación se presta a hacer un favor a una amiga, recobrar un collar de manos de un tipo algo podrido. Pero cuando llega a la casa del podrido, se lo encuentra cadáver, y no sólo eso: no puede salir del piso ni del edificio sin ser visto por el vigilante. Así, la película juega a crear una sensación claustrofóbica, con el tipo en cuestión, interpretado por un malhumorado Francisco Rabal, encerrado de noche en la casa con el cadáver --más una sorpresa inesperada a media película--, y sin que sus intentos de largarse fructifiquen. La premisa es tan insólita como divertida, y bien llevada teniendo en cuenta lo escaso de ese punto de partida. Cierto: consigue colar horas después en el piso a una amiga --la del collar--, interpretada por Danielle Godet, pero eso no le soluciona el problema de la salida del edificio. Por lo demás, cuando se descubra el cadáver, será el primer sospechoso debido a una violenta disputa sostenida en público con el asesinado, con lo cual sus problemas aumentan. En fin, final sorpresa, como corresponde y todo solucionado. La edición en DVD se promociona en su tapa como "La mejor película del cine negro español". Bueno, no hay para tanto. Es, como digo, un film chocante, entretenido, curioso y sobre todo bien llevado. Aunque acaso en un panorama en que no abundaron demasiado las aportaciones, y algunas de las que se hicieron fueron rupestres o apologéticas del orden establecido, sin duda Autopsia de un criminal tiene una cierta personalidad, lo que no es poco. Realizar un film con un personaje encerrado toda una noche en un piso con un cadáver y no perecer en el intento, tiene su mérito, reconozcámoslo.
May 24 (c) 2008 by J.C. Planells  Stuart Hadley tiene 25 años, está casado, y su mujer, Ellen, espera un hijo. Es vendedor de la Modern TV Sales and Service, propiedad de Jim Fergesson, y se supone que su vida es confortable, tranquila y segura. Pero Stuart tiene problemas, inquietudes, insatisfacciones, busca respuestas pero no sabe a qué preguntas, bordea la depresión y se muestra inestable. Al principio de la novela, ha pasado la noche en la cárcel por agredir a un policía. En el período de los pocos meses que abarca la novela, Stuart busca una respuesta y una finalidad a su vida en diversos frentes. Primero, en un predicador negro que llega a la ciudad para pronunciar una charla en la cual avisa que el mundo va a acabar en cualquier momento y estamos todos condenados; luego, en una mujer que le entrega una publicación de propaganda antijudía y con la que vivirá una breve e insatisfactoria relación; finalmente, escapando de su mujer y de su trabajo, en busca de su destino, arruinando su vida precisamente cuando Fergesson le había nombrado encargado de su negocio al abrir él otra cadena de tiendas. Voices from the Street es la segunda novela (de las que se conservan, naturalmente) escrita por Dick, tras la insatisfactoria Gather Yourselves Together, hacia 1953, y la única que permanecía aún inédita. Ha sido publicada finalmente a principios de 2007. Es la más larga de todas sus novelas (en manuscrito abarca unas 600 páginas, que se quedan en 300 impresas, en caja grande y letra pequeña). Ciertamente, es mejor que Gather Yourselves Together, pero peca de discursiva en varias ocasones, le sobran algunos pasajes (por ejemplo, todos los que no se relacionan directamente con Stuart Hadley, es decir, aquellos en donde aparecen personajes muy secundarios sin incidencia alguna en la trama, como Wakefield, por ejemplo), y precisa un aligeramiento de escenas y un recorte de párrafos --el escesivamente largo predicamento de Theodore Beckheim, el líder religioso, sería unos de esos momentos--. No es una mala novela, ni mucho menos, pero sí hubiera precisado arreglos que la mejorasen. Quizá eso explique la demora de su edición póstuma, la última de las novelas inéditas de Dick que ve la luz pública, tras la bastante rápida edición de las demás --exceptuemos Gather Yourselves Together, que también se demoró hasta el 2005, y que, al contrario que la presente, publicada por Tor Books, apareció mediante una editora casi privada (añadamos que alguna de las novelas anteriores es incluso inferior a Voices from the Street en cuanto a interés, aunque sea superior en redactado). Da la impresión de que la novela le sirve al autor como una especie de exorcismo o autoanálisis, o al menos eso acaba uno pensando. El protagonista tiene casi la misma edad que Dick entonces; su situación personal era parecida, y había desempeñado un trabajo similar. La relación de Stuart con su hermana --que aparece brevemente en una escena de la primera parte de la novela con su impresentable marido-- se parece vagamente a la que tuvo con su madre (dominante). Stuart, además, es un artista frustrado: un pintor que no pinta (Dick era un escritor que intentaba publicar lo que escribía en aquellos tiempos). Las amistades del joven Dick eran gente por el estilo de las que Stuart encuentra como visitantes en casa de sus amigos, el matrimonio Gold. En todo caso, supondremos que Stuart Hadley no tenga en el fondo mucho de Dick, porque el personaje es ciertamente inquietante, lo más cercano a un esquizofrénico paranoico bajo una apariencia normal y un fondo de violencia contenida. Cierto que Dick ha presentado muchos personajes esquizoides en sus novelas de ciencia ficción (y personajes alarmantemente anormales en sus novelas psicológicas, como en Confesiones de un artista de mierda, y algún arranque de violencia extrema como en dicha novela), pero quizá el Stuart Hadley de Voices from the Street sea el más extraño de todos ellos. Stuart sabe que "algo" no está bien en su cabeza: a los cinco años, agredió a una niña y fue enviado a en una escuela especial; su hermana lo trata como un "bebé" ante todos; acaba violando brutalmente a su amante, pese a que no siente el menor deseo hacia ella; y no digamos ya su reacción final, la que ocupa la tercera parte del libro, su rebelión contra Fergessen, contra el mundo, su huida sin destino fijo tras llevarse a escondidas a su propio bebé nacido apenas un mes atrás, para abandonarlo dentro del coche, y emprender una peregrinación que, como señaló un biógrafo de Dick, recuerda en cierta manera fragmentos del Ulises de Joyce, acabando todo en un ataque irracional contra el comercio de Fergessen para conseguir dinero. El Stuart Hadley que aparece en la cuarta y última parte del libro, la más breve, apenas unas diez páginas, es casi un castrado: ha perdido un ojo a consecuencia de su ataque a la tienda de Fergessen, pero ha recuperado una cierta forma de tranquilidad de espíritu y se propone vivir por sí mismo en un medio rural, con su mujer y su hijo: su vida pasada es algo terminado (aunque Fergessen le propone volver a su trabajo anterior). En cierta forma, Stuart no es que se haya encontrado a sí mismo, sino que se ha destruido y lo que queda es una carcasa sin motivaciones concretas. Uno se pregunta exactamente qué finalidad buscaba Dick con esta novela, bastante extraña, muy irregular, deslavazada, con pasajes tan inusitados como la fuga de Stuart, o su relación con Marsha, la editora de la revista antijudía, un personaje no menos esquizofrénico que Stuart, aunque en otro estilo. El lector de la obra de Dick reconocerá no pocos temas habituales de otras novelas posteriores (el fanatismo religioso, la amante destructiva, el simple de mente --Wakefield, personaje que es un puro relleno y no aporta nada a la trama--, los amigos bienintencionados --los Gold--, los negocios de poca monta --no tanto el comercio de Fergessen como sus competidores o el hotel donde se refugia en la tercera parte, y a cuyo dueño encuentra en la calle), así diversas resoluciones dramáticas típicas de tantas otras tramas (bruscos cambios de conducta, motivaciones irracionales, ambigüedad en ciertos personajes). Es, pues, una novela de juventud, con todo lo bueno y lo malo que esto conlleva. Que Dick la apreciaba quizá más que otras de esa primera época creativa, lo muestra el que en Doctor Bloodmoney aparece un Jim Fergessen dueño de un comercio igual, Modern TV Sales and Service y un empleado suyo se llama de nombre Stuart, aunque no tiene mayor relación con el Stuart Hadley de Voices from the Street, e incluso la ciudad es otra de California. En todo caso, defectos y pegas aparte, es con novelas como ésta con las que luego se llega a The Man Whose Teeth Were all Exactly Alike o Confesiones de un artista de mierda, dos de las últimas --y las mejores-- de sus novelas "experimentales". Pero tampoco éstas lograron ser aceptadas por los editores en su tiempo, y Dick tuvo que "reciclarse" como escritor de ciencia ficción. El resto es historia.
May 22 (c) 2008 by J.C. Planells  No se hagan ilusiones: puede que como escritor de ficción esté --afortunadamente-- olvidado, pero su "obra" permanece, y dura y dura. ¿No saben quién es? Pues el fundador de la Cienciología, el creador de la Dianética y demás paparruchas pseudocientíficas y pseudorreligiosas, que se convirtió en todopoderoso amo y señor de una presunta secta con visos de ¿religión? para la mejora astral (he dicho "astral", no "asnal") de las personas. La Cienciología está prohibida en algunos países, que la consideran una secta dedicada a lavar cerebros de incautos y bobalicones. Su responsable es, en efecto, LaFayette Ronald Hubbard, estadounidense nacido en 1911 y supuestamente fallecido en 1986 (supuestamente porque su oportuna muerte, cuando se investigaba el origen y destino de su cuantiosa fortuna y del dinero manejado por la Cienciología, entorpeció esas investigaciones, y poco después fue seriamente cuestionada por varias personas que manifestaron nunca se comprobó debidamente su muerte --ni visto cadáver alguno, según remacharon--). Este tipo --que, en efecto, amasó una fortuna colosal tomando el pelo a la gente con su ¿religión? científica, en la cual figuran actualmente como buques insignia los lamentables Tom Cruise y John Travolta, dispuestos a hacer proselitismo apenas abren la boca-- empezó como un vulgar escritor de narrativa pulp de ciencia ficción y fantasía en 1938, campo en el que se mantuvo activo hasta 1957, cuando apareció su última novela, Retorno al mañana. Por entonces ya estaba en marcha la estupidez dianética, a la cual le estimuló el editor John W. Cambpell (que solía entusiasmarse con las ideas más peregrinas: recuérdese cómo apoyó el no-aristotelismo y otras extrañas teorías desarrolladas por Van Vogt en sus novelas de los años cuarenta), habiendo publicado en 1951 su mamotreto Dianética: La ciencia moderna de la salud mental, que usted puede comprar en cualquier cuchitril dedicado a estos lavajes de cerebro. Desde esa fecha, Hubbard vio muy claro que ahí estaba el dinero, y no en novelas o relatos de ciencia ficción que no producían grandes ingresos y donde había demasiada competencia (y mejores autores, vaya). Así, desde 1951 hasta su (supuesta) muerte escribió una cantidad ingente de libracos, verdaderas montañas de sus paparruchadas, que junto con los ingresos amasados mediante su ¿religión? le convirtieron en un multimillonario de incalculable --e incalculada-- fortuna. Cuando en los años ochenta empezó el fisco a fisgar en ella, se "murió". Como escritor de género ha recibido algunos de los epítetos más duros que he leído en algunas enciclopedias y libros de consulta o crítica("basura", "fascista", "se dedicó a la religión porque no valía como escritor", etc.), pero como casi todos están escritos durante la era triunfal de la Cienciología quizá no haya que tomarlos muy en serio. Creo que hay algo de afán de revancha y de desprestigiarle como autor de ficción, debido a su muy dudosa reputación posterior como cienciólogo dianético, y evitar así que un tipo como él manche todo un género literario tan digno como el que más. Pero, siendo ecuánimes, sus novelas y relatos no parecen peores que los de otros autores --vaya, son mejores que los de R. Lionel Fanthorpe, por ejemplo, si vamos a mirar--; simplemente resultan rutinarios y vulgares, un autor más del montón. Miedo es una novela fantástica muy en la línea de lo que publicaba la revista Unknown en los años cuarenta, moderadamente interesante, y Retorno al mañana una novela de viajes en el tiempo sin nada especialmente destacable, escrita con corrección. No conozco nada más de su obra de esa época concreta, pero no creo que sea tan deleznable como dicen algunos. En cualquier caso, "deleznable" es un adjetivo que se queda corto para calificar su monumental novelucha de 1983 Campo de batalla: La Tierra, con la que sorprendió --muy desagradablemente-- a toda la comunidad de escritores de ciencia ficción que vivían tan tranquilamente sin Hubbard, y que lo último que esperaban --y deseaban-- era el comeback de tan siniestro personaje. Pues sí: precisamente cuando más se cuestionaba su persona y su ¿religión?, a Hubbard le da por regresar como escritor de ciencia ficción, con una infame novela, una de las más largas escritas hasta entonces, y que tuvo la desfachatez de dedicar "a todos sus colegas escritores del género", poniendo sus nombres en una lista interminable al principio de la novelucha. La mayoría de los "colegas escritores" no ocultaron su profundo desagrado unos, y su enfado otros, al ver que el tipejo aquel les dedicaba una novela, y encima tan abominable. (Movido por la curiosidad, y también por razones de mis actividades en aquellas fechas, me la leí entera, y aún recuerdo con horror esa experiencia.) John Clute y Peter Nicholls califican el lenguaje en que estaba escrita como "desconcertantemente arcaico" en su Enciclopedia de Ciencia Ficción, 2ª edición. Hubo rumores acerca de que fuera Hubbard realmente el autor de la novelucha --que, como cabe esperar, contenía propaganda de su secta de manera nada subliminal--. ¿Un tipo que había abandonado el género hacía 30 años y amasado una fortuna, volvía de repente a él? (La pregunta que uno puede hacerse, tiene lógica: ¿Lo hacía para captar más infelices para su "religión"?) Por si eso fuera poco, en 1985 se lanzó a escribir Mission: Earth, una saga en ¡diez volúmenes!, con más propaganda subliminal de la cienciología y la dianética en sus páginas. No hay palabras para describirlo: Clute y Nicholls, en la mencionada obra, tampoco saben cómo hacerlo, puesto que vienen a decir, con mucha educación, que es algo que en la era de los puls --década de 1930-- hubiera parecido asombrosamente viejo. Además de todo esto, Hubbard decidió apadrinar nuevos escritores de ciencia ficción, montando un nosequé con la colaboración de escritores serios, Algis Budrys entre otros, que publicaría antologías de los trabajos literarios de esos noveles. No pocos festejaron el evento, por lo que suponía como plataforma para nuevos autores (hay que decir que cumplió sus objetivos, descubriendo entre otros a David Zinnell, aunque cabe pensar que un medio u otro habrían encontrado para darse a conocer). Ciertamente es cruel decirlo, pero su ¿muerte? en 1986 terminó con toda esa fantasmada y nos evitó la inundación de más mierda de Hubbard en forma de sagas y lo que fuera. Ese innecesario regreso a la ciencia ficción del siniestro Hubbard al principio de los años ochenta es sin duda uno de los episodios más vergonzosos y lamentables de la historia de la ciencia ficción en Estados Unidos (la publicación Locus, durante esa etapa, tuvo que hacer verdaderos equilibrios para hablar bien de los autores que participaban en el "nosequé" creado por Hubbard con la ayuda de Budrys, publicitar las antologías, y encima, dar noticia de la muerte del dianético en 1986, y de sus dudas posteriores: eso pasa cuando se quiere estar a bien con todo el mundo). La Dianética y la Cienciología, empero, no mueren, y la organización creada por este escritor de narrativa pulp sigue amasando fortunas a costa de los descerebrados que les entregan su dinero.
May 21 ( c) 2008 by J.C. Planells  De momento, esta comedia de humor británica (cuyo título original es Rising Damp) no ha llegado a España en DVD, donde fue exhibida por TVE en los años setenta. Sí lo han hecho otras que fueron coetáneas suyas, y que alcanzaron gran popularidad: Un hombre en casa y Los Ropper (que era un spìn off de la anterior y alcanzó aún más éxito). Para ello puede haber varias explicaciones. Esto se hunde recibió algunas buenas críticas, en efecto, pero no tuvo el entusiasmo popular de las dos mencionadas (como tampoco lo tuvo El nido de Robin, secuela de Un hombre en casa). La popularidad alcanzada por las dos series mencionadas durante los primeros años setenta se debió en parte a que ofrecían un humor tradicional, si bien en el caso de Un hombre en casa se pretendía una cierta puesta en día: un chico viviendo en un apartamento con dos chicas. Todo, por supuesto, era muy blanco, amable e inocente. En cuanto a Los Ropper se basaba en la universalidad de la pareja de protagonistas: un matrimonio ya maduro que se llevan como el perro y el gato y que son un tanto ridículos. Como se ha podido comprobar, esta fórmula funciona aún, véase sino el desmesurado éxito de esa bazofia que es Escenas de matrimonio, donde la pareja más popular es la del matrimonio anciano que se pasan todo el rato peleando. Evidentemente, la comparación es mala, puesto que los guiones de Los Ropper tenían una cierta gracia, en tanto que los chistes de teatro revista pasada de moda de esa teleserie española son realmente de lo más rancio. Pero volvamos al punto de partida del artículo: ¿Qué pasó con Esto se hunde? ¿Por qué no alcanzó el éxito que merecía? Era mucho más divertida que Un hombre en casa y que Los Ropper. ¿Entonces? Bien, lo que ocurre --creo yo-- es que al contrario que las dos series citadas Esto se hunde puede resultar hoy más moderna que ayer (ayer es 1974-1978, fecha de la emisión de la serie que alcanzó un total de 28 episodios de media hora). Si aquellas dos eran, como he dicho, más tradicionales en cuanto a personajes y situaciones, o trataban de ponerse al día sobre la convivencia entre jóvenes de distinto sexo, Esto se hunde ofrecía un humor un poco más negro, más cruel, tremendamente divertido pero también corrosivo en su retrato de personajes y actitudes sociales. La serie estaba ambientada en un piso de mala muerte donde Rupert Rigsby (Leonard Rossiter) tenía alquiladas habitaciones a huéspedes, que desde luego le caían muy mal: un joven melenudo y un negro eran los fijos. Rigsby era un individuo tacaño hasta lo imposible, además de un racista, ultraconservador, reprimido sexual, homófobo y antipático. Esto motivó algunas protestas en su día, según parece, pues hubo quienes le adjurdicaron a la serie los defectos de su personaje principal, evidente error (o falta de luces) por parte de quienes lanzaron estas críticas. El humor era, como queda dicho, menos "blanco" que en las otras muestras de humor británico vistas hasta ese momento en la televisión española, y sin duda esto debió de desconcertar a algunos espectadores. Evidentemente, habría que repasar los episodios de la serie, pero el recuerdo de ella que tenemos es de una profunda diversión, perfectamente servida por los actores fijos (además del gran Rossiter, impecable en su papel de detestable propietario, estaban Don Warrington, Richard Beckinsale y Frances LaTour, empeñada en conquistar al detestable señor Rigsby). Como digo, creo que esta serie es mucho más actual que otras muestras de las teleseries de humor británicas: las opiniones racistas y homófobas de Rigsby, su tacañería (que llegaba a extremos alucinantes), la convicencia entre los inquilinos, las situaciones --a veces surrealistas-- que se producían en algunos episodios y lo corrosivo --y a veces casi amargo-- del humor de que hacía gala podría ser casi un reflejo de nuestro presente. Dejando aparte los lógicos desfases en cuanto a modas, creo que Esto se hunde hoy nos parecería casi contemporánea. Y desde luego, profundamente divertida. Merece ser recuperada.
May 19 (c) 2008 by J.C. Planells  Cuando a mediados de los años setenta se publicaron en España los primeros relatos de Brian Lumley --en la revista Nueva Dimensión y en alguna antología de Bruguera--, hubo críticos y aficionados (nunca he sabido apreciar la diferencia entre estos dos colectivos) que despreciaron a Lumley y dijeron lo malo y cutre que era, entre risas y burlas. Al cabo de unos años, aparecieron un par de recopilaciones de sus relatos en Martínez Roca, y los mismos que se burlaban de Lumley y lo despreciaban empezaron a perdonarle la vida (magnánimos que eran), porque al fin y al cabo lo consideraban un ser (un escritor) inferior. A mí todo aquello me desorientaba, pues desde el primer momento me pareció un escritor simpático y original, entretenido y correcto. Era una aportación moderna de los mitos de Cthulhu, que a mediados de los setenta empezaron a ser debidamente apreciados en España, de manera ya mayoritaria (y no minoritaria como antes). Luego, como ya es sabido, Lumley se convirtió en autor de éxito en España, apreciado por fans y lectores merced a su pentalogía de las Crónicas necrománticas, editadas --¡cómo no!-- por Timun Mas. Aquí fue cuando empecé a hartarme de Lumley. Soporté mal que bien el primer libro de la serie, y mi paciencia se colmó con el segundo, ¿o fue con el tercero? Tanto da. Esa serie era un producto comercial aburrido e innecesario, pero dotado con los elementos que agradaban a los consumidores de sagas largas y gordas --pero no duras--. O sea, al habitual lector de "timunmasadas", como dicen no sé si los aficionados o los críticos de hoy. Pero, en todo caso, yo mantenía incólume mi aprecio por el Lumley escritor de relatos y novelitas cortas, cuyas muestras aparecian de tarde en tarde en alguna antología cthulhiana. Sus cualidades de "neopulp" lo hacían estimable y simpático, como he dicho, al menos para mí. Pero esa misma condición de "neopulp" era precisamente el peor defecto de sus novelas: el campo largo evidenciaba las carencias, torpezas y defectos de Lumley. Ahora, Ediciones Jaguar nos ofrece esta recopilación de trece relatos (ocho inéditos en español, cinco ya aparecidos en Martínez Roca), editada originalmente en 1993, y que viene a ser un repaso a su carrera, preparada por el propio Lumley, que nos presenta cada uno de los relatos. Hay de todo: terror lovecraftiano, terror a secas, fantasía e incluso ciencia ficción. Y el resultado es como cabe esperar: ameno, intrascendente, simpático, agradable... Lectura un tanto superflua, si se quiere, pero en modo alguno molesta. Lumley escribe unos relatos atractivos, bien planteados, correctamente terminados, puede que no muy originales, pero sin ínfulas "creativas", sin hacer literatura --no sabe-- y yendo al grano. Entre los más estimables, destacaría "El hombre que sentía el dolor", que Lumley califica como de ciencia ficción, y que ciertamente es un relato interesante hasta el punto que uno se permite especular con él. Del resto, "El hombre que fotografiaba a Bardsley" (relato que, mal pensado como soy, me temo que algunos no entenderán) o "La concha de las profundidades" --una especie de secuela del ya editado en castellano "La caracola chipriota", que le preceden en este volumen--, son los que me parecen más entretenidos. Pero con Lumley, puesto que es un escritor sin demasiadas ambiciones, uno puede escoger el que quiera, y se encontrará que no hay ninguno que pueda calificarse de malo. Naturalmente, "Nacido de los vientos" es uno de los mejores, pero ya había sido publicado anteriormente. En resumen: lectura entretenida para aficionados al terror tradicional. No se espere más porque no lo hay, pero al menos uno sabe que en el campo de la narrativa breve, Lumley es valor seguro. May 17 (c) 2008 by J.C. Planells  --Ni el pueblo ni toda esta zona han vuelto a ser lo mismo desde que ocurrió aquello --me dijo Salvador, meneando la cabeza. Asentí, comprensivo. --Es lógico --dije--. Pero con el tiempo todo se irá olvidando... --¿Tú crees? Esto no es una ciudad, ni siquiera un pueblo grande. Aquí viven unos pocos miles de personas, y en verano, unos cuantos centenares más. El padre de la niña asesinada vendió su casa y se marchó a Barcelona, y no por eso la gente olvidará que aquí vivieron ellos. Éste no es un lugar en el que ocurran muchos delitos, y no digamos asesinatos. Conque, ya puedes figurarte. --Suspiró--. Y encima, el loco resultó ser el ayudante del jefe de policía. Lo que hay que ver. --Pero los veraneantes y los que vienen el fin de semana no sabrán nada de todo eso... --Las cosas siempre se saben... Hum... Eso me recuerda que hay gente nueva viviendo el que fuera el chalet de los Gallardo. Mira, ahí tienes otro caso bien extraño. --¿Otro asesinato? --pregunté. --No, nada de eso. Aunque al principio se pensó que lo era. --Salvador meditó un rato--. ¿No has oído hablar nunca de Elena Pineda, la mujer de Enrique Gallardo? --Pues no. ¿Vivían aquí? --Ajá, ella y su marido eran los propietarios del chalet, ése que ahora tiene nuevos dueños. Llevaba abandonado... pues casi ocho años, creo. El juzgado lo puso a la venta finalmente, y ha encontrado comprador. --¿El juzgado? --Sí. Estaba embargado por el Estado o por Hacienda... no estoy seguro. En fin, todas las propiedades y bienes de Enrique Gallardo estaban intervenidas judicialmente y no se podía vender nada hasta que el caso se resolviera en los tribunales. Ya sabes cómo es la justicia en este país. A lo que me refería al decir lo de que era un caso bien extraño es a la desaparición de Elena, la mujer de Gallardo. --¿Cuándo ocurrió eso? --pregunté. --Pues hace casi ocho años, los mismos que el chalet llevaba embargado. Te advierto que la historia es... ciertamente curiosa. Te la puedo contar casi entera porque se han ido sabiendo todos los detalles con el paso del tiempo, gracias a los periódicos, los cotilleos de los vecinos, las informaciones de los amigos, entre ellos Julia, la mejor amiga de Elena Pineda, y la investigación que hizo el sargento Molano, nuestro jefe de policía. Entre unos y otros, tenemos la historia casi completa. Excepto un detalle, lo que podríamos decir el final de la historia. Salvador se levantó y fue a buscar unas cervezas, pasándome una de ellas. Abrimos las botellas y me dispuse a escuchar la historia de Elena Pineda. --La tarde en que ocurrió todo, Julia, una amiga y antigua compañera de estudios de Elena, había venido a visitarla al chalet. Era un sábado por la tarde del mes de julio. Los dos hijos de Elena y Enrique estaban de vacaciones, en un campamento de colonias. Enrique estaba en Barcelona, trabajando en su despacho. Sí, trabajando un sábado por la tarde, ya ves tú. El tío llevaba varios negocios y manejaba mucho dinero de otros, haciéndolo circular. Tenía amigos poderosos, influyentes. Llevaban un buen tren de vida: una casa en Barcelona, el chalet de aquí, un par de coches... En fin, era un tipo que vivía bien, pero se mataba a trabajar... o eso parecía. --O sea, que en realidad ese sábado estaba en Barcelona con una amante... --sonreí. --Pues no. Vamos, nunca se supo de amante alguna. Y todo el mundo está convencido de que era completamente fiel a Elena. Eran, pues, el típico matrimonio feliz, dichoso; por raro que parezca, existen. Bien, pues esa tarde, mientras Elena esperaba que su marido llegase hacia las ocho de la noche, pasaba la tarde con Julia, en la cocina, preparando un pastel para el domingo. Las dos charlaban de sus recuerdos de cuando eran jóvenes, de antiguas amistades y compañeras de instituto..., de cómo le había ido a ésta y a la otra en la vida. Julia estaba separada de su marido, y había tenido varias parejas después de eso, que siempre le duraban muy poco, así que se consideraba una fracasada en el terreno sentimental en comparación con Elena, casada con Enrique desde los veintipocos, con dos hijos de unos doce años, sanos y felices, y una vida asentada, en lugar de los esporádicos empleos de Julia. Bueno, sería un poco simplista decir que una era la triunfadora y la otra la fracasada, pero más o menos eso es sobre lo que charlaron aquella tarde, en la cocina, entre otas cosas, mientras Julia fumaba como un carretero y Elena preparaba un pastel. Salvador bebió un trago de cerveza. --Hacia las siete, Julia se despidió y se marchó. Veraneaba en casa de un pariente, en el pueblo de al lado. Así que Elena se quedó sola, esperando la llegada de Enrique. Sobre las siete y media, más o menos, telefoneó al carnicero del pueblo para encargarle un pedido que recogería el lunes. La llamada se comprobó que había existido, y el carnicero lo confirmó posteriormente. Y sobre las ocho, llegaba Enrique de Barcelona. Le vieron bajar del tren en la estación. Como la carretera estaba cortada por obras, algo habitual a la que llega el verano en este país, como ya sabes, no podía ir a Barcelona en coche. El jefe de estación le vio bajar del tren, y se fijó en él, porque, según dijo, lo notó un poco alterado y nervioso. --¿Y? --pregunté, al ver que Salvador hacía una pausa, como si meditase la manera en que proseguir la historia. --Bien, pues llega el marido, Enrique Gallardo, a su casa, minutos después de las ocho, nervioso y alterado, y le dice a Elena que meta lo más necesario en un par de maletas y se prepare para marchar a Francia, y luego, ya se vería adónde irían. --Miré a Salvador, desconcertado. Él asintió con la cabeza--. Resultaba que el flamante hombre de negocios, el atareado Enrique Gallardo, había estado especulando con dinero que no era suyo, lo había perdido, y había montado eso que entonces se llamaba "un pelotazo" o una "bola de letras", o no sé qué. Había firmado letras y aceptado pagarés, sobre fondos inexistentes, ocultando dinero en Suiza o no sé dónde, y a alguien se le había subido la mosca a la nariz. Total, que empezaron a investigar, vieron que la cosa olía mal y se prepararon para intervenir sus empresas al lunes siguiente y detenerlo a él como responsable de la estafa o del desfalco. No recuerdo bien los detalles, pero no importa para el caso. Alguien, uno de esos amigos influyentes que tenía, le avisó esa misma tarde por teléfono de la que le esperaba al lunes siguiente, y le aconsejó que se largara a un país sin extradición, porque la que le caería encima sería de cuidado... --Recuerdo casos parecidos, pero no éste... --Todos viene a ser más o menos iguales, ya sabes. Tíos que especulan con dinero de otros como si fuera suyo, lo pierden y luego han de dar la cara. Enrique Gallardo era uno de tantos que lo han hecho. La diferencia es que él no perjudicó a pequeños inversores o particulares, sino a gente de mucho dinero. Pero, bueno, el caso es que lo habían descubierto y decidió poner pies en polvorosa antes que verse en la cárcel y con todos sus bienes embargados. Así, que ya tienes el panorama: Enrique Gallardo se presenta en el chalet donde le esperaba tranquilamente su mujer y le dice que han de escapar corriendo al extranjero, o le meterán en la cárcel y le embargarán cuanto tiene. ¿Te imaginas la cara que debió de poner Elena al oír aquello? --Menuda impresión. --Una mujer de poco más de treinta y cinco años, felizmente casada, con dos chavales que pasan tranquilamente las vacaciones en una colonia de verano, que acaba de preparar un pastel para el día siguiente, que ha pasado la tarde con su mejor amiga de juventud, recordando viejos tiempos y comparando éxitos y fracasos de una y otra... y se presenta el marido para decirle que es un estafador, que debe escapar del país o lo meterán en la cárcel, y ella se encontrará sin casa donde vivir... --Pero Elena no tenía culpa de lo ocurrido... De lo que hubiera hecho su marido --dije. --No, pero se habría visto en la calle. Tanto el piso de Barcelona como el chalet de aquí estaban a nombre de Enrique Gallardo. Los dos coches, incluido el de Elena, también estaban a nombre del marido. Todo estaba a nombre de él. El juzgado se lo hubiera embargado todo el lunes mismo, y Elena se hubiera encontrado en la calle, con una mano delante y otra detrás, por decirlo crudamente. Y cuéntale esto a los hijos, luego. Y afronta las caras de la gente, los vecinos, los amigos, los parientes... El plan de Enrique Gallardo era huir a Francia esa noche, hacer que los hijos vinieran luego, de una manera u otra, y escapar todos a Brasil o adonde fuera, a un país donde no los extraditaran. --Al menos, no dejó a la mujer plantada --dije--. No sé si otros hubieran hecho lo mismo. --Ciertamente, hubo otros que, en casos iguales al de Gallardo, se largaron dejando a la familia colgada. No recuerdo nombres, pero los hubo. Sin duda, Gallardo quería a su mujer. O también cabe la posibilidad de que huir solo a otro país, y luego a otro continente, le aterrara. En todo caso, el plan que había trazado deprisa y corriendo en cuanto le avisaron, era ése: escapar con su mujer y luego hacer que los hijos se reuniesen con ellos. --¿Y lo llevó a cabo? --pregunté. Salvador bebió otro trago de cerveza y miró al suelo, como si reflexionase. --No fue posible --dijo al cabo de un rato--. Y aquí es donde empieza la parte, digamos... extraña... del asunto. Aquella misma noche, hacia las diez y media aproximadamente, Enrique Gallardo telefoneó al puesto de policía del pueblo y dijo que su mujer había desaparecido. --¿Cómo? --exclamé sorprendido. --El sargento Molano se presentó en el chalet al poco rato y escuchó lo que Gallardo, muy nervioso, le contó. Explicó que había llegado al chalet minutos después de las ocho y que le dijo a Elena que debían irse de viaje... En el primer momento, no le contó a Molano los motivos reales de ese viaje. Dijo que discutieron un poco porque ella no quería irse, y al cabo de un rato, cuando él bajó con su maleta listo para marchar... Elena había desaparecido. La buscó por toda la casa. La buscó por los alrededores, alarmando a los chalets vecinos con sus gritos al llamarla. Telefoneó a Julia, vete a saber por qué. Se comprobó que en efecto hizo esa llamada, hacia las diez menos cuarto, y Julia lo confirmó, así como que Enrique parecía muy alterado por no encontrar a Elena. Finalmente, desesperado, se lo jugó todo y llamó a la policía para que la buscaran por toda la región. El sargento Molano se lo tomó al principio con bastante escepticismo. Llama un marido para decirle que ha tenido una pequeña discusión con su mujer sobre un viaje inesperado, y ella desaparece de repente... Lo que Molano pensó fue que Elena se había ido con otro hombre, o a casa de su madre, o lo que suelen hacer las esposas en casos semejantes. Además, como le dijo Molano a Gallardo esa misma noche, las desapariciones no se denuncian tan de inmediato, cuando acaban de ocurrir, como quien dice, y puede que no sean tal desaparición, en realidad... Molano, con cierta lógica, se resistía a tomarse en serio la denuncia de Gallardo, y éste cada vez daba muestras de más nerviosismo, llegando casi a ponerse histérico. Hombre, date cuenta: un tipo que ha de escapar deprisa y corriendo para que no le metan en la cárcel y le embarguen..., y cuando se dispone a hacerlo, la que por lo visto se fuga es su mujer. --Pero, ¿esto es creíble? --dije--, ¿Qué fue lo que hizo en realidad su mujer? --Ah. Lo que hizo Elena. Finalmente, al cabo de un rato, Enrique le acabó confesando a Molano la verdad sobre lo del "viaje" al extranjero, para ver si así lo convencía de que se tomara en serio la desaparición de su mujer. Le dijo lo muy nerviosa que Elena se había puesto al decirle que el lunes lo iban a detener, lo del desfalco, el embargo que les esperaba, todo... Que debían escapar deprisa y corriendo del país. Y Elena, al oír aquello, primero no lo podía creer, luego se puso nerviosa, y luego... rara. --¿Cómo rara? --Es lo que le dijo Gallardo al sargento Molano. Que se quedó como inmóvil, parada, inexpresiva. Él no se dio cuenta hasta luego, nervioso como estaba por subir a hacer la maleta y largarse corriendo. Creo que no prestó demasiada atención a cómo reaccionó Elena. Date cuenta de la situación, tanto para ella como para él. Le dijo a Elena que no se preocupara por los chicos, cuando ella los mencionó, que estaban la mar de bien en la colonia de vacaciones, y que luego harían que se reunieran con ellos en Francia, o donde fuera. Seguramente contaría con que su hermana, la de Enrique quiero decir, les echase una mano en eso. Así que le gritó lo que ocurría, y desechó sin escuchar apenas lo que ella pudiera oponer. Y cuando bajó con su maleta, listo para salir corriendo a la estación, Elena había desaparecido. No estaba en el chalet. La buscó, y no la encontró por ninguna parte. --Pero, suponiendo que todo eso sea cierto, ¿cómo no se marchó él dejando plantada a su mujer, si había desaparecido? --Bien, como te dije, por miedo a irse solo al extranjero. Por sentido de responsabilidad hacia ella. Porque la quería de verdad. Mira, una cosa es que fuera un estafador, que hubiera mangoneado dinero y perdido u ocultado casi todo el robado. Y otra, que no tuviera sentimientos hacia Elena. Quería marcharse con ella, huir los dos, no dejarla atrás, abandonada y a merced de lo que le esperaba a él y la vergüenza y escándalo públicos que seguirían. Y, de repente, se encontraba con que ella había desaparecido como por arte de magia... --Se había fugado por su cuenta, vaya --dije. --Pues no. Cuando finalmente el sargento Molano se tomó en serio la denuncia de Gallardo, al confesarle lo de la fuga planeada, el desfalco y lo que le esperaba el lunes, empezó a buscar a conciencia a Elena Pineda. Se comprobó que, si se había ido, lo había hecho sin llevarse nada. No faltaba ninguno de sus vestidos, ni de sus zapatos. No faltaba pertenencia alguna de Elena. Su documentación, el bolso, las llaves, el monedero, todo, estaba en su dormitorio. De haberse fugado, como tú dices, lo había hecho sin llevarse dinero, y vestida con los shorts y la blusa y calzando las zapatillas con que Enrique la encontró al llegar esa noche al chalet. Por no tener, la blusa y los shorts carecían de bolsillos. --¿No se llevó dinero ni la documentación? --Exacto. Desapareció tal cual. --Bien... es evidente lo que pasó --dije. --Ya me figuro por dónde vas. Piensas que Gallardo la mató y ocultó el cadáver, ¿no es eso? --dijo Salvador con una sonrisa. --En efecto. --Así pues, ¿por qué denunciar la desaparición de Elena, cuando le bastaba con huir al extranjero de inmediato, sin que su fuga no se descubriera hasta el lunes, y el supuesto asesinato hasta a saber cuándo? --Pues... --No supe qué decir. --Es inverosímil, date cuenta. Enrique Gallardo se queda y llama a la policía, y espera a que ellos la encuentren. Lo único que consiguió fue, lógicamente, que el lunes por la mañana llegara la policía de Barcelona para detenerle, al no encontrarle ni en sus oficinas ni en su casa de la ciudad. Y acabó ocurriendo lo que él ya esperaba: embargaron todos sus bienes y posesiones, le metieron en la cárcel, luego los juicios... --¿Y su mujer? ¿Apareció finalmente? --No. Nunca ha sido encontrada ni ha dado señales de vida. Los dos hijos, que hoy son ya unos jóvenes de unos veinte años, fueron entregados en tutela a la hermana de Gallardo. --¿Qué crees que le pasó a esa mujer? ¿Dónde fue? --¿Qué piensas tú del asunto? --sonrió Salvador--. ¿Fue raptada por alguien que entró de repente en la casa? ¿O se escapó ella sola y alguien se la llevó por el camino? Lo que puedo decirte es que la policía la buscó a conciencia, en cuanto Gallardo contó lo de la fuga proyectada. Tampoco descartaron que hubiera habido una discusión, y a consecuencia de ella, Enrique matara a Elena y escondiera el cadáver. Molano no lo creía, por las razones que ya te he dicho: alguien que se dispone a fugarse no monta semejante historia, exponiéndose a ser detenido, tal como le iba a ocurrir. Registraron toda la zona, y la casa, por supuesto, tanto aquella misma noche como los días siguientes, incluso después de la detención de Enrique por desfalco. No encontraron el menor rastro de Elena. Contactaron con sus padres, que vivían en Barcelona. No sabían nada de ella, ni han sabido nunca más. Comprobaron que los dos coches no fueron usados aquella noche, ni vieron a Elena en la estación de tren. Calcularon incluso dónde pudiera haber sido enterrada, en caso de que Enrique la hubiese asesinado, partiendo del momento en que llamó al carnicero, las siete y media, la llegada de Enrique a la estación, poco después de las ocho, y su aviso a Molano. Es decir, el tiempo de que hubiera dispuesto un hombre a pie portando un cadáver para enterrarlo y lo lejos que hubiera podido llegar. No encontraron signos de entierro alguno. Y los de los chalets vecinos tampoco vieron nada sospechoso aquella noche, clara e iluminada, con casi todos ellos viendo perfectamente la zona desde sus ventanales o jardines. Elena Pineda, según todas las apariencias, se desvaneció en el aire, por así decir. Permanecimos un rato en silencio. Finalmente, me terminé la cerveza y dije: --Es uno de esos casos extraños que ocurren a veces... Desaparece alguien y no vuelve a ser visto nunca más. --O reaparecen al cabo de muchos años. Pero así, sin dinero ni documentación, con la ropa de ir por casa... Bueno, chico. Yo tengo una teoría... --Que la raptaron los extraterrestres --dije con una sonrisa. --He dicho una teoría, no una idiotez. --Salvador calló unos momentos, como dando forma mentalmente a las palabras que iba a pronunciar. Luego dijo--: La investigación policial fue escrupulosa, como te he dicho, y se descartó de inmediato que Enrique la hubiera matado. Por cierto, que tampoco había señales de violencia en el chalet. No la vio nadie. No se encontraron huellas suyas, ni de nadie, en el caminito de arena que ascendía a la carretera... que además, como ya te he dicho al principio, estaba cerrada por las famosas obras veraniegas. Elena no podía irse ni a pie ni en coche, ni se fue en tren, porque el jefe de estación no la vio. Por lo tanto... Bueno, lo que yo creo es que para comprender lo que ocurrió aquella noche, lo que le ocurrió a Elena, hay que ponerse en su piel. Pensar en todo lo que le ocurrió aquel día, desde que recibió la visita de su amiga Julia, compañera de estudios y de instituto, y que se consideraba una fracasada en la vida en comparación con Elena, felizmente casada, con dos niños y una buena posición. Charlan de esto, mientras Julia fuma como una carretera y habla de sus fracasos con los hombres y en su profesión, y Elena prepara un pastel para el domingo. Tiene a los dos hijos de colonias. Espera a su marido, que sabe o cree saber que se mata a trabajar para que vivan felices y despreocupados. Es una noche de sábado, tranquila y apacible, en el chalet veraniego. Y de repente, llega Enrique, irrumpe como un loco en el chalet y le dice que han de escapar corriendo a otro país, huir y ocultarse, para que no le detengan por desfacador y embarguen cuanto tiene, y lo metan en la cárcel y ella acabe en la calle con sólo lo puesto. Ni siquiera pueden llevarse a los niños. Sólo el tiempo justo de llenar un par de maletas con lo imprescindible, ir a la estación y coger un tren hacia la frontera con Francia. Así pues, todo el mundo, toda la felicidad en que creía vivir Elena se desmorona en apenas cinco minutos justos. ¿Te imaginas cómo debió de sentirse aquella mujer en ese momento? --Sí --asentí--. Debió de horrorizarse... --No creo que esa sea la palabra apropiada. Por lo que dijo Enrique luego, hablando con el sargento Molano, Elena se quedó blanca, inmóvil, casi paralizada. Luego empezaron a discutir porque ella se resistía a creerlo, a admitirlo. Pero Enrique gritaba y fue corriendo arriba a llenar su maleta, dejándola a ella abajo, en el salón, retorciendose nerviosa las manos y mirando alrededor suyo como buscando algo con la mirada. Cuando bajó, ella ya no estaba. --Salvador calló un momento--. Elena no pudo asimilar lo que le había dicho Enrique, el final de su vida entera. Así que... --¿Qué? --Ya sabes lo que uno dice a veces, cuando se encuentra metido en un conflicto inesperado, o ha cometido un error tremendo: "Tierra, trágame". Lo decimos o lo pensamos. Bien, creo que Elena hizo algo parecido. Deseó desaparecer, esfumarse, dejar de existir. Su cerebro se negó a admitir lo que ocurría, lo que estaba viviendo, la pesadilla de aquella noche, así que sin duda quiso dejar de existir... y eso fue lo que ocurrió. Elena se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera existido. Se fugó de este mundo. Me quedé mirando atónito a Salvador. --No estarás diciendo esto en serio, supongo --dije--. Esas cosas no ocurren, son imposibles. --Todo es imposible hasta que deja de serlo. ¿No has oído hablar de personas que han ardido por combustión espontánea? Es un fenómeno extrañísimo, pero existen unos pocos casos documentados, verídicos. Incluso tiene una cierta base científica, por inusitado que parezca. Lo que a Elena le ocurrió fue algo parecido... Deseó dejar de existir, esfumarse... y dejó de existir. Su cerebro no pudo aceptar la entropía en que entraba su existencia, y las moléculas y átomos de su cuerpo se desvanecieron en el aire... --Paparruchas. Eso es ridículo, además de imposible. Salvador se encogió de hombros. --Bueno, lo que tú digas. Pero no existe ninguna otra explicación para lo que ocurrió aquella noche. --Suspiró--. Elena era un encanto de mujer. Dulce, simpática, animosa... No me extraña que su marido estuviera loco por ella. Cuando le juzgaron y le metieron en la cárcel y le embargaron todo cuanto poseía, creo que ni se enteró de lo que ocurría. Su mente no dejaba de pensar en Elena. Creo que aún espera que algún día aparezca. Pero Elena ya no existe. --Lo siento, no puedo creerme eso. De verdad, Salvador, no puedo. Salvador se encogió de hombros. --Está bien. No discutiremos por eso. ¿Otra cerveza? Dije que sí. FIN.
May 15 (c) 2008 by J.C. Planells Mencioné esta obra de Tennessee Williams en una entrada anterior como la menos afortunada de este dramaturgo, en el período más fértil de su creatividad (véase al final del texto la relación de artículos sobre Williams aparecidos en este blog). En su libro de Memorias redactado entre 1971-1975, es la única --o casi única-- de sus obras que no se menciona ni de pasada. Period of Adjustment data de 1960 y fue llevada al cine poco después; ya dije en otra entrada que parecía una comedia de Neil Simon, y tras la lectura de su traducción directa del inglés, cabe añadir que de un Neil Simon algo malhumorado. Mi opinión negativa sobre la obra --que no es la única, pues otros seguidores de Williams la comparten-- procedía de la lectura de su traducción... mejor dicho, "versión", pues así la califican sus perpetradores, Alfonso Paso y Julio Mathias, editada en 1964 por Escelicer en la colección Teatro, número 426, con el título de Hasta llegar a entenderse. Existía otra traducción al castellano, realizada en Argentina en 1966 y editada por Losada en su colección Biblioteca clásica y contemporánea, núm. 495, a cargo de Manuel Barberà y con el título de Período de ajuste (en el mismo volumen se incluía El zoológico de cristal). Esta traducción de Losada se realizó a partir del original inglés, es decir, para su lectura y no para su representación en un escenario, al contrario que la "versión" de Paso y Mathias (que se estrenó en Madrid en febrero de 1964). La traducción de Losada ofrece un texto que, aun correspondiendo a una obra mucho más ligera que el resto de la producción de Williams, tiene un tono mucho más "oscuro" que la editada por Escelicer. La traducción argentina es más literaria, la española está pensada para que suene "bien" en escena (algo que es habitual al versionar o adaptar obras --o según qué obras-- extranjeras en España: es preciso escribir unos diálogos que el actor español pueda pronunciar bien y suenen correctos en escena). La traducción de Barberá presenta, pues, un texto serio, aun dentro de su tono mucho menos grave que el resto del teatro de Williams. La de Paso y Mathia está rellenada con los "chistes" y "bromitas" habituales de Alfonso Paso. Asimismo, Paso y Mathias se saltan las alusiones sexuales que hay en el inicio del acto tercero, o las expresan en unos tonos mucho más suaves; cabe pensar, lógicamente, que se debió a la censura, dura por aquellos años, y por ello decidieron suprimir texto y tergiversar los parlamentos entre Ralph y George (Jorge, en la versión de Paso y Mathias) a propósito del sexo, el amor y la castración, reduciéndolos a un mero intercambio de opiniones sobre cómo les gustan a las mujeres que el hombre les haga el amor (o cómo no les gusta). Es algo que hay que aceptar --aun con ciertas reservas--, puesto que no es totalmente achacable al dúo traductor español. Por lo demás, en lo restante, Hasta llegar a entenderse "suena" a Paso, en tanto que Período de ajuste "suena" a Williams. En la versión de Paso y Mathias, la obra concluye con la frase de Dorotea "No, Ralph, no. ¡Ten cuidado! ¡Que no es mío el camisón!". En la traducción editada por Losada, Dorotea dice: "¡Cuidado! Deja que lo haga yo. Esto no es mío", y una acotación indica que se refiere al camisón que lleva puesto. Es posible que para mucha gente la diferencia sea mínima, pero para el conocedor de la obra de Paso, no. La postura de Alfonso Paso y la de Tennessee respecto al sexo es muy distinta, y no tanto por razones de censura en un caso, como de mentalidad en ambos. En las obras de Paso, los hombres "les hacían niños" a las mujeres (o éstas incluso lo solicitaban en alguna de ellas); en las de Williams, los personajes tienen trato o relación sexual. Para Paso, la mujer ha de estar desnuda, y si hace falta se le arranca la ropa (o se le sugiere que ella misma se la arranque); Williams hace que sus personajes desnuden el alma, no el cuerpo (puesto que para Williams es el alma --no el cuerpo-- quien precisa de trato sexual). Pero en todo caso, aceptaré que sea un detalle nimio. Veamos otros que no lo son tanto. En el primer acto, a poco de iniciarse la acción, Ralph e Isabel mantienen el siguiente diálogo (los nombres son los mismos en ambas ediciones), cuando Ralph la recibe en su casa y le echa arroz por ser una recién casada: En la edición de Losada: Isabel: ¡Oh, no, por favor! No quiero volver a ver arroz en mi vida, por lo menos arroz crudo... Ese fuego me parece maravilloso. Soy Isabel Crane, señor Bates. (Se quita uno de los guantes rojos y alarga la mano.) Ralph: Creí que estaba casada con aquel individuo... En la versión de Paso y Mathias: Isabel: ¡Oh, no, por favor! Arroz, no. Me ha hecho daño desde pequeñita. Ralph: Pero si está sin guisar. Isabel: Por eso. Se me mete en los ojos. En la boda de una amiga mía, empezaron a tirar arroz... Ralph: Y se le metió en los ojos. Isabel: No. esta vez fue peor, porque el arroz estaba guisado y nos pusieron perdidos de grasa. Una broma. Perdone. (Se quita una manopla y extiende la mano.) Ralph: Creí que se había usted casado con ese muchacho...
Es un ejemplo de los "chistes" y "bromitas" añadidos por Paso al texto (y muy reconocible como suyo para quien haya leído todo su teatro editado), que lo hacen alejarse de Williams y acercarlo a sus típicas comedias sobre las relaciones conyugales (tanto dramáticas como de tono más ligero). En el acto segundo, a poco de iniciado, hay asimismo otro "cambio", con muy poca gracia en la conversación que mantienen Ralph y George (Jorge en Paso y Mathias). En la edición de Losada leemos: George: Tendrás a tu esposa aquí mañana. Ralph: ¡Cuernos! ¡Yo no la quiero aquí de nuevo! George: ¿No la quieres de nuevo? Ralph: Eso es. George: ¡Caramba! En ese caso, no podrás ahuyentarla a golpes de palo... ¡Ja, ja! (Muere su risa al advertir la expresión ofendida de Isabel.) No podrás alejarla a golpes de palo de la puerta mañana. El mismo fragmento, en versión de Paso y Mathias: Jorge: Mañana sin falta tendrás a tu mujer de vuelta. Ralph: ¿Por qué? Si no quiero que vuelva. Jorge: ¡Ah! ¿No? Oye, si no se tiene la mujer al lado, ¿a quién se va a pegar? ¡Ja, ja, ja! (Su risa se corta al darse cuenta de la mirada ofendida de Isabel.) Desde luego, la frase final de Jorge/George, aunque pueda parecer lo mismo, no lo es. En Losada, el personaje trata de hacer una broma para levantar la moral de Ralph. En Paso y Mathias, la broma es una grosería machista. En Williams la frase refleja a un personaje algo simple, un poco bruto, sin mala intención. En Paso... me temo que refleja a los versionadores... o a uno de ellos, al menos. En ese mismo acto segundo, hacia el final, hay considerables supresiones y modificaciones en los diálogos entre Ralph y George (Jorge), donde se habla de la impotencia sexual de manera explícita. Ya hemos dicho que las razones fueron, sin duda, que la censura de entonces no las hubiera permitido (o eso cabe suponer). Para compensarlo, modifican una parte del texto para introducir en su lugar otro chistecito. Así, en la edición de Losada leemos: Ralph: [...] Sería mejor que fueses a buscar a tu mujer. Esa casa de stuco y estilo español está ocupada por un decorador soltero y tú sabes de qué manera abaten a las mujeres esos hombres... Tiene en su casa una especie de cantina militar. Se congrega en ella mucha gente de tropa. George: ¡Ah! (Lo divierte el cuadro que imagina.) Ralph: Tengo que entrar saltando una ventana del fondo porque tú has cerrado esa puerta y yo corrí el pasador. En la versión de Paso y Mathias, este fragmento es así: Ralph: ¿Por qué no vas a recogerla? Esa casa está ocupada por un pintor abstracto, soltero, y ya sabes cómo tratan a las mujeres. Jorge: ¿Los pintores abstractos? Ralph: No. Los solteros. (Se oyen voces de borrachos. Ralph intenta entrar y la puerta está cerrada.) Has cerrado la puerta, Jorge, y yo había puesto el pestillo. Ahora tendré que entrar por la ventana. El diálogo, pues, ofrece la típica banalización made in Paso, leída en muchas situaciones semejantes de sus comedias (e incluso dramas u obra serias), introducir un chistecito, un equívoco en el diálogo, que de pie a una "gracia", que en este caso interrumpe el tono más bien seco con que Williams dotó a su texto original. De hecho, la ligereza de la versión de Paso contrasta en todo momento con la traducción de Losada. Y no cabe hablar de "diferencias" de traducción, sino de manipular el texto. Por lo demás, las supresiones de los temas de índole sexual que aparecen en la traducción de Losada, como las indicadas anteriormente, aún hacen más "ligero" (o frívolo) el texto. No vale la pena seguir. Hay más, por supuesto, especialmente "suavizaciones". En la traducción de Losada, Ralph señala repetidamente que su hijo es un "mariquita" o bien que sus abuelos tratan de educarlo como "un mariquita", mientras que Paso y Mathias ponen en boca de Ralph que su hijo es un "anfibio" (!!!). Así, el resultado de Paso y Mathias es ofrecer una versión bastante simpática de un texto en que Williams trató de hacer algo un poco más ligero en contraste con el resto de su producción hasta entonces, aunque el resultado no fue demasiado bueno y sí muy poco convincente. Incluso detalles alegóricos como las grietas en la pared de la casa de Ralph, producidas poor los movimientos del terreno en que se halla enclavada, que resultan algo inquietantes en Williams, dan la impresión de ser una simple "originalidad" intrascendente en la versión de Paso y Mathias. Es evidente que el teatro es un texto "a interpretar", y eso supone tanto a interpretar por parte de los actores como de los lectores. La interpretación que se saca de la traducción directa del inglés no se parece en nada a la que se obtiene de la "versión" de Paso y Mathias. (Por lo demás, vale la pena indicar que, dejando aparte las lógicas supresiones censoras de la época, el resto del teatro estrenado en España del dramaturgo americano fue servido por traductores que se limitaban a adaptar en castellano el texto, sin añadir coletillas ni morcillas gratuitas.) *Sobre Tennesee Williams en este blog, véase:
--"Tennesee Williams en el cine, de Maurice Yacowar: Una buena excusa para hablar de un gran autor" (4 de mayo de 2007)
--"Tormenta de primavera, de Tennessee Williams" (19 de septiembre de 2007)
--"Tennesee Williams: Memorias" (21 de diciembre de 2007)
May 13 (c) 2008 by J.C. Planells  Desde The Bedroom Tapes, publicado el año 2000, Carly Simon no había grabado un disco con composiciones propias. No había permanecido inactiva, empero, y entre otros trabajos entre el 2000 y el 2008, se cuentan tres CDs con canciones de otros autores o temas estándar --incluido su curioso disco de temas navideños, no exactamente de "villancicos", y que es uno de los mejores dentro de sus trabajos no autorales--. La algo fría recepción del último de ellos, Into White, pese a que contenía un puñado de notables canciones (de los Beatles, el tema de El mago de Oz, y otros clásicos bien conocidos del pop-rock) ha hecho que vuelva a las composiciones propias con This Kind of Love, en el que colaboran en algunos temas sus hijos Ben y Sally Taylor (habidos con el cantante James Taylor, pareja de Carly durante muchos años), y en cuya grabación e inspiración participan algunos músicos brasileños. Pues este trabajo se vende como "canciones de amor de inspiración brasileña", si bien una vez escuchando el resltado con detención, dicha inspiración se limita a las armonías de la primera canción y a algún que otro tema del disco (pero no, curiosamente, en "The Last Samba", composición de Jimmy Webb, uno de los músicos que han colaborado en el disco, y que es una melodía romántica sin nada de brasileño). A estas alturas de la vida, Carly Simon no tiene nada que demostrar, pues con una carrera tan larga como la suya no necesita competir por puestos en ninguna lista de éxitos ni captar nuevos fans. Puede dedicarse tranquilamente a su mundo personal sin necesidad de "reinventarse" como otras ni experimentar sonidos nuevos. Recordemos que Carly Simon empezó musicalmente cuando era una adolescente, en 1963, formando con su hermana Lucy el dúo folk-pop Simon Sisters, que cesó en 1964 tras dos LPs grabados --los cuales finalmente han aparecido en CD por vez primera en el 2006 (y que ofrecen la curiosidad de que una de las canciones, "Hold Back the Branches", es un poema de Lope de Vega musicado por Carly--; hasta 1971 Carly no reemprendería en solitario su carrera musical, tras grabar algunas maquetas a finales de la década de los sesenta. Esto es historia, pues, y es agradable ver cómo sigue, tranquilamene, en el mundo musical, fiel a su creatividad, sus ideas y sus preocupaciones. Pues, ¿de qué nos habla Carly en este disco? De lo que siempre la ha preocupado: amores y desamores, encuentros y desencuentros, conocer a alguien y perderlo, soledad y aislamiento (o incomunicación, como se decía antes), y de despedidas (la última canción es un homenaje a un amigo fallecido poco antes); hay también un lugar, como casi siempre en sus discos, para la ironía y el sarcasmo, en la un tanto amarga "People Say a Lot", que tiene la letra más larga de todo el disco. Sally Taylor, su hija, le escribe una canción: "We were together", y Ben Taylor, su hijo, hace lo mismo en "Island". En "So Many People to Love", Carly nos habla de cuánta gente hay en el mundo a quien amar, y del poco tiempo de que se dispone para ello; como siempre --en esta y en la mayoría de las canciones de autoría propia-- sorprende la sencillez, la economía de medios, la efectividad de sus versos, el modo en que cada palabra se ajusta al concepto preciso que desea expresar. Musicalmente, es un disco extraordinariamente armónico, tanto en las melodías de "inspiración" brasileña, como en las que no la tienen. Es un disco plácido, en donde se dicen cosas importantes sin necesidad de chillarlas o desgarrarse. Si hubiera que elegir un tema, quizá me decantase, en el aspecto musical, por la breve --y al escucharla aún parece más breve, es algo realmente curioso-- "How Can You Ever Forget", compuesta por Carly Simon y David Saw y que en cierta forma recuerda algunas armonías de John Lennon (con o sin McCartney); y, en el terreno de las letras, elijo "In my Dreams", una de las más breves y sencillas, pero tremendamente emotiva ("The only place I feel at home is in my dreams / The only place I´m not alone is in my dreams", dice en sus primeras estrofas, y no creo que sea necesario traducirlo). Es realmente satisfactorio ver a Carly de regreso (bueno, en realidad no se ha marchado nunca) y sin perder un ápice de su creatividad. Un disco plácido, armónico, sencillo, que va calando más y más a cada nueva audición.
May 12 (c) 1993 by J.C. Planells [Este breve ensayo fue publicado en el número 10 de Elfstone, noviembre de 1993, precedido del igualmente breve relato "La mano de Borgia", de Roger Zelazny, publicado en inglés en 1963, traducido por mí, y no disponible --de momento-- en ninguna otra edición en castellano. El artículo se tituló entonces "Análisis de ´La mano de Borgia`", y había sido escrito --junto con la traducción del relato de Zelazny-- hacía unos diez años, aproximadamente, para un editor que lo rechazó porque no le vio ningún interés. Finalmente, Santiago G. Solans, editor de Elfstone, aceptó publicar ambos textos. Como no es posible reproducir el relato de Zelazny por la lógica cuestión de derechos de autor, en todo caso en el ensayo queda claro el argumento y desarrollo del mismo. Confieso que siento por este trabajo un particular afecto.] Sería fácil sintetizar el argumento de esta pequeña obrita de Roger Zelazny, titulada "La mano de Borgia": un niño (que el lector identificará como Adolf Hitler) encuentra a un buhonero (que el lector podría identificar como el Judío Errante), el cual le cambia su mano inutilizada por una que le dará poderes en el futuro. Sí, demasiado simple para sintetizarlo, porque lo importante no está en el cuento, sino detrás del cuento. "La mano de Borgia" fue uno de los primeros relatos que publicó Roger Zelazny, concretamente en el número de marzo de 1963 de la revista Amazing, y posteriormente nunca ha sido recogido en ninguna de las colecciones de relatos del autor, hasta el presente. Existen una traducción holandesa y otra francesa, y fue únicamente recogida en una antología de 1971, Science Fiction Greats, nº 21. No ha aparecido publicado en ninguna otra parte. ¿Es, pues, un relato sin importancia, una obrita menor, un cuento como tantísimos otros podemos/solemos leer en revistas o antologías? Mi personal opinión es que no, y voy a tratar de defenderla. Es bien sabido que lo mejor de la obra de Zelazny, tanto en lo referente a novelas como a relatos, se sitúa en sus primeros años de escritor, concretamente toda la década de los sesenta y principios de los setenta. Posteriormente, sus obras han ido defraudando más y más a sus incondicionales, y se echa en falta aquella poesía, aquella fuerza, el colorido con que se sustentaban esos primeros trabajos. Esto no le hace un caso único en la historia de la ciencia ficción; son muchos los autores que suelen tener unos diez años bastante buenos de trabajo, para luego decaer y apagarse. Zelazny no se ha apagado totalmente, pero muy de tarde en tarde ha dado en los últimos años pruebas de su indudable talento de narrador. Para mí, Roger Zelazny es el mejor --quizá el único-- escritor romántico de toda la ciencia ficción y fantasía. Y ese romanticismo es aún más patente en las mencionadas primeras obras. Una de sus aficiones en aquellos primeros años consistía en recoger los mitos de la Antigüedad o figuras de la Historia, para reescribirlos proporcionándoles otra situación, dándoles otras explicaciones, diferentes motivaciones. Ulises, Hércules, Siva, Isis, Lancelote, han surgido de su pluma y han sido modernizados/transportados/desmitificados/ensalzados a través de distintas obras. No tiene que resultar excesivamente extraño que Zelazny concibiera un relato en torno a la figura de Adolf Hitler y sugiriera a su vez una explicación, una desmitificación, una alegoría, acerca de una de las figuras más sombrías y terribles del siglo XX. Si Hitler, con el devenir de los años, puede llegar a ser una figura mítica (aun en el más negro de los sentidos), bien puede el escritor americano apoderarse de él para un relato. Por otro lado, la figura de Hitler no es rara en la ciencia ficción: Norman Spinrad, Gregory Benford, Philip K. Dick y otros han escrito obras acerca de él o del nazismo. Ninguna de ellas, por supuesto, desde una perspectiva precisamente romántica (quizá con la salvedad de un curioso relato corto de Roald Dahl, centrado en los padres de Hitler). Zelazny sensibiliza la figura siniestra de Hitler; al fin y al cabo, nos dice (sin decírnoslo) en el relato, Hitler debió de ser un niño como los demás. Y aquí debo hacer un alto y explicar algo acerca de las técnicas narrativas del escritor: Zelazny escribe sus historias a base de lo que omite en ellas, y esto es igualmente válido tanto para sus relatos como para sus novelas. Según confesión propia del autor sobre sus métodos de trabajo, suele eliminar párrafos, capítulos, descripciones, algún diálogo, fragmentos de narración, y permitir así que lo omitido llegue al lector a través de lo no omitido. De esta manera, pues, se efectúa una doble lectura, la cual se convierte en sí misma en un ejercicio deductivo. Es evidente que los mejores frutos de esta técnica narrativa (que no es nueva: Hemingway ya la había inventado, como señala Jacques Goimard) se hallan en los primeros años de Zelazny como autor. La omisión de fragmentos esclarecedores o reforzadores de la narración obliga al lector a enfrentarse a personajes que a veces no comprende en escenarios que en ocasiones son indistinguibles. En el relato "La mano de Borgia" tenemos lo siguiente: un niño que cree en las fuerzas oscuras, en brujería y supersticiones, como tantos otros niños (en la ficción y fuera de ella) han creído y creerán. En ninguna parte del diálogo entre el niño (Adolf) y su amigo Fritz se nos dice esto, pero el lector puede y debe leerlo entre líneas, puesto que el autor lo sugiere claramente en las breves y cortas frases de diálogo. Una vez leída toda la historia, veremos que una frase clave ya nos da todas las pistas para tal deducción: la frase con que se inicia el relato: "El buhonero cruzó el pueblo el día en que murió el herrero". El buhonero es el ser fantástico, portador de dones y hacedor de milagros, en la imaginería del niño. El mismo niño dice "... el herrero tenía buenos músculos", otra señal de que el hecho de la muerte del herrero, unido a su fuerza física, tiene clara importancia en el ritual mágico para conseguir la magia de que es portador el buhonero, y que esa magia es especialmente fuerte ese día a causa de la muerte del herrero. El niño sabe, simplemente, que el buhonero hace milagros y que puede arreglar su mano inutilizada. Pero para ello debía cumplirse el ritual de la muerte del herrero: en otra fecha, ello no hubiera sido posible. El buhonero, por su parte, es identificado como el Judío Errante, y será él mismo el que dé al niño una mano que ha pasado a lo largo de los siglos por diversas personas: fue antaño de César Borgia, y posteriormente de Napoleón Bonaparte. El niño desea la mano para ser un artista, pintar las cosas que ve (Hitler fue en sus primeros años un pintor terriblemente naïf), y el Judío Errante le da esa mano, que el niño mediante un gesto le indica a qué altura desea alzarla (y el lector debe deducir aquí que es el ademán habitual de un pintor echándose hacia atrás para contemplar el resultado que ha obtenido en la tela: una mano sosteniendo la paleta; en la otra, el brazo doblado, sostiene el pincel alzado formando línea recta con el hombro, como disponiéndose a un retoque en la tela; pero al mismo tiempo, el lector debe recordar aquí que Hitler no hacía el saludo nazi con el brazo completamente estirado, es decir, a la romana, sino doblado hacia atrás, mostrando la mano). Zelazny, en este punto, propone una reflexión: ¿saludaban los nazis a su caudillo, o saludaban a la mano de su caudillo? E insisto de nuevo en que todo ello no nos es narrador por el autor, sino sugerido a través de rápidos diálogos y frases muy cortas: es el lector quien ha de realizar todo el trabajo. Otra reflexión: es sabido que Hitler y la plana mayor nazi creían firmemente en las fuerzas oscuras, en algunos ritos satánicos, y que algunos de ellos llegaron a practicar con toda seriedad rituales diabólicos. No sé si Zelazny conocía estos detalles cuando escribió el relato, aunque pienso que es muy posible lo supiera. En cualquier caso, ello aumenta mayormente la aureola romántica del relato, así como su verosimilitud histórica. Pero, ah, ironía final y no menos importante. Un judío errante es quien le ha dado la mano al niño, al futuro Führer, exterminador de judíos, defensor de la pureza de la raza. Aunque, por lo que vemos en el relato, el niño no parece sentir animadversión alguna hacia los judíos. Y el buhonero se despide del muchacho diciéndole: "... algún día volveré al país de Lutero y Goethe para ver cuán alto la puedes levantar". Suprema y cruel ironía, que se presta a no pocas reflexiones. ¿Exterminará Hitler a los judíos a causa de esa mano que uno de ellos le proporcionó? ¿Cuáles son en realidad los poderes de esa mano? ¿Se apoderará de la voluntad de su poseedor? En cualquier caso, es evidente que el experimento "concluyente" que deseaba el buhonero tendrá lugar con el niño, el futuro Führer, el cual, atendiendo al ruego del Judío Errante, la levantará --la mostrará-- "muy alta", en vez de limitarse a esconderla, como hacía Napoleón. La conclusión a la lectura de "La mano de Borgia" es que se trata de un relato profundamente romántico, lleno de añoranza por algo que pudo ser y no fue, una mirada nostálgica y cariñosa a un punto de la historia que habría de desembocar en uno de los períodos más negros no ya del siglo XX, sino de toda la Historia mundial. La lectura fácil, de un tirón, del relato, sin buscar profundizar en el mismo, puede llevar a pensar que se trata de una "gracia" del autor, una paradoja más o menos válida, pero sin sustancia. Una lectura en profundidad, descifrando claves, nos lleva a otro extremo. ¿Está Zelazny tratando de justificar a Hitler? ¿O pretende desmitificar su horrenda proyección histórica? En modo alguno. Zelazny usa libremente de la figura del Führer para una paradoja, sí, pero una paradoja de un innegable romanticismo, claramente acorde con lo que constituía mayormente su producción literaria de aquellos años. Hitler es usado con los mismos fines neorrománticos que tantas otras figuras históricas o mitológicas en obras posteriores o contemporáneas a este breve relato. Por otro lado, parece más que claro que "La mano de Borgia" es un ejemplo perfecto para ilustrar esa técnica de Zelazny de decir mucho sin, aparentemente, decir nada, de "subliminalizar" la historia narrada. De ahí, por lo tanto, la necesidad que hay de leer a Zelazny despacio, no fuera a ocurrir que se nos pasase el relato por alto...
May 09 (c) 2008 by J.C. Planells  Estando en preparación este capítulo de la serie "Autores olvidados", ha venido a actualizarlo la inesperada publicación esta semana de su novela de 1947 Los esclavos de la soledad, editada en Galaxia-Guttemberg y prologada por Doris Lessing. En todo caso, cabe decir que Patrick Hamilton estaba olvidado en España en el sentido de que no se le editaba ni reeditaba, apenas se le había leído, y por descontado no se hablaba para nada de él, aunque su obra más popular --la de temática criminal-- pervivía sin dificultad merced a las exitosas y notables adaptaciones cinematográficas a que dio lugar: Luz que agoniza, La soga, Concierto macabro. Este novelista y dramaturgo británico nació en 1904 y su vida no parece haber sido demasiado alegre y feliz: un padre acomodado pero borracho y putero, una esposa prostituta... Dicen que algunas de sus ficciones estaban basadas más o menos en circunstancias de su vida, lo cual atendiendo a dichas ficciones es más bien como para preocuparse un poco. Empezó temprano como autor, en 1925, publicando novelas calificadas como "dickensianas" por Charles Shibot, que al parecer fueron bien recibidas, pero en 1929 se reveló como dramaturgo --su vida de hecho estaría vinculada al teatro en varios aspectos, no sólo como autor de obras de éxito-- con La cuerda, un drama policiaco que recreaba en forma de ficción el asesinato que dos universitarios homosexuales de buenas familias, Leopold y Loeb, cometieron en 1924, estrangulando a un niño de 14 años "por interés científico". Fue un crimen que conmocionó en su época y que más tarde daría lugar a una fiel reproducción de los hechos en el film de Richard Fleischer Impulso criminal. Hamilton, de hecho, negó que La cuerda se basara en el crimen de Loeb y Leopold, pero las coincidencias son tan claras que la semejanza entre sus dos protagonistas de ficción y el mismo móvil del crimen ("interés científico") despejan toda duda. La cuerda llegó a estrenarse en España en 1955 (en Palma de Mallorca, concretamente) y su versión castellana fue editada en la colección Teatro de ediciones Alfil (número 143), en 1956. Por el contrario, la película de Alfred Hitchcock, realizada poco antes, fue rigurosamente prohibida por la censura y no se estrenó hasta 1987, con el título de La soga. Hitchcock introdujo algunas modificaciones --cambio de escenario de Inglaterra a Estados Unidos, arranque del film con el asesinato-- que no gustaron a Hamilton, pero su versión es casi una filmación del texto teatral respetando la unidad de lugar. En 1938, Hamilton estrenó en la escena Luz de gas, quizá su obra más célebre, que incluso ha dado lugar a la expresión "hacer luz de gas a alguien", en el sentido de tratar de volver loca a una persona haciéndole creer que no es real lo que ve o siente. En la obra, un hombre se casa con una joven ingenua con el fin de instalarse en la casa que ha heredado de su tía para registrarla cómodamente en busca de unas joyas cuyo escondite se ignora. El hombre, de hecho, fue quien asesinó a la tía de su mujer en esa casa, y su registro provoca terror en la esposa, que ve cómo la luz de gas desciende de intensidad cuando se cree sola en la mansión y oye extraños ruidos en el desván. Cierto que la intriga es totalmente inverosímil y no resistiría el menor análisis lógico, pero la fuerza de los personajes y las situaciones lo hace pasmosamente creíble. Hubo dos adaptaciones cinematográficas de la obra, Luz de gas, producción británica casi invisible hoy día, y Luz que agoniza, a cargo de George Cukor con un reparto irreprochable: Ingrid Bergman, Charles Boyer, Angela Lansbury... El texto fue editado en la antedicha colección Teatro y también en Ediciones Plaza, hace muchos años. Además de sus exitosos dramas policiales, Hamilton escribió también algunas novelas criminales, la mejor y más famosa de las cuales es Hangover Square, en 1941, sobre un compositor que cree sufrir ataques de amnesia durante los cuales se convierte en un asesino psicópata. Llevada al cine por John Brahm y estrenada como Concierto macabro, con un genial Laird Cregar en el papel del compositor y asesino, es otra notable película. Entre 1952 y 1955, escribió una trilogía de novelas sobre un asesino psicópata, la llamada "trilogía Gorse", en la cual algunos han visto antecedentes del Norman Bates creado por Robert Bloch y filmado por Hitchcock, y el Hannibal Lecter de Thomas Harris. Hamilton falleció en 1962. Llama la atención, sin duda, esa predilección por personalidades criminales y torturadas en las obras de Hamilton: asesinos despiadados, carentes de sentimientos, como en La cuerda o Luz de gas, o torturados por el propio desconocimiento de su personalidad real, como en Hangover Square, por remitirnos solamente a las obras que pueden ser disfrutadas en las estupendas versiones cinematográficas que de ellas se hicieron. Sin duda el mundo de Hamilton era extraño, oscuro, y debería estudiarse, pero como digo, es un autor conocido por sus versiones, pero desconocido por sus obras. La inesperada edición de su novela de 1947 ambientada durante la segunda guerra mundial, Los esclavos de la soledad, significa su recuperación/descubrimiento para el lector hispano, y la oportunidad de conocer otros aspectos de su inventiva.
May 06 (serie Relatos autobiográficos - 30) (c) 2008 by J.C. Planells Finales de febrero de 2008. Me dirijo a las diez y cuarto de la mañana al cibercafé donde suelo escribir mis insensateces, y al ir a entrar, apresurado, me cruzo con C, que salía de él, pero mi cerebro no registra el encuentro de manera consciente, sino inconsciente. Oigo pronunciar mi nombre cuando ya estoy dentro y me vuelvo: allí está. Justo se iba al aeropuerto para tomar el avión hacia su país, y había pasado un momento para enviar un e-mail a su familia. "Un mes y medio en casa de mi madre, para reponerme", me dice. Arrastraba una maleta enorme, y me contó que le habían robado dos cámaras de fotos y un ordenador portátil durante las apenas tres semanas que ha estado en Barcelona (nada nuevo: siempre le robaban algo cuando venía estos últimos años; sin contar con que su propia vida fue lo primero que se dejó robar). Yo sabía que estaba en Barcelona, ya que me había telefoneado al poco de llegar para que lo supiera y por si nos veíamos; no nos habíamos visto: mi capacidad de aguante y mi paciencia respecto a C habían llegado al límite hacía algún tiempo (y no voy a decir que por culpa de C exclusivamente). Me figuraba que durante su estancia acudiría a ese mismo cibercafé alguna vez, porque un año o dos atrás habíamos ido juntos un par de veces, en otro de sus pasos por Barcelona; sin embargo, en estas tres semanas no nos habíamos cruzado ni por casualidad. Me cuenta, ahí, de pie en la calle y sujetando la maleta, que además de una bronquitis enorme tiene una enfermedad grave de los pulmones, he olvidado el nombre de la enfermedad, y que Bruno también la tiene. Comento cuánto ha adelgazado. "He perdido seis kilos", dice. Podrían ser quince, pienso para mí mismo, aunque seguro que me equivoco. Pero no era sólo que hubiera adelgazado mucho: parecía como si su cuerpo hubiese encogido. Yo siempre tenía que alzar la cabeza cuando hablábamos de pie, y esa mañana no era preciso: nuestros ojos estaban casi al mismo nivel. Sólo su rostro tenía el mismo aspecto de siempre, como si el tiempo no se reflejase en sus facciones y las esquivase. "Tengo las piernas como los palillos, de verdad, y en el pecho se me marcan todos los huesos y las costillas", me dice. Una conversación aturullada de apenas un par de minutos, con sus típicas salidas repentinas: "Cárgame el móvil, que tengo prisa, toma, te doy el dinero, ¿recuerdas el número?", prisas porque tenía que irse corriendo al aeropuerto, un par de abrazos y de apretones, una sensación de ayeres dejados de la mano, una figura que marcha apresurada arrastrando esa enorme maleta, hacia otro continente, "a reponerme, a comer, he de comer y reponerme y me pongo bien", y yo me quedé con la sensación de que ésta es la última vez que nos hemos visto y sabido uno de otro, y que por eso esta mañana hemos tenido que cruzarnos en el cíbercafé, y por eso esta mañana estaba abierto antes de las diez y cuarto, cuando lo normal es que abran un poco cuando les da la gana, y por eso era ésta la mañana en que habíamos de vernos, y no las otras durante esas tres semanas de su estancia. Quizá sí vuelva a Barcelona, a España. O quizá no. O se marche a Italia, como me dijo cuando llamó para avisarme de que venía. Lo único que se me ocurre pensar es que, entre sus pulmones medio destruidos y su deterioro interno, y mis riñones enviando inatendidas señales de alarma, está claro que uno de los dos se ausentará dentro de un cierto tiempo. Podría contar la historia de C, aunque ¿para qué? ¿Y cómo? ¿Por dónde empezar? ¿Qué contar y qué callar de ella? ¿Sé algo realmente de C? ¿Cuánto era realidad y cuánto fantasía de todo lo que contaba en aquellos años? Ni siquiera existe una manera racional de enfocarlo. Conocí a C en octubre de 1995, y eso es lo único seguro. El resto es un caos. Tampoco es una historia que pueda interesarle a nadie ni aporte nada, y todos pueden contar historias parecidas. Bueno, eso creo. El único balance que se me ocurre es que nunca nos entendimos y sin embargo nos comprendimos siempre. C formó parte durante una época de ese extraño, reducido y selecto grupo de personas que me llamaban por teléfono de tarde en tarde, pero no para hablar: sino sólo para oír mi voz, hallar consuelo en ello y colgar al cabo de unos momentos. Lo han hecho tres personas en toda mi vida, y sé, he sabido siempre perfectamente, quiénes fueron, aunque ante ellas me lo callé. C, al igual que las otras dos, cuando el mundo se volvía insoportable y la oscuridad acechaba ahí afuera, cogía el primer teléfono que pillaba, el suyo o el de otro o una cabina de la calle, y marcaba mi número. Luego, cuando yo contestaba, se serenaba, volvía la paz, recobraba las fuerzas, escuchaba mis "¿Diga? ¿Sí?" en silencio, y colgaba: el mundo estaba de nuevo en orden. Consciente de quién era la persona que llamaba (lo mismo que en los otros dos casos en épocas tan distintas), me abstenía de las habituales insensateces o insultos que la gente profiere en tales ocasiones, pensando que quien llama es un bromista o un pesado. Sé que todo esto es muy extraño, incomprensible. No espero que nadie lo entienda, o que lo crea. La verdad es que me da igual lo que pueda pensar la gente sobre el tema. Uno de mis peores recuerdos de C fue la noche que vino a casa para dormir: su pareja, un tal José Manuel (Jose, lo llamaba C) --de quien siempre he pensado no era sino un chulo de gimnasio--, y del cual se había separado hacía algún tiempo, se negó a dejar que pasara la noche en lo que fuera antes su casa, señalando las escaleras e indicando cómo se bajaban (o ayudando a C a bajarlas a empujones). Por aquel entonces, C estaba sin amigos --o eran muy poco recomendables-- y apenas trabajo (y nada de pareja, claro). Quería hacer algo, empezar de nuevo, terminar con la mala vida de los últimos dos o tres años, y se vino a pasar la noche en mi casa como quien se dispone a esperar en un aeropuerto o estación de tren la partida de un medio de transporte hacia un brillante futuro, hacia un cambio, segunda oportunidad, rehacer la vida estropeada, corregir errores... No tenía donde ir ya, y ni siquiera Bruno aceptaba que apareciese por su piso, temeroso de lo que pudiera ocurrir, escarmentado por anteriores visitas suyas... Porque la época en que C consumía cocaína febrilmente fue algo terrible, espantoso, que repercutió en todos sus conocidos y amigos, en el trabajo... Esa noche, llegó a contarme algunos datos al respecto; cómo registraba todos los muebles de casa de Jose --el chulo de gimnasio-- cuando aún vivían juntos, en busca de dinero escondido para comprar droga, "porque era mi derecho registrarle los muebles", me dijo. Por Bruno supe, entre otros detalles la mar de finos relativos a su paso ocasional por casa de Bruno, que en esa mala época se juntaba con tipos que llevaban una pistola metida entre la camisa y el cinturón. "Me das asco --le soltó Bruno un día, al coincidir con C y los tipejos de la pistola, sentados todos en la Plaza Real--. ¿Cómo puedes ir con esa gentuza con lo que tú has sido?". C se limitó a no contestar (no hacía falta que lo hiciera). Me contó más cosas, pero no tengo ganas de explicarlas. La noche que C durmió en mi casa acabó registrando mis muebles cuando a la mañana siguiente bajé a comprar el periódico, aunque sólo lo advertí más tarde, cuando ya se había marchado a Zaragoza. Ah, sí, decidió empezar su nueva vida en Zaragoza, porque Barcelona le resultaba ya un infierno. Esa mañana, tras una noche de sueño reparador (aunque me costó lo mío que no saliera en mitad de la madrugada a buscarse droga por alguna parte...), había tomado la firme decisión de Empezar Una Nueva Vida y Dejarlo Todo Atrás. En todo caso, ya iba cambiando de planes cada cinco minutos... miento: cada minuto y medio. "Me voy a Zaragoza". "Tengo que llamar a una amiga para un trabajo". "Voy a dejarlo" (la coca). "Buscaré entre los anuncios del diario, a ver." "Empezaré de nuevo." "Voy a salir de esto." "No me rendiré." "Yo he sido la más grande y volveré a serlo". Mis consejos caían siempre en saco roto (nada nuevo en este sentido), no me escuchaba ni me hacía caso porque yo no formaba parte de su mundo ("Eres un antiguo"). Sólo quería ganar dinero y más dinero y tenía prisa por triunfar y por todo y llegar a la cima y vivir en el lujo (algo que, de hecho, le duró apenas un año... si llegó a un año). Hace unos años, cuando finalmente admitió que Zaragoza significó otra derrota, partió a Brasil en un avión cuyo pasaje pagó Bruno, porque temía se muriera de un momento a otro, como quien dice; así que Bruno llamó a su madre, le dijo cómo estaba C, y que era mejor se volviera a Brasil, compró el pasaje de avión y se aseguró de que C subiera a él. Ya en Piaui, su madre se cuidó de que estuviera en una clínica especial una larga temporada, y allí se repuso poco a poco y mejoró notablemente, en cuerpo y espíritu. Después de la clínica, una vez en casa, con prohibición absoluta de salir a la calle ni para comprar agua mineral, hasta ver las cosas claras. C me escribía regularmente y me informaba de sus progresos, su estado de ánimo, y en sus cartas había optimismo: estaba la mar de bien y planeaba estudiar informática. Así lo hizo. Y dejó la droga, claro. Supongo. Parece ser. Creo. Finalmente, tras un par de años en Brasil, volvería a España, "pero lo he dejado", insistía. Quizás. Es posible. Puede. No sé, no sé. Es extraño que no se haya convertido en carne de cañón televisiva aquí, en España. Realmente extraño. Sé que en Brasil, cuando ya empezó a llevar vida normal tras su recuperación, a salir con amigosy amigas, ir a fiestas y asistir a celebraciones, apareció en algún programa de televisión en su estado (Parnaiba), pero no para contar miserias sino logros o pequeñas vicisitudes, en tono amable y simpático; cuando en 2005 abrió su blog en internet, y más tarde yo mi correo electrónico, me enviaba enlaces para comunicar sus progresos: las webs de Brasil daban noticias suyas a veces, o hablaban de proyectos, y todo iba la mar de bien, como si ignoraran el infierno vivido en España. Pero ha rehuido siempre contar sus miserias en la tele española tras su caída en el submundo de la droga y su ¿recuperación?, y no sé qué fue de esas memorias de su vida y paso por Europa que escribió en Brasil, en casa de su madre, mientras se reponía, y que quería publicar; incluso llegó a consultarme sobre ello; recuerdo haber leído por aquel entonces, en una web brasileña, su intención de escribirlas ya antes de ponerse a ello. Otros de sus compañeros y compañeras no se lo han pensado tanto a la hora de exhibir miseria y desdichas televisivamente; una forma de hacer dinero fácil que, sin embargo, a C no le agradaba, lo cual era un tanto raro. Todo en C ha sido siempre extraño, irregular, inusitado, inesperado, desmesurado, contra corriente. Aún recuerdo cómo aquella vez que durmió en casa me encontré con que había colocado junto a la cama una imagen del Cristo Redentor de Rio de Janeiro. Me quedé atónito al verla y me pregunté cómo alguien que en aquellos tiempos se pasaba el día esnifando coca y rodando por las calles con la mente extraviada podía llevar consigo aquella figura de unos diez centímetros de altura para que acompañara sus ratos de sueño a saber dónde. A veces, en los últimos años, cuando yo estaba hecho polvo, C me levantaba la moral y me animaba. "Vive tu vida, chico, es tuya y la única que tienes", me decía. También es cierto que cuando todos le cerraron la puerta, yo se la abrí. Qué importa todo eso o qué importa nada cuando el tiempo nos destroza. Pues sí: C en ocasiones llamaba, un domingo por la tarde o un sábado, o cuando fuera, y preguntaba: "¿Qué haces?". "Leo", contestaba yo, o "Escribo" o "Trabajo". "¿Cómo puedes estar tantas horas metido en casa? Yo no podría", replicaba. Así que hace unos trece años que nos conocemos y con intermitencias nos hemos ido viendo, escuchando, soportando, peleando, discutiendo, odiando, malinterpretando, escribiéndonos, llamándonos, consolándonos, riendo a ratos, llorando otros ratos, enemistándonos, echándonos de menos, hartándonos de aguantarnos, haciéndonos regalos, celebrando cumpleaños, abroncándonos, cortando el contacto, recuperándolo... A veces recuerdo los planes de futuro que tenía allá por 1996 o 1998: nada se realizó de todo aquello, absolutamente nada. Ni uno solo de sus planes salieron adelante; fantasías y locuras, sueños. Su época en Zaragoza al principio parecía ir bien; salió adelante, pero al cabo cayó aún más abajo: se enganchó a la heroína. Me llamaba y me decía: "Ahora me pincho. Hace tanto frío en esta ciudad, es tan triste el invierno, que tengo que pincharme para soportarlo". Supongo que era una excusa como otra cualquiera en una vida llena de cimas y abismos como la suya. En Zaragoza escaló una cima al llegar, y poco después caía al abismo más hondo. "¿Y crees que con eso arreglas algo?", le decía yo, irritado y asustado a la vez, cuando me contaba que se había pinchado. No, claro que no arreglaba nada, pero pasaba el momento. "Hace tanto frío en esta ciudad --repetía y repetía--. El invierno no es como en Barcelona, es más crudo... Es todo tan solitario... es un pueblo grande, sólo un pueblo grande." Su entusiasmo inicial por Zaragoza se fue desvaneciendo con el tiempo. Había odiado Barcelona por lo que significó finalmente en su vida (en realidad, era una relación de amor y odio a la vez). Cuando se vio incapaz de salir de ese abismo, llamó a Bruno y se vino a Barcelona; como ya he dicho, Bruno pagó su regreso a Brasil y según me contó unos días después de que C ya estuviera en casa de su madre, su estado físico era deplorable. Quizá por eso C no quiso que nos viéramos antes de partir y se limitó a una despedida por teléfono.
(Permítaseme una digresión: A veces me he preguntado si P también hubiera formado parte de ese trío de silenciosos comunicantes telefónicos, convirtiéndolo así en cuarteto. No hubo ocasión, sin embargo. De todas maneras, la historia de P es tan distinta... ¡Diantre si es distinta! P era alguien que necesitaba un pequeño empujón en un momento crucial de su vida para salir adelante (la zancada, que diría Vicente Soto), porque nadie más se lo daba, en nadie podía confiar ni nadie la escuchaba, y yo por lo visto andaba por allá cerca... Según me dijo --según me escribió--, yo la ayudé mucho a salir adelante. Es posible, pero de todas maneras P hubiera salido adelante por sí misma, estoy más que seguro. P tiene un potencial tremendo... tremendo. Es alguien simplemente maravilloso. Vi hace pocas semanas su vídeo en you tube y me emocionó profundamente. ¿Sería una estupidez decir que me sentí orgulloso de P? Al fin y al cabo, P no es nada mío. Pero sí, me sentí orgulloso. Desde luego, un mundo con personas como P es decididamente un lugar casi perfecto. Y no creo que lo que hice por P fuera tan decisivo o importante como dijo entonces. Estuve allí, en el momento en que debía estar, y nada más. La vida a veces nos pone en ciertos lugares, en el camino por el que transitan otras personas, y lo hace por motivos que nosotros no entendemos --y sin preguntar si puede dejarnos heridas--. No debe darse mayor importancia a lo que uno haya hecho por otra persona. Mucho más grave es lo que algunas personas no hacen por los demás.)
Todo esto es muy extraño, ya lo he dicho antes. Pero ahora me refiero a la manera en que la vida nos zarandea y nos estropea. C se drogaba porque no aguantaba la vida que llevaba, o para poder soportarla; tanto sirve una excusa como otra, tan buena es una como otra. Yo escribo porque no aguanto la vida que llevo o para soportarla, también una excusa como otra, lo mismo vale cualquiera de las dos: escojan la que les dé la gana. "Toda forma de autoexpresión tiene el mismo significado: huir de uno mismo", escribió Tennessee Williams una vez, y así es; es preciso correr, escapar de uno mismo, no vaya a ser que nos atrapemos a nosotros mismos y veamos cómo somos en realidad, y no nos guste lo que veamos. No sé si les ocurre a otros escritores; puede que no, seguramente no; pero desde luego en mi caso es cierto. Escribir es drogarse, huir de la realidad y negar el presente, hundirse en fantasias donde todo es mejor, y si no lo es, al menos hay la oportunidad de que parezca mejor o de luchar para que lo sea, aunque algunos de los personajes acaben pereciendo a causa de ello, manifestar lo que pensamos y lo que ocultamos. Así pues, C se drogaba, yo escribía mis insensateces, y todos tan contentos. Me pregunto si existe algún lugar, un puñetero mundo o universo donde los sueños de la gente se conviertan en realidad, los deseos se completen y no haya que luchar para conseguirlo ni existan los conductos lagrimales en la anatomía del ser humano. Y no lo digo pensando en mí, ni tampoco en C, sino en tantas personas que mueren o malviven sin convertir en realidad sus modestos sueños o afanes, sus sencillas ilusiones, sus plácidas aspiraciones. Que han de enfrentarse en ocasiones a una vida que no les gusta nada. No se trata tanto de triunfar en la vida como de sentirse "razonablemente feliz", como decía la protagonista de una de mis historias. Los triunfos en la vida suelen ser escasos y breves, si es que llegan. Cuando son ruidosos, suelen corresponder a personas un tanto indeseables. Una felicidad razonable es más deseable, pero, ay, me temo que igual de imposible. C aprendió que vivir en el lujo no sirve de nada, y le costó perderlo todo; para entonces, ya era tarde. Los estragos del tiempo no son los que se reflejan en nuestro rostro, avejentándolo, afeándolo o estropeándolo, ni los que marchitan nuestro cuerpo. Son los que no se ven: los que hieren nuestra alma y debilitan nuestro corazón y van segando nuestras fuerzas y mellando el ánimo. Los estragos del tiempo son los que percibimos cuando nuestra colección de pérdidas va aumentando notablemente y nos quedamos poco a poco sin lo que hemos ido conociendo a lo largo de la vida, hasta reducirse a nada. O cuando vemos cómo los demás, a quienes queremos o hemos conocido o nos hemos cruzado con ellos en momentos concretos de la vida durante una determinada época, van menguando poco a poco, frustrados, fracasados. O los perdemos de vista y no volvemos a saber de ellos. ¿Serán felices sus vidas? ¿Quiénes les rodearán ahora que no sabemos de ellos? La duda nos acompañará siempre. Las ilusiones no se cumplen, los deseos desaparecen, las amistades se marchitan, los amores caducan, las esperanzas languidecen, la salud merma, las energías se desvanecen, la fe huye. Perdemos un día el interés por algo que nos parecía imprescindible, no lo recuperamos ni deseamos hacerlo; sabemos que según qué ya no tenemos fuerzas para soportarlo y nos preguntamos cómo pudimos soportarlo en otros tiempos. Una vez, hace algunos años, le dije a C: "Al final los recuerdos bellos prevalecen sobre los malos, y éstos se olvidan." Y C me dio la razón. Es extraño, es verdaderamente extraño que en un caso como el de C prevalecieran los momentos felices y bellos, y el horror y el espanto fueran siendo sepultados. Pero existieron. Sólo que incluso eso, poco a poco, día a día, momento a momento, también se va desvaneciendo, y así poco a poco desaparece y parece no haber existido. O quizá no queremos que haya existido. Los estragos del tiempo acaban destruyendo incluso los recuerdos, y a lo mejor eso nos salva de enloquecer. O acaso decidimos también qué parte de recuerdos queremos desechar.
FIN.
May 04 (c) 2007 by J.C. Planells  No hay duda de que si alguien está enterrado al final de un arco iris --en el supuesto de que esto sea posible--, ese alguien es Judy Garland. He aquí otro caso de vida estropeada, de persona que tuvo fama, dinero, éxito, admiradores, respeto, adoración por parte de diversas generaciones. He aquí otro caso de persona explotada, manipulada, al servicio de los intereses de las productoras y el star system. Nacida con el nombre de Frances Ethel Gumm en 1922, debutó en el mundo del espectáculo a los tres años: procedía de una familia dedicada al mundo del espectáculo. Fue niña prodigio, o actriz infantil, como se prefiera, niña o jovencita mimada por la Metro (hasta que decidieron darle la patada) en productos optimistas, alegres, llenos de música y canciones, emparejada al insoportable Mickey Rooney en la serie "Andrés Harvey" (españolización del original "Andy Hardy"), bailando y cantando a las órdenes de Busby Berkeley, de Vincente Minnelli (con el que se casaría) o de George Sidney. Su principal papel, por el que alcanzó esa inmortalidad cinematográfica que pocos alcanzan y tantos desean, lo tuvo al interpretar a Dorothy en la versión musical del clásico infantil El mago de Oz. Un film tan discreto artísticamente como cautivador en su fondo, y que visto hoy día debe decirse que vale lo que vale gracias a Judy Garland. Allí interpretó "Over the Rainbow", y esa interpretación, esa escena, es ya más que un clásico del cine musical: es casi una confesión, una declaración de principios, una aspiración, un deseo imposible, un vaticinio. No es extraño que en cierta manera, el "Over the Rainbow" de Judy Garland en El mago de Oz parezca más un himno que otra cosa: un himno para los desesperados, para los extraviados... Una súplica cantada. Judy enamoró, como digo, a generaciones. Su nombre se menciona con respeto y emoción, ese respeto y emoción que al parecer no la rodeaba profesionalmente. Su vida fue un cúmulo de desgracias, un catálogo completo de desdichas. Matrimonios fracasados, despidos profesionales, drogas y alcohol. Probablemente, como ocurre en todos estos casos, su desgracia fue ser una niña prodigio: sometida a la férrea disciplina del tiránico Louis Mayer, se vio espiada por compañeras de piso colocadas por Mayer para tal fin, sometida a dietas rigurosas para que no engordara (al parecer, a Judy le encantaba comer dulces, lo cual, lógicamente, la hacía engordar un poco). A fin de poner a raya esa glotonería, le suministraron ya de jovencita Benzedrina a fin de que perdiera el apetito. Y ése fue el primer clavo del ataúd de Judy, que el propio Mayer martilleó con gran vigor. A la Benzedrina le siguieron píldoras para dormir para contrarrestar sus efectos; a las píldoras, pastillas para despertarla de tanto dormir y luego, calmantes para los nervios que le entraban con la Benzedrina. El señor Mayer y sus ideas luminosas iban fabricando un bonito ataúd para Judy mediante un buen cóctel químico. La propia Judy acabó contribuyendo a clavar aún más clavos en él, a medida que se iba haciendo mayor, consumiendo alcohol, esnifando cocaína, inyectándose heroína..., todo ello para "compensar" los efectos secundarios de tanta química en su cuerpo, metida por el "bien" del star system y la gloria de la Metro Goldwyn Mayer. El final de Judy Garland no es que fuera lamentable: fue verdaderamente patético: el 22 de junio de 1969, fue encontrada sentada en la taza del váter (un váter atrancado, según relata Kenneth Anger, un tanto innecesariamente), hecho un despojo humano, drogada, ensangrentada... Antes de esto, ya hubo muchos intentos de sucidio de toda clase: con cuchillos, con píldoras... Finalmente, a los 47 años, lo logró. Las últimas fotos que de ella se tomaron en vida nos muestran un rostro abotargado, irreconocible, espantoso. Como dice Anger, no tenía ni cincuenta años y aparentaba más de cien. Yo, viendo sus últimas fotos, diría que ni siquiera parecía un ser humano. Hoy, películas como Ha nacido una estrella, que interpretó en 1954 a las órdenes de George Cukor, papeles como su breve colaboración en Vencedores o vencidos y su interpretación en El mago de Oz, nos permiten ver una Judy Garland más cercana a la realidad, por un lado, y al deseo de una realidad mejor a la que escapar, por otro lado. Se comprende el aura mítica que la rodea. Y uno no puede resistir la tentación de hacerse la pregunta: ¿Por qué se estropea, por qué estropeamos, todo aquello que se supone nos ha de dar felicidad? ¿Dónde está el fallo? Y tengo la sensación... no, la intuición, de que si supiéramos la respuesta correcta a esta pregunta --la única respuesta correcta--, entonces habríamos dado con el secreto de hacer de este mundo nuestro un lugar perfecto. Puede que esa respuesta esté al final del arco iris.
May 03 (c) 2008 by J.C. Planells  En 1984, Bluejay Books publicó este libro de fotografías realizado por Patty Perret, que ofrece --tal y como reza su subtítulo-- "Retratos íntimos de los hombres y mujeres que dan forma a la manera en que vemos el futuro". Un subtítulo un tanto alambicado, pero en fin, es lo que hay. Patty Perret, nacida en 1955, empezó a dedicarse a la fotografía a finales de la década de 1970, lo que incluye su trabajo en el show televisivo Saturday Night Live en 1980-81, que le valió un premio. En otoño de 1982, según cuenta en la presentación de este libro, Betsy Wollheim --esposa de Donald Wollheim, el editor de Daw Books, y para la que había trabajado anteriormente-- le sugirió realizar un libro de retratos de escritores de ciencia ficción americanos. Tras una primera lista de 150 nombres y contactar con ellos, el número se dedujo a 82 al rehusar participar en el proyecto varios de los seleccionados. Y son estos 82 los que aparecen en las páginas de este libro. Así, Patti Perret y su esposo, Mark Bingham, se embarcaron en un viaje por todo Estados Unidos, recorriendo los hogares de residencia de los 82 escritores que aceptaron ser fotografiados. En su prefacio, Mark Bingham relata algunas anécdotas al respecto, y cómo en la mayoría de ocasiones apenas disponían de una hora --tres con suerte-- para charlar con el escritor de turno antes de retratarle en un marco conveniente, así como captar su personalidad. Y éste es el punto al que deseaba llegar: pues como la propia Patti Perret confiesa en su presentación, no era lectora de ciencia ficción y por supuesto ni conocía ni sabía nada de estos 82 escritores seleccionados, así que iba leyendo sobre la marcha algunas novelas o relatos de cada uno de ellos antes de visitarles, desdeñando curiosamente leer entrevistas realizadas o incluso sus datos biográficos. Y con esto, más las charlas antes del retrato de turno, era de cuanto disponía para reflejar la personalidad de cada autor. Lo que hace, por lo tanto, singular este libro es precisamente que cada uno de los retratos refleja perfectamente la personalidad del escritor que aparece en él. Con independencia del excelente trabajo fotográfico de Patty Perret, lo que maravilla es la manera en que ha logrado captar la personalidad de cada uno de ellos, como podrá deducir quien tenga un conocimiento en mayor o menor grado sobre los autores aquí presentes, bien mediante su obra o por lo que de ellos es sabido a través de entrevistas, datos personales o estudios biográficos. La fina intuición, la casi radiografía que de ellos nos ofrece Patty Perret es realmente sorprendente. Por supuesto, no podemos hablar por los autores inéditos en castellano o escasamente conocidos, que abundan más de lo deseable, dicho sea de paso (Jack L. Chalker, Marta Randall, Dean Ing, Lee Killough, M.A. Foster son algunos de los nombres que no significan nada para nosotros). Así, pues, el lector español debe conformarse con los autores ya conocidos o familiares según su grado de fan de cada uno de ellos. Digamos, de paso, que a cada autor se le pidió un breve texto para acompañar su retrato, lo que dio lugar a las habituales chorraditas, ataques de misticismo, simplezas, filosofías baratas y, por supuesto, textos interesantes. Como ya queda señalado, hay ausencias voluntarias, y entre ellas Robert Heinlein y Robert Sheckley son quizás las más llamativas; nos queda la duda de cómo los hubiese captado el certero ojo de Patty Perret. Preside la portada, muy acertadamente, el retrato de Jack Williamson --que reaparece luego a poco de iniciado el volumen--, tocado con su sombrero tejano, con su rostro ya anciano, su mirada bondadosa, sentado en la biblioteca de su casa: un toque cálido y hogareño (como la mayoría, aunque no todos, de los retratos). Tras los prólogos ya mencionados --más uno totalmente superfluo de Gene Wolfe--, empieza el desfile de figuras del género. No están ordenados alfabéticamente, sino un poco al tuntún (¿o no tanto?: pues Pournelle, Laumer y Niven aparecen uno después de otro...). El primero es Alfred Bester, sentado en una silla de mimbre, cigarrillo en mano y con aspecto de aguardar alguna revelación por parte de su interlocutor: hay algo de inquisitivo en su mirada, así como un cierto cansancio de quien ha librado demasiadas batallas; a su espalda, vemos una puerta abierta, como si Bester fuera a cruzarla de un momento a otro. Hay una sensación de soledad y de resignado conformismo en la imagen. A continuación, Ursula K. Leguin se lo toma con calma y serenidad: tiene una mirada como señorial en una estancia que parece bañada por el sol exterior, aunque se adivina fresca por dentro; parece un tanto distante, como en un plano de superioridad (el texto que acompaña su foto es una poesía). Más adelante (evidentemente, no voy a hablar de las 82 del libro), encontramos al ya desaparecido Roger Zelazny: una imagen sobria, casi adusta... minimalista, se podría decir: sentado ante la chimenea de su casa, donde se puede ver un Buda a la izquierda; en principio, sorprendería esa economía en su retrato de alguien de verbo tan poderoso... ¿o no? Quizá no, puesto que Zelazny despojaba a su narración de lo superfluo dejándola reducida a lo esencial: era la imaginación del lector lo que le daba poder. El retrato de Piers Anthony es engañoso: pretende hacernos creer que es un humilde trabajador en su taller, de ahí la desordenada estantería que vemos a su espalda y el atuendo casero que lleva... pero la mirada taimada no engaña, y su sonrisa satisfecha nos indica claramente lo encantado que está de conocerse y la buena opinión que tiene de sí mismo. Otro que está en su taller es Algis Budrys, pero aquí la imagen es muy distinta: vemos una mesa llena de herramientas, perchas de las que cuengan camisas, trastos por todas partes, y un Algis Budrys que nos mira con aspecto de hallarse atareado en alguna reparación mecánica u hogareña, como si el mundo de la ciencia ficción fuese algo ajeno a él (y de hecho, por aquellos años se limitaba prácticamente a su columna mensual de crítica en una revista del género). Ray Bradbury, cómo no, aparece entre enmarcado y rodeado de libros, caretas de carnaval, pósters de cómics antiguos, juguetes, relojes, un cuerno de caza y multitud de objetos más..., luciendo pantalón corto, como un niño sorprendido en su cuarto de juegos. El retrato de Theodore Sturgeon lo muestra en medio de una arboleda, las manos en los bolsillos y su inconfundible aspecto de gnomo, la mirada esquiva: es un retrato de soledad asumida con un cierto orgullo, pues al fin y al cabo está en comunicación con la naturaleza; en su breve comentario, habla de Patty Perret en lugar de sí mismo. Isaac Asimov aparece retratado contra el fondo neblinoso de Nueva York: podría estar retratado casi entre nubes, de no ser por los barrotes de las galería que vemos a su espalda: hay una cierta actitud de sapiencia al tiempo que de afabilidad en su mirada, su sonrisa y su ademán imponente. Marion Zimmer Bradley, la autora de la popular --por motivos que nunca he entendido-- serie Darkover parece la sacerdotisa de un templo dispuesta a impartir el sermón dominical, tanto por la túnica que viste como por el lugar escogido de su casa: una pared casi desnuda con lo que parece un crucifijo --no lo es-- en la parte alta; teniendo en cuenta cómo predica en sus novelas, la imagen resulta inquietante. La de Frank herbert es una de las fotografías más extrañas del álbum: aparece sentado en el trampolín de una piscina interior, sin agua, de espaldas y girando la cabeza para mirarnos; otra foto de soledad y aislamiento. C. J. Cherryh nos muestra que es una chica guapa y nada más (lo mismo que es una escritora prolífica y nada más): retratada en el salón de su casa, es una foto impersonal de alguien impersonal. Jerry Pournelle parece un vendedor de coches retratado en su despacho: viste camisa de manga corta y parece todo menos un escritor de ciencia ficción: transmite autoridad, firmeza y sentido práctico. Keith Laumer está sentado en el interior de uno de los coches del cementerio de automóviles situado a poca distancia de su casa de Brooksville, esos coches que --como le contó a Charles Platt en 1982--, reparaba a ratos perdidos con el mismo afán que trataba de reparar su maltratada salud: es un rostro duro y amargo donde se adivinan las heridas interiores. Larry Niven parece un niño rico --lo que en realidad es-- sentado indolentemente en su chaise longue, frente a una gran pantalla de televisión y mirándonos con rostro satisfecho: la de quien no necesita trabajar para vivir. James Tiptree Jr. (es decir, Alice Sheldon), aparece de perfil, muy envarada, sentada ante la chimenea de su casa, sosteniendo un periódico que contempla de manera artificial y con un cigarrillo en la otra mano: es la única en todo el libro que "posa" deliberadamente, y que pretende aparecer natural sin conseguirlo ni por asomo, puesto que en esas fechas ya se había desvelado su secreto (Tiptree era Sheldon, el hombre era una mujer) y su actividad literaria estaba prácticamente reducida a cero debido a ello, tras diez años de fingimiento, parece evidente que Sheldon era incapaz de ser "Tiptree" ni para una fotografía... sin fingir. Thomas M. Disch ofrece el retrato más insólito y divertido de todos: su rostro se refleja en la superficie de una tostadora que hay sobre una mesa, con lo que pasa a ser uno más de los muchos objetos que llenan la imagen: la mesa, un cuadro, una lámpara, una cafetera y una taza, un arcón empotrado en la pared, unos libros... No está de más recordar que Disch había publicado pocos años antes su popular relato "El valiente tostadorcito". La escritora André Norton parece una abuelita en su sala de estar: rodeada de gatos de peluche y con pinta de acabar de tomar el té con Miss Marple (o de preparar el americano pastel de manzana para sus sobrinos); teniendo en cuenta la popularidad de que gozó siempre entre los lectores más jóvenes del género --el resto la ignoraba--, esta imagen suya de "abuelita, cuéntame un cuento" es muy apropiada. A.E. Van Vogt parece un tipo la mar de normal, sorprendido en camisa y sin chaqueta, sentado en el sofá de la sala, de espaldas a la ventana; no nos engañemos, en su texto nos explica cómo pronto se convirtió en alguien que observaba a las personas y estudiaba los aspectos de la vida: en efecto, su rostro inquisitivo parece observarnos y estar a punto de echar a correr a la máquina de escribir para poner por escrito el resultado de sus observaciones. No sé por qué razón, no me sorprende nada ver a Robert Silverberg echado indolentemente sobre la alfombra de su casa, con aspecto de hacer el gandul (estuvo muchos años semirretirado de sus labores de escritor, como es sabido, y para esas fechas había dejado atrás sus tiempos "experimentales" por cansancio). Estas son, en fin, algunas de las miradas que Patty arroja sobre los escritores seleccionados para su libro de retratos. Independientemente de lo magnífico de su trabajo fotográfico --como ya he dicho antes--, lo que sobresale es su acierto en captar la personalidad de cada uno de ellos, en aquel momento concreto de sus distintas vidas. Teniendo en cuenta el desconocimiento previo que tenía de ellos, y el escaso tiempo para conversar con ellos de que dispuso, Patty Perret hace cierto aquello de que "una imagen vale por mil palabras".
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