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    May 31

    GALERÍA DE MUJERES (48). PATRICIA CONDE: La apariencia y la realidad

     (c) 2009 by J.C. Planells

     


    A estas alturas supongo que todos estarán ya habituados a encontrar algunos nombres inesperados en esta (bonita) serie de "Galería de mujeres". Ya lo dije en otra ocasión: siempre hay un motivo para que determinada mujer sea incluida en ella. El que Patricia Conde aparezca aquí puede resultarle inesperado a mucha gente, pero no menos que algunas de sus predecesoras. Hay, cómo no, sus buenos motivos y una cierta lógica para ello. Un motivo, lo maja que es, y otro motivo, lo maja que está. Si bien, como ya expliqué una vez, una cosa sin la otra no permitirían su incorporación a la galería.
    A Patricia Conde, nacida un 5 de octubre --lo cual casi la hermana conmigo en mes y con sólo cinco días de diferencia-- de 1979 en Valladolid (igual que Delibes, lo cual ya nos indica por dónde van los tiros) la vimos por primera vez --o por vez principal los que no nos pasamos la vida pegados a la televisión-- en el programa El informal que se emitía en Tele 5 hace unos años, en compañía del más bien detestable Javier Capitán y del que ejerce de gracioso (que no es lo mismo que ser humorista) Florentino Fernández. (Nota para ingenuos y despistados: Chiquito de la Calzada es un --grandísimo-- humorista; Florentino Fernández es un señor que hace gracias. Aprendamos a distinguir.) Pues bien, a Patricia Conde la colocaron en ese programa --a veces bastante cargante-- para sustituir a Inma del Moral, que ejercía de sexy oficial del país o de la tele o algo por el estilo, y que luego que se hizo famosa por hacerse novia de Pedrito Ruiz (lo cual evidentemente, la descalifica ya para el resto de la vida). Mal asunto sustituir a una popular de la tele, muy mal asunto. A Patricia Conde la acogió con cierto resquemor buena parte de la "respetable audiencia", pero la chica, poco a poco (verso a verso), supo meterse en el bolsillo al público y se convirtió en lo mejor del poco destacable El informal.
    Terminó el programa (o el canal se cansó de él), y tras periplos en algunos programitas y tareas varias de escasa resonancia, donde se le perdió la pista (o al menos los que pasamos de tele se la perdimos), reencontramos a la camarada Patricia metida en la Sexta como presentadora de un programa de éxito: Sé lo que hicisteis..., primero semanal, luego diario y con más horas de duración poco a poco. La popularidad le ha traído curiosos enemigos (y muchos amigos), debido a la idiosincrasia del programa en sí: crítica más o menos feroz y satírica (burla pura y dura las más de las veces) de los programas de cochineo corazonil (nota para el lector curioso: al escribir lo anterior, por errata había puesto "chochineo" en vez de cochineo"; lo corrijo, aunque creo no iba muy desacertado...: un bonito neologismo made in Juan Carlos Planells). Dejando aparte los peros y los pros que se le pueden (y deben) poner al programa (irregular a veces, acertado otras, repetitivo en ocasiones, desmadrado algunas: lógico tras tantas horas de emisión), la profesionalidad de la camarada Patricia es innegable. Como también que una cosa es la presentadora, y otra es la persona. Eso es algo menos conocido y divulgado: la faceta seria, responsable y trabajadora de una chica que, por un lado sabe reírse la primera de sí misma --algo a lo que las mujeres no son precisamente dadas, más bien todo lo contrario-- , hacer el payaso sin reparos --lo cual es igualmente insólito en una mujer, y ya no digamos en una mujer que sea muy atractiva--, no tener miedo a ponerse en ridículo, y por otro lado, mostrarse en su vida personal como más bien retraída, tímida, preocupada por los demás, discreta y sumamente celosa de su intimidad. A mí, las mujeres que reúnen esas virtudes en una carrera profesional que las sitúa a la vista de todos, me pueden y me fascinan.
    Poco se sabe de su vida privada, excepto que tuvo un romance (o a lo mejor lo tiene aún) con el cantante de El Canto del Loco. A consecuencia de esa faceta suya tan retraída y poco comunicativa, nada dada a conceder entrevistas o explicar detalles personales de su vida y milagros, y asimismo debido a su trabajo en el programa de la Sexta, las majaderas profesionales de la basura, perdón, de la prensa rosa, empezaron a propagar rumores con toda la mala intención posible de que "la Patricia es lesbiana", aireándolo por todas partes acompañado de sonrisitas y con un tono de voz cargado de malicia: recordaban a un montón de brujas en pleno aquelarre. Quedó la duda de si lo hacían por pura maldad (muy posible) o porque Patricia no daba lugar a muchos cotilleos (igualmente posible) o por ganas de buscar revancha (más que probable). En todo caso no pareció que Patricia Conde concediera importancia a esos rumores, y al final, las majaderas que los lanzaron a la calle más bien se los han tenido que tragar (junto con toda la mierda que sacan sobre toda clase de personas por el agujero de la boca, que cosa rara lo tienen en la cabeza aunque dé la impresión de estar en otra parte de su cuerpo). Y es que no importa lo que Patricia sea o deje de ser; lo que importa es ver cómo siempre hay gente dispuesta a esparcir (el verbo más feo del idioma castellano) rumores con mala intención para desprestigiar a alguien o predisponer a sus fans o al público en general en contra de una persona en concreto, partiendo casi siempre de su ignorancia y mala leche (quienes no sirven para gran cosa en la vida, curiosamente, saben maldecir de otros, insultar y calumniar: en fin, todo el mundo sirve para algo en la vida...).
    Patricia Conde, además de su carrera profesional, participa en actos de solidaridad y benéficos, sin mucha alharaca, con esa discreción que preside todo lo relativo a su vida privada. (De ahí que pocos han sabido que este mes de mayo ha recogido en Nueva York un premio internacional por su colaboración en los derechos de la mujer, entre otras cuestiones solidarias.) Es en este sentido muy Libra: detesta que se fijen en ella y por eso se ríe de sí misma haciendo el payaso en la tele, fingiendo ser toda clase de personajes (no hace mucho, en un teatro de Madrid interpretó una comedia donde representaba varios papeles); y es que la mejor manera de desviar la atención de los demás es fingir que eres otra clase de persona, jugar e interpretar un papel o varios a la vez, crear un estereotipo que oculte todo lo que a los demás no les interesa saber, y entregarse en el trabajo convirtiendo la vida en una representación: así los demás verán el fruto de ese trabajo y detrás quedará la persona, lo privado, lo que nadie tiene porqué conocer. No es mala política si lo que quieres es que te dejen tranquilo. Y por eso, y por muchas cosas, Patricia  se ha ganado ser incorporada a esta Galería de mujeres. 

    May 28

    ROBOS EN EL MUSEO

     (c) 2009 by J.C. Planells
     
     
    (Aventuras de Harold Smith: episodios inéditos)
     
      (portada por Magenta)

     

    Dedicado a los fans de la serie (que al parecer son más de los que yo me pensaba), a Magenta por sus dos portadas, y al recuerdo de Richmal Crompton, fallecida hace justo cuarenta años: su espíritu asoma aquí en algunos detalles... JCP.


        El señor Rufus Maximus Wintersharpe estaba bastante desesperado. Era el dueño de un museo de arte antiguo y arqueología, y había advertido que en las últimas semanas varios objetos habían sido robados durante las horas que el museo permanecía abierto al público, sin que se descubriera al ladrón ni cómo se las habían llevado ante las narices del vigilante, el cual aseguraba y juraba por lo más sagrado no haber visto a nadie coger ni esconder ninguno de los objetos expuestos. Había otro vigilante durante la noche, una vez cerraba el museo, pero se había descartado que los robos ocurrieran fuera de los horarios de visita, aparte de que no se encontraron indicios de puertas o ventanas forzadas ni nada parecido. Scotland Yard no tenía la menor pista sobre el caso.
        --Si los objetos aparecen en alguna subasta o en poder de algún coleccionista... --sugirió Harold.
        --Es improbable. Los tendrá algún coleccionista particular, eso desde luego, pero estarán ocultos en una habitación cerrada de su casa y no los verá nadie más que él.
        --Podríamos registrar las casas de todos los coleccionistas de arte de Londres... --sugerí yo, animado. Este caso me parecía bastante fácil.
        El señor Wintersharpe me miró horrorizado.
        --¡No podemos hacer eso! Son gente importante y poderosa; si registramos sus casas es como si les acusáramos de ser unos ladrones. Y ningún juez extendería una orden de registro sin sospecha fundada alguna.
        --Pues registremos las casas de los jueces --ofrecí a cambio.
        --¿Cuáles son las piezas que han desaparecido? --preguntó Harold.
        El señor Wintersharpe sacó una lista del bolsillo de la americana y la examinó.
        --Una estatuilla reproducción de la Venus de Milo de unos cuarenta centímetros de altura --leyó--. Un plato de cerámica donde se ve una representación de la batalla de las Termópilas... Ya sabe, Leónidas de Esparta... Un Discóbolo de tamaño similar a la Venus de Milo... Una vasija de oro griega del siglo tercero antes de cristo...
        --No son objetos muy grandes...
        --No, no demasiado, pero de todas maneras no pueden ser sacados sin que alguien lo advierta. Y el vigilante de día jura y perjura que nadie se los llevó. Estaban expuestos, y de pronto dejaron de estar, así de simple, como por arte de magia.
        --¿Ese vigilante es de confianza? Quizá haya que buscar por ese lado...
        --Los vigilantes los proporciona una agencia de seguridad y suelen ser policías retirados la mayoría de ellos. Las referencias de los dos que trabajan en el museo son inmejorables. Por supuesto, Scotland Yard los ha investigado a fondo, sin encontrar nada sospechoso...
        --Bien, será cuestión de comprobarlo de nuevo, así como de echar un vistazo al museo... Quizá haya una manera de colarse en él sin que ese vigilante lo advierta, y llevarse las piezas en un momento de descuido...
        --Hay gente que se cuela en los sitios sin pagar entrada... --sugerí. Realmente, este caso estaba tan chupado que no sé cómo Harold se lo tomaba en serio.
        El señor Wintersharpe se marchó, un poco más animado que cuando llegó, pero no demasiado, tras asegurarle Harold que aquella tarde visitaría el museo para descubrir posibles métodos que hubieran empleado los ladrones para entrar y escamotear las piezas. A continuación llamó a Scotland Yard y habló con Laurence Jameson, el superintendente amigo suyo, para saber cómo estaban las investigaciones del asunto. Escuchó un buen rato lo que tenía que contarle al respecto, y tras decirle que si averiguaba algo se lo comunicaría, colgó.
        --Jameson dice que han investigado con lupa a los dos vigilantes --me explicó Harold--. Están fuera de toda sospecha, según parece. Los dos están aterrados de que se les considere culpables o cómplices de los robos. Son antiguos policías retirados, en efecto, y la agencia que los recomendó ya les ha abierto un expediente por si acaso... Aunque, según Jameson, nada indica que los robos se deban a un descuido o complicidad del vigilante que atiende el museo durante el horario de visita del público, es evidente que no resulta muy creíble eso de que los objetos estén y de repente desaparezcan... ¿Y el hombre no ha reparado en alguien que viene al museo los mismos días en que desaparecen objetos? Resulta muy extraño, la verdad.
        --Entonces la cosa está clara. El ladrón se cuela por algún sitio sin que el vigilante lo vea y sale cargado con lo robado. Túneles, ventanas...
        --Esa tarde lo comprobaremos. Antes quiero averiguar algunos datos sobre coleccionistas de arte. Es posible que alguno de ellos sepa o haya oído algo sobre esas piezas robadas.
        Como todo esto prometía ser terriblemente aburrido --sólo de pensarlo me entraba sopor--, Harold me dejó al frente de la agencia y se fue a hacer el trabajo duro. Yo aproveché el resto de la mañana para escribir uno de los bonitos relatos de misterio que de cuando en cuando le preparaba para que descubriera el culpable (y no acertaba nunca...). Este se titulaba "El misterio de la pescatera constipada y asesinada", y en la historia era asesinada una pescatera al oler un veneno malo. La suegra era su asesina, y la enredaba para que oliera un frasquito para curarse el constipado, que era donde estaba el veneno malo. No metí muchos personajes, pero supuse que descubrir al culpable sería difícil, porque la suegra de la pescatera vivía en Escocia, así que no le podía haber dado el veneno en mano: lo hacía enviándole un paquetito por correo y llamándola por teléfono para decirle que lo oliera al recibirlo y se le curaría el constipado, aunque esto no lo contaba en mi historia, claro, pues era lo que Harold debía descubrir. Pero tenía que dejar una pista para que no me dijera que hacía trampa... ¿Qué pista podría dejarle?
        --Eso es una tontería --dijo una voz junto a mi oído.
        Pegué un bote en la silla, asustado de verdad. La mema de Sandra, la hija de nuestra portera, estaba detrás mío. Resulta que había entrado en el momento en que salía Harold, y se había pasado todo el rato leyendo en silencio por encima de mi hombro lo que yo escribía.
        --¡No se molesta a un artista cuando trabaja! --protesté.
        --¿Un artista? ¿Qué artista? --preguntó Sandra, desconcertada.
        --Pues yo, claro. ¿Cuántos artistas hay en esta casa? Y no es ninguna tontería, es un relato muy bueno, y cada vez los hago mejores. ¿Sabes? --dije, optimista--. Quizá continúe aquel drama policiaco en verso rimado que empecé el año pasado...
        --No, por favor --imploró Sandra, con cara de dolerle el estómago--. Oye, ¿adónde iba el señor Smith? ¿A resolver algun caso?
        --Bah, un caso de lo más tonto. Han robado unas piezas de arte de un museo y Scotland Yard no tiene pistas del ladrón. Como de costumbre, vaya. Harold lo resolverá sin despeinarse y sin moverse de la silla.
        --Pues de momento ya se ha movido: está en la calle.
        --Es para cubrir las apariencias. Así la factura subirá más.
        --Y también se despeinará, porque hoy hace viento y se le ha llevado la gorra. Oye, a lo mejor yo puedo ayudarle. Los museos son muy bonitos --sugirió, animada.
        La idea de "bonito" que tenía Sandra me resultaba desconcertante. ¿Un lugar lleno de cuadros, esculturas, trastos viejos medio rotos y momias polvorientas era bonito?
        --No creo que necesite ni mi ayuda, conque ya ves. Ahora he de terminar de escribir mi nueva obra maestra.
        --Diógenes, para que fuera de verdad una "nueva obra maestra", debería existir una anterior a ésta...
        Aquello me dejó un poco desorientado y casi me cortó la inspiración. Le repliqué que algún día se me haría justicia y sería, como pasa siempre con los genios, cuando ya fuera demasiado tarde.
        Harold regresó a mediodía, y según contó no había sacado nada interesante de sus visitas a coleccionistas de arte. Las piezas robadas no tenían mucho valor histórico ni artístico: copias menores de estatuas famosas, un plato de cerámica simplemente curioso y un cacharro que no servía para nada. Bueno, eso sólo significaba que era un ladrón novato, posiblemente, o que el museo del señor Wintersharpe era más accesible para el ladrón que otros donde se exhibieran piezas griegas antiguas de mayor valor.
        --Lo lógico sería que las robase del Museo Británico --dijo Harold--, pero allí la vigilancia es muy severa. Y además han instalado cámaras para vigilar el interior. Yo creo que se trata de un individuo solo, pero tenemos que descubrir su truco. También podría ser un extranjero llegado hace poco a Londres, y que haya hecho antes lo mismo en museos de otras ciudades... Le diré a Jameson que investigue esto a través de Interpol. Bien, después de comer iremos a echar un vistazo al museo del señor Wintersharpe.
        Así pues, a las cuatro nos encaminamos al museo, que estaba situado en una callejuela cercana al Támesis. El vigilante estaba muy cariacontecido y bastante nervioso; no daba la sensación de estar conchabado con el ladrón. Nos miró con cara de sospecha cuando entramos, pero enseguida apareció el señor Wintersharpe y nos presentó. Entonces pareció sentirse aliviado, como si le fuésemos a salvar la vida o algo por el estilo.
        Recorrimos el museo de arriba abajo. No era muy grande y tenía sólo dos plantas, con lo cual terminamos enseguida. Tal como yo me figuraba, todo eran estatuas grandes o medianas, cuadros de diverso tamaño, trastos de cerámica o de metal ("Eso es oro, merluzo", me dijo Harold de una de las piezas, cuando le comenté lo guarra que estaba) y diversas porquerías antiguas, algunas medio rotas, además de arcones, un sarcófago y monedas y birrias varias. Yo había visto cosas mucho más interesantes y curiosas en la trapería situada un par de calles más abajo de nuestra agencia.
        --En la planta superior sólo hay una ventana, y está demasiado alta como para que nadie se encarame a ella, y menos cargando con una figura o un cuadro... --comentó Harold, algo preocupado--. Y no digamos ya saltar luego con ella hasta la calle sin romperse una pierna o cargarse la figura que ha robado. En la de la planta baja, las dos ventanas tienen rejas y una malla protectora, por lo que no se puede salir ni sacar nada al exterior a través de ellas. Y sólo hay dos puertas: la principal y la trasera. Esta última, cerrada siempre con llave, y el señor Wintersharpe la lleva encima siempre. Hum... La cosa parece bastante complicada.
        --El vigilante está conchabado, o si no, el del turno de noche deja entrara alguien que se esconde hasta las horas de visita --dije, para animarle.
        Pero Harold parecía genuinamente preocupado por el cariz que mostraba el asunto. Regresamos al despacho y se dedicó a meditar sobre ello, tras telefonear a Jameson por si había novedades.
        --Jameson dice que hace unos meses ocurrió algo parecido en un Museo de Hamburgo: robaron algunas piezas griegas antiguas de escaso valor, excepto el histórico --me dijo tras colgar el teléfono--. O sea, que tenemos un patrón común en los robos: piezas griegas, museos pequeños con poca vigilancia. Evidentemente, el tipo no puede robar en el Louvre ni en el Británico. ¿Demasiada vigilancia? Bueno, tampoco es cuestión de salir cargado con la Venus de Milo auténtica, pues se notaría demasiado. Lo cual nos indica que es una sola persona, y no cuenta con cómplices... aparentemente. Además de que es un extranjero, suponiendo sea el mismo de Hamburgo. Bien, sabemos que le interesan objetos relacionados con la antigüedad griega, que ha empezado hace relativamente poco su... colección, por llamarla de alguna manera, y que por los motivos que sea sólo opera en museos pequeños.
        --Pues no hay que preocuparse --dije optimista--. En cuanto haya robado todo lo griego que haya en el museo del señor Wintersharpe, ya no volverá por él.
        --Mira que llegas a ser zoquete... Hum, deberíamos trazar un plan para atraparle.
        --Vigilar las dos entradas del museo. Yo me pido la de delante, que es más animada.
        Harold hizo como si no me hubiera oído y encendió la pipa de pensar profundamente. Yo, por mi parte, concluí mi nueva obra maestra. Y como la paz y la tranquilidad no son eternas, Sandra se presentó a dar la lata a las siete.
        --¿Puedo ayudar? --preguntó.
        --No --dije rápidamente--. Y el museo era un rollo: lleno de polvo y trastos viejos. Ya son ganas de robar el llevarse esa clase de antiguallas...
        --Es evidente que habrá que tenderle un lazo al ladrón --dijo Harold, como si despertara de repente--. Igual que hicimos con el ladrón invisible. Incitarle a robar una pieza y atraparle en el momento de llevársela. Es lo más práctico y eficaz.
        Hay que decir que la idea de Harold era buena y sencilla, y lo vulgar del caso no se prestaba a que nos exprimiéramos el cerebro buscando ideas nuevas, así que con un plan de segunda mano (o sea, usado, como los trastos que había en el museo) la cosa ya iba servida. Harold preparó rápidamente los detalles con el señor Wintersharpe, y se consiguió un cebo adecuado: una estatuilla de pequeño tamaño de la diosa Afrodita prestada por un coleccionista particular, puesto que el señor Wintersharpe había cedido temporalmente el resto de sus piezas de arte griego antiguo al Museo Británico hasta que el asunto se resolviera. Luego, apareció publicada la noticia de la cesión de esa estatuilla en el Times con la colaboración de un periodista amigo de Harold, y el propio Harold decidió encargarse de vigilar la entrada principal a fin de pillar al ladrón cuando saliera con el objeto. Aunque consideró la posibilidad de hacerse pasar por el vigilante, finalmente desistió: no convenía variar la rutina del museo a fin de que el ladrón no recelase una trampa cuando se presentara.
        Y el plan fracasó estrepitosamente: la estatuilla fue robada ante las narices del vigilante el primer día de exhibición y nadie salió por la puerta llevándola.
        --Bueno, esto último es más o menos comprensible --dijo Harold, furioso, la tarde de ese mismo día--. Le dije a Wintersharpe que se necesitaba un cebo más grande, no una estatuilla de apenas quince centímetros y que podía esconderse en el bolsillo interior de un gabán, o en un falso bolsillo preparado. Pero el muy tozudo no quiso arriesgarse, y se empeñó en esa tan fácil de disimular. Y salieron con ella ante mis narices sin que lo notase. Y, como de costumbre, el vigilante no vio el robo ni reconoció a nadie de visitas anteriores entre los que vinieron. ¡No se enteró de nada, el muy inepto!
        Harold echaba fuego por las muelas, como oí decir una vez en casa cuando yo era pequeño. Estaba furioso con el ladrón, con Wintersharpe y con el vigilante. Wintersharpe, a su vez, estaba furioso con Harold, con el vigilante y con el ladrón. El vigilante estaba furioso con el ladrón, con Harold y consigo mismo (pero no con Wintersharpe). El coleccionista que había prestado la estatuilla estaba furioso con todos: con el ladrón, con Wintersharpe, con el vigilante de día (y con el de noche, por si acaso), y con Harold, claro. Por supuesto, quería que le pagásemos el valor del objeto robado, que para lo chico que era costaba una barbaridad. Lo que había parecido un caso sencillo se había complicado de manera seria. Lo único positivo de todo aquello es que nadie estaba furioso conmigo.
        --¿Y salió mucha gente del museo mientras usted vigilaba, señor Smith? --preguntó Sandra, tratando de animarle.
        --Una docena de personas, más o menos. Evidentemente, ninguno tenía pinta de ladrón, pero eso no significa nada. Pudo ser cualquiera de ellos.
        Harold renegó en finlandés, cosa que pocas veces había hecho.
        --Quizá repitiendo el plan... Al fin y al cabo el ladrón no sabía que era una trampa --dijo Sandra.
        --Oh, ni hablar de eso. Puede que el ladrón picase de nuevo, sí, pero Wintersharpe se negará a repetir la jugada. No va a poner otro objeto en peligro de ser robado como ha ocurrido con éste. Y ningún coleccionista le prestaría nada para exhibirlo en el museo.
        --Señor Smith --insistió Sandra--, no estaba pensando en una repetición exacta de su plan, sino en una variación del mismo... Alguien podría disfrazarse de estatua griega y dejarse robar.
        Tras esto, hubo un tremendo silencio. Luego, yo reaccioné a la palabra "disfrazarse".
        --¡Ni hablar! --protesté--. Yo ya he tenido que disfrazarme otras veces de mamarracho para resolver algunos casos. ¡No pienso disfrazarme de estatua, sea griega o no! ¡Y vaya plan más ridículo! ¿Cómo se disfraza alguien de estatua?
        --Hum... la idea tiene posibilidades --dijo Harold, para horror mío--. De hecho, consiste en meter a alguien en el interior del museo, la mejor manera de ver cómo se roba un objeto de él, sin que llame la atención... Puesto que ese majadero inepto del vigilante es incapaz de verlo aun estando con los ojos clavados en todos los visitantes a la vez, alguien dedicado exclusivamente a ello podría tener éxito. Otra posibilidad es ocultarse en algún rincón del museo, y...
        --Allí no hay muchos sitios donde esconderse --dije.
        --Bueno, en la planta baja hay el sarcófago de una momia... --empezó a decir Harold--. Pero es tan pequeño que sólo cabríais dentro Sandra o tú. Y no creo que el señor Wintersharpe, que no está ahora precisamente de la mejor predisposición hacia nosotros, autorizase hacer agujeros en él para espiar desde el interior... Así pues, la alternativa es introducir en el museo una falsa estatua griega... Pero, ¿quién?
        --Yo --saltó Sandra, cómo no--. Soy más pequeña que Diógenes...
        --Sí, a veces cuesta incluso verte --dije con sarcasmo.
        --... y en el teatro de variedades que hay en el barrio pueden ayudarme a maquillarme adecuadamente, como aquella vez que me disfracé de vieja paralítica, ¿recuerdas, Diógenes, qué divertido fue?
        --Huy, sí, la mar de divertido --dije, lúgubremente--. Sobre todo para el resto de viejas del asilo. Jefe, no se tomará esta idiotez en serio. ¿Sandra fingiendo ser una estatua?
        --No es tan difícil --insistió la muy majadera--. Se trata solamente de estar inmóvil por completo.
        Por increíble que pueda parecer, el plan fue tomado totalmente en serio por Harold, a condición, claro, de que la madre de Sandra lo autorizase (¡ja!, como si fuera a negarse, vaya). La señora Lane le dio encantada su permiso para disfrazarse de mamarracha (por lo visto, al día siguiente la escuela de Sandra tenía programada una actividad lúdica libre y la asistencia no era obligatoria; pues vaya). Estaba claro que con madres como la señora Lane, el declive, pendiente y caída del imperio británico era cosa cantada. Y, para acabar de redondear la cosa, las chicas del teatro donde nos habíamos disfrazado otras veces para nuestros casos, se pusieron la mar de contentas por ayudarnos a hacer el imbécil de nuevo.
        Harold, por su parte, ya estaba colocando otra falsa noticia en el Times sobre una estatua de Atenea de pequeño tamaño --tamaño niña, para entendernos-- que estaría en exhibición en el museo del desgraciado del señor Wintersharpe (el periódico no decía lo de "desgraciado") unos pocos días antes de ser llevada a un museo de la Patagonia. Harold confiaba en que lo de Atenea por un lado, y la lejanía de Patagonia por otro tentaran al ladrón para que viniera corriendo a llevarse la estatua, "de dimensiones menores", según el texto de la noticia. No explicaba que el cabezón de la "estatua" sí era de dimensiones mayores, por muy microbio que fuera la niña esa. En fin.
        --No puedes llevar gafas --señalé maligna y triunfalmente, mientras le embadurnaban de blanco grisáceo la cara a la cabezona--. Las estatuas no llevan gafas.
        --No importa, estaré con los ojos cerrados.
        --Está quedando muy bien --dijo Ruth, la corista que la maquillaba, la misma de las otras veces--. ¿No te parece que Sandra es una niña muy valiente, Diógenes?
        --Nadie se lo va a creer. Estornudará, toserá o se rascará delante de la gente y los asustará. --Entonces se me ocurrió una idea--. ¿Y si te disfrazaras de momia? Así, en caso de moverte, puedes decir que has vuelto de la ultratumba.
        Como de costumbre, nadie me hizo el menor caso. Me fui del teatro y volví a la agencia, a ver cómo iban los preparativos. Y me enteré con verdadero horror de dos cosas: la primera, que Harold no le había dicho al señor Wintersharpe que la estatua de Atenea era Sandra disfrazada.
        --No me ha parecido prudente --se excusó--. El hombre está bastante furioso por el fallo anterior y no creo que... er... aprobase la idea.
        --Porque tiene más sentido común que todos nosotros --dije.
        --Tampoco conviene que el vigilante lo sepa. No tengo muy claro qué papel juega en todo este asunto. Parece inocente, sí, pero hay algo que no cuadra: ¿cómo no ve que se llevan el objeto delante de sus narices ni reconoce a ninguno de los visitantes del museo?
        La segunda cosa era que... ¡Harold había acertado con la solución de mi relato "El misterio de la pescatera constipada y asesinada"! Por primera vez en la historia, había dado con el culpable.
        --La asesina es la suegra --dijo, casi malignamente--. De una manera u otra ha inducido a su nuera a oler un veneno que le ha provocado la muerte.
        --¿Ah, sí? --dije sin comprometerme--. ¿Y dónde está la pista para descubrirlo?
        --Te la has olvidado. Como la suegra vive en Escocia has pensado que nadie creería que ella es la culpable. Y el resto de los personajes, que sólo son tres, parecen tan culpables que es evidente que no lo son. Diógenes, esta vez te has pasado de listo. Supongo que la llamaría por teléfono y le diría que le enviaba algún medicamento para el constipado y que lo aspirase fuerte. ¿A que sí?
        No me digné contestar. Bien, estaba claro que no pasábamos por nuestra mejor temporada: Harold había fallado en el caso de los robos del museo, yo había fallado en mi relato para entrenar su cerebro, y para colmo de males teníamos que pagar la dichosa figurita que nos habían prestado para tenderle la trampa al ladrón. ¿De dónde sacaríamos ese montón de dinero? La única persona que se lo pasaba la mar de bien era la mameluca de Sandra. Así que bajé a la portería para desahogarme un rato con Bonnie, el gato de Sandra.
        --Me gustaría saber qué opinión se tendrá el día de mañana de una agencia de detectives que cuenta como colaboradores extras a una cabezona y a las coristas del teatro del barrio cada dos por tres. Seremos el hazmerreír de la profesión. Seguro que en el mundo no hay otra agencia como la nuestra. Lo que se necesita es un héroe, como en las películas. ¿Has visto tú en alguna película que los detectives sean ayudados por niñas ínfimas y coristas de teatro? No, ¿verdad? Yo sólo digo esto: que no somos una agencia seria, y si las cosas no se hacen con seriedad, no salen bien. Es de lógica, ¿no? Es un hecho evidente, ¿verdad? Y si Harold ha fallado en este caso, es por culpa mía, que no me lo he tomado en serio y todo se ha estropeado. Y ahora la enana de tu ama se empeña en sacarnos las castañas del fuego. Y digo yo: ¿es justo eso? No, ¿verdad? ¿Estamos unánimes en que no es justo?
        --Miau --dijo Bonnie.
        --Eso mismo pienso yo --respondí, reconfortado.
        Algo más aliviado, volví a nuestro piso y me encontré a Harold examinando los folios de mi última obra maestra (aunque fallida) y tamborileando con los dedos sobre la mesa.
        --¿Sabes, Diógenes? --dijo al verme--. Esta historia tuya me ha sugerido una cosa...
        --¡Lo sabía! --dije triunfal--. ¡Por fin se reconocen mis méritos!
        --Nada de eso. Es igual de mala que todas las anteriores, si no peor. Pero hay algo en ella... No sé. Me ha dado una leve indicación sobre cómo enfocar un detalle de nuestro caso que me tiene intrigado.
        --Pues no hay ninguna pescatera en él ni han asesinado a nadie --dije desconcertado.
        --Ya lo sé. Pero..., sí, hay un detalle que resulta sugerente. Tendré que meditar sobre ello.
        Y tomó la pipa de pensar muy profundamente (más grande que la de pensar sólo profundamente) y se encerró en el habitual mutismo de ocasiones semejantes.
        Ruth vino con Sandra desde el teatro (para salir a la calle, Ruth se había puesto más ropa de la que usaba como corista, por eso al principio no la reconocí al verla vestida) para enseñarle a Harold el resultado de su maquillaje. Debo reconocer que toda pintada de blanco grisáceo daba bastante el pego como estatua. Además, le había puesto unos pegotes en el pelo ("Extensiones, atontado", me dijo Ruth) para que pareciera más estatua griega, o más diosa, no sé. Le enseñó a Harold una túnica blanca que podía usar como ropa de diosa. Y le regaló un pote de maquillaje a Sandra para posibles retoques.
        --Con ese cabezón, necesitará un cubo en vez de un pote --dije sarcástico.
        --Pero qué burro llegas a ser, Diógenes --bufó Ruth--. No le hagas caso, tesoro --le dijo a Sandra--. Ese niño es medio tonto.
        --No pasa nada, yo sé que lo dice con cariño --respondió Sandra, tan tranquila, dejándome estupefacto.
        Decidido: si el mundo conspiraba en mi contra, yo participaría también en el plan. Así, mientras Harold aprobaba el maquillaje y le daba algunos consejos a Sandra sobre lo que debía hacer en el museo, yo murmuré una excusa, salí a la calle y me fui a la farmacia del barrio.
        --¿Para qué quieres todo esto? --me preguntó el farmacéutico, intrigado.
        --La vida de un detective privado es muy arriesgada --dije virtuosamente--. Ah... ¿puede hacerme una factura? Es para cargarlo en nuestra nota de gastos.
        Sandra había declarado que pasaría la noche con el maquillaje puesto y practicando la inmovilidad mientras dormía para entrenarse como estatua. Bien, por mí que hiciera lo que quisiera. Yo ya tenía mi propio plan alternativo, por si las moscas.
        A la mañana siguiente, Harold y yo nos dirigimos con Sandra en un taxi hacia el museo, un rato antes de la apertura al público. El taxista no apartaba los ojos del retrovisor, mirando a Sandra en su disfraz y maquillaje de Atenea con ojos alucinados, y por poco no chocamos contra uno de esos trolebuses rojos tan bonitos y grandes que hay en Londres. Llegamos enteros y el taxi nos dejó frente a la puerta trasera, donde el señor Wintersharpe ya nos estaba esperando. Lo que al parecer no esperaba era ver a Sandra en esa guisa.
        --¿Qué pantomima es ésta? --aulló.
        --No grite --dije--. Va a asustar a los ladrones.
        --¡Todo el mundo va a darse cuenta de que es una niña, no una estatua de verdad! --bramó el dueño del museo, tirándose de los cabellos--. ¡Es usted un anormal!
        --Con una semipenumbra adecuada, nadie lo advertirá --dijo Harold, el optimista.
        En fin, con razón no había querido avisar al señor Wintersharpe de su plan, porque el hombre estaba que se subía por las paredes del edificio. Renegando en inglés (con lo cual se le entendía todo), nos abrió la puerta trasera del museo y pasamos al interior. Decidimos colocar la "estatua" en la primera planta (lo cual iba de perlas para mi plan alternativo), en un rincón alejado de las luces y con los postigos de las ventanas cerrados. Wintersharpe, sin dejar de renegar, colocó un pequeño pedestal, al que se subiría Sandra, y lo rodeó de unos postes metálicos pequeños unidos con unos cordones granates muy bonitos, a fin de que nadie se acercara demasiado a la supuesta estatua de Atenea. Luego, estudiamos el efecto resultante con el ceño fruncido.
        --Bien --aprobó Harold--. Sí... Ah, está bastante logrado. Parece auténtica.
        --¡¿Auténtica!? --rugió Wintersharpe, haciendo que las vitrinas y los objetos de su interior temblaran como si hubiera un terremoto--. Bien, ¡espero que tengamos suerte y el ladrón sufra de presbicia!
        --No conviene alterar la rutina del museo --prosiguió Harold, sin hacerle el menor caso--. El vigilante es mejor que permanezca fuera de esta sala, junto a la entrada, aunque no pierda de vista a los visitantes. Y no le pondremos al corriente de nuestro plan...
        --¡Ja! --bramó Wintersharpe.
        --... a fin de no influir en su conducta, incluso suponiendo que nada tenga que ver con ese ladrón. Yo estaré apostado cerca del museo, fingiendo ser un barrendero, sin perder de vista a quienes entren o salgan. ¿Me podrá prestar una escoba, señor Wintersharpe? --El señor Wintersharpe dio la impresión de ir a decir algo muy grosero a propósito de la escoba, pero se calló--. Es preciso no alterar en lo más mínimo la rutina habitual a fin de que el ladrón no sospeche nada en cuanto aparezca. Y apenas Sandra chille al ser agarrada por él, entraré yo y lo apresaremos.
        --Puedo chillar muy fuerte, si quiero --afirmó Sandra.
        --Y tú, Diógenes...
        --No se preocupe, jefe --dije rápidamente--. Estaré al quite. Creo que lo mejor es que finja ser el sobrino del señor Wintersharpe, y que estoy de visita en el museo.
        --Ah, estupenda idea --dijo Harold, mientras el señor Wintersharpe juraba espantosamente y parecía al borde de una brutal apoplejía--. Pero cuida de que no se te vea mucho. Podrías despertar sospechas en el ladrón. Todavía no sabemos qué método usa para entrar y llevarse los objetos delante de todo el mundo.
        Harold se marchó tan contento con la escoba que le prestó el señor Wintershape, el cual parecía muchas cosas menos contento. Yo fingí quedarme merodeando por el museo, y en cuanto no hubo ya nadie a la vista y Sandra empezó a practicar su papel de estatua, puse en marcha mi plan.
        Me encerré en el lavabo con la bolsa que había llevado conmigo ("El almuerzo y cosas para escribir", le mentí a Harold cuando me preguntó qué llevaba en ella) y saqué lo que había comprado la noche pasada en la farmacia: vendas, metros y metros de vendas con las que empecé a vendarme todo el cuerpo una vez me hube quitado los zapatos y la ropa (bueno, no toda la ropa, ¿eh?). Resultó una tarea bastante complicada e incómoda, pero quedó más o menos bien. Me acordé de dejarme un par de agujeros en los ojos para poder ver y otro en la nariz para respirar. Tras juzgar el resultado como aceptable (¡ejem!), salí del lavabo.
        Sandra pegó un chillido al verme.
        --¡No grites, tonta! ¡Soy yo!
        --¿Pero qué...?
        --Calla. Las estatuas no hablan. Yo ya sé lo que me hago. 
        Observado por Sandra subida en su pedestal, me dirigí hacia el sarcófago que había en un rincón de la planta y lo arrastré hasta situarlo más o menos el centro. Por suerte estaba vacío, o habría tenido que sacar la momia que hubiera dentro y ocultarla en otro lugar. ¿Cuál? El único posible era el lavabo, y confiar luego en que a nadie se le ocurriera ir a él durante su visita al museo. Como no había, pues, momia, pude tenderme en el sarcófago, colocando un pequeño pedazo de madera de un centímetro y medio de grosor en el borde para impedir que la tapa se cerrara del todo; así, desde el lugar en que lo había situado, yo podía ver a través de esa rendija todo lo que ocurría en la sala, especialmente donde Sandra hacía de estatua en su pedestal (también podía respirar gracias al aire que se colaba por esa abertura, un detalle que no había tenido en cuenta al trazar mi plan: que igual me ahogaba dentro).
        --Estás chalado, Diógenes --dijo Sandra, estupefacta.
        --No voy a permitir que el plan falle esta vez --dije firmemente--. Me siento responsable de que este caso no haya salido bien.
        --No se te entiende nada de lo que dices. Entre las vendas de la cara y el sarcófago donde te ocultas, no se te oye apenas.
        A partir de este momento, era sólo cuestión de esperar pacientemente a que llegara el ladrón y tratara de llevarse la supuesta estatua. Sandra chillaría, el ladrón huiría asustado y Harold lo detendría en la calle.
        Como las desgracias nunca vienen solas, ése fue precisamente el día que el colegio de niñas memas de Sandra escogió para visitar el puñetero museo del señor Wintersharpe. O sea: el año tiene 365 días, menos cuando es bisiesto que tiene uno más, y hay montones de museos en Londres. Pues hala: tenían que venir hoy y a este museo todo el batallón de cretinas de la clase de Sandra. ¡La famosa actividad lúdica libre y no obligatoria resultó que era esa! ¡Horror! Me hubiera gustado saber idiomas para renegar en ellos (aunque en silencio), como hacía Harold en las ocasiones especiales.
        --Señorita Crompton, mire esa estatua --dijo una de las cretinas--. Se parece a Sandra Lane.
        --¡Anda, es cierto! --la apoyó otra, y ya estaban todas alrededor de "Atenea" contemplándola fijamente.
        --Bien, queridas niñas --dijo lentamente la maestra, mirando intrigada a la inmóvil Sandra, que mantenía los ojos cerrados--. Yo... ah... siempre he pensado que Sandra tiene una cierta belleza griega en sus rasgos.
        --Lleva el pelo más largo.
        --Y está respirando --señaló una.
        --Debe de ser un efecto de la luz --dijo la señorita Crompton, algo insegura.
        --¿Podemos tocarla? --preguntó una, haciendo que me estremeciera en mi sarcófago.
        --No, queridas niñas. Las obras de arte no deben tocarse. Son... ah, frágiles.
        --No lleva gafas --señaló una de ellas, con voz severa.
        --A lo mejor no se habían inventado aún en esa época --le replicó alegremente otra.
        --Os digo que está respirando --insistió la de antes.
        Estaba planteándome seriamente salir de repente del sarcófago y darles un buen susto haciendo de momia resucitada de la ultratumba, cuando apareció el señor Wintersharpe, literalmente al galope. No podía verle la cara porque me daba la espalda, pero a juzgar por su voz debía de estar blanco como el papel o como Sandra haciendo de estatua.
        --Ah... tengan la bondad de subir a la planta superior. En ella hay monedas y objetos que seguro les gustarán a las niñas...
        --¿Son de curso legal? --preguntó una.
        --¿Cómo es que Sandra Lane no ha venido y en cambio su estatua está aquí? --preguntó la más mema de todas ellas sin dejar de mirar la estatua de "Atenea", mientras el señor Wintersharpe las arrastraba al piso de arriba.
        Cuando todas se perdieron de vista, Sandra y yo suspiramos a la vez, ella en su pedestal y yo en mi sarcófago.
        Pasaba el tiempo y estaba empezando a aburrirme. De cuando en cuando entraba algún visitante que miraba los objetos distraídamente, y le dedicaba un buen rato a Sandra con lo que supuse debían ser miradas más bien intrigadas, a juzgar por cómo se marchaba luego: meditabundo o rascándose la cabeza. Uno de ellos tropezó con el sarcófago y casi se cayó al suelo. También apareció el vigilante, pero el señor Wintersharpe --que daba la impresión de ir a sufrir un ataque de histeria de un momento a otro-- se lo llevo y le dijo que no se moviera de la entrada a la sala. A veces Sandra se cansaba y cambiaba de postura cuando no había nadie o el vigilante no la veía. Yo estaba pasando bastante calor metido en el sarcófago, que además olía de una manera desagradable.
        Estaba casi adormeciéndome cuando oí a alguien decir con voz sonora: "¡Euvaristos!", o algo parecido, cerca de la entrada de la sala. Me espabilé de golpe: debían de llamar a alguien que se llamaba Evaristo. Qué raro, pues no es un nombre inglés. Entonces vi pasar junto al sarcófago a un individuo que se dirigía con paso decidido hacia donde estaba la "estatua de Atenea". Se plantó ante ella, miró a un lado y a otro. A continuación, pareció abrirse el gabán que llevaba puesto y sacar algo de su interior, que depositó en el suelo.
        Y entonces...
     
     
        --Y entonces ocurrió algo en lo que no habíamos caído --le explicó Harold a Laurence Jameson la tarde del día siguiente, en nuestro despacho--. Al mantener Sandra los ojos cerrados en su papel de estatua, no podía ver lo que hacía el ladrón: para ella, sólo era un visitante más que había entrado en el museo. Por su parte, el ladrón se disponía a obrar con la máxima rapidez al ver que no había nadie más en aquella planta en ese momento. Así que dejó en el suelo el saco que llevaba escondido bajo el gabán, y en el que pensaba llevarse la estatua. Pero al poner las manos en ella para sacarla del pedestal... se dio cuenta de que no era una estatua, sino una persona. Sandra abrió los ojos asustada al sentir que la agarraban. El ladrón también se asustó, pero reaccionó rápidamente y le asestó a Sandra un fuerte golpe en la cabeza que le hizo perder el sentido antes de que pudiera gritar. A continuación, la metió en el saco y se dispuso a salir del museo cargado con él. Si se encontraba con problemas, tenía un rehén: le bastaría con amenazar de matar a Sandra. --Harold meneó la cabeza--. El muy miserable. Eso era algo imprevisto. Y es muy probable que se hubiera salido con la suya... de no ser por Diógenes.
        Jameson me miró divertido.
        --Hubiera dado la paga de tres meses por verlo --dijo sonriente.
        --Hum --dije yo.
        --Date cuenta, Jameson --prosiguió Harold--. El ladrón se dispone a escapar cargado con el saco donde ha metido a la pobre Sandra... y en ese momento ve abrirse el sarcófago que hay en el museo y surgir de su interior lo que, a la escasa luz que había en esa sala, le pareció una momia egipcia que retornaba a la vida y que avanzaba hacia él con los brazos extendidos y caminando con torpeza.
        --Lo vi en un par de películas que pasaron en el cine del barrio --dije en voz baja--. Pero lo de andar con torpeza, es que con los pies vendados y sin zapatos me resultaba un poco difícil hacerlo bien...
        Jameson se partía de risa sentado en su silla.
        --La pobre Sandra no pudo chillar porque ese bestia la dejó sin sentido con el golpe que le propinó, pero él sí que soltó un grito de terror que se pudo oír desde dos calles de distancia al menos. Así que entré corriendo en el museo, y debo decir que incluso yo me asusté un momento cuando vi lo que parecía ser una momia andando hacia ese miserable, que estaba caído en el suelo, retrocediendo de espaldas y con una expresión de terror como no puedas imaginarte.
        --Y el vigilante seguía en la inopia --apuntó Jameson.
        --Exacto. Cuando entré en el museo y pasé corriendo por su lado, lo comprendí de inmediato: estaba como paralizado, en estado de trance. Eso explicaba por qué el ladrón se llevaba los objetos sin problema alguno y sin que el vigilante lo viera.
        El ladrón resultó ser un tipo llamado Helmut Rugerberger. Estaba chalado por las antigüedades griegas y la mitología griega y su historia. Pero, además de eso... era un hipnotizador profesional. Se ganaba la vida dando espectáculos teatrales en los que realizaba trucos de magia, hipnotizaba a algunos espectadores y entretenía al público con toda clase de ilusiones. Empezó su carrera delictiva en Hamburgo, usando el mismo método: de una manera u otro, hipnotizaba al vigilante durante una visita y le daba instrucciones para que al oír una palabra (esa "Euvaristos" que yo oí desde dentro del sarcófago) cayera en un estado hipnótico, sin enterarse de nada de lo que ocurría a su alrededor, hasta que al largarse del museo cargado con lo robado le decía "Parakalo", y el vigilante despertaba al cabo de unos segundos sin recordar haber estado dormido durante todo aquel tiempo ni haber visto a Rugerberger. El truco funcionó en Hamburgo, y funcionó de nuevo en el museo del señor Wintersharpe.
        --El cuento de Diógenes sobre la pescatera asesinada... --dijo Harold.
        --Asesinada y constipada --puntualicé.
        --Sí, bueno; eso. Pues ese cuento me sugirió la idea de que el vigilante hubiera sido forzado de alguna manera a colaborar con el ladrón, lo mismo que la pescatera había sido inducida por su suegra a tomarse el veneno, sin darse cuenta. Pero, ¿cómo? ¿Chantaje? Improbable, puesto que el vigilante estaba genuinamente asustado de que le consideraran cómplice del ladrón. Confieso que lo de la hipnosis y el estado de trance a que les inducía Rugerberger no se me ocurrió. ¡Quién iba a imaginárselo! Pero en cuanto entré al oír los gritos del ladrón y lo vi, inmóvil y en lo que parecía un estado cataléptico, lo intuí. Y una vez identificado el tipo en cuestión, que llevaba ya dos semanas dando su función en un teatro de Londres, la cosa estaba más que clara. Así, de viaje en viaje, de ciudad en ciudad, el hombre iba reuniendo una buena colección que disimulaba entre los baúles de su espectáculo teatral.
        --Menuda pieza estaba hecho el sujeto --dijo Jameson, meneando la cabeza--. Al menos, se ha recuperado todo, incluido lo de Hamburgo, que la policía alemana ha hallado en su casa de Bonn. ¡Ah, lo que me he perdido! --rió--. ¡Ver a Diógenes disfrazado de momia asustando al ladrón! ¡Ja ja ja!
        --¡Ja, ja ja! --rió Harold.
        --Sí, eso: ja y ja --me reí yo sin ganas.
        Todo el mundo estaba la mar de contento: Harold y Jameson, por haber capturado al ladrón; el señor Wintersharpe, por recobrar los objetos robados, lo mismo que el coleccionista que había prestado la estatuilla de Afrodita cuando el fallido intento de atraparlo; el museo de Hamburgo y la policía alemana, por recuperar lo suyo; el vigilante, por quedar libre de responsabilidad en lo ocurrido. El único que no estaba nada contento era yo. Y es que Sandra estaba en estos momentos en la portería, sentada a su mesa bajo la atenta mirada de su gato, Bonnie, y escribía con afán un artículo para la revista del colegio de niñas mequetrefes al que iba, contando en él cómo le había salvado la vida escondiéndome disfrazado de momia en el museo, surgiendo de un sarcófago cuando el malvado ladrón se disponía a "descuartizarla viva a trocitos" y luchado valerosamente a puñetazos con él durante una hora y media hasta obligarle a rendirse y pedir piedad. Sandra había decidido convertirme en un héroe ante las panolis de sus compañeras de colegio. Qué destino más triste el mío.
     
     
    FIN.-
     

    May 26

    LOS SUPERHOMBRES DE KEITH LAUMER

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
         
    (foto de Keith Laumer, años sesenta, y portada de "Night of Delusions" en su reedición de 1982 como "Knight of Delusions".)
     
    Los estudiosos de la obra de Keith Laumer (los hay, por raro que parezca) han señalado el paralelismo existente entre algunos de sus héroes de ficción y la vida del autor a raíz de su deterioro físico producto del ataque sufrido en 1971, y del que no se recobraría hasta su muerte, en 1993. Un paralelismo cruel e irónico.
    Ya hablé del personaje Retief creado por este autor en un artículo publicado en la revista Galaxia, sin duda el más popular de los que ha creado. Hoy quisiera tocar brevemente --supongo que será brevemente, lo veremos cuando acabe-- otro tipo de héroes, esos precisamente con los que se establece ese paralelismo al que aludo al principio: los superhombres, los héroes que no son conscientes de serlo y que descubren sus posibilidades y sus poderes mediante los cuales superan tremendas dificultades, incluso morir en medio de la acción, y que consiguen cumplir siempre su objetivo. Seres en muchas ocasiones puestos a prueba por inteligencias alienígenas para comprobar su grado de resistencia, como verdaderas cobayas humanas. Ese es el paralelismo al que aluden los conocedores de la obra de Laumer: que el propio autor se convirtió en una especie de cobaya de sí mismo, poniéndose a prueba a ver cuánto podía resistir y recuperarse tras su ataque.
    Como señala acertadamente John Clute en la entrada correspondiente a Laumer de la Encyclopedia of Science Fiction, el superhombre concebido por el autor no es casi nunca consciente de serlo, es alguien generalmente al margen de los demás, sin ataduras, y que descubre casualmente sus poderes, decidiendo explotarlos al máximo para cumplir sus propósitos. Aunque esto ofrece alguna que otra variante a lo largo de su obra, se repiten algunos esquemas fijos. En general es considerado como lo más interesante de su amplia producción y en no pocos casos ha ofrecido novelas o relatos muy notables, dentro de su estilo.
    Una de tales novelas, quizá la mejor de Laumer, es A Plague of Demons, nominada al Nebula en su día (1965), en la que nos presenta la lucha de un agente de inteligencia contra una especie alienígena monstruosa que casi nadie puede ver y que está invadiendo el planeta. La particularidad principal --que se repetirá, como veremos, en otros textos de Laumer-- es que el personaje acaba sucumbiendo en su combate contra los alienígenas, siendo capturado y llevado a su planeta, donde le extraen el cerebro y lo convierten en un cíborg al servicio de los alienígenas. Es decir, oficialmente "muere". Pero su cerebro, con el tiempo, "despertará", reinvertirá lo que los alienígenas han hecho con él y preparará a todos cuantos han sido convertidos asimismo en máquinas para combatir a los Demonios. Vale la pena añadir que cuando se publicó como serial en revista con el título de The Hounds from Hell, incluía un epílogo, desaparecido en las diversas ediciones de la novela, en que en un futuro lejano los terrestres honran la tumba del protagonista por haber liberado al planeta de los Demonios. El libro sale ganando sin ese epílogo, cerrando la historia cuando el personaje, convertido en una máquina de combate, se prepara a invadir el planeta de origen de los Demonios. Otras fuentes (Pohl) indican que el manuscrito era mucho más largo y fue abreviado por un editor sin que Laumer protestase ("¡Te habrías enterado de sobra si él no hubiera estado de acuerdo!", dijo Pohl, en alusión al ya entonces irascible carácter de Laumer).
    En general, sin embargo, los héroes de Laumer se enfrentan a sociedades totalitarias o complejas intrigas políticas siempre en solitario, como ocurre por ejemplo en "The King of the City", "End as a Hero" (que ampliaría a novela con igual título en los años ochenta), "Of Death what Dreams", "Worldmaster"... No se trata tanto de superhéroes con poderes especiales como de personajes que trascienden la situación, aprenden a dominar el mundo que conocen partiendo a veces de cero, o sacan fuerzas de donde no las tienen, siempre para enfrentarse a una situación en concreto y por sí  solos: en "The King of the City" y en "Worldmaster" es un personaje contra una oscura intriga política; en "End as a Hero" es un aviador de combate al que se toma como traidor y se ordena sea derribado; en "The Day beyond Forever", otro hombre lucha contra una dictadura, para descubrir que el dictador es él mismo; en "Of Death what Dreams" el protagonista acude a un centro de eutanasia para ser eliminado, pero en lugar de eso revive tras la muerte, para cumplir una misión de la que no se sabe nada y debido a lo cual ha de partir de cero en una sociedad de clases (sobre este relato cabe decir que forma parte de una antología preparada por el propio Laumer en 1970, titulada Five Fates, con relatos de Poul Anderson, Frank Herbert, Gordon R. Dickson y Harlan Ellison además del suyo, partiendo todos de la misma premisa argumental: ¿qué ocurre si al iniciar la historia el protagonista muere?).
    Una excepción, relativa si se quiere por cuanto el personaje carece de poderes especiales y tampoco los descubre a lo largo de su proeza, la encontramos en una de sus mejores historias, "Thunderhead". En ella, un anciano y un muchacho escalan una montaña, llamada Thunderhead, en un lejano planeta, a fin de lanzar un aviso sobre un inminente ataque alienígena; ellos dos son las únicas personas en condiciones de hacerlo: el anciano, porque es su obligación, y el muchacho por su amistad hacia el anciano; la escalada es dura, difícil, y ambos acabarán perdiendo la vida, además de sufrir el ataque de la nave de los alienígenas, los cuales, y no deja de ser curioso, nunca son presentados en la historia como enemigos, sino como otros seres con sus propias motivaciones y sentimientos. La muerte les une al final a todos por igual. No estamos ante una historia de superhéroes, pues, sino de personas normales que se comportan como héroes por decisión propia, que sacan fuerzas de donde no las tienen, "porque era su deber", como dice alguien al final del relato, ante sus cadáveres.
    Las novelas ofrecen un poco más de variedad en cuanto a héroes o superhéroes. El solitario aparece en Un resto de memoria, un ex legionario al que ofrecen combatir en un lejano planeta; en El largo crepúsculo, dos extraterrestres inmortales llevan siglos combatiendo entre sí en nuestro planeta por razones de odio personal; en La jaula infinita tenemos a una especie de genio idiota, Adam Nova (el nombre ya es sugerente), un cerebro que se nutre constantemente de conocimientos sin saber con qué finalidad, y que parece una especie de "idiot savant"; en The Ultimax Man un mafioso llamado Damocles Montgomery (otro extraño nombre) a punto de ser asesinado es salvado por un extraterrestre, Xorielle, a fin de estudiar su capacidad de resistencia y aprendizaje sometiéndolo para ello a diversas pruebas. Esto último es muy típico del autor, y lo hallamos en el relato "Prueba para la destrucción", aunque en este caso el protagonista ignora que está siendo manejado por los "observadores", por llamarlos así.
    Pero de hecho, la idea del personaje sometido a prueba recorre casi toda su novelística, exceptuando la serie Retief y las novelas humorísticas, como The Monitors, por ejemplo. De una manera u otra, tanto si es mediante personajes que los manipulan --caso de The Ultimax Man y "Prueba para la destrucción"-- como si no, todos sus héroes son constantemente sometidos a pruebas que han de superar para realizarse como personas y encontrar un sentido a su vida, absolutamente nula u oscura. Pruebas que eligen ellos mismos en algunas ocasiones, aun sin saber el motivo de lo que hacen, como en "Of Death what Dreams", o pruebas para algún fin concreto, como en "La prueba para la obtención de colocación"; incluso sus dos series de novelas sobre mundos paralelos, la serie de Imperio y la de Lafayette O´Leary, no son sino variantes de lo mismo: un personaje de la Tierra es seleccionado a fin de comprobar si puede cumplir determinadas misiones en esos mundos alternativos; la única diferencia con el resto de obras reside en el tratamiento de relato de acción en la serie Imperio, y el de tono algo más ligero en las cuatro novelas de Lafayette O´Leary.
    Esto nos lleva a un curioso punto en común con varios relatos y novelas de Laumer: cuando dos personajes antagónicos o incluso declaradamente enemigos unen de repente sus fuerzas para combatir un enemigo común. Es algo bastante raro en un autor al que no se podría calificar precisamente de progresista. Sin embargo, esto ocurre en obras como El largo crepúsculo, donde los dos inmortales extraterrestres olvidan finalmente sus diferencias ya que son los únicos que pueden evitar una catástrofe ecológica en la Tierra, aunque para ello deben sacrificar sus vidas; en The House in November un americano se une a miembros del Ejército Rojo soviético para repeler una invasión alienígena; en "El trueno largamente recordado", donde un extraterrestre que lleva viviendo de incógnito en la Tierra durante décadas haciéndose pasar por terrestre, en realidad defiende un portal a otra dimensión para poder evitar una invasión alienígena en nuestro planeta, lo que al final le costará la vida; en "Érase una vez un gigante", otro alienígena protege a un terrestre bastante carente de escrúpulos, sacrificando su vida al final por él; en "Podría ser cualquier cosa", son un alienígena y un terrestre quienes aúnan sus esfuerzos para combatir a un enemigo desconocido en una ciudad igualmente desconocida.
    Pero, volviendo a los héroes que descubren sus poderes y los explotan a conciencia a lo largo de la historia, donde quizá Laumer haya ido más lejos puede que sea en la novela Night of Delusions (reeditada en los años ochenta como Knight of Delusions, y completando el volumen con un par de relatos; la primera edición de 1973 resultódefectuosa, pues por error el editor encuadernó con las tapas de Laumer la novela de otro autor). He de confesar que pocas veces me he quedado tan estupefacto leyendo una novela como me ha ocurrido con ésta. Night of Delusions es algo así como un Ubik en pequeño, una novela donde se juega con la ilusión y la realidad, la existencia de los mundos y su inexistencia, lo que percibimos y consideramos real; paranoia, silmulación, alienígenas manipuladores de la realidad, y un protagonista, Florin, que narra la historia, y que trata de averiguar qué es real; todo ello tiene un ambiente entre fantástico y surrealista, que llega al máximo cuando, cerca del último tercio de la novela, Florin muere al tenderle sus enemigos una trampa.
    ¿Y qué ocurre? Pues lo que era de esperar en Laumer. Convertido en moléculas de energía tras su muerte, el personaje crea un nuevo universo, "hágase la luz", una nueva Tierra, unos nuevos continentes, los puebla de seres humanos, hasta que todo vuelve a la situación previa a su muerte, y prosigue su enfrentamiento con el enemigo. Francamente apabullante. Cómo no, la novela termina con el siguiente diálogo:
     
        "--¿Cómo podemos saber que esto no es un sueño? --preguntó ella.
        --Quizá lo sea --dije--. Quizá nada sea real en la vida. Pero no importa, hemos de vivir como si lo fuera."
     
    No es un mal colofón para una novela que en verdad consiguió descolocarme como pocas veces lo ha conseguido autor alguno.
    En fin, a Laumer le tocó en la realidad comportarse un poco como a estos personajes suyos, volviendo a la vida cuando le dijeron que no sobreviviría a la apoplejía que sufriera en 1971, y que en caso de de sobrevivir quedaría inválido. Ni lo uno ni lo otro, pero de todas maneras no ganó la batalla, como es bien sabido. Volvió a andar, con ayuda de un bastón, trató de que su cuerpo fuera el de antes, a costa de terribles dolores, como el personaje de "Of Death what Dreams", cuando visita a un especialista para que le desarrolle un supercuerpo a costa también de terribles dolores. Amargas ironías de la vida, que copia a la ficción.
     
     

    May 24

    BAROJA: A PROPÓSITO DE UN LIBRO CONTRA ÉL (¿O NO?)

    (c) 2009 J.C. Planells
     
    En un artículo publicado aquí hace tiempo, "El autor y la obra", hice mención a mi escaso aprecio por la obra literaria de Pío Baroja, algo que ya dije asimismo tiempo atrás en "Algo (en realidad nada) sobre Pío Baroja". Si ahora vuelvo a este autor, es a consecuencia de un libro no muy extenso relativo a su persona y obra, aparecido en 2008 y que leí hace por pura curiosidad, a cargo de un autor navarro tremendamente prolífico en cuanto a ensayos (no recuerdo su nombre y siento gandulería de buscarlo por internet). Se titula ¿Qué hacemos con Baroja? El autor de dicho libro se ha leído entero a Pío Baroja, y cuando digo entero, quiero decir entero, todo, absolutamente todo: narrativa, memorias, ensayo... (o eso es lo que cabe deducir del libro). El autor afirma que, como novelista, le gusta Baroja, y que lo considera un gran autor. Pero, al mismo tiempo, se dedica a demostrar fehacientemente mediante citas de sus libros de memorias y escritos varios que Baroja era, como persona, un ser infame, moralmente execrable y condenable. No ahorra calificativos despectivos para referirse a él y a sus opiniones, e incluso en algunos momentos se extralimita. A veces recupera la cordura (debe recordar que los libros son para todos) y afirma que Baroja era un gran autor, etc., etc., y que aunque fuera repugnante como ser humano, no debía juzgarse la obra, etc., etc. Muy ambiguo todo, pero en fin.
    Como ya he dicho, he dejado constancia en este blog en las dos ocasiones indicadas --"El autor y la obra" y "Algo (nada en realidad) sobre Pío Baroja"-- de mis nulos éxitos en la lectura de este autor, salvo alguna que otra excepción, así como el rechazo instintivo que siento por él. Ahora bien, el libro del escritor navarro me ha rebotado.
    Veamos si consigo que el lector me comprenda.
    Sin entrar en si lo que dice el escritor navarro sea cierto, exacto o exagerado, la finalidad de su libro me parece repulsiva. Porque escribir un libro atacando despiadadamente --aunque sea usando sus propias palabras como armas arrojadizas-- a un autor del que afirma al mismo tiempo que le gusta (por encima de cualquier otro) , lo ha leído entero y lo recomienda sin vacilaciones, me parece un acto bastante inmoral. Sin duda Pío Baroja fue una persona algo detestable por sus opiniones racistas, antisemitas, anticatalanas, antivascas y antidemocráticas y profranquistas y prohitlerianas (las antirreligiosas se le perdonan por parte del autor navarro, porque ir contra los curas también lo hacían Blasco Ibáñez y Galdós, que al fin y al cabo eran de izquierdas, no como Baroja, aunque otros no se las perdonan precisamente por ser don Pío de derechas...); sin duda lo fue, pero ¿a qué viene ese libro entonces? Sería comprensible, acaso, por parte de un detractor de Baroja como novelista: atacar al hombre, a la persona, además de a la obra. Pero no es éste el caso: el navarro lo defiende como autor y cree que a pesar de todo no debe juzgarse la obra. Eso sí, se despacha a gusto contra Baroja y lo deja hecho una m... .
    Como digo, el libro me ha rebotado. Porque me parece de muy mal gusto --además de repulsivo e inmoral, como he dicho-- semejante proceder. O al menos, en la manera despiadada que lo ha hecho el navarro admirador de Baroja. A mí no se me ocurriría escribir un libro --ni un artículo-- semejante sobre un autor que me gustase. Ni siquiera lo haría sobre un autor que me desagradara profundamente (un John Norman, por citar el primero que me viene a la cabeza). Los escritores no son seres perfectos a pesar de que sus fans lo crean. Pueden ser tan repulsivos o más que Baroja. Si un escritor no me gusta, criticaré su obra empleando argumentos literarios y analizándola, pero no malgastaré el tiempo atacando su persona. Y ya no digamos si el autor es uno de mis preferidos (como lo es Baroja del escritor navarro).
    Repito: el libro me ha rebotado, y la consecuencia es que he decidido darle algún día otra oportunidad a Baroja, leer novelas suyas que no he leído antes, simplemente para manifestar mi desdén hacia una manera de enfocar a un autor al que, dice el navarro, considera de los mejores. Pues menos mal: ¿y si lo llega a considerar de los peores?
     
    May 21

    EL HOMBRE MÁS BUSCADO, de John Le Carré


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
    No hay mucho de nuevo en la última novela de Le Carré, este El hombre más buscado recientemente aparecido en castellano. Nos reencontramos con personajes similares a los de anteriores novelas --especialmente durante su última etapa como novelista--; asimismo, vemos variaciones sobre temas que ya fueron tratados --más atractivamente-- en obras primerizas, como El espejo de los espías. La --pequeña-- novedad es que en esta ocasión Le Carré aligera esa carga pseudoliteraria que a veces resultaba ya excesiva (e incluso insorportable), iniciada en El honorable colegial, o al menos no se nota en demasía al ser la novela algo más corta que otras.
    Por lo demás, Le Carré se pone al día: estamos en el mundo que lucha contra el terrorismo después del 11-S,  con sus intrigas varias entre diversos departamentos de policía y de seguridad de varios países, todos compitiendo entre, jugando sucio sí y manipulando a los demás, y, cómo no, los habituales idealistas llenos de pureza perdidos en el acontecer de los hechos. Aquí son un islamista checheno que ha entrado ilegalmente en Alemania, una abogada de una ONG que se pone a su servicio y un banquero sesentón con remordimientos de conciencia (no precisamente bien explicados, la verdad) y enamorado platónicamente de la abogada (porque sí, simplemente). El desastre, no hace falta decirlo, está servido en cuanto estos personajes empiezan a ser objeto de atención de la seguridad alemana, la CIA americana, los agentes de inteligencia británica y vete a saber cuántos más.
    La novedad es que esta vez los personajes no convencen al lector como en anteriores ocasiones. Quizá de tanto repetir los esquemas, quizá de tanto dar vueltas sobre el mismo tema, esta vez todo nos deja más bien indiferentes. Nos despreocupa la abogada voluntariosa, el checheno atormentado y el banquero con complejos de no sabemos muy bien qué. Todo discurre en medio de una monotonía razonable, con unos giros argumentales que no son nuevos y con un desenlace que más o menos prevemos aunque con algunas variaciones. Ciertos poco afortunados excursos, especialmente en lo referente a la vida privada del banquero, aumentan esa indiferencia, algo aliviada en las reuniones entre Bachmann --de la inteligencia alemana-- y sus rivales en otros servicios germanos y extranjeros... pero incluso esto lo hemos visto ya --y mejor-- en otras obras anteriores, y el discursito de Bachmann a su personal, tan teatral en su coreografía (coreografía puramente literaria, la verdad), también acaba cansándonos.
    En fin, una novela más bien discreta, alejada de aquel Le Carré de Una pequeña ciudad de Alemania o El espejo de los espías, de aquellas primeras novelas quizá más simples pero mucho más efectivas e intensas. Ahora, sus personajes no nos conmueven, sus intrigas nos suenan a repeticiones, y ni siquiera su discurso soterrado respecto a la lucha sucia contra el terrorismo nos produce demasiado interés. 
     
     
    May 19

    FAMOSOS DE AYER (6). JÖRG BUTTGEREIT: Cine ultragore alemán


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     
    Quizá me equivoco, pero da la impresión de que los cinéfilos no andan muy interesados ni ansiosos por conocer los nuevos posibles proyectos de este director cinematográfico alemán, que tanto dio que hablar en según qué círculos a principios-mediados de los años noventa, cuando su film de 1987, Nekromantik, empezó a conocerse mundialmente, tras ser la comidilla de unos poquísimos durante unos años. En España, al menos, era pieza codiciada en los videoclubs hacia 1995 y había bofetadas para alquilarlo. La expectación subió y descendió de inmediato con las dos siguientes películas suyas que se distribuyeron: Nekromantik 2, secuela de la anterior rodada en 1991, y El rey de la muerte, rodada entre ambas, y que llegaron a los videoclubs casi simultáneamente. Pero el interés y la expectación que despertó este alemán nacido en 1963 se diluyeron con rapidez: la secuela no interesó a casi nadie, y El rey de la muerte, que no tenía relación con aquellas dos, la vieron aún muchos menos. El escándalo/expectación/sorpresa de Nekromantik no se repetirían.
    En la historia del cine ha habido muchas películas transgresoras y audaces, muchos escándalos y prohibiciones o pseudoprehibiciones, y al film de 1987 que pergeñó Buttgereit le cabe el dudoso honor de haber hecho correr no poca tinta en los años noventa, creando incluso lo que parecía un nuevo género y no pocas publicaciones ultramarginales en España, y supongo que en otros países, sobre "cine oscuro y brutal", "ultragore" o algo por el estilo. A la larga, Buttgereit ha demostrado ser un verdadero bluff, su nombre se ha eclipsado casi de golpe y sus trabajos desde 1992 hasta el presente se pueden contar con los dedos de una mano: es más famoso por los muchos proyectos que no ha llevado a cabo que no por los concluidos; y entre los concluidos, pocos se han visto internacionalmente, y varios de ellos o son cortometrajes, o videoclips o naderías. Eso sí, cada determinado tiempo se pasea por algún festival (menor) de cine, reviviendo su efímera gloria.
    Nekromantik, un film con estética sumamente amateur, rodado de cualquier manera, narraba la historia de un joven empleado en una funeraria, al que vemos orinando al principio de la película, muy aficionado a llevarse un poco de "faena" a casa: le gusta los cadáveres, y le gusta montar tríos con su novia y un cadáver. Un día la novia se harta de compartir al chico con un cadáver y se va. El chico, triste solitario y final, decide suicidarse, lo cual le proporciona un soberano orgasmo que convierte su miembro erecto en un verdadero géiser de semen, todo ello acompañado con una música muy triste. Ya está.
    Semejante memez debe ser así considerada no por su historia, sino por su vulgar y feísimo tratamiento, por su ausencia total de ritmo. Las historias no son malas de por sí, ni los temas deben escandalizarnos: ahí está Pasolini con el tremendo Saló para dejarlo bien claro. Pero Buttgereit no es Pasolini --ya quisiera él-- ni su film puede aspirar a tener la trascendencia de Saló, sino que es una banalidad narrada con guarrería y tono chabacano, y torpezas varias buscando el efecto final, que, en realidad, está más cerca de provocar la risa que otra cosa. Y sin embargo, la gente enloqueció casi con Nekromantic, o al menos, según qué clase de gente, que se apresuraron a considerar el film como de "terror" o "gore". Buttgereit, muy fino él, protestó enfadado diciendo que su film no era en modo alguno de terror, ni él un director de cine gore, pero no le sirvió de nada (y posteriormente, parece que modificó un poco estos criterios). Y es que casi resulta preferible considerarlo dentro del cine gore, porque es imposible tomarlo en serio o buscarle trascendencia alguna.
    La secuela rodada cinco años después, Nekromantik 2, mereció grandes elogios de ciertos críticos que la consideraron una obra casi maestra, comparada con el primer Nekromantik. Semejante opinión demuestra la absoluta inutilidad de la crítica, o al menos de cierta crítica que suele guiarse únicamente por sus gónadas o sus neuras particulares en vez de por criterios estéticos o de valoración artística: prima la carne antes que el espíritu. De hecho, hay un crítico más o menos cinematográfico que sale por la tele a veces, y cuya lista anual de "lo mejor del año" se compone de subproductos, bazofias y basura de serie Z, que él considera es el cine bien hecho y serio. Pero volviendo a Nekromantik 2, el film es una de las películas más aburridas de la historia del cine, tanto que me veo incapaz de contar su argumento --creo que carece de él-- porque me dormí por completo a la media hora. Parece ser que no es tan "audaz" como el primero, no tiene tanto sexo y aboga por un tono poético y nostálgico, pero no me hagan caso porque no estoy seguro de esto, sólo de que era insoportablemente inane y lenta (lo que aguanté de ella). Tras ello, desistí de ver El rey de la muerte, y Buttgereit desapareció del mapa sin que sus fans, que tanto le jalearon, lo lamentaran mucho (aun así tiene bastantes páginas en internet para contar prácticamente nada de nada). En todo caso, las ansias de gore brutal o de cine oscuro de no pocos espectadores quedaron satisfechas --y mejor servidas-- con la invasión no mucho después del cine japonés gore y de terror fantástico, algo repetitivo, sí (demasidas películas japonesas de ese género parecen fotocopias de las anteriores) pero bastante más lúdico, y con un mayor sentido artístico y temático --Miike-- que ese vacuo provocador de aburrimiento y fealdad visual que parece ser Buttgereit. No se le echa de menos, pero hay que ver lo que nos mareó durante su brevísimo reinado. Y a estas alturas de la vida, es difícil esperar un "comeback" suyo.
     
     
    May 16

    NIÑAS Y SOLDADOS

     
    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
        Le pusieron un uniforme, le dieron un fusil, le enseñaron a manejarlo, le instruyeron duramente para que obedeciera al primer grito, y finalmente le mandaron a un país cuyo nombre apenas sabía pronunciar y cuya ubicación en el mapa no hubiera podido precisar ni con la mejor voluntad del mundo. En todo caso, eso daba igual. Su misión era obedecer órdenes solamente. Así que se encontró en un lugar extraño, con sus compañeros, su pesado uniforme, un calor infernal, el arma en la mano, el dedo junto al gatillo y con orden de apretarlo al menor indicio de peligro.
        No entendía el idioma, no entendía a aquella gente que, además, era de una raza distinta a la suya. No eran siquiera negros --había negros entre sus compañeros-- ni amarillos --había un oficial amarillo-- ni latinos --había compañeros latinos--. Eran gente extraña, como alienígenas, que hablaban una jerga indescifrable, que gritaban y se movían delante de él, y que parecía iban a atacarle en cualquier momento. Por eso les habían enseñado a mover con decisión el arma, para ahuyentarles por si acaso, para mostrar autoridad.
        Lo peor eran los niños. Había montones de niños y de niñas. Los niños podían mala cara y les escupían, les hacían gestos obscenos y blandían fotos de gente de su raza y exhibían carteles insultantes y quemaban alguna bandera americana, pero desde lejos, por si él y sus compañeros decidían cargar contra ellos ante la ofensa a las barras y estrellas. Era difícil contenerse, pero lo hacían. Ellos agitaban los fusiles, y los niños escupían con más fuerza, pero unos metros más lejos.
        Luego, claro, estaban las niñas. Ésas no sólo no mostraban miedo, sino que eran más peligrosas que los niños por la sencilla razón de que se acercaban más a los soldados. Les señalaban con el dedo, reían entre ellas, seguramente se burlaban de ellos en su idioma, porque como no se les entendía nada, podían estar diciendo cualquier cosa. A veces se ponían a danzar allí delante, quizá por juego, quizá por burla. Algunas sabían hablar algo de inglés, y les cantaban canciones burlonas, con música de alguna canción popular de ese país tan extraño.
     
          Soldado, soldado americano
          no me mates, no me mates
          no dispares a las niñas
          no dispares a las niñas
          que serán un día mujeres
     
        Una estupidez de canción, chapurreada en un inglés de vergüenza, pero que a él le ponía muy nervioso, así que agitaba el fusil para apartarlas, y ellas, en lugar de hacerle caso, fingían ir a saltar sobre él.
        --No les hagas caso, como si ni las vieras --le dijo Bob López, uno de sus compañeros, al acabar el turno de vigilancia.
        --Se acercan demasiado.
        --Nick, es un juego para hacer burla. Tú haz como si ni las vieras --le repitió Bob López.
        Pero Nick se dio cuenta de que ellas habían advertido el miedo que las tenía, porque parecían dedicarle sus burlas, sus gestos y sus canciones. Prefería a los niños y a los adolescentes; con ellos la cosa estaba clara: si pudieran tener un arma, les matarían, y si conseguían bombas, se las tirarían en cualquier momento. Por eso los niños se mantenían lejos mientras que las niñas se acercaban, porque ellas le daban miedo a él y cohibían a los demás.
        --¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! --gritó una de ellas, una de largas trenzas, siempre riendo burlona, con grandes ojos negros. Debía de tener nueve o diez años.
        Y las demás se dejaron caer fingiendo haber muerto a tiros, pero se les escapaba la risa y se movían sobre la arena sin poder evitarlo.
        --¡Haz pum pum, soldado americano! --le dijo en mal inglés la de las largas trenzas.
        Nick optó por desviar la mirada de ella y fijar la atención en otro sitio, como si no existiera.
        --¡Pum pum pum! ¡Soldado americano mataniñas! --dijeron dos o tres de las que estaban tiradas por el suelo, riendo a carcajadas.
        La llegada de la madre de alguna de ellas acabó con el juego y las obligó a levantarse, riñéndolas, supuso Nick, puesto que no entendía su idioma. La madre se encaró luego con él, agitando el puño y hablando en aquel asqueroso idioma que no había quien descifrara. Nick lo solucionó agitando el fusil ante ella, como diciendo "Ven con cuidado que tengo esto y lo puedo usar". La mujer se fue sin dejar de graznar en su idioma.
        --Tranqui, Nick, tío --oyó que le decía Bob López, un poco detrás de él. 
        Pero no estaba nada tranquilo, porque cada día había más niñas, ya no eran cuatro o cinco como al principio, sino que ya eran unas diez o más, y la que parecía mandar en el grupo era la de las trenzas, con sus bromas y sus pum pum y sus caídas ante los soldados. Bob López se reía un poco y se apartaba para que no se notase, pero el grupo de niñas la tenía tomada con Nick, que era el único que parecía ponerse nervioso y fingía muy mal no hacerles caso; y como si ellas tuvieran un radar que detectara ese nerviosismo, acentuaban más sus bromas y sus canciones. Nick casi rezaba esperando que saliera de una vez la madre de la casa que había al otro lado de la calle y se las llevara o las dispersara, pero muchas veces eso no ocurría o tardaba en ocurrir.
        --¡Pum pum! Soldado americano pum pum. Haz pum pum, soldado americano.
        El calor era infernal en aquel puto país, por lo visto no existía el invierno de Nebraska, duro pero acogedor, con sus fuegos de leña, su coñac caliente, los troncos cortados a primera hora de la mañana, al aire fresco, para hacer ejercicio...
        --¡Pum pum! ¡Pum pum a las niñas! ¡Soldado americano mataniñas! ¿No niñas en tu país? ¿No hay niñas en America que matar?
        En vez de paisajes verdes, montañas, valles, ciervos, sólo puta arena, puto calor infernal, con ese uniforme pesado, agobiante, infernal. Arena, sol, calor, suciedad, no debía tocar el agua ni para lavarse siquiera, menos aún beberla. Insectos nunca vistos, algunos realmente repugnantes, miseria, pobreza, comida asquerosa, perros esqueléticos, buitres sobrevolando por el cielo los cadáveres abandonados en cualquier parte, peste de cuerpos que no se lavaban nunca, alientos verdaderamente vomitivos cuando se te acercaban y te gritaban y te insultaban a la cara, saliva contaminada a saber de qué...
        --¿No niñas en América, soldado mataniñas?
        Sin cultura, ni música rock, ni libros o cómics, ni tele ni pizzas, ni béisbol ni nada que no fuera mierda y agua estancada, fruta podrida, amenazas y bombas y...
        --¡Haz pum pum!
        Y Nick disparó con su arma contra el grupo de niñas.
        La mañana se rompió se golpe, como desgarrada por una mano gigantesca. La ráfaga le dejó sordo y el silencio posterior le desorientó. Veía nubes de color rojo alzarse aún de los cuerpos de las niñas, como explosiones escarlata despedidas desde el interior, flores rojas que salían de su cuerpo como una inesperada sorpresa. Luego, las nueve o diez niñas cayeron a un tiempo sobre la arena, y la pintaron de granate.
     
     
     
        En Nebraska hace mucho frío en invierno, pero Nick sigue saliendo tozudamente fuera para cortar troncos y más troncos para la chimenea. Cortar troncos es una tarea que relaja mucho, lo ha descubierto, y quizá por eso tanta gente no instala calefacción o compra estufas para calentar los hogares. Es mejor salir afuera de buena mañana y partir unos cuantos troncos.
        Chunk, chunk, chunk, hace el hacha al partir el tronco.
        Como requiere atención para que el hacha no se suelte y te parta el puto pie en vez de el tronco, hay que estar concentrado, la mirada fija en el tronco, no en el hacha. Chunk y más chunk.    
        Luego se amontonan ahí mismo, detrás de la cabaña, y cuando quieres vas y tomas uno y lo echas al fuego de la chimenea. Tomas un tronco de la colección de troncos de un tamaño parecido al de... al de...
        A veces viene su hermano a verle, y toman alguna que otra cerveza. A Nick no le conviene, pero Burt se la trae sin alcohol, lo cual a Nick le parece una cochinada, pero calla y bebe. Su cuñada no sube. Ni muerta subiría a verle, y menos con las...  con las...
        No hay fotos en la cabaña, pieles de animales sí las hay, y rifles de caza, algunos de su padre y de su abuelo. No sabe si funcionan porque no va a cazar. Su hermano le dice que hay un lobo por ahí, que habría que cazarlo, y Nick le dice que ya, que sí.
        Había una foto de una chica, ahora que lo piensa, pero le dejó. Le dejó cuando... antes... después... Le dejó, en fin. Mejor, ¿quién quiere una mujer? Ya limpía él la cabaña y se prepara la comida y lava la ropa. ¿Sexo? No, porque con el sexo puede ocurrir que... que...
        Qué buena está la mañana. Fría, sí, pero buena.
     
     
        --Voy a subir a ver a Nick. Ese lobo me preocupa...
        --Pues ve con Bill a cazarlo, ¿no? ¿En qué quieres que te ayude tu hermano?
        --Es que ronda cerca de su cabaña, lo vieron el otro día y parece que cada vez está más cerca.
        --Avísale si quieres. Tiene escopeta, ¿no?
        --Sí, pero... Pero no creo que la use.
        --Ya. Bueno, por una vez que la tome no le va a pasar nada.
        --Los médicos dijeron...
        --Ya sé lo que dijeron. Oye, no tengo ganas de hablar de tu hermano, ¿vale? Lo del lobo lo apañas como quieras, pero a mí no me vengas con rifles y con tu hermano...
        --Vale, vale, yo sólo...
     
       
        La loba había dejado a sus cachorros protegidos en una zona no cubierta de nieve, entre diversas ramas caídas y matojos, para ir a rondar en las zonas donde había seres humanos y buscar algo de comida para los lobeznos. Debía ir con cuidado de no tropezar con el hombre, pues eso podía significar no sólo su muerte, sino la de los cachorros por hambre y frío, si ella no regresaba a tiempo.
        Se acercó al lugar de madera habitado por el hombre y dio la vuelta en busca de los desperdicios. Hurgó en ellos y halló algo de carne desechada, pero poca, tan poca que apenas había para sí misma. Comió aquello y decidió regresar con los cachorros.
     
     
        --Lo he visto de lejos, cuando estaba llegando a tu cabaña. Ha ido hacia arriba, más allá de aquellos árboles --señaló Burt.
        --Entonces no daremos con él --dijo Nick.
        --Hemos de intentarlo, Nick. Si no, estará todo el invierno dando vueltas, y luego se acostumbrará y no nos lo quitaremos de encima. Esos animales son peligrosos, chico.
        Se fueron acercando al lugar procurando no hacer ruido. Les favorecía que el viento soplaba contra ellos, y así no le podía llegar al lobo su olor ni delatar su acercamiento.
        --Mira --susurró Burt--. Ahí está. ¿Ves? Espera... diantre, no está solo.
        --¿Qué quieres decir?
        --Que hay algo o alguien más... ¿Una presa? No... mierda, son cachorros.
        --¿Cachorros?
        --Eso es. Sólo nos falta que se nos llene esto de lobos. Diantre, es una hembra, pues. Habrá que matarlos a todos. Aunque sin la madre se morirán pronto, de todas maneras no hay que descuidarse. Primero mataremos a la madre. Yo lo haré, Nick.
       
     
        Los cachorros formaron un semicírculo alrededor de los dos hombres cuando vieron que su madre estaba muerta y un reguero rojo salía de su cuello. Se había oído un trueno y la madre había muerto. Y ahora ellos estaban abandonados a su suerte. No entendían lo que pasaba, pero aquellas dos figuras tenían la culpa. El temor, sin embargo, les mantenía alejados, sin osar hacer nada contra ellos.
        Las dos figuras agitaban los brazos con las ramas en su extremo, las ramas que rugían truenos y parecían discutir. Los cachorros saltaban y aullaban débilmente, sin fuerzas por el hambre. De un momento a otro...
        Hubo un trueno y brotó fuego de la rama de uno de los dos hombres, y cayó el que había provocado la muerte de la madre.
        El otro, el que había disparado contra el matador de su madre, les miró durante unos momentos, mientras ellos, aturdidos, seguían gimoteando en torno al cadáver de la loba y el del hombre muerto.
        Finalmente, el hombre dio la vuelta y regresó por donde había venido.
       
     
    FIN.-
     
    May 14

    LAS VOCES DEL TIEMPO, de J. G. Ballard


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
      (Edición de Minotauro, Argentina, 1978)

    En 1962, Ballard publicó sus primeras recopilaciones de relatos: Las voces del tiempo y, posteriormente, Bilenio. (1) Esta última es en cierto modo algo temática: la mayoría de sus relatos versan sobre la ciudad del futuro y otros sobre aspectos de lo fantástico un poco más tradicionales (los tres relatos sobre la ciudad del futuro, que ocupan en extensión la mitad del volumen, evocan en cierta manera los recuerdos de Ballard de su estancia en el campo de prisioneros durante su infancia, pero adaptados a la ciudad del futuro). Las voces del tiempo ofrece mayor variedad temática y de estilos, y por eso --y por ser la primera publicada--, merece una cierta atención hoy que ya conocemos prácticamente la totalidad de su obra breve y en su integridad la novelística. Lo primero que se advierte es la gran coherencia que mantiene con toda la narrativa de Ballard, tanto en el campo breve como en la novela. Si a Ballard hay que buscarle algún defecto, lo mismo que se le puede buscar a cualquier otro escritor de cualquier país y época --sea Proust o Dostovieski--, es que no evolucionó: fue siempre igual. Bastantes de los trabajos reunidos en Las voces del tiempo podrían haber sido escritos por vez primera este siglo XXI, en lugar de a finales de la década de 1950, y a inicios de la de 1960: no hay la menor diferencia en sus propuestas, su visión del mundo, su manera de enfocar la modernidad, la evolución social y el destino del hombre. Pero, ¿eso es defecto o coherencia? Más bien esto último, una coherencia mantenida a lo largo de una obra que ha abarcado más de medio siglo, puesto que sus primeros relatos aparecieron en 1956 y su último libro en 2008. Puede que Ballard no evolucionara como escritor, manteniendo una línea recta desde su primer texto escrito y publicado, pero esos trabajos literarios --breves o largos-- han ido acompañando la más o menos evolutiva vida del hombre desde la segunda mitad del siglo veinte. No debe extrañarnos, por tanto, que algunos relatos de los que se incluyen en esta temprana recopilación aborden, por ejemplo, las "catástrofes naturales" o el fin del mundo, un poco al estilo de su teatralogía de novelas, inaugurada con El viento de la nada.
    "Las voces del tiempo", un relato de 1960 que abre el volumen además de darle título, es uno de los más celebrados de su primera etapa como autor de relatos. Cierto, es una notable historia y se comprende que en su tiempo causara gran impresión. Pero, a mi modo de ver, el texto tiene algo de insatisfactorio. Y es que lo habitual en la narrativa breve de Ballard es plantear un problema pero sin darle solución: el problema es lo importante, el cuestionamiento de una realidad, de un hecho, de un acontecimiento. En "Las voces del tiempo" tenemos una propuesta contraria. Lo que Ballard expone no es el problema sino la solución; mejor dicho: una conclusión. Y todo ello, la manera en que está planteada la historia, exige a gritos un tratamiento más extenso que el de un relato de apenas 40 páginas. En efecto, "Las voces del tiempo" resulta ser una novela condensadísima, por decirlo así, una "no-novela" --en el sentido de que se nos niega su escritura--, en la cual lo que se intuye pesa más que lo que se expone, y aunque esto no tiene que ser necesariamente negativo, en esta ocasión resulta contraproducente. Estoy convencido de que si Ballard hubiese desarrollado todo lo que expone/insinúa/aborda en estas escasas 40 páginas en el marco de una novela de extensión similar a las primeras que publicó, estaríamos hablando de una de sus mejores novelas. No fue así y "Las voces del tiempo" queda como un borrador --todo lo notable que se quiera-- de algo mucho más ambicioso.
    "El barrendero de sonidos" (1959) ofrece la curiosidad de que anticipa bastante el estilo, temas y personajes de una autora que nunca negó la influencia que Ballard ejerció sobre ella: la hoy olvidada Angela Carter. En efecto, esta es una historia que podría muy bien aparecer en cualquier recopilación de la ya fallecida escritora británica sin que casi notásemos diferencia alguna. A su vez, a algunos el relato de Ballard les puede retrotraer ciertos aspectos de la obra de Tennessee Williams (la vieja gloria retirada, el joven admirador que trata de ayudarla, el aprovechado capitalista, el regreso a la escena..., la cutrez en que vive la vieja gloria...). Puede que no sea una historia memorable, pero ese juego (involuntario) a tres bandas (Williams - Ballard - Carter) lo hace sin duda notable.
    "El hombre sobrecargado" (1961) nos remite a una historia muy posterior en cierto modo semejante --o equivalente-- que encontramos en su recopilación de 1990, Fiebre de guerra: "El espacio enorme". Pues se trata de otra historia de locura, de similar planteamiento, en que dimensiones mentales (interiores) conllevan a otros espacios (exteriores); en este caso, un hombre que decide desdibujar voluntariamente las líneas de los objetos que conforman su realidad, negándose a aceptar su existencia, borrándolos por tanto del mundo físico y ampliando poco a poco ese mundo no existente a todo cuanto ve.
    "Zona de terror" (1960) es otro texto sobre la locura, un tanto más convencional --o tradicional, si se prefiere este término--; en esta ocasión sobre el desdoblamiento --múltiple, finalmente-- del  protagonista. Digamos que es simplemente un relato discreto (si bien calificar como "discreto" algo de Ballard signifique las más de las veces que no es tan excelente como otros, naturalmente) enclavado en la narrativa fantástica y en temas que suelen aparecer en autores como Matheson o Bloch.
    "Nicho 69", uno de los primeros que publicó, pues data de 1957, sirve para demostrar lo acertado de considerar a Ballard como el "único escritor auténtico de ciencia ficción", como dijo hace muchos años alguien cuyo nombre no he conseguido localizar. Asimismo, es un ejemplo de lo que decía anteriormente: presentar un problema pero eludir la solución (puesto que, entre otras cosas, la ciencia ficción no tiene como tarea marcada el ofrecer soluciones a los problemas, sino exponerlos y especular sobre ellos). "Nicho 69" narra el control a que están siendo sometidos tres individuos a quienes tras una operación quirúrgica se les ha eliminado la necesidad de dormir las reglamentarias ocho horas diarias de todo ser humano. Las consecuencias de ello son imprevisibles, puesto que una persona que no precisa dormir --junto con lo que esto conlleva: soñar, renovarse, desconectar, ralentizar metabolismo, etc. etc.-- es un enigma que ignoramos en qué puede desembocar. En cierta forma, Ballard ofrece algo parecido en cuanto a resultados al experimento de encerrar a alguien en un compartimento estanco y privado de luz y sonido durante un tiempo muy prolongado (existen algunas películas de ciencia ficción al respecto), y Ballard, como no podía ser menos, nos indica que las barreras y los espacios son siempre interiores, es decir, mentales.
    Sin duda, mucho más de ciencia ficción es "Zona de espera" (1959), básicamente por constituir uno de los rarísimos cuentos de Ballard ambientados en el espacio, en este caso, en el planeta Murak, donde está instalado un radio-observatorio. Leído hoy, produce en el lector una indudable extrañeza, puesto que resulta mucho más cercano a propuestas de Arthur C. Clarke, o incluso Olaf Stapledon, que no de Ballard. Es una buena historia, desde luego, pero Ballard estaba llamado a tratar otro tipo de temas.
    "Ocaso" (1961), el cuento más breve del volumen, y con el que se cierra, puede presagiar en cierto modo la novela La sequía, publicada unos años más tarde. En efecto: la Tierra se ha desecado, y tan sólo queda un pequeño lago de quince kilómetros de superficie --desecándose poco a poco-- como recuerdo de lo que fuera el océano Atlántico. El planeta, asimismo, está siendo abandonado y la población mundial se ha trasladado ya a otros planetas, permaneciendo sólo unos pocos en los desiertos salinos que fueran otrora los mares y océanos. Para más inri, constantemente caen sobre la superficie las ya inútiles plataformas de lanzamiento espacial --una forma de "basura espacial"--, empleadas para trasladar a otros mundos a los habitantes del planeta. En este pasaje desértico, irreal, un hombre que se resiste por tozudez a emigrar encuentra el que parece ser el último pez vivo en una pequeña charca de agua, y su empeño --inútil-- será conservarlo con vida. Este relato, pues, prefigura perfectamente mucho de la narrativa principal de Ballard, sus paisajes alucinados, absurdos, de pesadilla, surrealistas, y mucho más alienígenas sin necesidad de trasladarse a otros planetas (como en el relato anterior, por ejemplo).


    (1) Nota importante: Para este comentario parto de la edición en castellano publicado por Minotauro, Buenos Aires (Argentina) en 1978. Para la de Bilenio tomo como referencia también la de Minotauro, Buenos Aires, 1974. Las ediciones en inglés de Las voces del tiempo y Bilenio  difieren notablemente en sumario según los distintos editores y países y años. Las de Minotauro de ambos volúmenes parecen una mezcla desordenada de ambos y de otras recopilaciones de 1963 y 1964. En todo caso no son las primeras traducciones al castellano, puesto que ambas aparecieron antes en Aguilar, Madrid, 1969, en el tomo Ciencia ficción inglesa II. En esa edición, Las voces del tiempo ofrece el mismo sumario que luego Minotauro, en cuanto a Billenium (así se titula en Aguilar) ofrece un sumario ligeramente distinto al de Minotauro en 1974. La traducción de Aguilar me temo es inferior a Minotauro, a juzgar por cómo se han traducido los títulos de algunos de los relatos. Véase al respecto Nueva dimensión nº 18, pags. 149-150, Barcelona, diciembre de 1970). 

    May 12

    GALERÍA DE MUJERES (47). TUESDAY WELD: Un talento a descubrir



    (c) 2007 by J. C. Planells

     

    Nacida en 1943 con el nombre de Susan Ker Weld, Tuesday Weld iba para niña prodigio y actriz infantil: desde 1949 ya era la encargada de mantener a la familia, tras la muerte del padre, trabajando como modelo infantil en publicidad. A los nueve años de edad sufrió su primera crisis nerviosa, consecuencia del ritmo de trabajo y la responsabilidad que recaía sobre sus hombros infantiles, tras lo cual empezó a fumar y a beber sin límite. A los doce años trató de suicidarse, tras una serie de enredos amorosos bastante sonados, y se enredó con otra clase de sustancias. Debutaría en el cine en 1956 en un musical que no ha visto casi nadie y apareció en papeles tan minúsculos que casi hay que buscarla con lupa (Falso culpable, de Hitchcock, es uno de ellos); hizo televisión y parecía estar condenada a interpretar papeles de jovencita-adolescente ingenua o disneyosa, ayudada por su dulce y rosado físico: es decir, todo lo contrario de lo que era su agitada --por decirlo de manera muy discreta-- vida privada (sexo, drogas, escándalo, violencia, más sexo y más drogas). Nada de extraño que le ofrecieran el papel de Lolita en el film que Kubrick preparaba en 1962, aunque finalmente lo hiciera otra actriz. Fue creciendo en el cine --y en la televisión-- desperdiciando su talento en películas imbéciles y ñoñas, o en el mejor de los casos de interés artístico nulo (El rey del juego). Roddy McDowall, que trabajó con ella, dijo en 1966 sobre Tuesday: "Ninguna actriz ha sido tan buena en películas tan malas". Según Tuesday confesaría más adelante, le importaba un pito triunfar en el cine y ser una actriz célebre; rechazó ofertas interesantes (Valor de ley, Bonnie and Clyde...), y a veces fue ella la rechazada por los productores, como en La semilla del diablo, donde fue desestimada en favor de Mia Farrow, pese al interés que Polanski sentía hacia ella. Por otra parte, debido a sus continuos escándalos y a su conducta sexual, Louella Parsons la consideraba un muy mal ejemplo para la juventud, teniendo en cuenta que aparecía en películas con el domesticado Elvis Presley y en comedias simpáticas de familias bobas y naderías semejantes. Hasta 1967, su filmografía era sencillamente penosa y no iba a parte alguna, y teniendo en cuenta lo jovencísima que empezó era evidente que la fama ya la rehuía y el público estaba más atento a otras actrices (Jane fonda, Faye Dunaway) de menor talento pero mejor fortuna.
    De repente, lo mejor de sus películas empieza tras 1968, con el éxito entre minorías cinéfilas de Un maravilloso veneno, seguido en 1971 por el de Yo vigilo el camino  entre esas mismas minorías. Por fin buen cine, personajes interesantes, dos películas notables..., pero era ya tarde para ganarse al público, tras montones de necedades y naderías, y el éxito entre minorías y cinéfilos no servía para gran cosa. Sin embargo, sus films posteriores seguirían esa carrera digna e interesante que de joven le fue negada: Ladrón, Nieve que quema, Érase una vez en América, Un día de furia, Buscando al Sr. Goodbar...

    Si su vida privada como niña, adolescente y jovencita fue caótica y escandalosa, su vida como adulta sería otro desastre con matrimonios malos y divorcios peores. Sus compañeros de trabajo --actores y directores-- se deshacen en alabanzas hacia ella como actriz y como profesional. El público nunca le ha otorgado el favor, no tuvo y no tiene fans, los críticos no repararon apenas en ella, no hay éxitos de taquilla en sus películas como adulta, y cuando sí los hay su personaje es secundario (Ërase una vez en América, Buscando al Sr. Goodbar). Triste destino. Quizá su problema era ser demasiado guapa, demasiado bonita y atractiva, demasiado rubia, demasiado sexy, demasiado aparentemente azucarada. Y ni aun así ha logrado nada, más que el profundo respeto de quienes la han visto en sus mejores films. A una edad ya respetable, sigue siendo un talento a descubrir. Gracias al DVD, podemos apreciar hoy ese magnífico talento, esa actriz que el cine, sí, se ha perdido, ésa es la verdad. Puede que su vida haya sido escandalosa y poco ejemplar, especialmente en edades en que no se espera sea así, teniendo que sacar adelante una familia desde que tenía seis años de edad; pero su profesionalidad está muy por encima de todo ello. Y quién ha tenido una vida ejemplar, si vamos a ello. Yo no, y por tanto no juzgo.

    Una reciente biografía sobre Tuesday Weld se titula, apropiadamente, como el título de su mejor film: Pretty Poison (Un veneno maravilloso).

     
      
     
    May 10

    CONTROL PERFECTO Y EXACTO

     
    (c) 1983 by J.C. Planells 
     
    (Relato aparecido previamente en SF, nº 2, mayo de 1983. Se ofrece como complemento a la anterior entrada sobre la televisión en TDT.)
     
     
        El señor Juan Martínez Gómez, de Elche de la Sierra, provincia de Albacete, encendió el televisor cuando el reloj le indicó que era la hora del inicio de los programas. Se sentó en su sillón y clavó la mirada en la pantalla.
        Un atildado y elegante presentador, sonriendo afablemente, apareció en pantalla. Hizo una leve inclinación con la cabeza y empezó a hablar.
        --Buenas tardes, queridos televidentes. Hoy iniciamos nuestra programación con un interesante reportaje en directo en el pueblecito de Villalmonte del Duero, donde un rústico entre tantos otros rústicos que lo pueblan nos va a hablar de la cerámica en barro de su pueblo.
        La cámara enfocó a un hombre arrugadísimo, con un palillo entre los dientes, una boina negra más vieja que él y luciendo unos horrendos pantalones siete tallas más grandes.
        --Señor Cojuelo, ¿cuántos años tiene usted?
        El hombre escupió, se rascó la nuca y dijo:
        --Setenta y siete.
        --Se conserva usted como un chaval. Bien, señor Cojuelo, ¿tiene mucha importancia la cerámica en barro de su pueblo?
        El señor Juan Martínez Gómez, de Elche de la Sierra, provincia de Albacete, amagó un bostezo. El presentador del programa dirigió una aviesa mirada a la cámara.
        --Pues sí, coño... Aquí llevamos haciendo cerámica desde los tiempos de Viriato.
        --¿Cuánta gente en el pueblo se dedica a esto?
        --Todos. Todo el pueblo. Sólo vivimos de esto.
        --Interesante, muy interesante. ¿Podemos ver unas muestras?
        --Claro, pa eso estamos, joder.
        La cámara mostró unas horrendas formas que pretendían ser algo así como ollas, jarras, tazas y utensilios más o menos similares.
        El señor Juan Martínez Gómez, de Elche de la Sierra, provincia de Albacete, se rascó la pierna. La cámara mostró el rostro del presentador, mirando con los ojos entornados.
        --Aquí hay mucha maña pa eso --explicaba el rústico morador del pueblo especializado en cerámica barreril--. Las mujeres se dan mucha maña, las crías también. Esto --y exhibió una informe figurilla-- lo hizo mi nieta. Tiene dieciocho años.
        --Promete la niña, ¿no, abuelo?
        --Coño, si promete. Ganó un concurso del ayuntamiento el año pasao al mejor trabajo.
        --¿Exportan al extranjero?
        --Hombre, tanto como eso... De Villacabras de Arriba vienen a comprar todos los cacharros aquí. Pero nada más.
        --Bien, abuelo, todo es ponerse en marcha y abrir nuevos mercados.
        --Pues supongo que sí --dijo el viejo, escupiendo saliva verde.
        El señor Juan Martínez Gómez, de Elche de la Sierra, provincia de Albacete, dio una cabezada. El rostro del presentador miró iracundo a la cámara. Sonrió con todos sus dientes.
        --Vamos a ver la elaboración de algunas de las piezas in situ, ¿le parece, abuelo?
        --¿In qué?
        --In situ.
        --Oiga, cochinadas no.
        --Quiere decir "sobre la marcha". Unas tomas en directo para toda España.
        --Ah, coño, claro. Venga, vamos por aquí. Así ven el pueblo, de paso. Aunque pa lo que hay que ver...
        El señor Juan Martínez Gómez, de Elche de la Sierra, provincia de Albacete, abandonó su sillón frente al televisor y se dirigió a la estantería para coger un libro. Con él en las manos, volvió a sentarse ante la pantalla y empezó a leerlo con una leve sonrisa en los labios.
        --Un momento, por favor, abuelo --dijo el presentador.
        Y tras extraer de su americana una pistola de rayos ultrateledirigidos, disparó sobre la cámara. El señor Juan Martínez Gómez recibió el impacto en la frente y cayó muerto en el suelo del salón de su casa.
        --Disculpen, queridos telespectadores --dijo el presentador, guardando el arma--. Había un español que no estaba mirando la televisión, ¿saben?
     
    FIN.-
     

    May 08

    SOBRE LA TELEVISIÓN EN TDT: TAMPOCO HAY PARA TANTO


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     
    Desde mediados de marzo, aproximadamente, veo ya la televisión digital terrestre, vulgo TDT, gracias a un artilugio que ofrecía el periódico La Vanguardia a sus lectores, que rellenando una cartilla con cupones publicados en el diario, y pagando unos 15 euros aproximadamente, recibían en una tienda el trasto --vulgo descodificador-- para conectarlo a cualquier aparato de televisón y recibir los canales de TDT. Así lo hice y ante mi sorpresa --mi "iznorancia" tecnológica es comparable a mi "iznorancia" de las cosas de la vida-- recibí de inmediato esos canales, perfectamente (aunque como el sistema aún no está perfeccionado, a veces hay interrupciones o alguno se cae unas horas). Mi sorpresa es máxima, porque yo no tengo ni siquiera antena de TDT, ni colectiva ni porras. O sea, que lo mío al parecer tiene mérito.
    Una vez comprobado que, en efecto, la calidad de imagen y recepción es muy superior a la televisión analógica --que yo recibía muy mal o a veces sólo mal-- y que hay prestaciones interesantes, como la de seguir las películas y series emitidas por algunos canales en su versión original subtitulada, debo decir que tampoco hay para tanto. Y que, en algunos detalles, la TDT es contraproducente.
    Hay más canales, sí, al menos para quienes vivimos en Barcelona. (Y algunos no aparecen en TDT: Tele Taxi, al menos en la ciudad de Barcelona, los canales de telepredicadores evangélicos o no evangélicos, el Canal Latino, Mola TV..., aunque a ninguno de éstos se le vaya a echar de menos.) Así, hay dos canales extras de Antena 3, otros dos de Telecinco, y dos más de TVE y uno de TV3. Entre las novedades más sabrosonas está el recibir Canal 9, la televisión autonómica valenciana, que debo decir me gusta bastante, y además la entiendo perfectamente cuando hablan en valenciano. Esto, que a muchos les parecerá una tontería, no lo es tanto si tenemos en cuenta que muchos gerifaltones (de antaño, que diría Valle Inclán) valencianos dijeron o dicen aún que un catalán no puede entender el valenciano (ni un valenciano el catalán) porque son dos idiomas distintos y no se parecen en nada. Juro sobre la discografía completa de Avril Lavigne que no estoy borracho, (no me gusta el alcohol, y sólo tomo una cervecita para cenar algunas veces), que esto lo he leído publicado y oído decir a Personas Muy Importantes de la Comunidad Valenciana. ¿Qué significa pues el que yo entienda perfectamente los noticiarios en valenciano de Canal 9, así como sus programas emitidos en la --ejem-- lengua vernácula? Pues, si me he de tomar en serio lo que decían esos gerifaltes (de antaño, Valle Inclan dixit) significa que estoy dotado de un cerebro realmente poderoso. O quizá signifique otra cosa... a ver si lo pillan. A todo esto se puede añadir el canal Sony TV, sólo compuesto de series y alguna película.
    Otra novedad es el Canal Disney, dedicado a la chavalería, con series y dibujos animados. En éste parece triunfar la serie "Hannah Montana", que no he visto más que haciendo záping y no puedo opinar. En cambio, estoy moderadamente enganchado a "Zak y Cody: Hotel dulce hotel", que me divierte bastante, pero me hace sentir un cierto complejo de culpabilidad. ¿Es asumible que un señor serio y viriloide como yo vea series pensadas para los chavales? Debo de ser un enfermo.
    Y ahora llegamos a lo más triste y lamentable de la TDT. Otra  novedad --además de los canales de venta y teletienda, y de otros insignificantes-- es el tener que soportar los canales fachas: es decir, Veo TV e Intereconomía. Cierto: no se anuncian como canales fachas, sino como "liberales" y de "libertad de expresión". Bueno, esto último es cierto: la libertad de expresión para insultar, mentir, calumniar, difamar, amenazar, manipular y distorsionar la verdad parece no tener límites. En Veo TV he visto por vez primera al temible Federico Jiménez Losantos, que tiene un programa nocturno una vez por semana --reemitido luego uno o dos días después-- que debo decir me causa más terror que cualquier film de horror. Sus mentiras y calumnias, soltadas con una desfachatez y cara dura inmensas, apoyadas por mensajes en SMS del público televidente --con unas faltas de ortografía horrendas, espantosas, y una sintaxis de juzgado de guardia-- me han alarmado y preocupado. Yo era hasta hace poco puro y virgen respecto a la tele facha, y ahora ya no lo soy, y encima alguna vez me he sorprendido a mí mismo aguantando un buen rato de telefachería, como hipnotizado por tanta mentira y difamación. Realmente, es muy preocupante. Tras ver esos programas de "libertad de expresión" y "crítica social y politica liberal", me siento como si viera porno o snuff-movies a escondidas.
    Creo que era más feliz antes de la TDT. Quizá, para compensar, me enganche a "Hannah Montana", para limpiarme el cerebro de fachería.

     

    May 07

    EL CASO DEL PARANOICO


    (c) 2009 by J.C. Planells
     
     
    (Aventuras de Harold Smith: episodios inéditos)
     (portada: Magenta)
     
        A Harold le fastidiaba mucho que le llamaran para investigar tonterías o que le tomaran el pelo, y en alguna ocasión se había negado en principio a aceptar casos que consideraba podían suponer un deterioro de su poderoso cerebro. Luego resultaba que alguno de ellos iba más en serio de lo que parecía, como el de la vieja que le escribió porque la perseguía un platillo volante. Pero, de todas maneras, si pillaba a un cliente tomándole el pelo, como nos ocurrió una vez, le clavaba una factura que daba miedo de ver. Además de quitarse de encima a posibles chalados o gente que le llamaba para idioteces, también se negaba a aceptar casos que consideraba indignos de su alta alcurnia detectivesca (mi jefe tenía un elevado concepto de sí mismo), como perseguir esposas adúlteras o maridos juerguistas (a no ser, claro, que las esposas fueran condesas, porque la aristocracia y los títulos nobiliarios le imponían mucho).
        En nuestros primeros tiempos, cuando yo entré como ayudante suyo, tuvimos que resolver algún caso idiota para no morirnos de hambre, cosa que no recomiendo a nadie. Pues tener hambre y no tener dinero es difícil de combinar. Antes de que resolviéramos el caso de los rubíes, y nos hiciéramos famosos al atrapar al ladrón invisible, era tanta el hambre que pasábamos algunas semanas, que un día la señora Lane, nuestra portera, me pilló quitándole una sardina a su gato, el infeliz Bonnie. Me riñó por hacer aquello y yo le dije la verdad, que la sardina era para partírnosla entre Harold y yo porque llevábamos casi una semana sin comer más que las migajas del bocadillo del último día que pudimos comprar uno, y que dejamos sobre la mesa de la cocina en previsión y reserva para días de penuria y estrecheces. La señora Lane se conmovió tanto que corrió a prepararnos unos bocadillos y buscó algo de fruta para nosotros. Y desde ese día, más de una vez ella o la mema de su hija, Sandra, nos subían la comida "por si se les olvida comer", decían.
        Yo pensé que lo hacía porque en un piso cuyos inquilinos se murieran de inanición y escorbuto resultaría luego un poco difícil de alquilar a otras personas, una vez desalojados nuestros cadáveres. Pues no; por lo que me dijo una día Sandra --que parecía tener cada vez la cabeza más grande con tanto libro que leía y las gafas, en cambio, se le iban haciendo más pequeñas--, en realidad lo hacía porque nos tenía mucho aprecio a los dos, a Harold y a mí. Esto me resultó muy desconcertante, y dediqué el resto de la tarde a meditar sobre el asunto, sin llegar a conclusión alguna. Realmente, me dije, la gente es rara con ganas.
        Total, que uno de esos días en que no había gran cosa que investigar y nos aburríamos de lo lindo mirando las paredes de nuestro despacho, recibimos una llamada telefónica. Harold se abalanzó sobre el aparato y yo pegué el oído en el auricular para escuchar también.
        --Harold Smith, detective privado número uno al habla.
        --¡Ay, señor Smith! --dijo una voz de mujer, que parecía ya tener una cierta edad--. ¡Venga, por favor! ¡Estoy desesperada!
        --¿La amenaza alguien con un hacha, señora? --preguntó Harold.
        --¡Oh, no! ¡Peor aún!
        --¿La están torturando espías chinos?
        --¡Peor aún!
        --Pues, ¿qué le ocurre, señora?
        --¡Mi hijo! --exclamó la mujer, con voz desgarrada.
        --¿Le han raptado? --preguntó Harold, la mar de contento. Un rapto representaría un caso importante y lleno de emociones. Empezamos a frotarnos las manos mentalmente.
        --¡Oh, no! ¡No le han raptado! ¡Mi hijo dice que es Napoléon! ¡Se ha vuelto paranoico!
        Harold apartó el auricular de su oreja y lo miró como si fuera un bicho raro. Los gemidos y sollozos de la mujer seguían oyéndose perfectamente. Yo me quedé pasmado.
        --Bueno, señora, ¿y yo qué pito toco en esto? --dijo Harold, malhumorado, volviendo a hablar por el teléfono.
        --¡Señor Smith, tiene que hacer algo! ¡Si se corre la voz de que está paranoico, lo encerrarán en uno de esos horribles manicomios, llenos de enfermeros musculosos, rudos y brutales, le administrarán duchas de agua fría o lo rociarán con mangueras a presión, sin contar con los electroshocks y esos doctores austríacos, y en medio del resto de los enfermos, que serán todos unos psicópatas babeantes! ¡Ayúdeme! Mi hijo estaba normal anoche, y se ha despertado esta mañana así, y dice que nos preparemos para ir a Austerlitz a darle una paliza a los ingleses...
        --Calma, señora --dijo Harold, que seguía de mal humor--. En primer lugar, Napoleón derrotó a los austrorrusos en Austerlitz, o sea que...
        --¿De veras? --dijo la señora con cierto alivio--. Oh, menos mal. Tendré que decírselo. Pero debe usted venir enseguida.
        --Pero, oiga, ¿qué quiere que yo haga con lo que le pasa a su hijo?
        --Eso es cosa suya, ¿no es el detective? Pues detecte cómo ha podido volverse loco de la noche a la mañana. Le espero con impaciencia.
        --Pero, a ver, ¿usted quién es?
        --Soy la señora de Cartrombe-Pombe, señor Smith --dijo la mujer con una voz cuya nobleza traspasó todo el hilo telefónico. Luego nos dio su dirección y colgó.
        Harold, perplejo, se quedó mirando el auricular.
        --Bueno, ¿qué clase de tomadura de pelo es ésta? --dijo--. Soy un detective de alcurnia, no un loquero. Esa señora necesita un médico de la cabeza para su hijo. Y puede que ella también lo necesite. Se va a esperar sentada a que vaya a su casa.
        --¿Y por qué no vamos, jefe? --sugerí--. Tampoco es que tengamos gran cosa que hacer estos días, la verdad. Así nos entretendremos y puede que incluso cobremos.
        --Pero, so merluzo, ¿qué quieres que investiguemos? ¡Que busque a un médico, diantre!
        --Esa señora tenía un apellido muy raro --dije, pensativo--. ¿Y si es gente de la nobleza esa que tanto le gusta a usted?
        Harold iba a replicar algo, pero se lo pensó mejor y tomó el Quién es quién. Buscó en sus páginas, encontró sin duda el apellido que nos dio la señora esa, Cartrombe-Pombe, y lo que leyó le debió de gustar porque enarcó las cejas. 
        --Una familia de gran boato aristocrático --dijo, apreciativamente, acariciando la página del libro--. Se remontan a los tiempos de Enrique IV, nada menos.
        --Sí que es vieja esa señora --dije, sorprendido--. ¿Eso es bueno o malo?
        --Calla, necio. Eso es historia viva de Inglaterra, llena de blasón y nobleza, de títulos y rancio abolengo, de gestas y de gloria. Si un Cartrombe-Pombe te llama, Inglaterra te llama y espera que cumplas. ¡En marcha, Diógenes! Y ya verás qué factura les clavaré, por aristócratas y por llamarme para una idiotez.
        Por una vez en la vida, y sin que sirviera de precedente, no fuimos a todo correr a la mansión de los Cartrombe-Pombe, sino que tomamos un taxi. A la llegada, Harold le pidió el tíquet al taxista para incluirlo en la futura factura.
        La casa ante la que nos dejó el taxi era toda una mansión palaciega, y respiraba boato, aristocracia, rancio abolengo, historia viva de Inglaterra y pompa por todas partes. Imponía bastante. Harold se frotó las manos la mar de contento.
        --Estupendo --dijo mirando la mansión con aspecto un tanto hambriento--. Están forradísimos. Compraremos un bolígrafo especial para escribir su factura a mano y con letra gótica.
        --No me pida imposibles, jefe. Si mi letra normal ya es penosa, imagine la gótica.
        Llamamos con el aldabón, que me dio la impresión era de oro macizo. Calculé si podríamos desatornillarlo y empeñarlo, para el caso de que la señora de Cartrombe-Pombe, pese a su mucho boato y todo lo demás, estuviera a la última pregunta. Nos abrió una llorosa criadita --los aristócratas, según había comprobado por otros casos que investigamos, solían tener tendencia a que sus criadas fueran llorosas, asustadizas o unas pelmas de cuidado-- que nos hizo pasar sin dejar de sollozar.
        Apenas pusimos el pie en el lujoso y amarmolado vestíbulo --piel de oso, estatuas imponentes, cuadros de museo, lámparas de película--, oímos a alguien bramando a todo pulmón "La Marsellesa", con acompañamiento de orquesta. La criadita dejó de sollozar, hipó y se fue corriendo al interior de la casa, dejándonos allí plantados.
        El escándalo procedía de una estancia situada a la izquierda del vestíbulo. Nos aproximamos para echar un vistazo a lo que ocurría allí, en el mismo momento en que se interrumpían los bramidos del que cantaba. Se trataba de la biblioteca, y la música había procedido de un tocadiscos. En el centro de la estancia había plantada una silla, y sobre ella estaba de pie un individuo. Portaba una casaca roja, pantalones blancos con una franja encarnada a los costados, botas negras de caña alta, borlas doradas en los hombros de la casaca y una banda blanca cruzando el pecho de la que pendía una espada, posiblemente oxidada. Para que todo estuviera completo, lucía el típico sombrero napoleónico de color azul oscuro.
        Subido sobre la silla, empezó a chillar apenas concluyeron en el tocadiscos los últimos compases de "La Marsellesa". Dirigiéndose a las estanterías de libros que llenaban la estancia, soltó su discurso.
        --¡Soldados! ¡Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os vislumbran! ¡Franceses! ¡Desde el pincho de estas pirámides, la gloria os aguarda! ¡Y no me refiero a Gloria, la hija del vinatero, sino a la gloria que proporciona el triunfo por las armas y las gestas espada en mano!
        Entonces, bajó de la silla, volvió a poner "La Marsellesa" en el tocadiscos y desfiló marcialmente al son del himno.
        --¡Ah, señor Smith! --dijo una voz a nuestra espalda, sobresaltándonos--. ¡Ahí lo tiene! ¡Espantoso!, ¿verdad?
        --Bueno, le diré... --empezó a decir Harold, girándose y encontrándose con una señora bajita que llevaba un impresionante collar de perlas.
        --No me diga que no es horrible. Ayer, estaba la mar de bien, y hoy, hoy ya ve usted cómo se ha despertado. Oh, pasemos a la salita. Allí podremos hablar más cómodamente y... ah... con menos ruido.
        Dejamos al hijo de la señora de Cartrombe-Pombe entregado a su desfile y seguimos a nuestra clienta --supongo que ya la podíamos considerar así-- por el interior de la casa hasta un acogedor saloncito, desde el que no se percibía el estruendo de "La Marsellesa".
        --No entiendo nada de esto --nos dijo la señora, mientras se tomaba una manzanilla para serenar sus nervios, servida por la criadita sollozante. Nos ofreció también a nosotros (e incluso la criadita fue instada a tomarse una, porque parecía al borde del colapso nervioso)--. Archibald, que es como se llama mi hijo, ha sido siempre un chico muy normal. Tranquilo, reposado, calmado. Amante de la vida contemplativa, la paz y el silencio. Bueno, tendría sus pequeñas manías, como todo el mundo. ¿Quién no las tiene? Y ahora, precisamente ahora, ya ve. Quizá sea cosa de familia. Mi marido, que por serlo era también su padre, o sea, el padre de Archibald, quiero decir --agregó al ver la cara de desconcierto de Harold--, era un poco como él. Tranquilo, reposado, amante de la paz del hogar y la vida contemplativa. Ay, señor. El pobre falleció de la impresión que tuvo cuando durante la guerra le pidieron que ayudara a cavar una trinchera por si nos invadían los nazis.
        --Hum, ya veo.
        --Es lo que tiene ser aristócrata y provenir de una prosapia y un abolengo como el nuestro, señor Smith, de una estirpe que ha estado siempre al servicio de Inglaterra.
        (Debo decir que yo a estas alturas ya empezaba a no entender nada de lo que decía la señora de Cartrombe-Pombe. Todo esto de la prosapia, el abolengo y la estirpe me empezaba a marear un poquito, y la manzanilla esa aún lo empeoraba más. Estaba tentado de pedirle a la criadita sollozante que me trajera una coca-cola.)
         --Archibald es en muchas cosas igual que su padre. En el colegio le resultaba difícil abrir los libros para estudiar. Esos libros tan voluminosos, ese papel tan basto en que estaban impresos, esas vulgaridades que se enseñaban en las escuelas... el sistema digestivo de las vacas, las abejas y las flores, la hipotenusa del triángulo --dijo con cara de asco--. No son cosas apropiadas para... ah... mentes y corazones y almas sensibles al servicio de Inglaterra. Eso de estudiar está bien sin duda para la gente vil y baja, para las clases iletradas, inferiores, desdichadas y algo sucias. Es comprensible, por otro lado. La plebe canallesca debe aprender algo para trabajar y ganar el pan con el sudor de su frente. Y no digo que no sea digno de encomio lo que hacen, por supuesto que lo es. Pero las clases superiores, nobles y pudientes, por raigambre histórica estamos o debemos estar exentos de esta ordinariez que supone el vil trabajo.
        --Perdone, criadita sollozante --imploré con un hilo de voz--, ¿me podría traer una coca-cola, por favor?
        La señora de Cartrombe-Pombe me examinó lentamente de arriba abajo.
        --Su ayudante parece algo así como un ser algo... ah... extravagante. ¿De dónde lo ha sacado?
        --Oh, le aseguro que es un gran muchacho --dijo Harold--. Tiene sus peculiaridades, pero es un gran muchacho. Prosiga, estimada señora mía. Habla usted muy bien. Prosiga.
        --Bien, pues, como decía las clases y seres superiores deberíamos estar exentos de trabajar. En fin, ya hicimos lo nuestro cuando luchamos en la guerra contra Hitler.
        --¿Usted también luchó, señora? --preguntó Harold, levemente desconcertado, y pensando sin duda en el señor Cartrombe-Pombe, muerto de la impresión de tener que cavar una trinchera por si los nazis cruzaban el canal.
        --Oh, sí --dijo la señora, al tiempo que la criadita sollozante me traía la coca-cola pulcramente servida en bandeja y en copa de cristal tallado--. Aporté mi granito de arena --dijo, afectando modestia. Y añadió con aspecto digno y sacrificado--: Cuando llegaba la hora del oscurecimiento a causa de los bombardeos, yo en persona apagaba el interruptor luz general de la luz.
        Harold pareció meditar muy largamente sobre este notable hecho.
        --En todo caso, quede claro que mi Archibald es un muchacho estupendo --dijo la señora de Cartrombe-Pombe.
        --Claro, ¡qué ha de decir usted! --solté yo, animado por la coca-cola.
        La señora de Cartrombe-Pombe se disponía a replicar algo con cierta mala cara, cuando una fuerte explosión hizo temblar las paredes, los sofás, las lámparas y la mansión entera. La criadita sollozante chilló y decidió desmayarse de una vez.
        --¡Cielo santo! --exclamó la dueña de la casa, palideciendo--. ¡Ha disparado el cañón del abuelo!
        Salimos todos de la salita --excepto la desmayada criadita-- y corrimos hacia la biblioteca. Al llegar al pasillo, nos detuvimos pasmados. En el umbral de la biblioteca se veía un cañón pequeñito, bastante pachucho, de cuya boca salía aún humo. Junto al cañón, y de nuevo subido en una silla, estaba Archibald, espada en mano y con aspecto amenazador. La pared frontera a la biblioteca estaba agujereada por la bala disparada con el cañoncito. Era todo un espectáculo.
        --¡Victoria, mis valientes! --exclamó el Napoleón de la silla--. Hemos vencido, ¡voto a tal! Hoy es un día de gloria para Francia.
        De un salto, bajó de la silla y se acercó a nosotros. La señora de Cartrombe-Pombe parecía a punto de sufrir un síncope.
        --Generales Marat y... ah... Bernadotte, estoy satisfecho de vuestro comportamiento en el campo de batalla --nos dijo mirándonos con firmeza--. Seréis recompensados. Os ascenderé a mariscales.
        Harold pareció decidir adaptarse a las circunstancias y le replicó:
        --Nos abrumáis con vuestra generosidad, querido emperador. El mérito del triunfo es vuestro.
        --¿Y vos que decís, Bernadotte? --me preguntó el chalado, mirándome. Por lo visto, mi jefe era Marat y a mí me tocaba ser Bernadotte.
        --Ah --dije--, pues que supongo les hemos sacudido fuerte. Vamos, digo yo.
        --General Bernadotte, siempre he dicho que sois un imbécil --me dijo el chalado--. Pero os perdono la pobreza de vuestro vocabulario merced a vuestro valor en la batalla.
        --Ya ves qué cosa.
        --Y ahora debo saludar a mi madre. --Y se inclinó profundamente ante la señora de Cartrombe-Pombe--. Madre augusta, hoy es un día de gloria para este vuestro hijo, y por tanto para vos también. Seríes nombrada la grande mère duchese royale.
        Y sin añadir más --ni falta que hacía--, se encerró en la biblioteca dando un portazo. De nuevo se oyó "La Marsellesa" en el tocadiscos, acompañado de un resonar de pisadas que indicaba volvía a desfilar.
        --¿Lo ve, señor Smith? --dijo la señora de Cartrombe-Pombe, toda angustiada ella--. ¡Esto es horrible, horrible! ¿Qué vamos a hacer?
        Yo iba a contestar que más bien poco, pero Harold se me adelantó y le preguntó si podía interrogar a los criados. La señora se quedó un poco desconcertada, como si el hacerles preguntas al servicio fuera algo inusitado, y no digamos ya la posibilidad de que ellos las contestasen.
        --Pero, ¿con qué fin, señor Smith?
        --Pues porque me pidió que investigase, y eso he de hacer --repuso Harold, llanamente.
        La respuesta le pareció razonable a la señora de Cartrombe-Pombe. Así pues, nos dirigimos hacia las dependencias del servicio, donde encontramos al mayestático mayordomo habitual de las mansiones señoriales que, como cabía suponer, se llamaba Butler, palabra que en inglés significa precisamente mayordomo. Eso me hizo pensar que en el fondo es práctico tener un apellido que indique el oficio de cada uno, y quizá Harold debería cambiarse el suyo, puesto que "Smith" significa "herrero", y era un poco ordinario para alguien de su poderío cerebral. ¿Cuál sería el más indicado? ¿"Police"? ¿"Detective"? ¿"Sleuth"? Quizá este último.
        Butler, pues, que era algo seco, envarado, solemne y calvo como casi todos los mayordomos, nos atendió debidamente.
        --Dígame con sinceridad lo que opina del señor Archibald, su joven amo --le dijo Harold.
        --Con todos los respetos debidos a la condición de amo mío que es, y de hijo de la señora, el señorito Archibald está como un cencerro.
        --Ya. Bueno, yo me refería a su estado anterior al día de hoy. A cómo era normalmente.
        --En este caso, debo decirle al señor, señor, que el señorito Archibald era un solemne gandul. Dicho sea con el debido respeto. Pero es algo que ya va con la dignidad de aristócrata, como sabemos sobradamente quienes les servimos fielmente. También hay que decir que la aristocracia, desde que terminó la guerra, dejó de ser lo que era antes, si me lo permite decir, señor.
        --Pues sí, se lo permito.
        --Quien más, quien menos, por mucho marqués, conde, lord o sir que sea, debe realizar lo más parecido a un trabajo para contribuir al país hoy día. El esfuerzo durante la guerra y en la posguerra para recomponer y levantar la nación lo hizo necesario, y algunos incluso siguen trabajando a día de hoy, por singular que el hecho parezca. En trabajos como asesores en consejos de administración de sociedades, vocales en instituciones bancarias, relaciones públicas en museos. Es decir, labores propias de su prestigio y clase social.
        --Ajá. Hum, ya veo --dijo Harold, implacable pero audaz. Y yo pensé para mí que el mayordomo hablaba la mar de bien. Se ve que el contacto diario con la santísima nobleza contagia algo de esa prosapia al vil servicio.
        --Así que es una lástima lo que le ha ocurrido al señorito Archibald, señor. Precisamente, mañana debía entrar a trabajar como pasante en el gabinete de abogados de su tío materno, sir Percival Humbert-Strooge, un prestigioso despacho que atiende a casos de la nobleza más elevada.
        --¿Elevada al cubo? --se me escapó preguntar, siendo recompensado por un codazo de Harold.
        --Sir Percival le consiguió la pasantía en un acto que podríamos calificar de leve nepotismo, puesto que el señorito Archibald no tiene muchos conocimientos de abogacía ni de... ejem... ni de mucho más, pero a su edad ya debería empezar a justificar su tránsito sobre la Tierra, si el señor me permite expresarlo así. Espero que el señor comprenda lo que digo.
        --Me cuesta un poco, pero lo entiendo --dijo Harold, meditabundo--. Yo creía que el joven Archibald vive de la fortuna familiar.
        --Las fortunas familiares se dilapidan poco a poco...
        --¿Lenta pero inexorablemente? --sugerí. Butler inclinó la cabeza con reconocimiento.
        --Exactamente, joven señorito --continuó diciendo--. Las carreras en Ascott consumen dinero, así como las visitas a los cabarets, salas de fiestas, funciones teatrales y... er... ¡ejem!... flores y perfumes para obsequiar a señoritas que gastan poco en ropa, aunque ese poco sea extraordinariamente caro, si el señor me autoriza a expresarlo así. Es una pena, por tanto, el presente estado mental del señorito Archibald, pues no es lo más adecuado para un gabinete de abogados de alta jurisprudencia.
        --Hum, ya. Gracias, Butler, puede retirarse.
        Butler nos dedicó una solemne reverencia y se alejó con prosopopeya a la cocina, sin duda para requebrar a la cocinera, como hacen siempre los mayordomos.
        --Jefe, me empiezo a aburrir un poco --dije--. Esto no es ningún caso policiaco ni vemos cadáveres.
        --Cadáveres, no --reconoció Harold--. Otra cosa es que haya un muerto.
        --No entiendo...
        --Ni falta que hace --me replicó--. Como ayudante mío, tu obligación es no entender nada, vivir en la inopia total. Ya ves el Watson de Conan Doyle, o el Hastings de Agatha Christie: nunca entienden nada. Y así es como debe ser todo buen ayudante de detective. Debes seguir su ejemplo y no entender nada de nada.
        --Ya. Pues a ver cómo explica que usted nunca acierte con la solución de los cuentos policiacos que le escribo para que se entrene --dije, rencoroso.
        Harold hizo como si no me hubiera oído, y como en ese momento apareció la criadita sollozante, le dedicó toda su atención. Polly, que así se llamaba, era todo un manojo de nervios y parecía a punto de sufrir un ataque de histeria.
        --No tema, muchacha. Permita unas preguntas --le dijo mi jefe, amablemente.
        --Ay, señor. Esto es terrible. Yo tengo mucho miedo, ¿sabe? Vi hace unos años una película en la que una joven se duchaba en un motel, y un loco salía de detrás de la cortina con una peluca de señora y la acuchillaba. ¿Y si el señorito Archibald hace lo mismo conmigo? Yo mañana no me atreveré a ducharme...
        --¡Ejem! --tosió Harold--. Estoy seguro de que... ah... las cosas no llegarán tan lejos.
        --¿Usted podría venir a vigilar la puerta de mi habitación mientras yo me ducho, señor detective? Porque con tanto sufrir de los nervios estoy toda sudada.
        --Hum... ah... Yo, ahora mismo, er... Esperemos tener solucionado este asunto antes de que usted se vea obligada a una solución er... radical. ¿Qué opinión le merece el joven señor Archibald? Hable con franqueza.
        --Ay --suspiró la criadita--, pues hasta hoy era un señorito muy simpático. Como el chico de la película esa que le digo. Se pasaba la mañana acostado en su cama, o de sillón en sillón, y luego salía para las cosas que salen los señoritos jóvenes y solteros de las familias de la nobleza y volvía de madrugada. Yo, señor detective, si quiere que le diga lo que pienso...
        --Adelante, muchacha.
        --Yo creo que de la impresión de tener que empezar a trabajar mañana en el gabinete de abogados de su tío, se ha trastornado. Es que, ¿sabe?, supone un cambio radical en su vida. Eso de trabajar con abogados debe ser muy aburrido, ¿no cree señor? El pobre no está acostumbrado y...
        --Bueno, no creo que su tío le vaya a tener con una bola y una cadena atado a la mesa...
        --Y esa espada que tiene para hacer de Napoleón o lo que sea debe de estar muy afilada... --dijo la criadita, estremeciéndose--. ¿Nos protegerá usted, señor detective? Está claro que el señorito Archibald está paranoico o lo que sea su estado...
        --Confíe en mí, muchacha, y esté tranquila.
        Polly se alejó sin dejar de sollozar y suspirar, mientras Harold miraba pensativamente el suelo.
        --Quizá sería hora de llamar a un psiquiatra para que lo encierre y pasarle nuestra factura a la señora Cartrombe-Pombe --sugerí--. Aquí sólo perdemos el tiempo y no hay emociones.
        --No, no las hay, pero las habrá. Vaya si las habrá. Venga, vamos a echar una parrafada con el Napoleón ese.
        --¿No deberíamos vigilar la puerta de la ducha de la criadita...?
        --Déjate de tonterías.
        Con paso decidido, Harold se encaminó hacia la biblioteca y abrió la puerta de una patada, con lo que la hizo chocar contra la pared y casi rebotar. El loco estaba atizándose una copa de coñac, sentado en el sillón y nos miró sobresaltado. Se recompuso, se incorporó y nos miró indignado.
        --¿Qué significa esto, generales Marat y... ah, Robespierre... digo, Bernadotte? ¿Cómo osáis entrar en mis aposentos sin pedir autorización?
        --Ni autorización ni zarandajas --dijo Harold, empujándole con la mano en el pecho y haciéndole caer sentado en el sillón. La copa de coñac se le vertió sobre la casaca--. Vamos a hablar unas palabras usted y yo, cretino.
        --¿Cómo osa...? ¡Soy vuestro emperador! ¡Acabaréis en la horca, digo, en la guillotina!
        --¡Cállese, imbécil! --gritó Harold, haciendo que Archibald se encogiera en el sillón--. ¡Usted es un solemne inútil que ha preferido fingirse loco ante su familia para no tener que empezar a trabajar mañana en el despacho de su tío! ¿Y se cree que con ello ganará algo? Sólo tiene dos salidas, estúpido. O deja de fingirse loco y cumple con sus obligaciones a partir de mañana, o le denuncio como paranoico peligroso y hago que le encierren en un manicomio, entre cuatro paredes, para el resto de su vida. ¿Qué le parece? Si trabaja, podrá seguir yendo a los teatros y a perseguir cabareteras al terminar su jornada más o menos laboral. En el manicomio, sólo podrá perseguir las cucarachas por el suelo y las paredes. ¡Elija! ¡Y elija ya, me tiene usted harto!
        Hubo un silencio algo impresionante, mientras Harold miraba furioso a Archibald y este le devolvía la mirada, con cierta mezcla de ira, miedo y desesperación.
        --Usted, Archibald Cartrombe-Pombe --prosiguió Harold, con dureza--, es un vago rematado, acostumbrado a la buena vida y las juergas continuas. Tiene terror al trabajo y una gandulería innata, que le viene de familia, todo hay que decirlo. Esperaba pasarse el resto de su vida de la cama al sofá, de éste a la mesa del cabaret o la butaca del teatro, entre otros lugares de... ah... reposo, hasta que ha venido su tío colocándole en su despacho de abogados, donde sin duda se dedicará usted a dormitar sobre una mesa, porque dudo sirva para nada más. Pero como la idea de tener que acudir a un centro de trabajo le aterra, ha creído encontrar la solución fingiéndose loco. Igual se pensaba que podría continuar en la mansión, tan ricamente, o que le llevarían a una bonita institución llena de enfermeras de película. Su madre, que se lo ha tragado, en vez de llamar a algún médico que se dejaría tomar el pelo, ha tenido la ocurrencia de llamarme a mí. Y, amigo mío, lo de fingirse loco, quizá colase, pero creerse Napoleón... ¡eso sólo ocurre en los chistes de cabaret, pedazo de burro! ¡No en la vida real! ¿En serio esperaba engañar a nadie con eso más de cinco minutos? Y otra cosa, un loco no tiene la mirada de inteligencia que usted tenía mientras gritaba estupideces subidos a una silla. Es usted un desastre como actor.
        --Maldita sea --gruñó Archibald, sacudiendo la cabeza--, pero al menos ha durado casi toda la mañana...
        --Hasta que he llegado yo, para su desgracia. Muy bien, esto es lo que vamos a hacer. Voy a decirle a su madre que usted se ha curado milagrosamente, y así le evitamos el disgusto y la vergüenza de tener un hijo imbécil además de gandul. Le diré que en el cabaret o donde sea que fue anoche le sirvieron una bebida exótica que le ha trastornado...
        --¡No! --dijo Archibald, asustado--. ¡Mi madre me prohibiría volver a ningún cabaret o sala de fiesta!
        --¡Pues se aguanta! ¡O eso, o el manicomio de las cucarachas! Haré creer a su madre que le he suministrado un antídoto, y ya se ha curado del todo. Bien, ¿qué me dice?
        --Está bien --aceptó de muy mala gana Archibald--. Mi madre se pondría muy furiosa si supiera que todo era un engaño...
        --Y mañana, a trabajar con su tío. Como da la casualidad de que Donald French, un amigo mío, es un importante abogado londinense, haré que controle si usted va a trabajar diariamente con su tío como es su obligación.
        Archibald se estremeció.
        --Bien, Diógenes, ¿quieres tener la bondad de ir a buscar a la señora Cartrombe-Pombe y darle la feliz noticia de que su hijo ya está... normal?
        De regreso a casa, le dije a Harold que los casos con muertos eran siempre más entretenidos. La verdad es que me sentía decepcionado, a pesar de que hubiéramos descubierto la superchería de Archibald.
        --Y encima, ni siquiera estaba loco ni era un paranoico...
        --Bueno --dijo Harold--, Archibald puede ser considerado como un "muerto", por decirlo así. Desde luego, como dijo Butler, la nobleza de después de la guerra no es como la de antes... Y muertos se van a quedar cuando vean la factura que les presentaré... Lo de que no estuviera paranoico, es más discutible: la idea de tener que empezar a trabajar cuando se ha pasado toda la vida atizándose juergas y durmiendo toda la mañana, desde luego sí le volvió paranoico...

     
    FIN.- 
     
    May 05

    REGRESO A BELZAGOR, de Robert Silverberg

    [Esta crítica fue publicada en Nueva Dimensión, núm. 141, enero de 1982. La novela fue editada por Martínez Roca, y hay reedición en La Factoría.]
     
    (c) 1982 by J.C. Planells

     

    Escrita durante uno de sus períodos más brillantes y prolíficos, ésta no es sin embargo una de las novelas más comentadas de Silverberg. Quizá porque quedara un tanto plastada por Alas nocturnas, Up the Line, La torre de cristal y otras casi coetáneas. Quizá porque su aparente sencillez la hizo desdeñable para los comentaristas. Tanto da, el caso es que Regreso a Belzagor se ofrece ahora al lector hispano que, seguramente, se quedara un tanto perplejo por no tener noticias previas de ella. ¿Una novela del Silverberg comercial?, se dirá. No, en absoluto. Una buena novela del mejor Silverberg, me atrevería yo a decir. Una novela llena de imaginación y sugerencias, de posibilidades que el autor sabe desarrollar excelentemente, convirtiendo al mismo lector en acompañante del viaje del protagonista.
    Estamos en el planeta Belzagor, que la Tierra ha abandonado y dejado en manos de sus habitantes, los nildores, seres muy semejantes a los elefantes, y que tras muchos años de utilizarlos como animales de carga descubren que son inteligentes, poseen idioma propio y, por tanto, debe ser abandonado rápidamente el planeta y retornado a los nildores. En él permanecerán tan sólo un puñado de terrestres, voluntariamente, y acudirán los típicos e inevitables turistas. Edmundo Gundersen, que durante mucho tiempo estuvo en Belzagor, regresa ahora al planeta, a los ocho años de la desocupación terrestre, movido por unos imperiosos sentimientos de culpabilidad respecto a su conducta con algunos nildores. Su intención es asistir al rito del renacimiento, oscura ceremonia nunca presenciada por terrestre alguno y en la que, al parecer, los nildores "reviven". Su extrañeza aumenta al saber que la segunda raza inteligente del planeta, los gigantescos sulidores, seres bípedos que ocupan otra parte del planeta, sin mantener prácticamente ningún contacto con los nildores, son esenciales para el renacimiento de los nildores. Gundersen obtendrá permiso de los nildores para adentrarse por zonas tabú del planeta, a cambio de que les traiga a un terrestre, viejo amigo suyo que, al parecer, ha cometido una terrible indiscreción respecto a los ritos secretos de los nildores. Sin comprometerse demasiado, guiado únicamente por el afán de expiar sus culpas y asistir a ese renacimiento, Gundersen acepta.
    A continuación, seguimos a Gundersen en su viaje por las diversas regiones de Belzagor, donde asiste a terribles encuentros, no por violentos, sino por inesperados. Los terrestres que voluntariamente han permanecido en Belzagor, han terminado prisioneros de extrañas formas de vida parasitarias. A este respecto, Gundersen tiene un estremecedor encuentro en una vieja estación abandonada, donde halla moribundos a dos compañeros de antaño, cuyos cuerpos están siendo utilizados por una repugnante forma de vida. No menos siniestro es su reencuentro con la mujer que amó, Seena, cuyo "vestido" es una forma de vida sospechosamente parasitaria y cuyo carácter se ha modificado en grado extremo desde que la vio por última vez. Seena le muestra a su marido, que asistió también al renacimiento de los nildores, queriendo él también "renacer", y quedando convertido en un monstruo. Horrorizado, Gundersen insiste sin embargo en su intención de efectuar también el rito. Es algo que le debe al planeta y a los nildores, por un viejo error cometido en sus primeros años de estancia en aquel mundo. ¿Saldrá triunfante Gundersen de la empresa? No desvelemos más misterios. Digamos en todo caso que la novela tiene el justo y merecido final, muy simbolista, quizás demasiado, pero realmente notable. Y, además, propone una singular forma de misticismo.
    Recomiendo calurosamente la lectura de Regreso a Belzagor. Creo, sinceramente, que es una magnífica novela, excelentemente escrita, pensada y desarrollada, con unos personajes --humanos y extraterrestres-- absolutamente plausibles, absolutamente acertados. No es una novela menor, en ningún caso, de Silverberg. Y creo también que merece un más justo reconocimiento. Felicitémonos de que nos haya llegado esta edición. Vale la pena. Y mucho.
     
     

    May 03

    BEE GEES. "ODESSA": Edición cuarenta aniversario


    (c) 2009 by J.C. Planells

     


    Tal como cabía esperar tras la edición en 2006 de una caja conteniendo los tres primeros trabajos discográficos de los Bee Gees (véase "Los archivos de los Bee Gees" en este blog, 10 de enero de 2007), llega ahora la de Odessa, su cuarto disco, publicado en 1969, y que con motivo de su cuadragésimo aniversario ha sido objeto de una edición especial en tres CDs: dos recogiendo uno de ellos la versión mono y el otro la estéreo, y el tercero compuesto por demos, versiones alternativas de las canciones y dos temas inéditos que no fueron incluidos en el álbum.
    Odessa es sin duda el trabajo más ambicioso de los tres hermanos Gibb. Fue en su día un disco doble, el cuarto que grababan desde su desembarco en Inglaterra. Lo de sacar discos dobles era por aquellos tiempos aún una rareza. Sólo los Beatles se habían atrevido en 1968. Los Rolling y los Kinks no sacarían un doble hasta mediados o entrados los años setenta; Pink Floyd se adelantó un poquito a estos dos... De ahí, pues, que el doble Odessa constituyera un acontecimiento y una pequeña sorpresa en aquellas fechas, más aún si se tiene en cuenta que los hermanos Gibb llevaban ya tres discos a sus espaldas desde 1967, además de otros temas aparecidos en single: su capacidad de creación de canciones era asombrosa (y eso sin contar sus grabaciones anteriores en Australia).
    Como es sabido, Odessa fue un punto de inflexión en más de un sentido: significó su trabajo más ambicioso musicalmente y cuidado, pero, al mismo tiempo, propició la ruptura de los hermanos Gibb una vez terminado. De hecho, el grupo de cinco miembros --los tres Gibb, más Vince Melaunay y Colin Petersen como instrumentistas-- quedó reducido a cuatro durante la etapa final de grabación: Vince participaría en algunos temas que se empezaron a grabar en 1968, y dejó el grupo por aburrimiento (los instrumentistas pintaban poco en un grupo eminentemente vocal); como castigo su nombre ni siquiera aparece en los créditos, aunque su trabajo permanece en canciones como "Marley Purt Drive", "Give your Best"  o "Whisper, Whisper". Por su parte, Petersen se vería obligado a hacer lo mismo tras la separación de los hermanos Gibb (separación que duraría apenas dos años, al ver que sus aportaciones en solitario --Robin por un lado, y Maurice y Barry como The Bee Gees convertido en dúo-- no eran precisamente un acontecimiento). La reunificación del trío de hermanos con el álbum Two Years On dos años después significó apenas nada. Para volver a las listas de superventas, deberían esperar a casi finales de la década de 1970 y a la llegada de la música disco.
    Pero vayamos a Odessa. Esta edición conmemorativa en estuche de lujo ofrece las 17 canciones de 1969 --algunas reediciones en CD de años atrás suprimieron uno de los tres temas sinfónicos que se incluyen--, además de dos inéditas y una versión de "Edison" titulada "Barbara came to stay" en el tercer CD (las versiones alternativas y los demos no pasan de curiosidad para completistas, y hay un demo de "Melody Fair" más bien espantoso). Cierto que los cuarenta años pasados se notan un poco, pero indudablemente hay temas en este disco que siguen conservando una fuerza y un vigor más que notables, y el contraste de este album con los tres discos anteriores es más que evidente: aquí prima la musicalidad ante todo y por encima de todo en lugar del amontonamiento de canciones. Dejando aparte la rareza --o no tanto, si recordamos que los hermanos Gibb ya habían incluido un tema desconcertante en su primer disco: "Every christian lion hearted man will show you"-- de encontrar tres temas sinfónicos en un álbum de pop-rock, por muy melódico que sea en su base, así como canciones muy elaboradas musicalmente ("Odessa. City of the Black Sea", que abre el disco, y las dos siguientes), entre el resto hay muchas que siguen teniendo un atractivo innegable. Un tema como "Marley Purt Drive" (un "temazo", se diría hoy día) conserva toda su fuerza: es una canción que más de uno mataría por haberla firmado él. Sencilla en su apariencia, de ritmo firme --cortesía de Colin Petersen-- y con ciertos tonos de "bluegrass", es de esas canciones que gustan y uno no sabe decir muy bien por qué. "Give your best", un tema muy pegadizo, con acompañamiento de banjo y violín, también con ciertas influencias folklóricas, conserva toda su frescura y alegría. "Melody Fair", la clásica canción romántica de los Gibb, sigue resultando acarameladamente agradable. Por el contrario, siempre me ha parecido "First of May", su gran hit del álbum --casi el único: este no era un álbum pensado para conseguir un hit tras otro--, excesivamente romántica; es una buena canción, sí, un gran éxito, pero me da la impresión de ser la réplica de Barry Gibb al "Yesterday" de los Beatles. Puede ser una mala impresión mía, pero creo que peca de falta de naturalidad, aun siendo la típica canción romántica de los Bee Gees, de esas que, principalmente, gustan a las fans. Prefiero la grandeza de "Lamplight", de Robin (y, de paso, no está de más señalar que fueron las discrepancias en torno a cuál de estos dos temas elegir como single de lanzamiento lo que motivó la ruptura de Robin y Barry); puede que "Lamplight" sea una canción algo exagerada --al hermano Barry se lo parecía, desde luego--, pero, en fin, en eso de la música más que en otra cosa todo es cuestión de gustos a veces muy personales. Del resto de canciones, se percibe que "Whisper, Whisper", "Suddenly", "Edison" y otras parecen tener una estructura algo similar, con lo cual tras oír la hasta ahora inédita "Nobody´s Someone", uno llega a la conclusión de que Barry Gibb, o él y sus hermanos, escriben casi siempre la misma canción romántica en busca de mejorarla. Pues teniendo esto en cuenta, no hubiera estado nada mal que el tema "Morning of my Life" --conocido también como "In the Morning"-- hubiera aparecido aquí en lugar de en 1971 para introducir la película  Melody (máxime teniendo en cuenta que era una de las canciones compuestas en su época australiana): tiene mucho del espíritu de Odessa.
    Aunque hayan pasado cuarenta años, éste sigue siendo un buen disco, el más ambicioso y cuidado de los hermanos Gibb, tanto antes de él como después. Lamentablemente, lo que vendría tras su disolución y reencuentro, y hasta el presente, no ofrece maravillas, aunque sí muy buenas canciones en todos y cada uno de sus álbumes (a veces más, a veces menos). No es que se les agotara la creatividad, pero los dos años de separación y desconcierto personal les pasarían factura, y en el mundo del pop-rock, donde las cosas cambiaban entonces --y cambian hoy-- tan rápidamente, el estilo de los Gibb no supo amoldarse a los cambios, como creo que ya comenté en mi artículo de 2007. En breve, su separación motivada por las discrepancias en torno a qué canción elegir como promoción de Odessa es una muestra de cómo la gente del rock y del pop rock, por muy creativos e inspirados que sean en sus trabajos, no saben sobrellevar el éxito.
    Historias familiares aparte, no hay duda de que Odessa, uno de los discos importantes de 1969, conserva aún buena parte de su atractivo. Como curiosidad, el film de 1971 Melody incluyó tres de sus temas en la banda sonora, entre otras canciones de los Bee Gees.

    Nota: el vídeo que se acompaña corresponde a la escena del film "Melody" donde se oye la canción "Give your Best". No hay muchos vídeos elegibles con canciones extraídas de este doble álbum..., o al menos no las que yo hubiera querido poner: "Marley Purt Drive" existe en versiones posteriores en directo, por ejemplo.

      

     

    May 02

    SOBRE LOS LIBROS DE CARTAS DE ESCRITORES Y ARTISTAS

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Hace algún tiempo se me ocurrió que una de las consecuencias del correo electrónico será la desaparición de los libros de correspondencia entre autores, artistas, famosos, políticos, etc. Parece en principio bastante difícil que en el futuro sigan existiendo esta clase de libros. ¿Quién responderá de la fiabilidad de esos e-mails y quién podrá tener acceso a ellos --al correo emititido y recibido por la personalidad de turno-- para publicarlos con posterioridad a veces de décadas?
    Eso me lleva a otro tema, ¿qué interés tienen estos libros? Personalmente, he leído unos tres, o cuatro si añadimos uno por razones profesionales, y en los tres casos --aun movido por mi interés hacia los autores respectivos-- he acabado sintiendo profundo rechazo a hurgar en lo que no es sino su más secreta intimidad. Puede que tengan interés para el biógrafo de turno, el académico, el investigador, el estudioso... ¿Pero qué interés pueden tener para el público en general? ¿O incluso para el admirador del escritor o artista de turno? Cierto que algunos casos pueden ser iluminadores, como las cartas de Van Gogh a su hermano Theo, donde comenta técnicas de pintura principalmente, pero me temo que estas son las (escasas) excepciones. Hurgar, por ejemplo, en las cartas de Kafka a Milena, me parece un tanto morboso. Es penetrar en lo recóndito del alma de un escritor desaparecido y ver aquello que deseaba mantener oculto, excepto de la mirada de su corresponsal. Lo mismo vale para los tres casos en que leí correspondencia de autores, por mi interés hacia ellos. Concretamente, fueron el tomo conteniendo las cartas que Philip K. Dick escribió en 1974, la correspondencia conservada entre Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán, y una amplia selección de cartas de Oscar Wilde. En todos y cada uno de estos casos acabé sintiendo incomodidad, rechazo, desazón y vergüenza, dependiendo del autor de turno o del tipo de carta. Detallando un poco, en el caso de Dick es sabido que 1974 fue el año de su famosa "revelación" espiritual, así que asistir a un seguido de cartas a amigos y corresponsales pormenorizando sus visiones produce ese sentimiento de incomodidad y vergüenza, por cómo alguien con el talento de Dick llegó a caer en tales chifladuras. Y no sólo eso: 1974 es también el año en que se produce su choque con Stanislaw Lem, quien elogió a Dick en un artículo sobradamente conocido, pero Dick abominó de ello por creerlo "comunista"; y es el año en que recibió a una delegación de críticos franceses, admirados por su Ubik, a los que atendió con cortesía, pero en sus cartas a otras personas comentando la visita no oculta el desprecio que le merecían los elogios de esos admiradores franceses y cómo sospechaba que eran también comunistas. No recuerdo ahora mismo si es también el año de sus polémicas con Joanna Russ y Leguin a propósito de su relato "Las prepersonas", fuertemente criticado por el feminismo --y el progresismo-- por "antiabortista", pero he leído también correspondencia intercambiada al respecto. Así pues, leer el conjunto de estas cartas supone una experiencia realmente penosa por cuanto --gozando del derecho a la intimidad que supone el mantener una correspondencia privada-- el autor expone sus pareceres de manera clara sobre ciertos temas, pareceres que no suelen verse precisamente reflejados en sus creaciones narrativas.
    Y esto es algo muy común: cuando mantenemos una conversación privada --quiero recalcar lo de "privada"-- con alguien, solemos mantener unos puntos de vista más firmes o duros que en nuestra posición pública. En privado se dicen cosas que no diríamos en público para mantener por un lado las buenas formas, y por otro debido a la natural contención de limitar segun qué opiniones o expresiones. Sabemos que ciertos temas o asuntos pueden molestar a otras personas y por ello los eludimos en público o bien los tratamos de manera más circunspecta. No hay mayor diferencia en ello respecto a la correspondencia. Por carta --o por e-mail-- tratamos esos mismos temas en forma parecida a una conversación particular y privada, la única diferencia lo supone el hecho de usar la escritura en lugar de la palabra. Nos expresamos sin las ataduras que lo público debe imponer.
    Y es que ¿alguien se imagina una recopilación de "conversaciones privadas" de artistas, escritores, musicos...? Cierto que algunos libros hay al respecto, pero son conversaciones pactadas y establecidas de antemano. Prácticamente, son libros-entrevistas, en donde el entrevistado y el autor o autores de las entrevistas han pactado hacerlas y por tanto unos y otros saben que cuanto se diga será leído --una vez transcrito-- por muchas personas. No son, por tanto, privadas puesto que se realizan con el ánimo de hacerlas públicas.
    Volviendo a los libros de cartas de o entre escritores, el pequeño volumen que recoge algunas de las cartas que escribió Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós --las de Galdós al parecer no han sido halladas nunca, o han sido destruidas-- producía verdadera incomodidad por la sensación de hurgar en la vida más privada y personal de ambos autores que, como es bien sabido, mantuvieron una relación sentimental durante unos años de su vida, entorpecida --en los dos-- por "excursos adúlteros" que la agriaron un tanto. Sinceramente, no son cartas que aporten nada desde el punto de vista literario: son cartas de amistad y sentimiento de una escritora a otro escritor, e incluso los pequeños comentarios respecto a sus obras literarias respectivas son inocuos. La sensación que a uno le invade a medida que lee estas cartas es la de hurgar en el cajón de la cómoda de la Pardo Bazán, buceando en sus secretos y leyendo su correspondencia privada a sus espaldas. Lo mismo cabe decir para las cartas a diferentes corresponsales que se han editado de Oscar Wilde. Que en ellas encontremos algunas de sus muestras de ingenio no compensan esa sensación de penetrar la intimidad de otra persona, lo que deseaba mantener en secreto --especialmente, en los últimos años de su vida, tan penosos, o referente a sus amores homosexuales--. La excusa de que están muertos y quizá eso permita tales licencias, a mí no me convence mucho, la verdad.
    Literariamente, el valor que pueda tener la correspondencia de un escritor me parece más bien dudoso. No son piezas pensadas para la lectura por parte de varias personas, sino de una única  persona --el que recibe la carta--; se exponen opiniones y sentimientos que en nada incumben al que no es destinatario de la carta de turno, y que en otros momentos de carácter público se mantienen en silencio; se revelan hechos o creencias que pueden resultar molestas para una amplia mayoría (como sucede en no pocos casos), o quizá para una minoría (ídem), en forma distinta a la que lo serían en un artículo, ensayo u obra de ficción. (En el caso de Dick, compárese su correspondencia en torno a su "revelación" de 1974 con el uso tan diferente que de ella hizo en su novela Valis.)
    Como he dicho, la excepción sería el interés que para el biógrafo, estudioso o ensayista pudieran tener esas cartas. Así, sabemos que no pocos biógrafos son autorizados por los herederos de un autor o autora fallecido a leer la correspondencia emitida por él o ella, pero para la recibida deben solicitar otros permisos. Así, por ejemplo, Julia Phillips recibió autorización de los herederos de Alice Sheldon para leer toda la de la autora conservada por ellos, pero no recibió permiso de algunas personas para leer ni reproducir fragmentos de la suya emitida (Chelsea Quinn Yarbro fue una de las que negaron el permiso e incluso lo negó para leer las que Sheldon le remitió).
    Yo creo --y es una opinión puramente personal, fruto de la experiencia de los libros de correspondencia que he leído-- que esta clase de ediciones debería restringirse: no hacen mucho bien que digamos a la figura de turno, suponen una cierta forma de inmiscuirse en su intimidad, de leer papeles que ellos no desearían otros conocieran. No tenemos su permiso para ello, y es dudoso que lo concedieran ni aun habiendo pasado tres siglos de su muerte. Estos libros nos convierten en una especie de "voyeurs" de la más sacrosanta intimidad. Pero, insisto, es una opinión puramente personal. Y, en todo caso, la llegada del ordenador y el e-mail creo que acabará con todo esto.