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    June 30

    EL FIN DE LA ERA AZNAR

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Ante todo quiero aclarar que el Aznar al que se refiere el título no es el personaje creado por el novelista español Pascual Enguídanos con el seudónimo George H. White, en su serie La Saga de los Aznar, que tantos fans tiene. Lamento, pues, decepcionarles, pues yo me refiero al ex presidente del gobierno, conocido ahora popularmente como Farruquito Aznar debido a su apología de conducir bebido (debe de tener en el coche una pegatina que pone: "Si bebes, conduce más deprisa para que no te pillen").
    Ayer, viernes 29 de junio, asistí al definitivo final de la era Aznar en España. Si el final definitivo del franquismo --la imposibilidad de regresar al franquismo-- vino marcado durante la transición española por el inesperado y nunca bien ponderado desnudo de Marisol para la revista Interviu (revista que por cierto muestra unos gustos muy extraños eligiendo señoritas o señoras para sus desnudos: lo mismo aparecen Marisol y Elsa Anka, que Yola Berrocal o Bienvenida Pérez; ya le he preguntado al quiosquero de mi barrio que para cuándo la duquesa de Alba...), tras cuyo uso y disfrute (¿uso y disfrute? ¿qué querrá decir esto?) quedó claro que España había enterrado finalmente el franquismo. Otra cosa es que quedasen franquistas, derechistas y nostálgicos del régimen; no tiene nada que ver.
    Y así, el  clavo final al ataúd del aznarismo (al que el propio Aznar ya le había clavado bastantes, dicho sea de paso), fue clavado ayer, 29 de junio, aunque de hecho se había clavado unos días antes, cuando se emitieron por vez primera las terríbles imágenes que ahora voy a comentar, pero se pudo ver para toda España este viernes.
    Ese día, dentro del programa de záping y humor Sé lo que hicisteis..., su presentador Ángel Martín avisó de que iba a emitir unas imágenes que pondrían la piel de gallina a toda España. Como Ángel Martín puede ser muchas cosas, menos un embustero, creí a pies juntillas lo que dijo y me dispuse a ver tales imágenes, en las que, según añadió, veríamos a Tom Jones cantando "Sex Bomb". Me pregunté qué podía tener de especial una actuación de ese cantante de los sesenta para poner la piel de gallina a toda España, pero, en fin. En efecto: a continuación se vio un programa de no sé qué canal autonómico o digital, en donde un extraño y algo repelente individuo cantaba "Sex Bomb", disfrazado como si fuera el Tom Jones de sus mejores años, moviéndose con la gracia de un oso gandul, y acabando sus movimientos de cadera subido a una mesa a la que se sentaba gente tan selecta como Yola Berrocal, entre otros. La actuación de ese imitador o lo que fuera, resultaba francamente nauseabunda, detestable, molesta y (con permiso de Lovecraft) sacrílega. Pero lo que puso verdaderamente la piel de gallina (no mentía Ángel Martín, no) fue descubrir al final de la "actuación", que aquel tipejo era... Alfredo Urdaci.
    Alfredo Urdaci, para los que lo hayan olvidado (lo dudo, pues resulta "inolvidable"), fue el presentador del telediario de noche en TVE en la era Aznar, especialmente, durante el segundo mandato de Aznar, donde se demostró que si el mejor amigo del hombre es el perro, el de Aznar era Urdaci. No entraré ahora a comentar sus manipulaciones informativas, sus noticias sesgadas, sus entrevistas mimosinas a Aznar, su famosa lectura "ce-ce-o-o", que tantas críticas le reportó --lectura deliberada y despectiva--, porque no es algo que me corresponda ni interese. Ya se ha escrito suficiente sobre este siniestro... ¿periodista?, amiguete y cómplice de Aznar, del que le reía todas las gracias, y que tras el cambio de gobierno, fue fulminantemente despedido (además de la retirada de Iraq, es lo mejor que ha hecho el gobierno de Zapatero), sumiéndose desde entonces en el olvido.
    O no. Porque le hemos visto desde su cese hasta ahora metido en espectáculos verdaderamente bochornosos. Apareció como "actor" (?) invitado en un episodio de una serie (defenestrada rápidamente) protagonizada por Ana Obregón (¡Dios, tal para cual!), morreándose con ella (se necesita estómago por parte de ambos); le vimos guiñándole picarescamente el ojo a Rajoy y medio babeando en una entrevista para un canal de televisión realizada junto con otros varios periodistas (su reaparición causó sorpresas), y ahora presenta un programa de ¿variedades? en no sé qué canal, y ya le pudimos ver en él bailando flamenco al lado de --creo-- Rafael Amargo, agarrándose la chaqueta al puro estilo flamenco, y causando, cómo no, el consiguiente bochorno. Pero su imitación y disfraz de Tom Jones bordeó ya lo vomitivo. No hay duda alguna que tras esto, el hombre que dirigió y presentó los telediarios oficiales de Aznar, al lado de la hoy princesa Letizia, el hombre que manipuló la información a su gusto y ganas, a fin de servir lo mejor posible al amo Farruquito Aznar, es ya un cadáver periodístico. Y con él, el aznarismo.
    Yo no veía apenas los telediarios de Urdaci; de hecho, me limitaba a oír hablar de él, y raramente me molestaba en ver sus telediarios o parte de ellos. (De hecho, hace mucho tiempo que no veo los telediarios de TVE. Prefiero otras cadenas.) Además, este hombre, en los años en que ejercía de Autoridad Informativa Suprema de la televisión al servicio no tanto del gobierno del PP como de Aznar, me producía una repulsión instintiva que confieso ignorar a qué era debida. La visión de su rostro me resultaba desagradable, y no por razones de fealdad; mentiría si dijera eso. Ya digo que no puedo explicarlo ni aportar razones para ello. Había --y hay-- algo en él que me repugnaba y me hacía rehuir sus telediarios. Esa extraña combinación de calva incipiente, dientes prominentes, boca ancha y ojos que miran con la cabeza baja, tras unas gafas pequeñas, esa postura medio sesgada ante la cámara, todo ello me resultaba inquietante. Daba la impresión... no sé, de ser alguien surgido de una novela de Stephen King, que se convertiría en un monstruo de repente y nos engulliría a todos. Pasado todo este tiempo, verlo en esas extrañas prestaciones nada periodísticas --morreos con la Obregón, payasadas imitativas--, me produce francamente náuseas, verdaderas ganas de vomitar.
    De hecho, ahora mismo he tenido que hacer una breve pausa, porque hablar --escribir, vaya-- de este individuo me produce unas arcadas inexplicables. (Voy a tener que dedicar el resto de la tarde a mirar fotos de Avril Lavigne y vídeos de Shakira para reponerme.) Hay personas de físico poco agraciado que pueden resultarnos molestas, o a veces simpáticas. Hay personas que nos caen bien o mal, en razón de su manera de ser o también de su físico. Yo no sé explicarme el caso Urdaci, la repugnancia física que me inspira, el rechazo que su rostro me produce. Tengo un primo lejano que tiene un cierto parecido con Urdaci, y toda la vida, desde que le conozco, vaya, he temido que agarrase un cuchillo y me seccionase la garganta. ¿Puede ocurrir que algunos rasgos físicos produzcan estas sensaciones de rechazo, de desagrado total e inmenso?
    Se me dirá que otros periodistas (o presentadores) han hecho payasadas televisivas: los de TV3, sin ir más lejos, se han montado algunas veces fiestas de fin de año televisivas imitando a cantantes. En un programa de fin de año en TV3 de esas características, por ejemplo, vimos a Tomàs Molina, el hombre del tiempo, con peluquín y cantando no sé qué mamarrachada; el año pasado, tres presentadoras de TV3 se disfrazaron de Nancy Sinatra y calentaron al personal con lo de las botas para andar... Pero esto, que es más bien ridículo, puede ser criticable --fue muy criticado--, pero no deja de ser eso: ganas de hacer el ridículo, pero en todo caso, se perdona porque la noche de fin de año todo el mundo hace el cretino a su manera. Lo de Urdaci no: lo de Urdaci, un hombre que ya no tenía crédito como periodista, ha arrojado al vertedero lo que de él quedase (nada, en realidad) y se ha dedicado a ofrecer las más deleznables muestras de mal gusto en televisión. Tras esto, evidentemente el aznarismo es ya irrepetible (gracias a Dios) en España. Su promulgador y protector informativo sigue una conducta paralela al propio Aznar. Mientras uno habla de que los "moors" deben pedir perdón por los ocho siglos de ocupación de España, el otro se morrea con Ana Obregón; mientras uno dice que a él nadie le va a mandar que no conduzca bebido, o poco menos, el otro se sube a una mesa disfrazado de Tom Jones y maquillado y canta "Sex Bomb". Estos dos payasos han convertido el aznarismo, los últimos cuatro años de gobierno del PP, en una república bananera. Lo bueno de eso, es que si alguna vez manda el PP de nuevo, no existirá ningún otro Urdaci: es matemática y físicamente impiosible.
    Al lado de eso, casi uno prefiere periodistas como Jiménez Losantos, que serán todo lo fachas que se quiera, todo lo interesados que se quiera, pero al menos siguen una línea recta; línea desagradable para muchos, incluso peligrosa, pero --a su manera-- consecuente. Me resulta difícil imaginar a Losantos, con todo lo que lo detesto, haciendo el mamarracho como Urdaci.
    No sé si el vídeo ese estará en You Tube (el de Urdaci haciendo el payaso sobre la mesa como Tom Jones, naturalmente), pero si lo está, no les aconsejo que lo vean. En fin, tiempo atrás dije que en España, el premio al friki más friki era algo muy disputado. Ahora ya no: lo ha ganado Urdaci de calle.
     

    June 29

    TÍA EMILIA, ENTRE LA CASA Y EL JARDÍN

     
    (relato para adolescentes, inédito)
     
    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
     
        Tía Emilia se acercó a Javi, que estaba sentado en el columpio, agarrado a las cuerdas, la mirada en el suelo, la cabeza gacha. Se sentó a su lado y lo acercó hacia sí. El niño sintió el cuerpo de su tía, pero él había estado esperando sentir otra cosa: la voz de Nati, el ruido de Nati, la risa de Nati, las burlas de Nati, los empujones de Nati.
        Bueno, eso no era posible ya.
        Tía Emilia le pasó la mano por la cabeza. Javi era como un cuerpo muerto y se dejó hacer.
        --¿Por qué no entras en casa? --le dijo tía Emilia.
        Javi se encogió de hombros, que era una respuesta que podía significar cualquier cosa.
        --Te preparo un tazón de chocolate, ¿quieres?
        Javi dijo que no con la cabeza. A estas horas a veces Nati y él compartían la merienda, y ella ponía aquellas canciones ridículas y estúpidas y empezaba a bailar por la cocina, siguiendo el ritmo. Si iba a la cocina, estaría solo, sin la música para chicas chaladas que oía Nati, y sin que Nati mojara sus galletas en su tazón, para fastidiarle.
        Tía Emilia le atrajo hacia sí, y le medio abrazó.
        --Pareces un caracol todo retorcido --le dijo--. Cogerás una mala postura y te dolerá todo.
        Él pensó en cómo le debió doler a Nati cuando el coche le pasó por encima. No se hacía a la idea de que ahora el dormitorio de los niños tendría una habitación vacía, la de Nati, que no entraría por las mañanas a quitarle la almohada y atizarle con ella, como hacía si él no se levantaba pronto. "Soy tu hermana mayor y he de cuidar de ti", le decía riendo. Y él se enfadaba. Bueno, ya no se volvería a enfadar más.
        --Javi, eres muy niño aún para darte cuenta de las cosas --le estaba diciendo tía Emilia. Y eso le puso furioso. ¿No darse cuenta de la cosas? ¡Ella qué sabía de lo que era el día a día con Nati en casa! ¡La de cosas que no volverían a pasar nunca más! ¡Nunca más! ¡NUNCA MÁS! Por larga que fuera la vida, nunca más volvería a oír a Nati bajando las escaleras como si fuera un caballo desbocado, provocando la ira de mamá. ¡La de cosas que no volverían a pasar nunca! ¿Tenía tía Emilia una idea de ello? No, qué iba a saber, si ni siquiera vivía en la misma ciudad y sólo venía por las fiestas y algún cumpleaños y nada más.
        --Estaría bien que fueras con tus padres. Se sentirán bien contigo a su lado --dijo ahora la tía Emilia.
        Pero él no soportaba ver cómo lloraba mamá. Era terrible... sus gritos en el primer momento, su ataque de histeria que había asustado a todos... Y luego, ver a papá llorando era algo que no esperaba. ¿Los padres lloran? Bueno, las madres sí, porque son mujeres... pero ver a su padre, tan corpulento, con esa barbaza, y los lagrimones rodando de su cara... Le pareció... no sabía cómo decirlo. Incluso le dio miedo. ¿Y las amigas de web de Nati? ¿Quién les diría que no se conectaría nunca más porque ya no estaba en el mundo? ¿Qué pensarían cuando pasaran los días y vieran que Nati no aparecía? Eran todas unas niñas memas y ridículas, pero Javi sabía que todas querían y se reían con Nati.  
        Entrar en casa significaba además entrar en un lugar donde en cada momento esperaría ver a Nati: bajando la escalera, o peleándose por ver la tele en el salón, o cerrando la puerta de la nevera... Nada de esto iba a pasar más. No era posible. Esas cosas no pueden suceder de verdad, y todo tenía que ser un sueño, un mal sueño. Si cerraba los ojos muy fuerte, muy fuerte, seguro que al abrirlos estaría Nati en el jardín, acercándose al columpio para empujarle como a él le gustaba. Tenía que estar en el jardín, seguro que sí...
        --No quiero ir a casa --dijo, contestando a lo que su tía había dicho hacía un momento.
        Tía Emilia le pasó la mano por la cabeza.
        --Ahora te duele mucho, pero irás olvidando, ya verás. Con el paso del tiempo todo se olvida.
        ¿Cómo podía decir eso tía Emilia? ¿Cómo podía tener tan poco corazón? Nati había muerto, la habían enterrado esta misma mañana, y la tía decía que la olvidarían "con el paso del tiempo". ¿No tenía sentimientos? Javi la miró con rencor.
        --No voy a olvidar a Nati, ¿cómo puedes pensar eso, tía? --le dijo airado.
        --Es la vida, niño. La vida es así.
        --¿Por qué se ha tenido que morir Nati?
        --No le des más vueltas, Javi. Así te amargarás.
        --Déjame. No quiero hablar contigo.
        Tía Emilia se levantó con un suspiro y se fue al interior de la casa. Sabía que su sobrino estaba en ese momento indignado con ella, creyéndola sin sentimientos, sin amor por su sobrina, sin nada humano. Furioso con ella...
        Entró en la casa y miró a su hermana. No estaba sentada, sino hundida en el sillón, y a su lado, su marido, Alberto, ese hombre corpulento y barbudo, parecía que fuera a caerse al suelo de un momento a otro. Un milagro, sin duda, le sostenía en pie. Las visitas que poblaban el salón callaban a ratos y hablaban en susurros en otros. Había estado en alguna que otra reunión tras un entierro, pero nunca una tan horrible como ésta. Pero, claro, no siempre la persona que habían acompañado al cementerio era una niña de catorce años. Pasear por entre la gente era como pasear entre figuras inexistentes, que acaso no estaban allá y que iban a desvanecerse de un momento a otro. A todos les dominaba un único pensamiento: el de una niña de catorce años aplastada por un coche conducido por un borracho.
        --Clara... -dijo, acercándose a su hermana.
        --¿Cómo puedes estar tan serena? --le dijo Clara, mirándola con reproche. Clara tenía los ojos hundidos, la cara blanca como la ropa con la que habían vestido el cuerpo de Nati, la boca temblorosa, un pañuelo arrugado en la mano.
        --Hay que atender a las visitas...
        --¿No sientes nada por tu sobrina? --dijo Clara, mirándola con ojos muy abiertos, con una mirada dura--. Claro, como casi nunca venías a verla, a ti no te afecta.
        --Vamos, no digas eso --musitó Alberto, pero más por formulismo que por sentirlo de verdad.
        --Mírala. Tiene los ojos todavía con el rímel con que ha llegado esta mañana. No la he visto derramar una sola lágrima.
        --Javi está solo ahí fuera. Debería entrar --dijo Emilia, mecánicamente.
        --El niño llora a su hermana, que es lo que hacemos todos, menos tú, al parecer.
        --Cálmate, Clara --volvió a oírse la voz de Alberto, pero sin mucha energía. Miraba al suelo.
        --Estás un poco nerviosa, Clara. Seguro que Emilia lo está pasando tan mal como todos --dijo una vecina, con una risita nerviosa, de compromiso.
        --Ella no siente nada. Es la fría de la familia. Nunca ha sentido nada. No sintió nada cuando murió nuestra madre. No ha sentido nada ahora.
        --No digas tonterías --dijo Emilia, otra vez mecánicamente.
        --¿Tonterías? --Clara rió nerviosamente--. Siempre has sido igual. Sin sentimientos, fría, sin dar importancia a lo más grave o terrible.
        --Debes calmarte.
        --Me calmaré si te marchas. No te quiero en mi casa. En nuestra casa.
        --Clara... --intervino Alberto.
        --No la quiero aquí. Que se marche.
        Cuando Emilia salió camino de la estación del tren, echó un vistazo hacia el columpio, donde aún seguía Javi. El niño la miró con rencor. El mismo rencor que había en los ojos de su hermana Clara y en los de su cuñado Alberto. Ahora, en la casa, estarían hablando de ella, de su frialdad, de su carencia de sentimientos... Sería el tema del resto de la velada...
     
     
        Un hombre joven, camino de su compartimiento en el tren, advirtió al pasar a una mujer que lloraba en el suyo. Estaba sola en él, no había nadie más en aquel conpartimiento. Dudó, pero al fin abrió la puerta y preguntó:
        --¿Le ocurre algo? ¿Se encuentra usted bien?
        Ella le miró, sobresaltada, y se llevó el pañuelo a los ojos.
        --Éste compartimiento es para mí sola. He pagado para estar yo sola en él.
        --Ya, perdone --el joven estaba un poco incómodo--. No quería molestar... Es que la he visto llorando y...
        --Pues déjeme llorar en paz, ¿quiere? Llevo cuarenta y ocho horas aguantándome las ganas, así que ahora que ya puedo liberarme, déjeme llorar en paz. Haga el favor de cerrar la puerta.
        Desconcertado, el hombre cerró la puerta y se fue hacia su compartimiento.
     
    FIN.
     

     
    June 28

    EL FIN DEL SUEÑO, de Philip Wylie


    [Esta crítica fue publicada en el número 8 de la revista Blade Runner Magazine, junio de 1991.]
     
    (c) 1991 by J.C. Planells
     
    En 1933, Philip Wylie (en colaboración con Edwin Balmer) destruyó el planeta Tierra haciéndolo cdolisionar con otro planeta en su ya clásica --y más bien arqueológica-- novela Cuando los mundos chocan, llevada al cine en 1951. Un puñado de supervivientes escapaban del cataclismo en una nave espacial hacia otro mundo y contaban la crónica de esa destrucción. En 1971, casi cuarenta años más tarde, y esta vez en solitario, Wylie volvió a destruir nuestro planeta Tierra, pero ahora sin cataclismo cósmico, simplemente por mediación de la propia mano del hombre. La novela, El fin del sueño, es una de las más sombrías y pesimistas visiones de catastrofismos ecológicos imaginados por un autor de SF, con permiso de John Brunner y su El rebaño ciego, claro está.
    El fin del sueño tiene, además, la curiosidad de ser la obra póstuma de su autor, quien falleciera en 1971 sin verla publicada (apareció al año siguiente en librerías), con lo que adquirió cierta fama de obra inconclusa, tal como se ha insinuado en diversas ocasiones y que muy bien explica Domingo Santos, traductor de la obra, en su prólogo a esta edición, y en el que efectúa además un interesante repaso a la vida del autor. Aunque ello fuera cierto, que Wylie no pudiera terminar la obra, la verdad es que no se advierte en absoluto, y me atrevería a decir que El fin del sueño es una novela que merece quedar inconclusa; se podría decir que en cierta medida la vamos escribiendo todos nosotros a diario.
    Narrada como un conjunto de memorándums, o recopilaciones de datos, por uno de los escasos supervivientes de una Tierra devastada por los cataclismos ecológicos, la obra nos ofrece, de manera escalofriante, casi un catálogo completo de desastres: ciudades cuyos habitantes enloquecen por la polución del aire, fallos de energía eléctrica que ocasionan la destrucción y saqueo de todo Nueva York (episodio que incluye la más espeluznante imagen literaria leída en mucho tiempo: un avión cruzando un rascacielos de parte a parte) [Nota de 2007: Me permito recordar, a propósito de esta escena, que esta novela se escribió en 1971, se publicó en 1972, la edición española es de 1991 y mi crítica se publicó tal cual se reproduce --correcciones de erratas aparte-- en 1991...], destrucción de cosechas, mutación de insectos, plagas que devoran al hombre, inundaciones, fallos en centrales nucleares, desastres económicos... y un largo etcétera. El lector es literalmente bombardeado página a página por el autor, sin posibilidad de descanso ni respiro (no recomiendo una lectura seguida del libro, si bien no deja de ser una experiencia aterradora, por si alguien desea comprobarlo).
    Sería fácil atacar el estilo de El fin del sueño en general (hay un leve trasfondo de ingenuidad en cuanto a los principales personajes, lo que ya era evidente en Cuando los mundos chocan). Pero allí donde Wylie se revela como un novelista mediocre, es decir, creación de personajes, relación entre los mismos, un leve esbozo argumental, se supera y lo anula con su poder de convicción, con su persuasión en este bombardeo de catástrofes al que somete al lector. No hay duda de que si en vez de construir El fin del sueño como una ficticia recopilación de informes, entrevistas, artículos periodísticos y demás, se hubiera narrado como una novela de personajes, argumento y trama, el resultado habría sido una novela tan literariamente pobre como la aludida Cuando los mundos chocan. Pero Wylie quiso dejar tras de sí un buen recuerdo y una novela digna y propia, por lo que eligió para narrarla el sistema que le era más familiar y sencillo, gracias a todos sus trabajos literarios en el campo del ensayo, la crítica y la divulgación (fact, que dicen los ingleses). En el uso acertado de ese estilo es donde reside toda la grandeza y poder de persuación y convicción de esta obra; El fin del sueño, una lectura cruel y asombrosa que difícilmente dejará indiferente a ningún lector.
     
     
    June 27

    BACKSTORY 4. CONVERSACIONES CON GUIONISTAS DE LOS AÑOS 70 Y 80, de Pat McGilligan

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    La serie de libros Backstory, a cargo de Pat McGilligan, ha tenido muy buena acogida en su edición en castellano. Ahora nos llega la cuarta entrega, aparecida originalmente en 2006, y que corresponde, como indica el subtítulo, a guionistas de las décadas de 1970 y 1980. El libro sigue fielmente la misma estructura de los tres anteriores: Prólogo, entrevistas, índice. Cada entrevista viene precedida de una introducción sobre el guionista y un listado de sus trabajos en el cine, además de otros trabajos.
    La selección de este volumen puede resultar algo desconcertante, pero es que la década de 1980 ya fue muy desconcertante, en lo que respecta al cine americano. Aquí tenemos básicamente muchos directores que empezaron como guionistas o que son a la vez guionistas/directores, y algunos novelistas que han cultivado el guión con mayor o menor asiduidad. En el primer grupo están Robert Benton, Larry Cohen, Blake Edwards, Walter Hill, Lawrence Kasdan, Paul Mazursky, Nancy Meyers y John Milius. En el segundo, tenemos a Ruth Prawler Jhabvala, Elmore Leonard, Frederick Raphael y Donald Westlake. Y como guinda del pastel, el único guionista-guionista de la selección: Alvin Sargent. En efecto, es una selección extraña y desconcertante, la más extraña de toda la serie, pero no vamos a entrar a valorar las causas de esa extrañeza (¿Edwards no debería haber aparecido en el volumen anterior? ¿Meyers merece la pena ser incluida? ¿Raphael debe figurar en un libro consagrado a guionistas americanos? ¿Las muchas novelas adaptadas de Westlake frente a los escasísimos guiones que ha escrito justifican su inclusión?) porque todos ellos dicen cosas interesantes sobre el cine (y sobre sí mismos: hablando la gente se delata...), sobre sus trabajos y presentan un panorama no tanto de las décadas que pretende abarcar el libro: 1970 y 1980, sino más bien 1980 y 1990.
    El hecho de que tantos de ellos sean básicamente conocidos como directores hace que la relación de nombres resulte más conocida para el aficionado medio, respecto a los tres anteriores volúmenes: Benton, Cohen y Hill, por ejemplo, son altamente populares. Pero yendo directamente a lo que ofrecen las entrevistas, está claro que los guionistas de este volumen no se diferencian gran cosa de los aparecidos en las anteriores entregas. Hay individuos endiosados (Hill), semiendiosados (Cohen), modestos (Sargent), discretos y humildes (Jahbvala), inesperadamente interesantes (Milius), vacuos (Meyers, cómo no)... En fin, una galería de seres humanos dedicados profesionalmente al guión y a la dirección cinematográfica y que han conocido todas las martingalas del oficio --como los de los precedentes volúmenes--.
    Las entrevistas son concienzudas, aunque se echa en falta más profundidad en la de Alvin Sargent, pero no por culpa del entrevistador, sino del entrevistado: Sargent, el único guionista no director ni novelista del volumen, es el menos interesado en hablar sobre su trabajo, y de hecho casi no se puede decir que cuente nada memorable y apenas habla más que de una o dos de sus películas. El personaje más interesante de la selección es el que menos interés muestra por hablar sobre su trabajo; curioso, porque otros no se privan de mostrar diarrea verbal, precisamente: como Walter Hill, engreído individuo que habla maravillas de sí mismo y de lo bueno que es. Si tras leer la entrevista de Cohen le toman por algo petulante y presumido, al lado de Hill es de una modestia ejemplar. Aunque para modestia, la de la novelista Ruth Prawler Jhabvala, guionista de tantos films de James Ivory. Breve y concisa, no considera que su trabajo sea especialmente significante. Leer la de Nancy Meyers, culpable de películas como La recluta Benjamin, Protocolo y el remake de El padre de la novia, es ganas de perder el tiempo: esa mujer no tiene nada que decir ni aportar al cine ni a su historia. Paul Mazursky no es un director (y guionista) que me atraiga precisamente, pero su naturalidad y franqueza al hablar de su cine y sus películas me han dado ganas de ver las bastantes suyas que me he saltado y de revisar las que vi hace tiempo. Benton, por su parte, se muestra tranquilo y sin excesivas petulancias, según de qué película se trate. John Milius, cuyas posturas conservadoras y reaccionarias son altamente conocidas y divulgadas, se muestra como alguien lúcido, inteligente y sincero (aunque diga que miente muchas veces; si lo hace, lo hace con gracia), de ahí que no pocas de sus películas parezcan en clara contradicción con sus postulados ideológicos; puede que no sea tanto esto como que se trata de uno de los mejores guionistas de su generación (la generación Spielberg-Scorsese-Coppola...). Blake Edwards decepciona un tanto, y Westlake, al haber escrito tan pocos guiones, se limita a comentar básicamente sus muchas novelas llevadas al cine, y con las que no ha tenido relación alguna (de hecho, muchas ni siquiera las ha visto); respecto del Two Much de Fernando Trueba --segunda versión de una novela suya, ninguna de las cuales ha visto Westlake--, termina diciendo que "La gente no debería tener acceso a una cámara antes de alcanzar la edad de la razón"; dejo el dato por si alguien lo encuentra interesante... La de Leonard me hace sospechar que se le ha hinchado el ego, y la de Raphael desconcierta por su condición de guionista británico, aunque tenga el crédito de Dos en la carretera, de Donen y el último Kubrick, pero de paso sabemos algunos detalles de su famoso Fango en la cumbre (por cierto, Raphael, residente durante muchos años en España, confiesa que volvió a Inglaterra en 1960, por el nacimiento de su segundo hijo, porque según dice textualmente, "En aquella época no tenías hijos en España si podías evitarlo, por el estado de las manos de los médicos españoles y sin duda de otras partes [de su cuerpo]". Impagable, vaya; ya dije que la gente hablando se delata. Kasdan, por su parte, se muestra una persona sincera y que habla con franqueza de su trabajo, sin petulancias excesivas.
    En suma, un volumen tan interesante como los tres que le precedieron. Ilustra respecto a no pocos entresijos de rodajes, aporta curiosidades y anécdotas --Raphael sostiene que hubiera querido a Rock Hudson como protagonista masculino de Dos en la carretera, y hay que reconocer que las opiniones de Raphael sobre los actores británicos --y los médicos españoles-- son raras de verdad-- y rellena no pocos huecos en cuanto a historia del cine.
    La traducción es regular, y comete algunos errores en los títulos españoles: de Blake Edwards se considera por lo visto no estrenada Wild Rovers, de la que se habla bastante, y que se exhibió con el estúpido título de Dos hombres contra el oeste. Straight Time, un guión de Alvin Sargent dirigido por Ulu Grosbard, también se considera no estrenado al parecer (Libertad condicional es el título con que se exhibió en España). Hay algunos otros errores, pero no demasiados. En suma, uno de esos libros que se disfrutan a fondo.
     
     

    June 25

    DEFENDAMOS "POLÒNIA"


    (c) 2007 by J.C. Planells
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    Como era de temer y de esperar, ya empiezan a surgir comentarios críticos de los políticos contra el programa satírico Polònia de TV3. Comentarios críticos muy educados, eso sí, y que lo primero que hacen es celebrar la calidad de dicho programa, pero críticas al fin y al cabo. Según esos comentarios hechos públicos recientemente por un par de políticos, al programa Polònia se le reprocha haberse convertido "en el referente político" de la juventud, principalmente, y consideran que supone una banalización de la labor de los políticos, y ello, no hace falta decirlo, ha inducido a la alta abstención registrada en las dos últimas visitas de los catalanes a las urnas: las elecciones autonómicas de noviembre del año pasado en Cataluña, y las municipales del 27 de mayo de este año (en otros lugares de España también hubo autonómicas ese día). Tras estas altas cotas de abstención, la clase política catalana --aquí evidentemente me voy a referir a esta clase política, no a la del conjunto del Estado, porque el programa se realiza en la televisión catalana y afecta principalmente a los políticos catalanes-- anda preocupada buscando causas pero no soluciones; motivos, pero no responsabilidades; explicaciones, pero no enmiendas. Poco después de las elecciones municipales del pasado 27 de mayo, ya salió un político imbécil (y esto no es ningún oximorón) diciendo que la culpa de tanta abstención era de los propios electores, porque somos unos frívolos y unos desconsiderados; evidentemente, era un político de izquierdas. Suerte tuvo de que se le contestó con el absoluto silencio, porque a semejantes necedades --considerar culpables de la abstención a los propios ciudadanos por irresponsables ante la sociedad-- es ya el colmo de la caradura.
    Pero, evidentemente, hay insatisfacción al menos en Cataluña respecto a la política: los partidos tienen mala imagen, la gente no va a votar con la alegría y las ganas de otros tiempos, y lo de menos es lo mucho que nos marearon ya antes y después del estatut --dejando aparte las cerdadas del Partido Popular, su hipocresía, mentiras y cinismo, en la cuestión del estatuto y su habilidad para indisponernos con el resto del Estado: lo pagarán caro algún día-- hasta dejar exhausta a toda la población de Cataluña (población que además no acaba de entender la manera en que se administra luego su voto: ganan unos pero mandan otros). Una reciente encuesta --la semana pasada-- sobre la impresión que los ciudadanos de Cataluña tienen respecto del flamante nuevo gobierno autonómico es reveladora: recibe un aprobado justo, justito. Pero lo mejor es que ninguno de los encuestados ha sido capaz de decir qué ha hecho bien y qué ha hecho mal este gobierno. La gente, sencillamente, lo desconoce por completo. Y si se me permite decirlo, es peor un gobierno del cual no se puede decir qué ha hecho mal que uno del que se pueda decir lo que ha hecho mal: en el último gobierno español del Partido Popular todos sabíamos que había hecho mal en lo de meternos en Iraq, y por tanto se podían exigir rectificaciones. Pero no saber nada de nada de un gobierno... en fin.
    Así pues, cuando pintan bastos --para los políticos-- lo mejor es echar balones fuera, algo que saben hacer de manera envidiable (deben de seguir algún cursillo en sus horas libres en las sedes de los partidos). Y en este caso, qué mejor que empezar a cargar poco a poco las responsabilidades del desapego ciudadano al programa satírico Polònia de la Televisión de Catalunya, la televisión autonómica y por tanto pública. Puesto que la paga la ciudadanía con sus impuestos, pero la administra y controla el gobierno de la Generalitat mediante un consejo elegido por representación parlamentaria, un programa como éste en el que se hace sátira franca y sin rodeos de los políticos tanto catalanes como españoles resulta entre extraño e incómodo para los propios satirizados. Máxime cuando el programa es el más visto de TV3 --cadena que ha caído en picado en los últimos tiempos, por culpa de una programación algo sectaria y de escaso vuelo: culebrones de visión casi obligatoria "para hacer patria", programas de cocina (!) en hora punta, fútbol (pero se dejan escapar los partidos importantes del Barça, que suelen ir a Antena 3 o a la Sexta), telenoticiarios que parecen el parte de Franco y deportes a punta pala (de visión obligada, al parecer)--; y esto es lo que está empezando a molestar a la clase política desde hace un tiempo, si bien se cuidan mucho de manifestarlo... de momento, porque el primer disparo se ha lanzado ya y pueden seguir otros. Hasta ahora, habían mantenido un "fair play" con el programa, incluso haciendo cameos en alguna ocasión (no se debe olvidar que el equipo de Toni Soler, Manel Lucas y Queco Novell tiene un programa radiofónico parecido, de hecho, el origen de Polònia, y en él suelen entrevistar durante la última hora a alguien del mundo de la política, la prensa, la cultura o la vida social del momento: nunca hay que dar la espalda a los medios de comunicación (algo que el Partido Popular interpreta a su manera: véase lo ocurrido con la SER), porque no deja de ser propaganda para los políticos . 
    Hay otro particular: este programa de TV3 (y su hermano radiofónico, Minoria absoluta) es especialmente disfrutado por la gente de menos de 30 años. Los de más edad, o no les gusta nada, o no lo entienden. Tuve la ocasión de comprobar esto casualmente el pasado diciembre en una reunión familiar con gente de diversas edades. Todos cuantos estaban por debajo de la franja de los treinta, eran fans declarados de Polònia; todos los que pasaban de los treinta --y la gama era muy amplia-- detestaban el programa y no le encontraban la menor gracia o no lo entendían, sencillamente. Me temo que es una muestra estadística más que fiable, porque en esa reunión había personas de diversas clases, culturas y orígenes. Puesto que los políticos en activo suelen pasar todos de los treinta... es difícil pensar que sean fans del programa más que de boquilla, para quedar bien con los electores y parecer que tienen "buen rollito", pero por dentro no les pueden hacer la menor gracia los gags del programa, o al menos algunos de ellos. Y es que para los políticos catalanes está muy bien hacer sátira de Acebes, Zaplana, Rajoy o Zapatero y De la Vega: son políticos españoles, y por tanto celebran que se les dé caña, máxime con las trastadas que unos y otros nos han hecho en los últimos tiempos. O de Otegui y Losantos. Incluso del rey y del papa (aunque esto último no agrada a muchos: los gags del papa suelen ser muy criticados). Pero como el programa reparte la misma cantidad y calidad de leña contra Saura, Mas, Montilla, Nadal, Clos y Carod, ahí ya no les gusta tanto. Viéndolo de manera un tanto objetiva --es difícil, pero se puede hacer--, no resulta nada extraño imaginar que los gags que han menudeado en los últimos programas a propósito de Saura y los camaradas Mossos d´Esquadra y su reparto de estopa en comisarías no le habrán hecho la menor gracia a Saura; a los Mossos más bien les habrá dejado indiferente: la razón es que --acertadamente-- la sátira va contra el de arriba (Saura) no contra el de abajo (un Mosso no es más que un trabajador, y en todo caso del trabajador se puede hacer broma, pero el responsable es el de arriba); tampoco habrá hecho muy feliz que digamos a Montilla ni al presidente de La Caixa un gag del programa de la semana pasada en que el  president de la Generalitat era humillado --y é mismo se humillaba-- hasta extremos inimaginables por un chulesco presidente de La Caixa. Ya hubo en la primera temporada otro gag en que Montilla --entonces miembro del gobierno del PSOE-- era humillado por un empleado de La Caixa. No es difícil pensar que estos gags habrán sentado entre muy mal y pésimamente mal en el Palau de la Generalitat (y puede que en la sede de La Caixa, que es otra clase de poder en Cataluña: el económico). La clase política catalana está acostumbrada a que le rían a ellos las gracias y a que se les considere como entre héroes y mártires en lucha contra las huestes de Acebes y Zaplana, conta Jiménez Losantos y las traiciones de Zapatero y las mentiras de Rajoy, no a ser sujetos de sátira política, sátira amable en ocasiones, feroz en otras, burlona en la mayoría de casos, pero siempre profundamente divertida. No hay cultura de la sátira política en España ni, por raro que parezca, en la Cataluña de hoy (en la de ayer, cuando había sátira política, era igual de mal recibida: se quemó alguna que otra sede de revistas o periódicos satíricos...). La diferencia entre España y Cataluña en el terreno de la sátira es que a los políticos españoles se la suda que se rían de ellos: se limitan a no hacer caso ("humor catalán", dicen despectivamente algunos medios ultraderechistas). Como por lo demás, se ha comprobado que los espectadores del resto de Estado son impermeables a la sátira política --que no les ha interesado nunca--, la incidencia que pueda despertar es cero (patatero, que diría Aznar, el payaso oficial del PP).
    Pero en Cataluña sí ha habido siempre tradición de sátira política: la había ya antes de la guerra civil, mucho antes, aunque lógicamente en prensa escrita --que como he dicho también despertaba no pocas iras de los políticos de aquellos años--. La volvió a haber en los primeros años ochenta, cuando el genial programa radiofónico El sacapuntas, que quienes pudieron seguirlo entonces lo conservan fresco en la memoria: sus sátiras de Suárez y Pujol, por ejemplo, eran geniales. Pero aquí hablamos de televisión, algo cuya incidencia en la vida cotidiana es distinta de la prensa o de las publicaciones semanales o periódicas (tipo El Jueves, revista de humor que también cultiva la sátira política con toda su crudeza). La incidencia entre el público --el consumidor-- de un programa satírico de televisión es de más calado que la de una revista, porque el programa lo puede ver todo el mundo y la revista sólo la comprarán los que tengan ganas de leer, y ya se sabe que en España se lee poco (así dicen).
    Y hay otro punto no menos importante --o puede que el más importante--: En España no hay tradición de sátira política, debido principalmente a los 40 años de franquismo, lo cual se hace extensivo a Cataluña, aunque en menor grado, como queda demostrado con el programa ya desaparecido pero muy popular en su momento de El sacapuntas. Lo que es la mar de normal en cualquier país civilizado y democrático (e higiénico, como el propio Toni Soler, director de Polònia y Minoria absoluta ha dicho acertadamente innumerables veces), aquí es una rareza y algo que incomoda a los políticos, que no saben cómo afrontarla porque es algo nuevo, reciente, inesperado. En todos los países hay sátira política cruda, a veces claramente ofensiva --no como aquí--, y los políticos han de callar y aguantar. Aquí, en Cataluña, cuando a los políticos les pareció una novedad eso de la sátira política, en los primeros intentos que Toni Soler realizó en la propia TV3 o en algún otro canal televisivo años antes, incluso mostraban muchos de ellos interés en aparecer satirizados en el programa. Es algo que se ha comentado a veces: cómo Artur Mas insistió en ser satirizado en el programa a raíz de su lanzamiento como sucesor de Pujol en el partido. Soler lo negó siempre tajantemente, y Soler es una persona honesta, por lo cual creeremos su palabra, pero también creeremos --o creeré yo-- que en parte es su obligación negarlo en el caso de que fuera verdad. Más tarde, se dijo lo mismo de Trias, el tantas veces candidato a alcalde de Barcelona (el cual sí parece ser la única persona que simpatiza abiertamente con el programa, en tanto que los demás lo hacen de bastante mala gana: Soler esto sí lo ha dicho varias veces, que no todo el mundo político catalán le pone buena cara al programa). Por su parte, es bien sabido que Pasqual Maragall tiene entre poco y ningún aprecio por el programa --por los programas, vaya-- de Toni Soler, a los que ha considerado siempre frívolos y poco serios con el país, habiendo rechazado siempre aparecer en el radiofónico; y miren qué casualidad: ahora que Maragall ya no es president de Cataluña ni presidente del Partit Socialista de Catalunya... ahora ha anunciado que visitará el programa. Ni sus propios realizadores se lo acaban de creer. Pero a lo que vengo a referirme es eso: cuando la sátira parece que puede beneficiar al político de cara a su popularidad entre el electorado, entonces todo son parabienes y celebraciones de que exista semejante programa. Cuando la sátira hace su trabajo a conciencia, cuando la desunión entre ciudadanos y políticos es total... se acaban los parabienes, y entonces, cómo no, las cabezas que pueden rodar son las de los cómicos, los bufones, los satíricos, por no tomarse con Seriedad los Problemas del País, por banalizar --según se les acusa-- la política. Lo que nos lleva a lo de antes: falta de cultura democrática y falta de cintura para encajar golpes por parte de los políticos con complejo de mesianismo.
    Cultura, acabo de decir. Ya he escrito hace tiempo en alguna parte que "cultura" y "política" son términos opuestos, enemigos, antagónicos. Nada hay más contrario y opuesto a la política que la cultura, y cuando menos te lo esperas, salta un político metiéndola hasta el remo, bien a fondo. La última ha sido hace poco, cuando con motivo del follón de Frankfurt salió --quién si no-- el siniestro Bargalló, el Hombre sin Corbata --y sin Cultura, ahora podemos añadir--, diciendo que nadie pensaría en Kafka como escritor checo puesto que escribía en alemán. Mira que se necesita ser inconmensurablemente necio e inculto para decir semejante atrocidad: Kafka, independientemente del idioma en que escribiera, sólo es explicable mediante la literatura y cultura checas. Pero, en fin, esperar de un político una mínima muestra de cultura es como esperar modales distinguidos y lenguaje cervantino en Belén Esteban.
    Me temo que si no se ha abierto, se acabará abriendo la veda de caza de Polònia. En una cadena pública como TV3, no tiene cabida actualmente, puesto que, como podría decir un político, "muerde la mano que le da de comer". Alguien tiene que pagar los platos rotos de los elevados índices de abstención de las dos últimas elecciones (por no hablar del referéndum del famoso estatut), alguien ha de pagar por la incomunicación cada vez en más aumento entre políticos catalanes y ciudadanos catalanes, y puesto que no van a ser los propios políticos los que hagan examen de sus errores, lo más fácil, como he dicho, es cargarle las culpas a quienes les dejan en evidencia, a quienes hacen broma y sátira de sus errores y patochadas. No importa la aceptación popular del programa --al que siempre le quedará su hermano radiofónico en una cadena privada, el programa Minoria absoluta-- ni la gran calidad de los gags, caracterizaciones y acabado técnico del programa, ni que los personajes resulten entrañables y simpáticos, desde Acebes a Zaplana, desde Carod a Puigcercós o Tura, desde Zapatero a De la Vega, desde gente de los medios de la propia TV3 como Josep Cuní (su "Prou!! Prou!! He dit prou i es prou!! Quan jo dic prou ès prou!! Prou!!" es ya un clásico no sé si de la tele, de Minoria absoluta o de Polonia) a Mònica Terribas, cuya caricatura por parte de la actriz que la interpreta consigue ponerme tan... ah... ejem, esto... en erecta atención... (glub, perdón, Mónica y actriz) como la Terribas de verdad. El problema de Polònia es hacer broma con las cosas serias, con las que los políticos no dejan que se haga broma. A los políticos y a la gente triste y solemne creída de su propia importancia, la conyeta, como la llaman ellos despectivamente, les irrita, les molesta, les estorba... les pone en evidencia. Puede que me equivoque, espero y deseo equivocarme: pero me temo que van a ir a por el programa, con una excusa u otra.
     

    June 24

    AUTORES OLVIDADOS (26). GIORGIO SCERBANENCO: Novela negra italiana


    (c) 2007 by J.C. Planells

     
    Existen autores cuyo olvido es especialmente lamentable, y cabe esperar que sean rescatados pronto de dicho olvido. Uno de ellos es Giorgio Scerbanenco, escritor italiano nacido en Kiev en 1911 y fallecido en 1969. Sus inicios fueron como periodista, colaborando en varias publicaciones y escribiendo relatos de corte romántico, pero la fama le llegó cuando cultivó la novela policiaca, género al que aportó notables títulos entre novelas y colecciones de relatos. En España le dio a conocer la editorial Noguer a principios de los años sesenta, dentro de una colección de narrativa policiaca con aspiraciones de calidad; luego, a partir de los años setenta y ochenta, se reeditaron sus novelas en Bruguera, y actualmente no están disponibles en parte alguna.
    Las novelas de Scerbanenco --todas excelentes, al menos las muchas que leí en sus años-- eran una magnífica muestra de género policial escrito con inteligencia y aspiraciones de dignificarlo a fin de llegar a toda clase de lectores. Se leían de un tirón, dejaban hondo recuerdo y no rehuían la crítica social. No trataban de imitar el patrón o modelo americano del género de novela negra, algo que a veces ha tentado a algunos cultivadores europeos del género, sino que aprovechando la propia idiosincrasia de Italia --el miracolo economico, la mafia, las especulaciones inmobiliarias, los caciquismos políticos, la moral católica, el norte industrial--, retrató su tiempo, su época, en clave de novela policial. Sus historias a veces eran una singular combinación de amargura, dureza, romanticismo, violencia, y no pocas de ellas tenían finales verdaderamente trágicos. Muerte en la escuela, Los milaneses matan en sábado, Venus privada, Traidores a todos..., son algunos de sus muchos títulos; en los años sesenta y setenta fueron llevadas al cine algunas de sus obras más exitosas, en films como Asesinada ayer o Milán, calibre 9. Scerbanenco es un autor que merece ser rescatado porque es indiscutiblemente uno de los grandes de la narrativa criminal europea, y sin duda el grande en Italia del género. Su muerte a los 58 años interrumpió una carrera que aún podía proporcionar muchas otras obras notables.
     
     
     
    June 23

    EL ASUNTO DEL MANIQUÍ

    (serie Aventuras de Harold Smith)
     
    (c) 2006 by J.C.Planells
     
     
        Esto ocurrió cuando yo no llevaba ni una semana trabajando en la agencia de Harold Smith y todavía no habíamos investigado ningún caso, o sea que aún no éramos famosos y no parecía que lo llegásemos a ser nunca porque no hacíamos nada. Esa mañana, Harold estaba leyendo el periódico y yo ordenaba más o menos su colección de novelas policiacas, cuando exclamó:
        --¡Mira, Diógenes! ¡Mira esto!
        --¿A ver, jefe?
        Harold me pasó el diario y leí en voz alta:
        --"Si es usted propenso al mal de piedra..."
        --¡Esto no, idiota! ¡Abajo, en los anuncios económicos, el que está en un recuadro!
        --"Se precisa maniquí viejo..." ¿Es esto, jefe?
        --¡Eso es, léelo!
        --"Se precisa maniquí viejo de señora con el cabello azul y que le falte la oreja izquierda, y esté algo deteriorado. Razón, Wempale Street, 16".
        --¡Exacto! ¿Qué te parece?
        --Pues me parece un anuncio muy raro, jefe.
        --Oh, déjate de rarezas. ¿No te sugiere algo?
        --Oh, ¡claro! --caí en la cuenta entonces--. Ya lo entiendo. Usted sugiere que llevemos ese maniquí viejo que hay en el cuarto de los trastos...
        --Exacto, Diógenes, exacto. Un maniquí de señora no encaja en el despacho de un detective privado. El sastre que ocupaba antes este piso se lo dejó olvidado y tenemos que mantenerlo oculto para evitar malas interpretaciones de las visitas. Así que lo podemos llevar a esa dirección y encima nos sacamos un dinero.
        --Ya, jefe, pero ocurre que nuestro maniquí ni tiene el pelo azul ni le falta la oreja izquierda. Deteriorado sí lo está un poco, pero...
        --Minucias que arreglaremos nosotros mismos en un periquete. Baja a la tienda y compra un pote de pintura azul y una brocha.
        Así lo hice, aunque me pregunté si el gasto en pintura y brocha para teñir el pelo del maniquí compensaría lo que nos pagasen por él. Por si acaso no le dije nada a Harold. Tales detalles están por encima de su poderoso cerebro, que ha de estar en forma para atrapar delincuentes.
        --Estupendo --dijo Harold, cuando volví con la pintura--. Lo primero será aserrarle un poco la oreja. Trae el serrucho de la caja de herramientas.
        Así lo hice y nos pusimos manos a la obra.
        --Eso es, yo lo sujeto y tú... ¡Diantre! ¡Diógenes, se trata de aserrarle un poco la oreja, no de cortarme a mí el dedo!
        --No lo ponga debajo, jefe.
        --¿Y por qué usas el serrucho con la mano izquierda, recontra?
        --Pudiera ser que porque soy algo zurdo. ¡Ojo con la mano, jefe!
        Cortamos el trozo de oreja sin que ninguno de los dos saliera mutilado y nos lanzamos a pintarle el pelo. Pronto quedó todo el pelo del maniquí pintado, así como buena parte de la cabeza y de nuestra propia ropa.
        --Es asombrosa la manera en que manejas la brocha, Diógenes --gruñó mi jefe, contemplando cómo le había quedado el jersey que llevaba esa mañana.
        --¿Verdad que sí, jefe? Hay un cierto temperamento artístico oculto en mí --dije con cierta modestia no exenta de orgullo.
        --No te digo lo que hay en ti, porque... Trae un poco de agua, a ver si podemos quitar parte de la pintura azul que le ha ido a parar por todas partes. Y prepárate a lavarme el jersey a mano...
        --Es posible que se me haya ido la mano un poco... En todo caso, eso lo hará parecer más deteriorado, ¿verdad, jefe?
        Una vez nos cambiamos de ropa, nos encaminamos hacia Wempale Street, que quedaba bastante lejos por lo cual hubimos de tomar un taxi. El taxista puso algo de mala cara al ver aquel maniquí teñido de azul, pero no dijo nada.
        --¿No cree usted que estamos haciendo una inversión económica algo grande de cara a la venta del maniquí, jefe? --me atreví a decirle a Harold, porque me veía que la carrera con el taxi subiría lo suyo.
        --Ya nos lo descontaremos de la declaración de la renta.
        El número 16 de Wempale Street parecía casi un sótano, ya que había que bajar unas escaleras para llegar a la puerta de entrada. Bajamos, llamamos y nos abrió un tipo barbudo, medio calvo y malencarado, que al ver a mi jefe, musitó:
        --¡Recristo! ¡La bofia!
        --Buenos días --saludó Harold--. Hemos visto el anuncio del periódico y como tenemos un maniquí con esas características...
        Pero antes de que acabara el tipo nos había cerrado la puerta en las narices de los tres (Harold, yo y el maniquí).
        --¡Atiza! --exclamó Harold--. ¡Vaya modales!
        --Es probable que el maniquí le haya parecido una porquería... Nos hemos pasado con la pintura, jefe...
        --Te habrás pasado tú, con tu puñetero temperamento artístico... No sé, aquí pasa algo raro, me parece. --Harold estaba con el ceño fruncido--. Voy a investigar.
        --¿A investigar? ¿Investigar el qué? Oiga, sujete el maniquí, que esto pesa.
        --Además, la cara de ese tipo que ha abierto no me resulta desconocida, pero no consigo situarla...
        --Jefe, creo que viene alguien hacia aquí --avisé.
        Un hombre cargado con un bulto grande se acercaba al número 16 de la calle. Nosotros nos escondimos a la vuelta de la esquina y vimos cómo llamaba a la puerta.
        --Seguro que lo que lleva es un maniquí --musitó Harold, observando el bulto que cargaba,  y que iba envuelto en una lona.
        Cuando abrieron la puerta del número 16, el tipo tuvo más suerte que nosotros, puesto que le dejaron entrar sin problemas a él y al maniquí.
        --Ya no podemos vender nuestro maniquí, jefe --dije con cierto desconsuelo.
        --¡Déjate de maniquíes! --exclamó Harold--. ¡Ya sé quién es el tipo que nos abrió!
        --¿Quién es?
        --¡Jack el Rubíes! Le llaman así por su especialidad en robar esas joyas. Se le supone complicado en varios robos últimamente, pero no se le ha podido probar nada. Y aún falta lo mejor. ¿Sabes quién era el individuo que ha entrado?
        --No, ¿quién?
        --Mickey el Palangana, otro delincuente, especializado en "limpiar" el género, de ahí lo de "Palangana", y a quien tampoco se le ha podido probar nada de los últimos robos que han ocurrido. Es evidente que algo está ocurriendo en la casa y hay que descubrir de qué se trata. Esto del maniquí es muy raro... ¿Ladrones interesados en maniquíes?
        --A lo mejor van a poner una sastrería...
        --No digas sandeces. Está bien. Demostraremos que somos valientes y entraremos en la casa.
        --¿Cómo?
        --Nos haremos pasar por fontaneros.
        Con otro taxi regresamos a la agencia, nos disfrazamos de fontaneros y volvimos a Wempale Street en un tercer taxi: la broma del maniquí ya subía demasiado a estas alturas.
        Yo me había puesto un bigote postizo, pese a la oposición de Harold que decía que con el bigote estaba absolutamente ridículo. Bueno, él con la barba y la calva postiza no estaba mucho mejor.
        Llamamos y nos abrió Jack el Rubíes, que al menos no pareció reconocernos.
        --Buenas --dijo Harold, con la voz atiplada--. Somos los fontaneros del Ayuntamiento. Venimos a repasar la instalación de la casa.
        --Pero si aquí no hemos llamado a nadie --gruñó El Rubíes.
        --No hace falta que llamen. El Ayuntamiento nos envía gratuitamente  por todo el vecindario para prevenir que las ratas no se coman las cañerías. No tema, no tiene que pagar nada.
        Sin dejar de gruñir, El Rubíes nos dejó pasar de mala gana.
        Al entrar, nos fijamos en que el maniquí que había acarreado Mickey el Palangana estaba tirado sobre el sofá de la salita. El Palangana lo tapó apresuradamente con su cuerpo. Sin hacer caso, como si no hubiéramos notado nada, Harold y yo nos dirigimos al cuarto de baño, cerrando la puerta con pestillo para que no nos interrumpieran.
        --Y ahora, ¿qué, jefe? --pregunté.
        --Ante todo, hagamos ruido para que crean que trabajamos.
        Abrimos las cajas de herramientas que habíamos traído con nosotros y sacamos útiles de fontanería, empezando a dar golpes con ellas por el cuarto de baño.
        --Hemos de averiguar qué esconde el maniquí que ha traído El Palangana. Sospecho que en su interior está escondido el producto del robo de la joyería Middleton, asaltada hace un par de semanas. El Rubíes debió de ser el asaltante, y necesitaba contactar con El Palangana, pasarle las joyas y que éste le dé el dinero luego. Así que en el interior del maniquí estarán las joyas o puede que el dinero que El Palangana haya sacado por ellas. Ese maniquí, o uno distinto para cada vez, es el "maletín", por decirlo así, que usan para no llamar la atención, y se avisan poniendo anuncios en el diario que nadie más pueda atender.
        De un golpe de martillo me cargué una baldosa.
        --Es un buen truco, el del anuncio --añadió Harold--, puesto que seguramente ambos tienen intervenido el teléfono por la policía, a raíz del atraco a la joyería.
        De otro golpe, me cargué otra baldosa.
        --Hemos de pensar un truco --musitó Harold--, antes de que se vayan... ¡Ya lo tengo!
        --¿Sí, jefe?
        --¡Dale un golpe a la cañería del agua! ¡Fuerte!
        --¿Y si me la cargo y se inunda la casa?
        --Exactamente eso es lo que quiero.
        Hice lo que mandaba Harold, y del martillazo me cargué toda la cañería. El lavabo empezó a inundarse.
        --Jefe, ahora recuerdo que no sé nadar. Aún soy joven para morir así.
        --No digas ridiculeces, el agua no nos llegará ni a la suela del zapato. ¡Vamos, salgamos de aquí!
        Abrimos la puerta del cuarto de baño y salimos de estampía gritando.
        --¡Eh! --gritó Harold--. ¡Oigan!
        --¡Fuego! --grité yo.
        --No, idiota, ¿cómo va a haber fuego? ¡Eh, oigan! ¡Que se inunda la casa!
        El Rubíes y El Palangana acudieron a nuestros gritos.
        --Pero, ¿qué cuernos pasa?
        --Las ratas han devorado una cañería --dijo Harold--. ¿Quieren mirar ustedes mientras yo compruebo en la cocina?
        No muy convencidos, los dos tipos se fueron al cuarto de baño, apresurándose a contener el agua con las manos y renegando de manera espantosa.
        Mientras, Harold ya estaba en el salón, estudiando el maniquí. Con la herramienta de fontanero que llevaba en la mano, le hundió el pecho y reveló la oquedad del mismo.
        En su interior, brillaban rubíes.
        --Ajá... Eso significa que El Palangana iba a llevarse el género para "limpiarlo" y volver luego con el dinero, o bien dentro de unos días. Vamos, Diógenes, salgamos de esta casa con el maniquí. Busca un taxi.
        --¿Otro taxi? Esto va a ser nuestra ruina.
        --Le daremos la dirección de Scotland Yard, y le cargaremos la factura al Yard. Tengo allí un amigo de mi época de juventud, Laurence Jameson, que ahora es superintendente de la policía. No habrá problemas cuando vea lo que le traemos.
        Nos largamos corriendo, mientras El Rubíes y El Palangana blasfemaban en el cuarto de baño que se iba inundando poco a poco...
     
    FIN.
     

    June 21

    GALERÍA DE MUJERES (23): ROSARIO CASTELLANOS: La voz de los marginados

    (C) 2006 by J. C. Planells
     
     
     
        El hombre es animal de soledades,
        ciervo con una flecha en el ijar
        que huye y se desangra
                        Rosario CASTELLANOS
     
    La primera vez que supe de la existencia de Rosario Castellanos fue al ver una breve cita de uno de sus versos que Mario Benedetti puso al principio de uno de sus libros, creo que era La borra del café. De eso hace ya bastantes años, pero aquellos versos me produjeron tal conmoción que desde entonces empecé a indagar sobre ella. Y es que en España, qué vergüenza, Rosario Castellanos es una absoluta y total desconocida: no sólo no se ha editado jamás ningún libro suyo hasta finales de 2004, sino que su nombre ni es mencionado apenas, y su obra editada en México se ha distribuido muy poco y muy mal. Sin embargo, es la primera figura femenina de las letras mexicanas, la autora sobre la que más tesis doctorales se han escrito, la que más ha influido en el mundo de la mujer como escritora, la animadora cultural que más ha hecho por los indígenas y la mujer... En fin, hablar en México de Rosario Castellanos es hablar de una gloria y un orgullo de la cultura nacional. Pero ya suelen ser habituales esos desconocimientos de grandes autores latinoamericanos en España: aquí sólo se conoce a los multiventas, a los que van de "estrellos" y poco más. Ni siquiera los descubridores oficiales de talentos latinoamericanos se han ocupado nunca de darnos a conocer a esta figura imprescindible de las letras no sólo mexicanas, sino castellanas. La "madre patria" escoge a sus hijos a su puro capricho. España y olé es así.
    Rosario Castellanos nació en 1925. La pérdida de su hermano menor a los siete años (sólo un año de diferencia con ella) marcó buena parte de su obra, pero también de su vida. Rosario aprendió que en México, país machista donde los haya, la mujer está sometida al hombre en todo, y el que la mujer sea blanca --como ella-- y de familia pudiente --como ella--, no cambia las cosas: la mujer en México tiene un status social sólo muy ligeramente superior al indígena. De niña aprendió cómo era la vida indígena (se crió en Chiapas, en una finca que sus padres tenían allí), y lo que significaba ser mujer a la muerte de su hermano: aunque era la mayor, el ser niña la hacia inferior a los ojos de sus padres, que apenas le prestaron atención. La muerte de ambos en 1948 supuso casi una liberación para Rosario, pues se puede decir que empezó a vivir en libertad, algo que ella apreciaba por encima de todo: la libertad de todos, sin distinción de sexo o clases sociales o razas o lo que sea.
    Estuvo en España (ese país que la ha ignorado olímpicamente) en 1951 para estudiar con Dámaso Alonso, y luego viajó por varios países. Ya había empezado a escribir hacia 1948, principalmente poesía, que es por lo que se la conoce mayormente, pero también algún relato corto. Uno de ellos sería el germen de su primera novela, Balún Canán, publicada en 1957, y basada en no pocos recuerdos de infancia. Escribiría varios relatos, reunidos en diversas recopilaciones, y un par de novelas más, así como teatro (junto con la poesía, lo más significativo de su obra) y ensayos, muchos y muy importantes ensayos sobre la condición de la mujer en la cultura mexicana (pero no sólo en la mexicana), sobre los indígenas, sobre literatura (incluyendo la literatura española, que conocía mejor de lo que España la conocía a ella). Algunos de estos ensayos son obras imprescindibles para cualquier mujer interesada en feminismo y cultura: Mujer que sabe latín..., por ejemplo, es una lectura obligada para cualquier feminista, mexicana o no, para cualquier mujer interesada en la problemática de la mujer en una sociedad que la considera algo aparte (y de los errores que muchas mujeres cometen al hacerse valorar por lo que no deberían: Rosario Castellanos tenía un agudo sentido crítico). Su sensibilidad, agudeza, ironía, su estilo directo, vindicativo, profundo, profético a veces ("Yo no voy a morir de enfermedad / ni de vejez, angustia o cansancio", dice en un verso de 1972) impregnaron toda la cultura mexicana, todas las letras de su época, y consiguieron que más que una escritora famosa se convirtiera --en vida y a su muerte-- en alguien venerado. Curiosamente, era muy crítica --injustamente crítica-- con su propia obra, desaprobando buena parte de ella de una manera que no podemos compartir (tenía pésima opinión sobre su genial pieza Tablero de damas), pero que sin duda la señala como mujer honesta que aspiraba a mejorar, a no conformarse con lo simple, a ir a por más. Ese espíritu crítico para consigo misma no suele ser algo que encontremos en muchos escritores, y menos hoy en día, que se pasan la vida cantando sus propias maravillas...
    Fue la voz de los marginados, como la define acertadamente Dora Sales en su estudio de la novela Balún Canán, la primera (y única por ahora) obra de Rosario Castellanos editada en España. Fue la conciencia de los indígenas, cuya marginación estudió y a quienes desde niña conoció y con quienes convivió. Como ella misma fue una marginada --por su condición de mujer en un país ferozmente machista, y por su condición de niña ante sus padres--, decidió ser la voz de todos los marginados, y aunque en su obra --poética o narrativa, ensayo o dramaturgia-- trate preferentemente de la marginación indígena y de la mujer (de la mujer blanca y de la mujer indígena), su voz, su defensa, su habla del marginado se extiende a todo el que se considere a sí mismo marginado por el mundo, por la sociedad o por un grupo de gente, sea por la causa que sea. Y todo ello expresado de manera clara, limpia, sencilla poética, firme, decidida, valiente.
    Rosario Castellanos se nos fue en 1974: tenía sólo 49 años de edad. Como muchos grandes escritores, como muchos grandes literatos de la república de las letras, murió cuando tanto cabía esperar aún de ella. Esas muertes tan prematuras de escritores (la lista es desoladoramente larga... y desoladoramente llena de nombres maravillosos...) nos parten el corazón. A México se le quedó el corazón herido al saber la noticia de que Rosario Castellanos ya no existía. Y su profecía de 1972 se cumplió: murió en Tel Aviv, donde era embajadora de México en Israel desde 1971, el día 7 de agosto de 1974, electrocutada en un infortunado accidente doméstico. Estaba en lo mejor de su vida: era feliz, se había divorciado de un matrimonio no demasiado feliz, tenía un hijo --una de las ilusiones de su vida, tener un hijo, puesto que una hija se le murió--, era respetada como escritora y había concienciado a México sobre la condición de la mujer y la situación indígena (aunque el tema de Chiapas sigue sin resolver, como es sabido), y había abierto caminos para mucha gente con sus trabajos y sus escritos, para que los siguieran y aprendieran de sus palabras y ejemplo.
    Se nos fue de esa manera tan inesperada. El crucigrama de su vida se quedó sin resolver, le faltó esa pieza a la que ella aludía en uno de sus versos.
     
             Cuando yo muera dadme la muerte que me falta
             y no me recordéis.
             No repitáis mi nombre hasta que el aire sea
             transparente otra vez.
                                          Rosario CASTELLANOS
     

          
     

    June 19

    LA MEMORIA Y EL TIEMPO


    (serie: Relatos autobiográficos - 19)

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
        Todo cuanto de malo se escriba sobre el proceso de envejecer es poco. Quizá lo menos malo sea que el ser humano no es consciente de ello hasta que se encuentra metido ya de lleno en él. Y entonces sí, entonces nota cómo las fuerzas van menguando día a día, sin que podamos evitarlo y todo cuanto hacemos, todas nuestras tareas, se vuelven más lentas, segundo a segundo.
        Ocurre también que no somos siquiera conscientes del envejecimiento de quienes nos rodean o nos han rodeado a lo largo de la vida: esa vecina a la que recordamos aún como joven casadera en nuestra juventud y con la que acaso jugamos alguna vez de niños; ese señor que nos parecía mayor cuando éramos unos críos, y que probablemente apenas llegaba entonces a los treinta años, y ahora lo vemos con bastón y andando dificultosamente; la dependienta de aquella tienda, que de jóvenes encontrábamos buena y apetitosa y que ahora se tiñe el pelo cuidadosamente en la peluquería, su cutis está algo ajado y usa gafas porque se ha vuelto miope; ese niño que vimos nacer de adolescentes y que ahora ya está casado y espera a su vez un niño: unos florecen y otros se van mustiando. Es curioso ese no darse cuenta del paso del tiempo en los demás hasta que caemos en ello un día, de manera inesperada, cuando nos encontramos a una de esas personas tras una pausa de diez años, o aunque sólo sea de siete. A veces miro al pasar frente a su bar a Albert, el dueño. Cuando lo conocí hace unos veinte años, su pelo era de ese rubio claro poco frecuente en los hombres (un poco al estilo de un Capri joven); ahora conserva el mismo pelo pero está manchado de plata. Supongo que se le ha ido agrisando poco a poco, día a día, sin que se notase hasta que un día caes en ello; su mujer, guapa y delgada cuando la conocía, empieza ya a andar algo encorvada y sus ojos no brillan tanto. Pero cuando es alguien a quien no hemos visto en largo, largo tiempo, y a quien recordamos lleno de vitalidad y energía, al verlo con sus movimientos más lentos y una expresión algo menos animosa, y con un rostro en el que hay diferencias --"novedades"-- respecto a lo que teníamos presente en el recuerdo, nos sorprendemos... ¿nos sentimos engañados? El tiempo ha pasado y no lo hemos visto ni llegar.
        Creo que Josep Pla escribió en una ocasión un artículo sobre las penurias del envejecer. No lo he leído, pero me lo comentaron por encima. Sin duda será un magnífico artículo, veraz y doloroso; Pla conocía el proceso de vivir, porque se dedicó a observar la vida una vez se hubo cansado de vivirla de manera activa; es decir, a observar la vida de los demás y el transcurrir del tiempo. A uno le cuesta aceptar que las fuerzas disminuyen, que ya no rendimos como antes, que nuestro entendimiento parece funcionar al ralentí, que nuestra vista se fatiga y nuestro oído ya no capta con la brillantez de antes. Empezamos a perder el interés por cosas que antes nos parecían fundamentales, imprescindibles, sin las que parecía imposible vivir. Se nos olvida para qué existen las mujeres en el mundo; de hecho, nos preguntamos porqué se nos va detrás la mirada si no recordamos el motivo, y si lo recordamos, nos invade un cierto mal humor. Las graves preocupaciones de los demás se nos antojan solemnes tonterías, en el mejor de los casos. Olvidamos que ellos, los que están varios escalones más abajo nuestro en edad, están viviendo su vida y la quieren feliz, sana, activa y completa. Ahora invertimos cinco minutos en algo que resolvíamos en menos de cuatro (y mañana serán seis); no entendemos cómo funciona esto o aquello; las nuevas tecnologías nos dan miedo, simplemente porque somos incapaces ya de aprender a usarlas (porque las células del cerebro no se renuevan: es algo que olvidamos). Nos sentimos felices porque podemos usar un DVD ágilmente y sin problemas (de momento), y nos sorprendemos de que un señor que tiene veinte años más que nosotros sea incapaz de entender el manejo de algo para nosotros tan simple...
        Recuerdo que a mi padre le costaba entender el funcionamiento de un vulgar teléfono. Al principio sí lo entendía, cuando lo instalaron en casa a mediados los años sesenta, pues al fin y al cabo era para que él lo usara para su trabajo por lo que se instaló (ahora parece extraño haber vivido tantos años sin teléfono, y lo cierto es que ni recuerdo cómo se solucionaba cuando había necesidad de él). Pero, con el paso del tiempo y a medida que envejecía, se equivocaba siempre al marcar un número. De cuatro llamadas, en tres marcaba mal y se enfurecía, asegurando que había marcado correctamente el número. Verle tratar de hacer una llamada telefónica pasados los ochenta años era un espectáculo sencillamente penoso: hacía toda una ceremonia de encontrar el número en la agenda, anotarlo luego en un papel aparte, marcarlo en el disco... ceremonia que podía alargarse muy bien sus cinco o seis minutos (para luego haberse equivocado al marcar o al escribirlo, y no atreverse a repetir la llamada). A veces, incluso le daba miedo tomarlo cuando llamaban. Puesto que murió antes de que existiera internet, no sé qué pensaría de los ordenadores y de todo ese mundo. Su frase favorita era "Yo ya no veré nada de eso", cuando se hablaba de posibles avances tecnológicos, o incluso sociales: los rehusaba todos no porque no le gustasen, sino porque su cerebro era ya incapaz de entender cómo emplear o usar los avances de que era testigo o qué representarían las mejoras sociales (o no mejoras) de que a veces se hablaba en la tele o en charlas. Como es lógico, nadie --empezando por mí y por una cretina llamada Joss, majadera imbécil que con el cuento de ayudarle se burlaba de él, aunque se lo cobró a fondo-- entendía su conducta y lo tomábamos a chacota. Nos parecía la mar de divertido ver a un anciano que se armaba un lío para llamar o contestar a un teléfono, el artilugio más simple de nuestro siglo veinte. 
        Envejecer es, realmente, no estar a tiempo de nada; no tener ya capacidad de aprender nada y sí de desaprender día a día algunas cosas que antes sabíamos hacer y que se nos vuelven inesperadamente complejas, como si se resistieran a nuestras menguantes fuerzas. No es tampoco un espectáculo agradable para los testigos de ese deterioro: vemos cómo merman las facultades, las energías, de personas a las que conocimos de otra manera y de las que aprendimos no pocas cosas. Mi padre, que se cansaba sólo de andar quince metros a costa de un gran esfuerzo, era la misma persona que cuando yo no tenía ni diez años de edad me llevaba de excursión a pie por Las Planas o Vallvidrera, y yo a los cinco minutos no podía epanas con mi alma mientras que él seguía a pie firme. Vemos cómo se desinteresan poco a poco de algo que antes les fascinaba o les atraía; cómo prefieren la comodidad y el reposo a la actividad y la comunicación. Recuerdo a una amiga que le echaba unas broncas monumentales a su madre cuando, al haber comprado por fin un televisor para el hogar, se pasaba las horas muertas al volver del trabajo con la mirada clavada en la pantalla. Mi amiga rondaba los cuarenta años, así que su madre estaría por los sesenta. Mi amiga estaba furiosa: eran una familia moderna, progre, antisistema, y en su casa nunca había habido tele porque les repugnaba y era cosa de burgueses --estoy hablando de hace unos dieciocho años, más o menos...--. Así que el ver a su madre regresar del trabajo y aposentarse en un sillón para mirar la tele la ponía furiosa y le empezaba a gritar y a echar broncas porperder el tiempo en tonterías. Traté de razonar con mi amiga alguna de las veces en que fui de visita a su casa y me encontré con ese panorama. Procuré hacerle entender que su madre se hacía mayor, que volvía cansada del trabajo y en casa ya no estaba más que el marido, encerrado en la biblioteca leyendo libros de política y filosofía, así que no le quedaba otra distracción a una mujer que había visto a sus hijos crecer, casarse y marchar de casa. No había manera; mi amiga no aceptaba o no quería aceptar lo que yo le decía; por aquel entonces, ella estaba viviendo en casa de sus padres con sus dos hijos, tras un matrimonio (o dos) fracasados, lo cual obviamente significaba trabajo extra (y discusiones extra) para la madre de mi amiga al volver del suyo. En fin, cuando encontraba a su madre enfrascada mirando la tele empezaba a darle la murga plantada a su lado, aunque la verdad es que no conseguía que le hiciera el menor caso, y yo por mi parte me cansé de intentar que entendiera que la gente, al hacerse mayor, cambia sus costumbres, sus intereses, su forma de vivir, y a gritos no se les convencerá de nada... Para mi amiga, su madre era algo así como una traidora vendida al sistema burgués.
        Por extraño que pueda parecer el comportamiento de esta amiga, he visto otros parecidos, iguales o peores. Gente que esperaba que sus mayores se comportaran como veinte años antes y siguieran haciendo lo mismo y con las mismas fuerzas. Lorenzo de Arabia, del que ya he hablado otras veces, trataba a su padre a patadas casi, llamándole "viejo" a gritos cuando el hombre, con más de setenta años, cometía un error en la tienda, o le robaban libros sin que se diera cuenta. Le echaba unas broncas espantosas, le insultaba y le avergonzaba ante la gente que entraba en la tienda. "Ese estúpido, porque no es más que un viejo estúpido, se queda embobado mirando el periódico y haciendo el crucigrama, y mientras unos sinvergüenzas se le han llevado toda la colección de Asterix ante sus narices." Es curioso todo esto, que, simplemente, raya en la crueldad. Y volviendo a esa amiga que abroncaba a su madre por el tema de la tele: a los veinte años follaba como una coneja, pero a los cuarenta, cuando le echaba esas famosas broncas, me dijo que "se me han pasado las ganas de follar hoy en día" (confieso que yo me la quería tirar, ¿para qué mentir?). Lo cual quiere decir que no era consciente de sus propios cambios, pero no aceptaba los de su madre.
        Cuando yo era niño, y luego de adolescente también, observé un fenómeno que quizá haya desaparecido, aunque no estoy seguro del todo. La gente mayor de entonces, de mi niñez y adolescencia, profesaba un odio feroz y una rabia intensa a los adolescentes, a los jóvenes en general. Éramos unos pervertidos, inconscientes, sinvergüenzas, maleducados, desagradecidos que nos hubiéramos merecido pasar una guerra y conocer el hambre y la miseria, unos gamberros, chabacanos, golfas --en el caso de las chicas o niñas--, marranos, y cuanto quepa imaginar. A raíz de eso empecé a tomar inquina a la gente mayor porque no entendía los motivos de aquella rabia y aquel odio. Y empecé a temer que de mayor me volviera como ellos, una persona odiosa, que despreciara a la gente joven por motivos desconocidos como lo fueron los suyos. ¿Era así como funcionaba la vida? ¿Es así como debe funcionar? Bien, he conseguido pocas cosas en la vida --una o ninguna--, pero al menos he conseguido no ser como aquellos viejos o gente mayor de mi niñez y adolescencia. Tampoco es que tenga mucho mérito, pero, en fin... No sólo no me molestan los niños y adolescentes de hoy sino que me inspiran ternura, afecto, simpatía. Puede que por no tener hijos, no lo sé. Ver a una niña diminuta correr tras su madre, o a un bebé llevado en su carrito, o a un grupo de adolescentes salir hablando a gritos del instituto o a unos jóvenes encontrarse en la calle Tallers y charlar de sus cosas, todo esto es algo que me llena de felicidad y de esperanza, si bien no sé de qué clase de esperanza se trata. Puede que sea envidia de su juventud, su fuerza y su alegría; añoranza de lo que hice en sus tiempos (o de lo que no pude hacer); deseo de que no hagan de nuestro mundo un cúmulo de idioteces como hemos hecho nosotros. Quizá sea el idealista que aún se oculta en mi interior, ese que cuando encuentra a alguien de mi edad, más o menos, que habla mal de los jóvenes de hoy, salto yo en defensa de ellos. Me temo que he desperdiciado la vida defendiendo a otros, a demasiada gente, en lugar de defenderme a mí mismo, que hubiera sido lo más lógico, pero la lógica es algo que nunca he entendido y que en los tests psicológicos he fallado en todas las respuestas. En todo caso, creo que es un pequeño triunfo, como digo, no haberme vuelto como aquella gente mayor amargada de mi niñez, aquel montón de seres crueles y despectivos, rencorosos y malhablados. Aún hay tiempo, por eso.
        Pero el otro drama de envejecer es la hipocresía bienintencionada (y a veces malintencionada también) que rodea a quienes envejecen. Me refiero a esas personas que te dicen "Usted es aún joven". Y una mierda. A mi edad ya no soy joven para conquistar a una mujer (y teniendo en cuenta que las mujeres hoy son más atractivas que las de mi tiempo...); no soy joven para ningun actividad deportiva (que no sea jugar al mus o a la petanca); no soy joven para aprender un trabajo nuevo o buscarlo en alguna empresa; no soy joven para responder a algunas encuestas: a partir de los 55 años, ya no interesas como sujeto de encuestas; tampoco soy joven para viajar (algo que no me gustó ni siquiera de joven...), e ir de allí para allá arrastrando maletas, corriendo tras aviones o trenes; pero eso sí: los bienintencionados te dicen "Usted es aún joven", para darte ánimos.
        En la otra orilla están los malintencionados, los sinvergüenzas, por decirlo claramente: los que te dicen que eres joven a fin de extraer un beneficio de ti, por puro interés crematístico, por ambición. No daré ejemplos (ni nombres...), porque me deprime darlos y me repugna esa gente. Para ellos, eres un chaval y estás en la flor de la vida, con tal de que puedan aprovecharse de ti y timarte. Esa gente, normalmente, son de profesión abogados, constructores, gente que vive de la especulación, las inversiones, el engaño y el robo declarado. Y no entremos más a fondo en el tema.
        Envejecer supone también extrañas sorpresas: el olvido de las cosas, el no saber cuándo has hecho algo por última vez. Eso debe ser terrible. El cine al que ibas siempre, y al que un día irás por última vez, sin saberlo; el último estreno teatral al que asistirás; la chica o lo que sea con que te acostabas alguna vez, y que cuando lo hiciste por última y definitiva vez, no sabías que lo era, y luego lo lamentarás y lo echarás en falta a medida que pase el tiempo... Si lo hubieras sabido, ¿habrías estado más afectuoso, más entregado? ¿Habrías disfrutado más? La última vez que habrás subido a un tren, o que te habrá llevado un amigo en su coche... La última vez que fuiste a esa playa, precisamente a esa playa que ha sido tu favorita toda la vida, esa y ninguna otra... Se acabó el rumor del mar y ver el atardecer cuando la playa se va quedando desierta y la barca viene para recoger a los rezagados... Y aunque hubiera otras playas, no serían la tuya ni el mar el mismo mar. Nos pasamos el tiempo coleccionando últimas veces de todo cuanto hacemos y forma nuestra vida, y no sabemos que lo son; y si lo supiéramos, puede que enloqueciéramos.
        El olvido de las cosas, o el tropezar con extraños recuerdos olvidados: ¿cómo pude olvidar esto?  Quizá, cuando se es escritor, esto reporta sorpresas agradables. Descubres viejos papeles antiguos, con escritos tuyos que te recuerdan algo. El haber guardado desde siempre las redacciones escolares que el profesor nos ordenaba hacer, cuando tenía entre diez y catorce años, transcritas a máquina durante mi primera juventud, me permite revivir toda una serie de recuerdos olvidados y que de hecho ya no me pertenecen a mí siquiera, sino a una persona --un niño, un adolescente-- que ha dejado de existir. En otros tiempos, tomé la costumbre de releerlos cada tres o cuatro años para revivir lo en ellos narrado. Pero abandoné esa costumbre cuando empecé a no conocer --a no reconocer-- a la persona que los escribió, al niño de diez o doce años que las redactó, hablando de su clase, de sus profesores, su casa, su calle, la familia... Me da la impresión de que pertenecen a un tiempo paralelo, de un mundo paralelo, algo que no existió jamás. Es un mundo roto y perdido el que asoma en aquellas redacciones escolares, y, lo peor de todo, me habla de un futuro --de unas posibilidades-- que jamás llegaron a cristalizarse. De una vida normal que jamás ha existido, puesto que mi vida --mi "no-vida", sería mejor decir-- lo ha sido todo menos normal. Y a veces, releyendo esas redacciones, u otros papeles con anotaciones personales --mis diarios de viajes y excursiones entre los dieciocho y veinte años--, me causa asombro lo que se cuenta en ellos. No son cosas extraordinarias, son detalles sueltos que formaron parte de un tiempo y un pasado desaparecido de la memoria. ¿Cómo pudimos olvidar esa conversación? ¿Esa broma, ese encuentro? ¿Esa anécdota cómo se nos fue de la memoria? Está ahí escrito, escrito justamente en el momento en que ocurrió, o al poco tiempo, y la desazón que produce releerlo es casi desgarradora. No hace mucho, al encontrar unas páginas cuya existencia tenía más que olvidada, en las que iniciaba un intento de autobiografía cuando tenía dieciocho años (yo era muy raro a los dieciocho años), descubrí que mi recuerdo del primer relato que escribí, "El rifle del sheriff", no se correspondía con lo que yo había comentado hace poco en un par de ocasiones --una en la presentación de un relato para una antología y otra en este mismo blog--, sino que era más antiguo de lo que pensaba, y luego, pocos después, aún encontré otro documento, escrito a los veinte años, mucho más completo sobre la escritura de ese relato y sobre todo cuanto ocurrió en la clase aquella vez. Fue una profesora y no un profesor quien me estímulo a escribirlo, la que me obligó a leerlo, y la que incluso hizo que otro chico lo representara mientras yo lo leía. ¿Cómo pude olvidar que fue una mujer la primera persona que me impulsó y animó a escribir cuando yo apenas tendría siete años? ¿Qué fue lo que motivó ese impulso por su parte? Tuve una profesora en aquel instituto que se llamaba Julia: ¿fue ella? ¿o fue la que estuvo en la siguiente clase? Y si uno puede conseguir conservar esos recuerdos gracias a anotaciones escritas cuando  nuestra memoria era mejor, más fresca, más cercana a los hechos (hay menos distancia entre mis dieciocho o veinte años y los siete o así en que escribí el cuento, que ahora, a mis casi cincuenta y siete), la espantosa pregunta es: ¿cuántas cosas que desearíamos recordar para siempre se nos han olvidado? ¿Cuántas se nos irán olvidando en el paso del tiempo? Las perderemos todas y, al final, nos quedaremos sin nada. Y entonces, posiblemente, seremos felices porque lo habremos olvidado todo y no podrá dolernos recuerdo alguno.

    FIN.
     

    June 17

    LA NOVELA POLICIACA FRANCESA

    (C) 2006 by J.C. Planells
     
     
    Si el fantástico argentino deriva en gran parte de Jorge Luis Borges, como los mismos autores reconocen, a mí me parece que la novela policiaca francesa deriva en gran parte de Simenon, por más que fuera belga de origen. Simenon da la impresión de que escribía sus novelas, tanto la serie Maigret como las llamadas "novelas duras", de cintura para abajo; es decir, atendiendo antes a los placeres sensuales (y esto incluye tanto a la gastronomía como al sexo, pero un sexo duro y seco, un sexo un poco guarro, con olor a braga sucia y calzoncillo rijoso, la mujer sin depilarse y el hombre sin haberse duchado antes --ni luego--) que no a otra cosa, o situando esos placeres por encima de los demás, como motor y fondo de todo.
    Los autores franceses de novela policial son, pues, o bastante sucios o bastante granguiñolescos; no parece haber otro estilo de novela policial francesa (o al menos, de la que conozco: no habiendo leído a Pierre Very, entre otros, no puedo opinar de la totalidad, pero sí de lo más representativo y de lo que conozco). Si la escuela de bajas pasiones (es que no se me ocurre otra manera de llamarla) deriva de Simenon, la granguiñolesca deriva de Gaston Lerroux, quien seguramente recogió el testigo de Xavier de Montepin, a quien ya dediqué un artículo anteriormente en este blog.
    Boileau-Narcejac (dúo de autores), Jean-Patrick Manchette, y la mayoría de autores de la serie negra de Gallimard, Frederic Dard y varios más, popularescos o pretenciosos, cultivan a su manera ese estilo "granguiñolesco", y algunos le dan incluso el toque guarrín de Simenon. Este granguiñolismo parece exclusivo de Francia, y llega a la actualidad. Recuerdo que Destino publicó hace pocos años una novela de una autora francesa actual, Brigitte Aubert, titulada La muerte acecha, narrada subjetivamente a través de una protagonista que es ciega, sorda, muda y va en silla de ruedas, una intriga descabellada, mezcla de Cornell Woolrich y Boileau-Narcejac, uno de esos imposibles que sólo pueden ser escritos en Francia y en ningún otro país.
    Incluso la serie negra pura y dura tiene ese toque marranón, si bien aquí repleto de violencia, una violencia exagerada que consigue el milagro de aunar el granguiñol con la guarrez; es lo que hace Manchette, por ejemplo, entre muchos otros: mezclar ambas corrientes.
    Quizá sea porque en Europa, teniendo otro concepto de la vida y de todo, primen los comportamientos sensuales (hay detectives europeos gastrónomos, pero no conozco ninguno americano que lo sea... Claro, comiendo pizzas a cada momento o en McDonalds...). En todo caso hay una cierta semejanza de raíces en estos autores, en esta clase de novelas: tanto si es novela negra (o polar, como gustan de decir ellos) o simplemente policial a secas.
    Yo he de confesar que me cansa tanta insistencia en las bajas pasiones (incluyo entre las bajas pasiones a la gastronomía, que me parece una idiotez como una casa, pero que la sociedad hedonista de la segunda mitad del siglo XX ha elevado casi a los altares: ya lo pagaremos, ya; porque, al fin y al cabo, no olvidemos que el destino "final" de una excelente comida es el mismo que el de una mala...). Cansa tanto sexo maquinal, tanta braga sucia, tanta mujer tirando a madura que fuma apoyada en una esquina de la Rue Pigalle, tanto individuo que mira antes la anchura de caderas de una mujerona (en Simenon hay muchas mujeronas) que no el color de su pelo u ojos.
    Como también cansan esas intrigas grotescas y retorcidas de los cultivadores de la vertiente granguiñol. No hay verosimiltud en historias tan absurdas, retorcidas, alambicadas, sin pies ni cabeza. Lerroux, Boileau-Narcejac, Brigitte Aubert (la de la muda-sorda-ciega-paralítica), Frederic Dard (El montacargas era una buena mezcla de granguiñolete y guarrería...)... Recuerdo que John Dickson Carr incluso situó la acción de algunas de sus primeras novelas detectivescas en París, un París de granguiñol, también. Luego, abandonó aquello por sus novelas situadas en Inglaterra o Estados Unidos, y aunque todas ellas tenían el toque Dickson Carr, lo cierto es que sus policiales parisientes realmente conseguían resultar sólo posibles en Francia: El crimen de las figuras de cera es un ejemplo muy claro de ello, crímenes en un museo del horror por figuras vivientes, etc. etc.
    Lo curioso, pienso yo, es que por un lado, el granguiñol es una figura expresiva del pasado; por otro, la novela guarrona y sensual (gastromonía más sobeo de mujeronas) pertenece a la modernidad. Y esa suma produce realmente un resultado extraño. ¿Se imagina alguien una novela en que se aúnen ambas tendencias? Horreur me produce sólo pensarlo.
    En fin, es una escuela policial como otra, supongo, pero...
     

    June 16

    HARLAN ELLISON: POR SUS PROPIOS MEDIOS

     
    (c) 1983 by J.C. Planells
     
     
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    [Nota de 2007: Este texto forma parte de un artículo sobre Harlan Ellison que se publicó en el número 7 de Fan de Fantasía, enero de 1983. El resto del artículo correspondía a un comentario sobre la recopilación de relatos Partners in Wonder, que se ha ofrecido aparte en este blog. Debo decir, respecto de este artículo, que aunque lo sigo considerando válido, curiosamente en él se refleja cómo era el fan de ciencia ficción español --aunque no sólo español-- en la època en que fue escrito...]
     
     
    Tal como dice la conocida frase, de no existir un Harlan Ellison, habría sido preciso inventarlo.
    Indudablemente, todos los aficionados a la ciencia ficción son plenamente conscientes de la revolución que para el género supuso la revista británica New Worlds durante la década de 1960. Pero también ha de serlo de la acción paralela (aunque no derivada) que a dicha revista efectuaba en Estados Unidos Harlan Ellison, un hombre formado en el campo del fándom, autor prolífico durante los años cincuenta, guionista igualmente prolífico de series de televisión algunos años después y, finalmente, escalador de las más altas cúspides del género ya al inicio de los años setenta.
    Esta acción paralela, sin embargo, y tal como señala el estudioso y editor Donald Wollheim en su obra The Universe Makers, no debe ser confundida ni mucho menos con los experimentos de New Worlds. Si bien ya hablaremos sobre las características narrativas de Ellison, lo cierto es que su revolución del género fue mucho más positiva, y a la larga también más creativa e impulsora, por cuanto de hecho, Ellison escribía literatura (discutible, pero literatura), en tanto que sus colegas británicos (y algún yanqui también) se perdían en re-experimentos de fórmulas literarias ya olvidadas o desusadas, y que culminaron finalmente en una saturación de textos incomprensibles que llevarían a la fórmula New Worlds a extinguirse silenciosamente sin que nadie recogiera la antorcha (antorcha que en realidad se había apagado ya a principios de la década de 1920 y que ahora se trata de encender de nuevo, mira por dónde, en España, en un momento en que el dadaísmo y el surrealismo literario forman parte de los libros de texto de cualquier estudiante de BUP y COU, y en que el padre de quien esto escribe es requerido con frecuencia también para que explique sus experiencias en aquellos lejanísimos  años. No deja de ser alucinante, pero es también comprensible en un país como éste que tantos años lleva de retraso en tantas cosas). [Nota de 2007: Recuerdo al lector que este texto se escribió en 1982 y se publicó en 1983...]
    Sigamos con lo nuestro. La fórmula Ellison arrolló, y en buena parte gracias también a la personalidad del autor, excelente publicista de su propia persona, como un nuevo Asimov, entrometido infatigable que trataba de meterse (y se metía) allá donde hubiera algo que realizar y valeroso alentador de nuevos valores que, influenciados por él como autor y como persona, se lanzaron a escribir ciencia ficción bajo estas nuevas fórmulas.
    ¿Quién era Harlan Ellison y de dónde venía? Nacido en 1934 y tras una agitada juventud y adolescencia (con él llegaba el escándalo a todas partes), se inició como escritor tras descubrir como lector la ciencia ficción, en buena parte por tozudez, ya que tras seguir un curso de creación literaria en la Universidad de Ohio, su profesor estimó, y así se lo dijo, que carecía por completo de talento literario. Ellison manifestó a su vez la opinión sexual que le merecía el profesor y fue elegantemente expulsado de la universidad. No deja de sder divertido como anécdota, pero también revelador a su vez como trasfondo de su real estilo literario, al que ya me referiré.
    Durante los años cincuenta, Harlan Ellison fue, al igual que su amigio Robert Silverberg, una máquina de escribir viviente, llegando a emplear también una infinidad de seudónimos, algunos de ellos tan alucinantes como Nalrah Nosille, Derry Tigerr, Jay Solo o Cordwainer Bird, como vago homenaje a su admirado Cordwainer Smith. Y al igual que ocurre con Silverberg, buena parte de su producción de estos años, a tope, no tenía gran relieve ni aportaba revolución alguna, si bien muchos de ellos (entre los centenares de relatos que produjo, por narices debía haberlos) ya evidenciaban de forma clara e indudable su "marca de fábrica" posterior y su incidencia en la violencia, en lo sanguinario, lo cruel, lo morboso y lo desafiadoramente audaz. Para el estudioso y completista, es evidente por tanto que pueden y deben examinarse con interés. Por desgracia, no muchos de ellos son conocidos en castellano, pero podemos mencionar su novela corta El predestinado (Doomsman), publicadas en 1958 en la revista Imagination SF, y editada en español por Novaro de México en una poco divulgada colección del género. Si bien el interés de la novela es simplemente discreto, nos ofrece un buen ejemplo de las preocupaciones e inquietudes del autor en su protagonista, un asesino profesional del futuro que con pocas variaciones irá apareciendo a lo largo de los años en otros relatos.
    A finales de los cincuenta y durante buena parte de los años sesenta, Harlan Ellison se dedicó intensivamente a combinar sus trabajos para la ciencia ficción en revistas y fanzines, con sus guiones para televisión, en series como Los intocables, Alfred Hitchcock presenta, Route 66, Star Trek o The Man from UNCLE. Uno de ellos le valió un premio Hugo a la mejor dramatización; fue por el episodio "Las ciudad en el abismo eterno" ("The City on the Edge of Forever"), emitido en 1967, pero que sufrió notables cambios, recortes y alteraciones en manos de los productores y responsables de la serie, lo cual, lógicamente, enfureció a Ellison, que manifestó que de lo que restaba sólo había un escaso cincuenta por ciento suyo. Pese a ello, Ellison fue recompensado con el Hugo. Una fotonovelización de este epidodio fue publicada en castellano no hace mucho por una multinacional sudamericana.
    La televisión, sin embargo, es un medio ideal para destrozar al mejor autor, al obligarle a producir en masa por dinero y para series fabricadas como si fueran tapones de botellas: una tras otra. Algo mejor es el cine, donde también Ellison realizó sus pinitos, si bien no hay nada destacable en ese campo de su obra, en donde no fue tan prolífico como en otros. La televisión, igualmente, conlleva el riesgo de quemar al guionista, precisamente por obligarle a producir y producir constantemente. Y con ello el otro riesto de marcar su hacer en otros terrenos más creativos. No parece haber ocurrido esto con él, por lo menos en gran manera. Es bueno tener en cuenta que en Estados Unidos un guionista de televisión viene a ser el equivalente hispano del novelista "de a duro". Por supuesto, estamos hablando de guionistas de series.
    La definitiva explosión del genio de Ellison tuvo lugar ya a mediados de los años sesenta. En esa década, afianzándose cada vez más como singular escritor de relatos y cuentos cortos (la novela no ha sido nunca su terreno de trabajo predilecto y desde luego es el menos explotado por Ellison), llamaba cada vez más la atención de lectores y profesionales. Empezaban ya a aparecer esos relatos audaces, impactantes, jeroglíficos, revulsivos, descaradamente violentos y en muchos casos paranoides, que le llevarían en pocos años a acaparar Hugo tras Hugo, y que llevarían a toda una serie de autores a seguirle por los mismos caminos que él iba abriendo. No estaba nada mal, puesto que precisamente nos adentrábamos en una época en la que todas las artes (cine, música, literatura) parecían estar llamadas a realizar sus respectivos cambios y evoluciones hacia nuevas formas de expresión y diferentes temas a expresar.
    Ellison trasplantaba también a sus relatos su forma propia de ser como ente humano y como fan en los primeros años: vehemente, mordaz, despreciativo, ufano, revulsivo y un poco en el fondo de todo ello, un niño grande (no por razones de su estatura física, desde luego, sino de su propio carácter). En las convenciones americanas había desempeñado siempre el papel del necesario "enfant terrible". Al profesionalizarse, simplemente trasladaba todo aquello al papel y también a la línea ejecutoria de sus trabajos como editor, antologista, crítico y prologuista de los libros de sus amigos escritores.
    Consciente de esa revolución que se debía introducir en la ciencia ficción, Ellison concibe en 1965 una ambiciosa antología que rompa todos los moldes habidos (y por haber) del género. Y se lanza a ello de cabeza. Selecciona autores --con un criterio muy especial-- entre sus amigos, conocidos, competidores y gente incluso no vinculada a la ciencia ficción; les pide un relato de ciencia ficción totalmente libre de trabas, tabúes y censuras. Que escriban lo que les dé la real gana. Y así, con treinta y dos autores y treinta y tres relatos, ve en 1967 la luz Visiones peligrosas (Dangerous Visions), que estremeció el campo de la ciencia ficción con mucha mayor efectividad de lo que por ese entonces hacía New Worlds. Se cumplía la frase que Ellison escribía en el prólogo de la antología: "Con un poco de suerte, esto no será una antología, sino una revolución". Se ha hablado ya mucho respecto a esta antología, y aún seguirá hablándose de ella, puesto que hizo historia en el género. Bastantes de sus relatos hablan por sí mismos, y con ellos los Hugos que recogieron. Colaboraciones como las de Philip Farmer, Del Rey, Sturgeon o Kris Neville eran revolucionarias, novedosas, insólitas o escandalosas, tal como el antologista buscaba y deseaba. Los campos por los cuales discurría la ciencia ficción desde entonces ya no serían los mismos del pasado, para mal de nostálgicos, hasta tal punto que, a años vista, incluso la antología de Ellison parece poco notable, tanto a evolucionado el género. Pero era la llave destinada a abrir definitivamente una puerta, por la que muchos esperaban cruzar.
    El éxito fue tal que, con el tiempo, Ellison preparó nuevas antologías sobre las mismas bases: Again Dangerous Visions y Last Dangerous Visions, donde aparecían autores noveles, autores que no habían tenido cabida en la primera antología u olvidos --quizá voluntarios--, como Clifford Simak. Sin embargo, el impacto de Dangerous Visions sería muy menor, por cuanto explotaba una fórmula única, irrepetible y que, francamente, no tenía mucha razón de continuidad, a no ser para reparar olvidos, como queda dicho, o presentar a autores principiantes. En cuanto a Last Dangerous Visions aún está sin publicar actualmente.
    [Nota de 2007: El párrafo anterior está revisado y corregido respecto a la aparición de este artículo en 1983, pues se deslizó un serio error en el mismo. Cabe añadir, de pasada, que Last Dangerous Visions todavía sigue sin publicar hoy día tras casi un cuarto de siglo o más de su preparación, que no pocos de los autores en él presentados incluso han fallecido, y que otros han intentado en vano recuperar el relato que ofrecieron para el libro, a fin de publicarlo en otra parte.]
    Además de facilitarles Hugos a sus autores amigos, Ellison de dedicaba también a recoger los propios, que no eran pocos, ciertamente. Hugos y Nebulas por relatos como "Arrepiéntete, Arlequín, dijo el señor Tic-Tac", "No tengo boca y debo gritar", "La bestia que gritaba amor en el corazón del universo", "Un muchacho y su perro"; todo esto entre 1966 y 1969. Años más tarde, vendrían los premios por "A la deriva ante los islotes de Langerhans: latitud 38º 54`N, longitud 77º 00`13" O", "El pájaro de la muerte", "Jeffty tiene cinco años", y para variar un poco, un Edgar otorgado por la Asociación de Escritores de Misterio por "El llanto de los perros azotados". ¿Tendrá suficientes alacenas Ellison para tanto premio? Teniendo en cuenta que algunos eran Hugo y Nebula a la vez, y que "Jeffty tiene cinco años" se llevó además de estos dos, un Jupiter... El talento literario que no le reconociera en sus tiempos aquel profesor, le valía ahora premios por todas partes. No deja de ser irónico.
    Pasemos ahora a hablar de lo que es Ellison como escritor. Es un autor de despierta en el fan español admiraciones moderadas y odios inmensos. Especialistas como Carlo Frabetti no han ocultado nunca el malestar casi físico que le producen sus relatos (o la inmensa mayoría, al menos). Es algo bastante explicable, por cierto, y nada extraño si tenemos en cuenta que Ellison sería más justificable en Francia que en Estados Unidos. Y no es extraño, por tanto, que allí goce de las declaradas simpatías de los "Humanoides Asociados", con todo lo que ello lleva implicado de por sí, habiendo sido quienes lo han acaparado con la edición de sus Obras Completas, como si temieran que alguien se lo arrebatara.
    Personalmente, Harlan Ellison me produce una curiosa sensación. Su forma de escribir me recuerda a la de esos novelistas que aparecen en ciertas películas u obras de teatro, dispuestos a comerse el mundo y a revolucionar todo lo revolucionable, esos escritores inmersos en su "angustia vital", que más que escribir parecen golpear al mundo con las teclas de su máquina de escribir, y que luchan, combaten y se desesperan porque su talento les sea reconocido y su obra cause impacto en el público. Ello tiene su origen en la obra en sí, en el estilo de que Ellison hace gala en la mayor parte de sus relatos.
    En esa obra, los enfoques, la narrativa, tienen un trasfondo grandilocuente, aparatoso, teatral, salvaje, casi a martillazos. Clarísimos ejemplos de ello son cuentos como "La bestia que gritaba amor en el centro del universo" o "Arrepiéntete, Arlequín, dijo el señor Tic-Tac" (los títulos de muchas de sus historias son todo un poema... no tienen desperdicio y son claro reflejo de lo que es y representa la obra del autor). Ellison parece haber querido superar esa "falta de talento" de la que se le acusara, apabullando al lector con giros teatrales, con aspavientos literarios y relámpagos narrativos. Este es el principal defecto de su obra. No todos los relatos, afortunadamente, inciden en ello, y no deja de ser sorprendente, en un escritor como él, hallar historias (y bastantes) más sencillas, más calmadas, con mucha menos --o ninguna-- tramoya efectista. Estoy pensando concretamente en "Jeffty tiene cinco años", un relato que debiera haber escrito Ray Bradbury, o, en su defecto, Clifford Simak, y que sin embargo fue fruto de la imaginación de Ellison (y le valió tres premios). Un maravilloso relato lleno de nostalgia y poesía. O también en ese "A la deriva ante los islotes Langerhans, ... etc. etc....", que pese a su título, que semeja evocar alguna de sus audaces experiencias literarias, es un excelente relato de ciencia ficción (cuyo origen cabría buscarlo en la película Viaje alucinante y en un relato de Norman Spinrad para sus Visiones peligrosas).
    Esa versatilidad de Ellison, capaz de pasar de lo más violento, lo más impactante, lo más atroz, a lo más tranquilo, poético, humorístico, o sencillamente normal y corriente, no es sino un reflejo de su propia personalidad, la cual se halla dispersa en muchos de sus relatos (como el famoso "Un muchacho y su perro"). Sus personajes más queridos y más tratados son los marginados: drogadictos, pandilleros, asesinos, mutantes... Todos tienen siempre rasgos en común, y todos tienen su origen en las experiencias del autor o en sus contactos personales.
    Por todo ello, y también por la enorme, ingente cantidad de relatos y novelas cortas producidas (contra pocas novelas largas, especialidad en la que no se encuentra a gusto), una gran mayoría son perfectamente desdeñables. Causa de ello podría muy ser que el lector espera encontrar desde hace ya mucho tiempo, en sus historias, aportaciones audaces, originales, impactantes. Y cuando Ellison escribe algo vulgar o corriente, algo "sin peso específico", por denominarlo así, se siente frustrado y considera que Ellison ha escrito "un mal relato". En muchos casos no es así, sino que es por esa exigencia ya clara del lector hacia ese escritor idolatrado al que no se le perdona se salga del escándalo o, cuando menos, de lo original. Lo que en cualquier otro escritor sería acogido como un relato menor, una historia como otra cualquiera, en Ellison es inmediatamente tachado de fracaso, cuando no de bodrio. Lamentable, pero él mismo se lo ha buscado. Y posiblemente sea también la causa de su poca dedicación a la novela larga, al menos en un cincuenta por ciento. Otra causa puede muy bien ser que Ellison es un hombre de ideas breves, rápidas, definidas y que tienen su mejor y más lógica plasmación en el campo del relato o, como máximo, de la novela corta (lo que también sucede de manera muy clara, por ejemplo, en Robert Sheckley). Lo cierto es que sus novelas no han despertado grandes entusiasmos y los lectores siguen prefiriendo su obra de menor extensión.
    Consideraciones de validez literaria aparte y entrando en el campo ideológico, a Ellison se le ha tachado tanto de reaccionario como de progresista. No resulta nada extraño que así sea, y en parte viene marcado por el volumen de su producción, y en buena medida por el desorden y las prisas a que a veces se hallan sometidos algunos relatos. Esa confusión ideológica, sin embargo, no creo que tenga mayor importancia y es realmente perdonable. Más grave es desde luego la confusión estilística de la que ya hemos hablado.
    A Harlan Ellison, desde luego, hay mucho que agradecerle, aparte de los buenos ratos que nos hayan deparado sus relatos. Hay que agradecerle el que haya animado e impulsado a lo largo de veinte años el panorama americano (y en consecuencia, el mundial) de la ciencia ficción, sea para bien o para mal, aunque lo cierto es que ha sido para bien. Era necesario un cambio, un cambio distinto al propugnado por New Worlds, o cuando menos, una opción diferente, y él supo luchar por ello. Hay que agradecerle también el apoyo y aliento que ha tenido para con muchos de sus amigos escritores, alentando a muchos de ellos, por ejemplo, a escribir cosas distintas de las que estaban habituados a escribir hasta entonces y ayudando en buena parte a que triunfasen en estos caminos. No todo han sido flores, desde luego, puesto que su vehemente personalidad le ha proporcionado más de un disgusto con esos mismos escritores, pero esto son cosas inherentes al oficio y de escasa gravedad.
    [Nota de 2007: Con motivo del aniversario de la aparición de Visiones peligrosas, se ha realizado una nueva edición con un prólogo escrito ex profeso por Harlan Ellison, en plan retrospectivo, donde entre líneas se puede intuir con qué autores acabó más enemistado: sencillamente, se limita a no mencionarles, pese a haber colaborado con ellos en otros tiempos. Ciertamente, un estudio de las carreras de determinados autores antes de 1967 y después de 1967, demostraría que la antología de Ellison y las aportaciones que efectuaron a la misma, cambiaron radicalmente su carrera como escritores de ciencia ficción, o les valió un reconocimiento hasta entonces negado. He aquí un tema a desarrollar por quien tenga tiempo para ello.]
    El furor y la invasión Ellison en USA han llegado al extremo de empezar a publicarse no hace mucho un fanzine consagrado a él, con relatos inéditos, artículos y las cosas más inesperadas con la marca Ellison como símbolo de garantía, para fanáticos más que para fans. Ya son conocidas también sus teatrales sesiones en las convenciones, dentro de una burbuja de cristal y escribiendo relatos sin parar (así deben de salir). Todo ello no es más que pura tramoya teatral (esa misma tramoya que anima tantos relatos y que nos lleva a preguntarnos con malicia si hay en él y en su obra algo que no sea pura comedia...
    Pero Ellison subsiste y resiste y su nombre, como en el caso de Asimov, viene a ser más ya una marca que una firma.
    Y no por eso le hemos de querer mal. Ojalá tuviéramos en España un Harlan Ellison.
    [Nota de 2007: Este deseo era legítimo para 1982, cuando se escribió este artículo. Bien, no lo tenemos ni lo hemos tenido, y teniendo en cuenta la "raza", mejor que no lo tengamos...]
     
     

    June 15

    GALERÍA DE MUJERES (22): TINA TURNER: Rompe todas las reglas

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
    Fue un 24 de mayo, a las 22:30 horas, en el Palacio de Deportes de Montjuic. Lamentablemente, no sé el año, pero tuvo que ser entre 1976 y 1980, cuando Tina Turner estaba olvidada y nadie la recordaba ya, como quien dice: o sea, en sus años malos. La entrada del concierto está partida por la parte donde debía de poner el año, con lo cual no puedo saberlo con certeza. Lo que sí sé es que éramos literalmente cuatro gatos. Yo fui porque algún comentarista escribió en el periódico que era obligado ir y elogió a la Turner, y como yo iba a pocos conciertos, pues me dije que allá vamos; recordaba además que hacia 1969 o 1970, Agustí fue el primero en darme a conocer grabaciones de Tina Turner, si bien entonces eran Ike y Tina Turner, y que a él le encantaban; era otro estilo de música que no había oído casi. Así que, entre unas cosas y otras, fui al concierto, recordando aquellas grabaciones oídas años atrás, y me quedé triste viendo la poquísima gente que había.
    Y sin embargo, ella se entregó como si hubiera ochenta mil personas (y puede que no llegáramos ni a ochocientos, en el mejor de los casos). Bueno, ella siempre se ha entregado en un escenario, dando lo mejor de sí, y tiene mucho que dar. Pero hacerlo en aquellas circunstancias, ante un aforo tan pobre tenía su mérito.
    Siempre ha tenido su mérito la manera en que ha salido adelante esta mujer, la abuela del rock, como se la llama hoy afectuosamente. Nacida en 1939, o sea, hace ya sesenta y siete años, y aún daba caña en los escenarios hace apenas cuatro días, levantando volcanes de pasiones entre sus fans. Esta mujer ha tenido una segunda etapa artística, o tercera sería mejor decir, realmente dorada. La primera fue cuando conoció a Ike Turner a los 18 años y acabó formando un dúo artístico con él: Ike y Tina turner, que acabó hacia 1974, cuando Ike la sacudía como a una estera. Tina finalmente le abandonó ante su cada vez más brutal comportamiento. Empezó una segunda carrera entonces, pero sin el menor éxito, pasando verdaderos apuros de toda clase: económicos, morales... Y de repente, en 1984 renace cual fénix con un disco superventas en todo el mundo, cuidadosamente producido, mimado al detalle, y con canciones elegidas ex profeso o escritas ex profeso. Y el mundo descubre a Tina Turner y de la noche a la mañana es un ídolo del rock con todas las de la ley. A partir de aquí, ya no iban cuatro gatos a verla, sino que llenaba estadios y salas en todo el mundo. Y Tina, mujer al fin feliz, se entregaba con igual pasión a ellos que cuando eran tres y el que corta la entrada.
    Dudo que esperase ese renacer tan triunfante. Es algo que pocas veces pasa, pues generalmente el ídolo caído no se levanta. Claro que ella no era un ídolo caído, sino una mujer que tras romper su dúo y pareja sentimental tuvo que empezar de cero, y mediados de la década de 1970 no era el mejor momento para empezar de cero, precisamente; había una cierta desorientación musical en el mundo del rock: los Beatles ya no existían, Lennon se iba a retirar temporalmente, McCartney sacaba discos vulgares, los Rolling publicaron sus trabajos menos afortunados de la década, los Kinks estaban encastillados en sus discos conceptuales que les retiraban público y no levantarían cabeza hasta 1978, empezaba la música disco y la fiebre del sábado noche... no era el mejor momento para que una estrella en apuros reiniciara carrera... no había apenas ideas musicales en esos años.
    Pero a principios de los ochenta era otra cosa. Se buscaban sonidos nuevos, y una estrella como Tina Turner podía reaparecer como resucitada, ofreciendo algo que estaba un poco marginado: funk, rock y soul a la vez. Una generación que no conocía ni a Ike Turner ni a Tina en los setenta, la aceptaría sin duda, y eso fue lo que los hábiles productores buscaron con sus discos de retorno.
    Que alguien a su edad se mueva como se mueve, despierte pasiones encendidas en el público actual que no la conoció en sus primeros años, no es muy normal. Vamos, que es algo que no pasa nunca. Pero se lo ha ganado.
    Y ella contenta y feliz por fin, tras tantos años...
     
     

    June 13

    ENCUENTRO MORTAL (Deadly Stranger) de Sydney Hayers: Entretenido suspense

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    A veces, lo que se hace con más sencillez resulta más efectivo que lo que se hace con alardes artísticos o con énfasis provocadores de reacciones finalmente fatigosas. Encuentro mortal, un film británico de 1974, sin ser precisamente una joya del género, resulta un muy entretenido ejercicio de suspense. Cierto que el espectador avezado --o jurásico-- se olerá la trampa a media película, pero curiosamente ello incluso aumenta a la postre su interés y propicia un segundo visionado igualmente estimulante, con el truco ya sabido. Algo raro, pero que a veces suele pasar, y ésta es una de ellas. Por lo demás, el cine británico era bastante proclive en los años setenta a esta clase de juegos --vía cine o televisión, como en la serie Thriller--, por lo cual había una cierta predisposición de público y cineastas a seguir el juego. Philip Levene, guionista, y Sidney Hayers, director, llevan a buen puerto la aventura, cuyo peso recae totalmente en dos actores: Simon Ward, siempre mediocre, y Hayley Mills; al primero le beneficia su mediocridad, de la que la película saca un buen partido (cosas raras que a veces ocurren en el cine); y Hayley Mills está correcta y voluntariosa, como siempre. Las apariciones de Sterling Hayden y de Ken Hutchison se limitan a papeles episódicos sin la menor importancia. La Mills estaba en un momento en que encaraba su pase a papeles más adultos, tras una primera etapa de niña prodigio --así nos la vendió Walt Disney al menos, lo cual hizo que no pocos le tomaran una manía bastante niñas "prodigio" despiertan odios en no pocos críticos de cine; de hecho, casi todo despierta odios en no pocos críticos de cine: los niños (prodigio o no), la música rock y la folclórica, los cómics, los teléfonos móviles...; debe ser por eso por lo que se hacen críticos de cine: para meterse con todo de una tacada--. En fin, la Mills --hija del actor John Mills-- no sólo de ñoñeces disneyanas vivió en su niñez y adolescencia, sino de papeles protagonistas en sobrios productos británicos como La bahía del tigre y Cuando el viento silba. Pero, lamentablemente, su paso al cine como actriz adulta no cuajó, a pesar de este film y de otras películas de suspense. En Encuentro mortal no le representa mucho esfuerzo superar a su oponente masculino.
    La cosa va de psicópata fugado de un psiquiátrico; ha matado ya antes y volverá a hacerlo ahora que se ha fugado; la cuestión es saber a quién. En fin, no es cuestión de reventar este entretenimiento, modesto, lleno de tics cinematográficos de los setenta, pero agradable de ver una noche en casa mientras afuera haya una buena tormenta.
    Nota para enfermos: sin duda celebrarán saber que la señorita Mills tiene el detalle de ofrecernos un bonito strip-tease, que los que la vimos pasar de niña a mujer le agradecemos de corazón, más aún hoy en que ya todo el mundo nos lo ha enseñado todo y no nos hace gracia ver nada ya. Ya sé que estas cosas no tienen mucha importancia, pero entre ver un strip-tease de Carmen de Mairena --como me pasó una vez-- y el de Hayley Mills, pues que no hay color, vaya.
     

    June 12

    OCEAN´S THIRTEEN, de Steven Soderberg: Zzzzzzzzzzzzzzz...................


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
    En ocasiones, tras una semana bastante dura y difícil, uno decide aprovechar el final de semana para ir a ver una película de estreno distraída, espectacular, a fin de evadirse cómodamente un par de horas. Y es que el cine no ha de ser solamente artístico o de interés humano, sino que también tiene cabida el cine de puro entretenimiento o de espectáculo. Lamentablemente, no pocos "intelectuales" que presumen de serlo y de ser cultos, consideran que el cine ha de ser palomitero y vulgar, para pasar el rato y nada más. Por eso tenemos en España la intelectualidad que tenemos... En fin.
    Total, que uno va a ver Ocean´s Thirteen, tercera entrega de una serie plagada de estrellas famosas, esperando pasar eso: dos horas de diversión, emociones, actores atractivos, ingenio, etc. Lo que más o menos ofrecieron las dos primeras entregas de la serie; evidentemente, nadie va a ver un film como éste esperando una Gran Historia, Personajes Profundos, Mensajes Subliminales, ni nada parecido. Quien va al cine consciente de lo que se le ofrece, de lo que se trata, no puede llamarse a engaño. Pero, oh desilusión, Ocean´s Thirteen es la inanidad total y completa. No hay argumento, no hay trama, no hay emoción, no hay intriga, no hay nada. Los actores se pasean por la pantalla soltando sus frases, siempre muy cortas ("¿Tú crees?", "Sí", "Entonces...", "Claro"), para que parezcan muy graciosos y aunque no digan nada hablen mucho rato y todos tengan su papelito (papelote) que lucir. Incluso se disfrazan para hacerse el gracioso cara al espectador (que no al resto de personajes). Pasean por los pasadizos, por las habitaciones, entran y salen de los sitios, miran planos, miran por las ventanas, consultan su reloj, mascullan por los micrófonos que les conectan con el resto de la banda, suben escaleras, las bajan, miran significativamente, toman el fresco por la calle, etc. etc.
    Es inútil buscar sentido a esta película porque no lo tiene. Su trama, delgada como un papel de fumar, consiste en vengarse de un poderoso casinero (Al Pacino), que se ha portado mal con uno de los de la banda (Elliott Gould). Se vengan y ya está. El aburrimiento es tan inmenso que ni siquiera cuando la cosa podría despertar algo de interés (el terremoto simulado, el robo de los diamantes), consigue hacerlo; hace mucho rato que estamos más allá del aburrimiento, tras más de hora y media esperando algo que nos sacuda de la modorra.
    Pequeños entretenimientos que ofrece la pelicula (pues algo hay que buscar para amortizar el precio de la entrada): Ellen Barkin, cuya presencia como segunda de a bordo de Al Pacino consiguió despertar mis deseos más lujuriosos y mis pasiones más oscuras, y que, ante mi ira e indignación, el majadero de Matt Damon, pudiendo tirársela por exigencias del guión --y del plan que han tramado-- no sólo no lo hace, sino que en la escena de la seducción la rechaza y se aparta de ella continuamente (porque como es mayor que él, le da asquito; sólo por eso, los guionistas del film y Matt Damon merecerían acabar sus días en una cárcel del sur de Alabama recogiendo dirariamente la pastilla de jabón del suelo de las duchas); Julian Sands con gafas, efímera presencia como jefe de la sala ordenadores de Pacino: curiosamente, el verle con gafas hace que parezca incluso un actor aceptable, aunque su nombre no aparece en los créditos, sólo en el reparto al final del film y hacia la mitad de la lista. Y, finalmente, preguntarse si Pacino trabaja tan mal en el film para vengarse de lo cretina que es la película o qué. Mi opinión personal es que sí, y que un actor de su talento no debería meterse a hacer el mamarracho en productos tan infames como éste tercer Ocean´s.

    June 10

    ¿CÓMO MATAREMOS LA TARDE DEL DOMINGO?

    [Este relato fue publicado en la revista argentina Cuasar, número 16/17, de fecha agosto de 1988.]
     
    (c) 1987 by J.C. Planells
     
     
        El teléfono sonó cuando Laura acababa de conseguir que Javier le dejara de meter espuma en los ojos a Silvia. No por ello dejó de amenazar al chiquillo con los peores castigos si seguía aprovechándose de la insólita candidez de su hermanita.
        --¡A ella le gusta! --era la burda excusa del chaval.
        Refunfuñando --la tarde no había sido un modelo de calma, precisamente--, Laura cogió el supletorio del pasillo.
        --¿Diga?
        --Hey, ¿qué se hace esta tarde, Laura?
        Un clic, un ruido metálico y la línea quedó muerta.
        Laura se quedó mirando estúpidamente el auricular, pero no por mucho tiempo: los aullidos de Silvia la urgieron a correr al rescate.
     
     
        Había oscurecido ya cuando Carlos se dignó a hacer su más bien poco digna entrada. Arrojó sombrero, gabán, cartera y llaves sobre el sillón junto a la puerta de entrada y gritó:
        --¡Ufff! ¡Vaya nochecita!
        Y con aire de ofendida dignidad (ya iban demasiados alardes de dignidad seguidos, pensó Laura) entró en el living y se arrellanó en el sofá. La tele estaba encendida, los niños medio merendaban, medio cenaban en la cocina, afuera hacía frío y empezaba a lloviznar justo en aquel momento.
        --¿No te pones las zapatillas? --dijo Laura, tras una muy rápida mirada de reojo.
        --Luego. Luego.. Bah, esa gente me ha fastidiado el domingo por la tarde. Papeles, cuentas, memorándums, informes... todo a la vez , sin orden y sin nada.
        --Pues no pareces muy cansado.
        Carlos la miró fijamente.
        --Me lo he tomado con calma. Con mucha calma. Si te ven trabajar aprisa, es peor. Se toman confianzas. Quieren más detalles, más cosas, más papeles, más cuentas...
        --Y más memorándums, y más infomes. Sí, ya sé.
        --Oye... te veo un poco arista esta noche.
        --¿Cómo quieres que esté? Javier ha tenido una de sus tardes salvajes. Tu hija parece medio lela y en la tele daban un programa infernal. Me he aburrido. Me he aburrido enormemente.
        --¡Vaya! ¿Y crees que yo estaba muy divertido en el despacho? ¿Crees que yo voy por gusto... sacrificando mi tiempo libre?
        Laura podía haberle dicho que no sacrificaba gran cosa. Laura sospechaba que Carlos se encerraba en el despacho con su secretaria y que hacían el amor toda la santa tarde con la excusa de los jefes y el trabajo urgente. Pero con ello no ganaría más que una disputa, una fenomenal disputa. No tenía humor, no tenía ganas. No tenía nada.
     
     
        Era sábado. Cosa rara, Carlos no pensaba ir a trabajar el domingo por la tarde. Cosa más rara aún, cogían el coche y se iban los cuatro a la montaña, a la casita alquilada. Pero como algo tenía que salir mal, en vez de ir por la mañana del sábado, iban por la tarde. Y ni siquiera era por culpa de Carlos, sino del salvaje de Javier. Laura prefería no pensar en ello.
        --¿Se puede saber en qué estás entretenida? --gritó Carlos desde el garaje--. Javier te juro que te voy a deslomar si sigues haciendo el imbécil con la pelota.
        --¡Ya voy! --respondió también a gritos Laura, pero su grito quedó medio apagado por el timbre del teléfono--. ¡Oh, Dios! ¿Quién va a fastidiarnos ahora?
        Agarró el teléfono de mala manera.
        --Hey, Laura. ¿Qué plan hay para el domingo por la tarde?
        --¡Ir a tomar por el culo, imbécil! --chilló Laura. Y colgó el auricular.
        Salió al jardín, hecha una furia.
        --Esta hija tuya --dijo mirando a Carlos-- ha dejado el grifo del baño abierto. ABIERTO.
        --¡Anda! ¡Vaya cagada!
        Carlos miró de manera asesina al niño.
        --¿A que te quedas en casa de la abuela? --amenazó.
        Fue al regresar, el domingo por la tarde, cerca de las ocho ya, cuando Laura recordó la llamada. Hasta ese momento la había olvidado por completo: los nervios de preparar las cosas, las gamberradas de Javier, el grifo abierto, todo se lo había hecho olvidar en algún oscuro rincón de su mente. Ahora lo recordaba, así como su iracunda respuesta, colgando el teléfono.
        ¿Por qué dije aquello?, pensó. ¡Qué estupidez! ¿Y si era un amigo? Oh, no, no. ¿Cómo iba a ser un amigo? ¿Quién iba a llamarla? ¿Y qué había dicho? Algo sobre el plan del domingo por la tarde. ¿Bien? ¿Qué tontería era aquello? Además, no conocía la voz del que le habló.
        No la conocía.
        ¿No la conocía?
        Se removió inquieta en el asiento. Javier, cosa rara, dormitaba a su lado, en tanto que Silvia iba sentada, muy calladita, junto a Carlos, que conducía. Por un momento le pareció... ¿el qué? ¿Un sonido de otro tiempo? ¿Algo que se quiere recordar, pero se niega a volver?
        Sacudió la cabeza. Tendría que poner más cuidado en sus modales al contestar al teléfono; no dejarse arrastrar por los nervios. Esos nervios... Últimamente parecían como agujas que iban a estallar por dentro de su piel.
        Qué tontería.
     
     
        --Hey, ¿qué se hace esta tarde?
        Muda, se quedó mirando fijamente la pared, el absurdo cuadro colgado en ella, las manchas que llenaban la tela.
        --¿Laura?
        --¿Quién es, Laura? --la voz de Carlos desde el salón.
        --¿Estás ahí?
        --Eh... sí.
        Carlos parecía impacientarse. Oyó el ruido del periódico.
        --¡Es Teresa! --y cerró la puerta del cuarto, para evitar oírle, para evitar, más bien, que él oyera. Siguió agarrada al teléfono.
        --¿Quién eres? --preguntó casi en susurros. Carlos no la oiría, pero la voz tampoco la oiría.
        --Santi. ¿Es que no conoces mi voz?
        Helada. Estaba helada y sentía frío a la vez. ¿Santi? ¿Qué nombre era ése?
        --¿Santi? --repitió--. Oiga, me parece que se equivoca de número.
        El otro rió.
        --Venga, no me tomes el pelo. Hey, ¿qué le pasa a tu voz? ¿Estás constipada? Se te oye ronca.
        --No estoy constipada --repondió maquinalmente.
        --Pues, chica, suenas rarísima.
        Laura colgó violentamente el teléfono. Estaba asustada.
        No, no, no. Qué estupidez. Alguien que se equivocaba, sólo eso. Alguien que marcaba un número por error, o al que le habían dado un número que coincidía con el suyo, o... o cualquier otra cosa.
     
     
        --¿Tu marido, qué? ¿Tan golfo como siempre?
        Brígida podía permitirse esas libertades. Era soltera, su mejor amiga, su confidente y el hombro sobre el que llorar cuando las cosas iban mal. Sospechaba que era lesbiana, pero le tenía sin cuidado; era su amiga, su única amiga. Casi la envidiaba. Carlos no la quería ver por casa, como era lógico, así que ella iba a verla a la suya, o hablaban en el gimnasio.
        --Como siempre --repuso Laura, maquinalmente.
        --Anda, vamos a las duchas.
        Laura se colocó bajo el chorro, igual que una niña pequeña y obediente, igual que hacía Silvia.
        --¿Jabón?
        --¿Eh?
        --No estás fina, hoy. Anda, ya te enjabono yo.
        Trató de reírse pensando en que Carlos se pondría hecho una furia si supiera que se dejaba enjabonar por Brígida en las duchas del gimnasio. Bien, al diablo con Carlos.
        --Estoy recibiendo unas llamadas muy extrañas --dijo de pronto.
        --¿Eh?
        --Estoy recibiendo unas llamadas muy extrañas --repitió en el mismo tono.
        Brígida la miró.
        --¿Un pervertido?
        --No creo. No lo parece. --Laura se encogió de hombros--. No hace ruidos raros ni dice palabrotas. Sólo... sólo quiere salir conmigo el domingo por la tarde.
        Brígida se echó a reír.
        --¡Dios mío! ¡Te ha salido un amante!
        --No, no es eso. No sé quién es. No lo conozco. Bueno, dijo... dijo que se llamaba Santi. Dice que qué hacemos el domingo, que qué plan hay... y se corta la conexión. El teléfono queda... como muerto.
        Se estremeció.
        --Alguien que se equivoca --dijo Brígida.
        --No. No lo parece. Lleva varias semanas llamando, Sólo los domingos, justo antes de comer, o poco después de comer. A veces, algún sábado al mediodía.
        --¿Y quiere salir contigo?
        --Eso parece, ¿no?
        --Muy bien. Dile que sí.
        Laura la miró asustada.
        --¿Estás loca?
        --¿Por qué no?  Así te lo quitas de encima. Ya no llamará más. Lo citas, no te presentas, y ya está.
        --Puede que resulte peor aún.
        --¿Lo sabe Carlos?
        Laura negó con la cabeza. 
        --Una vez fue él quien cogió el teléfono. Pero dijo que no había nadie en la línea. Seguramente colgó al oírle. Sólo habla conmigo.
        --Y se llama Santi, ¿eh? Curioso. ¿No se llamaba Santi el amigo de Jou?
     
     
        --Hola --la voz sonaba tranquila--. ¿Has hablado con Jou?
        Vaciló y luego, lentamente, contestó:
        --No. No he hablado con nadie.
        --Bueno. ¿Sabes qué se hace el domingo?
        Una pausa.
        --Eh... podemos salir juntos, ¿te parece?
        El hombre rió.
        --Vamos, vamos, Laura. No está bien dejar a los amigos en la estacada. ¿Qué pensarían todos si tú y yo salimos por nuestra cuenta?
        --¿Qué importa lo que piensen? --contestó ella con rapidez.
        Ahora fue él quien tardó en responder.
        --¿Lo dices en serio? Oye, tu voz sigue sonando ronca. ¿Seguro que no estás constipada?
        --No, no estoy constipada. Y mi voz no está ronca. Es así.
        --Pues, chica, es como si hubieras envejecido diez años.
        Laura estaba aterrada.
        --Bien, ¿dónde nos encontramos? --le preguntó, para evitar que él dijera algo más.
        --Pero, ¿sigues queriendo que salgamos los dos? Oye, de verdad, no creo que esté bien... Jou y Juan Pequeño y...
        --¿Dónde? --casi gritó.
        Él tardó en responder. Estaba nervioso.
        --Vaya, bueno, pues... esto... ¿Delante de Calzados Viena? ¿En la plaza Tetuán?
        --¡Sí, sí! ¿A qué hora?
        --¿A las seis?
        Ahogó un gemido.
        --¿Tan tarde?
        --¿Tarde? Bueno, pues... ¿a las cinco y media?
        --Está bien. Allí. No faltes.
        --Descuida, pero...
        Le colgó. Antes de que fuera peor.
     
     
        Carlos estaba ligeramente asombrado de la rapidez con que comieron ese domingo. Y de la rapidez con que Laura fregó los platos. Y de que no riñese a Javier por hacer cochinadas con la comida.
        A las cinco, ella bajó de la habitación, vestida para salir. Carlos se la quedó mirando estupefacto.
        --Pero, ¿es que salimos?
        --Salgo --dijo ella, poniéndose nerviosamente un guante--. Tengo que ir a ver a una amiga. Está enferma.
        Carlos arrojó el periódico sobre la mesita frente al televisor.
        --Bueno, ¡es lo último! Te quejas de que los domingos no tenemos tiempo para nosotros, para los chicos y para descansar, y ahora eres tú quien te largas.
        --Lo siento. Es un compromiso.
        --Una amiga enferma, ¿eh? Será la tortillera de Brígida.
        --¡No hables así de mis amigas! ¡Y no digas palabrotas delante de los niños!
        --¿Qué es una tortillera? --preguntó Javier.
        --¿Lo ves? --gritó irritado Carlos--. Eso salimos ganando. El memo de tu hijo, que todo lo oye. Y que luego lo habla.
        --Callases tú la boca primero --rezongó Laura--. Bien, he de irme. No... no creo que vuelva muy tarde.
        --Apañados estamos.
     
     
        Calzados Viena no existía. Desde hacía quién sabe cuánto tiempo el lugar estaba ocupado por un restaurante muy limpio y muy ordenado, no muy caro y que parecía oler muy bien. Pero Calzados Viena no existía. Había existido, claro. Ella lo recordaba vagamente, muy vagamente, pero lo recordaba. El lugar, las tardes, el aroma de las flores del cercano parque en la plaza, el césped y los árboles. La sensación de sentirse vacía, la ilusión, el temor, la derrota, el fracaso. Allí estaba, una mujer de treinta y siete años, con unos guantes blancos de colegiala, que ocultaban sus tempranamente agrietadísimas manos, un maquillaje discreto que ocultara un cutis ya macilento, alguna prematura arruga, así como resaltase unos ojos cansados que necesitaban gafas desde hacía un par de años. Y si no estaba peor era gracias a la gimnasia, que Brígida le había aconsejado desde hacía algo más de diez años. De no ser por ello, seguramente ahora parecería tener más de cuarenta y cinco años. Pero de joven era guapa, pensó amargamente. Claro que, ¿quién se acuerda ya?
        Calzados Viena no existía, y ella estaba haciendo el imbécil a las cinco y media de la tarde, esperando no sabía qué para tampoco sabía qué. Necia, necia, qué necia he sido. Eso es que me hago vieja, o que mi cabeza ya empieza a funcionar mal. La esclerosis. Dios, prefiero morirme a volverme esclerótica. Olvidar quiénes son los míos, mis hijos, mi marido... Oh, no, no. Antes la muerte que volverme loca. Que las venas de mi cerebro dejaran de funcionar como es debido. Qué horror. Se olvida uno mismo de quién es, cuando se acerca el final, cuando se entra en la fase definitiva. Mi madre murió así. Empezó joven, no nos reconocía, primero a unos, luego a otros. Y luego, un año antes de morir, no sabía quién era ella. No saber quién es uno... funcionar como una máquina. Oh, Dios, me estoy haciendo vieja, voy a morirme... voy a enloquecer... Aquí parada, esperando... nada. Estoy loca. Que alguien me lleve a casa. Yo no tengo fuerzas...
        --¿Laura?
        Se volvió, terriblemente asustada. Un chico la contemplaba. Diecinueve, veinte años a lo sumo. Moreno. Ojos marrones. Sonrisa tímida. Un fantasma del pasado.
        Ahora sí que estoy loca. Ése va a violarme allí, en el jardín. Oh, pero me ha llamado por el nombre.
        --¿Te pasa algo? --preguntó el chico, inquieto.
        Negaré con la cabeza. Es lo que se supone he de hacer.
        --Claro que no. ¡Claro que no!
        Él me está mirando, con duda.
        --Estás... extraña.
        Creo que voy a ahogarme. Que alguien me lleve a casa. Me he vuelto loca.
        --¿Damos una vuelta? --preguntó Laura, en tono falsamente animado. Y girándose hacia el restaurante, dijo--: Qué zapatos tan monos, ¿verdad? He de venir a comprarme alguno un día de estos.
        Él se rió.
        --¿Me tomas el pelo? Eso no es una zapatería. Es un restaurante.
        Laura se quedó rígida, como si acabase de recibir una bofetada.
        --Calzados Viena, claro... --empezó a decir.
        --Ya no existe. Hace años que cesó el negocio. Luego hubo un frankfurt, pero les iba muy mal, y pusieron un restaurante. Hace años de todo eso. ¿Estás viendo fantasmas, acaso? --preguntó él él riendo.
        Claro que estoy viendo fantasmas, idiota. Te estoy viendo a ti.
        --Entonces, ¿por qué me has pedido que nos encontráramos ante un comercio que no existe ya? --preguntó nerviosa.
        --No lo hice yo. Lo hiciste tú.
        Eso era el colmo.
        --Fuiste tú --rebatió, furiosa.
        --Oh, está bien --repuso él, preocupado--. No discutamos por tonterías. Anda, vamos. A las nueve has de estar en casa, ¿no?
        --¡Puedo estar en casa a la hora que me dé la gana! --chilló iracunda.
        Y rompió a llorar. La gente que pasaba la miraba y se reía de ella, o la miraban con compasión.
        Me toman por loca. Me toman por lo que soy. Al infierno con ellos, al infierno con todos. Al infierno tú, Santi.
        --Pero, ¿qué te ocurre?
        --¿Qué me ocurre? ¿Quién eres tú? ¿De dónde sales? ¿Por qué tienes este aspecto?
        Él la miró asombrado.
        --¿Estás loca? Soy Santi. Siempre he tenido este aspecto. ¿Qué pasa? ¿No me he afeitado acaso?
        --¡Santi! --gritó ella--. ¡El Santi que yo conocí tendría ahora cuarenta años! ¡Pero no pareces tener ni veinte! ¡Estás igual que antes!
        Él la miró sorprendido, asustado.
        --¿Antes? ¿Qué antes? Soy Santi, soy yo.
        --¿Es que no ves qué aspecto tengo? Soy vieja, ¡vieja! No tengo voz de constipada. ¡Tengo la voz que a mi edad he de tener! ¡Ya no tengo dieciocho años! ¡No los volveré a tener! ¡Mira estos guantes! ¡Escondo mis manos en ellos! ¡Manos de vieja prematura!
        Santi agarró sus manos entre las suyas. Los guantes se deshicieron entre los dedos de ambos, cayeron al suelo, hechos pedacitos muy pequeños, ardieron y se evaporaron. Las manos de Santi tocaron las suyas: las arrugas y las grietas desaparecieron o se cerraron. El cutis se volvió rosado, fino, delicado. Su anillo de casada empezó a bailar en su dedo. Él la soltó y el anillo cayó, libre, a sus pies. Desapareció. No había existido nunca.
        --Oh, Dios. ¿Qué está sucediendo?
        --¿Quién eres tú, Laura? ¿Qué Laura eres tú?
        El vestido le venía un poco grande. Ella se abrazó a él y le vino un poco más grande. Se abrazó más y empezó a besarle y a que él la besara, haciendo que sus labios se pasearan por su rostro. El cutis, la piel... todo se volvía suave, tierno, más joven, más ligero.
        --¿Qué Laura eres tú?
        --No lo sé.
        Se interrumpió bruscamente. Estaba ante un hombre de cuarenta años. Su pelo ya no era moreno y tenía algunas entradas. Sus manos estaban callosas. La ropa le venía estrecha: estaba echando barriga. Su boca tenía un rictus amargo y sus ojos estaban cansados. Laura se se paró de él y chilló horrorizada.
        --¡Santi!
        El hombre sonrió de manera imprecisa. ¿Timidez? ¿Alegría? ¿Miedo? ¿Qué sonrisa era aquella? Se volvió borroso y empezó a desdibujarse. Desapareció.
        Estaba sola en la calle.
        Había salido llevando un bolso negro y ahora se encontraba sosteniendo un bolso azul claro, muy bonito y brillante. El vestido era el mismo... o parecía el mismo. Su pelo estaba más largo.
        Me llamo Laura. Lo sé. Me llamo Laura. Esoy casada y tengo... ah, treinta y siete años. He de volver junto a mi marido y mis hijos. Pero, ¿me reconocerán? Y, ¿por qué he de volver? Y si no, ¿dónde iré?
        Poco más allá, encontró una cabina de teléfonos. En su bolso llevaba una agenda. Miró los nombres anotados en ella: Jou, Juan el Pequeño, Brígida, Matilde... Santi... Y otros más, que iba recordando, evocando.
        Atrás había quedado el restaurante. No Calzados Viena, sino el restaurante. Se esforzó en recordar el teléfono de casa. Qué extraño, empezaba con 257 para seguir con 81... ¿o 83?
        Entró en la cabina. Tenía que llamar, claro.
        Tengo que llamar, claro. Pero, ¿a quién? Tengo que recordar el número de mi casa.
        213.26.18.
        No. Ése era el número de mis padres. De antes de casarme.
        257... 81... ¿83? ¿Y qué más, luego? ¿Por qué no recordaba la cifra final?
        He de serenarme.
        Con los nervios, se le cayó la agenda al suelo de la cabina.
        La miró, dudando si agacharse a recogerla.
     
     
    FIN.
     
    June 09

    CONTRA LA GASTRONOMÍA

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
    Además de los personajes del corazón, convertidos en estrellas por obra y gracia de no se sabe qué, los cocineros de la (supuesta) buena cocina o cocina de gastronomía, se han convertido en estrellas por obra y gracia de tampoco se sabe qué. Me refiero a los Ferran Adrià, Carme Ruscalleda, Santamaría, Arguiñano, y un larguísimo etcétera, que aparecen continuamente por televisión, que tienen o han tenido programas propios, o les invitan a departir sobre lo suyo y lo ajeno en programas de contenido social o político o deportivo; que son entrevistados en una u otra revista o suplemento dominical, como si fueran estrellas del rock. En suma: los cocineros de la gastronomía de lujo y de semilujo se han convertido en estrellas mediáticas, en seres presentes y omnipresentes en todas partes cuya opinión por lo visto es trascendental para todo. La cosa ha llegado a extremos tan bufos como durante las elecciones catalanas a la Generalitat, en 2006, en que un periódico, La Vanguardia, además de informar a fondo sobre los mítines, programas, debates, día a día de candidatos, mediante toda clase de colaboradores y periodistas, otorgó una columna diaria a uno de esos cocineros para que hablara de la relación de la cocina con los candidatos, todo bien mezclado como si fuera una escudella, y como si ello pudiera incidir en el voto. El caso es que este grupo de personas, cada vez más numeroso a lo que se ve, se han convertido además de en cocineros, en personas influyentes, decisivas, cuyas opiniones se desean y se adoran y se consultan como si fueran pitonisos o creadores de opinión en el mundo moderno. Y no entiendo el motivo; el lugar que ellos ocupan dentro de la opinión general era el que antes ocupaban filósofos y pensadores, sociólogos, catedráticos o universitarios. Hoy, se busca la imprescindible opinión de los cocineros para todo. 
    ¿Por qué? No lo sé. Supongo que porque nuestra sociedad se ha vuelto de un hedonismo tan repugnante, que ha llegado al extremo de elevar a los altares a quien cocina sus alimentos (antes era la madre o la esposa: ahora es un señor de pinta vulgar): su opinión cuenta porque, al contrario que Dios, ellos sí se hacen oír (o nos obligan a oírles, que es diferente). Hay cocineros a cada momento en televisión, a todas horas, con programa propio o sin programa, pero los hay, y en casi cada cadena. Incluso se les parodia, como en Polònia, donde aparecen un "Ferrán Adrià" y una "Carme Ruscalleda". Uno se reiría con ellos (yo me río, al menos, sí), si no fuera porque es otra manera de darle pábulo e importancia a quien no es nada ni aporta nada útil; y encima, son dos de los personajes más populares de ese  programa entre el público infantil. En todo caso, vale la pena la reflexión: los personajes más caricaturizables (y caricaturizados) en estos programas de sátira son: políticos (una manera eficaz de desahogarse los ciudadanos), gentuza del corazón (gandules que nadie sabe de qué viven, excepto algunos que viven de poner el culo en venta) y cocineros. Vaya trío.
    Lo que pretendo no es ir contra los cocineros en general: quede esto bien claro. Lo que yo quiero es ir contra la gastronomia, ese ¿arte? reverenciado por gente generalmente muy obesa, a veces procedentes de partidos de izquierda o ultraizquierda (no soy el único en señalarlo: Trapiello ya lo hizo, y Gregorio Morán se "descargó" en todos ellos hace tiempo en un magnífico artículo en La Vanguardia). La gastronomía, que en el espacio de unos pocos años, apenas una década, quizá menos, se ha convertido en algo aparentamente imprescindible, algo cuya divulgación ha ocupado el lugar que antes ocupaban temas u opciones mucho más necesarios. Porque, al fin y al cabo, ¿qué diantre es la gastromonía? ¿A quién sirve la gastronomía? ¿A quién interesa? ¿Qué sentido tiene? Dijo el clásico: "Hay que comer para vivir, no vivir para comer". Sin embargo, estos individuos han convertido su profesión en un "arte", en un must que  hay que tragar quieras o no quieras y sobre el que hay que estar ilustrado. Viendo sus programas, sus ridículos programas donde se cocinan los platos más absurdos, uno piensa por qué no se van a hacer estos mismos programas a, por ejemplo, la televisión de Etiopía, o de Biafra, o de Somalia, o de cualquier país donde la gente se esté muriendo cada cinco minutos de hambre, y donde comen literalmente mierda para poder subsistir. ¿Por qué no van a esas televisiones los Adrià, la Ruscalleda, el coñón de Arguiñano y demás fantasmas y niños bonitos de la gastronomía? ¿Por qué no cocinan simples tortillas, modestos bistecs, o aunque sólo sea preparan un bocadillo de chorizo para esa gente? No. Ellos están para "ilustrar" a una sociedad mema y hedonista, carente de principios, con sus "Esferificación de lenguado rehogado a la Provenzal con aromas de rosa", sus "Pez espada horneado a la Pompadour con caprichitos de setas", sus "Jabalí relleno de macarrones con salsa rosa y cuadraditos de pomelo al vino rancio" (todos estos platos son invención mía, y no son más estúpidos que los que inventan ellos). A veces, mientras en uno de sus programas nos ofrecen la preparación de uno de esos platos, en otra cadena están pasando un reportaje de Etiopía en donde una madre cocina barro para sus hijos: es todo lo que tiene para darles de comer. Y ya sé que se me dirá que son cosas de mal comparar, o que es una comparación carenta de sentido; pero a veces conviene que alguien diga estas cosas, porque ya empieza a cansar el tema.
    La gastronomía es el más inútil de los placeres, o de las artes, o de lo que se quiera hacernos creer que es la gastronomía. Es puro pasatiempo condenado a la extinción, porque todos sabemos dónde irán a parar sus creaciones a las pocas horas, dependiendo del metabolismo de cada uno. (Aunque me temo que los niños que comen el barro cocido por su madre ni siquiera pueden permitirse eso.)
    La glorificación diaria y continua de los cocineros, la elevación a los altares de la gastronomía es la muestra clara de que nuestra sociedad es cada vez más imbécil, hedonista, vacua y vacía, y que el músculo de pensar se le ha ido atrofiando por falta de uso, dedicándolo al gozar de placeres vauos. No hay nada malo en sí en gozar de placeres hedonistas, pero sí lo hay en convertir en semidioses a personas que ejercen un oficio como otro cualquiera y elevarlos a necesario referente para todo; es, sencillamente, una demostración de lo inútil de nuestra sociedad, de su escasa lucidez y su falta de ambiciones.
    Luego, claro, tenemos las "guías gastronómicas". Hace años, para mi desgracia, tuve que encargarme de la revisión de una de ellas en sus ediciones anuales. Puede que de allí naciera mi odio total a la gastronomía. Para empezar, el autor de una guía de éstas (o al menos de ésta en concreto) es un individuo que se pasa la vida viajando y comiendo de gorra. Los 365 días del año, o poco menos, circula por España, comiendo a pan y cuchillo en los restaurantes de la alta gastronomía y de la casi alta, por si ascienden a alta. Naturalmente, come y cena como un Gran Señor, visitando repetidas veces cada restaurante para probar los distintos platos y escribir sobre todos ellos en un estilo literario que sólo se puede calificar de grotesco y que provocaba las risas de los empleados de la editorial encargada de su publicación. Es una vida de reyes, coño. Ellos dirán que no, claro, pero a ver qué día cogen a unos cuanto etíopes o somalíes y se los llevan con ellos a comer aunque sólo sea una vez de gorra a esos restaurantes que visitan. Yo creo que si alguien llevara a comer una sola vez a uno de estos autores de guías gastronómicas a Casa Pepe o al Bar Loli, para que degustaran el menú diario de 7 euros, más bebida y postre, su estómago explotaría como el del personaje de Alien. Y es que están tan acostumbrados a comer las exquisiteces de estos superrestaurantes que la comida de la gente normal y corriente les ha de sentar mal sin duda alguna. Viven en otro mundo, en otra órbita, no son de nuestro planeta, y se creen que los demás tampoco lo somos, o quieren que los demás sean como ellos, unos necios.
    Me parece muy bien que les interese la gastronomía; por mí, como si les interesa la música de dulzaina o las corridas de toros: cada uno es libre de escoger sus aficiones. Pero de ahí a esa obsesión en que ha entrado el tema desde hace ya un tiempo, hay un trecho muy largo. La adoración que despiertan esos cocineros mediáticos carece de sentido, lo mismo que el haberles convertido en eso mismo, en seres mediáticos. Pero supongo que si pensamos en la imbecilidad general del mundo de hoy, puede que sí tenga sentido.
    En 1990 le pregunté a Pep Manubens --al que he mencionado algunas veces en la serie "Relatos autobiográficos-- cómo siendo tanto su restaurante como el de su hermano de los mejores de Barcelona, nunca aparecía en ninguna guía gastronómica. Me contestó lo siguiente: "Mira, nano, yo ya tengo bastante trabajo llevando el negocio como para ir detrás de la gente esa aflojando pasta para que me pongan en una guía. El que le interesa ya me conoce, y el que no, me da lo mismo. Que llevar un restaurante consume mucho tiempo y yo no lo tengo para perderlo en tonterías."
    Interesante. Me quedo sobre todo con lo de "llevar un restaurante consume mucho tiempo". Les he visto en acción a él y a su hermano, y realmente no paran. Entonces, ¿de dónde coño sacan tiempo los Adriá, Ruscalleda, Arguiñano, Santamaría y todos los demás para estar a cada momento en televisión, escribiendo artículos, columnas en periódicos, apareciendo en programas de radio? ¿Quién coño cocina y compra en sus restaurantes? ¿Nos están tomando el pelo a todos? Bueno, a mi no, porque yo soy de los que van a Casa Pepe o al Bar Loli. Ya se apañarán los demás. De hecho, yo soy una persona que da poca importancia a la comida. Para mí, en tanto el plato esté correctamente cocinado y sea comestible, no pido más. Unos macarrones bien hechos, un plato de acelgas con patatas, un bistec o una merluza frita, y tengo suficiente. En realidad, alguna vez que he tenido la desgracia de comer en restaurantes de gran lujo, ha sido cuando peor he comido, a disgusto, sin disfrutarlo, sin entender siquiera aquellos platos extraños, aquellos condimentos ininteligibles. La gastronomía, al parecer, o el gusto por la comida, se ha metido en todas partes. Tengo un amigo escritor, mayor que yo, que en los últimos años, siempre que nos hemos visto, sólo sabe hablar de comida: lo que comió en tal sitio, en tal otro, aquel chino de la calle tal, el de la calle cual, el restaurante que ha cambiado de dueño, el que no, un cochinillo asado que se tomó en Logroño o no sé dónde. Antes hablaba de libros, editoriales... Ahora sólo sabe hablar de comida y más comida. De hecho, hablar de comida ha sustituido a hablar del tiempo. A mí todo esto me empieza a hartar.
     
     
     
     
    June 06

    MIGUEL MIHURA EN EL INFIERNO DEL CINE, de Fernando Lara y Eduardo Rodríguez


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Finalmente, gracias a una librería dedicada al mundo del espectáculo abierta hace pocos meses en Barcelona, he conseguido un ejemplar de este libro, que buscaba con afán desde que ya hace unos años tuve noticia de su existencia en bibliografías y estudios sobre Mihura. Fue editado en 1990 por la Semana Internacional de Cine de Valladolid y, como todas las publicaciones de ese festival, no tuvo ni tiene distribución comercial, vendiéndose únicamente durante el transcurso del mismo. El tiraje es muy corto y, con la excepción de algún esforzado librero que se espabila para conseguir con no pocas dificultades algunos ejemplares para su venta a los interesados en el tema, los libros y monografías que edita la Semana de Valladolid no vuelven a verse ni a distribuirse, menos aún reeditarse, ni tampoco a servirse a pedido de librerías. Lamentable, porque precisamente este festival ha publicado no pocas obras de gran interés a lo largo de su historia.
    Este trabajo de Fernando Lara y Eduardo Rodríguez merecería una edición más al alcance del público interesado. En España, el estudio de la historia de nuestro cine --como ya se comenta por parte de los autores y como es vox populi--está totalmente ninguneada y descuidada; poco se escribe sobre historia del cine español (aunque toda la industria --incluidos actores y directores-- se pasen la vida proclamando lo bueno que es el cine español, para ver si venden alguna entrada), aunque a veces tenemos la fortuna de que aparezcan obras como la presente, que deberían ser la norma y no la excepción, como por desgracia es. Pero ocurre también que, tras la lectura de libros como éste, nos quedamos bastante desazonados y compungidos, cuando resulta que la frase que aparece con más frecuencia al hablar de alguna de las películas mencionadas es: "... no se conserva ni el negativo ni ninguna de sus copias" (con variantes como: "Otro caso de película perdida para siempre", o "... han desaparecido el negativo y las copias"). Realmente, en condiciones semejantes es imposible emprender el estudio del cine español, y lo peor de todo es que no estamos hablando de cine mudo (la situación es para echarse a llorar en este caso), sino ¡de películas realizadas entre 1940 y 1955!, que son las que en su mayor parte se estudian en este libro dedicado a la labor de Miguel Mihura como guionista (etapa cuya labor principal dio por concluida hacia 1952, tras el estreno de Tres sombreros de copa, aunque siguiera colaborando esporádicamente pero no escribiendo ya guiones directamente para el cine). Es bastante increíble e incomprensible la cantidad de cine español perdido para siempre realizado entre esos años (puesto que es indudable que no sólo los films aquí mencionados se han perdido todas sus copias y el negativo, o han sido destruidos por el paso del tiempo, sino muchísimos otros dirigidos por realizadores interesantes --o mediocres, qué más da-- e interpretados por actores populares o admirados; en tales condiciones, a ver cómo se escribe la historia del cine español o se estudia el trabajo de quien sea).
    En honor de Lara y Rodríguez, hay que decir que el carecer de copias para visionar muchas --¡demasiadas!-- de las películas cuyo guión escribió Mihura, debido a su pérdida o deterioro, no les ha arredrado en su estudio. Han procedido a la lectura de todos y cada uno de los guiones, que --casi habrá que pensar que de milagro-- se conservan en sus diversas versiones hasta llegar a la definitiva en la Filmoteca Nacional, lo mismo que han consultado a fondo los informes de la censura previa de guiones y la posterior a la película antes de su estreno (lo cual da lugar a jugosas lecturas de dichos informes escritos por cretinos censores --bien, en rigor, un censor es siempre un cretino--), notas de producción, cartas o escritos de diversas personas relacionadas con el film en cuestión, artículos de revistas de la época, críticas, etc., etc., además, obviamente, de contactar con personas aún vivas que participaran en los films, empezando por un ya nonagenario Jerónimo Mihura, hermano de Miguel y director de varios de sus guiones, aún vivo pero muy enfermo en 1990, cuando Lara y Rodríguez preparan el libro. El resultado es un trabajo más que notable, verdaderamente ejemplar, digno de aplauso, máxime teniendo en cuenta los inconvenientes a que han tenido que enfrentarse. Es de pena leer que uno de los primeros filmes con argumento y guión de Mihura, un cortometraje de 1935 titulado Don Viudo de Rodríguez, dirigido por su hermano Jerónimo, con una duración original de 30 minutos, sólo quedan de él 13 escasos minutos en una única copia en tal estado de deterioro que su visionado es totalmente imposible a fin de que no se destruya por completo.
    Como puede comprobarse, estudiar la historia del cine español anterior a 1975 puede desmoralizar a quien intente hacerlo. Lara y Rodríguez, resignados a ello, nos ofrecen sinopsis detalladas de todos los films, bien partiendo de su visionado o de su guión en el caso de los ya inexistentes, y en todos los casos cotejan los cambios sugeridos/ordenados por las diversas censuras (la previa y la posterior al rodaje) cuando existe el film, aunque en los inexistentes queda la duda de si se acabó filmando lo que exigió la censura o se llegó a alguna entente cordiale. Puesto que, al fin y al cabo, de lo que aquí se trata es de conocer lo escrito por Mihura directamente para el cine (sean guiones originales o adaptaciones de obras de otros autores, o diálogos para guiones de otros), el resultado es menos lamentable de lo que podría ser, pues los autores han recurrido en todos los casos a la obra escrita, al guión de Mihura, que es lo que interesaba básicamente para conocer esa faceta casi ignota --y no estudiada por nadie-- del comediógrafo español más importante después de Jardiel.
    De entre las películas extraviadas, un caso particularmente lamentable es del de la muy curiosa Me quiero casar contigo, de 1951, protagonizada por Fernán Gómez y dirigida por Jerónimo Mihura. El argumento, guión y diálogos son originales de Miguel Mihura, y los autores lo analizan en profundidad debido a su condición de rara avis --lo cual aún hace más lamentable que la película se haya perdido para siempre--. Como se ha indicado en algunas ocasiones, el film sirvió como base a su obra La canasta, estrenada en Madrid a principios de diciembre de 1955 y retirada de cartel a primeros de enero de 1956. Sobre esta comedia ha pesado durante décadas una cierta leyenda negra. Es el único texto teatral de Mihura que no fue editado en vida de Mihura por orden expresa suya, y hasta 1998 no ha existido una edición impresa de La canasta gracias a una editorial de Vigo (actualmente, se halla en el Teatro Completo que publicó Cátedra en 2004, con motivo del inminente centenario del autor). Así, cuantos han estudiado el teatro de Mihura, han debido omitir esta obra (excepcionalmente, Lara y Rodríguez pudieron leer el manuscrito para este estudio sobre la obra de Mihura en el cine, para señalar sus diferencias respecto al guión cinematográfico de 1951), lo cual es aún más grave si tenemos en cuenta que en esa comedia aparecen muchas de sus constantes, empezando por... el cuestionamiento del matrimonio. Como digo, la comedia ha sido claramente ninguneada e ignorada por muchos, lo que a no pocos (a mí mismo) extrañó sobremanera. Se habló a veces de prohibición de la censura, de escándalo... De hecho, esto último fue lo que ocurrió en realidad: el estreno de La canasta en diciembre de 1955 ocasionó un verdadero escándalo en el teatro que acabó a puñetazos entre Arturo Serrano (empresario de la sala y esposo de la primera actriz, Isabel Garcés) y varios espectadores (incluso se dice que Mihura repartió algunos puñetazos esa noche). Julián Moneiro, en la biografía de Mihura que publicó en 2004, aclara mucha de esa leyenda que ha rodeado el extraño caso de La canasta. No hubo, de hecho prohibición de la censura (aunque el autor dijo en alguna entrevista años después que tuvo que reescribir y corregir hasta lo indecible el texto por orden de un sacerdote censor), pero sí broncas monumentales en cada función (hasta que se decidió retirarla de cartel) e incluso manifestaciones callejeras contra el autor. Curiosamente, el estreno en 1956 de la comedia en Barcelona no ocasionó problema alguno, aunque no fue un éxito tampoco. Es probable que,  amargado por todo el escándalo que la rodeó, Mihura decidiera no editarla y olvidarse de ella, no mencionándola siquiera en artículos o entrevistas.
    Tanto Me quiero casar contigo como La canasta nos presentan el mismo problema, si bien con personajes algo diferentes y con una resolución distinta. Donde coinciden más es en su arranque (el film) y en su primer acto (la comedia). Lara y Rodríguez nos reproducen los diálogos con que principia la película a partir del guión original, algo muy de agradecer puesto que, como he dicho, el film ya no existe. Y, al igual que con la posterior comedia de 1955, sorprende que la censura de 1951 se dejara colar un gol semejante. Cierto que la censura teatral era más relajada (abierta) que la cinematográfica (al cine podía ir todo el mundo, al teatro no iba todo el mundo), pero aun así produce verdadera extrañeza tanto en un caso como en el otro. En el film aparece una pareja acostada en una cama de matrimonio, por la noche, iniciando una conversación antes de apagar la luz; de repente el hombre le dice a la mujer que quizá va siendo hora de que se casen, después de tantos años de vivir juntos, y a partir de ahí se inicia la discusión entre ambos: que si ya no me quieres, que si te has cansado de mí, que lo que quieres es llevar una vida aburrida, que si casarse es un rollo, etc., etc. Todo a través de los ingeniosos diálogos de un Mihura muy inspirado en su habitual visión --escéptica-- del matrimonio y de las relaciones entre hombre y mujer. La "puñalada" a la inflexible censura española ya está clavada, y da igual cómo prosiga el film y qué conclusión tenga: se ha cometido el pecado más grave que podía cometerse en la España franquista: presentar en la cama a hombre y mujer viviendo como matrimonio sin serlo, y, encima, en plan de coña. Lara y Rodríguez argumentan que el posible "gol" se debió a un cierto relajo de la censura a inicios de los años cincuenta, pero me temo que no coincido con ellos en este aspecto: la censura sólo "abría" la mano raramente, y no precisamente para hacer comedietas, sino filmes de denuncia dentro de un orden falangista, y uno o dos al año. Por lo demás, los autores citan el comentario del inefable Méndez Leite (padre, of course) en su (impagable) libro sobre el cine español, y que dice sobre Me quiero casar contigo: "... la película se pasa de la raya en lo tocante a ligereza y desenfado".
    Cuando por fin pude leer en 1998 La canasta, ignorante de todo cuanto he referido sobre la cuestión, y que no he sabido hasta leer la mencionada biografía de Mihura publicada en 2004, me sorprendió el primer acto y confieso que me quedé extrañadísimo de que semejante tema fuera autorizado en 1955 y representado en la escena. Mi conclusión fue que el motivo de su no edición y el silencio que pesaba sobre ella era una posible censura a posteriori. En todo caso, hay que decir --como también señalan Lara y Rodríguez-- que no es La canasta una de las comedias más logradas de su autor, sino que se sitúa en un muy discreto lugar dentro de su producción y tiene escasa brillantez, aunque desde luego en ella se encuentren, como ha quedado dicho, sus temas principales. Mihura incia la comedia con unos diálogos entre un hombre y una mujer, diálogos corrientes entre quienes parecen ser marido y mujer, hasta que de pronto el hombre le hace a la mujer esa misma proposición que en el film: que ya va siendo hora de que se casen (lo cual sin duda fue el origen de la bronca monumental el día de su estreno); todo parecía la aburrida rutina de un matrimonio vulgar, hasta que resulta que no es un matrimonio. La verdad, la España católica de Franco en 1955 no estaba para tomaduras de pelo semejantes.
    Pero volvamos de nuevo al trabajo --estupendo trabajo, no me canso de repetirlo-- de los dos autores de este libro imprescindible para los interesados en la vida y obra de Mihura. Uno de los puntos más interesantes es la confirmación del decisivo papel que jugó Mihura en los diálogos de ¡Bienvenido, Mister Marshall!, el film del tándem Bardem-Berlanga, para lo cual aportan, además de diversas declaraciones, fragmentos de los guiones original y definitivo (antes y después de su paso por Mihura, por decirlo así): la diferencia es abismal y no se necesita estar muy familiarizado con la obra de Mihura para reconocer no pocos detalles de su habitual humor y estilo de diálogos. Las dos escenas escogidas por los autores para ilustrar lo decisivo de la aportación de Mihura son aquella en que el empresario (Manolo Morán) le endosa a su representada (Lolita Sevilla) al alcalde (Isbert) como propaganda para los americanos, y la famosa del discurso del alcalde desde el balcón; como digo, la versión del guión original y la dialogada por Mihura son como la noche y el día.
    Como también ha quedado dicho, no menos interesantes son los comentarios de la famosa censura con que los autores nos deleitan de cuando en cuando. Impagables totalmente. En un caso tan tardío como el de Melocotón en almíbar, rodada en 1960, a partir de una comedia estrenada en 1958, se reproduce casi íntegramente una carta del director y productor del film, Antonio del Amo, dirigida al organismo censor, en que prácticamente se baja los pantalones para ellos y critica a Mihura por "ordinario", a fin de obtener el permiso de rodaje, pues la censura estuvo a punto de prohibir el film en el último momento, tras haber sugerido diversos cambios en el guión previo, cuando el rodaje estaba a punto de iniciarse. Curiosamente, la obra no tuvo apenas problemas en su estreno teatral dos años antes... Algunos comentarios son sencillamente irracionales, especialmente los de los años cuarenta y cincuenta referentes a que no se vieran alcobas, centímetros de piel, etc. etc., aunque incluso en 1970 les preocupaba hubiera exceso de exhibicionismo en La decente (supongo que por parte de Conchita Velasco, que vestía de manera bastante sugerente...) y una señorita de vida alegre pronunciara la palabra "culo".
    No hay duda de que la obra cinematográfica de Miguel Mihura no es mejor ni más memorable que su obra como comediógrafo: ninguno de los films cuyo guión escribió directamente para el cine (dos serían más tarde adaptados para sendas comedias: Mi adorado Juan, sobre un film homónimo, y la citada La canasta, sobre Me quiero casar contigo) parecen muy notables; muchas de sus historias curiosamente, entran en lo policial, género que también cultivó en teatro --recuérdese Carlota, por ejemplo--, pero todas ellas contienen memorables diálogos mihurescos, de los cuales los autores nos ofrecen diversas muestras extraídas de los guiones, lo cual es muy de agradecer, máxime cuando tantas de esas películas han desaparecido ya. En suma, un libro admirable, ejemplar, imprescindible, hecho con afán, pero también con objetividad (no es el clásico "libro de fan" que tanto abunda ahora, sino un estudio serio y riguroso). 

     
    June 04

    AUTORES OLVIDADOS (25). JOSE LUIS MARTÍN VIGIL: Sacerdote y novelista

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
    Parece que ya está retirado de escribir, y según una entrevista que le leído en internet está enganchado al mundo internauta. Dice que hace ya años anda mal de la vista y lo compensa chateando y navegando y buscando por internet. Pues no sé qué pensar. No ando yo mejor que él de la vista y no me parece que chatear y navegar y pasarse horas y más horas ante la pantalla del ordenador se la vaya a mejorar, precisamente.
    Este hombre ha sido siempre un tanto extraño. Ovetense nacido en 1919 es o fue o ha sido o sigue siendo sacerdote. No tengo idea de si colgó o no los hábitos o celebra misa cada día. Lo que sí está claro es que fue uno de los best-sellers españoles de la década de 1960: vendido, traducido, popular... Escribió mucho, muchísimo, en su mayor parte obras dedicadas al público juvenil, aunque con alguna incursión a novelas para mayores. De adolescente me leí varias veces su famosa La vida sale al encuentro, aparecida hacia 1960, en Editorial Juventud, donde era autor "de la casa". Luego publicó en Richard Grandio, un editor de Oviedo, y en Planeta, Edebé... Ganó premios, el Gran Angular y algunos premios de la Oficina Católica. La mencionada novela, una de las primeras que publicó y la más famosa aún hoy día, fue un verdadero best-seller en su época, todo un fenómeno. Venía a ser una "novela formativa" para jóvenes, y lo cierto es que eso de "formativa" es adjetivo que mete un poco de miedo; hizo algo parecido luego para las chicas con Un sexo llamado débil, para que se viera que no las olvidaba. No hace mucho, se ha reeditado La vida sale al encuentro a través de una editorial tirando a católica, en lo que se considera "la edición definitiva", revisada y corregida en algunos detalles; al parecer, se basa en hechos reales.
    Hizo también algo de "novela social" y "comprometida", así, entre comillas, porque yo la verdad es que no lo he oído citar nunca a militantes del PCE o del PSUC, ni siquiera del PSOE o PSC, que se leían todos a Candel del primero al último. Eso sí, se vendieron muy bien: Una chabola en Bilbao, Los curas comunistas, Sexta Galería... Puede que fueran comprometidas "dentro de un orden", y por tanto no impresionaran demasiado, es decir: la disidencia o la crítica bien vistas. A mí la verdad es que La vida sale al encuentro, que leí más de una vez, me parecía la mar de formativa dentro del "régimen" establecido. Supongo que se entiende lo que quiero decir, ¿no?
    A los autores que pretenden "formar" a la juventud dentro de una época y unas circunstancias sociales determinadas (y políticas, claro), el tiempo les suele pasar una factura muy cara de pagar: Queda Usted Olvidado en la Fecha de Hoy. Me explico: hay novelas más o menos formativas del siglo XIX perfectamente válidas hoy día, y otras de hace unas décadas que resultan escleróticas, porque en parte representan unos tiempos y circunstancias ya superadas. Me temo que eso es lo que le pasa a estas novelas "formativas" de Martín Vigil, que acabaremos leyéndolas un poco para ver cómo más o menos (más menos que más) éramos, algo así como vemos el cine español antiguo, para ver entre líneas cómo éramos bajo las apariencias. Aunque no sé yo qué utilidad tiene esto. Sí, también se pueden leer para recuperar el tiempo perdido, y es lo que me tentaría con La vida sale al encuentro, que ya he dicho me leí bastantes veces de adolescente, pero sin conseguir identificarme nunca con ese muchacho protagonista, tan alejado de mí en todo. Y ya no digamos lo lejos que me quedaban las chicas de Un sexo llamado débil, que me leí más adelante para enterarme de cómo eran, y no me sirvió de gran cosa (otros libros me resultaron más útiles).
    Lo curioso es que me leí La vida sale al encuentro a la edad en que se supone debía leerla (fue un regalo de mi madrina, creo recordar), pero como digo nada en ella me resultaba cercano, y sí muy lejano. En ese sentido, me fue mucho más útil y entrañable una novela como La zancada, de Vicente Soto, que leída no mucho después. Novela, esta de Vicente soto, me temo que olvidada, por desgracia, y cuyo autor no creo pretendiera hacer una novela "formativa" ni mucho menos, sino narrar de manera sencilla el paso de niño a adolescente, lo que él llamaba "dar la zancada", el paso largo. Esa novela me conmovió y dejó gran recuerdo; previamente había seguido una adaptación radiofónica de ella, que me impulsó a adquirir corriendo el libro; por el contrario, la novela de Martín Vigil me entretenía, me resultaba simpática, pero no me causaba grandes emociones: ese limpio burguesito protagonista era ajeno a mí, lo mismo que su paisaje, mientras que el chico sencillo y normal de un pueblo pequeño de Castilla de la obra de Soto me parecía reconocible. En fin, quizá sea injusto comparar estas dos novelas y estos dos autores, tan distintos en modos e intenciones, pero se me hace inevitable que hablando de una, me venga el recuerdo de la otra.
    Martín Vigil escribió muchísimos libros, como he dicho, y al final de todos ellos ponía siempre su dirección: Calle Tal  número Cual de Madrid. Una invitación un tanto peligrosa a recibir correspondencia y otras cosas. De ahí que hace años fuese noticia en las páginas de sucesos de los periódicos en relación con ciertas acusaciones que mentiría si dijera que me sorprendieron. Fue un suceso muy desagradable, y como mi recuerdo del mismo es borroso, prefiero no detallarlo. Quede para esos especialistas en salsa rosa literaria (los hay también).
    Leer que ahora se dedica a chatear y navegar por internet y demás me llena de una cierta inquietud. En fin, hoy sus novelas sociales ya han sido olvidadas, y sus novelas formativas sustituidas por textos más formativos o acordes con la sociedad actual (ni mejor ni peor que la de entonces: pero sí distinta en todo). Quizá sea injusto, teniendo en cuenta que fue un trabajador de la letra impresa, pero es lo que lleva la vida y el cambio de generaciones.
     
     
     
    June 03

    EL CASO DEL ASESINO OCULTO (y 3)


    TERCERA PARTE
     
        Fui corriendo a la tienda donde se había quedado Harold con Mabel Thorndyke y Sandra. Cuando llegué estaban saliendo de ella y vi que Mabel llevaba un paquete que supuse sería el vestido para una boda que me temía ya no se iba a celebrar. A Sandra no se la veía mucho porque llevaba puesta la famosa pamela amarilla que se había probado y que le llegaba hasta la nariz. Al no ver por dónde andaba, se dio un morrón contra una farola, y entre Harold y Mabel la levantaron del suelo. Harold estaba tratando de arrancarle la pamela de la cabeza, pero por lo visto se le había quedado incrustada.
        --Échame una mano, Diógenes --me dijo Harold--. A ver si le conseguimos quitar la puñetera pamela...
        --Deje eso, jefe. Ha ocurrido algo mucho más grave... El Ganzúas se ha fugado.
        --¿Qué? --Harold, estupefacto, soltó la pamela, lo que hizo que Sandra cayera de... esto, bueno, cayera al suelo sentada.
        --¿Quién dice que se ha fugado? --Mabel se puso pálida.
        --Su supuesto novio --aclaré, y en ese momento me di cuenta de que Mabel Thorndyke estaba más que entusiasmada con aquella boda simulada--. El señor Mulcallan. Ha ido a la iglesia para hablar con el cura antes de la boda, y después se ha largado por la puerta trasera. Y el cura, con lo del secreto de confesión, no ha querido decirme de qué han hablado.
        Harold, sin tener en cuenta que estaba al lado de una niña y una dama fina, se puso a renegar y blasfemar en moldavo.
        --¡Esto es el colmo! Así que nos ha dejado colgados, ¿eh? Pero, ¿quién le mandaba a ese idiota ir a confesarse con el cura?
        --Dios mío, qué vergüenza --lloraba la señora Thorndyke--. Abandonada al pie del altar, como quien dice. ¡Es lo último que me faltaba!
        Finalmente Sandra logró quitarse ella sola la pamela, pues nadie le hacía caso.
        --Puede adoptarme como hija, si lo desea --le ofreció a Mabel Thorndyke.
        --Voy a telefonear a Jameson --dijo Harold echando humo, y no precisamente por la pipa--. Me aseguró que podía confiar plenamente en El Ganzúas, que con lo de su hija monja y todo ese rollo estaba más que reformado. ¡Y ahora se larga y nos deja plantados en medio del fregado!
        Nos fuimos hacia la comisaría, para que Harold llamase desde allí a Scotland Yard. El teniente Davis se quedó pasmado cuando mi jefe le explicó lo ocurrido, y le permitió usar su propio teléfono para que hablase con Jameson. Mientras tanto, Sandra y yo nos esforzábamos en consolar y animar a Mabel Thorndyke, que parecía a punto de desmoronarse.
        --Puede que le hayan asesinado para evitar que se casara conmigo --decía la viuda, histéricamente--. Ahora veo muy claro que alguien ha matado a todos mis maridos...
        --No tema, señora Thorndyke --dijo Sandra--. Todo saldrá bien, confíe en el señor Smith.
        Harold colgó el teléfono tras hablar con Jameson, y nos dijo con aspecto preocupado:
        --Jameson asegura que El Ganz... que Bert Mulcallan nunca haría eso de dejar plantado a nadie. Dice que le juró por su hija, la monja, que nos ayudaría, y según Jameson por nada del mundo faltaría a ese juramento. ¿Y si se trata de una falsa alarma?
        --En todo caso, es fácil averiguarlo --dijo el teniente Davis--. Llamaré a la estación por si está allí. No puede haber tomado aún ningún tren, porque el último pasó hace casi una hora y hasta dentro de veinte minutos no hay otro. Si está esperando el tren, enviaré un agente a buscarle...
        Pero por las respuestas que obtuvo del jefe de estación, allí no estaba El Ganzúas. Dejó aviso de que le llamaran inmediatamente en caso de que apareciera y luego nos expuso su parecer:
        --Es evidente que ese hombre sigue en el pueblo. No puede haberse marchado en autocar, porque a estas horas los sábados no hay servicio de autocar. Tampoco en un coche de alquiler, porque la contrata está al lado de esta comisaría y habríamos visto salir a uno de ellos si hubiera recurrido a ese servicio. Y a pie no se habrá marchado... Creo que sigue en el pueblo.
        --Eso lo descubriremos pronto. Lo primero es hablar con el padre Flanagan mientras sus hombres le buscan por todo el lugar.
        Harold nos mandó a Sandra y a mí que acompañásemos a Mabel Thorndyke hasta su casa y permaneciéramos con ella, mientras él iba a interrogar al sacerdote, aunque sin mucha esperanza de que le dijera nada. La pobre viuda daba bastante pena, la verdad.
        --No se preocupe, señora Thorndyke --le dije, para tratar de animarla un poco--. Si no le importa esperar unos cuantos años, yo puedo casarme con usted...
        --Gracias, muchacho, gracias --trató de sonreír sin fuerzas--. Pero la verdad es que para mí la vida ya ha acabado después de esto. Ay... Bert parecía un hombre tan agradable...
        Con Sandra a un lado y yo al otro, la acompañamos a su casa y la dejamos reposando tendida en la cama de su dormitorio. Madge, su sirvienta, al ver el aspecto de casi muerta en vida de su señora, fue a la cocina para prepararle una infusión, casi tan triste como la propia Mabel.
        --Creo que debería hacer un reportaje de interés humano de este pueblo --dijo Sandra--. Y a lo mejor alguien ha visto a su novio fugado por algún sitio.
        --Harold ha dicho que no nos movieramos de su lado.
        --Dormirá un buen rato, y ella no corre peligro. Y además está Madge y estás tú...
        --Yo debería estar buscando sospechosos --dije amargamente--. Eso es lo que hubiéramos debido hacer desde el primer momento apenas más llegar al pueblo, pero Harold estaba embobado por la señora Thorndyke. Y los dos únicos sospechosos que encontré no parecen gran cosa, la verdad. Hum... Se me ocurre una idea... Quizá ese novio que tuvo de adolescente, ese tal Arthur que murió en la guerra, en realidad no muriera. Puede que la bala alemana le atravesara la cabeza sin matarle y él se volviera trastocado mental, y ha regresado al pueblo después de años de vagar por Europa, disfrazado y viejo y nadie le reconoce y se dedica a matar a los maridos de Mabel porque está demente...
        --Eso es una tontería como una casa, Diógenes. No tiene el menor sentido.
        --Bueno, pues vi algo muy parecido en una película no hace mucho.
        En fin, Sandra se marchó para su "reportaje de interés humano" y yo me fui a hablar con la sirvienta, por si a lo mejor a ella se le ocurrían posibles sospechosos.
        --¿Gente sospechosa? --me dijo desoncertada--. ¿Sospechosa de qué?
        --Uh... esto... pues de provocar accidentes que matasen a los maridos de su señora y la hicieran enviudar.
        --Pero, ¿qué dices, insensato? --se quedó boquiabierta--. ¿Los maridos de mi señora asesinados? Pero si todos ellos murieron en accidentes... Vamos, a quién se le ocurre comer setas que a saber si eran comestibles, o subirse al tejado a arreglar una antena, y rescatar a un gato que ni siquiera era suyo..., aunque lo del pescador que se tiró a sí mismo al río con la caña sí era bastante raro... Yo creo que mi pobre señora es eso que llaman gafe, y el nuevo novio se ha largado asustado para no sufrir él también un accidente.
        --No, se ha largado por remordimientos de conciencia --dije, frustrado--. Él sabía toda la historia de su señora, pero como es católico como ella, se le ha ocurrido ir a confesarse antes de la boda, y no sé por qué, la verdad..., y le habrá contado nuestro plan al cura y éste se habrá negado a celebrar la boda...
        --¿Qué plan? No entiendo nada, niño.
        Se me había olvidado que Madge no estaba al corriente de nuestro plan y de la boda simulada.
        --Oh, no es nada importante. Bueno, el caso es que El Ganz... el señor Mulcallan ha ido a ver al cura y luego ha salido de la iglesia a escondidas, por la puerta trasera...
        Madge se me quedó mirando incrédula.
        --Eso no es posible --dijo.
        --Pues es cierto. Todo el mundo lo está buscando por el pueblo, pero...
        --Digo que no es posible que saliera por la puerta trasera de la iglesia. Yo tengo la única llave de esa puerta, y me la olvidé en casa de mi hermana en Liverpool el fin de semana pasado. No le dije nada al padre Flanagan, porque no valía la pena. Esa puerta no se usa nunca.
        Se instaló un silencio ominoso, como leí en un folletín tiempo atrás.
        --Uh... habrá otra llave. 
        --No, no la hay. Son esas llaves tan grandes de la época medieval. Sólo se hacía una en aquellos tiempos, y la tenía yo para entrar a limpiar el despacho del padre Flanagan y la sacristía sin pasar por delante del altar. Me la llevé a Liverpool con las prisas de ver a mi hermana, que estaba algo delicada, y me la dejé allí olvidada junto con un bolso pequeño. Hasta el fin de semana que viene no la recuperaré.
        Dejé plantada a Madge y me fui corriendo hacia la iglesia católica del pueblo. Al volver la esquina me di de narices con Sandra.
        --¿Qué ocurre, Diógenes? ¿Dónde vas tan deprisa?
        --A la iglesia del padre Flanagan. Busca a Harold, corre.
        Pero no lo hizo, sino que vino detrás mío y entramos juntos en la iglesia. El monaguillo que había visto antes estaba encendiendo velas en los altares y le pregunté si había entrado o salido alguien de la iglesia en la última media hora.
        --Ha venido un forastero que fumaba en pipa hace un rato, pero se ha ido ya. Parecía bastante enfadado. --Comprendí que era Harold, y que no había sacado nada de su entrevista con el cura--. Como no hay servicio de misa hasta dentro de media hora, no suele venir nadie a estas horas...
        --¿Y el padre Flanagan dónde está?
        --Estará vistiéndose en la sacristía.
        Fui al pasillo que daba a la sacristía y al despacho del padre Flanagan, con Sandra siguiéndome. Lo primero que hice fue comprobar la puerta trasera, que estaba al final de aquel pasillo. La empujé, pero en vano: estaba cerrada con llave, en efecto.
        --Entonces, si no ha podido salir por esta puerta, y el monaguillo tampoco lo ha visto irse... ¿dónde demonios se ha metido El Ganzúas? --dije para mí mismo.
        --Diógenes, ¿qué ocurre? ¿Qué hacemos aquí? --preguntó Sandra.
        --El Ganzúas vino para hablar con el padre Flanagan; seguramente quería confesarse antes de la boda, lo cual es una tontería, y... Bueno, el padre Flanagan dice que se marchó después de hablar con él por esta puerta, pero está cerrada con llave y Madge dice que se dejó la llave hace días en casa de su hermana.
        --Puede que al Ganzúas le haya entrado miedo de casarse y se haya escondido...
        Entramos en el despacho del padre Flanagan. No había nadie. La única puerta era la que daba al pasillo, y no parecía posible que hubiera salido por la ventana.
        --Igual se ha escondido en ese arcón --señaló Sandra.
        Había un arcón viejo de madera al otro lado del despacho. Esto y la mesa de despacho, un par de sillas y un perchero para colgar la sotana eran todo el mobiliario. Encima del arcón había dispuestos desordenadamente una serie de objetos: libros, candelabros, ropajes...
        --Vamos, Sandra, no digas tonterías. El Ganzúas no perdería el tiempo haciendo tonterías... ¡Haz el favor de no tocar eso, niña cabezona! --dije, alarmado.
        Y es que Sandra, sin pensarlo dos veces, estaba quitando los objetos que había encima del arcón, y luego levantó la tapa. Se quedó rígida e inmóvil, mirando su interior. Me acerqué y miré por encima de su hombro. Dentro del arcón, metido de cualquier manera, estaba el cuerpo de Bert Mulcallan, alias El Ganzúas, y había sangre en su cabeza.
     
        Poco nos faltó a Sandra y a mí para ser las siguientes víctimas del cura loco y homicida. El padre Flanagan entró en ese momento y nos pilló mirando el contenido del arcón. Se abalanzó sobre nosotros, lanzando un rugido de furia y con los ojos desorbitados. Yo me aparté como pude, y Sandra, ágil, le puso la zancadilla. El padre Flanagan se tambaleó y cayó al suelo rompiéndose los dientes delanteros superiores, lo que no mejoró su aspecto de loco, precisamente. Nosotros aprovechamos para huir corriendo en busca de Harold y del teniente Davis.
        El padre Flanagan fue detenido por dos policías del teniente Davis cuando trataba de huir a pie por la carretera: un loco con la boca ensangrentada y vestido con sotana llamaba bastante la atención. Una vez en su celda, el sacerdote homicida nos sorprendió al confesar ser no sólo el responsable de los "accidentes" sufridos por los cuatro maridos de Mabel Thorndyke, sino también de la muerte de Arthur, el novio de Mabel durante su adolescencia. El entonces estudiante de sacerdote Flanagan, destacado en Dunkerke para hacer prácticas de cura de campaña, estaba ya enamorado locamente de la joven Mabel; celoso de Arthur, aprovechó la retirada de Dunkerke para coger la pistola de un soldado muerto, disparar contra Arthur y decir luego que lo había matado una bala alemana. A su regreso a Inglaterra, empero, no tuvo valor para renunciar a sus votos religiosos y casarse con Mabel, cuyo dolor por la muerte de Arthur le impresionó tanto que le llenó de remordimientos y le empujó a seguir con el sacerdocio, pensando que así expiaría aquel crimen. Pero fue un error: cuando Mabel, pasados tantos años, se casó por vez primera con un forastero que se había instalado en el pueblo para dar clases de latín en la escuela, el profesor Reginald Thorndyke, renació el demonio de los celos en el padre Flanagan y decidó matarle, aprovechando la afición del hombre a las setas y sabiendo que Mabel nunca las comía por el temor que le inspiraban, tal como nos había dicho. Y así, un marido tras otro todos fueron asesinados en accidentes convenientemente preparados como tales por el padre Flanagan a los pocos días de la boda que él mismo oficiaba. No podía casarse con Mabel debido a su condición de sacerdote católico, pero tampoco podía soportar que ella se casara con otro hombre y encima tuviera que celebrar él la boda. El pertenecer a una orden religiosa que, al contrario que a los pastores protestantes, no permitía casarse a sus miembros, le estaba volviendo loco, junto al amor que profesaba a Mabel y que rayaba casi en lo enfermizo, según dijo Harold (luego tuve que buscar el significado de esa palabra en el diccionario).
        --Pues sí que levantaba pasiones volcánicas la señora Thorndyke --dije, impresionado.
        --Su gran error fue creer que proseguir con su carrera de sacerdote le ayudaría a expiar el asesinato del joven Arthur y olvidar su pasión por la joven Mabel --resumió Harold, al final de su explicación--. Un error fatal, puesto que cuando Mabel se casó por vez primera, su cerebro se desquició por completo... Y cuando El Ganzúas fue a verle para hablar con él sobre la boda, quizá con la intención de contarle la verdad de nuestros planes, o quizá sólo para presentarse, eso no lo sabemos, el padre Flanagan perdió lo muy poco que aún le quedaba de cordura, le atizó con el crucifijo en la cabeza y le metió en el arcón. Pensaba deshacerse del cuerpo por la noche, llevándolo al lago en su jeep y echándolo allí con dos piedras para que se hundiera.
        Por fortuna, El Ganzúas no estaba muerto: el golpe, aunque a punto estuvo de abrirle la cabeza, sólo lo dejó inconsciente, aunque le provocó una conmoción de la que tardó en recuperarse. Cuando lo hizo, se emocionó al saber que le debía la vida a una niña que se presentó a visitarle al hospital con una ridícula pamela amarilla que no la dejaba ver nada y que tropezó con el gota a gota al que estaba conectado, casi tirándolo al suelo y cayendo ella. Sor Angustias --la hija monja del Ganzúas-- ayudó a levantarse a Sandra y la cubrió de besos. Sandra dijo que el mérito era mío, puesto que fui yo quien corrió a la iglesia para buscarle; yo dije que era de Madge, la criada de Mabel, por lo de la llave, y así nos pasamos la pelota los unos a los otros.
        --Aquel hombre enloqueció de repente cuando le dije que iba a casarme con Mabel al día siguiente --nos contó El Ganzúas--. Yo sólo había ido a confesarme, pero no me dio tiempo de decirle nada más. Sólo recuerdo un rugido de su garganta y su cara de loco alzando el crucifijo y...
        Sor Angustias --en la vida mundana, Christine-- acarició a su padre. Mabel Thorndyke, al otro lado de la cama, suspiró bajito y la oí murmurar: "Mi héroe".
        De regreso a la agencia, Harold nos dijo:
        --Y ahora resulta que Mabel Thorndyke y Bert Mulcallan, alias El Ganzúas, van a celebrar una boda de verdad. Se han enamorado el uno del otro como colegiales y Mabel lo considera su héroe salvador.
        --Podré lucir la pamela en la boda y ser dama de honor --dijo alegre y feliz Sandra.
        --Pues no sé qué pensar jefe --dije--. Nos van a tomar por una agencia matrimonial en vez de por una agencia de detectives, y esto no es serio.

    FIN.
     
        

    June 02

    EL CASO DEL ASESINO OCULTO (2)


    SEGUNDA PARTE
     
     
        Harold, Sandra, Bert Mulcallan alias El Ganzúas y yo viajamos en tren al pueblo de la señora Mabel Thorndyke el sábado por la mañana y, una vez llegamos a él, nos dirigimos hasta su casa. Ésta resultó ser una bonita casa de dos pisos con su jardincito británico y todo, muy limpia y reluciente. Una criada nos abrió la puerta y nos condujo hasta el saloncito, donde al poco rato apareció la señora Thorndyke. El Ganzúas se la quedó mirando boquiabierto.
        --Recristo, que me apuñalen las tripas si no es la mujer más estupenda que he visto en años --le susurró a Harold--¿Puedo casarme con ella de verdad, en lugar de simularlo?
        --Señor Smith, cuánto le agradezo lo que hace por mí --dijo la señora Thorndyke.
        --Somos sus más humildes siervos y esclavos --dijo Harold, humillando la cerviz--. Éste es el Ganz... el señor Bert Mulcallan, quien fingirá ser su próximo marido ante todos.
        --Puedo jurarle, señora mía, que lamento no sea realidad, sino fingimiento --dijo el Ganzúas, comiéndosela con los ojos.
        --Esta niña es Sandra, y será su dama de honor en la boda.
        --Yo quería pasar por una hija suya olvidada, pero no me han dejado --dijo Sandra.
        --Oh, gracias, pequeña --dijo la señora Thorndyke, enrojeciendo un poco--. Me temo que tu idea no hubiera resultado muy... ah, apropiada. Señor Mulcallan, cuánto le agradezo su sacrificio...
        --Ningún sacrificio, estimada señora --dijo El Ganzúas--. Y llámeme Bert.
        --Pues llámeme Mabel, estimado Bert--sonrió ella.
        --A mí me gustaría que alguien me dijera qué le ven a una mujer de su edad --le susurré a Sandra.
        --Parece mentira lo tonto que llegas a ser, Diógenes --me replicó ella--. Esta señora es guapísima.

        Como era cerca del mediodía, la señora Tohrndyke nos preparó un rápido almuerzo, servido por su criada Madge. Mientras los demás charlaban de tonterías, yo estuve estudiando la posibilidad de que la criada estuviera enamorada en secreto de los maridos de su ama, y los hubiera asesinado por celos. Pero teniendo en cuenta que Madge era aún más vieja que la señora Thorndyke (llevaba al servicio de su familia desde antes de que naciera), la deseché de mala gana como asesina en potencia.

        --Espero que nadie descubra nuestro pequeño plan --dijo Harold mientras tomábamos los postres.
        --Nadie sabe nada. Me he limitado a contar a algunas amistades en el pueblo que hoy vendría un caballero que conocí hace poco y con el que me iba a casar mañana, para que la noticia empezara a divulgarse... Aunque no sé si el padre Flanagan, que es quien oficiará el matrimonio, debería estar informado de que todo no es más que un ardid... Lo puede considerar un pecado contra el sacramento del matrimonio, por muy buenas que sean las intenciones...
        --Nadie más que nosotros debe saber nada, y eso le incluye a él: un sacerdote católico no podría fingir... Aparte de que, en efecto, puede oponerse a celebrar la ceremonia. Luego, con confesarse todos ustedes, asunto arreglado.
        --Por mi parte, querida Mabel --saltó El Ganzúas--, le juro por santa Águeda, patrona de... de no recuerdo qué, que mis votos matrimoniales no serán fingidos del todo...
        --Oh, qué adulador --dijo la querida Mabel, ruborizándose como una colegiala.
        --Creo que será buena idea ir a dar una vuelta por el pueblo --dijo Harold--. Es sábado y la gente saldrá a pasear; conviene que todo el mundo nos vea, o la vea a usted con su presunto novio... Veremos qué ocurre.
        El Ganzúas y la señora Thorndyke no se hicieron de rogar para pasear cogidos del brazo por el pueblo, mientras Harold, Sandra y yo les seguíamos a un par de pasos de distancia. Cuando alguien se detenía a charlar con ellos, nosotros nos quedábamos en segundo término, o éramos presentados como "los amigos del novio" y "la dama de honor", pero con los ojos y oídos atentos a cualquier mirada o conducta sospechosa. Aunque lo cierto es que la gente que saludó y habló con la señora Thorndyke parecían personas normales y corrientes y no aparentaban tener intenciones ocultas de asesinar al novio. Todo el mundo parecía apreciarla de verdad y se alegraban de que hubiera encontrado un nuevo candidato a marido (o a víctima de accidente provocado).
        Al cabo de un rato, Harold decidió acercarse a la comisaría del pueblo para tener una charla con el jefe de policía, por si necesitásemos su ayuda más adelante. Dejamos a Sandra con los flamantes novios y nos encaminamos a la comisaría. Allí, tras presentarnos al teniente Davis, que era quien estaba al mando, le pusimos al corriente de todo, incluido nuestro plan. Tras escucharlo, el teniente nos dijo:
        --Le puedo decir, señor Smith, que las cuatro muertes de los maridos de la señora Thorndyke fueron investigadas a fondo, porque, la verdad, eran demasiadas muertes accidentales relacionadas con una misma persona y siempre al poco tiempo de haberse celebrado la boda. Pero todas y cada una de ellas eran lo que parecía ser: lamentables accidentes.
        --¿Ni la más mínima sospecha de una mano negra oculta?
        --Nada de nada. Como mucho, que nunca hubo testigos de ninguno de los tres accidentes, si dejamos aparte al profesor Thorndyke, el que se comió las setas, cuya muerte ocurrió cuando Mabel y su criada estaban en la casa. Si al menos hubiera habido algún beneficio económico para la señora Thorndyke con la muerte de uno o de alguno de los cuatro maridos..., puede que hubiéramos sospechado de ella. Pero no salía ganando nada, ya que eran empleados con sueldos muy modestos. En realidad, lo lógico hubiera sido que la asesinaran a ella, que sí tiene una considerable fortuna, como supongo sabrán.
        --Lo curioso es que nadie haya mostrado interés en la fortuna de la señora Thorndyke... ¿Y la posibilidad de un novio rechazado que buscara vengarse por despecho?
        --No se le conoce ninguno. La señora Thorndyke ha llevado siempre una vida muy discreta y ejemplar. De adolescente tuvo un novio, pero murió al poco de comenzar la guerra, en Dunkerke, y eso la dejó destrozada... Esos amores de juventud, ya se sabe. Se encerró en su casa para cuidar de su padre, que siempre estuvo mal de salud, y no quiso salir con ningún otro joven, aunque no le hubieran faltado pretendientes, desde luego. Era una joven hermosísima... Vaya, es aún una mujer hermosísima... Y así permaneció hasta que se casó con el profesor Reginald Thorndyke, cuando llegó al pueblo como profesor de latín, al poco de morir el padre de Mabel. Sin duda el quedar libre de sus obligaciones filiales, y puesto que su madre había muerto varios años antes que su padre, la hizo tomar conciencia del paso del tiempo, y de que debía empezar a buscar un marido.
        --Vaya historia más triste... En fin, en todo caso ese joven al que amó en su adolescencia murió en la guerra y no hay duda de que no fue asesinado por ningún amante celoso...
        --En efecto. Dunkerke fue un desastre para nuestras tropas... Sólo en este pueblo, perdimos a diez de nuestro mejores jóvenes allí, contando entre ellos a Arthur, que así se llamaba el novio de Mabel. Precisamente, el padre Flanagan, nuestro sacerdote católico, estaba en Dunkerke como joven cura de campaña, y vio morir a Arthur alcanzado por las balas nazis. Lo único que pudo hacer fue darle la absolución desde lejos.
        --Gracias, teniente Davis. Le ruego mantenga absoluta reserva sobre nuestros planes. Si realmente hay alguien que se dedica a asesinar a los maridos de la señora Thorndyke, no conviene levantar sus sospechas.
        --Descuide, señor Smith.
        Nos fuimos de la comisaría para reunirnos de nuevo con la feliz y falsa futura pareja y Sandra.
        --Deberíamos empezar a coleccionar sospechosos --sugerí--. Así adelantamos faena.
        --Lo que debemos hacer es proceder con suma cautela --dijo Harold--. Temo que alguien se huela que todo esto es una comedia, o incluso que ese asesino oculto sospeche que es una añagaza para descubrirle y obligarle a salir al descubierto. Alguien puede empezar a preguntarse que dónde ha conocido Mabel Thorndyke al Ganzúas...
        --Podemos decir que en Scotland Yard --sugerí.
        Harold no se dignó contestarme. Llegamos a donde estaban los tres y, por lo visto, el famoso Ganzúas se estaba tomando la comedia muy en serio, pues no dejaba de mirar embobado a Mabel Thorndyke. Se llevó un momento aparte a mi jefe y le dijo:
        --Señor Smith, todo este plan me parece muy bien, pero resulta que yo también soy católico, como Mabel... er, como la señora Thorndyke..., y no creo que sea apropiado representar un falso matrimonio en una iglesia católica, aunque sea para proteger a Mabel, digo, a la señora Thorndyke. Creo que el sacerdote que ha de celebrar la boda debería saberlo todo...
        --De ninguna manera --se negó tajante Harold--. Nadie debe saberlo hasta ver qué ocurre tras la boda. Y si el padre Flanagan se entera de lo que nos traemos entre manos, es capaz de negarse a celebrar la ceremonia, y nos estropea todo el plan.
        --¡No, eso no! --dijo Sandra, que aprovechando lo menuda que era se había pegado a nosotros para escuchar lo que decíamos--. ¡Yo no quiero dejar de hacer de dama de honor!
        --Se supone que una dama de honor sostiene la cola del vestido de novia --dije con sarcasmo--, y a ti más bien será la novia la que te irá arrastrando por la iglesia agarrada a la cola del traje...
        --¿Vestido de novia, dicen? --se metió en medio la señora Thorndyke, tras despedirse de otros conocidos que se habían acercado a saludarla--. No, un simple vestidito sencillo. Aunque para simularlo todo mejor, creo que debería ir a la tienda de Rose Jones para comprarlo...
        El Ganzúas no quedó muy conforme con mantener el secreto incluso ante el mismo cura. Como dijo luego Harold, no hay nada más pesado que un ladrón arrepentido y reformado; El Ganzúas llevaba como un peso sobre su conciencia católica el mentir a la iglesia fingiendo una falsa boda, aunque fuera por una buena causa. Así que mientras íbamos con Mabel Thorndyke (escribir "la señora Thorndyke" se me hace largo y pesado) a la tienda donde comprar el traje para la novia, él se separó de nosotros a fin de meditar profundamente sobre la situación y sus remordimientos de conciencia.
        --¿Yo me he de comprar algo especial para hacer de dama de honor? --preguntó Sandra. Me limité a no hacerle caso; se suponía que estábamos buscando a un peligroso homicida, en caso de que existiese, y de momento hacíamos de todo menos buscarlo. Me empezaba a aburrir bastante y temía que mañana todo sería aún más aburrido; así que esperaba a ver si teníamos suerte y salía un loco con un hacha de detrás de algún árbol para atacar al Ganzúas, y nos volvíamos ya a Londres de una vez.
        En la tienda donde entramos, Mabel empezó a mirar vestidos para elegir uno con que hacer de novia más o menos rutilante, y Sandra descubrió alborozada una enorme pamela amarilla que pensé tenía la ventaja de cubrirle toda la cabezota.
        --Me aburro, jefe --dije, fastidiado--. Esto es un rollo, y deberíamos ir localizando asesinos celosos en potencia y homicidas sospechosos.
        --Ve a buscar al Ganzúas y tomad hospedaje para todos en el hostal que hay cerca de la estación para pasar la noche y quizá los días siguientes. Bueno, para Sandra, no; ella puede quedarse en casa de la señora Thorndyke.
        --Podríamos hospedarnos todos en el dormitorio de la señora Thorndyke; así la vigilaríamos mejor --sugerí, pero Harold ni se dignó contestar a una propuesta tan razonable.
        Me fui en busca del Ganzúas, pero con la noble intención de empezar a buscar posibles asesinos celosos de Mabel Thorndyke, pues alguien tenía que hacer de detective mientras los demás perdían el tiempo con pamelas y tonterías. A los pocos pasos me detuvo un hombre sonriente y muy bien trajeado.
        --Usted es uno de los amigos del novio de Mabel, ¿verdad? --me dijo.
        --¿Del Ganz... del señor Mulcallan? Oh, sí, íntimo de toda la vida --dije mirándole con ferocidad. ¿Podía ser el que había matado a los anteriores maridos de Mabel?
        --Vaya sorpresa que nos ha dado Mabel volviéndose a casar. A ver si esta vez tiene suerte y le dura el marido más que los anteriores... ¿Y dónde se conocieron?
        --Eran amigos desde la lejana niñez de ambos. El Ganz... el señor Mulcallan partió a la India para hacerse millonario y comprarle un anillo de boda de diamantes y ha tardado todos estos años en lograrlo. Por cierto --decidí, dispuesto a vengarme un poco de la presencia de Sandra--, la niña que nos acompaña es una hija secreta del señor Mulcallan, pero ni él lo sabe.
        --¿De veras? --el hombre quedó un tanto desconcertado--. Vaya..., deles mi enhorabuena de mi parte. Soy Miller, el director del banco. Mi esposa y yo no faltaremos a la ceremonia.
        Deseché al tal Miller como sospechoso, ya que estaba casado. Claro que aún le daba tiempo de asesinar a su mujer y luego al Ganzúas, si se daba un poco de prisa. Seguí mi camino en busca del flamante novio sin hallar rastro de él. Otro tipo me detuvo entonces.
        --Perdone, ¿es cierto que Mabel se casa mañana? --me preguntó--. ¿Es usted pariente del novio?
        --Así es. De hecho, soy el hermano pequeño del novio, pero él no lo sabe ya que nuestra madre huyó y nos abandonó apenas nacer. El Ganz... el señor Mulcallan ha dedicado toda su vida a buscarla, en vano, para pedirle permiso para casarse con la señ... con Mabel... Se lo dio ayer en su lecho de muerte antes de exhalar el último suspiro, y aquí estamos. Por cierto, la niña que viene con nosotros es hermana mía, pero no lo sabe.
        --¡Qué historia tan singular! --dijo el hombre boquiabierto--. Vaya, pues felicite a Mabel de mi parte. Soy Dillimgham, el notario del pueblo.
        --Y estuvo enamorado en secreto de Mabel todos estos años, ¿verdad? --le pregunté directamente.
        --Pues no --repuso, algo asombrado--. Yo hace apenas un año que llegué a este pueblo, pero es muy querida por todos.
        No parecía tener mucho éxito en mi búsqueda de posibles sospechosos, pero al menos había sembrado la semilla de la inquietud en el posible asesino (o eso me animé a pensar, al menos). Dirigiendo miradas feroces a uno y otro lado del camino, confiando así atemorizar al asesino de maridos, llegué a la iglesia católica del pueblo, donde se celebraría mañana la falsa boda. Una señora salía de ella. Estuve tentado de saludarla y decirle que era hijo secreto de Mabel Thorndyke, para ver si alguien intentaba asesinarme a mí por algún motivo, pero temí que eso fuera llevar las cosas demasiado lejos.
        --Ah, joven --me habló ella al verme--. Usted ha venido con el nuevo novio de Mabel, ¿verdad? Creo que es católico como ella... Cuánto me alegro de que vuelva a casarse la querida Mabel. Sus anteriores maridos no eran de su religión, y a veces puede costarle a una mujer encontrar marido por estas cuestiones, ¿no le parece?, pues aquí casi todo el mundo es protestante. Pero Mabel es tan adorable... Ninguno de sus difuntos maridos le dio importancia a eso. Ah, he visto entrar en la iglesia al novio hace un rato, seguramente quería confesarse antes de la boda...
        Eso me inquietó un poco, porque El Ganzúas, en sus ansias de regenerarse, era capaz de contárselo todo al sacerdote y estropearnos el plan si el padre Flanagan, indignado, se negaba a celebrar la boda. Quizá aún llegara a tiempo de evitar que se confesase.
        Entré en la iglesia, pero no vi al Ganzúas. No había nadie en los bancos ni tampoco en los confesionarios. Me encaminé al fondo, donde suelen estar la sacristía y los despachos del sacerdote. Un monaguillo estaba ordenando misales en un cuarto anexo a la entrada.
        --¿Está por aquí el sacerdote? --le pregunté.
        --¿El padre Flanagan? Está en el despacho, hablando con un forastero.
        Temí que fuera tarde para evitar la confesión de El Ganzúas. Ese atontado, con sus remordimientos de última hora, nos iba a chafar el plan y Harold se enfurecería, con razón.
        Me dirigí a la puerta donde un letrero indicaba "Despacho" y llamé a la puerta. Una voz me dijo que entrase. Abrí la puerta. El cura, el padre Flanagan, estaba solo en su despacho, sentado a la mesa y repasando unos papeles. Alzó la mirada y me contempló expectante.
        --¿Está con usted El Ganz... el señor Mulcallan? --pregunté.
        --¿Quién dice usted? No, joven. Estoy solo, como puede ver.
        --Pues, ¿dónde se ha metido? Me refiero al novio de Mabel Thorndyke... Me ha dicho el monaguillo que ha entrado para hablar con usted...
        --Ah, ya... Pues ha salido hace unos minutos por la puerta trasera. Dijo que se volvía a Londres.
        Me quedé helado.
        --Pero... ¿qué ha ocurrido? ¿Qué le ha dicho a usted? ¿Y qué le ha dicho usted?
        El padre Flanagan meneó negativamente la cabeza.
        --Lo siento. Secreto de confesión. Como usted comprenderá, no puedo revelar nada.
        El mundo se me cayó a los pies. Salí corriendo del despacho del padre Flanagan y fui en busca de Harold para ponerle al corriente de lo ocurrido. Quizá aún pudiéramos evitar que El Ganzúas volviese a Londres. De no ser así, la única solución que se me ocurría era que el propio Harold se casase con Mabel Thorndyke.
     
    (continuará)