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June 30 EL DÍA QUE LLEGARON LOS MARCIANOS, de Frederik Pohl[Esta crítica fue publicada en la revista Blade Runner Magazine, número 6, abril de 1991.La novela fue publicada por Destino en su colección Cronos.] (c) 1991 by J.C. Planells ![]() La aportación que realizó Frederik Pohl para las Visiones peligrosas preparadas por Harlan Ellison entre 1965-1967, consistió en un muy irónico y breve relato titulado "El día siguiente a la llegada de los marcianos", cuyo título ya explica perfectamente el tema. En 1988 dicho relato, convenientemente revisado y ampliado, forma el cierre de esta novela de Pohl, titulada precisamente El día que llegaron los marcianos. De hecho, no cabe hablar propiamente de "novela", sino más bien de un conjunto homogéneo de relatos unidos por un mismo eje central: el descubrimiento de marcianos vivos por una colonia de trabajo terrestre en Marte, y el envío de una nave con unos cuantos de ellos hacia la Tierra. Las historias se van sucediendo en la Tierra mientras dura el viaje de la nave que transporta a los marcianos supervivientes hacia nuestro planeta. Y nuevamente, el veterano autor nos ofrece su lado satírico y mordaz, una estimable muestra de SF sociológica, género al que ya ha dado con anterioridad excelentes obras: Mercaderes del espacio (en colaboración con el fallecido C.M. Kornbluth), La guerra de los mercaderes, La guerra tibia, Los años de la ciudad, entre otras varias, algunas inéditas entre nosotros, como The Age of the Pussyfoot. Así, Pohl pregunta ¿qué futuro tendrían los "platilleros"? (es decir, los embaucadores que viven de la credulidad de la gente respecto a los platillos volantes, culturas galácticas en Perú, civilizaciones galácticas avanzadas en el pasado de la Tierra y demás). ¿A qué deberían dedicarse ahora, una vez que el descubrimiento de los marcianos les hunde el "chiringuito"? ¿Y los guionistas de películas --de malas películas-- de SF? ¿Cómo aprovecharán --o desaprovecharán-- el filón? ¿Y los políticos? ¿Y los científicos? ¿Y los intereses comerciales? ¿Y la religión? ¿Cómo afrontará la religión la existencia de otras razas que no sean la humana? ¿Las evangelizará? ¿Se tambalearán los cimientos de las religiones que conocemos? Estos son algunos de los temas que propone en sus diversos relatos Pohl, con su lucidez habitual, con su ironía de siempre, con su humor y su adecuado trazo de personajes, ambientes y situaciones, desgranados todos ellos con la naturalidad y la agilidad ya características en él, ejemplares por cierto de un autor veterano y que parece conservar a sus setenta y dos años [nota de 2007: obviamente, era la edad de Pohl al escribir esa crítica] una especie de eterna juventud, que para sí quisieran otros de sus compañeros de generación. Pohl, que lo ha sido todo en el campo de la ciencia ficción --autor, editor, director de revistas, agente, compilador de antologías--, sigue estando en la brecha y con una calidad media en su producción, tanto de novelas como de relatos, mucho más satisfactoria que en otros de sus colegas. Su espíritu joven es toda una lección para los profesionales de la SF, y esta obra demuestra que no hay temas viejos dentro del género, sólo maneras "viejas" de enfocarlos. June 28 UN ASESINO DENTRO DE MÍ, de Burt Kennedy. Una adaptación de Jim Thompson(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Las referencias leídas acá y allá sobre este film lo dejaban como bueno, aunque indicaban algunas insuficiencias, y se lo juzgaba entre lo mejor de su autor. Yo creo, sinceramente, que todo el film es deficiente. No esperaba nada bueno de Burt Kennedy, conociendo sus películas --muchos westerns detestables, varios en insoportable tono de comedia--, aunque el recuerdo de uno de sus primeros films, el policiaco La trampa del dinero, con Glenn Ford y Rita Hayworth, hacía pensar que acaso Kennedy fuera mejor en el género policiaco que en el western, género que en realidad es el "suyo", pues fue guionista de muchos westerns antes de pasar a dirigir sus propios guiones --y, dicho sea de paso, era mejor guionista para otros que para sí mismo... El film, basado en una de las mejores novelas de Jim Thompson, es vulgar y anodino. La música es aberrantemente mala, los actores son pésimos o de escaso gancho en el sentido comercial, y el desarrollo de la trama, fofo y cansino. Sinceramente, en nada recuerda al universo Thompson, no hay aquí el menor detalle que denote a un gran novelista tras la historia y los personajes. Celebremos la fotografía de William A. Fraker, lo mejor del film, aunque la pésima edición en DVD la estropea al no respetar el formato panorámico. ¿Kennedy no se dio cuenta de que Thompson es un escritor duro y amargo, cruel y satírico? June 26 PERSONAS DESCONOCIDAS (1). CARMELA AYERCES SEGUÍN: Prostituta de lujo(c) 2008 by J.C. Planells Hace un tiempo, la edición española de la revista Playboy realizó una encuesta entre famosos puteros, playboys y gente de la vida nocturna para averiguar cuál consideraban que era la mejor prostituta que conocían. Para sorpresa de los autores del reportaje, quien quedó en primer lugar no fue ninguna rubia escultural, ninguna mulata caribeña, ninguna morena de rompe y rasga, sino una mujer de unos cuarenta y pico de años, jorobada y bajita, fea con ganas, dentuda y de pelo estropajoso, llamada Carmela Ayerces Seguín, nacida en un pueblecito entre Extremadura y Castilla, y que ofrecía sus servicios en Barcelona, en los alrededores de la Plaza Goya o en la calle Robadors, adonde acudían a buscarla clientes de postín a la que se empezó a correr la voz entre ellos. Los redactores, pasmados, se apresuraron a recabar informes sobre Carmela Ayerces y los motivos para que se la considerara una prostituta de lujo, o la mejor prostituta del país. La propia Carmela Ayerces mostró su sorpresa por haber alcanzado el primer puesto en dicha encuesta, máxime cuando no tuvo reparo en confesar que sus artes amatorias eran más bien escasas, en realidad casi nulas (por no hablar de su inexistente atractivo). Mujer analfabeta que no sabía escribir ni su propio nombre y firmaba con una X, que jamás había ido de niña a una escuela, pues en su pueblo no había, y que había perdido a su familia en su adolescencia, su ignorancia de las facetas de la vida era ampliable a la faceta sexual. Los propios clientes encuestados confesaban sin empacho que Carmela no sabía hacer nada de nada en la cama, era una verdadera inútil y había que explicárselo todo. "Pero es que todo, oiga", remachó un conocido financiero, que atendió a los redactores de Playboy en su yate, rodeado de rubias y mulatas. En tal caso, ¿cuál era el secreto del éxito de Carmela Ayerces entre los puteros y gente de la juerga? Todos coincideron en la respuesta a esa cuestión: el secreto del éxito de la jorobada y feúcha Carmela radicaba precisamente en no saber hacer nada en la cama y en su completa falta de atractivo sexual, lo cual, evidentemente, la diferenciaba del resto de prostitutas de lujo que rodeaban a los hastiados millonarios y gente de vida puteril. "Cuando se ha ido con tantas mujeres como vamos nosotros --explicó un conocido playboy de la noche marbellí--, todo llega a aburrirnos. Todas esas golfas de lujo son iguales, oiga: sexo y coca, sexo y coca, y al final uno ya se cansa. Los puteros lo hemos probado todo, incluyendo ciertas variantes que nos podrían llevar a la cárcel de por vida. De ahí que alguien como Carmela reúna unos alicientes seductores por inesperados, por ir a contracorriente de lo que habitualmente frecuentamos: es fea, es burra perdida y no sabe hacerte ni una... ejem... usted ya me entiende". A consecuencia de ello, Carmela Ayerces apareció en algunos programas televisivos de los llamados "del corazón", donde se ocupan preferentemente de otras partes de la anatomía humana. Pero, lamentablemente, esas apariciones televisivas fueron un desastre: su fealdad y su cuerpo deforme escandalizaron a los espectadores presentes en el plató, y los televidentes empezaron a mandar SMSs al programa expresando su rechazo o su burla. Carmela era apenas capaz de contestar con cierta coherencia a las preguntas que le hacían, debido a su profunda ignorancia en todo, así como a no saber razonar con mínima coherencia. Jordi González, en La Noria, le preguntó: "¿Te consideras un sex symbol, Carmela?", a lo que ella contestó: "Mi´usté, serviora no es ná". "Pero se te disputan hombres de mucho dinero, playboys y millonarios...", insistió Jordi González. "Serviora hase su trabajo, mi´usté", contestó Carmela. "¿Sabes lo que es una felación, Carmela?", le preguntó Jordi, con los ojos muy abiertos y poniéndose algo colorado. "Serviora no ha tenío estudios", contestó. "¿Y el coito anal, Carmela?", insistió Jordi González, inasequible al desaliento. "Me lo esplique, serviora no sabe na de ná". La entrevista no fue mucho más allá, porque las respuestas de Carmela eran casi todas del mismo estilo. Aquella semana, la revista Interviú había sacado el consabido reportaje fotográfico con Carmela Ayerces en todo su esplendor al desnudo, agotando todo el photoshop disponible, y el número de esa revista alcanzó grandes cotizaciones en el submundo del friquismo más cutre y oscuro. Si bien es innegable que Carmela Ayerces ejercía su profesión --la más antigua del mundo-- con dignidad, y que como ser humano se merecía respeto, todo el mundo empezó a mirar con cierta sospecha y recelo al colectivo de playboys, puteros y juerguistas noctámbulos que la habían elegido como la mejor prostituta de lujo del país. El sentir general lo resumió Andreu Buenafuente en su programa, cuando habló del tema: "El frotar se va a acabar", dijo. June 25 EL TEATRO DE FRANÇOISE SAGAN(c) 2008 by J.C. Planells ![]() Esta extraña escritora que fue Françoise Sagan (1935-2004), que "escandalizó" al público cuando apareció su primera novela, Buenos días, tristeza, siendo apenas una jovencita, y siguió "escandalizando" con sus siguientes obras --casi todas llevadas al cine--: Una cierta sonrisa, ¿Le gusta Brahms?, Dentro de un mes, dentro de un año, cultivó también ocasionalmente el teatro, entre 1960 y 1987, con un total de nueve obras. En España tuvo un cierto éxito Los violines a veces hacen estragos, que fue editada en la colección Teatro de Escelicer, y asimismo se editaron en Plaza Janés dos volúmemes con un total de siete piezas: las escritas entre 1960 y 1970. Algunas de sus obras fueron objeto asimismo de adaptación cinematográfica o televisiva. Pero lo cierto es que la lectura de cuatro de sus obras no ofrece nada novedoso ni destacable en el panorama teatral ni de su época ni en general. Son muy representativas de un cierto teatro para burgueses que era muy frecuente en aquellos años, no sólo en Francia, sino en España, como se puede apreciar especialmente en Un piano en la hierba y El caballo desvanecido. En cuanto a la obra en un acto, La astilla (1966), retoma algunos temas de Tennessee Williams: actriz madura y fracasada que vive de ilusiones, hombre que la mantiene por lástima, camarero de hotel que la cree una gran estrella... No, no estamos ante un Dulce pájaro de juventud ni mucho menos (¡ni mucho menos!), sino ante una pieza corta que nos narra algo bastante sabido y visitado, sin aportar novedad ni originalidad alguna. Un correcto uso del diálogo y poco más es lo que da de sí La astilla. Lo cierto es que el primer acto de Un castillo en Suecia, la primera de sus comedias, escrita en 1960, ya invita de inmediato a desistir de su lectura ante el aburrimiento y la inanidad de lo que ofrece, y hace buena aquella máxima de Oscar Wilde, según la cual no hace falta leer toda una obra o todo un autor para juzgar sobre la obra o su autor, sino que basta con un conocimiento general sobre el particular. Tanto esta primera como otras tres de sus comedias ofrecen una serie de tópicos del teatro para burgueses --como he indicado--, muy en boga en los años sesenta y principios de los setenta. Así pues, tenemos familias o personajes de una cierta aristocracia o, cuando menos, "buena posición" enfrentadas a problemas algo vulgares (quizá porque la gente vulgar sólo puede tener problemas vulgares, y aquí entiendo por "gente vulgar" a seres desnortados, carentes de ideales, de vidas aposentadas y aburridas, por muy bien acomodados económica o socialmente que estén). Un piano en la hierba (1970), quizá la mejor de las que he leído, pone en escena el tema tan sobado del "regreso a la juventud": un grupo de ociosos burgueses maduros desean recobrar la perdida --y feliz, al parecer-- juventud repitiendo lo que hacían veinte años antes: ir en bicicleta (!), por ejemplo, rememorar acontecimientos pasados y celebrar los ideales que tuvieron en un tiempo que añoran. Todo ello con continuadas alusiones a uno de ellos, ausente en principio de esa reunión, Jean-Loup, ídolo rebelde e inconformista al que echan de menos. En el texto se dicen de cuando en cuando frases más o menos altisonantes, con voluntad de "èpater", pero que quedan sepultadas en el tono más bien plano de la función. Los personajes son no ya típicos, sino verdaderos tópicos: el hombre que bebe para olvidar; el mujeriego casado con una chica veinte años más joven que él; la fiel secretaria y amiga que está hasta las narices de servir a su jefa; la jefa en cuestión, anfitriona de los demás y tan rica como frustrada en todo; el intelectual de turno entre retrasado y reprimido... Y no constituye sorpresa alguna que cuando aparezca finalmente el añorado y celebrado Jean-Loup se haya convertido en un burgués aún más acomodado que todos ellos juntos: gran decepción --y deserción-- general de los personajes. Moraleja: no se puede recobrar la juventud perdida, y los ideales rebeldes de antaño se doman y domestican con Don Dinero, poderoso caballero. Como se puede comprobar, pues, nada nuevo ni en la trama ni en su desarrollo ni en sus personajes, aburridos e insulsos. El caballo desvanecido (1966) es quizá aún menos interesante que la anterior. A una familia de buenísima posición social y económica se les cuelan una pareja de intrigantes que buscan el dinero de la familia mediante el cómodo sistema de casarse él con la hija y ella con el hijo. Los dos intrigantes se presentan como hermanastros, pero en realidad son amantes. El desarrollo de la trama es tan vulgar que llega a abochornar a veces: la intrigante despierta amores en el padre, y eso la hace concienciarse de que lo que pretenden está muy mal, máxime cuando el padre parece dispuesto a fugarse con ella. Es todo tan cansino y tan poco notable que incluso fatiga el recordar las escenas y desarrollo de la obra. Final feliz, con los intrigantes retirándose por el foro y el padre llamando al mayordomo para pedirle un frasco de sales para su esposa. Los violines a veces hacen estragos (1961) plantea el enfrentamiento de la inocencia y la inmoralidad, aunque más bien es la bobería frente a la ambición económica, sin aportar nada novedoso, ni en cuanto a lenguaje ni en cuanto a formulación escénica. Unos parientes gorrones esperaban heredar una fortuna a la muerte de un industrial, pero la fortuna va a parar a otro pariente algo olvidado, un joven pobre como una rata, ingenuo como un bebé, y que les deja encargados de administrarla. Un final que parece más una tomadura de pelo que una solución de trama, aunque está acorde también con el tono inocuo de la obra. El balance de todo esto es que Sagan cultivaba un tipo de teatro, como he dicho, muy habitual en aquellos años (en España lo practicaban Ruiz Iriarte, Calvo Sotelo, Paso cuando pretendía ponerse el traje de la seriedad y la denuncia, Salom en ocasiones, López Rubio, Ana Diosdado, entre muchos otros olvidados en mayor o menor grado), dirigido a las mismas clases sociales a las que pertenecían los personajes de la acción: un teatro de derechas, por decirlo claramente, acomodaticio y bastante vulgar. Un teatro que representaba a una pequeña parte de la población pero que por su planteamiento parecía que fuera la mayor parte de la población. Si hay algo verdaderamente absurdo sobre un escenario es precisamente un teatro de derechas y burgués. ¿Quién puede reconocerse en tales planteamientos, por honestos que puedan ser? Una minoría, privilegida quizá. Se dirá que hubo autores que también trataron a personajes semejantes y problemáticas parecidas en sus obras, pero los buenos autores lo solían hacer con un afán más crítico y social. Véase Priestley, por ejemplo. June 23 ¿CONTRA "TELEMONEGAL"?(c) 2008 by J.C. Planells
June 20 BREVES REFLEXIONES SOBRE LA LECTURA(c) 2008 by J.C. Planells *Una vez se ha leído a Proust, no tiene mucho sentido leer nada más. Ni siquiera escribir nada más. Como han dicho otras personas, todo está en Proust: la vida, la literatura, el pensamiento. Cada vez que se vuelve a él, se descubre algo nuevo, sorprende lo atinado de sus reflexiones, y cómo el libro se ajusta a ti pese a los cambios que se sufren a lo largo de la vida. *Un libro ha de seducir al lector, lo mismo que la belleza de una mujer ha de seducir a un hombre. Y si la belleza de la mujer está en la mirada del observador, en el caso de los libros está en el intelecto (alma) del lector. Así se explicaría que tantos buenos libros dejen indiferentes a tantos buenos lectores, lo mismo que la belleza de tantas mujeres deja indiferentes a tantos hombres: no hay, no puede haber, cánones infalibles sobre lo que es belleza, y las artes de la seducción --la seducción literaria-- no funcionan igual sobre todos. *Un libro es el vehículo en el que emprendemos un viaje mental y emocional; el vehículo ha de ser cómodo, no algo de lo que tengamos que tirar con fuerza para poder llegar a puerto, pues entonces el viaje se convierte en una tortura. *Todo cuanto se escribe es siempre personal. E incluso en quienes pudiera no parecerlo, también lo es. De la habilidad del autor --o de que no sea consciente de ello-- depende camuflar u obviar de una u otra manera su personalidad en lo que escribe. El autor incluso puede no reconocerse, puesto que, al fin y al cabo, quien realmente escribe es la personalidad interior que ni él mismo conoce.
June 18 HIPNOSIS, de Eugenio Martín: Experimento en terror(c) 2008 by J.C. Planells ![]() Este film de 1962, no editado de momento en DVD y poco visto desde hace ya bastantes años, fue toda una agradable sorpresa cuando su estreno, recibió excelentes críticas, y se lo llegó a considerar como "una película que no parece española", en palabras del editor de Film Ideal, revista de ideario más bien algo falangista pero de cinefilia innegable. De hecho, Hipnosis era una coproducción hispano-italo-alemana, y la última copia de ella vista en televisión hace unos diez años venía con los títulos de crédito en alemán. La aportación hispana, en el terreno puramente artístico, estaba servida por su director y coguionista, Eugenio Martín, además de la aportación técnica en fotografía, música y montaje, entre otros, mientras que en el campo interpretativo primaban los extranjeros: Jean Sorel, Eleonora Rossi-Drago, Heinz Drache, Massimo Serato, Goetz Georgen, Werner Peters, y los hispanos Mara Cruz y José María Caffarel (el actor que en más coproducciones ha aparecido, probablemente). Pero, inexplicablemente, este film tan celebrado en su época quedó sumido en el olvido al poco tiempo, reemplazado por las muestras del nuevo terror hispano perpetradas por Paul Naschy, León Klimovsky, Carlos Aured, Jesús Franco, Jorge Grau, Amando de Ossorio e tutti quanti, en el hoy añorado --por algunos, y debe decirse que algo de razón tienen al añorarlo, aunque es preciso reconocer que muchas de sus muestras eran francamente deleznables-- "terror made in Spain". Casi nadie se acordó de él, y eso que Eugenio Martín ofreció dentro del "terror made in Spain" una muestra muy celebrada: Pánico en el transiberiano, que merced en parte a su exhibición en otros países ha sido elevada a la exagerada condición de film de culto (se rinde culto a casi todo con la excusa de la cinefilia). Pero, aun así, Hipnosis seguía sumido en el olvido total, en un tiempo en que el vídeo aún no existía, no había reposiciones y no era posible revisarlo. Sólo la memoria de unos cuantos lo mantenía en el recuerdo, más el comentario de algún gacetillero de turno recordando la existencia de esta curiosa película cuando se hacía algo de historia del género en España. Finalmente, creo que merced a un festival o retrospectiva, Hipnosis fue debidamente valorada y reconocida como un curioso precedente de terror y suspense, en un género casi insólito en nuestro país en aquellos años (recordemos que se trata de un film de 1962, en que aparte de alguna de las cutreces de Jesús Franco, que se iniciaba en el cine por aquel entonces, la cinematografía hispana no solía cultivar demasiado el cine policial de temática criminal, y nada el de suspense terrorífico). A ello ha contribuido, asimismo, la inclusión del film en el estupendo y voluminoso libro Antología crítica del cine español 1906-1995, editado por Cátedra en 1997, y donde se recoge una amplia selección de títulos fundamentales/importantes/insólitos/existosos/discutidos/comerciales de la cinematografía hispana. En un artículo exhaustivo obra de Juan M. Company, se recoge el argumento del film, la recepción crítica de la época, y una valoración crítica del mismo. Pero, a fuer de sinceros, una revisión de Hipnosis hace unos diez años (o más) nos mostró que quizá no había para tanto. Cierto, es un film apreciable, bien llevado, entretenido, pero en modo alguno la obra maestra que nos pareció en 1962. Lo que ocurre es que --comprensiblemente-- se lo juzgó como un film español --que no lo és, sólo en un 35%-- que ofrecía algo hasta entonces reservado en exclusiva al cine americano o inglés --o a ciertas muestras del cine alemán--, y se magnificó su alcance. Acaso por ello fue quedando atrás en la memoria, a medida que los nuevos cines europeos avanzaban en la década de los sesenta, llegaba el nuevo terror hispano, el giallio italiano, y otras muestras ante las que Hipnosis no podía competir. Pero esto es lo malo del cine: que a veces se juzga injustamente, pero también se prejuzga no menos injustamente. A la postre, a día de hoy, Hipnosis permanece como un film insólito en nuestra cinematografía, digno de revisar, y como una muestra del buen hacer de un director, Eugenio Martín, no reivindicado, de obra dispersa, varia, incoherente, multigenérica, pero casi siempre eficaz y profesional. June 16 UN MUERTO EN EL ARMARIO DE CAOBA(serie: Relatos de humor negro)
(c) 1966 by J.C. Planells
![]() Parecía un buen hotel. Bueno, la verdad es que todos los hoteles parecen buenos desde fuera, pero lo importante es que lo sean por dentro también.
Sí, por dentro también lo era. Y cabía suponer que las habitaciones estarían en correspondencia con ello.
--¿Qué desea, joven? --me preguntó el recepcionista, que era calvo y grueso, como todos los recepcionistas de todos los hoteles.
--Pues una habitación, naturalmente --¿Acaso se puede entrar en un hotel para otra cosa?
--¿Con baño o sin baño?
--Con baño. Las habitaciones con baño resultan más emocionantes.
--Tenemos libre la número trece, en el segundo piso. ¿El señor trae equipaje?
--Está en el taxi que me ha traído.
--¡Qué suerte!
--¿El que haya encontrado un taxi?
--No. El que haya podido meter el baúl en el taxi. Daré órdenes de que se lo suban a la habitación. Firme en el libro de registro, por favor.
Resulta curiosa la manía que tienen los recepcionistas de los hoteles de que los clientes firmen en el libro de registro. La verdad es que nunca comprenderé para qué sirve eso de pedir autógrafos a los clientes de los hoteles. Así que firmé con un garabato que podía significar cualquier cosa, en el caso de que significase algo.
La habitación que me asignaron era amplia y confortable, como en las novelas sin mensaje social. Había... pues lo que suele haber en estos casos. Una cama, la mesita de noche (nunca he comprendido por qué las llaman así, puesto que también son visibles durante el día), mesas y sillas, teléfono y un armario de caoba.
Abrí el baúl y saqué el abrigo para guardarlo en el armario. Abrí el armario y cayó en mis brazos el cadáver de un hombre.
Al principio pensé que el muerto debía de formar parte del armario. Pero tal cosa era improbable. A lo mejor era un truco publicitario, pero tras registrar al muerto resultó que no llevaba encima ningún folleto de propaganda. Lo que sí descubrí era que le habían pegado un tiro.
Tras unos instantes de meditación, decidí que el muerto no estaba incluido en la habitación, así que lo mejor sería sacárselo de encima. Y cuanto antes mejor. Claro que si bajaba con el cadáver en el ascensor era posible que se armase un escándalo (la gente es tan rara).
De pronto se me ocurrió la gran idea: lo escondería en el baúl.
Vacié, por tanto, el baúl, echando las cosas por ahí, y metí lo mejor que pude al occiso dentro de él. Quedaba bastante encogido y apretujado, pero como estaba muerto no era probable que se diera cuenta de ello. Cerré el baúl y lo arrastré hasta la puerta. Sería un poco pesadito arrastrar aquello hasta dar con un lugar donde tirar al muerto, pero no quedaba otro remedio.
Bajé por la escalera, haciendo un estruendo enorme, ya que en el ascensor, con lo lleno que iba, no cabía el baúl.
--¿Adónde va el señor con el baúl? --me preguntó el chafardero del conserje cuando me vio pasar arrastrándolo ante él.
--A pasear --dije, aplastante--. Y me llevo el baúl como el que se lleva el perro. ¿Pasa algo?
--No... No, señor.
Rechacé la ayuda del botones y lo seguí arrastrando hasta la salida.
Como no lo podía arrastrar por la calle, puesto que no me hubieran dejado, o podía haberse abierto, me lo cargué a la espalda como si yo fuese un mozo de equipaje. De tanto que pesaba me caí al suelo, con lo que quedé casi aplastado y por poco dejo clavados los dientes en la acera. Ayudado por algunos transeúntes conseguí ponerme en pie y, tras rechazar su ayuda, seguí con el arrastre del baúl y me largué lo más aprisa y mejor que pude.
Llegué hasta las afueras de la ciudad, cosa que me pareció una heroicidad por lo dificultoso de ir arrastrando aquel trasto, y con la gente sin dejar de mirarme. Supuse que por allí habría algún barranco donde echar el muerto. Sin embargo, al cabo de una hora de buscar por los alrededores, me convencí de que no había dónde dejarlo. Así que no me quedó otro remedio que arrastrar el baúl hasta el otro extremo de la ciudad. Allí tuve la suerte de encontrar un bonito barranco y sin nadie por los alrededores merodeando.
Cuando me disponía a abrir el baúl, apareció un guardia como por arte de magia. ¡Qué oportuno!
--A ver, joven. ¿Qué hacemos aquí? --preguntó severo.
--Usted no sé. Yo cumplo con mis obligaciones.
--Así que haciéndose el gracioso, ¿eh? Multa por desacato a la autoridad. ¿Y qué es este baúl?
--Pues es un baúl.
--Seguimos haciéndonos los graciosos, ¿eh? Venga, ábralo.
--Supongamos que no quiero.
--Supongamos que le pongo una multa por descaro a la autoridad.
--Está bien, lo abriré. Pero le advierto que no le va a gustar nada lo que hay dentro.
--Multa por hacer advertencias a la autoridad.
--Vale, ya lo abro.
Lo hice. Y, en efecto, su contenido no le gustó nada de nada al guardia.
--Así que emulando a Richard Speck, ¿eh, jovenzuelo? Se le va a caer el pelo.
--Cada vez que me peino ya se me cae.
--Multa por mofa y befa a la autoridad.
--No sé quién las va a pagar, porque yo no tengo ni cinco...
--Acompáñeme a la comisaría.
--¿Es que no sabe ir usted solo?
--Multa por replicar a la autoridad.
Así que no me quedó otro remedio que acompañarle a la comisaría, aunque él conocía perfectamente el camino, y ni se molestó en ayudarme a seguir arrastrando el baúl durante todo el camino.
FIN.
June 14 FISTROS COLECCIONISTAS DE LA PRADERA(serie: Relatos autobiográficos - 31) (c) 2008 by J.C. Planells Como tantas otras personas, yo también hice colecciones de esto y de aquello, más o menos desde mi niñez, si bien con el paso de los años he acabado por no encontrarle ya sentido a ello. Exactamente, ¿qué finalidad tiene? ¿El propio placer, es decir, un sentido lúdico? Actualmente, ya no colecciono prácticamente nada, y he acabado deshaciéndome de la mayoría, si no todas, de mis colecciones. La parte más incómoda de una colección (se trate de lo que se trate) es: ¿dónde meterlo? Mi padre me habló de un amigo suyo, llamado Solé --que un día descubrí había sido su padrino de boda--, gran aficionado a los libros, y que acabó haciendo algo realmente curioso: les puso un piso a los libros. Sí, curioso, digo, porque lo nomal es que los señores les pongan un piso a las señoras, a las amantes, a las mantenidas. El señor Solé, al parecer, era culto y serio, y le puso un piso a los libros. Pero dudo que haya muchos coleccionistas que estén como para ponerles un piso a sus colecciones. Hablando de amantes y señoras, ocurre también que muchos coleccionistas, al llegar a la edad de casarse, se ven obligados a deshacerse de su colección por imperativo de la futura esposa. Conocí uno de estos casos, un chico que coleccionaba novelas de ciencia ficción --si quieren, puedo dar su nombre, aprovechando que aún lo recuerdo, porque bastantes años después apareció en ciertas tertulias de aficionados, lo que me hizo pensar si se habría divorciado-- y a quien su novia le obligó a venderse todas las novelas que tenía: o ella o los libros, le dijo. Él obedeció sin rechistar y se vendió los libros. Algunos de ellos se los compré yo. Al explicarle este caso a un librero, me dijo, sorprendido: "Pues se habrá casado con la Marilyn Monroe, porque si no...". De todas maneras, hay algo aún más enojoso que el dónde guardarlo o el deshacerse por imperativo femenino: es el soportar a los vendedores. Porque, naturalmente, las colecciones deben hacerse, en la mayoría de los casos (no en todos, pero sí en la mayoría) acudiendo a comprar las piezas u objetos a un vendedor. Suele pasar con los libros, los cómics o tebeos, los folletos de cine, las postales, las revistas especializadas o sin especializar, los juguetes, las figuritas, las muñecas y un inmenso etcétera. (Dejemos aparte el mundo de compra por internet, que no se había "inventado" cuando yo era joven, y que da pie a no pocas estafas.) Para muchas de mis colecciones tuve que recorrer tiendas, comercios, puestos de mercados, de primera o de segunda mano, etc. Y la verdad sea dicha, es que la mayoría de estos lugares convertían en aborrecible el coleccionismo las más de las veces. En algunos capítulos de "Crónicas de la ciencia ficción en España" ya conté algo a propósito de esto, principalmente referido al mercado dominical de Sant Antoni y ciertos elementos que lo invadieron a principios de los años ochenta. Pero, lógicamente, esto es ampliable. Desde niño, desde que empecé a ir a ese mercado dominical para mis primeras colecciones de todo tipo, y a medida que fui creciendo, conocí a diversos coleccionistas, y lo cierto es que bastantes de ellos eran la gente más tarada con que me he cruzado en la vida (y mira que me he cruzado con tarados en todos los ámbitos...). Un encuentro allí entre varios coleccionistas de la especialidad que fuese parecía una pelea de gallos o un concurso de a ver quién la tiene más larga. Estaban los veteranos, que lo sabían todo y menospreciaban lo que les faltase como miserable e indigno de formar parte de su colección; estaban los que empezaban, un poco a la aventura, y a quienes los veteranos asesoraban con magnanimidad; estaban los "especialistas", como uno al que llamaban "Sarito" porque sólo coleccionaba lo relacionado con Sara Montiel; incluso tenía un pisito dedicado a ella en una calle cercana al mercado (mira, uno que sí puso piso a su colección/ídolo; en cierta ocasión nos llevó a verlo a mí y a Jordi Albert, otro coleccionista de folletos de cine, e impresionaba bastante ver tanta "saritez" por las paredes, los muebles, las estanterías...); estaban, claro, los que se consideraban con derecho a pernada en los puestos o tiendas, apartando a empujones al resto de la gente o de coleccionistas, sin miramiento alguno. Los veteranos tenían su técnica respecto a coleccionar folletos de cine. Uno de ellos, un verdadero plasta, incluso explicaba cómo se debían mirar los fajos en el puesto del mercado: pasándolos entre los dedos a velocidad supersónica, porque el perfecto coleccionista los identificaba con el tacto. Eso me dio pie a escribir "in mente" el Manual del perfecto coleccionista, donde se dan las reglas a seguir por el susodicho perfecto coleccionista, que consisten, entre otras cosas, en tenerlo todo, absolutamente todo, de la especialidad elegida, sin desdeñar nada con excusa alguna (pues el coleccionista imperfecto siempre tiene excusas idiotas para saltarse alguna pieza, y eso es inaceptable: si le gusta un autor de novelas, su obligación es tenerlo TODO de ese autor: ediciones en rústica, en tela, del Círculo de Lectores, con la tapa de un color, con la tapa de otro color, reediciones en cualquier editorial... Y de hecho, sí existen tales coleccionistas completistas: ellos son los que rozan la perfección coleccionera). Otras de las reglas de ese Manual que escribí mentalmente eran: pasar por encima del cadáver de otro coleccionista, si preciso fuera, para hacerse con la pieza faltante deseada; leer las esquelas de los periódicos para saber si se había muerto un coleccionista e ir corriendo a adquirir sus piezas; visitar semanalmente todos y cada uno de los comercios dedicados a su especialidad; visitar mensualmente los de otras ciudades; registrar a las visitas al despedirlas en casa, para asegurarse de que no se llevaban alguna pieza oculta en la ropa; no prestar las piezas ni a su madre; dedicar un par de tardes a la semana a admirar la colección en silencio y a media luz; llevar encima siempre listas de lo que falta (si se sabe, pues algunas colecciones son imposibles en este sentido); hablar mal de la colección de otro --y del mismo otro, por si acaso--; y algunas más que no recuerdo (ni falta que hace). Si los coleccionistas llegaban a hacerse insoportables, los vendedores los superaban sin dificultad alguna. Un muy conocido coleccionista de cromos de Barcelona, veterano del mercado de Sant Antoni, le dijo hace bastantes décadas a mi padre un domingo en que coincidieron: "¿Ves a ese de allí? --y señaló una de las paradas--. Pues si ése es burro, el de al lado aún lo es más". Parece una crueldad, pero tras acudir cada domingo a ese mercado desde mi niñez, y ver los puestos cambiando de dueños, apareciendo y desapareciendo, eso es lo único que permanece inmutable en el devenir del tiempo: si el de un puesto es burro, el de al lado aún lo supera. Parece haber poca gente que pueda calificarse de normal en él; ahora mismo, se me ocurren apenas cuatro o cinco personas. Hay incluso puestos en que lo mejor es pasar de largo, tengan lo que tengan, tan impresentables resultan sus responsables. Una amiga que tiene una librería de coleccionismo y bibliofilia en Barcelona, me contó que cuando se decidió a poner una parada dominical en Sant Antoni, le pidieron avales. Bien, es algo normal. Su marido, que trabaja en una caja de ahorros, llevaba en horas libres la contabilidad del administrador del mercado, así que pensó no habría dificultad alguna. Pues la hubo. Resulta que si alguien se opone, te deniegan el puesto, y mi amiga se encontró con que el propio administrador y un librero al que conocía desde los tiempos que tuvo una parada detrás de la Universidad Central, se opusieron a su petición. Estupefacto, el marido le requirió explicaciones al administrador, que para eso le llevaba la contabilidad. Abochornado, el hombre confesó que había sido presionado por ciertos individuos para que le negara la solicitud, lo mismo que el librero que también se opuso. Finalmente, se lo concedieron un año más tarde. Dicho sea de paso, sé que quien presionó al administrador y al librero para que se negaran fue El Buitre, siniestro personaje de quien ya hablé largo y tendido en aquella otra serie, y que intrigaba para poner en aquel entonces su propia parada de bibliofilia y consideraba a mi amiga una competidora (idiotez total: la parada de mi amiga vende cómics y novelas baratas y en nada se parece a su librería). Luego tenemos la mala educación, la grosería con que la mayoría de paradistas atienden al personal ("El personal es muy animal", como decía el chorizo de Ángel Orpí). Es evidente que hay no pocos clientes molestos entre tanta gente que acude cada domingo, y una abundancia notable de mangantes, que roban género a la que pueden, o las carteras del bolsillo de los curiosos, así como de tocadores de traseros femeninos, que no respetan la edad de la fémina en cuestión, según me explicó hace poco la hija de un antiguo compañero de trabajo, que de niña acompañaba a su padre al mercado y acababa más tocada que el himno nacional cuando aparece el rey. Pero los paradistas no discriminan: algunos de ellos, si miras el género expuesto, las revistas, los libros, lo que sea, y lo tocas, te chillan que no toques nada y se ponen a reordenar lo que en realidad tú no has desordenado. ¿Cómo esperan vender? (A uno que en cierta ocasión me chilló como un desaforado cuando me vio consultando números antiguos de Historia y vida, le dije: "Perdone, me había creído que estaban a la venta. No sabía que sólo estaban para hacer bonito". Aún se puso más furioso: "¿Cómo que para hacer bonito? ¡Será idiota! ¡A ver si se cree que las revistas las pongo para adornar la parada!". ¿Captan la submentalidad de esa gente?) Muchos no saben lo que tienen ni entienden de lo que venden: no tienen ni puta idea (a uno que tenía libros medianamente buenos, un cliente le preguntó si tenía títulos de Terenci Moix, y el paradista le contestó: "¿Eso qué es?"). Y ya no digamos si alguien les lleva género para vender. He visto a paradistas rechazar muy buenos libros (Kafka, Faulkner, Proust..., en ediciones a veces agotadas) porque les parecían vulgaridades y en cambio comprar luego mierdas impresentables a otro (El arte de fumar en pipa, Aprenda inglés en diez días...). En las tiendas dedicadas a coleccionismo, especializadas en una u otra cosa, el asunto no es que vaya mejor. Lo cierto es que muchas de ellas han desaparecido con el tiempo y la llegada de internet. Por ejemplo, casi todas las dedicadas a cine, de las que en Barcelona hubo no pocas. Algunas de ellas escondían género y lo enseñaban sólo a los "amigos". Recuerdo que Jordi Albert se ponía negro por el trato de que le hacía objeto el librero S, negándose a enseñarle ciertos programas o press books de sus actores favoritos, simplemente para enseñarlos a los "amigos", que encima eran los únicos autorizados a visitar el misterioso sótano de su tienda, donde según la leyenda había maravillas sin cuento vistas por sólo una docena de privilegiados. Lo cierto es que S tenía mala política: te "obligaba" a que fueras su cliente para determinados libros o revistas, y si se enteraba de que comprabas alguno de ellos en un kiosko o en otra librería, te montaba un escándalo a gritos en su parada del mercado dominical de Sant Antoni, delante de todo el mundo, llamándote judas, traidor y sinvergüenza (es el primer caso de "vena Patiño" registrado). A mí me lo hizo una vez, y dejé de ir por su tienda durante casi una década o más. No fui el único: otras personas se me quejaron más tarde de lo mismo, de la cerrazón de S y de su manía de que le compraras "en exclusiva" a él y de enseñarte sólo lo que le daba la gana y esconder el resto y de echarles broncas cuando le daba la neura. Cierto: S se benefició durante mucho tiempo de ser el único en tener una tienda especializada en cine en Barcelona, y a la que se abrieron otras, el coleccionista y el aficionado tuvieron más lugares donde buscar; eso a él le reventaba y su manera de solucionarlo era abroncar a los clientes si se enteraba de que iban a otro sitio. Lorenzo de Arabia, del que he hablado en otros capítulos, decía que la suya era la primera tienda especializada en cine en Barcelona. Mentira cochina, porque para empezar no era ninguna tienda de cine: era un infecto cuchitril donde vendía artículos de papelería y escritorio, además de algunas novelas policiacas y de otra clase, postales de chicas en bikini y más adelante fotos y revistas de cine y libros también de cine y de rock. Como ya comenté, las revistas de cine las "fabricaba" él mismo: compraba en Sant Antoni números antiguos de Fotogramas, les quitaba las páginas donde había fotos de actores buscados por algunos de sus clientes, y luego recortaba y pegaba esas fotos en cartulinas para venderlas como "creaciones originales". Los restos de esas revistas los unía con celo de cualquier manera, formando así una "revista" con los retales de dos o tres, y las vendía tan tranquilamente. Así, hay coleccionistas de Fotogramas que tienen números compuestos con dos o tres de fechas (¡y años!) distintas como si fueran un único número, y no lo saben (y no será porque no se notase...). A mí esto me indignaba, y se lo echaba en cara cuando lo veía "fabricar" números de Fotogramas. Él me replicaba, tan feliz, que al fin y al cabo sus clientes eran unos burros que no se daban cuenta de nada. Además de esto, tambien se dedicaba a "perfeccionar y retocar" a veces portadas de libros y revistas, pintándolas con rotuladores de colores si le parecían desteñidas o avejentadas. Puede que el caso de Lorenzo de Arabia parezca algo extremo, pero cada vendedor de coleccionismo tiene sus taras. En Masnou vivió un tal Roca que trabajaba en un archivo cinematográfico que existió en Barcelona, creo que en la calle Lauria, ya desaparecido hace muchos años. El tal Roca estaba casi siempre solo en el archivo, pues su jefe, un tal Soler o Solé, muchas veces se ausentaba, así que se dedicaba a mangar del archivo cuanto le venía en gana para venderlo por correo a coleccionistas con los que contactaba a través de anuncios en revistas de cine. Naturalmente, el director del archivo, el tal Solé o Soler, un hombre muy agradable, gran persona, acabó dándose cuenta de la chorizada que le había hecho y lo echó a la calle. Es un caso similar al de la secretaria que tuvo Ediciones Dronte en sus últimos años, que se vendió a escondidas las colecciones de novelas de los dueños de la editorial a ese dúo de sinvergüenzas que eran R y el capitán Malacara en sus primeros tiempos, y cuando la pillaron (porque las estanterías estaban ya casi vacías), la echaron a la calle. En cierta prestigiosa editorial de Barcelona hubo en tiempos una empleada que vendía bajo mano colecciones de novelas que se guardaban bajo llave en los archivos porque hacía años que estaban agotadas (yo fui uno de los compradores). Los coleccionistas son gente muy maniática, casi paranoica. Lo de registrar a las visitas al marcharse, no fuera a ser que se llevaran una novela suya en el bolsillo "por equivocación", lo hacía uno cuyo nombre he olvidado (o creo que lo he olvidado, vamos: se lo oí contar al propio interesado en una Hispacón hace muchos años). El Buitre, en sus primeros tiempos, llegaba a las paradas dominicales de Sant Antoni o a las del Mercado de Les Glories entre semana, y apartaba a empujones sin miramiento alguno a cualquiera para chafardear los libros que había a la venta. Tal como conté en un capítulo de "Crónicas de la ciencia ficción en España", la cosa acabó cuando en Les Glories otro cliente le soltó unas buenas hostias en la cara después de que El Buitre le echara a empujones. (El Buitre fue el inventor de una cretinez suprema, en la que yo caí de morros por imbécil: me dijo que limpiaba con un paño mojado en lejía la cubierta de viejos números de Más Allá, la revista argentina de los años cincuenta, para que le quedaran como nuevas. Lo hice y... Bien, ya se pueden figurar el resultado.) Hago esfuerzos por recordar algún coleccionista --de la especialidad que sea-- medianamente normal, para ofrecer buena imagen de ese colectivo humano. Pero la verdad es que no lo consigo. Los habrá, sin duda (?), pero me temo que no he conocido ninguno. ¿Los de libros, pensará alguien? ¿Quizá ese señor Solé que conoció mi padre? Pues, por lo que me cuentan a veces algunos libreros especializados, ni siquiera los aficionados a los libros se salvan de la quema. Y puesto que los primeros que me vienen a la memoria son El Buitre, R y el Capitán Malacara, el Pecho Caído y demás fauna de Sant Antoni, desisto de hacer más esfuerzos de memoria. Y no es que las cosas mejoren en el campo de los coleccionistas de cine: los que frecuentaban el cuchitril de Lorenzo de Arabia o la trapería de Ángel en la calle del Carme (ése que al cabo de un tiempo se hizo travesti, como expliqué en un capítulo anterior) eran también un montón de friquis, con sus neuras: había uno que se negaba a ver películas de Elizabeth Taylor, porque le caía antipática, y sólo aceptaba ver Gigante porque salía James Dean; eso me recuerda que el hijo de S --que echaba a los clientes broncas aún más monumentales que su padre-- declaraba en voz bien alta que él no iba a ver películas distribuidas por C.B. Films por la misma razón que uno del Barça no va al campo del Español. (Para quienes no lo sepan o lo hayan olvidado, C.B. Films fue una de las principales distribuidoras cinematográficas españolas durante los años sesenta y setenta, principalmente, y entre sus películas se contaba lo producido por United Artists en Estados Unidos y no poco cine español y europeo.) Como se puede, comprobar el nivel de razonamiento entre esta gente era de encefalograma plano. Lorenzo de Arabia, por su parte, no soportaba películas de "disfrazados" (?), y chillaba como una loca ante fotos de William Holden en un western, o de Victor Mature en un peplum, o de Robert Taylor en una de época histórica. "Los disfrazados, los disfrazados --chillaba--, las de los disfrazados las estrenan todas, pero las otras no." Tenía un cliente (me parece que era el que él apodaba "la señora Fabré") que sólo quería fotos o postales de actores o actrices en color, y al verlas comentaba admirado: "Quíns colors, senyor Llorens, quíns colors!" ("¡Qué colores, señor Llorens, qué colores!"). El gracioso de Lorenzo de Arabia, a la que se iba el cliente, parodiaba la frase como "Quíns collons, senyor Llorens, quíns collons!". (Como me figuro que todo el mundo entiende el significado, y si no, se sobreentiende, me ahorro el traducirlo...). Las cosas no mejoraban mucho en el correo de intercambio con coleccionistas: hubo uno, en Palma de Mallorca, cuyo nombre he olvidado y no tengo ganas de buscarlo, que remitía unas cartas con las que se podría montar una buena exposición de arte camp, rústico, primitivo, op, neo pop o sencillamente cutre: escritas con bolígrafos de diversos colores, alternando mayúsculas con minúsculas, pegando recortes de periódico, incluyendo horribles dibujos y frases publicitarias de "creación" propia, abundantes en faltas de ortografía y con un redactado demencial, eran la pesadilla/cachondeo de todos cuantos las recibían, y exigían largas horas de lectura y descifrado, como si de mensajes secretos se tratase. A la postre, uno se pregunta el sentido de cualquier colección, sea de sellos o de cuadros (mundo este último, el de los cuadros, en donde el nivel de chorizos y caraduras, de sinvergüenzas y estafadores, es realmente impresionante: desisto de contar casos vividos personalmente porque nadie se los creería), de libros o de cómics de aventuras, de postales o cajas de cerillas. Una vez muertos, no nos los vamos a llevar a ninguna parte, y los herederos se lo pulirán al trapero por cuatro cuartos. O, como le pasó a la hermana de mi madre (me niego a llamarla mi tía), que coleccionaba sellos junto con su marido y al enviudar se decidió a venderlos: pues resultó que no le dieron ni para pipas. De hecho, muchos compradores de colecciones u objetos de segunda mano, sean de lo que sean, casi te exigen que les des tú dinero a ellos para que se lo queden. No importa si lo que les vendes es (por decir algo) el manuscrito original del Quijote: para esos pazguatos se trata simplemente de un montón de papeles sin valor, y, dicen, "como nadie lee", no sirve para nada. Yo no sé lo que uno trata de suplir con una colección. Qué carencias trata de llenar. Tiene un cierto sentido cuando se es un crío y uno se pone a coleccionar cromos de futbolistas, por ejemplo. Pero no sé qué sentido tiene que señores con bigote y barriga cervecera coleccionen vitolas de puros o soldaditos de plomo. Me figuro que en estos casos se busca algo concreto, algo que falta en la vida. ¿El qué? Probablemente, la única colección bonita de verdad que se me ocurre, y que me hubiera gustado mucho hacer, pero nunca la hice porque soy un señor muy serio y no me queda tiempo para tonterías, es coleccionar chicas, preferentemente cantantes y actrices. Como, por otra parte, no parece que las interesadas se dejen "coleccionar", me he tenido que conformar escribiendo a ratos perdidos la serie "Galería de mujeres" para este blog, y metiendo en ella a bastantes de mis ídolos --reconozco que a veces un poco con calzador--, pero siempre justificando su presencia y alabando y ensalzando sus virtudes. Y cuando veo que a alguna de ellas ni con calzador es posible ponerla, entonces le escribo un artículo aparte, con cualquier excusa, como uno que tengo preparado para más adelante sobre cierta actriz italiana de la que no sé nada. Mi noble aspiración es que alguna de las interesadas --de las que aún están vivas y, ejem, buenorras-- tenga el detalle de invitarme a cenar algún día en agradecimiento a mis esfuerzos y desvelos (podría dar mis prefencias, tres en concreto, pero me da vergüenza). No por la cena, pues yo me conformo con un bocadillo de mortadela (ventajas de alimentarse espiritualmente, como le dije a una ex novia que, en castigo, me dejaba sin cena) sino para comprobar si cierta leyenda urbana que circula sobre lo que sucede después de la cena es cierta o no. FIN. June 12 LIBROS A LA GUILLOTINA(c) 2008 by J.C. Planells Hace pocos días, el librero de Negra y Criminal comunicaba en uno de sus habituales e-mails informativos que una importante editorial española había "descatalogado" a una de sus autoras, concretamente una escritora americana de novela policiaca. Y aclaraba el librero, para quienes no lo supieran, que en el argot editorial moderno "descatalogar" significa que los todos ejemplares en existencia de novelas de esa autora habían sido guillotinados, a fin de aprovechar el papel para elaborar nuevo papel (o sea, reciclaje, lo cual ecológicamente está muy bien, sí, pero...). Esta práctica de guillotinar libros, llevada a cabo por importantes editoriales con amplia producción aproximadamente desde los años noventa, suele ser desconocida por la mayoría de la gente. Cuando se lo explicas, se quedan estupefactos. No entienden que si a una editorial no le interesa conservar las existencias de un autor o de una colección que se vende poco o nada, en lugar de proceder a saldarlo en librerías de lance, se proceda a la destrucción de los ejemplares. No voy a ser yo quien trate de explicar el extraño comportamiento de un mundo, el editorial, que ha perdido el norte desde hace ya unos tres o cuatro lustros, y que como decía hace poco un escritor y ensayista se ha convertido en una pura fábrica de productos perecederos; en una industria más, vaya. No todas las editoriales proceden al guillotinaje y destrucción de libros, eso es algo que se reservan casi en exclusiva las grandes (Plaza Janés, por ejemplo...), pero que las modestas desdeñan: ellas sí saldan los libros porque aunque sea poco, algún dinerillo le sacan a lo que ya no van a vender (y el lector se beneficia). Sobre lo del saldado de libros, también se podría hablar (cómo ciertas editoriales más o menos importantes se ven obligadas a saldar existencias de libros editados no mucho tiempo atrás, simplemente para hacer sitio en sus almacenes o porque pasan apuros de dinero en un determinado momento: éste es el caso de cierta editorial catalana que desde su creación lucha por figurar entre las punteras, y que en diversas ocasiones ha efectuado esos "vaciados" de almacén y resuelto apuros mediante saldos, para desesperación de algunos aficionados...). Pero ése es un tema complejo, y que no viene al caso: obedece a otros intereses (mercantilistas). Lo del guillotinaje y destrucción de libros es algo mucho más grave y casi kafkiano. Hace un par de años, aproximadamente, Pau Riba comentaba en una entrevista radiofónica con motivo de los 35 años de su disco Dioptria, que el editor de un libro que había publicado años antes le llamó para decirle que se procedía al guillotinaje y destrucción de los ejemplares aún en existencia. Pau Riba, atónito, le dijo que le compraría esos ejemplares a precio de saldo, o con el habitual descuento de editor a autor. El editor le respondió que le era imposible hacerlo porque aun así perdía dinero. Total, que se procedió a la destrucción de ese libro (creo recordar que era de versos), y el autor no pudo quedarse con ningún ejemplar ni de muestra (con lo cual, supongo, el libro se cotizaría a precio de oro en mercados de segunda mano). El locutor que entrevistaba a Riba alucinaba al enterarse de todo aquello, pues --al igual que el propio Pau Riba cuando el editor le llamó para comunicárselo-- ignoraba aquel proceder tan habitual hoy día. No voy a comentar nada más al respecto. Dejo aquí el tema, la noticia de ello, para que quien lo desconociera medite ahora sobre ello y saque sus propias conclusiones. Quizá teniendo en cuenta cómo es el mundo editorial de hoy, no resulte tan aberrante esa práctica. Es una aberración más, acaso. June 10 BARNABY RUDGE, de Charles Dickens(c) 2008 by J.C. Planells ![]() Considerar Barnaby Rudge una novela menor dentro de la producción de Dickens no supone desdoro alguno hacia la obra. Estamos hablando del autor de joyas como Casa desolada o Tiempos difíciles, y de obras tan imperecederas como David Copperfield o Grandes esperanzas. Escrita en 1841, después de una novela poco reeditada y conocida actualmente como es La tienda de antigüedades, esta Barnaby Rudge está considerada como su segunda novela histórica, si bien en realidad sería la primera, puesto que Historia de dos ciudades fue escrita años más tarde. En España, casi no ha habido ediciones de Barnaby Rudge, al margen de su inclusión como Bernabé Rudge en las Obras Completas editadas por Aguilar, hoy inencontrables, y alguna muy rara edición hace más de medio siglo (en el prólogo a la reedición de la novela en 2006 a cargo de Belacqva de Ediciones se menciona una de 1944 como la última). Se trata por tanto de una feliz recuperación, probablemente debida al interés por la novela de género "histórico", que tantos adeptos tiene y tan pocos buenos cultivadores entre los autores actuales. Dickens narra en su novela el llamado "motín de Gordon", ocurrido en Londres en 1780, cuando una turba de fanáticos e iluminados encabezaron una verdadera rebelión en Londres contra los ciudadanos de religión católica, exigiendo se les privase de sus derechos mediante una petición al Parlamento. Londres se convirtió en un paisaje de pesadilla con incendios, pillajes, saqueos, asesinatos, hasta que la rebelión fue sofocada, sus responsables encarcelados y la petición rechazada por el Parlamento casi por unanimidad. La descripción de estos tumultos ocupa algo más de la segunda parte de la novela, cuya primera parte, que transcurre cinco años antes, en 1775, está dedicada a la presentación de los personajes, a sus vidas cotidianas, problemas amorosos, intrigas en torno a un misterioso crimen del pasado y rencillas personales entre algunos de ellos. De ahí pues la descompensación entre ambas partes de la novela, pues esa primera parte tiene sólo un moderado interés, contrastando con la vigorosa descripción del motín y las algaradas de la segunda. También flojea algo la novela respecto a la reacción de algunos personajes o a su evolución, cayendo en alguna que otra incoherencia. Digamos que, como apuntaron algunos críticos en su época, la obra no está muy afortunadamente escrita. Pero Dickens es Dickens, y como siempre hallamos en la obra interesantes apuntes y momentos felices. Cierto: la descripción de los cabecillas y miembros del movimiento anticatólico es algo maniquea: Simon Tappertit es un ser ridículo en la primera parte, que se vuelve casi un enloquecido homicida en la segunda; Hugh, un verdadero infame y bruto en la primera, acaba despertando cierta conmiseración al final de la novela tras conocerse sus orígenes; Gashford, "hombre taimado y traicionero" según lo describe Dickens en la lista de Personajes que hay al inicio de la novela, es otro individuo de moral repulsiva, un verdadero judas, católico renegado a quien no le importaría traicionar a su madre, por lo visto; Dennis, el verdugo de Londres, es tratado por Dickens sin la menor piedad: es un ser repugnante, abyecto, cuya asquerosidad moral no parece tener límites a ojos de Dickens, autor que profesaba un aborrecimiento sin límites a la pena de muerte y contra la que escribió en diversas ocasiones en las páginas de su revista. Por lo que respecta a Lord George Gordon, el personaje histórico que desencadenó el motín y presentó el recurso anticatólico al Parlamento, aparece como un ser algo ridículo, bufonesco, que, curiosamente, tiene algo de pre-valleinclanesco en sus modos y maneras: es el típico iluminado que desencadena el caos sin ser consciente de lo que hace. Otra interesante lección que se extrae de la novela, en cuanto a las actividades y desarrollo de la Asociación protestante que provoca los motines, es cómo cuatro descerebrados pueden poner en marcha un caos sin límites, y cómo el fanatismo más analfabeto puede arrastrar a una serie de individuos a cometer las tropelías más impensables. En este sentido es en el que cabe situar a la figura que da título a la novela, el infortunado Barnaby Rudge, un joven deficiente mental, que engañado por Gashford, Hugh y Simon, se une a la causa, sin saber siquiera qué causa es, y se convierte en su más fervoroso abanderado. De ello podría llegarse a la conclusión que los fanatismos, la irracionalidad, la intolerancia sólo pueden encontrar adeptos entre individuos podridos moralmente --como Gashford--, fanáticos asesinos --como el verdugo Dennis-- o deficientes mentales incapaces de comprender que son engañados o manipulados --como Barnaby Rudge--. Y en este sentido sí estamos pues ante una novela interesante y ante una propuesta a meditar, frente a la cual cada lector puede extraer sus consecuencias y formar su opinión. Y eso nos lleva, por tanto, a concluir que aunque Barnaby Rudge sea una novela menor, le ocurre lo que a todo clásico de la literatura: que sus discursos internos son aprovechables e imprecederos. Basta con saber leer o con comprender el texto (algo que hoy, como sabemos, no se practica). Y pensar si las lecciones a extraer de todo ello son apliacables al mundo de hoy. June 08 DINO RISI: SE ACABÓ LA COMEDIA(c) 2008 by J.C. Planells Ayer, 7 de junio, falleció a los 91 años de edad Dino Risi, director y guionista cinematográfico italiano, nombre fundamental de la comedia all´italiana, especialmente durante la edad dorada de los años cincuenta y sesenta. Su prolífica trayectoria se inició como documentalista y critico de cine, pasando a escribir guiones y dirigir en 1951; fue casi siempre autor o co-autor del argumento o guión de sus filmes, lo cual, atendiendo a su preferente cultivo por la comedia de tono social y satírico, ha llevado a que se le denomine el "Billy Wilder italiano", lo cual resulta algo exagerado, sin duda, pero lo cierto es que se pueden encontrar ciertos puntos en común entre ambos, atendiendo a géneros, miradas sobre la sociedad en que vivieron, cambios de registro dentro de un mismo film (pasando de la comedia a la tragedia), un cierto tono grosero en la exposición de ciertos temas o en su irrupción durante la escena, así como el cultivo del romanticismo más inesperado. Atendiendo a todo esto, pues, sí podría considerarse que Dino Risi fuera en Italia lo que Billy Wilder en Estados Unidos. Sus primeras comedias fueron más bien alegres y simpáticas: El signo de Venus, Pan, amor y..., Venecia, la luna y tú, para empezar a introducir un tono ya abiertamente cínico y satírico en El viudo y El estafador, realizadas en 1959 y 1960, respectivamente, y protagonizadas por dos de sus actores favoritos: la primera, por Alberto Sordi, y la segunda por Vittorio Gassman. El viudo mereció el dudoso honor de no ser aceptada por la censura española de la época, y sólo se pudo ver muchos años más tarde en pases televisivos (existe edición en DVD). Tras estas dos películas, Risi decide acentuar el tono social de sus guiones o de los films guionizados por otros que acepta dirigir: así, en los primeros años sesenta realiza Vida difícil, La marcia su Roma y El éxito (codirigida por Mauro Morassi). Entre estas dos últimas, se sitúa su film más célebre: La escapada, título fundamental del cine italiano de principios de los sesenta, un clásico de la comedia de crítica social (manipulado por el doblaje de su primer estreno en España) que refleja a la perfección la Italia del "milagro económico" en los personajes interpretados por Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant, dos seres contrapuestos (el juerguista y el estudiante, el hombre que está dejando atrás su juventud y el joven que empieza a asomarse al mundo, la frivolidad y la seriedad, la pasión y la reflexión) que comparten un fin de semana en el ferragosto italiano, con final trágico. Discutiva, alabada y criticada a partes iguales, a día de hoy sigue conservando una fuerza innegable como retrato de su tiempo. En sus siguientes films, Risi continuó hurgando en el cinismo de que hacían gala sus personajes, en su amoralidad, oportunismo y falta de escrúpulos: Monstruos de hoy, El parasol (otra comedia agridulce, perfecto reflejo de la clase media italiana durante un domingo playero), El profeta (un título fallido y que marca ya un cierto declive en sus temas y forma de presentarlos). Pese a entrar en ese declive que supone El profeta, Risi siguió reflejando la actualidad de su tiempo: La mujer del cura, En nombre del pueblo italiano, Sábado inesperado son tres interesantes films con que inicia la década de los setenta, en la que al poco realizará otro gran éxito: Perfume de mujer, comedia agridulce con un Vittorio Gassman en plena forma. Pero los mejores tiempos de la comedia italiana (social o simplemente simpática) habían quedado atrás, y la década de los setenta ofrecería escasas muestras notables, no sólo por parte de Risi, sino de todos sus compañeros de oficio. Películas como La alcoba del obispo o ¡Que viva Italia! presentan pocos puntos destacados. Aun así, Risi realizaría en 1981 un film dramático verdaderamente admirable: Fantasma de amor. Una fantasía sobre el amor perdido y reencontrado, interpretado por Marcello Masdroianni (que ya había colaborado en otros films de Risi de los años setenta) y Romy Schneider. Su prolífica carrera llegaría a final de la década de los ochenta, pero muchos de esos títulos ya no se vieron en España, donde el contacto con el cine italiano, tan popular y estimado en otros tiempos, fue quedando relegado por los distribuidores en favor de lo comercial del cine americano más vulgar. El balance artístico de Dino Risi es alto. Cierto que tuvo errores y comedias algo discutibles, así como serios tropezones, pero ofreció no pocos filmes de alto contenido social y crítico, bajo el disfraz de la comedia y la sátira, ayudado por actores tan insustituibles como Sordi, Gassman, Tognazzi o Mastroianni (todos ellos, ay, lamentablemente desaparecidos hace tiempo también). Risi fue pues uno de esos nombres fundamentales de la comedia italiana, una comedia ya fenecida, como casi todos sus artífices, y que echamos de menos. Retrató su tiempo y el mundo que vio, a veces con mayor acierto que otras, pero su obra merece un recuerdo. Más de un recuerdo. June 06 CUENTOS COMPLETOS IV, de Philip K. Dick(c) 2008 by J.C. Planells ![]() Finalmente ha aparecido en castellano el tan esperado cuarto volumen de los Cuentos completos de Philip K. Dick (o relativamente completos, como ya he comentado en varias ocasiones), e incluso se anuncia la próxima publicación del quinto volumen. Ya sólo falta que un editor, o los herederos del autor, se decidan a publicar un sexto volumen que recoja precisamente lo que se decidió dejar fuera por razones en algunos casos bastante peregrinas (las novelas cortas ampliadas a novela presentan diferencias en algunos casos, lo que las convierte en relatos por sí mismos). Si los tres anteriores volúmenes comprendían, al estar ordenados los relatos por orden cronológico de escritura, que no de publicación, su producción entre 1951 y 1954 (más uno de 1947), verdaderamente abundante como puede comprobarse, este cuarto tomo ofrece un par de detalles significativos: los relatos fueron escritos entre 1954 y 1963, es decir, abarcan nueve años de producción literaria. Un hecho que seguramente sorprenderá en principio, pero que tiene fácil explicación: los tres primeros tomos simultaneaban su producción de relatos de ciencia ficción para las revistas del género con sus novelas psicológicas o experimentales, que intentaba en vano vender a las editoriales; así, pues, los relatos tenían una finalidad alimenticia, por así decir. En el período que comprende este cuarto tomo, la producción disminuye por cuanto Dick empezó a cultivar la novela de ciencia ficción, publicando varias de ellas entre 1954 y 1963 --no sin proseguir las llamadas "novelas experimentales", hasta desistir de ellas hacia 1961--, y escribiendo otras muchas que serían publicadas en los años venideros. Por tanto, el campo de la narrativa breve fue siendo paulatinamente abandonado. Las notas finales a los relatos ofrecen la curiosidad de que de los 18 aquí reunidos, 9 fueron escritos entre 1954 y 1958 y los otros nueve en 1963, produciéndose por tanto un vacío entre 1959 y 1962 (de hecho, en 1956 y 1957 tampoco escribió ninguno). El segundo detalle significativo es precisamente que este segundo período de su narrativa corta (el iniciado en 1963) se caracteriza por un tono más maduro narrativamente hablando, por el incremento del tono multifocal, la introspeccción, y un cierto oscurecimiento agrio de los temas, así como el incremento del comportamiento psicótico de los personajes. No es que todo esto no estuviera ya presente, en mayor o menor grado, en el grueso de sus relatos escritos entre 1952 y 1954, pero en una producción tan amplia pasaba un tanto desapercibido en la mayoría de los casos. En cambio, en 1963, se evidencia el cambio. Máxime teniendo en cuenta que es el año en que empieza su gran producción novelística, lo cual además provoca el que no pocos de esos relatos de 1963 sean posteriormente usados para algunas novelas o sirvan de inspiración a algunas de ellas. Así, "Una actuación novedosa" (1963) se incrustaría en Simulacra (1964); "Lo que dicen los muertos" (1963) serviría de base a Ubik (publicada en 1969, pero escrita hacia 1967); "Los días de Perky Pat" (1963) reaparecería en distinta forma en Los tres estigmas de Palmer Eldritch (publicada en 1965). En el quinto volumen de los Cuentos completos, aparecen igualmente dos relatos --inéditos en castellano-- posteriormente aprovechados para las novelas Doctor Bloodmoney y El mundo contra reloj, junto con otros ya conocidos que lo mismo que los ya indicados de este cuarto volumen formarían parte de futuras novelas. Es decir, el campo de la narrativa corta, a partir de 1963, se convirtió para Dick en una especie de campo de pruebas o de esbozos para futuras novelas, y sólo ocasionalmente produciría relatos que pudieran leerse por sí mismos. Uno de éstos es "Araña de agua" (1963), anteriormente publicado en la revista Nueva Dimensión, un relato muy divertido, ligero, una muestra de "ciencia ficción recurrente", que debió de gustar mucho al ser publicado, tanto que Dick se animó poco después a hacer algo parecido con "Orfeo con pies de barro", aunque el resultado de éste no es precisamente satisfactorio: lo que funciona en "Araña de agua" se desploma lamentablemente en "Orfeo con pies de barro". Este relato, según las notas, fue publicado en 1964 en una desconocida revista, con el seudónimo de Jack Dowland, y curiosamente, la Bibliografía de Dick editada por Underwood/Miller en 1981 lo encuadraba entre su material "inédito". La evidencia del interés por la novela del Dick de 1963 la tenemos en dos relatos escritos y publicados consecutivamente en 1963 en Amazing. Se trata de "El suplente" (anteriormente publicado en castellano como "Cargo de suplente máximo" en Nebulae 2ª época) y "¿Qué vamos a hacer con Ragland Park?"; en apariencia, son dos historias que se pueden leer por separado, pero la segunda es continuación directa de la primera, y de hecho pudo existir una tercera historia (pues el conflicto entre Jim Briskin y Max no está concluido ni mucho menos), aunque no fue escrita, pues la impresión es que Dick preparaba con ellas una novela por entregas, o bien una historia mediante relatos enlazados: no son pocas las ideas que aparecen en ambas historias y los conflictos que plantean (lucha por el poder político, invasión alienígena, cerebros electrónicos como mandatarios de Estados Unidos...), algunas de las cuales encontrarían una formulación distinta en novelas posteriores como Nuestros amigos de Frolik 8, The Crack in the Space o Aguardando el año pasado, por ejemplo, e incluso Ubik en lo referente al personaje de Raglkand Park en el segundo de los relatos. Lo cierto es que la lectura continuada de los dos relatos hace inevitable pensar que estamos ante una novela interrumpida, sólo esbozada en sus primeros capítulos, y que no sabemos qué caminos hubiera seguido. Sin duda, el atareado Dick de 1963-1964 desechó proseguir la historia y se limitó a aprovechar algún personaje y algunas ideas de ella en otras novelas. Si hay algo que prevalece en este cuarto volumen, es la cantidad de relatos que tienen como fondo, aparte de la guerra o el holocausto nuclear y sus consecuencias --que ya aparecía en mucha de su producción corta anterior--, la política y sus intrigas. En efecto: algo que ocasionalmente asimaba en los tres primeros tomos, aquí se muestra de manera más clara en relatos como "El patrón de Yancy" (1954), "La M imposible" (1955), "Si no existiera Benny Cemoli" (1963), "Una actuación novedosa" (1963), "El suplente" y "¿Qué vamos a hacer con Ragland Park?" (1963), a los que se podría añadir sin dificultad "¡Oh, ser un blobel!" (1963), si tomamos en consideración la explicación que del relato da Dick en las notas finales. Como se puede comprobar, pues, el tema de la política --en cuanto a poder sobre la gente y a ejercerlo u obtenerlo más o menos limpiamente, así como sus conscuencias-- está mucho más presente de los relatos de 1963, que en los de 1954-1958. Para el amante de la ciencia ficción clásica, sin duda "Autofac" (1954) --ya editado dos veces en castellano-- es un muy buen relato: máquinas capaces de construirse y repararse a sí mismas, hasta casi el inifnito. "El informe de la minoría" (1954) --editado en tres ocasiones en castellano, y que dio pie al film de Spielberg-- y "Mecanismo de recuerdo" (1955), abordan en tema de la delincuencia en el futuro, y parecen ser uno consecuencia del otro, aunque sus argumentos sean muy distintos. "Nosotros, los exploradores (1958) --aparecido en castellano en dos fanzines-- siempre me ha parecido una curiosa conjunción de Bradbury y Dick: aunque por temática es inequívocamente dickiano, por escritura y ambientación evoca ciertas historias de Bradbury. Otros tres relatos de los años cincuenta ya habían sido publicados anteriormente en castellano: "Servicio técnico" (en la revista Mas allá), "Mercado cautivo" y "Juego de guerra" (ambos en Nebulae 2ª época). En resumen, buena lectura que nos permite descubrir la madurez del autor, su evolución. La traducción es buena, aunque la empalidecen ciertos errores en el uso de guiones entre acotaciones de diálogos y algunos despistes en los datos de las notas finales. June 05 ZAFARRANCHO EN EL CASINO, de Richard Thorpe: Comedia con computadora(c) 2008 by J.C. Planells ![]() Este film de 1961, no editado aún en DVD en España, fue un gran éxito en nuestro país cuando su estreno. Resultaba una comedia bulliciosa, algo novedosa asimismo en su planteamiento, y probablemente esto incidió en dicho éxito: el protagonismo principal recaía en una computadora del que los personajes extraían singular provecho; por entonces, un ordenador, o una computadora, era algo prácticamente desconocido en España. Titulada en inglés The Honeymoon Machine, la película se basaba en una comedia original de Lorenzo Semple Jr, The Golden Fleecing, adaptada el cine por George Wells, y de cuya dirección se encargó un hombre de confianza de la Metro Goldwyn Mayer: Richard Thorpe, veterano realizador de cine de aventuras principalmente, con muchos títulos populares en su haber, si bien estilísticamente no levantase grandes pasiones entre aficionados ni críticos. Contaba con un muy atractivo reparto de actores, algunos de los cuales empezaban en aquel entonces a ser conocidos, y que seguirían trayectorias irregulares posteriormente, en algún caso: Steve McQueen, que había aparecido en algunos filmes; Jim Hutton, otro principiante que destacaría pronto en comedias y como futuro Ellery Queen televisivo; Paula Prentiss, una actriz bastante desaprovechada, que en sus primeras películas, como esta misma, demostraba sus muchas posibilidades y se ganó muchos admiradores incondicionales; Dean Jagger y Jack Weston, actores todoterreno, siempre eficientes; y una debutante como protagonista, Brigid Bazlen, que tras dos o tres películas más desapareció por completo sin dejar la menor huella (ni siquiera en la película, aplastada por la Prentiss). La trama se ambientaba en Venecia, donde unos oficiales de la marina americana decidían aprovechar las singulares cualidades de la computadora del buque militar donde estaban destinados en beneficio propio: la computadora podía predecir en qué lugar exacto podía caer un misil soviético al ser disparado y los marineros decidieron que de la misma manera podría predecir en qué número caería la bola de la ruleta del casino; mediante un sistema algo complicado, llevaban a cabo su propósito, haciendo saltar la banca de ese casino, y al mismo tiempo casi provocando un conflicto con los soviéticos, que tomaban las predicciones de la computadora como indicios de un próximo ataque americano con misiles. Un film dinámico, simpático, muy bien interpretado por un reparto acertadísimo, irrepetible; probablemente, hoy nos resultaría algo demodè, pero sería interesante revisarlo: el recuerdo que de él se conserva es el de una notable diversión. June 03 GALERÍA DE MUJERES (36). BETTE DAVIS: La mejor mala del cine(c) 2006 by J.C. Planells
![]() Todo el mundo está de acuerdo en que cuanto más mala era Bette, mejor era la película. Sin duda esta mujer tirando a bajita, de rostro poco agraciado, grandes ojos, voz algo rota y boca de gesto firme ha sido la mala más mala del cine. Es decir, la mejor mala del cine. Perteneció a la era dorada de Hollywood, pero su carrera, por fortuna para ella, se prolongó casi hasta sus últimos días, algo que muy pocas actrices pueden decir, puesto que como es sabido, Hollywood las echa a un lado a la que se acercan a los cuarenta años, y eso vale tanto para el cine de hoy como para el de ayer, y por supuesto para el de mañana. Es decir, mientras Harrison Ford puede seguir haciendo de galán joven o héroe madurete en el cine, una actriz de su misma edad biológica no puede hacer de muchacha casadera o mujer madura deseable.
Ruth Elisabeth Davis, que ése era su nombre completo, nació en 1908 y falleció en 1989: estamos pues en el año de su centenario. Su carrera en el cine empezó en 1931 (tras pasar brevemente por el teatro) y terminó en 1989, el mismo año de su muerte. El cine era su vida, el cine era su razón de ser, el cine era lo que le daba fuerza. Quizá fuera su peculiar físico el que la hiciera estar presente en todas las décadas del cine, incluso las más alejadas de su edad dorada, lo cual desde luego es casi excepcional: pocas pueden presumir de ello. Pero lo cierto es que de jovencita, Bette Davis tenía mucho atractivo, como pueden comprobar los que vean sus primeras películas: Cautivo del deseo, por ejemplo, basada en el clásico Servidumbre humana de Somerset Maugham, donde conquistaba y seducía al joven estudiante de medicina interpretado por Leslie Howard. Pero su talento como actriz salió pronto a relucir en películas hechas para su lucimiento personal, dando vida a personajes fuertes, intensos, amargados, infelices, dominantes, tiernos a veces, sensibles raramente, atractivos siempre: La loba, La señora Skeffington, Jezabel, La carta, La extraña pasajera... en fin, una larga, larga serie de títulos de las décadas de 1930 y 1940, películas ciertamente memorables en buena parte por ella.
Bette Davis, actriz de la Warner, fue de las pocas que se atrevieron a plantarle cara a Jack Warner, todopoderoso productor (como todos los de aquella época, desde luego), que no toleraba que los actores o actrices se quejaran por los papeles que les endosaban y los trataba a su capricho (como todos, vaya). Bette, cansada de según qué películas, lo hizo: plantó cara a Warner y pagó las consecuencias, pero en cierta manera abrió un camino que --se supone-- otras debieron --o deberían-- seguir. Lo que le molestaba a Bette era que la Warner discriminaba a actores y actrices. No sé qué pensaría del cine de hoy. En todo caso, ella ya tenía una carrera más que notable a sus espaldas cuando se acercaba la década de los sesenta.
Y mira por dónde, esa década significó su renacer, tras unos años cincuenta donde sólo brilló Eva al desnudo en su filmografía. En esa nueva década, tras un papel en Un gánster para un milagro, Robert Aldricht la descubrió para una nueva generación de espectadores en ¿Qué fue de Baby Jane?, éxito espectacular del gran guiñol, donde trabajó con Joan Crawford, vieja gloria de sus mismos años; la mala relación entre las dos actrices mejoró todavía más la película (Joan quería una "relación íntima" con Bette, que no estaba para esa clase de juegos sexuales entre señoras: sólo entre caballeros). Durante esa década, Bette interpretó notables películas también hechas ex profeso para ella: Su propia víctima, Canción de cuna para un cadáver, A merced del odio...
La televisión también la reclamó para que amueblara una serie de éxito, Hotel, ya en los años setenta bien entrados. Paseó con señorío su ancianidad en Muerte en el Nilo y Las ballenas de agosto, en sus últimos años de vida. Que una mujer bajita, cada año más fea, cada año más delgada y frágil que el anterior, pero menos que el siguiente, siguiera siendo objeto de admiración de cinéfilos que la descubrían y revisaban sus antiguas películas y su larga, larga carrera, demuestra que en ella el cine y la interpretación corría por las venas.
La homenajearon en San Sebastián poco tiempo antes de su muerte. La paseaban en silla de ruedas para que no se cansase. Aun así, en alguna ocasión se puso en pie, real y sinceramente emocionada.
Su vida fue agitada, como la de todas las actrices de su época (o de cualquier época); tuvo matrimonios con directores de cine, broncas con directores de cine, con productores, con actores, no fue demasiado feliz, su carácter era duro, pero a veces se le escapaba la vena tierna. Es algo que, viendo películas con personajes tan contrapuestos como La loba y La extraña pasajera, queda mejor explicado. Bette era un poco como las dos.
En el cine ha habido muchas mujeres fatales, pero sólo una ha sido la mejor mala del cine, la que mejor ha hecho sufrir al personal de la pantalla y del otro lado de la pantalla. No tiene sucesora, pues rompieron su molde.
June 02 TIM POWERS: LA MARAVILLA DE LEER[Este artículo fue publicado en la revista Blade Runner Magazine, num. 4, febrero de 1991. Era la ampliación de un artículo mío anterior, aparecido en 1988 en Maser Boletín informativo, num. 15. Se publica tal cual, aunque he actualizado algún detalle, como los títulos de sus obras en castellano aún inéditas por entonces, así como la bibliografía que acompañaba el artículo, pero nada más. Obviamente, en él me refería a las obras de Powers publicadas antes de 1991.] (c) 1991 by J.C. Planells ![]() La entusiasta acogida obtenida entre el lector en castellano a la primera obra publicada entre nosotros de este joven autor que es Tim Powers, da ocasión a que tratemos con amplitud su figura. En efecto, Las puertas de Anubis ha merecido galardones no sólo en Estados Unidos, sino también en Francia y España, y por lo menos en estos dos últimos países una enorme aceptación popular. Acogida que entre nosotros cabe esperar que se repita con la aún reciente aparición de En costas extrañas, su, por el momento, penúltima novela. Tim Powers nació en 1952 en la ciudad de Búfalo, estado de Nueva York, se educó en California, donde reside actualmente desde hace ya varios años. Tuvo ocasión de conocer a Philip K. Dick en los últimos años de vida del fallecido maestro, siendo no sólo admirador suyo, sino amigo personal (Dick le convirtió en uno de sus personajes en Valis bajo el nombre de David), junto con el círculo de escritores que rodearon al autor, formado por nombres tan destacados actualmente como James Blaylock, Kim Stanley Robinson, Paul Williams y K.W. Jetter. Inevitablemente, todos estos autores, en mayor o menor grado, no niegan la influencia ejercida sobre su obra por Dick, tanto en el aspecto literario como en el de diseño de personajes. Powers empezó a escribir ciencia ficción en 1975, aprovechando una oferta del no muy recomendable editor Roger Elwood. Así, aparece primero The Skies Discrowned, que Elwood compra en abril de ese año y publica a través de su editorial Laser Press en Toronto. A continuación escribe una segunda novela, titulada Epitaph in Rust, igualmente adquirida por Elwood para Laser Books. No parece haber problemas con The Skies Discrowned, que además obtiene una buena acogida entre los lectores, pero sí los hay, y graves, con Epitaph in Rust, que en palabras del propio Powers "fue reescrita por alguien, cortando párrafos, añadiendo otros por su cuenta, reescribiendo partes del libro, cambiando incluso los vestidos que los personajes llevaban". Para un escritor novel como Powers eso es francamente intolerable, pero desgraciadamente era práctica habitual de Laser Press y de Roger Elwood, y en parte fue el motivo de la desaparición de dicho sello editorial. Esta manipulación afectaba por igual a todos los originales publicados por Elwood, y si alguien tiene interés en saber cómo se llevaban a cabo tales "maniobras", le recomiendo la lectura de la edición de Tor Books de la novela de Piers Anthony But what of Earth?, en la que Anthony comenta párrafo por párrafo las manipulaciones sufridas por su original y la manera en que Roger Elwood trataba a sus escritores durante su breve aventura con Laser Press. Powers reniega actualmente de esa edición de su segunda novela, si bien no desdeña reescribirla en algún momento dado, como de hecho hizo no hace muchos años con The Skies Discrowned, convirtiéndola en Forsake the Sky para Tor Books en 1986. [Nota de 2007: En realidad, algo parecido llevó a cabo, al reeditar la novela como An Epitaph in Rust en 1986 asimismo, pero en una edición privada de coleccionista.] Abandona momentáneamente la escritura y su tercera novela no aparece hasta 1979, en Del Rey Books, editorial con la cual también tuvo sus diferencias. Pese a ello, Esencia oscura, título de la obra en cuestión, obtiene cierto éxito y ello le estimula a emprender el redactado de una novela también para Del Rey. Sin embargo, el editor la rechaza por considerarla poco satisfactoria a la par que sugiere diversos cambios a efectuar en la misma. Powers realiza dichos cambios, pero ofrece a continuación la novela a Ace Books, siempre atenta a nuevos valores en los primeros años de los ochenta. Finalmente, aparece con el título de Las puertas de Anubis, recibe críticas excelentes y es galardonada con el premio Philip K. Dick en 1984, segundo año en que se concedía dicho premio. Ello hace subir la cotización de Powers, que ya estaba ultimando su quinta novela, titulada Cena en el palacio de la discordia, un proyecto en el que había estado trabajando algunos años antes, pero que había dejado momentáneamente de lado para terminar Las puertas de Anubis. Cena en el palacio de la discordia aparece también en Ace Books en 1985 y el autor vuelve a ser galardonado otra vez con el Philip K. Dick Award por ella, siendo hasta ahora el único autor en recibir dos veces (y además en años consecutivos) dicho premio. La crítica ya le aclama como uno de los más interesantes nuevos valores de los ochenta. Según contrato, Powers debía una novela a Del Rey Books, pero el contrato es rescindido ahora que Powers es un valor importante, y así, en 1987, aparece su siguiente libro, que además es el primero que se le edita en edición encuardernada: En costas extrañas, por Ace Books nuevamente. La novela es nominada al Premio Mundial de Fantasía. Su última novela publicada, otra fantasía esta vez en torno a la escritora Mary W. Shelley, ha aparecido en 1989 con el título de La fuerza de su mirada, y también ha sido nominada para el Premio Mundial de Fantasía. Actualmente, autor ya cotizado, Morrow/Avon ha contratado sus siguientes dos novelas, la primera de las cuales se titula La última partida, ambientada en nuestros días y con elementos mágicos y de fantasía. Su reticencia a ser un autor de obra abundante --hecho bastante infrecuente hoy día-- hace aún más llamativo a este interesante autor. En sus novelas es evidente que Powers tiene también, como los grandes autores de la ciencia ficción y la fantasía, sus "temas recurrentes", siendo el principal de ellos el de la sociedad secreta que aspira a dominar el mundo, una parte concreta del mundo, la sociedad, una ciudad o bien crear su propia secta a fin de manipular las decisiones de los hombres. Dichas entidades secretas aparecen a lo largo y a lo ancho de The Skies Discrowned (y en su revisión, obviamente), Esencia oscura, Las puertas de Anubis, Cena en el palacio de la discordia, así como en el relato "Colina abajo". Otro tema común en sus novelas es el carácter del protagonista principal: un solitario, un marginado, un huérfano, un desengañado, un perdedor, en ocasiones una mezcla de varios de estos elementos. Nunca se trata de un héroe "a la fuerza", ni de un héroe "por vocación", sino más bien de un héroe al que no le queda otra elección posible, o por encontrarse metido (sumergido casi) en medio de un ambiente que no entiende, que le resulta extraño o incluso indiferente, o al que contempla como una cosa rutinaria. Greg Rivas, el protagonista de Cena en el palacio de la discordia es quizá lo más cercano al héroe puro concebido por Powers, pero aun así llega a serlo más bien por la fuerza de unas determinadas circunstancias, por una reputación de la que desearía alejarse y olvidar, que no por vocación. Rivas tiene ciertas resonancias épicas de los "desesperados" del lejano Oeste, y, en cierta medida, Cena en el palacio de la discordia es casi un western de ciencia ficción tanto en su ambientación como en sus personajes, situaciones y moral. En esta novela, no siempre las venganzas se sumplen, no siempre el héroe gana, no siempre ese cansado héroe tiene razón ni sabe muy bien lo que es, y la búsqueda de su objetivo es más un encontrarse a sí mismo, que no una tarea que cumplir. Como en un western, Greg Rivas sería el pistolero a sueldo, el mercenario que hace lo que hace porque no sirve para otra cosa, porque también es tarde para aprender a ser otra cosa. La amargura de Greg Rivas contrasta con la ingenuidad de Doyle en Las puertas de Anubis. Doyle es un ingenuo metido en un mundo y tiempo de los que no puede escapar, forzado a cumplir un destino que --contrariamente a Rivas-- no entiende ni sabe a qué le puede conducir. Si Rivas precisa afirmarse moralmente a sí mismo, encontrarse, Doyle sabe --o cree saber-- quién es, pero ignora lo que ha de hacer. Doyle es o más aproximado al "hombre con quien no contaban", el que se convierte en héroe por estar "en el lugar inoportuno en el momento inoportuno". Así, Rivas sería una cara de la moneda y Doyle la opuesta. Ambos comparten, sin embargo, la soledad y la marginación, voluntaria en un caso, vocacional en el otro. Rovzar, el protagonista de Forsake the Sky, sería el que aprende a ser héroe. El que no ha soñado con serlo, pero al que inesperadamente no le queda otro remedio que convertirse en ello. Si en Las puertas de Anubis y en Cena en el palacio de la discordia asistimos al "trabajo" del héroe --pese a las diferencias ya señaladas--, en Forsake the Sky asistimos a cómo se fabrica un héroe, alguien que se vio forzado a serlo, que finalmente deseó serlo y que supo obrar como tal. Rovzar comparte en cierta medida la ingenuidad de Doyle, pero también algo del marginamiento de Rivas. Y, como ellos, se ve inmerso en luchas y conflictos que no siempre entiende, pero en los que se ve forzado a seguir adelante y lograr sus objetivos. Brian Duffy, en Esencia oscura, es otra variante de Rovzar y Doyle: otro aprendiz de héroe, otro ser ingenuo que no entiende lo que ocurre a su alrededor. Sin embargo, finalmente se acerca más a Rivas, en el sentido de que "debía" ser héroe por que los demás le consideraban como tal. Aunque en esta novela, mas bien desafortunada, por cierto, Duffy juega con ventaja: es la reencarnación de Ricardo Corazón de León. Chandagnac, protagonista de En costas extrañas, es otro ejemplo típico de ese personaje creado por Powers: no es un héroe, pero se ve forzado a tomar decisiones que marcan su destino y el de quienes le acompañan. No le queda otro remedio que adoptar continuamente el papel que los demás se han formado de él: a veces un héroe, otras un traidor, otras un asesino, un capitán de piratas... No por falta de convencimiento, sino, otra vez, por hallarse metido entre acontecimientos que le superan. El tema del héroe "malgré lui" no es nuevo en la ciencia ficción. Ha sido tratado por diversos autores, si bien pocos se han acercado a las cotas alcanzadas por Tim Powers en cuanto a marginación y soledad. Quizá el más cercano sería Keith Laumer en novelas como The Star Treasure o A Plague of Demons, aunque en general Laumer suele acabar revelando que sus héroes no eran sino superhombres que habían olvidado sus facultades y que estaban condenados a descubrirse a sí mismos a lo largo de la acción. Los personajes de Powers no tienen nada de superhéroes, pero como los de Laumer comparten una extraña soledad, una cierta amargura, a veces algo de ingenuidad, y ese no saber a dónde ir ni dónde está el lugar al que pertenecen. Las novelas de Tim Powers son irregulares en sus primeras producciones, para alcanzar su cota máxima en Las puertas de Anubis. Forsake the Sky, revisión de su primera novela, es una aceptable obrita con momentos simpáticos y un buen desarrollo narrativo, ágil y ameno, y en donde ya aparecen sus temas recurrentes --sociedad secreta, combate del héroe contra ella o dentro de ella, como en el relato "Colina abajo"--, que parecen conformar la columna vertebral de su novelística. Vista en retrospectiva, tiene más interés como meritoria primera novela que como novela en sí. Desconozco Epitaph in Rust, de la que el autor reniega por las ya explicadas manipulaciones. La tercera, Esencia oscura, que contiene abundantes dosis de humor, resulta más bien penosa y da la impresión de que su autor se tomaba excesivamente en broma su trabajo. Con Las puertas de Anubis llega a la cima de su narrativa. Es su mejor novela hasta la fecha, no superada aún por ninguna de las posteriores (pese a ser éstas excelentes) y no dudo en calificarla de pequeña (o gran) maravilla de nuestro tiempo. Una obra rica y compleja, con mil y una tramas y posibilidades argumentales que el autor maneja con una destreza increíble: no en vano, se considera a Powers el mejor diseñador de tramas de toda la narrativa fantástica actual. Las puertas de Anubis, en mi opinión, es una lectura tan rica y excelente como en sus tiempos lo fueron obras como Las minas del rey Salomón, La isla del tesoro o El corazón de las tinieblas, quizá porque contiene unas resonancias de narrativa clásica ya olvidadas en nuestros días. No por recurrir a la aventura como nostalgia, sino por recuperar esa aventura con el fuste intrépido y vigoroso de los autores clásicos británicos de finales de siglo. Tras una obra como Las puertas de Anubis, un verdadero cofre del tesoso, cualquier novela posterior de Powers palidece. Cena en el palacio de la discordia, sin embargo, contiene por sí misma elementos para enorgullecer a cualquier autor de haberla firmado, y lo mismo cabe decir de En costas extrañas, aún más cercana al espíritu aventurero de Las puertas de Anubis, pero sin recurrir a homenajes ni guiños, sino mediante un desfile de personajes, tramas, argumentos, situaciones y ambiente dotados con la personalidad de un autor que ha encontrado su manera de construir su universo literario particular. Tras sus titubeos iniciales, lógicos en tantos autores, Tim Powers se ha convertido en una estrella propia y original dentro del campo de la narrativa de ciencia ficción y fantasía de los años ochenta. Aunque sólo hubiera escrito Las puertas de Anubis, ya bastaría para considerarle un clásico del género. Powers nos devuelve el placer de leer, ese "sentido de lo maravilloso" que se daba ya por perdido. La perfección de sus tramas, lo acabado y rico del diálogo, el encadenado de sus situaciones, la elegancia de un estilo sencillo, natural y que atrapa al lector con una facilidad y sencillez realmente notables, el sentido del humor que nunca falta en ciertos momentos, así como sus instantes sombríos o nostálgicos, todo ello le convierte en un autor único, en un escritor por definición propia. La clase de escritor que ya se daba por desaparecida: el narrador nato. Bibliografía [actualizada en 2007] 1976.- The Skies Discrowned [revisada y reeditada en 1986 como Forsake the Sky] 1976.- Epitaph in Rust [revisada en 1986 en edición restringida como An Epitaph in Rust] 1979.- Esencia oscura (edición castellana en Gigamesh) 1981.- "Colina abajo" (novela corta, edición castellana en Transito nº 16) 1983.- Las puertas de Anubis (edición castellana en Martínez Roca y reedición en Gigamesh) 1985.- Cena en el palacio de la discordia (edición castellana en Martínez Roca) 1985.- "Night Moves" (novela corta) 1987.- En costas extrañas (edición castellana en Martínez Roca y reedición en Gigamesh) 1989.- La fuerza de su mirada (edición castellana en Martínez Roca y reedición en Gigamesh) 1991.- La última partida (edición castellana en Martínez Roca) 1995.- Expiration Date 1997.- Eartquake Weather 2000.- Declara (edición en castellano en Gigamesh) 2000.- Night Moves and Other Stories (relatos) 2001.- Ten Poems (poesía) 2001.- On Pirates, con James P. Blaylock (relatos) 2003.- The Devils in Details, con James P. Blaylock (relatos) 2005.- Strange intineraries 2006.- A Soul in a Bottle (novela corta ilustrada) 2006.- Three Days to Never |
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