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June 29 (c) 2009 by J.C. Planells  Lo sé: esta crítica llega tarde y mal porque la obra ha sido retirada de cartel ayer, 28 de junio, en Barcelona. Ignoro si para ir a representarla en otros pueblos o ciudades. Mi intención hubiera sido ir a verla a los pocos días de su estreno, que tuvo lugar hace unos meses, pero por motivos que no son del caso no me era posible. Finalmente, he ido a verla el pasado sábado día 27, el día antes de la despedida de la obra. No sé si tiene sentido, pues, comentarla a estas alturas, pero en todo caso diré que como no vi ninguna crítica de ella, al menos cumplo como un hombrecito, aunque sea tarde. Conocía esta comedia de Marc Camoletti gracias a la versión cinematográfica de 1965 dirigida por el vulgar John Rich, protagonizada por Tony Curtis y Jerry Lewis, y con Thelma Ritter en el papel de la criada. No hace falta decir que se trata de una obra principalmente de actores... bueno, todas lo son, pero hay mucho teatro en la que el texto es lo primordial; éste no es el caso: el texto es simplemente el habitual vaudeville de puertas y armarios (un género que a mí me hace mucha gracia, qué quieren que les diga). La historia va de un fresco (Bernard) que tiene tres novias, tres, azafatas de distintas compañías aéreas y por tanto de distintos países, a las que recibe en su apartamento en días y horarios diferentes, llevando un estricto registro de esos días y horarios para que nunca coincidan, por lo que ninguna de las tres sabe de la existencia de las demás. Y este tren de vida funciona la mar de bien, hasta que las compañías aéreas de las chicas deciden cambiar los modelos de avión por otros ultramodernos el mismo día, con lo cual los horarios se acortan y coinciden las tres en el apartamento, aunque a distintas horas, dando lugar, como cabe esperar, al consabido lío/caos y juego del escondite que el flamante novio deberá afrontar y procurar no se le descubra el pastel. Andan por el apartamento una criada (rusa aquí) bastante neurótica con tanto enredo y un amigo del fresco que ha venido de visita y se encuentra en medio del fregado. Como se puede ver, pues, un texto parecido al de tantas otras comedias de puertas y armarios. Y por lo tanto, lo que se juzga es la puesta en escena, la vivacidad de los actores, la gracia en las réplicas, la manera en que se mueven sobre el escenario, la agilidad en entradas y salidas y cómo incorporan a los personajes. No se puede esperar otra cosa. Y ahí es donde yo tuve suerte, por decirlo así, al acudir a verla cuando estaba en sus últimas representaciones. Pues en relación con su estreno y primeras semanas, hubo un cambio importante: Ángel Llàcer, que interpretaba a Robert, el amigo del fresco, fue sustituido por Jordi Díaz. Supongo que el motivo de esa sustitución era los compromisos televisivos de ese caballero tan triunfesco. En todo caso, me alegro infinito de no haber tenido que soportarle en escena: ¿es un actor Ángel Llácer? Sé que ha hecho "cosas" en teatro, pues antes de esta obra había salido por radio (¿o era televisión?) promocionando otra representada en la misma sala (Coliseum), y aprovechó dicha promoción para despotricar de la gente aburrida, necia e intelectual que va al teatro para ver obras de Calderón de la Barca, García Lorca y demás rollos obligatorios de BUP y COU, en vez de ir a ver obras "bonitas" y "musicales" para pasarlo bien y divertirse, que es lo que ha de hacerse cuando se va al teatro. A ver, Llácer, listillo: la gente va al teatro para ver lo que le sale de las gónadas y los ovarios, no lo que tú dictamines debe verse: nadie da órdenes al público sobre lo que ha de verse, nadie debe hacerlo, y nadie tiene que tratar al público de teatro clásico o serio despectivamente, como tú hiciste. Una cosa es que defiendas la obra que presentas en el teatro y en la que estás implicado como productor musical o lo que diantre seas: me parece muy bien y casi obligatorio por tu parte el hacerlo. Otra cosa es que burlarse y ridiculizar a estudiantes y/o público que va a ver un Lope de Vega o un Harold Pinter o cualquier autor dramático porque tienen ganas de verlo: el espectador elige el teatro que quiere ver, no tú (ni nadie más). Por la boca muere el pez, así que mejor quédate en la tele, que es tu mundo. Como digo, me reventaba ver a un supuesto actor interpretando el papel que en cine hizo Jerry Lewis. Pero hubo ese cambio, y lo asumió Jordi Díaz, actor al que no conozco (o no recuerdo haber visto antes) y que debo decir no me gustó demasiado (pero encontré preferible al niño bonito de Llácer). Sin duda su Robert debe de ser muy distinto al que debió de ¿interpretar? el triunfero. El otro personaje principal recaía en Pep Munné, otro actor que no me entusiasma demasiado, pero que se revela inesperadamente brillante: su trabajo aquí tiene ciertas reminiscencias del Tony Curtis de la versión cinematográfica: seriedad y locura, nerviosismo y frenesí, galanura y sinvergonzonería aunadas, y consigue ganarse el sobresaliente (cuando uno iba dispuesto a concederle sólo el aprobado y con cierta mala gana). El detalle más singular de la obra es la interpretación de Ángel Pavlovsky como Berta, la criada de origen ruso, que en cine bordó Thelma Ritter, y que aquí borda él de manera fenomenal; puede que a algunos les sorprenda ver a un hombre haciendo un papel de mujer, pero no es tan extraño: como conté hace tiempo en este blog, el estreno en los años setenta en España de Papá, pobre papá, mamá te ha encerrado en el armario y a mi me da tanta pena contó con un hombre interpretando el papel de la excéntrica madre, e Ismael Merlo fue Bernarda Alba en una representacíón de la obra lorquiana. El elegir a Pavlovsky para ese papel de criada algo neurótica con tanto lío de faldas es sin duda todo un acierto por parte de quien lo decidiera (digamos de paso que en teatro uno nunca sabe quién elige el reparto, excepto en algunos casos si se trata de un autor español; desde luego en esta obra hubo, como digo, dos singulares cuestiones de reparto: una buena, Pavlovsky como la criada Berta, y otra molesta, Llácer como actor en primeras representaciones). Y llegamos a la parte femenina de la función. Y aquí debo decir que, sin desmerecer el brillante trabajo de Cristina Solá y Marta Bayarri en dos de las azafatas, mis ojos estuvieron pendientes en todo momento de la inmensa, grandiosa, extraordinaria, fantástica, radiante e inimitable Mireia Portas. ¿Amor de fan? Bueno, ¿y qué? ¿Sabían ustedes que el amor de fan es, después del amor de madre, el más hermoso y conmovedor del mundo? Pues se trata de un amor desinteresado, humilde, limpio, idealista, puro, platónico, que todo lo perdona y todo lo excusa, que no ve nada malo en la persona idolatrada y si lo ve, sabe comprenderlo y excusarlo, que nada espera porque a nada tiene derecho, aunque todo lo anhela en sueños, y que en el fondo nos hace sentirnos mejores porque es puro sentimiento sin sensualidad. En fin, queda dicho. June 28 (c) 2009 by J.C. Planells  Muchos espectadores comentarán tras ver esta película que es lo mismo de Atracción fatal (de Adrian Lyne), y si tienen culturilla cinéfila, añadirán también Escalofrío en la noche, de Clint Eastwood. No andarán desencaminados, aunque Obsesión tiene dos notables diferencias respecto a las mencionadas, y por eso, que no por otra cosa, me entretengo haciendo ejercicio de dedos en el teclado para comentar tales diferencias. La primera es que en las dos citadas, los protagonistas masculinos (Michael Douglas y Clint Eastwood) cedían a la tentación que representaba la seductora de turno, y practicaban la caidita de Roma con ella. O, dicho en modo más coloquial, el polvo ocasional de si te veo luego no me acuerdo. Se diferenciaban en que Eastwood no estaba casado, aunque mantenía una relación con una chica, mientras que Douglas sí estaba felizmente casado y con el correspondiente nene. En Obsesionada, por el contrario, el protagonista masculino (Idris Elba) no cede a la tentación de Ali Carter, ni al acoso sexual a que le somete, resistiendo virilísimamente los fregoteos de que le hace objeto en el lavabo de caballeros durante la fiesta navideña de la empresa (las esposas no están invitadas...), acompañados de jadeos. Idris Elba parece un caballero andante con armadura puesta (si bien con pantalones desabrochados, porque la guarrita de la Carter lo pilla en el momento de cambiar el agua de las aceitunas...) resistiendo heroicamente el ataque de los malvados. Y para que quede bien claro, resiste más adelante un segundo acoso cuando la Carter se mete en su coche y se le despelota casi pidiendo guerra sin cuartel. Nuevamente, un tremendamente viril y casi ascético Elba la echa con cajas destempladas del vehículo y la manda al carajo. Y es que el personaje de Idris Elba está felicísimanente casado y para él ya no hay más mujeres en el mundo (lo machaca continuamente: "Yo ya estoy retirado de estas cosas", "Yo ya no juego en esta liga", "Tengo una esposa" responde cuando los compañeros calentones de la oficina le hablan de tías buenas) y tiene el correspondiente nene. ¿Con quién está casado? Pues con la Beyoncé Knowles; bueno, con una tal Sharon que está interpretada por la Beyoncé. Y con la iglesia (?) hemos topado (es un decir). ¿Alguien con medio centímetro de frente se imagina por una milésima de segundo una película en que quien esté casado con la Beyoncé se deje seducir y eche el polvata ocasional de si te veo luego no me acuerdo con una rubia del montón (chin-pón) para ponerle los cuernos a la pobre Beyoncé? No, claro. Medio universo babea con la Beyoncé, y... ¿nos tragaríamos tan tranquilamente una historia en la que el marido se lía con la chica nueva de la oficina teniendo en casa a la Beyoncé a punto de caramelo? Lo más probable es que los espectadores acabasen quemando las butacas y el cine entero. Y aquí llegamos a otro punto muy curioso de esta película: el componente, digamos, social (?). A ver cómo lo explico para que no se malinterprete lo que voy a decir, porque es cuestión delicada. Resulta que --si se han fijado--, Idris Elba y Beyoncé son una pareja de color (los únicos personajes de color de la película, si no contamos al nene y a un instalador de alarmas) y el interpretado por Ali Carter es --para quienes no conozcan a esa actriz-- una chica blanca y rubia como la americana soñada y tradicional. Es decir: ¿hay o no hay una cierta mala intención de fondo al proponer que una sana, sanísima y majota pareja de color --la Beyoncé, ñam ñam, y el megaviril Idris Elba-- no cae en los pecados que ha cometido genta blanca como Michael Douglas y Clint Eastwood, que demostraban en aquellas películas ser unos viciosos inconscientes y unos tarambanas? Puede que no sea así, pero lo parece y mucho: de no existir los dos films citados --en especial el de Adrian Lyne--, Obsesionada no pasaría de ser una curiosidad totalmente intrascendente. Pero el film de Adrian Lyne --idiota, aunque bien resuelto cinematográficamente-- fue un exitazo y es sobradamente conocido. Y la única diferencia con éste de Steve Hill es lo indicado: no ceder el hombre a la tentación de la acosadora y ser una pareja de color las víctimas de la desequilibrada (blanca) de turno. Quizá yo vea cosas donde no las hay, y el film no busca ninguna doble intención, solamente ofrecer un thriller vagamente entretenido y superprevisible. Pero resulta que además, en la larga lista de productores y productores ejecutivos, figuran no pocas personas de color: la propia Beyoncé y alguien apellidado Knowles también --un familiar, sin duda-- y nada menos que "Magic" Johnson entre otros que se me olvidan (y el director es igualmente de color). Si fuéramos optimistas (o bobos), podríamos relacionar este film con el cine dirigido y producido por gente de color durante los años setenta (Algodón en Harlem, Las noches rojas de Harlem, Cleopatra Jones...), un cine de género, entretenido y simpático, que trataba de poner en pantalla historias para el público afroamericano, pero sin desdeñar el consumo masivo, y que contenía soterradas notas reivindicativas y un cierto humor grotesco a veces, logrando llegar a los espectadores a quienes el cine de los grandes estudios dejaba de lado (sin desdeñar asimismo a cualquier clase de espectador: de ahí su éxito): en esas producciones, ellos eran los protagonistas exclusivos, y los blancos o no aparecían o eran relegados a papeles insignificantes o de malos (a veces muy divertidos). Pero ni estamos en los años setenta (más quisieran todos) ni esta película se parece en nada a los modestos, voluntariosos y simpáticos productos mencionados (que desaparecieron no mucho después, aunque dejaron buena memoria y un discreto star-system: Pam Grier, Richard Roundtree, por ejemplo): éste film de Steve Shill es un vulgar producto comercial para todos los públicos, un taquillazo con la Beyoncé bien visible para atraer (no fatalmente) a sus fans. Sin duda, todo lo que digo está equivocado, o, peor aún, puede ser malinterpretado (en internet la gente lee deprisa y entiende lo que se sale de las narices, y luego tú has de ir dando explicaciones de parvulario). Pero si por algo se recordará --aunque dudo se la recuerde-- esta película anodida es por ofrecer una alternativa doble a la cansina historia de Atracción fatal, una especiel de "versión al revés". Si en Atracción fatal el mensaje era que la infidelidad matrimonial, el ceder a la tentación por una única vez, se pagaba pero que muy caro, aquí el mensaje es que hay seres casi perfectos que jamás caerían en algo tan abyecto como engañar a la esposa, no porque esté mal ser infiel, sino por... pura lógica robótica prácticamente. "Somos gente sana y no cometemos los errores de los degenerados blancorros", parece ser el mensaje de esta... ¿racista? película. Y, dejando todo esto aparte, el film concluye bochornosamente con una pelea de gatas salvajes entre la Beyoncé y Ali Carter, llena de todos los tópicos previsibles: te hostío a puñetazos por putón y por mala, pero trato de salvarte de que te partas la crisma contra el suelo, pero como tú eres la mala tratas de arrastarme contigo y que nos matemos las dos. Por si quedaba alguna duda sobre la "bondad" del producto. June 25 CUARTA PARTE: Revelaciones

Laurence Jameson se presentó en la farmacia en menos de quince minutos, acompañado de dos policías. Miró expectante a Harold. --Bien, ¿qué tenemos aquí? --preguntó. --Este individuo despachó ayer por la tarde la medicina que tiene a la señora Lane entre la vida y la muerte. --Jameson le dirigió al calvorota gafudo una mirada asesina, y el farmacéutico pareció encogerse--. Mientras llegabais he telefoneado al doctor Hardcastle. La enfermera Mills ya le había dado el nombre de la cosa esta al encontrarla, y me ha confirmado que sin duda es lo que le ha provocado el estado en que se encuentra al usarla como si fuera una pomada para el reuma. Y este... este tipo se niega a mostrar la receta que le entregó la señora Lane. --¡No me niego! --chilló el farmacéutico--. ¡Es que no la encuentro! Jameson acercó su rostro al del calvorota, que se encogió un poco más. --¿Acaso despachó este medicamento sin receta? Porque si es así, se le va a caer... el pelo no, porque casi no le queda, pero algo se le caerá. --El farmacéutico negó con la cabeza--. Si es preciso levantaremos las baldosas del suelo hasta encontrar esa receta. ¡Ya está buscándola! ¡Quiero ver todas las que sirvió ayer, imbécil! Id con él --indicó a los dos policías que le acompañaban. Sin dejar de gimotear y retorcerse las manos, el farmacéutico fue a la trastienda y revolvió otra vez en los cajones, observado estrechamente por los dos policías. --Bien, parece que ahora sí hay algo que relacione a ese doctor Ransell con irregularidades en la práctica de su oficio... Si encontramos esa receta, ya habrá una prueba tangible al menos en el caso de la señora Lane, y quizá podamos rastrear esas cinco muertes anteriores, aunque a estas alturas... --Jameson hizo una mueca. --Es cierto --dijo Harold--. Y sin embargo, todo esto es muy raro. Ransell no parece ningún incompetente ni obrar con mala fe... Es todo muy desconcertante. Y además... --su rostro se tornó pensativo--. Además tengo la molesta sensación de haber visto algo que se me ha pasado por alto... En fin, quizá son imaginaciones mías. --¿Cómo está la señora Lane? --preguntó Jameson. --El doctor Hardcastle dice que ahora que saben qué le ha provocado este estado confían en poder recuperarla antes de lo previsto. Pero sigue sin conocimiento y con respiración asistida. --¿Y la pequeña Sandra? --Imagínate el susto que se llevó esta noche... ¿Cómo estaba esta mañana, Diógenes, tú que la has visto? --Sin ánimos para nada, jefe, daba pena verla... Pero esa enfermera que mandó el hospital, Cinthia Mills, le ha arrancado dos asomos de sonrisa. Harold sonrió. Hacía horas y horas que no le veía sonreír. --Una muchacha excelente. Hardcastle me aseguró que es la joya del hospital. Bien, a ver qué tenemos aquí... Esto último iba dirigido a los dos policías, que medio arrastraban al farmacéutico con las manos cargadas de papelotes. --Asegura que no la tiene, superintendente --dijo uno de los policías--. Hemos estado examinando todas las recetas al mismo tiempo que él, y no aparece ninguna para ese medicamento. Pero hay una cosa un poco rara... --¿Qué es? --preguntó Jameson. --Una receta que está en blanco. --¿Cómo que en blanco? --Jameson arrugó el ceño. --Mírelo usted mismo, superintendente --dijo el policía, poniendo sobre el mostrador una hoja de papel del tamaño de media cuartilla. Harold, Jameson y yo nos inclinamos para examinarla, mientras el farmacéutico temblaba cual hoja de árbol azotada por el huracán. --Una receta del doctor Ransell --Harold señaló con el dedo el encabezamiento de la hoja, donde estaba impreso el nombre del doctor Ransell, su dirección y número de teléfono. Pero, por lo demás, no había nada escrito en el papel--. Y en blanco. ¿Qué puñetas es esto? --Quizá sea un papel que se le ha traspapelado al calv..., ejem, al farmacéutico --sugerí--. No puede ser que la señora Lane viniera aquí con esto... --Veamos, usted --dijo Jameson--. ¿Cómo diantre se llama? --Unward --contestó tembloroso el farmacéutico. --Escuche, señor Unward. ¿Vendió usted este medicamento ayer por la tarde a una señora según una receta extendida por el doctor James Ransell? --Er... sí. Creo que sí. --¿Sí a vendió, sí a señora o sí a Ransell? --Sí. Quiero decir, que sí a todo. Era una señora y trajo una receta de la consulta del doctor Ransell para este medicamento. No me explico dónde ha ido a parar..., yo las guardo siempre, como indica la ley. Jameson bufó. --Hay otras recetas extendidas por el doctor Ransell --señaló uno de los policías--, pero son de días anteriores. No hay ninguna con fecha de ayer, ni tampoco aparece ninguna de otro médico para esta pomada. --¿Y qué sentido tiene esta receta en blanco --dijo Jameson, frustrado. Todos nos quedamos mirando el papel, como si esperásemos que se pusiera a hablar por arte de magia. --A lo mejor las escribe con una tinta que se borra sola al cabo de unas horas... --sugerí, recordando una película que había visto en el cine del barrio el mes pasado--. Como hacen los espías, vaya. --No, hombre. Eso es una tontería --dijo Jameson--. ¿Por qué haría algo así? Tienes demasiada imaginación, Diógenes. --Pues lo hizo por error --insistí, inasequible al desaliento--. Un cliente agradecido le regaló una pluma estilográfica barata y la tinta se borra al cabo de unas horas, pero él no lo sabe. Como su clientela es más bien pobre, pues no se podían gastar mucho dinero. --Estás como una cabra, muchacho. --Pues tiene que ser eso --dijo inesperadamente Harold, cuyo malhumor parecía aumentar por momentos--. Por absurdo, ilógico, irracional y ridículo que nos pueda parecer, es la única explicación posible. Como dijo Sherlock Holmes, una vez se ha eliminado todo lo probable, lo imposible por muy inverosímil que parezca, tiene que ser cierto. Pero, ¿cómo diantre averiguar qué se escribió en esta receta? --dijo, dando un puñetazo en el mostrador. --¿En serio de crees eso? --se sorprendió Jameson--. ¡Es absurdo! --Pues dime tú qué narices hace esto entre las recetas de ayer. ¡Tuvo que haber algo escrito aquí, y se ha borrado! ¡Maldita sea, no tenemos otra cosa que esto!-- Harold estaba ya echando chispas y empezó a renegar en japonés--. ¿Y cómo saberlo? ¿Cómo? --Hagamos una cosa --propuso Jameson, aunque no se tomaba muy en serio lo de que se hubiese escrito algo en esa receta--. Llevemos este papel al laboratorio de Scotland Yard. ¿Te acuerdas del profesor Zachary? Si pudo averiguar la composición de la fórmula del chalado de Edmund Pander para volverse invisible, puede que sepa resolver esto también. Si realmente hubo algo escrito en esta hoja, él es el único que puede descubrirlo. Harold renegaba ahora en sánscrito, y el farmacéutivo calvorota se había escondido debajo del mostrador como una vil cucaracha. Harold tenía la impresión de estar a punto de resolver el caso, y todo se complicaba de manera inesperada (aunque lo cierto es que nadie estaba totalmente seguro de que hubiera un caso, y de qué caso se trataba: ¿un médico negligente?, ¿un farmacéutico imbécil?, ¿una cadena de malentendidos?, ¿una serie de desafortunadas muertes de mujeres pero sin intención malévola por parte de nadie?). Dejando a uno de los dos agentes para vigilar al calvorota gafudo por si acaso, los demás nos fuimos en el coche de Jameson hacia Scotland Yard. El profesor Zachary seguía siendo igual de enano que aquella vez que lo conocimos. Harold y Jameson le explicaron lo que esperaban lograse descubrir y le entregaron la dichosa receta como si fuese una reliquia. Zachary mostró tanta excitación por el desafío propuesto, que daba la impresión de que en vez de una hoja de papel le hubieran entregado a Raquel Welch, Ursula Andress y Elka Sommer para que se fuera a divertir con ellas. Se largó hacia su laboratorio dando saltitos y soltando chillidos. --No soy capaz de quedarme esperando los resultados --dijo Harold--. Me voy al hospital, a ver cómo sigue la señora Lane. Si hay alguna novedad, llámame a este número --y le pasó una tarjeta donde escribió un número de teléfono--. Me avisarán de inmediato. Harold y yo nos fuimos al hospital y subimos a la habitación donde estaba la señora Lane. Me impresioné mucho al verla de aquella manera, tendida en la cama, inconsciente y con respiración asistida y tubos y cosas en los brazos. El doctor Hardcastle, el médico que la atendía, nos había visto llegar y entró para hablar unos momentos con Harold en voz baja y luego nos invitó a comer en el bar-restaurante del hospital porque ya era hora. Alrededor de las cinco de la tarde, entró Sandra en la habitación, acompañada por la enfermera Mills. Al ver el estado en que se encontraba su madre, la niña se echó a llorar. --No hemos de llorar, tesoro --le dijo la enfermera con suavidad. Sandra había pasado de ser "cariño" a ser "tesoro"--. Tu mamá no querría verte llorar, y es posible que lo oiga. Le daremos un beso para que sepa que has llegado y nos sentaremos a su lado. Sandra le dio un beso a la señora Lane y se sentó en una silla junto a la cama, sus ojos llenos de tristeza clavados en su madre. Cinthia Mills permaneció discretamente en pie detrás de ella, su bolso en bandolera; entonces advirtió nuestra presencia, y nos sonrió. Pareció como si un rayo de sol hubiera entrado en la habitación. --Jefe, ¿porqué la enfermera Mills habla siempre en plural? --le pregunté a Harold en voz baja--. Me desconcierta. Harold sonrió levemente. --Es algo característico de las enfermeras --me explicó, en voz baja también--. Es una manera de compartirlo todo con el paciente o con sus familiares. Así, unos y otros no se sientan solos en momentos de angustia. Puede que te dé risa esa manera de hablar, pero se mete en el corazón: el paciente se siente protegido y la familia, acompañada. Empecé a mirar a Cinthia Mills con otros ojos. Quizá no era tan rara como me había parecido por la mañana. Harold le hizo una seña, y la enfermera se nos acercó. --¿Cómo lo lleva Sandra? --le preguntó Harold. --Es valiente, pero sufre: lo lleva por dentro --contestó ella en voz baja también--. Está muy asustada porque teme perder a su madre y quedarse sola en el mundo. Pero ya le he dicho que se pondrá bien. Dentro de un rato, la llevaré a casa y le prepararé la cena, si no quiere pasar antes por casa de alguna compañera, y me quedaré con ella toda la noche. Tal como dispuso usted con el doctor Hardcastle, cuidaré de Sandra hasta que su madre vuelva a casa. --Gracias, Cinthia. --No tiene que darlas, señor Smith --y volvió a situarse tras la silla donde estaba sentada la niña, como una especie de ángel guardián. En ese momento entró en la habitación otro médico. Supe luego que era el doctor Simonson, el que estuvo de guardia cuando ingresaron a la señora Lane. --Señor Smith, hay una llamada urgente para usted --le dijo--. Puede atenderla en el despacho de enfermeras de la planta. Harold salió rápidamente y yo le seguí. Entramos en el despacho de enfermeras y antes de que preguntara nada una de ellas le señaló un teléfono que había descolgado sobre una mesa. Harold lo tomó. --¿Sí? Dime, Jameson. ¿De veras? --Su rostro se iluminó--. ¿Y qué era lo que estaba escrito? Ajá. --Tomó un bolígrafo y escribió en una hoja de un taco de notas que había al lado del teléfono--. "Feetacine, 60 gramos, 20 de mayo de 1968", o sea la fecha de ayer. ¿Y la firma? Ya, el clásico garabato ilegible. Bien. Eh... ¿cómo dices? --Su rostro se puso muy serio de repente--. Pero, ¿está seguro de eso? Podría ser un error de... Ya. Bien, si el experto lo afirma tan categóricamente debe de ser cierto. Sí, me doy cuenta. Sí, es muy extraño. No, no me hace falta verlo, ni tampoco quiero esperar más ya. Me voy ahora mismo a la consulta del doctor Ransell a ver cómo explica esto. Sí, bien, nos veremos allí. Y colgó el teléfono con cara de desconcierto. --¿Qué es lo que pasa, jefe? ¿Zachary ha descubierto lo que había escrito en la receta? --Sí, ya lo has oído. Lo que no consiga él, no lo consigue nadie. Pero, además, han descubierto otra cosa más, y eso me tiene realmente desconcertado. --¿Qué es? --La letra que extendió la receta corresponde a una mujer. Y sin añadir más, Harold echó escaleras abajo, con lo que tuve que seguirle pitando. Tomó el primer taxi que encontró en la calle y le dio la dirección de Ransell. Durante todo el trayecto estuvo meditabundo y con una expresión muy seria. No me atreví a interrumpir sus cavilaciones con preguntas. Por segunda vez en lo que llevábamos de día, y por tercera en esa semana, llegamos frente al edificio donde estaba la consulta del doctor Ransell. Harold subió los escalones de dos en dos y llamó a la puerta. Nos abrió la repeinada de siempre. --¡Oh! Ustedes de nuevo. Ya sabía que tenía que haberles abierto ficha... --Queremos hablar con el doctor Ransell. --Está con un paciente, y... --Y a la que termine con él, nos toca a nosotros --dijo Harold, tajante. --Oiga... --No tengo tiempo para oír nada. Y apartando con suavidad pero firmeza a la repeinada, entró y se encaminó a la sala de espera, donde había un par de personas aguardando turno. Nos sentamos y, cuando al cabo de dos o tres minutos se abrió la puerta y salieron una señora con un niño, Harold se coló dentro en dos zancadas sin hacer caso de las protestas de los que esperaban. Por poco me da con la puerta en las narices al cerrarla, pero pude deslizarme dentro también. --¿Ustedes otra vez? --Ransell parpadeó--. Pero si la señorita Johnson no me ha dicho... --Directo al asunto --le cortó Harold--. Usted extendió ayer una receta a la señora Lane para que le vendieran Feetacine en la farmacia. La receta está en manos de Scotland Yard y van a venir para hablar con usted sobre esto dentro de unos momentos. Yo soy la avanzadilla, por así decir. --Pero esto es imposible --Ransell se hundió en su butaca tras la mesa, estupefacto--. No pueden tener semejante receta porque no se extendió. Era para Almiol, tal como le dije esta mañana. ¡No pudo cometerse un error tan grave! --No es eso lo que pone en la receta. ¿La extendió usted sí o no? Ransell vaciló antes de contestar. Con cierta renuencia y sin mirar a Harold, dijo: --La receta que ordené era para Almiol. --Y sin embargo... --Harold se interrumpió--. Un momento. ¿Qué significa exactamente eso de "la receta que ordené"? ¿Se lo ordenó al farmacéutico, ese Unward? ¿O es una manera de hablar? Ransell respiró hondo y, con cierto esfuerzo, puso el brazo derecho sobre la mesa. --Mire, señor... No sé su nombre. --Harold Smith, detective privado. --Señor Smith. Bien. Sufrí un grave accidente automovilístico hace algo más de año y medio. A consecuencia de ello, quedaron inutilizados varios nervios de mi mano derecha. Como no soy zurdo, no soy capaz de escribir con la izquierda, aunque estoy aprendiendo poco a poco a valerme de ella para firmar los cheques y poco más. Para el resto..., le dicto a la enfermera, Irma Johnson, y ella es la que rellena las fichas de los clientes, los formularios precisos... y las recetas. El no poder escribir ni hacer apenas movimientos con esta mano no es algo que me impida ejercer la medicina. Harold se inclinó hacia el doctor Ransell. --¿La enfermera Johnson es quien rellena las recetas? --inquirió mirándole fijamente. --Sí, yo... yo le digo lo que ha de poner y ella extiende la receta y pone su firma. --El rostro de Ransell se llenó de sudor. Harold respiró hondo y se irguió. --Esto aclara cierto punto. Haga el favor de decirle a esa enfermera, Irma Johnson, que entre. Ransell miró a Harold. Dudó un momento y finalmente pulsó el botón del dictáfono. --Irma, venga un momento, por favor. La repeinada entró al cabo de unos segundos. --¿Les abro ficha a estos pacientes? --preguntó. Ransell negó con la cabeza, con cierto esfuerzo. --No. Quiero que me diga qué ponía la receta que extendió ayer por la tarde a la señora Amanda Lane. Le dije que era para Almiol. ¿Fue esto lo que escribió en la receta? --La miró fijamente--. ¿O escribió Feetacine? Irma Johnson, inmóvil junto a la puerta abierta, se lo quedó mirando inexpresiva. Harold sacó el tarro de Feetacine del bolsillo y lo colocó sobre la mesa, mirando fijamente a Irma Johnson. La mujer vio el tarro, miró a Harold y luego a Ransell. --La receta fue escrita con una estilográfica cuya tinta se borró al cabo de unas horas --dijo Harold, mirando a la enfermera fijamente--. En el laboratorio de Scotland Yard han conseguido recuperar lo que había escrito en ella. Y además, los expertos señalan que la letra es inconfundiblemente de mujer. --Por Dios, Irma, ¿qué ha hecho? --casi gimió Ransell. El rostro de la enfermera se transformó. Su faz algo gordezuela y rosada, sanota, adoptó una expresión de furia, su cara se llenó de arrugas y su boca adoptó una mueca rabiosa. --¿Qué he hecho? ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Cree usted que no me daba cuenta? --escupió casi las palabras, con voz ronca--. ¿Cree que no veía cómo le iban detrás todas esas mujeres cuando venían aquí a visitarse, esperando cazarle para ellas? Solteras unas y viudas otras, y usted poniendo buena cara a sus historias y haciéndose el simpático con ellas y dándoles conversación. Y yo llevo tres años a su servicio, atendiéndole, esperando me diga algo, admirándole, animándole cuando tuvo aquella depresión tras el accidente, pero ignorada siempre como mujer. Claro, sólo soy la enfermera, una mujer madura que no interesa y a la que ve todos los días y por eso le aburre. Para usted soy una especie de mueble. A las otras las puede ver desnudas cuando le da la gana. Jóvenes y guapas o viudas de buen ver que se hacen las mosquitas muertas para atraerle. ¡No iba a consentir que me lo quitaran! ¡Yo he estado a su lado durante estos tres años y no me ha dirigido ni una mirada! ¡Me merecía algo más! --Irma, por Dios... --Ransell la miró horrorizado, al tiempo que se ponía en pie con cierta inseguridad. --¿Por qué no me ha dedicado nunca una frase de cariño? ¿Una solamente? Lo he hecho todo por usted... Llevo bien la consulta, le echaba una mano cuando no pudo volver a escribir después del accidente, y nunca me ha mirado como a una mujer. No podía soportar ver cómo le rondaban todas esas y se encerraba en la consulta para hablarles, así que decidí que si me libraba de ellas, usted acabaría teniendo que venir a mí. Ransell, desesperado, se llevó la mano izquierda a la cabeza. --¡Por Dios, ha intentado matar a la señora Lane! --Otra viuda que esperaba cazarle y arrebatármelo. En ese momento sonó el timbre de la puerta. En la sala de espera, los que aguardaban ser atendidos por el doctor parecían asustados por la escena de la consulta. El timbre volvió a sonar, de manera casi imperiosa. --Ahí tenemos a la policía, creo --dijo Harold, suavemente. --¡Dios, santo! ¿Qué ha hecho, Irma, qué ha hecho? --Ransell se mesaba los cabellos con la mano izquierda. --Diógenes, ve a abrir la puerta, ¿quieres? --me indicó Harold. --¡Usted tiene la culpa de todo! --bramó la enfermera Johnson, arrojándose sobre Ransell--. ¿Por qué nunca me dijo nada? ¿Por qué no existía yo como mujer para usted? Abrí la puerta, y en el umbral estaba Laurence Jameson y unos policías detrás suyo. Poco queda que añadir a este caso. Al cabo de una semana, la señora Lane estaba en casa, recuperada del todo. Durante ese tiempo, Cinthia Mills cuidó de Sandra, acompañándola al colegio, yendo a recogerla para ir a ver un momento a su madre al hospital, y luego a casa, donde le preparaba la cena, le hacía compañía o subía con ella a vernos un rato, y luego, tras acostar a Sandra, pasaba la noche en el sofá (se negó a usar la cama de la señora Lane), para levantarse antes que la niña y tenerle el desayuno preparado. El día en que la señora Lane regresó a casa, la enfermera Mills dijo, simplemente: "Bueno, cielo --Sandra había pasado de "tesoro" a "cielo"--, ahora tenemos que despedirnos, pero no nos pondremos tristes, ¿verdad que no?". Aunque me parece que en esto no acertó... El abogado defensor de Irma Johnson logró que la declararan desequilibrada mental y la internaran en una institución psiquiátrica. Fue acusada de intento de asesinato, pero resultó difícil demostrar que hubiera asesinado a las cinco mujeres cuyas muertes resultaron sospechosas: desde que se la llevó la policía de la consulta de Ransell, ya no volvió a abrir la boca y quedó en un estado que Harold calificó de "virtualmente autista". Harold y Jameson supusieron que empleaba siempre el mismo sistema: extender recetas mortales con una estilográfica cuya tinta se borraba al cabo de unas horas, y así no era posible demostrarse intención criminal; pero no se pudieron encontrar pruebas, excepto la propia estilográfica, hallada en un cajón de su mesa. Por su parte, el doctor James Ransell cerró su consulta al cabo de poco tiempo y se marchó de Londres. Corrió el rumor de que se había establecido en un pueblo del norte de Inglaterra para seguir practicando la medicina. --Una víctima más de esa loca --dijo Harold, en cierta ocasión--. El doctor Siniestro... Hum... Lo curioso del caso es que el rumor era más malintencionado de lo que pareció cuando lo oímos por vez primera. --¿Qué quiere decir, jefe? --Date cuenta. Alguien se había fijado en que no podía usar la mano derecha para casi nada, o sea, ya no era diestro... sino siniestro. O sea, era un apodo burlón y de mal gusto. Y sin embargo, nosotros lo relacionamos con esas muertes de que nos habló la señora Lane. Si yo me hubiera dado cuenta de que no movía la mano derecha, y en realidad, en la segunda visita lo noté pero no le presté importancia, habría llegado a la conclusión de que acaso no extendía él las recetas... En fin, creo que no es uno de los casos que hemos investigado que me apetezca recordar... La locura, Diógenes, es temible. Cuando se cruza la raya, no hay vuelta atrás... --Bueno... esta Irma Johnson no se parecía en nada a la señorita Mills --dije, un tanto desilusionado--. Yo me pensaba que todas las enfermeras serían iguales. --Cruzó cierta barrera. La que separa el amor de la obsesión. Y la obsesión la llevó a la locura, y ésta al asesinato. Puede que en un tiempo..., pero sin duda ese tiempo queda muy atrás. Maldita sea, prefiero olvidarme de este caso. FIN.-
June 24 TERCERA PARTE: Indagaciones

Llamamos a la puerta del doctor Ransell y nos abrió la misma enfermera repeinada del día anterior. Saqué la conclusión de la mujer iba a la peluquería a diario antes del trabajo. Como la señora Lane no podía permitirse ese dispendio tan asiduamente, la enfermera del doctor Ransell resultaba mucho más presentable, aunque debían de tener la misma edad. --¿Tenían hora concertada? --nos preguntó. --No --contestó Harold--. Vinimos ayer para visitar al doctor, y hemos decidido volver. --Oh, ya recuerdo. El doctor no me dijo que les abriera ficha... --No teníamos previsto regresar --repuso Harold secamente. Pasamos a la salita de espera. La puerta de la consulta del doctor se abrió al cabo de unos minutos, salió una señora con un niño, y el doctor nos invitó a pasar con un ademán de la cabeza. --Adelante --dijo en tono jovial, dando la vuelta a su mesa y sentándose frente a nosotros--. ¿Qué tal va esa imaginación, muchacho? ¿Te has apuntado ya a algún club de tenis? Harold, que no estaba para muchas bromas ni cortesías, plantó sobre la mesa del doctor Ransell el tarro que la enfermera Mills había encontrado en el dormitorio de la señora Lane. --¿Me puede decir exactamente para qué sirve esto, doctor? --preguntó. Ransell, un tanto sorprendido por la brusquedad de Harold, frunció el ceño, tomó el frasco con la mano izquierda y lo examinó. --¿Usted usa esto? --le preguntó a Harold. --No. ¿Para qué sirve? --El Feetacine es una pomada para combatir infecciones en los pies. Infecciones muy graves. Debe aplicarse exclusivamente en la zona afectada y en capa muy fina. Luego, hay que lavarse la mano con la que se ha aplicado. El tratamiento no debe superar los dos o tres días como mucho y sólo en una única aplicación diaria. Cualquier efecto secundario debe ser notificado inmediatamente al médico que lo haya recetado. --Ya veo. Bien, doctor Ransell. ¿Puede explicarme ahora por qué le recetó usted esta pomada ayer por la tarde a la señora Amanda Lane cuando le visitó por un dolor en el costado? El doctor Ransell abrió unos ojos como platos. --¿Está usted loco? --preguntó estupefacto--. ¿Cómo iba yo a recetarle esto para un simple reuma sin mayor importancia? Recuerdo la visita de la señora Lane, en efecto. Su dolor en el costado no era más que eso, un reuma surgido a raíz de las lluvias de la semana pasada. Su historial médico indica que es propensa a sufrirlos algunas veces debido a una enfermedad que tuvo de niña. No es nada que revista mayor importancia. Lo que le receté fue una simple pomada muy suave para aplicársela antes de acostarse durante un par de días. Desde luego, en modo alguno nada parecido a esto. --Pues es el único medicamento que había en su mesilla de noche, doctor. Y la señora Lane está ingresada desde las tres de la madrugada de urgencia en el Hospital de Londres con respiración asistida, víctima de un colapso respiratorio por causas que se desconocen. Según el doctor Simonson, de guardia cuando fue ingresada, llegó viva de milagro. Ransell estaba entre estupefacto y anonadado. Parecía que le costase creer que lo que Harold decía fuera cierto. --Tiene que ser un malentendido. Quizá guardaba esta pomada debido a alguna infección sufrida tiempo atrás, aunque no recuerdo habérsela recetado nunca... No constaba en su historial. --¿Puede decirme qué síntomas presentaría una persona que hubiese usado esta pomada como si fuera un medicamento contra el reuma? Ransell miró fijamente a Harold. Su mano izquierda agarró el bolígrafo y lo hizo rodar entre los dedos. --Si la señora Lane hubiera usado esto en lugar de lo prescrito..., y en la zona en la que le indiqué debía aplicarlo..., es decir, en toda la cadera y parte de la espalda... Bien, es posible que hubiera presentado al cabo de unas horas graves síntomas de asfixia. Al introducirse en la piel, esta pomada llegaría a los pulmones y... digamos que los inhibiría, para decirlo en forma comprensible a un profano. --¿Graves síntomas de asfixia? --repitió Harold con voz dura. Ransell asintió con la cabeza. --Como he dicho, se trata de un medicamento que debe administrarse con mucha precaución, en capa fina y sólo en la zona infectada de los pies. Una aplicación mayor y en toda la zona del pie podría adormecer esas extremidades en pocas horas, dificultando la circulación de la sangre. --El doctor Ransell alzó el dedo índice de la mano izquierda--. Si, y sólo si, la señora Lane usó esto en lugar de lo que le receté, y en una gran cantidad, pudo provocarle esa insuficiencia respiratoria, la imposibilidad de respirar... y quizá la muerte al cabo de poco tiempo, de no ser prontamente asistida. --Muy bien explicado, doctor. Ahora, explíqueme también cómo llegó esto a la mesilla de noche de la señora Lane. --¿Cómo quiere que yo lo sepa? La receta que se le extendió era para un medicamente llamado Almiol. Como ve, el nombre no se parece en nada: Almiol es una suave pomada para aliviar reumas y dolores muy leves de espalda. Feetacine es para infecciones graves de los pies. ¿Un error del farmacéutico al servir el producto? Me cuesta mucho creer algo semejante. ¿Cómo iba a confundirse? ¿Y cómo no lo advirtió la propia señora Lane al recogerlo en la farmacia? Lo cierto es que Ransell parecía totalmente sincero, y su alarma por que la señora Lane se hubiera aplicado el Feetacine también parecía sincera. Harold debía de pensar lo mismo que yo. Se puso en pie, recogió el tarro de Feetacine y lo guardó de nuevo en el bolsillo. --¿En qué farmacia lo compró? ¿Hay alguna manera de saberlo? --preguntó secamente. --Hay dos en este barrio. Una, al final de la calle, en la esquina. Otra, en la calle de arriba. Pudo adquirirlo en cualquiera de las dos, dependiendo de si volvía directamente a casa o pasaba un momento por el mercado. Harold hizo un ademán de despedida con la cabeza y salió del despacho de Ransell sin más despedidas. La enfermera nos miró intrigada. --¿Les abro ficha? --preguntó. Harold gruñó algo ininteligible, y el doctor Ransell, que había salido hasta la puerta de su consulta, contestó: --No, Irma. No es necesario. Una vez en la calle, miramos en una dirección y otra, dudando cuál tomar. --Todo esto no me gusta nada --gruñó Harold--. Veamos si damos con la farmacia que despachó la cosa esta. Quiero ver la puñetera receta que extendió Ransell. Fuimos a la de la esquina. Atendía una señora cincuentona bastante ajada y perfumada. Harold le mostró el Feetacine y le preguntó si había despachado ese frasco ayer por la tarde a una señora que vino con una receta. La farmacéutica replicó que no, y que de hecho no tenía ese medicamento en la farmacia. Era muy poco corriente y si alguien venía con una receta para él, había que solicitarlo al laboratorio, que lo serviría al cabo de veinticuatro horas. Harold gruñó una despedida y salió. --Veamos si tenemos más suerte en la otra. La segunda farmacia, situada en la calle cercana al mercado, estaba a cargo de un calvorota gafudo seco y enteco. Parecía un pajarraco que en lugar de estar posado en una rama lo estuviera en el mostrador de la farmacia. Me cayó mal apenas entramos. --¿Qué desean? --preguntó con una mueca despectiva. --¿Le sirvió esto ayer por la tarde a una señora? --preguntó Harold, cuyo malhumor aumentaba por minutos, sacando el tarro de marras. El farmacéutico calvorota y gafotas tomó el frasco y lo miró con cara de asco. --¿Y por qué lo pregunta? --inquirió con suficiencia. --Para saberlo --replicó Harold. --No somos una agencia de información, caballero --replicó altivamente el farmacéutico calvorota, mirando a Harold por encima del hombro izquierdo. --Resulta que yo sí --dijo Harold, que parecía tener ganas de morder a alguien--. Así que o me informa a mí, o nos vamos a Scotland Yard y les dice lo mismo que acaba de decirme. El calvorota parpadeó. --Estas no son maneras. --Cuando la vida de una persona está en peligro, las maneras se van al cuerno. ¿Sirvió esto ayer por la tarde a una señora, sí o no? El calvorota examinó de nuevo el frasco, subiéndose y bajándose las gafas sobre la nariz picuda, como si examinara un objeto raro de museo o algo por el estilo. --Sí --admitió de muy mala gana--. Vino una señora con una receta y se lo entregué. --A ver esa receta. --No tengo por qué enseñarla --dijo el calvorota en tono desdeñoso y arrugando la nariz. Harold pegó una tremenda palmada sobre la madera del mostrador que sonó como un latigazo e hizo respingar al calvorota y me sobresaltó por lo inesperada. --¡Quiero ver esa receta o llamo a Scotland Yard! --bramó. He de decir que no recuerdo haber visto nunca a Harold tan furioso como esa vez. La nuez del calvorota subió y bajó por su cuello como si lo escalara o fuera un ser vivo que se moviera por su cuerpo. Pareció ir a decir algo gordo, pero finalmente se fue a la trastienda, encendió una luz y le vimos revolver en un cajón durante un rato. Miró papeles y más papeles, siguió revolviendo, y al cabo volvió tras el mostrador. Sin mirar a la cara a Harold, dijo en una voz un tanto baja de tono: --No la encuentro. --¿Cómo que no la encuenta? ¿Qué quiere decir que no la encuentra? --Pues eso --dijo el hombre, muy nervioso--. Que no aparece. No sé dónde está. --Escuche, mamarracho imbécil --rugió Harold, inclinándose sobre el mostrador y acercando su cara a la del pajarraco aquel--. Una mujer se debate entre la vida y la muerte por culpa de este medicamento que usted le vendió, ¿y me dice que no sabe dónde ha ido a parar la receta? --Bueno, ya está bien de gritarme --protestó irritado el repelente calvorota--. Vaya a ver al médico que se lo recetó y échele a él la culpa. ¡Déjeme en paz! A Harold se le acabó la paciencia. Levantó la barra de separación del mostrador y pasó al otro lado. Fue hacia el teléfono que había en la trastienda, sin hacer caso de las protestas y amenazas del farmacéutico, y marcó un número. --Quiero hablar con el superintendente Laurence Jameson --dijo cuando le contestaron al otro lado--. Harold Smith. Sí, en efecto. Espero. Y mirando al farmacéutico, le dijo: --Si no quiere por las buenas, será por las malas. (continuará) June 23 SEGUNDA PARTE: Sospechas

Me despertó el timbre de la puerta. Abrí los ojos y no reconocí dónde estaba. Volvió a sonar el timbre y me espabilé. Resulta que me había quedado dormido en una butaca, pero no reconocía dónde: no era mi habitación, sino otra. Entonces vi la cama, y a Sandra dormida en ella. Recordé lo ocurrido en mitad de la noche. Estaba en el piso de la señora Lane, en la habitación de su hija, ahora lo comprendía. Y recordé vagamente haber llevado a Sandra hasta su piso, haciendo que se acostara en su cama, y luego me senté yo en una butaca a su lado, para hacerle compañía, hasta que me quedé dormido. El timbre sonó de nuevo, y al ponerme en pie para acudir a abrir la puerta, reparé en que tenía un peso encima: Bonnie estaba dormido sobre mis piernas. Lo tomé con cuidado y lo deposité en el suelo. Abrí la puerta del piso, tratando de mantener los ojos abiertos, lo que me costaba mucho. En el umbral había una señorita vestida de blanco: era una enfermera de hospital. Una señorita rubia, delgada y de aspecto simpático. --¡Hola! ¿Tú debes de ser Diógenes, no? No sabía si llamar a vuestro piso o al de la señora Lane. ¿Cómo estás? Me manda el doctor Hardcastle, el médico que atiende a la señora Lane en el hospital, por encargo del señor Harold Smith. Vengo para cuidar de Sandra y acompañarla al colegio. ¿Cómo está? --Duerme --dije, despejándome más o menos--. ¿Cómo está la señora Lane? --Los médicos la están atendiendo y parece que se recuperará en unos días. No ha recuperado el conocimiento aún, pero después del colegio, acompañaré a Sandra un momento al hospital para que la vea. Vamos a ver si la despertamos con cuidado, y luego os prepararé el desayuno a los dos. Vaya noche movidita habéis tenido, ¿eh? Por cierto, me llamo Cinthia Mills. Llevé a la enfermera Mills hasta la habitación de Sandra, que seguía dormida. En su rostro se notaba lo mucho que había llorado. --¿Crees que podrás encontrar el número de teléfono de su escuela? Avisaremos de que llegará un poco tarde por lo ocurrido esta noche. Yo la despierto y enseguida preparo el desayuno, ¿de acuerdo? --Sí, de acuerdo. Encontré en la guía telefónica el número del colegio de Sandra. La enfermera Mills llamó y pidió hablar con la maestra de su clase. Mientras, yo subí a nuestro piso y me lavé y vestí rápidamente, bajando enseguida a casa de Sandra. El desayuno ya estaba servido en la mesa del comedor y una animosa enfermera Mills ayudaba a sentarse a Sandra, que estaba toda pálida y cariacontecida. --¿Así que has pasado la noche velando a nuestra pequeña Sandra? --dijo la enfermera--. Eres un chico estupendo. ¿Cómo estamos, Sandra? Sandra hizo un ruidito que significaba bien, en tanto masticaba con desgana una galleta. El gato se paseaba por entre las piernas de todos. --¡Huy, qué gato más majo! --exclamó la enfermera Mills--. El señor Smith me ha dicho que le esperes en vuestro piso, Diógenes, que vendrá más tarde para hablar contigo. ¡Qué emocionante! --La enfermera Mills soltó un sonoro suspiro de éxtasis, dejándome sorprendido--. ¡Nada menos que el hijo del comandante William Smith y hermano de lady Violet Harrington! ¡No te imaginas lo emocionadas que estamos todas en el hospital! Y los médicos también, claro, por la parte que les corresponde. Sandra, a tu mamá no le van a faltar los mejores cuidados y atenciones, que lo sepas. Todo lo que pida el señor Smith se hará. ¡Y qué apuesto es el señor Smith! ¡Ay! ¡Qué alto es! Sandra y yo intercambiamos una breve mirada de extrañeza por encima de nuestras tazas, y a la niña se le escapó incluso un simulacro de sonrisa. No entendíamos el motivo de los entusiasmos de la enfermera Mills. Entonces recordé una cosa: cuando hubo aquel caso tan extraño de las mujeres obesas de la alta sociedad que eran raptadas y adelgaban de golpe al ser devueltas, Harold adujo ser el hijo del comandante William Smith para ser recibido por los familiares de una de las mujeres, que se negaban a la menor investigación. Comprendí, pues, que Harold recurría muy puntualmente al prestigo de su familia si la situación lo requería, y eso debió de ser lo ocurrido anoche cuando llevó a la señora Lane al hospital (que más tarde supe era nada menos que el mejor de todo Londres...). ¿Y lo de ser hermano de lady Violet Harrington? Sabía que Harold tenía una hermana con estudios o así en literatura británica, pero no sabía su nombre. ¿Sería esa lady Violet? Se lo preguntaría cuando llegase. --¿Sabemos si tiene novia el señor Smith? --preguntó inesperadamente la enfermera Mills. --No. Harold es un detective serio --dije. --Oh, vaya tontería. Oye, tú también eres un chico muy guapo. Seguro que dentro de poco tiempo empezarán a salirte novias. --No. Soy un ayudante serio. --Un bobazo es lo que eres. ¿Quieres un poco más de leche, cariño? --Lo de "cariño" iba por Sandra, que negó con la cabeza--. Bueno. ¿Tu mamá se encontraba bien ayer por la tarde? Sandra asintió. Y con una voz débil y casi sin entonación dio algunos detalles. --Sí. Había ido al médico, por eso yo me quedé en casa de una compañera del colegio. Cuango llegué a las siete, estaba la mar de bien y contenta. Por lo visto el doctor le dijo que no tenía nada de importancia. Y de repente... en la noche... --El rostro de Sandra se afeó, como si fuera a echarse a llorar de nuevo. La enfermera Mills alargó la mano y le apretó la muñeca. --No temas, Sandra. Tu mamá se pondrá bien. ¿Sabes si el doctor le recetó algún medicamento? --No lo sé. No me lo dijo. --Bueno, antes de marcharnos echaré un vistazo a su mesilla de noche, al botiquín y al lavabo, a ver qué encontramos. Diógenes, recuerda todo esto porque el señor Smith querrá saberlo cuando venga y se lo tendrás que contar. ¿Hemos terminado, cariño? --el cariño volvía a ser Sandra--. Pues vamos al colegio. A mediodía pasaré a recogerte y te acompañaré al hospital para que le des un beso a tu mamá. Pero no podremos quedarnos mucho rato. Además, un hospital no es lugar para una niña. Luego, te volveremos a casa y me quedaré contigo toda la noche, cuidándote como ha hecho Diógenes. ¿Te parece bien? Lo haremos así hasta que tu mamá no salga del hospital. Así no estarás sola en casa. Sandra asintió y forzó una sonrisa de agradecimiento. La enfermera Mills fue al dormitorio de la señora Lane y estuvo examinando lo que había en la mesilla de noche, el contenido del botiquín del lavabo y lo que había sobre la cómoda, buscando medicamentos. Regresó al cabo con un tarro en la mano. --¿Sabes si tu mamá ha usado esto alguna vez? --le preguntó a Sandra. La niña examinó el tarro. --No sé. No recuerdo haberlo visto antes. Pero en casa no tenemos muchos medicamentos. Aspirinas, vendas, agua oxigenada, una cosa para el resfriado... --Sí, ya lo he visto: todo es muy corriente. Esto es lo único que resulta... fuera de lugar. --La enfermera frunció el ceño, buscó un papel en su bolso y anotó el nombre del medicamento. Luego, me entregó el tarro. La etiqueta decía "Feetacine"--. ¿Se lo darás al señor Smith cuando venga, Diógenes? ¡Bien! --exclamó, de nuevo animosa--. En marcha al colegio, cariño. --El cariño era, claro, Sandra--. Verás cómo todas tus amiguitas estarán por ti y te animarán mucho hoy. ¿Vamos? ¡Nos veremos al final del día, Diógenes! Y con un alegre saludo, y tras revolverme el pelo despeinándome, la enfermera Mills se marchó con Sandra al colegio. Sandra me dirigió una triste sonrisa antes de salir de su casa. Recogí las cosas del desayuno, las llevé a la cocina y le puse un platillo con leche a Bonnie, que parecía un alma en pena. El gato notaba sin duda que algo malo había ocurrido en la casa, pero no entendía qué. ¿O sí lo entendía? Luego, subí a nuestro piso. Harold llegó alrededor de las once. Se había afeitado y duchado en el hospital, y desayunado en la cafetería que había en él, tras pasar la noche en una habitación junto a la de la señora Lane. --¿Cómo está la madre de Sandra? --le pregunté apenas entró por la puerta. --Sedada, entubada y con respiración asistida. No puede respirar por sí misma, pero parece que en general el peligro ha pasado. Los médicos no saben aún qué le ha provocado este estado. ¿Ha venido la enfermera Mills? --Sí, es muy simpática. Algo rara, pero simpática. Volverá por la tarde con Sandra y se quedará en el piso con ella, dice, el tiempo que haga falta. Ha encontrado esto entre las cosas de la señora Lane y me ha dicho que se lo enseñara a usted cuando llegase. --Le mostré el tarro en cuestión. Harold lo tomó, lo examinó, lo abrió y olió el contenido. Arrugó la nariz--. Sandra dice que no lo había visto antes, y que su madre estaba muy contenta cuando volvió de ver al médico ese... el doctor Siniestro. --Se me había olvidado su nombre autentico. --Ransell. Doctor Ransell. Bueno, ¿y para qué diantre sirve esta cosa? Parece una pomada... Tiene un olor algo raro... ¿Se la recetó Ransell? ¿Se la aplicaría por la noche y le provocó que se ahogara? --Sandra no lo sabe. --Y la señora Lane no nos lo puede decir. Yo creo que no hay duda: le debió de recetar esto para su dolor del costado, y se lo aplicó... Y al cabo de unas horas empezó a ahogarse. Según me dijo el doctor Simonson, que estaba de guardia anoche cuando la ingresamos, de haber llegado sólo media hora más tarde... habría sido imposible salvarla. --¡Atiza! --exclamé sustado. --Los esfuerzos que hacía por tratar de respirar le estaban dañando el corazón. Y esos esfuerzos alarmaron al gato, que, como buen felino, duerme de día y vela de noche. Él fue quien despertó a Sandra, saltando sobre su cama y maullando hasta que la despertó. La niña fue a ver qué le pasaba a su madre, y al ver el panorama, subió corriendo a nuestro piso. ¡Vaya noche! Voy a llamar a Hardcastle, el médico que atiende a la señora Lane, y le daré el nombre de esta cosa, a ver si le sugiere algo... Harold tomó el teléfono y marcó un número. No pudo hablar directamente con el doctor Hardcastle porque era la hora de la visita diaria a los pacientes de su planta, así que dejó el recado y el nombre de aquel medicamento a la jefa de enfermeras. --Todo esto es muy raro, Diógenes --me dijo, tras colgar el teléfono--. Esta mañana he hablado a primera hora con el doctor Hardcastle sobre el tal doctor Ransell... Bien: Ransell tiene una brillante reputación. Se graduó con el número uno de su promoción, tiene todos los diplomas habidos y por haber. Hardcastle fue precisamente compañero suyo en la facultad de medicina, y lo recuerda como un estudiante de gran inteligencia, una persona de trato encantador y con afán de servicio. Podría estar en el mejor hospital de Londres, en el puesto que le diera la gana, y sin embargo prefirió abrir una consulta de medicina general en un barrio discreto para atender a gente de modestos recursos. O sea, que es casi un filántropo que ha renunciado a muy buenos ingresos para practicar una medicina con tarifas asequibles a personas de escasos medios. La impresión que saqué ayer de él fue excelente. Me pareció alguien muy agradable, que sabía atraerse al paciente y hacerse querer por ellos. ¿Qué diantre es lo que ocurre aquí, pues? ¿Es un psicópata, tiene doble personalidad? ¿O se ha vuelto un incompetente? Es cierto que ha habido una serie de muertes inesperadas..., pero ninguna de ellas ha levantado mayores sospechas, excepto esos rumores de los que nos habló al señora Lane y que Jameson me confirmó ayer. El doctor Hardcastle también ha oído hablar de ellos, pero los considera un infundio. ¡Diantre!, todo el mundo habla maravillas de Ransell. Y debido a eso y a que realmente no hubo nada sospechoso en esas muertes, no se han investigado a fondo. También es cierto que los médicos tienden a protegerse entre ellos... --¿Y cuánto tiempo hace que ocurre esto? --pregunté. --Aproximadamente, un año. Cinco mujeres muertas. Eso es lo curioso. o qué sé yo si es curioso o significativo o qué. Todas mujeres. Aunque, claro, teniendo en cuenta que la mujer va al médico con más frecuencia que el hombre, tampoco significa nada... Todas ellas eran jóvenes o relativamente jóvenes. La más joven, tenía unos veinticinco años, y la mayor, cuarenta, esa que mencionó ayer la señora Lane. Todas se visitaron por pequeñas molestias sin importancia, y fallecieron repentinamente a los pocos días, o al día siguiente como muy pronto, de causas para nada relacionadas con la consulta que le hicieron al doctor Ransell. Ya ves lo de la señora Lane: se quejaba de un dolorcito en el costado, que muy probablemente no era sino reuma contraído por las lluvias de la semana pasada, y hubiera fallecido esta noche porque le resultaba imposible respirar. --¿Y qué cree usted que pasa? ¿Qué hay de verdad en todas estas muertes de mujeres? No veo cómo se pueda investigar esto... --Tampoco yo. Todas las fallecidas vivían solas, y o bien no tenían familia o sólo parientes lejanos que no residían en Londres. --Como la señora Lane --señalé--. Es viuda y su único hermano falleció en la guerra, creo. --En efecto. Sí, Diógenes, hay algunas similitudes en todas esas mujeres... Suponiendo que se limite a esas cinco que he conseguido averiguar esta noche con ayuda de Jameson y del doctor Hardcastle, además de Simonson, el médico que estaba de guardia, y que había oído hablar algo del caso. Al menos, son las documentadas, por así decir. ¿Las mata Ransell? ¿Les receta algo que les provoca la muerte al cabo de unos días o unas horas? Y si es así, ¿por qué lo hace? No sale ganando nada. Landru se quedaba con la fortuna de las mujeres que mataba tras casarse con ellas, y así la heredaba, pero Ransell no obtiene ningún beneficio, en caso de que sea culpable. La señora Lane no tiene fortuna alguna: vive de la pensión que le concedió el estado por ser viuda de un marino y de lo que cobra como portera de la finca. Y por lo que he averiguado de algunas de las cinco fallecidas, una era secretaria de un mayorista de muebles, y otra, una mujer que vivía de una pequeña renta. Nada del otro mundo. Me figuro que las otras tres serían por el estilo. O sea, no hay móvil económico en este asunto. --¿Y qué hacemos, jefe? ¿El señor Jameson trabaja en el caso? --¿Qué caso? Si es que no hay caso. Sólo mujeres que han muerto de alguna enfermedad o ataque inesperados. Scotland Yard está con las manos atadas: no hay crimen, no hay denuncias, no hay móviles, no hay sospechas más o menos razonables. Sólo habladurías, y las habladurías no sirven de nada. Ningún pariente ha exigido investigación alguna. Así que vamos a ser nosotros los que nos haremos cargo de este caso, Diógenes. No voy a permitir que quien ha atentado contra la vida de la señora Lane quede impune. Vamos a hacer otra visita al doctor Ransell. Así que nos pusimos en marcha hacia la consulta del llamado doctor Siniestro. Por el camino, le pregunté a Harold quién era esa lady Violet Harrington que tanto había impresionado a la enfermera Mills. Fue la primera vez en lo que iba de mañana que le vi un asomo de sonrisa. --Mi hermana Violet se casó con lord Harrington, así que ahora ella tiene el título de lady. Solté su nombre anoche, además del de mi padre, para que la señora Lane recibiera las mejores atenciones. Estas cosas suelen funcionar. --¿Y por qué no ha sacado nunca provecho de ello para usted mismo? --le pregunté. Harold se encogió levemente de hombros como toda respuesta. --Pues sepa que la enfermera Mills está impresionadísima y no hacía más que suspirar por usted. Sólo habla de novios y noviazgos. --Bueno, es comprensible --dijo Harold con una leve sonrisa--. Quizá aún no puedas comprender estas cosas, Diógenes, pero las enfermeras son muy proclives a los noviazgos... --¿Por qué? Harold pareció meditar la respuesta. --Viven rodeadas siempre de dolor y muerte --dijo finalmente--. Así que buscan instintivamente la vida por otros medios. Llegamos a la calle donde el doctor Ransell tenía su consultorio. (continuará)
June 22 (Aventuras de Harold Smith: episodios inéditos) (c) 2009 by J.C.Planells
 PRIMERA PARTE: Una visita al doctor
La señora Lane, nuestra portera, había subido a vernos para avisarle a Harold de que quizá Sandra se quedaría un rato con nosotros por la tarde, si no teníamos que salir, porque debía ir al médico. --Aunque lo más probable es que se quede en casa de alguna de sus compañeras al salir de la escuela --dijo. --¿Se encuentra mal, señora Lane? --le preguntó Harold. --Tengo un dolorcillo aquí, en el costado... Y me preocupa... --Bueno, debe de ser señal de que se hace usted vieja... --dije para animarla. --Qué animal llegas a ser, Diógenes ---me dijo Harold, enojado--. ¿Por qué la preocupa, señora Lane? Quizá no sea más que consecuencia de la humedad que ha hecho estos días pasados, con tanta lluvia... --Oh, no es ese dolor lo que me preocupa... Es que mi médico es el doctor Ransell, y desde hace algún tiempo corren unos rumores muy extraños sobre él. --¿Qué clase de rumores? --Pues al parecer, algunas de las mujeres que ha atendido mueren al poco tiempo... Y, en fin, en el mercado le llaman "el doctor Siniestro", entre risitas. Aunque no entiendo muy bien el motivo de que eso dé risa. --Pues vaya a otro médico --le dije. --Ya, pero es que ha sido siempre el médico de la familia..., su padre fue el médico de cabecera de mis padres, y él lo es de Sandra y mío. Pues me parece hacerle un feo buscarme otro... Si todo el mundo deja de visitarse con él por ese nombrecito que le dan y esos rumores, pues el pobre hombre se morirá de hambre... --Debe de ser simplemente una casualidad --dijio Harold, lentamente. --Es que todas resultan ser siempre mujeres bastante saludables y jóvenes... Eso es lo raro. Yo iba a decir que en ese caso, ella estaba fuera de peligro, porque la señora Lane no es que fuera joven: debía de tener ya sus buenos cuarenta y tantos años, o sea, era toda una vieja, vamos. Y como por "saludable" yo entendía señoras que se parecieran a Sofia Loren o Ursula Andress, pues tampoco era su caso. Pero se ve que Harold adivinó mis intenciones, porque me dirigió una mirada asesina en cuanto me vio abrir la boca, así que me callé. --La hija de la señora Anderson, que vive pasado el mercado, fue a visitarse con él hace un mes porque le había salido un uñero, y a los pocos días falleció de un envenenamiento en la sangre --explicó la señora Lane--. Y era una chica la mar de joven y sana, y practicaba deporte: tenis. Ay, pobre chica. Su madre está destrozada... Nadie se explica qué le pasó ni cómo lo pilló. --Hum... Quizá fue un error de diagnóstico... Aunque no veo cómo se puede confundir un uñero con tener la sangre envenenada... O pilló una infección practicando algún deporte, al hacerse una herida o un corte... --¿Y la señora Pimberton? La pobre cogió un constipado y a los dos días de tomar lo que le recetó el doctor Sin... Ransell, falleció de un infarto. ¡Y sólo tenía cuarenta años! Dos menos que yo, ya ve. Y parecía mucho más joven. A lo mejor era porque no se había casado nunca... --En la taberna dijeron el otro día que la mujer que se casa se estropea mucho --dije, para animar a la señora Lane. --Pero, ¿qué majadería...? --empezó a decir Harold. --Entré para comprar cerveza de barril para la cena, jefe --me excusé--. Yo preferiría ir al ultramarinos, pero es que en esa taberna es más barata... Y la gente siempre habla de cosas raras. --Luego hablaremos tú y yo --dijo Harold--. De todas maneras, señora Lane, no debe dejarse impresionar por unos casos puntuales. Esas dos mujeres podían tener alguna otra enfermedad que el doctor Sin... er... Ransell no descubrió o ellas desconocían padecer. --Ya, pero por el barrio corren rumores de que son más las fallecidas... --suspiró la señora Lane--. En fin, yo no pierdo el tiempo con esa clase de habladurías, pero vas al mercado y no puedes evitar oír lo que hablan algunas mientras esperas en la cola de la verdura o de la carne. Aunque no lo quieras, te enteras de todo, y al final te haces un lío entre una cosa y otra. Finalmente, nuestra portera se marchó, más o menos confortada por Harold: "No hay que hacer caso de rumores que a saber si son producto de un malentendido o de una mala intención", le dijo. A mí lo único que me preocupaba era que se nos metiera Sandra en la agencia toda la tarde, acompañada quizá de alguna de sus ridículas compañeras de colegio. Por su parte, Harold también estaba preocupado, pero por lo que había contado la señora Lane. --Estoy seguro de que son murmuraciones de cotillas... digo, de barrio --dijo, agarrando el teléfono--. Pero... --y marcó el número de Laurence Jameson en Scotland Yard--. Hola, Jameson. Oye, ¿por casualidad te suena el nombre de un tal doctor Ransell en relación con alguna denuncia de pacientes que se hayan visitado con él...? ¿Sí? Ajá. Hum. Ya veo. Ajá. Sí. Bueno, la señora Lane, nuestra portera, ya la conoces, es paciente suya y esta tarde va a visitarse por un dolor que tiene en el costado... ¿Cómo? Vaya... ¿En serio? Sí, desde luego. Por supuesto, Jameson, y gracias --Colgó--. Pues resulta que a Scotland Yard ha llegado alguna rumorología sobre el doctor Ransell. Pero ninguna de las muertes aludidas ha sido calificada de sospechosa, ni de error médico, y se han archivado. Jameson dice que todas las fallecidas eran jóvenes o relativamente jóvenes, solteras y guapas, pero no se pudo demostrar nada sospechoso en su muerte. Según dice, el doctor Ransell tiene un historial impecable, por lo que probablemente todo se deba a mala suerte... A veces ocurren estas cosas: coincidencias de la vida, una racha desafortunada... Pero... No sé, es raro. ¿Sólo se le mueren las mujeres? ¿Y las que parecen más sanas? --Si realmente tienen una enfermedad que el doctor ese no sabe descubrir, pues no resultaría tan extraño que se le murieran... --Quizá deberíamos hacerle una visita al doctor en cuestión... --Podemos fingirnos enfermos --dije--. Le decimos que estamos desahuciados, a ver qué dice. --Me temo que ni tú ni yo tenemos aspecto de estar al borde de la muerte... --Oí el otro día en la radio que retener líquidos produce enfermedades. Como yo bebo muchos refrescos, le podemos decir que retengo líquidos --sugerí--. Aunque, pensándolo bien, también los camellos retienen líquidos para poder cruzar el desierto, y no tienen aspecto de estar enfermos... --¿Has terminado ya con tu sesión matinal de majaderías? Bien, la señora Lane irá esta tarde a verle, así que propongo que vayamos nosotros ahora a rendirle una visita a ese doctor. Tengo curiosidad de ver qué clase de médico y de persona es. Tras buscar su dirección en el listín telefónico, y descubrir que la consulta del doctor James Ransell estaba a unas cinco calles de nuestra agencia, nos pusimos en marcha hacia allí. Llegamos y subimos al primer piso, donde estaba dicha consulta, y llamamos a la puerta. Nos recibió una enfermera algo madurita pero que parecía recién llegada de la peluquería, lo que la hacía parecer menos vieja que la señora Lane. --¿Tienen hora con el doctor? --nos preguntó. --No. Hemos sentido simplemente el deber imperioso de acudir a consultarle en procura de nuestra salud y bienestar --dijo Harold, dejándonos a la enfermera y a mí un tanto desconcertados. La enfermera nos acompañó hasta una sala de espera, en la que no había nadie esperando, muy agradable y nada lóbrega, o al menos no respondía a la idea que yo me hacía de la consulta de un médico con fama de siniestro. Harold examinó los diplomas colgados en la pared, y al cabo de unos momentos se abrió la puerta de la consulta del doctor, apareciendo un anciano con aspecto bastante satisfecho que se despedía del que debía de ser el doctor Ransell, puesto que vestía bata blanca y tenía las manos en los bolsillos de la bata, como en las películas. --Muchas gracias, doctor, seguiré su consejo. --Ya verá cómo llegará usted a los cien años, señor Albertson. No se preocupe. Dígale a la enfermera Johnson que le dé hora para dentro de un mes. Se marchó el anciano y el doctor Ransell nos invitó a pasar a su consulta con un ademán de la cabeza. Era un lugar agradable, lleno de luz que entraba por las ventanas desde la calle, y con más diplomas en las paredes. --Bien, ¿quién de ustedes es el enfermo? --preguntó. --Él --dijo Harold antes de que yo pudiese decir nada. --¿Y qué te ocurre, muchacho? --preguntó el doctor Ransell, mirándome con simpatía. Me sentí apurado, porque no se me ocurría nada. Entonces recordé una película que vi el mes pasado en la tele del piso de la señora Lane, Margarita Gautier, creo que era, y en que ella y la mema de Sandra acabaron llorando como desesperadas. Así que adopté una expresión melancólica y dije con un soplo de voz: --Creo que mi final está próximo, doctor. Tengo los pulmones malos, pero no quiero que usted sufra cuando yo ya no esté. El doctor Ransell se quedó estupefacto y a Harold le dio un ataque de tos muy raro y tuvo que cubrirse la cara con el pañuelo. --Caramba, muchacho. No creo que sea tan grave. --No le haga caso, doctor Ransell --dijo mi jefe, tapándose aún con el pañuelo y con una voz muy rara--. Lo que ocurre es que tiene una... ah... excesiva imaginación y se deja arrastrar por ella. Está siempre con la cabeza en las nubes. --Ah, bueno --sonrió comprensivo el doctor Ransell--. Eso no tiene importancia. La imaginación a veces nos mantiene vivos, en este mundo tan mecanizado en el que vivimos. Incluso puede ser muy saludable. ¿Qué edad tienes, muchacho? --Se la dije--. Eso es cosa del desarrollo propio de tu edad. --Es posible --dije con voz desmayada y una expresión que supuse parecida a la de Greta Garbo cuando agonizaba tuberculosa perdida en su lecho con Robert Taylor al lado--. En la taberna dicen que las hormonas influyen en el vigor. --¿La taberna? --el doctor Ransell me miró desconcertado y alarmado--. ¿Vas a la taberna? --A comprar cerveza para la cena --dije, por segunda vez esa mañana--. Es más barata y mejor que la de la tienda del barrio. Pero escucho las conversaciones que tienen los borr... la gente, y son un poco... bueno, divulgativas e informativas. --Sí, es posible. El saber popular y todo eso. En fin, yo creo que simplemente te faltan un poco de vitaminas, algo muy normal en tu edad, y hacer ejercicio. ¿Haces algo de deporte? --Pues no. Es que aquí todo el mundo es del Arsenal, y yo soy del Barça, y no tengo camiseta... --¿Y eso qué tiene que ver? Practica un poco de tenis, es muy sano. Sí, haz esto: será igual de sano que tomar un complejo vitamínico. Así compensarás tu exceso de imaginación con un poco de ejercicio. Harold le dio las gracias al doctor y nos despedimos, yo la mar de contento porque me ahorraba el tener que tomar medicinas. La señorita Johnson, la enfermera repeinada, no tuvo que tomarnos los datos (menos mal). Una vez en la calle, y mientras regresábamos a la agencia, Harold comentó que el doctor Ransell le había producido una impresión muy positiva. --No sólo tiene el despacho y la sala de espera adornada con excelentes diplomas y certificados, sino que su trato con la gente induce a confiar en él --dijo--. Me he fijado en cómo se despedía el anciano que salió antes de que entráramos: el hombre estaba la mar de contento. Se nota que se procupa por los pacientes y procura crear un buen clima con su visitante. Así pues, es evidente que esos rumores son solo eso: rumores o un encadenado de desafortunadas circunstancias, la malediciencia habitual de los cotillas de barrio... La vida a veces tiene estas injusticias. Una vez en la agencia, nos dedicamos a las tareas propias de nuestra clase y condición: Harold, a repasar unos informes que le habían solicitado y yo, a archivar papelotes mientras maquinaba alguna de mis estupendas historias para entrenar su poderoso cerebro. Y la tarde estuvo igual de calmada, pues Sandra se quedó con alguna de las memas del colegio. --¡Diógenes, despierta! Abrí los ojos, asustado. Harold, vestido para salir a la calle, estaba en mi habitación y me sacudía para despertarme. --¿Qué ocurre, jefe? --pregunté, frotándome los ojos y medio incorporándome en la cama-- ¿Qué hora es? --¡Levántate de inmediato! Debes cuidar de Sandra. Yo voy a llevar a su madre al hospital --me dijo. Y se largó corriendo de mi habitación. Me espabilé como pude, pensando que aquello no era más que un sueño, y miré la hora en el reloj que tenía en la mesita de noche: las tres de la madrugada casi. Salí de la cama y al dejar mi habitación oí unos gemidos extraños en nuestro piso. Traté de despejarme y fui al saloncito. Los gemidos, que empezaban a asustarme ya, procedían de la puerta del piso. La luz del recibidor estaba encendida. Fui allí... y vi a Sandra. Estaba sentada en el suelo, en pijama, llorando a lágrima viva. Corrí hacia ella, asustado. --Pero, ¿qué te pasa? --preguntó, agachándome a su lado. --¡Mi mamá se muere, Diógenes! --dijo, con una voz rota y temblorosa que me asustó más aún que las lágrimas que le bañaban la cara--. ¡Mi mamá se muere! ¡No puede respirar, Diógenes! ¡No puede respirar! ¡Se ahoga! Bajé disparado las escaleras hacia el piso de la señora Lane. La puerta estaba abierta y entré. Había luz en un dormitorio y de él salían unos gemidos que producían escalofríos. Entré y me llevé un susto espantoso, el segundo o tercero de la noche. Sentí que se me erizaba todo el pelo. La señora Lane estaba tendida en su cama, y trataba de respirar abriendo la boca como si quisiera comerse el aire pero no pudiera, al tiempo que los ojos parecían ir a escapársele de las órbitas. A su lado, Harold le sostenía la mano, y su rostro mostraba desesperación. Al verme, me gritó: --¡Ve arriba, Diógenes! ¡La ambulancia ya está de camino! ¡Ve arriba y cuida de Sandra!, ¿oyes? ¡Ve arriba! Salí de mi inmovilidad y subí corriendo a nuestro piso. Apenas reparé en que Bonnie, el gato de Sandra, estaba pegado a la pared, el lomo erizado, los ojos muy grandes, seguramente tan aterrado como todos nosotros. Sandra seguía medio sentada en el suelo, medio apoyada en la pared, la cara roja de llorar, los ojos rebosando lágrimas, el cuerpo agitándose. Y no supe qué hacer. Me pareció una cosita tan frágil, que temía se fuera a romper de un momento a otro. Alargué la mano y la toqué en el hombro. --No temas, ya viene... Se dio la vuelta y me abrazó con toda su alma, reventando de llorar. --¡Mi mamá, Diógenes, mi mamá! ¡Se muere! Y yo no sabía qué decir ni qué hacer. (continuará June 20 (c) 2009 by J.C. Planells  Antes de que nadie se entusiasme excesivamente, conviene aclarar que este breve volumen (96 páginas) es una edición no venal, es decir: no está a la venta. Fue un obsequio de Ediciones Gigamesh a los compradores de su librería durante el pasado 23 de abril, día del libro, una costumbre que tienen todos los años por esa fecha: obsequiar con un libro de breve extensión. Este año ha sido uno conteniendo cuatro relatos de Tim Powers, de los cuales sólo uno había aparecido anteriormente en castellano en un fanzine en los años ochenta. Por lo tanto, si usted no tiene este volumen, sepa que no lo tendrá nunca (a no ser que sea amiguete del editor...) y deberá dejar que la envidia lo corroa cual ácido sulfúrico. De Tim Powers conocemos buena parte de sus novelas, casi todas publicadas o reeditadas por Gigamesh. Su narrativa breve, que es muy escasa aunque ha dado pie a algunas recopilaciones (la mayoría con material escrito en los últimos años), nos era desconocida, algo habitual, lamentablemente, en el mercado hispano de hoy día. Con esa excepción que fue la aparición de "Colina abajo" ("The Way down the Hill") a finales de los ochenta en Tránsito --y que aquí se recoge como "El camino de bajada"--, nada sabíamos de sus aportaciones al relato, lo cual hace que nos congratulemos de ese volumen especial que ofrece tres muestas, fechadas en 1995 ("Dondequiera que se oculten"), 2005, ("El reparador de biblias"), 2006 ("Un alma embotellada"), más la recuperación del de 1982 --lo cual significa que era uno de sus primeros textos de ficción publicados--, "El camino de bajada". ¿Hay alguna característica especial en estos relatos, algo que los diferencie o iguale con sus novelas? Pues sí a todo ello. Una característica, al menos en los cuatro aquí ofrecidos, es que el humor, siempre presente, en mayor o menor grado, en sus novelas y que tiene la virtud de constituir un momento de calma y solaz en los dramáticos acontecimientos, está prácticamente ausente, o tiene un tono ciertamente amargo ("El camino de bajada") en los cuatro relatos del volumen. Los iguala respecto a las novelas la presencia, por ejemplo, de las típicas conjuras o sociedades secretas que aspiran a dominar de una u otra forma el mundo o el devenir social (nuevamente, "El camino de bajada", que en este sentido es un ejemplo paradigmático de la narrativa de Powers reducida a casi un concentrado), pero también de una serie de elementos fantásticos y románticos que recuerdan al Powers de La fuerza de su mirada (la cual no es ni mucho menos mi novela preferida de entre las suyas, aunque sí de la mayoría de lectores), los cuales hallamos en "El reparador de biblias" y "Un alma embotellada"). Los diferencia --si se puede considerar así-- que alguno de ellos parece un esquema o sinopsis de novela no desarrollada, o incluso una novela "condensada": "Dondequiera que se oculten", en este sentido, da la impresión de ser más una sinopsis para una novela que un relato: hay mucho en él, no porque aparezcan muchos personajes --apenas dos aunque parezcan una multitud--, sino por lo monumental de la intriga, que evoca (no sé si deliberadamente) a ciertos relatos de Philip K. Dick (influencia que Powers nunca negó), hasta el punto de que parece verdaderamente lo que sería un relato de Dick escrito en 2005, si aún estuviera vivo (o incluso uno de tantos relatos dickianos que parecían novelas no desarrolladas por pereza), y no lo digo en base al tema de universos paralelos que ofrece Powers (que un autor escriba una novela o relato de universos paralelos no significa que homenajee o copie a Dick), sino por el tono sincopado, brusco a ratos, deliberadamente atormentado y caótico que preside el relato. En suma, pues, un volumen excelente para conocer un poco mejor a este interesante autor (del que hace tiempo no nos llega nada y siguen pendientes de traducir algunas obras...). June 17 (c) 2009 by J.C. Planells Mal que me pese, debo traer de nuevo a este blog a esa repelente niña repipi (aunque ya granadita) que es Pilar Rahola, a raíz del incidente ocurrido hace poco en el programa Els matins de Josep Cuní de TV3 en el que ejerce de opinadora y colaboradora (son ganas de joder al personal, tener a esa persona calentando el sofá con su gordo culo), y del que me enteré ayer gracias a Telemonegal (sí, vuelvo a ver ese programa: la carne es débil y yo me hago viejo). Arrrrrrrrresulta (como diría la difunta Toria) que hace pocos días hubo un trágico suceso que comportó la muerte de una o dos personas; debo decir que no recuerdo el suceso con exactitud: si era una pelea entre dos individuos o bien otro caso de violencia doméstica con final trágico. Para el caso, el desgraciado suceso es lo mismo, pues lo importante es lo que soltó la Rahola cuando Josep Cuní estaba explicando lo ocurrido, junto con una tercera persona que ignoro si era una invitada o qué. Pues, nada: que salta la Rahola cuando Cuní comentaba esa muerte o muertes y suelta: "Eran rumanos". Nada más soltar eso, a Josep Cuní le entró una santa indignación y una furia tremenda, que desató una vena patiñesca contra Rahola por lo que consideró un comentario inoportuno, de mal gusto, racista, proclive a criminalizar a un colectivo. Si Cuní estaba indignado, no menor fue la furia con que le replicó una ofendida Rahola: su vena patiñesca no se quedó en menos y se lanzó a la yugular de Cuní por considerar un comentario racista lo que no era más que "un dato". La trifulca subió de tono, especialmente cuando Cuní, rabioso, le dijo que la próxima vez dejara esa clase de "datos" para decirlos en su casa, no en un plató de televisión, y la repipi (y granadita) Rahola acusó a Cuní de censurarla. (Vale la pena añadir que esas peleas entre Cuní y la opinadora Rahola suelen ser frecuentes en el programa, pero no llegan al extremo que esta). Monegal, en su comentario tras emisión del resumen de esa batalla campal en su programa, dijo algo muy acertado: "Con todo el cariño, querida Rahola --le dijo--, si esas personas hubieran sido de Banyoles, ¿lo hubieras soltado también como soltaste que eran rumanos? ¿Verdad que no?". No hay que dedicarle ni un segundo a meditar la respuesta a la pregunta de Monegal. Pero ya es sabido que la "opinadora" y "experta en todo" que es la repipi Rahola se considera por encima del bien y del mal y no admite correcciones ni correctivos a sus meteduras de pata (considerables). Rahola, mal que reviente de rabia, tuvo un comportamiento racista con ese impropio comentario, y no quiso admitirlo. Es evidente, siendo justos, que en todos --y digo todos-- existe en mayor o menor grado un componente racista en nuestro subconsciente. Eso lo admite y reconoce cualquier persona medianamente sensata. De lo que se trata es de controlarlo, dominarlo, y no permitir que se exteriorice, no dejarlo aflorar, y que nos domine y condicione nuestra conducta. Se trata, en suma, de controlar nuestros impulsos, algo que unas personas hacen con toda facilidad y otras con mayor o menor facilidad (excepto los racistas natos, que lo dejan suelto como a un perro rabioso). Cuando se comete un error monumental como el de la verborreica Rahola en ese programa, en vez de enzarzarse en una absurda y ridícula pelea por defender "un dato", es mejor reconocer que se ha cometido ese error, que se ha ofendido o podido ofender a un colectivo social, que no ha sido afortunado el comentario, y que no ha habido la menor intención de ofender a nadie. Dominar ese impulso para que no nos domine él a nosotros, en suma, lo mismo que podemos dominar un arranque de violencia contra alguien en un momento de ira. Pero los que tratan de dictar la conducta correcta a los demás (la pepipi Rahola, por ejemplo...) no son nada proclives a reconocer sus imbecilidades, sus errores, sus estupideces, y prefieren enzarzarse en discusiones violentas, quedando aún peor al "mantenella y no enmendalla". Si para algo sirve esa metedura de pata de la Rahola, es para dejar constancia de eso: de que no todos sabemos/podemos/acertamos a dominar ese instinto racista que subyace en nuestro interior, y del que no se libra nadie, absolutamente nadie. El que esté libre de culpa, que arroje la primera piedra. Pero lo grave no es tenerlo: como digo, se puede y debe dominar con el día a día. Lo grave es que aflore y no se reconozca. Y eso le pasa a Cuní por darle cancha a impresentables como la Rahola.
June 16 (c) 2008 by J.C. Planells  En primer lugar, conviene aclarar la cuestión de los títulos: el film se titula en inglés Midnight. No se estrenó en España. La edición en DVD de Suevia Films lo titula Llamada a un asesino. Pero la versión subtitulada del mismo DVD lo titula Llámalo un asesinato, traduciendo el título del reestreno de 1947 de la película, Call it Murder. Respecto a esto último, los créditos se modificaron para dicho reestreno y sitúan como protagonista del film a Humphrey Bogart, cuyo nombre aparece el primero en letras grandes: sin embargo, el papel de Bogart no llega ni a secundario, pues sólo aparece en tres o cuatro escenas que sumadas no rebasan ni los tres minutos. Lo que ocurre es que en 1934 Bogart era un desconocido y en 1947 una estrella. Por todo ello, me refiero al film por su título original primitivo, Midnight, puesto que lo de Llamada a un asesino es una solemne estupidez: nadie llama por teléfono a ningún asesino en momento alguno. Llámalo un asesinato sería más correcto, como traducción del título de 1947, pero como no aparece así en la carátula del DVD... En fin, dejemos este lío y vayamos a lo que interesa. Chester Erskine es un escasamente conocido guionista y ocasional director americano (El huevo y yo) que en 1934 llevó a la pantalla una obra teatral de Paul Sifton y Claire Sifton, titulada Midnight. Parece que Erskine colaboró en el guión y no sabemos cómo se modificó la obra de los Sifton --que evidentemente desconozco--. En cualquier caso, éste es un film mucho más interesante sobre el papel que a la luz de los resultados en pantalla. No es una mala película, pero sí algo insatisfactoria, precisamente teniendo en cuenta lo atractivo de su planteamiento. El señor Weldon (O.P. Heggie), jurado en el juicio contra Ethel Saxton, que ha asesinado a su marido, influye para que sea condenada a la pena capital, pues la considera culpable de homicidio en primer grado y sin atenuantes, pese a algunas dudas sobre la voluntariedad de dicho asesinato. Weldon es un hombre muy conocido y respetado en la ciudad, íntegro y honesto, de ahí que su opinión haya prevalecido ante los demás miembros del jurado. Debido a ello, el gobernador se niega a conmutar la pena de muerte por la de cadena perpetua, aunque queda claro en el transcurso del film que si Weldon se lo solicitase, lo haría. Pero Weldon considera que quien ha matado a un ser humano debe pagar con la vida su delito. No todos opinan lo mismo en su familia, y su hija Stella (Sidney Fox) vive atormentada ante la inminencia de la muerte de Ethel Saxton. El día de la ejecución supone una prueba de fuego para toda la familia. Se insiste a Weldon para que hable con el gobernador, pero sigue negándose. Su hija no se quita de la cabeza que una mujer casi de su edad morirá en la silla eléctrica dentro de unas horas. Un periodista, Nolan (Henry Hull), conchabado con el hijo de Weldon monta un dispositivo en la casa para que la radio interfiera con lo que ocurre en la cárcel donde va a ser ejecutada la mujer, para estudiar las reacciones de Weldon. Todo parece un cerco montado alrededor de Weldon con la finalidad de conseguir que desista de su empecinamiento y le pida al gobernador que anule la sentencia. Y en el transcurso de esa noche, su hija Stella, que mantiene relaciones con un tipo nada recomendable, Gar Boni (Humphrey Bogart), llega a casa y confiesa haberle asesinado deliberadamente. Por ello, dice, deberá ser condenada también a la silla eléctrica. Es innegable el interés del punto de partida: las horas previas a que una mujer sea ejecutada, en parte a causa del empecinado sentido de integridad y justicia --ojo por ojo, diente por diente-- de una persona en concreto, vividas en el hogar de ese inflexible jurado. Y es innegable que el problema planteado por Stella, asesina de Boni, le supone a Weldon un problema moral irresoluble: su hija debe morir en la silla eléctrica, una vez juzgada, por las mismas razones que Ethel Saxton ha de morir esa noche. Interesante --y algo melodramático, sí--, pero luego resulta que las cosas no van así exactamente: a Boni no lo mató Stella, pero sí fue testigo de su muerte y eso le causó una impresión que, mezclada con la inminente muerte de Ethel Saxton, la hizo declararse culpable y pasar por lo mismo que la condenada. Por lo demás, el film es interesante a ratos y en otros algo monótono. Quizá precisaba de un director más bregado que Erskine, así como de unos modos interpretativos menos deudores del cine mudo: O.P. Heggie, como el señor Weldon, denota maneras del cine silente, lo mismo que otros actores, y sólo Sidney Fox, Henry Hull y Bogart en su muy breve aportación se muestran como actores netamente cinematográficos en el sentido moderno del término. El resultado es un film insatisfactorio (lo que pudo ser pero no fue), con un gran punto de partida, algunos momentos brillantes --la ejecución de Ethel tiene lugar en el mismo momento en que Boni muere a tiros y vemos la mirada de horror de Stella--, pero estropeado por lo que me temo acaba siendo más una apología --y si no lo es, lo parece-- de la pena de muerte que lo contrario. Film discutible, pero interesante para verlo y comentarlo. June 13 [Crítica aparecida originalmente en Gigamesh, nº 3, enero-febrero de 1992. Libro editado por Edhasa.] (c) 1992 by J.C. Planells

Este volumen reúne veinticinco relatos de Shirley Jackson, de los cuales casi ninguno es encuadrable en el campo de la narrativa fantástica, exceptuando al ya clásico "La lotería" que da título a la recopilación. Casi todos ellos se debieron a su larga y fructífera colaboración con la prestigiosa revista The New Yorker y suelen consistir en breves viñetas que tratan temas cotidianos y, a través de ellos, revelan a una escritora hondamente preocupada por la incomprensión, la intolerancia, el absurdo, el racismo, la mecanización de nuestra sociedad o la soberbia. Podría decirse que constituyen un buen puñado de apuntes del natural, aunque difícilmente intereserán al lector que busque a la Shirley Jackson que los editores españoles nos han ido ocultando hasta ahora. Entre los más interesantes, destacaría "Mi vida con R.H. Macy", un divertidísimo relato de la vida cotidiana de una empleada de los almacenes Macy (una especie de Corte Inglés norteamericano); "Elizabeth", otro divertido retrato de una empleada, en esta ocasión de una desastrosa agencia de representación de autores; "El jardín de las flores", uno de los varios alegatos contra el racismo y la segregación social que hallamos en el libro, y "Siete tipos de ambigüedad". El título de este último relato señala otro de los temas recurrentes de la recopilación, la ambigüedad de las relaciones entre personas que a veces nos son muy familiares, como en el relato "Charles", y otras perfectas desconocidas, como en el mismo "Siete tipos de ambigüedad", donde unos afables compradores de tomos "para adornar estanterías" terminan fastidiando considerablemente al aprendiz de la librería en la que han entrado. La riqueza de estos relatos está precisamente en que son como dibujos al carboncillo que capturan una serie de actitudes humanas que nos sorprenden, nos desconciertan, nos divierten y, a la postre, terminan haciéndonos pensar.
June 10  En las novelas y relatos de Agatha Christie aparecen párrafos, frases o sentencias de una agudeza psicológica muy notable, o de una fina ironía, todo lo cual denota el profundo conocimiento que de la vida y de las gentes en general tenía esta escritora. Lo que ocurre es que quizá pasen desapercibidas para el lector medio, arrastrado por el misterio que ofrece la novela de turno, por la intriga descrita, y sean desdeñadas por el lector que atribuye a su obra un valor por debajo de cero. Creo que una lectura desapasionada de sus novelas daría como fruto una buena recopilación de ejemplos de ese ingenio perceptivo de Agatha Christie. En espera, pues, de que alguien se decida a emprender ese trabajo, ahí va una muestra con cuatro citas procedentes de sus novelas. La tercera de ellas, aunque leída no hace mucho, no he podido concretar en qué obra aparece; y la cuarta fue descubierta no hace mucho por Magenta, una amiga de este space, y publicada en su blog, aunque no he podido cotejarla con el original literario. 1.- "¡Qué error tan grave era que una autora saliese de su reducto secreto! Los escritores eran seres tímidos y nada sociables, que compensaban la falta de aptitudes sociales inventándose a sus propios compañeros y sus propias conversaciones." La señora McGinty ha muerto, cap XVII (1952) 2.- "--El rostro humano no es, después de todo, más que una máscara, un antifaz --opinó el doctor. --¿Y debajo de él? --Debajo aparece siempre el hombre o la mujer primitivos." Un triste ciprés, primera parte, cap III (1940) 3.- "Todos son personas de orden y muy honorables: ellos mismos me lo han dicho." (fuente no localizada) 4.- "Es una mujer de mente original --dijo--. Probablemente, es la primera vez que usted conoce a una mujer así." Poirot en Egipto June 06 (c) 1993 by J.C. Planells
(Relato publicado previamente en BEM nº 35, octubre-noviembre de 1993.)
Asombrado, incrédulo, Mario presenciaba aquel desfile de personas que iban subiendo al tren, sin demasiadas prisas, llenando sus vagones, acomodando su maleta, su bolsa, su paraguas o su bastón, asomándose a la ventanilla y charlando entre ellos o entre quienes aún aguardaban para subir. Allí estaban todos: Rafael Muela Ortega, el político; Eugenio de Cuenca, el venerado poeta; Guillermina Pestaña, la retratista: Ángel Luis Gómez de Villalar, el economista; Ángel Cruañas, el pintor; Pedro Manubens Cortell, el escultor; Miguel Salazar Villatoro, el empresario; Carlos Pinar Volls, el novelista; Arsenio Gil-Membrado, el filósofo; Vicente Salas Godoy, el dramaturgo; Teresa Ruiz Marcial, la pianista; Eulalia Pombo, la actriz; Lucas Monforte, el director de cine; Luis Mena Carvajal, el periodista; Antonio Gómez Salazar, el torero; Agustín Plin Cotal, el futbolista; Arturo Viñas, el pensador... y cientos, cientos, miles quizá, un interminable desfile.
Y él permanecía allí, sentado en el banco del andén, retorciéndose las manos, incapaz de decidirse.
--¡Eh! --oyó gritar a alguien. Y pensando que, acaso, se dirigían a él, se puso en pie de forma automática, y echó a correr hacia el final del andén, pasando entre los trenes formados en ambas vías, que, como pacientes animales, parecían esperar su carga.
Corrió andén arriba hasta salir al exterior. Allí, las vías proseguían, se unían, se enlazaban, se separaban. Allí terminaba la cúpula protectora, gigantesco sombrero de hierro que guarnecía la estación y sólo el gris cielo cubría el paisaje.
Sus manos temblaban. Las juntó con fuerza, apretándolas, sintiendo el sudor, la película que empapaba el dorso de las manos como una especie de aceite.
Aún podía ver la parte de la ciudad que desde allí se distinguía, desintegrándose lentamente, en completo silencio, como polvo disolviéndose o como helado que se fundiera. A su derecha, distinguía el Hotel Continental, los bloques de edificios de oficinas, anexos; pero faltaba uno ya. A su izquierda apenas distinguía las Torres Gemelas. ¿Las cubría una bruma? No, no había bruma alguna. Ni tampoco Torres Gemelas. Sobre la montaña, allá a lo lejos, no se distinguía la noria del parque de atracciones: sólo unos débiles entramajes de hierro, y columnas, postes de algo que formase un conjunto deslavazado, casi caricaturesco. Una bandada de pájaros emergió del gris cielo, chillando y aleteando, y se perdió otra vez en la grisura. Los siguió con la vista y pudo ver, al hacerlo, que el pequeño bosque, cerca del parque, estaba ya despoblándose de árboles.
Se dio la vuelta y retrocedió sobre sus pasos. Tropezaba consigo mismo al andar.
Una figura vino hacia él. Le reconoció: era Eugenio de Cuenca, el poeta. Lucía su sempiterno bastón, más como por coquetería que porque lo necesitase realmente para andar. Pese a su edad --¿setenta y siete años?-- sus pasos eran firmes y rápidos, y si bien su cuerpo se inclinaba hacia adelante al andar, era más un signo de decisión que de encorvamiento.
--¿No va a subir? --le preguntó Eugenio de Cuenca.
Mario se detuvo, sin responder. El poeta llegó a pocos pasos de él, y le sonrió, leve y amistosamente.
--¿No va a subir usted? --le repitió.
Mario miró hacia atrás, al paisaje más allá del extremo del andén.
--Es mejor que no mire --dijo el poeta, compasivamente.
Mario volvió la cabeza hacia el poeta. Abrió los brazos y la boca, pero no le salieron las palabras. Eugenio de Cuenca alzó su brazo izquierdo, el que no empuñaba el bastón, como si fuera a coger a Mario por un brazo, o a pasárselo por sobre los hombros, amistosamente. Mario se hizo hacia atrás un paso, instintivamente.
--Mi amigo --reprochó el poeta.
Mario sacudió la cabeza.
Miró hacia el tren, que se iba llenando. Era fácil imaginar lo que ocurría en su interior. Los compartimentos se ocupaban, cada uno escogía su sitio, preferentemente junto a amigos y conocidos. Se asomarían, sin duda, al pasillo, para hablar con los ocupantes de otros compartimentos. Los caballeros ayudarían a instalar el equipaje a las damas, y las saludarían quitándose el sombrero. Empezarían a intercambiar anécdotas, recuerdos, comentarios, y encenderían sus pipas, sus cigarrillos.
Medio atontado, se dio cuenta de que Eugenio de Cuenca le iba arrastrando hacia el tren. Mario le miró, angustiado.
--Es el momento, amigo mío --se excusó el poeta.
Le llevó cerca del vagón de cabecera. Por allí no subía nadie. Mario se agarró a la barra de hierro dorado junto a la portezuela. Puso el pie en el estribo. Y vaciló, colgando así, grotescamente. Pensó que el estribo se convertiría en cartón y la barra de hierro se soltaría o se fundiría en su mano. Pero nada de eso sucedió.
--Aún no --dijo el poeta.
Finalmente, con decisión, Mario montó en el tren, y se encontró en el pasadizo del vagón, entre los compartimentos. Se detuvo y se giró bruscamente, haciendo que Eugenio de Cuenca casi chocase con él. El poeta le miró interrogativamente.
--¿Cómo eran aquellos versos? --le urgió Mario, bruscamente, con torpeza--. Aquellos que... de cuando nos marchamos... nos vamos con nuestra forma de ser aire, de ser tierra... de ser adiós y nunca... Ésos que usted escribió...
Eugenio de Cuenca le miró con bondadosa tolerancia.
--Amigo mío. No los escribí yo. Esos versos que usted dice son de Rosario Castellanos.
--Oh... --Mario le miró confundido--. Yo creía...
Eugenio puso una firme mano en el brazo de Mario.
--Por supuesto. Adelante --dijo.
Mario miró por la ventanilla del pasadizo. La bruma no le permitía ver si aún estaba el tren en la vía siguiente. Se estremeció.
Entraron en un compartimento. Había aún dos o tres sitios desocupados. Eugenio de Cuenca tomó asiento en uno de ellos, mientras Mario permanecía en pie, a la entrada, mirando a los que estaban en el compartimento. Ángel Cruañas, uno de ellos, inclinó en saludo leve su cabeza, siempre cubierta con la boina, mientras sus manos agarraban con avaricia su bastón de cabeza de plata.
--Me gustó mucho su retrato de la muchacha rosa, con la sombrilla también color rosa --dijo torpemente Mario.
Ángel Cruañas negó con la cabeza, los ojos cerrados, como si mirase dentro de sí mismo.
--Me temo que se confunde, joven --dijo, amablemente--. No he pintado nunca un cuadro como el que dice.
Mario miro a Pinar Volls.
--Su novela, aquella del músico obsesionado por la estatua del hombrecillo de los gansos...
Pinar Volls se echó a reír.
--¡Me temo que me confunde con Wassermann!
Mario se agarró con fuerza al marco de la puerta.
--Creo que podemos pasar sin sus cumplidos --dijo casi cariñosamente Eugenio de Cuenca--. Tome asiento, por favor. Aquí mismo, junto a la ventanilla.
Pero Mario se giró y abandonó el compartimento. Permaneció en la plataforma del vagón, aspirando el aire del exterior, mirando, o tratando de hacerlo, a lo lejos. Al cabo de unos momentos, sintió que alguien se aproximaba. Adivinó que era Eugenio de Cuenca.
--Ahora ya estamos todos --anunció el poeta.
Mario no dijo nada. Eugenio de Cuenca permaneció tras él, en silencio, observándole a él observar el paisaje. El Hotel Continental ya no se veía, la estación iba volviéndose borrosa.
--¿Nuestra forma de ser aire y de ser tierra? --dijo entonces el poeta--. ¿Es eso lo que le preocupa?
--Sí --contestó Mario.
Eugenio de Cuenca se encogió de hombros, y empezó a dibujar figuras en el suelo de la plataforma con su bastón.
--Todos tienen la suya --dijo--. Acéptelo. Ahora hay que emprender el viaje.
Mario se volvió, lentamente. Observó los dibujos del poeta con el bastón.
--Sentados viajaremos más cómodos --dijo Eugenio de Cuenca.
--Sí.
--Sabe que es inevitable.
--Sí.
--Y como se dice siempre, lo que cuenta es el viaje, no la llegada.
--¿Llegada? ¿A dónde?
El poeta se encogió de hombros.
--¿Qué importa eso? Entretanto, viajaremos.
Finalmente, sintiéndose ya muy cansado, Mario se sentó junto a la ventanilla. Cerró los ojos para no ver el exterior. Oía las voces de sus compañeros de compartimento, y, si afinaba el oído, los de los otros compartimentos. Poco a poco, iban llenando su cerebro, o quizá saliendo de él. Tanto daba. Si cerraba los ojos con fuerza, los párpados se pegarían a sus ojos y ya no tendría que volver a abrirlos: era todo cuanto deseaba. No sintió que el tren se pusiera en marcha, pero sabía que lo había hecho. En el tren iba todo y el tren cruzaba aquella nada gris, devoradora, que, por supuesto, no existía, y la frontera hacia la nada que, por supuesto, sí existía. Era bien tangible. Posiblemente, los rieles se volverían de cartón, las ruedas de gelatina, la máquina de papel y los vagones de arena, y así, poco a poco, todo iría fundiéndose, borrándose. Más o menos, como los sueños que no han podido ser o que, acaso, han sido demasiado. Pero, en tanto, las voces subsistían. Las voces eran las cuerdas (¿vocales?) que le unían al todo y a la forma, al sentido y a la coherencia. A la tierra y al aire, al adiós y al nunca. Así que, al fin y al cabo, tenía esa posibilidad: agarrarse a las cuerdas (¿vocales?) y caminar por ellas como lo haría un funambulista, pero sin pertiga... a menos que uno de ellos, ¡ja, ja!, le prestara amablemente su bastón. Pero ¿para qué? No había peligro de caer al vacío. El entramado que formaban las cuerdas (¿vocales?) le sostendría y permanecería, en todo caso, flotando entre ellas, sujeto entre ellas, porque arriba y abajo, a su derecha y a su izquierda, había todas esas cuerdas (¿vocales?). Una infinidad de ellas, atendiendo y esperando, sosteniendo el edificio que se venía abajo.
El edificio de todo lo que se podía llevar una vez muerto.
FIN.
June 04 (c) 2008 by J.C. Planells 
Nacido en Alicante en 1866 y fallecido en Madrid en 1943, Carlos Arniches es sin duda el mejor retratista de lo que se ha dado en llamar el Madrid castizo, un Madrid que me temo ya no existe hoy día --o solo muy reducidamente--, con lo cual su obra tiene un interés añadido al puramente literario: el testimonial. Ese Madrid de obreros, tenderos, señoritos, empleadillas, criaditas, porteras, mozos aplicados, niños pijos "avant la lettre", gente sencilla y de vivir afable, ya no es ni un recuerdo para sus descendientes: desapareció hacia 1936, más o menos (como tantas cosas). Arniches fue un autor prolífico, presente en la escena teatral madrileña y española desde finales del siglo XIX hasta su muerte en 1943. Obra abundante: sainetes --sin duda es el maestro en esa especialidad y nadie ha llegado a su altura--, zarzuelas, comedias, dramas, obras en un acto, musicales, divertimentos... Fue coetáneo de Muñoz Seca, Antonio Paso, Enrique García Álvarez, los hermanos Quintero y tantos otros comediógrafos ya olvidados que conseguían llenar los teatros con sus comedias, estrenando continuamente. Lo abundante de su obra --evidentemente, con desniveles de calidad-- ha hecho que sea mal juzgado y malinterpretado, considerándosele una especie de Muñoz Seca aplicado a Madrid. Craso error. Arniches fue muy superior al inventor de la astranacada --lamentablemente fusilado en 1936, como relaté en otro capítulo de esta serie-- tanto en inventiva como en profundidad temática y, lo que pocos le reconocen, en creador de lenguaje. En efecto: al contrario que otros comediógrafos de esa época, que recurrían al habla popular en sus obras de manera presuntamente graciosa (sin conseguirlo o logrando hacerse algo pesados) para ganarse la complicidad de buena parte de su público (caso de Pérez Fernández y Muñoz Seca en colaboración, por ejemplo), Arniches recreaba cuidadosamente el habla de las gentes del Madrid castizo sin recurrir ni a la presunta gracia ni a enjabonar al público que seguía sus estrenos. Una prueba de ello la tenemos en el estudio que el académico Manuel Seco --su nombre es sobradamente conocido por los lingüistas-- publicó en 1970: Arniches y el habla de Madrid. También su teatro ha sido estudiado --moderadamente, pero estudiado-- por diversos autores, pues no en vano el alicantino de nacimiento y madrileño de adopción fue el padre de lo que se ha dado en llamar "tragedia grotesca". En efecto, lo mejor de su teatro es una singular combinación de elementos cómicos populares llevados al extremo y encajados en una situación dramática profundamente humana. El ejemplo más claro de esto es La señorita de Trevélez, un gran clásico de 1916, del cual existen diversas ediciones modernas con estudio introductorio y anotaciones, y sobre el que se basaría Bardem para su clásico cinematográfico Calle Mayor. Su argumento es conocido: unos jóvenes ociosos y de buena familia --los "pre-pijos", los señoritingos de la época-- deciden embromar a una infeliz soltera haciéndole creer que uno de ellos se ha enamorado perdidamente de ella. Galería de tipos humanos finamente estudiados, demuestra el talento innato de Arniches en plantear situaciones y dejar que los personajes se desenvuelvan con una naturalidad pasmosa. Otra de sus grandes obras es Los caciques (1920), una especie de revisión/versión/adaptación de El inspector de Gogol, planteando la comedia en un pueblo rural y retratando las actitudes de una serie de personajes --pícaros y arribistas-- en un ambiente muy politizado. No menos notable, dentro de la serie de tragedias grotescas, destaca la conmovedora ¡Es mi hombre!, donde un pobre infeliz donde los haya debe hacer creer a todo el mundo que es alguien de fuerte carácter. Al estallido de la guerra civil, Arniches se vio en la necesidad de escapar a Sudamérica, donde permaneció hasta 1940. Probablemente, temió sufrir la misma suerte que Muñoz Seca, debido a sus convicciones monárquicas, que de todas formas nunca exteriorizó al extremo que lo hacía el desdichado gaditano durante los años de la república. Trabajó en el cine y estrenó obras allá en Argentina, y a su regreso a España parecía ya olvidado por todos. Se sintió casi un intruso en aquel oscuro Madrid de la posguerra, como si fuese alguien surgido del otro lado del tiempo; incluso el Régimen franquista le recibió con muy mala cara, como si su exilio en 1936 le hiciera cómplice de "los rojos", pese a obedecer a razones opuestas, y pesó sobre él una cierta sospecha al respecto. Falleció tres años después. Su obra teatral casi completa fue editada en Aguilar en cuatro tomos, omitiendo alguna obra estrenada en Sudamérica, y algunos sainetes, recogidos posteriormente íntegros en un volumen en Cátedra. La Editorial De Castro ha realizado ediciones modernas --carísimas-- de ese teatro completo en muchos más volúmenes.
June 02 (c) 2009 by J.C. Planells  Este año de 2009 se cumple el centenario del director cinematográfico Joseph L. Mankiewicz (1909-1993), lo cual cabe suponer será debidamente recordado mediante algunos libros y ediciones o reediciones de sus películas en DVD. No está de más dedicarle un breve artículo que no pretende ahondar mucho sobre un director del que se ha escrito sobradamente, y cuando se ha escrito sobradamente sobre alguien se tiene la sensación de que para repetir temas comunes es mejor no decir nada. Mankiewicz --con una trayectoria previa como guionista y productor más que notable-- abordó finalmente la dirección a partir de 1946 con El castillo de Dragonwyck, y la concluiría en 1972 con La huella. Entre ambas se cuentan films tan famosos como Eva al desnudo o De repente, el último verano. Tanto en su faceta de guionista como más claramente en la de director, Mankiewicz se destacó pronto por poner el razonamiento intelectual por encima de todo lo demás, de ahí que se le haya conocido como "un cineasta intelectual", lo que le ocasionó admiraciones y reprimendas por igual. Su cine peca en bastante de excesivamente cerebral y frío, basado en la inteligencia y dirigido a la inteligencia. Produce la curiosa sensación de que sus películas están destinadas más hacia sí mismo que al público. Nada de esto desvirtúa sus logros: Eva al desnudo es un gran film, pero La condesa descalza --otra mirada al engañoso mundo del espectáculo-- peca de teatral y solemne; Un americano tranquilo, según la novela de Graham Greene es generalmente denostada por todo el mundo (mi lejano recuerdo me impide opinar sobre ella, aunque diría que no era tan mala como aseguran), pero Operación Cicerón --otra mirada al mundo del espionaje-- es verdaderamente notable; Ellos y ellas no se sabe muy bien por qué existe como film de Mankiewicz, puesto que parece de George Sydney, y Cleopatra fue un encargo que solventó durante tres largos años y al que trató de dotar de un cierto toque de prestigio que sólo se advierte esporádicamente; Odio entre hermanos resulta fatigosa y Un rayo de luz peca de exagerada; Julio César, según Shakespeare, es académica y De repente, el último verano, según Tennessee Williams, resulta audaz. El suyo es un cine de vaivenes pero realizado con brillantez. Unas películas pueden gustar más que otras pero no se puede decir que nada sea malo del todo. El problema es ese afán intelectualizador, ese esceso de frialdad cerebral en la exposición de los temas y los personajes, y por tanto de las situaciones en que se mueven, que acaba por dominarlo demasiadas veces. Es un cine inteligente, sí, pero que no siempre consigue llevar esa inteligencia a contactar con el público. Mankiewicz terminó su carrera con los que me parecen sus mejores filmes, los más interesantes y logrados, y que producen la sensación de ser un in crescendo. Me refiero, claro, a la llamada "trilogía del juego" (que podría llamarse "trilogía del engaño" o cualquier otra variante): Mujeres en Venecia, El día de los tramposos y La huella, realizadas entre 1967 y 1972. La primera era una moderna adaptación realizada por el dramaturgo Frederick Knott --el de Crimen perfecto y Sola en la oscuridad-- sobre el Volpone de Ben Johnson; la segunda era un guión original de David Newman y Robert Benton, un dúo de guionistas muy celebrado por los cinéfilos; y la tercera, una adaptación del éxito teatral de Anthony Shaffer. El antecedente de las tres pudiera muy bien ser la Eva al desnudo de 1950, si bien aquí el juego del engaño entre los personajes es más disimulado, mucho más sutil, y no ofrece el carácter de representación teatral que sí tienen las tres mencionadas, pese a que, curiosamente, el mundo del teatro fuera la base del argumento del film de 1950. Mujeres en Venecia, El día de los tramposos y La huella, en fin, nos presentan el mundo de los protagonistas de cada una de ellas convertido en un juego que ellos mismos arman, un truco, un engaño, una simulación, toda una puesta en escena para un fin concreto: un millonario invita a tres ex amantes haciéndoles creer que va a morir pronto; un ladrón trata de escapar de la cárcel para recuperar el dinero que escondió tras un golpe; un aristócrata novelista se propone humillar al amante de su mujer. Cada uno de ellos monta un "espectáculo/juego" en campo propio: un palacio, una cárcel, una mansión campestre. Pero, claro, los juegos constan siempre de dos --o más...-- jugadores, y puede que no gane necesariamente el creador del juego y de sus reglas. Todo depende de quién mueva la última pieza o quién finja mejor, o quién haga mejor las trampas o realice una jugada inesperada. Así, en esta trilogía, depurando el tema y cerrando cada vez más el paisaje/escenario donde se mueven los personajes, Mankiewicz logra al final películas donde la inteligencia se bate con la astucia... y ésta es quien gana. Si Mujeres en Venecia peca de una cierta lentitud, y El día de los tramposos de una ambientación westerniana bastante molesta --pese a transcurrir casi toda la acción en una cárcel--, en La huella, inequívocamente teatral (los personajes no salen prácticamente nunca de las cuatro paredes de la mansión), todo está ya reducido a la mínima expresión: dos personajes, dos maneras de ver la vida totalmente opuestas, dos clases sociales distintas, dos culturas contrarias, diferentes edades, distintos orígenes. El juego que Mankiewicz estuvo buscando a lo largo de toda su vida, lo que motivó en realidad todo su cine, aguardaba a que un dramaturgo británico escribiera una obra policiaca titulada Sleuth, para expresar con ella su posición ante la vida de manera inequívoca. Lógicamente, La huella resultó incomprendida en su tiempo y se convirtió en su testamento. De hecho, quizá el mejor testamento cinematográfico que director alguno haya realizado jamás. Al final de su carrera, Mankiewicz dejó de ver las cosas de manera excesivamente cerebral y las expuso tal como en realidad son: la vida es un engañarse y engañar a los demás, un constante hacer trampas, y sólo triunfa el más astuto, no el más inteligente.
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