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    July 31

    GALERÍA DE MUJERES (24). SHAKIRA: Diosa de la curva


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Hace unos meses, en un programa televisivo en el que se comentó que unos científicos con muy poco trabajo habían descubierto (?) que Dios estaba situado en nuestro oído interno (?), o estupidez parecida, mandé un SMS diciendo que Shakira era prueba indudable de la existencia de Dios. La directora del programa, Natza Farré, lo leyó y me dio las gracias efusivamente.
    Si reparamos en que la línea recta es una invención humana y en parte alguna del universo existe una sola línea recta, llegaremos fácilmente a la conclusión de que por algo será. Puede que la línea recta sea la distancia más corta entre dos puntos, pero también es la más aburrida y todo cuanto no haya sido creado por la naturaleza será, en efecto, por alguna poderosa razón (recordemos que la naturaleza es sabia, el hombre no).
    La cantante colombiana Shakira es la probable poseedora del mayor número de curvas existentes en un ser humano joven y sano. Además, estas curvas se hallan en constante movimiento cuando realiza su trabajo como cantante en un escenario. No hay duda, por tanto, de que si como dijo un cursi "la espalda de una mujer es la curva más bella del universo", Shakira sola es lo más bello del universo por la cantidad --y calidad-- de curvas que ella sola es capaz de albergar y desarrollar.
    Nacida en 1977 en Barranquilla (Colombia) --donde supongo le habrán levantado ya un monumento como agradecimento por el sólo hecho de nacer allí--, Shakira Isabel Mebarak Ripoll es hija de padre de origen libanés y madre de origen catalán. ¡Viva la mezcla de razas y religiones que da resultados tan asombrosos! Espero y reclamo ya desde aquí que a su señora madre, apellidada nada menos que Ripoll, le sea concedida la Creu de Sant Jordi, pues la han recibido decenas y decenas de personas sin haber hecho nada tan notable como lo que ha hecho la señora Ripoll dando a luz a Shakira. Shakira empezó a cantar a los trece años, ganó premios, ganó más premios a partir de la segunda mitad de los noventa, cuando empezó a hacerse popular en todos los países, y es una de las máximas estrellas del pop latino y mundial. La admiran sus competidoras, desde Beyoncé a Avril Lavigne entre otras, y sus fans la adoran, como Dios manda. Escribe la mayoría de sus propias canciones y se entrega en el escenario con un ardor y unas ganas que producen hasta mareos. Quienes hayan visto su vídeo "Las de la intuición", difundido el pasado mes de mayo, podrán comprobar que Shakira en él es a las demás mujeres lo que el Cañón del Colorado a una zanja: una maravilla de la naturaleza.
    Es probable que a estas alturas más de uno se pregunte qué hace esta chica en esta serie "Galería de mujeres", dedicada a señoras o señoritas serias, sufridas y trabajadoras, a juzgar por anteriores entradas. Pregunta lógica que me apresuro a atender debidamente. Ocurre que quien las elige para figurar en esta envidiable galería soy yo. Ocurre que muchas son las llamadas pero pocas las elegidas por sus méritos para figurar en ella. Ocurre que precisamente por la abundancia de mujeres con vidas dolorosas, dramáticas, maltratadas, tristes, amargas y en algún caso incluso asesinadas, que han aparecido y que seguirán apareciendo en esta serie, he pensado que conviene estén acompañadas de un poco de alegría de tanto en tanto, poner una sonrisa entre ellas, para que se sientan reconfortadas. Seguro que a ninguna de las que han aparecido hasta ahora le molestará estar en compañía de Shakira. Por lo demás, algunos de los capítulos de esta serie han sido realmente dolorosos de escribir, como algunos lectores han podido comprobar luego, y conviene abrir una ventana de vez en cuando para aligerar la atmósfera. Ocurre, pienso yo --y yo tengo ideas muy raras-- que ante tanta mujer que ha sufrido y sufre en la vida diaria por la brutalidad del hombre, no está de más poner ante sus ojos un objeto hermoso --una mujer hermosa-- para que acaso les toque algo el corazón a sus verdugos y piensen lo que significa acabar con la vida de quien trae la vida al mundo.
    Por lo demás, terminaremos diciendo que Shakira ha creado la fundación Pies Descalzos para proteger y amparar a niños que sufren maltrato y violencia en Colombia, lo que demuestra que en ella hay algo más que curvas...
     
     
    July 30

    JESUS ON MARS, de Philip J. Farmer

    (c) 1983 by J.C. Planells
     
    [Nota: Este comentario apareció originalmente en Tránsito num. 10, junio de 1983. La novela de Farmer sigue inédita en castellano y es, además, de las menos conocidas de su producción incluso en su país de origen.]
     
     
    Con Farmer hemos llegado a un extremo tal que ya nos preguntamos cuál será su próxima ocurrencia. Y es peligroso, porque el hombre parece ya una máquina de escribir humana. En 1979, ofrece una novela de la serie "El mundo del Río", otra novela bastante larga: Dark Is the Sun, y una tercera de mediana extensión, la presente Jesus on Mars. No se puede abarcar tanto. Farmer ya ha perdido su cualidad de escandalizador oficial de la ciencia ficción, y novelas que en otro tiempo hubieran sido más o menos audaces, se leen con una sonrisa en los labios.
    Veamos el argumento: la primera expedición humana llega a Marte para investigar lo que un científico italiano asegura que es una nave espacial enterrada parcialmente en cierto sector de nuestro planeta vecino. En efecto, se trata de una gigantesca nave con símbolos griegos grabados en su exterior. Los cuatro terrestres que componen la expedición caen prisioneros de los misteriosos tripulantes de la otra nave y descubren que éstos pertenecen a dos clases: seres humanoides procedentes de un lejano planeta (que son los dueños de la nave) y terrestres que embarcaron en ella hace dos mil años cuando los Krsh (la raza extraterrestre en cuestión) visitaron nuestro planeta. La nave de los Krsh se estropeó en combate con una raza enemiga y como resultado de ello quedaron varados en Marte durante dos mil años. Los descendientes de los Krsh y los terrestres que subieron en aquel pasado a la nave han descubierto la inmortalidad, la felicidad, la repera, en una palabra.
    Los terrestres descendientes de los que entraron por primera vez en la nave son todos ellos judíos. ¡Ah!, pero judíos que creen en Jesucristo, puesto que Jesús vive en el interior de una bola de fuego que cuelga del techo de las grutas que los Krsh y los terrestres han convertido en sus modernísimos hogares durante estos dos mil años. Jesús, de cuando en cuando, baja de la bola y les visita y hace cuatro milagros. Los cuatro astronautas que han llegado a este Marte, para más inri, difieren en sus respectivas religiones, y provocan el estupor y el escándalo entre los judíos marcianos: un negro es baptista, un francés es judío y no cree en Jesús, claro; el tercero es musulmán, y el cuarto, una mujer, es completamente atea. Los dimes y diretes, las conversaciones en torno a la religión, las especulaciones sobre creencias y demás, abundan a lo largo de la novela, que, en contraste con casi todas las de Farmer, no contiene más que un único momento de violencia (una pelea en un bar clandestino), y que se desarrolla sin que veamos muy claro cuál es el argumento, en realidad. Finalmente, Jesús entra en acción y dice que se marcha a la Tierra con ellos cuatro para redimirla y demostrar que es el Mesías. Uno de los astronautas cree que ese Jesús no es sino el Anticristo. Por otra parte, el mismo Jesús le insinúa en una conversación que pudiera no ser el Jesús de la Biblia, sino una fuerza de otro planeta que ha tomado posesión de un cuerpo y adoptado la personalidad de Jesús. El hecho está en que según los judíos marcianos, Jesús no realizó ninguno de los milagros que le atribuye la Biblia, mientras que este Jesús de Marte sí realiza milagros.
    La novela termina bien: Jesús llega a la Tierra, tras sembrar el pánico y el desconcierto que es de suponer. Orme, el astronauta que duda de la verdadera personalidad del tal Jesús, se dispone a matarle para demostrar que no es más que un falsario, pero termina salvándole la vida de un atentado en el que él, Orme, resulta despedazado. Pero Jesús recompone su cuerpo y le devuelve a la vida. Y Fin. Eso es todo. ¿Todo? Bien, no sería extraño que un día de estos Farmer prosiguiera las aventuras de este Jesús de pacotilla en la Tierra. Cosas más inverosímiles ha hecho.
    Como valoración de la novela, cabe decir en su favor que no es tan mala como pudiera parecer. Se lee con avidez, es distraída en contraste con su absoluta falta de violencia e intrigas, habituales en las últimas novelas de Farmer, y sus especulaciones religiosas son medio divertidas, medio idiotas. Lo malo será que se convierta en otra saga de novelas, como nos tiene acostumbrados el autor.
     
     
     
    July 28

    ACCIDENTE, de Joseph Losey: Paradigma loseyano


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Por si a alguien le hace ilusión saberlo --aunque no creo que haya muchos--, se ha editado hace poco Accidente en DVD. Pero no viene servida a través de una editora de clásicos o recuperaciones de films importantes, sino de una editora vulgar y descuidada: Global Media, que edita sin extras, sin subtítulos y a veces sólo en versión doblada, eso cuando las copias no están en pésimo estado: rayadas, descoloridas, con saltos... Accidente viene en versión inglesa y castellana, sin subtítulos, en formato correcto y en copia buena. Menos mal por lo último, aunque hubiera sido deseable una versión subtitulada.
    Accidente es junto con El sirviente lo más afortunado de Losey, director americano víctima del macartismo, exiliado, errante en Europa, y que no regresó jamás a Estados Unidos --no fue el único--. Tuvo un gran prestigio crítico y un notable éxito de público entre 1962 (año de Eva) y 1971 (año de El mensajero), tras lo cual empezó a decaer artísticamente de manera lamentable, el público le dio la espalda y la crítica lo enterró. Murió en 1984, aún activo pero olvidado por completo, tan olvidado como lo está hoy mismo. Pero durante su periodo álgido --el mencionado de 1962-1971-- fue uno de los representantes más notables de lo que --en España-- se entendía por "cine de arte y ensayo" o "cine de mensaje". Losey tenía, además, una temática propia que recorría prácticamente tooooooooooooooooooda su filmografía. Hay directores que la tienen y otros que no, y la crítica suele jugar a entretenerse con ello. A veces es más evidente; a veces no tanto. A Frankenheimer, por ejemplo, le gusta que sus personajes estén prisioneros moral o físicamente de un lugar o de un compromiso; a Lumet, otro ejemplo, le gusta presentar en sus películas mayores --tiene demasiadas menores-- a personajes algo iluminados empeñados en sacar adelante un proyecto "porque sí" o conseguir un objetivo desdeñando obstáculos (me temo que el caso Lumet está poco estudiado, en ese terreno). Por su parte, Losey solía presentar este tema: las relaciones de los personajes entre sí no son lo que parecen y parecen lo que no son. De acuerdo, es un tema, y es tan legítimo como cualquier otro, pero me temo que Losey se ensimismaba demasiado en el mismo y lo único que conseguía era desorientar y desinteresar al espectador. De todas formas esto era algo que estaba bastante bien para los años sesenta y parte de los setenta, cuando la sociedad en general estaba cambiando un tanto las formas y convencionalismos procedentes de la década de los cincuenta, y analizar conductas podía aportar algo de iluminación (aunque es optimista esperar que Losey iluminase algo). Echando un  vistazo a su filmografía, ese tema suyo aparece de una manera u otra en prácticamente todas sus películas (o al menos las que conozco). La excepción podría ser el solemne bodrio de Modesty Blaise, o la muy notable Rey y patria, film antimilitarista que puede competir con el Senderos de gloria de Kubrick.
    En Accidente (que por lo demás se basa en una novela de Nicholas Mosley), Losey por lo visto fue consciente de esa preocupación suya, pues en un momento dado, cuando todos los personajes están juntos celebrando una merienda campestre en la finca de Stephen (Dirk Bogarde), Charley (Stanley Baker) le pide a William (Michael York) que diga lo que hace cada uno de ellos en ese momento. Dice Charley: "Dirías que Stephen cuida el jardín, Rosalind lee un libro, etc. etc. Pero también podrías decir que Rosalind está embarazada, que Stephen tiene un lío con una alumna de diecisiete años, etc. etc." Es una manera clara de decirle al espectador eso: que las relaciones y las cosas se pueden mirar de varias maneras y nada es lo que parece. Hombre, tontos no somos y lo podemos ver por nosotros mismos, pero en cualquier caso la escena no es gratuita, sino reveladora, y se asienta bien en la trama de la película. Así tenemos a Stephen, que se siente atraído por su alumna Anna (Jacqueline Sassard), la cual está empezando a salir con otro alumno, William, pero que mantiene una relación sexual con Charley de la que nadie sabe nada, y así, mientras Stephen trata de hacer que Anna frecuente su casa con William para tenerla cerca (aunque no da la impresión de intentar seducirla), lo que obtiene es que Charley, al que no conocía apenas sea quien se la beneficie en su propia casa durante su ausencia; para más inri, la mujer de Charley, Laura (Ann Firbank) lo descubre antes que nadie y se lo escribe a Stephen en una carta ¡que le lee tan tranquilamente el propio Charley delante de Anna! Aquí los personajes --algunos, al menos-- viven totalmente ignorantes de lo que hacen los demás. La mujer de Stephen, Rosalind (Vivien Merchant), ignora los deseos de su marido hacia Anna, ignora el que Anna se acuesta con Charley e ignora que el propio Stpehen tiene un lío en Londres con una tal Francesca (Delphine Seyrig), "¿Te acuerdas de ella?", le dice Stephen tan tranquilamente cuando a la vuelta de Londres le cuenta que la ha visto. William, enamorado de su compañera de estudios Anna, es amigo de Stephen e ignora las intenciones de su profesor, y al mismo tiempo ignora que Anna ya se está acostando con el otro profesor, amigo de Stephen, Charley. Anna no parece consciente del interés --romántico, acaso-- que Stephen siente por ella y nosotros ignoraremos cómo diantre se ha liado con Charley. De hecho, Charley es el único personaje del film que por lo visto está al cabo de la calle de todo: se huele lo de Stephen hacia Anna; sabe que es la medio novia de William, y no parece sorprendido de que Laura, su esposa, haya descubierto su adulterio. Cierto, Charley es lo que llamaríamos... ¿un cínico? ¿un fresco? Pero en una película en que el resto de personajes se comportan un tanto como si estuvieran en las nubes (Stephen, William) o reservándose sus pensamientos (Anna, Rosalind), Charley parece el tocacojones del barrio: pone los pies sobre la mesa incluso en la biblioteca de la universidad; empieza a comerse la tortilla que Stephen se ha preparado para sí, aunque antes le ha dicho que no tiene hambre al ofrecerle compartirla (y cuando Anna se lo reprocha se limita a medio encogerse de hombros); juega al tenis de manera vulgar y ordinaria; se presenta por la cara a la fiesta campestre en casa de Stephen (ya hemos visto antes que Stephen no parece sentir mucho agrado de estar en su compañía); cuando al descubrir su relación con Anna, Stephen le pregunta si ya se acostó con ella el primer día que la conoció, Charley le contesta asombrado: "¡Pues claro!"... en suma, Charley es un incordio, aunque evidentemente como intelectual que es goza de un evidente prestigio en la universidad (incluso participa en un programa cultural de televisión al que trata de acceder Stephen sin éxito, entre la sorna y el escepticismo del propio Charley).
    Así pues, ésta es la película que mejor perfila ese cine de Losey, esa temática de apariencias equivocadas, de relaciones inexactas, de ocultamientos y fingimientos siempre entre los propios personajes y a veces cara al propio espectador, de manipulaciones más o menos disimuladas. Pero me temo que ese tema, como digo tan interesante como cualquier otro, al repetirlo una y otra vez --por más que en ocasiones adaptara a otros autores de éxito, como la obra de Robin Maugham El sirviente, la novela de Hadley Chase Eva, o textos de Tennessee Williams, L.P. Hartley o Henrik Ibsen, destrozando alguno de ellos-- acababa perdiendo su interés. Quedémonos pues con esta interesante Accidente, realizada en 1967, en la mitad de su mejor época, como muestra paradigmática de su cine, desdeñemos el resto de su obra posterior --o casi toda su obra posterior-- y de la anterior escojamos algunos títulos interesantes. Pero lamentablemente el discurso temático de Losey es pobre y su plasmación cinematográfica es demasiado simple, a veces incluso opaca, con sólo esporádicos destellos de vigor o de originalidad. Por lo demás, hay demasiado cine entre malo y vulgar en su obra, y esto puede haber contribuido a su olvido.
     
     

    July 26

    UN DEMONIO PARA MÍ, de Ruth Rendell


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    Algunas novelas de Ruth Rendell --las no protagonizadas por el inspector Wexford y el sargento Burden-- están muy cerca de la narrativa de Patricia Highsmith, y sin duda una de las más notables es esta A Demon in my View, publicada en 1976 y traducida en dos ocasiones al castellano, la primera como Me parecía un demonio, en Noguer, y años más tarde como Un demonio para mí, en Plaza Janés (en despistada traducción de Álvarez Florez, que se lía con los personajes de Arthur Johnson y Anthony Johnson no pocas veces, atribuyendo a uno actos del otro, o incluso al personaje de Jonathan Dean; si el lector no está atento, también se hace un lío). Si Patricia Highsmith suele caracterizarse por las extrañas relaciones entre el juego cruel y la dominación sádica que establecen algunas parejas de protagonistas masculinos, en A Demon in my View tenemos algo parecido: dos personajes de nombre similar: Arthur Johnson y Anthony Johnson, vecinos del mismo edificio y que uno de ellos acaba siendo objeto de temor del otro, haciéndole caer en extrañas conductas, reacciones psicóticas y decisiones catastróficas. Todo parte, evidentemente, de que Arthur Johnson es un psicópata asesino que consigue controlar a veces sus instintos criminales estrangulando un maniquí que encontró una vez en el sótano de la finca. La llegada de su casi homónimo Anthony Johnson le dificulta el acceso a ese sótano; además, le hace caer en un estúpido error con la correspondencia que Arthur empeora al empezar a destruir como estúpida (y equivocada) revancha las cartas que Anthony recibe de su amante, una mujer casada, embarcándose en algo que ya no tiene arreglo posible: el continuo control de la correspondencia para seguir destruyendo las cartas casi desesperadas que la amante le envía a Anthony, en espera de una respuesta suya que no llega. Y cuando Anthony, ignorante de todo esto, decide colocar el maniquí con el que se desahoga Arhur en la hoguera del día de Guy Fawkes..., es fácil adivinar que la reacción de Arthur será violenta. 
    Pero más importante aquí que los acontecimientos, lo es la manera en que Rendell describe la conducta anormal de Arhur, hijo bastardo criado por una tía dominadora, sin parientes vivos, incapaz de relacionarse con nadie, con dos asesinatos sobre su conciencia, y con el temor de volver a cometer otros crímenes. El psicópata Arthur ve en Anthony una amenaza ya por el solo hecho de la semejanza de nombres: ¿y si hay un error en la correspondencia?, le dice severo nada más llega Anthony como nuevo vecino del pequeño edificio. Y de hecho, lo hay... pero cometido estúpidamente por Arthur al abrir una carta dirigida a Anthony creyéndola suya. Arthur ve intrigas en contra suya en cada acto de Anthony, quien, realmente, ni se preocupa de él pues ya tiene sus propios problemas con su amante, Helen, y con su trabajo universitario... sobre la psicosis, ignorando que tiene una perfecta muestra en su mismo edificio. Arthur, en fin, decide tomarse revanchas casi infantiles cuando cree que el otro simplemente le ha ignorado o bien le ha ofendido deliberadamente. Todo está en la mente enferma de Arthur, en su imaginación, y así se llega a un desenlace bastante inesperado, podría decirse, propiciado por el propio Arthur al fin y al cabo.
    Rendell y Highsmith tienen estilos literarios muy distintos, pero hay semejanzas entre esta novela y algunas de la escritora texana. La diferencia básica es que Highsmith parece narrar desde fuera, desde un plano superior, como si estudiase científicamente a sus personajes al describir sus acciones, propósitos, iniciativa o sentimientos: hay algo de informe científico, sí, en esa manera de narrar y de detallar incluso detalles cotidianos anodinos de su rutina hogareña. Por el contrario, Rendell parece hacerlo desde dentro, metida casi en el personaje y prescindiendo de rutinas que no aporten algo concreto a la acción o la trama. Higsmith sería una manera fría de narrar, Rendell una manera algo más cálida. Me temo que en ello influye bastante el componente sexual de ambas: Rendell, una escritora heterosexual que se dedica a analizar conductas anormales que casi siempre incluyen una desviación o motivación sexual de mayor o menor grado (aquí también la hay); Highstmith, escritora homosexual en cuyas novelas el sexo entre hombre y mujer apenas aparece más que raramente (y por lo general de manera ridícula: una reciente lectura de El juego de Ripley resulta divertida en ese sentido), y sólo se interesa por relaciones lesbianas en algunos títulos puntuales; el componente sexual en las tramas y psicologías de Highsmith es mínimo, casi inexistente, aunque sus personajes sean tan anormales a veces como los de Rendell, pero es una anormalidad distinta. En realidad, los personajes de la escritora texana son amorales, y los de Rendell inmorales, si bien todo ello tendría sus matices y excepciones y merecería estudiarse y contrastarse a fondo, tal es la tónica general de ambas autoras.
    Lamentablemente, tras unos años de gran popularidad entre nosotros, las cuatro o cinco últimas novelas de Ruth Rendell siguen inéditas, mientras que autoras que no le llegan ni a la suela del zapato ven publicadas puntualmente y en abundancia sus mamotretos. No es algo que hable bien, precisamente, de nuestro mundo editorial pero a eso ya estamos acostumbrados.
     

    July 25

    MONK: Una serie simpática


    (c) 2007 by J.C. Planells
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    Entre las series policiacas actualmente en parrilla por los diversos canales de televisión, hay veces en que algunas pueden pasar desapercibidas. Hay una saturación excesiva, pero parece ser que más o menos todas encuentran su parroquia. También las hay que no acaban de encajar o que se deshinchan un poco, y quien las ha seguido con interés acaba desentendiéndose de ellas. Es lo que me ha ocurrido con Sin rastro, que he dejado de ver hace tiempo (en parte por culpa de la propia cadena que la emite, en parte por un cierto cansancio respecto a los personajes), y con Mentes criminales, que tras unos prometedores inicios empieza ya a agotar su fórmula, además de que aquí los personajes cada vez interesan menos (y según parece, los actores van desertando de la misma por temporadas). Hay muchas más a las que ni me acerco pero que parecen ser muy populares, como es el caso de Anatomía de Grey, Bones o Los hombres de Paco, por ejemplo (aunque al ser ésta española, pues, en fin...).
    Por eso ocurre que entre tanta abundancia uno no presta atención a series que al descubrirlas un poco por azar le sorprenden gratamente. Es el caso de Monk, modesta serie de intriga de tipo clásico, emitida por un canal local, y que resulta inesperadamente simpática. Como digo, es de corte clásico: se produce un crimen --del que a veces somos testigos-- y luego el detective Monk debe descubrir al asesino y cómo pudo cometer el crimen si tenía en apariencia una coartada perfecta. ¿Resabios de Colombo? Un poco, sí. Por cierto, hablando de Colombo, sépase que las cadenas americanas han rechazado una nueva tanda de episodios porque consideran que personaje y actor están "caducos" y la gente quiere otras cosas.
    En series como Monk es evidente que el principal atractivo está en el personaje investigador; cierto, en realidad siempre lo está en casi toda serie --o relato literario-- de misterio, pues en buena parte de su atractivo se consigue fidelizar a la audiencia, aunque en mi opinión también de la fuerza de la historia depende el atractivo que tenga la serie (es el caso de CSI, en cualquiera de sus variantes, en donde más que los poco interesantes investigadores lo más notable son las historias criminales que se relatan). Y Monk resulta ser un detective harto peculiar. Es un policía semirretirado que sufre trastornos y manías extrañas a causa del shock que le ha producido la muerte de su mujer: no soporta la suciedad, la falta de higiene, el desorden, la ausencia de armonía en la composición u orden de los muebles o los objetos, dar la mano a la gente (lo que le ocasiona no pocos problemas en los episodios), ha de beber una determinada marca de agua y lavarse con ella, y un largo, larguísimo etcétera. Debido a su estado emocional cuenta con una especie de enfermera-asistente que la acompaña a todas partes y hace como de Watson, porque Monk es incapaz de desenvolverse sin ayuda en parte alguna a causa de sus complejos. Pese a tantos inconvenientes, es un detective brillante y, lógicamente, acaba descubriendo la artimaña del asesino.
    Monk resulta, pues, una entretenida combinación de misterio y comedia a la vez; las intrigas son sencillas, poco dramáticas, y parece que vaya dirigida a una audiencia principalmente adulta (es decir, de más de cincuenta años...), algo así como la incombustible Se ha escrito un crimen, o la citada Colombo. No es Monk un no-va-mas, una serie excepcional, pero sí que resulta una sorpresa grata y muy entretenida para los aficionados al misterio clásico y a la combinación de intriga y comedia. (En el último  episodio, por ejemplo, Monk resolvía además del de turno, dos crímenes más leyendo las noticias del periódico --uno de ellos, cometido en Francia--.) Ciertamente, la serie depende por completo de su personaje, interpretado por Tony Shalhoub, al que secundan en los episodios vistos hasta ahora Bitty Schram como su secretaria-enfermera (actualmente ya no está en la serie por haberse trasladado a vivir a otra ciudad y su lugar lo ha tomado otra actriz en un personaje de iguales características), y Jason Gray-Stanford y Ted Levine como policías amigos de Monk, que a veces gruñen un poco por sus extravagancias pero que son más buenos que el pan. El resultado es una serie, como digo, amena, no excepcional pero sí de las que dejan buen recuerdo.
     
     
    July 24

    TEATRO POLICIACO ESPAÑOL, edición de Ignacio García May


    (c) 2007 by J.C.Planells
     
     
    Fundamentos, en su colección Espiral, suele incluir volúmenes con textos teatrales o ensayos sobre teatro. Tras su muy interesante serie de volúmenes sobre la historia del teatro español durante el franquismo, ahora aparece una segunda serie, Biblioteca Temática Resad, de la que ya ha publicado tres entregas, siendo ésta es la tercera, dedicada al teatro policiaco: incluye un breve ensayo y tres piezas. Lo desconcertante es, en efecto, la selección de las obras. Aquí prima el valor arqueológico antes que el literario. Las obras seleccionadas son: Han matado a Don Juan, de Federico Oliver, estrenada en 1929; ¡Jonatan! El monstruo invisible, de Eduardo Moreno Monzón y Baerlam, estrenada en 1940, y Carlota, de Miguel Mihura, estrenada en 1957. Con la lógica excepción de esta obra de Mihura, bien conocida, las otras dos piezas son de autores más bien ignotos, y en el caso de la de 1940, lo de ignoto tiene un doble sentido, pues ni siquera está clara la autoría: ¿pudo ser escrita por el propio actor-director de la compañía que la estrenó, según se nos dice en una nota en el prólogo? Pues probablemente, a tenor de lo que se sabe del actor llamado Rambal, conocido --y casi legendario-- practicante del teatro espectacular y con "efectos especiales".
    Hablando del prólogo, éste es breve y sencillo --demasiado-- y da un rápido repaso al teatro policiaco, tanto español como extranjero (incluso cita Trampa para un hombre solo, de la que hablé a propósito de su autor el año pasado: ¿habrá leído mi blog?, pues nunca la ha citado nadie), y señala con acierto que el teatro policiaco aún sigue en la fase digamos "clásica" de lo policial. Vamos, que no hay un "teatro policial negro". Tampoco yo tengo constancia de ello, aunque me cuidaría mucho de afirmarlo, pues cabe la posibilidad de que en Latinoamérica sí existan fórmulas de "teatro policial negro", desconocidas en España, o en otros países. Me quedo con esta duda, o me reservo el derecho a creer que sí exista algo parecido. Claro que alguna muestra aislada ya se cita; la Historia de detectives, de Sidney Kingsley, que dio pie a la película Brigada 21, es lo más parecido a la novela negra en teatro; pero en todo caso, el gran teatro policial, el básicamente comercial, busca las emociones rápidas, fuertes, impactantes, el suspense, el desenlace inesperado. Estamos pensando, por supuesto, en el teatro extranjero (Knott, Hamilton, Levin, Robert Thomas, Agatha Christie, o James Ernhard, al que no se cita en el prólogo y del que en España al menos se han estrenado un par de obras, entre otros). Pero en España también se ha practicado el teatro policial, no tanto ni tan afortunadamente como en Estados Unidos o Gran Bretaña, pero ha habido muestras, mayormente muestras de humor negro: Alfonso Paso, Jardiel Poncela, Juan José Alonso Millán, Mihura, Jorge Llopis, Juan Chorot..., además del teatro dramático policial: Paso, de nuevo, Jaime Salom, Santiago Moncada...
    Es por eso que sorprende la elección de estas tres piezas. O, mejor, de dos de ellas. No discutiremos la presencia de Carlota, que es un buen texto... pero, ¿es realmente policial? Sí, en la superficie, la forma, el argumento, el desarrollo... pero detrás de ella hay bastante más, y si bien por mucho tiempo ha sido tenida como el "policial" por excelencia de Mihura, a base de relecturas y reflexión, yo la veo más como un drama sentimental que como una obra policiaca, por mucha niebla londinense que haya, por mucho "bobby" que aparezca al principio y por mucho misterio que rodee la escena. En realidad, Mihura en su Carlota nos habla de otras cosas (de las que siempre nos habla en la mayoría de sus obras: sus personajes femeninos al límite de la vida, lo que equivale a decir al límite del amor; la manera en que manejaban a los hombres y cómo estos eran incapaces de entender nunca nada...), aunque aparentemente lo disfrazase de trama de misterio: de hecho, el "misterio", por llamarlo así, lo que hace es acentuar que lo que empieza con un cierto humor negro acaba como drama serio.
    Pero las dos obras restantes son realmente malas. Han matado a Don
     Juan de Oliver, es una historia planteada con bastante gracia: durante la representación del Tenorio de Zorrilla, el actor que interpreta a Don Juan es asesinato en su camerino; sin embargo, nadie ha entrado ni salido de él y el arma aparece escondida en una caja y dentro de un cajón cerrado. ¿Crimen imposible? Bien, el planteamiento no deja de tener gracia, y prefigura lo que haría Dickson Carr posteriormente: lo de que el arma del crimen esté encerrada en un mueble y dentro de una cajita en la misma estancia del crimen, tiene como digo, su miga. Pero al final todo es vulgar y decepcionante, y lo único que puede llamar la atención es la puesta en escena: el público cree estar viendo el Tenorio cuando en realidad todo forma parte de la representación (o metarrepresentación). En fin, nada que la moderna obra Pels pèls no haya mejorado mil veces.
    En cuanto a ¡Jonathan! El monstruo invisible, es igual de mala, pero muy divertida. Esta obra, de autor más bien desconocido --quizá el propio director-actor Rambal, como se insinúa en el prólogo, quizá "fusilada" de alguna obra extranjera--, nos ofrece nada más ni nada menos que... ¡un hombre invisible en escena! Verdadera muestra de teatro "pulp" --si es que se le puede llamar así, al menos García May lo hace--, el argumento es descabellado: un asesino invisible mata policías; como es invisible, nadie puede dar con él (lógico) y no consiguen atraparle. Complica la trama una criada con una hija abandonada y un oscuro pasado, un judío misterioso, una jovencita amenazada de secuestro, otra bastante lela que se enamora del hombre invisible (!!!!!!!!!!), un poli enamorado de la amenazada de secuestro... En fin, las apariciones en escena del hombre invisible, que habla, se pelea y se pasea a veces llevando puesta una gabardina que flota (así se indica en el texto) y se sienta hundiendo el sillón, hace que uno se pregunte cómo diantre se llevaron a cabo los efectos especiales (ya no digamos cuando sale de escena llevando a la chica ¡¡¡¡en brazos!!!!) Desde luego, se hizo, porque el semi-mago Rambal la representó en 1940 en Valencia, plaza de su estreno, y al cabo de unos meses en Madrid. Por cierto, muy curiosa la escena --lo señala así García May en el prólogo, acertadamente-- en que el invisible medio desnuda a la lela arrancándole la ropa (otro truco digno de ver): estamos en 1940, año censura pura y dura, y una señorita se queda medio desnuda en escena...
    Pero aparte de esas --inesperadas, la verdad- diversiones de estos dos anacrónicos textos, lo cierto es que son obras muy malas. Claro que tras leer esa solemne insensatez del hombre invisible en escena, uno duda si la hubiera cambiado por una pieza del severo Salom, o por la más ligera Niebla en el bigote de Jorge Llopis. Quizá hubiera sido mejor dejar de lado un texto tan bueno como la Carlota de Mihura, que se da de bofetadas en tan "ilustre" compañía, y poner en su lugar algo que estuviera a la altura de este par de obras tan "demodés": la mencionada de Llopis, o De 6 a 8 asesinar a López, de Juan Chorot.
    En todo caso, lo que queda claro es que urge un estudio en profundidad de lo policiaco en el teatro, incluyendo las muestras españolas, tanto de humor negro (lo más abundante) como dramáticas.

     

    July 22

    NEXT, de Lee Tamahori: Un vistazo al futuro


    (c) 2007 by J.C. Planells
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    Hay que reconocer que la obra de Philip K. Dick está dando lugar a versiones cinematográficas realmente dignas. No ya sólo obras mayores y clásicos como Blade Runner, sino que incluso otras películas sobre el papel de escasa enjundia, como Asesinos cibernéticos, conseguían mantener intactas las propuestas de que partían, la filosofía de Dick, por decirlo de alguna manera. Los guionistas no son tontos --algunos al menos no lo son--, y han descubierto que se puede sacar mucho más y mejor partido de su abundante producción de relatos en vez de sus complejas novelas. (Kubrick, por cierto, siempre decía que es preferible adaptar un relato o cuento largo que una novela, porque una debe condensarse y la otra, al ser ampliable, permite profundizar en la historia y los personajes.) Así, las últimas producciones sobre su obra se han  basado en relatos o novelas cortas. Next, recién estrenada, se basa en el cuento largo "El hombre dorado", y del mismo conserva apenas el nombre del protagonista y su facultad de ver el futuro inmediato, nada más. Pero no importa: el equipo de guionistas ha creado toda una historia que nada tiene que ver con el original pero que resulta tan fiel a Dick como lo era Blade Runner: es decir, todo se parece a Dick por lo mucho que se diferencia de él. ¿Paradójico? No tanto. Da la impresión de que hay escritores con tanta fuerza que realizar una mala película con material suyo sea imposible, y Dick parece ser uno de ellos.
    Cabe señalar que uno de los guionistas del film ya ha estado vinculado anteriormente a otras adaptaciones de la obra de este escritor: concretamente, en Desafío total y en Minority Report, con lo cual queda claro que estamos en buenas manos en cuanto a respeto hacia la obra de Dick. Hay, sin embargo, indudables concesiones comerciales: el personaje, Chris --interpretado por Nicolas Cage (y a la pregunta de si no había otro actor disponible, resulta que él es el impulsor del proyecto, así que hay que aguantarle, guste o no)-- es un mago de feria con la particularidad de que algunos de sus poderes son reales: puede ver a dos minutos de distancia en el futuro lo que le va a ocurrir, y esto, lógicamente, da lugar a una primera parte de película que combina escenas bastante curiosas con otras sumamente rutinarias de acción, basándose en esa visión del futuro inmediato. Así, el primer encuentro con la agente del FBI que interpreta Julianne More sorprende al espectador, pero no siempre las cosas funcionan tan bien. Por lo demás, obviamente, la facultad precognitiva de Chris permite que el departamento de efectos especiales y el montador nos ofrezcan sus habilidades, y uno acaba temiendo asistir a un espectáculo francamente indigesto de carreras de coches, persecuciones e insólitas escapadas de Chris desdoblado en varios Chrises. La intriga principal viene servida por la presencia de unos terroristas con el (habitual) artefacto nuclear que se disponen a hacer estallar a saber dónde, y un grupo de agentes de FBI, más interesados en conseguir la colaboración de Chris y sus facultades que en atrapar a los terroristas. Planteado de esta manera, el film no presenta sino una vulgar historia de buenos y malos, de polis y terroristas con el elemento inesperado --Chris-- atrapado en medio de los dos, y de hecho así transcurre el film en buena parte de su metraje. A ello contribuye la más bien escasa gracia y notable pesadez de Lee Tamahori como director de películas de género: recordemos que consiguió dirigir un Bond que dejó insatisfechos a sus productores y a su protagonista por su escaso brío.
    Pero hete aquí que de manera inesperada el film --irregular en casi todos los momentos, aunque no exento de ocasionales destellos notables-- da un vuelco total por virtud de los guionistas. Debo decir que Next contiene probablemente el mejor final de película que he visto en varios años (y que no voy a revelar, obviamente), el cual obliga a replantear toda la historia. Y no se puede acusar a los guionistas de jugar sucio, ni mucho menos: el personaje interpretado por Jessica Biel tiene una función concreta y exacta, no es un pegote. Pero si he hablado de mejor final que he visto en bastante tiempo, también debo decir que precisamente ese final puede provocar no pocas iras en la platea (o yo no conozco a la gente que va al cine hoy). Lo que ha conseguido el equipo de guionistas con su vulgar historia de polis y terroristas y mago con poderes de visión es obligar al espectador a replantearlo todo, a hacer algo que hoy raramente se hace en cine (y ya no digamos en cine de género): pensar. El resultado es que una película que, en apariencia, no pasaría de ser un vulgar producto de acción algo curioso a ratos, se convierte acaso en el film de acción más estimulante de los últimos tiempos. ¿Mérito? No la historia de Dick (de la que no queda nada), sino saber ser infielmente fiel al espíritu del autor y jugar con sus inquietudes.
     
     
    July 21

    EL SECUESTRO DE LA REVISTA "EL JUEVES"

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    El último número de la revista de humor El Jueves ha sido secuestrado por orden de la Fiscalía General del Estado. Los jueces y fiscales Conde Pumpido y Del Olmo, que sin duda viven inmersos aún en las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado (el XX, no el XIX, aunque...), han creído que ésa es la mejor manera de proceder para tomar medidas contra lo que creen una ofensa intolerable a la monarquía.
    Fue Alfonso Guerra quien dijo hace varias décadas que en España "la justicia es un cachondeo". Pocas veces, muy pocas, se ha pronunciado --por parte de un político-- frase más veraz y que se mantiene todavía en la realidad. En España la justicia es un cachondeo, un pitorreo, una "casa de barrets", por decirlo de manera que sólo lo entiendan algunos. Los ladrones entran por una puerta y salen por otra; los violadores salen medio libres y casi sin castigo; los maltratadores domésticos campan a sus anchas, ensoberbecidos porque nadie toma medidas eficaces contra ellos; los estafadores y timadores a gran escala hacen su agosto, septiembre, octubre y noviembre; los constructores construyen edificios que no existen; los practicantes de mobbing lo hacen con total impunidad; los porteros de discoteca apalizan a quien les sale de la punta del nabo; los jefes practican el chantaje laboral con sus secretarias o empleadas en la serguridad de que no les denunciarán porque si lo hacen van a la cárcel; los asesinos asesinan y al cabo de pocos, muy pocos años quedan libres para seguir asesinando si les viene de gusto. Las penas son de risa, las víctimas parecen ser tratadas como concursantes de un programa llamado "Inocente, inocente", y la sociedad no entiende nada de lo que pasa. Pero, eso sí, un fiscal y un juez deciden que la libertad de expresión tiene límites y secuestran una revista, como en los tiempos gloriosos del tardofranquismo y de la predemocracia.
    Uno cree tener la sensación de haberse embarcado en un viaje por el túnel del tiempo, cuando ibas al quiosco esperando a ver si habían secuestrado ya o no Por Favor, Triunfo, Cambio 16, Oriflama y un largo largo etcétera. ¿Es una manera de volver a sentirse joven? No. Es una manera de comprobar que --como dije hace poco en un artículo sobre novelas de ciencia ficción para una web argentina--, la libertad de expresión es, mira por dónde, lo que está más amenazado en nuestro flamante siglo XXI.
    Como he dicho, los jueces y fiscales viven en su mundo: un mundo irreal hecho de mamotretos en forma de libracos viejos. La mejor manera de que se hable de algo es prohibirlo. La mejor manera de llamar la atención hacia algo que pasa desapercibido es arrojar luz sobre ello. La revista El Jueves cuenta con una parroquia fiel de lectores, un grupo de lectores tan sólo ocasionales --entre los que me cuento; y casualmente, esta semana yo he sido uno de ellos-- y una gran mayoría de gente que ni la conocen ni la han comprado o la comprarán nunca. Es lo que ocurre, por otra parte con cualquier publicación, se llame Fotogramas, Caza y Pesca, Man, Solo Moto, Lecturas, Qué Leer o Intervíu. Este juez y este fiscal no han caído en la cuenta que al secuestrarla lo que hacen es que todos los medios de comunicación hablen de ella. Y así, el último número de El Jueves ha dado en menos de 24 horas la vuelta a toda España gracias a las televisiones, los diarios y otros medios de comunicación. Qué cerebrito más pequeño el de esos jueces y fiscales. Sin contar que, lógicamente, la noticia o ha dado o dará la vuelta al mundo. Y ya no digamos internet, que como es un medio que apenas frecuento, ignoro lo que puede estar pasando en blogs y foros, pero vamos, es de imaginar.
    Como he dicho, casualmente esta semana me dio por comprar la revista; es una publicación que me gusta y me divierte, pero no siempre tengo tiempo para ella. No importa, yo pertenezco a los lectores ocasionales. La portada me llamó la atención, pero no le di más importancia, aunque pensé que quizá alguien protestaría por ella. Ahora bien, una cosa es protestar, manifestar su oposición o disgusto a una caricatura quizá algo excesiva --pero no creo que ofensiva--, y otra muy distinta es censurar. Censurar en el sentido de "censura pura y dura". Pero ya digo que hay personas que en España (país que los socialistas y los centristas llaman "España", los independentistas "Estado español" y los fachas y ultras "España, coño") siguen viviendo en otros tiempos, en otras latitudes, en otros siglos. Si nos cargamos la libertad de expresión, nos lo cargamos todo. Cierto: hay que mantener unas normas, esas normas elementales que dicta el propio buen juicio de cada uno. Pero, ¿acaso no vemos diariamente en las televisiones --empezando por la pública, TVE1-- cosas más ofensivas para las personas? ¿No vemos a perfectos indocumentados proferir ofensas, insultos, barbaridades y semi-blasfemias premiadas con altas cotas de audiencia? Al fin y al cabo, el dibujo de portada de El Jueves no es más que la obra de un dibujante, o sea: un artista; y un artista puede ser criticado, desaprobado o comentado, pero nunca jamás censurado en el sentido de "prohibición". Los artistas --sean cantantes, escritores, dibujantes, actores, etc.-- son los medios de que se vale la sociedad para expresar sus inquietudes, preocupaciones, aspiraciones, quejas o bromas. Exacto: bromas o sarcasmos legítimos. Podemos estar o no de acuerdo con tal o o cual manifestación artística, pero no por eso debe prohibirse, secuestrarse o destruirse. Y si no estamos de acuerdo o nos desagrada, pues se la ignora, se prescinde de ella, se la rechaza o se la critica, con toda la dureza que se quiera, pero sin prohibir el derecho del artista --de la especialidad que sea, y yo creo que la sátira y la caricatura es un arte-- a ejercer su manera de pensar o ver algo. La censura, de existir, la ejerce el propio artista, y sólo él sabe si en realidad la practica o no.
    Por lo demás, hacer broma o sátira de la monarquía no veo que sea tan malo como hacerlo de un presidente de la república. Si se admite de uno, ha de admitirse de otro. Por cierto, aunque no venga a cuento, por si les interesa resulta que yo soy monárquico.
     
     
     
    July 19

    MAX Y LOS CHATARREROS, de Claude Sautet: Víctimas elegidas

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
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    El fallecido Claude Sautet cultivó un tipo de cine donde se presentaban retratos de parejas en crisis, de personas corrientes con vidas sencillas. Un tipo de cine francés que generalmente genera un cierto rechazo por ser algo comodón y fácil, provinciano en muchos casos, pero en Sautet destilaba una sinceridad, una ternura y un realismo que lo hacían destacable por encima de otros cultivadores de ese tipo de historias. Films como Las cosas de la vida, Una vida de mujer o incluso la menos interesante Ella, yo... y el otro (imbécil título español del original francés: César et Rosalie) eran estimables historias contadas con sencillez y sin estridencias.
    En su obra, curiosamente, hay al menos un par de "polars", es decir, cine negro o cine policial francés. Y uno de ellos es esta magistral y conmovedora Max y los chatarreros, que al igual que el resto de películas que he mencionado contaba com Romy Schneider como protagonista, una actriz que confería un hálito especial a las historias filmadas por Sautet. Basada en una novela de Claude Neron --de la que hubo edición española hacia 1972--, es una historia policial que daría pie a un buen remake, puesto que la trama no ha perdido actualidad; de hecho, y si bien el cine policial (el bueno, claro)es siempre revisable y apto a nuevas versiones, no deja de ser curioso que este film --que creo no fue exhibido en Estados Unidos-- no haya sido objeto de un remake. Más vale así, puesto que seguramente lo único que se conseguiría es estropear un film estimable y una historia que llega al corazón. Raro decir esto de un "polar", pero es así.
    El film nos cuenta la historia de Max, un policía harto de la cantidad de atracos que se cometen en París sin que nadie sea detenido por ellos, así que decide trazar un plan para conseguir una detención espectacular. Contacta con una pequeña banda de delincuentes de tan poca monta (unos vulgares chatarreros que comercian con restos de coches robados) que nadie se los toma en serio, y los induce a cometer un atraco en un banco, para así detenerlos con las manos en la masa y cubrirse de gloria. Su labor de zapa la realiza mediante una protituta, Lily, tan infeliz como los propios delincuentes, amiga de uno de ellos. Pero las cosas salen mal y bien a un tiempo. Bien, porque los infelices cometen el atraco, siguiendo la instrucciones de Max; mal porque el atraco termina en una verdadera masacre al creerse la policía que son los peligrosos delincuentes que han llevado en jaque a la policía durante tanto tiempo. Max asiste al tiroteo final, horrorizado, dándose cuenta de que ha ido demasiado lejos en su afán de, digamos, "justicia", y ha convertido en víctimas a unos infelices delincuentes que se dejaron enredar por él y acabaron pagando por unos delitos cometidos por otros. Es un film doloroso en su tramo final, cuando el personaje de Michel Piccoli se da cuenta del inmenso error que ha cometido (de hecho, él se convierte en más delincuente que los propios chatarreros: es causa de su muerte) al enredarse (y enredar a inocentes) en su búsqueda de eso tan ambiguo que se llama justicia por medios ciertamente injustos. ¿Injustos? Ilegales es la palabra. Inmorales es otra.
     

    July 18

    ADIÓS, SHERLOCK HOLMES, de Robert Lee Hall


    [Esta crítica fue publicada en la revista Nueva Dimensión, número 128, noviembre de 1980. El libro en cuestión fue editado por Planeta.]
     
    (c) 1980 by J.C. Planells
     
     
    A la muerte de Arthur Conan Doyle, han sido numerosos --innumerables-- los escritores, cultistas o no, que se han acercado a la ya mítica figura de Sherlock Holmes, con diversas intenciones. Desde los plagiarios de "Las memorias del rey de los detectives", publicadas en fascículos allá por los años treinta, hasta los experimentos de Nicholas Meyer, toda una serie de autores conocidos o principiantes se han apoderado del detective, creando nuevas aventuras para él,  todos ellos siguiendo y reconstruyendo el estilo literario de Conan Doyle/Dr. Watson. En los últimos años, sus "nuevas" aventuras han rayado casi en lo sacrílego (para los incondicionales de Holmes): Michael Dibdin lo convertía en La última aventura de Sherlock Holmes nada menos que en Jack el Destripador,  por lo cual el doctor Watson se veía obligado a matarle. Era algo así como un trasplante de Jeckyll/Hyde , convertido en Holmes/Destripador.
    La última originalidad --por el momento, pues la cantera de "cultistas" se adivina francamente inagotable, al parecer-- nos llega de manos de otro principiante: Robert Lee Hall, joven escritor que en Adiós, Sherlock Holmes nos descubre que tanto el propio Sherlock Holmes como su mortal enemigo Moriarty son nada menos que dos viajeros del futuro. O mejor dicho, que lo fueron siempre. Ambos proceden de un lejano futuro de la Tierra, en el que los niños son creados en un laboratorio. Moriarty --por algún error-- es un malvado, consigue construir una máquina del tiempo y se traslada a finales del siglo XIX, perseguido por Sherlock Holmes --que ni se apellida Holmes ni se llama Sherlock--; ambos son dos supergenios con una serie de conocimientos inusitados para aquellos tiempos --y para los nuestros--, y deciden enfrentarse a muerte. Mientras Moriarty se dedica al crimen organizado, Holmes adopta este nombre y se establece como detective privado, tratando de capturar a Moriarty y devolverlo al futuro antes de que este consiga, con sus maquinaciones, provocar la primera guerra mundial. Finalmente, Holmes consigue su propósito, pero no puede evitar que estalle la guerra.
    Toda esta intriga nos es, por supuesto, desvelada en los últimos capítulos de la novela, que sigue fielmente la técnica habitual de Conan Doyle. Watson, su fiel amigo  y ayudante, es en esta ocasión quien lleva el peso de las investigaciones, que se inician a raíz de la decisión que emprende Holmes de retirarse del oficio de detective y desaparecer de la circulación. Al poco tiempo de esta voluntaria desaparición de su amigo, Watson empieza a descubrir una serie de hechos en torno a Holmes que le desconciertan cada vez más --un laboratorio secreto en los sótanos de la casa de Baker Street que tantos años compartieran, la inexistencia de su hermano Mycroft, la extraña semejanza física entre Moriarty y Holmes--, y que le lanzan a una búsqueda casi contra reloj del detective, para llegar al insólito descubrimiento de su verdadera personalidad.
    Es una obra francamente original, tanto dentro del campo policiaco como de la ciencia ficción. Su lectura es muy entretenida y creemos realmente aconsejable a quienes gusten de las aventuras de Sherlock Holmes. Veremos en qué nos lo convertirá el próximo escritor que le toque en suerte.
     
     

    July 17

    JONATHAN KELLERMAN

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
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    Hace años, me leí varias de las novelas policiacas de Jonathan Kellerman, algunas de ellas por razones profesionales, y otras por entretenimiento. Fueron publicadas por Ultramar hasta el cierre de la editorial, y entonces pasaron a Grijalbo. Parece ser que ya hace tiempo que ese autor ha sido un tanto arrinconado en favor de nuevos autores, pero al menos en su momento pareció gozar de cierto predicamento.
    Sus novelas no estaban del todo mal, aunque yo debo decir que nunca me las creía del todo. Ese psicólogo infantil y ese amigo suyo detective homosexual que vivía con un médico como pareja... todo sonaba demasiado forzado y falso. Había un exceso de diálogo en sus novelas, aunque las tramas no estaban mal del todo, seguramente por sus conocimientos como psicólogo y recurriendo a su propio bagaje profesional.
    Sin embargo, de toda su producción que leí hasta mediados de los años noventa --hace años que le he perdido la pista--, una obra suya me impactó bastante: fue El teatro del carnicero, publicada originalmente en 1988, y que era la primera --y no sé si sigue siendo la única-- en que no aparecía su personaje habitual, Alex Delaware, el psicólogo-detective. Pero no sólo eso: la novela ni siquiera estaba ambientada en Estados Unidos, sino en Israel, lo cual la convertía en una rara avis. Creo que aun sin ser una gran novela, era su mejor libro --y debe seguir siéndolo--, no por virtudes literarias: Kellerman es algo pedestre escribiendo, sino por la genialidad de su tema. Veamos: en el Israel  de las constantes luchas y atentados entre palestinos y judíos, ¿puede tener importancia que haya un asesino psicópata que se dedica a torturar y mutilar muchachas? ¿Qué incidencia puede tener la violencia extrema de un psicópata en un teatro de violencia diario? Ahí era donde la novela resultaba espléndida. Porque no es lo mismo ambientar esa historia en Nueva York, en Los Ángeles, o incluso en Londres, París..., que en un país en continua guerra y en donde los muertos se amontonan. A mí me impactó esa novela, por una parte por el despiadado asesino psicópata que en él se retrataba, de una crueldad y refinamiento temibles; por otra, por ese marco donde era imposible --e impensable-- realizar una investigación criminal en condiciones medianamente normales a fin de dar con él: ¿a quién le podía importar si sus crímenes pasaban casi desapercibidos? El tema merecía un escritor mejor preparado, con más vigor, mejor escrito. Aun así, esta novela --inexplicablemente no llevada a la pantalla... o no tan inexplicablemente, si lo pensamos un poco-- creo que puede considerarse su trabajo más logrado y ambicioso.
     

    July 16

    HOMENAJE A ROBERT BLOCH

     
    [Este artículo fue publicado en BEM, núm. 42, diciembre 1994-enero 1995, con motivo del fallecimiento de este escritor, y se tituló "En la muerte de Robert Bloch". Venía acompañado de una "Cronología de Robert Bloch", firmada por mí pero adaptada seguramente de alguna fuente inglesa, y que aparecerá en otra ocasión en este blog.]
     
    (c) 1994 by J.C. Planells
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    El pasado día 23 de septiembre de 1994 falleció, a consecuencia de un cáncer, Robert Bloch, quien ya había anunciado su fallecimiento en un artículo aparecido "post-mortem" en el número de octubre de Omni. Pese a sus 77 años de edad, su muerte ha sorprendido a cuantos ignoraban su enfermedad, quizá porque Bloch siguió siendo ante la gente el joven corresponsal que, apenas un adolescente, se carteaba con un hombre llamado Lovecraft, que residía en Providence. Realmente, Bloch, al pie del cañón, siempre en la brecha del género de terror durante muchos años, daba la impresión de seguir siendo un hombre joven, vivaz y entusiasta, experimentado pero atento a captar nuevos matices. Sus fotografías recientes nos lo muestran con esa eterna sombra de sonrisa, esos ojos bien abiertos mirando a la cámara, francos e interrogantes, ese aspecto de ir a lanzarse corriendo a su máquina de escribir para producir nueva ficción. Y de repente, resulta que todo fue un sueño, y que Bloch, como su amigo por carta Lovecraft de Providence, también era mortal, de hecho era ya un anciano, y que nos venía ocultando a todos su enfermedad. Hasta el último momento, prefirió asustarnos con sus historias, en vez de con sus vivencias. O quizá simplemente haya subido para entregarle su carta en propia mano al señor Lovecraft, de Providence, actualmente en paradero desconocido. Quizá Bloch pensó que el servicio de correos americano no era tan bueno y se haya asegurado de que el viejo H.P.L. reciba su carta. Estoy seguro de que ésa debe de ser la explicación. Volverá dentro de un rato y seguirá escribiendo, ya lo verán.
    Aunque no sé... quizá adonde haya ido se habrá encontrado con demasiados amigos. Un tal Edgar Allan Poe, por ejemplo, de quien Bloch tuvo la bondad de completar un fragmento de relato que el señor Poe dejó inconcluso cuando se marchó también a saber dónde. Un relato llamado "El faro", que recientemente pudimos leer en el número 4 de la revista El sueño del Fevre; seguramente el señor Poe y Bloch estarán cambiando impresiones sobre el resultado de su colaboración. Ah, y si Bloch también se encuentra con el señor Alfred Hitchcock, que se marchó asimismo hace años (¿qué pasa que se va tanta gente?) es casi seguro que se pondrán a charlar horas y horas y horas. Pues no le gustaba poco a don Alfredo charlar, y entre el humor negro de Bloch y el no menos macabro de don Alfredo, aquello puede ser el no va más. No sé si amigos, pero por lo menos a alguien curioso es probable que se tropiece Bloch: estoy pensando en la persona que en Whitechapel llamaron "Jack el Destripador", y que nadie supo nunca quién era --no hagan caso de falsos diarios que han resultado ser estafas como una casa, como recientemente se descubrió para oprobio de su pergeñador--; ahora, a lo mejor Bloch se lo ha encontrado, y le habrá dicho: "Pues mire, nunca me hubiera figurado que usted fuese así". Y Jack le dirá: "Hombre, gracias, señor Bloch, por dedicarme tantos relatos y novelas suyos. Me alegra ser su personaje favorito." Y Bloch quizá le responda: "Hombre, gracias a usted. Alguien ha de hacerlo, y he de confesar que su imagen siempre resultó fascinadoramente aterradora. Por cierto, ese maletín que lleva en la mano... ¿contiene sus habituales instrumentos de trabajo?". Seguramente, Lizzie Borden, con su hacha, vendrá a saludarle amablemente. Sí, me temo que Bloch estará demasiado entretenido para volver durante mucho tiempo.
    En fin, tendremos que releer sus novelas y sus relatos. Sobre todo los últimos, que no son pocos. Creo que se cuentan por centenares. Qué lástima que en nuestro país hayan sido tan mal editados, y todas o casi todas sus colecciones de relatos sólo puedan encontrarse --si se encuentran-- en librerías de segunda mano: Cuentos de humor negro, Suyo afectísimo Jack el Destripador (en Editorial Molino ambas), Hiélase la sangre (en Plaza & Janés), Háblame de horror (en Bruguera), El cráneo del Marqués de Sade (en Diana de México), Escalofrrrríos (en Acervo), Ray Bradbury y Robert Bloch (en Novaro), más unos números de la vieja Géminis Terror dedicados a Bloch mezcando algunas colecciones suyas de cuentos... Claro que hay muchos más relatos suyos dispersos en ciento y una antologías de terror o de ciencia ficción... Su premio Hugo de ciencia ficción, "Tren al infierno", por ejemplo (en Nueva Dimensión nº 39) o "El banquete de la abadía", uno de sus primerísimos relatos, toda una joya made in Weird Tales que parece ser escandalizó incluso a los propios lectores, y cuya reciente edición española ha pasado totalmente desapercibida por los lectores: lo encontrarán en un libro titulado El festín de los asesinos publicado por Grijalbo hace muy poco, en 1993 (además hay toda una joya inédita de Zelazny), o tantos otros populares y reeditados relatos como "Enoch", "Madre de serpientes", "Cuestión de etiqueta", "Los maniquíes de horror"...
    También están sus novelas, claro, aunque tan ilocalizables como sus colecciones de cuentos: Psicosis, Psicosis II, Cría cuervos, Lori, La noche del destripador, Mundo oscuro, Terror, El horror que nos acecha. Personalmente, siempre he preferido al Bloch escritor de relatos que al Bloch novelista: sus novelas parecían relatos demasiado alargados, perdían sorpresa... Pero, en fin, también ésas echaremos de menos.
    Y claro, toda su producción inédita: casi veinte novelas y más de un centenar (creo que me quedo corto) de relatos no traducidos. Quizá algún día veamos algunas de ellas publicadas en español, y más relatos, y más colecciones de cuentos. Sería agradable. Terror, policiaco, ciencia ficción, fantasía... Bloch tocaba todos los géneros, con comodidad, facilidad y desenfado. Y guionista de cine, como en El psicópata, por ejemplo, una película de 1966, y de varias adaptaciones de sus propios relatos para la Hammer. ¿Le quedaba tiempo para descansar?
    No me gusta pensar que Bloch ha muerto. Qué caramba, era el último eslabón que nos unía al Hombre de Providence, y a una forma de terror que nació con el siglo, casi. Es como si muriera toda una época. Así que deje de charlar con todos esos amigos, y véngase aquí a escribir más cuentos. Si quiere, le dejo mi máquina de escribir, está hecha una pena, pero...
    Caramba. Llaman a la puerta. ¿Quién será a estas horas?
     
     
    July 14

    LOS CONTRABANDISTAS DE TUNGSTENO

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
    (serie Aventuras de Harold Smith)
     
     
        El nombre de mi jefe alcanzó mucha fama tras el asunto del robo de los rubíes, y eso le trajo muchos clientes de la aristocracia y de la que no lo era, además de colaboraciones con Scotland Yard, gracias a un amigo suyo, que era superintendente, llamado Laurence Jameson. Así que hoy contaré el caso en el que conocí a Laurence Jameson, cuando éste le llamó para colaborar con él, para que se vea que al Yard no le caían los anillos por utilizar su prodigioso cerebro.
        Aquella mañana le había entregado a Harold uno de mis relatos para que hiciera su gimnasia deductivo-analítica habitual, averiguando la identidad del asesino. El relato, que escribí con ímprobo trabajo, se titulaba "El misterio del crimen imposible y que sin embargo se cometió". Yo tenía muy a orgullo propio el que jamás acertara con la solución, cosa que a él le fastidiaba mucho, y que yo esperaba se siguiera produciendo con el que estaba terminando de leer con el ceño fruncido.
        Harold terminó la lectura en el momento en que el detective del relato iba a revelar el nombre del culpable, que era también donde yo interrumpía siempre el relato. Dejó las cuartillas a un lado, y dijo:
        --El asesino es la sobrina.
        --¿De veras? ¿Y por qué?
        --Muy sencillo: pudo lanzar la fecha asesina mientras bebía.
        --Jefe... ha fallado.
        --¿Otra vez? --explotó--. ¡No puede ser! Oh, diantre. ¿Quién es el asesino, pues?
        --El primo.
        --Ah, no, ni hablar --Harold casi se subió a la mesa de lo furioso que se puso--. ¡Esta vez sí que no puede ser! ¡El primo estuvo todo el rato en el sillón, a la vista de todo el mundo, por lo que no pudo cometer el crimen!
        --Pues fue el primo, jefe.
        --¿Ah, sí? ¿Y tendrías la bondad de explicarme cómo se las apañó para cometer el crimen? --preguntó Harold rojo de rabia.
        --Dejó sobre el sillón una figura de cera a su imagen y semejanza mientras él estaba cometiendo el crimen. Luego, una vez asesinó a su primo, quitó la figura de cera, la echó a la chimenea para que se derritiera, y se sentó él.
        --Pero, ¿qué estupidez es ésa? --bramó Harold, haciendo que toda su colección de pipas saliera disparada hacia el techo con el puñetazo que le atizó a la mesa--. ¡Tus crímenes literarios son eso: crímenes literarios! Aún recuerdo "El misterio del cadáver que comió croquetas". ¡Vaya majadería! Por no hablar de "El misterio del hollín escondido en la polvera de la muerta" ¿A quién se le ocurre hacer que el narrador de la historia sea el asesino?
        --Lo copié de un programa de radio --confesé avergonzado.
        --Y encima, plagiador. Qué vergüenza. Y lo de poner como asesino al basurero en "El misterio del zapato escondido debajo de la alfombra del pasillo"...
        --Pero las pistas siempre están a la vista, jefe.
        --No me digas --bufó Harold--. Y en éste de ahora, que por cierto, ya podrías poner títulos más cortos...
        --"El misterio del crimen imposible y que sin embargo se cometió" --dije, con orgullo de autor comprometido con la sociedad de su tiempo--. Pues la pista estaba clara, jefe. En el segundo capítulo la hermana dice que el primo, o sea, el asesino, no contestaba cuando alguien le hablaba. Con semejante pista, es fácil dar con la solución... Además, la criada dijo que olía el salón a iglesia... eso era cuando se quemaba el muñeco de cera...
        --Mi educación en Harvard me impide decir en voz alta lo que pienso de esas pistas, y de lo que yo quemaría ahora mismo. Vaya porquerías de relatos escribes: gente que se asesina a sí misma para hacer creer que la han asesinado, como en el caso aquel del que comió croquetas. O policías asesinos, como en "El misterio del cadáver escondido en el cubo de basura".
        --Hay que estar preparado para todo, jefe. Nunca se sabe...
        La llamada a la puerta cortó mi ardiente defensa de mis duros esfuerzos literarios. Corrí a abrir, poniendo la cara de recibir clientes, mientras Harold ponía la suya de atender clientes. Él decía que la mía parecía la de un oligofrénico irremisible, y yo pensaba que la suya era la de un cretino profesional.
        El visitante era Laurence Jameson, al que yo veía por primera vez. Harold nos presentó y le explicó quién era yo y a mí quién era él. Hay que decir que ante la gente, Harold era correcto y formal, o sea, que yo era su ayudante de confianza, no el esclavo que fregaba los platos y barría el suelo de la oficina.
        --Jameson, hoy superintendente del Yard, es un viejo compañero de estudios en Harvard --dijo Harold--. Ahora ambos servimos a la ley, aunque en medios distintos.
        Tras un rato de aburrida tertulia y de "¿Te acuerdas de George?" y "¿Sabes lo de Clarence?", pasaron al motivo de la visita del superintendente del Yard.
        --Estamos tras un asunto de contrabando de bolígrafos; descubrimos que la banda de contrabandistas los escondían en uno de los tinglados que hay cerca del muelle de Portsmouth. Pero por desgracia lo descubrimos demasiado tarde: se los habían llevado todos.
        --¿Contrabando de bolígrafos? --dije extrañado.
        --Sustituyen la bolita de tungsteno por una vulgar bolita hecha a partir de latas de conservas.
        --Atiza.
        --Qué contrabando más raro --dijo Harold.
        --Yo personalmente tengo la sospecha de que tras todo esto está el espionaje ruso, pero no tengo pruebas para apoyarlo. Leí en una revista científica que el tungsteno puede usarse para armas atómicas esferificadas.
        --¿Y eso qué es? --pregunté.
        --Seguro que nada bueno --dijo Jameson--. En el Yard no lo creen y consideran que es tan sólo un contrabando normal y corriente. Yo no me fío, la verdad.
        --¿Y qué puedo hacer yo en este caso? --preguntó Harold.
        --Me sentiría más seguro con alguien de tu perspicacia para dar con el rastro de los contrabandistas, por si mis ideas tienen algo de cierto. Me gustaría que fuéramos a Portsmouth y echaras un vistazo al tinglado.
        --Vamos allá, pues --dijo Harold con el aire de quien se dispone a salvar al mundo de las garras de un peligroso terrorista. Agarró la pipa y la lupa de lujo y nos fuimos con Laurence Jameson.
        Llegamos a Portsmouth por la tarde, aunque no sé si el viaje en tren fue largo o corto, porque me dormí en el compartimento y me desperté cuando llegamos. Harold dijo que eran las cuatro de la tarde.
        Jameson fue a la comisaría de policía de la localidad y desde allí nos dirigimos en un coche oficial acompañados de un inspector de la localidad y dos agentes hasta el tinglado donde se había ocultado el contrabando. En el tinglado sólo quedaban unas pocas cajas con jerseys de cachemira llenos de polilla. Harold se puso lupa en mano a investigar todo el lugar, poniéndose perdido de polvo. Mientras él hacía lo suyo, Jameson nos contaba a los demás policías y a mí algunas viejas anécdotas de los primeros tiempos de Harold como investigador.
        --Hubo un caso en el que Harold descubrió quién era el asesino apenas miró a la víctima --dijo Jameson.
        --Impresionante --dije--. ¿Cómo lo descubrió?
        --Bien, al asesino se le había caído el carnet de conducir sobre el cadáver.
        Todos nos quedamos asombrados de la habilidad deductiva de Harold. En aquel momento vino mi jefe, hecho un asco de polvo, telarañas y mugre, pero con expresión triunfante:
        --Uno de los contrabandistas es bajo, gordo, calvo y con bigote.
        --¡Oh! --exclamamos todos, admirados--. ¿Cómo lo ha descubierto?
        --Elemental. He encontrado huellas de cinco personas distintas y por la ley de probabilidades, una de ellas debe de ser como he dicho.
        --¿Alguna cosa más? --preguntó Jameson, impresionado.
        --Sí. Volverán esta noche.
        --Pero, ¿cómo es posible? Sería una tontería que lo hicieran... Pueden figurarse que hemos dado con el tinglado.
        --Han de volver por fuerza. Uno de ellos se olvidó un zapato --dijo, mostrando un zapato castaño, viejo, lleno de grasa, desgastado y algo roto.
        --Pero, ¿seguro que es de uno de los contrabandistas? --preguntó el inspector de la localidad.
        --Sí. Las huellas de la suela coinciden con otras que hay por todo el tinglado. Su dueño lo perdió y volverá a buscarlo. Ahora procederé al examen del zapato para averiguar datos de su dueño.
        Examinó el zapato con la lupa, se lo calzó, lo olió, lo lanzó al aire y lo recogió con una grácil pirueta, urgó dentro de él, lo mordió y finalmente lo dejó en el suelo y dijo:
        --Su dueño es un hombre de estatura media, mal afeitado, de cabello negro, lleva un jersey azul marino muy descuidado; le gusta comer fideos y pan con sardinas; ha trabajado en un taller de reparaciones de coches y como marinero en un barco de carga cuyo capitán era zurdo; suele beber cerveza negra en un pub llamado "El caballo duerme la mona"; es hincha del Arsenal, lee novelas baratas del oeste y tiene una cicatriz cerca del labio superior que le llega a la oreja.
        Nos quedamos asombrados ante los poderes deductivos de Harold. Los policías de la localidad le miraban como si fuera un dios.
        --Deberíamos trazar un plan --dijo Harold--. Mi ayudante y yo nos esconderemos aquí, en el interior del tinglado, y les seguiremos cuando salgan de él. Lo mejor es que algunos policías, disfrazados de rudos marineros, estén por los alrededores. Lo demás vendrá por sí solo. Ahora vayamos a prepararnos para la noche, que es cuando volverán por aquí.
        Todo el mundo mostró su conformidad con el plan, así que nos fuimos a la comisaría de polícía a aguardar la noche para regresar al tinglado con la trampa preparada para pillar a los contrabandistas de bolitas de tungsteno.
        A las ocho y media, Harold consideró que era el momento de dirigirnos al lugar. Los policías ya se habían marchado hacía tiempo, camuflados de rudos marineros, para apostarse por la zona portuaria. Por cierto, debo aclarar que aquella era una noche oscura y sin embargo no llovía; nuestras sombras se recortaban en el suelo, como almas en pena, bajo la luz de los amarillentos faroles del puerto.  
        Estábamos abriendo de nuevo el tinglado cuando oímos unos pasos que se acercaban al lugar.
        --¡Son ellos! --musitó Harold--. Han venido más temprano de lo que pensaba. Rápido, entremos.
        Harold y yo entramos en el tinglado y cerramos la puerta rápidamente. Dentro había una oscuridad total. Harold sacó una pequeña linterna y a su luz nos escondimos tras una pila de cajas de madera. Justo a tiempo, pues en el mismo instante en que Harold apagaba la linterna, se abrió la puerta del tinglado y entraron dos tipos que, tras cerrar de nuevo, también echaron mano de una linterna.
        Pudimos distinguir que eran dos tipos malencarados, patibularios, tabernarios, y con pinta de filibusteros.
        --Eres idiota, Jack --dijo uno de ellos--. Mira que olvidarte el zapato.
        --Cállate, Mike , o te estampo las narices contra la pared. A cualquier rudo marinero le puede pasar eso. En la cubierta de un barco se va siempre sin calzado.
        --¿De veras? Sería con el capitán Kidd y en los mares del Caribe. Oh, date prisa, y vámonos antes de que venga alguien. No creo que sea seguro haber vuelto aquí.
        --Pero, ¿quién quieres que venga?
        Harold había tomado la precaución de depositar el zapato en el mismo lugar donde lo encontrara antes, y la linterna de los dos tipos lo descubrió casi enseguida.
        --Ahí está --dijo uno de ellos.
        Luego, dirigiendo miradas siniestras a su alrededor, se dispusieron a salir del tinglado. Harold y yo dejamos nuestro escondite, silenciosamente, y salimos también del tinglado abriendo con la llave que la policía había preparado para ello, siguiendo a los dos rudos marineros auténticos procurando no hacer ruido.
        Los dos tipos se dirigieron hacia una nave industrial de grandes dimensiones y de construcción más moderna que otras de los alrededores.
        --Éste debe de ser el escondite de la banda --musitó Harold--. Ahí es donde deben esconder el contrabando de bolígrafos, en espera de su destino final. Los policías de Portsmouth estarán por los alrededores. Haré sonar el silbato y rodearán la nave de inmediato.
        --Qué fuerte, jefe. Oiga, ¿cómo supo tantos detalles sobre el dueño del zapato perdido?
        --Deducción simple y elemental. Prepárate.
        Harold sacó el silbato y lo hizo sonar. De inmediato, rudos marineros que eran vulgares policías de Porstmouth disfrazados rodearon el lugar.
        Mientras se desarrollaba la captura de los contrabandistas, me fijé en que por una ventana saltaban dos tipos y echaban a correr hacia una pequeña motora atracada cerca del puerto.
        --Jefe, ahí hay dos que se escapan.
        --Esos no son contrabandistas, Diógenes. Fíjate en los abrigos y los gorros que llevan. ¡Son claramente agentes del KGB! ¡Jameson tenía razón! ¡Rápido, tras ellos o escaparán! 
        Nos lanzamos tras los dos fugitivos, que ya habían saltado dentro de la motora cuando llegamos tras ellos. Harold se lanzó como un tigre y yo tropecé y me di de narices contra el suelo. Perdí el conocimiento.
        Cuando desperté, Harold, me dijo que todos habían sido apresados ya.
        --En parte gracias a ti --dijo--. Tropezaste con la cuerda que ataba la motora, te enredaste con ella al caer y no pudieron desatarla para escapar, lo que me dio tiempo para reducirles.
        --Y yo no me enteré de nada --refunfuñé.
        --No te preocupes hombre --dijo Harold, con simpatía--. Jameson también te está muy agradecido. Gracias a él hemos capturado a unos espías soviéticos que estaban preparando una bomba atómica esferificada con el tungsteno.
        Bueno, eso ya era otra cosa. Que el Yard nos reconociera los méritos, compensaba del porrazo. Y quedar como héroes, aún más.
     
     
    FIN.
         
           
    July 12

    AUTORES OLVIDADOS (27). S.S. VAN DINE: Novelas de misterio

    (c) 2006 by J.C. Planells
     
    El americano Willard Huntington Wright (1887-1939) era un crítico de arte que tuvo que guardar cama durante dos años a mediados de la década de 1920 para reponerse de una enfermedad, lo que aprovechó para leer novelas policiacas y así pasar las aburridas horas de reposo obligado. Decidió que él era capaz de escribirlas, y a la que estuvo restablecido inició su carrera como escritor de novelas policiacas con el seudónimo de S. S. Van Dine. Publicó en total 12 novelas entre 1926 y 1939 y unos pocos relatos nunca recopilados. En su momento, causaron sensación, pero ello se debe a que fue uno de los iniciadores de la "novela problema" en su época dorada y a que estableció las reglas del juego: pistas para el lector, juego limpio, etc. etc., aunque a veces se las saltaba alegremente; lo de alegremente es un decir: Van Dine carecía por completo de sentido del humor, ese del que hacían gala Christie, Ellery Queen, Dickson Carr e incluso la inaguantable Sayers. Puede que por eso sus novelas hayan sido rápidamente olvidadas y leerlas hoy resulta tan emocionante como mirar las cotizaciones de bolsa o la entrada y salida de buques en los diarios. Creó un detective que parecía una máquina: todo pensamiento y todo inteligencia y todo sapiencia y nada de humanidad. Se hicieron chistes a su costa (el mismo Van Dine los recogió en una de las novelas), pero no sirvió de nada. De todos los detectives clásicos es el menos humano y el más cargante. Incluso más que el Peter Wemsey de la Sayers, que ya es decir. Sus novelas son meros ejercicios detectivescos: se ha cometido un crimen (o más de uno) y hay que dar con el asesino. Y eso es todo: nada de psicología, nada que distraiga la trama de lo esencial, ninguna subtrama y ningún personaje interesante. Algo de atmótsfera y un poco de clima de misterio en algunas novelas (Matando en la sombra, El asesino fantasma, El dragón del estanque), pero en otras sólo detalles fríos y aburridos. Uno no puede evitar pensar lo que John Dickson Carr hubiera hecho con la trama de El dragón del estanque de habérsele ocurrido a él. No fue así y tenemos simplemente una novela de misterio más de la que sabemos que el asesino desde luego no es ningún dragón en ningún estanque: Van Dine no hace esfuerzo alguno para hacérnoslo creer ni le interesa. Sus novelas son un viaje de A a Z sin detenerse en ninguna letra. No hay imaginación, no hay personajes, no hay nada más que fría investigación detectivesca. Se leen y ya está. En todo caso, vale decir que si las primeras son las mejores, y constituyen una lectura más o menos aceptable en verano, las últimas demuestran un claro desinterés por parte del autor y resultan francamente penosas.
    No sería raro se volvieran a poner de moda (de hecho, dos de ellas se han reeditado hace poco): no es peor que muchos best-sellers que arrasan por ahí y que mucha novela policial que corre por las librerías. Cierto: su tiempo ya pasó, pero su escasa humanidad, su carencia de elementos que nos distraigan de la investigación y su vacío total de ideologías la hacen adecuada para el lector de hoy. Así estamos. En su defensa se puede decir, que otros autores fueron aún peores que él.
    Nota para coleccionistas: la novela La serie sangrienta, que en su día fue publicada por Austral, y que a veces puede encontrarse en otras ediciones, es una traducción sumamente mutilada de la primera novela de Van Dine. Sus novelas fueron publicadas íntegramente en Molino y Aguilar (mismas traducciones). Tan sólo Los crímenes del obispo y El misterioso asesinato de Benson no aparecieron en Molino, sino en Picazo, en traducciones muy recomendables (más que las de Hachette). El misterio del café Dommdaniel no se recogió en Aguilar, como tampoco Los crímenes del Obispo, por no estar esta última en Molino.
     

    July 11

    THE THIRD SECRET, de Charles Crichton: En el territorio de la culpa


    (c) 2007 by J.C. Planells
     
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    Esta producción británica de 1964, nunca estrenada en España y de la que creo que nadie ha oído hablar, tiene bastantes elementos de interés. En primer lugar, es un film de Charles Crichton, realizador británico considerado uno de los padres --si no el padre mismo-- de la comedia británica de la Ealing (Oro en barras, Los apuros de un pequeño tren), si bien su producción --de la cual apenas la mitad ha llegado a estrenarse en España-- contiene también algunas muestras de suspense psicológico: un episodio en la película de episodios Al morir la noche, por ejemplo, y otros films inéditos, además de este The Third Secret. Viéndolo, no resultaba tan descabellada la elección inicial de Crichton como director para El hombre de Alcatraz, aunque a los pocos días fuera sustituido por John Frankenheimer: el estilo que despliega Crichton en este film rodado dos años después, lo presenta como un director muy apropiado para describir atmósferas asfixiantes y terrenos peligrosos. El problema es que esa vertiente suya es casi desconocida, en alguien que tras dejar el cine hacia 1965, regresó a finales de los ochenta para dirigir Un pez llamado Wanda, otra comedia que recuperaba un poco el estilo de la Ealing, pasado por tamiz de la gente de Monty Python. Así, Crichton ha sido siempre un director de comedias, y se ha ignorado esa otra vertiente de su obra.
    Crichton no es el único motivo de interés de este extraño film; en él aparece como actriz en uno de los principales papeles Pamela Franklin, actriz británica que trabajó entre 1960 y 1980, abandonando entonces el cine, y que durante su niñez y adolescencia protagonizó películas tan inquietantes como ¡Suspense!, de Jack Clayton, basada en la novela de Henry James Otra vuelta de tuerca; A las nueve, cada noche, también de Clayton y que ya tuve ocasión de comentar ampliamente hace un tiempo; El hombre del día siguiente, de Hubert Cornfield, otra que también fue motivo de comentario en este blog, y La leyenda de la mansión del infierno, basada en la novela de Richard Matheson, entre otras de no menor interés. Cierto que también hay idioteces en su filmografía, como en la de cualquier actriz que empezó o trabajó básicamente de niña o de adolescente, pero aunque sólo fuera por las mencionadas --a las que podemos añadir sin dificultad The Third Secret, entre otras, como he dicho-- Pamela Franklin se merece un respeto. Es curioso que no pocos productores la encasillaran en papeles más o menos escabrosos o en películas bastante inquietantes en uno u otro sentido. Otro punto de interés --y no menor-- es que el film está protagonizado por el irlandés Stephen Boyd, aún en sus mejores años. Este apreciable actor, que terminó su carrera en infames producciones italianas y españolas, no tuvo el reconocimiento ni la suerte que merecían su talento, por motivos que no se acierta uno a explicar. Sin embargo, cabe señalar que, a pesar de su temprana muerte --a los 49 años, de cáncer, en 1977--, este actor sigue contando con una parroquia fiel de admiradores y seguidores, en tanto que otros que gozaron de mejor suerte cinematográficamente que él han ido viendo cómo bajaba su cotización entre los aficionados...

    El film es una historia de suspense psicológico. El doctor Leo Whiset, un famoso psicólogo, es hallado agonizante por su sirvienta y muere a los pocos segundos, pronunciando unas frases sin sentido aparente. La muerte se considera un suicidio, y cabe decir que esa muerte alivia no poco a sus pacientes, a la par que los inquieta: un juez, sir Frederick Belline (Jack Hawkins); un galerista, Alfred Pierce-Gorham (Richard Attenborough); una secretaria, Anne Tanner (Diane Cilento) y un periodista de televisión, Alex Stedman (Stephen Boyd). Es éste quien recibe la visita de Katie (Pamela Franklin), la hija del fallecido psicólogo, la cual le dice que su padre no se suicidó como afirma la policía, sino que fue asesinado por uno de sus cuatro pacientes. Ella sabe quiénes son los otros tres pacientes, además del propio Alex, y le da los nombres para que averigüe quién es el asesino de su padre. Alex la avisa de que puede que incluso sea él mismo, al ser un paciente al fin y al cabo del doctor Whiset, pero Katie confía en él.
    Claro que eso de confiar en personas que van ocultando cosas no es muy buena idea. Alex visita a otro psicólogo y el retrato psicológico que recibe del asesino no es muy tranquilizador: puede ser alguien que ni siquiera recuerde haber asesinado al doctor Whiset, un esquizofrénico con pérdidas de memoria y bloqueos mentales. Como veremos en el curso de la película, el periodista Alex no es la persona más indicada para descubrir al asesino: sufre transtornos, impotencia sexual y una atracción algo dudosa hacia la adolescente Katie; tiene pesadillas nocturnas, sueñas con paisajes de pesadilla y no recuerda el motivo de sus consultas con el doctor Whiset. Pero en esto, al fin y al cabo, va más o menos a la par con los otros tres pacientes; no porque ellos no lo recuerden, sino porque nunca sabremos al término de la película cuál era la causa de su trastorno psicológico. Los tres --el juez, el galerista y la secretaria-- son seres aparentemente fríos y profesionales, pero interiormente tan desequilibrados como el propio Alex. Los tres son visitados por el reportero con cualquier excusa, y los resultados de las tres entrevistas son penosos: el juez se enfurece, suplica, se asusta, cuando Alex le hace creer que el doctor Whiset llevaba un registo de sus pacientes, con todo su historial. Eso aterra al juez, que insiste en que "todo ocurrió hace muchos años, nadie lo supo, nadie lo puede recordar"; la secretaria, con la que Alex tendrá una fracasada noche de sexo, acabará suicidándose y dejando una nota acusándose de la muerte de Whiset --ni el propio Alex se cree que esto sea cierto--; el galerista --el personaje menos interesante-- es un ser ridículo y penoso.
    Estamos pues en el territorio de la culpa: todos ellos --los cuatro, incluyendo a Alex-- son culpables de algo que desconocemos y que seguiremos ignorando al final del film. Algo que les atormenta y les aboca a reacciones histéricas o suicidas. Que Alex descubra finalmente la identidad del asesino --y no resulta demasiado difícil imaginar finalmente quién es: la propia hija de Whiset, Katie, paciente ella misma de su padre y esquizofrénica con doble personalidad-- sólo permite solucionar el misterio de la muerte del psicólogo. La película se despide dejándonos tan a oscuras de todos sus personajes --incluida Katie, sobre la que aparentemente lo sabíamos todo, pero resulta que en realidad no sabíamos lo principal-- como al principio de toda la historia: se ha resuelto el misterio policial, pero el misterio humano sigue sin resolver.
    Escrita por Robert L. Joseph, esta película se caracteriza por un tono calmado, reposado, con bruscos estallidos de histerismo o violencia, un ritmo cinematográfico muy bien llevado por Crichton, un uso de la pantalla de Cinemascope realmente notable: aquí, la pantalla ancha en vez de liberar a los personajes de sus tensiones, parece magnificar su encierro psicológico, agrandar su incapacidad de liberarse de sus traumas. No es una película excepcional, pero sí un film curioso, digno de ver. Realmente, el cine criminal británico ofrecía espléndidas rarezas como ésta.
     

    July 08

    CENAS DE SEPARADOS

     
    (serie Relatos autobiográficos-20)
     
     (c) 2006 by J.C. Planells
     
     
        Durante una corta época de mi vida asistí a algunas cenas y reuniones de separados y divorciados. Es algo que no aconsejo a nadie, son reuniones realmente estúpidas, deprimentes y ridículas. Se supone que la finalidad es conocer gente, trabar amistades, lograr establecer alguna relación de pareja o afectiva con gente en tu misma situación... Bueno, pues no hay nada de eso.
        LECTOR: Bueno, entonces ¿a qué va la gente a esas cenas?
        YO: Pues a lo que he contado, a relacionarse y encontrar pareja.
        LECTOR: Pero, ¿no dice que no hay nada de eso?
        YO: Sí lo hay: en los demás. Los demás siempre establecían amistades y parejas; cutres, desde luego, pero las establecían.
        LECTOR: Oiga, no entiendo nada.
        YO: Si deja de interrumpir y puedo seguir escribiendo, lo explicaré.
        LECTOR: Tampoco hace falta que se ponga así. El lector siempre interrumpía a Jardiel Poncela cuando escribía.
        YO: Pero es que yo no soy el Maestro, así que déjeme en paz.
        Aquellas cenas y reuniones podían tener un número irregular de comensales/asistentes. Lo mismo podían ser una docena que cien personas. Sí, he dicho cien. En una ocasión, asistí a una en que éramos ese número de personas; un número ciertamente ideal para conocer gente: ni a los de la mesa en que te ubican llegas a conocer. Además, se produce un curioso fenómeno: resulta que casi todo el mundo ya se conoce en estas cenas, menos tú que no conoces a nadie. Es curioso esto.
        LECTOR: Claro, cómo va a conocer a alguien si es la primera vez que asiste...
        YO: ¿Otra vez? Bueno, oiga, pues era así.
        LECTOR: Alguien más habría que iba por primera vez...
        YO: Ahora que lo dice, sí. En esa de las cien personas, que se celebró en un restaurante de la calle Joan Güell, habia otro chico nuevo. Estaba en mi misma mesa y tan perdido como yo. Por cierto, se produjo la --habitual en mi caso-- anécdota de que el camarero se olvidó de servirme la cena: de los cien que éramos, yo me quedé casi sin cenar porque el tío no se había fijado en que yo estaba sentado a la mesa; cuando se lo indicaron los demás, se quedó muy sorprendido.
        Al final de la estúpida cena nos fuimos a Castelldefels a sentarnos formando círculo en un bar con terraza y discoteca y mirarnos unos a otros...
        LECTOR: ¿Cómo dice?
        YO: ¿Quiere dejar de cortarme la inspiración?
        LECTOR: ¿Cien personas sentadas en círculo mirándose? ¿Pretende que me crea eso?
        YO: Bueno, había varios círculos. Pero sí, estábamos sentados mirándonos y sin hablar de nada.
        LECTOR: Oiga, ¿esto que cuenta es ficción o realidad? Porque ustedes, los escritores de ciencia ficción, tienen ocurrencias muy extrañas...
        YO: ¿Puedo o no puedo seguir contando?
        LECTOR: Puede.
        El otro chico nuevo y yo estábamos aburridos como ostras. Las ganas de volver a Barcelona nos mataban, pero compartíamos un mismo problema: ninguno de los dos tenía coche y dependíamos de alguno de los otros para regresar. El personal era la hostia. Las conversaciones, suponiendo que a aquello se le pudiera llamar conversaciones, eran de descerebrados. Una chica, la que conducía el coche que nos devolvió a la civilización, comentó que dentro de un par de semanas se iba a casar con una amiga suya. No, no era una cuestión de lesbianismo; era simplemente una cuestión de pijería y de hacer una fiestecita idiota.
        LECTOR: No entiendo nada.
        YO: Sí, hombre. Si se hubiera tratado de una boda lesbiana, la cosa tendría sentido. Estamos hablando, claro, de un tiempo en que esto aún no existía. Pero, vamos, la boda no era porque alguna de las dos fuera lesbiana, ni mucho menos, pero eran amigas, eran idiotas, eran pijas y les gustaba hacer estupideces. "Celebraremos que somos amigas montando un simulacro de boda", eso fue lo que dijo la del coche, no recuerdo su nombre ni ganas. "Vendrán todos nuestros amigos y habrá pastel y nos reiremos un montón".
        Luego, claro, estaba el nivel de las conversaciones entre la gente que iba a esas cenas, tanto si era la de los cien comensales o la de sólo una docena. Los temas eran los siguientes:
        *Modelos de coches.
        *La fruta no debe comerse congelada ni fuera de temporada.
        *El programa de moda de la tele.
        *La ropa que se compró alguien la semana pasada.
        *Calidad de los vinos de Rioja.
        Y no mucho más. Había algún grupo que tenía un nivel intelectual un poco más subido, pero eso no mejoraba las cosas. Por ejemplo, había un grupo reducido que tenía mayormente esos temas:
        *Guerra de Irak (la primera, de 1990) (había un especialista en temas bélicos).
        *Problemas de los maestros de escuela (había dos maestros de escuela y monopolizaban todas las reuniones una y otra vez con sus problemas laborales, aburriendo incluso a los camareros que nos servían).
        *Los que tienen el sida son unos pecadores de la pradera (uno de los maestros, que era comunista militante, consideraba que los que tienen el sida debe ser apartados de la humanidad, y si son niños --en aquel entonces era muy comentado el caso de una niña de Málaga que tenía sida y los maestros de su escuela la marginaban, o algo por el estilo--, con más razón aún).
        *Política (había uno que era comunista y otro que era facha, y sin embargo eran amigos).
        *Recuerdos del servicio militar (las chicas se ponían furiosas y les tocaba aguantar todo el palique cuando ellos se lanzaban, y se podían tirar toda la tarde).
        *Fútbol.
        Cierto, el nivel es un poco más alto, pero...
        LECTOR: Perdone, pero usted es un elitista de cuidado.
        YO: Nunca lo he negado; es más, creo haberlo dicho en alguno de estos relatos o en otros de mis escritos.
        LECTOR: ¿Los de ficción? ¿O los que usted dice no son de ficción?
        YO: ¿Hay alguna diferencia?
        El personal era también de cuidado. A ver, esa gente eran en un 60 por ciento separados y en un 37 por ciento divorciados; había un 2 por ciento de viudos o viudas, y un 1 por ciento de solteros. Éstos eran los apestados, los raros, los anormales, los probablemente maricones perdidos, psicópatas en potencia, fracasados de la vida, gente a evitar, quizá carteristas o enfermos sexuales. Yo era soltero y, por tanto, sospechoso de todo lo anterior y algunas cosas más que no recuerdo y que murmuraban a mis espaldas. Era distinto en el caso de que fuera una mujer la soltera. Una mujer soltera era considerada carne follable por todos, digna y apetitosa, probablemente virgen todavía, y a la que tirársela era casi un deber social. Un hombre soltero, por el contrario, era tan sólo un maricón o un enfermo. En fin, ¿vamos cogiendo ya la onda de la mentalidad de esos grupos?
        LECTOR: Creo que usted exagera un poco.
        YO. Pues creo que me quedo corto aún, fíjese.
        En el grupo de gente más o menos presentable, que se reunía en el bar Els 4 Gats los jueves a las ocho (igual aún lo hacen, vaya a saber) había un tal Ángel López. Se incorporó a ese grupo al mismo tiempo que yo. Era casado, viajante de comercio, y contó que su mujer, con la que tenía dos chavales de unos doce años o así, se había levantado una mañana de la cama y le había dicho: "Me voy de casa y te dejo; ya no quiero estar más contigo". El tío cogió un trauma mental de cuidado. No dijo qué posibles motivos habían llevado a su mujer a tomar esa resolución, sólo que había dicho eso, y adiós. En parte, era bastante honesto al contarlo de esa manera, pues cuando los demás explicaban sus historias de separación y divorcio, la cosa iba más o menos así: "Es que aquello ya no se podía aguantar" (¡pero no decían nunca qué era lo que no se podía aguantar!) y poco más; lo que sacabas tú en consecuencia de ello es que la culpa era siempre del "otro", nunca de la persona que estaba en el grupo. Seguramente, si el "otro" estaba también en un grupo parecido al nuestro, la conversión/explicación sería similar y aquella gente sacaría la consecuencia de que como "Es que aquello ya no se podía aguantar (¡tampoco el "otro" les explicaría lo que no se podía aguantar!) la culpa era del "otro del otro". En fin, todo esto, como digo, es entre cutre y penoso (¿o quizá ridículo?). Ángel y su mujer se distribuyeron las visitas a los niños y tal, y él vivía en ese momento como soltero y lo llevaba fatal (entre otras cosas, es el único caso de tipo de cuarenta años que sin consumir alcohol sufría de ataques de gota del que se tenga noticia). La vida de Ángel era aburrida, aunque tenía algunas inesperadas emociones: su número de teléfono era el mismo que el de un antiguo cuartel de la Guardia Civil, y recibía llamadas a horas intempestivas que debía atender, y explicar que su casa no era ningún cuartel de la Guardia Civil. Su nombre y carnet de identidad, para más inri, eran parecidos a los de un delincuente afanosamente buscado por la policía en Andalucía, así que cada vez que iba por aquella zona por razones profesionales, le detenían, le encerraban en el cuartelillo y le sometían a un tercer grado hasta que se verificaba su identidad. En fin, el tal Ángel iba, como digo, desorientado y con ganas de pillar mujer "porque yo no soy para vivir solo". Las mujeres de aquel grupo o ya tenían maromo (generalmente, el primero que pillaban, lo mismo que ellos: la primera que pillaban), o eran unas exigentes. A la que vieron el nuevo personal masculino arrugaron la nariz: "Uff, qué asco". Eso, claro, iba mayormente por mí: les di bastante asco al ser soltero ("ése es maricón"). Pero me vengué: a la que me empezaron a tomar aprecio, les mandé a la mierda y no volví jamás con ellos.
        LECTOR: Oiga, usted es un animal.
        YO: Comprendo que contado así suena fuerte, pero es lo que suelo hacer. Cuando la gente me empieza a tomar aprecio, los mando a la mierda y me pierdo de vista.
        LECTOR: ¿Ha pensado en ir a un psiquiatra?
        YO: ¿Ha pensado en callarse y dejarme seguir escribiendo?
        Aquella gente, además, tenía un vicio que a mí me ponía negro: cuando en una de las reuniones o cenas o salidas, faltaba alguno de los miembros, los demás le ponían verde y de vuelta y media. Cuando una tal Adriana, que tenía un comercio de cerámicas cerca de la Ronda Sant Pau, no venía --y venía muy poco porque al ser yo soltero, "era maricón" y le daba asco; ella era soltera y seguramente virgen-- los demás la ridiculizaban contando anécdotas suyas y burlándose sin piedad de ella; cuando el que faltaba era Ángel, lo mismo de lo mismo. A mí aquello me indignaba, porque era gente que se conocía desde hacía años, sólo Ángel y yo éramos nuevos, pero Ángel no se cortaba a la hora de poner a parir a quien fuera cuando no estaba. El día que les mandé a la mierda, le dije esto a Ángel por teléfono y se lo eché en cara; su excusa para esas críticas despiadas del ausente fue: "Hombre, ten en cuenta que vamos muy quemados y estamos amargados". Joder, tío...
        A Ángel se le notaba demasiado que iba hambriento de mujer. Una vez llegó personal femenino nuevo, dos chicas majotas. Me contaron que cuando llegó, estaban esas dos y la pareja que hacía como de jefes del grupo (el maestro comunista enemigo de los niños con sida y una chica soltera bastante decente). Ángel llegó, se sentó en su sitio habitual, pero como resultaba que su sitio habitual quedaba alejado de las dos chicas nuevas, se cambió y se sentó al lado de la pareja y frente a ellas, y al cabo de unos momentos, como ese emplazamiento tampoco le convencía, dio la vuelta a toda la mesa para sentarse al lado de las dos chicas nuevas. La pareja de jefes se partía en silencio de risa: se le notaba el hambre de mujer. Al finalizar la reunión, se llevó a una de las dos a su casa en el coche, contento, feliz, radiante, y supongo que se la follaría hambrientamente hasta caer rendido.
        LECTOR: ¿Detecto envidia en ese comentario?
        YO: Es usted libre de detectar lo que le dé la gana. Pero por si le hace ilusión saberlo, ésa no es mi manera de obrar. 
        En general el personal de esas reuniones era realmente extraño. Aparte de que la mayoría de esos grupos --con la excepción del que se reunía en Els 4 Gats-- estaban en connivencia con el dueño del restaurante al que se iba para la cena, con lo cual por una cena de dos platos miserables te cobraban como si fuera el cotillón de fin de año, y se repartían la comisión, los asistentes eran aún más extraños. En una de ellas, había una mujer que parecía se acabase de levantar de la tumba de Drácula: alta, pelo gris largo, muy largo, rostro amarillento, luciendo sobre los hombros una capa oscura que arrastraba por el suelo y que debía haberse llevado del vestuario de la Hammer Films; bañada además con un perfume que mareaba mortalmente a quien tenía la desgracia de estar a un radio de cinco metros alrededor suyo. Luego estaba la "jefa" del grupo, que trabajaba por entonces en una granja-cafetería que había en la calle Manso, justo enfrente de Torradas; su especialidad en esas cenas era hacer masajes a los hombres en un cuarto aparte, después de cenar.
        LECTOR: Oiga...
        YO: Alto ahí. No sé si eran masajes auténticos o sexo puro y duro. No tengo ni idea porque yo no me ofrecí voluntario para que me dieran ningún masaje, pero a ver: ¿es normal que al final de una cena salga el tema de que ella da unos masajes que quitan el dolor de cabeza y relajan cosa fina? Bueno, pues se apuntaron varios y volvieron muy satisfechos.
        LECTOR: ¿Era guapa?
        YO: Qué va. Era muy vulgar y ordinaria. Por eso no creo que hubiera sexo en esos masajes. Pero no me diga que la cosa no es surrealista.
        LECTOR: Mire, no sé qué pensar. ¿Todo esto que cuenta va en serio?
        YO: Claro que va en serio. Todo lo que yo hago va siempre en serio.
        En otra famosa reunión en que había cinco chicas y dos hombres (o sea, otro y yo) la cosa fue más lamentable. Ellas no hacían más que hablar de gimnasia: "Yo voy a este gimnasio de cuatro a cinco", "Pues yo voy al mío de cinco a seis", "¿De veras? Pues yo voy al mío de tres a cuatro". Apasionante. El otro tío sólo sabía hablar de vinos: la cosecha de Rioja de tal año era mejor que la de Valdepeñas del año anterior; para las carnes era mejor un tinto fresco, pero no muy helado; para el pescado, el blanco gallego... bueno, no recuerdo, porque yo de vinos no entiendo. Él sí. Ese tío me dejó desconcertado cuando a santo que no sé qué salió el tema del sentido del equilibrio, a propósito de saber o no saber esquiar mejor o peor. Yo dije que si se tiene sentido del equilibrio ayuda mucho. El tío se creía que le tomaba el pelo. "¿Sentido del equilibrio? ¿Qué es eso?". Coño, pues eso: sentido del equilibrio. "¿Y dónde lo tenemos?"· Cómo que dónde. "Yo he oído hablar del sentido del tacto, el oído, el olfato, pero el del equilibrio, jamás. ¿No nos estás tomando el pelo?". Yo puse esa cara de mal humor que me sale, de manera inevitable, cuando me enfrento a la estupidez más abismal que quepa imaginar. Soy incapaz de reaccionar ante ella. ¿Qué se le dice a un mamarracho semejante? Seguro que aún hoy día el tío sigue creyendo que le tomaba el pelo.
        Esa gente, la que suele asistir a esa clase de cenas y reuniones, suelen ser personas más bien desesperadas, casi a la última pregunta; o se lían con lo primero que encuentran, sin mirar qué, o se niegan a cualquier relación. Van quemados por su mala experiencia anterior de pareja, y eso les influye en todo. En su mayoría es gente que, a la que se rompe su pareja, no pueden rehacer su vida porque se habían alejado de sus amistades habituales, los de antes de casarse, y el resto de sus conocidos son matrimonios que evidentemente se sienten incómodos con una persona sola a la que no saben dónde meter ni qué hacer con ella: a las parejas les gusta salir con otras parejas, nunca con personas solas, porque es imposible establecer comparaciones con ellas. Los separados/divorciados pasan un año medio traumatizados hasta que asimilan el golpe de la separación o del divorcio. Por cierto, eso no les ocurre a los viudos o viudas: suelen ser la única gente sensata que acude a esas cenas, pero es una minoría casi invisible y muy discreta. Pasado ese año de asimilación y encaje, empiezan a pensar en salir, pero a ver con quién. Así que muchos se incrustan en esos grupos cutres y penosos, huecos de ideas y de imaginación, donde es imposible encontrar a nadie con dos dedos de frente, como mucho, compañeros de cama y gente que muerda la almohada. O se van a las discotecas, que puede no ser peor remedio, pero tampoco soluciona gran cosa, la verdad, y el personal suele ser peor a veces o más descerebrado...
        LECTOR: Vaya opinión tiene usted de la gente...
        YO: ¿Qué quiere que le diga? Es lo que he visto.
        LECTOR: Hum...
        Y podría seguir: hablando de grupos de gente ya abiertamente desesperada, como uno que fundó un policía llamado Roberto, a quien lo que le gustaba era atizar a la mujer mientras tenía relaciones sexuales con ella, y que tuvo la fortuna de encontrar a una mujer aún más desequilibrada que él --pero que mucho, daba hasta miedo-- a la que le gustaba que la atizaran mientras se la tiraban, y cuanto más fuerte la pegaran, mejor; y de una chica, Carmen, que bebía como una cosaca para no admitir que era lesbiana y...
        LECTOR: Oiga, oiga...
        YO: Bueno, es cierto todo esto. Pero, ¿sabe? Me he cansado ya de contar estas miserias. Espero que usted no tenga nunca la necesidad de acudir a grupos así, porque no sacará nada y sólo verá miserias.
     
     FIN.
     

    July 07

    ROBERT A. HEINLEIN: EL HOMBRE QUE ABRIÓ EL FUTURO


    (c) 2007 by J.C.  Planells
     
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    Hace un par de años escribí un artículo para el Asimov Magazine celebrando prematuramente el centenario de Robert A. Heinlein, que tiene lugar este 2007 y no el 2005, como se desprendía de aquel artículo, que ocasionó por ello las iras de algunos intransigentes --o así se me hizo creer, al menos: si alguien mintió, no es cosa mía; en todo caso todos pudieron disfrutar de la celebración oportunamente, puesto que la revista cerró su andadura pocos números después, con lo cual no hubiera habido artículo conmemorativo en ella (¿y en otras?); y es que, aunque sea feo decirlo, "mientras tú dormías yo velaba"...--. No veo qué pueda añadir ahora, en este 2007 del centenario, a lo ya comentado entonces. Pero como la figura de este autor me parece quizá la más importante del género de la ciencia ficción moderna, en cuanto a su definitivo establecimiento del género como tal  --entendiendo por ello la década de los años treinta--, y por ser quien lo impulsó a sus cotas de popularidad entre lectores y aficionados, haciéndolo llegar asimismo a su estado adulto --mal que le pese a bastante gente--, me parece lógico dedicarle por todo ello aunque sólo sea unas pocas y modestas líneas en la fecha exacta de su nacimiento: 7 de julio de 1907: 7-7-07.
    No sé si la ciencia ficción tal como la conocemos, tal como la hemos leído y estudiado, sería la misma sin Asimov o Clarke. O incluso sin Dick o Sturgeon, mirando hacia otro extremo del género. Cada autor aporta su personal forma de verlo, entenderlo y practicarlo. Lo que ocurre es que, al contrario de los cuatro nombres citados --y otros que se podrían citar--, Heinlein --que llegó al género casi como un intruso: esto conviene tenerlo presente-- lo espoleó con vigor, provocando que el resto de autores surgidos en el mismo año que él, 1939, fueran a remolque de cuanto hacía. Cierto que entre esos autores estaban precisamente Asimov, Sturgeon, Van Vogt y otros, alguno unos pocos años antes, como Simak, otros unos pocos después, pero todos ellos se vieron arrastrados por el torbellino de inventiva que desplegó Heinlein y que como primera consecuencia tuvo el estimularles a superarlo y mejorarlo, dentro de las posiblidades de cada uno de ellos.
    Pero esto es historia vieja, es algo que sabe todo el mundo. ¿De verdad lo sabe todo el mundo, o algunos siguen sin querer enterarse? En realidad, como hemos sabido recientemente, el interés de Heinlein por la fábula futurista --voy a llamarla así por comodidad-- venía de un poco antes. Hace unos años, en 2004, se editó por vez primera una novela inédita escrita entre 1938 y 1939, es decir, antes de su primer relato publicado. Se trata de For Us the Living: A Comedy of Customs, una novela en que un personaje es trasladado al futuro para ser testigo de los cambios sociales y económicos, además de políticos (y sexuales), que ha tenido el planeta. Es una novela algunos de cuyos elementos serían aprovechados para las primeras narraciones de Heinlein, y que en cierta forma prefigura la parte final de su obra, la que fue tan discutida en sus días. Su lectura arroja un poco de luz sobre el conjunto de su obra, si bien no aporta nada extraordinario.
    Yo pienso que el problema de Heinlein --creo que lo dije en aquel artículo, pero no importa repetirlo, y si no lo dije, ahora es el momento-- ha sido por un lado, sus defensores, y por otro, sus detractores. Entre los primeros se han alineado no pocos escritores ultraconservadores, no demasiado brillantes, atraídos me temo mucho más por las ideas conservadoras y liberales de Heinlein que por su narrativa (aunque también, me figuro). El caso es que la defensa que de él han hecho en no pocos casos ha sido más bien cargante, enojosa; no ha sido tanto una defensa del autor como un ataque a sus detractores y un lucimiento de argumentos bastante insultos y aburridos. Por su parte, los detractores no han caído en la trampa de replicar enfurecidos: han pasado de los defensores de Heinlein, pero han demostrado una ligera cerrazón de miras a la hora de hablar de este autor, basando su rechazo en cuatro tópicos baratos. Y es que, según parece, hablar con una cierta objetividad de Heinlein es altamente difícil, casi imposible. En España, no pocas veces se recurrió al insulto directo en convenciones y reuniones de aficionados (al insulto directo a Heinlein, me refiero). De muy mala gana, algunos llegaban a conceder que era algo ingenioso a veces en sus especulaciones científicas, pero nada más. Yo creo que, sencillamente, Heinlein es un autor muy mal leído, muy mal interpretado, y que según parece muchos lo leen poniéndose primero de todo las gafas ideológicas, incluso a estas alturas de la película. Vale la pena señalar de pasada que autores muy mediocres anteriores --o contemporáneos-- a él son alabados exageradamente por parte de la presunta intelectualidad simplemente porque son "antiguos": error ridículo en el que se cae con frecuencia.
    Sin duda que no todo en su obra es notable; eso no se discute. Pero es algo que se puede decir de (casi) todo el mundo, de (casi) todo escritor: nadie (creo) está a salvo de críticas. Lo que se debe valorar es que el género (y los aficionados) le deben más de lo que se piensan. No sólo por los relatos que conformaron su Historia del futuro (que sigue leyéndose con placer, pese a que el futuro no haya sido ése), no sólo por sus diversas novelas para público juvenil (que ejercieron honda influencia en no pocos científicos y escritores americanos), no sólo por haber convertido el género en adulto (su Forastero en tierra extraña fue el primer libro de ciencia ficción de un autor popular destinado a convertirse en best-seller sin etiquetas de género), no sólo por llenar sus novelas de ideas sociales y morales en la mejor tradición de la novela decimonónica (algo que se ha empezado a valorar años después de su muerte...), sino por su humildad ejemplar, su discreción, su bonhomía. Hombre de convicciones firmes, de contradicciones inesperadas (su vida sexual, sólo conocida de unos pocos, era muy semejante a la de su personaje de Valentine Smith...), liberal, anarquista, conservador, anticomunista, profundamente culto, educado, cortés, algo proselitista, Heinlein sigue siendo en realidad el gran desconocido. Puede que con los años, su obra, sus escritos, sean estudiados y analizados seriamente, con la objetividad que les falta a defensores y detractores, y se analicen con juicio tanto sus virtudes como sus infuficiencias, tanto sus hallazgos como sus errores, pero de momento aún estamos algo lejos de ello. Confiemos en el futuro, como Heinlein lo hacía. Y si el futuro nos vuelve a fallar... será, como bien sabía él mismo, culpa de nuestra imperfección.

     
    July 05

    ADIÓS, AMIGO, de Jean Herman: Complicidad masculina


    (c) 2007 by J.C.Planells
     
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    Existen películas que resultan simpáticas, aunque no sean obras maestras ni films artísticamente memorables. Es el caso de Adiós, amigo, un polar de 1968, dirigido por Jean Herman, director que no pasará ciertamente a la historia del cine en general ni del francés en particular --aunque tiene cosas interesantes--, y protagonizado por una pareja atractiva cara a la taquilla, en sus mejores años y notablemente bien conjuntada aunque a priori pudiera parecer todo lo contrario: Alain Delon y Charles Bronson.
    El film cuenta como principal baza con un buen guión de Sebastien Japrisot, hábil escritor de novela policial que ha visto llevadas al cine varias de sus obras (La dama del coche con gafas y un fusil, por ejemplo, a cargo de Anatole Litvak, entre otras varias) pero que también ha cultivado de tarde en tarde el roman de qualité: Largo domingo de noviazgo, igualmente llevada al cine con notable éxito de público (pero no de crítica, pues ya se sabe que hay películas que predisponen a los críticos en su contra por razones ignotas) hace apenas unos dos o tres años. Adiós, amigo fue un guión escrito directamente para el cine, y novelizado después (existe una traducción en castellano en Plaza Janés, en un volumen que contiene otra novela de Japrisot, publicado aproximadamente por aquellos mismos años de su estreno).
    La historia es el típico juego policial made in Japrisot: engaños, intriga, sorpresas, dobles juegos... Sus novelas suelen ser algo retorcidas (proviene un poco de lo que podríamos llamar la escuela de Boileau-Narcejac, que es algo así como William Irish a la française), pero en este caso ha simplificado un tanto los elementos. Cierto que resulta tan inverosímil como casi todo Japrisot, pero lo curioso del caso es que el espectador se desentienda de esa inverosimilitud de parte de la intriga y de no pocos agujeros de guión (ya dije una vez que este tipo de films se cocinan sobre una base de buen queso de gruyere) para prestar atención... a los personajes. Cierto, una verdadera rara avis en esta clase de películas, pero aquí lo que interesa es la conducta que observan los personajes interpretados (y muy bien, hay que señalarlo) por Alain Delon y Charles Bronson, las relaciones de amistad-enemistad que mantienen, la complicidad inesperada y no deseada en que se ven envueltos y que acaba siendo como una prueba de una cierta clase de amistad o de tolerancia.
    Delon --un médico francés llamado Dino Barreau-- y Bronson --un mercenario posiblemente americano llamado Franz Propp-- se conocen brevemente al inicio de la película, a su regreso a Francia al término de la guerra de Argelia, en la que han participado cada uno en su especialidad. Ese primer encuentro acaba a puñetazos, cuando Delon se niega a aceptar la oferta de Bronson de ir a combatir al Congo como mercenarios (la paga es buena, le dice el mercenario profesional, y si mueren algunos, serán más a repartir...); Bronson necesita un médico para su grupo de mercenarios, y su primera elección es Delon, pero éste lo único que desea es reemprender su carrera de médico en la vida civil.
    Delon ha rechazado una oferta dudosa, en efecto, pero acabará aceptando otra aún más dudosa de una muchacha --llamada Isabelle Moreau, interpretada por Olga Georges-Picot--, que esperaba encontrar a su amigo Mozart, también médico, en la misma expedición en que han regresado Delon, Bronson y los demás. Delon le da la noticia de la muerte del tal Mozart en Argelia, y acaba aceptando un puesto de médico en la importante empresa donde trabaja la muchacha, según le dice ella, para pasar revisiones médicas, tarea que debía cumplir Mozart; si Delon acepta esa oferta, lo hace para cumplir un favor que el médico muerto, Mozart, se había comprometido a hacerle a la chica. Delon, por razones personales, decide ocupar el puesto del médico muerto; tales razones son que Mozart murió al confundirle Delon con un enemigo durante el combate, como le contará más tarde a Bronson, de ahí que se haya impuesto la obligación moral de hacer por la tal Isabelle lo que el médico muerto no puede hacer; es una manera de expiar el error cometido al matar a Mozart. Señalemos ya que en esta película hay diversas obligaciones morales que los personajes cumplen sin rechistar... Otra rara avis.
    El favor --aparentemente-- que el médico muerto en Argelia iba a hacerle a Isabelle consistía en abrir la caja fuerte de la empresa aprovechando la Nochevieja --que cae en un fin de semana-- y meter en ella unos valores que la muchacha había sustraído imprudentemente, antes de que se descubra la sustracción y su culpa al reanudarse el trabajo tras las fiestas navideñas. Delon, como queda dicho, se compromete a ello. Sólo que resulta que, casualmente, (¿casualmente?) en esa caja fuerte hay guardada esa misma noche de Navidad una impresionante millonada de francos destinada a las pagas de fin de año de los centenares de trabajadores de la empresa; Delon está siendo al mismo tiempo acosado por Bronson, que sospecha se trae algo raro entre manos y por eso no quiere aceptar ir de médico con su grupo de mercenarios. Bronson, que no le quita ojo, se cuela en la empresa la misma noche en que Delon se encierra en ella para abrir la caja fuerte --tras conseguir sólo parte de la combinación-- y meter en ella los valores sustraídos... ¿y sacar el dinero? No hace falta romperse mucho la cabeza para saber que las cosas no irán como debían ir, que habrá algunas sorpresas, y que Delon y Bronson deberán compartir todo un fin de semana encerrados primero en las oficinas de la empresa, y luego dentro de la propia caja fuerte, dirimiendo sus propios problemas personales, sus diferencias de opinión y propósitos, sus ambiciones y sus escasas simpatías mutuas, a la vez que procurando escapar sin ser descubiertos tras el fin de semana.
    Como he dicho, ésta es una historia de amistad y de cumplir la palabra dada. Cuando las cosas se tuercen, Delon y Bronson se comprometerán a no delatarse, en caso de ser detenidos o descubiertos: la pena que les caería sería mayor de haber trabajado juntos en vez de si ha sido uno solo el que ha estado robando la caja fuerte. Delon será perseguido por un asesinato que no ha cometido; Bronson se dejará apresar por la policía a fin de facilitarle la fuga en un momento dado; Delon deberá luchar por no ser atrapado y para poder demostrar su inocencia, mientras Bronson está siendo torturado y golpeado por la policía mandada por el duro inspector Mélautis (el gran Bernard Fresson) para que confiese su participación en lo ocurrido en el asalto a la caja fuerte de la empresa y el asesinato que ha tenido lugar allí. A trancas y barrancas, y luchando contra obstáculos con que no contaban, metidos en una intriga de la que lo ignoran todo, Delon y Bronson saldrán más o menos triunfantes. Su empeño en no traicionarse mutuamente ya no es una cuestión de mayor o menor pena que les pueda caer, sino una muestra de honradez mutua, de amistad y complicidad.
    En la memoria del espectador quedará para siempre el encuentro final de Delon y Bronson, en los pasillos de la misma empresa, escoltado uno de ellos por la policía, observado el otro por el inspector, y la breve mirada que intercambian cuando Delon le da fuego para el cigarrillo que Bronson le ha quitado antes a uno de los policías. Las manos de Bronson sujetan innecesariamente la de Delon para acercar la cerilla al cigarrillo. Luego, cada uno sigue su camino, fingiendo ante los policías no haberse visto nunca antes de este instante, como lo han mantenido en sus respectivos interrogatorios. Creo que pocas veces el cine ha mostrado una muestra de amistad tan conmovedora como esa, ni una manera de ser fiel a la palabra dada.
    Sin duda que desde ciertos puntos de vista se le pueden reprochar al film algunas actitudes; me adelantaré a esos reproches --expuestos, conviene decirlo, por los amantes de lo "políticamente correcto"-- y los expondré yo mismo: el personaje de Charles Bronson, ese tal Franz Propp, es un machista de cuidado (vende una "muñeca" --así llama él a una chica joven-- a unos depravados aristócratas tras subastarla, para robarles mientras se distraen con ella), y el de Alain Delon es otro machista, aunque de distinta manera (no tiene reparo en soltar algún bofetón a una chica para dejarle claro quien manda). Por su parte, las dos mujeres principales de la función no son unos angelitos precisamente: Isabelle es una asesina, y junto con su amiguita Dominique "Waterloo" Austerlitz (interpretada por Brigitte Fossey) forma una pareja de ladronas y embaucadoras, aliñado todo con las aspiraciones lesbianas de la infeliz "Waterloo", que se adivina ha sido seducida y engañada por la desaprensiva Isabelle, lo mismo que ya antes embaucó al fallecido Mozart, sin duda, y en su lugar al personaje interpretado por Delon. La policía hace justicia y las ametralla a las dos. Éstos serían los argumentos de los "bienpensantes" cara a descalificar la película, como he dicho, pero se olvida --o se desconoce-- que el cine negro francés siempre ha sido machista, misógino en el mejor de los casos, y brutal con las mujeres, algo que ellas han aceptado con un entusiasmo no muy fingido. Las mejores muestras de cine negro francés suelen ser historias de amistad o complicidad masculina y en ellas la mujer es un estorbo, un objeto, o un peligro a eliminar o a sortear: esto es así tanto en Melville como en Deray o en cualquier otro cultivador de la negritud franca y brutal francesa. ¿Hay algo de eso en el cine negro americano? Sí, pero el tratamiento es distinto, la mujer es como más glamurosa. El cine negro francés tuvo una personalidad propia y no recurrió a imitar/reproducir el americano. Así, el cine francés es algo políticamente incorrecto, como he dicho, y el americano lo soslaya con el glamour por muy duro que sea, o con el amor fatal.
    En fin, una vez nos hemos sacudido de encima las objeciones de los "políticamente correctos", lo que nos queda es un film en donde se habla de amistad, compañerismo, respeto y mantener la palabra dada (algo que ha desaparecido no ya del cine, sino de la propia vida hace lustros). El mérito del film, es, indudablemente, obra de Japrisot, pero no deben olvidarse en modo alguno las magníficas aportaciones de un Alain Delon y de un Charles Bronson en plena forma, vibrantes, ajustados, felinos. 

     
    July 04

    EN RECUERDO DE FRED SABERHAGEN


    (c) 2007 by J.C. Planells
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    En realidad, no fue Nueva Dimensión quien descubrió a Fred Saberhagen para el lector español, sino que pocos meses antes --en noviembre de 1974-- ya había aparecido el primer relato suyo en castellano: "Joven ante una puerta a medio abrir", incluido en la Selección 13 de ciencia ficción que publicaba por entonces Bruguera. En junio de 1975, Nueva Dimensión le dedicaba íntegro su número 66, con la traducción del primer volumen --parte de él, en realidad-- de relatos sobre las máquinas Berserker, traducidas para la ocasión como "Asesinos", y que tuvieron una muy buena acogida por parte del aficionado a la ciencia ficción de aquellos años. Posteriormente, la misma revista incluiría ocasionalmente algún relato de la serie.
    Pero Saberhagen, aparte de esto, siguió siendo casi un desconocido para el lector español de ciencia ficción. Autor de abundante producción, había empezado a publicar en 1961 con un curioso relato, "Volume PAA-PYX", producto sin duda de su trabajo en la enciclopedia británica, y que permitía augurar un autor con originalidad e ideas. No lo demostró en su primera novela, la más bien vulgar The Golden People, aparecida en 1964. Sin duda, su mejor acierto dentro del género de la ciencia ficción fueron la saga de relatos y novelas de los Berserker, máquinas asesinas programadas para exterminar toda clase vida, creadas por una raza alienígena desconocida hace miles de años para combatir en unas guerras de las que se ignora quiénes fueron esos participantes, pues no quedó ninguno vivo. Los Berserker siguen todavía apareciendo en distintos lugares de la galaxia, o en planetas que coloniza el hombre, y suponen un peligro mortal. En realidad, esta saga, creada por Saberhagen en 1967, era una derivación de la serie de relatos Bolo iniciada por Keith Laumer en 1960 con "Combat Unit" y proseguida intermitentemente con otros como "The Night of the Trolls". Saberhagen recogió la idea de armas abandonadas tras una guerra que prosiguen dicha guerra contra combatientes o civiles ajenos a la misma, pero ampliándola: el marco de Laumer era la Tierra en un futuro cercano, el de Saberhagen toda la galaxia en un futuro lejano; las armas de Laumer, unos tanques-robots, y las de Saberhagen, máquinas semiinteligentes, frías y despiadas.
    La saga de relatos y novelas Berserker es amplia, demasiado amplia, pues una vez leídos unos cuantos pierden algo su gracia, especialmente las novelas. De todas maneras, participan sin dificultad de esa vertiente aventurera de ciencia ficción, el space opera, y se leen con bastante agrado. No parece haber mucho más de destacable en la obra de este modesto autor, muy prolífico, creador de varias sagas de fantasía y pastiches, de los cuales nos han llegado un par de (innecesarias) muestras hace unos años: La voz de Drácula y Sherlock Holmes-Drácula: El encuentro. No aportan nada especial y en algún caso incluso resultan indigestas. Tantos pastiches sobre Drácula, Holmes y Frankenstein, le hicieron candidato a novelizar el guión de la versión de Francis Ford Coppola sobre el clásico de Bram Stoker que tanto enfureció a críticos y aficionados. Es muy probable que de no ser por la simpática serie de relatos sobre las máquinas alienígenas que permanecen acechabndo en la oscuridad del espacio en busca de víctimas, el nombre de Saberhagen no hubiera pasado jamás a la historia de la ciencia ficción. Modesto autor, como ya queda dicho, será recordado por ellas. El lector en castellano puede encontrar una novela, Hermano asesino y la primera recopilación de relatos de los Berserker, Las guerras Berserker, en Pulp ediciones. También hay otra edición algo distinta de ese primer volumen, con diferente sumario, titulado Berserker: el inicio, en Ediciones B, aunque la traducción es bastante mala comparada con la de Pulp ediciones.
     

    July 03

    ÍNDICE DE ARTÍCULOS Y ENSAYOS APARECIDOS DE ENERO A JUNIO 2007

    (Relación de lo publicado en este blog en el apartado de no ficción desde enero a junio de 2007)
     
     
    Ensayos
     
    Benavente y López Rubio: El dinero, la culpa y el remordimiento (9 de enero)
    Piers Anthony (16 de enero) [previamente publicado en Blade Runner Magazine]
    Santiago Rusiñol: Burla social en "Gente bien" (19 de enero)
    Santiago Rusiñol: El pati blau: La luz que se extingue (2 de marzo)
    A propósito del artículo "Ciencia-ficción: el arte de la conjetura", de Pablo Capanna (26 de mayo)
     
     
     
    Serie "Autores olvidados"
     
    19.- Pedro Muñoz Seca: El otro muerto del 36 (17 de enero)
    20.- Renato Lelli: Teatro reaccionario (31 de enero)
    21.- Robert F. Young: Ciencia ficción poética (1 de marzo)
    22.- Josep Pous i Pagès y Jaume Vilanova: Teatro catalán (27 de marzo)
    23.- Rex Stout: Novelas de detectives (16 de abril)
    24.- Ponson du Terrail: Aventuras rocambolescas (1 de mayo)
    25.- José Luis Martín Vigil: Sacerdote y novelista (4 de junio)
    26.- Giorgio Scerbanenco: Novela negra italiana (24 de junio)
     
     
     
    Serie "Galería de Mujeres"
     
    16.- Natalie Wood: Nadie la oyó gritar (15 de enero)
    17.- Maria del Mar Bonet: Música del Mediterráneo (8 de febrero)
    18.- Susannah York: Combustión interna (16 de marzo)
    19.- Emilia Pardo Bazán: La primera feminista en España (29 de abril)
    20.- Doaa Aswad Dejil: Lapidada hasta morir (9 de mayo)
    21.- Gracita Morales: La otra cara del clown (28 de mayo)
    22.- Tina Turner: Rompe todas las reglas (15 de junio) 
    23.- Rosario Castellanos: La voz de los marginados (21 de junio)
     
     
    Artículos sobre libros y autores diversos
     
    "La canción de los misioneros, de John LeCarré" (11 de enero)
    "Mallworld, de Somtow Sucharitkul (24 de enero) [previamente publicado en Tránsito]
    "Sobre las dos ediciones de La misión Barsac, de Julio Verne" (30 de enero)
    "Bad Ronald, de Jack Vance" (1 de febrero) [previamente publicado en Opción]
    "Agatha Christie (9): Un interesante estudio sobre su obra (5 de febrero)
    "Michael Connelly: Clásico y moderno (pasando por un "state of the art") (7 de febrero)
    "El factor crítico/Dar de comer al sediento, de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez" (9 de febrero)
    "Una editorial extraña" (20 de febrero)
    "Mary Higgins Clark" (3 de marzo)
    "En la muerte de Eduardo Criado" (4 de marzo)
    "¿Vuelve el pulp? Y si vuelve, ¿por qué?" (13 de marzo)
    "Mujeres peligrosas, Selección de Otto Penzler" (15 de marzo)
    "Weird Tales (1923-1932), Selección de Francisco Arellano" (17 de marzo)
    "La lámpara roja, de Arthur Conan Doyle" (24 de marzo)
    "´El demonio negro`, de Robert Bloch" (30 de marzo)
    "Producciones García, S.A.,de Edgar Neville" (2 de abril)
    "Sam Peckinpah: Vida salvaje, de Garner Simmons" (5 de abril)
    "Partners in Wonder, de Harlan Ellison (colaboraciones)" (10 de abril) [publicado anteriormente en Fan de Fantasía]
    "¿Qué hacer con un libro mal editado?" (13 de abril)
    "Sobre P. G. Wodehouse" (18 de abril)
    "La huida, de Jim Thompson: Una nota sobre la traducción" (30 de abril)
    "Tennessee Williams en el cine, de Maurice Yacowar: Una buena excusa para hablar de un gran autor" (4 de mayo)
    "Una mirada a Daniel F. Galouye" (9 de mayo)
    "La historia de Lisey, de Stephen King" (14 de mayo)
    "Algo (nada, en realidad) sobre Pío Baroja" (18 de mayo)
    "José Mallorquí y su galería de personajes" (23 de mayo) [publicado anteriormente en Cairo]
    "Miguel Mihura en el infierno del cine, de Fernando Lara y Eduardo Rodríguez" (6 de junio)
    "Harlan Ellison: Por sus propios medios" (16 de junio) [publicado anteriormente en Fan de Fantasía
    "La novela policiaca francesa" (17de junio)
    "Backstory 4: Conversaciones con guionistas de los años 70 y 80, de Pat McGilligan" (27 de junio) 
    "El fin del sueño, de Philip Wylie" (28 de junio) [publicado anteriormente en Blade Runner Magazine]
     

    Cine
     
    "La conquista del espacio, de Byron Haskin: Con destino a Marte" (2 de enero)
    "María Antonieta, de Sofia Coppola: Seres vacíos" (6 de enero) [reproducido en bemonline]
    "La noche invita a matar, de James Goldstone: Asesinato y psicodelia" (18 de enero)
    "Apocalypto, de Mel Gibson: En busca del mundo perdido" (20 de enero) [reproducido en bemonline]
    "A las nueve, cada noche, de Jack Clayton: Una joya olvidada" (25 de enero)
    "La noche del día siguiente, de Hubert Cornfield: Interesante thriller" (11 de febrero)
    "El signo de la cruz, de Cecil B. De Mille: Religión y kitsch" (12 de febrero)
    "Me siento extraña, de Enrique Martí Maqueda. Aquí hay tomate" (22 de febrero)
    "Ciudad de silencio, de Gregory Nava: Oportunidad desperdiciada" (25 de febrero)
    "Un maravilloso veneno, de Noel Black: Juegos de psicópatas" (11 de marzo)
    "A Scanner Darkly, de Richard Linklater: Una mirada a Dick" (28 de marzo)
    "La carrera del siglo, de Blake Edwards: Larga, demasiado larga" (29 de marzo)
    "Así no se trata a una dama de Jack Smight: Un psycho-killer con gancho" (7 de abril)
    "Las manos sobre la ciudad, de Francesco Rosi: Cualquier ciudad, cualquier tiempo" (8 de abril)
    "Gente de Roma, de Ettore Scola: La añoranza" (12 de abril)
    "Seduciendo a un extraño, de James Foley: Jugando con el espectador" (15 de abril) [reproducido en bemonline]
    "El número 23, de Joel Schumacher: Empanada mental" (23 de abril)
    "Klute, de Alan J. Pakula: Sí, ¿y qué?" (25 de abril)
    "Paga o muere, de Richard Wilson: Crónicas de la Mafia" (7 de mayo)
    "Éstos son los condenados, de Joseph Losey: Un film frustrado" (17 de mayo) [aparecido anteriormente en versión más extendida en BEM]
    "Zodiac, de David Fincher: La película de moda" (19 de mayo) [reproducido en bemonline y cinearchivo]
    "Domingo negro, de John Frankenheimer: El terrorismo antes del 11-S" (28 de mayo)
    "Ocean´s Thirteen, de Steven Soderberg: Zzzzzzzzzzz.........." (12 de junio)
    "Encuentro mortal (Deadly Stranger), de Sydney Hayers: Entretenido suspense" (13 de junio)
     
     
     
    Temas varios
     
    "El caso Ashley" (5 de enero) [reproducido en bemonline]
    "Los archivos de los Bee Gees" (10 de enero)
    "La segunda temporada de The Closer" (13 de enero)
    "Joan Capri: A diez años vista de su centenario" (18 de febrero)
    "Sobre una novela que he destruido" (27 de febrero)
    "En el aniversario del 11-M" (12 de marzo)
    "Los foros de internet: una opinión" (19 de marzo)
    "Contra Madonna" (20 de marzo)
    "El caso Intervida" (6 de abril)
    "Terror Fantastic: Una revista a recordar" (22 de abril)
    "Ciudadana Bel" (3 de mayo)
    "La ciencia ficción: qué es y qué representa" (10 de mayo)
    "Cómo afrontar el voto ante estas elecciones" (15 de mayo)
    "¿Y si realmente controlan nuestro correo electrónico?" (24 de mayo)
    "Contra la gastronomía" (9 de junio)
    "Defendamos ´Polònia`" (25 de junio)
    "El fin de la era Aznar" (30 de junio) 
     
     
    Índice de ensayos y artículos (de diciembre 2005 a diciembre 2006): aparecido el 4 de enero 2007