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August 30 ODIOS DE FAMILIA(serie Relatos autobiográficos-21) (c) 2007 by J.C.Planells) Mi madre profesó toda su vida un odio absoluto a las tres hermanas de mi padre, extensivo asimismo a la mujer de uno de los dos hermanos. Es algo que advertí ya de muy pequeño, y que se mantuvo a lo largo de toda su vida. Odio, inquina, no sé cuál sería la palabra exacta. En casa no se hablaba apenas de la familia de mi padre, por tanto, y sobre todo no se debían mencionar los nombres de esas cuatro mujeres para nada; cuando, por la razón que fuese, salían a relucir --porque mi padre era tozudo cuando no debía serlo--, empezaba la discusión, de la que yo no entendía nada por ser muy pequeño. Mi padre aceptaba esa situación de muy mala gana. No se me explicaron nunca los motivos o razones que había detrás de todo esto: al fin y al cabo, yo no era más que un crío. Si alguna vez inquirí algo al respecto, mi padre lo resumía todo con un malhumorado "Manías de tu madre", una frase-comodín que le servía para todo; con el tiempo dejé de preguntar; me fui haciendo mayor, y pasó a ser algo aceptado tácitamente, sin preocuparme siquiera de investigar causas o motivos. Por otro lado, mi madre entraría en una fase en la que ya no estuvo como para atender a preguntas coherentes y dar respuestas lógicas: su mente se movía en otros mundos, aunque como dice la conocida frase, "estaban en este". Y mi padre, que sin duda conocía la verdad o los motivos de esa inquina feroz, se limitó a callársela y justificarlo todo con ese musitado "Manías de tu madre", de tarde en tarde. Así, fui creciendo y pasé de niño a adolescente, sintiendo un terror absoluto hacia mis tías y la mujer de mi tío Siset, y un cierto temor hacia el resto de la familia de mi padre, de la que no conocía prácticamente a nadie. De todas formas, a mi madre no parecían preocuparla mucho los demás parientes de mi padre: sólo esas cuatro personas; pero, dada su importancia dentro del clan familiar de los Planells, eso significaba --y supuso en verdad-- estar marginado de prácticamente toda la familia. A esto debe añadirse que si bien de mi padre se pueden decir muchas cosas positivas, también debe decirse una negativa: fue toda su vida un cobarde, y esa cobardía la acabamos pagando todos con el tiempo: su esposa --mi madre-- y yo, porque afectó a no pocos terrenos de nuestra vida familiar. Cobardía aplicada a cuanto significara enfrentarse a un problema grave, a algo importante que había que solucionar, a tomar una decisión de mayor o menor calado, a mejorar el nivel de vida, a todo cuanto repercutiera en nosotros. Entre afrontar esa situación o ese problema y sentarse en una silla a esperar que pasara el tiempo y el asunto en cuestión fuera olvidándose o se arreglara solo, mi padre eligió siempre esta última opción, simplemente para "no complicarse la vida" como me dijo una vez en un raro arranque de sinceridad (con lo cual lo único que consiguió siempre fue complicársela hasta extremos verdaderamente increíbles y penosos). No debe entenderse nada de esto como un reproche: los muertos están más allá de todo reproche posible, y los vivos ya cometemos nuestra propia carga de insensateces, errores y despropósitos como para pensar en ir a pedirles cuentas a quienes nos precedieron. No es un reproche, repito, sino la constatación de un hecho. Como he dicho, yo era un crío cuando empecé a darme cuenta de ese odio que manifestaba mi madre hacia parte de la familia de mi padre, y sin entender el porqué, lo aceptaba como un fait accompli. A medida que iba creciendo y dejaba de ser un niño para convertirme en adolescente, y luego dejaba atrás la adolescencia para entrar en la primera juventud, mi padre empezó a pensar --con no poca fatiga-- que alguna vez tendría que conocer a mis tías y a mis tíos, a toda la familia de Blanes y de Arenys, algo a lo que mi madre se oponía con una feroz energía. Mi padre soportaba muy mal el que yo, su único hijo, no pudiera conocer a su familia; a mi madre se le adustaba el rostro y la voz se le metalizaba y volvía cortante cuando por la razón que fuera salían a relucir los parientes de mi padre. Por lo demás, no parecía oponerse a que viera al hermano de mi padre que vivía en Arenys, o a mis primos de Barcelona; le resultaba indiferente, en el mejor de los casos. En todo caso, ella sí que no deseaba saber ni ver a nadie --a nadie en absoluto-- de la familia de mi padre, aunque no sintiera hacie ellos el odio que sentía por las cuatro mujeres que he dicho. Así, desde que nací yo y hasta el día de su muerte, a mi madre no la vio familiar alguno de mi padre por expreso deseo e imposición suya. No los quería en casa; no quería ir a verlos; no quería saber nada de ellos y no quería ni que se acercasen a mí nunca jamás. A las segundas generaciones --mis primos, es decir, los hijos de sus hermanos y hermanas-- les quedaba a causa de esto la impresión de que mi madre era una loca, una maniática, alguien que no estaba bien de la cabeza, etc., etc. Una bonita leyenda urbana que se encargaron de hacer circular con fruición. De hecho, con el tiempo, llegó a ser cierto, como se contará en el episodio final, pero aun así mi madre adquirió entre ellos --o algunos de ellos gracias al boca a boca-- esa fama de "tarada mental" que tanto cuando no era verdad como cuando sí lo fue, no pudo quitarse de encima. Yo, con el tiempo, para casi todos ellos --o para algunos de ellos al menos, gracias al mismo boca a boca-- soy "el hijo de la tarada mental", y probable heredero de dichas taras. No voy a negar que tengo taras mentales, pero las he adquirido por mí mismo (¿con ayuda o desayuda de alguien?: de todo cuanto nos ocurre, nosotros mismos somos los primeros responsables... y luego los demás, les guste o les haga reventar de rabia). (Aquí debería hacerse un inciso: un inciso, sí, para hablar del temor que la gente, casi toda la gente, siente hacia las personas cuya mente no funciona con normalidad. Vivimos en una sociedad que teme la enfermedad mental: los locos, los anormales, los tarados, los excéntricos, los raros, los friquis, los que "no están bien de la cabeza", se llamen como se llamen, inspiran miedo, temor, una cierta desconfianza. No es algo innato en nuestra sociedad actual: viene de siempre, de toda la vida. Es decir, no es algo que haya venido "con los tiempos", como a veces dicen los idiotas para criticar la sociedad actual. Ese miedo al enfermo mental ha existido desde siempre. Puesto que esa persona no funciona ni coordina sus ideas, no puede mantener una relación normal con los demás, y los demás acaban por ponerse nerviosos y olvidarse de su --molesta para ellos-- existencia. Para los demás es un alivio no verle nunca, olvidarse de él, porque eso además significa menos esfuerzo en tratar de comprenderle, ya que, ¿cómo se razona con un maniático, un anormal? Este temor sigue existiendo hoy día, quizá no tanto como años antes --aunque no pondría la mano en el fuego asegurando esto--, pero en la sociedad occidental el "distinto" mentalmente sigue experimentando temor y rechazo entre la gente. Y si encima se ve obligado a convivir en el día a día con los demás...) Mi relación, pues, con la familia --numerosa familia-- de mi padre fue siempre escasa, y ha sido siempre escasa incluso tras la muerte de mis padres. En vida de mi madre, sólo algunos parientes muy lejanos estaban a salvo de este odio feroz (una especie de primos lejanísimos que vivían en la Ronda Sant Pau, y de los cuales uno de ellos se casaría con mi prima directa, la fallecida Fina Planells). Recuerdo de muy niño una escapada para ver a mi abuela poco antes de que muriera (su muerte casi originó un pleito familiar entre mi padre y el resto de la familia a instancias de mi madre: cuestiones de herencia; no hubo pleito nuevamente por cobardía de mi padre, aunque mi madre le arrastró a ver a un abogado llamado Portabella: recuerdo esa visita y la casa de Portabella, inmensamente llena de libros); unas visitas a Cadaqués, nada problemáticas puesto que allí los pocos parientes de mi padre que aún permanecían en el pueblo eran primos lejanos, y además estaban los Dalí, parientes lejanos de mi madre y colegas de mi padre (es curioso: Ana Maria Dalí idolatraba a mi madre, pero nunca supe el motivo); también hubo algunos veraneos en Blanes, cuando yo andaba cerca de los doce años, porque a mi madre las playas de la Barceloneta le parecían ordinarias. Pero en Blanes era donde estaba parte del peligro, de lo que ella consideraba peligro para mí. Sí, veraneé en Blanes diversas veces, y me enamoré de ese pueblo y de esa cala que se halla a unos quince minutos a pie. Nos alojábamos en una casa de huéspedes, en una calle que daba al Carrer Ample, mientras mi padre se quedaba en Barcelona trabajando (o teniendo un lío con Dora, una mujer de la limpieza que venía por casa por aquellos años y a la que mi madre puso de patitas en la calle apenas regresamos). Por supuesto, no hace falta decir que nunca nos acercábamos adonde residían los parientes de mi padre. Mi madre llegaba a pronunciar los nombres de las mujeres de los dos hermanos de mi padre con particular rabia, y yo llegué a imaginarlos como casi unos monstruos llenos de maldad, a sentir un verdadero temor hacia aquellas cuatro mujeres, capaces, por cómo hablaba mi madre de ellas, de las peores atrocidades, de las maldades más crueles, de infligirme los mayores daños si yo caía en sus manos. Y viví con ese temor durante toda mi niñez y adolescencia. Hasta que no fui algo más mayor, cuando tenía diecisiete años, no conocí a las tres hermanas de mi padre. Acudí a conocerlas arrastrado por mi padre; para entonces mi madre vivía ya encerrada en su mundo y no se enteraba de nada; fue por eso que mi padre se armó de valor y decidió que "era el momento". Fuimos los dos a Arenys de Mar, donde entonces vivían y trabajaban mis dos tías solteras --luego se trasladaría a Blanes--, y yo iba con verdadero temor, ésa es la verdad, trasladable más adelante a la esposa de Siset, el hermano de mi padre, que vivía en Blanes, y que completaba el cuarteto de malvadas a decir de mi madre. Y aunque con el tiempo aprendí a tratarlas y les tomé un cierto afecto y confianza, nunca he podido olvidar ese odio feroz, implacable, que mi madre les profesó hasta el último día de su vida, odio tanto más extraño cuanto que en una ocasión, hace varios años, ellas mismas me mostraron unas fotos de mi madre cuando era joven, bañándose en una playa en su compañía, la mar de amigas y sonrientes. Uno no puede contratar a Sherlock Holmes para que le resuelva misterios familiares, misterios que se remontan a antes del propio nacimiento, que nadie quiere comentar ni explicar, y que muchos de quienes pudieron hacerlo ya han fallecido: pocos quedan ahora mismo con vida ya. Y uno se da cuenta de que es más fácil resolver cualquier misterio en la ficción, por modesto que sea, porque ello permite restablecer el orden lógico y deseable de la vida y de cuanto nos rodea y de las personas que nos gustan. Es más satisfactorio solucionar la vida de ficción de unos modestos personajes creados por uno mismo, arreglar sus problemas, proporcionarles un héroe y unos amigos que puedan encauzarles la vida o resolver sus misterios, embellecerles el futuro, devolver la lógica al mundo de ficción, porque como no es posible arreglar la mierda de vida que llevamos, nos consolamos así haciendo felices a seres imaginarios. No existen héroes que puedan resolver nuestros misterios familiares, encauzar nuestras vidas desarregladas ya antes incluso de que naciéramos. Recuerdo de niño cuando se mencionaba la familia de mi padre y los comentarios duros y tajantes de mi madre, las débiles protestas contemporizadoras de mi padre, como he dicho. Mi madre tenía verdadero temor de que ellas --las cuatro mujeres-- me hicieran algún daño o atentaran contra mí, y yo viví toda mi niñez y adolescencia con ese mismo temor, con el temor de conocerlas alguna vez y de lo que que me podría ocurrir en tal caso. Así que, cuando mi padre venció sus propios temores y consideró que yo, con casi diecisiete años, debía empezar a conocer a sus parientes --sus hermanas, sus hermanos, las esposas de éstos, los muchos hijos que eran por consiguiente primos míos...--, me encontré con que debía aprenderme casi un árbol genealógico en plan cursillo acelerado. Lo simplificaba un poco el que dos de las hermanas de mi padre eran solteras, pero aun así tardé años, realmente años, en aclararme con tanta gente: Mi padre recitaba nombres y parentescos como si se tratara de una letanía, cada vez que íbamos a Blanes o a Arenys para ver a este o al otro o nos tropezábamos con aquél o el de más allá, y mi cabeza no podía procesar ni digerir toda aquella información de golpe. Había demasiados nombres, demasiados hermanos, con sus mujeres, con sus hijos, o hijas, con las mujeres o maridos de éstos, y sus propios hijos... Era una lista demasiado enorme, amplia y abarrotada. Así, a cada nueva --y espaciada-- visita a Blanes o a Arenys de Mar, cuando mis dos tías aún vivían y trabajaban allí, y su hermano Anton también, mi padre reanudaba el recitado de nombres, matrimonios e hijos para que yo me lo aprendiera poco a poco. Era algo cansino, fatigoso. A día de hoy, aún algunas cosas no las tengo claras y sigo sin tener una idea exacta de muchos de ellos, en especial de las segundas generaciones. Lo que sí tengo presente es el temor que yo sentía en aquel entonces al tener que conocer a tanta gente por primera vez, y que, con el paso del tiempo, aún no me acostumbro a considerar como parientes; sin olvidar que algunos de ellos, como ya he dicho en otros capítulos, han tenido para conmigo una conducta despreciable en determinadas ocasiones (no en vano soy "el hijo de la tarada"). Hace un par de años, de manera inesperada, supe la razón de ese odio, de esa inquina. El misterio se resolvió de manera inesperada, y entonces lo comprendí todo. Lo supe por alguien vinculado a las segundas generaciones. Y resultó ser una de esas historias familiares, sucias y repugnantes, de las que nadie quiere hablar y que quienes la conocen prefieren olvidarlas, como si nunca hubieran ocurrido. Y creo que me la contaron así, de manera imprevista, sin venir a cuento, tras tantos y tantos años, tras tantas décadas, debido a ese factor "odio" que esta familia mía --o una parte de ella al menos-- tiene a buen recaudo y saca en las grandes ocasiones para joder a los demás, y que se ha transmitido a algunos miembros "selectos" de las segundas generaciones, como si de una enfermedad o tara genética se tratase. Todo se remontaba a antes de mi nacimiento y tenía que ver con la muerte de mi hermano. Según me contaron, pues, cuando mi hermano estaba ya prácticamente desahuciado, uno de los médicos le habló a mis padres de un medicamento obtenible en Londres que podía curarle. Pero su precio era muy elevado. La economía de mi padre era un desastre --estoy hablando de 1948--, y no tenía la menor posibilidad de poder comprar aquella medicina. Mi madre --que tenía como únicos parientes vivos un hermano que vivía en Argentina y no dio nunca señales de vida y una hermana majadera-- acudió a implorar ayuda económica a las tres hermanas y a la esposa de uno de sus dos hermanos--, y la ayuda le fue negada. Mi hermano murió atrozmente y mi madre culpó siempre de esa muerte a las cuatro mujeres. No voy a ser yo precisamente quien culpe a mi madre por ese odio feroz, mantenido fielmente a lo largo de su vida. Puede que el medicamento no hubiera salvado a mi hermano: es algo que no podemos saber; pero tampoco hubo ocasión de comprobarlo. Tampoco sé cómo transcurrieron las entrevistas entre mi madre y las cuatro mujeres. Sólo quedan ahora mismo dos con vida para contarlo y no creo que les apetezca mucho hablar de ese tema a su avanzada edad. Mi madre, pues, de cara a la familia de mi padre --y a las posteriores generaciones, incluido el primo millonario y desvergonzado al que ya he mencionado alguna vez-- se convirtió en una pobre enferma cargada de manías que no estaba bien de la cabeza (algo que con el paso del tiempo sería lamentablemente cierto) y de la cual se evitaba hablar excepto para preguntarle a mi padre, con forzada cortesía, "cómo está la tía Carolina/cómo está Carola", por aquello de quedar bien y que yo notase que se preguntaba por ella --al menos estando yo presente...--. Yo veía tanta hipocresía en esa pregunta cuando la formulaban algunos de ellos, que me sentía molesto. La única persona que recuerdo haberse interesado verdaderamente por mi madre, sin fingimientos hipócritas y corteses, fue Ana Maria Dalí, pocos años antes de la muerte de mi madre, llorando por teléfono al ver que no la reconocía. Ocurre en la vida que uno debe elegir bandos, lo mismo para cosas tan frívolas como un puto equipo de fútbol, como para cosas mucho más serias, tales como apoyar o no a un amigo ante un problema. Ocurre asimismo que el odio es algo terrible, y vivir odiando es sencillamente enfermizo. No debe vivirse así, no se puede, no hay que hacerlo; el alma enferma, el espíritu se destroza, y el odio lo mancha todo y lo contamina todo, como si fuera un cáncer. La vida vivida con odio no es vida. Pero: puestos a elegir entre el bando de los que (aparentemente) se negaron a prestar ayuda (pudiendo acaso hacerlo) para salvar (quizá) la vida de mi hermano, y el bando de mi madre, sola y enfrentada a la inminente muerte de su hijo, un niño de cuatro años... --y a causa de cuya muerte nací yo, para mayor desgracia aún--, si en tal caso he de elegir un bando, me parece que debería de resultar muy fácil imaginar a cuál prefiero. Creo que se tiene que notar a la fuerza en cuanto escribo de ficción. Con el paso de los años, las décadas, con diversas otras circunstancias de mi vida, yo también he acabado profesando inquina --no diré que odio, pero en algún caso algo parecido-- a ciertos familiares de mi padre. Los motivos son distintos, las causas algo semejantes, el trasfondo el mismo. Ellos pertenecen a un mundo y yo a otro, y no hay entendimiento posible, ni les preocupa que lo haya. Los días, los meses, los años van pasando y no queda ya tiempo para reconciliaciones, ni voluntad por ninguna de las partes. A ellos eso les da lo mismo. A mí ya también me da todo lo mismo. FIN. August 29 JACINTOS, de Chelsea Quinn Yarbro[La presente crítica se publicó en el número 13 de Tránsito, marzo de 1985. Esta novela, titulada en inglés Hyacinths, era inédita entonces en castellano y sería publicada finalmente por Jucar a principios de los años noventa. La crítica se hizo a partir de la lectura de la traducción francesa y me he limitado a cambiar ahora el título por el que fue publicada en castellano en lugar del original inglés.] (c) 1985 by J.C. Planells ![]() Pienso que ésta es una novela que le hubiera encantado a Philip Dick, tanto por su trama argumental como por alguno de sus personajes, especialmente ese Tony Mackenzie que casi parece arrancado de alguna de sus novelas, con esa carga de fatalismo, de fracaso y de sacrificio final que nos ofrece el personaje. Jacintos, un extraño título, nos narra cómo en un futuro que puede ser mañana mismo, los sueños han sustituido a cualquier otra forma de espectáculo: el teatro, el cine, los conciertos, incluso el vídeo han sido arrinconados, olvidados en alas de una nueva y absorbente forma de entretenimiento: soñar, vivir en realidad, los sueños de otras personas, los sueños de verdaderos especialistas en "soñar", que unas cuantas empresas explotan comercialmente, obteniendo buenos dividendos. Pero el "soñador" es también un prostituto: vende su mente, agota su capacidad y sus "musas" son más sus proxenetas que no sus aparentes ayudantes-asistentes. Al cabo de poco tiempo, los soñadores enloquecen, sus sueños se convierten en pesadillas, tienen que ser retirados, convertidos en esquizoides y unos cuantos aprovechados explotan ilegalmente esas horrendas pesadillas que ahora producen en el mercado negro, con aún más sustanciosos dividendos. Por Jacintos desfila una triste galería de personajes: por un lado, los soñadores, generalmente ilusos o ingenuos que no creen llegar a enloquecer hasta que ese instante les alcanza. Por otro, los encargados de las Redes de Sueño, los psicólogos que les atienden, los directivos de las compañías, los productores. Tenemos a Jehanne Bliss, cuya máxima aspiración es conseguir un puesto en el consejo de administración de su Red y para lo cual no manifesta tener escrúpulo alguno: divorciada de Tony Mackenzie, se une sentimentalmente a Nash Harding, un jefecillo con todavía menos escrúpulos que ella, quien sólo pretende a su vez explotarla para posteriormente negociar con el mercado negro y montar su propia Red. Hay una clara conducta amoral por parte de Jehanne y de Nash, cuyas relaciones son superficiales, motivadas únicamente por la secreta esperanza de ambos de apoyarse en el otro y llegar a lo que se desea: el puesto en la administración. y la independencia empresarial. Entre ambos, Tony se debate como un ser confuso, metido en algo que no le gusta, pero que trata de resolver en lo posible hasta que finalmente no le queda otra solución que arrojar la toalla, dejar la Red e investigar qué ocurre con los Soñadores y con los consumidores de sueño. Una serie de tumultos y revueltas sacuden el país de parte a parte y la solución, según los directivos, es producir más sueños para que sean consumidos. Tony, al borde ya de la esquizofrenia una vez se ha convertido también en un soñador, descubre con horror que son los sueños mismos los que están convirtiendo en locos a todos quienes los consumen: los sueños de los soñadores a punto de caer en la esquizofrenia y los sueños difundidos por el mercado negro. Uno de los personajes dice en un momento de la novela: "Nunca sabremos si las estadísticas son ciertas: si se consumen más sueños legales o más sueños del mercado negro". Tony, antes de caer en la locura total, trata de convencer a Jehanna de que lo detenga todo, pero los engranajes están ya en marcha y no es posible detener nada. Una triste visión la que nos propone esta novela de Quinn Yarbro, autora que tras unos comienzos más bien irregulares, se ha ido afianzando en obras tan interesantes y tan trabajadas como False Dawn, Ariosto furioso y esta Jacintos, novela amarga y desesperada donde las haya, no tan amarga y desesperada por su forma como por su fondo, ese fondo de amoralidad, desprecio, vaciedad y falta de sentimientos que demuestran sus personajes, exceptuando a Tony Mackenzie, quien permanece como el único ser lúcido en un mundo carente ya de sentimientos. "El sueño de la razón engendra monstruos", se dice. Pero la divisa comercial de esas redes comerciales podría muy bien ser: "La razón de nuestro sueño es engendrar monstruos". La novela concluye con una nota tan desesperada como el enloquecimiento lento e irreversible de los infortunados soñadores. August 27 GALERÍA DE MUJERES (25): RICHMAL CROMPTON: La creadora de Guillermo(c) 2006 by J.C. Planells
![]() Aunque ya apareció en dos entregas de la serie "Autores olvidados", una dedicada a su obra y otra dedicada a la caótica edición en castellano de la misma, no veo motivo para que no aparezca también en esta serie, dedicada al fin y al cabo a mujeres que me parecen admirables por los motivos que se explican --o que intento razonar-- en cada una de las entradas correspondientes: por las virtudes a veces distintas o incluso opuestas que las han hecho destacables; por romper moldes en algún aspecto u otro de la vida o el arte; o por sus vidas, no siempre felices, la mayoría de las veces infortunadas. Esta serie no pretende nada más que ser un modesto homenaje a ellas.
En España, durante mucho tiempo, la gente creía que Richmal Crompton era un señor. Ese nombre tan extraño (Richmal) nos sonaba a masculino, y más de un lector --yo incluido-- debió de pensar que sólo un hombre podía escribir de manera tan magistral las aventuras y diabluras de una pandilla de chicos de once años, así como de sus familias, amigos y enemigos, compañeros y rivales, hermanos, parientes y vecinos. Pues no. Un día nos enteramos de que Richmal Crompton era una mujer, la prototipo casi de la mujer inglesa: delgada, perfil de pájaro, físicamente insignificante, escaso atractivo... Podía ser muy bien una de las tantas vecinas o solteronas que aparecían en cualquiera de los episodios de las aventuras de Guillermo, su personaje favorito y que la elevó al éxito mundial.
No deja de ser curioso esto, porque siempre se ha dicho que las mujeres, al igual que los gatos, carecen de sentido del humor (bueno, las mujeres y los gatos se parecen en muchas cosas). Sin embargo, gracias a los vídeos domésticos hemos aprendido que los gatos hacen cosas absolutamente divertidas cuando creen que nadie los ve. De la misma manera, muchas mujeres han desplegado con su pluma un sentido del humor realmente memorable cuando han dispuesto de eso que reivindicaba Virginia Woolf: una habitación propia. Y Richmal Crompton demostró uno de los más puros, clásicos y memorables sentidos del humor de la literatura británica. Cierto que escribía para niños, pero a veces, al releer sus libros, uno se da cuenta de que hay matices en su humor que un niño no acabará de captar del todo, que su sentido del humor es --lo dije en los artículos de "Autores olvidados" a ella dedicados-- pariente cercano de los hermanos Marx (aunque de hecho ella empezara antes) y en cierta forma predecesor del posterior de Monty Python. En suma, la escuela más brillante del humor inglés (hecha la salvedad "marxista"), que tantos y tan grandes cultivadores ha dado (pero también otros menos grandes, como el a mi juicio sobrevalorado y mansurrón P. G. Woodehouse).
Aún tiene más mérito ese despliegue de humor enloquecido de Richmal Cromoton si tenemos en cuenta que pasó la mayor parte de su vida enferma (ya digo que las mujeres que aparecen en esta serie no han sido en la mayoría de los casos un modelo de felicidad). Nacida en 1890 como Richmal Crompton Lamburn, hermana de un conocido escritor --John Lambourne--, hija de un pastor protestante, fue profesora de literatura entre 1914 y 1924. Para esa fecha ya había empezado a publicar sus primeros libros sobre su personaje de Guillermo Brown, que previamente aparecieron en revistas como relatos sueltos a finales de la década de 1910, así como otros escritos diversos, con lo cual le resultaba cada vez más difícil compaginar sus tareas docentes con su pasión por escribir, que aumentaba más y más ante la alarma de sus superiores. Sin embargo, esto se solucionó de manera tan inesperada como dramática: en 1924 contrajo la poliomielitis, perdió el uso de la pierna derecha y tuvo que andar con muletas. Esto la retiró, por tanto, de sus tareas como catedrática de literatura y la clavó en una silla ante la máquina de escribir para el resto de su vida. Y escribió atareadamente, en silencio, en retiro, cuidando su maltratada salud, haciendo reír a millones de personas en todo el mundo, hasta su muerte en 1969, a los 78 años, dejando inconcluso su último libro sobre su personaje ya inmortal.
Aunque sea conocida por las aventuras de Guillermo y los Proscritos, en sus inicios alternó con otras obras, algunas de las cuales han sido publicadas en castellano no hace mucho: relatos de tipo fantástico o sobrenatural, preferentemente. También escribió algunos pocos libros sobre otro niño, Jimmy, sin demasiada incidencia. No tuvo una vida alegre debido a su enfermedad, pero se pasó el resto de su vida, desde los 34 a los 78 años, alegrando la vida de los demás en todo el mundo. Y aún lo consigue hoy día.
August 25 BIGUNE VA A LA ESCUELA
(c) 2007 by J. C. Planells
Dedicado a José Luis, de Valencia, que quizá inspiró algo de este relato. JCP.
August 24 OLIVER TWIST, de Roman Polanski: Una película enojosa(c) 2007 by J.C.Planells
![]() Este Oliver Twist made in Polanski tan bien recibido por la crítica casi unánimemente me parece una película sumamente molesta, enojosa. Aparte de su total vacuidad --éste es un film hueco, sin vida, sin energía, sin garra, sin profundidad, superficial, anodino...--, lo más irritante de él es su continua repetición de fórmulas visuales procedentes del Oliver! de Carol Reed, el cual a su vez adaptaba y adoptaba otras del anterior Oliver Twist de David Lean... Al parecer, cada nueva versión del clásico de Dickens se limita a echar mano de las anteriores y así ahorrar/facilitar el trabajo de los decoradores, atrezzistas, maquilladores, por no hablar del propio director: ¿Cómo se rodó esto en la versión de Reed? Pues hagámoslo igual, que ya quedaba bien. (Podría citar también otra versión estrenada directamente en vídeo hace unos ocho años, más o menos, en que se proseguía el espíritu copista, aunque de director insignificante y actores mediocres cuyo nombre no recuerdo ni me apetece.)
¿Es tan difícil de adaptar cinematográficamente la novela de Dickens? David Lean hizo su versión en 1947, y la tomaremos como canónica, aunque lógicamente hubo otras anteriores, especialmente en el cine mudo, que no conozco o no recuerdo). En todo caso, la suya fue muy celebrada, contando con un Alec Guinnes en el papel de Fagin que enfureció a ciertas capas sociales en aquella época. En 1968, Carol Reed filmó su Oliver!, que en realidad no era sino la adaptación cinematográfica de un exitoso musical sobre la novela de Dickens; algunos de sus actores (Ron Moody, Shani Wallis) repitieron en pantalla sus personajes en la versión escénica. El film de Reed era un film edulcorado --lógico, siendo un musical-- y tirando a "bonito", pero sin duda era un espectáculo cinamatográfico-musical interesante (la crítica lo despedazó sin piedad y la Academia de Hollywood lo llenó de Oscars... nada sorprendente ninguna de ambas reacciones). Reed tomaba en su versión algunas cosas de la de Lean en cuanto a escenografía, vestuario, fondos, planificación... aunque al contar con color y pantalla ancha se notaba menos (lo que a Polanski, al contar también con color y pantalla ancha hace que se le note más).
Roman Polanski, a quien la adaptación de clásicos de la literatura se le da entre mal y muy mal (recordemos un pésimo Macbeth y una mediocre Tess), lo vuelve a demostrar en este aséptico e inocuo Oliver Twist. Y es que, para empezar, ¿es una versión de la novela de Dickens o un remake de la versión de Carol Reed? Polanski no ha ocultado su admiración por el film de Reed (debe de ser la única persona que lo admira, y no creo que a los críticos les haga gracia saberlo), pero de eso a imitarlo con todo descaro... El guión, ciertamente, se aparta un poco del de Reed, pero éste a su vez se apartaba también un poco del de Lean. Pero no pocas escenas aparecen filmadas tal cual lo hizo Reed, lo cual, sobre todo en las primeras escenas de la película, llega a resultar casi indignante. ¿Carece de personalidad Polanski? Coloca a actores y cámara en los mismos lugares en que los puso Reed y filma casi igual varias de las escenas. Por no hablar del vestuario idéntico, las mismas calles, los mismos decorados en la mayoría de lugares... Detalle curioso, los personajes de Beth y Nancy, que vestían respectivamente de verde y rojo en el film de Reed, aquí visten respectivamente, de rojo y verde: ha invertido los colores. Hombre, muchas gracias por el "detalle". En la escena del comedor del hospicio, da la impresión de que Bumble y el resto de burgueses sean los mismos actores que usó Carol Reed (de no ser que sin duda muchos hayan ya fallecido...); la escena, además, parece la misma, como parece la misma el robo ante la librería donde está el señor Brownlow; la visita de Nancy a casa de éste para pedirle que acuda al puente de Londres a medianoche está filmada exactamente igual, colocando a la actriz y la cámara tal como los colocó Reed...
Las diferencias --pues también las hay, y no se puede decir que sea para mejor...--, respecto a la versión de Reed son su Bill Sykes convertido en un personaje caricaturesco, gracias a un actor inepto llamado Jamie Foreman, y su Nancy, personaje absolutamente ininteligible para el espectador gracias también a otra pésima actriz: Leanne Rowe; no caeré en compararlas con Oliver Reed y Shani Wallis en los mismos papeles para la versión de Carol Reed porque no hay comparación posible: lo malo nunca se puede comparar con lo bueno. Lo más lamentable y triste: ver a un espléndido actor como Ben Kingsley hacer una interpretación mísera y vulgar; Ron Moody estaba ciertamente histriónico en su Fagin para Carol Reed, pero Ben Kingsley... está ausente, y esto sí es realmente grave. Dato positivo: los actores que interpretan tanto a Oliver Twist como al Truhán en la película de Polanski son mucho mejores que Mark Lester y Jack Wild en la de Reed. Algo es algo.
Es realmente difícil soportar el visionado de esta película por su continua repetición de planos y escenas copiadas del film de Carol Reed, y se hace difícil creer que nadie lo haya notado entre los que han alabado la película, y se hace también difícil creer que nadie haya comparado tampoco el Polanski-Reed con el film de Lean. Sólo la ignorancia de estas versiones hace posible pensar que por ello muchos lo hayan saludado como una magnífica película; yo no puedo hacerlo. No, porque el film carece de personalidad, el guión es inconsistente y el mal uso que se hace de personajes como Nancy y Bill Sykes incluso vuelven incomprensibles todas sus escenas (o bien ha habido un "recorte" de sus escenas, porque ciertamente sólo habiendo visto las versiones anteriores y conociendo la novela, se entienden estos personajes y las relaciones entre ellos y Fagin además de con Oliver).
Al llevar al cine una obra clásica de la literatura, se puede hacer bien o mal: de acuerdo, esto parece una perogrullada. Pero lo que es inadmisible es que se haga sin personalidad, limitándose a copiar lo mismo que hicieron otros antes. Ciñéndonos solamente a Dickens, he visto dos versiones distintas de Historia en dos ciudades, una protagonizada por Ronald Colman y otra por Dirk Bogarde, y no había la menor semejanza entre ellas, independientemente de que una fuera notable y la otra discreta desde el punto de vista artístico. Lo mismo digo respecto a David Copperfield, una versión magnífica y otra sumamente mediocre que en nada se parecían. Aquí, Polanski no nos ofrece nada: se limita a copiar, y cuando se desvía de versiones anteriores, no es para mejor. En fin, señalemos como lo único cinematográficamente notable, además de original de Polanski, es la escena en que Oliver visita a Fagin en la cárcel: lástima que sea la última escena del film, cuando por lo visto Polanski se acordó de hacer algo que valiera la pena.
Y uno no puede evitar preguntarse qué fue del Polanski de La semilla del diablo y Chinatown. Da la impresión de que ese director se tome unas muy largas vacaciones cinematográficas, en el plano creativo. Veamos: ¿Qué?, Macbeth, Piratas, La novena puerta, Tess... Y cuando rueda algo más o menos visible, como La muerte y la doncella, recibe palos de la crítica. Polanski perdió el norte tras Chinatown y no lo ha recuperado.
August 23 "POESÍA POLICIACA", ESCRITA POR DIÓGENES [La poesía prosigue durante unas cuatrocientas estrofas más, pero me he limitado a ofrecer sólo esta repelente muestra. Consulten a su farmacéutico o visiten a su médico de cabecera.] August 22 MARK TWAIN: Los diarios de Adán y Eva(c) 2007 by J.C. Planells
Existen en castellano diferentes ediciones de unos escritos de Mark Twain, titulados "Diario de Adán"y "Diario de Eva", que parece ser fueron escritos respectivamente hacia 1904 y 1906, es decir, pertenecen a su etapa final como escritor, caracterizada por el escepticismo, la melancolía y una visión desengañada de la humanidad, como ya tuve ocasión de señalar a propósito de un comentario sobre Wilson, el chiflado hace meses. Estos dos textos han aparecido en recopilaciones, como La Biblia según Mark Twain, en la colección Avatares de Valdemar, que además ha reciido en un pequeño volumen de su colección de bolsillo Diógenes ambos textos. Confieso que siempre sentí reticencia a leerlos, porque me parecía un tema nada interesante. sin embargo, al caer en mis manos un antiguo volumen de la colección austral titulado Fragmentos del Diario de Adán y Diario de Eva, donde además de ellos se reúnen otros escritos inéditos del autor, y puesto que ambos sólo ocupan las primeras 40 páginas, decidí hacer el esfuerzo de leerlos. Dicho esfuerzo, que no ha sido tal, ha merecido realmente la pena. Y no sólo eso, sino que se trata de una lectura muy recomendable. Los dos textos son muy distintos, casi opuestos: humorístico el de Adán, poético y romántico el de Eva; ambos se complementan y narran hechos parecidos, pero según la visión de cada personaje. El Adán que escribe su diario es un ser gandul, un indolente que detesta el "domingo" --día de descanso-- porque ya descansa los otros seis días de la semana, así que no le ve utilidad. El "nuevo ser" (Eva) le fastidia y no entiende ninguno de sus actos ni su manera de estar haciendo cosas a cada momento, obligándole a dar nombre a los animales y a las cosas, como si esto fuera necesario. Trata de escaparse de ella, pero el nuevo ser no hay manera de que desaparezca. La expulsión del paraíso no mejora gran cosa a Adán, que sigue siendo igual de zopenco que antes, aunque ahora bendice el "domingo" porque al menos puede descansar...
Eva, en su diario, en un ser todo curiosidad, todo intelecto, todo conocimiento; se fija en todo lo que llena el Paraíso y trata de averiguar su funcionamiento; descubre el fuego de manera accidental, viaja a lomos de animales y explora todos los lugares; descubre la gravedad y trata de entenderla y razonarla. Para ella el Paraíso es una maravilla que explorar, mientras que su compañero se limita a pasar el día tirado en el suelo y dormitando apoyado en un tronco. El Diario de Eva se alterna hacia la mitad con algunas entradas de Adán, que parece aceptar finalmente a su compañera, aprendiendo quizá de ella. Lo demuestra la última entrada de Adán en todo el texto, una frase que graba en la tumba de Eva tras su muerte: "Dondequiera estuvo ella, estuvo el Paraíso". Lo cual, Mark Twain lo deja claro en su texto, equivale a que el Paraíso pueden ser las personas que nos rodean...
Estos dos textos, complementarios, forman una unidad de hecho y se convierten en uno de los mejores escritos del autor americano, independientemente de su breve extensión. Se puede extraer la muy interesante moraleja de que si en el mundo hay algo que valga la pena, no es el hombre --un ser gandul y acomodaticio--, sino la mujer: un ser activo, ilusionado por el mundo que la rodea y del que procura extraer lo mejor. Si el hombre llega a redimirse y a sacudir su estulticia, será gracias al estímulo de la mujer, de una mujer, de esa mujer. Un texto ciertamente curioso, que va más allá del presunto humorismo bíblico o de interpretaciones al respecto. O sea: no hay textos menores, sino obras mayores.
August 20 HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE, de Henry Hathaway: Notable western primitivo(c) 2006 by J.C. Planells
![]() Realizada en 1933, esta película es una de las ocho adaptaciones de novelas de Zane Grey con las que Henry Hathaway inició su carrera como director cinematográfico un año antes, y es una de las tres que no se estrenaron en su tiempo en España, aunque actualmente existe de ésta una edición en DVD (mala y difícil de encontrar), junto con otras de estas versiones.
Hathaway no solía tener en mucho aprecio estas primeras películas, debido a la rigidez de la producción y al rodaje rápido y en estudio. Pero si hemos de juzgar por esta muestra, no se puede estar de acuerdo con el director: independientemente de las otras versiones, que no conozco, Hasta el último hombre (To the Last Man) es un western más que notable, sin importar la lejanísima fecha de su producción: su realización es excelente, y ofrece no pocos detalles de puesta en escena realmente brillantes y llenos de emoción. Es cierto que tiene como base argumental la que acaso sea la mejor novela de tan popular autor de westerns como fue Zane Grey, de quien ya hablé en un capítulo de la serie "Autores olvidados". Tal como explicaba el propio novelista, la historia que se narra en Hasta el último hombre está basada en una historia que le fue contada y que él novelizó a su estilo, si bien en esta ocasión fue una novela mucho más dura que el resto de su producción. En ella, y en el film, por supuesto, se narra el violento enfrentamiento durante décadas entre dos familias, primero en Kentucky, y más tarde, tras la Guerra Civil, en los nuevos territorios del Oeste: la familia de los Colby por un lado y la de los Hayden por otro lado. ¿Los motivos de este enfrentamiento? No se mencionan en la película, lo cual es un notable acierto por parte de los adaptadores (ignoro si en la novela ocurría igual), puesto que así se evita que el espectador sienta la tentación de simpatizar por una u otra familia; es como si la razón no estuviera (y sin duda no lo está) de parte de nuinguno de los dos contendientes. Así, durante años, un Colby (o un Hayden) ha matado a un Hayden (o a un Colby), generalmente a traición, y en represalia un Hayden (o un Colby) ha matado a un Colby (o a un Hayden), también a traición. No hace falta decir que este esquema argumental ha dado lugar a centenares (miles) de películas del oeste, tanto producidas en Estados Unidos como en Europa a la eclosión del spaguetti-western (y no se me ocurre ahora ninguna que esté a la altura de este primitivo film de Hathaway). No hace tampoco falta añadir que de inmediato llegamos al factor Romeo-Julieta: un Hayden (Lynn) se enamorará de una Colby (Ellen), si bien al encontrarse por primera vez ignoran la identidad del otro.
Que sea una historia simple y sencilla no significa que esté resulta de igual manera, y es ahí donde brilla el talento como director de Hathaway, no sólo en la manera en que va presentando a los distintos personajes y su manera de ser, sino en innumerables detalles sueltos. De hecho, cada aparición de cada personaje le define ante el espectador en breves segundos: Ellen (magnífica Esther Ralston) parece una chica dura, pero de inmediato su dureza se resquebraja y sabemos de su miseria y penurias durante los quince años que su padre ha pasado en la cárcel por matar a un Hayden: su desdichada mirada despierta la compasión del espectador; Jim Daggs (un insoportable Jack La Rue), un amigo de los Colby, pero que en realidad usa la enemistad de esa familia con los Hayden para sus propios fines --conseguir a la fuerza a Ellen y acabar con todos los Colby y todos los Hayden--, se muestra como un chulo arrogante cuando acude a saludar a Jed Colby (Noah Beery) tras su salida de la prisión; Lynn Hayden (un juvenil Randolph Scott), testigo en su niñez de la muerte de su abuelo a manos de Jed Colby, y que a su llegada ya adulto a la nueva residencia de los Hayden lo primero que ve es a Ellen Colby desnuda (gracias a que el código Hays aún no estaba en activo) lanzándose a un lago: su mirada denota a quien no desea la violencia y busca una excusa para rehuirla (prefiere hacer el amor que la guerra, por decirlo así, aunque no duda en ponerse al lado de su familia si la cree atacada por los Colby).
Como comenté respecto al estilo literario de Zane Grey, sus historias de amor eran de un cursi tan relamido que resultaba insoportable. No ocurre así en la adaptación de esta novela, o quizá tampoco ocurría así en el original. En todo caso, Hathaway presenta el enamoramiento de Lynn y Ellen de forma natural, hermosa, no carente de una cierta poesía: Lynn mira los pies desnudos de Ellen y le pregunta cómo puede andar así por las rocas (hay amor en esa mirada y en esa pregunta). Cuando Ellen huye de Lynn al saber que es un Hayden, se refugia tras una roca para llorar, y Hathaway sólo nos enfoca sus piernas desnudas, agitándose con las lágrimas. Hay más detalles en esta película, de gran belleza o de simple buen cine: la mano de Lynn niño acariciando con aprecio el rifle de su abuelo (unos instantes antes de que sea asesinado por Jed Colby) y, a su primera aparición, la culata de ese rifle llevado con orgullo por Lynn adulto (y el irritante letrero que nos informa de que es Lynn, junto con el nombre del actor, es innecesario porque si el espectador recuerda el plano de la mano de Lynn niño acariciando el rifle ya adivina que está ante ese niño convertido en hombre); el amargo discurso de la esposa de un Hayden, al verlo llegar cadáver, atado a la silla por sus asesinos; los diálogos entre Lynn y Ellen en su primer encuentro...
Este western, de una duración de sólo 73 minutos escasos, mantiene el interés y la emoción del espectador gracias a estos y otros detalles, más que a su argumento, sabido y visto tantos miles de veces después. Hathaway nos muestra que su talento no está en sus más conocidos westerns o films policiales de los años cincuenta, sesenta o setenta, sino que en una obra de juventud como ésta da ya probadas muestras de él. Antiguo, en suma, no quiere decir viejo; films muy posteriores a éste sí parecen viejos.
Este film significó el debut de la futura niña prodigio Shirley Temple, a la que se dedica una escena bastante atemorizadora: aparentemente va a ser asesinada por un Colby. De hecho, la rivalidad entre familias no deja al margen a los niños, si bien aquí se suavizan los detalles.
August 19 VOCES SIN CUERPO[Nota: Este breve texto es una parodia del teatro de vanguardia, escrita cuando empezó a ser conocido en España hacia mediados de los años sesenta. Lo escribí hacia 1967, y obviamente es inédito. Teniendo en cuenta que estamos en verano y la gente hace vacaciones, es el mes ideal para colocar aquí mamarrachadas como ésta. Pueden representarla aprovechando las fiestas de la patrona del pueblo, pero no lo hagan en sus casas.] (c) 1967 by J.C.Planells VOCES SIN CUERPO (Decorado: da lo mismo, cualquiera servirá. Lo más barato es no poner decorado. Un sillón por ahí, y gracias.) En escena, por desgracia, ALBERT y MORTONE. Naturalmente, van mal vestidos y están sentados sobre unos cajones viejos. MORTONE.- ¿Qué hacemos? ALBERT.- ¿Y a ti qué te importa, imbécil? ¡Te callas y basta! MORTONE.- Sí, hombre, sí, no te enfades... ALBERT.- ¿Te quieres callar? ¿Es que no puedes dejar de hablar? ¡¡Cállate!! MORTONE.- Sí, sí... ALBERT.- ¡Menos "sí, sí"! Ya conozco lo embustero que eres... (silencio) MORTONE.- Podríamos... ALBERT.- ¿Verdad que te callas? Soy yo el que decide lo que hay que hacer. MORTONE.- De acuerdo. ALBERT.- Eso ya está mejor. Me gusta tenerte dominado; ¡en mi poder! MORTONE.- Sí, Albert. ALBERT.- ¡¡Cállate!! (está furioso, al borde de un ataque de locura rabiosa) ¡¡Tienes la virtud de sacarme de quicio!! ¡No hay quien te aguante! ¡Estamos aquí, sabiendo que cada minuto puede ser el decisivo, y no haces más que importunar! MORTONE.- Perdona, yo... ALBERT.- ¡No me interrumpas, encima! ¡Déjame proseguir! MORTONE.- Sí, sí... ALBERT.- Estoy cansado de tu continuo "sí, sí"! ¡Es la cantinela más retonante que se pueda aborrecer! ¡Te odio, perro! ¡Te tengo dominado y abuso de ello para hacerte sufrir! ¡Soy morboso, sí! ¿Y qué? ¡Eres un monigote! MORTONE.- (con rabia contenida) Sí, tienes razón: soy un estúpido y afantochado monigote. ALBERT.- ¡Ah! Celebro que lo reconozcas... MORTONE.- Soy el monigote de la pobreza, de la humildad, de las clases inferiores que hace reír y divierte a la hez de la sociedad que, por contraste, no es la hez, sino la alta sociedad: los aristócratas, los millonarios, los burgueses, los "niños bien", que gobiernan nuestro corrompido mundo, con sus embustes y trampas. Porque nosotros, bichos raros para ellos, les servimos de distracción con nuestros problemas, nuestras pequeñas miserias, nuestros dolores... Sí, te odio a ti, que representas esa sociedad maldita y aborrecida de los que "están arriba", de los que mandan. Eres el símbolo, para mí, de todo lo que tiene que morir... ALBERT.- No. Los que tenéis que morir, los que habéis de desaparecer, sois vosotros, las clases inferiores. Estáis llamados a hundiros muy pronto. Porque sois como el eco, que sólo puede repetir lo que le dicen, sin tomar nunca la iniciativa... MORTONE.- Pero el eco es potente. ALBERT.- ¡Para lo que le sirve! Siempre esperando que le llamen... ¡Como a ti, a quien tengo dominado y manejo a mi antojo! MORTONE.- Ten cuidado, Albert. Pudiera rebelarme... ALBERT.- ¿Tú? ¡Imposible! ¡No servís para nada! ¡Sois despreciables! ¡Estáis condenados a ser monigotes! (Se sienta en el sillón, de espaldas a MORTONE. Éste lo mira importente. Lentamente, saca algo de debajo de unas maderas amontonadas por ahí. Es un hacha enorme. Se dirige a ALBERT, levanta el hacha y la baja. Sangre y huesos por doquier. MORTONE sigue golpeando al objeto de su infortunio a placer. Es la rebelión de las masas populares. Va cayendo el TELÓN, que será también muy " de vanguardia". Puede estar hecho a base de hojas de La Vanguardia.) FIN. August 18 EL MONTACARGAS, de Marcel Bluwal: Cine criminal francés(c) 2006 by J.C. Planells
He aquí otra olvidada película, no vista desde hace décadas y más décadas. Se basa en una novela original de Frédéric Dard, un escritor francés de novelas policiales un tanto cochinas, protagonizadas por el Comisario San Antonio (hubo edición española), pero también autor de otras novelas un poco más serias, bastantes de las cuales las publicó Toray en una colección policiaca titulada "Serie negra", si mal no recuerdo. Una de las primeras en aparecer en dicha colección fue precisamente El montacargas, llevada prontamente al cine con guión del propio Dard y de su director, Marcel Bluwal.
De Marcel Bluwal no es que se sepa mucho que digamos. Ha hecho muy poco cine pero muchísima televisión, en general adaptando novelas famosas. En cine, aparte de esta El montacargas, se le recuerda y con cierto agrado por La muerte juega a carambolas, realizada en 1963, un año después de la que ahora nos ocupa, y que constituía una ingeniosa comedia negra, en que un arribista se dedicaba a asesinar a cuantos se interponían en su camino hacia la cumbre del éxito profesional en su empresa. Conseguía su propósito sin ser descubierto por sus crímenes, y una vez alcanzada esa cumbre, le presentaban a quien iba a ocupar el puesto en que él empezara en la empresa, un cameo a cargo de Alain Delon que deja muy claro se dispone a hacer en la empresa lo mismo que él ha hecho antes. Un film, en suma, modesto y digno de un visionado.
El montacargas, realizada en 1962, es muy distinto. Estamos ante una intriga criminal con todos los honores, servida por Frédéric Dard en sus obras serias, y en la mejor tradición del cine negro americano, pero pasada por la visión europea. Mujer seductora que recoge a un ex presidiario de la calle, lo lleva a su casa, donde no hay ascensor pero sí montacargas; al volver a la casa tras dar un paseíto, y luego de una fogosa escena de pasión en el montacargas, encuentran un cadáver en el piso... cadáver que desaparecerá misteriosamente cuando el ex presidiario vuelva al piso, envolviéndole en una pesadilla sin explicación aparente.
En cierta forma podríamos decir que estamos ante un sex-thriller como esos que se pusieron (un tanto lamentablemente) de moda a principios de los años noventa a raíz del éxito de Instinto básico. Claro que el "sex" en este caso es modestísimo, teniendo en cuenta que, aunque francesa, la película es de 1962, pero el "truco" o engaño se basa en el sexo, el festival de fregoteo sexual que la mujer le da al ex presidiario en el montacargas para que no advierta que suben un piso más la segunda vez que entran en el edificio... pues en realidad el muerto no está en la habitación que han visto antes, sino en otra exactamente igual a aquélla. Todo es una intriga montada por la mujer, que necesitaba un pipiolo a quien cargar el muerto. ¿Rebuscado? En modo alguno: la literatura criminal francesa (como comenté en un artículo de este blog) tiene este componente heredado en cierta forma del grand guiñol, y que de una manera u otra suele intervenir en muchos dramas criminales franceses. El personaje de la mujer, por su parte, es reflejo de la mujer fatal y seductora del cine negro (y la novela negra) americana.
El montacargas es la típica película con sorpresa o truco final, que se sigue con agrado. La realización es muy correcta, los actores (Lea Massari y Robert Hossein) están muy bien en sus papeles. Es un tipo de cine sencillo, efectivo, directo, algo claustrofóbico (el cine francés policiaco suele ser muy claustrofóbico a veces: Melville, Giovanni y otros...). Merecería ser recuperada.
August 16 PLANET TERROR, de Robert Rodríguez: La mitad de un programa doble(c) 2007 by J.C. Planells ![]() Confieso que no le veo la gracia a esta película. De hecho, no le veo la gracia a ese experimento llamado "Grindhouse" que se han montado los amiguetes Rodríguez y Tarantino, consistente en estrenar simultáneamente dos películas en un mismo cine --ésta y Death Proof de Tarantino--, acompañadas de trailers de películas inexistentes, rodados por otros amiguetes más del dinámico dúo. El experimento no ha funcionado en los USA, y los productores, los avispados Weinstein, han decidido que Europa pague los platos rotos, estrenando las dos películas por separado y sin los trailers falsos --aunque uno al menos nos han dejado con esta Planet Terror: el de Machete, y me temo que es porque está rodado por el propio Rodríguez--. Todas las revistas y avances publicitarios en lugares mil han informado ya sobre lo que es esto del "Grindhouse", pero por si acaso, lo explicaré a mi vez. Se trata, simplemente, del típico programa doble de pelis de tiros o acción, cuyas copias están ya muy gastadas de tanto correr de un cine a otro, y hay saltos, rayaduras, desenfoques y estropicios varios. Los productores al parecer consideran que esto es desconocido en Europa, lo cual demuestra nuevamente la habitual incultura para todo lo que no esté relacionado con la hamburguesería macdonalsiana por parte de los americanos. Sólo en Barcelona, este tipo de programas dobles eran habituales en los cines Capitol (popularmente llamado "Can Pistoles") y Petit Pelayo (llamado "Can Pistoles 2"), especialmente entre finales de los años sesenta y toda la década de los setenta y parte de la de los ochenta, cuando menudeaban en esos cines las pelis (que no películas) de tiros, spaguetti westerns, kung-fu, exploitations italianas de todo género imaginable o por imaginar, terror, etc., etc., etc. Pero, en realidad, esto tampoco es cierto: teniendo en cuenta que se habla de copias en mal estado, con rayaduras, desenfoques, saltos, etc., tal como se presentan Planet Terror y Death Proof, a lo que equivalen es a los programas dobles que se exhibían en el cine Central, situado al principio de la calle Aribau: un cine de reestreno de cuarta categoría, donde únicamente se exhibían películas de acción y cuyas copias se hallaban en un estado absolutamente deplorable. Así pues, esta operación "Grindhouse" no es más que un "revival" del cine Central de Barcelona (y sus equivalentes en otras ciudades). La pregunta es: ¿qué gracia tiene esto? Y también: ¿qué necesidad hay de esto? Es posible que ninguna, a juzgar por el escaso éxito recibido en su propio país. No aporta nada al cine, ni al género al que pertenecen, ni al lenguaje cinematográfico, ni a la nostalgia --que sería su leit motif--. En cualquier caso, parece que aquí la cosa va mejor, puede que por exhibirse por separado, al menos de momento. Pero, lógicamente, las preguntas son las mismas, no importa el sistema de exhibición. Esto es sólo un juego montado por los dos amiguetes y sus cómplices, en recuerdo de sus días de cinefilia... aunque da la impresión que la suya es una cinefilia de videoclub de quinta categoría. Quizá convenga que hablemos ya de Planet Terror... aunque ¿tiene sentido hablar de ella? Es un divertimento, un film sin pies ni cabeza, que entretiene a ratos, tiene gracia en otros, se acaba y nos vamos a la puta calle. Viéndolo, uno no deja de preguntarse lo que he dicho antes: el sentido de ofrecer un film, una historia, en estas condiciones: con rayaduras, foto quemada, saltos --hay uno enorme al final, donde parece que se ha perdido algo así como un rollo de película... no, no es que se haya perdido, es otro juego del jugador Rodríguez, "comerse" film, para equipararlo a los rollos o escenas que se perdían en aquellos programas dobles y que provocaban que muchos detalles de la película no se entendieran. Confieso que es el gag (por llamarlo así) que mayor gracia me hizo, pero su sentido es el mismo que el de los demás. Por cierto, a la entrada de la sala donde vi la película, había un cartel bastante grande donde se avisaba de que "esta película se exhibe tal como ha sido concebida por su director", lo cual no es mal aviso, puesto que probablemente más de uno hubiera empezado a chillar y protestar al ver el "estado" de la copia. No ocurrió el día que la vi, a saber en otros días o sesiones. Por lo demás, es justo reconocer que Planet Terror está realizada con solvencia, que Rodríguez da una nueva muestra de que --cuando quiere-- lo hace bien. Digamoslo de otra manera: la película está demasiado bien hecha para lo que es o pretende ser. Debería haber sido rodada de otra manera, en plan cutre, con decorados que se desmoronasen, etc. No es así: hay demasiada "limpieza" en todo: en el tono, los personajes, las escenas, todo está cuidado, bien interpretado... Lo compensa al menos la presencia de actores cutres como Michael Biehn o Michael Parks: ellos le dan la cutrez que la realización no ha querido darle al film. Además hay artistas invitados, como Bruce Willis haciendo de Bruce Willis, y Quentin Tarantino haciendo... vaya, comportándose como es él de natural: no necesita interpretar. Y no hay mucho más que decir de lo que no es sino un juego (aunque al espectador le salga caro jugar...). August 14 DIEZ CHINITOS (y 5) A la mañana siguiente, tras desayunar en silencio, ya que no teníamos muchas ganas de conversación, enterramos a X-35 junto a los demás, cerca de la playa, y decidimos hacer vida en el comedor, puesto que el salón estaba hecho un desastre después de lo ocurrido la noche anterior. Y, además, con Platt también asesinado, no había nadie que limpiase un poco la casa.
Comimos unos bocadillos que hice yo mismo bajo la supervisión y vigilancia de los demás --por si me daba por echar matarratas o salfumán en el pan, tal era el clima de confianza que reinaba-- y luego empezó otra vez el examen de la situación, aunque nos la sabíamos de memoria.
--Bien, ya sólo quedamos nosotros cinco --dijo el coronel.
--Sí, parece evidente --dijo gélidamente Miss Olivia.
--Uno de nosotros tiene que ser Peters --dijo el coronel, sin ánimos ya de enzarzarse en otra discusión con la cabaretera--. Pero, ¿quién?
--Seguro que es usted --dijo Miss Olivia.
El coronel no se dignó hacerle caso.
--Me temo --prosiguió diciendo-- que toda precaución que adoptemos será en vano. Hemos de resignarnos a lo inevitable, pues.
--Vaya tontería --protestó el doctor Humbert.
Pero a pesar de las vueltas que dimos al asunto, no llegamos a ninguna solución. Al fin, lo dejamos estar y nos limitamos a que pasara el tiempo, en un silencio más bien hosco.
A la una en punto, el doctor se puso en pie diciendo:
--Me ha parecido oír un ruido al otro lado de la casa. Iré a echar un vistazo.
--Es una imprudencia --dijo el coronel, con cierta fatiga. Por lo visto el hombre empezaba a derrumbarse.
--Iré a ver --repitió el médico, tozudo y sin hacerle caso.
Al cabo de quince minutos no había regresado. El coronel recobró su sentido de responsabilidad, se puso en pie y dijo:
--Voy a ver qué hace ese médico cabezota. Esto no me gusta nada.
Quince minutos más tarde, ni el médico ni el coronel habían regresado al comedor. Archibald Furner dijo:
--Es evidente que algo les ha pasado. Veré si doy con ellos.
Se marchó del comedor y quedamos Miss Olivia y yo solos. Quince minutos después, seguía sin regresar ninguno de los tres. Así que tomé una decisión heroica:
--¿Voy yo o va usted? --le pregunté a la cabaretera.
--Yo no pienso moverme de esta silla --me dijo.
Ya me lo esperaba. Así que, aunque con pocos ánimos, salí del comedor. Opté por buscar fuera de la mansión, por si habían salido a rondar por la playa. Y apenas había traspuesto la puerta cuando me tropecé con el coronel.
--¿Qué busca ahí fuera? --me preguntó.
--Pues a ustedes, claro. Archibald Furner ha salido hace ya rato y no ha vuelto. ¿No le ha visto?
--No he visto a nadie, ni a Furner ni al doctor.
--Demos la vuelta alrededor de la casa, a ver si nos los encontramos. Vaya usted por ese lado y yo iré por el otro.
--De acuerdo.
Había dado apenas la mitad de la vuelta a la casa cuando oí un disparo. Eché a correr hacia donde me pareció que había sonado: el salón devastado de la noche anterior. Nada más entrar en la casa me encontré con Furner, que venía desde la playa. Sin decir palabra, entramos y fuimos hacia el salón.
En medio del caos de jarrones rotos y sillas volcadas, yacía el doctor Humbert con un disparo en la frente. Y sobre la repisa de la chimenea quedaban sólo cuatro chinitos.
Miss Olivia y el coronel Closter entraron apenas unos segundos después que Furner y yo.
--Creo que debería ser el propio Peters quien enterrase los cadáveres --gruñí cuando regresábamos de la playa, tras enterrar al doctor--. Cierto que cada vez lo hacemos mejor y tenemos más práctica en eso de cavar tumbas, pero sigue siendo igual de cansado.
Miss Olivia, que se negaba a participar en los entierros, estaba en el comedor haciéndose la manicura. Nos dirigió una fría mirada al vernos entrar.
--Confío en que cuando me entierren a mí, pondrán unas bonitas flores en la sepultura --dijo como si tal cosa.
--Yo personalmente, le pondré una coliflor, señora mía --bufó el coronel, de pésimo humor.
Miss Olivia, sin perder la compostura, agarró un cenicero y se lo echó a la cabeza. El militar, ducho en el combate de trincheras, agachó la cabeza y el cenicero se estrelló contra la pared.
--Espero que el próximo sea usted --le dijo Miss Olivia.
Por hacer algo, tratamos de establecer dónde estaba exactamente cada uno al oírse el disparo. En realidad, no servía de nada, como no fuera para pasar el tiempo, pues todos estábamos fuera buscando a los demás.
--¿Usted también, Miss Olivia? --le preguntó con inquina el coronel.
--Sí, yo también, ¿qué pasa? Se van todos y me dejan sola a merced de un psicópata desconocido para que me asesine asesinadamente. Así que me fui del salón, por si acaso. De esta manera, no me podía asesinar de manera asesina.
--Veo cierta lógica en eso --dije.
--¿Y no vio entrar al doctor? --preguntó con más inquina aún el coronel.
--No. Debió volver cuando yo ya había salido. Eso es lógica también, ¿verdad, Diógenes?
--Er... sí. Porque si salió al salir sin que él hubiera vuelto al volver... --empecé yo, si bien un tanto perdido ya; pero la mirada de ultrainquina que me dirigió el coronel me estimuló en mi razonamiento--. O sea, el doctor Humbert fue el primero en salir y el primero en volver, y Miss Olivia la última en salir y la primera en volver. Pudo producirse que la salida del último coincidiese con el regreso del primero, lo cual haría que el último fuese el primer sospechoso, pero en realidad sería el último sospechoso por aquello de que los últimos serán los primeros.
Hubo un largo silencio mientras todos digerían mi argumentación.
--Ese chico es un perturbado mental --dijo al fin el coronel.
--¿Insinúas que soy la sospechosa de la muerte del doctor Humbert? --preguntó Miss Olivia, afilando las garras.
--No, Miss Olivia --dije con humildad--. De hecho, mi razonamiento indica todo lo contrario.
Miss Olivia sonrió satisfecha y le hizo un ademán al coronel de "Chúpate esa".
Finalmente, el día pasó sin más novedades y nos fuimos a acostar esperando que la noche fuese tranquila.
Pero no lo iba a ser. Algo me despertó en mitad de la noche. Miré el reloj: casi las tres de la madrugada. ¿Qué había sido lo que me había despertado? Reinaba el silencio absoluto en la mansión y sin embargo algo me había sobresaltado de repente. Escuché con atención. Ni el menor ruido. Me dispuse a seguir durmiendo, pensando que había sido una falsa alarma.
Y en ese instante, un estruendo enorme me hizo pegar un salto en la cama. Salí disparado de ella y me puse a apartar todos los muebles que atrancaban la puerta, una tarea bastante larga, por cierto. Mientras lo hacía, percibí que en otros dormitorios estaban haciendo lo mismo. Finalmente, Archibald Furner, Miss Olivia y yo nos encontramos en el pasadizo que daba a los dormitorios.
--¿Qué ha ocurrido? --preguntó Furner.
La respuesta la vimos al instante. Caído al pie de las escaleras que conducían a la planta baja, yacía el cuerpo del coronel Closter en extraña postura.
Lo ocurrido parecía evidente. Algún ruido le había despertado, o quizá le entró hambre o sed en mitad de la noche y decidió bajar a la despensa. Debió de tropezar en la oscuridad de las escaleras y rodó por ellas abriéndose la cabeza. Pero.. ¿era realmente un accidente o había de por medio la mano asesina de Peters? La respuesta la encontramos al mirar en el salón: sólo quedaban tres chinitos en la repisa.
--No puedo decir que lo lamente --dijo Miss Olivia, mirando el cadáver del coronel y envuelta en un camisón de dormir bastante invisible, que Furner trataba disimuladamente de ver.
Dejamos el cadáver en el salón, para que no estuviera allí en medio de las escaleras y porque no eran horas de enterrarle, y nos volvimos a nuestras habitaciones para dormir como se pudiera el resto de la noche.
Decidí que el misterio de Peters era fácil de resolver: bastaba con esperar a que o bien Furner o bien Miss Olivia fueran asesinados, y el que quedase sería Peters (puesto que lógicamente Peters no era yo). Satisfecho con mi razonamiento, me dormí enseguida.
El día siguiente se hizo largo y aburrido. Furner y yo enterramos al coronel junto a los demás enterrados, mientras Miss Olivia lo contemplaba no sin cierta alegría ya que al fin y al cabo no tragaba al difunto militar. Luego nos bañamos los tres en la misma bañera, un tanto apretados, pero así no nos perdíamos de vista; preparamos la comida también juntos, a fin de controlarnos: Miss Olivia abría las latas de conserva y yo las vertía en los platos mientras Furner ponía agua a calentar para el caldo y el café. La muerte de Platt era un fastidio, porque ninguno de los tres entendía nada de cocina, si bien yo sabía preparar bocadillos además de abrir latas y botellas de refrescos (las de vino no sabía abrirlas).
Y estábamos comiendo tan tranquilamente, cuando Furner se llevó las manos a la garganta y cayó muerto al suelo.
Furner acababa de tomarse un analgésico para combatir un leve resfriado que llevaba encima desde la tarde de ayer. Tomé su vaso y lo olí: el aroma a cianuro que desprendía era inconfundible, pero debido a su resfriado, Furner no lo había podido percibir. Era evidente que Peters había sustituido el analgésico por pastillas de cianuro para cuando Furner se tomase una.
--Bien --dije--, creo que está todo aclarado ya. Usted es Peters, Miss Olivia.
--¿Cómo? ¿Qué tontería es ésa? --protestó ella indignada.
--A ver si no. Sólo quedamos nosotros dos, y puesto que yo no soy Peters, eso significa que usted lo es.
--¡Pero qué desfachatez! ¡Peters eres tú!
--Es inútil que lo niegue. Sé la verdad, y por tanto no puede asesinarme. Me encerraré en mi habitación y atrancaré la puerta para que no pueda entrar.
Así lo hice. Y al poco, la oí entrar en el suyo y hacer lo mismo. Y empezaron a pasar las horas.
Hacia las seis de la tarde estaba aburrido de muerte. Me había dejado La huérfana pordiosera abajo, y naturalmente no me atrevía a bajar a recogerlo. Además, empezaba a sentir ganas de tomarme el bocadillo de media tarde. Si la cosa seguía así, Miss Olivia, alias Peters, no necesitaría asesinarme: moriría o aburrido o de inanición.
Estaba pensando en eso cuando la oí salir de su habitación y bajar la escalera. Sin duda sentía hambre también y decidió ir a la cocina o a la despensa para coger algo. ¿Y si yo hiciera lo mismo? Estaba meditando en ello, cuando oí un disparo abajo y un grito de mujer.
Desatranqué la puerta y bajé a todo correr. Caída en el suelo cerca de la puerta del comedor estaba Miss Olivia, con una mancha roja en su espalda. Corrí a mirar al salón: sólo quedaba un chinito en la repisa de la chimenea. Me senté a meditar en la única silla que quedaba en pie en el salón. Si Miss Olivia acababa de ser asesinada eso significaba que no era Peters. Pero también significaba que o bien yo era Peters y no me había enterado, o bien Peters estaba tan bien escondido en la isla que no dimos con él cuando la registramos, o bien... ¿qué? Lo cierto es que no se me ocurría la solución.
Pensé en todo lo ocurrido mientras enterraba yo solo y con bastante esfuerzo a Miss Olivia, bien lejos del coronel, para que estuviera tranquila en su sepultura. Y luego aguardé acontecimientos.
FIN.
--Así que "FIN", ¿eh? --dijo Harold, al terminar de leer toda la historia.
--Ya le advertí que jamás se encontró al asesino de los invitados a la isla Capricornio, ni se descubrió la verdadera identidad del misterioso Peters.
--No, ¿eh? --gruñó Harold, lanzándome una aviesa mirada y hojeando los folios del relato--. Hum y rehúm. Tampoco cuentas cómo te escapaste de la isla y te salvaste de ser asesinado también.
--Ah, eso --dije con vaguedad--. Bueno, me he permitido incluirlo como un segundo misterio a resolver. Como se quejaba tanto de que nos aburríamos y no había nada que hacer, pensé incluir dos misterios en vez de uno, y puede dedicar el resto del verano a resolverlos...
--Ya veo. Déjame que lo repase todo un rato.
Le dejé releyendo con atención toda la historia y me fui a escuchar en la radio "Los cuarenta principales de la BBC". Sabía perfectamente que Harold nunca daría con la solución... Cierto que en los relatos que inventaba para que ejercitase sus facultades siempre fallaba estrepitosamente, pero esta vez el misterio era imposible de resolver.
Apenas una hora más tarde, y cuando el locutor iba a decir quién ocupaba la tercera plaza del hit parade (al que yo llamaba en secreto "hit parido") y que estaba la mar de reñido entre los Beatles y los Rolling Stones, Harold me llamó desde su despacho. Acudí y me lo encontré con la pipa de los grandes casos en la mano. Le miré expectante.
--Siéntate cómodamente, querido Diógenes --me dijo--. Bien, debo confesar que a pesar de que el caso es ciertamente difícil... he descubierto la identidad del asesino.
--¿De veras? --pregunté, abriendo los ojos como platos.
--Y no sólo eso. También sé cómo escapaste de la isla Capricornio.
--¿En serio? --pregunté casi en un susurro.
--Y aún te diré más. En realidad, hay dos asesinos en este caso.
--¡¿Dos?! --mi asombro ya no tenía límites.
--Exactamente, querido esclavo --dijo Harold, mirando por la ventana al horizonte londinense--. Pero vayamos por partes. En primer lugar, el asesino que nunca descubristeis... ese misterioso señor Peters. ¿Recuerdas lo que dijo Eunice a propósito de su confusión entre las guindillas y las fresas al preparar el pastel que le reportó la invitación a la isla?
--Er... no...
--Dijo que era muy corta de vista. También comentó, pues tú lo has escrito, que era muy despistada y distraída. Pues bien: ¿cuál fue el único... asesinado... cuyo cuerpo no encontrasteis?
--Pero si todos fueron encontrados...
--No, querido Diógenes. Platt, el mayordomo y esposo de Eunice no fue encontrado. Tú hallaste en la cocina un cesto conteniendo carne picada y con un cartel donde había escrito: "Esto es lo que queda de Platt". Pero... lo que había en el cesto podía ser cualquier otra cosa, en vez del cuerpo hecho picadillo del mayordomo. O bien, el verdadero cuerpo de Platt, al que Peters había asesinado previamente para ocupar su lugar como falso Platt, sin que su esposa Eunice se diera cuenta a causa de su miopía y sus despistes; en todo caso, para evitarse problemas, se encargó de que fuera la segunda víctima. Y una vez hubo fingido su propia muerte, podía ocultarse tranquilamente en cualquier lugar de la isla, o en algún pasadizo o cuarto secreto que sin duda había en la mansión y que no atinasteis a descubrir o a imaginar siquiera. Así, podía ir por la casa tranquilamente, provocando los apagones, asesinando al primero que pillaba a solas y regresando a su escondite. ¿Y quién mejor que un mayordomo pudo poner veneno en la copa de Tom Atte, la primera víctima? Y esa primera víctima pudo ser Atte o cualquier otro, porque indudablemente envenenó una al azar.
Yo me quedé boquiabierto.
--Claro... visto de esa manera...
--Vayamos ahora a cómo te escapaste de la isla. Es muy simple: nadaste hasta donde Peters tenía oculto un submarino de bolsillo para fugarse él una vez hubiese terminado con todos y regresaste al pueblo. Tú mismo sugeriste muy brillantemente esa posibilidad en un par de ocasiones cuando se iniciaron las pesquisas, ¿recuerdas?
--¡Caramba, jefe! ¡Lo ha adivinado! ¡Eso fue lo que hice! ¡Desde el último piso de la mansión vi el brillo del submarino en el agua y nadé hacia él y me fugué! Así que Peters no pudo escapar y aún debe de seguir allí, a no ser que escapase nadando hasta el pueblo, lo que no creo...
--Ni yo tampoco lo creo --dijo Harold--. Porque ahora es cuando hablaremos... del segundo asesino.
--Pero, ¿qué segundo asesino? --pregunté totalmente confuso ahora.
--Ya te he dicho que había en realidad dos asesinos. El, digamos, oficial, que era Platt, o el misterioso Peters fingiendo ser Platt, como prefieras; y un segundo asesino, digamos, extraoficial...
--No entiendo nada...
Harold suspiró con paciencia.
--Querido Diógenes, reconozco que esta vez has tratado de superarte, pero has olvidado que te enfrentas al más poderoso cerebro que combate el crimen en Londres y parte del Imperio Británico. Claro que hubo dos asesinos: Platt, como he demostrado, y... tú.
--¡¿Pero qué dice?! --grité escandalizado.
--Claro que tú, pedazo de idiota --se rió Harold--. ¿O es que te crees que me he tomado ni un solo instante en serio esa estúpida historia de los diez chinitos, la isla Capricornio y los asesinatos del misterioso Peters? ¡Nunca ocurrió en realidad nada de lo que cuentas!
--Pero, jefe, si le he dicho...
--Me has dicho que el verano pasado recibiste la misteriosa invitación de ese Peters cuando yo estaba en la finca campestre de mi familia y tú te quedaste solo en Londres. Pero eso no es verdad. Porque yo llamé a Donald French, mi amigo abogado al que ya conoces de otros casos, y le pedí que te llevase a su chalet de la costa donde estaba pasando las vacaciones, para que no te quedases solo en Londres cuando la señora Lane y su hija se fueran a Niza. Y así lo hizo y luego me comentó lo bien que lo pasaste en la playa y en una islita llamada Capricornio que había allí cerca, donde ibas con Jane, su hija, y Leopold, su sobrino. Como no te pregunté nada, pensaste que yo no lo sabía o no lo recordaba.
--Atiza, jefe... --resoplé deshecho.
--Y no sólo eso: encima, para escribir tu mema historia ¡has plagiado Diez negritos de Agatha Christie! --Dio una palmada sobre la mesa de despacho--. ¿Te crees que soy tan tonto que no me daría cuenta? La has copiado casi al pie de la letra: personajes parecidos, crímenes parecidos... Le has añadido tus gansadas habituales y eso es todo.
--Ah, pero ¿conoce la obra de teatro? --pregunté extrañado.
--¿Qué obra de teatro? --gruñó Harold--. Antes fue novela que obra de teatro, y la señora Christie tuvo la bondad de dedicarme un ejemplar cuando yo era niño, ejemplar que guardo como oro en paño en mi caja fuerte, quizá por eso no lo has visto nunca entre las demás novelas de mi colección y te pensaste que no la conocía...
--Es que hace un par de meses vi esa obra en el teatro, y creí que era un estreno... --dije compungido.
--Eso te pasa por ser un inculto. Y por eso digo que hubo un segundo asesino "extraoficial": Tú, que como autor de esa memez impublicable era quien iba asesinando a los personajes cuando le daba la gana. Y qué personajes te has inventado, parece mentira: esa Miss Olivia en vez de una mujer de vida alegre parecía un travesti. Estás hecho un papanatas en cuestión de mujeres, hijo mío.
--Sólo conozco a la señora Lane, que es una vieja, y al insecto infantil que tiene por hija --refunfuñé picado en mi amor propio de escritor--. Pero tengo imaginación.
--Para lo que te sirve, ya me dirás. Me gustaría saber lo que entiendes por "vieja", porque la señora Lane es una señora de mediana edad. Y mira que llamar a Sandra "insecto infantil"..., se te tendría que caer la cara de vergüenza. Espera unos tres años, más o menos, y verás el cambiazo que dará ese "insecto infantil", como dices tú. En fin, ¿te das cuenta, Diógenes? Plagias una historia la mar de conocida, la escribes de cualquier manera (¡porque mira que llegas a ser malo escribiendo, hijo mío!: nunca te dediques a esto), dejas dos supuestos misterios a resolver, la identidad del asesino y cómo te escapaste de la isla... y llego yo y lo resuelvo todo en un instante. Platt como asesino y tu fuga en el submarino: todo ello usando tus propias invenciones en la historia... Si vieras la cara que ponías cuando te lo iba razonando... Porque, claro, tú no podías llevarme la contraria esta vez.
--Pues no lo entiendo --me quejé--. Usted siempre fallaba en las historias que me inventaba para que ejercitase su cerebro.
--Porque lo sabía de antemano que eran inventadas. Aquí has tratado de colarme una ficción como si fuera una realidad, y al descubrirlo me he limitado a seguir el juego. Moraleja: es más fácil en la vida manejar la ficción que la realidad. --Fumó triunfalmente un rato la pipa mientras yo le daba vueltas al asunto--. Diez chinitos... ¿eh? Pretendías enredarme como un chino. Y ese folletín ridículo de La huerfanita pordiosera te lo vi ayer sobre la mesa de tu despacho.
--Ni eso se le ha escapado... --refunfuñé.
--Tengo que llamar a mi hermana. Creo que eso que hemos hecho se llama algo así como "metaficción".
--Pues ya me dirá a ver cómo pasamos el resto del verano, ahora que se nos acabó la diversión...
FIN.
August 13 DIEZ CHINITOS (4) Cuando hubimos enterrado a Platt nos volvimos a reunir en el salón. No teníamos muchas ganas de pensar en desayunos, y Miss Olivia rechazó la idea de ponerse a hacer tortillas, como sugirió el coronel Closter, lo cual además ocasionó una batalla campal entre la cabaretera (que ya se la tenía jurada desde el día anterior) y el militar.
--¡Uff! --bufó el coronel, dejándose caer derrengado en uno de los sillones--. Eso es lo que yo llamo un crimen inhumano. Además de convertir al pobre Platt en picadillo, nos ha quitado las ganas de desayunar y nos ha obligado a hacer ejercicio con el estómago vacío y recién levantados.
--Podemos dar las gracias de que Diógenes haya visto el cartelito al lado de la picadora, porque si no es posible que nos hubiéramos acabado comiendo al pobre Platt --dijo Furner.
--Si les contase las cosas que yo he tenido que comer a veces... --dijo X-35.
--Iré a preparar unos bocadillos --me ofrecí--. Con eso y Coca-cola, pasaremos.
--¿Coca-cola, joven? --se escandalizó el coronel.
--Es que sé sacarla de la nevera y abrirla. Pero no sé hacer café.
--Yo haré el café --dijo Furner, cada vez menos mundano conforme los acontecimientos iban precipitándose.
Cuando hubimos tomado los bocadillos y el café, volvimos a estudiar la situación, aunque yo me preguntaba de qué servía hacerlo, si nos la sabíamos de memoria, pero el coronel Closter estaba muy metido en su papel de jefe nuestro.
--Lo cierto --dijo-- es que cada uno de nosotros ha podido cometer este último crimen. Durante unos minutos, desde que Platt fue a la cocina a prepararlo, hasta que Diógenes lo ha encontrado... hecho picadillo, todos hemos estado fuera de la vista de los demás un momento u otro.
--Yo he aprovechado para ponerme una cremita en la cara y estar bella --dijo rápidamente Miss Olivia.
--Yo he subido a leerme un capítulo de La huérfana pordiosera --dije--, un folletín que cogí anoche de la biblioteca. Arresulta que en él el pérfido conde...
--Ahórrese el resumen --gruñó el coronel.
--Yo he espiado un rato por la isla --dijo X-35--. Un espía ha de mantenerse siempre en forma.
--He consultado en la biblioteca un manual sobre enfermedades corrientes en los ferrocarriles de Beluchistán --dijo el doctor Humbert.
--Yo he echado un vistazo a los cuadros que hay en la salita oeste --dijo Archibald Furner--. Hay un Turner y...
--Ahórrese el catálogo --gruñó el coronel--. Yo estuve en la playa y no le vi, X-35.
--Es lógico. Mal espía sería si me vieran los demás cuando trabajo.
--Ya. Bien --Closter carraspeó--. O sea, que todos estábamos en un lugar concreto, lejos de la vista de los demás y sin embargo uno de los presentes ha mentido como un bellaco.
--Concho, que fuerte es esto --dije.
--A partir de ahora no nos separaremos ni un momento; permaneceremos juntos todo el día y sólo nos separaremos para encerrarnos en nuestras habitaciones por la noche y dormir. Es la mejor manera de frustrar los planes del misterioso Peters.
--¡Buena idea! --aprobó el doctor.
--Pero, ¿y si Peters provoca otro apagón como el de ayer? --dije en plan jarro de agua fría.
El desánimo cayó de nuevo sobre todos. Pero el coronel encontró la solución enseguida:
--No habrá problema --dijo--. Nos proveeremos de linternas, velas, cerillas... Lo que haga falta en caso de necesidad. Estaremos preparados para frustrar sus trucos esta vez.
A las ocho y media de la noche estábamos todos en el salón. Habíamos pasado todo el día juntos como si fuéramos una manada de elefantes, por decirlo así: donde iba uno, iban los demás (lo que a la hora de usar los lavabos resultó algo problemático y ocasión una refriega tremenda entre el coronel y Miss Olivia, tal como era de esperar). Si uno quería cambiarse de camisa, subíamos todos con él y le mirábamos hacer. Esto nos dejó agotados, básicamente porque Miss Olivia se cambió cinco veces de vestido durante el día (creo que lo hacía para chinchar a Closter), pero ante la indignación de Furner, el doctor y X-35 no permitió que nadie entrara en su habitación; para hacernos saber que seguía con vida nos cantaba canciones de cabaret mientras se desnudaba y vestía, lo cual enojó al coronel.
--Qué ordinariez. "Búscame la pulga, búscame la pulga"... ¿eso es una canción? --gruñó.
--Tenía letra y música, o sea que debe de ser --le dije.
Cuando Furner decidió tomar un baño, pues era muy pulcro, nos metimos todos en la bañera con él, y cuando yo quise ducharme, todos se ducharon conmigo. Era realmente incómodo y molesto. Miss Olivia decidió tomar un baño de espuma antes de la cena, pero no permitó que nadie se metiera en la bañera con ella, aunque incluso el coronel parecía dispuesto a hacerlo en esa ocasión.
--Usted sería el último hombre en la tierra al que permitiría entrar en mi bañera --le dijo.
X-35 propuso usar una lente espía teledirigida para, dijo, asegurarse de la integridad física de Miss Olivia. Miss Olivia le soltó un bofetón y le dijo algo relativo a un lugar concreto donde poner esa lente teledirigida. La solución adoptada fue que siguiera cantando más canciones de su repertorio durante el baño.
--"Agítala, niña, agítala bien, agítala niña y la mezcla saldra bien" --gruñó el coronel--. ¿Eso es una canción?
--Tiene letra y música como las demás que canta --dije--. Seguro que lo es.
Y finalmente, pasamos al salón, bien provistos de velas, cerillas y linternas, todo a mano, por si ocurriera otro apagón. El doctor Humbert y yo leíamos nuestros libros de cabecera (él, sobre las enfermedades que se pillan en los ferrocarriles de Beluchistán; yo, las desventuras de la huerfanita posdiosera, al que el malvado conde obligaba a pedir limosna de rodillas a la puerta de tabernas infectas y llenas de pulgas que se le metían en los párpados de los ojos y la hacían llorar desesperada); Furner, X-35 y el coronel Closter miraban a la vez un álbum de postales antiguas (se creían que si miraban el mismo álbum corrían menos peligro); Miss Olivia, por su parte, se hacía por cuarta vez la manicura en un mismo día, al tiempo que miraba una revista de cotilleos y se hinchaba de bombones, que previamente nos dio a probar a cada uno por si estaban envenenados, y champán, que no nos dejó probar para que no le dejáramos sin él.
El reloj dio apaciblemente las campanadas de las nueve en punto. Y con la última campanada se apagó la luz de repente, pillándonos desprevenidos a todos.
Sonó un reniego espantoso del coronel. Y luego un caos de voces una tapando a la otra.
--¡Pronto, las linternas, las velas! ¡Que alguien encienda una linterna!
--¡Ayyy!
--¿Qué ocurre coronel?
--¡Que he tropezado con la caja de potingues de la cabaretera!
--¡Maleducado! ¡Grosero! ¡Pobre de usted si me ha roto mis frascos de perfume francés!
--¿Es que no hay nadie capaz de encender una linterna?
--Pero, ¿quién las tenía las linternas?
--¿Qué linternas?
--¿Alguien sabe donde hemos puesto las cerillas?
--¿Qué cerillas?
--¡Yo no soy una cerilla, indecente! ¡Quíteme esa manaza de encima!
--¿Alguien sabe algo de las velas?
--Pero, ¡suélteme ya! ¿Es que nadie sabe tratar a una dama!
--Ah, pero ¿hay una dama en la mansión?...
--¿Quién ha dicho eso? ¿Quién ha sido? Es inútil que finja la voz, coronel, sé que ha sido usted.
--Señora, váyase a... freír espárragos.
--Pero, ¿es que nadie va a encender una puñetera linterna o vela?
--Yo he encontrado la mía, pero no se enciende... Igual se agotó la pila...
--¡Vaya, qué oportuno!
--Esas velas, ¡esas velaaaaaaaas!
--Es que no están donde las dejé. Palpo, pero no encuentro...
--No son las velas lo que está palpando, idiota, sino a mí.
--Huy, perdón, Miss Olivia.
--¡Ay! ¡Ay!
--¡Miss Olivia ha gritado!
--Grita siempre, ni caso, oigan.
--¡Alguien me ha pisado el pie, diantre! ¿Cómo no voy a gritar?
--¡Esas linternaaaaaaaaaaaaaaaaaas! ¡¡Esas velaaaaaaaaaaaaaaaas!!
--Creo que he dado con una... pero no encuentro las cerillas.
Alguien tropezó con una mesita, porque se oyó un horrísono estruendo de jarrones, platos y cristales rompiéndose al caer al suelo. Yo di un paso adelante instintivamente y tropecé con algún trozo de porcelana roto; al caer, me agarré instintivamente a lo primero que encontró mi mano, que fue la butaca de Miss Olivia, y ambos rodamos por el suelo. Decidí que sería mejor permanecer tendido en el suelo, por si acaso, lo que no me libró de que alguien tropezara conmigo y casi me cayera encima.
El caos seguía reinando. Nadie daba con las linternas ni con las velas o las cerillas, y sospeché que tanto grito ponía nerviosa a la gente y dificultaba el hallarlas. Y a quien encontraba una linterna, le pasaba lo que a mí: no tenía pila o no se encendía. El que daba con una vela, no sabía dónde estaban las cerillas... El coronel, mientras, nos apostrofaba a todos y era a su vez apostrofado a voz en grito por Miss Olivia. Alguien tropezó con la puerta del salón porque se oyó un golpazo enorme y una ahogada exclamación.
Y al cabo de lo que no sé si fueron diez minutos o cuánto tiempo, regresó la luz.
El aspecto que ofrecía el salón era bastante dantesco. La mesa estaba tumbada por el suelo y todo lo que había en ella, destrozado por completo. Las flores estaban aplastadas y pisoteadas. Los cuadros de las paredes estaban torcidos, una de las cortinas había sido desgarrada y una lámpara yacia por el suelo.
El doctor Humbert trataba frenéticamente de encender su linterna, que se negaba a dejarse encender. El coronel Closter estaba rojo de tanto chillar y parecía que le fuera a dar una apoplejía de un momento a otro. Archibald Furner se arrastraba por el suelo, tanteando en busca de posibles cajas de cerillas, cubierto de polvo y del agua de los jarrones de flores. Miss Olivia, sentada en el suelo, tenía uno de esos jarrones rotos por sombrero, el vestido mojado y el pelo hecho un desastre.
Sólo X-35 no se movía. Permanecía sentado en su sillón completamente inmóvil. Y entonces me di cuenta de que en la repisa de la chimenea sólo quedaban cinco chinitos.
--Ese hombre está muerto --dijo el doctor Humbert, cuando se dio cuenta de la inmovilidad de X-.35 y lo examinó.
--Pero, ¿cómo...? --inquirió el coronel.
--Le han pinchado con una aguja envenenada. Véalo usted mismo --indicó el doctor, señalando un puntito de sangre en el cuello del espía.
--Pero, ¿cómo es posible? En medio de la oscuridad y con el caos que había desatado aquí --el coronel nos miró a todos, incrédulo.
--Pues por eso mismo --suspiró Furner--. Por eso mismo...
(continuará)
August 11 DIEZ CHINITOS (3) El desayuno no resultó muy animado. Incluso Miss Olivia redujo la cantidad de comentarios frívolos por minuto. Delbert Pomps parecía haberse olvidado de sus habituales bromas y estupideces y estaba tan pensativo como los demás. Seguramente pensaba que si se hacía notar mucho, le cargaríamos los dos muertos encima.
El coronel Closter se había erigido en nuestro líder sin que nadie se molestase en discutirlo; al fin y al cabo, echaba mano de su autoridad militar. Tras el desayuno dijo que pasáramos todos al salón para discutir el problema en que estábamos metidos, Platt incluido.
--Bien --nos dijo--. Ya son dos los que han caído a manos del misterioso señor Peters. ¿Quién será el siguiente? ¿Dónde se esconde Peters? ¿Quién es en realidad?
--Supongo que en la guía de teléfonos habrá muchos Peters... --dije vagamente.
--Sabemos --prosiguió sin hacerme el menor caso-- que ninguno de nosotros lo conoce personalmente ni tiene idea de quién puede ser. Probablemente sea un nombre falso. Empecemos por lo principal... ¿Dónde se esconde Peters?
--Eso, ¿dónde? --preguntó Furner.
--Pues, sencillamente... en ninguna parte --dijo el coronel.
--Pero, bueno, ¿qué tontería es ésa? --protestó enojado Furner, perdiendo incluso sus aires mundanos por primera vez.
--Lo explicaré de manera muy clara: Peters es uno de nosotros.
Y tras estas palabras del coronel Closter se armó el escándalo.
--¡Grosero! --bramó Miss Olivia, casi metiéndole la boquilla en un ojo al coronel al amenazarle con ella--. ¡Soy una cabaretera, sí, pero honrada! ¡Insinuar que soy una asesina...! ¡Vamos, hombre! ¡Militar tenía que ser usted! Yo hago el amor, no la guerra, sépalo usted.
--El señor no pensará que soy yo... --tartamudeó Platt, el mayordomo--. Yo le aseguro al señor que soy inocente...
--Ésta es una suposición muy de mal gusto, coronel --gruñó el doctor Humbert.
--Hombre, vaya --se enfadó Delbert Pomps--, tanto echarme en cara mis pequeñas bromitas, y ahora lo que nos suelta usted. Porque es una broma, ¿no?
--Resultaría una eventualidad altamente desagradable, querido coronel --dijo Archibald Furner, con altivez y quitándose una imaginaria mota de polvo de la manga de la chaqueta.
X-35 y yo fuimos los únicos que nos tomamos el asunto con tranquilidad. El espía se limitó a musitar en voz baja:
--No tendría nada de extraño. Los espías estamos habituados a toda clase de situaciones y de traiciones imprevistas. Un espía conocido mío se traicionó a sí mismo a los rusos.
El coronel impuso silencio con su autoridad y flema militar.
--Un poco de calma, señores...
--¡Y señorita! --chilló Miss Olivia.
--Bien, y señorita... Yo no he acusado a nadie en concreto, así que no se lo tome tan a la tremenda, Miss Olivia...
--Usted es un grosero y un impertinente, coronel Closter. Le prohíbo que sospeche de mí --dijo la cabaretera, en tono frío, glacial y gélido. Yo tenía una Coca-cola en la mano en ese momento y se me congeló de golpe al hablar Miss Olivia.
--No sospecho de ninguno de ustedes --dijo el coronel, tratando de serenarnos--. Me he limitado a exponer mi pensamiento. Al fin y al cabo, todos tenemos interés en que se solucione... esta cuestión.
--Pero, ¿quién podría ser Peters? --pregunté--. Me parece muy raro que resulte ser precisamente uno de nosotros...
--Pues claro que no es ninguno de nosotros --protestó Miss Olivia, que seguía sin perdonar al coronel--. Ésa es una ocurrencia propia de una cabeza corta de ideas. Y suponiendo que fuese uno de nosotros, sólo podría tratarse de usted, coronel Closter; en su oficio se suele matar bastante, ¿verdad?
--Desde luego --suspiró el coronel, resignado a la guerra sin cuartel con Miss Olivia--. Ciertamente que yo puedo ser tan sospechoso como cualquiera de los demás.
La reunión prosiguió durante un buen rato, convertida en una serie de discusiones repetidas hasta la saciedad, encabezadas principalmente por la cabaretera, que aprovechaba el menor pretexto para meterse con el coronel por incluirla en la lista de sospechosos.
La comida del día transcurrió en un silencio parcial. Miss Olivia se negó a pasarle la sal al coronel, que se sentaba frente a ella en la mesa, así que se la pasó a su vecino de la derecha y éste al suyo, y así hasta que dio toda la vuelta a la mesa hasta llegar al coronel. Terminada la comida, y como realmente no podíamos hacer nada, nos instalamos en el salón, formando a veces pequeños grupos y conversando sobre temas intrascendentes. Yo tomé un libro titulado El arte de fumar en pipa, para imitar a Harold el día en que pudiera fumar como él. Miss Olivia encontró una novela rosa titulada La víctima de sus pasiones, pero lo dejó tras leer la dedicatoria.
--Esto de leer es muy aburrido --me dijo--. No sucede nada mientras se lee.
Reconocí que tenía algo de razón.
Cuando empezó a oscurecer, corrimos las cortinas del salón y encendimos las luces. Platt nos preparó unas bebidas y algún tentempié.
Y en este momento se apagaron las luces de la casa y quedamos sumidos en la oscuridad más absoluta.
--¿Quién ha apagado la luz? --oí decir a Miss Olivia.
--Esto me da mala espina --dijo Delbert Pomps.
--Un poco de calma, amigos --dijo el coronel Closter--. Debe de tratarse de un simple apagón. No hay que preocuparse.
--A mí no me considere entre sus "amigos" --dijo altiva Miss Olivia--. Y no me extrañaría que Peters estuviera detrás de ese apagón.
En ese momento se oyó un disparo en el salón, y a continuación un gemido y un golpe seco como el que produce un cuerpo al caer al suelo.
--¡Ahhh!
--¿Qué ha sido eso?
--¿Quién ha gritado?
--¿Quién ha disparado?
--¿Quién me ha tocado la pierna? Seguro que ha sido usted, coronel Closter. Pervertido.
--Señora, yo no me he movido de mi sitio.
--¿Nadie tiene una linterna o cerillas a mano?
--¡Que nadie salga del salón!
--¡A mí usted no me da órdenes!
--Señora, ya está bien...
--¡Señorita, coronel! ¡Se-ño-ri-ta!
--Por favor, ustedes dos, hagan el favor de dejarlo ya...
Y tan inesperadamente como se había ido la luz, regresó con gran alivio de todos.
--¡Vaya, por fin!
Y entonces vimos tendido en el suelo, con una mancha roja a la altura del corazón, a Delbert Pomps. Rápidamente, el doctor Humbert se inclinó sobre él.
--¿No será una de las bromas habituales de este tipo? --inquirió el coronel, desconfiado.
--No, coronel --dijo el doctor, poniéndose en pie--. No es ninguna de sus bromas. Le han disparado con un revólver y a quemarropa: su camisa presenta manchas de pólvora en los bordes de la herida.
--Pero, ¿quién ha podido hacerlo? --dijo el coronel.
--No esperará que el asesino le responda --me sentí obligado a decirle.
--Er... no, claro que no.
--En todo caso, sabemos que ha sido Peters --dijo Alchibald Furner, abandonando por unos momentos sus aires mundanos.
--Claro, es lógico suponer eso --dijo el coronel, reponiéndose un poco de la impresión--. Pero, ¿de dónde procedía el disparo?
--A juzgar por esas manchas de pólvora, el asesino debía estar frente a él --dijo el doctor.
--El disparo ha sonado a mi derecha --dije yo sin vacilar.
--No, Diógenes, al contrario --me contradijo Miss Olivia--. Ha sonado justo a mi lado, estoy segura.
--Pero si los dos estamos en extremos opuestos del salón --le contesté, desconcertado.
--Ambos están equivocados --intervino Furner--. Ha sonado a mi espalda, y yo estaba junto a la puerta.
--Juraría que provino de lo alto del techo --dijo X-35.
--Lamento informar a los caballeros y a la señorita de que todos ustedes se equivocan --apuntó el mayordomo--. El disparo ha sonado hacia el fondo del salón.
En fin, no hubo manera de ponerse de acuerdo sobre dónde había sonado el disparo, pues todos lo habíamos oído procedente de un lugar distinto del salón.
--De todas maneras, la posición del cuerpo nos indicará el lugar exacto desde el que le dispararon --dijo finalmente el coronel, exasperado.
--Me temo que no --dije--. Lo hemos movido al examinarlo y es evidente que a su vez han trasladado el cuerpo tras dispararle, pues Pomps estaba junto a las cortinas de la ventana cuando se apagó la luz, y sin embargo yace en medio del salón.
--No, Diógenes --dijo Miss Olivia--. No estaba junto a las cortinas, sino al lado de la puerta del salón...
--De ninguna manera --dijo Furner--. Pomps estaba mirando los libros de la biblioteca...
--Dispense --dijo el coronel--, era yo el que miraba los libros de la biblioteca.
--Todos están equivocados --dijo el doctor Humbert--. Pomps estaba al lado de la mesita tomándose una copa de coñac.
--Juraría que se sentaba en aquella silla... --dijo X-35.
--Los caballeros y la señorita me dispensarán si les digo que...
--¡Oh, basta! --saltó el coronel, interrumpiendo a Platt--. ¿Es que no hay manera humana de que nos pongamos de acuerdo sobre dónde estaba Pomps y desde dónde sonó el disparo? Es ridículo que no coincidamos en nada. --A Closter parecía salirle humo hasta de las cejas--. Pasemos a otra cuestión. ¿Quién de ustedes tiene un arma de fuego?
--¿Se refiere a un lanzallamas, coronel? --dijo Miss Olivia, sinuosa.
--Señora... --empezó el coronel, conteniendo su furia.
--Verán --le cortó X-35, algo inquieto--, como pueden comprender un espía debe ser siempre un espía.
--¿Y bien, señor X-35? --dijo el coronel--. ¿Tiene usted un arma de fuego aquí?
--Sí, coronel. Por mi oficio, debo ir siempre armado.
--¿Qué clase de armas lleva consigo en estos momentos?
X-35 tosió y explicó.
--Bien, pues ahora mismo llevo encima cinco pistolas, cuatro revólveres, tres ametralladoras desmontables, dieciocho bombas de mano, un lanzallamas en miniatura, cinco bombas lacrimógenas, dos pistolas de rayos láser, un viejo fusil recuerdo de familia, trece cuchillos, una daga mora, una pistola de rayos desintegradores, un puñal malayo recuerdo de la guerra, una navaja suiza, una navaja de Albacete y una bomba atómica de bolsillo. En la maleta que hay en mi habitación tengo...
El coronel alzó una mano para detenerle.
--Bien, bien --le dijo--. Creo que es suficiente por ahora. Nos hacemos cargo de... ah, las obligaciones de un espía al servicio de Su Majestad británica.
--Me gustaría saber dónde esconde tanta cosa --dijo intrigada Miss Olivia--. ¿Ese bulto en su bolsillo es una porra de goma?
--No, Miss Olivia, es que me alegro de verla --contestó X-35.
--¿Alguien más tiene alguna arma? --preguntó el coronel.
Los demás afirmamos no tener ninguna. El coronel Closter propuso registrarnos a todos, pero ante la amenaza de Miss Olivia de sacarle los ojos con las uñas si se atrevía a ponerle un solo dedo encima a ella o a su maleta de viaje y la idea de descargar de todo su material a X-35 (que nadie tenía la menor idea de dónde lo llevaba oculto, pues el espía era un individuo pequeñito y delgado), finalmente se descartó el registro. Además el coronel decidió, con bastante buen juicio, que si Peters era uno de nosotros, no sería probable que se pasease con pistolas o frascos de veneno en los bolsillos. Finalmente, cargamos con el cadáver de Delbert Pomps y lo enterramos en la playa al lado de los otros dos previamente asesinados.
Aquella noche, todos atrancamos las puertas de nuestras habitaciones con muebles y sillas. No estaba de más tomar toda clase de precauciones.
A la mañana siguiente, bajamos a tomar el desayuno en fila india y en silencio. Platt nos recibió en el comedor con la habitual gravedad de un mayordomo británico y dijo:
--Picaré un poco de carne en la picadora, si les parece. Anoche la mayoría de ustedes apenas cenó...
--No estábamos para cenitas, Platt --dijo el coronel--. Sí, creo que será buena idea tomar un desayuno un poco más fuerte de lo habitual.
Nos sentamos a las nueve en el comedor. A las diez aún seguíamos esperando a que regresara el mayordomo portando el desayuno.
--Diantre, sí que le toma tiempo el picar carne --gruñó el coronel.
--Iré a ver --dije, levantándome.
Fui a la cocina, donde suponía que Platt debía de estar, preparándolo todo. Pero la cocina estaba desierta. Sobre la gran mesa que había en el centro, y al lado de la picadora de carne, había un gran cesto lleno de una masa rojiza muy extraña. Pegado en la cesta había un letrero en el que ponía:
ESTO ES LO QUE QUEDA DE PLATT
Volví al comedor y les dije a mis compañeros de infortunio:
--Creo que deberemos sacar las palas, porque antes de que desayunemos habrá que enterrar al mayordomo.
Yo estuve tentado de decir que quizá a partir de ahora fuera mejor que los muertos se enterrasen ellos mismos, para ahorrarnos trabajo a los que aún no habíamos sido asesinados. Pero como el coronel Closter no hacía el menor caso de mis sugerencias, preferí callarme y coger la pala.
(continuará)
August 09 DIEZ CHINITOS (2) Todos permanecimos en un total silencio durante un largo espacio de tiempo. Platt y Eunice, los dos sirvientes, que habían estado atendiendo a servir las bebidas, estaban tan pálidos y callados como los invitados.
--¡Voto a bríos! --estalló el coronel Closter, finalmente, rompiendo el incómodo silencio--. ¿Qué clase de broma es ésta?
--No parece ser una broma, precisamente --repuso el doctor Humbert, en tono seco.
--¿De dónde provenía esa voz? --preguntó Miss Olivia, frívolamente--. Si quiere un autógrafo, se lo firmaré.
X-35 se levantó de la butaca en que se había sentado al entrar en el salón y salió afuera. Le oímos abrir una puerta y lanzar a continuación un "¡Ajá!" de satisfacción. Nos llamó para que acudiéramos a ver lo que había encontrado.
El espía estaba en pie ante la puerta de una habitación en la que se veía una mesita sobre la cual había un magnetófono conectado a un buen par de altavoces. Lo pusimos en marcha tras rebobinar la cinta, y se empezó a oír el mismo mensaje de antes.
--Pues podrían haber puesto música de los Beatles en vez de eso --gruñí, en cuanto X-35 lo paró.
--¿Quién puso en marcha esa cinta? --inquirió el coronel.
Resultó que había sido Platt, el mayordomo. El señor Peters le había dejado indicado en la nota en la que le comunicaba la imposibilidad de asistir a la fiesta que pusiera en marcha el magnetófono cuando todos hubieran llegado y estuvieran juntos en el salón. Platt pensó que sería música para entretenernos.
--Les aseguro que ignoraba el contenido de la cinta --dijo--. Pensé que sería Mozart o algo así...
--¿Quién es ese Mozart? --preguntó la cabaretera--. ¿Escribe revistas musicales?
Nadie se molestó en contestar a su pregunta. El coronel Closter se dirigió furioso hacia Delbert Pomps.
--¡Eso es cosa de usted, maldito payaso! --le acusó--. ¿Por qué no le va a gastar broma a su señora abuela?
--Les aseguro que no tengo nada que ver con esto --dijo Pomps, que por vez primera parecía hablar en serio--. Soy otro invitado más, como ustedes.
--Eso habrá que verlo.
--El caso --dije yo-- es que lo que la voz ha dicho sobre mí es cierto. Soy el ayudante del detective Harold Smith, y hace unos meses detuvimos al asesino de Slimhall, un guionista radiofónico que fue asesinado por un actor. Deberíamos saber si lo que ha dicho de los demás es cierto o no.
--A mí no me importa reconocer que es totalmente cierto --dijo Miss Olivia, paseando boquilla en mano--. De hecho, el número de mis admiradores que se han suicidado por mí es superior a treinta. Ya se sabe que las artistas somos frívolas y descocadas y partimos el corazón de los hombres que nos regalan bombones, joyas y su amor. ¡Qué le vamos a hacer! --terminó, envolviéndonos a todos en una nube de humo de su cigarrillo.
El coronel habló a continuación:
--Bien, es cierto que le sacudí a un subordinado que me faltó al respeto debido. ¡Soy un militar del ejército británico y toda insubordinación debe castigarse ejemplarmente! Cualquiera hubiera hecho lo mismo.
--A mí no se me puede culpar de nada --dijo X-35--. Soy un espía y he de recurrir a métodos expeditivos. Si en el curso de mis acciones algún inocente perece atropellado durante una persecución, ha sido por el bien de Inglaterra.
--Muy bien dicho --aprobó el coronel.
--En fin, una broma es una broma --dijo Delbert Pomps--. Y tampoco hay que enfadarse por ello. Cierto que a alguien, ni siquiera recuerdo a quién fue, le di un puro con petardo dentro que le dejó alguna cicatriz en la cara... ¡He repartido tantos! Puede que sea ese misterioso señor Peters, que desea gastarme un bromazo a mí también.
--Pues se lo tiene merecido --gruñó Closter.
--No veo qué mal hay en pisar una lagartija --protestó Archibald Furner, sacudiéndose con ademán mundano una imaginaria mota de polvo de la solapa--. En las excursiones se va admirando el paisaje, no el suelo que se pisa.
--La verdad es que no recuerdo haber puesto sal en el café de mi tía --dijo Tom Atte, extrañado--. Cierto que soy un poco despistado, pero vamos, tanto como para confundir la sal con el azúcar... Lo que sí recuerdo es que mi tía se murió tomando café. Igual fue ella la que se equivocó...
--Si confundí las guindillas con las fresas se debe a que soy un poco... ah, corta de vista --dijo Eunice, poniéndose colorada.
--Debo decir a los señores --dijo Platt, el mayordomo--, por lo que a mí respecta, que se trataba de un gato muy fastidioso que enredaba en el jardín de mis señores y estropeaba sus macizos de rosas. Cumplí estrictamente con mis deberes hacia mis amos al resolver el problema del gato de una manera... ah... definitiva.
--Equivocarse en la receta a un paciente es muy normal --dijo el doctor Humbert--. También puede ser que se equivocara el farmacéutico al prepararla. La mitad de ellos ni siquiera sabe leer. Bah, no pueden probar nada contra mí.
Tras esta última explicación, todos permanecimos un rato en silencio. Finalmente, Miss Olivia lo rompió hablando en tono frívolo.
--Bien, pues al parecer y según lo que dijo la cinta, no saldremos vivos de aquí. ¡Qué emoción!
--Eso lo veremos --dije yo, adoptando los aires mundanos de Furner, aunque con poco éxito--. No será fácil vencer a la mano izquierda de Harold Smith.
--¿Harold Smith es manco del brazo izquierdo? --preguntó con sorna Pomps.
--Creo que todo esto no es más que una broma pesada de algún conocido común nuestro --intervino Furner.
--El único bromista que conozco está aquí --dijo el coronel, mirando hostilmente a Delbert Pomps.
--¡Pero qué manía les ha dado conmigo! --protestó Pomps--. ¡Les digo y repito que nada tengo que ver con esto! ¡Soy un invitado más y no conozco a ese Peters!
--Eso es lo malo de ser un bromista y un imbécil, señor mío --dijo el coronel--. Que cuando se dice la verdad, nadie le crea.
Antes de que Pomps pudiera replicar, algo nos distrajo inesperadamente.
Tom Atte había lanzado un gemido ronco y llevándose una mano a la garganta cayó redondo al suelo, soltando la copa que sostenía en la mano.
Todos nos precipitamos hacia él, pero el doctor Humbert nos obligó a retroceder con un ademán, al tiempo que se inclinaba para examinar a Atte. Luego, tomó la copa que había caído junto a él y la olió. Finalmente, se incorporó y dijo, con tono grave:
--Este hombre está muerto. Había veneno en su bebida. El olor es inconfundible.
Todos nos miramos unos a otros, atónitos.
--Parece que el misterioso señor Peters ha empezado a cumplir su amenaza --comenté, un tanto innecesariamente.
--¡Oh, miren! --exclamó Miss Olivia--. ¡Falta uno de los chinitos!
Era cierto. Unos momentos antes nos habíamos fijado en las diez figuritas de chinitos situadas sobre la repisa de la chimenea. Ahora, sólo había nueve. La décima había desaparecido misteriosamente. De nuevo nos miramos los unos a los otros, pálidos cual espectros.
--Qué emocionante es esto --dijo Miss Olivia, aplaudiendo como una cría--. Estamos viviendo los últimos instantes de nuestras existencias.
El coronel Closter, Furner, el doctor Humbert, Pomps y yo trasladamos el cadáver de Tom Atte cerca de la playa y lo enterramos al pie de uno de los árboles que la rodeaban.
--Así estará a la sombra y no le picará el sol --dijo el idiota de Pomps.
Luego, regresamos a la mansión, pues entre unas cosas y otras se nos había echado encima la hora de comer. Platt y Eunice nos sirvieron en el comedor, y comimos en medio de un silencio generalizado, roto de cuando en cuando por los frívolos y disipados comentarios de Miss Olivia.
--Qué buenas estás las patatas fritas que acompañan este pollo... Ah, no, croquetas no... Engordan y debo cuidar la esbeltez de mi figura, caballeros. Incluso aunque sea asesinada de un momento a otro, debo cuidarme, por si algún caballero de los presentes desea ser seducido por mí... Claro que, bien pensado, a los condenados a muerte se les permite un último deseo, ¿verdad? ¿No hay más champán? El champán y yo somos inseparables, caballeros. Somos como Lennon y McCartney, como Romeo y Julieta...
--Como Ramón y Cajal --musité yo, lúgubremente.
Tras la comida, el coronel Closter adoptó una decisión heroica.
--Si ese misterioso Peters se esconde en la isla, daremos con él --dijo--. La exploraremos de cabo a rabo.
La idea fue aprobada por todos y nos armamos de cuerdas y palas (aunque no sé por qué), partiendo de expedición exploratoria. Pero lo cierto es que no había mucho que explorar en la isla, pues como he dicho era muy pequeña, carecía de cuevas o grutas, y tampoco había pozos naturales donde alguien pudiera esconderse. En poco rato la hubimos explorado toda y con resultado infructuoso.
--Muy bien --dijo el coronel--. Eso significa que está escondido en la mansión.
--Existe otra posibilidad --dije.
--¿Cuál?
--Puede que se esconda en un submarino de bolsillo cerca de la playa.
El coronel me miró fríamente.
--Me parece una posibilidad realmente fantástica, joven. Creo que la pasaremos por alto.
Entramos en la mansión y encontramos a Miss Olivia, la única que se había quedado en ella durante nuestro registro, atizándose té con pastas y fumando en su inseparable boquilla, recostada en el diván y entrenándose para seguir haciendo de mujer fatal.
--Hola, muchachos --nos saludó con una caída de ojos--. Debo reconocer que así sudados como están, resultan ustedes muy viriles. ¿Han encontrado a ese hombre tan horrible y misterioso?
--No --dijo el coronel, secamente--. Ahora vamos a registrar la mansión.
--Les deseo suerte, caballeros. Yo permaneceré aquí, esperándoles, porque es una tarea poco apropiada para una artista refinada como yo, y no deseo ensuciarme con telarañas y cosas así.
Nos dividimos en tres grupos. Yo fui con Archibald Furner, cuyos modales y gestos mundanos me estaba esforzando en aprender, y registramos a conciencia el desván.
--Puede que se esconda dentro del depósito de agua, con una escafandra para respirar --sugerí.
Fui a averiguarlo y regresé completamente mojado.
--Negativo --dije--. ¿Y usted ha encontrado algo?
Furner se sacudió mundanamente el polvo y las telarañas que adornaban ahora su traje.
--Nada, muchacho. No está en esta parte de la mansión. Creo que iré a cambiarme de traje. Este se me ha puesto perdido de polvo.
--Buena idea. Yo también iré a cambiarme, porque con la ropa mojada pillaré un resfriado.
El resultado del registro fue infructuoso: nadie encontró al misterioso Peters en parte alguna de la mansión. Por lo visto, no estaba escondido ni en ella ni en la isla.
--Pues, entonces, ¿dónde está? --preguntó el coronel, desconcertado--. ¿Y cómo se propone a asesinarnos? ¿Por control remoto?
Yo iba a decir que muy posiblemente lo hiciera así, pero tras la fría recepción a mi sugerencia del submarino de bolsillo, decidí callarme.
--Lo sabremos si mañana nos despertamos todos vivos o no --dijo Miss Olivia.
Y desde luego, a la mañana siguiente no nos despertamos todos. Platt, el mayordomo, llamó a la habitación del coronel Closter, muy excitado, y luego el coronel nos despertó a todos. Al parecer, Eunice, la esposa de Platt, no se despertaba ni a tiros.
El doctor Humbert entró en la habitación del matrimonio para examinar a Eunice.
--No es extraño que no se despierte, Platt --le dijo luego--. Está muerta.
--Pero... ¿cómo ha muerto? --inquirió el coronel.
--Bien, por lo que parece ha tomado una dosis excesiva de somníferos --Humbert señaló unos frascos de pastillas que había sobre la mesilla de noche de Eunice--. Lo mismo puede haber sido un lamentable accidente, que un suicidio, o un asesinato...
Platt confirmó que su esposa a veces recurría a los somníferos cuando estaba excesivamente nerviosa y temía que le costase conciliar el sueño. Pero no sabía si esa noche los había tomado, ni tampoco cuántos, pues él se hallaba en la cocina recogiendo los víveres en la despensa, y cuando subió su esposa ya estaba en la cama, aparentemente dormida.
--Por si a alguien le interesa --dijo Miss Olivia--, falta otro chinito en la repisa de la chimenea.
(continuará)
August 08 DIEZ CHINITOS (1)(serie Aventuras de Harold Smith)
(c) 2007 by J.C. Planells
"Es más fácil manejar la ficción que la realidad"
Harold Smith (al final del relato)
Estábamos en pleno verano y Harold Smith y yo pasábamos una temporada muy aburrida. Como la gente se había ido de vacaciones, no se cometían delitos (bueno, sí, pero tenían lugar en otras partes, y como nosotros no nos movíamos de Londres no podíamos resolver esos casos); nuestros conocidos y amigos, como Laurence Jameson de Scotland Yard, también estaban de vacaciones (seguramente capturando a ladrones que a su vez también estarían de vacaciones); la señora Lane, nuestra portera, se había ido con su hija Sandra de veraneo nada menos que a la Costa Brava (Sandra me prometió traerme un cubo lleno de arena como recuerdo, por si sentía añoranza de aquellas playas). Y como las editoriales y las librerías también parecía que hicieran vacaciones, no se publicaban novelas policiacas nuevas, con lo que Harold no podía mantener sus facultades deductivas en forma entre tanta calma chicha. Total, que recurría a mí, como en los tiempos de penurias, para que le escribiera relatos de enigmas policiacos que pudiera resolver.
Pero mi imaginación al parecer también se había ido de vacaciones con el calor que hacía en Londres y con tanto aburrimiento general, y no se me ocurrían ideas.
--Pues esfuérzate --dijo Harold, muy serio--. No podemos seguir así, cayendo en la desidia. Un buen investigador ha de estar siempre en forma.
--A mí no me importa caer en la desidia esa. Y hace demasiado calor para pensar, jefe.
--Debería darte vergüenza. Debes mantenerte alerta como yo en la lucha contra el crimen.
--Pero, ¿qué alerta quiere mantener si todo el mundo se ha ido fuera de Londres? Y los que vienen, se dedican a mirar la Torre de Londres, el Big Ben, el Museo de Cera y cosas así.
--Pues no podemos seguir de esta manera o seremos víctimas de la parálisis cerebral. Nuestro cerebro ha de mantenerse activo descifrando enigmas, resolviendo misterios... De lo contrario, cuando un cliente en apuros requiera nuestros inapreciables servicios o Londres se vea amenazada por terribles asesinos, estaremos anquilosados.
--Bueno, yo siempre estoy un poquito anquilosado, jefe. Y no me importa seguir estándolo.
--Deja ya de decir tonterías; todavía parece que haga más calor cuando sueltas tantas majaderías seguidas. ¡Piensa! ¿No se te ocurre ningún enigma que escribir para que yo lo resuelva, como en otras ocasiones, cuando no teníamos dinero para comprar novelas policiacas?
--¿Pero es que me toma por un profesional de la literatura o qué? Al final, cogeré todos los cuentos policiacos que le he escrito y me iré a la Penguin, a ver si me dan algo por ello...
Harold se mosqueó y estuvimos un par de días de morros. Luego, una mañana, mientras ordenaba la estantería donde guardaba sus novelas, pensé en algo... ¡Claro! ¡Cómo no había caído en ello!
--¡Jefe! ¡Ya lo tengo! ¡Tengo un enigma para que lo resuelva!
El rostro de Harold se iluminó.
--Pero es muy complicado --le advertí.
--Nada es demasiado complicado para mi cerebro superior --dijo rápidamente.
--Mire, se trata de algo que me ocurrió el verano pasado, cuando usted se fue a pasar unos días en la finca campestre de su familia y yo me quedé de guardia en la agencia...
--¿Qué ocurrió?
--Todo empezó con una invitación que recibí de un tal Peters, para que acudiera a una isla llamada Capricornio de su propiedad. Pero será mejor que lo escriba todo. Le advierto que la cosa es larga...
--¡No importa! ¡No importa! --Harold se frotó las manos con satisfacción--. Cuanto más largo y misterioso sea, mejor. ¡Venga! Siéntate a tu mesa y empieza ya. Recuerda que debes dejar pistas y...
--No, jefe. No es eso. Quiero decir, hay crímenes, de hecho hay la tira de crímenes, pero nunca se supo quién los cometía...
El rostro de Harold aún se iluminó más y parecía a punto de ponerse a saltar de júbilo.
--¿De veras? ¡Mejor aún! ¡Todo un reto para Harold Smith! ¡Descubrir a un asesino real que nunca fue descubierto! ¿Cómo no lo dijiste antes, merluzo?
--Porque me había olvidado de ello, con tanto crimen por aquí --dije, tomando una hoja de papel y empezando a escribir afanosamente en ella: "Un día recibí una invitación..."
Un día recibí una invitación en la agencia para que acudiera el día 13 de julio a la isla Capricornio, donde tendría lugar una fiesta y en la que era imprescindible mi presencia. La invitación procedía de un tal Peters. No se me ocurría ningún Peters que pudiera conocerme, la verdad, y pensé que sería un error, que sin duda la invitación debía de ser para Harold Smith y no para mí. Tampoco recordaba ningún cliente nuestro que se llamase así, y al final creí que sería para algo de propaganda, una oferta para comprar parcelas de la isla Capricornio o algo por el estilo. Pero con Harold en la casa de campo de su familia y yo aburrido en Londres, decidí aceptar la invitación. Una fiesta no dejaba de ser una fiesta.
Preparé una maleta con cuatro cosas y tomé el tren con destino al pueblecito de la costa norte de Inglaterra indicado en la invitación, y ante el que se hallaba dicha isla, a unas tres millas o así de él. El tren era de esos que aún funcionaban con carbón, o sea, no era muy moderno que digamos, y parecía que íbamos a descarrilar de un momento a otro. Eso significaba que ni el pueblecito ni la isla eran demasiado importantes ni poblados y para ir allí cualquier trasto servía. En fin, llegamos enteros, aunque magullados, tras dos horas de pesadísimo viaje.
Una vez me hube apeado del tren en la estación, se me acercó un tipo preguntando:
--¿Es usted un tal Diógenes?
--Pues sí.
--Tenga la bondad de acompañarme. Aquellos señores que ve allí son otros invitados a la isla Capricornio. Yo soy Carmill, el barquero del pueblo, y tengo orden de llevarles hasta la isla en mi barca.
--Pues muy bien.
Seguí a Carmill hasta donde estaba el grupo indicado, que en total eran siete personas. Hacía un poco de viento y la temperatura era bastante fresca en aquella región del país. En seguida nos presentamos nosotros mismos, ya que íbamos a compartir barca y fiesta en la isla. A continuación, doy sus nombres y rasgos característicos:
El coronel Closter era un hombre de edad madura, de aspecto marcial, fumaba siempre una pipa humeante como una chimenea y vestía gabardina con las solapas medio levantadas.
Tom Atte era un joven con aspecto despistado y también fumador de pipa, pero con más discreción y menos pipa.
X-35 era, como indica su nombre, espía de profesión, y llevaba todo el cuello y solapas de la gabardina levantados, el sombrero calado sobre el rostro, y por tanto no se le veía nunca la cara.
Miss Olivia, una señorita de unos treinta años que dijo llamarse así, tenía aspecto de cabaretera e iba bastante pintarrajeada. Sospeché que era rubia oxigenada pero no lo pude comprobar con seguridad. Fumaba en boquilla y casi estuvo a punto de saltarme un ojo con ella.
Archibald Furner era un tipo de aspecto mundano, modales mundanos, voz mundana, mirada mundana, gestos mundanos y bigote mundano.
El doctor Humbert era más cerrado que una ostra. Bajo, medio calvo y con gafas, sólo se expresaba con monosílabos, y eso cuando hablaba, que era casi nunca. Daba la impresión de estar de malhumor siempre.
Delbert Pomps era un bromista de esos que hacen época. Más bien parecía un completo imbécil con propensión a hacer el majadero a cada instante. Estuvo todo el viaje en barca haciendo idioteces hasta hartarnos a todos.
Éstas eran las siete personas que iban conmigo a la isla Capricornio. Pensé que formábamos un grupo un tanto raro como invitados, y no veía yo qué podíamos tener en común un espía, un bromista mamarracho, una cabaretera y un médico malhumorado. Por cierto, que la barca estuvo a punto de volcar gracias a una de las bromitas de Delbert Pomps.
--¿Conoce usted a nuestro anfitrión, el señor Peters? --me preguntó el coronel Closter.
--No --repuse--. Y la verdad es que tampoco conozco a nadie llamado Peters.
--Es singular, sí. Yo tampoco lo conozco --dijo el coronel--. ¡Hum! Es raro.
Al final resultó que ninguno de nosotros conocía al tal Peters que nos había invitado.
--Sin duda es uno de mis muchos admiradores --dijo frívolamente Miss Olivia--. Tengo tantos...
--Puede ser uno de mis amigos, que desea gastarme una broma... --dijo Delbert Pomps.
X-35, el espía, dijo:
--Quizá es una reunión de los mandatarios mundiales para avisarnos de un próximo ataque soviético.
--¿Y para qué nos lo habrían de comunicar a nosotros? --le preguntó Archibald Furner.
--Para que seamos los únicos que nos salvemos cuando caigan las bombas --dije--. Creo haber visto una película sobre eso...
--¿Y deberemos continuar la humanidad nosotros solos? --preguntó Miss Olivia.
--Apruebo esas palabras --dijo Tom Atte, mirándola de una manera muy rara.
La isla estaba ya a la vista. Era bastante pequeña, la verdad. Había una colina en cuya cima se elevaba una mansión de aspecto algo antiguo, pero evidentemente modernizada y acogedora. No se veían más construcciones, y tampoco es que hubiera mucho sitio en la isla para hacerlas. Total, cuatro árboles y unas cuantas rocas. Al menos, tranquilos sí estaríamos.
Desembarcamos en la orilla y Carmill regresó con la barca hasta el pueblo.
--Ya podría haber alguien para esperarnos --gruñó el coronel Closter.
No lo había, así que tuvimos que cargar con nuestras maletas y subimos la pequeña cuesta que conducía hasta la mansión, con el sol dando de lleno en nuestras cabezas. Al rato, la cuesta no era tan pequeña y todos resoplábamos como bueyes. Para acabar de animarlo, el cretino de Delbert Pomps le puso la zancadilla a Miss Olivia, que bajó rodando hasta el pie de la colina.
Tuvimos que descender todos para ayudar a levantarse a la cabaretera, que estaba cubierta de polvo y lloriqueando porque el vestido le había quedado hecho un asco. El coronel Closter, el doctor Humbert, Archibald Furner y yo votamos para linchar a Delbert Pomps (Tom Atte estaba demasiado distraído para enterarse de lo que pasaba y no votó). Pero como empezaba a apretar el calor, lo dejamos correr y no le linchamos; además, no había ninguna cuerda a mano. Volvimos a subir la cuesta, mientras Pomps se reía de nosotros, sentado en su maleta allá arriba y esperándonos.
Nos íbamos a lanzar sobre él cuando se abrió la puerta de la mansión y aparecieron un hombre y una mujer de edad madura. Deduje que serían el servicio, y así era.
--Bienvenidos, señores --nos dijo él, respetuosamente--. Soy Platt, el mayordomo, y ella es mi esposa, Eunice. El señor Peters nos ha contratado para atenderles debidamente durante su estancia en la mansión. El señor Peters lamenta no poder estar presente en la fiesta debido a una repentina indisposición que le ha impedido acudir a la isla.
--Pues mal empezamos --gruñó el coronel.
--Si tienen la bondad de seguir a mi esposa, les indicará sus habitaciones para que depositen en ella sus equipajes, mientras yo les preparo unas bebidas en el salón.
Así lo hicimos, y una vez hubimos dejado las maletas en la habitación asignada a cada invitado --que supuse serían todas igual de lujosas y cómodas que la mía--, nos encontramos todos en el salón con unas bebidas preparadas para cada uno.
Mientras, Delbert Pomps hacía el idiota sin que le prestáramos la más mínima atención, el coronel Closter nos aburría con sus batallitas en la India y la cabaretera echaba el humo en la cara de todos con su dichosa boquilla. Y en ese instante, de repente, cubriendo la engolada voz del coronel, se oyó otra muy potente que no parecía provenir de ningún lugar en concreto, y que decía:
--Atención, señoras y caballeros, escuchen unos instantes.
Se produjo un inmediato silencio, miramos a nuestro alrededor para averiguar de dónde salía aquella voz. Y ésta prosiguió diciendo:
--Acuso a Tom Atte de haber puesto un día sal en el café de su tía en lugar de azúcar, por despiste, ocasionando su fallecimiento por ahogo. Acuso al coronel Closter de haber roto su bastón sobre la espalda de uno de sus subordinados al faltarle al respeto. Acuso a Diógenes de haber arrestado al asesino de Wilfred Slimhall, con la ayuda del detective Harold Smith, quien no ha sido invitado para que no me descubra. Acuso a Eunice, la mujer del mayordomo, de haber puesto en cierta ocasión guindillas en lugar de fresas en un pastel que preparaba, equivocadamente, ocasionando una perforación de estómago a su señora con funestas consecuencias. Acuso a Archibald Furner de haber pisoteado a una inofensiva lagartija durante una de sus excursiones, ocasionándole la muerte. Acuso al doctor Humbert de equivocarse al extender una receta a uno de sus pacientes, a causa de lo cual dicho paciente tuvo que ser incinerado. Acuso a Miss Olivia, frívola cabaretera, de haber llevado al suicidio a treinta y tres de sus admiradores, ante el rechazo de que les hizo objeto. Acuso a Platt, el mayordomo, de haber maltratado al gato del vecino de sus últimos amos. Acuso a Delbert Pomps de haber regalado un puro con un petardo dentro a un primo suyo, dejándole el rostro desfigurado al estallarle en la cara. Acuso a X-35 de emplear su licencia para matar atropellando con su coche a pacíficos ciudadanos en su tiempo libre. Éstos son sus delitos, señoras y caballeros. Y por ellos irán pagando uno a uno, sin piedad alguna por mi parte. La misma falta de piedad que ustedes han mostrado al cometerlos. Antes de despedirme de ustedes, debo advertirles de que es completamente inútil que traten de escapar de la isla. No hay embarcación alguna que pueda conducirles a tierra, y Carmill, el barquero, tiene orden de no acercarse a la isla, ocurra lo que ocurra. Finalmente, si tienen la bondad de mirar a la pared donde está la chimenea, verán sobre la repisa diez figuritas de chinitos. A medida que ustedes vayan siendo eliminados, irá desapareciendo una figurita... Nada más. Les presento mis respetos y les deseo lo pasen lo peor posible en la isla Capricornio.
La voz calló tan misteriosamente como había empezado a oírse.
(continuará)
August 07 LOS RELATOS DE EMILIA PARDO BAZÁN(c) 2006 by J. C. Planells
Es bien sabido que hay autores mucho más dotados para el relato corto que para la novela. En ciencia ficción se conoce en este terreno a Arthur C. Clarke y a Robert Sheckley, por citar sólo un par de ejemplos, y en narrativa general, a W. Somerset Maugham, del que sin embargo sólo conozco sus novelas.
A esta lista de autores (ampliable, lógicamente), se añade Emilia Pardo Bazán (1851-1921), contemporánea de Galdós, con el que además mantuvo una cierta relación sentimental. Aunque la Pardo Bazán tiene varias novelas bien conocidas y representativas de la novelística española del XIX (para mí la mejor desde el siglo de Oro, y sin sucesores desde el estallido de 1936, que acabó con la generación posterior de los Valle, Baroja, la "otra" del 27, etc.), lo más impactante de esta autora es el relato corto, del que se calcula llegó a publicar más de 500 en revistas, recopilaciones, etc. Sólo una pequeña parte se han recogido en libros por la propia autora, y por estudiosos de su obra, que los han reunido posteriormente en temáticas incluso más variadas (muchos de ellos sin duda se han perdido, o permanecen ignorados, al haberse extraviado datos de publicación y revistas de la época: piénsese que no hace mucho aún se descubrieron un par de relatos de Galdós que no se conocían anteriormente), y desde luego una buena parte están en las Obras (in)Completas de Aguilar.
Hay ediciones modernas de ellos, de las que citaré una en Alianza bolsillo, Un destripador de antaño y otros cuentos, y varias en Editorial Bercimuel, pésimamente editadas, llenas de erratas procedentes de una lectura óptica muy mal corregida --o no corregida, simplemente--, y ordenadas por temáticas (según la reedición del editor, a veces se añaden relatos): Cuentos policiacos, Cuentos de amores, Cuentos de la Galicia Antigua, Cuentos sangrientos...
Pardo Bazán nos ofrece en todas estas recopilaciones una variedad temática impresionante. Relatos picarescos, dramáticos, de terror, policiacos, costumbristas, del campo, irónicos, de amor, humorísticos, trágicos, de Navidad, fantásticos... La variedad de temas es increíble. Lo más notable es la intemporalidad (eso que sólo poseen los clásicos en toda la extensión de la palabra). Si bien casi todos ellos están ambientados en la Galicia o el Madrid de la segunda mitad del XIX, la acción y lo narrado podría ser muy bien contemporáneo. Un ejemplo, terrible, de esto es el relato "Las medias rojas", incluido en el volumen de Alianza y en Cuentos sangrientos de Bercimuel: un brevísimo relato (cuatro páginas escasas) cruel y trágico, cuya lectura produce verdadero dolor por el desdichado sino de la protagonista. La ambientación en la Galicia rural finisecular podría muy bien trasladarse a cualquier rincón del mundo y ahora mismo; Pardo Bazán, con cuatro páginas solamente, deja al lector con un nudo en la garganta y dolor en el corazón.
La crueldad de unas personas hacia otras personas, la indiferencia y el sacrificio de otros son la temática o la base de muchos de sus relatos: "La dentadura", incluido en Cuentos de amores, es otra historia que produce dolor por la decisión que toma su protagonista y por la indiferencia, el desdén, del personaje masculino; "Los huevos arrefalfados", de la misma colección, presenta el tema ahora tan actual del maltrato a las mujeres; lamentablemente la solución del relato es mucho más satisfactoria de lo que ocurre en la vida real, pero en todo caso ahí está el tema, bien indicativo de las preocupaciones de Pardo Bazán hacia la condición de la mujer (ella fue, no hay que olvidarlo, una de las precursoras del movimiento feminista y reivindicativo de la mujer en un tiempo que no se estaba para estas bromas, y, curiosamente, fue su propio padre el que la aleccionó sobre ello); "Elección", otro tema rural, y de lectura dolorosa, sí pertenece a la problemática de su tiempo, hoy superada, aunque en su final también persiste la crueldad de unas personas hacia los menos favorecidos, algo que siempre preocupó a la autora.
Esta variedad de temas da gran riqueza a sus relatos: los Cuentos de amores no son siempre entre hombre y mujer: pueden ser de madre e hija, o de una mujer hacia su animal de compañía, o de un padre por su hijo. Pueden ser picarescos ("La mirada"), dramáticos ("La chucha")... Entre sus relatos policiacos, pues ella fue una precursora del género en España, cuando Conan Doyle ya era muy popular por sus relatos de Sherlock Holmes, lo mismo encontramos la intriga detectivesca tradicional, como en la muy conocida novela corta "La gota de sangre", junto con otros que combinan el costumbrismo y la picaresca (la "crocker story") como el titulado "De un nido", o lo puramente criminal como en "El indulto", uno de los más conocidos de la autora (y otro cuento intemporal).
Con la salvedad de los muy conocidos "La gota de sangre" y "Un destripador de antaño", que tienen la extensión de novela corta , los demás suelen tener de 4 a 8 páginas como mucho. Su brevedad, lo magistral de su estilo, lo conciso y preciso de la frase, la riqueza de la narrativa, los convierten en un verdadero placer. Y causan adicción, que es lo bueno...
Nota de 2007: Posteriormente a la escritura de esta nota, han aparecido más colecciones de cuentos de Pardo Bazán, que en algunos casos recogen varios de los aparecidos en Bercimuel, pero mejor editados. Vale la pena señalar Cuentos de mujeres valientes, editado por Clan, y La maga primavera, editado por Lengua de Trapo.
August 05 AUTORES OLVIDADOS (28). ADOLPHE D´ENNERY: Dramas y novelas(c) 2006 by J.C. Planells
Este olvidadísimo autor francés, nacido en 1811 y fallecido en 1899, y llamado en realidad Adolphe Philippe Dennery, fue un popular dramaturgo, que no sólo estrenó con éxito sus dramas originales, sino que colaboró con otros autores, principalmente con Julio Verne en la adaptación de algunas de sus novelas al teatro, como La vuelta al mundo el 80 días. Su mayor éxito fue el drama escrito en colaboración con Eugene Cormon Las dos huerfanitas, un gran éxito en 1874 que ambos autores decidieron adaptar a novela por entregas en 1887-1889, renovando el éxito popular de la obra, que se enriquecía con mayores personajes y una trama más prolongada. El éxito fue tal que aparte las ediciones en otros países, fue llevada posteriormente al cine, siendo el primer adaptador David Ward Griffith en 1921, en una de sus más celebradas películas (está disponible en DVD). Posteriormente hubo muchas otras adaptaciones, principalmente francesas, pero hubo incluso una mejicana, también disponible en DVD.
La novela, obvio es decirlo, no es ninguna obra maestra, sino un melodrama lacrimógeno con todos los ingredientes para atrapar a lectores (más bien lectoras) amantes de personajes que sufren mucho, en este caso dos hermanas que han quedado huérfanas (una rubia, la otra morena; una ciega, la otra no), que pasan las mil y una peripecias en el París revolucionario cuando debido a un incidente quedan separadas la una de la otra. La ciega caerá en poder de una malvadísima mujer que la explotará sin piedad hasta que será salvada por el galán de turno y la malvadísima mujer muere quemada viva cuando se le incendia el cabello estando borracha perdida. No hace falta decir que al final la verdad triunfa, la virtud resplandece, las hermanas se reúnen y tienen unos novios que son una maravilla; me parece recordar que la ciega recobra la vista, incluso.
Curiosamente, las ediciones españolas de la época y algunas posteriores omitieron siempre el nombre del co-autor de la novela (y drama original), Eugene Cormon. Quizá haya una explicación para esto (D´Ennery era muy popular por sus muchos éxitos y trabajos, y parece que Cormon no). En fin, hoy ya nadie recuerda ese éxito de hace más de un siglo, tantas veces llevado al cine. Ha sido sustituido por los culebrones televisivos, que ofrecen exactamente lo mismo.
August 03 SI CAMBIAS, QUE SEA PARA MEJORAR(relato inédito (c) 1983 by J.C. Planells
El desconocido tenía la vista fija en la placa de bronce de la puerta, cuando un fatigado Jaime Carvajal se dirigía a ella para abrirla.
--"Patentes e inventos". ¿Es aquí? --preguntó el desconocido.
--Sí, claro. Es lo que pone la placa, ¿no? --gruñó Carvajal, luchando con el llavín y la cerradura.
Se había levantado con dolor de cabeza y un presentimiento de que aquel día iba a resultar peculiarmente nefasto. Encontrar a un idiota con la vista pegada al anuncio de su puerta no contribuía a mejorar su humor. Últimamente acudían allí los chiflados más extravagantes. Y éste parecía batir el récord de todos. Bajito, gordo, desaliñado, con un ridículo sombrero de paja y una sonrisita servicial que le estaba poniendo nervioso.
--¿Es usted el encargado? --preguntó tímidamente el hombrecillo.
--Eso creo. Por lo menos, soy el gerente. ¿No le parece que viene un poco temprano?
--Sí, quizás sí --dijo el hombrecillo, colándose tras él en el despacho--. Tiene que excusar mi precipitación, pero es que le traigo algo sensacional.
Carvajal abrió la boca y dejó escapar un "Ah" silencioso. Sin hacer el menor caso de su visitante, abrió el buzón empotrado en la puerta, recogió la correspondencia allí contenida, la ojeó rápidamente, la dejó sobre la mesa, se quitó el gabán y lo colgó en la percha.
Se sentó a la mesa de su despacho, mientras el visitante permanecía en pie ante él, moviendo nerviosamente el cuerpo. "Ese tipo conseguirá ponerme nervioso al final", pensó Carvajal mientras le maldecía interiormente. Lo mejor sería sacárselo de encima lo más rápido posible.
--Bien, usted dirá, señor...
--Flores. Sebastián Flores. Je, je. Con su permiso, ¿eh?
Se sentó frente a Carvajal en una de las sillas, y la arrimó un poco más a la mesa. Carvajal cerró pacientemente los ojos. El tipo se le estaba haciendo particularmente insoportable. Sí, iba a ser un mal día.
--Estoy dispuesto a concederle a usted la exclusiva de explotación de mi invento, señor... er...
--Carvajal. ¿De qué se trata?
--Pues...
Se interrumpió ante la ruidosa y precipitada entrada de una chica rubia en el despacho.
--¡Oh, buenos días, señor Carvajal!
--Buenos días, María Rosa --saludó secamente Carvajal, uniendo las yemas de los dedos--. Llega diez minutos tarde y es la cuarta vez en lo que va de semana.
--Lo sé, señor. Es que el autobús...
--Debo advertirla muy seriamente de que no toleraré más retrasos, señorita. Téngalo bien presente. Ahora, recoja esta correspondencia y distribúyala como de costumbre.
--Sí, sí, señor Carvajal. Enseguida.
La chica, nerviosa, tomó las cartas de sobre la mesa de Carvajal y se fue con ellas a su propio despacho. Carvajal la vio salir con una mirada de desprecio hacia su delgado cuerpo. Tendría que despedirla un día u otro, estaba seguro. No servía para nada. Suspiró. Esas secretarias de hoy día...
--Bien, decía usted...
--Mire, le traigo algo sensacional --repitió quizá por enésima vez el hombrecillo llamado Flores--. Casi no sé cómo explicárselo. Aquí lo tiene, es esto.
Y del bolsillo de su chaqueta extrajo un cubo amarillo, de unos cuatro centímetros de lado, y que en una de sus caras tenía una especie de botón de color negro. Lo depositó con cuidado sobre la mesa, ante la mirada fría e indiferente de Carvajal, que enarcó las cejas y no pudo evitar pensar que era como un dado de parchís pero bastante desarrollado.
--¿Y bien? --preguntó.
--Este aparatito, je je, sirve para cambiar las situaciones.
--¿Qué situaciones?
--Todas --repuso Flores, abriendo los brazos.
Carvajal se pasó una mano por la frente. "Otro imbécil", pensó.
--Veamos si nos entendemos. ¿Qué hace esta... este... esto?
--Con sólo apretar el botón negro --explicó el tal Flores, alzando el índice en el aire--, cambia su estilo de vida. Su situación en la vida... En fin, hace de usted un hombre distinto...
--Consigo no entender nada de lo que me está diciendo, ésa es la verdad --dijo Carvajal, tratando de ser paciente e incluso un poco amable--. ¿Qué utilidad tiene esto? ¿Para qué sirve?
--Pues ya se lo digo --repuso Flores, con un gesto de sorpresa--. Usted aprieta el botón negro y todo cambia a su alrededor. Usted vive una vida distinta a la que llevaba hasta ese momento...
Carvajal renegó y maldijo interiormente. Sí, otro chiflado, pero que desde luego batía todos los récords establecidos hasta ahora.
--Mire, perdone, pero...
--Comprendo que la cosa es un poco difícil de entender al principio --le interrumpió Flores--, pero imagínese la cantidad de gente a la que esto le interesará. Mi invento se vendería como rosquillas. De hecho, es como la máquina de la felicidad, como una rueda de la fortuna. Uno aprieta el botón y... ¿quién sabe lo que le aguarda?
--¿Usted lo ha probado? --le preguntó Carvajal, tratando de ser cortésmente burlón.
--Oh, no. Claro que no --repuso Flores, con sorpresa--. No me atrevo. Je, je. Usted dirá que es una tontería, pero... yo ya soy feliz siendo como soy, y con mis cosas. ¿Para qué quiero cambiar? Mi invento es para los demás, para hacer feliz a la demás gente...
--Muy filantrópico. --Carvajal se sentía feliz ahora, desplegando toda su ironía sobre el hombrecillo--. O sea, que usted me trae... esto... que ni siquiera ha experimentado, y me asegura que es la máquina de hacer feliz a la gente...
--Bueno, quizá esto suene un poco exagerado, ¿no cree? Simplemente, cambia su forma de vida, el entorno que les rodea. Es como... como si pasasen a vivir en otro mundo.
--Ya. Bien, me temo mucho que la firma no esté interesada en su... invento... Lo sentimos mucho, pero no lo creemos... er... patentizable.
El hombrecillo parecía confundido.
--Oh, señor Carvajal. No diga eso. Mi invento es el fruto de largos años de investigación y estudio. Casi toda una vida de trabajo. Yo no pido nada para mí, pero me consideraría suficientemente recompensado viéndolo comercializado en todo el mundo. Piense en la fortuna que ello representaría para ustedes.
--Sí, posiblemente. Bien, no quiero robarle más tiempo. Usted tendrá otras cosas que hacer y yo también tengo asuntos que atender. Puede llevarse su... esto... su cubo de la suerte.
--Oh, no. No me lo llevaré, quédese usted con él. Yo puedo construir otro. Ahora sé cómo hacerlos, ¿sabe? Quédeselo usted. Y cuando vea las posibilidades de mi invento, se convencerá de su comercialidad.
--Muy amable. --Carvajal fulminó con la mirada el cubo amarillo. El hombrecillo se levantó de la silla, nervioso y tímido.
--Nos volveremos a ver, señor Carvajal. Piénselo bien. Dentro de unos días vendré para conocer su opinión.
--Ya. Muy bien. Pues, adiós.
--Buenos días.
No se molestó en indicarle la salida. Oyó el ruido de la puerta al cerrarse mientras ojeaba rápidamente el periódico del día. Esos estúpidos... Le sacaban de quicio. Dejó el periódico, aburrido, y su vista se detuvo en el famoso cubo amarillo con el botón negro. Lanzó una risita sardónica. "Así que no hay más que apretar el botón, ¿eh?" Bien, como adorno de mesa resultaba original y divertido, y también como recuerdo del hombre que batió el récord de chiflados que habían desfilado por el despacho en toda su vida. Sintiéndose incluso contento, apretó el botón negro. Naturalmente, no sucedió nada. ¿Qué diantre había esperado que pasase? ¿Luces y relámpagos?
Oyó los pasos de María Rosa que se acercaban mientras volvía a fijar la vista en la primera página del periódico. Su mano buscó distraídamente un cigarrillo.
--Oiga, señorita... --empezó a decir.
Los brazos de la secretaria rodearon su cuello y una boca roja y cálida besó la suya apasionadamente. El aroma suave de la chica se infiltró en su nariz junto con el de su pelo largo y rubio.
--Mi amor, estamos solos... Dejemos los formulismos, ¿vale?
Carvajal contempló a María Rosa boquiabierto, estupefacto.
--¿Qué te pasa? --preguntó ella, divertida--. ¿Has visto un fantasma o qué? Toma, aquí tienes las cartas. Tan aburridas como siempre. ¿Me llevarás esta noche a cenar o tienes algún compromiso con la estúpida de tu mujer?
Carvajal no encontraba las palabras. María Rosa se sentó sobre sus rodillas y volvió a besarle con pasión. Y él se sorprendió al descubrir que aquello le gustaba.
--Anda, di. ¿Cenamos hoy o no?
--Creo... er... me temo que no podrá ser.
--Venga, hombre, llevamos casi una semana sin salir. Tengo ganas de que vengas a casa conmigo.
--Es que... hoy tengo un compromiso con mi mujer. Tenemos... unos invitados en casa a cenar.
Era mentira, pero estaba demasiado asustado. No se atrevía a seguirle la corriente a la chica. ¿Se habría vuelto loca?
María Rosa le acarició la boca con su lengua, rosada y excitante.
--Bueno... pues cerramos el despacho una hora antes y lo hacemos aquí mismo. Como otras veces, ¿te parece?
Incapaz de hallar otra respuesta, Carvajal asintió con la cabeza. Descubrió que estaba excitado. tremendamente excitado.
Le salvó una llamada al timbre de la puerta. Al menos por el momento. María Rosa bajó de sobre sus rodillas, con un mohín de fastidio.
--Voy a abrir, amor.
Y se alejó con un erótico meneo de caderas. Carvajal estaba sudoroso como nunca. Sacó el pañuelo y se lo pasó por la cara. Su mirada se detuvo en el cubo amarillo.
No. Era imposible. No podía ser.
Cuando regresó a casa por la noche llevaba el cubo amarillo en el bolsillo del gabán. No sabía muy bien por qué. En todo caso no le había parecido muy prudente dejarlo en el despacho. ¿Y en casa? ¿Era prudente tenerlo en casa? Seguramente tampoco.
Emilia acudió a recibirle con los brazos en jarras. Jaime Carvajal la miró y se sintió culpable.
--Un poco tarde, ¿no te parece? --le dijo su mujer con retintín.
--No más que de costumbre --contestó él, hoscamente.
--Oh, claro, claro. Te habrás estado revolcando con esa puta sobre la mesa del despacho, ¿verdad? Supongo que al menos habrás apartado el tintero, no fuera a ser que se te volcase encima.
La miró asombrado.
--Pero, ¿qué disparates estás diciendo?
--Estoy harta, ¿me entiendes? ¡Harta! --estalló Emilia--. Voy a pedir el divorcio, eso es lo que haré. Me iré con mi hija y tú puedes traerte tu fulana a esta casa para siempre.
--Emilia, te juro que no sé de qué estás hablando --suplicó él.
Pero Emilia, llorando, corrió a encerrarse en su cuarto. Jaime se quedó como un tonto, pegado a la puerta sin atreverse a entrar. Oía sus gemidos claramente, deseaba decirle que todo aquello era mentira, que era un error, un espantoso error.
Del salón surgió Sandra, su hija. Le miró con dureza.
--Otra vez has hecho llorar a mamá, ¿verdad? Lo he oído todo.
--Sandra, hija mía, todo esto es un malentendido --dijo, casi suplicante.
--Sí, claro. Un malentendido que dura ya mucho tiempo.
--Pero...
La muchacha pasó por su lado, evitando incluso rozarle. Carvajal se la quedó mirando, anonadado. Cómo era posible que...
Se encerró en su estudio. Dejó sobre la mesa el periódico, el paquete de tabaco, el monedero, el encendedor y... el cubo amarillo. Lo había olvidado. Lo miró con odio, con furia. Eso, fuera lo que fuese, tenía que ser el responsable de todo. Lo aplastó con el puño, con odio. No consiguió nada. El objeto siguió entero. Pero, con los golpes había vuelto a pulsar el botón negro. Bien, tanto daba, pues el mal ya estaba hecho.
Se sentó con descuido sobre una silla, y apoyó la cabeza entre las manos. Permaneció así un rato en silencio, tratando de serenarse. Tenía que explicarle a Emilia que todo aquello era un error, que siempre le había sido fiel, y que ella lo sabía de sobra, y no podía creer que ahora, de repente, que...
Oyó la puerta abrirse y unos suaves pasos que avanzaban hacia él. Separó la cara de las manos y empezó a decir:
--Oye, Emilia...
Le interrumpió una carcajada de mujer.
--Pero, ¿qué dices? ¿Quién es Emilia?
Contempló estupefacto a María Rosa, que vestía la misma bata que su mujer.
--Pero, ¿como...?
María Rosa se le sentó en las rodillas. Por lo visto, era su lugar predilecto para sentarse. Le besó suavemente.
--Anda, dime, ¿quién es esa Emilia?
--¿Emilia?
--Sí, me has llamado Emilia. ¿Por qué?
--No sé. Estaría pensando en algo del trabajo...
--Mm... --volvió a besarle--. No sé si creerte. Oye, no podremos salir esta noche. El niño tiene un poco de fiebre y prefiero quedarme a cuidarlo, ¿te parece?
--¿El niño? --Carvajal estaba más y más desconcertado.
--Sí. Ya la tenía al volver de la escuela. Si mañana sigue igual, que se quede en casa y avisamos al médico.
--Claro, claro. --Resultaría lo mejor ir siguiendo la corriente a los acontecimientos tal como venían--. Voy... voy a verle, ¿eh?
--Muy bien, cariño.
Carvajal dirigió una tonta sonrisa a María Rosa y salió al pasillo.
Bueno, al menos seguía estando en su casa, de eso estaba seguro. Aunque la decoración no era la misma de unos minutos antes. Ahora la casa tenía una decoración más moderna, más funcional.
¿Y cuál sería el cuarto del "niño"? Fuera quien fuese ese niño. Instintivamente, fue a la habitación de Sandra, su hija. La abrió. No había ningún niño y la cama era de matrimonio. Dio una ojeada rápida a la habitación, pero sin duda era la que compartía --ahora-- con María Rosa.
Fue al cuarto donde "antes" dormía con Emilia. Ahora era un típico dormitorio infantil, con pósters de dibujos animados y superhéroes en las paredes, juguetes y libros por el suelo. En la cama, pequeña, estaba acostado un chiquillo de unos diez años más o menos. Al encenderse la luz, el niño volvió la cabeza hacia la puerta.
--Tengo fiebre, papá... --dijo.
--Ah, vaya...
"¿Y cómo demonios se llamará este niño?" Se acercó a la cama y puso una mano sobre la frente del niño. Se notaba un poco de fiebre, en efecto.
--¿Podré ir mañana a la escuela? --preguntó el niño.
--No lo sé, hijo. Mamá dice que depende de cómo te encuentres.
--Me gusta ir a la escuela.
Carvajal suspiró.
--Sí, hijo, a mí también me gustaba ir a la escuela cuando tenía tu edad. Anda, ahora procura dormir, ¿eh?
Le besó suavemente en la frente, le arropó bien y se marchó de la habitación, cerrando con cuidado la puerta tras apagar la luz. Luego se rascó la cabeza. Y ahora, ¿qué podía hacer? Lo mejor sería acostarse temprano, así, quizás, al día siguiente todo fuera... distinto... o como antes...
Por la noche, hizo el amor con María Rosa por segunda vez en un mismo día.
Llegó más temprano que de costumbre al despacho. Al despertar en la cama, María Rosa seguía durmiendo apaciblemente a su lado, con un brazo rodeándole el cuello. Bueno, las cosas no habían vuelto a cambiar. En el bolsillo del gabán, con infinito cuidado, había depositado el cubo amarillo. Lo sacó y lo puso encima de su mesa. ¿Y si apretaba otra vez el botón? No, mejor sería dejarlo como estaba. Tenía esposa y un hijo. Había perdido esposa y una hija. Lo demás parecía seguir igual, de momento, al menos. Aunque lo más probable es que hubiera perdido también una secretaria.
¿Y si se presentaba otra vez el hombrecillo? ¿Qué le diría? Realmente, aquello no era un invento, era una amenaza. Convendría destruirlo, pues aquel idiota no se daba cuenta de lo que había creado.
Oyó la puerta de la calle abrirse y pasos precipitados de mujer. Bueno, al menos seguía teniendo una secretaria. Eso le animaba un tanto, pensó con una sonrisa.
La sonrisa se le fue cuando vio quién era la secretaria. Su pelo corto, castaño, sus ojos grises y grandes, su sonrisa pizpireta... Era su hija Sandra.
La muchacha alzó una mano, como para detener una esperada reprimenda.
--Lo sé, lo sé. Llego tarde, pero es que ese maldito autobús cada día pasa a una hora distinta.
Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla junto con el bolso. Un apretado jersey destacaba sus pechos. Un ajustadísimo pantalón vaquero marcaba sus curvas, resaltando su redondo trasero. Sandra le sonrió y meneando provocativamente las caderas se le acercó.
--Anda, no pongas esa cara, que estás muy feo.
Le dio unos suaves golpecitos en las mejillas, se sentó sobre sus rodillas y empezó a besarle lujuriosamente a la vez que su mano descendía hacia su bragueta.
Jaime la echó hacia atrás, zarandeándola con ambos brazos.
--Pero, ¿estás loca? ¿Qué significa esto?
Sandra se quedó pasmada.
--Oye, ¿qué te pasa? ¿Qué es esto? --Su expresión cambió--. Ah... comprendo... Tu mujer tuvo "sesión" anoche, ¿no es eso? Y ahora el pajarito no tiene hambre, ¿eh? No te preocupes, mi amor, yo sé qué hacer para que se te levante...
La mano de Sandra empezó a descorrerle la cremallera del pantalón. Rápidamente, Carvajal tomó el cubo amarillo y oprimió el botón.
En sus rodillas estaba sentada Emilia, su auténtica mujer.
--¡Por fin! --exclamó triunfalmente.
Emilia le soltó un tremendo bofetón.
--¡Sinvergüenza! ¡Cerdo! ¿Qué se ha creído usted que soy? --Y saltó de sobre sus rodillas--. Me voy ahora mismo. No se moleste en pagarme lo que me debe, métaselo... en el bolsillo.
Y salió del despacho dando un tremendo portazo.
Carvajal hundió la cara entre las manos. Pero, ¿qué infierno era éste? Bien, fuese lo que fuese, no pensaba apretar nunca más el botón negro. Se desharía del maldito cubo, y si venía alguna vez el hombrecillo, le echaría escaleras abajo. El muy infame...
Arrojó el cubo al río, desde el puente. Allí no podría perjudicar a nadie, ni nadie lo encontraría para apretar también su maldito botón negro. Malhumorado, volvió pronto a casa aquella tarde. ¿A quién le tocaría ser su esposa hoy? En fin, fuera quien fuera, la llevaría al cine para distraerse un poco.
Entró en casa tras abrir con su llave, colgó el gabán en la percha y dejó la cartera descuidadamente sobre una silla. Oyó pasos de mujer que veían hacia él desde el pasillo. Y la que apareció fue María Rosa. Le sonrió.
--Hola, papá --dijo María Rosa--. Mamá quiere saber si iréis al cine.
Horrorizado, Carvajal fue corriendo hacia la cocina. ¿Quién era ahora su mujer?
En la cocina, secándose las manos, estaba Sandra, que se le acercó y le besó cariñosamente.
--Has vuelto temprano hoy. ¿Nos vamos al cine?
Resignado, desmoralizado, Jaime Carvajal murmuró algo ininteligible y corrió a encerrarse en su despacho, temblando. Ahora ni siquiera tenía el maldito cubo amarillo para pulsar de nuevo el botón negro.
La puerta se abrió y entró María Rosa. Se le acercó lentamente, las manos a la espalda.
--Oye, papá --dijo--. No sé por qué será, pero... cuando te veo me pongo cachonda...
FIN.
August 01 EN MEMORIA DE INGMAR BERGMAN(c) 2007 by J.C. Planells ![]() La muerte de Ingmar Bergman ocurrida el 30 de julio pasado es simplemente el último clavo que cierra el ataúd donde se entierra el cine artístico e intelectual. El primer clavo lo puso el propio Bergman cuando en 1982, ante la sorpresa de todos, anunció tras su éxito Fanny y Alexander que abandonaba el cine para siempre. Y añadió que, en su opinión, el cine ya había muerto. Tenía razón. A su manera, la tenía. El cine inició precisamente en los años ochenta una travesía del desierto a la que muchos espectadores y críticos creyeron no sobrevivir y Bergman lo intuyó. No es ahora el momento ni lugar para buscar causas y razones de esa "muerte del cine" anunciada por Bergman --o por otros--, pues no viene al caso. Lo que viene al caso es que con su desaparición física de este mundo se va el que probablemente era el último maestro vivo del cine, el más grande y el que ha influido en mayor número de directores de todos los países. Bergman, en efecto, se retiró gloriosamente del cine en 1982, y aunque siguió ligado al mundo artístico mediante el teatro, la novela, la televisión, los guiones cinematográficos para otros directores o amigos, no volvió a estrenar en cine. Lo que de él se ha visto entre 1982 y hasta poco antes de su muerte son producciones televisivas, en algún caso editadas en vídeo o DVD o incluso estrenadas en salas, pero todas rodadas para el formato televisivo, que --parece mentira tener que decir estas cosas, pero es que los hay que no se enteran-- nada tiene que ver con el cine. No entraré a valorar la obra de Bergman: no soy el más adecuado para ello ni tampoco es el momento; por lo demás la obra cinematográfica de este genial sueco es como la de otros genios en cualquier arte (cine, literatura, pintura...): puede ser estudiada, valorada y comentada, pero nunca se dará con la clave exacta de ella porque la clave exacta somos nosotros mismos, los seres humanos, y los seres humanos no conseguimos conocernos ni a nosotros mismos. ¿Cómo tratar entonces de conocer o estudiar la obra de quien nos ha examinado en profundidad durante cuarenta años de su vida? Bergman ha sido objeto de burlas y mofas por parte de los soliti ignoti (para decirlo en fino y sin ofender...) que ven el cine como espectáculo palomitero y cutre, de pista de circo o de entretenimiento vulgar de fin de semana; para quienes el cine no es ni debe ser arte. Para esos soliti ignoti Bergman era un "raro" que hacía películas que no se entendían. Bien, es evidente que cuando el cerebro está vacío no es porque no se haya llenado de algo, sino porque no hay con qué llenarlo: por los agujeros se escapa todo. Pese a esas cuchufletas --oídas no hace ni siquiera dos o tres años aún-- Bergman sigue siendo popular --raro hablar de popularidad de un cine "difícil" según los soliti ignoti-- y sus ediciones en DVD se venden sin problemas. De su obra, rica, variada, profunda, me interesan sobre todo Noche de circo (1953), una de sus primeras películas y de la que no se habla mucho; Sueños (1955), aún menos vista que la anterior y en donde aparecen muchos de sus temas posteriores; El manantial de la doncella (1959), un guión que dirigió por encargo, pero una película que es puro Bergman en todos sus planos y detalles; Como en un espejo (1961), película que él mismo criticaba con dureza --Bergman era un crítico implacable de sí mismo, no siempre con justicia, pero sí con honradez--; Los comulgantes (1962), cuya riqueza temática asombra en comparación con su brevedad y --en apariencia-- simple anécdota; El silencio (1963), una odisea extraña ambientada en un país imaginario, un film en cierto modo kafkiano; La vergüenza (1968), quizá su film más perfecto, más impactante, un film que puede ser visto como una parábola política o como una muestra de cine fantástico (al que Bergman, por cierto, dio varios otros títulos); El huevo de la serpiente (1977), un tanto marginado por algunos, pero una buena muestra de cine político y una mirada al siempre temible nazismo latente en toda sociedad --sea de hoy, de ayer, de mañana...--. Esta relación de mis films preferidos de Bergman no significa que las ausencias --notables-- de otros títulos suyos sean debido a que no me interesen: simplemente he elegido aquellas de sus películas que para mí, como ser humano, tienen mayor significado, mayor calado, mayor profundidad, mayor emoción. Otros, sin duda, mencionarán títulos muy conocidos y valorados, y probablemente no mencionarán ninguno de los que yo he elegido. Lo cual a la postre querrá decir que en su obra, abundante obra, todo lo humano está en una forma u otra presente. Basta con reconocernos en ella. El cine de Bergman trató de explicar el hombre, su relación con Dios, su vida en pareja, la conflictividad de toda relación, la impiedad de la guerra, lo irracional de nuestros comportamientos, la insatisfacción que a veces produce vivir, pero también nos enseñó que en todo y para todo los seres humanos dependemos unos de otros, sólo que no lo vemos o no lo queremos aplicar. Es lo que hay en su cine, esto y mucho más. De ahí que en sus películas, lo más significativo, lo más representativo, eran esos primeros planos de sus actores, una manera de forzarnos a mirar al hombre o a la mujer, y reconocernos, interpretarnos --vernos-- a nosotros mismos. Acaso aprender, adivinar. Reconocer. |
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