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August 30 WEIRD TALES (1933-1942). Selección de Francisco Arellano(c) 2008 by J.C. Planells Nota: Tal como dice Arellano en la presentación de alguno de los relatos, existió una edición española de Weird Tales, a través de la editorial Molino, hacia finales de la década de 1930 y primeros años de la de 1940, con el nombre de Narraciones Terroríficas --a veces se encuentran ejemplares en librerías de viejo y coleccionismo--. Lo que no es tan conocido es que la editorial Molino también incluía relatos sueltos de Weird Tales en la colección Biblioteca Oro, durante los años cuarenta, en los suplementos que aparecían al final de algunas de las novelas. Así, en el nº 137 apareció un relato de Edmond Hamilton, y en el nº 145 uno de Clark Ashton Smith.
August 28 PERSONAS DESCONOCIDAS (y 8) MARCELO IBÁÑEZ DE SANTAMARÍA: Político chaquetero
August 26 OMISION DE TEXTO EN "CIUDADANO DEL ESPACIO", DE SHECKLEY(c) 2008 by J.C. Planells
![]() Al releer a Robert Sheckley, con motivo de un artículo-estudio que preparo sobre este autor, he descubierto que la edición que en su día ofreció Edhasa de su recopilación Ciudadano del espacio (colección Nebulae, 2ª época, nº 11, Barcelona, 1977), omite por despiste en la composición del texto una página del relato "Caza difícil", que por lo visto se les perdió y nadie --ni el corrector ni el impresor ni el editor-- se dio cuenta. El final de la página 34 no enlaza con el principio de la 35. Esto pueden cotejarlo quienes posean la revista Nueva Dimensión Extra, nº 3, fechado en septiembre de 1970, y que ofrece precisamente la misma recopilación de relatos, como "número dedicado a Robert Sheckley". Allí, el relato en cuestión se titula "Problema de caza", y en la página 37 puede verse toda la parte extraviada en la edición de Edhasa: dicha página empieza con las tres últimas líneas de la 34 de Edhasa, el texto perdido, y continúa donde empieza la 35 de Edhasa, más o menos a la mitad de la segunda columna de texto (la edición de la revista es de páginas de doble columnado). Debo decir que no es ésta la única omisión de texto en la edición de Edhasa: en "No tocar", al poco de iniciar el relato, falta una frase de diálogo, muy evidente, y que puede leerse en la edición del extra de Nueva Dimensión. Si existen más errores u omisiones, lo ignoro, pues tras esta segunda he seguido el texto de la traducción de Dronte, que además es infinitamente superior a la chapucera ofrecida por Edhasa (empeorada además por una tipografía pésima). Digamos que es un caso parecido al de la edición en Jucar de El criminal, de Jim Thompson, que ya denuncié en este blog el 20 de febrero de 2006. Por cierto, un detalle desconocido sobre Ciudadano del espacio. La edición de Edhasa ofrece un relato más, "La batalla", un cuento corto que no aparece en la edición del extra de Nueva Dimensión. Esto se debe a que los responsables de la revista, escarmentados tras el secuestro sufrido del número 14 (marzo-abril de 1970) por publicar el relato "Gu ta gutarrak" de la escritora argentina Magdalena Mouján Otaño --que obligó a sustituir las páginas que ocupaban ese relato por un cómic--, decidieron presentar la traducción de "La batalla" a censura por si tenían algo que objetar a su publicación. La censura dijo que no había problemas en publicarlo, pero obligó a eliminar del relato las referencias al Sahara que aparecían en él. Finalmente, como no había ya tiempo de incluirlo en el extra dedicado a Sheckley, se publicó en el número 17 de la revista, fechado en octubre de 1970. Pueden cotejarse ambas traducciones para ver cómo en Edhasa sí aparecen las referencias al Sahara, que la censura obligó a eliminar. Esperemos que, al igual que en el caso de El criminal, si alguna vez se reedita ese libro, se haga con una traducción íntegra, no aprovechando la de Edhasa --que además, como digo, es pésima--. Pero no apostaría nada en ninguno de ambos casos a que se hagan bien las cosas... que ya me conozco de sobra a los editores... August 24 POSESIÓN, de Waris Hussein: Un espíritu portorriqueño
August 20 PERSONAS DESCONOCIDAS (7). GABRIEL FIGUERUELO ASTEIS: Crítico de cine ciego y sordo(c) 2008 by J.C. Planells Considerado casi unánimemente como el mejor crítico español de cine, Gabriel Figueruelo Asteis falleció hace unas semanas a la avanzada edad de 88 años. Ni su ceguera tras un accidente de coche durante su adolescencia, ni la sordera adquirida al bañarse de niño en un río, fueron obstáculo para que desarrollara desde su temprana juventud la profesión de crítico cinematográfico, ganándose el aprecio y el respeto de un colectivo tan generalmente mal visto por el público aficionado y por la propia profesión cinematográfica, además de repleto de envidias y rencillas entre sus propios practicantes. Debe decirse con satisfacción que los propios profesionales del cine sentían una gran estima por Figueruelo, de quien --lo mismo que sus compañeros en la crítica-- valoraban su buen estilo, inteligencia, perspicacia, agudeza, calidad humana y simpatía personal, ejemplo y guía para tantos. Figueruelo empezó a cultivar la crítica cinematográfica en Film Ideal, tras algunas colaboraciones en publicaciones universitarias. Posteriormente, desaparecida Film Ideal, su firma apareció en otras revistas de cine, como Dirigido, Casablanca, Fotogramas, Cinema 2000, así como en el desaparecido diario vespertino barcelonés El noticiero universal. Hombre de fino y elegante sentido del humor y enorme cultura, sentía una honda predilección por el hoy llamado "cine clásico hollywodiense", pero también por el cine japonés (Ozu, Mizoguchi, Kurosawa, Naruse...). A la aparición de los llamados "nuevos cines europeos" a principios de los años sesenta, no ocultó las dudas que le ofrecían muchas de sus propuestas ("No veo con claridad qué aportación pueden realizar algunos de estos nuevos cines", escribió en Film Ideal, una frase que le valió crueles burlas por parte de los colaboradores de la revista Nuestro Cine, que defendía postulados fílmicos y políticos opuestos a Film Ideal, y que fue interpretada como una cruel burla de la condición de invidente de Figueruelo, desencadenando una polémica tan larga como enojosa). Figueruelo no regateaba algunos elogios a Godard, y estimaba el cine de Chabrol, pero siempre puso en tela de juicio a Truffaut, "del que no me fío nada", en una época en que todo el mundo parecía adorar a Truffaut. Años más tarde, sería el primero en decir con firmeza que Tarantino le parecía "sólo mucho ruido y pocas nueces", lo que le acarreó más crueles burlas por parte de los tarantinófilos, aludiendo a que difícilmente un sordo podía oír sonar nueces. Puesto que a causa de su ceguera no podía escribir sus propias críticas para las revistas en que colaboraba, las dictaba a su prima Fuensanta Álvarez de Cossío, de la que se asegura estaba profundamente enamorado en secreto (probablemente, debido a su condición de catalanes, pusieron en práctica aquello de que "com mès cosins, mès endins"), y ella misma se encargó de preparar un par de recopilaciones antológicas de sus críticas, una de ellas compuesta exclusivamente por comentarios sobre películas y cineastas japoneses. Todos sus compañeros de profesión han elogiado su figura y llorado su desaparición. "En una profesión como la nuestra, donde a veces se peca de exceso de personalismo y egolatría, el amigo Figueruelo era digno de encomio por su sencillez y maestría", ha dicho José María Latorre. "Todos aprendíamos de él, pues percibía lo que a muchos se nos pasaba por alto", ha manifestado Quim Casas. Fue gran amigo del fallecido José Luis Guarner, quien le invitó a formar parte del jurado de la Semana del Cine en Color, celebrada en Barcelona en los años sesenta. Aún se recuerda, lamentablemente, lo ocurrido en una edición del festival de San Sebastián, durante los años ochenta, cuando su director rechazó escandalizado que "un ciego, y encima sordo, sea miembro de este jurado". Aquello ocasionó una repulsa tan grande que el festival estuvo a punto de suspenderse aquel año. Figueruelo quedó muy afectado por ello, y todos sus compañeros de profesión se apresuraron a manifestarle su afecto y apoyo. Su prima Fuensanta ha comunicado que el Colegio de Periodistas de Barcelona ha decidido instituir el Premio Memorial Gabriel Figueruelo, que se otorgará anualmente a la mejor labor de crítica o estudio cinematográfico. August 18 EL MONSTRUO DE CRETA, de Silvio Amadio: ¡Qué buena está la Schiaffino!(c) 2008 by J.C. Planells
Vamos allá. August 17 OSCURIDAD ABSOLUTA (5ª y última entrega)Capítulo 16.
A las 9:55 horas de aquella mañana, el rostro de Ziflin apareció en la pantalla de comunicaciones del vehículo de Malone.
--Hola, Dick.
--¿Qué tal va eso?
--Estamos detenidos, están estudiando la ruta a seguir.
--¿La ruta a seguir? --Malone frunció el ceño.
--Sí, quieren pasar a vehículo anfibio y dirigirse a las islas...
--¡Maldita sea! --estalló Malone--. ¡No pueden hacer eso! Da igual, de todos modos tendrán que detenerse dentro de unos minutos...
--¿Por qué?
--¿Es que no se lo han avisado? --Malone se sorprendió--. Va a haber un eclipse solar a las diez en punto. Las dos lunas cubrirán por completo el sol del planeta.
El rostro de Ziflin pareció haberse inmovilizado.
--¿Cómo has dicho? --preguntó al cabo de unos segundos.
--Un eclipse --repitió Malone, irritado--. Las dos lunas se pondrán delante del sol y lo taparán por completo...
--¿Oscuridad? ¿Oscuridad absoluta? --la voz de Tiflin sonaba temblorosa y extraña.
--Eso es. La más negra de las noches, ya lo verás... Eh, mira al cielo...
Malone recordó que no debía mirarse directamente al sol, y supuso que eso equivalía también para el sol de Zola, así que buscó las gafas protectoras en el equipamiento del vehículo. Pero por la oscuridad que empezaba a invadir el lugar ("por el escozor de mis pulgares", decían las brujas de un viejo drama shakespeariano...) era evidente que ya empezaba el eclipse.
Un pesado silencio pareció adueñarse del mundo, como un manto que lo cubriera al tiempo que las tinieblas iban descendiendo. Y Malone fue repentinamente consciente de que aquel no era un eclipse de sol como otro cualquiera, como los que se producen en la Vieja Tierra. De alguna manera, percibió que iba a ocurrir algo terrible y espantoso en el cielo azul de Zola, y luego, en la propia Zola.
Si fuera posible detener la marcha de los dos discos lunares...
A través de las gafas protectoras, vio el avance de las lunas y la ocultación del sol bajo ellas. Los soldados y el cabo también lo miraban debidamente protegidos. La negrura llegaba para cubrirles a todos...
--¡No! ¡Oh, no, Dick! ¡No!
Malone desvió la atención de lo que ocurría en el cielo y miró la pantalla de comunicaciones. Ziflin aún mantenía la conexión, pero... estaba distinta. Desencajada, las facciones alteradas, los ojos saliéndosele de las órbitas.
Dick la miró alarmado.
--Pero, ¿qué...? --empezó a decir.
Oscuridad. Tinieblas. Negrura.
Alguien acabab de apagar las luces del mundo. O eso, o se había vuelto ciego de repente. Sí debía de ser eso. Pero la rojiza luz piloto de comunicaciones, que brillaba aún, y un leve resplandor de la pantalla, le indicaron que no estaba ciego, aunque era lo más parecido a estarlo. Respiró con alivio.
La transmisión se cortó y la pantalla quedó en negro.
--¡Ziflin! --gritó instintivamente.
--Hostia, no veo nada --oyó la voz de uno de los soldados afuera.
--Joder... qué es esto... --la voz del cabo.
--¡Mac! ¡Mac! --otra voz, un soldado.
Malone tanteó con los dedos de la mano izquierda en busca de las luces del vehículo mientras con la derecha buscaba una linterna que debía estar en alguna parte, y que ahora se negaba a ser encontrada... Y finalmente, todo apareció a la vez: las luces del vehículo y la linterna, que encendió rápidamente.
Oyó suspiros de alivio de los soldados y el cabo, y todos se apiñaron en torno al vehículo, como si buscaran protección contra algo, o como si el vehículo fuese una balsa a la que subirse en medio de un naufragio. Malone sintió que la mano que sujetaba la linterna le temblaba grotescamente.
¿Cómo puede estar tan y tan oscuro?, pensó. Cambió la linterna de mano y bajó del vehículo. Los hombres le rodearon al instante, y hubiera parecido casi divertido la manera en que acudían a protegerse en él, pero el momento no se prestaba a buscar toques divertidos.
--Hay más linternas dentro, señor --la voz del cabo era casi suplicante.
--Búsquelas, repártalas y enciéndanlas --ordenó Malone--. Ponga alguna en torno al vehículo también, y que nadie se aleje de él, ¿comprendido?
Esto último era innecesario ordenarlo. Si algo no estaban dispuestos a hacer los soldados en aquellos momentos, era precisamente alejarse de un vehíiculo que tenía sus luces encendidas en medio de la oscuridad del universo.
Malone miró al cielo, negro sobre negro. Nada, ni un reborde de luz. Oscuridad absoluta, como si estuvieran en un sepulcro. Más allá del campo de acción de las luces y las linternas no había nada; parecía que hubiera terminado el mundo, el universo entero. Sentía el aire de lo que momentos antes era una soleada mañana golpearle el rostro, pero incluso eso parecía irreal. ¿Cuánto tiempo había transcurrido ya? ¿Y cuánto faltaría hasta el final de ese... eclipse?
Oyó en ese momento la llamada de la radio, y entró apresuradamente en el vehículo, apartando a uno de los atemorizados soldados.
--Aquí el comandante Malone --dijo, nerviosamente, casi sin acertar con los botones.
La voz que le contestó sonaba histérica, desquiciada.
--¡Comandante! ¡Comandante, regrese a la capital! ¡Lo están destrozando todo! ¡Nos están matando a todos!
--Pero, ¿qué...? --Malone creyó que empezaba otra pesadilla.
--¡Los nativos, comandante! ¡Los nativos de Zola han enloquecido por completo! ¡Corren por las calles, matándose entre sí y matando a los nuestros! ¡Es una carnicería, una masacre!
Por una vez en su vida, Dick Malone no supo reaccionar.
--¿Está usted loco? --fue lo único que acertó a decir, y se sintió un estúpido nada más decirlo.
--¡Señor! ¡Hay muertos! Apenas ha empezado el eclipse, esta ciudad ha enloquecido, es una orgía de sangre como... Dios, no sé cómo decirlo... ¡Nos van a matar a todos!
Malone reaccionó al fin.
--¡Que todos los terrestres se encierren en sus casas o lugares de trabajo! ¡No dejen entrar a nadie que no sea un terrestre! ¡Cierren el astropuerto y no autoricen a ninguna nave tomar tierra en él! ¡Toda la tropa en alerta máxima! Envíe comunicados para que nadie circule por las calles hasta nueva orden. Avise al resto de ciudades de Zola. Y... a ver si algún científico sabe cuánto tiempo durará este jodido eclipse. Disparen sin contemplaciones y repelan todo ataque. ¿Comprendido?
--Sí, sí señor --jadeó su informante, y había cierto alivio en su voz al recibir aquella serie de órdenes.
--Iluminen las calles de alguna manera... Focos, luces, antorchas, lo que sea. Peguen fuego a las casas, si es preciso. Puede que esto calme a los enloquecidos.
--Sí, señor.
--Infórmeme de cuanto ocurra.
Malone cortó la comunicación y permaneció unos segundos inmóvil, como si reuniera todas sus fuerzas. Luego, bajó del vehículo y se dirigió al cabo.
--Regresen de inmediato a la capital y reúnanse con las demás tropas.
--¿No viene con nosotros, señor? --preguntó el cabo. Todos habían oído la conversación entre Malone y el informante de la capital y sus caras expresaban su espanto.
--No. Me quedaré aquí, debo ocuparme de la gente de ahí arriba. ¡Vamos, deprisa! --añadió impaciente.
El cabo indicó a un soldado que condujera el vehículo y se sentó a su lado, y los demás entraron también. No les gustaba dejar solo al comandante Malone allí, en aquel lugar y en aquellas circunstancias. El vehículo, una mancha de luz avanzando entre tinieblas, se alejó y se perdió, devorado por la negrura. Malone, sosteniendo una linterna, observó cómo aquella luz desaparecía.
Después, se colgó al hombro el arma reglamentaria y emprendió el camino hacia el campamento de los reporteros iluminándose con la linterna.
Capítulo 17.
Cuando las tinieblas cayeron de golpe sobre ellos, Marcela, Tomás y Larry estaban bastante distanciados entre sí. Aquel manto de repentina negrura les dejó desconcertados y asustados, y empezaron a llamarse a voces.
--¡Larry! ¿Dónde estás?
--Aquí... Pero, ¿qué diantre es esto?
--¿Quién está más cerca del coche?
--Creo que yo... --era la voz de Tomás.
--Bueno, pues trata de encontrarlo y enciende las luces... Es increíble, es que no se ve nada... ¿Cómo no nos avisaron de que iba a pasar esto?
--Tengo un mechero... Joder con el Michcrom, menudo incompetente...
Marcela captó una débil llamita.
--Pues esto y nada es lo mismo --oyó la voz de Tomás, refunfuñado--. Trato de llegar al vehículo... si es que no tropiezo con algo, o me caigo por alguna parte...
--Ten cuidado --dijo Marcela, tratando de sonar tranquilizadora. Nunca había visto nada parecido. Un eclipse... un eclipse como éste, y no les prevenían... Sí, desde luego, joder con el Michcrom...
--Ya te dije que era idiota --oyó que decía Larry, como si le leyera el pensamiento.
--Larry, procura no moverte de donde estés hasta que Tomás haya encendido las luces del vehículo --dijo Marcela.
--Puedes estar segura de que no pienso hacerlo.
Capítulo 18.
Ziflin permanecía en el interior del vehículo de los reporteros, donde la había sorprendido el eclipse en medio de su conversación con Malone. Estaba completamente inmóvil, como petrificada, pero sabía que esa inmovilidad no duraría mucho tiempo: la furia asesina ya estaba creciendo en su interior, no podía controlarla ya y necesitaba descargarla. Su cerebro había dejado de razonar, su coherencia había huido devorada por la oscuridad del mundo, y su cerebro también había entrado en otra clase de eclipse; pronto ya no sería un ser pensante.
Ahora sus ojos empezaban a ver en la oscuridad, se volvían fosforescentes poco a poco y distinguían borrosamente algunas formas, sombras encima de sombras, perfiles sobre perfiles. Veía sus movimientos y eso la enloquecía aún más: esas sombras que se movían entre la negrura, esos perfiles que avanzaban...
Una de las sombras, uno de los perfiles, se estaba aproximando al vehículo. Un perfil un poco menos negro sobre el fondo negro... Aguardó a que llegara junto a ella, gozosa, anticipando la muerte y la aniquilación. Nada debía moverse en esa perfecta oscuridad, y lo que se moviera debía ser aniquilado. Las uñas de sus dedos empezaron a emitir una fosforescencia roja, diez pequeñas fosforescencias rojas, débiles, como diez pequeños fuegos... Ya estaba ahí, a su alcance. Saltó sobre lo que se movía en la oscuridad...
El grito de espanto de Tomás muríó cuando Ziflin le desgarró el cuello con los dientes y le arrancó con las uñas cuanta carne pudo.
Capítulo 19.
--Diantre... tarda mucho Tomás en encender las luces...
--Quizá no estaba tan cerca como creía --oyó que decía Larry--. O no sabe encontrarlo. ¡Eh, Tomás! ¿Va todo bien?
No hubo respuesta.
--¡Tomás! ¿Dónde diantre estás?
No hubo respuesta.
--Voy a ir yo --dijo Marcela.
--¡No, joder! ¡Quédate donde estás! Este eclipse no durará mucho más, supongo...
Había miedo en la voz de Larry. Su cerebro le decía que una sombra se movía en la oscuridad.
Capítulo 20.
Ziflin percibía a Larry a su izquierda. Mucho más allá estaba Marcela. Se fue acercando al hombre, despacio primero y luego convertida en una furia mortal, y por fin sus dedos agarraron el cuello de Larry y apretaron, se clavaron y apretaron... El hombre dejó de moverse, se borró, ya no había ninguna forma en movimiento y todo volvía a ser la hermosa y temible oscuridad.
Larry murió en silencio. La tenaza de los dedos de Tiflin en su cuello, firme y brutal, le impidió emitir siquiera un estertor de agonía. Murió como Tomás, sin saber quién le causaba la muerte, ni por qué. Cayó suavemente sobre la hierba.
Y luego Ziflin se encaminó hacia la otra forma transgresora de oscuridad, el perfil que se movía. Marcela, sin saberlo, había empezado a moverse, se acercaba a torpes pasos hacia la zoliana, y se desviaba del lugar donde estaba el vehículo.
Ziflin, en su eclipsado cerebro, pensó que era divertido ver cómo las sombras y los perfiles pueden moverse en la negrura. La negrura debe ser perfecta, y debe aniquilarse a quienes la quebrantan. No debe moverse nada en tan perfecta oscuridad...
Capítulo 21.
Dick Malone mantenía la luz de la linterna enfocando el suelo para que no percibieran en el campamento su llegada. Por algún motivo, que no hubiera sabido decir, no deseaba que lo vieran llegar. En la otra mano sostenía ahora el arma, a punto ya de disparar.
Tras ascender una leve colina, supo que su objetivo ya estaba ahí, al pie de esa elevación. Y apagó la linterna. Sacó unas gafas que le permitían ver en la oscuridad, pero incluso aquellas gafas parecían rebelarse ante aquella negrura; en realidad, apenas podía ver a un metro y medio escaso de distancia, y sólo de manera borrosa. Diantre, ¿no terminaría nunca ese maldito eclipse?
Fue descendiendo con precaución. Aquellos idiotas ni siquiera se habían molestado en encender las luces del vehículo o cualquier otra luz: uno de sus focos para filmar, por ejemplo. El terreno que pisaba empezaba a ser más firme; en ese momento tropezó con algo métálico; quizá uno de los focos, o cualquier otro trasto de los reporteros. Alargó una mano. No, joder, era el vehículo. Vaya suerte. Tanteó con cuidado, y entonces se dio cuenta de algo: el silencio. Había demasiado silencio en un lugar donde se supone había cuatro personas asustadas por la oscuridad. Pero estaban callados como muertos... Sintió que se estremecía, como si le hubiera entrado de repente un frío inmenso en la espalda. Apretó con fuerza el arma.
Las puñeteras gafas no le servían absolutamente de nada, como si la oscuridad manchara los cristales, como si la negrura hubiera adivinado que, poco y mal, podía ver algo, y se hubiera lanzado a joderle las gafas. Era como si ni las llevase. Nervioso, se las quitó y fue tanteando con las manos el vehículo, dando la vuelta a su alrededor. Tropezó con algo, algo blando, que casi le hizo caer. Le pareció que... Se inclinó, lo tocó... Sí, era un cuerpo humano. Inmóvil. Algo viscoso y caliente manchaba su cuerpo. Muerto... Tanteó más. Uno de los hombres...
Se irguió sobresaltado, escrutando inútilmente en la negrura. Dio un par de pasos más y encendió la linterna al máximo.
Durante un instante, la repentina y potente luz lo cegó y lo desorientó. Parpadeó y miró lo que le rodeaba. Había otro cuerpo junto a un florárbol. Oyó un grito ahogado, y enfocó la linterna hacia donde le había parecido que sonaba.
La luz le mostró a Marcela Ogall, con las manos cubriéndose la boca. A unos dos pasos de ella estaba Ziflin... o alguien que parecía ser Ziflin, que acaso había sido Ziflin antes... Sus manos y su boca estaban rojas de sangre, sus ojos estaban enloquecidos y emitían un cierto resplandor, sus facciones parecían descompuestas. Malone, estremecido, pensó que, de alguna manera, aquellos ojos podían ver algo, cosas moverse en la oscuridad... y que no le gustaba que se movieran: debían estarse quietas y no quebrar la oscuridad... No se debía quebrar la oscuridad...
La boca de Ziflin se abrió. Qué dientes más afilados, más puntiagudos... Ziflin, oh, Ziflin...
Malone alzó el arma y disparó. La cabeza de Ziflin estalló en mil fragmentos, su cuerpo decapitado se estremeció como un títere y luego cayó de golpe sobre la hierba. Inmóvil, quieto para la eternidad. Ziflin, oh, Ziflin...
Como huyendo de aquella visión, Malone corrió hacia el vehículo de los reporteros y encendió todas sus luces. Su cuerpo temblaba, pero empezaba a recobrar la calma al ver las luces de los faros arañar la oscuridad. Se apoyó contra el vehículo y le invadió un súbito cansancio, una ansia total de sentarse en el suelo, sobre la hierba, y no hacer nada durante mucho mucho mucho mucho tiempo.
Vio entonces aparecer como surgida de la oscuridad a Marcela Ogall, con una expresión de furia en el rostro.
--Maldito asesino...
Malone alzó una mano.
--Oiga...
--¡Criminal! ¡Ha matado a Ziflin!
--¡Quiere callarse y escuchar! --gritó Malone con una voz que se le quebró--. Iba a matarla a usted. Lo mismo que ha matado a sus dos compañeros. ¿No ve ahí sus cuerpos? --y le señaló los cadáveres de Larry Montes y Tomás, con la luz de la linterna--. Ella los ha matado. Y en la ciudad los zolianos, enloquecidos, están matando a todo el mundo. Han enloquecido con el eclipse...
--¿Y la ha matado a sangre fría?
--¿Qué quería que hiciera? Estaba enloquecida... ya no era Ziflin. Daba... No razonaba...
--Pudo herirla, simplemente...
--¿Sabe qué le digo? --repuso Malone, irritado y sin ganas de seguir hablando--. Debí dejar que la matara también a usted. Eso debí hacer. Y ahora, coja sus trastos y lárguese de aquí. Lárguese de Zola en cuando llegue a la capital, si no la matan antes de que termine el eclipse algunos zolianos enloquecidos.
Se miraron. Había odio en la mirada de Marcela Ogall. Desprecio en la de Malone. Seguro que ella no sabía lo que Ziflin representaba para él. No pensaba decírselo, no tenía ganas de... No tenía ganas de nada. Gente como ella no entendía nada.
--Está bien. Vámonos --dijo entonces Marcela, y el plural le sorprendió.
Malone negó con la cabeza.
--No. Váyase usted con su vehículo. La ruta de regreso a Zola está programada, sólo ha de apretar el menú de rutas. Yo me quedo aquí.
Algo les distrajo en ese momento. Un destello de luz sobre la tierra. Alzaron la vista y vieron cómo el cielo clareaba: el eclipse estaba terminando, pronto volvería a ser plena mañana, la mañana de un sol radiante en Zola. Las dos lunas se separaban y descubrían el disco solar. No volverían a juntarse sobre él en quién sabe cuánto tiempo. Malone suspiró aliviado.
--Todo ha terminado --dijo. Y maquinalmente, apagó las luces del vehículo, y luego su linterna.
Marcela subió al vehículo.
--¿No va a llevarse los cuerpos de sus amigos? --dijo Malone.
Se miraron en silencio. Finalmente, Malone recogió los dos cuerpos y los metió en la parte trasera del vehículo, cerrando las puertas. Nuevamente se cruzaron las miradas de Malone y Marcela.
--¿Y Ziflin? --dijo Marcela.
--Se queda conmigo --repuso Malone con voz firme, como si la desafiara.
Y ésas fueron las últimas palabras que intercambiaron. Marcela seleccionó en el menú la ruta de regreso a la capital y el vehículo se puso en marcha. Malone lo observó hasta que se perdió en el horizonte.
A continuación, miró el campamento de los reporteros. Sus aparatos de filmación habían quedado olvidados, dispersos por los alrededores, y supuso que alguien debería encargarse de recogerlos y llevarlos luego a... bueno, a donde fuera. Ordenó un poco tod aquello, pero se cansó enseguida. Después, se quitó la chaqueta y cubrió con ella el cuerpo de Ziflin. Entonces, se sentó apoyándose en el tronco de un florárbol. El cuerpo de Ziflin descansaba a unos tres metros de distancia, cubierto con su chaqueta. Si volvía la cabeza, podía verlo. Sacó un pañuelo y se secó el sudor de la frente.
Permaneció a la espera.
Mucho rato más tarde, vio pasar dos naves sobre el cielo de Zola. Por la dirección de la que venían, habían partido del astropuerto para dirigirse a la Tierra o quizá a otro planeta. Las observó hasta que se perdieron de vista, y luego volvió a posar su mirada en el bulto que fuera Ziflin.
Ziflin.
Y siguió esperando.
FIN.
(c) 1985-2008 J.C.Planells
August 15 OSCURIDAD ABSOLUTA (4ª entrega)Capítulo 12.
... Heinz Cutchet, apostado junto a unos matorrales, escribía en su cuaderno de notas las características de algunas muestras de la flora de Dolen que había colocado a sus pies, olvidada cuál era su misión y lo que se suponía debería estar haciendo en realidad. Su arma reglamentaria, que le estorbaba para escribir, reposaba en el suelo, detrás suyo.
Percibió un ruido a su izquierda. Era su compañero, Dick Malone, que se acercaba. Heinz le miró sin interés y siguió escribiendo.
--Creía que hoy nos tocaba a nosotros --dijo Malone.
--Ya, pero tranquilo, chico, ¿para qué molestarse?
--Hemos hecho un trato con los compañeros: cambiarles el turno de vigilancia y seguimiento.
--Bueno, y más o menos lo estamos cumpliendo. Les estamos siguiendo, ¿verdad? ¿Dónde están ahora?
--Ahí abajo, junto al río.
--¿Hay peligro de que se ahoguen?
--Ni por lo más remoto. El agua cubre hasta la cintura, como mucho. Conozco el lugar, me bañé ahí la semana pasada.
--Eso está bien, Malone. Hay que tener higiene y bañarse de cuando en cuando. Que ellos se queden ahí, y nosotros nos quedaremos aquí. Ya son mayorcitos.
--De todas maneras, iré a echar un vistazo --dijo Malone, y se volvió por donde había venido.
Heinz lo contempló perderse entre la espesura y volvió a sus apuntes, con un leve encogimiento de hombros. "Si ese chico se lo toma todo al pie de la letra, no llegará muy lejos en la vida", se dijo.
Procurando mantenerse escondido para que no le vieran, Richard Malone observaba a Alaric Meadows y Melinda Ruipérez juguetear en el lago. De cuando en cuando desviaba la mirada, pues le fastidiaba tener que vigilarles; era una misión estúpida y a todos les ponía enfermos. Si la pareja de recién casados sabía que los vigilaban, no daban muestras de ello, o acaso estaban tan acostumbrados a esa sobreprotección debida a su estatus social que habían aprendido a sobrellevarla.
La pareja salió del agua y se tendió sobre la hierba. Malone se preguntó si ahora empezarían a retorcerse el uno encima del otro. Apartó la vista de ellos y miró las nubes.
Oyó un chillido procedente de alguna parte, pero no hizo caso. Al cabo de unos segundos, se repitió el chillido e instintivamente sintió que alguien estaba en peligro. Aguzó los oídos y creyó captar que los chillidos venían del río. Miró hacia allí y vio que un conejito se debatía en el agua.
Los llamaron "conejitos" desde el primer día que los descubrieron en el planeta, aunque su parecido con los conejos de la Tierra era muy vago. Eran algo más grandes, de orejas mucho más largas y morro puntiagudo. Eran herbívoros y al parecer constituían la única especie animal de Dolen, aparte de algunas aves y los consabidos insectos. Algún científico había propuesto la idea de que eran una raza semiinteligente, pero sus pruebas se consideraron insuficientes, y los dolinos, o conejitos, quedaron clasificados como una raza de animales herbívoros, simplemente.
Y ahora, Malone acababa de descubrir que quizá aquel científico estuviera en lo cierto: los conejitos --los dolinos-- sí debían de tener alguna clase de inteligencia: los chillidos que lanzaba el que estaba en el río no eran proferidos por su garganta, sino que sonaban en el interior de la cabeza de Malone: el dolino era telépata.
Malone apenas tuvo tiempo de asombrarse de ello, pues era evidente que el dolino se estaba ahogando. Había caído en el agua quizá por descuido, acaso al resbalar cuando saltaba de una roca a otra, y se estaba hundiendo; al parecer entre sus habilidades no figuraba la de nadar y por tanto el "conejito" --la denominación le parecía ahora instintivamente odiosa, prefería pensar en ellos como dolinos-- estaba condenado a muerte. Y mientras se debatía con desespero para mantenerse a flote, enviaba peticiones mentales de ayuda a los seres que veía más cerca, es decir, a Alaric y a Melinda. Y Alaric y Melinda se limitaban a contemplar al dolino creyendo que sólo jugaba en el agua y se reían de lo que consideraban una diversión.
Malone dudó. Algo no encajaba. Si su mente estaba recibiendo las llamadas telepáticas de auxilio del dolino, ¿no ocurría lo mismo con Alaric y Melinda? ¿O sí las recibían y se limitaban a tomarlas a risa? O quizá, se le ocurrió pensar, las ondas mentales que el dolino lanzaba estaban mal dirigidas debido a su desesperación y espanto y por eso le llegaban a él, Malone, que estaba lejos y entre la espesura, en lugar de a la pareja, que se hallaban a unos pocos metros y podían salvarle sin dificultad. Se concentró en ello y descubrió que así era: el dolino desconocía la presencia de Malone, oculto entre la espesura a unos cincuenta metros de distancia; sin duda, en el estado nervioso y aterrado en que el dolino se hallaba provocó que enviase la llamada mental a una distancia superior a la debida, con lo cual sobrepasó a la pareja y fue recibida por Malone.
Alaric y Melinda sólo hubieran tenido que dar unos pocos pasos para sacarle del agua. Pero no hicieron nada. Se quedaron mirando sus movimientos desesperados, riendo, hasta que se hundió y desapareció bajo las aguas.
Malone, aterrado, recibió en su cerebro las imágenes que el dolino enviaba de su agonía, y sintió como si fuera él quien estuviera agonizando, como si su vida se extinguiera y se fuera apagando la luz de su cerebro. Y luego, durante un horrible segundo, que pareció durar toda una eternidad, su cerebro estuvo desconectado de la vida, inmerso en una oscuridad absoluta, pavorosa, que parecía querer atraerle para llevárselo así consigo. De pronto, apareció un blanco purísimo. Las rodillas dejaron de sostenerle, y Malone cayó al suelo desvanecido.
Cuando Malone regresó a la vida no volvió a ser nunca más el de antes.
--Qué divertido, ¿verdad?
--Sí. Qué manera de jugar más rara. ¿Podríamos llevarnos uno a casa?
--Podemos pedirle a uno de los soldados que capture una pareja. ¡Dios, qué susto!
Dick Malone acababa de aparecer repentinamente ante Alaric y Melinda, los ojos abiertos, las facciones desencajadas. Los dos le miraron sobresaltados.
--Oiga, soldado, debería ir con más cuidado --le reprochó Alaric--. Ha asustado a mi esposa.
Malone señaló hacia el río con un ademán.
--¿Por qué han dejado que se ahogara? --preguntó con una voz muy ronca.
Alaric miró en todas direcciones.
--¿Ahogarse? ¿De quién habla?
--El dolino. El conejito.
--¿Uh? ¿El conejito se ha ahogado? --Alaric hizo un vago gesto de interés.
--Claro que se ha ahogado, estúpido. ¿Cree que respiran bajo el agua como los peces? Se ha ahogado porque ustedes dos se han quedado ahí sentados mirando cómo se moría.
Melinda se abrazó asustada a Alaric.
--Este hombre está loco --musitó.
--Oiga, soldado, hable con más respeto. ¿No sabe quiénes somos? Esto no va acabar así.
--Desde luego que no --dijo Malone.
Dick Malone encañonó con el arma a Alaric Meadows y pulsó el disparador. El proyectil le atravesó limpiamente a la altura del corazón. Alaric cayó sin un gemido y con los ojos abiertos. Melinda chilló horrorizada.
--¡Asesino! ¡Asesino!
--Él era el asesino --musitó Malone--. Un maldito asesino. Y usted también.
Malone supo en ese momento que acababa de meterse en el mayor lío de su vida. Había matado sin justificación alguna a un hombre indefenso; a un miembro de una familia poderosísima. Esto le costaría como mínimo cadena perpetua. La única solución era matar también a Melinda y esconder los dos cadáveres para que nunca fuesen hallados. Pero, ¿cómo explicar su desaparición cuando se suponía que él y Cutchet los estaban vigilando? Ya pensaría luego en eso.
Levantó el arma y encañonó a Melinda. Ella le miró aterrada, incapaz de gritar.
Algo tanteó la mente de Richard Malone.
Un pensamiento, una imagen, una idea se deslizaba en su cerebro. Algo... azul... No, verde... algo sin forma. No, con forma. Permaneció totalmente inmóvil, como si se hubiera convertido en una antena humana, para captar mejor lo que fuera aquello.
Melinda, al percibir el estado de inmovilidad en que había caído Malone, empezó a recular muy despacio, sobre la hierba, sin apartar la vista de él.
Eran los dolinos, comprendió Malone. ¿Uno, diez, cien o mil? Se estaban comunicando con él, pero no mediante un lenguaje, sino por imágenes, sentimientos. Malone los comprendía perfectamente. Ellos habían recibido el mensaje de socorro lanzado por su compañero en el río, pero se hallaban demasiado lejos para socorrerle con prontitud, y de todas maneras no hubieran podido: no sabían nadar. Eran conscientes de que su compañero había muerto pidiendo ayuda a los seres venidos del cielo, y de cómo habían respondido los seres del cielo: los que estaban cerca no ayudaron; el que estaba lejos no pudo hacerlo, pero recibió el dolor y la angustia de la muerte y la extinción del dolino, y sufría por él.
Malone, mientras captaba el mensaje mental, comprendió algo: los dolinos habían malinterpretado lo ocurrido; ellos creían que Alaric y Melinda también habían recibido las señales telepáticas del dolino, pero él sabía que no era así. No, no las captaron, pero le dejaron ahogarse igualmente. Los dolinos, además, habían captado el conflicto en que se hallaba ahora Malone; el vengador de su compañero muerto iba a recibir un gran castigo por haber exterminado al ser de su especie que no ayudó al dolino. Así que le iban a sacar de ese problema como muestra de agradecimiento, y para castigar a quienes dejaron morir a su compañero.
Malone recibió en su mente el plan de los dolinos.
Melinda había seguido retrocediendo lentamente sin entender la extraña inmovilidad, la rigidez en que había caído el patrullero que la apuntaba con el arma; no sabía el tiempo que podía durar, pero era preciso aprovechar la situación. Si daba un salto, lograría esconderse entre la maleza, y luego...
Entonces sintió la primera mordedura en su espalda.
Chilló y volvió la cabeza horrorizada. Un dolino estaba agarrado con los dientes a la carne de su espalda y la arañaba al mismo tiempo. Gritó otra vez. Un segundo dolino salió de entre la maleza y empezó a morder su pierna derecha, y luego apareció un tercero que atacó su pierna izquierda. Luego fueron cuatro, cinco, siete... y empezaron a devorarla viva.
Otros dolinos surgidos de entre la maleza empezaron a comerse el cadáver de Alaric Meadows.
--¡Socorro! --chilló Melinda, enloquecida de terror, mirando al patrullero. Pero Malone seguía completamente inmóvil, como si fuera una estatua. Y cuando salió de su inmovilidad, fue para volarle la cabeza y ahorrarle sufrimientos.
Heinz Cutchet seguía como Malone lo había dejado, y ni siquiera se apercibió de la llegada de su compañero. Escribía en su libreta de notas con el ceño fruncido y se había puesto los cascos para oír música en los oídos. Malone le dio una patada en el muslo para sacarlo de su abstracción.
--¡Quítate eso de los oídos! --le dijo.
Heinz le miró sobresaltado y se quitó los cascos.
--Hey, qué pasa...
--¿No has oído los gritos?
--¿Qué gritos? --preguntó Heinz, alarmado ahora.
--Los conejitos han atacado a la parejita feliz.
--¿Qué? --Heinz abrió los ojos como platos. Algo no iba bien. Malone estaba... raro. Como cambiado--. Pero, ¿qué...?
--Los dos están muertos.
Capítulo 13.
El hombre calvo le dijo a Marcela Ogall:
--Era un espectáculo repugnante. Los dos chicos... en fin, estaban medio devorados ya. Eran sólo unos despojos humanos, irreconocibles. Quién hubiera creído capaces a aquellos animalitos de hacer algo semejante... --El hombre calvo hizo una pausa--. Malone dijo que disparó contra los bichos, pero era inútil; había demasiados sobre los dos cuerpos. Dijo que lo único que pudo hacer... fue ahorrarle sufrimientos a la chica. Supongo que eso lo traumatizó. Yo vomité todo lo que tenía en el estómago al ver los cuerpos...
--¿Qué ocurrió luego?
--Bueno, era evidente que estábamos en peligro. Los conejitos habían huido, después de comerse casi enteros a los dos chicos, pero podían volver y atacarnos. Llamamos a los compañeros que en realidad debían haber estado vigilando a la pareja y que nos cambiaron el turno para volver juntos a la base y contar lo ocurrido. No puede ni imaginarse qué papeleta. Debíamos asumir la tragedia, el espanto de lo ocurrido... Desde luego que recibiríamos un castigo todos: Malone y yo, por un lado, y los que se suponía debían vigilarles, por irresponsables y traspasar el turno. Pero, en fin, ¿quién iba a suponer que los hasta entonces pacíficos conejitos eran unas bestias feroces? No había ocurrido antes. ¿Y por qué atacaron a los chicos?
Capítulo 14.
... El oficial al mando del destacamento terrestre en Dolen era un capitán recién salido de la Escuela de Oficiales, un joven pusilánime y estricto, apegado siempre a las ordenanzas, sin la menor experiencia en conflictos de ninguna clase. Dolen era su primer destino. Así que cuando los patrulleros encargados de vigilar al matrimonio Meadows irrumpieron en su confortable despacho y le contaron una historia de terror que parecía surgida de un vídeo barato, hizo lo único que se le ocurrió: desmayarse.
Cuando se recuperó del desmayo, agarrado con fuerza a su mesa porque las piernas no le sostenían (¡Dios, la familia Meadows, la familia Ruipérez!) y la cabeza le daba vueltas (¡Dios, su primer destino, su primera misión como oficial!), fue incapaz de ofrecer soluciones: su cerebro se negaba a funcionar, y casi pidió esas soluciones (de hecho, las imploró) a los patrulleros que le habían explicado el suceso.
El sargento al mando de los patrulleros, un veterano curtido en mil avatares, contemplando al oficial con evidentre desaprobación, dijo:
--Capitán, hemos de evacuar la base de inmediato. Dolen debe ser abandonado y declarado planeta prohibido, hostil para la vida humana y la colonización.
Aliviado, el oficial se derrumbó en su silla.
--Sargento, disponga todo de inmediato... Yo... yo llamaré a la Tierra y... ¡Oh, Dios!, ¿qué dirán sus familiares cuando sepan esto?...
Capítulo 15.
El hombre calvo terminó su relato:
--El capitán y el sargento presentaron sus informes, al igual que Dick, testigo de lo ocurrido. El científico que había estudiado a los conejitos cayó en el descrédito total, y perdió su trabajo, pese a sus protestas. Alguien debía cargar con la culpa de la atroz muerte de los chicos, y él era el más indicado. Luego, todos fuimos trasladados a otros destinos, y no volví a ver a ninguno de los que estuvimos en Dolen. Y ésa es toda la historia. ¿Le ha gustado el relato?
Marcela Ogall contempló pensativamente al hombre calvo a través de la pantalla.
--Interesante. No es la clase de historia que esperaba oír sobre Malone.
--Ya. Usted esperaba oír historias como la de Simo y las de otros lugares, ¿no? Mire, yo creo que Malone nos salvó a todos. Si no llega a ser por él, acaso los conejitos nos habrían devorado de pronto, lo mismo que a los chicos... a la parejita. Yo escribía sobre plantas en una estúpida libretita, y los otros, los que se suponía debían hacer el turno, dormían en alguna parte a pierna suelta. Malone era el único que estaba por ahí, y no pudo hacer nada por ellos, ante lo repentino del ataque. Si él no hubiera estado solo... Así, que digan lo que digan, para mí Malone nos salvó a todos. No pudo salvar a la parejita, pero nos sacó del lío.
Marcela le miró fijamente.
--Demasiado bonito para ser verdad, ¿no le parece? --dijo.
El hombre calvo cortó la conexión y Marcela se quedó mirando una pantalla negra. Suspiró y se relajó en el asiento. Una pérdida de tiempo. ¿Debía creer la historia de Heinz Cutchet? Bueno, no había otro remedio.
Fue a acostarse.
(continuará) August 14 OSCURIDAD ABSOLUTA (3ª entrega)Capítulo 5.
Mientras sus compañeros preparaban el equipo, Marcela Ogall mordía pensativa un rotulador.
--Me pregunto si sería interesante hacer algo sobre el comandante Malone --dijo.
Larry y Tomás intercambiaron una mirada y parecieron decirse "Ya te lo avisé".
--No creo que a él le entusiasme la idea --dijo Larry.
--Oh, no digo ahora. Quiero decir cuando estemos de vuelta en la Tierra. Sé de gente que nos puede dar datos sobre él, hablar de las misiones en que ha estado, los planetas que ha visitado...
--No sé si vale la pena. --Larry movió la cabeza dubitativo--. Ya tenemos bastantes problemas últimamente y estamos mal vistos. Bueno, tú en especial. Si te metes con Malone, con un miembro de las fuerzas espaciales... te juegas tu carnet. Ese tipo tiene buenas agarraderas.
--Las mías tampoco son malas. Y puede que sus agarraderas ya no sean tan buenas. A ver qué hace, pues, en un sitio como éste, tan tranquilo, tan apacible. Parece más un destierro que otra cosa. Aquí no puede hacer daño a nadie.
--Lo nuestro es también una forma de destierro --gruñó Tomás.
--Nos centraríamos en lo ocurrido en Simo --continuó hablando Marcela, sin hacer caso a Tomás--. Fue enviado allí al morir el astronauta Hersting... Violencia contra violencia, Malone como un instrumento de sus superiores... Le enviaron deliberadamente... para que cometiera un genocidio... Nos apoyaremos en eso. Malone fue enviado oficialmente para cometer un genocidio.
--No lo sabemos con certeza --dijo Larry--. Los alienígenas mataron a Hersting apenas descendió de la nave...
--Localizaremos a Patrick Mendoza, tan oportunamente desaparecido de la NASA. Seguro que sabe algo de lo ocurrido...
Larry meneó la cabeza, inseguro.
--No creo que resulte tan fácil. Y te dirán que en la nave de Malone no había armas.
--Oh, vamos --Marcela hizo un gesto desdeñoso con la mano--. Por supuesto que las había, perfectamente camufladas.
La conversación quedó interrumpida por una llamada a la puerta. Era Michcrom, acompañado de una zoliana que permanecía tímidamente detrás suyo. El delegado les saludó la mar de contento.
--Muy buenos días. Les presento a Ziflin, la zoliana escogida para que aparezca en el reportaje de ustedes. Habla nuestro idioma perfectamente.
Marcela, que estaba al corriente de que apareciera una zoliana en el reportaje aunque se callaba sus ideas al respecto, la saludó afectuosamente y le presentó a su equipo. Ziflin correspondió con un movimiento de cabeza y una sonrisa.
--Ziflin está considerada una belleza en... entre los zolianos --dijo estúpidamente Michcrom (había estado a punto de decir "en su especie", pero se corrigió a tiempo)--. Abajo tienen un vehículo a su disposición, con toda clase de comodidades. ¿Han estudiado ya sus planes de ruta?
--Sí --gruñó Tomás.
--En ellos se indican los lugares más atractivos del planeta de cara al turismo. Bien, les dejo. Espero que nos veamos antes de su regreso a la Tierra. Celebraremos una cena de despedida.
Cuando Michcrom se hubo escabullido en dirección a sus oficinas para dedicarse a no hacer nada durante el resto del día, Marcela y su equipo se pusieron en marcha.
Capítulo 6.
Dick Malone se encaminó hacia la comandancia militar terrestre. Lucía su mejor uniforme. Correspondió al saludo del soldado de guardia y penetró en el recinto. En el interior, cuatro soldados y un cabo, indolentemente sentados en sus bancos, ojeaban revistas atrasadas o contemplaban sus lectores de noticias. Al verle aparecer, le miraron con cierta curiosidad.
Malone les evaluó con una sola mirada.
--Vamos --dijo simplemente.
Capítulo 7.
Larry conducía mientras Tomás examinaba el plano con la ruta prevista. En la parte trasera del vehículo, donde estaban cuidadosamente dispuestos los aparatos de filmación, vídeo y sonido, Marcela y Ziflin contemplaban el paisaje por el que circulaba el vehículo. Resultaba algo monótono y sólo a lo lejos se percibían unas verdeadas montañas con estrías de azul brillante, causadas por una extraña pigmentación de la roca, según sabían. Marcela barruntaba sin embargo que en realidad eran la indicación de algún extraño mineral que se planeaba explotar en secreto. ¿Valdría la pena acercarse y encontrar alguna posible muestra? De todas maneras, las montañas no entraban dentro de la ruta que debían seguir, y desviarse hacia ellas llevaría un buen rato, sin contar con que luego les pidieran explicaciones sobre la diferencia de kilometraje calculado y real (Marcela poseía cierto toque paranoico, excusable quizá por los malos ratos que algunas personas le hicieron pasar a causa de sus trabajos más comprometidos). Su destino actual eran unos lagos con abundante flora local a una hora de viaje en el vehículo. Allí era donde estaba prevista una zona turística con hoteles, atracciones, restaurantes, lugares de ocio y diversión para los futuros turistas.
Contempló a Ziflin dudando si interrogarla sobre su participación en el reportaje. No dejaba de ser una forma de explotación humana, pero temía que la zoliana no entendiera nada de lo que le dijera. Era evidente, por lo que sabía, que la población de Zola vivía como en un mundo de paz y armonía; "la Polinesia del espacio", se recordó. Seguro que su hermana Claudia se lo pasaría bien en un lugar así... si pudiera hablarle alguna vez de Zola. Suspiró. Imaginó que Ziflin sería algo así como el equivalente de una mulata caribeña en los reportajes sobre las Antillas y lugares parecidos. Bueno, ¿y por qué no hubiera podido aparecer Ojcon en el docuental? Suspiró de nuevo. Odiaba ese trabajo, y deseaba tomarse la revancha cuando volviera a la Tierra. "Esperad y os enteraréis", se prometió a sí misma.
Capítulo 8.
A través del monitor instalado en el vehículo militar, Dick Malone seguía la ruta de los reporteros. Se mantenía una distancia de seis kilómetros de ellos, y anotó que ahora se hallaban en una región llamada Arenas Rosas, un hermoso conjunto de lagos de frescas aguas y abundante flora, en nada parecido al vulgar enclave donde ellos habían tenido que acampar. Según lo previsto, se dirigirían luego a las playas de Alzón y posteriormente, convirtiendo el vehículo en transporte marítimo, hacia el casquete polar, donde estaba previsto rodar también algunas imágenes. Lamentablemente, no sería posible seguirles hasta allí sin exponerse a ser descubierto, pero sí podría vigilarles por el monitor.
A través de él veía a Marcela Ogall estudiar el plano que iban a rodar, controlando con sus dos ayudantes las luces y una segunda cámara automática. Era una labor muy aburrida, en opinión de Malone, y parecía no ir a terminar nunca. ¿Llegarían a filmar algo antes de que se hiciera de noche? Mientras seguía mirando aquello con fastidio, los soldados y el cabo comían distraídamente a la sombra de un par de esqueléticos florárboles. Si cada vez debían hacer tantos preparativos, el trabajo les llevaría semanas, ¿no? Qué lástima no hubiera sonido para oír además lo que hablaban, aunque seguramente en estos momentos no sería demasiado interesante. Se consoló mirando un rato a Ziflin, que aguardaba instrucciones o lo que fuera, si es que debía aparecer en la imagen.
Tres horas más tarde, cuando los tres reporteros hicieron una pausa en su trabajo, le llegó la señal de Ziflin. Tomó rápidamente el auricular.
--¿Ziflin?
--Hola, Dick --le llegó la voz de la zoliana.
--¿Pueden oírte?
--No. Estoy dentro del vehículo. Ellos están fuera.
--¿Cómo va todo?
--Según lo acordado. ¿Puedes vernos?
--Perfectamente. ¿La siguiente parada dónde es?
--En las playas de Alzón.
--Correcto. Pero, ¿no planean ningún cambio? ¿Algún desvío de la ruta?
--No han dicho nada de eso --repuso Ziflin.
Capítulo 9.
--¿Qué interés militar podría tener este planeta? --decía en ese momento Marcela, mirando a su alrededor--. ¿Qué guardarán en las bases que mantienen en las islas? Podríamos llegar hasta ellas con nuestro vehículo...
Larry la miró y soltó un suspiro.
--Y meternos en un buen lío. ¿Qué quieres que guarden en esas bases? Habrá sólo cuatro tíos aburridos esperando el relevo, y eso suponiendo que sean humanos en vez de robots.
--Espera a que lleguemos a la siguiente parada --dijo Marcela, moviendo la cabeza vigorosamente--. Espera y ya veremos.
Capítulo 10.
Malone decidió que si los reporteros realizaban el menor movimiento que los desviara de la ruta trazada por la delegación terrestre, les atacaría con su destacamento, y al infierno con las consecuencias. Ya encontraría alguna justificación luego.
Trató de dormir un poco.
A las 9:30 de la mañana siguiente, la radio de la estación mandó desde la capital un mensaje al vehículo de Dick Malone.
--Le recordamos que según el comité científico se producirá un eclipse total de sol a las diez en punto, señor. Las dos lunas del planeta cubrirán por completo el sol.
--Mensaje recibido --repuso Malone.
Recordaba haber oído hablar de ello unos días atrás, aunque no prestó atención. Era una curiosidad científica sin interés para él. Se preguntó si Michcrom se lo habría advertido a los reporteros. Era de suponer que sí, pues de lo contrario se llevarían una buena sorpresa. Y, por cierto, ¿cuál era la duración prevista del eclipse? Si lo dijeron, lo había olvidado. O quizá no lo dijeron.
Estuvo tentado por un momento de contactar con el equipo de reporteros para prevenirles. Pero eso sería un error. Ellos no sabían que les seguía, y sospecharían algo, sin duda, especialmente la chica, que era la más peligrosa de los tres. En todo caso, no era una situación preocupante.
Se asomó por la ventanilla y llamó al cabo.
--Que nadie se aleje demasiado del vehículo. Nos han avisado de la capital de que a las diez habrá un eclipse total de sol.
El cabo enarcó las cejas.
--A la orden, comandante. Estaremos prevenidos.
Una frase excelente. ¿Estarían también prevenidos los científicos de Zola? No dejaba de ser una curiosidad, y los científicos destinados en Zola no tenían gran cosa que hacer (nadie tenía gran cosa que hacer allí).
Capítulo 11.
La noche anterior Marcela había hecho un interesante descubrimiento: el vehículo que llevaban disponía de un excelente aparato de comunicaciones VSL, más propio de un vehículo militar que de uno civil. Así que, aprovechando la monotonía del trabajo realizado durante el día, empezó a concebir planes sobre futuros trabajos. Extrajo su agenda y fue repasando números hasta que dio con uno que marcó en el comunicador VSL, no sin dudar un poco antes de hacerlo. ¿Qué diferencia horaria habría? Luego oyó un zumbido, y finalmente en la pantallita apareció la cabeza calva de un hombre.
--Se equivoca de número --dijo el tipo de inmediato.
--No, y no se le ocurra cortar la comunicación --avisó Marcela con la misma rapidez--. Ambos podemos salir beneficiados.
--No veo que yo haya salido beneficiado nunca de trato alguno con usted --dijo el otro, dejando de disimular.
--Ni perjudicado tampoco.
--¿Qué es lo que quiere ahora?
--Algo sobre el comandante Dick Malone.
El hombre asintió levemente.
--Vaya.
--Puede hablar tranquilamente. Esta comunicación la paga la delegación terrestre en Zola.
El hombre se encogió de hombros.
--Será su problema con ellos. Así que algo sobre el comandante Malone, ¿eh? Sí sé algo sobre él, pero no le servirá de nada.
--Eso lo decidiré yo. Cuénteme.
--Cuando le conocí era simplemente el patrullero Richard Pike Malone. Hace mucho tiempo de eso. A lo mejor hasta podría recordar su número de serie si tomara pastillas para reforzar la memoria --se rió--. En todo caso, lo encontrará en su historial militar. No era más que un piernas como otro cualquiera, como yo mismo. No destacaba en nada y cumplía las órdenes, era aseado y pulcro. Un tipo más bien aburrido, si quiere saberlo todo.
"Coincidimos en Dolen, un pequeño planeta con abundante vegetación y vida inteligente que había sido descubierto un par o tres de años antes, creo. Nuestro grupo debía relevar al allí destacado, hasta que nos relevasen a nosotros otros dos o tres años después; lo habitual, vaya. Un trabajo simple y aburrido. O al menos hasta que llegaron aquellos dos, la parejita. Unos chicos ricos, hijos de megamillonarios, absolutamente ridículos e insoportables. Venían a pasar su luna de miel en Dolen, todo un planeta paradisíaco para ellos solitos por cortesía de sus familias. Nos ponían enfermos nada más verles, así que procurábamos quitarnos de en medio. Él se llamaba Meadows... Alaric, o quizá Arthur, Meadows. Ella era Melinda Ruipérez o algo que sonaba así. Dos niños bonitos de lo más detestable, pero las órdenes que nos dieron fue vigilarles muy discretamente no fuera a ser que alguno de los pacíficos conejitos que poblaban Dolen le mordiera el culo a la chavalita, o se tropezaran con la raíz de un árbol y se cayeran de morros al suelo.
"Luego le hablaré de los conejitos. Todo el mundo en Dolen los llamaba así, aunque la verdad es que no se parecían en nada a los conejos de la Tierra; no tengo ni idea de por qué se les llamaba así. Eran la especie más o menos inteligente, o lo que pasaba como tal, en Dolen, y parecían tan peligrosos como muñecos de trapo. Bueno, siguiendo con la historia, nosotros desertábamos discretamente de vigilar a los recién casados. No tenía sentido hacerlo, pues no corrían ningún peligro, y todo cuanto hacían era revolcarse sobre la hierba en perpetuo estado de celo. No nos apetecía contemplarlo. Si antes de que ellos llegaran la vida en Dolen ya era aburrida, ahora se había vuelto insoportable...
(continuará)
August 12 OSCURIDAD ABSOLUTA (2ª entrega)Capítulo 3.
Marcela Ogall sentía una extraña atracción hacia el zoliano que Michcrom había invitado a cenar en su compañía. Parecía desprender de él una sensualidad que actuara como un imán. Había visto ya a algunas zolianas, y la única diferencia entre la población masculina y la femenina era la cresta rojiza que las distinguía a ellas. Le parecían unos seres extraños, curiosos, sexualmente carentes de atractivo, y aun así atrayentes en cierta forma...
Se dio cuenta de que Larry Montes la miraba con cierta malicia y trató de prestar atención a lo que Michcrom estaba diciendo. Pero la conversación del delegado de la Tierra era tan repleta de tópicos y tan insustancial que la adormecía. Los delegados de la Tierra parecían siempre clones estuvieran en el planeta que estuvieran. ¿Los elegían por su escasa inteligencia?
--Supongo que encontrará extraña nuestra comida --le dijo en ese momento el zoliano.
--Er... es muy dulzona --repuso Marcela.
Era una manera como otra cualquiera de no negar ni afirmar. A ella le gustaban las comidas saladas, picantes. ¿Cómo había dicho que se llamaba el zoliano? Ah, sí: Ojcon.
--Lo tenemos como Miembro del Consejo Conjunto de Gobernación en Zola --explicó Michcrom cuando se lo presentó a los terrestres, y sonó de una manera tan ridícula que parecía una ofensa más que otra cosa. Era evidente que así Michcrom dejaba claro que él era quien estaba por encima de todos.
Otra diferencia que había notado en la población nativa, aparte de la cresta en las... ¿hembras? ¿mujeres?, era que ellas tenían las pupilas color rosa, y ellos, verdes o amarillentas. El iris era negro en ambos sexos, y tanto ellos como ellas iban siempre desnudos de cintura para arriba, y si ellas tenían unas vejigas que funcionaban como pechos durante el tiempo anterior y posterior al parto, ellos carecían de tetillas, su pecho era liso con sólo un imperceptible vello amarillento, y la nariz era algo más alargada que en las zolianas. Su única prenda de vestir era un calzón y una especie de sandalias.
--¿No hay problemas de convivencia con los zolianos? --preguntó Marcela.
--En absoluto --dijo Ojcon--. Nos alegra compartir nuestro mundo con ustedes. Con cualquiera que venga. Todos serán bienvenidos.
"Demasiado bonito para ser cierto", pensó Marcela. No es que fuese algo inhabitual, pero tampoco se presentaba con tanta facilidad como en Zola. Y por su naturaleza, Marcela era dada a desconfiar de que todo fuera tan simple como se presentaba, teniendo en cuenta la manera en que se habían desarrollado algunos contactos en otros lugares. Y eso la llevó a la siguiente pregunta:
--¿Conoce al comandante militar terrestre?
--¿El comandante Malone? Sí, he hablado con él un par de veces. Parece una persona muy capacitada para el puesto que ocupa. Nosotros no interferimos para nada en sus atribuciones como comandante militar.
--Carecen ustedes de fuerzas armadas...
--Desde luego --casi rió Ojcon--. Es una organización que nos era desconocida. De hecho, incluso desconocíamos la palabra "guerra", es algo que no ha existido nunca entre nosotros.
Curioso. O puede que no tanto. Algunas poblaciones y tribus de según qué regiones de la Tierra tampoco conocieron nunca la existencia de la palabra "guerra" hasta que los colonizadores occidentales se presentaron ante ellos... En fin, teniendo en cuenta lo exiguo de la población zolinana y su escasa procreación, tampoco era tan extraño que la desconocieran. Incluso tenía cierta lógica; una guerra ocasionaría muertos y la población disminuiría aún más. Confiaba en que las cosas se mantuvieran en semejante estado de paz y concordia, aunque su desconfianza innata hacia todo y todos le hiciera dudar. ¿Sería Zola algo así como una especie de isla de la Polinesia del espacio? ¿Y qué ocurriría cuando se llenase de turistas? Tendría que repasar un poco la historia de la Polinesia, por si acaso.
Tras la cena fue con Ojcon a dar una vuelta por la ciudad. Y no es que hubiera gran cosa que ver: las edificaciones de lo que los terrestres denominaban "capital" eran básicamente de dos clases: las modestas y simples casas zoliananas, y los elevados y aparatosos edificios construidos por los terrestres para albergar oficinas, departamentos, hoteles-residencia y demás instalaciones, además de los que se encontraban en construcción o planeados cara al futuro turismo, ése que Marcela y su equipo debían incentivar con su reportaje. Y en realidad todos esos nuevos y lujosos edificios no harían sino ocultar la parte nativa de una ciudad que acabaría siendo en poco tiempo más terrestre que zoliana.
Capítulo 4.
Tendido junto a la dormida Ziflin, Dick Malone trataba en vano de mantener su mente vacía de pensamientos, y conciliar el sueño de una maldita vez. La respiración suave y apacible de Ziflin no hacía sino empeorarlo. Ah, si él pudiera dormir tan despreocupadamente como la zoliana... Si él pudiera...
Se revolvió de nuevo en la cama, y finalmente acabó por incorporarse, tanteó con los pies en busca de las zapatillas y se acercó a mirar por la ventana. La noche brillaba de estrellas, todo calma y silencio. Como siempre en Zola. Buscó el paquete de cigarrillos y encendió uno. Las noches, eso era lo peor de todo. Peor que las tardes, cuando no había manera de dormir. Abrió un poco la ventana para dejar que el humo del cigarrillo escapara fuera y no irritara el fino olfato de Ziflin. Los zolianos no soportaban el humo del tabaco.
Pero el cigarrillo en vez de calmarle le puso aún más nervioso. La llegada de aquel grupo de terrestres le molestaba. ¿Por qué? En cierto modo, le parecía como si unos intrusos se hubieran metido en su paraíso particular, como la serpiente en el Edén. Pero lo que le molestaba realmente era que uno de ellos le hubiera reconocido. Sabía que ése era el problema, que supieran quién era él.
Fue hacia la habitación que usaba como despacho y llamó a Comunicaciones.
--Sí... --respondió una voz soñolienta.
--Soy el comandante Malone. ¿Eres tú, Bell?
--No, soy Ray. ¿Qué ocurre, comandante?
--Quiero informes detallados sobre los tres terrestres que han llegado hoy a Zola. Los del documental. Y de inmediato.
--Diablos, ¿tan urgente es?
--Sí, tan urgente --repuso Malone con paciencia--. Los nombres estarán en el informe de llegadas del día. Espabila --y cortó la comunicación.
Se sentó a esperar el informe de Ray. ¿Para qué acostarse? No conciliaría el sueño, y además la respuesta le llegaría en poco tiempo. Fue a la cocina para prepararse una taza de té.
Y Ziflin seguía durmiendo apaciblemente.
Menos de una hora después el comunicador zumbó. Malone, sentado junto a él, lo tomó antes de que despertase a Ziflin.
--Malone --dijo--. ¿Tienes lo que te pedí?
--Sí. ¿Lo envío por copia?
--Sí. Y luego olvida que pediste los informes, ¿de acuerdo?
--Er... Claro, comandante. Lo que ordene --repuso Ray, no sin cierto titubeo.
Empezaron a salir por el receptor las copias de los informes, y Malone corrió a cerrar la puerta para que el ruidito no despertase a Ziflin. En pocos momentos tuvo las hojas sobre la mesa. Se preparó otra taza de té y empezó a leer la documentación.
Los nombres de los terrestres eran Marcela Ogall, Laurence Montes y Tomás Ulsen. Comprobó que las fotos mostraban a quienes había visto en el astropuerto esa tarde. Eligió el informe de Montes y leyó rápidamente los detalles más importantes: miembro fijo del equipo de reporteros de Marcela Ogall, autor de un ensayo titulado Situaciones sociales en el hemisferio sur, que no parecía muy prometedor, antecedentes de agitador estudiantil y organizador de protestas por la política ecológica del programa de exploración espacial... y nada más.
Luego echó un vistazo al informe de Tomás Ulsen: sin relevancia, otro miembro fijo de Marcela Ogall. Ningún antecedente ni tampoco trabajo significativo. Lo dejó a un lado y tomó el de Marcela Ogall. Bueno, esto ya era otra cosa.
Marcela Ogall Cibris. 30 años. Hermana gemela de Claudia Ogall Cibris (véase informe sobre Atenea). Nacida en Barcelona (Europa). Estudios: Universidad de Barcelona, Centro de la Imagen, Escuela de Periodismo, Escuela de Medios Audiovisuales. Alumna del neopensador Henry P. Quaces durante su curso impartido en Barcelona. Detenida por: agitación estudiantil, apología de Quaces, apología del neopensamiento, críticas a la política de exploración espacial, desprecio a las autoridades militares, visita a Quaces durante su encarcelamiento en Yuma usando un pase falsificado. Sus trabajos periodísticos en medios escritos o audiovisuales se centran en temas sociales, políticos y cuestionan en general los valores actualmente en boga. Autora de un extenso trabajo sobre José Rotsen y su asesinato. Con su hermana Claudia formó un grupo de apoyo al rotsenismo. Se la supone autora bajo seudónimo de un reportaje titulado "La violencia en la colonización de planetas". Actualmente tiene absolutamente prohibido contactar con su hermana Claudia, a la que desea interrogar sobre los hechos ocurridos en Atenea pese a la etiqueta de MÁXIMO SECRETO que pesa sobre ellos. Despedida de tres cadenas televisivas, denunciada por cinco multinacionales (juicios sobreseídos finalmente), enviada a juicio por dos políticos y un comandante militar (juicios también sobreseídos)...
Malone dejó de leer. Ya tenía bastante para hacerse una idea respecto al grupo de reporteros. Suspiró, recogió las hojas de los informes y las arrojó al destructor de documentos.
Ya no merecía la pena volver a la cama. Faltaba poco para el amanecer.
(continuará)
August 10 OSCURIDAD ABSOLUTA (1ª entrega)(c) 1985-2008 by J.C.Planells
(Nota del autor: el presente relato es el tercero de una serie formada por "Mundo sueño" , publicado en Maser nº 5, 1983, y "Mujer enamorada", publicado en Sinergia nº 10, 1985. Este tercero, titulado inicialmente "El eclipse", no llegó a publicarse nunca; ha sido reescrito y modificado en diversas épocas, incorporando en una de las versiones un cuarto relato también inédito y que ahora forma parte de uno de los capítulos. Se ofrece en 5 entregas.)
Capítulo 1.
Junto a la ventanilla, Marcela Ogall contemplaba el azulado planeta al que la nave se iba aproximando. Sin indiferencia pero sin interés: tan sólo lo examinaba con la mente absolutamente vacía de pensamientos. Apenas percibió que aquel azul era distinto del azul de la Tierra; una tonalidad ligeramente añil y unos casquetes polares amarronados con algunas estrías rojas.
A su lado, Tomás encendió un cigarrillo y dijo, mientras expulsaba el humo:
--Un trabajo aburrido.
Marcela se encogió de hombros.
--Alguien ha de hacerlo.
--No me gustan los reportajes ni los documentales turísticos, nunca me han gustado. No soporto verlos, y aún menos hacerlos.
--Pues en ese caso mejor será que no te duermas mientras lleves la cámara --replicó Marcela.
Tomás no pareció haberla oído.
--Qué mal debemos estar para que nos encarguen un reportaje de promoción turística. Cuando pienso en lo que podríamos hacer en Opsilón 6...
--Ya. Me temo que precisamente por lo que podríamos hacer en Opsilón 6 es por lo que estamos llegando a este planeta --replicó Marcela con ironía.
Larry Montes, el tercero del grupo, se les acercó.
--Vamos, Tomás, échame una mano. Algo se ha desajustado en esta cámara...
--¿Qué le pasa a Marcela? --susurró Tomás, mientras manoseaba la cámara que le había tendido Larry Montes.
--Déjala. De un tiempo a esta parte anda de mala leche --contestó Larry en otro susurro.
--¿Por lo de su hermana? ¿Por lo ocurrido en Atenea?
--Yo qué sé... Igual sólo son delirios de grandeza y que le chincha que la manden a Zola...
--A mí también me chincha.
--¿De veras? --Larry le miró con sorna--. Dinero fácil por un cómodo trabajo. ¿Eso te chincha?
--A mí sí. Oye, que te den.
La nave seguía aproximándose a Zola. Tomás se acercó al bar de la nave para tomar una última copa y Larry Montes se sentó frente a Marcela, jugueteando con los teleobjetivos que llenaban su bolsa. Dirigió una rápida mirada a la mujer. Morena, pelo largo, tez levemente aceitunada. Mediterránea, se corrigió.
--¿Es cierto que eres la mejor? --le preguntó.
Marcela le miró algo divertida, casi la primera vez que Larry veía semejante expresión en su cara, y replicó:
--Creo que soy buena. Trato de hacer mi trabajo lo mejor posible y con honestidad. Soy exigente y no me conformo con lo fácil. Ya lo irás viendo.
--Y eres de pocas palabras.
--Sólo las necesarias.
Veinte minutos después la nave se había posado en Zola. Marcela, Tomás y Larry, de pie en la pista, contemplaban el desembarco de sus pertenencias: luces, focos, equipo de sonido... Un empleado del astropuerto, con cara de aburrido, dirigía las operaciones, confiando claramente en la capacidad autónoma de los robots de servicio más que en sus propias indicaciones. Pocos minutos después, los tres estaban rodeados de sus bolsas y maletines antigrav. Los robots y el empleado se habían marchado y la nave había partido hacia otro destino.
--Se supone que alguien debía venir a recibirnos --dijo Marcela, mirando hacia el observatorio del astropuerto, a unos treinta metros de distancia. Estaba iluminado, pero no se percibía ninguna silueta humana en su interior.
--¿Qué hacemos? Habrá alguna cafetería en las instalaciones, supongo... --dijo Tomás.
--No nos moveremos de aquí. Nos dijeron que alguien de la Delegación vendría para conducirnos a nuestros alojamientos. Y debería estar ya esperándonos.
El mal humor de Tomás era evidente; el de Marcela, callado. Larry miró en torno suyo por enésima vez. Allí estaban, rodeados de sus bártulos, en un astropuerto que parecía abandonado de toda presencia humana, con unos cuantos robots desactivados cerca de uno de los hangares, y ningún ser humano a la vista.
--Eh, por ahí viene alguien --dijo de pronto Tomás.
De un hangar situado a unos cincuenta metros de ellos había surgido un hombre con uniforme militar, que parecía pasear con desgana, las manos a la espalda. No había reparado en ellos, y cuando al fin lo hizo, se limitó a dedicarles una mirada carente de interés, para proseguir su tranquilo paseo. Larry se sintió decepcionado. Aquel hombre no estaba allí para recogerles; sin embargo, algo en él le resultaba familiar. Si pudiera verlo más de cerca...
--Que me aspen si ese tipo no es Dick Malone --oyó que decía Marcela a su lado.
Larry respigó involuntariamente.
--¿Malone? --dijo--. ¿Qué Dick Malone? ¿El del asunto aquel de Simo?
--¿Sólo de Simo? --dijo Marcela--. Sí, claro, ese Malone. Y por el uniforme, diría que es el jefe de la delegación militar.
--No jodas... --bufó Tomás.
--Pero, ¿qué enchufe puede tener un tío así para que le hayan dado ese cargo...?
--Sé que tiene un enchufe --dijo Marcela--. Aunque no sé si bueno o malo. Que te envíen a un planeta como éste... Bien, habrán pensado que aquí no puede crear más conflictos.
Como si el individuo que paseaba hubiera intuido que los tres estaban hablando de él, empezó a encaminar sus pasos hacia ellos. Se aproximaba con andares lentos, como desganado, las manos aún a la espalda. Cuando estuvo a pocos pasos del grupo, se detuvo y los miró fijamente, uno por uno. Luego, saludó militarmente.
--Buenas tardes. ¿Esperan a alguien?
--Sí, comandante Malone --contestó Marcela--. Esperamos al delegado de la Tierra.
Un leve gesto de sorpresa, un ligero respingar por parte del militar, quizá un parpadeo, pero no mostró en su cara sorpresa por ser reconocido. Acaso un leve desagrado en el fondo de su mirada.
--¿Nos hemos visto antes, señorita? --preguntó.
--No.
El hombre respiró hondo.
--Soy el comandante Richard Malone, de la fuerza militar de la Tierra destacada en Zola. Les doy la bienvenida. Ustedes... ¿son el equipo de reporteros que han de realizar el documental sobre el planeta?
--Así es.
--Espero que hayan tenido un buen viaje. --No aguardó respuesta, dirigió una mirada hacia los hangares y la torre de observación, al desierto astropuerto, y continuó hablando--. Zola es un planeta tranquilo, algo solitario, de hecho. Confiamos en que el trabajo de ustedes remedie eso.
--¿Cuántos habitantes tiene? --preguntó Larry.
Malone se encogió de hombros.
--No se sabe con certeza. Se calcula que unos tres cuartos de millón de nativos. Sólo hay un continente, como ya deben saber, y algunas pequeñas islas al otro lado del planeta, en el océano Gigante, pero están deshabitadas.
--¿Y los casquetes polares?
--No han sido explorados por completo, pero se descarta la presencia de nativos en ellos, aunque en sus zonas más próximas al mar resultan perfectamente habitables. Como Islandia en nuestra Tierra, por poner un ejemplo. Sería un buen lugar para un turismo de invierno, ya lo verán ustedes mismos.
--¿Lleva mucho tiempo en Zola, comandante?
Malone tardó unos instantes en responder.
--Menos de un año.
--Menos de un año... --repitió Marcela--. Es decir, que llegó aquí después de lo ocurrido en Simo... ¿Era tan peligroso Simo como se decía?
La pregunta estaba formulada con evidente malicia, y la respuesta fue seca y breve.
--Sí, lo era. --Malone forzó una sonrisa--. Pero Zola es un lugar casi paradisíaco. Sus habitantes son pacíficos y amistosos, y muy inteligentes... Ah, creo que ya llega el delegado...
Miraron en la dirección que indicaba Malone. Un hombrecillo rechoncho se encaminaba apresuradamente hacia elllos. Larry no acertó a descifrar si sus muecas se debían al esfuerzo de la carrera o a que simplemente ensayaba sobre la marcha diversas formas de sonreír.
--Ah, ustedes deben de ser los del documental --resopló más que dijo cuando llegó ante ellos--. Dispensen mi retraso. Me retuvieron asuntos inesperados. Ah, veo que ya conocen a nuestro jefe militar, el comandante Malone.
--Les presento al delegado de la Tierra, el señor Michcrom --dijo Malone en tono neutro.
--Les llevaré a su hotel para que se insalen a gusto. Yo también me alojo en él. Cuando deseen, podremos encontrarnos para charlar sobre el reportaje... Vengan, tengo un electrojeep esperando en el aparcamiento del astropuerto.
El hombrecillo empezó a dirigirse hacia el lugar indicado. Larry, Tomás y Marcela le siguieron, mientras sus bártulos antigrav flotaban obedientemente tras ellos. Larry oyó que Malone decía a sus espaldas:
--Les deseo una feliz estancia en Zola.
Se volvió para mirar al comandante. No pudo ver bien su rostro puesto que ya empezaba a oscurecer, pero en su tono y en el leve brillo de sus ojos parecía que hubiera una cierta ironía. Larry se encogió de hombros y siguió a sus compañeros.
Malone les observó alejarse y luego continuó con su paseo.
Capítulo 2.
Ziflin contemplaba plácidamente el atardecer desde la ventana, las manos en el regazo y los ojos bien abiertos. Sus sensibles ojos captaban todos los juegos de luces que --ahora lo sabía perfectamente-- los seres de la Tierra no podían ver y por lo cual los compadecía un poco, en secreto. ¿De qué servía venir a un planeta tan lejano si no se podía disfrutar de toda su belleza? Quizá a ella le ocurriría lo mismo si viajase a su planeta de origen, pensó. Acaso resultase ser un mundo de oscuridad absoluta, escasamente luminoso o --sonrió al pensar en ello-- también pudiera resultar que viese luces y colores que los pobres ojos terrestres no sospechasen siquiera existían en su propio planeta, tras miles y miles de años de habitar en él.
Ziflin oyó un portazo en el piso inferior y luego los pasos de llamado Dick Malone subiendo la escalera. Cambió la orientación de la silla para quedar frente a la puerta que él iba a cruzar.
El terrestre entró. Su figura alta, su corpulencia, su pelo rubio ceniciento, sus ojos claros, sus brazos largos y fuertes. Sus rasgos marcados, carentes de expresión. Y sin embargo, Ziflin adivinó un cierto aire de preocupación en sus rasgos, en sus ojos. El terrestre la miró y luego pareció fijar su atención en la pared que había tras Ziflin.
--Hola, Dick --saludó Ziflin.
La garganta de Malone emitió algo parecido a un saludo. El terrestre dio un par de zancadas por la austera habitación y tomó una botella de un licor verde sirviéndose parte de su contenido en un vaso, bebiendo el contenido en dos tragos.
--Este maldito licor... quema por dentro... --Malone hizo una mueca--. Y no me queda ya whisky.
Ziflin le seguía contemplando, expectante.
--Dios, las tardes, las tardes... --musitó malone.
Hizo rodar el vaso en su mano unos instantes. Luego, detuvo el movimiento y miró fijamente a Ziflin.
--Han llegado unos reporteros de la Tierra --explicó--. Vienen a filmar paisajes de este planeta. Un documental para promocionar el turismo a Zola. O para que vengan más emigrantes, gente que empiece aquí una nueva vida y todas esas cosas de siempre.
--Sí, lo he oído decir --dijo Ziflin.
--¿De veras?
--Mis hermanas, las que trabajan en el consejo conjunto de Gobernación, me lo dijeron anteayer.
--Ya veo. ¿Qué más te comentaron?
--Nada más.
--¿Cómo van a rodar el documental? ¿Qué plan van a seguir?
--No acabo de comprender...
--¿Adónde irán? ¿Qué lugares van a filmar o a visitar?
--Ya entiendo --dijo Ziflin--. Creo que nuestro Principal les ha preparado unas rutas determinadas, con los parajes más hermosos y apacibles para vuestros compatriotas...
--Lugares típicos.
--Sí, es eso.
--Ya. ¿Visitarán las instalaciones militares?
--¿Vuestras instalaciones? No, por supuesto que no. --Ziflin imitó lo mejor posible el gesto terrícola de enarcar las cejas, sin mucho éxito.
--¿Irán solos? ¿No habrá nadie que les vigile o controle? ¿Ningún acompañante local?
--Vuestro señor Michcrom les llevará para que vean la ciudad el primer día. Luego harán sus... ¿filmaciones?...
--Sí, filmaciones.
--Filmaciones. Con una nativa.
--¿Una nativa? --Malone sabía enarcar muy bien las cejas cuando quería.
Ziflin trató de encogerse de hombros, también sin mucho éxito. Se dijo que quizá debería prescindir de una vez por todas de tratar de imitar los ademanes y muecas habituales de los terrestres. Resultaban tremendamente complicados de reproducir y temía que en ocasiones Malone no los entendiera.
--Sí --dijo--. Ha sido una idea del señor Michcrom el que les acompañe un ser femenino de Zola... una de nosotras... y que aparezca en las vistas... en las filmaciones... que ellos hagan...
Malone se quedó mirando con genuina sorpresa a Ziflin mientras se preguntaba si Michcrom sufría de algún retraso mental. No, simplemente era un imbécil, algo que él ya advirtió desde que llegó a Zola. No se necesitaba un gran cerebro para dirigir la delegación de la Tierra en un planeta semejante, con cuatro gatos como habitantes y ninguna fauna peligrosa. Alguien con un coeficiente intelectual tan bajo como Michcrom podía cumplir muy bien las escasas funciones de su cargo. Claro que a veces hasta los idiotas tienen ideas.
Miró a Ziflin y se preguntó qué eróticos encantos podrían ver en ella los espectadores del documental, tanto si eran turistas como emigrantes, para que se fueran a Zola a todo correr. Las mujeres --o los seres femeninos-- de Zola eran delgadas, con una ancha frente y dos ojos muy separados casi junto a las sienes, sin cabello, con una cresta rojiza que les nacía en mitad de la frente, semejante a la de un gallo de la Tierra, y que se prolongaba por toda su espalda hasta el nacimiento de las estrechas nalgas, donde se convertía en una cola que llegaba a la mitad de sus piernas. La cresta, cartilaginosa, tenía una ligera pelusilla blanca, apenas perceptible a simple vista, pero muy suave al tacto. Carecían de senos prácticamente, pues eran apenas unas vejigas colgantes que sólo se hinchaban un poco cuando estaban a punto de dar a luz, para alimentar durante los dos primeros meses al bebé, y convertirse después en vejigas resecas. La parte inferior de su cuerpo, sin embargo, era muy semejante a la de cualquier mujer de la Tierra, incluyendo los genitales, por lo cual resultaba perfectamente posible mantener relaciones sexuales con una zoliana. Relaciones estériles, por supuesto. Malone se había preguntado alguna vez, con cierto morbo, qué extraño ser hubiera resultado de un embarazo de Ziflin con él. En todo caso, los embarazos entre los nativos de Zola eran escasos, procreaban muy de tarde en tarde, al parecer, de ahí lo reducido de la población. Según lo que se sabía la respecto (los zolianos no gustaban mucho de hablar de sus intimidades) en un año zoliano, no más largo que un año terrestre, se producían como mucho cuatro o cinco embarazos.
¿Qué atractivos podría encontrar un terrestre en una zoliana? Cierto que eran seres agradables, inteligentes, pacíficos, amistosos y observadores; un poco tímidos y reservados, sí. Era fácil convivir con ellos, y desde que llegó la primera expedición a Zola no había habido nunca el menor conflicto, ni siquiera un malentendido, ni una discusión por mínima o intrascendente que fuera. Los terrestres habían sido acogidos con sorpresa, pero también con afecto y casi con simpatía por parte de los zolianos. El planeta, con su único continente y unas pocas islas deshabitadas en el océano, era lo suficientemente grande como para que se asentasen cómodamente en él cuantos terrestres lo desearan sin problema alguno. Pero Malone se decía que tanta perfección en Zola y los zolianos debía de tener, por fuerza, su lado oscuro. Temía descubrirlo algún día.
Y otra vez: ¿qué atractivo podía tener una zoliana? Su piel bronceada era bastante atractiva, sí. Sus facciones eran correctas, aunque chocantes: esa boca alargada en exceso, los labios finos y rojizos, casi tan rojizos como la cresta; esa nariz griega; las orejas mucho más grandes que las de un terrestre; el cuello alargado... Malone, que ya conocía a suficientes zolianas como para distinguirlas, se había dado cuenta de que Ziflin podía ser considerada una belleza comparadas con las demás. Pero para quien no estuviera familiarizado con ellas...
Utilizar una zoliana como modelo para una serie de documentales de promoción turística... Absurdo. Ridículo. ¿Le enseñarían aquellos reporteros a adoptar posturas eróticas, sensuales, sugerentes, como si fuera una modelo de la Tierra? Bueno, y por cierto, ¿qué posturas eróticas podían adoptar las zolianas? Contempló los senos-vejigas de Ziflin con pesadumbre. Y sin embargo, él amaba a Ziflin. O, al menos, le tenía afecto. O algo parecido.
--¿Quién será la nativa que vaya con el equipo de reporteros? --preguntó.
--No se ha decidido todavía.
--Estupendo. Pues vas a a ser tú.
Ziflin miró a Malone, y él adivinó que la había cogido por sorpresa. Lo comprendió más por intuición que por conocimiento de las expresiones --o no expresiones-- de los zolianos. O de las de Ziflin, pues al fin y al cabo, estaba más familiarizado con ellas.
--Habla con tus hermanas. Diles que deseas obtener ese... Bien, que deseas acompañar a los terrestres en sus desplazamientos por Zola. No creo que surja ningún inconveniente, y si lo hay, ya hablaré yo con quien corresponda.
--Oh, no creo que haya inconveniente alguno --dijo Ziflin, tranquilamente--. Pero, ¿por qué quieres que vaya yo?
Malone tomó asiento frente a ella.
--Porque quiero que alguien de mi confianza me informe de lo que hace realmente esa gente de la filmación. Son tres: dos hombres y una mujer. La mujer me parece la más espabilada. Quiero estar al corriente de cuanto hacen y hablan, de si vienen con otras intenciones o si se les ocurren sobre la marcha. Si se atienen o no al plan de rodaje que se les ha asignado. Todo lo que hagan.
--Bien. No entiendo tus motivos, pero está bien.
--¿Lo harás?
--Lo haré.
Malone sonrió.
--Estupendo. Estupendo. Habla ya con tus hermanas ahora mismo. Conviene ir un paso por delante siempre de los demás, ¿sabes?
Ziflin fue a otra habitación y empezó a hablar por el comunicador. Malone no entendía el suficiente zoliano aún como para comprender todo lo que ella decía, pero el tono de voz de Ziflin era lo suficientemente musical como para saber que estaba muy emocionada. Se acercó a la ventana donde ella estaba cuando llegó a casa y miró hacia el exterior. Apoyó la frente contra el cristal.
--Jesús... Esas tardes... esas tardes...
(continuará)
August 07 PERSONAS DESCONOCIDAS (6). SERAFÍN URRÁIZ MONTORO: Pintor con el culo(c) 2008 by J.C. Planells En vida de mi padre, recibíamos alrededor de Navidades unas postales y un calendario realizados por una Asociación de Artistas Mutilados, quienes pintaban sus creaciones artísticas con el pie o con la boca, tal como se indicaba en las obras. Eran personas que debido a un accidente habían sufrido la pérdida de un miembro --generalmente los brazos o las manos--, y que como medida terapéutica empezaron a cultivar el dibujo y la pintura sujetando el pincel con un pie o con la boca. Muchas de aquellas creaciones me parecían realmente magníficas, máxime teniendo en cuenta la dificultad que entrañaba su realización. Creo que incluso se realizaban exposiciones de obras de estos artistas. Explico esto para dejar bien claro que Serafín Urráiz Montoro nada tenía que ver con dicha asociación ni con esos artistas, pues él no sufría mutilación alguna en su cuerpo: conservaba ambos brazos y ambas piernas, pero no se valía de las manos para pintar sus cuadros... sino del culo. En efecto: Serafín Urráiz se introducía diferentes pinceles, según requiriese la obra, en el ano e iba pintando de cuclillas sobre una tela tendida en el suelo. Para quienes le observaban trabajar de tal guisa --un espectáculo que debe decirse podía resultar a veces francamente desagradable--, les resultaba inexplicable el porqué complicarse la vida de semejante manera pudiendo pintar perfectamente con las manos. Y es que moverse con el pincel metido en el culo, mojarlo en la paleta donde tenía los colores, o bien en el tarro del aguarrás para limpiarlo si no deseaba cambiar de pincel para otros efectos, y oscilar de piernas abiertas sobre la tela extendida en el suelo, acababa ocasionándole un fuerte dolor de riñones y de espalda, que lógicamente le obligaba luego a permanecer tendido varias horas. Sin hablar de las posibles perforaciones de recto y de colon que todo ello le ocasionaba. Pero Urráiz iba de "artista libre y contestatario". Artísticamente, sus cuadros eran verdadera bafozia, como cabía esperar. No eran figurativos puesto que su manera de pintar le impedía cultivar un dibujo medianamente presentable (lo cual, como bien decía Dalí, es la base de todo buen cuadro: el dibujo inicial). Lo que para un pintor con el pie o con la boca no ofrecía dificultad alguna a medida que dominaba la práctica, era sin embargo algo totalmente imposible para Serafín, empeñado en pintar con el pincel metido en el culo. Sus obras eran, pues, una mezcolanza de arte abstracto, a medio camino entre Tàpies y Miró, y muy parecidos a los manchurrones que un niño pequeño haría con lápices de colores sobre un papel. De todas maneras, los críticos de arte desistieron casi de inmediato de meterse con Urráiz. "Evidentemente, no podemos decir que parece que pinte con el culo, porque eso es exactamente lo que hace", escribió en cierta ocasión el redactor jefe de Batik. Se limitaban por tanto a ignorarle, a negar que lo que hiciera tuviese la más mínima relación con el arte. Aun así, sus obras se vendían --la jet set y la "gauche divine" eran sus más fieles clientes-- y en su primera exposición vendió todo lo expuesto. "No se puede decir que engañe a la gente", opinó un periodista, de mala gana, tras visitar la exposición. "Yo creía que después de Mapplethorpe no se podía ir más lejos", opinó otro. "Es muy original y abre nuevas tendencias, son cuadros muy hermosos, muy bellos", afirmó tan pancho Boris Izaguirre. Ufano y engreído, Urráiz no dudaba en dar "explicaciones" de sus obras a quienes se las pedían. A una pareja que le preguntó el significado de un cuadro compuesto por tiras de color violeta y amarillo cadmio claro, les dijo: "Una provocación: Simboliza un gay oprimido en su puesto de trabajo que construye unas rejas en torno a sus compañeros para impedir que contminen su mundo ideal". Sobre otro, formado por manchurrores color rosa y rayas azul ultramar oscuro y tierra de siena tostada, les dijo: "Otra provocación: las manchas rosas simbolizan la nueva mujer que no acepta el mundo consumista, y vomita su asco en las tiendas de los burgueses" (al parecer, las tiras color siena tostada simbolizaban la vomitera). Lamentablemente, Urráiz no pudo gozar mucho tiempo de su éxito: murió a los treinta y seis años, empalado por uno de sus pinceles al resbalar mientras pintaba y caerse de culo, estando solo en su taller. Una muerte anunciada, en cierta forma: Quim Serrano, el artista de Blanes al que acompañé en una visita que hizo al taller de Urráiz, tras verle en acción durante un rato le aconsejó que hubiera alguien siempre a su lado, "por lo que pudiera pasarte". No resultaría exagerado considerar que Urráiz murió por el arte. August 05 AUTORES OLVIDADOS (40). JACQUELINE SUSANN: ¿Harold Robins femenina?
Nota: Publicado ya este artículo, un lector me comunica que Yargo sí llegó a ser editada en castellano, concretamente en Grijalbo (la misma editorial de sus otras obras mencionadas).
August 03 TARDE DE FIESTA EN SOLEDAD(c) 1978 by J.C. Planells Me acaba de telefonear Nuria para preguntarme que si quiero que vayamos al cine. Le he dicho que no. Me ha preguntado que qué pensaba hacer esta tarde. Le he dicho que nada. ¿Y por qué no quería salir? Sencillamente, porque no tenía ganas. ¿Me había enfadado? No, claro que no; pero no me sentía de humor para salir. Pobre Nuria, creo que me he portado mal con ella. Yo sé que hace todo lo que puede por tratar de animarme, pero digan lo que digan los demás, la compañía que se pueden hacer dos mujeres solas es muy aburrida. Sé que más tarde me arrepentiré de haberle dicho que no. Porque realmente, ¿qué voy a hacer esta tarde? No tengo ganas de quedarme en casa, con mis padres, mirando los estúpidos programas de la tele y aguantando a mi hermanita, a la que han castigado con no salir con la panda, no me acuerdo de por qué. Supongo que por lo mismo de otras veces. No hay mucha variedad en este aspecto en casa. Bueno, pues así estoy. ¿Qué haré? Más tarde he decidido coger el coche e irme por ahí. ¿Dónde es por ahí? Pues eso, por cualquier parte. ¿Y qué les digo a mis padres? que me voy a casa de fulanita para copiar unos apuntes o repasar algunos exámenes de los críos. Porque, a pesar de todo, hay que quedar bien con ellos. Y tampoco cuesta nada. Sí. Cogeré el coche y me iré... me iré. ¿Qué demonios voy a hacer? ¿Dar vueltas como una tonta, calles, avenidas, paseos arriba y abajo? Si le hubiera dicho que sí a Nuria, por lo menos nos habríamos metido en cualquier cine a ver una aburrida película --en el fondo, todas nos aburren--. Quizás sea que las aburridas somos nosotras, y no nos damos cuenta. Pues vaya panorama. Me he aguantado una hora, viendo las estupideces de la tele, nientras tenía la cabeza en otra parte, pensando en no sé qué. Creo que no pensaba en nada. Luego, me he hartado, y he salido por fin a dar una vuelta. Suerte que hacía buena tarde, ni frío ni calor, y se podía pasear agradablemente. Pero es tan triste pasear solitariamente... Podría haber llamado a Nuria, para pasear juntas... pero probablemente se haya ido ya al cine, con sus padres. Ella tiene mejor humor que yo para aguantarlos. Cómo la envidio. El que no haya mucha gente paseando a estas horas de la tarde por las calles, me ayuda a sentirme aún más sola. Como abandonada en medio de la ciudad. No creo que aguante mucho en la calle. Luego, cuando llego a casa, me encuentro con que por lo visto me han llamado por teléfono hace ya un rato, según me dicen. ¿Quién era? Un chico. No ha dejado su nombre, pero me insinúan que era José María. O, por lo menos, parecía su voz. No ha dejado recado. Sólo ha preguntado si estaba yo en casa. ¿Había salido? Vaya, pues adiós y gracias. Tanto me da. No tengo ganas de verle, escucharle ni hablarle. Sólo deseo que me deje en paz. Que me dejen todos en paz. Y así saldremos ganando. Pero, ¿saldremos ganando el qué? Eso aún no lo sé. Luego llega la hora de acostarse, y me pregunto: ¿qué es lo que he hecho hoy, durante el día? Nada. Nada en absoluto. Y no quiero acordarme del pasado. No quiero. No quiero. No quiero. Todas mis tardes de fiesta son igual. FIN. August 01 DOS AGRADABLES FILMS DE JOHN HUSTON(c) 2008 by J.C. Planells ![]() ![]() El 11 de septiembre de 2007 comenté en un extenso artículo, a propósito del fundamental libro de Andrew Sarris El cine norteamericano, la afición que sienten algunos a interpretarlo al revés. Eso de interpretar libros al revés es algo que alguna rara vez he hecho yo también, máxime cuando el autor de turno era un berzotas. En el mundo de la crítica y el análisis cinematográficos abunda mucho el berzotismo, pues a veces se requiere hablar de films no vistos desde décadas ha, de los cuales el recuerdo se ha perdido, o bien se copia lo que han escrito otros sin molestarse en citarlo (de hecho, hay quienes han convertido esto último en una auténtica profesión con la que se ganan muy bien la vida). La colección Cineastas de Cátedra tiene la dudosa virtud de publicar monografías muchas veces francamente infumables en torno a tal o cual director. En 2006 ya comenté el bochornoso libro que sobre Frankenheimer pergeñó de cualquier manera un tal Urkijo. El nivel general de esa colección es flojo, por decirlo con elegancia; muchas de esas monografías no pasan de ser una especie de tesinas de fin de carrera (alguien me confirmó que, de hecho, varias lo eran), o adolecen de un nivel de inteligibilidad totalmente nulo. Por supuesto que las hay buenas y recomendables, pero, ay, son muy pocas. El libro dedicado a John Huston en dicha colección, obra de Marcial Cantero, me dio la impresión en su día de estar escrito por alguien que parecía detestar el cine de Huston (un director, ciertamente, muy irregular). Como se publicó en 2003, no recuerdo ya qué me llevó a dicha conclusión. En todo caso, no es algo totalmente insólito el que el autor de una monografía hable mal del artista estudiado. Hace varios años tuve ocasión de leer una sobre Picasso en la colección El Mundo del Arte, de Destino, y su autor no perdía ocasión de poner de vuelta y media cada obra suya que comentaba. Lo encontré de muy mal gusto, porque la finalidad de la colección era dar a conocer las características de un artista --o de un movimiento artístico-- determinado, y en ninguno de los muchos que había leído encontré ataques tan fuertes contra la persona estudiada. En resumen, que la culpa era achacable al editor inglés por encargarle el libro a un autor a quien le reventaba escribir sobre Picasso, pintor al que era claro detestaba. No digo que la monografía de Cantero sobre Huston vaya por los mismos caminos que la del irresponsable autor de la mencionada sobre Picasso: una rápida ojeada al texto --que tengo olvidado-- parece demostrar que no; pero persiste mi impresión de que su autor simpatizaba muy poco con el cine de Huston. En el libro en cuestión, hay dos películas a las que pone de vuelta y media. De acuerdo, hay alguna más, pero sobre los films malos de Huston hay una cierta unanimidad general que aquí no se rompe: El bárbaro y la geisha es atroz; La horca puede esperar es inaguantable; Phobia, un rollo soporífero... Y no voy a ser yo quien diga lo contrario: las tres me producen escalofríos con sólo pensar en ellas, por lo cual si Cantero las denigra no seré yo quien le lleve la contraria en esto. Pero hay otras dos --y alguna más-- que Cantero trata muy despectivamente, y en uno de estos dos casos me he permitido interpretar al revés su comentario (en el otro caso no me hacía falta, por sobradamente recordada). Se trata de Como ella sola (su segunda película, rodada en 1942) y El último de la lista (1963). De la primera sólo recordaba muy vagamente un antiguo pase televisivo, que me dejó una impresión más o menos positiva. Sobre la segunda, mi memoria era perfecta por haberla vista repetidas veces en su época, y en otro pase televisivo igualmente lejano en el tiempo. Ambas llevaban décadas fuera de circulación, y han sido editadas recientemente en DVD, lo cual permite juzgarlas sin necesidad de guiarse por oscuros comentarios ajenos (que es lo que ha menudeado respecto de El último de la lista). Seamos francos: no son obras maestras; no figuran entre las películas más destacadas de Huston; son films menores, de índole comercial, resueltos con competencia, y que se apoyan, en el primer caso, en los intérpretes (el duelo Bette Davis y Olivia de Havilland) y el sistema de producción de los estudios de la época; y en el segundo caso en una enmarañada intriga policiaca ideada por Philip McDonald en su novela La lista de Adrian Messenger (editada en castellano por Picazo, hace años). Como ella sola, según Cantero "no resiste un segundo visionado", "es un auténtico desastre", y Bette Davis "está impropia para el papel". Fue precisamente la lectura de estos comentarios lo que me ha animado a adquirir rápidamente el DVD apenas editado en España (o sea, me limité a interpretar al revés lo escrito por Cantero, en la seguridad de que el film no era tan malo como él decía). Y el film me ha parecido un melodrama interesante, algo torpe en algunos momentos en lo relativo a su aspecto visual (no hay que olvidar que era la segunda realización de Huston), lo cual daría la razón a Sarris cuando dice sobre Huston que "su cámara suele estar colocada lejos del centro de la acción". Pero es un melodrama muy entretenido para los amantes de este género en su vertiente más clásica y que ofrece la esperada actuación de la Bette que sus fans esperan y desean (ya saben: cuanto más mala era Bette, mejor era la película). Film menor, sí, un encargo comercial, desde luego, pero en modo alguno el "auténtico desastre" pregonado por Cantero (y que en mi caso ha resistido dos visionados, cosa imposible según Cantero). Hay mejores melodramas, por supuesto, pero Como ella sola pertenece a una forma de cine ya desaparecida, resuelta con profesionalidad, y que sabe captar el interés del espectador, proporcionándole buen entretenimiento. Respecto a El último de la lista han abundado desde siempre los comentarios despectivos sobre ella (o sea, que Cantero no aporta nada nuevo), muchos de ellos en base a que... Huston no la menciona en sus memorias. ¡Pues vaya manera de enjuiciar películas! No fue hasta hace un par de años que pude leer al fin la primera crítica positiva sobre el film, en un número de la revista Dirigido dedicado al cine de misterio. En su monografía, Cantero se despacha a gusto y la califica de "auténtico disparate", añadiendo que "carece de toda lógica". Bueno, es evidente que la historia original de Philip McDonald es algo inverosímil y carente de mucha lógica, pero resulta intrigante y diabólica, a lo cual Huston, al plasmar la novela en imágenes, le añade el carácter lúdico que tiene mucha de la novelística policiaca clásica. Pero Cantero insiste machaconamente en ello como razón única para rechazar el film. Y esto ya no resulta un argumento muy sólido que digamos. No se trata de si la historia es o no verosímil, tiene o no tiene lógica, sino de si está bien narrada, tiene un ritmo correcto, una ambientación intrigante y atrapa al espectador manteniéndolo en vilo durante toda la proyección. Mi respuesta a todo esto es afirmativa. Cantero, por contra, remata su comentario diciendo que "la película resulta de lo más insulso que John Huston nos ha legado". Sinceramente, prefiero no saber qué oscuras ideas de la diversión debe tener el siniestro Cantero si a una propuesta abiertamente lúdica, a un juego policial como el propuesto por Huston en El último de la lista le reprocha precisamente el serlo. Huston, que lo asume perfectamente, decide incrementar ese aspecto lúdico haciendo desfilar por la película a actores muy conocidos bajo disfraces (más o menos) irreconocibles, desvelados al final de la proyección (memorable la participación de Robert Mitchum, de ovación y vuelta al ruedo, vaya), acentuando con ello el tono festivo con que se quiere adornar una historia criminal puede que inverosímil, pero narrada con convicción, que ofrece además un retrato de la maldad y la ambición humana muy conseguido. (Si buscáramos lógica y verosimilitud en la novela policiaca clásica, o en la de misterio y de aventuras... nos cargábamos el 90 % del género.) En suma, los argumentos de Cantero son verdaderamente ridículos: sería como si le reprochase a Venecia que sus calles estuviesen inundadas de agua, o que una chica pelirroja tuviera excesivas pecas en la cara. El último de la lista es un juego policial al que Huston nos invita a participar, en todos los sentidos. Afortunadamente, el DVD permite hoy juzgar los filmes por sí mismos, y dejan tanta crítica tonta como lo que es: una tontería. |
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