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    September 29

    EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS, de Mark Herman: La inocencia ante la barbarie

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    La mejor virtud de esta película --basada en una exitosa novela de John Boyne, que no he leído-- es lo que para muchos será su principal defecto: una realización plana, sobria, algo televisiva, que ni resalta algunos momentos ni subraya algunas acciones. Es, por decirlo así, la típica película británica "de toda la vida". Pero atendiendo al tema, a la historia que nos narra, se agradece precisamente esta fórmula cinematográfica, y más aún teniendo en cuenta los discutibles resultados obtenidos por Spielberg en La lista de Schindler, un film interesante, notable a ratos y estropeado por un lacrimógeno final que producía verdadera vergüenza (Schindler llorando como una nenaza por no haber podido salvar a más judíos), y la peliculilla perpetrada por el más que detestable Roberto Benigni, La vida es bella, ejemplo flagante de cómo manipular los sentimientos del espectador y como hacer narcisismo gratuito (esta película --si no lo digo reviento-- me produjo la misma emoción que contemplar durante hora y media una coliflor en un plato).
    Así pues, atendiendo a estos precedentes, la solución adoptada por Mark Herman --director de las anteriores y celebradas Tocando el viento y Little voice-- se revela mucho más satisfactoria e iluminadora. Al no manipular al espectador como lo hizo Benigni, le permite reflexionar con mayor profundidad sobre lo que se ve en pantalla, en lugar de dejarse arrastrar por emociones de fotonovela. (Por cierto: entre los otros pecados que cometió Benigni, y que no me da la gana de callarme, está el de plagiar un film invisible de Jerry Lewis: The Day the Clown Cried.) Herman expone ante la pantalla los hechos y deja que el espectador juzgue (lo cual equivale a decir que confía en su sensibilidad e inteligencia para extraer las adecuadas conclusiones).
    Otra virtud de la película, que me temo pasará algo desapercibida, es que casi todo lo que ocurre está visto a través de los ojos de un niño de ocho años (Bruno, el hijo del comandante en jefe del campo de concentración y exterminio al que se traslada a vivir durante su mandato con toda su familia, algo que, creo, no parece históricamente muy creíble), con la excepción de algunas escenas puntuales con protagonismo de la madre del pequeño. Así pues, el nazismo, los campos de concentración, el ejército, los judíos, todo ello está visto a través de esa mirada inocente de un niño aficionado a las novelas de aventuras, que sueña con ser explorador el día de mañana. Un niño que cree que el campo de concentración --al que se le ha evitado tenga acceso, pero para un explorador amateur eso no es obstáculo-- es una granja, donde los granjeros van con pijama todo el día, los mayores tienen ideas absurdas sobre sus profesiones (le divierte que un médico se haya convertido en un pelapatatas y que un relojero --el padre de Shmuel, el niño judío-- sea ahora granjero). El mundo es, pues, un lugar extraño con reglas igualmente extrañas e incomprensibles, carentes de lógica. La amistad que de manera inesperada inicia con el niño judío a través de las alambradas del campo de concentración (Shmuel tiene la misma edad de Bruno y tampoco entiende apenas nada del lugar en que se halla) no ayuda a resolver esos enigmas: Shmuel le cuenta que sus abuelos "desaparecieron" de manera misteriosa al llegar a "la granja"; luego será su padre el que desaparezca, de manera igualmente misteriosa. Cuando Bruno le pregunta qué queman en el campo que despide tan mal olor por aquellas chimeneas, le contesta que ropas viejas; a la misma pregunta, un alemán le ha dicho que "basura".
    Así pues, tenemos un mundo irreal --el que los dos niños creen real, si bien la percepción de "la granja" es distinta por parte del niño judío que de Bruno-- en contraste con el mundo real que pronto descubre la madre de Bruno, debido a un comentario inoportuno del teniente ayudante de su marido. De todas maneras, esta combinación de irrealidad versus realidad no está demasiado profundizada --puede que voluntariamente-- y compete al espectador hacer este ejercicio, lo cual tampoco es mala idea: se supone que al cine se va a algo más que a mirar imágenes (aunque hoy día, atendiendo a lo que se exhibe...).
    Hay otros detalles interesantes, como la implicación de los alemanes en el nazismo. El teniente ayudante del padre de Bruno es un nazi convencido (apalea a un judío por verter sobre el mantel una copa de vino, les habla a gritos), que se avergüenza de su padre, antinazi exiliado a Suiza... pero al que no se ha atrevido a denunciar al régimen, como era su obligación según le recuerda su superior al enterarse de ello, y como castigo será enviado al frente ruso. Por su parte, el comandante no se ha atrevido a denunciar a su madre, también antinazi... Es decir, los personajes se mueven en una tierra de nadie que, quizá, sea tan irreal como la del pequeño Bruno.
    Así, sin cargar tintas, de manera natural, oscilando entre dos mundos, llegamos a un final tan terrible como consecuente. De manera sencilla, sin elevar la voz, ni recurrir a manipular al espectador, esta película deja un recuerdo imborrable: cómo la inocencia puede caminar en medio de la barbarie, sin mancharse de ella, y cómo la barbarie destruye la inocencia por simple rutina. No se puede decir mejor ni de manera más sencilla.
     
    Nota: escrito este comentario a poco de ver la película, compruebo días después que, en efecto, no pocos críticos le reprochan al film lo que yo considero sus dos mejores cualidades. Y es que la crítica es tan previsible...


     

    September 26

    LOS RELATOS DE ROBERT SHECKLEY

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
     
        "Cada uno de nosotros está solo en las vastas regiones de su cráneo, tanteando el mundo con los precarios instrumentos que recibimos al nacer."
                   Robert Sheckley, de una conferencia pronunciada en Londres, 1975.
     
     
    Como se suele decir familiarmente, tengo dos noticias para ustedes, una buena y una mala. La buena es que los relatos de Robert Sheckley (1928-2005) son magníficos; la mala es que no están disponibles en el mercado: tendrán que buscar en librerías de segunda mano y de coleccionismo. Para reclamaciones, diríjase a su editor favorito de ciencia ficción.
    Me temo que para el aficionado actual, crecido y educado con colecciones como Nova y La Factoría, entre otras, el nombre de Robert Sheckley nada signifique, o muy poco en el mejor de los casos. He estado tentado de comprobarlo, pero he desistido: si los hay que no conocen apenas a Roger Zelazny, ¿qué sino le espera al pobre Bob Sheckley? Cierto que Sheckley ha sido un autor abundantemente editado en España: en 1964 apareció su primer libro en castellano, Mañana será así (título bastante idiota para The Status Civilization, novela de 1960), en los primeros números de la colección Galaxia de Vértice. Pero no fue hasta la aparición en 1968 de la revista Nueva Dimensión que el nombre de Sheckley se haría popular entre los aficionados: en efecto, en esa revista Sheckley fue un nombre asiduo en el sumario; ya en 1970 le dedicaron un extra con la traducción de su recopilación de relatos Ciudadano del espacio, que siete años más tarde reeditaría Edhasa en su colección Nebulae 2ª época, y seguirían apareciendo con regularidad relatos suyos en diversos números de la revista, pues era casi el único autor que no desataba feroces polémicas entre los lectores: todos adoraban a Sheckley.
    Con esto queda claro que era un autor con especial dedicación a la narrativa corta. Sin embargo, publicó diversas novelas, tanto de ciencia ficción como policiacas, y varias de ellas fueron apareciendo en castellano a partir de mediados la década de 1970. Pero una cosa queda clara: el campo de la novela no era el más afortunado para nuestro autor. Muchas de ellas (Los viajes de Joenes, Options...) daban la impresión de no ser sino relatos empalmados de la mejor manera posible para que parecieran contar una única historia. Algo que se nota sobremanera en Dimensión de milagros, una novela de 1968 bastante infeliz en la que el lector puede reconocer incrustados en ella un tanto a la buena de Dios los relatos "Planeta según presupuesto" y "Calles de ensueño, pies de arcilla", publicados también en 1968, y que son mucho mejores leídos aparte que en la novela (y adquieren mayor sentido). Incluso la más conocida, La décima víctima, no es mejor que el relato del que parte, "La séptima víctima" (1953): alargar las historias empeoraba la frescura e inventiva de Sheckley. Quizá Mañana será así, esa primera novela aparecida tan tempranamente en castellano, sea la mejor de entre las que le conocemos, o al menos la más satisfactoriamente resuelta. También debe mencionarse una de sus aportaciones policiacas, traducida por Noguer a principios de la década de 1970, Hombre al agua, publicada originalmente en 1962, y que constituye un notable ejercicio de suspense. Otra que se publicó a mediados de la década de 1960 en Molino, El agente X en acción, no es más que una parodia jamesbondiana de escaso vuelo. Asimismo, en la primera edición española del Hitchcock Mystery Magazine aparecieron un par de relatos policiacos suyos, como "El cóctel" (1959), muy dentro del estilo de historia que pretendía ofrecer esa publicación.
    Como digo, el campo narrativo breve --relato corto o de extensión moderada-- era donde Sheckley desarrollaba mejor sus temas, sus recursos de narrador. Puesto que, según dice la leyenda editorial, los lectores desdeñan los relatos y prefieren los tochos --o las novelas y series en general--, mal lo tiene Sheckley para recuperar el favor de los aficionados: sus novelas publicadas en castellano no son muy memorables, como queda dicho, y por supuesto no resisten la menor comparación con cualquiera de sus recopilaciones de relatos, de las cuales afortunadamente se editaron varias en España, dos por mediación de Ediciones Dronte en su colección de libros y tres por Edhasa en la colección Nebulae 2ª época. Como es sabido, la narrativa de ciencia ficción envejece a veces de manera terrible: no son pocos los autores, incluso de relumbrón, que al releer sus novelas o relatos se nos desmoronan prácticamente en las manos. Creo que el lector de ciencia ficción es poco dado a la relectura, y quizá no haya que reprochárselo: comprobar el deterioro que muestran los celebrados textos de no pocos "clásicos" o "autores importantes" es ciertamente preocupante. ¿Cabe seguir llamándolos clásicos, cuando esto ocurre? Hay autores, por contra, que ven perdurar su trabajo merced a unas cualidades propias, que superan al propio género, y que en su tiempo no despertaron una excesiva atención ni, especialmente, valoración literaria. Suelen ser los autores que, por decirlo así, "usaban" al género para otros fines, probablemente de manera inconsciente, así como no percibida por el lector. Lo hemos comprobado no hace mucho tiempo en la reedición de los cuentos completos de Fredric Brown --un autor que, en cierta manera, puede compararse con Sheckley--: no importa su antigüedad ni su pertenencia a un género concreto, se sostienen por sí mismos admirablemente en pie. Otros autores resisten muy bien el paso del tiempo, gracias a su condición de visionarios y humanistas, como es el caso de Philip K. Dick, cuya obra breve --o no tan breve, puesto que incluye novelas cortas-- está casi toda disponible en castellano. Pero los hay que empiezan a mostrar algunas limitaciones tras ser celebrados durante mucho tiempo: pienso en el extraño caso de Richard Matheson, que la relectura de varios relatos suyos me lo ha acercado peligrosamente al caso de Cornell Woolrich/William Irish: poca sustancia y mucho envoltorio (y no lo digo para fastidiar al lector; eso ya se encargan de hacerlo siempre los críticos). Pero como Matheson goza de un amplio predicamento fuera del campo de la literatura fantástica, por razones, ay, extraliterarias, es peligroso introducir dudas respecto a sus posibles valores y perdurabilidad. 
    Sheckley, como digo, recoge en cierta manera (y amplía enormemente) los modos y maneras de Fredric Brown. Tiene un estilo sobrio, elegante, conciso, fresco, directo, ágil y preciso. No recalca ni subraya ni rellena, pero sabe llamar la atención del lector con la palabra o la frase justa en el momento apropiado y mantener el interés del relato hasta su conclusión. Posee una amplia gama de temas: fantasía, ciencia ficción, suspense, paranoia --algo que también encontramos en Brown, y sobre lo que luego volveré--, humor, crítica social, sátira, historias de lo insólito, surrealismo... Sus relatos de ciencia ficción --bastantes de ellos humorísticos, entre los que destacan especialmente los siete protagonizados por Arnold y Gregor del AAA Ace, Servicio de Descontaminación de Planetas, escritos entre 1954 y 1956, aunque hubo un octavo relato en 1986, "Sarkanger", que más parece un chiste que otra cosa-- se presentan generalmente como historias de colonización, de exploradores, con lo cual se asemejan en ocasiones a los relatos de Jack London, sustituyendo Alaska o la California del oro por un planeta más o menos hostil (una muestra perfecta de esto lo constituye "Prospector´s Special" (1959), relato que combina humor y tragedia londiana a partes iguales), y si London los escribía desde lo vivido, Sheckley lo hace desde lo imaginado, consiguiendo el mismo resultado en cuanto a sensación de realidad. Algunos de estos relatos de colonizadores o mineros del espacio alcanzan momentos de gran belleza literaria: "Las quietas aguas del espacio" (1953) recuerda inevitablemente a Bradbury, que por aquellas fechas --inicios de la década de 1950-- estaba ya publicando sus mejores trabajos en el campo de la narrativa breve. Por lo demás, conviene aclarar que la ciencia en sus relatos del género es intrascendente: como se dijo hace muchos años, la gracia de Sheckley es que "las naves y las máquinas funcionan porque sí", nada tiene lógica ni pretende tenerla, no se busca el rigor científico ni la explicación coherente, sino el ambiente práctico en que desarrollar la trama de la historia. Eso, que en otros autores da lugar a relatos en ocasiones --o demasiado a menudo-- algo pesados y, posteriormente, envejecidos lamentablemente, se convierte en manos de Sheckley en el valor principal. De ahí que ninguna de sus historias de los años cincuenta y principios de los sesenta esté pasada de moda: son atemporales. A finales de la década de 1960, Sheckley se convirtió en un expatriado, según le dijo a Charles Platt en su entrevista para el libro Dreammakers en 1980, largándose a vivir a Ibiza durante varios años y a gandulear. Escribió muy poco, y generalmente por encargo de su amigo Harry Harrison. Finalmente, regresaría al "mundo civilizado", para hacerse cargo de la revista Omni. Su obra se resentiría fuertemente de ello: su novela de 1975, Options, es claramente surrealista y producto de la era del hippismo, y algunos de sus relatos de los años setenta están dentro de la misma honda: "Tubo digestivo abajo y al cosmos con mantra, tantra y lluvia de estrellas" (1971) y "Zirn desguarnecida, el palacio Jenghik en llamas, Jon Westerley muerto" (1973) son breves experimentos carentes de interés y que no aportan nada nuevo ni a su obra ni al género. Aun así, en 1973 un relato suyo ganaría el premio Jupiter al mejor cuento: "Pedigüeño del espacio"; Sheckley, lamentablemente, no fue un autor premiado ni nominado apenas, más que muy ocasionalmente. Hacia finales de los años setenta, ante lo invidable de sobrevivir mediante relatos en revistas, se iría concentrando en novelas de muy escaso interés, en proyectos para Byron Press y en colaboraciones con otro ilustre desplazado: Roger Zelazny, quien tenía en común con Sheckley la coherencia y originalidad de su obra narrativa breve, y que había empezado a publicar en 1962, diez años después que Sheckley.
    Queda pues, señalado, que Sheckley desarrolló lo mejor de su obra corta durante la década de 1950, escribiendo una gran cantidad de historias, en una época de sobreabundancia de publicaciones de ciencia ficción y fantasía, y de competencia entre autores, además de incluir algunas inéditas en sus recopilaciones, la primera de las cuales apareció en 1954, apenas dos años después de publicar su primera historia. (Posteriormente, tras su traslado a Ibiza, abandonaría paulatinamente los relatos, a los que volvería con cierta asiduidad en los años ochenta.) La década de 1950 y primeros años de la de 1960 fueron unos tiempos en que había casi más revistas que autores (de ahí que algunos, como Silverberg, llenaran una sola revista escribiendo con varios seudónimos), pero el nivel de autores era óptimo. No es cuestión de citar nombres, casi basta con ver viejas portadas de Galaxy, If, Astounding, Fantastic, Imagination, Amazing, F&SF, entre otras menos conocidas para comprobarlo. Sheckley, que publicó su primer relato en 1952, tuvo que competir con Dick, Silverberg, Simak, Asimov, Galouye, Sturgeon, Harrison, Tenn y tantos otros habituales de las revistas de ciencia ficción de aquellos años. La competencia impulsaba la creatividad. Un ejemplo: aunque quizá Dick no leyera el relato de Sheckley publicado en 1953, "El pájaro vigía", el tema es el mismo de "El informe de la minoría", escrito por Dick en 1954 y publicado en enero de 1956: cómo evitar y prevenir un delito antes de que se produzca; por supuesto ambas historias siguen caminos diferentes, pero el punto de partida es el mismo. Que muchos de sus contemporáneos triunfaran en las novelas, cosa que Sheckley no consiguió completamente ni en sus mejores años, probablemente haya tenido como consecuencia que su narrativa breve se haya considerado superficial. Craso error. Pues la lectura hoy de sus cuentos de entonces nos presenta unos relatos increíblemente vivos, audaces, originales y novedosos. Tomemos un caso muy simple, su relato "¿Podemos charlar un poco?" (1965) aborda uno de los temas más difíciles de la ciencia ficción, que ha dado pie a novelas tan ambiciosas como Babel 17, de Delany, o incluso Los lenguajes de Pao, de Vance, entre otras: la lingüística. Sheckley, en su historia, nos presenta una raza alienígena con un idioma en constante evolución, tanto que un terrícola hábil con los idiomas, que ha logrado aprenderlo al cabo de un tiempo --o así lo cree--, descubre que jamás lo aprenderá puesto que al cabo de unos días el idioma es otro distinto, y luego será otro distinto, en una progresión infinita. Si este sencillo relato hubiese llegado con la firma de Asimov, Clarke, o  Heinlein --o Aldiss o incluso Bester-- estaría considerado un relato de primera línea; al llevar la firma de Sheckley se celebra como "otra" de sus originalidades, y nada más. O consideremos el breve relato "La voz" (1953), recogido en su primera recopilación de relatos: es un verdadero ejercicio de metafísica, una visión absolutamente insólita de la condición del mundo y de la propia persona; con este relato, Sheckley se adelantaba a ciertas propuestas literarias que llegarían --y no precisamente del campo de la ciencia ficción-- bastantes años más tarde de la mano de celebrados autores franceses. Y un tercer punto muy a considerar: como tantos otros autores de los años cincuenta, Sheckley produjo algunos relatos sobre visiones paranoicas del mundo y la sociedad, lo que le une a Fredric Brown, a Philip K. Dick --que había empezado a publicar el mismo año que Sheckley--, y a otros ilustres o no tan ilustres autores de esos años: Galouye, Sturgeon, Gold, Budrys... Este tema, la locura como estado consciente de la sociedad, el mundo como manicomio o como generador de locos, es común a muchos autores, y está presente casi exclusivamente en la década de 1950 --la supuesta "década anodina e insustancial" en la vida americana del siglo veinte--. Así pues, el que tantos autores de ciencia ficción --un género supuestamente trivial en aquella época-- escribieran tantos relatos describiendo estados paranoicos y visiones de sociedades manicomiales, como lo es de manera significativa el de Sheckley "La academia" (1954), debería ser analizado de una vez por todas: creo que es uno de los grandes estudios pendientes dentro de la ciencia ficción del siglo veinte.
    La obra breve de Sheckley es rica en originalidades literarias, algunas afortunadamente reconocidas: "Un pasaje para Tranai" (1955), o "El precio del peligro". Este último, publicado en 1958, era entonces un relato de ciencia ficción en su vertiente sociológica; hoy día, gracias a la programación de ciertas cadenas televisivas, parece sencillamente un relato de narrativa realista y podría muy bien pasar como publicado hoy mismo. Desde luego, ya dije hace tiempo en un artículo para una revista que no es misión de los escritores de ciencia ficción predecir el futuro, pero hay que reconocer que en alguna rara ocasión, la clavan. En el bando contrario, un relato de 1968, "La trampa humana", escrito según lo que entonces se consideraba iba a ser nuestro futuro inmediato, resulta fallido (además de no ser uno de sus mejores trabajos, dicho sea de paso).
    Pero Sheckley ha sido considerado principalmente un autor de ciencia ficción humorística, satírica incluso. Eso está bien, porque buena parte de su obra contiene humor o sátira, y ello le valió reconocimiento y notoriedad. Pero está mal porque automáticamente se le considera por debajo de la seriedad que debe predominar en el género. Aunque los lectores aprecien y festejen los relatos o novelas de humor, la mayoría de editores y no pocos estudiosos o teóricos del género fruncen el ceño ante las muestras humorísticas que ofrece la ciencia ficción. Se la considera algo así como "de segunda clase". No entraré a discutir la estupidez congénita de semejante apreciación, y me limitaré a comentar el humor que despliega Sheckley. Es muy distinto del que solían ofrecer algunos de sus coetáneos: no cae en la algo cargante grosería de Eric Frank Russell ni en la acumulación de chistes por parte de Keith Laumer en su serie sobre Retief. Sheckley usa de un humor digamos, "natural", basado en el desarrollo de una situación que, bien mirado, podría ser una historia perfectamente seria. Lo podemos ver en el relato "El motín del bote salvavidas" (1955), uno de los protagonizados por Arnold y Gregor: el relato es divertidísimo sin necesidad de recurrir ni al chiste fácil, ni al diálogo ocurrente, ni a la acumulación de efectos cómicos: se basa en la comicidad de la propia situación planteada, a la seriedad de la pareja protagonista (Arnold y Gregor son muy serios, pero suelen verse metidos en situaciones verdaderamente absurdas) y a la oportuna réplica de diálogo o efecto cómico narrativo durante el transcurso de la historia. Y de hecho, "El motín del bote salvavidas" podría funcionar muy bien como relato serio: el mismo argumento, el mismo problema al que se enfrentan Arnold y Gregor podría narrarse como una historia dramática o de acción (podría ser, por ejemplo, una variante de la serie Berserker de Fred Saberhagen). Casi todos los relatos de estos dos protagonistas funcionarían perfectamente en clave seria, o de pura problemática de ciencia ficción. La gracia de esta serie es que Sheckley lo hace con un humor perfectamente natural, carente de estridencias, producto del contraste entre una situación ridícula o absurda --"Espectro V" (1954) o "Squirrel Cage (1955), son ejemplos modélicos en este sentido-- y la total seriedad de la pareja protagonista.
    Por otra parte, los relatos satíricos no suelen ser de una sátira exagerada, mordaz, cruel, sino que asimismo están servidos mediante un desarrollo suave, basado igualmente en el planteamiento de la situación. El breve relato "El hombre más afortunado del mundo" (1954) constituye un claro ejemplo: una narración verdaderamente seria, que en realidad es una sátira sobre el último hombre vivo en el planeta. El clásico "Un pasaje para Tranai" se sitúa en un puesto intermedio: humor y sátira social se mezclan admirablemente, a fin de ofrecer una visión de una utopía realmente absurda. La contrapartida a este conocido relato sería "Permiso de acecho" (1954), en el que una colonia utópica que ignora serlo, debe "desutopizarse", por así decirlo, contra reloj para amoldarse a las costumbres y exigencias de la Madre Tierra. Y es precisamente esta gradación de los elementos humorísticos o satíricos de sus relatos lo que hace que las novelas de humor resulten tan insatisfactorias, como ocurre con Dramocles, por ejemplo: las situaciones se alargan excesivamente, los efectos cómicos se atropellan entre sí, amontonados al tuntún, y al tener que llenar más páginas el humorismo produce más bien cansancio y desinterés. En este sentido, Sheckley se parece a otros escritores de ciencia ficción, cuyos relatos resultan siempre más satisfactorios e iluminadores que sus novelas: Arthur C. Clarke es quizá el caso más representativo.
    Un tema que abunda mucho en sus historias de ciencia ficción es lo que podríamos llamar el choque cultural, el enfrentamiento de los opuestos, en este sentido, de humanos y alienígenas. Sheckley lo aborda de manera peculiar las más de las veces, ofreciendo el punto de vista de unos y otros, alternadamente, en lugar de sólo el de unos --los terrícolas--, como suelen hacer la mayoría de autores. El efecto que producen estos relatos, así narrados, es que tan alienígenas pueden ser los extraterrestres como los terrestres. El ejemplo más perfecto de este tipo de historias podría ser "No tocar" (1954), y otros en los que se produce este choque cultural son "Planeta de conquistadores" (1954), en donde curiosamente se produce la asimilación cultural de unos por los otros, "Problema de caza" (1955), éste en clave humorística, y "Raza de guerreros" (1952), quizá el más insatisfactorio, por tratar un problema desde el punto de vista bélico, algo en lo que Sheckley demostró siempre poca traza o garra narrativa ("Mate descabellado" [1953], otro relato de ciencia ficción bélica, resulta muy anodino). Otro aspecto muy interesante son sus relatos de tema insólito, inclasificables entre fantasía o ciencia ficción y que se quedan en tierra de nadie: podrían muy bien haber aparecido en la celebrada revista de finales de la década de 1930 y principios de la de 1940, Unknown, donde historias realmente insólitas sorprendieron muy agradablemente al público lector. En este sentido, Sheckley tiene un buen montón, como "Temporada de pesca" (1953) o "El agujero a China" (1955), entre otras. Si vinieran firmadas por Matheson, por ejemplo, serían muy celebradas por los intelectuales...
    Hay algo que se le puede reprochar a Sheckley: no evolucionó. Sus relatos de la década de 1970, y los pocos que hemos conocido de sus últimos años, podrían estar fechados perfectamente en los años cincuenta, pero carecen de su frescura. Dejando aparte sus intentonas de experimentar no se sabe muy bien qué, como se ha mencionado anteriormente, se mantuvo excesivamente fiel a sus orígenes. Algo que sus coetáneos Dick o Silverberg, por no mencionar a Farmer, que empezó antes que Sheckley, sí hicieron --a veces de manera harto dudosa, en alguno de los mencionados, pero lo hicieron--. Aun así, fue precisamente en su época ibicenca, la menos productiva en cuanto a relatos, cuando produjo su cuento más cuidado literariamente, el más elaborado: el largo "En una tierra de colores claros" (1974), que guarda con el ya mencionado "Pedigüeño del espacio" la semejanza de la condición de expatriado/exiliado del protagonista, y en el que se hace evidente la filosofía hippy que rodeaba el mundo de Sheckley en aquellos años, algo que seguiría apareciendo en algún relato posterior, como "El futuro perdido" (1980), que publicaría durante su época como responsable de Omni.
    Urge, por tanto, recuperar la obra breve de Sheckley para preservarla del olvido y para que nuevos lectores descubran sus méritos y su vigencia. Ya se hizo hace años en Estados Unidos, donde hubo una edición en cinco volúmenes de casi todos sus relatos, más algunas muestras amplias de su producción. Teniendo en cuenta lo abundante de su obra corta durante la década de 1950, cabe pensar, además, que existen bastantes relatos que puedan deparar notables sorpresas en su lectura. A Sheckley se le debe un reconocimiento no ya por parte de los aficionados a la ciencia ficción, sino por parte de los mismos que celebran a autores dotados de originalidad, voz propia, recursos narrativos y variedad temática, independientemente de su pertenencia a un determinado género literario. En vida, muchos ya lo señalaron. Tras su muerte en 2005, debería seguir siendo señalado. No se puede prescindir de tan rico legado literario.
     
        "Eso de escribir es como un subidón, una especie de droga, y una vez la has probado nada vuelve a ser lo  mismo. La vida corriente parece una condena a prisión comparada con la libertad de escribir."
         Robert Sheckley.

     
    Ediciones en castellano de relatos de Robert Sheckley
     
    Recopilaciones:
     
    *La séptima víctima (Untouched by Human Hands, 1954). Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 17, Barcelona, 1977.
    *Ciudadano del espacio (Citizen in Space, 1955). Ediciones Dronte, revista Nueva Dimensión, Extra nº 3, Barcelona, 1970 [omite el cuento "La batalla", publicado en el nº 17 de la revista]. Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 11, Barcelona, 1977.
    *Peregrinación a la Tierra (Pilgrimage to Earth, 1957). Ediciones Dronte, col. Nueva Dimensión, nº 4, Barcelona, 1976.
    *Paraíso II (Notions: Unlimited, 1960). Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 7, Barcelona, 1976.
    *El arma definitiva (The People Trap, 1968). Ediciones Dronte, col. Nueva Dimensión nº 15, Barcelona, 1977 [la edición omite el título original, y sólo recoge 11 de los 14 cuentos que contiene, apareciendo los otros tres en números de la revista Nueva Dimensión].
     
    En revistas (no se incluyen los reunidos en las recopilaciones):
     
    Nueva Dimensión: números 19, 37, 45, 60, 73, 77, 78, 84, 85, 93, 96, 103, 106, 118, 124 y 131. Ediciones Dronte, Barcelona.
    El Péndulo: número 2. Buenos Aires.
    Parsec: números 1 y 5. Buenos Aires.
    Más Allá: números 2 y 22. Ediciones Abril, Buenos Aires.
    Minotauro (1ª época): número 4. Buenos Aires.
    Space opera: número 5. Madrid.
    Cuasar: número 7. Buenos Aires.
    Hitchcock Mystery Magazine: números 5 y 6. Hymsa, Barcelona.
    Omni: número 3. Ediciones B, Barcelona.
    Solaris: número, 4. La Factoría, Madrid.
    Filofalsia: otoño de 1983. Buenos Aires.
     
    En antologías varias (no se incluyen los aparecidos en recopilaciones):
     
    Horror 2, Ediciones Martínez Roca, Barcelona.
    Robótica, Planeta, Barcelona.
    Antologías Acervo de Anticipación, Volumen 14, Ediciones Acervo, Barcelona.
    Colección Caralt de ciencia ficción: números 12 y 15. Caralt, Barcelona.
    Selecciones Bruguera de Ciencia Ficción. Selecciones 9 y 13. Editorial Bruguera, Barcelona.
    Llegan los dragones, Editorial Tierra Nueva, Uruguay.
    Mutante, Producciones Editoriales, Barcelona [reedita un relato aparecido anteriormente en la revista Más Allá nº 22].
    Llorad por nuestro futuro, Ediciones Acervo, Barcelona [reedita un relato aparecido anteriormente en la revista Minotauro, 1ª época, nº 4].
    Asimov y sus amigos, Grijalbo, Barcelona.
    El hombre de otros mundos, Editorial Sirio, Biblioteca de Ciencia Ficción, 1, Buenos Aires [reeedita un relato aparecido anteriormente en la revista Más Allá, nº 2] 


    September 22

    UNA BREVE NOTA SOBRE MAURICE LEBLANC

    (c) 2007 by J.C. Planells
     
     
    No sé si es una mala impresión mía, pero realmente lo poco que he leído de Maurice Leblanc --creador del personaje de Arsenio Lupin, caballero ladrón-- me resulta muy parecido a otros escritores galos. ¿Tienen el mismo estilo? ¿El mismo redactado? Yo creo que la novela popular francesa, en especial la de finales del siglo XIX y principios del XX, está demasiado marcada por el folletín --algo de eso dije hace tiempo en un artículo sobre la novela policiaca francesa--. El resultado es que se me confunden Ponson du Terrail, Xavier de Montepin, Gaston Lerroux, Pierre Souvestre, Marcel Allain y Maurice Leblanc. Si a ello le sumamos el que la mayoría de los autores citados crearon personajes de "delincuentes" famosos u heroicos, la semejanza aumenta más: El Rocambole de Ponson du Terrail, el Arsenio Lupin de Leblanc, el Fantomas del dúo Souvestre y Allain... Muchos de estos autores fueron contemporáneos o casi contemporáneos. Y todos ellos son algo ilegibles hoy día. Comparten casi una misma manera de narrar, de presentar la intriga, de complicarla, de crear los personajes y los diálogos.
    De Maurice Leblanc recuerdo algún relato interesante, pero las dos veces que he intentado leer novelas suyas, he fracasado en el intento. He fracasado porque no he conseguido interesarme en ellas. Lo mismo que he fracasado cuando he intentado releer a Montepin, Du Terrail... Todos suenan con la misma voz, por decirlo así. Como novelas policiacas, están muy superadas (aparte de que no se las puede considerar propiamente policacas, sino más bien folletines de intriga) . Como novelas de intriga, adolecen de insignificancia. Como folletines, están olvidados.
    (En un reciente ensayo sobre la novela popular en España, publicado por ediciones Silente, se puede encontrar un interesante capítulo en el que se incide brevemente sobre esa curiosa característica del folletín francés y los "ladrones simpáticos".)

     

    September 20

    EDICIONES RECIENTES EN DVD DE CINE "POLAR" FRANCÉS


    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    El aficionado al cine negro está de enhorabuena, pues cada vez abundan más las muestras del llamado "polar", es decir, el cine negro francés, que tanta popularidad alcanzó en las décadas de 1960 y 1970, principalmente, para ir decayendo poco a poco partir de la de 1980. No en vano, es en Francia donde se ha rivalizado con Estados Unidos en cuanto a adaptar novelas negras americanas (Thompson, Goodis, McBain, Highsmith...). Gracias al DVD, el aficionado tiene a su alcance varios interesantes filmes muy representativos de ese género, que no tiene nada que envidiar a las mejores muestras del considerado "cine negro oficial", es decir, el americano. No es cuestión ahora de señalar las diferencias entre el cine negro americano y el "polar" francés (ya hay libros y revistas que lo han analizado), pero, por resumirlo brevemente, diríamos que el cine negro americano es un cine exteriorizado y el "polar" francés es más bien interiorizado. Ambos son violentos, si bien puede que el francés lo sea mucho más, y de manera más descarnada. En el cine negro americano, en fin, el delincuente, el criminal, el gánsgter, las bandas, no tienen problemas en mezclarse con el resto de la sociedad; en el "polar", por contra, el delincuente, el gangster y las bandas de atracadores vive y conviven totalmente al margen de la sociedad, dentro de su universo particular.
    Así pues, y gracias principalmente a colecciones dedicadas a dos actores representativos del género, como son Alain Delon y Jean-Paul Belmondo --aunque no sólo de ellos se alimentó el polar--, han aparecido recientemente films tan interesantes como Un tal La Rocca, el primer film de Jean Becker, con guión de José Giovanni basado en su propia novela --Giovanni fue un novelista, guionista y posteriormente director fundamental dentro del "polar"--; a Belmondo lo reencontramos en varios films dirigidos por Henri Verneuil: El cuerpo de mi enemigo, Cien mil dólares al sol..., pero no es Verneuil un director demasiado notable (curiosamente, el mejor film de Verneuil con Belmondo no es un "polar", sino el bélico Fin de semana en Dunkerke, que también ha aparecido en DVD y sorprende por la inspiración de sus imágenes, básicamente por venir, como digo, de alguien poco interesante). En todo caso, Verneuil sí hizo un polar notable aunque no excepcional en Gran jugada en la Costa Azul, con protagonismo de Alain Delon y Jean Gabin, que se ofrece en versión íntegra --lamentablemente no subtitulada-- en DVD. 
    Alain Delon es sin duda el actor más representativo del "polar" (si bien Lino Ventura podría replicar a esto). De él acaba de aparecer Crónica negra (Un flic), que fuera el último film dirigido por Jean-Pierre Melville, y que no es precisamente el mejor, pues parece un catálogo de sus tics y manierismos, además de adolecer de un guión poco trabajado. Pero es un Melville, y eso lo justifica/perdona todo. De Delon también tenemos La última esperanza (Comme un boomerang), un film de José Giovanni que me confirma que Giovanni era mejor guionista para otros que director de sus propios guiones. No es mal film, tiene grandes momentos, lo mismo que grandes defectos, y permite a Delon lucirse en uno de sus mejores trabajos.
    Un film dirigido por José Giovanni que sí es muy notable es Último domicilio conocido, protagonizado por Lino Ventura (y por Marlene Jobert, no puedo evitar el mencionarlo...: chacun a ses deèses). Aquí Giovanni se muestra seco y contundente, sin algunas de las florituras que estropean La última esperanza (que, pese a ello, insisto es un film interesante). Pero, pese a la abundancia de "polars" que protagonizara Lino Ventura en su día, es Delon quien cuenta con mayor presencia en el mercado: Adiós, amigo, un film de Jean Herman que coprotagoniza con Charles Bronson, ya fue comentado en este blog hace tiempo, y ahora tenemos una nueva edición en versión original subtitulada y mejor calidad de imagen. No hace falta recomendar El silencio de un hombre (Le samurai), el film de Jean-Pierre Melville que es ya todo un clásico del "polar": ha sido imitado mil veces, pero no mejorado. No considero Los felinos de René Clement como un polar propiamente dicho: en un drama con ribetes policiacos que recuerda en algo a Clouzot (y que creo Clouzot lo hubiera resuelto con mejor acierto). Y no deben olvidarse las editadas hace ya un tiempo, Flic Story (Flic Story), un film de Jacques Deray, muy notable y basado en hechos reales, protagonizado por Delon y Jean-Louis Trintignant, y Dos hombres en la ciudad, otro Giovanni, que empareja de nuevo a Delon y Gabin en un film pesimista y desesperanzador (como casi siempre en Giovanni). 
    Queda, evidentemente, mucho aún por editar del cine negro francés: muchos Melville, Giovanni, Deray..., entre otros. Pero el aficionado puede conocer por primera vez o revisar de nuevo muestras como las mencionadas, y sin duda quedará "enganchado" a una de las mejores (y más prolíficas) muestras europeas de cine negro.


    Películas de cine negro francés comentadas en este blog:

    *Adiós, amigo, de Jean Herman (5 de de julio de 2007) [editada en DVD]

    *Max y los chatarreros, de Claude Sautet (19 de julio de 2007)

    *El montacargas, de Marcel Bluwal (18 de agosto de 2007)

    *Sin móvil aparente, de Philippe Labro (1 de octubre de 2007)

     

    September 18

    LA PESTE BLANCA, de Frank Herbert


    (c) 1983 by J.C. Planells por la crítica reproducida
    (c) 2008 by J.C. Planells por el resto del texto
     
     
    En el número 11 de Tránsito, fechado en noviembre de 1983, publiqué una crítica de esta novela de Herbert, aparecida en la primavera de aquel año. He de decir que no recordaba siquiera haberla escrito, como ocurre cuando se han tenido que escribir tantas, y muchas de ellas innecesariamente. Se me ocurrió consultar los índices de la web ttrantor hace unos días, y me encontré con que existía, y la he recuperado para este blog. No por su interés, debo aclararlo enseguida, pues como crítica me parece muy vulgar, al igual que tantas otras publicadas en tiempos lejanos y que no pienso recuperar para este blog: soy selectivo en cuanto a esas recuperaciones: por un lado, la novela comentada ha de tener algún interés; por otro, la crítica ha de haber aparecido, por ejemplo, en una publicación de escasa difusión; y por otra parte, principalmente, mi texto me ha de parecer presentable. No digo bueno, solamente presentable. No creo que sea el caso de este comentario sobre La peste blanca. No la hubiese recuperado, pero los motivos que me han llevado a hacerlo los explico tras dicha crítica.
    Ésta es, pues, la crítica que se publicó en el mencionado número de Tránsito, corrigiendo algunas erratas:
     
        Parece ser que alguno se ha escandalizado ante la "maldad" literaria de esta reciente producción de Frank Herbert (1982), servida puntualmente por Ultramar. No creo que haya para tanto. ¿Es que hay alguien que aún no se haya dado cuenta de que Herbert viene escribiendo lo mismo y de la misma manera desde que de pequeño agarró su primer lápiz? El tedio, lo gris y la mediocridad son la norma presente en la carrera de este aburrido autor, y Dune su excepción, cómo no. De no haber parido Dune, Herbert no merecería más que un escuálido comentario en cualquier enciclopedia del género. La peste blanca se sitúa en su línea regular de producción, si bien, eso sí, con una extensión fuera de lo corriente. Los lectores de Proyecto 40, La barrera Santaroga y El cerebro verde (por citar las novelas suyas traducidas) ya saben lo que pueden esperar: la eterna repetición de lo mismo. Herbert se limita a variar los nombres de los personajes, pero el tedio y el aburrimiento son los mismos, así como el carácter mesiánico e iluminado de sus protagonistas, que, ellos solos, pueden cambiar la faz de un planeta o una nación. Interesante este complejo mesiánico de los personajes de Herbert, que se repite de novela en novela (y aquí, claro, Dune no es ninguna excepción).
        En La peste blanca, Herbert nos presenta a un investigador molecular cuya esposa e hijos son víctimas de un atentado del IRA. El hombre enloquece y concibe una bestial venganza, dejando suelto un virus que elimina a todas las mujeres del planeta, y como consecuencia a todas las hembras de los animales. Ese es todo el argumento. No hay más. El resto de las 600 páginas son el arrastrarse (que no el desarrollarse) de una trama que ni siquiera existe. El final (¡feliz!) presenta a nuestro ¿héroe? como una especie de mesías que ha dado a luz a un nuevo mundo. Mira por dónde.
        Creo más interesante referirme a algunos aspectos concretos de la obra. Veamos: Un lector imparcial concebirá tras la lectura de La peste blanca un odio mortal hacia todo lo que sea irlandés. Herbert presenta a los irlandeses como si se tratase de describir a unos seres o a una raza de algún otro planeta, y consecuencia de su rareza, es que se vuelven horriblemente antipáticos, algo así como si fuesen marcianos verdes o algo semejante. No se profundiza en sus motivaciones humanas, pero tampoco se folkloriza. Simplemente, parece como si estuviésemos ante una raza de bichos raros. No sé qué propósitos albergaría la mente de Herbert al concebir tal novela, pero de su lectura se desprenden aspectos preocupantes. La elementalidad de ciertas tomas de conciencia, por ejemplo, contrasta con la minuciosidad científica de la obra, que podría ser lo que a Herbert le preocupara más, cosa a lo cual no habría nada que objetar, desde luego. La peste blanca, por otro lado, es tan ultrarreaccionaria que, mira por dónde, llega a parecer casi salvajemente progresista. El que el protagonista, después de matar a casi todas las mujeres del planeta, sea reverenciado como un salvador o un ser mítico, es alucinante (pero coherente con el conjunto de la obra en general del autor). Por otro lado, el terrorismo sí tiene claros visos folklóricos, y no demuestra más que el desconocimiento que el americano medio tiene de este fenómeno.
        Por todo ello, La peste blanca resulta ser una novela tan extraña como inclasificable, tan anómala como risible. Mejor escrita que Dios emperador de Dune, eso sí, pero tan innecesaria como ella. La peste blanca, en suma, resulta un fenómeno literario al que es mejor no acercarse.
     
    Esto fue, como he dicho antes, lo que escribí en 1983 a propósito de esta novela de Herbert. Este verano de 2008 pensé en releerla (yo soy de esos que a veces releen libros, cosa que algunos aficionados a la ciencia ficción consideran reprobable e indigno de hacer). Me dije que una obra tan extraña cuyo punto de partida son las consecuencias de un atentado terrorista, podría quizá tener una nueva lectura a tantos años de su aparición. Desde entonces, el IRA ya no comete atentados (así parece), ETA sigue impasible el ademán matando con gran entusiasmo, entrega y ardor, y les han salido "competidores" nuevos a las viejas formaciones terroristas: Al Qaeda amenazando a todo el mundo indiscriminadamente, preferentemente civiles inocentes y, si puede ser, niños y mujeres mejor aún; y los inefables integristas islámicos aquí y allá, no necesariamente ligados a Al Qaeda, pero tan animales como ellos. Y sin duda otros grupos que me dejo. Así pues, ¿cómo aparecería esta novela ante estas nuevas formas de terrorismo y el empecinamiento de los terroristas "de toda la vida"? Pensando en esto, pues, empecé la relectura de la novela, animado además por otra anterior de este mismo autor, la breve e insignificante El cerebro verde, un Herbert que pasó sin pena ni gloria, totalmente desapercibido, agradable quizá por su brevedad.
    Pero mis conclusiones fueron las siguientes: Herbert fue un escritor pulido y culto --eso es innegable--, ideal para proporcionar best-sellers más presentables que los de tantos rellenadores de páginas que inundan innecesariamente el mercado y las estanterías de los puestos de venta. Herbert fue (y digo fue porque, como es sabido, falleció hace bastantes años) un escritor inteligente --innegable, asimismo--, capaz de sorprender con sus ideas y reflexiones, expuestas en forma de frases atribuidas a los personajes de sus novelas. Pero, igualmente, Herbert fue un escritor lento, moroso, espeso, amante de avanzar a base de círculos viciosos, y que aun empleando la técnica multifocal --según Barceló, de manera mucho mejor que Dick, lo que demuestra lo poco leído que es Barceló-- no consigue nunca que sus personajes nos lleguen ni nos interesen, porque nos los hace incomprensibles de tan encerrados en sí mismos. Se nos hacen indiferentes, cuando no aburridos.
    Mi relectura, pues, de La peste blanca fue un fracaso. Desistí de proseguir cuando iba por la página 232, del total de 603 que forman la obra. El desinterés por la intriga y los personajes (intriga inexistente y personajes sin gancho) venció a la innata curiosidad y los posibles paralelismos sobre el terrorismo de ayer y el de hoy. Entonces descubrí que había escrito la crítica anteriormente reproducida, y preferí traerla aquí y explicar además mi fracasado intento de releer la novela, de confrontar el ayer con el hoy del terrorismo. Y es que si hay algo que queda claro en las 232 páginas resistidas --y por el comentario aparecido en 1983--, el terrorismo no es más que una excusa para que Herbert escriba "la novela de siempre", se llame Dune, Proyecto 40, El cerebro verde, La barrera Santaroga, Los ojos de Heisenberg... Cierto que como escritor Herbert supera a tanta vulgaridad de relleno como hay en el género, y que sus obras ofrecen puntos de vistas y reflexiones muy adultas, pero la gravedad y la solemnidad de que hacen gala menoscaban a la larga su interés. Posteriormente a esta novela, y tras otras entregas de la saga de Dune, nos llegarían otras novelas del autor que permanecían inéditas. No recuerdo que ninguna de ellas me hiciera cambiar de opinión respecto a Herbert, aunque reconozco que la serie Pandora, en colaboración con el poeta Bill Ramson, era tan satisfactoria como la primera novela de la saga Dune. Culto, inteligente, pulcro, circunspecto, cuidadoso, es lo que aflora en su estilo. Un estilo, quizá, ¿algo mesiánico?
     
     
    September 16

    UP THE DOWN STAIRCASE, de Robert Mulligan: En la jungla de pizarra

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
    Este film de 1967 se encuadra en un género verdaderamente temible: el de Maestro Bienintencionado Dando Clase a Alumnos Rebeldes y Gamberros de Barrios Conflictivos. A este género (o subgénero, dentro del que podríamos llamar "Maestros y Alumnos"), que abundó bastante más de lo deseado en las décadas de 1950 y 1960, y que ha reaparecido en 1995, pertenecen títulos como Semilla de maldad, Rebelión en las aulas, Odio en las aulas, El sustituto o Mentes peligrosas, entre otros. (Otros subgéneros serían el de Alumna Provocativa que Enamora a Profesor de Edad Madura, en el que encontramos muestras como Escándalo en las aulas y --¡horror!-- Querido profesor, infumable film escrito y protagonizado por Alfonso Paso, según su obra teatral; el de Alumnos Traviesos Pero Buenos Con Maestros Malencarados, donde encontraríamos Melody, Adiós Mr. Chips, El maestro, La terrible Miss Dove; el de Maestros Estrambóticos En Tiempos Conflictivos, con El club de los poetas muertos, Los mejores años de Miss Brodie; el de Todos los Maestros y Alumnos Son Maravillosos, constituido por Es grande ser joven y Pasa la tuna. Y aparte, claro, el film que les da sopas con hondas a todos: Cero en conducta, de Jean Vigo. Como se ve, lo de Maestros y Alumnos ha dado lo suyo en cine.)
    Las películas de este subgénero Maestro Bienintencionado Dando Clase a Alumnos Rebeldes y Gamberros suelen resultar bastante vergonzosas de ver, y huelen a falso apenas iniciado el metraje. No porque la situación descrita no sea real: cualquier maestro de entonces y de ahora dirá que los conflictos planteados en esos films son reales, si bien me temo que a veces se exageran (o se desmadran): ni el profesor es tan bienintencionado ni los alumnos tan bestias (o puede que de otra manera), ni todo acaba tan "bonito" como en la protagonizada por Sidney Poitier, Rebelión en las aulas (de la que hace unos años hubo una innecesaria secuela). Es, en el peor sentido de la palabra, "de película". En fin, el resultado es que estos films ni resuelven nada ni nos parecen creíbles, aparte de que de manera misteriosa huelen siempre a reaccionarios.
    ¿Hay algo que diferencie Up the Down Staircase del resto de films de ese temible subgénero? Pues sí. En primer lugar, que donde los otros pretendían ser desmadrados y agoreros, tremendistas y brutales, el film producido por Alan Pakula y dirigido por Robert Mulligan adopta un tono semidocumental, bastante más calmo --menos tremendista en general, vaya--, y los personajes, empezando por el de la maestra (muy bien interpretado por la malograda Sandy Dennis), se esfuerzan por rehuir los tópicos habituales de esta clase de cintas. "Se esfuerzan" no quiere decir que lo consigan siempre (además, tenemos también aquí lo de "alumna enamorada de su profesor", en este caso no es una alumna provocativa sino una muchacha más bien fea, poco inteligente y algo infeliz), pero es de agradecer la voluntad puesta en el empeño que hace que el film no resulte tan detestable --ni reaccionario-- como el resto de muestras sufridas. Es algo lógico, por otra parte, teniendo en cuenta las características que animaron el cine de esta pareja de productor y director (e incluso por separado), más interesados en la sensibilidad y la contemplación que no en el escándalo barriobajero.
    Hay que decir antes que nada que el film se basa en una novela semiautobiográfica de Bel Kaufman, editada en España en 1973 por Picazo, con el título de Subiendo por la escalera de bajada. Casualmente, leí en su día esta novela, ignorando que existiese una adaptación cinematográfica de ella --el film nunca se estrenó en España--, y me sorprendió enormemente. No estaba narrada en forma tradicional, sino que era una especie de "novela collage", formada por memorandos, documentos públicos, frases en la pizarra, notas interinas, formularios a rellenar, fragmentos de cartas, mensajes personales, etc. etc... (Evidentemente, esto obligó a construir todo un guión y recrear los personajes partiendo de tan curioso texto.) Lo que pretendía la autora mediante esta extraña construcción era algo que también está presente en el film y que lo diferencia del resto de películas de este subgénero: cómo en una escuela conflictiva de un barrio conflictivo la espantosa burocracia oficial y el papeleo interno contribuyen en no poca manera a aumentar el caos existente. Es una idea genial, porque entonces no queda claro si la violencia y el desinterés estudiantil, el fracaso escolar, es producto de unos alumnos indisciplicados y conflictivos --o de algunos de ellos-- o de una burocracia escolar más interesada en que los profesores rellenen formularios para cualquier chorrada en lugar de resolver los problemas que el colegio y la enseñanza conllevan. Ese caso está patente en el propio título de la novela --Subiendo por la escalera de bajada--, que es el mismo que el del film en inglés, y que alude simbólicamente a una escalera de la escuela mal señalizada por la que la protagonista sube el día de su llegada para incorporarse a su trabajo como nueva profesora, cuando en realidad, debido a esa mala señalización, es la de bajada de los alumnos. Al final del film, cuando reconsidera su decisión de abandonar la escuela, como signo de... ¿rebeldía? volverá a subir por esa escalera de bajada, pero ahora de manera consciente.
    Pero, pese a todo esto, es inevitable que el film esté lleno de los habituales tópicos de esta clase de historias: el alumno díscolo (y misterioso), el sabihondo que, encima, es de una minoría marginada, el ataque a la profesora, la toma de conciencia de la clase leyendo a Dickens (más la alumna enamorada de su anterior profesor de literatura)... Por encima de tópicos y rutinas, permanece como interés principal ese fondo caótico y esa total indiferencia del resto de profesorado, de la administración en pleno, de la dirección de la escuela, que esperan que la nueva profesora acabe convirtiéndose en una más como ellos --otra indiferente-- o renuncie a su trabajo. Algo que, finalmente, está a punto de ocurrir, pero no lo hace en parte porque sería el triunfo de la burocracia deshumanizada, esa que parece regir tan ridículamente la escuela, abarrotada de sus formularios, peticiones, etc. etc..
    Un film, pues, mucho más soportable que el resto de muestras sobre profesores bienintencionados y escuelas conflictivas, bien fotografiado, con buena música, actores casi desconocidos y algunos momentos interesantes. Nunca exhibido en España --aunque participó en la Semana del Cine en Valladolid en su época--, sólo se ha exhibido en televisión dos veces: en 1981 y en 1996. Existe una edición en DVD en zona 1, en un pack con otros films con protagonismo de mujeres.
     
    Otros films de Robert Mulligan comentados en este blog:
    *El otro (16 de julio de 2006)
    *Camino de la jungla (18 de noviembre de 2006)
     

    September 13

    6 DE DICIEMBRE DE 1970: UNA FASCINACIÓN


    (c) 2008 by J.C. Planells

                       "El mundo es, en verdad, un laberinto
                       en donde tu razón se va a perder"

                                             Pedro Miguel Obligado

     

        Héctor dobló la esquina y vio de inmediato la multitud frente al salón Iris. También advirtió los grupos de polícías con su antipático abrigo gris, apostados por las cercanías. Enseguida, en la misma acera por la que llegaba, vio a Mateo, que también había reparado en él y le hacía con la mano un gesto de "No corras, no corras". Moderó el paso y llegó frente a Mateo, que se paseaba con aire indiferente.
        --¿Qué hay?
        --Hay que no hay festival: lo han suspendido por orden gubernativa --le informó Mateo.
        --¿Cómo que suspendido?
        --Es lo que pone el cartel que hay colgado en la taquilla. Suspendidas las actuaciones de esta mañana.
        --¿Y toda esa gente? --preguntó Héctor, señalando hacia los grupos de jóvenes de su misma edad que había a una y otra acera de la calle Valencia.
        --Esperando a ver qué pasa, o esperando para montar una mani. Mejor nos apartamos un poco.
        --¿Y Claudia y León?
        --No han venido aún. Ya sabes cómo es Claudia, que nunca llega a la hora...
        --Sí, y no me extrañaría que León hubiera pasado por su casa, a "recogerla" --dijo Héctor.
        Los dos se quedaron parados en el chaflán por el que había llegado Héctor, contemplando los grupos de gente y a los grises que a su vez les contemplaban a todos ellos. No parecía que nadie estuviera dispuesto a largarse de allí tan fácilmente, hubiera o no concierto de música progresiva esa mañana como otros domingos.
        --Si se arma, ¿nos quedamos? --preguntó Héctor.
        --De momento, esperemos a que lleguen esos.
        Como si fuera una llamada, vieron aparecer a Claudia y León por la calle paralela a la que estaban. Héctor le dio un codazo a Mateo, como diciendo "Ya te lo dije". La pareja que llegaba miraba a uno y otro lado, a los grupos de jóvenes, a los coches celulares, a los grises paseando frente al salón Iris. Divisaron a Héctor y Mateo y se acercaron a ellos.
        --¿Qué pasa? --preguntó León--. ¿Los grises también van al concierto?
        --Ni los grises ni nadie. No hay concierto. Se ha suspendido por orden gubernativa --dijo Mateo, encendiendo un cigarrillo y ofreciendo uno a León y otro a Héctor.
        --Vaya putada --bufó Claudia mientras León echaba el humo al aire, como si con él pudiera tapar la visión de los grises.
        --Se va a armar --dijo León.
        --Pero, ¿por qué lo han suspendido? --inquirió Claudia, que terca como una mula no dejaba tan fácilmente un tema.
        --Bueno, pon tú misma la excusa que quieras. Lo han suspendido porque les ha dado la gana, o para que no haya follón a la salida.
        --¿Nos metemos en esa bodega a ver qué pasa? --dijo León--. Aquí deben de tener cerveza de barril de la buena.
        --Nos metemos --afirmó Mateo.
        --Sí, nos metemos y que les den a los grises --dijo Claudia, que estaba hasta los ovarios de suspensiones de conciertos y festivales--. Vaya manera de empezar el domingo.
        Entraron en un bar bodega que olía a tabaco, cerveza derramada, vino, jamón y al tabaco de pipa de algún gracioso. La mayoría de gente que se veía era de su misma edad, grupos que habían pensado ir al concierto del salón Iris y se consolaban tomando un segundo desayuno. También había gente de más edad, los habituales parroquianos. León y Mateo señalaron  mesas opuestas y se hicieron un lío, y fue Claudia quien tomó la iniciativa sentándose por su cuenta en una de las dos. Pronto la mesa quedó adornada con tres jarras de cerveza de barril y una coca-cola. Se oían voces pero no muy altas de la gente que llenaba el lugar.
        --¿Y qué hacemos? --preguntó Héctor--. ¿Nos acercamos a la Catedral, por si vemos a Juan o a alguien en los bares de por allá?
        --Esperemos a  ver qué pasa aquí --contestó Mateo, sorbiendo su cerveza--. La gente de momento no se va. Seguro que se prepara una mani.
        --Pues los grises de momento no echan a nadie.
        Desde la mesa donde se habían sentado sólo Héctor veía un poco la calle, pero no daba la impresión de que la gente se fuera ni montara follón alguno. Parecían pasear como si esperasen algo.
        --Vaya puta manera de estropear el domingo --refunfuñó Claudia, mirando la mesa como buscando en ella una solución--. ¿A qué viene prohibir un festival de música progresiva?
        Mateo le dio un codazo a León y señaló una mesa situada en un rincón, junto a la pared, donde se sentaba un grupo de siete personas con pinta de universitarios.
        --Ese de ahí es un social --dijo Mateo.
        --¿Quién? --preguntó León.
        --El de la barba y gafas de concha con jersey a rombos azules y grises. Ha aparecido un par de veces por Farmacia, y todos saben que es un social, así que no le hacen ni caso.
        Los cuatro miraron hacia aquella mesa del rincón. Sentado entre dos chicas estaba un tipo que llevaba un jersey con rombos azules y grises, que escuchaba con atención a un chico pelirrojo de barba rala, que parecía llevar la voz cantante del grupo. Y de repente, antes de que Mateo, Héctor y León se dieran cuenta de lo que hacía, Claudia se había levantado y se aproximaba a aquella mesa.
        --Claudia, ¿qué haces? --dijo León, cuando Claudia ya había llegado ante el grupo del rincón.
        Claudia plantó la mano derecha sobre la mesa, se inclinó un poco, como si se apoyara en ella, y les dirigió una mirada circular. Tres chicas y cuatro chicos se la quedaron mirando extrañados, como molestos de que interfiriera de pronto en su conversación.
        --Ese --dijo Claudia, a la vez que señalaba con el dedo índice de la mano izquierda al del jersey de rombos azules y grises-- es un social. Un poli camuflado. Cuidado con lo que decís delante suyo.
        Los ojos de los siete permanecían clavados en ella. Nadie miró al del jersey de rombos azules y grises, señalado aún por el dedo índice de Claudia. Ella les miraba fijamente a todos, uno por uno, excepto al tipo del jersey.
        --Oye, ¿y tú quién eres? --preguntó una de las chicas que estaba sentada junto al del jersey de rombos.
        --Es amigo nuestro --dijo casi al mismo tiempo el pelirrojo de la barba rala.
        --¿Tú de qué vas, tía? --soltó el del jersey de rombos, mirándola desafiante y despectivo a la vez--. ¿Eres imbécil o qué?
        --Me llamo Claudia Noguera y soy lo que los fachas llamáis "una roja". ¿Por qué no corres a avisar a los polis de la calle para que me detengan? Así te ganas el sueldo, ¿no?, chivándote de la gente en las facultades y las asambleas de la Universidad...
        El resto de la gente sentada en las mesas, o de pie por los alrededores, habían reparado en que algo raro ocurría en la del rincón, y se hizo un cierto silencio en el local, mirando todos a la figura de Claudia, plantada en pie ante aquella mesa. Héctor miró a Mateo y a León, como esperando que hicieran algo: arrastrarla por la fuerza a la calle, hacerla sentarse con ellos, lo que sea. Pero también ellos parecían haberse quedado tan atónitos que no sabían cómo reaccionar.
        Y en ese momento entraron dos policías con sus abrigos grises en la bodega.
        A nadie se le pasó por la cabeza que la entrada de los dos policías se debiera a algo tan prosaico y vulgar como ir al lavabo. Pero así era en realidad. Uno de los dos, un hombre joven que llevaba tan sólo cuatro meses en el cuerpo, había desayunado demasiado fuerte y le empezaba a hacer efecto. Se lo dijo a su compañero y como no era cuestión de que un policía se metiera solo en un bar, le acompañó como simple precaución. Así, iban abriéndose paso por entre los grupos y las mesas, casi todas ellas ocupadas por chicos que habían visto frustrada su intención de ir al concierto, y que ahora miraban cómo dos policías de uniforme circulaban entre ellos con intenciones que desconocían. Claudia los vio llegar antes que los siete de la mesa.
        --Mira, tío --le dijo al del jersey de rombos azules y grises--, ya vienen tus colegas a recoger a tus víctimas.
        Dos de los que estaban sentados a la mesa se giraron y vieron entonces a la pareja de grises. Estos seguían avanzando sin mirar a la gente: los lavabos estaban al fondo a la derecha, como en todas partes, y hacia allá se encaminaban. Los dos chicos les miraron alarmados, y luego miraron a sus compañeros. Pero no miraron al del jersey de rombos azules y grises.
        Y entonces se desató el caos.
        --¡Puta imbécil! --gritó el tipo del jersey a rombos. Y agarró la jarra de cerveza que estaba frente a él y la estrelló en la cabeza de Claudia.
        La jarra se rompió en la sien de Claudia. Cristales, cerveza y sangre brotaron al unisono. Gritos y rechinar de sillas que se echaban hacia atrás. Mateo y León se pusieron en pie. Los dos policías miraron hacia donde se oían los gritos y cambiaron la dirección de sus pasos. Una de las chicas que se sentaba junto al del jersey de rombos alargó un brazo y le agarró una mano al tiempo que le decía algo que nadie pudo oír. Héctor se puso en pie y llegó a tiempo de tomar entre sus brazos a Claudia antes de que cayera al suelo. El brazo izquierdo le quedó manchado de sangre.
        --¿Qué ocurre aquí?
        --¡Cabrón!
        Uno de los dos policías apartó a Héctor de un violento empujón. Héctor trastabilló, luchando por no caer y para sostener a Claudia, pero se le escapó de las manos y la vio caer al suelo como un peso muerto. El policía sacó su porra y golpeó brutalmente a Héctor en el lado izquierdo de la cabeza.
        Y entonces terminó el caos.
        Héctor permanecía en pie pero no oía nada en absoluto: el silencio se había adueñado del mundo. Unos segundos después oyó un estruendo, como el producido por un mueble pesado al caer de golpe, y un olor como a quemado. Una neblina roja invadió su mirada. Una mujer gritó en alguna parte, por encima de su cabeza, "¡Lo tenemos!", y Héctor alzó la mirada buscando a quien había hablado, pero sólo vio el techo de la bodega, viejo y con manchas de humo de tabaco. La gente a su alrededor estaba completamente inmóvil, estática... como si se hubieran convertido en estatuas. Claudia estaba tendida en el suelo y había una herida sangrante en su sien. Supo que en los bordes de la herida había pequeños cristalitos de la jarra de cerveza, mezclados con la sangre y la propia cerveza. "Sóplalos", le dijo entonces una voz de hombre, quizá detrás suyo. Héctor se inclinó, obedeciendo la orden, y sopló cuidadosamente en la herida. Se elevó una nubecilla de cristalitos, alegre y festiva, que danzó en torno a la herida como si fuera una nebulosa en el espacio. Héctor volvió a soplar y la nubecilla de cristalitos se desvaneció en la nada, como si nunca hubiese existido. Lo contempló, absolutamente fascinado. "La herida", le dijo la voz entonces. Miró la cabeza de Claudia y con los dedos acarició la sien herida; vio cómo dejaba de manar la sangre, que desaparecía a su contacto como absorbida por sus dedos, y la herida cicatrizaba de golpe. Miró a su alrededor. Todos seguían inmóviles, en las mismas posturas. Nadie le miraba a él. Era como estar en un museo rodeado de figuras de cera.
        Miró delante suyo, al tipo del jersey de rombos azules y grises. Estaba incorporado, inmóvil, mirando ante sí, donde quizá segundos antes estaba él o Claudia, antes de la agresión. Héctor alargó instintivamente una mano y le empujó hacia atrás. Tuvo que empujar fuerte, pero finalmente el tipo del jersey empezó a inclinarse hacia atrás, lentamente, y cayó de espaldas al suelo. Por unos momentos, Héctor tuvo la impresión de que se rompería en pedazos, como si realmente fuera una figura de porcelana.
        Luego, miró a su izquierda, a los dos policías de uniforme gris. Uno de ellos estaba inmovilizado con la porra levantada, como si se dispusiera a golpear --o golpear de nuevo-- a alguien. Pensó en estrellarle a él también una jarra en la cabeza.
        "Déjalo, no lo hagas", le dijo la voz. Tenía la sensación de que conocía al dueño de aquella voz, pero no acertaba a identificarlo. ¿Desde dónde le hablaba? No parecía ser nadie del bar, ninguna de aquellas figuras inmóviles. "Coge a Claudia y sal a la calle. Salid de esa bodega." Miró a sus pies. Claudia parecía dormida, y la herida cicatrizaba y se hacía pequeña, como si deseara desaparecer de la sien de la muchacha y no dejar ni siquiera un recuerdo de lo ocurrido.
        Se agachó y tomó a Claudia entre sus brazos. Se incorporó y empezó a abrirse paso entre todas aquellas personas inmovilizadas, con alguna dificultad, en dirección a la calle. Pero, ¿debía salir así, olvidándose de Mateo y de León? "No te preocupes", le dijo la voz, y tuvo la sensación de que sonaba en su cabeza. ¿Es que le leía el pensamiento? "Algo por el estilo. No te preocupes. Sal a la calle con ella."
        Llegó a la salida de la bodega. Le había resultado complicado moverse entre toda aquella gente convertida en estatuas, cargando con el cuerpo inánime de Claudia, pero lo consiguió. Ya estaba en la calle.
        Todo parecía teñido de una niebla púrpura, y entre aquella púrpura, entre aquella niebla o lo que fuera, veía figuras inmóviles, como la gente del interior de la bodega. Figuras quietas, detenidas en el tiempo, de policías en pie armados con sus porras y de grupos de jóvenes que parecían correr o enfrentarles. "Meteos en ese portal", le dijo la voz. Instintivamente, miró a su derecha. Unas tres casas más allá había un portal abierto. Fue hacia allí, entró y tras dejar a Claudia sentada en un escalón, apoyada de espaldas contra la pared, él tomó asiento a su lado. Miró la herida. Cada vez era menos perceptible la cicatriz. Pasó sus dedos por ella, suavemente, y la vio desaparecer. Se quedó mirando la sien de Claudia, fascinado: era como si jamás hubiera existido herida alguna en ella.
        Se preguntó qué era lo que estaba pasando. Lo que le estaba pasando a él. Lo que le estaba pasando al mundo. Cerró los ojos.
     
     
        --Ha abierto los ojos.
        Una cofia blanca. Un rostro de mujer. Unos ojos verdes. Un pelo cobrizo. Un techo blanco.
        --¿Cómo te llamas? --pregunta la mujer mirándole fijamente.
        Vaya pregunta. Vaya estupidez de pregunta.
        --Dime tu nombre. ¿Cómo te llamas?
        Se llamaba... se llamaba... Tenía la impresión de que había más gente a su alrededor, pero sólo podía ver a la mujer, a pocos centímetros de su cara.
        --Héc... tor...
        --Héctor. Muy bien, Héctor. Mírame, no dejes de mirarme. No cierres los ojos. ¿En qué ciudad estamos?
        Vaya chorrada de preguntas... En qué ciudad.
        --Bar... ce... lona...
        --Muy bien, Héctor. ¡No cierres los ojos!
        --Cansado...
        --¡No dejes de mirarme, Héctor!
        Una especie de lápiz linterna le enfoca un ojo y luego el otro. Cofia blanca ojos verdes pelo cobrizo levanta la mirada y parece como si le dijera algo a alguien. Enseguida le vuelve a mirar, tan cerca, tan cerca.
        --¿Qué día es hoy, Héctor?
        --No sé...
        --Dime qué día es hoy, Héctor. ¡No cierres los ojos, sigue hablando!
        Qué mujer más pesada.
        --Domingo. Es... domingo.
        --No es domingo, Héctor.
        --Sí. Es el seis de diciembre...
        --Muy bien, Héctor. Es seis de diciembre, sí, pero es sábado.
        --Festivo...
        --Sí, es día festivo porque es la Constitución. Por eso pensabas que era domingo, ¿verdad?
        --¿Cons... titución...?
        --Eso es. La fiesta. El seis de diciembre.
        --Hoy es seis de diciembre...
        --Muy bien, Héctor. Sigue hablando conmigo y no cierres los ojos.
        --... de 1970...
        La mirada de los ojos verdes parpadea.
        --¿Cómo dices, Héctor? ¿Qué has dicho? ¡No te duermas!
        --Seis de diciembre de 1970...
        --No, Héctor. --Los ojos verdes parpadean preocupados--. Es seis de diciembre, sí, pero del año 2008.
        --Anda ya...
        --¡Héctor! ¡No cierres los ojos! ¡Lo perdemos, lo perdemos! ¡Héctor, Héctor! ¡No cierres los ojos! ¡Héctor!
     
     
        Héctor abrió los ojos. Mateo y León estaban delante suyo. Claudia seguía sentada a su lado, en el escalón, la espalda contra la pared.
        --¿Cómo está Claudia? --preguntó Mateo, inclinándose para mirarla.
        --Diantre, me he dormido unos instantes... --gruñó Héctor, sacudiendo la cabeza para despejarse--. ¿Qué puñeta ha pasado?
        --Pues si tú no lo sabes, no esperes que lo sepamos nosotros --dijo Mateo--. De repente estabais los dos en la bodega, y luego ya no. Ha sido todo... muy desconcertante... Nos hemos salido porque se ha armado allí un follón muy extraño, no os veíamos por ninguna parte y se nos ha ocurrido mirar aquí...
        --Yo creo que es mejor que nos larguemos de este barrio --dijo León--. Hay una parada de buses ahí, en la calle de al lado. Tomemos el primero que pase. ¿Qué le ocurre a Claudia? ¿No ha...? --León se detuvo, como si no supiera qué preguntar--. ¿Está mareada o algo así? 
        Héctor sacudió la cabeza.
        --Es como si me hubiera quedado sordo --dijo más para sí mismo que para los demás--. ¡Ah, no sé qué le pasa!
        Claudia abrió en ese momento los ojos.
        --¿Qué ha pasado? --gruñó. Se llevó una mano a la sien--. ¿Me he dormido o qué? Cómo me duele la cabeza.
        --No te lo vas a creer --dijo risueño León, mientras Mateo les miraba a los tres con el ceño fruncido--. Ninguno de nosotros sabe en realidad qué ha pasado.
        --Pero nos largamos a donde sea --intervino Mateo--. Tomemos un autobús, el que pase antes.
        Claudia se puso en pie y echó a andar hacia la calle, seguida de León y Mateo. Héctor se demoró unos instantes, mirando en el portal, como si buscase algo o a alguien. Cerró los ojos, como esperando oír algo...
        --¡Héctor! --oyó que le llamaban.
        Abrió los ojos, asustado. Pero era sólo Mateo. Era en este mundo.
     
     
        --¡Héctor! --oyó que le llamaban.
        Abrió los ojos, asustado. Pero era sólo cofia blanca ojos verdes pelo cobrizo. Era en este mundo.
     
     
    FIN.- 

     

    September 11

    AUTORES OLVIDADOS (41). LOS HERMANOS ÁLVAREZ QUINTERO: Teatro popular andaluz

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    La verdad es que resulta más divertido leer sobre los hermanos Álvarez Quintero que leer a los hermanos Álvarez Quintero. Así, en un reciente volumen editado por Castalia con algunos de sus textos, el autor del prólogo-estudio citaba una frase de Valle Inclán procedente de una entrevista con Rivas Cherif en la que se quejaba de lo muy malo que le parecía el panorama teatral de su época, y decía que "... habría que empezar por fusilar a los hermanos Quintero". Este don Ramón desde luego no se andaba con chiquitas (ya comenté en el capítulo sobre Benavente el menosprecio que le merecía Echegaray, "el Viejo Idiota"), aunque la frase sobre los Quintero es algo fuertecilla, desde luego. Pero con esta pareja de hermanos escritores ocurre que son bastantes los andaluces que se sienten molestos por que se les considere los representantes del "alma andaluza" y de su tipología. Lo cierto es que fueron tremendamente populares, celebrados y aplaudidos en su época, finales del siglo XIX y primeras décadas del XX.
    Serarin (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero nacieron en Utrera y cultivaron el teatro formando un equipo muy conjuntado, pese a sus diferencias de carácter, durante la vida del primero, pues a la que Serafín murió, Joaquín dejó de escribir. Preferentemente escribieron comedias, pero también algún drama, algunas zarzuelas, y sobre todo piezas cortas, los entremeses, que llegaron a ser casi tan populares como sus obras mayores en extensión. Se les consideraba eso: los representantes del carácter andaluz, de la tipología popular del gracejo y olé, tanto por el uso del lenguaje en las obras como por los personajes y ambientes que retrataban. Es evidente que influyeron en otros autores en este sentido (Muñoz Seca y Pérez Fernández, en sus obras en colaboración) y que se les ha tratado de equiparar en intenciones a Carlos Arniches y su retrato del Madrid castizo, contemporáneo de los Quintero. Pero si bien la comparación con la pareja de escritores Muñoz Seca-Pérez Fernández tiene su parte acertada --aunque las comedias de estos dos eran más alocadas, como cultivadores que fueron de la astracanada--, ante Arniches los Quintero no tienen nada que hacer: el madrileño de adopción y alicantino de nacimiento Carlos Arniches era un autor literariamente mucho mejor dotado y su teatro retrataba personajes populares y situaciones sociales de la época con gran agudeza, en tanto que los Quintero carecían de ese fuste literario y su teatro era sólo un desfile de prototipos sin trasfondo ni afán de crítica concreta.
    Pero, como digo, fueron tremendamente populares. Muchas de sus obras se llevaron al cine antes y después del franquismo, en la oleada de "cine folklórico" que llenó las pantallas patrias de los años cuarenta y cincuenta. Títulos muy conocidas de su producción son El genio alegre, Malvaloca, Las de Caín, Puebla de las mujeres... Un teatro amable, luminoso, con aire de soleares y guitarras en patio andaluz y poco o ningún espíritu crítico. No pretendían otra cosa que entretener a su público, y lo consiguieron. Pero uno siempre piensa que en realidad Andalucía es otra cosa y no la que presenta el teatro de los Quintero...
     
     
    September 09

    GALERÍA DE MUJERES (38). SHIRLEY BASSEY: Diamante negro

    (c) 2008 by J.C. Planells
     
     
    A finales de mayo de 2008, el nombre de Shirley Bassey saltó a las noticias, por uno de esos motivos nunca deseados: tuvo que ser ingresada de urgencia en un hospital para operarla del estómago. Las noticias posteriores indicaron que evolucionaba favorablemente y era de esperar una pronta recuperación.
    A sus 71 años, Shirley Bassey había quedado un tanto olvidada en el mundo de la música: no es de esas cantantes que necesiten copar las listas de éxitos con sus nuevos discos ni estar en primer plano de la actualidad. Celebró los 50 años de vida musical en el 2003, con un concierto y una grabación del mismo en CD, por lo cual a una vida tan larga en los escenarios y en el estudio de grabación no se le puede exigir lo mismo que a las estrellas que duran unos cuantos años. Shirley no juega --nunca lo ha hecho-- en el terreno de la competición pura y dura.
    Nacida en 1937 en Cardiff, País de Gales, sus primeros pasos los dio en el teatro musical, pero no le resultaron satisfactorios, y lo dejó. Finalmente, en 1956 apareció su primer single y se dedicó a grabar discos. Perteneció --y pertenece-- a esa serie de cantantes que como no escriben sus propias canciones ni tienen a compositores que las escriban directamente para ellas --que es lo habitual más o menos desde los años ochenta--, versionea temas de otros, canciones de películas o estándars. Algo que en música moderna fue muy habitual en las décadas de 1950 y 1960, para empezar a desaparecer ya en los años setenta conforme iba cambiando el mundo del disco (la industria del disco, vaya).
    Su máximo esplendor y popularidad lo alcanzó al grabar las canciones de los temas de dos películas de la serie James Bond (la única artista que lo ha hecho): "Goldfinger" y "Diamons Are Forever", que fueron rápidamente número uno en todo el mundo. Con el primer tema, se dio a conocer allá donde su nombre no había llegado aún, y con el segundo consolidó una carrera, que de hecho ya lo estaba por sí misma. Su voz, potente, firme, modulada, se atrevía con canciones que habían alcanzado éxito y popularidad en voces de otros, algo que suele ser muy peligroso para la mayoría de cantantes que lo intentan. Pero Shirley siempre se ha puesto ella al servicio de la canción, en lugar de hacer como otros, que ponen la canción a su servicio, con resultados casi siempre lamentables. Así, en su abundante discografía, encontramos "Big Spender" (del musical Sweet Charity), "The Impossible Dream" (de El hombre de La Mancha), el tema de amor de Love Story, "Something" de George Harrison, "Its Imposible", "As Long as He Needs Me" (de Oliver!), y una infinidad de canciones que resplandecen en su voz, como si fueran escritas para ella directamente.
    Trabajadora incansable, nunca ha dejado de grabar y dar conciertos, desde que entró en un estudio de grabación en 1956. Su vida personal ha sido regular: dos matrimonios, dos divorcios y una hija fallecida en extrañas circunstancias. Ha sido galardonada con muchos premios, no sólo musicales, sino a su persona y a su longeva carrera. Entre ellos, el de "Dame", que es el equivalente femenino a "Sir". Ha colaborado con organizaciones caritativas y se ha mantenido siempre animosa y sonriente ante todos. Como los diamantes, es eterna.
     

    September 06

    JOSÉ MALLORQUÍ Y JOHN DICKSON CARR

    (c) J.C. Planells




    ¿Le gusta a usted John Dickson Carr? ¿Sí? ¿Ha leido la que quizá sea su mejor y más original novela, El hombre hueco, que publicó en 1935? ¿No? Es posible, puesto que sólo existe una única edición castellana, de 1947, en Argentina, a cargo de Emecé en su colección El Séptimo Círculo, nº 40, traducida por Aída Aisenson, de 320 páginas. Pero en todo caso se puede consolar leyendo, si la encuentra en librerías de coleccionismo, El misterio del hermano fantasma, firmada por un tal Juan Montoro, publicada en 1943 en la colección Biblioteca Oro, nº 145, de Editorial Molino (79 páginas a doble columna, y páginas suplementarias con relatos varios). Pues en realidad, se trata de la misma novela, aunque "condensada".
    Como he dicho, Dickson Carr la publicó en 1935, y recibió en Estados Unidos el título de The Three Coffins y en Inglaterra el de The Hollow Man: éste fue el elegido por Emecé para su traducción castellana de 1947. Pero por lo visto, antes de esa fecha ya la había leído en inglés un colaborador y traductor habitual de Molino: José Mallorquí. Pues "Juan Montoro" no es sino uno de los muchos seudónimos que usó Mallorquí en su andadura profesional de finales de los años treinta y principios de los cuarenta: J. Figueroa Campos, Amadeo Conde, E. Guzmán Prado, Juan Montoro... Datos al respecto los reveló Ramón Charlo en un interesante libro sobre la obra de Mallorquí publicado hace unos años por Planeta DeAgostini. Como "Juan Montoro", Mallorquí publicó dos novelas en Biblioteca Oro: El ídolo azteca (nº 137) --y sobre cuya "originalidad" tengo ahora serias dudas-- y El misterio del hermano fantasma (nº 145), donde tomó la novela de Dickson Carr y se limitó a situar la acción en Barcelona, en lugar de Londres, españolizar a los personajes, aunque manteniendo el origen húngaro de los tres hermanos sobre los que pesa el misterio de un extraño pasado. En Dickson Carr, según la edición de Emecé, se llaman Károl, Pierre y Nicholas, y en la versión de Montoro/Mallorquí reciben los nombres de Karoly, Pedro y Nikolai. Incluso, pese a lo abreviado de su copia/adaptación, mantuvo la división en tres partes de Dicson Carr: en éste son "1: El problema del estudio del sabio; 2: El problema de la calle Cagliostro, y 3: El problema de las siete torres". En Montoro/Mallorquí: "1: El despacho cerrado; 2: El misterio de la calle de San Germán, y 3: La realidad de lo imposible", y en ambas la numeración de los capítulos en consecutiva (21 en Dickson Carr y 10 en Montoro/Mallorquí). Para quien recuerde la novela de Dickson Carr (casualmente la releí hace un par de años), el plagio ya es perceptible en cuanto se acaba de cometer el primer asesinato: la manera en que ha ocurrido trae de inmediato a la memoria la novela de Dickson Carr, y el posterior desarrollo y segundo asesinato, lo confirma. Una rápida consulta con la edición de Emecé, despeja la menor duda. Lo único que hizo Mallorquí fue abreviarla considerablemente. Pero no está de más ofrecer un par de muestras, aunque sólo sea por curiosidad.

    El primer asesinato tiene lugar en un despacho donde está el dueño de la casa. Sólo hay una puerta y la única ventana da a una elevada altura de la calle (que además está nevada por completo). Dos testigos ven entrar a un misterioso enmascarado a ese despacho, suena un disparo y cuando entran, se encuentran agonizante al dueño de la casa mientras que su asesino ha desaparecido misteriosamente. En la traducción de la novela de Dickson Carr, leemos en el capítulo 4, titulado "Lo imposible", pág. 49-50, lo que narra un testigo de los hechos:

    "[...] No tenía puestos los lentes, que colgaban de su cordón; sin ellos no ve bien, y tengo la impresión de que tomó la máscara por un rostro verdadero. Pero antes de que pudiera llevárselos a los ojos el desconocido hizo un movimiento tan rápido que no pude comprender qué pasaba, y se precipitó a la puerta. El doctor Grimaud intentó detenerlo, pero el otro fue demasiado veloz. Luego lo oí reír."

    En la novela de Mallorquí/Montoro, leemos en el capítulo 3, "El crimen imposible", pág. 22, lo mismo de la siguiente manera:

    "El profesor no llevaba sus lentes, y creo que por ello no se dio cuenta de que el hombre iba cubierto con una careta. De todas formas, el hombre de la máscara avanzó hacia él, y aunque el profesor Dupont también salió a su encuentro, no puso evitar que el visitante se metiera en el despacho, soltando una carcajada." 

    Como se ve, el personaje cambia su apellido de Grimaud a Dupont. El segundo asesinato tiene lugar en una calle sin salida (Cagliostro en Dickson Carr, San Germán en Mallorquí/Montoro) ante tres testigos, cuando un hombre cae de un disparo a quemarropa sin que nadie se haya acercado a él, y oyéndose a su asesino lanzar una frase de amenaza. 
    Transcribimos un fragmento de la novela de Dickson Carr, capítulo 11, "El asesinato mágico", pág.145, de lo que los protagonistas leen en un períodico:

    "Los señores Short y Blackwin oyeron a sus espaldas un grito que era casi un alarido. Luego oyeron pronunciar claramente estas palabras: ´La segunda bala es para ti`, y una carcajada seguida del ruido amortiguado de un disparo de revólver. Al volverse bruscamente vieron que el hombre que iba detrás de ellos se tambaleaba, lanzaba otro grito y caía a tierra."

    Mallorquí/Montoro lo narra así en el capítulo 5, "La muerte mágica", pág. 45.

    "De pronto oyeron gritar claramente las palabras: La segunda bala es para ti, una risa extremecedora [sic] y un disparo ahogado. Al volver inmediatamente la cabeza, vieron cómo el hombre que había estado avanzando por el centro de la calle se tambaleaba, lanzaba otro grito y caía de bruces en la nieve." 

    A principios de los años cuarenta, John Dickson Carr era un autor muy poco conocido --o casi desconocido-- en España. En nuestro país, sólo Saturnino Calleja editaría algunas novelas, pues el grueso de su producción iría apareciendo en Argentina, especialmente en la colección El Séptimo Círculo, que nació a principios de esa década. Sólo unas pocas se editarían en España allá por los años cincuenta. Sabiendo, quizá, que Molino no la publicaría por una u otra razón que no conocemos, Mallorquí decidió versionarla y adaptarla al español, y firmarla como "Juan Montoro". No fue algo inhabitual en él: los lectores de la colección Futuro, que Mallorquí dirigiría años después, reconocen que "adaptó" como suyas novelas de Jack Williamson y Van Vogt, entre otras no identificadas. "Mejorándolas", a decir de Carlos Saiz Cidoncha, aunque otros no creen lo mismo (César Mallorquí). Por mi parte, hace bastantes años descubrí que una de las novelas de la segunda etapa de El Coyote era una "adaptación" de un relato escrito por Dorothy M. Johnson que años después John Ford llevaría al cine (lamento no recordar el título de la novela de Mallorquí). Usos y modos de etapas editoriales ya... ¿superadas?, si bien pienso que plagiar --digamos las cosas por su nombre-- una novela de un autor que llegaría con el tiempo a ser tan conocido y apreciado por los lectores de novela policiaca en España (y en Argentina) era una osadía, algo realmente arriesgado. En todo caso, pensándolo bien, no se consuelen con la novela de Montoro/Mallorquí: sigan buscando El hombre hueco de Dickson Carr: es insuperable.
     
    *Sobre John Dickson Carr en este blog: "John Dickson Carr" (1 y 2): 26 y 28 de octubre de 2006.
    *Sobre José Mallorquí en este blog: "José Mallorquí en la radio" (5 entregas): 17 a 23 diciembre 2005.
     

    September 03

    ESCUCHAR A LOS DEMÁS

    (serie Relatos autobiográficos-32)
     
    (c) 2007 y 2008 by J.C. Planells
     
     
        He pasado muchas --demasiadas-- horas de mi vida escuchando los dramas y problemas de los demás, como si yo fuera un recipiente en el que echarlo todo. No debe entenderse esto como una queja: hay personas que saben escuchar y otras que no (de hecho, la mayoría de la gente no sabe escuchar a los demás; no les interesa, les molesta incluso; otros prefieren hablar de sí mismos, erigirse en centro de atención, y así de paso oyen lo bien que suena su voz). Lo que ocurre, lo que me frustra, es que cuando yo he querido o necesitado contar alguna vez mis problemas y mis dramas, confiarme a alguien para desahogarme unos instantes, todos han rechazado escucharme. Nadie quiere escuchar a los demás, repito, pero todos quieren ser escuchados por alguien. El resultado es que apenas he podido contar nada de lo que me pasaba a nadie, y si alguna vez lo he intentado el resultado ha sido un desastre. Presuntos amigos que se pasaban horas y horas contándome una y otra vez lo mal que les iba, lo difícil que era su vida (cuando en realidad no lo era tanto en muchos casos), las putadas que les había hecho este amigo o aquel pariente o el jefe, con toda clase de detalles (llegaba a sabérmelo de memoria de tantas veces que alguno de ellos me lo contó), cuando yo abría la boca para decirles a mi vez lo mal que me iban las cosas y la putada que me hizo fulano o zutano, me cortaban de inmediato soltando que "a mí también me han hecho putadas", y se negaban a escucharme, o como mucho consideraban lo mío una insignificancia en comparación con lo suyo, y cortaban la conversación en un plisplás, si es que no me dejaban plantado por las buenas.
        Casos así los he vivido en diversas ocasiones durante mi vida adulta, o quizá sería mejor decir durante la segunda parte de mi vida adulta: de joven no recibía los desprecios que he recibido de adulto (los jóvenes son más dados a confiarse y escucharse unos a otros; los adultos desconfían instintivamente y sólo quieren alguien a quien atormentar con sus quejas). Cierta persona --cuyo nombre no diré porque hay quien se cree que sus ídolos ni siquiera van al váter si se trata de chicas, y no pueden ser rencorosos y revanchistas si se trata de hombres-- aprovechaba cualquier ocasión para contarme sus problemas, a lo que yo atendía en silencio, pacientemente y con educada atención. Pero cuando yo intentaba contarle lo que me ocurría a mí --y a mí empezaron a ocurrirme cosas digamos que bastante serias hace unos años--, se negaba a escucharme, soltando la consabida frase de "A mí también me han hecho putadas" o "Bueno, ya sabes cómo son las cosas", y daba por finiquitada la conversación.
        Más o menos este es un resumen de mi paso por la vida: haber atendido a las desdichas de los demás y a cambio tener que callarme lo mío. Gente incluso desconocida se ha sentado a veces a mi lado y me ha tenido horas contándome lo jodidos que estaban. De hecho, empezó a ocurrirme desde muy joven, pero no me importaba en aquel entonces: yo fui una persona razonablemente feliz (Bigune dixit, si bien eso era lo que los demás creían; en realidad, era aparentemente feliz) y por tanto servía como confidente de quienes se hallaban en apuros. Me fui haciendo mayor, me cansé de parecer razonablemente feliz, pero mucha gente me seguía usando como confidente para toda clase de temas, dramas y problemas: yo era alguien con quien desahogarse porque --según ellos-- carecía de sentimientos y de problemas (lo cual me ha sido útil a veces y contraproducente otras; es curioso cómo a lo largo de mi vida todos cuantos me han conocido, con un par de excepciones quizá, se han creado imágenes y opiniones totalmente erróneas de mí, si bien en parte la culpa es mía por no sacarles de sus errores). Así, he aguantado en ocasiones hasta lo indecible. Por ejemplo, no creo que muchos hubieran tenido la paciencia que yo tuve con V, en 1974, soportando tarde y noche, siete días a la semana durante seis meses seguidos, lo desgraciada que era y lo acabada que estaba su vida, tratando de levantarle los ánimos. A veces me pregunto cómo --y por qué-- lo hice, si V. era para mí poco más que una desconocida, y yo alguien que no le interesaba para nada. En cuanto arregló sus problemas --de repente, en menos de 24 horas-- se me quitó de encima, y pude descansar. V ostenta el extraño récord de no haber pronunciado en seis meses ni una sola vez mi nombre. Difícil, sí, pero posible.
        Igualmente, no pocos tarados me han usado para su terapia personal. Lo que me recuerda a Matilde J. A., que cuando se separó del fulano con el que llevaba viviendo desde los dieciséis años --Matilde fue una adelantada a su tiempo, en parte por haber vivido casi independiente desde muy niña--, empezó a pedir apoyo a los amigos que tenía más o menos arrinconados u olvidados. Soporté sus neurosis durante una muy larga temporada. Matilde era una persona muy difícil, complicada, a ratos intratable, inestable, neurótica, dominante y rencorosa. Para empeorarlo todo, estudiaba psicología por aquel entonces, lo cual la llevaba a utilizarte como sujeto de prácticas continuamente. Visitarla era exponerse a una sesión de terapia. Te clavaba su mirada, en la que se percibía una luz maligna, sus pupilas convertidas en dos puntitos negros agazapados, y te decía: "¿Te das cuenta de que has entrado y te has sentado enseguida en la butaca? Eso significa que estás molesto por alguna cosa". No, no estaba molesto por nada, simplemente llegaba cansado por haber ido andando desde mi casa a la suya, pero pedirle que entendiera esto era imposible porque interpretaba tu respuesta como un subterfugio para ocultar la verdad (¿qué verdad?) y daba pie a una discusión enojosa e interminable. "¿Eres consciente de que sostienes el cigarrillo con la mano izquierda en vez de dejarlo en el cenicero? Esto demuestra que eres una persona muy posesiva y que no te gusta abrirte a los demás." Frases como éstas eran constantes durante cualquier conversación con ella: te analizaba cada movimiento, cada gesto, cada frase, hasta ponerte los nervios de punta. Para ella eras un sujeto con el que experimentar, y acababas midiendo tus frases y ademanes, por si acaso.
        (A propósito de sus estudios de psicología, existe una anécdota divertidísima, pero un tanto increíble. Es la siguiente: cuando se dedicó a buscar trabajo tras largarse por las buenas de la empresa donde trabajaba --eso de estar en una oficina chinchaba mucho su espíritu inconformista y rebelde--, miró en los anuncios de empleo del periódico y encontró uno que le pareció perfecto para ella, porque solicitaban una chica con conocimientos de psicología para relacionarse con personas. Se fue para allá y se entrevistó con la que puso el anuncio, una mujer. Me contó luego que todo le pareció "un poco extraño" y que aquella gente "no tenían ni idea de psicología", porque advirtió una serie de incongruencias en unas preguntas que les hizo respecto a qué métodos o escuela psicológica seguían. Total, que no entendió de qué iba el trabajo que ofrecían, ni ellos se lo aclararon tampoco, y se volvió intrigada y frustrada a casa para seguir buscando trabajo. Yo escuché su explicación en cortés silencio; resulta que conocía la dirección a la que me dijo había acudido, pues había estado allí semanas atrás: era un "piso de relax" donde se ofrecían "servicios sexuales de atención psicológica" o algo parecido por las señoritas de turno, es decir, prostitutas que fingían ser psicólogas: tú les contabas tu rollo psicológico, y luego, pues te las tirabas lo mismo que a cualquier otra prostituta. En realidad, aquello era una chapuza, un verdadero desastre, y auguré para mis adentros que la cosa no duraría mucho en un mundo donde suele haber tanta competencia. Y, en efecto, creo que no duró mucho. Lo que no entiendo es cómo Matilde, con su "fino olfato psicológico" no se dio cuenta de en qué consistía el trabajo en cuestión, de lo que solicitaban y esperaban de ella... Habría sido digna de ver la entrevista entre Matilde y la encargada del puterío.)
        Con Matilde acabé muy mal. A su regreso de una larga estancia en Estados Unidos (creo que persiguiendo a un maromo, no estoy seguro), por lo visto pasaba estrecheces económicas y esperaba que los demás lo supiéramos por mera transmisión del pensamiento sin necesidad de que nos lo dijera en voz alta. Como no era así, al cabo de varias semanas me lo soltó, enfadada por que no lo había entendido. Tras comunicarle que yo no era telépata, le prometí encontrarle un trabajo, aunque, francamente, me temía que la cosa no funcionaría a causa de aquel carácter suyo... En fin, por medio de un amigo le conseguí una prueba como traductora de inglés para un editor, y la llamé al día siguiente. La conversación transcurrió así:
        --Hola, Matilde. Bueno, he hablado con mi amigo, tal como te dije, y está de acuerdo. De todas maneras querrá hacerte una prueba, lo mismo que con todos, así que si te parece paso esta tarde por tu casa y te dejo unas páginas de una novela en inglés para que las traduzcas...
        --Ya. Oye, ¿te das cuenta de que estás a la defensiva?
        --¿Perdona?
        --Que estás a la defensiva.
        --¿A la defensiva de qué? No te entiendo.
        --Que me has llamado a la defensiva.
        --Perdona, te llamo normal. De hecho, estoy contento, porque espero que la cosa vaya bien, y...
        --Pero estás a la defensiva.
        --Pero, ¿a qué defensiva? No entiendo qué quieres decir con eso, la verdad.
        --Me has llamado de una manera que se te nota que te pones a la defensiva.
        --Mira, Matilde, no estoy a la defensiva de nada, no entiendo a qué viene esto. Simplemente te llamaba para lo del trabajo, tal como te prometí y...
        --Pero estás a la defensiva.
        --Mira, ¿sabes qué? Vete a hacer puñetas.
        Y ahí se acabó mi trato con ella para siempre. No mucho después se lo comenté a Montse, la hermana de su ex, y supe que no era yo el único a quien atormentaba con sus neuras desde su regreso de Estados Unidos, sino que lo hacía con todos, tratándoles con sadismo. Montse era en aquellos días víctima de sus insultos y descalificaciones: "Esa gorda, esa ballena, esa foca", decía Matilde cuando la mencionaba delante mío, con rabia y odio, a pesar de que la amistad entre las dos se mantuvo tras separarse de su ex.
        El resultado de casos como éstos y tantos otros que podría contar es que uno se queda con la sensación de ser un inútil, alguien vacío. Los problemas de los demás son importantes; los de uno mismo son banales y no merecen ni deben ser escuchados. Sin duda es así, porque ese amigo que se negaba a escucharme tras soportarle yo durante rato y rato, a veces solía apartar el auricular del teléfono mientras yo le hablaba y se ponía a escribir en el ordenador, retomando el auricular cuando calculaba que yo ya había terminado. Debía de creer que no se le notaba, pero se le notaba tanto como cuando mentía (algo que hacía con bastante frecuencia).
        O como el caso de otra Matilde --hay nombres para los que estoy gafado, para bien (Maria Àngels) o para mal (Matilde, Enrique)--, una mujer algo mayor que yo, separada del marido, toda ella dramas y tragedias, que me tenía horas al teléfono contándome sus desgracias. Estuvo una temporada sin llamarme, y cuando volvió a hacerlo coincidió en un día en que yo no me encontraba nada bien, me sentía medio enfermo y apenas podía hablar. Se lo dije, ella contestó "Ah, bueno" y colgó. Apenas dos minutos después, volvió a telefonear, y antes de que yo dijera nada, me soltó: "Eres un cabrón hijo de puta, que no quiere escucharme..." Colgué el teléfono, y a tomar por culo.
        A uno le cansa todo esto, y el resultado de ello es que desde hace tiempo he perdido prácticamente la facultad de hablar (lo que no se ejercita, se atrofia), y a las pocas frases se me cansa la voz por falta de uso. He de guardarme mis problemas, mis frustraciones, mis angustias --ya no digamos mis sentimientos--, porque nadie quiere escucharlos ni los considera importantes, pero en cambio debo soportar los de los demás, tanto si me apetece como si no, pues lo consideran una obligación por mi parte. No es un toma y daca: es un toma, solamente. Y, ya puestos, uno se cansa asimismo de ver cómo los demás hacen promesas que luego no cumplen, dan su palabra de hacer algo y nunca lo hacen, mientras que tú pasas un mal rato temiendo retrasarte un minuto en  llegar a una cita, o sufres anhelando quedar bien en algo que fulano te pidió y dijiste que le harías, y deseas cumplirlo cuanto antes para satisfacerle. Así, he ido coleccionando a lo largo de mi vida situaciones semejantes: Favores que "me los harían enseguida", llamadas "que se producirán de inmediato", arreglos "que no tardarían nada", promesas de hacer tal o cual actividad "porque es muy interesante" que nunca se llevaba a cabo, avisos de algún asunto "que no se olvidarían de darme" y que sigo aguardando a día de hoy, respuestas a cualquier consulta "que enseguida te contesto" y aún estoy esperando la respuesta al cabo de varios años, citas con alguien que rehusaba venir pero luego aparecía por su cuenta calculando que yo no me iba a presentar al sitio en cuestión, salidas acordadas para un domingo por la tarde y quince minutos antes llamaban anulando el compromiso porque "ha venido una visita inesperada" o "ha venido un familiar inesperado" (y estas excusas, recibidas de tres mujeres diferentes durante los años noventa, se comprobaron falsas por parte de otras personas, inventadas para rehuir una cita a la que en realidad no se tenía ninguna intención de presentarse desde el primer momento; así pues, ¿para qué concertarla? ¿por qué el engaño?).
        El catálogo de cabronadas --pues no sé cómo llamarlas, si no-- que he aguantado durante aproximadamente los últimos veinticinco años de mi vida es demasiado extenso. Nadie creería ni un diez por ciento de ellas si las explicase, así que no voy a hacerlo. El resultado es mi desconfianza total y absoluta hacia los demás: no creo prácticamente en persona alguna, en esa humanidad falsa e hipócrita, y desconfío instintivamente de cualquier persona. Yo no concibo faltar a mi palabra o incumplir una promesa hecha, y sin embargo he tenido que rabiar soportando plantones, promesas no realizadas, tomaduras de pelo, palabras dadas incumplidas, encargos no cumplimentados, asuntos aún pendientes al cabo de años o de décadas, y mensajes sin contestar, entre otras cosas. Siempre --hay testigos de ello-- he jurado hacer lo mismo: engañar a los demás, incumplir mis promesas, faltar a mi palabra; es decir, ser igual que ellos. No he podido. Por lo visto, en  mi "disco duro" hay algo que me lo impide: me es física y absolutamente imposible ser como el resto de la gente, me es imposible comportarme con falsedad e hipocresía, como personas cuyos nombres y apellidos me gustaría poner aquí. ¿Paranoia por mi parte? ¿Complejo de persecución? Ambas cosas son bastante ciertas, pero es evidente que mi paranoia se ha ido incrementando con los años al soportar esa clase de comportamientos; por mi parte, no he de demostrar nada que no haya demostrado ampliamente a lo largo de mi vida, tanto en el terreno laboral como en el social. Nadie puede decir que le haya fallado alguna vez o que haya incumplido ningún encargo o faltado a mi palabra. Y si eso me hace demasiado diferente, a los demás, pues mejor: al menos, en este aspecto, no tengo que avergonzarme de nada.
        Y a la postre, pensándolo bien, quizá sea mejor que nadie se haya tomado la molestia de escuchar nunca mis problemas ni mis preocupaciones, teniendo en cuenta lo que algunos consideraban como "problemas y putadas"... 

    FIN.
     

    September 01

    RETRATO EN NEGRO, de Michael Gordon: Crímenes pasionales

    (c) 2008 by J.C. Planells
     


    Sheila (Lana Turner) es la segunda esposa de Matthew Cabot (Lloyd Nolan), un hombre mayor que ella y dueño de una importante línea marítima  de transporte. Hace varios años que Cabot vive paralizado en una cama reclinable, perennemente enfurruñado, con un gato en el regazo y asistencia médica diaria. Sheila es una mujer de muy buen ver, joven y sana, que, ante un marido encamado con un gato, se consuela yendo de compras a la ciudad asiduamente. Pero en realidad lo que Sheila necesita es --según el lenguaje de los famosos en los programas televisivos del corazón-- que se la "ventilen" de cuando en cuando. El encargado de dicha "ventilación" (usar el lenguaje del cotilleo televisivo da pie a frases un tanto extrañas) es el nuevo médico de Cabot, el doctor David Rivera (Anthony Quinn), un tipo machote y viril que empieza a estar cansado de tanto verse a escondidas con la esposa de su paciente, por lo cual piensa en irse a Suiza para dedicarse a la investigación médica. Al enterarse de estos planes, Sheila le suplica aterrada que no se vaya (pues se quedará sin ventilación). Finalmente, desenfrenados por la pasión y los deseos carnales (en las películas antiguas la cosa iba así: pasiones y deseos carnales intuidos pero no vistos), deciden quitar al marido de en medio, pues para lo que sirve a ella... Como necesita inyecciones diarias para calmar sus dolores, se le da una especial y...
    La viuda hermosota y apetecible y el médico viril y machote, de todas maneras, deben continuar disimulando aún su relación amorosa, pues en la casa vive también la hija del primer matrimonio de Cabot, Catherine (Sandra Dee), y suele acudir más de lo deseado Howard (Richard Basehart), que era el hombre de confianza de Cabot y factótum suyo en los negocios, que encima está enamorado de Sheila (y sospecha que ella y el médico se entienden o algo por el estilo); además, están los criados y el hijo de Sheila con Cabot. Y entonces, al poco de la muerte de Cabot, y tras un primer susto morrocotudo, cortesía del gato de Cabot, que se las apaña para pulsar los botones de la cama reclinable del fallecido y armar ruido con ella en mitad de la noche, empiezan a llegarle anónimos a Sheila acusándola de asesina, que le muestra a Rivera, aterrada. Se impone, cómo no, un segundo asesinato, el del presunto o futuro chantajista, a lo cual Rivera se dedicará con gran ardor.
    Éste es un melodrama criminal, género que la siempre bien peinada Lana Turner cultivó bastante a lo largo de su carrera, haciendo felices a sus fans. Basada en una obra teatral de Ivan Goff y Ben Roberts, no ahorra elementos para ir llenando la historia y que la cosa no decaiga. Tenemos al novio de la hija de Cabot, Blake (John Saxon), que profesa al viejo Cabot odio porque puteó a su padre (luego resulta que no fue él, sino Howard, el factótum, que era un podrido pero lo disimulaba). Un chófer, Cob (Ray Walston), de sospechosa conducta y que hace enigmáticas llamadas telefónicas (¿será él el autor de los anónimos y futuro chantajista), y una criada china, Tani (Anna May Wong), que siente escaso aprecio por la segunda señora Cabot y se dedica a poner expresiones graníticas cuando habla con ella. Añadamos una secretaria, Miss Lee (Virginia Grey) con algunos remordimientos de conciencia por engañar a Blake, y al hijo de Sheila, el niño Peter, más el gato que pulsa los botones de la cama de Cabot y también le pone mala cara a Sheila una vez muerto su amo. En conjunto tenemos los elementos de un melodrama algo descabellado pero que funciona de manera atractiva, gracias al trabajo de los intérpretes (con la excepción, por supuesto, de la empalagosa Sandra Dee --a la que el bueno de Bobby Darin se ventilaría al año siguiente, je je-- y a John Saxon y su ceño fruncido marca de la casa) y a una labor de dirección práctica y eficiente, sin olvidar la atención y cuidado del productor Ross Hunter, especialista en melodramas de la Universal que procuraba todo estuviera funcionando a la perfección. Gracias a todos ellos, los muchos despropósitos del film casi ni se notan: Lana Turner conduciendo un coche sin tener ni idea de conducir y tras recibir cuatro rápidas indicaciones de su amante, el cual la precede en otro coche con un cadáver dentro y un cristal agujereado por una bala; la sosería del personaje de Howard, cuya finalidad no parece ser otra que dejarse asesinar, chinchar a Blake y sospechar que Sheila le pone demasiado buena cara al doctor Rivera; y, no el menor, la autoría real de los anónimos: ¡resulta que se los mandaba la propia Sheila a sí misma, porque creía que Rivera perdía el interés por ella tras el asesinato!, y así lo ataba más a su lado (y de paso, se lía más la cosa, que es lo que al espectador le interesa). Ya dije hace poco, a propósito de El último de la lista, de Huston, que a estas historias policiacas no hay que exigirles mucha lógica ni coherencia, porque se pierde el disfrutarlas. Lo que importa es que el resultado en pantalla haga que el espectador suspenda su incredulidad y disfrute de la historia.
    Como digo, pese a sus despropósitos, el film resulta muy entretenido, Lana Turner y Anthony Quinn componen una pareja arrastrada por su inconfesable pasión y olé (verles abrazarse a escondidas, él tan macho y ella tan rubia, hace que sintamos casi el frenesí erótico de su relación, hum...), el gato maúlla roncamente a base de bien, el niño incordia lo suyo pero sin abusar, la china pone caras frías y miradas pétreas (o al revés), el chófer juega a ser el sospechoso número uno mientras se hace el simpático de manera evidentemente falsa, la hija de Cabot es la novia del sospechoso de asesinato, y etc. etc. etc. Es difícil aburrirse viendo esta película, que puede que sea una tontería, pero resulta muy vistosa.
    La dirigió en 1960 Michael Gordon, un director que sufrió los rigores del maccartismo al ser acusado de comunista a principios de los años cincuenta. Tras un inicio de carrera muy interesante (cine negro, dramas comprometidos de tono social, principalmente), pero desconocido en España casi por completo, llegó el tío Joseph con las rebajas y Gordon tuvo que huir corriendo de Estados Unidos y esconderse en Australia, donde dirigió una película que nadie ha visto nunca. Al contrario que Losey o Dassin, que iniciaron nuevas carreras en Europa con suerte dispar, Gordon regresó a su país al cabo de ocho años, se bajó convenientemente los pantalones (o sea, declaró ante el comité como "testigo amistoso") y fue autorizado a volver a dirigir en su país, con un contrato en la Universal. Allí practicó un cine intrascendente, de pura evasión, muy alejado de sus primeras realizaciones: entre sus películas de esa segunda etapa está nada menos que Confidencias a medianoche, la primera comedia que unió a Doris Day y Rock Hudson, con éxito memorable. Siguió con otras comedias, como una bastante fatigosa de ver, Una vez a la semana, al servicio de Kim Novak; Tres herederas, una banalidad para el lucimiento de Kirk Douglas; El favor, pasable comedia con Hudson y Leslie Caron; y Apártate, cariño, de nuevo con Doris Day, en el film que debía rodar Marilyn Monroe con George Cukor, pero que fue cancelado al poco de empezar el rodaje (y Marilyn falleció no mucho después), en un trabajo sin duda ingrato, pero aceptablemente resuelto. Del resto de su obra, no vale la pena ni mencionar los títulos. En cuanto a esta Retrato en negro, melodrama criminal que probablemente recuerde algo a los primeros films de Gordon --donde lo policial abundó--, queda como una historia bastante descabellada pero muy bien resuelta, que deja claro que Gordon pudo ser un realizador bastante interesante, pero que como tantos otros vio su carrera fastidiada por la paranoia anticomunista. El buen oficio que demuestra en esos films de la Universal de los años sesenta y finales de los cincuenta deja claro que estaba destinado a tareas un poco más elevadas y tenía capacidad para ello. Comparando algunos films con Lana Turner y Doris Day en manos de otros directores más bien rupestres o sin personalidad con los que interpretaron a las órdenes de Gordon, lo deja bastante claro.