juan carlos's profileplanells fact&fictionBlogListsGuestbookMore ![]() | Help |
|
September 29 EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS, de Mark Herman: La inocencia ante la barbarie(c) 2008 by J.C. Planells
September 26 LOS RELATOS DE ROBERT SHECKLEY(c) 2008 by J.C. Planells ![]() "Cada uno de nosotros está solo en las vastas regiones de su cráneo, tanteando el mundo con los precarios instrumentos que recibimos al nacer." Robert Sheckley, de una conferencia pronunciada en Londres, 1975. Como se suele decir familiarmente, tengo dos noticias para ustedes, una buena y una mala. La buena es que los relatos de Robert Sheckley (1928-2005) son magníficos; la mala es que no están disponibles en el mercado: tendrán que buscar en librerías de segunda mano y de coleccionismo. Para reclamaciones, diríjase a su editor favorito de ciencia ficción. Me temo que para el aficionado actual, crecido y educado con colecciones como Nova y La Factoría, entre otras, el nombre de Robert Sheckley nada signifique, o muy poco en el mejor de los casos. He estado tentado de comprobarlo, pero he desistido: si los hay que no conocen apenas a Roger Zelazny, ¿qué sino le espera al pobre Bob Sheckley? Cierto que Sheckley ha sido un autor abundantemente editado en España: en 1964 apareció su primer libro en castellano, Mañana será así (título bastante idiota para The Status Civilization, novela de 1960), en los primeros números de la colección Galaxia de Vértice. Pero no fue hasta la aparición en 1968 de la revista Nueva Dimensión que el nombre de Sheckley se haría popular entre los aficionados: en efecto, en esa revista Sheckley fue un nombre asiduo en el sumario; ya en 1970 le dedicaron un extra con la traducción de su recopilación de relatos Ciudadano del espacio, que siete años más tarde reeditaría Edhasa en su colección Nebulae 2ª época, y seguirían apareciendo con regularidad relatos suyos en diversos números de la revista, pues era casi el único autor que no desataba feroces polémicas entre los lectores: todos adoraban a Sheckley. Con esto queda claro que era un autor con especial dedicación a la narrativa corta. Sin embargo, publicó diversas novelas, tanto de ciencia ficción como policiacas, y varias de ellas fueron apareciendo en castellano a partir de mediados la década de 1970. Pero una cosa queda clara: el campo de la novela no era el más afortunado para nuestro autor. Muchas de ellas (Los viajes de Joenes, Options...) daban la impresión de no ser sino relatos empalmados de la mejor manera posible para que parecieran contar una única historia. Algo que se nota sobremanera en Dimensión de milagros, una novela de 1968 bastante infeliz en la que el lector puede reconocer incrustados en ella un tanto a la buena de Dios los relatos "Planeta según presupuesto" y "Calles de ensueño, pies de arcilla", publicados también en 1968, y que son mucho mejores leídos aparte que en la novela (y adquieren mayor sentido). Incluso la más conocida, La décima víctima, no es mejor que el relato del que parte, "La séptima víctima" (1953): alargar las historias empeoraba la frescura e inventiva de Sheckley. Quizá Mañana será así, esa primera novela aparecida tan tempranamente en castellano, sea la mejor de entre las que le conocemos, o al menos la más satisfactoriamente resuelta. También debe mencionarse una de sus aportaciones policiacas, traducida por Noguer a principios de la década de 1970, Hombre al agua, publicada originalmente en 1962, y que constituye un notable ejercicio de suspense. Otra que se publicó a mediados de la década de 1960 en Molino, El agente X en acción, no es más que una parodia jamesbondiana de escaso vuelo. Asimismo, en la primera edición española del Hitchcock Mystery Magazine aparecieron un par de relatos policiacos suyos, como "El cóctel" (1959), muy dentro del estilo de historia que pretendía ofrecer esa publicación. Como digo, el campo narrativo breve --relato corto o de extensión moderada-- era donde Sheckley desarrollaba mejor sus temas, sus recursos de narrador. Puesto que, según dice la leyenda editorial, los lectores desdeñan los relatos y prefieren los tochos --o las novelas y series en general--, mal lo tiene Sheckley para recuperar el favor de los aficionados: sus novelas publicadas en castellano no son muy memorables, como queda dicho, y por supuesto no resisten la menor comparación con cualquiera de sus recopilaciones de relatos, de las cuales afortunadamente se editaron varias en España, dos por mediación de Ediciones Dronte en su colección de libros y tres por Edhasa en la colección Nebulae 2ª época. Como es sabido, la narrativa de ciencia ficción envejece a veces de manera terrible: no son pocos los autores, incluso de relumbrón, que al releer sus novelas o relatos se nos desmoronan prácticamente en las manos. Creo que el lector de ciencia ficción es poco dado a la relectura, y quizá no haya que reprochárselo: comprobar el deterioro que muestran los celebrados textos de no pocos "clásicos" o "autores importantes" es ciertamente preocupante. ¿Cabe seguir llamándolos clásicos, cuando esto ocurre? Hay autores, por contra, que ven perdurar su trabajo merced a unas cualidades propias, que superan al propio género, y que en su tiempo no despertaron una excesiva atención ni, especialmente, valoración literaria. Suelen ser los autores que, por decirlo así, "usaban" al género para otros fines, probablemente de manera inconsciente, así como no percibida por el lector. Lo hemos comprobado no hace mucho tiempo en la reedición de los cuentos completos de Fredric Brown --un autor que, en cierta manera, puede compararse con Sheckley--: no importa su antigüedad ni su pertenencia a un género concreto, se sostienen por sí mismos admirablemente en pie. Otros autores resisten muy bien el paso del tiempo, gracias a su condición de visionarios y humanistas, como es el caso de Philip K. Dick, cuya obra breve --o no tan breve, puesto que incluye novelas cortas-- está casi toda disponible en castellano. Pero los hay que empiezan a mostrar algunas limitaciones tras ser celebrados durante mucho tiempo: pienso en el extraño caso de Richard Matheson, que la relectura de varios relatos suyos me lo ha acercado peligrosamente al caso de Cornell Woolrich/William Irish: poca sustancia y mucho envoltorio (y no lo digo para fastidiar al lector; eso ya se encargan de hacerlo siempre los críticos). Pero como Matheson goza de un amplio predicamento fuera del campo de la literatura fantástica, por razones, ay, extraliterarias, es peligroso introducir dudas respecto a sus posibles valores y perdurabilidad. Sheckley, como digo, recoge en cierta manera (y amplía enormemente) los modos y maneras de Fredric Brown. Tiene un estilo sobrio, elegante, conciso, fresco, directo, ágil y preciso. No recalca ni subraya ni rellena, pero sabe llamar la atención del lector con la palabra o la frase justa en el momento apropiado y mantener el interés del relato hasta su conclusión. Posee una amplia gama de temas: fantasía, ciencia ficción, suspense, paranoia --algo que también encontramos en Brown, y sobre lo que luego volveré--, humor, crítica social, sátira, historias de lo insólito, surrealismo... Sus relatos de ciencia ficción --bastantes de ellos humorísticos, entre los que destacan especialmente los siete protagonizados por Arnold y Gregor del AAA Ace, Servicio de Descontaminación de Planetas, escritos entre 1954 y 1956, aunque hubo un octavo relato en 1986, "Sarkanger", que más parece un chiste que otra cosa-- se presentan generalmente como historias de colonización, de exploradores, con lo cual se asemejan en ocasiones a los relatos de Jack London, sustituyendo Alaska o la California del oro por un planeta más o menos hostil (una muestra perfecta de esto lo constituye "Prospector´s Special" (1959), relato que combina humor y tragedia londiana a partes iguales), y si London los escribía desde lo vivido, Sheckley lo hace desde lo imaginado, consiguiendo el mismo resultado en cuanto a sensación de realidad. Algunos de estos relatos de colonizadores o mineros del espacio alcanzan momentos de gran belleza literaria: "Las quietas aguas del espacio" (1953) recuerda inevitablemente a Bradbury, que por aquellas fechas --inicios de la década de 1950-- estaba ya publicando sus mejores trabajos en el campo de la narrativa breve. Por lo demás, conviene aclarar que la ciencia en sus relatos del género es intrascendente: como se dijo hace muchos años, la gracia de Sheckley es que "las naves y las máquinas funcionan porque sí", nada tiene lógica ni pretende tenerla, no se busca el rigor científico ni la explicación coherente, sino el ambiente práctico en que desarrollar la trama de la historia. Eso, que en otros autores da lugar a relatos en ocasiones --o demasiado a menudo-- algo pesados y, posteriormente, envejecidos lamentablemente, se convierte en manos de Sheckley en el valor principal. De ahí que ninguna de sus historias de los años cincuenta y principios de los sesenta esté pasada de moda: son atemporales. A finales de la década de 1960, Sheckley se convirtió en un expatriado, según le dijo a Charles Platt en su entrevista para el libro Dreammakers en 1980, largándose a vivir a Ibiza durante varios años y a gandulear. Escribió muy poco, y generalmente por encargo de su amigo Harry Harrison. Finalmente, regresaría al "mundo civilizado", para hacerse cargo de la revista Omni. Su obra se resentiría fuertemente de ello: su novela de 1975, Options, es claramente surrealista y producto de la era del hippismo, y algunos de sus relatos de los años setenta están dentro de la misma honda: "Tubo digestivo abajo y al cosmos con mantra, tantra y lluvia de estrellas" (1971) y "Zirn desguarnecida, el palacio Jenghik en llamas, Jon Westerley muerto" (1973) son breves experimentos carentes de interés y que no aportan nada nuevo ni a su obra ni al género. Aun así, en 1973 un relato suyo ganaría el premio Jupiter al mejor cuento: "Pedigüeño del espacio"; Sheckley, lamentablemente, no fue un autor premiado ni nominado apenas, más que muy ocasionalmente. Hacia finales de los años setenta, ante lo invidable de sobrevivir mediante relatos en revistas, se iría concentrando en novelas de muy escaso interés, en proyectos para Byron Press y en colaboraciones con otro ilustre desplazado: Roger Zelazny, quien tenía en común con Sheckley la coherencia y originalidad de su obra narrativa breve, y que había empezado a publicar en 1962, diez años después que Sheckley. Queda pues, señalado, que Sheckley desarrolló lo mejor de su obra corta durante la década de 1950, escribiendo una gran cantidad de historias, en una época de sobreabundancia de publicaciones de ciencia ficción y fantasía, y de competencia entre autores, además de incluir algunas inéditas en sus recopilaciones, la primera de las cuales apareció en 1954, apenas dos años después de publicar su primera historia. (Posteriormente, tras su traslado a Ibiza, abandonaría paulatinamente los relatos, a los que volvería con cierta asiduidad en los años ochenta.) La década de 1950 y primeros años de la de 1960 fueron unos tiempos en que había casi más revistas que autores (de ahí que algunos, como Silverberg, llenaran una sola revista escribiendo con varios seudónimos), pero el nivel de autores era óptimo. No es cuestión de citar nombres, casi basta con ver viejas portadas de Galaxy, If, Astounding, Fantastic, Imagination, Amazing, F&SF, entre otras menos conocidas para comprobarlo. Sheckley, que publicó su primer relato en 1952, tuvo que competir con Dick, Silverberg, Simak, Asimov, Galouye, Sturgeon, Harrison, Tenn y tantos otros habituales de las revistas de ciencia ficción de aquellos años. La competencia impulsaba la creatividad. Un ejemplo: aunque quizá Dick no leyera el relato de Sheckley publicado en 1953, "El pájaro vigía", el tema es el mismo de "El informe de la minoría", escrito por Dick en 1954 y publicado en enero de 1956: cómo evitar y prevenir un delito antes de que se produzca; por supuesto ambas historias siguen caminos diferentes, pero el punto de partida es el mismo. Que muchos de sus contemporáneos triunfaran en las novelas, cosa que Sheckley no consiguió completamente ni en sus mejores años, probablemente haya tenido como consecuencia que su narrativa breve se haya considerado superficial. Craso error. Pues la lectura hoy de sus cuentos de entonces nos presenta unos relatos increíblemente vivos, audaces, originales y novedosos. Tomemos un caso muy simple, su relato "¿Podemos charlar un poco?" (1965) aborda uno de los temas más difíciles de la ciencia ficción, que ha dado pie a novelas tan ambiciosas como Babel 17, de Delany, o incluso Los lenguajes de Pao, de Vance, entre otras: la lingüística. Sheckley, en su historia, nos presenta una raza alienígena con un idioma en constante evolución, tanto que un terrícola hábil con los idiomas, que ha logrado aprenderlo al cabo de un tiempo --o así lo cree--, descubre que jamás lo aprenderá puesto que al cabo de unos días el idioma es otro distinto, y luego será otro distinto, en una progresión infinita. Si este sencillo relato hubiese llegado con la firma de Asimov, Clarke, o Heinlein --o Aldiss o incluso Bester-- estaría considerado un relato de primera línea; al llevar la firma de Sheckley se celebra como "otra" de sus originalidades, y nada más. O consideremos el breve relato "La voz" (1953), recogido en su primera recopilación de relatos: es un verdadero ejercicio de metafísica, una visión absolutamente insólita de la condición del mundo y de la propia persona; con este relato, Sheckley se adelantaba a ciertas propuestas literarias que llegarían --y no precisamente del campo de la ciencia ficción-- bastantes años más tarde de la mano de celebrados autores franceses. Y un tercer punto muy a considerar: como tantos otros autores de los años cincuenta, Sheckley produjo algunos relatos sobre visiones paranoicas del mundo y la sociedad, lo que le une a Fredric Brown, a Philip K. Dick --que había empezado a publicar el mismo año que Sheckley--, y a otros ilustres o no tan ilustres autores de esos años: Galouye, Sturgeon, Gold, Budrys... Este tema, la locura como estado consciente de la sociedad, el mundo como manicomio o como generador de locos, es común a muchos autores, y está presente casi exclusivamente en la década de 1950 --la supuesta "década anodina e insustancial" en la vida americana del siglo veinte--. Así pues, el que tantos autores de ciencia ficción --un género supuestamente trivial en aquella época-- escribieran tantos relatos describiendo estados paranoicos y visiones de sociedades manicomiales, como lo es de manera significativa el de Sheckley "La academia" (1954), debería ser analizado de una vez por todas: creo que es uno de los grandes estudios pendientes dentro de la ciencia ficción del siglo veinte. La obra breve de Sheckley es rica en originalidades literarias, algunas afortunadamente reconocidas: "Un pasaje para Tranai" (1955), o "El precio del peligro". Este último, publicado en 1958, era entonces un relato de ciencia ficción en su vertiente sociológica; hoy día, gracias a la programación de ciertas cadenas televisivas, parece sencillamente un relato de narrativa realista y podría muy bien pasar como publicado hoy mismo. Desde luego, ya dije hace tiempo en un artículo para una revista que no es misión de los escritores de ciencia ficción predecir el futuro, pero hay que reconocer que en alguna rara ocasión, la clavan. En el bando contrario, un relato de 1968, "La trampa humana", escrito según lo que entonces se consideraba iba a ser nuestro futuro inmediato, resulta fallido (además de no ser uno de sus mejores trabajos, dicho sea de paso). Pero Sheckley ha sido considerado principalmente un autor de ciencia ficción humorística, satírica incluso. Eso está bien, porque buena parte de su obra contiene humor o sátira, y ello le valió reconocimiento y notoriedad. Pero está mal porque automáticamente se le considera por debajo de la seriedad que debe predominar en el género. Aunque los lectores aprecien y festejen los relatos o novelas de humor, la mayoría de editores y no pocos estudiosos o teóricos del género fruncen el ceño ante las muestras humorísticas que ofrece la ciencia ficción. Se la considera algo así como "de segunda clase". No entraré a discutir la estupidez congénita de semejante apreciación, y me limitaré a comentar el humor que despliega Sheckley. Es muy distinto del que solían ofrecer algunos de sus coetáneos: no cae en la algo cargante grosería de Eric Frank Russell ni en la acumulación de chistes por parte de Keith Laumer en su serie sobre Retief. Sheckley usa de un humor digamos, "natural", basado en el desarrollo de una situación que, bien mirado, podría ser una historia perfectamente seria. Lo podemos ver en el relato "El motín del bote salvavidas" (1955), uno de los protagonizados por Arnold y Gregor: el relato es divertidísimo sin necesidad de recurrir ni al chiste fácil, ni al diálogo ocurrente, ni a la acumulación de efectos cómicos: se basa en la comicidad de la propia situación planteada, a la seriedad de la pareja protagonista (Arnold y Gregor son muy serios, pero suelen verse metidos en situaciones verdaderamente absurdas) y a la oportuna réplica de diálogo o efecto cómico narrativo durante el transcurso de la historia. Y de hecho, "El motín del bote salvavidas" podría funcionar muy bien como relato serio: el mismo argumento, el mismo problema al que se enfrentan Arnold y Gregor podría narrarse como una historia dramática o de acción (podría ser, por ejemplo, una variante de la serie Berserker de Fred Saberhagen). Casi todos los relatos de estos dos protagonistas funcionarían perfectamente en clave seria, o de pura problemática de ciencia ficción. La gracia de esta serie es que Sheckley lo hace con un humor perfectamente natural, carente de estridencias, producto del contraste entre una situación ridícula o absurda --"Espectro V" (1954) o "Squirrel Cage (1955), son ejemplos modélicos en este sentido-- y la total seriedad de la pareja protagonista. Por otra parte, los relatos satíricos no suelen ser de una sátira exagerada, mordaz, cruel, sino que asimismo están servidos mediante un desarrollo suave, basado igualmente en el planteamiento de la situación. El breve relato "El hombre más afortunado del mundo" (1954) constituye un claro ejemplo: una narración verdaderamente seria, que en realidad es una sátira sobre el último hombre vivo en el planeta. El clásico "Un pasaje para Tranai" se sitúa en un puesto intermedio: humor y sátira social se mezclan admirablemente, a fin de ofrecer una visión de una utopía realmente absurda. La contrapartida a este conocido relato sería "Permiso de acecho" (1954), en el que una colonia utópica que ignora serlo, debe "desutopizarse", por así decirlo, contra reloj para amoldarse a las costumbres y exigencias de la Madre Tierra. Y es precisamente esta gradación de los elementos humorísticos o satíricos de sus relatos lo que hace que las novelas de humor resulten tan insatisfactorias, como ocurre con Dramocles, por ejemplo: las situaciones se alargan excesivamente, los efectos cómicos se atropellan entre sí, amontonados al tuntún, y al tener que llenar más páginas el humorismo produce más bien cansancio y desinterés. En este sentido, Sheckley se parece a otros escritores de ciencia ficción, cuyos relatos resultan siempre más satisfactorios e iluminadores que sus novelas: Arthur C. Clarke es quizá el caso más representativo. Un tema que abunda mucho en sus historias de ciencia ficción es lo que podríamos llamar el choque cultural, el enfrentamiento de los opuestos, en este sentido, de humanos y alienígenas. Sheckley lo aborda de manera peculiar las más de las veces, ofreciendo el punto de vista de unos y otros, alternadamente, en lugar de sólo el de unos --los terrícolas--, como suelen hacer la mayoría de autores. El efecto que producen estos relatos, así narrados, es que tan alienígenas pueden ser los extraterrestres como los terrestres. El ejemplo más perfecto de este tipo de historias podría ser "No tocar" (1954), y otros en los que se produce este choque cultural son "Planeta de conquistadores" (1954), en donde curiosamente se produce la asimilación cultural de unos por los otros, "Problema de caza" (1955), éste en clave humorística, y "Raza de guerreros" (1952), quizá el más insatisfactorio, por tratar un problema desde el punto de vista bélico, algo en lo que Sheckley demostró siempre poca traza o garra narrativa ("Mate descabellado" [1953], otro relato de ciencia ficción bélica, resulta muy anodino). Otro aspecto muy interesante son sus relatos de tema insólito, inclasificables entre fantasía o ciencia ficción y que se quedan en tierra de nadie: podrían muy bien haber aparecido en la celebrada revista de finales de la década de 1930 y principios de la de 1940, Unknown, donde historias realmente insólitas sorprendieron muy agradablemente al público lector. En este sentido, Sheckley tiene un buen montón, como "Temporada de pesca" (1953) o "El agujero a China" (1955), entre otras. Si vinieran firmadas por Matheson, por ejemplo, serían muy celebradas por los intelectuales... Hay algo que se le puede reprochar a Sheckley: no evolucionó. Sus relatos de la década de 1970, y los pocos que hemos conocido de sus últimos años, podrían estar fechados perfectamente en los años cincuenta, pero carecen de su frescura. Dejando aparte sus intentonas de experimentar no se sabe muy bien qué, como se ha mencionado anteriormente, se mantuvo excesivamente fiel a sus orígenes. Algo que sus coetáneos Dick o Silverberg, por no mencionar a Farmer, que empezó antes que Sheckley, sí hicieron --a veces de manera harto dudosa, en alguno de los mencionados, pero lo hicieron--. Aun así, fue precisamente en su época ibicenca, la menos productiva en cuanto a relatos, cuando produjo su cuento más cuidado literariamente, el más elaborado: el largo "En una tierra de colores claros" (1974), que guarda con el ya mencionado "Pedigüeño del espacio" la semejanza de la condición de expatriado/exiliado del protagonista, y en el que se hace evidente la filosofía hippy que rodeaba el mundo de Sheckley en aquellos años, algo que seguiría apareciendo en algún relato posterior, como "El futuro perdido" (1980), que publicaría durante su época como responsable de Omni. Urge, por tanto, recuperar la obra breve de Sheckley para preservarla del olvido y para que nuevos lectores descubran sus méritos y su vigencia. Ya se hizo hace años en Estados Unidos, donde hubo una edición en cinco volúmenes de casi todos sus relatos, más algunas muestras amplias de su producción. Teniendo en cuenta lo abundante de su obra corta durante la década de 1950, cabe pensar, además, que existen bastantes relatos que puedan deparar notables sorpresas en su lectura. A Sheckley se le debe un reconocimiento no ya por parte de los aficionados a la ciencia ficción, sino por parte de los mismos que celebran a autores dotados de originalidad, voz propia, recursos narrativos y variedad temática, independientemente de su pertenencia a un determinado género literario. En vida, muchos ya lo señalaron. Tras su muerte en 2005, debería seguir siendo señalado. No se puede prescindir de tan rico legado literario. "Eso de escribir es como un subidón, una especie de droga, y una vez la has probado nada vuelve a ser lo mismo. La vida corriente parece una condena a prisión comparada con la libertad de escribir." Robert Sheckley. ![]() Ediciones en castellano de relatos de Robert Sheckley Recopilaciones: *La séptima víctima (Untouched by Human Hands, 1954). Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 17, Barcelona, 1977. *Ciudadano del espacio (Citizen in Space, 1955). Ediciones Dronte, revista Nueva Dimensión, Extra nº 3, Barcelona, 1970 [omite el cuento "La batalla", publicado en el nº 17 de la revista]. Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 11, Barcelona, 1977. *Peregrinación a la Tierra (Pilgrimage to Earth, 1957). Ediciones Dronte, col. Nueva Dimensión, nº 4, Barcelona, 1976. *Paraíso II (Notions: Unlimited, 1960). Edhasa, col. Nebulae 2ª época, nº 7, Barcelona, 1976. *El arma definitiva (The People Trap, 1968). Ediciones Dronte, col. Nueva Dimensión nº 15, Barcelona, 1977 [la edición omite el título original, y sólo recoge 11 de los 14 cuentos que contiene, apareciendo los otros tres en números de la revista Nueva Dimensión]. En revistas (no se incluyen los reunidos en las recopilaciones): Nueva Dimensión: números 19, 37, 45, 60, 73, 77, 78, 84, 85, 93, 96, 103, 106, 118, 124 y 131. Ediciones Dronte, Barcelona. El Péndulo: número 2. Buenos Aires. Parsec: números 1 y 5. Buenos Aires. Más Allá: números 2 y 22. Ediciones Abril, Buenos Aires. Minotauro (1ª época): número 4. Buenos Aires. Space opera: número 5. Madrid. Cuasar: número 7. Buenos Aires. Hitchcock Mystery Magazine: números 5 y 6. Hymsa, Barcelona. Omni: número 3. Ediciones B, Barcelona. Solaris: número, 4. La Factoría, Madrid. Filofalsia: otoño de 1983. Buenos Aires. En antologías varias (no se incluyen los aparecidos en recopilaciones): Horror 2, Ediciones Martínez Roca, Barcelona. Robótica, Planeta, Barcelona. Antologías Acervo de Anticipación, Volumen 14, Ediciones Acervo, Barcelona. Colección Caralt de ciencia ficción: números 12 y 15. Caralt, Barcelona. Selecciones Bruguera de Ciencia Ficción. Selecciones 9 y 13. Editorial Bruguera, Barcelona. Llegan los dragones, Editorial Tierra Nueva, Uruguay. Mutante, Producciones Editoriales, Barcelona [reedita un relato aparecido anteriormente en la revista Más Allá nº 22]. Llorad por nuestro futuro, Ediciones Acervo, Barcelona [reedita un relato aparecido anteriormente en la revista Minotauro, 1ª época, nº 4]. Asimov y sus amigos, Grijalbo, Barcelona. El hombre de otros mundos, Editorial Sirio, Biblioteca de Ciencia Ficción, 1, Buenos Aires [reeedita un relato aparecido anteriormente en la revista Más Allá, nº 2] September 22 UNA BREVE NOTA SOBRE MAURICE LEBLANC(c) 2007 by J.C. Planells
September 20 EDICIONES RECIENTES EN DVD DE CINE "POLAR" FRANCÉS
*Adiós, amigo, de Jean Herman (5 de de julio de 2007) [editada en DVD] *Max y los chatarreros, de Claude Sautet (19 de julio de 2007) *El montacargas, de Marcel Bluwal (18 de agosto de 2007) *Sin móvil aparente, de Philippe Labro (1 de octubre de 2007)
September 18 LA PESTE BLANCA, de Frank Herbert(c) 1983 by J.C. Planells por la crítica reproducida (c) 2008 by J.C. Planells por el resto del texto ![]() En el número 11 de Tránsito, fechado en noviembre de 1983, publiqué una crítica de esta novela de Herbert, aparecida en la primavera de aquel año. He de decir que no recordaba siquiera haberla escrito, como ocurre cuando se han tenido que escribir tantas, y muchas de ellas innecesariamente. Se me ocurrió consultar los índices de la web ttrantor hace unos días, y me encontré con que existía, y la he recuperado para este blog. No por su interés, debo aclararlo enseguida, pues como crítica me parece muy vulgar, al igual que tantas otras publicadas en tiempos lejanos y que no pienso recuperar para este blog: soy selectivo en cuanto a esas recuperaciones: por un lado, la novela comentada ha de tener algún interés; por otro, la crítica ha de haber aparecido, por ejemplo, en una publicación de escasa difusión; y por otra parte, principalmente, mi texto me ha de parecer presentable. No digo bueno, solamente presentable. No creo que sea el caso de este comentario sobre La peste blanca. No la hubiese recuperado, pero los motivos que me han llevado a hacerlo los explico tras dicha crítica. Ésta es, pues, la crítica que se publicó en el mencionado número de Tránsito, corrigiendo algunas erratas: Parece ser que alguno se ha escandalizado ante la "maldad" literaria de esta reciente producción de Frank Herbert (1982), servida puntualmente por Ultramar. No creo que haya para tanto. ¿Es que hay alguien que aún no se haya dado cuenta de que Herbert viene escribiendo lo mismo y de la misma manera desde que de pequeño agarró su primer lápiz? El tedio, lo gris y la mediocridad son la norma presente en la carrera de este aburrido autor, y Dune su excepción, cómo no. De no haber parido Dune, Herbert no merecería más que un escuálido comentario en cualquier enciclopedia del género. La peste blanca se sitúa en su línea regular de producción, si bien, eso sí, con una extensión fuera de lo corriente. Los lectores de Proyecto 40, La barrera Santaroga y El cerebro verde (por citar las novelas suyas traducidas) ya saben lo que pueden esperar: la eterna repetición de lo mismo. Herbert se limita a variar los nombres de los personajes, pero el tedio y el aburrimiento son los mismos, así como el carácter mesiánico e iluminado de sus protagonistas, que, ellos solos, pueden cambiar la faz de un planeta o una nación. Interesante este complejo mesiánico de los personajes de Herbert, que se repite de novela en novela (y aquí, claro, Dune no es ninguna excepción). En La peste blanca, Herbert nos presenta a un investigador molecular cuya esposa e hijos son víctimas de un atentado del IRA. El hombre enloquece y concibe una bestial venganza, dejando suelto un virus que elimina a todas las mujeres del planeta, y como consecuencia a todas las hembras de los animales. Ese es todo el argumento. No hay más. El resto de las 600 páginas son el arrastrarse (que no el desarrollarse) de una trama que ni siquiera existe. El final (¡feliz!) presenta a nuestro ¿héroe? como una especie de mesías que ha dado a luz a un nuevo mundo. Mira por dónde. Creo más interesante referirme a algunos aspectos concretos de la obra. Veamos: Un lector imparcial concebirá tras la lectura de La peste blanca un odio mortal hacia todo lo que sea irlandés. Herbert presenta a los irlandeses como si se tratase de describir a unos seres o a una raza de algún otro planeta, y consecuencia de su rareza, es que se vuelven horriblemente antipáticos, algo así como si fuesen marcianos verdes o algo semejante. No se profundiza en sus motivaciones humanas, pero tampoco se folkloriza. Simplemente, parece como si estuviésemos ante una raza de bichos raros. No sé qué propósitos albergaría la mente de Herbert al concebir tal novela, pero de su lectura se desprenden aspectos preocupantes. La elementalidad de ciertas tomas de conciencia, por ejemplo, contrasta con la minuciosidad científica de la obra, que podría ser lo que a Herbert le preocupara más, cosa a lo cual no habría nada que objetar, desde luego. La peste blanca, por otro lado, es tan ultrarreaccionaria que, mira por dónde, llega a parecer casi salvajemente progresista. El que el protagonista, después de matar a casi todas las mujeres del planeta, sea reverenciado como un salvador o un ser mítico, es alucinante (pero coherente con el conjunto de la obra en general del autor). Por otro lado, el terrorismo sí tiene claros visos folklóricos, y no demuestra más que el desconocimiento que el americano medio tiene de este fenómeno. Por todo ello, La peste blanca resulta ser una novela tan extraña como inclasificable, tan anómala como risible. Mejor escrita que Dios emperador de Dune, eso sí, pero tan innecesaria como ella. La peste blanca, en suma, resulta un fenómeno literario al que es mejor no acercarse. Esto fue, como he dicho antes, lo que escribí en 1983 a propósito de esta novela de Herbert. Este verano de 2008 pensé en releerla (yo soy de esos que a veces releen libros, cosa que algunos aficionados a la ciencia ficción consideran reprobable e indigno de hacer). Me dije que una obra tan extraña cuyo punto de partida son las consecuencias de un atentado terrorista, podría quizá tener una nueva lectura a tantos años de su aparición. Desde entonces, el IRA ya no comete atentados (así parece), ETA sigue impasible el ademán matando con gran entusiasmo, entrega y ardor, y les han salido "competidores" nuevos a las viejas formaciones terroristas: Al Qaeda amenazando a todo el mundo indiscriminadamente, preferentemente civiles inocentes y, si puede ser, niños y mujeres mejor aún; y los inefables integristas islámicos aquí y allá, no necesariamente ligados a Al Qaeda, pero tan animales como ellos. Y sin duda otros grupos que me dejo. Así pues, ¿cómo aparecería esta novela ante estas nuevas formas de terrorismo y el empecinamiento de los terroristas "de toda la vida"? Pensando en esto, pues, empecé la relectura de la novela, animado además por otra anterior de este mismo autor, la breve e insignificante El cerebro verde, un Herbert que pasó sin pena ni gloria, totalmente desapercibido, agradable quizá por su brevedad. Pero mis conclusiones fueron las siguientes: Herbert fue un escritor pulido y culto --eso es innegable--, ideal para proporcionar best-sellers más presentables que los de tantos rellenadores de páginas que inundan innecesariamente el mercado y las estanterías de los puestos de venta. Herbert fue (y digo fue porque, como es sabido, falleció hace bastantes años) un escritor inteligente --innegable, asimismo--, capaz de sorprender con sus ideas y reflexiones, expuestas en forma de frases atribuidas a los personajes de sus novelas. Pero, igualmente, Herbert fue un escritor lento, moroso, espeso, amante de avanzar a base de círculos viciosos, y que aun empleando la técnica multifocal --según Barceló, de manera mucho mejor que Dick, lo que demuestra lo poco leído que es Barceló-- no consigue nunca que sus personajes nos lleguen ni nos interesen, porque nos los hace incomprensibles de tan encerrados en sí mismos. Se nos hacen indiferentes, cuando no aburridos. Mi relectura, pues, de La peste blanca fue un fracaso. Desistí de proseguir cuando iba por la página 232, del total de 603 que forman la obra. El desinterés por la intriga y los personajes (intriga inexistente y personajes sin gancho) venció a la innata curiosidad y los posibles paralelismos sobre el terrorismo de ayer y el de hoy. Entonces descubrí que había escrito la crítica anteriormente reproducida, y preferí traerla aquí y explicar además mi fracasado intento de releer la novela, de confrontar el ayer con el hoy del terrorismo. Y es que si hay algo que queda claro en las 232 páginas resistidas --y por el comentario aparecido en 1983--, el terrorismo no es más que una excusa para que Herbert escriba "la novela de siempre", se llame Dune, Proyecto 40, El cerebro verde, La barrera Santaroga, Los ojos de Heisenberg... Cierto que como escritor Herbert supera a tanta vulgaridad de relleno como hay en el género, y que sus obras ofrecen puntos de vistas y reflexiones muy adultas, pero la gravedad y la solemnidad de que hacen gala menoscaban a la larga su interés. Posteriormente a esta novela, y tras otras entregas de la saga de Dune, nos llegarían otras novelas del autor que permanecían inéditas. No recuerdo que ninguna de ellas me hiciera cambiar de opinión respecto a Herbert, aunque reconozco que la serie Pandora, en colaboración con el poeta Bill Ramson, era tan satisfactoria como la primera novela de la saga Dune. Culto, inteligente, pulcro, circunspecto, cuidadoso, es lo que aflora en su estilo. Un estilo, quizá, ¿algo mesiánico? September 16 UP THE DOWN STAIRCASE, de Robert Mulligan: En la jungla de pizarra(c) 2008 by J.C. Planells ![]() Este film de 1967 se encuadra en un género verdaderamente temible: el de Maestro Bienintencionado Dando Clase a Alumnos Rebeldes y Gamberros de Barrios Conflictivos. A este género (o subgénero, dentro del que podríamos llamar "Maestros y Alumnos"), que abundó bastante más de lo deseado en las décadas de 1950 y 1960, y que ha reaparecido en 1995, pertenecen títulos como Semilla de maldad, Rebelión en las aulas, Odio en las aulas, El sustituto o Mentes peligrosas, entre otros. (Otros subgéneros serían el de Alumna Provocativa que Enamora a Profesor de Edad Madura, en el que encontramos muestras como Escándalo en las aulas y --¡horror!-- Querido profesor, infumable film escrito y protagonizado por Alfonso Paso, según su obra teatral; el de Alumnos Traviesos Pero Buenos Con Maestros Malencarados, donde encontraríamos Melody, Adiós Mr. Chips, El maestro, La terrible Miss Dove; el de Maestros Estrambóticos En Tiempos Conflictivos, con El club de los poetas muertos, Los mejores años de Miss Brodie; el de Todos los Maestros y Alumnos Son Maravillosos, constituido por Es grande ser joven y Pasa la tuna. Y aparte, claro, el film que les da sopas con hondas a todos: Cero en conducta, de Jean Vigo. Como se ve, lo de Maestros y Alumnos ha dado lo suyo en cine.) Las películas de este subgénero Maestro Bienintencionado Dando Clase a Alumnos Rebeldes y Gamberros suelen resultar bastante vergonzosas de ver, y huelen a falso apenas iniciado el metraje. No porque la situación descrita no sea real: cualquier maestro de entonces y de ahora dirá que los conflictos planteados en esos films son reales, si bien me temo que a veces se exageran (o se desmadran): ni el profesor es tan bienintencionado ni los alumnos tan bestias (o puede que de otra manera), ni todo acaba tan "bonito" como en la protagonizada por Sidney Poitier, Rebelión en las aulas (de la que hace unos años hubo una innecesaria secuela). Es, en el peor sentido de la palabra, "de película". En fin, el resultado es que estos films ni resuelven nada ni nos parecen creíbles, aparte de que de manera misteriosa huelen siempre a reaccionarios. ¿Hay algo que diferencie Up the Down Staircase del resto de films de ese temible subgénero? Pues sí. En primer lugar, que donde los otros pretendían ser desmadrados y agoreros, tremendistas y brutales, el film producido por Alan Pakula y dirigido por Robert Mulligan adopta un tono semidocumental, bastante más calmo --menos tremendista en general, vaya--, y los personajes, empezando por el de la maestra (muy bien interpretado por la malograda Sandy Dennis), se esfuerzan por rehuir los tópicos habituales de esta clase de cintas. "Se esfuerzan" no quiere decir que lo consigan siempre (además, tenemos también aquí lo de "alumna enamorada de su profesor", en este caso no es una alumna provocativa sino una muchacha más bien fea, poco inteligente y algo infeliz), pero es de agradecer la voluntad puesta en el empeño que hace que el film no resulte tan detestable --ni reaccionario-- como el resto de muestras sufridas. Es algo lógico, por otra parte, teniendo en cuenta las características que animaron el cine de esta pareja de productor y director (e incluso por separado), más interesados en la sensibilidad y la contemplación que no en el escándalo barriobajero. Hay que decir antes que nada que el film se basa en una novela semiautobiográfica de Bel Kaufman, editada en España en 1973 por Picazo, con el título de Subiendo por la escalera de bajada. Casualmente, leí en su día esta novela, ignorando que existiese una adaptación cinematográfica de ella --el film nunca se estrenó en España--, y me sorprendió enormemente. No estaba narrada en forma tradicional, sino que era una especie de "novela collage", formada por memorandos, documentos públicos, frases en la pizarra, notas interinas, formularios a rellenar, fragmentos de cartas, mensajes personales, etc. etc... (Evidentemente, esto obligó a construir todo un guión y recrear los personajes partiendo de tan curioso texto.) Lo que pretendía la autora mediante esta extraña construcción era algo que también está presente en el film y que lo diferencia del resto de películas de este subgénero: cómo en una escuela conflictiva de un barrio conflictivo la espantosa burocracia oficial y el papeleo interno contribuyen en no poca manera a aumentar el caos existente. Es una idea genial, porque entonces no queda claro si la violencia y el desinterés estudiantil, el fracaso escolar, es producto de unos alumnos indisciplicados y conflictivos --o de algunos de ellos-- o de una burocracia escolar más interesada en que los profesores rellenen formularios para cualquier chorrada en lugar de resolver los problemas que el colegio y la enseñanza conllevan. Ese caso está patente en el propio título de la novela --Subiendo por la escalera de bajada--, que es el mismo que el del film en inglés, y que alude simbólicamente a una escalera de la escuela mal señalizada por la que la protagonista sube el día de su llegada para incorporarse a su trabajo como nueva profesora, cuando en realidad, debido a esa mala señalización, es la de bajada de los alumnos. Al final del film, cuando reconsidera su decisión de abandonar la escuela, como signo de... ¿rebeldía? volverá a subir por esa escalera de bajada, pero ahora de manera consciente. Pero, pese a todo esto, es inevitable que el film esté lleno de los habituales tópicos de esta clase de historias: el alumno díscolo (y misterioso), el sabihondo que, encima, es de una minoría marginada, el ataque a la profesora, la toma de conciencia de la clase leyendo a Dickens (más la alumna enamorada de su anterior profesor de literatura)... Por encima de tópicos y rutinas, permanece como interés principal ese fondo caótico y esa total indiferencia del resto de profesorado, de la administración en pleno, de la dirección de la escuela, que esperan que la nueva profesora acabe convirtiéndose en una más como ellos --otra indiferente-- o renuncie a su trabajo. Algo que, finalmente, está a punto de ocurrir, pero no lo hace en parte porque sería el triunfo de la burocracia deshumanizada, esa que parece regir tan ridículamente la escuela, abarrotada de sus formularios, peticiones, etc. etc.. Un film, pues, mucho más soportable que el resto de muestras sobre profesores bienintencionados y escuelas conflictivas, bien fotografiado, con buena música, actores casi desconocidos y algunos momentos interesantes. Nunca exhibido en España --aunque participó en la Semana del Cine en Valladolid en su época--, sólo se ha exhibido en televisión dos veces: en 1981 y en 1996. Existe una edición en DVD en zona 1, en un pack con otros films con protagonismo de mujeres. Otros films de Robert Mulligan comentados en este blog: *El otro (16 de julio de 2006) *Camino de la jungla (18 de noviembre de 2006) September 13 6 DE DICIEMBRE DE 1970: UNA FASCINACIÓN
"El mundo es, en verdad, un laberinto Pedro Miguel Obligado
Héctor dobló la esquina y vio de inmediato la multitud frente al salón Iris. También advirtió los grupos de polícías con su antipático abrigo gris, apostados por las cercanías. Enseguida, en la misma acera por la que llegaba, vio a Mateo, que también había reparado en él y le hacía con la mano un gesto de "No corras, no corras". Moderó el paso y llegó frente a Mateo, que se paseaba con aire indiferente. September 11 AUTORES OLVIDADOS (41). LOS HERMANOS ÁLVAREZ QUINTERO: Teatro popular andaluz(c) 2008 by J.C. Planells ![]() La verdad es que resulta más divertido leer sobre los hermanos Álvarez Quintero que leer a los hermanos Álvarez Quintero. Así, en un reciente volumen editado por Castalia con algunos de sus textos, el autor del prólogo-estudio citaba una frase de Valle Inclán procedente de una entrevista con Rivas Cherif en la que se quejaba de lo muy malo que le parecía el panorama teatral de su época, y decía que "... habría que empezar por fusilar a los hermanos Quintero". Este don Ramón desde luego no se andaba con chiquitas (ya comenté en el capítulo sobre Benavente el menosprecio que le merecía Echegaray, "el Viejo Idiota"), aunque la frase sobre los Quintero es algo fuertecilla, desde luego. Pero con esta pareja de hermanos escritores ocurre que son bastantes los andaluces que se sienten molestos por que se les considere los representantes del "alma andaluza" y de su tipología. Lo cierto es que fueron tremendamente populares, celebrados y aplaudidos en su época, finales del siglo XIX y primeras décadas del XX. Serarin (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero nacieron en Utrera y cultivaron el teatro formando un equipo muy conjuntado, pese a sus diferencias de carácter, durante la vida del primero, pues a la que Serafín murió, Joaquín dejó de escribir. Preferentemente escribieron comedias, pero también algún drama, algunas zarzuelas, y sobre todo piezas cortas, los entremeses, que llegaron a ser casi tan populares como sus obras mayores en extensión. Se les consideraba eso: los representantes del carácter andaluz, de la tipología popular del gracejo y olé, tanto por el uso del lenguaje en las obras como por los personajes y ambientes que retrataban. Es evidente que influyeron en otros autores en este sentido (Muñoz Seca y Pérez Fernández, en sus obras en colaboración) y que se les ha tratado de equiparar en intenciones a Carlos Arniches y su retrato del Madrid castizo, contemporáneo de los Quintero. Pero si bien la comparación con la pareja de escritores Muñoz Seca-Pérez Fernández tiene su parte acertada --aunque las comedias de estos dos eran más alocadas, como cultivadores que fueron de la astracanada--, ante Arniches los Quintero no tienen nada que hacer: el madrileño de adopción y alicantino de nacimiento Carlos Arniches era un autor literariamente mucho mejor dotado y su teatro retrataba personajes populares y situaciones sociales de la época con gran agudeza, en tanto que los Quintero carecían de ese fuste literario y su teatro era sólo un desfile de prototipos sin trasfondo ni afán de crítica concreta. Pero, como digo, fueron tremendamente populares. Muchas de sus obras se llevaron al cine antes y después del franquismo, en la oleada de "cine folklórico" que llenó las pantallas patrias de los años cuarenta y cincuenta. Títulos muy conocidas de su producción son El genio alegre, Malvaloca, Las de Caín, Puebla de las mujeres... Un teatro amable, luminoso, con aire de soleares y guitarras en patio andaluz y poco o ningún espíritu crítico. No pretendían otra cosa que entretener a su público, y lo consiguieron. Pero uno siempre piensa que en realidad Andalucía es otra cosa y no la que presenta el teatro de los Quintero... September 09 GALERÍA DE MUJERES (38). SHIRLEY BASSEY: Diamante negro(c) 2008 by J.C. Planells ![]() A finales de mayo de 2008, el nombre de Shirley Bassey saltó a las noticias, por uno de esos motivos nunca deseados: tuvo que ser ingresada de urgencia en un hospital para operarla del estómago. Las noticias posteriores indicaron que evolucionaba favorablemente y era de esperar una pronta recuperación. A sus 71 años, Shirley Bassey había quedado un tanto olvidada en el mundo de la música: no es de esas cantantes que necesiten copar las listas de éxitos con sus nuevos discos ni estar en primer plano de la actualidad. Celebró los 50 años de vida musical en el 2003, con un concierto y una grabación del mismo en CD, por lo cual a una vida tan larga en los escenarios y en el estudio de grabación no se le puede exigir lo mismo que a las estrellas que duran unos cuantos años. Shirley no juega --nunca lo ha hecho-- en el terreno de la competición pura y dura. Nacida en 1937 en Cardiff, País de Gales, sus primeros pasos los dio en el teatro musical, pero no le resultaron satisfactorios, y lo dejó. Finalmente, en 1956 apareció su primer single y se dedicó a grabar discos. Perteneció --y pertenece-- a esa serie de cantantes que como no escriben sus propias canciones ni tienen a compositores que las escriban directamente para ellas --que es lo habitual más o menos desde los años ochenta--, versionea temas de otros, canciones de películas o estándars. Algo que en música moderna fue muy habitual en las décadas de 1950 y 1960, para empezar a desaparecer ya en los años setenta conforme iba cambiando el mundo del disco (la industria del disco, vaya). Su máximo esplendor y popularidad lo alcanzó al grabar las canciones de los temas de dos películas de la serie James Bond (la única artista que lo ha hecho): "Goldfinger" y "Diamons Are Forever", que fueron rápidamente número uno en todo el mundo. Con el primer tema, se dio a conocer allá donde su nombre no había llegado aún, y con el segundo consolidó una carrera, que de hecho ya lo estaba por sí misma. Su voz, potente, firme, modulada, se atrevía con canciones que habían alcanzado éxito y popularidad en voces de otros, algo que suele ser muy peligroso para la mayoría de cantantes que lo intentan. Pero Shirley siempre se ha puesto ella al servicio de la canción, en lugar de hacer como otros, que ponen la canción a su servicio, con resultados casi siempre lamentables. Así, en su abundante discografía, encontramos "Big Spender" (del musical Sweet Charity), "The Impossible Dream" (de El hombre de La Mancha), el tema de amor de Love Story, "Something" de George Harrison, "Its Imposible", "As Long as He Needs Me" (de Oliver!), y una infinidad de canciones que resplandecen en su voz, como si fueran escritas para ella directamente. Trabajadora incansable, nunca ha dejado de grabar y dar conciertos, desde que entró en un estudio de grabación en 1956. Su vida personal ha sido regular: dos matrimonios, dos divorcios y una hija fallecida en extrañas circunstancias. Ha sido galardonada con muchos premios, no sólo musicales, sino a su persona y a su longeva carrera. Entre ellos, el de "Dame", que es el equivalente femenino a "Sir". Ha colaborado con organizaciones caritativas y se ha mantenido siempre animosa y sonriente ante todos. Como los diamantes, es eterna. September 06 JOSÉ MALLORQUÍ Y JOHN DICKSON CARR(c) J.C. Planells
El primer asesinato tiene lugar en un despacho donde está el dueño de la casa. Sólo hay una puerta y la única ventana da a una elevada altura de la calle (que además está nevada por completo). Dos testigos ven entrar a un misterioso enmascarado a ese despacho, suena un disparo y cuando entran, se encuentran agonizante al dueño de la casa mientras que su asesino ha desaparecido misteriosamente. En la traducción de la novela de Dickson Carr, leemos en el capítulo 4, titulado "Lo imposible", pág. 49-50, lo que narra un testigo de los hechos: "[...] No tenía puestos los lentes, que colgaban de su cordón; sin ellos no ve bien, y tengo la impresión de que tomó la máscara por un rostro verdadero. Pero antes de que pudiera llevárselos a los ojos el desconocido hizo un movimiento tan rápido que no pude comprender qué pasaba, y se precipitó a la puerta. El doctor Grimaud intentó detenerlo, pero el otro fue demasiado veloz. Luego lo oí reír." En la novela de Mallorquí/Montoro, leemos en el capítulo 3, "El crimen imposible", pág. 22, lo mismo de la siguiente manera: "El profesor no llevaba sus lentes, y creo que por ello no se dio cuenta de que el hombre iba cubierto con una careta. De todas formas, el hombre de la máscara avanzó hacia él, y aunque el profesor Dupont también salió a su encuentro, no puso evitar que el visitante se metiera en el despacho, soltando una carcajada." Como se ve, el personaje cambia su apellido de Grimaud a Dupont. El segundo asesinato tiene lugar en una calle sin salida (Cagliostro en Dickson Carr, San Germán en Mallorquí/Montoro) ante tres testigos, cuando un hombre cae de un disparo a quemarropa sin que nadie se haya acercado a él, y oyéndose a su asesino lanzar una frase de amenaza. "Los señores Short y Blackwin oyeron a sus espaldas un grito que era casi un alarido. Luego oyeron pronunciar claramente estas palabras: ´La segunda bala es para ti`, y una carcajada seguida del ruido amortiguado de un disparo de revólver. Al volverse bruscamente vieron que el hombre que iba detrás de ellos se tambaleaba, lanzaba otro grito y caía a tierra." Mallorquí/Montoro lo narra así en el capítulo 5, "La muerte mágica", pág. 45. "De pronto oyeron gritar claramente las palabras: La segunda bala es para ti, una risa extremecedora [sic] y un disparo ahogado. Al volver inmediatamente la cabeza, vieron cómo el hombre que había estado avanzando por el centro de la calle se tambaleaba, lanzaba otro grito y caía de bruces en la nieve." A principios de los años cuarenta, John Dickson Carr era un autor muy poco conocido --o casi desconocido-- en España. En nuestro país, sólo Saturnino Calleja editaría algunas novelas, pues el grueso de su producción iría apareciendo en Argentina, especialmente en la colección El Séptimo Círculo, que nació a principios de esa década. Sólo unas pocas se editarían en España allá por los años cincuenta. Sabiendo, quizá, que Molino no la publicaría por una u otra razón que no conocemos, Mallorquí decidió versionarla y adaptarla al español, y firmarla como "Juan Montoro". No fue algo inhabitual en él: los lectores de la colección Futuro, que Mallorquí dirigiría años después, reconocen que "adaptó" como suyas novelas de Jack Williamson y Van Vogt, entre otras no identificadas. "Mejorándolas", a decir de Carlos Saiz Cidoncha, aunque otros no creen lo mismo (César Mallorquí). Por mi parte, hace bastantes años descubrí que una de las novelas de la segunda etapa de El Coyote era una "adaptación" de un relato escrito por Dorothy M. Johnson que años después John Ford llevaría al cine (lamento no recordar el título de la novela de Mallorquí). Usos y modos de etapas editoriales ya... ¿superadas?, si bien pienso que plagiar --digamos las cosas por su nombre-- una novela de un autor que llegaría con el tiempo a ser tan conocido y apreciado por los lectores de novela policiaca en España (y en Argentina) era una osadía, algo realmente arriesgado. En todo caso, pensándolo bien, no se consuelen con la novela de Montoro/Mallorquí: sigan buscando El hombre hueco de Dickson Carr: es insuperable. September 03 ESCUCHAR A LOS DEMÁS(serie Relatos autobiográficos-32) (c) 2007 y 2008 by J.C. Planells He pasado muchas --demasiadas-- horas de mi vida escuchando los dramas y problemas de los demás, como si yo fuera un recipiente en el que echarlo todo. No debe entenderse esto como una queja: hay personas que saben escuchar y otras que no (de hecho, la mayoría de la gente no sabe escuchar a los demás; no les interesa, les molesta incluso; otros prefieren hablar de sí mismos, erigirse en centro de atención, y así de paso oyen lo bien que suena su voz). Lo que ocurre, lo que me frustra, es que cuando yo he querido o necesitado contar alguna vez mis problemas y mis dramas, confiarme a alguien para desahogarme unos instantes, todos han rechazado escucharme. Nadie quiere escuchar a los demás, repito, pero todos quieren ser escuchados por alguien. El resultado es que apenas he podido contar nada de lo que me pasaba a nadie, y si alguna vez lo he intentado el resultado ha sido un desastre. Presuntos amigos que se pasaban horas y horas contándome una y otra vez lo mal que les iba, lo difícil que era su vida (cuando en realidad no lo era tanto en muchos casos), las putadas que les había hecho este amigo o aquel pariente o el jefe, con toda clase de detalles (llegaba a sabérmelo de memoria de tantas veces que alguno de ellos me lo contó), cuando yo abría la boca para decirles a mi vez lo mal que me iban las cosas y la putada que me hizo fulano o zutano, me cortaban de inmediato soltando que "a mí también me han hecho putadas", y se negaban a escucharme, o como mucho consideraban lo mío una insignificancia en comparación con lo suyo, y cortaban la conversación en un plisplás, si es que no me dejaban plantado por las buenas. Casos así los he vivido en diversas ocasiones durante mi vida adulta, o quizá sería mejor decir durante la segunda parte de mi vida adulta: de joven no recibía los desprecios que he recibido de adulto (los jóvenes son más dados a confiarse y escucharse unos a otros; los adultos desconfían instintivamente y sólo quieren alguien a quien atormentar con sus quejas). Cierta persona --cuyo nombre no diré porque hay quien se cree que sus ídolos ni siquiera van al váter si se trata de chicas, y no pueden ser rencorosos y revanchistas si se trata de hombres-- aprovechaba cualquier ocasión para contarme sus problemas, a lo que yo atendía en silencio, pacientemente y con educada atención. Pero cuando yo intentaba contarle lo que me ocurría a mí --y a mí empezaron a ocurrirme cosas digamos que bastante serias hace unos años--, se negaba a escucharme, soltando la consabida frase de "A mí también me han hecho putadas" o "Bueno, ya sabes cómo son las cosas", y daba por finiquitada la conversación. Más o menos este es un resumen de mi paso por la vida: haber atendido a las desdichas de los demás y a cambio tener que callarme lo mío. Gente incluso desconocida se ha sentado a veces a mi lado y me ha tenido horas contándome lo jodidos que estaban. De hecho, empezó a ocurrirme desde muy joven, pero no me importaba en aquel entonces: yo fui una persona razonablemente feliz (Bigune dixit, si bien eso era lo que los demás creían; en realidad, era aparentemente feliz) y por tanto servía como confidente de quienes se hallaban en apuros. Me fui haciendo mayor, me cansé de parecer razonablemente feliz, pero mucha gente me seguía usando como confidente para toda clase de temas, dramas y problemas: yo era alguien con quien desahogarse porque --según ellos-- carecía de sentimientos y de problemas (lo cual me ha sido útil a veces y contraproducente otras; es curioso cómo a lo largo de mi vida todos cuantos me han conocido, con un par de excepciones quizá, se han creado imágenes y opiniones totalmente erróneas de mí, si bien en parte la culpa es mía por no sacarles de sus errores). Así, he aguantado en ocasiones hasta lo indecible. Por ejemplo, no creo que muchos hubieran tenido la paciencia que yo tuve con V, en 1974, soportando tarde y noche, siete días a la semana durante seis meses seguidos, lo desgraciada que era y lo acabada que estaba su vida, tratando de levantarle los ánimos. A veces me pregunto cómo --y por qué-- lo hice, si V. era para mí poco más que una desconocida, y yo alguien que no le interesaba para nada. En cuanto arregló sus problemas --de repente, en menos de 24 horas-- se me quitó de encima, y pude descansar. V ostenta el extraño récord de no haber pronunciado en seis meses ni una sola vez mi nombre. Difícil, sí, pero posible. Igualmente, no pocos tarados me han usado para su terapia personal. Lo que me recuerda a Matilde J. A., que cuando se separó del fulano con el que llevaba viviendo desde los dieciséis años --Matilde fue una adelantada a su tiempo, en parte por haber vivido casi independiente desde muy niña--, empezó a pedir apoyo a los amigos que tenía más o menos arrinconados u olvidados. Soporté sus neurosis durante una muy larga temporada. Matilde era una persona muy difícil, complicada, a ratos intratable, inestable, neurótica, dominante y rencorosa. Para empeorarlo todo, estudiaba psicología por aquel entonces, lo cual la llevaba a utilizarte como sujeto de prácticas continuamente. Visitarla era exponerse a una sesión de terapia. Te clavaba su mirada, en la que se percibía una luz maligna, sus pupilas convertidas en dos puntitos negros agazapados, y te decía: "¿Te das cuenta de que has entrado y te has sentado enseguida en la butaca? Eso significa que estás molesto por alguna cosa". No, no estaba molesto por nada, simplemente llegaba cansado por haber ido andando desde mi casa a la suya, pero pedirle que entendiera esto era imposible porque interpretaba tu respuesta como un subterfugio para ocultar la verdad (¿qué verdad?) y daba pie a una discusión enojosa e interminable. "¿Eres consciente de que sostienes el cigarrillo con la mano izquierda en vez de dejarlo en el cenicero? Esto demuestra que eres una persona muy posesiva y que no te gusta abrirte a los demás." Frases como éstas eran constantes durante cualquier conversación con ella: te analizaba cada movimiento, cada gesto, cada frase, hasta ponerte los nervios de punta. Para ella eras un sujeto con el que experimentar, y acababas midiendo tus frases y ademanes, por si acaso. (A propósito de sus estudios de psicología, existe una anécdota divertidísima, pero un tanto increíble. Es la siguiente: cuando se dedicó a buscar trabajo tras largarse por las buenas de la empresa donde trabajaba --eso de estar en una oficina chinchaba mucho su espíritu inconformista y rebelde--, miró en los anuncios de empleo del periódico y encontró uno que le pareció perfecto para ella, porque solicitaban una chica con conocimientos de psicología para relacionarse con personas. Se fue para allá y se entrevistó con la que puso el anuncio, una mujer. Me contó luego que todo le pareció "un poco extraño" y que aquella gente "no tenían ni idea de psicología", porque advirtió una serie de incongruencias en unas preguntas que les hizo respecto a qué métodos o escuela psicológica seguían. Total, que no entendió de qué iba el trabajo que ofrecían, ni ellos se lo aclararon tampoco, y se volvió intrigada y frustrada a casa para seguir buscando trabajo. Yo escuché su explicación en cortés silencio; resulta que conocía la dirección a la que me dijo había acudido, pues había estado allí semanas atrás: era un "piso de relax" donde se ofrecían "servicios sexuales de atención psicológica" o algo parecido por las señoritas de turno, es decir, prostitutas que fingían ser psicólogas: tú les contabas tu rollo psicológico, y luego, pues te las tirabas lo mismo que a cualquier otra prostituta. En realidad, aquello era una chapuza, un verdadero desastre, y auguré para mis adentros que la cosa no duraría mucho en un mundo donde suele haber tanta competencia. Y, en efecto, creo que no duró mucho. Lo que no entiendo es cómo Matilde, con su "fino olfato psicológico" no se dio cuenta de en qué consistía el trabajo en cuestión, de lo que solicitaban y esperaban de ella... Habría sido digna de ver la entrevista entre Matilde y la encargada del puterío.) Con Matilde acabé muy mal. A su regreso de una larga estancia en Estados Unidos (creo que persiguiendo a un maromo, no estoy seguro), por lo visto pasaba estrecheces económicas y esperaba que los demás lo supiéramos por mera transmisión del pensamiento sin necesidad de que nos lo dijera en voz alta. Como no era así, al cabo de varias semanas me lo soltó, enfadada por que no lo había entendido. Tras comunicarle que yo no era telépata, le prometí encontrarle un trabajo, aunque, francamente, me temía que la cosa no funcionaría a causa de aquel carácter suyo... En fin, por medio de un amigo le conseguí una prueba como traductora de inglés para un editor, y la llamé al día siguiente. La conversación transcurrió así: --Hola, Matilde. Bueno, he hablado con mi amigo, tal como te dije, y está de acuerdo. De todas maneras querrá hacerte una prueba, lo mismo que con todos, así que si te parece paso esta tarde por tu casa y te dejo unas páginas de una novela en inglés para que las traduzcas... --Ya. Oye, ¿te das cuenta de que estás a la defensiva? --¿Perdona? --Que estás a la defensiva. --¿A la defensiva de qué? No te entiendo. --Que me has llamado a la defensiva. --Perdona, te llamo normal. De hecho, estoy contento, porque espero que la cosa vaya bien, y... --Pero estás a la defensiva. --Pero, ¿a qué defensiva? No entiendo qué quieres decir con eso, la verdad. --Me has llamado de una manera que se te nota que te pones a la defensiva. --Mira, Matilde, no estoy a la defensiva de nada, no entiendo a qué viene esto. Simplemente te llamaba para lo del trabajo, tal como te prometí y... --Pero estás a la defensiva. --Mira, ¿sabes qué? Vete a hacer puñetas. Y ahí se acabó mi trato con ella para siempre. No mucho después se lo comenté a Montse, la hermana de su ex, y supe que no era yo el único a quien atormentaba con sus neuras desde su regreso de Estados Unidos, sino que lo hacía con todos, tratándoles con sadismo. Montse era en aquellos días víctima de sus insultos y descalificaciones: "Esa gorda, esa ballena, esa foca", decía Matilde cuando la mencionaba delante mío, con rabia y odio, a pesar de que la amistad entre las dos se mantuvo tras separarse de su ex. El resultado de casos como éstos y tantos otros que podría contar es que uno se queda con la sensación de ser un inútil, alguien vacío. Los problemas de los demás son importantes; los de uno mismo son banales y no merecen ni deben ser escuchados. Sin duda es así, porque ese amigo que se negaba a escucharme tras soportarle yo durante rato y rato, a veces solía apartar el auricular del teléfono mientras yo le hablaba y se ponía a escribir en el ordenador, retomando el auricular cuando calculaba que yo ya había terminado. Debía de creer que no se le notaba, pero se le notaba tanto como cuando mentía (algo que hacía con bastante frecuencia). O como el caso de otra Matilde --hay nombres para los que estoy gafado, para bien (Maria Àngels) o para mal (Matilde, Enrique)--, una mujer algo mayor que yo, separada del marido, toda ella dramas y tragedias, que me tenía horas al teléfono contándome sus desgracias. Estuvo una temporada sin llamarme, y cuando volvió a hacerlo coincidió en un día en que yo no me encontraba nada bien, me sentía medio enfermo y apenas podía hablar. Se lo dije, ella contestó "Ah, bueno" y colgó. Apenas dos minutos después, volvió a telefonear, y antes de que yo dijera nada, me soltó: "Eres un cabrón hijo de puta, que no quiere escucharme..." Colgué el teléfono, y a tomar por culo. A uno le cansa todo esto, y el resultado de ello es que desde hace tiempo he perdido prácticamente la facultad de hablar (lo que no se ejercita, se atrofia), y a las pocas frases se me cansa la voz por falta de uso. He de guardarme mis problemas, mis frustraciones, mis angustias --ya no digamos mis sentimientos--, porque nadie quiere escucharlos ni los considera importantes, pero en cambio debo soportar los de los demás, tanto si me apetece como si no, pues lo consideran una obligación por mi parte. No es un toma y daca: es un toma, solamente. Y, ya puestos, uno se cansa asimismo de ver cómo los demás hacen promesas que luego no cumplen, dan su palabra de hacer algo y nunca lo hacen, mientras que tú pasas un mal rato temiendo retrasarte un minuto en llegar a una cita, o sufres anhelando quedar bien en algo que fulano te pidió y dijiste que le harías, y deseas cumplirlo cuanto antes para satisfacerle. Así, he ido coleccionando a lo largo de mi vida situaciones semejantes: Favores que "me los harían enseguida", llamadas "que se producirán de inmediato", arreglos "que no tardarían nada", promesas de hacer tal o cual actividad "porque es muy interesante" que nunca se llevaba a cabo, avisos de algún asunto "que no se olvidarían de darme" y que sigo aguardando a día de hoy, respuestas a cualquier consulta "que enseguida te contesto" y aún estoy esperando la respuesta al cabo de varios años, citas con alguien que rehusaba venir pero luego aparecía por su cuenta calculando que yo no me iba a presentar al sitio en cuestión, salidas acordadas para un domingo por la tarde y quince minutos antes llamaban anulando el compromiso porque "ha venido una visita inesperada" o "ha venido un familiar inesperado" (y estas excusas, recibidas de tres mujeres diferentes durante los años noventa, se comprobaron falsas por parte de otras personas, inventadas para rehuir una cita a la que en realidad no se tenía ninguna intención de presentarse desde el primer momento; así pues, ¿para qué concertarla? ¿por qué el engaño?). El catálogo de cabronadas --pues no sé cómo llamarlas, si no-- que he aguantado durante aproximadamente los últimos veinticinco años de mi vida es demasiado extenso. Nadie creería ni un diez por ciento de ellas si las explicase, así que no voy a hacerlo. El resultado es mi desconfianza total y absoluta hacia los demás: no creo prácticamente en persona alguna, en esa humanidad falsa e hipócrita, y desconfío instintivamente de cualquier persona. Yo no concibo faltar a mi palabra o incumplir una promesa hecha, y sin embargo he tenido que rabiar soportando plantones, promesas no realizadas, tomaduras de pelo, palabras dadas incumplidas, encargos no cumplimentados, asuntos aún pendientes al cabo de años o de décadas, y mensajes sin contestar, entre otras cosas. Siempre --hay testigos de ello-- he jurado hacer lo mismo: engañar a los demás, incumplir mis promesas, faltar a mi palabra; es decir, ser igual que ellos. No he podido. Por lo visto, en mi "disco duro" hay algo que me lo impide: me es física y absolutamente imposible ser como el resto de la gente, me es imposible comportarme con falsedad e hipocresía, como personas cuyos nombres y apellidos me gustaría poner aquí. ¿Paranoia por mi parte? ¿Complejo de persecución? Ambas cosas son bastante ciertas, pero es evidente que mi paranoia se ha ido incrementando con los años al soportar esa clase de comportamientos; por mi parte, no he de demostrar nada que no haya demostrado ampliamente a lo largo de mi vida, tanto en el terreno laboral como en el social. Nadie puede decir que le haya fallado alguna vez o que haya incumplido ningún encargo o faltado a mi palabra. Y si eso me hace demasiado diferente, a los demás, pues mejor: al menos, en este aspecto, no tengo que avergonzarme de nada. Y a la postre, pensándolo bien, quizá sea mejor que nadie se haya tomado la molestia de escuchar nunca mis problemas ni mis preocupaciones, teniendo en cuenta lo que algunos consideraban como "problemas y putadas"... FIN. September 01 RETRATO EN NEGRO, de Michael Gordon: Crímenes pasionales(c) 2008 by J.C. Planells
|
|
|