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    April 14

    RECUERDOS OLVIDADOS

    (de la serie Relatos autobiográficos-29)
     
    (c) 2006 by J.C. Planells
     
    Presentación.
     
    El texto que sigue a esta presentación, hallado al final de un volumen donde conservo mecanografiadas mis redacciones escolares además de otros textos posteriores fechados entre 1965 y 1969, por lo visto fue un intento de "autobiografía" realmente temprano, del que sólo completé el primer capítulo y la primera página del segundo, aunque aquí los he unido: calculo que fue escrito hacia finales de 1969 o como mucho a principios de 1970, a juzgar por los nombres que se mencionan al principio y a que en un momento diga que mi edad es de 19 años. Ya aludí a este texto en "Escribiendo estupideces", y me decidí a incorporarlo a la serie tras hallarlo pues no recordaba su existencia y constituyó toda una sorpresa para mí. Algunos de los nombres mencionados en las páginas apenas los recordaba; otros aparecen en algún relato anterior de la serie --"Amor y acelgas", "El contrabandista de café"--. He suprimido bastante de los circunloquios iniciales, donde se repiten hasta la saciedad una serie de consideraciones sumamente aburridas, y corregido algún detalle de redactado. Por lo demás, está tal cual fue escrito. Es una simple curiosidad, mucho más para mí que no para el lector. La lección a extraer de él --siempre procuro que cada episodio tenga una cierta utilidad-- es cómo la memoria nos oculta el pasado y nos borra los recuerdos con el paso del tiempo: pocos detalles recuerdo de lo que en esas páginas se narraba, apenas un par de anécdotas concretas. Evidentemente, a los 19 años podía hablar de cosas tempranas, que se fueron borrando poco a poco de la memoria y que hoy ya se han olvidado. Me he permitido incluir algunas notas para comentar determinados puntos del texto.
     
     
    Autobiografía (hacia 1969-1970?)
     
        No sé cómo fue que un día, echando la vista atrás, se me ocurrió contar mi vida. Creo que es una idea que ya estaba dentro de mi cabeza hacía tiempo, sólo que, como nos pasa muchas veces, costaba darle salida. ¡Siempre he sido tan inconstante para todo lo que sea escribir!...
        Pero aquella idea, germinada como ya he dicho desde hacía tiempo, cada vez me iba presionando más, metiéndose más dentro de mi cerebro. Y como he oído decir a algunos escritores, cuando una idea nos atosiga tanto, la única solución es darle salida llevándola al papel.
        Quizá esta idea me sirva para tener un recuerdo de muchos hechos y personas de los que poco a poco me voy olvidando, y que alguna vez me honran con una visita a ese rincón de mi cerebro que se llama "recuerdos". Quizá, de esa manera, escribiéndolo todo, pueda descansar de una vez.
        ¡Cuántos nombres acuden a mi mente! Personas que estuvieron ligadas a mí durante un tiempo y que aún siguen o se fueron o desaparecieron. Agustí, Margarita, María Ángeles, Pepa Centellas, Jou, Johnny, "Peret", Giménez, Devenat, Divina, Xavi, Ana Luisa, Fermí, María Augusta, Jordi León... De todos y de muchos más hablaré... si no me canso antes. Ellos son piezas de mi vida, todos ellos son ejes de lo que es el mundo hoy día, de lo que fue y de lo que puede llegar a ser. O al menos eso creo yo.
        Siempre me he sentido más atraído por la vida de las personas corrientes, vulgares, que no por la de otras personas famosas, históricas, llenas de gloria, popularidad y hechos asombrosos. La vida de los seres pequeños, rutinarios, es tan interesante como la de ellos, aunque pueda parecer lo contrario.
        Me propongo ser, aunque quizá luego me cueste un poco cumplirlo, totalmente imparcial en lo que a mí se refiera, al igual que en los demás hechos y personas de esta historia. Quiero ver cómo van apareciendo y desapareciendo personas a quienes el destino hizo jugar grandes o pequeños papeles. Siempre he sido muy amante de las casualidades del destino. Éste sí que es un personaje curioso. Cuando se hace una lista de los seres que pueblan esta historia, debería figurar el Destino en primer lugar. Él es siempre el personaje principal, el protagonista de todos los sucesos que pueblan nuestra vida diaria, el que nos hace ir a un determinado lugar el domingo por la tarde (nota de 2006: Por ejemplo, estar a las seis y media del 27 de julio de 1990 en cierto lugar, y no en otro distinto), o cruzar una calle en el mismo momento en que lo hace otra persona, para encontrarnos con ella, o llamar a un número equivocado del teléfono, o entrar en un determinado bar, encontrando a un amigo a quien no veíamos desde hacía años...
        Supongo que fue ese Destino el que quiso que yo naciera en Barcelona y no en Londres o Estocolmo o en Kansas City, y precisamente el 10 de octubre de 1950, a las cinco de la madrugada. Y supongo que fue él quien quiso que mi padre tuviera que entrar en la habitación de la clínica para ayudarme a "salir", porque no había manera de sacarme, según me contaron. Un poco más y no llego al mundo. (nota de 2006: sinceramente, creo que eso último hubiera sido lo mejor para todos.)
        ¡Cómo ha cambiado la vida desde 1950! Claro que yo no recuerdo muchas cosas de mis primeros años. Todos mis recuerdos son confusos, hechos aislados que no ligan entre sí. Mi casa. Cuánto ha cambiado mi casa desde que yo era pequeño. No sé cuántas veces la he visto pintar de nuevo; tres o cuatro, por lo menos algunas habitaciones. Y los muebles. ¡Qué distintos! ¡Cómo han ido variando y cambiando los muebles de mi pequeño piso! El dormitorio, el comedor, son nuevos; las sillas también. Y la mesa de mi padre, que ha sido la más reciente adquisición. Y la librería. De nuestros antiguos muebles, sólo restan el armario y la cómoda, y una mesilla de noche. ¿Me dejo alguno? Bueno, hay un par de armarios que recuerdo se compraron hace años, cuando yo debia de tener unos nueve, aunque soy incapaz de precisar fechas. (nota de 2006: alucino leyendo todo esto; de verdad que alucino) Antes cocinábamos con petróleo, mediante un fogón de color azul que un día fue sustituido por un hornillo eléctrico. Recuerdo que teníamos que ir a comprar el petróleo por turnos, cada determinado periódo de semanas, no sé por qué, a un local que había en mi misma calle, llegando al mercado de San Antonio, local que hoy está cerrado, me parece, y que hacía un fuerte olor a petróleo, que a mí me encantaba. (nota de 2006: me figuro que el racionamiento de petróleo debió de durar hasta entrados los años cincuenta, a juzgar por esto que cuento)
        De pequeño guardaba mis cosas --juguetes, libros, álbumes de cromos-- en un baúl viejo que quién sabe dónde para ya. Mi diversión favorita por las noches era abrirlo y mirar su contenido, como si fuera algo emocionante. Y la verdad es que yo me emocionaba con ello. Hoy, a los 19 años, ya no tengo juguete alguno y sí muchos libros que guardo como puedo en librerías, en muebles o en maletas como último recuerdo de ese baúl que tanto me encantó.
        Un día empecé a ir al colegio, a la Academia Lope de Vega, que está en mi misma calle (nota de 2006: desapareció ya hace años). Tengo muy pocos recuerdos de mi estancia en esa academia, que fue muy corte pero no sé por qué motivos. Yo era zurdo desde pequeño y acostumbrarme a usar la mano derecha costó una barbaridad, tanto para comer como para escribir o dibujar. No sé dónde leí que todos los niños desde pequeños tienen tendencia a ser zurdos, y que se les ha de enseñar a usar la mano derecha. El maestro o maestra --no recuerdo ya lo que era-- de la Lope de Vega no quería verme hacer nada con la izquierda, y como yo no quería usar la derecha, procuraba escribir muy agachadito para que no se me viera. Pero al final acababa dándose cuenta y me reñía.
        Al entrar en clase nos obligaban a decir en la puerta: "¿Se puede?", y nos daban permiso para entrar. Pero yo no lo decía nunca porque me daba vergüenza (siempre he sido muy tímido), y procuraba entrar a escondidas casi, y que no me vieran ni siquiera mis compañeros. Luego fingía que ya llevaba rato sentado y nadie se daba cuenta de nada.
        Tras mi breve paso por la Lope de Vega, mis padres me matricularon en la Institución Cultural Lumen, en la Granvía no lejos de casa. (nota de 2006: creo que existe con otro nombre o uso) Allí estuve dos años, y mis recuerdos del Lumen son buenos. Fue donde hice mis primeras amistades, donde trabé mi primer contacto con niñas (contacto muy jocoso, como explicaré) y donde me revelé literariamente, por decirlo así (nota de 2006: En un texto fechado el 29 de octubre de 1970 se menciona de nuevo esto, pero más detalladamente. En dicho texto, escribo: "Recuerdo que lo primero que escribí fue cuando estudiaba en la Institución Cultural Lumen: una historia de vaqueros. Ya ni la recuerdo. Mis ciompañeros me pidieron que lo hiciera, y luego me obligaron --la señorita sobre todo-- a leerla en voz alta ante la clase. Y gustó mucho. A la salida la profesora se lo dijo a mi madre. Me acuerdo que incluso intentamos escenificarla . Hablaba algo de un sheriff y un rifle. Y para escenificarlo, un compañero --cualquiera recuerda cuál--, --quizás un tal Bru--, hacía de rifle. Hoy me gustaría encontrarla y leerla. Mi primer pinito literario. Entonces yo debería tener seis o siete años". Como he contado en otras ocasiones, incluida la presentación de un relato en una antología de Aroz Editor, se trataba de "El rifle del sheriff", que "reescribí" para este blog hace un año aproximadamente. Es evidente que mi recuerdo de eso a los 19 años es mejor que el actual).
        La señorita Julia fue mi primera maestra. Con ella estuve por espacio de un año, creo. Era una señorita muy buena, nos quería a todos mucho y sabía cómo tratarnos. Sabía ser eso que luego ya no vi nunca más: ser severa y hacerse querer a un tiempo. Era una mujer delgada, de mediana estatura, cabello gris siempre ondulado, mejillas estrechas, gafas de concha y un sempiterno vestido gris. Su voz, como todo el resto de su figura, era grave, grave y melodiosa.
        ¿Qué será de ella hoy día? Eso es algo que me voy a preguntar muchas veces a lo largo de esta historia con diversos personajes que irán apareciendo --anecdóticos o protagonistas--. ¿Qué será hoy de ellos? ¿Qué será de mi buena señorita Julia, con sus gafas de concha y su aire severo y maternal --profundamenbte maternal--, a la vez? Debía de tener por entonces unos cuarenta y pico años de edad, según mis recuerdos. De todas formas, no creo que esté aún dando clase en el Lumen.
        Con la señorita Julia aprendí a leer, o, si que es antes ya sabía leer, me perfeccioné en ello. Hice cuentas, dibujé, escribí... Nuestras mesas eran muy pequeñas y nos sentábamos tres o cuatro por mesa. Eran cuadradas y debían de hacer un metro de lado, creo. A uno de mis compañeros de mesa lo recuerdo muy bien; se llamaba Villallonga y su padre era médico. Luego vino conmigo a estudiar también en los Salesianos. Había también un tal Olivé a quien recuerdo porque un día que era fiesta en el colegio, ni él ni yo lo sabíamos y fuimos a la escuela. Como había venido uno de los profesores, nos pasamos la mañana haciendo dibujos y tonterías en la pizarra, hasta que vinieron nuestras madres a recogernos como de costumbre.
        Otro de mis compañeros era José Lacasa Lacuerda --el nombre no es broma--, quien después fue también conmigo a los Salesianos, y cuya madre era amiga de la mía. Lacasa era un poco retrasado mental. De pequeño había tenido una enfermedad, no recuerdo cuál, pero sé que era una enfermedad corriente en críos pequeños, que le dejó con el cerebro un poco anormal. Era un chico gordito, de cabello siempre peinado hacia atrás y cara redonda, sonrisa tonta y voz muy ronca. Fue mi primer amigo, junto con Vilallonga, aunque la suya duró más por la amistad de nuestras madres.
        Un día, no hace mucho, hablando con Agustí (nota de 2006: véase "Amor y acelgas" y "El contrabandista de café", donde aparece este personaje también), y evocando viejos tiempos de estudiantes, me dijo que Lacasa se había hecho seminarista. La noticia me dejó parado. Le pregunté si aún seguía siendo un tanto retrasado, y me dijo que por lo que él sabía, no. Yo, desde luego, no lo volví a ver más desde dos años después --dos o tres--, de nuestra entrada en los Salesianos. A su madre sí; la vi hace cuatro meses, precisamente en donde trabajo, comprando en la tienda. Pero no nos saludamos. Seguramente, ni se acuerda de mí. O, en todo caso, no me reconoció. (nota de 2006: yo de verdad que alucino leyendo estas cosas que había olvidado por completo)
        De las niñas, recuerdo especialmente --y únicamente-- a una tal Corbella, pues con ella tuve mi "primera aventura femenina", si se me permite llamarlo así, un poco en broma. No sé su nombre de pila, o si era Ana María o Montserrat, no lo puedo asegurar. Era una chica morena, con trenzas, muy simpática de cara y creo que todos los del colegio --¡pensar que sólo teníamos siete u ocho años!-- estábamos enamorados de ella (?).
        A mí desde luego me hacía tilín. Tanto, que un día, a la hora del recreo, me fui a jugar con ella y con las otras niñas en vez de quedarme con los chicos. No sé qué demonios hacíamos, nunca lo he podido recordar, pero sé que estábamos en los roperos, y oímos que la profesora se acercaba; inmediatamente, para que no me viera, pues me la habría cargado, Corbella y yo nos escondimos en el armario, cerrando la puerta. Lo que no puedo explicar es por qué ella se escondió conmigo, no tengo ni la menor idea, pero tengo la impresión de que sabía que me gustaba. (nota de 2006: esta anécdota no la he olvidado nunca, desde luego, pero leerla ha hecho que me parta de risa de nuevo. Eso es avanzarse en el tiempo: ¡encerrarse en el armario con una niña a los ocho años o así! ¡¡Corbella, dónde estáaaaaaaaaas!!)
        Naturalmente, la profesora nos pescó y me gané una zurra, a costa de las risas de las demás niñas. En fin, creo que de esta escaramuza nació la timidez que siempre he sentido hacia el elemento femenino, y de la que incluso aún hoy me quedan algunos resabios. (nota de 2006: esto ya es trabajo para una psicóloga, vamos. En todo caso, mi siguiente anécdota con elementos femeninos ocurrió hacia 1965, con otra compañera de estudios, y no fue nada agradable y sí ocasionó un lamentable y bochornoso incidente en la clase; la causa: mi timidez. Por lo visto, el castigo por meterme en un armario con una niña debió ocasionar una bronca de aúpa que aún no he superado, porque vamos, apuntar arriba, se nota que apuntaba...Ah, por cierto,  la profesora del broncazo no fue la señorita Julia, sino la profesora de las niñas)
        Un día, la señorita Julia me llamó ante todos y me dijo que puesto que iba muy bien, podía pasar ya a la segunda clase, es decir, que subía un curso, por decirlo así. Tendría otra profesora. Así pues, tomé mis libros para marcharme a la otra clase. Al despedirme de la señorita Julia, le di un beso y me emocioné un poco. Con razón, pues ya no la volví a ver más. Al cerrar la puerta de la clase, la oí decir:
        --Tomad todos ejemplo de este niño. Ya veis cómo por ser un buen alumno...
        No oí el final de la frase.
        Mi nueva profesora era más joven, no debía de llegar a los treinta años; unos veinticinco o veintitrés. No recuerdo su nombre, si es que lo oí alguna vez. Era una chica alta, morena , de ojos negros y cabello con bucles. Era un poco descuidada y en general, por lo que recuerdo de ella, un poco cabra loca. No se la podía comparar ni de lejos con la señorita Julia. Toda la disciplina que aprendí con mi anterior maestra, la perdí con la nueva.
        La clase era más pequeña y los bancos distintos, pues eran ya individuales. A pesar de eso había más jolgorio que en la otra clase. Y desde luego, nadie demostraba tenerle un gran aprecio a la maestra.
        Fue en aquella clase y con aquella profesora cuando tuve un accidente que pudo ser muy grave. Fue una mañana, a la hora del recreo. Estábamos jugando todos los chicos a hacer el elefante en cadena... no, perdón, era el tren a lo que jugábamos. Con el elefante no había quien se hiciera daño. Estábamos todos los chicos jugando al tren, como digo, en fila india, cada uno agarrado a la bata del anterior, y poco a poco íbamos más deprisa.
        Yo iba el último de todos, y no sé cómo fue que me solté o se me escapó mi compañero, el caso es que salí disparado hacia el canto de una mesa, dándome con él sobre el ojo izquierdo, justo en la ceja.
        Me puse a llorar, pues me dolía enormemente. El ojo, la ceja, empezaron a hinchárseme rápidamente, de tal manera que me impedía la visión. Acudió la profesora y al verme me sacó de la clase. Me hizo lo que podría calificarse de "cura de urgencia", que consistió en atarme una moneda de diez céntimos con un pañuelo encima del ojo, para detener o reducir la hinchazón. A fin de que estuviera entretenido y cesara con mis lloros, sacó de no sé dónde recortes de películas, de aquellos que se coleccionan, y un anteojo para mirarlas. (nota de 2006: probablemente haya quien no sepa qué es esto: cuando yo era niño, en el mercado dominical de San Antonio había algún puesto donde se vendían sobrecitos con fotogramas sueltos de películas, bien de dibujos animados de Tom y Jerry, o bien de películas en color del oeste, acción, aventuras o drama, o incluso en un sobre mezclados de varios temas. Vendían también un pequeño visor de plástico para verlos, y era algo muy popular entre los niños. Pero desapareció muy pronto este tipo de colección) Yo, poco a poco, distraído con aquello, fui dejando de llorar y olvidándome del daño.
     
    FIN.
     
     
     

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