<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><?xml-stylesheet type='text/xsl' href='http://pfjcplanells3.spaces.live.com/mmm2008-05-17_13.22/rsspretty.aspx?rssquery=en-US;http%3a%2f%2fpfjcplanells3.spaces.live.com%2fcategory%2fMemorias%2ffeed.rss' version='1.0'?><rss version="2.0" xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/" xmlns:msn="http://schemas.microsoft.com/msn/spaces/2005/rss" xmlns:live="http://schemas.microsoft.com/live/spaces/2006/rss" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:cf="http://www.microsoft.com/schemas/rss/core/2005" xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"><channel><title>planells fact&amp;fiction: Memorias</title><description /><link>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/?_c11_BlogPart_BlogPart=blogview&amp;_c=BlogPart&amp;partqs=catMemorias</link><language>en-US</language><pubDate>Wed, 23 Jul 2008 09:02:38 GMT</pubDate><lastBuildDate>Wed, 23 Jul 2008 09:02:38 GMT</lastBuildDate><generator>Microsoft Spaces v1.1</generator><docs>http://www.rssboard.org/rss-specification</docs><ttl>60</ttl><cf:parentRSS>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/blog/feed.rss</cf:parentRSS><live:type>blogcategory</live:type><live:identity><live:id>2620027194897443681</live:id><live:alias>pfjcplanells3</live:alias></live:identity><cf:listinfo><cf:group ns="http://schemas.microsoft.com/live/spaces/2006/rss" element="typelabel" label="Type" /><cf:group ns="http://schemas.microsoft.com/live/spaces/2006/rss" element="tag" label="Tag" /><cf:group element="category" label="Category" /><cf:sort element="pubDate" label="Date" data-type="date" default="true" /><cf:sort element="title" label="Title" data-type="string" /><cf:sort ns="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/" element="comments" label="Comments" data-type="number" /></cf:listinfo><item><title>FISTROS COLECCIONISTAS DE LA PRADERA</title><link>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1243.entry</link><description>(&lt;font size=2&gt;serie: &lt;strong&gt;Relatos autobiográficos - 31&lt;/strong&gt;)&lt;br&gt; &lt;br&gt;(c) 2008 by J.C. Planells&lt;br&gt; &lt;br&gt; &lt;br&gt;    Como tantas otras personas, yo también hice colecciones de esto y de aquello, más o menos desde mi niñez, si bien con el paso de los años he acabado por no encontrarle ya sentido a ello. Exactamente, ¿qué finalidad tiene? ¿El propio placer, es decir, un sentido lúdico? Actualmente, ya no colecciono prácticamente nada, y he acabado deshaciéndome de la mayoría, si no todas, de mis colecciones. &lt;br&gt;    La parte más incómoda de una colección (se trate de lo que se trate) es: ¿dónde meterlo? Mi padre me habló de un amigo suyo, llamado Solé --que un día descubrí había sido su padrino de boda--, gran aficionado a los libros, y que acabó haciendo algo realmente curioso: les puso un piso a los libros. Sí, curioso, digo, porque lo nomal es que los señores les pongan un piso a las señoras, a las amantes, a las mantenidas. El señor Solé, al parecer, era culto y serio, y le puso un piso a los libros. Pero dudo que haya muchos coleccionistas que estén como para ponerles un piso a sus colecciones. Hablando de amantes y señoras, ocurre también que muchos coleccionistas, al llegar a la edad de casarse, se ven obligados a deshacerse de su colección por imperativo de la futura esposa. Conocí uno de estos casos, un chico que coleccionaba novelas de ciencia ficción --si quieren, puedo dar su nombre, aprovechando que aún lo recuerdo, porque bastantes años después apareció en ciertas tertulias de aficionados, lo que me hizo pensar si se habría divorciado-- y a quien su novia le obligó a venderse todas las novelas que tenía: o ella o los libros, le dijo. Él obedeció sin rechistar y se vendió los libros. Algunos de ellos se los compré yo. Al explicarle este caso a un librero, me dijo, sorprendido: &amp;quot;Pues se habrá casado con la Marilyn Monroe, porque si no...&amp;quot;. &lt;br&gt;    De todas maneras, hay algo aún más enojoso que el dónde guardarlo o el deshacerse por imperativo femenino: es el soportar a los vendedores. Porque, naturalmente, las colecciones deben hacerse, en la mayoría de los casos (no en todos, pero sí en la mayoría) acudiendo a comprar las piezas u objetos a un vendedor. Suele pasar con los libros, los cómics o tebeos, los folletos de cine, las postales, las revistas especializadas o sin especializar, los juguetes, las figuritas, las muñecas y un inmenso etcétera. (Dejemos aparte el mundo de compra por internet, que no se había &amp;quot;inventado&amp;quot; cuando yo era joven, y que da pie a no pocas estafas.) Para muchas de mis colecciones tuve que recorrer tiendas, comercios, puestos de mercados, de primera o de segunda mano, etc. Y la verdad sea dicha, es que la mayoría de estos lugares convertían en aborrecible el coleccionismo las más de las veces. En algunos capítulos de &amp;quot;Crónicas de la ciencia ficción en España&amp;quot; ya conté algo a propósito de esto, principalmente referido al mercado dominical de Sant Antoni y ciertos elementos que lo invadieron a principios de los años ochenta. Pero, lógicamente, esto es ampliable. Desde niño, desde que empecé a ir a ese mercado dominical para mis primeras colecciones de todo tipo, y a medida que fui creciendo, conocí a diversos coleccionistas, y lo cierto es que bastantes de ellos eran la gente más tarada con que me he cruzado en la vida (y mira que me he cruzado con tarados en todos los ámbitos...). Un encuentro allí entre varios coleccionistas de la especialidad que fuese parecía una pelea de gallos o un concurso de a ver quién la tiene más larga. Estaban los veteranos, que lo sabían todo y menospreciaban lo que les faltase como miserable e indigno de formar parte de su colección; estaban los que empezaban, un poco a la aventura, y a quienes los veteranos asesoraban con magnanimidad; estaban los &amp;quot;especialistas&amp;quot;, como uno al que llamaban &amp;quot;Sarito&amp;quot; porque sólo coleccionaba lo relacionado con Sara Montiel; incluso tenía un pisito dedicado a ella en una calle cercana al mercado (mira, uno que sí puso piso a su colección/ídolo; en cierta ocasión nos llevó a verlo a mí y a Jordi Albert, otro coleccionista de folletos de cine, e impresionaba bastante ver tanta &amp;quot;saritez&amp;quot; por las paredes, los muebles, las estanterías...); estaban, claro, los que se consideraban con derecho a pernada en los puestos o tiendas, apartando a empujones al resto de la gente o de coleccionistas, sin miramiento alguno. Los veteranos tenían su técnica respecto a coleccionar folletos de cine. Uno de ellos, un verdadero plasta, incluso explicaba cómo se debían mirar los fajos en el puesto del mercado: pasándolos entre los dedos a velocidad supersónica, porque el perfecto coleccionista los identificaba con el tacto. Eso me dio pie a escribir &amp;quot;in mente&amp;quot; el &lt;em&gt;Manual del perfecto coleccionista&lt;/em&gt;, donde se dan las reglas a seguir por el susodicho perfecto coleccionista, que consisten, entre otras cosas, en tenerlo todo, absolutamente todo, de la especialidad elegida, sin desdeñar nada con excusa alguna (pues el coleccionista imperfecto siempre tiene excusas idiotas para saltarse alguna pieza, y eso es inaceptable: si le gusta un autor de novelas, su obligación es tenerlo TODO de ese autor: ediciones en rústica, en tela, del Círculo de Lectores, con la tapa de un color, con la tapa de otro color, reediciones en cualquier editorial... Y de hecho, sí existen tales coleccionistas completistas: ellos son los que rozan la perfección coleccionera). Otras de las reglas de ese Manual que escribí mentalmente eran: pasar por encima del cadáver de otro coleccionista, si preciso fuera, para hacerse con la pieza faltante deseada; leer las esquelas de los periódicos para saber si se había muerto un coleccionista e ir corriendo a adquirir sus piezas; visitar semanalmente todos y cada uno de los comercios dedicados a su especialidad; visitar mensualmente los de otras ciudades; registrar a las visitas al despedirlas en casa, para asegurarse de que no se llevaban alguna pieza oculta en la ropa; no prestar las piezas ni a su madre; dedicar un par de tardes a la semana a admirar la colección en silencio y a media luz; llevar encima siempre listas de lo que falta (si se sabe, pues algunas colecciones son imposibles en este sentido); hablar mal de la colección de otro --y del mismo otro, por si acaso--; y algunas más que no recuerdo (ni falta que hace).&lt;br&gt;    Si los coleccionistas llegaban a hacerse insoportables, los vendedores los superaban sin dificultad alguna. Un muy conocido coleccionista de cromos de Barcelona, veterano del mercado de Sant Antoni, le dijo hace bastantes décadas a mi padre un domingo en que coincidieron: &amp;quot;¿Ves a ese de allí? --y señaló una de las paradas--. Pues si ése es burro, el de al lado aún lo es más&amp;quot;. Parece una crueldad, pero tras acudir cada domingo a ese mercado desde mi niñez, y ver los puestos cambiando de dueños, apareciendo y desapareciendo, eso es lo único que permanece inmutable en el devenir del tiempo: si el de un puesto es burro, el de al lado aún lo supera. Parece haber poca gente que pueda calificarse de normal en él; ahora mismo, se me ocurren apenas cuatro o cinco personas. Hay incluso puestos en que lo mejor es pasar de largo, tengan lo que tengan, tan impresentables resultan sus responsables. Una amiga que tiene una librería de coleccionismo y bibliofilia en Barcelona, me contó que cuando se decidió a poner una parada dominical en Sant Antoni, le pidieron avales. Bien, es algo normal. Su marido, que trabaja en una caja de ahorros, llevaba en horas libres la contabilidad del administrador del mercado, así que pensó no habría dificultad alguna. Pues la hubo. Resulta que si alguien se opone, te deniegan el puesto, y mi amiga se encontró con que el propio administrador y un librero al que conocía desde los tiempos que tuvo una parada detrás de la Universidad Central, se opusieron a su petición. Estupefacto, el marido le requirió explicaciones al administrador, que para eso le llevaba la contabilidad. Abochornado, el hombre confesó que había sido presionado por ciertos individuos para que le negara la solicitud, lo mismo que el librero que también se opuso. Finalmente, se lo concedieron un año más tarde. Dicho sea de paso, sé que quien presionó al administrador y al librero para que se negaran fue El Buitre, siniestro personaje de quien ya hablé largo y tendido en aquella otra serie, y que intrigaba para poner en aquel entonces su propia parada de bibliofilia y consideraba a mi amiga una competidora (idiotez total: la parada de mi amiga vende cómics y novelas baratas y en nada se parece a su librería).&lt;br&gt;    Luego tenemos la mala educación, la grosería con que la mayoría de paradistas atienden al personal (&amp;quot;El personal es muy animal&amp;quot;, como decía el chorizo de Ángel Orpí). Es evidente que hay no pocos clientes molestos entre tanta gente que acude cada domingo, y una abundancia notable de mangantes, que roban género a la que pueden, o las carteras del bolsillo de los curiosos, así como de tocadores de traseros femeninos, que no respetan la edad de la fémina en cuestión, según me explicó hace poco la hija de un antiguo compañero de trabajo, que de niña acompañaba a su padre al mercado y acababa más tocada que el himno nacional cuando aparece el rey. Pero los paradistas no discriminan: algunos de ellos, si miras el género expuesto, las revistas, los libros, lo que sea, y lo tocas, te chillan que no toques nada y se ponen a reordenar lo que en realidad tú no has desordenado. ¿Cómo esperan vender? (A uno que en cierta ocasión me chilló como un desaforado cuando me vio consultando números antiguos de &lt;em&gt;Historia y vida, &lt;/em&gt;le dije: &amp;quot;Perdone, me había creído que estaban a la venta. No sabía que sólo estaban para hacer bonito&amp;quot;. Aún se puso más furioso: &amp;quot;¿Cómo que para hacer bonito? ¡Será idiota! ¡A ver si se cree que las revistas las pongo para adornar la parada!&amp;quot;. ¿Captan la submentalidad de esa gente?) Muchos no saben lo que tienen ni entienden de lo que venden: no tienen ni puta idea (a uno que tenía libros medianamente buenos, un cliente le preguntó si tenía títulos de Terenci Moix, y el paradista le contestó: &amp;quot;¿Eso qué es?&amp;quot;). Y ya no digamos si alguien les lleva género para vender. He visto a paradistas rechazar muy buenos libros (Kafka, Faulkner, Proust..., en ediciones a veces agotadas) porque les parecían vulgaridades y en cambio comprar luego mierdas impresentables a otro &lt;/font&gt;&lt;font size=2&gt;&lt;em&gt;(El arte de fumar en pipa, Aprenda inglés en diez días...). &lt;br&gt;&lt;/em&gt;    En las tiendas dedicadas a coleccionismo, especializadas en una u otra cosa, el asunto no es que vaya mejor. Lo cierto es que muchas de ellas han desaparecido con el tiempo y la llegada de internet. Por ejemplo, casi todas las dedicadas a cine, de las que en Barcelona hubo no pocas. Algunas de ellas escondían género y lo enseñaban sólo a los &amp;quot;amigos&amp;quot;. Recuerdo que Jordi Albert se ponía negro por el trato de que le hacía objeto el librero S, negándose a enseñarle ciertos programas o &lt;em&gt;press books&lt;/em&gt; de sus actores favoritos, simplemente para enseñarlos a los &amp;quot;amigos&amp;quot;, que encima eran los únicos autorizados a visitar el misterioso sótano de su tienda, donde según la leyenda había maravillas sin cuento vistas por sólo una docena de privilegiados. Lo cierto es que S tenía mala política: te &amp;quot;obligaba&amp;quot; a que fueras su cliente para determinados libros o revistas, y si se enteraba de que comprabas alguno de ellos en un kiosko o en otra librería, te montaba un escándalo a gritos en su parada del mercado dominical de Sant Antoni, delante de todo el mundo, llamándote judas, traidor y sinvergüenza (es el primer caso de &amp;quot;vena Patiño&amp;quot; registrado). A mí me lo hizo una vez, y dejé de ir por su tienda durante casi una década o más. No fui el único: otras personas se me quejaron más tarde de lo mismo, de la cerrazón de S y de su manía de que le compraras &amp;quot;en exclusiva&amp;quot; a él y de enseñarte sólo lo que le daba la gana y esconder el resto y de echarles broncas cuando le daba la neura. Cierto: S se benefició durante mucho tiempo de ser el único en tener una tienda especializada en cine en Barcelona, y a la que se abrieron otras, el coleccionista y el aficionado tuvieron más lugares donde buscar; eso a él le reventaba y su manera de solucionarlo era abroncar a los clientes si se enteraba de que iban a otro sitio. &lt;br&gt;    Lorenzo de Arabia, del que he hablado en otros capítulos, decía que la suya era la primera tienda especializada en cine en Barcelona. Mentira cochina, porque para empezar no era ninguna tienda de cine: era un infecto cuchitril donde vendía artículos de papelería y escritorio, además de algunas novelas policiacas y de otra clase, postales de chicas en bikini y más adelante fotos y revistas de cine y libros también de cine y de rock. Como ya comenté, las revistas de cine las &amp;quot;fabricaba&amp;quot; él mismo: compraba en Sant Antoni números antiguos de &lt;em&gt;Fotogramas,&lt;/em&gt; les quitaba las páginas donde había fotos de actores buscados por algunos de sus clientes, y luego recortaba y pegaba esas fotos en cartulinas para venderlas como &amp;quot;creaciones originales&amp;quot;. Los restos de esas revistas los unía con celo de cualquier manera, formando así una &amp;quot;revista&amp;quot; con los retales de dos o tres, y las vendía tan tranquilamente. Así, hay coleccionistas de &lt;em&gt;Fotogramas&lt;/em&gt; que tienen números compuestos con dos o tres de fechas (¡y años!) distintas como si fueran un único número, y no lo saben (y no será porque no se notase...). A mí esto me indignaba, y se lo echaba en cara cuando lo veía &amp;quot;fabricar&amp;quot; números de &lt;em&gt;Fotogramas&lt;/em&gt;. Él me replicaba, tan feliz, que al fin y al cabo sus clientes eran unos burros que no se daban cuenta de nada. Además de esto, tambien se dedicaba a &amp;quot;perfeccionar y retocar&amp;quot; a veces portadas de libros y revistas, pintándolas con rotuladores de colores si le parecían desteñidas o avejentadas. Puede que el caso de Lorenzo de Arabia parezca algo extremo, pero cada vendedor de coleccionismo tiene sus taras.&lt;br&gt;    En Masnou vivió un tal Roca que trabajaba en un archivo cinematográfico que existió en Barcelona, creo que en la calle Lauria, ya desaparecido hace muchos años. El tal Roca estaba casi siempre solo en el archivo, pues su jefe, un tal Soler o Solé, muchas veces se ausentaba, así que se dedicaba a mangar del archivo cuanto le venía en gana para venderlo por correo a coleccionistas con los que contactaba a través de anuncios en revistas de cine. Naturalmente, el director del archivo, el tal Solé o Soler, un hombre muy agradable, gran persona, acabó dándose cuenta de la chorizada que le había hecho y lo echó a la calle. Es un caso similar al de la secretaria que tuvo Ediciones Dronte en sus últimos años, que se vendió a escondidas las colecciones de novelas de los dueños de la editorial a ese dúo de sinvergüenzas que eran R y el capitán Malacara en sus primeros tiempos, y cuando la pillaron (porque las estanterías estaban ya casi vacías), la echaron a la calle. En cierta prestigiosa editorial de Barcelona hubo en tiempos una empleada que vendía bajo mano colecciones de novelas que se guardaban bajo llave en los archivos porque hacía años que estaban agotadas (yo fui uno de los compradores).&lt;br&gt;    Los coleccionistas son gente muy maniática, casi paranoica. Lo de registrar a las visitas al marcharse, no fuera a ser que se llevaran una novela suya en el bolsillo &amp;quot;por equivocación&amp;quot;, lo hacía uno cuyo nombre he olvidado (o creo que lo he olvidado, vamos: se lo oí contar al propio interesado en una Hispacón hace muchos años). El Buitre, en sus primeros tiempos, llegaba a las paradas dominicales de Sant Antoni o a las del Mercado de Les Glories entre semana, y apartaba a empujones sin miramiento alguno a cualquiera para chafardear los libros que había a la venta. Tal como conté en un capítulo de &amp;quot;Crónicas de la ciencia ficción en España&amp;quot;, la cosa acabó cuando en Les Glories otro cliente le soltó unas buenas hostias en la cara después de que El Buitre le echara a empujones. (El Buitre fue el inventor de una cretinez suprema, en la que yo caí de morros por imbécil: me dijo que limpiaba con un paño mojado en lejía la cubierta de viejos números de &lt;em&gt;Más Allá&lt;/em&gt;, la revista argentina de los años cincuenta, para que le quedaran como nuevas. Lo hice y... Bien, ya se pueden figurar el resultado.)&lt;br&gt;    Hago esfuerzos por recordar algún coleccionista --de la especialidad que sea-- medianamente normal, para ofrecer buena imagen de ese colectivo humano. Pero la verdad es que no lo consigo. Los habrá, sin duda (?), pero me temo que no he conocido ninguno. ¿Los de libros, pensará alguien? ¿Quizá ese señor Solé que conoció mi padre? Pues, por lo que me cuentan a veces algunos libreros especializados, ni siquiera los aficionados a los libros se salvan de la quema. Y puesto que los primeros que me vienen a la memoria son El Buitre, R y el Capitán Malacara, el Pecho Caído y demás fauna de Sant Antoni, desisto de hacer más esfuerzos de memoria. Y no es que las cosas mejoren en el campo de los coleccionistas de cine: los que frecuentaban el cuchitril de Lorenzo de Arabia o la trapería de Ángel en la calle del Carme (ése que al cabo de un tiempo se hizo travesti, como expliqué en un capítulo anterior) eran también un montón de friquis, con sus neuras: había uno que se negaba a ver películas de Elizabeth Taylor, porque le caía antipática, y sólo aceptaba ver &lt;em&gt;Gigante&lt;/em&gt; porque salía James Dean; eso me recuerda que el hijo de S --que echaba a los clientes broncas aún más monumentales que su padre-- declaraba en voz bien alta que él no iba a ver películas distribuidas por C.B. Films por la misma razón que uno del Barça no va al campo del Español. (Para quienes no lo sepan o lo hayan olvidado, C.B. Films fue una de las principales distribuidoras cinematográficas españolas durante los años sesenta y setenta, principalmente, y entre sus películas se contaba lo producido por United Artists en Estados Unidos y no poco cine español y europeo.) Como se puede, comprobar el nivel de razonamiento entre esta gente era de encefalograma plano. Lorenzo de Arabia, por su parte, no soportaba películas de &amp;quot;disfrazados&amp;quot; (?), y chillaba como una loca ante fotos de William Holden en un western, o de Victor Mature en un peplum, o de Robert Taylor en una de época histórica. &amp;quot;Los disfrazados, los disfrazados --chillaba--, las de los disfrazados las estrenan todas, pero las otras no.&amp;quot; Tenía un cliente (me parece que era el que él apodaba &amp;quot;&lt;em&gt;la señora&lt;/em&gt; Fabré&amp;quot;) que sólo quería fotos o postales de actores o actrices en color, y al verlas comentaba admirado: &lt;em&gt;&amp;quot;Quíns colors, senyor Llorens, quíns colors&lt;/em&gt;!&amp;quot; (&amp;quot;¡Qué colores, señor Llorens, qué colores!&amp;quot;). El gracioso de Lorenzo de Arabia, a la que se iba el cliente, parodiaba la frase como &lt;em&gt;&amp;quot;Quíns collons, senyor Llorens, quíns collons!&amp;quot;.&lt;/em&gt; (Como me figuro que todo el mundo entiende el significado, y si no, se sobreentiende, me ahorro el traducirlo...). Las cosas no mejoraban mucho en el correo de intercambio con coleccionistas: hubo uno, en Palma de Mallorca, cuyo nombre he olvidado y no tengo ganas de buscarlo, que remitía unas cartas con las que se podría montar una buena exposición de arte camp, rústico, primitivo, op, neo pop o sencillamente cutre: escritas con bolígrafos de diversos colores, alternando mayúsculas con minúsculas, pegando recortes de periódico, incluyendo horribles dibujos y frases publicitarias de &amp;quot;creación&amp;quot; propia, abundantes en faltas de ortografía y con un redactado demencial, eran la pesadilla/cachondeo de todos cuantos las recibían, y exigían largas horas de lectura y descifrado, como si de mensajes secretos se tratase.&lt;br&gt;     A la postre, uno se pregunta el sentido de cualquier colección, sea de sellos o de cuadros (mundo este último, el de los cuadros, en donde el nivel de chorizos y caraduras, de sinvergüenzas y estafadores, es realmente impresionante: desisto de contar casos vividos personalmente porque nadie se los creería), de libros o de cómics de aventuras, de postales o cajas de cerillas. Una vez muertos, no nos los vamos a llevar a ninguna parte, y los herederos se lo pulirán al trapero por cuatro cuartos. O, como le pasó a la hermana de mi madre (me niego a llamarla mi tía), que coleccionaba sellos junto con su marido y al enviudar se decidió a venderlos: pues resultó que no le dieron ni para pipas. De hecho, muchos compradores de colecciones u objetos de segunda mano, sean de lo que sean, casi te exigen que les des tú dinero a ellos para que se lo queden. No importa si lo que les vendes es (por decir algo) el manuscrito original del Quijote: para esos pazguatos se trata simplemente de un montón de papeles sin valor, y, dicen, &amp;quot;como nadie lee&amp;quot;, no sirve para nada. &lt;br&gt;    Yo no sé lo que uno trata de suplir con una colección. Qué carencias trata de llenar. Tiene un cierto sentido cuando se es un crío y uno se pone a coleccionar cromos de futbolistas, por ejemplo. Pero no sé qué sentido tiene que señores con bigote y barriga cervecera coleccionen vitolas de puros o soldaditos de plomo. Me figuro que en estos casos se busca algo concreto, algo que falta en la vida. ¿El qué?&lt;br&gt;    Probablemente, la única colección bonita de verdad que se me ocurre, y que me hubiera gustado mucho hacer, pero nunca la hice porque soy un señor muy serio y no me queda tiempo para tonterías, es coleccionar chicas, preferentemente cantantes y actrices. Como, por otra parte, no parece que las interesadas se dejen &amp;quot;coleccionar&amp;quot;, me he tenido que conformar escribiendo a ratos perdidos la serie &amp;quot;Galería de mujeres&amp;quot; para este blog, y metiendo en ella a bastantes de mis ídolos --reconozco que a veces un poco con calzador--, pero siempre justificando su presencia y alabando y ensalzando sus virtudes. Y cuando veo que a alguna de ellas ni con calzador es posible ponerla, entonces le escribo un artículo aparte, con cualquier excusa, como uno que tengo preparado para más adelante sobre cierta actriz italiana de la que no sé nada. Mi noble aspiración es que alguna de las interesadas --de las que aún están vivas y, ejem, buenorras-- tenga el detalle de invitarme a cenar algún día en agradecimiento a mis esfuerzos y desvelos (podría dar mis prefencias, tres en concreto, pero me da vergüenza). No por la cena, pues yo me conformo con un bocadillo de mortadela (ventajas de alimentarse espiritualmente, como le dije a una ex novia que, en castigo, me dejaba sin cena) sino para comprobar si cierta leyenda urbana que circula sobre lo que sucede &lt;em&gt;después &lt;/em&gt;de la cena es cierta o no.&lt;br&gt; &lt;br&gt;FIN.&lt;br&gt; &lt;br&gt;&lt;br&gt;&lt;/font&gt;&lt;img src="http://c.services.spaces.live.com/CollectionWebService/c.gif?cid=2620027194897443681&amp;page=RSS%3a+FISTROS+COLECCIONISTAS+DE+LA+PRADERA&amp;referrer=" width="1px" height="1px" border="0" alt=""&gt;&lt;img style="position:absolute" alt="" width="0px" height="0px" src="http://c.live.com/c.gif?NC=31263&amp;amp;NA=1149&amp;amp;PI=73329&amp;amp;RF=&amp;amp;DI=3919&amp;amp;PS=85545&amp;amp;TP=pfjcplanells3.spaces.live.com&amp;amp;GT1=pfjcplanells3"&gt;</description><comments>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1243.entry#comment</comments><guid isPermaLink="true">http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1243.entry</guid><pubDate>Sat, 14 Jun 2008 09:38:50 GMT</pubDate><slash:comments>1</slash:comments><msn:type>blogentry</msn:type><live:type>blogentry</live:type><live:typelabel>Blog entry</live:typelabel><wfw:commentRss>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1243/comments/feed.rss</wfw:commentRss><wfw:comment>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1243.entry#comment</wfw:comment><dcterms:modified>2008-06-14T09:38:50Z</dcterms:modified></item><item><title>LOS ESTRAGOS DEL TIEMPO</title><link>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1165.entry</link><description>&lt;p&gt;&lt;font size=2&gt;(serie &lt;strong&gt;Relatos autobiográficos - 30&lt;/strong&gt;)&lt;br&gt; &lt;br&gt;(c) 2008 by J.C. Planells&lt;br&gt; &lt;br&gt; &lt;br&gt;    Finales de febrero de 2008. Me dirijo a las diez y cuarto de la mañana al cibercafé donde suelo escribir mis insensateces, y al ir a entrar, apresurado, me cruzo con C, que salía de él, pero mi cerebro no registra el encuentro de manera consciente, sino inconsciente. Oigo pronunciar mi nombre cuando ya estoy dentro y me vuelvo: allí está. Justo se iba al aeropuerto para tomar el avión hacia su país, y había pasado un momento para enviar un e-mail a su familia. &amp;quot;Un mes y medio en casa de mi madre, para reponerme&amp;quot;, me dice. Arrastraba una maleta enorme, y me contó que le habían robado dos cámaras de fotos y un ordenador portátil durante las apenas tres semanas que ha estado en Barcelona (nada nuevo: siempre le robaban algo cuando venía estos últimos años; sin contar con que su propia vida fue lo primero que se dejó robar). Yo sabía que estaba en Barcelona, ya que me había telefoneado al poco de llegar para que lo supiera y por si nos veíamos; no nos habíamos visto: mi capacidad de aguante y mi paciencia respecto a C habían llegado al límite hacía algún tiempo (y no voy a decir que por culpa de C exclusivamente). Me figuraba que durante su estancia acudiría a ese mismo cibercafé alguna vez, porque un año o dos atrás habíamos ido juntos un par de veces, en otro de sus pasos por Barcelona; sin embargo, en estas tres semanas no nos habíamos cruzado ni por casualidad. Me cuenta, ahí, de pie en la calle y sujetando la maleta, que además de una bronquitis enorme tiene una enfermedad grave de los pulmones, he olvidado el nombre de la enfermedad, y que Bruno también la tiene. Comento cuánto ha adelgazado. &amp;quot;He perdido seis kilos&amp;quot;, dice. Podrían ser quince, pienso para mí mismo, aunque seguro que me equivoco. Pero no era sólo que hubiera adelgazado mucho: parecía como si su cuerpo  hubiese encogido. Yo siempre tenía que alzar la cabeza cuando hablábamos de pie, y esa mañana no era preciso: nuestros ojos estaban casi al mismo nivel. Sólo su rostro tenía el mismo aspecto de siempre, como si el tiempo no se reflejase en sus facciones y las esquivase. &amp;quot;Tengo las piernas como los palillos, de verdad, y en el pecho se me marcan todos los huesos y las costillas&amp;quot;, me dice. Una conversación aturullada de apenas un par de minutos, con sus típicas salidas repentinas: &amp;quot;Cárgame el móvil, que tengo prisa, toma, te doy el dinero, ¿recuerdas el número?&amp;quot;, prisas porque tenía que irse corriendo al aeropuerto, un par de abrazos y de apretones, una sensación de ayeres dejados de la mano, una figura que marcha apresurada arrastrando esa enorme maleta, hacia otro continente, &amp;quot;a reponerme, a comer, he de comer y reponerme y me pongo bien&amp;quot;, y yo me quedé con la sensación de que ésta es la última vez que nos hemos visto y sabido uno de otro, y que por eso esta mañana hemos tenido que cruzarnos en el cíbercafé, y por eso esta mañana estaba abierto antes de las diez y cuarto, cuando lo normal es que abran un poco cuando les da la gana, y por eso era ésta la mañana en que habíamos de vernos, y no las otras durante esas tres semanas de su estancia. Quizá sí vuelva a Barcelona, a España. O quizá no. O se marche a Italia, como me dijo cuando llamó para avisarme de que venía. Lo único que se me ocurre pensar es que, entre sus pulmones medio destruidos y su deterioro interno, y mis riñones enviando inatendidas señales de alarma, está claro que uno de los dos se ausentará dentro de un cierto tiempo. &lt;br&gt;    Podría contar la historia de C, aunque ¿para qué? ¿Y cómo? ¿Por dónde empezar? ¿Qué contar y qué callar de ella? ¿Sé algo realmente de C? ¿Cuánto era realidad y cuánto fantasía de todo lo que contaba en aquellos años? Ni siquiera existe una manera racional de enfocarlo. Conocí a C en octubre de 1995, y eso es lo único seguro. El resto es un caos. Tampoco es una historia que pueda interesarle a nadie ni aporte nada, y todos pueden contar historias parecidas. Bueno, eso creo. El único balance que se me ocurre es que nunca nos entendimos y sin embargo nos comprendimos siempre.&lt;br&gt;    C formó parte durante una época de ese extraño, reducido y selecto grupo de personas que me llamaban por teléfono de tarde en tarde, pero no para hablar: sino sólo para oír mi voz, hallar consuelo en ello y colgar al cabo de unos momentos. Lo han hecho tres personas en toda mi vida, y sé, he sabido siempre perfectamente, quiénes fueron, aunque ante ellas me lo callé. C, al igual que las otras dos, cuando el mundo se volvía insoportable y la oscuridad acechaba ahí afuera, cogía el primer teléfono que pillaba, el suyo o el de otro o una cabina de la calle, y marcaba mi número. Luego, cuando yo contestaba, se serenaba, volvía la paz, recobraba las fuerzas, escuchaba mis &amp;quot;¿Diga? ¿Sí?&amp;quot; en silencio, y colgaba: el mundo estaba de nuevo en orden. Consciente de quién era la persona que llamaba (lo mismo que en los otros dos casos en épocas tan distintas), me abstenía de las habituales insensateces o insultos que la gente profiere en tales ocasiones, pensando que quien llama es un bromista o un pesado. Sé que todo esto es muy extraño, incomprensible. No espero que nadie lo entienda, o que lo crea. La verdad es que me da igual lo que pueda pensar la gente sobre el tema. &lt;br&gt;    Uno de mis peores recuerdos de C fue la noche que vino a casa para dormir: su pareja, un tal José Manuel (Jose, lo llamaba C) --de quien siempre he pensado no era sino un chulo de gimnasio--, y del cual se había separado hacía algún tiempo, se negó a dejar que pasara la noche en lo que fuera antes su casa, señalando las escaleras e indicando cómo se bajaban (o ayudando a C a bajarlas a empujones). Por aquel entonces, C estaba sin amigos --o eran muy poco recomendables-- y apenas trabajo (y nada de pareja, claro). Quería hacer algo, empezar de nuevo, terminar con la mala vida de los últimos dos o tres años, y se vino a pasar la noche en mi casa como quien se dispone a esperar en un aeropuerto o estación de tren la partida de un medio de transporte hacia un brillante futuro, hacia un cambio, segunda oportunidad, rehacer la vida estropeada, corregir errores... No tenía donde ir ya, y ni siquiera Bruno aceptaba que apareciese por su piso, temeroso de lo que pudiera ocurrir, escarmentado por anteriores visitas suyas... Porque la época en que C consumía cocaína febrilmente fue algo terrible, espantoso, que repercutió en todos sus conocidos y amigos, en el trabajo... Esa noche, llegó a contarme algunos datos al respecto; cómo registraba todos los muebles de casa de Jose --el chulo de gimnasio-- cuando aún vivían juntos, en busca de dinero escondido para comprar droga, &amp;quot;porque era mi derecho registrarle los muebles&amp;quot;, me dijo. Por Bruno supe, entre otros detalles la mar de finos relativos a su paso ocasional por casa de Bruno, que en esa mala época se juntaba con tipos que llevaban una pistola metida entre la camisa y el cinturón. &amp;quot;Me das asco --le soltó Bruno un día, al coincidir con C y los tipejos de la pistola, sentados todos en la Plaza Real--. ¿Cómo puedes ir con esa gentuza con lo que tú has sido?&amp;quot;. C se limitó a no contestar (no hacía falta que lo hiciera). Me contó más cosas, pero no tengo ganas de explicarlas. La noche que C durmió en mi casa acabó registrando mis muebles cuando a la mañana siguiente bajé a comprar el periódico, aunque sólo lo advertí más tarde, cuando ya se había marchado a Zaragoza. Ah, sí, decidió empezar su nueva vida en Zaragoza, porque Barcelona le resultaba ya un infierno. Esa mañana, tras una noche de sueño reparador (aunque me costó lo mío que no saliera en mitad de la madrugada a buscarse droga por alguna parte...), había tomado la firme decisión de Empezar Una Nueva Vida y Dejarlo Todo Atrás. En todo caso, ya iba cambiando de planes cada cinco minutos... miento: cada minuto y medio. &amp;quot;Me voy a Zaragoza&amp;quot;. &amp;quot;Tengo que llamar a una amiga para un trabajo&amp;quot;. &amp;quot;Voy a dejarlo&amp;quot; (la coca). &amp;quot;Buscaré entre los anuncios del diario, a ver.&amp;quot; &amp;quot;Empezaré de nuevo.&amp;quot; &amp;quot;Voy a salir de esto.&amp;quot; &amp;quot;No me rendiré.&amp;quot; &amp;quot;Yo he sido la más grande y volveré a serlo&amp;quot;. Mis consejos caían siempre en saco roto (nada nuevo en este sentido), no me escuchaba ni me hacía caso porque yo no formaba parte de su mundo (&amp;quot;Eres un antiguo&amp;quot;). Sólo quería ganar dinero y más dinero y tenía prisa por triunfar y por todo y llegar a la cima y vivir en el lujo (algo que, de hecho, le duró apenas un año... si llegó a un año).&lt;br&gt;    Hace unos años, cuando finalmente admitió que Zaragoza significó otra derrota, partió a Brasil en un avión cuyo pasaje pagó Bruno, porque temía se muriera de un momento a otro, como quien dice; así que Bruno llamó a su madre, le dijo cómo estaba C, y que era mejor se volviera a Brasil, compró el pasaje de avión y se aseguró de que C subiera a él. Ya en Piaui, su madre se cuidó de que estuviera en una clínica especial una larga temporada, y allí se repuso poco a poco y mejoró notablemente, en cuerpo y espíritu. Después de la clínica, una vez en casa, con prohibición absoluta de salir a la calle ni para comprar agua mineral, hasta ver las cosas claras. C me escribía regularmente y me informaba de sus progresos, su estado de ánimo, y en sus cartas había optimismo: estaba la mar de bien y planeaba estudiar informática. Así lo hizo. Y dejó la droga, claro. Supongo. Parece ser. Creo. Finalmente, tras un par de años en Brasil, volvería a España, &amp;quot;pero lo he dejado&amp;quot;, insistía. Quizás. Es posible. Puede. &lt;br&gt;    No sé, no sé.&lt;br&gt;    Es extraño que no se haya convertido en carne de cañón televisiva aquí, en España. Realmente extraño. Sé que en Brasil, cuando ya empezó a llevar vida normal tras su recuperación, a salir con amigosy amigas, ir a fiestas y asistir a celebraciones, apareció en algún programa de televisión en su estado (Parnaiba), pero no para contar miserias sino logros o pequeñas vicisitudes, en tono amable y simpático; cuando en 2005 abrió su blog en internet, y más tarde yo mi correo electrónico, me enviaba enlaces para comunicar sus progresos: las webs de Brasil daban noticias suyas a veces, o hablaban de proyectos, y todo iba la mar de bien, como si ignoraran el infierno vivido en España. Pero ha rehuido siempre contar sus miserias en la tele española tras su caída en el submundo de la droga y su ¿recuperación?, y no sé qué fue de esas memorias de su vida y paso por Europa que escribió en Brasil, en casa de su madre, mientras se reponía, y que quería publicar; incluso llegó a consultarme sobre ello; recuerdo haber leído por aquel entonces, en una web brasileña, su intención de escribirlas ya antes de ponerse a ello. Otros de sus compañeros y compañeras no se lo han pensado tanto a la hora de exhibir miseria y desdichas televisivamente; una forma de hacer dinero fácil que, sin embargo, a C no le agradaba, lo cual era un tanto raro. Todo en C ha sido siempre extraño, irregular, inusitado, inesperado, desmesurado, contra corriente. Aún recuerdo cómo aquella vez que durmió en casa me encontré con que había colocado junto a la cama una imagen del Cristo Redentor de Rio de Janeiro. Me quedé atónito al verla y me pregunté cómo alguien que en aquellos tiempos se pasaba el día esnifando coca y rodando por las calles con la mente extraviada podía llevar consigo aquella figura de unos diez centímetros de altura para que acompañara sus ratos de sueño a saber dónde.&lt;/font&gt;&lt;font size=2&gt; A veces, en los últimos años, cuando yo estaba hecho polvo, C me levantaba la moral y me animaba. &amp;quot;Vive tu vida, chico, es tuya y la única que tienes&amp;quot;, me decía. También es cierto que cuando todos le cerraron la puerta, yo se la abrí. Qué importa todo eso o qué importa nada cuando el tiempo nos destroza. Pues sí: C en ocasiones llamaba, un domingo por la tarde o un sábado, o cuando fuera, y preguntaba: &amp;quot;¿Qué haces?&amp;quot;. &amp;quot;Leo&amp;quot;, contestaba yo, o &amp;quot;Escribo&amp;quot; o &amp;quot;Trabajo&amp;quot;. &amp;quot;¿Cómo puedes estar tantas horas metido en casa? Yo no podría&amp;quot;, replicaba. Así que hace unos trece años que nos conocemos y con intermitencias nos hemos ido viendo, escuchando, soportando, peleando, discutiendo, odiando, malinterpretando, escribiéndonos, llamándonos, consolándonos, riendo a ratos, llorando otros ratos, enemistándonos, echándonos de menos, hartándonos de aguantarnos, haciéndonos regalos, celebrando cumpleaños, abroncándonos, cortando el contacto, recuperándolo... A veces recuerdo los planes de futuro que tenía allá por 1996 o 1998: nada se realizó de todo aquello, absolutamente nada. Ni uno solo de sus planes salieron adelante; fantasías y locuras, sueños.&lt;br&gt;    Su época en Zaragoza al principio parecía ir bien; salió adelante, pero al cabo cayó aún más abajo: se enganchó a la heroína. Me llamaba y me decía: &amp;quot;Ahora me pincho. Hace tanto frío en esta ciudad, es tan triste el invierno, que tengo que pincharme para soportarlo&amp;quot;. Supongo que era una excusa como otra cualquiera en una vida llena de cimas y abismos como la suya. En Zaragoza escaló una cima al llegar, y poco después caía al abismo más hondo. &amp;quot;¿Y crees que con eso arreglas algo?&amp;quot;, le decía yo, irritado y asustado a la vez, cuando me contaba que se había pinchado. No, claro que no arreglaba nada, pero pasaba el momento. &amp;quot;Hace tanto frío en esta ciudad --repetía y repetía--. El invierno no es como en Barcelona, es más crudo... Es todo tan solitario... es un pueblo grande, sólo un pueblo grande.&amp;quot; Su entusiasmo inicial por Zaragoza se fue desvaneciendo con el tiempo. Había odiado Barcelona por lo que significó finalmente en su vida (en realidad, era una relación de amor y odio a la vez). Cuando se vio incapaz de salir de ese abismo, llamó a Bruno y se vino a Barcelona; como ya he dicho, Bruno pagó su regreso a Brasil y según me contó unos días después de que C ya estuviera en casa de su madre, su estado físico era deplorable. Quizá por eso C no quiso que nos viéramos antes de partir y se limitó a una despedida por teléfono&lt;/font&gt;&lt;font size=2&gt;.&lt;/font&gt; 
&lt;p&gt;&lt;font size=2&gt;    (Permítaseme una digresión: A veces me he preguntado si P también hubiera formado parte de ese trío de silenciosos comunicantes telefónicos, convirtiéndolo así en cuarteto. No hubo ocasión, sin embargo. De todas maneras, la historia de P es tan distinta... ¡Diantre si es distinta! P era alguien que necesitaba un pequeño empujón en un momento crucial de su vida para salir adelante (la zancada, que diría Vicente Soto), porque nadie más se lo daba, en nadie podía confiar ni nadie la escuchaba, y yo por lo visto andaba por allá cerca... Según me dijo --según me escribió--, yo la ayudé mucho a salir adelante. Es posible, pero de todas maneras P hubiera salido adelante por sí misma, estoy más que seguro. P tiene un potencial tremendo... tremendo. Es alguien simplemente maravilloso. Vi hace pocas semanas su vídeo en you tube y me emocionó profundamente. ¿Sería una estupidez decir que me sentí orgulloso de P? Al fin y al cabo, P no es nada mío. Pero sí, me sentí orgulloso. Desde luego, un mundo con personas como P es decididamente un lugar casi perfecto. Y no creo que lo que hice por P fuera tan decisivo o importante como dijo entonces. Estuve allí, en el momento en que debía estar, y nada más. La vida a veces nos pone en ciertos lugares, en el camino por el que transitan otras personas, y lo hace por motivos que nosotros no entendemos --y sin preguntar si puede dejarnos heridas--. No debe darse mayor importancia a lo que uno haya hecho por otra persona. Mucho más grave es lo que algunas personas no hacen por los demás.)&lt;/font&gt; 
&lt;p&gt;&lt;font size=2&gt;    Todo esto es muy extraño, ya lo he dicho antes. Pero ahora me refiero a la manera en que la vida nos zarandea y nos estropea. C se drogaba porque no aguantaba la vida que llevaba, o para poder soportarla; tanto sirve una excusa como otra, tan buena es una como otra. Yo escribo porque no aguanto la vida que llevo o para soportarla, también una excusa como otra, lo mismo vale cualquiera de las dos: escojan la que les dé la gana. &amp;quot;Toda forma de autoexpresión tiene el mismo significado: huir de uno mismo&amp;quot;, escribió Tennessee Williams una vez, y así es; es preciso correr, escapar de uno mismo, no vaya a ser que nos atrapemos a nosotros mismos y veamos cómo somos en realidad, y no nos guste lo que veamos. No sé si les ocurre a otros escritores; puede que no, seguramente no; pero desde luego en mi caso es cierto. Escribir es drogarse, huir de la realidad y negar el presente, hundirse en fantasias donde todo es mejor, y si no lo es, al menos hay la oportunidad de que parezca mejor o de luchar para que lo sea, aunque algunos de los personajes acaben pereciendo a causa de ello, manifestar lo que pensamos y lo que ocultamos. Así pues, C se drogaba, yo escribía mis insensateces, y todos tan contentos. &lt;br&gt;    Me pregunto si existe algún lugar, un puñetero mundo o universo donde los sueños de la gente se conviertan en realidad, los deseos se completen y no haya que luchar para conseguirlo ni existan los conductos lagrimales en la anatomía del ser humano. Y no lo digo pensando en mí, ni tampoco en C, sino en tantas personas que mueren o malviven sin convertir en realidad sus modestos sueños o afanes, sus sencillas ilusiones, sus plácidas aspiraciones. Que han de enfrentarse en ocasiones a una vida que no les gusta nada. No se trata tanto de triunfar en la vida como de sentirse &amp;quot;razonablemente feliz&amp;quot;, como decía la protagonista de una de mis historias. Los triunfos en la vida suelen ser escasos y breves, si es que llegan. Cuando son ruidosos, suelen corresponder a personas un tanto indeseables. Una felicidad razonable es más deseable, pero, ay, me temo que igual de imposible. C aprendió que vivir en el lujo no sirve de nada, y le costó perderlo todo; para entonces, ya era tarde. &lt;br&gt;    Los estragos del tiempo no son los que se reflejan en nuestro rostro, avejentándolo, afeándolo o estropeándolo, ni los que marchitan nuestro cuerpo. Son los que no se ven: los que hieren nuestra alma y debilitan nuestro corazón y van segando nuestras fuerzas y mellando el ánimo. Los estragos del tiempo son los que percibimos cuando nuestra colección de pérdidas va aumentando notablemente y nos quedamos poco a poco sin lo que hemos ido conociendo a lo largo de la vida, hasta reducirse a nada. O cuando vemos cómo los demás, a quienes queremos o hemos conocido o nos hemos cruzado con ellos en momentos concretos de la vida durante una determinada época, van menguando poco a poco, frustrados, fracasados. O los perdemos de vista y no volvemos a saber de ellos. ¿Serán felices sus vidas? ¿Quiénes les rodearán ahora que no sabemos de ellos? La duda nos acompañará siempre. Las ilusiones no se cumplen, los deseos desaparecen, las amistades se marchitan, los amores caducan, las esperanzas languidecen, la salud merma, las energías se desvanecen, la fe huye. Perdemos un día el interés por algo que nos parecía imprescindible, no lo recuperamos ni deseamos hacerlo; sabemos que según qué ya no tenemos fuerzas para soportarlo y nos preguntamos cómo pudimos soportarlo en otros tiempos. &lt;br&gt;    Una vez, hace algunos años, le dije a C: &amp;quot;Al final los recuerdos bellos prevalecen sobre los malos, y éstos se olvidan.&amp;quot; Y C me dio la razón. Es extraño, es verdaderamente extraño que en un caso como el de C prevalecieran los momentos felices y bellos, y el horror y el espanto fueran siendo sepultados. Pero existieron. Sólo que incluso eso, poco a poco, día a día, momento a momento, también se va desvaneciendo, y así poco a poco desaparece y parece no haber existido. O quizá no queremos que haya existido. Los estragos del tiempo acaban destruyendo incluso los recuerdos, y a lo mejor eso nos salva de enloquecer. O acaso decidimos también qué parte de recuerdos queremos desechar. &lt;br&gt;&lt;br&gt;FIN.&lt;br&gt; &lt;br&gt; &lt;br&gt;&lt;/font&gt;&lt;img src="http://c.services.spaces.live.com/CollectionWebService/c.gif?cid=2620027194897443681&amp;page=RSS%3a+LOS+ESTRAGOS+DEL+TIEMPO&amp;referrer=" width="1px" height="1px" border="0" alt=""&gt;&lt;img style="position:absolute" alt="" width="0px" height="0px" src="http://c.live.com/c.gif?NC=31263&amp;amp;NA=1149&amp;amp;PI=73329&amp;amp;RF=&amp;amp;DI=3919&amp;amp;PS=85545&amp;amp;TP=pfjcplanells3.spaces.live.com&amp;amp;GT1=pfjcplanells3"&gt;</description><comments>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1165.entry#comment</comments><guid isPermaLink="true">http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1165.entry</guid><pubDate>Tue, 06 May 2008 09:05:15 GMT</pubDate><slash:comments>0</slash:comments><msn:type>blogentry</msn:type><live:type>blogentry</live:type><live:typelabel>Blog entry</live:typelabel><wfw:commentRss>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1165/comments/feed.rss</wfw:commentRss><wfw:comment>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1165.entry#comment</wfw:comment><dcterms:modified>2008-05-06T09:05:15Z</dcterms:modified></item><item><title>RECUERDOS OLVIDADOS</title><link>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1137.entry</link><description>&lt;div&gt;(&lt;font size=2&gt;de la serie &lt;strong&gt;Relatos autobiográficos-29&lt;/strong&gt;)&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;(c) 2006 by J.C. Planells&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;Presentación.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;El texto que sigue a esta presentación, hallado al final de un volumen donde conservo mecanografiadas mis redacciones escolares además de otros textos posteriores fechados entre 1965 y 1969, por lo visto fue un intento de &amp;quot;autobiografía&amp;quot; realmente temprano, del que sólo completé el primer capítulo y la primera página del segundo, aunque aquí los he unido: calculo que fue escrito hacia finales de 1969 o como mucho a principios de 1970, a juzgar por los nombres que se mencionan al principio y a que en un momento diga que mi edad es de 19 años. Ya aludí a este texto en &amp;quot;Escribiendo estupideces&amp;quot;, y me decidí a incorporarlo a la serie tras hallarlo pues no recordaba su existencia y constituyó toda una sorpresa para mí. Algunos de los nombres mencionados en las páginas apenas los recordaba; otros aparecen en algún relato anterior de la serie --&amp;quot;Amor y acelgas&amp;quot;, &amp;quot;El contrabandista de café&amp;quot;--. He suprimido bastante de los circunloquios iniciales, donde se repiten hasta la saciedad una serie de consideraciones sumamente aburridas, y corregido algún detalle de redactado. Por lo demás, está tal cual fue escrito. Es una simple curiosidad, mucho más para mí que no para el lector. La lección a extraer de él --siempre procuro que cada episodio tenga una cierta utilidad-- es cómo la memoria nos oculta el pasado y nos borra los recuerdos con el paso del tiempo: pocos detalles recuerdo de lo que en esas páginas se narraba, apenas un par de anécdotas concretas. Evidentemente, a los 19 años podía hablar de cosas tempranas, que se fueron borrando poco a poco de la memoria y que hoy ya se han olvidado. Me he permitido incluir algunas notas para comentar determinados puntos del texto.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;Autobiografía (hacia 1969-1970?)&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    No sé cómo fue que un día, echando la vista atrás, se me ocurrió contar mi vida. Creo que es una idea que ya estaba dentro de mi cabeza hacía tiempo, sólo que, como nos pasa muchas veces, costaba darle salida. ¡Siempre he sido tan inconstante para todo lo que sea escribir!...&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Pero aquella idea, germinada como ya he dicho desde hacía tiempo, cada vez me iba presionando más, metiéndose más dentro de mi cerebro. Y como he oído decir a algunos escritores, cuando una idea nos atosiga tanto, la única solución es darle salida llevándola al papel.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Quizá esta idea me sirva para tener un recuerdo de muchos hechos y personas de los que poco a poco me voy olvidando, y que alguna vez me honran con una visita a ese rincón de mi cerebro que se llama &amp;quot;recuerdos&amp;quot;. Quizá, de esa manera, escribiéndolo todo, pueda descansar de una vez.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    ¡Cuántos nombres acuden a mi mente! Personas que estuvieron ligadas a mí durante un tiempo y que aún siguen o se fueron o desaparecieron. Agustí, Margarita, María Ángeles, Pepa Centellas, Jou, Johnny, &amp;quot;Peret&amp;quot;, Giménez, Devenat, Divina, Xavi, Ana Luisa, Fermí, María Augusta, Jordi León... De todos y de muchos más hablaré... si no me canso antes. Ellos son piezas de mi vida, todos ellos son ejes de lo que es el mundo hoy día, de lo que fue y de lo que puede llegar a ser. O al menos eso creo yo.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Siempre me he sentido más atraído por la vida de las personas corrientes, vulgares, que no por la de otras personas famosas, históricas, llenas de gloria, popularidad y hechos asombrosos. La vida de los seres pequeños, rutinarios, es tan interesante como la de ellos, aunque pueda parecer lo contrario. &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Me propongo ser, aunque quizá luego me cueste un poco cumplirlo, totalmente imparcial en lo que a mí se refiera, al igual que en los demás hechos y personas de esta historia. Quiero ver cómo van apareciendo y desapareciendo personas a quienes el destino hizo jugar grandes o pequeños papeles. Siempre he sido muy amante de las casualidades del destino. Éste sí que es un personaje curioso. Cuando se hace una lista de los seres que pueblan esta historia, debería figurar el Destino en primer lugar. Él es siempre el personaje principal, el protagonista de todos los sucesos que pueblan nuestra vida diaria, el que nos hace ir a un determinado lugar el domingo por la tarde &lt;em&gt;(nota de 2006: Por ejemplo, estar a las seis y media del 27 de julio de 1990 en cierto lugar, y no en otro distinto)&lt;/em&gt;, o cruzar una calle en el mismo momento en que lo hace otra persona, para encontrarnos con ella, o llamar a un número equivocado del teléfono, o entrar en un determinado bar, encontrando a un amigo a quien no veíamos desde hacía años...&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Supongo que fue ese Destino el que quiso que yo naciera en Barcelona y no en Londres o Estocolmo o en Kansas City, y precisamente el 10 de octubre de 1950, a las cinco de la madrugada. Y supongo que fue él quien quiso que mi padre tuviera que entrar en la habitación de la clínica para ayudarme a &amp;quot;salir&amp;quot;, porque no había manera de sacarme, según me contaron. Un poco más y no llego al mundo. &lt;em&gt;(nota de 2006: sinceramente, creo que eso último hubiera sido lo mejor para todos.)&lt;/em&gt;&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    ¡Cómo ha cambiado la vida desde 1950! Claro que yo no recuerdo muchas cosas de mis primeros años. Todos mis recuerdos son confusos, hechos aislados que no ligan entre sí. Mi casa. Cuánto ha cambiado mi casa desde que yo era pequeño. No sé cuántas veces la he visto pintar de nuevo; tres o cuatro, por lo menos algunas habitaciones. Y los muebles. ¡Qué distintos! ¡Cómo han ido variando y cambiando los muebles de mi pequeño piso! El dormitorio, el comedor, son nuevos; las sillas también. Y la mesa de mi padre, que ha sido la más reciente adquisición. Y la librería. De nuestros antiguos muebles, sólo restan el armario y la cómoda, y una mesilla de noche. ¿Me dejo alguno? Bueno, hay un par de armarios que recuerdo se compraron hace años, cuando yo debia de tener unos nueve, aunque soy incapaz de precisar fechas&lt;em&gt;. (nota de 2006: alucino leyendo todo esto; de verdad que alucino) &lt;/em&gt;Antes cocinábamos con petróleo, mediante un fogón de color azul que un día fue sustituido por un hornillo eléctrico. Recuerdo que teníamos que ir a comprar el petróleo por turnos, cada determinado periódo de semanas, no sé por qué, a un local que había en mi misma calle, llegando al mercado de San Antonio, local que hoy está cerrado, me parece, y que hacía un fuerte olor a petróleo, que a mí me encantaba. &lt;em&gt;(nota de 2006: me figuro que el racionamiento de petróleo debió de durar hasta entrados los años cincuenta, a juzgar por esto que cuento)&lt;/em&gt;&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    De pequeño guardaba mis cosas --juguetes, libros, álbumes de cromos-- en un baúl viejo que quién sabe dónde para ya. Mi diversión favorita por las noches era abrirlo y mirar su contenido, como si fuera algo emocionante. Y la verdad es que yo me emocionaba con ello. Hoy, a los 19 años, ya no tengo juguete alguno y sí muchos libros que guardo como puedo en librerías, en muebles o en maletas como último recuerdo de ese baúl que tanto me encantó.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Un día empecé a ir al colegio, a la Academia Lope de Vega, que está en mi misma calle &lt;em&gt;(nota de 2006: desapareció ya hace años)&lt;/em&gt;. Tengo muy pocos recuerdos de mi estancia en esa academia, que fue muy corte pero no sé por qué motivos. Yo era zurdo desde pequeño y acostumbrarme a usar la mano derecha costó una barbaridad, tanto para comer como para escribir o dibujar. No sé dónde leí que todos los niños desde pequeños tienen tendencia a ser zurdos, y que se les ha de enseñar a usar la mano derecha. El maestro o maestra --no recuerdo ya lo que era-- de la Lope de Vega no quería verme hacer nada con la izquierda, y como yo no quería usar la derecha, procuraba escribir muy agachadito para que no se me viera. Pero al final acababa dándose cuenta y me reñía.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Al entrar en clase nos obligaban a decir en la puerta: &amp;quot;¿Se puede?&amp;quot;, y nos daban permiso para entrar. Pero yo no lo decía nunca porque me daba vergüenza (siempre he sido muy tímido), y procuraba entrar a escondidas casi, y que no me vieran ni siquiera mis compañeros. Luego fingía que ya llevaba rato sentado y nadie se daba cuenta de nada.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Tras mi breve paso por la Lope de Vega, mis padres me matricularon en la Institución Cultural Lumen, en la Granvía no lejos de casa. &lt;em&gt;(nota de 2006: creo que existe con otro nombre o uso) &lt;/em&gt;Allí estuve dos años, y mis recuerdos del Lumen son buenos. Fue donde hice mis primeras amistades, donde trabé mi primer contacto con niñas (contacto muy jocoso, como explicaré) y donde me revelé literariamente, por decirlo así &lt;em&gt;(nota de 2006: En un texto fechado el 29 de octubre de 1970 se menciona de nuevo esto, pero más detalladamente. En dicho texto, escribo: &amp;quot;Recuerdo que lo primero que escribí fue cuando estudiaba en la Institución Cultural Lumen: una historia de vaqueros. Ya ni la recuerdo. Mis ciompañeros me pidieron que lo hiciera, y luego me obligaron --la señorita sobre todo-- a leerla en voz alta ante la clase. Y gustó mucho. A la salida la profesora se lo dijo a mi madre. Me acuerdo que incluso intentamos escenificarla . Hablaba algo de un sheriff y un rifle. Y para escenificarlo, un compañero --cualquiera recuerda cuál--, --quizás un tal Bru--, hacía de rifle. Hoy me gustaría encontrarla y leerla. Mi primer pinito literario. Entonces yo debería tener seis o siete años&amp;quot;. Como he contado en otras ocasiones, incluida la presentación de un relato en una antología de Aroz Editor, se trataba de &amp;quot;El rifle del sheriff&amp;quot;, que &amp;quot;reescribí&amp;quot; para este blog hace un año aproximadamente. Es evidente que mi recuerdo de eso a los 19 años es mejor que el actual)&lt;/em&gt;.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    La señorita Julia fue mi primera maestra. Con ella estuve por espacio de un año, creo. Era una señorita muy buena, nos quería a todos mucho y sabía cómo tratarnos. Sabía ser eso que luego ya no vi nunca más: ser severa y hacerse querer a un tiempo. Era una mujer delgada, de mediana estatura, cabello gris siempre ondulado, mejillas estrechas, gafas de concha y un sempiterno vestido gris. Su voz, como todo el resto de su figura, era grave, grave y melodiosa. &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    ¿Qué será de ella hoy día? Eso es algo que me voy a preguntar muchas veces a lo largo de esta historia con diversos personajes que irán apareciendo --anecdóticos o protagonistas--. ¿Qué será hoy de ellos? ¿Qué será de mi buena señorita Julia, con sus gafas de concha y su aire severo y maternal --profundamenbte maternal--, a la vez? Debía de tener por entonces unos cuarenta y pico años de edad, según mis recuerdos. De todas formas, no creo que esté aún dando clase en el Lumen.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Con la señorita Julia aprendí a leer, o, si que es antes ya sabía leer, me perfeccioné en ello. Hice cuentas, dibujé, escribí... Nuestras mesas eran muy pequeñas y nos sentábamos tres o cuatro por mesa. Eran cuadradas y debían de hacer un metro de lado, creo. A uno de mis compañeros de mesa lo recuerdo muy bien; se llamaba Villallonga y su padre era médico. Luego vino conmigo a estudiar también en los Salesianos. Había también un tal Olivé a quien recuerdo porque un día que era fiesta en el colegio, ni él ni yo lo sabíamos y fuimos a la escuela. Como había venido uno de los profesores, nos pasamos la mañana haciendo dibujos y tonterías en la pizarra, hasta que vinieron nuestras madres a recogernos como de costumbre.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Otro de mis compañeros era José Lacasa Lacuerda --el nombre no es broma--, quien después fue también conmigo a los Salesianos, y cuya madre era amiga de la mía. Lacasa era un poco retrasado mental. De pequeño había tenido una enfermedad, no recuerdo cuál, pero sé que era una enfermedad corriente en críos pequeños, que le dejó con el cerebro un poco anormal. Era un chico gordito, de cabello siempre peinado hacia atrás y cara redonda, sonrisa tonta y voz muy ronca. Fue mi primer amigo, junto con Vilallonga, aunque la suya duró más por la amistad de nuestras madres.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Un día, no hace mucho, hablando con Agustí &lt;em&gt;(nota de 2006: véase &amp;quot;Amor y acelgas&amp;quot; y &amp;quot;El contrabandista de café&amp;quot;, donde aparece este personaje también)&lt;/em&gt;, y evocando viejos tiempos de estudiantes, me dijo que Lacasa se había hecho seminarista. La noticia me dejó parado. Le pregunté si aún seguía siendo un tanto retrasado, y me dijo que por lo que él sabía, no. Yo, desde luego, no lo volví a ver más desde dos años después --dos o tres--, de nuestra entrada en los Salesianos. A su madre sí; la vi hace cuatro meses, precisamente en donde trabajo, comprando en la tienda. Pero no nos saludamos. Seguramente, ni se acuerda de mí. O, en todo caso, no me reconoció. &lt;em&gt;(nota de 2006: yo de verdad que alucino leyendo estas cosas que había olvidado por completo)&lt;/em&gt;&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    De las niñas, recuerdo especialmente --y únicamente-- a una tal Corbella, pues con ella tuve mi &amp;quot;primera aventura femenina&amp;quot;, si se me permite llamarlo así, un poco en broma. No sé su nombre de pila, o si era Ana María o Montserrat, no lo puedo asegurar. Era una chica morena, con trenzas, muy simpática de cara y creo que todos los del colegio --¡pensar que sólo teníamos siete u ocho años!-- estábamos enamorados de ella (?).&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    A mí desde luego me hacía tilín. Tanto, que un día, a la hora del recreo, me fui a jugar con ella y con las otras niñas en vez de quedarme con los chicos. No sé qué demonios hacíamos, nunca lo he podido recordar, pero sé que estábamos en los roperos, y oímos que la profesora se acercaba; inmediatamente, para que no me viera, pues me la habría cargado, Corbella y yo nos escondimos en el armario, cerrando la puerta. Lo que no puedo explicar es por qué ella se escondió conmigo, no tengo ni la menor idea, pero tengo la impresión de que sabía que me gustaba. &lt;em&gt;(nota de 2006: esta anécdota no la he olvidado nunca, desde luego, pero leerla ha hecho que me parta de risa de nuevo. Eso es avanzarse en el tiempo: ¡encerrarse en el armario con una niña a los ocho años o así!&lt;/em&gt; &lt;em&gt;¡¡Corbella, dónde estáaaaaaaaaas!!)&lt;/em&gt;&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Naturalmente, la profesora nos pescó y me gané una zurra, a costa de las risas de las demás niñas. En fin, creo que de esta escaramuza nació la timidez que siempre he sentido hacia el elemento femenino, y de la que incluso aún hoy me quedan algunos resabios. &lt;em&gt;(nota de 2006: esto ya es trabajo para una psicóloga, vamos. En todo caso, mi siguiente anécdota con elementos femeninos ocurrió hacia 1965, con otra compañera de estudios, y no fue nada agradable y sí ocasionó un lamentable y bochornoso incidente en la clase; la causa: mi timidez. Por lo visto, el castigo por meterme en un armario con una niña debió ocasionar una bronca de aúpa que aún no he superado, porque vamos, apuntar arriba, se nota que apuntaba...Ah, por cierto,  la profesora del broncazo no fue la señorita Julia, sino la profesora de las niñas)&lt;/em&gt;&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Un día, la señorita Julia me llamó ante todos y me dijo que puesto que iba muy bien, podía pasar ya a la segunda clase, es decir, que subía un curso, por decirlo así. Tendría otra profesora. Así pues, tomé mis libros para marcharme a la otra clase. Al despedirme de la señorita Julia, le di un beso y me emocioné un poco. Con razón, pues ya no la volví a ver más. Al cerrar la puerta de la clase, la oí decir:&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    --Tomad todos ejemplo de este niño. Ya veis cómo por ser un buen alumno...&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    No oí el final de la frase.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Mi nueva profesora era más joven, no debía de llegar a los treinta años; unos veinticinco o veintitrés. No recuerdo su nombre, si es que lo oí alguna vez. Era una chica alta, morena , de ojos negros y cabello con bucles. Era un poco descuidada y en general, por lo que recuerdo de ella, un poco cabra loca. No se la podía comparar ni de lejos con la señorita Julia. Toda la disciplina que aprendí con mi anterior maestra, la perdí con la nueva.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    La clase era más pequeña y los bancos distintos, pues eran ya individuales. A pesar de eso había más jolgorio que en la otra clase. Y desde luego, nadie demostraba tenerle un gran aprecio a la maestra.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Fue en aquella clase y con aquella profesora cuando tuve un accidente que pudo ser muy grave. Fue una mañana, a la hora del recreo. Estábamos jugando todos los chicos a hacer el elefante en cadena... no, perdón, era el tren a lo que jugábamos. Con el elefante no había quien se hiciera daño. Estábamos todos los chicos jugando al tren, como digo, en fila india, cada uno agarrado a la bata del anterior, y poco a poco íbamos más deprisa.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Yo iba el último de todos, y no sé cómo fue que me solté o se me escapó mi compañero, el caso es que salí disparado hacia el canto de una mesa, dándome con él sobre el ojo izquierdo, justo en la ceja.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Me puse a llorar, pues me dolía enormemente. El ojo, la ceja, empezaron a hinchárseme rápidamente, de tal manera que me impedía la visión. Acudió la profesora y al verme me sacó de la clase. Me hizo lo que podría calificarse de &amp;quot;cura de urgencia&amp;quot;, que consistió en atarme una moneda de diez céntimos con un pañuelo encima del ojo, para detener o reducir la hinchazón. A fin de que estuviera entretenido y cesara con mis lloros, sacó de no sé dónde recortes de películas, de aquellos que se coleccionan, y un anteojo para mirarlas. &lt;em&gt;(nota de 2006: probablemente haya quien no sepa qué es esto: cuando yo era niño, en el mercado dominical de San Antonio había algún puesto donde se vendían sobrecitos con fotogramas sueltos de películas, bien de dibujos animados de Tom y Jerry, o bien de películas en color del oeste, acción, aventuras o drama, o incluso en un sobre mezclados de varios temas. Vendían también un pequeño visor de plástico para verlos, y era algo muy popular entre los niños. Pero desapareció muy pronto este tipo de colección)&lt;/em&gt; Yo, poco a poco, distraído con aquello, fui dejando de llorar y olvidándome del daño.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;FIN.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://c.services.spaces.live.com/CollectionWebService/c.gif?cid=2620027194897443681&amp;page=RSS%3a+RECUERDOS+OLVIDADOS&amp;referrer=" width="1px" height="1px" border="0" alt=""&gt;&lt;img style="position:absolute" alt="" width="0px" height="0px" src="http://c.live.com/c.gif?NC=31263&amp;amp;NA=1149&amp;amp;PI=73329&amp;amp;RF=&amp;amp;DI=3919&amp;amp;PS=85545&amp;amp;TP=pfjcplanells3.spaces.live.com&amp;amp;GT1=pfjcplanells3"&gt;</description><comments>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1137.entry#comment</comments><guid isPermaLink="true">http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1137.entry</guid><pubDate>Mon, 14 Apr 2008 09:28:45 GMT</pubDate><slash:comments>0</slash:comments><msn:type>blogentry</msn:type><live:type>blogentry</live:type><live:typelabel>Blog entry</live:typelabel><wfw:commentRss>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1137/comments/feed.rss</wfw:commentRss><wfw:comment>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1137.entry#comment</wfw:comment><dcterms:modified>2008-04-14T09:28:45Z</dcterms:modified></item><item><title>LA CONCIENCIA DEL  AVIADOR</title><link>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1061.entry</link><description>(&lt;font size=2&gt;serie&lt;strong&gt; Relatos autobiográficos-28&lt;/strong&gt;)&lt;br&gt;&lt;br&gt;(c) 2007 by J.C. planells&lt;br&gt; &lt;br&gt; &lt;br&gt;    Me contó esta historia mi tía Paquita en diciembre de 2007, durante mi visita a su casa en Blanes; había fallecido hacía unos días mi otra tía, Lola, y ahora ella era la única superviviente de todos los hermanos y hermanas que tuvo mi padre. Durante la charla, me señaló una foto suya de cuando era joven y que tenía sobre un aparador; en ella lucía un pelo tan increíblemente largo que me quedé estupefacto. Había un motivo para que llevase el pelo tan largo en aquella época y me lo contó. Me pareció una historia lo suficientemente curiosa como para contarla yo a mi vez.&lt;br&gt;    Ocurrió durante la guerra civil de 1936-1939, cuando ella vivía en Blanes y era apenas una jovencita de unos veinte años. El gobierno republicano decidió colectivizarlo todo, y el todo incluía la peluquería para señoras del pueblo. Así, mi tía se encontró con que en vez de acudir a su peluquería, debía ir a la colectivizada. Refunfuñando, porque ella era --y es-- muy de derechas y muy católica, un sábado por la mañana se dirigió a esa peluquería colectivizada con la intención de hacerse la permanente.&lt;br&gt;    --No había entonces los aparatos que salieron mucho después de terminada la guerra --dijo--. Así pues, te ataban los cabellos hacia arriba en una especie de casco flotante y allí debías de permanecer durante mucho, mucho rato, sentada y esperando. Aquello daba un calor infernal.&lt;br&gt;    La aviación alemana, aliada de Franco, bombardeaba a veces las afueras de Blanes. Había en el pueblo un depósito o almacén de trilita, además de la SAFA --una industria textil--, y un barco de guerra de la república, apostado cerca del puerto de pescadores. En resumen, Blanes era considerada un objetivo militar a bombardear a fin de destruir a los tres, lo cual no quiere decir que en el entusiasmo del bombardeo no se cargaran algo más, ya puestos. Aún se puede ver una calle, en el centro del pueblo, donde destruyeron un puente que unía dos edificios.&lt;br&gt;    --Después de lo que ocurrió --me contó mi tía, al final de la historia--, pasábamos la noche en Lloret. Porque como en Lloret no había nada, no la bombardeaban nunca. Así que a media tarde, nos íbamos todos a Lloret y regresábamos por la mañana.&lt;br&gt;    No sé si es a causa de esto por lo que nació la tradicional rivalidad entre Blanes y Lloret de Mar. Dos pueblos muy cercanos, pero enemistados, como Terrassa y Sabadell, o Reus y Tarragona, aunque puede que no tanto, pero sí existe esa rivalidad. En verano es cuando más se demuestra, con la clara diferencia entre los turistas que van a uno y a otro. A Lloret van los ingleses a emborracharse y correrse juergas, además de hippis tronados que aún pululan por ahí; juerguistas baratos, discotequeros, guatequeros, pastilleros y demás. Blanes es más familiar. Yo fui una vez a Lloret, y tuve suficiente como para volver de nuevo. Ironías de la vida, mi padre tiene una calle a su nombre en Lloret, pero no en Blanes.&lt;br&gt;    Mi tía estaba, pues, esa mañana bajo el trasto aquel, con los pelos atados hacia arriba y supongo que la pinta que ofrecería sería singular, como mínimo. Y en eso, que se oyó llegar a un avión, lo cual más o menos hacía presagiar lo que iba a ocurrir. Pero lo que ocurrió fue que la bomba cayó no en el almacén de trilita, ni en la SAFA ni en el mar, sino justo al lado de la peluquería donde estaba ella, y justo al lado también de la casa donde vivía entonces. La bomba explotó, pero debía de ser defectuosa porque no causó apenas destrozo alguno, aunque el ruido fue enorme.&lt;br&gt;    Asustada y furiosa, mi tía se levantó, se quitó como pudo el trasto que tenía puesto, mandó a hacer puñetas la permanente y corrió de regreso a casa.&lt;br&gt;    --¡No voy a volver más a la peluquería! --dijo enrabiada a los demás, cuando llegó a casa--. Se acabó, me dejo el pelo largo hasta que acabe esta guerra.&lt;br&gt;    Así lo hizo, y así lo muestra esa foto que conserva junto a las de las bodas de los sobrinos, los sobrinos-nietos y demás familia. El pelo inusitadamente largo, moreno, cuelga generosamente sobre sus hombros y llega hasta su cintura.&lt;br&gt;    --Pues vaya susto --le dije, cuando terminó, o eso pensé, de contar la historia. Me explicó entonces lo que las excursiones forzadas a Lloret para dormir, o cómo a veces, si no podían ir, se quedaban durmiendo sobre un colchón en el suelo, y tapadas con otro colchón encima, por si las bombas se cargaban los cristales de la ventana.&lt;br&gt;    --Fue espantoso, Juan Carlos. Pero gracias a Dios no pasó desgracia alguna --dijo luego--. Ni la casa ni la peluquería recibieron el menor daño.&lt;br&gt;    Las guerras terminan, afortunadamente, y las anécdotas se quedan en eso, en anécdotas y sustos. Pero las historias puede ser que no hayan terminado...&lt;br&gt;    --Hace unos años --prosiguió tía Paquita--, había un grupo de turistas alemanes de esos que vienen a pasar aquí el verano, en el cámping, o en un hotel. Yo iba deprisa por el mercado, porque Lola me esperaba para preparar la comida, y en ese momento un señor mayor, alemán que iba en ese grupo, me paró y me preguntó: &amp;quot;Perdone señora...&amp;quot;, hablaba bastante bien el español, se ve que solía veranear en España... Pues me preguntó: &amp;quot;¿Usted ha vivido siempre en este pueblo, en Blanes?&amp;quot; &amp;quot;Sí, señor&amp;quot;, le dije, aunque como ya sabes también he vivido años en Arenys de Mar, y trabajado en Barcelona, después de la guerra. Bien, pues el hombre me dice, &amp;quot;Verá señora, es que yo tengo una duda muy grande desde hace años, que no me deja tranquilo... A lo mejor, si usted ha vivido siempre aquí, me lo podrá decir. Yo era aviador cuando la guerra civil de ustedes, y me mandaron a bombardear este pueblo... Y una mañana, era un sábado, al volver de la misión, se me desprendió una bomba sin que pudiera evitarlo y cayó aquí, en el pueblo... He tenido toda la vida el remordimiento de si esa bomba pudo matar a alguien al estallar... ¿Usted lo sabe, quizá?&amp;quot;&lt;br&gt;    Mi tía se lo quedó mirando y le dijo, señalando hacia un lado de la calle:&lt;br&gt;    --Mire, en esa casa vivía yo, y enfrente estaba la peluquería donde esa mañana me hacía yo la permanente. La bomba cayó en medio, hizo ruido, pero no estalló. Nadie  murió, nadie resultó herido, y la casa, como ve, sigue en pie...&lt;br&gt;    El alemán respiró hondo.&lt;br&gt;    --Señora, no sabe el peso que me ha quitado de encima. He vivido todos estos años con el miedo de que alguien hubiera muerto por culpa de esa bomba. Yo era un soldado al que enviaban a cumplir una misión, no quería matar a nadie, y he vivido todos estos años con el temor de lo que hubiera podido ocurrir.&lt;br&gt;    --Pues ya ve: no ocurrió nada más sino que dejé de hacerme la permanente hasta que acabó la guerra.&lt;br&gt;    La historia me pareció curiosa, como he dicho; pensé en la angustia que ese aviador debió de pasar durante décadas, hasta que esa mañana encontró precisamente a mi tía, que estuvo sentada al lado mismo de donde cayó la bomba, para tranquilizarle. Esa historia al menos, tuvo un final feliz. No siempre ocurre así.&lt;br&gt; &lt;br&gt; &lt;br&gt;FIN.&lt;br&gt; &lt;br&gt;&lt;/font&gt;&lt;img src="http://c.services.spaces.live.com/CollectionWebService/c.gif?cid=2620027194897443681&amp;page=RSS%3a+LA+CONCIENCIA+DEL++AVIADOR&amp;referrer=" width="1px" height="1px" border="0" alt=""&gt;&lt;img style="position:absolute" alt="" width="0px" height="0px" src="http://c.live.com/c.gif?NC=31263&amp;amp;NA=1149&amp;amp;PI=73329&amp;amp;RF=&amp;amp;DI=3919&amp;amp;PS=85545&amp;amp;TP=pfjcplanells3.spaces.live.com&amp;amp;GT1=pfjcplanells3"&gt;</description><comments>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1061.entry#comment</comments><guid isPermaLink="true">http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1061.entry</guid><pubDate>Sun, 09 Mar 2008 11:03:20 GMT</pubDate><slash:comments>2</slash:comments><msn:type>blogentry</msn:type><live:type>blogentry</live:type><live:typelabel>Blog entry</live:typelabel><wfw:commentRss>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1061/comments/feed.rss</wfw:commentRss><wfw:comment>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1061.entry#comment</wfw:comment><dcterms:modified>2008-03-09T11:03:20Z</dcterms:modified></item><item><title>HAY UN PELO EN MI SOPA</title><link>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1036.entry</link><description>&lt;p&gt;&lt;br&gt;&lt;font size=2&gt;(serie: &lt;strong&gt;Relatos autobiográficos-27&lt;/strong&gt;)&lt;br&gt; &lt;br&gt;(c) 2007 by J.C. Planells&lt;br&gt; &lt;br&gt; &lt;br&gt;    Nunca he tenido que pronunciar esta popular frase en ninguno de los restaurantes o fondas en que llevo comiendo desde hace décadas. Lo de comer fuera de casa es algo a lo que me he visto forzado por las circunstancias de mi vida; era eso o pasar con la típica lata de sardinas. La alternativa de la lata de sardinas, de todas maneras, ha sido el recurso inevitable a veces, en fechas como Navidad, Primero de año y festividades semejantes, cuando comer fuera de casa es algo casi imposible (restaurantes llenos, malas caras al ver que vas solo, miradas compasivas o despectivas de los camareros, frente a lo cual la lata de sardinas se revela la opción preferible. En fin...).&lt;br&gt;    Llevo, pues, décadas comiendo así, rodeado de gente trabajadora, obreros oprimidos por la burguesía capitalista, ejecutivos más o menos agresivos, estudiantes, oficinistas y un largo etcétera. Más o menos, todos los sitios en que he comido son iguales: fondas o restaurantes de menú (como ya expliqué en un artículo, odio la gastronomía, y comer es para mí simplemente cubrir una necesidad física, así que cuanto más casero y sencillo sea el lugar, mejor). Me he visto obligado a variar de restaurante con frecuencia a lo largo de los años, a veces por cansancio, o por cierre de los locales, por cambio de dueños, por bajón de calidad, etc., etc. Aparte de los fines de semana, que la cosa es más difícil pues los restaurantes populares cierran casi todos. No puedo decir que haya corrido grandes aventuras en tanto tiempo de comer fuera de casa, pues ¿qué aventuras puede haber allí donde se acude para solucionar el problema de la comida diaria? Conque no hay mucho anecdotario, pues quien espere hacer amistades en un restaurante o ligar, lo tiene crudo.&lt;br&gt;    Aun así, los hay que lo intentan, ¡y a veces lo consiguen! Una vez, en uno al que fui durante varios años, un chico joven se sentó a la misma mes que una señorita que acudía casi diariamente; no era un conocido, ni un amigo suyo o compañero de trabajo: simplemente esperaba ligar. Tuvo que venir uno de los camareros, que no estaba para esas bromas, y le señaló la cantidad de mesas libres que había. Se quedó sin ligar. No así el segundo caso que presencié, y que me hizo pensar que acaso entre personas del mismo sexo es mucho más fácil ligar. Ocurrió no hace mucho, donde voy los fines de semana. En sábado hay poca gente y suelo situarme en una mesa junto al ventanal con vistas a la calle, pero ese sábado estaba ocupada por un cuarentón, y la de al lado lo estaba por un joven italiano de unos diecinueve años más o menos, así que me conformé con sentarme en una situada junto al italiano. Resultó que esos dos, que no se conocían de nada, habían entablado amistad y charlaban animadamente. El italiano acababa de llegar a Barcelona --tenía sus bolsas de viaje bajo la mesa-- y no sabía aún dónde hospedarse. El cuarentón le ofrecía su cama justo cuando yo me sentaba a la mesa: &amp;quot;Sin sexo, ¿eh?&amp;quot;, añadió tras el ofrecimiento, y casi me caí al suelo al oírlo. El italiano tenía más pluma que un jefe sioux y el cuarentón se derretía por sus huesos. &amp;quot;¿Te gusta leer?&amp;quot;, le preguntaba. &amp;quot;Ay, no, que me canso&amp;quot;, dijo el italiano. &amp;quot;¿Y la música? Podemos escuchar música en casa. ¿Te gustan los Bee Gees?&amp;quot; &amp;quot;¿Quiénes son?&amp;quot;, preguntaba el italiano. &amp;quot;Música de discoteca, moderna&amp;quot;. &amp;quot;Ay, no, prefiero la quietud&amp;quot;. &amp;quot;¿La tele te gusta?&amp;quot;. &amp;quot;Ay, programas culturales., porque si no es muy basta&amp;quot;. La conversación, entre plato y plato, se iba calentando cada vez más: el cuarentón, en un momento determinado, llamó la atención del italiano hacia uno de los camareros: &amp;quot;Este camarero se llama Alexis, y está aquí todos los días. Es guapo, ¿verdad?&amp;quot;. Ya antes de llegar a eso --por suerte el camarero no lo oyó--, he de confesar que yo me hallaba en un estado de cierta excitación, con la dichosa conversación ligona y el hambre que se le notaba al cuarentón (me temía que le empezara a meter mano de un momento a otro). Una pareja aproximadamente de mi edad, habituales de los fines de semana, tenían que sofocar las risas ante el ardor del cuarentón en ligarse al italiano, y es lógico, porque lo del  &amp;quot;Te ofrezco mi cama, pero sin sexo, ¿eh?&amp;quot;, es de antología, y confieso que casi me entraron ganas de meterme en la conversación y decir &amp;quot;Yo te la ofrezco pero con sexo&amp;quot;, aunque no lo hice. Me esforzaba en no oírles, pero era difícil porque no hablaban precisamente en voz baja, sino en tono normal, y encima yo estaba al lado del chico italiano. ¿Es preciso decir que se fueron juntos al terminar de comer a casa del cuarentón? ¿Es erróneo imaginar que esa noche hubo sexo ardoroso, frenesí de amor, derroche de pasión y  entrega sin fin en esa cama ofrecida al chico italiano? Como queda demostrado, en un restaurante es fácil ligar con alguien del mismo sexo e imposible con el contrario (no hace más de un par de años, mientras me tomaba una horchata en La Valenciana, un tipo de mi edad ¡que estaba esperando a su novia que había ido al lavabo! me guiñó el ojo varias veces significativamente).&lt;br&gt;    Claro que, teniendo en cuenta que ese restaurante de los domingos está cerca de un par de casas de relax, tampoco es infrecuente encontrarse con escenas similares. A veces he visto travestis comiendo o haciendo el aperitivo y montando un escándalo monumental. &amp;quot;¡Perra, la Doris es una perra!&amp;quot; &amp;quot;Que una es muy mujer, coño&amp;quot;. O, aún peor, dueños de casas de relax invitando a comer a futuras empleadas e instruyéndolas en los entresijos del oficio, por si no lo tienen claro: &amp;quot;El servicio se cobra a tanto, y vosotras tenéis tanto. Lo que hagáis aparte, es cosa vuestra. Tenéis que hacer siempre lo que os pida el cliente, pero si alguna cosa no la tenéis clara, para eso está el encargado. Es importante saber si practicáis griego o no, porque puede traer problemas si el cliente lo pide pero la chica no lo hace, y lo mismo para el lésbico. El encargado debe estar al corriente de todo esto. Luego están las salidas a hotel, domicilios, etc.&amp;quot;. Y así todo el rato, como si en vez de hacer de prostitutas hicieran de dependientas en una tienda y les explicaran el horario y dónde está el género. De la documentación que saqué de esa conversación acabé escribiendo un breve serial en cortos capítulos que colgué en internet hace dos años con seudónimo, pero en plan de broma: las aventuras de una chica de relax que no sabe cómo se hace ese trabajo.&lt;br&gt;    Me doy cuenta de que se están mezclando sexo y comida, lo cual es mala combinación. Ya sé que existen restaurantes de comida afrodisiaca, y debo confesar que a causa de mi indiferencia e ignorancia gastronómica, yo me creía que el menú de esos sitios consistía en butifarra con huevos duros, conejo en diversas condimentaciones, y como postre, plátano o higos. Pero no, se ve que consiste en otros platos. Y es bueno decirlo, porque si algo he aprendido en eso de comer, es que no es nada conveniente hacerlo en estado de erección o preerección: es la manera más segura de pillar una indigestión. Como me ha pasado un par de veces, aprovecho para indicarlo a ingenuos que acaso se crean que es divertido comer y mirar una peli porno a la vez, por ejemplo (no es que lo haya hecho, ojo). Mis indigestiones, o cortes de digestión, se produjeron debido a la atenta contemplación del culo de una camarera hace años, adonde iba entonces en domingo. Era una chica algo regordeta, y por aquel tiempo yo estaba en constante ebullición y actividad sexual, así que domingo sí, domingo también, la comida se convertía en un  espectáculo erótico al contemplar su parte posterior encaminarse a la cocina. La cosa se solucionó cuando la chica dejó el trabajo. &lt;br&gt;    Hoy día me distraigo mirando otro culo: el de la hija de los dueños del bar restaurante para obreros explotados por la burguesía capitalista y trabajadores oprimidos (más algún opresor también) donde acudo diariamente. Por fortuna, como mi estado de ebullición y actividad ya es historia vieja, arcaica y pasada, no me produce corte de digestión alguno. Debo decir, aunque haga feo, que el culo de esta muchacha está a la altura del de Jennifer López y Shakira. No es una belleza, es una chica de físico normalillo, nada destacable, muy amable, voz delgadita, pero su parte trasera es realmente digna de figurar en un museo de arte. Es curioso esto, ahora que lo pienso: la gente se mata por los culos de las famosas del cine o la tele, y en la casa de al lado, como quien dice, tenemos joyas a las que no sabemos valorar adecuadamente. En fin. De todas maneras, para que se vea que no sólo de vulgar carnalidad vive el hombre (o vivo yo), confesaré que hace años me enamoré platónicamente de la camarera de un bar adonde empecé a ir con asiduidad a fin de contemplarla. La chica desapareció misteriosamente al cabo de un tiempo y yo perdí el interés en el local aquel. Le dediqué un cuento publicado en alguna parte (suelo escribir relatos sobre chicas de las que me enamoro, o lo hacía, vaya, lo que demuestra por qué en esta vida no he llegado a nada: los autores &amp;quot;serios&amp;quot; no hacen estas majaderías, sino que escriben obras comprometidas o para el gran público), y no pasa día en que no la eche de menos y me maldiga por no haberle declarado mi amor de rodillas y a sus pies cuando me traía los espaguetis a la carbonara. Mísero destino el mío.&lt;br&gt;    Hablando de relatos, el año 2006 publiqué uno en este blog, &amp;quot;El que come en la oscuridad&amp;quot;, vagamente inspirado en una fonda para obreros explotados por sus tiránicos jefes, donde comí durante muchos años. Exageré bastantes cosas (¿o no?, no estoy seguro...), pero sí que a veces hay bares y restaurantes donde, como decía un amigo, &amp;quot;hay que entrar arremangándose los pantalones&amp;quot;. O en que el camarero te trae la sopa sosteniendo el plato de manera que su dedo pulgar queda sumergido en ella... Así le da un poco más de saborcito, especialmente si el dedo está sucio. Yo considero que el lugar donde se acude a comer debe reunir una serie de factores esenciales: comida bien condimentada (no pido lujos gastronómicos, no soy un cretino: como porque hay que comer), un lugar bien iluminado y agradable, un buen servicio, lavabos presentables, precio económico, rapidez y tranquilidad cara al cliente. No siempre se consiguen reunir todos estos factores, y por eso, al fallar uno u otro, o varios a la vez, he ido cambiando de sitio con los años.&lt;br&gt;    Por ejemplo, durante mucho tiempo fui a uno de la calle Casanova que ya cesó en el negocio. Lo dejé antes de eso porque uno de los camareros se tomaba ya demasiadas confianzas y se empeñaba en elegirme el menú en vez de dejarme eligir a mí (pero también porque la calidad decayó alarmantemente). En verano suelo tomar gazpachos o ensaladas, comida ligera, y el hombre se empeñaba en que tomara garbanzos estofados, arroz negro (que me da asco), judías estofadas y otros platos ligeramente fuertes de primero que en algún caso no tomo ni en invierno porque me llenan demasiado. Así que finalmente decidí elegirme yo el menú, pero en otro restaurante, adiós. Curiosamente, ahí fue donde descubrí que los menús son catalanizables. La cosa tiene su explicación: leer un menú es muy aburrido, siempre es lo mismo con escasas variantes, así que yo me entretenía traduciéndolo al catalán o adaptándolo a mi manera. El camarero --el pesado que me quería elegir el menú-- más o menos cogía mi honda, pero no lo veía claro. Yo partía de la base --y se lo razonaba-- de que para pasar del castellano al catalán, basta con suprimir la &amp;quot;o&amp;quot; final de las palabras, excepto si están acentuadas, y le ponía como ejemplo &amp;quot;gato&amp;quot;, &amp;quot;plato&amp;quot;, &amp;quot;salto&amp;quot;, &amp;quot;obeso&amp;quot;, &amp;quot;plátano&amp;quot;, que en catalán son, respectivamente, &amp;quot;gat&amp;quot;, &amp;quot;plat&amp;quot;, &amp;quot;salt&amp;quot;, &amp;quot;obès&amp;quot;, &amp;quot;plátan&amp;quot;. De esa manera, yo convertía tranquilamente &amp;quot;pollo&amp;quot; en &amp;quot;poll&amp;quot;, &amp;quot;huevos&amp;quot; en &amp;quot;huevs&amp;quot;, &amp;quot;garbanzos&amp;quot; en &amp;quot;garbans&amp;quot; y &amp;quot;gazpacho&amp;quot; en &amp;quot;gaspatx&amp;quot;. Si el gazpacho era cortijero, pues &amp;quot;gaspatx curtitjé&amp;quot;. Comprendo que suena raro, pero ameniza bastante la lectura y la petición del menú (no lo hagan en sus casas, sin embargo). Hombre, reconozco que --como me señaló el camarero un día--, Carod-Rovira reprobaría semejante uso del catalán, pero le dije que &amp;quot;el catalán es fácil, como dicen en la tele&amp;quot;. Si usted no sabe catalán, puede hablarlo, limitándose a eso, a suprimir la &amp;quot;o&amp;quot; no acentuada al final de las palabras: y ya es usted catalanohablante (o al menos, lo parecerá). Así pues, yo pedía en verano &amp;quot;gaspatx curtitjé&amp;quot; y de segundo, &amp;quot;poll al ajill&amp;quot; y me quedaba tan ancho. Debo decir algo sobre el gazpacho: unas veces el menú indicaba &amp;quot;gazpacho andaluz&amp;quot; y otras &amp;quot;gazpacho cortijero&amp;quot;, y en ocasiones, &amp;quot;gazpacho&amp;quot; a secas. Era exactamente lo mismo, y dependía de las prisas o de quien escribiera el menú ese día. Sin embargo se me metió en la cabeza que eso de &amp;quot;gazpacho andaluz&amp;quot; sonaba vulgar comparado con la finura de &amp;quot;gazpacho cortijero&amp;quot;: como si éste fuese un gazpacho más gustoso, más fresco, más de verano, al estar elaborado a la sombra de uno de esos cortijos andaluces, preferentemente cordobeses. Así que un día, al ver que el gazpacho era &amp;quot;andaluz&amp;quot;, rehusé pedirlo, y le dije al camarero que yo prefería el cortijero, y por tanto tomaría una ensalada. Él me dijo que ambos eran lo mismo, pero yo le solté mi teoría del frescor de los cortijos andaluces y lo dejé más planchado que una camisa. Así que, desde ese día, sólo tomaba gazpacho cuando en el menú ponía &amp;quot;cortijero&amp;quot; y desdeñaba olímpicamente el &amp;quot;andaluz&amp;quot;. Si el menú indicaba &amp;quot;gazpacho&amp;quot; a secas, le preguntaba con el ceño fruncido si era andaluz o cortijero ese día, y el camarero --que se lo veía venir-- repondía que cortijero. Adelante, pues. La cosa llegó al extremo de que una señora guapetona que solía venir a comer con sus dos hijos, y causalmente estaba ese día en la mesa de al lado cuando yo dije que &amp;quot;o cortijero o nada&amp;quot;, le preguntó curiosa qué diferencia había entre los dos gazpachos. El camarero se vio en la tesitura de tener que explicarle (?) que el cortijero se hacía con tomates más finos, un aceite de más calidad, otro condimento... La señora se lo creyó, tal como debe ser, y todos contentos. Qué poco cuesta adaptar la realidad a los gustos de uno mismo.&lt;/font&gt; 
&lt;p&gt;&lt;font size=2&gt;    (Inciso: a este mismo camarero le ilustré un día respecto a mi teoría de cómo debe removerse correctamente la cucharilla cuando se toma un café con hielo. Al hombre le llamó la atención cómo lo hacía, así que se lo expliqué, y resumo aquí el asunto para ilustración de todos. Tal como le dije, un café con hielo se compone de los tres elementos: sólido (el hielo), líquido (el café) y gaseoso (el vapor que desprende). A fin de que los tres elementos se mezclen satisfactoriamente conviene remover con la cucharilla de manera vigorosa, primero en el sentido de las manecillas de un reloj, y luego en dirección opuesta, al menos unas cuatro veces; antes de cada cambio de dirección hay que hacer tintinear sonoramente la cucharilla contra el borde de la taza, como si fuera una campanilla --ése ruido era el que le llamaba la atención al camarero--. La finalidad de ese tintineo vigoroso es que la sonoridad desprendida por el campanilleo haga que los átomos de los tres elementos se mezclen satisfactoriamente, cosa que no puede ocurrir si removemos la cucharilla con desgana y sin tintineo. El camarero recibió esta explicación con cierta sorpresa y admiración. Ustedes mismos pueden comprobar la veracidad de la misma tomando un café con hielo removido según estas indicaciones y otro removido de manera vulgar. Si tuviera tiempo, les contaría también cómo debe removerse el azúcar en un yogur.)&lt;/font&gt; 
&lt;p&gt;&lt;font size=2&gt;    Algo que comprobé a veces es que determinados restaurantes populares parecen tener un &amp;quot;jefe de la banda&amp;quot;, generalmente perceptible los domingos (o en restaurantes domingueros). Suele ser un tipo ya mayor, que come solo, y parece como dirigir la orquesta, por así decir. Es un don nadie, pero cualquiera lo tomaría por el dueño del bar. En fin, en estos sitios donde la gente acude para comer y poco más, es raro encontrar imbéciles o gente rara. En tantas décadas, no recuerdo nada particular, excepto un par de casos: dos pesadas, dos mujeres mayores de las que hablaré brevemente.&lt;br&gt;    La primera era cliente diaria del bar donde me enamoré platónicamente de la camarera, así que la tenía que soportar para poder disfrutar de la belleza y gracia de la muchacha (¡cuánto te echo de menos...!). Era una señora ya jubilada, pesada hasta lo indecible, que contaba su vida y milagros a todo el que tenía alrededor, y daba lo mismo si se la había contado el día anterior, la volvía a contar de arriba abajo. ¿Se la explico a ustedes? Lo siento, sería un capítulo demasiado largo y aburrido. Tenía una voz de cotorra inaguantable, era del Español pero tenía no sé qué relación familiar con un antiguo jugador del Barça --Olivella, me parece--, y su marido había sido boxeador. Si sería pesada la mujer aquella contando su vida diariamente, que la cosa acabó cuando un día la dueña --mujer que no venía por su local casi nunca-- le dijo que hiciera el favor de no volver más porque todo el mundo estaba ya harto de oírla. Y no volvió más. Qué descansados quedamos.&lt;br&gt;    La segunda mujer iba al restaurante de la calle Casanova donde yo ilustraba al camarero en el correcto uso del catalán en el menú, tal como he explicado. Esa comía con un tipo de su edad, es decir, ya jubilados, y también daban un poco de ameno espectáculo. Me contaron los camareros que antes iba a otro del barrio, hasta que se hartaron de ella y la echaron (!). Ella decidió instalarse pues en el de Casanova y desde luego no me extraña que la echaran. Llegaba sola o con el maromo (no era su marido, no sé si un amigo o qué), y empezaba a elegir mesa, para lo cual montaba ya todo un show. Ésta no, porque había corriente de aire; ésta tampoco, porque era pequeña; ésta menos, porque estaba en el pasillo; ésta junto al ventanal sí, pero ya estaba ocupada (¿podían echar a los que comían en ella? No, no se podía); aquella era estrecha para pasar y sentarse; en la otra hacía demasiado calor; y etcétera. Eso, como digo, diariamente. &lt;br&gt;    Una vez lograda la difícil operación de encontrar una mesa a su gusto --la cosa duraba sus buenos diez o quince minutos, y era de admirar en un lugar donde la gente viene con prisas, come sin entretenerse apenas, y al acabar se larga--, llegaba la operación lectura del menú (ya sabe, &amp;quot;poll al ajill&amp;quot;, &amp;quot;huevs al plat&amp;quot;... ¡no, que es broma, que eso era entre el camarero y yo solamente!), llegaba, digo, la operación lectura del menú:&lt;br&gt;    --Luis, ¿cómo están los riñones al jerez? --(lo cual yo hubiera pedido, obviamente, como &amp;quot;riñons al xarés&amp;quot;).&lt;br&gt;    --Muy bien, muy rico --decía el camarero, llamado Luis.&lt;br&gt;    --Pero, ¿qué jerez usáis? Porque si es seco o dulce, la cosa cambia...&lt;br&gt;    --Pues, un jerez seco..., el habitual para cocinar...&lt;br&gt;    --¿Los espaguetis están en su punto? A ver si vendrán medio enganchados como el otro día. Han de estar sueltos...&lt;br&gt;    --Sí, claro.&lt;br&gt;    --¿Merluza con salsa verde? Pero, ¿de qué hacéis la salsa?&lt;br&gt;    --Mire, es lo que come el señor --y me señalaba a mí, que estaba cerca y tomaba ese plato.&lt;br&gt;    La mujer se levantó y me preguntó:&lt;br&gt;    --Oiga, ¿está bueno?&lt;br&gt;    --A mí me gusta --contesté yo, algo malhumorado.&lt;br&gt;    --¡Vaya! ¡Pues mira! --se escandalizó ella--. ¡A él le gusta! ¡Vaya payasada! ¡Menuda respuesta!&lt;br&gt;    --Oiga, señora --dije yo esa vez--. La comida es cosa de gustos. Para mi gusto, está bueno; para el suyo no lo sé.&lt;br&gt;    En fin, abreviemos: la lectura de menú podía durar unos buenos siete minutos hasta que repasaba todo y se enteraba de cada ingrediente. Entonces, antes del primer plato, pedía una botella de ginebra y un par de vasos, para ella y el amigote. Y hala, a atizarse lingotazos de ginebra sola para abrir el apetito.&lt;br&gt;    Luis, el camarero --o acaso otro-- me comentó un día que estaban hartos de ella. Protestaba de todo, de cada plato, de cada mesa, de cada silla, de si hacía calor o frío o había demasiado ruido. Y no lo hacía en voz baja, sino en una voz sonora. Una vez acabada la comida, ella y el maromo se quedaban un rato, &lt;em&gt;fent la sobretaula&lt;/em&gt;, como se dice coloquialmente entre familia, y se acababan la botella de ginebra; entre trago y trago, empezaban a reñir y a insultarse de mala manera, y luego se iban... hasta el día siguiente o al otro (por suerte, no eran clientes diarios), en que volvían y se repetía toda la jugada. Como dejé de ir a aquel sitio, pues les perdí de vista. No les echo de menos. (Pero sí echo cada día de menos a la camarera que fue mi último amor platónico. Ay.)&lt;br&gt;    La única vez que me echaron bronca en un restaurante, fue un domingo en uno al que no había ido nunca. Se debió a mi costumbre de rebañar el &amp;quot;suquillo&amp;quot;, como lo llamo yo, de algunos platos. Me había tomado judías verdes con patatas, y estaba tan tranquilamente rebañando el plato con el pan cuando se presentó el dueño del restaurante:&lt;br&gt;    --No haga eso, oiga --me dijo, severamente--. Si quere otra ración se la traeré, pero eso no lo haga.&lt;br&gt;    Me quedé cortado y frustrado. Era algo que hacía siempre en todo los sitios donde comía, desde que en uno oí decir que si se devolvía el plato tan bien rebañado que no hiciera falta fregarlo luego, descontaban un diez por ciento de la cuenta (aunque siempre he pensado que esto me lo inventé yo, pero no lo aseguro; en todo caso, los platos de espaguetis a la boloñesa los dejaba que parecían salidos de fábrica). &lt;br&gt; &lt;br&gt; &lt;br&gt;FIN.&lt;/font&gt; 
&lt;p&gt;&lt;font size=2&gt;&lt;br&gt; &lt;br&gt;&lt;/font&gt;&lt;img src="http://c.services.spaces.live.com/CollectionWebService/c.gif?cid=2620027194897443681&amp;page=RSS%3a+HAY+UN+PELO+EN+MI+SOPA&amp;referrer=" width="1px" height="1px" border="0" alt=""&gt;&lt;img style="position:absolute" alt="" width="0px" height="0px" src="http://c.live.com/c.gif?NC=31263&amp;amp;NA=1149&amp;amp;PI=73329&amp;amp;RF=&amp;amp;DI=3919&amp;amp;PS=85545&amp;amp;TP=pfjcplanells3.spaces.live.com&amp;amp;GT1=pfjcplanells3"&gt;</description><comments>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1036.entry#comment</comments><guid isPermaLink="true">http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1036.entry</guid><pubDate>Tue, 19 Feb 2008 10:44:23 GMT</pubDate><slash:comments>1</slash:comments><msn:type>blogentry</msn:type><live:type>blogentry</live:type><live:typelabel>Blog entry</live:typelabel><wfw:commentRss>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1036/comments/feed.rss</wfw:commentRss><wfw:comment>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!1036.entry#comment</wfw:comment><dcterms:modified>2008-02-19T10:44:23Z</dcterms:modified></item><item><title>ESCRIBIENDO ESTUPIDECES</title><link>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!986.entry</link><description>&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;(serie &lt;strong&gt;Relatos autobiográficos - 26&lt;/strong&gt;)&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;c) 2006 by J.C. Planells&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;                            &lt;em&gt;Dedicado a Montserrat Marcer, para que vea&lt;/em&gt;&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;font size=2&gt;                            que no es oro todo lo que reluce.&lt;/font&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    En noviembre de 1965 empecé a escribir un novelón titulado &lt;em&gt;Los Fénix&lt;/em&gt;, en seis hermosos tomos, seis, que no terminé hasta febrero de 1967. La escribí a mano --pues por entonces no tenía máquina de escribir-- en libretas espirales tamaño cuartilla de la marca Competidor de 50 hojas. Como escribía por las dos caras, eso supone 100 páginas cada tomo, excepto uno que tenía 100 hojas, o sea, 200 páginas de escritura. ¿Se imaginan? Y vaya mamotreto de novela. Narraba la vida de un conjunto de música moderna (aún no lo llamábamos rock entonces, estábamos en la era de los Beatles), formado por cuatro o cinco chicos más o menos pijos, excepto uno que es pobre. Han de renunciar a algunas cosas para tener éxito (novias, por ejemplo) y enfrentarse a su familia alguno de ellos; al final sufren un accidente de aviación y muere uno de los chicos, si no recuerdo mal, pues aunque no hace mucho intenté releerla tras tantos años (¡más de cuarenta!) de haberla escrito, la verdad es que me resultaron una tortura horrible las apenas diez páginas que pude soportar del primer tomo. Hojeé por aquí y por allá y llegué al convencimiento de que aquello se había convertido en un arma de destrucción masiva: su lectura podía producir daños cerebrales irreparables. Sé que esto resulta difícil de creer, porque bastantes daños cerebrales irreparables tengo como para que puedan incrementarse, pero realmente aquel engendro era algo absolutamente infumable. Se dirá, &amp;quot;Hombre, con 15 o 16 años no ibas a escribir el Quijote&amp;quot;. Ya, ya... Al que diga esto soy capaz de atarlo a una silla y obligarle a leer el engendro como justo castigo a su ingenuidad. De hecho, aunque he destruido varias novelas y relatos escritos posteriormente, en mis diversas etapas, y lo sigo haciendo a día de hoy, me resisto a destruir ese novelón a fin de conservarlo como posible herramienta con que torturar a mis enemigos --o sea: los que hablan mal de mí sin siquiera conocerme ni saber si soy hombre o mujer, de tan burros como llegan a ser-- o como arma de destrucción masiva. Si lo supiera Bush, bombardea Barcelona.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    La novelucha infecta --por cierto, amenizada en su segundo o tercer tomo por una subintriga policial con atraco perfecto, si no recuerdo mal; ¿a ver si tendré que releerla por si aprovecho lo del atraco para alguna historia?-- no era lo primero que escribía. Como me obligaron a contar en la presentación al relato &amp;quot;La ausencia de oscuridad no significa presencia de luz&amp;quot;, publicado en la antología &lt;em&gt;Fragmentos del futuro&lt;/em&gt; editada por Juan José Aroz, lo primero que escribí fue un relato del oeste titulado &amp;quot;El rifle del sheriff&amp;quot;. Debía de tener ocho o nueve años, o puede que menos, a juzgar por un escrito que hallé el verano pasado rebuscando en papeles antiguos, y en el que aparece una frase que me ha desorientado un poco respecto a un relato escrito en clase de párvulos; en todo caso, en esa presentación aumenté la edad en que fue escrito &amp;quot;El rifle del sheriff&amp;quot; debido a que sencillamente no lo recordaba. No mucho después escribí un relato nuevo con el mismo título, intentando recordar algo de lo que acontecía en aquel (perdido ni sé cuándo ni cómo), aunque me temo que sólo queda el título y poco más; lo publiqué en este blog, un poco por diversión propia. &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Dejando aparte las típicas redacciones escolares (que aún conservo, si bien las mecanografié hace varias décadas, cuando tuve por fin una máquina de escribir: es el único recuerdo que me queda de mi niñez, puesto que ni siquiera existen fotografías de ella), lo primero que me puse a escribir fue precisamente una novela del oeste titulada &lt;em&gt;Un hombre marcado&lt;/em&gt;, también en un cuaderno de 50 hojas, o sea, otras 100 páginas. Debía de tener diez u once años, no más. Hace años la rompí, y lo he lamentado, porque ni siquiera la releí. No puede ser peor que &lt;em&gt;Los Fénix,&lt;/em&gt; seguro. Bueno, al menos era más corta, eso sí. Iba de un joven, hijo de un importante ranchero, que se volvía pistolero porque tenía malos instintos y hacía lo que hacen los pistoleros, hasta que lo mataban. Su padre y el capataz del rancho lloraban un poco al final. En fin, perdida está. Y todavía, antes del mamotreto en seis tomos sobre los pijos que forman el conjunto musical (era la moda en 1965), escribí dos obras de teatro: &lt;em&gt;Adán Campos y los alemanes&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;El Rey&lt;/em&gt;. Calculo que las debí escribir entre 1962 y 1963. Sólo se conserva la primera, pero no está fechada. &lt;em&gt;El Rey&lt;/em&gt; era una obra ambientada en la corte de no sé qué rey español, y salían personajes históricos, entre ellos Velázquez pintando el cuadro de ese rey; nada recuerdo de la intriga, pero seguro que era un rollo de cuidado. No se perdió nada con su destrucción. &lt;em&gt;Adán Campos y los alemanes&lt;/em&gt; era una comedia de humor basada en hechos reales, que aún conservo en manuscrito --escrita con bolígrafos de varios colores y dibujitos de los escenarios de la obra--, y que releí recientemente sin que me hiciera mucha gracia que digamos. La conservo por razones sentimentales que no voy a explicar. De hecho, por bodrio que fuese, no la destruiría. Puede que lo haga con &lt;em&gt;Los Fénix&lt;/em&gt; simplemente para no morir envenenado por las posibles emanaciones pestilentes que empiece a despedir un día de éstos, pero destruir &lt;em&gt;Adán Campos y los alemanes&lt;/em&gt; sería como matar del todo mi niñez. Y de ella, como dije, apenas hay recuerdos tangibles. Para ser lo que se es en el presente, conviene no perder de vista por completo ciertas partes del pasado: así sabemos de dónde venimos y adónde no iremos. &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Sí he destruido otros textos que escribí alternando con el mamotreto de seis tomos. Por ejemplo, otra saga que preveía larga, escrita hacia 1966, titulada &lt;em&gt;La muerte está a dos pasos, &lt;/em&gt;de la que llegué a escribir sólo los dos primeros tomos. Iba de un chico que se fugaba de Barcelona a un país sudamericano y entraba a servir a las órdenes del general presidente de una república imaginaria. Intrigas que ni recuerdo ni falta que hace. La inspiración me vino de uno de los álbumes de Tintín que leí por entonces, en el que se iba a Sudamérica y conocía a un general de uno de aquellos países, tan imaginario como el mío. Otra novela, destruida pocos años después de escribirla, fue también una saga de la que sólo llegué a completar apenas los dos primeros tomos, porque la cosa se desmadró de mala manera. Se titulaba, si mal no recuerdo, &lt;em&gt;La casa de los Prado&lt;/em&gt;, o puede que fuera otro apellido en vez de Prado. Escrita hacia 1966 (y alternada también con el mamotreto de &lt;em&gt;Los Fénix&lt;/em&gt;) presentaba a un hombre que conocía a una familia que vivía en el campo y le invitaban a hospedarse en su casa. Tenían una hija de unos trece años y..., en fin, que el hombre y la niña hacían guarrerías de la pradera juntos, vaya, para qué negarlo. No era una novela porno: era una novela simplemente cochina, y como yo a los 16 años no tenía la menor idea de sexo (y ahora tampoco, para qué negarlo), pues en fin, mejor dejarlo. La destruí al poco tiempo, muerto de vergüenza.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Como se ve, la escritura de &lt;em&gt;Los Fénix &lt;/em&gt;duró bastante tiempo (más de un año, de noviembre de 1965 a febrero de 1967) y se fue alternando con otros textos y novelas y entes amorfos varios. Debí de acabarla por aburrimiento, quizá, y para sacármela de encima, porque en febrero de 1967 andaba yo liado en otra cosa, la cual me tuvo absorbido durante bastantes meses; de hecho podría decirse que me tuvo absorbido hasta 1974, en que desistí finalmente de continuarla.&lt;/font&gt;&lt;font size=2&gt; Aquello, en realidad, se inició tempranamente, en 1965, con un relato titulado &amp;quot;El viaje&amp;quot;, escrito en la clase de lengua y literatura, cuando el profesor nos dijo que hiciéramos una redacción y yo fui y escribí ese cuento, provocando el cachondeo de Joan Bargalló, tal como conté de pasada en el capítulo titulado &amp;quot;El contrabandista de café&amp;quot;. Estaba claro que Bargalló era incapaz de apreciar mis despertares artísticos (¡ja!), como demostró burlándose del himno independentista que le compuse para que estuviera contento. Lo de &amp;quot;El viaje&amp;quot; dio lugar poco después a un cuento titulado &amp;quot;El misterio de la pirámide&amp;quot;. Y &amp;quot;El misterio de la pirámide&amp;quot; dio lugar a una serie de libros de aventuras y humor titulada &amp;quot;Mis desmemorias&amp;quot;, que abarcaron 10 tomos, 10, más otro tomo, el 11, que quedaría interrumpido, pues para entonces ya me desentendí de escribir. Dejé atrás la adolescencia, empecé a salir con amigos, tuve novia... En suma, dejé de escribir a finales de 1967 y no volví a hacero hasta más o menos 1970. A partir de 1970 me atraían otros temas, además de que pasé a escribir en catalán, para hacer patria. Patria hice muy poca, ésa es la verdad (quitando un par de conferencias que me obligaron a pronunciar por aquellos años), y encima yo no sabía escribir en catalán, o sea...&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Los 10 tomos completados de la serie &amp;quot;Mis desmemorias&amp;quot;, más el 11 que nunca se completó, fueron escritos también a mano en libretas de la marca Competidor. Yo era muy fino y muy señor, y me iba a una tienda de la calle Floridablanca donde tenían esa marca. O Competidor, o nada. El primer libro de la serie lo empecé el 26 de agosto de 1966 y lo terminé el 15 de enero de 1967. (Para entonces, aún no había terminado el mamotreto del conjunto musical, pero le quedaba un mes de vida.) Que disfrutaba escribiendo esta serie de &amp;quot;Mis desmemorias&amp;quot;, lo demuestra que el décimo tomo lo empezé el 5 de mayo de 1967. Es decir, en apenas cinco meses escribí unos ocho tomos de la serie. Cada uno de ellos lleva anotada la fecha de inicio y de terminación en la primera página. A veces un tomo quedaba completado antes que otro anterior, a juzgar por las fechas que aparecen. Pero en mayo de 1967 ya perdía fuelle o bien me interesaban otras actividades en vez de escribir. Como digo, este décimo tomo lo inicié el 5 de mayo de 1967... y lo completé el 16 de agosto de 1974. El undécimo, nunca completado, se inició el 24 de diciembre de 1967, y creo que hace varios años aún escribí, con esfuerzo, unas pocas páginas.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Lo que sí está claro es que de todo el montón de basura e imbecilidades que produje entre 1961 (fecha aproximada de la mencionada novela del oeste que destruí) y diciembre de 1967, fecha de inicio del último tomo de &amp;quot;Mis desmemorias&amp;quot;, resulta evidente que es por esta serie por la que más cariño y aprecio he sentido siempre. Años más tarde, pasé todos los manuscritos de los diez tomos completados a máquina, con todo cuidado. Destruí los manuscritos y conservé las copias mecanoscritas cuidadosamente encuadernadas con cartulina naranja, numerando cada tomo en el lomo, con su título correspondiente y su índice... Que completase tan tardíamente el décimo tomo en 1974 (evidentemente ya fue escrito a máquina en sus partes finales) muestra que mantuve durante bastantes años un aprecio especial hacia esa serie, como si me resistiese a darla por cerrada. Intenté incluso completar el undécimo, como ya he dicho, pero resultó imposible: No era posible prolongar a los 24 o 30 años algo iniciado a los 16 o 17. ¿O sí? Quizá sí, en caso de saber la manera exacta de hacerlo, o si la distancia en el tiempo es tan lejana que permite jugar con ello y darle la vuelta... Convertir algo viejo en algo nuevo... Lo cierto es que, a lo largo de los años, de las décadas, nunca he perdido de vista esa serie de &amp;quot;Mis desmemorias&amp;quot;, e incluso hubo una ocasión en que algo de ellos estuvo a punto de editarse, tras reescribirlo. Hace varios años, asimismo, reescribí por entero los dos primeros tomos y los presenté a distintos editores; recibí varios elogios y felicitaciones de esos editores, pero nada más: no tenían intención de publicarlo. En fin, no diré que sea una buena serie, ni que tuviera un interés especial. Pero de todo lo que escribí en mi temprana juventud, es lo único que conservo con agrado y que aprecio de manera especial. Y, bueno... algún provecho sí he conseguido sacarle, finalmente. Pero eso es otra historia...&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    A partir de 1970, escribí otro tipo de cosas: diarios de mis viajes y excursiones, mucha poesía en catalán, realmente pésima, atroz. Ensayos sobre ciertos temas, algunos de los cuales tuvieron audiencia incluso. De hecho, a partir de enero de 1968 ya no volví a escribir ficción hasta 1971. En una nota fechada en 1970, se detallan todos los escritos que he mencionado (aunque se omite la novela cochina que he citado), y la serie &amp;quot;Mis desmemorias&amp;quot; es lo último que aparece como ficción. Ficción interrumpida, mejor dicho. La escritura de novelas y demás se cambió por la de mis viajes, poemas y ensayos o artículos. Lo último que más o menos podría encuadrarse como ficción es cierto texto escrito a finales de 1970 para ser representado: una obra de teatro compuesta por diversos cuadros independientes entre sí. Es un texto hacia el que siento un especial cariño, por razones más sentimentales que literarias, con algo de autobiográfico, y del que ofrecí hace tiempo una muestra en este blog, de forma muy disimulada. &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    Entre el resto de basura y estupideces, hubo muchos principios de novelas nunca escritas, muchos. Se amontonan en un volumen que recoge todos estos textos junto con los escritos de mi infancia. Algunos los he destruido ya, porque lo único que hacen es estorbar, pero mezclado entre ellos he encontrado... ¡un inicio de autobiografía que ni recordaba haber escrito, hacia 1968, y que aparecerá en esta serie más adelante!&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;    En fin, de toda la basura escrita antes de 1971, en que empecé mi digamos &amp;quot;segunda etapa&amp;quot; como escritor, sólo salvo la serie &amp;quot;Mis desmemorias&amp;quot; y el texto teatral fechado en 1970, además de la comedia &lt;em&gt;Adán Campos y los alemanes&lt;/em&gt;, todo ello por las razones sentimentales ya indicadas. A partir de 1971 empecé a escribir otra clase de novelas e historias, pero de éstas ya no tiene interés hablar.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt;FIN.&lt;/font&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;font size=2&gt; &lt;/font&gt;&lt;/div&gt;&lt;br&gt;&lt;img src="http://c.services.spaces.live.com/CollectionWebService/c.gif?cid=2620027194897443681&amp;page=RSS%3a+ESCRIBIENDO+ESTUPIDECES&amp;referrer=" width="1px" height="1px" border="0" alt=""&gt;&lt;img style="position:absolute" alt="" width="0px" height="0px" src="http://c.live.com/c.gif?NC=31263&amp;amp;NA=1149&amp;amp;PI=73329&amp;amp;RF=&amp;amp;DI=3919&amp;amp;PS=85545&amp;amp;TP=pfjcplanells3.spaces.live.com&amp;amp;GT1=pfjcplanells3"&gt;</description><comments>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!986.entry#comment</comments><guid isPermaLink="true">http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!986.entry</guid><pubDate>Thu, 17 Jan 2008 10:24:46 GMT</pubDate><slash:comments>0</slash:comments><msn:type>blogentry</msn:type><live:type>blogentry</live:type><live:typelabel>Blog entry</live:typelabel><wfw:commentRss>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/blog/cns!245C34DA2DB9AB61!986/comments/feed.rss</wfw:commentRss><wfw:comment>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!986.entry#comment</wfw:comment><dcterms:modified>2008-01-17T10:24:46Z</dcterms:modified></item><item><title>VARADOS EN GÓSOL</title><link>http://pfjcplanells3.spaces.live.com/Blog/cns!245C34DA2DB9AB61!931.entry</link><description>&lt;p&gt;&lt;br&gt;&lt;font size=2&gt;(serie &lt;strong&gt;Relatos autobiográficos-25&lt;/strong&gt;)&lt;br&gt;&lt;br&gt;(c) 2007 by J.C.Planells&lt;br&gt;&lt;br&gt;&lt;/font&gt;&lt;font size=2&gt;                 &lt;em&gt; &lt;/em&gt;&lt;br&gt;    Septiembre de 2007. Tras pensarlo durante un tiempo, me he decidido a incorporar un capítulo formado por el último de los diarios de mis viajes y excursiones --realizados entre 1969 y 1971--, y que resultaría ser asimismo la última de esas excursiones, además de un completo fracaso; el título, &amp;quot;Varados en Gósol&amp;quot;, lo dice claramente. Sin embargo, encuentro en él ciertos detalles interesantes: la visión de Gósol en 1971, por ejemplo, que estoy seguro en nada corresponde al Gósol de 2007; vuelvo a ello en la nota al final de la transcripción, además de comentar otro tema sobre este diario. Un par de entradas del diario, que aparecen en cursiva, fueron escritas por Josep Maria Agustí, a petición mía: no está de más la visión de uno mismo y de la situación a través de los ojos de otro. Es posible que alguien se pregunte por qué no transcribo los diarios de las anteriores excursiones, mucho más divertidos y felices que éste; pues hay muchas razones para esto, pero son difíciles de explicar: hay demasiada felicidad e ingenuidad en ellos, lo que hace que me duela su lectura; además, creo que su interés es nulo; por otra parte, ya dediqué un par de capítulos hace tiempo sobre esos campamentos (&amp;quot;Amor y acelgas&amp;quot;, &amp;quot;Ronda de fantasmas en Núria&amp;quot;). He eliminado unas pocas frases o fragmentos sin interés ni trascendencia, que se indican mediante puntos suspensivos entre corchetes; de cuando en cuando, añado también entre corchetes y en cursiva alguna explicación o aclaración sobre algún punto en concreto. Naturalmente, el original estaba redactado a mano y en catalán (en muy mal catalán, debo añadir, puesto que no lo estudiábamos por entonces por cortesía del camarada Caudillo) y he decidido mantener en catalán algunas palabras o expresiones muy extrañas que usábamos nosotros, y que aparecen en cursiva. He respetado el estilo de frases breves, porque ponerse a corregir un texto, un diario personal, escrito hace 36 años sería una tontería además de una falsificación... Así, tal cual, con sus defectos y algunas escasas virtudes, aparece a continuación.&lt;br&gt;&lt;br&gt;&lt;br&gt;Barcelona, martes 7 de septiembre de 1971: a las 10 h. 32 min.&lt;br&gt;    Segundo viaje de este verano cuando ni hace ni un mes que he regresado.&lt;br&gt;    En esta ocasión somos Agustí y yo los únicos viajeros. Sí, nos vamos los dos solitos. Y al Cadí, ni más ni menos. Haremos aquella travesía tantas veces realizada y siempre tan heroica de Berga, L´Estany, Peguera, Molí d´en Güell, y luego hacia Gósol y Josa del Cadí. Desde aquí subiremos al Cadí y luego iremos siguiendo toda la cadena montañosa hasta llegar a Prats d´Aguiló; entonces bajaremos al refugio de César Augusto Torres y nos dirigiremos a Bellver de Cerdanya. De allí saltaremos a Nùria y repetiremos la travesía Nùria-Camprodon que hicimos el año pasado. Y ya está.&lt;br&gt;    Todo esto saliendo hoy y regresando el domingo, día 12; es decir, un total de seis días. Veremos qué pasa. He escrito a Josep a Cartagena para que nos tenga presentes en sus oraciones. [&lt;em&gt;Nota de 2007: Pep Manubens cumplía el servicio militar en Cartagena en aquellas fechas.]&lt;/em&gt; Hay posibilidades de que no volvamos vivos. Con Agustí, nunca se sabe. Vamos a la aventura, más que nada. Para no ir demasiado cargados, decidimos no llevar casi nada de comida: cuatro sopas, algunos &lt;em&gt;ganyibs&lt;/em&gt;, leche condensada y nada más. Cenaremos o comeremos en fondas, si es que llegamos alguna vez a algún pueblo, y el resto nos fastidiaremos. Ya veremos qué pasa.&lt;br&gt;[...]&lt;br&gt;    Salimos a las doce y diez minutos del lugar de siempre. Llegaremos a Manresa a las dos menos cuarto. Media hora después sale un autocar hacia Berga.&lt;br&gt;    Teóricamente, según el plan tan majo que hemos hecho, hemos de llegar esta noche a Peguera. Por eso hemos adelantado la salida, que en principio debía ser a las dos. A ver si por una vez en la vida llegamos a Peguera el mismo día en que salimos de Berga.&lt;br&gt;[...]&lt;br&gt;&lt;br&gt;Peguera, a las 21 h. 47 min.&lt;br&gt;    ¡Ya hemos llegado! Por fin hemos hecho lo que nunca antes habíamos conseguido: llegar el mismo día que salimos de Berga hasta Peguera.&lt;br&gt;    Por ahora todo va muy bien. En Berga hemos comido unos bocadillos y a las cuatro y media nos marchábamos. Al principio íbamos un poco despistados, pero hemos ido siguiendo más o menos bien el camino.&lt;br&gt;    En L´Estany nos hemos detenido unos momentos. Eran las 7 de la tarde. Había gente. Pastores, supongo, pues había vacas por allí y la casa estaba abierta. Hemos visto llegar a unos en moto.&lt;br&gt;    Luego nos hemos ido y llegado a Peguera antes de lo que calculábamos. A las ocho y media ya habíamos llegado.&lt;br&gt;    No estaba muy seguro de encontrar a alguien en la casa. Pero de lejos he visto una luz encendida y nos hemos guiado por ella. Hay un campamento de colonias. Hemos llegado a punto, porque los que estaban aquí se van a Figols después de cenar, en un coche que tienen.&lt;br&gt;    Nos han ofrecido comida y luego de rehusar un poco, hemos aceptado algunas cosas. Patatas, ensalada y pan y un trozo de carne que se ha comido Agustí. Y arenques, aunque los hemos rechazado.&lt;br&gt;    Se han ido ya. Hemos pagado por la estancia y nos han indicado cómo hay que cerrar la puerta cuando nos marchemos mañana temprano. Ellos no volverán hasta el anochecer. Por cierto, el mosén que había es el mismo que aquel año de la nieve nos llevó una parte del camino en el coche hasta Fumanyà.&lt;br&gt;    En fin, mañana hacia Gósol, y, seguramente, a Josa del Cadí, donde esperamos pernoctar. [...]&lt;br&gt;&lt;br&gt;Peguera, miércoles, 8 de septiembre de 1971, a las 7 h. 25 min.&lt;br&gt;    Peguera ha cambiado un poco. Han hecho reformas en la casa. Arriba, incluso han instalado retretes. Aún falta acabar algunas cosas. También han puesto una especie de Sala de Reuniones, con algo que hace como de sofás, y estanterías para libros. Por las paredes, en todas partes, hay dibujos.&lt;br&gt;    En el bar he encontrado un sombrero mejicano enorme. Me lo he puesto para darle un susto a Agustí.&lt;br&gt;    Por la noche he tenido pesadillas. Me ha costado coger el sueño. Además, debían de ser las diez pasadas cuando se ha puesto a sonar el despertador. Nos ha dado un susto...&lt;br&gt;    He soñado que Àngels tenía novio. Un chico, escritor, con el que salía. Pero a cada momento, cambiábamos de lugar. Tan pronto estaba en la oficina, como en un parque, esperándolo. Tenía unas heridas en el hombro, como si unas garras lo hubieran arañado. Yo estaba furioso y quería decirle la verdad. Luego, aparecían Artur y Manolo, estábamos esperando a unas chavalas en la Plaza Cataluña. No sé qué más ocurría. &lt;/font&gt;&lt;font size=2&gt;&lt;em&gt;[La Àngels del sueño era sin duda Àngels Jové, no Maria Àngels Cortina.]&lt;br&gt;&lt;/em&gt;    En fin, hemos tomado café con leche; lo he preparado yo y, cosa rara, no ha salido mal.&lt;br&gt;    Agustí está lavando los platos.&lt;br&gt;    Dentro 